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Semblanzas literarias

NUEVO VIAJE AL PARNASO (continued 2)

Reading edition

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Esta duda me incita á mirar hacia atrás en mi vida literaria. Considero que esta vida se ha deslizado dulcemente hasta ahora escribiendo despropósitos á propósito de oradores, novelistas y poetas, ensalzándolos ó despreciándolos al sabor de mi pluma desbocada, y comienzo á sentir desasosiego en la conciencia. Creo ya que es necesario corregirme por medio de la pena; que es fuerza atemperar mis ímpetus procaces con saludable escarmiento. Yo mismo quiero entregar mi cuello al hacha justiciera para borrar los yerros de mi nefanda crítica.

Sabed, señores todos, los que visteis vuestros sagrados versos ó inmaculada prosa en los torpes renglones de este crítico, que este crítico acaba de cometer un drama. Y no sólo lo ha cometido, sino que, sin leérselo previamente á nadie, pues se dice partidario del antiguo precepto de Manú «no leas dramas al prójimo para que el prójimo no te los lea á ti», ha tenido la perfidia de presentarlo en el teatro Español sin conocimiento de los Sres. Retes y Echevarría.

Ha sonado, pues, la hora de la reparación. El crítico quiere daros la batalla en vuestro propio terreno y debéis acudir á él provistos de vuestras sonrisas más concluyentes y de vuestras toses más demoledoras. Como adversario leal, debo, sin embargo, advertiros de las fuerzas con que cuento para la lucha, puesto que no es mi ánimo armaros asechanzas. En primer lugar no debo ocultaros que el drama es bueno. Después de esta sincera y espontánea declaración que acabo de hacer, sin que para ello se haya ejercido sobre mí presión de ningún género, considero que ya no dudaréis ni por un instante de mi lealtad.

Á más de esto, para contrarrestar y resistir el ataque de los morales, esto es, de Pérez Escrich, Sánchez de Castro, Herranz, Frontaura, etc., cuyas fuerzas no puedo desconocer, os diré que cuento con el apoyo tan ferviente como valioso de los autores de obras en un acto. Es una falange de jóvenes llenos de talento y de fe en el empresario. Podrán causar á mis enemigos mucho daño.

Paso por alto algún otro detalle de mis fuerzas, porque quiero llegar cuanto más antes á lo principal. Señores, aquello en que después de Dios tengo puestas todas mis esperanzas para la salvación y éxito dichoso de mi drama, son unas veinticuatro décimas de esas llamadas calderonianas, que el protagonista debe decir al punto de atravesar con su espada al único tío materno que le resta. No puede darse nada más enmarañado y perfecto que estas décimas. Mucho dudo que podáis resistir á su ímpetu salvaje. Si fiáis en vuestro esfuerzo y no os duele una derrota, acudid á la cita que os demando, pues me propongo confundiros y correros, dejándoos con las bocas «abiertas al negro espacio», como los grifos de Echegaray.

En tanto que la clepsidra tiene en suspenso el instante de mi triunfo, me permitiréis, señores, que dedique algunas líneas al Sr. Grilo.

En el Sr. Grilo existen dos naturalezas: una, la del poeta; otra, la del pensador. La índole y carácter de este artículo no me consienten, como fuera mi gusto, estudiar por igual estos dos aspectos diversos del mismo ingenio, sino que necesito separar por abstracción la naturaleza del poeta de la del pensador y atenerme únicamente á una de ellas, que será la primera. Por lo cual consideraré, en este mi artículo, las composiciones del Sr. Grilo como si se hallasen desprovistas enteramente de pensamiento, aplazando para otra ocasión el estudio minucioso de su contenido.

Y empezando el examen del poeta, nos corresponde preguntar: ¿qué nuevos elementos aporta el señor Grilo á la obra del arte nacional? En la respuesta á esta pregunta debe ir envuelta sin remedio la definición breve y precisa del carácter del poeta, porque aquello en que los poetas discrepan y se apartan de los que les han precedido, esto es, lo que hay en ellos de nuevo y peregrino, es lo que señala y determina su carácter artístico. Á mi juicio, la ventaja principal de que nuestra poesía es deudora al Sr. Grilo consiste en el empleo más amplio y comprensivo que hasta aquí se ha hecho nunca de las piedras preciosas como elemento poético. Nadie puede desconocer la importancia que las piedras preciosas tienen dentro de la literatura, sobre todo como términos de comparación. En nuestros clásicos se encuentran alguna vez empleadas con bastante acierto, aunque siempre tímidamente. Las piedras de que se valen suelen ser por regla general las más comunes y conocidas; el brillante, el rubí, la esmeralda, el topacio y pocas más. Estábale reservada al Sr. Grilo la gloria de dar un paso de mucha trascendencia en esta vía. El Sr. Grilo, no sólo ha manejado siempre con gran novedad y atrevimiento las de uso más frecuente, sino que puede considerarse como dichoso introductor de una multitud de ellas que nuestros clásicos desconocían por completo, tales como el zafiro, el ágata, el granate, la turquesa, el ópalo y otras muchas que se encuentran á cada paso en las composiciones del ilustre escritor que nos ocupa.

Pero si es la mayor, nadie osaría afirmar que es la única ventaja que ha otorgado al arte patrio. El señor Grilo ha conseguido como ningún otro escritor español poner al servicio de cada idea el mayor número posible de palabras. La palabra es sin disputa el más precioso don que la Providencia concedió á los humanos, y el que á juicio de los naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendiéndolo así el señor Grilo, es quizá de todos los humanos el que mejor ha sabido aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las voces del diccionario de Domínguez (que es el más completo) alejarse el mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fué dada al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso aprendizaje. El tránsito del sonido inarticulado al sonido articulado costó á nuestros antepasados muchos siglos[8]. Más tarde el paso de las lenguas monosilábicas á las aglutinantes y de éstas á las de flexión se realizó en larguísimo período histórico[9]. El progreso no sólo ha caminado á la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios eminentes filólogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y en efecto, ¡qué distancia tan inmensa no existe entre el hombre primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el más intrincado de sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un número infinito de sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningún modo puede pasar sin ella!

Sin necesidad de acudir á las épocas prehistóricas, ¡cuantos pasos no ha dado el género humano desde los primeros escritores que surgieron en la tierra, verbi y gracia desde Moisés, que con dos miserables palabras quiere relatar la aparición de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera sabido íntercalar oportunamente más de dos mil, como lo exige la grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta!

Mucho se engañaría, no obstante, el que juzgase que sólo por la abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo. En la acertada y oportuna colocación de aquéllas hay también no poco que admirar. Echemos una mirada á cualquiera de sus más notables poesías, por ejemplo, á la titulada Al borde del abismo, y nos convenceremos de ello.

Empieza esta composición:

A la orilla del mar; casi sin luna, sin una luz apenas, un ¡adiós! nuestras almas se decían en la noche desierta. Dos infinitos batallaban solos en la muda ribera; el de aquella imposible despedida y el de la mar inmensa.

Considere el lector cuánta fuerza y majestad comunica á la composición el adverbio casi interpolado en el verso primero. No es posible decir de modo más elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto menguante.

El adverbio apenas del segundo verso presta al casi del primero un apoyo eficaz y desinteresado, que este último nunca agradecerá lo bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composición, declaro que no he visto jamás un cuadro tan desolador. Porque, si para nadie es cosa agradable encontrarse á la orilla del mar, casi sin luna, con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se ha excusado de expresar su fervoroso apego á aquel satélite, debe ser una situación verdaderamente desesperada.

Citaré á más de ésta, como es mi deber, la célebre composición titulada Las Ermitas de Córdoba. Sólo de pensar que pudo haberse muerto el Sr. Grito sin escribir Las Ermitas de Córdoba, me estremezco. Yo no comprendo de qué modo podría pasar la sociedad elegante sin esta maravillosa poesía, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo recitar, con las manos quietas, Las Ermitas de Córdoba, es uno de esos goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. ¡Plegue al cielo que nuestra aristocracia continúe siempre buscando un refugio para su hastío en esta milagrosa composición!

Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesías del Sr. Grilo he creído hallar ciertas imperfecciones que, si no dañan poco ni mucho á su pensamiento (del cual he dicho ya que prescindía por entero en este artículo), turban y empañan el claro brillo de la forma. Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de La Ilustración Española y Americana:

AL RÍO PIEDRA ¡Niágara de Aragón! ¡Del alta cumbre tus ondas vuelcas de luciente plata, cuyo raudal sonoro se desata de saltos en vistosa muchedumbre! ¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre, en torrentes de espuma se dilata, y ruedas de una en otra catarata, copiando el iris en cristal y lumbre! ¡No hay peña que á tu paso no sonría mientras filtras tus gotas una á una de la gruta en el ámbito indeciso! ¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día las hadas, á los rayos de la luna, bajaron á este nuevo Paraíso!

Monasterio de Piedra 20 de Agosto de 1876.

Observo en el soneto anterior algunas exageraciones é injusticias que me importa rectificar. Deploro en primer término que sin más ni más, y sólo por capricho, ponga el Sr. Grilo en el mismo nivel al río Piedra y al Niágara. Prescindiendo de que las comparaciones siempre son odiosas, creo que en el caso del Niágara me sentiría profundamente humillado de este parangón; porque al fin y al cabo, si no vale más que el río Piedra (que esto no puedo decidirlo, pues no tengo el gusto de conocer ni á uno ni á otro), por lo menos tiene mucha mayor reputación y un nombre más conocido en las letras. Duéleme en segundo lugar que «el raudal sonoro de las ondas se desate en una muchedumbre vistosa de saltos», porque hasta aquí, por regla general, los saltos no eran aficionados á reunirse en grandes agrupaciones; y me inquieta bastante que eso suceda ahora, pues siempre estoy temiendo cualquier desmán por parte de las muchedumbres.

El segundo cuarteto dice que

«¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre, en torrentes de espuma se dilata, y ruedas, etc.»

No veo aquí tampoco la paz y la concordia que deben reinar siempre entre el sujeto y el verbo. Ese desfachatado ruedas tiene todo el aire de sublevarse contra el agua.

En cuanto á las copias del iris que el Piedra ha conseguido sacar en cristal y lumbre, me veo en la precisión de confesar que aunque me eran conocidas mucho ha las reproducciones en cristal, por lo que se refiere á las de lumbre no puedo decir lo mismo. Esto, después de todo, no tiene mucho de particular, porque nadie ignora que la fotografía está haciendo en estos últimos tiempos unos progresos increíbles.

Transijo con que todas las peñas, sin exceptuar una siquiera, sonrían al pasar el río Piedra, aunque no veo motivo para ello, y hasta con que dicho río filtre sus gotas con tanta sobriedad y parsimonia en las grutas. Por lo que no puedo pasar en modo alguno es por que el Sr. Grilo califique, tan á la ligera, á los ámbitos de indecisos. Ninguno, absolutamente ningún motivo tiene el Sr. Grilo para arrojar sobre los ámbitos ese odioso calificativo. ¡Pues á buena parte va con los ámbitos! No puede darse nada más decidido que ellos así que toman una resolución, por peligrosa y extremada que sea.

«¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día las hadas, á los rayos de la luna, bajaron á este nuevo Paraíso!»

Aún estoy en duda sobre lo que quieren decir estas frases; mas si por ventura se pretende significar con ellas que el río Piedra es una escala, no puedo menos de rechazar con todas mis fuerzas tan gratuita suposición. Tengo razones poderosas para creer que este virtuoso río ni sirve ni ha servido jamás de escalera á nadie para subir ó bajar á los rayos de la luna, y mucho menos á las hadas. Cualquiera comprenderá que eso no está en su carácter.

Después de observar estas y otras extrañas injusticias del orden físico y del orden gramatical en las composiciones de nuestro poeta, á nadie sorprenderá que me haya quedado meditando sobre él unos instantes. En conciencia, me corresponde declarar que hay pocas cosas en el mundo que se presten á tantas consideraciones como el Sr. Grilo. Yo quería conocer la fuente misteriosa de donde manaban estas injusticias, ó la raíz invisible que las unía al espíritu del poeta, ó el rasgo genial y característico en que se aposentaban; quería darme cuenta, en suma, y penetrar en ese mundo de representaciones y sentimientos que los grandes poetas llevan consigo, dentro del cual todas sus grandezas y extravagancias hallan cumplida explicación. Varias veces había arrojado ya la sonda en el espíritu de nuestro poeta sin que jamás hubiese logrado tocar en firme. No fuí en esta ocasión más afortunado que anteriormente. Con la frente apoyada sobre la mano, y la mano sobre el codo, y el codo sobre la mesa, dejaba correr la cuerda por los dedos de mi pensamiento, y el plomo que la arrastraba seguía marchando con vertiginosa rapidez por el espíritu del Sr. Grilo, cual si estuviera ansioso de encontrar el fondo. Pero no lo encontraba. A medida que la cuerda se iba deslizando, crecía más y más la admiración que siempre he profesado á este poeta, hasta el punto de no caber ya en los estrechos límites de mi chaleco, por lo cual tuve la precaución de soltarle unos botones con el único y exclusivo objeto de dar á aquélla algún respiro. El cielo de mi pensamiento se iba poblando de refulgentes consideraciones, y adquiría un parecido notable con la bóveda estrellada, cuyo centro se halla en todas partes, y cuya circunferencia en ninguna, según Pascal. De repente el plomo cesó de caminar. Había concluído la cuerda.

No sé lo que entonces me ocurrió, aunque algo debió ocurrirme. Lo cierto es que se abrió la puerta de mi cuarto para dejar paso á un personaje, que según lo que entonces pude colegir era mi criada, la cual me entregó una tarjeta. Esta tarjeta decía como sigue: La Musa del Sr. Grilo. Y nada más.

Al fin y al cabo se trataba de una mujer, y yo que en estos asuntos soy muy nervioso, no pude evitar un raro estremecimiento en toda mi persona, del cual estoy en este momento sinceramente arrepentido.

—Dígale usted que pase adelante.

Fuése la criada, y se puso á discusión con mucha premura en mi cerebro la actitud que yo debería adoptar en el instante de abrirse la puerta nuevamente. Por último se decidió como lo más sensato que me echase un poco hacia atrás en la silla, dejando descansar el brazo izquierdo con cierto abandono sobre el respaldo de otra que á mi lado tenía, mientras la mano derecha jugaba graciosamente con el mico de bronce que corona la tapa del tintero. Las piernas extendidas con dignidad, y la cabeza inclinada hacia un lado. Lo que costó más trabajo resolver fué el problema de la mirada; mas al fin prevaleció la idea de que fuese abierta, tranquila y un si es no es fría.

Cualquiera comprenderá que esta noble actitud no impidió que me levantase apresuradamente, haciendo mil reverentes cortesías así que penetró en el cuarto la Musa. La Musa era una señora de la cual no habría muchos que dijesen que era bonita y airosa (aunque alguno habría, porque nunca falta un caballo de buena boca). En el traje que vestía, bordado primorosamente con toda clase de piedras preciosas, se hallaban dignamente representados los siete colores primordiales del iris y todos los demás intermedios.

—¿Á qué debo el honor, señora?... Señora, tenga usted la bondad de tomar asiento.

Sentóse la Musa, haciendo antes con la cabeza ciertos movimientos que no me parecieron bastante compatibles con su elevada posición, y fijó en mí una mirada que decía todo lo que una mirada puede decir en semejantes casos.

Sonaba en la parte de afuera un fuerte y extraño rumor, y como la Musa notara la inquietud que me causaba, dijo:

—No tenga usted cuidado; es mi séquito de palabras, que he dejado en el pasillo.

Tenía la Musa una voz muy dulce, que me reconcilió hasta cierto punto con sus movimientos de cabeza, los cuales continuaban cada vez más extraños é inverosímiles.

—Señora, ¿podría saber?...

—¿Qué?... ¿el significado de mi visita? No, caballero, no puede usted saber nada. La explicación de mis actos y de mis palabras sólo corresponde á Dios.

—Dado que así sea, no es por eso menos grato y honroso para mí ver en esta su casa á la persona que mejores ratos ha hecho pasar á la buena sociedad madrileña... ¿Tendría usted la bondad, señora, de no enredar con esos papeles? Me va á costar después mucho trabajo arreglarlos.

La Musa fijó otra vez en mí su mirada comprensiva, y quiso decir algo, pero no lo dijo.

—Á propósito, señora; en este momento me hallaba sumido en enojosas perplejidades y confusiones que usted mejor que nadie, seguramente, podría desvanecer. Meditaba sobre el dueño actual de su albedrío; meditaba sobre el Sr. Grilo tratando de investigar, ó mejor dicho, de medir, el contenido de sus composiciones. Dispénseme usted, graciosa señora, si faltándome fuerzas para llevar á cabo tal empresa, me atrevo á suplicarla que me diga dónde está el fondo poético del Sr. Grilo.

Aquí la Musa se inmutó visiblemente, acudiendo súbita palidez á sus mejillas. Alzó los brazos al cielo con ademán patético, movió la cabeza fantásticamente, y muy temblorosa y conmovida, dijo:

—¡Oh caballero!... por Dios no quiera usted saber eso. No sea usted tan cruel como otros críticos... ¡Para qué le hace falta á usted saber eso!

Gruesas lágrimas empezaron á rodar por las descoloridas mejillas de la Musa. Llevóse las manos á la cara y comenzó á sollozar fuertemente. Parecía que iba á ahogarse.

Yo permanecí mudo contemplándola con lástima, y bien sabe Dios que no cruzó por mi cabeza la idea de insistir en mi deseo.

Respetemos los grandes dolores.

Illustration from Semblanzas literarias
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D. ADELARDO LÓPEZ DE AYALA

I

E leído en Hegel (cierta vez que tomé la resolución de leer á Hegel) que la poesía dramática es aquella «que reune á la objetividad de la epopeya el carácter subjetivo de la poesía lírica». No estoy bien seguro de haber comprendido todo el alcance de las reflexiones con que el filósofo germano ilustra este su principio estético. Mas sí lo estoy plenamente de poderlas repetir al pie de la letra, como lo ha hecho ya mi esclarecido amigo el Sr. Revilla, ganando, con justicia, por ésta y otras graves empresas, fama de docto y avisado. Respetando, como debo respetar, esta fatal delantera, permítaseme, no obstante, deplorarla amargamente. Nadie puede figurarse hasta qué punto me conceptuara feliz de que tales flores metafísicas se irguieran todavía sobre el tallo frescas y olorosas, esperando con resignación la podadera del sabio. Me cuesta gran trabajo renunciar á ese barniz filosófico que tanto avalora las producciones de los jóvenes críticos. Yo había soñado para esta semblanza con un preámbulo sabio y concienzudo que supiera abrirle mañosamente las puertas de la buena sociedad y de las doctas corporaciones; un preámbulo que ganase para su autor inmediatamente una inmensa reputación de hombre serio. ¡Ah! ¡Quedan ya tan pocos hombres serios! ¡Son tan pocos, por desgracia, los escritores que saben mantener su pluma limpia de toda farsa ó chanzoneta! Quizás dentro de poco no quede en el mundo más hombre serio que el Sr. Revilla. Por mi parte, declaro que hice hasta aquí y seguiré haciendo, Dios mediante, los mayores esfuerzos para despojarme de esa levadura jocosa que se desliza como veneno mortal en la mayoría de mis producciones.

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Hace algunas noches me hallaba presenciando una de las brillantes funciones ecuestres y gimnásticas del circo de Price en la misma sazón que la embajada china asistía también al espectáculo desde un palco. Respirábase en aquel recinto una atmósfera frívola, que no podía menos de disgustar á todo hombre grave. Los clowns agotaban el repertorio de sus muecas y carocas más ridículas y extravagantes, las cuales producían en aquel público superficial mucha algazara, escuchándose aquí y allá extemporáneas y fútiles carcajadas, viéndose en todas partes desordenados movimientos que turbaban el ánimo y lo dejaban sumido en tristes meditaciones. Halló el mío, sin embargo, motivo para regocijarse al percibir los semblantes serenos y rígidos del embajador chino y su cortejo. ¡Qué majestad y qué calma reinaban en aquellos continentes mongólicos! Todos se mantenían en una perfecta dignidad, sin manifestarse en poco ni en mucho impresionados por lo risible del espectáculo. Yo los contemplaba extasiado, y lágrimas de admiración acudían sin poderlo remediar á mis ojos. ¡Ay!—pensaba al mismo tiempo.—Con facultades tan excepcionales de gravedad y circunspección, ¡á dónde no habrían llegado estos chinos si se hubiesen dedicado en España á la crítica literaria! Tratemos de imitarlos hasta donde alcancen nuestras fuerzas, y si está de Dios que he de renunciar á Hegel (como es mi deber, una vez que otros con más méritos han sabido trasladar á nuestro idioma sus profundos razonamientos), procure al menos decir algo mesurado y digno sobre el Sr. Ayala.

II

La combinación de lo objetivo con lo subjetivo ha sido siempre el fuerte de los españoles. Nuestro país, más dado por impulsos naturales á la acción que á la contemplación, fué toda la vida vasto escenario manchado con la sangre de innumerables tragedias. El drama se aloja en los temperamentos exaltados é irreflexivos, como la culebra en su nido de hierbas. No hay más que hacer un poco ruido para que se despierte. ¡Y en nuestra patria se ha hecho siempre tanto ruido! Quizás por eso los españoles hemos convertido en sangrientos dramas los aspectos más nobles de la vida, el amor, la gloria, el honor, la religión. El español no ha devorado jamás sus impresiones en el silencio y la soledad, como el sombrío germano ó el melancólico semita; ha necesitado sacarlas al aire libre y verlas seguir su camino por la tierra. La lucha consigo mismo dura para él sólo un instante; la lucha con lo que le rodea dura toda la vida. Prefirió siempre lo definido y lo enérgico á lo vago y lo sentimental, y con la misma facilidad que ha hecho salir el pensamiento de la boca, ha sacado la espada de la vaina. En la historia no existe ningún pueblo que haya tenido tan cerca el pensamiento de las manos.

Un pueblo tan objetivo, digámoslo con Hegel, necesariamente ha de poseer una gran epopeya ó un gran teatro. Nosotros poseemos un gran teatro. Añadid unos bastidores por los lados, unas bambalinas por arriba, unas candilejas por abajo y unos deliciosos versos por todas partes, á lo que ha doscientos años acaecía á la luz del sol en nuestros palacios, en nuestros caminos, en nuestros templos, á la de la luna, en nuestros jardines, en nuestras calles y en nuestros mesones, y tendréis un teatro apasionado, vivo é interesante. Así lo han hecho Lope, Calderón, Tirso y Moreto. Y como la literatura responde siempre á cualidades ó aficiones del espíritu, y gusta también de adquirir costumbres pisando hoy el camino que siguió ayer con preferencia á otro nuevo, de aquí que, á pesar del transcurso de los tiempos, del cambio radical de vida y de las notables modificaciones que el carácter ha experimentado, nuestra poesía se dirija aún hoy con amor al teatro, que ha sido siempre el de su gloria. Desde Calderón hasta ahora hemos perdido mucha fe, mucho heroísmo, mucha superstición, mucho entusiasmo, mucha firmeza y muchas costumbres pintorescas, que todavía nos agrada ver retratadas en la escena. Sobre todo, hemos perdido á Calderón. Mas aun con eso, no deja nuestra época de ofrecer aspectos interesantes y poéticos que, si no engendraron hasta el presente un gran teatro, han motivado por lo menos algunas obras maestras del arte dramático. Moratín, Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega, García Gutiérrez, Tamayo y Ayala son sus autores.

No es Ayala el menos insigne de cuantos acabo de mencionar. De todos los autores que han intentado representar á la sociedad española de este siglo en sus obras, si exceptuamos á Bretón, ninguno lo ha realizado, á mi entender, de un modo más perfecto y acabado que Ayala. Pero ¿es el destino del artista representar al vivo los sentimientos de la sociedad en que ha nacido, ó debe, por el contrario, expresar los sentimientos generales y permanentes del género humano, para que sus obras tengan consistencia y sepan resistir al esfuerzo de los siglos? No lo sé, ni lo sabe nadie tampoco; que es imposible resolver asuntos en que intervienen gustos, opiniones y hasta escuelas filosóficas contrarias. La inclinación del sentimiento me arrastra, sin embargo, á preferir lo primero. Yo amo ante todo y sobre todo en el artista lo individual, esto es, lo que le caracteriza y le distingue de los demás hombres y los demás artistas. Me deleito en observar la impresión que sobre su espíritu excepcional causa lo que le rodea, las huellas profundas ó leves que van dejando en él los sucesos de la vida. Dejémosle que pinte á su manera sus propios sentimientos y los sentimientos de los que le acompañan en este viaje terrenal. Humanos sentimientos habrá de expresar, porque hombre es él y hombres los que le rodean. Lo que hace amable la poesía, después de todo, no son, en mi entender los sentimientos generales y permanentes que expresa, sino el cómo se han sentido estos sentimientos en cada pueblo, en cada individuo; el cómo la luz interior que á todos nos alumbra se ha descompuesto al atravesar aquellos prismas, originando tantos y tan hermosos matices. La poesía es un mundo aparte, donde los sentimientos se fijan con fuerza unas veces, se desvanecen y se pierden otras, se iluminan, se oscurecen, agítanse febriles ó reposan blandamente; modifícanse, en fin, de mil extraños modos, para que el poeta extraiga de ellos ese divino jugo que hace la vida dulce. Esto es la poesía, y esto es lo que me tomo la libertad de juzgar que es, no creyendo con ello herir la dignidad de nadie. Todo hombre lleva, más ó menos grande, uno de esos mundos dentro de su alma. Yo sé que mis sentimientos son iguales á los de otro hombre cualquiera; mas en los años que llevo de existencia, han surgido dentro de mi espíritu algunos risueños ó lúgubres fantasmas que se desvanecieron tan pronto como los que el humo de mi hogar forma en los aires, algunos fugitivos y adorados sueños que pasaron para no volver, y que exclusivamente me pertenecen. Si yo hallase en el fondo de mi pensamiento la expresión que les conviene, no les quepa á ustedes duda, sería un poeta.

Por eso lo es el Sr. Ayala; porque la encuentra. La mayor parte de los hombres pasamos por el mundo sin percibir apenas más que las apariencias de las cosas. Actores ó espectadores en los sucesos que en torno nuestro acaecen, no comprendemos, ni nos imaginamos siquiera su valor poético hasta que el artista nos lo ofrece en sus producciones.

Todos los días tropezamos en las tertulias á que asistimos con alguno de esos hombres cuyo egoísmo les lleva á concebir y pregonar un sistema moral para la vida, donde se disculpen y hasta se ennoblezcan los vicios y los crímenes de la suya; con uno de esos distinguidos infames que aspiran por medio de modales elegantes y correctos á difundir entre los pueblos un nuevo Evangelio, donde la perfidia y la bajeza sean consideradas de buen tono, y las más nobles virtudes, patrimonio sólo de los cursis. Al lado del apóstol también solemos ver al discípulo, que, rebosando de fe y entusiasmo, marcha con botas de charol por el áspero sendero del maestro. Pero no se le ha ocurrido sino al Sr. Ayala que el converso fije sus miradas en la esposa del apóstol, y éste le preste, sin saberlo, todo su valioso apoyo para la consumación de su propia deshonra, originándose de aquí un enredo tan sencillo é interesante como el de El tejado de vidrio.

¿Quién no ha presenciado y aun intervenido en alguna de las contiendas que el interés del dinero riñe á cada instante con los sentimientos generosos y los afectos dulces del corazón? El interés—que responde á uno de los aspectos repugnantes de la naturaleza humana—no es un vicio peculiar de nuestra época; mas no hay duda que en nuestra época presenta caracteres singulares y dignos de atención. La codicia ha tomado en el transcurso de los tiempos formas más sutiles y corteses; se ha acicalado un poco, y se la conoce hoy con el nombre inofensivo de negocios. Nadie mejor que el Sr. Ayala ha sabido describirla, poniéndola en lucha con la pasión más divina y humana al mismo tiempo, con el amor, en El tanto por ciento, la más trascendental sin duda, y en concepto de muchos, la más bella de sus obras.

Apenas pasa un día sin que necesitemos estrechar la mano de una de esas niñas angelicales que van á pie por Recoletos, lanzando miradas furtivas y ardorosas á los carruajes que cruzan. Á veces la vemos acompañada de un joven de modesto porte y mirada franca. Es su novio, nos dicen; un muchacho que sigue la carrera de médico y está empleado en una sociedad de ferrocarriles. Después de escuchar la noticia pasamos á otra conversación. Más tarde nos dicen que aquella niña se ha casado con Fulano de Tal, un conocido nuestro y hombre acaudalado. Más tarde la vemos en un palco del Teatro Real ó en un carruaje de la Castellana, y le quitamos desde lejos el sombrero. Más tarde vemos á su marido acompañando á otra mujer, hermosa y cubierta de galas. Más tarde la encontramos en una casa, nos saluda con afecto, se muestra un poco expansiva y nos dice que no es dichosa en su matrimonio. Y el joven estudiante, empleado en ferrocarriles, ¡ay! ni por casualidad vuelve á parecer por nuestro pensamiento! ¿Dónde está?—Á lo mejor vemos su nombre en un periódico. Le han nombrado presidente de una comisión científica. ¡Pluguiera á Dios que le nombrasen también hombre feliz!

¡Qué historia tan vulgar! Y, sin embargo, con ella se ha formado una de las obras más admirables del teatro moderno.

Consuelo era uno de esos ángeles que piensan mucho en su porvenir, «y no se empalagan nunca de sí mismos cuando se miran al espejo». Fernando la amaba con toda su alma, como aman los hombres sensibles y honrados, sin empalagarse jamás de pensar en ella. Fernando llega un día á casa de su amada después de larga ausencia. Consuelo se desmaya al verlo. ¡Qué corazón tan puro! Examinad bien ese corazón, no obstante; dadle muchas vueltas en la mano, y percibiréis en cierto paraje una ligera picadura. Por allí ha penetrado el gusano de la vanidad. Arrojad, arrojad pronto ese corazón. Dentro de él ya no hay más que podredumbre.

¡Pobre Fernando! Acaba de recibir la primera pedrada que el egoísmo arroja á la inocencia en este mundo! Consuelo, aquella niña que había visto por vez primera sentada al piano,

«muy sorprendida y risueña de que mano tan pequeña moviese tan grande estruendo»,

aquella niña que se había filtrado en su alma como un rayo de luz, no era un rayo de luz de los cielos, sino de las hogueras del infierno. El oro que Fernando despreciara por no manchar su conciencia, lo había recogido Ricardo, y Ricardo había decidido pedir la mano de Consuelo por conducto de Fulgencio, el mismo día que llegó Fernando. Consuelo á su vez había decidido casarse con Ricardo. ¡Qué tiene esto de particular! ¿Acaso es la primera niña que deja un novio y toma otro? Así razonaba ella con profundidad que encanta y admira á Fulgencio, hombre muy bien afinado con el sentido moral predominante en nuestra sociedad.

Hay una escena violenta entre Consuelo, Antonia su madre y Fernando. Antonia, que amaba ya á éste como á un hijo, se desmaya; pero Consuelo se había comprometido á salir en carruaje con Fulgencio, la señora de éste y Ricardo, y no tiene más remedio que marcharse apenas vuelve su madre á la vida. ¡Ay! ¡Fernando la ha perdido para siempre... y su madre también! Así terminó el acto primero.

Ricardo era un hombre frío, imperioso y egoísta. Nada tiene de extraño que Consuelo se enamorase de él perdidamente. Ricardo, pasada la luna de miel, considera á su mujer como el mueble más elegante de su casa. Una vez satisfecha su vanidad por esta parte, era imprescindible satisfacerla por otras, y al efecto dedica su amor y sus brazaletes á una renombrada cantante. Consuelo sorprende una carta y paladea todo el amargor de los celos. Fulgencio, el dulcísimo Fulgencio, tiene la buena ocurrencia de convidar á comer en su casa (donde comían también Ricardo y Consuelo) á Fernando. ¡Con qué jovial indiferencia había escuchado Consuelo esta noticia! Al saber Fernando que va á sentarse á la mesa en compañía de Ricardo y Consuelo, trata de irse.

Ya es tarde. Consuelo penetra en la habitación y experimenta una ligera sorpresa, de la cual bien pronto se repone. Mientras Consuelo habla con Fulgencio para informarse del concierto donde canta su rival, Fernando, apoyado en una silla, no despliega los labios. En este silencio tan natural, tan delicado, tan conmovedor, se revela bien claramente lo poeta que es el Sr. Ayala. Un autor observador no hubiese dejado nunca de hacer prorrumpir al desdichado amante en desesperadas exclamaciones, que destruirían enteramente el efecto de esta interesantísima escena.

Fernando no quiere quedarse á comer, y Consuelo lo despide diciéndole:

«Pues, Fernando, que nos veas antes de irte; no seas ingrato...»

Todos nos hemos oído llamar ingratos de esta suerte por alguna hermosa dama; pero todos conocemos también la trascendencia de la suave y distraída sonrisa que suele acompañar á este adjetivo. Por eso Fernando cae desolado en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. ¡Cómo la ama todavía!

Consuelo, ofuscada por los celos, se arroja á dárselos á su marido con Fernando, suponiendo que éste, amante suyo en otro tiempo, era el mejor para el caso. En presencia de Ricardo le escribe una carta invitándole á que venga á visitarla, y entrega el billete á Ricardo para que lo remita á su destino (esto es, para que lo lea). Pero Ricardo no lee el billete, porque ha leído ya todo lo que necesitaba en el alma de Consuelo, y lo deja intacto sobre la mesa. Llega Fernando, y Fulgencio, que había recogido el billete, se lo entrega.

¡Por qué se habrá escrito una carta tan infame! Parece increíble que dos renglones de una letra menuda y desigual vuelvan el entendimiento y hasta el corazón del revés. Yo, sin embargo, lo creo á pie juntillas. Fernando se sorprende, se acalora, se llama infame, delira... y resuelve acudir á la cita. Da fin el acto segundo.

Es de noche. Lorenzo, el criado de Ricardo, después de haber acompañado al Teatro Real á Consuelo, se entretiene en coloquio amoroso con Rita la doncella. Algunos tildan de larga esta escena. Yo la encuentro tan extraordinariamente bella, que nunca me he fijado en sus dimensiones. El suave donaire, el sosiego y la frescura de esta escena son medios artísticos de gran delicadeza para que la aparición del drama cause efecto más seguro. El drama aparece con la entrada repentina y violenta en la escena de Consuelo. Se dirige al armario de sus joyas, y pide con voz temblorosa la llave á Rita. En el teatro había visto á su rival luciendo un aderezo muy semejante al suyo, y viene á saber si es el mismo. El aderezo no está en el armario. En el mismo instante aparece Fulgencio, que de acuerdo con Ricardo, era portador de otro aderezo igual y una mentira. El portador recibe en pago de sus buenos oficios algunas injurias, y Consuelo se queda á solas con su amargura y sus celos abrasadores. ¡Cuán lejos estaba su pensamiento en aquel instante de Fernando! Y, sin embargo, en aquel instante Fernando entraba en la casa, subía la escalera, alzaba la cortina del gabinete. ¿Qué venía á hacer allí? Consuelo, la misma Consuelo, cuya mano había escrito una carta llamándolo, se lo pregunta con sorpresa.

Fernando venía á apurar las heces de aquel cáliz que el destino le presentó al enamorarse de Consuelo. Venía á saber que no sólo no había sido amado jamás, sino que su amor había servido en esta ocasión de señuelo para atraer al precioso é irresistible Ricardo. ¡Y la mujer que se cebara con tanta saña en su pobre corazón estaba allí, la tenía delante de sus ojos siempre con su rostro dulce y angelical! Fernando se para á meditar el estrago que aquel rostro dulce y angelical ha hecho en su alma, y se sienta con tranquilidad aterradora en una silla. ¿Qué intenta? ¿No repara que Ricardo vendrá muy pronto? ¡Qué importa! «Hoy habrá penas para todos», dice con sonrisa feroz el desdichado amante. Y ni las amenazas ni las súplicas de Consuelo le conmueven. Mas al fin le disuaden de su propósito las lágrimas de Antonia, de aquella pobre madre que había protegido su amor en otro tiempo.

«¡Triunfa el crimen. ¿Quién lo duda, si hasta le prestan su ayuda la virtud y la bondad!»

exclama Fernando al partir. Llega Ricardo, y sin sospechar siquiera, ó si lo sospecha sin dársele nada de los atroces tormentos que sufre Consuelo, se despide de ella para París. Se va á París con su querida. La infeliz esposa se arroja á los pies del marido, y con sus lágrimas y ruegos quiere retenerlo. Todo es en vano. Las lágrimas pueden mucho con los hombres que tienen corazón, pero nada con los que no lo tienen. Se va Ricardo y aparece Fernando, que por haber hallado la puerta cerrada, tuvo necesidad de presenciar la escena anterior desde la habitación contigua. A él se dirige la infeliz Consuelo pidiéndole perdón. Pero Fernando, el humillado y escarnecido Fernando, ¡cómo se ha de compadecer de sus tormentos, cómo se ha de apiadar de ella! Se va Fernando como se había ido Ricardo. En aquel amargo trance, ¿á quién acudir? ¿Quién podía compartir con la desventurada esposa el dolor de aquel fiero abandono? Tan sólo su madre, su tierna madre, que tanto la amaba. Mas al dirigirse á su habitación, Rita sale de ella dando gritos y pidiendo socorro... Su madre se había ido también á otro mundo mejor!

«¡Dios mío! (exclama Consuelo desplomándose) ¡Que espantosa soledad!»

Sí: la soledad espantosa que el egoísta va formando en torno suyo en esta vida. El desenlace no es artificioso ni violento: es un desenlace sencillo, natural y lógico. Obsérvase en él sobre todo la austeridad que debe acompañar á una catástrofe interior más que exterior. Pero esa misma austeridad lo hace infinitamente más conmovedor. Aquella figura sola, terriblemente sola enmedio del escenario, que cierra los ojos para mirar á su alma, y se desploma lúgubremente sobre el pavimento, es una figura verdaderamente grande y patética.

He relatado adrede el argumento de Consuelo, por ser éste tal vez la más sencilla y corriente de las historias que el Sr. Ayala ha elegido para tema de sus obras. El cómo de esta historia tan vulgar se ha hecho una obra dramática tan primorosa y exquisita, yo no puedo explicarlo. Vayan ustedes al teatro, y allá verán cómo se ha hecho. El Sr. Ayala nos trasporta á todos á las tablas con los mismos cuerpos y almas que tenemos; y sin dejar de ser los mismos pobres diablos que nos empujamos por las tardes en Recoletos y tomamos el fresco por las noches en los jardines del Buen Retiro, quedamos por arte de birlibirloque trasformados en personajes interesantes y poéticos. Casi estoy por asegurar que el Sr. Ayala sería capaz de presentar en la escena una discusión del Ateneo, con discurso de Perier y todo, y hacer que todos estuviésemos embargados y suspensos escuchándola.

Mas yo, que sé decir todas estas lindas cosas de un poeta, me pinto solo para decir las feas cuando por desgracia las encuentro. Y si no, van ustedes á ver.

Las obras todas del Sr. Ayala dejan percibir, desde el comienzo hasta el fin, al artista de corazón y al poeta de nacimiento; mas en ninguna de ellas se revela el ingenio poderoso que señala ó determina, impulsado por una fantasía viva y espontánea, nuevos é ignotos derroteros para el arte. Estos ingenios, que aparecen de tarde en tarde, son por regla general fecundos, desordenados, sublimes muchas veces, monstruosos y extravagantes otras, pero siempre grandes y admirables. No concurren estas circunstancias en la inspiración del Sr. Ayala, por lo cual, á mi entender, no debe ser comprendido entre tales ingenios, sino mejor entre aquellos otros que arrojándose con criterio más seguro, pero con menos inventiva y atrevimiento, por las vías trazadas por los primeros, las asientan y perfeccionan.

Caracterízanse las obras del Sr. Ayala por una perfecta regularidad y proporción entre todas sus partes, por un orden acabado en el desenvolvimiento de la fábula, y principalmente por una discreción nunca desmentida en todo cuanto dicen y ejecutan sus héroes. Es una discreción pasmosa. Declaro, no obstante, ingenuamente que tanta discreción me llega algunas veces á fatigar. Hay ocasiones en las obras de arte en que el lector desea que el artista le sorprenda por un golpe de mano atrevido de la imaginación, aunque sea por un disparate estupendo. Llegan momentos en que realmente siente uno la nostalgia de Grilo. Todo menos ese compás que el entendimiento—no la fantasía—va marcando fríamente al través de los parajes de una obra. En las de nuestro poeta percíbese con harta claridad la mano que escribe y que borra, que torna á escribir y torna á borrar. El arte es de todo punto necesario, pero conviene siempre ocultar esa mano entrometida, para que las gentes, en vez de arte, no den en llamarle artificio.

Mas si la inspiración del Sr. Ayala no tiene ni el calor ni la fuerza que la de nuestros grandes dramaturgos del siglo XVII, en cambio hay en ella tanta dulzura y elegancia que no puede menos de ser amable para todo el mundo, aun para aquellos que, como yo, prefieren lo grandioso á lo correcto. Me gustan más, lo confieso, los aromas penetrantes de un bosque de naranjos y limoneros, de acacias y magnolias, pero también aspiro con delicia el perfume suave y delicado de las flores que crecen en los tiestos. Me gustan más las tierras que naturaleza hizo fértiles, pero me agradan también mucho las que lo son por la diligencia y el esmero de su dueño.

Tiene, á más de dulzura y elegancia, la inspiración de nuestro poeta un no sé qué de buen tono, un cierto dejo aristocrático que al trasmitirse á sus obras se filtra también en el alma de los espectadores. Cuando salgo de verlas en el teatro, aunque vista camisa de color y americana, sin saber por qué, me figuro que estoy vestido de frac y corbata blanca, y al poner al pie en la calle me extraña grandemente que no me espere para llevarme a casa un ligero y elegante landó con dos caballos.

Hasta las sesiones del Congreso de Diputados notan la presencia de nuestro poeta cuando toma asiento en el sillón presidencial, reduciéndose á ser más amenas y correctas. Hay algunas, no obstante, que saben resistir con buen éxito á la influencia artística del presidente. ¡Cuántas veces le he visto al declinar la tarde, con sus dos maceros detrás, bostezando una de estas rebeldes sesiones! Así que llega á persuadirse de que ni sus efusivos bostezos ni las miradas distraídas que pasea por el ámbito de la sala logran enternecer á la empedernida sesión, el señor Ayala adopta, como es natural, las medidas que la prudencia y su alta representación aconsejan. Se echa hacia atrás, y apoyado el codo en el brazo del sillón, deja reposar blandamente la mejilla sobre la mano. Sus ojos permanecen abiertos, muy abiertos, pero su abundante cabellera empieza á descender con lentitud por el suave declive de la frente, y en breve tiempo logra invadir la mayor parte de aquel rostro literario más que político. Al poco rato, sobre la silla presidencial ya no se ven más que cabellos. El Congreso está presidido por una melena.

La luz que poco antes entraba á torrentes por los medios puntos abiertos en las alturas del salón, empieza á retraerse disgustada de la inflexibilidad del reglamento. Lo primero que deja sumido en la sombra es la cabellera del presidente. Pasa con la mayor indiferencia por encima de la «orden del día», que se halla extendida sobre la mesa, y baja culebreando y con mucho cuidado para no hacerse daño por la charolada madera de la tribuna hasta el redondel, ó como se llame. En el redondel no están más que los taquígrafos, gente de escasa importancia. La luz los mira de reojo y con altivez, y marcha hacia el banco azul, donde se encuentra á la sazón un ministro. La luz se apercibe un momento, como para poner los papeles en orden, y de repente se encara con él, interpelándole:—¡Eh! señor ministro, ¿qué noticia tiene S. S. de los desórdenes ocurridos en Navalcarnero? El ministro, como acontece siempre en tales casos, frunce las cejas, arruga la nariz y cambia inmediatamente de postura. La luz marcha poco satisfecha del ministro. Bien se le conoce en la mirada severa y rápida que lanza de una vez á toda la derecha. Esta mirada va á extenderse también á la izquierda, mas la luz allí se encuentra casi sola y se quiebra, y se sume tristemente en el terciopelo de los bancos. Después se pone á escalar con trabajo las paredes, deteniéndose en cada relieve y en cada adorno para tomar aliento. Después se asoma á la boca de las tribunas, y al ver su negrura renuncia de buen grado á esclarecerlas. Sin embargo, allá enfrente, en la tribuna de la presidencia, muy cerca de una columna, se ve una cabecita blonda, una cabeza de mujer. La luz, sin respeto alguno á lo sagrado y augusto del recinto, se detiene frívolamente á jugar con aquella cabeza, y ahora se empeña con malicia en herirla en los ojos para hacerla sonreir, ahora se entretiene en retozar con sus cabellos, ahora la baña pérfidamente con viva claridad, logrando ruborizarla. ¡Ay! ¡quién no se ha detenido alguna vez en su vida á jugar con una cabecita blonda, sin pensar en el tiempo que pasa! El tiempo que pasa obliga, no obstante, á la luz á abandonar aquella cabecita, y se despide de ella con un prolongado beso, primero en los labios, después en los ojos, después en la frente, después en el pelo. ¡Adiós! ¡adiós! Sube un poco más y llega al techo. Allí se para un buen espacio, y medrosa quizá de los grifos y cariátides, tiembla y se estremece, lanza vivos y vacilantes reflejos que iluminan por momentos todos los ángulos, todos los huecos del vasto recinto, arroja con furia oleadas de sombra á todas partes, y esparce el terror y el misterio por los rostros y las figuras de los cuadros. Después, sin saber por dónde, se va como si fuera un duende.

El Sr. Ayala, bien guarecido detrás de su melena, contempla absorto en esta hora el viaje interesante de la luz. Nadie diría, al verlo con los ojos desmesuradamente abiertos é inmóviles, que preside una sesión de diputados de carne y hueso, sino un congreso de fantasmas y de espíritus.

¡Y quién sabe si lo presidirá! ¡Quién sabe si de allá, de los negros rincones de la estancia, saldrán flotando mil imágenes tristes ó risueñas, de todos colores y apariencias, que irán á formar en el aire y delante de nuestro presidente una mágica asamblea! Siendo así (que me perdone el orador que use á la sazón de la palabra), yo asistiría con más gusto á esos debates invisibles del espacio que á los que debajo de ellos se efectúan.

Illustration from Semblanzas literarias
Illustration from Semblanzas literarias

D. VENTURA RUIZ AGUILERA

I

A ilustre escritora francesa princesa de Ratazzi afirma, en su último libro sobre España, que el Sr. Ruiz Aguilera es un joven de muchas esperanzas. Lo mismo se decía de él allá por los años de 1840 ó 1842. De lo cual se deduce muy naturalmente que el Sr. Aguilera, en punto á juventud, se ha adelantado muchísimo á su siglo, haciendo dar un salto prodigioso á la vida media del hombre; ó bien que la ilustre princesa de Ratazzi no está por completo en lo firme al estampar tal noticia. Después de conocer personalmente al Sr. Aguilera, me siento inclinado á pensar lo último, á reserva, no obstante, de reformar mi juicio en el caso de que la egregia escritora alegase nuevos datos ó probara en cualquier forma su aserción. De todas suertes, quiero hacer constar que es la primera vez en mi vida, y plegue á Dios sea la última, que en público ó en privado me separo á sabiendas de la opinión de una princesa.

L
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D. Ventura Ruiz Aguilera (á quien interinamente consideraremos como hombre ya entrado en días) ha tenido la mala ocurrencia de nacer poeta. Mejor le hubiera sido nacer contratista de obras públicas.

Como es fácil de comprender, una vez dado este mal paso, no tuvo otro remedio que atenerse á las consecuencias, trabajando mucho, viviendo modestamente, y viéndose al fin de su carrera olvidado del bullicioso mundo, cuyas orejas ha regalado tantas veces con su cántico. Y aún se da por contento el pobre con que le dejen abrir por las mañanas el balcón de su cuarto del barrio de Pozas para recibir el sol, que como un niño inquieto y revoltoso entra sin pedir permiso, y todo cuanto hay dentro quiere registrar y palpar en un instante; con que le dejen por las noches sentarse en su butaca, y mirar atentamente los penachos de humo que forman los carbones encendidos de la chimenea, y tomar alguna que otra vez la pluma para trasladar al papel lo que aquellos penachos, tan mudos al parecer, le cuentan. Durante el día está en la oficina. ¡Ay! ¡Qué poeta se escapa en este siglo de la oficina! Podrá revolotear locamente en los primeros años de su vida, como el pájaro que incautamente penetra en una sala. Mas no consigue nada con volar de aquí para allá, lanzándose con ansia una y otra vez al espacio en busca de aire y libertad. Los dueños de la casa no tardan en cerrar los balcones, para acosarle después á su sabor en ruidosa zalagarda con toallas, pañuelos y sombreros por todos los ángulos, hasta que, rendido y jadeante, cae en poder de una mano brutal que inmediatamente lo encierra en una jaula. Allí lo podéis ver todo el día informando expedientes del modo más deplorable que le es dado.

Dicen que allá en otro tiempo, hace ya muchos siglos, existió una nación llamada Grecia, donde los poetas, lejos de ser perseguidos, representaban el papel principal en todas partes, hasta el punto de que no se promovía empresa ó se preparaba fiesta sin contar con ellos, ni se realizaba hecho alguno político sin su intervención. Los mismos contratistas de obras públicas, cuando tropezaban con un poeta en la calle, se quitaban el sombrero y le hacían un saludo muy reverente, y á un general famoso que había vertido su sangre en cien combates, no había que hablarle de sus hazañas y victorias, porque esto era ponerse mal con él, sino de tales ó cuales coplas que había presentado en un certamen, y que los jueces con señalada injusticia no habían querido premiar. No satisfechos aquellos hombres con prodigar á los poetas en vida toda clase de mercedes y honores, solían después de muertos erigirles estatuas que colocaban en los templos, ni más ni menos que si fuesen dioses, y no pocas veces aconteció pasear una de estas estatuas en un espléndido carro por todo el país, enmedio del entusiasmo y los vítores fervorosos de la multitud.

Si alguno de los poetas de ahora, por ejemplo el Sr. Grilo ó el Sr. Blasco, pensasen que saco todas estas cosas de mi cabeza, yo les juro por mi vida que son la pura verdad, ó que por tal la dan al menos las historias más corrientes. En verdad que fué aquélla una época próspera y dichosa para los poetas. Bien se puede asegurar que no volverán á verse en otra.

Los romanos, que sucedieron á los griegos, continuaron honrando y enalteciendo á los poetas, aunque ya con bastante menos ardor, porque andaban sumamente atareados con sus guerras y expediciones.

Vinieron después los bárbaros, incapaces por entero, como su nombre lo indica, de entender al señor Revilla, ni menos tomar parte en los debates del Ateneo.

Pues aun á los bárbaros les gustaba la poesía. En sus fiestas más ruidosas, en sus orgías más desenfrenadas y brutales, llegaba un momento de desmayo para el cuerpo y excitación para el espíritu; un momento en que la imprecación expiraba en los labios, la copa se desprendía suavemente de las manos, y los ojos buscaban distraídos y arrobados los postreros rayos de la luz. En aquel momento aparecía entre tanto rostro fiero un semblante dulce, expresivo y circundado de dorados bucles, donde brillaban unos ojos tristes y misteriosos. Era el poeta. Todas las miradas sentían necesidad de posarse sobre él, y todos los corazones se creían en la obligación de amar á aquel ser débil y extraño, que de parte de Dios venía á desenterrar los nobles sentimientos que dentro de ellos se hallaban sepultados. Estos corazones era lo único que se movía, lo único que sonaba imperceptiblemente en la estancia al comenzar su canto el trovador. Fuera sonaba el viento y sonaba el mar. La canción del poeta les hablaba de su Dios, de su patria, de su amor, de todas las cosas en que el cielo y la tierra parecen confundirse, como allá á lo lejos en el rojizo horizonte. Y de aquellos ojos, poco antes inyectados de sangre por la cólera, saltaba á veces una lágrima que podía contar, si quisiera, muchas cosas de aquel sitio en que el cielo y la tierra se confunden.

Cesaba el canto. Las cuerdas del laúd seguían vibrando melancólicamente un momento, y después también cesaban. Alzábase un murmullo en la estancia, y muchas manos grandes y velludas alargaban doradas copas al buen trovador. El vino chispeaba en la copa, y la alegría chispeaba en los ojos del trovador al beberlo. Pero la luz moría, y aún le quedaba algún camino que andar. Por eso, enmedio de bendiciones y roncos adioses desaparece de la sala. Si alguno de los alegres convidados quisiera asomarse poco después á una de las ventanas del castillo, tal vez podría verle ocultarse lentamente allá en el rojizo horizonte.

También en nuestras fiestas y banquetes llegan momentos de fatiga y tristeza: que es la alegría como un río impetuoso, que no puede menos de reposar alguna que otra vez en un sombrío remanso. Mas cuando llega uno de esos remansos, he aquí que entra por la puerta de la sala un grupo de botellas rebujadas en papel de estaño. Los criados se apresuran á desembozarlas, suenan algunas detonaciones y se esparce por las copas un licor muy ruidoso y fanfarrón, pero insípido y embustero. Los convidados, no obstante, se regocijan y alborozan de nuevo; ríen, cantan, patean, dicen chistes y se tiran los platos á la cabeza. ¡Oh! No cabe duda, el champagne ha reemplazado perfectamente al trovador.

Que la poesía no ha muerto bien lo sé. La poesía es inmortal. Pero que la estimación concedida al poeta va muriendo, muriendo hasta convertirse en la sombra de una nada, tampoco puede dudarse. El poeta, en nuestra sociedad, va siendo cada día más singular y anómalo. Es un ser que, como el Hijo de María, no encuentra una piedra donde reclinar la cabeza. Siguen naciendo poetas como antes, pero ya nadie se dedica á poeta, porque caería en ridículo quien tal hiciese. Un poeta, en la actualidad, no es un poeta; es un diputado constitucional, un ex-ministro, un presidente del Congreso, un gobernador civil ó un empleado del Banco que escribe versos. Lo cual, hasta en concepto de ellos mismos, no pasa de ser una flaqueza, inofensiva de todo punto. Cuando encontráis á cualquier poeta amigo en la calle ó en un tranvía, y entabláis conversación con él, lo que soléis preguntarle es si hay esperanza de que su partido suba al poder ó de que caiga, si le han ascendido, qué sueldo tiene ahora, cuántas horas de oficina, etc., etc. Si por casualidad os ocurre preguntarle por sus versos, veréisle ruborizarse un poco, mirar al suelo, sonreirse y mover la cabeza á un lado y otro.—«Phs... Estos días atrás he escrito una cosilla... una tontería... Ya se la leeré á usted cuando vaya á almorzar conmigo.»—Á lo mejor esta tontería es La lira rota ó El Raimundo Lulio, ó La leyenda de Noche-buena ó El nudo gordiano.

Este desprecio que de sus mismas obras hacen los poetas, tiene una explicación. Es que en la época actual, sin saber cómo y á su despecho, el alma del contratista de obras públicas ha trasmigrado al poeta. El contratista que entra con un amigo (solo no entra jamás) en la librería de Fe, al contemplar tanto libro apilado en los estantes se ve necesariamente acometido por una reflexión que está siempre emboscada detrás de los libros para caer de improviso sobre todos los contratistas.—«¡Cuánto se escribe hoy!» medita. Y sumido hasta el cogote en tan honda consideración, empieza á tomar libros y á soltarlos, después de darles algunas vueltas en la mano y leer el título en voz alta, hasta que viene á sacarle de sus cavilaciones y maniobras la amabilidad del Sr. Fe (que es mucha) mostrándole las novedades del día.

—Vea usted; aquí tiene La última lamentación de lord Byron...

—Por Gaspar Núñez de Arce (dice el contratista leyendo por encima del hombro del Sr. Fe). ¡Hombre, sí! Este ha sido secretario de la Presidencia. Le conocí mucho cuando estuvo de gobernador en Barcelona. Es hombre despejado...

—Ha llamado mucho la atención este su último poema.

—¿Sí?... Pues me lo llevo (arrollándolo como un plano de carretera).

Si tuvieseis tiempo para ir conmigo aquella misma noche á cierta alcoba lujosamente decorada, veríais un hombre acostado en una cama, con La última lamentación de lord Byron en la mano. ¡Qué paz y sosiego reinan en la fisonomía de aquel hombre! ¡Qué gorro de dormir tan admirable ciñe sus sienes! ¡Qué luz tan suave esparce el quinqué sobre el vaso de agua, el azucarillo y las galletas inglesas! ¡Qué aire tan respetuoso y sumiso tiene el almohadón de plumas que está tendido á sus pies!

Mas apenas hacéis atropelladamente estas observaciones, cuando se escucha un fuerte resoplido, y la alcoba queda á oscuras.

En la alcoba hay todavía un espíritu que dice muy bajo á las tinieblas:—«Lo más que habrá sacado ese hombre con tanto verso son cuatro ó cinco mil reales...»

Poco después no queda más que un cuerpo roncando.

II

Decía más arriba, á vueltas de una digresión con la cual no contaba, que el Sr. Aguilera había nacido poeta. Añado ahora que nació poeta dulce, ameno, delicado y tierno. En la resignación y sosiego que se observa en todas sus composiciones trae al recuerdo al maestro Fray Luis de León y á San Juan de la Cruz. Los huracanes de la vida no han formado jamás en su alma medrosas tempestades. Las nubes volaron ligeras por ella, dejando siempre descubierto un fondo azul. Y en ese fondo azul, reverberante de luz, nadan como brillante polvo de oro los más gratos sueños y los más nobles sentimientos del corazón. Y ese fondo azul, esa eterna y pura alegría del alma es la que se descubre bajo todas las composiciones de Aguilera, aun bajo aquellas que están inspiradas por un sentimiento triste.

Mirad á un cielo azul: ¿qué es lo que veis? Lo primero que se ve en un cielo azul es á Dios. El autor de estas líneas cree haberlo visto algunas veces cuando niño, á fuerza de abrir mucho los ojos hasta que le dolían, y pasando horas enteras tendido con el rostro vuelto al firmamento. Después, viniendo los años, perdió la costumbre de pasar las horas enteras mirando hacia arriba, porque necesitaba á todo trance estudiar la ley de organización del poder judicial. Y sucedió que, en cierta ocasión en que muy festejado y risueño se tendió como antes para verlo, no lo consiguió. Pero allí estaba. Lo sabe porque otras veces miró con semblante mucho menos risueño y lo halló fácilmente.

De la misma manera, lo primero que se encuentra en el fondo azul del Sr. Aguilera es á Dios. No busquéis en sus composiciones arrebatos místicos, ni explosiones de entusiasmo por la fe ni encendidas diatribas contra el impío, ni siquiera gritos del combate con la duda amarga. Pero late en ellas el amor sincero á lo divino, porque son tiernas, sencillas y bellas, y Dios no puede estar lejos de lo que es tierno, sencillo y bello. Los cuatro versos de algunos de sus cantares infunden más fe en el alma que cien tomos de controversia teológica. Son cuatro versos que abren por un instante las diamantinas puertas del cielo y dejan entrever lo que hay dentro. ¡Qué más se les puede pedir!

Cuando trata directamente un asunto religioso, como en la Leyenda de Noche-buena, lo hace con una verdad, con una sencillez, con un sentimiento tan vivo y tan fresco de los inefables misterios de la Religión, que necesitamos acudir á los recuerdos de la infancia para hallar algo parecido en nuestra alma.

El Sr. Aguilera, en este caso, es un hombre que describe y expresa con fidelidad asombrosa los frescos y puros conceptos de un niño. Léanse, en confirmación de mi aserto, los siguientes versos que tomo de esta leyenda:

—Golondrinas que en rápido vuelo, Os tendéis por la atmósfera azul: ¿Dónde vais, dónde vais, golondrinas? A quitar las agudas espinas De la angustia que siente Jesús. —Si Jesús en Belén ha nacido Coronada su frente de luz, ¿Qué corona, decid, golondrinas, Qué corona de agudas espinas Atormenta al divino Jesús? —Si los hombres sois ciegos del alma Y con ella no veis su dolor, Viendo están, viendo están golondrinas, Que aunque niño, corona de espinas Ya en su espíritu lleva el Señor. Hoy nosotras, con pío amoroso, Templaremos su interna aflicción; Vendrá un día que irán golondrinas A quitar en la cruz las espinas Que la frente herirán del Señor.

¿Qué más se ve en el fondo azul del señor Aguilera?—El amor á su patria; el amor á la tierra española.

¡La patria! ¿Qué es la patria?—La patria es un hombre andrajoso y sucio que se estrecha con efusión en una soledad de América ó de Asia; la patria es una frase de desprecio que se pronuncia allá muy lejos, donde no brilla el sol ni huele el azahar, y hace correr la sangre por el suelo; la patria es un canto que suena de noche en una ciudad de Inglaterra ó Alemania, haciendo saltar una lágrima á los ojos de un hombre que lee en su gabinete; la patria son unos batallones de soldados barbilampiños y morenos que llegan de Africa, y entran en Madrid con música y banderas desplegadas; la patria es el gentío inmenso que se arroja gritando á su paso, ebrio de entusiasmo y orgullo; la patria, últimamente, es una cosa que no se puede definir, como acontece con otras muchas.

¿Los españoles tenemos patria?—Unas veces se me antoja que sí; otras que no. Lo que no ofrece duda es que trabajamos todo lo posible por no tenerla. Hace muchos años que los españoles empleamos lo mejor del tiempo en zaherir á nuestra patria con la lengua y con la pluma, y en desgarrarla con la espada. Sería un milagro que quedase todavía algo de ella.

Por otra parte, la patria ha pasado de moda. Los filósofos han demostrado recientemente que el sentimiento patriótico no se acuerda con las exigencias cada día más amplias y universales del espíritu humano. Es un sentimiento primitivo y grosero, que se aloja por lo común y arraiga con extremada fuerza en los hombres de inteligencia inculta y de carácter bravío.

Lleno mi espíritu de estas ideas cosmopolitas y filosóficas, enderecé mis pasos alguna vez al Museo del Prado. Mi objeto ostensible al dar este paseo era ver y recrearme con las pinturas que allí hay; mas en el fondo de mi corazón latía también el deseo de inculcar á los chisperos y manolos que figuran en el célebre cuadro del Dos de Mayo, de Goya, alguna de las ideas generales y comprensivas de que iba saturado. Es imposible imaginarse nada más salvaje que la actitud de aquellos chisperos desharrapados, con los brazos en alto, erizados los cabellos, los ojos amenazando saltar de las órbitas, frente á las bocas de los fusiles franceses, y gritando al parecer con todas sus fuerzas: ¡¡¡Fuego!!!

No conseguí mi objeto. En vano quise persuadirles de que aquella actitud, si bien en otra época tenía razón de ser, mirando al estado del progreso, en los momentos actuales era completamente inexplicable, y se hallaba en abierta oposición á la doctrina corriente entre los tratadistas. En vano les demostré como pude que el concepto de humanidad era superior al de patria, y que éste, como más limitado y primitivo, debía subordinarse siempre á aquél. No querían escuchar nada; no atendían poco ni mucho á mis razones, y quedaron, como es fácil colegir, tan ignorantes y bárbaros como antes. De tal modo, que aún podéis verlos cuando queráis, firmes en su cuadro y cubiertos de sangre, siempre con los brazos en alto y los cabellos erizados, gritando como energúmenos: ¡¡¡Fuego!!!

Mucho me holgaría de que lo que voy á decir en este instante no lo escuchase ninguno de los varones que siguen con ahinco y amor los pasos de la ciencia.

Cierta tarde en que me hallaba frente al mencionado cuadro, amonestando á aquellos salvajes, como tengo por costumbre siempre que me pongo al habla con ellos, me distraje al parecer con un rayo de sol, que vino de repente á herir á un manolo en el rostro. Al mismo tiempo una mosca grande y azulada empezó á zumbar confusamente algunas cosas á mi oído, y perdí el hilo del discurso. Sin saber por qué ni cómo, en aquel momento sentí mucho calor en las mejillas, comenzaron á latirme fuertemente las sienes, percibí cierto olor á pólvora, y sin saber también por qué ni cómo (¡qué vergüenza!), pienso que exclamé, dirigiéndome á los feroces chisperos: «¡Oh, amigos míos, quiero ser bárbaro como vosotros!» Afortunadamente no había nadie en la sala.

El Sr. Aguilera, al parecer, también quiere ser bárbaro, y escribe sus Ecos nacionales, inspirados en el amor vivo y ardiente de la madre patria. Estas composiciones fueron escritas en los años juveniles del autor, y aunque revelan, bastante inexperiencia artística, que en ocasiones semeja puerilidad, trasparéntase en ellas un sentimiento tan puro, un candor y una energía que cautivan y embriagan. Quizá si tuviesen más aliño no produjeran el mismo efecto. Están destinadas al pueblo, á ese pueblo español tan noble, tan altivo, tan feliz en otro tiempo, cuando el despotismo austriaco no había asentado su maldita planta en nuestro suelo. Haga Dios que algún día ese pueblo español salga de su letargo y se disipen los malos sueños que oscurecen su frente; no para conquistar tierra, que harta tenemos ya, sino para ser más dichoso dentro y más respetado fuera.

El pueblo ha pagado bien al Sr. Aguilera el amor que le profesa, dándole lo único que podía darle, su poesía. El pueblo expresa siempre su poesía en una forma muy breve y concisa. El pobre necesita trabajar, y no tiene tiempo á componer grandes trozos de versificación. Por tal motivo, se ha acostumbrado á decir mucho en pocas palabras, y acaso también por llevar un poco la contraria al Sr. Grilo. El arte supremo de iluminar vivamente el espíritu con cuatro versos, haciéndole columbrar dilatados y hermosos horizontes, no lo robó el Sr. Aguilera al pueblo, como se ha dicho; el pueblo se lo ha regalado, como desquite de una deuda de amor y de sacrificios. No es tan insignificante el regalo como algunos piensan, incluso quizá el mismo Sr. Aguilera. A mi juicio, son los cantares la obra maestra de nuestro poeta y aquella en que no ha tenido, ni tiene, ni es probable que tenga rival. Los cantares de Aguilera no morirán jamás, porque salen del fondo del corazón, y como él mismo dice con admirable delicadeza:

Cantar que del alma sale, Es pájaro que no muere; Volando de boca en boca Dios manda que viva siempre.

Volando de boca en boca, y acompañados de la guitarra, los he visto cruzar á menudo, unas veces tristes, otras alegres, pero siempre dulces y apasionados.

¿Qué más se ve en fondo azul del Sr. Aguilera?—El amor de la naturaleza. No hay que confundir el amor que Aguilera siente hacia la naturaleza con esa afición frívola y afectada, hoy tan en boga entre viajeros y bañistas, los cuales creen pagar su deuda de admiración á la naturaleza gritando sin ton ni son en todas partes: «¡Magnífico! ¡Delicioso! ¡Sorprendente!» y poniéndose una rama de madreselva en el sombrero cuando tornan del paseo. No; el Sr. Aguilera ama la naturaleza como ésta pide que se la ame, con sentimiento profundo y verdadero, con extática contemplación y fervoroso culto, con cierto misterioso terror que contrae el corazón y cierra la boca. Solamente á los que así la aman entrega el tesoro infinito de sus gracias. Así la ha amado Fray Luis de León, el inmortal autor de la Vida del campo, con quien guarda nuestro poeta, según creo haber indicado, un estrecho y singular parentesco, y así la amaron todos los ingenios que han sabido cantarla.

Mas el amor de la naturaleza para el Sr. Aguilera y para todos los que residimos en la corte es un amor platónico, porque no gozamos de sus galas y encantos. En Madrid hay unos árboles en el Retiro y unas montañas hacia Fuencarral que los miran por encima de las torres y las chimeneas. Lo que queda entre estas montañas y estos árboles no merece el nombre de naturaleza. En punto á naturaleza, los madrileños no deben alzar el gallo á nadie, porque el más zafio y miserable labriego de Asturias ó Galicia es mil veces más rico que ellos.

No obstante, sería poco decoroso despreciar lo que hay en casa. A mí me gusta mucho el cachito de naturaleza que posee Madrid. Aquellos árboles del Retiro son muy hermosos, digan lo que quieran. Son hermosos por la mañana cuando, regocijados y alegres con la salida del sol, bendicen la tierra sacudiendo sobre ella, como enormes hisopos; el rocío que vino por la noche á dormir en sus hojas. Son hermosos al mediodía cuando el sol los baña, los inunda con su luz amarilla, vistiéndolos de verde y oro, como si fuesen primeros espadas. Entonces los últimos vapores del rocío se disipan y se pierden en la atmósfera, la luz consigue penetrar por mil intersticios en su interior y los hace trasparentes como faroles venecianos, los troncos parece que están satinados, el sol dibuja con sus ramas negra y tremante red en la arena, y las hojas chiquitas de las puntas relucen como monedas de oro acabadas de acuñar. Son hermosos sobre todo á la tarde, cuando se destacan sobre el azul pálido del cielo con tal limpieza que parecen recortados á tijera por una mano invisible. Si os sentaseis debajo de uno de ellos á contemplar la muerte del día, veríais al principio regueros de luz que cambian á cada instante de cauce, corriendo primero por la parte baja de la copa, después por el centro, después por la cima, después por ninguna parte. La sombra lo envuelve en su manto protector, y el árbol, inmóvil y silencioso, se prepara á dormir, respirando con libertad en el ambiente fresco y húmedo. Más he aquí que de aquellas montañas del Guadarrama, un poco soñolientas también, llega una brisa áspera y fría, con el exclusivo objeto de darle las buenas noches. Una hojita que en el extremo de la rama más alta parece servir de vigía se estremece primero débilmente, después empieza á moverse con brío tocando á rebato, y todas las demás, advertidas de la presencia del emisario, comienzan á bailar alegremente, devolviendo su cordial saludo al Guadarrama. Cumplido este deber de cortesía, el árbol se abandona al reposo, y duerme á pierna suelta.

¡Qué hermosos están aun durante el sueño estos árboles, dibujando sus fantásticas siluetas en el oscuro azul de la noche! Acaso no sea todo oscuridad ni duerma todo en el interior de estos árboles. Reparando bien, tal vez percibáis el brillo suave é intermitente de una de sus hojas. Alzad los ojos al mismo tiempo, y veréis en el cielo un lucero tan brillante como presuntuoso. Retiraos, no seáis indiscretos.

Mas hágome cargo, aunque tarde, de que no estoy escribiendo la semblanza de los árboles del Retiro, sino del Sr. Aguilera, y paso inmediatamente á otro punto.

¿Qué más se ve en el fondo azul del Sr. Aguilera?

En ese espacio diáfano flotan como claras estrellas dos ojos negros, grandes, brillantes y serenos que podéis ver retratados en la hoja primera de sus Elegías y Armonías. Era una niña, era un pedazo del alma del poeta, la que en otro tiempo los hacía brillar con su sonrisa, los elevaba, los adormía, los ocultaba un instante en la sombra de sus pestañas y los hacía lucir de nuevo como dos rayos de sol que hieren el cristal de una fuente.

¡Cuántas veces os habréis sentado en las sillas del paseo de Recoletos! ¿no es cierto? Pues en verdad que no habrá dejado de revolotear en torno vuestro casi siempre un enjambre de niños que juegan corriendo unos en pos de otros y lanzando chillidos penetrantes, como golondrinas que se persiguen por el aire. Á fuerza de contemplar con mirada distraída aquella escena bulliciosa, concluís por fijaros en una niña de ojos y cabellos negros y vestido blanco. Os interesa su mirar melancólico y la suavidad y elegancia de sus movimientos. Al pasar á vuestro lado muy descuidada y risueña, la pilláis al vuelo por uno de sus bracitos y la atraéis blandamente hacia vosotros, la aprisionáis entre las rodillas, tomáis entre las vuestras sus diminutas manos, que parecen dos botones de rosa, y la acariciáis de mil maneras, interrogándola al mismo tiempo sobre el juego en que se divierte, cuál es su nombre, cuántos años tiene, cuántos hermanos, etc., etc. Al principio os mirará con ojos de asombro y temor, se negará resueltamente á contestar y tratará de arrancarse á vuestras caricias. Mas poco á poco irá perdiendo el miedo, y á los cinco minutos sois los mejores amigos del mundo. Á los diez ya sabéis que su hermano menor es un insoportable glotón, capaz de comerse la parte de dulces de todos los hermanos, y algunos otros gravísimos secretos. Al cuarto de hora, cuando su aya viene á llamarla y os presenta la mejilla para que la beséis, vuestra amistad está á prueba de desavenencias y disgustos. ¡Oh, bien se puede asegurar que durante este cuarto de hora no os aburristeis poco ni mucho! Mas cuando la veis alejarse dando graciosos brincos, ¿no ha cruzado por vuestra mente la idea de que pudierais tener una hija igual, y que podía morirse? Sí; con seguridad ha cruzado y habéis sentido todo vuestro cuerpo estremecerse de súbito con un movimiento de terror, y habéis medido con los ojos de la imaginación los profundos abismos del más fiero dolor, del dolor de los dolores.

Pues bien, figuraos que el padre de aquella niña es nuestro poeta y que la ha perdido. Otro hombre no hubiera podido hacer más que llorarla. Él la ha llorado y la ha cantado. Y su canto es el más armonioso, el más sentido, el más tierno que ha salido de su pecho. Las elegías que Aguilera dedica á la memoria de su hija, por el profundo sentimiento que guardan y por la delicadeza con que han brotado de la pluma, serán leídas mientras haya poesía. Parecen escritas como fueron sentidas, en el mismo instante en que el brillo de un lucero, los ecos lejanos de un organillo ó los lirios que crecen en un balcón traen á la memoria del poeta su dicha pasada y su desgracia presente. Detrás de aquellas páginas se escuchan realmente los sollozos. Voy á coger no más que dos perlas del collar, copiando las siguientes bellísimas composiciones:

Debajo de mis balcones Parábase el saboyano; Ella, la música oyendo, danzaba al sonido mágico, y yo de gozo temblaba como la hoja en el árbol. Debajo de mis balcones hoy se paró el saboyano; levantar le vi los ojos una, dos, tres veces, cuatro... ¡Y una, dos, tres, cuatro veces sin esperanza bajarlos! No mires á mis balcones: ¿por qué miras, saboyano, si ya no ha de salir ella á este balcón solitario, para echarte la limosna bendecida por su labio?... No mires á estos balcones, y si vuelves, saboyano, la voz del órgano apaga, y pase por Dios callando, pues yo no sé lo que tiene ¡ay! que no puedo escucharlo. * * * —¡Cómo tardan estos lirios, cómo tardan en dar flor!— Me decía muchas veces al regar los del balcón. —Cuando se abran, serán tuyos contestábale mi voz; y esperando el ángel mío, esperando, se murió. Vino Mayo ¡ay, no viniera! y los lirios del balcón su corola azul abrieron á los céfiros y al sol. Y las lágrimas brillaban que sobre ellos vertí yo, al dejarlos en la tumba donde tengo el corazón.

III

Y ahora, ¿qué voy á decir de los defectos del señor Aguilera? He pasado un rato delicioso escribiendo las anteriores líneas, sin curarme para nada de ellos. Ni yo lo he sentido, ni acaso el lector lo sienta tampoco. Encadenado al vuelo del poeta, vime suspenso un instante sobre la tierra. Pienso (Apolo me perdone la injuria) que fuí poeta el espacio de un relámpago. No es maravilla que me pese el salir de un grato sueño para dar con verdades frías y amargas. ¡Es tan triste acostarse poeta y despertar crítico! Pero Dios lo quiso, y el editor también. ¡Seamos críticos!

No satisfecho el Sr. Aguilera con expresar lo que sentía bien, verbigracia, los afectos más arriba indicados, quiso también cantar en más de una ocasión lo que sentía mal ó no sentía de modo alguno. De aquí han nacido todos sus defectos. En el crecido número de sus composiciones se encuentran no pocas endebles, fatigosas y descoloridas, sobre todo en el Libro de las sátiras, no tanto por falta de primor y elegancia en la forma (que rara vez acontece), como por falta de verdad y de brío en la inspiración. El Sr. Aguilera ha incurrido en un vicio, harto frecuente por desgracia en nuestra época; el de acudir á lugares comunes, á frases llevadas y traídas por todos los que comercian con las Musas. Los lugares comunes en filosofía admiten excusa y hasta prestan utilidad, mas en el Parnaso son rechazados y perseguidos como animales dañinos. No es posible encarecer bastante el horror con que las Musas miran la poesía de estereotipia, tan en boga al presente. Dicen ellas, y yo soy de su opinión, que cuando el poeta no tiene nada nuevo que decir ó no encuentra nueva forma en que expresarlo, debe callarse.

Puesto ya á censurar, también diré que el señor Aguilera introduce alguna vez en sus poesías lecciones de moral que encajarían mejor en una plática de Semana Santa. Una cosa es componer poesías, y otra dirigir pastorales á los católicos de una diócesis. También diré que acostumbra á desleir sobradamente los conceptos, dando esto por resultado el que se pierda, ó debilite al menos, el efecto que deben producir, comunicando al propio tiempo á sus composiciones cierta languidez, que alguno pudiera calificar de inanición. También diré que la afición á poner estribillo en una gran parte de sus poesías, produce en ciertos casos el efecto apetecido de moverlas y animarlas; mas en otros, quizá por rechazarlo la índole del asunto, ó por no acertar á poner el que conviene, las hace pueriles unas veces, y otras artificiosas.

Pero no diré más; que ya me voy avergonzando de echar en cara estas menudencias á un tan insigne y excelente poeta.

Illustration from Semblanzas literarias

D. GASPAR NÚÑEZ DE ARCE

UNQUE parezca descortés y hasta irreverente dar comienzo á la semblanza de un poeta con una apología de la prosa, tengo razones poderosas para escribirla, y la he de escribir, si en ello hubiera de irme la fama de atento y comedido. No la escribo porque tenga en aborrecimiento el verso; que el hecho mismo de consagrar mi pobre ingenio al estudio de los poetas dice bien claramente lo contrario. Tampoco porque juzgue, como algunos, que es el verso un lenguaje propio de la infancia de los pueblos y opuesto á la gravedad de nuestra época, y que ha de llegar un día en que desaparezca totalmente. Para mí el verso es y será eternamente el lenguaje genuino de la poesía. Y cuenta que lo dice un hombre tan pudoroso en esta materia, que para él las columnas de La Ilustración Española y Americana son selvas vírgenes donde nunca ha osado poner el pie: incapaz, por consiguiente, de meterse con nadie ni de escribir un mal soneto, á no ser que le hurguen mucho y de mala manera: en cuya fe quiere vivir y espera morir. Mas el verso, como todas las grandezas de la tierra, no necesita apologistas. Por el hecho de existir pregona su excelencia; mientras la prosa, la prosa vil, al tenor de las causas malas, necesita campeones que salgan á su defensa. No es bizarro el que ahora se presenta, pero sí bastante cazurro, y ha de suplir, ciertamente, con zancadillas y trazas de mala ley lo que le falta de arrojo. Mucho cuidado con él.

A
A

La prosa no es bonita, debo confesarlo, pero no me nieguen ustedes que es muy expresiva. Tiene las facciones abultadas é incorrectas, le falta majestad y dulzura en los movimientos, es áspera, indómita y arisca, todo lo que ustedes quieran; pero no me nieguen ustedes que es muy expresiva. ¡Oh, sí, es muy expresiva! El alma se ve muy pronto por sus ojos grandes y oscuros. En sus posturas descuidadas y caprichosas, en sus movimientos desordenados y bruscos, en sus arrebatos y en sus desmayos, hay á veces mucha gracia. Y luego, ¡tiene unas salidas! Nunca puede estar tranquila ni caminar con paso mesurado y sereno. Á cada instante se siente acometida por la necesidad de alargarlo ó acortarlo. Viene un período amplio, terso y sonoro, de esos que piden á todas horas los pseudo-clásicos, sin saber lo que piden; en pos de él, otro breve y palpitante como el corazón que lo dicta. Aparece uno suave y almibarado, como el requiebro de un adolescente, y á toda prisa surge detrás otro seco y áspero que le deja cortado. La prosa, en fin, odia de muerte la monotonía, y procura demostrárselo en cuantas ocasiones se presentan. Quizás por eso se eleva rara vez al cielo. El cielo es hermoso, pero es monótono.

Mas si no consigue volar por el cielo sereno y límpido, en cambio discurre admirablemente por la tierra. Alguna vez se mancha con sus lodos y se pincha con sus abrojos, pero sabe lavarse inmediatamente en sus claras fuentes, y curarse con el bálsamo de sus flores. No se desdeña de andar á pie por los parajes más escabrosos, ni penetrar en los lugares más humildes. A menudo se la ve pararse ante un objeto ínfimo y despreciable, iluminándolo y describiéndolo con amor. Á veces también, á semejanza del mar, sabe reflejar el azul del cielo.

No se me oculta, sin embargo, que se la mira generalmente con desprecio. No se me oculta que al ver á la prosa entrarse por un hospital, por una fábrica ó por una taberna con la mayor frescura, y ponerse á referir cuanto allí ocurre, por insignificante y hasta despreciable que sea, hay muchos que dicen pestes de ella, y se creen humillados al leer lo que juzgan indigno de toda atención. Sé de sobra que hay mucha gente para quien no existe ni puede existir arte alguno en la descripción del catre en que duerme un niño desamparado y pobre, ó en la de la faena de un rudo labrador, ó en la del tocado breve y sencillo de una costurera. ¡Ah! Tal vez se figura esa gente que no se encuentra á Dios más que en la sublimidad de la bóveda celeste poblada de astros luminosos, á cuyo lado el que habitamos no es más que un leve grano de arena. Si tal se figura, es que no ha mirado jamás en una gota de agua por el lente de un microscopio. Habiendo mirado, no dejaría de comprender al instante que es tan fácil llegar á Dios por lo infinitamente pequeño como por lo infinitamente grande.

Tampoco la prosa carece de ritmo en absoluto. Su ritmo es mucho más hondo y arcano que el del lenguaje métrico, mas no por eso deja de existir. Un oído delicado lo percibe como blanda y recóndita música dentro de una selva oscura. ¿Quién osará negar el ritmo, el número y la armonía á la prosa de Cervantes, Fenelón ó Manzoni? No seré yo quien cargue con semejante responsabilidad. Lo que hay es que el ritmo de la prosa no es uniforme y continuo como el de la versificación. Los vientos del pensamiento lo agitan á su capricho y le hacen variar á cada instante de rumbo, sin darle jamás punto de reposo. La prosa, mejor que el verso, obedece á las insinuaciones del espíritu, dejándose llevar cual dócil pluma, unas veces por regiones serenas y tranquilas, otras por parajes revueltos y oscuros...

Pero basta ya de panegírico; que tal suma de perfecciones voy acumulando sobre la prosa, y tan devoto de ella me presento, que temo murmuren las malas lenguas.

Llegó el instante, por mí bastante temido, de dar explicaciones sobre las causas que engendraron este inoportuno panegírico. Y ála verdad, si ustedes pudieran pasarse sin ellas, me alegraría en el alma, porque no tengo deseo alguno de manifestarlas. Mas ustedes no pueden pasar sin explicaciones, por más que la galantería les mueva á decir otra cosa, y aunque me pese, creo hallarme en la obligación de remediar su justa curiosidad.

¿Y por qué siento dar explicaciones? Dirélo de una vez: porque temo que estas explicaciones no agraden al Sr. Núñez de Arce. Tal temor, si bien se nota, es más lisonjero que ofensivo para el Sr. Núñez de Arce, puesto que si yo no le respetase y admirase muy de veras, á buen seguro que no me turbaría más ni menos. Mas, por desgracia, sé lo peligroso que es decir á una mujer hermosa que no es la más hermosa del mundo, ó á un poeta inspirado que no es el más inspirado de todos los poetas. Desde Homero hasta Revilla, no ha habido jamás poeta alguno que escuchase con calma una afirmación parecida. Compadézcanse ustedes de mi situación, y por Dios me den algunos alientos, que harto los necesito. Comienzo.

Reconozco, como tendré ocasión de mostrar en el presente artículo, muchas y notables dotes de poeta en el Sr. Núñez de Arce, mas he dado en imaginar que las tiene aún más notables y sobresalientes de prosista. En las cortas páginas que lleva escritas en prosa, he pensado reconocer casi todas las cualidades que distinguen á los grandes prosadores; flexibilidad, número, concisión, elegancia, naturalidad, energía. Si se me apurase, tal vez llegara á decir que en el género histórico es donde pudiera alcanzar mayores lauros. Tengo la creencia de que si el señor Núñez de Arce hubiese dedicado su pluma á la historia, dejaría oscurecidas, por lo que toca al aspecto literario, las glorias de todos nuestros historiadores, excepto Mariana. Y aquí me salta al encuentro cierta semejanza que hace tiempo he observado entre nuestro poeta y otro de la nación portuguesa: Alejandro Herculano. A entrambos los caracteriza la austeridad del pensamiento, la virilidad y firmeza del tono y la sobriedad de la dicción. Pero Alejandro Herculano, que no pasa de notable poeta, fué un eminentísimo prosista, el más eminente quizá de cuantos ha producido la Península Ibérica, en este siglo, dejando, como es sabido, en la historia y en la novela monumentos perdurables del arte literario. ¿Sentirá ahora el Sr. Núñez de Arce que le compare á Herculano?—Lo sentirá, estoy seguro de ello; y lo sentirá, porque la comparación, como dicen los filósofos, sólo es exacta en potencia, dado que el Sr. Núñez de Arce no ha querido hasta el presente mantener relaciones duraderas con la prosa. Respetando, como me cumple, su acuerdo en este punto, permítaseme deplorarlo, en gracia siquiera de la desgraciada defensa que de aquélla acabo de hacer. Y ya no necesito decir más para explicar el raro modo de dar comienzo á este artículo.

Mas ya que me veo forzado á juzgar en el Sr. Núñez de Arce al poeta y no al prosista (como fuera mi gusto), debo empezar declarando que ciertas cualidades que el Sr. Núñez de Arce posee en alto grado, esenciales para el prosador, no lo son tanto en mi concepto para el poeta, á saber: la concisión y la energía. Nada más frecuente, cuando se quiere ensalzar la musa del Sr. Núñez de Arce, que apellidarla viril, como si con este adjetivo quedase hecha su apología por completo y no hubiese más que decir. Es más: hasta he leído juicios críticos en que se considera esta cualidad como la más alta y suprema que el poeta puede recibir del cielo. No lo entiendo yo así. ¡Medrados estaríamos si no hubiese más que virilidad y fuerza en la poesía, si el poeta hubiese de cantar por necesidad á todas horas asuntos ó temas viriles! Tanto valdría afirmar que en el terreno metafísico, la belleza y la forma se confunden. Por fortuna no es esto cierto en ningún terreno. El elemento femenino ha jugado, juega y jugará un papel principalísimo dentro del arte. En la humanidad, la belleza no está representada por el hombre, sino por la mujer. Y la naturaleza, si es sublime en sus aspectos ó momentos terribles, bella no lo es más que en los de calma y sosiego, y en los lugares apacibles y amenos.

Tampoco hay que confundir la energía de la expresión, que es ingénita á todo el que se halla bien penetrado de un sentimiento, sea éste tierno ó viril, con la índole de los afectos que animan al poeta. Espronceda es más enérgico para mí en su Canto á Teresa que Quintana cantando el combate de Trafalgar. Y es porque, á mi entender, le tenían con más cuidado á Espronceda las liviandades de su querida, que á Quintana la derrota de la escuadra hispano-francesa.

Por lo dicho, y por algo más que me callo, no soy tan gran admirador como otros de los poetas viriles (cuando la virilidad reside en la naturaleza del asunto ó en el tono, y no en la mayor ó menor energía del sentimiento). Así que no doy la estimación que aquéllos á la virilidad del Sr. Núñez de Arce. Pudiera muy bien ser más viril que Adán, padre del género humano, y no tener pizca de poeta. Si lo es, y excelente, no lo debe á los temas viriles que elige para sus composiciones, ni al tono elevado que adopta para cantarlos, sino á su ingenio y fantasía.

En cuanto á la concisión, cierto que es una dote que puede cuadrar bien á un poeta; pero no le es tan indispensable como al prosista. Conviene distinguir además la concisión ó sobriedad de la frase de la precisión y fijeza de los conceptos. La primera puede enaltecer las producciones de un poeta: la segunda no hace más que confundirle con el prosador. El verso es semejante á la música, y como ésta, sirve para expresar lo más vago, lo más delicado, lo más inefable de los sentimientos humanos. Cuando se le obliga á decir cosas que la prosa puede expresar tan bien ó mejor que él, á mi juicio, se le desnaturaliza. Esto hace en ocasiones el Sr. Núñez de Arce. Algunas de las composiciones insertas en los Gritos del combate parecen escritas en prosa sonora y rimada, y semejan manifiestos políticos en verso, más que verdadera y limpia poesía.

¿Llevará, por ventura, la musa política el feo vicio del prosaísmo? No lo sé; mas cuando echo la vista á los frutos que ha dado en este siglo dentro y fuera de España, me siento inclinado á pensarlo. Aunque fijemos nuestra atención en lo más selecto, por ejemplo, en Quintana y Beránger, yo encuentro el prosaísmo (el prosaísmo del concepto y del sentimiento, que es mil veces peor que el de la frase) cebándose sañudamente en un gran número de sus composiciones, por más que el primero aspire á disfrazarlo con la pompa del estilo, y el segundo con su donaire. Me parece que en esto no hago más que seguir la opinión general, porque la fama de ambos poetas ha desmedrado notablemente con el tiempo. No quiero decir, sin embargo, que la política no pueda inspirar en ocasiones á los poetas grandes, bellos y atrevidos pensamientos, aunque sí imagino que la política antigua, entregada al acaso ó á los golpes de la fortuna y á la espontaneidad de las fuerzas individuales, servía mejor para el caso que la moderna, sometida casi por completo á una serie de reglas complicadísimas que la convierten en una maquinaria inflexible y monótona. Padilla luchando á campo abierto en Villalar con el emperador Carlos V, es una figura poética; pero un general que se pronunciara hoy con unos cuantos batallones en favor de la descentralización, no lo sería gran cosa. Y es porque en el instante en que las ideas dejan de formar parte de nuestra vida, de nuestra carne, si pudiera hablar así, como en el caso de Padilla, para convertirse en abstracciones, se deshace su encanto. El poeta no quiere abstracciones, sino figuras vivas, imágenes, algo visible y palpable que infunda calor en su corazón y en su fantasía. El Sr. Núñez de Arce ha caído en el mismo vicio que su maestro Quintana, y como él ha procurado velar lo descarnado y prosaico del pensamiento con la magnificencia del estilo. Esto no obstante, debo hacer una declaración que va á estremecer profundamente muchas orejas clásicas. Para mí, el discípulo posee más cualidades de poeta que el maestro. Está muy lejos de superarle, ciertamente, en la profundidad del pensamiento, ni en el vigor y armonía de la elocución poética, pero le lleva ventaja en el calor y riqueza de la fantasía, que, por más que á ello se opongan los pseudo-clásicos, es lo que eternamente caracterizará al poeta. No manejará la lengua con tanto imperio y maestría, ni escribirá unos versos tan audaces como los de Quintana, pero éste tampoco escribiría ni el Idilio ni el Raimundo Lulio de nuestro poeta.

Notes in this chapter

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