CRÓNICA DEL PERÚ, (continued 3)
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CAP. XXXI.—Del segundo rey ó Inca que hobo en el Cuzco, llamado Sinchi Roca. [101]
Pues con la más brevedad que pude escribí lo que entendí de la gobernacion y costumbre de los Incas, quiero volver con mi escriptura á contar lo que hobo desde Manco Capac hasta Guascar, como atrás prometí. Y así, deste como de otros no dan mucha noticia los orejones, porque, á la verdad, hicieron pocas cosas; porque los inventores de lo escripto y los más valerosos de todos ellos, fueron Inca Iupanqui y Tupac Inca, su hijo, y Guayna Capac su nieto; aunque tambien lo debe causar la razon, que ya tengo escripta, de ser éstos los más modernos.
Luego, pues, que fué muerto Manco Capac y hechos por él los lloros generales y osequias, Sinchi Roca Inca toma la borla ó corona con las cirimonias acostumbradas, procurando luego de alargar la casa del sol y allegar á sí la más gente que pudo con halagos y grandes ofrecimientos, llamando, como ya se llamaba á la nueva poblacion, Cuzco. Y algunos de los indios naturales dél afirman, que á donde estaba la grande plaza, ques la misma que agora tiene, habia un pequeño lago y tremedal de agua que les era dificultoso para el labrar los edificios grandes que querian comenzar y edificar; mas, como esto fuese conocido por el rey Sinchi Roca[102], procura con ayuda de sus aliados y vecinos deshacer aquel palude, cegándolo con grandes losas y maderos gruesos, allanando por encima donde el agua solia estar, de tal manera, que quedó como agora lo vemos. Y aún cuentan más, que todo el valle del Cuzco era estéril y jamás daba buen fruto la tierra dél de lo que sembraron, y que de dentro de la grand montaña de los Andes trajeron muchos millares de cargas de tierra, la cual tendieron por todo él; con lo cual, si es verdad, quedó el valle muy fértil, como agora lo vemos.
Este Inca hobo en su hermana y mujer muchos hijos: al mayor nombraron Lloque Yupanqui[103]. Y visto por los comarcanos al Cuzco la buena órden que tenian los nuevos pobladores que en él estaban, y cómo traian á su amistad las gentes más por amor y binivolencia que no por armas ni rigor, algunos capitanes y principales vinieron á con ellos tener sus pláticas, holgándose de ver el templo de Curicancha y la buena órden con que se regian; que fué causa que firmaron con ellos amistades de muchas partes. Y dicen más, que como hobiesen venido al Cuzco, entre estos que digo, un capitan del pueblo que llaman Zañu[104], no muy léjos de la ciudad, que rogó á Sinchi Roca[105], con gran veemencia que en ello puso, que tuviese por bien que una hija que él tenia muy apuesta y hermosa, la quisiese recibir para darla por mujer á su hijo. Entendido esto por el Inca, pesóle, porque era lo que se le pedia cosa, que si lo otorgaba, iba contra lo establecido y ordenado por su padre, y si no concedia al dicho deste capitan, quél y los demás los tenian por hombres inhumanos, publicando que no eran más de para sí. Y habiendo tomado consejo con los orejones y principales de la ciudad, paresció á todos que debia de recibir la doncella para la casar con su hijo, porque hasta que tuviesen más fuerza y potencia, no se habian de guiar en aquel caso por lo que su padre dejó mandado. Y así, dicen que respondió al padre de la que habia de ser mujer de su hijo, que la trajiesen; y se hicieron las bodas con toda solenidad, á su costumbre é modo, y fué llamada en el Cuzco Coya; y una hija que tenia el rey, que habia de ser mujer de su hermano, fué colocada en el templo de Curicancha, á donde ya habian puesto sacerdotes y se hacian sacrificios delante de la figura del sol, y habia porteros para guarda de las mujeres sagradas de la manera y como está contado. Y como este casamiento se hizo, cuentan los mismos indios que aquella parcialidad se juntó con los vecinos del Cuzco, y haciendo grandes convites y borracheras, confirmaron su hermandad y amistad de ser todos unos; y por ello se hicieron grandes sacrificios en el cerro de Guanacaure y en Tampuquiro y en el mesmo templo de Curicancha. Lo cual pasado, se juntaron más de cuatro mill mancebos, y hechas las cirimonias que para ello se habian inventado, fueron armados caballeros y quedaron tenidos por nobles, y les fueron rasgadas las orejas y puestos en ellas aquel redondo que usar solian.
Pasado esto y otras cosas que sucedieron al rey Sinchi Roca, que no sabemos, despues de ser viejo y de dejar muchos hijos y hijas, murió y fué muy llorado y plañido, y le hicieron osequias muy suntuosas, guardando su bulto para memoria que habia sido bueno, creyendo que su ánima descansaba en los cielos.
CAP. XXXII.—Del tercero rey que hubo en el Cuzco, llamado Lloque Yupanqui.
Muerto, de la manera que se ha contado, Sinchi Roca, Lloque Yupanqui, su hijo, fué recebido por Señor, habiendo primero ayunado los dias para ello señalados; y como por sus adivinanzas y pensamientos se tuviese grande esperanza que en lo futuro la ciudad del Cuzco habia de florescer, el nuevo rey comenzó á la ennoblecer con nuevos edificios que en ella fueron hechos, y rogó, á lo que cuentan, á su suegro, quisiese con todos sus aliados y confederados pasarse á vivir á su ciudad, á donde le seria guardado su honor y en ella ternia la parte que quisiese. Y el señor ó capitan de Zañu[106] haciéndolo asi, se le dió y señaló para su vivienda la parte más occidental de la ciudad, la cual, por estar en laderas y collados, se llamó Anancuzco; y en lo llano y mas bajo, quedóse el rey con su casa y vecindad; y como ya todos eran orejones, ques tanto como decir nobles, y casi todos ellos hobiesen sido en fundar la nueva ciudad, tuviéronse siempre por ilustres las gentes que vivian en los dos lugares de la ciudad, llamados Anancuzco y Orencuzco. Y aun algunos indios quisieron decir que el un Inca habia de ser de uno destos linajes, y otro del otro; mas no le tengo por cierto, ni que es mas de lo que los orejones cuentan, que es lo que ya está escripto. Por una parte y por otra de la ciudad habia grandes barrios en los collados, porque ella estaba atrazada en cerros y quebradas, como se contó en la Primera parte desta Corónica[107].
No dan relacion que en estos tiempos hobiese guerra notable; ántes afirman, que los del Cuzco, poco á poco, con buenas mañas que para ello tenian, allegaban á su amistad muchas gentes de las comarcas de su ciudad y acrescentaban el templo de Curicancha, así en edificios como en riqueza; que ya buscaban metales de plata y oro, y dello venia mucho á la ciudad al tianquez[108] ó mercado que en ella se hacia; y metíanse en el templo mujeres para no salir dél, segund y como está dicho en otros lugares.
Y reinando desta manera Lloque Yupanqui en el Cuzco, pasándosele lo mas de su tiempo, allegó á ser muy viejo, sin haber hijo en su mujer. Mostrando mucho pesar dello los vecinos de la ciudad, hicieron grandes sacrificios y plegarias á sus dioses, así en Guanacaure como en Curicancha, y en Tamboquiro; y dicen que por uno de aquellos oráculos donde iban [por] respuestas vanas, oyeron que el Inca engendraria hijo que le sucediese en el reino; de lo cual mostraron mucho contento, y alegres con la esperanza, ponian al viejo rey encima de su mujer la Coya, y con tales burlas, á cabo de algunos dias, claramente se conoció estar preñada, y á su tiempo parió un hijo.
Lloque Yupanqui murió, mandando primero que la borla ó corona del imperio fuese puesta y depositada en el templo de Curicancha, hasta que su hijo tuviese edad para reinar, al cual pusieron por nombre Mayta Capac; y por gobernadores dicen que dejó á dos de sus hermanos, los nombres de los cuales no entendí.
Muerto el Inca Yupanqui, fué llorado por todos los criados de su casa, y en muchas partes de la ciudad, conforme á la ceguedad que tenian, se mataron muchas mujeres y muchachos, con pensar que le habian de ir á servir al cielo, donde ya tenian por cierto que su ánima estaba; y santificándole por sancto, mandaron los mayores de la ciudad que fuese hecho bulto para sacar á las fiestas que se hiciesen. Y cierto, grande es el preparamiento que se hacia para enterrar á uno de estos reyes, y generalmente en todas las provincias le lloraban, y en muchas dellas se tresquilaban las mujeres, ciñéndose sogas de esparto; y al cabo del año se hacian unas lamentaciones y sacrificios gentílicos, mucho más de lo que se puede pensar. Y esto, los que se hallaron en el Cuzco el año de mill quinientos y cincuenta, verian lo que allí pasó sobre las honras de Paulo[109], cuando le hicieron su cabo de año; que fué tanto, que las más de las dueñas de la ciudad subieron á su casa á lo ver; y yo me hallé presente, y cierto era para concebir admiracion. Y háse de entender que era aquello nada en comparacion de lo pasado. Y diré agora de Mayta Capac.
CAP. XXXIII.—Del cuarto Inca que hobo en el Cuzco, llamado Mayta Capac y de lo que pasó en el tiempo de su reinado.
Pasado, pues, lo que se ha escripto, Mayta Capac, se fué haciendo grande; el cual, despues de haber hecho las cirimonias que se requerian, le fueron abiertas las orejas; y siendo más hombre, en presencia de muchas gentes, así naturales como extranjeros, que para ello se juntaron, rescebió la corona ó borla del imperio; é porque no tenia hermana con quien casar, tomó por mujer á una hija de un[110] señorete ó capitan del pueblo de Oma, que estaba del[111] Cuzco hasta dos leguas; la cual por nombre habia Mama Cahua Pata.
Hechas las bodas, estaba un barrio cerca de la ciudad, donde vivia un linaje de gente á quien llamaban Alcaviquiza[112], y estos no habian querido tener amistad con los del Cuzco ninguna, y estando llenos de sospechas unos de otros, dicen que yendo á tomar agua una muger del Cuzco á ciertas fuentes que por allí estaban, salió un muchacho del otro barrio y le quebró el cántaro y habló no sé qué palabras; la cual, dando gritos, volvió al Cuzco; y como estos indios son tan alharaquientos, salieron luego con sus armas contra los otros, que tambien habian tomado las suyas al ruido que oian, para ver en lo que paraba el negocio; y llegando el Inca con su gente cerca, se pusieron en órden de pelea, habiendo tomado por achaque cosa tan liviana como entre la india y muchacho habia pasado, para querer sojuzgar los de aquel linaje ó que la memoria dellos se perdiese.
Y esto por los de Alcaviquiza bien era entendido; y como hombres de valor, salieron á la batalla con grand denuedo, que fué la primera que se dió en aquellos tiempos, y pelearon gran rato así los unos como los otros, porque habiendo sido el caso tan súpito, no habian podido allegar favores ni buscar ayudas los de Alcaviquiza; los cuales, aunque mucho pelearon, fueron vencidos despues de ser muertos todos los más, que casi no escaparon cincuenta con la vida. Y luego el rey Mayta Capac, tomando posesion en los campos y heredades de los muertos, usando de vencedor, lo repartió todo por los vecinos del Cuzco, y se hicieron grandes fiestas por la vitoria, yendo todos á sacrificar á los oráculos que tenian por sagrados.
Deste Inca no cuentan los orejones más de que Mayta Capac reynó en el Cuzco algunos años; y estando allegando gente para salir á lo que llaman Condesuyo, le vino tal enfermedad, que hobo de morir, dejando por su heredero al hijo mayor, llamado Capac Yupanqui.
CAP. XXXIV.—Del quinto rey que hobo en el Cuzco, llamado Capac Yupanqui.
Paréceme, que destos Incas que al principio de la fundacion del Cuzco reinaron en aquella ciudad, que los indios cuentan pocas cosas dello; y, cierto, debe ser lo que dicen, que entre los Incas, cuatro ó cinco dellos fueron [los que] tanto se señalaron y que ordenaron é hicieron lo que ya [he] escripto.
Muerto Mayta Capac, le fueron hechas las osequias como se usaba entre ellos, y habiendo puesto su bulto en el templo, para lo canonizar por santo conforme á su ceguedad, Capac Yupanqui tomó la borla con grandes fiestas que para solenizar la coronacion fueron hechas; y para ello, de todas partes vinieron gentes. Y pasadas las alegrias, que lo más es beber y cantar, el Inca determinó de ir á hacer sacrificio al cerro de Guanacaure, acompañado del Gran Sacerdote y de los ministros del templo, y de muchos orejones y vecinos de la ciudad.
Y en la provincia de Condesuyo se habia entendido cómo al tiempo que el Inca pasado murió, estaba determinado de él ir á dar guerra, [y] habianse apercebido, porque no los tomase descuidados; y dende á pocos dias tuvieron tambien noticias de su muerte y de la salida que queria hacer Capac Yupanqui, su hijo, á hacer sacrificios al cerro de Guanacaure, y determinaron de venir á le dar guerra, y á cojer el despojo, si con la victoria quedasen. Y así lo pusieron por obra, y salieron de un pueblo que está en aquella comarca, á quien llaman Marca, y así llegaron á donde ya era venido el Inca, que siendo avisado de lo que pasaba, estaba á punto aguardando lo que viniese; y sin se pasar muchos dias, se juntaron unos con otros y se dieron batalla; la cual duró mucho espacio, y que todos pelearon animosamente; mas al fin, los de Condesuyo fueron vencidos con muerte de muchos dellos; y así, el sacrificio se hizo con más alegría, matando algunos hombres y mugeres, conforme á su ceguedad, é mucho ganado de ovejas y corderos, en las asaduras de los cuales pronosticaban sus desvaríos y liviandades. Acabados estos sacrificios, el Inca dió la vuelta al Cuzco, á donde se hicieron grandes fiestas y alegrías por la victoria que habia habido.
Los que escaparon de los enemigos, como mejor pudieron, fueron á parar á su provincia, á donde de nuevo procuraron de allegar gente y buscar favores, publicando que habian de morir ó destruir la ciudad del Cuzco, matando todos los advenedizos que en ella estaban; y con mucha soberbia, inflamados en ira, se daban priesa á recoger armas, y sin ver el templo de Curicancha, repartian entre ellos mesmos las señoras que en él estaban. Y estando aparejados, se fueron hácia el [cerro] de Guanacaure, para desde allí entrar en el Cuzco; donde habia aviso destos movimientos y Capac Yupanqui habia juntado todos los comarcanos al Cuzco y confederados, y con los orejones aguardó á sus enemigos, hasta que supo estar cerca del Cuzco; á donde fueron á encontrarse con ellos, y entre los unos y los otros se dió la batalla, animando cada capitan á su gente. Mas, aunque los de Condesuyo pelearon hasta más no poder, fueron vencidos segunda vez con muerte de más de seis mill hombres dellos, y los que escaparon, volvieron huyendo á sus tierras.
Capac Yupanqui los fué siguiendo hasta su propia tierra, donde les hizo la guerra de tal manera, que vinieron á pedir paz, ofreciendo de reconoscer al Señor del Cuzco, como lo hacian los otros pueblos que estaban en su amistad. Capac Yupanqui los perdonó y se mostró muy alegre con todos, mandando á los suyos que no hiciesen daño ni robasen nada á los que ya tenian por amigos. Y en aquella comarca fueron luego buscadas algunas doncellas hermosas para llevar al templo del sol que estaba en el Cuzco. Y Capac Yupanqui anduvo algunos dias por aquellas comarcas emponiendo á los naturales dellas en que viviesen ordenadamente, sin tener sus pueblos por los altos y peñascos de nieve; y así fué hecho como él lo mandó, y volviose á su ciudad.
La cual se iba ennobleciendo más cada dia y se adornaba el templo de Curicancha; y mandó hacer una casa para su morada, que era la mejor que hasta en aquel tiempo se habia hecho en el Cuzco. Y cuentan que hobo en la Coya, su legítima muger, hijos que le sucedieron en el señorío; y como ya se extendiese la fama por todas las provincias comarcanas al Cuzco de la estada en ella de los Incas y orejones y del templo que habian fundado, y de cuanta razon y buena órden habia en ellos, y de cómo andaban vestidos y aderezados, de todo esto se espantaban, y la fama discurria por todas partes, dando pregones destas cosas.
Y en aquellos tiempos, los que tenian señorío á la parte del Poniente de la ciudad del Cuzco, y se extendia hasta donde agora es Andaguaylas, como lo oyesen, enviaron á Capac Yupanqui sus embajadores con grandes dones y presentes, enviándole á rogar los quisiese tener por amigos y confederados suyos; á lo cual respondió el Inca muy bien, dándoles ricas piezas de oro y de plata que diesen á los que los enviaron. Y haciéndoles buen tratamiento y hospedage, estuvieron estos mensajeros algunos dias en la ciudad, paresciéndoles más lo que veian, que no lo que habian oido; y así lo contaron en sus tierras, desque allá fueron vueltos. Y algunos de los orejones del Cuzco afirman, que la lengua general que se usó por todas las provincias, que fué la que usaban y hablaban estos Quíchoas, los cuales fueron tenidos por sus comarcanos por muy valientes, hasta que los Chancas los destruyeron. Habiendo, pues, el Inca Capac Yupanqui vivido muchos años, [murió] siendo ya muy viejo; y habiendo ya pasado los lloros y dias de sus honras, su hijo fué recibido sin contraste ninguno por rey del Cuzco, como su padre lo habia sido; el cual habia por nombre Inca Roca Inca[113].
CAP. XXXV.—Del sexto rey que hubo en el Cuzco y lo que pasó en su tiempo, y de la fábula ó historia que cuentan del rio que pasa por medio de la ciudad del Cuzco.
Muerto por la manera que se ha contado Capac Yupanqui, sucedió en el señorío Inca Roca Inca, su hijo, y para el tomar de la borla, vinieron, como lo solian hacer, de muchas partes número grande de gente á se hallar presentes á ello; y fueron hechos grandes sacrificios en los oráculos y templos, conforme á su ceguedad. Y cuentan estos indios, que al tiempo que le fueron rasgadas las orejas á este Inca, para poner en ellas aquel redondo que hoy en dia traen los orejones, que le dolió mucho la una dellas, tanto, que se salió de la ciudad con esta fatiga y fué á un cerro que está cerca de ella muy alto, á quien llaman Chaca, á donde mandó á sus mugeres y á la Coya, su hermana, Micai Coca[114], la cual en vida de su padre habia recibido por muger, que con el estoviese. Y cuentan en este paso, que sucedió un misterio fabuloso, el cual fué, que como en aquel tiempo no corriese por la ciudad ni pasase ningun arroyo ni rio, que no se tenia por poca falta y necesidad, porque cuando hacia calor se iban á bañar por la redonda de la ciudad en los rios que habia, y áun sin calor se bañaban, y para proveimiento de los moradores habia fuentes pequeñas, las que agora hay; y estando en este cerro el Inca desviado algo de su gente, comenzó á hacer su oracion al gran Ticiviracocha, y á Guanacaure y al sol y á los Incas sus padres y abuelos, para que quisiesen declararle cómo y por dónde podrian, á fuerzas de manos de hombre, llevar algun rio ó acequia á la ciudad; y que estando en su oracion, se oyó un trueno grande, tanto, que espantó á todos los que allí estaban; y quel mesmo Inca, con el miedo que recibió, abajó la cabeza hasta poner la oreja izquierda en el suelo, de la cual le corria mucha sangre; y que súpitamente, oyó un gran ruido de agua que por debajo de aquel lugar iba; y que, visto el misterio, con mucha alegria mandó que viniesen muchos indios de la ciudad, los cuales con priesa grande cavaron hasta que toparon con el golpe de agua que, habiendo abierto camino por las entrañas de la tierra, iba caminando sin dar provecho.
Y prosiguiendo con este cuento, dicen más, que despues que mucho hobieron cavado y vieron el ojo de agua, hicieron grandes sacrificios á sus dioses, creyendo que por virtud de su deidad aquel beneficio les habia venido, y que con mucha alegría se dieron tal maña, que llevaron el agua por medio de la ciudad, habiendo primero enlosado el suelo con losas grandes, sacando con cimientos fuertes unas paredes de buena piedra por una parte y por otra del rio; y para pasar por él, se hicieron á trechos algunos puentes de piedra.
Este rio yo lo he visto, y es verdad que corre de la manera que cuentan, viniendo el nacimiento[115] de hácia aquella sierra. Lo demás, no sé lo que es, más de escribir lo que sobre ello cuentan; y bien podria ir algun ojo de agua metido en la mesma tierra, sin ser visto ni oido el ruido del agua, hechálo por la ciudad, como agora lo vemos; porque en muchas partes deste gran reino van ó corren rios grandes y pequeños por debajo de la tierra, como ternan noticia los que por los llanos y sierras dél hubieren andado. En este tiempo, muladares grandes hay por la orilla deste rio, lleno de inmundicias y bascosidades, lo que no estaba en tiempo de los Incas, sino muy limpio, corriendo el agua por encima de las losas dichas; y algunas veces se iban á lavar los Incas con sus mugeres; y en diversas veces han algunos españoles hallado cantidad de oro, no puro, sino en joyas menudas, y de sus topos, que dejaban ó se les caian cuando se bañaban.
Despues de pasado esto, Inca Roca salió, á lo que dicen, del Cuzco á hacer sacrificios, procurando con grandes mañas y buenas palabras atraer á su amistad las gentes que más podia; y salió y fué hácia lo que llaman Condesuyo; á donde, en el lugar que llaman Pomatambo, tuvo una batalla con los naturales de aquellas comarcas, de la cual quedó por vencedor y señor de todos; porque, perdonando con muchas liberalidades y comunicando con ellos sus cosas grandes, le tomaron amor y ofrecieron á su servicio, obligándose de le acudir con tributos. Despues de haber estado algunos dias en Condesuyo y visitado los oráculos y templos que hay por aquellas tierras, se volvió victorioso al Cuzco, yendo delante dél indios principales, guardando su persona con hachas y alabardas de oro.
Tuvo este Inca muchos hijos y no hija ninguna; y habiendo ordenado y mandado algunas cosas grandes y de importancia para la gobernacion, murió, habiendo primero casado á su primogénito, que por nombre habia Inca Yupanqui, con una señora natural de Ayarmaca, á quien nombraban Mama Chiquia.
CAP. XXXVI.—Del séptimo rey ó Inca que en el Cuzco hobo, llamado Inca Yupanqui.
Muerto que fué Inca Roca acudieron de Condesuyo, Vicos, de Ayarmaca, y de las otras partes con que habia asentado alianza y amistad, mucha gente, así hombres como mugeres, é fueron hechos grandes llantos por el rey difunto; é muchas mugeres de las que en vida le amaron y sirvieron, conforme á la ceguedad de los indios general, de sus mesmos cabellos se ahorcaron, y otras se mataron por otros modos, para, de presto, enviar sus ánimas para servir á la de Inca Roca; y en la sepoltura, que fué magnífica y suntuosa, echaron grandes tesoros y mayor cantidad de mugeres y sirvientes con mantenimientos y ropa fina.
Ninguna sepoltura destos reyes se ha hallado; y para que se conozca si serian ricas ó no, no es menester más prueba que, pues se hallaban en sepolturas comunes á sesenta mill pesos de oro y más y ménos, ¿qué serian las que metian estos que tanto deste metal poseyeron y que tenian por cosa importantísima salir deste siglo ricos y adornados?
Así mesmo le fué hecho bulto á Inca Roca, contándole por uno de sus dioses, creyendo que ya descansaba en el cielo.
Pasados los lloros y hechas las osequias, el nuevo Inca se encerró á hacer el ayuno; y porque con su ausencia no recreciese alguna sedicion ó levantamiento de pueblo, mandó que uno de los más principales de su linage estuviese en público representando su mesma persona; al cual dió poder para que pudiese castigar al que hiciese por qué, y tener la ciudad en todo sosiego y paz, hasta que él saliese con la insinia real de la borla. Y este Inca, dicen que tienen por noticia que fué de gentil presencia, grave y de autoridad. El cual entró en lo más secreto de su palacio, á donde hizo el ayuno, metiéndole á tiempos el maíz con lo que más comia, y se estaba sin tener ayuntamiento carnal con muger. Acabado, se salió luego, mostrando con su vista las gentes gran contento; y se hicieron sus fiestas y sacrificios grandes; y pasadas las fiestas, mandó el Inca que se trajese de todas partes cantidad de oro y plata para el templo; y se hizo en el Cuzco la piedra que llaman de la guerra, grande, y las engastonadas en oro y piedras[116].
CAP. XXXVII.—Cómo, queriendo salir este Inca á hacer guerra por la provincia del Collao, se levantó cierto alboroto en el Cuzco, y de cómo los Chancas vencieron á los Quichuas, y les ganaron su señorío.
Estando Inca Yupanqui en el Cuzco procurando de lo ennoblecer, determinó de ir á Collasuyo, que son las provincias que caen á la parte del Austro de la ciudad, porque tuvo aviso que los descendientes de Zapana, que señoreaban la parte de Atuncollao, eran ya muy poderosos y estaban tan soberbios, que hacian junta de gente para venir sobre el Cuzco; y así, mandó apercibir sus gentes. Y como el Cuzco mucho tiempo no sufre paz, cuentan los indios, que como hobiese allegado mucha gente Inca Yupanqui para la jornada que queria hacer, estando ya para se partir, como hobiesen venido algunos capitanes de Condesuyo con gente de guerra, trataron entre sí de matar al Inca, porque si de aquella jornada salia con victoria, quedaria tan estimado, que á todos querria tener por vasallos y criados. Y así, dicen que estando el Inca en sus fiestas algo alegre con el mucho vino que bebian, allegó uno de los de la liga y que habian tomado el partido ya dicho, y alzando el brazo, descargó un golpe de baston en la cabeza real, y que el Inca turbado y con ánimo, se levantó diciendo: "¿Qué hiciste, traidor?" Y ya los de Condesuyo habian hecho muchas muertes; y el mismo Inca se pensó guarecer con irse al templo; mas fué en vano pensarlo, porque alcanzado de sus enemigos, le mataron, haciendo lo mesmo á muchas de sus mugeres.
Andaba gran ruido en la ciudad, tanto que no se entendian los unos á los otros: los sacerdotes se habian recogido al templo y las mujeres de la ciudad, aullando, tiraban de sus cabellos, espantadas de ver al Inca muerto de sangre, como si fuera algun hombre vil. E muchos de los vecinos quisieron desamparar la ciudad, y los matadores la querian poner á saco, cuando, cuentan, que haciendo gran ruido de truenos y relámpagos, cayó tanta agua del cielo, que los de Condesuyo temieron, y sin proseguir adelante, se volvieron, contentándose con el daño que habian hecho.
Y [cuentan ó dicen] los indios, que en este tiempo eran señores de la provincia que llamaban Andaguailas los Quíchuas[117], y que de junto á un lago que habia por nombre Choclococha[118], salieron cantidad de gente con dos capitanes llamados Guaraca y Uasco, los cuales vinieron conquistando por donde venian, hasta que llegaron á la provincia dicha; y como los moradores della supieron su venida, se pusieron á punto de guerra, animándose los unos á los otros, diciendo que seria justo dar la muerte á los que habian venido contra ellos; y así, saliendo por una puerta que va á salir hacia los Aymaraes, los Chancas con sus capitanes venian acercándose á ellos, de manera que se juntaron y tuvieron algunas pláticas los unos con los otros, y sin quedar avenidos, se dió la batalla entre ellos; que, cierto, segun la fama pregona, fué reñida y la victoria estuvo dudosa; mas, al fin, los Quíchuas fueron vencidos y tratados cruelmente, matando á todos los que podian á las manos haber, sin perdonar á los niños tiernos, ni á los inútiles viejos, tomando á sus mujeres por mancebas. Y hechos otros daños, se hicieron señores de aquella provincia y la poseyeron como hoy dia la mandan sus descendientes. Y esto hélo contado, porque adelante se ha de hacer mucha mencion de estos Chancas.
Y volviendo á la materia, como los de Condesuyo se fueron del Cuzco, fué limpiada la ciudad de los muertos y hechos grandes sacrificios; y se dice por muy cierto, que á Inca Yupanqui no se le hizo en su entierro la honra que á los pasados, ni le pusieron bulto como á ellos, y no dejó hijo ninguno.
CAP. XXXVIII.—Cómo los orejones trataron sobre quien seria Inca, y lo que pasó hasta que salió con la borla Viracocha Inga, que fué el octavo rey que reinó.
Pasado lo que se contó conforme á la relacion que los orejones del Cuzco dan de estas cosas, dicen más, que como se hobiese hecho grandes lloros por la muerte del Inca, se trató entre los principales de la ciudad quién seria llamado rey é merescia tener la tal dignidad. Sobre esto habia diversas opiniones; y porque tales hobo que querian que no hobiese rey, sino que gobernasen la ciudad los que señalasen, otros decian que se perdia sin tener cabeza.
Sobre estas cosas habia gran ruido; y temiendo su porfía, se cuenta que salió una mujer de través de los Anancuzcos, la cual dijo: "¿En qué estais ahí? ¿Por qué no tomais á Viracocha Inga, pues lo merece tan bien?" Oida esta palabra, como son tan determinables estas gentes, dejando los vasos del vino, á gran priesa fueron por Viracocha Inga, hijo de Inca Yupanqui[119], diciéndole, como le vieron, que ayunase lo acostumbrado y recebiese la borla que darle querian. Viniendo Viracocha en ello, se entró á hacer el ayuno y encargó la ciudad á Inca Roca Inca, su pariente, y salió al tiempo con la corona, muy adornado, y se hicieron fiestas solenes en el Cuzco, y que muchos dias duraron, mostrando todos gran contento con la eleccion del nuevo Inca.
Del cual algunos quisieron decir que este Inca se llamó Viracocha por venir de otras partes y que traia traje diferenciando, y que en las faiciones y aspecto mostró ser como un español, porque traia barbas. Cuentan otras cosas que más cansáran, si las hobiese de escribir. Yo pregunté en el Cuzco á Cayo Tupac Yupanqui y á los otros más principales que en el Cuzco me dieron la relacion de los Incas que yo voy escribiendo, y me respondieron ser burla y que nada es verdad; porque Viracocha Inga fué nascido en el Cuzco y criado, y que lo mesmo fueron sus padres y abuelos; y que el nombre de Viracocha se lo pusieron por nombre particular, como lo tiene cada uno.
Y como le fué entregada la corona, se casó con él una señora principal, llamada Runtu Caya[120], muy hermosa. Y como la fiesta del regocijo hobiese pasado, determinó de salir á conquistar algunos pueblos de la redonda del Cuzco que no habian querido el amistad de los Incas pasados, confiados en la fuerza de sus pucaraes; y con la gente que quiso juntar, salió del Cuzco con sus ricas andas, con guarda de los más principales, y endrezó su camino á lo que llamaban Calca[121], á donde habian sido rescebidos sus mensajeros con mucha soberbia; más, como supieron los del Cuzco ya estaban cerca dellos, se juntaron, armándose de sus armas, y se ponian por los altos de los collados en sus fuerzas y albarradas, de do desgalgaban[122] grandes piedras encaminadas á los reales del Inca, para que matasen á los que alcanzasen. E los enemigos, poniéndolo por obra, subieron por la sierra, y apesar de los contrarios, pudieron ganarles una de aquellas fuerzas. Como los de Calca[123] vieron los del Cuzco en sus fuerzas, salieron á una gran plaza, á donde pelearon con ellos reciamente, y duró la batalla desde por la mañana hasta el medio dia, y murieron muchos de entrambas partes, y fueron más los presos. La victoria quedó por los del Cuzco.
El Inca estaba junto á un rio, donde tenia asentados sus reales, y como supo la victoria, sintió mucha alegría. Y en esto, sus capitanes abajaban con la presa y cativos. Y los indios que habian escapado de la batalla con otros capitanes de Calca y de sus comarcas, mirando que pues tan mal les habia cuadrado el pensamiento, que el final remedio que les quedaba era tentar la fe del vencedor y pedirle paz con obligarse á servidumbre moderada, como otros muchos hacian; y así acordado, salieron por una parte de la sierra, diciendo á voces grandes: "Viva, para siempre viva el poderoso Inca Viracocha, nuestro Señor." Al roido que hacia el resonante de las voces, se pusieron en armas los del Cuzco, más no pasó mucho tiempo, cuando ya los vencidos estaban postrados por tierra delante de Viracocha Inga; á donde, sin levantar, uno que entre ellos se tenia por más sabio, alzando la voz, comenzó á decir: "Ni te debes, Inca, ensoberbecer con la vitoria que Dios te ha dado, ni tener en poco á nosotros por ser vencidos, pues á tí y á los Incas es permitido señorear las gentes, y á nosotros es dado con todas nuestras fuerzas defender la libertad que de nuestros padres heredamos, y cuando con ello salir no pudiéremos, obedecer y recibir con buen ánimo la subjecion[124]. Por tanto, manda que ya no muera más gente ni se haga daño, y dispon de nosotros á tu voluntad." Y como el indio principal hobo dicho estas palabras, los demás que allí estaban dieron aullidos grandes, pidiendo misericordia.
El rey Inca respondió, que si daño venido les habia, que su ira habia sido la culpa, pues al principio no quisieron creer sus palabras ni tener su amistad, de que á él habia pesado; y liberalmente les otorgó que pudiesen estar en su tierra poseyendo, como primero, sus haciendas, con tanto que, á tiempo y conforme á las leyes, tributasen de lo que hobiese en sus pueblos al Cuzco; y que dellos mismos fuesen luego á la ciudad y le hiciesen dos palacios, uno dentro della y otro en Caqui[125], para se salir á recrear. Respondió que lo harian, y el Inca mandó soltar los cativos, sin que uno sólo faltase, y restituir sus haciendas á los que ya tenian por sus confederados; y para que entendiesen lo que habian de hacer y entre ellos no hobiese disensiones, mandó quedar un delegado suyo con poder grande, sin quitar el señorío al señor natural.
Pasado lo que se ha scripto, Inca Viracocha envió un mensajero á llamar á los de Caitomarca[126], questaban de la otra parte de un rio hechos fuertes, sin jamás haber querido tener amistad con los Incas que habia habido en el Cuzco; y como llegó [el] mensajero de Viracocha Inga, le maltrataron de palabra, llamando al Inca loco, pues así creia que ligeramente se habian de someter á su señorío.
CAP. XXXIX.—De cómo Viracocha Inga tiró una piedra de fuego con su honda á Caitomarca, y cómo le hicieron reverencia.
Luego que hobo enviado el mensajero Viracocha Inga, mandó á sus gentes que, alzado el real, caminasen para se acercar á Caitomarca. Y andando por el camino, llegó junto á un rio, á donde mandó que parasen para refrescar; y estando en aquel lugar, llegó el mensajero, el cual contó cómo los de Caitomarca habian burlado dél, y cómo decian que ningun temor tenian á los Incas. Y cómo fué entendido por Viracocha Inga, con gran saña subió en las andas, mandando á los suyos que caminasen á toda priesa; y así lo hicieron hasta ser llegados á la ribera de un rio caudaloso y de gran corriente, que creo yo debe ser el de Yucay[127]; y mandó poner sus tiendas el Inca, y quisiera combatir el pueblo de los enemigos, que de la otra parte del rio estaban; más iba el rio tan furioso, que no se pudo poner en efecto. Los de Caitomarca llegaron á la ribera, desde donde con las hondas lanzaban muchas piedras al real del Inca, y comenzaron de una y otra parte á dar voces y gritos grandes; porque en esto es estraña la costumbre conque las gentes de acá pelean unos con otros, y cuán poco dejan á sus bocas reposar.
Dos dias cuentan questuvo en aquel rio el Inca sin pasarlo, que no habia puente ni tampoco se usaban las que agora hay ántes que hobiese Incas; porque unos dicen que sí y otros afirman que nó. Y como pasase el rio Viracocha Inga, dicen que mandó poner en un gran fuego una piedra pequeña, y como estuviese bien caliente, puesto en ella cierta mestura ó confacion, para que pudiese en donde tocase enprender la lumbre, la mandó poner en una honda de hilo de oro, conque, cuando á él placia, tiraba piedras, y con gran fuerza la echó en el pueblo de Caitomarca; y acertó á caer en el alar de una casa que estaba cubierta con paja bien seca, y luego con ruido ardió de tal manera, que los indios acudieron por ser de noche al fuego que vian en la casa, preguntándose unos á otros qué habia sido aquello y quién habia puesto el fuego á la casa. Y salió de través una vieja, la cual dicen que dijo: "Mirá lo que os digo y lo que os conviniere, sin pensar que de acá se haya puesto fuego á la casa, ántes creed que vino del cielo, porque yo lo ví en una piedra ardiendo, que, cayendo de lo alto, dió en la casa y la paró tal como la veis.
Pues como los principales é mandones con los más viejos del pueblo aquello oyeron, siendo, como son, tan grandes agoreros y hechiceros, creyeron que la piedra habia sido enviada por mano de Dios, para castigarlos porque no querian obedecer al Inca; é luego, sin aguardar respuesta de oráculo ni hacer sacrificio ninguno, pasaron el rio en balsas, llevando presentes al Inca; y como fueron delante su presencia, pidieron la paz, haciéndole grandes ofrecimientos con sus personas y haciendas, así como lo hacian los confederados suyos.
Sabido por Viracocha Inga lo que habian dicho los de Caitomarca, les respondió con gran disimulacion, que si aquel dia no hubieran sido cuerdos en venir, que el siguiente tenia determinado de dar en ellos con grandes balsas que habia mandado hacer. Y pasado esto, se hizo el asiento entre los de Caitamarca y el Inca; el cual dió al capitan ó señor de aquel pueblo una de sus mujeres, natural del Cuzco, la cual fué estimada y tenida en mucho.
Por la comarca destos pueblos corria la fama de los hechos del Inca, y muchos, por el sonido della, sin ver las armas de los del Cuzco, se le mandaban á ofrescer por amigos y aliados del rey Inca, que no poco contento con ello mostraba tener, hablando á los unos y á los otros amorosamente y mostrando para con todos gran benivolencia, proveyendo de lo que él podia á los que veia tener necesidad. Y como vido que podia juntar grande ejército, determinó de hacer llamamiento de gente para ir en persona á lo de Condesuyo.
CAP. XL.—De cómo en el Cuzco se levantó un tirano, y del alboroto que hobo, y de cómo fueron castigadas ciertas mamaconas, porque, contra su religion, usaban de sus cuerpos feamente, y de cómo Viracocha Inga volvió al Cuzco.
De todas las cosas que á Viracocha sucedian iban al Cuzco las nuevas; y como en la ciudad se contase la guerra que tenia con los de Caitamarca, dicen que se levantó un tirano hermano de Inca Yupanqui el pasado, el cual, habiendo estado muy sentido, porque el señorío y mando de la ciudad se habia dado á Viracocha Inga y no á él, y aguardaba tiempo oportuno para procurar de haber el señorío. Y este pensamiento tenia éste, porque hallaba favor en alguno de los orejones y principales del Cuzco del linaje de los Orencuzcos; y con la nueva desta guerra que el Inca tenia, paresciéndoles que tenia harto que hacer en la fenecer, animaban á este que digo, para que, sin mas aguardar, matase al que en la ciudad por gobernador habia quedado, para se apoderar della.
Capac, que así habia por nombre, codicioso del señorío, juntados sus aliados, en un dia questaban en el templo del sol todos los más de los orejones y entre ellos Inca Roca, el gobernador del Inca Viracocha, tomando las armas, publicando libertad del pueblo y que Viracocha Inga no pudo haber el señorío, arremetieron para el lugarteniente y lo mataron así á él como á otros muchos; la sangre de los cuales regaba los altares donde estaban las aras y santuarios y las figuras del sol. Las mamaconas con los sacerdotes salieron con grand ruido, maldiciendo á los matadores, diciendo, que, tan grand pecado, grand castigo merecia. De la ciudad acudió grand golpe de gente á ver lo que era; y entendido, unos, aprobando lo hecho, se juntaron con Capac; otros, pesándoles, se pusieron en armas sin querer pasar por ello; y así, habiendo divison, caian muchos muertos de una parte y de otra. La ciudad se alborotó en tanta manera, que reendiendo por los aires el sonido de sus propias voces, no se oian ni entendian. En esto, prevaleciendo el tirano, se apoderó de la ciudad, matando á todas las mugeres del Inca, aunque las más principales habian ido con él. Huyéronse de la ciudad algunas, las cuales fueron á parar á donde Viracocha Inga estaba; y como por él fué entendido, disimulando el pesar que sintió, mandó á su gente que caminasen la via del Cuzco.
Pues volviendo á Capac el tirano, como hobo tomado la ciudad en sí, quiso salir en público con la borla, para por todos ser tenido por rey; más como el primer ímpetu fuese pasado, y aquel furor conque los hombres, saliendo de su entero juicio, acometen grandes maldades, los mesmos que lo incitaron á que se levantase, riéndose de que quisiese la dignidad real, le injuriaron de palabra y le desampararon, saliendo á encontrarse con el verdadero Señor, á quien pidieron perdon por lo que habian cometido.
A Capac no le faltó ánimo para llevar el negocio adelante; mas, viendo la poca parte que era, muy turbado, viendo la mudanza tan súpita, maldecia á los que le habian engañado y á sí propio, por fiarse dellos; y por no ver con sus ojos al rey Inca, castigó el mesmo su yerro, tomando ponzoña, [de que] cuentan que murió. Sus mujeres y hijos con otros parientes le imitaron en la muerte.
La nueva de todo esto iba á los reales del Inca, el cual, como llegase á la ciudad y entrase en ella, fué derecho al templo del sol á hacer sacrificios. Los cuerpos de Capac y de los otros que se habian muerto, mandó que fuesen echados en los campos, para ser manjar de las aves, y buscando los participantes en la traicion, fueron condenados á muerte.
Entendido por los confederados y amigos de Viracocha Inga lo sucedido, le enviaron muchas embajadas con grandes presentes y ofrecimientos, congratulándose con él; y á estas embajadas respondió alegremente.
En este tiempo, dicen los orejones que habia en el templo del sol muchas señoras vírgenes, las cuales eran muy honradas y estimadas y no entendian en más de lo por mí dicho en muchas partes desta Historia. Y cuentan que cuatro dellas usaban feamente de sus cuerpos con ciertos porteros de los que las guardaban, y siendo sentidas, fueron presas y lo mesmo á los adulteradores, y el sacerdote mayor mandó que fuesen justiciados ellas y ellos.
El Inca estaba con determinacion á lo de Condesuyo, mas, hallándose cansado y viejo, lo dejó. Por entónces, mandó que le fuesen hechos en el valle de Xaquixaguana unos palacios para salirse á recrear en ellos; y como tuviese muchos hijos y conosciese que el mayor de ellos, que habia por nombre Inca Urco, en quien habia de quedar el mando del reino, tenia malas costumbres y era vicioso y muy cobarde, deseaba privarlo del señorío, para lo dar á otro más mancebo, que por nombre habia Inca Yupanqui.
CAP. XLI.—De cómo vinieron al Cuzco embajadores de los tiranos del Collao, nombrados Sinchi Cari[128] y Zapana, y de la salida de Viracocha Inga al Callao.[129]
Muchas historias y acaecimientos pasaron entre los naturales destas provincias en estos tiempos; mas, como yo tengo por costumbre de contar solamente lo que yo tengo por cierto segun las opiniones de los hombres de acá y la relacion que tomé en el Cuzco, dejo lo que inoro é muy claramente no entendí, y tratare lo que alcancé, como ya muchas veces he dicho. Y así, es público entre los orejones, que en este tiempo vinieron al Cuzco embajadores de la provincia del Collao; porque cuentan, que, reinando Inca Viracocha, poseia el señorío de Hátun[130] Collao un señor llamado Zapana, como otro que hobo deste nombre; y que como en el palude de Titicaca[131] hobiese islas pobladas de gente, con grandes balsas, entró en las islas, á donde peleó con los naturales dellas, y se dieron entre él y ellos grandes batallas, de las cuales el Cari[132] salió vencedor[133]; mas, que no pretendia otro honor ni señorío más que robar y destruir los pueblos, y cargado con el despojo, sin querer traer cautivos, dió la vuelta á Chucuito, á donde habia hecho su asiento y por su mandado se habian poblado los pueblos de Hilave, Xulli, [ó Chulli], Cepita, Pumata[134] y otros; y con la gente que pudo juntar, despues de haber fecho grandes sacrificios á sus dioses, ó demonios, determinó de salir á la provincia de los Canas; los cuales, como lo supieron, apellidándose unos [á otros], salieron á encontrarse con él y se dieron batalla, en la cual fueron los Canas vencidos con muerte de muchos dellos. Habida esta victoria por Cari, determinó de pasar adelante, y haciéndolo así, llegó hasta Lurocachi, á donde dicen que se dió otra batalla entre los mismos Canas y en la cual tuvieron la misma fortuna que en las pasadas.
Con estas victorias estaba muy soberbio Cari, y la nueva habia corrido por todas partes; y como Zapana, el Señor de Hátun Collao, lo supiese, pesóle por el bien del otro, y mandó juntar sus amigos y vasallos, para le salir al camino y quitarle el despojo; mas, no se pudo hacer tan secreta la junta, que Cari no entendiese el designio que Zapana tenia, y con buena órden se retiró á Chucuito por camino desviado, de manera que Zapana no le pudiese molestar; y llegado á su tierra, mandó juntar los principales della, para que estuviesen apercebidos para lo que Zapana intentase, teniendo propósito de procurar su destruicion y que en el Collao uno solo fuese el Señor; y este mesmo pensamiento tenia Zapana.
Y como se divulgase por todo este reino el valor de los Incas y su gran poder y la valentia de Viracocha Inga, que reinaba en el Cuzco, cada uno destos, queriendo granjear su amistad, la procuraron con embajadores que le enviaron para que quisiese mostrarse su valedor y ser contra su enemigo. Partidos estos mensajeros con grandes presentes, llegaron al Cuzco al tiempo quel Inca venia de los palacios ó tambos que para su pasatiempo habia mandado hacer en Xaquixaguana; y entendido á lo que venian, los oyó, mandando que los aposentasen en la ciudad y proveyesen de lo necesario; y tomando parescer con los orejones y ancianos de su consejo sobre lo que haria en lo tocante á las embajadas que habian venido del Collao, se acordó de pedir respuesta en los oráculos. Lo cual hacen delante de los ídolos los sacerdotes, y encojiendo sus hombros, meten la barba en los pechos, y haciendo grandes papos, que ellos mesmos parecen fieros diablos, comienzan hablar con voz alta y entonada. Algunas veces, yo, por mis ojos, ciertamente he oido hablar á indios con el Demonio; y en la provincia de Cartagena, en un pueblo marítimo llamado Bahayre, oí responder al Demonio en silvo tenorio, y con tales tenores, que yo no se cómo lo diga, mas que un chripstiano que estaba en el mesmo pueblo más de media legua de donde yo estaba, oyó el mesmo silvo, y despanto, estuvo algo mal dispuesto; y los indios dieron grandísima grita otro dia por la mañana publicando la respuesta del Diablo. Y en algunas partes desta tierra, como los defuntos los tengan en hamacas, entran en los cuerpos los demonios algunas veces y responden. A un Aranda oí yo decir, quen la isla de Cárex[135] vió tambien hablar á uno destos muertos, y es para reir las niñerias y embustes que les dice.
Pues como el Inca determinase de haber respuesta de los oráculos, envió los que solian ir á tales casos, y dicen que supo que le convenia ir al Collao y procurar el favor de Cari; y como este hobo entendido, mandó parescer ante sí á los mensajeros de Zapana, á los cuales dijo que dijesen á su Señor, que él saldria con brevedad del Cuzco para ver la tierra del Collao, á donde se verian y tratarian su amistad. A los que de parte de Cari vinieron, dijo que le dijesen cómo él se quedaba adrezando para ir en su ayuda y favor, que presto seria con él. Y como esto hobiese pasado, mandó el Inca hacer junta de gente para salir del Cuzco, dejando uno de los principales de su linaje por gobernador.
CAP. XLII.—De cómo Viracocha Inga pasó por las provincias de los Canches y Canas, y anduvo hasta que entró en la comarca de los Collas [136] y lo que sucedió entre Cari y Zapana.
Determinado por el Inca de ir al Collao, salió de la ciudad del Cuzco con mucha gente de guerra, y pasó por Móyna, y por los pueblos de Úrcos y Quiquixana. Como los Canches supieron la venida del Inca, acordaron de se juntar y salir con sus armas á le defender la pasada por su tierra; y por él entendido, les envió mensajeros que les dijesen que no tuviesen tal propósito, porque él no queria hacerles aquel enojo, ántes deseaba de los tener por amigos; y que si para él se venian los principales y capitanes, que les daria á beber con su propio vaso. Los Canches[137] respondieron á los mensajeros que no estaban por pasar por lo que decian, sino por defender su tierra de quien en ella entrase. Vueltos con la respuesta, encontraron con Viracocha Inga en Cangalla, y lleno de ira por lo poco que los Canches tuvieron su embajada, caminó con más priesa que hasta allí, y llegando á un pueblo que há por nombre Combapata, junto á un rio que por él pasa, halló á los Canches puestos en órden de guerra, y allí se dió entre unos y otros la batalla, donde de ambas partes murieron muchos, y fueron los Canches vencidos, y huyeron los que pudieron, y los vencedores tras ellos, prendiendo y matando. Y habiendo pasado gran rato, volvieron con el despojo, trayendo muchos cautivos, así hombres, como mujeres.
Y como esto hobiese pasado, los Canches de toda la provincia enviaron mensajeros al Inca para que les perdonase y en su servicio recebiese, y como él otra cosa no desease, lo otorgó con las condiciones que solia, que era, que rescibiesen por soberanos señores á los del Cuzco y se rigiesen por sus leyes y costumbres, tributando con lo que en sus pueblos hobiese, conforme como lo hacian los demás. Y habiendo estado algunos dias entendiendo en estas cosas y en hacer entender á los Canches que los pueblos tuviesen juntos y concertados, y que entre ellos no se diese guerra ni hobiese pasion, y pasó adelante.
Los Canas habíanse juntado número grande dellos en el pueblo que llaman Lurucachi[138], y como entendieron el daño que habian rescebido los Canches, y como el Inca no hacia injuria á los que se daban por sus amigos, ni consentia hacerles agravio, determinaron de tomar amistad con él. A esto, el rey Inca venia caminando, acercándose á Lurucachi[139], y entendió la voluntad que los Canas tenian, de que mostró holgarse mucho; y como estuviese en aquella comarca el templo de Aconcagua, envió grandes presentes á los ídolos y sacerdotes.
Llegados los embajadores de los Canas, fueron bien recebidos por Inca Viracocha, y les respondió que fuesen los principales y más viejos de los Canas allá cerca, donde se verian, y que como hobiese estado algunos dias en el templo de Vilcanota, se daria priesa á verse con ellos. Y dió á los mensajeros algunas joyas y ropas de lana fina, é mandó á su gente de guerra que no fuesen osados de entrar en las casas de los Canas, ni robar nada de lo que tuviesen, ni hacellos daño ninguno; porque el buen corazon que tenian no se les turbase y tomasen otro pensamiento.
Los Canas, oida la respuesta, mandaron poner mucho mantenimiento por los caminos y abajaban de los pueblos á servir al Inca, que con mucha justicia entendió en que no fuesen agraviados en cosa alguna, y eran proveidos de ganado y de suvica[140], que es su vino; y como hobiere llegado al vano templo, hicieron sacrificios conforme á su gentilidad, matando muchos corderos para el sacrificio. De allí caminaron para Ayavire, donde los Canas estaban con mucho proveimiento y el Inca les habló amorosamente, y con ellos asentó su asiento de paz como solia con los demás. Y los Canas, teniendo por provechoso para ellos el ser gobernados por tan santas y justas leyes, no reusaron pagar tributo ni el ir al Cuzco con reconocimiento.
Esto pasado, Viracocha Inga determinó de se partir para el Collao, á donde ya se savia todo lo que por él habia sido hecho, así en los Canches como en los Canas, y estaban aguardándole en Chucuito, y lo mismo en Hátun Collao; á donde Zapana estaba ya entendiendo cómo Cari se habia gratulado con Viracocha, y que le estaba aguardando; y porque no se hiciese más poderoso, acordó de le salir á buscar y dar batalla ántes que el Inca se juntase con él; y Cari, que debia de ser animoso, salió con su gente á un pueblo que se llama Paucarcolla[141], y junto á él se afrontaron los dos más poderosos tiranos de la comarca, con tanta gente, que se afirma que se juntaron ciento y cincuenta guarangas[142] de indios: y entre todos se dió la batalla á su usanza, la cual cuentan que fué muy reñida y á donde murieron mas de treinta mill indios. Y habiendo durado gran rato, Cari quedó por vencedor, y Zapana y los suyos fueron vencidos con muerte de muchos; y el mismo Zapana fué muerto en esta batalla.
CAP. XLIII.—De cómo Cari volvió á Chucuito, y de la llegada de Viracocha Inga, y de la paz que entre ellos trataron.
Luego que Zapana fué muerto, Cari se apoderó de su real y robó todo lo que en él habia, con la cual presa dió la vuelta á Chucuito; y estaba aguardando á Viracocha Inga, y mandó adreszar los aposentos y proveerlos de mantenimientos. El Inca supo en el camino el fin de la guerra y cómo Cari habia vencido, y aunque en lo público daba á entender haberse holgado, en lo secreto le pesó por lo sucedido, porque con haber diferencias entre aquellos dos, pensaba él fácilmente hacerse señor del Collao, y pensó de se volver con brevedad al Cuzco, porque no le sucediese alguna desgracia.
Y como estuviese ya cerca de Chucuito, salió Cari con los más principales de los suyos á le recebir, y fué aposentado é muy servido; y como desease la vuelta al Cuzco con brevedad, habló con Cari, adulándole con palabras de lisonjas sobre lo mucho que se habia holgado de su buena andanza, y que venia á le ayudar con toda voluntad, y que para que estuviese cierto que siempre le seria buen amigo, le queria dar por muger á una hija suya. A lo cual respondió Cari, que era muy viejo y estaba muy cansado, que le rogaba que casase á su hija con mancebo, pues habia tantos en que escoger, y que supiese que él se habia de tener por señor y amigo y reconocerle en lo que él mandase; y así, le ayudaria en guerras y en otras cosas que se ofresciesen. Y luego, en presencia de los más principales que allí estaban, mandó traer Viracocha Inga un gran vaso de oro y se hizo el pleito homenaje entre ellos desta manera: bebieron un rato del vino que tenian las mujeres, y luego el Inca tomó el vaso ya dicho, y poniéndolo encima de una piedra muy lisa, dijo: "La señal sea esta, que este vaso se esté aquí y que yo no le mude ni tú le toques, en señal de ser cierto lo asentado." Y besando, hicieron reverencia al sol, y hicieron un gran taqui y areyto con muchos sones; y los sacerdotes, diciendo ciertas palabras, llevaron el vaso á uno de los vanos templos donde se ponian los semejantes juramentos que se hacian por los reyes y señores. Y habiéndose holgado algunos dias Viracocha Inga en Chucuito, se volvió al Cuzco, siendo por todas partes muy servido y bien recebido.
E ya muchas provincias estaban asentadas, y usaban de mejoras ropas y tenian mejor costumbre y religiones que ántes, gobernándose por las leyes y costumbres del Cuzco. Adonde habia quedado por gobernador de la ciudad Inca Urco, hijo de Viracocha Inga, del cual cuentan que era muy cobarde, remiso, lleno de vicios y con pocas virtudes; mas, como era el mayor, habia de suceder en el imperio de su padre; quien dicen que, conociendo estas cosas, quisiera mucho privarlo del señorio y darlo á Inca Yupanqui, su segundo hijo, mancebo de muy gran valor y adornado de buenas costumbres, esforzado y animoso, y que tenia los pensamientos muy grandes y altos; mas, los orejones y principales de la ciudad no querian que fuesen quebrantadas las leyes y lo que se usaba y guardaba por ordenacion y estatuto de los pasados, y aunque conocian cuán mal inclinado era Inca Urco, querian que él y no otro fuese rey despues de la muerte de su padre. Y esto lo he dicho tan largo, porque dicen los que desto me avisaron, que desde Úrcos Viracocha Inga embió sus mensajeros á la ciudad para que lo tratasen, y no pudo concluir nada de lo que queria. Y como entró en el Cuzco, le fué hecho gran recebimiento; y como ya estuviese muy viejo y cansado, determinó de dejar la gobernacion del reino á su hijo y entregarle la borla y salirse al valle de Yucay y al de Xaquixaguana á recrear y holgar; y así lo comunicó con los de la ciudad, pues no pudo que le sucediese Inca Yupanqui.
CAP. XLIV.—De cómo Inca Urco fué recebido por gobernador general de todo el imperio y tomó la corona en el Cuzco, y de cómo los Chancas determinaban de salir á dar guerra á los del Cuzco.
Los orejones, y áun todos los demás naturales destas provincias, se reyeron de los hechos deste Inca Urco. Por sus poquedades, quieren que no goce de que digan que alcanzó la dignidad del reino, y así vemos que en la cuenta que de los quipos y romances tienen de los reyes que reinaron en el Cuzco, callan este, lo cual yo no haré, pues al fin, mal ó bien, con vicios ó virtudes, gobernó y mandó el reino algunos dias. Y así, luego que Viracocha Inga se fué al valle de Xaquixaguana, envió al Cuzco la borla ó corona, para que los mayores de la ciudad la entregasen á Inca Urco, habiendo dicho que bastaba lo que habia trabajado y hecho por la ciudad del Cuzco, que lo que de la vida le quedaba queria gastar en holgarse, pues era viejo é no para la guerra. Y como se entendió su voluntad, luego Inca Urco sentró á hacer los ayunos y otras religiones conforme á su costumbre, y acabado, salió con la corona y fué al templo del sol á hacer sacrificios; y se hicieron en el Cuzco á su usanza muchas fiestas y grandes borracheras.
Habiase casado Inca Urco con su hermana para haber hijo en ella que le sucediese en el señorío. Era tan vicioso y dado á lujurias y deshonestidades, que sin curar della, se andaba con mujeres bajas y con mancebas, que eran las que queria y le agradaban; y áun afirman que corrompió algunas de las mamaconas questaban en el templo, y era tan de poca honra, que no queria que se estimasen. Y andaba por las más partes de la ciudad bebiendo; y desque tenia en el cuerpo una arroba y más de aquel brebaje, provocándose al vómito, lo lanzaba, y sin vergüenza descubria las partes vergonzosas, y echaba la chicha convertida en orina; y á los orejones que tenian mujeres hermosas, cuando las via, les decia: "Mis hijos, ¿cómo están?" Dando á entender que habiendo con ellas usado, los que tenian eran dél y no de sus maridos. Edificio ni casa nunca lo hizo; era enemigo de armas; en fin, ninguna cosa buena cuentan del sino ser muy liberal.
Y como hobiese tomado la borla, despues de ser pasados algunos dias, determinó de salirse á holgar á las casas de placer que para recreacion de los Incas estaban hechas, dejando por su lugar teniente á Inca Yupanqui, que fué padre de Tupac Inca, como adelante contaré.
Estando las cosas del Cuzco de esta manera, los Chancas, como atrás conté, habian vencido á los Quíchuas y ocupado la mayor parte de la provincia de Andabailes, y como estuviesen victoriosos, oyendo lo que se decia de la grandeza del Cuzco y su riqueza y la majestad de los Incas, desearon de no estarse encojidos ni dejar de pasar adelante, ganando con las armas todo lo á ellos posible; y luego hicieron grandes plegarias á sus dioses ó demonios, y dejando en Andabailes, que es lo que los españoles llaman Andaguaylas[143], que está encomendada á Diego Maldonado el rico, gente bastante para la defensa della, y con la que estaba junta para la guerra, salió Hastu Huaraca y[144] un hermano suyo muy valiente, llamado Omoguara, y partieron de su provincia con muy gran soberbia, camino del Cuzco, y anduvieron hasta llegar á Curampa[145], donde asentaron su real, y hicieron gran daño á los naturales de la comarca. Mas como en aquellos tiempos muchos de los pueblos estuviesen en los altos y collados de las sierras, con grandes cercas, que llaman pucaraes, no se podian hacer muchas muertes, ni querian cativos, ni más que robar los campos. Y salieron de Curampa[146] y fueron al aposento de Cochacassa[147] y al rio de Amancay[148], destruyendo todo lo que hallaban, y así se acercaron al Cuzco, adonde ya habia ido la nueva de los enemigos que venian contra la ciudad; mas, aunque fué sabido por el viejo Viracocha no se le dió nada, mas ántes, saliendo del valle de Xaquixaguana, se fué al valle de Yucay con sus mujeres y servicio. Inca Urco tambien dicen que se reia, teniendo en poco lo que era obligado á tener en mucho; mas, como el ser del Cuzco estuviese guardado para ser acrecentado por Inca Yupanqui y sus hijos, hobo él de ser el que libró de estos miedos, con su virtud, á todos; y no solamente venció á los Chancas, mas sojuzgó la mayor parte de las naciones que hay en estos reinos, como adelante diré.
CAP. XLV.—De cómo los Chancas allegaron á la ciudad del Cuzco y pusieron su real en ella, y del temor que mostraron los que estaban en ella, y del gran valor de Inca Yupanqui.
Despues que los Chancas hobieron hecho sacrificios en Apurima, y llegasen cerca de la ciudad de Cuzco, el capitan general que llevaban, ó señor dellos, Hastu Guaraca[149], les decia que mirasen la alta empresa que tenian, que se mostrasen fuertes y no tuviesen pavor ni temor ninguno de aquellos que pensaban espantar la gente con pararse las orejas tan grandes como ellos se ponian; y que si los vencian, habrian mucho despojo é mujeres hermosas con quien holgasen; los suyos le respondian alegremente que harian el deber.
Pues como en la ciudad del Cuzco hobiesen sabido ya de los que venian contra ella, é Viracocha Inga ni su hijo Inca Urco no se diesen nada por ello, los orejones y más principales estaban muy sentidos por ello, y como ya supiesen los enemigos cuán cerca estaban, fueron hechos grandes sacrificios á su costumbre, y acordaron de rogar á Inca Yupanqui que tomase el cargo de la guerra, mirando por la salud de todos. Y tomando la mano uno de los más ancianos, habló con él en nombre de todos y él respondió, que cuando su padre queria á él darle la borla, no consintieron, sino que fuese Inca el cobarde de su hermano, y que él nunca con tirania ni contra la voluntad del pueblo pretendió la dignidad real, y que pues ya habian visto Inca Urco no convenir para ser Inca, que hiciesen lo que eran obligados al bien público, sin mirar la costumbre antigua no fuese quebrantada. Los orejones respondieron, que, concluida la guerra, entenderian en hacer lo que á la gobernacion del reino conviniese; y dicen que por la comarca enviaron mensajeros que todos los que quisiesen venir á ser vecinos del Cuzco, les serian dadas tierras en el valle y sitio, para casas, y serian privilegiados; y así vinieron de muchas partes. Y pasado esto, el capitan Inca Yupanqui salió á la plaza donde estaba la piedra de la guerra, puesta en su cabeza una piel de leon, para dar á entender que habia de ser fuerte como lo es aquel animal.
En este tiempo llegaban los Chancas á la sierra de Villcacunga[150], y Inca Yupanqui mandó juntar la gente de guerra que habia en la ciudad, con determinacion de le salir al camino, nombrando capitanes los que más esforzados les pareció; mas, tornando á tomar parecer, se acordó de los aguardar en la ciudad.
Los Chancas llegaron á poner su real junto al cerro de Carmenga, que está por encima de la ciudad, y pusieron luego sus tiendas. Los del Cuzco habian hecho por las partes de la entrada de la ciudad grandes hoyos llenos de piedra y por encima tapados sotilmente, para que cayesen los que allí anduviesen. Como en el Cuzco las mujeres y muchachos vieron[151] los enemigos, hobieron mucho espanto y andaba gran ruido. Inca Yupanqui envió mensajeros á Hastu Guaraca para que asentasen entre ellos, y no hobiese muerte de gentes. Hastu Guaraca, con soberbia, tuvo en poco la embajada, y no quiso mas de pasar por lo que la guerra determinase; aunque, importunado de sus parientes y más gente, quiso tener plática con el Inca y así se lo envió á decir.—La ciudad está asentada entre cerros en lugar fuerte por natura, y las laderas y cabos de sierras estaban cortados y por muchas partes puestas púas recias de palma, que son tan recias como de hierro y más enconosas y dañosas[152].—Llegaron á tener habla el Inca y Hastu Guaraca; y estando todos puestos en arma, aprovechó poco la vista, porque encendiéndose más con las palabras que el uno al otro se dijeron, allegaron á las manos, teniendo grandísima grita y ruido;—porque los hombres de acá son muy alharaquientos en sus peleas, y más se teme su grita que no su esfuerzo por nosotros;—y pelearon unos con otros gran rato; y sobreviniendo la noche, ceso la contienda, quedándose los Chancas en sus reales, y los de la ciudad por la redonda della, guardándola por todas partes, porque los enemigos no la pudiesen entrar; porque el Cuzco ni otros lugares destas partes no son cercados de muralla.
Pasado el rebato, Hastu Guaraca animaba los suyos esforzándolos para la pelea, y lo mesmo hacia Inca Yupanqui á los orejones y gente que estaba en la ciudad. Los Chancas, denodadamente salieron de sus reales con voluntad de la entrar, y los del Cuzco salieron con pensamiento de se defender; y tornaron á la pelea, á donde murieron muchos de ambas partes; mas, tanto fué el valor de Inca Yupanqui, que alcanzó la vitoria de la batalla con muerte de los Chancas todos, que no escapó, á lo que dicen, sino poco más de quinientos, y ente ellos su capitan Hastu Guaraca, el cual con ellos, aunque con trabajo, llegó á su provincia. El Inca gozó el despojo y hobo muchos cativos así hombres como mujeres.
CAP. XLVI.—De cómo Inca Yupanqui fué rescebido por rey y quitado el nombre de Inca á Inca Urco, y de la paz que hizo con Hastu Guaraca.
Desbaratados los Chancas, entró en el Cuzco Inca Yupanqui con gran triunfo y habló á los principales de los orejones sobre que se acordasen de cómo habia trabajado por ellos lo que habian visto, y en lo poco que su hermano ni su padre mostraron tener á los enemigos; por tanto, que le diesen á él el señorío y gobernacion del imperio. Los del Cuzco, unos con otros, trataron y miraron, así el dicho de Inca Yupanqui, como lo más que Inca Urco le (así) habia hecho, y por consentimiento del pueblo, acordaron de que Inca Urco no entrase más en el Cuzco y que le fuese quitada la borla ó corona y dada á Inca Yupanqui; y aunque Inca Urco, como lo supo, quiso venir al Cuzco á justificarse y mostrar sentimiento grande, quejándose de su hermano y de los que le quitaban de la gobernacion del reino, no le dieron lugar ni se dejó de cumplir lo ordenado. Y áun hay algunos que dicen que la Coya, mujer de Inca Urco, lo dejó sin tener hijo dél ninguno, y se vino al Cuzco, donde la recebió por mujer su segundo hermano Inca Yupanqui; que, hecho el ayuno y otras cirimonias, salió con la borla, haciéndose en el Cuzco grandes fiestas, hallándose á ellas gentes de muchas partes. Y á todos los que murieron de la parte suya en la batalla, los mandó el nuevo Inca enterrar, mandando hacerles osequias á su usanza; y á los Chancas, mandó que se hiciese una casa larga á manera de tumba en la parte que se dió la batalla, adonde, para memoria, fuesen desollados todos los cuerpos de los muertos, y que inchiesen los cueros de ceniza ó de paja, de tal manera, que la forma humana paresciese en ellos, haciéndoles de mil maneras; porque á unos, paresciendo hombres, de su mesmo vientre salia un atambor, y con sus manos hacia muestra de lo tocar; otros ponian con flautas en las bocas. De esta suerte y de otras estuvieron hasta que los españoles entraron en el Cuzco. Pero Alonso Carrasco y Juan de Pancorvo, conquistadores antiguos, me contaron á mí de la manera que vieron estos cueros de ceniza, y otros muchos de los que entraron con Pizarro y Almagro en el Cuzco.
Y dicen los orejones que habia en este tiempo gran vecindad en el Cuzco, y que siempre iba en crecimiento, y de muchas partes vinieron mensajeros á congratularse con el nuevo rey; el cual respondió á todos con buenas palabras, y deseaba salir á hacer guerra á lo que llaman Condesuyo; y como por experiencia hobiese conocido cuán valiente y animoso era Hastu Guaraca, el señor de Andaguaylas, pensó de lo atraer á su servicio; y así, cuentan que le embió mensajeros, rogándole con sus hermanos y amigos se viniese á holgar con él; y entendiendo que le seria provechoso allegarse á la amistad de Inca Yupanqui, fué al Cuzco, donde fué bien recebido. Y como se hobiese hecho llamamiento de gente, se determinó de ir á Condesuyo.
En este tiempo cuentan que murió Viracocha Inga, y se le dió sepultura con ménos pompa y honor que á los pasados suyos, porque en la vejez habia desamparado la ciudad y no querido volver á ella cuando tubieron la guerra con los Chancas. De Inca Urco no digo más, porque los indios no tratan de sus cosas sino es para reir; y dejando á él aparte, digo que Inca Yupanqui es el noveno rey que hobo en el Cuzco.
CAP. XLVII.—De cómo Inca Yupanqui salió del Cuzco, dejando por gobernador á Lloque Yupanqui, y de lo que sucedió.
Como ya por mandado de Inca Yupanqui se hobiese juntado cantidad de más de cuarenta mill hombres, junto á la piedra de la guerra se hizo alarde y nombró capitanes, haciendo fiestas y borracheras; y estando adrezado, salió del Cuzco en andas ricas de oro y pedrería, yendo á la redonda dél su guarda con alabardas y hachas y otras armas; junto á él iban los señores; y mostrava más valor y autoridad este rey que todos los pasados suyos. Dejó en el Cuzco, á lo que dicen, por gobernador á Lloque Yupanqui, su hermano. La Coya y otras mujeres iban en hamacas, y afirman que llevaban gran cantidad de cargas de joyas y de repuesto. Delante iban limpiando el camino, que ni yerba ni piedra pequeña ni grande no habia de haber en él.
Llegado al rio de Apurima, pasó por la puente que se habia echado, y anduvo hasta los aposentos de Curahuasi[153]. De la comarca salian muchos hombres y mujeres y algunos señores y principales, y cuando lo vian, quedaban espantados, y llamábanlo "Gran señor, Hijo del Sol, Monarca de todos," y otros nombres grandes. En este aposento dicen que dió á un capitan de los Chancas, llamado Tupac Uasco[154], por mujer, una palla del Cuzco y que la tuvo en mucho.
Pasando adelante el Inca por el rio de Apurima y Cochacassa, como los naturales de aquella parte estuviesen en los pucaraes fuertes y no tuviesen pueblos juntos, les mandó que viviesen ordenadamente sin tener costumbre mala ni darse la muerte los unos á los otros. Mucho se alegraron con estos dichos, y les fué bien de obedecer su mandamiento. Los de Curampa[155] reian dello, y entendido [de] Inca Yupanqui, y no bastando amonestaciones, los venció en batalla, matando á muchos y cativando á otros. Y porque la tierra era buena, mandó á un mayordomo suyo quedase á reformarla y á que se hiciesen aposentos y templo del sol.
Ordenado esto con gran prudencia, el rey salió de allí y anduvo hasta la provincia de Andaguaylas, á donde le fué hecho solene recebimiento, y estuvo allí algunos dias determinando si iria á conquistar á los naturales de Guamanga, ó Xauxa, ó los Soras y Rucanas[156]; mas, despues de haber pensado, con acuerdo de los suyos, determinó de ir á los Soras. Y saliendo de allí, anduvo por un despoblado que iba á salir á los Soras, los cuales supieron su venida y se juntaron para se defender.
Habia inviado Inca Yupanqui capitanes con gentes para otras partes muchas á que allegasen las gentes á su servicio con la más blandura que pudiesen, y á los Soras envió mensajeros sobre que no tomasen armas contra él, prometiendo de los tener en mucho sin les hacer agravio ni daño; mas, no quisieron paz con servidumbre, sino guerrear por no perder la libertad. Y así, juntos unos con otros, tuvieron la batalla, la cual, dicen los que della tuvieron memoria, que fué muy reñida, y que murieron muchos de ambas partes, mas quedando el campo por los del Cuzco. Los que escaparon de ser muertos y presos, fueron dando aullidos y gemidos á su pueblo, á donde pusieron algun cobro en sus haciendas, y sacando sus mujeres, lo desampararon y se fueron, segun es público, á un peñol fuerte, questá cerca del rio de Vilcas, donde habia en lo alto muchas cuevas y agua por naturaleza; y en este peñol se recogieron muchos hombres con sus mujeres; é hízose por miedo del Inca, proveyéndose del más bastimento que pudieron. Y no solo los Soras se recogieron á este peñol, que de la comarca de Guamanga y del rio de Vilcas y de otras partes se juntaron con ellos, espantados de oir que el Inca queria ser solo Señor de las gentes.
Vencida la batalla, los vencedores gozaron del despojo, y el Inca mandó que no hiciesen daño á los cativos; antes los mandó soltar á todos ellos, y mandó ir un capitan con gente á lo de Condesuyo por la parte de Pumatampu[157]; y como entrase en los Soras y supiese haberse ido la gente al peñol ya dicho, recebió mucho enojo y determinó de los ir á cercar; y así, mandó á sus capitanes que con la gente de guerra caminasen contra ellos.
CAP. XLVIII.—De cómo el Inca revolvió sobre Vilcas y puso cerco en el peñol donde estaban hechos fuertes los enemigos.
Muy grandes cosas cuentan los orejones deste Inca Yupanqui y de Tupac Inca, su hijo, y Guayna Capac, su nieto; porque estos fueron de los que se mostraron más valerosos. Los que fueren leyendo sus acaecimientos, crean que yo quito ántes de lo que supe, que no añadir nada, y que para afirmarlo por cierto, fuera menester lo que es causa que yo no afirme más de lo que[158] escribo por relacion destos indios; y para mí creo esto y más por los rastros y señales que dejaron de sus pisadas estos reyes, y por el su mucho poder, que da muestra de no ser nada esto que yo escribo para lo que pasó; la cual memoria durará en el Perú mientras hubiese hombres de los naturales.
E volviendo al propósito, como el Inca tanto desease haber á las manos á los questaban en el peñol, andaba con su gente hasta llegar al rio de Vilcas. Los de la comarca, como supieron su estada allí, muchos vinieron á le ver, haciéndole grandes servicios, y firmaron con él amistad, y por su mandato comenzaron á hacer aposentos y edificios grandes en lo que agora llamamos Vilcas, quedando maestros del Cuzco para dar la traza y mostrar con la manera que habian de poner las piedras y losas en el edificio. Llegando, pues, al peñol, procuró con toda buena razon de atraer á su amistad á los que en él estaban hechos fuertes, enviándoles sus mensajeros; mas ellos se reian de sus dichos y lanzaban muchos tiros de piedra. El Inca, viendo su propósito, determinó de no partir sin dejar hecho castigo en ellos. Y supo cómo los capitanes que envió á la provincia de Condesuyo, habian dado algunas batallas á los de aquellas tierras y los habian vencido y metido en su señorío los más de la provincia; y porque los del Collao no pensasen que habian de estar seguros, conociendo ser valiente Hastu Guaraca, el señor de Andaguaylas, le mandó que con su hermano Tupac Uasco[159] se partiese para el Collao á procurar de meter en su señorío á los naturales. Respondieron que lo harian como lo mandaba, y luego partieron para su tierra, para desde ella ir al Cuzco á juntar el ejército que habian de llevar.
Los del peñol, todavía estaban en su propósito de se defender, y el Inca los habia cercado, y pasaron entre unos y otras grandes cosas, porque fué largo el cerco; y al fin, faltando los mantenimientos, se hobieron de dar los que estaban en el peñol, obligándose de servir, como los demás, al Cuzco, y tributar y dar gente de guerra. Y con esta servidumbre quedaron en gracia del Inca, de quien dicen no hacerles enojo, ántes mandarles proveer de mantenimientos y otras cosas, y enviallos á sus tierras; otros dicen que los mató á todos sin que ninguno escapase. Lo primero creo, aunque de lo uno y de lo otro no sé más de decirlo estos indios.
Acabado esto, cuentan que de muchas partes vinieron á ofrecerse al servicio del Inca, y que recibia graciosamente á todos los que venian; y que salió de allí para volver al Cuzco, y halló en el camino hechos muchos aposentos, y que en las más partes se habian abajado de las laderas los naturales, y tenian en lo llano pueblos concertados como lo mandaba y habia ordenado.
Llegado al Cuzco, fué recebido á su usanza con gran pompa, y se hicieron grandes fiestas. Los capitanes que por su mandado habian ido á hacer guerra á los del Collao, habian andado hasta Chucuito, y tuvieron algunas batallas en partes de la provincia, y saliendo vencedores, sujetábanlo todo al señorío del Inca; y en Condesuyo fué lo mesmo. E ya era muy poderoso y de todas partes acudian señores y capitanes á le servir con los hombres ricos de los pueblos, y tributaban con grande órden, y hacian otros servicios personales, pero todo con gran concierto y justicia. Cuando le iban á hablar, iban cargados livianamente; mirávanle poco al rostro; cuando él hablaba, temblaban los que le oian, de temor ó de otra cosa; salia pocas veces en público, y en la guerra, siempre era el delantero; no consentia que ninguno, sin su mandamiento, tuviese joyas ni asentamiento ni anduviese en andas; en fin, este fué el que abrió camino para el gobierno tan excelente que los Incas tuvieron.
CAP. XLIX.—De cómo Inca Yupanqui mandó á Lloque Yupanqui que fuese al valle de Xauxa á procurar de atraer á su señorío á los Guancas y á los Yauyos[160], sus vecinos, con otras naciones que caen en aquella parte.
Pasado lo que se ha escripto, cuentan los orejones que como se hallase tan poderoso el rey Inca, mandó hacer llamamiento de gente, porque queria comenzar otra guerra más importante que las pasadas; y cumpliendo su mandato, acudieron muchos principales con gran número de gente armada con las armas que ellos usan, que son hondas, hachas, macanas, aillos, dardos y lanzas pocas. Como se juntaron, mandó hacerles convites y fiestas, y por alegrarlos, cada dia salia con nuevo traje ó vestido, tal cual tenia la nacion que aquel dia queria honrar, y pasado, se ponia de otro, conforme á lo que tenian los que eran llamados al convite y borrachera. Con esto, holgábanse tanto cuanto aquí se puede encarescer. Cuando hacian estos grandes bailes, cercaba la plaza del Cuzco una maroma de oro que se habia mandado hacer de lo mucho que tributaban las comarcas, tan grande como en lo de atrás tengo dicho, y otra grandeza mayor de bultos y antiguallas.
Y como se hobiesen holgado los dias que les paresció á Inca Yupanqui, les habló cómo queria que fuesen á los Guancas, y á los Yauyos[161], sus vecinos, y procurar de los traer[162] en su amistad y servicio sin guerra, y cuando nó, que, dándosela, se diesen maña de los vencer y forzar que lo hiciesen. Respondieron todos que harian lo que mandaba con gran voluntad. Fueron señalados capitanes de cada nacion, y sobre todos fué por general Lloque Yupanqui, y con él, para consejo, Tupac Yupanqui[163]; y avisándoles de lo que habian de hacer, salieron del Cuzco y caminaron hasta la provincia de Andaguaylas, á donde fueron bien recibidos por los Chancas, y salió con ellos un capitan Ancoallo con copia de gente de aquella tierra, para servir en la guerra al Inca.
De Andaguaylas fueron á Vilcas, á donde estaban los aposentos y templos del sol que Inca Yupanqui habia mandado hacer, y hablaron con todo amor á los que entendian en aquellas obras. De Vilcas fueron por los pueblos [de] Guamanga, Azángaro, Párcos, Picoy, Ácos[164] y otros, los cuales ya habian dado la obediencia al Inca y proveian de bastimentos y de lo que más tenian en sus pueblos, y hacian el camino real que les era mandado, grande é muy ancho.
Los del valle de Xauxa, sabida la venida de los enemigos, mostraron temor y procuraron favor de sus parientes y amigos, y en el templo suyo de Guarivilca hicieron grandes sacrificios al demonio que allí respondia. Venídoles los socorros, como ellos fuesen muchos, porque dicen que habia más de cuarenta mill hombres á donde agora no sé si hay doce mill, los capitanes del Inca llegaron hasta ponerse encima del valle, y deseaban sin guerra ganar las gracias de los Guancas y que quisiesen ir al Cuzco á reconocer al rey por Señor; y así, es público que les enviaron mensajeros. Mas, no aprovechando nada, vinieron á las manos y se dió una gran batalla en que dicen que murieron muchos de una parte y otra, mas que los del Cuzco quedaron por vencedores; y que siendo de gran prudencia Lloque Yupanqui, no consintió hacer daño en el valle, evitando el robo, mandando soltar los cativos; tanto, que los Guancas, conocido el beneficio y con la clemencia que usaban teniéndolos vencidos, vinieron á hablar y prometieron de vivir dende en adelante por la ordenanza de los reyes del Cuzco, y tributar con lo que hobiese en su valle; y pasando sus pueblos por las laderas, los sembraron, sin lo repartir, hasta que el rey Guayna Capac señaló á cada parcialidad lo que habia de tener; y se enviaron mensajeros.
CAP. L.—De cómo salieron de Xauxa los capitanes del Inca y lo que les sucedió, y cómo se salió de entre ellos Ancoallo.
Los naturales de Bonbon habian savido, segun estos cuentan, el desbarate de Xauxa, y cómo habian sido los Guancas[165] vencidos, y sospechando que los vencedores querian pasar adelante, acordaron de se apercibir, porque no los tomasen descuidados; y poniendo sus mujeres é hijos con la hacienda que pudieron en una laguna que está cerca dellos[166], aguardaron á lo que sucediese. Los capitanes del Inca, como hobieron asentado las cosas del valle de Xauxa, salieron y anduvieron hasta Bonbon, y como se metieron en la laguna, no les pudieron hacer otro mal que comerles los mantenimientos; y como esto vieron, pasaron adelante y allegaron á lo de Tarama, á donde hallaron á los naturales puestos en arma, y hobieron batalla en que fueron presos y muertos muchos de los Taramentinos, y los del Cuzco quedaron por vencedores; y como les dejasen en la voluntad del rey, [que] era que le sirviesen y tributasen como hacian otras muchas provincias, y que serian bien tratados y favorecidos, hicieron todo lo que les fué mandado, y envióse al Cuzco relacion de todo lo que se habia hecho en este pueblo de Tarama.
Cuentan los indios Chancas, que como los indios que salieron de su provincia de Andaguaylas con el capitan Ancoallo hobiesen hecho grandes hechos en estas guerras, envidiosos dellos y con rancor que tenian contra el capitan Ancoallo de más atrás, cuando el Cuzco fué cercado, determinaron de los matar; y así, los mandaron llamar; y como fuesen muchos juntos con su capitan, entendieron la intencion que tenian, y puestos en arma, se defendieron [de los] del Cuzco, y aunque murieron algunos, pudieron los otros, con el favor y esfuerzo de Ancoallo, de (así) salir de allí; el cual se quejaba á sus dioses de la maldad de los orejones, é ingratitud, afirmando, que, por no los ver más ni seguir, se iria con los suyos en voluntario destierro; y echando delante las mujeres, caminó y atravesó las provincias de los Chachapoyas y Guánuco, y pasando por la montaña de los Andes, caminó por aquellas sierras hasta que llegaron, segun tambien dicen, á una laguna muy grande, que yo creo debe ser lo que cuentan del Dorado, á donde hicieron sus pueblos y se ha multiplicado mucha gente. Y cuentan los indios grandes cosas de aquella tierra y del capitan Ancoallo.
Los capitanes del Inca, pasado lo que se ha escripto, dieron la vuelta al valle de Xauxa, donde ya se habian allegado grandes presentes y muchas mujeres para llevar al Cuzco, y lo mesmo hicieron los de Tarama. La nueva de todo fué al Cuzco, y como fué sabido por el Inca, holgóse por el buen suceso de sus capitanes, aunque hizo muestras [de] haberle pesado lo que habian hecho con Ancoallo. Mas era, segun se cree, industria, porque algunos afirman que por su mandado lo hicieron sus capitanes. Y como Tupac Uasco y los otros Chancas hobiesen ido á dar guerra á la provincia del Collao y hobiesen habido victoria de algunos pueblos, recelándose el Inca que, sabida la nueva de lo que habia pasado con Ancoallo, se volverian contra él y le harian traicion, les envió mensajeros para que luego viniesen para él, é mandó, so pena de muerte, que ninguno les avisase de lo pasado.
Los Chancas, como vieron el mandado del Inca, vinieron luego al Cuzco, y como llegaron, el Inca les habló con gran disimulacion amorosamente, encubriendo la maldad que se usó con el capitan Ancoallo, y daba por sus palabras muestras de habelle dello pesado. Los Chancas, como lo entendieron, no dejaron de sentir el afrenta, mas, viendo cuán poca parte eran para satisfacerse, pasaron por ello, pidiendo licencia á Inca Yupanqui para volver á su provincia; y siéndoles concedido, se partieron, dándole privilegio al señor principal para que se pudiese sentar en el duho[167] engastonado en oro, y otras preminencias.
Y entendió el Inca en acrescentar el templo de Curicancha con grandes riquezas, como ya está escripto. Y como el Cuzco tuviese por todas partes muchas provincias, dió algunas á este templo, y mandó poner las postas, y que hablasen una lengua todos los súditos suyos, y que fuesen hechos los caminos reales, y los mitimaes; y otras cosas inventó este rey, de quien dicen que entendia mucho de las estrellas y que tenia cuenta con el movimiento del sol; y así tomó él por sobrenombre Inca Yupanqui, que es nombre de cuenta y de mucho entender. Y como se hallase tan poderoso, no embargante que en el Cuzco habia grandes edificios y casas reales, mandó hacer tres cercados de muralla excelentísima y dina la obra de memoria, y tal paresce hoy dia, que ninguno la verá que no alabe el edificio y conozca ser grande el ingenio de los maestros que la inventaron. Cada cercado destos tiene más de trescientos pasos: al uno llaman Pucamarca, y al otro Hátun Cancha, y al tercero Cassana[168]; y es de piedra excelente y puesta tan por nivel, que no hay en cosa desproporcion, y tan bien asentadas las piedras y tan pegadas, que no se divisará la juntura dellas. Y están tan fuertes y tan enteros los más destos edificios, que si no los deshacen, como han hecho otros muchos, vivirán muchas edades.
Dentro destas cercas ó murallas habia aposentos como los demás quellos usaban, donde estaban cantidad de mamaconas y otras muchas mujeres y mancebas de los reyes, y hilaban y tejian de la su tan fina ropa, y habia muchas piezas de oro y de plata y vasijas destos metales. Muchas destas piedras vi yo en algunas destas cercas, y me espanté cómo, siendo tan grandes, estaban tan primamente puestas.—Cuando hacian los bailes y fiestas grandes en el Cuzco, era hecha mucha de su chicha por las mujeres dichas y bebíanla.—Y como de tantas partes acudiesen al Cuzco, mandó poner veedores para que no saliese sin su licencia ningun oro ni plata de lo que entrase, y pusiéronse gobernadores por las mesmas partes del reino, y á todos gobernaba con gran justicia y órden. Y porque en este tiempo mandó hacer la fortaleza del Cuzco, diré algo della, pues es tan justo.
CAP. LI.—De cómo fundó la casa real del sol en un collado que por encima del Cuzco está, á la parte del Norte, que los españoles comunmente llaman la Fortaleza, y de su admirable edificio y grandeza de piedras que en él se ven.
La ciudad del Cuzco está edificada en valle, ladera y collados, como se escribe en la primera parte desta historia[169], y de los mesmos edificios salen unas formas de paredes anchas, en donde hacen sus sementeras, y por compás salian unas de otras, que parescian cercas, de manera que todo estaba destos andenes, que hacia más fuerte la ciudad, aunque por natura lo es su sitio; y así, lo escogieron los Señores della entre tanta tierra. Y como ya se fuese haciendo poderoso el mando de los reyes, é Inca Yupanqui tuviese los pensamientos tan grandes, no embargante que tanto por él habia sido ilustrado y enriquecido el templo del sol, llamado Curicancha, é hobiese hecho otros grandes edificios, determinó que se hiciese otra casa del sol que sobrepujase el edificio á lo hecho hasta allí, y que en ella se pusiesen todas las cosas que pudiesen haber, así oro como plata, piedras ricas, ropa fina, armas de todas las que ellos usaban, municion de guerra, alpargates, rodelas, plumas, cueros de animales y los de aves, coca, sacas de lana, joyas de mill géneros; en conclusion, habia todo aquello de que ellos podian tener noticia. Y esta obra se comenzó tan soberbia, que si hasta hoy durara su monarquía, no estuviera acabada.
Mandóse que viniesen de las provincias que señalaron veinte mill hombres, y que los pueblos le enviasen bastimento necesario, y si alguno adolesciese, entrando en su lugar otro, se volviese á su naturaleza, aunque estos indios no residian siempre en la obra sino tiempo limitado, y viniendo otros, salian ellos, por donde sentian poco el trabajo. Los cuatro mill destos quebrantaban las piedras y sacaban las piedras; los seis mill las andaban trayendo con grandes maromas de cueros y de cabuya[170]; los otros estaban abriendo la zanja y abriendo los cimientos, yendo algunos á cortar horcones y vigas para el enmaderamiento. Y para estar á su placer, estas gentes hicieron su alojamiento cada parcialidad por sí, junto á donde se habia de hacer el edificio.—Hoy dia parecen las más de las paredes de las casas que tuvieron.—Andaban veedores mirando como se hacian, y maestros grandes y de mucho primor; y así, en un cerro que está á la parte del Norte de la ciudad, en lo más alto della, poco más que un tiro de arcabuz, se fabricó esta fuerza que los naturales llamaron Casa del Sol, y los nuestros nombran la Fortaleza.
Cavóse en peña viva para el fundamento y armar el cimiento, el cual se hizo tan fuerte, que durará mientras hobiere mundo. Tenia, á mi parecer, de largo trescientos y treinta pasos, y de ancho doscientos. Tenia muchas cercas tan fuertes, que no ay artillería que baste á romperlas. La puerta principal era de ver cuán primamente estaba y cuán concertadas las murallas para una no salir del compás de la otra; y en estas cercas se ven piedras tan grandes y soberbias, que cansa el juicio considerar cómo se pudieron traer y poner y quién bastó á labrallas, pues entre ellos se ven tan pocas herramientas. Algunas destas piedras son anchas como doce piés y más largas que veinte, y otras más gruesas que un buey, y todas asentadas tan delicadamente, que entre una y otra no podrán meter un real.—Yo fuí á ver este edificio dos veces: la una fué conmigo Tomas Vázquez, conquistador, y la otra Hernando de Guzman, que se halló en el cerco[171], y Juan de la Playa[172]; y creed los que esto leyerdes, que no os cuento nada para lo que ví. Y andándolo notando, ví junto á esta fortaleza una piedra que la medí y tenía doscientos y setenta palmos de los mios de redondo, y tan alta, que parescia que habia nacido allí, y todos los indios dicen que se cansó esta piedra en aquel lugar, y que no la pudieron mover más de allí[173]; y cierto, si en ella misma no se viese haber sido labrada, yo no creyera, aunque más me lo afirmaran, que fuerza de hombres bastara á la poner allí, adonde estará para testimonio de lo que fueron los inventores de obra tan grande, pues los españoles lo han ya desbaratado y parado tal, cual yo no quisiera ver la culpa grande de los que han gobernado en lo haber permitido, y que una cosa tan insigne se hobiese desbaratado y derribado, sin mirar los tiempos y sucesos que pueden venir y que fuera mejor tenerla en pié y con guarda[174].