PARTE SEGUNDA. (continued 3)
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El dolor de Clemencia la postró en cama. Por mas que sea el carácter apacible, el ánimo sereno y madura la razon, el dolor es en la juventud, para el corazon, una calentura que no halla calmantes. Clemencia mandó que se llevasen de su cuarto los pájaros que cantaban; que cortasen de su jardin las flores que se abrian; echó en cara al sol el alumbrar alegre la tierra el dia del entierro de un justo, y al cielo el haber dejado brotar en la tierra el amor, esa flor del cielo que solo deberia existir en la eternidad.
Pero apénas estuvo repuesta su salud, y apénas pudo hacerse dueña de su inmensa afliccion, cuando conforme á las indicaciones de su tio pensó trasladarse á Sevilla.
Así fué que le dijo á los pocos dias á su primo:
— Pablo, nos vamos á separar despues de cerca de ocho años de haber vivido bajo el mismo techo.
Pablo calló y bajó la cabeza; estaba prevenido á este golpe cruel.
— Réstame, Pablo, el darte gracias por tus nunca interrumpidos buenos procederes hácia mí, prosiguió Clemencia, y decirte cuán penosa me es nuestra separacion.
— Entónces... dijo Pablo que no acabó la frase.
— Voy á Sevilla, añadió Clemencia, — respondiendo indirectamente á esta pregunta que Pablo no articuló, pero que ella comprendió; — al lado de mi tia, pues así lo dispuso nuestro Santo Mentor.
— Clemencia, dijo Pablo, ahora, pues, es el caso, ya que vas á establecerte, en que debas en toda justicia, y para no rechazarme como á un estraño, recibir del mayorazgo que debió ser tuyo, siquiera la viudedad, para que vivas con el decoro y en el rango que te corresponde; te consta que no sé qué hacer con el sobrante que dejan las rentas.
— Para vivir bien y con decoro, Pablo, me sobra con lo que me ha dejado nuestro tio; grandezas, ni las apetezco, ni las busco, ni las quiero: sabes que me son antipáticas, quizá por una rareza de carácter. Mi padre me enseñó las verdaderas grandezas que proporciona el dinero, las limosnas, que son el lujo del corazon; la caridad que es la verdadera grandeza del alma. Sigue tú su ejemplo, y todas tus rentas te vendrán cortas. No obsta esto, Pablo, á que te agradezca esta nueva prueba de tu generosidad para conmigo.
— Otra mayor tienes que agradecerme, Clemencia, dijo tímidamente Pablo, y quiero que la sepas ántes de separarnos, para que si no nos volviésemos á ver en esta vida, quede grabada en tu corazon mi memoria con la gratitud que te infunda... porque en esta ocasion... la merezco!
Clemencia miró á su primo con sorpresa.
— ¿Mas aun que agradecerte, Pablo? esclamó.
— Recordarás, dijo Pablo, que mi tio quiso unirnos.
Clemencia se puso encendida como la flor del granado.
— Tú consentiste, prosiguió Pablo.
Clemencia bajó confusa los ojos, y calló.
— Pero yo, Clemencia, añadió Pablo... rehusé!
Clemencia quedó confundida.
— Y rehusé, Clemencia, prosiguió Pablo, porque tú hacias un sacrificio grande en casarte conmigo, y yo uno cruel en negarme á ello; y quise que el sacrificio estuviese de mi parte, y no de la tuya; esto prueba que te amaba y sigo amando sin esperanzas, Clemencia; y el amor que vive sin alimento, esto es, sin esperanzas que le sostengan, es de alta esfera, é inmortal como el alma!
Hubo un rato de silencio. Pablo tenia la respiracion oprimida.
Dos gruesas lágrimas cayeron lentas por las mejillas de Clemencia.
— Esto te lo digo, Clemencia, prosiguió Pablo, cuya voz alterada salia con dificultad de su pecho, porque nos vamos á separar y quizas para siempre! A no ser así, no me hubiese atrevido á ello; pero he querido que ya que no me tengas amor... me tengas gratitud y lástima!
Diciendo esto Pablo, no pudiendo por mas tiempo comprimir la vehemencia de su dolor, se levantó y salió apresuradamente.
— ¡Pablo!... esclamó Clemencia profundamente conmovida.
Si Pablo hubiese tenido mas ciencia de mundo y mas esperiencia del corazon humano, habria sabido aprovechar aquellos bellos momentos de enternecimiento para ganarse un corazon que latia de admiracion y de gratitud, subyugado ya por los nobles medios que subyugan las nobles almas; pero su timidez le ataba, su modestia le desesperanzaba, y su delicadeza le detenia; se paró un momento en la puerta del segundo cuarto, y se dijo: ¿Y á qué volver? ¿A ser sobrepujado en generosidad? Entónces cuanto he hecho pareceria premeditado. Nada grande se lleva á cabo sin entereza: no la pierda yo al verla resuelta á concederme, arrastrada por la gratitud, lo que movida por amor no pudo!
Y se alejó presuroso.
Pasada la primera emocion, Clemencia se serenó, pensó que de todos modos, aun cediendo á los deseos de Pablo, que fueron tambien los de su padre y de su tio, no debia permanecer á su lado, ni habitar ya aquella casa sino como su mujer; sintió que la separacion que proyectaba por respeto humano, debia ahora que Pablo se habia declarado, llevarla á cabo por respeto á sí misma, y apresuró los preparativos de su partida. Pablo por su lado, ahogado de pena, temiendo no poder ocultarla, y comprendiendo que su presencia turbaria á Clemencia, se habia ausentado. De suerte que la declaracion de Pablo solo habia servido para levantar entre ambos una barrera, y para ahuyentar la franqueza de hermanos que hasta entónces entre ellos habia existido.
FIN DE LA PARTE SEGUNDA.