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Amaury

Alejandro Dumas (continued 6)

Florencio S. de Yarza translation

De igual modo que al enamorarme de Magdalena, en el primer momento yo mismo no me dí cuenta (y sírvate de enseñanza por si algún día te ves en mi caso), lo hubiera negado con toda sinceridad, y hasta me hubiese estremecido de horror ante la prueba de ello; pero yendo diariamente a visitar a Antonia y al hablarle de Magdalena, de su gracia, de su belleza, notaba que Antoñita era tan bella como la prima; y, es claro, ¿te parece posible Amaury, pasar mucho tiempo al lado de tanta gracia y hermosura sin enamorarse uno perdidamente?

Amaury, cada vez más abismado en sus pensamientos, no respondió a la pregunta sino con una especie, de suspiro que más bien parecía un gemido, cuya explicación esperó Felipe en vano durante unos momentos, prosiguiendo después:

—Te voy a explicar los indicios que sirvieron a tu pobre y débil amigo para conocer que estaba enamorado nuevamente.

Y exhalando un suspiro más hondo aún que el de Amaury, prosiguió:

—Al principio, como a pesar mío y casi inconscientemente, las piernas me llevaban hacia la calle de Angulema, y cada vez que salía de casa por la mañana para ir al Palacio de Justicia y por la tarde para dirigirme a la Opera Cómica (ya sabes que siempre me ha gustado este género genuinamente nacional) me encontraba sin saber cómo, tras una caminata de una hora, frente a la casa del doctor Avrigny, no con la esperanza de ver a la dama de mis pensamientos ni con otro motivo ni idea preconcebida, sino porque me había impulsado la fuerza irresistible del amor. ¿Por qué no confesarlo?

Se interrumpió Felipe un momento en medio de su perorata, esperando conocer en el semblante de Amaury la impresión que le producían sus palabras, de cuya elocuencia por su parte no estaba descontento; pero sólo pudo notar que su oyente añadió un pliegue a los muchos que ya surcaban su frente, y exhaló un suspiro aún más profundo que el anterior. Esto le hizo creer que su auditorio estaba conmovido por la fuerza emocional de su discurso y cobrando más ánimo, continuó así:

—El segundo de los síntomas que me hicieron conocer el estado de mi alma fue una viva pasión de celos; pues cuando en los primeros días del mes corriente Antoñita se mostraba contigo tan insinuante, no pude impedir que germinase en mi corazón un odio feroz contra mi amigo de la infancia; odio, pronto apagado por la reflexión de que no te sería fácil corresponder a ese amor hallándote tan influido por el recuerdo de otro amor que absorbía tu alma.

Estas palabras hicieron a Amaury estremecerse.

—¡Sí, amigo mío! Aquello no fue más que una sospecha fugaz como el relámpago, que apenas nace muere: lo que me produjo más que odio, más que despecho, más que cólera, fue el conocimiento de las ventajas que por momentos ganaba el fatuo Mengis en el corazón de aquella que tan absoluta y súbitamente se había hecho dueña de mi voluntad y de mis sentimientos. No dejaba de observar un momento a mi rival, y veía cómo se apoyaba con familiaridad en el respaldo de su butaca, y le hablaba en voz baja, y se reían y, en fin, otras muchas cosas que apenas hubiese podido tolerarte a ti, al amigo de la infancia. La irritación, los celos terribles que todo esto despertaba en mí, fueron la prueba de mi apasionamiento... ¡Pero tú no me escuchas, Amaury!

Es de creer que, al contrario, Amaury escuchábale demasiado bien, pues el rostro se le encendía como si le caldeasen ondas de fuego, lo cual hacía presumir que cada palabra de las que había oído repercutía dolorosamente en su corazón. Taciturno y sombrío, ensimismose de modo que sentía latir su corazón y le zumbaban los oídos al circular la sangre en impetuosa carrera por las arterias cerebrales.

Muy acobardado por tan inquietante silencio, Felipe continuó:

—No aseguro que todo eso no indique un completo olvido de pasados juramentos y una flagrante traición al recuerdo de Magdalena; pero no es creíble que todos puedan ser como tú, modelos de constancia. Además ella te amaba, estaba dispuesta a ser tu esposa, y a tu vez te disponías a ser su compañero de por vida, idea grata a la cual ya te habías acostumbrado, mientras que yo no había pensado ni esperado nada semejante, sino de una manera fugaz, pues tú me arrebataste la esperanza, no bien que fue nacida. No pienses que trato de atenuar mi culpa; por mucho que la execres no he de quejarme de ello; pero escúchame un momento más y dime luego si no existen circunstancias que atenúan el delito que he cometido, dejando de amar a Magdalena para amar a Antoñita.

—Hable usted; ya le escucho—dijo con viveza Amaury, aproximando su silla para oír mejor a Felipe.

XLIX

Y el émulo de Cicerón y de M. Dupín, envanecido por la impresión que su dialéctica y su retórica parecían producir en el ánimo de su interlocutor, prosiguió diciendo:

—En primer lugar, mi traición a Magdalena no era tan grave como parecía, puesto que el objeto de mi nuevo amor era una persona que había vivido siempre a su lado, una amiga, prima, hermana pudiéramos decir, en quien me parece continuar mis pristinos amores, pues me retrata constantemente a Magdalena en sus gestos, en sus palabras. Amar a la segunda es como seguir amando a la primera.

—Has dicho bien—respondió el pensativo Amaury, con el rostro algo más sereno.

—Ya ves, pues, que tenía razón—contestó Felipe con regocijo.—Ahora, y en segundo lugar, no podrás menos de convenir conmigo en que el amor es el más espontáneo y libre de nuestros sentimientos, y el que nace más ajeno a la influencia de nuestra voluntad.

—¡Es muy cierto!—asintió Amaury.

—Todavía no he terminado—dijo Felipe con creciente entusiasmo.—En tercer lugar, ya que mi juventud y mi vehemente facultad amorosa han hecho resurgir en mí el amor intenso y vivaz, ¿estoy obligado a matar un instinto noble, natural, legítimo, casi divino, por dejarme llevar de preocupaciones y convencionalismos opuestos al orden de la Naturaleza, y por tanto no posibles en lo humano y dignos de que Basón les llamara errores fort?

—¡Claro está que no!—masculló Amaury.

—En tal caso—concluyó Felipe, con acento triunfal,—debes confesar que no es tan grave mi delito, y hasta disculpar mi amor hacia Antoñita.

—¿Y a mí qué me importa que la ames o no?—dijo Amaury.

A tal grosería contestó Felipe sonriendo con la mayor impertinencia:

—Querido Amaury, eso es cuenta mía.

—¡Cómo! ¿Después de comprometer con tus audacias e impertinencias a Antoñita, te atreverás a decir que ella te corresponde?

—No digo nada, querido Amaury, sino que buscando del mal el menos, si bien la comprometo con mis paseos por la calle de Angulema (ya comprendo que a ellos te refieres), por lo menos no la comprometo con mis palabras.

—Señor Auvray, ¿tendría usted bastante audacia para decir en mi presencia que le ama?

—Antes a ti que a otro: al fin eres su tutor.

—Está muy bien, pero se lo callaría usted.

—No veo el motivo si ello fuera verdad—dijo Felipe que empezaba a salir de sus casillas.

—Le repito a usted que no se atrevería a decirlo.

—Y yo le repito a usted que como ello fuese verdad me juzgaría tan orgulloso que se lo haría saber a todo el mundo, y lo publicaría a gritos...

—¡Cómo! ¿Te atreves a decir?...

—La verdad.

—¿Se atreve usted a afirmar que Antoñita le ama?

—Me atrevo a decir que ha hecho buena acogida a mis pretensiones y que ayer mismo...

—¡Acaba!

—Me autorizó para pedir su mano al doctor Avrigny.

—¡No es verdad!—exclamó Amaury.

—¿Cómo que no es verdad? ¿Usted se fija en que es un categórico mentís el que acaba de darme?

—Ya lo creo.

—¡Y me lo da deliberadamente!

—Por supuesto.

—¿Y no retira usted ese insulto inmotivado que acaba de dirigirme?

—¡De ningún modo!

—¡Basta, Amaury!—dijo entonces Felipe animándose por grados.—Te concedo que a pesar de mis atenuantes soy algo culpable en el fondo; pero entre amigos y personas de cultura social se trata al prójimo con más tolerancia. Eso, dicho en el Palacio de Justicia, como allí es costumbre, puede pasar; pero aquí, de ningún modo; no puedo tolerarlo ni aun viniendo de ti, y si te ratificas...

—Mira si lo hago, que repito que mientes.

—¡Amaury!—gritó Felipe exasperado.—Te advierto que, aunque abogado, tengo algún valor además del cívico, y me siento capaz de batirme.

—¡Acabáramos! Ya ve usted que hasta le concedo la ventaja de la elección de armas, porque soy yo el ofensor.

—Me son indiferentes, pues no he tenido hasta hoy en mi mano una pistola ni una espada.

—Yo llevaré unas y otras al terreno, y sus testigos elegirán. Indique usted la hora.

—A las siete de la mañana, si te conviene.

—¿Sitio?

—El bosque de Bolonia.

—¿Avenida?

—De la Muette.

—Está muy bien. Creo que tendremos bastante con un solo testigo para los dos, pues cuanto menos publicidad demos al lance, tanto menos padecerá la reputación de Antonia. Se trata de calumnias y...

—¿Cómo calumnias? ¿Te atreves a sostener que yo he calumniado a Antoñita?

—No sostengo sino que mañana a las siete estaré en el bosque de Bolonia, avenida de la Muette, con un testigo, y armas. ¡Hasta mañana!

—Mejor hasta la noche; pues hoy es jueves, día de recepción en casa de Antoñita, y por nada me privaría de verla.

—Está bien; a la noche la veremos, y mañana nos veremos.

Dicho esto, Amaury se alejó furioso y regocijado al mismo tiempo.

L

Nunca Felipe había pasado una velada tan feliz y a la vez tan dolorosa como lo fue aquélla para él. Feliz, porque Antoñita no tuvo sino dulzura y amabilidad para su adorador, y dolorosa por la perspectiva de aquel lance a que le arrastraba Amaury. Gracias a que algo se lo hacía olvidar la incesante y gratísima conversación de Antoñita.

Amaury, por su parte, no dejaba de mirarlos a hurtadillas con frecuencia, y al verlos tan entretenidos conversando y sonriéndose, no dejaba de prometerse con cierta satisfacción cruel que se las pagarían todas juntas, principalmente su amigo Felipe, quien por su parte embobecido por las preferencias de Antoñita y atormentado por el remordimiento, casi había echado en olvido su próximo duelo.

Aunque se sintiese en cierto modo pesaroso de su triunfo, era éste tan notorio, que no había más remedio que saborear la amarga dicha y tomar con calma las cosas. No dejaba de pensar a cada coquetona sonrisa de Antoñita que acaso a la mañana siguiente le costaría demasiado cara; pero aun así le parecía deliciosa, tanto como terrible la primera que el adversario le lanzaría sobre el terreno y que él veía con toda realidad en su imaginación.

Estaba escrito que el calavera sería infiel a la memoria de la pobre muerta, pues el recuerdo de Magdalena en lo pasado y la visión del fúnebre porvenir que le preparaba la venganza de Amaury se fueron esfumando tras del gozo que le producía su triunfo del presente, y no se volvió a dar cuenta exacta de su nada envidiable situación hasta que llegado el momento de retirarse, Antoñita le tendió la mano dándole las buenas noches de una manera encantadoramente afectuosa.

Sobrecogido entonces por un triste presentimiento aquella mano que acaso no volvería a estrechar la besó repetidas veces mientras con visible agitación y de un modo incoherente decía:

—Señorita, ¡cuánta dicha! Su amor... su bondad... Prométame que si mañana sucumbo pronunciando su nombre me dedicará un recuerdo, una lágrima, una palabra de compasión...

—¿A qué se refiere usted?... ¿Qué quiere usted decir?—preguntó Antoñita, sorprendida y asustada.

Felipe no contestó, contentándose con dirigirle una patética mirada, y salió en trágica actitud, con sentimiento de haber hablado demasiado.

Antoñita, que no podía permanecer indiferente después de lo que había oído, pues comprendía que algo muy grave indicaban las incoherentes palabras de Felipe, dirigiose a Amaury presurosa y cuando éste tomaba el sombrero para retirarse, y sin aparentar inquietud; pero con el firme propósito de conjurar cualquier peligro que por parte de Amaury pudiese amenazar a su preferido, le dijo:

—No olvide usted que mañana es el primero de junio, y debemos ir a visitar a mi tío.

—No lo he olvidado—contestó Amaury.

—Entonces nos encontraremos allí como de costumbre. A las diez, ¿no es así?

—Sí, a las diez—repitió distraídamente Amaury;—pero si no pudiese ir hasta las doce, yo le rogaría que dijese usted a su tío que tal vez me retenga en París algún asunto urgente.

Estas palabras fueron dichas con tan fría entonación que Antoñita no pudo menos de estremecerse; pero no dijo palabra, y acercándose al conde de Mengis le rogó que permaneciese aún en la casa unos cuantos minutos.

Así lo hizo el conde, y cuando Antoñita, pudo hablarle a solas, le enteró de las palabras de Felipe, de las reticencias de Amaury, y de sus tristes presunciones.

No dejó de alarmarse el conde al relacionar lo que acababa de oír con algo que había oído de boca de Amaury aquella misma mañana; pero prudentemente ocultó su zozobra para no aumentar los temores de Antoñita, y afectando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, prometió que al día siguiente se ocuparía de tan importante asunto, avistándose con aquel par de insensatos.

En efecto, muy de mañana, mandó enganchar y se hizo conducir a escape a casa de Amaury, a quién no encontró; le dijeron que acababa de montar a caballo y que, haciéndose seguir tan sólo de su groom inglés, había partido con tal precaución y silencio que ni siquiera dejó dicho adónde iba.

Al conde le faltó entonces tiempo para lanzarse en busca de Felipe.

Pero tampoco le halló en casa. Sólo vio al portero, de pie en el umbral de la puerta, refiriéndole a un su amigo, que, una hora antes, había visto salir al señor de Auvray junto con su procurador, y que éste, en vez del consabido rollo de papel sellado, que era la característica de su grave personalidad y profesión llevaba bajo el brazo aquel día un par de espadas y una caja de pistolas. Este relato hubo de repetirlo el bueno del portero en obsequio al conde, añadiendo finalmente que el señor de Auvray y su acompañante habían tomado un simón, y que él les oyó dar esta orden al auriga:

—¡Volando al Bosque de Bolonia... avenida de la Muette!

El conde no quiso saber más; repitió estas señas a su cochero y partieron al galope.

Pero eran ya las seis y media y la cita se había pactado para las siete. ¡Era un contratiempo muy sensible!

LI

Y efectivamente, daban las siete en punto cuando Felipe y su apoderado, que le acompañaba en calidad de testigo, llegaban a la Muette, descendiendo de su alado vehículo. Casi en el mismo instante, fieles a la consigna, Amaury y su amigo Alberto se presentaban también en el lugar de la acción, aquél apeándose de a caballo, y saltando de su elegante cabriolé el otro.

No tardaron en ponerse a discusión las condiciones del duelo. El amigo de Felipe, que estaba algo avezado a esos trotes, acortó mucho los preparativos.

En su concepto su apadrinado era el ofendido, y como tal tenía derecho a la elección de armas: debían, a mayor abundamiento, servirse de las espadas o pistolas que, a prevención, habían llevado Felipe y él.

Alberto, advertido de antemano por Amaury para que accediese a todas las peticiones de la parte contraria, aunque rayaron en exigencias, se avino desde luego a todo, sin oponer más objeciones que las que son de rigor en tales casos.

Convinose, pues, en que el encuentro se verificaría a espada y con las propias armas de Felipe, dos espadas militares magníficas.

Una vez puestos de acuerdo Alberto y el procurador, aquél ofreció a éste un cigarro de su preciosísima petaca, pero viendo que rehusaba la fineza, púsose a encender tranquilamente su habano y luego, acercándose a Amaury, díjole sin recatar la voz y como para vengarse del desaire curialesco:

—Ea, ya está todo listo y a punto; el duelo va a ser a espada. Conque buena mano ¡y no te dé lástima ese pobre diablo!

Amaury sonrió e hizo un saludo; quitose el sombrero, que depositó en tierra; despojose del frac, el chaleco y los tirantes, y al serle entregada el arma volvió a saludar con verdadera elegancia, sin pizca de afectación. Felipe le imitó en todo con simiesca exactitud, pero al tomar la espada lo hizo en tan ridícula y deplorable forma que pareció que recibía un bastón.

Los dos se aproximaron simultáneamente, cruzáronse los aceros a seis pulgadas de la punta y luego de separarse un tanto los padrinos a derecha e izquierda respectivamente, comenzó la brega en seguida que se oyó la frase sacramental:

—¡Pueden empezar, caballeros!

Ni corto ni perezoso, Felipe fue el primero en tirarse a fondo con intrépida torpeza, que Amaury aprovechó para darle un bote y desarmarle, arrancándole de la mano el arma, que fue a parar buen trecho lejos de su dueño.

—Le hacía a usted algo más diestro, Felipe—dijo Amaury con tono irónico, no exento de amargura, porque en el fondo le repugnaba aquella superioridad que no deseaba.

—Perdone usted—repuso su adversario,—me parece haberle dicho antes algo de eso. Desconozco el manejo de la espada.

—Siendo así, que nos traigan las pistolas—replicó Amaury—hay que nivelar las fuerzas.

—Amaury—intervino Alberto por oficiosidad—¿estás realmente decidido a seguir adelante?

—Pregúntaselo más bien a Felipe.

Alberto comprendió la indicación y dirigiéndose solamente a su adversario repitió la pregunta.

—¡Pues no he de querer continuar!—prorrumpió Felipe.—Amaury me ha ultrajado y, a menos que no me dé amplias explicaciones, no cejaré en mi empeño.

—Pues bien, yo me lavo las manos—contestó Alberto;—he pretendido evitar el derramamiento de sangre; mas ante tal obstinación hay que bajar la cabeza. Pueden, pues, acribillarse, ya que ese es su gusto.

A una seña suya se le acercó el groom de Amaury, le entregó el cigarro y púsose a cargar flemáticamente las pistolas.

A todo esto Amaury se paseaba entretenido en hacer saltar con la punta de la espada los botones de oro de las margaritas silvestres.

—Alberto—exclamó de pronto volviéndose hacia su amigo—puesto que este caballero es el insultado supongo que disparará primero.

—¡Claro!—repuso Alberto, impávido, sin cesar en su operación.

Amaury, con la misma calma, tornó a su pueril tarea de arrancarles el corazón de oro a las inocentes florecillas.

Colocado que hubo las armas, Alberto entró en negociaciones con el procurador de Felipe, conviniendo ambos en que los dos adversarios se colocarían a cuarenta pasos de distancia pudiendo avanzar cada uno hasta diez, lo que reducía el trayecto a veinte pasos. Después de fijar en el suelo dos bastones a fin de señalar el punto de parada a cada uno de los combatientes, separáronse los padrinos, que al llegar a su respectivo puesto dieron las tres palmadas de rúbrica, para indicar a aquéllos que podían avanzar.

No bien adelantaron cuatro pasos, Felipe disparó. Amaury no hizo el menor movimiento; sólo Alberto dejó caer el cigarro y corrió a buscar su sombrero.

Extrañado Amaury e inquieto por la dirección que, según suponía, había tomado la bala, preguntó a su amigo:

—¿Qué ocurre?

—Nada—contestó Alberto dando vueltas a su sombrero entre los dedos e introduciendo el pulgar en un agujero que acababa de descubrir en el fieltro.—Una de dos; o este caballero se figura que juega a la carambola, o de otro modo desconoce por completo lo que tiene entre manos.

—¿Qué significa esto?—interpeló Amaury,—vacilando entre el temor y la duda de si su amigo se permitía alguna chanza.

Alberto le sacó de esta situación diciéndole:

—Sucede que no eres tú, sino yo el que se bate con este caballero, y a juzgar por la destreza que ha demostrado al dispararme, se ve que es un enemigo peligroso. Venga la pistola y concluyamos; quiero ver si gozo de tan buena puntería como él.

Felipe no sabía qué hacer ni qué excusa presentar; era tan grotesca su actitud y tan francas y ridículas sus palabras, que los demás rompieron a reír estrepitosamente.

Vino a sacarle al pobre Felipe de aquel apuro un coche que, apareciendo por una avenida transversal al trote largo, se detuvo en la de la Muette, al mismo tiempo que asomando medio cuerpo por la portezuela, gritaba un caballero con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Alto, señores, alto; deténganse ustedes!

Era el anciano conde de Mengis, a quien reconocieron al punto Felipe y Amaury.

Este arrojó el arma y se acercó a Alberto, quien a su vez acercose a Felipe, el cual aún conservaba la pistola descargada en la mano.

—¡Diantre, señor de Auvray, deme usted pronto esa arma!—exclamó el procurador.—Existe una ley contra los desafíos.

Felipe se la entregó maquinalmente, mientras se deshacía en protestas exageradas para convencer a Alberto de que si le había agujereado el sombrero había sido sin intención deliberada...

—¡Soberbia carrera acabo de emprender por vuestra culpa, caballeritos!—dijo el conde bajando del coche.

A Dios gracias llego a tiempo de evitar un desastre. Porque supongo que la detonación que acabo de oír no ha tenido consecuencias.

—Salvo el orificio que mi torpeza ha abierto en el sombrero de este señor—dijo humildemente Felipe,—no ha sido nada; y aun ello se debe a mi falta de maestría en el manejo de las armas.

—Pero, ¿se ha batido usted con este caballero?—preguntó asombrado el conde.

—No, señor, con Amaury; pero sin duda se me ha desviado el cañón y sin saber cómo el proyectil, dirigido a Amaury, ha estado a punto de matar a este caballero.

El conde juzgó que era hora de tratar en serio un negocio que le parecía muy grave; así, dijo cambiando de tono:

—Tengan la bondad, señores, de dejarme hablar sólo unos minutos con los señores de Auvray y de Leoville.

Alberto y el procurador se inclinaron, alejándose a una discreta distancia para que se quedaran solos los tres.

—¿Cómo así, señores?—dijo el de Mengis a los jóvenes.—¿Por qué han llevado acabo ese duelo? Usted no me prometió esto, Amaury. Le ruego que me diga el motivo que le indujo a tener ese encuentro con Felipe, faltando a su palabra.

—Felipe comprometió a Antoñita, y por eso me bato con él.

—Y usted, Felipe, ¿por qué causa se batió con su amigo?

—Porque Amaury me ha ofendido gravemente.

—Repito que usted estaba comprometiendo a Antoñita, y por eso le he insultado. El propio señor conde me advirtió que...

—Dispénseme, señor Auvray, le suplico me deje decirle dos palabras a Amaury.

—¿Y bien, señor conde?...

—No se aleje usted mucho; tengo que hablarle también.

Felipe saludó y se apartó unos pasos.

—Usted no me comprendió, por lo visto, Amaury—dijo el conde al quedar solo con éste.—Felipe no era el único que comprometía a Antoñita.

—¡Cómo!—exclamó Amaury—hay otra persona que se haya atrevido...

—Desgraciadamente, sí, y esa otra persona es usted, Amaury. Felipe comprometía a Antoñita con sus paseos a pie y usted con los suyos a caballo.

—¡Qué dice usted!—exclamó Amaury.—¿Es posible que alguien sospechara siquiera que yo quería a Antoñita?

—No ha faltado quien haya hecho esta conjetura; sepa usted que mi sobrino, único pretendiente formal a la mano de la señorita de Valgueceuse, se ha retirado, no por ceder el terreno al señor de Auvray, sino por usted, amigo mío.

—¿Por mí?—murmuró Amaury, aterrado.—¡Por mí!...

—¿Qué le extraña a usted?

—¿Dice usted que su sobrino se retira ante mí?

—En efecto, como no declare usted de un modo categórico que no abriga pretensión alguna a la mano de Antoñita.

—Haré más, si es preciso—repuso Amaury violentándose interiormente.—Soy pronto en mis decisiones: antes de anochecer sabrá usted si fui digno de la confianza que depositó en mí y si merezco el consejo que ahora mismo me está dando.

E hizo un ademán de retirarse, después de dirigir un saludo al conde.

—¿Se va usted sin decir nada a Felipe?—insinuó el anciano, deseando que terminase allí el lance.

—Cierto; le debo una satisfacción y voy a dársela—dijo Amaury.

—Felipe, acérquese usted—dijo el conde.

—Querido amigo—continuó Amaury dirigiéndose a Felipe,—después de haber disparado contra mí o con esta intención al menos, debo decirle que siento infinito la ofensa que haya podido inferirle y que ha motivado el lance.

—Amigo Amaury—repuso Felipe estrechándole francamente la mano,—no he pretendido matarte, ni siquiera agujerear el sombrero de tu amigo, percance que yo lamento en el alma.

—Muy bien, muy bien—exclamó satisfecho el conde;—así se hace. Desde hoy, a seguir siendo siempre buenos amigos. Se acabaron las rencillas.

Los aludidos se estrecharon efusivamente las manos.

—Señor conde—dijo luego Amaury,—me parece haberle oído decir que tenía que hablar con Felipe. Yo me marcho para poner en práctica la idea que he concebido.

Dicho esto saludó y se retiró con lentitud, como si en su ánimo influyese la gravedad del paso que iba a dar. Habló un instante con Alberto, a quien tuvo presente su agradecimiento, montó a caballo y se alejó al galope.

—Ahora que podemos hablar con entera franqueza, puesto que estamos solos—dijo el conde a Felipe,—le diré a usted que Amaury tenía razón al juzgar su conducta como comprometedora para Antoñita. Tan cierto es esto, que con otra, aventura como ésta, difícilmente lograría casarse, aun contando con una belleza y una fortuna como las que ella posee.

—Señor conde—contestó Felipe.—Hace poco he confesado mi culpa y ahora lo hago de nuevo. Suelo titubear mucho antes de tomar una resolución, pero así que me decido no hay nada capaz de detenerme en mi propósito. Ya sé cómo debo reparar mis yerros. Caballero, tengo el honor de presentarle mis respetos.

—¿Qué se propone usted hacer?—preguntó el conde de Mengis, temeroso de que Felipe se dispusiese a cometer alguna nueva simpleza.

—No le dé a usted cuidado, señor conde. Yo le aseguro que quedará contento de mí.

Y después de saludarle con gravedad se separó del anciano, para ir a reunirse con su padrino.

—Amigo mío—dijo a éste,—es necesario que se vaya usted a pie hasta la barrera de la Estrella o que apechugue con el ómnibus, pues yo necesito el coche para una carrera más larga que todo eso.

—¡Eh! ¡Caballero! ¡Alto ahí!—exclamó Alberto, que aún conservaba en la mano la pistola de Amaury.—¿Será usted capaz de irse sin que dispare contra usted?

—¡Ah! Es verdad, se me olvidaba. Perdone usted, caballero... ¿Quiere usted medir la distancia?...

—No hay necesidad—repuso Alberto.—Ya está usted bien ahí mismo; no se mueva.

Felipe se quedó parado y tieso como un poste al ver que Alberto le apuntaba.

—¿Qué va usted a hacer?—exclamaron corriendo hacia él, el procurador y el conde de Mengis.

Pero no tuvieron tiempo de impedir que disparara. Sonó el tiro y el sombrero de Felipe rodó sobre la hierba, con un agujero en el mismo sitio en que lo tenía, el de Alberto, horadado, como sabemos, por la bala de Felipe.

—Ahora estamos en paz—dijo riendo Alberto.—Puede usted irse, cuando guste, a sus quehaceres.

Auvray saludó, recogió su sombrero, saltó al simón, dijo algunas palabras al cochero, y el pesado vehículo partió por el camino de Boulogne.

Alberto ofreció al procurador un cigarro y un asiento en su tílburi, e inútil es decir que el curial aceptó ambas cosas.

El conde por su parte, dirigiose al otro extremo de la avenida en donde le aguardaba su carruaje, y al tiempo de montar en él murmuró:

—A fe mía, bien puede afirmarse que la generación llamada a suceder a la nuestra, es una generación de necios o de dementes.

LII

Serían las diez y media de aquella misma mañana, es decir, una hora después de los sucesos que acabamos de narrar cuando Amaury se apeaba de su caballo a la puerta del doctor Avrigny, en el mismo instante en que también se detenía ante ella ti coche de Antoñita.

La joven, al ver a Amaury que le ofrecía la mano para ayudarla a echar pie a tierra, no fue dueña de contener un grito de alegría, al mismo tiempo que sus pálidas mejillas, se teñían de un vivo rubor.

—¡Amaury! ¡Usted aquí! ¡Dios mío! ¡Qué pálido viene! ¿Está usted herido?

—No, Antoñita; tranquilícese usted—contestó Amaury.—Nadie ha resultado herido: ni Felipe ni yo...

—¿Cuál es, pues, la causa—interrumpió Antoñita—de ese aire tan sombrío y tan meditabundo?

—Tengo que hablarle a su tío de asuntos muy importantes.

—¡Ay! También yo...—dijo Antonia suspirando.

Subieron en silencio y precedidos por José entraron en la estancia donde el doctor los aguardaba.

Al verle no fueron dueños de reprimir un ademán de sorpresa y cambiaron una mirada llena de secretos temores. ¡Le encontraban tan ajado, tan decrépito!...

Pero él estaba tan tranquilo como ellos alarmados.. El que iba a abandonar este mundo se disponía a hacerlo con júbilo, y en cambio estaban tristes los que aquí quedaban.

—¡Por fin veo a mis hijos!—exclamó besando en la frente a Antonia y estrechando la mano a Amaury.—¡Cuán impaciente estaba y qué grande es ahora mi satisfacción por la dicha que el Cielo me depara! Quiero que unos a otros nos consagremos este día y no nos separemos hasta la noche... Pero, ¿qué pasa?; ¿a qué viene ese aire tan contristado?... ¿Será por verme próximo ya a terminar mi viaje?

—¡Oh! Pensamos conservarle aún mucho tiempo—respondió Amaury, sin acordarse de que hablaba a un hombre distinto de los demás.—Pero yo tengo que hablarle de cosas muy importantes y creo que también Antoñita quiere hablar con usted de algún asunto grave.

—¡Muy bien! Pues aquí estoy—repuso el señor de Avrigny, revistiendo de seriedad su semblante y mirándoles con cariñoso interés.—Tú, Amaury, siéntate en esa silla, a mi derecha, y tú, Antoñita, ocupa esa butaca a este otro lado. ¡Ajajá! Ahora, vengan las manos. ¿No es verdad que estamos muy bien así, con un tiempo tan hermoso, bajo un cielo tan puro, y a dos pasos de la tumba de nuestra inolvidable Magdalena?

Los dos jóvenes miraron instintivamente hacia el cementerio como queriendo pedir a aquella tumba el valor que les faltaba; pero ambos guardaron un religioso silencio.

—¡Ea!—dijo el doctor.—Ya escucho. Comienza tú, Antoñita.

—¡Pero, tío!...—suplicó la joven con embarazo.

—Ya comprendo, Antoñita—repuso Amaury, abandonando su asiento.—Perdone usted; me retiro.

Y salió del aposento, acompañado por una afectuosa mirada del doctor, sin que Antonia, muy ruborosa y turbada, intentase detenerle.

—Ya estamos solos, hija mía; puedes, pues, hablar. ¿Qué quieres?—dijo el señor de Avrigny tan pronto como hubo salido Amaury.

—Tío mío—respondió Antoñita con voz temblorosa y sin alzar la vista para mirar al doctor.—Siempre le he oído decir que deseaba verme unida a un hombre cuyo amor me hiciese dichosa. Mucho tiempo he vacilado antes de hacer mi elección, pero al fin me he decidido. No se trata de una proporción brillante, pero estoy segura de ser amada y de que sabré cumplir sin esfuerzo con mis deberes de esposa. Usted conoce muy bien al hombre que he elegido por marido: es...—prosiguió Antoñita con voz ahogada lanzando una furtiva mirada al sepulcro de Magdalena como si quisiera pedirle aliento para hacer tal confesión,—es... Felipe Auvray.

Mientras hablaba Antonia, contemplábala el doctor sin querer interrumpirla; pero entreabría sus labios una benévola sonrisa y parecía tentado a hacerle alguna advertencia.

—¡Conque, Felipe Auvray!—repitió después de un momento de silencio.—¿A ése eliges entre todos los jóvenes que te rodean?

—Sí, tío; él será mi esposo—continuó Antoñita, bajando aún más la voz.

—Pero, si la memoria no me es infiel, tú has dicho muchas veces que no podían tomarse en serio sus pretensiones, y hasta se me figura que te tenían sin cuidado las torturas que le hacías sufrir con tus desdenes.

—Así es, tío mío; pero de entonces acá he cambiado de opinión, y esa constancia y esa abnegación de un amor sin esperanza me ha enternecido hasta tal punto que...

Antoñita se interrumpió como si tuviese que hacer un gran esfuerzo para acabar la frase, y por fin, dijo:

—...estoy decidida a ser su esposa.

—Está bien, Antoñita—dijo el señor de Avrigny, y puesto que ésta es tu resolución...

—Sí, padre mío, ésa es mi resolución inquebrantable—contestó la joven pugnando en vano por contener los sollozos que la ahogaban.

—Hágase tu voluntad, hija mía... Ahora, déjame un momento a solas para que entre Amaury, que también parece que tiene que decirme algo importante. Ya te llamaré después.

Y el doctor despidió a su sobrina estampando un prolongado beso en su frente virginal.

LIII

Así que salió Antoñita, el señor de Avrigny llamó a Amaury en voz alta.

—Ven, hijo mío—díjole al verle entrar,—y dime tú también lo que tengas que decirme.

—En dos palabras voy a decirle a usted, no lo que me ha traído a verle, pues lo que me trae aquí es el deseo de aprovechar este único día que nos concede en un mes, sino el asunto de que tengo que hablarle...

—Habla, hijo mío, habla—dijo el doctor reconociendo en la voz de Amaury los mismos síntomas de turbación que ya había reconocido en la de Antonia.—Habla: te escucho con toda mi alma.

—Señor—continuó Amaury,—a pesar de mi juventud ha querido usted que le reemplace cerca de Antoñita; me ha nombrado, en fin, su segundo tutor.

—Sí, porque veía en ti una amistad de hermano para con ella.

—También me invitó a que buscase entre mis amigos algún joven noble y rico que fuese digno de ella.

—Es verdad.

—Pues bien—siguió diciendo Amaury;—después de haber pensado maduramente en el hombre que convenía a Antoñita por su nombre y su riqueza, acabo de pedir la mano de su sobrina para...

Amaury se detuvo sin aliento.

—¿Para quién?—preguntó el doctor mientras Amaury se afirmaba en su resolución, dirigiendo una larga mirada hacia el cementerio.

—Para el vizconde Raúl de Mengis—dijo Amaury.

—Está bien—dijo el doctor.—La proposición es grave y merece tomarse en consideración.

Volviéndose en seguida exclamó:

—¡Antoñita!

Esta abrió tímidamente la puerta.

—Ven acá, hija mía—dijo alargándole una mano, mientras que con la otra obligaba a Amaury a permanecer en su asiento;—ven y siéntate aquí. Ahora dame tu mano; Amaury ya me ha dado la suya.

Antoñita obedeció.

El doctor miró con gran ternura a ambos, que mudos y trémulos aguardaban, y después besoles en la frente, diciendo:

—He podido contemplar dos corazones generosos, y me alegro de lo que pasa.

—Pero, ¿qué sucede?—preguntó temblando Antoñita.

—Sucede que Amaury te ama y que tú amas a Amaury.

Los dos lanzaron un grito de sorpresa, y quisieron levantarse.

—¡Tío mío!—dijo Antoñita.

—¡Señor!—exclamó el joven.

—Hay que dejar hablar al padre, al anciano, al moribundo—contestó el doctor con extraña solemnidad,—sin interrumpirle; y ya que estamos los tres reunidos como hace nueve meses en el momento en que Magdalena acababa de expirar, voy a trazar la historia de ese amor en este tiempo. He leído lo que tú has escrito, Amaury; he oído lo que tú has dicho, Antoñita. Todo lo he observado y estudiado bien en mi soledad y después de la vida agitada que Dios me ha dado, conozco no solamente las enfermedades, sino también las pasiones, que son dolores del alma: así es que repito (y ésta es una felicidad por lo cual me felicito), que es real y verdadero ese amor. Y para que no haya dudas voy a probarlo ahora mismo.

Los dos jóvenes permanecieron como petrificados. El doctor continuó:

—Amaury, tienes un corazón muy noble y un alma leal y sincera. A raíz de la muerte de mi hija, estabas firmemente resuelto a suicidarte y al marchar concebiste la esperanza de morir. En tus primeras cartas se veía un profundo hastío de la vida. Nada mirabas sino dentro de ti mismo, no fijabas la atención en lo que te rodeaba... Pero, después, poco a poco los objetos exteriores han acabado por interesarte, el don de admirar, el entusiasmo, que tiene raíces tan vivas en las almas de veinte años, han principiado a renacer y reverdecer en tu pecho.

Entonces te cansaste de la soledad y pensaste en lo venidero, tu naturaleza tierna ha llamado vagamente y sin darte tú cuenta de ello, al amor, y como eres de esos hombres en quienes los recuerdos ejercen un poder sin límites, la primera figura que ha aparecido en tus sueños, ha sido la de una amiga de tu infancia. Precisamente la voz de esta amiga era la única que llegó hasta ti durante el destierro, y como las palabras que decía eran dulces y seductoras, te dejaste arrastrar por tus secretas esperanzas; volviste a París, a ese mundo con el cual creías hace nueve meses haber roto para siempre.

Te embriagaste allí con la presencia de la que era para ti el universo, y excitado por los celos, animado por la resistencia que tú mismo te oponías, iluminado por algún acontecimiento fortuito que tal vez en el momento en que ni siquiera lo sospechabas, ha alumbrado tus propios sentimientos, has leído con espanto en tu propio corazón, y convencido de que si continuabas luchando sucumbirías en la lucha, has tomado un partido extremo, una resolución desesperada; has venido, en fin, a pedirme la mano de Antoñita para Raúl.

—¿Mi mano para Raúl?—exclamó Antonia.

—Sí, para Raúl de Mengis, que sabías que ella no amaba, con la vaga esperanza tal vez, de que en el momento de que propusiera este casamiento, había de confesar que te amaba.

Amaury cubriose el rostro con las manos, y lanzó un gemido.

—Me parece que he hecho perfectamente la autopsia de tu corazón, y el análisis de tus sentimientos. Enorgullécete, Amaury, porque esos sentimientos son los de un joven honrado y tu corazón es hidalgo.

—¡Oh, padre mío, padre mío!—exclamó Amaury—en vano trataríamos de ocultarle algo: nada se escapa a su mirada que, como la de Dios, sondea los más secretos pliegues del alma.

—Por lo que atañe a ti, Antoñita—continuó el doctor,—ya es otra cosa. Tú amas a Amaury desde que le conociste.

—No hay por qué negarlo, hija mía—agregó, al ver que Antonia se estremecía e inclinaba la frente como tratando de ocultar su rubor.—Ese amor oculto ha sido siempre demasiado sublime y generoso para que te avergüences de él. Tú has sufrido mucho. Celosa e indignada contra ti misma por tus celos, hallaste una tortura y un remordimiento en lo que hay de más santo en el mundo, en un amor virginal.

Mucho has sufrido y sin un testigo de tu pena, sin un confidente de tus lágrimas, sin un sostén de tu debilidad que te gritase: «¡Animo! ¡eso que has hecho es grande y hermoso!»

Una persona, sin embargo, contemplaba, y admiraba tu heroico, silencio. Esa persona era tu anciano tío, que muchas veces ha sentido asomarse las lágrimas a sus ojos y ha abierto los brazos dejándoles caer luego con un suspiro; y hasta cuando Dios llamó a su rival... a tu hermana, quise decir (Antonia, hizo un movimiento), hasta entonces te reprendiste toda esperanza, como un delito.

No obstante, Amaury sufría, y como su pesar te atormentaba a ti, no pudiste menos de consolarle con todo tu poder, transformándote, aunque de lejos, en hermana de la caridad de su enfermo espíritu. Después volviste a verle, y entonces fue más dolorosa y terrible que nunca la lucha que hubo de sostener tu alma. Por último, un día comprendiste que él también te amaba, y para resistir esta última prueba, para permanecer fiel hasta el fin a tus grandes quimeras de abnegación y de respeto a los muertos, pierdes tu vida, la das al primero que llega, buscas a Felipe para huir de Amaury; y sin hacer feliz al uno hieres mortalmente el corazón del otro, sin hablar de tu propio corazón, que también sacrificas y ofreces en holocausto.

Pero, por fortuna—continuó el doctor mirándoles alternativamente,—por fortuna me hallo todavía entre los dos para evitar los efectos de este recíproco engaño, para salvar a dos almas de su doble error gritándoles que se aman.

El padre de Magdalena hizo una pausa mirando primero a Amaury, sentado a su derecha, después a Antonia, sentada a su izquierda, ambos confundidos, con los ojos bajos y sin atreverse a dirigir sus miradas ni hacia él ni hacia ellos mismos. Sonriose y prosiguió diciendo con su bondad paternal.

—Hijos míos, no hay motivo para permanecer así delante de mí, mudos y cabizbajos, como quien se juzga culpable y demanda perdón. No; no hay que arrepentirse de amar; no, no se debe ofender a la muerta venerada, cuya tumba vemos desde aquí. En el Cielo, desde donde ahora nos contempla, desaparecen las miserables pasiones y los mezquinos celos, y su perdón es mucho más absoluto y menos personal que el mío; porque, si es preciso decir la verdad, Amaury, si es preciso abrirte el alma del hombre que aquí hace ahora de juez no te absuelvo tan fácilmente, sino con una especie de alegría vanidosa y de ávaro egoísmo.

Ciertamente, yo soy tan culpable y menos puro que tú, al decirme orgullosamente, como lo hago, que voy a ser el único en reunirme con mi hija. Virgen en la tierra, virgen en el Cielo, será de este modo exclusivamente mía y sabrá que yo la amaba mejor. Está mal hecho y no es justo—prosiguió como hablando para sí;—el padre es ya un anciano y el novio es joven. Yo he recorrido ya el camino de mi vida y puedo considerarme llegado al término de un viaje tan largo y tan doloroso mientras que los demás comienzan ahora su peregrinación al través de la existencia, vislumbrando en lo venidero lo que yo ya he tenido en lo pasado. A esa edad no se muere, sino que se vive de amor, por el contrario.

Así, pues, hijos míos, no hay que tener injustificados reparos, ni hay que luchar contra los propios intereses, ni empeñarse en ir contra las leyes de la Naturaleza, ni rebelarse contra Dios, que rige nuestro destino y nuestros actos. ¡Bastante hemos luchado, sufrido y expiado! Para ambos guarda amor y felicidad lo venidero, y yo bendigo ese amor en nombre de Magdalena. ¡He aquí mis brazos!

Al oír estas palabras los dos jóvenes deslizáronse de sus asientos y cayeron de hinojos a los pies del doctor, que poniendo las manos sobre sus cabezas, alzó los ojos al cielo brillándole de gozo la mirada mientras sus labios parecían murmurar una oración de gracias al Altísimo. Ellos, en tanto, con timidez y en voz baja se decían:

—¿Es cierto que me amaba usted hace ya tiempo, Antoñita?

—Así, pues, su amor ¿no era una ilusión, Amaury?

—¿No está usted viendo mi alegría?—exclamaba éste.

—Y usted ¿no ve mis lágrimas?—replicaba ella.

Y en palabras entrecortadas, apretones de manos y miradas de intensa ternura, desbordábase su amor por tanto tiempo contenido, mientras el bondadoso anciano, presto a dejar ya esta vida, desde el borde de su tumba impetraba de Dios bendiciones sobre la cabeza de los que aun debían disfrutar los goces de la existencia.

—Ea, hijos míos, yo no estoy para sufrir emociones—dijo el señor de Avrigny.—Ahora soy completamente feliz con esta unión, y me iré muy tranquilo al otro mundo. Pero no tenemos tiempo que perder; por lo menos yo, no puedo tener más prisa. La boda se habrá de efectuar dentro de este mismo mes. Como yo no puedo ni quiero salir de Ville d'Avray enviaré poderes e instrucciones al conde de Mengis para que me represente. Dentro de un mes, Amaury, el 1.º de agosto, me traerás a tu esposa y aquí pasaremos, como hoy, el día los tres juntos.

En aquel instante, mientras Amaury y Antonia, muy emocionados contestaban al doctor cubriendo de besos y de lágrimas sus manos, se oyó un gran rumor en el vestíbulo y abriéndose la puerta de la estancia entró el criado José.

—¿Quién viene ahora a molestarnos?—preguntó Avrigny.

—Señor—respondió el sirviente—es un caballero que ha venido en un simón y dice que necesita verle a usted a toda costa para hablarle de un asunto del cual depende la felicidad de la señorita Antonia. Pedro y Jaime se han visto muy apurados para contenerle. En fin, ahí le tiene usted.

Efectivamente, cuando el fiel José pronunciaba estas palabras, entró Felipe, encendido y jadeante: saludó al doctor y a su sobrina y estrechó la mano a Amaury. José se retiró discretamente.

—¡Ah! ¿Estás aquí, amigo Amaury?—dijo Felipe.—Me alegro mucho; así podrás decirle luego al conde de Mengis cómo sabe Felipe Auvray reparar los desaciertos que le hace cometer su torpeza.

Amaury y Antoñita cambiaron una mirada y Felipe, avanzando con gravedad hacia el doctor le dijo solemnemente:

—Pídole mil perdones, señor de Avrigny, por presentarme aquí con tal desaliño en el traje, que hasta traigo agujereado el sombrero; pero las circunstancias que me obligan a venir son tan especiales que no admiten dilación. Caballero, tengo el honor de pedirle la mano de su sobrina la señorita Antonia de Valgenceuse.

—Y yo a mi vez, caballero—contestó el doctor—tengo el honor de invitarle a usted a la boda de mi sobrina, la señorita Antonia de Valgenceuse, con el conde Amaury de Leoville, la cual habrá de celebrarse a fines de este mes.

Felipe de Auvray lanzó un grito agudo, desgarrador, indefinible, y sin saludar, sin despedirse de nadie, huyó de aquella casa como un loco, y un momento después el simón llevaba al desesperado mozo camino de París.

El desdichado Felipe había llegado, como siempre, con media hora de retraso.

CONCLUSIÓN

Era el día 1.º de agosto. Los dos esposos, instalados en su lindo palacio de la calle de los Maturinos, no observaban en medio de su arrulladora conversación de recién casados, que el día avanzaba a pasos agigantados.

—Oye, Amaury—dijo de pronto Antoñita.—Tenemos que marcharnos; ya son cerca de las doce y mi tío nos aguarda.

—Ya no les aguarda, señorita—dijo a su espalda la voz de José.—El señor de Avrigny, que sintiendo agravarse su enfermedad estos días me prohibió en absoluto comunicárselo a ustedes para no entristecerlos, dejó de existir ayer a las cuatro de la tarde.

A aquella misma hora, Antoñita y Amaury habían recibido la bendición nupcial en la iglesia de Santa Cruz de Autin.

———

Al concluir el secretario del conde de M... la lectura del manuscrito, reinó un sepulcral silencio que al fin hubo de romper el conde para decir:

—Ya ven ustedes ahora cuál es el amor del cual se muere y cuál es aquél que no consigue matarnos.

—Sí—repuso un joven,—pero, ¿y si yo dijese que cuando ustedes quieran puedo contarles una historia en la cual el novio muere sin remedio y el padre es allí el superviviente?

—Eso nos demostraría—dijo el conde riendo—que, si las historias pueden probar mucho en literatura, no prueban en moral absolutamente nada.

FIN

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