PARTE PRIMERA.
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CAPITULO I.
Aux poètes dramatiques l’action, aux romanciers l’analyse du cœur. A los poetas dramáticos pertenece la accion, y á los novelistas el análisis del corazon. J. A. David. Pour bien voir, il faut avoir regardé beaucoup. Para bien ver, es preciso haber mirado mucho. Alexis Du Valon. Le style vient des idées et non des mots. El estilo nace de las ideas y no de las palabras. Balzac.
No se canse Vd., D. Silvestre; cada casa es un mundo, — decia una tarde del verano de 1844 la Marquesa de Cortegana á su amigo y compadre D. Silvestre Sarmiento, miéntras este sorbia paladeándola una taza de café. — Tómelo Vd. por arriba, tómelo Vd. por abajo, cada casa es un mundo, aunque Vd. diga que no.
— Señora, yo no digo ni que sí ni que no.
— Así es Vd. en todo: ¡bendito Dios que le ha criado mas fresco que una lechuga! Como si no tuviese yo bastante con dos hijas, me manda Dios esa sobrina! Una sobrina... la cosa mas inútil del mundo!...
— Es una perla, Marquesa.
— Sí, una perla, que es para mí lo que fué la otra para el gallo! Capaz es Vd. de sostenerme que es una suerte, y que he ganado á la lotería!
— Yo no sostengo nada, señora.
— Pero lo da Vd. á entender, que es lo mismo. ¡Así cayesen en casa de Vd., llovidos del techo, media docena de sobrinos! Ya veríamos la cara que Vd. ponia.
— Señora, yo no soy rico, y es claro que me apurarian.
— Ya, ¡si Vd. cree que con dinero se compone todo!...
— No creo eso, Marquesa; pero creo que con dinero son las cargas ménos gravosas.
— ¡Así pudiese yo endosarle á Vd. mi sobrina! esa que Vd. llama perla. ¡Vaya! Como si no me sobrase con las dos perlas de mis hijas para darme que hacer! ¡Perlas! Cuidados sí que son las niñas.
— ¿Y por qué no la dejó Vd. en el convento?
— ¿Con diez y seis años la habia de dejar en el convento, para que toda Sevilla me quitase el pellejo, y me llamase tia tiránica? ¡Tiene Vd. unas cosas!...
— En efecto, tiene Vd. razon: ha sido acertado y ha hecho muy bien en sacarla del convento.
— ¿Que he hecho bien? Eso le parece á Vd. Pues no faltará á quien le parezca que he hecho mal.
La Marquesa era una mujer de cuarenta y ocho años; pero su completa falta de pretensiones y la exagerada sencillez de su traje y de sus maneras, la hacian aparecer de mas edad. Habia quedado viuda hacia algunos años, disfrutando de pingües rentas, las que tenia la habilidad de gastar todas, y á veces tomándolas anticipadamente, sin que nadie, ni ella misma, pudiese decir en qué. Era esto tanto mas estraño, cuanto que la señora, sin ser cicatera, no era generosa; sin ser agarrada, no era rumbosa; sin ser codiciosa, no era espléndida; y sin ser ordenada, no era tampoco despilfarrada. En lo demas de su carácter se hallaban iguales anomalías, puesto que sin ser malévola no hacia sino contradecir, sin tener mal carácter no hacia sino regañar, y sin ser maligna era contraria á todo. Así se ven á menudo en las gentes defectos y malas propensiones, que no son hijos del corazon ni del carácter, sino malas costumbres, que no corregidas en un principio, se arraigan como plantas parásitas. Pero el gran rasgo característico de esta señora era el de vivir apurada. La Marquesa no podia vivir sin un apuro que la agitase, siendo por consiguiente la antítesis de ciertos enfermos que no pueden vivir sin una dósis de opio que los calme; con la particularidad de que en invierno una gotera, y en verano un desgarron en la vela ó toldo que cubria el patio de su casa, la impresionaban y desazonaban mas que algunas calaveradas de marca mayor de su hijo el mayorazgo, ó la pérdida de una cosecha. Cuando no tenia un apuro que esplotar, se lo forjaba; y no solo disfrutaba ella de su creacion fantástica, sino que se incomodaba cuando los demas no la reconocian como cosa cierta y real. Pertenecia, pues, esta señora á la falange de Jeremías, que pasan su vida quejándose en un tono lloron que les es propio, como al mochuelo su lastimero canto. Se quejan de todo: de su salud aunque sea buena; de desgana, y comen bien; de desvelo, y duermen como marmotas; y con el mismo desconsuelo se quejan de los malos tiempos y de los mosquitos, de las contribuciones y de los portes de correo, de la muerte de personas queridas, y de que alumbra mal el reverbero: se quejan hasta de las cosas favorables, á las que siempre encuentra un pero, para servir de pábulo á sus lamentaciones.
Nacian en parte los defectos de esta señora de haber sido toda su vida muy mimada, primero por sus padres, luego por su marido, que fué un bendito y le siguió la corriente, y por los amigos de este, que hicieron lo que él: de lo que resultó que siendo la Marquesa una excelente criatura, aunque de pocos alcances, se habia hecho un ente personal é insufrible.
El hermano mayor de la Marquesa habia casado en Madrid, y estaba establecido allí, así como una hermana, viuda sin hijos de un hombre muy rico, alto funcionario de Ultramar, señora bastante amiga de mangonear y de intrigar, que era el Tu autem de la familia.
Por parte de su marido no habia conocido mas pariente cercano que un cuñado, que sirvió, y murió en campaña, dejando á su mujer embarazada; la que poco despues falleció en el parto de una niña, que recogió su tio, el difunto Marques, y la hizo educar en un convento; á la cual ahora acababa la Marquesa de traer á su lado, como hemos visto por la conversacion antecedente. Tambien vimos que la Marquesa hizo mencion de dos hijas.
La mayor, Constancia, que tenia diez y nueve años, era grave, concentrada, arisca y callada. Era alta, en estremo delgada, y de constitucion nerviosa. Sus facciones eran bellas y regulares, y sus ojos negros hubieran sido encantadores, á no haber en ellos algo de esquivo, duro y altanero, que marcadamente rechazaba. Bien fuese por causa de su carácter, ó bien por la viciosa educacion que le diera su madre, ó bien por algun mal estar físico ó moral, ello es que en sus maneras era generalmente displicente y díscola. Su madre la calificaba de rara.
La segunda, que se llamaba Alegría, y tenia diez y siete años, era un gracioso conjunto moral y físico, un fresco arbusto de recio tronco y aguzadas puas, las que encubrian vistosamente una frondosa hojarasca y seductoras flores: era morena, pálida y pequeña, pero bien proporcionada desde su diminuto pié hasta su garbosa cabeza. Sus magníficas cejas y pestañas, negras como el azabache, daban, cuando sonreia, á sus ojos guiñados y de un gris de ceniza, una dulzura infinita, y á sus miradas tal picante, que hacian decir á sus apasionados que tenia alfileres en los ojos. No obstante, la espresion de aquellas miradas y la dulzura de aquella sonrisa, ocultaban un alma vulgar, un entendimiento limitado, pero perspicaz y sutil, y un corazon ahogado en egoismo. Calificábala su madre de buena alhaja.
Todas estas cosas en ambas hermanas estaban muy á las claras. Hay en nuestra sociedad, como en todas las humanas, bueno y malo. Hay mujeres, y son las mas, que son buenas, francas, que tienen mucho talento, y que sellan estas cualidades con la mas encantadora y mas comun en España, la ausencia de pretensiones; hay medianías, y hay mujeres de mala y de perversa índole. Pero lo que no se halla, sino rara vez, es ese artificio, esa falsedad, ese admirable talento de fingir, esa hipocresía que las mujeres que no son buenas, ponen en práctica en otros países. Aquí habrá, en las mal educadas y mal inclinadas, tretas, ardides y hasta mentiras para ocultar sus manejos y sus intrigas, eso sí; pero ocultar su propio yo, eso al ménos, gracias al cielo, es muy raro. Puede que ese digno orgullo, esa noble franqueza mujeril, que hace despreciar á la española el aparecer otra de lo que es, desaparezcan dentro de poco con la saya y la mantilla, á fuerza de capotas y de novelas francesas, sin que tengan presente las mujeres que cada monería les quita una gracia, y cada afectacion un encanto, y que de airosas y frescas flores naturales, se convierten en tiesas y alambradas flores artificiales.
En cuanto á Clemencia, la sobrina de la Marquesa, que á los diez y seis años salia del convento como una blanca mariposa de su capullo de seda, era de aquellas criaturas á las que, como al mes de Mayo, regala la naturaleza con todas sus flores, toda su frescura, todo su esplendor y todos sus encantos.
De mediana estatura y perfectas formas, blanca y sonrosada como un niño inglés, su dorado cabello la cubria toda cuando estaba suelto, como un manto real de oro. Sus grandes ojos pardos tenian un señorío tan dulce y grave que parecian haber sido colocados por la Nobleza en la cara de la Inocencia. Su hermosa boca tenia sonrisas de ángel, como las que en la cuna tienen los niños para sus madres.
Cuando estaba en entera confianza, demostraba una gran alegría de corazon, ese magnífico y simpático don que el cielo suele repartir á sus favoritos, esto es, á los niños, á los pobres y á los sanos de corazon: resplandecia esta alegría en sus ojos como brillantes, iluminaba su sonrisa como la luz, y animaba su rostro como anima la música una fiesta. Un observador hubiera notado que su alma tierna era impresionada por la lástima y el dolor, con la misma actividad y el mismo calor que demostraba en la alegría; pero la sociedad observa poco y mal lo que no se roza con ella.
Era de notar cuán distinto era el atractivo de estas tres jóvenes. Constancia atraia por su mismo desvío, por la especie de aislamiento y de misterio en que se envolvia, como la cúspide de un alto monte en nieves y nubes, rechazando con frialdad y decision toda comunicacion é intimidad. Dábase así, sin buscarlo ni desearlo, todo el valor de una dificultad, toda la superioridad de un imposible, cosas llenas de prestigio para el hombre, al que todo ensayo que se eleva á empresa, escita fuertemente.
Alegría tenia la seduccion de la gracia, la incitacion de la que tiene y sabe hacer uso de los medios de agradar, el aturdido desgaire de la niña, alternando con el indisputable despotismo mujeril; el quiero y no quiero del capricho, lo picante de la burla, lo salado del chiste, dones todos que tan poco valen y tanto merecen, y que hacen patente cuán sabios fueron los griegos en personificar al Amor en un niño ciego.
Clemencia en cambio solo tenia el tibio encanto de la inocencia, el desapercibido mérito de la modestia, é inspiraba en la superficial sociedad el interes que desciende, como es el de los viejos hácia los niños.
En cuanto á D. Silvestre Sarmiento, tenia este señor sesenta años, la barriga prominente, la nariz de loro, con iguales circunstancias, y en su rostro una coleccion de hoyos de viruelas de diferentes tamaños y matices. Era hermano de un rico mayorazgo de Osuna, que hacia cuarenta años le pasaba una módica pension que sufragaba ampliamente á sus modestas necesidades, y le habia hecho la personificacion del dulcísimo farniente. Nunca se le habia conocido inclinacion marcada alguna; ni á las bellas, ni á los caballos, ni á la caza, ni á la pesca, ni al juego, ni á los libros, ni á la chismografía, ni á la política, ni á la homeopatía, ni á la alopatía, ni al teatro, ni al ajedrez, ni á la lotería... ni aun á los toros. Solo á dos cosas se le conocia afeccion y desafeccion decidida: la primera era á tomar el sol, la segunda á los caminos de hierro.
Basta ya de este buen señor, que en nuestra relacion como en todas partes, no hará mas papel que el de comparsa.
— Vamos, dijo la Marquesa, digo y repito que cada casa es un mundo: es preciso que se convenza Vd. de ello. En la mia es hoy dia aciago. ¿Quiere Vd. creer que me escribe mi hermana de Madrid que no hay quien sujete al loco de mi hijo Gonzalo, y que se va á Paris? ¡A Paris, ese foco de corrupcion!!
— Como está eso de moda... repuso D. Silvestre.
— ¡Vaya una razon de pié de banco! ¿Con que si se pone de moda tomar veneno, aprobará Vd. tambien que lo tome mi hijo?
— Marquesa, yo no he aprobado nada.
— Pues agregue Vd. á esto que mi hijo Alfonso ha salido del colegio de artillería, y quiere pasar á la brigada de montaña.
— Me parece, señora, que este es un caso de enhorabuena.
— ¿Qué enhorabuena? Usted siempre contradice. ¿Y el uniforme? ¿Y el caballo? ¿Y lo peligroso del destino? En nada de eso piensa Vd. Pues agregue Vd. á esto, que á Juan, necio é ingrato criado, despues de estar tantos años en mi casa, le ha entrado la locura de casarse. ¿Podrá darse semejante disparate?
— Pero, señora, todo el mundo se casa.
— ¿No digo que no puedo hablar una palabra sin que Vd. me contradiga? ¿Con que le parece á usted acertado y muy en el órden que ese ingrato estúpido me deje á mí, despues de tantos años, por una muchachuela de enaguas de bayeta?
— Señora, el amor....
— ¡Mire Vd. quien habla de amor! Usted que en su vida ha sabido lo que es. Pero no es eso lo peor, prosiguió cada vez mas apurada la Marquesa, lo peor es lo que ha sucedido esta mañana. ¡Jesus! Dios mio, ¡qué desgracia!!!
— ¿Cuál, señora? preguntó D. Silvestre.
— Figúrese Vd. que un gallego, venido de los infiernos, llegó esta mañana trayendo unas macetas para colocarlas en el armazon alrededor de la fuente; haciendo lo cual dió el muy salvaje un golpe al Mercurio, y le ha quebrado un ala del pié.
— Y con ella una del corazon de mi madre, observó Alegría, que aunque apartada, oyó este último gemido de aquella.
— ¡Mas quisiera, prosiguió la Marquesa, sin atender á lo que decia su hija, que me hubiese el tal caribe roto á mí un brazo!
— ¡Jesus, Marquesa! ¡tales cosas!... dijo pausadamente D. Silvestre.
— ¡Tan hermoso como era mi Mercurio! prosiguió con voz lastimera su dueña. ¡Tan bien como hacia entre las flores! ¡Qué desgracia! ¡Solo á mí me suceden estas cosas! ¡Qué desgracia, Dios mio!
— Como que no podrá volar, observó Alegría.
La Marquesa tenia efectivamente sus cinco sentidos en aquella estatua de yeso macizo, casi de tamaño natural, y en otras cuatro, mas pequeñas, que representaban las cuatro estaciones del año y adornaban en verano los cuatro ángulos del gran patio de la casa.
En este momento entró una señora de edad, alta y gruesa, con paso decidido y aire imponente.
— Eufrasia, le gritó la Marquesa apénas la vió, mujer, tú que tanto has visto y tanto sabes, ¿no me podrás decir si habrá medio de pegarle el ala á mi Mercurio?
— Madre, dijo Alegría, dígale Vd. al talabartero que le haga unas correas, y se le pondrá el ala á guisa de espuela.
— Lo que yo quisiera es encontrar quien te cortase á tí las tuyas, repuso la Marquesa contemplando á su amiga que permanecia en ademan meditabundo.
— ¿Nada discurres, Eufrasia? le preguntó al fin tristemente.
— Mira, contestó esta en campanuda voz de bajo, conozco á un lañador tuerto, muy hábil. Si este no te lo compone, no lo compone nadie.
— Soy de parecer, dijo Alegría, que en lugar de al lañador, llame Vd. al miedo, que es el que tiene fama de poner alas en los piés.
— Pero, mujer, observó la Marquesa sin atender á su hija, se le conocerán las lañas.
— Soy de parecer que las lañas tengan goznes para que no le impidan volar, observó Alegría.
— ¡Las perlas!... ¡Las perlitas! dijo impaciente la Marquesa, dirigiéndose á D. Silvestre. ¡Caramba con ellas! Calla, insolente perla, calla; que nadie te da vela para este entierro.
— ¿Para el entierro del ala de Mercurio? preguntó Alegría.
Entretanto decia en consoladoras palabras Doña Eufrasia á su amiga:
— Mujer, las lañas no desfiguran ninguna pieza. Las puedes mandar pintar de blanco, y no se conocerán; mas yo si fuese que tú, para igualar los piés, le mandaba aserrar el ala al otro pié: maldita la falta que le hacen; y te digo mi verdad, que desde que las vi me han hecho contradiccion; me han parecido siempre espolones de gallo.
— Eufrasia, dices bien: perfectamente discurrido; como por tí; mejor va á quedar. Es claro que estará mejor; miéntras mas lo pienso, mas acertado me parece tu discurso.
— ¡Por supuesto! añadió Alegría. No sé cómo Usted, que le gustan las cosas con pié de plomo, le consentia á su querido Mercurio piés alados.
CAPITULO II.
Diremos algunas palabras sobre la señora amiga de la Marquesa, viuda del Coronel Matamoros, uno de los jefes improvisados en la guerra de la Independencia; no porque sea un personaje muy interesante, ni tampoco porque haya de servir en los cuadros que vamos bosquejando, de otra cosa que de estorbo, sino porque es preciso, cuando una vez se ha sacado á un individuo á la palestra, decir quién es.
Cuando su consorte el difunto Coronel era cabo, solia cantar dirigida á la hija de un mesonero navarro, mocetona viva, dispuesta y saludable, recia en lo físico y lo moral, la siguiente copla:
Manda al diablo los paisanos; Que te prometo, morena, Que en siendo yo Coronel, Tú serás la Coronela.
Y así fué; pues cuando en la guerra contra la invasion francesa llegó el bizarro cabo á mandar un regimiento de dragones, la hija del mesonero, cumplido el vaticinio, montaba á horcajadas á su lado con unos brios y una soltura dignos de brillar en un circo ecuestre, y de ser envidiados por las amazonitas del dia, que no hay potro mal domado que las arredre, y huyen y gritan al ver un raton.
Vestia en tales escursiones, pantalones á lo mameluco, una chaqueta militar con faldoncillos, en cuyas bocamangas lucian tres galones como tres rayos de sol. Llevaba en la cabeza una gorrita por el estilo de gorra polonesa, confeccionada con una notable falta de gracia, y adornada con unas grandes plumas negras, que cuando corria se llevaba el viento hácia atras, de suerte que parecia el humo de un vapor. Adornaba ademas esta gorra una escarapela tamaña como una rueda de sandía. Los soldados al verla se entusiasmaban; la intrépida amazona tenia un partido loco con la tropa; por seguir á su Coronela y á su bandera, hubieran los soldados pasado no solo por el agua, sino por el fuego. ¡Qué arrogante moza! Esta era la calificacion general, que no sin razon se le daba, y la que tanto sonó en sus oidos, que se la apropió y se identificó con ella como con su nombre de pila.
Doña Eufrasia siempre fué honrada, como buena navarra, y unas cuantas sonoras bofetadas habian cimentado sólidamente su respetabilidad en los campamentos.
Cuando esta suave indirecta habia sido dada á un antiguo conocido ó compañero de su padre, de charretera ó capona de lana, se habia este conformado mediante el conocido refran: patada de yegua no mata caballo.
Si era el escarmentado de los que llevaban charretera de plata, habíale contestado con el caballeroso y nunca desmentido axioma: manos blancas no ofenden.
A la sazon todo habia dejado de existir, la guerra, los mandos, el coronel, la guardia á la puerta, y la moza. Nada habia quedado sino lo arrogante; de lo que resultaba conservar dicha militara su hablar recio, su tono decidido, sus maneras bruscas y su obrar espeditivo. Se creia, con sobrada impertinencia, con derecho innato á imponer su veto á todo, como la Aduana á poner su sello; y nadie se lo contestaba.
Las gentes osadas gozan en sociedad unos privilegios y primacías que hacen poco favor á los individuos que la forman, pues esto prueba que son tan fáciles en dejarse imponer, como difíciles en dejarse guiar; tan dóciles á la presuncion desfachada como rebeldes y mal sufridos á la persuasion razonable y modesta. El vapor y la osadía son los dos motores, físico y moral, de la época.
Así era que Doña Eufrasia, á quien nadie podia sufrir, se habia hecho por su propia virtud un lugar en todas partes, y plantada en jarras en su puesto tomado por asalto, no habia guapo que la desalojase. Si alguna vez una persona poco sufrida le daba una respuesta agria y ofensiva, se amortiguaban estos dardos sobre la doble coraza que ceñia á la amazona: eran estas su falta de delicadeza, que la hacia no sentir sus puntas, y su grosero egoismo sobre el que se embotaban sus filos.
Era esta señora entremetida como el ruido, curiosa como la luz, é inoportuna como un reloj descompuesto. Lo que no le decian, lo preguntaba; si á fuerza de maña se lograba evadir sus preguntas, averiguaba lo que queria saber, valiéndose para ello de los medios mas chocarreros é innobles, sonsacando á los criados de las casas, entrándose por lo interior de las habitaciones, leyendo los papeles que hallaba, sin sospechar siquiera que esto fuese una villanía.
Sobre la Marquesa, que era débil — y, como todos los débiles, voluntariosa y despótica con sus subordinados, cuanto sufrida y dócil con los insolentes, — ejercia Doña Eufrasia un dominio incontrastable, á que se sometia la Marquesa con el placer que siente una persona religiosa en doblegar su voluntad á la de un santo director. Es cierto que en cosas caseras y económicas la Coronela, en vista de sus prácticos principios, poseia escelentes nociones; pero ahí se limitaba su saber y su aptitud, aunque ella no lo creia así, sino que sobre todo cuanto hay echaba sus fallos, como una nube sus granizos.
Como todo estraño que ejerce una influencia indebida sobre las cabezas de casa, era Doña Eufrasia temida y mal vista por todos los habitantes de la de la Marquesa, sobre todo por sus hijas, á las que solia proporcionar algunas filípicas de su madre, previniéndola mal contra ellas. Como todo el que siendo pobre, ignorante y viejo, no se pone en su lugar, á la sombra, era con razon este femenino rezago de la guerra de la Independencia un objeto de ridículo y tedio general; pero ella no lo notaba, y si se lo hubiesen dicho, no lo habria creido. Los que ciega el amor propio son como los que ciega la oftalmía: hay entre ellos ciegos finos y amañados, á los que un delicado tacto hace disimular su ceguera; y hay otros ciegos torpemente atrevidos, que andan con denuedo y alta frente, sin detenerse ni cuidarse de tropezar y chocar con cuanto se les pone delante. A esta categoría moral pertenecia la coronela Matamoros. Hay que añadir á este retrato daguerreotipado, que vestia ridiculísimamente, aunque sin pretensiones; porque conservaba un entrañable amor á los moños ajados, á las galas marchitas, á las modas añejas y á las alhajas de poco valor, pretendiendo con usarlas darse un aire madrileño. Gastaba peluca, pero una peluca de tales dimensiones y tan toscamente confeccionada, que no dejaba duda de que hubiese hecho su dueña una buena coracera. Como no era posible legitimar aquellos pelos espúreos, Doña Eufrasia se sacrificaba denodadamente en las aras de la verdad, confesando que era confeccionado aquel promontorio en calle de Francos, núm. 5; pero añadia en seguida con profunda conviccion, que habia perdido prematuramente su magnífica cabellera, por haber bebido en una alcarraza en que habia caido una salamanquesa. En fin, para dar el último toque á este retrato, diremos que esta señora habia hecho entre las gentes cultas que frecuentaba, acopio de términos escogidos, que pronunciaba y aplicaba desatinadamente. Consiguiente á las cosas referidas, en todas las casas que desfavorecia Doña Eufrasia, se la miraba como un censo irredimible, como una dolencia crónica, como un sobrestante inamovible, como una penitencia obligatoria, como una mala yerba indesarraigable, como una sanguijuela indesprendible; y sin embargo se la recibia bien; ¡tal es la indulgente tolerancia de nuestro trato!
La tolerancia llevada hasta sus últimos límites, esto es, hasta hacerse estensiva, no solo á gente sin educacion é inferiores en la jerarquía social, sino hasta á personas cuya conducta es mala ó deshonrosa con escándalo, es una falta de decoro y de distincion en la sociedad española, que con copiosos y justos argumentos censuran los estranjeros distinguidos.
En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto, tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos.
Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en su verdadera luz.
Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello, repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear, coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar que no moriria de cólico cerrado.
En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza.
El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un navío á la vela, se quedó estático.
— ¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un tintorero.
— ¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra.
— Será que va á salir de nazareno en la procesion del Santo Entierro, añadió la tercera.
— Es en honor de las violetas, á cuyo cultivo se ha dedicado desde que no se puede dedicar al de los laureles, dijo un jóven estudiante llamado Paco Guzman.
— Mas bien habrá sido al del palo de campeche, observó otra de las niñas.
— Os engañais todos, dijo Alegría: es que la han hecho obispo.
Doña Eufrasia, que á la sazon pasaba, y habia visto las risas y oido distintamente la última frase dicha por Alegría, se paró erguida, y revolviendo en sus órbitas sus redondos ojos.
— Si ello es así, dijo con su campanuda voz, cuidado no os confirme.
Y haciendo con la abierta mano un ademan significativo, prosiguió majestuosamente su marcha triunfal.
Algunos meses ántes de la época en que da principio esta relacion, siendo dias de la Marquesa, se habia reunido una numerosa concurrencia, cuando entró doña Eufrasia, vestida con una especie de dulleta guarnecida toda de pieles, embuchado en un boa su moreno rostro, y llevando sobre su peluca de marca mayor una gorrita, retoño de la de márras, igualmente guarnecida de pieles.
— ¡Miren! esclamó al verla Alegría: ¡ha resucitado Robinson Crusoé!
— Cate usted, dijo otra, un vestido de piel de oso, forrado en lo mismo: es un regalo del emperador de Rusia.
— ¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á pólvora francesa y está picado.
— Y ella tambien; ved los ojos que nos echa.
— ¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de muchas luces, muy vivo, muy ligero de sangre y algo aturdido, que ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría.
— Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra.
Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada señora, y le decia:
— Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el efecto que puede causar la Moscovita sensible.
— Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes Buenos, no teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el mundo, en no reconoceros por tal.
Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el espíritu de hostilidad que vive y reina.
— La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles contestar, en particular si datan de la guerra de la pendencia.
— ¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no la volvería yo á pisar, si no fuera por...
— ¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial, cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora.
— Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que subir, y es preciso despues de hecho, dejarlo reposar; y á tí te advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te engañe el confitero.
CAPITULO III.
Como hemos dicho ya que los apuros en la Marquesa, eran como las Dignidades eclesiásticas en las procesiones, esto es, que las menores pasaban ántes que las mayores, habia esta señora omitido en la enumeracion de apuros que confió á su amigo D. Silvestre, el mayor de ellos, del cual es preciso poner al corriente al lector, para la claridad de este relato.
Su hermana, que era madrina de Constancia, le habia escrito acerca de un asunto que traia entre manos. Era este el casamiento de su sobrina y ahijada, que habia contratado con el hijo de un Grande de España, íntimo amigo suyo, asegurándole su herencia entera en los contratos. Este enlace le habia seducido tanto mas, cuanto que el novio, que llevaba el título de Marques de Valdemar, era un jóven de mucho mérito, de muy buena presencia, y de unos modales tanto mas finos y simpáticos, cuanto que distando igualmente de la arrogancia pretenciosa que del tono desdeñoso (es decir, no teniendo el afan de copiar á los franceses ni á los ingleses), eran españoles netos. Este bello tipo, lo decimos con dolor, se va haciendo raro, pues los mas frecuentes, y sobre todo los que mas se ponen en evidencia, son los que afectan un estranjerismo chocante, ó un españolismo grotesco y chocarrero.
La Marquesa habia hablado sobre este asunto á Constancia, y con asombro suyo la habia hallado muy mal dispuesta para este ventajoso y brillante enlace. Esta rareza sobrepujaba á todas las de su hija Constancia, y era una de las causas de su profunda indignacion contra la denominacion de perlas, que daba muy gratuitamente D. Silvestre á las niñas, Verdaderamente no sabia la pobre señora qué hacer, al ver que á pesar de sus reflexiones, consejos, súplicas y anatemas, estaba su hija cada dia mas firme y decidida en su negativa, no atreviéndose á escribírselo á su hermana por temor de incomodarla, sabiendo que era poco amiga de contradicciones, y temiendo que viéndose desatendida desheredase á su ahijada.
La Marquesa, que no tenia nada de lince, no buscaba ni veia mas causa á la negativa de su hija, que sus rarezas y la gran indocilidad de su carácter; pero en realidad existia otra.
Dos años ántes habia venido destinado á Sevilla un jóven artillero, pariente de la casa, llamado Bruno de Vargas. Era este un jóven, grave por carácter, y metido en sí por tempranas desgracias de familia. Cuando llegó, tenia veinte y tres años, y Constancia diez y siete; y desde entónces se amaron.
Como en el carácter de ambos habia la fuerza, la energía y la pasion de una edad ménos tierna, resultó arraigarse en sus corazones ese amor español, firme y profundo, ménos efervescente quizas que los no meridionales, pero que no cambia, no desmaya, no se distrae; tan arraigado, que llega á tener el arrastre de una dulce costumbre, tan entero y esclusivo, que basta para llenar una existencia, así como un solo corazon basta para llenar un pecho.
La absoluta imposibilidad que existia en el enlace del jóven subalterno y la hija de la Marquesa de Cortegana, los habia llevado á ocultar profundamente sus amores, por no verlos combatidos. Contaban con el tiempo, que tanto hace y deshace para allanar dificultades; con su constancia, para vencerlas, y con la esperanza, para vivir entre tanto tranquilos y contentos. La esperanza no siempre tiene palabra de rey, pero sí tiene siempre consuelos de madre. Asistia Bruno de Vargas como uno de tantos á la tertulia de la Marquesa, sin que nunca hubiese mediado entre ellos mas coloquio que este.
— Tia, á los piés de Vd.
— A Dios, Bruno; me alegro de verte.
En cuanto á Alegría, la risueña niña no habia fijado aun su corazon, que guardaba como un sultan su pañuelo, dudando aun á quién favoreceria con él. Entretanto recibia incienso como tributo debido, sin que este ofuscase su vista, ni le impidiese distinguir y calificar las manos que se le ofrecian.
Aunque nada le habia dicho su madre sobre el proyectado enlace de su hermana, como esta señora no sabia disimular, y ménos que nada su mal humor, Alegría lo habia comprendido todo al notar las conferencias secretas de ambas, y oir en seguida á su madre hacer á todos un brillante elogio del recomendado de su hermana, el Marques de Valdemar, que habia de llegar en breve, y echar á renglon seguido las mas furibundas indirectas á Constancia, anatematizando á las niñas caprichosas, rebeldes y voluntariosas, raras y díscolas, que no atienden á los consejos de sus madres, y suelen hacer en su juventud disparates que les pesan despues toda su vida.
— ¡Buena tonta es mi hermana, pensaba Alegría, en perder semejante suerte! ¡y eso por ese cena á oscuras de Bruno, que es por cierto un novio á pedir de boca! Bien dice el refran, que no es la fortuna para quien la busca, sino para aquel á quien se viene á las manos.
Cuando Clemencia vino á casa de su tia, como su belleza era tan notable, tuvo una brillante acogida. Una voz general se levantó para celebrarla; por ocho dias no se habló en Sevilla sino de la hermosura y candor de la monjita de Cortegana; en fin, fué uno de esos gritos unánimes y espontáneos de admiracion, que arranca la verdad casi por sorpresa á un mundo, para el que la alabanza es como la limosna del avaro, escasa y dada de mala gana.
En cambio, la acogida que recibió en casa de su tia fué poco cordial. Pero en la primera edad, si no está la naturaleza viciada, hay tan pocas pretensiones, y el alegre y bondadoso carácter de la inocente niña era tan opuesto á ser exigente, que léjos de notar esta falta de cordialidad, no hubo en su corazon sino gratitud y contento.
Poco á poco, y como filtra una gota de agua por un ladrillo, fué como cayeron á manera de gotas de hiel en el corazon de Clemencia, las muestras de indiferencia, de desvío y hasta de desden que fué recibiendo.
Singular es la influencia que ejerce en nuestro sentir la luz en que se ponen las cosas y las personas; singular es, repetimos, la independencia de ideas, que pasa en el trato casi á contradiccion con las ajenas, y la subordinacion de impresiones, que llega casi hasta el propio anonadamiento.
Hemos observado bastante el mundo, y siempre hemos visto esta poderosa influencia, aun en el seno de las familias; y añadiremos que es esto á tal punto cierto y general, que solo la fuerza de la reflexion y el poder del convencimiento al ver la injusticia saltar á los ojos, nos han impedido á veces, ya en bien, ya en mal, ceder á este irresistible impulso, á este general contagio.
Así fué, que, á pesar del entusiasmo con que fué acogida aquella encantadora aparicion, aquella sonriente rosa, aquella azucena que abria su puro cáliz y despedia sus fragancias, sin saber ni el cómo ni el por qué, aquella radiante imágen pasó á segundo término, se deslustró, se empañó, cual si sobre ella se hubiese corrido un velo. Bastó que Constancia murmurase con aspereza: ¡Cosas de Clemencia! bastó que alguna infantil sencillez, hija de su falta de trato, escapase de sus inocentes labios, y llamase sobre los de Alegría una sonrisa burlona; bastó que su tia le dijese alguna vez con impaciencia: Calla, hija, por Dios... ¡calla! para dar ese impulso de baja que la sociedad se apresuró á seguir, repitiendo cuando se hablaba de ella: ¿Clemencia? sí, bonita es; es una infeliz; ni pincha ni corta.
¡Cuán verdad es, que solo somos en la sociedad lo que nos quieren hacer!
La pobre niña, humillada y rechazada, lloró y dudó de sí: ¡triste privilegio de las almas superiores! No trató de combatir; sino que por un impulso de bondad y un instinto de dignidad, se apresuró á colocarse de motu propio en el lugar en que conoció que querian colocarla, para evitar que la empujasen á él. Todos los lugares eran buenos para la modesta niña, siempre que en ellos no alcanzasen á herirla.
¡Cuántas veces en el mundo se ve un brillante, inapreciado por la injusticia y la malevolencia, entretanto que se engarza en oro y se ostenta un mal pedazo de vidrio! ¡Cuántas violetas florecen y mueren á la sombra! ¡Triste justicia humana, cuya balanza se inclina al soplo ligero del albedrío, al impertinente fallo de la pedante medianía, y al venenoso tiro de la envidia!
Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que habia inspirado, habia sido una benévola bienvenida en obsequio á su tia, y que cada cosa habia vuelto á su lugar.
Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias, no con resignacion y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita á los abrojos sus espinas, esto es, á los procederes hostiles sus malas causas.
Si alguna vez un desabrimiento ó una dureza la hacian llorar, bastaba una palabra ó una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y traer la sonrisa á sus labios. Esto lo hallaba á veces en su tia, que á pesar de su displicente carácter, era en el fondo bondadosa, y al ver llorar á su sobrina, el dia que estaba de mal humor se impacientaba; pero el dia que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entónces le dirigia la palabra con agrado, ó la obsequiaba con algun regalito, lo que hacia rebosar de gratitud el corazon de aquella niña, porque la gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de agua, que solo necesita una rendija para brotar puro y vivaz.
Pocos dias despues de la escena que dejámos referida en el primer capítulo, estaba un dia á la prima noche la Marquesa mas apurada y displicente que nunca. Ya habia echado varios trepes á las niñas, guardando Constancia un frio y obstinado silencio, contestando Alegría con atrevida falta de respeto, y vertiendo lágrimas Clemencia, cuando entró con paso firme su gigantesca amiga Doña Eufrasia, que todas las noches iba allá á tomar el chocolate y á hacerle la partida de tresillo.
— ¿Ya estás hipando, mujer? dijo al entrar, en tono de reconvencion. ¿Qué tenemos ahora?
— ¡Qué he de tener! Un hijo loco, derrochador, que me espeta hoy una letra de Paris de treinta mil reales.
— Tú tienes la culpa: ¿por qué le pagas las trampas? Miéntras mas le pagues, mas hará; el derrochar es como la sed de la hipocresía; miéntras mas se bebe, mas sed se tiene.
— Tengo, prosiguió la Marquesa, las hijas mas mal criadas, indóciles y desobedientes...
— Tú tienes la culpa, pues no sabes mantener la disciplina en tu casa.
— Esa Constancia que es la mas díscola, la mas indómita...
— Con pan y agua se ponen mas suaves que guantes, las rebeldes.
— ¡Calla, mujer: si tiene diez y nueve años!... observó la Marquesa.
— Pan y agua son manjares de todas edades, repuso la fiera militara.
— Tengo, prosiguió la Marquesa, á esa Alegría, que no piensa mas que en divertirse: todo el dia me ha estado moliendo para que la llevase á paseo. ¡Para paseos estaba yo!
— No accedas: ¡bien hecho! las niñas, recogidas; que el buen paño en el arca se vende.
— El buen paño en el arca se pica, replicó con aire desvergonzado Alegría.
— Calla, cuelli-sacada, le dijo su madre. ¡Ay Eufrasia! Tengo... tengo una sobrina llorona; por todo llora! ¿Me querrás decir, Clemencia, compotita de manzana, por qué estás llorando?
— Tia, repuso Clemencia, enjugándose los ojos, porque me habeis dicho que callo y no tomo cartas en vuestros altercados con mis primas, por no daros la razon; y no es por eso, sino porque pienso que no debo meterme en eso, pues mis primas se enfadarian; y tambien porque os aseguro, señora, que no sé qué decir.
— Pues aprende de Doña Eufrasia, le dijo al paño Alegría, que como dice la copla, bien podrá no tener nunca mucho que contar, pero sí tiene siempre mucho que decir.
— No se hace caso de las lágrimas de las niñas: ese es el modo de que no vuelvan á llorar esas Magdalenitas de mírame y no me toques, opinó Doña Eufrasia.
— Y lo peor de todo es, prosiguió la Marquesa, que Juan se me va; no parece sino que le picó la mosca; no hay quien le detenga.
— Ya eso lo sabia yo, repuso Doña Eufrasia, que efectivamente sabia cuanto pasaba en las casas que visitaba, sobre todo, lo perteneciente á la esfera inferior.
— ¿Tú? ¿Y cómo?
— Porque la novia fué á casa de la Jefa, donde sirve una hermana suya, para que se empeñara con su señora á fin de que á Juan le dieran una serenía.
— ¿Y la obtuvo?
— Sobre la marcha.
— A Juan, que es dormilon, dijo riéndose Alegría, le sucederá lo que á aquel otro sereno amigo de su comodidad, que dormia toda la noche muy descansado en su cama, con solo el cuidado de abrir de cuando en cuando la ventana, sacar la gaita y cantar la hora.
— Pero no te apures, Marquesa, dijo Doña Eufrasia; yo te tengo un criado pintiparado.
— ¿De veras, mujer? esclamó la Marquesa. ¡Cuánto lo celebraria! El ramo de criados está perdido. ¿Es de tu confianza? ¿Me respondes de él?
— Respondo, contestó Doña Eufrasia, bajando su voz á los mas profundos abismos de su robusta entonacion.
— ¿Le conoces?
— ¿Si le conozco? Veinte años le he tenido de asistente. Es un criado como hay pocos, y está hecho á mis mañas.
Esto de estar hecho á las mañas de Doña Eufrasia, aterró á las muchachas; pero satisfizo grandemente á la Marquesa, la que no obstante siguió preguntando:
— ¿Bebe?
— Agua.
— ¿Es enamorado?
— No mira mas cara de mujer que la de Isabel II.
— ¿Es fiel?
— Como el sello.
— ¿Tiene buen genio?
— Es un tórtolo.
— ¿Fuma?
— En la vida de Dios.
— ¿Es aseado?
— Como el oro.
— ¿Y entiende?...
— De todo.
— Vamos, dijo consolada la Marquesa, esta es una suerte que Dios me depara en medio de mis aflicciones. ¡Ay Eufrasia! siempre te apareces como tabla de salvacion en mis mayores apuros!
CAPITULO IV.
— Señora, dijo á la mañana siguiente el ama de llaves, ahí está el criado que envía la Señora Doña Eufrasia.
— Bien; díle que entre, contestó la Marquesa.
A poco entró la mas estraña figura que darse puede. Era una rara muestra de lo que es la espresion á los rostros y el continente á las personas; pues siendo el que se presentó, un hombre sin deformidad alguna, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, con facciones regulares, buenos ojos y buena dentadura, nadie podia mirarle sin reirse, ménos aquellos que tienen la desgracia de no reirse nunca. Estaba basta, pero aseadamente vestido; solo que los pantalones eran demasiado cortos, y en cambio los zapatos demasiado largos; la chaqueta era demasiado angosta, y el corbatin negro de charol demasiado ancho, lo que le obligaba á levantar la cara con inusitada arrogancia.
Su cabello, todo llamado á un lado y perfectamente alisado con clara de huevo, parecia un gorro de hule.
Pasaba su movible semblante repentinamente de la espresion mas alegre y vivaracha, de la sonrisa mas desparramada y satisfecha, á la seriedad mas grave é imponente; así como su persona pasaba instantáneamente de la mas activa petulancia á la mas estricta inmovilidad, poniéndose entónces en la posicion correcta de un soldado ante su jefe, juntando los piés, pegando los brazos á lo largo de los costados, y fijando sus ojos, sin pestañear, al frente.
Entró dicho sujeto, saludó, y dijo con la mas graciosa sonrisa y la mas marcada pronunciacion gallega:
— Dios dé buenos dias á Usía y á la compañía.
La Marquesa estaba sola.
— A Dios, hombre. ¿Tú eres el que vienes...
— De parte de la señora Coronela, sí, señora usía. Tiene la señora Coronela hoy un dolor de agua mal bebida y desmayos en los piés.
— Lo siento. ¿Y cómo te llamas?
— José Fungueira, para servir á Dios, á usía y á la compañía; pero mis amos siempre me han llamado Pepino.
— ¿Y de qué tierra eres?
— Gallego de Galicia, mas acá de Vigo, pasada la Puente San Payo y Pontevedra, ántes de llegar á Caldas, á mano derecha, se tira para la ria...
— Bien; ¿y estuviste mucho tiempo con la Coronela?
— Perdí la cuenta, usía: entré allá mocito de diez y nueve años; y estaba tan blanquito y coloradito que parecia un pero.
— ¿Y sabes servir?
— Señora usía, ¿no he de saber? Las casas me las bebo yo como vasos de agua.
— ¿Y puedes asistir bien á la mesa?
— ¡Vaya! no me gana el repostero del Obispo.
— Pero ¿sabes limpiar á la perfeccion la plata, el cristal y los cuchillos? ¿Eres prolijo en el aseo?
— Señora, yo lavo el agua.
— Es que yo soy muy estremada en ese punto.
— Mas lo soy yo, usía, que de tanto frotar dejé en casa de mi amo los cuchillos sin mango; hasta que tuvo que decirme el Coronel: Pepino, animal... mas vale maña que fuerza.
— Ten entendido que no tolero amoríos en mi casa. Si siquiera miras á la cara á una de las mozas, te despido acto continuo.
— ¡Las mujeres! ¡Malditas de Dios! mas cansadas que ranos. No las puedo ver; esceptuando lo presente, se entiende.
— Cuidado con el traguito; te advierto que no quiero criado que beba.
— Señora, yo no lo pruebo; no estoy tan mal con mis cuartos.
— Tampoco has de oler á tabaco; cuidado con eso. Si fumas, que sea en la calle, porque mis hijas no pueden sufrir el olor á tabaco, con particularidad el del malo que tú fumarás.
— Señora, no fumo: no gasto en eso mis cuartos.
— Lo primerito que te encargo, añadió la Marquesa, es el mayor cuidado y las mayores consideraciones con el Mercurio que está en el patio. ¿Lo has visto?
— No he visto á su mercé, usía. ¿Es de la casa?
— Por supuesto; ¿habia de ser de fuera? Le quitaras el polvo con un plumero.
— ¿Con un plumero? ¿No seria mejor con un cepillo, usía?
— No, que podrás dañarle.
— Vamos, tendrá su mercé dolor de osos (huesos).
— Si lloviese ó vieses aparato de lluvia...
— Le llevo un paráguas; bien está, usía.
— ¡No, hombre, qué disparate! lo tomas en brazos con muchísimo cuidado, y lo pones bajo techado.
— ¿En brazos? ¡Pues qué! ¿no sabe andar?
— ¿Cómo ha de andar una estatua de yeso, hombre?
— ¡Ya! ¿De yeso? Ya estoy. Aquel angelote es un Mercurio; cuidin que era un muñeco. Pierda cuidado usía; que he de mirar por él como por mi propio hijo, y como si fuera de carne y hueso como yo y usía.
— Muy bien; eso me place, que tomes interes por las cosas. Doy cuatro duros de salario. Ve si te acomoda.
— Señora, en la casa en que estaba, ganaba dos.
— Puedes venir desde mañana.
— No faltaré, usía; ántes faltará el sol.
— Pues á Dios.
— Que usía se conserve.
— Es una alhaja, pensó la Marquesa.
— ¡Cuatro duriños! ¡hice un viaje á las Indias! pensó el ex-asistente de doña Eufrasia; y se separaron muy satisfechos el uno del otro.
Al dia siguiente, poco ántes de la hora de la comida, decia Alegría á D. Silvestre, que los juéves semanalmente les acompañaba á la mesa:
— Madre ha tomado un criado, que solo su merced es capaz de apreciar. Es un desdoro para una casa tener en ella semejante facha grotesca, un gaznápiro igual. Pero á madre le entró por el ojo como un abejorro, porque le recomendó Doña Eufrasia que dice (Alegría se puso á remedar la voz de bajo de la Coronela para añadir) es muy hombre de bien; como si bastase ser hombre de bien para saber servir, y como si la recomendacion de esa sarjenta mayor fuese una patente. ¿Qué entenderá ese documento de archivo de lugar, del buen servicio de una casa? ¡Vea Vd.! ¿qué ha de saber de finura la que llama á los helados alelados, á los pigmeos pirineos y á los misterios ministerios, y que saluda diciendo: ¡Dios guarde á Vd.!
— Calla, calla, pizpireta, esclamó la Marquesa. ¿Qué se entiende hablar así de una señora como Doña Eufrasia, una mujer tan virtuosa, tan para todo, y que tanto sabe? Le digo á Vd., D. Silvestre, que es una suerte, en medio de mis desgracias, que se me haya proporcionado este criado, que es honrado, no es enamorado, ni bebedor, ni fumador. Dice Eufrasia que sirve á la perfeccion, y asiste al pensamiento, y que es un criado como hay pocos.
— Bueno es el juez y el fallo mejor, dijo Alegría.
— Pues sí que lo son, deslenguada. Pero hoy dia quieren cacarear los pollos mas recio que los gallos, y las pollitas saber mas que las gallinas. ¡Así anda ello! Quiero mejor en mi casa un hombre de bien, aun dado caso que estuviese torpe al principio, que no un tunantillo listo, que ademas de servir, sepa otras tracamundanas.
En este momento entró Andrea, el ama de llaves.
— Señora, dijo, ¿no ha mandado V. S. que se traigan merengues para postres?
— Sí; ¡qué majadería! ¿A qué viene eso?
— Es que no los quiere traer el mozo.
— ¿Que no? ¿Por qué?
— Porque dice que nunca ha oido nombrar semejante cosa; que es un chasco que le queremos dar, mandándole por una cosa que no encuentre, y que no es la primera vez que en las casas en que ha estado, le han hecho esa jugarreta.
— Díle que venga acá, dijo gravemente la Marquesa.
De allí á un rato, apareció el fámulo á paso de ataque, alta la frente, gracias al corbatin de charol, y se cuadró en su posicion; pero tan cerca en estremo de su señora, que esta que se habia propuesto dispensarle todas sus desmañas, é irle enseñando, le dijo:
— Mas léjos, hombre; cuando te se llame, te quedas á la puerta aguardando órdenes.
Pepino dió media vuelta á la derecha y se plantó en su posicion á un lado de la puerta; pero no sin haberle dado, al volverse, un talonazo que hizo retemblar todos los cristales en sus compartimientos.
— Ten entendido, le dijo la Marquesa, que tienes que traer cuanto te pida Andrea; y que no tenga que volvértelo á decir. Ahora vé y trae los merengues.
Pepino dió media vuelta á la izquierda, y desapareció á paso redoblado.
— ¿Lo ve Vd.? — dijo Alegría, que á duras penas habia estado conteniendo la risa, — ve Vd., D. Silvestre ¡qué zopenco, qué gaznápiro! Mangoneando ha estado en la antecocina, habiendo roto un vaso y derramado el aceite de un reverbero. Andrea ha querido enseñarle cómo se hacen las cosas; pero él dice que todo lo sabe; que el que ha estado veinte años en casa de la coronela Matamoros, puede enseñar, y no tiene que aprender; y que en dos por tres se bebe una casa.
— Nadie nace enseñado, repuso la Marquesa, y vuelvo á decirte que mas quiero á este que á un pillastre con frac; ¡y cuidado cómo te ries delante de él! que aturrullas al pobre hombre.
De ahí á un corto rato, se volvieron á oir las zancajadas del diligente fámulo, que entró con su mas radiante sonrisa y sus mas contoneados movimientos.
Traia en la mano un bulto liado en papel de estraza.
— Ahí tiene V. S., dijo presentandoselo á la Marquesa.
— A mí no me los des, dijo esta; llévalos al comedor y ponlos bien puestos en un plato de los de postres.
— ¡Qué mal olor! esclamó Alegría. ¡Jesus! ¿qué es eso?—¿Qué trae ese hombre que ha inficionado todo el cuarto? ¿Qué es eso? á ver...
Pepino se volvió, y dijo entreabriendo el papel:
— Son los arenques, señorita. Véalos su mercé.
— ¡Véte, corre, tira eso! esclamó Alegría, soltando la risa, y díle á Andrea que venga á sahumar.
— ¡Qué torpe! ¡qué ganso! dijo con acritud Constancia.
— ¿Pues no me los mandaron traer? repuso Pepino con dignidad ofendida.
— Véte, lárgate, desaparece con tus arenques, gritó Alegría.
Pepino asustado con el grito de Alegría, dió una vuelta tan brusca que todos los arenques cayeron al suelo.
A poco fueron á comer.
La mesa presentaba un estraño espectáculo. Las servilletas dobladas con arte chaclueco formaban mitras, torres de chuchurumbel y obeliscos egipcios. Cada vaso estaba colocado respetuosamente en un cubillo de botella, y estas habian quedado en humilde contacto con el mantel.
En cada sitio designado á una persona habia media docena de cubiertos, no sabemos si con el fin de que luciese toda la plata, ó si por evitarse la molestia de remudar los que hubiesen servido.
La Marquesa que se habia propuesto hacer de su protegido un lúcido discípulo, tuvo la paciencia de colocar cada cosa en su lugar con las debidas esplicaciones.
— ¡Ya, ya! decia Pepino, cada casa tiene sus usos.
Apénas se habia acabado de servir la sopa, cuando Pepino con su acostumbrada disposicion y viveza, levantó ligera y airosamente la sopera, y colocó en su lugar la ensalada.
Alegría soltó el trapo á reir.
— Esto no se puede tolerar, murmuró Constancia.
Su madre les echó mirada severa.
— Quita la ensaladera, dijo con admirable paciencia á su discípulo, y en su lugar pon el frito.
— ¡Qué mala carne! observó esta despues de un rato, al partir la de la olla.
— Pues la pedí de regidor, dijo Pepino; pero los carniceros son unos ladros.
— Calla, mandó la Marquesa.
Pepino se revistió de su seriedad, y se puso en su posicion.
El primer plato de que se componia el segundo servicio, era un pollo asado.
— ¡Ah! esclamó al colocarlo en medio de la mesa el nuevo criado con la cara mas alegre y animada que nunca: ¡qué hermoso gallo para comerlo entre tres amigos, y dos durmiendo!
— Calla, volvió á decir la Marquesa: coloca el pollo delante del Señor D. Silvestre, y no vuelvas á meter tu cucharada en nada.
— Señora, esclamó el interpelado, pasando repentinamente de su aire jovial á su aire digno, no he metido en nada mi cucharada; yo sé vivir; desde que almorcé no he probado bocado.
— Lo que se te advierte, repuso impaciente su ama, es que no hables; enmudece, y no te estés ahí parado. Trae lo demas; ¿á qué aguardas?
— A que acaben sus mercedes de comer el pollo, contestó el inteligente mozo de comedor.
— Anda, hombre, y haz lo que se te manda, advirtió con renovada paciencia su señora y directora.
Pepino volvió en seguida con otra fuente, que contenia corbina guisada.
— ¿Dónde coloco esta corbeta? preguntó.
Alegría prorumpió en carcajadas.
— Ese hombre no sabe ni hablar, dijo ásperamente Constancia.
— ¿Que no sé hablar? repuso con su aire mas majestuoso Pepino. Señorita, otra cosa no sabré, pero lo que es hablar, lo aprendí desde que nací.
Omitiremos los incidentes del mismo género de los referidos, que acaecieron en los postres, y pasaremos con la Marquesa y demas á la sala donde iban á tomar café. Apénas se hubieron sentado, cuando entró Pepino trayendo la batea, con la cabeza tan erguida y tan quebrado de cintura, que no parecia sino que traia una corona y un cetro que ofrecer á su señora.
Colocóla sobre la mesa, preparándose con soltura á servirlo, medio llenando en un abrir y cerrar de ojos las tazas de azúcar.
— Véte, Pepino, dijo la Marquesa; el servir el café no es de tu incumbencia.
— Yo no quiero que sus mercedes se incomoden; respondió el obsequioso mozo, agarrando con denuedo la cafetera.
Constancia se la arrebató, ántes que la fusion del líquido y del azúcar hubiesen producido el almíbar de café que de ella debia necesariamente resultar.
Algun tiempo despues vió confirmadas la Marquesa las esperanzas puestas en la fidelidad y moralidad del ex-asistente de Doña Eufrasia, puesto que en una entrevista particular y confidencial que tuvieron, descubrió con escándalo y dolor: primero, que la cocinera fumaba; segundo, que la mujer de cuerpo de casa se bebia el vino; tercero, que la costurera se llevaba de noche varios comestibles á su casa; cuarto, que la doncella tenia un novio que le hablaba por la reja; y quinto, que Andrea sabia y hacia la vista larga á todas estas infamias.
— ¡No puede ser! esclamó horripilada la Marquesa al oir tan funestas revelaciones.
— Pues no lo crea usía, repuso con toda su dignidad el fiel servidor, sentido de que su señora dudase de su veracidad. No lo crea usía; á bien que no es voto de castidad.
Pepino queria decir artículo de fe.
Con esto hubo una de San Quintin en la casa. Llovieron sobre Pepino como saetas las miradas malévolas, y fué el blanco de las indirectas mas punzantes. Pepino envalentonado con la creciente proteccion de su señora, todo lo miró con el frio desden con que una pared maestra los pelotazos de niños dañinos.
Pero algun tiempo despues tuvo la Marquesa el dolor de ver á su favorito venir á servir el almuerzo en un doloroso estado. Cojeaba y estaba medio derrengado; uno de sus ojos yacia oculto en una prominente hinchazon, del fondo de la cual salia su triste mirada como un rayito de luna por una rendija.
La noche ántes, al ir á llevar una carta al correo, manos invisibles por la oscuridad le habian apaleado á su sabor, diciéndole que era por la primera; que á la segunda se le cortaria la lengua.
La Marquesa compadecida esclamó que así perseguia siempre en este mundo el vicio á la virtud, y dió á su virtuosa policía secreta cuatro duros por via de indemnizacion de los percances del oficio.
Al percibir la moneda de oro, el mencionado triste rayito de luna se trocó en brillante rayito de sol.
CAPITULO V.
Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era Andrea, que habia sido su ama.
— ¡Válgame Dios, hija! — le decia esta una mañana en que solas se hallaban en el cuarto de Constancia:—¿es posible que des esta pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te parecia todo el monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte.
— ¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia.
— ¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter monjas.
— Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno ni en lo otro.
— Pues entónces... deja de querer á Bruno, que consentido estará en otra cosa.
— Como tal cosa me vuelvas á decir, esclamó Constancia, te creo mas enemiga mia que mi madre, mi tia y mi hermana.
— ¡Jesus! ¡qué estremosa eres! repuso Andrea. ¿No quieres que vea con dolor una cosa que no lleva camino, ni puede tener buen fin? Considera que te quedas sin la herencia de tu tia.
— ¡Mira qué espantajo! ¡Valiente cosa me suponen á mí mi tia ni su herencia! Herencia con condiciones... que se la guarde! ¿Para qué quiero yo ese dinero? ¿para dorar mi desgracia? No, ama, no; quiero ser feliz á mi gusto y sentir; y lo seré sin herencia, sin grandeza y sin titulos: goce de esas decantadas felicidades quien las aprecie y desee. Yo solo una felicidad aprecio y deseo; y si llego á lograrla, aunque sea en mi vejez, daré por bien empleada mi juventud en esperarla. Así entiende, ama, — para que no me exasperes mas de lo que lo estoy, alistándote con las otras para atormentarme, — que solo á un hombre amaré en mi vida; que me arrancarán el corazon ántes que le olvide, y que no me casaré con otro, aunque de no hacerlo, tuviese que pedir un pedazo de pan de puerta en puerta.
— La vida es larga, hija mia! suspiró Andrea.
— ¡Eso mismo digo yo! repuso con vehemencia Constancia; y no se casa una por un dia ni dos, sino para morir con la cadena al cuello. Así, déjame en paz, y no te unas tú tambien á los demas para amargarme la vida.
Aquella misma mañana decia la Marquesa á su confidente D. Silvestre:
— ¡Jesus! hoy llega el Marques, y yo no sé dónde dar de cabeza. ¡Mi hermana que está tan consentida en esta boda, y tan ajena de lo que pasa! ¡Qué niña!... ¡Qué terca y qué sobre sí! ¡Ya tiene tres pares de tacones! ¿Qué dirá el Marques cuando se halle con ese erizo manzanero? Se volverá á Madrid muy ofendido, y con razon.
— Pero, señora, repuso pausadamente D. Silvestre, ¿porqué no previno Vd. este caso, escribiéndole con tiempo á su hermana?
— ¿Preveer? ¿Quién habia de preveer esto, á no ser profeta, ó un anteojo de larga vista como es Vd.? Siempre gradué que la oposicion de esa niña nacia de las rarezas y premiosidades de su genio díscolo: pero ¿habia de caberme en la cabeza que solo por ir contra mi voluntad y por ostentacion de independencia, rehusase una mujer de diez y nueve años á un hombre cumplido en todo, una posicion brillante, despreciase una Grandeza y la pingüe herencia de su tia?
— Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir ajeno.
— ¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de la sinrazon!...
— Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen.
— Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su manía y á ceder á la razon?
— Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo.
— ¿Y porqué?
— Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd. sobre sí una inmensa responsabilidad.
— ¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos, todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y unos mismos cimientos.
— Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud, Marquesa.
— A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd. siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer.
— Suspéndalo Vd. por ahora, señora. ¿Quién sabe si el Marques, puesto que es un hombre de tanto mérito, tendrá mas influencia sobre Constancia que no la voluntad que manda y los consejos que apremian?
— Dice Vd. bien una vez en su vida, D. Silvestre: es muy probable que sobre esa niña díscola y rebelde, pueda mas un buen mozo que una buena madre. Le aseguro á Vd. que el dia que se case esa perlita, le mando decir á San Antonio una misa cantada, y siete rezadas á Santa Rita.
A poco se presentó el Marques, con el que estuvo el ama de la casa tanto mas agasajadora, cuanto que quedó prendada de él: cosa que sucedia generalmente á cuantas personas le trataban, aun sin desearle por yerno. Pero por mas recados que durante la visita mandó la Marquesa á su hija Constancia, ya por Clemencia, ya por Andrea, ella no permitió presentarse, escusándose con que tenia jaqueca.
Alegría trató de indemnizar al recomendado de su tia, esplayando todas sus gracias, y mostrándose la mas amable y festiva. Entretuvo é hizo reir á Valdemar con la pintura burlesca de la sociedad de Sevilla y de cuantas personas la componian.
Entretanto Clemencia, silenciosamente sentada cerca de una ventana, continuaba haciendo su labor, que era un pañuelo de manos con guardilla primorosamente calada, para su tia.
Apénas paró en ella la atencion el Marques.
— ¿Qué te ha parecido el madrileñito? le preguntó Alegría cuando se hubo este despedido.
— Muy buen mozo, contestó Clemencia.
— Pues, hija, á mí me choca, repuso Alegría desdeñosamente: es tieso como un pitaco, tiene movimientos de minuet, es redicho, y no suelta la risa sino á duras penas. Lo que es la grandeza no le luce sino en los zapatos de charol, que son de estensas dimensiones, como diria El Heraldo para decir largos.
— ¡Ay! esclamó sorprendida Clemencia: ¿tú reparas en los zapatos de los hombres?
— Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques tan buen mozo, dijo con burla Alegría.
— ¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se mira.
— ¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres! Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado.
— Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre niña.
— Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos, de soslayo y de frente, con disimulo y sin él.
— Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia. Lo mismo hace contigo.
— ¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese correveydile, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina.
— No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia.
Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando.
CAPITULO VI.
Era este sujeto un empleado, madrileño antiguo castizo, y por lo tanto, si bien podia carecer de la tiesa y desdeñosa afectacion que muchos llaman buen tono hoy dia, tenia una urbanidad y cortesía profundamente arraigadas, que jamas por jamas se desmentian; tenia esa benevolencia y aprecio para los demas, que es la base del buen trato, tan celebrado, y con razon, en los madrileños genuinos.
Era este caballero muy amigo de sociedad y de alternar con todo el mundo, lo que prueba un amable carácter, buenas inclinaciones y mejores costumbres.
Era bien visto en todas partes, y á las señoras les habia dado por protegerle y tratarle con una estrema confianza. Llegaba á tanto su modestia, que agradecia sobre manera esta confianza, que hablaba mucho en favor de su moralidad, pero poco en favor de sus seducciones.
D. Galo Pando, — así era su gracia, — no sabia ni griego ni latin; pero sabia otra porcion de cosas de uso mas frecuente; como era jugar á la perfeccion todos los juegos de sociedad, los nombres de todas las óperas modernas y piezas nuevas, el dia del mes, el santo del dia, las horas en que salia el vapor, y las en que llegaba el correo.
Tenia D. Galo una ilusion estraordinaria por todas las palabras modernas: lamentable y deplorable le sonaban como música de Rossini. El debut y el buffet tenian para él un esquisito perfume de elegancia; en cuanto al séale la tierra ligera, cuando lo veia, se entusiasmaba. Hablaba D. Galo bien de todo el mundo, no por estudio ni afectacion, sino por sentir lo que decia; porque era de la secta de los hombres benévolos, secta que se va perdiendo. Ponia á la sociedad en buen lugar, poniendo á los que la formaban á buena luz; respetaba profundamente todas las opiniones, mirándolo todo bajo un bello prisma sui generis, por el que aparecian las rosas sin espinas, y las víboras sin veneno. En suma, era D. Galo una momia del siglo de oro, resucitada por medio del elixir de vida que inventó Balzac.
Vestia el susodicho, por lo regular, un frac azul claro, con grandes botones dorados; un chaleco blanco, que abria por arriba como una alcachofa, para lucir en la pechera de su camisa un alfiler cuyos brillantes estaban medio dormidos, y un cordon de pelo del que pendia un lente de plata metido en el bolsillo del chaleco. Suspiraba ruidosamente D. Galo cada vez que miraba el cordon de pelo, desde tiempo inmemorial: eso no quitaba que suspirase tambien por una porcion de jóvenes, pero con tan comedidos deseos y cortas exigencias, que quedaba completamente satisfecho, cuando al negarle una hermosa una contradanza y ponerse á bailar en seguida con otro, dejaba su abanico en su honrada custodia. En cuanto á su cabeza...
Díjose en una época calamitosa: ¡Los dioses se van! Ahora en una ídem, ídem, diremos: ¡Los cabellos se van! ¿Porqué será que en este siglo de las luces hay tantos calvos y tantos cortos de vista? Los cortos de vista, se comprende que lo sean, por lo que deslumbra tanto resplandor como dan las dichas luces; pero el cabello, ¿qué tiene que ver con las luces? A esto dicen los dueños de ingratos cabellos, que la emancipacion de estos es debido á la actividad, á la fuerza, al vigor del pensamiento que le roba el suyo al pelo. Así es, por lo visto, que el pensamiento que fecunda tantas cosas, parece que tiene el mal tino de secar las raíces del cabello, á cuya sombra se cria: esta es una mala partida que no pueden disculpar sus admiradores mas frenéticos.
El siglo XIX, que no es el siglo de oro, por mas que se empeñen en que lo sea California, Cabet y Granada, es en cambio el siglo de las ideas; lo que es muy preferible, aunque no sea de nuestra opinion el ministro de hacienda. Lo que tiene es que hay tal abundancia, que es una via láctea de ideas luminosas; son un enjambre zumbon, como los que halló el famoso viajero Humboldt, de mosquitos en los rios de América; en cambio han acabado con los cabellos: los Absalones y Sansones quedan en la categoría de especies perdidas ó razas agotadas, como los centauros y las sirenas.
Se ha tratado de contrarrestar esta funesta propension del cabello á desertar; y para ello se han puesto en juego los medios mas incongruentes. Hase acudido á las moscas, que se han frito bárbaramente en aceite; y cien moscas sacrificadas no han producido la mas leve estabilidad en estos prófugos. Igual ineficacia desairada ha cabido en suerte al rey de los desiertos de Africa y á la fiera de las selvas del Norte, que han prestado su contingente para mantener la disciplina en este ejército á la desbandada; ni leones, ni osos, ni moscas fritas lo detienen. En cambio, han impregnado las moscas los cascos de negras ideas: los leones y los osos, de fieros y belicosos pensamientos (y cate Vd. el orígen del triste estado en que se ve Europa); pero nada han podido sobre el cabello, tan decidido á alejarse de su suelo volcánico, que solo podria sujetarle un áncora de navío aplicada á cada uno.
¿Qué hacer en este conflicto? En época en que cada cual de por sí quiere un voto particular en cada materia, los votos se han dividido. Los unos, filósofos, la mente puesta en Sócrates, los otros, cristianos, pensando en San Pedro, se conformaron con su triste suerte; los poetas formaron una comparsa de sacerdotes de Diana. Otros con coquetería vulgar y falta de espediente, aplicando al caso la parábola de que los últimos serian los primeros, acudieron á los que vegetaban humildes en la nuca, que subieran de categoría viniendo á adornar la mollera, ya retenidos unos con otros por un cabo de seda, ya pegados sobre el cráneo con goma. Los mas refinados acudieron á un término medio, es decir, al tupé, bisoné ó casquete, en cuya confeccion imitó el arte tan bien á la naturaleza, que al ver y al oir á los tales refinados, nos quedamos tan inciertos de si brotan ó no los cabellos de sus cráneos, como de si brotan ó no sus palabras de sus corazones. Otros desgraciados, con una gran plaza de armas y sin un solo soldado para cubrirla, ni débil quinto, ni cano veterano, han tenido que recurrir á la... á la... ¡Válganos Dios! ¡que la elegancia moderna, que tantas palabras altisonantes ha plagiado para reemplazar las antiguas, no haya encontrado alguna para esta necesidad!!! ¿Cómo decir la archivulgar palabra de pe...? el resto es un estado de Italia; lo diremos así en cifra. Este objeto, cuyo nombre técnico se rehusa á estampar nuestra pluma, ¿no podria llamarse restaurador de los estragos del pensamiento, ó bien asociacion de reemplazantes?
D. Galo, sujeto á los contratiempos de la época, habia visto desmoronarse el edificio de su peinado. Un inglés, conocido suyo, le habia dicho en aquella ocasion, que los remedios debian ser enérgicos para hacer el efecto deseado; que las moscas, leones, osos etc., eran lenitivos, y que debia acudir á la mosca cantárida, desleida en algun espíritu fuerte; que era este un remedio no solo conservador, sino restaurador. D. Galo se apresuró á seguir el consejo; pero séase que el remedio en sí no tuviese el debido efecto sino sobre un cráneo inglés, ó que D. Galo con su deseo de lucir una cabellera de segunda edicion corregida y aumentada, exagerase las dósis del medicamento, ello es que la mañana siguiente á la noche en que se lo administró, amaneció en una disposicion, que parado ante su espejo, atónito y estupefacto, se estuvo un cuarto de hora sin poder darse cuenta de si lo que tenia sobre sus hombros era una cabeza humana ó bien una calabaza. Convencido de su desgracia, se metió en la cama, dijo que tenia un cólico; esclamó que los ingleses se habian empeñado en que á los españoles no les luciese el pelo; mandó venir á un peluquero; y mandóle hacer cuatro pelucas, que llevó desde aquella catástrofe alternativamente. La primera era de pelo muy corto; seguíala otra de pelo algo mas largo, la que era reemplazada con otra de pelo mucho mas largo aun, acabando con la cuarta, que era de descomunales greñas. Entónces no cesaba de repetir que su pelo estaba muy crecido, y que al dia siguiente se veria precisado á llamar al peluquero; esto duraba hasta presentarse con la peluca de pelo corto. En estas ocasiones venia indefectiblemente provisto de caramelos de goma, de pastillas de malvavisco y palitos de orozuz que ofrecia á las señoras, asegurando que estaba muy resfriado, merced á la peladura.
Tocante á la edad de D. Galo, fué, es y quedará un problema. Cuando vinieron los franceses el año 23, decian de el: Monsieur Gaalo Paando est un fort aimable ci-devant jeune homme. Lo que quiere decir: «D. Galo Pando es un ex-jóven muy amable.» En 1844, cuando empieza esta narracion, decia la Marquesa de Cortegana á sus hijas: «Para nada se necesitan esos bailoteos; la lotería es diversion de todas edades; y si no, ahí está Pando, que es un hombre mozo, y le divierte mucho.»—
Efectivamente, en veinte años nada habia variado D. Galo: pasaban alternativamente sobre su cabeza las estaciones, y á imitacion de estas, sus pelucas, sin quitarle ni ponerle, sin que adelantase ó atrasase: en compensacion, pasaban igualmente los gobiernos, el monárquico, el progresista y el moderado, lo mismo que los años, lo mismo que sus pelucas, sin atrasarle ni adelantarle en su carrera. Siete mil reales de sueldo que disfrutaba, era número fijo, lo mismo que los dias de la semana; nunca uno mas... nunca uno ménos. Con esto tenia D. Galo el corazon como una breva: y no se tome en sentido ridículo esta comparacion, porque la breva, ademas de parecida en la forma á un corazon, es blanda, dulce, suave, y no encierra en sí ni hueso ni película; esto es, ni dureza ni retrechería. Ahora es de notar que la amalgama del corazon tierno, de la cabeza calva y del bolsillo vacío, es una reunion heterogénea; es tener el corazon crucificado, como el Señor, entre dos pésimos perillanes.
Así era que estos crueles tiranos forzaban á Don Galo á un celibato que le era antipático. A veces miraba tristemente el pésimo y estrecho catre en que dormia en la casa de pupilos, en la que por siete reales diarios disfrutaba de las incomodidades de la vida; y al ver aquel espaldar que se redondeaba por cima de su cabeza como una cola de pavo furioso; al ver aquellas cuatro perinolas tan empingorotadas y esbeltas que ni un figurin de moda; aquella desnudez que se ostentaba con cinismo y que no cubrian ni la mas sencilla colgadura, ni el mas simple pabellon, ni el mas leve mosquitero; cuando consideraba aquellos colchones que parecian de pelote, y aquellas sábanas que no parecian de olan; cuando miraba aquella colcha catalana genuina, cuyo dibujo representaba el nacional espectáculo de una corrida de toros, en grandes dimensiones, en términos que en el centro habia un grupo, en el que un toro de buen año cebaba sus iras en un caballo caido, combinándose todo de manera que cuando D. Galo estaba acostado en su cama, parecia el picador debajo del caido caballo, cuando, decíamos, D. Galo miraba tristemente este árido y mezquino aparato de solteron, esclamaba:—¡Potro eres, potro de tormento, cama de hospital, parodia del blando lecho, triste y pobre antítesis del rico y dulce tálamo conyugal!
La necesidad é inclinacion que tenia á gustos y á cariños domésticos, que no podia satisfacer por su propia cuenta, hacia que D. Galo se interesase vivamente y casi se identificase con los de sus amigos. Así era que llevaba la alta y baja de todas cosas en casa de aquellos, mediante la gran confianza que por sus atenciones y buenas prendas se le dispensaba en todas partes. Conocia á cada niño, y sufria sus majaderías como Job las de sus amigos; conocia á los criados, y disculpaba sus faltas con los amos. Como tenia buena memoria, y lo que es mejor que memoria, como ponia una atencion entera y sostenida en las cosas, era en las familias una especie de agenda ó prontuario, al que se acudia para tener datos ciertos de lo que se queria saber; por consiguiente, se veia acribillado á preguntas las mas heterogéneas, á las que contestaba con gusto, con acierto y á satisfaccion del preguntante. Eran las preguntas de este tenor:
— D. Galo, ¿no fué á los cinco meses cuando echó mi niño los primeros dientes? — Sí, á los cinco meses y seis dias: fué el dia de San Andres. — D. Galo, ¿á qué hora llega el vapor? — D. Galo, ¿cuándo murió el arzobispo? — Pando, ¿quién predica mañana en la catedral? — D. Galo, ¿á cuántos estamos hoy? — Pando, ¿quién obsequia á la viudita? — D. Galo, ¿qué dan esta noche? — Pando, ¿está contenta la condesa con su nueva cocinera?
CAPITULO VII.
A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar propiamente una tertulia, voz que define el Diccionario de este modo: junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones honestas.
Entre estas diversiones honestas estaba introducida, — y la Marquesa la tenia en gran estima, — una respetable lotería, que la dicha señora consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le parecian muy preferibles á los avant-deux; los ambos á los de ligeras piernas, y los números á las cabriolas.
La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg, traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el maestro Pino, que así se denominaba el número uno, el abuelo, así se denominaba el noventa, y que hacia su servicio la patrulla, así se denominaba el cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo.
La tertulia era bastante numerosa aquella noche—¡y cosa estraña y no vista! — habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia hecho aun su aparicion.
D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números; cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables. Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la bayeta verde en que se decidian los destinos de los ambos y de los ternos, con la falta de su presidente.
La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo aguacero de verano.—¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes. — La vela... el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá ofendido el Marques con Constancia... Las macetas...
Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo.
— Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar pan.
— Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan.
Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la profanadora voz de pendencia; de que se habia valido para designar la guerra contra el frances.
En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del patio.
— Señora, preguntó ¿é adónde meto el Mercuriño?
— Hombre, — contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas, — ponlo en un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes pormenores.
Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente como un dormido murciélago.
La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion.
— No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los desposeidos piés contra la emplumada cabeza.
— Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman.
— ¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala, aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones.
— Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo.
Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia un periódico.
En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos.
— ¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá, Clemencia?
— Yo no sé, contestó esta sencillamente.
— Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo sin pedirle permiso.
— No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que ocasionó la ocurrencia de Alegría.
— Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo algun deplorable ó lamentable evento, segun lo tétrico de tu gesto y lo abatido de tu semblante, primo.
— Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la relacion de un naufragio.
— ¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar Alegría con risita burlona.
— Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los naufragios.
— ¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría.
— Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno.
— ¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del corazon.
— ¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de corderitos de bronce? dijo Alegría.
— Napoleon lo fué, repuso Bruno.
— Ese tilde de hereje le faltaba á ese Napoladron Malaparte, sonó el vocejon de su ex-antagonista Doña Eufrasia.
— ¿Le visteis alguna vez? preguntó Alegría.
— Nunca; ya se hubiera guardado de ponérseme á tiro. ¡Vaya!
— Señora, dijo Paco Guzman: el rey deberia haber añadido á vuestro dictado de Coronela Matamoros, el de Condesa Mata-Franceses.
Afortunadamente en este momento entró D. Galo, que interrumpió la esplosion de coraje de la heroina, esclamando:
— ¡Dios mio! qué diluvio! ¡Cuál están los caños! Por atravesar la calle me he metido hasta aquí, añadió señalando un tobillo.
— Póngale Vd. una losa[1], dijo Alegría.
— Cual otro Leandro, hubiera yo atravesado por veros, no el caño, sino el mar Rojo, Alegría, hija mia, repuso D. Galo.
— No tuvo esa suerte Faraon, dijo Paco Guzman, soltando una carcajada.
— No le impulsaba el deseo de ver á las bellas, repuso D. Galo con una sonrisa de media vara, y dirigiendo tres miradas succesivas, una á Alegría y las otras dos á Constancia y Clemencia.
— En lugar de hacer cumplidos á la griega, vaya Vd. á sacar los números, D. Galo, hijo mio, le dijo Alegría; pues Clemencia se está deshaciendo, y ha preguntado ya varias veces con mucha solicitud si le habria sucedido á Vd. algun percance.
A pesar de esclamar Clemencia: «D. Galo, no lo crea Vd.,» este fué mas ancho que una alcachofa á tomar su asiento al lado de Clemencia.
— Ya están los reyes católicos en su trono, dijo entónces Alegría; vamos, pues, á formarles el círculo de cortesanos.
Tambien Constancia se acercó á la mesa con su amiga, y se sentaron frente al asiento en que permanecia Bruno, conservando siempre el diario en la mano.
— Estás muy poco sociable, le dijo Alegría; mira que ya en ese naufragio se habrán ahogado hasta las ratas. Vamos, suelta esa Esperanza.
— La conservaré miéntras pueda, — respondió Bruno, dirigiendo, sin mirarla, su respuesta á Constancia; — aun no me han repartido cartones.
— Aquí tiene Vd., hijo mio, le dijo D. Galo alargándole cartones.
A media hora de estar jugando, entró el Marques de Valdemar.
Habiendo saludado á todos y hablado un rato con la dueña de la casa, se aproximó á la mesa.
Bruno palideció y desatendió completamente su juego.
Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un témpano.
Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del Marques.
— ¿Quereis cartones? le preguntó Alegría.
— Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la contemplacion de Constancia.
¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada! ¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo acabó por empalagar al pueblo de Israel!
Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del jóven castellano que defendia su castillo.
Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se los causaba.
Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad, haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa.
— ¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia.
— Muy mala, contestó esta lacónicamente.
— Es buena señal, porque la mala en el juego, la presagia buena en amor.
— Así lo espero.
— Me temo que la mala sea para el que os ame.
— ¡Ojalá de ello se convenciera el que tan mal gusto tuviese!
— ¿No habrá acaso escepcion? preguntó el Marques á quien las palabras secas y el tono brusco de Constancia causaron estrañeza.
— ¡Los espejuelos de Mahoma! dijo en voz grave y clara D. Galo, sacando el número ocho.
— Bruno, advirtió Constancia fijando sus grandes y brillantes ojos en su inmutado amante, ¿no cubres el ocho, y lo tienes dos veces?
— ¡Qué bien adaptados están los espejuelos de Mahoma á la vista de mi hermana! observó Alegría.
— Marques, añadió, ¿quereis cartones? Va de dos veces que tengo la bondad de ofrecéroslos.
— Y va de dos veces que os doy las gracias por vuestra atencion, Alegría; no me divierte juego alguno.
— Ni á mí tampoco, — y ménos la lotería esta, pues D. Galo va tan de prisa que no puedan seguirle sino sus afiliados, Clemencia y comparsa.
— ¡El abuelo! sonó la clara voz de D. Galo al sacar el noventa, pues D. Galo, acostumbrado á las chanzas, á veces poco delicadas de que era objeto, no se dejaba distraer por ellas, y seguia impávido en su inmutable tarea.
— ¿No digo? esclamó Alegría.
— ¡Las alcayatas! gritó D. Galo al sacar el setenta y siete.
— D. Galo Pando, vaya usted siquiera al trote, dijo Paco Guzman. ¿Qué significan las alcayatas? Esas metáforas numéricas no están á mi alcance.
— ¡Los patitos! dijo D. Galo por toda respuesta; sacando el número veinte y dos.
— D. Galo, usted habla en cifra, favorece á sus adeptos, y ha jurado mi ruina. Protesto.
— ¿No esperabais mi llegada, Constancia? le preguntaba entre tanto el Marques. ¿No os previno vuestra tia? ¿No os ha hablado vuestra madre de mis esperanzas?
— Sí, respondió esta sin apartar la vista de su juego, así como deberian haberos dicho á vos que no eran las mismas las mias.