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Relacion historial de las misiones de indios chiquitos que en el Paraguay tienen los padres de la Compañía de Jesús

CON LICENCIA (continued 2)

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CAPÍTULO IV

Da principio el P. Joseph de Arce á la nueva Iglesia de los Chiquitos, vencidas muchas dificultades.

Entrado, pues, ya el año de 1691 pasó el Padre Provincial de esta provincia, Gregorio de Orozco, á visitar el Colegio de Tarija para entrar por allí á las tierras de los Chiriguanás y probar á lo menos por algún poco de tiempo las incomodidades que sus súbditos habían de tolerar después años enteros y hallarse en alguno de tantos peligros en que después ellos habían de vivir continuamente. Aquí recibió las cartas del gobernador de Santa Cruz de la Sierra y las súplicas del P. Arce, que desde Tariquea había venido para meter fuego más de cerca á negocio de tanto servicio de Dios y bien de las almas, con esperanza de que algún día tendría la fortuna de regar con sus sudores aquel nuevo campo y de derramar en él, por último, su sangre, predicando la fe.

Hallóse perplejo el Provincial en la resolución que tomaría, porque el celo de la salud de las almas le persuadía abrazase á un mismo tiempo muchas empresas y diese principio, cuanto le fuese posible, á nuevas obras para la dilatación de la fe; por otra parte, veía la grande carestía de operarios que había y que apenas se podían mantener las Misiones antiguas, cuanto más emprender otras nuevas.

Pesando, pues, atenta y maduramente estos motivos, le pareció que el primero no solo contrapesaba, sino prevalecía al segundo, esperando en Dios que le proveería de Misioneros, como de hecho sucedió, pues llegaron aquel mismo año á Buenos Aires cuarenta y cuatro sujetos de la Compañía, que darán mucha materia á la historia de esta provincia, y los despachaba de España el P. Procurador de esta provincia, Diego Francisco de Altamirano, á cargo del P. Antonio Parra, que venía por superior de todos.

Con esto el P. Orozco ordenó al P. Arce que fuese en busca del origen del río Paraguay explorando en el ínterin las voluntades de los Chiquitos y de las otras naciones que hallase dispuestas á recibir el Santo Bautismo, y que á lo largo de la costa de aquel río esperase á los Padres Constantino Díaz, natural de Ruinas, en Cerdeña; Juan María Pompeyo, de Benevento, en el reino de Nápoles, Diego Claret, de Namur, en la Galo-Bélgica; Juan Bautista Neuman, de Viena, en Austria; Enrique Cordule, de Praga, en Bohemia; Felipe Suárez, de Almagro, en la Mancha, y Pedro Lascamburu, superior de todos, de Irún, en Guipúzcoa; todos los cuales, saliendo de las Misiones de los Guaraníes, emprendían por agua el camino hacia el lago de los Xarayes para ser sus compañeros en la conversión de aquellos pueblos.

Alegre el santo varón con la posesión de tanta dicha, como verse digno de una señalada Misión, sin perder punto de tiempo, se partió de Tarija con el hermano Antonio Rivas, y llegando á Santa Cruz de la Sierra, se aparejaba ya para pasar adelante en su derrota, cuando el infierno, que interesaba tanto en que se embarazasen sus designios, levantó contra él un torbellino de persecución tan fiero, que si no hubiera encontrado con un corazón y celo tan apostólico, hubiera bastado á contrastarle totalmente: porque habiendo sucedido otro Gobernador, á D. Agustín de Arce, mudaron las cosas de semblante y tomaron otro color, y sabiendo sus intentos, procuraron apartarle de su propósito con cuantas más razones y autoridad pudieron, diciéndole era aquella una empresa que no saldría felizmente por más fatigas que padeciese por conseguirla; que siendo los Chiquitos, como decían, muy bárbaros y bestiales, ¿cómo había de poder sujetarlos de grado al yugo de Cristo y refrenar sus depravadas costumbres con la estrechez de la ley Evangélica, cuando ellos jamás habían querido aplicarse á ninguna de tantas idolatrías de los confinantes con ser muy conformes con la disolución de sus procederes? ¿Cómo había de introducir el amor de Dios y del prójimo en corazones faltos, aun de lo que la naturaleza dicta á las fieras más crueles y salvajes? Que era mucha su animosidad, si ya no era temeridad revestida de celo, en querer arrojarse á morir, cuando menos mal le fuese, á ser vendido bárbaramente; que no se fiase de la voluntad que aquéllos salvajes habían mostrado de ser cristianos, pues todo lo hacían á fin de dejar descuidar á los españoles, y cogiéndolos de improviso, robarles las haciendas con insultos. Y que cuando aquéllas razones no les conveciesen para desistir de la empresa, advirtiese y supiese que el clima era sobremanera nocivo á la complexión de los extraños, y que padeciendo casi todos los años contagio aquellos pueblos, no le perdonarían á él. Que por tanto enderezase sus designios á otra mies y escogiese otro campo que correspondiese el cultivo con fruto más digno de sus fatigas.

Con estos y otros argumentos de este jaez procuraban muchos caballeros (mejor diré el mismo infierno) apagar la encendida caridad que ardía en el pecho del P. Joseph, pero viendo que nada aprovechaba, intentó otra máquina más formidable. Esta fué el interés, único contagio de las cosas hechas, ó que se han de hacer por Dios.

Habíase formado tiempo antes una Compañía (llamémosla así) de mercaderes europeos que hacían feria de los indios, y los compraban tan baratos, que una mujer con su hijo, valía tanto como entre nosotros vale una oveja con su cordero.

Entraban éstos en las tierras de los indios circunvecinos y en breve tiempo hacían gran presa de esclavos; y cuando no tenían bastantes, so color de vengar alguna injuria recibida, daban de improviso sobre las Rancherías y pasada á cuchillo la gente que podía tomar armas, ó si no abrasada viva dentro de sus casas, llevaban cautiva la chusma, y vendían en el Perú estas mercancías muy caras, con que al año montaba la ganancia muchos millares de escudos.

Llevaba muy mal la piedad de los españoles que la codicia destruyese y acabase aquellos pueblos é infamase el buen nombre de la nación, y no menos se sentía la fe de que tales maldades de los suyos la desacreditasen ó hiciesen sumamente abominable con todas aquellas naciones; pero por no romper á las claras con aquellos mercaderes y alborotar la provincia, no se atrevían los Regidores á reclamar en Tribunal Supremo; hasta que los años pasados, estimulados de nuestros misioneros, de los Moxos y de los Chiquitos, se quejaron gravemente en la Real Audiencia de Chuquisaca, pero por haber ido á defender mercancías tan inícuas en la Audiencia cierta persona de mucha autoridad y juntamente muy rica y poderosa, aquel sapientísimo Senado, temeroso de alguna revolución en la provincia, tuvo por consejo más acertado remitir toda la causa al Príncipe de Santo Bonol Virey y Capitán general de estos Reinos de Perú, quien con cristiana piedad despachó rigurosas provisiones, so pena de perdimiento de bienes y destierro del país, á cualquiera que osase comprar y vender á los indios: y al Gobernador que lo permitiese, condenó en privavación de oficio y multó en doce mil pesos para el Fisco Real.

De esta manera, con incomparable gozo y júbilo de los españoles, se desterró y exterminó totalmente de toda aquella provincia de Santa Cruz de la Sierra esta infame mercancía, que apoyada de la codicia se había mantenido allí de pie firme, con gran dolor de los celosos.

He querido referir aquí todo lo dicho, atendiendo más al enlace de los infieles que á las circunstancias de los tiempos en que sucedieron. Prosigamos ahora nuestra historia.

Habiendo, pues, llegado el P. Joseph á Santa Cruz, halló entablada tan de asiento esta mercancía, y tan apoyada con la autoridad de gente de mucha suposición, que á pecho menos constante y firme que el suyo, á quien nunca asustó el miedo, ni respeto humano, hubiera sido imposible resistir á la fuerza de tantos contrastes; por lo cual es inexplicable lo que padeció y trabajó para desarraigar trato tan inícuo; porque echando de ver los interesados que de poner los nuestros el pie en aquellas naciones se les había de seguir menoscabo cierto de sus intereses y aun acabárseles del todo, se le opusieron con todo el esfuerzo posible, previendo de antemano lo que no mucho tiempo después sucedió, que nuestros católicos reyes, por instancias de los nuestros, harían aquellos pueblos vasallos suyos, y libres é independientes y los encabezarían en su Real Corona, de que les resultaría ruina irreparable de su grangería.

Pero fueron vanas todas las baterías que asestaron contra su designio, porque cuando este santo varón conocía era voluntad de Dios lo que emprendía, no había respeto humano, miedo de peligro, ni fuerza de embarazos poderosa á hacerle dar un paso atrás, ni desistir de lo comenzado.

Interpuso ruegos y súplicas muy eficaces y supo hablar con tanta energía de espíritu, que aquellos mercaderes, teniendo la nota de impíos y crueles, se dieron por vencidos, mejor diré y con más verdad, persuadidos á que, ó consumido de los muchos trabajos que era preciso padecer, ó muerto á manos de los bárbaros, acabaría en breve la vida, le dieron paso franco para que desahogase su santo celo.

Sólo faltaba ya quien le sirviese de guía en su viaje, porque sin ella era imposible entrar y penetrar las tierras de los Chiquitos; y me persuado que el no hallar por entonces algún práctico en los caminos, fué astucia y traza del demonio, que preveía la ruina que había de causar á su partido el celoso Misionero. Pero era éste incansable y no dejaba piedra por mover para conseguir su condución á aquellas provincias; con que á costa de bastantes trabajos halló, finalmente, dos hombres de aguante, con quienes se concertó para que le guiasen y llevasen hasta las primeras Rancherías de los Piñocas.

Triunfante, pues, de esta manera de todo el infierno, que contra él se había conjurado, se puso en camino á los nueve de Diciembre; y sabiendo que el contagio hacía por aquel tiempo gran riza en aquella gente, cada momento le parecía un siglo por llegar cuanto antes y poder remediar, ya que no los cuerpos, á lo menos las almas de aquellos miserables.

Por eso le parecía poco arrojarse por los despeñaderos, subir sierras muy altas, vadear ríos muy peligrosos, meterse por pantanos muy cenagosos y profundos y pasar otros grandes riesgos de la vida; antes en todos éstos se hallaba una suavidad indecible, llevando siempre muy fijo el corazón y la mente en el extremo abandono en que se hallaban aquellos pobres gentiles; no tenía reposo ni quietud viendo la pérdida de tantos; y lo que más le llegaba al alma, que ellos mismos, de grado, pedían ser lavados en las saludables aguas del santo bautismo.

Por fin, á los últimos de Diciembre, llegó más muerto que vivo por los muchos trabajos, fatigas y molestias que sufrió, á las tierras tan deseadas de los Piñocas.

Inexplicable fué el consuelo que recibió el buen Padre de ver satisfechos plenamente sus ardientes deseos; pero templaban su júbilo las graves miserias y aflicciones de sus amados Chiquitos; sacábale muchas lágrimas á los ojos el ver aquellos desdichados tendidos y arrojados por los suelos: unos en descampado, sin abrigo alguno, otros con sólo el reparo de una choza cubierta sólo de algunas hojas de árboles, y otros luchando con la muerte, y muchos muertos en su infidelidad; traspasábale el corazón oir á algunos lamentarse inconsolablemente por haber muerto sus parientes sin haber tenido la dicha de ser (decían) hijos de Dios, como ellos con grande instancia lo habían pedido. Pero en medio de tanta calamidad fué de grande consuelo y alegría á aquellos bárbaros ver en sus países un ministro de nuestra santa fe.

Recibiéronle y tratáronle con tierno afecto, dándole de buena gana parte de su pobreza y regalándole con algunas frutas silvestres, que eran las delicias de más precio que tenían en aquellas miserias. Suplicáronle se quedase con ellos y no los abandonase en medio de tanta aflicción, prometiendo levantarle iglesia y casa y proveerle de lo necesario para su sustento. Condujéronle desde aquí á un paraje poco distante, diciéndole que escogiese allí sitio acomodado y que luego se pasarían todos juntos á fundar una Reducción.

Viendo, pues, y considerando el P. Arce la buena disposición de la gente, y que si se ausentaba de ellos los dejaba en un total desamparo, se resolvió á quedarse; y estando ya próximo el tiempo de las lluvias que inundan las campañas y cierran los caminos para ir á encontrar en las riberas del río Paraguay á sus conmisioneros, que venían de las Reducciones de los Guaraníes, le pareció más conforme á las órdenes que llevaba de su Provincial hacer aquí alto y dar principio á aquella nueva cristiandad que daba tan buenas esperanzas de que correspondería en adelante con la multitud y fervor de los fieles al cultivo y celo de los obreros evangélicos.

No es fácil decir el contento y júbilo que de esta resolución recibieron los indios, rebosándoles á los ojos la alegría del corazón en tiernas lágrimas de consuelo que derramaban, y festejando con ademanes y ceremonias propias suyas aquella determinación; y por estar tan flacos que apenas se podían tener en pie por el reciente contagio, pusieron luego por obra lo que habían prometido, y el último día del año escogieron sitio para fabricar iglesia, donde enarbolando una gran cruz y estando todos arrodillados en tierra, entonó el Padre las letanías de Nuestra Señora, consagrando de esta manera aquella provincia que había de ser tan fiel á Dios Nuestro Señor y tan devota de su Santísima Madre.

Y yendo aquel día todos juntos á cortar madera al bosque para la fábrica, trabajaron con tanto fervor y brío, que en menos de dos semanas se acabó y perfeccionó la iglesia, pobre y tosca en lo material, pero preciosa por la piedad de los artífices, que á competencia se esmeraban en trabajar en la obra.

Dedicóse al glorioso apóstol de las Indias San Francisco Xavier, para que desde el cielo mirase propicio con ojos de piedad aquella viña inculta de gentilidad, y la convirtiese con celestiales bendiciones en Jardín del Paraíso.

No le salieron al Padre fallidas sus esperanzas. Todos, así por la mañana como por la tarde, se juntaban aquí á oir la explicación de la doctrina cristiana, y por el ardiente deseo que tenían de ser cuanto antes contados y escritos en el número de los hijos de Dios, no le dejaban tiempo para tomar el sueño preciso, ni para comer ó rezar el Oficio Divino, preguntándole aquello que, ó no habían entendido bien, ó de que se habían olvidado, con lo cual en breve se hicieron dignos de la gracia; pero con muy acertado consejo determinó diferírsela por algún tiempo á los adultos para que el deseo de ser cristianos los estimulase á desarraigar cuanto antes su innata barbarie y olvidar sus brutales costumbres, que aprendiéndose desde la cuna y creciendo en ellas con los años y convirtiéndolas casi en naturaleza con el uso, se olvidan difícilmente y no se dejan sin gran trabajo.

Bautizóse solamente como cosa de cien niños, algunos de los cuales antes de perder la inocencia bautismal fueron á gozar de Dios, siendo primicias de aquella nueva Viña del Señor.

Era indecible el gozo y consuelo del ferviente Misionero, viendo crecer, por medio de la gracia del Espíritu Santo, á aquellas plantas noveles, no sólo en la piedad, sino en el número; porque corriendo la voz de que había en el país un predicador de la ley santa, los indios Penoquís, que estaban más adelante, hacia Santa Cruz la Vieja, le despacharon una embajada pidiéndole les hiciese una gracia y se dignase visitarlos, porque querían hacerse también ellos cristianos, y que si no iba, ellos, con su buena licencia, vendrían á verse con él. Respondióles el santo Padre que viniesen muy enhorabuena que los recibiría á todos con los brazos abiertos.

Vinieron, pues, y con ellos creció tanto el número de los Catecúmenos, que ya la iglesia, aunque muy grande, no era capaz de tanto concurso, y fueron tantos los trabajos del santo varón, que sin tomar descanso, sudaba de día y de noche en cultivar aquellas almas, que aunque el vigor de la caridad le daba espíritu y aliento para sufrir los trabajos, con todo eso cayó enfermo de pura flaqueza del cuerpo que se rindió debilitado al grande peso de las fatigas y contínuas incomodidades en que vivía, y asaltándole una ardientísima fiebre que no le dejaba tener en pie, se vió precisado á postrarse en el duro suelo debajo de una choza descubierta por todos lados, en la cual, falto de todo conorte y destituído de todo remedio humano, en pocos días le consumió y trabajó tanto, que se vió reducido poco menos que á los últimos períodos de su vida.

Pero Dios Nuestro Señor, con las dulzuras y remedios del cielo, de que en lances tales suele ser liberalísimo con sus siervos, le confortó de tal manera, que en brevísimo tiempo pudo levantarse y volver á las tareas primeras. Pero apenas se había recobrado, cuando con gran dolor de su corazón se vió precisado á volver á Tarija, á fin de entender la voluntad del nuevo Provincial de esta provincia, P. Lauro Núñez.

Despidióse, pues, de sus neófitos con mutuo sentimiento y dolor por el amor que el P. Joseph les tenía, y con que ellos le correspondían, dando antes orden de que mudasen la Reducción á lugar más cómodo y más abierto en las riberas del río de San Miguel, y pasando de aquí á los Chiriguanás encomendó el pueblo de la Presentación al cuidado del P. Juan Bautista de Zea y el de San Ignacio á los PP. José Tolú y Felipe Suárez.

Dispuestas así las cosas de aquella cristiandad, pasó á Tarija, donde el nuevo Provincial ordenó que el P. Juan Bautista de Zea le sucediese en el oficio de Superior, y él se quedase en la Presentación, y los PP. Diego Zenteno y Francisco Hervás pasasen á los Chiquitos.

Cuánto trabajaron y sudaron estos varones Apostólicos en fundar, conservar y acrecentar aquesta nueva iglesia, lo diremos en otro lugar difusamente.

CAPÍTULO V

Los Mamalucos intentan la destrucción de estos pueblos; pero sus intentos salieron frustrados.

Mientras de esta cristiandad navegaban viento en popa, aumentándose cada día más el número de los convertidos á nuestra santa fe, y si bien el demonio veía se le frustraban sus diabólicas trazas, no perdía el ánimo; antes bien, procuró con todo el esfuerzo posible cortar de un golpe la felicidad presente y las esperanzas futuras, atizando ó instigando á los Mamalucos del Brasil para que viniesen á quitar las vidas á los neófitos y destruir el país á sangre y fuego; y le hubiera salido como esperaba, si Dios, á quien tocaba defender á sus fieles de aquel infortunio, no hubiera frustrado sus designios, disponiendo recayesen sobre la cabeza de sus aliados los que había maquinado para total ruina de los cristianos.

Habían dichos Mamalucos entrado en aquella provincia los años pasados para hacer sus robos acostumbrados, y asaltando de improviso algunas Rancherías de Chiquitos, hacer á muchos esclavos.

Cobraron con este lance ánimos y atrevimiento para dar en tierra de los Penoquís, con esperanza de lograr en ellos un rico botín. Presintieron éstos la venida de los enemigos, y viéndose sin fuerzas ni armas para salirles a encuentro y hacerles resistencia en campaña abierta, determinaron repararse con la industria, ya que no podían defenderse con las armas.

En orden á esto hicieron que se escondiesen algunos junto al camino estrecho de una selva por donde habían de pasar los enemigos, y aquí escondidos esperaron hasta que entraron ya por esta senda estrecha, contra quienes luego que fueron descubiertos por entre los árboles, jugaron á su salvo sus flechas envenenadas con ponzoña tan activa, que de recibir la herida á caerse muertos era muy poco lo que pasaba.

Los que quedaron con vida exploraron por todas partes de dónde venía aquella tempestad, y después de algún tiempo cayeron en el engaño; pero no pudiendo por entonces vengar de otra manera aquella injuria ni la muerte de los compañeros, que con guardar en sus pechos la venganza para otra ocasión, mal de su grado, hubieron de volver atrás.

Por tanto, á principios del año siguiente se embarcó un cuerpo de ellos en el río Paraguay, y entrados en la laguna Mamoré aportaron y desembarcaron en el puerto de los Itatines. De aquí prosiguieron su derrota por entre Oriente y Mediodía; y atravesando unas veces selvas muy espesas, otras subiendo montañas muy fragosas (cuánto puede la codicia), llegando á las Rancherías de los Taus, y hecha de ellos buena presa, pasaron á ejecutar su venganza en los Penoquíes, que de muy confiados se perdieron, porque aunque de Ranchería en Ranchería se corrió la voz hasta el pueblo de San Francisco Xavier de que venía el enemigo, ellos no dieron paso para prevenir alguna defensa, ó á lo menos para retirarse y guarecerse en aquella Reducción; y porque pudiendo no quisieron, después, cuando quisieron, no pudieron escapar las vidas, porque aquellos malvados, caminando con industria por librarse de sus envenenadas saetas, dieron sobre ellos de improviso.

No obstante esto, tuvieron ánimo los Penoquíes para exponerse á la defensa lo mejor que pudieron y resistir el primer encuentro; pero los enemigos, astutos y sagaces, los detuvieron un tanto fingiendo se disponían á pelear, pero era sólo para hacer tiempo á que los compañeros de la retaguardia se hiciesen dueños de la tierra por otro lado y cogiesen la chusma de las mujeres y niños.

Advirtieron los indios esto cuando ya los enemigos habían logrado su intento, y viéndose burlados con la pérdida de prendas tan amadas, por cuya defensa habían tomado las armas, se desanimaron totalmente, con que vueltas las espaldas como mejor pudieron, se retiraran á los bosques sin resistencia de los vencedores, que juzgaban que el amor á su sangre los traería esclavos voluntarios, como de hecho sucedió; por cuyo motivo los vencedores no los pusieron en prisiones sino que los trataron con afabilidad y cortesía, y vistieron á los caciques de trajes y aderezos vistosos, prometiéndoles mil dichas y felicidades en San Pablo y de esta manera engañarlos y tomarlos por guía para otras tierras y para llegar á la Reducción de San Francisco Xavier, que ya se había mudado, transportándola á la otra banda del río San Miguel.

Llegó la noticia de esta desgracia hasta los pueblos de los Chiriguanás de que fué inexplicable la aflicción que tuvo el P. Arce, viendo que los enemigos como un torbellino salido del abismo, arrasaban aquel su Paraíso, que tanto le había costado el plantarle y al punto fué desalado á repararle y defender la vida de sus neófitos.

A este fin, no sin grande riesgo suyo, quiso registrar el país para observar más de cerca los pasos del enemigo; y pasando por las Rancherías de los Boxos, Tabiquas y Taus, fué recibido de ellos con mucho agrado.

Aquí los que se habían escapado le noticiaron de los designios de los Mamalucos, y tomando ocasión de la tempestad que les amenazaba, les persuadió se juntasen en un cuerpo y fundasen un Reducción en sitio ventajoso para defenderse de las correrías de aquellas fieras infernales y lo que antes no había podido recabar con ruegos, poniéndoles por motivo su eterna salvación, lo obtuvo ahora el deseo de salvar sus vidas.

Juntáronse, pues, todos en una llanura que baña el río Jacopó, en que poco antes se había dado principio á la Reducción de San Rafael, bien acomodada para defenderse por causa de una espesísima selva, en que tenían puestas todas sus esperanzas, y retiradas allí sus pocas alhajuelas, no se atrevieron á menearse de aquel puesto hasta que se serenó aquella borrasca, con que el Apostólico Padre, que se detuvo allí algunos días á fin de penetrar los designios del enemigo, tuvo ocasión cómoda para bautizar á los niños é instruir en los misterios de nuestra santa fe á los grandes, á quienes el temor de la esclavitud de los Mamalucos hizo abrir los ojos para que saliesen de la del demonio; pero el Padre, advertido, no quiso bautizarlos por entonces, reservando para mejor ocasión satisfacer sus deseos; y animándolos á la perseverancia, dió la vuelta á la Reducción de San Francisco Xavier; y de aquí, con toda presteza, pasó á Santa Cruz de la Sierra, para dar cuenta al Gobernador de los movimientos del enemigo, y juntatamente á animar á la gente de armas á salir en campaña á pelear con él y ponerle en fuga, en que no tuvo mucho que hacer para mover la piedad tan innata de los españoles que en todas partes resplandece igualmente que el valor haciéndoles que tomasen por suyas las ofensas de los indios Chiquitos y defendiesen con su propia sangre aquella nueva iglesia, principalmente que se podía con razón temer que el orgullo de los Mamalucos osase también invadir la ciudad si ellos no le saliesen al encuentro para atajarle ó cortarle los pasos.

Alistáronse, pues, en pocas horas ciento y treinta soldados bien pertrechados de armas y municiones y lo principal de valor, y porque el tiempo no daba mucho lugar, marcharon á largas jornadas hacia el pueblo de San Francisco Xavier, donde recogiendo cerca de trescientos indios muy diestros en jugar el arco y flecha, fueron en busca de los enemigos á las tierras de los Penoquís creyendo que allí los hallarían acuartelados, cuando por medio de los espías supieron que habían entrado en el pueblo de San Francisco Xavier, que ellos habían desamparado y abandonado poco antes, en donde como los Mamalucos no hubiesen hallado nada que robar se disponían para ir á sorprender la ciudad de Santa Cruz.

Con esta nueva fué inexplicable la alegría que mostraron los españoles esperando en su valor poder dar su merecido á aquellos infames, lo cual debía de temer ó pronosticárselo su corazón presagioso al capitán de los enemigos, pues vistas en San Francisco Xavier tantas pisadas de caballos, sospechó que estaban prevenidos los españoles y quería volverse atrás, lo cual hubiera ejecutado á no haberle dicho algunos indios del país que poco antes había pasado por allí el ganado de la Reducción de San Francisco Xavier.

Enderezó, pues, su marcha nuestro ejército hacia donde estaban acampados los enemigos, y al entrar la noche llegaron cerca de donde estaban y determinaron aguardar á la mañana del día siguiente, que era el del glorioso mártir español San Lorenzo, principal abogado y patrón de aquella provincia, para presentarles la batalla.

Con esto los soldados tuvieron algún tiempo para reposar, y como no se creía que la batalla había de ser muy sangrienta de ambas partes por haberse de pelear con gente tan diestra en manejar las armas, quisieron los más ajustar con Dios las partidas de su conciencia, para lo cual les oyeron de confesión seis Padres que á este fin habían venido de allí.

En esto se gastó buena parte de la noche, y habiendo tomado un poco de sueño, al despuntar el alba se tocó á marcha, mandando los oficiales que puestos en orden los soldados, y con el fusil en punto, avanzasen á vista de los enemigos y si no rindiesen las armas, los atacasen.

Pero Dios Nuestro Señor que había tomado á su cuenta el castigo de las maldades de aquellos malvados, quiso que pagasen ahora la pena, y singularmente los capitanes, que aquí quedaron muertos, pagando juntamente de una vez todas las deudas de las iniquidades que habían cometido en la destrucción de los pueblos de Villarica del Espíritu Santo en la gobernación del Paraguay, disponiendo fuese la victoria, no á costa de mucha sangre de ambas partes como se pensaba, sino á costa de los nuestros y á mucha de los enemigos; porque mientras un indio intimaba el orden á los enemigos, adelantándose ciertos soldados para recibir las armas de los capitanes, un criado de éstos les detuvo disparándoles un fusilazo, matando á uno de ellos.

No pudo sufrir esto Andrés Florián, valerosísimo caballero español, y respondió luego con otro tiro semejante, de que derribó en tierra á Antonio Ferraez de Araujo, y sacando su puñal arremetió á Manuel Frías y le mató á puñaladas, quedando al primer paso muertos los dos capitanes enemigos. Quedando con esto los Mamalucos sin caudillos, sin gobierno y sin alientos, se turbaron del todo, y tirando sus armas se arrojaron al río que les recibió, no para librarles como esperaban, sino para sepultarles en sus corrientes, de que ya cansados, por más esfuerzos que hicieron, no pudieron librarse.

Viendo los españoles y nuestros neófitos que Dios manifiestamente estaba de su parte, fueron con grande ánimo en su alcance, y con una tempestad de saetas y mosquetazos que les dispararon, hicieron en ellos sangriento estrago. También nuestros Misioneros quisieron entrar á la parte de hecho tan estupendo, asistiendo con el Crucifijo en las manos, y sin hacer caso de la vida iban delante con sus armas espirituales, no sólo en ayuda de los vencedores, sino también de los vencidos, á quienes procuraban ayudar.

De los enemigos sólo seis escaparon con vida, de los cuales tres, malamente heridos, quedaron prisioneros. Nuestros heridos no fueron muchos, y los muertos ocho solamente, dos indios y seis españoles.

Fué increíble la fiesta y regocijo de los españoles y de nuestros indios por tan señalada victoria obtenida tan á poca costa; y fué sentimiento común que Dios había peleado con ellos contra sus enemigos en defensa de su honra y de aquella nueva cristiandad. Por lo cual los soldados dieron á S. M. solemnemente las gracias al uso militar, con repetidos tiros de fusil y mosquetes, y los indios con torneos y juegos á su usanza, concluyeron la alegría de aquel día.

Pero no fué cumplido el contento, porque mientras se trataba de exterminar lo restante de los enemigos que habían quedado en las tierras de los Penoquís en guardia de la presa que montaban más de mil quinientas almas y de limpiar totalmente el país, nacieron, no sé de qué origen, algunas disensiones entre los cabos, con que se tuvo por mejor consejo levantar el campo y volver á la ciudad de San Lorenzo, de donde saliéronlos á recibir el gobernador, alcaldes y regidores con toda la ciudad; fueron recibidos con festivos repiques de las campanas de todas las iglesias y con muchos tiros de artillería que disparó el castillo, y por muchos días se celebró con gran magnificencia aquella poco menos que milagrosa victoria.

Los tres Mamalucos que escaparon, caminaron con la presteza posible siguiendo su fuga y llevaron tan infausta nueva á sus compañeros, quienes habiendo entendido contra toda su esperanza la última destrucción de los suyos, quedaron yertos de miedo, y como si ya viesen cerca de sí á los vencedores, se retiraron á toda prisa, llevándose los más esclavos que pudieron, y embarcados en el río Paraguay navegaron á boga y remo camino de San Pablo, cuando encontrándose con una compañía de sus mismos paisanos que iban al mismo fin de apresar piezas (como acá llamamos) ó indios, les contaron el suceso referido; pero los que venían de San Pablo, oída la causa de aquella vuelta tan desacostumbrada que daban á su tierra tan perdidos de ánimo, los empezaron á burlar de que por tales encuentros se desanimasen tanto; con que ya de vergüenza, ya con esperanza de rehacerse de la pérdida pasada, mudaron de parecer y se aunaron con ellos, y todos juntos dieron sobre algunas Rancherías de indios, de los cuales fueron rechazados con braveza y valor; por lo cual, mal de su grado, con las manos poco menos que vacías, se vieron precisados á volverse á San Pablo.

Mientras éstos atravesaban la laguna Mamoré, ciertos Guarayos que por gran tiempo habían militado á su sueldo, abiertos los ojos y volviendo sobre sí mismos para ponderar el poco bien y mucho mal que se les hacía, y que al fin no podían esperar de aquel azaroso oficio más que una muerte desgraciada por término de una vida infeliz, resolvieron desertar y buscar lugar donde vivir con seguridad y reposo, y valiéndose de la obscuridad de la noche se retiraron hacia Poniente á una campaña, dos jornadas más adelante de aquel lago, y por hallarse sin mujeres hicieron las amistades con los Curacanes, sus confinantes por el lado del Septentrión. Estos, pues, no mucho después, deseando salir de la gentilidad y hacerse cristianos, se vinieron á vivir y hacer sus casas en nuestra Reducción de San Juan Bautista.

De mucho provecho fué esta victoria, porque después acá no se han arriesgado más los Mamalucos á poner el pie en los contornos de aquellas Reducciones, y solamente en el año 1718 plantaron un fuerte en las riberas del río Paragua, ochenta leguas distante del pueblo de San Rafael, con que se espera que convertidas en breve con el favor de Dios cincuenta ó sesenta mil almas, como nos prometen las esperanzas, se les impedirá también el hacer corso por aquel río, porque los neófitos por singular privilegio de nuestros católicos reyes, pueden usar armas de fuego con que fácilmente podrán quebrantar el orgullo de estos corsarios, como sucedió en las misiones de Guaranís, á quienes no cesaron de molestar hasta que aquellos pueblos dieron una grande rota á cinco mil Mamalucos que habían pasado al último exterminio de aquella cristiandad.

CAPÍTULO VI

Con los sucesos pasados se entibia algo la santa fe: muere el P. Antonio Fideli y se habla largamente de los trabajos de los Misioneros.

Aunque la fortuna de esta tempestad no deshizo esta nueva cristiandad, no obstante, la conmovió no levemente y cortó al mejor tiempo el curso próspero de nuevos aumentos, porque agostó las floridas esperanzas de acrecentar con buen número de almas la Reducción de San Francisco Xavier, y aun de fundar otras en los Penoquís, Xamarós y Quicmes, que estaban bien dispuestos para alistarse en el número de los fieles; antes bien de este accidente provino la destrucción de las dos Reducciones de Chiriguanás, aunque tan distantes y remotas del peligro.

No habló al aire aquel sabio caballero don Agustín de Arce, cuando dijo se perdía inútilmente el tiempo y el trabajo con aquella gente, y ahora lo tocaron con las manos los Misioneros, á los cuales amaban aquellos bárbaros solo por lo que sacaban de su pobreza.

Por más que hacían los Padres no querían acudir á los Divinos Oficios ni oir la doctrina cristiana, que al entrar la noche se explicaba, ni aun quisieron darles un muchacho que les ayudase en las haciendas de casa y sirviese en la iglesia y cultivase un pequeño huertecillo.

Con todo eso perseveraban los Misioneros sufriendo grandes incomodidades y trabajos que les hacía fáciles de tolerar la esperanza de coger algún fruto de paciencia, hasta que enfadados los bárbaros de tantos sermones y pláticas que les hacían se determinaron echarles del país con pretexto de que eran enviados por los Mamalucos para juntarlos y entregarlos á todos en sus manos como lo habían (según decían ellos) hecho con los Chiquitos, bien que había entre ellos muchos que de esta mentira eran testigos de vista por haber ido sirviendo á los españoles en la guerra referida.

Divulgóse esta voz por el pueblo, y fuese por malicia de ellos ó por ardid diabólico del demonio, que perdía mucho en la conversión de aquellos bárbaros, comenzó la chusma á hacer muchos maltratamientos al venerable P. Lucas Caballero y al P. Felipe Suárez, antes que con detestable atrevimiento pusiesen fuego á la iglesia, de donde por este insulto se vieron obligados á salir y pasarse á un rancho ó choza poco distante; pero ni aun aquí pudieron parar, porque los bárbaros les buscaron por todas partes armados con sus arcos y macanas, y hubiéranlos hecho pedazos si no hubiera sido porque esperaban á sus caciques que estaban no muy lejos de allí.

Viendo los nuestros que las cosas estaban de tan mal semblante, resolvieron en la oscuridad de la noche retirarse hacia Santa Cruz de la Sierra y de aquí pasar á Pari, donde se había mudado la Reducción de San Francisco Xavier.

Llegada la noticia de este suceso al P. Superior Joseph Pablo de Castañeda, sospechó prudentemente que lo mismo ó peor sucedería á la Reducción de San Ignacio, y así ordenó á los Padres que allí residían, se retirasen procurando escapar de las garras de aquellas fieras lo mejor que pudiesen, encaminándose á los Chiquitos, donde Dios Nuestro Señor quiso consolar á sus siervos con mejor logro de sus fatigas y sudores.

Por causa de las revoluciones pasadas y por lo que en adelante se podía temer, se mudó la Reducción de San Francisco Xavier desde el río de San Miguel á una llanura llamada Pari, ocho leguas distante de Santa Cruz de la Sierra, donde también se repararon algunos Piñocas y Xamarós que escaparon de las manos de los Mamalucos, con que se fabricó una Reducción bien numerosa.

Pero no obstante esta mudanza que ahora hicieron, se vieron precisados á retirarse de las cercanías de aquella ciudad por causa del gradísimo daño que suele causar á los recién convertidos á nuestra santa fe el mal ejemplo de los cristianos viejos que han nacido y vivido en ella, los cuales hacen abominable nuestra ley santa con sus escandalosos procederes; y si la profesan con las palabras la niegan con las obras, viviendo más con la libertad de infieles, que arreglados á los dictámenes cristianos de nuestra religión santísima.

Llegábase á esto el vil interés de tal cual, que degenerando de la innata piedad de sus mayores, no hacía escrúpulo de apresar ya á este, ya al otro de aquellos pobres indios cristianos y reducirlos á miserable esclavitud.

Por estos motivos, pues, hubieron los nuestros de trasplantar aquellas tiernas plantas á lugar más retirado, encomendando este negocio al cuidado del venerable P. Lucas Caballero; y aunque en tales mudanzas perecieron muchos por las incomodidades y enfermedades que les sobrevinieron, de que participaron también nuestros misioneros, no obstante, poco después volvió la Reducción á su antiguo esplendor, porque vinieron luego otros infieles que se incorporaron en ella.

La segunda Reducción que se fabricó fué la de San Rafael, distante de la otra diez y ocho días de camino hacia el Oriente, escogiendo y señalando el sitio para ella los PP. Juan Bautista de Zea y Francisco Hervás, á fines de Diciembre del año de 1696 y trayendo á ella algunos Tabicas y Taus y otros que habían ya prometido al P. Arce que abrazarían nuestra santa ley, llegaban á mil las almas, aunque la peste que hubo luego se llevó gran parte de ellos; con que á instancia de los mismos indios se volvió esta Reducción á su antiguo sitio, que era muy á propósito para el intento de los nuestros, que deseaban establecer el comercio de estas Reducciones con las de los Guaranís por el río Paraguay.

Fundaron, pues, sus casas y se poblaron á las orillas del río Guabys, que se cree desemboca en el río Paraguay.

La tercera Reducción se puso debajo del patrocinio del señor San Joseph, á instancias del piadosísimo señor marqués de Toxo, D. Juan Joseph Campero, insigne bienhechor de esta cristiandad, y se fabricó sobre un monte, por cuya falda corre un riachuelo que fecunda un gran espacio de tierra llana; fundáronla los Padres Felipe Suárez y Dionisio de Avila, que por gran tiempo fueron inseparables compañeros en sus trabajos y sudores, no teniendo muchas veces con qué acallar el hambre y reparar el cuerpo en tantas y tan largas fatigas; y así, para que oprimidos de las incomodidades no diesen con la carga en tierra, les vino no mucho después á ayudar el P. Antonio Fideli. Pero les duró poco tiempo este consuelo, porque en breve quedó postrado de tan insufribles trabajos; pues por más remedios que según la pobreza de aquellas tierras se le procuraron aplicar, nunca se pudo recobrar.

Dicho P. Fideli, como era recién venido de Europa, y hallando campo tan grande á su celo, no paraba de día ni de noche en domesticar aquellos salvajes; y mientras sus compañeros iban en busca de gentiles, él se ocupaba en limpiar á aquellos nuevos cristianos de los resabios de su vida brutal, con que se podía quizás manchar la pureza de su fe y la inocencia de nuestra religión cristiana; era su tarea cuotidiana juntar de día á los niños toda la mañana, y al entrar la noche á los adultos; para hablarles de las cosas que debían creer y obrar; acudir á todos tiempos á sus necesidades sin negarse á nada; cuidar de las almas y de los cuerpos de los enfermos, velándolos de día y de noche y dándoles sepultura después de muertos; y en tantos trabajos no tenía otra cosa con qué mantener sus fuerzas para llevar tan gran peso, que un poco de pan muy desabrido que allí se hace de unas raíces que llaman mandioca, la cual, hecha harina, se amasa y hace un pan bien malo, el cual solía acompañar con un pedazo de carne de algún animal del monte, asada, como la comen los indios, dura y desabrida, y por gran regalo alguna fruta silvestre.

Pero en medio de tan mal tratamiento, nunca daba treguas al trabajo, y esto con tal alegría de su espíritu, como si el cuerpo se mantuviese con el pasto espiritual del alma, hasta que postrada totalmente la naturaleza, no pudo volver en sí, por más medicamentos que según la posibilidad del país le procuraron aplicar sus compañeros, que le amaban tiernamente; con que no bien cumplidos dos años en estas Misiones, pasó al eterno descanso para recibir el galardón de sus apostólicas fatigas, en el mismo pueblo de San Joseph, el día 1.º de Marzo de 1702.

Pero lo que no pudo hacer en la tierra en provecho de aquella nueva cristiandad, lo hizo bien presto y más eficazmente con sus oraciones desde el cielo, porque aquellos neófitos dejaron luego la embriaguez y otros vicios que trae consigo esta bestial costumbre, cosa que hasta entonces había costado mucho trabajo sin fruto. Sintieron los indios inconsolablemente la pérdida de su amantísimo Misionero á quien ellos llamaban Padre cariñosísimo de su alma.

Fué el P. Fideli natural de Ciudad de Regio, en Calabria, hijo de padres de la primera nobleza de ella, bien que por su humildad y desprecio del mundo jamás dió la menor noticia de su calidad.

Los primeros años de su juventud los pasó aprendiendo buenas letras en el Seminario de San Francisco Xavier de Nápoles, donde le enviaron á estudiar sus padres.

Aquí, en la flor de su edad, le llamó Dios á la Compañía, donde luego que entró en ella se dió de veras al estudio de la virtud en que salió aventajado, y se mantuvo con vida ejemplar en la larga carrera de sus estudios, con igual aprobación, así de los Superiores como de los compañeros, de los cuales era á un mismo tiempo amado por la dulzura de su trato afable y caritativo y venerado por la solidez de sus virtudes siempre igual á sí mismo, y manteniendo un tenor de alegría inalterable, afabilísimo con todos, y liberal y pronto á servir á sus hermanos aun en las cosas más difíciles.

Parecióle poco lo que obraba en bien de las almas y servicio de Dios en su provincia de Nápoles, por cuya causa pidió con instancia de nuestro Padre general, le concediese licencia de pasar á Indias, y conociendo su fervor, le dió su paternidad grata licencia, asignándole para que pasase á esta provincia en la Misión que conducía á ella su procurador general, P. Ignacio Frías.

Despacháronle, pues, á Cádiz el año 1696 para embarcarse á esta provincia; pero por no haber oportunidad de embarcación le fué preciso esperar dos años en Sevilla, donde en la casa profesa dió muestra de su espíritu con singular edificación de los nuestros, trabajando de día y de noche en los ministerios propios de la Compañía.

Su tarea casi cotidiana era gastar siete y ocho horas en oir confesiones, porque acudían todo género de personas nobles y plebeyas, que le amaban como padre y veneraban como santo, y él les correspondía con afecto de fina caridad.

Ocupado en estos ejercicios, se llegó el tiempo de embarcarse, y pasando de Sevilla á Cádiz, se dió á la vela para Buenos Aires el año de 1698 en compañía de otros cuarenta y cinco Jesuitas repartidos en tres naves, con viaje se puede decir afortunado; porque después de grandes infortunios que padecieron en veintidós meses de navegación, plugo á Dios Nuestro Señor traerlos salvos al puerto de Buenos Aires.

Hubo varias causas de esta larga tardanza, y la principal fué el apartarse y dividirse las naves pocos días después de la partida de Cádiz, y perderse de vista la una de la otra, que encontrando rapidísimas corrientes que la desviaban, furiosísimos vientos que la maltrataban, disformes tempestades que la echaron á las costas de Guineos, se vió precisada la almiranta, en que le cupo venir á nuestro P. Antonio, á aferrar en la isla de Santiago, una de las islas Hespérides, que llamamos ahora Cabo Verde.

Aquí fueron recibidos de los religiosísimos Padres de la venerable Orden de San Francisco que quisieron hospedarlos en su convento para que no sintiesen algún maligno efecto de aquel clima, sumamente nocivo á los forasteros, causa porque llaman á este promontorio sepulcro de los europeos, como lo experimentaron los demás pasajeros, de quienes la mayor parte cayeron enfermos, y más de ciento perdieron allí la vida y las esperanzas de enriquecer que los conducía á las Indias. Pero de los nuestros ninguno murió por la grande caridad que con ellos usaron los religiosos, que con indecible amor cuidaban de su salud, advirtiéndoles lo que debían hacer y de lo que se debían guardar para conservarla.

En el tiempo que aquí se detuvieron, el Superior de los nuestros P. Joseph Ortega, nuestro P. Antonio y P. Pedro Carena, asistieron á los enfermos del navío con increíble trabajo y no menor fruto y consuelo de los que morían en sus manos. Hubiéronse finalmente de partir de aquella isla, en cuya despedida fué indecible el consuelo que por verlos partir á todos sanos sin haber muerto ninguno, mostraron los religiosos, y con especialidad el Padre guardián del convento, quien llorando de gozo les dijo no podía contener las lágrimas viendo que no sólo salían los mismos Jesuitas que habían entrado, sino uno más (aludiendo á un pretendiente que allí había recibido en la Compañía, con licencia que para ello llevaba el Padre Superior) pues cuando los vió entrar se había entristecido notablemente, juzgando, llevado de la experiencia, serían pocos los que escapasen con vida. Pero el haber librado todos bien se debió, como dije, á la mucha caridad de los religiosos y del mismo Padre guardián. De quien despedidos, por fin se embarcaron, pero les sobrevinieron tales accidentes, que se vieron obligados nuevamente á arribar al Brasil, donde reparada nuevamente la nave, y habiendo experimentado la caridad grande que en todas partes usan con los huéspedes, los Padres portugueses se dieron tercera vez á la vela y llegaron á salvamento en el puerto de Buenos Aires para gastar la vida y sudor en provecho de los pobres indios; bien que si en el mar hubiera perdido la vida, hubiera tenido una muerte coronada con el mérito de grandes fatigas padecidas por acudir al bien de la gente de su nave por todo el espacio de tiempo que duró esta trabajosísima navegación, que fué casi de dos años, al fin de los cuales pasó con sus compañeros el año de 1700 desde Buenos Aires á este Colegio de Córdoba, donde se consagró á Dios más estrechamente por la profesión de cuatro votos, é inmediatamente pasó á la Misión de los Chiquitos, donde consummatus in brevi explebir tempora multa (Sap. 4.)

Pero volviendo al hilo de la historia, digo que esta Reducción de San Joseph, de indios Boxos, Taotos, Penotos y algunas familias de Xamarós y Piñocas, es felicísima á la suerte de los Misioneros que allí asisten, por ser este pueblo la puerta por donde se entra á otras muchas naciones, por lo cual ofrece comodidad, así para reducir muchas almas á nuestra santa fe, como para ganarse muchas coronas de premios en la gloria.

La cuarta Reducción es la de San Juan Bautista, poblada de indios de nación Xamarós; fundáronla los PP. Juan Bautista de Zea y Juan Patricio Fernández, por el mes de Junio del año de 1699, de los cuales, el primero, después de haber acabado con los indios Tanipuicas, Curicas y Pequiquas, que le diesen palabra de reducirse cuanto antes al rebaño de Cristo, se partió de allí con extremo dolor suyo por orden de los Superiores para ir á gobernar nuestras Misiones del Uruguay, recayendo todo el peso de esta reducción sobre el P. Juan Patricio, á quien las enfermedades contínuas, la extrema pobreza y las graves fatigas, sirvieron de rémora los primeros tres años, para que no saliese en busca de gentiles, á quienes el ejemplo de sus confinantes había encendido el corazón en deseos de vivir como racionales en vida política, y hacerse juntamente cristianos; pero finalmente, sus sudores y trabajos ganaron para Cristo á los Suberecas, Petas, y á ciertos Piñocas, quienes parece no fueron á otra cosa á esta Reducción, que para renacer á Dios por las aguas del santo bautismo, para pasar luego á la celestial Jerusalem, rindiendo las vidas á la fuerza del contagio que por toda aquella comarca hacía en toda suerte de personas grande riza y estrago.

El consuelo de ver sazonados tan presto para el cielo aquellos poco antes silvestres frutos, endulzaba los trabajos y fatigas de aquel varón apostólico y le animaba á emprender otras santas correrías; pero se frustraban sus santos intentos, mientras no mudaba su pueblo á mejor temple y á aires más saludables, porque aquellos bárbaros no querían reducirse al gremio de la santa Iglesia por temor de la peste, que mucho tiempo antes parece se había arraigado en aquel sitio, por cuya causa se mudó la Reducción á otro paraje más cómodo y menos nocivo.

Mas ya que hemos insinuado alguna cosa de los trabajos de nuestros operarios en estas Misiones, juzgo esta ocasión cómoda y oportuna para referir más por extenso el modo de vivir de los Jesuitas que cultivaron y cultivan esta viña del Señor, regándola con sus sudores y aun con su sangre, por no quitar su debida estimación á la virtud, y defraudarnos á nosotros de los ejemplos que podemos imitar. Y el primer lugar se debe dar al modo de hacer misiones, diré mejor, de salir á caza de bárbaros que habitan como fieras en las cavernas de los montes ó en las espesuras de los bosques.

Cogían, pues, y cogen al presente su breviario debajo del brazo, y con una cruz en la mano se ponían y ponen en camino sin otra prevención ó mataloje que la esperanza en la Providencia Divina, porque allí no había otra cosa; llevan en su compañía veinte y cinco ó treinta cristianos nuevos que á los Padres servían y sirven de guías é intérpretes, y con los paisanos hacían oficio de Predicadores y Apóstoles y caminan ya las treinta, ya las cuarenta leguas, siempre con una hacha en la mano para desmontar y abrir camino por la espesura de los bosques; otras veces encontraban lagunas y pantanos que pasaban á pie con el agua á la boca, y para dar ánimos á los neófitos eran los primeros en vadear los ríos ó en arrojarse por los despeñaderos más difíciles, ó en entrar en las grutas y cuevas con sobresalto y susto de estar allí escondidas las fieras ú hombres; y después de tantas fatigas y trabajos no hallaban á la noche para repararse otro regalo que algunas raíces silvestres con qué romper el ayuno, y algunos días no tenían con qué apagar la sed, sino un poco de rocío que quedaba entre las hojas de los árboles, y por cama la tierra dura, sin otro reparo contra los rigores de la noche, que la sombra de un árbol ó una estera sostenida de cuatro palos; y últimamente en continuo temor y riesgo de la vida, porque los bárbaros, asombrados con el temor, juzgaban que eran sus enemigos los Mamalucos del Brasil, vestidos de Jesuitas y por eso están siempre con la macana en la mano ó con las flechas á punto, ó si no en emboscadas para quitarles la vida sin que los defiendan los neófitos.

Y porque estos no parezcan encarnizamientos de mi pluma, insinuaré aquí lo que de los Zamucos escribió años pasados el Padre Misionero, que entendía en la conversión de aquella gente al P. Juan Patricio Fernández, al presente Rector del Colegio de Santiago del Estero, que con las veces del P. Provincial de esta provincia visitaba aquellas Misiones:

«Por no alargarme (dice) no escribo cómo llegué á este pueblo de los Zamucos, contra el parecer de los prácticos del país, y á más el caminar muchas leguas con el agua hasta la cintura; atribuí el feliz suceso al dedo de Dios, pues que fuerzas humanas no podían vencer los obstáculos insuperables que se me interpusieron, mereciéndolo los sudores y trabajos, hambre y sed de su primer apóstol el Padre Juan Bautista de Zea.»

Hasta aquí el dicho Misionero. Pero aunque caminaban por su extrema pobreza, desprevenidos de toda provisión, no por eso Dios Nuestro Señor, por cuya cuenta corría la vida de sus siervos, los abandonaba en tales trabajos, emprendidos por sólo su amor y por el provecho de las almas; antes, cuando era necesario, obraba en su favor milagros, ya librándoles de las furias y saetas de los bárbaros, como muchas veces sucedió al venerable P. Lucas Caballero, ya proveyéndoles de sustento y dándoles vigor y aliento á la naturaleza, en prueba de lo cual escribió el P. Miguel de Yegros al P. Lauro Núñez, provincial á la sazón de esta provincia, cuando él, con el P. Francisco Hervás, fueron el año 1702 á descubrir el río Paraguay.

«Partimos (dice) por el mes de Mayo acompañados de cuarenta neófitos, con sola la confianza en Dios por estar recién fundada la Reducción de San Rafael, emprendiendo el viaje los buenos cristianos puesta la esperanza en la Santísima Virgen, que nos socorrió por el camino como de milagro, viniéndosenos á las manos la caza y la pesca cuando nos hallábamos en grandes angustias, pasando gran trabajo y venciendo gravísimas dificultades en los montes y en las llanuras anegadas del agua, por dos meses enteros que tardamos en llegar á las riberas del río Paraguay, con riesgo y temor continuo de los bárbaros.»

Y este puntualmente era y es el modo que todavía observan los Misioneros en estas correrías. Pero con ser tan grandes las fatigas y tan pesadas las aflicciones que padecen, no obstante eso, es mucho mayor sin comparación el consuelo que tienen cuando vuelven con las manos llenas de cuatrocientas ó quinientas almas; y si á veces no tantas, á lo menos con la esperanza de ganarlas al año siguiente, porque los más de los bárbaros quieren antes certificarse si aquel celo que les muestran es de sus almas para darles el Paraíso ó por el interés de llevarlos para ponerlos en esclavitud, y por eso acostumbran despachar alguno de los suyos para explorar el país, la gente y los Misioneros de la nueva Reducción.

Después de esto, cuanto hayan trabajado nuestros Misioneros en criar y mantener estas tiernas plantas, no se puede explicar mejor que refiriendo sinceramente, sin añadir nada de mío, algún hecho particular y parte de carta verídica, como lo haré, donde quiera que halle coyuntura, trasladando fielmente los originales con que esta historia quedará más fidedigna y el gusto de los lectores más satisfecho.

Dice, pues, el hermano Juan de Avila, compañero que fué del P. Visitador de esta provincia, Antonio Garriga y del P. Provincial Luis de la Roca, cuando como adelante diré, visitó aquellas Doctrinas sujeto de mucho juicio y capacidad en una carta que desde allí escribió:

«Así como para fundar las Misiones del Paraguay padecieron increíbles trabajos aquellos primeros varones apostólicos, sacando á los indios de las selvas y entablando en ellos vida cristiana y política hasta ponerlos en el estado en que hoy día se mantienen, divididos en treinta Reducciones, así también no han sido menores los trabajos y sudores de estos primeros que han fundado la cristiandad de los Chiquitos. No es fácil de decir lo que al descubierto les han dado que sufrir los enemigos y ocultamente los amigos, la carestía de todo lo necesario para la vida humana, los profundos pantanos, inaccesibles montañas, bosques impenetrables, fieras, climas destemplados, sed, hambre, extrema desnudez, total abandono de todas las cosas y jurada guerra de todo el infierno. Pudiera descender á casos particulares que he visto y oído si no fueran bien sabidos y me son materia contínua de rubor y confusión. No traer sobre sí sino un vestidillo de tela baladí, hecho pedazos, y no pocas veces vestirse de pieles de animales; no traer otros zapatos que un pedazo de cuero crudo atado con otro cordel de cuero por las plantas de los piés, y en la cabeza, para reparo del sol ardientísimo que allí hace, uno como sombrero, pero también de cuero, la cama sin ningún alivio, la vianda ordinaria, un puñado de maíz, y éste tan escaso, que apenas era bastante para mantenerles las fuerzas, vivir gran tiempo sin el consuelo siquiera de ver á alguno de sus compañeros, y estando afligidos de largas y penosas enfermedades, no tener á dónde volver los ojos.»

Así el dicho hermano; y yo en prueba de todo lo que él dice, quiero apuntar algunos casos en particular.

Díjome, no ha mucho, un Padre qué fué Superior de aquellas Reducciones, que por muchos meses no tuvo otra cosa de qué sustentarse, sino raíces de yerbas, y faltándole éstas también, acosado de la hambre, se vió precisado á andar en busca de frutas silvestres.

Cuando el P. Gregorio Cabral fué en nombre del P. Simón de León, Provincial de esta provincia, á visitar aquellas Misiones, le cogió el invierno (que allí no se mide por el frío, que no hace, sino por el romper de las lluvias) le cogió debajo de una enramada, donde con siete Misioneros pasó largo tiempo sin otro sustento que una fruta silvestre á que llaman Motaquí, con alguna cosa de leche; y el día de Pascua, por gran regalo, les dieron los neófitos una mazorca ó espiga de maíz. Pero no tuvo otro tanto el mismo día el P. Zea, que presentándole por gran regalo ciertos panecillos bien pequeños, no pudo probar bocado de ellos por ser amargos como la hiel.

No me ha parecido supérfluo contar estas menudencias, para que quien en los hombres apostólicos no mira otra cosa que conversiones de infieles, adviertan también cuánto les cuestan y considere si tiene necesidad de una generosísima caridad quien se emplea en buscar la gloria de Dios y en mirar por la eterna salvación de las almas. Y ciertamente el no acobardarse con los peligros, el no volver las espaldas á tantos trabajos, el no retirarse y no dejar una vida en que á cada paso se encuentra con la muerte, pereciendo aquí de hambre, perdiéndose allí por los bosques, ahora andando entre flechas y macanas, ahora enmedio de pueblos furiosos, es virtud difícil de hallarse, y con todo eso esta virtud es necesaria siempre á quien emprende en países remotos y entre gente bárbara el oficio de la predicación Apostólica.

Pero lo que me llena de estupor y maravilla, es que en medio de tantos trabajos é incomodidades, no hayan hasta ahora muerto entre tantos operarios más que tres ó cuatro, siendo así que hay quien ha trabajado veinticinco y treinta años; pero es singular providencia del Altísimo, que quien ningún caso ha hecho de su vida por su servicio, se conserve más sano y mejor que si hubiera vivido en las comodidades de un colegio, como yo ví, con grande estupor, en el P. Juan Bautista de Zea, que en edad de sesenta y cinco años parecía joven de poco más de treinta en el aliento y valor.

Verdad es que hoy día se han aligerado en gran parte tantos trabajos, porque introducida en aquella gente, con la santa fe la vida civil y política, lo pasan un poco mejor los Misioneros, y la piedad de muchos caballeros les provee de algunas cosas con que ocurrir á las necesidades domésticas.

Y ahora entiendo con cuánta razón claman los Superiores de esta provincia á nuestros Padres generales, diciendo que no es esta vocación de cualquiera, sino de hombres solamente de virtud muy grande y bien probada. Y á la verdad, uno entre otros engaños en que vivía cuando en Europa ardía en deseos encendidos de venir á Indias, era persuadirme que para un Misionero Apostólico de estas partes, bastaba tener un gran celo de las almas; pero quien leyere esta relación, hallará que son más las ocasiones de ejercitar la interna abnegación del ánimo, la paciencia, la humildad y la mortificación en sí mismo, que el celo de las almas con los otros, cuando yo refiero aquí poco más que trabajos corporales, que son la menor parte de los que se ofrecen que sufrir.

Por tanto, quiero poner aquí una carta que me escribió un compañero mío, á quien lloro y reverencio á un tiempo, el cual, con otros cuarenta y tres de la Compañía que conducía á la provincia de Quito, su procurador general Padre Nicolás de la Puente, por impenetrables consejos de Dios, se ahogó en el navío Caballo Marino que se fué á pique el año de 1717. Dice, pues así:

«La circunstancia de que quizás no nos volveremos á ver más en Europa, me anima á escribir ésta á mi hermano, que espero le hallará en Cádiz, á fin de darle el último vale, y con el corazón un humilde abrazo, alegrándome, juntamente con el más vivo de mis afectos, por su ya próxima suerte de dejar este mundo engañoso de acá y de ir en busca de otro mejor, ó para mejorarlo. Conozcamos, hermano mío carísimo, nuestra fortuna, la cual estoy por decir que es la mayor de cuantas Dios puede conceder á sus escogidos. ¿Y qué? ¿Por ventura es cosa de poca monta vivir desconocido, y si tengo de decir la verdad, despreciado de todos, ó á lo menos poco estimado? ¡Oh, afortunados nosotros, si de cosa tan grande fuéramos participantes! ¡Ánimo, hermano mío muy amado! ¡aliento, vamos, vamos! mas ¿dónde? á las Indias, esto es, al Calvario. ¿A qué fin? A coronarnos, sí, pero de espinas; á descansar, sí, pero sobre una cruz. Aquí acabo, porque desde aquí deben comenzar los deseos de un Jesuita indiano. Pidamos á Dios y á su Madre Santísima que destierre de nuestro corazón todo otro afecto y no deje en él sino el ardientísimo deseo de padecer por amor de quien nos amó hasta dar por nosotros la vida.»

CAPÍTULO VII

Fervor y virtud de la nueva cristiandad, premiada de Dios Nuestro Señor con muchos sucesos milagrosos.

Eran verdaderamente grandes, como hemos visto, los trabajos y fatigas de los Padres en domesticar este inculto campo de la gentilidad; pero no obstante eso, les parecía nada, aunque hubieran sido sin comparación mucho mayores, viendo cuán bien prendía y se lograba la semilla de la predicación evangélica, y cuán presto se sazonaba en frutos dignos del Paraíso; mas en esto no quiero yo poner nada de mío, sino sólo hacer hablar á los mismos sembradores de esta semilla, que se maravillan de ello y se dan el parabién con júbilos de incomparable consolación.

«En el conocimiento de Dios (dice uno de ellos) y en la observancia de la ley divina, se puede con toda verdad, sin rastro de encarecimiento, afirmar que esta selva de bestias y de vicios es ahora un retrato de la primitiva Iglesia. Bendigo infinitamente las santas llagas del Redentor (dice otro) que comparada la vida pasada y presente de esta gente, son ahora tan diferentes de sí mismos, cuando eran idólatras, que parecen en cierta manera reengendrados en la inocencia original.»

Añade el P. Sebastián de Samartín, Superior que fué de aquellas Reducciones:

«Todo se puede sufrir por ellos, por el afecto que tienen á la fe, á la devolución y á lo que es Dios ó de Dios.»

Pero más por extenso habla el Padre Misionero de la Reducción de San Joseph de la piedad de su pueblo, en la Cuaresma del año de 1705.

«No es fácil de decir el fervor que estos santos días mostraron los nuevos cristianos en las cosas de Dios; oían la paladra de Dios con gran gusto y no con menor fruto y compunción, de suerte que me parecía estar entre españoles muy piadosos. El acto de contricción que se usa al fin de los sermones, le hacían con tanto sentimiento, que lloraban muchísimo. El cual mostraron también en la disciplina larga verdaderamente no poco, pero no tanto que satisfaciese á su fervor, por lo cual costaba mucho el hacerles cesar, pidiendo á gritos misericordia á Nuestro Señor, y repitiendo fervorosísimos actos de contricción y propósitos de no ofender más á su Divina Majestad, principalmente en su innato vicio de la embriaguez, del cual, con el favor de Dios, se han olvidado totalmente, pero donde se conocía más claramente su piedad y el verdadero dolor y arrepentimiento de sus culpas, era en el acto de la confesión sacramental á que se llegaban llorando tan amargamente que me sacaban lágrimas á los ojos y me llenaban de increíble consuelo, dando gracias á la Divina Misericordia que obra en gente de suyo tan bárbara y nueva en la fe tan prodigiosos efectos.»

Así aquel Misionero que prosigue diciendo otras mil cosas de bondad y devoción de sus cristianos, que sirven de no pequeña confusión y rubor á quien ha nacido y vivido en el gremio de la Santa Iglesia.

Bien que por lo que toca á la pureza de su conciencia dan otros Misioneros relación más distinta, diciendo que hacen mucho escrúpulo de retener cosa ajena por pequeña que sea, que muchas veces apenas se les halla materia suficiente para la absolución; que luego que sienten el menor remordimiento de cualquiera culpa, por ligera que sea, y sólo en apariencia á veces, corren volando á llorarla delante de Dios y pedir remedio á sus ministros, aunque estén actualmente ocupados en las labores del campo, ó de noche reposando, y singularmente se refiere de una buena mujer que pareciéndole aún esto poca parte para mantenerse inocente, importunó tanto al cielo con sus plegarias para que la pusiese donde estuviese más segura de manchar su alma, que al fin logró feliz despacho de sus súplicas, porque el día solemne de la Ascensión, asaltada de un accidente casi repentino, recibidos todos los Sacramentos, fué por la muerte á gozar la gracia que deseaba.

Ni esta inocencia es solamente de algunos á quien Dios Nuestro Señor mira con ojos más piadosos, y cuyas almas fortalece con mayor copia de bendiciones celestiales, sino que es común en todas las Reducciones, á lo menos en lo exterior, porque algunos de los regidores del pueblo tienen por oficio sindicar las costumbres de los demás, y cuando tal vez alguno, por sugestiones de la carne se rinde al vicio sensual, vistiéndole primero de penitente, le hacen confesar su culpa y pedir perdón á Dios en medio de la iglesia, de donde llevado á la plaza, le azotan ásperamente delante de todos.

Pero no me causa tanta maravilla la penitencia que estos culpados hacen, siendo descubiertos por ajenas diligencias, cuanto la sincera confesión de un Cathecúmeno y de una india. Supo aquél que un cristiano había sido castigado con el rigor que he dicho, y parecióle tan bien esta justicia, que instantáneamente suplicó se usase con él de semejante castigo, porque yo, dijo, soy reo del mismo pecado; y la india, habiendo caído secretísimamente en una fragilidad, no paró hasta que con gran sentimiento manifestó su culpa á los Regidores, pidiéndoles con muchos ruegos y súplicas se ejecutase en ella el público castigo, afirmando que le movía á hacer esto la ofensa cometida contra Dios, y el no haber seguido los ejemplos de tantos que habían resistido al incentivo de la carne con la consideración de la presencia de Dios que en todas partes asiste, con la memoria de las penas eternas del infierno y con los otros medios que les han enseñado los Padres.

Y lo que es más en unos bárbaros hechos á vivir en su libertad sin frenos de castigos y penas, que ninguno de ellos se siente de esta severidad que se usa para corregir sus deslices. Mas lo que parece milagro es que los Chiquitos de tal suerte han depuesto las enemistades con los confinantes, mamadas con la leche, fomentadas del genio, defendidas con las armas y hechas implacables con la sangre derramada, que cuando antes no podían sufrir ni aun ver á sus enemigos en el mundo, ahora están con ellos en una misma Reducción, viven en una misma casa y comen á una mesa, convirtiendo los odios y rencores en otro tanto amor de unos con otros, como si no tuvieran otro padre que á Dios y todos fueran una familia de Jesucristo.

Esto pudiera parecer lo sumo de la virtud en unos cristianos nuevos si no hubieran pasado adelante á dejarse despedazar á gusto de los gentiles, por no faltar, como á ellos les parecía en un punto, á la santa ley de Dios. Oyeron ellos que Dios mandaba no se volviese mal por mal, y que á los ultrajes é injurias, aun en la vida, no se respondiese sino con mansedumbre y sufrimiento.

A poco tiempo fueron algunos neófitos (como adelante diremos) á buscar infieles para reducirlos al conocimiento de Dios, y encontrándose de improviso con una Ranchería, los paisanos dieron sobre ellos con sus macanas y flechas; pero los cristianos, aunque muy animosos y bien pertrechados de armas con que fácilmente se hubieran podido defender, no obstante, por no hacerles mal alguno, se dejaron quitar las vidas.

Otros, habiendo salido á otra empresa semejante, ni aun quisieron llevar armas consigo, y entrando en una tierra enarbolaron en ella la imagen de Nuestra Señora, exhortando á la gente la hiciese reverencia; pero la respuesta que tuvieron fué ver caer sobre sí una tempestad de saetas, de que muchos quedaron allí muertos. Supieron esto los Misioneros y lloraron de consuelo pareciéndoles un prodigio de la gracia en una nación tan soberbia y vengativa.

Y á la verdad, afecto tan tierno á las cosas de Dios, horror tan grande al pecado y á todo lo que huele á vicio, se debe atribuir á la santa vida que observan y á los contínuos ejercicios de piedad que todos, indiferentemente, sin distinción de sexo ni condición, practican.

Tres veces al día, al romper del alba, á medio día y á la noche, juntos los niños y las niñas cantan á coros distintos gran número de oraciones y decoran de memoria lo que el Misionero les ha explicado del Catecismo.

Todos los días de fiesta se junta el pueblo á oir algún punto de la doctrina cristiana ó sermón, después de haber cantado solemnemente la misa. Al levantarse y acostarse se encomiendan á Dios, á la Reina de los Ángeles y al Santo Ángel de la Guarda, con devotas oraciones que en bautizándose aprenden; de otras usan al entrar en la Iglesia y cuando el Sacerdote eleva la Sagrada Hostia ó el Cáliz. Antes de sentarse á comer echan en pie la bendición, y fuera de eso no comen ninguna vianda fuera de la mesa sin que primero la bendigan con la santa cruz. Cuando son admitidos á la participación de los divinos misterios, no es fácil de explicar con cuánta devoción y tiernos coloquios se llegan á comulgar y cuánto después procuran mantener su corazón puro y limpio de toda mancha de pecado.

Pudiera traer muchos ejemplos en confirmación de esto, pero por no causar fastidio á los lectores, me contentaré con referir uno sólo. Deseaban ciertos mozos recibir el Pan de los Ángeles; mas el Padre les dió á entender que no se lo concedería jamás si primero no corregían y enmendaban cierta libertad que tenía algún resabio de gentilismo; ellos, sin otra diligencia, obedecieron luego; y aunque les costaba no poco, se enmendaron totalmente de la dicha costumbre. Preguntóles después si habían vuelto á recaer y admirándose mucho, respondieron que cómo era posible ofender á su Señor después de haberle dado acogida en su corazón.

Pero cuando estas Reducciones parecen un paraíso (dice un sujeto que las ha visto), es por la noche, cuando todos cantan las cosas de nuestra Santa fe, puestas en cierto modo de música muy llano, lo cual hacen los niños y niñas en las calles públicas al pie de las cruces, y los hombres en sus casas y en lugar separado de las mujeres; después rezan el rosario y concluyen esta devota función con cánticos en alabanza de Cristo Señor Nuestro, y de su Santísima Madre Nuestra Señora la Virgen María, á quien profesan afecto tiernísimo, no llamándola con otro título que de Madre; todos los sábados y las vísperas de las festividades consagradas á su nombre, cantan la misa á son de instrumentos músicos, cuales se usan entre ellos, y jamás van á trabajar al campo ó vuelven de su labor sin que primero entren en la iglesia á hacer oración delante de su imagen.

Lo mejor de sus pobres haberes emplean en servicio de esta Señora, y quieren antes ser pobres que faltar un punto en su culto; y una vez que un Padre quería que vendiesen la cera de las abejas llamadas Opemús, que es blanquísima, y la mejor, le respondieron resueltamente: «No quiera Dios que se expenda en provecho nuestro lo que hemos ofrecido á su Madre Santísima, pues si nosotros nos privamos de esta cera por amor suyo, á ella le tocará socorrer nuestra pobreza.»

Finalmente, para última prueba de la devoción de estos nuevos cristianos, daré noticia de ciertas precesiones públicas suyas, las cuales, si á algunos parecieren menudencias de que no se debe hacer caso, digo que en otros pudiera parecer así pero no en gente para quien fué necesario un oráculo del Vaticano para creer que eran capaces de la ley de Dios: «Pues los primeros descubridores de las Indias juzgaron falsa y temerariamente que no eran racionales sino brutos, incapaces de razón; y fundados en este error los españoles de la isla de Santo Domingo y las demás, teniéndolos por animales, los cargaban tres y cuatro arrobas acuestas, los sacaban y llevaban muchas leguas y esta opinión se entendió después con harto daño de los naturales, de suerte que en Nueva España, juzgándoles imprudentemente por bestias con forma humana, los trataban como si lo fueran, negando, por el consiguiente, ser capaces de la Bienaventuranza y de los Santos Sacramentos, y llegó á tanto esto, que obligó á D. Fr. Juan Garcés, primer Obispo de Haxcala, Dominico, año 1636[V.] á escribir una carta llena de piedad y erudición, informando la verdad al Sumo Pontífice Paulo III, quien con Breve y Bula especial, definió y declaró á los indios por hombres racionales y capaces de la fe católica, como todas las demás naciones de la Europa y de todo el mundo: Indos ipsos utpoté veros homines, non solúm christianæ, fidei capaces existere decernimus et declaramus, etcétera.[VI.] Siendo, pues, tales los indios, que ha habido quien los haga irracionales, aun á los menos bárbaros, y siendo estos Chiquitos unos de los de la clase de los más bárbaros (P. Acosta in Proœm. ad lib. de Procur. Indor, salute, según lo que enseña el P. Joseph Acosta, D. Juan Solorzano, Lib. de Politic. Indian. capítulo 9, pág. 41, y el ilustrísimo señor Obispo de Quito D. Alonso de la Peña Montenegro, libro 2 del Itinerario in Prologo, página 141 y otros muchos autores) nadie tendrá por cosa de menos monta estas señales exteriores de devoción que ya refiero.»

La noche, pues, del Jueves Santo, después de haber oído un fervorosísimo sermón de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, se visten un hábito acomodado á la tristeza de aquel santo tiempo; y para imitar al Redentor penando, llevan algunos á cuestas cruces muy pesadas; otros se ciñen de agudas espinas la cabeza; quién atadas atrás la manos, va arrastrado por tierra; quién derecho con los brazos extendidos en forma de cruz, los más se azotan ásperamente con terribles disciplinas; cierra la procesión una tropa de niños que de dos en dos llevan los instrumentos de la Pasión del Señor.

Después, al pie de un devoto Crucifijo puesto delante del santo sepulcro, todos por su orden, con lágrimas de tiernísimos sentimientos en los ojos, le ofrecen los frutos de sus sementeras, «llenándose entre tanto (dice un Misionero) de consuelo nuestros corazones al ver postradas estas almas delante del Divino Cordero que las rescató con su sangre; las cuales poco antes andaban como fieras descarriadas y perdidas por las selvas.»

La otra procesión hacen el día del Corpus, á la cual convidan las naciones confinantes de los gentiles; componen, pues, las calles lo más ricamente que á su pobreza es posible, y en lugar de tapices recamados de oro ó de colgaduras de damasco, adornan con ingenioso artificio las fachadas de las casas de ramos de palma, hermosamente enlazados unos con otros; á las cabeceras de las calles levantan arcos triunfales que visten de cuanto hermoso y florido hay en sus huertas y bosques; lo mejor de los aderezos y bordaduras labradas hermosa y delicadísimamente de plumas, lo pone cada uno delante de su casa; y á fin de que todas las criaturas, aun irracionales, rindan homenaje y tributo de reverencia al común Señor de todas, salen días antes á caza de pájaros y de fieras, aunque sean tigres y leones, y bien atados los ponen en el camino por donde ha de pasar el Santísimo Sacramento, y juntamente arrojan por el suelo el maíz y las demás semillas de que han de hacer sus sementeras para que sea bendito de Dios y las haga multiplicar á la medida de su necesidad; pero lo mejor de esta devotísima fiesta es la tiernísima devoción y fervor con que acompañan aquel trabajo á gloria de su Criador.

Y no piense nadie que Dios Nuestro Señor se deja (á modo de decir) vencer de la piedad de estos sus nuevos fieles, antes bien parece, por decirlo así, que ha andado con ellos á competencia, de suerte que, cuanto ellos más se emplean en su servicio, tanto más les retorna y recompensa con beneficios, porque como por experiencia sabemos, suele ser sobremanera amoroso y benéfico en la primera formación de aquellos, que escoge para cimientos de alguna nueva Iglesia entre infieles y usa más largamente en provecho suyo de sus bendiciones, no sólo en las necesidades espirituales, sino también en las corporales.

Perdíanse una vez los sembrados por falta de agua, y apenas la pidieron los neófitos, cuando rompió en abundantísimas lluvias.

Hacía gran estrago en la gente del pueblo de San Rafael una pestilencia; corrió luego el pueblo á la iglesia á pedir á Dios misericordia, y al punto cesó el contagio, de suerte que ninguno de los tocados de él murió en adelante, ni de los sanos enfermó alguno.

Había también aquí gran carestía de víveres, por cuya causa algunas buenas mujeres representaron á Dios su necesidad, diciéndole la una: «Señor y Dios Nuestro Jesucristo, dadnos qué comer, porque si no nos morimos.» Y otra: «Señor ¿queréis que me muera? Mirad que me estoy cayendo de hambre», y aquel año fueron abundantísimas las cosechas.

Habían de ir al monte los cristianos del pueblo de San Juan Bautista á hacer provisión de carne, pero por no haberse concluído la fábrica de la iglesia se quedaron trabajando por acabarla de fabricar con toda perfección, fiándose de Dios que los proveería como de hecho sucedió, porque de allí á poco salieron del bosque muchos jabalíes en tropas; y para que claramente se conociese que era cosa de Dios, se pararon junto á la Reducción, para que la gente pudiese á su salvo matar los que eran suficientes para socorrer á su necesidad.

Pero sería nunca acabar si quisiésemos referir una por una las finezas que Dios Nuestro Señor ha usado con ellos. Sea solamente última prueba de ellas que estiman más estos neófitos un rosario que cualquiera otra cosa, por hermosa y preciosa que sea, y con razón, porque le sirve de un seguro reparo y escudo en las desgracias y peligros que encuentran en sus caminos; y los nombres santísimos de Jesús y de María, los han librado muchas veces de evidentes riesgos de ser hechos pedazos de las fieras. Referiré un solo caso, digno entre los otros de particular memoria.

Andaba á caza por un bosque cierto cristiano llamado Diego, digno de ser nombrado por la santa vida que observaba, cuando de improviso vió venir hacia sí una tigre que andaba también por allí á caza, y no se podía escapar el indio sin que ella le despedazase; antes le acometió con tan gran furia para despedazarlo, que no le dió lugar más que á invocar los poderosos nombres de Jesús y de María, á cuya invocación la fiera, que ya le tenía entre sus garras, le soltó y se volvió hacia atrás sin hacerle otro daño que unos rasguños bien ligeros en la cara y en los brazos para memoria del milagro y del beneficio de haber recibido segunda vez la vida de mano de la Santísima Virgen; porque habiendo enfermado poco antes y no podido sanar por más medicinas que, según la posibilidad, se le habían aplicado, sólo se afligía por no poder ayudar á la fábrica de la Iglesia; volvióse, por tanto, á la Madre de misericordia, pidiéndola con instancia la salud, y al día siguiente, libre de toda enfermedad, se fué á trabajar á la obra, predicando con las palabras y mucho más con el ejemplo, la devoción con la reina del cielo.

Esta merced fué en provecho de uno solo; pero otra fué hecha á un pueblo entero en señal de agradecimiento. Retirábanse una noche, acabado de rezar el rosario, á sus casas, cuando de repente descendió del cielo un globo de luz que esparció por el contorno sus rayos y llenó á un mismo tiempo sus corazones de júbilo y reverencia; y que esto fuese cosa más que natural lo demostraron los efectos causados en aquella santa cristiandad.

Verdad es que, como siempre sucede, entre tantos buenos no faltaban algunos malos y perversos que hacían más aprecio del cuerpo que del alma; pero Dios Nuestro Señor usó con ellos del poder de su brazo omnipotente, ya ablandando durísimos pecadores con modos extraordinarios y singulares, ya castigando tal vez con los azotes de su justicia á los obstinados que á buenas no se rendían, haciendo con eso que otros que lo veían abrazasen la ley de Dios.

Referiré aquí algunos pocos sucesos de estos más dignos de memoria. Y sea el primero un cierto indio llamado Santiago Quiara, el cual, llevando mal el apartamiento de una concubina suya que había dejado en el bautismo, volvió á admitirla en su casa. Pero luego le fué Dios á la mano con una enfermedad que, privándole de la luz del cuerpo, desterró de su alma las tinieblas del pecado. Hiciéronsele, pues, dos nubes en los ojos que creciendo poco á poco le privaron totalmente del uso de ellos; y por más que la caridad de los Padres se fatigó en aplicarle remedio, no pudo aprovecharle de nada. Con esto entró dentro de sí el doliente, y adivinando que la causa de esta desventura no era otra cosa que sus pecados, se volvió con mejor consejo al médico divino, suplicándole vivamente le diese remedio, no tanto á él, que no lo merecía, cuanto á su familia, que alrededor de él lloraba sin tener un bocado de pan que llevar á la boca. Estando una noche en su casa examinando sus pecados y pensando en las miserias de su vida, prorrumpió en esta fervorosísima súplica á Cristo, Señor Nuestro, y á su beatísima Madre.

«Oh, Jesús mío, tened misericordia de mí (así puntualmente lo refirió él á todo el pueblo, á quien por orden de los Padres manifestó su milagrosa curación). Oh, Jesús mío: aunque no lo merezco, perdonadme mis pecados, y restituidme el uso de mis ojos; reconozco, Señor, y confieso que este trabajo es justísimo castigo de mis culpas; pésame en el alma de haberlas cometido, y propongo de nunca jamás volver á caer en ellas. Virgen María Madre de Dios y mía, aplacad la indignación de vuestro Santísimo Hijo y alcanzad á mi alma el perdón de mis pecados y á mi cuerpo la vista perdida. ¡Oh, Dios y Padre mío! movéos á misericordia y pues podéis tan fácilmente, concededme la gracia que os pido, que yo prometo de jamás ofenderos en adelante, y de observar perfectamente, con la diligencia que me fuere posible, vuestra ley santa.»

Mientras así estaba llorando delante de Dios, oyó una voz, como de quien estaba enojado, que hablaba con él y le decía:

«Por tu amancebamiento y por las confesiones mal hechas, te ha sobrevenido esta desgracia.»

Al oir estas palabras, que le penetraron hasta el alma, salió como fuera de sí, y en aquel punto se vió cercado de una luz tan bella, que la del sol, en su comparación, era muy tenue y despedía una fragancia tan suave é incomparable con ninguna cosa odorífera de la tierra, que manifiestamente se conocía que era don del cielo; sus carnes se le pusieron tan delicadas como de un niño recién nacido, y se movía con tanta agilidad como si estuviera despojado de la pesada carga del cuerpo.

Respondió entonces el hombre, deshaciéndose en lágrimas de consuelo y juntamente de dolor:

«Confieso, Padre y Señor mío, mis pecados, que dejé mi legítima mujer y me volví á mi antigua amistad, de que fuertemente me pesa. Así es (oyó que le replicaban) confiésate y haz penitencia de tus culpas.»

Desapareció la visión; y vuelto en sus sentidos, se halló perfectamente sano.

Pero mirando la fealdad de su cuerpo y la vileza de este mundo comparada con lo que había visto y gozado, deseaba haberse verdaderamente muerto, y no sólo en apariencia, sino en realidad para continuar en el gozo de tanto bien, y se ponía las manos sobre los ojos, que bellos y claros había recobrado, para que no fijasen la vista en las miserias de acá abajo; y hasta hoy día, cuando se pone á pensar en este su éxtasis ú otro alguno se le trae á la memoria, no puede contener las lágrimas y sollozos.

Fué notable el fruto que causó este milagroso suceso; apenas quedó hombre de conciencia que no ajustase de nuevo todas las partidas con Dios con una confesión general; pero quien experimentó mayores los efectos fueron los dos pueblos de San Joseph y de San Francisco Xavier, que muchas veces le habían consolado y servido en aquella enfermedad.

La mudanza de vida que hizo este afortunadísimo neófito, fué la que se podía esperar de la gracia del Espíritu Santo, que le había tan abundantemente entrado en su corazón.

No fué menor el efecto (aunque sí diverso el modo) de convertir á un hechicero y gran familiar del demonio. Este, pues, sacado del monte donde vivía como bruto por el infatigable celo del P. Lucas Caballero, apenas había puesto el pie en la reducción de San Joseph, cuando cayó enfermo; é imaginando que aquellos dolores eran otros lamentos y súplicas de su alma, hambrienta de los placeres y deleites pasados, se condenó á sí mismo de demasiado ligero, y poco á poco se volvió á sus pensamientos antiguos, y en sus deseos se volvió infiel en su corazón, ó por mejor decir, bestia.

Una noche, pues, ardiendo más en tales deseos, que con la fiebre que interiormente le abrasaba, sintió que se acercaba una como multitud de gente que hacía gran estruendo y ruido, y era una cuadrilla de demonios que huía de la iglesia maldiciendo aquel santo lugar y á los neófitos que en él se estaban disciplinando, y llegándose á su choza le dijeron:

«Mira, mira cómo se azotan los indios; ¿no ves con cuánta razón te predicamos que no te dejes engañar de las patrañas de estos malvados? (decíanlo por los Padres); líbrate tú de esto volviéndote á tu bosque, porque sino descargaremos sobre tus espaldas los mismos azotes.»

El indio enfermo no vió á los demonios, sino sólo una sombra espantosa de donde salía tan perversa admonición. Pero erraron esta vez, como otras muchas veces, sus tiros los demonios porque en lugar de salir con sus intentos, perdieron la presa; llenóse el miserable todo de pavor, y miedo, porque el corazón le decía que esta era cosa del infierno, y no sabía cómo echarlos de sí; había oído decir que los dulcísimos nombres de Jesús y de María tenían poder contra esta canalla, pero no se ofrecían á la memoria, hasta que después de mucho trabajo se le ofrecieron y los pronunció: entonces los demonios, como si se viniese abajo toda la casa, huyeron con gran furia, y él, curado en el alma de sus liviandades, entró por el camino de la salvación, con más firmes propósitos y más seso que antes; y con tal mudanza y arrepentimiento de sus yerros, que estando aún con la fiebre se levantó de la cama y fué corriendo á echarse á los piés del P. Caballero, y con más lágrimas que palabras le pidió el santo bautismo.

Estos dos casos que he referido no fueron más que visiones, una de consuelo y otra de terror, para mejorar el alma á los dos á quienes se mostraron. Más caro les costó á los dos siguientes el obstinarse contra las saludables admoniciones de los Misioneros:

El primero, cristiano recién bautizado, enfadado de vivir como hombre y en la ley de Cristo, en el pueblo de San Rafael, se huyó entre los infieles, y como es tan violento el vivir sin ningún gusto, no gustando él ya más de Dios, le fué fácil al demonio inducirle á tomar otro deleite, y le ofreció al punto ocasión cómoda y oportuna en una mujer de mala vida, con quien había estado mal amistado en su gentilidad.

El Misionero de aquella Reducción, que con sus sudores había ganado aquella alma para Dios, envió al punto tras él á algunos fervorosos cristianos, que habiéndole alcanzado en una Ranchería de infieles, le reconvinieron con la promesa que había hecho á Dios en el bautismo y con la palabra que había dado á los Padres de quedarse en el pueblo de San Rafael. Él, disimulado, los recibió con una falsa alegría en el semblante y con palabras fingidas, que ya tenía premeditadas; y, ó porque esperase apartarlos de la fe y hacerles renegar ó porque pensó por entonces contemporizar con ellos, les quiso prevenir un expléndido banquete; para eso se fué á caza, y habiendo muerto un animal, mientras alegre y contento pensaba cómo llevar al cabo su designio, oyó hacer gran ruido detrás de sí, como de quien quería embestir á otro; helósele la sangre con el susto al miserable, y tenía razón, porque era una víbora de desmedida grandeza que venía á dar sobre él y matarle; vuelto en sí y cobrando aliento, levantó la macana y la detuvo con un golpe. Irritada de esto la víbora, procuró con más furia agarrarle por el pescuezo; retiróse él hacia atrás queriendo evadir el salto con otro golpe; mas por su desgracia se le cayó de la mano la macana y con ella aquel poco de ánimo que en tan peligroso lance le alentaba; pero como el amor de la vida es muy ingenioso en hallar trazas y valerse de todo para mantenerla, echando mano al arco y al carcax de las flechas que traía atados á la cintura, se reparaba lo mejor que podía de la furia de la bestia; sudaba mucho entretanto, daba altísimos gritos y pedía socorro, pero en vano, porque no había nadie que pudiese ayudarle; por lo cual desesperado de poder escapar con la vida de tan obstinada contienda, no teniendo más fuerzas para resistir, quería ya rendirse á discreción del enemigo, á no haber sucedido con gran ventura del miserable, que tirando la víbora á cogerle por la garganta, dió con la suya sobre la punta de una saeta y se hirió malamente, con que acobardada y cansada se paró algún tanto y dió tiempo al apóstata para salvarse huyendo; el cual, casi fuera de sí, llegó á la Ranchería, y referido el suceso, los infieles le interpretaron como les hacía más al caso; pero los cristianos, más advertidos, adivinaron sabiamente que esto le había sucedido, no tanto para peligro del cuerpo, cuanto para aviso del alma, según su necesidad; porque llamado y admitido de Dios á ser su hijo por el santo bautismo le había después feamente dejado, volviéndose á vivir entre gentiles.

Cuadró á todos la interpretación, pero singularmente al apóstata, á quien el remordimiento de la conciencia le decía lo mismo á su corazón con más eficacia; por lo cual, sin detenerse, fué con todos los infieles que allí había derechamente á San Rafael; éstos para alistarse en el número de los Cathecúmenos y aquél para enmendar y satisfacer con la penitencia su pecado, como lo hizo, viviendo de allí en adelante en temor de Dios y con honestidad ejemplar.

Más terrible aún fué el modo con que otro entró en juicio y cobró aprecio de las cosas de su alma: Habíase reducido á nuestra Santa fe en el pueblo de San Joseph un gentil, y en el bautismo había dejado una amiga, con quien antes había vivido en el cieno de muchas deshonestidades; pero duróle poco tiempo este buen propósito y este retiro y resistencia á los placeres y gustos de la carne, porque habiéndose encontrado con la amiga antigua, su vista le abrasó otra vez el corazón y le encendió los deseos primeros; después, para que ninguno le fuese á la mano en sus deshonestidades, tramó secretamente la fuga con otras tres mujeres de sus mismos intentos y se escondió en un bosque; de suerte que por mucho que otros indios de mejor conciencia los buscaron, por orden de los Padres, jamás le pudieron encontrar.

Entonces uno de los Padres Misioneros echó de ver que aquel no era mal que se había de curar sino con el remedio de algún extraordinario auxilio de la Divina Misericordia. Por esto empezó á llorar amargamente por aquel ciego miserable, y tantas súplicas hizo á la beatísima Trinidad, y á la Reina del cielo y á las santas almas del purgatorio, que se le cumplió su deseo con modo bien singular, porque mientras él festejaba sus brutales deshonestidades, estando el cielo serenísimo, sin la menor señal de tempestad, estalló un terrible trueno en medio del aire, y tras él se despidió un rayo que vino á dar á sus piés; y el indio, ó por furia del rayo ó por el miedo que tenía, cayó en tierra como muerto. De aquí vuelto en sí, después de gran rato y abriendo los oídos á aquel llamamiento de Dios, lleno de susto y pavor de que no le sucediese cosa peor, se dió á llorar amargamente su pecado; tomó en las manos el rosario que traía al cuello, empezó á pedir piedad y misericordia á Dios prometiendo ser totalmente otro en adelante, constante y leal en su servicio, y al punto puso en ejecución su propósito, retirándose al pueblo de San Francisco Xavier, porque no tuvo ánimo de volver á San Joseph y porque la vista de su amiga no le despertase el apetito. Dios se la quitó de delante con una enfermedad, en que arrepentida de sus culpas y deshaciéndose en lágrimas de contricción y arrepentimiento, sin permitir que jamás entrase su galán en su Rancho, pasó con grande esperanza de su salvación á la otra vida; con que ella difunta, volvió él á su Reducción, donde comenzó nuevas obras y entabló nueva vida, que prosiguió con tanto contento y gozo de su espíritu, que jamás en adelante volvió á los torpes y brutales gustos de la carne.

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