CON LICENCIA
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En Madrid: Por Manuel Fernández, Impressor de Libros, vive en la Calle del Almendro.
AL SERENÍSIMO
SEÑOR DON FERNANDO
PRÍNCIPE DE ASTURIAS
Señor:
La pequeñez del don desalienta mucho á quien ofrece; esto es común; pero en quien ofrece (como yo) á aquel respeto, de cuya magnitud nada queda capaz de llamarse grande, falta desde luego este motivo al temor reverente y se excitan todos los que hay para el cariño respetoso. Entre los astros, unos nos parecen grandes y otros pequeños, cuando precisamente ponemos en ellos los ojos; lo mismo sucede entre los montes; y entre éstos, algunos, por su agigantada elevación, se han grangeado sin disputa el título de altísimos; pero en dejándose ver la luciente majestad del sol, y en poniendo la atención en la desmedida altura del cielo, los astros todos son pequeños y los montes dejan de ser gigantes. El sol, sólo en la Escritura Sagrada, tiene el renombre de grande, luminaré mains y sólo el cielo es alto, entre los que saben que respecto de él todo el orbe de la tierra se debe considerar como un punto.
¿Quién puede dudar que hay estimables preciosidades en la naturaleza, curiosas máquinas en el arte, sutilísimas invenciones del ingenio, eruditas y profundas operaciones de la ciencia, y hermosas y floridas composiciones de la retórica y de la poesía? Entre todas estas cosas, se hallarían muchas muy grandes, consideradas en sí; pero al elegir entre ellas alguna que ofrecer á V. A., nada se hallaría, no sólo grande, pero ni aún digno de emplear vuestro Real ánimo, mayor que todo. Entonces lo más precioso parecería despreciable, la curiosidad, desaliño, la sutileza, tosquedad y barbaridad la erudición. Se hallaría la ciencia ruda é ignorante, muda la retórica y la poesía balbuciente. Tanto minora siempre, aun á lo más excelso, la comparación con lo sumo.
Y no obstante la innegable verdad de este principio, yo me atrevo, señor, á llamar grande lo que os ofrezco. Hoy pongo yo en vuestra alta comprehensión los trabajos de los Jesuitas, en la espiritual conquista de las desconocidas, incultas y bárbaras provincias del Paraguay, en el país que llaman de los Chiquitos. Ved aquí ya, señor, lo que con toda verdad puede llamarse grande, aun puesto á los Reales piés de V. A. y á vuestra vista; para lo que les bastaba al saberse mantener con el nombre de trabajos y fatigas, contra todo el golpe de la dicha, que les ocasiona el haber llegado á vuestra noticia y merecer vuestra atención piadosa. Prueba es esta que no necesitaba de otra alguna, y más cuando en nombre de los demás Jesuitas puedo confiadamente decir yo que fuera de la gloria de Dios, que debe ser en ellos (como hijos de Ignacio), el primer timbre de sus empresas, esta sola felicidad los hace y los hará arrojarse gustosos al casi inevitable tropel de los riesgos, y á la fatiga inmensa de tan continuados afanes. Mucho padecen, señor, como en esa sucinta relación se puede ver brevemente; pero les llena de un gozo indencible y de un consuelo inexplicable, el ver á costa de sus sudores, hijos de Dios, los que eran esclavos del demonio, y felices vasallos de un Príncipe como V. A. los que padecían una miserable libertad en la indómita servidumbre de su desdicha. Ya son deliciosos jardines del Rey del cielo, las enmarañadas selvas de la idolatría, y ya delicadas flores y tiernas plantas que produce y adelanta el riego evangélico, se atreven á recrear divertidamente vuestros primeros años, si antes pudieran asustar y asustaban temerosamente los años más endurecidos.
No habrá quien niegue (si ha tenido alguna vez la dicha de veros) que les quita lo más de la realidad á los afanes y fatigas la fortuna apetecible de llegar á vuestra presencia, que aunque por lo común son descorteses los males y poco atentos los trabajos, hay dichas de tan superior esfera, á quien no se atreve su osadía, y se deja vencer, aunque precisada su obstinación, de su grandeza. En la realidad, ya desde hoy, somos los Jesuitas del Paraguay dichosos, aunque en esa relación que os presento, fuesen todavía como fatigados. Y no ellos solos, que también los que al nacer hijos de la predicación evangélica, se cuentan al mismo tiempo hijos vuestros, por sujetos á vuestro apetecible imperio, ni les queda más á que aspirar, ni harán nueva felicidad que apetecer. Por las puertas de la gracia de Dios verdadero entraron dichosamente á la del Príncipe más poderoso y más amable (que de otro modo no fuera posible) y ya que no tuvieron la dicha de nacer españoles para nacer vasallos de tanto Príncipe, tuvieron la inestimable fortuna de que los españoles Jesuitas (que creo que lo son dos veces) los hiciesen renacer para hacerlos lograr en una muchas felicidades.
Vuelvo á decir, señor, que es grande lo que os ofrezco, aun ofrecido á V. A., á cuya vista sólo los trabajos, afanes y fatigas de los Jesuitas en cualquiera línea, pueden ser grandes, y en esta, del mayor aprecio de vuestra alta estimación. Y vuelvo á decir que basta esta sola prueba para desempeño de mi proposición que en otro sentido debiera con razón juzgarse osadía. Pero además de esta, tengo otra, no menor, que dar en el sublime juicio del generoso padre de V. A., nuestro amabilísimo Monarca. También su elevado dictamen ha juzgado grandes los afanes de los Jesuitas, y los frutos de ellos han merecido su aprobación, su patrocinio, sus influjos y sus liberalidades, y no puede ser pequeño lo que ha podido merecer tanto. Así lo publica nuestro reconocido agradecimiento, pues aunque en su católico celo nada hay en esta especie, que su generosidad lo juzgue exceso, verdaderamente que los favores y expresiones hechas á los Jesuitas del Paraguay, pudieran parecer exceso en otro amor y en otro Rey.
Esto hace, señor, que V. A. haya de mirar como estimables efectos de la generosa piedad de vuestro padre, lo que se os ofrece como á tan amado y tan amante hijo, y este título lo hace crecer tanto, que fué en mí lo que últimamente resolvió mi respetuosa timidez, para ofrecer á un Fernando, Príncipe de Asturias, aquello que se dignó mirar como suyo un Philipo, Rey de las Españas. Confiadamente me atrevo ya á suplicaros que prosiga vuestra dignación los favores de vuestro gran padre, para lo que nos basta sólo que admitais benigno esta breve noticia de nuestras fatigas; que bien se yo y sabemos todos los Jesuitas, que la sombra sólo de vuestro augusto nombre, templará nuestros afanes, enjugará nuestros sudores y hará que respetuosa aun la envidia de tanta fortuna, pronuncie y para como aplausos y alabanzas, aun lo que aprenda y conciba como dicterios y calumnias. Y asegurados los Jesuitas (no digo envanecidos, aunque lícitamente pudiera), asegurados digo, en tanto patrocinio, no nos quedará más que desear, sino es el que aquel Dios, para cuya gloria y servicio contribuye vuestra feliz vida tanto, dilate por siglos vuestros años, os colme de felicidades y de triunfos, hasta que se vea la España envidiada de todas las demás naciones, sólo por la dicha de lograr en vuestra alteza tan singular Príncipe.
Muy rendido vasallo de V. A.,
Jerónimo Herrán.
APROBACIÓN DEL PADRE ALBERTO PUEYO
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS Calificador de la Suprema general Inquisición de España, etc.
De orden de V. A. he visto con gusto la Relación historial de los indios que llaman Chiquitos, etc., y me persuado que el ministro evangélico que fuere menos fervoroso, la leerá con sentimiento y rubor, comparando el apostólico celo de aquellos incomparables misioneros con su tibieza, y sólo sentirá alivio en su dolor pidiendo á Dios que por su infinita piedad se compadezca de los años que ha mal empleado en ociosidad. Me sirve también de singular consuelo el ver, que por medio del fuego de la mayor gloria de Dios que arde en los corazones de mis hermanos los Jesuitas, misioneros de la provincia del Paraguay obra Dios los milagros que obraba en la primitiva Iglesia, porque cumplen estos á la letra lo que Cristo manda á los que profesan la vida apostólica, discurriendo por las inmensas campañas de aquella parte de América, trepando inaccesibles selvas y bosques venciendo la fragosidad de los montes, arrestados siempre á perder mil vidas, sólo por darla á infinitos bárbaros, que ciegos con las tinieblas de la gentilidad, viven más como fieras que como racionales. Y al mismo tiempo corresponde Cristo nuestro dueño, como infalible que es en sus promesas, con lo que nos dice por San Marcos, consolando y premiando abundantemente en esta vida las gloriosas tareas de sus siervos, comunicándoles el don de nuevas lenguas, que son infinitas como las naciones, que los nuestros aprenden casi milagrosamente para que prediquen el Evangelio, y es maravilla ver cómo aquellos bárbaros, á pocas razones de los misioneros, y viendo enarbolado el inestimable madero de la Cruz y la imagen de María Santísima, pasan á ser, casi de repente, no sólo cristianos en el deseo, sino misioneros fervorosos, apostados á perder la vida, derramando la sangre por la ley Evangélica, y al heroico creer, así de misioneros como de recién convertidos, se sigue lo que nos dice Cristo en el Evangelio, que es echar los misioneros, á vista de todos, los demonios de las Rancherías, que son sus pueblos, de que han estado en pacífica posesión por muchos siglos, con sólo decir aquellos fervosos Jesuitas el Evangelio ó poner las manos sobre los enfermos, se desvanecen los contagios frecuentes en aquellos países, obrando otras milagrosas curaciones; ni los venenos, ni la comida casi corrompida y muchas veces tan escasa, que se reduce á alguna frutilla silvestre, ocasiona el menor daño á la más delicada salud del misionero. El blanco, pues, que tienen estos Jesuitas en sus fatigas, es sólo convertir almas para Dios, y al mismo tiempo aumentar vasallos á nuestro gran Monarca, agregando nuevas provincias á su Corona, cumpliendo con la obligación de Jesuitas y de vasallos, en señal de la justa gratitud que debemos á este gran Príncipe que se ha dignado y digna tanto en favorecer á la Compañía, expendiendo al mismo tiempo su Real piedad muchos caudales, con que se ha fundado en tiempo de su reinado, mantenido y aumentado más y más aquella numerosa y nueva cristiandad de los Chiquitos. Aunque los Jesuitas, que se ocupan en estas gloriosas tareas son muchos, como es abundantísima la mies, son pocos los obreros: Messi multa operarii autem pauci. Quiera Dios, que es el dueño de la mies, mover los corazones de muchos, para que multiplicándose los operarios, sea muchas veces más copioso el precioso fruto, que tan felizmente se coje. Sobre todo, me parece que en ningún tiempo mejor que en este se pueden decir, pero con lágrimas en los ojos, aquellas divinas palabras de Cristo: Parvuli petierunt panem, et non erat qui frangeret eis, porque en la misiones, que llaman de los Chiquitos, ó de los Parvulillos, hay muchos, por no decir innumerables indios, que claman por Padres, y como ellos se explican, que les enseñen la verdadera ley. Pero, ¡oh lástima! No hay bastantes operarios que les repartan el inestimable y necesario Pan del Evangelio, que con tanta ansia desean: Et non erat, qui frangeret eis. ¿Qué Jesuita habrá á quien tan justos como lastimosos clamores no hieran el corazón ó no le saquen lágrimas á los ojos? ¿Y á quién no encenderá en vivos deseos de socorrer necesidad tan extrema? Pudiera dilatarme mucho más en ponderar las fatigas gloriosas de los Jesuitas: pero acabo, por no ser cansado, diciendo: que no habiendo hallado en este libro cosa que se oponga á las regalías de S. M. ni á nuestra Santa fe católica, ni á las buenas costumbres, juzgo que se debe dar al autor la licencia que pide. Y quizás Dios moverá los corazones á muchos de los que leyeren esta historia, para que afervorizados, pongan los más eficaces medios para ir á ayudar á la salvación de aquellos infelices indios, que por falta de quien les comunique la luz del Evangelio, miserablemente perecen. Este es mi sentir. De este Colegio Imperial de Madrid, á veinte y cuatro de Agosto de 1726.
Alberto Pueyo.
APROBACIÓN
DEL
PADRE JOSEPH DE SILVA
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Predicador de S. M. y del Colegio Imperial.
De orden de V. S. he visto y leído con gran gusto la Relación historial de las misiones de los indios que llaman Chiquitos, que están á cargo de la Compañía de Jesús, en la provincia del Paraguay; y si las quisiésemos cotejar con las conquistas Evangélicas del Oriente, que fueron el glorioso empleo de San Francisco Xavier, por las cuales mereció el título de Apóstol de la India, tendríamos muy poco que hacer para igualarlas; ya se miren las naciones bárbaras, que en tan dilatado campo de la idolatría han reconocido á Jesucristo y á su Santa ley, ya la diversidad de genios y costumbres de estas gentes, más propias de brutos que de racionales, cultivadas por nuestros misioneros con tanto afán y fatiga en estos tiempos, al parecer más reñidos con los cuidados de salvación agena; me parece que ha renovado Dios en su iglesia, por medio de estos operarios suyos, las señales de la primitiva, confirmando la predicación del Evangelio con los milagros que dijo San Marcos[I.] que acreditaban la predicación de los Apóstoles en la conquista del mundo. Toda la relación está llena de esta verdad, y confirmada con la sangre de muchos misioneros, muertos cruelmente á manos de los bárbaros, por conservar y mantener en su pureza la fe de Jesucristo.
Puedo decir sin violencia, que atendidos sus trabajos y su celo en adelantar las conquistas, como se pueden ver en las innumerables reducciones ó pueblos que han hecho de los convertidos á la fe, que bastarían sin duda para enjugar las lágrimas de aquel siglo, en que San Gregorio lloraba la falta de operarios en la Iglesia, siendo tan abundante la mies en las naciones: Ad messem multam operarij sunt pauci, quod non fine nœrore et lachrymis loqui possumus[II.]. Para estos obreros evangélicos reservó Dios sin duda gran parte de aquella gloria, que señaló al Apóstol de las gentes en su vocación, y destinó á la promulgación de la ley de Gracia, marcándole en la elección para que llevase su nombre á tantas y tan diversas naciones:[III.] Ut porlet nomen meum coram gentibus et regibus et filijs Israel. Y á la verdad, en esta Relación historial se verá que han introducido la fe de Jesucristo los misioneros Jesuitas en la otra parte del mundo, que confina con la Tierra Austral incógnita, tocando en la que los cosmógrafos dicen que aún no está descubierta, y la llaman Tierra del Fuego. Dignos por cierto de aquél premio, que tiene Dios destinado para los que á costa de afanes, fatigas y sudores, hicieron adorar su nombre en los últimos términos del mundo, como lo dejó escrito Isaías y lo explicó San Pablo, que fué el mas fiel testigo de la predicación del Evangelio. Dejo para menos apasionadas plumas la confirmación de este dictamen mío, que podrá parecer sospechoso por interesado, y pongo por conclusión de la censura la que se merece una obra toda de la gloria de Dios, para que en la luz pública logren todos ejemplos de la virtud más heroica y del más apostólico celo. Este es mi dictamen, salvo, etc. En este Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid y Agosto 21 de 1726.
Joseph de Sylva.
Michael Angelus Tamburinus, praepositum generalis Societatis Jesu.
Cum relationem Missionum á Patribus nostrae Societatis apud Chiquitos, in Paraquria, á Patre, Joanne Patritio Fernández, Societatis conscriptam, aliquot eiusdem Societatis Theologi recognoverint et in lucem edi posse probaverint; facultatem facimus, ut typis mandetur; fi ijs, ad quos pertinet ita videbitur; cuius rei gratia, has litteras manu nostra subscriptas, et Sigillo nostro munitas, dedimus Romae 16 Aprilis 1726.
Michael Angelus Tamburinus.
LICENCIA DEL ORDINARIO
Nos el Dr. D. Cristóbal Damasio, canónigo de la insigne Iglesia colegial del Sacro Monte Ilipulitano Valparaiso, extramuros de la ciudad de Granada, inquisidor ordinario y Vicario de esta villa de Madrid y su partido, etc. Por la presente, y por lo que á Nos toca, damos licencia para que se pueda imprimir é imprima la Relación historial de las misiones de los Chiquitos, que están á cargo de los Padres de la Compañía de Jesús de la provincia del Paraguay, escrita por el Padre Juan Patricio Fernández, de la misma Compañía; por cuanto habiéndose reconocido, parece no tiene cosa que se oponga á nuestra santa fe católica y buenas costumbres. Dada en Madrid á 13 días del mes de Agosto año 1726.
Doctor Damasio.
Por su mandado,
Lorenzo de San Miguel.
LICENCIA DEL CONSEJO
D. Baltasar de San Pedro Acevedo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor y del Gobierno del Consejo, certifico que por los señores de él se ha concedido licencia por una vez al P. Juan Patricio Fernández, de la Compañía de Jesús, para que por una vez pueda imprimir y vender un libro que ha compuesto, intitulado: Relación historial de las Misiones de los indios que llaman Chiquitos en la provincia del Paraguay, con tal que la dicha impresión se haga por el original que va rubricado y firmado al fin, de mi mano; y que antes que se venda se traiga al Consejo con certificación del corrector de estar conforme á él, para que se tase al precio á que se ha de vender, guardando en la impresión lo dispuesto por las leyes de estos reinos. Y para que conste, doy la presente en Madrid á 12 de Agosto de mil setecientos veintiséis.
Don Baltasar de San Pedro.
SUMA DE LA TASA
Tasaron los señores del Consejo Real este libro intitulado: Relación historial de los indios que llaman Chiquitos en la provincia del Paraguay, á seis maravedís cada pliego como más largamente consta de su original, despachado en el oficio de D. Baltasar de San Pedro Acevedo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor y del Gobierno de su Consejo, en Madrid á nueve de Septiembre de mil setecientos veintiséis años.
Don Baltasar de San Pedro.
PRÓLOGO PARA ESTA OBRA
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En una breve relación de tan dilatadas y gloriosas empresas de los Misioneros Jesuitas que trabajan incesantemente en predicar la fe de Jesucristo á tan innumerables é incultas naciones del Paraguay y sus provincias, no es fácil poder escribir, como era razón, las vidas de muchos apostólicos obreros que han padecido martirio á manos de los infieles, y así me es preciso referir muy sucintamente parte de sus heroicas virtudes, dejando para mejor ocasión el sacarlas á luz con más extensión. En este supuesto, y en el de no ser historia con las formalidades que piden sus reglas, como de esta provincia la escribió el erudito P. Nicolás del Techo en lengua latina, sólo refiero las regiones en donde se han formado los pueblos de los nuevamente convertidos, y al mismo tiempo se describen sus situaciones, sus genios y sus diversos idiomas, para que se pueda comprender con menos dificultad el asunto de esta pequeña obra; que si se lograse con ella el encender en el corazón de los que ó tienen por instituto la conversión de las almas, ó por fervor cristiano la salvación de los infieles, un celo de dilatar la gloria de Dios en las conquistas del Evangelio, se dará por bien empleado el trabajo de sacarla á la luz pública, sin cuidado de que ó la censura ó la malicia le imponga aquellas acostumbradas notas que en el juicio prudente y cristiano sólo pueden servir para el desprecio y nunca para la atención; ojalá tenga yo muy frecuentes las noticias de estas apostólicas tareas para emplear con nuevo gusto el trabajo de publicarlas para mayor gloria de Dios, que es el fin principal de las Misiones de los Jesuitas.
PROTESTA DEL AUTOR
Siendo preciso tocar en esta Relación historial, aunque de paso, las Memorias de algunos varones apostólicos que murieron á manos de los infieles por la fe que predicaban, dejando en su muerte aquel olor de santidad que correspondía á sus heroicas virtudes, así como se refieren otros sucesos milagrosos que en confirmación de la fe parece que los hacía Dios por medio de sus siervos para alentarlos á los trabajos de su mayor gloria; no es mi ánimo en estos puntos y en otros semejantes que contiene esta Relación el que se les dé más que aquella fe humana que se merecen los fundamentos que se refieren para escribirlos; y así estoy muy lejos de prevenir en la relación de ellos el juicio de la Iglesia; antes bien, protesto, el que los sujeto á la corrección de la Santa Sede, obedeciendo á los decretos de los Sumos Pontífices y de la Iglesia.
CAPÍTULO PRIMERO
Su principio, fundación y progresos.
No es mi intento por ahora escribir la historia de la provincia del Paraguay de la Compañía de Jesús, la cual comprende cinco Gobiernos y otros tantos Obispados, en la longitud de cerca de seiscientas leguas. El que quisiere saber más por extenso lo que en esta dilatada provincia han trabajado gloriosamente los PP. de la Compañía de Jesús y padecido por la conversión de los gentiles, podrá leer la Historia que de esta provincia escribió el P. Nicolás del Techo; advirtiendo que al tiempo, y cuando escribió dicha Historia, sólo se habían fundado veinte y cuatro Reducciones de indios á las riberas de los ríos Paranná y Uruguay, que componen el caudaloso y celebrado río de La Plata. Hoy llegan á treinta y una las reducciones de sólo los indios Guaranys, mucho más numerosas que las antecedentes, pues en el año de 1717 se contaban en dichas reducciones ciento y veintiún mil ciento sesenta y ocho almas, bautizadas únicamente por los PP. Misioneros de la Compañía de Jesús de dicha provincia. Los nombres de las reducciones ó pueblos de esta nueva cristiandad, son el pueblo de los Santos Apóstoles, el de la Concepción, el de los Santos Mártires del Japón, el de Santa María la Mayor, el de San Francisco Xavier, el de San Nicolás, el de San Luis Gonzaga, el de San Lorenzo, el de San Juan Bautista, el de San Miguel, el del Ángel de la Guarda, el de Santo Tomás Apóstol, el de San Francisco de Borja, el de Jesús María, el de Santa Cruz y el de los Santos Reyes. Estos á las riberas del gran río Uruguay. Los que se han fundado á la ribera del gran río Paranná, son el pueblo de San Ignacio, que llaman el Mayor, el de Nuestra Señora de la Fé, el de Santiago Apóstol, el de Santa Rosa, el de la Anunciación, el de la Purificación, el de San Cosme y San Damián, el de San Joseph, el de Santa Ana, el de Nuestra Señora de Loreto, el de San Ignacio, que llaman el menor, el del Corpus, el de Jesús, el de San Carlos y el de la Trinidad, aumentándose cada día más el número de convertidos y floreciendo en todos el primitivo fervor de la fe, que recibieron en el bautismo.
El fin, pues, de esta Relación, se reduce á dar noticia de las nuevas misiones que esta apostólica provincia tiene al presente en la nación de indios, que llaman Chiquitos.
Por donde la provincia de Tucumán confina por el Occidente con los reinos del Perú, se descubre un espacio de tierra que desde Santa Cruz de la Sierra, donde remata, y desde Tarija, donde empieza, tiene trescientas leguas de largo. Por el lado de Levante tiene aquella parte del Chaco, que va á hacer punta en el Tucumán; por el Poniente el Marañón, ó por mejor decir, á Santa Cruz de la Sierra, con quien más se afronta; por el Mediodía la provincia de las Charcas, y por la Tramontana mira de lejos á la provincia de los Itatines. Corre por medio de ella, de Septentrión al Austro, una cadena de montes, que empezando desde el Potosí llega hasta las vastísimas provincias del Guayrá. En ellos tienen su nacimiento tres grandes ríos, el Bermejo, el Pilcomayo y el Guapay, que bañan las campañas que están sitas á la falda, por una y otra parte de ambos montes, y de allí, atravesando un casi inmenso espacio de tierra, desembocan en el río Paraguay. Escogieron los Chiriguanás para su habitación este país, habrá como cosa de dos siglos, abandonando el nativo del Guayrá, y me parece no será fuera de propósito referir aquí la causa de esta mudanza. Al tiempo que las dos Coronas de Castilla y Portugal procuraban dilatar su imperio en estas Indias Occidentales, Alejo García, alentadísimo portugués, deseoso de servir al rey D. Juan el II, su amo, con las conquistas de nuevas provincias, tomando en el Brasil tres compañeros de su mismo ánimo y valor, después de haber caminado por tierra trescientas leguas hasta llegar á las costas del Paraguay, alistó por soldados dos mil indios: y habiendo caminado con ellos otras quinientas leguas por aquel río, aportó á los confines del imperio del Inga, donde, habiendo recogido mucho oro y plata, se volvió al Brasil; pero los bárbaros le quitaron á traición la vida.
Temerosos éstos, ó de que viniesen sobre ellos las armas portuguesas á vengar la muerte de los suyos, ó llevados del interés, se pasaron y vinieron á vivir en el país ya dicho; y aunque pocos entonces, pues apenas pasaban de cuatro mil, ahora están muy numerosos, pues pasan de veinte mil, viviendo sin forma de pueblo, en tropas, y dándose á correr y robar las tierras circunvecinas; y por el deseo de carne humana, de que gustaban mucho, hacían á muchos de ellos cautivos; y cebados por muchos días, como se hace en Europa con los animales de cerda, celebraban banquetes de cruelísima alegría, con lo cual se hicieron formidables á los confinantes; y sólo con la venida de los españoles olvidaron la inhumana costumbre de comer carne humana, pero no la crueldad; de suerte que se dice haber destruído y aniquilado hasta el presente más de ciento y cincuenta mil indios.
A reducir á estos bárbaros á vida política y cristiana, encaminaron sus designios, desde los principios del siglo pasado, los apostólicos Padres Manuel de Ortega, Martín del Campo, Diego Martínez, y sucesivamente otros; pero por más industrias de que se valió su ardiente celo, jamás pudieron ablandar la dureza de corazones tan obstinados, ni domesticar la ferocidad de ánimos tan salvajes, causa porque los abandonaron, como tierra en que se ha derramado inútilmente el grano Evangélico, para emplear sus fatigas en país que correspondiese á su cultura, con fruto más digno de sus trabajos; hasta que el año de 1686, habiendo ido dos Misioneros de esta provincia á ejercitar los ministerios de nuestra Apostólica Vocación á Tierra de Tarija, hicieron eco en aquellos desiertos las maravillas que obraba la divina palabra en las costumbres bien rotas y perdidas de aquella tierra.
Entraron, pues, en acuerdo algunos caciques, y de común consentimiento enviaron mensajeros á los Padres, suplicándoles con eficacísimos ruegos se moviesen á compasión de sus almas, poniéndolas en el camino de la salvación; pero no tuvieron por entonces otra respuesta, sino que no podían asistirles hasta dar aviso á su Provincial, que á la sazón era el Padre Gregorio de Orozco, natural de Almagro, en la Mancha, sujeto de mucho celo y fervor, quien no pudo tan presto condescender con tan justas súplicas hasta abrir colegio, como lo hizo en la villa de Tarija. En escoger entre todos los sujetos que habían de dar principio á aquella Misión, tuvo el buen Provincial no poco que hacer para aquietar los deseos, súplicas y lágrimas de tantos como se le ofrecieron á esta ardua empresa; pero no había quien con más ardor lo desease, ni á quien con más razón se debiese hacer esta gracia, como el V. P. Joseph de Arce, natural de las islas Canarias, hombre de gran corazón y de igual celo, premiado de Nuestro Señor con una muerte gloriosa, de que daremos noticia adelante. Parece que San Francisco Xavier, antes que los Superiores, le destinó para esta empresa, pues viéndole éstos dotado de gran talento y feliz ingenio para las cátedras, aunque con increíble dolor del buen Padre, le habían aplicado á ellas; pero no tardó mucho en que se vieron precisados á mudar de parecer, porque siéndole al humildísimo Padre de intolerable peso esta lustrosa ocupación, no podía recabar con súplicas y lágrimas le aliviasen de ella, con que recurrió al asilo de San Francisco Xavier, suplicándole con muchas lágrimas el cumplimiento de sus deseos. Tuvo feliz despacho con tan poderoso intercesor su súplica, porque cayendo luego enfermo, le dieron, por descuido del enfermero, un remedio recetado para otros, el cual le redujo á los últimos períodos de la vida. Viéndose en este lance, pidió licencia al P. Provincial Tomás Baeza para hacer voto á su grande Abogado San Francisco Xavier, de que si alcanzaba la vida, la emplearía en la conversión de los infieles. El P. Provincial, reconociéndole ya desahuciado, le dió grata licencia para hacer su voto; y luego que le hizo, le aceptó el Santo desde el cielo, pues remitiendo de su fuerza el mal, en breves días quedó sano del todo.
Y como en aquel tiempo se trataba con gran calor de la conversión á nuestra Santa Fé de las naciones que están hacia el estrecho de Magallanes, que descubiertas pocos años antes por el V. P. Nicolás Mascardi, italiano, sujeto de la provincia de Chile y mártir del Señor, pedían predicadores de nuestra Santa Ley, y por orden de nuestro piadosísimo Monarca Carlos II, estaban ya á punto algunos fervorosos misioneros para entrar en las tierras de los Patagones, fué también señalado el P. Arce. Pero á lo mejor de la obra se atravesó el infierno por medio de algunos Ministros del Rey, que atendiendo más á sus particulares intereses que al servicio de Dios y de la Monarquía, pretendieron sujetarlos con armas para hacerlos después esclavos suyos.
Desvanecida, pues, esta misión con incomparable dolor de todos los buenos, fué destinado á llevar la luz del Evangelio á los Chiraguanás, y abrir camino en otras provincias á tantos hermanos suyos, que conducidos de su mismo espíritu y celo habían de seguirle, para sembrar en ellas la semilla de la predicación evangélica, los cuales, para hacerla más fecunda, la habían de regar, no sólo con sus sudores, sino también con su sangre. Pero antes de emprender esta obra, procuró armarse y fortalecerse con aquellas virtudes que reconocía necesarias para tan ardua y difícil empresa, porque le adivinaba presagioso su corazón que el común enemigo se había de poner en armas para no perder la tiránica posesión y señorío de una gente, que hasta entonces, con injuria de Dios Nuestro Señor, había estado siempre á su devoción.
En el ínterin, pues, que el Padre estaba con todo su espíritu recogido en Dios tratando este negocio, vino del Pilcomayo un cacique con seis vasallos suyos, pidiéndole no difiriese un punto de ir á darles noticia de Dios Nuestro Señor; y luego manifestaron las veras con lo que decían las obras, oyendo con gusto y atención la explicación de la Doctrina Cristiana, y estando siempre obedientes á su voluntad.
Las muestras que dieron de sí estos pocos, le encendió en su corazón un ardiente deseo de poner luego manos á la obra, pareciéndole estas disposiciones muy á propósito para introducir la fé en gente tan bien inclinada. Y á la verdad podía bien esperar esto de los Chiriguanás, que viven á la orilla del río Pilcomayo, pero no de los del río Bermejo, pues antes éstos, renovando las antiguas canciones, porque otras veces habían echado á los misioneros porque queríamos hacerlos esclavos de los españoles y obligarlos al servicio personal y otras mil mentiras de este jaez, le miraban con malos ojos y le decían que si pusiese el pie en sus tierras se había de salir luego, ó que para quitarle de una vez de sus ojos, le habían de quemar vivo.
Por eso, antes de pasar más adelante, me es preciso pintar aquí á lo vivo el genio y natural de esta gente, para reconocerle siempre el mismo, porque se transforman en tan diversos y contrarios semblantes, que de otra suerte sería imposible el conocerlos. Son de genio inconstante, más de lo que se puede creer, mudables á todo viento, no guardan la palabra que dan, hoy parecen hombres y cristianos y mañana apóstatas y animales, amigos de todos, aun de los españoles, cuando les está á cuento para sus intereses, pero por la más leve causa rompen la amistad. Y con todo eso, no es ese el mayor contraste que tienen para introducir en ellos el conocimiento de los misterios y observancia de la ley de Dios. El más fuerte impedimento es el mal ejemplo de los cristianos viejos, gente ruda como los indios; no entiende otro lenguaje mejor que el del ejemplo, y de la vida de los fieles infiere las calidades de nuestra Santa Fé, y muchas veces les echan en la cara los Misioneros que son demasiado duros con ellos en no permitirlos el uso de muchas mujeres, cuando ven que los europeos tienen á su gusto cuantas se les antoja; y por más que se les procura responder, nunca se les dice tanto que baste á aquietarlos. Por lo cual, con sapientísimo y prudentísimo acuerdo, los primeros operarios de esta provincia se procuraron apartar lejos de las ciudades, buscando para sembrar el Evangelio provincias remotas, si no del comercio, á lo menos de la habitación de los forasteros, para que éstos no deshiciesen con su mal ejemplo lo que ellos hacían con su predicación.
Y se practica esto hasta el día de hoy con tanto rigor, mediante la piedad de nuestros Católicos Reyes, que á ningún europeo ó español de la tierra, si no es de paso, se le permite poner el pie en las Reducciones de los Guaraníes, excepto á los Gobernadores y Prelados eclesiásticos, á quien por su oficio les incumbe el visitarlos. Ahora, pues, este impedimento en los Chiriguanás, es gravísimo. Comercian continuamente con las ciudades confinantes, y como más fácilmente se pegan los vicios de los malos á los buenos que las virtudes de los buenos á los malos y viciosos, al ver á unos ocupados en sacar el dinero de los paisanos, á otros darse sin freno á los deleites de la carne, y en algunos, aunque pocos, tan muerta la fé que no hacen escrúpulo de faltar á los Divinos preceptos, y en mostrar menos reverencia á los misterios de la Iglesia, no es fácil decir cuánto crédito gana con ellos lo malo, y cuánto odio y desprecio cobran, así á las personas como á la religión que profesan.
Y aunque la innata piedad de los españoles resplandezca aquí tanto como en cualquiera otra parte, que en ella se pierde la malicia toda de algunos, con todo eso, como dije, en los corazones de estos bárbaros se imprimen más fácilmente los vicios y maldades que las virtudes y devoción. Y si tal vez, al oir la explicación de la doctrina cristiana, ó alguna de aquellas incontrastables verdades que tienen fuerza de hacer volver en sí á quien de sí vive olvidado, despierta en ellos algún buen pensamiento, apenas nace cuando le sofoca su inconstantísimo genio, y el mal ejemplo de los forasteros, como muchas veces lo vemos y tocamos con las manos. Esto supuesto, volvamos ya á nuestra narración.
Habiendo el P. Arce probado y experimentado por muchos días el fervor de este cacique y sus vasallos, le pareció fundar aquí Reducción con esperanza de feliz suceso. Con este fin los remitió á su tierra, acompañados de cuatro indios Guaranís que llevaba consigo, dándoles orden á éstos de que explorasen la voluntad del pueblo y corriesen las Rancherías situadas en la orilla del Pilcomayo, que en breve les seguiría, junto con D. Diego Porcel, piísimo caballero, y muy amado de los infieles, por su afabilidad y buen trato, para que le ayudase en aquel negocio, y con su autoridad tuviese refrenados á los caciques del río Bermejo; pero Dios no quiso de éste más que la buena voluntad, para premiarla eternamente en el cielo; porque siendo ya muy viejo y de edad decrépita, á pocas leguas de camino, sorprendido de un accidente, le fué preciso volver atrás; pero en su lugar sustituyó á un hijo suyo, con quien poniéndose en camino el P. Joseph por el mes de Mayo de 1690, después de algunas jornadas, llegó á ciertas rancherías que estaban á orillas del Pilcomayo, donde fué recibido con singular afecto de los paisanos, que actualmente estaban llorando la muerte de algunos de los suyos, por causa de las discordias que había entre Cambaripa y Tataberiy. Eran estos los dos Caciques de mayor nombre y poder de la tierra; y para dar principio á la nueva cristiandad, era necesario concordarlos entre sí, y apagada toda malevolencia, volverlos á hacer amigos.
A este fin quería el santo varón ir en persona á meterse de por medio y hacer las paces, y hubiéralo hecho á no ver que era manifiestamente echarse á morir entre las armas de los Tobas, confederados con Tataberiy, que infestaban los caminos.
En esta coyuntura vino un mensajero de Cambaripa, pidiéndole le diese de su parte, si pudiese hallar algún pronto y eficaz remedio á su ruina, y á la de aquellos sus vasallos, porque no tenía tiempo para detener ó resistir á un mismo tiempo á tantos enemigos ni de buscar escape á su vida con la fuga, por estar mal herido de los contrarios.
Atravesó esta nueva el corazón del P. Arce; y para repararle aquel fracaso al país, volvió luego atrás á fin de recoger de la piedad de los españoles algún socorro de armas; y á la vuelta templó Dios con alternados consuelos el dolor de aquel accidente, porque los Chiriguanás del río Bermejo, que antes se habían mostrado tan adversos y duros, ablandados ya sus corazones con las influencias del Espíritu Santo, le salieron al encuentro, y Cambichuri, el cacique más poderoso, le mostró grandes finezas de amor, convidándole á que fuese á predicar á sus vasallos y que haría de él cuanto el Padre gustase.
Llegó á Tarija, y alcanzando de los Regidores una compañía de soldados, se volvió lo más presto que pudo, llevando por su compañero al P. Juan Bautista de Zea; y aunque el camino era áspero y peligroso y la poca comodidad con que trataban su cuerpo estos Evangélicos operarios les hacía más trabajoso el caminar, con todo eso estaban insensibles á toda molestia y trabajo por la abundante copia de delicias celestiales de que gozaban, bautizando en aquellas soledades gran número de niños y no pocos adultos que viéndose ya cercanos á la muerte, cambiaban de buena gana la vida con esperar la eterna bienaventuranza. Finalmente, á 26 de Septiembre, entraron en las rancherías de Tataberiy, donde se había de tratar la paz.
Salió éste á cumplimentarle, acompañado de cuarenta de los suyos, y hospedóle en la casa más acomodada del pueblo, y empezando desde luego á tratar del negocio de la paz, supo darse tan buena maña el P. Arce, que redujo á los dos caciques á que se prometiesen mútuamente la paz y renovasen entre sí su antigua amistad; y fuera de eso concluyó, se hiciesen también las amistades entre los parientes de los muertos y los matadores, que fué lo más difícil de alcanzar.
Celebró el pueblo estas paces con solemnidad y alegría incomparable; pero sobre todos, quien dió mayores muestras de contento fué Cambaripa; y Tataberiy se aficionó increíblemente á los misioneros, y por medio de ellos á la Santa ley de Cristo; pidióles que se quedasen allí para enseñarles los Divinos Preceptos, prometiendo alistarse cuanto antes en el número de los fieles; y en prendas de eso le dió para que bautizase un hijo único que tenía. Pero los Padres, antes de hacer pie firme en algún lugar, querían correr toda la provincia; por lo cual, dándoles buenas esperanzas, se partieron, asistidos siempre del hijo de aquel buen caballero, que jamás quiso apartarse de su lado en aquella peregrinación; y pasando luego á las riberas del río Parapití y, pobladas de muchas rancherías, fueron recibidos de todos con señas de grande afecto y tratados lo mejor que la pobreza y penuria del país permitían.
De aquí tiraron hacia las montañas del Charaguay á cuyas faldas viven la mayor parte de los Chanés y muchos Chiriguanás. Tuvieron aquí no poco que hacer en componer á los paisanos con los vasallos de Taquiremboti; pero puestos éstos en acuerdo, prosiguieron su viaje, no encontrando otra cosa que rancherías destruídas, habiéndose retirado á otras partes la gente, por no padecer los infortunios y desventuras que trae consigo la guerra.
Finalmente, padecidos no pocos ni ligeros peligros de perecer, llegaron al río Guapay, donde fueron recibidos de sus moradores con increíbles finezas, y los Caciques Manguta y Fayo les suplicaron vivamente se quedasen en aquel paraje para instruirlos en los misterios de nuestra Santa Fe y enseñarles el camino del cielo.
El P. Arce, que por entonces tenía otros designios, les prometió que en otra ocasión les cumpliría sus deseos, con que administrando el Santo bautismo á cuatro que estaban en peligro de muerte, se prevenía ya para la partida.
A este tiempo vino una india, hermana del cacique Tambacurá, y se echó á sus piés muy afligida y desconsolada porque el gobernador de Santa Cruz de la Sierra enviaba á prender á su hermano para castigarle; y manifestando su dolor le dijo tantas razones y le enseñó tales ruegos y súplicas el amor á la sangre, para que le librasen de aquel golpe que, como decía, le habían maquinado por rencor y envidia sus enemigos, que hubieron de condescender los Padres á sus peticiones para que tocasen con las manos y viesen aquellas gentes que ellos no miraban sino á su utilidad y que en las ocasiones eran su escudo y refugio, para aficionarlos por este camino á nuestra santa ley. Este fué su designio é intento, pero no el de Dios, que muchas veces se vale de los intereses humanos para llevar á su fin las disposiciones de su eterna providencia. Y tal fué la ida de estos misioneros á Santa Cruz de la Sierra, porque yendo solamente á impetrar la vida temporal de un indio, los llevaba Dios para que fuera de toda esperanza rescatasen á innumerables pueblos de la esclavitud del demonio. Partieron, pues, del Guapay con Tambacurá á Santa Cruz, donde recibidos con mucha cortesanía del gobernador don Agustín de Arce piísimo caballero, alcanzaron por merced y gracia la vida de aquel pobre hombre, que de otra manera lo hubiera pasado muy mal.
Estas demostraciones de estima y afecto obligaron á nuestros Padres á que con confianza le manifestasen su designio de convertir á la fé á los Chiriguanás y á que se dignase interponer su autoridad contra cualquiera que osase oponerse á esta empresa. Parecióle al sabio gobernador que era gastar inútilmente el tiempo y el trabajo con aquellos indios, por lo cual les empezó á persuadir con sólidas razones enderezasen á otra parte sus pensamientos y apostólico celo, porque eran gente obstinada en la idolatría, salvaje en las costumbres, y sobremanera adversos á las leyes y pureza de la vida cristiana, é inconstantes en lo que emprenden; que ya en otras ocasiones habían probado á reducirles fervorosísimos Misioneros, y después de grandes trabajos y fatigas no habían sacado otro fruto de sus sudores sino escarnios, oprobios y malos tratamientos.
Vivía entonces muy fresca la memoria del fervorosísimo P. Martín del Campo, de la provincia del Perú, que después de haber gastado con ellos algunos meses, vista su obstinación, se vió precisado á irse á otra parte á emplear sus fervores. Por tanto les aconsejaba pusiesen la mira en otros países donde no se perdiesen á sí mismos, y ganasen felizmente á los otros.
Confinaban con aquella ciudad los indios Chiquitos que poco antes habían hecho paces con los españoles y pedían predicadores del Evangelio, que les enseñasen la ley divina. No podía el buen gobernador darles gusto, enviando misioneros de la provincia del Perú por estar estos empleados en cultivar las naciones de los Moxos, por lo cual ofreció á nuestros misioneros la copiosa mies de esta gentilidad, donde su fervor hallaría en qué satisfacerse á su gusto, y su celo campo donde acrecentar la gloria divina, que aquí no serían mayores los trabajos que el fruto, ni derramarían gota de sudor en esta tierra, que no fuese semilla de que cogiesen la conversión de muchas almas. Y que para que emprendiesen con más calor esta misión, escribiría de su mano cartas muy eficaces al Provincial de esta provincia, á nuestro Padre general Tirso González, su íntimo amigo.
Este razonamiento del buen gobernador despertó en el corazón de aquellos varones apostólicos un júbilo incomparable, viendo se les descubría otro campo en que padecer otro tanto en servicio de Dios: por lo cual, en cuanto á ellos tocaba, se ofrecieron al bien de aquella nación, sin hacer caso de su vida ni temer á los trabajos y fatigas que les pudiese costar aquella nueva empresa, sólo con que la insinuación de los superiores les destinase á ella; y así dijeron, que obtenida licencia de sus superiores, correrían allá gustosos para domesticar aquellos bárbaros y reducirlos al conocimiento del verdadero Dios y á la obediencia de la Majestad Católica. Y con esto, despedidos del gobernador dieron la vuelta.
Al pasar el río Guapay, de vuelta para Tarija, les cercaron una gran multitud de infieles, rogándoles fundasen una Reducción en aquel paraje para cuidar y atender al bien de sus almas, que les daban palabra que en breve abrazarían todos la ley de Cristo.
No les pareció bien á los Misioneros dejarlos descontentos, por lo cual, levantando en aquel sitio un Rancho, celebraron, á vista del pueblo, el Santo sacrificio de la Misa; y por ser aquel día consagrado á la Presentación en el templo de la Virgen Nuestra Señora la pusieron debajo de su patrocinio; y esto con tanto aplauso y contento de los naturales, que corriendo la voz de lo sucedido por las otras Rancherías, se ofrecieron muchos caciques á fundar allí Ranchos con todos sus vasallos.
Partiéronse de aquí los Padres para disponer en Tarija lo necesario para llevar adelante aquella empresa, y Dios Nuestro Señor, para premiar los trabajos pasados en su servicio y animarlos en las fatigas que habían de padecer en adelante, les concedió luego un fruto de bendición, que apenas nació cuando se trasplantó en los jardines celestiales, este fué un niño que apenas fué lavado de mancha de la culpa original con las aguas del Santo Bautismo, cuando incontinenti voló á gozar eternamente de Dios.
Incomparable fué el consuelo de estos santos varones con tan noble ganancia, pero no menor la rabia del demonio que de tan buenos principios adivinaba el gran menoscabo que se había de seguir á sus intereses, y que si la fé cristiana fuese ganando crédito y seguidores, perdería en poco tiempo el dominio del país; y como su mal y daño estaba á los principios y le podía reparar, procuró, con todo su esfuerzo arrancar de raíz aquellos buenos principios, para lo cual tenía allí de su bando ciertos apóstatas muy poderosos, tanto peores que los otros en su vida, cuanto es ordinario que sea más perdido en sus costumbres quien abandona la fé que quien jamás la profesó en su vida.
Entre estos había dos caciques llamados Urbano Garnica y Pedro de Santa María, que teniendo para su placer muchas concubinas, llevaban muy mal tomase campo en aquella tierra Cristo Nuestro Señor y su ley santísima, con lo cual ellos se habían de ver precisados á desamparar el país ó á salir del cieno de la deshonestidad. Por tanto, conmovidos estos del enemigo infernal, y mucho más del amor á la carne, empezaron á esparcir por el vulgo mil calumnias contra los misioneros, y mucho más aquellas que mejor les estaba creyese el pueblo; decían que eran espías de los enemigos, que no pretendían otra cosa que sujetarlos á los españoles, y con pretexto de reducirlos á la fé católica, privarlos de su antigua libertad, que en breve se verían hambrientos y deseosos de aquellos placeres de que ahora á su gusto se saciaban; verían sus carnes flacas, sus espaldas acardenaladas de los golpes de los nuevos señores, cuyo yugo cargaban sobre sus cuellos, junto con el de Cristo; y en prueba de eso, tenían ellos aún en el cuerpo las cicatrices de los cruelísimos azotes que llevaron cuando cristianos, por más que trabajaban de día y de noche sin ninguna compasión, para llenar á su costa las bolsas de sus amos, y semejantes á estas decían otras innumerables mentiras, como les venía á cuento el fingirlas para su intento. No se dijeron al aire, porque ahora el deseo que tenían los bárbaros de hacerse cristianos estaba en sus primeros fervores, no hicieron en ellos mucha mella estos dichos; no obstante, resfriándose de allí á poco aquel primer fervor, consiguieron los apóstatas su intento de alborotar el país y enfurecer el pueblo para que echasen á los Padres y los remitiesen á donde habían venido.
Entrado ya el año de 1691, partieron los PP. Juan Bautista de Zea y Diego Centeno por el río Guapay, á cultivar el nuevo pueblo de la Presentación, y el P. Arce al valle de las Salinas, á donde acudió gran número de infieles, de los cuales muchos se le mostraban aficionados y otros le mostraban mal rostro, señal de lo que maquinaban en su corazón, que era darle muerte, como lo hubieran ejecutado á no haberles disuadido de tan malvado intento los indios de Tariquea.
Procuraba aquí el apostólico Padre poner forma á las cosas de la reciente iglesia; pero el demonio, que soplaba en el corazón de los apóstatas, cuanto el buen Padre trabajaba en muchas semanas, lo deshacía en pocas horas; y por apéndice de estos desastres, tuvo noticia de que los Tobas, cruelísimos enemigos de Dios y de los españoles, vistos sus intentos, se habían puesto en armas, y en gran número venían destruyendo el país; con lo cual, esperando de hora en hora sus furias, se esforzaban á recibir con gran ánimo la muerte si fuese voluntad de Dios Nuestro Señor, imitando á sus súbditos, de quien corría fama que habían caído en las manos de aquellos malvados y sido muertos con crueldad igual á su fiereza.
Pero como Nuestro Señor, con estas desgracias, no quería de su siervo otra cosa sino las primeras pruebas y noviciado de una vida apostólica, hizo desvanecer en breve aquellos temores y hubo luego aviso de que los PP. Zea y Centeno habían llegado á salvamento en el pueblo de la Presentación, y de que los Tobas se habían retirado á sus tierras, con lo cual pudo seguramente pasar á Tariquea para disponer más apriesa los ánimos de la gente para abrazar la santa fé.
Aquí fué recibido y hospedado con mucho amor y benevolencia del señor del lugar, quien entendida la causa de su ida, mandó luego echar bando por todas las Rancherías del contorno, que se juntasen día señalado todos los caciques á Concejo, para resolver el negocio de su conversión; y se ejecutó así el día último de Julio, consagrado á nuestro gran Padre y Patriarca San Ignacio.
Y porque será del gusto de los lectores saber las ceremonias y modo de que usaron en su Asamblea, daré de ellos una breve y sucinta noticia.
Entrados á parlamento en lo más oscuro de la noche, dieron principio á la función con una sinfonía de flautas y pífanos, y cantando y bailando al son de ellos discurrían sobre el negocio, concluyendo cada baile que duraba tres ó cuatro credos con brindis.
Al rayar el alba, aunque hacía viento muy frío que helaba, por ser aquí este mes el corazón del invierno, se fueron todos á bañar al río; y para hacer más alegre la fiesta, adornaron sus cabezas con hermosos penachos afeitándose el rostro con colores muy feos, imaginando crecían en belleza y hermosura, cuando parecían otros tantos diablos.
Habiendo ya esclarecido el día, tomaron un desayuno para cobrar aliento y brío para proseguir su acuerdo en la forma que antes. ¿Quién creía, ó por mejor decir, quién se atrevía á esperar resolución nada favorable en un Concejo semejante? Pero no obstante eso, determinaron de común consentimiento admitir en sus tierras á Cristo y á su ley santísima, y enviaron á dar aviso de su resolución al P. Arce, quien debajo de una enramada estaba encomendando á Nuestro Señor con fervor este negocio; pero le pusieron tres condiciones: La primera, que la Reducción se fundase en aquel paraje. La segunda, que no fuesen obligados á desterrarse de sus tierras los que quisieren vivir en el gentilismo, ó mantener muchas mujeres para su uso; y la tercera finalmente, que sus hijos no fuesen destinados al servicio de la Iglesia.
Aceptó el santo varón el partido, esperando que el tiempo, y mucho más la sangre de Jesucristo les ablandaría los corazones y darían aquellos frutos de bendición que su celo y sus fatigas les prometían; ni eran mal fundadas sus esperanzas porque Taricú, principalísimo, en nombre de todos, le dió las gracias de querer emplearse en provecho de sus almas; y las dió también á Nuestro Señor porque se había dignado de enviarles quien sin ningún interés suyo les enseñase el camino del cielo. Y porque todo esto sucedió, como dije, en el día consagrado á N. P. S. Ignacio, puso el P. Arce la Reducción debajo de su patrocinio.
Mientras que las cosas corren aquí con algún viento favorable, me es preciso dar una sucinta relación de la provincia de los Chiquitos, en que al mismo tiempo se fundó, aunque con fin más feliz, una nueva cristiandad, y será el blanco principal de esta mi Relación.
CAPÍTULO II.
Situación de la provincia de Chiquitos, costumbres y calidades de los naturales.
La provincia, á quien vulgarmente llamamos de los Chiquitos, es un espacio de tierra de doscientas leguas de largo y ciento de ancho; por el Poniente mira á Santa Cruz de la Sierra, y algo más lejos á las misiones de los Moxos, que pertenecen á nuestra provincia del Perú. Por Levante baja hasta el famoso lago de los Xarayes, á quien con razón llamaron el mar Dulce los primeros conquistadores, por su amplitud y grandeza. Por la Tramontana la cierra una gran cadena de montes bien larga, que corriendo de la parte de Levante á Poniente, remata en este lago. Por el Mediodía mira al Chaco y á un gran lago, ó por mejor decir, golfo del río Paraguay, que forma aquí una bellísima ensenada, cuyas riberas están pobladas de gran multitud de árboles y se llamó desde sus principios este seno ó ensenada el puerto de los Itatines.
Bañan á esta provincia de Chiquitos dos ríos: uno el Guapay, que naciendo en las montañas de Chuquisaca baja por una llanura abierta por junto á un pueblo de los Chiriguanás llamado Abapó, y corriendo hacia Oriente, ciñe á lo largo en forma de media luna, á Santa Cruz de la Sierra; y tirando de aquí entre Septentrión y Poniente, riega y baña las llanuras que están á la falda por ambas partes; y finalmente desagua en la laguna Mamoré, en cuya costa están fundados algunos pueblos, ya cristianos, de los Moxos. El otro, el Aperé ó San Miguel, que nace en los Alpes del Perú, y atravesando por los Chiriguanás (en cuyas tierras muda su nombre en el de Parapity), se pierde finalmente en unos bosques muy espesos, por las muchas vueltas que da hasta cerca de Santa Cruz la Vieja, donde los años pasados se fundó la Reducción de San Joseph, y girando entre Septentrión y Poniente, baña las Reducciones de San Francisco Xavier y de la Concepción, desde donde tira derechamente á Mediodía; y recibiendo en su madre muchos arroyos del contorno, pasa por las Reducciones de Baurés, que pertenecen á las misiones de los Moxos, y de aquí va á desaguar en el Mamoré, y este en el gran río Marañón ó de las Amazonas.
El país, por la mayor parte es montuoso y poblado de espesísimos bosques, muy abundantes de miel y de cera por la gran multitud de abejas de varias especies, entre las cuales hay una casta que llaman Opemús, la más semejante á las de Europa, cuya miel es odorífera y fragante, y blanquísima su cera, aunque algo blanda. Abundan también de muchos monos, gallos, tortugas, antas, ciervos, cabras monteses y también de culebras y víboras de extraños venenos, porque hay algunas que luego que muerden se hinchan los cuerpos de los pacientes y destilan sangre por todos sus miembros, ojos, oídos, boca, narices y aun de las uñas; pero el doliente, como echa por tantas partes aquel pestilente humor, no muere. Otras hay cuyo veneno (aunque hayan mordido en la punta del pie) se sube al punto á la cabeza, quitando las fuerzas y privando del juicio, y de aquí extendiéndose por dentro de las venas mata irremediablemente, causando delirio, y hasta ahora no se les ha podido encontrar eficaz remedio.
El terruño de suyo es seco, pero en tiempo de lluvias, que duran desde Diciembre hasta Mayo, se anega tan disformemente la campaña, que se cierra el comercio y se forman muchos ríos y grandes lagunas, que abundan de muchos géneros de pescado, los cuales pescan con cierta pasta amarga con que atontados salen á la superficie del agua.
Pasado el invierno se secan luego los llanos y para sembrar es menester desmontar con gran trabajo los bosques y cultivar las colinas y cumbres de los montes que rinden muy bien el maíz ó trigo de las Indias, arroz, algodón, azúcar, tabaco y otros frutos propios del país, como plátanos, piñas, maní, zapallos (que es una especie de calabazas, mejores y más sabrosas que las de Europa); el grano, empero, y la vita, no se puede coger en estas tierras.
El clima es cálido y destemplado, causa de muchos accidentes apopléticos y frecuentes contagios que suelen hacer gran riza en los naturales, porque estos bárbaros no saben aplicar sino dos remedios. El primero es chupar los cuerpos enfermos, oficio propio de sus caciques y capitanes, que en su idioma llaman Iriabós, los cuales con este oficio se hacen mucho lugar entre los naturales, con harta ganancia, porque en vez de guisar la gallina y las otras viandas más exquisitas para el enfermo, se lo come todo el chupador, y al enfermo no le dan sino la ordinaria vianda de un puñado de maíz bien mal cocido; y si no lo quieren comer, no les da mucho cuidado, contentos con la respuesta del enfermo: ¿cómo he de comer si no tengo gana? Por lo cual tengo para mí que los más mueren de necesidad más que de enfermedades, de la cual no dan otra relación al sobredicho médico que mostrarle la parte dolorida y decirle por dónde han andado los días antecedentes: de aquí pasa este á examinar si el enfermo ha derramado la chicha (bebida algo semejante á la cerveza) si ha echado á los perros algún pedazo de carne de tortuga, ciervo ó de otro viviente; y si le halla reo de este delito, dice que el alma de estos animales, para vengar su injuria se le ha entrado en el cuerpo, y le atormenta á medida de su afrenta. De donde es, que para darle algún alivio le chupan la parte lesa, ó también dan en el suelo grandes golpes con la macana alrededor del enfermo para espantar aquella alma y ahuyentarla. Con esto se queda el doliente como antes, si no es que por ventura sucede tal vez que sanan naturalmente.
Hase observado en estos médicos que después de recibido el Santo Bautismo, por mucho que hacen no pueden vomitar una materia sucia y hedionda como antes lo hacían todas las veces que chupaban algún miembro del enfermo, dándose el demonio por desobligado de mantener el pacto implícito que con ellos tenía, porque explícito y cierto no tenían ninguno.
El otro remedio es bien cruel y propio de bárbaros, y era matar á las mujeres que se persuadían eran causa de la enfermedad (puede ser que sus mayores tuviesen alguna luz de que por una mujer había entrado en el mundo la muerte) y echándolas de este mundo, creían quedar ellos libres del tributo de la muerte. Por eso importunaban al médico les dijese qué mujer les había puesto en su cuerpo aquella enfermedad, y éste decía que era esta ó aquella que primero se le ofrecía ó con quien tenía algún enojo, ó con su marido ó parentela y cogiendo sola á la miserable la quitaban á golpes y palos la vida. Y no acababan de caer en la cuenta del engaño, aun viendo por experiencia que no aprovechaba nada para escaparse de la muerte esta receta. Proviene esto de una necia imaginación que tienen de que las enfermedades provienen de causa extrínseca y no de la interior alteración de los humores, porque no son capaces de llegar á penetrar con el entendimiento á donde no alcanza la grosería de los sentidos corporales (propiedad de todos los indios occidentales), bien que por otra parte son hábiles y despiertos para los demás. Y viendo que los Misioneros curaban con purgas y sales, no acababan de persuadirse que la sangre y los otros humores de que se alimenta la parte inferior del hombre podía corromperse y causar malignos efectos y malas impresiones aun en el alma; por esto, por la más leve indisposición se querían sangrar, y pidiéndoles el brazo, respondían que no en él, sino en la parte que les dolía, había de ser la sangría; y experimentando con estos remedios mejoría, dieron de mano á los antiguos médicos burlándose de sus fraudes y engaños y execrando la crueldad que habían usado contra las mujeres.
Son de temperamento ígneo y vivaz más que lo ordinario de estas naciones, de buen entendimiento, amantes de lo bueno, nada inconstantes ni inclinados á lo malo, y por esto muy ajustados á los dictámenes de la razón natural, ni se hallan entre ellos aquellos vicios é inmundicias sensuales de la carne que á cada paso se ven y se lloran en otros países de gentiles ya convertidos. Su estatura es por lo ordinario más que mediana; las facciones del rostro no desemejantes de las nuestras, aunque el color es de aceituna, con que fácilmente se distinguen de los europeos; en pasando de veinte años se dejan crecer el cabello, y quien le tiene mejor y más grande, tiene sobre los otros una cierta hermosura señoril; no crian barba, sino tarde y poca. Cuanto al vestir, los hombres andan totalmente desnudos; las mujeres traen una camiseta de algodón que llaman Tipoy, con mangas largas hasta el codo y lo demás del brazo desnudo; los caciques y los principales usan también de este vestido, aunque un poco más corto. Adornan el cuello y las piernas con muchas sartas de ciertas bolillas que parecen á la vista esmeraldas y rubíes de que también usan para hacer sartas de cascabeles en los días más festivos. Horádanse las orejas y el labio inferior, del cual cuelgan plumas de muchos colores, y de éste traen pendiente un pedazo de estaño; llevan también en la cintura una bellísima faja de plumas muy vistosas por la diversidad y proporción de los colores. Son de ánimo valeroso, guerrero y bien dispuestos en lo personal para el manejo de las armas, una de las cuales es la flecha, en que son muy valientes y diestros; y para prueba y señal de su destreza, traen colgadas muchas colas de animales y plumas de pájaros que han cazado: otra de sus armas es la macana ó maza, que es de una madera muy dura y pesada en forma de palas, con que se juega en Europa á la pelota, solo que es más larga, en el medio es gruesa y por los lados aguda como la espada para poder pelear de cerca.
No tienen gobierno ni vida civil, aunque para sus resoluciones oyen y siguen el parecer de los más viejos. La dignidad de cacique no se dá por sucesión, sino por merecimientos y valor en las guerras y en hacer prisioneros á sus enemigos á quien asaltan sin otro motivo más que por quitarles algún pedazo de hierro ó por alcanzar fama y nombre de valerosos en la guerra.
De genio totalmente contrario, son las naciones vecinas que viven pacíficas y quietas en sus confines y por eso les es de terror y espanto la milicia de los Chiquitos, los cuales, después de hacerles esclavos de guerra como si fueren sus parientes en sangre, ó muy amigos, los casan muchísimas veces con sus mismas hijas, aunque su matrimonio no se puede llamar tal porque no es indisoluble; los particulares no se pueden casar sino con una sola mujer, bien que pueden echarla de casa cuando se les antoja y tomar otra. Solamente los caciques toman dos y tres mujeres, y éstas, aunque sean hermanas, las cuales no tienen otro empleo que cocer la chicha, corriendo por cuenta de los maridos el recibir y hospedar á los forasteros y servirles con esta bebida que hacen de maíz, mandioca y otras frutas; en el color se da algún aire al chocolate y en los efectos es muy semejante al vino.
La ceremonia que usan en sus casamientos es como sigue: Ningún padre dará su hija á marido, si éste no ha hecho antes alguna proeza; por eso, el que se quiere casar, sale antes á caza, y muertos cuantos animales puede, da la vuelta con un centenar de liebres, y sin hablar palabra las pone á la puerta de la mujer de quien está enamorado, y por la calidad y cantidad de la caza, juzgan los parientes si la merece por esposa.
La educación de sus hijos es en todo conforme á su tosquedad bárbara, dejándolos vivir sin temor ni respeto de los parientes, hechos señores de sí mismos, soltándoles las riendas para que corran á donde la disolución y fervor juvenil de los años los arrastra.
Viven pocos juntos como república sin cabeza, que cada uno es señor de sí mismo, y por cualquier ligero disgusto se apartan unos de otros.
Las casas no son más que unas cabañas de paja dentro de los bosques, una junto á otra sin algún orden ó distinción; y la puerta es tan baja que sólo se puede entrar á gatas, causa porque los españoles les dieran el nombre de Chiquitos; y ellos no dan otra razón de tener así las casas sino que lo hacen por librarse del enfado y molestia que les causan las moscas y mosquitos, de que abunda extrañamente el país en tiempo de lluvias, y también porque sus enemigos no tengan por donde flecharlos de noche, lo cual sería inevitable si fuese grande la puerta; fuera de ésta, no tienen otro ajuar que una estera bien débil que al más leve soplo del aire se cae.
Los libres y solteros, que después de los catorce años ya no viven más con sus padres, viven todos juntos en una casa, que no es otra cosa sino una enramada descubierta por todos lados, la cual sirve también, en tiempo de sus visitas y cumplimientos, para recibir y alojar á los forasteros que vienen de otras partes, á los cuales regalan con lo mejor del país y con aquella su apreciada bebida, y acude todo el pueblo para festejar y participar, junto con los forasteros, del refresco; pero antes conjuran al demonio para que no venga á perturbar la alegría del festín; la ceremonia es salir algunos de ellos de la choza y, con grandes exclamaciones, dar en el suelo con las macanas.
Sus festines y banquetes suelen durar dos ó tres días y noches enteras, poniendo su mayor magnificencia y explendor en la copia y fortaleza de aquel su vino, cuyos humos al punto se les suben á la cabeza y los privan de aquel poco juicio y sexo que antes tenían, por lo cual sus fiestas y alegrías acaban en riñas, heridas y muertes, porque los rencores y odios guardados y encubiertos ó disimulados mucho tiempo en lo más secreto del corazón por cobardía y temor, brotan y salen fuera en estas ocasiones y vienen á las manos con furia.
Después los forasteros, en agradecimiento, los convidan y llevan á sus rancherías, correspondiendo con el mismo trato, cumplimientos y bárbara cortesanía, y éstas son todas sus andanzas y peregrinaciones. Bien que aunque no tengan forasteros á quien festejar y banquetear, son entre sí muy frecuentes los convites á beber la chicha; y este ha sido el único y no leve impedimento que se ha hallado en la vida política, y reducidos por medio del santo bautismo al gremio de la Iglesia, siendo cosa muy cierta y verdadera que fustra docentur in fide, nisi ab eis removeatur ebrietas, que de ellos y de las otras naciones de estas Indias escribió el doctísimo y sapientísimo obispo el ilustrísimo señor don Alonso de la Peña Montenegro[IV.].
Por eso nuestros Misioneros pusieron todo esfuerzo desde los principios en exterminar y arrancar este vicio, y juntamente aquellos festines y banquetes; usaron de muchos medios, ya suaves, ya severos, de romper los cántaros, reprenderlos, derramarles la chicha y deshacer sus brutales juntas, cosa que les provocaba á cólera y á venganza á aquellos bárbaros, que se enfurecían y exasperaban tanto, que muchas veces echaron furiosamente mano á las macanas y á las flechas para matarlos.
Quiso Nuestro Señor, finalmente, premiar sus industrias y santo celo, desterrando y arrancando del corazón de aquellos bárbaros vicio tan arraigado, mediante los sudores y virtud (como es constante opinión entre nosotros) del P. Antonio Fideli, italiano, que fué el primero que murió en esta apostólica empresa, por Marzo de 1702, consumido de las fatigas y trabajos que padeció en cultivar esta nueva viña del Señor.
Después de su muerte dejaron del todo estos pueblos la embriaguez y las demás bárbaras costumbres, mudanza por cierto de la mano del Altísimo, pues aun entre cristianos más cultivados se ve todos los días que los dados á la embriaguez, es necesario un milagro de la gracia divina para que le dejen; pues ¿cuánto más sería necesario para estos bárbaros que le habían mamado con la leche?
Su distribución y repartimiento del tiempo es el siguiente: Al rayar el alba se desayunan, y juntamente tocan ciertos instrumentos de su música, semejantes á las flautas, hasta que se seca el rocío, de que se guardan como nocivo á la salud; de aquí van á trabajar, cultivando la tierra con palos de madera, tan dura, que suple la carestía de arados ó azadones de acero; trabajan hasta el medio día, y entonces se vuelven á comer. Lo restante del día gastan en paseos, visitas y cumplimientos y en brindis y meriendas, en señal de amor y amistad; anda alrededor un jarro ó vaso de chicha, de que todos toman un sorbo, y también se ejercitan en muchos juegos deleitables y caballeros. Uno, entre otros, es semejante al de la pelota de Europa. Júntanse muchos en la plaza con buen orden, echan al aire una pelota, y luego, no con las manos, sino con la cabeza, la rebaten con maravillosa destreza, arrojándose aún en tierra para cogerla.
El mismo ceremonial de visitas practican entre sí las mujeres, que tienen tiempo para hacer esto y mucho más, porque las haciendas domésticas se reducen á solo proveer la casa de agua y leña, y guisar con sólo agua un puñado de maíz, legumbres, zapallos ó alguna otra cosa que han encontrado en el bosque, y sólo suelen hilar cuanto les basta para hacerse el Tipoy ó á lo más para tejer una camiseta y una red ó amaca en que dormir con sus maridos; pero les cuesta mucho el labrar por no tener aptos instrumentos.
No duermen sino en el suelo sin otra cama que una estera, y á lo más unos palos toscos y desiguales, juntos entre sí, y á no tener hechos callos que les defienden de lo áspero de su cama, les sería de no leve mortificación.
Al ponerse el sol tienden su mesa para cenar, y poco después se retiran á dormir. Sólo los libres ó solteros se juntan de noche á bailar entre sí y á tocar junto á su Rancho, y de aquí van continuando la danza por los caminos de esta manera: hacen una gran rueda y en medio ponen á dos que tocan las flautas á cuyo compás canta y da vueltas toda la rueda sin mudanza alguna; detrás de los hombres hacen otro semejante baile las mujeres, y estos bailes duran dos ó tres horas, hasta que cansados se echan á dormir.
El tiempo de caza y pesca es después de haber hecho la cosecha del maíz y del arroz. Repartidos en muchas cuadrillas van á los bosques por dos y tres meses y cazan jabalíes, monos, tortugas, osos, hormigueros, ciervos, cabras monteses; y para que no se corrompa la carne, usan chamuscarla de manera que se pone dura como un palo; y se tiene por dichoso quien trae su cesta ó canasta (á que llaman panaquíes) muy llena, porque todos le dan el parabién y le aclaman de esforzado y valiente. Por el mes de Agosto ya están todos de vuelta, porque es el tiempo de la sementera.
En materia de religión son brutales totalmente y se diferencian de los otros bárbaros, pues no hay nación por inculta y bárbara que sea, que no reconozca y adore alguna deidad; pero éstos no dan culto á cosa ninguna visible ni invisible, ni aun al demonio, aunque le temen. Bien es verdad que creen son las almas inmortales y á sus difuntos los entierran poniéndoles en la sepultura algunas viandas y sus arcos y flechas para que en la otra busquen á costa del trabajo de sus manos, con qué poder vivir, y de esta manera quedan persuadidos que no les precisará el hambre á querer volver á este mundo. Aquí paran, sin pasar adelante, á investigar á dónde van á morar, ni quién es el artífice de tan bellas criaturas que les dió el ser y le sacó de la nada, ni saben dar razón de esto.
A sola la luna honran con título de madre pero sin darla culto, y cuando se eclipsa, salen con grandes gritos y aspavientos disparando al aire una gran tempestad de flechas para defenderla contra los perros que dicen que allá en el cielo andan tras ella y la muerden hasta que la hacen derramar sangre de todo el cuerpo, que á su juicio es la causa del eclipse; y todo el tiempo que éste dura, permanecen ellos en esta función hasta que vuelve á su resplandor y estado antiguo.
Cuando truena y caen rayos creen que algún difunto que vive allá con las estrellas, está enojado con ellos, y aunque muchas veces caen rayos y centellas, no hay memoria de que hayan hecho daño ni muerto á ninguno.
No tienen, pues, ni adoran otro Dios que á su vientre, ni entienden en otra cosa que en pasar buena vida, la mejor que pueden, viviendo en todo como brutos animales. Aborrecen mucho á los hechiceros, y á los otros familiares del demonio como á capitales enemigos del género humano, y los años pasados hicieron en ellos un cruel estrago, quitándoles las vidas; y ahora, con una ligera sospecha de que alguno ejercita este oficio, al punto le despedazan á grandes golpes de sus macanas. Son muy supersticiosos en inquirir los sucesos futuros por creer firmemente que todas las cosas suceden bien ó mal, según las buenas ó malas impresiones que influyen las estrellas; por esto, para conocer los puntos de sus aventuras, observan, no ya el curso de los cielos ó los aspectos benéficos de los planetas, que á tanto no alcanzan, sino algunos agüeros que toman de los cantos de los pájaros, de los animales y de los árboles y otros innumerables de este género; y si sus pronósticos son infaustos, de enfermedades, contagios, ó de que han de venir á sus tierras á hacer correrías los Mamalucos, para maloquear, que es lo mismo que hacerlos esclavos, tiemblan y se ponen pálidos como si se les cayese el cielo encima ó les hubiese de tragar la tierra; y esto sólo basta para que abandonen su nativo suelo y que se embosquen en las selvas y montes, dividiéndose y apartándose los padres de los hijos, las mujeres de los maridos, y los parientes y amigos, unos de otros, con tal división, como si nunca entre ellos hubiese habido ninguna unión de sangre, de patria ó de afectos. Por esto les parece menos insoportable el venderse los unos á los otros: el padre á la hija, el marido á la mujer, el hermano á la hermana; y esto por codicia de solo un cuchillo ó una hacha, ó de otra cosa de poca monta, aunque los compradores sean sus mortales enemigos, que hayan de hacer de ellos lo que su odio, pasión ó enemistad les dictare. Lo cual ha dado no poco que entender á los ministros del Evangelio para reducirlos á que vivan juntos en un paraje y en unas mismas casas donde se porten como racionales y puedan ser instruídos en los misterios de la santa fe para creerlos, y en los preceptos de nuestra santa ley para observarlos.
Con todo eso y el no conocer ni venerar deidad alguna ni hacer estima del demonio, era muy buena disposición para introducir en ellos el conocimiento del verdadero Dios, tanto más que no permitían viviesen entre ellos los que tuviesen trato familiar con el demonio, gravísimo y antiguo impedimento para conducir á la ciega gentilidad al gremio de la Santa Iglesia, con que estaban como una materia primera, indiferente y capaz de cualquiera forma, por singular providencia del cielo, que no permitiese se adelantase á tomar posesión de sus almas antes que la ley de Dios, secta ninguna ó idolatría de las muchas que tenían las naciones confinantes, con ser así que decían mucho con su genio y bárbaras costumbres.
Lo que toca á su idioma y lenguaje es tan difícil, que para saberla y aprenderla no basta muchos años. No quiero hablar en este punto, sino que se oiga á un misionero que escribiendo los años pasados desde aquellas misiones á un confidente suyo, se lamenta mucho de que por más conato que puso, no pudo aprenderla. «Cada Ranchería (dice) usa lenguaje diferentísimo y difícil, y mucho más que todos, el de los Chiquitos, lo cual me causa grande pena y desconsuelo y me falta poco para persuadirme que no podré emplear mis sudores y fatigas en provecho de esta nueva cristiandad por falta de lengua. Hasta ahora no se ha acabado el Vocabulario, y estando aún en la C, hay ya veinticinco cuadernos. La Gramática es dificilísima y el artificio y definición de los verbos es increíble. No hay paciencia para haber de decir con diferentes verbos y conjugaciones: yo amo; yo amo á Pedro; yo lo amo; yo me amo; yo la amo; yo le amo; por esto amo; con tal inconsecuencia en las conjugaciones, que aprovecha poco saber conjugar un verbo para poder hacer lo mismo con otro. En cinco meses que ha que estoy aquí, apenas he aprendido cuatro conjugaciones, habiendo sudado y trabajado de noche y de día. Juzgo que los que deben venir acá han de ser mozos santos y hábiles, porque de otra suerte, nunca harán nada. Los gentiles de otras naciones no pueden aprenderla sino cuando niños. El P. Pablo Restivo, que con un mes de estudio en la lengua Guarany pudo ejercitar nuestros misterios en todo el tiempo que ha estado aquí, nunca se ha atrevido á predicar. El P. Juan Bautista Xandra, por haber venido adulto, entiende poquísimo. De los Padres más antiguos que cuentan veinticinco y más años de Misioneros en estas Reducciones, ninguno hay que lo sepa con perfección y dicen que á veces los indios no se entienden entre sí. ¿Qué diré de la pronunciación? De cuatro en cuatro echan de la boca las palabras y nada se entiende, como si no pronunciasen nada. Pondré aquí el alabado y la forma de persignarse, como le cantan todos los días, no como le pronuncian, porque si uno lo lleva escrito en la mano, no los podrá entender una palabra, y no sé como se pueden entender entre sí.»
Alabado sea el Santísimo Sacramento que está
Anauscia Santisime Sacramento naqui ane
en el Altar, y también la Virgen Santa María
ycu Altar, inta yto Virgen Santa Maria
desde su origen está libre y pura cuando
ninnemooco oximanane quichetenna onumo
tuvo principio el Ser del primer pecado
ayboyi yy tnicocinitanna ninihaiti
antiguo.
ticanni.
La fórmula de hacerse la señal de la santa cruz es de la manera que se sigue:
Por la señal de la Santa Cruz defiende á nosotros
Oi naucipi Santa Crucis oquimay zoychacu
Dios nuestro de aquellos que aborrecen
Zoichupa mo anama po chineneco
à nosotros en el nombre del Padre
zumanene au niri naqui Yaytotik
y del Hijo y del
ta naqui Aytotik ta naqui
Espíritu Santo.
Espiritu Santo.
«¿Qué le parece á V. R.? ¡Extraña cosa por cierto! He escrito aquí estas palabras para que V. R. me tenga compasión y ruegue á Nuestro Señor me conceda alguna cosa del don de lenguas. Es verdad que tiene una cosa de bueno esta gente, que aunque uno pronuncie mal y hable peor, luego al punto le entienden.»
Esta es la carta de aquel misionero y esta es la dificultad más ardua, pero la más necesaria de vencer en quien emprende el oficio de la predicación apostólica de esta provincia.
Y á la verdad, lo que más espanta y detiene el celo de operarios muy fervorosos, es tanta diversidad de lenguas, pues á cada paso se encuentran en estos pueblos una ranchería de cien familias, á lo más, que tiene lenguaje muy diverso de los otros del contorno, causa de que sean tantas las lenguas, que parece increíble. Más de ciento cincuenta lenguas y más diferentes entre sí que la española y la francesa, hallaron los PP. Cristóbal de Acuña y Andrés de Artieda en las naciones que pueblan las riberas del Marañón, cuando por orden de Felipe IV entraron á reconocer aquellas provincias; en quince lenguas, si mal no me acuerdo, se habla en las misiones de los Moxos, siendo así que no llegan los convertidos á treinta mil; y en estas nuestras Reducciones de Chiquitos hay neófitos de tres y cuatro lenguas. Con todo esto, para quitar este impedimento á la santa fe, se ha procurado que todos los indios aprendan la lengua de los Chiquitos, lo cual no se podrá hacer en adelante, porque si las naciones en cuya conversión se trabaja ahora, pasan del número de tres ó cuatro mil almas, será necesario hacer otra nueva Reducción y nos veremos obligados á acomodarnos á su lengua, para lo cual habrán los Misioneros de estudiar precisamente la lengua de los Mototocos, que usan los Zamucos, y la de los Guarayos que hablan en Guarany, fuera de la lengua de los Chiquitos.
CAPÍTULO III
Descubren los españoles la nación de los Chiquitos y destrúyenla, así ellos como los Mamalucos, de quienes se da una sucinta relación.
Nuflo de Chaves, el año de 1557, navegó por orden de Domingo Martínez, gobernador del Paraguay, hacia el origen del río que da nombre á toda la provincia, acompañado de trescientos soldados, con el fin de fabricar un castillo en una isla que estaba junto al afamado lago de los Xarayes, con pretexto de avecindarse más al Perú.
Entróse tierra adentro del país de los Chiquitos, y caminando cosa de setenta leguas hacia el Poniente, fabricó á la falda de una montaña una población, á quien puso por nombre Santa Cruz de la Sierra. Pero disgustados muchos de los suyos con Nuflo de Chaves por esta causa, se volvieron á su tierra.
Los que se quedaron en Santa Cruz, con su afabilidad y buen trato ganaron la voluntad y afecto de los paisanos, y dividiéndolos en encomiendas les obligaron á que cada año diesen á los encomenderos algún poco de algodón y algunas vituallas en señal de vasallaje. Mas como el interés no tiene freno, ni gobierno, ni leyes con que regularse, algunos que tenían una insaciable codicia de enriquecer, empezaron á cargar de modo á los nuevos súbditos, que eran insufribles á su pobreza; y no satisfechos con eso, les quitaban los hijos á las madres para servirse de ellos; por lo cual, amotinándose algunos indios, se rescataron y libraron de aquellos maltratamientos, con muerte de sus señores; y de allí á poco fué común el motín en todos los indios, hasta que por orden del virrey del Perú, D. Francisco de Toledo, se mudaron á otra parte los españoles, fabricando la ciudad de San Lorenzo, cabeza de la provincia de Santa Cruz, cincuenta leguas más al Occidente.
Los pueblos Penoquís y otros confinantes no quisieron desamparar el nativo suelo, y con la antigua libertad se volvieron á los ritos bárbaros y gentílicos. No obstante el mandato del Rey, no fué obedecido de todos los españoles, porque algunos se fueron entre los Moxos, doscientas leguas distante de San Lorenzo, y embarcándose en una pequeña embarcación en el río Mamoré, entraron por la boca del río Marañón en el Oceano, y con no poca ventura, llegaron á Europa; otros se quedaron en los Chiquitos, y al pie de una montaña fabricaron un pueblecillo á quien llamaron San Francisco, junto al cual está hoy fundada la Reducción de San Francisco Xavier.
El tiempo que aquí vivieron fundaron algunas encomiendas de Quicmes Paraníes y de Suberecas, las cuales se vieron precisados á dejar, cuando abandonado también aquel lugar, se retiraron á tomar casa en San Lorenzo. Sólo algunos Quicmes y Paraníes se fueron con ellos y fundaron en Cotocá, tierra poco distante de aquella ciudad, y hoy están debajo del cuidado y gobierno espiritual de nuestra provincia del Perú.
Poco después de esta mudanza, deseosos los bárbaros de tener algunas herramientas, pasando el Guapay se ponían en celada escondidos en las matas, y aguardando la ocasión de la noche, asaltaban los villajes á los españoles, robando cuantos más cuchillos, hachas, azadones y otros pedazos de hierro podían, sin causar otro daño; pero como creciendo la codicia en los bárbaros creciese también la audacia, se atrevieron á coger á los campesinos, y matarlos á su salvo.
Espiaron los vecinos quiénes eran los que hacían el daño, y advirtiendo que eran los Chiquitos, quisieron volver sobre ellos los daños recibidos, pero muy á su costa, porque dos veces volvieron con la peor parte y se vieron constreñidos á retirarse, perdiendo el crédito y la honra.
Heridos altamente los españoles en lo más vivo de la reputación, sentidos de que osasen los bárbaros manchar la gloria y nombre que á costa de tantos sudores y tanta sangre habían ganado entre todas las naciones, no haciendo ya caso del daño recibido en sus haciendas, sino sólo de la pérdida de la honra, poniendo en armas un trozo de gente, más respetable por su valor que por su número, presentaron batalla á los enemigos, los cuales divididos unos de otros, á los primeros mosquetazos fueron desbaratados, quedando muchos de ellos prisioneros de guerra.
Perdieron con este género de armas su nativo coraje los Chiquitos; y para defenderse en lo venidero del enojo armado de los vencedores, derramados y divididos, se huyeron á las selvas, apartándose á lo más retirado y espeso de los bosques; con todo eso, aun aquí les dieron caza los españoles muchas veces para vengar su afrenta, que tenían muy fija en el corazón, haciendo esclavos para su uso muchas cuadrillas de ellos; hasta que abatida con tantos golpes la altivez de los Chiquitos, vinieron el año de 1690 mensajeros de parte de los Pacarás, Zumiquies, Cozos y Piñocas á San Lorenzo, en nombre de sus caciques, á pedir merced y paz á D. Agustín de Arce, Gobernador en la ocasión de Santa Cruz, con que cesaron las hostilidades de los españoles, pero no se pudieron ver libres de los gravísimos daños y pérdida de gente originada, así de las guerras pasadas como de los frecuentes contagios y por otros desastres que echo de buena gana en olvido, por no atribuir á culpa común de todos, lo que ha sido sólo malicia particular de algunos pocos.
Ha sido también causa de su disminución las contínuas correrías ó malocas (como llamamos acá) de los Mamalucos del Brasil, que pasando el río Paraguay y haciendo grandes presas en estos miserables, han reducido á poco menos que nada estos pueblos. Y ya que muchas veces habré de escribir las maldades de esta gente, no será fuera del intento de dar de ellos aquí una breve noticia.
Había la valerosísima nación portuguesa fundado muchas colonias en las partes Mediterráneas del Brasil, una de ellas era Piratininnga, ó como otros dicen, San Pablo. Sus moradores, por falta de mujeres europeas, mezclaron su noble sangre con la vilísima de los bárbaros, mejor dijera que le mancharon, porque los hijos, saliendo más semejantes á las madres que á los padres, degeneraron en breve de manera que avergonzadas y corridas las ciudades vecinas, renunciaron su amistad; y porque la vileza de éstos no empañare ni aun levemente los candores de la generosidad del nombre lusitano en el mundo, los llamaron Mamalucos. Mantuviéronse éstos mucho en la devoción á Dios y á su príncipe por el celo del admirable P. Joseph Ancheta y sus compañeros, que fundaron allí Colegio; hasta que cansados de vivir ajustados á los dictámenes de la conciencia, y perdiendo el temor á las leyes, echaron á nuestros Padres y sacudieron el yugo de ambas majestades, divina y humana de tal manera, que obedeciesen al Rey de Portugal cuando les estuviese bien, y á Dios, cuando la necesidad fuese extrema.
A éstos se juntaron gran número de hombres perdidos, italianos, españoles, holandeses y la hez de todas las naciones, que para librarse de las penas merecidas por sus delitos, ó para vivir dando rienda á todo género de vicios y deshonestidades, y también corrompido de las feas y malignas impresiones de los herejes modernos, acrecentar el número y el orgullo de los habitadores y moradores de San Pablo.
Y á la verdad, el sitio de la ciudad, el clima de la tierra, todo era muy á propósito para su genio depravado y vida brutal. Está fundada unas trece leguas del Oceano sobre unos peñascos que por todas partes alrededor forman precipicios que hacen inaccesible la entrada, si no es por una angosta senda, que pueden impedir bien pocos hombres; á la falda de la montaña hay algunas aldeas para el servicio del Gobernador, de los forasteros y de los mercaderes, á quienes no se permite pasar más adelante; el clima es templadísimo por estar en veinticuatro grados entre las dos zonas tórrida y templada, y el aire tan puro y saludable que le hace uno de los más amenos y deliciosos países de estas Indias Occidentales.
La tierra, ya por beneficio de la Naturaleza, ya por industria del arte, produce todo lo necesario para pasar la vida con comodidad, abundantísima de trigo, ganado, azúcar y otros aromas de que puede proveer á las tierras vecinas con abundancia, ni les faltan tampoco ricos minerales de oro y otros metales. Libres, pues, de toda ley los naturales de esta ciudad, se dieron á discurrir por el contorno, haciendo esclavos á los indios en gran multitud, robándoles su hacienda; y viendo que no ha hecho algún castigo en ellos, sino publicado solamente algunas prohibiciones y edictos que no han sido obedecidos, han proseguido por espacio de ciento treinta años en sus infames latrocinios, que fuera de dos millones de almas que se sabe han destruído ó reducido á miserable esclavitud, han hecho despoblar algunas ciudades de españoles y más de mil leguas en tierra hacia el Marañón, experimentando esta nuestra provincia las primeras furias de su arrojo en la destrucción de catorce Reducciones que se habían fundado con increíbles trabajos y sudores en la nación de los Guaraníes, que en número de cerca de quinientos mil se había reducido al gremio de nuestra santa fe.
Verdad es que en tantas presas no gozan de cien partes la una, porque la mayor parte, consumida de los trabajos é incomodidades del camino hasta San Pablo, fallece antes de llegar, y los otros empleados en la labor de las minas ó en el cultivo de los campos, con poco sustento y muchos azotes y malos tratamientos, no estando por otra parte acostumbrados al trabajo, en poco tiempo se consumen y aniquilan; y sé por cédula real que he visto, que de trescientos mil indios cautivados en espacio de cinco años, no llegaron á salvamento al Brasil más que veinte mil. Ni ha sido éste sólo el daño que nos han causado estos crueles hombres; lo peor es el habernos hecho aborrecibles y abominables á todas las naciones, usando de las mismas trazas é industrias de que usan y se valen nuestros Misioneros para reducir los gentiles al conocimiento del verdadero Dios y á la observancia de su santa ley. Fingen, pues, los dichos Mamalucos que son jesuitas, usando el nombre de Padre, nombre venerable y que estima mucho á toda la gente, aun á los infieles; hácese uno súbdito, otro superior, y aun Provincial; y en la rota que padecieron los españoles el año 1696 fué hecho prisionero uno, llamado Juan Rodríguez, á que añadía el título de Payguazú, que en Guaraní es lo mismo que Padre Grande.
Después, enarbolando cruces y mostrándoles retratos de Cristo Nuestro Señor y su Santísima Madre, entran en las tierras, acariciando la gente con regalos y brujerías, persuadiéndoles dejen su nativo suelo y sus pobres Ranchos para fundar una numerosa Reducción, junto con otros pueblos; y cuando ya los tienen asegurados, meten en prisiones á los caciques y principales y se llevan por delante la chusma.
Esta infernal astucia nos ha hecho totalmente sospechosos á estas naciones, y muchas veces corremos riesgos de la vida y se nos malogran las empresas, como nos ha sucedido en los viajes por el río Paraguay, en que ningún infiel se quiere fiar de nosotros.
Pero no deja Nuestro Señor sin castigo, aun en esta vida, maldad tan enorme, porque los más tienen malas muertes, y lo peor es que raro es el que de ellos se arrepiente y pide perdón de sus culpas y maldades, porque se dejan arrastrar de la desesperación y se van al infierno; y hay sujeto de los nuestros, testigo de vista, que dice que en la rota sobredicha el año de 1696, ninguno de los que murieron en el campo ó se ahogaron en el río, pidió confesión ni dió señal alguna de arrepentimiento.
Pero no obstante que dichos Mamalucos, ya con engaños, ya con bocas de fuego, han hecho tan horrendo estrago en estas naciones, incapaces de resistirles con sus débiles y flacas armas, algunas veces, en no pocos reencuentros, han vuelto con las manos en la cabeza, y ha sido sujetado su orgullo por los indios; porque éstos, arrestados de una vez á morir ó vencer, se han portado con tal valor y esfuerzo, que ya en emboscadas, ya en campaña abierta, cara á cara han vencido el orgullo enemigo, quedando prisioneros los que querían echar en prisiones á los indios.