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Clemencia

PARTE SEGUNDA. (continued 2)

Reading edition

— ¡Fino, sí!... Si lo apalean, echa bellotas. ¡Fino! ¡Vea Vd., que se zamarrea de ganso!

— ¡Ganso! ¿Mi Bernardo ganso? Si es un moralista, señor.

— ¡Moralista! ¿Y qué es un moralista, tia sátira?

— Es un estudiante de estudios muy hondos, que se aprenden en un libro que se llama el moral.

— No diga Vd. sinfundos, tia sabijonda; moral no es ningun libro.

— ¿Que no? ¿pues qué es, señor?

— La moral es una buena doctrina sin Dios, como dice mi hermano el Abad.

— ¿Sin Dios?... ¡Ave María Purísima, señor!

— Pues sí señora, por eso es para el entendimiento; así como la doctrina con Dios es para el alma. Entérese Vd. para que no vuelva á decir despropósitos en tono de sentencias.

— Pues sea la que fuere la doctrina, mi Bernardo sabe latines y estudiaba para escribano, y lo hubiese sido, sino hubiesen faltado los cuartos.

— ¡Ya! porque tuvo Vd. presente aquello de:

Pájaros con muchas plumas No se pueden mantener; Los escribanos con una Mantienen moza y mujer.

— Ello es, señor, que mi Bernardo sabe mas que Séneca.

— Mas valiera que se hubiese atenido al arache y al cavache.[5]

— Pues yo he querido que aprienda, señor, que el saber no estorba; y que siempre se ha dicho que el pobre puede ser rico, y el rico no compra ciencia; eso no quita que el hijo mio sea un pan de rosas.

— ¡Sí, un pan de rosas! ¡Por via del atun salado! ¡Con un genio bragado y pintado por el lomo! ¡Pan de rosas! que cuando no está preso lo andan buscando; y al que el año pasado se le formó causa por una riña, y en este por una pendencia.

— Falsos testimonios que le han levantado, señor; lo que tiene es que unos echan agua en caldera y no suena; y otros en lana, y suena.

— Se le cogió fragantelito, yo lo vi.

— Eso fué allá en años témporas. ¿A qué, sin venir á cuento, saca su mercé titulitos de ayer? Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los unos grande, los otros chica.

— Lo he sacado para decirle que se largue su pan de rosas de sobrino de Vd.; y cuanto ántes mejor; y que Dios le ayude y á nosotros no nos olvide.

— Señor, crea su mercé que mi sobrino es una prenda; lo crió Dios con mucha atencion; y sobre todo, Señor D. Martin, es mi ayuda.

— ¿Qué habia de ser ese mamanton su ayuda, cristiana? Es la cuerda que la ahorca. Déjelo Vd. ir bendito de Dios.

— ¡Ay! no señor; que vale mas comer grama y abrojos que traer capirote en el ojo. Con que... ¿nada hará su mercé por ese desdichado?

— Desearle buen viaje.

— ¡Señor, hágalo por Dios, que es buen pagador!...

— De obras buenas, tia Cansina.

— ¡Señor, por María Santísima!...

D. Martin se puso á talarear en tono de bajon, acabando por imitar el toque del tambor:

¡No hay remedio! ser soldado y marchar al batallon, en que avivan á los flojos con el pan de municion. Rrrrrran, tan, plan, plan: un cabo loco te amansará.

— Entónces, señor, dijo abispada la tia Latrana, ¿á qué le sirven á su mercé esos dineros?

— ¡Caracoles con la rala de la vieja esta! esclamó colérico D. Martin. ¡Pues qué! ¿se ha pensado Vd., so insolente, que me habrán dejado mis abuelos mis mayorazgos para invertir sus rentas en sostitutos para los vagos y macarronos de Villa-María? Ea, déjese de cuentos; deje ir al moralista de su sobrino á que aprienda disciplina, que lo hará mas liberal que no aprender las letras, que ha de tener él siempre gordas como cochinos cebados; que con viento se limpia el trigo, y los vicios con castigo; y déjeme Vd. el alma en paz, que si no... perdemos las amistades.

— El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierda, poco importa, dijo entre dientes la tia Latrana.

— ¿Qué está Vd. ahí musitando? preguntó D. Martin.

— Nada, señor; sino que si mi sobrino se muere ó le matan, no quisiera yo estar en el pellejo de su mercé, que lo habria podido remediar, y no lo ha hecho. El que da un mal rato, no lo espere bueno.

Y la tia Latrana se alejó, redoblando sus alharacas.

— A Vd., es preciso matarla ó dejarla, le gritó furioso D. Martin; pero un dia acabará Vd. con mi paciencia; y mas que sea Vd. hembra y pobre, si vuelve Vd. á dar rienda suelta á esa lengua que se le debia caer de un cáncer... como soy Martin, que le tiro á la cabeza lo primero que me caiga á las manos: ya está Vd. prevenida, tia farota.

Con este antecedente, comprenderá el lector que cuando fué Clemencia, en quien tenian los pobres una eficaz intercesora, á hablar á D. Martin en favor de la tia Latrana, no le hallaria tan dispuesto á complacerla como solia estarlo.

— Padre, le dijo una mañana, ahí está la tia Latrana, que quisiera hablaros.

— Díle que estoy sordo, contestó D. Martin.

— ¡Si nunca lo estáis cuando los pobres os necesitan!

— Pues lo estoy para esa picaronaza y para todos los suyos; porque la madera de los Latranas ni para tacones es buena.

— ¿Qué os han hecho los pobres esos?

— ¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna.

— Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño...

— Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision; aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro.

Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir:

— Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que hambre y esperar hacen rabiar.»

— Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija? Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro.

— Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé que la probecita está muy malita; por si su mercé le quiere dar para un pucherito, respondió la vieja.

— ¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual; Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la Perala, que era cada dia mas mala.

— ¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua desbocaa. ¡Vea Vd.! ¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma!

— ¡A buen tiempo! ¡Vaya! la carne para el diablo; los huesos para Dios.

— Ello es, Señor, que eifica.

— ¿A quién?... ¡á mí no!... que lo que tiene es la cruz en el pecho y el diablo en los hechos. Pero en fin, la limosna no se hizo solo para los buenos; vaya una peseta para el pucherito. Malva-rosita, dí que le den garbanzos y tocino: ahora lárguese Vd. con viento en popa, y no vuelva hasta que yo la llame: ¿está Vd.?

— Sí señor, y Dios se lo pague á Vd.

Y la vieja desapareció con una ligereza juvenil.

Al dia siguiente se apareció tan cari-pareja la tia Latrana.

— ¿No le dije á Vd. que no volviese hasta que yo la llamase? esclamó impaciente D. Martin.

— Sí señor, sí señor; pero escúcheme su mercé. La tia Machuca está peor, repuso la embajadora.

— Le hacia daño el puchero.

— No señor; pero el méico le ha mandado una bebida con manesia cansinada, y el judío del boticario no quiere darla si no le llevo seis reales.

— Tome Vd. los seis reales; que se los doy por tal de no verla.

Al dia siguiente se repitió la misma escena.

— ¿Otra te pego? esclamó D. Martin. ¡Pues no es mala mosca de caballo esta!

— Señor, repuso la tia Latrana sin dejarse intimidar, á mi comadre la han mandado administrar.

— Al cura con eso.

— Pero son precisas unas velitas, para adornar el altar.

— Tome Vd. para las velitas y toque de suela, precipitada y definitivamente.

Pero al dia siguiente se halló D. Martin ante sus narices, como llovida del cielo, á la tia Latrana, con aspecto fúnebre.

— Tia Latrana ó tia Letrina, esclamó el señor.—¡Vd. se ha empeñado en acabar con mi paciencia, caracoles!

— Señor, dijo esta con voz lúgubre, murió mi comadre.

— ¡Aleluya! requiescat in pace. ¿A qué, pues, viene Vd. ahora?

— ¡Señor, por lo mismo!... para que haga su mercé la caridad de pagarle el entierro.

— ¿Esa tambien? Vamos, eso lo hago con gusto; así me dé Vd. pronto ocasion de ejercer la misma obra de misericordia con Vd. Y ahora pues, tia Barrabas, hasta el valle de Josafat.

¡Vana ilusion! porque á la mañana siguiente se apareció la tia Latrana cuando ménos se pensaba.

— ¡Qué es eso! esclamó D. Martin atónito. ¿Vd. por acá? es Vd. peor que una terciana doble; ¡caracoles con Vd.!

— Señor D. Martin, vengo porque mi comadre...

— ¿Qué es eso de mi comadre? dijo estático D. Martin.

— Señor, la probecita...

— ¿Qué me viene Vd. con la probecita? ¿pues no se murió?

— Sí señor, pero...

— ¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro?

— Sí señor, pero...

— ¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante.

— Sí señor: ya voy; pero... es que...

— ¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad.

— ¡Es que resucitó!

Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero no así D. Martin, que se puso furioso.

— Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan, que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes, la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan mandria, ya deberia haberlo hecho.

La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí:

— Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El méico dijo que habia sido un cincopiés (síncope).

— Vaya Vd. al demonio con cinco ó seis piés.

— Señor, dice el méico que se le ponga una docenita de sanguisuelas.

— ¡Una docena de culebras de vara y media!

— Señor, si no se le ponen, se muere de una vez.

— A bien que le tengo pagado el entierro.

— Señor, ¿la dejará su mercé morir?

— A bien que resucitará.

— Señor, eso es una falta de caridad.

— ¿Qué es esto, deslenguada? ¡Decirme á mí falta de caridad, cuando hasta adelantadas les tengo pagadas sus necesidades!

— Señor, no me entretenga su mercé; que las sanguisuelas urgen.

— Lo que urge es que se me quite Vd. de delante, y baje el gallo: ¡caracoles! que si fuese usted de alambre, no habria mejor cencerro en toda la campiña.

— Señor, si no me da su mercé el dinero para las sanguisuelas, tendrá sobre su conciencia la muerte de esa bendita.

D. Martin, que era violento y que ya estaba exasperado, cegó y no vió, como dice la frase espresiva y usual; cogió lo primero que se le vino á las manos, que fué un libro que habia estado leyendo Clemencia, y se lo tiró á la vieja diciendo:

— ¡So insolente! no diga la boca lo que pague la coca.

Pablo, que habia visto el ademan de su tio, se abalanzó á interponerse entre el proyectil y el blanco á que iba dirigido; de manera, que el libro que era voluminoso y estaba sólidamente encuadernado, le dió en la cabeza y le hizo una herida. La sangre corrió.

La vieja habia desaparecido.

— ¡Ay Pablo! ¡Pablo! esclamó Clemencia, precipitándose hácia su primo y estancando la sangre con su pañuelo.

— ¡Válgame Dios, Martin! dijo Doña Brígida con su grave y sereno acento; ¡cómo te dejas arrebatar por tu genio!

— ¡Mal hayan mis manos, y mal hayan mis prontos! esclamó consternado D. Martin. Pero, Pablo, santo varon, ¿á qué demonios te metiste por medio?

— ¿Pues no es mejor que todo se quede en casa, tio? respondió sonriendo Pablo, dulcemente conmovido por el interes que le demostraba y los cuidados que le prodigaba Clemencia.

— Que vayan por el médico, gritaba D. Martin. ¡Jesus! Pablo, hijo mio, ¿es cosa mayor? — Que cojan á esa vieja maldita y le den una paliza.—¿A qué te metes á campeon de brujas deslenguadas, Pablo de mis pecados? — Corred por el cirujano, hato de pazguatos, añadió dirigiéndose á los criados que habian acudido: ¡corred de cabeza!—¿Estais de vuelta? — A esa vieja maldita, colgadla por los piés. — Pablo, petate, ¿quién mete el dedo entre la cuña y el tronco?

— El pobrecito lo hizo para libertar á la tia Latrana, observó Clemencia llorando.

— Súmete las lágrimas, Malva-rosa, dijo D. Martin; mira que me apuras, y á él le vas á meter aprension.

— No, no señor, esclamó Pablo; esas lágrimas no me hacen mal, me hacen bien; pero lo que tengo no es nada; tranquilizáos, señor. — Clemencia, añadió á media voz, está pagada la sangre que derramo, y toda ella, con la prueba de interes que me has dado.

Pablo reclinó la cabeza, no sobre el hombro de Clemencia, sino sobre el hombro del criado que estaba mas cercano, y fué acometido de un ligero vértigo.

En este momento se acercó pausadamente Doña Brígida, trayendo en un cajoncito hilas, vendas y cabezales primorosamente doblados.

— ¡Ay madre! dijo Clemencia temblando y agitada, ¡se ha desmayado!... ¡Dios mio! ¿se irá á morir?

— No te aflijas, respondió la señora, esto es un efecto natural de la pérdida de la sangre; la herida ni es grande, ni está en mal sitio.

Llegó en esto el cirujano, que confirmó plenamente lo que habia dicho la señora, y se puso á curar la herida.

Volvia Pablo en este momento en sí, y abria los ojos; pero al ver á Clemencia arrodillada ante él con el rostro angustiado y cubierto de lágrimas, presentándole á oler su pañuelo empapado en vinagre, los volvió á cerrar, temiendo que al despertar se desvaneciese la celeste aparicion, cuya cercanía sentia, y cuyas lágrimas caian sobre sus manos.

— Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una sangria.

Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos.

— Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita vieja!

— No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no es cosa de cuidado.

— ¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que una breva?

— ¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre!

— Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto Pablo contigo una pica en Flándes.

— Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo que ha hecho es una noble y generosa accion.

— Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel.

D. Martin era de aquellos en cuya existencia entra la rutina, como primer agente motor; de esos que cuando una vez han hecho una cosa, la hacen todos los dias sin que se les ocurra hacer otra, y que cuando toman un tema lo siguen aunque su orígen haya caducado. Resultaba de esto que el tema que adoptó D. Martin en vista de la primera impresion que le causó su sobrino, habia llegado á ser inmutable, sin que el cambio que habia en Pablo llegase á modificarlo; y si le hubiesen querido demostrar que existia, habria dicho levantando los hombros: ¡Faramallas! ¿Me querrán hacer creer que pueda dar luces un eslabon de madera?

Antes de recogerse, fué Clemencia á saber cómo seguia Pablo.

— No podia descansar hasta verte, le dijo este; queria decirte que he cuidado de que la pobre por quien te interesabas, haya sido socorrida.

— Pablo, contestó Clemencia, no me habia vuelto á acordar de ella, soy franca; solo he podido pensar en tí, y en que estarás sufriendo por la generosa accion que has hecho, y esta idea me quitará el sueño.

— Pues duerme, Clemencia, tranquila y plácida como el arroyo entre flores, porque cree que nunca he pasado una noche mas dulce que la que voy á pasar.

Clemencia, sin esplicarse el por qué, salió del cuarto de Pablo intranquila y disgustada.

CAPITULO VII.

El interes que Clemencia habia demostrado á Pablo y el calor con que ensalzó su accion, despertaron en D. Martin un pensamiento, que él mismo estrañó no haber tenido ántes: y era el de unir á su hija y á su sobrino.

Pensó que Pablo, — á quien en el fondo queria y preciaba, — Pablo que era un Guevara, que era un gran inteligente en cosas de campo, que tenia buen carácter y escelentes costumbres, Pablo que iba á ser su heredero, era el hombre indicado y mas á propósito para hacer una buena suerte á su Malva-rosa. Consideró tambien que era tiempo de pensar en poner esto por obra, en vista de que si su hermano el Abad y él llegaban á faltar, quedaria su hija sola y desamparada en los mas bellos años de su vida. Lo que mas le halagaba en todo este plan que trazó, fué que Clemencia no se separaria de él; esta razon en que entraba su egoismo, pesaba cien arrobas.

D. Martin era pronto en sus resoluciones y espeditivo en su ejecucion. Así sucedió, que á los dos dias, habiendo salido su mujer por haberle avisado su prima la monja que tenia locutorio, dijo D. Martin á Clemencia:

— Ven acá, Malva-rosita: apropíncuate; que tengo que decirte. Há mas de seis años que murió tu marido. ¿No es así?

— Sí señor, contestó Clemencia, á quien este recuerdo impresionó triste y amargamente.

— Cuentas mas de veinte y dos años, y es preciso que pienses en tomar estado, pues al fin no te has de quedar viuda toda tu vida como las de tu jardin.

— Señor, contestó angustiada Clemencia... ¡por Dios!... ¡no penseis en eso! ¿Cómo ni dónde estaré yo mejor y mas contenta que á vuestro lado y al de mi tio?

— ¡Sí! el uno un pochancla y el otro una maula. ¡Buen par de potalas! ¡Buen par de tutelas! El dia ménos pensado cerramos el ojo, y te hallarás sola como el espárrago.

— Señor, ¿no me habeis dicho tantas veces que un alma sola, ni canta ni llora?

— Sí, pero ahora es tiempo de que cante, Malva-rosita.

Clemencia quedó tristemente sobresaltada: nunca se le habia presentado la idea de la falta de sus padres y de su tio. Los jóvenes, por fortuna, nunca piensan en la muerte de los viejos cuando los aman: así fué que calló, pues no se le ocurria qué contestar. D. Martin prosiguió:

— Quiero yo tener el gusto, cuando me muera, de dejarte amparada por un hombre de mi satisfaccion; y ninguno hallo que para ello mas á propósito sea que Pablo, cuyas circunstancias todas son á pedir de boca, á lo que se une la conveniencia de que no nos separaremos, y seguiremos viviendo juntos. ¿Qué dices á eso, Malva-rosita?

Clemencia aturdida y consternada callaba.

D. Martin no alcanzaba que las continuas burlas que hacia de Pablo, si bien podrian no haber impresionado á juicios superiores, y por lo tanto independientes, como lo era el de su hermano el Abad, debian por precision haber influido desfavorablemente en un juicio dócil y juvenil como el de Clemencia.

— ¿No te entra por el ojo el gachon? preguntó sonriendo su interlocutor: ¡ya se ve! mi hijo era mejor mozo; pero este te ha de dar mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un hombre honrado; y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el Abad, que para tí es un oráculo, que es Pablo una prenda. ¿Qué le hace que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el rendibú á la francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumes en los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos, que mas miran en el espejo su repulida persona, que no á las buenas hembras; chisgarabises, que todos quieren ir á mangonear á las cortes,—¡por via de sanes! — sin tener donde caerse muertos, ni saber dónde tienen las narices? ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos piones, harian mejores maridos que Pablo?

— No, señor, padre; nunca he opinado eso, repuso Clemencia, porque nunca he pensado en novios ni en casamiento.

— Niña, eso no es razon; pues la mujer necesita sombra: cuando te falte la mia, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si bien á Pablo le falta mucho para ser un real mozo, á bien, Malva-rosita, que te casaremos á la oracion; y que de noche todos los gatos son pardos.

Clemencia, que vió que su suegro se iba á esplayar en un terreno en que su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró á interrumpirle diciéndole riendo:

— Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿porqué os ha dado hoy por pensar en el porvenir, que no apremia? Tiempo hay para pensar en eso.

— Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tio Porra, que duró treinta años y no llegó la hora?

— ¿No me habeis dicho siempre: Antes que te cases, mira lo que haces?—¿Porqué de repente quereis que me case? ¿Porqué os habeis metido hoy de repente á casamentero?

— ¡Tómate esa y vuelve por otra! esclamó D. Martin. ¿Porqué?... Porque soy tu padre, tio de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué manos le dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de pasar toda tu vida sola como el espárrago.

La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentia un escesivo alejamiento respecto al enlace que le proponian; pero echándose en cara ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como una indocilidad sin disculpa, contestó la suave jóven:

— Cuanto me pidais haré á ojos cerrados.

— No á ojos cerrados, no, hija, no; que quiero que los abras como soles para ver todas las ventajas de esta boda; y que te convenzas de que maridos como Pablo, no se hallan así como así. El corazon de un rey, la sangre de un príncipe, el caudal de un duque, é ainda mais, la cabeza repulida como un guante, que así se la ha puesto mi hermano; ¿qué mas quieres, Malva-rosita? ¿Acaso otro verso suelto como mi hijo?

— No quiero mas que daros gusto, padre, contestó Clemencia.

— Mi gusto es lo que te conviene, gachona: así, queriendo mi gusto, quieres tu bienestar.

Fuése Clemencia poco despues á su cuarto, donde se puso á llorar amargamente entre sus flores y sus pájaros. Pensó en confiarse á su tio; pero se detuvo considerando que aquel escelente hombre querria impedir un enlace que ella repugnaba, y que eso disgustaria á su padre.

D. Martin estuvo tan campechano y dichero como siempre durante la comida, en la que apareció Clemencia pálida y con los ojos caidos, de haber llorado; pero nadie lo notó, escepto Pablo, que se decia dejando intactos los platos que le servian:

— ¡Ella llorar! ¿qué tendrá?... Dios mio, ¿la habrán afligido?

No se atrevió á preguntárselo, ni Clemencia advirtió que Pablo hubiese notado su mutacion; pues abstraida, ni una vez fijó en él su vista.

Todo esto pasó por alto á D. Martin. Los egoistas son malos observadores. Y D. Martin, ademas de tener esta circunstancia, era de la falange de los que se obstinan en que al son de su música se baile. Cuando estaba de mal talante, cosa que muy rara vez sucedia, y nunca sin causa (en vista de una preciosa calidad peculiar á los españoles, la que no se celebra como merece, ni se le da el valor que tiene, y que es la igualdad de humor, la paridad del temple de cada dia); cuando estaba, decíamos, este señor de mal talante, pegaba sendos bufidos á troche y moche, y hostilizaba la risa; por el contrario, cuando estaba de humor risueño, ó de chacota como él decia, habian todos de estar alegres y reirse, aunque se le hubiese muerto á alguno su padre el dia anterior.

— Pablo, dijo, quiéreme parecer que estás desganado, hombre.

— Sí señor, contestó este; y para satisfacer de una vez la curiosidad de su tio, añadió: es porque tomé un toston en la hacienda.

— ¿Un toston tomaste? ¡Vaya por los muchos que me das á mí! ¿Quién está allí de molinero?

— Francisco Perez, señor.

— ¿No te dije que no le admitieses? ¿Por qué le tomaste?

— Porque era injusto no hacerlo.

— No me gusta que se me enmiende la plana; y te he advertido que á ese no le ha de entrar la manía por escrúpulos.

— Señor, Francisco Perez es honrado, y respondo de él: ademas sabeis que recibe y entrega por cuenta la maquila.

— Sí, sí, fíate y no corras; de lo contado come el lobo y anda gordo. Ademas, no quiero gentes de Villamartin.

— ¿Por qué, señor?

— Porque son todos unos zoquetes, unos cuacos.

— Esa es una preocupacion vulgar, señor.

— ¡Miren qué palabras tan relamidas! Tus letradurías me huelen á discurso ó arenga; te se va poniendo la boca tan repulida, que estoy para mí, que dentro de nada vas á fumar caramelos en lugar de tabaco. ¡Pues qué! ¿no sabes lo que les pasó á los de Villamartin en una ocasion en que dispusieron unas corridas de toros de respeto, como Dios manda, con sus picadores, sus espadas y su cuadrilla de banderilleros? Lo malo fué que no tenian mas que un caballo, que era una sardina. Mal que bien pasó la primera funcion; pero á la otra tarde se arremolinó la gente, y se amotinó pidiendo á voces otro jaco; que no querian que montasen los picadores en el esqueleto de la tarde anterior. ¿Qué hace el encargado? Anuncia que saldrá un buen caballo tordo; y al jaco, que era negro, cogió un cubo de cal y lo encaló, con lo cual todos quedaron tan contentos y satisfechos, y los chalanes dijeron que el caballo tordo valia sus veinte doblones mas que el negro. — Juana, prosiguió sin pararse D. Martin, díle á la guisandera que esos conejos dan en la nariz, que es mal camino para la boca. Estos descuidos son porque tiene novio; díle que lo sé, y que á dos amos no se puede servir á un tiempo; que asna con pollino no va derecha al molino; hazle saber que se deje de devaneos y laberintos, ó se vaya con la música y el almirez á otra parte. Pablo, hijo... no comes: ¿te duele la herida?

— ¡Qué! no señor, ¿quién se acuerda de la herida?

— Yo;... para sentir habértela hecho. ¡Maldecida vieja! Con esa lengua de hacha ¿no se ha puesto á decir que yo era D. Pedro el Cruel, que la habia querido matar despues de llenarla de indultos, segun su espresion?

— No digas lo que quieras, y no oirás lo que no quieras, Martin, dijo Doña Brígida; pues muchas cosas se siembran y se suelen perder; pero el pejugal de la lengua no se pierde nunca. Si no gastaras razones con esas atrevidas, no tendrias que incomodarte con sus insolencias.

— No señora. ¿Yo callar? ¡eso no! Yo tengo la lengua para escoba de mi corazon; sobre el que nada quiero: así ha sido desde que nací, y hasta que me muera ha de ser así. El otro dia me la encontré con la tia Machuca y la tia Carrasca.

— Las tres Marías, esclamó riendo Clemencia, pues las tres llevan ese nombre.

— Sí, las tres Marías, repuso D. Martin; María Satanas, María Barrabas y María de todos los diablos. Pues ¿querrán Vds. creer que me vino á pedir la baratera esa? Pero no tuve mas que mirarla, y ¡qué ojos no la echaria yo, cuando la monfí esa se zurró y se mudó un poquillo! Les tengo odio y mala voluntad á la Latrana, á la Machuca y á la Tarasca, que son tres personas distintas y una sola indinidá.

— Hermano, dijo el Abad, dice Chateaubriand que el odio que tenemos á los demas, nos es mas perjudicial á nosotros mismos que á ellos.

— Por demas lo sé, repuso D. Martin, sin que tenga que enseñármelo un gabacho: así es que habia de dar veinte pesos porque la tia Sátira esa me aborreciese; y otros veinte daria porque ella me hiciese gracia á mí. Tú, hermano, que ruegas todos los dias por la estirpacion de las herejías, porque son tus enemigas, déjame á mí rogar por la estirpacion de las viejas zafias que lo son las mias.

— Martin, no hables tanto en contra de las viejas; que yo lo soy, dijo pausadamente Doña Brígida.

— Señora, contestó D. Martin, para mí es Vd. hoy tan real moza como lo era el dia en que me casé.

— Pues para mí eres un anciano, Martin, repuso su mujer; y como estos me agradan, has acertado en envejecer.

— Pues, señora, así todo está bien y al gusto del monarca; y yo mozo ó viejo, siempre dispuesto á hacer lo que me mandeis, contestó el galante marido. Pablo, hombre, ni bebes ni comes: no parece sino que te han dado garrote. ¡Mire Vd. eso... que digiere tantos libracos, y no puede digerir un toston! Cada vez que recuerdo aquel comer infinito tuyo... Pues eras hondito para engullir: tanto que solia decirte yo: coma Vd. señor Vicente, pero cuidado que no reviente. ¡Y ver que ahora no te comes en una semana lo que entónces te comias de una sentada!...

— Martin, dijo Doña Brígida; cuando tanto comia Pablo, era en las temporadas que nos venia á ver; de esto hay diez años; entónces estaba creciendo; y es sabido que cuando crecen, comen mucho los muchachos.

— Y cate Vd. ahí por lo que creció como la yerba; que crece de noche y de dia, dijo D. Martin.

— Ello es que en todo te has de meter, Martin; hasta en si comen mas ó ménos las personas sentadas á tu mesa.

— Señora, es porque la boca española no se puede abrir sola; y no me gusta comer con gentes que tengan enginas: no me sabe la comida con tanto desganado. Mas á gusto comia yo cuando Pablo se ponia á engullir, que era menester silbarle para que parase. Entónces tambien dormia el sueño de San Juan, que duró tres dias; y mas profundo que una sima; de manera que eran menester los clarines de la ciudad para dispertarlo: ahora trasnocha con los libracos, ¡por via del atun salado! Si fuera siquiera por una buena moza...

— Señor, dijo Clemencia interrumpiendo á su suegro, ¿con que creeis de veras que el leer sea anti-estomacal?

— Por supuesto, Mari-sabidilla, respondió Don Martin; lo que es á tí, te voy comprar un birrete de doctora como el de Santa Teresa, con el que estarás mas bonita que lo que está aquella en el altar. Siempre he dicho yo que los encuadernados roban el calor al estómago. Pues mira, Pablo, ¿á que con tanto quemarte las pestañas sobre los que visten de pergamino, no sabes una cosa que te tenia mas cuenta saber, que no lo que enseña el estudio de lo fino?

— ¿Y qué cosa es esa, señor? preguntó Pablo.

— Lo que aprovecha mas á la tierra que bendicion de obispo.

— Será la de Dios.

— Calla, hombre, que lo que se platica es de tejas abajo.

— No caigo, tio.

— ¿No lo dije? ¡Maldita la cosa que sirve el atragantarse de latines, ni hincharse de términos curruscantes!

— Hermano, dijo el Abad, esta pregunta tuya me recuerda por su analogía el lance acaecido á un quinto valenciano, que habiendo llegado á una ciudad, entró en la primera tienda bien alumbrada que se le presentó, que acertó á ser una botica. ¿Qué se vende aquí? preguntó. — De todo, contestó el boticario. — Pues sáqueme Vd. unas alpargatas, dijo el quinto.

— ¡A ver! ¡á ver! esclamó riéndose D. Martin, ¡á ver el señor Abad, cómo se nos viene con un chascarrillo! Vaya, me alegro, hermano, de que la sangre andaluza no te se haya latinizado en las venas. Lo que natus es, negar no potes; que yo tengo para una ocasion un latinajo en conserva.

Pablo y el Abad se echaron á reir.

— ¿Qué? ¿no está bien dicho? preguntó D. Martin; pues yo así lo he oido decir; desde entónces acá habrán sacado latines mas pulidos, no me opongo. Pero hágote saber, hermano, que á Pablo le tiene mas cuenta y le vienen mejor las alpargatas del quinto, que no los potingues del boticario. Así ten entendido, Pablo, y no lo eches en saco roto, que para la tierra, lo que vale mas que bendicion de obispo, es majada de oveja. Hermano, esto es un decir, un ponderar; no vayas á tomarme á censo lo que digo, ni por donde quema.

— Ya sé, ya sé, Martin, respondió el Abad, ¿acaso piensas que me iré yo á escandalizar por las cosas que no llevan malicia? Eso queda bueno para los fariseos, hermano.

CAPITULO VIII.

Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente!

Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su despacho, le habló en estos términos:

— Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara.

— Sí, señor, uno y otro, — contestó Pablo, que era grave, sonriendo friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y chistes de su tio que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la inteligencia.

— Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa costal de paja, ¿eh?

— ¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta.

— Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así todo se queda en casa.

Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le habria causado; y para cerciorarse preguntó á este:

— Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso sabeis lo que diria?

— Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué decírselo á ella.

— ¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia.

— ¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara, aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba.

— ¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo.

— ¿Hablo estranjis, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero, pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no.

— Pues siento decíroslo, tio, — dijo Pablo en tono sereno y decidido; — pero os habeis equivocado.

No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la de D. Martin al oir á su sobrino.

Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el prudente marino, que en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder, se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!... pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon.

— ¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué?

— Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un hombre que valga mas que yo.

— ¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y bien te vendas.

Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente:

— Señor, ello es que no me puedo casar.

— Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué?

— Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis.

— ¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido?

— No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo.

— ¿Estás quizas enfermo?

Pablo se detuvo un momento, y luego contestó:

— Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los médicos me han aconsejado que no me case hasta robustecerme, pues me espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos.

— ¿Y qué Galenillo te ha dicho semejante mormajo?

— Un facultativo de Sevilla.

— Pongo mis narices á que será un homeopato ó un homeoganso.

— Es, señor, un médico de gran saber y esperiencia, sea cual sea su sistema.

— Pero... ¿tú, qué sientes? preguntó D. Martin, que era un antagonista de mano pesada.

— Señor, — contestó el pobre Pablo, fatigado con la insistencia de su tio, y no pudiendo ya retroceder: — no me siento precisamente malo; pero tampoco enteramente bueno: estoy caido, alguna vez me siento débil, otras tengo el pecho oprimido y penosa la respiracion.

— ¡Débil! esclamó D. Martin. ¡Por via de Chápiro Valillo! ¡Un angelito que derriba una res como un castillo de naipes, y doma y amansa un potro cerril como si fuese un burro derrengado! ¡Débil tú!... cuando estoy para mí que si te se antoja zamarrear una de las columnas del patio, quedamos todos aplastados como los Filisteos!

— Señor, mi hermano domaba potros y derribaba reses, y murió ético. Me han prescrito un régimen preventivo.

Pablo ocultaba que habia sido este mal de su hermano originado por un golpe que recibió en el pecho cayendo del caballo.

— ¡Régimen!... ¡Ponerte tú que eres un Bernardo, en cura! ¡El demonio se pierda! ¡Pues qué! ¿no sabes que camisa que mucho se lava y cuerpo que mucho se cura... poco dura?

— Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su casamiento.

D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba Pablo.

— ¡Vea Vd., — pensaba, — un moceton como un trinquete, un jastial como un loma, un gran largo como un pino, darla de enclenque y echarla de Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la puya al trompo y se descubre el busílis?

Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas.

— Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera, á quien quiero como á hija, le dejo, — por justicia que á ello me obliga, y por cariño que á ello me induce, — no solo cuanto libre tengo, sino la mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer.

Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno.

— Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido. Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese rogado que lo hicierais.

Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo, D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza:

— Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar cédula real para dejárselo todo.

— ¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado, no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por amor se renunciase al amor.

— Mira, Pablo, le dijo levantándose colérico é indignado, yo no te creia muy cuerdo, ni aun despues de las tragantadas de latin que te echas al coleto por receta de mi hermano; pero no te creia, ¡vive Dios! tan animal. Atente á las resultas; pues quien bien tiene y mal escoge, por mal que le venga, no se enoje.

Diciendo esto se salió bufando.

D. Martin por primera vez se halló apurado; no sabia cómo salir del paso y desengañar á su querida Clemencia. Era tal el encanto que su Malva-rosa ejercia sobre él, que se estrenó á los setenta y ocho años á callar algo por delicadeza, pues este algo era un desaire á su hija; pero este asunto de por sí tan irritante, herméticamente encerrado en su pecho, le ahogaba, le agitaba, le ponia fuera de sí, y le hacia exhalar su bílis contra Pablo, cuando se hallaba solo, en estos términos:

— ¡Yo un entripado!... ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Y por causa de Pablo, de ese mostrenco, mas fornido que un canto, mas robusto que un roble: ese aprensivo del diantre, que se cree á puño cerrado, porque se lo ha dicho un Galenillo, que sus hijos van á heredar un mal que el padre no padece! Su padre siempre fué mas rudo que una carrasca; y lo mismo es el hijo; hizo mil barbaridades, y lo mismo hace el hijo; pues sabido es que por donde la cabra salta, salta el chivo. ¡El demonio se pierda! ¡Si esto no se puede creer! ¿Si será que no le gusta mi niña? ¡Qué! eso no puede ser; seria preciso que en lugar de ojos tuviese cristales en la cara; y en lugar de corazon tuviese una teja en el pecho! No, nada: es que erró su vocacion, que debia ser la de fraile mendicante, ya que ni quiere mujer ni quiere herencia.

Las personas amigas de ceder, ó por complacencia adquirida, ó por buena inclinacion natural, corren el riesgo en este pícaro mundo en que de todo se abusa, de que esto se haga con su condescendencia, y que se llegue á mirar como imposible, ó al ménos se tache de insubordinacion, el que en circunstancias dadas, cuando á ello les obliga su conviccion, se opongan á la voluntad ajena; y si alguna vez quieren hacer valer el derecho á su personalidad, se grite como si ese derecho fuese una usurpacion.

Por su parte, viendo Clemencia que su padre nada decia, esperaba que habria desistido de su intento, y en su corazon, con la esperanza de que así fuese, renacia la alegría. Nunca sospechó que hubiese podido rehusarla Pablo; tanto á causa de aquel secreto instinto de las mujeres, que aun cuando les contraríe, les avisa la impresion que causan, como porque juzgaba un imposible el que se opusiese Pablo á la voluntad de su tio.

D. Martin al cabo de quince dias, volvió á hablar con su sobrino, á quien halló tan firme y tan decidido en su negativa como la vez primera. Entónces dijo á su nuera con esa delicadeza que enseña el verdadero cariño:

— Malva-rosita, vi que mi proyecto no te agradaba: así no hablemos mas de eso. No te separes de mí; en lo demas, haz tu real gana; que cuando yo falte, no tengas cuidado...

— ¡Oh, padre! esclamó Clemencia, llenándose sus ojos de lágrimas.

— No digo que no me sientas; ya sé que me sentirás. Pero, hija mia, los viejos tenemos que ir por delante, y los duelos con pan son ménos; así es, que te ha de quedar—¡por vida mia! — para que arrastres coche.

— ¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso.

— Pues será para moños.

— Señor, sabeis que no me gustan.

— Pues para brocados, como te mereces.

— Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la nobleza.

— Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos, ¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura. Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi herencia para el otro mundo? ¡Caracoles!

CAPITULO IX.

D. Martin, no pudiendo contenerse por mas tiempo, le dijo un dia que estaban solos, á su mujer:

— Brígida, mujer, ¿querrás creer que habia pensado que ese zonzon de Pablo se casase con la niña, y que esta puso mala cara cuando se lo dije, y que ese menguado, desamoretado, frondío, que nunca está en sazon, ha dicho que no?

— Hubiéraslo pensado, Martin, contestó esta.

— ¿Y porqué?... ¿me querrás decir?

— Porque si hubieran querido casarse, se les hubiese ocurrido á ellos ántes que á tí, Martin.

— Es que la gente moza no piensa en la que les tiene cuenta.

— Mas vale así, Martin; nunca debe el interes, y ménos en la juventud, guiar nuestras inclinaciones.

— Siempre tiene mi hermano, que está metido en Dios, la férula en la mano contra el interes; el redicho de Pablo, que es su monaguillo, dice lo propio; Malva-rosa, que es tan niña como si hubiese nacido ayer, y no piensa sino en sus flores, canta lo mismo; y ahora dices tú lo propio. Oye, ¿si seré yo interesado sin saberlo?

— No, Martin, no lo eres; pero quieres que otros lo sean. Déjate de intervenir en vidas ajenas, y acuérdate que casamiento y mortaja, del cielo baja.

— Si por tí fuera, mujer, repuso D. Martin, habian de andar los coches sin cocheros y los barcos sin pilotos.

— Mal dices, Martin; pues cada cual tiene en sí su piloto, que es su conciencia.

— Esas son teologías, mujer. ¡Mire Vd... conciencias! Eso es como si trajeses al sol para quemar un mosquito; ello es que:

Lo de mi casamiento Parece cosa de cuento; Miéntras mas se trata, Mas se desbarata.

Y nadie sabe lo que lo siento, pues es todo mi deseo.

— Pues, Martin, no insistas, ni quieras quebrar voluntades; desiste, y el hueso que te cupo en parte, róelo con sutil arte.

— Señor, dijo entrándose de repente la tia Latrana, vengo de ver el cebadal de su mercé. ¡Qué hermoso está! No parece sino que lo han regado con agua bendita. Ya se va encerando; cada espiga tiene un jeme; me dolia la boca de dar gracias á Dios; ¡hasta lloré!... Venia tan contenta, que ni un perro harto de carne.

— Vamos presto; ¿qué me viene Vd. á pedir? dijo D. Martin.

— ¡Ay señor! vengo de muy léjos.

— ¡Qué bien estaba Vd. allí! Mire Vd. que el mucho andar trae el poco andar.

— Señor, la necesidad hace á la vieja trotar.

— ¿Y para qué trota Vd. tanto, Vd. que parece andando un loro viejo, y á la que puede caer la sombra de un coche?

— Porque mi sobrina está de parto.

— Vaya Vd. por la comadre, que es lo derecho.

— ¡Ya!... pero señor, es preciso ponerle un pucherito, y cristianar á ese morito que se entra por la puerta sin que lo llamen.

— Diga Vd. al cura que yo salgo á todo, y á Andrea que dé á Vd. garbanzos y tocino para los pucheros, y aléjese tan presurosa como ha venido.

— La mitad será para mí; que mas cerca están mis dientes que mis parientes. ¡Si viera su mercé qué mala está mi hacecilla de cebada! No tiene espigas, sino espigorrillos.

— ¿Cómo puede ser eso cuando el año va, que no parece sino que tienen los labradores en la mano al sol y á las nubes?

— Pues ahí verá su mercé, Señor D. Martin; el tiesto de Inés se secó lloviendo; al que es desgraciado, mal sobre mal, y piedra por cabezal. Así... iba á pedir á su mercé si me queria emprestar para mercar un cochinito, para criarlo y ver así de remediarme.

— ¡Caracoles! ¿todavía quiere Vd. mas? Parece la boca de Vd. un lechuzo: mire Vd. que es preciso valor para ser tan pedigüeña!

— Señor, dijo la tia Latrana, haciendo á guisa de sonrisa una mueca que puso en contacto su barba y su nariz — á quien de miedo se muere (con perdon de su mercé) con moñiga le hacen la sepultura. Ademas, señor, al desdichado le vale poco ser esforzado, prosiguió volviendo á su tono natural: lo que sucede es que mirais lo que bebo, y no la sed que tengo. ¡Vaya! présteme su mercé para el gorrinito; que quien bien hace para sí hace.

— ¿Qué habia de prestar?... ¡Prestar! ¿Acaso me ha pagado Vd. los dineros que le presté para el habar del año pasado?

— Señor, y si no tengo mas que la casa, ¿qué hago? ¿Le tiro un bocado? Pero si me da su mercé el cochinito, lo criaré muy gordito, y el año que viene podré pagar á su mercé y remediarme.

— Va, va.. ¿aun no ensillámos y ya cabalgamos? yo no quiero que Vd. me pague, sino que no haga mas deudas; y mire Vd. que puerco fiado gruñe todo el año.

— ¿Señor, y los probes qué hemos de hacer? no hay hombre sin hombre. Señor, mire su mercé que dice el refran: Entrañas y arquetas á los amigos abiertas; y mas que sea su mercé rico y un usía muy considerable y de los nombrados, y yo una probe desdichada, soy su amiga, señor... que todos somos hijos de Eva por la carne, así como hijos de Dios por el alma.

— ¿Y me la ha de dejar Vd. en paz hasta que mate el cochino?

— Sí señor, sí señor.

— ¿No he de ver esa cara de Vd. mas fea que el no tener?

— No señor, no señor.

— ¿Y no he de oir esa voz tan desentonada y recia, que parece que está Vd. hueca?

— No señor, no señor.

— Pues dígale Vd. á Miguel Gil que le de un gorrino de cuatro meses, y eche á correr mas súbita que chispa de carbon de fragua.

— Señor... ¡Dios se lo pague y se lo dé de gloria! No, mentira; un señor mas bendito que su mercé no lo hay en el mundo, dijo alejándose la vieja.

— Sí, sí; bien canta Marta cuando está harta, le gritó D. Martin.

En este instante fué interrumpido por Miguel Gil que llegaba azorado.

— Señor, gritó, el cortijo de la Mata está ardiendo.

— ¿Qué es lo que arde? preguntó D. Martin.

— Las mieses.

— ¿Han sacado los ganados?

— Sí señor.

— ¿Y los aperos?

— Tambien.

— ¿Le has avisado al señorito?

— Va para allá que vuela.

— Pues ya todo está hecho, dijo D. Martin volviendo á su calma; ahora, sea lo que Dios quiera.

Las criadas habian acudido, y la señora se habia puesto á rezar á San Lorenzo, abogado del fuego.

Al cabo de una hora entró Pablo: sus vestidos estaban quemados; sus manos abrasadas, su cabello chamuscado, su semblante ardia.

— ¿Se apagó el fuego? preguntó D. Martin.

— Sí señor, contestó Pablo.

— ¿Se ha salvado algo?

— La mitad de vuestras mieses; las de los pobres á los que dais tierras, se les han quemado todas.

— ¿Saben que son las suyas? preguntó el rico mayorazgo.

— ¡No lo habian de saber, señor! Todos acudieron, y su dolor parte el corazon.

— Pues díles que nada han perdido, dijo D. Martin. Si no hubieran sabido que era lo suyo lo que ardia, se lo hubiésemos ocultado; pero ya que lo saben, díles que la mitad de mis mieses está ahí para suplir á cada cual lo que haya perdido[6].

Una alegría tan viva como entusiasta resplandeció en los ojos de Pablo, que volviéndose á un criado:

— ¡Otro caballo! gritó.

Y sin aguardar á que lo ensillasen, se arrojó hácia la puerta.

Salia en este momento al patio Clemencia, pues en el retiro de sus habitaciones habia penetrado algo de las voces y del ruido del galope de los caballos; al verla, Pablo esclamó:

— ¡Abraza á mi tio, Clemencia, abrázalo por tí y por mí!

Y saltando sobre el caballo en pelo, partió cual un rayo á llevar la fausta nueva á los interesados.

— Pablo me ha dicho que os abrace, padre, en su nombre y en el mio, dijo Clemencia al entrar en la sala. ¿Porqué?... ¿qué ha sucedido? ¿qué pasa aquí?

— Empieza por hacer lo que te ha encargado Pablo, Malva-rosita, respondió D. Martin, que sabiendo era apagado el fuego, y con la buena accion que habia hecho, estaba en su habitual buen humor. Uno por tí — así; bien:—¡otro por él! — así! Pensó bien en transmitírmelo por tí, pichona; que así ha ganado ciento por ciento, añadia abrazando á su nuera.

— ¿Pero qué sucede? preguntó Clemencia admirada de cuanto veia.

Entónces las criadas todas, y á la par, empezaron á referirle lo ocurrido, llenando á su amo de bendiciones y derramando lágrimas. Clemencia se volvió á echar en los brazos de su padre, sin poder hablar una palabra.

— ¿Ves tú? le dijo este al oido, ¿ves, Malva-rosita, cómo es bueno ser rico?

— ¡Mejor es bueno! contestó ella.

— Uno y otro, repuso D. Martin. Para hacer una buena obra en forma, se necesitan tres cosas, pichona; la ocasion, los medios y la buena voluntad; es como la Trinidad. Tres en uno. ¿Estás? ¡Ea! añadió en recia voz dirigiéndose á las criadas; basta ya de aspavientos; ¡callarse! No parece sino que he hecho alguna cosa del otro juéves. Ea, señora, — dijo á su mujer que habia quedado impasible, mirando lo que habia hecho su marido como la cosa mas natural y sencilla, — mande Vd. estos cansados cencerros que me tienen atolondrado, cada una á su obligacion. Mira, María Bódrios, añadió dirigiéndose á la cocinera, si está pegada la olla, te advierto que te despido. ¿Qué hay que comer?

— Lomo, señor; y carnero dorado.

— ¿No hay aves?

— No señor.

— Pues que no vuelva á suceder: te tengo dicho que cuando no haya ave de tiro eches mano á las del corral; que carne de pluma quita del rostro la arruga; pero tú tienes memoria de embudo, y yo no soy reloj de repeticion, ¡caracoles! Mira que para la cena quiero pollos.

— Martin, acuérdate de que de penas y cenas están las sepulturas llenas, dijo doña Brígida.

— ¡Qué... señora! Mascar miéntras ayuden los dientes, respondió el marido.

Las criadas se fueron.

— ¡Válgame Dios, Martin! le dijo su mujer, nunca tienes presente que poca hiel hace amarga mucha miel.

— Es que la moza mala hace al ama brava, señora.

— Tambien se dice, Martin, que el amo majestuoso hace al criado reverencioso.

— ¡Jesus, señor! esclamó entrando lleno de entusiasmo Miguel Gil que venia del cortijo; no se ha visto otro como el señorito. Aquí me entro, aquí me salgo por entre las llamas, como si fuese de hierro! aquí corta un tajo, allí un reves; ¡zas! en un decir tilin habia apartado las gavillas sanas poniéndolas al lado del viento; que asina las llamas le volvian las espaldas. A este le llama, á este le empuja; á todos les da su tarea; al uno echar agua, al otro echar tierra, y él siempre delante y sin quemarse. Señor, no parecia sino que las llamas le conocian. ¡Cristianos! ¡todo tan acertado! no parecia sino que en su vida habia hecho otra cosa que apagar incendios. Y no se lo dijo nadie, fué de su metro. El pobre del tio Andino por salvar sus gavillas se metió por medio, tropezó y cayó. No bien lo vió el señorito, que allá se va, coge al pobre viejo y carga con él como San Cristóbal con el niño; pero su ropa venia ardiendo. Entre todos le cojimos y ahogámos el fuego; tenia el pelo chamuscado, las manos quemadas y la cara tan encendida que se podian tostar habas en ella. ¡Caballeros! no se vió otro mas arrojado: á él se debe que no haya ardido todo. ¡Vaya, señor, el señorito es todo un Bernardo, todo un hombre! por fin, ¡un Guevara, señor! y de tal palo... tal astilla.

— Sí, sí, dijo D. Martin, bien haya la rama que al tronco sale.

— Sí, Pablo es completo, dijo su tia, el oro siempre reluce.

En el mundo suspicaz y entremetido, es cierto que tanto D. Martin como Doña Brígida se habrian puesto á observar el efecto que producian sobre Clemencia los justos elogios tributados á Pablo. Pero en aquel círculo sencillo y sincero no sucedió así; solo se pensaba en lo actual: este llenaba el corazon y la mente, sin dejar espacio á la observacion ni al cálculo sobre las impresiones que causaba. Triste ventaja del uso del mundo es la de tener cada cosa su avan ó retaguardia; dulce prerogativa de la vida sencilla, aunque ménos pulida, es el perfecto acuerdo entre el alma, el corazon y la cabeza, que forman un todo espontáneo y sincero como la luz del sol.

Clemencia, en quien hubiera la observacion producido mal efecto, y originado, cuando ménos el retraerse, pudo francamente dar rienda suelta á los sentimientos de simpática admiracion que le inspiraba su primo.

— Pero señor, dijo Miguel Gil, con lo quemado y lo que les va á dar á los pobres, se queda su mercé ogaño sin la cosecha de ese cortijo.

— Mas vale que sea por eso que no porque se lo llevase el frances, repuso D. Martin.

— Dios nos lo dió, Dios nos lo quitó... El es su solo dueño, añadió doña Brígida.

— Miguel Gil, dijo radiante Clemencia, mas vale lo que han hecho mis padres y mi primo, que cien cosechas.

— Verdad es, señorita, respondió Miguel Gil, pues han cosechado para un granero en el que no se pica el trigo.

CAPITULO X.

D. Martin, como la mayor parte de los viejos, hablaba y pensaba en su testamento; pero en cuanto al hacerlo lo demoraba de dia en dia. Hácense quizas ilusion estos omisos de que la muerte tendrá la prudencia de respetarlos miéntras no exista este importante documento, y que les dejará treguas para hacerlo. Pero la muerte no conoce miramientos; pues si algo hay ante lo cual todos seamos iguales, es ante ella. Y si no, entrad en un cementerio; mirad las lápidas: ellas os confirmarán que la reina de aquel lugar no tiene favoritos ni desdeñados.

En un hermoso dia de Pascua de Navidad, despues de haber santificado aquella solemne y á la vez alegre fiesta recibiendo los santos sacramentos y oyendo la misa mayor, estaba D. Martin sentado en su sillon en una gran habitacion baja interior.

Veíanse en ella, puestos sobre redondeles y repartidos por el suelo en iguales porciones, los destrozos, el tocino y las morcillas de ocho puercos cebados. Uno á uno iban entrando todos los criados de campo y de la casa con sus espuertas, cargando cada cual con uno de estos montones; los capataces y criados mayores llevaban ademas pollos y cabritos. D. Martin estaba en sus glorias, recibiendo de todos al pasar delante de su amo, las hermosas espresiones de gracias populares.

— Señor, ¡Dios se lo pague, le aumente los bienes y le dé salud para hacer obras de caridad, que son escalones de la subida del cielo!

Pasaban en esto por el patio dos hombres llevando un gran caldero, y otro con un canasto de pan; era la comida á los presos de la cárcel, á quien de diarios se la enviaba D. Martin[7].

— ¡Eh! gritó este con su campanuda voz: ¿quién os corre? Acá, acá; que quiero satisfacerme por mí mismo de si todo va como debe ir.

Los hombres se acercaron.

— Pelona, tráeme una cuchara, prosiguió D. Martin dirigiéndose á una chiquilla, veterana ya en la compañía de intrusos que reforzaban la guarnicion de la casa del rico mayorazgo.

La cuchara fué traida por el aire; pues la paciencia de don Martin era el mínimum de la dósis repartido á los mortales. Metióla el señor en el caldero que llenaban garbanzos, y por ser dia de Pascua, unos cabritos cortados á pedazos. Despues de haber gustado su contenido, meneó la cabeza y dijo: Que venga la cocinera.

— Oye, comadre estropajo, triste fregona, le apostrofó su amo al verla venir, ¿te has figurado tú que se me han quemado los olivares?

— No, señor; ¿porqué me dice su merced eso?

— Porque este guiso tiene el aceite que parece que se lo has echado por el amor de Dios. Y díme: ¿por ventura se ha cerrado el alfolí en Villa-María?

— No, que yo sepa, señor.

— Pues entónces, reina del soplador, ¿cómo es que está el guiso este mas soso que tú?

Todos se echaron á reir, y la cocinera se fué corrida.

Entróse á la sazon, como Pedro por su casa, la tia Latrana con garbo y desembarazo.

— ¿Cómo se atreve Vd. á ponérseme delante, porta-pendon de la insolencia? esclamó D. Martin indignado; ¿no sabe Vd. que no quiero verla?

— Señor D. Martin, respondió con gran aplomo la vieja, porque un borrico dé una coz ¿se le va á cortar la pata? Vengo, como es rigular, en mi nombre y en el de mi comadre la tia Machuca...

— ¡Sí, su comadre de Vd. la tia Pescueza! ¡pues ya!... á Vd. no es menester arrufarla para que me venga á quemar la sangre; yo, que para descanso de mi alma, la tenia á Vd. olvidada.

— ¡Ya se ve! el que tiene la barriga llena, no se acuerda del que la tiene vacía. Venia, pues, como iba diciendo, á dar á su mercé las Pascuas en compañía de su esposa la señora doña Brígida, del señor Abad y de la señorita Clemencia, ese esporton de rosas.

— Y Vd. que es uno de granzas, diga que viene en su nombre y en el de su comadre la resucitada á pedirme aguinaldos, y hablará verdad una vez en su vida, pues menea la cola el can, no por tí, sino por el pan.

— ¡Jesus, señor! acá no somos capaces de hacer nada por interes, ni de valernos de esa tartagema: ¡vaya!...

— ¿Capaces?... ¡Capaces son Vds. ambas de contarle los pelos al diablo, de sacarle los dientes á un ahorcado, de levantar los muertos de la sepultura, y de cortarle un sayo á las ánimas benditas!

— ¡Pues qué! esclamó con dignidad ofendida la tia Latrana, ¿piensa su mercé que mi comadre y yo somos unas cualesquieras, ni gentes de poco mas ó ménos? No señor, somos bien nacidas y de buen tronco: aquí donde Vd. nos ve, tenemos alcuña; los descendientes de mi comadre fueron en años témporas gentes muy empinadas. Sus abuelos fueron sujetos muy considerables.

— Pues los descendientes muy empinados y los sujetos muy considerables, han engendrado una nieta que es un chapuz.

— Un rey de España, prosiguió con prosopopeya la genealogista, les puso nombre Machuca, de puro machucar moros.

— Y yo le pongo el de Machaca, de puro machacar cristianos.

— Por lo que toca á mí, prosiguió irguiéndose la tia Latrana, ha de saber su mercé que el árbol de la generacion de mi casa dice que fueron ántes de destronados mis abuelos, y cuando estaban en su solio, muy emperantes, y que eran entónces los Ramirez Várgas, piernas de santo.

— Pues lo que les ha quedado de sus grandezas á los Ramirez Várgas, son narices largas, ¿está usted? Dejémosnos de padres y abuelos, y seamos nosotros buenos. Por ser hoy el dia que es, no me puedo negar á socorrer á Vds., que son hoy, no piernas de santo, sino patas de gallo con espolones! pero, tia Emperante... ¡una y no mas, señor San Blas! — Juana, prosiguió D. Martin llamando al ama de llaves, dá á esta pierna de santo una de cabrito, dos hogazas de pan, dos libras de tocino; y váyase la considerable á donde el humo en dia de levante.

La vieja siguió á Juana, y volvió cargada con los donativos atestados en una espuerta.

— Ahora, tia destronada, dijo D. Martin; ponga usted de proa sus narices hácia la puerta, escúrrase con viento en popa, y múdese liberal.

— ¿Qué está Vd. ahí parada como mojon de término? preguntó el señor, viendo que la vieja no se movia.

— Señor, queria decirle á su mercé que este pan es duro.

— Mas vale Duranda que no Miranda, señá Ramirez Várgas.

— Pero como á mi comadre le falta la denticion...

— Que la pida prestada.

— Señor, es que hay allí pan tierno; y Juana me dió el duro por mala voluntad.

— ¿No sabe Vd. que una de las tres verdades del barquero es, el pan duro... duro... mas vale duro que ninguno?

— Señor, habia allí unas teleritas mas tiernecitas, y cogí una, y Juana...

— ¡Caramba con la tia rapiña esta, que lo que sus ojos ven, sus manos águilas son!

— Pero, señor, ¡si yo y mi comadre estamos como las gallinas del tio Alambre, que las despertaba el hambre!

— Lo que están Vds. es como las gallinas del tio Rincon, que saltaban siete corrales por conversacion.

— En fin, señor, le he advertido lo del pan duro por si no lo sabia; y tambien le advierto que este tocino no tiene las dos libras cabales, y que no es de buena parte.

— Pues lléveselo Vd. á su sobrino que está ahora Emperante en Francia. ¡Caracoles con la zorzala esta, que tiene agallas para ciento, y es mas desagradecida que tierra de guijo! Pues ¿no seria acaso menester engordarle los cochinos con almendras, y amasarle el pan con leche á esta pierna de santo? ¿Por qué viene Vd. con esa voz que me suena á campana cascada, á atolondrarme los oidos si no le satisface lo que le doy? ¡Caracoles! que siempre la mas ruin oveja se ensucia en la colodra.

— Vengo, señor D. Martin, porque es su mercé rico, y que mas da el duro que el desnudo; que si no... ¡en la vida de Dios habia de aportar por aquí! pues por una de miel, da su mercé tres de hiel.

— ¡Por vida de la Vírgen del Lagar! esclamó colérico D. Martin, que me ha de hacer Vd. sentir el ser rico. ¡Vaya Vd. muy con Dios, tia espantajo! con esa cara que siempre parece que está probando vinagre, y esa cabeza erizada que parece una parva de arvejones. Sobre que cuando veo á Vd. me queda todo el dia una hiel y un asombro como si hubiese visto al demonio.

— ¡Jesus, señor! pues yo no soy ningun Eron, dijo muy picada la vieja.

— No, ¿para qué? Es Vd. mas fea que el tio Molino, que le dieron el óleo en la nuca, porque de feo no se lo pudieron dar en la cara.

— Pues ¡muy buenos quince que tuve, Señor, D. Martin! y cuando volvió mi Juan de la guerra de Pepiñá para casarse, me dijo que no habia visto por allá mejor hembra que yo.

— Si fuese eso cierto, habria mentido el refran que dice que quien tuvo, retuvo... pues lo que es ahora, mas que fuese un valiente de la guerra del Rosellon, se habia de asustar al verla. Ea, coja usted dos de luz, y cuatro de traspon.

— Pues quédese Vd. con Dios, señor D. Martin, el Señor se lo pague y le aumente los bienes, y sobre todo la buena voluntad. Memorias á la señora y á la señorita; y mandar, señor D. Martin.

— Señor, le dijo el ama de llaves, presentándole dos grandes platos de loza sevillana, que contenian masa frita y bollos de aceite; esto han mandado las mujeres del yegüerizo y del temporil. No están muy allá ni los bollos ni los pestiños: ¿los pongo en la mesa?

— Sí, sí, repuso el señor, que en la mesa del rey la torta ajena parece bien.

— Eso se ha hecho con la harina y el aceite que les mandó su mercé repartir, observó Juana.

— Podrá ser, mujer, y que hayan tenido presente aquello de á quien te da el capon dále la pierna y el alon.

D. Martin se levantó, atravesó el patio para ir á la sala, cuando al pasar frente del porton se encontró con la tia Latrana, que retrocedia en su retirada.

— ¡El demonio se pierda y Vd. tambien! esclamó sorprendido: ¿no lleva Vd. todavía bastante, tia sanguijuela?

— Señor, mire su mercé que el frio que hace, pela, corta la cara y lastima la cabeza; vea su mercé el pañolon mio todo destrozadito, dijo la vieja cogiendo el pico del pañolon que llevaba sobre la cabeza, y estendiéndolo á la vista de D. Martin; déme su mercé un pañolito que me abrigue, señor; que por eso no ha de ser su mercé ni mas pobre, ni mas rico.

— Pues si no ha nada de tiempo que le dió á usted la señora uno suyo.

— Verdad es, señor; pero lo que otro suda, á mí poco me dura: ¿es rigular, señor, que yo me muera de frio?

— ¿Y es rigular que sea yo su abastecedor general, tia cáustico?

— ¿Y cómo ha de ser, si su mercé tiene, y yo no? Yo he de buscar arrimo; que el que no tiene sombrajo, se encalma; y los ricos son los que matan ó sanan á quien quieren. Mejor librado sale su mercé, que mas vale tener que no desear.

— Ya por hoy me ha sacado Vd. bastante, y ha acabado con mi paciencia, dijo D. Martin, volviéndole la espalda.

— ¡Jesus!... ¡y qué ipotismo gasta su mercé hoy! murmuró marchándose la tia Latrana.

Aquel dia en la comida estuvo D. Martin mas campechano que nunca.

— Oye, Juana, preguntó al ama de llaves, ¿me querrás decir quiénes eran los que componian aquella reana de gente que visoré en la cocina?

— Señor, la tia de la cocinera, el primo de Miguel Gil, una sobrina de mi cuñada, la nuera del cochero...

— ¡Ya, ya, ya! y allí estaban por aquella regla de un convidado convida á ciento. Tráeme este á la memoria, que andando Nuestro Señor por el mundo, con sus apóstoles, le cogió la noche en un descampado. — Maestro, ¿quereis que nos recojamos á aquella choza? le dijo San Pedro. — Bien está, respondió Jesus.

Llegaron á la choza; en la que habia un viejo que les dió albergue con muy buena voluntad, y les ofreció de cenar. Estando cenando, llegó uno de los discípulos.—¿Qué se ofrece? preguntó el viejo. — No hay cuidado, dijo San Pedro, es de los nuestros. — Sea en buen hora, dijo el viejo, que tenia crianza:—¿Vd. gusta de cenar? Le cortó un canto de pan, y el apóstol se sentó á la mesa. A póco entró otro y despues otro, hasta completar los doce, y con cada cual sucedió lo propio. ¡Vaya, pensaba el viejo de la choza, paciencia! ¡cómo ha de ser! Un convidado convida á ciento. A la mañana siguiente le dijo San Pedro al viejo: — El que has albergado es Nuestro Señor; desea tú una gracia; que se la pediré en tu nombre. El viejo de la choza era gran jugador de naipes; así fué que le pidió sin pararse, ganar siempre que jugara: lo que se le otorgó. Cumplido que hubo el viejo su tiempo, le dijo el Señor á la muerte que fuese por él. Cuando el viejo vió llegar á la muerte, estuvo muy listo á seguirla; porque era lo propio que yo, nunca habia sido pesado para nada. Al caminar por esos aires vió á una pareja de demonios que se llevaban al alma de un escribano. ¡Pobrecito! pensó el viejo, que tenia buenas entrañas; el Señor padeció por todos sin escluir á los escribanos.—¡Eh! ¡cornudos galanes! gritó á los diablos, ¿se quiere echar una manita de tute? Los diablos que se despepitan por una baraja, como que ellos fueron los que las inventaron, acudieron como pollos al trigo. — Pero ¿qué se juega, preguntaron los demonios, puesto que no llevas dinero? — Verdad es, contestó el viejo; pero juego mi alma, que es de las buenas, por esa que llevais ahí, que no vale un bledo: salís gananciosos. — Verdad es, dijeron los diablos, y se pusieron á jugar. Por de contado ganó el viejo de la choza, y cargó con el alma del escribano.

Cuando llegaron arriba, le dijo San Pedro: Viejo de la choza, ya te conozco; puedes entrar. Pero, ¿qué es esto? ¿no vienes solo? ¡qué alma tan negra viene contigo!

— No señor, no vengo solo; que la compaña dicen que Dios la amó. Esta alma está manchada de tinta porque es de escribano.

— Pues alma de escribano, no entra en el cielo; cuela tú solo.

— Cuando estuvieron Vds. en mi choza, me soplaron otros doce sin pedirme licencia: con que bien puedo yo hacer lo propio con uno; que un convidado convida á ciento, dijo el viejo de la choza, metiéndose dentro con su amparado.

D. Martin comió opíparamente. Al gustar el pavo de Pascua que estaba perfectamente cebado con nueces é igualmente asado, mandó comparecer al ama de llaves, á cuyo cuidado eran debidas ambas escelencias.

— Juana, le dijo, el pavo está que mejor no cabe, te doy la patente, mujer, y este vaso de vino para que te lo bebas á mi salud y á la tuya, para que el año que viene cebes y ases otro semejante, y yo me lo coma.

— ¡Que viva su mercé mil años! dijo Juana, tomando el vaso que llevó á los labios.

— Mil no serán, pero una docenita me parece que han de caer dejándome en pié; pues mas fuerte me siento que la torre de la iglesia. Verdad es que se gastó el acero; pero queda el hierro.

Una unánime aclamacion de alegría y contento acogió estas palabras, cual una bendicion del porvenir.

D. Martin en este instante se echó hácia atras en su sillon y dió un ronquido.

— ¿Qué es esto? esclamaron todos levantándose.

— Que vayan por el santo óleo, dijo el Abad, abalanzándose á su hermano.

— Que vayan por el sangrador, añadió Doña Brígida, desabrochando el cuello de la camisa de su marido que estaba cárdeno.

Pablo se precipitó fuera del comedor.

No alcanzaron ni el auxilio divino ni el humano.

Cuando llegaron, D. Martin no existia; la muerte habia sido instantánea. El pavo humeaba todavía sobre la mesa; en la copa de Juana estaba aun la mitad del vino que habia contenido, y cuya otra mitad habia bebido á la larga vida de su amo.

Es indescribible el desconsuelo, que como una lúgubre noche, se esparció en la casa y por todo el pueblo. Era una afliccion tan profunda y general como no pueden concebirla aquellos que no han visto á un rico, á un poderoso, invertir sus pingües rentas, no en gozar, brillar, ni darse tono, sino en obras de caridad y llegar á ser por este medio el padre y el amparo de todo un pueblo humilde. Así fué, que la noticia de la muerte de D. Martin no vino en los periódicos; pero corrió de boca en boca como un prolongado lamento. En su entierro no hubo una larga fila de vistosos coches; pero sí una larga fila de pobres desconsolados. Sobre su tumba no se pronunciaron elocuentes panegíricos; pero vertieron lágrimas muchos ojos, y oraciones muchos labios: no se le puso un elocuente epitafio compuesto por un sabio latino; pero en boca de todos estaba este epitafio:

AQUI YACE EL PADRE DEL PUEBLO.

Doña Brígida estaba serena en su afliccion como competia á la anciana, que viendo cortado el último lazo que ata su corazon á la tierra, se lo ofrece á Dios quebrantado, pero entero.

El Abad no hacia esfuerzos por ocultar su afliccion mansa, profunda y santa como él.

Clemencia y Pablo estaban inconsolables. Al pié del féretro del escelente hombre á quien lloraban, comprendieron mutuamente la fuerza y riqueza de sus respectivos sentimientos. Allí Clemencia deshecha en lágrimas, apretaba entre las suyas las muertas manos de su padre, como si quisiera comunicarle por sus poros su propia vida; y allí Pablo no hallaba palabras de consuelo, convencido de que el dolor solo se alivia dejándole libre y árbitro de desahogarse segun su inspiracion.

Al dia siguiente salió de su casa el querido y venerado cadáver ¡ay! no para descansar, sino para ser pasto de la corrupcion, que no dejará de él sino los huesos esparcidos, algun cabello y algun jiron de la tela que vestia, ménos corruptible que el cuerpo humano... y ¡nada mas! Es cierto que el alma voló á su patria; pero.., ¿acaso no se ama al cuerpo de las personas queridas? ¿Quién no adora la venerable mano del padre que le bendijo? ¿Quién no los dulces ojos de la madre que le sonreian?

Pasaron estos fúnebres dias, venciendo el tiempo aquel desesperado primer dolor, debilitado por su propia violencia; los ojos, cansados de llorar, se cerraron; los nervios destrozados de su escitacion se postraron, y el sueño obtuvo la primera tregua. Un hondo silencio sucedia en aquella casa á los tristes gemidos; una inmovilidad austera á la febril y desatinada agitacion anterior; todo allí era negro en el esterior como en los ánimos. Pero la vida activa arreaba, y ya se decia: ¿Quién es el dueño de aquel caudal?

¡Oh triste mundo! ¡Cuál empinas los intereses materiales, que ni aun le concedes unas treguas para abstraerse, y ensimismarse, al que es presa del dolor, siquiera en tanto que lleva su librea!

Doña Brígida habia entregado al Abad las llaves del archivo y demas depósitos de papeles. Este convocó una mañana á toda la familia; cuando estuvieron reunidos, los habló así:

— Tengo el pesar de participar á Vds. que ninguna disposicion de mi hermano he hallado ni entre sus legajos, ni en las escribanías. Así, pues, habiendo yo renunciado ha tiempo á ser la cabeza de una casa que se estingue en mí, y de los bienes que le son propios, tú, Pablo, como inmediato heredero, reconocido como tal por mi hermano, entras desde luego en posesion de todo.

— Estraño este raro descuido de mi marido (que en paz descanse), dijo Doña Brígida, pues me consta que otras eran sus intenciones. Lo siento por tí, Clemencia; lo que es en cuanto á mí, no me importa, resuelta como estoy á reunirme con mi prima en su convento: con la viudedad que me señala la ley, me sobra, y aun podré, lo que haré gustosa, partir contigo, hija mia.

Clemencia se echó llorando de gratitud en los brazos de su suegra; es decir, de gratitud por la bondad y cariño que le demostraba, no por el beneficio. En general, la juventud, y sobre todo la femenina, no concibe la necesidad; para ella no hay desierto ni maná.

— No es necesario á Clemencia tu generosa oferta, hermana, dijo el Abad. Clemencia, la hija de adopcion de mi alma, se quedará conmigo, si quiere compartir la monótona y sosegada vida de un pobre anciano; por mi muerte, cuanto poseo es de ella; mi testamento está ya hecho.

— ¡Oh tio! esclamó Clemencia; si despues de la cruel separacion de mis padres tuviese que sufrir la vuestra, ¿qué seria de mí?

Pablo se habia quedado tan confundido al verse, despues de la completa desheredacion que le habia anunciado su tio, dueño de todo, que no atinaba qué hacer, ni qué decir, y quedaba completamente estraño al precedente coloquio.

Por fin mas repuesto, y venciendo su timidez, dijo dirigiéndose al Abad:

— Soy testigo, — y testigo que no puede recusarse siendo yo el interesado, y por lo tanto el solo que á combatirlo tuviese derecho, — de que mi tio pensó dejar á Clemencia, su hija, por quien quiso y debió mirar, no solo la mitad de cuanto poseia, sino el todo; el ocultarlo, en mí, á quien se lo dijo, seria faltar á la honradez.

— Es que no hubiera podido hacerlo aunque hubiese querido, dijo con su serena voz Doña Brígida que queria mucho á Pablo, y ante todo lo justo.

— Pensó sacar cédula real, repuso este.

— Eso lo diria, intervino el Abad, en uno de esos bruscos arranques, que tenia mi hermano (en paz descanse) que eran siempre truenos sin rayos.

— Y esto lo confirma el que, si tal era su intencion, lo hubiese llevado á cabo, añadió Clemencia.

— Lo que creo justo, dijo Pablo, y el único medio de que ni tu delicadeza ni la mia padezcan, es que partamos como hermanos, Clemencia.

— Pero, Pablo, ¿porqué quieres que te agradezca un beneficio que no necesito, ni puedo aceptar?

— No es beneficio; pero caso que lo fuese, ¿te pesa la gratitud, Clemencia?

— Segun sea el beneficio que la motive, Pablo. Nunca me ha pesado la que te tengo por la vida que te debo.

— Eres sutil, Clemencia, y me contestas con la metafísica de una delicadeza fria, propia entre estraños, cuando yo te hablo con la buena fe del corazon, como á una hermana.

— A ambos os comprendo y á ambos apruebo, intervino el Abad; pues cuanto decís es hijo de un noble desprendimiento y de una delicadeza loable. Pero para que no degeneren estas en tí, Pablo, en molesta exigencia; en tí, Clemencia, en obstinado desvío; os diré para poneros á ambos de acuerdo, que si á Clemencia aseguró mi herencia, es como á mujer de mi sobrino, y como miembro poco afortunado de la casa de Guevara; que como á hija de adopcion de mi alma, le he hecho dueña de tesoros de mas valer. ¿No es así, Clemencia mia?

— ¡Sí señor, sí señor! — contestó esta besando la mano del venerable anciano, — y del que mas aprecio de todos, que es vuestro cariño.

CAPITULO XI.

Pocos dias despues, se trasladó Doña Brígida con previa autorizacion eclesiástica, al retiro del convento, á pasar sus últimos años léjos del ruido de la vida activa. Todo en lo demas permaneció en el mismo estado, habiendo insistido Pablo con el mayor calor y cariño en que no se separasen de él su tio y su prima.

Así corrió otro año pacífico y tranquilo como los anteriores; pero sin que pasase un solo dia en que no tributasen un amante recuerdo y un fervoroso sufragio á D. Martin, cuya memoria permanecia siempre viva en todos los corazones como en el primer dia; ni una semana en que no fuesen á hacer una larga y afectuosa visita á su tia.

Mas al cabo de este año, los dias del Abad eran cumplidos. Habia este desde la muerte de su hermano, decaido mucho. El varon eminente sentia acercarse su fin como los verdaderos justificados, sin ansiarlo ni temerlo. Muchas veces miraba á su amada Clemencia con pena é inquietud, viendo que sobre ella habian pasado los años, haciéndola al esterior una hermosa mujer, pero habiéndola dejado moralmente la niña inocente, sincera é inesperimentada que era á los diez y seis años, cuando casi al salir del convento habia llegado allí. ¿Qué resultará, decia, de la amalgama de ideas tan sólidas y determinadas con sentimientos tan vírgenes y frescos, candorosos y sencillos? ¿Cuáles vencerán, si lucha hubiese? Estas reflexiones le llenaban de temores, y fué el resultado de estos, que vino á sentir, aunque por causas diversas y mas elevadas, los mismos deseos que su hermano habia tenido ántes de morir, de dejar unidos á Pablo y Clemencia. Así fué que, una noche en que se hallaba indispuesto, y Clemencia liada en un abrigado pañolon, despues de haber cubierto la lamparilla con un cristal bruñido, y cerrado con cuidado todas las puertas y ventanas para que no penetrase el aire frio y húmedo de la noche, se habia sentado en una butaca á su cabecera para velar, le dijo al verla tan tranquila y ajena del golpe que la esperaba, porque nadie confía mas en la vida de los enfermos que aquellos que mas los aman:

— Hija mia, creo que Dios me avisa con estos males repetidos, que pronto compareceré en su presencia.

Estas palabras penetraron el corazon de Clemencia como agudas flechas.

— ¡Jesus, Señor! repuso con trémula voz. ¡Oh! ¡no digais eso! pensarlo es una aprension, cuando solo teneis una afeccion catarral; y ¡decirlo... es una crueldad!

— ¡La voluntad de Dios se haga, hija mia! pero prever todo accidente es la obligacion de las personas prudentes; sobre la esperanza se confia, pero no se labra. Yo pienso en la muerte, porque preverla es el modo de que no asombre su imponente llegada, y porque es el de la muerte, el mas útil, el mas grande, y el mas elevado pensamiento del mortal. Pero esta misma consideracion me hace prever cuán sola quedarás, tú, ángel de mi vejez, cuando te falte yo, tu compañero, tu guia y tu padre.

Las lágrimas que Clemencia contenia á duras penas, estallaron en sollozos al oir estas últimas palabras.

— Si vos me faltais, esclamó, no quiero vivir.

— No pensara de tu juicio, de tu sensatez y de tu religiosidad, que te espresases así, Clemencia mia, repuso el Abad. Esas son frases heróicas y sin mansedumbre; y así en un todo opuestas á lo que nos enseñó el Hombre modelo, en el que el mismo Dios se dignó constituirse. Pero en fin, llegado el caso que te he indicado, ¿no piensas que seria prudente y decoroso poner en mi lugar á quien como yo te amase, amparase y mirase como cosa propia?

— ¡Oh! vuestro lugar, padre mio, nadie puede ocuparlo ni á mi lado, ni en mi corazon.

— Clemencia, los sucesos, como los hombres, se suceden unos á otros en el mundo, como las olas en el mar, sin dejar hueco ni vacío, por la gran ley del equilibrio que rige la naturaleza, así la física como la moral.

— Pero señor, hay escepciones.

— Sabes, hija mia, que todo lo escepcional me es antipático, sobre todo en las mujeres, tan dignas, tan bellas, tan femeninas en las buenas sendas trilladas, como mal vistas, antipáticas y burladas en las escepcionales. El querer llenar tu vida, que está en su principio, con la memoria de un padre, es el sueño de un corazon amante: así deséchalo como tal, y procura no apartarte de la ley que hizo á la mujer compañera del hombre.

— Tio... señor, ¿no me habeis dicho mil veces, que á la mujer casta Dios le basta?

— Sí, hija mia, es cierto que Dios basta á llenar un corazon puro; pero la vida en una mujer, sobre todo cuando es jóven, trae otras exigencias y necesidades, ademas de las del corazon, para vivir tranquila. Necesita, ó retirarse del mundo, ó un amparo si en él permanece: de otro modo, Clemencia mia, sola, independiente, inútil, su estéril vida es escepcional, y una piedra de toque en la sencilla y buena uniformidad en que gira la sociedad humana. El celibato, hija mia, es santo, ó es una viciosa y egoista tendencia que tira á quebrantar las leyes sociales y religiosas: no te sustraigas á la santa mision de esposa y madre: te lo encargo... ¡te lo suplico!

— Bien, tio, dijo la dócil Clemencia; si tuviese la terrible desgracia de perderos, os prometo casarme.

— ¿Y porqué no en vida mia, para que yo bendiga tu union ántes de morir?

— Pero, señor, ¿acaso no tengo mas que desearlo, para que se presente el compañero que os prometo aceptar?

— Sí, Clemencia, no tienes mas que desearlo, para que te se presente el compañero que entre todos no habrias podido elegir mas cumplido y mas á propósito para hacer tu felicidad.

— ¿Pablo? preguntó en queda y desconsolada voz Clemencia.

— Pablo, sí, Pablo; que tiene el alma mas bella, el carácter mas noble y el corazon mas amante y generoso. Fíate de mí, Clemencia; que harta esperiencia tengo de los hombres: no conocí nunca otro mas aventajado que Pablo, otro á quien con mas justicia se pueda dar el epíteto de hombre de bien y caballero cumplido.

Largo rato calló Clemencia, y despues dijo con la íntima y entera confianza que le inspiraba aquel varon indulgente y benévolo:

— Tio, yo habia pensado vivir siempre como hasta ahora, tranquila y concentrada; mas si exigís que amplíe mi vida, que trueque mi libre y descuidada calma por la austeridad de los deberes; que cambie mis flores y mis pájaros por cuidados y desvelos, yo habria deseado que el amor hubiese esparcido sus rayos entre la cargada atmósfera de las obligaciones y desvelos que circundan el estado.

— ¿Y no puedes acaso amar á Pablo? dijo el Abad.

— No puedo amar á Pablo, señor, sino como al mejor de mis amigos, despues de vos.

— No te cases, pues: tus ilusiones se interpondrian entre tí y tu felicidad, como esos mirajes, esos prestigios, efectos de la óptica, que presentando al viajero objetos ilusorios, le ocultan la senda trillada, y le sacan del camino real de la vida que no ve por mirarlos. ¡Oh mundo seductor, falsa sirena, que modulas tus cantos haciéndolos simpáticos al sentir de cada cual! Nada logra contra tí la sabiduría humana, y tú solo eres el que te encargas de darte á conocer. Sí, sí, una sola de tus lecciones prácticas alcanza lo que no pueden todas las máximas de la sabiduría y todos los consejos de la esperiencia. No te cases, Clemencia; no te cases ahora, pues no serias feliz sino pasivamente, y tu felicidad satisfecha, cumplida y elegida por tí, es la que deseo sobre todas cosas. No obstante, cuando llegue el dia en que fijes tu voluntad, ántes de decidir de tu suerte, ¡acuérdate del último consejo y del postrer deseo de tu padre! la pasion es ciega, la razon ve claro; si luchan, haz que venza esta.

En conversaciones que aun tuvieron, dió el Abad á Clemencia otros muchos consejos y lecciones sobre la vida y el mundo, todos impregnados de los altos y sabios conocimientos que sobre ellos tenia el esclarecido filósofo cristiano. Ademas, entre los de la vida práctica, le recomendó el trasladarse cuando llegase él á faltar, á Sevilla, al lado de su tia la Marquesa de Cortegana, no siendo decoroso el que se quedase á vivir con su primo, que era un jóven. Añadió que cerca de la de aquella poseia él una casa, que ya habia mandado renovar y arreglar para que ella la habitase; regaló su magnífica librería á Pablo; distribuyó infinitas limosnas y dádivas; y así pensando en todos, haciendo el bien á manos y corazon llenos, levantando en continuas y fervorosas oraciones su alma á Dios... se fué estinguiendo como un sonido melodioso, cada vez mas suave, cada vez mas dulce!... y un dia en que con manos cruzadas rezaba, sus labios dejaron de articular, sus ojos de fijarse con amor en los que le rodeaban... ¡y su corazon de latir á un tiempo!

Notes in this chapter

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