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Obras

CANCIONES

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EN VERSOS CORTOS

I

Culpa debe ser quereros,[393] según lo que en mí hacéis; mas allá lo pagaréis, do no sabrán conoceros, por mal que me conocéis. Por quereros, ser perdido pensaba, que no culpado; mas que todo lo haya sido así me lo habéis mostrado, que lo tengo bien sabido. ¡Quién pudiese no quereros tanto, como vos sabéis, por holgarme que paguéis lo que no han de conoceros con lo que no conocéis!

II

Yo dejaré desde aquí de ofenderos más hablando; porque mi morir callando os ha de hablar por mí. Gran ofensa os tengo hecha hasta aquí en haber hablado, pues en cosa os he enojado que tampoco me aprovecha. Derramaré desde aquí mis lágrimas no hablando; porque quien muere callando tiene quien hable por sí.

III

Acaso supo, a mi ver,[394] y por acierto quereros, quien tal yerro fue a hacer, como partirse de veros donde os dejase de ver. Imposible es que este tal, pensando que os conocía, supiese lo que hacía, cuando su bien y su mal junto os entregó en un día. Acertó acaso a hacer lo que si por conoceros hiciera, no podía ser partirse, y con solo veros dejaros siempre de ver.

IV

Pues este nombre perdí,[395] Dido, mujer de Siqueo, en mi muerte esto deseo que se escriba sobre mí: «El peor de los troyanos dio la causa y el espada; Dido, a tal punto llegada, no puso más de las manos.»

V

De la red y del hilado[396] hemos de tomar, señora, que echáis de vos en un hora todo el trabajo pasado. Y si el vuestro se ha de dar a los que se pasearen, lo que por vos trabajaren, ¿dónde lo pensáis echar?

VI

¿Qué testimonios son estos[397] que le queréis levantar? Que no fue sino bailar. ¿Esta tienen por gran culpa? No lo fue a mi parecer, porque tiene por desculpa que lo hizo la mujer. Esta le hizo caer, mucho más que no el saltar que hizo con el bailar.

VII

La gente se espanta toda[398] que hablar a todos distes, que un milagro que hecistes, hubo de ser en la boda. Pienso que habéis de venir, si vais por este camino, a tornar el agua en vino, como el danzar en reír.

VIII

Nadie puede ser dichoso; señora, ni desdichado, sino que os haya mirado. Porque la gloria de veros en ese punto se quita que se piensa mereceros. Así que, sin conoceros, nadie puede ser dichoso, señora, ni desdichado, sino que os haya mirado.

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