PEQUEÑO POEMA DE CARNAVAL
Reading edition


A Madame Leopoldo Lugones.
HA MUCHO QUE LEOPOLDO me juzga bajo un toldo de penas, al rescoldo de una última ilusión. O bien cual hombre adusto que agriado de disgusto no hincha el cuello robusto lanzando una canción. Juzga este ser titánico con buen humor tiránico que estoy lleno de pánico, desengaño o esplín, porque ha tiempo no mana ni una rima galana, ni una prosa profana de mi viejo violín. Y por tales cuidados me vino con recados, lindamente acordados, que dice que le dió primavera, la niña de florida basquiña a quien por la campiña harto perseguí yo. No hay tal, señora mía. Y aquí vengo este día, lleno de poesía, pues llega el Carnaval, a hacer sonar en grata hora, lira de plata, flauta que olvidos mata, y sistro de cristal. Pues en París estamos, parisienses hagamos los más soberbios ramos de flores de París, y llenen esta estancia de gloria y de fragancia, bellas rosas de Francia y la hortensia y la lis. ¡Viva la ciudad santa —de diabla que es—que encanta con tanta gracia y tanta furia de porvenir; que es la única en el mundo donde en sueños me hundo con lo dulce y profundo del gozo del vivir! Viva, con sus coronas de laurel, sus sorbonas, y sus lindas personas pérfidas como el mar; viva, con «gamin» listo estudiante y aristo, y el gallo nunca visto y el gorrión familiar. Yo he visto a Venus bella, en el pecho una estrella, y a Mammón ir tras ella que con ligero pie proseguía adelante, parándose delante

del fuego del diamante de la rue de la Paix. Creí tras los macizos de un jardín, los carrizos oir, llenos de hechizos, de la flauta de Pan. Reía Primavera de la canción ligera: el griego dios no era. Era el pobre Lelián. Y ahora, cuando empache la fiesta, y el apache su mensaje despache a la Alegría vil, dará púrpura a Momo en un divino asomo escapada de un tomo la sombra de Banville. Las musas y las gracias vuelven de las acacias con sus aristocracias doradas por el luis; y el avaro de Plauto o Molière, irá incauto tras las huellas del auto al café de París. Pero todo, señora, lo consagra y decora, lo suaviza y lo dora la mágica ciudad hecha de amor, de historia, de placer y de gloria, de hechizo y de victoria, de triunfo y claridad. ¡Vivan los Carnavales parisienses! Los males huyen a los cristales de la viuda Clicquot. ¡Y pues que Primavera quería un canto, fuera la armoniosa quimera que llevo dentro yo! Y de nuevo las rosas y las profanas prosas vayan a las hermosas, al aire, al cielo, al sol: vaya el verso con alas y la estrofa de galas y suenen cosas galas con el modo español. Así verá Lugones cómo las ilusiones reviven a los sones del canto fraternal, y brota el tallo tierno en otoño o invierno. ¡Pues Apolo es eterno y el arte es inmortal! Que mire nuestro Orfeo cumplido su deseo y que no encuentre un reo de silencios en mí, y para mi acomodo no emplee agudo modo, pues, «a pesar de todo», nuestro Hugo no era así. ¡Vivat Gallia Regina! aquí nos ilumina un sol que no declina; Eros brinda su flor, Palas nos da la mano mientras va soberano rigiendo su aeroplano Icaro vencedor. ¡Ah señora! yo expreso mi gratitud, mi exceso de gratitud, y beso tanto ilustre laurel. Celebro aulas sagradas, artes, modas lanzadas, y las damas pintadas y los maîtres d'hôtel. Y puesta la careta ha cantado el poeta con cierta voz discreta que propia suya es; y reencontró su aurora, sin viña protectora o caricia traidora de brebaje escocés. Sepa la Primavera que mi alma es compañera del sol que ella venera y del supremo Pan. Y que si Apolo ardiente la llama, de repente, contestará: ¡Presente, mi capitán!
