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Amaury

Alejandro Dumas (continued 4)

Florencio S. de Yarza translation

»Y el desolado padre, cuya agitación iba en aumento, se retorcía las manos con dolor, mientras yo le contemplaba mudo y aterrado.

»Y, sin embargo—continuó como hablando consigo mismo,—¡si todos cuantos cultivaron la Medicina hubieran cumplido con su deber trabajando con el mismo ahinco que yo, algo más adelantada estaría hoy esta ciencia! ¡Ah, miserables! ¿Para qué me sirve el estado en que hoy se encuentra? Solamente para hacerme saber que le restan a mi hija ocho o diez días de vida.

»Al oírle proferir estas palabras no fui dueño de mí mismo, y se me escapó un grito de dolor, al cual respondió él con rabiosa excitación:

»—¡Oh! ¡Pero no, no! Yo he de salvarla: yo encontraré un filtro, un elixir, el secreto de prolongarle la vida, así haya de componerlo con la sangre de mis venas. ¡Yo le encontraré, sí, y mi hija vivirá!

»Le sostuve con mis brazos porque temí que se desplomase.

»—Oye, Amaury—me dijo.—dos ideas atenacean mi cerebro y amenazan volverme loco. La primera es la de que si en un instante con el pensamiento pudiese trasladar a mi hija a un clima más benigno, a Niza, a Madera o a Palma, tal vez se salvaría. ¡Oh! ¿Por qué Dios no me ha dado un poder igual a mi amor, el poder de disponer del tiempo, de suprimir el espacio, de trastornar el mundo?... ¡Oh, rabia!... La otra idea es que en cuanto se muera mi hija se descubrirá tal vez, o acaso descubriré yo mismo el remedio que con tanto afán buscamos. Si así ocurriera y fuese yo quien lo hallara, juro por mi nombre no revelarlo a nadie en este mundo. ¿Qué me importan a mí las hijas de los demás? ¿Vienen acaso sus padres a salvar ahora a la mía?

»Cuando el doctor se expresaba de este modo, entró la señora Braun a decirnos que había despertado Magdalena. Entonces, Antoñita, he tenido ocasión de ver el maravilloso dominio que tiene ese hombre sobre su voluntad. Gracias a un vigoroso esfuerzo de esta facultad supo revestir su trastornada fisonomía con la expresión seria y grave que le es habitual.

»Pero esa aparente calma va siendo más sombría cada vez.

»Me preguntó si le acompañaba; pero yo no poseo su energía ni su estoicismo admirable; y necesitando mucho más tiempo que él para cubrir con la máscara mi rostro, pasé más de media hora en esta triste labor.

»Esa media hora es la que le dedico a usted escribiéndole, Antoñita.»

amaury a antonia

«¡Qué ángel va a abandonar este mundo!

»Al contemplar yo esta mañana a Magdalena adornada de esa suprema belleza que los últimos fulgores de la vida prestan a los moribundos, pensaba:

»—¡Oh! esa belleza, esas miradas y esa sonrisa iluminadas por un amor profundo, todo eso, ¿no es el alma?... ¿Y acaso puede morir el alma?

»Y no obstante, Magdalena morirá.

»¡Y dejará esta vida y se eclipsará sin haberme pertenecido! ¡Y el día del Juicio, el arcángel que ha de llamar a Magdalena para convertirla en un serafín como él no le dará mi nombre!...

»¡Desventurada Magdalena! Ya va viendo acercarse a su ocaso el sol de su existencia y empiezan a asaltarla tristes presentimientos. Hoy, antes de entrar en su cuarto, me detuve un momento en el umbral, según suelo hacerlo, para reunir mis energías, y oí que le decía a su padre con voz infantil, llena de ternura:

»—¡Estoy muy mala!... ¿Pero usted, papá, me salvará? Porque si yo muriera—añadió en voz baja,—moriría él también.

»—Sí, Magdalena mía, sí: si tú mueres, también yo moriré.

»Entonces entré y me senté a su cabecera. Iba a contestarle su padre, pero ella con un ademán le suplicó que callase; cree la infeliz que a mí se me oculta su estado y no quiere darme a conocer sus presentimientos y sus temores. Al poco rato me ha rogado que saliese del saloncito y que volviese a tocar aquel vals de Weber a que tanta afición muestra.

»Yo no me decidía a hacerlo; pero el doctor me indicó con una seña que accediese a su súplica y entonces obedecí.

»Pero, ¡ay! esta vez no se levantó mi pobre Magdalena para venir hacia mí sostenida por el mágico poder de esa sugestiva melodía. Casi no logró incorporarse en el lecho, y al extinguirse la última nota lanzó un suspiro y con los ojos cerrados se desplomó sobre la almohada.

»Asaltáronle luego pensamientos más graves y rogó a su padre que llamase al cura párroco de Ville d'Avray que le administró la primera comunión, y al cual, según dijo, vería con mucho gusto. Entonces el doctor se trasladó a su despacho para escribir al cura y yo quedó acompañando a mi amada.

»¡Oh! ¡Qué tristeza causa todo esto, Dios mío! Hay momentos en que se desea la muerte más que la vida.

»Pero, ¿cómo se explica, querida Antoñita, que no hable de usted jamás, y que tampoco su padre le recuerde que existe usted en el mundo?

»A no ser por la prohibición que usted me hizo de pronunciar su nombre en presencia de ella, ya sabría a estas horas cuál es el motivo de un silencio tan extraño.»

el doctor avrigny al cura párroco de ville d'avray

«Señor cura:

»Mi hija va a morir, y antes de comparecer en la presencia de Dios, desearía ver al sacerdote que inculcó en su alma inocente la sagrada doctrina de Cristo. Le suplico, padre mío, que venga lo antes posible. Le conozco a usted lo bastante para saber que no tengo que añadir ni una palabra más, porque cuando el afligido acude a usted en demanda de auxilio jamás necesita hacerlo más que una sola vez.

»Aún espero de su bondad, otro favor. No le sorprenda mi petición, padre mío: olvídese de que se la hace un hombre a quien inmerecidamente tiene todo el mundo por una lumbrera médica de los tiempos actuales.

»El favor que quiero pedir a usted, consiste en esto:

»Creo recordar que en Ville d'Avray hay un pobre pastor, llamado Andrés, que posee recetas maravillosas y que, a creer lo que dicen los aldeanos, ha devuelto la salud a muchos enfermos que la Facultad había desahuciado. Tengo una idea vaga de todo esto, y estoy seguro de que yo no lo he soñado. Oí referir esas curas maravillosas en una época en que yo era feliz y por lo tanto incrédulo.

»Tráigame, pues, a ese hombre, se lo suplico.

»Leopoldo de Avrigny.»

XXX

El padre de Magdalena encargó de llevar esta carta a un criado montado en buen caballo, y aquella misma tarde cerca del anochecer llegaron el cura y el pastor, quienes al recibir el mensaje se apresuraron acudir al llamamiento.

Era el tal Andrés un aldeano tosco, sin instrucción y reconocíase en su aspecto esta circunstancia de modo tal que si el doctor había llegado a abrigar alguna esperanza en los recursos de aquel hombre, a las primeras palabras hubo de convencerse de que tal ilusión no era más que una quimera. Sin embargo, le acompañó al cuarto de su hija, so pretexto de que venía a avisarle que el cura no tardaría en llegar. Magdalena que en su niñez había visto con frecuencia a aquel pastor en la quinta, se alegró mucho al verle.

Cuando salió de la estancia después de ver a la enferma le pidió el doctor su opinión sobre el estado de Magdalena. Respondiole el patán con la osadía y la necedad de su ignorancia que a su juicio estaba en verdad muy grave; pero con el auxilio de las hierbas que traía ex profeso había triunfado no pocas veces en casos más extremos aún que aquél. Y al hablar así puso de manifiesto los hierbajos en cuestión cuya virtud, según él, debía reduplicarse por razón de las épocas del año en que había buscado en el campo aquellas plantas.

El padre de Magdalena las examinó con rápida mirada, y quedó convencido que el efecto que de ellas esperaba no sería otro que el de una tisana ordinaria; pero, como al fin y al cabo no podían perjudicar a la enferma, dejó que el pastor las preparase y él fue a reunirse con el cura.

—El remedio de Andrés—dijo al párroco—es pueril y ridículo, pero le dejo hacer porque eso no envuelve ningún peligro, ni influirá para nada en la hora de la muerte de mi hija, que ocurrirá en la noche del jueves al viernes, o a lo sumo en la mañana del viernes. Tengo bastante experiencia profesional—añadió con amargura—para estar bien seguro de que no me equivoco en mis tristes augurios. Ya ve usted, señor cura, que ninguna esperanza me resta ya en este mundo.

—Espere usted en Dios; confíe en El—repuso el cura.

—A eso quería yo venir a parar—dijo el doctor con cierta vacilación.—Yo siempre he creído en Dios, siempre he confiado en El, sobre todo desde que su bondad infinita me concedió una hija; y a pesar de ello he de confesarle a usted que con sobrada frecuencia ha venido la duda a turbar mi contristado espíritu. Todo aquél que analiza tiene que ser escéptico por necesidad; a fuerza de ver materia, y nada más que materia, se llega a dudar de que pueda existir un alma y quien duda del alma está a dos pasos de dudar del Creador... Cuando se niega la sombra se niega también el sol. En algunas ocasiones mi miserable vanidad humana ha osado someter a su impío examen, a su análisis, hasta el mismo Dios. ¡Oh! No se escandalice usted, padre mío, porque bien arrepentido estoy al presente de mis necias rebeldías que ahora juzgo culpables y odiosas. Hoy creo...

—Crea usted, amigo mío, y se salvará—dijo el cura.

—En esa promesa del Evangelio confío, padre mío. Sí, creo en Dios omnipotente y en su bondad y misericordia infinitas; creo que el Evangelio no sólo encierra símbolos sino también hechos ciertos; creo que las parábolas de Lázaro y de la hija de Jairo no aluden a la resurrección de las sociedades sino que refieren sucesos de orden individual, reales y verdaderos; creo por último en el poder que el Divino Redentor legó a los apóstoles, y por lo tanto, en los milagros obrados por su intercesión divina.

—Entonces es usted feliz, hijo mío.

—¡Sí, lo soy!—exclamó el doctor cayendo de hinojos,—porque poseyendo esa fe ciega puedo postrarme a sus pies y decirle: «Padre mío, nadie mejor que usted merece que rodee su cabeza la aureola de los santos, puesto que ha consagrado a curar a los enfermos y a socorrer a los pobres su existencia entera. Todas sus acciones son puras y benditas a los ojos de Dios. Es un santo, y pues lo es, haga un milagro: devuélvale a mi hija la vida y la salud...» Pero ¿qué hace, padre mío?

El cura se había levantado, con la tristeza retratada en el semblante.

—¡Ay!—exclamó.—Me apena muy de veras su dolor; le compadezco y siento en el alma no poseer la virtud que me atribuye, pues no me es dable otra cosa que elevar mis preces a Aquel que dispone de los destinos humanos.

—Así, pues, todo es inútil—dijo el señor de Avrigny, levantándose también.—Dios dejará morir a mi hija del mismo modo que dejó morir a mi hijo.

Y salió detrás del cura, que horrorizado al oírle blasfemar de aquel modo, abandonó el despacho precipitadamente.

Como era de esperar, ningún efecto produjo el brebaje de Andrés. Magdalena durmió con sueño febril e inquieto, viéndose en su pesadilla bien a las claras el influjo de la agonía que se avecinaba ya. Al rayar el alba se despertó, lanzó un grito y extendiendo los brazos hacia su padre, exclamó:

—¡Papá! ¡papá! ¿Verdad que no moriré?

Abrazóla el doctor respondiéndole con las lágrimas que brotaban de sus ojos. Magdalena pareció tranquilizarse a costa de un gran esfuerzo y preguntó por el cura.

—Ya ha venido—respondió el señor de Avrigny.

—Quiero verle en seguida—dijo Magdalena.

Entonces su padre envió a llamar al sacerdote, que no tardó en presentarse.

—Señor cura—díjole Magdalena,—supliqué a papá que le llamase porque siendo mi director espiritual de siempre, quiero confesarme con usted. ¿Está dispuesto a escucharme?

El sacerdote hizo un signo afirmativo. Magdalena volviose hacia su padre y le dijo:

—Papá, déjeme usted sola un instante con este otro padre que es padre de todos.

El doctor obedeció y después de besarle la frente salió del aposento.

Junto a la puerta estaba Amaury. El padre de Magdalena, sin despegar los labios le llevó de la mano al oratorio de su hija; allí se arrodilló ante la cruz y obligando también al joven a arrodillarse le dijo:

—¡Oremos, hijo mío!

—¡Dios eterno! ¿Ha muerto ya Magdalena?—gritó Amaury.

—No. Tranquilízate; aún la tendremos veinticuatro horas en nuestra compañía y yo te prometo que tú estarás presente cuando muera.

Amaury dejó caer la cabeza sobre el reclinatorio, prorrumpiendo en sollozos.

Haría un cuarto de hora que allí estaban de ese modo cuando se abrió la puerta del oratorio y entró el sacerdote. Al ruido de sus pasos volvió Amaury la cabeza y le preguntó:

—¿Qué hay?

—¡Es un ángel!—contestó el párroco de Ville d'Avray.

El señor de Avrigny alzó a su vez la cabeza y preguntó:

—¿A qué hora se le administrará la extremaunción?

—A las cinco de la tarde. Magdalena quiere que a esta última ceremonia pueda asistir Antoñita.

—¿Es decir, que mi hija sabe ya que va a morir?

Se levantó y salió para ordenar que fuesen en seguida a buscar a su sobrina; después de dada esta orden volvió adonde la guardaban Amaury y el sacerdote y dirigiose con ellos al cuarto de Magdalena.

Hacia las cuatro de la tarde llegó Antoñita. A la sazón no podía darse espectáculo más triste que el que ofrecía la habitación de la enferma. A un lado de la cama veíase al doctor con semblante abatido, desesperado, oprimiendo la mano de su hija, mirándola con la misma fijeza con que el jugador mira la carta en que arriesga su fortuna y buscando como él un postrer recurso en lo más hondo de su inteligencia.

Al otro lado Amaury, tratando de sonreír no hacía en realidad otra cosa que llorar.

A los pies de la cama el sacerdote, con semblante noble y grave, contemplaba a la pobre moribunda elevando de vez en cuando sus ojos hacia el Cielo adonde su espíritu habría de volar pronto.

Súbitamente apareció Antoñita en el marco de la puerta, quedándose en la sombra que envolvía uno de los ángulos del cuarto.

—No intentes ocultarme tu llanto, Amaury—decía Magdalena con acento cariñoso.—Si no viese las lágrimas en tus ojos me avergonzaría yo de las que asoman a los míos. Si lloramos, no es nuestra la culpa: ¡Es que es muy triste separarse a nuestra edad, cuando la vida nos parecía tan buena y veíamos el mundo tan hermoso! Pero lo más terrible, lo que más me horroriza, es dejar de verte, Amaury, no estrechar ya tu mano, no expresarte mi agradecimiento por tu amor, no dormirme esperando que te me aparezcas en mis sueños. Déjame que te contemple por última vez para poder acordarme de ti en la eterna noche de mi sepulcro.

—Hija mía—dijo el sacerdote.—En compensación de las cosas que abandona usted en este mundo, gozará la gloria del paraíso.

—¡Ay! ¡Yo lo tenía en su amor!—suspiró Magdalena.

Y alzando la voz, añadió:

—¿Quién te querrá como yo te quiero? ¿Quién te comprenderá como yo he llegado a comprenderte? ¿Quién sabrá someterse como yo a tu suave autoridad, amado mío? ¿Quién cifrará como yo su amor propio y su orgullo en tu amor? ¡Oh! Si yo conociese alguna capaz de eso, te juro, Amaury, que le legaría con gusto tu cariño, porque ahora ya no me atormentan los celos... ¡Pobre amor mío! Tengo tanta compasión de ti como de mí misma, porque el mundo va a parecerte tan desierto como mi sepultura.

Amaury sollozaba; por las mejillas de Antoñita rodaban gruesas lágrimas; el sacerdote, para no llorar, procuraba recogerse en la oración.

—¡No hables tanto, Magdalena: te fatigas demasiado!—dijo con acento de ternura el doctor, único de los presentes a quien su amor había dado fuerzas para conservar la serenidad.

Volviose hacia él la moribunda y le dijo con su voz más cariñosa:

—¿Qué podría decirte, padre mío, a ti que, desde hace dos meses, dices y haces cosas tan sublimes; a ti, que de un modo tan admirable has sabido prepararme para no quedar vislumbrada ante la bondad celeste; a ti, cuyo amor es tan magnánimo que no has sentido los celos, o, lo que tiene aún más mérito, has logrado aparentar no sentirlos? Ahora ya sólo Dios podría inspirarte celos. Tu abnegación es sublime: me admira... Y me causa envidia—agregó, bajando la voz.

—Hija mía—dijo el ministro de Dios,—su amiga, su hermana Antoñita ha acudido a su llamamiento. Acaba de llegar; ahí está.

XXXI

Antonia, al verse descubierta, lanzó un grito y vertiendo abundantes lágrimas se acercó a la enferma. Magdalena hizo un movimiento instintivo para echarse hacia atrás; pero, luego se rehizo y, dominando aquel mal impulso abrió los brazos para recibir a su prima que se arrojó en ellos con efusión, quedando así abrazadas un buen rato hasta que Antoñita se desprendió y retrocediendo fue a ocupar el puesto del sacerdote, que acababa de dejar la habitación.

A despecho de las inquietudes y desazones de aquellos dos meses y de la profunda pena de aquel momento, Antonia estaba más hermosa que nunca; rebosante de vida, parecía destinada a disfrutar una existencia prolongada y feliz y podía creerse con derecho al amor de un corazón tierno y apasionado. Así, podía sin dificultad interpretarse el primer movimiento de Magdalena como un impulso de celos revelado también por la involuntaria mirada en que envolvió a la vez a su hermosa prima y a su desesperado novio que iba a dejar al lado de ella.

Su padre, para quien nada pasaba inadvertido, se inclinó y le dijo en voz muy baja:

—Tú misma la has llamado; no ha hecho más que obedecerte.

—Sí, papá, y me alegro mucho de verla.

Y la infeliz moribunda miró a Antonia, sonriéndose con angélica resignación.

Amaury no supo ver en aquel ímpetu de Magdalena otra cosa que un sentimiento de celos, muy natural en un ser ya aniquilado respecto a otro lleno de vigor y de vida. El mismo, comparando a la una con la otra, sintió algo parecido (o al menos así lo creyó él) al sentimiento experimentado por la hija del doctor, esto es, un sentimiento de odio y de cólera contra la insultante belleza, causa de aquel cruel contraste, y hasta le pareció que si no hubiese de morir como tenía resuelto, llegaría a aborrecer a Antoñita, por considerarla como viviente ironía, con la misma intensidad con que amaba a Magdalena.

Disponíase a tranquilizar a la moribunda deslizando un juramento en su oído cuando se oyó una campanilla que le hizo estremecerse y quedar como clavado en su sitio.

Era el sacerdote que volvía en compañía del sacristán de San Felipe de Roule y de dos monaguillos para administrar a Magdalena los últimos sacramentos.

Todos callaron al sonar la campanilla y se postraron de hinojos. Únicamente Magdalena se incorporó como disponiéndose a recibir la visita del Señor.

Entró el sacristán con la cruz, luego los monaguillos con la vela en la mano, y por fin el venerable sacerdote portador del santo Viático.

—Padre mío—dijo Magdalena,—los pensamientos pecaminosos pueden llegar a combatir nuestra alma hasta los umbrales de la eternidad.—Temo mucho haber pecado desde que me confesó esta mañana y le agradeceré a usted que antes de recibir el cuerpo del Señor, se digne permitirme que le manifieste mis dudas.

Se apartaron Amaury y el doctor para dejar que el párroco se acercase a la enferma, la cual en voz muy baja y mirando alternativamente a su prima y a Amaury, le dijo algunas palabras. El santo varón, por toda respuesta la bendijo. Después de esto comenzó la santa ceremonia.

Solamente aquel que se haya arrodillado en momentos semejantes al pie del lecho de muerte de una persona querida es capaz de saber el efecto que causan en nuestra alma las palabras que en tal caso pronuncia el sacerdote y repiten los presentes. Amaury, con el corazón próximo a estallar, retorciéndose los brazos y vertiendo amargo llanto, semejaba la estatua de la desesperación y del dolor.

El señor de Avrigny, mudo e inmóvil, sin lanzar ni un suspiro ni derramar ni una lágrima, mordía el pañuelo, tratando de recordar las plegarias recitadas en su niñez y olvidadas hacía ya mucho tiempo.

Antonia, débil mujer, no podía contener los sollozos que la ahogaban.

Transcurrió la ceremonia en medio de aquellas tres penas manifestadas de un modo tan diferente. Terminó el sacerdote su triste misión acercándose a Magdalena, que, incorporada, con las manos cruzadas y los ojos alzados al cielo recibió en sus secos labios la sagrada hostia.

Luego, abatida por este esfuerzo, se desplomó en su lecho, diciendo con apagado acento:

—¡Dios mío! No permita Tu bondad que nunca sepa que cuando he visto a mi prima he sentido deseos de que ella muriese también conmigo.

El ministro del Señor, acompañado de su séquito, salió de la estancia.

Reinó en ésta un silencio que nadie se atrevía a interrumpir. Magdalena, que aún seguía con los brazos cruzados, lanzó una intensa mirada a su padre y otra a Amaury. Antonia oraba en voz baja.

Entonces comenzó una vela silenciosa y triste. La enferma quiso hablar por vez postrera para despedirse de los seres más queridos de su corazón, pero su debilidad era tan grande y sus fuerzas decaían de tal modo, que sólo a costa de un esfuerzo sobrehumano, logró articular algunas palabras. El doctor, inclinando hacia ella su encanecida cabeza, le suplicó que callase: bien claramente veía que todo había acabado y ya sólo deseaba retardar cuanto pudiera la eterna separación. El, que en los comienzos de la enfermedad había pedido a Dios la vida de su hija, que después le había rogado que le concediese algunos años, luego algunos meses y más tarde solamente algunos días, contentábase con pedir para ella unas horas más de vida.

—Tengo frío—dijo Magdalena con voz apagada.

Antonia se acostó entonces sobre los pies de su prima e intentó calentárselos con su aliento a través de la sábana. Magdalena murmuraba algo entre dientes sin que lograse hacer salir de sus labios un sonido articulado.

No es posible describir la angustia y el dolor que oprimían aquellos tres corazones. Quien en una noche terrible y suprema como aquélla haya velado a su hija o a su madre comprenderá lo que nosotros no sabríamos explicarle; y aquellos a quienes su buena fortuna no haya puesto en tales trances pueden bendecir a Dios por no verse en el caso de tener que comprenderlos.

Amaury y Antonia no apartaban su mirada del doctor. Es tan costoso para el hombre el renunciar a toda esperanza, que ellos no se resignaban a creer que todo hubiese acabado y de un modo instintivo buscaban en el rostro del señor de Avrigny algún rayo de esa ilusoria esperanza.

Pero el padre de Magdalena permanecía grave y sombrío, sin que ningún resplandor iluminase su rostro impasible ni el rayo de esperanza deseado viniese a desdoblar las arrugas de su frente ceñuda.

Hacia las cuatro de la madrugada se aletargó la enferma. Amaury, al verla cerrar los ojos, se puso en pie de un salto, pero el doctor le detuvo diciéndole estas palabras:

—Ahora duerme; aún le queda una hora de vida.

Efectivamente, Magdalena dormitaba con el último sueño de la vida mientras el crepúsculo ahuyentaba las sombras de la noche y las estrellas se eclipsaban una a una ante la limpia claridad de la rosada aurora.

El señor de Avrigny tomó el pulso a su hija, notando que ya desaparecía poco a poco de las extremidades.

A las cinco oyose la campana de una iglesia próxima que tocaba el angelus, llamando a la oración a los fieles.

Un pajarillo se posó en la ventana, entonó un gorjeo y emprendió el vuelo de nuevo, perdiéndose en los aires.

Magdalena abrió los ojos, quiso incorporarse exclamando:—«¡Aire! ¡aire! ¡Me ahogo!» y se desplomó lanzando un suspiro.

Era el último. Magdalena de Avrigny ya no existía.

Levantose el doctor y con voz ahogada dijo:

—¡Adiós, Magdalena! ¡Adiós, hija mía!

Amaury lanzó un grito terrible.

Antonia sollozaba como si su pecho fuera a desgarrarse.

Era verdad, Magdalena ya no existía... Se había eclipsado con las estrellas del cielo; suavemente había pasado del sueño a la muerte sin esfuerzo, sin exhalar más que un suspiro.

Los tres contemplaron en silencio a la pobre criatura. Luego, viendo Amaury que sus hermosos ojos habían quedado abiertos, quiso cerrárselos, pero el doctor detuvo su ademán diciéndole:

—Lo haré yo, que soy su padre.

Prestó a la muerta este servicio piadoso y terrible, y después de contemplarla un instante con muda y dolorosa mirada, cubrió con la sábana a guisa de sudario aquel hermoso rostro helado por el soplo de la muerte.

Y entonces los tres, arrodillados y llorosos, oraron en la tierra por la que en el mismo instante también oraba por ellos en el Cielo.

XXXII

Cuando Amaury volvió a su cuarto encontró en derredor suyo en los muebles, en los cuadros, hasta en el aire, recuerdos tan amargos que, no pudiendo resistirlos y loco de dolor, se lanzó a la calle, saliendo a pie, sin objeto, sin propósito deliberado, sin otra idea que la de llevar lejos de allí a cualquier parte la pena que le abrumaba.

Eran las seis y media de la mañana.

Caminaba con la cabeza baja, y en medio de las tinieblas en que su alma se agitaba sólo distinguía la figura de Magdalena envuelta en un sudario, y en la soledad de su espíritu sólo oía un eco que sin cesar repetía esta palabra: «¡Morir! ¡Morir!»

En el bulevar de los Italianos, a donde llegó sin saber cómo, le cerraron el paso tres antiguos amigos, alegres camaradas de su vida de soltero que con el cigarro en la boca y las manos en los bolsillos revelaban bien a las claras hallarse en ese estado de expansiva animación que raya en la embriaguez.

—¡Caramba, chico! ¡Pues no es Amaury!—exclamó uno de ellos con estentórea voz, hija de su despreocupación del momento.—¿De dónde sales, di? ¿Y adónde vas ahora? ¿Dónde te has metido en estos dos meses, que no te has dejado ver en ninguna parte?

—¡Poco a poco!—dijo otro interrumpiendo al primero.—Todas esas preguntas están muy en su punto; pero vayamos por partes. Ante todo tenemos que justificarnos a los ojos de Amaury, que es hombre bien nacido, de nuestro crimen. ¡Miren que andar por las calles a las siete de la mañana! Chico, no vayas a imaginarte que hemos madrugado tanto: lo que ocurre es que aún no nos hemos acostado, ¿entiendes? Ahora nos vamos a la cama... Los tres hemos pasado... (es decir, tres y tres, ¿eh?)... hemos pasado la noche en casa de Alberto, donde nos hemos regalado con un festín digno de Sardanápalo y ahora nos volvemos santamente a nuestras casas a pie, como puedes ver, para tomar un poco el aire de la mañana.

—Todo lo cual demuestra—agregó el tercero, que estaba más borracho que ninguno—la verdad que se encierra en aquel aforismo político (¡oh! ¡es un gran apotegma!) de Talleyrand: Cuando uno ha sido siempre feliz...

Amaury les miraba aturdido y como alelado, sin entender lo que hablaban.

—Ya estás enterado—repuso el primero que había tomado la palabra;—ahora estás tú en el deber de justificar tu madrugón y de decirnos por qué te has eclipsado estos dos meses.

—¡Bah! Eso lo diré yo mismo, señores—saltó el segundo,—porque, a Dios gracias, no ando mal de memoria, lo cual, dicho sea de paso, viene a probar lo que digo hace ya rato y es que habiendo bebido por dos soy el que está más sereno de los tres. Yo sé por qué no hemos visto a Amaury en tanto tiempo y ahora lo diré. Recuerdo muy bien que nuestro amigo está enamorado de la hija del doctor Avrigny y acaricia respecto a ella proyectos matrimoniales.

—¡Ah, sí! ¡Yo también me acuerdo ahora! Y hasta me parece que el suegro, el día del baile, señaló para hoy (¿no es hoy once de septiembre?) la boda de su hija con Amaury.

—Sí; pero te olvidas de que aquella misma noche la novia se puso enferma.

—Pero aquella indisposición sería pasajera y no habrá sido nada...

—No, señores—contestó Amaury.

—¿Ya está buena?

—Ha muerto.

—¿Cuándo?

—Hace una hora.

—¡Demonio!—exclamaron estupefactos los tres.

—¡Conque ha muerto! ¡Y hace una hora! ¡Qué fatal coincidencia! ¡Yo que iba ahora mismo a pedirte que nos acompañaras a almorzar!...

—No puede ser. Yo, lejos de almorzar con mis amigos, les invito a mi vez a que me acompañen mañana en el entierro de la que fue mi prometida.

Y, despidiéndose de ellos, se alejó con rapidez.

—Está loco rematado—dijo uno, al ver cómo se alejaba.

—O es demasiado discreto—repuso otro.

—¡Pchs!... Lo mismo da—agregó el llamado Alberto.

—En fin, no importa... Pero dejemos a un lado el género triste; hay que convenir en que es muy poco agradable eso de tropezarse después de beber bien, con un novio que acaba de enviudar.

—¿Asistirás al entierro?

—Creo que no podemos excusarnos—observó Alberto.

—No hay que olvidar que mañana la Grisse vuelve a cantar el Otelo.

—Tienes razón; ya no me acordaba. Concurriremos a la iglesia para que nos vean; la cuestión es que Amaury no pueda quejarse de que faltamos.

Y dicho esto, prosiguieron su interrumpido camino.

Cuando Amaury se separó de ellos asaltó su cerebro una idea que ya otras veces había acudido a su mente aunque con más vaguedad. El joven pensó en morir.

¿Qué le quedaba que hacer en este mundo? Muerta Magdalena, ¿qué lazo podía unirle a esta mísera existencia? ¿No lo había perdido todo con su amada? No le restaba otra cosa que reunirse con ella, como ya se lo había prometido a sí mismo tantas veces desde que estuvo seguro de que no había remedio.

Amaury razonaba de este modo:

Una de dos: o hay otra vida o no la hay. Si es verdad que la hay, volveré a ver a Magdalena y con ella recobraré la felicidad perdida. Y si esa vida no existe, al extinguirse la mía todo acaba, mis lágrimas se secan y yo no siento ya mi desdicha. De todos modos he de salir ganando, pues nada perderé al dejar la vida que para mí nada vale.

Tomado ya este partido, le convenía a Amaury aparecer tranquilo y casi alegre. No había por qué interrumpir su vida ordinaria y además no quería que al saberse su muerte se dijera de él que se había suicidado a impulsos de la desesperación, en un rapto de locura. Lejos de eso tenía empeño en que todo el mundo considerase su acto bien premeditado, como prueba de valor y no como signo de cobardía.

Según su plan debía ordenar sus asuntos, escribir sus últimas disposiciones y visitar a sus amigos anunciándoles únicamente que iba a emprender un viaje de larga duración. Asistiría al día siguiente al entierro de su amada y por la noche concurriría al teatro para oír desde su palco el último acto de Otelo, aquella romanza del Sauce, aquel último canto del cisne, obra maestra de Rossini que tanto gustaba a Magdalena. Después regresaría a casa y allí se levantaría la tapa de los sesos.

Hay que advertir que Amaury poseía un alma recta, un corazón sincero y sin doblez; así, que combinaba uno por uno los detalles de su próximo fin, sin echar de ver la afectación que pudiera haber en tales preparativos, sin fijarse en que había otros modos de morir, quizás mucho más sencillos.

A sus años no podía menos de parecerle grande y a la vez muy natural todo lo que pensaba hacer y buena prueba de ello es que, persuadido de que ya no había de vivir más que dos días dominó su pena, y al volver a casa se acostó, y, rendido por tantas y tantas emociones como el joven acababa de sufrir, se durmió tranquilamente.

Despertose a las tres, se vistió con esmero, visitó a sus amigos, anuncioles su viaje, abrazó a unos, estrechó la mano a otros, regresó a casa y comió solo (pues no vio en todo el día al doctor ni a su sobrina), aparentando en todos sus actos una calma tan terrible que los criados dudaban de que estuviera en su juicio.

A las diez fue a su casa y se puso a redactar su testamento, dejando la mitad de su fortuna a Antoñita, un legado de cien mil francos a Felipe, que todos los días había ido a enterarse del curso de la enfermedad de Magdalena, y distribuyendo el resto en diferentes mandas.

Después siguió escribiendo su diario, continuándolo hasta aquel mismo instante y anunciando en él su propósito de quitarse la vida, sin perder la tranquilidad, sin la menor emoción, con pulso firme.

Cuando acabó su tarea eran las ocho de la mañana. Tomó sus pistolas y después de cargarlas con dos balas se las guardó bajo la levita, montó en su carruaje y fue a casa del doctor. El señor de Avrigny no había salido desde el día anterior de la habitación de su hija.

En la escalera tropezose Amaury con Antonia, que se dirigía a su cuarto y tomándole la mano la besó en la frente sonriendo.

Su tranquilidad asustó a la joven, que le siguió con la vista hasta que él hubo entrado en su aposento.

Amaury metió las pistolas en un cajón de la mesa, cerró éste y guardose la llave en el bolsillo. Hecho esto se vistió para el entierro y al bajar luego al salón se encontró con el doctor que había pasado la noche velando el cuerpo de su hija. El infeliz padre, al salir del cuarto de Magdalena con los ojos hundidos y el rostro lívido, como un espectro que saliera del sepulcro, retrocedió cegado por el vivo resplandor de la luz del día.

—Ya van pasadas veinticuatro horas—dijo con ademán meditabundo.

Y estrechó la mano a Amaury, contemplándole en silencio. Quizás pensaba demasiadas cosas para poder expresarlas.

Sin embargo, el día anterior había dictado sus disposiciones con una calma inaudita, con una impasibilidad aterradora. Según sus órdenes el cuerpo de Magdalena, después de estar expuesto en una capilla ardiente a la puerta de la casa, debía ser conducido a San Felipe, en donde al mediodía se celebraría el oficio de difuntos, y de allí sería transportado a Ville d'Avray.

XXXIII

A las once y media llegaron los coches de luto. En el primero de ellos entraron Amaury y el doctor que, rompiendo con la costumbre que no permite a los padres seguir el cadáver de sus hijos, quiso formar parte del cortejo fúnebre.

Llegaron a la iglesia, cuyas naves, coros y capillas, estaban enteramente adornados con blancas colgaduras. El padre y el novio fueron los únicos que entraron en el coro con el cuerpo de la muerta. Los amigos y los curiosos (si es que puede establecerse semejante distinción) fueron a colocarse en las naves laterales para presenciar desde allí la fúnebre ceremonia.

Esta se celebró con gran pompa, contribuyendo a prestar relieve al acto la circunstancia de que Thalberg, que era amigo de Amaury y del doctor, había querido encargarse del órgano, por lo cual, el oficio de difuntos revestía en aquella ocasión los caracteres de un gran acontecimiento artístico.

Véase cómo aquellos tres elegantes de la víspera, que tenían que asistir a oír el Otelo en los Bufos, disfrutaban aquel día de dos conciertos en vez de uno.

Pero, entre aquella muchedumbre que llenaba los ámbitos de la iglesia, sólo el padre y el novio sintieron penetrar en sus corazones las terribles palabras de las plegarias que con lúgubre armonía se elevaban al Cielo entre nubes de incienso; y, particularmente el doctor se apropiaba con avidez el sentido de los versículos más tristes y en el fondo de su alma repetía las palabras del sacerdote que oficiaba:

«Daré el reposo a los justos—dice el Señor—porque hallaron gracia a mis ojos y les conozco por su nombre.

¡Felices aquellos que mueren en mí, pues descansarán de sus trabajos y les seguirán sus obras!»

¡Con cuánto fervor exclamaba el pobre padre:—«Señor, liberta mi vida, porque es muy largo mi destierro. ¡Yo aguardo, Señor, esa liberación; mi alma te desea de igual modo que la tierra abrasada por la sequía desea la lluvia; del mismo modo que el ciervo sediento busca con ansia el agua de los torrentes, así mi corazón te echa de menos, Señor!»

Pero lo que más conmovió a los dos fue el imponente Dies iræ, cuando resonó bajo las bóvedas del templo, tocado por el eminente Thalberg.

El fogoso Amaury repitió en su fuero interno aquel himno de cólera como respondiendo a un impulso de su propio corazón; el doctor escuchó profundamente abatido el espantable clamor de aquel canto apocalíptico e inclinó la frente bajo el peso de las terribles amenazas que envolvía.

Mientras que el novio veía expresada por la música su propia desesperación y se complacía en desear el aniquilamiento y la destrucción de este mundo miserable que para él carecía de valor desde que Magdalena lo había abandonado, el alma angustiada del padre, menos colérica que la juvenil de Amaury, tembló ante el versículo, revelador de la majestad de Dios tonante que acababa de absolver a su hija y muy pronto debía juzgarle a él mismo. ¡Qué pequeño, y qué humilde se sintió en aquella ocasión el soberbio doctor, el sabio entre los sabios!

Examinó, aterrado, su conciencia y al verla llena de culpas tuvo miedo, no de ser herido por el rayo de la cólera divina, sino de verse separado de su hija.

Pero ¡ah! cuando al versículo amenazador siguió el de la esperanza ¡con qué fe, con qué fervor escuchó la promesa de la infinita misericordia! ¡cómo, vertiendo copioso llanto, rogó a Dios, invocando su clemencia, que olvidase su justicia, recordando sólo su misericordia y su magnanimidad!

Después de la ceremonia, salió Amaury de la iglesia con la cabeza erguida, como desafiando al universo mientras que el doctor caminaba con la frente inclinada, como queriendo desarmar con su humildad la cólera celeste.

Magdalena, según ya hemos dicho, debía de ser enterrada en Ville d'Avray, porque al doctor le parecía que allí, en un cementerio de aldea, oscuro y desierto, le pertenecería su hija más que en una necrópolis de la gran ciudad.

Los convidados que formaban el cortejo y que venían a ser los mismos que concurrieron al baile, no se sentían con ánimo de acompañar a la muerta hasta su última morada. Habrían transigido con ir al cementerio del Père Lachaise por tratarse de un paseo; pero no era cosa de ir hasta Ville d'Avray, con lo cual perdían un día entero, y un día tiene en París gran valor.

Por eso, conforme a las previsiones del doctor, sólo tres o cuatro amigos muy adictos, entre ellos Felipe de Auvray, ocuparon el tercer coche del duelo. En el primero iba el clero; al segundo subieron el doctor y Amaury.

A la puerta de la iglesia de Ville d'Avray esperaba a la comitiva el cura párroco. En aquella iglesia en que Magdalena había comulgado por vez primera debía hacer su última estación antes de que su cuerpo descendiese a la fosa.

No hubo allí pompa ni boato, ni órganos ni cantos: todo se redujo a una sencilla oración, a un postrer adiós murmurado, por decirlo así, en voz baja al oído de la virgen que había volado al Cielo, y todos continuaron su camino a pie hasta la puerta del cementerio adonde llegaban cinco minutos más tarde.

El sencillo cementerio de Ville d'Avray es un admirable campo de reposo, tranquilo, casi ameno. En lugar de suntuosos panteones e hipócritas epitafios sólo hay cruces de madera y simples inscripciones. No es imponente, pero sí enternecedor. Al entrar en él se respira paz y recogimiento, y el visitante se siente tentado a exclamar como Lutero en Worts:

—Les envidio porque reposan: envideo quia quiescunt.

Pero cuando Lutero pronunció esas palabras no entraba en el cementerio siguiendo el cortejo fúnebre de una persona querida: hablaba el filósofo, no el padre o el esposo.

¿Quién podría describir las torturas de un alma en tales circunstancias? El canto de los sacerdotes; el espectáculo de la fosa recién abierta; el rumor de la tierra que cae sobre el ataúd, producen emociones que llenan de horror el ánimo más esforzado.

El señor de Avrigny asistió al sepelio, arrodillado y con la frente inclinada. Amaury se quedó en pie pero tuvo que apoyarse en un ciprés, sintiendo que las piernas no querían sostenerle.

Cuando la tumba quedó cubierta de tierra pusieron sobre ella una gran losa de mármol blanco, que ostentaba este doble epitafio:

Aquí yace Magdalena de Avrigny muerta en 10 de septiembre de 1839 a los 20 años, 8 meses y 5 días de edad. Aquí yace el doctor Avrigny, su padre, muerto en el mismo día y enterrado en...

Habían dejado la fecha en blanco; pero el doctor confiaba en que estaría llena antes de un año.

Plantáronse rosales blancos alrededor de la tumba porque Magdalena había tenido siempre gran afición a las rosas blancas y el doctor daba a su hija esas flores a fin de que en vida y muerte su cuerpo siempre fuese todo rosas.

Cuando todo acabó, el doctor se despidió de su hija enviándole un beso y diciendo a media voz:

—Hasta mañana, hija mía... Hasta mañana... y para no separarme ya de ti.

Y acompañado de sus amigos salió con paso seguro del cementerio, cuya puerta cerró el sacristán tras de ellos.

—Señores—dijo entonces el padre de Magdalena a sus escasos acompañantes:—ya han visto ustedes por la inscripción de la losa, que el hombre que les habla ya no es un ser viviente. Yo desde hoy, ya no pertenezco a la tierra, sino a mi hija solamente; desde mañana nadie volverá a verme ni yo tampoco veré a nadie en París. Aquí viviré solo y retirado y en esa casa que ahí tengo y cuyas ventanas, como ustedes ven, dan a este cementerio, aguardaré resignado hasta que Dios señale la fecha que en la losa dejé en blanco. Reciban, pues, señores, por vez postrera, el sincero testimonio de mi agradecimiento y mi cordial despedida.

Habló con voz tan firme y con tal convicción que nadie osó responderle, y después de estrechar en silencio y con muestra de tristeza su mano, se alejaron respetuosamente todos.

Cuando partió el coche que los llevaba, se volvió el doctor hacia Amaury, que estaba a su lado de pie y con la cabeza descubierta.

—Ya lo has oído, Amaury—dijo.—Desde mañana no viviré ya en París; no volveré allí jamás. Pero hoy tengo que regresar contigo a casa para dictar mis disposiciones y dejar mis asuntos arreglados.

—Lo mismo que yo—contestó Amaury con frialdad.—Usted no ha pensado en mí para hacer el epitafio de Magdalena; pero he visto con júbilo que a su lado hay sitio para dos.

—¡Ah!—exclamó el doctor mirándole de hito en hito, pero sin manifestar asombro por sus palabras.

Y echando a andar, agregó:

—Ven.

Subieron al último coche que les estaba aguardando y emprendieron el regreso hacia París.

Ya en la capital, Amaury mandó parar el coche en el Arco de la Estrella.

—Perdone, usted—dijo el señor de Avrigny;—yo también tengo que hacer esta noche. ¿Tendré el gusto de verle?

El padre de Magdalena contestó con un signo afirmativo.

El joven se apeó, y el coche siguió rodando en dirección a la calle de Angulema.

XXXIV

Acababan de dar las nueve de la noche.

Amaury tomó un simón, y poco después entraba en su palco del teatro de los Italianos.

La sala, resplandeciente de luces y de diamantes, parecía un ascua de oro. El joven, pálido y grave, desde el fondo del palco contemplaba aquel brillo y aquella esplendidez con mirada indiferente, con desdeñosa sonrisa.

Su presencia causó una gran sorpresa; pero la austeridad de su semblante y su aire grave imponían tal respeto aún a sus más íntimos amigos, que nadie se atrevió a dirigirle la menor pregunta.

Nadie conocía su fatal propósito, y no obstante, todos temieron que Amaury fuese quizás a dirigir al mundo su último saludo como los antiguos gladiadores romanos saludaban al César con las famosas palabras: «¡Ave, César! ¡morituri te salutant!»

Presenció el tercer acto de Otelo, aquel terrible acto cuya música parecía ser digna continuación del Dies iræ de la mañana, en la que Rossini parecía completar a Thalberg; y al llegar a la escena en que el moro se suicida después de asesinar a Desdémona, tan en serio tomó la tragedia que estuvo a punto de gritar como Aria a Petus:

—¿Verdad, Otelo, que no hace daño?

Después de la función, Amaury subió a otro coche de punto, y se hizo llevar a casa del señor de Avrigny.

Los criados le aguardaban. Se dirigió al despacho de su antiguo tutor, llamó a la puerta y oyó una voz que le respondió desde adentro:

—¿Eres tú, Amaury?

El joven, después de responder afirmativamente, entró.

El señor de Avrigny, que estaba sentado ante su mesa de trabajo, se levantó para salir a su encuentro.

—No he querido acostarme sin venir a dar a usted un abrazo—le dijo Amaury en tono tranquilo.—¡Adiós, padre mío!

Su tutor le miró con fijeza y abrazándole respondió:

—¡Adiós, Amaury!

Al estrecharle contra su pecho le había puesto la mano sobre el corazón, notando que sus latidos acusaban perfecta tranquilidad. El joven, sin advertir nada, se dispuso a retirarse, y ya iba a traspasar el umbral del aposento, cuando el doctor le llamó de nuevo, diciéndole con voz ahogada por la emoción:

—Oye, Amaury, una palabra.

—¿Tiene usted algo que mandarme?

—Aguárdame en tu habitación. Allí acudo dentro de cinco minutos, pues tengo que hablarte, Amaury.

—Está bien. Le esperaré, padre mío.

Y después de hacer una ligera inclinación de cabeza, salió, dirigiéndose a su cuarto. Lo primero que hizo, así que entró, fue abrir el cajón de la mesa donde había dejado las pistolas, y al ver que estaban intactas, se sonrió, alzando los gatillos. Pero en el mismo instante oyó pasos, y comprendiendo que se acercaba el doctor, escondió otra vez sus armas.

El padre de Magdalena abrió la puerta, la cerró de nuevo y, acercándose en silencio al joven, púsole la mano en el hombro.

Amaury aguardaba que el doctor le dijese algo; pero, viendo que callaba, rompió al fin aquel silencio solemne para preguntar:

—¿Dice usted que tiene que hablar conmigo?

—Sí.

—Hable, pues: ya le escucho.

—¿Te imaginas, hijo mío, que no he comprendido que tratabas de matarte... esta noche... ahora mismo?

Amaury se sintió estremecer de pies a cabeza y dirigió instintivamente los ojos al cajón donde estaban las pistolas.

—Si, querías matarte—continuó el doctor,—y guardas el instrumento de muerte, las pistolas, el puñal o el veneno, ahí mismo, en ese cajón. Aun cuando no has mostrado intranquilidad, o quizás por eso mismo, lo eché de ver en seguida. Es muy grande y muy extraordinario lo que me pasa; te amo con el mismo cariño que profesabas a mi hija y ahora veo que hacía muy bien en quererte y que tú eras digno de ella. ¿Verdad que no se puede vivir sin su presencia? Ya verás cómo nos entenderemos; pero no quiero que te suicides.

—Pero si...

—Déjame hablar, hijo mío.

—¿Crees que pienso recomendarte consuelo y distracciones? Eso es muy convencional y poco digno de nuestra profunda pena. No; no esperes tal cosa. Yo también, como tú, pienso que habiendo abandonado Magdalena la tierra, no nos queda otro recurso que ir a buscarla en el Cielo. Mas al reflexionar acerca de ello, he visto que si ése es el camino más corto es también el menos seguro, porque no es el que Dios nos ha marcado.

—Pero, padre mío...

—Calla y no me interrumpas. Esta mañana has oído en la iglesia el Dies iræ. ¿No es verdad que lo has oído?

Amaury se pasó la mano por su ardorosa frente y no contestó.

—Pues bien—prosiguió el doctor,—ya sabrás que ese canto es capaz de impresionar el corazón del hombre más impávido. Yo, de mí sé decir que me ha hecho meditar, y tengo miedo. Si lo que en él se dice fuese cierto; si el Señor, irritado por la destrucción de su obra, no admitiese entre sus elegidos a los que así delinquen; si nos separase de Magdalena... ¡Oh! ¡Cuando pienso en que esto pudiera ser!... Aunque sólo hubiera una probabilidad muy remota de que esa amenaza pudiera realizarse sería yo capaz de sufrir, para evitarla, los tormentos más crueles; viviría, si fuera preciso, diez años más... Sí, diez años más de sufrimiento, a cambio de la esperanza de reunirme con ella en la eternidad.

—¡Ay! ¡Vivir! ¡vivir!—exclamó Amaury con doloroso acento.—¿Cómo vivir sin aire, sin sol, sin amor? ¿Cómo vivir sin ella?

—No hay más remedio, Amaury; oye bien esto: En nombre de Magdalena, en su sagrado nombre, yo, su padre, te prohíbo suicidarte.

Amaury se cubrió el rostro con las manos. Estaba desesperado.

—Escucha, hijo mío—prosiguió el doctor después de una breve pausa:—en mi mente se agita una idea, que ha venido a iluminar mi entendimiento mientras yo oía caer la tierra sobre el féretro de mi hija. Desde aquel momento me siento ya más tranquilo; voy a explicártela, Amaury, y luego, invitándote a reflexionar y recordándote mi prohibición te dejaré solo, seguro de volverte a ver mañana para conferenciar contigo y con Antoñita antes de volverme yo a Ville d'Avray.

—Hable usted.

—Amaury—dijo el doctor en tono solemne,—abandonémonos a nuestro dolor y no dudemos de la eficacia de nuestra desesperación, porque eso sería demostrar que no es muy honda. No olvides, hijo mío, estas palabras, las últimas que he creído escuchar de labios de Magdalena: ¿A qué matarse, cuando la muerte viene por si sola?

Y el desventurado padre, así que hubo pronunciado las palabras que quería grabar en la memoria de Amaury, se retiró tan lenta, y gravemente como había entrado.

Nada importa morir cuando gravitan sobre nosotros el peso del tiempo y los achaques, cuando se está ya aniquilado a fuerza de vivir. Nada importa morir cuando murieron ya sentimientos, ilusiones y esperanzas; cuando los afectos se extinguieron uno a uno, cuando el fuego que ardía en nuestra alma se convirtió en ceniza... Ya no queda más que el cuerpo... ¿Qué importa que éste tarde más o menos en seguir al espíritu si le abandonó cuanto lo purificaba, si desapareció cuanto le sonreía? Al árbol sólo le queda una raíz incapaz de sostenerle; la existencia es tan menguada, que está dispuesta a cesar a la menor sacudida; el frío de la vejez, es precursor del hielo del sepulcro...

Pero morir en plena juventud, ¿qué digo morir? matarse, arrancar de una vez todas las raíces, romper todos los hilos que nos ligan a este mundo, aniquilar todos los sueños de nuestra imaginación, ahogar todo nuestro amor, después de apurar el primer sorbo, abdicar del vigor y de la fuerza que da vida a nuestro cuerpo, renunciar a la felicidad que vislumbramos a través de un horizonte risueño y dilatado, abandonar la vida cuando apenas se ha comenzado a vivir, llevándose consigo creencias, sentimientos, ilusiones y quimeras, eso sí que constituye un sufrimiento espantoso; eso sí que es morir de veras. Así, no es de extrañar que, contra toda reflexión, nuestro instinto se aferré con tanta fuerza a la vida; que, contra todo valor, tiemble la mano al empuñar el arma homicida, que, contra todo esfuerzo sobre la voluntad, ésta se resista y a pesar del valor se tenga miedo.

—¡Ah! No es solamente la duda la que inspira a Hamlet sus famosas reflexiones:

—Ser o no ser: he ahí el problema. ¿Qué es más de admirar? ¿La resignación que de rodillas acata los caprichos de la ciega Fortuna o la fuerza que lucha en el mar proceloso y encuentra el término de sus males en ese terrible combate con los embravecidos elementos? ¡Morir! Sólo dormir, y después... cesar de sufrir, escapar a las tristes contingencias que son propias de la vida. ¡Dormir! Pero al dormir, ¡quién sabe! quizá se sueñe... ¡Quizá!... Ese es el misterio... ¿Qué ensueños vendrán a poblar el sueño de la tumba cuando en nuestra frente no resplandezca ya la animación de la vida?

¡La vida! Esta palabra es la esfinge; ella envuelve la duda que nos lleva por el camino trillado. ¡Ah! ¿Quién sería capaz de sufrir tanta vergüenza, de soportar el insulto del poderoso, el ultraje del orgullo, las desconocidas torturas del amor desdeñado, las artes de la intriga y tantas y tantas vejaciones de que somos objeto a cada paso si para darnos la paz bastara la aguda punta de un acero bien templado? ¿Quién no arrojaría su pesado fardo? ¿quién regaría con su llanto y su sudor el tenebroso camino sin las misteriosas sombras que más allá de los umbrales del sepulcro se alzan para acobardarle? ¡Ese mundo ignoto del cual jamás volvió ningún viajero lleno de horror, la voluntad, y hace que el espíritu espantado se detenga prefiriendo el dolor que le abruma al reposo inseguro de la tumba!... Luego nos arrastra el tiempo, la reflexión debilita nuestro propósito y convirtiéndose el héroe en cobarde acabamos por humillarnos, resignándonos a proseguir nuestra triste tarea en esta vida.

¡Ah! No se avergüencen, no se sonrojen aquellos que como Hamlet, conturbado el ánimo y armada la diestra de un puñal lo han acercado mil veces a su pecho para apartarlo de él otras tantas: el mismo Dios les infundió ese amor innato a la existencia para que no abandonen este mundo que necesita que vivan.

Nunca el soldado lanzándose con sublime arrojo contra el arma enemiga, nunca el mártir al entrar en el circo con santa resignación estuvieron más dispuestos a morir que Amaury al volver a la casa donde había muerto su amada.

Preparada estaba el arma, escrito el testamento y tomada la fatal resolución de un modo tan firme que el joven fríamente podía pensar en ella como sí se tratase de un hecho ya consumado. No se engañaba a sí mismo; a no haber experimentado la necesidad irresistible de dar el último abrazo al hombre que habría sido un padre para él, no habría titubeado y con heroica fe se habría levantado la tapa de los sesos.

Pero el tono solemne del doctor, la gravedad de sus palabras, el sagrado nombre de Magdalena, le hicieron meditar, y cuando se encontró solo en su cuarto, permaneció un rato inmóvil, recogido en sí mismo, pareció luego volver a la vida que poco antes quería abandonar tan decidido y al fin, levantándose, púsose a pasear por la estancia, asaltado por la ansiedad y las dudas que embargaban su espíritu.

¿No era cosa cruel la vida sin finalidad, sin horizonte, sin esperanzas? ¿No era preferible concluir de una vez? El lo juzgaba indudable.

Pero, ¿y si la vida no vuelve a comenzar en la eternidad para el suicida, si el xiiiº canto de Dante no es un sueño, si los que obraron con violencia contra sí mismos (violenti contra loro stessi) como dice el poeta, son en realidad precipitados al antro infernal en donde él los ha visto? ¿Y si Dios no quiere que desertemos de las filas del numeroso ejército de los que en la tierra sufren y aleja de su augusta presencia a los réprobos de la vida, y renegados de la humanidad? ¿y si consumando su propósito debía privarse de ver a Magdalena en la otra vida? Si todo esto era verdad, el señor de Avrigny tenía razón y había que obedecerle. Aun cuando la probabilidad de que todo eso pudiera suceder fuese muy remota, era preferible sufrir mil años de vida y dejar que la desesperación hiciera el oficio de puñal, fiar en la amargura de las lágrimas más que en la ponzoña del opio, morir al cabo de un año y no matarse en un instante.

Bien mirado, el resultado era el mismo, porque la pena de Amaury no podía perdonar; la herida era mortal y la muerte inevitable. Por lo tanto, únicamente los medios y el tiempo podían constituir materia de discusión en aquel caso.

Amaury solía decidirse muy pronto y nunca dilataba la resolución de los asuntos que dependían de su voluntad directamente. Así, al cabo de una hora estaba tan dispuesto a vivir como decidido a morir había estado poco antes.

Únicamente necesitaba para ello un poco más de energía.

Entonces volvió a sentarse, y se puso a considerar su nueva posición con ánimo sereno. Comprendió que por su parte debía acudir en ayuda de su propio pesar huyendo del mundo para abandonarse a su dolor. Para ello no tenía, en verdad, que hacer grandes esfuerzos. Aquella noche había visto él la sociedad dominado por la idea de que iba a separarse de ella para siempre; pero no haciéndolo así, las frías amistades y los placeres y consuelos convencionales y falsos que la sociedad podía ofrecerle no eran otra cosa que otros tantos suplicios.

Lo importante, lo que urgía, era verse libre de esas amargas compensaciones que la sociedad ofrece a las penas vulgares. De ese modo podía absorberse en sus ideas, ver tan sólo lo pasado, evocar constantemente el recuerdo de sus desvanecidas esperanzas y sus marchitas ilusiones, irritando sin cesar su herida para no dejar que se cicatrizara y apresurar así la mortal curación apetecida.

Y aun prometíase encontrar amargos goces en estas evocaciones de la dicha perdida, y, contaba con disfrutar cierta dolorosa voluptuosidad al soñar su imaginación con aquella retrospectiva existencia.

Le bastó sacar de su pecho el ramo, ya marchito, que había lucido Magdalena en su cintura la fatal noche del baile para que las lágrimas brotasen de sus ojos a raudales, y aquel llanto, derramado después de la febril irritación que excitaba sus nervios hacía cuarenta y ocho horas, fue para él tan benéfico como es para la tierra la lluvia después de un caluroso día de verano.

A él debió el encontrarse al despuntar la aurora tan quebrantado y tan rendido que repitió con la misma convicción que el doctor lo había hecho la víspera estas palabras:

—«¿A qué matarse cuando la muerte viene por sí sola?»

XXXV

Serían las ocho de la mañana cuando José subió a avisar a Amaury que el doctor le aguardaba en el salón. Bajó el joven en seguida, y al verle entrar el padre de Magdalena se adelantó hacia él con los brazos abiertos, exclamando:

—¡Gracias, hijo mío! Ya confiaba yo en ti y sabía que no me equivocaba al contar con tu valor.

Amaury respondió a esta lisonja con un triste movimiento de cabeza, y sonriéndose con amargura se disponía a replicar cuando entró Antonia, llamada también por su tío.

Reinó en la estancia un silencio que todos parecían temerosos de romper. El doctor hizo por fin una seña a los dos jóvenes para que se sentasen y, colocándose entre ambos les dijo con triste y bondadoso acento:

—Hijos míos, cuando se posee hermosura, juventud y atractivos, se vive en plena primavera, en perspectiva de un tiempo mejor; la existencia es opulenta y muy grata. Sólo la contemplación de los dos seres a quienes más quiero y en quienes se cifran todos mis amores de este mundo, hace penetrar un rayo de gozo en mi triste corazón lacerado por la pena... Ya sé que soy amado, sé que se me corresponde, pero hay que perdonarme: no puedo quedarme aquí; necesito vivir solo.

—¿Qué dice, usted? ¿que nos deja? ¡Oh, tío! ¿Cómo puede ser eso? Explíquese—exclamó Antoñita.

—Déjame hablar, hija mía—dijo el señor de Avrigny.—Digo que aquí está la vida representada por Amaury y por ti, y a mí me reclama la muerte. Los dos amores que me quedan en este mundo no pueden compensar el que tengo allá, en el otro. Justo es que nos separemos porque nuestras miradas deben dirigirse hacia puntos muy distintos; las de Amaury y las tuyas hacia lo futuro, que aún contiene promesas y esperanzas; las mías hacia lo pasado, donde está concentrada mi existencia. Nuestros caminos son muy diferentes, y mi determinación inquebrantable y sorda a toda súplica es la de vivir desde hoy completamente solo, aislado en absoluto de la sociedad humana. Parecerá que lo que estoy diciendo es egoísta, y pido perdón por ello; pero no hay otro remedio; no es cosa de entristecer con mi desesperación la juventud floreciente de los dos hijos que me restan. Lo mejor que podemos hacer es separarnos y seguir cada cual nuestro camino que respectivamente habrá de conducirnos a la vida y a la tumba.

El doctor hizo aquí una breve pausa y luego prosiguió:

—Ahora voy a decir cómo pienso emplear los pocos días que me restan de existencia. Desde hoy viviré solo con José, mi criado más antiguo, en Ville d'Avray. No saldré de casa sino para visitar la tumba de Magdalena, que no tardará también en ser la mía, y no recibiré a nadie, ni a mis mejores amigos, que deben considerarme como muerto desde este día porque yo no pertenezco ya a este mundo. Únicamente el día primero de cada mes podrán verme dos personas que me contarán sus cosas y a quienes yo explicaré mi estado. ¿Necesitaré decir quiénes son esos dos seres que gozarán de tan exclusivo privilegio?...

—¡Ay! ¿Qué será de mí sin usted, querido tío?—exclamó Antonia, anegada en lágrimas.—¿Qué voy a hacer yo, sola y abandonada? ¡Pobre de mí!

—¿Cómo puedes imaginar que no haya pensado en ti, hija mía, en ti que siempre has sido para Magdalena una hermana tan cariñosa y tan adicta? Considerando que Amaury posee una fortuna cuantiosa y más que suficiente para él te lego en mi testamento para después de mi muerte todos mis bienes y desde hoy mismo todos los de mi hija.

Antonia hizo un ademán, como queriendo rechazar donación tan generosa.

—No me digas nada—prosiguió el doctor;—de sobra sé que te es indiferente todo esto y que tu noble corazón sólo desea cariño. Escucha, pues, Antoñita: a ti te conviene casarte, ¿estamos?

Antonia intentó replicar; pero el señor de Avrigny, le impuso silencio con un gesto.

—¿Serás capaz de negarte a cumplir los sagrados deberes de esposa y de madre sólo por no poder ser útil a tu tío? ¿Qué vas a responder cuando Dios te pida cuenta de tus actos? ¡Tienes que casarte, Antonia! Y cuenta que puedes tener aspiraciones muy altas. Aunque yo viva apartado de la sociedad no dejaré de conservar en ella mi influencia y mis amigos y podré proponerte un buen partido. A propósito: ¿te acuerdas de que el año pasado el conde de Mengis, uno de mis amigos más antiguos, me pidió para su hijo único la mano de Magdalena? Yo se la negué, pero a falta de mi hija creo que no vacilará en aceptar a mi sobrina que es tan joven, tan rica y tan hermosa como ella. ¿Qué te parece, Antoñita, el vizconde de Mengis? Ya le conoces por haberle visto aquí muchas veces y sabes que es noble, elegante, inteligente e instruido.

El doctor calló, esperando la respuesta de Antonia; pero ésta permaneció muda, como perpleja y avergonzada, mientras Amaury la miraba emocionado, porque para él también revestía excepcional interés lo que ella contestase. De sus dos compañeros de dolor, el uno se retiraba para sufrir a solas, y era muy natural que tuviese interés en saber si Antoñita, cuya pena tanto se asemejaba a la suya, abandonaría también a su triste compañero de infortunio y dejándole llorar solo destruiría del todo lo que aún le recordaba su dichosa infancia, sus amores con Magdalena y su familia de antaño.

Así, al mirar a Antoñita, no podía Amaury disimular su ansiedad. La joven vio su mirada y, como si la hubiese comprendido, dijo con voz temblorosa:

—Tío mío, le agradezco en el alma lo que por mí quiere hacer y recibo de rodillas sus paternales consejos, tan sagrados para mí; pero déjeme tiempo para pensar en ellos. Usted no quiere tener ya la menor relación con este mundo y siento que se haya hecho violencia para volver de nuevo su pensamiento a los dos únicos seres que le interesan en la tierra. ¡Dios se lo pague, tío! Sus deseos serán siempre órdenes para mí. No he de oponerme a ellos; sólo le pido una dilación. No quiera usted que me case vestida de luto; permítame poner un intervalo entre el tiempo venidero que usted vaticina tan dichoso y el pasado que tantas lágrimas me hace derramar. Mientras tanto, ya que le han de servir de molestia mis cuidados, ¡Dios mío! ¡quién habría podido suponerlo! he trazado ya mi plan y se lo voy a exponer, decidida a llevarlo a la práctica si me da su aprobación. Yo me quedaré aquí entre el recuerdo de Magdalena, del mismo modo que usted se queda a vivir junto al sepulcro. Custodiaré esos recuerdos a los que rendiré culto resucitando en mi imaginación a cada instante los días que ya pasaron. Confío en que la señora Braun no tendrá inconveniente en hacerme compañía y hablaremos de Magdalena como de una ausente con la cual habremos de reunimos un día. Sólo saldré para ir a la iglesia; sólo recibiré a los amigos más antiguos de usted, a los más adictos, a los que usted mismo me indique; yo seré entre usted y ellos un postrer lazo que les permitirá creer que no le han perdido por completo. ¡Ah! Esa vida sin ser feliz, porque eso es imposible, aún podría ofrecer algunos atractivos para mí... Tío, ¿tiene confianza en mí? ¿me cree usted digna de guardar esos preciosos recuerdos? Si es así, si no le inspiran recelos mi juventud y mi inexperiencia, déjeme elegir esa existencia, única que yo apetezco, única que me conviene.

—Si ésa es tu voluntad, hágase lo que deseas; yo apruebo en todo tu plan—dijo el doctor, enternecido.—Cuida esta casa, que desde hoy es tuya, y quédate en ella con todos nuestros criados, que tanto te quieren, y con la señora Braun, que te ayudará a dirigirla, como lo hacía en vida de Magdalena. Al comenzar cada trimestre recibirás el dinero que te haga falta, y si necesitas además de mis consejos ya sabes, hija mía, que todos los meses he de consagrarte un día. Entre mis buenos amigos, tampoco dejará de haber alguno que a instancias mías pueda servirte de tutor y de guía, reemplazándome a mí cuando yo muera. ¿Querrás estar bajo la tutela del conde de Mengis y su esposa, él tan bueno y tan afectuoso como un padre, y ella tan digna y tan cariñosa mujer que para ti casi sería una madre? No quiero hablarte de su hijo, porque antes ya eludiste esta cuestión y además actualmente viaja por el extranjero.

—Tío, no es menester que le diga que, cualesquiera que sean las personas que me designe...

—Bien; pero sepamos antes si tienes que decirme algo contra las que acabo de citarte.

—¡De ningún modo! Dios es sabedor de que después de usted son las que más merecen mi cariño.

—Siendo así, no hay más que hablar. El conde y su esposa te protegerán y sabrán aconsejarte. Queda, pues, así, hija mía, regulada por el momento tu existencia. ¿Y tú, Amaury? ¿Qué piensas hacer? ¿Cuál es tu plan?

Al oír esto fue Antonia quien alzó la cabeza aguardando una respuesta de Amaury con la misma ansiedad que éste había aguardado antes la de su compañera de la infancia.

—Veo, querido tutor—dijo Amaury con voz bastante segura,—que los grandes sufrimientos se soportan de distinto modo según los temperamentos. Usted va a vivir junto al sepulcro de Magdalena. Antonia no quiere abandonar la estancia que parece llenar aún con su espíritu. Yo, llevo a Magdalena en mi corazón, y me son por completo indiferentes los lugares en donde yo pueda estar. La llevaré conmigo a todas partes, porque en mi alma está enterrada y sólo procuraré que el mundo burlón e impío no profane mi dolor con su contacto. Del mismo modo que ustedes, yo a mi vez quiero estar solo. Cada uno de los tres puede tener por su parte a Magdalena aunque miles de leguas nos separen a unos de otros.

—¿Es decir que te propones viajar?—preguntó el doctor.

—Deseo vivir con mi pena; quiero saborear mi dolor sin que nadie se crea autorizado para ofrecerme consuelo; quiero sufrir libremente, y puesto que nada me obliga a permanecer en París, donde ya no he de verle a usted más, me iré muy lejos de aquí, a un país en donde todo sea extraño para mí, en donde pueda yo recogerme en mis pensamientos sin que nadie me importune.

—¿Y a dónde se marcha usted?—preguntó Antonia con acento de tristeza.—¿A Italia?

—¡Oh! ¡Italia! ¡Italia!—exclamó Amaury estremeciéndose.—Allí debíamos ir ella y yo. ¡No! ¡no! ¡De ningún modo! Italia con su cielo sereno, con su clima templado, con las bellezas que a cada paso puede ofrecer al viajero, constituiría para mi dolor una cruel ironía. ¡Al pensar en que nos disponíamos a ir los dos a ese país encantador y en que ahora deberíamos estar en Niza!... ¡Oh! ¡Cuán diferente, Dios mío!...

Amaury se interrumpió: los sollozos ahogaron su voz. Levantose el doctor y poniéndole la mano en el hombro, le dijo:

—Vamos, Amaury; sé hombre.

—¡Amaury! ¡Hermano mío!—dijo Antonia tendiéndole la mano.

Pero el corazón del joven, rebosante ya de hiel, tenía que desbordarse y su dolor, contenido hasta entonces, hizo explosión de pronto.

El doctor y Antoñita se miraron y dejaron libre curso a aquella expansión que no podía menos de proporcionar alivio a Amaury viniendo a calmar en parte su terrible excitación nerviosa.

Cuando el joven pudo hablar, ya algo más tranquilo, después que por sus pálidas mejillas corrieron a raudales las lágrimas, dijo:

—Perdónenme ustedes si aumento su dolor con la expansión del mío. ¡Si supieran lo que sufro!...

El anciano se sonrió con tristeza.

—¡Pobre Amaury!—dijo en voz baja Antoñita.

—Ya estoy sereno—agregó Leoville.—Decía que no me conviene el sol ardiente de Italia, sino las nieblas invernales del Norte; quiero contemplar una naturaleza triste y desolada como está mi alma; nada más a propósito que Holanda con sus pantanos, el Rhin con sus ruinas, Alemania con su cielo nuboso. Por eso esta misma noche, con el permiso de usted, querido tutor, partiré para Amsterdam y La Haya, de donde regresaré por Colonia e Heidelberg.

Antonia escuchaba con inquieto afán las palabras de Amaury, pronunciadas con singular amargura. El doctor, que al ver terminado el acceso nervioso del joven había vuelto a sentarse para quedar abstraído en sus tristes pensamientos, cuando aquél cesó de hablar se pasó la mano por la frente como queriendo apartar de sí la nube que el dolor interponía entre las ideas que ocupaban su mente y el mundo exterior, y repuso:

—Resumiendo: tú, Amaury, te vas a Alemania llevándote contigo a Magdalena; tú, Antoñita, te quedas en esta casa, en la que ella ha vivido; yo, me vuelvo a Ville d'Avray, en donde reposa su cuerpo. Pero como tengo que quedarme aún algunas horas en París para escribir a mi amigo el conde de Mengis y dictar algunas disposiciones, si no hay nada más que hablar, hijos míos, separémonos ahora y a las cinco volveremos a reunimos para comer juntos como lo hacíamos antes, en otro tiempo mejor. Después, cada cual se marchará por su lado.

—Hasta la tarde, pues, querido tutor. Adiós, Antoñita—dijo Amaury.

—Hasta la tarde—repitió Antonia.

—Hasta luego, hijos míos.

Amaury salió, el doctor se retiró a su despacho, y Antoñita, no teniendo ya que esforzarse para aparecer serena, se dejó caer en una butaca sollozando.

XXXVI

Amaury fue puntual. A las cinco en punto, después de haber empleado el día en hacer refrendar su pasaporte, en recoger algunos fondos de manos de su banquero, en disponer su carroza de viaje para las seis y media de aquella tarde y en llevar a cabo otras varias diligencias, llegó a casa del doctor.

El momento fue terrible cuando al sentarse a la mesa fijaron los tres sus ojos en aquel sitio vacío que otro tiempo ocupaba Magdalena.

Amaury estuvo a punto de dejar que estallara de nuevo su dolor, pero haciendo un esfuerzo para dominarse se levantó y cruzando rápidamente el salón dirigiose al jardín.

Poco después dijo el doctor a su sobrina:

—Antoñita, ve a buscar a tu hermano.

Antonia bajó al jardín. Allí encontró a Amaury sentado en el mismo banco en que había dado a Magdalena el último beso que fue la causa de su muerte y mordiendo desesperado el pañuelo como queriendo impedir que se escapasen de su pecho los sollozos que le ahogaban.

—Amaury—dijo la joven tendiéndole la mano que él, emocionado, estrechó en silencio—nos da usted mucha pena a mi tío y a mí.

Leoville, sin contestar, se levantó y dejándose conducir como un niño por Antonia la siguió, volviendo con ella al comedor.

Sentáronse de nuevo a la mesa, pero Amaury se negó a probar bocado. El doctor quiso hacerle tomar una taza de caldo, pero fue inútil su empeño; el joven contestó que le era de todo punto imposible tornar ningún alimento y volvió a caer en su abstracción.

Tras de las escasas palabras pronunciadas reinó un largo silencio durante el cual el doctor con la cabeza hundida entre las manos, no veía nada de cuanto pasaba en torno suyo. Mas los dos jóvenes, quizá porque en sus corazones se encerraba un tesoro de ternura, pensaban al mismo tiempo que en la muerta en los dos caros afectos que muy pronto tendrían que abandonar. Miráronse y debieron leer recíprocamente en sus almas y a un mismo tiempo el sentimiento de pena por la muerta y de dolor por la ausencia que sobre ellos se cernía, pues Amaury dijo, rompiendo el silencio:

—De los tres yo quedaré más abandonado que ninguno. Ustedes podrán verse una vez cada mes, pero yo... ¡triste de mí!... ¿Quién me traerá noticias suyas? ¿Quién les dará a ustedes las mías?

El doctor, como si despertase de un sueño, alzó la cabeza al oír esta queja del joven y repuso:

—No pienses en escribirme, Amaury, pues te prevengo que no habré de admitir ninguna carta.

—¡Ya lo están viendo ustedes!—exclamó Leoville.

—Nadie te priva de escribir a Antoñita, ni nadie le prohíbe contestarte. Puedes, pues, dirigirte a ella.

—¿Lo permite usted?—preguntó Amaury, mientras que Antoñita fijaba en su tío con ansiedad la mirada.

—¿Y por qué razón he de prohibir que dos hermanos se comuniquen su dolor y rieguen una misma tumba con sus lágrimas?

—¿Y usted consiente, Antoñita?—preguntó Amaury.

—Si eso puede proporcionarle algún consuelo...—murmuró la joven bajando los ojos, mientras sus mejillas se teñían de un vivo rubor.

—¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias, Antoñita! Merced a usted mi partida será, si no menos triste, por lo menos más tranquila.

La comida acabó sin que entre aquellas tres personas que tan oprimidos sentían sus corazones se pronunciase una palabra más. La emoción que embargaba sus almas hacía enmudecer sus labios.

Cuando a las seis y media José entró a anunciar que en el patio aguardaba la silla de posta de Amaury, que acababa de llegar, y la del doctor, que ya estaba esperando hacía rato, el señor de Avrigny se sonrió; Amaury lanzó un suspiro y Antonia palideció densamente.

Se levantó el anciano, pero ambos jóvenes se abalanzaron hacia él, y al volver a caer en su sillón, agobiado por el pesar y hondamente conmovido, se encontró con que los dos estaban a su lado arrodillados.

—Abráceme usted, querido tutor—exclamó Amaury.

—Deme usted su bendición, tío mío—suplicó Antonia.

El doctor, con los ojos arrasados en lágrimas, los estrechó en sus brazos y exclamó elevando los ojos al cielo:

—¡Oh, mis dos últimos amores en la tierra!... ¡Dios mío! ¡Haz que sean felices y gocen tranquilidad; sí, que vivan tranquilos en este mundo, y alcancen la dicha eterna en el otro!

Les besó la frente. Uniéronse las manos de los jóvenes, y ambos se estremecieron, mirándose conmovidos y con la turbación de su ánimo reflejada en el semblante.

—Dale un beso, Amaury—dijo el doctor, acercando a los labios del joven la frente de Antoñita.

—¡Adiós, Antoñita!

—¡Adiós, Amaury! ¡Hasta la vista!

Despidiéronse con temblorosa voz, ahogada por la emoción.

El doctor, que en aquella ocasión era entre los tres el más dueño de sí mismo, se levantó para poner término al dolor de aquella separación que desgarraba su alma. Ellos hicieron lo propio y después de contemplarse en silencio estrecháronse por última vez la mano, mientras el doctor decía:

—¡Ea! ¡en marcha, Amaury! ¡Adiós!

—En marcha—repitió Amaury de un modo maquinal.—No se olvide de escribirme, Antoñita. ¿Lo hará usted así?

La joven no se sintió con fuerzas para contestar ni para seguirles. Los dos se despidieron de ella con un ademán y salieron precipitadamente.

Pero, merced a una extraña reacción, Antoñita, tan pronto como ellos desaparecieron recobró toda su energía y corriendo a la ventana de la estancia que daba al patio la abrió. Aun pudo ver que se abrazaban de nuevo y cambiaban algunas palabras que ella logró adivinar más bien que oyó.

—¡A Ville d'Avray, a reunirme con mi hija!—decía el doctor.

—¡A Alemania, llevándome a mi amada!—respondía Amaury.

—¡Y yo—exclamó Antonia,—aquí en esta casa desierta me quedo con mi hermana... y con el remordimiento de mi amor!—agregó separándose de la ventana para no ver la partida de los coches y con la mano puesta sobre el corazón como queriendo amortiguar sus latidos.

XXXVII

amaury a antonia

«Lille, 16 de septiembre.

»Por una casualidad, querida Antoñita, me veo precisado a detenerme en Lille unas cuantas horas y aprovecho la ocasión para escribirle esta carta.

»Cuando entrábamos en la ciudad se ha roto el eje del coche, y a causa de este contratiempo he tenido que meterme en la posada más cercana. Vea usted por qué mi egoísmo aumenta hoy su pena haciendo gravitar sobre ella todo el peso de la que a mí me devora.

»Antes de salir de París, sentí que no podía alejarme sin ir a despedirme de Magdalena; así, después de traspasar la barrera, he hecho que mi carruaje diese la vuelta a los bulevares exteriores y a las dos horas estaba yo en Ville d'Avray.

»Llegué al cementerio, que, como usted sabe, está rodeado por una tapia muy baja. No queriendo yo enterar a nadie de mi visita escalé la tapia en lugar de ir a pedir la llave al sacristán.

»Serían las ocho y media de la noche y reinaba en el fúnebre recinto la oscuridad más completa. Avancé con sigilo en las tinieblas procurando orientarme y llegué hasta la tumba de Magdalena... Pero, ¡cuál no sería mi sorpresa cuando vi una sombra humana tendida sobre la sepultura! Dí un paso más y reconocí al doctor. He de confesarle, Antoñita, que sentí un impulso de cólera al ver que aquel hombre, que mientras vivió su hija no se separaba de ella, me la disputaba ahora hasta en el sepulcro.

»Me apoyó en un ciprés y resolví aguardar a que él se hubiese marchado.

»De rodillas, con la cabeza inclinada casi hasta tocar en tierra, el señor de Avrigny, murmuraba:

»—Magdalena, si es verdad que hay otra vida, si el alma no muere con el cuerpo que le sirve de envoltura, si por la misericordia divina les es permitido a los muertos visitar a los vivos, yo te suplico que te me aparezcas tan pronto y tan frecuentemente como puedas, porque hasta el momento en que haya de ir a reunirme contigo yo, hija mía, te aguardaré a todas horas esperando siempre verte.

»Lo que el doctor estaba diciendo a su hija, era lo mismo que yo quería pedirle. ¡Oh! Siempre aquel hombre había de anticipárseme en todo.

»Pronunció algunas palabras más en voz baja; se levantó y yo no pude contener mi asombro al verle dirigirse en derechura hacia mí. Me había visto y me había conocido.

»—Querido Amaury—me dijo,—aquí te dejo a solas con Magdalena, pues me doy perfecta cuenta de esos celos que tienes de mis lágrimas y comprendo el egoísmo de tu dolor que te hace desear mi partida para arrodillarte tú también sobre la tumba. Tengo además en cuenta que tú te vas y no podrás verla ya hasta tu vuelta, mientras que yo vivo ahí cerca y podré ver esa sepultura mañana, pasado, todos los días y en todos los instantes que yo quiera. ¡Adiós, Amaury, adiós!

»Y alejándose con lentitud sin aguardar mi respuesta, desapareció en la oscuridad.

»A mi vez me arrojé sobre la tumba, y repetí su plegaria, no con su voz grave y resignada, sino con el llanto y los sollozos de mi desesperación y mi dolor.

»¡Oh, Antonia! ¡Qué alivio tan grande me proporcionó aquella explosión de mi pena! Me era indispensable aquella postrera crisis y sólo al recordarla, lloro y sollozo tanto que no sé si podrá usted leer esta carta cuyas líneas llegarán a sus manos empapadas en mis lágrimas ardientes.

»Ignoro cuánto tiempo estuve en el cementerio, quizás no habría salido de aquel sagrado recinto si el postillón, desde lo alto de la tapia, no me hubiera avisado que ya era hora de que volviese a mi coche.

»Entonces rompí una rama de los rosales que adornan el sepulcro, y me alejé de allí, cubriendo de besos aquellas flores en cuyo aroma creía yo respirar el puro aliento de mi pobre Magdalena.»

XXXVIII

diario del doctor avrigny

«¡Oh, Antoñita! ¡qué ángel perdimos al perder a Magdalena!

»La aguardé toda la noche y luego todo el día y toda la noche siguiente y no ha acudido.

»Afortunadamente, pronto iré yo a reunirme con ella.»

amaury a antonia

«Ostende, 20 septiembre.

»Me encuentro en Ostende.

»Estando ella y yo en Ville d'Avray cuando ella sólo contaba nueve años y yo doce concebimos un día un proyecto cuya sola idea nos llenaba de temor y regocijo. Nos proponíamos ir solos y de ocultis al otro lado del bosque, a casa de un floricultor de Glatigny en busca de un ramo para ofrecérselo al doctor en el día de su santo.

»¿Se acuerda usted de Magdalena cuando tenía esa edad? ¿Se acuerda usted de aquel querubín rubio y hermoso al que sólo parecía que le faltaban las alas?

»¡Ay! ¡querida Magdalena!

»El proyecto era grave y demasiado seductor para que dejáramos de ponerlo en planta; así, que la víspera de la fiesta, aprovechando la ausencia del padre de Magdalena, que había tenido que ir a París por asuntos de su profesión y favorecidos por la esplendidez del día, salimos corriendo del jardín al parque y de éste al bosque sin que nadie nos viese.

»Al vernos fuera de casa nos detuvimos medrosos, mirándonos el uno al otro, como perplejos ante nuestro atrevimiento.

»Aún me parece estar viendo a Magdalena con su traje de seda blanca, con su cinturón de color azul celeste.

»El camino no me era del todo desconocido, porque alguna vez había paseado por él con la familia del doctor. Ella lo conocía menos porque nunca se fijaba en el terreno que pisaba, entretenida en la caza de mariposas, pájaros y flores silvestres. A pesar de todo nos internamos en el bosque resueltos a atravesarlo, y yo, orgulloso de la responsabilidad que aquel acto implicaba para mí, ofrecí el brazo a Magdalena, que se apoyó en él temblorosa y quizá algo arrepentida de su propia osadía. Pero los dos éramos demasiado presuntuosos para volver atrás, y guiándonos por las indicaciones de los postes, seguimos nuestro camino hacia Glatigny.

»Me acuerdo de que se nos antojó muy largo el camino; que tomamos a un corzo por un lobo, y a unos pacíficos campesinos por feroces bandoleros. Pero, como ni el lobo nos atacó ni los bandidos se preocuparon para nada de nosotros, recobramos toda nuestra presencia de ánimo y andando a buen paso, al cabo de una hora llegamos a Glatigny.

»Allí preguntamos dónde vivía el famoso jardinero y nos guiaron hasta su casa, que estaba situada a un extremo del pueblo. Penetramos en ella y nos encontramos en medio de preciosos parterres y macizos de flores, de entre los cuales salió un anciano de aspecto bondadoso, que al vernos se sonrió y nos preguntó qué queríamos.

»—Venimos a comprar flores—contesté yo.

»Y sacando con majestad del bolsillo dos monedas de a cinco francos, suma de nuestras dos fortunas reunidas, añadí:

»—Podemos gastar todo esto.

»Magdalena se había quedado detrás de mí, presa de la mayor turbación.

»—¿Todo ese dinero es para invertirlo en flores?—preguntó el jardinero.

»—Sí—contestó Magdalena, adelantándose entonces,—y queremos que sean las más hermosas que haya, para festejar con ellas a mi padre, el doctor Avrigny en el día de su santo, que es mañana.

»—¡Ah! Si son para el señor doctor—repuso el buen viejo—por fuerza han de ser las más hermosas. Ahora mismo voy a abrir los invernáculos donde están las más raras y allí hay de sobra donde elegir, si no bastan las de los parterres.

»—¡Ay, qué gusto!—exclamé palmoteando de alegría.—¿Y podemos llevarnos las que queramos?

»—¿Todas, todas?—preguntó Magdalena.

»—Todas... mientras haya fuerzas para cargar con ellas, hijos míos.

»—¡Oh! ¡Es que tenemos más fuerza de la que usted cree!

»—Sí; pero el camino es largo de aquí a Ville d'Avray.

»Nosotros ya no escuchábamos al jardinero. Habíamos comenzado a hacer nuestra cosecha de flores y sólo nos preocupábamos de cobrar un buen botín en aquel saqueo que debió dejar arruinadas a mariposas y abejas.

»A cada instante volvíamos la cabeza para preguntar al jardinero:

»—¿Puedo cortar ésta?

»—Sí.

»—¿Y ésta?

»—También.

»—¿Y esta otra?

»—También; y lo mismo las demás.

»Estábamos trastornados de alegría. En poco rato reunimos no dos ramos, sino dos gavillas de flores.

»—¿Y quién va a cargar con todo eso?—me dijo el jardinero.

»—Nosotros. Vea usted—replicamos levantando en alto cada uno su ramo.

»—Pero eso de atravesar solos el bosque... ¡Es extraño que el señor de Avrigny haya concedido tal libertad a sus hijos!...

»—¿Y por qué no?—repuse con mucho orgullo.—Ya saben en casa que yo conozco el camino.

»—De todos modos no estaría de más el volver acompañados.

»—¡Oh! Muchas gracias, pero es inútil. No hay necesidad de que nadie se moleste por nosotros que sabremos regresar lo mismo que hemos sabido venir.

»—Bien, bien, amiguitos: no hay más que hablar. ¡Feliz viaje! Sólo quiero que el doctor sepa que le envía esas flores el jardinero de Glatigny, cuya hija vive porque él le salvó la vida.

»Con los brazos cargados de flores y el corazón rebosante de alegría salimos de casa del jardinero y emprendimos el camino hacia la quinta de Ville d'Avray.

»Ya lo ve usted, Antoñita: el doctor Avrigny, que en cierta ocasión supo salvar a la hija de aquel hombre, no ha logrado salvar ahora a su propia hija.

»Una idea tan sólo nos preocupaba llevando cierta intranquilidad a nuestro ánimo: la de que hubiese vuelto el doctor y al preguntar por nosotros se hubiera descubierto la escapatoria... Nos habíamos entretenido unas dos horas en casa del jardinero; por lo tanto hacía más de tres que faltábamos de la nuestra.

»Para colmo de desdichas se me ocurrió la mala idea de echar por un atajo que nos debía ahorrar buena parte del camino. Magdalena no tenía ya miedo y además confiaba en mí de un modo absoluto; así, que no hizo la menor observación y me siguió sin temor por una senda que yo creía conocer, la cual me condujo a otra, y ésta a una encrucijada, para ir por fin a perdernos en un dédalo de caminos muy pintorescos, pero no menos desiertos. Anduvimos una hora al azar, y al fin no tuve más remedio que confesar que me había extraviado, que no sabía dónde estábamos ni qué dirección había que seguir.

»Magdalena rompió a llorar.

»¡Figúrese usted cómo estaría yo, Antoñita! La tarde declinaba; debía ser ya la hora de comer y los dos empezábamos a sentirnos fatigados bajo el peso de los ramos que agotaban nuestras fuerzas.

»Yo pensaba en Pablo y Virginia, en aquellos dos muchachos extraviados también como nosotros, pero que siquiera contaban con Domingo y su perro. Cierto es que los bosques de la isla de Francia son más solitarios que los de Ville d'Avray; pero para nosotros, dada nuestra situación de ánimo, en aquel instante, no había entre aquéllos y éstos la menor diferencia.

»Con todo, convencidos de que las lamentaciones no nos sacarían del apuro, sacamos fuerzas de flaqueza y caminamos una hora más. Pero todo fue inútil; nuestro intrépido esfuerzo se estrelló contra la fatalidad que nos había metido en aquel laberinto cada vez más intrincado. Magdalena acabó por caer rendida al pie de un árbol y yo comencé a sentir que mis fuerzas también me abandonaban.

»Hacía un cuarto de hora que estábamos así desesperados, abatidos, sin saber qué partido tomar, cuando oímos un rumor a nuestra espalda y volviendo la cabeza vimos a una pordiosera que venía hacia nosotros con un niño de la mano.

»No pudimos contener un grito de alegría juzgándonos ya en salvo. Me levanté y corrí hacia ella rogándole que nos enseñara el camino que teníamos que seguir; pero la impaciencia de la miseria se sobrepuso a la del miedo, pues en lugar de responderme y casi sin dejarme hablar, me interrumpió para implorar con voz lastimera:

»—¡Caballero, señorita, tengan ustedes compasión de mí y de mi hijo! ¡Una limosna por el amor de Dios, y que El les premie a ustedes su caridad como se merecen!

»Me eché mano al bolsillo y lo mismo hizo Magdalena, pero habíamos gastado en flores todo nuestro dinero y no nos quedaba nada. Al darnos cuenta de ello nos miramos los dos con cierto embarazo que la mendiga debió tomar por vacilación, porque continuó diciendo:

»—¡Tengan piedad de nosotros! Enviudé hace tres meses; la enfermedad de mi esposo acabó con nuestros pocos ahorros y hoy no puedo mantener a este niño y a un hermanito suyo que he dejado en la cuna. ¡Pobrecillo! El angelito no ha probado bocado desde ayer, porque no encuentro ni limosna ni trabajo. ¡Caballero, señorita, ustedes que deben ser bondadosos, compadézcanse de estos desgraciados!

»Magdalena y yo estábamos conmovidos. Teníamos hambre, porque desde la mañana no habíamos comido nada, y aquella pobre criatura, aquel niño infeliz, de menos edad y más débil que nosotros, no había probado bocado desde el día anterior.

»—¡Sí, que son muy desgraciados! ¡Dios mío!—exclamó Magdalena con los ojos arrasados en lágrimas. Pero con su prontitud y su gracia peculiares dijo poniéndose en pie:

»—Mire usted, buena mujer: nosotros no llevamos dinero encima y nos hemos perdido en el camino de Glatigny a Ville d'Avray; pero, si usted nos guía y nos acompaña a casa del doctor Avrigny, que es nuestro padre, éste sabrá recompensarle tal favor, pues si hay alguien en el mundo capaz de socorrerla, es él, créalo usted.

»—¡Dios mío! ¡Gracias, por mis hijos, señorita!—respondió la mujer con reconocimiento.—Pero, ¿cómo han podido ustedes extraviarse? ¡Si están a dos pasos de Ville d'Avray!... Tomando esa senda de la izquierda verán en seguida las primeras casas de la población.

»Estas palabras nos devolvieron como por encanto la alegría y el humor, si bien, a decir verdad, pronto nos echamos a temblar pensando en el recibimiento que nos aguardaba. Confieso por mi parte sin empacho que seguía cabizbajo y preocupado a mi intrépida compañera que me precedía conversando con su protegida y haciéndole preguntas acerca de su desdichada situación.

»Al entrar en el parque oímos la voz de la señora Braun que nos llamaba con insistencia. Detúvose Magdalena y volviéndose hacia mí me dijo:

»—¿Qué vamos a hacer? ¿Qué diremos ahora?

»La señora Braun, que acababa de echarnos la vista encima, venía corriendo hacia nosotros.

»—¡Hola, traviesos! ¡Ya es hora que nos veamos!—gritó,—¡Ay, Dios mío! ¡Qué mal rato he pasado!... ¡El señor de Avrigny, que acaba de llegar, preguntando por sus hijos, mientras los caballeretes andan perdidos por ahí de ceca en meca! Por fortuna todo ha pasado ya, y no hay necesidad de decir ni una palabra. Si él se enterase de esta escapatoria se enfadaría conmigo y me echaría una reprensión que no merezco, puesto que no tengo la menor culpa de nada.

»—¡Qué suerte!—exclamé.

»—¿Y esa infeliz que ha venido con nosotros?—preguntó Magdalena.

»—¿Qué?

»—Que se le debe dar la recompensa que le hemos ofrecido, y para ello no hay más remedio que confesar que nos habíamos perdido y que ella nos ha guiado hasta nuestra casa.

»—Sí, pero nos va a reñir—dije yo.

»—Pero tanto ella como su hijo están hambrientos—replicó Magdalena.—¿No vale más que nos riñan y que esos pobres coman? ¿No lo crees tú así también?

»¡Oh, Magdalena! ¡amada mía! ¡Qué bien retratan su alma esas palabras!

»El doctor, en lugar de reprendernos, nos colmó de besos. Aquella pobre viuda, después de obtener informes de ella, quedó colocada en la granja de Maursan, en donde hoy hay tres corazones más que ruegan a Dios por el alma de nuestra querida Magdalena.

»¡Y pensar que no han transcurrido más que diez años desde que tuvo lugar esta aventura!

»Esto es todo lo que acierto a escribirle hoy, Antoñita, y cuenta que tengo enfrente la inmensidad del mar...

»¡Ay! También es inmenso mi dolor que se recrea en estos recuerdos de la niñez del mismo modo que el Océano infinito se recrea en juguetear con esos pequeños seres que pululan a millares, entre las rocas que azota con sus olas encrespadas...

»Nessum maggior dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria!...

»Amaury.»

diario del doctor avrigny

«¡Qué cosa más rara! Antes de ser padre negaba yo que existiera otra vida.

»A partir del día en que nació Magdalena esperé. Desde el día en que ella murió creí.

»¡Gracias, Dios mío, por haberme dado la fe allí donde pude no haber hallado otra cosa que la desesperación!»

antonia a amaury

«3 de octubre.

»Nada tengo, Amaury, que decirle a usted de mí. Solamente le hablaré de mi tío, de Magdalena y de usted.

»Anteayer, 1.º de octubre, vi a mi tío, cumpliendo con el acuerdo que, como usted recordará, tomamos, de vernos el día 1.º de cada mes.

»Pero con frecuencia me da noticias suyas el anciano José que viene a París enviado por él para llevarle las mías.

»En nuestra entrevista hablamos poco. Mi tío parecía distraído, y yo, temiendo contrariarle, me contentaba con mirarle de vez en cuando a hurtadillas.

»Está muy cambiado, aunque para las personas indiferentes tal vez pasaría inadvertido este cambio. Pero a mí no se me oculta: yo veo más arrugas en su frente, menos brillo en su mirada y más preocupación en toda su actitud. Aunque parece increíble, se ha desmejorado aun más de lo que estaba cuando murió Magdalena, después de abatir su cuerpo y su espíritu los dos meses mortales que duró la enfermedad.

»Cuando me vio, me dio un abrazo, y preguntóme si tenía algo que contarle de mi nueva vida. Yo le respondía que nada, que únicamente había recibido dos cartas de usted; y al querer entregarle la segunda, diciéndole que en toda ella encontraría recuerdos de Magdalena, se negó a tomarla a pesar de mi insistencia, y me dijo:

»—Ya sé yo lo que dice. Amaury vive como yo en el pasado; pero como le llevo treinta y cinco años de delantera es indudable que llegaré yo primero.

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