Alejandro Dumas (continued 2)
Florencio S. de Yarza translation
—Sí—respondió Magdalena de un modo singular;—creo que has acertado. Pero dejemos esto y acerquémonos a ella, pues nuestras conversaciones en voz baja, le causan gran pesadumbre.
Efectivamente, Antoñita parecía estar inquieta, como si fuese presa de una viva desazón. Aproximáronse a ella, mas no lograron que se sentase de nuevo. Dijo que tenía que escribir una carta, y se retiró a su cuarto.
Así que hubo salido del salón, respiró Magdalena con más libertad, y volvieron ella y Amaury a forjarse nuevos planes. Proyectaron largos viajes por Italia, y en medio de sus protestas de amor no menos nuevas por ser siempre repetidas, prometiéronse prolongar aquellos dulces coloquios durante toda su vida.
De este modo sorprendioles la noche cuando ellos imaginaban no haber pasado juntos sino muy pocos instantes.
De su arrobamiento vinieron a sacarles Antonia y el doctor que aparecieron cada uno por su lado y se acercaron a ellos sonriendo. Amaury estaba, de nuevo a los pies de su amada, pero esta vez Avrigny, lejos de irritarse como la víspera, le indicó que no se moviese y tras de contemplar un momento aquel hermoso grupo, les tendió sus manos, exclamando:
—¡Hijos míos!
Antoñita, por su parte, ya fuese debido a su fuerza de voluntad o a versatilidad de humor, estuvo como nunca, encantadora, haciendo gala de su jovialidad y de su gracia. Quizás un frío observador habría considerado algo febril aquella animación y algo aparente aquella franca alegría.
Los dos novios, absorbidos en sus propios sentimientos, no tenían tiempo para analizar los ajenos. Sólo de vez en cuando Magdalena hacía recordar a Amaury, tocándole en el codo, que estaban en presencia de su padre. Entonces la conversación se hacía general, no siendo ella la que menos ponía de, su parte en tal empeño; pero pronto triunfaba el sentimiento predominante, dando motivo al doctor para evaluar con amargura el sacrificio que había hecho al otorgarle la limosna de una caricia, de una mirada, o de una simple palabra.
No tuvo valor para ver cómo le escatimaba su amor filial y apenas dieron las nueve pretextó la fatiga de la víspera para retirarse a descansar dejando en su lugar a la señora Braun.
Pero antes de marcharse, al dar a su hija el beso de despedida, apoderose de una de sus manos y le tomó disimuladamente el pulso. Una ráfaga de indecible alegría, iluminó en el acto el contraído semblante del doctor. El pulso era normal; circulaba la sangre con regularidad perfecta; la arteria no denunciaba la más leve agitación y los hermosos ojos de Magdalena no brillaban ya con el fulgor de la fiebre, sino con el resplandor de la felicidad.
Volviose Avrigny hacia Amaury, y estrechándole en sus brazos le deslizó al oído estas palabras:
—¡Si tú pudieras salvarla!...
Y gozoso casi en igual medida que los novios se dirigió a su despacho para trasladar a su diario las impresiones de aquel día, uno de los más memorables de su vida.
No tardó en retirarse Antoñita, cuya desaparición no advirtieron ni Amaury ni Magdalena, y aun podría asegurarse que ambos la creían presente cuando al dar las once se les acercó la señora Braun, para recordar a Magdalena que su padre no permitía que se acostase más tarde.
Hubieron, pues, de separarse por fuerza, no sin hacerse las más tiernas promesas para el día siguiente.
Al volver Amaury a casa, se conceptuaba el más dichoso de los mortales. Había pasado un día de felicidad completa, de esos que hacen época en la existencia de un hombre; uno de esos días que no son oscurecidos por la más ligera nube, y en que todos los accidentes de la vida ordinaria confúndense de un modo armónico lo mismo que los detalles de un magnífico paisaje se confunden con el cielo.
Ni una leve ondulación había turbado la tranquila superficie del lago de aquel día, ni una sombra había venido a oscuraecer los perdurables recuerdos que debía dejar en su memoria.
Leoville entró en su casa, casi asustado de tanta dicha, tratando vanamente de adivinar de dónde podría venir la primera nube capaz de empañar el cielo radiante de su felicidad.
IX
Para Amaury la velada que acabamos de describir, tuvo su continuación en los deliciosos sueños que ocuparon su imaginación aquella noche.
Así, por la mañana despertó en la mejor disposición de ánimo para recibir a su amigo Felipe, que no tardó en presentarse.
Cuando Germán entró anunciando su visita, recordó Amaury que dos días antes había estado Auvray a verle para pedirle un favor y que no encontrándose dispuesto a pensar en otra cosa que en los asuntos que a él le preocupaban, había diferido para otro día aquella conferencia.
Felipe volvía con la perseverancia que formaba parte de su carácter, a preguntar a Amaury si podía al fin oírle.
Leoville, que aquel día habría contribuido de buen grado a hacer dichoso a todo el mundo, ordenó que le hiciesen entrar en seguida y le recibió sonriente. Felipe, en cambio, entró muy serio y con aire grave y acompasado. Aún cuando era muy temprano, pues no habían dado las nueve, vestía de rigurosa etiqueta.
Permaneció de pie, hasta que el criado hubo salido, y luego con solemne ademán preguntó a su amigo:
—¿Vengo en mejor ocasión que anteayer? ¿Estás hoy dispuesto a concederme una audiencia?
—Amigo Felipe—contestó Amaury,—no me guardes rencor por esta pequeña dilación; harías muy mal en ello, pues ya pudiste advertir el otro día que no estaba yo para escuchar confidencias. Hoy sí que vienes en ocasión muy oportuna. Por lo tanto, siéntate y dime qué asunto es ese que hace que vengas tan serio, tan estirado y tan correcto.
Auvray sonrió con satisfacción, y luego haciendo un gesto teatral, como actor que se prepara para declamar un largo parlamento, dijo:
—Suplícote no olvides que soy abogado, lo cual quiere decir que debes escucharme con paciencia, sin interrumpirme ni replicar hasta el fin de mi discurso. Desde luego te prometo que éste no pasará de un cuarto de hora.
—Convenido—dijo riendo Amaury,—pero ten mucho cuidado, porque te escucharé reloj en mano. Mira: señala en este momento las nueve y diez minutos.
Felipe sacó también el suyo, comparó los dos cronómetros con cómica gravedad, que era habitual en él, y repuso:
—Tu reloj adelanta cinco minutos.
—O los atrasa el tuyo. Ya te he dicho muchas veces que me pareces tú aquel hombre de quien se dice que vino al mundo con un día de retraso, y en toda su vida no pudo ya recobrarlo.
—Ya lo sé. Sí; ésa es mi costumbre, hija de la maldita irresolución propia de mi carácter, que me hace titubear sin resolverme a hacer una cosa hasta que los demás ya la han hecho; de dónde resulta que en todos mis asuntos cualquiera me gana siempre por la mano. Pero en esta ocasión confío, Deo volente, en llegar con oportunidad al fin que me propongo.
—Pues si pierdes el tiempo perorando inútilmente no será nada extraño que haya quién lo aproveche y tú te quedes rezagado como siempre.
—Si así sucede la culpa será tuya, porque yo te he suplicado que no me interrumpas y no parece sino que te ha faltado tiempo para hacerlo.
—Está bien. Habla, pues; ya te escucho. Veamos qué es lo que tienes que contarme.
—Se trata de una historia que tú conoces tan bien como yo; pero debo forzosamente empezar por recordártela para llegar a mi objeto.
—¡A ver si vamos a representar ahora la escena de Augusto y Cinna! ¡Tendría gracia! ¿Te imaginas que conspiro?
—¡Vaya! Ya me has interrumpido dos veces, a pesar de haberme empeñado tu palabra. Después te quejarás de que mi discurso ha durado más de lo convenido, y te creerás con derecho para hacerme objeto de tus reproches.
—No temas, Felipe; me acordaré de que eres abogado.
—Ea, dejémonos de bromas y hablemos en serio porque el asunto es grave.
—¡Muy bien! Mírame—repuso Amaury, afirmando los codos sobre el lecho con seriedad afectada.—¿Qué te parece? ¿Estoy bien de este modo? Pues yo te juro que no haré ni un movimiento mientras tu hables... Conque, empieza cuando quieras.
—Escúchame, Amaury—dijo Felipe.—¿Te acuerdas del primer curso de leyes que estudiamos juntos? Salíamos de clase abarrotados de filosofía, sabios como Sócrates y sensatos como Aristóteles. El corazón de Hipólito habría envidiado al nuestro pues si nosotros amábamos a alguna Aricia, no era más que en sueños, y así en los exámenes hubo tres bolas blancas, símbolos de nuestra inocencia, que recompensaron nuestra aplicación y que colmaron de alegría a nuestra familia. De mí, yo sé decir que, emocionado por las alabanzas de mis profesores y las muestras de cariño de mis padres, había hecho ya nada menos que un propósito firme de morir envuelto en virginal vestidura, lo mismo que San Anselmo; pero no contaba con el diablo, con el mes de abril, y con mis diez y ocho años, que habían de dar al traste con mi buena intención. En suma, que muy pronto cayó por tierra mi plan al choque de una violenta contrariedad. Yo hasta entonces había visto siempre ante mis ventanas otras dos en las que de vez en cuando aparecía el rostro avinagrado de una vieja fea y gruñona, verdadero tipo de clásica dueña española que parecía vivir sin otra compañía que un perro tan asqueroso como ella; por lo menos nunca vi asomarse a las ventanas, exceptuando a la vieja, otro ser viviente que aquel animalito, el cual, cuando por casualidad su dueña abría la ventana, corría a poner las patas sobre el alféizar y me miraba con ojos curiosos al través de su pelaje ensortijado por el fango. El perro y la vieja me inspiraban horror, e indudablemente, el tener yo siempre cerrada herméticamente mi ventana para no verlos, fue la causa principal de que yo obtuviese al terminar el curso un resultado tan brillante en la carrera de los Cuyacios y los Delvincourt.
Pero ¡ay! un día, allá a principios de marzo, vi con júbilo una plancha en la cual había escritas estas consoladoras palabras:
cuarto y gabinete por alquilar para el mes de abril
Era indudable que iba a verme libre de la vecindad de aquella horrible vieja, y que por fin vendría un ser humano a sustituir a la espantosa bruja que durante dos años había afeado mi perspectiva con el espectro de Medusa.
Ya aguardaba yo impaciente la fecha del 1.º de abril cuando la víspera me escribió mi excelente tío, el mismo que me ha dejado veinte mil francos de renta, invitándome a pasar el día siguiente, que era festivo, en su quinta de Enghien.
Como yo no andaba muy al corriente de mis estudios, pasé en vela buena parte de la noche a fin de encontrarme el lunes al nivel de los demás compañeros, y ¡claro está! a la mañana siguiente en lugar de levantarme a las siete, lo hice a las ocho y en vez de partir a las ocho lo hice a las nueve, por lo que no me fue posible llegar a las diez, como debía, sino a las once bien dadas, cuando estaban ya acabando de almorzar. Ya supondrás que el retardo no me quitó el apetito. Me senté, pues, a la mesa, prometiendo a los demás comensales que pronto los alcanzaría; pero por más que hice y por bien que jugué mis mandíbulas, no logré impedir que todos concluyeran antes que yo, y como hacía un día espléndido y figuraba en el programa un paseo por el lago, me manifestaron que salían a dar una vuelta mientras yo terminaba de almorzar y concediéronme diez minutos, asegurándoles yo que aún me sobraría tiempo.
Pero quiso el diablo que me sirviesen el café hirviendo, y entre soplar, hacer gestos y tomarlo poco a poco, perdí muy cerca de una hora. Por si algo faltaba, para colmo de desdichas, había en la comitiva un matemático, uno de esos hombres que por lo ordenados guardan gran analogía con un cuadrante solar, que supeditan, todos sus actos a su reloj, tan fijo como el sol. Así que hubieron pasado los diez minutos que me fueron concedidos, consultó mi hombre su cronómetro y haciendo notar que yo no había cumplido mi palabra se dirigió a la orilla y dio comienzo el embarco.
A la sazón salía, yo de la casa, y al ver la jugarreta que iban a hacerme, eché a correr, llegando al embarcadero en el preciso momento en que la barca se apartaba de la orilla. Saludáronme las carcajadas de todos, esto picó mi amor propio, medí con la vista la distancia a que se hallaba la barca, y viendo que no me separaban de ella más de unos cuatro pies, salté y... ¡zas!... ¡dí con mi cuerpo en el lago!
—¡Pobre Felipe! Gracias a que sabes nadar como un pez, pues de otro modo...
—Esa circunstancia me valió—interrumpió Auvray.—Mas, como el agua estaba helada, volví a la orilla aterido y tiritando de frío, mientras que el matemático calculaba de seguro, cuántos milímetros me habían faltado para caer en el bote y evitarme el chapuzón. A consecuencia de aquel baño intempestivo, tomado en tan malas condiciones, pasé tres días en la quinta, con una fiebre muy alta. El mismo día en que el médico me declaró radicalmente curado, obligome mi tío a volver a París sin perder tiempo, pues mi ausencia podía perjudicarme para los exámenes, y entré en mi casa a las diez de aquella noche, no sin ir antes a llamar a tu puerta; pero o tú estabas fuera o te habías acostado. Por cierto que después he recordado esta circunstancia muchas veces.
—Pero, ¿querrás decirme adonde diablos vas a parar?
—Pronto lo verás. Prosigo. Me metí en la cama respetando tu ausencia, tu sueño o lo que fuere; dormí como un lirón, y por la mañana me despertó el piar de los gorriones, cosa que me produjo la ilusión de que estaba aún en el campo; así, que abrí los ojos creyendo ver el verdor, las flores y los pájaros y me quedé sorprendido cuando me encontré, con que desde mi cuarto vi todo eso. Aun vi más, porque al través de los vidrios y entre rosas y claveles contemplé a la modistilla más linda y más retrechera que puedas tú imaginarte, distribuyendo comida a varios pájaros de especie diferentes, que merced sin duda al dulce gobierno de su dueña, convivían en paz dentro de una misma jaula. Parecía un cuadro de Mieris. No ignoras tú que los cuadros me gustan con delirio: te explicarás, pues, perfectamente, que yo me estuviera allí más de una hora contemplando aquel que me parecía tanto más encantador cuanto que venía a destruir el efecto que durante dos años me había causado la odiosa visión de la vieja y el perro. Mientras yo estuve fuera, mi Fisifona se había largado, cediendo su puesto a la gentil griseta. Sin pasar de aquel día, decidí enamorarme con locura de mi encantadora vecina, y no desperdiciar la primera ocasión que se me ofreciera para declararle mi pasión.
—¡Ah! Ya te veo venir, amigo Felipe—dijo Amaury riendo;—pero ya creía yo que habías olvidado aquella aventura en la que tuve la desgracia de ser tu rival, llevándote dos días de delantera.
—Ni mucho menos, Amaury; antes bien, la recuerdo con todos sus detalles y como tú no conoces éstos, me permitirás que te los cuente para que sepas hasta dónde llegan tus culpas para con tu amigo Felipe.
—Pero, hombre, ¿habrás sido capaz de venir a provocarme a un duelo retrospectivo?
—¡Qué disparate! No vengo más que a pedirte un favor, y si te cuento esa historia es con el fin de que a la amistad inquebrantable que existe entre nosotros y que debe moverte a prestarme ayuda se sume el deseo de reparar ciertos agravios.
—Muy bien; pero volvamos a Florencia.
—¿Florencia se llamaba?—preguntó Felipe.—No lo sabía yo. Me gusta mucho ese nombre, casi tanto como me gustaba ella. Volvamos, pues, a Florencia. Te decía que tomé dos decisiones a un tiempo, cosa muy extraña en mí, que apenas sé tomar una. Verdad es que, si alguna vez lo hago, no hay nadie que persevere más en su propósito ni que siga su camino tan impertérritamente como yo... ¡Por vida de!... Se me figura que acabo de soltar un adverbio.
—Tienes perfecto derecho a hacerlo—repuso Amaury con gravedad.
—El primer propósito era el de enamorarme, como un loco, de mi hermosa vecina—continuó Felipe,—y como era el más factible, lo puse en práctica aquel mismo día. Consistía el segundo en declararle mi pasión a la primera oportunidad, y eso ya no era tan fácil; como que era necesario primeramente encontrar la ocasión y después atreverse a aprovecharla.
Tres días tuve que estar en constante espionaje; el primero, oculto detrás de mis cortinas, porque temía asustarla dejándome ver súbitamente; al otro día ya la contemplé pegado a los cristales, pero aun no me atreví a abrir mi ventana; al tercero ya la abrí, y observé gozoso que no la espantaba mi osadía.
Aquella misma tarde la vi echarse sobre los hombros un chal, y abrocharse las botas. Mi vecina iba a salir, y como eso precisamente era lo que esperaba ansioso, me preparé a seguirla adondequiera que fuese.
X
Auvray prosiguió:
—Mi plan ya estaba trazado. Tenía que armarme de valor para detenerla y ofrecerme a compañarla, declarándole por el camino mi pasión, y explicándole con fuego los estragos que en mi pobre corazón habían hecho en tres días su nariz arremangada y su graciosa sonrisa. Tomé, pues, el bastón, el sombrero y el gabán y en cuatro brincos me planté en la calle, sin que me fuera dable evitar, a pesar de mi presteza, que ella ya me llevase unos treinta pasos de delantera. Me lancé como una flecha en seguimiento suyo, y poco a poco logré acortar la distancia. En la esquina de la calle de San Jaime, llevaba yo ganados diez pasos; en la calle de Racine eran ya veinte, y después de atravesar un patio, emprendió la ascensión por una escalera, cuyos últimos escalones alcanzaban a verse desde la calle. Pasome por la mente la idea de aguardarla en el patio, pero la deseché pronto, considerando que el portero, que a la sazón estaba barriendo me preguntaría adónde iba y yo no sabría responderle ni siquiera explicarle a quién seguía, puesto que ignoraba el nombre de la joven. Hube, pues, de contentarme con esperar paseando por la acera de enfrente como pudiera hacerlo un centinela, y he de confesar que si alguna afición hubiera tenido yo a la guardia nacional la habría perdido entonces.
Así pasó una hora, y otra, y otra más, y mi griseta no se dejaba ver por parte alguna.
—¿Será que la habré espantado?—me pregunté.
A todo esto se acercaba ya la noche y yo, mísero de mí, no disponía del poder de Josué para detener el sol a mi placer. De repente, a la escasa luz del farol que alumbraba la escalera, alcancé a ver el vestido de mi fugitiva, pero ésta no iba sola, pues también vi la capa de un hombre que bajaba en su compañía.
—¿Será su amante? ¿Será su hermano?—pensé.
Muy bien podía ser lo primero, pero tampoco era descabellado suponer que fuera lo segundo, y recordando a la sazón la famosa máxima del sabio: «En la duda abstente», yo me abstuve. Los dos pasaron junto a mí sin verme, pues la oscuridad no podía ser más densa.
Aquel acontecimiento me hizo cambiar de plan. Así como así, en mi fuero intento, renegaba de mi pusilanimidad, temiendo que en el instante en que hubiera de dirigirle la palabra me abandonara el valor de que venía haciendo tan gran acopio, y, por lo tanto, juzgué que era mejor declararme por escrito.
Y así como lo pensé lo hice en seguida; apenas llegué a casa, sentome ante mi mesa, pluma en ristre. Pero trazar una epístola amorosa de la que dependía el juicio que yo iba a merecer a mi vecina y, por lo tanto, la mayor o menor rapidez con que yo debía captarme su voluntad, no era empresa muy fácil que digamos. Además, era la primera vez que yo me metía en tales aventuras. Así, me pasé hasta la madrugada trazando una serie de borradores que al releerlos luego me parecieron detestables. A la mañana siguiente hice unos cuantos más, y por fin adopté este último ensayo.
Y al decir esto Auvray, sacó su cartera y de ella un papel que desdobló y leyó en voz alta. He aquí lo que decía aquella carta:
«Señorita:
»Verla a usted es adorarla; yo la he visto y la adoro. Por las mañanas la veo distribuyendo el alimento a sus pájaros, demasiado dichosos, porque les da de comer una mano tan linda; la veo regar sus rosas, menos rosadas que sus mejillas, y sus claveles, que no tienen la fragancia de su aliento, y aquellos breves instantes bastan para llenar mis días de ilusiones y mis noches de ensueños.
»Señorita, usted no me conoce y yo ignoro también quién es usted, pero me basta vislumbrarla un segundo para juzgar que bajo tan seductora apariencia se oculta un alma llena de pasión y de ternura. Su espíritu no puede menos de ser tan poético como su hermosura y sus sueños son de fijo tan dulces como sus miradas. ¡Feliz aquél que pueda dar realidad a esas encantadoras ilusiones! ¡Triste de quien se atreva a destruir tan dulces quimeras!»
—¿Qué te parece? ¿Verdad que logré imitar perfectamente en ese borrador el estilo de la época?—preguntó Felipe con visible satisfacción de sí mismo.
—Lo mismo iba yo a decirte: pero he recordado a tiempo que no te debía, interrumpir—contestó Amaury.
Auvray continuó:
«Ya ve usted señorita, que la conozco. ¿Y a usted, jamás le ha dicho su instinto de mujer que muy cerca de usted, en la casa de enfrente, había un joven que poseyendo algunos bienes, vive solo y aislado y necesita un corazón amante y cariñoso que sepa comprenderle? ¿No ha adivinado usted que aquí había un hombre capaz de dar su sangre, su vida, y su alma al ángel que bajase del Cielo para llenar el vacío de su triste existencia, y cuyo amor no sería un capricho profano y ridículo, sino una adoración eterna? Señorita, si usted no me ha visto, ¿por qué no me habrá siquiera presentido?»
Volvió a detenerse Felipe para mirar a Amaury, como pidiéndole su opinión sobre este segundo período de la carta.
Leoville hizo un gesto de aquiescencia, y Auvray prosiguió:
«Perdone usted, señorita, si no he sabido resistir al ardiente deseo de declararle la volcánica pasión que su sola presencia me ha inspirado: perdone mi atrevimiento, pero no podía menos de revelarle este amor que de hoy más habrá de llenar mi vida. No le ofenda la ingenua sencillez de quien le profesa tanto amor como respeto y si quiere creer en la sinceridad de este pobre corazón que ya es suyo por entero, permítame que le manifieste de palabra toda la ternura y veneración que siento por usted.
»Por favor, señorita, déjeme ver de cerca a mi ídolo. No pido que me conteste, no me atrevo a exigir tanto; pero será suficiente una palabra, una seña, un ademán, la más leve indicación para que yo vuele a sus pies, y pase a su lado la existencia.
»Felipe Auvray.
»Calle de San Nicolás, 5.º piso. Hay una pata de liebre en el cordón de la campanilla.»
—¿Has comprendido, Amaury? No le pedía respuesta, porque no me juzgase muy osado; pero le daba las señas de mi habitación por si se compadecía de mí y me contestaba sin pedirle yo que lo hiciese.
—No era mala precaución—repuso Amaury.
—No, no era mala, pero en cambio era excusada, amigo Amaury. Concluida la apasionada epístola, no faltaba otra cosa que llevarla a su destino: pero, ¿cómo iba a hacerla llegar a manos de mi vecina?... ¿Valiéndome del correo? No conocía el nombre de mi deidad. ¿Comisionando al portero para que se la entregase mediante una propina de tres francos? Yo no fiaba mucho en ese medio porque había oído hablar muchas veces que hay porteros incorruptibles. ¿La enviaría por un demandadero? Este medio me resultaba prosaico y hasta un tanto peligroso, pues podía suceder perfectamente que encontrase allí al hermano, es decir, al individuo aquel que la acompañaba la noche en que la seguí, y que en medio de mi ilusión, creía yo que no podía ser más que su hermano. Costábame trabajo el resignarme a creer que fuese un amante.
Pensé contarte entonces mi aventura, pero me arrepentí en el acto porque se me ocurrió que tú, como más experto que yo en lides de amor, te burlarías de mis perplejidades. En suma, paralizado por ellas, tuve tres días la carta cerrada sobre mi mesa sin saber qué hacer con ella. Por fin, cuando ya anochecía el tercero y mientras yo entristecido por su ausencia, pues había salido aquella tarde, contemplaba su habitación desierta, vi desprenderse de sus rosales una hoja que empujada por el viento cayó revoloteando hasta la calle.
La manzana que a Newton le cayó en la nariz, fue para el sabio una revelación de la gravitación universal. Del mismo modo una hoja flotando a merced del viento, me reveló a mí el medio de correspondencia que debía emplear. Envolví con la carta el primer objeto pesado que hallé a mano, y lo tiré con habilidad a la habitación de mi vecina, hecho lo cual y asombrado de mí mismo por este rasgo de audacia, cerré prestamente la ventana y aguardé temblando por las consecuencias que podía tener el acto de osadía perpetrado, porque si mi vecina regresaba con su hermano, y éste leía la carta, quedaría muy comprometida la infeliz muchacha.
Oculto tras de las cortinas, y con el corazón lleno de angustia, esperé su vuelta. De pronto vi que entraba, y al advertir que no le acompañaba nadie, respiré con libertad. Ligera y juguetona como siempre, recorrió en todos sentidos su aposento sin tropezar con mi carta, hasta que por último quiso la casualidad que pusiera el pie encima. Entonces se inclinó para recogerla.
Yo estaba en ascuas. Latía mi corazón con violencia inusitada y comparábame con la Lauzun, Richelieu y Lovelace.
Como ya te he dicho antes, comenzaba a anochecer. Mi vecina se acercó a la ventana como queriendo averiguar de dónde podían haber arrojado la misiva, y luego se dispuso a leerla. Entonces creí llegada la ocasión de darme a ver, y a mi vez me asomé yo a mi ventana. Al oír el ruido que hice al abrirla, volviose mi vecina y paseó su mirada con cierto asombro no exento de curiosidad, de la carta a mi persona y de ésta a la carta.
Con elocuente mímica supe indicarle que era yo su autor, y cruzando las manos, le rogué que la leyera.
Quedó perpleja un instante, mas se decidió muy pronto.
—¿A qué?
—A leerla, hombre, a leerla.
Comenzó por abrir la carta con la punta de los dedos; me miró sonriendo, leyó unas cuantas líneas, volvió a sonreír, y por último, aumentando su jovialidad, prorrumpió en una franca carcajada que a mí me dejó desconcertada. Con todo, como acabó de leer la carta de cabo a rabo, ya iba yo recobrando una ligera esperanza, cuando súbitamente vi que la rasgaba. Estuve a punto de gritar, pero en seguida pensó que quizás tomaba tal precaución por miedo a que la carta cayese en manos de su hermano. Entonces juzgué que obraba bien y hasta aplaudí su idea por más que se me antojaba que era demasiado cruel el encarnizamiento con que se cebaba en mi desventurada epístola. Que la hubiese roto en cuatro pedazos, pase; en ocho, aún podía tolerarse; pero que la rasgase en y diez y seis, en treinta y dos, en sesenta y cuatro, que la redujese a imperceptibles trozos, era ya refinamiento, y convertirla en un puñado de átomos, era dar muestra de insigne perversidad.
Y es el casó que así lo hizo, y sólo cuando por ser ya los fragmentos muy pequeños le fue imposible hacer una nueva división, abrió la mano, y envolvió a los transeúntes en aquella nevada intempestiva; hecho esto volvió a reírse en mis barbas y cerró la ventana, mientras una importuna ráfaga de viento me traía un fragmento de mi carta y una muestra con él de mi elocuencia. ¿A qué no imaginas cuál era? ¡Pues nada menos que aquel que contenía la palabra ridículo!
Sentí que la furia me cegaba; pero, como al fin y a la postre ninguna culpa tenía ella de este último incidente, únicamente achacable al viento inoportuno, cerré también mi ventana con dignidad, y me puse a discurrir, buscando el medio de vencer aquella, resistencia desusada en la honorable corporación de las grisetas.
XI
Los primeros planes que ideé se resintieron, como es natural, del estado de exaltación en que me encontraba yo; así, no se me ocurrieron más que feroces combinaciones y proyectos tan locos como salvajes, mientras pasaba revista en mi memoria a todas las catástrofes amorosas ocurridas en el mundo desde Otelo hasta Ansony.
Pero antes de adoptar ningún plan definitivo decidí acostarme con el fin de que el sueño amansase mi furor, teniendo por bueno aquel proverbio que dice que «la noche es buena consejera». Y así debe ser en efecto, porque al otro día me levanté completamente tranquilo; aquellos planes sanguinarios de la víspera, se habían trocado en resoluciones mucho más parlamentarias, y yo me resolví a aguardar la noche para llamar a su puerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies, y repetirle verbalmente lo que ya le había dicho en mi carta. Si rechazaba mi amor, estando con ella a solas, siempre tenía el recurso de apelar a los medios más violentos. No podía ser este plan más atrevido; pero en cambio su autor lo era bien poco.
Dispuesto a ponerlo en práctica aquella noche, llegué valientemente hasta el pie de la escalera, pero de allí no pasé. A la noche siguiente, subí hasta el segundo piso; pero allí me detuvo mi falta de decisión. A la tercera llegué hasta el rellano de su propio piso, pero me quedé delante de su puerta, sin atreverme a llamar. Me pasaba a mí lo mismo que a Querubín: No me atrevía a atreverme.
Pero a la cuarta noche, juré acabar de una vez y no ser por más tiempo tan necio y tan cobarde. Entré en un café, tomé hasta seis tazas de este brebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres francos de energía, subí sin retenerme los tres pisos, y con mano temblorosa y febril ademán, sin querer pensar en nada por miedo de arrepentirme, tiré del cordón de la campanilla, cuyo sonido me heló la sangre en las venas.
Diéronme entonces tentaciones de echar a correr, pero me quedé como clavado en el suelo, retenido allí por mi propio juramento. No tardé en oír pasos... Alguien abrió... Lancéme al interior de una habitación oscura como boca de lobo, abrí una puerta por cuyos intersticios se filtraba la luz y exclamé con acento de resolución suprema:
—¡Señorita!
Pero en el acto, me sentí asido por una mano varonil que me puso delante de mi hermosa vecina, y mientras ésta se levantaba de su asiento haciendo un mohín lleno de gracia, mi amigo Aumary, le dijo:
—Vida mía, tengo el gusto de presentarte a mi amigo, Felipe Auvray. Es vecino tuyo y hace tiempo que desea conocerte.
Ya conoces el resto de la aventura. Pasé allí diez minutos, sin lograr reponerme de mi aturdimiento, y abrumado al fin por el peso del ridículo balbuceé algunas excusas y me retiré acompañado por las carcajadas de Florencia que no pudo contener la hilaridad al ofrecerme su casa.
—¿Y a qué viene el recordar ahora tales cosas? A raíz de aquel suceso, me pusiste mala cara, y tardó bastante en pasársete el enfado; pero creí que ya me habías perdonado, en gracia a que tú mismo tuviste la culpa de lo que te pasó entonces.
—De sobra lo sé y nunca te guardé rencor por ello. Pero debes reconocer que esas cosas no sirven de gusto a nadie, y como tú, queriendo resarcirme en cierto modo de la amarga impresión que dejó en mi ánimo la desdichada aventura te opusiste a presentarme a tu tutor y contrajiste solemne compromiso de hacerme en adelante cuantos favores pudieses, he creído conveniente recordarte tu crimen para recordarte tu promesa, ya que hoy necesito que me ayudes.
—Habla, Felipe—dijo Amaury, pugnando por contener la risa.—Estoy arrepentido de mi culpa, tengo en cuenta el compromiso y aguardo la ocasión de expiar aquel pecado... involuntario.
—Bueno. Sabe, pues, que ha llegado el momento—dijo Felipe con gravedad.—Amaury: estoy enamorado.
—¡Diablo! ¿Lo dices en serio?
—Sí; y esta vez no es un amor pasajero, sino una afección honda y duradera que llenará mi vida.
Amaury se sonrió, pensando en Antoñita.
—¿Y de seguro quieres pedirme que te sirva de intérprete cerca de tu ídolo? ¡Desdichado! Me haces temblar... Pero prosigue. ¿Cómo te has enamorado? ¿y de quién?...
—Ya no se trata de una modistilla cuyo amor se busca por capricho, sino de una señorita de noble alcurnia a la que sólo puedo unirme en matrimonio. Mucho he titubeado en decírtelo a ti, que eres mi mejor amigo, pero al fin tenía que hacerlo y he creído llegado el momento oportuno. No poseo títulos de nobleza, pero tampoco soy de origen oscuro, pues pertenezco a una familia distinguida; hace poco heredé de mi buen tío veinte mil francos de renta y su quinta de Enghien, y estas circunstancias me animan a decirte a ti, que más que amigo eres para mí un hermano y además estás propicio a darme reparación de las pasadas ofensas: «Amaury, ¿quieres pedir en mi nombre a tu tutor la mano de su hija Magdalena?
—¡Cómo! ¿qué es lo que dices?—exclamó Amaury, con la estupefacción pintada en el semblante.
—Digo—respondió Felipe sin abandonar su aire solemne,—que suplico a mi amigo y hermano Amaury, recordándole sus compromisos, que pida para mí la mano de...
—¿De Magdalena?
—Si.
—¿De Magdalena de Avrigny?
—Sí; de la hija de tu tutor.
—Pero ¿no estabas enamorado de Antoñita?
—¿Yo? ¡Ca, hombre!
—Así, pues, ¿amas a Magdalena?
—¡Claro está! Por eso vengo a pedirte...
—¡Calla, desgraciado! ¡Está de Dios que siempre llegues tarde! Yo también la amo.
—¿Qué dices? ¿Que tú la amas?
—Sí, y es el caso...
—¿Qué?...
—Que ayer mismo pedí y obtuve su mano.
—¿La mano de Magdalena?
—Sí: la mano de Magdalena.
Felipe se llevó las manos a las sienes como temiendo que su cabeza estallara; luego, aturdido, sin darse cuenta de sus actos, se levantó vacilante, tomó maquinalmente el sombrero y con paso de autómata salió sin despegar ya los labios, como si aquel golpe le hubiese dejado mudo.
Amaury, compadecido de su amigo, estuvo tentado a correr tras él para detenerle y prodígarle consuelos; pero en aquel instante oyó las diez y se acordó de que a las once le esperaba Magdalena.
XII
diario del doctor avrigny
15 de mayo
«Por lo menos no me separaré de mi hija; se quedarán a mi lado; yo iré a donde ellos vayan y viviré con ellos.
»Proyectan pasar el invierno en Italia, o para hablar con más propiedad, mi prudente previsión les ha sugerido ese propósito. Así, pues, presentaré mi dimisión de médico de cámara y me iré con mis hijos.
»Magdalena es rica y yo también lo soy. ¡Qué puedo necesitar yo, si lo que guardé fue para ella!
»Seguro estoy de que mi partida causará a muchos gran sorpresa y que tratarán de retenerme en nombre de la ciencia, diciéndome que no debo dejar abandonada mi clientela, pero, ¿qué importa?
»Para mí la única persona en quien tengo que pensar es Magdalena; eso no sólo constituye una dicha sino que es además un deber. Mis hijos necesitan de mí y a ellos me debo. Les serviré de cajero; es necesario que Magdalena sea la más deslumbradora entre todas, ya que es la más hermosa, sin que su fortuna disminuya por tal causa.
»Nos procuraremos en Nápoles, en Villa Reale, un palacio cuya fachada dé al Mediodía. Allí mi hija florecerá como una planta lozana restituida al suelo natal.
»Yo dirigiré su casa, organizaré sus saraos, haré el papel de intendente y les descargaré del peso de todos los cuidados materiales que la vida social lleva consigo.
»Sólo habrán de pensar en ser felices y en quererse... Ya es bastante ocupación, después de todo.
»Quiero además que este viaje, que para ambos es de puro recreo, sea provechoso para Amaury y le sirva para adelantar en su carrera; así, sin enterarles de nada, ayer mismo pedí al ministro que le encomendase una importante comisión secreta y mi pretensión fue atendida.
»Todo lo que treinta años de trato con los hombres más eminentes y de observación constante en el orden físico y en el moral me han producido en influencia y en conocimientos, lo pondré a su disposición para que se sirva de ello.
»Y no sólo me propongo ayudarle en el cumplimiento de la misión que le encargan, sino que su trabajo lo llevaré a cabo yo mismo. Sembraré para él a fin de que sólo tenga que tomarse el trabajo de recoger la cosecha.
»Todo lo que yo le doy pertenece a mi hija, como le pertenecen mi fortuna, mi vida y mi pensamiento, que ya le había dado antes.
»Todo será para ellos; yo no quiero reservarme para mí otra, cosa que el derecho de mirar de vez en cuando a Magdalena, escucharla cuando me hable y verla hermosa y satisfecha.
»No me separaré de ella y me olvidaré, como me olvido ya, del instituto, de los clientes y hasta del rey, que hoy ha enviado a preguntar por mi salud. Todo lo olvidaré menos mis hospitales; los demás enfermos son ricos v pueden acudir a otro médico, pero mis pobres no; si éstos no me tuvieran a mí ¿quién los asistiría?
»Y el caso es que no tendré más remedio que dejarles, cuando me vaya con mi hija. Algunas veces me pregunto si tengo derecho a abandonarles; pero no paso a creer que haya nadie en el mundo que tenga sobre mí más derecho que mi hija.
»Parece increíble la facilidad con que dudamos a veces de las cosas más simples. Ya rogaré a Cruveilhier o a Jaubert que ocupen mi lugar.»
16 de mayo.
«Tan felices son que en mí se refleja su júbilo. No dejo de comprender que el aumento de amor hacia mí que en ella advierto no es otra cosa que un desbordamiento del que le profesa a él; pero a veces lo echo en olvido, como quien viendo una representación dramática, llega a imaginarse que presencia escenas de la realidad.
»Hoy le he visto venir tan regocijado que me privé de entrar en la habitación de mi hija para no obligarles a que se hiciesen violencia delante de mí.
»¡Ah! Son tan escasos en la vida estos momentos que, como dicen muy bien los italianos, es un crimen ponerles tasa cuando se tiene la dicha de disfrutarlos.
»Unos minutos después paseaban los dos por el jardín. Este es su edén. En él están más aislados, sin que por eso estén solos; pero abundan los árboles tras de los cuales pueden estrecharse la mano, y recodos en que pueden acercarse el uno al otro.
»Contemplábales yo oculto tras de mi ventana y veía por entre las lilas buscarse sus manos y confundirse sus miradas. También ellos parecían nacer y florecer, como las plantas que los rodeaban. ¡Oh, primavera, juventud del año! ¡Oh juventud, primavera de la vida!
»A pesar de todo no puedo pensar, sin estremecerme, en las emociones, por agradables que sean, que esperan a mi pobre hija. Es tan delicada, y tan débil de cuerpo y de espíritu que una alegría la trastorna tanto como a otros una pena.
»¿Obrará el novio con la prudencia del padre? ¿La tasará ciertas cosas como yo, que le taso el viento que puede perjudicarla? ¿Encerrará a la delicada flor en una atmósfera tibia y embalsamada sin sobra de sol y sin vientos tempestuosos?
»Ese joven fogoso y apasionado puede destruir en un mes con sus locos transportes mi compleja tarea de diez y siete años de cuidado constante.
»Navega pues, supuesto que es preciso, frágil barquilla mía; ve a desafiar la tempestad. Afortunadamente yo seré tu piloto; yo sabré gobernarte y no te abandonaré a merced de las olas.
»¿Qué sería de mi vida, pobre hija mía, si te abandonara yo?
»Pensando en lo delicada y endeble que es tu constitución, siempre creería verte enferma, o amenazada de estarlo. ¿Quién podría decirte a todas horas:—Mira, Magdalena, que ese sol del mediodía quema demasiado.—Mira, que esa brisa nocturna es fría con exceso.—Magdalena, cúbrete la cabeza con un velo.—Magdalena, échate un chal sobre los hombros?
»No; nadie te hablará así. El te amará, pero no pensará en otra cosa que en quererte, mientras que yo pensaré en hacer que vivas.»
XIII
17 de mayo
«¡Desdichado de mí!
»Se desvanecieron otra vez mis sueños; volaron todas mis ilusiones.
»Cuando me levanté confiaba en pasar un día feliz, y Dios había dispuesto que fuese de aflicción y de dolor.
»Amaury ha venido como siempre esta mañana. Los he dejado muy contentos bajo la vigilante mirada de la señora Braun y he salido a mis quehaceres acostumbrados.
»Me he pasado todo el día pensando en el gozo con que anunciaría a Amaury la comisión que logré para él y los planes que he forjado. Cuando llegué a casa eran más de las cinco y se disponían a sentarse ya a la mesa.
»Amaury había salido para volver más pronto indudablemente, y se conocía que no hacía mucho rato porque el semblante de Magdalena, estaba, radiante aún de felicidad.
»¡Pobre hija mía! A creerla, nunca se encontró mejor.
»¿Me habré equivocado yo? Este amor que a mí me asustaba, tanto, ¿habrá venido a dar vigor a esa complexión enfermiza y enclenque, cuya destrucción temía? La Naturaleza está llena de abismos que la mirada más escrutadora jamás alcanzará a sondear.
»Todo el día había estado pensando en la dicha que les tenía preparada, lo mismo que el niño que guarda una sorpresa para una persona a quien ama y que siempre está a punto de revelar el secreto. Temiendo descubrir el mío a Magdalena, dejé a ésta en el salón y descendí al jardín. Mientras me paseaba oía vagamente la sonata que estaba tocando al piano; era una melodía que ejecutada por mi hija me llenaba de gozo el corazón.
»Aquel arrobamiento duró como un cuarto de hora.
»Complacíame yo en aproximarme a aquella fuente de armonía, y después de deleitarme un instante me alejaba de ella para dar la vuelta al jardín.
»Cuando llegaba al límite de éste, casi yo no oía el piano, y únicamente llegaban a mis oídos las notas más agudas bastante amortiguadas por la distancia. Después, al regresar, entraba de nuevo en el círculo armonioso, del cual volvían a alejarme mis paseos en dirección opuesta.
»A todo esto iba cerrando la noche.
»Súbitamente cesó de oírse el piano. Yo sonreí, adivinando la causa de ello: Amaury acababa de llegar.
»Entonces volví al salón, pero por otro camino; por una senda oscura, a lo largo del muro.
»En ella encontré a Antoñita, que estaba sentada en un banco, sola y muy pensativa. Dos días hacía que tenía el propósito de hablarla, y juzgando el momento favorable, me detuve ante ella.
»¡Pobre Antonia! Había creído yo que en cierto modo iba a ser un estorbo para la feliz existencia que pensábamos pasar; que los sentimientos más íntimos no debían ser manifestados entre testigos y por lo tanto, juzgaba muy conveniente que ella no viniese con nosotros.
»Pero tampoco podía yo dejar aquí sola a la pobre criatura. Quería separarme de ella; mas dejándola disfrutando también de una dicha análoga a la nuestra. El cariño que yo siento hacia ella y el que profesé a mi hermana, me obligaban a obrar así.
»Cuando me vio, alzó la vista y me dijo sonriendo:
»—Ya ve usted cómo no me engañaba cuando le dije que la felicidad de ellos le haría dichoso.
»—Sí, hija mía, pero eso no es bastante; has de serlo tú también.
»—¿Yo? ¡Si ya lo soy! ¿Me falta algo, por ventura? Usted me quiere como un padre; Magdalena y Amaury me quieren como una hermana: ¿qué más puedo desear?
»—Una persona que te quiera como esposa, Antoñita; y ya me parece que he encontrado esa persona.
»—¡Tío!—exclamó Antoñita con acento que parecía suplicarle que no prosiguiese.
»—Escúchame, querida sobrina, y ya responderás luego.
»—Hable usted, tío.
»—¿Conoces a Julio Raymond?
»—¿Quién? ¿Ese joven que es procurador de usted?
»—Sí, el mismo. ¿Qué te parece?
»—Me parece muy simpático... aun cuando procurador.
»—¡Vaya! déjate de bromas. ¿Te repugnaría ese joven?
»—Para que a una mujer le cause repugnancia un hombre, tiene que amar a otro, y como yo no me encuentro en ese caso, todos me son igualmente indiferentes.
»—Pues bien, Antoñita: sabe que ayer vino Julio a verme; si tú no has fijado en él tus ojos, él en cambio pronto ha puesto en ti los suyos... Te advierto, que es un hombre destinado a tener gran porvenir; ya se ha labrado por sí mismo una fortuna, y quiere compartirla contigo. Por lo pronto comienza por dotarte en doscientos mil francos...
»—Mire usted, tío—repuso Antonia interrumpiéndole,—todo eso que usted me dice, no deja de ser, y así lo reconozco, muy noble, y muy hermoso y yo no puedo menos de darle por ello las gracias más cumplidas. No negaré que Julio es entre los hombres de su clase, una excepción muy digna de estima; pero ya le he dicho a usted en más de una ocasión, que no tengo otro deseo que quedarme a su lado, viviendo en su compañía, mientras usted lo permita. Ni concibo ni quiero otra felicidad, y si usted no dispone otra cosa, ésa es la que yo elijo.
»Traté de insistir, queriendo convencerla de las ventajas que le aportaba ese enlace. Yo le proponía un joven rico, y considerado; mi vida no podía ser muy larga; ¿qué sería de ella, cuando le faltasen mi apoyo y mi cariño?
»Me escuchó con calma, que revelaba su resolución, y cuando hube terminado, me contestó:
»—Tío, yo le debo a usted obediencia como se la debía a mis padres, ya que al morir éstos me confiaron a usted. Ordene, pues, y me apresuraré a obedecerle; pero no intente convencerme, porque mi situación de ánimo es tal, que mientras sea dueña de mi voluntad no aceptaré partido alguno, así se trate de un millonario o de un príncipe.
»Tan gran firmeza revelaban su voz, sus ademanes y hasta sus menores gestos, que el insistir yo, habría significado tanto como querer convertir la persuasión en mandato. Así, pues, díjele que podía disponer libremente de su mano, le dí cuenta de los planes que iba a exponer a mis hijos, y le anuncié que vendría con nosotros, al oír lo cual movió la cabeza y me respondió que quedaba muy agradecida a mi buena intención, pero que no podía aceptar mi oferta. Protesté yo, y entonces ella repuso:
»—Oiga usted, tío. Dios, que manda en los destinos del mundo, ha dispuesto para unos la felicidad, y para otros la desdicha. Mi suerte es la soledad. De muy joven he perdido ya mis padres. La animación y el ruido de un largo viaje, y el variado espectáculo de pueblos y paisajes no me convienen a mí. Me quedaré aquí en París, y acompañada de nuestra aya, esperaré el regreso de ustedes. Sólo dejaré mi aposento para ir a misa, o para salir a dar un paseo por la noche a este jardín, y cuando ustedes vuelvan me encontrarán donde me han dejado, y yo les recibiré con la misma calma en mi corazón, e igual sonrisa en mis labios; lo cual no podría ser si usted se empeñara en introducir en mi existencia el cambio de lo que me hablaba, que la convertiría en cosa muy distinta de lo que debe ser.
»No quise insistir más; pero hube de preguntarme qué era lo que podría impulsar a Antoñita a convertirse en religiosa cambiando en celda la habitación de una joven como ella, hermosa, gentil, llena de gracia y que poseía un dote de doscientos mil francos.
»Mas, ¿para qué había de entretenerme en buscar la razón de tan inexplicables caprichos, y en apiadarme de Antonia, en vez de ir al salón directamente?
»No sé cuánto tiempo habría estado yo allí contemplando a mi sobrina, es decir a mi segunda hija, a no haber sido porque ella algo confusa quizá por mis miradas y queriendo esquivar mis futuras preguntas, me pidió permiso para retirarse a su aposento.
»—No, hija mía, no—le dije;—yo soy quien se retira. Tú puedes tomar el fresco sin cuidado. ¡Ojalá pudiera Magdalena hacer lo mismo!
»—Tío—repuso Antoñita levantándose,—le juro por las estrellas que tachonan el cielo y por la luna que nos alumbra con su suave resplandor, que si me fuese factible el dar mi salud a Magdalena, se la daría con toda mi voluntad. ¿No sería mejor que el peligro en que se encuentra, lo corriese una triste huérfana como yo, que no ella rodeada de riquezas y de afecto?
»Abracé a Antoñita, que había pronunciado estas palabras en un tono de sinceridad que no dejaba lugar a la más leve sombra de duda; y mientras ella volvía a tomar asiento en su banco, yo me dirigí hacia la escalinata para subir al salón.
XIV
»Al poner el pie en la primera grada, oí la voz de Magdalena, suave como el cántico de un ángel, y esto vino a disipar mi tristeza. Instintivamente me detuve para escuchar embelesado, sin parar mientes en lo que pudiera hablar: pero algunas palabras que llegaron distintamente a mis oídos lograron excitar mi curiosidad, y entonces ya no me contenté con oír, sino que quise escuchar y enterarme de la conversación que arriba se sostenía.
»Detrás de la cortina, que para interceptar el aire de la noche, había sido corrida ante la ventana que da al jardín, abierta a la sazón, veía yo la sombra de sus dos cabezas, inclinada y muy juntas.
»Como si temieran ser oídos, hablaban en voz baja. Yo les escuché inmóvil, petrificado, reteniendo el aliento y con el pecho oprimido, pues sus palabras caían sobre mi corazón como gotas de agua helada.
»—Voy a ser feliz, Magdalena—decía Amaury.—Todos los días podré ver tu adorable cabeza encerrada en el marco que mejor le sienta: el claro cielo de Nápoles y Sorrento.
»—Sí, Amaury—contestaba Magdalena.—Y yo podré decir como Mignon: ¡Qué hermoso es el país en que florece el naranjo! Pero tu amor, que refleja el paraíso, es para mí aún más hermoso.
»—¡Ay!—suspiró Amaury.
»—¿Qué te pasa?—le preguntó Magdalena.
»—¿Por qué la dicha va siempre acompañada de una sombra que por muy leve que sea, lleva, la inquietud consigo?
»—¿Qué quieren decir con eso? ¡Explícate!
»—Quiero decir que para nosotros sería Italia un edén en donde yo repetiría contigo las palabras de Mignon: Sí, aquí debemos amar; aquí debemos vivir, a no ser por una cosa que llenará de turbación nuestra, existencia e infundirá tristeza a nuestro cariño.
»—¿Qué cosa es esa?
»—No oso decírtela, Magdalena.
»—Pues, quiero que me la digas. Habla.
»—Es que creo que para ser completamente dichosos, deberíamos estar solos los dos; creo que el amor es una flor delicada y pura, que con la presencia de un tercero se agosta y se marchita, y que para vivir confundidos en una sola alma y en un solo pensamiento no deberíamos ser tres...
»—¿Qué quieres decir, Amaury?
»—¿No me comprendes, Magdalena?...
»—¿Lo dices porque nos acompaña mi padre? ¿No consideras que sería una ingratitud dejarle sospechar, siendo como es el autor de nuestra dicha, que ésta no es completa por impedirlo su presencia? Considera que mi padre no es una persona extraña; no es un tercero, no; nos ama tanto a ti como a mí, y en la misma moneda debemos los dos pagarle.
»—Está bien, Magdalena—dijo Amaury fríamente.—Puesto que disentimos en ese punto, no hablemos más de ello; olvida mis palabras, y hazte cuenta que no te he dicho nada.
»—¿Te has enojado, Amaury?—repuso con viveza Magdalena.—Perdóname si te he puesto de mal humor. ¿No sabes acaso que el amor filial es muy diferente del que se tiene al marido?
»—Ya lo sé; pero el amor de un padre no es celoso ni absorbente como el del esposo; lo que para él es una costumbre es para mi necesidad. La Biblia, que es el gran libro de la humanidad, dijo ya hace veinticinco siglos: Dejarás a tus padres para»seguir a tu esposo.
»Tentaciones me dieron de interrumpirles, gritando:
»—También la Biblia dijo a propósito de Raquel: ¡No quiso que la consolasen, porque sus hijos habían dejado de existir!
»Yo estaba como clavado en el suelo, saboreando la triste satisfacción de oír la defensa que de mí hacía mi hija, por más que a mi juicio aquello no bastaba, pues habría preferido oírla declarar a Amaury, que tenía necesidad de mí, como yo de ella, y aún confiaba en que llegaría, a hacerlo; pero lejos de eso contestó:
»—Tal vez estés en lo cierto; pero no podemos evitar que nos acompañe sin causarle una gran pena, y debemos considerar que, si alguna vez puede ser un estorbo para la expansión de nuestro cariño, en cambio otras completará nuestros recuerdos y nuestras impresiones.
»—No lo creas, Magdalena. Tienes que desengañarte. Cuando estemos en presencia de tu padre, ¿crees que podré expresarte como ahora mi pasión? Cuando nos paseemos los tres juntos bajo los floridos naranjos de que hablábamos hace un momento, o a orillas del mar límpido y sereno, ¿ crees que podré rodear con mi brazo tu cintura, o imprimir en tus labios un beso apasionado?
»¿No menguará él con su gravedad nuestro júbilo? ¿Acaso su edad le dejará comprender nuestras locuras? Ya verás cómo su severidad habitual envolverá en su sombra toda nuestra alegría, mientras que si los dos nos encontrásemos solos, ¡cuántas cosas nos diríamos! y ¡ cuánto callaríamos!»Pero con tu padre nunca tendremos libertad; habremos de callar, cuando queramos hablar y habremos de hablar cuando más deseos tengamos de callar. Con él habrá que hablar siempre, y siempre de los mismos asuntos; no habrá que pensar en aventuras ni en excursiones arriesgadas, ni en nada que nos reserve ignotos atractivos; siempre iremos por el camino trillado, siempre sujetos a la regla y a las conveniencias. No sé si sé expresarme, Magdalena; hacia tu padre siento a un tiempo gratitud, respeto y cariño acendrado; pero has de convenir conmigo en que un compañero de viaje, debe inspirar otro sentimiento que el de la veneración. No hay cosa más incómoda en semejantes circunstancias que las reverencias del respeto. A ti, con tu amor filial y tu virginal castidad, no se te había ocurrido pensar nunca en esto, y ahora piensas en ello por primera vez, según me revela tu rostro meditabundo. Cuanto más medites acerca de esta cuestión, más claramente verás que estoy en lo cierto, y que cuando viajan tres juntos siempre hay por lo menos dos que se aburren.
»Yo aguardaba con angustia la respuesta de mi hija que no se hizo esperar. Después de cortos instantes de silencio, dijo:
»—Y aun cuando yo pensase como tú, ¿qué íbamos a hacerle? Todo está ya preparado para ese viaje; de modo que aunque tuvieras razón ya no habría tiempo. Por otra parte, ¿quién se atrevería a decirle a mi padre que es para nosotros un estorbo? ¿Lo harías tú? Yo, jamás.
»—Bien lo sé; precisamente por eso me desespero. Ya que tu padre posee una gran inteligencia y una sutil penetración que le permite leer a fondo en lo más recóndito de nuestra naturaleza, bien podría tener igual privilegio respecto a nuestra mente y no caer en esa cargante manía senil, propia de todo anciano, de querer imponerse a los jóvenes a toda costa. No quisiera agraviarle al acusarle; pero no es posible desconocer que se obedecen lamentablemente los padres que, no sabiendo adivinar los sentimientos de sus hijos ni contando con su edad, se empeñan en someterlos a los gustos y caprichos de la de ellos. Ya ves; nosotros tenemos en perspectiva un viaje que habría podido ser delicioso y que por una falta...
»—¡Calla!—exclamó Magdalena.—¡Calla! No soy dueña de enfadarme por esas exigencias que después de todo nacen de tu mismo amor; pero...
»—¿Qué? Las crees fuera de razón en absoluto, ¿verdad?—repuso Amaury en tono ligeramente irónico.
»—No digo tanto... Mas hablemos bajo, porque tengo miedo hasta de oír mi propia voz. Lo que ahora te diré creo que es una impiedad manifiesta.
»Y Magdalena bajó la voz, en efecto, para decir:
»—Oye, Amaury; lejos de creer que tus exigencias son insensatas, pienso también como tú, y si no te he dicho nada, es porque no tenía valor para confesarme a mí misma una cosa semejante. Pero tanto te suplicaré y tanto habré de repetirte que te quiero, que al fin tendrás que hacer algo por mí. No tendrás más remedio que resignarte como me resigno yo también.
»Me fue imposible oír más. Las últimas palabras hirieron mi corazón, como pudiera hacerlo la punta aguda y fría de un puñal, y no pude resistir aquella situación.
»Comprendía entonces cuán ciego y egoísta había sido. Yo, que había visto que Antoñita me estorbaba, no me había dado cuenta de que yo a ellos les estorbaba a mi vez.
»Afortunadamente la reacción fue tan rápida, como el golpe. Con semblante tranquilo y disimulando mi tristeza, subí la escalinata y penetré al salón.
»Al verme, se levantaron los dos. Besé a mi hija en la frente, y estreché la mano a Amaury.
»—¡Hijos míos! Soy portador de una nueva bastante desagradable—les dije.
»Aun cuando mi acento debía revelarles que no se trataba de una desgracia muy grande, sobre todo para ellos, vi que ambos temblaban.
»—Sí, hijos míos, sí, me veo obligado a renunciar a mi sueño dorado, que consistía en hacer el viaje los tres juntos. Yo me quedaré aquí, porque el rey se niega a concederme el permiso que yo le había pedido, dignándose decirme que le soy útil y hasta indispensable, y rogándome, por lo tanto, que me quede. ¿Qué podía responder yo? El ruego de un rey es una orden para el vasallo.
»—Es usted muy malo, papá—dijo Magdalena,—puesto que prefiere agradar al rey a darle gusto a su hija.
»—¡Qué vamos a hacerle, querido tutor! No hay más remedio que bajar la cabeza ante una imposición de esa índole—dijo a su vez Amaury, sin poder ocultar su gozo bajo la apariencia de la pena.—Aun cuando usted esté lejos de nosotros, siempre pensaremos en usted, y lo tendremos presente.
»Intentaron darle vueltas a este tema; pero yo imprimía a la conversación otro giro; me apenaba mucho su inocente hipocresía.
»Comuniqué a Amaury lo que tenía que decirle; mi misión diplomática obtenida para él, y la idea de hacer que este viaje de recreo fuese de provechosa utilidad a su carrera.
»Me pareció que quedaba muy agradecido a mis gestiones; pero, a decir verdad, lo que entonces le absorbía por completo era su amor y no otra cosa. Al retirarse le acompañó Magdalena hasta la puerta, y por casualidad no se fijó en que a la sazón estaba yo detrás de ésta.
»—¿Verdad—le dijo,—que los acontecimientos parece que adivinan nuestros deseos y se adelantan a ellos?... ¿Qué piensas de todo esto?
»—Pienso que no habíamos contado con la ambición y que los que calumnian a esa debilidad humana hacen muy mal en ello... ¡Cuántos defectos hay que a veces son más beneficiosos que las propias virtudes!
»Así, creerá mi hija que me quedo en París por ambición.
»¡Todo sea por Dios! Quizás esto sea lo mejor.»
XV
En los días sucesivos nada vino ya a turbar la alegría de los novios, y durante una semana pudo verse asomar a todos los labios la sonrisa, sin que la menor sombra flotase en el ambiente ni pudiese vislumbrarse que entre los cuatro corazones reunidos allí había dos amargados por la pena que allá en la soledad hacía a sus semblantes recobrar la triste expresión oculta bajo la ficción del disimulo.
Cierto es que el padre de Magdalena tan alarmado como antes por el estado de su hija, no la perdía de vista en los contados momentos que pasaba en casa.
Desde que había quedado acordado su casamiento, Magdalena estaba a juicio de todos más robusta que nunca; pero los ojos del médico y del padre alcanzaban a ver en ella síntomas de dolencia física y moral que a todas horas se manifestaban claramente.
No podía negarse que las mejillas, generalmente pálidas de Magdalena, habían recobrado el color de la salud; pero este color, sobrado vivo quizá, se concentraba demasiado en los pómulos, dejando el resto del semblante envuelto en una palidez que dejaba trasparentarse una red de azuladas venas casi imperceptibles en otra persona cualquiera y que marcaba una huella sensible en el cutis de la joven.
El fuego de la juventud y del amor brillaba en sus ojos, pero en sus fulgores, el doctor sabía advertir a veces algún que otro relámpago de fiebre.
Pasábase el día saltando por el salón o corriendo locamente por el jardín, como la muchacha más animada y robusta; pero, por la mañana antes de llegar Amaury y por la noche cuando éste se marchaba, parecía extinguirse todo el ardor juvenil que sólo la presencia de su novio parecía reanimar, y su débil cuerpo, libre de toda traba femenina, doblábase como una caña y necesitaba apoyo, no ya para andar, sino hasta para permanecer en reposo.
Su propio carácter, suave y benévolo de ordinario, parecía haber sufrido recientemente, aunque respecto a una sola persona, ciertas modificaciones. Si aparentemente Antonia, a quien Magdalena había considerado como hermana suya desde que su padre la había prohijado dos años antes, seguía siendo la misma para la hija del doctor, ésta, a los ojos escrutadores de su padre que era observador profundo, había cambiado mucho para con su prima.
Siempre que la graciosa morenita, con su cabellera negra como el ébano, sus ojos rebosantes de vida, sus labios purpurinos y su aire de vigorosa y alegre juventud entraba en el salón, dominaba a Magdalena un sentimiento instintivo de pesar que habría tenido semejanza con la envidia, si su corazón angelical hubiera sido capaz de abrigar tal sentimiento; y esa desnaturalizaba en su ánimo todos los actos de su prima.
Cuando Antonia se quedaba en su cuarto y Amaury preguntaba por ella, bastaba aquella simple muestra de interés debido a la amistad para provocar una respuesta agria y desabrida.
Cuando Antonia estaba presente y a Amaury se le ocurría mirarla, poníale mala cara Magdalena, y le hacía bajar con ella al jardín.
Cundo estaba en él Antonia y Amaury, ignorante de ello, proponía a su novia bajar a dar un paseo, siempre encontraba Magdalena un pretexto para no abandonar el salón, ya brillase un sol abrasador, ya reinase una vivificadora brisa.
En suma, Magdalena tan encantadora, tan graciosa, tan amable para todos, cometía en menoscabo de su prima todas esas faltas que un niño mimado suele cometer con cualquier otro niño que le estorba o molesta.
Cierto es que Antonia por propio instinto y conceptuando como cosa muy natural el proceder de su prima, aparentaba no dar ninguna importancia a aquellos actos que tiempo atrás habrían herido tanto su corazón como su orgullo; antes bien, parecía que las faltas de Magdalena le inspiraban compasión. Siendo ella quien debía perdonar parecía que era quien imploraba perdón, por culpas imaginarias. Todos los días antes de llegar Amaury y después de partir éste, se acercaba a su prima, y entonces, como si Magdalena se hubiese dado cuenta de su injusticia le estrechaba la mano con efusión, o se colgaba de su cuello deshecha en llanto.
¿Habría entre sus dos corazones alguna misteriosa comunicación desconocida para todos?
Siempre que el doctor trataba de excusar a Magdalena, Antoñita sonriendo hacíale callar en el acto.
Acercábase ya a todo esto la noche del baile. El día anterior las dos jóvenes hablaron mucho de los trajes que habían de lucir, y con asombro de Amaury, Magdalena pareció preocuparse bastante menos del suyo que del de su prima. Quiso proponer Antonia que vistiesen iguales, según su costumbre, es decir, un vestido de tul blanco con transparente de raso; pero empeñose Magdalena en que el color que mejor sentaba a Antonia era el de rosa, y la interesada aceptó en el acto el parecer de su prima, no volviendo a hablarse ya del asunto. Al otro día, fijado para la solemne fiesta en que el doctor debía hacer pública entre sus convidados la dicha de sus hijos, Amaury no se separó apenas de Magdalena mientras ésta preparaba su tocado con visible agitación y cuidado singular, sobre todo para Amaury, que conocía la natural sencillez de la hija del doctor. ¿A qué obedecía aquella prolijidad y aquel deseo de agradar? ¿Olvidaba acaso que para él siempre sería la más hermosa de todas?
El joven dejó a Magdalena a las cinco para volver a las siete. Quería que antes de llegar los convidados y de verse obligada Magdalena a atender a unos y a otros le dedicase a él por lo menos una hora; quería contemplarla a su placer y hablarla, en voz muy queda sin que nadie tuviera que escandalizarse de ello.
Al entrar Amaury no le quedaba a la joven por hacer otra cosa que ceñirse una corona de camelias de nívea blancura que preparada tenía sobre la mesa; pero, se quejaba de no estar bien vestida. Su palidez asustó a Amaury. Habiendo sufrido durante el día múltiples desazones que acabaron con sus fuerzas, sólo se sostenía gracias a una violenta reacción moral y a la energía que le prestaban los nervios.
No recibió a Amaury con su sonrisa acostumbrada; lejos de ello, se le escapó, al verle entrar, un movimiento de despecho, y le dijo:
—De seguro esta noche te pareceré muy fea ¿verdad? Hay días horribles en los que no hago cosa derecha, y hoy es uno de esos. Luzco un peinado risible y un vestido muy mal hecho: en fin, parezco un espantajo.
La costurera que la ayudaba hacía vivas protestas, sin salir de su asombro.
—¿Tú, un espantajo?—exclamó Leoville.—¡Calla! ¡calla! Yo te aseguro que el peinado te sienta a las mil maravillas, que el traje es elegantísimo y que tú eres tan hermosa como un ángel.
—Pues entonces la culpa no es de la modista ni del peluquero, sino exclusivamente mía. ¡Dios de bondad! ¿Cómo haces, Amaury, para tener un gusto tan detestable como el de quererme a mí?
Acercósele Amaury y quiso besar su mano; pero Magdalena fingió no advertir su ademán a pesar de haber delante un espejo y señalándole a la costurera una arruga casi invisible del corpino, dijo:
—Hay que quitarla en seguida, porque, si no, tiro en el acto este traje y me visto con el primero que encuentre a mano.
—No se enfade, señorita; esto es obra de un instante; pero, eso sí, tiene que quitárselo.
—Ya lo estás oyendo, Amaury; tienes que dejarnos solas. No quiero presentarme con este pliegue que me afea horriblemente.
—¿Y prefieres que te deje, Magdalena? En fin, hágase tu voluntad. Ya te obedezco: no quiero que se me acuse de un crimen de lesa belleza.
Y Amaury se retiró a la habitación contigua, sin que Magdalena, ocupada real o aparentemente en el arreglo del vestido, tratase de detenerle. Como aquella compostura no debía durar mucho, Leoville echó mano a una revista que encontró sobre la mesa y se puso a hojearla por puro entretenimiento. Mientras su mirada recorría las líneas impresas, su espíritu estaba ausente, preso en la vecina estancia, de la cual solamente le separaba una puerta; así, pues, escuchaba las frases con que Magdalena seguía expresando su indignación contra el peluquero y las reprensiones que dirigía a la costurera, y hasta oía cómo su impaciente piececito golpeaba el pavimento del tocador.
De pronto se abrió la puerta situada frente a esta pieza y apareció la prima de Magdalena. Siguiendo el consejo de ésta se había puesto Antoñita un sencillo traje de crespón rosado sin adornos ni flores, y no ostentaba ni aun la más insignificante joya: no podía estar vestida con más sencillez ni ver realzada de un modo más adorable su belleza hechicera.
—¡Cómo!—exclamó la joven al ver a Leoville.—¿Estaba usted ahí? No lo sabía yo.
E hizo ademán de retirarse acto seguido.
—¡No se vaya usted!—dijo Amaury con viveza.—Déjeme siquiera que la felicite; esta noche está usted encantadora.
—¡Chist!—repuso Antonia en voz muy baja.—No diga usted esas cosas.
—¿Con quién estás hablando, Amaury?—preguntó Magdalena, apareciendo entonces en la puerta, arrebujada en un amplio chal de cachemira y lanzando una rápida mirada a su prima, que dio un paso pretendiendo retirarse.
—Ya lo estás viendo, Magdalena: hablo con Antoñita, y estaba felicitándola por su elegancia.
—Tan sinceramente como acababas de felicitarme a mi, de seguro. Más te valdría, Antoñita, venir a ayudarme que no escuchar sus falaces lisonjas.
—¡Si acababa de entrar en este mismo instante! A haber sabido que me necesitabas habría venido mucho antes.
—¡Calle! ¿Quién te ha hecho ese traje?
—¿Quién, me lo ha de hacer? Yo misma. Ya sabes que lo tengo por costumbre.
—Y haces perfectamente: nunca te hará una modista un vestido semejante.
—He querido hacer el tuyo y tú no lo has consentido.
—¿Quién te ha vestido?
—Yo.
—¿Y quién te ha peinado?
—Yo. ¿No ves que voy peinada como siempre?
—Es cierto—asintió Magdalena con amarga expresión.—Tu hermosura no necesita de adornos que la realcen.
—Oye, Magdalena,—repuso Antonia acercándose a su prima y deslizando en su oído estas palabras que Amaury no pudo oír:—Si por cualquier motivo no quieres que se me vea en el baile, dímelo francamente y me volveré a mi habitación.
—¿Y con qué derecho y por qué razón habría yo de privarte de ese gusto?—preguntó Magdalena en voz alta.
—Yo te juro que eso no constituye ningún gusto para mi.
—Pues, hija, yo creía—repuso con sequedad Magdalena—que todo aquello que para mí era una dicha lo era también para mi amiga y mi prima, para mi buena Antoñita.
—¿Necesito acaso el son de los instrumentos, el resplandor de las luces y el bullicio del baile para participar de tu dicha? No, Magdalena, no; yo te vuelvo a jurar que en la soledad de mi cuarto elevo mis preces al Altísimo y hago votos por tu felicidad como pudiera hacerlos en la fiesta más solemne. Esta noche, además, no me encuentro bien del todo; estoy algo indispuesta.
—¿Que estás indispuesta, tú, con tal brillo en esos ojos y tal animación en esa tez? ¿Pues cómo estaré yo entonces, con esta palidez en el rostro y este cansancio en los ojos?
—Señorita—dijo entonces la modista,—ya está arreglado el vestido.
—¿No querías que te ayudase?—preguntó Antonia con timidez.—¿Qué hacemos? Dime.
—Haz tú lo que te plazca—contestó la hija del doctor;—creo que no soy yo quien debo ordenarte nada. Puedes venir conmigo, si quieres; puedes quedarte con Amaury, si eso te agrada más.
Y así que hubo pronunciado estas palabras, abandonó la estancia para entrar en su tocador, haciendo un ademán de displicencia que no pasó inadvertido para Amaury de Leoville.
XVI
—Aquí estoy—dijo Antonia, siguiendo a Magdalena y cerrando tras sí la puerta del tocador.
—¿Qué le pasará hoy a Magdalena?—exclamó Amaury, exteriorizando su pensamiento en voz alta.
—Es que sufre—respondió alguien detrás de él.—Tantas y tan repetidas emociones le producen fiebre y la fiebre la trastorna.
—¡Usted!—exclamó Amaury al ver al doctor, pues no era otro el que había pronunciado las anteriores palabras, después de haber asistido a la escena antes descrita, oculto tras de la puerta.—No trataba de reprochar su conducta a Magdalena; era sólo una pregunta que a mí mismo me dirigía, temiendo haber sido causa de su enfado.
—Tranquilízate, Amaury; ni tú ni Antoñita tienen culpa de nada. En caso de ser tú culpable lo serías solamente de ser amado por mi hija con entusiasmo excesivo.
—¡Cuán bueno es usted que así trata de tranquilizarme, padre mío!
—Ahora, Amaury, vas a prometerme no hacerla bailar demasiado y estar en todo momento a su lado procurando distraerla con tu conversación.
—Se lo prometo a usted.
Oyose entonces la voz de Magdalena, que decía, reprendiendo a la modista:
—¡Por la Virgen Santísima! ¡Cuidado que está usted hoy torpe! ¡Vaya! ¡Deje usted que me ayude únicamente Antoñita y acabemos de una vez!
Al cabo de un instante de silencio exclamó:
—¿Pero qué haces, Antoñita?
Y a esta exclamación siguió un ruido parecido al que se produce cuando se rasga una tela.
—No hay que apurarse, no ha sido nada—dijo Antoñita riendo:—un alfiler que ha resbalado sobre el raso. No pases pena: esta noche serás la reina del baile.
—¡La reina del baile, dices! ¡Qué broma más generosa! Puede ser reina del baile, aquella a quien todo sienta bien y a quien todo la hermosea; pero no la que es tan difícil de adornar y embellecer como yo.
—¡Qué cosas dices, Magdalena!—repuso Antonia en son de reprensión cariñosa.
—La verdad. Quien pronto podrá burlarse de mí en el salón y aniquilarme con sus sarcasmos y coqueterías no procede de un modo muy noble persiguiéndome hasta mi cuarto para entonar en mi presencia un canto anticipado de triunfo.
—¡Cómo! ¿Me despides, Magdalena?—preguntó Antonia, con los ojos preñados de lágrimas.
La hija del doctor no se dignó responder y su prima salió del aposento prorrumpiendo en sollozos.
El señor de Avrigny detúvola al pasar. Amaury, estupefacto, estaba como clavado en su asiento.
—Ven, hija mía; ven conmigo, Antoñita—dijo en voz baja el doctor.
—¡Ay, padre mío! ¡Soy muy desgraciada!—gimió la pobre joven.
—No digas eso, hija mía; di más bien que Magdalena es injusta; pero debes perdonarla, porque es la fiebre y no ella, quien habla por su boca; más que vituperio merece compasión. Con la salud recobrará la razón; entonces reconocerá su yerro, y arrepentida pedirá perdón por su injusta cólera.
Al oír Magdalena el rumor de este diálogo sostenido en voz baja, debió creer que Antonia conversaba con Amaury, y abriendo la puerta bruscamente, dijo con imperioso acento:
—¡Amaury!
Como movido por un resorte se levantó el joven. Magdalena vio entonces que estaba solo, y paseando la mirada en torno suyo vio a su padre y a Antonia en el fondo de la estancia. Se sonrojó levemente al darse cuenta de su error, mientras Amaury tomándola de la mano la hacía volver al tocador y le decía con acento que revelaba, una penosa ansiedad.
—¡Magdalena! ¡Magdalena mía! ¿Qué tienes? ¡No te conozco esta noche!
Ella se dejó caer en un asiento y rompió a llorar.
—¡Sí! ¡Sí!—exclamó.—Soy muy mala, ¿verdad que soy muy mala?... Sé que todos piensan eso y nadie se atreve a decírmelo... ¡Sí! ¡soy mala! he ofendido a mi pobre prima; no hago otra cosa que causar pesadumbre a aquellos que más me quieren... Pero es que nadie comprende que todo se vuelve contra mí, que todo me molesta, y la menor cosa me hace sufrir, hasta las más indiferentes y las más gratas. Me causan enojo los muebles en que tropiezo, el aire que respiro, las palabras que me dirigen, todo en fin, ¡todo! No sé a qué achacar este mal humor que me domina; no sé por qué mis nervios debilitados sufren una impresión desagradable al percibir la luz, la sombra, el silencio y el ruido... Yo no sé... A una negra melancolía sucede en mi ánimo una cólera injusta e inmotivada. Yo temo volverme loca... A estar enferma o ser desgraciada no me sorprendería nada de esto; pero, siendo felices como lo somos nosotros... ¿verdad, Amaury?... ¡Oh, Dios mío!... Dime que somos felices...
—Sí, Magdalena; sí, vida mía, sí, somos felices... ¿Pues no hemos de serlo? Nos queremos; dentro de un mes nos uniremos para siempre... ¿Podrían pedir más dos elegidos a quienes por permisión divina les fuese factible regular a su gusto la existencia?
—¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias! Bien sé que cuento con tu perdón; pero Antoñita, mi pobre prima, a quien he tratado de un modo tan cruel...
—También ella te perdona, Magdalena; yo te lo aseguro. No te apesadumbres por ello; todos tenemos momentos de mal humor y tristeza. A veces la lluvia, la tempestad, una nube que nos intercepta el sol, nos produce un malestar cuya causa no sabemos explicarnos y que determina nuestras alternativas de temperatura moral, si así puede llamarse el fenómeno... Venga usted, querido tutor—añadió volviéndose hacia el señor de Avrigny,—venga usted a decirle que todos conocemos la bondad de su alma y que ni nos ofende un antojo suyo ni nos alarma uno de sus arranques impetuosos.
El doctor, antes de responder se acercó a su hija, la examinó atentamente y le tomó el pulso. Pareció reflexionar un instante y luego dijo con grave acento:
—Hija mía, voy a pedirte un sacrificio y es preciso que me prometas no negármelo en modo alguno.
—¡Dios mío! ¡me asusta usted, papá!—exclamó Magdalena.
Amaury palideció porque vislumbró vivos temores en el acento de súplica del doctor, cuyo rostro iba adquiriendo por momentos una expresión muy sombría.
—Dígame, papá, ¿qué exige usted de mi? ¿qué quiere usted que haga?—preguntó temblando Magdalena.—¿Es que estoy más enferma de lo que pensábamos?
—¡Hija mía!—respondió el doctor, tratando de esquivar esta pregunta.—No me atrevo a pedirte que dejes de asistir al baile aunque eso sería lo más conveniente, porque dirías que te pido demasiado... Pero sí te ruego que no bailes, sobre todo el vals... No es que estés enferma; pero te veo tan nerviosa y agitada que no puedo permitir que te entregues a un ejercicio que habría de exacerbar tu excitación. ¿Conque, me lo prometes, Magdalena? Di, hija mía.
—¡Es muy triste y costoso de hacer lo que usted me pide, papá!—repuso Magdalena, haciendo un mohín de desagrado.
—Yo no bailaré—le dijo Amaury al oído.
Como Amaury decía muy bien, Magdalena era la bondad personificada, y si tenía aquellos arranques de mal humor era tan sólo obrando a impulsos de la fiebre. Conmoviose hondamente ante las muestras de abnegación de los que la rodeaban, y enternecida y pesarosa, dijo, mientras a sus labios asomaba, para extinguirse en el acto, una fugitiva sonrisa:
—Está bien: me sacrifico. Debo a todos una reparación y quiero demostrar que no siempre soy caprichosa y egoísta. Papá, no bailaré. Y a ti, Amaury, como tienes que cumplir con los deberes que impone la sociedad, te autorizo para bailar cuanto quieras, a condición de que no lo hagas a menudo y que de vez en cuando me acompañes, ya que la facultad y la paternidad se han confabulado para condenarme a representar un papel pasivo en la fiesta de esta noche.
—¡Gracias, hija mía, gracias!—exclamó el doctor sin poder contener su júbilo.
—¡Eres adorable! ¡Te adoro, Magdalena!—le dijo Amaury en voz baja.
Entró entonces un criado para anunciar que comenzaban a llegar los invitados. Había que bajar, pues, al salón. Pero Magdalena no quiso hacerlo sin que antes fuesen en busca de su prima. Apenas manifestó este deseo cuando apareció en el umbral Antoñita con los ojos húmedos aún por el llanto, pero con su sonrisa más encantadora, dibujada en los labios.
—¡Hermana mía!—exclamó Magdalena adelantándose hacia ella para abrazarla.
Al mismo tiempo su prima le echó los brazos al cuello y la colmó de besos. Así reconciliadas, entraron luego en el baile unidas de la mano: Magdalena tan pálida y demudada como Antoñita animada y jovial.
XVII
Todo fue a las mil maravillas al principio.
A despecho de la postración y la palidez de Magdalena, la hermosura soberana y la perfecta distinción de la joven hacíanla ser sin disputa reina de la fiesta. Únicamente Antoñita por su gracia atractiva y por la animación de su carácter, podía alegar derechos a compartir con ella su trono.
Para que nada faltara, los primeros acordes de la orquesta produjeron en Magdalena un efecto magnético, haciéndole recobrar el color y la sonrisa y reavivando a impulsos de su mágica influencia aquellas fuerzas que momentos antes parecían agotadas.
Y aún había otra circunstancia que henchía su corazón de indecible alegría. Su padre presentaba a Amaury por yerno a cuantas personas notables entraban en el salón y todo el mundo, al mirar alternativamente a Magdalena y a su novio, parecía decir de un modo unánime que era muy feliz aquel que se iba a unir con una joven tan encantadora.
Amaury había cumplido su palabra con rigurosa exactitud. Sólo había bailado dos o tres veces con otras tantas damas a las que sin pecar de grosero no habría podido dejar de invitar al baile; pero en cuanto estaba libre volvía en seguida al lado de Magdalena, que estrechándole la mano con cariño le manifestaba así su gratitud mientras su muda mirada le decía elocuentemente cuán dichosa se juzgaba.
También Antoñita se acercaba alguna vez a su prima como vasalla que rindiera homenaje a su reina, preguntándole por su salud y burlándose con ella de esas fachas ridículas que suelen verse hasta en los salones más distinguidos ni más ni menos que si fuesen allí para ofrecer un tema de conversación a los que no tienen asuntos de que hablar.
Al alejarse Antoñita después de una de esas visitas que hacía a Magdalena, Amaury, que acompañaba a ésta, le dijo:
—Ya que eres tan magnánima, ¿no te parece, Magdalena, que para que la reparación sea completa debo bailar con tu prima?
—¡Naturalmente!—respondió Magdalena.—No había pensado en eso y se resentiría ella...
—¡Cómo! ¿Que se resentiría?
—¡Claro está! Creería que yo me opongo a que bailes tú con ella.
—¡Qué niñería!—replicó Amaury.—¿Cómo supones que iría a ocurrírsele idea tan insensata?
—Tienes razón—repuso Magdalena esforzándose para reír.—Sería una hipótesis absurda; pero, de todos modos, como que es cosa que entra en el terreno de la posibilidad ha sido una buena idea la que has tenido al pensar en invitarla. Ve, pues, sin perder tiempo; ya ves que la rodea una corte de adoradores.
Amaury, sin advertir el mal humor que ligeramente se traslucía en el acento con que Magdalena pronunció las anteriores palabras, las tomó al pie de la letra y se dirigió hacia Antonia. Poco después, tras de sostener con ella un largo coloquio, volvió adonde estaba Magdalena, que no lo había perdido de vista ni un instante y así que lo vio a su lado le preguntó con la mayor indiferencia que pudo aparentar:
—¿Qué baile te ha concedido?
—Por lo visto—contestó Leoville—si tú eres la reina del baile, ella es la virreina y yo he llegado tarde; me ha enseñado su carnet tan atestado de nombres que ya no había manera de añadir allí ninguno.
—¿Es decir que no hay medio posible?—repuso Magdalena con viveza.
—Sí, pero por especial merced, pues en virtud de pedírselo yo en tu nombre va a sacrificar a uno de sus adoradores, me parece que a mi amigo Felipe Auvray, y tengo el número cinco.
—¡El número cinco!—dijo Magdalena.—Y después de meditar un momento, añadió:
—¡Así, bailarás un vals!
—Puede ser—contestó Amaury en tono indiferente.
A partir de aquel instante estuvo Magdalena distraída y visiblemente preocupada, tanto que casi no respondía a las palabras de Amaury. Seguía con la mirada a Antoñita, que habiendo recobrado con el bullicio, la luz y el movimiento, su habitual jovialidad, parecía infundir a su paso una corriente de alegría en el ambiente de aquel salón que atravesaba ligera y gentil como una sílfide.
Felipe Auvray parecía estar enojado con Amaury. En un principio había decidido no asistir al baile por juzgarse lastimado en su dignidad; pero, más fuerza que esta consideración había hecho en su ánimo el deseo de poder decir al día siguiente que había estado en el gran baile con que el doctor Avrigny celebraba el enlace de su hija, y no pudiendo resistir a los requerimientos de su amor propio, había ido como todos.
Ya en casa del doctor y después de lo que había pasado entre él y Amaury, dispúsose a mostrarse tan rendido y obsequioso con Antoñita como indiferente y frío con Magdalena.
Pero, como Amaury había guardado bien el secreto, su reserva y su galantería pasaron inadvertidas para todo el mundo.
En cierta ocasión, el señor de Avrigny, que desde lejos observaba a Magdalena, se aproximó a ella después de un baile, y le dijo:
—Harías bien en retirarte, hija mía, pues no te conviene permanecer más tiempo en el salón.
—¡Pero si me encuentro aquí muy bien!—respondió ella con viveza.—Me distraigo con el baile y en ningún sitio creo que estaré mejor.
—¡Pero Magdalena!
—No me mande usted que me retire, papá, se lo suplico; se engaña usted si cree que no estoy buena. ¡Ojalá estuviese siempre como hoy!
Efectivamente, Magdalena, en medio de su excitación nerviosa, estaba encantadora, y todos a su alrededor lo repetían.
A medida que el tiempo pasaba y se acercaba el vals que Antoñita había prometido a Amaury, la pobre niña miraba a Magdalena con inquietud manifiesta. Más de una vez chocaron sus miradas con las de ella y cuando esto sucedía Antonia inclinaba su cabeza al mismo tiempo que en los ojos de Magdalena brillaba el fulgor de un relámpago.
Al terminar el baile que hacía el número cuatro, es decir, el anterior al vals que tenía comprometido con Amaury, Antonia fue a sentarse al lado de su prima para hacerle compañía hasta que la orquesta preludiase los primeros compases de la próxima danza.
El padre de Magdalena, que con los ojos fijos en su hija observaba con inquietud reciente el extraño brillo de sus ojos y los nerviosos estremecimientos que de vez en cuando agitaban su cuerpo, no pudo contenerse por más tiempo y acercándose a ella dijole con triste acento, mientras estrechaba cariñosamente una de sus manos:
—¿Quieres algo, Magdalena? Dime, hija mía, lo que deseas, porque todo es preferible al oculto pesar que aflige tu corazón.
—¿Habla usted de veras, papá?—exclamó Magdalena, en cuyos ojos brilló un destello de alegría.—¿Va usted a complacerme?
—Sí, aunque sea contra mi voluntad.
—Así, pues, ¿me permitirá bailar un vals, uno solo, con Amaury?
—Sí; si así lo quieres, sea—dijo el doctor.
—Ya lo oyes, Amaury: bailaremos el próximo vals.
—Pero recuerda, Magdalena—repuso Amaury, gozoso y turbado a un tiempo,—que precisamente ése es el vals que debía bailar con Antoñita...
Magdalena volvió vivamente la cabeza y sin pronunciar palabra interrogó a su prima con una muda mirada. Antonia contestó en el acto:
—Me siento tan cansada que si Magdalena quisiera sustituirme, yo muy a gusto descansaría un ratito.
Brilló un rayo de alegría en la febril mirada de Magdalena, y como a la sazón se oyesen las primeras notas del vals, alzose de su asiento y asiendo con su mano nerviosa la de Amaury lo arrastró al centro del salón, en donde abundaban ya las parejas. Cuando Amaury pasó junto al doctor, éste le dijo en voz baja:
—¡Ten prudencia!
—Pierda usted cuidado—repuso Leoville;—daremos muy pocas vueltas.
Y se lanzaron en medio del torbellino, perdiéndose muy pronto entre las otras parejas.
Bailaban un vals de Weber cuyo compás, que al principio era lento y moderado, se animaba gradualmente hasta el final, en que terminaba de un modo vertiginoso. Ardiente y grave a la vez, como trasunto del genio de su autor, era uno de esos valses que arrebatan y a la vez invitan a meditar.
Amaury hacía lo posible para sostener a Magdalena; pero a las pocas vueltas notó que flaqueaban sus fuerzas y le dijo con cariñoso interés:
—¿Quieres sentarte a descansar, Magdalena?
—¡No! ¡no!—contestó la hija del doctor.—No pases cuidado: me siento con fuerzas suficientes para continuar. Si papá ve que nos detenemos no me dejará bailar más.
Y aferrándose al brazo de Amaury, a quien comunicó sus ardientes ímpetus, siguió con increíble ligereza el ritmo del vals, cuyo aire era cada vez más vivo.
No es fácil imaginarse pareja más admirable que la formada por aquellos dos jóvenes, a quienes la Naturaleza había colmado de dones con prodigalidad, que enlazados se deslizaban a lo largo del salón con rauda ligereza como si sus pies tocasen apenas el pavimento. Magdalena, dechado de elegancia y distinción, apoyábase en su novio y éste, radiante de felicidad, olvidándose de los espectadores, del bullicio del baile, del ritmo de la música, y anegando sus miradas en los ojos entornados de Magdalena, confundiendo con ella su aliento y escuchando los latidos de sus corazones, unidos por misteriosa corriente magnética, sintiose contagiado por la embriaguez que dominaba a su novia y le trastornó el vértigo. Olvidó la recomendación del doctor y su promesa; extinguiose su memoria para dejar paso al delirio más extraño y a partir de aquel instante ni vio ni oyó nada más de cuanto le rodeaba; toda su alma la tenía concentrada en Magdalena, cuyo flexible talle oprimía con su brazo. Ya no se deslizaban; parecían volar en alas de aquel compás febril que parecía empujarlos como un huracán, y así y todo, Magdalena repetía a cada, instante:—¡Más de prisa, Amaury! ¡vayamos, más de prisa!—Y Amaury obedecía, estrechando su talle con más fuerza.
Ya no era la pálida y desencajada Magdalena quien decía esas palabras, sino una joven vigorosa, radiante de belleza, cuyos ojos lanzaban rayos de fuego y en cuya frente brillaba el esplendor de la vida. Ya habían cesado de bailar los más resistentes y ellos seguían valsando, y aun no contentos con esto, aceleraban el compás en medio de su vértigo sin ver ni oír ya nada, ciegos de amor y ebrios de dicha. Las luces, los convidados, el salón, todo les parecía que rodaba en torno suyo. En una o dos ocasiones creyó Amaury oír la voz del doctor que le decía angustiado:
—¡Bastante, Amaury, bastante! ¡Mira que vas a matarla!
Pero en el acto oía también la voz de Magdalena, que con nervioso acento repetía:
—¡Más de prisa, Amaury! ¡vayamos más de prisa!
Los dos novios parecían no pertenecer ya a la tierra. Sentíanse arrebatados por la felicidad, envueltos en un torbellino de amor y sumidos en un sopor delicioso; sus miradas fundían en una sus dos almas; jadeantes decíanse: ¡te amo! y reavivado su vigor por estas mágicas palabras valsaban y valsaban vertiginosamente, de un modo insensato, y esperaban morir en aquel éxtasis, juzgándose lejos de este mundo, creyéndose ya en el Cielo.
Mas, súbitamente, Amaury sintió que hacía presión sobre su brazo todo el peso del cuerpo de su amada, entonces se detuvo asustado al verla con el talle doblado hacia atrás, lívido el rostro, cerrados los ojos y entreabiertos los labios. Se había desmayado.
Amaury no pudo contener un grito. El corazón de Magdalena no latía; hubiérase dicho que la muerte lo había paralizado.
Sintió el joven que la sangre se helaba en sus venas y quedó un momento inmóvil, como clavado en el suelo, mudo de estupor, inconsciente de cuanto le rodeaba; luego se repuso un tanto y al volver a darse cuenta de lo que había pasado alzó a Magdalena como una pluma y la llevó en sus brazos lejos de aquel salón en el que se saboreaba una felicidad que podía costar tan cara.
El doctor corrió en pos de ellos y cuando alcanzó a Amaury no le dirigió la menor reconvención.
Le acompañó al tocador, tomó allí una luz y pasando delante le guió al cuarto de su hija. Amaury dejó a Magdalena sobre su lecho y el señor de Avrigny se consagró por entero a prestarla sus cuidados, tomándole el pulso con una mano mientras con la otra le hacía respirar algunas sales.
No tardó Magdalena en recobrar sus sentidos, y aunque su padre estaba inclinado ante ella mientras que Amaury permanecía casi invisible arrodillado junto a la cama, a éste fue a quien buscó con su mirada apenas abrió los ojos.
—¡Amaury! ¡Amaury!—exclamó.—¿Qué ha ocurrido? ¿Estamos muertos o vivos? ¿Nos encontramos en el Cielo con los ángeles o no hemos abandonado aún la tierra?
El joven no pudo reprimir un sollozo. Entonces Magdalena le miró con sorpresa.
—Amaury—dijo el doctor—vuelve al salón y encárgate de despedir a los invitados. Entre Antoñita y las doncellas desnudarán y acostarán a Magdalena: yo te tendré al corriente de su estado. Si no quieres alejarte de ella haré que te preparen una cama en tu antigua habitación.
Amaury, después de besar la mano a Magdalena que sonrió y le siguió con la vista hasta la puerta, salió del aposento. Cuando llegó al salón ya se habían marchado todos los convidados. Entonces ordenó que le arreglasen su cuarto y se acercó al de Magdalena, deteniéndose junto a la puerta y procurando escuchar desde allí lo que adentro se hablaba.
Poco rato después salió el doctor y estrechándole la mano le dijo:
—Ya está mejor. Yo me quedo a velarla toda la noche; vete tú a descansar y mañana veremos.
Amaury se dirigió al aposento que ocupaba cuando vivía en la casa; pero a fin de poder responder al primer llamamiento que se le hiciera, en lugar de acostarse en el lecho prefirió arrellanarse en un sillón junto al fuego que ardía en la chimenea.
El doctor por su parte se fue a su biblioteca y allí pasó mucho rato hojeando los libros de los profesores más eminentes del mundo; pero a cada momento movía la cabeza con cierto desaliento porque nada nuevo para él encontraba en todas aquellas obras. Sólo al llegar a un reducido volumen que, encuadernado en piel de zapa y ostentando sobre la tapa una cruz de plata, ofrecía más bien todo el aspecto de un devocionario que el de una obra científica, se detuvo en sus investigaciones y tomándolo fue a sentarse junto a la cabecera de Magdalena, que a la sazón dormía.
Aquel libro era la Imitación de Cristo.
Nada podía esperar ya de los hombres el doctor; no le restaba otra cosa que su confianza en Dios.
XVIII
diario del doctor avrigny
22 de mayo, por la noche.
«Queda entablada la lucha entre el médico y la muerte. De nuevo tengo que infundir la vida en el cuerpo aniquilado de mi hija. Si Dios me ayuda confío en conseguirlo; pero, si me abandona a mis propias fuerzas, no habrá remedio para Magdalena y mi pobre hija morirá.
»Ahora su sueño es febril y agitado, pero siquiera duerme, pronunciando sin cesar el nombre de Amaury.
»¡Oh! ¡Yo soy culpable de todo! ¿Por qué he permitido que bailara?... Y sin embargo, si otra vez me encontrase en iguales circunstancias volvería a proceder como esta noche lo he hecho.
»Es preciso tratar el alma de mi hija con más delicadeza y más cuidado que su cuerpo, porque la pena que a veces le causan sus pensamientos es mucho más temible que la dolencia de su pecho. Antes se habrá desmayado de celos, que de desfallecimiento físico.
»¡Sucumbió a los celos!... ¡Dios mío! ¡Era verdad lo que yo tanto temía!... Tiene celos de su prima... ¡Pobre Antonia! Ella lo ha advertido tan pronto como yo y en todos sus actos ha mostrado toda la bondad y la abnegación de que su alma es capaz.
»Amaury es el único que ignora todo esto; él no ha sabido ver nada. En verdad hay que convenir en que el hombre a veces es rematadamente ciego.