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Los Recursos de la Astucia

PARTE PRIMERA

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I. CUENCA

Cuenca, como casi todas las ciudades interiores de España, tiene algo de castillo, de convento y de santuario. La mayoría de los pueblos del centro de la península dan una misma impresión de fortaleza y de oasis; fortaleza, porque se les ve preparados para la defensa; oasis, porque el campo español, quitando algunas pequeñas comarcas, no ofrece grandes atractivos para vivir en él, y en cambio la ciudad los ofrece comparativamente mayores y más intensos.

Así, Madrid, Segovia, Cuenca, Burgos, Avila presentan idéntico aspecto de fortalezas y de oasis en medio de las llanuras que les rodean, en la monotonía de los yermos que les circundan, en esos parajes pedregosos, abruptos, de aire trágico y violento.

En la misma Andalucía, de tierras fértiles, el campo apenas se mezcla con la ciudad; el campo es para la gente labradora el lugar donde se trabaja y se gana con fatigas y sudores; la ciudad, el albergue donde se descansa y se goza. En toda España se nota la atracción por la ciudad y la indiferencia por el campo. Si un hombre desde lo alto de un globo eligiera sitio para vivir, en Castilla elegiría la ciudad: en aquella plaza, en aquel paseo, en aquella alameda, en aquel huerto; en cambio, en la zona cantábrica, en el país vasco, por ejemplo, elegiría el campo, este recodo del camino, aquella orilla del río, el rincón de la playa... Así se da el caso, que á primera vista parece extraño, la llanura monótona sirviendo de base á ciudades fuertes y populosas; en cambio, el campo quebrado y pintoresco escondiendo únicamente aldeas.

La ciudad española clásica colocada en un cerro, es una creación completa, un producto estético, perfecto y acabado. En su formación, en su silueta, hasta en aquellas que son relativamente modernas, se ve que ha presidido el espíritu de los romanos, de los visigodos y de los árabes.

Son estas ciudades, ciudades roqueras, místicas y alertas: tienen el porte de grandes atalayas para otear desde la altura.

Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero, ofrece este aire de centinela observador.

Se levanta sobre un alto cerro que domina la llanura y se defiende por dos precipicios, en cuyo fondo corren dos ríos: el Júcar y el Huécar.

Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan por el cerro de San Cristóbal, en donde se asienta la ciudad y por el del Socorro y el del Rey que forman entre ellos y el primero fosos muy hondos y escarpados.

El foso, por el que corre el río Huécar, en otro tiempo y como medio de defensa podía inundarse.

El caserío antiguo de Cuenca, desde la cuesta de Vélez, es una pirámide de casas viejas, apiñadas, manchadas por la lepra amarilla de los líquenes.

Dominándolo todo se alza la torre municipal de la Mangana. Este caserío antiguo, de romántica silueta, erguido sobre una colina, parece el Belén de un nacimiento. Es un nido de águilas hecho sobre una roca.

El viajero al divisarlo recuerda las estampas que reproducen arbitraria y fantásticamente los castillos de Grecia y de Siria, los monasterios de las islas del Mediterráneo y los del monte Athos.

Desde la orilla del Huécar, por entre moreras y carrascas, de abajo á arriba, se ve el perfil de la ciudad conquense en su parte más larga.

Aparecen en fila una serie de casas amarillentas, altas, algunas de diez pisos, con paredones derruídos, asentadas sobre las rocas vivas de la Hoz, manchadas por las matas, las hiedras y las mil clases de hierbajos que crecen entre las peñas.

Estas casas, levantadas al borde del precipicio, con miradores altos, colgados, y estrechas ventanas, producen el vértigo. Alguna que otra torre descuella en la línea de tejados que va subiendo hasta terminar en el barrio del Castillo, barrio rodeado de viejos cubos de murallas ruinosas.

Salvando la hoz del Huécar existía antes un gran puente de piedra, un elefante de cinco patas sostenido en el borde del río que se apoyaba por los extremos, estribándose en los dos lados del barranco.

Este puente, que servía para comunicar el pueblo con el convento de San Pablo, había sido costeado por el canónigo D. Juan del Pozo en el siglo XVI. A fines del XVIII el puente del Canónigo se rompió, derrumbándose el primer machón y el segundo arco del lado de la ciudad, y quedó así roto durante muchos años.

De los dos ríos conquenses, el Huécar fué siempre utilizado en el pueblo para mover los molinos y regar las huertas. El Júcar, más solitario, era el río de los pescadores. Se deslizaba por su hoz tranquilo, verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro donde se asienta Cuenca, se veía el caserío del pueblo sobre los riscos y las peñas, y en la parte más alta se destacaba la ermita de Nuestra Señora de las Angustias.

Como casi todas las ciudades encerradas entre murallas, Cuenca sintió un momento la necesidad de ensancharse, de salir de su angosto recinto, de bajar de su roca á la llanura. Tal necesidad la experimentó más fuertemente á principios del siglo XIX, y creó un arrabal ó ciudad baja.

En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja, se da casi siempre el mismo caso: en lo alto, la aristocracia, el clero, los representantes de la milicia y del Estado; en lo bajo, la democracia, el comercio, la industria.

En estos pueblos el pasado está siempre en alto y el presente siempre en bajo. No hay que extrañar que el espíritu de su vecindario sea casi siempre retrógrado.

El arrabal de Cuenca, formado principalmente por una calle larga á ambos lados del camino real, se llamó la Carretería.

Desde principio del siglo el arrabal comenzó á tener importancia. En las luchas constitucionales únicamente la Carretería daba voluntarios para la Milicia Nacional.

La Carretería era progresiva; la ciudad alta era perfectamente reaccionaria, perfectamente triste, estancada, desolada y levítica.

Aquel Belén de nacimiento vivía con un espíritu de inmovilidad y de muerte.

En el arrabal se sentía de cuando en cuando alguna agitación: llegaba hasta allá la oleada del mundo, se hablaba, se discutía, se leían gacetas; en el Belén alto no había más agitación que la del aire cuando sonaban las campanas de la catedral, de las iglesias y de los conventos, cuando el organista tocaba sus motetes y sus fugas y sonaba la campanilla del Viático por las calles.

En el arrabal había movimiento: pasaba la diligencia con el correo, y muchos carros y caballerías sueltas que se detenían en las posadas y figones; en la plaza y en las calles próximas no se veía casi nunca á nadie: únicamente dos ó tres viejos que tomaban el sol, los chicos que salían de la escuela y tiraban piedras á los gorriones y á los perros; alguno que otro militar, y, á ciertas horas, grupos de curas que entraban en la catedral.

El mayor acontecimiento de este barrio era la salida y llegada del señor obispo en su carruaje.

Al anochecer solía pasar por las calles y callejones de la ciudad vieja un ciego con su guitarra que cantaba oraciones y milagros de los santos, con una magnífica voz de barítono.

Este ciego, el Degollado, tenía el cuello lleno de grandes cicatrices, la cara marcada con un taraceo de puntos azules producidos por granos de pólvora, los ojos huecos y la barba negra, de profeta judío.

Según algunos, el Degollado había quedado así en tiempo de la guerra de la Independencia; otros afirmaban que había pertenecido á una compañía de bandoleros, á la que hizo traición y que sus antiguos cómplices por venganza le dejaron como estaba.

El Degollado solía ir por las tardes por el pueblo, envuelto en su capa, tanteando con el bastón y abriendo las puertas de las tiendas y cantando un momento delante de ellas...

De noche la ciudad alta quedaba aislada y encerrada en sus murallas. Su recinto tenía seis puertas y tres postigos. De estas seis, exceptuando la de Valencia y la de Huete, las demás, la del Castillo, la de San Pablo, la del Postigo y la de San Juan, se cerraban á la hora de la queda.

Los postigos de las casas estaban tapiados y hacía tiempo que no se abrían.

Cuenca tenía á principios del siglo XIX pocas calles, y éstas estrechas y en cuesta. Quitando la principal, que, con distintos nombres, baja desde la Plaza del Trabuco hasta el Puente de la Trinidad, las demás calles del pueblo viejo no pasaban de ser callejones.

Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que la planta baja de una casa fuera en una calle paralela un piso alto; así se decía de Cuenca que era pueblo en donde los burros se asomaban á los cuartos y quintos pisos, y era verdad.

En 1823, época en que pasa nuestra historia, Cuenca era una de las capitales de provincia más muertas de España.

Entre los arrabales y la ciudad apenas llegaban sus habitantes á cuatro mil.

Tenía catorce iglesias parroquiales, una extramuros; siete conventos de frailes, seis de monjas, cinco ó seis ermitas y la catedral. Con este cargamento místico no era fácil que pudiera moverse libremente.

En esta época había llegado la ciudad á la más profunda decadencia: las fábricas de paños y de alfombras, que en otro tiempo trabajaban para toda España, y la ganadería, tan importante en la región, estaban arruinadas.

Durante la guerra de la Independencia, los saqueos de los mariscales Moncey, Víctor y Caulaincourt precipitaron la ruina de Cuenca...

Si por su poca vida comercial é industrial Cuenca estaba entre las últimas capitales de España, por su aspecto dramático y romántico podía considerársela de las primeras.

Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los nogales, olmos y huertas de las orillas del Júcar y del Huécar, ó contemplarlas desde arriba, viendo cómo en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos, era siempre un espectáculo sorprendente y admirable.

También admirable por lo extraño era recorrerla de noche á la luz de la luna, y, sentándose en una piedra de la muralla mirarla envuelta en luz de plata hundida en el silencio.

Poco á poco, para el paseante solitario y nocturno, este silencio tomaba el carácter de una sinfonía, murmuraban los ríos, estallaba el ladrido de un perro, sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba el viento en la copa de los árboles y se oía á intervalos el cantar agorero del buho como el lamento de una doncella estrechada en los brazos de un ogro en el fondo de los bosques.

En aquellas noches claras, las callejas solitarias, las encrucijadas, los grandes paredones, las esquinas, los saledizos, alumbrados por la luz espectral de la luna, tenían un aire de irrealidad y de misterio extraordinario. Los riscos de las Hoces brillaban con resplandores argentinos, y el río en el fondo del barranco murmuraba confusamente su eterna canción, su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos inciertos entre las rocas.

II. LA CASA DE LA SIRENA

En una calle estrecha, próxima á la plaza, no lejos del Seminario, existía por entonces una casa antigua, alta, de color gris. Por su aire medioeval y por su altura recordaba los palacios sombríos de Florencia; tenía varios pisos con ventanas estrechas, y únicamente en el principal dos balcones de mucho vuelo, con hierros labrados.

En la fachada, sobre el arco de la puerta de grandes dovelas, ostentaba un escudo, probablemente más moderno que la casa, con varios cuarteles; en el principal ó jefe se veía una sirena con un espejo y un peine, y en los demás un sol, varios dardos y una granada.

La sirena, sobre todo, estaba muy finamente esculpida: tenía una expresión libre y burlona; los pechos salientes y abultados, el cabello en desorden, y aparecía, con su cuerpo mixto de mujer y de pez escamoso, sobre el mar.

Al parecer se habían hecho varias suposiciones acerca de esta sirena, de aire erótico y picaresco; unos sospechaban indicaba la procedencia marina de la familia fundadora de la casa; otros afirmaban que esta figura simbólica era el blasón del valle de Bertiz Arana, en Navarra, y que el fundador de la familia procedería de allí; lo cierto era que los dos ó tres eruditos del pueblo no estaban de acuerdo en la historia ni en la genealogía de aquella burlona dama del mar llevada tan tierra adentro.

La gente denominaba la casa con el nombre de la Casa de la Sirena. La fachada de esta era de piedra sillería, admirablemente labrada; tenía ménsulas con figuras que sostenían los balcones y canecillos debajo del alero.

En el piso bajo ostentaba una reja labrada, y los batientes de la puerta estaban llenos de clavos repujados que parecían florones.

Por la parte de atrás, la casa daba á la hoz del Júcar, y desde sus ventanas, sobre todo de las altas, se dominaba el barranco, en cuyo fondo corría el río de un verde lechoso.

La casa de la Sirena era por dentro estrecha, obscura y sombría. Los muros, espesos, hacían que las ventanas pequeñas parecieran saeteras, por donde apenas entraba la luz; por todas partes olía á humedad y á cerrado. Sin duda el que mandó construir la casa temía al viento, que azotaba allí de firme, y no era muy apasionado del sol.

Los pisos de la casa, sobre todo los dos más altos, se hallaban desmantelados y con los suelos deshechos y los cristales rotos; en cambio, el piso principal estaba restaurado. Una escalera apolillada, que se torcía en unos tramos á la derecha y en otros á la izquierda, iba desde el zaguán enlosado hasta la guardilla.

Los cuartos altos daban una impresión de abandono y de pobreza. Las habitaciones eran pequeñas, con muchos tabiques que dejaban rincones y pasillos obscuros y sombríos; los techos se venían abajo y las paredes se cuarteaban.

De noche las ratas se paseaban por todas partes, corriendo, rodando, trotando y chillando.

La guardilla estaba abandonada á una tribu de lechuzas que tenían allí su vivienda. Casi todas las tardes, al anochecer, sobre la chimenea ó sobre la veleta roñosa, que ya no giraba, se colocaba una lechuza, grande y gris, de observación, y al hacerse de noche se lanzaba al aire con su vuelo tardo y pasaba á veces chirriando y dando aletazos cerca de las ventanas.

En el tejado se alojaban también una nube de golondrinas y vencejos que habían obturado con sus nidos las cañerías y las chimeneas.

El piso principal era el único arreglado en esta casa vetusta; se le habían abierto ventanas anchas y simétricas á la calle y al callejón, y embaldosado y empapelado algunas habitaciones. El mobiliario era también nuevo constituído por muebles recién barnizados, armarios grandes, cómodas ventrudas, veladores y canapés.

La casa de la Sirena de antiguo pertenecía á la familia de Cañizares.

Los Cañizares aparecían en Cuenca desde la Conquista.

Esta familia, emparentada con los Albornoces y los Barrientos, se había distinguido en la historia de la ciudad.

El último vástago de los Cañizares conservaba el derecho de entrar en la capilla de los Caballeros de la catedral.

Por los Barrientos, los Cañizares eran descendientes de una dama, Doña Inés de Barrientos, que en en tiempos de Carlos V se distinguió por su fiera venganza.

A raíz de la formación de las Comunidades de Castilla se puso al frente del movimiento, en Cuenca, un caballero de gran posición, D. Luis Carrillo de Albornoz. Este caballero, poco satisfecho del giro democrático y antirealista que tomaba la revuelta comunera, se retiró á su casa abandonando el mando á los regidores populares. Los regidores, deseando que los gobernara un caudillo de su clase, nombraron á uno de oficio frenero.

Carrillo estaba casado con Doña Inés de Barrientos, hembra brava y orgullosa.

Al dejar de ser jefe de los comuneros el pueblo señaló á Carrillo con su odio, y no había día en que no le insultara y le zahiriese públicamente.

Doña Inés, iracunda, juró vengarse, y para ello preparó su plan. Decidió mostrarse más comunera que su marido y ganarse la amistad de los trece regidores del Municipio. Ellos, satisfechos de verse atendidos y contemplados por una dama de tan alta alcurnia, iban con frecuencia á su palacio.

Una noche, Doña Inés convidó á cenar á los trece. Los regidores bebieron de más, se turbaron, y al salir, uno á uno, Doña Inés los hizo matar por sus criados, y después mandó colgarlos, por el cuello, de los balcones de su casa. A la mañana siguiente el pueblo quedó atónito al ver los trece cadáveres balanceándose en los balcones del palacio.

La familia de los Barrientos había sido de las más poderosas y ricas. En uno de los esquileos de la casa, á mediados del siglo XVIII, registró veinticuatro mil cabezas de ganado merino.

A fines del mismo siglo los Barrientos y los Cañizares comenzaron á decaer, y en tiempo de la guerra de la Independencia los Barrientos desaparecieron y los Cañizares quedaron completamente arruinados.

Por esta época el jefe de la casa era D. Diego Cañizares, militar que llegó á coronel en 1813. Don Diego se hallaba casado con Doña Gertrudis Arias. En su juventud, D. Diego había sido un calavera, y devorado su fortuna. A los treinta años, al entrar los franceses en España, se alistó en el ejército; peleó en Arapiles y Vitoria, y fué ganando sus grados hasta coronel en el campo de batalla.

D. Diego, que en la guerra de la Independencia, á juzgar por su hoja de servicios, tuvo momentos de heroicidad, al concluir la campaña se presentó en Cuenca y volvió á seguir su vida de calavera.

No veía la diferencia que hay entre un joven vicioso y un viejo perdido, y que lo que en uno parece ligereza en el otro semeja cinismo.

D. Diego recurrió á todos los medios para procurarse dinero, y se hizo jugador, tramposo y prestamista.

Su mujer, Doña Gertrudis Arias, era una señora severa y orgullosa que había sufrido en silencio los ultrajes inferidos por su esposo.

D. Diego y Doña Gertrudis tuvieron un hijo, Dieguito, que fué el retrato achicado y degenerado del padre. Dieguito era un alcohólico, un perturbado. A los veinticinco años le casaron con una señorita de Barrientos, prima suya en segundo grado, y de este matrimonio hubo una hija llamada Asunción.

La madre de Asunción murió poco después de la guerra de la Independencia.

El viejo D. Diego consideró indispensable que su hijo, viudo, se casara con alguna mujer rica, y se entendió con un contratista de la Carretería llamado el Zamarro y arregló el matrimonio de su hijo, con la hija del contratista. Pensaba explotar al consuegro mientras pudiera.

El matrimonio de Dieguito y la hija del Zamarro no pudo ser más lamentable.

Dieguito iba en camino de la parálisis general, estaba tonto, alelado; la hija del Zamarro, la Cándida, era una muchacha joven, guapa y fuerte.

Con un intervalo muy corto de días, en 1819, murieron los dos Cañizares, Diego y Dieguito, y quedaron viudas Doña Gertrudis y Cándida, la hija del Zamarro.

La hija de Dieguito, Asunción, quedó de quince años huérfana de padre y madre.

En la casa de la Sirena el piso principal lo ocupaban Cándida y su hijastra Asunción; en el segundo estaba el archivo de un escribano; en el tercero vivían dos señoritas viejas solteras, y en el cuarto Doña Gertrudis. Los pisos más altos estaban inhabitables.

Doña Gertrudis era una vieja arrugada, seca, con el pelo blanco, un tanto fatídica.

Arruinada por su marido, no contaba para vivir más que con la viudedad que le pasaban.

Doña Gertrudis tenía una cara pálida, dura, impasible, surcada por arrugas rígidas.

Cuando salía á la ventana de su cuarto se la hubiera tomado por una gárgola gótica ó por un espectro.

En la casa, la Cándida vivía con la mayor comodidad y lujo.

La Cándida era una mujer poco inteligente, de gustos bajos y vulgares. Su padre, el Zamarro, había sido un tendero que, en tiempo de la guerra de la Independencia, hizo algunas especulaciones afortunadas y reunió un capital bastante grande para un pueblo.

El Zamarro dió á su hija, al casarse, una dote de treinta mil duros.

La Cándida había sido siempre una muchacha mimada.

Su padre, hombre burdo, tosco, excitó en ella únicamente la vanidad.

—Tú serás rica—le decía—; tú podrás lucir.

Y ella, sin educación ninguna, había llegado á pensar que lo principal en el mundo era lucir. Para satisfacer esta ansia de elevación se casó con Dieguito. El aparecer dueña de una casa principal como la de Cañizares la seducía.

Por entonces, al quedar viuda, la Cándida era una mujer rozagante, de unos veintisiete ó veintiocho años, ajamonada, la nariz respingona, los labios rojos y gruesos, muy abultada de pecho y de caderas, los ojos negros, brillantes; el tipo basto de buena moza que producía grandes entusiasmos cuando pasaba por la calle entre los estudiantes, los oficiales jóvenes y la clase de tropa.

La Cándida pensaba volver á casarse si topaba con algún militar ó persona de posición que le conviniese. Hubiera querido encontrar un marido y quedarse á vivir en la casa de la Sirena.

La Cándida, mujer voluble y sensual, se manifestaba á ratos seca, á ratos afectuosa. Tenía cierto talento de seducción; halagaba á todo el que quería sin medida.

A Asunción, su hijastra, comenzó á mimarla al principio, adornándola, dándole golosinas; luego, sin motivo, la desdeñó y la olvidó.

La Cándida quería que todo el mundo se ocupara de ella; necesitaba sentir la oficiosidad de la gente, el vaho de la adulación.

Al ver que su suegra y su hijastra no se entregaban, comenzó á mirarlas con antipatía, y al último, experimentó por ellas verdadero odio, sobre todo por doña Gertrudis.

Este odio, cada vez más fuerte, hizo que suegra y nuera no se hablaran y después no quisieran verse.

La Cándida intentó obligar á la vieja á que se fuera de la casa, pero la casa era de Asunción, y ésta, hasta llegar á su mayoría de edad, para lo que le faltaban cuatro años, no podía venderla.

La vida de Asunción, colocada entre los odios de su abuela y de su madrastra, fué triste y melancólica. Toda la existencia de la muchacha estaba saturada de impresiones penosas y tristes.

En su infancia había presenciado la muerte de su madre, la enfermedad del padre; luego, riñas entre la abuela y el abuelo, apuros pecuniarios; después, la llegada á la casa de la madrastra y la guerra sorda entre ésta y su abuela.

A pesar de su aspecto débil, Asunción tenía gran resistencia y una personalidad fuerte.

El tipo físico suyo, al decir de los amigos de la casa, recordaba el de su madre.

Era muy esbelta, delgada, con una palidez de cirio; el óvalo de la cara, muy largo; los ojos, grandes, negros, inquietos; los labios, de un rosa descolorido; la expresión, de seriedad y de reserva.

En la calle, y endomingada, parecía insignificante: una señorita de pueblo agarrotada en un traje nuevo; en casa, y vestida de negro, estaba muy bien; se comprendía al verla que una vida sana podía hacer de esta niña clorótica una mujer hermosa.

La Cándida, que se creía á sí misma un modelo, y que tenía una idea de la belleza de la mujer ordinaria y grosera, decía á su doncella la Adela:

—¿Qué te parece á ti la Asunción? No va á ser guapa esta chica, ¿verdad?

—Claro, al lado de la señorita—contestaba la doncella.

—No, no; yo no soy guapa. ¡Luego, Asunción es tan huraña! Parece una cabra.

Ciertamente. Asunción se mostraba áspera y poco amable con las personas á quienes trataba por primera vez. Su vida solitaria le daba gustos de recogimiento.

Asunción apenas salía de casa; su madrastra le había señalado en el piso principal un cuarto elegante, empapelado y con cortinones, que tenía un balcón que hacía esquina; pero ella prefería dejar este cuarto elegante é ir á las habitaciones desmanteladas del piso, donde vivía doña Gertrudis, su abuela.

En casa de Doña Gertrudis había un viejo mirador, casi colgado sobre un abismo, que daba encima de la Hoz del Júcar. Desde allá arriba se veía el barranco y el río; las golondrinas y los vencejos pasaban rozando con el ala el barandado, y á veces los milanos se acercaban tanto, como si tuvieran curiosidad de saber lo que pasaba en el interior.

Asunción solía estar allí mucho tiempo.

Doña Gertrudis vivía en su cuarto alto sola, sin criada. Esta señora parecía la estampa de la severidad. Cobraba del Gobierno una pensión de veintidós duros al mes y la ahorraba íntegra: se alimentaba de la pequeña renta de una tierra.

Doña Gertrudis había llegado á odiar profundamente á su nuera. Esta dió á su marido al casarse diez mil pesetas para levantar una hipoteca que gravaba sobre la casa de la Sirena. Doña Gertrudis quería reunir las diez mil pesetas, devolvérselas á la Cándida y entregar á su nieta la finca sin gravamen, para que fuese ella la dueña absoluta.

Doña Gertrudis estaba fuerte: barría, hacía su cama y su comida en un hornillo pequeño; después, sentada en un sillón frailero, con los anteojos puestos, leía y rezaba una novena cada día.

Tenía una colección de libros amarillentos y usados, impresos en letras grandes. Hacía también que su nieta le leyera unas viejas ejecutorias que sacaba de un armario, y las escuchaba siempre como si fuera la primera vez que las oía.

Doña Gertrudis, seca, arrugada, dura, parecía el espíritu de la tradición de la casa; la Cándida era á ansiosa advenediza, que intentaba apoderarse de la vieja morada de la Sirena.

Entre estas dos mujeres, que se odiaban, vivía Asunción su vida humilde, como las plantas que nacen en la hendidura de dos losas, sin espacio para desarrollarse. Asunción cosía, bordaba, cuidaba de los tiestos y leía las ejecutorias que sacaba su abuela.

III. MIGUELITO TORRALBA

Tal era la situación de la casa de la Sirena cuando aparecieron nuevos elementos que influyeron en ella. Uno de estos fué un joven calavera, Miguelito Torralba, que un día, por entretenimiento, comenzó á seguir y á galantear á Asunción. Ella, asombrada, manifestó primero sorpresa, luego un gran desdén; pero Miguelito, hombre perseverante, cuando se proponía algo, no cejó. Siguió mirando á la muchacha, paseándole la calle á pesar del desprecio que ella le demostraba. Miguelito era hijo de una viuda y vivía con ella y con un hermano más joven llamado Luis.

Los Torralbas poseían una casa antigua en la calle de Caballeros, con un huertecito. Eran parientes lejanos de los Cañizares y Barrientos.

La viuda, madre de Miguel, señora de escaso patrimonio, había gastado mucho con su hijo mayor, enviándole á estudiar á Salamanca.

Miguelito hizo poca cosa de provecho en la vieja ciudad universitaria; derrochó su dinero, corrió la tuna y volvió á Cuenca á los cuatro ó cinco años con un criado que había recogido, á quien llamaba su escudero.

Miguelito volvió con muchas habilidades de poca utilidad práctica, entre ellas hacer versos y tocar la guitarra.

La madre se resignó al ver que el dinero empleado por ella no había servido á su hijo para alcanzar una posición, y pensó que al menos le habría hecho ilustrado.

Por uno de estos espejismos maternales frecuentes, la madre de Torralba creía que su hijo mayor era una lumbrera y que el pequeño, en cambio, valía poco.

No existía ningún motivo para creerlo así; pero la madre de Torralba suponía que esta diferencia era evidente. Pensaba que con el tiempo, don Miguelito protegería á Luis y le ayudaría á desenvolverse en la vida.

La madre pidió al mayor que enseñara lo que sabía á su hermano menor, y el mayor accedió.

Miguel enseñó á Luis á traducir el latín y alguna que otra cosa que el muchacho aprovechó.

—¡Qué bondad la de mi hijo mayor!—pensó la madre.

Los dos hermanos eran muy distintos: Miguel, alto, esbelto, moreno, petulante, se las echaba de lechuguino. Solía tener con frecuencia diviesos en el cuello que le obligaban á llevarlo vendado. Luis, más bajo, rechoncho, tirando á rubio, era muchacho sencillo y no pensaba en darse tono.

Miguel estaba siempre fuera de casa; Luis, en Cuenca, gustaba de trabajar en el huerto, y en el campo, de recorrer la hacienda.

Miguel era aficionado á las indumentarias teatrales; gastaba chambergo de ala ancha, capa de mucho vuelo y presumía de pie largo y estrecho.

Don Miguelito tenía en Cuenca, entre unos, fama de Tenorio; de atrevido entre otros, y de majadero entre algunos.

Don Miguelito era ridículo para casi todo el pueblo, menos para su hermano y para los amigos. Algunos de éstos le tenían por un genio; y cuando Miguelito peroraba le miraban pensando.

—¡Qué hombre! ¡Qué tipo!

La cabeza de don Miguelito era un lugar de confusión de ideas y sentimientos. Hubiera querido encontrar algo para dedicarse á ello con toda su alma.

Don Miguelito era impertinente sin notarlo, y excepción hecha de su madre, de su hermano y de algún amigo, quedaba con frecuencia mal ante las personas, demostrando su falta de discreción y de sentido. Su petulancia molestaba á la gente.

La madre le consideraba como un portento; pensaba que el día que adquiriera gravedad sería una maravilla. Estaba convencida de ello y tenía en esto tanta fe como en un dogma.

La estancia de don Miguelito en Cuenca, de vuelta de la Universidad, se distinguió por sus extravagancias y sus disparates.

Al principio se manifestó liberal, republicano y habló con énfasis de Catón, de Bruto y de Aristogiton.

En algunas partes, y excitado por sus mismas palabras, no se contentó con esto, sino que aseguró que era discípulo de Robespierre y de Marat y que consideraba la guillotina como la más sublime y la más humanitaria de las invenciones del hombre.

Afortunadamente para él la gente de Cuenca apenas tenía idea de Marat y de Robespierre, y no le hizo caso.

Cansado de perorar sin éxito, don Miguelito se lanzó á la crápula, y excepción hecha de los días que iba á los montes á cazar con sus dos perros, Gog y Magog, solía emborracharse con frecuencia y volvía á casa de madrugada.

Le acompañaba su escudero, el mozo perdido, llamado Garcés, á quien don Miguelito había encontrado muerto de hambre en Sevilla en una de sus expediciones de tuna. Garcés era hijo de una familia acomodada de un pueblo próximo á Cuenca llamado Pajaroncillo. Había estudiado en el seminario y sido un buen estudiante en los primeros años; luego con una transición brusca, se hizo un perdido, y comenzó á beber, á jugar, á frecuentar los garitos y por último, á robar. La familia de Garcés lo retiró al pueblo; el muchacho se arrepintió, entró de novicio en un convento y pocos meses más tarde se escapaba y volvía á su vida de tunante.

Unos años después de su escapada, Miguel Torralba lo encontró en Sevilla enfermo, lloroso y arrepentido, y lo llevó con él.

Garcés tenía la especialidad del arrepentimiento y de las lágrimas. Inmediatamente que le salía algo mal, se sentía contrito y marchaba á confesarse.

Don Miguelito, á poco de llegar á Cuenca, tenía una corte de ocho ó diez amigos desocupados como él, noctámbulos y holgazanes.

Paseaban éstos en cuadrilla por las dos Hoces del pueblo, por el alto de las murallas ó por el fondo del barranco, contemplando las rocas vivas y los matorrales á la luz de la luna.

Robaban gallinas y quesos; clavaban una noche la puerta ó la ventana de la vivienda de un pobre hombre; interceptaban una chimenea con trapos; sujetaban un coche á una anilla de una casa con una cuerda; metían un gato en un gallinero y hacían todas las clásicas calaveradas de todos los calaveras del mundo.

Alguno que otro tenía predilección por asustar á la gente haciendo de fantasma; habían formado también una rondalla de guitarras y bandurrias, y por las noches daban serenata á sus Dulcineas.

—Es don Miguelito y sus amigos—decían los vecinos, y muchos añadían:

—¡De casta le viene al galgo!—, porque los Torralbas de Cuenca se habían distinguido siempre por su extravagancia.

Algunos llamaban á Miguel, Miguelito Caparrota, y le pronosticaban el mismo fin que al bandido andaluz, que, como se sabe, murió en la horca á pesar de que su asunto se arregló.

Don Miguelito había formado una asociación burlesca, de la que era presidente, cuyo objeto principal era beber y cantar. En las cenas celebradas por esta asociación se entonaba el viejo canto estudiantil, común á todas las Universidades de Europa, y que aun se recordaba en Salamanca á principios del siglo XIX.

Gaudeamus igitur. juvenes dum sumus.

También con grotesca solemnidad se hacía la salutación al vino en latín macarrónico:

Ave, color vini clari Ave, sapor sine pari tua nos inebriari digneris potentia.

La preocupación de Miguelito era mandar, demostrar su superioridad, producir asombro, sobre todo entre los suyos; así, para dirigirlos y admirarlos obraba y pensaba para ellos.

Era capaz de leer un libro largo y pesado con la esperanza de encontrar un par de frases con que sorprender á su auditorio. Don Miguelito vivía sólo para la galería.

Tal necesidad de producir expectación le impulsaba á hacer muchas necedades.

Una vez se lanzó al Júcar á salvar á un pescador de caña, sin saber nadar, y estuvo á punto de ahogarse; en otra ocasión salió fiador de un granuja, y estuvo á punto de arruinar á su madre. Poco después escribió un romance contra algunas viejas murmuradoras del pueblo. Este romance, que tituló Las Comadres de Cuenca, dió mucho que hablar y le conquistó una malísima fama.

Miguelito celebró exageradamente la hostilidad popular.

Todos los amigos encontraron que Torralba era un excelente versificador y que debía cultivar con más asiduidad el trato íntimo de las Musas.

Miguelito trabajó algunos días y sometió al juicio de sus camaradas varias poesías, como A ella, Noche de luna, la Hoz del Júcar, que fueron consideradas como obras maestras.

Por entonces un condiscípulo que había encontrado en su casa varios libros de astrología judiciaria y un astrolabio, se los envió á don Miguelito.

Este, ante el nuevo mundo que se abría á sus ojos, decidió con la mayor seriedad hacerse astrólogo.

Leyó la Astrología, de Pisanus; el libro De præcos gnitione futurorum, de Molinacci; el epítome Totiuastrologiæ judiciales, de Juan de España; los Discursos astrológicos, de Juan de Herrera; el libro de Paracelso, De generatione rerum naturalium, y las Profecías, de Nostradamus.

Después, para unir la teoría y la práctica, llevó al terrado de su casa el astrolabio, y allí se dedicaba á medir los ángulos y ver la conjunción de las estrellas.

Después de aprender á determinar el aspecto de los astros se dedicó á la predicción del porvenir. El horóscopo de su madre y el de su hermano resultaron felices; en cambio el suyo, dominado por Marte, fué completamente nefasto. Probablemente él mismo se había preparado en el horóscopo el final trágico, cosa que á sus ojos y al de sus amigos le hacía más interesante.

A juzgar por lo que dijo, la línea de su vida cruzaba la casa de las enemistades, pasaba por la de la amistad y el amor, rondaba la casa de las dignidades y caía en la de la muerte.

Las lecturas astrológicas se notaron en don Miguelito y en sus amigos. Se habló durante algún tiempo de horóscopos y conjunciones; á una taberna de un hombrecito pequeño, que se llamaba el tío Guadaño, se le llamó desde entonces la taberna del Homunculus, y á otra, de la tía Lesmes, la taberna Sibilina.

Una de las gracias de Miguelito era asegurar que al Homunculus de la taberna, el ex tío Guadaño, lo había creado él con una fórmula de su maestro Paracelso.

También decía que á una moza del partido le había dado él la suerte entregándole un trozo de vitela con la palabra mágica Abracadabra, escrita en forma triangular y con sangre de niño.

La muchacha, siguiendo las instrucciones de Miguelito, había llevado nueve días la vitela como un escapulario, colgada al cuello, y al noveno la había echado al río sin volver la cabeza. Don Miguelito había tenido sus dudas acerca del punto dónde debía echarla, porque era indispensable arrojarla en unas aguas que corrieran hacia Oriente; pero al fin encontró el sitio verdadero.

La operación dió resultado, porque un mes después un comerciante rico se llevó á la muchacha á Madrid y la puso un gran tren.

Entre algunas mozas del pueblo, compañeras de la otra, se supo lo ocurrido, y se creyó que don Miguelito tenía algo de brujo.

Los amores de don Miguelito eran como no podían menos de ser extraordinarios y raros.

Don Miguelito había galanteado durante algún tiempo á una gitana del barrio del Castillo, á quien llamaban Fabiana la Cañí.

Esta Fabiana era una muchacha preciosa, de piel cobriza y ojos verdes.

Don Miguelito había llegado á hacerse amigo del Ajumado, un esquilador de burros, padre de la Fabiana.

El Ajumado y don Miguelito se entendían; al esquilador le parecía natural que al payo le gustara la mocita de su casa, y se dejaba convidar y contemplar.

La madre de la Fabiana, la Pelra, era una gitanaza que se dedicaba á comprar y á vender viejos cachivaches, á freír morcillas y churros; á la abuela, gitana legítima, que odiaba el trabajo como buen ejemplar de su raza, la decían en la calle la Zincalí, y tenía por oficio echar la buenaventura en las ferias, vender la raíz del Buen Varón y la Hierba de Satanás y arrobiñar lo que podía.

Don Miguelito hablaba con la vieja gitana de magia y de astrología, y la dejaba llena de espanto.

El le enseñó en qué ocasiones se debían emplear las siete palabras mágicas principales: Abracadabra, Jehová, Sator, Arepo, Tenet, Opera y Rotas.

También le dió la frase sacramental para todos los conjuros, que es ésta: Nomem Dei et Sancte Trinitatis quod tamen in vanum assumitur, contra acerrimum summi legislatoris interdictum.

La gitana temblaba al oír á Miguel. Todos los hombres y mujeres de la casa odiaban y temían á Torralba, á quien llamaban el Busnó. Miguelito sentía por ellos un profundo desprecio.

En esto se presentó en Cuenca un calderero gitano, el Romi, hombre cobrizo como sus calderas, alto, mal encarado.

La familia del Ajumado concertó la boda de la Fabiana con el Romi, y á la zambra que hubo asistió Miguelito, cosa que hizo reir á sus amigos, que consideraron la asistencia de Torralba á la fiesta como una prueba de serenidad admirable.

Alguno le dijo después á Miguelito que no se fiara con el Romi, pero Miguelito despreció la advertencia.

Iba declinando el entusiasmo por la gitanería y la astrología cuando don Miguelito se fijó en Asunción y con la violencia característica de sus inclinaciones decidió que desde entonces ella sería la dama de sus pensamientos.

Los amores comenzaron con todo el aparato de absurdidades propias y naturales de don Miguelito. Varias veces escribió á la muchacha con la arrogancia de un hombre grande y extraordinario; pero como ella no le contestaba se fué desesperando, y concluyó por tomar una actitud exageradamente humilde.

Cómo conoció Asunción que en el fondo de aquel calavera botarate había un hombre, un hombre valiente, un hombre digno, difícil es saberlo, lo cierto fué que lo conoció.

Don Miguelito todavía hizo alguna simpleza al verse atendido por la muchacha; pero pronto se tranquilizó y tomó el aspecto de una persona sensata.

Al comenzar á hablar con Asunción pensó que toda su juventud había sido una pobre majadería, y decidió abandonar á los amigos y al escudero Garcés. Les dijo que iba ir al yermo, que estaba harto de vanidades. Un amor vulgar y corriente por una señorita del pueblo le hubiera dejado en mal lugar entre los camaradas que le veían como hombre extraordinario, raro, lunático y nigromántico. Todavía no se atrevía á afrontar su desdén.

Al poco tiempo la gente averiguó el noviazgo, los camaradas le desdeñaron y las personas que pasaban por serias comenzaron á decir:

—No, no, Miguel no es tonto; si quiere se hará un hombre de provecho.

Miguelito dejó de frecuentar sus antiguos amigos, y reanudó sus amistades con un clérigo que había estudiado con él en la escuela. Este clérigo, D. Víctor, vivía en casa del guardián de la Catedral, y era hombre estudioso é ilustrado.

A Miguelito le trataba muy ásperamente.—Botarate, aprendiz de mago, majadero—le solía decir con voz iracunda.

—Sí, tienes razón—contestaba Miguel—; soy un mentecato.

—Vale más que lo confieses—le decía el cura.

—Pues lo confieso. He llegado á los veintisiete años sin oficio ni beneficio. He perdido el tiempo en pasear, en hablar y en hacer versos...

—Y versos malos.

—Cierto, versos malos. Te advierto que todas mis vanidades antiguas se han deshecho: no me importa que me llames mal poeta ni mal astrólogo. No me hace mella.

Miguel no pensaba más que en encontrar un medio de ganar la vida con independencia ¡tenía tan poca base! ¡Era tan difícil hacer algo de provecho en Cuenca! Se le ocurrió marcharse á Madrid, pero no se atrevió á decírselo á su madre, porque hubiera sospechado que el viaje era pretexto para otra calaverada.

Miguelito consultó con Asunción, y los dos en sus conversaciones y cartas se ocuparon de este magno asunto. Pensaron varios medios para resolver el problema.

Pronto estos amores los conoció todo el pueblo, y también la abuela y la madrastra de Asunción. Asunción contó, temblando de miedo, á su abuela la historia de sus amores, y Doña Gertrudis dió el visto bueno.

—Si es un caballero, aunque sea pobre, no importa—dijo la vieja severamente.

—Pues caballero lo es.

—Entonces puedes estar tranquila.

Asunción abrazó y besó á su abuela con entusiasmo.

Se decidió que D. Miguelito visitara á Doña Gertrudis, y en la entrevista que tuvieron ambos quedaron muy amigos y de acuerdo.

La madrastra de Asunción, la Cándida, quizás por llevar la contraria á su suegra, se puso en contra del noviazgo, y como no conocía el carácter de hierro que había en el fondo del cuerpecillo anémico de su hijastra, quiso convencerla de que su novio, D. Miguelito, era un perdido, un vagabundo, viejo, cínico, sin oficio ni beneficio, que quería vivir á su costa.

Desde aquel momento Asunción juró romper con su madrastra y no volver á dirigirla la palabra. Empezó á faltar á todas horas del primer piso de la casa; luego, más tarde, se trasladó definitivamente al cuarto de la abuela á vivir con ella.

IV. SANSIRGUE EL PENITENCIARIO

En 1821, el penitenciario de la catedral, D. Manuel Rizo, que estaba enfermo desde hacía tiempo, murió en un pueblo de la sierra, donde había ido á reponerse, y fué nombrado para el cargo D. Juan Sansirgue.

Sansirgue venía del Burgo de Osma, y al llegar á Cuenca se dijo de él que era liberal. Fué una de esas voces que corren por los pueblos, sin base ni razón alguna.

Don Juan era hombre de unos cuarenta años de edad de estatura media, más bien bajo que alto y tirando á fornido.

Tenía el pelo rojo oscuro, los ojos verdes, la cara cuadrada y pecosa, las pestañas rojizas, el cuello de toro, los brazos largos, las manos gruesas y los pies grandes.

Se veía en él al lugareño nacido para destripar terrones. Llevaba gafas, aunque no las necesitaba, sin duda con el objeto de darse un aire doctoral, y miraba siempre de través.

Pronto se averiguó su vida, con toda clase de detalles.

Sansirgue, hijo de un campesino muy pobre de Priego, terminó la carrera casi de limosna. Tras de obtener un curato en el campo y una parroquia en Almazán, había sido nombrado canónigo racionero del Burgo de Osma, y después, penitenciario de Cuenca.

Sansirgue, al decir de sus colegas, demostró ser bastante fuerte en latín y cánones, y como predicador se dió á conocer como hombre arrebatado y de tosca elocuencia. La gente pronosticó que llegaría á obispo.

En la vida social el nuevo penitenciario se desenvolvió como un perfecto intrigante, adulador y un tanto bajo. Acostumbrado al servilismo del ambicioso pobre que escala su posición lentamente y con grandes esfuerzos, en muchas ocasiones ponía en evidencia su naturaleza lacayuna.

A los seis meses de permanencia en el pueblo, Sansirgue lo conocía á fondo y comenzaba á dominarlo. Algunos otros canónigos, dirigidos por el lectoral, intentaron atajarle el paso; pero Sansirgue, sostenido por el obispo, por su secretario Portillo, joven ambicioso, y por la gente rica, marchaba adelante.

El confesionario le daba la clave de cuantos conflictos interiores en las familias y en los matrimonios ocurrían en el pueblo. Esta arma de inquisición y de dominación teocrática Sansirgue la empleaba con paciencia y con método.

Tenía la sagacidad y la malicia del lugareño, é iba perfeccionando y alambicando su sistema de inquerir con el esfuerzo y la perseverancia.

Sansirgue había ido á vivir á casa del pertiguero de la catedral.

Ya por costumbre inveterada, desde hacía muchos años, se alquilaba una habitación grande á un canónigo en casa del pertiguero Ginés Diente.

El más notable de estos canónigos hospedados en ella fué D. Francisco Chirino.

Don Francisco dejó al morir fama de hombre de gran virtud y sabiduría. Chirino fué magistral desde fines del siglo XVIII hasta poco después de la guerra de la Independencia; estuvo prisionero y á punto de ser fusilado por las soldados de Caulaincourt.

La leyenda aseguraba que Chirino se salvó asombrando á los franceses con un discurso en latín y otro en francés que les dirigió.

En un viaje hecho á Valencia murió Chirino, y dejó en casa de Diente una biblioteca muy nutrida de libros de historia, de teología, y algunas ediciones raras que los herederos no se cuidaron de recoger.

Después de Chirino ocupó la habitación el canónigo Rizo, y tras de la muerte de éste vino Sansirgue á posesionarse del cuarto que por tradición pertenecía á un canónigo.

En aquella casa vieja de una calle sombría, el penitenciario Sansirgue, como una gruesa araña peluda, plantó su tela espesa dispuesto á mostrarse clericalmente implacable para la mosca que cayese en ella.

V. LA CASA DEL PERTIGUERO

La callejuela tortuosa, en cuesta, partía de la plazuela del palacio del Obispo por una escalera, y terminaba en un camino de ronda de la muralla.

En este callejón, llamado de los Canónigos porque antiguamente había varios que tenían allí su casa, vivía el guardián y pertiguero de la catedral, Ginés Diente.

Ginés era hijo de pertiguero y nieto de pertiguero.

La pértiga constituía una institución en la familia de los Dientes. Se podía decir que los Dientes vivían de ella y comían de ella.

Ginés el guardián era por este tiempo un viejo seco, flaco, de nariz aguileña, afilada y roja, el pelo gris, el mentón saliente, con claros en la barba, y picado de viruelas. Gastaba anteojos de plata gruesos para leer.

Solía usar á diario, fuera de las grandes ceremonias, calzón oscuro, media negra, zapatos rojos con hebillas de plata, balandrán de color negro pardusco, en la cintura una faja azul y encima una correa con ganchos, en los cuales fijaba varios manojos de llaves.

Ginés tenía cerca de sesenta años. Conocía la catedral mejor que su casa.

Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy liberal.

Desde hacía tiempo, cuando concluía sus faenas, iba al cuarto del canónigo Chirino, se ponía sus anteojos de plata gruesos, compuestos con hilo negro, cogía algún libro y lo leía muy despacio. Cuando terminaba dejaba una señal, y al día siguiente comenzaba de nuevo la lectura. Lo que no entendía bien lo volvía á leer.

Así había pasado cerca de un año con el Teatro Crítico, de Feijóo; pero se había enterado tan perfectamente de las opiniones y doctrinas del autor, que desde entonces podía pasar por un erudito.

Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán de leer.

—No sé para qué lee usted tanto, padre—le decía—. Deje usted eso á los que saben.

—Los que saben son los que leen—contestaba Ginés—; sean canónigos ó pertigueros.

Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada con un carpintero, constructor de ataúdes.

La Dominica, la guardiana, mujer muy morena, juanetuda, fea, con una fealdad simpática, tenía unos ojos grandes, negros, muy expresivos y una sonrisa de bondad. Era muy activa y trabajadora y más fuerte que un hombre.

La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y tenía también el cargo de funeraria. Ella se entendía con la familia del muerto para disponer cómo había de ser la caja, el coche, el número de hachones y la importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, de segunda, de primera, solemne y solemnísimo.

La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio. Casada á los treinta años, cuando todo el mundo creía que ya no se casaría, no había tenido hijos. Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era un buen hombre, fantástico y un tanto borracho.

La Dominica, sentía gran amor por la catedral y por todo lo que tuviese relación con ella.

A los canónigos que hospedaba en su casa los trataba como á hijos.

Hablaba constantemente del canónigo Chirino, cuya ciencia y virtud habían quedado como legendarias.

El buen señor éste era tan inútil para las cosas de la vida, que no sabía atarse un botón, afilar un lápiz ó tallar una pluma.

La Dominica había sido el factótum de Chirino y del canónigo Rizo. Les atendía, les ordenaba como si fueran chicos.

Una necesidad de mando tal no era cosa muy cómoda para la guardiana, porque la obligaba á trabajar como una negra.

Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián, su marido, el constructor de ataúdes. Este era vago, poltrón, ocurrente, y siempre estaba inventando pretextos para dejar el trabajo é ir á la taberna.

El ser, además de carpintero, relojero de la catedral le permitía andar siempre de un lado á otro.

Damián era chiquito, moreno, de cara muy correcta, pero de una expresión de rata. Era hombre de gran paciencia, domesticaba pájaros y toda clase de bichos. Tenía un cuervo, Juanito, que hablaba mejor que algunos hombres y que le conocía, y un gato negro, con ojos de oro, á quien Chirino había bautizado con el nombre fenicio de Astaroth.

Este constructor de ataúdes solía ir á veces con Juanito en un hombro y Astaroth en el otro á beber con un compadre sepulturero, con quien tenía grandes amistades.

—A mí que no me den un armario ni una mesa que hacer—decía Damián á sus amigos cuando estaba inspirado—; lo que más me llena es hacer una caja fúnebre. Hay que ver la cantidad de filosofía que hay dentro de un ataúd... ¡ja... ja!

—¡Bah! No tanta como en una sepultura—saltaba el sepulturero su amigo que quería poner también muy en alto su profesión.

—¡Más, mucho más!—replicaba el carpintero dulcemente hundiendo su mirada en el oscuro amatista de un vaso de vino—. Yo, cuando veo las tablas que traen á mi taller, pienso: esto era un árbol que estaba en un bosque... ¡ja... ja!..., y en ese bosque había pájaros, alimañas, leñadores, serradores, y estos árboles los había plantado alguno. ¿Los había plantado alguno, ó habían crecido solos? No se sabe... ¡ja... ja!... ¡Qué filosofía! ¡Y los clavos! Estos clavos, que al clavarlos con el martillo la familia del difunto cree que suenan de otra manera... ¡ja... ja! ¡Superstición! ¡Superstición! Estos clavos los han trabajado en una fragua, donde saltaban chispas; han sacado el metal de una mina, donde andaban los hombres como los topos... ¡ja... ja! ¿Y la tela? Esa tela negra que se va á descomponer en la fosa, ¿de dónde viene? Viene de un telar, de una fábrica que quizá es un hormiguero... de gente trabajadora... ¡Qué filosofía tiene esto! ¡Ja... ja... ja, ja!

Y Damián se reía, con una risa mecánica y triste.

—A mí si me sacan del ataúd, soy hombre muerto—añadía.

—Como á mí, si me sacan de la sepultura, no sé qué hacer, no le encuentro encantos á la vida—aseguraba el sepulturero.

—En esto nos diferenciamos del resto de los hombres, á quienes pasa todo lo contrario... ¡ja... ja... ja!—exclamaba Damián.

—Somos gente superior—añadía el sepulturero.

—Es que nuestros oficios tienen más fondo, más filosofía. El fondo de una fosa. ¡Hermoso fondo! ¿Vas á tener tú la insustancialidad de un peluquero? No. ¿Voy yo á compararme con un sastre? Tampoco. El hace una envoltura pasajera; yo no, yo la hago definitiva... ¡Ja... ja! ¡Qué filosofía tiene esto!

Damián sentía tanto entusiasmo por los ataúdes, que echaba la siesta dentro de uno de ellos, vigilado por Juanito y por Astaroth.

El enterrador admiraba á Damián. En cambio su mujer, la Dominica, le despreciaba y le dirigía constantemente una lluvia de sarcasmos, que él oía indiferente.

En la casa del pertiguero lo más transcendental era la habitación del señor canónigo. La Dominica fregaba todas las semanas el suelo, y en el verano todos los días; limpiaba los cristales, sacudía los colchones y la alfombra, y pasaba el plumero por los libros.

La habitación del canónigo, la mejor de la casa, era espaciosa y clara. La luz entraba en ella por un gran balcón y por una ventana pequeña. Esta ventana pequeña daba hacia la Hoz del Huécar que se veía sobre el solar de una casa derruída convertida en huerto. El huertecillo, limitado por cuatro tapias cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas y de rosales silvestres.

Tenía la habitación una chimenea de piedra con el hogar cubierto durante el verano por una mampara de papel vieja, con una estampa en colores desteñida, y dos bolas de cristal azul.

En un ángulo estaba la cama, de madera, con colgaduras verdes descoloridas, y en las paredes, un armario de varios cuerpos, también con cortinas. El suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se desmoronaban, y la pared, tapizada de un papel dorado, con arabescos negruzcos.

Esta habitación canonical tenía seis sillas de damasco, ya tan ajadas, que apenas se podía notar su primitivo color, y un canapé de paja, con un almohadón rojo, completamente desteñido. Delante de la ventana pequeña, por donde el sol entraba al amanecer, había una vieja mesa tallada, y junto á ella, un sillón frailero con clavos dorados.

Allí el canónigo Chirino pasó toda su vida dedicado á la lectura, mientras Astaroth, acurrucado, le contemplaba con sus ojos de oro.

Unicamente al atardecer solía asomarse al balcón á contemplar las rocas de la Hoz del Huécar, que se veían desde allá, y á oír las oraciones del Degollado, á quien solía echar una moneda. La Dominica conservaba la habitación siempre limpia, pero no podía luchar con la polilla que corroía sus viejos muebles, ni con el olor á rancio que exhalaban los volúmenes alineados en los estantes.

En vida de Chirino uno de los muebles más curiosos de su despacho era un gran reloj, que cuando murió el canónigo pasó al taller de Damián. Este reloj de pared tenía música y varias figuras que aparecían al dar las horas. En el péndulo, Caronte se agitaba en su barca, y en la orla de bronce que rodeaba la esfera, se leía: Vulnerant omnes, ultima necat. Damián, el marido de la Dominica, había arreglado el reloj y hecho que se movieran las figuras. Estas eran un niño y una niña, un joven y una doncella y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte, representada por un esqueleto con su sudario blanco y su guadaña. Cuando desaparecían las edades de la vida seguidas de la Muerte, se abría una ventana y aparecía la Virgen. Al mismo tiempo que estas figuras pasaban por delante de la esfera del reloj sonaba una música melancólica de campanillas.

Damián, que había visto el reloj parado, lo llevó á su taller, lo desarmó, lo volvió á armar y consiguió que marchase, que se moviesen los muñecos automáticos y funcionase la sonería.

Chirino le dijo que al morir él, le dejaría el reloj como recuerdo, y, efectivamente, cuando desapareció el canónigo, Damián se apoderó del reloj y lo llevó al cuarto pequeño próximo al portal donde solía trabajar.

Damián se encontraba en aquel cuarto satisfecho; el ataúd grande donde solía dormir la siesta, el armario con los ataúdes pequeños, el cuervo, el gato negro y el reloj; no podía pedir más. A no estar enterrado de verdad no era fácil alcanzar un mayor grado de perfección funeraria.

Siempre que pasaba por delante del reloj del canónigo Chirino, Damián lo contemplaba con entusiasmo. Las guirnaldas de calaveras y tibias, entre flores, su carácter macabro y la salida de la Muerte le entusiasmaban. Se le antojaba una de las más bellas y geniales ocurrencias que podía haber salido de la cabeza de un hombre.

Le habían dicho lo que significaba el letrero en latín, y le parecía admirable. Vulnerant omnes, ultima necat: Todas hieren; la última, mata.

El constructor de ataúdes repetía la frase sonriendo, con un tono de salmodia triste como un cartujo el: Hermano, morir tenemos.

Damián, y quizás también su cuervo, se extasiaban pensando en la profundidad de aquella sentencia.

Al llegar el penitenciario Sansirgue á ver la casa, le parecieron las condiciones de la Dominica muy buenas, y decidió quedarse allá, encargando á la guardiana que quitara dos ó tres armarios para dejar más espacio en el cuarto.

Sansirgue examinó los libros de Chirino, vió muchos volúmenes de Historia, Cánones y Teología, que no le interesaban, y tomos de colección de sermones de predicadores célebres.

Estos libros estaban señalados y anotados, así que era muy fácil y cómodo consultarlos.

Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que hizo una selección rápida, se quitaron tres cuerpos del armario, y se llevaron los libros en cestos á un cuarto interior.

Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instaló en la casa. Por diez reales al día la guardiana le daba la comida, la ropa y el fuego en el invierno. El penitenciario comería aparte de la familia, en la sala, y los domingos tendría un plato extraordinario.

Segundito, un sobrino de Ginés, estudiante de cura, serviría al canónigo de paje para llevar cartas y hacer los recados.

VI. DON VÍCTOR

Además de Ginés el pertiguero, de la Dominica y de su marido, el constructor de ataúdes y relojero, vivía en la casa el cura amigo de Miguel Torralba. Este cura, sobrino de la mujer de Ginés, se llamaba D. Víctor, y era capellán de un convento de monjas.

Don Víctor, á pesar de ser estudioso y listo, no había prosperado, quizás por falta de simpatía, quizás sencillamente por mala suerte.

Era D. Víctor hombre pequeño, moreno, muy vivo de movimientos y de ademanes.

Había estado algún tiempo en Madrid, hecho un viaje á Roma, y durante algún tiempo había sido secretario del obispo de Plasencia.

Era el capellán hombre inteligente, trabajador, austero, á quien la injusticia había hecho quisquilloso. Se había encontrado siempre postergado, humillado, y en la lucha por la vida, adquirió una actitud de agresividad, más ó menos velada, poco simpática á sus superiores. Ya en su época de estudiante se distinguió por sus protestas contra sus profesores, imbéciles; luego tuvo que servir y obedecer á obispos orgullosos é ignorantes que trataban á los individuos del bajo clero como á criados.

Quizás en ocasiones consideró sus votos sacerdotales como grillos, como eslabones de una cadena que le herían; pero aun así amaba la cadena martirizadora.

El catolicismo, como todas las sectas cristianas, es en el fondo la escuela de la humillación. Su plan último consiste en quebrantar la individualidad. Su ideal, hacer del hombre perinde ac cadaver.

Para el catolicismo la salud es soberbia, la confianza en sí mismo orgullo, el valor jactancia, todas las virtudes nobles son despreciadas y afeadas; en cambio, las miserias tristes se explican, se justifican y se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, el crapuloso humilde, el imbécil humilde siempre tienen su defensa y hasta su apología.

Esta táctica de humillación, unida al espionaje, al servilismo y á la pedantería, ha sido la seguida siempre en los seminarios: la táctica de la Compañía de Jesús cuando al hombre de valer de su sociedad ha antepuesto un estólido cualquiera para mortificar la soberbia del primero.

Don Víctor notó en el seminario y fuera del seminario la antipatía que producía.

—¿Cómo?—pensaban sus superiores. ¿Este hombre de clase humilde, cree que sabe latín? ¿que sabe teología? ¿que es capaz de predicar elocuentemente? Arrinconémosle. Que aprenda á tener humildad.

Aprender á tener humildad, quiere decir: aprender á estar descontento, á ser miserable, á ser vil.

Este fondo de rencor que guarda el cristianismo á todo lo noble, lo sereno, lo tranquilo, viene sin duda de su tradición semítica, de los siglos en que vivió en las leproserías y en los suburbios de Roma, en los agujeros infectos donde se corrompían los parias y los esclavos.

Don Víctor, como hombre de cierta sensibilidad, sufrió grandes choques en su carrera. En Madrid tuvo que alternar con curas cortesanos que se burlaron de él, de su pedantería y de sus latines.

Don Víctor, al volver á Cuenca, hizo el descubrimiento al ver á sus antiguos condiscípulos y compararse con ellos, que él, como los demás, tenían los mismos lugares comunes de expresión, los mismos gestos y ademanes aprendidos en el seminario. Todos imitaban, sin querer, á un profesor de teología y casi decían las mismas frases en latín, y todos se ponían las manos en el abdomen y daban palmaditas una sobre otra.

Don Víctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para cambiar sus frases de cajón y suprimir estos ademanes que eran los bienes mostrencos obtenidos en el seminario, y lo consiguió.

Don Víctor, en Cuenca, apenas podía sostenerse con el sueldo mísero que le daban las monjas y con el pequeño estipendio de la misa, y fué á vivir á casa de la Dominica, que era algo pariente suya. Por cinco reales la guardiana le tenía de huésped y el cura vivía como si fuera de la familia.

La Dominica oía las quejas de D. Víctor y le recomendaba siempre que cediese á sus superiores; pero D. Víctor se irritaba y echaba largos y pedantinos discursos empedrados de latinajos: Odi profanum vulgo, decía con frecuencia, y para elogiar su pobreza repetía: Omnia mecum porto (llevo todos mis bienes conmigo).

Don Víctor era un temperamento batallador y amigo de luchar.

No tenía el espíritu filosófico y generalizador necesario para ver las grandes injusticias sociales, pero en cambio las pequeñas injusticias de detalle le herían y le mortificaban.

Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque fuera una enormidad, siempre le parecía bien; la transgresión nueva le indignaba.

Don Víctor era atrevido y valiente. En un período de guerra no hubiese tenido inconveniente en lanzarse al monte.

A pesar de haber sido laminado y destrozado por la educación teocrática, D. Víctor era archiabsolutista y teócrata; creía que la iglesia debía ser Imperium in imperio, y que era ella la única encargada de dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños detalles.

Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían y á veces se insultaban, porque Ginés se sentía bastante anticlerical. Ginés le llamaba á D. Víctor curiato, clericucho, y D. Víctor le decía chupacirios, sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque entonces le llamaba fortunate senex, y algunos otros elogios en latín.

Don Víctor era hombre aficionado á paseos solitarios; salía por la tarde á las afueras y volvía al anochecer curioseando, mirando al fondo de las tiendas, de las tabernas y de las botiguetas de las calles.

VII. LA BIBLIOTECA DE CHIRINO

El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor en su casa fué un guardillón bajo de techo y lleno de armarios, que tenía dos ventanas enrejadas abiertas sobre el solar de la casa derruída, convertida en huerto.

Este camaranchón grande, la mitad sin cielo raso y parte sin suelo, había sido el depósito de la biblioteca del canónigo Chirino, el sitio donde éste almacenaba sus libros. Había allí muchos volúmenes, probablemente cuatro ó cinco mil, unos metidos en los armarios, otros apilados en el suelo, todos llenos de polvo.

Don Víctor, al llegar á casa del pertiguero, conocía los libros estudiados por él en su carrera, pero nada más. El tener allí otros á mano le indujo á leerlos, primero sin mucha gana, luego con gusto, después con pasión, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino como un centauro en un bosque ó un tritón en las olas de un mar antiguo.

Tras de muchas investigaciones, D. Víctor encontró el catálogo de la biblioteca del canónigo. En la que había sido su habitación principal, la que luego ocupó Sansirgue, tenía el difunto canónigo los libros clásicos de un cura erudito; en el depósito, que habitaba ahora D. Víctor, estaban los libros de historia, de filosofía y de moral, algunos encuadernados sin rótulo.

Don Víctor comenzó por leer tratados de confesión, obras de casuística de los Padres Escobar, Sánchez, Molina, el Salmanticense y otros célebres teólogos fundadores de la moral laxa de los jesuítas. Al hojear estos libros le sorprendieron las notas de Chirino contra los autores. También le asombró leer las burlas que dedicaba á las Cartas del filósofo rancio del padre Alvarado.

¿Sería el canónigo Chirino, muerto casi en olor de santidad, un hereje?

Don Víctor se propuso averiguarlo y seguirle en sus notas con el celo de un inquisidor.

Al principio había considerado su cuarto como un rincón, únicamente bueno para dormir; después comenzó á encontrarlo un lugar admirable de esparcimiento, mandó poner cristales á las rejas, que no tenían más que maderas, y encargó al marido de la Dominica una camilla para leer delante de la reja con los pies calientes.

Don Víctor metía el brasero debajo de la mesa y se ponía á leer. Comenzó á mirar uno por uno los libros de la biblioteca, principalmente los anotados por el canónigo.

En casi todos ellos Chirino había puesto notas marginales, casi siempre racionalistas y burlonas.

El canónigo se valía de ingeniosos anagramas para despistar á cualquiera en cuyas manos, por casualidad, cayera uno de sus libros.

La idea del anagrama vino á la mente de D. Víctor al comprender qué escritor se ocultaba en las notas de Chirino con el nombre de Viralteo.

Al principio D. Víctor, que no conocía á los filósofos racionalistas, supuso que Viralteo sería uno de tantos, después miró este nombre en el Teatro Crítico de Feijóo, y no lo encontró. Pensando en Viralteo, vió que podía descomponerse en: ¡O alte vir! (¡oh alto varón!).

Estuvo pensando quién podría ser este alto varón, hasta que comprendió era el anagrama de Voltaire. Vió también que E. Moras era Erasmo, y que así estaban disfrazados muchos nombres.

Hallados unos, supuso que toda palabra sin sentido claro que el canónigo ponía en sus notas marginales había que descomponerla, buscarle un significado esotérico y así encontró los anagramas de la Religión, Dios, clero, etc., empleados por Chirino. Muchas veces para indicarlos no ponía más que la inicial.

Las notas del canónigo Chirino sorprendían á D. Víctor. ¡Qué curiosidad la de aquel hombre! Filosofía, matemáticas, ciencias naturales, viajes, todo lo había leído en su rincón y todo lo había comprendido.

Para D. Víctor, el canónigo Chirino era un amigo y un enemigo.

—¡Ah, canalla!—exclamaba.—¡Cómo te ocultas! ¡Cómo te defiendes!

El canónigo Chirino hacía juegos malabares en sus notas. Muchas veces interrumpía un pensamiento puesto al margen de una página y lo seguía en otra.

Don Víctor comprendía la eficacia de la inquisición para ahogar este sentido de crítica y de duda.

Chirino era uno de esos espíritus agudos, inquietos, vulnerantes, educados en las marrullerías de los casuístas, por los que tenía un odio y un desprecio terribles.

Varias veces D. Víctor encontraba referencias á libros que no se hallaban en la biblioteca con la indicación de la página.

Por las notas del canónigo esto parecía indicar que se encontraban allí y que los había consultado; sin embargo, D. Víctor no daba con ellos.

Don Víctor hizo una nueva requisa y no encontró nada, hasta que por casualidad, empujando una tabla del fondo de un armario, ésta corrió un poco. Don Víctor agrandó la abertura y apareció una alacena formada en el hueco de la pared y llena de libros.

Estaban allí las obras de Spinoza, el Entendimiento Humano, de Locke; el Diccionario filosófico, de Voltaire; las Cartas provinciales, de Pascal; El Espíritu del Clero y La impostura Sacerdotal, del barón de Holbach; Los Coloquios y el Elogio de la Locura de Erasmo; el Espíritu, de Helvetius; la Historia natural del alma, de La Mettrie; el Diccionario Crítico-burlesco, de Gallardo, y otras obras francamente antirreligiosas.

En esta alacena había también una colección de folletos y periódicos franceses y españoles liberales y varios números del Amigo del Pueblo, de Marat.

En las notas de estos libros escondidos, el canónigo Chirino aparecía ya claramente como un incrédulo simpatizador de los enemigos de la Iglesia: espíritu satírico y zumbón que no respetaba nada.

Don Víctor ante esta colección de libros prohibidos por la Iglesia vaciló en leerlos; pero decidido se lanzó á ellos.

Para D. Víctor tuvieron aquellas obras el gran encanto de ser fruta prohibida.

La impresión que le produjo la lectura del Diccionario filosófico, de Voltaire, fué imborrable. La proximidad que tenían para Voltaire las controversias religiosas hacía que D. Víctor leyera la obra como un escrito del día.

Aquella anécdota que cuenta tan graciosamente Voltaire, en la que Pico de la Mirandola dice al propio Papa Alejandro VI que cree que su Santidad no es cristiano, y el Papa reconoce de buen grado lo que dice Pico, le dejó atónito.

A pesar de que D. Víctor comprendía la sagacidad, la erudición y el buen sentido de Voltaire, no quería seguirle, y le indignaba como una cosa personal, como una injuria hecha á la familia, la veneración del canónigo Chirino por él. Chirino acompañaba al patriarca de Ferney en sus notas marginales con una unción, con un respeto que irritaban á don Víctor. Apenas se atrevía á indicar una inexactitud y á señalar algún ligero olvido de su ídolo.

—Lo que no concede á los doctores de la Iglesia, lo concede á Voltaire—decía amargamente don Víctor.

Y esto le molestaba más que como una herejía, como una traición al espíritu de cuerpo, tan fuerte en los curas.

VIII. SU MAJESTAD EL ODIO

El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se estableció á sus anchas en casa de Ginés Diente el pertiguero. Pronto se vió no era de la raza de los hombres como el canónigo Chirino, aficionados á la lectura y á la soledad.

Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su despacho; comía mucho, bebía bien, escribía con frecuencia largas cartas y á todas horas se le veía entrar y salir en el palacio del obispo.

Sansirgue no tenía la amabilidad de Chirino ni la llaneza de Rizo. No se paraba un momento en el taller de Damián, ni acariciaba á los chicos en la calle, ni quiso dar una limosna al Degollado, que se pasó varias horas por la tarde cantando oraciones á la puerta. Sansirgue ahuyentó de su cuarto al espíritu familiar de la casa, al infernal Astaroth, con su traje negro y sus ojos de oro.

Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con familia del pertiguero. Supo que en casa de la Dominica había un capellán de un convento de monjas de huésped; pero no le dió importancia ni pensó en conocerle, ni menos en convidarle alguna vez á su mesa.

Don Víctor no le perdonó el desvío, y desde aquel momento comenzó á sentir por el penitenciario uno de esos odios clericales profundos y contenidos.

Don Juan y D. Víctor tenían que sentirse hostiles. D. Juan, hombre de suerte, al mes de estar en Cuenca entraba en todas partes, tenía influencia, era de los familiares del obispo y subía como la espuma; en cambio, D. Víctor parecía la representación de la desdicha.

Una de las cosas que indudablemente se refleja mejor en el rostro es el éxito ó el fracaso.

La fisonomía del penitenciario tomaba una expresión de contento y de triunfo á medida que adquiría importancia; en cambio, la del capellán de monjas era un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto de un pico, y su color verdinegro se hacía cada vez más obscuro y bilioso.

Don Víctor, que columbraba desde una de las rejas de su cuarto la habitación de Sansirgue, comenzó á espiarle. Le veía pasear, escribir cartas, fumar sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba, sabía de dónde había tomado las frases de su último sermón, las citas que había equivocado y los errores de concepto que había vertido. Sabía, además, quién le visitaba y lo que hacía hora por hora. Sansirgue era muy visitado y consultado.

El penitenciario era un hombre caído con buen pie en la ciudad. En su confesonario las señoras hacían cola para confesarse con él; en el púlpito había tenido gran éxito. Se le consideraba como orador de fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan, y que son los más admirados. El público de los sermones no acepta más que el sermón almibarado ó el colérico, y, generalmente, éste le gusta más.

Sansirgue extremaba su nota colérica; era de los declamadores dionisíacos, insultaba, amenazaba, arrastraba por el fango á sus oyentes, sobre todo á las mujeres, para quienes manifestaba su mayor desprecio.

La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus gritos, sus apelaciones á la cólera divina entusiasmaban. Cuando golpeaba el púlpito con sus manos de patán y pintaba los horrores del infierno, las mujeres suspiraban y se oían lamentos y quejidos ahogados en el ámbito de la catedral.

Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y más de la mujer católica, hizo que las señoras de Cuenca se entusiasmasen y se acercasen con admiración á aquel ensoberbecido patán.

Uno de los sitios donde fué presentado y recibido con entusiasmo Sansirgue fué en casa de Doña Cándida, la madrastra de Asunción.

El penitenciario, al conocer aquella mujer, vió pronto su flaco. Poseía Sansirgue esa sagacidad que los hombres de iglesia, y sobre todo los jesuítas, han desarrollado en la práctica del confesonario; tenía también la mala opinión que los curas tienen casi siempre de las mujeres, opinión que según los bromistas proviene de la comunidad de faldas.

La intimidad entre Doña Cándida y Sansirgue fué haciéndose mayor; el penitenciario tomó la costumbre de ir á la casa de la Sirena todos los días por las mañanas y después al anochecer, y por la puerta del callejón, para que no le viesen.

No era seguramente raro ni extraño en un pueblo de clerecía el que un cura visitara á una señora rica, ni aun siquiera que la galantease; lo que sí pareció extraordinario fué que inmediatamente se comenzara á murmurar y á contar mil cuentos en todo el pueblo de las relaciones entre Doña Cándida y el canónigo.

La causa de una expansión tan rápida de la maledicencia se debió á una vecina y antigua amiga de la Cándida, que tenía una confitería frente por frente de la casa de la Sirena.

La confitera había prestado al abuelo de Asunción, D. Diego Cañizares, por dos veces, cinco mil pesetas en hipoteca sobre la casa de la Sirena en pacto de retroventa, y ya la miraba como suya.

El tener la hermosa casa de piedra sillería delante había dado á la confitera una gran ambición de poseerla. Había hecho sus proyectos de trasladar su establecimiento á casa de la Sirena, ensanchar el taller y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado días y noches con tenacidad en la calma de la vida provinciana, se frustró y se desvaneció al casar D. Diego á su hijo con la Cándida.

El Zamarro proporcionó el dinero necesario para levantar la hipoteca, y su hija se quedó á vivir en casa de la Sirena.

Desde entonces la confitera dedicó á su antigua amiga el más profundo odio; consideraba que le había robado la casa. De la rabia, enflaqueció, palideció, quedó hecha un espectro.

La confitera comenzó á tratar á su marido, que era un pobre calzonazos, alto y triste, á puntapiés.

Por envidia y por celos, día y noche se puso á espiar á la Cándida desde el fondo de la tienda y desde las ventanas de su primer piso. La veía vestirse, peinarse, adornarse; aquilataba los detalles más pequeños de la indumentaria y del tocado. La Cándida no sospechaba que en la casa de enfrente latiera un odio tan profundo contra ella.

En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas cosas ó no pasa nada, fermenta el odio y la envidia con una enorme virulencia.

En la vida de las ciudades y de los pueblos pequeños apenas se da un caso de amor fuera de inclinación sexual; en cambio el odio inmotivado crece con una lozanía extraordinaria.

El ingenuo que descubre este fondo de odio se pregunta: ¿Qué motivo puede haber para ello? Ninguno. El motivo de existir otros hombres y otras mujeres es suficiente.

Es curioso cómo se odia en los pueblos, y cómo, debajo de la farsa cristiana de la caridad y del amor al prójimo, aparece de la manera más descarnada y terrible la envidia y el odio. Probablemente, sólo la vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio nacido del fondo del hombre.

La exaltación de las pasiones sociales es, sin duda, lo único que ha de moderar el egoísmo.

La mayor posibilidad de que el rico propietario sea un tanto humano es que se sienta vanidoso. Así, si tiene hermosos caballos, querrá que los vean los demás; si posee un bello parque, hará que la gente lo pueda contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano, modesto y no vanidoso, cerrará su huerto con una alta tapia, y además la erizará de pedazos de cristal.

Hay que reconocer que esta predicación cristiana, con su palabrería mística, al cabo de veinte siglos no ha conseguido no ya que los hombres se amen un poco los unos á los otros, sino ni siquiera que esos pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos y unos hermosos cristales en las tapias de sus propiedades para desgarrar las manos de los rateros y de los vagabundos que intenten coger una fruta.

En los pueblos donde no hay apenas pasiones sociales el odio y la envidia predominan.

Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de rencor contenida en una aldea ó en una ciudad pequeña, se quedaría uno asombrado. En las grandes ciudades hay, sin duda, más vicios, más irregularidades y anomalías; pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia, imposible...

Las dos personas que olfatearon al momento la intimidad de la Cándida y Sansirgue fueron las dos personas que más les odiaban: la confitera y don Víctor.

La confitera contó á todo el mundo lo que había visto: las entradas en la casa, á escondidas, de Sansirgue; las cartas que se cruzaban entre la viuda y el canónigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad de anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella, para su ama.

La confitera propaló la voz de que Doña Cándida era aficionada al vino y á los licores. Una semana después, todo el mundo en Cuenca llamaba á la Cándida la Canóniga, decía que era borracha y que estaba enredada con el penitenciario.

Años antes había habido una obispa; luego, una capuchina; después, una vicaria, y por último, una canóniga.

Para pueblo de clerecía, no era mucho.

IX. UN ROMANCE ANÓNIMO

Desde que Miguelito cambió de vida y formalizó sus relaciones con Asunción iba con mucha frecuencia á ver al cura D. Víctor y á charlar con él.

Los amigos del ex calavera lo habían abandonado, y tomaron como cabeza del grupo al capitán Lozano, un jugador empedernido, borracho, alegre é inconsciente.

El escudero Garcés vagaba por Cuenca, como alma en pena, sin saber qué hacer, y cuando estaba muy apurado pedía á su antiguo amo un par de pesetas para ir pasando.

Don Miguelito y D. Víctor hablaron varias veces de lo que se empezaba á murmurar de la Cándida y del penitenciario.

Miguelito se alarmaba pensando en su novia, colocada entre el odio de la madrastra y de la abuela. Suponía que cualquier día Doña Gertrudis iba á provocar un escándalo á la Canóniga.

Don Víctor se dedicó á espiar á Sansirgue. Lo consideraba peligroso.

Desde su cuarto podía oírle, y desde la reja verle á través del patio.

Conocía los hábitos del canónigo.

—Latet anguis in herba—decía D. Víctor, y pensaba que aquella serpiente escondida entre la hierba había de hacer algún daño y producir grandes males.

Un día D. Miguelito contó á su amigo D. Víctor que doña Gertrudis había tenido al fin una explicación borrascosa con la Cándida.

En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras. D. Víctor, en parte por mala intención, y también por favorecer á su amigo, escribió un romance, del que pensó hacer tres copias, y mandarlas una á la Cándida, otra al obispo y otra á Sansirgue. El romance se llamaba A la Canóniga, y empezaba así:

En un caserón vetusto más alto que la Mangana, más negro que un solideo y un escudo en la fachada con un sol, una sirena, dos dardos y una granada, una vieja pergamino, siete lustros en cada anca, echando lumbre los ojos y temblándole la barba, á su zamarresca nuera enderezó esta soflama: "Nunca fueron tradiciones de las fembras de mi casa servir en la clerecía á tenor de barraganas. Nunca doncellas ni viudas, ni casadas, sin ser santas, fueron viribus et armis sin gracia canonizadas. Non son los limpios blasones de vieja estirpe fidalga el contar en ella obispas, canónigas ni vicarias".

Después de largas insinuaciones malévolas, en que aparecían D. Juan y la Canóniga, concluía diciendo la vieja á su nuera en el romance del cura:

"Marchad, señora canóniga, al cabildo ó á la tasca, que si no os marcháis aína yo os echaré noramala".

Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo las tres copias, desfigurando la letra, las escribió en trozos de papel antiguo, y las envió al obispo, á la Cándida y al penitenciario.

Al día siguiente se puso á estudiar el efecto.

El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba preocupado. Después de comer no salió de casa, y anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto.

Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio atónito; después se puso á cavilar quién podía ser el autor de estos versos.

Su instinto le decía que aquel papel provenía de algún clérigo. ¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo, no conocía tampoco á nadie aficionado á satirizar en verso á la gente. El que había escrito aquéllos había, sin duda, leído é imitado los romances de Quevedo.

El autor de A la Canóniga demostraba una malevolencia grande, cierta facilidad de pluma que no tenían sus colegas, y un desprecio por el clero poco natural.

Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor del romance era Miguelito Torralba. No podía comprender una imprudencia así en D. Miguelito. Sin embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa. Miguel había escrito antes Las Comadres de Cuenca en el mismo estilo; él, sin duda, era el autor de los versos A la Canóniga.

Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo tiempo sintió un feroz instinto de vengarse.

Se veía cazado como un conejo; comprendía que había dado un mal paso, que su carrera podía truncarse. Como buen plebeyo ansioso de una posición elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y este miedo le excitaba más la furia vengativa.

¡Ah! ¡Si hubiera conocido al autor! ¡Se hubiera lanzado á él á deshacerlo, á pulverizarlo! D. Juan supo que la Cándida había recibido un papel igual, y Portillo el secretario del obispo, amigo de Sansirgue, le entregó, sonriendo con cierta sorna, otro.

El penitenciario estuvo ocho días inquieto, entregado al miedo, á la desesperación y á la ira. D. Víctor le oía pasear arriba y abajo, como un lobo en la jaula.

Sansirgue dejó de ir á casa de la viuda: temía mucho que ésta hiciese alguna tontería comprometedora; pero la Cándida discurría como mujer, y como mujer solicitada y guapetona; y al ver que el canónigo la abandonaba aceptó los homenajes del capitán Lozano, el jefe de los calaveras del pueblo, y sustituto en este transcendental puesto de D. Miguelito.

Sansirgue, que no tenía afecto ninguno por la viuda, se alegró.

—La viuda se entiende con el capitán—le dijo Portillo á Sansirgue, unos días después—. Aproveche usted esta conyuntura. Escríbala usted, hágase usted antipático á ella, y luego visítela usted.

Sansirgue escribió un anónimo á la Cándida, acusándose á sí mismo de que hablaba mal de ella.

A los pocos días la hizo una visita. La Cándida le recibió muy mal y Sansirgue salió cariacontecido. En varios sitios manifestó hipócritamente su tristeza al ver que no había podido llevar por buen camino á la viuda, y mucha gente lo creyó.

X. LA JUNTA REALISTA

Cuando en 1822 se fué viendo en España el fracaso y la debilidad del Gobierno Constitucional, comenzaron á formarse juntas absolutistas en casi todas las capitales de provincia.

En Cuenca se constituyó la Junta Realista en el obispado. El obispo, un viejo raído y rapaz, puso la diócesis á contribución; recibió dinero de la provincia y de fuera, y guardando parte, entregó cincuenta mil reales para los primeros trabajos de los realistas puros.

El secretario Portillo comenzó la organización de la Junta, de la que formaron parte los canónigos Salazar, Gamboa, Perdiguero, Sansirgue, Trúpita y Sagredo.

Todo el clero y las personas visibles de la ciudad se adhirieron á la Junta.

La ciudad alta, en bloque, se manifestó absolutista y enemiga del Gobierno; en el arrabal se experimentó cierta agitación entre los constitucionales que se desvaneció en figuras retóricas de la época.

Como el obispado y el clero temían la responsabilidad, en caso de fracaso, la Junta delegó sus poderes en tres representantes ó testaferros que se pondrían en comunicación con la gente.

Después de muchas vacilaciones fueron nombrados: el Chantre, brazo de Portillo, para entenderse con el clero; D. Miguelito, para avistarse con el elemento civil, y el capitán Lozano, para el militar.

Esta comisión comenzó á funcionar y á reunirse en una casa antigua medio arruinada de la calle de los Canónigos, en cuya puerta, en el dintel, se leía una hermosa inscripción en letra gótica. Esta casa había pertenecido al Arcipreste de Moya.

La comisión terminó sus gestiones rápidamente; y en la segunda sesión de la Junta Realista, celebrada en el obispado, cada uno de los delegados explicó sus trabajos.

El Chantre dijo que había recibido más de quinientas cartas de curas de pueblo dispuestos á lanzarse al campo, formando partidas. Aun pensaba que llegarían á más las adhesiones.

El obispo prometió dar otros cincuenta mil reales para que se compraran armas, y que además, dirigiría una pastoral comunicada á los curas de la diócesis.

Después del Chantre, D. Miguelito explicó su gestión. Excepto el jefe político, todos los demás empleados estaban dispuestos á derribar el Régimen constitucional.

—Las condiciones que ponen son éstas—señaló Miguel—: El contador de la policía quiere ser ascendido á comisario ordenador; el Cachorro, Salinier y Alaminos dicen que fiarán el dinero necesario si se les nombra después intendentes de ejército; José Auzá aspira á ser contador de la policía; el armero de la Ventilla, el Zagal, dice que proporcionará armas á los voluntarios si le conceden el retiro de sargento á que tiene derecho; los demás empleados y paisanos adheridos están en esta lista cada cual con sus condiciones.

Después de D. Miguelito habló el capitán Lozano. Este no había tenido dificultades: la guarnición se hallaba dispuesta á pasarse al campo realista desde el momento que hubiese garantías de éxito. Las condiciones eran: el coronel sería ascendido á general; los dos comandantes del batallón, á jefes de brigada; los capitanes Lozano, Arias y Vela, á comandantes; los tenientes, á capitanes, y los sargentos, á oficiales.

Aprobados en la Junta los trabajos de los delegados, siguieron éstos maniobrando; el pueblo lo tenían por suyo: los dos secretarios de policía y los tres celadores obedecían á la Junta Realista más que al jefe político.

El pueblo entero estaba preparado para levantarse contra el Gobierno á la primera señal.

XI. UN SERMÓN DE SANSIRGUE

Siendo éste el espíritu de las personalidades de Cuenca, no era de extrañar que la plebe fanática y brutal se encontrase soliviantada.

Al saberse la expedición de Bessieres y de los demás cabecillas realistas hacia el centro de España, la gente se alborotó.

Contribuía á ello la época, que era de Cuaresma, y la cruzada que los curas, y sobre todo los frailes, hacían desde los púlpitos y confesonarios.

Era una oratoria de energúmenos la que utilizaban los frailes en sus sermones: gritos, pasmos, insultos, chocarrerías, absurdos, todo se consideraba como buen medio para atacar el liberalismo y la Constitución.

Cuál sería el sistema de predicación frailuna, que los curas más fanáticos quedaban como tibios y poco fervorosos en la defensa de las prerrogativas del trono y del altar.

El secretario Portillo, que no encontraba bien que el clero secular fuese así oscurecido por el regular, encargó al canónigo magistral Gamboa pronunciara un sermón enérgico. El magistral quiso hacerlo; pero le faltaban medios oratorios: tenía la voz seca, el ademán frío, y el público no se entusiasmó con su oración.

Entonces Portillo encargó á Sansirgue otro sermón, recomendándole diera la nota aguda.

—Aunque se comprometa usted un poco no le importe—dijo Portillo—. El Gobierno no se atreve con nosotros.

—No le tengo miedo.

—Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo usted así como si las frases se le escaparan á usted involuntariamente, ex abundantia cordis. Le conviene esto. Con la alocución la gente olvidará las hablillas de las que doña Cándida y usted han sido víctimas.

Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la recalcó con cierta ironía.

Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se puso á preparar su plática, tomando párrafos de aquí y de allí, en la colección de sermones que guardaba Chirino. Escribió el comienzo y el final de su discurso y se los aprendió de memoria.

El secretario hizo correr la voz por el pueblo de que el sermón del penitenciario produciría gran efecto, y el domingo el público llenó la catedral.

Don Víctor fué de los que con más atención contempló á su orgulloso compañero de hospedaje. Estaba con Miguel y Luis Torralba cerca de una columna de la nave central.

Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un aire de orgullo, de terquedad y de dominio.

—Es un patán que va á trabajar al campo—dijo D. Víctor—no el inspirado que se dispone á hablar al pueblo desde la montaña.

Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca y áspera que quería ser insinuante. No dominaba bastante la técnica oratoria para redondear los períodos, ni se valía con oportunidad de los silencios estudiados y sabios, ni tenía ademanes sencillos; no sabía hacer un sermón de orador artista, pero estuvo relativamente bien.

Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda parte del discurso. Se vió aquí que ya no repetía lo aprendido de memoria, sino que improvisaba. Las oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón subía y llenaba la nave de la catedral. La cólera daba elocuencia y fuerza al penitenciario. Su voz se había entonado, caldeado, y vibraba en el ámbito de la iglesia como una trompeta guerrera.

Dijo que los liberales eran ateos, sacrílegos, impíos, vasos de todo crimen é impureza, dignos de los mayores tormentos, serpientes venenosas, perros sarnosos; que la Filosofía era la ciencia del mal, que con los impíos no se debía tener unión ni en el sepulcro.

Pintó á los liberales como monstruos que se acercaban traidora y cobardemente á atacar el trono y el altar, y exhortó á los fieles á que salieran á la defensa de los sacrosantos principios de la Religión y de la Monarquía con todos los medios y con todas las armas.

Esta segunda parte de su oración la dijo Sansirgue con una violencia extraordinaria, gritando y levantando los brazos al cielo, dando puñetazos al borde del púlpito. Parecía que quería clavar sus ideas á golpes de martillo en la cabeza de los fieles.

Sansirgue, después de esta hora de gritos é improperios, sudaba y estaba sofocado. Su silueta fuerte y sanguínea aparecía roja y congestionada en el púlpito.

Concluída su catilinaria, el canónigo tuvo un largo silencio y siguió de nuevo el sermón, ya con voz suave y cansada; comentó la frase del padre Alvarado, el filósofo rancio: "Más queremos errar con San Basilio y San Agustín que acertar como Descartes y Newton"; y afirmó que la verdad en boca de un filósofo liberal es siempre el error y la impostura, y el error en boca de un ministro del Señor puede ser la verdad. Con esto y una invocación á la Virgen acabó su discurso y bajó del púlpito.

Don Víctor, á pesar de su enemistad, no pudo menos de reconocer que el sermón de Sansirgue era el que se pedía en aquel momento. Todo el mundo decía que el penitenciario había estado admirable; los hombres se sentían entusiasmados y las viejas encantadas.

—Si alguien ahora recuerda lo de la Canóniga se le tendrá por liberal—saltó Luis Torralba.

—Ah, claro—dijo D. Víctor.

—Es una bonita manera de discurrir—añadió Luis—. Le dicen á uno: "Tu héroe es liberal, pero es un ladrón y lo voy á probar." Es que tú eres absolutista. "Tu héroe es absolutista, pero es un bandido." Es que tú eres liberal.

—Qué quieres—murmuró D. Víctor—. El pueblo discurre así; tiene que ser amo ó esclavo, y si alguien independiente se le pone en el camino á decirle la verdad lo odia y lo desprecia.

—La Iglesia en ese sentido debe ser también muy pueblo—dijo Luis Torralba.

Don Víctor refunfuñó y no replicó nada claro.

XII. LA ALARMA DE BESSIERES

Cuando Jorge Bessieres vió cerrado el camino de Madrid y sus tropas dispersadas, decidió separarse de los demás cabecillas y tomar, á poder ser, una importante plaza fortificada. Cuenca era la que estaba en mejores condiciones para un golpe de mano, y á ella dirigió sus miras.

Bessieres se enteró de que existía en Cuenca una Junta realista, y la envió un oficio dándole cuenta de sus planes.

Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y el capitán Lozano, y lo tomaron en consideración.

Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe político comunicándole la dirección que llevaba Bessieres, y Aviraneta por orden del Empecinado enviaba una carta al alcaide de comuneros de Cuenca, explicándole con detalles la huída de Bessieres, de Priego y de Huete, y advirtiéndole que llevaba pocas fuerzas.

Por tres conductos y á tres centros diferentes llegó la noticia de la alarma de Bessieres.

Los representantes de la Junta realista decidieron mandar un aviso al cabecilla francés, indicándole que al acercarse á Cuenca se avistarían con él y verían la manera de que los realistas se apoderaran de la ciudad.

Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo que era mejor se presentara él al general realista.

Miguelito así lo hizo; inventó un pretexto para no alarmar á la familia y á la novia, y de noche, á caballo, escoltado por Garcés el Sevillano, que se había vuelto á reunir con él, se presentó en el campamento del francés.

Bessieres le recibió muy amablemente; Bessieres debió quedar bien impresionado del aire de seguridad y de dominio de Miguelito, y le habló como á un hombre que venía á proponerle una cosa importante.

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