Alejandro Dumas (continued 5)
Florencio S. de Yarza translation
»Después de esto sólo me dirigió la palabra para hablarme de asuntos generales. ¡Santo Dios! Me da miedo su abstracción; me espanta el ver su indiferencia hacia las cosas relacionadas hasta con su propia vida.
»Cuando acabó la comida durante la cual casi no hablamos, le abracé llorosa y él me acompañó hasta el coche que a la señora Braun y a mí nos volvió a nuestra casa de París.
»Tal fue, Amaury, la entrevista que celebré con mi tío. Siempre que José viene a París, le pregunto por su amo, y como mi tío, para quien todo es indiferente, no le ha prohibido que responda a mis preguntas, me entero de lo que hace y sé cómo vive.
»Todas las mañanas, sin preocuparse para nada del tiempo que pueda hacer, baja al cementerio para dar, según él dice, los buenos días a Magdalena.
»Después de pasar una hora junto a la tumba, vuelve a casa, se desayuna, se retira a su despacho y abre los cuadernos en que desde que es hombre viene escribiendo el diario de su vida. En ellos, durante los veinte años que ha vivido Magdalena, no se ha olvidado nunca de apuntar las acciones de su hija juntamente con las suyas, puesto que la vida del uno ha sido la del otro. De ese modo puede decir a todas horas: «Hoy hace tantos años que estaba aquí o allá, que hicimos tal cosa juntos; que hablamos de tal asunto, etc.»
»Así vuelven a pasar ante su vista todas las escenas del pasado, cuyos recuerdos le hacen llorar y sonreír a un tiempo; por más que siempre acaba por llorar, porque la conclusión siempre es la misma: él recuerda sus gracias, su hermosura, sus encantos, y siempre ha de acabar pensando en que todos esos dones se han desvanecido al soplo de la muerte. Y si alguna vez le parece eso increíble, bástale abrir la ventana y la vista de su tumba le muestra la cruel realidad.
»Así se pasa las horas mi pobre tío saboreando las emociones que le causa esta penosa revista. Ninguna noche se acuesta sin despedirse de Magdalena; cuando se levanta va a darle los buenos días y en el resto del día siempre lleva en la mano una rosa blanca cortada de los rosales de su tumba y que al retirarse a descansar conserva hasta la mañana siguiente en un jarro de Bohemia que Magdalena tenía siempre en su cuarto.
»Con frecuencia habla también al retrato de su hija, a aquel famoso retrato de Champmartín por cuya posesión manifestaba usted tanto interés.
»Nunca abre un libro, ni una carta, ni lee periódicos, ni recibe a nadie. Ha muerto para el mundo de los vivos: únicamente vive él para la muerta.
»Ya está usted tan enterado como yo de lo que ocurre en Ville d'Avray. Allí llora mi tío a Magdalena como yo la lloro en mi casa de la calle de Angulema, como usted, allí donde se encuentra, la llora del mismo modo. ¿Quién sería capaz de haberla conocido y no llorarla?
»Mucho le agradezco a usted que me hable de ella; hábleme siempre de ella, usted que la ha conocido mejor que yo.
»Al recordarla ahora se me figura una aparición celeste que me visita en sueños. ¿Acaso no era una santa que Dios nos presentaba para servirnos de ejemplo? Usted, Amaury, conoce una de sus buenas acciones; pero yo, podría citarle mil que le ayudé a practicar, y no son pocos los pobres que a estas horas deben bendecir su nombre.
»Antes, sólo elevaba mis oraciones a Dios; ahora, le ruego a Dios, pero también le ruego a ella.
»Hábleme de Magdalena con frecuencia, con mucha frecuencia, pero hábleme también de usted. ¡Ay! Le hago esta recomendación con el corazón palpitante y temblándome la mano porque temo ofenderle o incurrir en su desagrado. Quizás la achacará usted a curiosidad o a indiscreción de mi parte.
»Para poner las manos en una heridas como las suyas hay que tenerlas muy suaves y muy delicadas. Magdalena habría escrito esta carta con gracia incomparable, con sin igual ternura; pero, ¿en dónde se podría encontrar otra como ella? Yo sólo puedo hablarle con el instinto de mi corazón y con mi amistad antigua y sincera, con mi hondo afecto de hermana.
»¡Oh, Dios mío! ¿Qué no daría yo por ser en realidad su hermana? ¡Ah! Si lo fuera, me escucharía usted cuando yo le dijera:
»—Amaury, hermano mío, no seré yo quien te aconseje que olvides y traiciones un recuerdo sagrado. Sé que tu corazón ha muerto para el amor y que ninguna mujer habrá ya de conmoverte. Justo es que seas fiel a tu muerta adorada; así obras con lealtad y así debes portarte. Pero aun siendo el amor la cosa más sublime que existe sobre la tierra, ¿no hay nada ya fuera de él? ¿Acaso no valen nada el arte, la ciencia, la política y tantas y tantas manifestaciones de la actividad humana en que se cifran las mas nobles ambiciones?
»—Sí, Amaury, piénselo bien. Usted es joven, es rico, disfruta de una posición brillante y por lo mismo tiene grandes deberes que cumplir para con sus semejantes; ha de procurar ser útil a la humanidad. Aun concretándose simplemente a hacer limosnas podría considerar que la caridad es una de las múltiples formas del amor, cuya manifestación reviste tantos matices.
»Usted puede hacer la felicidad de muchos, porque es rico, y lo es ahora doblemente porque su hermana Antoñita lo es también. No me he atrevido a rechazar de un modo categórico la proposición de mi tío por no causarle aflicción; pero mi vida es muy triste para consentir en asociarla con otra. De ninguna manera podría yo emplear esta fortuna mejor que en otorgar beneficios o estimular nobles ambiciones; y para ello, ¿a quién he de confiarla sino a usted? En ningunas manos puede estar mejor que en las suyas, hermano mío. Yo...
»Pero hablemos de usted y no de mí. ¡Qué no daría, yo por saber enternecerle!
»¿No es verdad que ha abandonado ya su idea de morir? Eso sería horrible; cometería usted un crimen. Mi tío llega ya al término de su vida, mientras que usted está aún al principio de la suya. Pocos conocimientos tengo yo en estos asuntos, pero creo que entre la suerte de ambos y entre los deberes respectivos de uno y otro, media una enorme distancia. Ya sé que usted no ha de amar, pero aun puede ser amado y ¡debe ser tan grato el verse amado!
»No muera usted, Amaury, no muera usted. Piense constantemente en Magdalena; pero cuando se encuentre a orillas del Océano contemple ese Océano al mismo tiempo que recuerda su dolor. ¡Dios mío! ¿Por qué he de carecer de elocuencia para poder convencerle? Déjese convencer siquiera por las grandes cosas que admiran sus ojos, por esa eterna Naturaleza cuyos inviernos son nuncio de primavera y la muerte es siempre en ella el prólogo de una resurrección esplendorosa.
»¿No es verdad que, al parecer, bajo esas nieves y esos hielos invernales no puede estar latente la vida para hacer su aparición pujante y vigorosa algo más tarde? Pues así también palpita con ardiente actividad la vida humana bajo las penas que inútilmente pugnan por aniquilarla y destruirla. No sea usted ingrato rechazando los dones que Dios le envíe; déjese consolar si le agrada que le consuelen; permítase a sí mismo vivir y obedézcale si le ordena que viva.
»Perdóneme usted, Amaury, si le hablo de un modo tan expansivo y con tan abierta franqueza. Al pensar que está tan lejos, tan desesperado y solo, siento en mi alma una compasión y una ternura fraternales (iba a decir maternales), y estos afectos que su desgracia me inspira, me infunden fuerza y valor para dirigir esta súplica al amigo de mi niñez, para lanzar este grito al novio de Magdalena:
»¡No muera usted, Amaury! ¡No muera usted!
»Antonia de Valgenceuse.»
XXXIX
amaury a antonia
«15 de octubre.
»Estoy ahora en Amsterdam.
»Por mucha que sea mi indiferencia hacia el mundo exterior, querida Antonia, por honda que sea mi abstracción, por atraído que me sienta hacia el abismo en que se hundieran todas mis ilusiones, no puedo menos de admirar a este pueblo holandés tan activo y flemático, metódico y codicioso, sedentario y nómada al mismo tiempo, que tan fácilmente se traslada a las costas asiáticas, pero que antes va a Java, al Malabar o al Japón que a París.
»Los holandeses vienen a ser los chinos de Europa y los castores de la humanidad.
»Recibí en Amberes su carta, cuya lectura fue muy grata para mi, querida Antoñita. Sus consuelos son muy tiernos y mi herida muy profunda. Mas no importa: siga usted escribiéndome y hábleme de su persona. Le suplico que así lo haga. Hace usted mal en creer que me pueda ser indiferente aquello que le concierne.
»Dice usted que su tío está cambiado. No debe usted inquietarse por eso, Antoñita. A cada cual se le ha de desear lo que más apetece, y siendo así que cuanto más abatido se siente él está más contento, tenga usted por seguro que cuanto peor le parezca que se encuentra tanto mejor juzgará estar el doctor.
»Quiere usted que le hable de Magdalena, y si he de decir verdad no sabría de qué hablar si no hablo de ella; nada hay capaz de alegrar mi entristecido corazón tanto como su recuerdo, que siempre vive en mi pecho.
»¿Quiere usted que le explique cómo nos revelamos mutuamente nuestro amor al mismo tiempo que este sentimiento se nos reveló a nosotros mismos?
»Hace de esto unos dos años y medio.
»Era una tarde de primavera. Estábamos los dos sentados en el jardín, en la plazoleta de los tilos que usted puede ver a todas horas desde la ventana de su cuarto. Ambos nos sentíamos con humor para charlar y tras de recordar todo el pasado nos complacíamos en tratar de adivinar lo que nos reservaba el porvenir.
»Ya sabe usted que mi amada Magdalena ocultaba bajo su melancólica apariencia un corazón que no estaba reñido con la jovialidad y la alegría. No tardamos mucho rato en venir a parar al tema eterno y hablamos del matrimonio, aunque sin hablar ni una palabra de amor.
»¿Qué cualidades había que poseer para conquistar el corazón de Magdalena? ¿A qué encantos podría rendirse el mío?
»Contestando a estas preguntas enumerábamos las perfecciones que exigiríamos en la persona objeto de nuestro amor y pudimos comprobar que se asemejaban mucho.
»—Ante todo—decía yo,—querría conocer a fondo a la persona elegida y saber de memoria todas las circunstancias de su existencia.
»—Yo también—repuso Magdalena.—Cuando pretende nuestro amor un desconocido, éste oculta bajo su negro frac un tipo convencional y no pudiendo nosotras leer en un rostro humano, si no logramos adivinar lo que encubre su máscara resulta que no conocemos al marido hasta después de casadas.
»—Entonces, eso es cosa resuelta—agregué yo.—A mí me gustaría cerciorarme, por una prolongada intimidad, de todas las cualidades que poseyera la dueña de mi corazón. No hay que decir que exigiría (y soy parco) las tres esenciales, a saber: hermosura, bondad e inteligencia; no se puede pedir menos.
»—Ni podría desearse más—repuso Magdalena.
»—¿Sabes que lo que dices acusa poca modestia?
»—No la creas. Yo, por mi parte, no me atrevería a exigir de un esposo las condiciones correspondientes a las que quieres tú exigir de una mujer: elegancia, abnegación y superioridad de espíritu.
»—¡Ya te costaría tiempo el encontrar las tres juntas!
»—Hasta en la modestia es mala la afectación... Pero, en fin, acaba de trazar el retrato de tu novia ideal.
»—¡Oh! No tengo que añadir sino dos o tres rasgos secundarios. Quizá mi deseo sea una puerilidad, pero me agradaría que hubiera nacido como yo en noble cuna.
»—Si hablases de eso a mi padre, él, que a la nobleza de su estirpe une la distinción de su talento, te expondría algunas teorías sociales elevadas, a las que yo me adhiero instintivamente, deseando para mí un esposo cuya ilustre prosapia no desdiga de la mía.
»—Y por último—agregué—aunque no peco de codicioso querría, en pro de nuestra igualdad moral, a fin de evitar todas aquellas cuestiones afectas a intereses materiales, que la elegida de mi corazón fuese poco más o menos tan rica como yo. ¿No piensas también así, Magdalena?
»—Sí, Amaury; aunque nunca me he preocupado por eso, toda vez que mis riquezas bastarían para los dos, comprendo por lo que dices que está muy puesto en razón.
»—Sólo una cosa me falta saber ahora.
»—¿Y qué es?
»—Si al encontrar al hada de mis ensueños y hacerla reina de mi albedrío querrá ella que reine yo en el suyo.
»—¿Por qué no?
»—¿Serías tú capaz de responderme de eso?
»—En absoluto: yo te respondo por ella. Pero y a mí ¿él me querría?
»—Te adorará, Magdalena: yo te lo aseguro.
»—Veamos. Llevemos esta ilusión al campo de la realidad; busquemos en torno nuestro. Dime si entre las personas que nos tratan hay alguna de quién tú sepas positivamente que reúne las circunstancias que cada cual exigimos. Yo...
»Se interrumpió ruborosa y ambos instintivamente cruzamos una mirada. Nuestro espíritu comenzaba a vislumbrar la verdad. Fijé mis ojos en los de Magdalena y repetí, como si a mí mismo me hiciese aquella pregunta:
»—Una amiga muy conocida y muy querida desde la niñez...
»—Un amigo cuyo corazón no tuviese secreto para mí...—dijo Magdalena.
»—Buena, cariñosa, inteligente.
»—Elegante, generoso, de superiores dotes...
»—Rica y noble...
»—Noble y rico...
»—En suma: todas tus perfecciones y todos tus encantos, Magdalena.
»—En suma, todas tus cualidades, Amaury.
»—¡Oh!—exclamé con el corazón palpitante de gozo.—¡Si me amase una mujer como tú!...
»—¡Dios mío!—exclamó Magdalena palideciendo.—¡Habías pensado en mí!
»—¡Magdalena!
»—¡Amaury!
»—¡Sí! ¡sí! ¡Te amo, Magdalena!
»—¡Te amo, Amaury!
»Esta doble exclamación abrió nuestras almas y ambos leímos a un tiempo en nuestros corazones, rebosantes de amor.
»¡Ay! ¡Qué mal hago, Antoñita, en evocar estos recuerdos! ¡Son muy gratos, pero son muy dolorosos también!
»Tenga usted la bondad, cuando me conteste, de dirigirme la carta a Colonia, desde donde le escribiré mi próxima.
»¡Adiós, hermana mía! Ámeme un poco y compadezca mucho a su hermano,
»Amaury»
—¡Es muy singular lo que me sucede!—decía para sí Amaury mientras cerraba la carta repitiendo in mente su contenido.—De cuantas mujeres conozco, Antoñita sería la única capaz de dar realidad a los ensueños que acariciaba yo en otro tiempo, si esos ensueños no hubiesen dejado de existir con Magdalena. También Antonia es una amiga de la infancia, hermosa, buena, inteligente, noble y rica... Pero, no es menos cierto—añadió con melancólica sonrisa—que ni yo amo a Antoñita ni ella me ama a mí.
XL
antonia a amaury
«5 de noviembre.
»He estado otra vez en casa de mi tío; le he vuelto a ver y he pasado en su compañía un día parecido al del mes pasado. Hemos hallado en su persona los mismos síntomas de abatimiento y he dicho y he escuchado casi las mismas palabras que en la anterior entrevista; así, que casi no puedo decir a usted nada nuevo que se refiera a su estado, pues de sobra lo conoce.
»Ni tampoco tengo nuevas noticias que darle en todo lo que a mí afecta.
»Con la bondad que le caracteriza me dice usted que quiere saber de mí.—¿Qué puedo yo decirle, Amaury? Sólo Dios ve y juzga mis pensamientos; y mis acciones se repiten a diario con una uniformidad, con una monotonía desesperante.
»Durante el día me ocupo en los quehaceres domésticos y en las labores propias de mi sexo: a ratos bordo y a ratos toco el piano.
»Algunas veces vienen a visitarme los antiguos amigos de mi tío y su presencia rompe en tales ocasiones esta monotonía de mi vida. Pero, si he de ser sincera, diré que sólo dos nombres oigo pronunciar con agrado.
»Es el primero el del conde de Mengis, pues él y su esposa se muestran conmigo muy amables y me tratan como a una hija.
»El segundo nombre, Amaury, es el de su amigo Felipe Auvray. Este es el único que sin ser sesentón tiene entrada en mi casa, y yo le recibo en presencia de la señora Braun, naturalmente. Y si goza tal privilegio, bien sabe Dios que no lo debe a su insulsa conversación, sino a la circunstancia de ser amigo de usted, hermano mío.
»El me habla poco de usted, pero en cambio le hablo yo, y como él le conoce tanto, aprovecho esa circunstancia y aun abuso de ella siempre que viene a verme. Cuando entra me saluda, y si hay otra visita guarda silencio con aire meditabundo y se contenta con mirarme de un modo tan insistente que yo acabo por sentirme desazonada y molesta.
»Si me encuentra sola con la señora Braun se muestra más animado; pero así y todo, me veo obligada a soportar casi todo el peso de la conversación, que indefectiblemente recae sobre Magdalena o sobre usted.
»No debo ocultar esta confesión a un hombre de sentimientos tan nobles y delicados como usted... El cariño es el alimento del alma, y usted constituye el único afecto de mi infancia, el único que hoy tengo y el único que me resta en lo futuro.
»Con toda sinceridad le declaro que me consume este aislamiento en que vivo, y del cual me quejo a usted porque en mi alma no cabe el disimulo... ¿Obro bien? No lo sé; pero yo quisiera distraerme, salir, frecuentar la sociedad... vivir, en suma.
»Estas habitaciones me dan frío; en ellas tengo miedo, y al encontrarme ante un busto marmóreo o uno de esos inmóviles retratos que adornan sus paredes, resurge en mí la Antoñita de siempre. ¡Temo que soy la misma, Amaury!
»El melancólico y tristón Felipe, goza el privilegio de que me río de él para mi fuero interno cuando le tengo en mi presencia, y con la señora Braun cuando se ha marchado... A ése no tengo que respetarle...
»Puede usted reñirme por esta tendencia a la burla que yo misma me echo en cara, sobre todo tratándose de uno de sus mejores amigos. Puede usted reñirme, Amaury, pues es el único capaz de corregir mis defectos si así se lo propone... Pero no me gusta oírle hablar de usted: querría oírle a usted mismo.
»¿Cuál es ahora su disposición de ánimo? ¿En qué piensa? ¿Qué siente?
»¡Oh! ¡Cuán triste es mi posición, colocada entre usted y mi tío!... Me espantan, me aniquilan, esos dos grandes dolores...
»Tenga usted en mí, hermano mío, un poco de confianza y no deje que mi alma se consuma en tan triste soledad. Un espíritu débil que se asusta y que llora merece alguna condescendencia.
»A veces llego a envidiar la suerte de Magdalena. Ella dejó este mundo siendo amada y ahora es feliz allá arriba, mientras que yo vivo enterrada en la soledad y el olvido, más odiosos que la tumba...
»Antonia de Valgenceuse.»
XLI
amaury a antonia
«Colonia, 10 de diciembre.
»Se queja usted, Antoñita, de que le hablo poco de mí. Ahora mismo voy a castigarla escribiéndole una carta egoísta hasta la exageración. Comenzaré por dedicarme dos o tres páginas, y así tendré el derecho de consagrarle luego algunas líneas. ¿Quedará usted con ello satisfecha?
»Ya estoy en Colonia, o mejor dicho frente a Colonia: en Deutz.
»Desde mi balcón de la fonda de Bellevue veo el Rhin y la ciudad. Esta, al ponerse el sol, ofrece un aspecto por demás fantástico. El astro del día se oculta detrás de ella y enciende el fondo del cuadro haciendo destacarse las casas y las agujas de las iglesias entre maravillosos efectos de claroscuro. El río corre, y sus aguas presentando variados reflejos, ya rojos, ya oscuros, siniestros casi siempre, completan la sorprendente belleza de la espléndida puesta de sol.
»Yo me extasío ante ese cuadro que la catedral domina con sus dos ciclópeas torres.
»Cuando los arquitectos inspirados por la fe y pagados por la vanidad humana hayan terminado su obra, ya el sol no podrá hacer brillar la majestad de Dios al través del edificio transformando en horno resplandeciente el abismo que forman los dos sublimes fragmentos de esa magna obra del hombre.
»Contemplo el cuadro con el interés de un artista.
»Lo confieso: me gusta esta ciudad que a un tiempo es antigua y es moderna, que es venerable y coqueta, que piensa y ejecuta. ¡Ah! ¿Por qué Magdalena no ha de estar aquí conmigo para contemplar juntos esa puesta de sol incomparable?...
»Mi banquero me ha obligado a aceptar un vale que me da entrada en el Casino. No asisto, por supuesto, a las veladas que allí se celebran; pero durante el día me paso largos ratos hojeando los periódicos en el salón de lectura.
»He de confesarle a usted, Antoñita, que al principio me causaban indecible repugnancia aquellas doce columnas que haciéndose eco de cuanto ocurre en el mundo no me decían ni una palabra de lo que a mí me interesaba. Esa sociedad parisiense que ríe y se divierte sin cesar, y todo ese equilibrio europeo incapaz de alterarse por el más hondo dolor individual, me ponían colérico. Pero al fin hube de pensar:
»—¿Qué puede importarle a ese mundo indiferente la muerte de mi pobre Magdalena? Todo se reduce a que haya en la tierra una mujer menos y en el Cielo un ángel más...
»¡Cuán egoísta soy! ¡Empeñarme en verme acompañado en mi tristeza, siendo así que no comparto la tristeza ajena!
»Por fin he llegado a recorrer con mi vista las columnas de esos periódicos que me causaban enojo y hoy los leo con cierta curiosidad...
»¿Sabe usted que casi hace ya tres meses que falto de París? ¡Con qué rapidez transcurre el tiempo lo mismo para el dolor que para el gozo!... ¡Ah! A veces esta idea pone espanto en mi ánimo. Aún me parece ver a Magdalena, postrada en su lecho de agonía, dándome una mano a mí y otra a su padre, mientras que usted trataba en vano de dar calor a sus pies, invadidos ya por el frío de la muerte...
»Existe, Antoñita, una gran verdad que sólo sabemos apreciar cuando estamos en el extranjero, y es que la única vida que tiene realidad es la vida de París. En los demás países del mundo se vegeta con más o menos actividad, pero se vegeta al fin. Únicamente en París se agita el espíritu y progresan las ideas.
»A pesar de reconocerlo así, Antoñita, yo sería capaz de permanecer aquí mucho tiempo si a mi lado hubiese una persona con quien hablar de ella, si compartiese usted conmigo la contemplación de estos cuadros magníficos que a mi vista se ofrecen de continuo.
»¡Ah! ¡Si yo pudiese estrechar una mano cariñosa en esas horas de mudo arrobamiento que paso de pie ante mi balcón!... ¡si me fuese dable el ver reflejadas en una tierna mirada todas mis impresiones!... ¡si hubiese un alma a quien poder confiar mis pensamientos!...
»Pero ¡ay!... mi destino no lo quiere. ¡Estoy condenado a vivir y morir solo!...
»Me pregunta usted, Antonia, qué me pasa... ¿Qué quiere que yo le diga? ¿Debo entristecer con mis penas un corazón que con toda sinceridad se rebela abiertamente contra la soledad que le hiela y manifiesta deseos de compartir la vida de otro corazón que sienta lo que siente él?
»¡Quiera Dios que se cumpla su deseo! ¡Ojalá encuentre usted esa alma que la suya está buscando y al disfrutar todas las dichas del amor no llegue a conocer sus tempestades! Porque, ¿qué sería de usted, Antoñita, si se viese arrollada por la ola del infortunio, cuando yo, que soy hombre, he sucumbido a su empuje irresistible?
»¡Ah! Usted, Antoñita, no conoce aún el amor. El amor es fuente de goces y de dolores, es embriaguez y fiebre, es elixir de vida y es ponzoña a un mismo tiempo. Al embriagar mata. Cuando amamos, nuestro corazón deja de latir en nuestro pecho para latir en el de otro... Renunciamos a nosotros mismos para confundir nuestra existencia con otra formando entre las dos una sola... Gozamos anticipadamente en la tierra de las dichas celestiales...
»Pero cuando la muerte arrebata una de las dos mitades de nuestra alma trocando nuestro dulce paraíso en un infierno de desesperación y de dolor, entonces todo ha concluido. A aquel que sobrevive sólo le resta una esperanza: la muerte, que al fin y al cabo reúne en su día a los seres que ella misma ha separado.
»Usted, Antoñita, rebosante de vida y juventud, dotada de gracia y de hermosura, tiene derecho a disfrutar la dicha que de seguro le reserva el porvenir. No se deje, pues, dominar por el dolor que a su tío y a mí nos arrastra hacia el sepulcro... El sentimiento de haber perdido a una hermana no debe abrir en su alma un abismo tan profundo como lo abre la pérdida de una novia, o de una hija.
»¡Y sin embargo, pudiendo reemplazar con creces su afecto, está usted tan triste!... ¡Pobre Antoñita! Comprendo lo que le pasa, conozco bien su mal. La devora el amor; su espíritu, queriendo desplegar la actividad que hasta hoy se mantuvo en él latente, se revuelve y se agita anheloso de tomar parte en las grandiosas luchas pasionales. Tiene usted ansia de vida porque ésta es para su ingenua inocencia un libro del que apenas ha alcanzado a vislumbrar el prólogo, y que en sus páginas encierra un misterio que lo atrae... En descifrarlo quiere usted ejercitar las portentosas facultades con que Dios la dotó... Nada hay más justo, Antoñita: es muy legítimo y natural su deseo.
»No se sonroje por ello, hermana mía; no se avergüence de su destino y de su naturaleza. Frecuente usted la sociedad y procure buscar en su seno un corazón que sea digno del suyo. Yo, desde el umbral de la tumba de Magdalena la seguiré con fraternal mirada haciendo votos por su felicidad.
»Pero, ¿encontrará usted, Antoñita, ese corazón que pueda hacerla dichosa?... ¡Ay! Como el suyo hay pocos, por desgracia, y una decepción en esa materia, sería cosa terrible... Se aventura en ese albur la existencia entera, y el peligro de errar aumenta con la amplitud del campo en que se puede elegir... Hay que fiar la suerte de toda la vida al capricho del azar, hay que seguir los impulsos de un instinto que puede ser falaz, y eso es muy triste, Antoñita...
»Sea usted muy circunspecta; proceda con mucho tiento, y no olvide que va en ello su felicidad... ¡Ah! Si yo estuviera en París la guiaría como un hermano cariñoso, y a fe que habría de ser bien descontentadizo y que sería preciso que el candidato a su mano reuniese en su persona prendas no muy comunes para que yo le apoyase...
»A usted, Antoñita, nada le falta. Posee gracia, hermosura, fortuna, nobleza; atesora todos los encantos de la Naturaleza avalorados por su primorosa educación moral. Y no sería cosa de entregar una joya tan preciada a un hombre incapaz de comprender su valor.
»Aunque sea a través de la distancia, tómeme por confidente, Antoñita. Yo procuraré hacerme cargo de las cosas y prevenir los acontecimientos, pues desde lejos, lo mismo que desde cerca, soy de usted en cuerpo y alma.
»Amaury.»
»P. S. Tenga mucho cuidado con Felipe. Le conozco bien y sé que es muy capaz de enamorarse de usted.
»Es un ente ridículo; pero su propia ridiculez puede comprometerla. Yo le comparo a una máquina que tarda en calentarse, pero que, cuando al fin hierve, es siempre de temer una explosión.
»Con toda sinceridad le confieso que no quisiera ver esa prosa mezclada a la poesía, sobrado delicada para no empañarse a su contacto.»
diario del doctor avrigny
«Dios me ha escuchado al fin. ¡Gracias, Dios mío! Noto ya en mi ser un germen de destrucción que dentro de pocos meses me conducirá indefectiblemente al sepulcro.
»Creo que no ofendo a Dios dejándome aniquilar por la enfermedad que El me envía; no hago más que acatar sus designios.
¡Señor! ¡Señor! ¡Cúmplase Tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo!
»¡Magdalena, hija mía, aguárdame!»
XLII
antonia a amaury
«6 de enero.
»¡Qué bien siente usted el amor, Amaury y cómo sabe expresarlo! Siempre que leo su carta (y lo he hecho ya muchas veces) pienso en lo feliz que era la mujer que logró inspirarle esa pasión y me causa honda tristeza el considerar que toda su ternura y toda su abnegación carecen ya de objetivo en este mundo.
»Me aconseja usted que frecuente la sociedad y busque en ella un afecto capaz de llenar mi corazón... ¿Para qué? ¿Quién habría, entre todos cuantos me dirigiesen palabras de amor, que pudiera ser para mí un amigo como usted lo ha sido para Magdalena y sigue siéndolo, aun separado de ella por la tumba? ¡Ay! No hay que hacerse ilusiones: esas almas caballerescas constituyen en nuestra época raros casos de atavismo. Sólo veo en torno mío hombres dominados por bajas pasiones, indiferentes a todo lo que no sea dar satisfacción a su egoísmo e incapaces de sentir y comprender el amor en toda su grandeza.
»Así, he decidido, hermano mío, que todos mis bienes vayan a los pobres cuando mi alma abandone su envoltura carnal. Por eso, Amaury, soy tan chancera y jovial; riendo, me eximo de pensar y tomo a chacota lo que de otro modo me pondría triste y de mal humor.
»Pero dejemos a un lado ideas tan poco alegres y hablemos de Felipe Auvray.
»Esto sí que es ya otra cosa. Acertó usted, Amaury, al decir que era capaz de amarme: Felipe me ama. Aún no me ha declarado su amor y doy gracias por ello a la prudencia de su carácter, que no le deja llegar a tamaño atrevimiento; pero eso salta a la vista y estaría yo ciega si no lo hubiera advertido.
»Le cree usted capaz de comprometerme, pero nada hay más lejos de la verdad. La triste figura que el pobre mozo hace siempre en mi presencia basta para dar a comprender a cualquiera que si tiene trazas de comprometer a alguien, es solamente a sí mismo. Estoy segura de que lucha con su pasión de un modo desesperado.
»No me es molesto, aunque él lo está muchas veces, y hay momentos en que me mueve a lástima.
»¡Pobre muchacho! Le aseguro a usted, Amaury, que no es nada peligroso, y le prometo que han de pasar más de seis meses antes que el apocado Felipe se atreva a hacerme la menor insinuación amorosa.
»No he creído necesario hablarle, a mi tío de asunto tan baladí. No es cosa de molestarle con tan poco fundamento; el pobre está cada día más abatido y es muy de temer que no tarde mucho en reunirse con su hija. En eso cifra él toda su dicha, que a mí me arrancará muchas lágrimas el día en que él la alcance.
»Es indudable que está herido mortalmente, no sé si a causa de la pena o de alguna dolencia originada por la concentración de su dolor.
»Acerca de esto consulté un día al doctor Gastón, aquel médico joven a quien usted concede gran talento, y él me dijo que todo trastorno moral en que se complazca el enfermo tiene grave transcendencia, sobre todo a una edad ya avanzada. Me preguntó si podría conversar siquiera cinco minutos con mi tío, asegurándome que con ello tendría suficiente para examinar al doctor Avrigny y ver por los síntomas que le ofrezca si además de la pena que le consume padece en efecto una verdadera enfermedad física.
»Yo le prometí hacer cuanto estuviera en mi mano para que celebrase esa entrevista, pero aun no lo he logrado hasta la fecha. He dicho a mi tío que el doctor Gastón a quien él ha hecho nombrar médico de palacio y que es uno de sus discípulos más queridos tenía que consultarle acerca del tratamiento que debía adoptar para con un cliente suyo; pero él, lejos de caer en la red me contestó:
»—Ya sé de quién se trata y no veo la necesidad de tal consulta. Dile, hija mía, que es inútil todo remedio, pues la enfermedad de ese cliente es mortal.
»Y al ver que yo no podía contener mis lágrimas, agregó:
»—No llores, Antoñita, no te intereses por esa persona. Aún le restan algunos meses de vida y entretanto estará Amaury de vuelta.
»¡Dios mío! ¡Me asusto al pensar en que mi tío pueda morir estando usted tan lejos y yo aquí sola, absolutamente sola!
»Echaba usted de menos una compañera con quien compartir el arrobamiento que le produce la contemplación de los magníficos espectáculos que la Naturaleza le ofrece a cada instante... ¿No me es a mí más necesario un amigo que confunda sus lágrimas con las mías? Yo tengo, sí, ese amigo; pero me separan de él la distancia y sus propios pesares, que lo alejan de mí más que la distancia...
»¿Por qué está usted tan lejos y tan solo, Amaury, amigo mío? ¿Por qué se condena voluntariamente a una soledad tan triste? ¿Qué ventajas le reporta el permanecer extraño a cuanto hay en torno suyo? Si usted regresase sufriríamos siquiera los dos juntos...
»¡Oh! ¡Vuelva, vuelva, usted, Amaury!... Se lo ruega su hermana,
»Antonia.»
antonia a amaury
«2 de marzo.
«Habiéndome dicho el señor conde de Mengis que un sobrino suyo al pasar por Heidelberg se enteró de que usted estaba en esa ciudad le escribo esta carta confiando en que será más afortunada que las anteriores cuya contestación aguardo todavía.
»¿Qué es lo que le pasa, Amaury? Hace cerca de dos meses que nada sé de usted. Le he escrito en ese tiempo tres cartas y en todas le manifestaba mi creciente angustia. ¿Las ha recibido usted? ¡Oh! Si hubiesen llegado a sus manos, estoy segura de que no habría permanecido tan callado sabiendo cuánta pesadumbre me causa su silencio.
»Al saber ahora que aún vive y a dónde debo dirigirle mis cartas escribo por cuarta vez. Si ésta no obtiene respuesta inferiré que soy importuna y no volveré a molestarle de nuevo.
»¡Ay! ¡Cuán desgraciada soy, Amaury! Tres personas había que me amaban, y de ellas, una ha muerto, otra está al borde del sepulcro y la tercera me olvida...
»¿Es posible que quien posee un corazón tan noble y tan generoso tenga tan poca compasión de los que sufren?
»Si usted demora su vuelta y mi tío muere antes de que ésta se verifique, yo ingresaré en un convento.
»Si no contesta a esta carta ya no volveré a escribir. ¡Amaury, tenga usted compasión de su hermana!
»Antonia.«
amaury a antonia
«10 de marzo.
»No he recibido esas cartas de que usted me habla, Antoñita, o por mejor decir, no he querido recibirlas.
»La penúltima de ellas me causó una impresión tan terrible que salí de Colonia sin itinerario fijo, impulsado solamente por la idea de huir del mundo entero, hasta de usted misma...
»¿Conque, el doctor Avrigny está en camino de desligarse de la mísera existencia antes que yo? ¡Siempre ese hombre me ha de aventajar en todo! ¡Magdalena nos aguardaba a los dos y el que pretendía amarla con más vehemencia será el último en reunirse con ella!
»¿Por qué su tío, Antoñita, no permitió que me quitase la vida? ¿Por qué detuvo mi brazo con aquel falaz argumento:? «¿A qué matarnos, si la muerte ha de venir por si sola?»
»En parte no le faltaba razón, puesto que él se está muriendo; pero o nuestras naturalezas son distintas o él tiene la edad en su favor. Lo cierto es que yo no puedo morir. ¡Oh, Antonia! Usted con su carta ha hecho brillar esta terrible luz en mi espíritu. Poco a poco y sin darme cuenta de ello he ido cediendo a las imperiosas exigencias de la naturaleza y de la vida que de consuno reclamaban sus derechos.
»De día en día ha ido siendo más frecuente mi contacto con la sociedad que me rodea, hasta que en una ocasión eché de ver que sólo me distinguía de los demás hombres con quienes estaba reunido la gasa que ostentaba en el sombrero. Al volver a casa encontré la carta en que usted me pinta al padre de Magdalena próximo a reunirse con su hija, mientras yo cada vez llevo más alta la frente y me intereso más por las cosas terrenales.
»¿Serán acaso distintos el amor de padre y el de amante? ¿Será el uno un amor del cual se muere y el otro un amor que no nos mata?
»He huido de Colonia porque allí había adquirido algunas relaciones y sin quererlo yo mismo comenzaba a distraerme. He roto con todo y he venido a refugiarme en Heidelberg, para escrutar aquí mi espíritu y juzgar en la soledad y el silencio la metamorfosis que en mí se ha efectuado durante estos seis meses. ¿Se habrán agotado mis lágrimas a fuerza de llorar y se habrá cerrado mi herida por no tener ya sangre que verter? ¿Sería posible que yo llegase a curar? ¡Oh! ¡Mísera humanidad! ¿Tan flacos somos que nada, ni siquiera el dolor, perdura en nosotros?
»No lo sé. Sólo tengo por cierto que yo no puedo morir entregándome a mi pena.
»Queriendo sustraerme al bullicio de las poblaciones, me interno a veces en las montañas y en el hermoso valle de Necker, en donde la naturaleza inerte y majestuosa me brinda una paz y una tranquilidad que la naturaleza viva y alegre de la ciudad no puede ofrecerme; pero también allí veo en los brotes de las plantas los preludios de la primavera, también allí se manifiesta la vida con todas sus energías en el renacimiento universal que me rodea. Al buscar la muerte, encuentro por doquier el esplendor de la vida, que se me muestra pujante y vigorosa. ¡Oh, sarcasmo cruel! ¡Cuántas veces me echo en cara mi ruin cobardía y cuan odiosa se me hace esa necia sociedad a la cual me creí superior en un instante de insensato orgullo!
»Hasta siento a veces tentaciones de ir a hacerme matar en África, ante el temor de que me falte la fuerza de ánimo suficiente para darme la muerte por mí mismo.
»No sé si tengo cabal el juicio. Perdone usted, Antonieta, estas incoherencias y con ellas mi silencio y el mal efecto que haya podido causarle. Tenga usted en cuenta mis sufrimientos.
»¿Recuerda usted el consejo que da Hamlet a Ofelia? Pues así como él le dice: Ingresa en un convento», yo también siento deseos de decirle a »usted: «Get thee to a nunnery.»
»Sí, Antoñita. Enciérrate en un convento, porque en el mundo no hay juramentos eternos, ni dolores profundos ni amor duradero: todo aquí es falso y fugaz. Tropezarás con un hombre que parecerá que te ama, que así te lo jurará de buena fe, quizá, que querrá morir contigo si tu mueres, pero que lejos de ir a buscarte a la tumba, volverá a los pocos meses a verse pletórico de vida y de salud. Get thee to a nunnery.
»Deseo ver al padre de Magdalena antes que vaya a reunirse con su hija, para caer de hinojos a sus pies y pedirle perdón. Iré, pues, a París; no sé cuándo, pero será antes del mes de mayo, yo se lo aseguro a usted.
»Se acerca ya el buen tiempo; iniciarase la era de los viajes, y a las orillas del Rhin, vendrá a reunirse una sociedad de la que yo quiero huir a toda costa. El mejor medio para evitar su encuentro, es refugiarme en ese París que todo el mundo abandona en el verano.
»Además, allí me lleva el deseo de verla a usted, a quien debo una expiación por mis culpas. Sus cartas, esas cartas que me han seguido y a las que no he contestado, han conmovido mi ser. Al leerlas paréceme tener delante a una hermana cariñosa, encantadora en su tristeza, risueña y llorosa a un tiempo, pidiéndome estrecha cuenta por el abandono de que en medio de mi dolor egoísta la hacía objeto, olvidándome del suyo.
»Sí, Antoñita; quiero que usted me perdone, y para ello debo confiarle mi suerte, someterme a sus generosas inspiraciones, y poner en sus manos este pobre corazón abatido por el infortunio, lacerado por la pena.
»Amaury.»
diario del doctor avrigny
«El doctor Gastón ha venido a visitarme pretextando querer celebrar conmigo una junta; pero en realidad, con el solo propósito de verme. Ya me explico su deseo: Antoñita le ha dicho que estoy enfermo y él ha querido examinarme.
»Pero yo, sospechando la verdad, me he negado a recibirle. Quiero guardar para mí solo, substrayéndolo a toda mirada extraña, el tesoro que Dios se digna enviarme.
»Mucho tiempo he pasado en la incertidumbre; pero hoy ya los síntomas no ofrecen la menor duda: estoy atacado de una cerebritis, de una de esas raras dolencias que siguen casi siempre a un dolor moral intenso.
»Se me presenta magnífica ocasión de hacer en mi propio cuerpo estudios que habrán de ser sumamente curiosos para la ciencia, pues nada hay más interesante para el médico que seguir las fases que una enfermedad recorre libremente al través de un organismo humano sin tropezar con trabas que traten de detener sus progresos.
»Atravieso el primer período. En ocasiones noto que momentáneamente he perdido la memoria, y a este fenómeno suceden extrañas exaltaciones, dolores de cabeza, tan agudos como pasajeros, y contracciones parciales, que con frecuencia, y cuando menos lo espero, me hacen caer en mi asiento o privan de movimiento a mis brazos cuando los alargo en busca de algún objeto.
»De aquí a dos o tres meses todo habrá terminado y no sufriré ya.
»¡Dos o tres meses! ¡Qué largo es ese plazo!
»Mas, ¡cuán ingrato soy! ¡Perdóname, Dios mío!
XLIII
El 1.º de mayo hacia las once de la mañana como tenía de costumbre, llegó Antoñita a Ville d'Avray, encontrando al doctor Avrigny inclinado un grado más, hacia la sepultura.
Desde algún tiempo acá notaba en aquella inteligencia, antes vigorosa, extrañas distracciones y algo así como un principio de insania.
El espíritu se perturba como la vista a fuerza de mirar siempre hacia un mismo objeto y así la única idea que irradiaba en las tinieblas de aquella triste existencia, la arrastraba como un fuego fatuo hacia los abismos de la locura a fuerza de contemplar la muerte.
No obstante, el 1.º de mayo, haciendo un supremo esfuerzo, y como estimulado por la rapidez del tiempo, quiso informarse con mayor solicitud aún que en las anteriores visitas de la vida presente y de los proyectos que su sobrina había trazado para el porvenir.
Antonia procuraba evadir la conversación siempre enojosa; pero el doctor insistió diciendo con alegre y serena sonrisa:
—Oye, Antoñita, no trates de engañarme, hazte cargo de la realidad. Presiento ya mi fin, y mi alma que, en efecto, está más impaciente que el cuerpo, empieza por abandonar a intervalos este mundo para volar al otro en ensueños y divagaciones. Este es mi estado y podrás creerme que me congratulo de ello, porque el hecho de que un cerebro se rebele contra mi voluntad es un síntoma de lúcido y antes de que me abandone del todo, quiero pensar en ti, querida hija de mi hermana, para que tu madre me reciba allá arriba con satisfacción. Primeramente: ¿A quién sueles recibir en tu casa, Antoñita?
La sobrina del doctor empezó a nombrar a aquellas de sus antiguas amistades que no habían cesado de visitar la casa de la calle de Angulema, citando por último a Felipe Auvray.
El enfermo recapacitó.
—¿Ese Felipe Auvray no es amigo de Amaury?
—Sí, señor.
—¿Uno muy elegante?
—¡Oh! no, tío.
—Pero joven y de gran posición, ¿no es eso?
—Sí.
—¿Noble?
—No.
—¿Te ama?
—Lo sospecho.
—¿Y tú a él?
—Ni un comino.
—A eso se llama contestar categóricamente. Pero, ¡vamos! ¿no amas a otro?
—Mi pecho no alberga otro amor que el de usted, tío—respondió la joven suspirando.
—Antoñita, eso no basta. Dentro de un mes o dos yo voy a dejar de existir, y si sólo me amas a mí no quedará nadie que te ame.
—¡Oh! tío de mi alma, espero que se habrá usted equivocado.
—No lo creas, hija mía; no me equivoco: mis fuerzas me abandonan de día en día. Todas las mañanas cuando voy a despedirme de mi pobre Magdalena, me da el brazo José, que tiene cinco años más que yo. Afortunadamente—prosiguió volviéndose al cementerio,—esa ventana abre por casualidad sobre su tumba, de suerte que a lo menos podré contemplarla en el momento de morir.
En aquel momento dirigió los ojos hacia el lugar donde reposaba Magdalena, y levantose de súbito, apoyando la mano sobre uno de los brazos de su butaca con una fuerza insólita, exclamando con visible emoción:
—¿Quién es aquel que está ante la tumba de Magdalena? Dime, ¿quién es?
Después sentose de nuevo, diciendo:
—¡Ah! no es un extraño: es él.
—¿Quién?—exclamó Antoñita precipitándose al exterior.
—¡Amaury!—respondió el doctor.
—¡Amaury!—repitió Antoñita, apoyándose en el muro, porque se sintió desvanecer.
—Sí. A su vuelta, ha querido hacer a esa tumba su primera visita.
Y dicho esto volvió a quedar el doctor en su inamovilidad y silencio de costumbre.
Antoñita quedó asimismo muda e inmóvil, mas por una causa totalmente diversa. El doctor no sentía nada; ella, en cambio, sentía excesivamente.
El que acababa de llegar era, efectivamente, Amaury, quien se había hecho llevar en seguida al cementerio. Una vez allí se arrodilló sobre la tumba, oró durante diez minutos y luego dirigiose hacia la la puerta con ánimo de retirarse.
Antoñita experimentó un extraño desfallecimiento, pues comprendió que iba a entrar en la estancia.
Efectivamente, unos segundos después, oyéronse los pasos de alguien que subía la escalera, abriose la puerta y apareció Amaury.
A pesar de estar advertida, Antoñita no pudo reprimir un grito que pareció despertar al doctor de su letargo y de su postración.
—¡Amaury!—exclamó Antoñita.
—¡Amaury!—dijo tranquilamente el doctor, cual si se hubiese separado la víspera de su pupilo.
Tendiole la mano y Amaury se le acercó y se postró ante él de hinojos.
—Bendígame, padre mío,—dijo.
El doctor puso, sin decir palabra, las manos sobre su cabeza.
Amaury permaneció unos momentos en esta posición mientras sus ojos vertían abundantes lágrimas. Antoñita hacía lo mismo; sólo el viejo permanecía impertérrito.
Por fin, levantose el joven y acercándose a Antoñita le besó la mano. Luego, los tres se contemplaron un instante en el mayor silencio.
El efecto que el doctor produjo a Amaury era de los más deplorables. Después de ocho meses de ausencia le encontraba más cambiado que si hubiesen transcurrido ocho años. Su pecho se había encorvado, su frente estaba llena de arrugas, la voz le temblaba, y sus cabellos se habían puesto blancos como la nieve.
No era ya más que una ruina.
Respecto a Antoñita, no parecía sino que el tiempo, al trazar cada día una nueva arruga en el rostro del anciano, había añadido una gracia más al bello semblante de la joven.
En efecto, Antoñita estaba más encantadora que nunca y nada había más hechicero que la elegante y ondulosa línea de su talle. Las rosadas ventanas de su graciosa nariz, aspiraban ávidamente la vida, y sus negros y rasgados ojos, parecían tan capaces de expulsar la melancolía como el gozo, tan fáciles para la ternura como para la tristeza. Su cutis tenía la frescura y el aterciopelado del albérchigo; su boca el carmín de la cereza; sus manos eran diminutas, blancas, mórbidas y venosas; sus pies minúsculos.
Amaury la estaba contemplando y no acertaba a reconocerla. Era una hurí, una musa, un hada, que aparecía de pronto ante sus ojos.
Consistía esto en que antaño, cuando Antoñita estaba cerca de Magdalena, la miraba raras veces y sin ninguna atención.
Por su parte, Antoñita le encontraba muy cambiado, quizá mejorado. La soledad no le había perjudicado, y el pesar, en vez de ajar su semblante, había impreso en él un sello de gravedad que no le sentaba mal. El hábito de pensar, que su turbulenta ociosidad no conocía, había dotado su mirada de una expresión más profunda y ensanchado su frente. Además las largas excursiones por las montañas, habían fortificado su organismo, como las ideas y reflexiones lo habían hecho a su vez con su energía moral y su voluntad. La palidez de su rostro le hacía más espiritual, más serio y sencillo, más hombre, en una palabra.
Al través de sus entornados ojos, Antoñita le contemplaba y sentía agitarse en su espíritu mil confusos pensamientos.
El doctor rompió el silencio.
—Te encuentro mejor, Amaury—dijo,—y tú también debes encontrarme mejor a mi, ¿no es verdad?—añadió con intención.
—Efectivamente—respondió el joven:—es usted muy dichoso y le doy por ello mi enhorabuena. ¡Qué le vamos a hacer! Es la voluntad de Dios manifestada por la Naturaleza que no tiene el hábito de obedecerme como a usted. Ahora—añadió con gravedad,—estoy resuelto a vivir mientras al Señor le plazca.
—¡Oh! ¡Gracias, Dios mío!—dijo Antoñita con las lágrimas en los ojos.
—¡Vas a vivir!—repuso el doctor.—Está bien. Así te he conocido yo siempre, sincero y animoso. Apruebo tu resolución. ¡Vive!
A decir verdad no ocultaré que casi me avergüenza el pensar que el dolor del padre ha sido más intenso y más mortífero que el del novio, pero al reflexionarlo con detención pienso que quizá no es cosa tan admirable, el sucumbir de pena, como el vivir en la viudez solo, grave y resignado, tratando con generosa, bondad a los demás hombres, tomando parte en sus actos sin menospreciarles, y en sus ideas sin que ejerzan en el ánimo influjo alguno.
—Esa, padre, es la vida, que quiero llevar, ése es el papel que en efecto me está reservado para el porvenir—dijo Amaury.—¿No es verdad que el que haya aguardado más, será el que más habrá apurado el cáliz de amargura?
—Perdónenme—exclamó Antoñita, sintiéndose conmovida, por aquel pugilato de estoicos.—Bien está que hablen así dos hombres, fuertes, grandes y superiores, pero, tengan en cuenta que yo estoy aquí y no puedo oír estas cosas sin gran pesar de mi alma. Atiendan a que están ante una mujer débil y medrosa, que no entiende nada de estas cosas, pero a quien trastorna el tono en que están pronunciadas.
Dejemos a Dios estas altas cuestiones de la vida y de la muerte, y hablemos de su regreso, Amaury, de la alegría con que le vemos después de haberle esperado tanto tiempo.
Y diciendo esto la encantadora joven estrechó candorosamente las manos de Amaury. Luego estampó un beso en las pálidas mejillas del doctor, logrando así que aquellos dos filósofos se atemperaran a su humor más plácido y más sereno.
—¡Vamos!—exclamó el doctor,—ya que este día pertenece a mis hijos por entero, hay que aprovecharlo bien. Muy pronto me veré en la imposibilidad de repetir semejante oferta.
De este modo pudieron Amaury y Antoñita renovar sus antiguas conversaciones. Enterose el doctor de los propósitos del joven, poniendo freno con la exquisita benignidad del talento reflexivo a las exageraciones e instransigencias de la mocedad, y acogiendo las ilusiones y ensueños con la amable sonrisa de la duda a que le daba derecho su experiencia. En fin, no podía menos de ver con singular contento cuán nobles cualidades atesoraba aquel corazón de valor inestimable, que no podía apreciar su propio poseedor.
Con acento de entusiasmo hablaba Amaury de su desilusión, con vehemencia de sus extinguidas pasiones, diciendo que no quería vivir más para sí, sino para los demás, pues no aceptaba la existencia ni podía comprenderla sin una total consagración al amor del prójimo.
El doctor aprobaba, tácitamente todas estas utopías y movía la cabeza con grave continente al oír tales ensueños. Su discreción ocultaba su juicio, pero su penetración lo veía todo y lo apreciaba en su justo valor.
Después de comer tocole el turno a Antoñita, que estaba entusiasmada de ver a Amaury, tan noble, tan generoso y tan vehemente. Trató de su suerte como había tratado antes Amaury de la suya. Por la noche cuando volvieron a encontrarse solos, dijo el doctor las siguientes palabras:
—Amaury, el infortunio ha madurado completamente tu juicio. A ti te la confío para cuando yo haya dejado de existir. Lejos del mundanal bullicio podrás en adelante juzgar a los hombres con mayor serenidad, aconséjala, guíala, sé su hermano, en una palabra.
—¡Su hermano, sí!—exclamó Amaury con efusión,—un hermano adicto en cuerpo y alma, se lo juro. Acepto, querido tutor, con gratitud, estos deberes paternales que me impone su tierna solicitud, y a pesar de mi juventud, prometo no abandonarla hasta que tenga a su lado un marido digno de ella, que la ame de corazón.
Al oír estas palabras bajó Antoñita los ojos con aire triste y meditabundo, mientras el doctor decía con viveza.
—Cabalmente de eso estábamos hablando a tu llegada, Amaury. Sería para mí la dicha más grande verla ante de abandonar este mundo, feliz y amada en casa de un esposo amante y digno de ella. Vamos a ver, Amaury, ¿no conoces a alguno que pudiese llenar este fin?
Amaury permaneció silencioso.
—¿Qué contestas a eso?—insistió el anciano.
—Que es ésta una cuestión muy grave y vale la pena de meditarla con calma. Conozco a la mayoría de los jóvenes de la nobleza...
—Vamos a ver: nombra algunos.
El joven buscó los ojos de Antoñita para interrogarla, pero ésta apartó rápidamente la mirada.
—Arturo de Lancy, por ejemplo—dijo Amaury al verse en la precisión de contestar.
—No me disgusta—respondió el doctor;—es joven capaz y arrogante, tiene buen apellido y además brillante posición.
—Es verdad: pero no me atrevería a recomendar este partido a Antoñita; es un libertino de costumbres muy relajadas que cifra todo su orgullo en la pretensión de pasar plaza de seductor como Novelace o don Juan Tenorio. Eso podrá satisfacer a los alocados como él; pero, francamente, sería una garantía muy débil para la futura felicidad de Antoñita.
Esta respiró, dirigiendo a Amaury una mirada de agradecimiento.
—No hablemos más de él—dijo el doctor.—Cítanos otro.
—Gastón de Sommervieux...
—Tampoco me desagrada, es tan noble y rico como franco, y tengo entendido que es un joven modesto, serio y de buenas costumbres.
—Ciertamente, pero ya que le enumeraron a usted todas sus cualidades podían haber añadido un defecto capital. En toda su afectación y aparatosa dignidad no hay más que un brillo superficial, y puedo garantizarle que es un necio completo y un personaje vulgar.
—¡Calla!—exclamó el doctor como evocando un remoto recuerdo.—¿No me presentaste un día a un tal Leoncio de Guerignou?
—Sí—respondió Amaury, sonrojándose.
—Ese joven me parecía destinado a hacer brillante carrera. ¿No es consejero de Estado?
—Es cierto; pero no es rico.
—Antoñita lo es por los dos.
—Además—prosiguió Amaury, no sin cierta acritud,—parece que su padre no desempeñó un papel muy honroso en la Revolución.
—Su abuelo, querrás decir en todo caso; y además, aunque esas hablillas tuviesen fundamento, hoy no se hace ya a los hijos responsables de las faltas de los padres. Así es que puedes presentar ese joven a Antoñita por medio del señor de Mengis y si le place...
—¡Ah! ¡qué olvidadizo soy!—exclamó Amaury, dándose una palmada en la frente.—Está visto que unos meses de ausencia han bastado para hacerme perder por completo la memoria. Olvidaba que Leoncio juró vivir y morir en el celibato. Es un propósito monomaníaco y las más adorables y aristocráticas beldades del barrio de San Germán se han estrellado en su sistemática esquivez.
—¡Pues bien!—dijo el doctor.—¿Tendremos que acudir a Felipe de Auvray?
—Ya le he dicho, tío mío...—interrumpió Antoñita.
—Deja hablar a Amaury, hija mía.
—Querido tutor—contestó Amaury con visible malhumor,—no me pregunte nada que ataña a ese Felipe a quien no volveré a ver en mi vida. Antoñita le ha recibido a pesar de mis consejos y puede recibirle todavía, si le parece bien, pero yo no podré perdonarle su indigno modo de olvidar.
—¿Olvidar a quién?—preguntó el anciano.
—A Magdalena, señor.
—¡Cómo! ¿Magdalena?—exclamaron a un tiempo el doctor y Antoñita.
—Sí. En dos palabras van a conocer a ese hombre: Amaba a Magdalena; él mismo lo confesó y hasta me suplicó que la pidiese para él en matrimonio, precisamente el mismo, día en que acababa usted de concederme su mano. ¡Pues bien! hoy ama a Antoñita como había amado a Magdalena y como había amado a otras diez. Juzgue, pues, de la confianza que puede merecer un carácter tan voluble que borra en menos de un año una pasión que él aseguraba ser eterna.
Antoñita bajó la cabeza ante esta profunda indignación de Amaury y permaneció como aterrada.
—Eres muy severo, Amaury—dijo el doctor.
—¡Oh! sí muy severo—añadió tímidamente Antoñita.
—¿Le defiende usted, Antoñita?—exclamó vivamente Amaury.
—Defiendo a nuestra pobre naturaleza humana—contestó la joven.—No todos los hombres, Amaury, tienen su alma inflexible y su inmutable constancia. Debe usted ser más generoso compadeciendo las debilidades de que no participa.
—Según eso—replicó Amaury,—Felipe encuentra indulgencia en su corazón... Y es Antoñita...
—Quien tiene razón—dijo el doctor terminando la frase.—- Condenas con demasiado rigor, Amaury.
—Pero me parece...—replicó éste con vehemencia.
—Sí—interrumpió el anciano,—tu apasionada edad no es clemente, lo sé, y no quiere transigir con las debilidades del corazón humano. Yo en mi vejez, he aprendido a ser indulgente y ya experimentarás quizá algún día a tu costa que las más indomables voluntades se doblegan con el tiempo y que en el juego terrible de las pasiones el más fuerte no puede responder de sí mismo; el más orgulloso no puede decir: «Yo seré el mismo mañana.»
No juzguemos, pues, severamente a nadie, a fin de no serlo a nuestra vez; el destino es el que nos conduce y no nuestra voluntad.
—¿De ese modo—exclamó Amaury,—me supone capaz de olvidar algún día a Magdalena?
Antoñita palideció.
—Nada supongo, Amaury—dijo el anciano meneando la cabeza;—- he vivido, he visto y sé. Sea de esto lo que quiera, puesto que has aceptado el papel de padre joven de Antoñita, procura, amigo mío, ser ante todo misericordioso y bueno.
—Y no me reprenda—añadió Antoñita con ligero acento de amargura,—el haber confesado un instante que después de haber amado a Magdalena podía amarse a otra. No me reprenda: estoy arrepentida.
—¡Ah! ¿Quién puede reprenderla, Antoñita, ángel de dulzura?—dijo Amaury, que no había reparado en el amargo sentimiento que habían inspirado sus palabras en la joven.
En aquel momento José, fiel a la consigna dada, vino a anunciar que ya era la hora de partir y que estaba listo el coche que debía conducir a Antoñita.
—¿Acompaño a Antoñita?—preguntó Amaury al doctor.
—No, amigo mío—replicó el doctor.—A pesar de tus funciones paternales, eres muy joven todavía, y es preciso conservar ante el mundo el más estricto decoro.
—Pero le advierto—dijo Amaury.—que ya he despachado el carruaje en que he venido.
—No tengas cuidado: queda otro coche a tus órdenes. Aun hay más: como no puedes continuar viviendo en la calle de Angulema y como sin duda quieres visitar a Antoñita en París, te suplico que no le hagas visita alguna sin ir acompañado de alguno de mis más íntimos amigos. Mengis, por ejemplo, va a verla tres veces por semana y a horas fijas. El puede acompañarte y lo hará con mucho gusto, como lo ha hecho siempre con Felipe.
—De ese modo, ¿se me considera como una persona extraña?
—No, Amaury; eres mi hijo, a mis ojos y a los de Antonia; pero a los del mundo, eres un joven de veinticinco años y nada más.
—No dejará de ser divertido, encontrarme sin cesar a ese Felipe que no puedo sufrir y que pensaba no volver a ver jamás.
--- ¡Oh! déjele venir—exclamó Antoñita,—aunque no sea más que para hacerse cargo del recibimiento que le hago y convencerse de que es muy difícil el tratar de desanimarle cuando persiste en sus visitas.
—¿De veras?—dijo Amaury.
—Juzgará usted mismo.
—¿Cuándo?
—Desde mañana, el conde de Mengis y su esposa quieren consagrar a su pobre reclusa las tertulias de los martes, jueves y sábados. Venga mañana que es sábado.
—Mañana...—murmuró Amaury vacilando.
—¡Oh! venga, venga, se lo suplico—insistió Antoñita.—Hace tanto tiempo que no nos vemos que debemos tener muchas cosas que decirnos.
—Ve, Amaury, ve—dijo el anciano.
—Pues bien, hasta mañana, Antoñita—dijo el joven.
—Hasta mañana, hermano mío—respondió Antoñita.
—Y yo, hijos míos, hasta dentro de un mes—dijo el doctor, que había escuchado su discusión con melancólica sonrisa;—y si durante este mes soy necesario por cualquier motivo, tendré abierta mi casa para ambos.
Y apoyado en el brazo de José, los acompañó hasta sus coches respectivos.
Cuando se disponían a partir, les dio un abrazo, y les dijo:
—Adiós, amigos míos.
—Adiós, nuestro buen padre—contestaron los jóvenes.
—¡Amaury—exclamó Antoñita, en tanto que José cerraba la portezuela,—acuérdese de los martes, jueves y sábados!
Y dirigiéndose al cochero, le dijo:
—Calle de Angulema.
—Calle de Maturinos—dijo Amaury al suyo.
—Y yo—murmuró el doctor, después de haberlos visto alejarse,—y yo al sepulcro de mi hija.
—Y apoyado en el brazo de su fiel criado, el anciano tomó el camino del cementerio para ir, como todos los días, a dar las buenas noches a Magdalena.
XLIV
Al siguiente día se presentó Amaury en casa del conde de Mengis, el cual no era un extraño para él, por haberle visto más de veinte veces en casa del doctor Avrigny. Verdad es que sus relaciones habían sido frías y puramente corteses; hay cierto imán que atrae a la juventud hacia la juventud, mientras que por el contrario hay cierta repulsión que aleja al joven del viejo.
Una carta de Antoñita precedió a Amaury en casa del conde, pues la joven había querido advertir a su anciano amigo de las intenciones del doctor Avrigny, en cuanto al papel de protector que había dado, o más bien dejado tomar a su pupilo, y prevenir de este modo preguntas, dudas o admiraciones que hubieran podido embarazar u ofender a Amaury.
—Me alegro mucho—le dijo el conde,—- de que mi pobre y querido doctor me haya dado por compañero en la tutela oficiosa de Antoñita un segundo que merced a su juventud, sabrá leer mejor que yo en un corazón de veinte años y que, por el privilegio que goza de ver a Avrigny, podrá instruirse sobre los planes de mi amigo.
—¡Ay, caballero!—respondió Amaury con triste sonrisa.—Mi juventud ha envejecido mucho desde que no tengo el honor de verle y he echado de menos tantas cosa en mi propio corazón durante los seis meses que acaban de transcurrir, que no sé en verdad si será bastante hábil para sondear el corazón de los demás.
—Sí, ya sé—respondió el conde,—la desgracia que le ha sobrevenido y comprendo cuán terrible ha sido para usted ese golpe. Su amor a Magdalena era uno de esos amores fuertes que ocupan todo el lugar en la vida; pero cuanto más amase a Magdalena más imperioso es el deber que tiene de velar sobre su prima, sobre su hermana, porque así era, si mal no recuerdo, como Magdalena llamaba a nuestra querida Antoñita.
—Sí, señor; Magdalena amaba santamente a nuestra pupila, aunque durante los últimos tiempos esta amistad pareció entibiarse. Pero el mismo Avrigny decía que esto era una aberración de su enfermedad, un capricho de su delirio.
—Pues bien, hablemos seriamente. Nuestro querido doctor desea casarla, ¿no es eso?
—Así lo creo.
—Y yo estoy seguro. ¿No le ha hablado a usted de cierto joven?
—Me ha hablado de varios.
—¿Pero del hijo de uno de sus amigos?
Amaury vio que no podía retroceder.
—Ayer pronunció delante de mí el nombre del vizconde Raúl de Mengis.
—¿De mi sobrino? Sí; sé que tal es el deseo de nuestro querido Avrigny. ¿También sabe que yo pensé en Raúl para Magdalena?
—Sí, señor.
—Ignoraba que Avrigny estuviese comprometido con usted; pero a la primera palabra que me dijo de este compromiso, retiré, como sabe, mi petición. Confiésole que casi la he renovado respecto a Antoñita, y mi pobre anciano amigo me ha contestado que por su parte no pondría inconveniente alguno a este proyecto. ¿Podré obtener el asentimiento de usted como he obtenido el suyo?
—Sin duda ninguna, señor conde—replicó Amaury con cierta turbación;—y si Antoñita ama a su sobrino... Pero perdone, ¿no estaba agregado el vizconde a la embajada de San Petersburgo?
—En efecto, ejerce en ella el cargo de secretario segundo; pero ha obtenido licencia.
—Entonces, ¿va a venir?—preguntó Amaury, no sin cierta brusquedad.
—Llegó ayer, y voy a tener el honor de presentárselo, porque hele aquí que entra.
Efectivamente apareció a la sazón en el umbral de la puerta un joven alto, moreno, de semblante tranquilo y frió y vestido con elegancia; lucía en su solapa la cinta de la Legión de honor, de la estrella Polar de Suecia y de Santa Ana de Rusia.
Amaury, a la primera ojeada, detalló todas las ventajas físicas de su compañero en diplomacia.
Ambos jóvenes, cuando el conde de Mengis pronunció sus nombres, se saludaron fríamente; pero como para ciertas personas, la frialdad es uno de los elementos de los buenos modales, el conde no observó ese desvío que su sobrino y Amaury se manifestaban, al parecer por instinto, el uno al otro.
Sin embargo, cambiaron algunas frases corrientes. Amaury conocía mucho al embajador que protegía a Mengis. Hablaron principalmente del concepto de que disfrutaba la legación francesa en la corte del imperio moscovita, haciendo el vizconde grandes elogios del Zar.
Al empezar a languidecer el diálogo, anunciaron a Felipe Auvray.
Como hemos dicho, tenía la costumbre de ir a casa del conde de Mengis los martes, jueves y sábados, para acompañarle a visitar a Antoñita; costumbre que había acabado por hacerse muy agradable a la anciana condesa.
Amaury recibiole no solamente con frialdad, sino con altanería.
Felipe, al ver a su antiguo camarada, cuyo regreso ignoraba, se dirigió hacia él alborozado, acercándosele con afectuosa familiaridad; pero Amaury no correspondió más que con un ligero movimiento de cabeza, y como el otro siguiese cumplimentándole muy cortés y obsequioso, le volvió completamente la espalda y apoyose en la chimenea, aparentando concentrar toda su atención sobre unos objetos de fantasía que decoraban la sala.
Sonriose imperceptiblemente el vizconde, mirando a Felipe, quien con ojos azorados y con el sombrero en la mano, permanecía clavado en su sitio como pidiendo el socorro de un alma caritativa.
Por fortuna entró en esto la condesa, y Felipe, sintiéndose salvado, acercose presuroso a ofrecerle sus respetos.
—Señores—dijo el conde,—no cabemos los cinco en el coche; pero, si no me equivoco, Amaury ha traído su cupé.
—Así es—exclamó Amaury.—Puedo ofrecer un asiento al señor vizconde.
—Iba a pedirle ese favor—dijo el señor de Mengis.
—Ambos jóvenes se saludaron.
Amaury, como puede inferirse, se apresuró tanto a ofrecer al vizconde su asiento en su cupé, temeroso de que le endosaran a Felipe.
Pero, al fin, se arregló todo. Felipe subió a la vetusta berlina de los condes, y Raúl y Amaury siguieron en el cupé de este último.
Llegaron a la casita de la calle de Angulema en la cual Amaury no había puesto los pies hacía ocho meses: los criados eran los mismos y al verle prorrumpieron en exclamaciones de alegría, a las cuales respondió Amaury vaciando sus bolsillos con amarga sonrisa.
XLV
El conde de Mengis detúvose en la sala, y dijo:
—Señores, les prevengo que van a encontrar al lado de Antoñita a seis de mis contemporáneos a quienes tiene encantados, y que han tomado la resolución de consagrarle con puntualidad tres noches por semana; es preciso además que para agradar a Antonia los jóvenes complazcan a los viejos. Ahora, señores, ya están avisados.
Entremos, si les place.
Ya se comprenderá que tertulias formadas por una joven de veinte años y por ancianos de setenta serían muy sobrias y sobre todo poco ruidosas; dos mesas de juego en un rincón, los bastidores de bordar de Antonia y de la señora Braun en medio del salón y sillones al rededor para los que preferían al wist o al boston, la conversación; tales eran los accesorios de aquellas sencillas reuniones.
A las nueve se tomaba el te; a las once cada uno estaba ya en su casa.
Ya sabemos que Felipe era el único joven que hasta entonces había sido admitido en aquel santuario. Pues así y todo, con elementos tan monótonos, Antoñita había hecho confesar a sus amigos sexagenarios que jamás habían gozado de mejores tertulias que las de su casa, aun en tiempos en que sus cabellos blancos eran negros o rubios. Ciertamente, era un hermoso triunfo y para alcanzarlo había necesitado Antoñita valerse de su encanto seductor, de su carácter risueño y de su amabilidad exquisita.
La impresión de Amaury al entrar en el salón fue profunda. Antonia estaba sentada en el mismo sitio donde acostumbraba sentarse, pero también era donde se sentaba Magdalena. Un año había transcurrido, cuando Amaury entrando de puntillas en el salón, asustó a las dos primas que lanzaron al verle un chillido. ¡Ay! esta vez nadie gritó; solamente Antoñita al escuchar los nombres sucesivos de las personas que entraban, no pudo menos de ruborizarse y temblar oyendo el de Amaury. Pero como puede suponerse no debían limitarse a esto las emociones de los dos jóvenes. Recuérdese que el salón caía al jardín. El jardín, pues, debía encerrar para Amaury un mundo de recuerdos. En tanto que se organizaban las partidas del wist y del boston, mientras que los aficionados a la charla se agrupaban alrededor de Antoñita y de la señora Braun, Amaury, que no podía olvidar completamente que estaba a inedias en su casa, se deslizó y salió al corredor y desde allí al jardín.
El cielo estaba estrellado; el aire era tibio y embalsamado. Sentíase a la primavera batir sus alas al cernirse sobre el mundo. La, Naturaleza esparcía por toda la creación esa vida que se respira con las primeras brisas de mayo. Después de algunos días magníficos y de algunas noches serenas, las flores se apresuraban a abrir sus cauces y las lilas estaban casi agostadas.
Así, que Amaury no encontró en aquel jardín las emociones que iba a buscar en él. Allí como en Heidelberg su vida estaba en todas partes y en todo. El recuerdo de Magdalena moraba en aquel jardín indudablemente, pero tranquilo y consolador. Magdalena era la que le hablaba en la brisa, la que le acariciaba en el perfume de las flores, la que sujetaba su vestido a las espinas de aquel rosal, cuyas rosas había ella arrancado tantas veces. Pero todo esto distaba mucho de ser triste y melancólico y más bien toda aquella emanación de la joven era alegre y parecía gritar a Amaury:
«—No te muerto, Amaury. Hay dos existencias: una sobre la tierra y otra en el Cielo. ¡Desgraciados los que están todavía encadenados a la tierra y bienaventurados los que se encuentran ya en el Cielo!»
Amaury creía hallarse bajo el peso de un encanto; avergonzábase de sí mismo al sentir tan dulce impresión por verse en aquel jardín, paraíso de su infancia, unida con la de Magdalena. Visitó el bosque de tilos donde por primera vez se dijeron que se amaban y los recuerdos de este primer amor le parecieron llenos de encantos, pero desnudos de toda doliente impresión. Sentose entonces bajo el pabellón de lilas, en aquel banco fatal donde había dado a Magdalena el mortal beso.
Trató de llenar su memoria con los detalles más punzantes de su enfermedad: habría dado cualquier cosa por sentir correr nuevamente por sus mejillas las copiosas lágrimas que seis meses antes habían brotado de sus ojos; pero éstos se habían secado ya. Sintió que se apoderaba de su ser una voluptuosa languidez; cerró los ojos; se concentro en sí mismo; oprimiose el corazón para sacar de él algunas lágrimas; pero todo fue inútil.
Parecía que Magdalena estaba a su lado; el aire que pasaba sobre su rostro era el soplo de la joven; racimos de ébano que acariciaban su frente eran sus cabellos flotantes; la ilusión era extraordinaria, inaudita, viva; parecíale sentir hundirse el banco en el cual estaba sentado, como si un dulce peso hubiese venido a aumentar el suyo; su boca estaba jadeante, su pecho se levantaba y hundía; la ilusión era completa. Murmuró algunas palabras incoherentes y alargó la mano...
Otra mano tomó la suya.
Amaury abrió los ojos y lanzó un grito de terror. Una mujer estaba a su lado.
—¡Magdalena!—exclamó.
—¡Ay! no—respondió una voz;—es Antoñita.
—¡Oh, Antoñita!—exclamó el joven estrechándola contra su corazón y hallando en la plenitud de una alegría sobrado grande tal vez, las lágrimas que había buscado en vano en su dolor.—Ya lo ve usted; estaba pensando en ella.
Este era el grito del orgullo satisfecho; había allí una persona para ver llorar a Amaury y Amaury lloraba. Había una persona a la cual podía contar lo que sufría y lo dijo con tan sincero acento que casi llegó a imaginarse que él mismo creía en la sinceridad de su dolor.
—Sí—dijo Antoñita,—por lo mismo que he sospechado que estaba usted aquí entregado al dolor, he venido a suplicarle que venga a la sala.
—Iré. Deje usted solamente que se sequen mis lágrimas.
Comprendiendo Antoñita que podía notarse su ausencia desapareció más ligera que una gacela. Amaury siguió con los ojos la estela de su vestido blanco y viola subir la escalera, rápida y fugitiva como una sombra; en seguida se cerró tras ella la puerta que daba acceso a la casa.
Diez minutos después, cuando Amaury entró en el salón, el conde de Mengis fijó en él su mirada compasiva y dijo a su mujer que reparase en los ojos enrojecidos del joven.
XLVI
Creemos haber hecho en el último capítulo el elogio del constante buen humor de Antoñita, y, una de dos; o han sido prematuras nuestras apreciaciones, o la llegada de los flamantes huéspedes turbó el estado de beatitud y calma de su espíritu, que repentinamente se tornó caprichoso y versátil.
Es lo cierto que en el breve, transcurso de un mes cambiaron tres veces de objeto las atenciones y preferencias de Antoñita, y a fuer de meros cronistas nos limitaremos a consignarlo así.
Como reinaron los emperadores bizantinos, cuya historia está formada por tres períodos, a saber: triunfo, decadencia y ruina, así Amaury, Raúl y Felipe gozaron sucesivamente durante diez días cada uno la privanza de Antoñita.
De tan efímeros reinados vamos a dar algunas noticias incompletas, que seguramente el lector sabrá complementar con discreción y perspicacia.
En las cuatro veladas que siguieron a la ya consignada, el que obtuvo mejor acogida fue, sin duda, Amaury, a pesar de la inteligencia y habilidad con que Raúl desplegó las galas de su ingenio para hacerse agradable. En cuanto a Felipe, diremos que pasó inadvertido, anulado en absoluto, por el brillo de sus dos rivales, y por lo que toca a Antoñita será justo consignar que, otorgando el premio de sus atenciones a tenor del mérito de los solicitantes, estuvo encantadora con el primero, graciosamente amable con el segundo, y fríamente cortés con el tercero.
Organizadas las partidas de juego y generalizada la conversación, procuraba siempre Amaury ocupar el asiento más próximo a Antoñita, y acontecía que en medio de la garrulería de los demás, ellos dos, conversando en voz baja parecían silenciosos; tan quedamente departían.
Como Antoñita manifestase deseos de leer un libro italiano titulado Le Ultime Lettere di Jacopo Ortis, Amaury, que tenía esa obra en su biblioteca, y entre las más estimadas por cierto, fue al día siguiente a entregársela a la señora Braun; pero habiéndose encontrado por casualidad con Antonia en la antesala, no pudo menos de cambiar con ella algunas palabras.
Otro día, encargose Amaury de buscar autógrafos notables para llenar un álbum de Antoñita; algún tiempo después, como tardase mucho Froment Messrice, el Benvenuto Cellini de la época, en cincelar una pulsera para la joven, Amaury se la llevó triunfalmente después de arrebatársela al artista, y por fin, cierta noche que jugaba distraído con una llavecita de oro se la guardó por distracción en el bolsillo, viéndose obligado al otro día por la mañana a devolverla por si Antoñita la necesitaba.
No paró todo en esto. Durante su viaje por Alemania, Amaury no había montado a caballo, o por lo menos no lo había hecho en caballo de su gusto y estaba deseoso de cabalgar, tanto como puede estarlo un buen jinete privado por largo tiempo de su ejercicio favorito; así, todas las mañanas salía a pasear sobre su fiel Sturm, dando sus matinales paseos a capricho del noble bruto que parecía seguir con fruición el mismo camino que en otro tiempo. Así, pues, nadie extrañará, que Antoñita, ya que ella madrugaba más que la pobre Magdalena, contestase cotidianamente desde la ventana por donde pocos meses antes había presenciado la partida del joven y de su tío, al amable saludo de Amaury, saludo siempre acompañado de una seña o de una sonrisa.
Desde aquel instante el inteligente Sturm disponíase a cambiar la marcha, y apenas doblaba la esquina partía al galope, repitiéndose los mismos hechos a la vuelta. El instinto de Sturm era admirable.
Después del interminable invierno que había pasado Amaury en Alemania, sentíase renacer a nueva vida y era su corazón tan sensible como en la adolescencia. Se sentía feliz, aunque no acertaba a dar con la causa de su dicha, y alzaba con gallardía su frente tanto tiempo inclinada bajo el peso del dolor y el desengaño, hallándose más dispuesto a la indulgencia con los demás y más enamorado de la existencia.
Pero un día desvaneciose el encanto. Habiéndose mostrado Amaury más galante que nunca y más delicadamente afectuoso con Antoñita, renovando sus apartes con más frecuencia que otras veces y prolongándolos como nunca, el conde, que aunque parecía absorto en el juego, lo veía todo, acercose a Antoñita al despedirse y le dijo después de besarla en la frente:
—Oiga, usted, hipocritilla: ¿Por qué tenía tan callado que Amaury, el inconsolable disfrazado de hermano, procedía como novio tratando de pasar por tutor para mejor cortejar a su pupila? ¡Qué diantre! Todavía no es tan viejo que pueda asemejarse a un Bartolo, ni yo tan necio que me resigne a desempeñar el papel de Geronte. ¡Vaya! ¡vaya!... Pero no se sonroje usted por eso, porque nada de censurable hay en que él la ame.
—Si fuese cierto, señor conde, lo que usted dice—afirmó con entereza. Antoñita si bien cubrió su semblante una fugitiva palidez,—no haría bien en ello, porque yo no le amo.
Un movimiento repentino del conde reveló en éste la sorpresa y la duda que le produjeron las palabras de su interlocutora; pero al ver que alguien se les acercaba, se retiró prudentemente sin hablar más. Desde aquel momento empezó el período de triunfo para Raúl, y el de decadencia para Amaury. Como aquél era después de éste el más próximo y asiduo de todos los admiradores de Antoñita, ella le dedicó sus más amables sonrisas, sus más insinuantes miradas, sus más expresivas palabras y animadas conversaciones. Esto causó desde luego la estupefacción de Amaury, quien al siguiente día, al llevar a Antoñita una romanza que ella le había pedido hacía una semana, fue recibido por la señora Braun; y aunque no dejó de volver los días siguientes con varios pretextos, no pudo ver a la graciosa y tornadiza joven, sino a la fría y enjuta señora de compañía.
Por más que siguió pasando como antes todas las mañanas por delante de la ventana, ésta no se abrió, y sus cortinas siempre corridas parecían indicar que tenían la misión de velar el rostro de su bella propietaria. No hay que decir si Amaury estaría desesperado, mientras Felipe representaba como siempre su papel secundario, pasivo y silencioso.
Amaury se aproximó a él en cierto modo y le mostró algo mejor semblante, por lo cual el buen muchacho no sabía cómo demostrar su agradecimiento, pues en presencia de su antiguo compañero parecía un culpable necesitado de ajena indulgencia: le oía con respetuosa y afectada atención, aprobando en silencio cuanto Amaury le contaba.
Este no paraba mientes en tan deferente amabilidad y no tenía ojos sino para fijarse en los galanteos cada día más asiduos de Raúl de Mengis, y en sus progresos, visibles por momentos.
Antoñita se preocupaba de él casi exclusivamente, y le trataba con más intimidad que a los otros, al paso que colocaba en segundo lugar a Felipe; y por lo que toca a Amaury casi no podría decirse que fuese el tercero en la serie de las preferencias de Antoñita, por lo que el grave tutor juzgó que era impertinente semejante conducta, y a la quinta noche, aprovechando un momento de general distracción, acercose a Antoñita, y en voz baja y con amargo acento le dijo:
—¿Sabe usted, Antonia, que manifiesta honrar con muy poca confianza a un amigo y a un hermano, ya que tal me considero? Conoce usted, sin duda, el proyecto del conde de Mengis y aprueba su plan de casarla con su sobrino...
Antoñita manifestó su desagrado con un ademán.
—¡Si no lo censuro! pero entiendo que no hay motivo para que se aparte usted de mí, rehuyendo mi presencia como la de un importuno que la molestase, sólo por haber hallado el hombre que sin duda llena sus aspiraciones. Yo apruebo su elección, pues opino que no es posible hallar un hombre a la vez más inteligente, noble y rico que el vizconde de Mengis.
Escuchaba estas palabras con asombro Antoñita, pero no sabia con qué razones interrumpirlas ni impugnarlas; sólo cuando Amaury hubo concluido pudo exclamar:
—¡Casarme con el vizconde!...
—¿Y por qué no? ¿A qué fingir así?—dijo Amaury.—Yo no he de hallar extraño que le haya dicho a usted lo mismo que a mí me ha revelado; máxime, cuando sus propósitos armonizan con los de usted y también, según parece, con sus inclinaciones.
—Pero, Amaury, yo le juro a usted...
—¡Extraño tesón! no hay para qué jurar ni negar nada; insisto en que tiene usted razón y en que no podía ser su elección más acertada.
Por más que quiso replicar Antoñita, no le fue posible, pues sus invitados se aproximaron para despedirse, y se fue Amaury con ellos sin que le fuese dable agregar a lo dicho una palabra.
XLVII
El día siguiente lo pasó Amaury esperando una carta que, según él suponía, no dejaría Antoñita de enviarle para pedirle explicaciones acerca de sus palabras de la noche anterior; pero en vano se cansó de aguardar.
A la noche siguiente, que era jueves, dio principio el tercer período, de auge y bienandanza para Felipe, y de caída terrible para Raúl, sin ventaja alguna para Amaury, el primer desahuciado.
No se atrevía Felipe a dar crédito a la realidad, y era realmente gracioso ver al pobre muchacho en el pináculo de la dicha comunicando sus impresiones de felicidad a dos censores tan adustos, a dos rivales tan formidables como Amaury de Leoville y Raúl de Mengis.
El infeliz no tan sólo no supo colocarse a la altura de su inmerecida suerte, sino que se hallaba como asustado de tanta fortuna, confesándose indigno de ella, y evitando las distinciones de que era objeto por parte de Antoñita, con un gesto que imploraba la clemencia de sus dos rivales, quienes por su parte aparentaban, no enterarse de nada, mostrando por sistema una indiferencia glacial.
Esto no era obstáculo para que cada uno de lo desairados hiciese acerca del caprichoso y raro proceder de Antoñita, comentarios nada favorables para el último agraciado.
¿Era posible que Antoñita prefiriese a un hombre como aquél, indigno de ella, tan altiva, tan aristocrática y tan... burlona?
Tan inverosímil fenómeno sólo podía explicarse por una humorada un tanto extravagante, y pensando que sería una broma pasajera esperaron impacientes la noche del sábado.
Pero el sábado llegó, y continuó el programa iniciado el jueves; es decir, las atenciones de Antoñita, y el visible favor de que Felipe disfrutaba, y su penosa turbación por esa causa.
No cabía duda de que era él el pretendiente preferido, y era esto tan evidente que el pobre chico no sabía ni lo que le pasaba, y si le hubiesen obligado a decir lo que sentía, habría confesado que siete meses de desdenes no le habían atormentado tanto como aquellas dos veladas de favor.
Ocioso es decir que por más que el modesto Felipe procuraba mostrarse humilde como nunca ante su amigo Amaury, no conseguía ser tratado por éste de otro modo que con una altivez antipática y humillante, sin que hubiese una sola atenuante a semejante actitud por parte de Leoville para con su antiguo amigo.
En tres consecutivas ocasiones, al pasar a caballo por delante de la casa de su pupila, había visto el severo tutor a un individuo que rondaba alrededor del edificio y que al verle escurrió el bulto, no sin que Amaury notase una perfecta semejanza entre él y su ex amigo Felipe.
Este encuentro, que se repitió muchas veces, siempre que pasaba Amaury por la calle de Angulema, le hizo indignarse en sumo grado, pues habría razón para pensar que muy grande y manifiesta debía ser la preferencia de una dama para que un hombre tan tímido como Felipe venciese su natural poquedad con tan inusitado atrevimiento.
¡Cómo creer aquello en Antoñita! Parecía mentira que coquetease con semejante majadero; y era lo peor que aquellas ligerezas acabarían por comprometerla. No; él no debía consentirlas en su carácter de tutor, y amigo y hermano, por lo que decidió pedirle en forma solemne una explicación categórica de su conducta, como lo hubiera hecho en tal caso el doctor Avrigny.
Mientras esto llegaba, proponíase pasar por la calle de Angulema unas diez veces diarias para convencerse de que era Felipe y no otro quien estaba comprometiendo a su pupila.
No menos excitado y estupefacto ante estos hechos se hallaba Raúl de Mengis, quien se dedicó en los primeros momentos de su caída a estudiar las causas de las bruscas variaciones que acusan los barómetros femeninos, dándose luego a observar lo que pasaba a su alrededor con la penetración y perspicacia de un diplomático, hasta que un día el conde, a últimos de mayo habiéndole visto ganar en favor tanto que le creyó en el apogeo de la dicha, preguntole cómo le iba con Antoñita, a lo que Raúl respondió sin rodeos:
—De tal modo me va, querido tío, que a mi juicio, si me ha obligado usted a hacer un viaje de ochocientas leguas para casarme en la calle de Angulema, creo que ha sido inútilmente; debo manifestarle con toda franqueza que renuncio generosamente a la mano de una Isabel que todas las mañanas tiene rondando al pie de sus balcones un Leandro como Felipe y un Lindoro como Amaury.
—Raúl—dijo con severidad el conde,—no se debe juzgar por las apariencias.
—Querido tío—repuso Raúl,—no me fío precisamente de la policía de la embajada, sino de mis propios ojos, que esta vez no me engañan.
No le pidió el conde explicaciones, como era de esperar, concretándose a reprenderle ásperamente, y decirle que no consentía que se pusiese en tela de juicio la intachable reputación de su protegida.
Ante tal actitud, Raúl se abstuvo de proseguir, pues además de ser naturalmente discreto, estaba habituado a tratar al conde de Mengis con todo el respeto que un sobrino de buena educación debe profesar a un tío que teniendo cincuenta mil libras de renta se ha dignado instituirle su heredero universal.
Tenía Raúl la costumbre de ir todas las mañanas a ver a un amigo que vivía frente a la casa del doctor Avrigny, y fumar en su compañía un cigarrillo mientras tenían un rato de conversación. Así, si bien le era imposible saber lo que pasaba en la casa de la otra acera, porque sus cortinas estaban tan corridas para él como para el resto de los mortales, no dejó de enterarse minuciosamente de cuanto pasaba en la calle.
Por más que el conde no concedió o pareció no conceder en el primer momento importancia a las revelaciones de su sobrino, tal preocupación le causaron que en seguida escribió a Amaury, solicitando una entrevista con él. Esto sucedía un jueves, 30 de mayo.
Recibió Amaury la carta en el momento de disponerse a salir de su casa, y lo hizo inmediatamente para satisfacer los deseos de un anciano por quien sentía un respeto rayano en veneración, a cambio de un afecto casi paternal.
—Mucho le agradezco—dijo el conde al verle—la diligencia que ha puesto en el cumplimiento de mis deseos. Pocas palabras tengo que decirle, pues bien creo que me comprenderá sin necesidad de prolijas explicaciones. Usted ha prometido al doctor Avrigny velar por su sobrina y ser para ella consejero fiel, guía y hermano, ¿no es así?
—Sí, señor, y espero cumplir mis promesas.
—Entonces, su reputación será para usted, no sólo respetable, sino muy preciosa.
—Más que la mía propia, señor conde.
—En tal caso quiero que sepa usted que hay un joven que compromete a Antoñita pasando y repasando por delante de la casa que habita, y hasta llega en su audacia a pararse y mirar con toda fijeza y descaro hacia los balcones.
—Tengo que contestarle, señor conde, que eso que usted me comunica es cosa vieja para mí—dijo Amaury, frunciendo las cejas.
—Pero quizá—continuó el conde—con el propósito de hacer comprender a uno de los dos culpables lo grave del asunto, cree usted, o finge creer que nadie, excepto usted (y el conde subrayó esta palabra) está enterado de estas cosas.
—Es la verdad, señor conde—repuso Amaury, con grave acento—que yo creía ser el único conocedor de todas esas inconveniencias; pero, según veo, estaba equivocado.
—Siendo así, ya comprenderá usted, querido Leoville, que por más que la honra, de Antoñita está a cubierto de toda sospecha y no habrá de sufrir menoscabo por lo que el vulgo pueda suponer, acaso sería conveniente...
—Que cesen esas demostraciones—interrumpió Amaury,—en lo cual somos ambos de la misma opinión.
—Este era mi propósito al hacerle molestarse en venir a mi presencia y espero me perdonará la franqueza de que abuso.
—Antes bien se la agradezco, caballero; y yo doy a usted mi palabra de honor de que, muy pronto, todo eso habrá terminado.
—Basta, amigo mío; a tal promesa cerraré de hoy más mis ojos y mis oídos.
—Por mi parte no puedo menos de agradecerle que me haya llamado con toda confianza y elegido para encargarme la misión de acabar con las audacias de un impertinente.
—¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?
—Tengo el honor de saludarle, señor conde—dijo Amaury, haciéndolo gravemente.
—Perdone usted, Leoville. Temo que me haya comprendido mal, o mejor dicho, que no me haya comprendido.
—Sí, señor conde; le he comprendido perfectamente—dijo Amaury.
Y salió, saludando por segunda vez y haciendo con la mano un ademán para indicar que no había que agregar una palabra a lo que habían hablado.
Cuando subía al cupé pensaba casi en voz alta:
—¡Ah, miserable Felipe! (Amaury no sospechaba que la reprimenda había sido para él).—¿Conque era su señoría el que rondaba la calle de Angulema? ¿Conque eres tú el que pones en lenguas la reputación de Antoñita? A fe mía que tengo hace mucho tiempo fuertes ganas de darte un buen tirón de orejas, y pues me lo aconseja un hombre tan respetable como el conde de Mengis, voy a saborear ese placer.
Embebido en estas divagaciones no daba ninguna orden a su lacayo, que las esperaba sombrero en mano, hasta que cansado de aguardar, preguntó:
—¿A dónde, señorito?
—A casa del señor Felipe Auvray—contestó Amaury en tono que no tenía nada de pacífico.
XLVIII
Como Felipe, que no quería renunciar a sus antiguas costumbres, seguía viviendo en el barrio Latino, era larga la distancia que habla que recorrer, y Amaury tenía tiempo para que se transformase en cólera todo el mal humor que había sacado de casa del conde. Así, cuando Orestes llegó a la casa de su antiguo Pílades, llevaba su alma en tal estado que sin abusar de la metáfora puede decirse que rugía en ella una tempestad furiosa.
Sacudió violentamente el cordón de la campanilla, sin fijarse en el hecho de que la pata de liebre de la calle de San Nicolás se había trocado en pata de ganso.
Abrió la puerta una gorda maritornes, pues Felipe, siempre infantil y candoroso, había conservado la costumbre de hacerse servir por una mujer.
En aquellos momentos estaba en su despacho, con los codos apoyados en la mesa, la cabeza entre las manos, y los dedos ferozmente hundidos en el cabello, embebido en la formidable cuestión de la pared medianera.
La obesa servidora que no se tomó ni aun la molestia de enterarse del nombre del visitante echó a andar delante de él pasillo adentro y abrió la puerta del despacho anunciando la visita con esta sencilla fórmula:
—Señorito, aquí hay un caballero que pregunta por usted.
Levantó Felipe la cabeza al tiempo que lanzaba un profundo suspiro revelador de la existencia de su melancolía hasta en las cuestiones de propiedad, y dejó escapar una exclamación de sorpresa al ver a su antiguo amigo.
—¡Cómo! ¿eres tú, querido Amaury? ¡Cuánto me alegro de tu venida!
Amaury, al parecer insensible a tan calurosas demostraciones, le dijo fríamente:
—¿Sabes a qué vengo aquí?
—Hombre, no; lo único que sé es que desde hace unos días tengo el propósito de hacerte una visita, y por una u otra causa no te la hago.
—Comprendo tu vacilación—dijo Amaury, sonriendo desdeñosamente.
—¿Sí?—preguntó Felipe palideciendo.—Entonces sabrás...
—Lo que sé es que el doctor Avrigny me ha encargado de reemplazarle en la guarda de su sobrina y que tengo el encargo de velar por su reputación. También sé que le he visto a usted tres o cuatro veces en la calle de Angulema bajo las ventanas de Antoñita, y en vista de todo, esto, que le hace aparecer culpable cuando menos de ligereza, vengo a pedirle cuenta de su conducta.
—Querido amigo: ya tenía yo ganas de verte para que hablásemos precisamente de esas menudencias.
—¡Cómo! ¿menudencias llama usted a cosas que atañen a la honra, a la reputación, al porvenir de una persona?
—No te enfades por mi manera de expresarme; ya comprendo que no he debido llamar menudencias a cosas graves, porque grave es en verdad un asunto de amor, de verdadero amor.
—¡Acabáramos! ¿Conque ama usted a Antoñita?
Muy compungidamente Felipe contestó que sí.
Amaury se cruzó de brazos, alzando la vista con verdadera indignación.
—Con honradas intenciones, por supuesto...
—¿Ama usted a Antoñita?
—Sí, mi buen amigo; puede que no sepas que se me ha muerto otro tío, de modo que hoy poseo una renta de cincuenta mil libras...
—No hablo de eso.
—Perdona; yo creo que esta circunstancia no me perjudica.
—Está bien; pero lo que da mal cariz a esta cuestión es el hecho de haber usted amado a Magdalena ocho meses hace con tanta vehemencia como en la actualidad ama a Antoñita.
—¡Oh, Amaury!—dijo lastimeramente Felipe.—Estás abriendo la herida de mi corazón, desgarrando mi atormentada conciencia; concédeme siquiera diez minutos de audiencia y al cabo de ellos me compadecerás lejos de culparme.
Indicole Amaury con un ademán que estaba dispuesto a prestarle atención, no sin hacer cierta mueca, que revelaba su prematura incredulidad para cuanto le iba a decir. Y Felipe habló así:
—Si es verdadera la máxima evangélica que recomienda la indulgencia y el perdón para los que mucho han amado, yo debo merecer absolución por todas mis culpas, pues siendo de complexión amorosa, como decía nuestro grave Molière, he amado con frecuencia suma y ardiente apasionamiento, sin ser correspondido, lo que constituye una causa, eximente, más que atenuante. Pasando por alto las que tú ignoras, bien sabes que amé a Florencia y a Magdalena, pero ellas no se han enterado a no ser que tú te hayas encargado de comunicárselo. ¡Ah! Mi amor hacia Magdalena era tan profundo como respetuoso. Acaso no lo creas al ver que esta pasión no me ha impedido sentir otra; pero no puedes figurarte a costa de cuántas angustias y dolores ha tomado cuerpo en mi pecho este nuevo amor.