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Los Recursos de la Astucia

Los guerrilleros del Empecinado en 1823 (continued 2)

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Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes negros, unos movimientos vivos y una barba muy azul del afeitado. Mientras estaba serio tenía aire de persona, pero cuando se reía se desenmascaraba y parecía una estúpida bestia.

Mientras el Capillitas confesaba, el Buche contemplaba la escena apoyado en el sable con una gran jactancia. El tal tipo tenía una cara abultada y torpe, los ojos pequeños y la expresión de orgullo.

Al terminar la confesión el Estudiante, le sustituyó Valladares. El Estudiante quedó paralizado de terror.

En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron varios soldados constitucionales que rodearon el bosquecillo donde estaban todos.

El Buche y sus hombres montaron á caballo con rapidez y huyeron. El Zocato, el Capillitas y el Trigueros fueron á hacer lo mismo; pero Diamante, el Lobo y Aviraneta, á pesar de estar atados por las muñecas, se echaron sobre los estribos de los caballos, é interponiéndose y mordiendo, sufriendo los golpes y patadas de los realistas, no les dejaron montar.

El Arranchale había resuelto la situación. Al escapar había encontrado á un campesino que le había dicho que cerca había tropas y las había buscado y las había traído.

Era una media compañía con un capitán. Soltaron á Aviraneta y á sus amigos y ataron al cura, al Zocato y al Trigueros.

Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste decidió fusilar á los tres facciosos. Al oír su sentencia el cura se acobardó y empezó á sollozar y á pedir á Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta volvió la espalda con desdén y miró á otro lado.

—¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?—le comenzó á preguntar el Estudiante con sorna.

El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el Zocato pedía perdón y el Trigueros protestaba. El oficial les dijo que se dejaran atar porque iba á llevarlos prisioneros.

Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban atados los hizo ponerse á los tres junto á un árbol y mandó fusilarlos.

Luego, entre el Estudiante y unos soldados, cogieron los cadáveres del Zocato, del Trigueros y del Capillitas, y los colgaron por el cuello, con gran simetría, de las ramas de una encina.

—Este amor por lo decorativo nos pierde—exclamó Aviraneta con humor.

—No cabe duda—dijo el Arranchale á Aviraneta en vascuence, con mucha seriedad y como quien hace un descubrimiento—que les gustará á ustedes más ver desde aquí á esos hombres colgados, que no que ellos les hubieran visto á ustedes en esa posición incómoda.

Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro al Arranchale, y celebró la frase riendo.

El oficial de la tropa que los había salvado permitió á Diamante, Aviraneta y al Lobo que tomaran los caballos del Trigueros, del Zocato y del Capillitas y se fueran con ellos.

El Arranchale se volvió á su país y Valladares y el Estudiante se incorporaron á la media compañía, mandada por el capitán.

Aviraneta, el Lobo y Diamante llegaron á Valladolid, y se encontraron la población sin tropas liberales.

El día 25 de Abril, con la división del ejército de la derecha, había entrado el cura Merino en Palencia con cinco mil hombres y derribado la lápida de la Constitución. El general Morillo, conde de Cartagena, de miedo al copo, se retiró á Galicia, y el Empecinado, viéndose sin posibilidad de defenderse, evacuó también la ciudad y marchó á Salamanca y luego á la plaza de Ciudad Rodrigo.

Diamante, el Lobo y Aviraneta tuvieron que seguir el mismo camino hasta unirse con el Empecinado.

XIII. EN CIUDAD RODRIGO

Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una eminencia, rodeada de murallas, algunas antiguas, otras reconstruídas á trozos. Tiene hermosas casas de sillería con grandes escudos, un magnífico Ayuntamiento y un castillo derruído, el de Don Enrique de Trastamara.

En sus muros se abren tres puertas: la del Conde, la de Santiago y la de la Colada.

La antigua Miróbriga tiene alrededor una gran vega ancha y sonriente que se divisa como un mar verde desde lo alto de la muralla.

No era muy agradable para un ejército numeroso la estancia en Ciudad Rodrigo.

Además de la opresión del pueblo amurallado y estrecho estaba todo muy sucio y abandonado.

Las calles se veían siempre llenas de basura y había un olor pestilente.

Por fortuna Aviraneta, el Lobo y Diamante fueron encargados de hacer excursiones, para forrajear, por los alrededores, y se establecieron con un piquete en una alquería próxima que se llamaba Pedro Tello.

Los aldeanos de los contornos manifestaban por Aviraneta un odio terrible; pero alguno que otro se había hecho amigo suyo y solía contarle las hazañas realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julián Sánchez y don Andrés Pérez de Herrasti.

Aviraneta todos los días marchaba al alojamiento del Empecinado, y entre los dos discutían planes y proyectos. Muchas veces, para estar más solos, iban al claustro de la catedral. Aviraneta comenzó á redactar un periódico que hacía copiar á mano y repartía entre los soldados.

Pretendía dar confianza á las tropas, y contaba una serie de triunfos de los constitucionales contra los franceses que no existían más que en su imaginación.

La situación del ejército era muy mala: don Juan Martín tenía sus cuadros de tropas de línea incompletos; las partidas de milicianos y voluntarios patriotas muy entusiastas, muchas veces no servían; no había dinero y era indispensable salir todas las semanas á requisar ganado y forraje para el abastecimiento de la plaza.

El estado del país iba poniéndose desesperado.

El ejército no hacía el esfuerzo necesario para oponerse al avance de los franceses.

No pasarán los Pirineos, se dijo primero. Se quedarán en las provincias del Norte. No pasarán el Ebro. En Despeñaperros los destrozaremos.

Y los franceses pasaron los Pirineos, no se quedaron en las provincias del Norte, cruzaron el Ebro y atravesaron Despeñaperros.

Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus ilusiones en Ballesteros, en Morillo, en Montijo y en O'Donnell.

Se había creído que este último se opondría á los franceses en Somosierra y en el Guadarrama, pero los dejó pasar sin disputarles el terreno.

Todos estos generales eran partidarios de dar por fracasada la Constitución del año 12. Montijo escribió una carta á don Enrique O'Donnell, conde de la Bisbal, diciéndole que se decidiese á salvar al país y á cumplir la voluntad del pueblo; que era que no siguiese rigiendo la Constitución, porque ésta no afianzaba la seguridad individual ni conservaba la dignidad de la monarquía española.

O'Donnell contestó en un sentido parecido; los liberales, al leer su carta, se indignaron, y La Bisbal tuvo que escapar de Madrid, resignando el mando de las fuerzas en Castelldosrius, quien también abandonó la Corte dejando el mochuelo al general Zayas, que fué quien tuvo que capitular.

Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado, Chapalangarra y algunos generales como Torrijos, Riego y López Baños estaban dispuestos á defender la Constitución hasta el fin.

Mina tenía lo mejor del ejército y estaba en Barcelona, en donde había espíritu liberal entusiasta; primero por los hijos del país, luego por encontrarse allí hombres comprometidos en las revoluciones de Nápoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes, alemanes y franceses obligados á dejar su patria por las persecuciones policiacas de la Santa Alianza. Había también en Barcelona una Legión liberal extranjera, organizada por Pacchiarotti, con un pequeño batallón de infantería y un escuadrón de lanceros.

Muchas compañías estaban formadas por oficiales y dos generales italianos empuñaban la lanza como simples soldados.

El Empecinado no tenía estas ventajas; no estaba sostenido por el espíritu de una ciudad liberal: se encontraba en tierras hostiles, sin más consejo que el de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus inspiraciones.

Entre los dos había una obscura incompatibilidad. Aviraneta sentía una mezcla de cariño, de admiración y de desdén por el general. El verle tan tosco y muchas veces tan incomprensivo le ponía en contra suya. Al Empecinado, por su parte, le producía su secretario un sentimiento confuso de desconfianza y de repulsión. Sabía que Aviraneta era hombre de probidad, pero le veía capaz de una infamia por defender su causa.

Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina liberal era la mejor y la más justa, los procedimientos de los liberales debían ser también siempre claros y justos.

Aviraneta creía que el fin justifica los medios. Con este motivo, el general y su secretario solían discutir. Uno de los sitios de sus discusiones era el claustro de la catedral.

Aviraneta quería convencer á don Juan Martín de que debía aceptar todos los recursos.

—El hombre de guerra, por lo mismo que vive entre catástrofes—decía Aviraneta—tiene que ser inmoral. Esta es su superioridad. Aquí conviene ser benévolo, se respetan las personas y las cosas; allí conviene ser severo, se fusila á todo el mundo y se queman las casas y los campos. En una parte, religioso; en otra, impío; aquí, blando; allí, duro. El militar es lo arbitrario. No puede rechazar medio ninguno. Para nosotros, el fin lo purifica todo.

—No, no—decía el Empecinado.

Aviraneta, que seguía inspirándose en los Comentarios de César y en el Príncipe de Maquiavelo, creía que en la política todo está permitido, y que lo que en la vida de un individuo: el engaño, el fraude, la falsificación, es una infamia, puede en la vida pública considerarse como una maniobra del Estado.

Don Juan Martín, por el contrario, no quería aceptar que, para ejercer el mando con habilidad, se necesitara el empleo de medios reprobables é inmorales; no veía que los hombres de gobierno, cuanto más inteligentes y á la vez más fríos, astutos y crueles, son los mejores políticos.

—Mientras la sociedad viva como un organismo en perpetuo desequilibrio—decía Aviraneta—el gobierno será bárbaro y depravado; tendrá el político algo de las atribuciones del cirujano: cortará la carne enferma y la sana, gozará de una verdadera dictadura para el bien y para el mal. ¿Quién le podrá atajar? ¿La opinión pública? Ilusión. Unicamente al final, se dirá: Tuvo éxito ó fracasó. Salvó al país ó lo hundió. Si tuvo éxito se le aplaudirá, si no se abominará de él. ¿Quién irá á comprobar los medios que empleó? Nadie.

—¡Horror!—decía don Juan.

—Verdad, verdad—replicaba Aviraneta—. Verdad de hoy y probablemente verdad de siempre. No hay pueblo que pueda tener un gobierno de hombres justos. Tendría que haber un medio social sano, cuerdo, en perfecto equilibrio. Es decir, que para sostener una utopía habría que inventar otra.

XIV. LA TOMA DE CORIA

Al final de la primavera llegó á Ciudad Rodrigo la noticia de la sublevación de algunos pueblos de Extremadura que habían desarmado la Milicia nacional y proclamado el rey absoluto.

La primera ciudad importante que se rebeló en la región fué Coria; á ésta, al parecer, debía seguir Plasencia, y después la Vera y la Serranía de Gata.

El levantamiento de aquella comarca podía cortar la comunicación de las tropas del Empecinado con el ejército de Extremadura y dejar en el aislamiento á Ciudad Rodrigo, que á la larga hubiese tenido que rendirse.

El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar á Extremadura á sofocar el incendio; y dejando la guarnición casi íntegra en la ciudad salamanquina, se formó una columna de caballería de unos seiscientos hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales que habían servido en los cuerpos de guerrilla durante la Independencia, y la otra mitad, por lanceros.

Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno mandado por el coronel Maricuela; el otro, por el coronel Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, y el último, por el comandante don Francisco Cañicero.

Salieron de Ciudad Rodrigo á final de Mayo, pasaron por Fuente Guinaldo, que había sido el cuartel general de Wellington en la guerra de la Independencia, y por Moraleja dieron la vista á Coria.

En la mañana del día primero de Junio, Aviraneta se acercó con los exploradores á mirar con su anteojo el Castillo de Coria, y vió que entre las almenas había gente apostada. Se aproximaron un poco más, y entonces los del castillo les hicieron una descarga cerrada.

Dispuso el Empecinado que un parlamentario con bandera blanca se acercase al pueblo á intimar su rendición; pero al ponerse á tiro comenzaron á gritarle desde arriba: "No te acerques. No te acerques". Algunos dispararon, y el parlamentario se retiró.

En vista de la resistencia, el Empecinado decidió sitiar y atacar la ciudad. Se acampó á media legua de distancia de las murallas y la noche del día primero se hicieron varios reconocimientos.

Cien hombres mandados por Dámaso Martín dieron la vuelta al pueblo, y Aviraneta, con una patrulla de cinco hombres, inspeccionó de noche la muralla y fué de una puerta á otra con un vecino liberal de uno de los barrios de extramuros.

El resultado de las investigaciones de don Eugenio fué que la puerta del Carmen era la más débil, que no tenía hierros, sino una tranca, y que por ella había que hacer el intento de entrar.

Aviraneta explicó estos datos al Empecinado y se dispuso el ataque para el día siguiente.

El Empecinado haría un amago de una manera muy ostentosa, con todas sus tropas, por la puerta de San Francisco; Dámaso Martín alarmaría por el lado del palacio derruído del marqués de Coria, y cuando toda la atención de los realistas se pusiese en aquellos puntos, Aviraneta, con un grupo de hombres, intentaría forzar la puerta del Carmen.

Así se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados, dirigidos por Aviraneta, se establecieron en unas casas próximas á la puerta del Carmen. Eran cinco zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un pito.

Debían esperar allí hasta el anochecer.

En la casa donde entró Aviraneta vivía un hombre muy viejo, un tipo de senador romano. Este viejo, alto, tenía una cara de medalla antigua, las cejas salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba ciego. Vestía una chupa de ante amarillo, con bordados abrochada hasta arriba, casaca negra con faldones y cuello blanco. En la cabeza llevaba apretado un pañuelo y encima un sombrero chambergo. Sobre las calzas gastaba zajones con listas doradas, y zapatos con hebillas y polainas. A pesar de que no hacía frío se cubría con una gran capa bordada.

Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyéndole contar historias y anécdotas que se remontaban á la primera mitad del siglo XVIII.

Aquel viejo tenía muy buena memoria, y con su semblante severo, su hablar tranquilo, sentado en un sillón antiguo, parecía la voz del pasado.

A media tarde Aviraneta salió de la casa del viejo y se alejó de ella en línea recta, bajando un barranco en dirección contraria á la ciudad; luego tomó por la izquierda, acercándose al campamento del Empecinado, á enterarse de las circunstancias de la lucha.

El Empecinado había comenzado un ataque aparatoso. Mandó incendiar varias casas del barrio de San Francisco y se tiroteó á gran distancia con los realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio duró largo tiempo, pero no llegó á la puerta de San Francisco, cosa que sabía muy bien don Juan. Al anochecer, el general fraccionó sus fuerzas é hizo que parte se dirigiese á atacar la puerta de la Guía, mientras Dámaso Martín intentaba escalar el cerro por las proximidades del palacio del marqués de Coria. Aviraneta corrió á la casa del viejo á dar sus disposiciones. Era el momento en que tenía que obrar, un centinela desde el tejado anunció que los realistas se corrían hacia el sitio de la muralla, donde comenzaba el nuevo ataque, y que por el lado de acá no había nadie.

Aviraneta se preparó.

Cuatro zapadores avanzarían con él inmediatamente á la puerta del Carmen y comenzarían á serrarla; veinte fusileros pasarían en seguida que ésta se abriera, y otros veinte quedarían emboscados en la casa para hacer fuego desde los balcones sobre los realistas que aparecieran en la muralla.

Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores llegaron á la puerta y en un momento la abrieron. Al ruido aparecieron dos realistas en la muralla, que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida.

Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos por Aviraneta, pasaron, derribaron una barricada y entraron por una calle del pueblo.

—¡Adelante!—dijo Aviraneta.

Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela.

—Tocad el himno de Riego—añadió don Eugenio.

Coria estaba desierta. La pequeña tropa marchaba en medio de la oscuridad al compás de su himno saltarín y bullanguero. Aviraneta caminaba delante, con el sable desenvainado, y los soldados arma al brazo... No sabía dónde estaba la puerta de San Francisco, y comenzaba á temer que los realistas hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen dejado dentro.

Aviraneta dividió su fuerza, é hizo que cuarenta hombres se dirigiesen al pie del castillo á abrir la puerta, mientras él, con los diez restantes y los tambores y el pito, se dirigía por las calles haciendo que tocaran el himno constantemente.

Poco después se oyeron otros tambores. El Empecinado entraba en Coria.

Los sublevados, desmoralizados, no intentaron defenderse y escaparon, abandonando las armas.

XV. UNA CIUDAD LEVÍTICA

Coria es una ciudad pequeña de Extremadura, asentada sobre una colina á orillas del río Alagón.

Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el aspecto místico, estático, religioso y guerrero de casi todos los pueblos españoles de tradición.

Coria, más que un pueblo con una catedral, es una catedral con un pueblo.

Es una ciudad levítica por excelencia. Para unos quinientos vecinos, que representan unos dos mil á tres mil habitantes, Coria cuenta con la catedral, el seminario, la parroquia de Santiago, el convento de monjas de Santa Isabel, el de San Benito y varias ermitas y capillas.

Por entonces la catedral tenía once dignidades: deán, tesorero, arcediano de Coria, arcediano de Valencia de Alcántara, prior, arcipreste de Coria, arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de Cáceres, arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano de Alcántara.

Había, además, quince canónigos, seis racioneros, seis medioracioneros, un beneficio curado y número competente de capellanes.

Funcionaba también en Coria el tribunal eclesiástico, formado por el provisor, el vicario general, un fiscal, dos notarios y tres procuradores. Estos, unidos á los profesores del seminario, á los párrocos, curas, frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos, hacía que el obispo tuviera bajo sus órdenes un pequeño ejército.

Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas, algunas de las cuales databan de la dominación romana.

Entonces Coria tenía unos pequeños arrabales extramuros que después han ido creciendo. Se asentaba la ciudad sobre una meseta que se prolongaba en llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el cauce del Alagón dejaba un barranco, en cuyo fondo corría el río.

Este pasaba lamiendo la base de la colina cauriense, y tenía un magnífico puente. Con el tiempo el Alagón se desvió de su álveo, que fué cegándose con la tierra de las crecidas, y se separó del pueblo, dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo cauce se llenó de huertas, formando la Isla ó el Arenal del Río.

Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente daba lugar á bromas que las gentes de Coria, que no se sentían completamente coriáceas, aguantaban con poca calma. Por la época aquella, á falta de puente, había una barca en el sitio llamado las Lagunillas, y dos vados: el de la Barca y el de la Martina. Mirando á Coria por el camino de Plasencia, la ciudad se presentaba en un alto, en el fondo de la gran vega, cruzada por el río. Sobre el vértice del cerro aparecía la catedral en medio; á la izquierda, el palacio del marqués de Coria, y á la derecha, un edificio cuadrado, grande, con muchas ventanas: el seminario.

Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se presentaba plana, con el castillo de piedra, en medio de la muralla dominando los tejados, y la torre de la catedral.

Había cuatro puertas en la ciudad: la de San Francisco, la de la Estrella, la del Carmen ó del Sol y la de la Guía ó de la Corredera. Había además la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre el seminario y la catedral.

Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se encontraron el pueblo que parecía desalquilado. La gente estaba escondida, las calles tristes, sucias, completamente desiertas. En la plaza, las pocas tiendas se veían cerradas, y únicamente se hallaba abierta la botica. La lápida de la Constitución había sido arrancada del Ayuntamiento.

Fué un problema alojar los seiscientos hombres del Empecinado en Coria.

Los jefes fueron á vivir á las casas de las familias liberales del pueblo, que eran cuatro ó cinco: la de Zugasti, la de Simones, la de Medrano, la de Roda y la de uno que se hacía llamar el Segundo Empecinado.

El Empecinado y Aviraneta fueron á parar á casa de don Marcelo Zugasti.

Al día siguiente, domingo, se reunieron los constitucionales del pueblo á hablar con el general. Estuvieron en la reunión don Juan Muñoz de Roda, síndico y miliciano nacional; don Pedro José de Medrano, médico; el farmacéutico y dos contribuyentes ricos: Sebastián Simones, y el que se hacía llamar el Segundo Empecinado.

Zugasti explicó la situación. Este Zugasti era un propietario liberal que se había hecho con bienes monacales, y mandaba la Milicia de Coria.

Era un tipo de hombre flemático y sereno; tenía una cara correcta, los ojos azules, la tez muy curtida por el sol y la expresión fría.

Zugasti explicó cómo había empezado á armarse la Milicia Nacional en el pueblo: al principio bien, con cierto entusiasmo. Los curas párrocos del partido no habían tenido inconveniente en prestarse á explicar los días festivos la Constitución; pero cuando comenzaban sus explicaciones, la gente se marchaba. El año anterior se había uniformado la Milicia Nacional, quedando formada por catorce hombres de caballería y veintidós de infantería. Ya en este año, el 22, el espíritu del pueblo se había hecho francamente hostil á la Constitución, y cuando algún párroco hablaba de ella en la iglesia, la gente vociferaba.

Al final de 1822, el arcediano de Valencia de Alcántara había comenzado á conspirar; don Feliciano Cuesta se pronunciaba á favor del rey absoluto, y á principio del 23 se presentaba la facción de Morales en los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria, al mando de Zugasti, salió á pelear contra ella. La partida de Morales constaba de veintitrés hombres mal armados, é intentó sublevar Plasencia y Coria. Zugasti, con sus milicianos, les mató un hombre y dispersó á los demás hacia la Sierra de Gata.

Desde esta época el alcalde había tenido mucho cuidado con los facciosos, mandando cerrar las tabernas á las ocho, obligando á los dueños de las posadas á que presentasen los pasaportes de los forasteros, y prohibiendo que nadie saliese á la calle después de la diez de la noche sin motivo justificado.

A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin rebozo, y una mañana de Mayo se habían encontrado con el pueblo sublevado, la lápida de la Constitución derribada y los milicianos desarmados.

El peligro, por el momento, parecía remediable. La entrada del Empecinado en Coria había coincidido con la captura del cabecilla Morales.

Este Morales era un guerrillero extremeño, de la guerra de la Independencia.

En 1820 formó una partida que se llamaba Columna real volante de Húsares de Plasencia, y los años 21, 22 y 23 merodeó por la parte Norte y Sur de la Sierra de Gredos y Gata.

Unos días antes, el 30 de Mayo, en el valle de la Corneja, cerca de Piedrahita, Morales había sido batido, hecho prisionero y llevado á Salamanca.

Con la toma de Coria y la captura de Francisco Ramón Morales, Zugasti suponía que el espíritu público reaccionaría.

El Empecinado escuchó la relación y murmuró:

—Bueno, señores, está bien. Lo pasado, pasado. Ya veremos qué se hace. Vamos á misa, que hoy es fiesta y debe ser hora.

Don Juan Martín, con su Estado mayor, se dirigió á la catedral. En el camino habló largamente con Aviraneta.

El problema para el Empecinado no estaba en quedarse en Coria, en donde apenas había medios para alimentar á sus hombres; lo que él pretendía era que el país sublevado no cortara las comunicaciones con el ejército de Extremadura.

Don Juan Martín y Aviraneta decidieron estudiar el terreno y ver si con una guarnición de doscientos hombres podría bastar para defender Coria durante algún tiempo.

Hablando llegaron á la plaza del Obispo y á la entrada de la catedral. Un corro de campesinos, entre los que abundaban las mujeres y los chiquillos, contemplaban admirados á aquellos militares de vistosos uniformes.

Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado mayor, hasta que oyeron la campana, y entraron en la catedral seguidos de un grupo de gente.

En un pueblo tan pequeño, la catedral sorprendía por su grandeza y su magnificencia. Los canónigos con sus mucetas, estaban en el coro. El altar mayor brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares la misa y, al acabarse ésta, siguiendo la dirección de algunas personas, en vez de salir á la plaza; aparecieron en un gran balcón de la catedral que dominaba toda la vega. Esta terraza se llamaba en el pueblo el Paredón.

Era aquel un buen punto para darse cuenta de la topografía de los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes y monaguillos, se presentaron á observar con espanto y con curiosidad á aquellos soldados de Lucifer.

Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á contemplar el paisaje.

Delante, como en una hondonada, se veía la vega ancha y el río que la cruzaba, festoneado por dos franjas de arena.

El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón brillaba con un color de gelatina y parecía inmóvil, como un cristal turbio. A lo lejos se destacaban montes esfumados en la niebla.

—Bueno, vamos á almorzar—dijo don Juan Martín, y, por la tarde, veremos qué se hace.

XVI. LA TARDE DEL DOMINGO

Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón, pero un poco absorbente, y le molestaba la tendencia centrífuga de Aviraneta.

Después de almorzar, el Estado mayor se disponía á jugar una partida de cartas, cuando Aviraneta se levantó.

—¿Qué vas á hacer?—le preguntó el Empecinado.

—Voy á dar una vuelta por el pueblo.

—Luego la daremos.

—Bueno; pues entonces voy á echar la siesta.

—Nada, que no quieres jugar.

—No, no; me aburre.

—¡Qué gente ésta!—exclamó don Juan—. Todo le aburre. Este es un puro vinagre. Bueno, bueno; márchate y no vuelvas.

Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas diversiones de cuerpo de guardia, un cuartucho lleno de humo, con la gente jugando á las cartas, fumando y bebiendo, le producía una impresión de aburrimiento espantoso.

Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de Salustio, y á media tarde se acercó al comedor, en donde estaban el Empecinado y sus oficiales.

—¿Vamos?—preguntó.

—Espera un momento. Ahora voy.

Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti, á caballo, á recorrer el pueblo. Hacía buen tiempo, había salido el sol.

Llegaron á una plaza, con una picota en medio, la plaza del Rollo, y fueron luego hacia la puerta de la Guía. Bajaron hacia el Alagón, al paseo de la Barca, y contemplaron desde allí el cerro de Coria, con su catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas ventanas, y el palacio derruído del Marqués.

Se alejaron algo por el paseo de grandes árboles, á orillas del río, para inspeccionar los alrededores, y, al volver, subieron por una estrecha vereda.

Durante la marcha exploradora se había comenzado á debatir el problema entre el Empecinado y sus oficiales de lo que se iba á hacer. La cuestión no era, naturalmente, defender Coria, porque eso solo significaba poco: la cuestión era tener asegurado el paso para el ejército.

Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar trescientos hombres de guarnición allí; pero don Juan Martín aseguraba que trescientos hombres contra un ejército no harían nada encontrándose con un vecindario en su mayor parte enemigo.

Siguieron por delante de la catedral, entraron por la puerta del Sol y dejaron los caballos en casa de Zugasti.

—Vamos á ver la muralla ahora por arriba—dijo Aviraneta.

Marcharon á la plaza del Rollo entraron en el castillo y subieron por una escalera de caracol. El castillo era una gran torre pentagonal, de piedra amarillenta muy bien labrada; tenía cinco pisos, varias pequeñas azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado. Se subía á esta terraza por una escalera muy estrecha que corría por el grueso de la pared.

Desde el castillo á un lado y á otro corría la muralla.

Esta muralla describía una línea de doscientas treinta y tres toesas y era casi circular, de unos treinta y cinco pies de alta, con un paseo de unos diez pies de ancho que corría todo á lo largo.

De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos, á los que había que subir por escalones.

Dieron la vuelta á la muralla, marchando paralelamente al camino por donde habían ido extramuros, y volvieron al castillo.

—¿De aquí no se verá Plasencia?—dijo Aviraneta.

—No. Ca.

—¿Ni habría medio de comunicarse con ella?

—Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve allí en unos montes, quizás se pudiera. Zugasti señaló un pico lejano y Aviraneta miró con su anteojo en la dirección indicada.

—¿Y Plasencia no nos secundaría?—preguntó Aviraneta.

—No; creo que no.

Don Eugenio se sentó en una de las almenas á mirar con su anteojo los alrededores.

—Bueno—dijo don Juan Martín—. Eugenio quiere dedicarse á la geografía. Muy bien, yo me marcho.

El Empecinado y Zugasti se fueron, y el Lobo, Diamante y Aviraneta quedaron allí.

Luego dejaron el castillo bajaron á la muralla, y fueron contemplando el paisaje y hablando.

Cruzaron la huerta de un convento y salieron al Paredón de la catedral. Desde aquí se veía el campo, completamente distinto á como estaba por la mañana. El cielo tenía un azul intenso, la campiña se extendía verde y el río resplandecía como un metal fundido sobre una gran cinta de arena dorada.

El viento levantaba oleadas en los trigales y movía el follaje de los árboles.

Unas mujeres lavaban en el río, y las ropas blancas y los refajos rojos brillaban tendidos en las cuerdas. Por el paseo de la Barca volvían algunos aldeanos, hombres y mujeres en sus borriquillos.

Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del Paredón.

A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: le producía, momentáneamente un olvido de todo; le recordaba los días de su infancia cuando iba á la Peña de Aya y al monte Larun á ver el mar á lo lejos. Ese germen ahogado que tenemos todos de otro hombre ó de otros hombres despertaba en él con la contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en silencio.

Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos verdes relucían frescos después de la lluvia; el río venía crecido y alguna nubecilla blanca se miraba en su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían las notas del órgano.

En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el pico y quedaban en extrañas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los vencejos chillaban, y una nube de cernícalos, que al transparentarse tenían un color morado, lanzaban un grito agudo.

Había al mismo tiempo ligeros incidentes que animaban el conjunto: un burro que corría por los hierbales y hacía sonar un cencerro; unas ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que pasaba á caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas venía despacio por el camino.

Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, de cacareo de gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del abejaruco, tenía un gran encanto. De pronto, las campanadas del reloj de la iglesia sonaban allí cerca con un fragor imponente.

Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de paz, ante aquella majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el crepúsculo....

—Realmente la guerra es una cosa absurda—pensó; luego, dirigiéndose á Diamante, dijo—: ¡Qué paz! Está hermoso esto. ¿Verdad?

—Yo, como el general—contestó Diamante—, no defendería este pueblo.

—¿Pues qué haría usted?

—Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y me volvería á Ciudad Rodrigo—y Diamante pasaba su mano como con cariño por encima del panorama.

—Pero hombre, no—exclamó Aviraneta saltando del pretil—. Me parece un poco bárbaro. Este es nuestro país.

—Ríase usted de esas tonterías—replicó Diamante, con un gesto entre desdeñoso y de superioridad—; todo lo que no sea hacer la guerra de exterminio será tiempo perdido.

Aviraneta, el Lobo y Diamante salieron de la catedral y volvieron á casa de Zugasti.

XVII. EXPEDICIÓN Á PLASENCIA

Por la noche, en el correo que vino de Ciudad Rodrigo, Aviraneta recibió una carta de Aranda. Era del relojero suizo Schulze.

"De aquí no le puedo dar á usted más que malas noticias—decía—. Ha habido tiros y enredos en el pueblo y han asaltado la casa de usted, llevándose todo. Los libros y papeles se han metido en un carro por orden del capitán general O'Donnell, que no es el O'Donnell de ustedes y los han llevado á Valladolid."

A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia. Ya todo lo ocurrido en Aranda le parecía de una vida anterior, lejana y borrosa.

Habló un momento con elLobo y Diamante acerca de lo que podía haber ocurrido en Aranda, y, olvidando pronto esto, se puso á planear lo que había que hacer en Coria. Después de varios proyectos, pensó que lo conveniente sería acercarse á Plasencia á conocer el estado de esta ciudad. Plasencia, como pueblo de más importancia que Coria, había llegado á tener una Milicia Nacional bastante numerosa y bien organizada. Si Plasencia estaba definitivamente por el absolutismo, indudablemente era inútil permanecer en Coria; en cambio, si los placentinos tenían intenciones de defenderse contra los realistas, podía enviárseles una pequeña guarnición y dejar otra en Coria.

Aviraneta habló á don Juan Martín, y éste aprobó la idea.

Aviraneta fué encargado de marchar á Plasencia. Llevaría una escolta de veinte lanceros al mando del Lobo. Salió por la mañana con sus hombres, cruzaron la puerta del Sol, vadearon el río, y al trote largo se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aquí, y á media tarde estaban en Plasencia.

Zugasti había recomendado á Aviraneta que sin pérdida de tiempo se presentase en el palacio del marqués de Mirabel, con su escolta.

Así lo hizo don Eugenio.

El palacio del marqués de Mirabel era hermoso, grande, de piedra amarilla negruzca. Daba su fachada á una plaza que tenía en medio una fuente.

Aviraneta bajó del caballo, dió la brida á un soldado y entró por un arco del palacio, arco que continuaba en un corredor abovedado.

A la izquierda había una puerta y llamó; abrieron y Aviraneta pasó á un patio con una gran escalera de piedra. Preguntó al criado por el señor, y al comenzar á subir se encontró con el marqués, que bajaba de prisa alarmado por el ruido de los caballos.

Era el marqués un hombrecito afeitado, moreno, de cara antigua y pelo negro y ensortijado. Iba muy currutaco; llevaba calzón corto de tafetán, medias blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda.

Explicó Aviraneta en pocas palabras quién era y á lo que iba, y el señor de Mirabel, cruzando unas cuantas habitaciones, le llevó á una azotea, llena de flores, que caía hacia la plaza de la fuente.

—¿Quiere usted alguna cosa?—le dijo el marqués.

—Primeramente quisiera alojar á mis soldados.

—En seguida. Y usted no quiere nada, ¿Algún refresco? ¿Café?

—Sí, tomaré café.

El marqués salió y Aviraneta estuvo contemplando la terraza, adornada con lápidas romanas y estatuas antiguas.

Volvió el marqués y dijo:

—Ahora traen el café. Bueno, veamos que es lo que necesita usted de mí.

—Como sabrá usted—dijo don Eugenio—las fuerzas del Empecinado, saliendo de Ciudad Rodrigo, han entrado en Coria, que hizo alguna resistencia. No conocemos el espíritu del país y vacilamos en tomar una resolución.

—¿Y usted quiere saber el estado del liberalismo de este pueblo?—preguntó el marqués con su vocecita aguda.

—Sí.

—Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno constitucional, aquí la gente, como en casi todos los pueblos, quedó indecisa; entonces, veinte ó treinta plasencianos de la gente más rica nos decidimos á ponernos el uniforme de nacionales; los demás comenzaron á seguirnos, y llegamos á tener el año pasado más de cien infantes y cuarenta soldados de caballería. Fundamos una sociedad patriótica que la inauguró don Laureano Santibáñez, y tuvimos un momento dominado al pueblo. Vino la sublevación de Cuesta y la de Francisco Morales, y empezó el tinglado á descomponerse. La gente supo que los franceses iban á entrar en España, que los absolutistas avanzaban y los milicianos comenzaron á abandonar nuestras filas: unos quedándose en casa, y otros pasándose al otro bando.

—¿De manera que esto está perdido para nosotros?—preguntó Aviraneta.

—Completamente perdido. Figúrese usted que se están buscando firmas para pedir á la Regencia del Reino, en nombre de la ciudad, que se restablezca la Inquisición, y firma casi todo el pueblo.

—¿Usted cree que doscientos hombres aquí de guarnición podrían hacer algo?

—Nada.

—¿Qué harán los liberales significados de Plasencia cuando se presenten los absolutistas?

—Tendrán que huir.

—Les voy á proponer si quieren venir conmigo á reunirse con el Empecinado.

—Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted café, le acompañarán á casa del teniente.

—Muy bien.

Tomó Aviraneta su café y se levantó.

—Aquí cenará usted y dormirá—le dijo el marqués.

—Muchísimas gracias. Hasta luego.

—Adiós. Voy á ver si arreglo el alojamiento para su tropa.

Aviraneta salió del palacio del marqués acompañado por un criado de aire de lego, quien le llevó hasta la plaza. Entró en la botica y salió al poco rato con un hombre de unos sesenta años, que al ver á Aviraneta hizo un signo masónico. Le contestó Aviraneta y se dieron la mano. Era el masón un teniente de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo. Bustillo era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza redonda, la tez quebrada, las patillas cortas y la voz gruesa y fuerte. Era hombre cándido, entusiasta del Sistema y que creía que era indispensable sacrificarse por las ideas.

—Vamos al Enlosado de la catedral—dijo Bustillo—. Allí podremos hablar sin que nos espíen.

El Enlosado de la catedral era una terraza parecida al Paredón de Coria, aunque más grande y espaciosa. Daba á esta terraza una portada del Renacimiento, adornada con grandes escudos, una torre románica como un tambor de muralla, á la que llamaban el Melón, y otra torrecilla cónica.

Aviraneta y Bustillo se pusieron á pasear por las grandes piedras del Enlosado, ribeteadas de verde y de matas con flores amarillas.

Abajo, en la campiña, el río Jerte fulguraba reflejando los últimos rayos del sol, y brillaba en las masas verdes de los árboles de la ribera.

Bustillo, al principio, había considerado como una solución magnífica el que el Empecinado mandara fuerzas á Plasencia; pero después reconoció que la cosa no tenía objeto: en el pueblo no había víveres, la muralla no servía, no había cañones ni una posible retirada.

—Tendrán ustedes que venir con nosotros—dijo Aviraneta.

—Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo!

—Hombre, usted precisamente, no. La gente joven. Usted tiene familia aquí.

—Antes es la libertad y la patria que la familia—dijo el señor Bustillo solemnemente.

—Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho al descanso.

—Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted que no.

El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le presentó á su mujer y á sus hijas.

—Este señor es el ayudante del Empecinado—dijo con entusiasmo.

La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una mezcla de terror y de pasmo, y no se atrevieron á desplegar los labios. Bustillo quería tener en su casa á Aviraneta; pero éste le dijo que le había invitado á quedarse en su palacio el marqués de Mirabel.

—¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted?

—Bien.

—Pues es un tipo muy raro.

Y Bustillo contó sus varias manías de coleccionista que no tenían nada de particular. Lo que sí constituía una extraña inclinación en el marqués era la de ser peluquero de señoras. El marqués peinaba á todas las damas del pueblo cuando iban á alguna fiesta. Esta era una de sus ocupaciones favoritas.

Recordando su tipo no parecía nada raro que le gustara ser peluquero.

Se despidió Aviraneta de Bustillo y fué á cenar con el marqués de Mirabel. Realmente, éste era un bicho raro; se había educado en Inglaterra y ofrecía una mezcla de ideas contradictorias bastante absurda. Aviraneta no le podía mirar sin figurárselo con un peine y unas tenacillas alisando el cabello con esa mano fría y suave de los barberos.

Después de cenar, Aviraneta marchó á una sala muy grande, con una cama muy pequeña, y pensando en las extravagancias del marqués-peluquero, se quedó dormido.

Al otro día, Aviraneta, con sus lanceros, hizo un recorrido por la Vera de Plasencia, y se encontró sorprendido al oír decir á la gente que se esperaba al Cura Merino. Aviraneta no tenía por allí ni amigos ni confidentes, y decidió volver á Plasencia. ¿Por dónde vendría el Cura? Hubiera sido terrible para él caer en sus garras.

Al día siguiente, con la escolta del Lobo y unos cuantos milicianos, entre ellos el señor Bustillo, se dirigió á Coria.

XVIII. ¡MERINO!

La presencia de Merino en Extremadura desazonó á don Juan Martín. Sabía que mandaba mucha gente, que llevaba las espaldas guardadas por el ejército francés y que tenía el terreno amigo; sabía también que pondría todos los medios para derrotarle.

Se hicieron gestiones para averiguar el paradero de Merino, sin fruto; el Empecinado en esta época, como Mina en la Guerra civil, se encontraban con que sus procedimientos del período de la guerra de la Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra los franceses, todos los informes eran espontáneos: bastaba indicar algo para que inmediatamente se hiciera; en el año 23 y en la Guerra carlista, ocurría lo contrario: las indicaciones de la gente del campo eran casi siempre equívocas cuando no falsas.

Don Juan Martín averiguó que Merino, flanqueando á los generales franceses Vallin y Bourmont, venía persiguiendo á Zayas por la línea del Tajo. Los absolutistas se habían corrido por Talavera de la Reina, Almaraz, Trujillo y Cáceres, dejando amargo recuerdo por donde pasaban.

A Merino le salió al encuentro López Baños, pero ninguno de los dos se decidió á entablar la batalla. Desde entonces no se sabía el sitio exacto donde se encontraba el Cura.

Se decía que llevaba una tropa numerosa, una división completa, pues se habían reunido con él una porción de partidas.

Se citaban entre los cabecillas incorporados á Merino, á Blanco, Puente Duro (el Rojo), Caraza y Lucio Nieto, que se titulaban brigadieres; á Corral, el Gorro, los Leonardos, el Inglés, Navaza, Mauricio y Huerta, que mandaban regimientos y tenían el grado de coroneles, y á otros muchos.

El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta de oficiales decidió abandonar Coria y volver á Ciudad Rodrigo.

El 12 de Junio, por la mañana, se desalojó Coria, se cruzó el arrabal de las Angustias, y por la tarde se entró en el pueblo llamado Moraleja de Hoyos ó Moraleja del Peral.

Se dejó la tropa alojada en el Ayuntamiento, cárcel, hospital de transeúntes y en la Casa de la Encomienda. Los coroneles Dámaso Martín y Juan Maricuela quedaron encargados de buscar víveres, y el Empecinado encargó, con gran insistencia, que se pusieran centinelas en todos los caminos y puntos altos y se organizara una guardia volante.

A un castillejo arruinado de un cerro próximo se envió un piquete de caballería.

Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general con su escolta, Aviraneta y dos ó tres oficiales atravesaron el arroyo llamado Ribera del Gata, por un vado, y fueron á alojarse á una dehesa grande del camino de Perales, con una casa ancha y baja en el centro. Esta finca se conocía con el nombre de la Dehesa de la Reina; estaba rodeada de una extensísima tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje, y se hallaba próxima al río Árrago.

Se pasó la noche con tranquilidad, y al comenzar el día se presentó una mañana de verano ardorosa y sofocante. El sol centelleaba en las mieses y en los barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y los pocos árboles que se veían en el campo parecían arder con el calor.

El Empecinado había pensado no emprender la marcha hasta la caída de la tarde.

Serían las diez, próximamente, cuando por el lado del pueblo comenzó un ligero tiroteo, que se convirtió en furiosas descargas.

—¿Qué puede ser esto?—preguntó don Juan Martín, alarmado.

No se sabía.

—Preparad los caballos.

Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se hacía cada vez más intenso. Se iba á abrir la puerta de la casa, cuando aparecieron delante de ella veinte lanceros constitucionales que venían huyendo al galope, perseguidos por un escuadrón de feotas.

Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se recibió á los perseguidores con una descarga, hecha desde las tapias.

Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.

—Pero ¿qué pasa?—gritó el Empecinado.

Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron á don Juan Martín que la tropa que pernoctaba en Moraleja había sido sorprendida por el Cura Merino.

—Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?—preguntó don Juan.

—Ahora mismo.

—¿Y los centinelas?

—Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo, han creído que era un rebaño.

Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil infantes y con ochocientos caballos, marchando de noche y con el mayor sigilio, y dirigido por buenos guías, se había presentado á una legua de Moraleja en las primeras horas de la mañana.

Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado no se había movido de allá, y se le ocurrió acercarse á Moraleja, echando por delante de su tropa dos inmensos rebaños. Así lo hizo, y avanzó detrás de las ovejas, que levantaban grandes nubes de polvo. La estratagema le dió un gran resultado; sin ser advertido rodeó el pueblo y comenzó una metódica carnicería de los constitucionales.

Don Juan Martín comprendió que el mal no tenía remedio, y furioso por haber sido derrotado de una manera tan necia, mandó que se concluyese de aparejar los caballos y se dispusiera todo el mundo á hacer una salida. Entre los que estaban y los que habían venido se formó un pelotón de sesenta hombres en el patio, delante de la casa.

Don Juan y unos cuantos más, gente forzuda y fuerte, enarbolaron la lanza. Se abrió la puerta de la tapia y el piquete salió al galope hacia el pueblo. Los realistas en el mayor desorden, se ocupaban en matar á los constitucionales en las calles, sacándolos de las posadas y alojamientos.

La entrada del Empecinado por el pueblo fué trágica. A lanzadas, á sablazos, atropellando con los caballos, se abrieron paso.

—¡Viva la libertad!—gritaba Aviraneta, entusiasmado, levantando su sable en alto.

—¡Viva!—vociferaban todos.

Como un aluvión se pasó Moraleja y se siguió carretera adelante hacia Hoyos. Los realistas, repuestos de la sorpresa, reunieron doscientos jinetes, que se lanzaron en persecución de los liberales.

Afortunadamente para éstos la mayoría de los caballos de los feotas estaban cansados de la jornada del día anterior, y no podían darles alcance.

Llegaron un poco después del mediodía á Perales, y una rápida inspección del pueblo hizo comprender al Empecinado que allí no había posibilidad de defensa, y se siguió adelante hasta dar la vista á Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata.

Desde allí se veía el castillo de Almenara sobre un monte agudo; la Sierra de Béjar á la derecha, con algunas estrías de nieve y la hondonada grande de Hoyos.

Se acercaron á este pueblo; pasaron á todo correr por el Teso de las Animas, con sus cruces de piedra del Calvario; luego, por delante del humilladero y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta subieron á la plaza de la iglesia.

Serían las dos ó dos y media de la tarde cuando llegaron. Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte dragones de Merino entraron casi al mismo tiempo que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos volviéndose contra los que les perseguían, les atacaron á sablazos y á lanzadas.

Los dragones realistas perdieron dos hombres y se retiraron á las proximidades del pueblo. Sin duda iban á esperar á reunirse con el grueso de su escuadrón. Don Juan Martín pensaba continuar la retirada, cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y de pueblos cercanos bien armados. Con este refuerzo se pensó en defenderse en Hoyos.

Se ocupó la iglesia y las casas de la plaza; se subió la gente á las ventanas y guardillas, y se dividió en dos pelotones la caballería. Uno se colocó detrás de la iglesia y el otro en una plazoleta próxima. Aviraneta subió á la torre y exploró el horizonte con su anteojo. A la hora ó cosa así bajó diciendo que una columna grande de caballería venía hacia el pueblo.

Cada cual tomó posiciones, y se encargó que se economizaran los cartuchos.

Los realistas subieron al galope hasta la iglesia; las herraduras de los caballos hacían un ruido de campanas en las piedras. Al desembocar en la plaza gritaron: ¡Viva el rey! ¡Viva la Inquisición!

Los liberales les hicieron una descarga cerrada, que mató á ocho ó diez hombres. Los realistas vacilaron; algunos, no muchos, pasaron de la plaza hacia adelante y fueron cortados y atacados por el Empecinado al grito de ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución!

Después de una hora de combate los realistas se retiraron, dejando algunos muertos, quince á veinte heridos y otros tantos caballos, de los que se apoderaron los liberales.

Los realistas quedaron en el Calvario y allí se plantaron de observación.

El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales de Hoyos conferenciaron. Era indudablemente difícil defenderse en Hoyos con tan poca gente; podían meterse en la iglesia y atrincherarse allí, pero entonces se verían expuestos á un sitio; sin víveres ni municiones y sin posibilidad de ser socorridos.

El jefe de los nacionales consideraba más fácil defenderse en la próxima aldea de Trevejo, que, además de estar en un cerro con una subida difícil, tenía la ventaja de que se podía avisar desde allá á San Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos nacionales de los contornos.

Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los nacionales de Hoyos, marcharía inmediatamente á Trevejo y tomaría posiciones. Mientras tanto, don Juan Martín, con sus jinetes y con cinco ó seis fusileros, entretendría al enemigo hasta que tuviera que retirarse, y entonces, en la retirada, vendría el apoyo de Aviraneta con sus nacionales, que atacarían á los perseguidores.

Se decidió hacerlo así, y sin que se enterase el pueblo, uno por uno tomaron los nacionales el camino de Trevejo y comenzaron á marchar de prisa. Era necesario que tuviesen, por lo menos, una hora ú hora y media de ventaja sobre el Empecinado para que cuando éste pasase se encontraran ellos ya atrincherados.

XIX. EL CAMINO DE SAN MARTÍN

Serían de cuatro y media á cinco de la tarde cuando salió de Hoyos Aviraneta con los milicianos, y próximamente las seis cuando daban frente á Trevejo.

Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un cerro. Este cerro, formado por rocas obscuras, tiene graderías de piedra hechas para sostener la tierra de algunos pequeños olivares y viñedos.

Mirando á Trevejo desde el camino de Hoyos se ve á la izquierda de la mísera aldea un castillo negro, erguido y fantástico.

Más á su izquierda se levanta la sierra de la Estrella, y á la derecha, el terreno se hunde en una cañada, por donde sube el camino que continúa á San Martín.

A esta cañada, abierta entre un talud muy pendiente y un castañar vetusto, llamaban, aunque no con mucha propiedad, el desfiladero de Trevejo. Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos árboles; á principios del siglo XIX los grandes robles y castaños centenarios formaban á un lado del camino una muralla de follaje. Serían las seis y media ó siete de la tarde cuando los milicianos llegaron á este castañar, próximo á la calzada. Aviraneta pensó varias estratagemas para detener á los realistas, que la mayoría tuvo que desechar, y al último se decidió por dos.

A un cuarto de hora de Trevejo partía de la calzada un camino que escalaba el cerro y marchaba á la aldea. Don Eugenio, á unos trescientos pasos de la bifurcación, mandó clavar palos entre las ramas, puso encima los morriones de los nacionales é hizo que se quedaran tres ó cuatro allí. Después de hecho esto fué colocando sus veinticinco hombres emboscados en el castañar. Si los realistas tomaban por el camino de la aldea, él con su gente les atacaría por la espalda.

Aviraneta pensó que don Juan Martín y los suyos llegarían á media tarde. ¿Pero si llegaban al anochecer? Su estratagema no tendría entonces gran objeto. Pensando que podrían venir ya obscuro, mandó á uno de los nacionales que fuera á Trevejo y trajera una cuerda gruesa de ocho ó nueve varas.

El nacional volvió al poco rato con la cuerda. Aviraneta la ató por una punta á un árbol de la calzada, del otro lado del castañar, á una altura de dos varas, y dejó la otra punta colgando por el suelo. La mayoría de los nacionales no comprendieron el objeto de esta maniobra.

Se esperó bastante tiempo, y, ya obscuro, se notó que venía don Juan Martín. Llegaba perseguido muy de cerca. Los tres ó cuatro milicianos que estaban en el cerro dispararon varios tiros contra los perseguidores. Los realistas, despreciando el tiroteo, avanzaron con la esperanza de apoderarse del caudillo.

Pasaron los liberales y se acercaron á toda prisa los realistas.

Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso tensa, á una altura de un par de varas, y la ató al tronco de un grueso castaño.

—Atención. Cuando yo diga—murmuró Aviraneta.

Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar á tropezar con la cuerda tensa se sintieron lanzados al suelo con una fuerza tremenda.

—¡Fuego!—dijo Aviraneta, y sonó una descarga á quemarropa, y cayeron más de dos docenas de hombres al suelo.

Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no veían la cuerda, fueron despedidos con violencia. Aviraneta y los suyos lanzaron una segunda descarga, y una tercera.

El Empecinado había vuelto grupas y se disponía á atacar á los perseguidores.

—No se puede pasar—le dijo Aviraneta.

—¿Por qué?

—Porque hay una cuerda. Cortadla.

La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y sus lanceros atacaron á los realistas y les cogieron cerca de cincuenta caballos.

El éxito de la escaramuza había producido gran entusiasmo.

—¡Viva el Empecinado! ¡Viva Aviraneta!—gritaron los soldados y los nacionales.

Don Juan Martín abrazó á Aviraneta y le dijo que tenía que pedir para él la cruz de San Fernando. Los peligros, con Aviraneta, no eran peligros.

Se había hecho de noche, las estrellas parpadeaban en el cielo alto y claro, y Júpiter brillaba con su luz blanca.

Se descansó allí en el castañar, al borde del camino, y se dispuso esperar unas horas por si llegaba alguno salvado de la sorpresa de Moraleja; y, efectivamente, poco después de las diez de la noche aparecieron hasta treinta soldados de caballería, varios oficiales y capitanes y el comandante Cañicero.

Muchos de estos hombres, que habían venido á pie desde Moraleja, llegaban reventados.

¿Qué se iba á hacer? El Empecinado, Aviraneta y los oficiales conferenciaron.

Los hombres de á pie, rendidos por larga jornada huyendo y sin comer, no podrían llegar á San Martín. Sería mejor que se quedaran en el castillo de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras tanto el Empecinado, con la gente montada podría seguir á San Martín.

Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales de Hoyos, con los heridos, cansados y con los milicianos, irían á pasar la noche al castillo de Trevejo, donde se atrincherarían. Si al día siguiente estaban sitiados pondrían una bandera en el torreón derruído para que desde lejos pudiese verla don Juan Martín; si no lo estaban, seguirían camino de Ciudad Rodrigo.

XX. EL CASTILLO DE TREVEJO

Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia el castillo, con la orden de encender una tea y agitarla en el aire si no había dificultad alguna para subir.

Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los lanceros aspeados, tomaron hacia arriba y hacia la izquierda, en dirección al pueblo, y el Empecinado con su caballería siguió adelante, camino de San Martín.

Llegaron los primeros á la aldea de Trevejo y se detuvieron, Aviraneta y dos milicianos se encargaron de buscar provisiones. Costó mucho tiempo: se recorrió casa por casa, y se llenó un saco de pan, medio saco de habas, una gran cantidad de carne salada y un pellejo de vino.

Se tomaron dos calderas prestadas, se cogió leña y, con todo lo necesario para la comida, alumbrados por un farol y varias teas de resina, se dirigieron camino del castillo.

El castillo de Trevejo era un edificio sólido, de piedra sillar, de más de veinte varas de altura, colocado sobre un teso ó cerro que dominaba una gran llanada.

Como castillo roquero no era muy grande; debía haber estado destinado en su tiempo para una guarnición pequeña: tenía torres, muralla, barbacana, una plaza de armas, escaleras, subterráneos y galerías.

En el siglo XVIII había comenzado á desmoronarse, y en la guerra de la Independencia se consumó su ruina.

Escalaron los milicianos el cerro del castillo, encontraron la vereda, que daba á una brecha; pasaron y cerraron el boquete con grandes piedras. Se instalaron en la plaza de armas.

Aviraneta puso centinelas. Se trajo leña, se hicieron dos hogueras y se comenzó á hervir el rancho.

Se comió con un apetito voraz, y después todo el mundo quiso tenderse. El jefe de los nacionales de Hoyos y Aviraneta sustituyeron á los centinelas, que se dormían y se quedaron en observación del camino.

Hablando, se les pasó gran parte de la noche. El cielo estaba muy estrellado, muy hermoso; la Vía Láctea resplandecía con sus millones de nebulosas; Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guiños en el espacio, y Sirio comenzó á brillar al amanecer. Un poco antes del alba se oyeron voces en el cerro próximo al castillo.

—¡Alto! ¿Quién vive?—dijo Aviraneta.

—¡Aviraneta!—gritó una voz—. ¿Estás ahí?

—Sí, aquí estoy ¿quién es?

—Somos nosotros: Antonio Martín, Diamante y otros que venimos huyendo de Moraleja.

—Acercáos, que os vea.

—¿Por dónde?

—Ahí encontraréis la vereda.

Aviraneta se convenció de que eran ellos y les dijo por dónde tenían que subir al castillo. Eran seis hombres que gateando llegaron á la plaza de armas.

—¿No os queda algo que comer?—preguntaron al entrar.

Quedaba pan y cecina, que devoraron.

—¿Y qué ha pasado allá?—preguntó Aviraneta.

—Nada. Un estropicio—dijo Antonio Martín, el hermano pequeño del Empecinado.

—Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía el enemigo?

—No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición.

—No, no la ha habido—dijo un soldado—. Yo estaba allá. El sol picaba mucho. Había mucho polvo cuando se acercó un gran rebaño de ovejas—. Yo dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando estaba pensando en esto me encontré rodeado del enemigo.

—¿Se habrá perdido mucha gente?—preguntó Aviraneta.

—Mucha—contestó Martín—. Mi hermano Dámaso ha muerto, el coronel Maricuela también. Hemos perdido más de trescientos hombres. Algunos se habrán refugiado hacia Extremadura baja y otros en la Sierra de Gata.

—¿Y el Lobo?

—El Lobo ha muerto.

—¿Y el señor Bustillo, el de Plasencia?

—También ha muerto. Lo vi en la calle atravesado á bayonetazos.

—¡Pobre hombre! ¡Mala suerte ha tenido!

El soldado que había estado de centinela en Moraleja contó que pasó dos horas enterrado en un pajar con el coronel Dámaso Martín. Viéndose éste perdido había ofrecido todo lo que llevaba al patrón de su casa, un tal Estévez, para que le ocultara entre la paja. El patrón aceptó y tomó el dinero, y, cuando registraron la casa los realistas y se iban á marchar, aquel canalla les dijo: "Ahí está. Ahí está el hermano del Empecinado," y á bayonetazos lo mataron...

Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que los que habían venido, se fueron tendiendo en el suelo y quedaron dormidos.

El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa.

Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la mañana, aparecían sobre el cielo gris.

Desde allá arriba parecía encontrarse uno en un globo; ligeras brumas vagaban por el fondo del valle. Aviraneta, asomado á un lado y á otro, miraba á ver si se acercaba el enemigo. No venía nadie. Antes de salir el sol aparecieron otros cuatro soldados fugitivos de Moraleja.

Estos habían pasado la tarde escondidos en una choza, cerca de Hoyos, y dijeron que habían oído que las fuerzas de Merino habían dejado las proximidades de la Sierra de Gata y se dirigían hacia Coria. Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura en esta ciudad.

A eso de las cuatro de la mañana uno de los nacionales de Hoyos se levantó.

—¿Y usted no duerme?—le dijo á Aviraneta.

—¡Pse! Hay que vigilar.

El nacional era un pastor que se llamaba el Rito. Era un hombre grueso, fuerte, con unos ojos azules brillantes, la cara ancha y juanetuda, como de kalmuko, la barba rojiza, la manera de hablar violenta y por sacudidas y la expresión alegre.

El Rito se puso á hablar. Era un hombre primitivo, lleno de credulidad y de esperanza en todo. Mostró á Aviraneta el paisaje, el campanario de Villamiel, el camino de San Martín de Trevejo y los montes lejanos, con sus nombres.

Para cada sitio ó para cada monte tenía una historia ó un cantar. El Rito no era muy inculto para pastor, y estuvo explicando lo que sabía del castillo de Trevejo. En sus conocimientos se mezclaba la fábula con la historia.

Dijo que uno de los escudos de la torre era de los Borbones, y el otro, de la Orden de Alcantara, que tenía como enseña un jaramago; habló vagamente de un gran maestre déspota, y de sus luchas con el comendador de Santibáñez y el corregidor de Gata.

Contó también el Rito una historia clásica de un caballero cautivo, encerrado en el sótano del castillo, que había escapado viendo que una serpiente entraba en un subterráneo y siguiéndola. Este subterráneo se llamaba la Lapa de la Sierpe.

—Subterráneo que no existe—dijo Aviraneta irónicamente.

—Sí, señor; existe.

—¿Usted lo ha visto?

—Sí, sí. Y si quiere usted se lo enseñaré.

—Vamos á verlo.

Cogió el Rito el farol y dijo:

—Sígame usted.

Se acercaron á la torre y comenzaron á bajar una escalera de caracol, de piedra, con los escalones primeros derruídos. A poco de descender la escalera era practicable y se podía bajar por ella con seguridad. Bajaron cinco ó seis varas, hasta llegar á un sótano abovedado. De él partía un pasillo y cerca se veía una poterna ferrada y llena de clavos. El Rito descorrió un cerrojo enmohecido y apareció la boca de un subterráneo, que lanzó un hálito de frío y de humedad.

—Aquí tiene usted la Lapa de la Sierpe—dijo el Rito.—Si quiere usted entraremos.

—Entremos.

El suelo estaba bastante seco y se podía marchar bien. Avanzaron un cuarto de hora.

—Ahora estaremos debajo del pueblo.

Unos minutos después salieron por entre dos piedras al campo. El Rito apagó el farol. Escuchó por si se oía algo. No se oía nada.

El Rito y Aviraneta anduvieron por las proximidades del castillo, vieron la Cama del Moro, un abrevadero que á Aviraneta le pareció un sepulcro ibérico tallado en roca.

Luego el Rito le contó la historia de una partida que se había levantado en un monte próximo llamado Jálama, que debía tener grandes encantos, porque el Rito decía:

Jálama, jalamea, quien no te ve no te desea.

Dieron la vuelta al castillo, y el Rito gritó dirigiéndose á sus compañeros: ¡Masones! ¡Negros!

—¿Volvemos de nuevo por la Lapa de la Sierpe?—preguntó el Rito, riendo.

—Sí; vamos por allá.

Entraron de nuevo en el largo subterráneo y llegaron al castillo.

Algunos soldados se habían despertado y estaban buscando á Aviraneta para decirle que habían oído gritos en el campo. Aviraneta los tranquilizó diciendo que había sido el Rito. El sol comenzaba á brillar. Aviraneta miró á todas partes con su anteojo. No se veía nada. Algunos soldados empezaban á despertarse y á vestirse; un murciano cantaba:

Cartagena me da pena y Murcia me da dolor. ¡Ay, Cartagena de mi vida, Murcia de mi corazón!

Antonio Martín se despertó, y viendo á Aviraneta todavía derecho le dijo:

—¿Tú no has dormido nada?

—No.

—Pues échate un rato al sol. Yo haré lo que sea necesario.

—Bueno.

—¿Qué hay que hacer?

—Habrá que hacer un reconocimiento por el camino de San Martín y por el de Hoyos. Si hay enemigos en gran cantidad nos encerraremos aquí y pondremos una bandera para avisar á tu hermano; si no los hay saldremos inmediatamente para San Martín.

—Está bien.

—Si pudierais comprar un poco de pan, vendría admirablemente. Y para nosotros dos mira á ver si puedes traer un cacharro con leche de cabras.

—Bueno, todo se hará.

Aviraneta se tendió al sol en un hueco entre dos piedras, y se quedó dormido.

Soñó que echaba un discurso magnífico á una inmensa multitud en un pueblo que tenía algo de París, de Madrid y de Vera Cruz. Comparaba á la libertad con una mujer desnuda que va escalando un monte pedregoso, en cuya cumbre había un castillo que no sabía si era la Justicia ó el castillo de Trevejo. La libertad marchaba entre espinas y zarzas desgarrándose los pies. Aviraneta se preguntaba en su discurso: ¿Por qué no descansar en el valle? Pero no. En el valle estaba la maldad, la miseria—los soldados de Merino—y en el monte el aire limpio y sano de la sierra de Jálama. El recuerdo de este monte le apartó de su discurso y llevó su pensamiento á unas escenas de caza. Estaba cobrando piezas á montones cuando oyó la voz de Antonio Martín, que decía:

—Ya estamos aquí. Te traigo leche para el desayuno.

—¡Ah, muy bien! ¿Habéis hecho el reconocimiento?

—Sí; el enemigo ha desaparecido.

Eran las ocho de la mañana y el sol centelleaba en la tierra. Los soldados y milicianos habían desayunado y limpiado sus uniformes y sus armas.

Se formó al pie del castillo.

Antonio Martín dió la voz de ¡marchen! Como no tenían música, al pasar por el pueblo, Aviraneta comenzó á cantar el himno de Riego:

¡Soldados!: la patria nos llama á la lid; juremos, por ella, vencer ó morir.

Los soldados y los milicianos cantaron á coro, y la patrulla comenzó á desfilar al paso. Al cruzar por delante del pueblo daba más la impresión de que iba victoriosa, que derrotada.

De Trevejo se avanzó á San Martín, y al día siguiente, de aquí se dirigían á Ciudad Rodrigo.

El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en el parte que dió el 20 de Junio le propuso para la cruz laureada de San Fernando, y, en uso de las facultades que le había concedido el ministro, le nombró capitán efectivo de caballería.

Era la segunda vez que nombraban capitán á don Eugenio; pero ni la primera vez ni la segunda llegó á serlo de veras. Aviraneta tenía poca suerte en la milicia.

XXI. LA SITUACIÓN EMPEORA

Llegaron á Ciudad Rodrigo y se comenzaron á organizar de nuevo las fuerzas de caballería, hasta reunir varios escuadrones.

Algunos militares liberales huídos de Valladolid dijeron que en esta ciudad no había apenas guarnición, y que sería fácil apoderarse de la plaza.

Con este objeto se preparó una columna de caballería, y el mismo don Juan Martín, al mando de ella, se corrió hasta Medina del Campo; pero al enterarse de que en Valladolid había varios regimientos franceses y fuerzas de voluntarios realistas, desistió del proyecto.

En Medina se encontraron con el coronel Boscan, del regimiento de Farnesio, y algunos oficiales y soldados.

El coronel Boscan venía de Galicia y se incorporó á la columna de don Juan Martín. Las noticias que trajo eran malas; el alto mando del ejército se pasaba al enemigo: Montijo, O'Donnell, Morillo, Ballesteros... todos hacían traición. No quedaban más que Mina, Riego y el Empecinado.

Se habló con Boscan de lo que se podía hacer. Para éste lo mejor era ir hacia al Sur: seguir la misma marcha que en la guerra de la Independencia, en lo cual estaba conforme con Aviraneta.

Al Empecinado le parecía bien; pero dijo que había que tener en cuenta que existía un Gobierno todavía, y era necesario obedecerle.

Se volvió á Ciudad Rodrigo, y unos días después, aumentada la caballería con los soldados de Farnesio y con otros muchos que desertaron de Galicia al saber la capitulación del conde de Cartagena, se volvió á salir para Extremadura, se pasó de nuevo por San Martín de Trevejo, Hoyos, Moraleja y Coria.

En Moraleja se buscó al Estévez, que había primero ocultado y luego denunciado á Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, y se quiso quemar su casa, pero el general lo impidió.

De Coria se salió en dirección á Cáceres, donde se entró con alguna dificultad. Se repusieron las autoridades, depuestas por el populacho sublevado, y se impuso la paz con bastante rapidez.

En esta labor, Aviraneta se lució. Era el ministro de la Gobernación, el alcalde y el jefe de policía, todo al mismo tiempo. No habían tenido mayores atribuciones los tiranos de las repúblicas italianas ni los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas durante la Revolución. Aviraneta satisfacía su ansia de poder. Estaba á sus anchas. Reponía á una autoridad, prendía á otra, imponía la paz pública con sus procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia como del terrorismo más puro.

Cáceres fué dominado, y quedó así hasta un día de Octubre del año 23 en que se rebeló y hubo un encuentro con las tropas del Empecinado, en el que se produjeron muchas víctimas.

La situación del pueblo mejoró con las medidas de Aviraneta; pero la de la guarnición iba empeorando por días. Corrían noticias del avance de los franceses y de su vanguardia de realistas españoles. Bordesoulle y Bourmont se corrían por Andalucía, sin que nadie se les opusiera; el conde de Molitor, con sus generales Lacroix y conde de Loverdo, marchaban por donde les convenía, como en un paseo militar; únicamente Moncey encontraba una resistencia seria y pertinaz en el ejército de Mina.

Los soldados desertaban en grupos, y el espíritu de los pueblos era hostil á los constitucionales. La deserción había hecho que sólo los entusiastas y fanáticos quedaran en las filas.

A final de Junio, el Empecinado al saber que Castelldosrius era el jefe militar de Extremadura y que trabajaba en dominar el país y en meter en cintura á Badajoz, le envió á Aviraneta para que éste desarrollara los procedimientos que había utilizado en Cáceres.

Castelldosrius había salido con las tropas que Zayas le había confiado poco después de evacuar Madrid, y había ido perseguido por Vallin y Bourmont y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo, donde entregó el mando de su fuerza al general López Baños, marchando él á Badajoz, de cuya comandancia militar tomó posesión en Junio.

Castelldosrius, al saber la situación de la ciudad, pidió en seguida su exoneración. Reinaba en ella, como en casi todas las capitales españolas, una perfecta anarquía. La deserción cundía con una rapidez asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban los negocios públicos, maltrataban y vejaban en la calle á los liberales.

Aviraneta, al llegar á Badajoz, se presentó á Castelldosrius, como enviado por el Empecinado, para ver de ponerse de acuerdo.

Castelldosrius le contestó que estaba deseando abandonar el cargo, y que pensaba que de un día á otro tendría que dejarlo. El marqués explicó la situación anárquica en que se encontraba Badajoz.

—Estaba lo mismo Cáceres—replicó Aviraneta—, y lo hemos dominado. A fuerza de paciencia. Yo he hecho de alcalde, de jefe de la policía, y por ahora hay tranquilidad.

—¿De veras?

—Sí.

—¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo?

—Sí; si usted lo autoriza.

—Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase usted con mi ayudante González Estéfani, que le pondrá en antecedentes. Aunque sea, fusile usted á todo el pueblo; me tiene sin cuidado.

Aviraneta se entrevistó con Antonio González Estéfani, y entre los dos dispusieron lo que había que hacer.

Aviraneta se instaló en la Capitanía General y llamó á las autoridades del pueblo. La mayoría no acudió.

Al día siguiente aparecía un bando terrible en las esquinas, y veinte realistas, escoltados por bayonetas, iban á la cárcel. El pueblo, como un caballo que siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero éste, en poco tiempo, lo supo dominar.

El 6 de Julio, Castelldosrius fué destituído y marchó destinado como de cuartel á Barcelona.

El bando de Aviraneta sirvió luego de motivo para que Castelldosrius fuera terriblemente perseguido en la época de la reacción de Calomarde.

Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerció durante algunos días la dictadura. En compañía de Estéfani, González Llanos y otros militares liberales recorrió la muralla, sus ocho baluartes, las tres entradas de la ciudad y los dos torreones de la puerta de las Palmas, que dan hacia el Guadiana.

Visitó también los fuertes exteriores que existían entonces: el de San Cristóbal, en un cerro á orillas del río; el de Pardaleras, el de la Picurina, el revellín de San Roque y la Luneta, hecha por el mariscal Soult en 1811. Aviraneta trabajó para que se guarnecieran estas fortificaciones y se pusieran en condiciones de defenderlas del enemigo.

Toda esta labor era inútil; el pueblo, hostil, á la mejor ocasión había de echar por tierra á sus dictadores.

XXII. UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR

Al dejar Badajoz el marqués de Castelldosrius siguieron Aviraneta y sus amigos ejerciendo en la ciudad el mando supremo, sin ningún título para ello.

Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia de Extremadura el general don Francisco Plasencia, que días antes, derrotado en Despeñaperros, se había visto abandonado por sus tropas, que desertaron ante el enemigo.

Plasencia tardó bastante en presentarse en Badajoz, y quedó asombrado de que existiera todavía orden y disciplina en la ciudad extremeña.

Plasencia rogó á Aviraneta y á los demás que siguieran mandando.

La situación de España en Julio de 1823 era malísima, y en Agosto se hizo desesperada.

Don Juan Martín envió una carta á Aviraneta, diciéndole que hablara á todos los jefes y oficiales liberales decididos, para ver si querían intentar un supremo esfuerzo: el de formar una columna de ocho á diez mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo á la desesperada.

Aviraneta habló á los oficiales de Badajoz, pero ya no era posible reanimar en ellos el entusiasmo: todo el mundo veía la partida perdida. El general Plasencia, desalentado desde que había visto en Despeñaperros desertar á los soldados antes de entrar en fuego, creía que el único ideal era obtener una capitulación decente y esperar mejores tiempos.

Aviraneta escribió á don Juan el resultado de sus gestiones, y unos días más tarde recibió este oficio:

DIVISIÓN DE CASTILLA

ESTADO MAYOR

El Excmo. Sr. Comandante general, que ha salido esta mañana para la Vera de Plasencia, me ha indicado que escriba á usted.

Se recibió su pliego en el que participaba el poco éxito de nuestro plan de atacar Madrid, y al mismo tiempo el desfallecimiento de las tropas constitucionales de esa zona. Nada de esto es extraño, y es necesario un ánimo esforzado para no dejarse rendir por las noticias adversas para nuestras armas que llegan constantemente.

El general desiste de su proyecto, y me encarga le diga cese de practicar diligencias con este fin.

Se ha celebrado ayer una junta de oficiales y jefes de la división, y en ella se ha acordado enviar á usted á Cádiz á que se aviste con el Gobierno, le exprese la situación de Extremadura y Castilla y pida instrucciones acerca de la conducta que debe seguirse en lo sucesivo.

Se ha elegido á don Eugenio de Aviraneta ayudante de campo y secretario del comandante general para esta comisión, por considerársele de gran confianza y el más capacitado por su inteligencia para el caso.

Es necesario, pues, salga usted inmediatamente para evacuar tan importante comisión.

Puede usted atravesar Portugal, embarcarse en un puerto de este país, franquear el bloqueo de la escuadra francesa y entrar en Cádiz.

Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqués de Castelldosrius para que auxilie á usted con cuantas noticias necesite del vecino reino y para que le dé contraseñas y recomendaciones para los puertos de Villa Real, Mértola y Tavira. Preséntese usted á Su Excelencia y pónganse de acuerdo sobre este particular.

El general me encarga diga á usted que de ninguna manera quiere que nadie sepa el objeto de su viaje más que el señor Marqués y usted.

Con el sargento Sánchez, jefe de la escolta y portador de este oficio, comunicará usted al general lo que acuerde con el señor Marqués.

Se están extendiendo todas las comunicaciones para el Gobierno y las instrucciones que debe usted llevar, al mismo tiempo que las recomendaciones para los sujetos con quienes tiene usted que verse.

Participe usted verbalmente al Sr. Marqués que esta división se engruesa con las partidas sueltas procedentes del ejército de Galicia, pero que carecemos de buen armamento.

En las comunicaciones al Gobierno va usted altamente recomendado, y si llega á puerto de salvación con toda felicidad, no necesita usted más para que el Gobierno premie á usted como es debido sus muchos y distinguidos servicios en favor de la Libertad.

Dios guarde á usted muchos años. Cuartel general del Casar de Cáceres, á 18 de Agosto de 1823.

Máximo Reynoso.

Postdata:

En este momento se reciben noticias de nuestros confidentes de Portugal. Afirman que en Lisboa y en los Algarbes se ha proclamado el absolutismo.

Esta nueva situación hace indudablemente difícil ó imposible la marcha de usted, sobre todo con carácter militar y como representante del excelentísimo comandante general. Consulte usted con el señor Marqués y vea si pueden proporcionarle á usted papeles de comerciante, para que disfrazado de tal y con pasaporte pueda llegar á Villa Real. En ese caso se embarcaría aquí y entraría en Gibraltar, si no hubiese medio de meterse en Cádiz.

Hay quien supone que sería mejor que se pusiera usted en relación con los contrabandistas de Ceclavin y atravesara Andalucía con ellos. Estos contrabandistas conocen la ruta á palmos y marchan sin tocar en ninguna población. Si se decidiera usted por esto último, avíselo, porque hay en nuestra división individuos que conocen muy bien las partidas de contrabandistas y éstos le pondrían en relación con ellas.—Vale.

Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y tan ceremoniosa, cogió un papel y escribió:

«Amigo Reynoso: Castelldosrius no está aquí. Para salir por un lado ó por otro necesito dinero y no lo tengo».—Suyo,

Aviraneta.

Dos días después el mismo sargento Sánchez llegaba á Badajoz y entregaba á Aviraneta una bolsa con veinte onzas, moneda suelta y un sobre con documentos.

XXIII. EL VIAJE

Aviraneta comenzó los preparativos para la marcha. Compró cerca de la puerta de las Palmas una chaqueta y un pantalón ordinarios de aldeano, una faja y un sombrero. Luego quitó á la chaqueta los botones y los sustituyó por onzas de oro forradas de tela. En el chaleco puso monedas de cinco duros, también recubiertas como si fueran botoncitos.

El dinero sobrante, menos unas pesetas para el camino, hizo que se lo girasen á Mértola, en Portugal.

Luego escribió una carta dirigida á un supuesto Domingo Ibargoyen, una carta en que el padre del tal Domingo le decía que se escapara del servicio y abandonara á los liberales impíos y volviera á reunirse con los absolutistas.

Hecho esto leyó todos los oficios que le había enviado Máximo Reynoso desde el cuartel general, y los clasificó. Los dos en donde figuraba su nombre los aprendió de memoria y los rompió.

—¡Qué falta de sentido el mandar á un hombre con papeles así entre gente enemiga!—se dijo—; ¡oh manes de Cisneros, de Richelieu y de Talleyrand! Esta pobre gente no va á saber nunca hacer bien las cosas.

Los documentos que no citaban su nombre, don Eugenio los envolvió, los metió en un bote, que llenó de tierra, y lo envió á Mértola, como si fuera una mercancía.

Pensaba que no llevando consigo ningún papel, aunque le cogieran, sería imposible identificarlo. Si lo pescaban diría que no, que no era miliciano; luego, si le registraban, le encontrarían la carta á Domingo Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por un pobre hombre absolutista soldado de milicianos á la fuerza.

Estando en estos preparativos se le presentó Diamante, y no tuvo más remedio que decirle que iba á ir con una comisión á Cádiz.

Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje. Al advertirle Aviraneta la manera cómo pensaba hacerlo, Diamante torció el gesto.

—Es mejor que vaya usted de uniforme—dijo Diamante—, le tendrán á usted más respeto.

—No, no. Es absurdo, hombre.

—Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y verá usted como llego.

—Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si me encuentra usted en el camino, no diga usted que me conoce.

—No necesito de usted para nada—replicó Diamante, con acritud.

—Bueno, bueno. Está bien.

Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para convencer á Aviraneta que debía ir de modo que se le conociera que era un oficial y no un patán cualquiera.

—¿Por qué?—preguntó Aviraneta.

—Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un patán, no: se le cuelga de una manera ignominiosa y vil.

—Cada cual tiene sus preocupaciones—dijo don Eugenio—; morir de una manera ó de otra, es igual.

—Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen á usted le tomarán por un espía.

—O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan. La cuestión es que no le maten á uno.

—¡Bah! No me asusta la muerte—replicó Diamante—. Si me prenden verá esa chusma miserable cómo muere el alférez Diamante. Pienso decir cuatro cosas bien dichas.

Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su compañero, y se citó con él en Mértola.

Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo de marchar á Cádiz.

Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro, pasó por Villaviciosa, llegó hasta Beja, y de aquí fué á Mértola. Hacía un calor horrible. No apareció Diamante.

Recogió en casa de un comerciante liberal el bote con sus documentos y lo volvió á reexpedir á Castro Marín.

Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marín, á caballo, mirando á derecha é izquierda, guareciéndose en los árboles y las matas cuando veía á alguien. Los realistas debían tener espías á los lados del camino, porque, á pesar de todas sus precauciones, Aviraneta cayó en manos de una patrulla de realistas portugueses. Eran muchos para luchar con ellos, y tuvo que entregarse.

Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la noche atado á un árbol, sufriendo una serie de chaparrones de agua tibia y abundante. Por la mañana le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos portugueses raquíticos, con un tipo agitanado, el pelo negro, la tez amarilla, los ojos brillantes é inquietos, la expresión suspicaz y ladina. Hablaban todos ellos con un aire entre amenazador y sonriente.

A media mañana, Aviraneta, rodeado de los portugueses, rendido y febril, fué entregado á una partida de realistas españoles que vigilaban la frontera. Esta partida llevaba un gran número de presos; entre ellos se encontraba Diamante.

El jefe de estos realistas, un señorito andaluz, bajito, rubio, que ceceaba exageradamente y sonreía al hablar con cierta petulancia, mandó registrar al prisionero, y se encontró la carta, manoseada y sucia, dirigida á Domingo Ibargoyen.

El aire de estupor febril que tenía Aviraneta hizo creer al andaluz que el preso era un pobre infeliz, casi idiota.

—Es un vascongado—dijo el oficial á su gente—. Yo le hablaré, ¿Tú ser realista ó negro?—le preguntó á Aviraneta.

Aviraneta contempló con asombro al oficial, y éste repitió la pregunta.

Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, dijo haciendo su papel:

—Yo, no entender.

—¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser miliciano...

—Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar andando lejos, malos caminos... luego cansar... escapar campos.

El andaluz se echó á reir.

—¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde marchar?...

—Yo querer ir á América...

—Realmente—murmuró el andaluz—á este desdichado es una tontería prenderlo; pero en fin, le llevaremos á Sevilla con los demás y allí ya verán lo que hacen con él.

Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte. No pudo dormir un momento. Estaba febril, la humedad de la noche anterior le había producido un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía una rodilla hinchada y una misantropía terrible.

En medio de aquel estado de abatimiento el instinto de conservación vigilaba.

Al día siguiente, por la mañana, Aviraneta advirtió al jefe de los realistas que no podría marchar con la rodilla hinchada, y le dijo que daría lo que tenía, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba un caballo. El oficial cogió la moneda y mandó traer un caballo viejo para Aviraneta.

Durmieron los presos los días posteriores en las cárceles de Gibraleón, Niebla, Palma, San Lúcar la Mayor, y al quinto día entraron en Sevilla.

A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con otros cuarenta ó cincuenta liberales, formando cuerda de presos, pasaban el puente de Triana, rodeados de una multitud de hombres, mujeres y chicos que los insultaban. Diamante iba con una serenidad olímpica, sonriendo, despreciando al populacho.

Todos los vagos del barrio estaban en el puente. Se oían gritos furiosos de ¡Mueran los negros! ¡Muera la nación! ¡Viva Fernando! ¡Vivan las caenas! ¡Viva el duque de Angulema!

Era el populacho amenazador, la demagogía negra desbordada. Mujeres desarrapadas, con chiquillos en brazos, que chillaban sin saber porqué; viejas, gitanos, frailes que pasaban dando á besar á la chusma la cuerda de su hábito....

—¡Viva nuestra religión! ¡Viva Dios!—gritaban algunos. Y otros decían, dirigiéndose á los liberales: ¡Al palo! ¡Al palo! ¡Canallas! ¡Mata frailes!

Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro á los prisioneros, y una vieja, acercándose á Aviraneta, le dijo:

—¡Qué mala estampa de judío tienes, ladrón! ¡Toma!—Y le escupió á la cara.

Aviraneta, con la cabeza baja y ceñudo, recibió la injuria, al parecer, impasible.

Sentía el odio de todos reconcentrado en él. ¡Si por un momento hubiese cambiado la situación! El en aquel instante, con diez mil hombres y unas baterías de cañones en el puente, ¡qué sarracina! Mujeres, viejas, chiquillos, ancianos, casas, iglesias... Todo lo hubiera barrido con la metralla. Hubiera dejado chiquito á los Collot d'Herbois y á los Carrier.

Desarrollando esta idea de cómo sería su venganza, pudo pasar entre la chusma y recibir los insultos y las pedradas con estiércol, mondaduras de patata y tronchos de berza, sin protestar.

Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron en el casco de la ciudad. A cada paso se repetían los insultos y las pedreas.

Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron varias calles y fueron á parar al Salón de Cortes.

Al llegar aquí se abrió la puerta y entraron todos en un ancho portal.

El Salón de Cortes, el punto donde se habían celebrado las sesiones del Congreso en Sevilla en 1823, era la iglesia del antiguo convento de jesuítas de San Hermenegildo, que estaba en la calle de las Palmas, que hoy se llama de Cortes.

Este edificio tuvo distinto empleo: primero fué colegio de los jesuítas, luego, escuela, seminario y cuartel. Los franceses lo desvalijaron; después la capilla se convirtió en salón de Cortes, y terminó siendo, durante una corta temporada, teatro.

En aquel momento, el salón de sesiones estaba destruído.

Unos días antes, los realistas sevillanos habían entrado allí, habían asaltado el edificio y lo habían desmantelado.

Pasaron Aviraneta y sus compañeros del zaguán del convento á un patio, y aquí uno de los jefes de los absolutistas comenzó la distribución de los presos.

La gente distinguida iba al Salón de sesiones.

En él estaban detenidos el duque de Veragua y otros muchos liberales aristócratas. A la gente del pueblo, milicianos y soldados, se la dirigía á unas cuadras grandes.

Diamante fué enviado con la gente distinguida.

Aviraneta, en compañía de unos cuantos, marchó con la morralla á un salón, que debía haber sido en otro tiempo biblioteca ó sala capitular.

Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme lleno de manchas, les hizo formar militarmente y les dijo:

—Bueno, niños, cuidado. Antes habéis obedecido á la Constitución; ahora vais á obedecer á ésta—y les mostró una estaca—. Conque ya lo sabéis. ¡Media vuelta á la derecha! ¡Dre!...

Al día siguiente, Aviraneta como sus compañeros, tuvieron que dedicarse á bajos menesteres de barrer patios y cuartos.

Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen, no tenía importancia, no ya para ser fusilado, ni aun para ser vigilado; pero no dejaba de estar ojo avizor por si alguno le reconocía como carbonario, masón y ayudante del Empecinado.

Entonces hubiera sido otra cosa.

Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del claustro y unas cuadras y á cumplir las órdenes del que hacía de alcaide de la cárcel, un hombre á quien llamaban el señor Pepe el Tiznado.

El señor Pepe el Tiznado era un viejo andaluz, serio, grave, profundo, un pozo de ciencia que hablaba por apotegmas.

Algunos decían que había sido contrabandista y ladrón, cosa muy posible; la verdad era que tenía muchos oficios, y ninguno bueno, porque cambiaba de ellos más que de camisa.

El lugarteniente del señor Pepe el Tiznado, que hacía de portero de la cárcel, era el Telaraña, un hombrecito muy redicho y hablador.

El Telaraña tenía en la portería muchos pájaros en jaulas. En sus horas de ocio se dedicaba á enseñarles á cantar. En épocas normales el Telaraña era pajarero.

Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza del señor Pepe y del Telaraña.

Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle á hacer cualquier recado fuera de la cárcel, en cuyo caso no hubiera vuelto.

A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había tomado un odio por Sevilla frenético, no tuvo más remedio que reconocer que aquellos realistas andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie, eran mucho menos brutos que los del Norte y se avenían á razones.

Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba á cavilar y preparar planes de fuga. No encontraba ninguno bueno, porque le faltaban datos; no conocía bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia qué punto de Sevilla se hallaba enclavado.

Sin embargo, pensaba que, á fuerza de examinar proyectos y estudiar sus dificultades, encontraría algo.—Mio caro studiate la matematica, se decía á sí mismo, recordando la frase que repetía su amigo Sanguinetti.

Aviraneta sondeó al Tiznado y al Telaraña para saber qué harían con ellos si dejaban escapar algún prisionero; y, al parecer, los dos estaban convencidos de que les costaría un castigo grave, si no los fusilaban tomándolos por cómplices. Esto hizo pensar á don Eugenio que el poco dinero que tenía no bastaba para comprar á los carceleros.

Había que escaparse, sin contar con ellos para nada; había que hacerlo á maña, como decían los contrabandistas del Bidasoa que había conocido en la infancia cuando no sobornaban á los guardias y tenían que andar á tiros.

XXIV. FUGA

Aviraneta se dedicó á cumplir las órdenes que le daba el señor Pepe y su lugarteniente, con rapidez; se hizo amigo de los dos, y ellos le dejaban andar de un lado á otro convencidos de que no les iba á jugar una mala pasada. A los ocho días llegó á conseguir su confianza.

El señor Pepe el Tiznado le trataba bien y le contaba las noticias que corrían por el pueblo. El señor Pepe le dijo que en aquel momento estaban en capilla un oficial del regimiento de Galicia llamado Peña, á quien le habían encontrado varias proclamas y documentos de los de Cádiz, y un alférez del Empecinado, de apellido Diamante.

—Dicen—concluyó diciendo el señor Pepe—que el Empecinado ha mandado á un hombre de su confianza por Portugal y que se ha debido escapar.

—Y ese Diamante ¿qué tipo es?—preguntó el Telaraña.

—Es un gachó de cuidado—dijo el señor Pepe.

—¿Por qué?

—Porque no hay manera de confesarlo. Dice que todo eso es pamplina, y no quiere ni arrodillarse, ni nada. Mañana yo voy á ver cómo lo afusilan.

Efectivamente: al otro día el señor Pepe contó el fusilamiento del alférez del Empecinado y la serenidad de éste, que había llamado bellacos y cobardes á los realistas, y había concluído gritando: ¡Viva la Libertad! ¡Viva Diamante!

Aviraneta oyó con curiosidad los detalles del final de su amigo. Su deseo de escapar no le permitía el lujo de conmoverse. Siguió pensando en sus planes de fuga; tenía el convencimiento de que pensando con energía y de una manera metódica se encontraban soluciones para todo.

Al día siguiente del fusilamiento de su amigo vió que había en el pasillo del claustro una puerta que daba á un sótano. La puerta tenía un gran cerrojo y un ventanillo. De éste se veían algunos trastos viejos amontonados.

—Con esto algo se puede hacer—pensó—. Estudiaremos la matemática—se dijo.

Al día siguiente ya tenía su plan. Por la mañana, al limpiar el corredor, pidió al Tiznado permiso para entrar en el sótano y coger unas tablas. El Tiznado se lo dió, y Aviraneta estuvo sacando fuera unos cuantos trastos viejos y observándolos como si esperara sacar algo de ellos. Después volvió á meterlos de nuevo, cerró el ventanillo y con un poco de tocino lubrificó el cerrojo de la puerta, hasta que comenzó á deslizarse bien.

Estaban Pepe el Tiznado y el Telaraña hablando al anochecer en el cuarto del conserje, cuando Aviraneta se les presentó y les dijo, mostrándoles una monedita de oro:

—Miren ustedes lo que he encontrado.

—¡Niño! ¿Dónde has encontrado esto?—exclamó el señor Pepe el Tiznado, con severidad y con ansia—. ¡Si es oro!

—La fija... ¡ya lo creo!—exclamó el Telaraña.

—Pues lo he encontrado en ese sótano que he ido á limpiar esta mañana.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Pero en dónde?

—En el suelo.

—¿En qué sitio?

—Yo se lo diré á ustedes. Pero si es oro me tienen ustedes que dar á mí parte—dijo Aviraneta.

—Bueno, bueno; eso, ya veremos—replicó el señor Pepe—. Primero vamos á ver dónde está.

—Yo les enseñaré el punto fijo.

Se encendió un farol, y el señor Pepe y el Telaraña, llenos de ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, y el otro una palanca. Marcharon los tres por el corredor del claustro y abrieron la puerta del sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo, y Aviraneta, señalando un rincón, les dijo: Aquí, aquí mismo estaba.

El señor Pepe y Telaraña se arrodillaron para mirar; Aviraneta, sin meter ruido, de un salto se acercó á la puerta del sótano, salió fuera y la cerró con el cerrojo, dejando dentro á los dos carceleros. Enseguida echó á correr, encendió una pajuela y luego una vela, marchó al cuarto del conserje, cogió la llave, abrió las dos puertas que se necesitaban franquear para salir á la calle, dejó el manojo de llaves en el suelo y se largó.

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