NUEVO VIAJE AL PARNASO (continued 3)
Reading edition
No es sólo la política la que inspira al Sr. Núñez de Arce, aunque sí le preocupa con exceso. Hay otro orden de pensamientos que le atraen, le alteran y le mortifican, como puede verse leyendo sus Gritos del combate; y son los del orden religioso. No me asombra. Las cosas de ultratumba nos traen revueltos á muchos que no tenemos nada de poetas. Hasta aquí, por consiguiente, el Sr. Núñez de Arce no es más que uno de tantos. Conviene ahora saber si esta preocupación constante de la mayor parte de los hombres en el día inflama su espíritu y le presenta nuevas y originales bellezas, pues es de lo que se trata.
Nuestro poeta se empeña en hacernos creer que su espíritu vive presa de la duda más cruel, que no puede deshacerse de ella, que en todos los parajes y ocasiones le acompaña y le persigue, etc., etc. Y á la verdad, lo que se vislumbra en las poesías del señor Núñez de Arce no es un alma atormentada por la duda, sino un hombre descreído que echa menos sus perdidas creencias. Esto, que hasta cierto punto es una falta de sinceridad, de la cual tal vez el mismo poeta no se dé cuenta perfecta, contribuye poderosamente á que tales poesías no hieran la fantasía ni conmuevan el corazón de quien las lee. Otra razón hay para que estas composiciones, bien entonadas, correctas y armoniosas, no nos hieran muy vivamente; y es que los pensamientos en ellas esparcidos tienen más de científicos que de poéticos. Son los pensamientos que se ocurren á un hombre de talento, y no á un poeta. El Sr. Núñez de Arce no ha sacado partido del estado de incertidumbre ó de incredulidad en que necesariamente han de vivir los poetas de esta época. Byron, Schiller, Heine, Musset, Leopardi y otros varios, han creído, han dudado, han descreído. Todo esto se trasluce con bastante claridad en sus obras, aunque ellos muy rara vez nos lo digan concretamente. Y la enfermedad que les devora presta á sus poesías diversas tintas ó colores, según los estados por que atraviesa; unas veces oscuros y lúgubres, otras vagos y desvaídos, otras dulces y melancólicos. Pero siempre, siempre buscando la belleza con admirable instinto. Así que, para mí, sus figuras son mucho más interesantes y amables que la del Sr. Núñez de Arce, el cual se revuelve airadamente contra su siglo y contra Voltaire, Darwin y todo el cortejo de filósofos modernos, á quienes achaca la culpa de que él no viva feliz y satisfecho. Es muy lamentable; mas para el arte es aún más lamentable que la duda ó el esceptismo no hayan logrado descubrir tesoros de más valía dentro de su espíritu.
Los defectos que dejo apuntados proceden, si no en todo, en gran parte al menos, de que el Sr. Núñez de Arce no está completamente en su cuerda en la poesía lírica. La índole de su ingenio y de su inspiración es mucho más épica que lírica. Y si fuera permitido á un hombre humilde y desautorizado, como yo, invocar el auxilio de dos palabras tan augustas, diría que es más objetiva que subjetiva. Lejos de mi la idea de entrarme de rondón, por esto, en el dominio de las divisiones literarias. Entre todos los españoles que saben leer y escribir, no habrá otro menos amigo de clasificaciones. Creo que las divisiones en el arte son como las que se hacen en el mar: tan pronto hechas como borradas. Pueden los retóricos á su antojo dividir el arte en géneros, á semejanza de los astrónomos que dividen el firmamento en zonas para mejor estudiar sus estrellas. Dios en el cielo y el poeta en el arte nunca tendrán en cuenta para nada tales divisiones. Mas una cosa es trazar clasificaciones y otra determinar el carácter y naturaleza de la inspiración de un poeta. Á esto únicamente me dirijo cuando digo que el Sr. Núñez de Arce es más épico que lírico.
Como poeta lírico, carece de aquella delicadeza y escrupulosidad con que los grandes modelos exploran todos los pliegues de su alma y sondean sus más profundos misterios; carece de aquella exquisita sensibilidad que les mueve de un modo irresistible á exhalar sus afectos. Pero en cambio su imaginación viva y osada, su briosa entonación y su maestría para describir y narrar, le están pregonando como un gran poeta épico. Así lo ha comprendido él mismo al cabo, decidiéndose á escribir algunos poemas que son los cimientos más seguros de su gloria. Entre ellos, dos, el titulado Raimundo Lulio y el que por un extraño capricho titula Idilio, compiten con lo más hermoso y selecto que este siglo puede ofrecer en poesía á los futuros.
El Idilio es una prueba más de que en la vida lo pequeño es muchas veces lo grande. Casi tantas como lo grande es lo pequeño.
¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro? Cuando niños nos hacen llorar cosas que hacen reir á los hombres. ¿Me negaréis que aquellas lágrimas son tan sinceras y tan vivas como todas las demás que se vierten en el mundo? Cuando jóvenes nos desesperan ó nos arrebatan de alegría ciertas cosas que los viejos desprecian. En cambio los jóvenes suelen mirar con soberano desdén otras que preocupan á los viejos. Y si esto acontece en un mismo hombre, ¿qué no sucederá entre hombres diferentes? Preguntadle al comerciante de enfrente qué es lo que opina del ruido que hacen las hojas al caer ahora por otoño. Preguntadle á un poeta qué juzga de la subida de los algodones. Preguntadle á una madre que ve á su hijo partir á la guerra qué es lo que opina de la autonomía de los Estados. Preguntadle á un diplomático cuánto le preocupa el dolor de aquella madre. ¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro?
El asunto ó tema del Idilio del Sr. Núñez de Arce quizás será para otros muy pequeño; para mí es muy grande. La amistad cándida y pura de un niño y una niña que crecen bajo un mismo techo, transformada por virtud de la edad y de cierta separación en amor apasionado: el término fatal que la muerte viene á dar á este naciente amor. Así es el tema en resumen. He dicho que para algunos tal vez será pequeño, porque los hombres suelen á menudo burlarse de estos afectos ó pasiones de la adolescencia y llamarlos niñerías. Quizá tengan razón; mas antes que yo se la dé, precisa que me demuestren que los afectos ó apetitos que después cautivan su alma valen más que estas niñerías. Que estos hombres pongan la mano en su pecho y me digan ingenuamente si á los cincuenta años de edad se sienten más nobles, más desinteresados, más valerosos, más compasivos y más prontos al sacrificio que á los diez y ocho. Que me digan también si los sustanciosos devaneos de la edad viril les han proporcionado más goces y menos remordimientos que los amores tontos y platónicos de la adolescencia. Así que me lo digan (y yo los crea), renunciaré de buen grado á parar mientes en tales menudencias. Mientras tanto, no extrañen ustedes que adore estas niñerías, considerándolas como flores que exhalan su fragancia, no sólo por los años en que viven, sino aun por toda la existencia cuando se guardan como preciosas reliquias dentro del corazón. Sigamos ahora con la niñería del Sr. Núñez de Arce.
Aunque no tenga á la vista su precioso Idilio, y lo haya leído hace ya bastante tiempo, recuerdo muy bien todos sus detalles; prueba incontestable de que me ha impresionado fuertemente. Recuerdo aquella partida del estudiante novel á la ciudad, aquel caballo overo que aguarda á la puerta, aquella tierna despedida de la madre, la reprimida aunque no menos tierna del padre, y la triste y candorosa de la huérfana que ha sido su compañera; recuerdo su gozosa vuelta, sus inocentes recreos, aquel carro del vecino en que tornaba á su casa por la tarde; recuerdo aquella esquivez incomprensible para él de su compañera de la infancia; recuerdo aquella tarde en que á solas con sus pensamientos trepa al castillo derruído, y la magnífica descripción que el autor hace entonces de los campos de Castilla, la tempestad que le sorprende en aquel sitio y su fatal caída; recuerdo aquel rostro angelical que el estudiante ve siempre cerca de su lecho, y que apenas se pone bueno desaparece; recuerdo aquella delicada y naturalísima declaración de amor, las nobles promesas de la madre, la nueva partida, la nueva vuelta... En fin, lo recuerdo todo, y todo me encanta hasta un grado indecible. Yo sé dónde está el secreto del hechizo que para todo el mundo tiene este poema. Sí, yo lo sé. No hay en él otro secreto que la verdad del sentimiento. Créanme ustedes, cuando un autor siente una cosa, tiene mucho adelantado para hacer sentir con ella á los demás.
De muy distinto modo, pero no con menos fuerza, me ha impresionado la lectura de Raimundo Lulio. Trátase de un personaje tan insigne, y al mismo tiempo tan misterioso, que cuanto á él se refiera no puede menos de tener mucho interés y excitar la imaginación. Raimundo Lulio es el faro que desde una isla del Mediterráneo esclarece las tinieblas de la Edad Media.
Lo que sirve de argumento al poema es un episodio de su vida terrible hasta lo sumo, y tan dramático... Pero antes de pasar más adelante, necesito escribir una carta al Sr. Núñez de Arce. Suplico á ustedes el favor de entregársela en propia mano y no leerla por el camino.
Sr. D. Gaspar Núñez de Arce.
Muy señor mío y de mi mayor aprecio: Si algo puede con usted la sincera admiración, y aun el cariño que le profeso, acoja con indulgencia la respetuosa súplica, con honores de consejo, que voy á hacerle.
Por su propio interés y por el de la poesía española, que tiene en usted un tan ilustre representante, le ruego que cuando llegue el día de dar á la estampa una nueva edición de su Raimundo Lulio, vea de modificar, enmendar, ó para mejor hacer, suprimir la introducción que le pone, dedicada «á un amigo de la infancia». Las razones que para desear tal supresión tengo son las siguientes:
1.ª La introducción me parece, á más de inoportuna, prosaica, y que no corresponde al tono inspirado y majestuoso del poema.
2.ª Las pestes que usted dice en ella de la ciencia me parecen indignas de quien se llama á renglón seguido «hijo de su siglo».
3.ª El supuesto de que Raimundo Lulio, desengañado de la ciencia, cuyo símbolo es Blanca de Castelo, dijo adiós al mundo me parece falso. Lo que se saca de la vida de este varón, siendo también lo más lógico, es que, desengañado del mundo, buscó abrigo en la religión y en la ciencia.
4.ª Aun concediendo que todo fuese cierto, nunca debió usted declarar que Blanca de Castelo es un símbolo. Estas declaraciones se dejan para los críticos, retóricos y demás gente menuda. El poeta debe amar los hijos de su fantasía como si fuesen de carne y hueso; por lo que son, y no por lo que pueden representar.
Perdóneme el atrevimiento, en gracia del afán que siento por no ver deslucida una joya de tanto precio. Y considere que convertir una figura hermosa y divina, como la de Blanca de Castelo, en una abstracción, es un sacrilegio casi tan grande como el de su amante al penetrar en el templo á caballo.
Suyo, devoto y afectísimo,
A. Palacio Valdés.
Calificaba más arriba el episodio que se narra en el Raimundo Lulio de terrible y dramático. Así es, en efecto. El amor impuro y fogoso del protagonista recibe una lección tremenda, como venida de aquel cielo triste y severo de la Edad Media. El sacrílego jinete que penetra en el templo haciendo chasquear las herraduras de su caballo contra los mármoles sagrados; la airada muchedumbre que le recibe primero con sordo rumor y después le acosa por las calles; el lúbrico insomnio que le acomete más tarde; la misteriosa cita; la escena viva y exaltada en que la pasión del fogoso mancebo se desborda:
«Y estalló con sus cláusulas de fuego, con su expresión incoherente y rota por el halago y la pasión y el ruego: con ese dulce cántico que brota al fecundo calor de una mirada, y lleva una ilusión en cada nota; con esa breve frase entrecortada que, al morir en los labios, adivina el corazón de la mujer amada, música de la almas, peregrina, que con suspiros trémulos empieza y con vibrantes ósculos termina»;
el horror de que se siente poseído al contemplar el seno de su amada carcomido por repugnante llaga cancerosa... todo es sombrío y patético; todo está pintado con tal brío, con toques tan seguros y enérgicos, que nos hiere y nos conmueve profundamente. Causa verdadera maravilla la sobriedad de dicción con que está escrito este poema. Apenas huelga una sola palabra. Y, sin embargo, por un poderoso y casi inconcebible esfuerzo, todo está dicho, y todo está bien dicho. La fantasía del poeta es en esta ocasión como una lente, que ata y hace pasar los mil rayos del sol por un punto. El tono es grave y solemne, como conviene al narrador. Sólo un gran poeta puede hacer hablar á un personaje como Raimundo Lulio, grande de por sí y engrandecido además por el tiempo y el misterio, sin empañar el brillo que adquirió en nuestra imaginación.
Después de leer este poema, ¿quién no se convencerá de que el Sr. Núñez de Arce no debe pulsar más cuerda que la épica? El rápido y majestuoso desenvolvimiento de la acción, la firmeza y dignidad de los caracteres, la verdad de las descripciones, aquel concebir osado y aquel decir grave y conciso, no dejan lugar á duda sobre este punto. Por esta vía debe marchar, y por ella confieso que ha marchado de algún tiempo á esta parte. Los últimos poemas que dió á luz son brillantes y hermosos. No obstante, el Sr. Núñez de Arce, estoy seguro de ello, tiene fuerzas para hacer mucho más todavía. Quisiera verle acometer una empresa grande y digna de su inspiración; una empresa que le inmortalizara, como al autor de Fausto ó al de Manfredo. Los tiempos no se prestan á ello, bien lo conozco. Si tuviese la fortuna de escribir algo semejante, la crítica igualitaria que al presente se usa nunca le perdonaría el haber rebasado la línea de los Grilo, Blasco, Retes, Herranz, etc., etc. Las flores más bellas de su imaginación quizá serían roídas como avena ó paja. Y si, por ventura, resultaba que el poema era un sí es no es más subjetivo ú objetivo de lo que le correspondiese de derecho, ¡ya le caía obra al Sr. Núñez de Arce!
Con todo eso, no dejaré de aconsejarle que emprenda su poema. Demos que tenga muchos defectos y que éstos no sean imaginarios, sino verdaderos y efectivos; si las bellezas que haya en él son dignas de la inmortalidad, inmortal será el poema con todos sus defectos. ¡Los defectos! Moratín encontraba el Hamlet atestado de ellos. Y, sin embargo, ¡cuánto más vale dormir alguna vez como Shakspeare que andar siempre tan vigilante y avispado como Moratín!



EVILLA!—He aquí un nombre que hace soñar, como esas nubes rojas que se amontonan en el horizonte al declinar a tarde, para servir de lecho al sol en su caída. Hay en este nombre algo de vago y misterioso que fascina el espíritu y lo inclina á meditar. Cuando lo escuchamos, sin saber por qué, viene á nuestra mente el recuerdo punzante de una flor que hemos deshojado, ó el de una voz que nos cantaba al oído cuando niños para dormirnos, ó el de unos labios ardorosos que rozaron nuestra mejilla en otro tiempo, ó las notas suaves, tiernas, purísimas de la metafísica neo-kantiana. Si se me preguntara dónde está el secreto de tal fascinación, no podría contestar satisfactoriamente. Para mí no está en que el señor Revilla sea filósofo, y sea poeta, y sea orador, y crítico, y catedrático, y revistero de teatros. Cada una de estas cualidades de por sí, estoy seguro de que no le haría el blanco de la admiración de sus contemporáneos. Mas ha de existir entre ellas una singular y extrañísima relación, inextricable para el espíritu, mediante la que el fenómeno indicado se realiza. De tal suerte, que si el Sr. Revilla fuese orador y poeta, y no fuese filósofo al mismo tiempo, perdería por eso sólo la inmortalidad; y si fuese orador, poeta, filósofo y catedrático, y no tuviese además la cualidad precisa de revistero de teatros, es como si no fuese nada para el efecto de la fascinación. El Sr. Revilla es, pues, el resultado feliz de una agregación de elementos diversos, cuyo modo de enlazarse ó combinarse sólo Dios conoce. La naturaleza nos está ofreciendo á cada paso ejemplos admirables de estas dichosas combinaciones. Suprimid á cierto paisaje el mar que se divisa á lo lejos ó la montaña que se levanta imponente sobre él, y perderá su carácter y no atraerá vuestra atención. El Sr. Revilla es como un paisaje (en este respecto nada más): no es posible quitar ni poner en él cosa alguna, sin privarle de su efecto.

Desde muy temprano ha reconocido en sí mismo una vocación decidida á influir sobre su siglo, y siguiendo los nobles impulsos de su alma, no ha querido privarle de ninguno de aquellos medios por los que un hombre puede influir sobre un siglo. Bien sabido es de todos que el primero y más poderoso es la gravedad. Nada hay tan pernicioso, y por consiguiente, nada tan aborrecible, en mi pobre opinión, como las expansiones jocosas ó burlescas en todos los puntos de vista que se las considere. Porque no sólo han sido y son una rémora para el progreso moral y material de las naciones, sino, lo que es aún peor, han servido ya en algunas ocasiones para poner en duda el ingenio y la sabiduría del Sr. Revilla. ¡Qué tiempos los nuestros! Ya no existe para este siglo menguado nada de respetable ni digno de ser mirado seriamente. Escribe, pongo por caso, el Sr. Revilla uno de sus artículos guarnecidos y bordados de primorosas metafísicas, y sin más ni más, salta un cualquiera diciendo, con cierta vaya impertinente, que aquel artículo es una colección de lugares comunes, un tejido de frases huecas arrancadas al tecnicismo filosófico para imponer respeto á la gente ignorante, al modo que se fija en las huertas un muñeco de paja para espantar á las aves inocentes. Por eso la gravedad del Sr. Revilla es un dulce y apetecible oasis en este vasto arenal de liviandades.
Aunque ya he hablado de ella en otra ocasión, sólo fué por incidencia; así que no me considero relevado de la obligación de consagrarle algunas palabras. Y la primera cuestión que se presenta es la siguiente: ¿La gravedad del Sr. Revilla es de nacimiento, esto es, puede considerarse como una dote otorgada graciosamente por el cielo, ó es una cualidad adquirida en virtud de un largo y penoso aprendizaje, de prolijos afanes y desvelos? No es tan fácil como á primera vista parece la resolución de este problema. Mirando el asunto por encima, y teniendo presente nada más que lo rara que es hoy esta cualidad, aun entre los hombres más favorecidos por la Providencia, es fácil deducir que el Sr. Revilla ha llegado á ella por el trabajo y el estudio. Esta facilidad arrastró á muchos al error. Cualquiera que se fije un poco, comprenderá que la gravedad del Sr. Revilla tiene un no sé qué de agreste, indómito y bravío que la distingue perfectamente de las demás gravedades imitadas ó contrahechas. Es una de esas gravedades que aparecen muy de tarde en tarde en la historia humana, y por lo tanto, considero absurdo el suponer que esté en manos del hombre el adquirirla. Para encontrar algo parecido, es preciso remontarse á los primeros tiempos de Roma. Aseveran los historiadores más fidedignos que Numa Pompilio no conoció la risa, aunque sí añaden que, en sus conferencias con la ninfa Egeria, acostumbraba sonreir una que otra vez, pero sólo por complacencia. Mi profesor de psicología, lógica y ética, también poseía en cierto grado esta cualidad; por lo cual, hoy que la edad me ha enseñado á juzgar mejor á los hombres, no puedo menos de reconocer que, aunque oscuro, era un hombre muy notable. No vaya á creerse, sin embargo, que intento comparar la gravedad del catedrático de psicología, lógica y ética con la de Numa Pompilio y Revilla. ¡Oh, no! Cuando el Sr. Revilla, después de tomar convenientemente las medidas á una obra literaria, la califica de predominantemente subjetiva, y por ello la condena, como es justo, á una eterna execración, es tan serena y tan augusta su frase, palpita tanto heroísmo dentro de ella, que el espíritu se engrandece y se inflama, y es preciso acudir á los recuerdos de la Ilíada, á Héctor, á Diómedes, á Menelao, para observar algo semejante.
Y aunque muy fuera de sazón, no quiero pasar más adelante sin formular una pregunta que constantemente se está presentando en mi espíritu. Es la siguiente: ¿Cómo el Sr. Revilla, sin imaginación alguna, sin gusto, sin ingenio, y con una ilustración tan superficial, juzga con tal grandeza las obras de arte que le ponen delante? Repito que muchas veces me hice esta pregunta, y siempre concluí pensando que en el Sr. Revilla existe algo extraordinario que, aun sin darse acaso él mismo razón de ello, le mueve á dictar sus fallos; algo que, después de encenderle, como á la pitonisa griega, le inspira y le sostiene sobre el trípode, circundando su frente con la aureola del misterio. Este algo, digámoslo de una vez, no puede ser otra cosa que el genio[11]. El genio, sólo el genio puede volar tan alto sin necesidad de los medios que los humanos juzgamos indispensables.
Decía que la pregunta estaba fuera de sazón, y como ustedes han podido ver, era muy cierto. Sin embargo, ya se sabe que estas informalidades é impertinencias son en mí frecuentes, y no hay que asombrarse. Por algo gozo fama entre mis enemigos (porque aquí donde ustedes me ven tan jovencito y tierno, ya me permito el lujo de tener enemigos) de crítico subjetivo entre los subjetivos. Soy como si dijéramos un crítico lírico, pues la subjetividad es lo que caracteriza al género lírico, mientras el Sr. Revilla, á juzgar por su inflexible talante y por la opaca sublimidad de sus formas, es un crítico épico. De la combinación de lo lírico con lo épico, como han demostrado hasta la saciedad Hegel y el Sr. Revilla ya saben ustedes que nace lo dramático. Por consiguiente, vean ustedes lo que son las cosas: el día que al Sr. Revilla y á mí nos dé la gana de reunimos en la mesa de un café, pongo por caso, ya está formado un crítico dramático, sin necesidad de más músicas. Concluímos de tomar café, nos damos la mano y nos separamos. Cada cual torna á ser lo que antes era, yo el crítico lírico y él el épico. ¡Es admirable!
Pero estos temas incidentales me están apartando, á despecho mío, del propósito único del presente artículo. Toquemos de una vez en las entrañas del asunto, y hablemos del Sr. Revilla como poeta, sin meternos en otras honduras.
Yo no he leído los versos del Sr. Revilla; lo declaro con la franqueza que me caracteriza. Mas al mismo tiempo quiero hacer constar que no fué por mi culpa. He aquí lo que sucedió. Habiendo pensado, como es natural, cuando empecé á escribir estas semblanzas, en incluir entre ellas la del Sr. Revilla, pedí su tomo de poesías á un amigo (si ustedes quieren que diga quién es, lo diré), el cual, como lo tuviese ya leído, me lo prometió para el momento oportuno. En esta seguridad descansé confiadamente, sin preocuparme más del asunto. Cualquiera creo que haría lo mismo. Pues bien, hace cuatro días, tropiezo con mi amigo, y le digo al pasar: «Necesito ese tomo de poesías; mañana mandaré por él». Mi amigo, entonces, arqueó un poco las cejas, levantó un sí es no es los hombros, y por tres veces consecutivas sacudió la cabeza en distintas direcciones. No había para qué decir más: era cosa corriente. Envío, pues, por él, y en vez de las poesías, veo llegar al emisario con una esquela muy fina en que mi amigo me pide mil perdones, porque, sin recordar su promesa, había prestado el libro á un canónigo de Granada, el cual se había marchado á su destino sin devolvérselo. Este golpe me hizo bastante impresión. ¿Qué significaban entonces aquellos movimientos de cabeza, hombros y cejas del día anterior? Es lo que no pude averiguar hasta la hora en que escribo estas líneas. De resultas de todo ello, me quedé sin leer las poesías del señor Revilla. No obstante, mi amigo dice en la esquela que escribe con la misma fecha al canónigo de Granada, á fin de que remita el libro tan pronto como le sea posible. Lo espero con ansiedad, y excuso encarecer á ustedes los nuevos y puros atractivos que tendrá para mí después de haber pasado por las manos de un digno y respetable capitular.
Entre tanto, para no defraudar completamente la atención del público, que pensaría hallar en estas líneas un examen más ó menos sucinto de los talentos poéticos del Sr. Revilla, voy á echar mano de alguno de los materiales que hace tiempo estoy acumulando para una obra más importante que la presente. La obra se titulará Vida y opiniones de D. Manuel de la Revilla, y pienso dedicar á ella todos los días que de aquí adelante me conceda Dios sobre la tierra, pues ya estoy realmente cansado y arrepentido de ocupar tan sólo mi espíritu en asuntos frívolos é indecorosos. Me ayudará en esta empresa, superior á mis fuerzas (no me forjo ilusiones), un distinguido artista conocido y estimado ya del público, á cuyo cargo queda la formación de unos magníficos planos en que podrán verse, en todo su espesor, las opiniones del Sr. Revilla desde su nacimiento hasta su disolución, con exactitud y claridad. Será una obra primorosa y exquisita, que ha de facilitar extraordinariamente la inteligencia del texto.
Entre estos revueltos materiales, voy á elegir una opinión grandiosa y peregrina, como todas las de nuestro poeta, que ha de dar al traste, si no me equivoco, con las ideas más propagadas en asuntos de arte. Todo el mundo sabe que algunos poetas antiguos más de una vez trataron de enseñar distintas ciencias ó artes, valiéndose para ello de las formas artísticas, y que los retóricos, apresurándose á dar un nombre á este capricho, lo llamaron género didáctico ó didascálico. Debemos confesar que el género didascálico, á pesar de sus esfuerzos, no logró pelechar gran cosa. Pero no es eso lo peor, sino que en los últimos tiempos llegó á tal punto su laceria, que algunos autores diéronle por muerto, y, so pretexto de que el fin único y esencial del arte debe ser la manifestación de la belleza, pretendieron hasta borrar su claro nombre. Á tanta vergüenza hubiéramos llegado sin la dichosa aparición en nuestro planeta de un hombre extraordinario que, fijando en la vasta esfera del arte su mirada de águila, halló medio de cortar á tiempo la perniciosa corriente. Este hombre dijo: «El fin del arte no es, como se ha creído hasta ahora, la belleza, sino la ciencia; no hay arte donde no se enseñe algo útil y provechoso; el artista y el maestro de escuela se confunden en una unidad superior; no hay más arte que el didascálico». El nombre no convenía, sin embargo, por ser esdrújulo, y lo llamó arte docente ó trascendental.
Fué una verdadera revelación para los que yacíamos sumidos en los groseros errores de la antigüedad. Crear una belleza sólo por crearla me pareció entonces cosa indigna de un hombre serio. La naturaleza empezó á hablarme con un lenguaje distinto del que antes usara. Antes, por ejemplo, al cruzar por un bosque, veía unos árboles cuyos troncos blancos y satinados parecían de plata, me gustaban muchísimo, los miraba, los remiraba, pero no pasaba de ahí. Ahora sé que esos árboles se llaman abedules, que su madera es excelente para hacer canastos, y que también se emplea para construir las cajas de las diligencias. Cuando los veo, echo inmediatamente la cuenta del número de chaplones que de sus troncos podrán sacarse, ¡y encuentro en ello un placer tan vivo y tan puro! Antes, al ver amontonarse por el azul del cielo ejércitos de nubes oscuras y medrosas anunciando tempestad, me quedaba mirando para ellas como un tonto, sin pensar en nada. Á fuerza de mirar, llegaba á ver las más raras y monstruosas escenas que nadie puede imaginarse; unas veces era una araña inmensa que iba tejiendo su tela por el espacio; otras veces era un navío que marchaba con rapidez vertiginosa sacudido por la borrasca; otras, era un brazo colosal que sostenía una espada no menos disforme, cuya punta enrojecida se estaba templando en el sol, quizá para atravesar después á la tierra; otras, era la lucha tremenda de un demonio de grandes cuernos con un ángel; el ángel caía al fin vencido, y presa del dolor, sacudía sus monstruosas alas contra la frente de unas montañas lejanas. Todo esto era sencillamente un absurdo, porque en aquellas nubes no había arañas, ni navíos, ni ángeles, ni mucho menos demonios. Allí no había más que una serie de cumulus que á fuerza de hincharse concluían por reunirse y cubrir la tierra, formando después verdaderos y genuinos cumulo-stratus. Cualquiera comprende que era una insensatez confundir un cumulo-stratus con un navío ó una araña. Hoy, gracias al Sr. Revilla, no se me ocurren tales disparates, porque veo las cosas desde un punto de vista docente. Antes un río claro y límpido era para mí un objeto que siempre miraba con deleite. Pues hoy, créanme ustedes, por sereno y cristalino que sea un río, como no tenga truchas, lo encuentro aborrecible.
Tuve noticia de la teoría del arte docente ó trascendental en un verano, residiendo en el campo. La buena nueva llegó á mí por medio de un periódico que traía inserto uno de esos artículos que el Sr. Revilla viene escribiendo constantemente desde que empezó á arder en su pecho el fuego sagrado de la crítica. Aquí debo advertir que con las críticas del señor Revilla me sucede lo mismo que con ciertas óperas de mi gusto; esto es, que á fin de que me impresionen más fuertemente, sólo las oigo ó las leo de raro en raro. Quiso la fortuna que leyera este artículo, donde, con motivo de no sé qué novela, desenvolvía nuestro poeta su grandiosa y atrevida concepción de la naturaleza y del arte. La luz se hizo súbito en mi espíritu, y pude medir con la vista todo el horror de una obra artística sin trascendencia.
Ya he dicho que era en un verano, y que estaba pasando una temporada en el campo. Por aquel entonces solía yo levantarme temprano (¡qué tiempos aquellos! ¡ya no volverán!), y después de levantarme, acostumbraba á salir á respirar el aire puro de la mañana sentado debajo de un magnífico y corpulento roble. Era un roble que se moría de risa cuando le hablaban de los árboles del Retiro. Sin poder decir fijamente si era simpatía personal ú otra razón de más peso la que enderezaba su vuelo, lo cierto es que todos los días, y á la hora en que yo me sentaba, venía un pájaro á posarse sobre el roble. Yo no tenía el honor de conocerle, pero no importaba nada, porque él guardaba poca ceremonia en eso de no cantar delante de gente. Se conocía á la legua que era un pájaro despreocupado y un poco aturdido, gozoso de vivir y viviendo mucho más en el mundo exterior que en sí mismo. Era un pájaro predominantemente objetivo, como diría el Sr. Revilla, con el estilo mágico que él sólo posee. Tenía parda la color, el pico amarillo, el mirar firme y osado, los modales francos y desenvueltos, ofreciendo el conjunto de su persona un cierto aire de petulancia que no dejaba de sentarle bien. Apenas se posaba en una rama, empezaba á columpiarse, y con la cabeza un poco entornada y los ojos puestos en el espacio, entregábase á la voluptuosidad del movimiento, sin que aparentase pensar absolutamente en nada. No tardaba, sin embargo, en proferir varias notas graves y llenas como las de las flautas metálicas. Era su preludio.
Sin otra preparación, subíase repentinamente al tono agudo y lanzaba al aire una serie interminable de trinos penetrantes y acalorados, como quien quiere echar el alma por la boca. Ora atronaba el espacio con una cascada de notas fuertes y vibrantes que llegaban á producir mareo, ora desfallecía y se dejaba arrastrar al tono más suave y apagado. Tan pronto cambiaba á cada instante de inflexión y de ritmo, de modo que los trinos salían atropelladamente de su boca persiguiéndose los unos á los otros, como insistía una y otra vez, por un largo espacio, sobre una misma frase; parecía que trataba de que la aprendiésemos de memoria. De todas suertes, siempre terminaba con un arrullo tenue y moribundo, como si quisiera indicar que aún le quedaban muchas cosas por decir, aunque no esperásemos que salieran jamás de su boca.
En honor de la verdad, debo confesar que el canto de aquel pájaro me gustaba. No sé por qué extraña asociación de ideas, cuando cantaba, me acudían á la memoria los instantes felices de mi existencia. Veíalos pasar leves, dulces, luminosos como ellos fueron, sonriendo tristemente y diciéndome adiós para siempre. Aquí podría aprovechar la ocasión para contar á ustedes mis primeros amores, sin que ninguno tuviera derecho á quejarse; pero soy incapaz por naturaleza de jugar á nadie estas pasadas. Tan sólo diré que el canto de aquel pájaro resucitaba en mi espíritu sentimientos muy dulces que hacía mucho tiempo había dado por muertos. Todo era una pura ilusión, sin embargo, y una flaqueza de mi alma, disculpable únicamente por el estado de ignorancia en que me hallaba respecto á los eternos principios del arte. Porque, es preciso decirlo claro, no podía darse nada más deplorable que el canto de aquel pájaro desde el punto de vista docente; nada más desprovisto de trascendencia. Después de escucharlo me quedaba tan sabio como antes, no puedo negarlo, pero ni la más leve partícula de ciencia venía á acrecer el caudal de mi sabiduría. Así lo comprendí con dolor al cabo, por lo que me propuse no sufrir más tiempo las impertinencias de un descarado partidario del arte por el arte. Si entre tanto trino y gorjeo se hubiese deslizado, siquiera fuese de un modo secundario, cualquier problemita insignificante de historia ó de metafísica, crean ustedes que nunca me resolvería á hacer lo que hice. ¡Pero decidirme á perder de un modo necio el tiempo! Francamente, que ya no se espere jamás eso de mí. Lo que hice, pues, fue aparejarme con una piedra bastante crecida al sentarme un día, como de costumbre, debajo del roble, y así que columbré á mi pájaro, encajársela sin otras retóricas con toda mi fuerza. No le toqué; mas al sentir tan cerca de sí la primer pedrada de la crítica (crítica aunque severa muy justa), desplegó sus alas y no volvió á parecer por aquel sitio. ¡Pobre diablo! ¿A dónde habrá ido á parar?
En verdad que la grandiosa teoría del Sr. Revilla está á punto de hacer cambiar radicalmente la faz de todas las artes, arquitectura, escultura, pintura, música, poesía y baile. Tengo algunos motivos para creerlo. Por lo pronto, me han informado de que el único maestro que en España cultiva con buen éxito la expresión más pura y genuina de la música, esto es, la sinfonía, está escribiendo una en que probará, ó tratará de probar al menos, que el problema amenazador de las subsistencias sólo puede resolverse rebajando las tarifas del arancel. Este precioso tema, que el oboe se encargará de apuntar nada más en el andante, se irá repitiendo por el allegro, el allegro con motto y el scherzzo entre mil combinaciones armónicas, hasta quedar totalmente dilucidado. Por otra parte, un joven escultor amigo mío está á punto de terminar una preciosa Venus en cuclillas, que llevará grabada á cincel en la espalda la «teoría del valor» de Bastiat, que comienza como todos saben: «Disertación, fastidio; disertación sobre el valor, fastidio sobre fastidio». De esta suerte, el espectador podrá gozar con la belleza de la estatua y al mismo tiempo meditar sobre el asunto más escabroso de la economía política. Creo que el público ha de acoger con entusiasmo esta Venus trascendental, si no por su mérito, al menos por ser la primera que del género docente le presentan.
La teoría va, pues, abriéndose paso al través de la frialdad de los unos y de la abierta oposición de los otros. Su glorioso fundador puede estar seguro de que no tardará mucho en triunfar por completo. Y como nada es despreciable tratándose de contribuir á una obra tan fecunda y generosa, yo también quiero llevar un grano de arena al edificio, dedicando mi pluma (que no puedo llamar mal cortada, porque es de acero) al cultivo del arte trascendental. Al efecto, tengo intención de escribir una novela en la que, por medio de una acción no muy complicada, pero bastante dramática, trataré de presentar y aun resolver el siguiente
PROBLEMA
«Un cosechero recoge de sus fincas en los años ordinarios doscientas cincuenta fanegas de trigo candeal, noventa de centeno y treinta y siete de mijo. Ahora bien, suponiendo que durante un año llueve una tercera parte menos que en los ordinarios, ¿cuánto trigo, centeno y mijo recogerá?»
Dicho se está que trataré de desenvolver este problema de tal modo que se deduzca del contenido mismo de la fábula, y no sea un miembro agregado artificiosamente á la novela. Para ello he de procurar que la acción sea rápida, haciendo que dure solamente los tres meses de otoño. La descripción de la sequía, que como es natural formará una parte muy principal de la obra, será bastante sobria, sin perder de su verdad y energía; las escenas, sobre todo desde que el nudo se forma por entero, serán vivas y dramáticas. Por último, veré de concentrar en cuanto sea posible un gran interés sobre el cosechero, héroe de la acción, haciéndole morir trágicamente en el cadalso. Lo difícil en esta obra, como en todas las demás del arte docente, es presentar el problema aparentando encubrirlo, como hacen los arroyos con las guijas que tienen en el fondo.
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En este momento llega á mi noticia que el señor Revilla no es el inventor del arte docente. Aún más, que el Sr. Revilla lo ha combatido personalmente con gran encarnizamiento hace pocos años. Cuando esto fuese cierto, no es posible negar que el arte docente era muy digno de ser inventado por el señor Revilla. La conversión, según me aseguran, se realizó al doblar nuestro poeta la esquina de la calle de la Montera á la del Caballero de Gracia, donde creyó escuchar una voz misteriosa saliendo del fondo de la tierra, que decía: «¡Emanuel! ¡Emanuel! ¿Cur persequeris me?» Instantáneamente el poeta sintió iluminarse su alma con una luz viva y purísima, y derramando abundantes lágrimas, dió gracias al Todopoderoso por no haberle dejado eternamente en el abismo del arte por el arte. En el mismo punto levantó en su pecho un altar al culto del arte docente, y el sol de la verdad comenzó á teñir de grana y oro los bordes de sus revistas de teatros. Sin dar paz á la mano, el Sr. Revilla viene trabajando desde entonces tanto y tanto en favor de esta nobilísima teoría, que bien puede perdonársele el no haberla inventado.
Mas el Sr. Revilla empieza ya á recorrer ese doloroso calvario que el mundo ofrece siempre al genio. El público (¡á reserva de glorificarlo después de muerto!), cuando no se ríe de ellas, aparenta no comprender sus intrincadas opiniones; en tanto que el Gobierno, cuya obligación de alentar al genio debiera ser una verdad, me aseguran que está pensando seriamente en prohibir el uso de los vocablos objetivo y subjetivo. Si por desgracia este rumor tuviese fundamento, ¡triste es decirlo! al Sr. Revilla no le queda otro recurso que retirarse á la vida privada.
FIN.



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Las correcciones hecho por el transcriptor del texto electrónico:
titulos de nobleza=> títulos de nobleza {pg 53}
un debilidad=> una debilidad {pg 79}
lucida y primorosa=> lúcida y primorosa {pg 85}
rigorosa dialéctica=> rigurosa dialéctica {pg 102}
La palabra de Casteler=> La palabra de Castelar {pg 115}
el profundo pielago=> el profundo piélago {pg 115}
la candida y mística sonrisa=> la cándida y mística sonrisa {pg 135}
ferrocarrriles=> ferrocarriles {pg 142}
La trama da El escándalo=> La trama de El escándalo {pg 149}
casi impercetible=> casi imperceptible {pg 165}
en su almario=> en su armario {pg 175}
a ra los que habitamos=> para los que habitamos {pg 184}
los árboles con angustía=> los árboles con angustia {pg 212}
habia evocado=> había evocado {pg 248}
os poetas españoles=> los poetas españoles {pg 285}
más conmodedor=> más conmovedor {pg 347}
ejmplar=> ejemplar {pg 299}
la opinion=> la opinión {pg 304}
su vída privada=> su vida privada {pg 304}
al sonido arriculado=> al sonido articulado {pg 322}
ó mis ojos=> á mis ojos {pg 335}
uno esos mundos=> uno de esos mundos {pg 339}
gorro de dormír=> gorro de dormir {pg 362}
Vendrá un dia que irán=> Vendrá un día que irán {pg 365}
elegancía=> elegancia {pg 384}
un si es no=> un sí es no {pg 398}
extrañisima relación=> extrañísima relación {pg 400}
Francisco Javier Calvete=> Francisco Javier Galvete {pg 417}