PARTE PRIMERA. (continued 2)
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— ¡Qué obsequioso está el madrileño con Constancia! dijo una de las muchachas á otra, á media voz. Tiene iman; mira tú cuánto mas bonita es Clemencia, y cuánto mas graciosa Alegría; y ella que es tan huraña, tan desabrida...
— ¡Pues ahí verás! contestó la otra. Las mujeres son como el sol, que en dias revueltos pica mas entre las nubes.
— ¡La patrulla! sonó la inalterable voz de D. Galo, sacando el cinco.
— ¡Qué de números hay en ese saco! dijo un oficial: esto es un fuego graneado.
— D. Galo hace á las callandas con esas bolas el milagro de pan y peces, repuso su vecina.
— Sus obsequios á las damas y sus números son sin número, añadió Paco Guzman.
— ¡El jorobado! cantó D. Galo sacando el dos.
— Desde media hora tengo un cuaterno, dijo Alegría, y no acaba de salir el número quinto. Lo hace al propósito ese traidor de D. Galo, para que saque Clemencia la lotería; siempre sucede así.
— ¿Y no os contentais con cuatro? preguntó á media voz Paco Guzman.
— ¿De qué me sirven los cuatro, ni no me hacen lotería? respondió la interrogada con descoco.
— Por cierto, decia Valdemar á Constancia, que es estraño, y aun muy cruel, que me hayan dejado una ilusion que tan pronto debia desvanecerse.
— Mi madre esperó convencerme.
— ¿Puedo yo esperarlo tambien, Constancia?
— No: que yo no engaño nunca.
— Constancia, dijo el Marques, me retiro, me interesais, y os respeto demasiado para importunaros. Desisto, Constancia, de mis mas gratos deseos, con tanto mas pesar, cuanto que vuestro franco y leal proceder, si bien me hiere dolorosamente, me llena de aprecio hácia vos.
— ¡La horca de los catalanes! pregonó la voz incansable de D. Galo, sacando el once.
— Señor, esclamó Paco Guzman, ya no hay horcas por el mundo: poned vuestros signos cabalísticos al nivel de los adelantos de la civilizacion.
— ¡El escardillo! sonó como el toque de un reloj la voz de D. Galo sacando el siete.
— D. Galo, aguarde Vd.
— ¡El que tuerce! prosiguió impávido el presidente sacando el catorce.
— Ese sois vos.
— ¡Las sanguijuelas! prosiguió D. Galo sacando el cincuenta y cinco.
— Pando, conspirais.
— ¡Los canónigos! cantó este sacando el diez.
— D. Galo, sois el inexorable Destino.
— ¡La edad de Cristo!
— D. Galo, abusais de la presidencia.
— ¡Los escapularios! dijo D. Galo sacando el cuarenta y cuatro.
— ¡Lotería! esclamó con júbilo Clemencia, levantando su radiante semblante, que hasta entónces habia tenido inclinado sobre sus cartones.
Al ver aquella cara tan estraordinariamente linda, el Marques de Valdemar quedó admirado.
— ¿Quién es esa jóven? preguntó á su vecina.
— Es una huerfanita, sobrina de la Marquesa, que la ha recogido.
— Es una divinidad, exclamó el Marques.
— Sí, no es fea; es una infeliz, que ahí te puse, ahí te estés; una palomita sin hiel, una leguita de convento, repuso su vecina.
La partida se habia vuelto á reorganizar; la cara de Clemencia habia desaparecido como una celeste vision, y la voz de D. Galo se hizo oir, diciendo al sacar el número cuarenta:
— ¡La calavera!
— Ya salieron los números disfrazados como números de carnaval, esclamó Paco Guzman. D. Galo de mis pecados, ¿qué número es al que habeis dado el seudónimo de calavera?
— Al cuarenta, hijo mio.
— ¿Pues no fuera mejor que lo aplicaseis al veinte?
— Si así lo reclamais como representante del veinte, Paco, hijo mio, se atenderá á tan justa reclamacion, contestó D. Galo con la mas chusca y satisfecha sonrisa. Entretanto, hagamos la novena, añadió sacando el número nueve.
— ¿A quién?
— A San Vicentico, respondió D. Galo sacando el veinte y cinco.
— ¿Habeis aprendido vuestra numeracion del sabio Confucio, D. Galo?
— ¡El único! repuso este sacando el uno.
— ¡El UNICO! repitió Constancia, cubriendo el uno en su carton, y lanzando toda su alma en una furtiva mirada al desesperado Bruno, que por dos veces durante su diálogo con el Marques habia hecho un movimiento para levantarse de su asiento y alejarse, y dos veces se habia hecho dueño de este primer impulso, quedándose en el potro de tormento donde bebia gota á gota el cáliz de la amargura.
Es lo referido en este capítulo un bosquejo exacto de la vida social, tal cual la hemos hecho; esto es, una fusion de juegos y risas frívolas que se ostentan, y de pasiones y dolores profundos que se ocultan.
CAPITULO VIII.
La Marquesa, que á pesar de lo absorta que habia estado su atencion la noche anterior por el tresillo, por la mojadura de la vela y por la mutilacion de su querido Mercurio, al que de tantas, solo un ala quedaba, no habia dejado de notar la chocante conducta de Constancia para con el Marques, tuvo con ella al dia siguiente una violenta escena.
— No os canseis, madre, le dijo esta, ni vos ni nadie haréis jamas que me case contra mi voluntad; tampoco me casaré contra la vuestra: esto es todo lo que teneis derecho á exigir de mí.
De aquí no fué posible sacarla, ni con halagos, ni con ruegos, consejos ni amenazas.
A la tarde deseó Alegría ir á paseo, y con gran sorpresa suya halló á su madre muy dispuesta á llevarlas.
Pero cuando á la hora marcada salió la Marquesa de su cuarto, con su mantilla puesta y lista para pasear, halló á Alegría elegante y lujosamente adornada, y á Clemencia linda como un ángel, con su sencillo velo de gasa blanca y unas rosas del tiempo en la cabeza; en cuanto á Constancia estaba acostada con jaqueca.
Difícil seria describir lo que rabió la señora, y el estado de exasperacion en que emprendió el paseo, tan fatigoso para ella, y que habia perdido ya su objeto, que era facilitar una entrevista mas desahogada que las que les proporcionaba la tertulia, á los presuntos novios.
Alegría, al llegar al salon de Cristina, se cogió del brazo de una amiga, y Clemencia las siguió dando el suyo á su tia.
— Sépaste, Clemencia, iba esta diciéndole, que no hay una locura mayor en las muchachas, que rehusar un buen partido cuando se les presenta. Muchas y muy muchas conozco yo que así lo han hecho, y se han casado luego con quien Dios ha querido. Si yo hubiese rehusado á tu difunto tio, cuando mis padres trataron la boda, sabe Dios con quién estaria casada á estas horas. Ten siempre presente — lo que suelen olvidar muchas niñas, — que á la ocasion la pintan calva, y que la cabeza de chorlito que rehusa un buen porvenir por capricho, por imprevision, por desobediencia, merece que la encierren en San Márcos. ¡Vaya con las niñas del dia! ¡Perlitas!... como dice D. Silvestre. Un collar le habia yo de hacer de estas perlitas; que como no pidiese alafia, por mí la cuenta.
Encontráronse entónces con Valdemar que se reunió á ellas, saludando á la Marquesa, á quien preguntó por Constancia.
— La pobre está con jaqueca, respondió su madre: las padece; pero es mal que se gasta con la edad.
Al dar la vuelta del paseo, el Marques ocupó el lado de Clemencia.
— ¿Os gusta el pasear? le preguntó.
— Sí, me gusta, contestó esta; pero todavía mas me gusta quedarme en casa.
— ¿Porqué?
— Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama, resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un paraíso.
— ¿Sin manzano, Clemencia?
— Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin culebra, que es mas.
— Pero tambien sin Adan.
— Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió riéndose alegremente Clemencia.
— Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor del aspecto público?—¿Se ven en Madrid tales tarascas?
— En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son mujeres favorecidas por ella.
— Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo.
— Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad la ventaja que le llevais!
— Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha enseñado en el convento á ser una hipocritilla.
— ¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia.
— Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas secretas sobre los ambos y los ternos.
— ¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia.
— ¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques.
— El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no puede vivir sin él.
— ¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar.
— Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere, incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal.
— ¿Y vos, no sois burlona?
— No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener gracia, como la tiene mi prima.
— Todo el que tiene entendimiento, y aun sin tenerlo, tiene la gracia suficiente para la fácil espresion de la burla; pero esa facultad es preciso con el uso aguzarla para que punce, y es necesario afilarla para que corte. Ensayadlo, y veréis cuán pronto sobrepujais con ventaja á vuestra prima.
— Señor, ese es un consejo que no seguiré, y que estraño me deis.
— ¿Y porqué?
— Porque vos mismo no lo seguís.
El Marques se echó á reir.
— Y vos, Clemencia, le dijo, me enseñais que vuestras leales armas defensivas tienen mas poder en buena guerra que las agresivas armas vedadas. Clemencia, la burla no la haceis vos por delicada bondad de corazon; y yo no la hago, porque la proscribe el buen tono. Vuestro móvil vale mas que el mio, pero el resultado es el mismo.
A los piés del paseo habia estacionado un grupo de oficiales y de jóvenes de la ciudad.
Entre los primeros se notaba un capitan, que por su buena figura, su hablar recio y aire descocado, llamaba la atencion. Era este Fernando Guevara, hijo de una ilustre y rica casa de un pueblo de tierra adentro; pero nada en su porte ni en sus maneras denotaba la distincion de su cuna, ni la nobleza de su sangre, ni aun el buen porte del que sigue la caballerosa y rígida carrera de las armas. Teníase mal, y hacia gala de un desembarazo y desgaire, que rayaba en grosería; en fin, en todo su continente, en su modo de mirar, en su hablar recio, en su risa descompuesta, se pintaba el calavera descarado, para el que la moral, la compostura, la elegancia y la finura, son cosas desconocidas. Aquel hombre no tenia mas que una virtud, ó mejor dicho, una bella cualidad, era en estremo bizarro. Tanto esta fama como su alcurnia y el mucho dinero que derrochaba, le daban una buena posicion en los círculos de los hombres; en cuanto á los de señoras, rara vez concurria á ellos, pues en su chabacano ¿qué se me da á mí? preferia en punto á círculos aquellos que estaban en su cuerda, y en los que sin sujecion podia dejarse ir á sus groseras tendencias.
Los padres de Guevara habian condescendido gustosos á sus deseos de entrar en la milicia, por no poder desde que era niño, sujetar ni sufrir sus desmanes. Pero, habiendo tenido la desgracia de perder á dos hijos mayores que Fernando, habia un año que insistian en que se retirase del servicio, por ser ya el único representante y heredero de su rica casa.
Fernando, empero, se estremecia con la sola idea de meterse á los veinte y cuatro años en un pueblo pequeño del interior, ó de renunciar á su alegre y aventurera vida.
Venian en este momento acercándose Alegría y su amiga á este grupo.
Fernando, apoyado el cuerpo en su remo izquierdo, y cruzado de brazos, las miraba con insolencia.
— ¡Qué linda es! dijo uno de los presentes: no hay duda que es la mas bonita de cuantas muchachas encierra Sevilla.
— No tal, repuso Fernando Guevara; que lo es mucho mas la que le sigue con esa señora, que será su madre.
— No es su madre, es su tia, la Marquesa de Cortegana.
— ¿Y la niña?
— Se llama Clemencia Ponce.
— No vi criatura mas hermosa, dijo Fernando.
— ¿Te ha dado flechazo? le preguntó uno de sus compañeros.
— Esas flechas de plumas de marabú, dijo otro, no dan flechazo á Guevara; le hieren mas las flechas con plumas de pajarracos ménos pulidos.
— Mi gusto no está contratado, repuso Fernando; es libre como el aire.
— Pues hombre, tú que no eres amigo de suspirar en balde, no debes picar tan alto.
— Es que si se me antoja suspirar, no suspiraré en balde, dijo Fernando.
— Hombre, esclamó uno de sus compañeros, te sabia arrogante; pero no te sabia fatuo.
— Apostemos, dijo pausadamente Fernando.
— Está loco, esclamaron todos á una voz.
— Apostemos, repitió Guevara con la misma calma.
— Fernando, te estás poniendo en ridículo; mira cómo se rien; estás haciendo el oso, dijo á media voz un amigo suyo.
— Apostemos, repitió por tercera vez Fernando; pero no una onza ni dos, sino media talega: ¿quién la lleva?
— Yo, dijo un rico jóven de Sevilla, indignado de la insolente presuncion del oficial.
— ¿Diez mil reales?
— Diez mil reales.
— Señores, sois testigos, dijo Fernando.
— Es preciso fijar un plazo, advirtió el oponente.
— Ocho dias, contestó Guevara.
— Ocho dias, hecho; dijo el jóven.
Entretanto la hermosa y suave niña, que apénas habia entrevisto ni parado la atencion en aquel grupo que tan osadamente la profanaba, decia al Marques de Valdemar, que le preguntaba si estaba cansada:
— Sí señor; y decididamente me gusta mas pasar la tarde entre mis flores, los pájaros que cantan y el agua que corre y rie tan alegre, que no entre tantas caras desconocidas, que todas miran de hito en hito, las mujeres con un aire tan burlon, los hombres de un modo tan raro....
CAPITULO IX.
Fernando Guevara era pariente de D. Silvestre; por lo cual, habiendo averiguado su intimidad con la Marquesa, al dia siguiente fué á verle con la peticion de que le introdujese en casa de esta señora.
D. Silvestre, á fuer de ser su allegado, y con el plausible motivo de no tener la molestia de decir que no, estuvo desde luego dispuesto á ello. Así sucedió que al mismo dia fué presentado á la Marquesa, á la que despues de los primeros cumplidos, pidió á Clemencia.
La Marquesa, que regularmente habria acogido muy mal al atolondrado jóven y su brusca peticion, si se hubiese tratado de una de sus hijas, acogió con suma satisfaccion al pretendiente de su sobrina. No se le habia pasado por alto la impresion que habia hecho Clemencia en el Marques de Valdemar, y lo ocupado que habia estado de ella la tarde anterior, en que las graciosas provocaciones de Alegría no habian bastado á distraerle; y como la señora no perdia la esperanza de que el capricho negativo de Constancia se disipase con el tiempo y la razon, veia con temor y recelo el que otra que su hija pudiese agradar al Marques. Fernando Guevara era, segun aseguraba su amigo D. Silvestre, caballero, noble y rico: ¿qué mas necesitaba saber la señora?
Así fué que otorgó llena de júbilo su demanda, sin poner mas condicion que el beneplácito de sus padres.
— No podeis dudar que lo otorguen; ni motivos hay para otra cosa, le dijo Guevara. Desde que murieron mis hermanos, el mayor deseo de mis padres es que me case y me retire. Mas por ahora solo pienso complacerlos en lo primero, porque no me siento dispuesto á los veinte y cuatro años á meterme en el villorro de Villa-María, á liarme en la capa, á acostarme con las gallinas y á levantarme con los gallos, sin acordarme mas de que hay un mundo alegre, y en él buenos compañeros. Así, tened esa licencia por segura, y advertid que de aquí á ocho dias he de estar casado, porque el regimiento pasa á Cádiz.
Cuando Guevara se hubo ido, la Marquesa llamó á Clemencia y le dijo que se le presentaba una suerte brillante, pues habia pedido su mano un jóven de arrogante figura, hijo y único heredero de un rico mayorazgo. Que aunque no creia fuese necesario, le recordaba cuanto la tarde anterior le habia dicho acerca de las niñas locas que despreciaban una buena suerte, y que el que se presentaba se la traia.
— Pero... ¿quién es y cómo se llama? preguntó atónita Clemencia.
— ¡Pues qué! ¿no le conoces? repuso su tia.
— No, señora, respondió la interrogada.
— Se llama Fernando Ladron de Guevara. Es de Villa-María, y sirve en el regimiento que está aquí de guarnicion. ¡Qué suerte! ¡Vaya; si estarás contenta!
La Marquesa no aguardó la respuesta de Clemencia, en lo que hizo bien, pues no dió esta ninguna. La dócil niña no sabia ni qué pensar ni qué decir; nada sentia en favor ni en contra de este enlace, sino la estrañeza de casarse con un hombre á quien no conocia.
La Marquesa mandó venir costureras y modistas, dió parte, compró sus regalos, de modo que sin darse cuenta de lo que pasaba, á los ocho dias Clemencia, vestida de blanco, coronada de rosas blancas y blanca cual ellas, se hallaba frente á Guevara delante de un sacerdote, exhalando como un débil eco del sí que pronunció Guevara, un sí maquinal, que resumia todo lo que en aquellos dias habia hecho, como el lazo que reune para formar un ramo, unas frias é inodoras flores artificiales.
Guevara, que solo habia gastado con la cortada Clemencia en los dias anteriores algunas chanzas comunes, y dicho algunos cumplidos vulgares y poco finos, que mas que halagar habian chocado la delicadeza instintiva de Clemencia, nada habia hecho ni nada habia pensado hacer para inspirarle cariño ni confianza; y así le era su marido tan estraño aquel dia que los unia para siempre, como lo habia sido el primer dia en que le vió.
— ¿Es esto casarse? se decia asombrada la pobre niña. ¡Dios mio! ¡Yo que pensé que habia de querer tanto á mi marido! Pero el trato engendra cariño; ya le querré; así se lo he pedido á Dios esta mañana en la iglesia.
Aquel dia cobró Guevara su apuesta, y aquel dia partieron los novios para Cádiz, donde estaba ya el regimiento, que debia embarcarse en aquel puerto para ir al teatro de la guerra del Norte.
Ninguna reflexion de sus padres ni de la Marquesa habian podido retraer á Guevara de seguirle; era para él Villa-María una espantosa Siberia: ademas, era bizarro, tenia pundonor, y nada le habria movido á pedir su retiro en el momento en que su regimiento era destinado á ir á batirse.
No es posible pintar el desconsuelo de la pobre Clemencia al separarse de su tia y de sus primas, y al verse sola con un hombre que le era estraño, en un mundo nuevo, y entre gentes desconocidas.
Estílase en algunas partes, — y lo singular es cabalmente en aquellas donde mas se preconiza y ensalza en las jóvenes la inmaculada inocencia, la infantil candidez, la austera reserva y la débil timidez, esto es, en Inglaterra, — el que una jóven acabada de casar se meta sola con su marido en una silla de postas, y se vayan á viajar, haciendo de esta suerte de una concurrida y ruidosa posada, en que sin respeto serán el objeto de los chistes de los mozos y postillones, el lugar en que se alce para ellos el tálamo conyugal, que el hombre delicado que ama, quisiera alzar á las nubes, y la mujer que respeta el estado, deseara santificar con un altar. Rompen de esta manera violentamente con la ausencia los lazos con su familia, desechando así las hijas la dulce sombra de su madre en los primeros momentos de su nuevo estado; en lo que demuestran patentemente que todas aquellas pregonadas cualidades, esas suaves plantas que germinan en el corazon y hacen que las que las poseen se estrechen con fuerza como los blancos jazmines á sus naturales sostenes; estas cualidades, decimos, se las echan, como dice una enérgica frase vulgar, muy fácilmente á las espaldas. Esta repugnante costumbre, que debe pertenecer á las de las jóvenes emancipadas, no se conoce en España (con pocas y estranjeradas escepciones), España, á la que se echa en cara no criar las jóvenes con la rigidez y reserva debidas.
Esto nos lleva á repetir lo que otras veces hemos dicho; y es que preferimos una natural y decente soltura, á una reserva afectada, á una candidez hipócrita y á una timidez estudiada; sin que esto se oponga á que consideremos como el tipo de la jóven cumplida, la que embellecen una candidez sincera, una reserva natural y una timidez real, mas interna que esterna, mas en las ideas que en el porte, y que mas bien se disimule que se ostente.
Creemos que todo hombre delicado quisiera ver vacilar á la jóven que ha elegido por compañera, entre el regazo de la madre que la retiene, y los brazos del marido que la aguardan. Creemos que querria oir la dulce voz materna decirle: «En breve ese hombre que aun te impone, te será íntimo y querido como me lo es á mí tu padre; no llores, no llores; no atribuya á falta de cariño hácia él el dolor que te causa la despedida á tu cuna. Mira en el amante al compañero de tu vida, al padre de tus hijos, para que no te imponga como estraño.»
Hay hombres como Guevara, que relegarian, si las oyesen, estas nuestras opiniones al ridículo, ó cuando mas á un curso de moral, y no á reglas de delicadeza; pero los mas de los hombres, y sobre todo, los que hacen la debida diferencia entre una mujer legítima y una querida, piensan como nosotros; y las jóvenes deberian atenerse á la opinion de estos, y convencerse de que la mujer á la cual se recibe de las manos de su madre, tiene doble valor y prestigio que la que se entrega.
Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía; al que chocaban los sentimientos tiernos y suaves como afectaciones y remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre.
Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando algo en lo presente, preparar el porvenir.
Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en ambos sexos.
Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido, exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior.
Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer propia.
Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no existian simpatías, afinidades ni paridad alguna, y porque Guevara no sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los sufre, cuanto que no tiene compensacion.
Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia, que era su único compañero en su soledad.
Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la víctima mas débil y mas sufrida.
Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la mujer incomprendida, ni la heroina inapreciada, ni la víctima de un monstruo; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no habia leido novelas, ni visto dramas de pasion, y conservaba intactas las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia sencillamente por estas máximas:
«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano.
»Recordemos que dice San Agustin: Agradamos á Dios, cuando su voluntad nos agrada. Y que San Bernardo dice que es una vergüenza ser miembros delicados, bajo un Jefe coronado de espinas.»
Releia á menudo en uno de sus libros de devocion aquellas palabras que tratan de los deberes de las casadas, y se embebia de esta cita de San Agustin, que así dice:
«Mónica obedecia á su marido como una sirviente á su amo, y se esmeraba en ganarle á Dios, exhortándole con sus ruegos y con sus buenas costumbres, cuya santa hermosura obligó á su marido á respetarla, y se la hizo grata y admirable. Toleró por mucho tiempo la mala conducta de su marido, sin hacerle reconvenciones, aguardando la hora de que obrase en él la misericordia de Dios.»
¡Oh madres! dad buenos libros á vuestras hijas, y obligadlas á leerlos. Si bien jóvenes y felices, los leerán con mas respeto que atencion, mas por obligacion que por placer; no le hace; no desistais; porque el dia de la prueba germinará en sus corazones aquella hermosa semilla, como el trigo que se echó en tierra en un dia de sol crece vigoroso el dia de los temporales.
Sucederá que aquellas palabras santas, leidas con infantil distraccion, quedarán por el pronto invisibles en el corazon, como los caracteres estampados con tinta simpática; pero llegada la hora de la prueba, cual un fuego abrasador, saldrán claros, netos y enérgicos aquellos santos testos, mitigando las llamas que solo habrán servido para purificarlos.
Personas hay en el mundo, de las que se cree que hacen el bien por instinto, y no es sino por la virtud de aquel gérmen, puesto en sus corazones en su niñez; gérmen tan rico y fecundo, que aunque sembrado por una mano torpe y floja, y caido en un terreno ligero y seco, echa raíces, como lo hace la yedra en una pared de piedra. ¡Y puede haber quien dude que gérmen de tal naturaleza, y que tales frutos da aun sin cultivarle, sea divino!
¡Cuántos jóvenes hay que dicen al perdonar una injuria, y favorecer á un enemigo: Hago esto porque soy filósofo! — No; lo haces, porque te criaste católico.
Que dicen: Huyo del fango de los vicios, porque soy moral. — No; lo haces, porque te criaste religioso.
Que dicen: He hecho un sacrificio, me he privado de un goce, por tal de aliviar una miseria, porque soy filántropo. — No; lo has hecho, porque te criaste cristiano.
Esto es si son sinceros en dar un noble orígen á sus acciones buenas, y no ocultan bajo aquellas palabras la vanidad, el respeto humano, y la hipocresía; pues solo la religion crió aquellas virtudes, hijas ingratas que se emancipan, vuelven la espalda á su madre, y se unen á sus enemigos para combatirla, todo por espíritu de rebeldía, ese frenesí del entendimiento.
¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las soberbias!
Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?»
Alguna vez, esta idea fija le abatia.
Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana. Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos.
Una infinidad de esos pequeños lances de que se compone la vida doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de naturalezas.
Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,—¡tal es el poder de la costumbre! — Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio, envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar.
Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra atroz, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza física.
Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y tan dispuesta, pasaba sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que es un consuelo grande.
Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela.
Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido.
Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese volver á su lado.
El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con amargo desconsuelo.
— ¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí.
Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, porque era su marido. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada tiene viciosa la vejez.
¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á denigrar con el nombre de tibio, los materialistas á burlar con el de platónico; pero amor que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y bendice el cielo, llamándolo santo!
Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar allí á Clemencia bien acompañada.
La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo.
La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario, pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida, pudiese volver al convento!
La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo, suspiraba por la tranquila soledad de su floresta.
Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa.
Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto.
Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia. Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin dejar mas rastro estas que el beneficio del rocío en la tierra, y aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues, considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia, formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer, cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union!
CAPITULO X.
Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D. Silvestre:
— Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de la tuya sobre la mia!
— ¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de hierro.
Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de Vargas taciturno, y Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca.
Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre, acompañaba á Clemencia en su sentimiento, y sacaba los números de la lotería.
En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos, cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y nasal:
Para no llegar á viejo, ¿Qué remedio me darás? — Métete á servir á un amo, Y siempre mozo serás.
A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada benevolencia que le habia mostrado al conocerla.
La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte, que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella.
Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que bajase la voz.
— Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su hijo.
— Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes? — y habla mas quedo.
— Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono, si es que se hacen los remolones.
— A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que tengo que hacer? Es tu prima hermana, sobrina carnal de tu padre, y no está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba?
— Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen; pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes vinculados.
La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de pasiones terrestres, habrian sido felices.
Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones religiosas, á los corazones quebrados, con los que la libertad no repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta: abrióla con sorpresa. Era este su contenido:
«Hija muy querida:
»No soy pendolista ni palabrero; pero no hay que serlo para decirte con pocas y verdaderas palabras que tanto mi señora como yo, que conocemos tus circunstancias, lo bien que lo has hecho con el trueno de mi hijo (Dios le haya perdonado), y que hemos quedado solos como troncos sin ramas, deseamos tenerte á nuestro lado, como compete á la viuda del solo hijo que Dios nos habia dejado.
»Vente, pues, con tus padres, á esta tu casa. Tú serás nuestro consuelo, y cuanto hacer podamos se hará para procurártelo á tí.
»Adios, hija: no soy mas largo, por lo que arriba dejo dicho, que no soy pendolista; pero sí tu padre que te estima y ver desea
Martin Ladron de Guevara.»
Miéntras Clemencia, llena de consuelo y satisfaccion, leia esta carta, tenia lugar entre la Marquesa y su amiga Doña Eufrasia una conversacion confidencial que debia arrastrar grandes consecuencias.
Despues de entrar esta intrépida consejera intrusa, y saludar á la Marquesa con su infalible Dios te guarde, le preguntó:
— ¿De quién es una carta que ha recibido la viudita?
— ¿Clemencia, una carta? No sé ni acierto de quién pueda ser.
— ¡Ya! si tú no sabes en punto á lo que pasa en tu casa, de la misa la media.
Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en tener ojos de lince.
— ¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo sé por Pepino.
— Pues ni tú ni tu atélite Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada de la carta.
— ¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa.
— ¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije: ¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero? Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:—¿Y qué mas? — Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita. — Bien está, le contesté.—¿En dónde? me preguntó. — En San Márcos[2], le grité, so descabellado, y le volví la espalda.
— Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de su amiga.
— Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que murió el marido,—(buen calavera era, segun he oido decir) — no ha salido ella apénas de su cuarto.
— Es muy cierto. ¿Si será de...
— ¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la buena alhaja de Alegría.
— ¡Qué disparate, mujer!
— No tengas cuidado; que ella no le quiere sino para pasar el rato: pica mas alto.
— ¿Si será la carta de Valdemar?
— ¡Ahí va la cosa! Temes que sea del Marques, porque lo quieres tú para Constancia; ¡acabáramos! aunque me lo has tenido callado, lo que es una potable falta de confianza, no creas que yo me chupe el dedo, y que no vea lo que pasa. Pero si Constancia no le quiere, ¿á qué estás ahí nadando contra la corriente?
— Es, repuso la Marquesa, que ya no pudo ni quiso negar, es, que el no querer Constancia es un necio capricho de niña voluntariosa, que se le irá pasando, que se le va pasando ya.
— ¡Pasando! esclamó Doña Eufrasia. Vamos, mujer, que estás en babia. ¡No digo que no sabes lo que sucede en tu casa!
— ¿Qué quieres decir con eso, Eufrasia? No seas como el reló de Pamplona, que apunta, pero no da. A mí no me gustan las palabras preñadas, ni las retrecherías, ¿estás? O se dice todo lo que á entender se da, ó no se da á entender nada.
— Pues no diré nada.
— Eso de tirar la piedra y esconder la mano, es muy fácil, hija mia, y solo lo has hecho para darme á entender que sabes mas de mi casa que yo misma, lo que es una pretension ridícula.
— ¿Sí? ¿Crees eso? repuso picada Doña Eufrasia, pues mira, lo diré, porque hago refaccion de que no tengo por qué callarlo, aunque luego te pese saberlo: tú lo quisiste, tú te lo ten. Constancia ni quiere al Marques, ni á San Crispin que le propusieras, porque quiere á Bruno de Vargas. Ea, ya lo sabes.
Es imposible describir el asombro de la Marquesa, al oir estas palabras.
— ¡No puede ser! esclamó.
— No sé por qué, repuso la reveladora.
— No lo creo.
— Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad...
— ¡Si nada he notado!...
— Eso es lo que yo te decia.
— ¿En qué ha pensado esa niña?
— En lo que piensan los que se enamoran.
— ¡Seria una insensatez!...
— Razon mas para que lo hiciese.
— No lo creo... y ¡no lo creo!...
— Pues ¿qué me dirás si te digo que yo, yo, yo misma los he visto hablando por la reja?
La Marquesa se puso ambas manos en la cabeza. En seguida se levantó, aprestó precipitadamente unos avíos de escribir algo desparejados, y empezó una carta á su hermana, miéntras decia entre cortadas frases:
— Eufrasia, hija mia, por Dios, calla esto — que no se trasluzca que yo lo sé — hasta que diga mi hermana lo que se ha de hacer—¡qué pluma!—¡qué niña! — Hermana, no es culpa mia.—¿A qué hora sale el correo?—¡Ay qué niña! ¡qué niña! — Yo me voy á volver loca.—¿A cuántos estamos?—¿Quién se vió nunca en semejantes apuros?
— ¡Escribe, escribe, murmuraba entretanto Doña Eufrasia; sobre que en no consultando con tu hermana, no sabes qué hacer!... ¡por via de los moros de Berbería! ¡Cuidado con las mujeres que no saben atarse las enaguas!
A los pocos dias recibió la Marquesa la contestacion á su carta. Su hermana escribia furiosa, y despues de hacer las mas acerbas reconvenciones á la Marquesa, le prescribia el poner á su hija entre la alternativa de casarse con Valdemar, disfrutando de todas las ventajas ya mencionadas, ó de ser enviada á una hacienda aislada, en que sola y sin nocivas influencias podria hacer saludables reflexiones y refrescar sus cascos, miéntras ella cuidaria de que Bruno de Vargas, que desde tanto tiempo se solazaba en Sevilla, fuese á ocupar una vacante en Melilla, poniendo así el mar por medio de tales cabezas á la jineta.
La Marquesa lo hizo segun se lo prescribió su hermana. Empezó por hacer las mas agrias reconvenciones á su hija, pasó despues á los consejos, á los ruegos; pero halló á Constancia tan firme é inmutable, que tuvo que acudir á las amenazas, las que no habiendo producido mejor resultado, la Marquesa, fuera de sí, dispuso desde luego el viaje.
Para evitar el escándalo, y dar á este viaje un colorido natural y pacífico, la Marquesa á quien Clemencia habia participado la carta de su suegro y su intencion de trasladarse á Villa-María, rogó á esta que acompañase á Constancia en su viaje, pudiendo de esta suerte decir, para disimular la realidad, que iba Clemencia á convalecer con los aires del campo, y que Constancia la acompañaba.
La dócil niña, siempre complaciente, accedió á los ruegos de su tia, y contestó á su suegro en este sentido, añadiendo que ansiaba por el dia feliz en que dejase de ser huérfana, hallando padres en los de su marido.
Constancia sufrió impávida y callada las persecuciones de que fué objeto; no derramó una lágrima al separarse de Bruno, al que mandó por Alegría, que se mostró en esta ocasion muy propicia á servir á su hermana, una sortija de oro, alrededor de la cual hizo grabar: Constancia.
CAPITULO XI.
En la orilla del mar tenian los Marqueses de Cortegana un coto agreste y solitario. No léjos de la playa se levantaba un gran caserío sólido y duradero, pero sin gusto y sin comodidades; formaba esta mole un cuadrado, en medio del cual habia un vasto patio empedrado, en cuyo centro se elevaban dos palmeras, que desde léjos se veian mecer sus copas, como negando la entrada del austero y solitario edificio.
En uno de sus lados tenia este caserío una inmensa portada, sobre la que se elevaba una especie de torrecilla, en que estaba un nicho pequeño con la imágen de Nuestra Señora de la Soledad, de la cual tomaba el nombre la posesion.
En frente de la portada, sobre unas gradas, estaba una sencilla cruz de madera. Al lado derecho de la puerta colgaba una cadena, perteneciente á una campana, que pocas veces anunciaba la llegada de un forastero. La fachada, que daba frente al mar, tenia las pocas ventanas enrejadas, abiertas en el edificio, que tomaba luz del patio, lo que le daba un aire aun mas adusto y reconcentrado.
En uno de los hermosos dias de otoño, que son un blando y fresco recuerdo de los de verano, apareció en apresurado y no interrumpido trote una berlina tirada por seis caballos, dirigiéndose hácia aquel caserío. El hondo y uniforme ruido de las ruedas sobre la tierra seca no era interrumpido sino por los gritos angustiosos con los que los mayorales animan, ó mejor dicho, asustan y angustian al ganado. Paró ante la portada, y resonó en el aire el claro sonido de la campana, despertada por la cadena de su largo sueño.
A ese inesperado toque, aquel callado y soñoliento recinto pareció despertarse sobresaltado; los perros ladraron, las gallinas y pavos huyeron cacareando, los chiquillos gritaron, y por último, se oyó el ruido que hacia al descorrerse un enorme y enmohecido cerrojo; las pesadas puertas chillaron sobre sus goznes, y el coche entró en el grande y alegre patio.
Asombrada acudió la casera, que era una buena anciana que allí vivia con sus hijos y nietos.
— ¡Válgame Dios, señorita! esclamó apurada, y ¿porqué no se me ha avisado esta venida, y habria tenido limpio y aviado siquiera lo alto?
— Se pensó de pronto, respondió Andrea, que acompañaba á las dos primas que venian en el carruaje. A la señorita Clemencia que ha estado muy mala, le mandaron los médicos los aires del campo, sin desperdiciar un dia del blando otoño.
La casera, que se llamaba Gertrúdis, fué á traer un manojo de enmohecidas llaves, y subió la escalera, seguida por las recienvenidas.
La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas, albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos.
Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del olvido.
Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia bostezar de fastidio.
En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo.
Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina.
— ¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías, sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro! ¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo!
— Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que hija eres y madre serás.
— Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es virtud que no tengo ni quiero fingir.
— Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios cuando su voluntad nos agrada.
— Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido.
Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió:
— Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia; y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro.
Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia sola, y Clemencia se sentia simpáticamente acompañada por los bellos objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias, alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol, insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues nada temen, ni nada esperan.
Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como que ignoraban que existia la pólvora y las redes.
— ¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y tierna simpatía?
Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba:
— ¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia!
Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice Balzac: le paysage a des idées; el paisaje tiene ideas.
Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con sus bosques, sus quebradas, sus arroyos, sus variadas vistas, en las que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas sonriente, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco, impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmortalidad como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh! ¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro! ¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre!
CAPITULO XII.
Cual niño que despoja una rosa, y echa sus hojas al aire, el tiempo va deshojando los meses, y echando sus dias en lo pasado. Pasan y pasan estos en su incesante marcha: tal rápido, alegre y risueño, como un amorcillo alado; tal enlutado y grave como un fantasma; tal sereno y santo como un ángel: este es aquel en que hemos hecho una buena accion. Pero ninguno deja mas paz en el corazon y acerca mas el alma á Dios, ninguno marca con mas placer con su dedo nuestro buen ángel, que aquel en que perdonamos á un enemigo; y si despues de perdonarle, le hacemos bien, es que nuestra alma ha sido digna de que en ella resuene el eco de aquella santa y gloriosa deprecacion: Padre, perdónalos.
Todos somos caritativos; un alma sin caridad no existe. ó si existe, es un monstruo tal que no se concibe. Pero no lo somos bastante.
La caridad es la única cosa en que no cabe esceso: AMOR NO DICE «BASTA»: pero la caridad tiene enemigos que la combaten porque en derechura nos lleva al cielo. Aquí la avaricia cierra la mano, que ya se abria para derramar esos bienes que Dios nos dió, con el cargo de repartirlos, pues son suyos; aquí la pereza traba los pasos que íbamos á dar en favor de un desgraciado, y aquí el orgullo, ese enemigo, el mas terrible del hombre, hiela sobre nuestros labios el perdon y la reconciliacion que la caridad hacia brotar del corazon. Y este es el mal que nos aqueja hoy. ¡Dios mio! ¿Quién al ver la era actual no se pregunta horrorizado: ¿somos hermanos, ó somos enemigos?
Suaves para Clemencia, ásperos para Constancia, habian pasado los dias.
Habia sobrevenido el mal tiempo, y aquella calma y tranquila naturaleza habia cambiado de aspecto. Aparecieron pesadas y lentas nubes que cubrieron todo el horizonte, interponiéndose entre el firmamento y la tierra cual un triste desierto, como se interpone la incredulidad entre el corazon del hombre y el cielo. Por un dia reinó una completa y mustia calma, cual si los elementos se preparasen y tomasen aliento para su inmensa lucha, dia oscuro y silencioso como un negro presentimiento. La mar se retiró al bajar la marea, al parecer tranquila, descubriendo negras y picudas las hileras de rocas que á ambos lados de la playa se internaban en ella, como dientes de un enorme monstruo con la boca abierta para devorar una presa.
Las plantas inmóviles, parecian solo ocuparse en profundizar sus raíces, como el marino que prevé la tempestad, se ocupa en cerciorarse de la firmeza del áncora en que confía.
Los pajarillos, con el barómetro que Dios puso en su instinto, revoloteaban piando con angustia y buscando un abrigo; el cielo encapotado y el mar soberbio, se miraban como dos enemigos; ¡todo callaba en el solemne silencio del presagio y del temor!
Pero al siguiente dia se oyó de léjos y hácia el Sur, un ruido lejano y sordo, confuso, indistinto, terrificante; era la espantosa voz de la tempestad, que se acercaba á aquellos parajes petrificados por el espanto.
Al fin llegó el huracan, y la espantosa lucha se declaró. Aullando soliviantaba el viento la mar, que le respondia con bramidos. Sacudió las plantas que temblaban; dobló hasta el suelo la cima de los arbustos que descollaban y resistian, transpuso instantáneamente las dunas de arena que yacen muertas en las playas, como si el mar las hubiese matado, y que confían en su pesada inercia; destrozó y puso en fuga espesas y compactas nubes; se estrelló sobre las sólidas y fuertes masas del edificio, penetrando en impetuoso torbellino en su gran patio, martirizando las inofensivas palmas, que mecidas por él en incesante balance sobre su tronco, miraban la tierra como para medir la altura de su próxima caida.
Asombradas Constancia y Clemencia en medio del general movimiento y del estruendo que formaban como en coro las voces de la naturaleza, todas en aquella ocasion plañideras, furiosas ó amenazantes, estaban en pié delante de la ventana y fijaban sus angustiosas miradas en el mar, observando cómo una despues de otras llegaban las inmensas olas, tragándose la que llegaba á la que habia reventado en la playa, y retrocedian inertes hácia su negro centro, y siempre cada cual con el mismo hondo rugido, como el fúnebre é invariable saludo de los trapenses. Sobre las rocas era donde mas se desencadenaba su ira. Allí formaban torbellinos, estrellándose unas contra otras, alzándose cual saltaderos colosales, y mezclando sus aguas amargas á las dulces de las nubes.
— ¡Esto es grande é imponente! dijo Clemencia.
— ¡Esto es horroroso y aterrador! repuso Constancia.
Mas temprano que otros dias, y como atraida por la tempestad, llegó la noche. Gertrúdis entró cargada de leña para avivar el fuego en la chimenea.
— Vengan Vds. á calentarse, señoritas, dijo; que el viento, como no tiene huesos, cuela por esas rendijas, y estarán Vds. arrecidas de frio.
— ¡Esto es espantoso! repuso Constancia al acercarse á la chimenea: ¡cuán pavorosamente aulla el viento en prolongados quejidos ó furiosas ráfagas! ¡cómo insulta al mar, y cómo se embravece este! Imposible será que nadie pueda dormir esta noche.
— ¿Qué? ¡Señorita! estamos hechos; todos los años por este tiempo, cuando las noches se van tragando los dias, se arma esta gresca: esto nos arrulla el sueño.
— Si pudiese, huiria de aquí esta noche, dijo Constancia; estoy horrorizada; el corazon no me cabe en el pecho; ¡tengo miedo!
— ¡Señorita, por Dios! ¿y de qué? repuso Gertrúdis gracias á Dios que vinieron los temporales; que el agua hacia mucha falta, y las nubes tienen un cuajo y son tan haraganas, que si no las arrea el viento, no se mueven. ¡Vaya! De poco se asusta Vd. ¿Acaso el ruido hace daño ni rompe hueso?
— Es, dijo Constancia, que parece que el mar se quiere tragar á la tierra, y cada uno de sus bramidos una amenaza.
— ¿No ves, dijo Clemencia para tranquilizar á Constancia, cómo le falta aliento al vendaval y desmaya, y cómo aquella alta roca en la playa se levanta cual dedo que tuviese la mision de advertir al mar que no traspasase sus límites?
— Deje Vd. al viento y al mar que se alboroten y rabien; un freno tienen, que no romperán, dijo Gertrúdis.
— Pero... ¿y los infelices que pueden peligrar?
— ¿Y por qué habia de dar la casualidad de que alguien peligrase? Pero ya veo que tienen sus mercedes buen corazon y buenas entrañas, así como una señora que estuvo aquí en una ocasion. ¡Pobre señora, qué noche pasó! Bien que el caso no era para ménos. ¡Qué noche pasámos todos!
Apresuráronse Constancia y Clemencia á preguntar á Gertrúdis cuál era el caso á que se referia, y Gertrúdis con ese afan comunicativo que tienen las gentes en general, y las ordinarias en particular, en lo concerniente á lo horrible y estraordinario, sin pararse en cuán poco á propósito era el momento para referir cosas de esa naturaleza, que solo servirian para aumentar el estado agitado y sobreescitado en que se hallaba el espíritu de las jóvenes, empezó así su relato del que damos un estracto.
— Por el año de 34, cuando el cólera, cada cual trató de huir de los pueblos contagiados, y aislarse en el campo. La señora habia ido á una de sus haciendas, y ofreció este coto á una de sus amigas, cuyo marido estaba ausente. Vagaba en aquel entónces por estas tierras una partida de ladrones, que tan pronto se hallaban en una parte, tan pronto en otra, huyendo á Portugal cuando se veian acosados de cerca, sin que se les pudiese dar alcance: así es que tenian asustado al mundo entero por las atrocidades que de ellos se referian. Mi marido (en paz descanse) vivia con vigilancia, y las puertas de la hacienda, siempre cerradas, no se abrian. Una tibia noche de otoño se habia dejado caer mas negra que el Viérnes Santo, mas callada que un cementerio. La señora se habia sentado junto á una ventana, y estaba embelesada; la moza y yo platicábamos, dándole cuerda al reloj, que señalaba las doce, cuando de repente fué interrumpido el silencio por un grito agudo que resonó á poca distancia del caserío, y que decia: «¿No hay quien me favorezca?» La señora saltó de su asiento, mas blanca que una imágen de piedra.—¿Qué es eso? esclamó despavorida.—¿Qué ha de ser? respondí: algun infeliz que pide socorro.
— Llamad á vuestro marido, esclamó la señora, y á vuestros hijos. ¡Jesus! que no pierdan tiempo en socorrerle. — Pero mi marido se negó á ir. — Señora, le dijo, haré cuanto su merced me mande; pero en cuanto á eso, es imposible. Esa es una treta de la que suelen valerse esos desalmados, como ha sucedido ya muchas veces, para que les abran las puertas de las haciendas, en las que se arrojan en seguida á saquearlas. — La señora se estremeció y dejó de insistir; pero en aquel instante volvió á oirse el grito mas angustioso, «¿no hay quien me favorezca?»
— ¿Quién oyó jamas, esclamó la señora fuera de sí y dando vueltas por el cuarto, quién puede oir á otro clamar que le favorezcan, y no acudir á auxiliarle? no es dable, no hay consideracion, no hay peligro que pueda ni deba impedirlo. ¡Oh! ese es un impulso que nada puede ni debe retener, pues Dios lo otorga y lo sanciona. ¿Qué decís vos? añadió dirigiéndose á mí.
— Señora, contesté, Curro tiene buenas entrañas, y á valiente no lo gana ninguno; cuando él no lo hace.
— Es porque no debo hacerlo, dijo Curro; ademas la partida es de diez hombres, y acá solo somos tres; ¿qué podríamos hacer? Señora, responsable soy de la hacienda, de su mercé y de sus hijitos, que ademas de todo podrian llevarse en rehenes.
La señora, al oir estas palabras, se dejó caer mas muerta que viva sobre una silla.
Curro y mis hijos tomaron sus escopetas haciendo de vigías, y dando vueltas por el patio. Así pasó aquella lóbrega noche, oyendo de rato en rato aquel clamor siempre el mismo, ¿no hay quien me favorezca? Pero cada vez fué mas de tarde en tarde, cada vez mas plañidero, cada vez mas débil, hasta que se fundió en un gemido, en un estertor, en un suspiro.
No les pintaré á Vds. la noche que pasámos, en particular la señora, que no sabia dónde huir de aquel espantoso clamor, que en el silencio de aquella noche de calma, en que todo callaba y estaba inmóvil como petrificado por el horror, y en que la misma noche parecia haber cerrado sus ojos, pues no se veia estrella alguna, se esparcia por todas partes claro y distinto como se esparce la luz. Ya ven Vds., añadió Gertrúdis, que no es el viento ni la mar los que pueden causar mas espanto y dar peores noches. ¿Qué nos importa que se jaleen el viento y la mar? Estos son sus desahogos, como los tiene el caballo que libre de su freno, corre y retoza á su placer, hasta que le llama su amo.
— Pero á la mañana siguiente, — preguntó Constancia, en quien la narracion habia aumentado el pavor y la angustia, — á la mañana siguiente, ¿averiguóse algo?
— A la mañana siguiente, respondió Gertrúdis, subió mi marido al mirador, y habiéndose cerciorado de que cuanto alcanzaba su vista todo estaba solo y tranquilo, abrió la puerta, salió, y... Pero, señoritas, están sus mercedes temblando, y con las caras como azucenas: hablemos de otra cosa.
— No, no, esclamó Constancia, acabad. ¿No sabeis que lo real, por terrible que sea, lo es ménos que lo vago, y que es mas terrible la sensacion al caer, que no el golpe de la caida?
— A la mañana siguiente pues, prosiguió Gertrúdis, halló Curro al pié de la Cruz un hombre muerto.
— ¡Jesus, María! esclamaron Constancia y Clemencia.
— En su larga agonía, y en las ansias de la muerte, se habia él mismo medio enterrado en la arena.
— ¿Habia sido asesinado?
— No, respondió Gertrúdis; era una muerte natural.
— ¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Clemencia, cruzando sus manos: la caridad le hubiese quizá salvado, y la prudencia le dejó morir!
— ¡Ay! señorita, dijo Gertrúdis; jamas se lo perdonó el pobre de mi Curro, que desde aquel dia hincó la cabeza, y no volvió á estar nunca mas alegre, y en los delirios del tabardillo que se le llevó años despues, repetia sin cesar y asombrado: ¿No hay quien me favorezca?
En este instante un sonido brusco, fuerte, bronco y grave interrumpió el silencio que siguió á las últimas palabras de Gertrúdis, el que pasando en una ráfaga del huracan por cima del edificio, fué á perderse con él, en la inmensidad del coto.
— ¿Qué es esto? esclamaron ambas jóvenes, saltando de sus asientos.
— Es, respondió angustiada Gertrúdis, una boca de bronce que dice eso mismo: ¿no hay quien me favorezca?
— ¿Una boca de bronce? ¿Cómo? ¿Cuál?
— La de un cañon.
— ¿De un cañon? ¿Dónde está?
— En un buque.
— ¡Jesus, María! ¿Y pide socorro?
— Sí, porque naufraga.
— ¿Y no se le puede socorrer?
— Señoritas, respondió Gertrúdis sonriendo tristemente como se sonríe á un niño, ¿cómo quereis que le podamos socorrer? Pero dígoles á Vds., señoritas, — añadió la pobre mujer, estremeciéndose al oir un nuevo cañonazo, — que ni en el infierno se halla tormento mayor que oir pedir socorro y no poder prestarlo.
¡Cosa singular! Repetíase por segunda vez la terrificante noche cuya pintura habia hecho Gertrúdis, solo que el clamor, ¿no hay quien me favorezca? en la ocasion que habia descrito Gertrúdis, era claro, plañidero, y llegaba como el eco de la debilidad que sucumbe, clamor que parecia respetar la naturaleza con su silencio; y que esta otra deprecacion á la humanidad, que resonaba á intervalos, era fuerte, solemne, heróica como la fuerza que lucha, y llegaba sobre las alas del huracan que la arrastraba consigo, como el jiron de una bandera que aun sucumbiendo retiene en su mano el valiente. ¡Noche espantosa! ¡Noche en que por segunda vez se presentaba en aquel lugar la atroz realizacion del desamparo! ¡Tremenda palabra! ¡El desamparo... que arrancó al Dios-Hombre en la cruz, su último gemido y su sola queja!
Cuando el dia echó sus primeras luces, pálidas y macilentas, alumbraron cual las de los blandones, los cadáveres de unos náufragos que la mar habia echado á la tierra, y á quienes la muerta y fria arena servia de adecuado féretro; mas adentro hácia las últimas rocas, se veian solo los masteleros del barco naufragado, como cruces sobre sepulturas.
— ¡Volemos! esclamó Constancia, en quien una espantosa y febril actividad demostraba un angustioso sobresalto; puede que aun se pueda socorrer á alguno. Y tomando de la mano á la trémula Clemencia, ambas en un entusiasta arranque de compasion, volaron hácia la playa, en la que aun venian soberbias las olas, cual montes de agua á arrojarse sobre la arena. Andrea, Gertrúdis y las demas las siguieron; pero cuando llegaron, hallaron á Constancia inánime en los brazos de la aterrada Clemencia, al lado del cadáver de un jóven oficial. En este habia reconocido la infeliz Constancia á su amante.
Poco despues yacia esta muda é inerte en su lecho, y como insensible á cuanto le rodeaba. Un propio volaba á Sevilla, y las autoridades de los pueblos mas cercanos habian acudido al lugar de la catástrofe, seguidas de los vecinos de aquellos.
Al dia siguiente llegó la Marquesa hecha un mar de lágrimas, tan trémula y tan horrorizada, que no quiso permanecer allí un momento, y volvió á partir, sosteniendo en sus brazos y cubriendo de lágrimas á su hija Constancia, que permanecia en el mismo estado. Al llegar á Sevilla, pareció reanimarse aquella naturaleza inerte; pero fué para agitarse en convulsiones y abrasarse en una calentura cerebral, que la puso cercana á la muerte. A los pocos dias fué mandada administrar: desde entónces se verificó en la enferma un cambio completo.
En su físico sucedió el letargo á la escitacion; en su moral, la calma á la agitacion.
Hallándose ocho dias despues fuera de todo peligro, Clemencia escribió á Villa-María que habia regresado, y recibió por respuesta el aviso de que al dia siguiente llegaria el carruaje de su suegro á buscarla.
— ¡Hija, le dijo la Marquesa al despedirse, no quiero que te vayas sin que te participe una nueva, que en medio de mis disgustos, me ha proporcionado algun consuelo. Si esa hija mia, Constancia, se ha empeñado en perder su suerte, Alegría, mas cuerda, se la ha ganado, pues se casa con el Marques, y mi hermana que por indócil ha desheredado á Constancia, instituye á la Marquesa de Valdemar por heredera.
— ¡Pobre Constancia! contestó Clemencia, y añadió mentalmente: — El mundo seduce... Dios llama. ¡Dichosa será, no obstante, aquella que desprecie la seduccion, y oiga la llamada!
FIN DE LA PRIMERA PARTE.