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Semblanzas literarias

LOS NOVELISTAS ESPAÑOLES

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PROEMIO

AL vez convendría, lector, que empezase este prólogo aseverando que el éxito, y sólo el éxito tan ruidoso como inmerecido, ganado por mi colección anterior de semblanzas, me ha impulsado á ofrecerte la presente. De esta suerte llegarías á saber, no tan sólo que existe un libro de semblanzas que puede ser comprado, sino también que el autor del que tienes en la mano es un autor aplaudido, cursado y experto en tales sujetos, lo cual previene admirablemente para que no se escape ninguna de las agudezas que en él pudieran contenerse, y se tornen invisibles las muchas tonterías de que está plagado. Pero, lector, yo no soy un embustero. Conozco perfectamente los mandamientos de Krause, y sé que el hombre debe buscar la verdad con espíritu atento y constante, por motivo de la verdad y en forma sistemática. Cuanto saliese de mi pluma sobre favorables acogidas, compromisos contraídos, temores del porvenir é inquietudes del presente, sería pura y vulgar hipocresía. Ni tengo noticia de que mi libro anterior haya logrado éxito alguno, ni, caso de lograrlo, me creyera obligado á escribir otro parecido, ni aun al darlo á luz en este instante me propongo llenar el más pequeño hueco. No; este libro se ha escrito sin motivo, quizá porque su autor no ha tenido ocupaciones más urgentes que se lo hayan estorbado. Sobre esto, puedo añadir que no fué mi intento trazar un estudio serio ó profundo de la novela española, ni menos apuntar los fundamentos estéticos en que tal género descansa, ni siquiera influir con mi desautorizado consejo en los acuerdos ó en la marcha de sus cultivadores. Mi objeto fué, pura y lisamente, escribir semblanzas.

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Bien se me ocurre que el hombre no vino al mundo sólo para escribir semblanzas; pero debes tener presente, lector, antes de fulminar tu juicio sobre estas páginas, que ningún trabajo de las criaturas en este planeta merece total desprecio, ni las telas de las arañas, ni los agujeros de los grillos, ni los versos de Grilo. Por no despreciar á nadie, me impuse la obligación de consagrar tiempo y espacio á ciertos autores que verás con sorpresa en esta galería. He sido un tanto irrespetuoso con ellos, y me he autorizado más de una chanza al hablar de sus escritos; pero todos los grandes ingenios han tenido que sufrir estos desahogos de la envidia y maledicencia coetáneas, y en esta ocasión, como en todas las demás, la posteridad no dejará de resarcirles cumplidamente de tales molestias, dejándoles dormir en paz el sueño eterno.

En rigor, pues, no son todos los que están. Mas en rigor, tampoco están todos los que son, y no ha de faltar, lo estoy viendo, quien con gesto de soberano desdén, suelte mi libro de las manos diciendo: «¡no está Fulano!»—Contestaré á este gesto y á este cargo.—En primer lugar, es preciso que el público reconozca mi derecho á fatigarme de escribir semblanzas. He podido escribirlas y he podido no escribirlas. De la misma suerte he podido escribir tales ó cuales y no escribir tales ó cuales otras. Porque el hombre posee la facultad de determinarse á sí mismo en conciencia, lo cual significa que es causa propia y primera de su actividad. Unas veces se determina á obrar y otras se determina á no obrar. En esto se hallan conformes todos los tratadistas.

Ahora bien, al dar fin á este trabajo, ó si se quiere trabajito, no quise decir expresa ó tácitamente: «no hay más novelistas en España»: lo que puramente dije, fué: «yo no escribo más semblanzas de novelistas».

La novela, en nuestra patria, no es otra cosa, por ahora, que un campo vasto é inculto donde de trecho en trecho brota alguna flor de pétalos rojos y lustrosos, y crecen en abundancia las plantas de forraje. Mas el suelo puede dar novelas, sobre esto no cabe duda. Los últimos trabajos de la comisión del mapa geológico lo comprueban de un modo terminante.

Subamos á una de las sierras más elevadas de nuestra Península. ¿No es bastante? Pues subamos á una sierra ideal y observemos.

Hacia el Mediodía el sol es más grande y más dorado, el espacio más diáfano y azul. Sembrados por doquiera, en medio de viñedos y jardines de naranjos, blanquean centenares de pueblos, nadando en un vapor trasparente, luminoso, embriagados por los perfumes de una vegetación vívida y ardiente. En el aire vuelan las mariposas irisadas; en la tierra hormiguea un pueblo nervioso, exaltado, feliz, que se enamora al pie de la reja, que inventa caricias y bravatas, que injuria á los santos y les besa los pies, que llora y ríe sin motivo, que suspira cuando canta, que tiene los ojos negros, un pueblo hospitalario, franco, orgulloso, que ha hecho las proezas por millares y las relata por millones, que ama á Dios y á las mujeres sobre todas las cosas, y se come la mitad del idioma castellano.

Por la parte del Norte se descubre un cielo triste, pero de tintas dulces y delicadas. Hay un toldo de nubes que embaraza y aprisiona los rayos del sol, y cuida de que lleguen á la tierra lánguidos y mimosos. Los valles y las colinas y todo lo que abraza la vista es verde. En las colinas crecen los árboles que detienen las nieblas, en los valles crecen las yerbas y serpean los arroyos. Las gotas de agua están suspendidas constantemente en la atmósfera, en los árboles, en las yerbas, en los techos de las viviendas. La mar es áspera y espumosa, el cielo caprichoso y melancólico, la tierra dulce y agradecida. Allí vive un pueblo que trabaja como las acémilas y medita como los filósofos, un pueblo espiritual y sensible que come pan de maíz, que ve fantasmas y duendes por las noches, que muere en el campo de batalla por una idea, que tiembla en presencia del escribano; un pueblo sensato, paciente, melancólico, que sería muy poeta si estuviese mejor alimentado, que posee cual ningún otro la virtud de no decir «esta boca es mía».

Cada uno de estos pueblos guarda en su vida preciosas novelas que no ha querido mostrar á los viajeros frívolos. Mas, cuando Galdós y Valera llegaron á demandárselas, todos hemos visto con qué singular cortesía se ha portado.

La hora es por demás oportuna y decisiva. El fruto amarillea en el árbol, y no espera más que una leve sacudida para caer en nuestras manos. Las antiguas y originalísimas costumbres de nuestra patria van desapareciendo y ofrecen al morir el interés punzante y melancólico de todo lo que ha sido y dejará pronto de ser. Si no aprovechamos estos momentos, la moderna cultura ceñirá á nuestros miembros su estrecho uniforme que oculta lo singular, lo original, lo característico, y ya no será tan fácil percibirlo.

Preparaos, pues, aquellos que sentís latir en vuestra alma la inspiración artística, poneos la pluma tras la oreja, arreglad vuestras cuartillas, tomad el tren expreso, diseminaos por la Península. No tardaréis mucho en volver, yo lo presiento, con salud en las mejillas y la novela española bajo el brazo.

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FERNÁN-CABALLERO

O he leído muchas novelas; todas cuantas hube á mano en los felices tiempos en que con la mayor inhumanidad me obligaban á estudiar humanidades. Mi profesor de latín, una especie de arcaísmo semoviente que nos traducía con espasmos de regocijo la descripción de Venus Cyterea en la Eneida, y con lágrimas en los ojos las quejas de Ariadna abandonada, me tiene sorprendido no pocas veces enfrascado en la lectura de Juan Palomo. Esta lectura, llevada á cabo en los momentos mismos en que se volvía por activa y por pasiva á la diosa más amable y despreocupada del paganismo, constituía un verdadero desacato á la mitología, y como tal era castigado. Pero esto no impedía que yo siguiera simpatizando con todos los engendros de Ponson du Terrail, Paul Feval, Sue, Fernández y González, Dumas y tantos otros. Mi cerebro parecía el salón donde se hubiera dado cita la sociedad más escogida de París y Sierra Morena. Juan Palomo, Juan Valjean, Juan Lanas, La Dama de las Camelias, Los Siete Niños de Écija, El Caballero del Águila, Candelas, Manolito Caparrota, y muchos otros de igual jaez, á todos los recibía yo en mis salones con la amabilidad más exquisita, como diría La Correspondencia.

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Estas recepciones, que me hacían trasnochar en demasía, redundaban por lo mismo en perjuicio de mi humanidad y humanidades, porque me tornaba cada vez más flaco y amarillo, al paso que ignoraba por redondo hasta el más insignificante supino. Ni siquiera, pues, podía decirse que era supina mi ignorancia. Mas en cambio de una ciencia que yo miraba con el más cómico desdén desde el Chimborazo de mi entusiasmo, iba criando una imaginación encendida y melenuda capaz de dar al traste con el poco sentido común que me quedaba. Así lo comprendieron mis deudos y amigos, y así hube también de comprenderlo yo á la postre, por lo cual traté de ir apartándome paulatinamente de tan brava compañía. Desde luego me decidí á dedicar sólo un día á la semana, los viernes, á la lectura de novelas y á ser un poco más cauto en su elección. Acudieron entonces á mi tertulia una porción de personajes más simpáticos y finos que los anteriores. Veíanse allí á Werter, Ivanohe, Atala, Eugenia Grandet, Wilhelm Meister y muchos otros que no recuerdo. Fernán-Caballero surtía también de amables personajes esta tertulia.

No cabía duda que los viernes del Sr. Palacio Valdés eran de lo más ameno que por entonces existía. Así y todo mi profesor seguía considerándome como un bárbaro escyta indigno de toda relación con los héroes de la Eneida y hasta con los animales de las Geórgicas.

Al llegar á la edad en que ya no se le pregunta á uno lo que lee, sino lo que gana, me he visto obligado, con profundo dolor de mi alma, á poner de patitas en la calle á todos mis románticos amigos. Y los momentos en que mis ocupaciones me dan tregua, en vez de leer novelas, me dedico á escribirlas. Pero las escribo para adentro, porque hoy por hoy tengo la fantasía al servicio de mi corazón y tejo cada pocas horas, para mi uso particular, unos cuentos tan fantásticos y patéticos que á todos parecerían increíbles. Ésta es la costumbre de las cosas inverosímiles.

Sin embargo, como siempre fui bastante amigo de pasar con la mía (¿quién no es amigo de pasar con la suya?) me he empeñado en demostrar á mi viejo maestro que aquellas lecturas anticlásicas que con tanto ardor persiguió en otro tiempo no fueron tan inútiles, ¿qué digo inútiles? tan perniciosas como él suponía, puesto que hoy me permiten cumplir con el deber que he contraído de escribir para el público.

Voy á describir, por tanto, cual viajero que se sienta á descansar después de un largo viaje, las extrañas y rientes comarcas por donde anduve. Voy á lanzar á los vientos de la publicidad impresiones, juicios, observaciones sobre mis lecturas atrasadas. Público amigo, no des la razón á mi viejo maestro. Dígnate recogerlas del suelo, aunque después las arrojes como frutos desabridos á los que falta la madurez de la experiencia.

He dicho que Fernán-Caballero perteneció á mi segunda época. Por cierto que me eran tan simpáticas sus creaciones y tan amables sus cuadros, que con ser yo muy devoto de la época presente y muy admirador de sus progresos, más de una gana me asaltaba de volver casaca y hacerme servilón, tan sólo por el placer de ocupar un puesto en sus escenas de familia y tratar personalmente á la mística Elia y á la sensible Lágrimas. Mas pronto reflexionaba que no podía ser tal mi fuerza de disimulo que no asomara la oreja de negro en la ocasión menos prevista, y entonces tendría que pasar por el bochorno de ser arrojado de aquellos santos hogares y despreciado por aquellas lindas mujeres.

¡Quién me dijera entonces que yo, su admirador, su enamorado, haría, tiempo andando, el papel de amiga envidiosa, poniéndome á buscarles con la mayor sangre fría sus más pequeños defectos! El papel de crítico es en verdad muy desairado, á veces odioso, pero como acontece también con ciertos otros en las obras dramáticas, es absolutamente necesario para el buen orden y progreso de la literatura.

Bien que las novelas de Fernán-Caballero me encantasen siempre, no dejaba por eso de pensar vagamente aun en los tiempos de mayor entusiasmo que en ellas sobraba mucho. Ahora entiendo que falta no poco.

Para comprender bien á Fernán-Caballero, es preciso tener presente, en primer término, que sus obras no son la expresión pura y sencilla de una fantasía que gusta de presentar al público la turba de imágenes que en ella flotan; sino más bien la labor viva y apasionada de un pensamiento batallador. La novela es para él un arma con que asalta las conciencias y las somete á su imperio. Y ciertamente no he ser yo quien repruebe tal uso, cuando responde perfectamente á la naturaleza de este género literario, y no rompe con sus constantes tradiciones. La novela puede servir y ha servido siempre para un fin social. Mas debo advertir, para satisfacción de ciertos escrúpulos literarios, que antes que nada, la novela es una obra de arte, y que como tal, su fin primero es realizar belleza. Lo demás se le otorga por añadidura. La novela, como tal obra de arte, puede, aunque no debe por necesidad, enseñar algo. De hecho constituye un verdadero poder en nuestra sociedad, ejerce una influencia legítima en nuestras costumbres, y en ocasiones ha buscado y hallado arraigo para alguna idea peregrina. La tarea del crítico sobre este punto consiste en observar de qué modo se ha llevado á cabo todo esto. Nunca debe olvidarse de que es el defensor del arte contra los excesos de la pasión ó las invasiones del espíritu didáctico.

¿Cuál es la idea que agita el corazón femenil de Fernán-Caballero, que mueve su pluma y se encarna en sus novelas? La idea del pasado. Por él combate cuerpo á cuerpo, sin que le rinda jamás el sueño ó la fatiga, manejando con febril entusiasmo una daga tenue y afilada, la sola arma que puede sostener su delicada mano. Sus novelas, no son más, es decir, son además de obras muy bellas, un diluvio de alfilerazos á nuestra filosofía, á nuestras costumbres, á nuestra política. Son pequeños cuadros de antaño, que por la suavidad del color, por su dibujo primoroso y por su ambiente diáfano, quiere que contrasten con los licenciosos cromos de hogaño.

Espera que el lector, al contemplarlos, eche de menos aquellos sabihondos frailes, aquellos severos padres, sumisos hijos y servidores fieles, comprenda la santidad de aquellos respetuosos besos en la mano, y la solemnidad de aquellos chocolates al amor del brasero. Todo lo cual gozaron nuestros abuelos dentro de la sana moral y del temor de Dios.

Y en verdad que el lector no deja de tener por ciertas las proposiciones de Fernán-Caballero y de extasiarse con las tiernas escenas que nos representa en sus cuadros. Mas como la funesta manía de pensar se ha introducido en todas las cabezas y es un mal que no tiene cura, doy en cavilar y da también el lector, pariente cercano mío, que para mudar de vida y volver á las usanzas de nuestros progenitores es de toda necesidad que Fernán-Caballero nos garantice: que los frailes serán siempre sabihondos y mesurados, y no cicateros intrigantes, amigos de darse buena vida y de revolver por solaz la ajena; los padres, siempre comedidos, incapaces de contrariar la legítima vocación de sus hijos ni de abusar de su poder por ningún concepto; los nobles, protectores generosos de la debilidad, no insolentes disipadores de sus caudales. Y después que todo esto nos garantice, es menester también que nos indique los medios de volver este pícaro mundo al estado que apetece. Aunque presumo que sólo se podrá dar cima á la empresa convocando una magna reunión de los humanos y conviniendo entre nosotros, después de haber estudiado minuciosamente cada una de las épocas históricas, cuál es la que debemos preferir. Con esto, y con encargar á París que en vez de sombreros de copa se fabriquen en adelante bonetes y chambergos y que apaguen á toda prisa sus endiabladas luces eléctricas, podríamos tal vez inaugurar de nuevo los tiempos de Mari-Castaña.

¿Pero y el espíritu? ¿Pondríamos también bonete al espíritu?

Las novelas de Fernán-Caballero son de las que un notario, que vive en el cuarto segundo de mi casa, llama morales. Debo advertir que, según la estética singular del infrascrito, las novelas no tienen otra división que en morales ó inmorales. Y ningunas, con mejores títulos, pueden incluirse en el primero de los grupos que las de nuestro ortodoxo escritor. La moral entra por mucho, por casi todo, en sus obras; pero es justo que haga una observación capital sobre este punto. La moral de Fernán-Caballero no surge en la escena, engrandecida por el dolor y por el combate, prestando eficaz respuesta y solución al sombrío interrogatorio de la conciencia, disipando como un soplo de esperanza las nubes siniestras que se agrupan en la frente del hombre de este siglo. Es una moral de cortísimo vuelo destinada á colegialas de quince años y á jóvenes que no hayan pasado en sus estudios de la segunda enseñanza. No resuelve más cuestiones que las de la obediencia á los padres, respeto á los mayores, castidad en las obras, palabras y pensamientos, dulzura con los inferiores y misericordia con los menesterosos. Es una moral de primera comunión.

Mas aunque así sea, sacan ventaja y no poca sus novelas por más de un concepto á la multitud de bastardas producciones difundidas por la sociedad francesa de nuestros días. Ya que por su insignificante trascendencia no dirijan el pensamiento hacia un ideal de perfección y grandeza, abstiénense de perturbar los corazones y corromper las costumbres como aquéllas. Pueden caer sin peligro en las manos de una virgen. Son libros de misa un poco romancescos. En cierta ocasión tropecé con un amigo mío, joven de gran inteligencia y muy conocido entre nosotros por sus ideas radicalmente anticatólicas. Llevaba debajo del brazo algunos libros que yo con poca discreción tomé en la mano sin pedirle permiso. Eran dos novelas de Fernán-Caballero, y mi querido ateo me confesó, con un ligero rubor, que iban destinadas á su prometida.

No tenía por qué ruborizarse mi joven amigo. Á un estado de perfecta inocencia (entendiendo que es un estado transitorio, imposible de sostener como definitivo en la vida humana), convienen en un todo estas novelas escritas con una pluma delicada y sumisa. Predicar la rebelión á los jóvenes y muy particularmente al sexo femenino, sin justificar plenamente esta lucha insensata con la sociedad; deslizar entre los arrebatos de la pasión una multitud de dudas cuyo examen no puede llevarse á cabo seriamente en los laberintos de una fábula, es, á mi entender, uno de los caracteres que más afean y hacen peligrosa la moderna literatura romancesca de Francia.

Sin embargo, no todos en la sociedad van á la escuela y comulgan por Pascua florida. Los más de los seres han dejado en los abismos del tiempo sus quince años, y en los de la nada las puras ilusiones que los acompañan. Hay muchos en los cuales el sentimiento religioso yace amortiguado bajo el peso de la sensualidad ó del escepticismo. Las novelas de Fernán-Caballero y su escuela no tienen poder, no tienen rasgos bastante enérgicos para despertarlo en estos seres. La duda amarga y deletérea de Lelia no alcanza á disiparla la cándida y mística sonrisa de Elia. Jorge Sand ha dado vida á un ser misterioso, siniestro, imaginario, pero grande, porque expresa con notas desoladoras la crisis de un alma grande. Fernán-Caballero, quizá con el secreto intento de oponer la obediencia á la rebelión, la certidumbre á la duda, el sosiego á la exaltación, ha engendrado un ser inmaculado y tierno, pero que toca en los confines de la vulgaridad.

Elia, criatura frágil é inocente, se rinde á la pesadumbre de una preocupación social. Lelia alza su noble, pero asombrada frente, antes de morir y exhala una blasfema imprecación. Elia muere, no ya sin maldecir, pero sin comprender siquiera la injusticia que la mata. Lelia rompe violentamente los moldes de la naturaleza femenina, y se lanza con vuelo impetuoso en las regiones de la protesta y de la rebelión. Elia no sale de estos moldes, pero sucumbe aceptando como santo uno de los más torpes errores que ha engendrado el orgullo humano. Lelia se revuelve con acento inspirado, aunque colérico, contra los egoísmos y sinrazones de la sociedad. En Lelia hay un derroche de genio. En Elia hay un derroche de moral.

La trascendencia que nuestro novelista piensa comunicar á sus obras, no se deriva de su concepción y desenlace, débiles ó insignificantes las más de las veces, sino más bien de una multitud de ideas esparcidas sin gran razón y pertinencia por el curso de ellas. Sus personajes más simpáticos se pronuncian casi siempre por el antiguo régimen, y baten en brecha por medio de una argumentación poética ó irónica, todo menos profunda, á los desdichados ó ignorantes que representan la edad moderna. Así se da el caso en una de sus obras, de que una cocinera arrolle discutiendo alta filosofía á un sabio doctor enciclopedista. Cuando no tiene liberales con quien habérselas, Fernán-Caballero la emprende con los paganos, y se irrita grandemente porque aquellos ciegos adoradores de Júpiter grababan sobre sus tumbas el sit tibi terra levis[4], en vez del requiescat in pace. De los accidentes más nimios de la vida quiere sacar razones para la apologética católica. Por todas partes trata de ir á Roma.

Tiene una sensibilidad religiosa que sabe aspirar lo que de poético hay en la pompa del culto, y en el ritual de las ceremonias eclesiásticas; una sensibilidad que algún sacristán llamaría de rúbrica. Pero es intransigente en este punto, como el Breviario, y para no incurrir en sus iras, es necesario conmoverse á misa mayor. ¡Desgraciados aquellos que son insensibles al incienso y al órgano! Sobre ellos cae sin piedad todo el negro de su paleta.

Mas aparte de estas intransigencias y exageraciones, no puedo negar que me complace más ver una pluma femenina al servicio de la religión, que sirviendo de intérprete á las vacilaciones y combates de nuestro siglo. El espíritu de la mujer es esencialmente receptivo, conservador, se amolda fácilmente á toda realidad, aun la más dolorosa, y extrae de ella los elementos de belleza y armonía que contiene. La mujer no debe participar de nuestras dudas y sufrimientos, porque se quebraría como se quebró Gloria. Esperemos para introducirla en el mundo agitado de nuestra conciencia religiosa á que hayamos conseguido arrancar á la duda su cabellera de sierpes para ofrecérsela, al modo de los antiguos guerreros de la América, como trofeo de nuestro combate.

La inspiración de Fernán-Caballero es la que más conviene á su sexo; una inspiración suave y delicada que reposa dulcemente en el seno de la religión. Es capaz de describirnos con admirables toques la psicología simplicísima que se encierra en el pecho de una virgen, pero su pincel diminuto no tiene fuerza para trasladar los surcos terribles que abre la pasión en el corazón del hombre. Se advierte en este pincel la falta de firmeza y costumbre que caracteriza al artista femenino, mas en su lugar se observa la ternura y sagacidad que también le caracterizan. Se presenta como paladín de la fe católica, de la política monárquica y de las costumbres añejas, pero siempre expresando amor apasionado á la causa que defiende, no con esos refinamientos y artificios hipócritas que hoy despliegan los que se cobijan bajo la bandera de la tradición. Con su amor y su entusiasmo quiere infundir el alma en el cadáver del pasado, como uno de esos soplos de aire tibio que en medio del invierno vienen resueltos á dar vida á la naturaleza muerta.

La traza y disposición de sus novelas no pueden ser más sencillas. La sencillez es una hija predilecta de la realidad, aunque la realidad por sí misma no sea el arte. Para que el arte aparezca, es necesario que en la realidad penetre la idea, porque lo real sin idea no es más que lo trivial. Y lo trivial es precisamente el escollo en que tropieza con frecuencia el esquife de Fernán-Caballero. Sus caracteres no dejan de tener realidad, pero son casi siempre adocenados y vulgares: no han recibido el soplo del arte que los trasfigura sin arrancarles su realidad. Téngase presente, además, que se esfuerza con censurable empeño en derramar sobre el personaje que encarna las ideas que aborrece todo el veneno de su pluma, privándole, no sólo de las virtudes más corrientes, sino hasta de una regular educación. Formar caracteres de una sola pieza no indica más que ausencia de recursos para obrar con los que están formados de varias, redunda en grave menoscabo de la verdad y disminuye en no poco el interés de la novela.

Las situaciones que describe tienen verdad y sentimiento, pero vuelvo á repetir que esto no basta. El fin de la novela no es conmover el corazón y hacer derramar lágrimas, sino despertar la emoción estética, la admiración que produce lo bello. Nunca se hiere en vano la fibra del sentimiento; nunca se representan cuadros lastimosos de las desdichas humanas, ya sean estos cuadros en alto grado dignos de lástima, desde el punto de vista del Arte, sin afectar nuestra sensibilidad. Además, hay lágrimas que se derraman por el buen parecer, porque no digan, sobre todo viendo dramas. En la representación de uno titulado..... (suprimiré el título), al morirse el protagonista de una enfermedad no muy bien diagnosticada, en lo más patético de su discurso, hube de sufrir un tal ataque de risa, que desperté en torno mío fuertes murmullos de desaprobación y aun de amenaza. Los padres fruncieron el entrecejo en manifiesta señal de desagrado; las madres lanzáronme miradas cargadas de rencor y de odio; las niñas posaban sobre mí sus ojos velados por las lágrimas con mezcla de indignación y de asombro. Nunca se viera corazón más empedernido. Y sin embargo, yo presumo de tenerlo blando en demasía. Cuando niño he salvado muchos gorriones de las manos de mis condiscípulos. Lo que hay es que soy un poco romano, y cuando un hombre muere en escena y no en una alcoba de su casa, exijo, como á los gladiadores, que muera con gracia.

El estilo de nuestro autor es sencillo y poético. Su lenguaje, aunque padece notables incorrecciones, es, por lo general, franco y animado, en ocasiones lleno de color y armonía, reflejando la vívida luz, los argentados celajes de la Bética, repercutiendo los mil rumores de sus bulliciosas ciudades, devolviéndonos todo el perfume de su embalsamado ambiente.

¡Triste cosa, por cierto, que un escritor que tan bien siente la naturaleza, la combata con tal encarnizamiento!

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D. PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

OMO soy un sí es no es escrupuloso, me asaltan ciertos temores de no ajustar mi crítica á la «constante y perpetua voluntad de dar á cada uno su derecho». Todo el mundo sabe que el Sr. Alarcón se ha cortado la coleta, para dedicarse á reaccionario. Y yo, que en punto á reaccionarios me atengo á Perier y al Padre Sánchez, y no deseo conocer ni tropezar con otros, me veo ahora en un aprieto al dar con mi pluma sobre otro de la misma camada.

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Cualquiera creerá, si digo algo malo del Sr. Alarcón, que me impulsa á ello la pasión política. Pongo por caso: figúrense ustedes que afirmo que Alarcón es elocuentísimo cuando describe los arremangados brazos y la soberana pierna de la señá Frasquita, y torpe y descolorido al pintar la faz pálida y enjuta del Padre Manrique. ¡Qué apasionado! ¡qué injusto! Y con este anatema sobre la cabeza no hay medio de que un hombre de bien emita su juicio sobre otro hombre de bien y de orden.

Y no obstante, yo estoy firmemente convencido, no sólo de las anteriores afirmaciones, sino de que el Sr. Alarcón, en el santuario de su conciencia, sigue más aficionado á los brazos y á las piernas de la señá Frasquita que á la carne de momia del Padre Manrique.

¿Pero qué tiene que ver esto con la política?

¡Ay! cuando llegue á Pérez Escrich, verán ustedes cómo no le pregunto si es cantonal ó retrógrado.

Fué en un viaje cuando trabé conocimiento con el Sr. Alarcón. Iba desde Palencia á Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la tarifa de ferrocarriles son á cual más despiadados. No concibo cómo nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo.

Así, que huyendo aquella vista aflictiva cerré los ojos y me dispuse á dormir. En el espacio de media hora tres veces cogí el sueño y tres veces me lo arrebató de entre las cejas la presencia de un empleado, que sacudiéndome con delicadeza, eso sí, me demandó el billete para hacerle unos agujeros cabalísticos. ¿Se quiere usted quedar con él? dije yo al fin esperando salvar mi cuarto sueño. No, señor. Pues entonces déme usted cualquier libro, ó haga por que descarrile el tren á ver si logro no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonrió con benevolencia y sacó de la faltriquera dos ó tres librillos muy sobados que decían sobre el forro: «Biblioteca de viaje». Le di las gracias. Contenían varias novelas de Alarcón, ¿Por qué era rubia? Coro de Ángeles, El final de Norma y algunas otras.

Las devoré como pan bendito, y el autor que las confeccionara se introdujo por derecho propio en mi estimación. Son animadas, picarescas, llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro amargamente la austeridad que sombrea su última producción romancesca. Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones de ultratumba.

Me agradaron y contribuyeron en casi todo á hacerme soportable el mundo gris que se percibía por las ventanillas del carruaje. En efecto, son frescas, risueñas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado todavía por la sacristía. Son pequeñitas, vivarachas, bien torneadas como las niñas de Guadix, y sobre todo ¡tan poco mojigatas! ¡Oh, Dios! ¡cómo me gustan á mí las niñas de Guadix! Pero no confundamos lo abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables (las de las novelas, no las de las niñas), que están escritas con lenguaje castizo y flúido y salpimentadas feliz y largamente.

Paso por alto un tomo de poesías, que bien mereciera pasarse por bajo, y hago merced también del Diario de un testigo de la guerra de África, de las Cosas que fueron y de alguna otra producción literaria del autor, para convertir mi atención y mi crítica al Sombrero de tres picos.

Si yo le dijese al Sr. Alarcón que el Sombrero de tres picos es lo mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese de que tomara por obra maestra lo que sólo aparece como fruto del esparcimiento y no de la meditación. Sin embargo, cuando los ocios del ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad exquisita del espíritu engendra producciones como El escándalo, yo, á despecho del Padre Astete, me declaro campeón de la pereza y lucho en campo abierto contra la diligencia.

Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y entiendo que es más cordura en un autor consultar primero al poder que á los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve ó se siente llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si éste, desconociendo su vocación, se empeña en tareas imposibles y absurdas. Mas no anticipemos los comentarios.

La historia verdadera ó fingida que se narra en el Sombrero de tres picos era conocida de todos los españoles. Yo había recibido la patriótica tradición de los labios autorizados de un sujeto que en otro tiempo había tenido la debilidad de dar de puñaladas á su legítima esposa. El hado adverso, en figura de Código penal, quiso que fuera á pasar una temporada á Ceuta ó al Peñón de la Gomera, no estoy bien seguro dónde, y de allí nos trajo la historieta cuya relación solía acompañar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas.

Líbreme Dios de hacer ningún cargo al Sr. Alarcón por haber tomado como fundamento de su novela el antiguo cuento andaluz. Los asuntos son del que mejor los trata, y es necesario convenir en que este asunto lo ha tratado mucho mejor Alarcón que Palicio (así se llamaba el sujeto).

En esta novela el autor nos hace la señalada merced de no meterse en filosofías. Dos cosas son las que no he podido digerir en mi vida: los langostinos y la filosofía de Alarcón. Sí, es preciso hacer constar que las arenas de la filosofía no han enturbiado todavía su inmaculada ignorancia. En esta obra todo es propiedad del Sr. Alarcón. No así en otra más reciente hecha en colaboración en El Siglo Futuro. Créame el Sr. Alarcón; más vale beber el agua en el hueco de la propia mano que por un vaso sucio. El sombrero de tres picos está escrito con una pluma retozona. Yo le perdono de buen grado su travesura. ¿Pues para qué nos ha dado Dios la pluma? En primer lugar, para decir pestes del Gobierno, después para manifestar lo que exista dentro de nuestro espíritu. Soy bien pensado y no creo que en la mente del Sr. Alarcón haya ningún escándalo y sí muchos sombreros de tres picos.

Acerquémonos á los personajes de esta novela. A ninguno de mis lectores le pesará de que le acerque á la señá Frasquita la molinera. Es todo una buena moza, según nos asevera el autor. Pero cuidado con ella, que es arisca cuanto hermosa. Me río yo del ascetismo de la pluma que la trazó. El tío Lucas, de profesión molinero y por ende consorte de la escultural molinera, es un hombre, aparte de la joroba, muy recto, muy firme y muy honrado. La señá Frasquita y él se llevan á las mil maravillas. Mas hete aquí que estos esposos felices tenían costumbre de recibir por las tardes en su molino á una porción de conservadores. Uno de ellos, el corregidor de la ciudad, se enamora de la señá Frasquita; ¡vaya una gracia! Lo que sí tiene gracia y mucha es la escena en que el corregidor declara su amor á la molinera, mientras el tío Lucas, cómplice de su mujer en esta broma, la presencia encaramado en una parra. El jiboso y baboso corregidor prepara, con la ayuda de su alguacil Garduña, una emboscada á la virtud selvática de la señá Frasquita. Aleja al tío Lucas del molino cierta noche, prevaliéndose de su autoridad. Esto es muy feo, como ustedes comprenderán. Pero aún más feo es el papel que el lúbrico gobernador se vió precisado á representar ante la inexpugnable molinera. Chorreando y tiritando de frío por haberse caído en la acequia al emprender el asalto del molino, se presenta el valetudinario galán á la señá Frasquita, que lo recibe con un trabuco á la cara. El bizarro corregidor se desmaya, no sabemos si de frío, ó de susto, ó de rabia. La señá Frasquita lo abandona y corre en busca de su esposo, que debe hallarse aprisionado en el lugar inmediato. Mas el tío Lucas, que le había dado mucho en que pensar la extraña detención que sufría, consiguió fugarse y vuelve presuroso á su molino con la duda y la ansiedad en el corazón. En el camino se cruzan los dos esposos montados en sendas burras, pero no se reconocen. El tío Lucas entra en su casa y ve sobre unas sillas las ropas del corregidor tendidas á secar. Empuña el trabuco que pocos momentos antes había servido para defender su honra, y sube la escalera que conduce á su cuarto. Por el agujero de la llave contempla el infeliz esposo la grotesca figura del corregidor sobre su lecho conyugal. No ve más, pero da por cierto que su esposa también se encuentra allí y se apercibe á la venganza. La muerte de los culpables, sin embargo, le parece poco. Mejor es el sarcasmo, la befa, para castigar tal ofensa. El demonio de la venganza le sugiere una muy original. El tío Lucas tiene un parecido notable con el corregidor. Se viste aceleradamente con las ropas de éste, y balanceándose como él se encamina hacia la ciudad murmurando con expresión satánica:

¡También la corregidora es guapa!

Este capítulo está admirablemente escrito. Lo digo á boca llena.

En tanto que el tío Lucas se dirige á la ciudad en alas de su venganza, la señá Frasquita, después de poner en pie á la autoridad municipal del pueblo donde su esposo debía encontrarse prisionero, y visto que se había fugado, vuelve con el alcalde á toda prisa hacia el molino sospechando que el tío Lucas estaría ya en él haciendo lo que su corazón resentido le dictara. Se encuentran al corregidor disfrazado por necesidad de molinero, lo cual da lugar á una escena cómica de buen efecto, y una vez enterados todos de la resolución, puesta ya en vías de hecho, del tío Lucas, marchan á la ciudad á fin de resolver aquel conflicto.

Llegan á deshora á las puertas del corregimiento. Al corregidor vestido de tío Lucas le cuesta muchos sustos y algunos palos el penetrar en su casa. Una vez dentro, se presenta su esposa y después el tío Lucas y tiene lugar una escena en que todo se arregla, todo se conjura, no sin dar motivo antes á muchos y muy graciosos episodios y á algunas frases felicísimas del narrador.

En este incidente romancesco, fruto genuino de la tierra donde se escribió, resulta demostrado que Alarcón es un escritor nacional, ingenioso, castizo y picante.

¡Líbrenos Dios de que se le antoje ser profundo!

Veamos El escándalo. Antes de empezar su examen, signémonos en la frente, en la boca y en los pechos y digamos: Yo pecador me confieso... El asunto es una confesión, no la confession d’un enfant du siècle, sino la d’un enfant gatté. Dura cuatrocientas treinta y tres páginas en cuarto. Padre Alarcón, yo pecador os confieso que me habéis levantado un gran dolor de cabeza y me habéis dejado los pies muy fríos. Tengo además la franqueza de anunciaros que no he comprendido gran cosa de vuestro pensamiento filosófico. Pésame, señor, de no haberos entendido y prometo enmendarme así que escribáis más claro.

Fabián Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un grave caso de conciencia que solventar. Marcha á proponérselo á un jesuíta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte. Debo advertir, para mayor edificación de mis lectores, que el joven Fabián no va á confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por sí mismo elegante charrette. Una vez en la celda del Padre Manrique, Fabián cuenta á su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de su papá, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas veras á su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer también á mis lectores, me abstendré de reproducirla. Es forzoso, no obstante, que sepan que Fabián, entregado desde su niñez á los placeres del mundo y á los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adúlteras y enamorado de una niña inocente, era todo un filósofo, un filósofo escandaloso. Vase á confesar y principia por declarar á su confesor á boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace caso, y en vez de convencerle de que sí lo hay, le endilga un manojo de preguntas de mucho efecto.

Pero no entremos en teologías. La trama de El escándalo es una madeja enredada, inverosímil é interesante. Debemos reconocer á este libro el mérito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se termina.

Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo suelo, mientras se alza de sus virginales párrafos espeso vapor que entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura á leerlos, es grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso.

Los caracteres... ¿pero dónde están los caracteres? Figuras toscamente talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son los personajes de El escándalo. Causa verdadero asombro el que Alarcón haya podido dar interés á su novela con semejante personal.

Fabián Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego está pintado con el rojo más subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque así lo dice el autor; cualquiera creería otra cosa. Lázaro es la encarnación más viva de la inopia de Alarcón, de su total ineptitud para trazar un carácter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son las figuras más correctas, pero no escapan tampoco á la exageración que inunda toda la obra.

Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una súplica al Sr. Alarcón. Suplicámosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevención malsana, y por su propio interés más que por otro alguno, que torne, y torne cuanto antes, á su antigua manera de componer novelas frescas, animadas, risueñas, sin caracteres y sin filosofía.

Esa filosofía es una calumnia que el Sr. Alarcón se ha levantado á sí mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy alto, urbi et orbi, que en punto á filosofía el Sr. Alarcón se halla tanquam tabula rasa, y que si un día se ha atrevido á escribir una novela trascendental, fué que el diablo le tentó, y que se le perdone por esta vez, que no lo volverá á hacer.

Illustration from Semblanzas literarias
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D. JUAN VALERA

I

TRÁS, sueños regalados de la edad romántica, visiones placenteras ó terribles de fantasías enfermas, mundo fulgurante de bellezas inmarcesibles, de heroínas impalpables, de caballeros indómitos! Huíd por siempre, forjadores calenturientos de aventuras. Ya no queremos penetrar por puentes levadizos en castillos encantados, ni tañer la cítara al pie de ninguna reja, ni darnos de estocadas en ningún callejón hediondo, ni comerciar con astrólogos fingidos, con rodrigones ásperos ó con ascetas idiotas. Marchad á sepultaros en vuestras profundas cavernas, enanos y gigantes, gnomos, grifos y vestiglos.

A
A

Los rayos de luna nos hastían, las ventanas ojivales nos apestan y ya por nada en el mundo asistiríamos otra vez á una caza de jabalí con el señor feudal.

Necesitamos un género romancesco más positivo y más serio. ¿No veis qué positivos son nuestros paletós? ¿Qué grave y metafísico nuestro sombrero de copa? Lo que hemos perdido en garbo, lo ganamos en discreción y en mesura.

El novelista que hoy nos quiera deleitar, ha de ser observador, sagaz é inteligente, ha de pintarnos la vida real con acierto y con verdad, nos ha de presentar en relieve caracteres y tipos morales, ha de ser novelista y psicólogo, y además un poco metafísico.

La metafísica es nuestra pasión más decidida. Troya se perdió por Helena; Cánovas por la Constitución interna; nosotros nos perderemos por la metafísica. Cuando digo nosotros, quiero decir el Sr. Valera[5].

La novela ha sido hasta ahora en España, dejando á salvo los eternos modelos clásicos, una joven bastante ligera de cascos, muy predispuesta á marcharse con el primer forastero que sonase en los pies lucientes espuelas, que arrebujase su rostro con blanco y flotante albornoz, que hiciese temblar al compás de sus pasos airosa pluma en el sombrero. Galdós ha hecho de ella una mujer discreta y hermosa. Valera la ha convertido en profesor de la Institución Libre de Enseñanza.

No diré yo que no me gusten las obras de Valera. Me encantan sobremanera. Pero siento que ese barniz metafísico que sobre ellas extiende las haga impenetrables para la mayoría de los lectores.

Todo es asunto de dosis en este mundo. La metafísica en las obras de arte es preciso administrarla con mucho cuidado. Debe ser acción más que discurso y fruto de la intuición más que del estudio.

El procedimiento artístico que Valera emplea en sus novelas es el mismo que han adoptado todos los novelistas psicólogos. Poner frente á frente la vida ideal y la real, para que de este contraste resulte una enseñanza, una elegía ó una sátira. En las obras de Valera resulta siempre una sátira. Mas el pensador hace enmudecer hartas veces al artista. Se observa esto en el vagar con que escruta y describe los misteriosos senderos del alma, lo mismo que en la ligereza con que roza los trillados caminos de la vida real.

La sátira que resulta de sus novelas, principalmente de Las ilusiones del Doctor Faustino, es el castigo del idealismo, pero aun este castigo resulta ideal. No parece sino que el autor, en fuerza de estudiar el espíritu de la víctima en quien va á consumarse el escarmiento, se enamora de ella. Así que, cuando el castigo se presenta, el lector se niega á admitirlo como tal, y lo considera como una desgracia fortuita é inmerecida. A las novelas de Valera, como no son dramáticas no se las debe pedir un interés vivo, un enredo complicado, ni tampoco esa brevedad y rapidez que caracterizan al drama. Tal vez por no tener bien presente esto se han dirigido á Valera reproches inmerecidos que debieran compartir con él, por hallarse en caso semejante, Cervantes, Gœthe y Juan Pablo. ¿Qué enredo tienen el Quijote, el Wílhelm Meister y el Maestro de escuela Wutz? Sólo un enredo moral. El azar apenas juega papel en estas producciones reflexivas.

No tiene fundamento, pues, á mi entender, la censura de pobreza en la acción que se dirige á las obras de Valera. Su acción es más interior que exterior, y camina en esa lentitud propia de un género tan cercano á la epopeya.

Mas si no demandamos á estas obras lo que siendo fieles á su índole no pueden otorgarnos, sí podemos exigirles ciertas cualidades que les son propias. El carácter, que expresa el elemento espiritual, tan preponderante en las obras que examinamos, no será jamás una entidad abstracta, debe formar en las filas de la humanidad como individuo, por más que la exprese toda por la grandeza del pensamiento ó la energía de la voluntad. La descripción ha de ser viva, fiel y acalorada. La digresión filosófica, lo mismo que la episódica, que son obligado acompañamiento de este género de novelas, deben ser oportunas y poco disertas. Sobre todo téngase presente que si el lector las admite y las goza al principio y al medio de la obra, cuando ésta toca á su fin, le turban sobremanera. Conviene también que el desenlace no sea, por ningún concepto, obra del azar, sino efecto y resultado del pensamiento generador de la obra, manifestándose por un rasgo peculiar del carácter principal ó por otro medio cualquiera.

Ahora bien, estas cualidades que Cervantes llevó al más alto grado de perfección, creo verlas otra vez en Pepita Jiménez, la obra más primorosa del señor Valera.

Las novelas de Valera son fruto de la inspiración, pero van poderosamente auxiliadas, como las de Gœthe, por el estudio. Hay quien supone que el estudio perturba la inspiración. Yo no creo que la cultura del espíritu entorpezca poco ni mucho los vuelos de la fantasía. Cuando la inspiración es robusta, lleva con facilidad sobre sí el fardo de la ciencia, y de inspiraciones que no sean robustas ¡líbranos, Señor!

Figurémonos á un poeta encajonado en su inspiración y aprestándose á emprender su vuelo por las regiones del arte. ¿Qué podréis añadir á su equipaje que no le estorbe? Añadidle unos agujeritos al cajón por donde pueda ver más claramente los parajes que va á recorrer. ¿No es verdad que no le pesarán cosa? El hombre de ciencia, como el Sr. Valera, puede pintar más, porque ha visto más. Entiendo yo (como diría un orador del Ateneo) que para hacerse cargo de lo que es la oscuridad, basta cerrar los ojos. Pero ¿quién puede comprender la luz sin haberla visto?

Si hemos de penetrar ahora en el fondo de sus novelas, no dejaré de gritar antes que está muy turbio. De este modo el lector, si yo no pongo en claro el asunto, ¡es claro! echará la culpa al autor.

Pues como iba diciendo, el Sr. Valera es un conservador que hace novelas de oposición. Una vez he leído en Aristóteles que al hombre se le puede conocer por sus dioses. ¿Por qué no hemos de conocer al novelista por sus héroes? Los héroes del Sr. Valera tienen mucho talento, son espirituales, discretos, hablan correctamente; en fin, no son conservadores. No tienen de ellos más, si bien se mira, que la afición á la holgura y al regalo.

Porque, eso sí, los héroes del Sr. Valera discurren mucho y bien, pero siempre sobre el modo de pasarlo mejor en este pícaro mundo. Confieso que el hombre, lo mismo que el reaccionario, tiende por su misma naturaleza á no separar los ojos de la tierra, pero es conveniente que en las obras de arte se les muestre alguna vez el cielo. En las obras del señor Valera no hay cielo. Debo establecerlo así, aunque comprometa la dicha que le espera como ferviente constitucional. Pero esto no infiere detrimento alguno á su condición de novelista. Si el hombre es libre, como manda la Santa madre Iglesia, puede pensar lo que mejor le parezca. Lo único que rogaría á todo hombre es que, si le fuera posible, pensara con la profundidad y con la gracia que el señor Valera. ¡Pero quién va á rogar esto á Pérez Escrich!

Valera concede á la vida un valor absoluto, pero á esta vida terrenal, porque respecto á la otra parece que ya sabe á qué atenerse. Un novelista que ama la vida tiene mucho adelantado para hacerse simpático. Esa literatura de catafalco cultivada por la literatura romántica nos hace soñar con los difuntos.

Presentadnos la vida apetitosa ¡oh novelistas!, puesto que no tenemos más en que escoger.

¡Cómo sonríen los cuadros de Valera, haciéndonos guiños, invitándonos á gozar de lo que hoy se llama actual momento histórico! ¿No veis qué dichoso ha sido D. Luis de Vargas por haber dado en el clavo, y cuán infeliz el alcaide perpetuo de la fortaleza de Villabermeja por machacar tanto en la herradura? Acertar ó no acertar: he aquí la cuestión. Se me figura que estoy plagiando á Shakspeare. Á pesar de eso no teman ustedes que le injurie.

Dicho sea entre nosotros, Valera no pinta virtudes, sino pecados; pero son pecados veniales, de esos que bien sería confesar, aunque no es necesario, y por los cuales aún vive Campoamor. Escriba usted, Sr. Valera, que el mundo lee. Esos pecados, que si fuera zagala llamaría de los hombres, no han perdido nada de su atractivo con el descubrimiento del vapor y del telégrafo. Aún hay encuentros en el amor y besos en el bosque, ó al revés si ustedes quieren. Esta generación no es tan desgraciada como suponen mis amigos los ultramontanos. Le falta fe, pero todavía hay algún día de fiesta. Todavía se gozan por el mundo fáciles digestiones, rayos de luna y novelas de Valera. Vean ustedes, yo me dedico al periodismo, voy sorteando lo mejor que puedo á las patronas, y no lo paso del todo mal. Pero me alejo del Sr. Valera, por contarles á ustedes lo que no les importa.

El molde de sus obras es antiguo. Es el mismo que usaran Cervantes, Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza; esa prosa llena de efectos, de colores, de imágenes, de reflejos que deslumbran.

Confesando que tal estilo es buscado y que palpita bajo sus laberintos el esfuerzo, para mí es el lenguaje del artista. Con este lenguaje los objetos no se expresan en su desnuda realidad, sino que por sí tienen una vida propia, superior, sin ser opuesta, á la que anteriormente poseían. Cierto que alguna vez el refinamiento de la frase llega á tal punto que nos muestra el objeto indeciso y tembloroso, como si el humo azulado del cigarro se esparciera sobre él; pero aun así, prefiero los excesos del color á la anemia del estilo.

El contenido es moderno. Está constituído por un fondo contradictorio de filosofía, aspiraciones tradicionales, escepticismo, frivolidad, ironía y profundidad, caracteres los más extraños y más difíciles de explicar. Es un ateneo racionalista que discute la existencia del Ser Supremo en la resonante nave de una catedral gótica.

El Sr. Valera mantiene enhiesto hoy el estandarte de la fantasía satírica, que con tanto brío empuñaron en nuestra patria Cervantes, Quevedo, Mateo Alemán y Larra. Esta fantasía no es otra cosa que el capricho de un espíritu grande, erigido en fuente de inspiración. Consiste en la sucesión variada y dramática de los cuadros, en el contraste de las combinaciones de todos los elementos reales, en una libertad celosa y prevenida contra toda regla, en una mezcla de sagacidad y gracia, de frivolidad y fuerza, de crueldad y delicadeza.

Mas á esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le falta, como á la de Quevedo, una cuerda más dulce y armoniosa que ninguna, la cual acompaña el cántico de sus hermanas con triste y melancólica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de sentimiento, carece de emoción. Detrás de su risa, quizá se esconda un pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarán lágrimas.

No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el heroísmo, el amor eterno y el desapego de la vida. Sólo se ve una concepción clara y positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad perfecta.

No hallaréis en las obras de Valera expresada la idea de la trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal, todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio aristocrático detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las alegrías y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espíritus más altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias.

Aquí ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejaré que como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan cumplido caballero los visite. Pero sí me atreveré á indicarle que Gœthe, padre natural y legítimo del género que con tan buena fortuna ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su fantasía en las moradas más humildes y en los corazones más sencillos. No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres semejantes á nosotros. Cuanto más semejantes, más nos inflamarán sus alegrías, más nos enternecerán sus desdichas. Alambicando los caracteres, como alguna vez lo hace, y separándolos demasiado del común de las gentes, empezamos á mirarlos con recelo, sospechamos que no piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos á creer que quieren darse tono. Esa incesante meditación fatiga y seca el alma. Yo creo que hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr. Valera, ¿por qué no nos hace usted derramar alguna lágrima? ¿Por qué alumbrará usted tanto y calentará tan poco?

Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me esté mal el decirlo, y me pidió una novela, y yo le di una de las que usted escribió, y á los pocos días me la volvió diciéndome que no le había gustado, lo cual me causó mucho disgusto, porque me di á pensar que el dueño de mi corazón era tonto. Después reflexioné más, y me convencí de que el tonto era yo, es decir, usted, que no había sabido darle gusto. Porque á usted, á quien todo se le alcanza, no debió escapársele que mi novia iba á leer sus novelas. Y entonces, ¿por qué no las ha escrito de suerte que le gustasen, vamos á ver, por qué?

No todos me comprenderán, pero usted, que tiene tantísimo talento, sabrá perfectamente que hay un problema estético detrás de esa pregunta.

Mas si no logra dar solución á este pavoroso problema (como diría un orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio, á todos los que ceñimos nuestras sienes con el laurel de un título académico, bien sea el de abogado, farmacéutico, perito agrimensor, etc., etc., nos tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningún otro en nuestra patria. Un ingeniero agrónomo que ha viajado mucho, asegura que no lo hay tampoco mejor en Europa y en América. Cuando hablamos de su lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacéuticos, no encontramos calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice, patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornaría á describir nuevamente este lenguaje clásico y romántico á la vez, si tuviera seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento, francamente, no se me ocurre más sobre el Sr. Valera.

II

La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan sus manos.

El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es alucinación.

Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excéntrico. Los sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y devorándolos todos hasta que llega á uno ante el cual se detiene. ¿Qué sentimiento es éste cuyo poder reconoce nuestro espíritu al cabo, y al cual ofrece en holocausto todos sus pretéritos sueños y fantasías?

Esperad un poco; Valera nos lo va á decir.

Era D. Luis de Vargas un joven de veintidós años de edad, «muy salado, con mucho ángel y con unos ojos muy pícaros», aunque seminarista. Confieso que éste aunque que acabo de estampar tiene cierto sabor herético. Estoy admirado de lo fácilmente que se cae en la herejía cuando no está uno prevenido.

A los veintidós años, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre algún romanticismo en la cabeza. Este siempre me parece ahora algo benévolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El romanticismo de D. Luis era el amor divino, con su cortejo de trasportes místicos, escrúpulos, desprecio de los bienes terrenales, conversión de infieles, etc., etc.

Era un niño muy teólogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un campesino enamorado.

D. Luis, que había ido por algunos días á su pueblo antes de recibir las órdenes mayores, á las cuales se avecinaba, escribía luengas cartas á su tío el deán de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el tonsurado mancebo con gran discreción los profundos y sutiles afectos que bullían en su alma. Levanta suavemente á vista del lector la cortina á un mundo de pensamientos vagos y aéreos, á una serie de cavilaciones laberínticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de confusión de su espíritu. Sin embargo, una frase tenue, casi imperceptible se añade pronto á esta sinfonía ascética que D. Luis hace sonar en sus epístolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye más clara y más distinta en cada nueva carta; va crescendo, crescendo, hasta que se convierte en tema principal. ¡Qué arte tan admirable despliega aquí Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento más perfecto del corazón humano.

El deán advierte la nueva fase que presenta la mística de su sobrino, y le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en él, ó lo que es igual, que pierda de vista cuanto más antes á Pepita Jiménez. Son de leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para convencer á su tío y convencerse á sí propio de que la corriente de sus ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese más que para aguzar el ingenio, convendría que todos estudiásemos un poco de teología. Mas ¡ay! que la teología, fuerte contra Dios, como Israel, es débil contra una viuda de veinte años. Toda la teología de D. Luis de Vargas viene al suelo reducida á cenizas, como una momia que se sacude, al estrechar la mano de Pepita Jiménez. El sobrino de su tío siente discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todavía habla de áspides y serpientes que es preciso aplastar; todavía cita textos de la Escritura y se compara á Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas como el Salmista, pero utiliza la Biblia también para llamar á su amante fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos, paloma mía y hermana.

Cuando el atribulado joven pide á Dios con acento lastimero que separe de sus labios el cáliz de la amargura (Pepita Jiménez), los del lector no pueden menos de contraerse con una sonrisa de asombro, de tristeza y de burla.

Concluyen las cartas de D. Luis y con ellas la primera parte de la novela.

En la segunda, titulada Paralipómenos, se narra con cierto intencionado ensañamiento la tremenda caída de D. Luis desde la cumbre de su imaginario ascetismo. Pepita se prenda frenéticamente del seminarista y le da á entender su amor por todos los medios conocidos hasta lo presente. D. Luis vacila como un santo llevado sobre andas en día de procesión. El amor divino y el amor humano riñen encarnizada batalla dentro de su alma. Toman parte por el amor divino ciertas consideraciones sociales, á saber: la reputación de santo ganada por D. Luis, y de la cual, como de todas las reputaciones, cuesta mucho trabajo desprenderse; la sorpresa dolorosa del deán al saber su repentina caída, ídem la del obispo que había recomendado con mucho encarecimiento la solicitud de dispensa, ídem la del Sumo Pontífice, que la había concedido en gracia de las relevantes cualidades del candidato. Favorecen al amor humano, su padre D. Pedro, que se hallaba enterado de todo por su hermano el deán; Antoñona, servidora leal y habilidosa de Pepita, y la desesperación de ésta, que no comía, ni dormía, ni sosegaba por culpa del arisco teólogo. Las fuerzas de entrambos contendientes, como se ve, están equilibradas.

¡Pero qué desalmado y maquiavélico es el Sr. Valera!

Sin más ni más se pone de parte del amor humano, y prepara al infortunado D. Luis una emboscada tan cargada de lazos y peligros que no hay santo en el Calendario que supiera escapar á ella. Antoñona, pintando y aun exagerando á D. Luis el estado de tristeza de Pepita, le arranca la promesa de ir á verla antes de su partida, decretada por él mismo para el día siguiente.

Y el Sr. Valera, digo Antoñona, señala para la cita la hora más comprometida del mundo; las diez de la noche. Era una noche serena y perfumada de Andalucía. Brillaban en lo alto las estrellas; sonaban en lo bajo, formando un concierto dulcísimo, las castañuelas, las guitarras, los ruiseñores y los grillos. Celebrábase en el lugar de D. Luis la verbena de San Juan. La luna, el aire, los arroyos, las yerbas y las flores todo lo arregla el Sr. Valera á su gusto, para perder al mísero D. Luis. Pero lo arregla tan admirablemente, que repito lo que antes dije: quisiera ver allí á muchos santos del Calendario.

D. Luis penetra en la casa de Pepita, donde previamente el Sr. Valera, como Mefistófeles, había evocado á los demonios de la voluptuosidad, encargándoles mucho celo y discreción.

La visita comienza grave y ceremoniosa hasta que entran en materia. Una vez entrados, voy á dirigir al autor una sentida queja. ¿Por qué ha dado usted tan poco movimiento al diálogo, y hace que Pepita y D. Luis, en vez de hablar como Dios manda en tales casos, pronuncien esos discursos tan metafísicos y tan indigestos?

Afortunadamente D. Luis, con todo aquello de la luna, el aire diáfano, los ruiseñores, los grillos y las estrellas, venía de buen temple. La pasión triunfa de la metafísica, y sucede lo que ustedes pueden ver leyendo á Pepita Jiménez.

Esta escena y todo lo demás que acontece hasta la conclusión de la novela (que ya no es mucho) lo premiaría yo con la inmortalidad si en mi mano la tuviera. Al ver la resignación con que D. Luis se acomoda á beber el cáliz de la amargura por los ojos de Pepita Jiménez y la filosofía positiva terrenal y tangible que de pronto le acomete, expresada por un sin fin de reflexiones y silogismos á cual más graciosos, no hay labios que no sonrían, no hay ojos que no brillen.

Dicen que el fondo de Pepita Jiménez es satánico, pero ya pueden ustedes suponer quiénes lo dicen. Es más difícil que estos críticos lleguen á entender ciertas cosas que el que un camello pase por el ojo de una aguja.

El fondo de la novela del Sr. Valera es humano, y porque es humano nos interesa. Cierto que algo tiene de Satán D. Luis de Vargas. Se desploma como él por virtud de fuerza mayor; pero Satán cae trágicamente de los cielos herido por el rayo y don Luis sólo cae de su asno. Las ansias y los arrebatos de su ardiente corazón, enderezados merced á circunstancias de su vida hacia el ideal religioso, eran indicios seguros de que aquel corazón esperaba, como la noche al día, la visión de un misterio inefable, la revelación de una mujer. Sus sueños y sus ilusiones no se disipan, porque son privilegio dichoso de la juventud; sólo cambian de rumbo y van á libar de la vida real el dulce néctar de la voluptuosidad. ¡Oh si la realidad nos arrancara siempre de la región de los sueños con mano tan delicada como á D. Luis de Vargas!

Por su forma es Pepita Jiménez la obra más perfecta de Valera y una de las más esmeradas y primorosas de la literatura española. La acción, que no puede ser más sencilla, está presentada con mucho orden y originalidad. Los caracteres trazados con más delicadeza que brío, pero vivos y correctos. Las descripciones de un colorido inimitable y exornadas por las galas de ese estilo mágico que sólo posee Valera. El diálogo un tanto oscuro y alambicado.

¡Lástima de metafísica!

III

Al ocuparme en la crítica de Las ilusiones del doctor Faustino, vuelvo á exclamar: ¡Lástima de metafísica!

No comparto, sin embargo, la especie de que esta producción constituya un gran yerro del autor, como muchas veces he oído afirmar.

Las ilusiones del doctor Faustino, aunque en orden á sus proporciones, desarrollo y aliño de la forma se encuentra muy por bajo de Pepita Jiménez, está á la misma altura, y aun por encima, considerando la trascendencia y magnitud del asunto, la verdad de los caracteres y la profunda ironía que envuelve toda la obra.

En España, donde solemos morirnos algunas veces de seriedad, no da gran resultado un estilo como el del Sr. Valera. Se supone que para que salgan bien las cosas es necesario hacerlas con la mayor gravedad posible, casi sin pestañear. Y mucho menos se comprende que el escritor descienda de esa prosa campanuda é impasible, sin olor, color ni sabor ni otros accidentes de pan y vino, á una más familiar y corriente, sin moldes forjados de antemano, donde se ríe cuando se tiene gana y se llora si hay algo que lo merece.

El que tal prosa emplee en sus escritos, créame usted, Sr. Valera, si se llama Juan no pasará de Juanito.

Acaso, y sin acaso por ser Las ilusiones del doctor Faustino una de las novelas más picantes, más sustanciosas y mejor intencionadas que se hayan producido en España y fuera de ella no ha conseguido á su salida por el mundo más que desaires y vejámenes.

Yo voy á estar más fino, aunque no tanto que me pase. Doy por leída la obra, para evitarme la molestia de narrar el argumento, y paso con la mayor frescura á decir mi opinión.

Vuelven á ser las ilusiones y los sueños de un joven el tema en que se emplea la perspicua inteligencia de Valera. Mas las ilusiones del héroe de esta novela no toman el rumbo generoso que las de D. Luis de Vargas, no salen á espaciarse por las luminosas esferas de la religión ni por los campos inmarcesibles del sacrificio, son ilusiones más caseras y no trascienden del yo bastante enrevesado del doctor Faustino.

Cualquiera ha sido joven en este mundo. Este cualquiera que escribe semblanzas literarias, lo es todavía. No es difícil tampoco tener ilusiones. Yo las tengo muy grandes de que ustedes no me suelten de la mano. Pues bien, cuando las ilusiones distan mucho de la realidad, como en este caso, surge el ridículo, que hábilmente presentado por una pluma discreta y afilada como la del Sr. Valera, sirve de provechosa lección y enseñanza saludable.

La ilusión es el mismo deseo revistiendo forma, tomando vida y apariencia de verdad en la fantasía. Por eso los hombres de imaginación son los más propensos á concebir ilusiones y á naufragar en sus pérfidas aguas. Mas como quiera que la imaginación es la facultad más amable del alma y la que imprime carácter al hombre, el doctor Faustino, con todas sus ilusiones, sueños y fantasías, si logra hacerse ridículo, no excita antipatías ni rencores. Antes me figuro que todos le miran con marcada benevolencia y hasta presumo que el autor llega á prendarse de él por la nobleza y originalidad de su espíritu. Siempre los amores traen inconvenientes, y los del Sr. Valera en esta ocasión han traído para su novela un desenlace desproporcionado y no muy bello. Con el fin de preparar el trágico remate de la obra se ve el autor en la necesidad de vulgarizar al héroe. En efecto, pierde el doctor Faustino su primera originalidad y se trasforma en un carácter endeble y pasivo cuya muerte más sorprende que conmueve. El autor deshace con harta precipitación y torpeza la delicada urdimbre del carácter del héroe. Más que desenlace parece un corte de cuentas.

En la fábula no brilla el Sr. Valera como ya tuve el descaro de manifestar, mas á mí se me advierte que es mejor que no brille. De intrigas tenebrosas, espantables y absurdas nos tienen hasta el cuello los novelistas franceses y la más enferma parte de los españoles. Y sin embargo, ¡quién diría que el Sr. Valera, tan sencillo, tan razonable y tan sobrio en sus fábulas, ha introducido en la de esta novela un elemento maravilloso que resulta melodramático! Yo bien sé por qué lo ha introducido el Sr. Valera. Es que ha oido decir á los críticos que no tiene imaginación y que no consigue dar un interés palpitante á sus novelas. Porque los críticos son de esta guisa. Se presenta un hombre blanco y le llaman pálido; se presenta un moreno y le apellidan negro. Sale á luz un novelista de mucha intriga y enredo: truena la crítica contra la intriga y califica al novelista de intrigante y mala persona. Aparece otro sensato y discreto: entonces la crítica hecha de menos la intriga y se queja amargamente de que no le interese.

Valera ha dicho: ¿queréis aventuras estupendas? Pues allá van; y nos propinó las de la inmortal amiga. Yo me permito creer, Sr. Valera, que no debe usted abandonar jamás por ninguna clase de murmuración, es decir, de crítica, el género realista del cual tan brillante muestra nos ha dado en Pepita Jiménez, porque opino como su correligionario Voltaire, que todos los géneros son buenos menos el fastidioso.

No hay en el género de usted, es verdad, motivo para soltar muchos cabos con el exclusivo objeto de amarrarlos después como Dios dé á entender, que á veces lo da á entender pésimamente, y otras ni bien ni mal, pero en cambio puede comunicarse á la novela un interés más espiritual y de mejor ley, desarrollando plásticamente un pensamiento luminoso y fecundo, interpolando descripciones como la de la Nava en el capítulo titulado El Paraíso terrenal, tan fresca, tan viva, tan primorosa y tan mágica, que puede figurar dignamente al lado de algunas del Quijote, y dibujando en fin con felicidad caracteres y tipos humanos cuyo estudio se me antoja más digno de un ingenio privilegiado como el de Valera, que la exposición desatinada de aventuras increíbles, propias para despertar miedo en los niños.

Las ilusiones del doctor Faustino es una novela de caracteres, y sobre los principales, ustedes me dispensarán si digo algunas palabras.

Yo, que al igual de todos los cándidos, cuando quiero tener malicia me paso de malicioso y suspicaz, he pensado descubrir que el doctor Faustino es el mismo Sr. Valera que viste y calza, y que todos los días vemos por ahí, gozando una tranquilidad de espíritu un tanto positivista y epicúrea, aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos que le interesan como pura poesía, amando y respetando la realidad, hecho, en fin, un D. Juan Fresco. El hombre da mucha vuelta con los años, y creo que para llegar á la situación de ánimo de D. Juan Fresco, es necesario haber pasado por la del doctor Faustino ó algo que se le parezca.

Este pensar mío es el que ha dado margen al cariño que profeso á la obra que voy examinando. Eso de conocer el corazón humano cuando es el corazón humano de otro, no me parece lo más fácil del mundo; mas tratándose del propio, la tarea se simplifica extraordinariamente. El Sr. Valera, que tiene su alma en su armario, la saca, la limpia el polvo, y la ofrece á nuestra vista.

Por eso me embelesan los tipos del doctor Faustino y D. Juan Fresco, porque resultan bellos y al mismo tiempo humanos.

El carácter de D. Juan Fresco, nada más que apuntado ó bosquejado en esta novela, aparece plenamente desenvuelto en el Comendador Mendoza, última producción romancesca del autor que venimos estudiando. Son innegables y patentes las afinidades que guardan entre sí el antiguo y el coetáneo retirado de Villabermeja, y de ambos caracteres tan nobles como despreocupados, repito que conceptúo propietario al Sr. Valera.

La obra no tiene, ni con mucho, la trascendencia y significación que Las ilusiones del doctor Faustino ni la originalidad de Pepita Jiménez. En cambio uno de sus tipos, el de D.ª Blanca, está trazado con más brío del que Valera acostumbra, y su acción, aunque excesivamente sencilla, es rápida é interesante.

Señor Presidente, me siento fatigado y ya no tengo más que decir sobre el Sr. Valera.

Se levanta la sesión.

Illustration from Semblanzas literarias
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D. MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.

O sé cómo arreglarme para decir algo bueno del Sr. Fernández y González. Mucho temo no llegar á decirlo. Por más que lo intento no consigo desechar de mí cierto rencor y mala voluntad hacia su persona ó personalidad, que es lo más de moda, y como soy tan impresionable y tengo tan poco peso (cinco arrobas escasas), lo más probable es que le suelte alguna pulla de mal género, impropia por entero de mis antecedentes y de mis años.

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Pero, Señor, ¡quién me habrá metido á mí á crítico!

Hubo un tiempo, sin embargo, en que yo tenía menos años que ahora, et in illo tempore, el Sr. Fernández y González me hizo perder bastante ídem. Cuando lo pienso, no puedo menos de verter lágrimas, y exclamar como Augusto:

«¡Fernández, Fernández; vuélveme mi tiempo!»

No sólo de esta abundosa fuente mana mi rencor. El Sr. Fernández con sus narraciones fantásticas, lances maravillosos y combates descomunales, ha influído de un modo muy pernicioso en mi carácter. Hace ya bastantes años, era yo lo que se llama una malva, incapaz de romper un plato adrede.

Mas hete aquí que leo los Siete Niños de Écija, donde se describe á lo vivo de qué modo siete valientes derrotan y ponen en vergonzosa fuga, en cuantas batallas libran, á siete mil carabineros; y hubieran derrotado en la misma forma á siete millones, dada su infinita bravura. Esta bravura me contagió de tal suerte, que llegué á suponerme dotado de una fuerza incontrastable y sobrenatural, y empecé á ensayar mis fuerzas y arrestos, descargando terribles puñetazos sobre las puertas de la vecindad. Á los pocos días de efectuar estos ensayos, era conocido entre los granujas del pueblo con el pintoresco mote de Brazo de hierro. Y aconteció que un día oí sonar á mis espaldas el famoso apodo acompañado de cierta risa que á mí me pareció por muchos conceptos irrespetuosa. Me vuelvo y veo á tres pilluelos muy risueños que se estaban sin quitarme ojo. Llegó la ocasión, pensé, y encomendándome al invicto Juan Palomo, cerré con el mayor coraje y ardimiento sobre aquellos canallas. Mas ¡ay! que entre nosotros debían existir las mismas relaciones que entre los antiguos aragoneses y su monarca: cada uno de ellos valía tanto como yo, y juntos mucho más que yo.

Me llevaron á casa y me pusieron sobre la frente algunos paños empapados en árnica. Jamás se lo perdonaré al Sr. Fernández y González.

Fundada, pues, mi crítica en motivos tan baladíes, es preciso convenir en que no tendrán fuerza de ninguna clase cuantas censuras dirija al Sr. Fernández y González. Convengamos en ello y meditemos un rato sobre la pequeñez de los hombres que por unos mojicones más ó menos llegan hasta rebajar las glorias de un esclarecido novelista.

Sin embargo, aunque no otra cosa, espero que se me reconozca cierto valor para arrostrar la impopularidad. El Sr. Fernández goza de gran crédito entre las clases más virtuosas de la nación. Conozco algunas amas de huéspedes que en gracia de sus interesantes novelas serían capaces de no pedirle el dinero hasta fin de mes. Y yo, escritor ventajosamente conocido en España, Francia, Inglaterra, Rusia, los Países Bajos y Carabanchel de Abajo, no vacilo en depositar en el pedestal de la estatua de la Verdad mis coronas y mis lauros.

¡Hermosa figura y ejemplo perdurable de heroísmo!

El Sr. Fernández y González no siempre escribió malas novelas. Hubo un tiempo en que las escribió buenas. Esto debía decirlo al final del artículo, bien lo comprendo, para que la última impresión fuese dulce, pero como el Sr. Fernández y González escribió las novelas buenas antes que las malas, parece natural que me atenga á su cronología. ¡Especial cronología la del Sr. Fernández! Todo en el Cosmos progresa, todo se perfecciona por virtud de la ley de la evolución pasando de lo homogéneo á lo heterogéneo[6]. Y no obstante, el Sr. Fernández y González rompe de frente con la ley de la evolución, y después de escribir novelas muy heterogéneas da á luz las homogéneas. El Condestable D. Álvaro de Luna, Men Rodríguez de Sanabria, Martín Gil, El cocinero de Su Majestad y Los Monfíes son novelas históricas en que á más de observarse con algún cuidado los requisitos del género, revela el autor cualidades excepcionales para brillar en él. No resucita por medio de un estudio atento y minucioso el mundo de la Edad Media como Walter Scott, sus costumbres, sus trajes, su fisonomía exterior; mas quizá debido á una portentosa imaginación consiga penetrar más adentro que el inmortal creador de la novela histórica, en sus sentimientos, en sus acciones y su discurso; en el mundo del espíritu.

No maneja tan bien el guardarropa feudal, ni el mobiliario de una sala gótica, ni es capaz de disponer un torneo con tanta propiedad; pero nuestros abuelos no aparecen con ese tinte suave y melancólico que inmerecidamente les concede el autor de Ivanhoe, sino con el lenguaje rudo, la sensualidad desenfrenada y la ferocidad bestial que les conviene. Los acentos ásperos que resuenan en los tiempos medios parecen vibrar puros y frescos todavía en la briosa fantasía de Fernández y González. Penetra por la coraza damasquina y la recia cota de malla, y sorprende los sentimientos de aquellos corazones tan rudos é independientes. Es más realista de la Edad Media que su maestro Walter Scott.

Aún pudiera serlo más, no lo dudo, rebajando un noventa por ciento de aventuras; mas como, después de todo, ninguno de nosotros ha vivido en la Edad Media, la narración de las maravillas acaecidas en esta Edad no nos puede irritar tanto como la de aquellas que suceden en la presente, donde no sucede ninguna.

No tengo inconveniente, pues, en admitir que los siglos medios son poéticos, y que en ellos se efectuaron todos esos lances portentosos que los novelistas nos cuentan, y otros muchos más que no nos cuentan. Mas deseo hacer constar que aunque poéticos eran unos siglos bárbaros, y que en punto á urbanidad y buena crianza, pese á Walter Scott y su escuela, el nuestro les saca mucha ventaja.

Á pesar de esto no falta quien apellida á nuestro siglo torpe y escandaloso, y se siente muy desgraciado por haber nacido en él en vez de florecer en la época del feudalismo. Hay que convenir en que la Providencia ha estado muy dura con los que así discurren poniéndoles sombrero de copa en lugar de casco. Pero una vez que no ha querido darles ese gusto, no hay más remedio que resignarse y esperar de mala manera, en cualquier oficina, á que este siglo se hunda en los abismos del tiempo. Ánimo, pues, que ya falta poco; veintidós años escasos.

Quede sentado que el Sr. Fernández y González manifestó en otro tiempo, muy lejano por desgracia, disposiciones felicísimas para la novela histórica. Pero no hay que atribuirle tampoco con afán hiperbólico aptitudes que no ha tenido jamás. Si las mostró nada comunes para el cultivo de este género, nunca dió la más leve señal de poseerlas para la novela de costumbres, social, realista ó como quiera denominarse. El género histórico es de todos los romancescos el que más semejanzas y afinidades guarda con el poema, y Fernández y González es mejor poeta que novelista. Tal vez dependerá de que el poeta se constituye y caracteriza por la fantasía, viniendo á ser el entendimiento y el estudio nada más que auxiliares de su inspiración, mientras el novelista necesita por partes iguales de una inteligencia superior y de una imaginación pintoresca. El talento de Fernández y González guarda, á mi juicio, más parentesco con el de Zorrilla que con el de ningún novelista de los que figuran ó han figurado en nuestra patria.

Mas ya que su empeño fuera escribir novelas y no versos, parecía razonable que siguiera novelando en el género histórico cada día con mayor discreción y lucimiento. El Sr. Fernández y González toda su vida profesó mucho horror á lo razonable. Así es que, en vez de continuar estudiando para corregirse y mejorarse, comenzó á echar por aquella pluma un diluvio de novelas plagadas de lances y aventuras imposibles que produjeron grandes disturbios en el ramo de modistas. De la novela histórica no quedó más que los nombres de los personajes, los cascos, las lanzas y las cimitarras. Todo lo demás, la pintura de los caracteres, la descripción de las costumbres, la verosimilitud de la fábula, naufragó en un mar de tinta.

Este afán insaciable de aventuras fué causa de su perdición. ¡Lo que es el corazón humano! como diría Pérez Escrich. Un hombre que había pasado toda su vida en el alcázar del rey tratado á cuerpo de ídem, dedicado exclusivamente á vigilar la entrada y la salida de los galanes por las puertas secretas, los suspiros de la reina y las órdenes del monarca, marcha de improviso á Sierra Morena y empieza á echar el alto á los viajeros, en compañía de Juan Palomo y Diego Corrientes.

Estos cambios bruscos é inesperados de la fortuna me conmueven sobremanera.

¡Y qué había de suceder! El Sr. Fernández, que era un caballero muy cumplido y espiritual, consiguió al principio dar cierto barniz romántico á aquellos secuestradores; mas al cabo y á su pesar tuvo que sufrir la influencia nefasta de tan grosera compañía, perdiendo las buenas formas y los refinamientos palaciegos. Descuidó ó abandonó por entero los estudios literarios, acaudalando en cambio gran copia de bellaquerías y ruindades que aspiró á presentar como admirables, redactándolas al mismo tiempo en un lenguaje que por nada en el mundo me atrevería á llamar cervantesco.

Si el Sr. Fernández y González hubiera ido á recorrer los desfiladeros y encrucijadas de Sierra Morena con el objeto de estudiar minuciosamente las costumbres de sus indígenas y ofrecérnoslas después en cuadros romancescos vivos y fieles, yo no le diría una sola palabra malsonante; allá se las arreglara con los enemigos del realismo. Pero eso de ir ni más ni menos que á buscar con su linterna por aquellas breñas almas grandes, corazones generosos, honrados padres de familia y ciudadanos íntegros, se me figura depresivo para los que habitamos en poblado. No parece sino que escandalizado el Sr. Fernández y González de nuestra corrupción, como Tácito de la de Roma, desea presentarnos en las costumbres puras ó inocentes de la bandolería algo que nos edifique y nos enderece. Pues mire usted, Sr. Fernández, convengo en que por Madrid hay muchos perdidos y que es peligroso hasta cierto punto atravesar á las tres de la tarde por delante del café Suizo; pero también hay muchos caballeros, tan fieles como el oro, que sólo le detienen á usted para pedirle fuego. No es absolutamente necesario ser ladrón en cuadrilla para tener un corazón sensible. Conozco muchas personas que, sin haber desvalijado á nadie en su vida, riegan con sus lágrimas las butacas del teatro Español cada vez que se pone en escena Ó locura ó santidad.

Repito, pues, Sr. Fernández, que el ideal de la bandolería no es suficiente para el arte. El ideal cristiano me parece más fecundo y más conforme con la naturaleza humana.

Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas fueron bajando, bajando, y bajaron yo no sé hasta dónde. Salieron á luz por entregas, por arrobas y por metros cúbicos. El señor Fernández tenía un establecimiento en liquidación dentro de la cabeza.

Y, sin embargo, ¿qué fué de tanta invención? Destinadas estas novelas á entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad, perdieron casi en absoluto el carácter de obras literarias y fueron proscritas con excomunión mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor ya no volvió á preocuparse de la composición, del análisis de los caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza de la lengua. Lo único á que atendió fué á sorprender, á asustar las imaginaciones femeniles, á despertar y encadenar la curiosidad, arrastrándola violentamente por sucesos increíbles y absurdos.

De este modo logró conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernández y González. Tuvo y aún tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores que no pueden fundar ninguna reputación duradera. Leen por distraerse, por matar el tiempo, y las más de las veces no se detienen á mirar el nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son capaces de tributarle admiración, á la manera que al niño jamás se le ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte.

Las obras literarias, ó las que tal nombre merecen, no se presentan como los arenques en grandes turbas; vienen solas después de haber madurado por más ó menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren una gestación laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en el pensamiento. Me refiero, por supuesto, á las obras de mérito permanente, capaces de resistir á las inclemencias del tiempo y de la crítica.

La entrega, que Fernández y González ha cultivado con más éxito que ningún otro en nuestra patria, es la institución más perniciosa que inventaron los hombres para tormento de las letras.

Me equivoco, hay todavía otra institución más deletérea: el tomo de á peseta. En tomos de á peseta ha exprimido el Sr. Fernández las últimas gotas de su desordenada inspiración. En vano el poder legislativo de la sociedad se afana por introducir las reformas más convenientes en todos los ramos de la administración; en vano el poder ejecutivo cumplimenta con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolviéndolas y aclarándolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos preámbulos. Mientras Manini, con su biblioteca de lujo, y los traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pública, no tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vías férreas, ni administración.

Torna á la ciudad el Sr. Fernández y quiere describirnos la vida real, lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus novelas contemporáneas cierto interés y movimiento, porque el autor, por más que se empeña, no puede prescindir completamente de su poderosa imaginativa; mas allá, por el campo, adquirió unos modales tan impolíticos y serranos, que por ningún concepto recomiendo la lectura de tales obras á las niñas de quince abriles.

Resplandece en sus últimas novelas, á más de un color verde harto subido, la ausencia absoluta de previsión artística. El autor no medita ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra romancesca. Prefiere abandonarse á la corriente alborotada de la improvisación, y allá van escenas y sucesos donde quiere una fantasía delirante. ¡Yo que juzgaba á la improvisación sólo buena para decir unas cuantas redondillas después de haber comido fuerte!

La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se observa á primera y segunda vista en estas producciones. La vida del espíritu merece tanto respeto al Sr. Fernández y González que no se atreve á penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendrá que agradecerle este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi conciencia, que el espíritu del hombre tiene derecho á ocupar el lugar preferente en la novela. Cuando se le condena á comer el pan negro de la emigración, como en las obras de Fernández y González, la novela se transforma en cuento de viejas.

En resolución. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernández y González, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artículo, con arreglo á los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto de la literatura para entrar en el más oscuro y también más lucrativo de la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata más que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el que escribió una novela puede escribir un cargamento de ellas.

¡Cuántos años hace que el Sr. Fernández y González está haciendo cestos sin darse punto de reposo!

Sus novelas, como las saetas del ejército de Jerjes, amenazan ya nublar el sol.

Así, que me he visto precisado á pelear á la sombra.

Conste sobre todo, Sr. Fernández, que esta crítica fué inspirada por los móviles más bajos y más ruines.

Illustration from Semblanzas literarias
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D. FRANCISCO NAVARRO VILLOSLADA

ROCEDAMOS con método. El Sr. Villoslada, aunque novelista vivo, no es un novelista contemporáneo. Pertenece al grupo de los románticos que pasó felizmente para no volver. El romanticismo dió muerte al clasicismo: el realismo filosófico acaba de matar al romanticismo. Éste fué una gloriosa insurrección contra las formas aristocráticas y convencionales de la tradición literaria encauzada desde el renacimiento por el seguro pero estrecho álveo de la cultura clásica, un retorno á la verdad y á la belleza aprisionadas en inflexibles moldes, un himno entusiasta á la inspiración libre y sencilla de la Edad Media. En el romanticismo precisa distinguir dos momentos. Detiénense en el primero los apasionados y devotos de la Edad Media, los que no sólo demandan á estos siglos naturalidad y sencillez para la forma, sino ideales, tangibles y completos para la vida, los que aman sus creencias y sus costumbres, oponiéndolas con decisión al amaneramiento y á la tibieza de nuestros tiempos. Fueron representantes más ó menos insignes de estas tendencias, en Alemania los hermanos Schlegel, Tiek, Ruckert y Huland; en Inglaterra, Walter-Scott y Southey; en Francia Chateaubriand, Vigny, y en España el duque de Rivas y Zorrilla.

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Pero esta grandiosa revolución literaria encontró en otros muy notables ingenios una representación más amplia y humana. Las altas ideas morales y metafísicas expresadas con exageración, con violencia y con exceso, vinieron á engendrar otro gran movimiento que podemos denominar romanticismo filosófico, que ilustraron, en Alemania, principalmente Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley, en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda.

No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento romántico, sino tan sólo decir escasas palabras sobre la primera, por ser aquella en la cual se fija y encierra el carácter del novelista que estudiamos.

Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra época, atenta muy particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros románticos, á cuyo frente debe colocarse al célebre Walter-Scott, creyeron ver en la época feudal un dechado para la nuestra. La audaz imaginación, estimulada por la distancia y el deseo, hízoles trocar la grosería en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la sórdida ambición en altanera bravura, é iluminaron los ásperos contornos de aquella edad con los colores de una luz ideal. Así nació la novela arqueológica; no como descripción más ó menos fiel de las costumbres y sentimientos de un período histórico, sino como fantástica resurrección de una edad de oro.

No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia desechar un género en el cual ha conseguido su renombre el más insigne de los novelistas modernos; pero sí apuntaré que la novela histórica en su misma naturaleza lleva gérmenes de falsedad y de muerte. Veámoslos.

Para pintar las costumbres de una época histórica no hay nada mejor, está averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar añejas costumbres tiene mucho de fantástico. Insensiblemente, sin que el artista lo perciba, y á despecho de todos sus escrúpulos y pruritos de veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseñorea de ella.

Y si esto podemos decir de las costumbres, ¿qué sucederá con los afectos y pasiones? Aquí es donde se penetra claramente la miseria de la traza y todo el artificio de que los novelistas arqueólogos se valen para deslumbrarnos momentáneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jamás ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y sentimientos.

Notes in this chapter

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