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Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca

NAVFRAGIOS

Reading edition

DE ALVAR NUÑEZ

CABEZA DE VACA;

Y

RELACION DE LA JORNADA,

QUE HIZO A LA FLORIDA CON EL ADELANTADO,

PANFILO DE NARVAEZ.

CAPITULO I. En que cuenta quando partiò el Armada, i los Oficiales, i Gente, que iba en ella.

A diez i siete dias del Mes de Junio de mil quinientos i veinte i siete, partiò del Puerto de Sant Lucar de Barrameda, el Governador Panfilo de Narvaez, con Poder, i mandado de V. Mag. para conquistar, i governar las Provincias, que estan desde el Rio de las Palmas, hasta el Cabo de la Florida, las quales son en Tierra-firme; i la Armada, que llevaba eran cinco Navios, en los quales, poco mas, ò menos, irian seiscientos Hombres. Los Oficiales que llevaba (porque de ellos se ha de hacer mencion) eran estos, que aqui se nombran: Cabeça de Vaca, por Tesorero, i por Alguacil Maior; Alonso Enríquez, Contador; Alonso de Solis, por Factor de V. Mag. i por Veedor; iba vn Fraile de la Orden de Sant Francisco por Comisario, que se llamaba Fr. Juan Suarez, con otros quatro Frailes de la misma Orden: llegamos à la Isla de Santo Domingo, donde estuvimos casi quarenta i cinco dias, proveiendonos de algunas cosas necesarias, señaladamente de Caballos. Aqui nos faltaron de nuestra Armada mas de ciento i quarenta Hombres, que se quisieron quedar alli, por los partidos, i promesas, que los de la Tierra les hicieron. De alli, partimos, i llegamos à Santiago (que es Puerto en la Isla de Cuba) donde en algunos dias, que estuvimos, el Governador se rehiço de Gente, de Armas, i de Caballos. Suscediò alli, que vn Gentil-hombre, que se llamaba Vasco Porcalle, Vecino de la Trinidad (que es en la misma Isla) ofresciò de dàr al Governador ciertos Bastimentos, que tenia en la Trinidad, que es cien Leguas del dicho Puerto de Santiago. El Governador, con toda la Armada, partiò para allá: mas llegados à vn Puerto, que se dice Cabo de Santa Cruz, que es mitad del camino: paresciòle, que era bien esperar alli, i embiar vn Navio, que truxese aquellos Bastimentos, i para esto mandò à vn Capitan Pantoja, que fuese allá con su Navio, i que Yo, para mas seguridad, fuese con èl, i èl quedò con quatro Navios, porque en la Isla de Santo Domingo havia comprado vn otro Navio. Llegados con estos dos Navios al Puerto de la Trinidad, el Capitan Pantoja fue con Vasco Porcalle à la Villa, que es vna Legua de alli, para rescebir los Bastimentos: Yo quedè en la Mar con los Pilotos, los quales nos dixeron, que con la maior presteçsa, que pudiesemos, nos despachasemos de alli, porque aquel era un mui mal Puerto, i se solian perder muchos Navios en èl; i porque lo que alli nos sucediò, fue cosa mui señalada, me paresciò, que no seria fuera de proposito, i fin, con que Yo quise escrevir este Camino, contarla aqui. Otro dia de mañana començò el tiempo à dàr no buena señal, porque començò à llover, i el Mar iba arreciando tanto, que aunque Yo dì licencia à la Gente, que saliese à Tierra, como ellos vieron el tiempo que hacia, i que la Villa estaba de alli vna Legua, por no estàr al Agua, i frio, que hacia, muchos se bolvieron al Navio. En esto vino vna Canoa de la Villa, en que me traìan vna Carta de vn Vecino de la Villa, rogandome, que me fuese allà, i que me darian los Bastimentos, que hoviese, i necesarios fuesen; de lo qual Yo me escusè, diciendo, que no podia dexar los Navios. A medio dia bolviò la Canoa con otra Carta, en que con mucha importunidad pedian lo mismo: i traìan vn Caballo en que fuese. Yo dì la misma respuesta que primero havia dado, diciendo, que no dexaria los Navios; mas los Pilotos, i la Gente me rogaron mucho, que fuese, porque diese priesa que los Bastimentos se truxesen lo mas presto que pudiese ser, porque nos partiesemos luego de alli, donde ellos estaban, con gran temor, que los Navios se havian de perder, si alli estuviesen mucho. Por esta raçon Yo determinè de ir à la Villa, aunque primero que fuese, dexè proveìdo, i mandado à los Pilotos, que si el Sur, con que alli suelen perderse muchas veces los Navios, ventase, i se viesen en mucho peligro, diesen con los Navios al travès, i en parte que se salvase la Gente, i los Caballos; i con esto Yo sali, aunque quise sacar algunos conmigo, por ir en compañia, los quales no quisieron salir, diciendo, que hacia mucha Agua, i frio, i la Villa estaba mui lexos, que otro dia, que era Domingo, saldrian, con el aiuda de Dios, à oìr Misa. A vna hora, despues de Yo salido, la Mar començò à venir mui brava, i el Norte fue tan recio, que ni los Bateles osaron salir à Tierra, ni pudieron dàr en ninguna manera con los Navios al travès, por ser el viento por la Proa; de suerte, que con mui gran trabajo, con dos tiempos contrarios, i mucha Agua que hacia, estuvieron aquel dia, i el Domingo, hasta la noche. A esta hora, el Agua, i la Tempestad, començò à crescer tanto, que no menos Tormenta havia en el Pueblo, que en la Mar, porque todas las Casas, i Iglesias se caieron, i era necesario que anduviesemos siete, ò ocho Hombres abraçados vnos con otros, para podernos amparar, que el viento no nos llevase; i andando entre los Arboles, no menos temor teniamos de ellos, que de las Casas, porque como ellos tambien caìan, no nos matasen debaxo. En esta tempestad, i peligro, anduvimos toda la noche, sin hallar parte, ni lugar, donde media hora pudiesemos estàr seguros.

Andando en esto, oìmos toda la noche, especialmente desde el medio de ella, mucho estruendo, i grande ruido de voces, i gran sonido de Cascaveles, i de Flautas, i Tamborinos, i otros Instrumentos, que duraron hasta la mañana, que la Tormenta cesò. En estas Partes nunca otra cosa tan medrosa se viò: Yo hice vna probança de ello, cuio Testimonio embiè à V. Mag. El Lunes por la mañana baxamos al Puerto, i no hallamos los Navios: vimos las Boias de ellos en el Agua, adonde conoscimos ser perdidos, i anduvimos por la Costa, por vèr si hallariamos alguna cosa de ellos; i como ninguno hallasemos, metimonos por los Montes, i andando por ellos vn quarto de Legua de Agua, hallamos la Barquilla de vn Navio puesta sobre vnos Arboles: i diez Leguas de alli, por la Costa, se hallaron dos Personas de mi Navio, i ciertas tapas de Caxas, i las Personas tan desfiguradas de los golpes de las peñas, que no se podian conoscer: hallaronse tambien vna Capa, i vna Colcha hecha pedaços, i ninguna otra cosa paresciò. Perdieronse en los Navios sesenta Personas, i veinte Caballos. Los que havian salido à Tierra, el dia que los Navios alli llegaron, que serian hasta treinta, quedaron de los que en ambos Navios havia. Asi estuvimos algunos dias, con mucho trabajo, i necesidad, porque la provision, i mantenimientos, que el Pueblo tenia, se perdieron, i algunos Ganados: la Tierra quedò tal, que era gran lastima verla: caìdos los Arboles, quemados los Montes, todos sin hojas, ni ierva. Asi pasamos, hasta cinco dias del Mes de Noviembre, que llegò el Governador con sus quatro Navios, que tambien havian pasado gran Tormenta, i tambien havian escapado, por haverse metido con tiempo en parte segura. La Gente, que en ellos traìa, i la que alli hallò, estaban tan atemoriçados de lo pasado, que temian mucho tornarse à embarcar en Invierno; i rogaron al Governador, que lo pasase alli; i èl, vista su voluntad, i la de los Vecinos, invernò alli. Diome à mi cargo de los Navios, i de la Gente, para que me fuese con ellos à invernar al Puerto de Xagua, que es doce Leguas de alli, donde estuve hasta veinte dias del Mes de Hebrero.

CAP. II. Como el Governador veno al Puerto de Xagua, i truxo consigo à vn Piloto.

En este tiempo llegò alli el Governador con vn Vergantin, que en la Trinidad comprò, i traìa consigo vn Piloto, que se llamaba Miruelo: havialo tomado, porque decia, que sabia, i havia estado en el Rio de las Palmas, i era mui buen Piloto de toda la Costa del Norte. Dexaba tambien comprado otro Navio en la Costa de la Habana, en el qual quedaba por Capitan Alvaro de la Cerda, con quarenta Hombres, i doce de Caballo; i dos dias despues que llegò el Governador, se embarcò, i la Gente que llevaba eran quatrocientos Hombres, i ochenta Caballos, en quatro Navios; i vn Vergantin. El Piloto, que de nuevo haviamos tomado, metiò los Navios por los Baxìos, que dicen de Carnarreo, de manera, que otro dia dimos en seco, i asi estuvimos quince dias, tocando muchas veces las Quillas de los Navios en seco: al cabo de los quales, vna Tormenta del Sur metiò tanta Agua en los Baxìos, que podimos salir, aunque no sin mucho peligro: Partidos de aqui, i llegados à Guaniguanico, nos tomò otra Tormenta, que estuvimos à tiempo de perdernos. A Cabo de Corrientes tuvimos otra, donde estuvimos tres dias. Pasados estos, doblamos el Cabo de Sant Anton, i anduvimos con tiempo contrario, hasta llegar à doce Leguas de la Habana; i estando otro dia para entrar en ella, nos tomò vn tiempo de Sur, que nos apartò de la Tierra, i atravesamos por la Costa de la Florida, i llegamos à la Tierra, Martes, doce dias del Mes de Abril, i fuimos costeando la via de la Florida: i Jueves Santo surgimos en la misma Costa, en la boca de vna Baìa, al cabo de la qual vimos ciertas Casas, i Habitaciones de Indios.

CAP. III. Como llegamos à la Florida.

En este mismo dia saliò el Contador Alonso Enriquez, i se puso en vna Isla, que està en la misma Baìa, i llamò à los Indios, los quales vinieron, i estuvieron con èl buen pedaço de tiempo, i por via de rescate le dieron Pescado, i algunos pedaços de carne de Venado. Otro dia siguiente, que era Viernes Santo, el Governador se desembarcò con la mas Gente, que en los Bateles que traìa, pudo sacar; i como llegamos à los Buhìos, ò Casas, que haviamos visto de los Indios, hallamòslas desamparadas, i solas, porque la Gente se havia ido aquella noche en sus Canoas. El vno de aquellos Buhìos era mui grande, que cabrian en èl mas de trecientas Personas: los otros eran mas pequeños, i hallamos alli vna Sonaja de Oro, entre las Redes. Otro dia el Governador levantò Pendones por V. Mag. i tomò la posesion de la Tierra en su Real Nombre, presentò sus Provisiones, i fue obedescido por Governador, còmo V. Mag. lo mandaba. Asimismo presentamos nosotros las nuestras ante èl, i èl las obedesciò, como en ellas se contenia. Luego mandò, que toda la otra Gente desembarcase, i los Caballos que havian quedado, que no eran mas de quarenta i dos, porque los demàs, con las grandes Tormentas, i mucho tiempo que havian andado por la Mar, eran muertos: i estos pocos que quedaron estaban tan flacos, i fatigados, que por el presente poco provecho podiamos tener de ellos. Otro dia los Indios de aquel Pueblo vinieron à nosotros, i aunque nos hablaron, como nosotros no teniamos Lengua, no los entendiamos: mas hacian nos muchas señas, i amenaças, i nos paresciò, que nos decian, que nos fuesemos de la Tierra; i con esto nos dexaron, sin que nos hiciesen ningun impedimento, i ellos se fueron.

CAP. IV. Como entramos Por la Tierra.

Otro dia adelante, el Governador acordò de entrar por la Tierra, por descubrirla, i vèr lo que en ella havia. Fuimonos con èl, el Comisario, i el Veedor, i Yo, con quarenta Hombres, i entre ellos seis de Caballo, de los quales poco nos podiamos aprovechar. Llevamos la via del Norte; hasta que à hora de Visperas llegamos à vna Baìa mui grande, que nos paresciò que entraba mucho por la Tierra, quedamos alli aquella noche, i otro dia nos bolvimos donde los Navios, i Gente estaban. El Governador mandò, que el Vergantin fuese costeando la via de la Florida, i buscase el Puerto, que Miruelo el Piloto havia dicho que sabia: mas ià èl lo havia errado, i no sabia en què parte estabamos, ni adonde era el Puerto; i fuele mandado al Vergantin, que si no lo hallase, travesase à la Habana, i buscase el Navio, que Alvaro de la Cerda tenia, i tomados algunos Bastimentos, nos viniesen à buscar. Partido el Vergantin, tornamos à entrar en la Tierra los mismos que primero, con alguna Gente mas, i costeamos la Baìa, que haviamos hallado: i andadas quatro Leguas, tomamos quatro Indios, i mostramosles Maìz, para vèr si lo conoscian, porque hasta entonces no haviamos visto señal de èl. Ellos nos dixeron, que nos llevarian donde lo havia, i asi nos llevaron à su Pueblo, que es al Cabo de la Baìa, cerca de alli, i en èl nos mostraron vn poco de Maìz, que aun no estaba para cogerse. Alli hallamos muchas Caxas de Mercaderes de Castilla, i en cada vna de ellas estaba vn cuerpo de Hombre muerto, i los cuerpos cubiertos con vnos Cueros de Venados, pintados. Al Comisario le paresciò, que esto era especie de idolatrìa, i quemò las Caxas con los cuerpos. Hallamos tambien pedaços de Lienço, i de Paño, i Penachos, que parescian de la Nueva España: hallamos tambien muestras de Oro. Por señas preguntamos à los Indios, de adonde havian havido aquellas cosas? Señalaron nos, que mui lexos de alli havia vna Provincia, que se decia Apalache, en la qual havia mucho Oro, i hacian seña de haver mui gran cantidad de todo lo que nosotros estimamos en algo. Decian, que en Apalache havia mucho, i tomando aquellos Indios por Guia, partimos de alli: i andadas diez, ò doce Leguas, hallamos otro Pueblo de quince Casas, donde havia buen pedaço de Maìz sembrado, que ià estaba para cogerse, i tambien hallamos alguno, que estaba ià seco; i despues de dos dias, que alli estuvimos, nos bolvimos donde el Contador, i la Gente, i Navios estaban, i contamos al Contador, i Pilotos lo que haviamos visto, i las nuevas, que los Indios nos havian dado. Y otro dia, que fue primero de Maio, el Governador llamò à parte al Comisario, i al Contador, i al Veedor, i à mi, i à vn Marinero, que se llamaba Bartolomè Fernandez, i à vn Escrivano, que se decia Geronimo de Alaniz, i asi juntos, nos dixo, que tenia en voluntad de entrar por la Tierra adentro, i los Navios se fuesen costeando, hasta que llegasen al Puerto, i que los Pilotos decian, i creìan, que iendo la via de las Palmas, estaban mui cerca de alli, i sobre esto nos rogo, le diesemos nuestro parescer. Yo respondia, que me parescia, que por ninguna manera debia dexar los Navios, sin que primero quedasen en Puerto seguro, i poblado, i que mirase, que los Pilotos no andaban ciertos, ni se afirmaban en vna misma cosa, ni sabian à què parte estaban: i que allende de esto, los Caballos no estaban para que en ninguna necesidad que se ofreciese, nos pudiesemos aprovechar de ellos: i que sobre todo esto, ibamos mudos, i sin Lengua, por donde mal nos podiamos entender con los Indios, ni saber lo que de la Tierra queriamos, i que entrabamos por Tierra, de que ninguna relacion teniamos, ni sabiamos de què suerte era, ni lo que en ella havia, ni de què Gente estaba poblada, ni à què parte de ella estabamos: i que sobre todo esto, no teniamos Bastimentos para entrar adonde no sabiamos; porque visto lo que en los Navios havia, no se podia dàr à cada Hombre de racion, para entrar por la Tierra, mas de vna libra de Vizcocho, i otra de Tocino; i que mi parescer era, que se debia embarcar, i ir à buscar Puerto, i Tierra; que fuese mejor para poblar, pues lo que haviamos visto, en sì era tan despoblada, i tan pobre, quanto nunca en aquellas Partes se havia hallado. Al Comisario lo paresciò todo lo contrario; diciendo, que no se havia de embarcar, sino que iendo siempre àcia la Costa, fuesen en busca del Puerto, pues los Pilotos decian, que no estaria sino diez, ò quince Leguas de alli, la via de Panuco; i que no era posible, iendo siempre à la Costa, que no topasemos con èl, porque decian, que entraba doce Leguas adentro por la Tierra, i que los primeros que lo hallasen, esperasen alli à los otros, i que embarcarse era tentar à Dios, pues desque partimos de Castilla tantos trabajos haviamos pasado, tantas Tormentas, tantas pèrdidas de Navios, i de Gente haviamos tenido, hasta llegar alli: i que por estas raçones èl se debia de ir por luengo de Costa, hasta llegar al Puerto: i que los otros Navios, con la otra Gente, se irian la misma via, hasta llegar al mismo Puerto. A todos los que alli estaban, paresciò bien que esto se hiciese asi, salvo al Escrivano, que dixo, que primero que desamparase los Navios, los debia de dexar en Puerto conoscido, i seguro, i en parte que fuese poblada: que esto hecho, podria entrar por la Tierra adentro, i hacer lo que le pareciese. El Governador siguiò su parescer, i lo que los otros le aconsejaban. Yo, vista su determinacion, requerile de parte de V. Mag. que no dexase los Navios, sin que quedasen en Puerto, i seguros, i asi lo pedì por Testimonio al Escrivano, que alli teniamos. El respondiò, que pues èl se conformaba con el parescer de los mas de los otros Oficiales, i Comisario, que Yo no era parte para hacerle estos requerimientos; i pidiò al Escrivano le diese por Testimonio, como por no haver en aquella Tierra Mantenimientos para poder poblar, ni Puerto para los Navios, levantaba el Pueblo que alli havia asentado, i iba con èl en busca del Puerto, i de Tierra, que fuese mejor; i luego mandò apercibir la Gente, que havia de ir con èl, que se proveiesen de lo que era menester para la jornada; i despues de esto proveìdo, en presencia de los que alli estaban, me dixo: Que pues Yo tanto estorvaba, i temia la entrada por la Tierra; que me quedase, i tomase cargo de los Navios, i la Gente, que en ellos quedaba, i poblase, si Yo llegase primero que èl: Yo me escusè de esto; i despues de salidos de alli aquella misma tarde, diciendo, que no le parescia, que de nadie se podia fiar aquello, me embiò à decir, que me rogaba, que tomase cargo de ello; i viendo que importunandome tanto, Yo todavia me escusaba, me preguntò, què era la causa porque huìa de aceptallo? A lo qual respondí, que Yo huìa de encargarme de aquello, porque tenia por cierto, i sabia; que èl no havia de vèr mas los Navios, ni los Navios à èl; i que esto entendia, viendo que tan sin aparejo se entraban por la Tierra adentro, i que Yo queria mas aventurarme al peligro, que èl; i los otros se aventuraban, i pasar por lo que èl, i ellos pasasen, que no encargarme de los Navios, i dàr ocasion que se dixese, que como havia contradicho la entrada, me quedaba por temor, i mi honra anduviese en disputa, i que Yo queria mas aventurar la vida, que poner mi honra en esta condicion. El, viendo que conmigo no aprovechaba, rogò à otros muchos, que me hablasen en ello, i me lo rogasen: à los quales respondì lo mismo que à èl; i asi proveiò por su Teniente, para que quedase en los Navios, à vn Alcalde, que traìa, que se llamaba Caravallo.

CAP. V. Como dexò los Navios el Governador.

Sabado, primero de Maio, el mismo dia que esto havia pasado, mandò dàr à cada vno de los que havian de ir con él, dos libras de Vizcocho, i media libra de Tocino; i ansi nos partimos para entrar en la Tierra. La suma de toda la Gente que llevabamos, era trecientos Hombres, en ellos iba el Comisario Frai Juan Suarez, i otro Fraile, que se decia Frai Juan de Palos, i tres Clerigos, i los Oficiales. La Gente de Caballo, que con estos ibamos, eramos quarenta de Caballo; i ansi anduvimos con aquel Bastimento que llevabamos, quince dias; sin hallar otra cosa que comer, salvo Palmitos, de la manera de los de Andalucia. En todo este tiempo no hallamos Indio ninguno, ni vimos Casa, ni Poblado, i al cabo llegamos à vn Rio, que lo pasamos con mui gran trabajo à nado, i en Balfast detuvimonos vn dia en pasarlo, que traìa mui gran corriente. Pasados à la otra parte, salieron à nosotros hasta docientos Indios, poco mas, ò menos: el Governador saliò à ellos, i despues de haverlos hablado por señas, ellos nos señalaron de fuerte, que nos ovimos de rebolver con ellos, i prendimos cinco, ò seis, i estos nos llevaron à sus Casas, que estaban hasta media legua de alli, en las quales hallamos gran cantidad de Maìz, que estaba ià para cogerse, i dimos infinitas gracias à Nuestro Señor, por havernos socorrido en tan gran necesidad; porque ciertamente, romo eramos nuevos en los trabajos, allende del cansancio que traìamos, veniamos mui fatigados de hambre, i à tercero dia, que alli llegamos, nos juntamos el Contador, i Veedor, i Comisario, i Yo, i rogamos al Governador, que embiase à buscar la Mar, por vèr si hallariamos Puerto, porque los Indios decian, que la Mar no estaba mui lexos de alli. El nos respondiò, que no curasemos de hablar en aquello, porque estaba mui lexos de allí, i como Yo era el que mas le importunaba, dixome, que me fuese Yo à descubrirla, i que buscase Puerto, i que havia de ir à pie con quarenta Hombres, i ansi otro dia Yo me partì con el Capitan Alonso del Castillo, i con quarenta Hombres de su Compañia, i asi anduvimos hasta hora de medio dia, que llegamos à vnos Placeles de la Mar, que parescia que entraban mucho por la Tierra: anduvimos por ellos hasta legua i media, con el agua hasta la mitad de la pierna, pisando por encima de Hostiones, de los quales rescibimos muchas cuchilladas en los pies, y nos fueron causa de mucho trabajo; hasta que llegamos en el Rio, que primero haviamos atravesado, que entraba por aquel mismo Ancon; i como no lo podimos pasar, por el mal aparejo, que para ello teniamos, bolvimos al Real, i contamos al Governador lo que haviamos hallado; i como era menester otra vez pasar por el Rio, por el mismo lugar, que primero lo haviamos pasado, para que aquel Ancon se descubriese bien, i viesemos si por alli havia Puerto: i otro dia mandò à vn Capitan, que se llamaba Valençuela, que con sesenta Hombres, i seis de Caballo, pasase el Rio, i fuese por èl abaxo hasta llegar à la Mar, i buscar si havia Puerto; el qual, despues de dos dias, que allà estuvo, bolviò, y dixo, que èl havia descubierto el Ancon, i que todo era Baìa baxa hasta la rodilla, i que no se hallaba Puerto; i que havia visto cinco, ò seis Canoas de Indios, que pasaban de vna parte à otra, i que llevaban puestos muchos Penachos. Sabido esto, otro dia partimos de alli, iendo siempre en demanda de aquella Provincia, que los Indios nos havian dicho Apalache, llevando por Guia los que de ellos haviamos tomado, i asi anduvimos hasta diez i siete de Junio, que no hallamos Indios, que nos osasen esperar; i alli saliò à nosotros vn Señor, que le traìa vn Indio acuestas, cubierto de vn cuero de Venado pintado: traìa consigo mucha Gente, i delante de èl venian tañendo vnas Flautas de Caña, i asi llegò do estaba el Governador, i estuvo vna hora con èl, i por señas le dimos à entender, que ibamos à Apalache, i por las que èl hiço nos paresciò que era enemigo de los de Apalache; i que nos iria à aiudar contra èl. Nosotros le dimos Cuentas, i Cascaveles, i otros rescates, i èl diò al Governador el Cuero que traìa cubierto, i asi se bolviò, i nosotros le fuimos siguiendo por la via que èl iba. Aquella noche llegamos à vn Rio, el qual era mui hondo, i mui ancho, i la corriente mui recia, i por no atrevernos à pasar, con Balsas hecimos vna Canoa para ello, i estuvimos en pasarlo vn dia: i si los Indios nos quisieran ofender, bien nos pudieran estorvar el paso, i aun con aiudarnos ellos, tuvimos mucho trabajo: Uno de Caballo, que se decia Juan Velazquez, natural de Cuellar, por no esperar entrò en el Rio, i la corriente, como era recia, lo derribò del Caballo, i se asiò à las riendas, i ahogò à sì, i al Caballo; i aquellos Indios de aquel Señor, que se llamaba Dulchanchellin, hallaron el Caballo, i nos dixeron donde hallariamos à èl por el Rio abaxo; i asi fueron por èl, i su muerte nos diò mucha pena, porque hasta entonces ninguno nos havia faltado. El Caballo diò de cenar à muchos aquella noche. Pasados de alli, otro dia llegamos al Pueblo de aquel Señor, i alli nos embiò Maìz. Aquella noche, donde iban à tomar Agua, nos flecharon vn Christiano, i quiso Dios que no lo hirieron: Otro dia nos partimos de alli, sin que Indio ninguno de los Naturales paresciese, porque todos havian huìdo; mas iendo nuestro camino, parescieron Indios, los quales venian de Guerra, i aunque nosotros los llamamos, no quisieron bolver, ni esperar, mas antes se retiraron, siguiendonos por el mismo camino que llevabamos. El Governador dexò vna Celada de algunos de Caballo en el camino, que como pasaron salieron à ellos, i tomaron tres, ò quatro Indios, i estos llevamos por Guias de alli adelante, los quales nos llevaron por Tierra mui trabajosa de andar, i maravillosa de vèr, porque en ella ai mui grandes Montes, i los Arboles à maravilla altos, i son tantos los que estàn caìdos en el suelo, que nos embaraçaban el camino, de fuerte, que no podiamos pasar sin rodear mucho, i con mui gran trabajo: de los que no estaban caìdos, muchos estaban hendidos desde arriba hasta abaxo de raios, que en aquella Tierra caen, donde siempre ai mui grandes tormentas, i tempestades. Con este trabajo caminamos hasta vn dia despues de San Juan, que llegamos à vista de Apalache, sin que los Indios de la Tierra nos sintiesen: Dimos muchas gracias à Dios por vernos tan cerca de èl, creiendo que era verdad lo que de aquella Tierra nos havian dicho, que alli se acabarian los grandes trabajos que haviamos pasado, asi por el malo, i largo camino para andar, como por la mucha hambre que haviamos padescido; porque aunque algunas veces hallabamos Maìz, las mas andabamos siete, i ocho leguas sin toparlo; i muchos havia entre nosotros, que allende del mucho cansancio, i hambre, llevaban hechas llagas en las espaldas de llevar las Armas acuestas, sin otras cosas que se ofrescian. Mas con vernos llegados donde deseabamos, i donde tanto mantenimiento, i Oro nos havian dicho que havia, paresciònos, que se nos havia quitado gran parte del trabajo, i cansancio.

CAP. VI. Como llegamos à Apalache.

Llegados que fuimos à vista de Apalache, el Governador mandò, que Yo tomase nueve de Caballo, i cinquenta Peones, i entrase en el Pueblo, i ansi lo acometimos el Veedor, i Yo; i entrados no hallamos sino Mugeres, i Muchachos, que los Hombres, à la saçon, no estaban en el Pueblo, mas de ai à poco, andando nosotros por èl, acudieron, i començaron à pelear, flechandonos, i mataron el Caballo del Veedor, mas al fin huieron, i nos dexaron. Alli hallamos mucha cantidad de Maìz, que estaba ià para cogerse, i mucho seco que tenian encerrado. Hallamosles muchos Cueros de Venados, i entre ellos algunas Mantas de Hilo pequeñas, i no buenas, con que las Mugeres cubren algo de sus personas. Tenian muchos Vasos para moler Maìz. En el Pueblo havia quarenta Casas pequeñas, i edificadas, baxas, i en lugares abrigados, por temor de las grandes tempestades, que continuamente en aquella Tierra suele haver. El Edificio es de Paja, i estàn cercados de mui espeso Monte, i grandes Arboledas, i muchos Pielagos de Agua, donde ai tantos, i tan grandes Arboles caìdos, que embaraçan, i son causa, que no se puede por alli andar, sin mucho trabajo, i peligro.

CAP. VII. De la manera que es la Tierra.

La Tierra, por la maior parte, desde donde desembarcamos, hasta este Pueblo, i Tierra de Apalache, es llana; el suelo de arena, i tierra firme; por toda ella ai mui grandes Arboles, i Montes claros, donde ai Nogales, i Laureles, i otros, que se llaman Liquidambares, Cedros, Savinas, i Encinas, i Pinos, i Robles, Palmitos baxos, de la manera de los de Castilla. Por toda ella ai muchas Lagunas grandes, i pequeñas, algunas mui trabajosas de pasar, parte por la mucha hondura, parte por tantos Arboles como por ellas estàn caìdos. El suelo de ellas es arena, i las que en la Comarca de Apalache hallamos, son mui maiores que las de hasta alli. Ai en esta Provincia muchos Maìçales, i las Casas estàn tan esparcidas por el campo, de la manera que estàn las de los Gelves. Los Animales que en ellas vimos son Venados de tres maneras, Conejos, i Liebres, Osos, i Leones, i otras Salvaginas; entre los quales vimos vn animal que trae los hijos en vna bolsa, que en la barriga tiene; i todo el tiempo que son pequeños, los trae alli, hasta que saben buscar de comer; i si acaso estàn fuera buscando de comer, i acude Gente, la madre no huie hasta que los ha recogido en su bolsa. Por alli la Tierra es mui fria; tiene mui buenos pastos para ganados: ai Aves de muchas maneras: Ansares en gran cantidad; Patos, Anades, Patos Reales, Dorales, i Garçotas, i Garças, Perdices: vimos muchos Halcones, Neblìs, Gavilanes, Esmerejones, i otras muchas Aves. Dos horas despues que llegamos à Apalache, los Indios, que de alli havian huìdo, vinieron à nosotros de Paz, pidiendonos à sus Mugeres, i Hijos, i nosotros se los dimos; salvo, que el Governador detuvo vn Cacique de ellos consigo, que fue causa por donde ellos fueron escandaliçados; i luego otro dia bolvieron de Guerra: i con tanto denuedo, i presieça nos acometieron, que llegaron à nos poner fuego à las Casas en que estabamos; mas como salimos, huieron, i acogieronse à las Lagunas, que tenian mui cerca; i por esto, i por los grandes Maìçales, que havia, no les podimos hacer daño, salvo à vno que matamos. Otro dia siguiente, otros Indios de otro Pueblo, que estaba de la otra parte, vinieron à nosotros, i acometieronnos de la misma arte que los primeros: i de la misma manera se escaparon, i tambien murió vno de ellos. Estuvimos en este Pueblo veinte i cinco dias, en que hecimos tres entradas por la Tierra, i hallárnosla mui pobre de Gente, i mui mala de andar, por los malos pasos, i Montes, i Lagunas, que tenia. Preguntamos al Cacique, que les haviamos detenido, i à los otros Indios, que traìamos con nosotros, que eran Vecinos, i Enemigos de ellos, por la manera, i poblacion de la Tierra, i la calidad de la Gente, i por los Bastimentos, i todas las otras cosas de ella? Respondieron nos cada vno por sì, que el maior Pueblo de toda aquella Tierra era aquel Apalache, i que adelante havia menos Gente, i mui mas pobre que ellos, i que la Tierra era mal poblada, i los Moradores de ella mui repartidos; i que iendo adelante, havia grandes Lagunas, i espesura de Montes, i grandes Desiertos, i Despoblados. Preguntamosles luego por la Tierra, que estaba àcia el Sur, què Pueblos, i Mantenimientos, tenia? Dixeron, que por aquella via, iendo à la Mar nueve jornadas, havia vn Pueblo, que llamaban Aute, i los Indios de èl tenian mucho Maìz, i que tenian Frisoles, i Calabaças, i que por estàr tan cerca de la Mar, alcançaban Pescados, i que estos eran Amigos suios. Nosotros, vista la pobreça dé la Tierra, i las malas nuevas, que de la Poblacion, i de todo lo detrás nos daban, i como los Indios nos hacian continua Guerra, hiriendonos la Gente, i los Caballos, en los lugares donde ibamos à tomar Agua, i esto desde las Lagunas, i tan à su salvo, que no los podiamos ofender, porque metidos en ellas, nos flechaban, i mataron vn Señor de Tescuco, que se llamaba D. Pedro, que el Comisario llevaba consigo, acordamos de partir de alli, i ir à buscar la Mar, i aquel Pueblo de Aute, que nos havian dicho; i asi nos partimos, à cabo de veinte i cinco dias, que alli havianos llegado. El primero dia pasamos aquellas Lagunas, i palos, sin vèr Indio ninguno: mas al segundo dia llegamos à vna Laguna de mui mal paso, porque daba el Agua à los pechos, i havia en ella muchos Arboles caìdos. Yà que estabamos en medio de ella, nos acometieron muchos Indios, que estaban abscondidos detràs de los Arboles, porque no los viesemos; otros estaban sobre los caìdos, i començaron nos à flechar, de manera, que nos hirieron muchos Hombres, i Caballos, i nos tomaron la Guia que llevabamos antes, que de la Laguna saliesemos; i despues de salidos de ella, nos tornaron à seguir, queriendonos estorvar el paso, de manera, que no nos aprovechaba salirnos à fuera, ni hacernos mas fuertes, i querer pelear con ellos, que se metian luego en la Laguna, i desde alli nos herian la Gente, i Caballos. Visto esto, el Governador mandò à los de Caballo, que se apeasen, i les acometiesen à pie. El Contador se apeò con ellos, i asi los acometieron, i todos entraron à bueltas en vna Laguna, i asi les ganamos el paso. En esta rebuelta huvo algunos de los nuestros heridos, que no les valieron buenas Armas, que llevaban; i huvo hombres este dia, que juraron que havian visto dos Robles, cada vno de ellos tan grueso como la pierna, por baxo, pasados de parte à parte de las Flechas de los Indios; i esto no es tanto de maravillar, vista la fuerça, i maña con que las echan; porque Yo mismo vì vna Flecha en vn pie de vn Alamo, que entraba por èl vn geme. Quantos Indios vimos desde la Florida aqui, todos son Flecheros, i como son tan crescidos de cuerpo, i andan desnudos, desde lexos parescen Gigantes. Es Gente à maravilla bien dispuesta, mui enjutos, i de mui grandes fuerças, i ligereça. Los Arcos que vsan son gruesos como el braço, de once, ò doce palmos de largo, que flechan à docientos pasos, con tan gran tiento, que ninguna cosa ierran. Palados que fuimos de este paso, de aì à vna legua llegamos à otro de la misma manera, salvo que por ser tan larga, que duraba media legua, era mui peor: este pasamos libremente, i sin estorvo de Indios, que como havian gastado en el primero toda la municion, que de Flechas tenian, no quedò con que osarnos acometer. Otro dia siguiente, pasando otro semejante paso, Yo hallé rastro de Gente, que iba adelante, i dì aviso de ello al Governador, que venia en la Retaguarda; i ansi, aunque los Indios salieron à nosotros, como ibamos apercebidos, no nos pudieron ofender; i salidos à lo llano, fueronnos todavia siguiendo; bolvimos à ellos por dos partes, i matamosles dos Indios, i hirieronme à mi, i dos, ò tres Christianos; por acogersenos al Monte, no les podimos hacer mas mal, ni daño. De esta suerte caminamos ocho dias, i desde este paso, que he contado, no salieron mas Indios à nosotros, hasta vna legua adelante, que es Lugar donde he dicho que ibamos. Alli, iendo nosotros por nuestro camino, salieron Indios, i sin ser sentidos, dieron en la Retaguarda, i à los gritos que diò vn Muchacho de vn Hidalgo de los que alli iban, que se llamaba Avellaneda, el Avellaneda bolvió, i fue à socorrerlos, i los Indios le acertaron con vna Flecha por el canto de las Coraças, i fue tal la herida, que pasò casi toda la Flecha por el pescueço, i luego alli muriò, i lo llevamos hasta Aute. En nueve dias de camino, desde Apalache, hasta alli, llegamos. Y quando fuimos llegados, hallamos toda la Gente de èl ida, i las Casas quemadas, i mucho Maìz, i Calabaças, i Frisoles, que ià todo estaba para empeçarse à coger. Descansamos alli dos dias; i ellos pasados, el Governador me rogò que fuese à descubrir la Mar, pues los Indios decian, que estaba tan cerca de alli: ià en este camino la haviamos descubierto por vn Rio mui grande, que en èl hallamos, à quien haviamos puesto por nombre el Rio de la Magdalena. Visto esto, otro dia siguiente Yo me partì à descubrirla, juntamente con el Comisario, i el Capitan Castillo, i Andrès Dorantes, i otros siete de Caballo, i cinquenta Peones, i caminamos hasta hora de Visperas, que llegamos à vn Ancon, ò entrada de la Mar, donde hallamos muchos Hostiones con que la Gente holgò: i dimos muchas gracias à Dios, por havernos traìdo alli. Otro dia de mañana embiè veinte Hombres à que conosciesen la Costa, i mirasen la disposicion de ella: los quales bolvieron otro dia en la noche, diciendo, que aquellos Ancones, i Baìas eran mui grandes, i entraban tanto por la Tierra adentro, que estorvaban mucho para descubrir lo que queriamos, i que la Costa estaba mui lexos de alli. Sabidas estas nuevas, i vista la mala disposicion, i aparejo, que para descubrir la Costa por alli havia, Yo me bolvì al Governador: i quando llegamos, hallamosle enfermo con otros muchos; i la noche pasada los Indios havian dado en ellos, i puestolos en grandisimo trabajo, por la raçon de la enfermedad que les havia sobrevenido, tambien les havian muerto vn Caballo. Yo dì cuenta de lo que havia hecho, i de la mala disposicion de la Tierra. Aquel dia nos detuvimos alli.

CAP. VIII. Como partimos de Aute.

Otro Dia siguiente partimos de Aute, i caminamos todo el dia, hasta llegar donde Yo havia estado. Fue el camino en estremo trabajoso, porque ni los Caballos bastaban à llevar los enfermos, ni sabiamos què remedio poner, porque cada dia adolescian, que fue cosa de mui gran lastima, i dolor vèr la necesidad, i trabajo en que estabamos. Llegados que fuimos, visto el poco remedio, que para ir adelante havia, porque no havia donde, ni aunque lo huviera, la Gente pudiera pasar adelante, por estàr los mas enfermos, i tales, que pocos havia de quien se pudiese haver algun provecho. Dexo aqui de contar esto mas largo, porque cada vno puede pensar lo que se pasaria en Tierra tan estraña, i tan mala, i tan sin ningun remedio de ninguna cosa, ni para estar, ni para salir de ella: mas como el mas cierto remedio sea Dios Nuestro Señor, i de este nunca desconfiamos, suscediò otra cosa, que agravaba mas que todo esto, que entre la Gente de Caballo se començò la maior parte de ellos à ir secretamente, pensando hallar ellos por sì remedio, i desamparar al Governador, i à los enfermos, los quales estaban sin algunas fuerças, i poder. Mas como entre ellos havia muchos Hijosdalgo, i Hombres de buena suerte, no quisieron que esto pasase, fin dàr parte al Governador, i à los Oficiales de V. Mag. i como les afeamos su proposito, i les pusimos delante el tiempo en que desamparaban à su Capitan, i los que estaban enfermos, i sin poder, i apartarse sobre todo del servicio de V. Mag. acordaron de quedar, i que lo que fuese de vno, fuese de todos, sin que ninguno desamparase à otro. Visto esto por el Governador, los llamò à todos, i à cada vno por sì, pidiendo parescer de tan mala Tierra, para poder salir de ella, i buscar algun remedio, pues alli no lo havia, estando la tercia parte de la Gente con gran enfermedad, i cresciendo esto cada hora, que teniamos por cierto todos lo estariamos asi, de donde no se podia seguir sino la muerte, que por ser en tal parte se nos hacia mas grave; i vistos estos, i otros muchos inconvenientes, i tentados muchos remedios, acordamos en vno (harto dificil) de poner en obra, que era hacer Navios, en que nos fuesemos. A todos parescia imposible, porque nosotros no los sabiamos hacer, ni havia Herramientas, ni Hierro, ni Fragua, ni Estopa, ni Pez, ni Xarcias, finalmente, ni cosa ninguna de tantas como son menester, ni quien supiese nada para dàr industria en ello: i sobre todo no haver que comer, entretanto que se hiciesen, i los que havian de trabajar del arte que haviamos dicho; i considerando todo esto, acordamos de pensar en ello mas de espacio, i cesò la platica aquel dia, i cada vno se fue, encomendandolo à Dios Nuestro Señor, que lo encaminase por donde èl fuese mas servido. Otro dia quiso Dios, que vno de la Compañia vino diciendo, que èl haria vnos Cañones de palo, i con vnos Cueros de Venado se harian vnos Fuelles: i como estabamos en tiempo, que qualquiera cosa que tuviese alguna sobrehaz de remedio, nos parescia bien, diximos, que se pusiese por obra: i acordamos de hacer de los Estrivos, i Espuelas, i Ballestas, i de las otras cosas de Hierro, que havia, los Clavos, i Sierras, i Hachas, i otras Herramientas, de que tanta necesidad havia para ello; i dimos por remedio, que para haver algun mantenimiento, en el tiempo que esto se hiciese, se hiciesen quatro entradas en Aute, con todos los Caballos, i Gente, que pudiesen ir, i que à tercero dia se matase vn Caballo, el qual se repartiese entre los que trabajaban en la Obra de las Barcas, i los que estaban enfermos: las entradas se hicieron con la Gente, i Caballos que fue posible, i en ellas se traxeron hasta quatrocientas hanegas de Maìz, aunque no sin contiendas, i pendencias con los Indios. Hecimos coger muchos Palmitos, para aprovecharnos de la lana, i cobertura de ellos, torciendola, i aderesçandola, para vsar en lugar de Estopa para las Barcas, las quales se començaron à hacer con vn solo Carpintero, que en la Compañia havia; i tanta diligencia pusimos, que començandolas à quatro dias de Agosto, à veinte dias de el Mes de Septiembre eran acabadas cinco Barcas, de à veinte i dos codos cada vna, calafeteadas con las Estopas de los Palmitos, i breamoslas con cierta Pez de Alquitràn, que hiço vn Griego, llamado Don Teodoro, de vnos Pinos: i de la misma ropa de los Palmitos, i de las colas, i crines de los Caballos, hecimos cuerdas, i Xarcias: i de las nuestras Camisas, Velas; i de las Sabinas, que alli havia, hecimos los Remos, que nos paresciò que era menester; i tal era la Tierra en que nuestros pecados nos havian puesto, que con mui gran trabajo podiamos hallar piedras para Lastre, i Ancles de las Barcas, ni en toda ella haviamos visto ninguna. Desollamos tambien las piernas de los Caballos enteras, i curtimos los Cueros de ellas, para hacer Botas, en que llevasemos Agua. En este tiempo algunos andaban cogiendo Marisco por los rincones, i entradas de la Mar, en que los Indios, en dos veces que dieron en ellos, nos mataron diez Hombres, à vista del Real, sin que los pudiesemos socorrer, los quales hallamos, de parte à parte, pasados con Flechas, que aunque algunos tenian buenas Armas, no bastaron à resistir, para que esto no se hiciese, por flechar con tanta destreça, i fuerça (como arriba he dicho) i à dicho, i juramento de nuestros Pilotos, desde la Baìa, que pusimos Nombre de la Cruz, hasta aqui, anduvimos docientas i ochenta Leguas, poco mas, ò menos: en toda esta Tierra no vimos Sierra, ni tuvimos noticia de ella en ninguna manera: i antes que nos embarcasemos, sin los que los Indios nos mataron, se murieron mas de quarenta Hombres de enfermedad, i hambre. A veinte i dos dias de el Mes de Septiembre se acabaron de comer los Caballos, que solo vno quedò; i este dia nos embarcamos por esta orden. Que en la Barca del Governador iban quarenta i nueve Hombres. En otra, que diò al Contador, i Comisario, iban otros tantos. La tercera diò al Capitan Alonso del Castillo, i Andrès Dorantes, con quarenta i ocho Hombres; i otra diò à dos Capitanes, que se llamaban Tellez, i Peñalosa, con quarenta i siete Hombres. La otra diò al Veedor, i à mi con quarenta i nueve Hombres; i despues de embarcados los Bastimentos, i Ropa, no quedò à las Barcas mas de vn geme de bordo fuera del Agua: i allende de esto, ibamos tan apretados, que no nos podiamos menear; i tanto puede la necesidad, que nos hiço aventurar à ir de esta manera, i meternos en vna Mar tan trabajosa, i sin tener noticia de la Arte del marcar ninguno de los que alli iban.

CAP. IX. Como partimos de Baìa de Caballos.

Aquella Baìa de donde partimos, ha por nombre la Baìa de Caballos, i anduvimos siete dias por aquellos Ancones, entrados en el Agua hasta la cinta, sin señal de vèr ninguna cosa de Costa; i al cabo de ellos llegamos à una Isla, que estaba cerca de la Tierra. Mi Barca iba delante, i de ella vimos venir cinco Canoas de Indios, los quales las desampararon, i nos las dexaron en las manos, viendo que ibamos à ellas: las otras Barcas pasaron adelante, i dieron en vnas Casas de la misma Isla, donde hallamos muchas Liças, i huevos de ellas, que estaban secas, que fue mui gran remedio para la necesidad que llevabamos. Despues de tomadas, pasamos adelante, i dos Leguas de alli pasamos vn Estrecho, que la Isla con la Tierra hacia, al qual llamamos de Sant Miguèl, por haver salido en su Dia por èl; i salidos, llegamos à la Costa, donde con las cinco Canoas, que Yo havia tomado à los Indios, remediamos algo de las Barcas, haciendo falcas de ellas, i añadiendolas, de manera que subieron dos palmos de bordo sobre el Agua; i con esto tornamos à caminar por luengo de Costa, la via del Rio de Palmas, cresciendo cada dia la sed, i la hambre, porque los Bastimentos eran mui pocos, i iban mui al cabo, i el Agua se nos acabò, porque las Botas, que hecimos de las piernas de los Caballos, luego fueron podridas, i sin ningun provecho: algunas veces entramos por Ancones, i Baìas, que entraban mucho por la Tierra adentro, todas las hallamos baxas, i peligrosas: i ansi anduvimos por ellas treinta dias, donde algunas veces hallabamos Indios Pescadores, Gente pobre, i miserable. Al cabo ià de estos treinta dias, que la necesidad del Agua era en estremo, iendo cerca de Costa, vna noche sentimos venir vna Canoa, i como la vimos, esperamos que llegase, i ella no quiso hacer cara: i aunque la llamamos, no quiso bolver, ni aguardarnos, i por ser de noche, no la seguimos, i fuimonos nuestra via; quando amanesciò, vimos vna Isla pequeña, i fuimos à ella, por vèr si hallariamos Agua, mas nuestro trabajo fue en valde, porque no la havia. Estando alli surtos, nos tomò vna Tormenta mui grande, porque nos detuvimos seis dias, sin que osasemos salir à la Mar: i como havia cinco dias, que no bebiamos, la sed fue tanta, que nos puso en necesidad de beber Agua salada; i algunos se desatentaron tanto en ello, que supitameete se nos murieron cinco Hombres. Cuento esto asi brevemente, porque no creo que ai necesidad de particularmente contar las miserias, i trabajos en que nos vimos; pues considerando el lugar donde estabamos, i la poca esperança de remedio, que teniamos, cada vno puede pensar mucho de lo que alli pasaria; i como vimos que la sed crescia, i el Agua nos mataba, aunque la Tormenta no era cesada, acordamos de encomendarnos à Dios Nuestro Señor, i aventurarnos antes al peligro de la Mar, que esperar la certinidad de la muerte, que la sed nos daba; i asi salimos la via, donde haviamos visto la Canoa, la noche que por alli veniamos; i en este dia nos vimos muchas veces anegados, i tan perdidos, que ninguno huvo, que no tuviese por cierta la muerte. Plugò à Nuestro Señor, que en las maiores necesidades suele mostrar su favor, que à puesta del Sol bolvimos vna Punta, que la Tierra hace, adonde hallamos mucha bonança, i abrigo. Salieron à nosotros muchas Canoas, i los Indios, que en ellas venian, nos hablaron, i sin querernos aguardar, se bolvieron. Era Gente grande, i bien dispuesta, i no traìan Flechas, ni Arcos. Nosotros les fuimos siguiendo hasta sus Casas, que estaban cerca de alli à la Lengua del Agua, i saltamos en Tierra: i delante de las Casas hallamos muchos Cantaros de Agua, i mucha cantidad de Pescado guisado, i el Señor de aquellas Tierras ofresciò todo aquello al Governador, i tomandolo consigo, lo llevò à su Casa. Las Casas de estos eran de Esteras, que à lo que paresciò eran estantes; i despues que entramos en Casa del Cacique, nos diò mucho Pescado, i nosotros le dimos del Maìz, que traìamos, i lo comieron en nuestra presencia, i nos pidieron mas, i se lo dimos, i el Governador le diò muchos Rescates; el qual, estando con el Cacique en su Casa, à media hora de la noche, supitamente los Indios dieron en nosotros, i en los que estaban mui malos, echados en la Costa, i acometieron tambien la Casa del Cacique, donde el Governador estaba, i lo hirieron de vna piedra en el rostro. Los que alli se hallaron, prendieron al Cacique: mas como los Suios estaban tan cerca, soltòseles, i dexòles en las manos vna Manta de Martas Cebelinas, que son las mejores, que creo Yo que en el Mundo se podrian hallar, i tienen vn olor, que no paresce sino de Ambar, i Almizcle, i alcança tan lexos, que de mucha cantidad se siente: otras vimos alli, mas ningunas eran tales como estas. Los que alli se hallaron, viendo al Governador herido, lo metimos en la Barca, i hecimos que con èl se recogiese toda la mas Gente à sus Barcas, i quedamos hasta cinquenta en Tierra, para contra los Indios, que nos acometieron tres veces aquella noche, i con tanto impetu, que cada vez nos hacian retraer mas de vn tiro de piedra: ninguno huvo de nosotros, que no quedase herido, i Yo lo fui en la cara; i si como se hallaron pocas Flechas, estuvieran mas proveìdos de ellas, sin dubda nos hicieran mucho daño. La vltima vez se pusieron en celada los Capitanes Dorantes, i Peñalosa, i Tellez, con quince Hombres, i dieron en ellos por las espaldas, i de tal manera les hicieron huir, que nos dexaron. Otro dia de mañana Yo les rompì mas de treinta Canoas, que nos aprovecharon para vn Norte que hacia, que por todo el dia huvimos de estàr alli con mucho frio, sin osar entrar en la Mar, por la mucha Tormenta que en ella havia. Esto pasado, nos tornamos à embarcar, i navegamos tres dias: i como haviamos tomado poca Agua, i los Vasos que teniamos para llevar asimismo eran mui pocos, tornamos à caer en la primera necesidad; i siguiendo nuestra via, entramos por vn Estero, i estando en èl, vimos venir vna Canoa de Indios: como los llamamos, vinieron à nosotros; i el Governador, à cuia Barca havian llegado, pidiòles Agua, i ellos la ofrescieron, con que les diesen en que la traxesen; i vn Christiano Griego, llamado Doroteo Teodoro (de quien arriba se hiço mencion) dixo, que queria ir con ellos: el Governador, i otros se lo procuraron estorvar mucho, i nunca lo pudieron, sino que en todo caso queria ir con ellos: asi se fue, i llevò consigo vn Negro, i los Indios dexaron en rehenes dos de su Compañia; i à la noche los Indios bolvieron, i traxeronnos nuestros Vasos sin Agua, i no traxeron los Christianos, que havian llevado: i los que havian dexado por rehenes, como los otros los hablaron, quisieronse echar al Agua. Mas los que en la Barca estaban los detuvieron, i ansi se fueron huiendo los Indios de la Canoa, i nos dexaron mui confusos, i tristes, por haver perdido aquellos dos Christianos.

CAP. X. De la Refriega, que nos dieron los Indios.

Venida la mañana, vinieron à nosotros muchas Canoas de Indios, pidiendonos los dos Compañeros, que en la Barca havian quedado por rehenes. El Governador dixo, que se los daria, con que traxesen los dos Christianos, que havian llevado. Con esta Gente venian cinco, ò seis Señores, i nos paresciò ser la Gente mas bien dispuesta, i de mas autoridad, i concierto, que hasta alli haviamos visto, aunque no tan grandes como los otros, de quien havemos contado. Traìan los cabellos sueltos, i mui largos, i cubiertos con Mantas de Martas, de la suerte de las que atràs haviamos tomado, i algunas de ellas hechas por mui estraña manera, porque en ellas havia vnos laços de labores de vnas Pieles leonadas, que parescian mui bien. Rogabannos, que nos fuesemos con ellos, i que nos darian los Christianos, i Agua, i otras muchas cosas: i contino acudian sobre nosotros muchas Canoas, procurando de tomar la boca de aquella entrada: i asi por esto, como porque la Tierra era mui peligrosa para estàr en ella, nos salimos à la Mar, donde estuvimos hasta medio dia con ellos. Y como no nos quisiesen dàr los Christianos, i por este respeto nosotros no les diesemos los Indios, començaronnos à tirar piedras con Hondas, i Varas, con muestras de flecharnos, aunque en todos ellos no vimos sino tres, o quatro Arcos.

Estando en esta contienda, el viento refrescò, i ellos se bolvieron, i nos dexaron: i asi navegamos aquel dia, hasta hora de Visperas, que mi Barca, que iba delante, descubriò vna Punta, que la Tierra hacia, i del otro cabo se via vn Rio mui grande: i en vna Isleta que hacia la Punta, hice Yo surgir, por esperar las otras Barcas. El Governador no quiso llegar, antes se metiò por vna Baìa mui cerca de alli, en que havia muchas Isletas, i alli nos juntamos, i desde la Mar tomamos Agua dulce, porque el Rio entraba en la Mar de avenida: i por tostar algun Maìz de lo que traìamos, porque ià havia dos dias que lo comiamos crudo, saltamos en aquella Isla, mas como no hallamos Leña, acordamos de ir al Rio, que estaba detràs de la Punta, vna Legua de alli: i iendo, era tanta la corriente, que no nos dexaba en ninguna manera llegar, antes nos apartaba de la Tierra; i nosotros, trabajando, i porfiando por tomarla. El Norte, que venia de la Tierra, començò à crescer tanto, que nos metiò en la Mar, sin que nosotros pudiesemos hacer otra cosa: i à media Legua que fuimos metidos en ella, sondamos, i hallamos, que con treinta braças no podimos tomar hondo, i no podiamos entender, si la corriente era causa que no lo pudiesemos tomar; i asi navegamos dos dias, todavia trabajando por tomar Tierra: i al cabo de ellos, vn poco antes que el Sol saliese, vimos muchos humeros por la Costa: i trabajando por llegar allà, nos hallamos en tres braças de Agua, i por ser de noche, no osamos tomar Tierra; porque como haviamos visto tantos humeros, creìamos que se nos podria recrescer algun peligro, sin nosotros poder vèr, por la mucha obscuridad, lo que haviamos de hacer: i por esto determinamos de esperar à la mañana, i como amanesciò, cada Barca se hallò por sì perdida de las otras: Yo me hallè en treinta braças; i siguiendo mi viage, à hora de Visperas vì dos Barcas, i como fui à ellas, vì que la primera à que lleguè, era la del Governador, el qual me pregunto, què me parescia que debiamos hacer? Yo le dixe, que debia recobrar aquella Barca, que iba delante, i que en ninguna manera la dexase, i que juntas todas tres Barcas, siguiesemos nuestro camino, donde Dios nos quisiese llevar. El me respondiò, que aquello no se podia hacer, porque la Barca iba mui metida en la Mar, i èl queria tomar la Tierra, i que si la queria Yo seguir, que hiciese que los de mi Barca tomasen los Remos, i trabajasen, porque con fuerça de braços se havia de tomar la Tierra: i esto le aconsejaba vn Capitan, que consigo llevaba, que se llamaba Pantoja, diciendole, que si aquel dia no tomaba la Tierra, que en otros seis no la tomaria, i en este tiempo era necesario morir de hambre. Yo vista su voluntad, tomè mi Remo, i lo mismo hicieron todos los que en mi Barca estaban para ello, i bogamos hasta casi puesto el Sol: mas como el Governador llevaba la mas sana, i recia Gente, que entre toda havia, en ninguna manera lo podimos seguir, ni tener con ella. Yo, como vì esto, pedile, que para poderle seguir, me diese vn cabo de su Barca: i èl me respondiò, que no harian ellos poco, si solos aquella noche pudiesen llegar à Tierra. Yo le dixe, que pues via la poca posibilidad, que en nosotros havia para poder seguirle, i hacer lo que havia mandado, que me dixese, què era lo que mandaba que Yo hiciese? El me respondiò, que ià no era tiempo de mandar vnos à otros, que cada vno hiciese lo que mejor le pareciese que era para salvar la vida, que èl ansi lo entendia de hacer; i diciendo esto, se alargò con su Barca: i como no le pude seguir, arribè sobre la otra Barca, que iba metida en la Mar, la qual me esperò; i llegado à ella hallè, que era la que llevaban los Capitanes Peñalosa, i Tellez: i ansi navegamos quatro dias en compañia, comiendo por tasa cada dia medio puño de Maìz crudo. A cabo de estos quatro dias nos tomò vna Tormenta, que hiço perder la otra Barca: i por gran misericordia, que Dios tuvo de nosotros, no nos hundimos del todo, segun el tiempo hacia; i con ser Invierno, i el frio mui grande, i tantos dias, que padesciamos hambre, con los golpes, que de la Mar haviamos rescibido, otro dia la Gente començò mucho à desmaiar: de tal manera, que quando el Sol se puso, todos los que en mi Barca venian estaban caìdos en ella, vnos sobre otros, tan cerca de la muerte, que pocos havia que tuviesen sentido, i entre todos ellos, à esta hora, no havia cinco Hombres en pie; i quando vino la noche, no quedamos sino el Maestre, i Yo, que pudiesemos marear la Barca; i à dos horas de la noche, el Maestre me dixo, que Yo tuviese cargo de ella, porque èl estaba tal, que creìa aquella noche morir: i asi Yo tomè el leme, i pasada media noche, Yo lleguè, por vèr si era muerto el Maestre: i èl me respondiò, que èl antes estaba mejor, i que èl governaria hasta el dia. Yo cierto aquella hora, de mui mejor voluntad tomara la muerte, que no vèr tanta Gente delante de mi de tal manera. Y despues que el Maestre tomò cargo de la Barca, Yo reposè vn poco mui sin reposo; ni havia cosa mas lexos de mi entonces, que el sueño. Y acerca del Alva, pareciòme que oìa el tumbo de la Mar, porque como la Costa era baxa, sonaba mucho, i con este sobresalto, llamè al Maestre, el qual me respondiò, que creìa que eramos cerca de Tierra, i tentamos, i hallamonos en siete braças, i paresciòle, que nos debiamos tener à la Mar, hasta que amanesciese; Y asi Yo tomè vn Remo, i boguè de la vanda de la Tierra, que nos hallamos vna Legua de ella, i dimos la popa à la Mar; i cerca de Tierra nos tomò vna ola; que echò la Barca fuera del Agua vn juego de herradura: i con el gran golpe que diò, casi toda la Gente que en ella estaba como muerta, tornò en sì, i como se vieron cerca de la Tierra, se començaron à descolgar, i con manos, i pies andando: i como salieron à Tierra à vnos barrancos, hecimos lumbre, i tostamos del Maìz que traìamos, i hallamos Agua de la que havia llovido, i con el calor del fuego la Gente tornò en sì, i començaron algo à esforçarse. El dia que aqui llegamos era sexto del Mes de Noviembre.

CAP. XI. De lo que acaesciò à Lope de Oviedo con vnos Indios.

Desque la Gente huvo comido, mandè à Lope de Oviedo, que tenia mas fuerça, i estaba mas recio que todos, se llegase à vnos Arboles, que cerca de alli estaban, i subido en vno de ellos, descubriese la Tierra en que estabamos, i procurase de haver alguna noticia de ella. El lo hiço asi, i entendiò que estabamos en Isla, i viò que la Tierra estaba cabada, à la manera que suele estàr Tierra donde anda Ganado, i paresciòle por esto, que debia ser Tierra de Christianos, i ansi nos lo dixo. Yo le mandè, que la tornase à mirar mui mas particularmente, i viese si en ella havia algunos Caminos, que fuesen seguidos, i esto sin alargarse mucho, por el peligro que podia haver. El fue, i topando con vna vereda, se fue por ella adelante, hasta espacio de media Legua, i hallò vnas Choças de unos Indios, que estaban solas, porque los Indios eran idos al Campo, i tomò vna Olla de ellos, i vn Perrillo pequeño, i vnas pocas de Liças, i asi se bolviò à nosotros; i paresciendonos que se tardaba, embiè otros dos Christianos, para que le buscasen, i viesen què le havia suscedido, i ellos le toparon cerca de alli, i vieron, que tres Indios, con Arcos, i Flechas, venian tras de èl, llamandole, i èl asimismo llamaba à ellos por señas: i asi llegò donde estabamos, i los Indios se quedaron vn poco atràs, asentados en la misma Ribera; i dende à media hora acudieron otros cien Indios Flecheros, que agora ellos fuesen grandes, ò no, nuestro miedo les hacia parescer Gigantes, i pararon cerca de nosotros, donde los tres primeros estaban. Entre nosotros escusado era pensar que havria quien se defendiese, porque dificilmente se hallaron seis, que del suelo se pudiesen levantar. El Veedor, i Yo salimos à ellos; i llamamosles, i ellos se llegaron à nosotros: i lo mejor que podimos, procuramos de asegurarlos, i asegurarnos, i dimosles Cuentas, i Cascaveles, i cada vno de ellos me diò vna Flecha, que es señal de amistad: i por señas nos dixeron, que à la mañana bolverian, i nos traerian de comer, porque entonces no lo tenian.

CAP. XII. Como los Indios nos truxeron de comer.

Otro dia, saliendo el Sol, que era la hora que los Indios nos havian dicho, vinieron à nosotros, como lo havian prometido, i nos traxeron mucho Pescado, i de vnas Raìces, que ellos comen, i son como Nueces, algunas maiores, ò menores, la maior parte de ellas se sacan debaxo del Agua, i con mucho trabajo. A la tarde bolvieron, i nos traxeron mas Pescado, i de las mismas Raìces, i hicieron venir sus Mugeres, i Hijos, para que nos viesen; i ansi se bolvieron ricos de Cascaveles, i Cuentas, que les dimos, i otros dias nos tornaron à visitar, con lo mismo que estotras veces. Como nosotros viamos, que estabamos proveìdos de Pescado, i de Raìces, i de Agua, i de las otras cosas que pedimos, acordamos de tornarnos à embarcar, i seguir nuestro camino, i desenterramos la Barca de la Arena, en que estaba metida, i fue menester, que nos desnudasemos todos, i pasasemos gran trabajo para echarla al Agua, porque nosotros estabamos tales, que otras cosas mui mas livianas bastaban para ponernos en èl; i asi embarcados, à dos tiros de Ballesta dentro en la Mar, nos diò tal golpe de Agua, que nos mojò à todos: i como ibamos desnudos, i el frio que hacia era mui grande, soltamos los Remos de las manos: i à otro golpe que la Mar nos diò, trastornò la Barca: el Veedor, i otros dos se asieron de ella para escaparse, mas suscediò mui al revès, que la Barca los tomò debaxo, i se ahogaron. Como la Costa es mui braba, el Mar de vn tumbo echò à todos los otros embueltos en las olas, i medio ahogados en la Costa de la misma Isla, sin que faltasen mas de los tres, que la Barca havia tomado debaxo. Los que quedamos escapados, desnudos como nascimos, i perdido todo lo que traìamos: i aunque todo valia poco, para entonces valia mucho. Y como entonces era por Noviembre, i el frio mui grande, i nosotros tales, que con poca dificultad nos podian contar los huesos, estabamos hechos propria figura de la Muerte. De mì sè decir, que desde el mes de Maio pasado, Yo no havia comido otra cosa sino Maìz tostado, i algunas veces me vì en necesidad de comerlo crudo; porque aunque se mataron los Caballos, entretanto que las Barcas se hacian, Yo nunca pude comer de ellos, i no fueron diez veces las que comì pescado. Esto digo, por escusar raçones, porque pueda cada vno vèr, què tales estariamos. Y sobre todo lo dicho, havia sobrevenido viento Norte, de suerte, que mas estabamos cerca de la muerte, que de la vida: plugo à Nuestro Señor, que buscando los tiçones del fuego, que alli haviamos hecho, hallamos lumbre con que hicimos grandes fuegos: i ansi estuvimos pidiendo à Nuestro Señor misericordia, i perdon de nuestros pecados, derramando muchas lagrimas, haviendo cada vno lastima, no solo de sì, mas de todos los otros, que en el mismo estado vian. Y à hora de puesto el Sol, los Indios, creiendo que no nos haviamos ido, nos bolvieron à buscar, i à traernos de comer: mas quando ellos nos vieron ansi en tan diferente habito del primero, i en manera tan estraña, espantaronse tanto, que se bolvieron atràs. Yo salì à ellos, i llamèlos, i vinieron mui espantados, hicelos entender por señas, como se nos havia hundido vna Barca, i se havian ahogado tres de nosotros: i alli en su presencia, ellos mismos, vieron dos muertos, i los que quedabamos, ibamos aquel camino. Los Indios de vèr el desastre que nos havia venido, y el desastre en que estabamos, con tanta desventura, i miseria se sentaron entre nosotros: i con el gran dolor, i lastima que ovieron de vernos en tanta fortuna, començaron todos à llorar recio, i tan de verdad, que lexos de alli se podia oìr, i esto les durò mas de media hora: i cierto, vèr que estos Hombres, tan sin raçon, i tan crudos, à manera de Brutos, se dolian tanto de nosotros, hiço que en mì, i en otros de la compañia cresciese mas la pasion, i la consideracion de nuestra desdicha. Sosegado ià este llanto, Yo preguntè à los Christianos, i dixe, que si à ellos parescia, rogaria à aquellos Indios, que nos llevasen à sus Casas: i algunos de ellos, que havian estado en la Nueva-España, respondieron, que no se debia hablar en ello, porque si à sus Casas nos llevaban, nos sacrificarian à sus Idolos: mas visto que otro remedio no havia, i que por qualquier otro camino estaba mas cerca, i mas cierta la muerte, no curè de lo que decian, antes roguè à los Indios, que nos llevasen à sus Casas, i ellos mostraron que havian gran placer de ello, i que esperasemos vn poco, que ellos harian lo que queriamos; i luego treinta de ellos se cargaron de leña, i se fueron à sus Casas, que estaban lexos de alli, i quedamos con los otros hasta cerca de la noche, que nos tomaron; i llevandonos asidos, i con mucha priesa, fuimos à sus Casas, i por el gran frio que hacia; i temiendo que en el camino alguno no muriese, ò desmaiase, proveieron, que oviese quatro, ò cinco fuegos mui grandes, puestos à trechos, i en cada vno de ellos nos escalentaban: i desque vian que haviamos tomado alguna fuerça, i calor, nos llevaban hasta el otro, tan apriesa, que casi los pies no nos dexaban poner en el suelo: i de esta manera fuimos hasta sus Casas, donde hallamos que tenian hecha vna Casa para nosotros, i muchos fuegos en ella: i desde à vn hora que haviamos llegado, començaron à bailar, i hacer grande fiesta (que durò toda la noche) aunque para nosotros no havia placer, siesta, ni sueño, esperando quando nos havian de sacrificar, i la mañana nos tornaron á dàr Pescado, i Raìces, i hacer tan buen tratamiento, que nos aseguramos algo, i perdimos algo el miedo del sacrificio.

CAP. XIII. Como supimos de otros Christianos.

Este mismo dia Yo vi à vn Indio de aquellos vn Rescate, i conoscì que no era de los que nosotros les haviamos dado: i preguntando donde le havian havido, ellos por señas me respondieron, que se lo havian dado otros Hombres como nosotros, que estaban atràs. Yo viendo esto, embiè dos Christianos, i dos Indios, que les mostrasen aquella Gente, i mui cerca de alli toparon con ellos, que tambien venian à buscarnos, porque los Indios que allà quedaban, los havian dicha de nosotros, i estos eran los Capitanes Andrès Dorantes, y Alonso del Castillo, con toda la Gente de su Barca. Y llegados à nosotros, se espantaron mucho de vernos de la manera que estabamos, i rescibieron mui gran pena por no tener que darnos, que ninguna otra cosa traìan, sino la que tenian vestida. Y estuvieron alli con nosotros, i nos contaron, como à cinco de aquel mismo Mes, su Barca havia dado al travès legua, i media de alli, i ellos havian escapado, sin perderse ninguna cosa: i todos juntos acordamos de adobar su Barca, i irnos en ella los que tuviesen fuerça, i disposicion para ello; los otros quedarse alli hasta que convaleciesen, para irse, como pudiesen, por luengo de Costa, i que esperasen alli, hasta que Dios los llevase con nosotros à Tierra de Christianos; i como lo pensamos, asi nos pusimos en ello; i antes que echasemos la Barca al Agua, Tavera, vn Caballero de nuestra Compañia, muriò; i la Barca que nosotros pensabamos llevar, hiço su fin, i no se pudo sostener à si misma, que luego fue hundida; i como quedamos del arte que he dicho, i los mas desnudos, i el tiempo tan recio para caminar, i pasar Rios, i Ancones à nado, ni tener bastimento alguno, ni manera para llevarlo, determinamos de hacer lo que la necesidad pedia, que era invernar alli; i acordamos tambien, que quatro Hombres, que mas recios estaban, fuesen à Panuco, creiendo que estabamos cerca de alli; i que si Dios Nuestro Señor fuese servido de llevarnos allà, diesen aviso de como quedabamos en aquella Isla, i de nuestra necesidad, i trabajo. Estos eran mui grandes nadadores, i al vno llamaban Alvaro Fernandez, Portuguès, Carpintero, i Marinero: el segundo se llamaba Mendez; i al tercero Figueroa, que era natural de Toledo: el quarto, Astudillo, natural de Çafra, llevaban consigo vn Indio, que era de la Isla.

CAP. XIV. Como se partieron los quatro Christianos.

Partidos estos quatro Christianos, dende à pocos dias suscediò tal tiempo de frios, i tempestades, que los Indios no podian arrancar las Raìces: i de los Cañales en que pescaban ià no havia provecho ninguno; i como las Casas eran tan desabrigadas, començòse à morir la Gente; i cinco Christianos, que estaban en rancho en la Costa, llegaron à tal estremo, que se comieron los vnos à los otros, hasta que quedò vno solo, que por ser solo no huvo quien lo comiese. Los nombres de ellos son estos: Sierra, Diego Lopez, Corral, Palacios, Gonçalo Ruiz. De este caso se alteraron tanto los Indios, i hovo entre ellos tan gran escandalo, que sin duda, si al principio ellos lo vieran, los matàran, i todos nos vieramos en grande trabajo. Finalmente, en mui poco tiempo, de ochenta Hombres, que de ambas partes alli llegamos, quedaron vivos solos quince: i despues de muertos estos; diò à los Indios de la Tierra vna enfermedad de estomago, de que muriò la mitad de la Gente de ellos: i creieron, que nosotros eramos los que los matabamos; i teniendolo por mui cierto, concertaron entre sì de matar à los que haviamos quedado. Yà que lo venian à poner en efecto, vn Indio, que à mi me tenia, les dixo, que no creiesen, que nosotros eramos los que los matabamos, porque si nosotros tal poder tuvieramos, escusàramos que no murieran tantos de nosotros, como ellos vian que havian muerto, sin que les pudieramos poner remedio, i que ià no quedabamos sino mui pocos, i que ninguno hacia daño, ni perjuicio, que lo mejor era, que nos dexasen. Y quiso Nuestro Señor, que los otros siguieron este consejo, i pareicer, i ansi se estorvò su proposito. A esta Isla pusimos por nombre, Isla de Malhado. La Gente que alli hallamos son grandes, i bien dispuestos: no tienen otras Armas sino Flechas, i Arcos, en que son por estremo diestros. Tienen los Hombres la vna Teta horadada de vna parte à otra, i algunos ai que las tienen ambas; i por el agujero que hacen, traen vna Caña atravesada, tan larga, como dos palmos i medio, i tan gruesa, como dos dedos: traen tambien horadado el Labio de abaxo, i puesto en èl vn pedaço de la Caña, delgada como medio dedo. Las Mugeres son para mucho trabajo. La habitacion que en esta Isla hacen, es desde Octubre, hasta en fin de Hebrero. El su mantenimiento es las Raìces que he dicho, sacadas debaxo el Agua por Noviembre, i Diciembre. Tienen Cañales, i no tienen mas Peces de para este tiempo: de aì adelante comen las Raìces. En fin de Hebrero vàn à otras partes à buscar con que mantenerse, porque entonces las Raìces comiençan à nascer, i no son buenas. Es la Gente del Mundo, que mas aman à sus Hijos, i mejor tratamiento les hacen: i quando acaesce que à alguno se le muere el Hijo, lloranle los Padres, i los Parientes, i todo el Pueblo, i el llanto dura vn Año cumplido, que cada dia por la mañana, antes que amanezca, comiençan primero à llorar los Padres, i tras esto todo el Pueblo: i esto mismo hacen al medio dia, i quando amanesce: i pasado un Año que los han llorado, hacenle las Honras del muerto, i lavanse, i limpianse del tizne que traen. A todos los Defuntos lloran de esta manera, salvo à los viejos, de quien no hacen caso, porque dicen, que ià han pasado su tiempo, i de ellos ningun provecho ai, antes ocupan la Tierra, i quitan el mantenimiento à los niños. Tienen por costumbre de enterrar los Muertos, sino son los que entre ellos son Fisicos, que à estos quemanlos; i mientras el fuego arde, todos estàn bailando, i haciendo mui gran fiesta, i hacen polvos los huesos: i pasado vn Año, quando se hacen sus Honras, todos se jasan en ellas, i à los Parientes dàn aquellos polvos à beber de los huesos en Agua. Cada vna tiene vna Muger conoscida. Los Fisicos son los Hombres mas libertados; pueden tener dos, i tres, i entre estas ai mui gran amistad, i conformidad. Quando viene que alguno casa su Hija, el que la toma por Muger, dende el dia que con ella se casa, todo lo que matare caçando, ò pescando, todo lo trae la Muger à la casa de su Padre, sin osar tomar, ni comer alguna cosa de ello, i de casa de el Suegro le llevan à èl de comer: i en todo este tiempo el Suegro, ni la Suegra no entran en su casa, ni èl ha de entrar en casa de los Suegros, ni Cuñados: i si acaso se toparen por alguna parte, se desvian vn tiro de Ballesta el vno del otro; i entretanto que asi vàn apartandose, llevan la cabeça baxa, i los ojos en tierra puestos; porque tienen por cosa mala verse, ni hablarse. Las Mugeres tienen libertad para comunicar, i conversar con los Suegros, i Parientes; i esta costumbre se tiene desde la Isla, hasta mas de cinquenta leguas por la Tierra adentro.

Otra costumbre ai, i es, que quando algun Hijo, ò Hermano muere, en la casa donde muriere, tres meses no buscan de comer, antes se dexan morir de hambre, i los Parientes, i los Vecinos les proveen de lo que han de comer. Y como en el tiempo que aqui estuvimos muriò tanta Gente de ellos, en las mas Casas havia mui gran hambre, por guardar tambien su costumbre, i cerimonia; i los que lo buscaban, por mucho que trabajaban, por ser el tiempo tan recio, no podian hacer sino mui poco; i por esta causa los Indios que à mi me tenian, se salieron de la Isla, i en vnas Canoas se pasaron à Tierra-firme à vnas Baìas, adonde tenian muchos Hostiones, i tres meses del Año no comen otra cosa, i beben mui mala Agua. Tienen gran falta de Leña, i de Mosquitos mui grande abundancia. Sus Casas son edificadas de Esteras, sobre muchas Cascaras de Hostiones, i sobre ellos duermen encueros, i no los tienen sino es acaso; i asi estuvimos hasta en fin de Abril, que fuimos à la Costa de la Mar, à do comimos Moras de Çarças todo el Mes, en el qual no cesan de hacer sus Areitos, i fiestas.

CAP. XV. De lo que nos acaesciò en Isla la de Malhado.

En aquella Isla, que he contado, nos quisieron hacer Fisicos, sin examinarnos, ni pedirnos los Titulos, porque ellos curan las enfermedades soplando al enfermo, i con aquel soplo, i las manos, echan de èl la enfermedad, i mandaron nos que hiciesemos lo mismo, i sirviesemos en algo: nosotros nos reìamos de ello, diciendo, que era burla, i que no sabiamos curar, i por esto nos quitaban la comida, hasta que hiciesemos lo que nos decian. Y viendo nuestra porfia, vn Indio me dixo à mì, que Yo no sabia lo que decia en decir, que no aprovecharia nada aquello que èl sabia, ca las Piedras, i otras cosas que se crian por los Campos, tienen virtud; i que èl con vna Piedra caliente, traiendola por el estomago, sanaba, i quitaba el dolor, i que nosotros que eramos hombres, cierto era que teniamos maior virtud, i poder. En fin, nos vimos en tanta necesidad, que lo hovimos de hacer, sin temer que nadie nos llevase por ello la pena. La manera que ellos tienen en curarse es esta: que en viendose enfermos, llaman vn Medico, i despues de curado, no solo le dàn todo lo que poseen, mas entre sus parientes buscan cosas para darle. Lo que el Medico hace, es dalle vnas fajas adonde tiene el dolor, i chupanles al derredor de ellas. Dàn cauterios de fuego, que es cosa entre ellos tenida por mui provechosa, i Yo lo he experimentado, i me suscediò bien de ello; i despues de esto, soplan aquel lugar que les duele, i con esto creen ellos, que se les quita el mal. La manera con que nosotros curamos, era santiguandolos, i soplarlos, i reçar vn Pater noster, i vn Ave Maria, i rogar lo mejor que podiamos à Dios Nuestro Señor, que les diese salud, i espirase en ellos, que nos hiciesen algun buen tratamiento. Quiso Dios Nuestro Señor, i su misericordia, que todos quellos por quien suplicamos, luego que los santiguamos, decian à los otros, que estaban sanos, i buenos; i por este respecto nos hacian buen tratamiento, i dexaban ellos de comer por darnoslo à nosotros, i nos daban Cueros, i otras cosillas. Fue tan estremada la hambre que alli se pasò, que muchas veces estuve tres dias sin comer ninguna cosa, i ellos tambien lo estaban, i paresciame ser cosa imposible durar la vida, aunque en otras maiores hambres, i necesidades me vi despues, como adelante dirè. Los Indios que tenian à Alonso del Castillo, i Andrès Dorantes, i à los demàs que havian quedado vivos, como eran de otra Lengua, i de otra Parentela, se pasaron à otra parte de la Tierra-firme à comer Hostiones, i alli estuvieron hasta el primero dia del Mes de Abril, i luego bolvieron à la Isla, que estaba de alli hasta dos leguas, por lo mas ancho del Agua, i la Isla tiene media legua de travès, i cinco en largo.

Toda la Gente de esta Tierra anda desnuda, solas las Mugeres traen de sus cuerpos algo cubierto con vna Lana que en los Arboles se cria. Las Moças se cubren con vnos Cueros de Venados. Es Gente mui partida de lo que tienen vnos con otros. No ai entre ellos Señor. Todos los que son de vn Linage andan juntos. Habitan en ella dos maneras de Lenguas, à los vnos llaman de Capoques, i à los otros de Han: tienen por costumbre, quando se conoscen, i de tiempo à tiempo se vèn, primero que se hablen, estàr media hora llorando; i acabado esto, aquel que es visitado, se levanta primero, i dà al otro todo quanto posee, i el otro lo rescibe: i de aì à vn poco se và con ello, i aun algunas veces, despues de rescebido, se vàn sin que hablen palabra. Otras estrañas costumbres tienen, mas Yo he contado las mas principales, i mas señaladas por pasar adelante, i contar lo que mas nos suscedio.

CAP. XVI. Como se partieron los Christianos de la Isla de Malhado.

Despues que Dorantes, i Castillo bolvieron à la Isla, recogieron consigo todos los Christianos, que estaban algo esparcidos, i hallaronse por todos catorce. Yo, como he dicho, estaba en la otra parte en Tierra-firme, donde mis Indios me havian llevado, i donde me havia dado tan gran enfermedad, que ià que alguna otra cosa me diera esperança de vida, aquella bastaba para del todo quitarmela. Y como los Christianos esto supieron, dieron à vn Indio la Manta de Martas, que del Cacique haviamos tomado, como arriba diximos, porque los pasase donde Yo estaba para verme; i asi, vinieron doce, porque los dos quedaron tan flacos, que no se atrevieron à traerlos consigo: los nombres de los que entonces vinieron, son: Alonso del Castillo, Andrès Dorantes, i Diego Dorantes, Valdivieso, Estrada, Tostado, Chaves, Gutierrez, Asturiano Clerigo, Diego de Huelva, Estevanico el Negro, Benitez: i como fueron venidos à Tierra-firme, hallaron otro, que era de los nuestros, que se llamaba Francisco de Leon; i todos trece por luengo de Costa. Y luego que fueron pasados los Indios, que me tenian, me avisaron de ello, i como quedaban en la Isla Hieronimo de Alaniz, i Lope de Oviedo. Mi enfermedad estorvò que no les pude seguir, ni los vì. Yo huve de quedar con estos mismos Indios de la Isla mas de vn Año, i por el mucho trabajo que me daban, i mal tratamiento que me hacian, determinè de huir de ellos, i irme à los que moran en los Montes, i Tierra-firme, que se llaman los de Charruco, porque Yo no podia sufrir la vida, que con estos otros tenia; porque entre otros trabajos muchos, havia de sacar las Raìces para comer debaxo del Agua, i entre las Cañas, donde estaban metidas en la Tierra; i de esto traìa Yo los dedos tan gastados, que vna Paja que me tocase, me hacia sangre de ellos, i las Cañas me rompian por muchas partes, porque muchas de ellas estaban quebradas, i havia de entrar por medio de ellas, con la Ropa que he dicho que traìa. Y por esto Yo puse en obra de pasarme à los otros, i con ellos me suscediò algo mejor: i porque Yo me hice Mercader, procurè de vsar el Oficio lo mejor que supe; i por esto ellos me daban de comer, i me hacian buen tratamiento, i rogabanme, que me fuese de vnas partes à otras, por cosas que ellos havian menester; porque por raçon de la Guerra, que contino traen, la Tierra no se anda, ni se contrata tanto. E ià con mis Tratos, i Mercaderias entraba la Tierra adentro todo lo que queria, i por luengo de Costa me alargaba quarenta, ò cinquenta leguas. Lo principal de mi trato, era pedaços de Caracoles de la Mar, i Coraçones de ellos, i Conchas, con que ellos cortan vna fruta, que es como Frisoles, con que se curan, i hacen sus Bailes, i Fiestas; i esta es la cosa de maior prescio que entre ellos ai, i Cuentas de la Mar, i otras cosas. Asi esto era lo que io llevaba la Tierra adentro; i en cambio, i trueco de ello traìa Cueros, i Almagra con que ellos se vntan, i tiñen las Caras, i Cabellos; Pedernales para puntas de Flechas, Engrudo, i Cañas duras para hacerlas, i vnas Borlas, que se hacen de Pelos de Venados, que las tiñen, i paran coloradas: i este Oficio me estaba à mi bien, porque andando en èl tenia libertad para ir donde queria, i no era obligado à cosa alguna, i no era Esclavo, i donde quiera que iba me hacian buen tratamiento, i me daban de comer por respeto de mis Mercaderias; i lo mas principal, porque andando en ello, Yo buscaba por donde me havia de ir adelante, i entre ellos era mui conoscido: holgaban mucho quando me vian, i les traìa lo que havian menester; i los que no me conoscian, me procuraban, i deseaban vèr por mi fama. Los trabajos que en esto pasè, serìa largo contarlos, asi de peligros, i hambres, como de tempestades, i frios, que muchos de ellos me tomaron en el Campo. i solo, donde por gran misericordia de Dios Nuestro Señor escapè; i por esta causa Yo no trataba el Oficio en Invierno, por ser tiempo, que ellos mismos en sus Choças, i Ranchos metidos, no podian valerse, ni ampararse. Fueron casi seis Años el tiempo que Yo estuve en esta Tierra solo entre ellos, i desnudo, como todos andaban. La raçon por què tanto me detuve, fue por llevar conmigo vn Christiano, que estaba en la Isla, llamado Lope de Oviedo. El otro Compañero de Alaniz, que con èl havia quedado, quando Alonso del Castillo, i Andrès Dorantes, con todos los otros, se fueron, muriò luego; i por sacarlo de alli, Yo pasaba à la Isla cada Año, i le rogaba, que nos fuesemos à la mejor maña que pudiesemos en busca de Christianos, i cada Año me detenia, diciendo, que el otro siguiente nos iriamos. En fin, al cabo lo saquè, i le pasè el Ancon, i quatro Rios, que ai por la Costa, porque èl no sabia nadar, i ansi fuimos con algunos Indios adelante, hasta que llegamos à vn Ancon, que tiene vna legua de travès, i es por todas partes hondo: i por lo que de èl nos paresciò, i vimos, es, el que llaman del Espiritu Santo, i de la otra parte dèl vimos vnos Indios, que vinieron à vèr los nuestros, i nos dixeron, como mas adelante havia tres Hombres como nosotros, i nos dixeron los nombres de ellos; i preguntandoles por los demàs, nos respondieron, que todos eran muertos de frio, i de hambre: i que aquellos Indios de adelante, ellos mismos por su pasatiempo havian muerto à Diego Dorantes, i à Valdivieso, i à Diego de Huelva, porque se havian pasado de vna casa à otra; i, que los otros Indios sus vecinos, con quien agora estaba el Capitan Dorantes, por raçon de vn sueño que havian soñado, havian muerto à Esquivèl, i à Mendez. Preguntamosles, què tales estaban los vivos? dixeron nos, que mui maltratados, porque los Mochachos, i otros Indios, que entre ellos son mui holgaçanes, i de mal trato, les daban muchas coces, i bofetones, i palos, i que esta era la vida que con ellos tenian. Quesimonos informar de la Tierra adelante, i de los mantenimientos que en ella havia, respondieron, que era mui pobre de Gente, i que en ella no havia que comer, i que morian de frio, porque no tenian Cueros, ni con que cubrirse. Dixeron nos tambien, si queriamos vèr aquellos tres Christianos, que de aì à dos dias los Indios que los tenian venian à comer Nueces vna legua de alli à la Vera de aquel Rio: i porque viesemos, que lo que nos havian dicho del mal tratamiento de los otros era verdad, estando con ellos dieron al Compañero mio de bofetones, i palos, i Yo no quedè sin mi parte, i de muchos pellaços de lodo que nos tiraban, i nos ponian cada dia las Flechas al coraçon, diciendo, que nos querian matar como à los otros nuestros Compañeros. Y temiendo esto Lope de Oviedo, mi Compañero, dixo, que queria bolverse con vnas Mugeres de aquellos Indios, con quien haviamos pasado el Ancon, que quedaban algo atràs. Yo porfiè mucho con èl que no lo hiciese, i pasè muchas cosas, i por ninguna via lo pude detener; i asi se bolviò, i Yo quedè solo con aquellos Indios, los quales se llamaban Quevenes, i los otros con quien èl se fue, llaman Deaguanes.

CAP. XVII. Como vinieron los Indios i truxeron à Andrès Dorantes, i à Castillo, i à Estevanico.

Desde à dos dias que Lope de Oviedo se havia ido, los Indios que tenian à Alonso del Castillo, i Andrès Dorantes, vinieron al mesmo Lugar, que nos havian dicho, à comer de aquellas Nueces, de que se mantienen, moliendo vnos granillos con ellas, dos Meses del Año, sin comer otra cosa, i aun esto no lo tienen todos los Años, porque acuden vno, i otro no: son del tamaño de las de Galicia, i los Arboles son mui grandes, i ai gran numero de ellos. Vn Indio me avisò como los Christianos eran llegados, i que si Yo queria verlos, me hurtase, i huiese à vn Canto de vn Monte, que èl me senalò; porque èl, i otros Parientes suios havian de venir à vèr aquellos Indios, i que me llevarian consigo adonde los Christianos estaban. Yo me confiè de ellos, i determinè de hacerlo, porque tenian otra Lengua distinta de la de mis Indios: i puesto por obra, otro dia fueron, i me hallaron en el lugar que estaba señalado: i asi me llevaron consigo. Yà que lleguè cerca de donde tenian su Aposento, Andrès Dorantes saliò à vèr quien era, porque los Indios le havian tambien dicho como venia vn Christiano; i quando me viò, fue mui espantado, porque havia muchos dias que me tenian por muerto, i los Indios asi lo havian dicho. Dimos muchas gracias à Dios de vernos juntos: i este dia fue vno de los de maior placer, que en nuestros dias havemos tenido: i llegado donde Castillo estaba, me preguntaron, què donde iba? Yo le dixe, que mi proposito era de pasar à Tierra de Christianos, i que en este rastro, i busca iba. Andrès Dorantes respondiò, que muchos dias havia que èl rogaba à Castillo, i à Estevanico, que se fuesen adelante, i que no lo osaban hacer, porque no sabian nadar, i que temian mucho los Rios, i Ancones por donde havian de pasar, que en aquella Tierra ai muchos. Y pues Dios Nuestro Señor havia sido servido de guardarme entre tantos trabajos, i enfermedades, i al cabo traerme en su compañia, que ellos determinaban de huir, que Yo los pasaria de los Rios, i Ancones que topasemos; i avisaronme, que en ninguna manera diese à entender à los Indios, ni conosciesen de mì, que Yo queria pasar adelante, porque luego me matarian; i que para esto era menester que Yo me detuviese con ellos seis Meses, que era tiempo en que aquellos Indios iban à otra Tierra à comer Tunas. Esta es vna Fruta, que es del tamaño de Huevos, i son bermejas, i negras, i de mui buen gusto. Comenlas tres Meses del Año, en los quales no comen otra cosa alguna; porque al tiempo que ellos las cogian, venian à ellos otros Indios de adelante, que traìan Arcos para contratar, i cambiar con ellos: i que quando aquellos se bolviesen, nos huìriamos de los nuestros, i nos bolveriamos con ellos. Con este concierto Yo quedè alli, i me dieron por Esclavo à vn Indio, con quien Dorantes estaba; el qual era tuerto, i su Muger, i vn Hijo que tenia, i otro que estaba en su compañia; de manera, que todos eran tuertos. Estos se llaman Marianes: i Castillo estaba con otros sus vecinos, llamados Iguases. Y estando aqui ellos me contaron, que despues que salieron de la Isla de Malhado, en la Costa de la Mar hallaron la Barca en que iba el Contador, i los Frailes al travès; i que iendo pasando aquellos Rios, que son quatro mui grandes, i de muchas corrientes, les llevò las Barcas en que pasaban à la Mar, donde se ahogaron quatro de ellos, i que asi fueron adelante hasta que pasaron el Ancon, i lo pasaron con mucho trabajo: i à quince leguas adelante hallaron otro: i que quando alli llegaron, ià se les havian muerto dos Compañeros, en sesenta leguas que havian andado, i que todos los que quedaban estaban para lo mismo, i que en todo el camino no havian comido sino Cangrejos, i Yerva Pedrera: i llegados à este vltimo Ancon, decian, que hallaron en èl Indios, que estaban comiendo Moras; i como vieron à los Christianos, se fueron de alli à otro cabo: i que estando procurando, i buscando manera para pasar el Ancon, pasaron à ellos vn Indio, i vn Christiano, i que llegado, conoscieron que era Figueroa, vno de los quatro que haviamos embiado adelante en la Isla de Malhado, i alli les contò, como èl, i sus Compañeros havian llegado hasta aquel Lugar, donde se havian muerto dos de ellos, i vn Indio, todos tres de frio, i de hambre, porque havian venido, i estado en el mas recio tiempo del mundo, i que à èl, i á Mendez havian tomado los Indios, i que estando con ellos, Mendez havia huìdo, iendo la via lo mejor que pudo de Panuco, i que los Indios havian ido tras èl; i que lo havian muerto: i que estando èl con estos Indios, supo de ellos, como con los Mariames estaba vn Christiano, que havia pasado de la otra parte, i lo havia hallado con los que llamaban Quevenes: i que este Christiano era Hernando de Esquivèl, natural de Badajoz, el qual venia en compañia del Comisario, i que èl supo de Esquivèl el fin en que havian parado el Governador, i Contador, i los demàs, i le dixo, que el Contador, i los Frailes havian echado al travès su Barca entre los Rios; i viniendose por luengo de Costa, llegò la Barca del Governador con su Gente en tierra, i èl se fue con su Barca, hasta que llegaron à aquel Ancon grande, i que alli tornò à tomar la Gente, i la pasò del otro cabo, i bolviò por el Contador, i los Frailes, i todos los otros; i contò, como estando desembarcados, el Governador havia revocado el Poder que el Contador tenia de Lugar-Teniente suio; i diò el cargo à vn Capitan, que traìa consigo, que se decia Pantoja, i que el Governador se quedò en su Barca, i no quiso aquella noche salir à tierra, i quedaron con èl vn Maestre, i vn Page, que estaba malo, i en la Barca no tenian Agua, ni cosa ninguna que comer; i que à media noche el Norte vino tan recio, que sacò la Barca à la Mar, sin que ninguno la viese, porque no tenia por reson sino vna Piedra, i que nunca mas supieron dèl; i que visto esto, la Gente que en tierra quedaron, se fueron por luengo de Costa, i que como hallaron tanto estorvo de Agua, hicieron Balsas con mucho trabajo, en que pasaron de la otra parte; i que iendo adelante llegaron à vna punta de vn Monte, orilla del Agua, i que hallaron Indios, que como los vieron venir, metieron sus Casas en sus canoas, i se pasaron de la otra parte à la Costa; i los Christianos viendo el tiempo que era, porque era por el Mes de Noviembre, pararon en este Monte porque hallaron Agua, i Leña, i algunos Cangrejos, i Mariscos, donde de frio, i de hambre se començaron poco à poco à morir. Allende de esto, Pantoja, que por Teniente havia quedado, les hacia mal tratamiento, i no lo pudiendo sufrir Soto-Maior, Hermano de Vasco Porcallo, el de la Isla de Cuba, que en el Armada havia venido por Maestre de Campo, se rebolviò con èl, i le diò vn palo, de que Pantoja quedò muerto, i asi se fueron acabando; i los que morian, los otros los hacian tasajos, i el vltimo que muriò fue Soto-Maior i Esquivèl, lo hiço tasajos, i comiendo dèl, se mantuvo hasta primero de Março, que vn Indio de los que alli havian huìdo, vino à vèr si eran muertos, i llevò à Esquivèl consigo; i estando en poder de este Indio, el Figueroa lo hablò, i supo de èl todo lo que havemos contado; i le rogò que se viniese con èl, para irse ambos la via del Panuco; lo qual Esquivèl no quiso hacer, diciendo, que èl havia sabido de los Frailes, que Panuco havia quedado atràs, i asi se quedò alli, i Figueroa se fue à la Costa adonde solia estàr.

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