CON LICENCIA (continued 3)
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Pasemos ahora á referir otros, á quien Dios Nuestro Señor, con doblado é irremisible castigo, puso por ejemplo y terror de los demás, quitándoles la vida temporal y la comodidad de conseguir la eterna.
Tocó en primer lugar esta infeliz suerte á un mancebo, de nación Peta, que estaba de mala gana en el pueblo de San Juan Bautista, en quien, por más que la caridad de los nuestros y sus saludables amonestaciones y consejos procuraron ablandar la dureza de su corazón, no aprovecharon nada para que se quedase allí; antes, por no ser detenido, se huyó secretamente cuando el pueblo asistía en la iglesia á los divinos oficios. Mas no tardó mucho en venir sobre él la divina justicia que le esperaba en un desierto solo, sin que hubiese á quien volver los ojos; allí, pues, se le hinchó disformemente una rodilla y se le empezó á podrir, criando materia y gusanos y echando una hediondez intolerable, con que rabiando de dolor murió sin tener quien le diese aun la sepultura de las bestias, ya que había ido como una de ellas; y claramente conocieron todos que esto le había sucedido en pena á su obstinación, porque por más á prisa que fueron algunos neófitos á socorrerle, no llegaron á tiempo y sirvió su desgraciada muerte para que ninguno en adelante sacase el pie de la Reducción sin haber ajustado antes con Dios las partidas de su conciencia y pedido la bendición á la Santísima Virgen.
Aún peor le sucedió á un hechicero, gran ministro del demonio, en el pueblo de San Francisco Xavier, pues los mismos cristianos le mataron á palos porque con sus mentiras y patrañas no dejaba de molestar al sencillo pueblo, y desacreditar y vituperar la santa é inocente vida de los Misioneros; ni le valió la autoridad de los Padres, que le sufrían con paciencia y le habían librado dos veces de la furia del pueblo, porque mientras un día, montado en cólera, vendía por misterios las fantasías y por verdades los sueños de su mala cabeza á ciertos nuevos cristianos, y desfogaba su cólera contra los Padres con palabras injuriosas y de escarnio, decía cosas tan indignas, que á un cacique principal, cristiano de muchos años, no le pareció que se podían ya sufrir; por lo cual, poniéndose delante de él, le quitó la gana de predicar más y de vivir, quebrándole los dientes en la boca y los sesos en la cabeza con un palo.
Acabaré esta funesta narración con un espantoso suceso que por mucho tiempo quedó en la memoria para terror y ejemplo de toda aquella nueva cristiandad.
Felipe Motoré, Tabica de nación, vencido en las contínuas sugestiones del demonio y de la carne, volvió públicamente en casa de una amiga dejando á su mujer, sin reparar ni hacer escrúpulo de tenerla públicamente como si fuese su propia mujer.
Desagradó esto indeciblemente á todos, singularmente á los Padres, que veían con tal ejemplo abierta la puerta para que otros hiciesen lo mismo, y que por más que hubiesen trabajado y sudado en desarraigar tal abuso y establecer el nudo indisoluble del matrimonio, se destruiría en breve; y como sucede entre bárbaros que el pueblo indómito se va en pos de quien tiene entre ellos alguna soberanía y preeminencia, le seguirían todos.
Pero Dios Nuestro Señor tomó por su cuenta el remediar este escándalo, y no tardó mucho en darle su merecido, quitándole de allí á poco la vida y arrojándole al abismo, reparando juntamente los daños que pudiera haber causado y causaría en adelante.
Mientras que alegre y contento saltaba de placer y hacía fiesta por este su perniciosísimo escándalo, le empezó á correr por las venas un humor pestilente y se le encendió una fiebre ardientísima, que en pocos días le condujo á las puertas de la muerte.
Acudieron los nuestros á visitarle, persuadidos á que también á éste como á otros la tribulación le habría abierto los ojos para arrepentirse de su pecado; pero sorprendido de un accidente y sintiendo que se le acababa la vida, llamó á sus parientes y amigos y les dijo:
«Verdaderamente, hermanos míos, que soy desgraciado é infeliz, pues por mis delitos pasados estoy condenado á arder para siempre en las penas eternas del infierno. Mirad á los demonios que vienen á llevarme arrastrando, para que sea su compañero en las penas, como lo fuí en los pecados. El no haber dado crédito á los sabios consejos de los Misioneros y el admitir de nuevo públicamente la amiga, son la causa de esta mi sempiterna desventura, oid vosotros de buena gana la santa doctrina y poned en ejecución cuanto en bien de vuestras almas se os enseña, para que no vengais conmigo á llorar inconsolablemente en el infierno aquellas culpas y yerros que para borrarlos no me será bastante una eternidad de suplicios.»
Afligidísimos quedaron los circunstantes; y aquellos á quienes la deshonestidad y la disolución les decían en el corazón que eran dignos de semejante fin, se helaron de pavor y susto. Otros creyeron que con la enfermedad maligna que tenía había delirado de aquella suerte, y por esto le llevaron á la iglesia, en donde, celebradas las exequias, le enterraron. Pero Dios Nuestro Señor dió bien presto á conocer que aquellas palabras no habían sido delirios de una cabeza desvanecida, sino una sincera confesión de la justa venganza del cielo. Porque á pocos días vieron salir de la iglesia en grandes nublados un humo negro y denso, que parecía se abrasaba toda ella. Acudió luego toda la gente á apagar aquel que creían incendio; y registrando de dónde salía aquel humo, vieron que le arrojaba la tierra que estaba sobre el cuerpo de aquel desdichado; por lo cual echaron sobre él agua en grande abundancia, pero ¿qué sucedería? Comenzó á bullir la tierra y á levantarse, arrojando fuera una espesa y espantosa niebla que parecía se abrasaba todo el lugar y que allí estaba escondido y oculto un gran volcán de llamas.
Por tanto, abierta la sepultura, se halló el cuerpo sin la menor corrupción, como si aquella tierra bendita rehusase mezclarse con aquellos miembros, cuya alma era un tizón del infierno; pero exhalaba el cuerpo un espantoso y hediondo humo, con que se veía bien claro que era cosa más que natural. Por lo cual, sacado fuera el cadáver le arrojaron en una laguna, la cual también comenzó luego á moverse y bullir, como si allí se abrasase algún hierro ardiendo.
Aterróse no poco el pueblo con tan funestos accidentes, y por mucho tiempo no se habló sino del infeliz Felipe Motoré, ni les fué necesario á los Padres cansarse mucho en predicar la honestidad y perseverancia en los matrimonios.
Curiosos después los indios de saber á dónde había ido á parar el cuerpo, le buscaron dentro del agua; pero por más que registraron toda la laguna, nunca jamás le pudieron encontrar, dando con esto motivo para conjeturar prudentemente que fué sepultado en los abismos para hacer compañía en las penas al alma, ya que la había incitado y hecho participante de las brutales torpezas de la carne.
Pasemos ya de materia tan funesta y describamos por último una visión que tuvo un neófito, por la cual mejoraron increíblemente las cosas de esta cristiandad y fué más gustosa que todo cuanto he dicho hasta ahora. Para lo cual me será preciso interrumpir á ratos brevemente la narración para inteligencia de las cosas que en ella se insinúan, y la referiré por extenso, como puntualmente la escribieron á su Provincial los PP. Lucas Caballero y Felipe Suárez.
Un cristiano llamado Lucas Xarupá, asaltado de una fiebre maligna, le redujo en pocos días á los últimos períodos de la vida; á este tiempo le sobrevino un fortísimo parasismo que le privó totalmente del uso de los sentidos, sino es ya que (como él afirmó) murió verdaderamente.
Salida el alma del cuerpo, le salieron al encuentro dos, con semblantes de hombre, que le convidaban á que fuese con ellos á otro país.
Paróse un poco temiendo no fuesen demonios; pero observando las facciones de sus rostros, la belleza de los vestidos y de las cruces que traían en las manos, y la afabilidad de sus palabras, creyó que era cosa del cielo; por lo cual, perdido el miedo, se fué tras ellos por una cuesta empinada, por la cual se montaba á unas altas cumbres; la senda era estrecha, difícil y sembrada toda de abrojos y espinas tejidas entre sí á manera de cruces; por lo cual era menester caminar con tiento paso á paso para no maltratarse; y hubiera desfallecido por la pena y dolor que sentía en pisar las espinas si sus guías no le hubiesen alentado y confortado con la amabilidad de su vista y con la luz que echaban de sí; llegó entre tanto á donde por la mano izquierda había un camino real, ancho y llano y bellísimo á la vista por su verdor, hermosamente esmaltado de todo género de flores. Quiso seguir este camino, mas sus conductores le advirtieron que mirase dónde iba á parar aquella hermosura, y vió que iba á rematar en ciertas profundidades y altísimos precipicios, de donde salían disonantísimos gritos y vocinglería, de suerte que se persuadió estaban celebrando allí sus paisanos algún solemne banquete; pero bien presto le sacó del engaño una cuadrilla de demonios feísimos con terribles semblantes y descompasados movimientos del cuerpo; unos con cara de tigres, otros de dragones y cocodrilos y algunos con apariencias de tan monstruosas y terribles formas, que no sufría el ánimo mirarlos; echaban todos por la boca y por las otras partes del cuerpo llamas de color negro y espantoso, y gritando y discurriendo de una parte á otra remedaban las danzas y bailes de los indios, hasta que agarrándose del pobre neófito, que estaba todo temblando creyendo que aquella fiesta era por él, hicieron gran fiesta gritando:
«El, él es, Xarupá nuestro amigo, que antiguamente era nuestro devoto y usaba de los hechizos maléficos que enseñamos á sus abuelos.»
A tales cortesías, se le recrecía el susto de que no le asiesen y echasen mano de él, para llevárselo al infierno. Pero los ángeles le aseguraron, de que no osarían moverse ni menearse contra él. Entonces saltó fuera de enmedio de aquella canalla un cruelísimo verdugo, arrastrando un condenado como á un vilísimo jumento, atadas las manos y los piés con cadenas de acero ardiendo; traía á la garganta un collar ancho de hierro que le forzaba, mal de su grado, á tener derecha la cabeza para su mayor confusión y vergüenza: daba en tierra á cada paso por la violencia con que el inhumano verdugo le tiraba; pero los demonios que venían detrás, con una tempestad de azotes que llovían sobre su cuerpo y con otras cruelísimas befas, le obligaban á caminar. Daba entratanto el miserable horrendos gemidos y suspiros maldiciendo su desventura y lamentándose desesperadamente. Ardía todo en vivas llamas como también el demonio que le tiraba, el cual traía á la cintura, en señal del oficio, un grande haz de víboras, que le despedazasen; y vuelto á Lucas, con fiereza propia del infierno, le dijo:
«También tú alguna vez te entendías conmigo y eras de mi servicio, siento mucho que me hayas dejado, vinieras ahora á cortejarme si estos Padres no hubieran venido á tu Ranchería á predicar la ley de Cristo: no lo puedo sufrir; no hacen otra cosa, más que hablar mal de mí y de mis cosas. Pero no, no todos los paisanos han de ir al cielo; muchos aún duran en mal estado, y obstinados en sus costumbres gentílicas. Me atraviesa el corazón verme forzado á venir aquí, para que tú veas nuestras miserias, y de qué suerte es el galardón que damos á los que siguen nuestro partido, y tú vayas después á contarlo, porque en adelante perderemos el crédito, y los tuyos dejando los vicios y supersticiones abrazarán la nueva fe; y si tú á esta hora no hubieras tomado esta resolución, fueras ahora compañero de este que tengo aquí en mi poder. Mírale, mírale, ¿le conoces?»
Tenía tan demudado el semblante, feo y hecho un tizón de fuego, que mal le podía conocer; pero, finalmente, después de fijar muchas veces en él la vista, reconoció quién era. Este es (le dijeron los ángeles) Antonio Tapochí, que ni aun en la hora de su muerte se quiso arrepentir, y por más que los suyos le exhortaron á que mirase por su alma y se dispusiese á bien morir, nunca quiso darles oídos y echaba de sí con enojo y despecho á quien le animaba á que pidiese perdón á Dios y llorase y confesase sus culpas. Entonces el desgraciado Antonio, dando un profundo suspiro y volviéndose á Lucas, le habló de esta manera.
«¡Ay, desdichado de mí, que no quise creer á los Padres! ¡Qué penas, qué dolores, qué grandes é insufribles tormentos padezco por haber ofendido á Dios, sin hacer caso de su doctrina y de sus ministros que la predicaban! ¿Estos suplicios no han de tener jamás fin? ¡He de padecer y llorar eternamente, sin esperanza de alivio! ¡Felices mil veces vosotros que podéis esperar la eterna bienaventuranza, y libraros de este infinito piélago de amarguras y de las manos de los verdugos, peores que las mismas penas!»
Esto que ves del desventurado fin de este desdichado (le dijeron los ángeles) refiérelo á tus paisanos, y diles que también está en el infierno el cacique Miguel Matoquí (era éste de nación Piñoca y de los primeros que sujetaron la cerviz al yugo de Cristo; pero enfadado de vivir con las reglas y leyes del cristiano, se huyó entre los gentiles, llevando consigo sus hijos y su mujer; la cual, no pudiendo hacer por entonces otra cosa, le siguió, volvióle de nuevo á San Francisco Xavier el P. Caballero, pero siempre perseveró él en sus primeros pensamientos, y en el corazón era gentil, aunque en la apariencia se mostraba hombre cristiano.) En la última enfermedad recibió los Santos Sacramentos por no dar qué decir; pero en la agonía mostró que, así como había vivido como bestia, también como tal quería morir; también se condenó el malvado hechicero Poó, el cual está en lo más profundo del infierno, atormentado horriblemente por dos demonios, que fueron sus inseparables compañeros mientras vivió, y por instigación suya pretendió desacreditar la buena fama de los Padres y vituperar la santa ley de Dios, incitando á los más neófitos que podía á apostatar y volver á sus antiguos vicios.
Da también noticia á los tuyos (prosiguieron los ángeles) de aquéllos que se han salvado y gozan ahora de la eterna bienaventuranza en el Paraíso. Salvóse Andrés Zurubi, que después de tres días de Purgatorio voló al cielo (vivió este neófito una vida ejemplarísima; en las privadas disciplinas de los viernes y en las públicas, que en ciertos días del año en las principales solemnidades se hacen por las calles, era el primero en la frecuencia de los Sacramentos, en las oraciones, en la iglesia y al pie de las cruces contínuo; lloraba tan amargamente sus pecados, que no pocas veces sacaba lágrimas á los ojos de los misioneros; llevó la última enfermedad con grandísima paciencia, mostrando en ella grandes y encendidos deseos de morir para ver á Cristo Nuestro Señor, sabiendo el buen trueque que muriendo hacía cambiando esta breve y miserable vida por la eterna y bienaventurada. Estando á los últimos, le envió un Padre la imagen de San Francisco Xavier para que le pidiese la salud; pero él, en lugar de pedirle la vida, le suplicó que si aún no se le había llegado su hora, le alcanzase luego de Dios se le llegase; y en efecto, fué al punto oído, porque mientras explicaba al glorioso apóstol sus deseos, plácidamente espiró; y preguntando al niño que le había llevado la santa imagen cómo estaba el enfermo, respondió llorando que ya había muerto; y con un modillo, á manera de quien estaba enojado, añadió: «¿Y cómo no había de morir, si pidió él ir á ver á Jesucristo y Su Madre Santísima?»
Vive también (le añadieron sus guías) en la celestial Jerusalén con nosotros Agustín Zurubi y su buena mujer, por medio de los grandes y ardientes deseos que tuvo siempre de ver á Dios (era el Agustín cristiano de buen corazón, devoto, humilde, obediente y de conciencia delicada; asaltado de la última enfermedad, gastaba el tiempo solemnemente en rezar el rosario, y en tiernos coloquios con Dios y con la Reina del cielo; y en la hora de su muerte vió algunos espíritus bienaventurados que le convidaban al Paraíso, de lo cual dió aviso él á un compañero suyo, y con los nombres de Jesús y María en la boca entregó el alma á su criador. La mujer, desde que recibió el santo bautismo, vivió como un ángel, y el confesor no hallaba en ella materia de qué absolverla).
Exhorta á sus paisanos (prosiguieron los ángeles) que tengan gran respeto y reverencia á los Misioneros, ministros de Dios, y á que, depuestas y olvidadas las discordias y rencores, se amen como buenos cristianos.
Explica al pueblo la terribilidad de los suplicios eternos, porque no pocos perseveran todavía, obstinados en sus vicios, y se hacen sordos á los avisos de los Padres y al llamamiento de Dios.
Dí que se mude cuanto antes la Reducción á paraje más vecino y cercano á los infieles, porque Jesucristo, por la desobediencia de los tuyos ha enviado aquí la peste y nunca cesará hasta que os rindais de buena gana á su voluntad, pues es cosa fuera de razón que los obreros Evangélicos pierdan el tiempo en cultivar pocas almas, mientras se pierden tantos millares por falta de quien les enseñe el camino de salvación.
Dí á los cristianos que fueron á anunciar el Nombre de Dios á los infieles, que su misión agradó mucho á Jesucristo, y que por los trabajos é incomodidades que en ella sufrieron, les tiene prevenido en el cielo un premio incomparable; que no teman nada las saetas, las macanas y la muerte á manos de los gentiles, porque recibirán de Dios gloria y galardón correspondiente; y para que se te dé crédito y fe, verás ahora alguna cosa de la eterna bienaventuranza.
Entonces, en un momento, desapareció el condenado y aquella terribilísima representación del infierno, y luego le pusieron los ángeles á las puertas de la Celestial Jerusalén, de tal riqueza y hermosura, cual las pinta el apóstol San Juan en su Apocalypsi.
Apenas había metido dentro el pie, cuando le salieron al encuentro dos bellísimos jóvenes, trayendo en las manos cruces resplandecientes, los cuales le introdujeron en un ameno jardín, donde por la fragancia de las flores, que no se puede comparar con ninguna de acá, y con la belleza de lo que veía, estaba como en extásis admirado; y siendóle presentada una fruta semejante á la granada, con sólo llegarla á sus labios, se le inundó el corazón de tanto gozo y consuelo, que creía que en él estaba lo mejor y aun el todo del don de los ciudadanos del cielo; pero le fué dicho al oído, que estaba muy lejos el piélago de la bienaventuranza, en que engolfándose los Bienaventurados, se hallan plenamente hartos, satisfechos y contentos; y que lo que tenía delante, no era otra cosa más que un asomo, una muestra de lo que quedaba que gozar, bueno y sólo para hacer bienaventurados los sentidos, y la inferior porción del hombre, incapaz de los deleites que trae consigo al entendimiento el conocimiento y la vista clara de la divina esencia.
No acababa el buen Lucas de echar los ojos por todas partes, donde veía nuevas delicias y bellezas; y hubiera querido detenerse algún tanto aquí ó pasar adelante, pero le atajó sus designios y embarazó su gusto un escuadrón de espirítus bienaventurados; y el más autorizado entre ellos que en el aire del semblante, en la majestad de sus pasos y en la cruz resplandeciente que traía, creyó era príncipe de la milicia celestial; el cual, volviéndose á mirar á Lucas, le dijo con palabras algo severas:
¿Y tú? ¿Cómo estás aquí? ¿Te has confesado? Respondió que sí, á que añadió: ¿Y estos tres pecados? y nombróselos.
Enmudeció el pobre, porque decía era verdad, que no había hecho caso de ellos en la confesión, por ignorancia suya.
Entonces le dijo el ángel: Estos afean mucho tu alma, y la impiden el venir á gozar cara á cara de la vista de Dios. Dí á la gente, que no hay otro modo de venir al cielo, sino manifestando sinceramente las culpas en la confesión, como os lo dicen los Padres; las cuales palabras pronunció con tanta fuerza y eficacia, que como un gran trueno le hicieron temblar todo.
Con esto dió la vuelta con sus compañeros y hubiera querido el neófito detenerlos para ver más de cerca las cosas tan grandes que había oído decir de Dios y de su gloria, y ver aquel inefable prodigio de cómo las almas son bienaventuradas, no menos porque se ven en Dios que porque ven á Dios en sí mismo; pero aquel príncipe le hizo entender que ninguno que está feo con la culpa podía mirarse como en un espejo en Dios, ni hacer de sí mismo espejo en que se mire Dios; antes que saliese de allí y volviese acá para borrar con la penitencia y confesión aquellas culpas.
Despidióse, pues, el pobre hombre de aquel dichosísimo lugar, mas cuando empezaba á entrar por el primer camino, vió que le salía al encuentro la Reina del cielo, servida de gran multitud de santos, que despedía de su rostro tantos rayos y resplandores, que quedó pasmado de la belleza y atónito de la majestad de su semblante; y saludándole su Majestad á él en su lengua, con aire de enojada le preguntó qué llevaba colgado al cuello. Este rosario no es tuyo, sino de mi hijo (y nombró al mancebo á quien Lucas se lo había quitado por fuerza), el cual, en premio de haber acertado con la saeta al blanco, quiso más mi rosario que otras cosas que se le ofrecían; vuelvéselo cuanto antes, porque con esta tu violencia le causaste gran pesar; y al decir esto desapareció, y sus conductores ó guías le volvieron al mundo, y encontrando á cada paso tropas de espíritus infernales que andaban discurriendo y ahullando á manera de lebreles que andan en busca de las fieras, se llenó todo de espanto y horror.
Llegado junto á su cuerpo, que poco antes había dejado, no le pareció más que una disforme masa de barro y se maravillaba consigo mismo y no acababa de creer que aquél era en quien poco antes ejercitaba todas las operaciones y facultades naturales, y no cesaba de lamentarse y quejarse con sus compañeros, sino que éstos, sonriéndose, le dijeron:
Aquí conocerás qué cosa eres tú, cargado de esta vil y hendionda materia.
Con lo cual al punto se desaparecieron de sus ojos, se acabó la visión y Lucas Xarupá, ó por mejor decir, su alma, volviendo á entrar en su cuerpo como si despertase de un profundo sueño, ó como él decía, como si resucitase, su primera diligencia fué hacer llamar al dueño del rosario, y pidiéndole perdón de la injuria, luego en aquel punto se vió libre de la fiebre que aún duraba.
Quedaron atónitos los circunstantes de que con tan leve remedio se hubiese librado de aquella penosa enfermedad; mas cuando oyeron lo que por orden de Dios les refirió, fué increíble la conmoción, las lágrimas y el fruto; ni se quedó aquí solo, sino que en donde quiera que llegó la voz de este suceso se vieron los mismos efectos; y quien era bueno se alentó á perseverar, y quien malo, con la memoria de aquellos suplicios, corrigió el humor pecante que en él predominaba. Y el resucitado comenzó una vida tanto mejor, que si antes era bueno, después era un santo.
Quédame ahora, por fin y remate, que decir algo del celo de estos buenos cristianos en anunciar la ley divina y llevar la luz del Evangelio á los que aún duran en las tinieblas y vicios del gentilismo; parece que no viven contentos en la nueva vida que han empezado á profesar si no traen á otros á gozar del mismo bien.
Para prueba de lo cual, daré el primer lugar á los Misioneros, que, como testigos de vista y de experiencia, no acaban de hablar de este particular.
«En este caso, y con otros milagrosos sucesos (así concluye una carta suya un Misionero de la Reducción de San Francisco Xavier, después de haber escrito la visión que poco ha referí), se ha encedido en este pueblo un gran fuego de caridad y de celo, para llevar el nombre de Dios á los infieles sin hacer caso de os trabajos y fatigas y de la muerte, con que han de encontrarse á cada paso.»
«La fe, á Dios gracias, va cada día en aumento (dice otro) y desean muchísimos, sin hacer caso ninguno de su vida, introducirla en los gentiles circunvecinos.
«Estoy esperando (escribe el P. Caballero) á ciertos neófitos que el año pasado recibieron el santo bautismo, los cuales, movidos á compasión de sus paisanos se ofrecieron á ir allá para reducirlos al rebaño de Cristo, para que sean participantes del bien de que ellos gozan.»
Así cuentan de un tal indio llamado Ignacio que no sabe vivir sin andar en busca de infieles y ganando almas á Cristo; y el P. Juan Bautista de Zea, en su ida á los Zamucos, le escogió por capitán de los demás, y á él singularmente fiaba los negocios más graves del bien de aquella gente.
Otro tanto escribe el P. Agustín Castañares de otro indio del pueblo de San Rafael, llamado Antonio, que procuraba librar cuantas almas podía de las garras de los Mamalucos y ponerlas en cobro en su Reducción.
Apenas se serena el cielo, después del tiempo de las lluvias, cuando luego se previenen para sus misiones, y se tiene por dichoso quien más padece y quien más almas trae al conocimiento de Dios, y gastan en esta empresa tres y cuatro meses, hasta que encuentran paraje donde poder hacer cosecha de almas.
Después es cosa de ver las fiestas y alegrías que hace el pueblo al tiempo de su vuelta, y la caridad y amor con que reciben á sus nuevos huéspedes, aunque sean antiguos, implacables enemigos suyos, mueven á devoción y á lágrimas á los Padres.
Dánles parte de su pobreza, admítenlos en su casa y quisieran meterlos también en su corazón, de suerte que presto se olvidan los bárbaros de su nativo suelo y se enamoran de la santa ley divina, de la cual ven en sus huéspedes ingerida tan bella virtud entre hombres tan salvajes como ellos, pues es un gran milagro que aun en las necesidades extremas usen, cuando son gentiles, de piedad unos con otros, aun aquellos á quien la Naturaleza ha estrechado con los fuertes lazos de la sangre.
Y á la verdad, esta nueva cristiandad se debe á sí misma gran parte de su esplendor y aumento; pues se extiende á tanto su ardiente celo que, sin reparar en peligros evidentes de la vida, se entran por las selvas, ya solos, ya con los Padres Misioneros, á solicitar la conversión de los infieles, siendo ya más de ciento los que han derramado su sangre y ofrecido gustosos sus vidas por dilatar los reinos de Jesucristo entre aquellas bárbaras naciones. Como lo verá claramente quien atentamente leyere esta relación.
Y ayuda Nuestro Señor á estos sus siervos muchas veces, aun con milagros, á fin de confirmarlos más en la fe y de que viéndolos los infieles corran á pedir el bautismo.
Contaré dos solos por no alargarme ni cansar á los lectores.
El primero es de ciertos neófitos que habiendo salido á llevar el nombre de Dios á una Ranchería de indios Penoquís, mientras que con fervor de espíritu exhortaban á aquellos bárbaros á dejar su patria, abandonar el gentilismo y entrar en el rebaño de Cristo, vinieron algunas mujeres espantadas, gritando: «Desgracia, desgracia, que el agua de una laguna cercana que servía para el abasto del pueblo había tomado forma y color de sangre», pronóstico para ellos de mala ventura.
Empezaron luego los paisanos á discurrir sobre el caso haciendo diversas interpretaciones, según la pasión de cada uno; mas los cristianos al punto les descifraron el caso, diciendo que aquella era fraude y traza del demonio para apartarlos de que abrazasen la ley del verdadero Dios, y en señal de eso fueron allá todos juntos, y vista la extraña mutación, tomando los cristianos con gran fe el rosario en la mano, bendijeron el agua y le metieron dentro de ella; al punto, desvanecida aquella apariencia, volvió el agua á su antiguo color y sabor que antes tenía.
Aún es más maravilloso otro caso que sucedió á estos mismos, los cuales, repartidos por muchas Rancherías distantes unas de otras cosa de una legua, juntaban gente para reducirla á la santa fe y conducirla á la Reducción.
Vieron que allí cerca se levantaba en alto gran nublado de humo y grande fuego, sin saber de dónde venía ni quién le hubiese encendido (y por ventura también esta fué astucia del enemigo infernal), y que venía á dar sobre ellos; y porque hacía gran viento se podía mal asegurar la vida y la hacienda con la fuga; y más que las llamas prendían ya en la primera Ranchería.
Entonces los paisanos, todos juntos, recurrieron á algunos neófitos, rogándoles con lágrimas en los ojos que si eran verdaderas las cosas que les predicaban de Cristo y de su Santísima Madre, los llamasen ahora en su ayuda en lance tan peligroso; y puestos todos de rodillas pidieron á Dios favor y misericordia, prometiendo los infieles recibir el bautismo y su santa ley.
¡Oh, caso milagroso! El fuego pasó adelante sin hacer el menor daño en la casa donde se habían recogido, y ellos lo tuvieron induvitablemente por milagro, porque la dicha casa estaba en el centro del lugar y todas las otras se redujeron á ceniza. Ni paró aquí el prodigio, porque acercándose el fuego á la segunda Ranchería puso á sus moradores en gran espanto; mas los cristianos echaron luego mano del remedio. Hallábase aquí el capitán de todos, quien llevaba la imagen de la reina del cielo; á éste, pues, ordenaron que saliese á encontrar el incendio y le pusiese para defensa la santa imagen delante de su furia.
¡Cosa maravillosa! Partiéronse por medio las llamas sin hacer allí el más mínimo daño, siendo así que todas las casas eran de paja. Y para prueba más manifiesta del milagro se llegaron las llamas á una casa y formaron sobre ella un arco, pero sin lesión alguna.
Con esto se confirmaron los cristianos en la fe y en la devoción á la Madre de Dios, y los bárbaros, vencidos más del prodigio que de su promesa, se alistaron en el número de los fieles.
CAPÍTULO VIII
Preténdese descubrir el río Paraguay para comunicarse estas Misiones con las Reducciones de los Guaraníes.
Desde los primeros años en que se dió principio á la Conversión de los Chiriguanás y Chiquitos, con intento de penetrar al Chaco para reducir á nuestra santa fe las naciones que viven en el vastísimo espacio de tierra que hay entre Torija y el Paraguay, se juzgó siempre llevar al fin pretendido, el abrir camino por aquel río y hacer escala á las Misiones del Paraguay ó Guaraníes, á fin de que fuesen más fácilmente proveídas estas Reducciones de los Chiquitos, y los nuestros tuviesen comodidad de conferir á boca con el Padre Provincial y recibir los socorros más oportunos á su necesidad, fuera de que no sería menor el consuelo de los Provinciales en ver las fatigas y sudores de sus súbditos en la conversión de los gentiles, y acabar en poco menos de un año la visita de esta tan vasta provincia; pues cuando ahora es necesario caminar dos mil y quinientas leguas para visitarla toda, descubierto este camino por el río Paraguay, sólo se andarían mil y quinientas leguas en visitar Misiones y provincia.
Consideradas estas utilidades, han puesto por obra los medios más concernientes al fin pretendido, aunque por secretos juicios de Dios nunca se pudieron llevar á cabo, sino después de mucho tiempo, y eso sin fruto.
Pero no por eso debo pasar en silencio las fatigas y trabajos que en esta empresa padecieron y sufrieron nuestros Misioneros, por no privarlos de aquella gloria, que aun acá en la tierra se debe á quien todo se ocupa en promover la gloria Divina.
Dije ya arriba que el principal motivo de fundar la Reducción de San Rafael junto al río Guabys fué por la vecindad con el río Paraguay, á cuyo descubrimiento partieron por el mes de Mayo del año de 1702 los PP. Francisco Hervás y Miguel de Yegros, llevando por guías, ó como aquí decimos por vaqueanos, cuarenta indios, sin otra provisión que la confianza en Dios y fiados en la protección de la Reina del cielo y de los Arcángeles San Miguel y San Rafael.
Ni les salieron fallidas sus esperanzas, porque en todo el viaje se hallaron provistos de montería y de pesca con tal providencia, que en las mayores angustias era más abundante y de mejor cualidad el socorro.
Llevaban consigo un Cathecúmeno, de cierta nación, que los años pasados había sido impedimento para descubrir este río; procuró éste con grande eficacia que sus paisanos recibiesen la ley divina, y que los Misioneros fuesen recibidos y bien tratados en tres Rancherías, de Curuminas, Batasiz y Xarayes, donde se quedó, por estar mal proveído de ropa y por habérsele clavado una espina en un pie, y después de pocos días pasó á la otra vida sin recibir el Santo Bautismo, siendo así que se había empleado con fervor en que otros lo recibiesen.
Vencidas, pues, muchas dificultades y pasadas no pocas incomodidades que se hicieron precisas por haber de caminar por espesos bosques y agrias montañas, y pasar pantanos y lagunas, á más del contínuo susto y temor de caer en manos de enemigos, llegaron á plantar una cruz en las riberas de un río, que juzgaron era el del Paraguay, ó á lo menos un brazo de él (en lo cual padecieron grande engaño, porque no era río, sino un gran lago que iba á rematar en un espesísimo bosque de palmas).
En este ínterin maquinaron ciertos indios dar la muerte á su salvo á los Padres cuando diesen la vuelta por sus tierras; pero disuadidos de esta traición por otros de mejor conciencia, les salieron al encuentro y se fueron con toda la gente de aquellas Rancherías en compañía de los Padres al pueblo de San Rafael, donde tomaron casa.
Con la noticia de este descubrimiento, determinó el P. Joseph de Tolú, Superior á la sazón de estas Reducciones, que veniese á la provincia el P. Francisco Hervás á dar esta noticia al Padre Provincial Lauro Núñez, que ya segunda vez la gobernaba.
No se puede creer el júbilo y gozo que éste tuvo con semejante aviso; y con toda presteza escogió cinco Misioneros antiguos de los Guaranís, con un hermano coadjutor, para que por la banda del Paraguay descubriesen el camino que ya juzgaban se había descubierto por la banda de los Chiquitos. Estos fueron el P. Bartolomé Ximénez (que habiendo ido Procurador á Roma de vuelta á esta provincia, voló, cargado de años y merecimientos al cielo, el día 22 de Julio de 1717 en el puerto de Buenos Aires), los PP. Juan Bautista de Zea, Joseph de Arce, Juan Bautista Neuman, Francisco Hervás y el hermano Silvestre González.
Y porque á alguno no le desagradará leer los sucesos de este viaje, tomaré el trabajo de transladar fielmente una relación diaria de todo lo que hizo uno de los sujetos que iban, la cual, después de mucha diligencia que puse en hallarla, llegó finalmente á mis manos y es como sigue:
«Salimos (dice) á 10 de Mayo del año 1703, del puerto de nuestra Reducción de la Candelaria, para dar fondo en el de Atinguí; y de allí á 27 del mismo mes, tomamos tierra en el Itatí, donde nos recibió con singular afecto el P. Fray Gervasio, de la venerable orden de San Francisco, cura que era del aquel pueblo.
De aquí, tiramos hacia el río Paraminí, por donde en el río Paraná desemboca el río Paraguay, y montamos aquel cabo, no sin gran dificultad por la furia de los vientos que nos dieron que hacer muchos días.
Finalmente á 22 de Junio, aferramos en el puerto de la Asunción, donde nos recibieron con la acostumbrada caridad que usa la Compañía, los Padres de aquel colegio, y después de cuatro días partimos de allí, llevando una barca grande, cuatro balsas, dos piraguas y una canoa.
Habiendo caminado las balsas cuarenta leguas, descubrieron á lo lejos algunas canoas de indios Payaguás, que se creyó eran espías de esta nación.
Deseamos hablarles y dárnosles á conocer para quitarles todo miedo y sospecha y exhortarles á que ya de una vez ajustasen paces con los españoles y quisiesen hacerse cristianos.
Entróse para este fin, en una canoa el P. Neuman con el hermano Silvestre González y llegando cerca de ellos quería eficazmente entablar con ellos tratados de acuerdo. Pero no surtió efecto el deseo de que ellos quiesen llegarse, gritando en alta voz: Pée pemomba ore camarada Buenos-Ayres viarupi, que en castellano quiere decir, que temían de nuestra gente, quienes habían destruído á sus paisanos en los confines de Buenos Aires.
Por lo cual, desconfiando el P. Neuman de poderlos reducir, dió la vuelta, dejando colgados de un árbol de la playa, algunos abalorios y otras cosillas.
Viendo, pues, aquellos bárbaros que las caricias de los nuestros no se quedaban en solas palabras, fueron luego corriendo á coger aquellas chucherías y con más ánimo y seguridad, se llegaron cuatro de ellos al pie de una balsa, donde dejaron algunas esteras labradas con lindo arte y tejidas delicadísimamente: prosiguióse muchos días este tratado, siendo el faraute Aniceto Guarie, fervorosísimo cristiano, vice-corregidor de la Reducción de San Cosme; el cual, deseoso de la reducción de aquellos infieles, procuraba, con modo muy afable y cortés, entrar con ellos para salir con la suya.
Es la nación de los Payaguás, de vilísima condición, cobarde, pérfida y pronta á maquinar traiciones y en breve manifestaron estas malas cualidades; porque habiéndose acercado nuestro Aniceto el día 12 de Julio á ciertos Payaguás, con algunas bujerías que ellos estiman, para exhortarlos y reducirlos á recibir el santo bautismo, salió de una ensenada poco distante una manga de estos traidores, dividida en dos canoas y dando sobre él á traición le mataron á él y á otros compañeros con fieros golpes de macana; y ejecutadas estas bárbaras muertes, echaron á huir desesperadamente para librarse de nuestros cristianos, los cuales advirtieron bien tarde la fatalidad; é ídos al lugar del insulto, hallaron los cuerpos de los compañeros, sin poder dar con el de Aniceto; y al siguiente día celebramos las exequias por sus almas; con que se puede piadosamente creer habrá Dios usado misericordia con ellos por el celo con que se ofrecieron á tratar con estos pérfidos gentiles.
Viendo los Payaguás que nuestra gente no hacía ninguna demostración de sentimiento por este suceso, tomando atrevimiento, resolvieron desalojarnos el día siguiente de donde estábamos, dejándose ver una multitud de canoas divididas en dos escuadras, de las cuales, llegándose una á tierra desembarcó alguna gente y la otra discurría por el río, pero no se atrevieron á ponerse á tiro; antes, poco después se retiraron, no dejándose después ver más, sino á lo lejos, á fin de espiar nuestros pasos: una sóla vez, en la oscuridad de la noche, osaron molestar por tierra las balsas, tirando contra ellas piedras y flechas; mas nuestros cristianos, con poca diligencia, los pusieron en fuga.
Este fué el único encuentro que tuvimos con estos enemigos, con quienes, si se hubieran coligado los Guaycurús, gente infiel, pero valerosa y enemicísima de la fe católica, difícilmente hubiéramos podido escapar y librarnos de sus asechanzas y celadas en un río poblado por todas partes de islas y de ensenadas.
A siete de Agosto llegamos á la boca del río Xexui, por donde antes que los Mamalucos destruyesen los pueblos de Maracayá, Terecaní y la Candelaria, se conducía todos los años á la Asunción gran cantidad de la célebre yerba del Paraguay; el día 19, caminando á lo largo de la ribera, vimos una tierra de Payaguás, cuyos moradores se habían poco antes retirado á una grande isla que estaba frente á nosotros.
Apenas dimos allí fondo cuando saltaron en tierra nuestros indios, y sentidos de la muerte de sus compañeros la robaron y saquearon toda; era esta tierra del cacique Jacayrá, donde él mantiene algunos vasallos para la fábrica de las canoas.
El día 21 encontramos un fortín con empalizada y sobre ella tres grandes cruces, y sospechando nosotros que los Mamalucos habrían hecho allí alguna de sus misiones, supimos después que esto había sido traza é invención de los Payaguás para que Dios los librase de una grande multitud de tigres que infestaban extrañamente el país.
Vimos poco después andar en la playa doce bárbaros, pero sin darnos molestia; no obstante, lo que más nos maravilló fué que hasta el día 30 de Agosto no se vieron sino dos canoas de Guachicos antes de llegar al Tepotii.
La boca de este río dista como cosa de treinta leguas de la del río Piray. Más adelante hay una hilera de escollos por entre los cuales pasa una furiosa corriente que de ordinario los encubre. Pero cuando allí cerca lleva el río poca agua, se ven en la cima de una de aquellas piedras ciertas huellas de hombre, que dicen los naturales son del apóstol Santo Thomé.
Poco más adelante, enfrente, se ven doce altísimas rocas, alegres á la vista, excediendo naturaleza á la hermosura del arte. Aquí empezaron los Guaycurús á encender fuegos y hacer humaredas, que son los correos volantes para avisar á los pueblos circunvecinos de que andan por allí enemigos.
Siete leguas después de estos montes corre su río, junto al cual está situada la laguna Neugetures, en que entra un río que baja de las tierras de los Guamas. A lo largo de esta laguna viven lo más del año estos bárbaros, y allí crían muchas manadas de caballos y mulas, sirviéndose de los Guamas como de esclavos, para cultivar la tierra y sembrar el tabaco que se dá aquí en gran abundancia.
Otras naciones confinan con estas, entre las cuales había una llamada Lenguas, cuyo idioma es semejante al de los Chiquitos.
Dos leguas más adelante de esta laguna desemboca el Mboimboi, junto al cual antiguamente hubo una Reducción en que trabajaban en provecho de los naturales los PP. Cristóbal de Arenas y Alonso Arias.
Sucedió que el segundo, llamado á las tierras de los indios Guatos para administrarles el Santo Sacramento del bautismo, se encontró con una cuadrilla de Mamalucos, los cuales le mataron á mosquetazos; y el otro, cayendo poco después en las mismas manos, salió tan maltratado, que en breve acabó de vivir y padecer.
De aquí hasta los Xarayes en dilatadísimas campañas por beneficio de la naturaleza, sin ninguna industria del arte, se cría inmensa cantidad de arroz, de que todos los años hacen provisión los Payaguás, Guatos, Nanuiquas, Caracarás, Guacamás, Guaresis y otros pueblos confinantes.
A 22 de Septiembre pasamos las montañas de Cuñayegua, que tienen en frente de sí en la otra banda las del Ito, donde viven los Sinemacas.
Aquí fueron á predicar la santa ley de Cristo los PP. Justo Mansilla, Flamenco, y Pedro Romero, español, el cual fué muerto con el hermano Mateo Fernández por los indios Chiriguanás, porque les persuadía que por ser cristianos no podían tener más que una mujer.
En una isla, cinco leguas más adelante, se habían retirado dos caciques, Jarechacu y Arapichigua, con todos sus vasallos Payaguás, que al vernos despacharon luego siete canoas á la grande isla de los Orejones, para dar aviso á aquellas gentes, como lo suelen hacer en tales ocasiones, y por eso se veían de cerca y de lejos muchos humos en el aire, por lo cual en todo aquel contorno son los Payaguás tenidos en grande estimación, que les es de mucho provecho, por lo que les dan de tabaco, cueros, telas y vituallas, de que están abastecidos con grande abundancia.
Desde el Tobatí pasamos junto á las montañas del Taraguipitá, de donde cuatro Misioneros enviados por el P. Antonio Ruiz se esparcieron por esta dilatada gentilidad á predicar el Evangelio. Estos fueron los PP. Ignacio Martínez, español, Nicolás Hernat, francés, Diego Ferrer y Justo Mansilla, flamencos. El primero fué llamado al Perú á la misión de los Chiriguanás; los otros dos, oprimidos de las fatigas y trabajos en un total desamparo de todo humano consuelo, con una muerte semejante á la del grande apóstol del Oriente San Francisco Xavier, pasaron al eterno descanso; el último, que quedó sólo, cansado de los muchos trabajos, falleció también en breve tiempo.
Ocho leguas sobre el Tobatí, desemboca por dos partes el río Mbotetei, por donde bajan al Paraguay á hacer sus correrías los Mamalucos.
Enfrente de estas dos bocas del río Mbotetei, por la otra banda desemboca el Mandiy, que baña las faldas de los montes Taraguipiti que, encadenándose con los del Tambayci y Garaguy, se extienden á lo largo de las costas del Paraguay, hasta cerca de la célebre isla de los Orejones.
Desde el río Mbotetei hasta los Xarayes, se extiende el país en vastas campañas, habitadas antiguamente de los Guaycharapos é Itatines; pero molestados de los Mamalucos los abandonaron, internándose en espesos y grandes bosques, que desde la laguna Jaragui, por cincuenta leguas, tiran hasta Santa Cruz la Vieja.
Finalmente, á 29 de Septiembre, montadas las dos bocas del Mbotetei, llegamos á donde el Paraguay, dividido en dos brazos, forma á lo largo una isla de veinte leguas.
Por estar ya en tierra de los Chiquitos se comenzaron á hacer muchas diligencias para hallar la cruz que el año pasado levantaron los PP. Francisco Hervás y Miguel de Yegros, reconociendo muchos lagos y ensenadas.
A 12 de Octubre, habiendo dado fondo en el Paroguamini, encontramos con unos Payaguás, los cuales, aunque temían á nuestros indios, se llegaron no obstante á nosotros y nos presentaron biétole y otras frutas de la tierra, á que correspondimos cortesmente con otros regalos.
A 17 dimos fondo á vista de la laguna Jaragui que se oculta por gran trecho entre bosques y montes hasta cerca de la de los Orejones. Aquí una parte del Paraguay está hoy día habitada de gran número de infieles; pero el lado izquierdo es el más poblado, porque se pueden defender más fácilmente de las inopinadas invasiones de los Mamalucos, á causa de que estando rodeados de grandes lagunas y pantanos, se hace muy difícil y casi imposible el paso á aquellos malvados.
Señalaré aquí algunas naciones de una y otra banda. A mano derecha están los Guarás, Lenguas, Chibapucus, Ecanaquis, Napiyuchus, Guarayos, Tapyminis, Ayguas, Cunicanis, Arianes, Curubinas, Coes, Guaresis, Jarayes, Caraberes, Urutues, Guahones, Mboyaras, Paresis, Tapaquis. De la otra banda izquierda están los Payaguás, Guachicos, Itatines, Aginis, Sinemacas, Abiais, Abaties, Guitihis, Cubieches, Chicaocas, Coroyas, Trequis, Gucamas, Guatus, Mbiritis, Eleves, Cuchiais, Tarayus, Jasintes, Guatoguaguazus, Zurucuas, Ayuceres, Quichiquichis, Xaimes, Guañanis, Curuaras, Cuchipones, Aripones, Arapares, Cutuares, Itapares, Cutaguas, Arabiras, Cubies, Guannaguazus, Imbues, Nambiquas.
Verdad es, que estas naciones las más se reducen á dos ó tres Rancherías, otras á poco más de trescientas ó cuatrocientas almas y otras también en mayor número, y se distinguen por la diferencia de las lenguas, porque todas tienen distinto idioma, ni se entienden entre sí, aunque vecinas y confinantes, porque ó son enemigas, ó no tienen comercio unas con otras.
El día 18, dejando á la mano derecha la laguna Tuquis, montamos la boca del río Paraiguazú, que venía colorado con una creciente furiosa de agua.
De allí á poco encontramos una canoa con sólo un indio, mozo bien dispuesto y de fuerzas, de nación Mbiritiy, que sin ningún temor se llegó á la barca; hicímosle mil caricias, y aunque ni él entendía nuestra lengua ni nosotros la suya, con todo eso, con señas y ademanes nos dió á entender que su Ranchería distaba de allí dos ó tres jornadas de camino.
Poco después le despedimos; pero habiendo experimentado él tanto amor y afecto en nosotros, sentía mucho dejarnos, por lo cual, diciéndole por señas si quería entrar en la barca, él sin reparo alguno se entró dentro con sus armas y con su cama, que era una estera de linda hechura, y regaló á nuestros indios con un grande Capivará (son estos unos puercos del agua, en todo semejantes á los de tierra), que poco antes había muerto.
De allí á tres días, viendo que nosotros tirábamos á lo largo de la costa por no empeñarnos en medio en las islas, se despidió prometiéndonos que volvería presto, y nosotros, por medio de él, enviamos al cacique y principales de la nación varias cosillas que estiman estos bárbaros.
Cumplió su palabra, y después de poco tiempo estuvo de vuelta; pero pretendiendo atravesar un gran brazo de río en tiempo que hacía gran viento, naufragó á nuestra vista, y apenas pudo salvar su persona, que cayó, por nuestra desgracia, en manos de los Payaguás, que le remitieron á los suyos.
Finalmente, á 31 de Octubre, entramos en el famoso lago de los Xarayes, en donde entran muchos ríos navegables, y de dicho lago (con unánime consentimiento de los geógrafos) nace el gran río Paraguay.
A la boca de este lago está situada la célebre isla de los Orejones, poblada en algún tiempo de muchísima gente y asolada y destruída ahora por los Mamalucos. El clima de esta isla es saludable y templado, aunque está en diecisiete grados y pocos minutos de altura. Tiene de longitud cuarenta leguas y diez de ancho, aunque otros la hacen doblado mayor; el terreno es muy fértil y abundante, aunque en parte sobresale en montañas llenas de árboles muy á propósito para labrarlos. Los primeros descubridores la llamaron el Paraíso; nosotros, empero, no observamos en ella cosa de más monta que el clima.
Hiciéronse aquí increíbles diligencias para hallar la cruz tan deseada; pero por más que hicimos, así por tierra como por agua, no pudimos descubrir la más mínima señal de hacia qué parte cayesen las Reducciones de los Chiquitos.
Los PP. José de Arce, Juan Bautista de Zea y Francisco Hervás, suplicaron al P. Superior Bartolomé Ximénez que pasasen adelante á las Rancherías de los infieles á tomar lengua; pero siendo éste de contrario parecer, fué necesario rendirse; antes bien, conociendo que menguaba la corriente más cada día y corría peligro el barco de hacerse pedazos en los escollos ciegos si se parasen allí algún tiempo más, determinó dar la vuelta después de haber gastado mes y medio en andar en busca del camino.
Fué increíble el sentimiento de los mismos Padres al ver que se frustraban sus esperanzas y tantas fatigas y trabajos como habían sufrido; por lo cual, postrándose de rodillas delante del P. Superior, le pidieron vivamente les diese licencia de quedarse en aquella grande isla de los Orejones, donde se entretendrían, hasta que creciendo las aguas y hecha amistad con los infieles, se informasen del camino, y pasado el invierno se irían á las Reducciones de los Chiquitos.
Admiró el P. Superior su fervor; mas temiendo no fuese que este apostólico celo los empeñase, con gravísimo riesgo de sus vidas, en empresas que no pudiesen salir sino con grandísima dificultad, juzgó no podía condescender con sus instancias.
Por tanto, á 12 de Octubre, nos dispusimos para salir de aquel lago ó mar dulce; y aunque siempre estábamos con temor de algún escollo encubierto debajo de agua, con todo esto, mediante el favor de Dios, caminamos á voga y remo sin ningún riesgo, sólo que los vientos, que siempre soplaron por la proa, nos retardaron para que nos adelantásemos.
Después de haber caminado cien leguas descubrimos tres canoas con cuatro hombres que, vogando á toda fuerza de remos, se nos acercaron insinuando que querían hablarnos; el uno era Payaguá y los otros Guaranís, cristianos antiguos, que saltando ligeramente en nuestra barca, dijeron resueltamente que se querían quedar con nosotros, aunque les pesase á sus caciques.
Viendo nosotros su buena voluntad, determinamos que nuestros indios los defendiesen en caso que sus caciques intentasen cobrarlos á fuerza de armas; pero ellos les dieron de buena gana licencia, creciendo en ellos la estimación de nosotros, pues los Guaranís dejaban su hacienda y parientes sólo por venir á nuestras Reducciones y vivir en la observancia de la ley divina. Por lo cual nos cobraron tanto afecto, que como si fuesen amigos antiguos, entraron los dos caciques con toda seguridad y confianza en nuestro barco y se pusieron al lado del P. Superior.
Hallada tan buena coyuntura, se les habló con toda eficacia del bien de sus almas y cuánto interesaban en que nosotros los tomásemos á nuestro cargo, pues fuera de conseguir la salvación eterna y vivir como hombres é hijos de Dios, pasarían una vida quieta y libre de todo peligro, obligándose todos los pueblos de los Guaranís á defenderlos de los Mamalucos y Guyacurús, que cada año tanto les molestan.
Ofreciéronse de buena gana los dos caciques con todos sus vasallos á recibir el santo bautismo, y que exhortarían á hacer lo mismo á los Guatos y Guacharapos, para que unidos todos en un cuerpo, fundasen una Reducción.
Para asegurarnos más de este su buen daseo, les pedimos algunos infieles que ellos en años pasados habían hecho esclavos, para que instruídos en los misterios de nuestra santa fe, sirviesen después de intérpretes á los Misioneros, ofreciéndoles en contracambio ciertos platos de estaño, cuchillos, anzuelos, avalorios y otras cosas de este jaez.
De buena gana nos entregaron seis niños; dos de los cuales eran Penoquís, uno Sinemaca, otro Erebé, otro Curubina y el último Guarayo, los cuales á la vuelta, encomendamos al P. Jerónimo Herrán, para que en su Reducción los impusiese en los preceptos de la ley divina.
Entablada con esto la amistad de entrambas partes, se despidieron de nosotros los caciques, contentos y alegres con la esperanza de tener dentro de poco tiempo Misioneros, y ordenaron á algunos de sus vasallos que nos sirviesen con sus canoas, proveyéndonos de pescado por espacio de ciento y ciencuenta leguas de camino, que no fué pequeño socorro por la carestía de vituallas, de que ya padecía mucho nuestra gente y los PP. apenas tenían con qué sustentarse, por haberse corrompido ya el vizcocho y echado á perder el maíz; y el cuotidiano mantenimiento del P. Superior, por espacio de cuatro meses, fué sólo una simple escudilla de habas.
Finalmente, como mejor se pudo, tiramos adelante hasta tocar en las riberas donde vivían los Payaguás, matadores del buen Aniceto y sus compañeros; deseamos ganarlos y reducirlos al gremio de la Santa Iglesia; y para eso por medio de los Payaguás amigos, les enviamos una embajada asegurándoles de nuestro buen ánimo para con ellos y que les perdonábamos la traición pasada, que más por temor de alguna trama de sus enemigos, que por malicia, habían maquinado; que tomasen el partido de compañeros nuestros y fabricasen una Reducción, porque de otra manera, habiendo nosotros de frecuentar aquel camino, nuestros indios sujetarían su orgullo; y que para satisfacción de lo pasado, nos restituyesen los esclavos españoles que tenían.
Supieron los mensajeros tratar con tanta destreza el negocio, que poco después nos salieron ellos al encuentro, trayendo en una gran canoa á un español llamado Juan García, y se excusaron buenamente de la traición pasada; mas aún ahora se mostraron pérfidos y mentirosos, porque preguntados si tenían más esclavos respondieron que no, y supimos después en la Asunción que tenían otros tres.
Después de haber renovado la amistad se nos mostró la mayor parte sobre veinte canoas puestas á la fila, y uno á uno entraron en la barca para recibir algún regalo.
El día siguiente vinieron los caciques llamados ambos Jacayrá, presentándonos gran cantidad de fruta de la tierra. Después nos significaron el deseo que tenían ellos también de hacerse cristianos y fundar una Reducción en que los nuestros los instruyesen en los misterios de la santa ley de Dios.
Tenían canoas de bella hechura, y viendo la gana que teníamos, nos ofrecieron una bellísima, que nos trajeron al día siguiente.
En este estado dejamos el negocio de su conversión; pero hay poco que esperar de ella, porque aunque hayan hecho tan largas ofertas no hay mucho que fiarse de ellos porque son pérfidos, revoltosos, inconstantes, y que en tanto mantienen su palabra en cuanto les está á cuento.
Al presente están divididos en dos facciones, la una discurre hacia el lago de los Xarayes, por espacio de doscientas leguas; la otra hacia la ciudad de la Asunción, cautivando gente y robando las haciendas y cuanto les viene á las manos, y muchas veces se coligan con los Guaycurús en daño de los españoles.
Pero lo que causa admiración es que tengan tanto orgullo, siendo así que apenas cuentan trescientos ó cuatrocientos hombres de tomar armas, porque cada año procuran diezmarlos los Mamalucos, y muchas veces rompen también con los Guaycurús y se destruyen.
Otro no pequeño motivo les retrae de ser cristianos, y es que esta nación es vagabunda, no estando jamás firme muchos días en un lugar, hoy están en tierra firme y mañana en alguna isla, ni pueden de otra suerte vivir, porque sustentándose con caza y pesca, no se puede hallar siempre ésta en un mismo lugar, y como los Guaycurús, Charruas, Jarós y Pampas no tienen firmeza en tierra, así los Payaguás en este río, y les sucedería á ellos lo que á los Jarós, que dos veces pidieron Misioneros y fundaron Reducción, y ambas á dos, enfadados de vivir debajo de un mismo cielo, volviéndose á su antigua costumbre de vagabundos se huyeron, por lo cual es necesario que estos Payaguás se junten con los Guatos y Guaciarapos, pueblos estables y permanentes: pero el hacer esta unión costaría más sangre y más sudores de lo que montase el buen éxito del negocio.
Con todo eso, los dos fervorosos Misioneros Joseph de Arce y Juan Bautista de Zea, deseaban se pusiese por obra este intento, allanando con su celo las dificultades tan grandes que se ofrecían. Pero el P. Superior fué de contrario parecer, no queriendo arriesgar las vidas de estos dos apostólicos operarios, con que sin otro efecto proseguimos nuestro viaje, cuando á 2 de Diciembre corrió dos veces peligro de hacerse pedazos la barca en que íbamos. El primero fué por la mañana, quedando encallado en unos arenales, y entró tan profundamente la quilla, que muy trabajosamente, con el ayuda de las otras embarcaciones, se pudo desencallar y sacar fuera de la arena. En este lance suplicamos con grande afecto á la Santísima Virgen, y con su favor, cuando creíamos entrase el agua por muchas partes, se halló que no había padecido nada.
Pero mayor fué el peligro y el susto al entrar la noche, porque soplando muy recio el viento y alterado el río, y caminando el barco á todo riesgo, dió de golpe en un escollo ciego y la furia del agua y del viento la estrelló de escollo en escollo hasta arrojarla sobre la ribera.
Aquí nos sorprendió á todos el susto y ya esperábamos que se había de hacer pedazos y correr peligro nuestra vida; pero la piadosísima Señora quiso hacernos cumplida la gracia, saliendo, así nosotros como la barca, sanos y salvos de aquel riesgo.
A 4 de Enero ordenó el P. Superior que adelantándose tres barcos á vela y remo procurasen cuanto antes entrar en el puerto de la Asunción para llevar al P. Juan Bautista Neuman, que afligido sobremanera de la disentería estaba poco menos que reducido á los últimos períodos de la vida.
Por fin, el día 7, dimos todos fondo en aquel puerto, donde al desembarcar nos salió á recibir el Gobernador, la nobleza y el pueblo en gran multitud, que quisieron en todo caso, por más que nosotros lo rehusamos, conducirnos hasta el colegio, donde tuvimos la triste nueva del fallecimiento de aquel buen Padre. Venía tan maltratado y tan acabado de fuerzas por los trabajos del viaje, fuera de que en muchas semanas no se le pudo dar á comer otra cosa que un triste puñado de maíz corrompido, que una hora después de haber entrado en nuestro colegio pasó á recibir en la Jerusalén celestial el galardón de tantos trabajos.
A sus exequias asistieron el Cabildo eclesiástico y secular y todas las religiones que quisieron honrar, como ellos decían, el cadáver de un santo mártir, pues que las fatigas y trabajos sufridos por la gloria de Dios y bien de las almas le habían acabado.
A 9 del mismo mes salimos de la Asunción para volver á los Guaranís, donde últimamente, á 4 de Febrero, dimos fin á tan larga navegación.
Nueve meses hemos gastado en este viaje; hannos faltado dieciséis indios por la escasez de los víveres y por la disentería que á casi todos nos afligió, y á habernos tardado un poco más hubieran muerto otros Misioneros con grave perjuicio de tantas almas, á cuya conversión estaban destinados.» Hasta aquí la relación de este viaje.
Notable fué el sentimiento del P. Provincial viendo desvanecidos medios tan eficaces para el intento; mas no por eso desistió abandonando la empresa, y así, pasado el año siguiente á la visita del colegio de Tarija, ordenó al Padre Juan Patricio Fernández que fabricase algunas canoas en las riberas que se creía eran del río Paraguay, enviase por allí al P. Miguel de Yegros, con el hermano Enrique Adamo, á la Asunción, acompañándoles los Xarayes prácticos del río y valientes vogadores.
Partió al punto el P. Juan Patricio con los dos compañeros y cien indios del pueblo de San Rafael por el mes de Octubre de aquel año, para ver si aquel río, junto al cual el P. Francisco Hervás había levantado la cruz, era el Paraguay; pero á tres jornadas de camino halló que se perdía en aquel que parecía río en unos palmares, sin saber dónde era su término; con todo eso pasó ochenta leguas más adelante para reconocer dónde estaba la cruz; pero llegando allí vió que no era este el río Paraguay ni ramo suyo, sino un gran lago que en el tiempo de las lluvias se extendía por aquellos valles.
Descubríanse desde aquí montañas muy altas entre Oriente y Mediodía, y creyendo que á la falta de ellas correría el deseadísimo río, determinó ir allá, como lo hizo; el viaje era incómodo y trabajoso, porque todo él había de ser por la cumbre de la montaña; pasó por cierta Ranchería de Guarayos destruídos por los Mamalucos, encontró muchas lagunas, registró la más grande y profunda para ver si desaguaba en el río Paraguay, pero todo sin provecho.
Ya era la mitad de Diciembre y amenazaba el cielo inundar las campañas con las lluvias, que cerraban el camino para la vuelta; pero con todo eso, porque tantos trabajos no quedasen frustrados, quiso gastar otros ocho días en aquella empresa que tantos, y no más, parecían necesarios para llegar á las costas del Paraguay, como lo afirmaban algunos indios viejos, quienes por unas montañas fragosas que tenían delante, se acordaban del país, por donde cuando mozos anduvieron con sus paisanos para mover guerra á los Guarayos que viven á la ribera del río Paraguay.
Llegaron allá después de ocho días, habiendo gastado los tres en abrir camino por un espeso bosque, sin hallar con qué apagar la sed sino exprimiendo ciertas raíces que llaman Bocurús.
Poco más adelante descubrieron una laguna muy grande cercada de una corona de montes que hacia el Oriente abrían boca, por donde la laguna descargaba sus aguas, y por el Poniente la ceñía un bosque espesísimo. Preguntóles el P. Juan Patricio Fernández si esta laguna iba á desembocar en el río Paraguay, á que respondieron que no sabían, mas un Penoquí de aquellos que se escaparon de las manos de los Mamalucos, añadió que por aquella laguna habían entrado los enemigos á discurrir y registrar el país, y por la banda del Oriente se descubría un arenal, donde desembarcando dichos Mamalucos habían dejado las canoas y tomando camino por tierra, habían ido á caza á los indios Taus.
Oído esto, mandó al momento fabricasen una canoa, pero no hallando madero á propósito, y estando ya en el corazón del invierno, le fué forzoso volver atrás y dejar la empresa para mejor tiempo.
Repartiendo, pues, á la gente las vituallas que había reservado para su viaje á la Asunción, la envió á reconocer aquel arenal y camino de los Mamalucos.
A dos jornadas de camino dió dicha gente en una pequeña Ranchería de Guarayos de sesenta almas, que condujeron consigo al pueblo de San Juan Bautista, á donde llegaron sanos y salvos el Sábado Santo del mismo año.
El P. Juan Patricio y sus compañeros gastaron veinticinco días para entrar en San Rafael, por estar, á causa de las lluvias innundada toda la campaña, por cuya causa se veían obligados á caminar descalzos, todos calados de agua, y era gran fortuna topar á la noche con algún montecillo, aunque pantanoso, donde hacer alto, aunque no para tomar algún reposo y aliento en el sueño, por no permitirlo la infinita multitud de mosquitos y tábanos que produce la humedad.
Tantas fatigas, maltratamientos y trabajos causaron en estos Misioneros graves enfermedades y por gran fortuna pudieron ellos convalecer; mas no así el hermano Enrique Adamo, que consumido y deshecho de los excesivos trabajos y no teniendo fuerzas para recobrarse, pasó el día 27 de Julio de 1705 á la bienaventuranza, para recibir el galardón de sus fatigas.
Era este hermano enfermero en la Casa Profesa de Roma, cuando llegando á aquella corte el P. Ignacio de Frías, procurador general de esta provincia, obtuvo licencia de nuestro Padre general Tirso González para venir por su compañero y pasar á las Misiones de los Guaranís, de donde fué á ejercitar el mismo oficio de enfermero á este colegio de Córdoba, y de aquí fué á las Misiones de los Chiquitos, á que siempre tuvo grande afecto y con su celo é industria procuró los progresos de ellas, hasta perder la vida en la demanda.
De los Guarayos que se avecindaron en San Juan Bautista había algunos que entendían la lengua castellana, con lo cual pudo el P. Juan Patricio Fernández informarse del Paraguay y del puerto donde los Mamalucos daban fondo para tomar noticias de la tierra de los Chiquitos y aun ellos se ofrecieron á ir con él allá.
Por tanto, despachó algunos indios á abrir camino en los bosques de los Taus, los cuales llegando á la última Ranchería de estos, situada á la falda de las sierras de Santa Cruz la Vieja, descubrieron á los Paisanos el intento de su ida, los cuales se lo disuadieron diciéndoles que no podrían tenerse en pie las caballerías por aquellas cuestas tan fragosas y les señalaron un camino no tan difícil, aunque todo de bosque pero todo lleno de arroyos y en algunos lugares se dilataba en fértiles campañas.
Al principio de Agosto partió en su seguimiento el P. Fernández con el P. Juan Bautista Xandra y dos Guarayos, paróse en las tierras de los Guarayos, donde halló á ciertos cristianos que habían venido de la Reducción de San Joseph para exhortar á aquella gente á alistarse debajo de las banderas de Cristo, y consiguieron su pretensión porque abandonando todos su nativo suelo, se redujeron á vivir en nuestras Reducciones.
Detuviéronse aquí los Padres tres días esperando á los neófitos que habían despachado á reconocer el nuevo camino; de aquí prosiguieron su viaje, aunque bañados de sudor, siendo necesario abrir camino con hachas y picos por una espesísima selva, hasta que entraron en una campaña de bellísima vista, enfrente de la cual estaba la laguna Mamoré, á donde se encaminaban.
Llegaron, finalmente, á la playa donde solían desembarcar los Mamalucos, en donde halló el P. Superior cinco largas cadenas que habían enterrado allí aquellos crueles hombres.
Esta playa es un brazo de tierra, algunas millas dentro de la laguna, y corre hacia Oriente y divide aquella laguna en dos ensenadas, una de las cuales se extiende al Septentrión y la otra al Mediodía; y así por lo que veía como por lo que sabía por relaciones ajenas, se certificó que dicha laguna desembocaba en el río Paraguay.
Quiso el Padre adelantarse y pasar adelante, para lo cual mandó á los indios que buscando un grueso leño fabricasen de él una canoa; y ellos, no muy lejos de allí, hallaron un árbol bien á propósito para el caso, el cual, dispuesto en forma de canoa y echado al agua, apenas los Chiquitos que entraron dentro habían aprestado los remos para vogar, cuando se volcó y aquellos pobres cayeron al agua, de donde con gran trabajo salieron diciendo: «Esto no es para nosotros.»
Estando, pues, por aquel lado muy alterada la laguna por el viento que soplaba, les ordenó el P. Fernández pasasen la canoa á la otra ensenada; mas sondando los indios el fondo del agua no se quisieron arriesgar á ponerse otra vez en peligro; pidióles el Padre que á lo menos le pasasen á la otra banda, lo cual también rehusaron por ser manifiesto el peligro de que la impetuosa corriente del agua volcase la canoa y él se hundiese sin poder ser socorrido: parecía azar y siniestro accidente que no sufriesen el efecto pretendido tantas diligencias y trabajos sufridos por descubrir el puerto tan deseado del Paraguay; pero no fué sino providencia singularísima del Altísimo, que no menos cuidaba de su gloria que de la vida de sus siervos, porque si nuestros Misioneros de las Reducciones de los Chiquitos bajaban á la de los Guaranís, caían en manos de los Payaguás, que habían jurado vengar la muerte de sus paisanos con la muerte y estrago de cualquier español que encontrasen, como poco después lo escribió el P. Provincial, ordenando que ninguno de los nuestros bajase por allí á los Guaranís, y que si alguno estuviese ya en camino, diese la vuelta luego á los Chiquitos.
La causa del rompimiento fué que cuando aquellos cinco Misioneros de quien poco antes hablé, llevaron consigo á la ciudad de la Asunción los más nobles de aquella nación, no fueron éstos recibidos de la ciudad con buena cara, temiendo que venían á reconocer la tierra y darles de improviso un asalto y saquearla; con todo eso, por respeto de los nuestros, los trató cortesmente el Gobernador, y acariciados con mil regalos y presentes se volvieron á sus tierras.
Poco después, no sé con qué motivo, discurrían por el río algunos españoles, y encontrándose con una escuadra de aquellos bárbaros les dieron una carga cerrada de mosquete, y con la muerte de algunos pusieron á los demás en fuga.
Con esto se rompió la paz, y jamás los Payaguás se fiarán de los nuestros, y mucho menos de los españoles; antes bien, estarán siempre alerta para vengarse de la injuria recibida, como lo han ejecutado con harto daño de toda aquella gobernación del Paraguay.
CAPÍTULO IX
Múdanse á otro paraje las Reducciones; pasa el Padre Superior á Tarija y desastres de los neófitos.
Por haberse ocupado el P. Superior en la empresa que acabo de referir, no se había puesta en ejecución el orden del P. Visitador de estas Reducciones, José Pablo de Castañeda de que se buscase sitio mejor y más sano para fabricar de nuevo las Reducciones; por lo cual quiso al presente ponerlo por obra, á que no poco ayudaron las enfermedades y el contagio.
Considerado pues, el sitio más conforme á la salud de aquellos pueblos, y para reducir á la fe las naciones confinantes, determinó con mucho gusto de los neófitos, que la Reducción de San Rafael se trasladase y plantase sobre un monte poco distante de su primera fundación, donde se halla al presente, con gran provecho de los infieles que allí van á vivir y tomar casa.
La Reducción de San Juan Bautista se mudó al Zapoco, riachuelo de poca agua, pero cómodo, á que también se juntaron otros infieles.
En la Reducción de San Joseph, por no cuadrales á los indios el sitio que se escogió para mudarla, se tuvo por mejor trasladarla á Santa Cruz la Vieja, en cuya elección, cuan bien adivinasen los neófitos, se descubre por el estado próspero en que siempre se ha mantenido, y por ser escala á las naciones infieles del Chaco.
No ha dejado, empero, el demonio de hacer de las suyas, para arrancarla de aquí viendo cuánto daño se le ha seguido á su partido; pero descubiertas sus trazas y marañas, se redujeron todas á humo.
La otra de San Francisco Xavier se pasó trece leguas más adelante hacia el Septentrión y siempre ha ido en aumento, de suerte que ha sido necesario dividirla en otras Reducciones.
Escogido, pues, el lugar para la nueva fundación, ordenó el P. Superior no se emprendiese la fábrica, sin haber hecho primero la sementera y tener con qué vivir: mas el pueblo no quiso esperar tanto, por ver siempre á sus ojos la muerte en aquel clima inficcionado mucho tiempo antes de la peste; por lo cual se vieron los Padres precisados á seguir los indios, y el P. Superior, pasando á San Joseph, halló solos á los Misioneros, que con su ajuar estaban ya de partida para seguir á los neófitos.
De aquí se condujo á la villa de Tarija á tratar los negocios de aquella cristiandad con el nuevo Provincial P. Blas de Silva, que desde el día 16 de Septiembre de 1706 gobernaba esta provincia, llevando consigo los Guarayos prácticos del Paraguay.
Llegado, pues, á la dicha villa, refirió las noticias más seguras del puerto que había en el río Paraguay y destinó aquellos indios para que se despachasen á los Guaranís, á fin de que guiasen con seguridad otros Misioneros á los Chiquitos.
De todo esto hizo poco caso el P. Provincial, diciendo serían estos indicios como los pasados, de que no se debía tener cuenta ni arriesgar á otros Apostólicos operarios que trabajaban en otras partes con igual gloria de Dios y provecho de las almas. Que fuesen los Misioneros de los Chiquitos los primeros que rompiesen el camino, que por una contingencia no quería, á tanta costa, exponer otros sujetos en aquella trabajosa empresa. A que no pudiendo replicar el P. Fernández, esperó mejor tiempo para lograr sus deseos: y por estar ya á los fines de Diciembre y cerrados los caminos con las lluvias, se quedó en Tarija, confirmado en el gobierno de aquellas Misiones; y el año siguiente de 1707 volvió á ellas con otros dos operarios, el P. Pablo Restivo, siciliano, Misionero antiguo de los Guaranís, y el P. Juan Bautista de Zea con el oficio de Visitador, en nombre del Provincial, el cual pensaba abrir nuevo camino, porque había recibido orden el P. Felipe Suárez que desde el pueblo de San Joseph, allanase el camino, costeando el río San Miguel, porque se ahorraban muchas jornadas de viaje y se libraban de los vados peligrosos del río Guapay y por aquí habían ido antiguamente los Chiriguanás á caza de indios Penoquís, aunque les salió mal esta invasión, porque cogidos de los Penoquís en una emboscada, los pasaron á todos un palo por las entrañas, y así traspasados los levantaron en el aire y los pusieron á los lados del camino para muestra de lo que harían con otros si se moviesen á cosa semejante.
El P. Suárez, por el mes de Mayo puso por obra la voluntad del P. Zea, aunque no pudo llegar hasta las Rancherías de los Chiriguanás por no tener con qué sustentar á buen número de indios Chiquitos, que allanaban el camino. Con todo eso, teniendo á la vista aquella punta de montes que habitan los Chiriguanás, se avanzó con dos indios para ver si descubría alguna Ranchería.
A pocos pasos vió que venía hacia sí uno de los Chiriguanás, que despavorido á la vista del P. Felipe, como de enemigos, metió las espuelas al caballo, y llegando á toda carrera á su Ranchería dió aviso que venían Mamalucos, con que se previno para la defensa y puso en armas todo el contorno. Por lo cual, no teniendo el Padre quien le guiase y viéndose abandonado de sus cristianos, dió la vuelta á San Joseph, y aunque no pudo noticiar de lo sucedido al P. Fernández, lo supo éste en el valle de las Salinas por aquella voz que se divulgó, de la cual conjeturó había sido lo que había intentado el P. Felipe.
A fines de Septiembre se partió el P. Fernández á los Chiquitos, y llegando á las tierras de los Chiriguanás, llamadas Palmares, tuvo noticias más ciertas del camino que habían abierto los Chiquitos. Por lo cual resolvió el P. Visitador Juan Bautista de Zea, dejado el camino antiguo, tirar al Oriente hacia el río Parapití á una Ranchería de Chiriguanás, llamada Charaguá, por donde pasa aquel río; aquí trató con dos caciques para que le guiasen hasta donde había llegado el P. Suárez, ofreciéndose éstos al punto, anticipándoles los nuestros una buena paga; pero el día antes de la partida, estando bien tomados de la chicha, que es su vino, descubrieron cuanto maquinaban en su corazón, y era la causa de todo que sus parientes habían montado en cólera porque enseñaban á los Padres aquel camino por donde en adelante vendrían á robarlos y hacerlos esclavos los Mamalucos, diciéndoles era mejor matarlos á macanazos, ó si no á lo menos conducirlos á donde los tigres hiciesen estrago en ellos; los caciques, empero, querían mantener la palabra sin moverles nada estas razones que alegaban, más por deseo de la ganancia que sacaban, que por certidumbre que tuviesen de los peligros que les podrían suceder. Por lo cual el día siguiente se aprestaron puntualmente para ir sirviendo á los Padres y los acompañaron hasta el Parapití.
Pocas millas faltaban para llegar al lugar donde el P. Suárez había vuelto atrás, cuando los dos caciques se dejaron salir de la boca estas palabras: «Gran lástima tenemos de vosotros, porque os han de robar y matar los Tuquís que discurren por este camino». Tuquís llaman á los pueblos que no son de su nación.
El P. Visitador hacía que no los entendía y quería pasar adelante, pero aconsejándose con sus compañeros, sospechó maquinaban alguna traición los Chiriguanás, y que con el pretesto de los Tuquís, querían encubrir sus tramas; pues fuera de ellos no había otros en el país que habían registrado bien los Chiquitos, por lo cual, so color de que las caballerías se habían cansado y que no podrían andar lo que les faltaba de camino, se dieron prisa á volver atrás para escapar de las uñas de aquellos bárbaros, que por sólo robarles las pobres cosillas que llevaban consigo, les querían hacer traición. Y no se engañaron, pues se encontraron con muchas cuadrillas de aquellos bárbaros que, preguntados á dónde iban, respondieron que á pescar en el Parapití; pero se les escaparon de las manos estos peces que iban á buscar.
No se perdió del todo tan largo viaje, ni las fatigas y trabajos que padecieron estos fervorosos operarios, disponiéndolos Dios para que las almas de dos niños consiguiesen la feliz suerte de su predestinación.
Estaban éstos en el Charaguá ya para expirar, cuando fueron llamados los nuestros para que les aplicasen algún remedio corporal; pero viendo ellos perdida la esperanza de la vida temporal, les procuraron el remedio del alma con el santo bautismo, y apenas le recibieron, cuando fueron á gozar de aquella bienaventuranza que, ciegos sus padres, tanto aborrecían. Lo cual llenó tanto de júbilo á aquellos varones apostólicos, que por ello sólo les parecieron bien empleados tantos sudores y fatigas.
A causa de estos embarazos no pudieron llegar á los Chiquitos hasta mediado Diciembre, con que les fué preciso hacer alto en la Reducción de San Francisco Xavier por las lluvias que ya inundaban el país.
Poca gente halló el P. Visitador Zea en las Reducciones, porque apenas los indios habían levantado sus casas, y recogido algunas mieses para su manutención, cuando se partieron al punto á reconocer el país y sus confines y espiar las Rancherías de los infieles, porque ya que había sido costumbre antigua suya hacer guerra á los confinantas y tomarlos por esclavos, se valieron de eso los nuestros para dilatar la gloria de Dios y en provecho de aquellos infieles que vivían en las tinieblas de la muerte y de la infidelidad; persuadiéronles, pues, que fuesen por las Rancherías de los circunvecinos, pero sin causarles el menor daño ni en las vidas ni en la haciendas; antes bien, que con afabilidad y con otros buenos modos, les diesen noticias de Dios y de las cosas del cielo, enseñándoles el fin para que habían sido criados y vivían en el mundo, la necesidad de abrazar la ley de Cristo para ser eternamente felices, y que procurasen ganarse el afecto de alguno de ellos, para que sirviese de guía é intéprete á los Misioneros.
Los buenos cristianos empezaron á ejercitar tan puntualmente la lección que se les dió, que por no traspasarla aún levemente, se dejaban hacer pedazos de los bárbaros, por lo cual fué necesario explicarles lo que podían hacer si fuesen acometidos para que no sucediese en adelante lo que sucedió á unos indios de la Reducción de San Joseph, que yendo en busca de las Salinas dieron en una Ranchería de infieles; entraron en ella sin armas, desplegado sólo el estandarte con la imagen de Nuestra Señora, y con palabras suaves y corteses procuraron domesticar la fiereza de los moradores; pero éstos, mirándolos con malos ojos, dieron sobre ellos como tigres é hicieron en ellos tan cruel estrago, que sólo un indio con dos muchachos pudo escapar con vida.
Otro tanto, si no ya peor, porque fueron más en número, sucedió á los de San Juan Bautista. Internáronse éstos en país enemigo, ochenta y más leguas á una tierra de infieles cercada alrededor de profundos fosos de agua, junto á los cuales tenían fabricadas sus casas; entraron dentro los nuestros y dos solos de sus moradores, porque los demás estaban trabajando en el campo, salieron fuera á hacerles frente y á amenazarles con sus flechas.
Viendo uno de éstos que los cristianos no desistían de avanzarse, hirió con una saeta al que llevaba la imagen de Nuestra Señora, á quien ellos no hicieron otro daño que quitarle las armas (cosa maravillosa digna de tenerse por milagro aun en los aprovechados en el espíritu, no ya en bárbaros, en cuyos corazones reina más la venganza que en el cuerpo el alma); pero las mujeres, empuñando las armas, fueron á los sembrados á avisar á los hombres, los cuales, dejada la labor, volvieron al punto con ánimo de hacer en ellos una gran carnicería; pero viendo el número, y habiendo con daño propio probado otras veces el coraje y aliento de los Chiquitos, se detuvieron y previnieron la mesa en qué repararse de la hambre, hablando más por señas que con palabras por ser de diferentes lenguas.
Poco después vino el cacique, que al punto hizo retirar á los suyos y ordenó que recogiesen las armas que los nuestros, en señal de paz, habían puesto en el suelo.
Llevaban esto de mala gana los Chiquitos; pero su Capitán, fervorosísimo en la fe, cuando antes de convertirse parecía una fiera, mandó que se las dejasen coger, queriendo con tal bondad y mansedumbre ganarles el afecto y la voluntad, y sus almas para Cristo. Pero aprovechó poco, porque luego que los vieron desarmados cargaron los bárbaros sobre ellos y hubieran hecho en ellos un grande estrago, hasta no dejar ninguno vivo, si no se hubieran entrado algunos pocos dentro de los fosos; quedaron muchos heridos, y por muchos meses llevaban en el cuerpo las señales del fervor y deseo que fomentaban en sus pechos de verter la sangre por Cristo.
Fué uno de ellos herido en el vientre, y la punta de la flecha le dañó las entrañas; el cual con gran trabajo le condujeron á casa en brazos ajenos, y postrado en la cama por mucho tiempo, hasta que no le quedó más que la piel sobre los huesos, perdida la esperanza de sanar trató un Misionero de disponerle para morir, diciéndole que perdonase á sus enemigos y se tuviese por dichoso en dar su vida por llevar á otros la luz del Evangelio, que imitase á su buen Redentor que por sus enemigos pidió perdón á su Eterno Padre, amándoles con amor infinito, en recompensa de las injurias recibidas.
El buen indio lo oyó con gusto, y con lágrimas de tierno afecto, los perdonó y ofreció á Dios su vida por la salvación de aquéllos que le habían tan gravemente ofendido, y así le administró los Sacramentos y esperaba por instantes su feliz tránsito á mejor vida.
El día siguiente preguntó al enfermero en qué estado se hallaba el enfermo, á que respondió que estaba fuera de peligro, y que aquel Señor que había recibido le había quitado todo el mal.
No acababa el Padre de creerlo; pero hallando que era verdad, preguntó al indio, ya sano, qué le había sucedido. A que él satisfizo, diciendo: «El Señor, que tú ayer me diste, me ha librado y esta noche arrojé fuera todo el mal.»
Valiéndose de este caso, exhortó el Misionero á aquellos nuevos cristianos á perseverar en el bien comenzado y á amar á Dios, que con tal milagro manifestaba cuánto le agradaban sus fervores.
Empero, no faltó quien tomase venganza de aquella crueldad, porque los Piñocas andando también ellos en busca de almas, se encontraron acaso con ellos, y reconociéndolos por los rosarios y cruces que llevaban colgadas al cuello, despojos de los muertos (estos son los atavíos y adornos que tanto aprecian aquellos cristianos); aun con todo eso no los hubieran atacado, si el remordimiento de la conciencia no hubiese atizado á los infieles; los cuales, mientras se ponían en armas, recibieron de los Piñocas tal carga, que muchos de ellos cayeron muertos en tierra y entre ellos el cacique, autor de la traición.
Mejor fortuna corrieron otros indios de la misma Reducción de San Juan Bautista, que entrados en una Ranchería de Puraxís, lograron reducir á la Santa fe cincuenta familias, y con ellos, alegres y contentos, dieron la vuelta á su Ranchería.
Siendo informado el P. Visitador del estraño encuentro de los de la Reducción de San Joseph, ordenó que cien indios del mismo pueblo, pertrechados de armas, volviesen, no para castigar la crueldad de aquellos malvados, sino para traer los huesos de los muertos para darles honrosa sepultura y que con buenos modos, aunque siempre con las armas en la mano, les certificasen sinceramente del fin porque iban á su pueblo y del amor que, aun después de cometida aquella bárbara atrocidad, les tenían.
Partieron al punto; y aunque á costa de grandes trabajos por la falta de agua, de suerte que no tenían para refrigerar la sed sino un poco de rocío que recogían en los cardos silvestres al fin llegaron al lugar de la matanza, donde sólo hallaron los cuerpos de sus hermanos, pero no á los matadores, á quienes obligó el temor del castigo á retirarse á donde tan fácilmente no pudiesen ser hallados.
Querían los cristianos ir en su seguimiento, pero no siendo prácticos en los caminos defirieron esta empresa para tiempo más oportuno y cargando en sus hombros los cadáveres, dieron la vuelta á su Reducción, donde tuvieron no poca materia de alegría en los dos pueblos que vieron se fundaban de nuevo; el uno con el título de San Ignacio de los Bocas, y el otro de la Concepción, donde se juntaron los pueblos de lenguas muy diferentes, que en sus correrías hacia el Mediodía había descubierto el V. P. Lucas Caballero.
Señaló por Superior de la primera al P. Joseph de la Mata, y él se fué por su compañero, con raro ejemplo y edificación de todos en usar del oficio para escoger el cultivo del campo más duro y sembrado de espinas y de cruces (de que daré abajo pruebas mayores). Mas este su celo le hubo de costar presto la vida, porque siendo como era Misionero verdaderamente Apostólico, incapaz de reposo y descanso, apenas llegó á la nueva Reducción cuando al punto quiso ganar para Cristo á los Auropés y Tabacis, siendo preciso para conseguirlo pasar profundos pantanos y lagunas, caminando muchas veces bañado, así del agua que caía del cielo como del mucho sudor en que se resolvía para vencer no pocos ni ligeros embarazos. De aquí se le originó un humor maligno, que corriendo por el cuerpo, le ocupó todo en breve con una monstruosa hinchazón, en que peligraba ya la vida, á no haberle acudido el P. Mata con algunos remedios, que no tanto por su actividad cuanto por voluntad de Dios, le repararon algún tanto; y para que se restituyese del todo á su antigua salud, fué preciso mudase de aires, pasando á San Rafael, donde tuvo dilatado campo para ejercitar su celo, saliendo á caza de bestias racionales (que así se pueden llamar aquellos bárbaros) las cuales domesticadas redujo al redil de la Iglesia.
Parecía que iba á competencia con el V. Padre Caballero en ganar almas para Dios y para sí mismo muchos méritos; y es obligación mía dar aquí por extenso noticias de las heroicas virtudes de entrambos: de las del primero tendré abajo ocasión oportuna; de las del V. P. Lucas la daré en los capítulos siguientes, concluyendo la narración con el felicísimo martirio que padeció el año de 1711.
CAPÍTULO X
Nacimiento, entrada en la Compañía y primeros fervores del venerable P. Lucas Caballero.
Nació el venerable P. Lucas en Villamear, lugar de Castilla la Vieja. Sus padres eran de lo principal de él y acomodados en bienes de fortuna. Pasó los primeros años de su niñez en casa de un tío suyo, sacerdote de ejemplarísimas costumbres, y en quien aprendió una gran madurez de juicio y gravedad en las acciones, de suerte que en la niñez nada tenía pueril ni mostraba ternura, sino en la piedad, ni gusto sino en los ejercicios de devoción, y en todo mostraba una virginal modestia, tan delicada, que se ofendía de ver ó de oir acción ó palabra menos recatada.
Habiendo pasado aquel santo sacerdote á mejor vida, pasó á vivir á casa de otro tío suyo, también sacerdote, pero de diferentes costumbres y proceder; no obstante eso, el devoto niño fortalecido con la gracia del Espíritu Santo no empañó con el menor defecto el candor de su inocencia, aunque para conservarla pura hubo tal vez de desatender la autoridad de su tío que era de rotas costumbres, manteniéndose modesto, retirado y atendiendo sólo á las cosas de su alma y al servicio de Dios.
Aprendió los primeros rudimentos de la Gramática en nuestro Colegio de San Ambrosio en Valladolid, donde con el trato de los nuestros se aficionó á la Compañía y pidió con instancias ser admitido en ella; y hechos los exámenes y pruebas acostumbradas, pasó al noviciado de Villagarcía, grande y religioso Seminario de Varones Apostólicos en ambos mundos. Aquí llenó las esperanzas que de él se tenían con el fervor de espíritu y con la inocencia de la vida, teniendo todo su gusto en Dios.
Tuvo por este tiempo noticias de la llegada á España de los PP. Cristóbal de Grijalva y Tomás Domidas, procuradores de esta provincia, que venían por operarios evangélicos para cultivar y mantener esta dilatada viña del Señor.
Encendióse luego en deseos fervorosos de ser uno de los señalados para pasar á Indias, á cuyo fin hizo á Dios Nuestro Señor repetidas súplicas para que se dignase su Divina Majestad de escogerle para propagar su gloria y llevar la luz de la fe á los que viven en las sombras de la gentilidad, ofreciéndose con voluntad pronta á los trabajos y á los peligros de la vida hasta derramar su sangre por la fe.
Agradaron al cielo estas ofertas como lo dieron á entender los efectos; porque teniéndole los Superiores como hábil para grandes empresas en el servicio de Dios, ciertos de lo sólido de sus virtudes le concedieron licencia, y poco después, en compañía de otros setenta Misioneros, se dió en Cádiz á la vela, y después de una trabajosa navegación en que murieron ocho de los nuestros, arribó á Buenos Aires, primer puerto de esta provincia, y de allí pasó á Córdoba de Tucumán, donde con crédito de ingenioso concluyó sus estudios.
No quiero omitir lo que él por humildad, y para enseñanza nuestra, refirió á un confidente suyo, y fué que viéndose en la filosofía superior á los otros condiscípulos en las funciones domésticas, se dejó llevar de alguna vana complacencia de sí mismo y se descuidó en rezar la oración del angélico doctor, que acostumbraba antes de estudiar, pero de aquí se le originó oscurecérsele algún tanto el entendimiento, y le fué necesario después sudar y trabajar mucha para entender las materias teológicas.
Acabados sus estudios y recibidas las sagradas órdenes, empleó su celo en las Misiones de la jurisdicción de la ciudad de Córdoba con igual gloria de Dios y aprovechamiento de las almas, así de los indios como de los españoles, que por su pobreza viven en aquellos desiertos y tierras, sin otra doctrina ni instrucción en la ley de Dios que la que les dan los nuestros cuando van á sus estancias y ranchos, siendo para ellos éste su día de Pascua y el de mayor devoción de todo el año; con lo cual recogió abundante cosecha de almas y de trabajos; aquéllas para Cristo y éstos para sí, por ser esta misión de las más difíciles y trabajosas que tenemos.
De aquí pasó á la conversión de los indios Pampas que confinan con este obispado, la cual empresa procuró seguir con todo empeño porque le traspasaba el corazón la pérdida de tantas almas metidas en las tinieblas de la gentilidad, viviendo, como viven, tan cercanas á los resplandores del Evangelio.
No es fácil referir cuánto sudó y trabajó para reducir á estos infieles, pero todo en vano, porque rehusaron obstinadamente recibir el santo bautismo y reducirse á vida política, con que se vió precisado á abandonarlos totalmente por no perder á un tiempo la vida y los deseos que ardían en su pecho de campo más dilatado y espacioso donde fuese más cierta la cosecha, como menos resistencia del terreno para recibir la semilla del Evangelio.
A este tiempo se trataba con más calor de emprender la misión y reducción de los Chiriguanás y Chiquitos, por lo cual el Padre pidió y obtuvo el ser señalado por uno de los primeros á quien tocase la suerte de reducir aquellos pueblos gentiles al conocimiento de su Criador.
Pusiéronle á cuidar de la Reducción de Nuestra Señora del Guapay, donde estuvo dos años, logrando más frutos de paciencia, hambre, sed, befas y escarnios de los infieles que almas para Cristo, por ser los Chiriguanás gente bárbara, sobremanera obstinada, á quien ni amedrentan los castigos ni los beneficios domestican, pues habiendo usado Dios Nuestro Señor con ellos de ambos medios, ya procurando atraerlos con milagros y con el fervor de varones apostólicos, ya asombrándoles con tempestades furiosas y rayos del cielo, y con la carestía y pestilencia de la tierra, perseveran protervos en su obstinación.