PARTE PRIMERA (continued 2)
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El advenedizo francés tenía simpatía por la gente improvisada, y creyó encontrar en Torralba un buen auxiliar, un hombre como él, sin prejuicios ni supersticiones de moral.
Bessieres le dijo á Miguelito que volviera á Cuenca y le trajera un plan bien meditado para apoderarse de la ciudad. Si lo conseguía, haría que inmediatamente se le nombrara capitán y que al año fuera comandante.
Don Miguelito volvió entusiasmado á Cuenca y lleno de grandes esperanzas. Se reunió en seguida con el Chantre y con el capitán Lozano, y entre los tres comenzaron á hacer gestiones para madurar un plan. Luis Torralba, al saberlo, desaprobó la actitud de su hermano.
—¿Has sido liberal y ahora por conveniencia vas á tomar partido con los absolutistas? Me parece mal, muy mal.
Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era explicar lo inexplicable.
El jefe político, al conocer la noticia de la aproximación de Bessieres, llamó al comandante de la plaza, y al decirle éste se redoblaría la vigilancia, se tranquilizó.
No se quedó tan tranquilo el alcaide de los comuneros, á quien había escrito Aviraneta por orden del Empecinado.
El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la Milicia nacional, y se llamaba Cepero, el ciudadano Cepero.
El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible para los absolutistas sino hubiera tenido un hijo furioso jacobino.
Cepero, padre, hombre ordenancista y poco inteligente, suponía que las órdenes de la Confederación de comuneros eran dictadas por grandes sabios.
Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de discurrir por su cuenta, creía lo que le decían. Tenía un almacén de harinas en el arrabal, y era dueño de tierras, algunas procedentes de las ventas de los bienes monacales.
Cepero, hijo, era entonces un joven de unos veintitrés años, sombrío y ambicioso. Hubiera querido dominar el pueblo por el terror; pero no tenía medios ni colaboradores, porque los demás liberales no pasaban de ser pobre gente, entre la que había varios que se habían hecho milicianos por envidia ó por utilidad.
El ciudadano Cepero supo las noticias de la persecución y fuga de Bessieres, desde Guadalajara, por Sacedón y Priego, y que las huestes realistas se habían dividido.
Bessieres no llegaba á contar más que con unos mil quinientos hombres. De acercarse con las fuerzas reunidas de los cabecillas realistas, Cuenca, con su guarnición y la milicia, no hubiera podido resistir; pero con tan poca gente, la cosa variaba.
—Creo que le haremos frente á Bessieres—dijo Cepero solemnemente á su hijo.
—¡Bah!—contestó éste—. ¿Usted cree que podemos contar con la guarnición?
—Yo, sí.
—Pues está usted en un error.
—¿Por qué?
—Porque la guarnición de Cuenca está vendida á los absolutistas.
—¡Qué falsedad! ¡Qué calumnia!
—Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos comandantes, el capitán Lozano, el capitán Arias... casi todas los oficiales están dentro de la conspiración; dispuestos á levantarse contra el Régimen.
Y Cepero, hijo, dió una porción de detalles que demostraban los manejos realistas de los militares.
Cepero, padre, temía á su hijo. Este le motejaba siempre de tibio y de moderado.
Cepero, padre, se agitó; fué á ver á los oficiales liberales de la guarnición, reunió á la Milicia nacional y alarmó al jefe político.
XIII. PROYECTOS
Don Miguelito, después de tener una larga conferencia con el Chantre y con el capitán Lozano, se avistó con el comandante de la plaza, y entre los dos discutieron varios proyectos para sorprender y apoderarse de Cuenca. Por último quedaron de acuerdo.
La entrada de los absolutistas se verificaría por la puerta de San Juan, y de noche.
El comandante mandaría á esta puerta al capitán Lozano con una sección, y tendría la tropa avisada para pronunciarse y prender á los oficiales, y desarmar á los soldados de la milicia nacional.
A las doce de la noche, Miguelito se presentaría en la puerta de San Juan con un pelotón de soldados de caballería de Bessieres; daría el santo, la seña y la contraseña, y pasaría adentro. Un segundo pelotón entraría después, y por último, toda la fuerza realista.
Aunque el plan era sencillo, había que combinar muchas cosas y atar varios cabos para ponerlo en ejecución.
Se decidió lo siguiente: á las diez de la noche se encendería una luz en una ventana alta del palacio del obispo, y otra, poco después, en la muralla, lo que querría decir: "Todo está preparado".
Miguelito, en compañía de Garcés, se apostaría delante del convento de San Pablo.
En el instante que vieran las dos señales, Garcés iría á avisar al campamento de Bessieres, y vendría con un escuadrón de lanceros. Dirigidos por Miguelito, darían la vuelta al pueblo, pasarían el puente de San Antón é irían á colocarse en la orilla derecha del Júcar; luego cruzarían el río por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á la orilla izquierda, y de aquí subirían, al paso, divididos en varios pelotones, á la puerta de San Juan. Llamarían, y al preguntar los de dentro: "¿Quién?", contestarían con este santo y seña:
—Daniel, Cuenca y Bessieres. Debellare superbos.
Esta frase de "debelar á los soberbios", en boca de un hombre como Miguel, era un poco absurda.
Dicho el santo y seña, entrarían y avisarían para que pasaran las fuerzas de Bessieres. Se apoderarían del cuartel de infantería, próximo á la puerta de San Juan; desarmarían la milicia nacional, y prenderían á los oficiales afectos al Régimen.
El plan era realmente fácil y muy asequible.
Pasó un día, pasaron dos, y la Junta no dió la orden de ejecución. Se esperaba no se sabía qué. Bessieres estaba impaciente.
La causa del retraso fué que Portillo, á nombre del obispo, había escrito á la Junta Realista de Madrid pidiendo informes acerca de Bessieres y de su correría. Sin duda los informes no fueron del todo satisfactorios, porque el secretario del obispo apareció de pronto poco entusiasmado con la idea de entregar la ciudad á los realistas.
Portillo consultó con Sansirgue, y le explicó el proyecto, en el cual D. Miguelito iba hacer el primer papel. Portillo aseguró que el proyecto estaba mal preparado, que era sospechoso porque había quien aseguraba que Bessieres se hallaba en relación con los masones, y que, á no ser por no perjudicar á un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera denunciado al jefe político en un anónimo.
Sansirgue, al oír esto, miró á Portillo con ansiedad. El secretario del obispo estaba impasible.
Echada la semilla, germinó pronto. Sansirgue vió que podía hacer un servicio á Portillo, á quien consideraba omnipotente, y al mismo tiempo satisfacer su venganza contra Miguelito, que le había perjudicado en la carrera con sus versos A la Canóniga, y no vaciló. Se marchó á su casa, se encerró en su cuarto, y, después de redactar varias veces el aviso, escribió dos anónimos: uno al jefe político, otro al ciudadano Cepero.
En los anónimos no omitía un detalle de cuanto tramaban los conspiradores; citaba la lista de todos los que pertenecían á la Junta, incluso el suyo. Este rasgo de astucia le hizo suponer que nadie sospecharía de él. Logró también disfrazar la letra escribiendo con la mano izquierda.
Don Víctor, que había visto ir y venir al penitenciario, ceñudo y preocupado, por su habitación, y que sabía, casi minuto por minuto, lo que hacía, redobló su espionaje. Sintió que estaba escribiendo. Cuando concluyó, Sansirgue salió de su casa, se fué al palacio del obispo, y D. Víctor esperó en la calle. Era ya el anochecer cuando salió el penitenciario.
Don Víctor dejó el atrio y siguió á Sansirgue. Este avanzó, mirando á derecha é izquierda, se acercó al correo y echó una carta al buzón.
Poco después volvió de nuevo á su casa, y media hora más tarde entró D. Víctor. El capellán pasó una porción de horas de insomnio pensando qué podía haber escrito el canónigo.
Todo le hacía creer que era algo serio é importante; las cartas ordinarias se las llevaba Segundito, el paje; aquélla, ó aquéllas, las había echado él, y con gran cuidado de que nadie le viera. ¿Para qué tantas precauciones?
Al día siguiente D. Víctor fué á ver al Zagal, al armero de la Ventilla.
Este era amigo de uno de los secretarios de la policía, y por él había sabido que el complot de Miguelito acababa de ser descubierto.
Inmediatamente D. Víctor supuso que D. Juan había delatado á los realistas.
Al llegar á casa, á la hora de comer, expuso sus sospechas á Ginés y á la Dominica, y ésta sobre todo, rechazó con indignación tales suposiciones.
Ginés, que no tenía grandes simpatías por el canónigo Sansirgue, dijo:
—Vamos á su cuarto cuando salga él, y veamos si queda algún indicio.
Lo hicieron así: entraron en el cuarto, y no vieron nada. Ginés, que era un espíritu metódico, sacó la mampara de la chimenea, y vió sobre la piedra del hogar que había unas pavesas negras. Don Víctor las cogió con gran cuidado, y á la luz llegó á leer escritos con tinta varios nombres, entre ellos el de Torralba.
XIV. CABILDEOS DE DON VÍCTOR
Don Víctor quedó convencido de la delación del canónigo.
Pensó las providencias que podía tomar para evitar que á Miguelito le hicieran víctima de la emboscada traidora que le preparaban.
Lo primero que hizo al día siguiente fué marchar á la calle de Caballeros, á casa de los Torralbas.
Allí le dijeron que no estaba ninguno de los dos hermanos. Sin duda Miguel no quería ser detenido antes de intentar la aventura, en la que tenía tantas esperanzas.
Don Víctor preguntó por la madre de los Torralbas, y la habló; pero esta señora no sabía nada ó desconfiaba de D. Víctor, y se limitó á decir que ninguno de sus dos hijos estaba en Cuenca.
Después de comer, don Víctor se dirigió á la catedral á buscar al Chantre.
Se acercó á la capilla de los Caballeros y se arrodilló delante de la verja.
Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba trabajada en piedra blanca, y en su portada tenía esculpidos varios atributos militares, y en la clave del arco, un esqueleto.
En el frontispicio se leía esta inscripción, que canta el triunfo de la muerte:
Victis militibus mors triumphat: Vencidos los soldados triunfa la muerte.
Don Víctor estuvo pensando, divagando sobre esta sentencia. Contempló las dos urnas sepulcrales de mármol, con sus estatuas de caballeros yacentes, las pinturas de los altares; luego rezó maquinalmente, y como el rezo no lo sentía, por su preocupación, volviéndose contempló la nave de la catedral.
Hacía un día de sol espléndido. La luz entraba de los altos ventanales de la iglesia y producía anchas sábanas luminosas entre las columnas oscuras.
Don Víctor sentía negros presentimientos; una serie de ideas angustiosas y deprimentes le sobrecogían. Se sentía como vencido, aniquilado, descontento, sin fe en nada.
De pronto vió al Chantre, corrió hacia él y le dijo que estaba descubierto el complot de Miguelito.
—¿Quién ha podido descubrirlo?—exclamó el Chantre.
—No lo sé.
—Voy á decírselo á Portillo.
El Chantre fué al palacio del obispo; pero encontró que había dos agentes de la policía del jefe político paseándose por delante de la puerta del palacio en la plazoleta.
Uno de la policía le advirtió al Chantre que no entrase.
El Chantre contó á D. Víctor lo que pasaba.
Don Víctor no quería dejar la cuestión así, y se dirigió á ver al capitán Lozano.
Le dijeron que el capitán estaba en casa de Doña Cándida....
La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el sol amarillo dorado iluminaba los aleros y los pisos altos.
Don Víctor entró en la confitería de enfrente á la casa de la Sirena. La confitera, que repartía su atención entre los dulces y el espionaje, le dijo que el capitán Lozano estaba en la casa y que no había salido. D. Víctor esperó horas y horas sentado junto al mostrador....
La confitera encendió una lámpara, y su luz mortecina comenzó á iluminar la tienda; del fondo del taller venía un olor á cera, á azúcar y á retama quemada.
En un convento una campana sonaba aguda y constante.
En la calle, el Degollado cantaba, acompañado de la guitarra, la oración de San Antonio de Padua:
Su padre era un caballero cristiano, honrado y prudente, que mantenía su casa con el sudor de su frente. Y tenía un huerto en donde cogía cosecha del fruto que el tiempo traía.
La canción, la hora, el tañido de la campana entristecieron á D. Víctor; todo aquello le recordaba su infancia, el corretear de chico por las calles al anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura interior.
El Degollado seguía una tras otra sus coplas. La confitera abrió la puerta de la tienda y dió un maravedí al ciego.
Este siguió su canto con la relación del milagro de los pajaritos:
Mientras yo me vaya á misa gran cuidado has de tener; mira que los pajaritos todo lo echan á perder. Entran por el huerto, pican lo sembrado; por eso te digo que tengas cuidado.
Don Víctor sentía una tristeza tumultuosa en el fondo del alma. El Degollado se alejó, dando golpes con el bastón en la acera; se calló la campana y no se oyó en la tienda más que el revoloteo de las moscas entre los papeles de los dulces secos.
Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el capitán no salía, D. Víctor cruzó la calle y entró en el portal de la casa de la Sirena. Llamó, salió la doncella, la Adela, que negó que estuviera allí el capitán; pero ante la insistencia del cura, le dijo que aguardase. Esperó D. Víctor en el descansillo de la puerta hasta que se presentó Lozano con su puro en la boca, con el aire de un hombre que goza de la vida.
Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y amigo de divertirse y de beber. Tenía unos ojos claros de perro fiel, una sonrisa afectuosa y una actitud de hombre á quien todo le parece indiferente. Lozano era capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia; para él todo era fácil y factible.
A pesar de que nadie podía ignorar su condición de borracho y jugador, era el capitán cajero de su regimiento.
Don Víctor contó lo que sabía, y mientras hablaba apareció Doña Cándida, á quien el capitán explicó de qué se trataba.
La Canóniga no quedó nada sorprendida al saber que era Sansirgue el denunciador de la empresa realista. Doña Cándida se manifestó delante del capellán como muy enamorada de Lozano, y rogó á don Víctor convenciera á su amante de que abandonara el complot.
Lozano explicó á don Víctor cómo se había preparado la entrada por la puerta de San Juan. Si á él le relevaban al mediodía era señal de que no se intentaba la sorpresa, y entonces él mismo se lo avisaría á don Víctor.
Con esta seguridad, don Víctor se fué de casa de la Sirena á la suya.
Don Víctor explicó á Ginés y á la Dominica lo que ocurría. Ya todos miraban á Sansirgue como un traidor. La Dominica, aun no del todo convencida, fué á ver á la confitera, con quien tenía grandes relaciones por la cuestión de las velas y cirios que se necesitaban en los funerales, y hablaron las dos.
La Dominica se persuadió de que el canónigo era un bandido, un verdadero Sacripante.
La Dominica, como mujer decidida y valiente, se dispuso á vigilar al canónigo, á espiarle, y en último término, si era necesario, á luchar con él á brazo partido hasta vencerle.
Al día siguiente salió D. Víctor, por la mañana, á decir su misa; y al volver, la Dominica le dijo que al mismo tiempo que él, Sansirgue había salido de casa, pasado por el correo y echado otra carta.
Don Víctor quedó asombrado y fué á buscar al capitán Lozano.
Lozano estaba en su casa de huéspedes, en la cama. Se había acostado tarde. Le dijo al cura que por la noche había habido una serie de cabildeos entre el comandante de la plaza, el jefe político y el de la Milicia nacional.
El coronel había llamado á Lozano para advertirle que se aplazaba el movimiento realista hasta nueva orden. El coronel había intentado persuadir al jefe político que lo del complot era una fábula, y el jefe político se hubiera persuadido á no ser por Cepero, hijo y por dos subtenientes liberales que se habían presentado en el Gobierno civil á denunciar al comandante de la plaza y á la oficialidad como absolutistas, ofreciéndose ellos á prenderlos si les daban autorización.
Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional, querían preparar un lazo á los absolutistas.
—Dicen que se ha recibido un papel explicando las señas convenidas—terminó diciendo Lozano—; es posible que sea de su canónigo.
Don Víctor dejó al capitán en la cama; salió á la calle y fué á ver al Zagal, al armero de la Ventilla. Este, por unos milicianos, sabía que D. Miguelito iba á intentar de noche entrar por la puerta de San Juan, y que, si lo intentaba, se le prendería.
Los dos directores de la Milicia que querían cazar á Miguelito eran Cepero hijo, y un joven, Nebot.
El motivo que impulsaba á Cepero hijo era puramente patriótico; el que arrastraba á Nebot, no.
El padre de Luis Nebot se había ido lentamente apoderando de una posesión que la familia de Miguel tenía en Torralba.
Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de su familia se hallaba ocupada por el intruso, quiso llegar á una avenencia con él, pero Nebot, padre, dijo que no, que la finca era suya, pues había prestado por ella lo que valía y aun más.
Miguel le hizo observar que era imposible, puesto que la finca aparecía en el Registro de la propiedad como de su madre. Nebot, sin atenderle, comenzó á construir una gran tapia; Miguel mandó hacer un boquete en ella. Entonces Nebot provocó el pleito, y lo perdió en muy malas condiciones; hubo que medir las tierras de las propiedades colindantes, y la finca de los Torralbas, á la cual habían ido bloqueando los vecinos, recuperó todo su antiguo terreno.
Nebot no sólo perdió sus tierras, sino la estimación de la gente de la vecindad. El aldeano puede perdonarlo todo menos la torpeza. Aquellos vieron que perdían los campos de que se habían apoderado por una maniobra inoportuna. De esperar unos años la propiedad de los Torralba hubiera prescrito.
Resuelto el pleito, la madre de Miguelito empleó gran parte de su dinero en cercar la finca. Nebot, padre é hijo, se consideraron enemigos á muerte de los Torralbas y se trasladaron á Cuenca, y el hijo Luis se hizo miliciano nacional.
Querían considerar los Nebot que lo ocurrido á ellos era una de las mayores injusticias que podían pasar en España. Cepero, Nebot y un joven llamado Bellido dispusieron preparar un lazo á los realistas, hacer la señal convenida para que se acercaran, emboscarse en la puerta de San Juan, y sorprenderlos.
Cuando D. Víctor fué á su casa se discutió entre la familia del guardián los medios para salvar á Miguelito. No se sabía dónde se habían de hacer las señales.
Saldrían Ginés, Damián, la Dominica y D. Víctor, de noche, á buscar á Miguelito, al azar, y á decirle, si lo encontraban, que suspendiera su aventura.
Rondarían de lejos el camino que lleva á la Puerta de San Juan, sin acercarse mucho, por el temor de que hubiese vigilancia.
XV. LA PUERTA DE SAN JUAN
A las siete de la noche, después de dar de cenar al canónigo Sansirgue, la Dominica, con su padre, Damián y D. Víctor salían del pueblo y marchaban al arrabal.
La noche estaba obscura, pesada y sofocante; grandes masas de nubes negras pasaban por el cielo, y, á veces, salía la luna en cuarto creciente. Algunos relámpagos lejanos, anchos, en forma de sábanas, iluminaban la tierra, é iban seguidos de un sordo rumor. Pronto llegó el viento, y comenzó á murmurar, á gruñir, á zumbar, golpeando puertas y ventanas.
Desde el arrabal, cada uno de los amigos de Miguelito se dirigió á distinto punto. Don Víctor fué hacia el convento de San Pablo; Ginés, por la Hoz del Júcar, y la Dominica y Damián, por la del Huécar.
A eso de las nueve, la tormenta se acercó; comenzaron á brillar los zig-zags de las chispas eléctricas encima de Cuenca, retumbaron los truenos inmediatamente después de los relámpagos, y descargó una de esas lluvias de primavera, tibias y torrenciales.
Mientras las personas de casa del guardián marchaban por el campo en busca de Miguelito, unos cuantos milicianos, al mando de Cepero hijo, entraban por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban en él, resguardándose del chaparrón.
La puerta estaba abierta, y por ella se entreveía, en las sombras el camino, estrecho y pendiente, que va bajando á la orilla del Júcar.
Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco, esperaban, la tempestad envolvía con sus ráfagas de lluvia y de viento la ciudad, asentada sobre sus rocas; el viento huracanado hacía golpear una puerta, derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de las calles, colgados por cuerdas.
Don Miguelito y Garcés salieron á las diez de la noche del campamento de Bessieres, y á las diez y media estaban delante del convento de San Pablo.
Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando en que pronto se uniría á Asunción.
Estaban amo y criado en el cerro, al borde del barranco, cuando Miguelito dijo que se veía luz en el palacio del obispo; Garcés no la había visto: después se vió claramente una antorcha en la muralla.
—¡Vamos!—dijo Miguelito.
Marcharon al campamento de Bessieres.
Un escuadrón estaba preparado.
Había que dar la vuelta al pueblo, á caballo, sin llamar la atención de los centinelas, y se dispuso que fuera uno á uno, á la deshilada.
Al pasar el puente de San Antón, Ginés Diente vió, á la luz de un relámpago, á un lancero realista á caballo: quiso alcanzarle y preguntarle dónde estaba don Miguelito; pero el soldado, sin oírle, de un empellón, derribó al pertiguero.
Este se puso á gritar y á llamar; pero ya no vió á nadie. La lluvia imposibilitaba seguir ninguna pista; el rumor del viento ocultaba el ruido de las herraduras de los caballos, y la negrura de la noche impedía ver nada.
Don Miguelito y su escolta se colocaron en la orilla derecha del Júcar; luego cruzaron el río por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á la orilla izquierda.
Se esperó á que se reuniese el escuadrón; se le dividió en tres pelotones, y á la cabeza del primero Miguelito, y á su lado, Garcés, comenzaron á subir la cuesta hasta la puerta de San Juan.
Miguel se acercó á ella rápidamente, y dió dos golpes sonoros con el bastón.
—¿Quién vive?—dijo Cepero.
—Daniel, Cuenca y Bessieres. ¡Debellare superbos!—gritó Torralba.
—¡Ríndete!—dijo Cepero abriendo la puerta y avanzando.
—¿Yo rendirme? ¡Jamás!—contestó Miguel.
—¡Huye! ¡Te han vendido!—dijo una voz.
Lo que ocurrió después no se pudo poner en claro.
Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres, con Miguelito á la cabeza, intentaron avanzar; otros afirmaron que no hubo tal intento; el caso fué que sonaron cuatro ó cinco tiros simultáneos, que un hombre cayó del caballo, y que los demás, volviendo grupas, huyeron.
El hombre caído era Miguelito: lo recogieron, le llevaron al cuartel de Infantería, y llamaron de prisa á un médico que vivía en la plaza; otros avisaron á un cura.
Cuando llegaron, Miguel Torralba había muerto.
Al día siguiente, Bessieres levantaba su campamento y desaparecía de los alrededores de Cuenca.
Unas semanas después, el día 2 de Mayo, volvía de nuevo, atacaba el arrabal, y era rechazado.
En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y el Romi el gitano, eran los que habían disparado contra Miguel.
XVI. DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE
La madre de Torralba soportó la muerte de su hijo con gran entereza y resignación.
Con aquel espejismo maternal suyo, pensó que Miguel se había sacrificado por ellos. No quería suponer que su hijo mayor tuviera más fines que su madre y su hermano. Según ella, Miguel había entrado en el complot de Bessieres para obtener un cargo y levantar la situación de la familia.
Luis no intentó convencerla de lo contrario.
En la casa de la Sirena la noticia de la catástrofe llegó por Lozano, y la Cándida tuvo la crueldad y la torpeza de divulgarla á voz en grito.
Asunción, al saberlo, sintió que el golpe tronchaba su vida. Se vistió de luto, y no salió de casa.
Unos días después de la muerte se celebraron las exequias de Miguel Torralba en la catedral. Asistió todo el pueblo alto, y se notó que, entre los canónigos del coro, faltaba Sansirgue. De las señoras faltó la Cándida.
Asunción y su abuela estuvieron en el funeral rezando, arrodilladas, en un rincón de la capilla de los Caballeros.
Toda la ceremonia Asunción la pasó llorando, y al rezar los responsos se escaparon de su garganta algunos sollozos ahogados.
—Per in secula seculorum—exclamaba el cura con voz potente, agitando el hisopo.
—Amen—clamaba el coro de voces, acompañado del órgano.
Al salir la gente, se contó, y se hizo cargo de quiénes faltaban. Quitando los nacionales del arrabal, todos los demás estaban allí.
Pasados los días ceremoniosos en que la familia no debía salir de casa, para recibir el pésame de los amigos, D. Víctor fué á ver á Luis Torralba y á decirle lo que sabía.
Luis le confesó que su proyecto era desafiar al joven Cepero y luego á Nebot, á quienes culpaba de la muerte de su hermano; pero D. Víctor le demostró que Cepero no había contribuido á la muerte de Miguel y que su objeto se había limitado á prenderle. Cepero fué el que intentó hacer que Miguel se rindiera, prueba clara de que no quería matarlo. Los motivos de obrar suyos eran también nobles, porque obraba arrastrado por su fanatismo político.
Respecto á Nebot, era un impulsivo y un bruto, á quien no había que tomar en cuenta.
El culpable de todo, según D. Víctor, era Sansirgue, el monstrum horrendum, que había entrado en Cuenca para desgracia de todos. Este, llevado por su maldad diabólica, había denunciado la forma en que se iba á hacer la sorpresa.
—¿Pero, por qué? ¿Qué motivo ha podido tener Sansirgue para odiar á mi hermano?—preguntó Luis.
Don Víctor creía en la maldad desinteresada del canónigo, cosa poco lógica.
Los argumentos de D. Víctor no convencieron á Luis, y el cura le propuso ir á ver á Cepero. La visita era violenta para Torralba, pero al fin accedió.
El joven Cepero recibió á los dos secamente.
—Supongo la comisión que ustedes traen—les dijo—; pero tengo que advertirles que considero que he cumplido con un deber de ciudadano y de liberal, y que mil veces que se presentara el mismo caso, mil veces obraría lo mismo.
—Está usted en un error—dijo don Víctor—al pensar que nosotros entramos aquí en son de amenaza. Este hábito que yo llevo no es para venir con desafíos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano y de liberal. Cierto. Pero usted sabía que Miguel Torralba no era el mayor culpable, y no podía desear su muerte.
—No la deseaba. Al acercarse á la puerta de San Juan, yo le dije: "Ríndete". El quedó inmóvil, sin duda perplejo. Entonces sonaron los tiros.
—¿No sabe usted quién disparó?—preguntó Luis.
—No lo sé. Si lo supiera, tampoco lo diría.
Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don Víctor intervino de nuevo.
—Otra pregunta tenemos que hacer á usted.
—Ustedes dirán.
—Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por la muerte de su hermano, ha supuesto que un amigo suyo y mío fué el delator del complot en que intervino Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el mundo ha afirmado que el jefe político y su padre de usted recibieron un anónimo. ¿Puede usted decirnos si es verdad?
—Es verdad.
—¿Lo guarda usted?
—Sí.
—¿Podría usted enseñárnoslo para desvanecer las dudas de mi amigo?
—¿Porqué no? No tengo inconveniente.
Cepero, hijo, entró en su casa y volvió con el anónimo. La letra estaba disimulada, pero el papel y la tinta eran de Sansirgue: no había duda.
En el anónimo estaba explicado cómo se verificaría la sorpresa con todos sus detalles. Lo firmaba: Un amante del orden.
Don Víctor y Luis Torralba se despidieron del joven Cepero y se marcharon á su casa.
Esta intervención de Sansirgue puso á Torralba fuera de sí: que Cepero hubiese obrado como había, le parecía natural, dado su fanatismo político; que el mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San Juan, lo comprendía por su odio á los Torralbas; lo que no se explicaba era la acción de Sansirgue, siendo él realista y estando en el complot. ¿Sería un espía del Gobierno? ¿Tendría algo contra su hermano?
Luis Torralba fué á visitar á Asunción y á su abuela, y les contó lo ocurrido y los datos que tenía para creer en la intervención del canónigo.
Doña Gertrudis supuso que sería su nuera, la Cándida, la que había inspirado al canónigo el odio por Miguel. Asunción calló, dando á entender que creía lo mismo.
La abuela, que sentía aumentado su odio por la Canóniga, llamó unos días después á Luis Torralba y le encargó que vendiera una huerta y varias alhajas. Luis hizo el encargo rápidamente, y entregó á doña Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sacó cuatro mil que tenía guardadas, y reuniendo las diez mil que había prestado Doña Cándida para la hipoteca, se las devolvió, encargándola que abandonara la casa lo antes posible.
Doña Cándida gritó, alborotó, dijo horrores; pero no tuvo más remedio que marcharse. La Canóniga fué á otra casa mejor. El escándalo en el pueblo tomó grandes proporciones. Todo el mundo relacionó la muerte de D. Miguelito con la expulsión de la Canóniga, y muchos sospecharon algo de la verdad.
La Cándida, abandonada al consejo del capitán Lozano y de Adela, su doncella, hizo una porción de locuras. Casi todos los días daba banquetes y cenas, y muchas noches la llevaban á la cama borracha.
El canónigo Sansirgue notó que en la casa de la Dominica se le miraba de mala manera, é intentó mudarse; pero Portillo le indicó que esperara unos días.
Efectivamente, una semana después, Portillo, que había sabido hacer valer ante el Gobierno liberal el servicio prestado por él cuando la intentona de Bessieres, fué nombrado obispo de Osma, y Sansirgue quedó interinamente de secretario del obispo de Cuenca.
Sansirgue supo que en casa de Ginés el Pertiguero se hablaba constantemente contra su persona, y se dispuso á castigar á la familia. Consiguió que en el convento de monjas se destituyese á D. Víctor, y después le nombró párroco de Uña, pueblo miserable de la Sierra, adonde D. Víctor tuvo que ir, á trueque de perder las licencias eclesiásticas.
Después quiso echar de la catedral y de la casa á Ginés Diente, pero el obispo se opuso.
Sansirgue supo también que Garcés el Sevillano hablaba pestes de él y le atribuía la muerte de Torralba, y consiguió que el jefe político prendiera á Garcés y lo metiera en la cárcel.
XVII. MESES DESPUÉS
En el tiempo que medió entre la expedición de Bessieres y el triunfo de los Cien mil hijos de San Luis, el penitenciario tuvo mucho poder en Cuenca, pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fué trasladado, y Sansirgue se eclipsó.
En aquella demagogía negra que gobernaba el pueblo y toda España, no era fácil desviarse sin peligro. Sansirgue se hubiera acercado á los voluntarios realistas, pero le era imposible, porque entra ellos estaba Garcés el Sevillano, compañero en la aventura de la puerta de San Juan con D. Miguelito, á quien él había llevado á la cárcel.
Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo que formar grupo, bien á su pesar, con los fernandinos transigentes. Estos tenían en Madrid como agente á D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que estuvo un momento con los liberales, había hecho una segunda evolución al más terrible ultramontanismo, y se distinguía en su diócesis por sus pastorales contra los moderados y los exaltados.
Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral de Sigüenza y presidente de la Junta realista de aquella ciudad, D. Felipe Lemus de Zafrilla, movían todos los resortes para que los franceses no intentaran implantar un sistema de absolutismo templado. Tenían en Madrid á D. Víctor Sáez y á otros que daban la consigna.
Unos días después de la reintegración de todos los derechos autocráticos á Fernando, se celebró en Cuenca una solemne función de desagravio al Santísimo Sacramento, en la cual predicó D. Juan Sansirgue.
Sansirgue achicó al mismo padre Manuel Martínez, redactor del Restaurador, con sus apóstrofes á los constitucionales y sus loas á Fernando. Le llamó pío, feliz, restaurador, magnánimo, bondadoso.
A pesar de todos estos ditirambos, la gente oyó el sermón con indiferencia. Corría la voz entre los voluntarios realistas de la traición de Sansirgue en tiempo de Bessieres.
Garcés el Sevillano, para exagerar sus méritos, había pintado la aventura suya y la de D. Miguel como algo muy transcendental que había malogrado Sansirgue, que estaba vendido á los liberales, y que le había perseguido y encarcelado á él para reducirle al silencio. Esta versión hizo que todo Cuenca se pusiera contra el canónigo.
—Es un espía, es un espía de los masones—aseguraba todo el mundo.
El penitenciario, al comprobar lo que se decía de él, quedó desesperado.
Escribió á Portillo para que influyese en sus amigos poderosos y le trasladasen de Cuenca, y Portillo no contestó; escribió después á D. Víctor Sáez, el ministro universal de Fernando VII, y á D. Cecilio Corpas.
Los dos le contestaron fríamente.
La entrada en el poder de los voluntarios realistas hizo que Sansirgue perdiese toda influencia. Torralba consiguió por un amigo que á D. Víctor le sacasen de Uña y volviese á Cuenca. Por entonces entre los realistas comenzaba á funcionar la Sociedad El Angel Exterminador. Muchos se afiliaron á ella. Don Víctor y Garcés el Sevillano, se convirtieron también en exterminadores, é hicieron un alegato contra Sansirgue, como denunciador de los realistas en tiempo de Bessieres. Se encontró en casa de los Ceperos, que habían huído del pueblo y traspasado su comercio, el papel que les había mandado Sansirgue.
Desde entonces el penitenciario comenzó á recibir anónimos insultándole, amenazándole por su traición con terribles castigos terrenos y ultraterrenos.
Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas para que le trasladasen de Cuenca.
En la primavera de 1824 el penitenciario fué destinado á Sigüenza, sin ningún ascenso. Sansirgue preparó el viaje sigilosamente; temía que, al saber su escapada, los voluntarios realistas quisiesen agredirle.
Alquiló dos mulas, y con un mozo alcarreño de confianza que conocía bien el camino se puso en marcha, sin despedirse de nadie.
El canónigo pensaba pararse en Priego, su pueblo, á ver á su familia.
La primera noche descansaron amo y criado en Torralba, nombre poco grato á los oídos del canónigo.
El siguiente día paró Sansirgue en Priego, en su casa, en compañía de la familia; pero la pobreza de ésta y la tosquedad de su padre y de sus hermanos le molestaba, y con el pretexto de que tenía prisa dejó Priego y se puso en camino por la tarde.
El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y sonriente. El penitenciario no tenía nada que temer, ya lejos de Cuenca; pero aun así sentía miedo: tales cosas se contaban de las venganzas de los realistas. Al llegar á la bifurcación de los caminos miraba con cuidado á un lado y á otro por si aparecía alguna figura sospechosa...
Al acercarse á una aldea al caer de la tarde, dejando un camino carretero, Sansirgue y su criado tomaron por una senda que pasaba por un erial. Las digitales purpúreas esmaltaban la tierra con sus campanillas, y las flores violetas del brezo brillaban entre los ribazos.
A mano derecha se abría un gran valle poblado de matas que nacían entre piedras y cerrado por montes cubiertos de árboles. Un rebaño se derramaba por una ladera, y se oía á lo lejos el tintineo de las esquilas.
A la revuelta del sendero se encontraron con una ermita. En un azulejo blanco, con letras azules, empotrado en la pared, se leía el nombre: ermita del Salvador.
Tenía ésta por un lado la espadaña, con su campana sobre un tejado terrero, y delante una cruz de piedra y una pila de agua bendita; por el otro lado, protegida del viento, estaba la entrada de la capilla: un arco de piedra con restos de pintura roja y una puerta con clavos. A un lado de la puerta había una reja, á través de la cual se veía el interior de la capilla con el altar desmantelado y unos santos siniestros.
Adosado á la ermita había una casa pequeña con un huertecillo abandonado.
—Aquí vivía un ermitaño—dijo Sansirgue.
—Sí—contestó el mozo.
—¿Habrá muerto?—preguntó el canónigo.
—No; le mataron—contestó el criado.
—¿Quizás para robarle?
—No; parece que fué venganza de los realistas. Dicen que el ermitaño había dado informes á los constitucionales.
Sansirgue se estremeció.
—Bueno, vamos de aquí—dijo.
Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un cielo incendiado, lleno de nubes rojas; los pájaros cantaban entre las ramas; el perfume del romero y del cantueso llenaba el aire; á lo lejos se oía el tañido de una campana.
A medida que avanzaban el canónigo y su criado el sol iba desapareciendo del valle. Al anochecer entraron en un bosque de encinas, monte bajo y carrascas. El sendero corría ahora lleno de sombra por en medio de los árboles; á trechos se torcía hasta salir á la luz, al borde mismo del bosque, y pasar por encima de un barranco escarpado.
Sansirgue marchaba arreando á su mula, ansioso de llegar á sitio habitado.
De pronto oyó ruido entre el ramaje, cerca de él, y se detuvo, inquieto.
—No es nada—se dijo.
Siguió marchando, y en esto, al mirar hacia adelante, vió dos figuras que interceptaban la senda. Volvió la vista hacia atrás y vió otras dos.
—¡Alto!—le gritaron.
—Alto estoy—murmuró el canónigo.
Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue pensó que había caído entre bandidos; comprendió que allí era imposible defenderse ni escapar, y repitió que se entregaba.
Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron al canónigo, le bajaron de la mula, le ataron las manos y le llevaron cuesta arriba, cruzando el bosque, hasta un descampado, donde había una tenada. Desde allí se dominaba el valle. El cielo iba obscureciendo, y las luces rojas del crepúsculo tomaban tonos cárdenos y violáceos.
Al entrar en la choza Sansirgue se estremeció. En una mesa, á la luz de dos velas verdes, estaban sentados cinco hombres, con la cara cubierta por un antifaz. Enfrente de la mesa había un banco de madera, y sobre él caía una cuerda atada en una viga del techo.
—Sentad al acusado—mandó el que presidía.
Sansirgue se sentó sin protestar.
El presidente, levantando la cabeza al cielo, exclamó:
—Dominus regnat: (El Señor reina.)
El que estaba á su derecha dijo.
—Dominus imperat: (El Señor impera.)
El de la izquierda repuso:
—Angelus vincet: (El Angel vencerá.)
El de la extrema derecha añadió:
—In gladio... (Con la espada.)
Y el de la extrema izquierda terminó la frase murmurando:
—... indignationis ejus: (De su indignación.)
Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel Exterminador. El enmascarado que presidía, en pocas palabras acusó al penitenciario de traidor, de espía de los liberales, de vendido al Gobierno masón.
Sansirgue intentó sincerarse, negar los hechos; pero el presidente los conocía á fondo. El canónigo intentó seguir hablando; pero el presidente le impuso silencio.
—¿Qué pena se le impone al acusado?
Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar una palabra, bajaron la cabeza gravemente, y un momento después el presidente hizo lo mismo.
Dos de los enmascarados que habían prendido al canónigo le pusieron la mano en el hombro. Al sentirlo, Sansirgue dió un salto hacia atrás dispuesto á escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron sobre él, y forcejeando llegaron á sujetarle y á atarle los pies. Luego le pusieron la cuerda al cuello, y tirando de ella lo izaron en alto.
—¡Confesión! ¡Confesión!—gritó el canónigo con voz ahogada.
—Concluid—dijo el jefe de los exterminadores.
Dos esbirros se colgaron de las piernas del ahorcado: las vértebras crujieron, crujió también la viga del techo, y después el cuerpo de Sansirgue quedó inmóvil.
Los exterminadores fueron saliendo de la tenada. Uno de ellos, el jefe, quedó para dar las últimas disposiciones. Los esbirros bajaron el cadáver, y tomándolo en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero que corría al borde del barranco y desde aquí lo arrojaron al fondo. Se oyó el ruido del cuerpo que caía arrastrando piedras.
El jefe se acercó á mirar hacia abajo. La claridad del sol había huído del valle, y la oscuridad y la sombra reinaban en él.
El exterminador se persignó, murmuró algo como una oración y á caballo desapareció rápidamente.
EPÍLOGO
La noticia de la muerte del canónigo produjo en Cuenca gran sensación.
Se inventaron mil hipótesis y cábalas acerca de las causas de la muerte y del autor ó autores del misterioso crimen; pero no se averiguó la verdad.
Pocos días después de este suceso el capitán Lozano hizo una de las suyas, que dió mucho que hablar.
El capitán había arrastrado á la Cándida á una vida completa de crápula. La casa de la Canóniga era un ir y venir de jóvenes calaveras, que comían y bebían allí.
El capitán Lozano, entrampado en el juego, había sacado á la Canóniga cinco mil duros para pagar sus deudas. Por lo que se supo luego, en vez de pagar se jugó la cantidad, y la perdió.
Entonces no se le ocurrió cosa mejor que robar la caja del batallón y escaparse con la Adela, la doncella de la Cándida, que era una muchacha muy bonita.
Lozano se proveyó de papeles falsos; fué á Orán, donde tuvo un café, y años después se alistó como voluntario en el ejército francés y murió en una emboscada de los moros.
La Adela, que había seguido con el café de Orán, se casó con el dependiente, un francés trabajador, y se hizo rica.
La Cándida, al saber la fuga del capitán con su doncella Adela, á quien consideraba tan fiel, sintió grandes accesos de melancolía, que intentó curárselos á fuerza de alcohol.
Alguien le indicó que llamara á la Zincalí, la vieja gitana, que tenía filtros para curar el mal de amores. La Cándida la llamó, y la gitana entró en la casa y llegó á apoderarse del ánimo de la Canóniga con sus mentiras y sus arrumacos.
La casa llegó á ser un asilo de la gitanería del pueblo.
La Zincalí se encargó de proporcionar amantes á la Cándida y de sacarle el dinero.
El pueblo entero la había aislado, como á una apestada.
La Canóniga se trasladó á un casucho del barrio del Castillo, que se convirtió en mancebía.
Un proceso que se entabló contra ella y la vieja gitana, acusadas por un médico de dar bebedizos y de hacer abortar con la hierba del Buen Varón, les obligó á las dos á ir á la cárcel, y arruinó por completo á la Cándida.
Desde entonces, la pobre mujer comenzó á oficiar de Celestina.
Luis Torralba desapareció de Cuenca, al morir su madre, y fué á establecerse á Valencia.
La abuela de Asunción murió. Asunción, sin familia, vivió sola en la casa de la Sirena hasta que recogió la herencia de un pariente lejano, lo que le permitió mejorar de posición.
Entonces llevó á vivir con ella una sobrina pobre y la prohijó. Ya vieja, con el pelo blanco, siempre vestida de luto, se la veía pasear con su sobrina. A veces, al sentarse á descansar sobre una roca de la Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus ojos tenían una gran expresión de melancolía.
Durante mucho tiempo, únicamente la casa del pertiguero del callejón de los Canónigos siguió igual: el viejo Ginés leyendo, la Dominica trabajando, el constructor de ataúdes filosofando, D. Víctor comentando al canónigo volteriano, el Degollado cantando en la calle con su hermosa voz las oraciones, Astaroth roncando y mirando el vacío con sus ojos de oro, y el cuervo monologando.
Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte sopló sobre la casa. Ginés y la Dominica murieron; D. Víctor se unió al canónigo carlista Batanero, y peleó con él en la guerra civil. Luego, no queriendo aceptar el Convenio de Vergara, fué internado en Francia y conducido á Alenzon, donde murió.
Astaroth, el espíritu familiar de la casa, desapareció un día misteriosamente, y se lo encontró pocos días después muerto en la calle; dejando el campo libre á Juanito, el cuervo, que tenía cuerda más larga para la vida.
Damián, el carpintero, fué únicamente el que sobrevivió á la familia de Ginés, y siguió construyendo sus ataúdes, grandes y pequeños, de hombres, de mujeres y de niños, negros y blancos, en su portal de la casa del callejón de los Canónigos.
Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba palabras confusas desde lo alto del armario de los féretros; en el reloj del canónigo Chirino las edades de la vida seguían huyendo ante la Muerte con su sudario y su guadaña; Caronte se balanceaba en su barca; el viejo Cronos, alado y haraposo, meditaba con el reloj de arena en la mano; la música de campanillas tocaba su sonata melancólica al salir la Virgen, y seguía brillando en la orla de bronce la terrible sentencia sobre las horas: Vulnerant omnes, ultima necat.
Todas hieren; la última, mata.