Alejandro Dumas (continued 3)
Florencio S. de Yarza translation
»Tentaciones me han dado de enterarle de lo que pasa; pero he tenido miedo de que ahora se fijase más que antes en Antonia... No, no, vale más que no sepa una palabra.
»¡Hija mía!
»Me pareció que despertaba. Acaba de murmurar palabras incoherentes, que no he podido entender, y ha vuelto a dejar caer la cabeza sobre el almohadón, sumida en su sopor.
»Estoy muy inquieto y como sobresaltado. Desearía hacer que despertase cuanto antes... Quisiera averiguar si está mejor... Pero me detiene el temor de encontrar que se ha agravado.
»Esperemos, pues, y velaré entretanto... ¡Dios mío! Cada vez que pienso en que se ha repetido el caso de que Amaury la hiera sólo con tocarla... ¡Ese hombre acabará por matarla! Cuando pienso en que si no le conociera ella podría vivir... Pero, no, no; si no fuera él sería otro; así lo exige de un modo implacable la ley de la Naturaleza. Tanto los corazones como las almas se buscan unos a otros. ¡Desgraciados de aquéllos cuyo corazón y cuya alma se encierran en un cuerpo débil y sin resistencia! Esos sucumben al choque que los despedaza.
»¡No y no! Ese casamiento es un sueño irrealizable; es un proyecto utópico. Mi hija sería víctima de su propia dicha. ¿No la tengo ahí moribunda por haber sido feliz un solo instante?»
30 de mayo.
«En los ocho días transcurridos nada he tenido que apuntar en mi diario.
»¡Ocho días, durante los cuales he vivido pendiente de los latidos de su corazón y de las alteraciones de su pulso! ¡Ocho días, durante los cuales no he salido de casa, no me he movido de este aposento ni me he apartado siquiera de la cabecera de esa cama; y, no obstante, jamás han pasado para mí en tan poco tiempo tantos sucesos, jamás he sufrido tantas emociones ni me han asaltado tantas ideas! He dejado abandonados a todos mis enfermos para pensar en uno solo.
»En esos días, el rey me ha enviado a buscar dos veces, participándome que estaba indispuesto y que necesitaba de mis servicios. Yo he respondido a su mensajero:
»—Diga usted al rey que mi hija se está muriendo.
»Gracias a Dios, está ya un poco mejor. Hora era de que la Parca comenzara ya a cansarse. Jacob no había combatido más que una noche, mientras que yo llevo ocho días con sus noches luchando contra la muerte.
»¡Oh, Dios eterno! ¿Quién sería capaz de describir la angustia de aquellos instantes en que creía próximo mi triunfo; en que veía cómo la Naturaleza, (¡admirable auxiliar del arte, por la permisión divina!) vencía a la enfermedad; en que tras una crisis que podría muy bien calificarse de batalla, lograba yo descubrir una leve mejoría que venía a henchir mi corazón de esperanza... y un simple acceso de tos o un nuevo ataque de la fiebre se encargaba de desvanecer tan gratas ilusiones?
»Todo volvía entonces a ser materia de duda, y yo descendía de nuevo abatido por el desaliento al abismo de la desesperación, al ver que el enemigo ahuyentado un instante reanudaba el combate con más encarnizamiento que nunca.
»El horrible buitre que con su pico y sus garras destroza el pecho de mi hija volvía a hacer presa en ella y entonces yo, prosternado y con la frente inclinada, invocaba a Dios diciendo:—¡Dios mío, escucha mis súplicas! ¡no me abandones! ¡Si tu providencia infinita no ayuda a mi ciencia desmedrada y estéril, mi hija y yo estamos perdidos!
»Gozo fama de ser médico muy entendido; hay en París centenares de personas que a mi saber y a mis desvelos deben su vida; yo, que he devuelto tantas esposas a sus maridos, tantas madres a sus hijos, tantos hijos a sus padres, tengo en estos momentos a mi hija moribunda, y no soy dueño de decir: ¡La salvaré!
«No pasa día sin que tropiece en la calle con personas, que ni siquiera se cuidan de saludarme, porque creen haberme pagado bien con su dinero, y sin embargo, a haberlas yo abandonado, ahora reposarían para siempre en el fondo del sepulcro, en vez de pasear a la luz del sol... ¡Y yo, que he sabido combatir a la muerte y llegar a humillarla en pro de seres extraños y hasta desconocidos para mí, tendré que sucumbir forzosamente ahora que lucho por la vida de mi hija, que es mi propia existencia!
»¡Oh! ¡Qué amargo sarcasmo! ¡Qué lección tan terrible recibe del destino mi vanidad de sabio!
«¡Ah! Es que las enfermedades de todos esos a quienes yo he curado eran terribles, sí, pero no mortales necesariamente; eran enfermedades para todas las cuales hay remedios conocidos. El tifus se cura con caldo y agua de Sedlitz; las meningitis más graves, con tratamientos antiflogísticos; las afecciones del corazón más rebeldes, con el método de Valsava; pero ¡ay! la tisis... No hay más que una enfermedad, sólo una, que ni el mismo Dios puede curar, si no es haciendo un milagro, y precisamente es ésa la que me arrebata a mi hija.
»Con todo, tengo yo noticia de dos o tres ejemplos de tisis de segundo grado, que ha sido radicalmente curada, y yo mismo he presenciado un caso en el hospital. Tratábase de un pobre huérfano, sobre cuya tumba no habría llorado nadie. Creo yo que Dios se apiadó de él porque lo vio tan solo, tan abandonado en este mundo.
»Muchas veces doy gracias al Altísimo por haber infundido en mi alma la vocación que me hizo abrazar esta carrera, que hoy me permite velar por la vida de mi hija.
»¿Puede haber alguien capaz de tener, como yo tengo, la paciencia de permanecer día y noche a la cabecera de mi enferma sin guiarle otro estímulo que el sentimiento altruista de la ciencia? ¿Habría alguien capaz de hacer por el oro o por la gloria lo que por amor paternal estoy yo haciendo? No; no hay nadie capaz de eso. Si yo la abandonase un momento y no estuviese a su lado para prever y combatir los riesgos que puedan presentarse, ya habría sido amenazada su existencia varias veces.
»Cierto es también que constituye un suplicio muy superior a todos los del infierno del Dante el ver con tal claridad en el pecho de una hija los dos fieros adversarios, los dos principios de vida y de muerte, cuando la vida, vencida, aniquilada, retrocede paso a paso para ir abandonando el campo poco a poco a su enemigo implacable y eterno.
»Afortunadamente el progreso del mal parece haberse detenido por ahora y me deja respirar con libertad un instante.
»Espero. ¿Podré también confiar? ¡Dios lo sabe!»
XIX
5 de julio
«Sigue muy mejorada y esta mejoría la debo a Amaury y a Antoñita. Amaury se ha portado como hombre capaz de todo sacrificio por la mujer a quien ama. Verdad es que él fue el causante del mal; pero justo es reconocer que no podía hacer más por llevar a la cima la empresa de repararlo. Ha dedicado a Magdalena todo el tiempo que le ha sido posible, consagrándose a cuidarla y reanimándola con su cariño y su tierna solicitud; y estoy seguro de que ella sola ha ocupado su pensamiento en todo instante.
»Mas yo advertía una cosa; cuando Amaury y Antoñita me acompañaban cerca de Magdalena, ésta parecía inquieta; miraba alternativamente al uno y al otro como si quisiera sorprender sus miradas y sus gestos, y como casi siempre tenía su mano en la mía, sin que ella se diese cuenta, yo sentía en su pulso latir los celos.
»Si se le aproximaba uno solo de los dos, volvía el pulso a su estado normal. Mas si los dos dejaban la habitación, ¡qué horrible debía ser el sufrimiento de mi pobre hija! ¡Cómo se recrudecía su estado febril hasta que alguno de ellos volvía a acompañarnos!
»Yo no podía hacer que Amaury se alejase, porque ella necesita como el aire su presencia. Ya veremos más adelante.
»Y tampoco era dueño de alejar de aquí a Antoñita. ¿Cómo podía decirle a esa pobre criatura, casta como la pura luz del cielo:—¡Vete!, Antoñita?
»Pero ella, que todo lo adivina, entró ayer en mi despacho y me dijo:
—Tío, creo que usted dijo un día que en cuanto volviera el buen tiempo y Magdalena estuviese algo mejor, la llevaría a su quinta de Ville-d'Avray. Pues bien, Magdalena se encuentra ya mejor, y estamos ya en primavera, y si hemos de ir allá, hay que visitar primeramente la quinta, que está deshabitada desde el año pasado, y sobre todo, tenemos que preparar con especial cuidado la habitación de mi prima. Deje a mi cargo esas cosas, que yo lo arreglaré todo.
»Adivinando yo su intención, en cuanto comenzó a hablar, la miré fijamente clavando mis ojos en los suyos, que acabaron por bajar su mirada, mientras su rostro se teñía de vivo carmín. Cuando volvió a alzar la vista, arrojose llorando en mis brazos y yo la estreché contra mi pecho.
»—¡Tío! ¡tío!—exclamó con voz ahogada por los sollozos.—No tengo yo la culpa, se lo juro. Amaury no ha puesto en mí sus ojos, ni siquiera le he llamado la atención, y desde que Magdalena está enferma se ha olvidado hasta de sí mismo para pensar sólo en ella; y a despecho de todo eso está celosa, y esos celos la matan. ¡Pobre Magdalena! Usted, tío, sabe lo que ocurre tan bien como yo; es un sentimiento que se revela en sus miradas ardientes, en su voz temblorosa, en sus movimientos bruscos. Ya ve usted que debo partir; lo comprende usted muy bien y si no fuera tan bueno, ya me lo habría indicado usted mismo.
»Por toda respuesta, imprimí un beso en su frente.
»Poco después entrábamos en el dormitorio de Magdalena, a la cual encontramos inquieta y visiblemente agitada.
»No nos costó mucho trabajo adivinar la causa; Amaury se había marchado hacía media hora y mi hija creía indudablemente que estaba con Antoñita.
»Me incliné hacia ella y le dije:
»—Hija mía, puesto que estás ya mucho mejor y de aquí a quince días podremos irnos al campo, tu prima se ha ofrecido a aposentarnos, yendo antes que nosotros para prepararlo todo en la quinta.
»—¿Qué dice usted, papá?—exclamó Magdalena.—¿Que Antoñita va a Ville d'Avray?
»—Sí, Magdalena—contestó su prima.—Ahora tú ya estás mejor, como acabas de oír de labios de tu padre, y tu doncella y la señora Braun y Amaury bastarán para cuidarte. Creo que no necesita más un convaleciente. Mientras tanto yo iré allí, prepararé tu cuarto, cuidaré tus flores, arreglaré tus invernaderos; en fin, pondré todo en orden y verás como cuando tú llegues lo encuentras a medida de tus deseos.
»—¿Y cuándo partes?—preguntó Magdalena con una emoción que no pudo ocultar.
»—Dentro de breves momentos. Ya hemos dado orden de que enganchen.
»Magdalena, impulsada por el remordimiento, por la gratitud, o quizás a la vez por ambas cosas, abrió entonces sus brazos a Antoñita y las dos primas se abrazaron con efusión. Hasta me pareció oír que mi hija deslizaba al oído de Antoñita esta palabra:—¡Perdón!
»Después, Magdalena pareció reunir sus fuerzas para preguntar:
»—¿No vas a aguardar a Amaury? ¿Vas a marcharte sin despedirte de él?
»—¿Despedirme? ¿Qué necesidad hay de eso, si hemos de volver a vernos de aquí a dos o tres semanas? Hazlo tú en mi nombre, que eso le gustará más.
»Y después de pronunciar estas palabras, salió de la habitación.
»Poco después, oímos rodar el coche que la llevaba, al mismo tiempo que José entraba a anunciarnos que acababa de partir.
»En aquel momento yo, que tomaba el pulso a Magdalena, noté un cambio muy sensible cuando ella oyó la noticia.
»De noventa pulsaciones, bajó setenta y cinco; luego fortalecida de aquellas emociones que a cualquier observador superficial habrían parecido bastante menos intensas, se durmió, tal vez con el sueño más tranquilo que había podido conciliar desde la noche fatal en que Amaury la llevó desde el salón al lecho en que aun estaba acostada.
»Como yo ya suponía que Amaury volvería pronto, adopté la precaución de abrir la puerta con cuidado para que no la despertase el rumor de su llegada.
»Esta no se hizo esperar. Cuando él entró, le indiqué con una seña que se sentase en el lado hacia el cual tenía vuelta la cara mi hija, para que pudiese verle así que abriera los ojos, ¡Ay de mí! Bien sabe Dios que ya no estoy celoso. ¡Quiera El que no se cierren sus ojos, sino después de gozar de dilatada existencia, y no importa que todas sus miradas las dedique a su novio!
»Desde este momento se afirma la mejoría.
9 de junio.
»Acentúase cada vez más la mejoría...¡Gracias, gracias, Dios mío!
10 de junio.
»Su vida está ahora en manos de Amaury. Si consiente en lo que le pido, está salvada.»
XX
Para relatar los anteriores sucesos nos hemos valido del diario del doctor, por ser éste el mejor medio de enterarnos de todo lo ocurrido a la cabecera del lecho de su hija y de compenetrarnos con el estado de ánimo de los que en ella tenían cifradas sus más caras afecciones.
El señor de Avrigny no se equivocaba al decir que estaba mejor la enferma. Gracias a los cuidados del padre y a la ciencia del sabio se había operado el milagro, y por aquella vez la muerte había sido vencida.
Con todo, el doctor, a pesar de toda su ciencia o tal vez a causa de ella, que le descubría todos los misterios del organismo humano, había vislumbrado interpuesta entre él y la enfermedad, una tercera influencia que él se consideraba impotente para combatir y que tan pronto venía en auxilio del mal con en el del médico. Esta tercera influencia la representaba Amaury; por eso había estampado en su diario que en manos de él estaba la vida de Magdalena.
Así, obrando en consecuencia, al día siguiente a aquél en que había escrito esta triste confesión envió a Amaury un recado diciéndole que le aguardaba, pues necesitaba hablarle. El joven, que aún no se había acostado, acudió inmediatamente al despacho del doctor.
El padre de Magdalena, sentado junto a la chimenea con la cabeza oculta entre las manos, estaba abstraído en tan hondas reflexiones que no lo oyó entrar ni notó su presencia cuando llegó adonde él estaba, hasta que Amaury, después de contemplarle un momento, le preguntó con acento de inquietud:
—¿Qué ocurre? ¿Por qué me ha hecho usted llamar? ¿Ha recaído Magdalena?
—No, hijo mío, no—respondió el doctor.—Precisamente porque está mucho mejor he querido hablar contigo. Siéntate, pues, y hablaremos.
Obedeció Amaury sin replicar, mas no libre de inquietud, porque el acento del doctor, por lo solemne, le revelaba que iba a tratarse allí de algún asunto muy serio.
Efectivamente, tan pronto como Amaury se acomodó en un asiento, le tomó el doctor la mano y mirándole fijamente, le dijo:
—Escúchame, Amaury: tú y yo somos como dos soldados que han peleado juntos en el campo de batalla; nos conocemos mutuamente, tenemos perfecta idea de nuestro valor y de nuestras fuerzas, y así podemos hablarnos con toda sinceridad, con absoluta franqueza.
—¡Ay!—repuso el joven.—Desgraciadamente, en esta larga lucha en la que todos aguardamos que usted triunfe, le he servido de muy poco; ha tenido usted en mí un mal auxiliar. Cierto es que si la intensidad del amor y el fervor de la oración constituyesen méritos a los ojos de Dios y sirviesen de ayuda a la ciencia, yo también podría atribuirme en cierto modo la gloria de haber contribuido a que Magdalena hoy esté convaleciente.
—Lo sé, Amaury, lo sé. Por eso, porque sé hasta qué punto la quieres, espero de ti, en bien de ella, un ligero sacrificio.
—Hable usted. Estoy dispuesto a todo, menos a renunciar a ser su esposo.
—No temas, hijo mío. Magdalena es tuya, o mejor dicho, no pertenecerá nunca a otro hombre.
—¿Qué quiere usted decir?
—Oye, Amaury; escucha en mis palabras la observación del médico y no el reproche de un padre. Yo comencé a temer por la salud de mi hija el mismo día en que nació; pero las dos veces en que más seriamente me ha alarmado desde que está en el mundo han sido: una, cuando le declaraste tu amor, y la otra...
—No me la recuerde usted, padre mío. ¡Cuántas noches, mientras usted velaba a su cabecera y yo lloraba en mi cuarto, me ha asaltado ese recuerdo, causándome la tristeza propia del remordimiento! Pero por fuerza tendrá usted que perdonarme, porque junto a Magdalena pierdo la razón, todo lo olvido, el amor me trastorna...
—De todo corazón te perdono, hijo mío, porque si así no fuera no la querrías. ¿Ves? En eso consiste la diferencia que hay entre tu amor y el mío; yo presiento las desgracias futuras y tú olvidas las pasadas. Por eso me parece conveniente y hasta juzgo que es preciso que apartes de ella, siquiera sea temporalmente, tu amor ciego y egoísta, para que por su salud pueda velar tan sólo el cariño previsor y desinteresado de su padre.
—¿Qué dice usted? ¿Que abandone a Magdalena? ¡Imposible!
—Por unos cuantos meses solamente.
—Pero considere usted que Magdalena me quiere tanto como yo a ella; no, tanto no, porque eso no puede ser. (Estas palabras de Amaury hicieron sonreír al doctor.) ¿No teme usted que esa ausencia le perjudique aún más que mi presencia?
—No, porque aguardará tu vuelta y para las heridas del alma no hay bálsamo más eficaz que la esperanza.
—Pero, ¿adonde iré? ¿Y con qué pretexto?
—Por pretexto no te apures no hace falta, porque existe una razón justísima. Yo conseguí para ti una misión que debías cumplir en la corte de Nápoles, y en su virtud tú dirás o, aun mejor, lo diré yo, y así quedas exento de responsabilidad, que en provecho de tu carrera tienes que desempeñar esa comisión inmediatamente. Si mi hija se queja, yo le diré que calle, que iremos a recibirte cuando regreses y, en vez de tres meses, la separación no llegará a seis semanas.
—¿De veras? ¿Lo hará usted así?
—Sí, hijo mío; ya lo verás. A Magdalena le conviene el clima de Italia, con su hermoso cielo y su aire tibio y suave. La llevaré a Niza, porque ese viaje es poco costoso y puede hacerse sin gran fatiga, remontando el Sena, siguiendo el canal de Briare y bajando luego el Saona y el Ródano. Desde allí te escribiré que aceleres o dilates tu regreso, según como esté mi hija. De este modo la ausencia es, y así lo debes comprender, bastante soportable, endulzada por la esperanza de una reunión próxima, y yo veré a Magdalena libre de esas fuertes emociones y de esas terribles sacudidas debidas a tu presencia, que la postran y la matan. Fija bien en tu memoria, lo que ahora voy a decirte y tenlo siempre muy en cuenta: La he salvado ya dos veces; pero a la tercera crisis no habrá remedio para ella y sucumbirá forzosamente. Esa crisis tiene que sobrevenir con tu presencia.
—¡Oh! ¡Es horrible! ¡Qué situación, Dios mío!
—Te lo pido, pues, no ya por ti ni por mí, sino por ella. Te pido que me ayudes a salvarla y lo harás si comparas esa separación tan corta con la separación eterna, impuesta por la muerte.
—¡Qué remedio!... Haré lo que usted quiera, padre mío.
—No esperaba menos de ti, Amaury. ¡Gracias, hijo mío, gracias!—exclamó el doctor sonriendo por primera vez desde hacía quince días.—Ahora es cuando a modo de recompensa por tu abnegación puedo decirte: Esperemos.
XXI
Al otro día, el doctor, seguro ya de que Magdalena no sufriría por el momento ninguna recaída, comenzó a salir de casa para dedicarse a sus quehaceres habituales. Tenía que ir a palacio para explicar al rey su conducta y debía también visitar al ministro de Negocios Extranjeros para recordarle su promesa relativa a la misión que se encargaría a Amaury.
Con sobrada razón podía haber dicho el doctor que el enfermo era él, pues en aquellos quince días había envejecido quince años, y aunque no pasaba de los cincuenta y cinco, había encanecido su cabeza por completo.
Cuando regresó a su casa llevaba la seguridad de que el día que quisiese tendría a su disposición la carta diplomática.
Al entrar se encontró con Felipe en el umbral.
Desde la noche del baile, Auvray había ido todos los días, sin faltar uno, a informarse del estado de Magdalena. Solía recibirle Antoñita, y después que ésta partió, era José quien le daba las noticias. No quiso preguntarle nada a Amaury, porque, según su modo de ver las cosas, exigíale su dignidad que le pusiera mala cara; pero Leoville no advirtió nada de esto, porque no se acordaba ya de la existencia de su antiguo amigo.
El señor de Avrigny, que estaba enterado de las atenciones o interés de Felipe, le dio las gracias mientras le estrechaba la mano cariñosamente. Después se dirigió al cuarto de su hija.
Transcurría a la sazón el mes de junio, y hacía un hermoso día, digno de servir de despedida a la primavera, próxima ya a dejar paso al estío. El doctor había permitido que al mediodía, por ser aquélla la hora de más calor y no ofrecer peligro para la enferma, se abriesen por primera vez las ventanas del aposento de Magdalena; de modo que encontró a ésta sentada en su cama con el deseo retratado en el semblante de respirar aquel aire que le estaba vedado todavía y contemplar de cerca aquel frondoso verdor del parque, bajo cuya sombra no podía correr aún; pero en cambio ya que nada de esto le estaba permitido, había hecho cubrir su cama de flores, como se hace con los palios en la poética fiesta del Corpus.
Amaury se había prestado a ello y le llevaba del jardín al lecho las flores que ella quería.
—¡Papá!—exclamó al ver al doctor.—¡No puede usted imaginarse cuánto le agradezco la sorpresa que Amaury, con el permiso de usted, me ha dado al devolverme el aire y las flores! Me parece que respiro con más libertad y me comparo con aquel pobre pajarillo que usted puso con un rosal en el interior de la campana neumática. ¿Recuerda usted? Cuando se le retiraba el rosal parecía pronto a morirse, y cuando se le devolvía parecía también que se le restituía la vida. Diga usted, papá: Cuando a mí me falta aire y me ahogo, como aquella infeliz avecilla, ¿no se me podría también devolver la vida rodeándome de flores?
—Sí, Magdalena; sí, hija mía; ya lo haremos así—asintió el doctor.—No pases pena: yo te llevaré a un país en que no mueren jamás ni las flores, ni las niñas y allí vivirás tú entre rosas como una abeja o un pájaro.
—¿Adónde me llevará usted, papá? ¿A Nápoles?
—No, hija mía, porque a Nápoles está demasiado lejos para ir allá de un tirón sin hacer ni un descanso. Además, Nápoles ofrece el inconveniente del sirocco, que agosta las flores, y la tenue ceniza del Vesubio, que abrasa los pulmones de las niñas. No llegaremos allí; nos detendremos en Niza...
Antes de proseguir, el doctor pareció titubear, consultando a su hija con la mirada.
—¿Y qué?...—preguntó Magdalena, mientras su novio bajaba la cabeza.
—Amaury seguirá su viaje hasta Nápoles.
—¿Cómo es eso? ¿Nos deja?—exclamó Magdalena.
—No, hija mía, porque eso no es dejarnos—repuso el doctor, con viveza.
Y muy despacio y adoptando toda suerte de precauciones oratorias, dio cuenta a Magdalena de su plan, que, como ya sabemos, consistía en llegar hasta Niza y aguardar la vuelta de Amaury en aquel invernadero de Europa, en la estación de invierno más espléndida del mundo.
Escuchole Magdalena con la cabeza baja y como absorbida por un pensamiento fijo, y cuando acabó de hablar le preguntó:
—¿Vendrá también con nosotros Antoñita?
—Siento en el alma, hija mía—respondió el doctor,—verme obligado a separarte de tu amiga, de tu hermana; pero fácilmente se te alcanzará que no puedo dejar a cargo de personas extrañas la vigilancia y el cuidado de mis casas de París y de Ville d'Avray. Tu prima, por lo tanto, tendrá que quedarse aquí.
En los ojos de Magdalena brilló un rayo de júbilo: sentíase consolada de la ausencia de su novio con la ausencia de Antoñita.
—¿Y cuándo partiremos?—preguntó con cierta impaciencia.
Al oír esta pregunta, alzó Amaury la frente y la miró sorprendido... Como su pasión egoísta y ciega no le había dejado adivinar los misterios que el cariño paternal del doctor había logrado descubrir, todo era para él, motivo de asombro, porque todo lo ignoraba.
—La fecha de la partida, depende de ti, hija mía—respondió el señor de Avrigny,—tan pronto como puedas soportar el traqueteo del coche, después que hayas probado tus fuerzas, dando algunos paseos por el jardín apoyada en mi brazo o en el de Amaury, emprenderemos el viaje.
—Pues no tengas cuidado, papá. Haré lo que me mandes y pronto estaré dispuesta para la marcha.
El señor de Avrigny no se había equivocado en sus presunciones: de Ville d'Avray a París, había aún poca distancia.
amaury a antonia
«Me ruega usted, Antoñita, que la entere de todos los pormenores relativos a la convalecencia de Magdalena, y me explico su curiosidad: no le basta saber que está mejor, sino que quiere saber cómo ha recobrado la salud. A decir verdad no podría usted encontrar un narrador más apropiado que yo, porque, no estando usted aquí para poder hablar de ella, los dos, me conceptúo dichoso al escribirle. ¡Cosa extraña! Con su padre, que la quiere tanto como yo, me siento, no sé por qué, sin esa confianza que usted me inspira. No sé si será la diferencia de edad o la gravedad de su carácter la causa de ello; pero el hecho es que con usted no me ocurre nada de eso; con usted, Antoñita, hablaría yo sin cesar toda la vida.
»Una semana después de marcharse usted aún seguía yo preguntándome todas las noches: ¿Viviré o moriré? porque entonces estaba en peligro Magdalena. Ahora, querida Antoñita ya le puedo decir: Viviré, porque le puedo anunciar que vivirá.
»Crea usted, Antoñita, que mi amor hacia Magdalena no es vulgar ni pasajero; mi unión con ella no era matrimonio de conveniencia, ni siquiera lo que se ha dado en llamar un matrimonio de inclinación: me unía una pasión única, sin ejemplo: y si ella moría tenía yo que morir también con ella.
»La misericordia de Dios no lo ha querido, ¡Gracias, Dios mío!
»Su padre no ha podido responder de su vida hasta anteayer, y aun eso con una condición muy extraña; con la condición de que yo me separe de Magdalena siquiera temporalmente.
»Al pronto yo temí que esta noticia envolviese nuevos peligros para Magdalena; pero, indudablemente, a la pobre ya no le quedan fuerzas para experimentar sensaciones muy vivas, porque al saber que nos reuniríamos en Niza, donde ella me aguardaría, casi manifestó prisa por partir, cosa que me causó gran extrañeza, acrecentada por la circunstancia de haberle dicho su padre que usted no podría acompañarla.
»Hay que reconocer que los enfermos parecen niños grandes. Desde ayer es para ella ese viaje un motivo de extraordinaria alegría.
»Cierto es que ella se imagina que partiremos juntos, siendo así que se engaña porque su padre acaba de anunciarme que debo yo ponerme en camino dentro de una semana, y aun dando por sentado que siga la mejoría, no es de esperar que Magdalena esté en disposición de emprender el viaje antes de tres semanas o de un mes, tal vez.
»No sé cómo hará su padre para lograr que ella me deje marchar; pero él me ha dicho que eso corre de su cuenta, y ya debe tener su plan trazado.
»Hoy ha sido el primer día en que Magdalena, ha podido al fin abandonar el lecho; su padre la ha trasladado desde su cama a un sillón preparado ex profeso junto a la ventana, y tan débil está aún que se habría desmayado en el camino si la señora Braun no le hubiera dado a respirar un frasco de esencias. A mí me dejaron entrar cuando ya estuvo sentada, y entonces ¡oh Dios mío! sólo entonces me fue dable apreciar los estragos que la terrible enfermedad ha causado a mi pobre Magdalena.
»Aun así está hermosa, más hermosa que nunca, pues con su larga bata abrochada hasta el cuello, se asemeja a uno de esos ángeles tan bellos, de diáfana cabeza y cuerpo inmaterial del Beato Angélico. Pero esos ángeles tan hermosos están ya en el Cielo, mientras que Magdalena (y a Dios le damos gracias por ello), está aún con nosotros. Así resulta que lo que en ellos es una belleza divina, en Magdalena es un belleza que casi espanta.
»¡Y qué dichosa se sentía, de estar allí tan cerca de la ventana! Hubiera dicho cualquiera que veía el cielo por primera vez, que por primera vez, también, aspiraba aquel aire tan puro y respiraba el aroma de aquellas flores. Al través de su cutis blanco y transparente veíamos cómo volvía a la vida. ¡Dios eterno! No sé si sucumbirá a los goces y a los pesares humanos, sin poderlos resistir. También su padre parece temer lo mismo, porque a cada momento se le acerca y, so pretexto de estrecharle la mano, le toma el pulso.
«Anoche se mostraba muy contento porque durante el día había acusado el pulso tres o cuatro pulsaciones menos por minuto que los días anteriores.
»A media tarde, cuando ya el sol no daba en el jardín la ordenó acostarse, sin escuchar sus súplicas. El mismo la transportó al lecho, comprobando gozoso que ella soportaba mejor que la primera vez ese transporte. No hubo necesidad de hacerla respirar esencias, lo cual era buena prueba de que el aire y el sol habían contribuido a devolver cierto vigor a su cuerpo.
«Cuando la acostaban, tocaba yo en el salón una melodía de Schubert. Ya estaba a punto de terminarla, cuando la señora Braun vino de su parte, a pedirme que siguiese. Por primera vez volvía Magdalena a oír música desde la terrible noche en que la música pudo costarle la vida. Accedí a su ruego, y cuando al terminar entré en su cuarto, la encontré sumida en una especie de arrobamiento.
»—¡Oh! No puedes imaginarte, Amaury—me dijo—los crueles encantos que yo encuentro en la terrible enfermedad que tanto alarma a todo el mundo, pues me parece que no sólo mis sentidos corporales han duplicado su virtud de percibir, sino que en mí se han despertado nuevos sentidos que pudiéramos llamar sentidos del alma. Ahora mismo, en esa música que acabas de hacerme oír y que he escuchado tantas veces, he percibido nuevas melodías que no sospeché jamás y el aroma de mis flores me produce sensaciones que nunca conocí y que quizá no vuelva ya a percibir cuando haya recobrado la salud por completo. Cuando ayer... (no vayas a burlarte de mí, Amaury) una silvia cantaba en un arbolito, en el cual había un nido, ¿sabes lo que se me ocurrió pensar mientras la oía cantar? Que si así como estoy contigo y con mi padre, hubiera estado sola, habría concentrado mi espíritu en aquel canto, aplicando a interpretar todas mis facultades, segura de llegar a comprender lo que aquel pájaro decía a su hembra y a sus hijuelos.
»Yo miraba al padre de Magdalena, y asustado de oír aquellas ideas que me parecían hijas del delirio, buscaba en sus ojos una respuesta a mis dudas y a mis inquietudes; pero él, con un ademán procuró tranquilizarme, y poco después abandonó el aposento.
»Entonces Magdalena se inclinó hacia mí y dijome al oído:
»—Amaury, ¿quieres tocar aquel vals de Weber que bailamos juntos?
»Yo me asusté ante la idea de hacerle oír la misma melodía que la había causado una crisis nerviosa tan terrible, y no hallé otro medio de excusarme que decirle que no la sabía de memoria.
»—No importa. Mañana la enviarás a buscar y la tocarás. ¿Verdad que lo harás así?
»Yo se lo prometí, sin saber lo que decía.
»¿Tendrá razón su padre al decir que las emociones más perjudiciales son las que más apetece?
»Al despedirme por la noche me hizo prometer de nuevo que al otro día la complacería tocando el famoso vals de Weber.
»Ha pasado bien la noche última, durmiendo con un sueño más tranquilo y reparador que el de costumbre. Tres veces, desde las diez de la noche al amanecer, ha entrado su padre en el dormitorio y siempre la ha encontrado descansando. La señora Braun, que la velaba, ha asegurado que en toda la noche no se despertó más que dos veces, y después de tomar un calmante, dando muestras de sentirse muy aliviada, había vuelto a dormirse.
»Cuando esta mañana me ha explicado el doctor cómo había pasado la noche su hija, según suele hacerlo cotidianamente antes de entrar yo en su cuarto, le dí cuenta de la obstinación que mostraba Magdalena por oír el vals en cuestión. Reflexionó unos instantes, al cabo de los cuales, respondió:
»—¡Ya te lo decía yo! ¡Ya ves cómo eran ciertos mis temores! Mientras tú no te vayas, siempre tendrá esa necesidad de emociones fuertes que me da tanto cuidado. No tomes a mal lo que te digo, Amaury; pero, he de confesarte con noble sinceridad que daría yo algo bueno por verte ya lejos de ella.
»—Pero, ¿qué hago? ¿Toco o no toco el vals?
»—Tócalo. Yo estaré a tu lado. Haz caso de lo que yo te recomiende y no accedas a los ruegos que ella pueda hacerte.
»Me dirigí al cuarto de Magdalena y encontré a ésta con el rostro radiante y haciendo gala de tener muy buen humor. La fiebre había seguido en su marcha descendente.
»—¡Ay, Amaury!—me dijo.—¡Si supieras qué bien he dormido y con qué fuerzas me siento! Tan bien estoy, que si consintiese en ello mi tiranuelo (y al decir esto, envolvió a su padre en una mirada de amor inefable), creo que andaría, o más bien, sería capaz de volar, más ligera que un pájaro. Pero él con su pretensión de conocerme mejor que yo misma, me tiene aquí sujeta a este maldito sillón.
»—Te has olvidado ya, Magdalena—le repliqué,—que hace dos días reducíase toda tu ambición a sentarte en ese maldito sillón como tú dices, y ahí, junto a la ventana, creías estar en un paraíso terrenal. Así pasaste ayer todo el día y te diste por muy contenta con ello.
»—Tienes razón, pero lo que ayer tenía yo por bueno no lo es ya hoy. Si hoy tú sólo me quisieras lo mismo que ayer no me daría por satisfecha; para mí, las sensaciones que no aumentan disminuyen. ¿A ver si adivinas en dónde querría yo estar ahora? ¿Quieres que te lo diga? Pues quisiera estar bajo un grupo de rosales, tendida sobre»el césped, que se me figura suave como el terciopelo.
»—Me complace tu ambición por lo modesta—dijo el doctor.—De aquí a tres días, podrás satisfacer tus deseos.
»—¡De veras!—exclamó Magdalena, palmoteando como un niño a quien se le promete un juguete deseado con ansia mucho tiempo.
»Y aun hoy mismo te dejaré ir sin el auxilio de nadie a sentarte en el maldito sillón. Hay que ensayar las piernas antes que las alas. La señora Braun y yo marcharemos a tu lado por si acaso hubiera que sostenerte.
»—Tal vez sea acertada esa previsión, papá, porque si he de ser franca, he de confesar que soy como esos cobardes que alardean de su valor si están lejos del peligro, y en cuanto se les presenta la ocasión de demostrarlo cambian en el acto de lenguaje y de actitud. ¿Cuándo me levantaré hoy? ¿Habré de aguardar, como ayer, al mediodía? Eso es mucho, papá; considere usted que ahora son las diez escasas.
»—Bien, hija mía; hoy permitiré que te levantes una hora antes, y como hace muy buen día y la temperatura es agradable, abriremos la ventana para que respires el aire puro del exterior.
»Mientras abrían la ventana, y el aire y el sol inundaban el aposento, inclinose a mi oído Magdalena para decirme:
»—¿Y el vals?...
»Le respondí con una seña afirmativa y con ella pareció quedar tranquila y satisfecha.
»Pronto entraron a anunciarnos que el almuerzo estaba servido. Ya sabe usted, Antoñita, que antes su tío y yo hacíamos las comidas separados, para poder relevarnos a la cabecera de la enferma; pero desde que ésta convalece, tal precaución es inútil, y hace unos cuantos días que comemos juntos.
«Próximamente a las once se levantó de la mesa el padre de Magdalena, diciendo:
»Cuando se quiere que los niños y los enfermos, hagan lo que se les manda, no hay más remedio que cumplirles fielmente lo que se les promete. Ahora la ayudaré a levantarse y tú podrás entrar dentro de unos diez minutos.
«Efectivamente, poco después encontraba yo a Magdalena sentada junto a la ventana, y, al parecer, muy contenta, contemplando el jardín.
«Entre su padre y la señora Braun la habían ayudado a trasladarse desde el lecho hasta el sillón. Cierto es que sin el apoyo que ambos le prestaron quizás se habría visto apurada para llegar hasta allí, pero, ¡cuánta, diferencia no había entre aquel día y la víspera, cuando hubo que llevarla en brazos! Me senté a su lado y a los pocos instantes dio muestras de sentir cierta impaciencia.
»El doctor, que parece leer por arte de magia en lo más hondo de su corazón, la comprendió en el acto y levantándose dijo:
»—Amaury, permanecerás aquí con Magdalena sin separarte de ella, ¿verdad? Yo tengo que ausentarme por un par de horas. Prométeme no abandonarla hasta que yo vuelva.
»—Váyase usted confiado. No la dejaré.
»El señor de Avrigny dio un beso a su hija y salió del aposento.
»—¡Vamos! ¡Pronto! ¡Pronto, Amaury!—exclamó ésta, acto continuo.—Ve a tocar el vals de Weber. Esta idea me obsesiona y no puedo desterrarla de mi mente: toda la noche he estado oyendo ese vals.
»—Pero, ¡si no puedes acompañarme al salón, Magdalena!
»—Demasiado lo sé, pues, por desgracia, casi no puedo tenerme en pie; pero tú dejarás todas las puertas abiertas y así podré oírte bien.
»Recordé la recomendación de su padre, y seguro de que estaría muy cerca velando por su hija, me levanté para ir a sentarme al piano. Con las puertas abiertas podía yo ver desde allí a Magdalena, que en medio de los cortinajes que servían de marco a su figura, parecía un cuadro de Greuze. Vi que me hacía una seña con la mano; púseme el papel delante y me preparé a tocar.
»—Empieza.—oí que decía una voz detrás de mí.
»—Volví la cabeza y vi al doctor.
»El vals, como usted ya sabe, Antoñita, era uno de esos enloquecedores motivos de melancólico ardor que nadie sabía desarrollar sino el autor de Freyschutz, con su poderoso genio.
»Yo no la sabía de memoria; tenía que ir, por lo tanto, descifrando las notas mientras tocaba. No obstante, creí ver, como a través de una espesa niebla, que Magdalena se alzaba de su sillón, y al volverme vi que no me había engañado. Quise entonces detenerme, pero su padre, que lo vio, me contuvo, diciendo:
»—Continúa.
»Y yo continué, sin que la interrupción fuese advertida por ella, cuya poética naturaleza parecía animarse con la armonía e iba adquiriendo fuerzas a medida que el compás se aceleraba.
»Permaneció un instante en pie e inmóvil, y echando a andar de pronto, aquella débil enferma, que para ir de la cama a la butaca había necesitado ayuda de dos personas, avanzó con paso seguro, deslizándose sobre el pavimento como una sombra, sin buscar apoyo ni en la pared ni en los muebles. Yo me volví hacia el doctor y viéndole muy pálido y demudado, quise parar otra vez; pero él volvió a prohibírmelo, diciendo:
»—Continúa. Acuérdate del violín de Cremona.
»Y continué de nuevo. El compás se aceleraba por momentos y cuanto más aumentaba la rapidez, más de prisa caminaba Magdalena, acercándose a mí, hasta llegar a poner sobre mi hombro su diestra. Entonces su padre, que había salido pocos momentos antes, volvió a entrar por una puerta situada a nuestra espalda y repitió por tercera vez:
»—Continúa, continúa. ¡Bravo, hija mía! ¿Pues no decías esta mañana que estabas tan extenuada y tan débil?...
»Y el pobre padre, lleno de mortal angustia, reía y temblaba a la vez.
»—Parece cosa de magia, papá—contestó Magdalena.—El efecto que me causa la música es realmente maravilloso, tanto, que a mi juicio existen melodías capaces de hacerme abandonar la sepultura. Así me explico cómo comprendía tan bien las escenas de las monjas de Roberto el Diablo y las Willis de la Gisela.
»—Así lo creo; pero no conviene abusar de esa facultad—replicó el doctor.—Apóyate en mi brazo y tú, Amaury, continúa: esa música es admirable. Pero después—me dijo en voz baja,—procura pasar de ese vals a alguna melodía vaga que vaya expirando como un eco que se pierde en lontananza.
»Comprendí su intención, y obedecí. La misma música que había causado en ella tal exaltación, debía sostenerla hasta el momento en que llegase a su sillón; mas entonces debía decrecer ya por grados, pues, cesando de repente, podía producirle un efecto desastroso que determinase una agravación del mal.
«Efectivamente, Magdalena volvió a sentarse sin aparentar cansancio, y con semblante tranquilo y revelando alegría, se acomodó en el sillón. Yo comencé a retardar el compás y la vi inclinar hacia atrás la cabeza, y cerrar los ojos. El doctor, que no la perdía de vista y la contemplaba fijamente, me indicó que tocase piano pianísimo; entonces reemplacé el vals por algunos acordes que poco a poco fueron apagándose hasta quedar extinguidos, como el lejano canto de un pájaro que huye cruzando el espacio, hacia lugares remotos.
«Después me levanté y quise acercarme a Magdalena; pero su padre me salió al paso y me dijo:
»—Ahora duerme; no vayas a despertarla.
»Y llevándome a la antesala, agregó:
»—Ya ves, Amaury, que es indispensable tu partida. Si eso hubiese sucedido en mi ausencia, si yo no llego a estar aquí para dirigirte, ¡sabe Dios lo que sería de Magdalena a estas horas! Sólo el pensarlo me aterra. Créeme: a toda costa es preciso que te marches.
»—Pero Magdalena se figura que aún tardaré en partir... ¿Cómo vamos a decirle?...
»—No pases pena; ella misma te pedirá que te vayas.
»Y después que hubo pronunciado estas palabras, el señor de Avrigny entró en el cuarto de su hija.
»Yo, entonces, me volví al mío y me puse a escribir a usted esta carta. ¿Cómo le parece a usted, Antoñita, que se las arreglará el doctor para que su misma hija me ordene que parta?»
XXII
amaury a antonia
«Mi partida se ha fijado para dentro de seis días y la misma Magdalena ha sido quien me ha rogado que parta. No me había, pues, engañado el doctor al prevenírmelo así.
»Ayer por la mañana estábamos reunidos en la misma sala en que ocurrió la escena aquella del piano (que afortunadamente no dio malos resultados, pues Magdalena cada día está mejor), cuando el señor de Avrigny, después de hablar mucho rato de usted con ella en términos que no repetiré por no herir su rara modestia, anunció que el lunes regresaría usted de Ville d'Avray.
»Al oírlo se estremeció Magdalena y palideció densamente. Miré al doctor, y viendo que tenía una mano de ella entre las suyas comprendí que aquella sensación no debía haber pasado para él inadvertida.
»Al otro día debía Magdalena bajar al jardín para disfrutar allí, entre las flores, el aire y los aromas que con tanto afán apetecía en los días, anteriores. Pero vea usted, Antoñita, cuán razonable era la comparación que su tío establecía entre los enfermos y los niños: ya no parecía causarle impresión alguna la promesa que le había hecho su padre; semejante a una nube, había pasado sobre su espíritu, y ya su pensamiento se hallaba exclusivamente ocupado por un solo objetivo.
»Proponíame yo aprovechar el primer momento en que estuviese a solas con ella para preguntarle qué era lo que causaba su ensimismamiento, cuando entró José trayéndome una carta que abrí en seguida. El ministro de Negocios Extranjeros me escribía rogándome que pasase a su despacho porque tenía que hablarme.
»Apenas leí la carta se la entregué a Magdalena. Mientras ella la leía a su vez sentía yo cierta inquietud. Comprendía la correlación que podía tener aquella carta con lo que el doctor me había dicho la víspera a propósito de mi viaje, y no podía menos de temblar, mirando a Magdalena. ¡Pero cuál no sería mi asombro cuando vi que se alegraba su semblante!
»Creí que en el mensaje no había, visto otra cosa que un suceso ordinario y no quise revelarle la verdad. Me despedí, diciendo que volvería en seguida, y salí dejándola a solas con su padre.
»No me engañaban mis presentimientos. El ministro, que se mostró conmigo tan amable y complaciente como siempre, me dijo que me llamaba porque había querido manifestarme personalmente que mi comisión, por virtud de imprevistos acontecimientos políticos, se había hecho muy urgente y yo debía disponerme para el viaje; pero, defiriendo a mis compromisos contraídos con la familia de Avrigny me concedía, fiando en mi discreción, el tiempo que necesitase para preparar a mi novia y a su padre.
»Le dí las gracias por sus atenciones y le prometí responderle el mismo día fijando la fecha de mi partida.
»Volví a casa muy preocupado, no sabiendo cómo darle a Magdalena tal noticia. Cierto es que confiaba en el doctor, porque me había prometido librarme de este apuro; pero casualmente acababa de salir hacía muy poco rato y Magdalena había dado orden de que cuando yo llegara me hiciesen entrar en su habitación.
»Yo escuchaba perplejo estas explicaciones que me daba la doncella, cuando sonó la campanilla de Magdalena, que preguntaba si había yo regresado.
»No había excusa posible; así, que me dirigí en el acto a su aposento. Ella debió conocerme por el rumor de mis pasos, porque al entrar yo la vi con los ojos fijos en la puerta, revelando en su»mirada la más profunda ansiedad. Al verme llegar, me dijo:
»—Ven, ven, Amaury. ¿Has visto ya al ministro?
»—Sí—le contesté, con cierta vacilación.
»—Ya sé para qué te ha llamado: para decirte lo mismo que le dijo ayer a papá a quien vio en palacio: que debías partir en seguida.
»—¡Magdalena! ¡amada mía!—exclamé.—¡Te juro que estoy dispuesto a renunciar a esta comisión y aun a mi propia carrera, si es preciso, antes que abandonarte!
»—¿Qué dices, Amaury?—replicó Magdalena, con viveza.—¡Eso es una locura! No, no, Amaury; hay que tener juicio y pensar con sensatez. Jamás me perdonarla yo el haber interrumpido tu carrera precisamente cuando ésta empieza a infundir las más lisonjeras esperanzas.
»Yo la miré asombrado, no atreviéndome a dar crédito a mis oídos. Ella entonces me dijo, sonriendo:
»—¿Verdad que no aciertas a explicarte cómo te habla de un modo tan razonable una mujer tan excéntrica y tan caprichosa como yo? Pues ahora te diré lo que acabamos de acordar papá y yo.
»Me acerqué a ella, me senté a sus pies como siempre, y mientras acariciaba sus demacradas manos entre las mías, prosiguió:
»—Aún no estoy bastante fuerte para soportar las fatigas del viaje, pero papá asegura que dentro de quince días podré ponerme en camino sin ningún inconveniente. Así, pues, tu marcharás y yo iré tras de ti; mientras tú cumples en Nápoles tu comisión, yo iré a aguardarte a Niza, adonde llegarás casi al mismo tiempo que yo, gracias al vapor. ¡Oh! ¡Qué hermosa invención es la del vapor! ¿verdad? Para mí, Fulton ha sido el hombre más grande de las edades modernas.
»—¿Y cuándo debo partir?—le pregunté.
»—El domingo por la mañana—respondió sin titubear Magdalena.
»Me acordé, Antoñita, de que usted llegaba el lunes de Ville d'Avray y pensé en que no la vería antes de mi marcha. Iba a decirle esto a Magdalena, cuando prosiguió diciendo:
»—Partes de aquí el domingo por la mañana; tomas la posta hasta Châlons (escúchame: todo esto me lo ha explicado papá); desde Châlons sigues tu viaje por el río hasta Marsella, y de aquí, en un buque del Estado que sale el día primero de cada mes, vas a Nápoles en seis días. Te concedo el plazo de diez días para desempeñar tu comisión. En diez días puede hacerse mucho ¿no te parece? Al expirar ese plazo emprendes el viaje de vuelta, y a fines de julio llegas a Niza, en donde estaremos aguardándote desde el 15 o el 20. Sólo se trata de seis semanas de ausencia, pasadas las cuales nos reuniremos bajo aquel hermoso cielo para no volver a separarnos ya más. Niza constituirá nuestra tierra de promisión, nuestro paraíso recobrado. Después que las suaves brisas de Italia me hayan acariciado dulcemente devolviéndome la salud del cuerpo y me haya restaurado tu amor el vigor del espíritu, nos casaremos; entonces papá volverá a París y nosotros seguiremos nuestro viaje. ¿Qué te parece? ¿Verdad que es un proyectó magnífico?
»—Si, Magdalena; solamente es de sentir que comience por una separación.
»—Ya te lo he dicho antes, Amaury: esa separación la exige tu carrera y yo acato esa exigencia con la abnegación debida.
»Yo estaba cada vez más sorprendido, sin acertar a explicarme en modo alguno una serenidad y una sensatez como aquéllas en una niña tan mimada y caprichosa como Magdalena; pero ni interrogándola ni pidiéndole toda suerte de explicaciones, pude lograr esclarecer el misterio. Ella me repitió sin cesar que por propia voluntad se sacrificaba para complacer al ministro, merced al cual lograría yo ascensos en mi carrera.
»¿No le causa a usted todo esto tanta extrañeza como a mí, querida Antoñita? A causa de ello he estado pensativo todo el día. ¡Yo no hubiera osado hablar a Magdalena de ese viaje y ella se me anticipa, salvando todo obstáculo y allanando toda dificultad!
»¡Oh! ¡Qué razón tienen los que dicen que el corazón de la mujer es un arcano!
»Ayer pasamos todo el día ideando proyectos y trazando planes. Magdalena recobra poco a poco el buen humor a medida que su salud y sus fuerzas se restablecen.
»Su padre se mira en ella. Ya he visto dibujarse en sus labios algunas sonrisas que han ensanchado mi corazón henchiéndole de gozo.»
XXIII
amaury a antonia
«Hoy hemos celebrado una gran solemnidad: Magdalena debía bajar al jardín, según su padre se lo había prometido.
»Hacía un tiempo delicioso. Nunca he visto un cielo más espléndido ni más alegre; la Naturaleza parecía haberse adornado con sus más hermosas galas y el rigor de la temperatura era templado por el soplo de la brisa.
»Yo, para prevenir cualquier accidente, propuse al doctor que entre los dos transportásemos a Magdalena, sentada, en su sillón; y aunque ella se opuso en un principio, ofendida en su amor propio de convaleciente y creyendo inútil semejante precaución, accedió al fin cuando le hicimos formal promesa de permitirle pasear por el jardín. Entonces procedimos a llevarla con exquisito cuidado, y poco después se encontraba a sus anchas en el lugar anhelado que los días anteriores sólo le era dable contemplar sentada ante la ventana.
»Si usted, querida Antoñita, hubiese estado entre nosotros, habría disfrutado del hermoso espectáculo de la juventud que vuelve a la vida con nuevos alientos, con ansias de amor y de dicha. Dilatábase su pecho, por tanto tiempo oprimido, como si quisiera hacer provisión del aire puro que respiraba. Desde su asiento alcanzaba a cortar las flores que echaba a brazadas sobre su regazo, las estrechaba contra su seno y las besaba como amigas de las cuales la separase una larga ausencia que la hubiese hecho temer no volverlas a ver ya. Dando libre expansión a los sentimientos que llenaban su alma, prorrumpía en exclamaciones admirando la Naturaleza, daba gracias a Dios y vertía copioso llanto de gratitud hacia su padre. Era una flor más entre aquellas de que estaba rodeada; un hermoso lirio, humedecido por el beso del rocío.
»Su padre y yo estábamos enternecidos y veíamos con lágrimas en los ojos aquella dicha inefable y ultra-terrena. ¡Allí, sólo faltaba usted, Antoñita!
»No bastándole a Magdalena aquella, contemplación tranquila y reposada, me indicó que me acercase y, levantándose, se apoyó en mi brazo. Entonces el doctor hizo un ademán y ella dijo, como queriendo contestar de antemano a una objeción que esperaba:
»—Recuerde usted, papá, su promesa. Me dijo usted que me permitiría pasear por el jardín.
»—Sí, y lo permito con gusto; pero procura no andar muy de prisa.
»—Padre mío—dije yo,—recomiende usted a Magdalena que vaya apoyada en mí.
»Me respondió con un simple movimiento de cabeza y yo entonces creía que estaba celoso porque Magdalena, al levantarse del sillón buscó apoyo en mi brazo; pero si así fue pasó aquella impresión con la rapidez del relámpago, pues en el acto nos indicó con una seña que podíamos emprender el paseo.
»No nos alejamos mucho.
»Magdalena parecía ver por vez primera los árboles, las flores y el césped que adornaban el jardín. Arrancábanle exclamaciones de asombro los insectos, las aves y los reptiles; sorprendíanle, en fin, todas las manifestaciones de la Naturaleza, que, justo es reconocerlo, nunca había semejado ser tan viviente como entonces.
»Las hierbas, los arbustos, todo parecía poblarlo un mundo de seres alegres y animados, que con sus ruidos, sus gritos y sus cantos parecían entonar un himno de gracias a Dios, que los había creado.
»Dimos la vuelta entera al jardín (¿lo creería usted, Antoñita?) sin pronunciar palabra. Únicamente Magdalena lanzó algunas exclamaciones de entusiasmo; yo no hacía otra cosa que contemplarla.
»En una ocasión volví la cabeza para buscar con la mirada a su padre, y a través del follaje le vi sentado en el mismo sillón de Magdalena y besando las flores que ella había besado también momentos antes.
»Terminábamos nuestra vuelta cuando él nos salió al paso y examinando a su hija vio con satisfacción que había soportado muy bien la fatiga de aquel pequeño esfuerzo; pero, aunque ella, se empeñó en dar otra vuelta, el doctor fue inflexible y la obligó a sentarse nuevamente.
»Permanecimos en el jardín hasta las tres de la tarde. En aquellas horas pasadas al aire libre Magdalena pareció recobrar más que nunca sus debilitadas fuerzas; ahora creo poder separarme de ella sin temor a que sobrevengan complicaciones de ningun género.
»No terminaré despidiéndome de usted, amiga mía, porque con ese motivo pienso escribirle una carta muy extensa en la que habré de hacerle mis recomendaciones: entre todas, la primera debe ser la de hablarle de mí a Magdalena todos los días, sin olvidar ni uno solo.»
Sábado, a las cinco de la tarde.
«Me marcho mañana, querida Antoñita. No le he escrito a usted en estos cuatro días transcurridos, porque no podía comunicarle otra cosa que la mejoría de Magdalena, y de eso ya está usted bien enterada por dos cartas que le ha escrito su tío.
»Todos los días ha ensayado Magdalena sus fuerzas bajo la vigilancia constante del doctor, que es un verdadero modelo de padres.
»A la hora presente se levanta sola, sin ayuda de nadie va al jardín y tampoco la necesita para volver a casa; yo casi tengo celos de su salud, porque gracias a ella ya no tiene que buscar el sostén de mi brazo, en el que antes se apoyaba.
»Por lo demás, debo decirle a usted que tiene en ella una amiga sincera que la quiere con amor acendrado, según yo he tenido ocasión de observarlo por mí mismo.
»Cuando al pensar en mi próxima partida se oscuraece su frente, su padre sólo tiene que decirle:
»—¡Vamos, ánimo, hija mía, que no te quedarás sola; yo seguiré a tu lado y el lunes vendrá Antoñita!
»Entonces se despeja su frente y contesta al punto:
»—Si, sí: es precisa esa partida.
»Hoy mismo lo repetía, aun sabiendo que debo marchar mañana.
»Sin embargo, he observado que a su padre le inquieta la proximidad del momento de mi marcha.
»Esta tarde, al separarme de Magdalena, me ha seguido y, llamándome aparte, me ha dicho:
»—Amaury, mañana partes. Ya has visto que Magdalena es más razonable de lo que te imaginabas y has tenido ocasión de observar cómo va recobrando la salud cuando no sufre ninguna fuerte emoción. Por lo tanto procurarás dominarte y evitarle en lo posible la impresión que ha de causarle tu marcha. Aparenta frialdad, si es preciso, pues la expansión de tu amor es lo que me da más miedo. Ya has podido notar dos veces sus efectos: una, cuando estuvo a punto de desmayarse al declararle tu pasión; la otra, cuando el bailar contigo la puso al borde del sepulcro. Tú ejerces sobre su naturaleza, nerviosa y delicada, una influencia fatal; tus palabras, tu aliento y hasta tu presencia, la trastornan. Trátala como a una flor, y así como yo procuro rodearla de una atmósfera templada, rodéala tú también de un amor suave y sereno. Ya se me alcanza lo difícil que es esto para un hombre joven y fogoso como tú; pero considera que en lo que te pido va su propia vida y que, si vuelve a repetirse la crisis, ya no respondo de nada. Además, en el momento de la despedida yo estaré también presente y te infundiré valor.
»Le prometí lo que quiso. ¿Qué otra cosa podía hacer?
»Tampoco a mí se me esconde que la vida de mi pobre Magdalena está pendiente de un hilo que puede romper cualquiera emoción violenta, y yo la quiero demasiado para negarme a hacer por ella, ya que es preciso, el sacrificio de aparentar que no la quiero tanto como la adoro realmente.
»Al separarme del doctor subí a mi cuarto para escribirle a usted esta carta que ahora dejo interrumpida y continuaré más tarde, pues acabo de recibir recado de Magdalena diciéndome que me aguarda, y corro a verla.»
XXIV
A las diez.
«Puede usted reñirme, Antoñita; bien lo merezco porque temo haber cometido una gran locura.
»Magdalena estaba sola. Me llamaba, para decirme que quería hablar conmigo antes de mi marcha, y para ello me pedía con adorable inocencia una cita que otra cualquiera, habría rehusado concederme de seguro si yo hubiera osado pedírsela.
»Quizá no me crea usted, Antoñita, pero le aseguro por mi honor que acordándome de la promesa que yo había hecho al doctor, quise en un principio renunciar a aquella hora de dicha con que Magdalena me brindaba y por la cual habría dado gustoso en cualquiera otra ocasión un año de mi vida.
»Tratando de resistir a mi propio deseo le respondí que la señora Braun, obedeciendo a instrucciones del señor de Avrigny, no se prestaría en modo alguno a secundar nuestros planes.
»—¿Y qué necesidad tenemos de la señora Braun?—repuso Magdalena.
»—No olvides que sólo la separa de ti un simple tabique y que tan pronto como oiga el más leve rumor entrará creyendo que no te sientes bien y me encontrará contigo.
»—Así ocurriría, no lo dudo, si tú vinieras aquí.
»—¡Cómo! ¿Pues adonde he de ir?
»—Al jardín. Yo bajaría a reunirme contigo a la hora en que conviniéramos.
»—¿Qué dices? ¡Al jardín! Pero ¿lo has pensado bien? ¿Y el relente de la noche?
»—No le tengo miedo. Ya oíste decir ayer a mi padre que sólo es peligroso al anochecer y que a medida que avanza la noche se siente el mismo calor que hace durante el día. Sin embargo a guisa de precaución bajaré bien embozada en mi chal.
»Yo sentíame arrastrado contra mi voluntad por sus palabras; pero aun hallé fuerzas para insistir todavía diciéndole:
»—¿Y te parece bien que nos veamos solos y a deshora?
»—Haciéndolo así durante el día no veo la razón para que no lo podamos hacer de igual modo por la noche—me contestó con candidez admirable.
»—Sí—repuse algo confuso;—pero de día...
»—¿Qué diferencia hay?—preguntó.
»—Una muy grande—repliqué sonriendo a pesar mío.
»—¿No te quejabas estos días atrás de que en nuestro viaje sería molesta para nosotros la presencia de mi padre? Al decir eso bien tendrías el propósito de que viajásemos solos los dos día y noche...
»—Sí; pero contaba con que estuviéramos ya casados para entonces.
»—Ya sé que las casadas gozan ciertos privilegios negados a las solteras, ¡como si al casarse quedase una niña alocada convertida ipso facto en mujer juiciosa!... Pero, ¿no nos hemos desposado? ¿No es público y notorio que nuestro casamiento se celebrará muy pronto? ¿No estaríamos ya casados a estas horas si yo no hubiese caído enferma de gravedad?
»No era fácil responder a estas preguntas. Ella prosiguió con más ahinco al ver que yo callaba:
»—¿Irás a negármelo? ¿Serás capaz de darme un chasco como ése la víspera de tu marcha, cuando tienes que decirme tantas cosas y hacerme tantas promesas? ¡Si supieras qué triste voy a quedar después que tú te vayas! ¿Qué menos puedes hacer que dejarme al partir el recuerdo de esas palabras tiernas y cariñosas que me hacen tan dichosa pronunciándolas tus labios?
»No pude resistir más, y juzgando que mi posición era ya ridícula y mi rigor impertinente me juré velar por los dos y le prometí acudir al jardín así que diesen las once.
»Hay que ser justo, Antoñita, y reconocer que para negarse a acceder a su demanda se habría necesitado poseer toda la discreción de los siete sabios de Grecia, y quizá me quede corto.
»Me limité a recomendarla que no se olvidase de bajar bien abrigada. Así acababa de prometérmelo cuando entró su padre a verla.
»Cuando, a las diez, salimos juntos del aposento, me dijo el doctor:
»—Ya has tenido ocasión de ver que he fiado en tu palabra, porque te he dejado solo con ella. Comprendí que tenías que decirle muchas cosas. Te doy las gracias porque has sabido proceder con una cordura cuya mejor recompensa es la tranquilidad que ahora goza Magdalena, merced a la cual pasará una buena noche. Mañana por la mañana podrás pasar una hora en su compañía, y dentro de mes y medio volverás a encontrar en Niza a tu futura esposa ya restablecida y muy contenta de reunirse contigo.
»Al escuchar sus palabras sentí el aguijón del remordimiento y estuve a punto de revelárselo todo; pero pensé en Magdalena para quien el disgusto que ello le hubiera ocasionado habría sido más pernicioso que la entrevista en proyecto, y esta consideración me dio fuerzas para abstenerme de decir nada a su padre.
»Por lo demás, cuando sea necesario yo velaré sobre mí y sabré dominarme.
»Oigo dar las once. ¡Buenas noches, Antoñita! La dejo a usted para ir en busca de Magdalena, que ya me estará aguardando.»
A las 2 de la madrugada.
«Tan pronto como llegue a sus manos esta carta póngase en camino y venga, porque nos hace mucha falta su presencia.
»¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Magdalena se muere sin remedio! ¡Oh! ¡Qué miserable soy! ¡Venga, venga usted a escape!
»Amaury.»
el doctor avrigny a antonia
«Aunque te necesitamos y por mucho que te alarmes cuando sepas el estado de Magdalena, no vengas, Antoñita, no vengas, hija mía, hasta que ella misma se decida a llamarte. Desgraciadamente estoy temiendo que no tardará mucho en hacerlo. ¡Ten compasión de mí, tú que sabes hasta qué punto la quiero!
»Tu tío
»Leopoldo de Avrigny.»
XXV
Veamos lo que había acontecido.
Cuando terminó su carta Amaury salió de su cuarto teniendo la fortuna de no tropezar con nadie. Atravesó el salón, se paró un momento a escuchar junto a la puerta del cuarto de Magdalena y no oyendo ningún ruido supuso que habría aparentado que se acostaba para engañar a la señora Braun. Entonces se dirigió a la escalinata y bajó al jardín.
Por las ventanas del aposento de Magdalena no salía ni un rayo de luz. En medio de la oscuridad en que estaba envuelto el edificio, tan sólo una ventana aparecía iluminada en aquella amplia fachada: la del doctor Avrigny.
Amaury dirigió a ella su mirada, sintiendo en su pecho la inquietud de un vago remordimiento.
Por Magdalena velaban a un mismo tiempo su padre y su novio; pero ¡cuán diferente era el objeto de esta vela! Velaba el uno por amor desinteresado, consultando la ciencia para tratar de arrebatarle a la muerte su presa casi segura; velaba el otro por un amor egoísta que había aceptado la cita solicitada sabiendo lo fatal que podía ser aquella entrevista para la que la pedía.
Hubo un momento en que Amaury sintió vehementes deseos de retroceder y de decirle a Magdalena a través de la puerta de su cuarto:
—¡No salgas, Magdalena! Tu padre vela y podría venir a sorprendernos...
Pero en aquel momento se apagó la luz del doctor y apareció en la escalinata una sombra que después de estar inmóvil un momento se deslizó hasta el jardín. Amaury, comprendiendo que aquella sombra era Magdalena, se precipitó hacia ella y la detuvo.
La joven ahogó un grito que estuvo a punto de arrancarle la presencia de su novio y sintiendo instintivamente que obraba mal se apoyó temblando en el brazo de Amaury. Este sentía latir aquel pobre corazón que buscaba en él su apoyo.
Detuviéronse ambos un instante sin proferir palabra y casi sin aliento, embargados por una intensa emoción.
Luego Amaury la condujo al frondoso sitio lleno de flores en donde ella acostumbraba sentarse cuando bajaba al jardín durante el día; la hizo sentarse en el banco y él tomó asiento a su lado.
Magdalena estaba en lo firme al no temer el relente de la noche. Era una magnífica noche de estío, templada y serena, una de esas noches en las que innúmeras estrellas semejan en su constante centelleo extensa polvareda de diamantes. La brisa suave y acariciadora como un soplo de amor, arrancaba a la arboleda misteriosos murmullos.
La rumorosa capital parecía descansar a la sazón; su ensordecedor ruido había cedido el paso a ese murmullo apagado y armonioso que por lo incesante parece la respiración de la ciudad dormida.
Allá, al extremo del jardín, cantaba un ruiseñor cuyos acentos suaves y melodiosos al principio convertíanse de pronto en brillante cascada de notas claras y agudas. Era aquélla una de esas noches armoniosas que parecen hechas ex profeso para los ruiseñores, los poetas y los amantes, y que en una naturaleza tan nerviosa como la de Magdalena no podía menos de causar una impresión muy profunda.
La hija del doctor parecía respirar aquella brisa, contemplar aquel cielo fulgurante, oír aquellos acentos y aspirar las embalsamadas emanaciones de aquella vívida naturaleza por la primera vez en su vida y al mirar al firmamento, sumergida en éxtasis delicioso, corrían por sus mejillas dos lágrimas semejantes a dos gotas de rocío caídas del cáliz de alguna flor de las que el aire mecía sobre su cabeza acariciándola blandamente.
También Amaury sentía en alto grado el influjo de aquella noche cuyas ardientes emanaciones aspiraba también él; pero lo que derramaba sobre Magdalena una suave languidez hacía circular torrentes de fuego por las venas de su novio.
Los dos permanecieron un rato silenciosos, hasta que por fin rompió ella a hablar diciendo:
—¡Qué noche más hermosa! ¿Te parece a ti que en Niza, cuyo clima tanto pondera todo el mundo, puede haberlas como ésta? Podría creerse que antes de separarnos Dios ha querido ofrecernos esta compensación para que en nuestro pecho guardemos un recuerdo tan sublime.
—Si, tienes razón, Magdalena, pues a mi se me figura que hoy empiezo a vivir y que ahora es cuando empiezo a quererte. Esta noche con sus armonías despierta en mi corazón ciertas fibras que hasta hoy estaban aletargadas. Si alguna vez he dicho que te amaba hazte cuenta que mentía o al menos no lo dije como debía decírtelo, como te lo diré ahora. Escucha, Magdalena: ¡te amo! ¡te amo!
Y efectivamente, Amaury pronunció estas palabras con tal acento de pasión, que Magdalena sintió estremecerse todo su cuerpo.
—¡También yo—dijo, apoyando la frente en el hombro de su novio,—también yo te amo!
Amaury cerró un momento los ojos, sintiéndose desfallecer, ebrio de dicha.
—¡Dios mío!—dijo.—Cada vez que pienso en que mañana me he de separar de ti, Magdalena adorada, cada vez que pienso en que al volver a verte habrá un tercero ahí cuya presencia me prive de caer a tus pies, de estrecharte contra mi pecho, te juro que estoy tentado a abandonarlo todo por ti.
Y al decir esto Leoville ceñía con su brazo el talle de Magdalena, que se dobló acercándose más a su novio.
—No, no, de ningún modo—dijo en voz baja.—Tiene razón mi padre: debes marchar. Tienes que dejarme recobrar las fuerzas para poder soportar nuestro amor que, como sabes muy bien, ha estado a punto de hundirme en el sepulcro. He podido morirme, y si esto hubiera ocurrido, en lugar de estar ahora junto a ti, alegre y dichosa, estaría a estas horas tendida en el fondo de una tumba... Pero, ¿qué tienes, amor mío?
—No me hables así, Magdalena, no me digas nada de eso: harías que perdiera la razón.
—No; soy feliz y afortunadamente salvada y vuelta al mundo, estoy aquí a tu lado en esta noche plácida en que todo parece hablarnos con el lenguaje del amor. ¿No te imaginas oír a los ángeles murmurando palabras parecidas a las nuestras?
Y enmudeció, como queriendo escuchar las fantásticas voces del espacio.
Se alzó entonces una leve brisa y los ondulantes cabellos de Magdalena acariciaron el rostro de Amaury, quien sintiéndose muy débil para resistir una sensación tan fuerte, echó hacia atrás la cabeza y exhaló un hondo suspiro.
—¡Magdalena!—murmuró.—¡Por favor! ¡Ten compasión de mí!
—¡Que tenga compasión de ti! Pues ¿acaso no eres feliz? Yo me creo sumergida en un éxtasis divino. ¿No será esta misma la felicidad que nos aguarda en el Cielo? ¿Podrá existir en el mundo otra mayor?
—¡Sí, sí que existe!—exclamó Amaury, volviendo a abrir los ojos y viendo que la hermosa cabeza de la joven se inclinaba hacia él.—Sí, Magdalena mía: existe otra mayor todavía.
Y ciñole el cuello con sus brazos. Juntáronse sus cabezas, y sus cabellos y sus alientos se confundieron.
—¿Y cuál es, Amaury?—preguntó Magdalena.
—La de expresarse dos su amor juntos y en un mismo beso... ¡Te amo, Magdalena!
—¡Te amo... Am!...
Sus labios buscaron los de Amaury, que llegaron a rozar los de su amada; pero la última palabra, que más bien era un grito de amor indecible, acabó en un lamento de acerbo dolor.
Amaury retrocedió asustado, con el rostro bañado en sudor frío. Magdalena, cayendo hacia atrás, había vuelto a quedar sentada oprimiéndose el pecho con una mano y llevándose el pañuelo a los labios con la otra.
Por la mente de Amaury cruzó una idea espantosa y cayendo a los pies de Magdalena rodeóle la cintura con su brazo, le arrancó el pañuelo de la boca y examinándolo pudo observar en medio de la semioscuridad que tenía algunas manchas de sangre.
Tomó entonces en brazos a Magdalena y corriendo como un loco la llevó a su aposento, la depositó jadeante y afónica sobre el lecho y tiró con todas sus fuerzas del cordón de la campanilla en demanda de socorro.
Pero en seguida, temiendo la mirada del desdichado padre de Magdalena y comprendiendo que no tendría fuerzas para soportarla huyó de la habitación, y como si acabara de cometer un crimen fue a refugiarse, en la suya.
XXVI
Allí estuvo más de una hora mudo, sin aliento, escuchando por la entornada puerta los ruidos de la casa, sin atreverse a bajar para adquirir noticias y sufriendo las torturas de la desesperación y de la incertidumbre.
Oyó al fin ruido de pasos que subían la escalera y se acercaban luego a su cuarto, a cuya puerta llamó José.
—¿Cómo está Magdalena?—preguntó Amaury con anheloso acento.
—«Esta vez le costará la vida y la habrás muerto tú.»
Tal fue la contestación que el fiel criado puso en su mano y que parecía dictada por su propia conciencia.
Fácil es de comprender cuán terrible debió ser para Amaury aquella noche. Como su cuarto estaba situado sobre el de Magdalena se la pasó toda entera con el oído pegado al suelo, levantándose tan sólo para abrir de vez en cuando la puerta por si pasaba algún criado a quien poder pedir noticias.
Oía a veces rumor de idas y venidas reveladoras de nuevas crisis o accesos de tos que desgarraban su pecho.
Ya amanecía cuando fue extinguiéndose el ruido poco a poco, lo cual hizo creer a Amaury que Magdalena había acabado por dormirse. Queriendo asegurarse de ello bajó al saloncito y estuvo escuchando un rato junto a la puerta de su aposento, sin atreverse a entrar ni a volverse. Parecía estar clavado en el suelo.
De pronto dio un paso atrás. Acababa de abrirse la puerta y el doctor salió del cuarto de su hija.
El sombrío semblante del señor de Avrigny adquirió una expresión de severidad terrible al ver a Amaury ante sí. El joven sintió que sus piernas flaqueaban y cayó de hinojos pronunciando con ahogada voz esta palabra:—¡Perdón!
Así estuvo un rato con los brazos extendidos y la frente inclinada, sollozando y regando el suelo con sus lágrimas.
Por fin el doctor le tomó la mano y le obligó a levantarse.
—Levanta, Amaury—le dijo.—No tienes tú la culpa, sino la Naturaleza que hace que el amor sea una atracción que da a unos la vida y un contacto que a otros les causa la muerte. Ya lo había yo previsto, y por eso tenía tanto empeño en que partieras cuanto antes.
—¡Padre mío! ¡Sálvela usted!—gritó Amaury.—¡Sálvela, aunque yo no la vuelva a ver más!
—No es necesario que me lo ruegues para salvarla si puedo—repuso el doctor;—pero, en esta ocasión, no debes dirigirme a mí ese ruego, sino a Dios, que es el único que puede hacer el milagro.
—¿Qué dice usted? ¿Se perdió toda esperanza? ¿Estamos condenados de un modo irrevocable?
—Yo haré en lo posible ensayar la ciencia humana; pero de antemano te declaro que nada puede hacer contra esa enfermedad cuando llega al grado a que ha llegado ya la que mina a Magdalena.
Y de los secos párpados del anciano rodaron dos gruesas lágrimas al pronunciar estas palabras.
Amaury estaba enloquecido. Retorcíase los brazos con tal desesperación que el doctor se compadeció de él y abrazándole le dijo:
—Oye, Amaury. Nuestra misión redúcese ya ahora a endulzar su muerte en lo posible, yo con mi ciencia y tú con tu amor: cumplamos nuestro deber con fidelidad. Ahora sube a tu cuarto; ya te llamaré cuando puedas ver a Magdalena.
El joven, que esperaba oír de labios del doctor los más acerbos reproches, quedó confundido por su triste magnanimidad. Habría preferido que le maldijese a verse tratado con aquella sombría benevolencia.
Volviose a su habitación y quiso escribir a Antonia; pero no pudiendo coordinar sus ideas, arrojó la pluma, y con la frente apoyada sobre el borde de la mesa, quedó inmóvil y sin conciencia de sí mismo hasta que vino a sacarle de su marasmo la voz de José, diciéndole que le aguardaba el doctor.
Sin despegar los labios se levantó Amaury y siguió al criado. Pero al llegar a la puerta del cuarto de Magdalena no pudo menos de detenerse: sus fuerzas decaían y comprendió que le faltaba valor para presentarse ante ella.
—Entra, Amaury, entra—dijo Magdalena, esforzándose para hacer oír su voz.
La infeliz había conocido los pasos de Amaury.
Este estuvo a punto de precipitarse en el aposento; pero, dándose cuenta en el acto de que así podría causar un efecto fatal en el ánimo de su amada, procuró revestir su semblante con una expresión serena, y empujando la puerta con suavidad, entró sonriente, aunque la desesperación más sombría embargaba su alma.
Magdalena extendió hacia él sus brazos, tratando de incorporarse pero aquel esfuerzo superaba a su energía y volvió a caer sin fuerzas sobre la almohada.
Cuando vio esto Amaury se desvaneció su aparente tranquilidad y aterrado por su palidez y enflaquecimiento lanzó un grito y se abalanzó a abrazarla.
Levantose el padre de Magdalena; pero ésta hizo un ademán de súplica tan insinuante que volvió a sentarse ocultando la frente entre sus manos.
Reinó un largo silencio que sólo interrumpía Amaury con sus sollozos. Las cosas volvían al mismo estado que dos semanas atrás; pero con la diferencia de que el nuevo accidente había sido una grave recaída.
XXVII
amaury a antonia
«¿Viviré o moriré?
»Esta es la pregunta que me hago día por día al ver cómo pierde fuerzas Magdalena y se desvanecen todas mis ilusiones. Le juro a usted, Antoñita, que al entrar por la mañana en su cuarto no le pregunto a su padre por mera fórmula:
»—¿Cómo vamos?
»Así, que al responderme:—«Está peor», me asombro de que no me diga.—«¿Estás peor?»
»Ya no puedo recrearme en mis ensueños. Mi incredulidad se rebeló en un principio contra el fallo de la ciencia; pero hoy mi esperanza va debilitándose. Antes del otoño Magdalena ya no será de este mundo.
»Pero crea usted, Antoñita, que tendrán que abrir dos tumbas.
»¡Oh, Dios mío! No pretendo blasfemar, pero considero que habrá sido bien triste y bien miserable mi destino en esta vida. Habré llegado hasta el umbral de toda felicidad para caer al pisarlo; habré columbrado todas las alegrías para no alcanzar ninguna; me habré visto desposeído de todos los dones de la suerte, que me habrán sido arrebatados uno a uno. Siendo rico, joven y amado, ¿podía desear yo otra cosa que vivir? ¡Y lejos de eso moriré cuando Magdalena, que es mi vida, exhale el postrer aliento!...
»Al pensar que soy yo quien.. ¡Dios mio! ¿Por qué me faltó el valor para negarle aquella última entrevista? Es que me embargó el temor de que creyera que no la amaba y de que se entibiara su cariño. Casi estoy por decir que prefiero lo ocurrido pues así estoy seguro de morir cuando ella muera.
»¡Oh, Antoñita! ¡Qué corazón tan grande el de su tío! Desde que me escribió aquellas palabras no ha vuelto a dirigirme ni un reproche. Sigue llamándome hijo como si adivinase que soy el prometido de Magdalena, no sólo en este mundo sino también en el otro.
»¡Pobre Magdalena! Ignora que están contadas nuestras horas. Merced al raro privilegio que tiene su enfermedad no advierte el peligro: habla del porvenir, forja proyectos, traza planes, y su fantasía inventa las cosas más novelescas.
»Jamás la he visto tan encantadora ni tan tierna y cariñosa para conmigo. Sólo me riñe porque no la ayudo a levantar castillos en el aire.
»Hoy por la mañana me ha dado un susto muy grande.
»—Amaury—me dijo,—ahora que estamos solos dame papel y tinta. Voy a escribir.
»—¿Qué dices? ¿Qué vas a escribir estando tan débil como estás?
»—Ya me sostendrás tú, Amaury.
»Quedé inmóvil y mudo, aterrado al pensar que mi pobre Magdalena, advertida, quizá por un fatal presentimiento, de su cercano fin, quería escribir su última voluntad.
»Pero no tuve más remedio que prepararle todo para que escribiera. Desgraciadamente no me había engañado en mis presunciones: estaba tan débil que a pesar de sostenerla yo la acometió el vértigo y cayéndosele la pluma de la mano se desplomó de nuevo sobre la almohada.
»Reposó un momento, y luego me dijo, con voz débil:
»—Tenías razón, Amaury: yo no puedo escribir. Hazlo tú, que yo te dictaré.
»Tomé la pluma y con la frente bañada en angustioso sudor me dispuse a obedecerla.
»Me dictó un plan de vida, distribuyendo el tiempo que íbamos a pasar juntos.
»Su padre quiere celebrar mañana una consulta con algunos compañeros, pues a pesar de ser médico tan eminente no tiene ya confianza en sí mismo. Mañana, seis hombres vestidos de negro, seis jueces, pronunciarán sentencia de vida o muerte, sobre nuestra pobre enferma. ¡Terrible tribunal, encargado de adivinar los fallos de Dios!
»He ordenado que me avisen su llegada. Ellos no verán a Magdalena, porque el doctor teme que al verlos se dé cuenta de su verdadero estado, y ni siquiera sabrán que se trata de la hija de su compañero, porque él ha temido que oculten la verdad si conocen esta circunstancia.
»Yo pienso asistir a la junta, escondido en cualquier parte.
»Ayer pregunté al padre de Magdalena qué propósito le guiaba al pedir esa consulta.
»—No persigo un propósito, sino una esperanza—repuso.
»—¿Y cuál es?—le pregunté con ansiedad.
»—La de que pueda haberme engañado al hacer el diagnóstico o al tratar la enfermedad; por eso he llamado a los que mantienen los sistemas combatidos por mí más rudamente. ¡Ojalá me confundan y resulte yo al lado de ellos más ignorante que un patán de aldea! Si alguno fuera capaz de devolvernos a Magdalena, lejos de hacer lo que esos clientes que le prometen a uno la mitad de su fortuna para enviarle luego veinticinco luises por medio de un lacayo, yo, al salvador de mi hija, le diría:—Es usted el Dios de la medicina y suyos son la gloria, la clientela y los honores que yo le he usurpado y que usted solo merece. Pero ¡ay! mucho me temo acertar en mis tristes vaticinios... Me parece que Magdalena despierta; voy a verla. Hasta mañana, Amaury.
»Hoy a las diez me avisó José que los médicos estaban ya reunidos en el despacho del doctor.
»Me dirigí a la biblioteca y allí pude convencerme de que me era fácil verlo y oírlo todo desde aquel sitio.
»En el despacho estaban reunidos los profesores más eminentes de la Facultad, los príncipes de la ciencia médica, seis hombres que no tienen quien les iguale en toda Europa, y no obstante, todos ellos, al entrar el padre de Magdalena, se inclinaron con respeto como súbditos que rinden vasallaje a su señor.
»El doctor aparentaba perfecta tranquilidad; pero yo, que hace dos meses le veo constantemente ocupado en su obra salvadora, conocí en la contracción de sus labios y en su voz, alterada por la emoción, que en su alma se libraba una batalla muy ruda.
»Expuso a sus colegas el motivo de la junta; les refirió la muerte de su esposa, la delicada constitución de su hija, los cuidados, las minuciosas precauciones de que había rodeado su vida desde el momento del nacimiento hasta el presente, y les enteró de los temores que a él le había inspirado al acercarse a la edad de las pasiones y del cariño que a mí me profesaba. Habló de esto sin nombrarnos a ninguno de los dos.
»Explicó la resistencia de un padre a consentir en que su hija se casara, los múltiples accidentes que habían puesto en riesgo su vida, y por fin llegó al terrible episodio en que otra vez amenazó la muerte a aquella criatura a quien, desde que nació, consideraba como presa legítima.
»Cuando así se expresaba me acometió tan gran temor de que me acusara que temblando como un azogado busqué instintivamente apoyo en la pared. Pero no hizo tal cosa, contentándose con referir el hecho simplemente.
»De la historia de la enferma, pasó luego a la de la enfermedad, enumerando una por una todas sus peripecias, analizando todos sus fenómenos, mostrándoles la muerte en el pecho de su hija, haciendo, por decirlo así, la autopsia de aquel cadáver viviente con tanta claridad, con tanta precisión, que hasta yo, completamente ajeno a la medicina, podía seguir paso a paso los progresos de aquella destrucción que me llenaba de horror.
»¡Desgraciado padre, que todo lo ha visto y averiguado y ha tenido fuerza para resistirlo todo!
»A medida que él hablaba, pintábase la admiración en el semblante de sus oyentes, y a cada pausa que hacía le felicitaban todos con sincero entusiasmo. Al terminar su análisis, después de haber relatado la enfermedad de su hija con todo lujo y pormenores y dejar ya trazado el exacto inventario del sufrimiento que nos tortura a los tres, le proclamaron unánimes su maestro.
»Razón tenían para ello. Nada se había escapado a su penetración y a su sabiduría; su poder de investigación le daba el don de la clarividencia, y casi le igualaba con el propio Dios.
»El se enjugaba mientras tanto la sudorosa frente, sintiendo desvanecerse su última esperanza. Afirmábase en su ánimo la convicción que tenía de no haberse equivocado.
»Pero, si no existía error en el diagnóstico, podía haberlo en el tratamiento, y aferrado a esta esperanza comenzó a exponer los medios que había puesto en práctica para combatir el mal; los sistemas, ya propios, ya ajenos, que había seguido, y las armas esgrimidas contra la horrible dolencia, imposible de vencer. ¿Qué otra cosa le quedaba por hacer?
»Dijo que había pensado en apelar a un remedio que luego le pareció demasiado fuerte, y lo desechó, para recurrir a otro, que más tarde le pareció insuficiente. Por eso pedía la ayuda de sus colegas, confesando que se veía reducido a la impotencia, detenido ante la insuperable valla que constituye el límite de la ciencia humana, imposible de salvar.
»Los doctos consejeros estuvieron callados un momento, mientras la frente del doctor se iluminaba con un rayo de esperanza. ¡Pobre padre! Quizás se vanagloriaba de haberse engañado, y creía que sus sabios colegas, ilustrados por sus preciosos análisis, antes de hablar callaban y se recogían para proponer al fin algún remedio capaz de salvar a su hija.
»Pero, ¡ay! aquel silencio motivábalo únicamente la admiración, demostrada bien pronto por los elogios de que todos aquellos hombres hicieron objeto al doctor Avrigny, a quien consideraban como honra y paz de la Francia médica.
»Todos convinieron en que él, en aquella guerra admirable del hombre contra la Naturaleza, había probado todo cuanto humanamente podía probar la ciencia, cuyos recursos quedaban ya agotados. Si la enfermedad no hubiese sido esencialmente mortal, el enfermo habría curado, gracias a los medios usados por el doctor; pero, aunque éste hiciese nuevos milagros, no había remedio; el paciente no podía vivir más allá de quince días.
»Cuando oyó esta sentencia el doctor Avrigny palideció; faltáronle las fuerzas y rompiendo en sollozos cayó en su asiento.
»—¿Qué interés le inspira a usted la enferma?—le preguntaron sus colegas.
»—Ahora ya pueden saberlo ustedes: ¡esa enferma—contestó el pobre padre,—es mi hija!
»No pude resistir más, y entrando en el despacho fui a arrojarme en sus brazos.
»Todos se retiraron entonces silenciosamente, salvo uno que se acercó al padre de Magdalena, cuando éste alzó la cabeza. Era un médico presuntuoso y exclusivista, un hombre engreído que hasta entonces había combatido al doctor Avrigny y pasaba por ser gran detractor suyo. Aquel hombre, con amistosa y respetuosa expresión le dijo:
»—Yo también tengo a mi madre moribunda como usted tiene a su hija. También yo, como usted, he hecho cuanto era posible hacer para devolverle la salud. Al entrar en esta casa estaba yo convencido de que para ella no había ningún remedio; pero aquí, al oírle a usted, he variado de opinión: Le confío a usted, señor de Avrigny, la vida de mi madre: usted la salvará.
»El doctor estrechó la mano a su colega lanzando un suspiro de tristeza.
»Después de esta escena fuimos los dos al cuarto de Magdalena, que nos recibió alegre y sonriente. ¡Estaba bien lejos de imaginarse que nosotros la considerábamos ya desde entonces como un cadáver, pues acabábamos de oír su sentencia de muerte!»
XXVIII
amaury a antonia
«Anoche, Antoñita, tenía que velar su tío; pero, aunque a mí no me tocaba hacerlo, no pude conciliar el sueño ni por un instante.
»Creo que en cinco semanas no habré dormido en junto unas cuarenta y ocho horas. ¡Gracias a que muy pronto descansaré por toda una eternidad!
»Hoy, cualquiera que viese mi rostro demacrado y mi frente rugosa, no reconocería en mí, a aquel joven apasionado, alegre, lleno de vida y henchido de esperanza hace dos meses. Estoy aniquilado, envejecido; en cuarenta días he vivido cuarenta años.
»Viendo que no podía dormir, esta mañana me he levantado a las siete y he bajado cuando el doctor salía del cuarto de su hija. Casi no me ha visto. Parece dominado por una idea fija y en seis semanas no ha añadido una palabra al diario en que siempre ha apuntado los sucesos culminantes de su vida.
»Transcurren ahora los días lentos y tristes, sin acontecimientos que vengan a romper la monotonía del dolor. Al día siguiente de la recaída de Magdalena, escribió su padre:
»¡Ha recaído!
»Y nada más... ¡Oh! ¡De sobra sé lo que tendrá que escribir después de esas dos palabras!
»Le detuve al pasar y le pregunté por Magdalena.
»—No está mejor, pero ahora duerme—contestó con aire distraído, casi sin mirarme.—La señora Braun está haciéndole compañía; yo voy a preparar el medicamento.
»Desde la noche del baile, el doctor ha convertido su habitación en farmacia, y todas las medicinas las prepara él por sí mismo.
»Quise dirigirme al cuarto de Magdalena, pero él me detuvo diciéndome estas palabras:
»—No entres: se despertaría.
»Y siguió su camino sin preocuparse más de mí, con la frente baja, la mirada fija y un dedo sobre los labios, absorbido su pensamiento por una idea exclusiva.
»Yo, no sabiendo qué hacer hasta que Magdalena despertase, ensillé a Sturm y salí a dar un paseo. Llevaba un mes confinado en la casa y necesitaba respirar el aire libre.
»Al llegar al bosque y cruzar la Avenida de Madrid, vino a mi mente el recuerdo de un paseo que hace tres meses hice en circunstancias bien distintas. Pisaba yo aquel día el umbral de la felicidad, mientras que hoy me encuentro al borde de la desesperación más profunda.
»Aún no ha entrado el otoño, y ya empiezan a desprenderse las hojas. El estío ha sido muy riguroso, cálido y seco, sin brisas templadas ni refrescantes lluvias, y la próxima estación parece anticiparse como si desease marchitar y aniquilar las flores de Magdalena.
»Eran poco más de las diez, hacía una mañana fría y nebulosa, y aun así me pareció que había en aquellos sitios excesiva concurrencia. Fuime hacia Marly y a las once volví a casa, rendido por el cansancio y la pena. Sin embargo, pude observar que la fatiga corporal es casi siempre un alivio para los dolores del alma.
»A la sazón acababa de despertar Magdalena.
»¡Pobre amor mío! Ella no sufre: se muere poco a poco, sin advertirlo siquiera.
»Me ha reñido por mi prolongada ausencia, diciéndome que ha pasado mucha inquietud, mientras yo falté de casa. Pero de usted nunca me habla. ¿Cómo se explica ese silencio, Antoñita?
»Me acerqué a su cabecera y procuré excusarme diciéndole que había salido porque creí que dormía.
»Interrumpiéndome, me dio a besar su mano abrasadora y luego me suplicó que le leyese algunas páginas de Pablo y Virginia.
»Precisamente fui a abrir el libro por el pasaje donde se describe la despedida de los dos niños. Mientras leía costábame gran trabajo el reprimir los sollozos que me ahogaban.
»De vez en cuando entraba el doctor a ver a su hija y en seguida se marchaba, con aire preocupado. Reñíale cariñosamente Magdalena, al verle tan cabizbajo; pero él no la escuchaba ni le contestaba. No parece sino que a fuerza de estudiar la enfermedad ha acabado por no ver ya a la enferma. A última hora ha vuelto a entrar para administrarle un calmante, y después de recomendarle un reposo absoluto, me ha hecho salir con él para dejarla descansar un rato.
XXIX
»Por la noche me tocaba a mí velar.
»El doctor, la señora Braun y yo, nos relevamos por turno en compañía de una enfermera que nos ayuda a cuidar a Magdalena. A pesar de sentirme rendido de pena y de cansancio, reclamé mi derecho y el señor de Avrigny, se retiró sin hacer la menor observación.
»Poco después, Magdalena se ha dormido con un sueño tan tranquilo como si sus días no estuviesen ya contados. Yo estaba despierto; el sueño huía ante los negros pensamientos que me dominaban. No obstante, a media noche sentí nublarse mis ojos y aletargarse mi cabeza que después de luchar un instante con el sueño dejé caer sobre el borde del lecho de mi amada.
»Entonces soñé, y mi ensueño fue tan delicioso, que me desquitó con creces de las terribles vigilias que acababa de pasar... Era una noche del mes de julio, plácida y serena, y a la luz de la luna, Magdalena y yo nos paseábamos en un país extraño, pero que a mí me era desconocido. Conversábamos a orilla del mar, siguiendo la ondulada línea de una preciosa bahía, y admirando desde la playa, los espléndidos efectos de luz que el astro de la noche prestaba a las argentadas ondas. Yo le daba el nombre de esposa y ella repetía el mío con voz suave, angelical.
»Desperté de pronto y la visión desapareció en el acto, volviendo a contemplar mis atónitos ojos el aposento a media luz, el blanco techo, la triste lamparilla y a mi lado el doctor, que silencioso y grave, con semblante impasible, pero con mirada terriblemente profunda, contemplaba a Magdalena dormida.
»—Ya ves que has hecho mal en reclamar tu turno—me dijo fríamente.—No me extraña, porque a los veintitrés años hay que dormir mucho más que a los sesenta. Vete a descansar, Amaury; ya quedaré yo velando.
»Sus palabras no eran de acritud ni burla; antes al contrario, las dijo con acento de compasión paternal por mi poca fortaleza. Pero al oírle sentí, sin saber por qué, una sorda irritación semejante a un sentimiento de celos o de envidia.
»Es que ese hombre tiene algo de sobrehumano, viene a ser un espíritu intermedio entre el hombre y la divinidad, en quien no hacen mella las emociones terrestres ni las necesidades de la materia parecen existir. Ni siquiera le han hecho un día la cama durante el mes que acaba de transcurrir; él vela incesantemente, siempre meditabundo y siempre buscando un remedio imaginario. Es un hombre de hierro.
»En vez de subir a mi cuarto, he preferido bajar al jardín para sentarme en el mismo banco donde estuvimos juntos la otra noche. Allí volví a recordar aquella escena con todos sus pormenores... Sólo a través de la ventana de su cuarto se veía una débil claridad, y yo, contemplando aquella luz vacilante, la comparaba instintivamente con el resto de vida que aun anima a mi pobre Magdalena, cuando se extinguió de pronto...
»No pude menos de temblar, sugestionado por aquella fatal coincidencia en la que creí ver la imagen de mi propio destino. De igual modo va apagándose el único rayo de luz que ha rasgado las tinieblas de mí vida... Me volví a mi cuarto llorando como un niño.»
amaury a antonia
«No estaba yo en lo cierto, Antoñita; también su tío tiene momentos de desesperación y abatimiento profundos. Cuando entré esta mañana en su despacho estaba con los brazos apoyados en la mesa y el rostro oculto entre ellos. Creyendo yo que le había sorprendido durmiendo sentía amenguarse mi pasada humillación y veía al doctor depender como todos de su condición humana, cuando me dí cuenta de que me había engañado, porque al oír mis pasos alzó la cabeza y volvió hacia mí su rostro bañado en llanto.
»Sentí entonces que el corazón se me oprimía y me quedé sin aliento. Era aquélla la primera vez que le veía llorar, y esto me revelaba que ya no había esperanza.
»—¡Estamos, pues, perdidos!—exclamé.—¿No conoce usted ningún recurso? ¿No puede inventar ningún remedio?
»—Todo es inútil ya—me respondió.—Ayer preparé un nuevo medicamento que resultó también ineficaz como los otros. ¡Oh! ¡Luego dicen que la ciencia!... ¡La ciencia! ¿Qué es la ciencia?—continuó abandonando el asiento para pasear, agitado, por la estancia.—¡Ja! ¡ja! No es más que una sombra vana, una palabra huera y vacía de sentido... ¡Se comprenderla su impotencia para vencer la naturaleza si se tratase de devolver la vida a una vejez gastada, de reanimar una sangre empobrecida por la edad; pero se trata de una criatura que entra ahora en la vida, de una existencia joven y fresca a quien queremos salvar de las garras de la muerte y... y ya lo estás viendo: tan imposible es eso en este caso como lo es en el primero!