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Los Recursos de la Astucia

Los guerrilleros del Empecinado en 1823

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I. NUEVA COMISIÓN

En apariencia la vida de un hombre de acción es un juego de azar, una lotería en la que se emplea mucho dinero y sólo de tarde en tarde toca un premio pequeño, en realidad la vida de un hombre de acción, si es una lotería, es una lotería que toca siempre, porque el jugador lleva el mayor premio en el máximo esfuerzo.

La acción por la acción es el ideal del hombre sano y fuerte; lo demás es parálisis que nos ha producido la vida sedentaria.

Unos días después de recibir la visita de Cugnet de Montarlot, el Empecinado y el Lobo se presentaban en casa de Aviraneta.

Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al Ministerio de Estado á conferenciar con D. Evaristo San Miguel.

Se habló entre los tres largo rato de la situación de España y de la invasión francesa, que parecía inminente.

Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso de la Intendencia de los ejércitos que había de mandar Angulema.

Esto unido á la oposición de los liberales, pensaba, podría influir en el Gobierno francés.

—¿Es que no tienen víveres?—preguntó Aviraneta.

—Eso me comunican los agentes—contestó el ministro—, pero no hay que abrigar mucha confianza. Es posible que mis agentes estén en relación con los realistas.

—Es muy probable—añadió Aviraneta.

—Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez á Francia—dijo de pronto San Miguel.

—¿A París?

—No; á la frontera.

—Pues si usted quiere, voy. ¿Qué hay que hacer?

—Primero averiguar cómo va la cuestión de la Intendencia del ejército de Angulema, y si no hay esperanza en esto, marchar á San Sebastián y ayudar á los emigrados franceses, que parece que van á hacer un intento.

—Muy bien. Estoy á la orden de usted.

—Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que mañana. Me conviene que vaya usted en seguida. En cuanto llegue usted á la frontera, que le tengan una silla de postas preparada, é inmediatamente que sepa usted algo definitivo me avisa.

—Y en San Sebastián, ¿qué haré?

—En San Sebastián activará usted la gestión de los carbonarios. Usted creo que es carbonario también.

—¿Por dónde lo sabe usted?—dijo Aviraneta algo alarmado.

—Amigo, un ministro tiene sus informes secretos.

—Yo creí que en España los ministros eran los últimos que se enteraban de las cosas—replicó sarcásticamente Aviraneta.

—Como ve usted, no siempre—dijo D. Evaristo, riendo—. Cuando llegue usted á San Sebastián se pondrá usted al habla con el jefe político y el militar. Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará que obren con rapidez, aunque sea saltando por encima de la ley.

—Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo.

—No, hombre, no. Muy buena.

—¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted como un apreciable granuja.

—Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo. Ahora voy á hacer que escriban los reales decretos: uno para usted, Aviraneta; otro para usted, D. Juan Martín.

—¿Qué ha pensado usted para mí?—preguntó el Empecinado.

—Haré que el rey le autorice á usted para el levantamiento y organización de guerrillas en Castilla la Vieja y la Nueva, para oponerse á la invasión de los franceses.

—¿Querrá?

—¡Qué remedio le queda!—exclamó irónicamente San Miguel—. ¡Mientras esté con nosotros! Esperen ustedes un momento aquí. Yo mismo voy.

Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.

—De manera que eres carbonario—preguntó D. Juan Martín.

—Sí.

—¿Y por qué no me lo has dicho?

—Hombre. ¿Para qué?

—Yo no he tenido secretos para ti.

Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una hora y al cabo de este tiempo, volvió el ministro, un poco nervioso y sofocado, con los dos despachos.

En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes y justicias del reino que obedecieran las órdenes de D. Eugenio de Aviraneta; en el otro nombraba comandante general de todas las columnas patrióticas que se organizasen en ambas Castillas, con facultades extraordinarias para crear cuerpos y premiar el mérito militar hasta coronel inclusive, á D. Juan Martín, el Empecinado.

—Espero que harán ustedes maravillas—dijo el ministro.

—Haremos lo que podamos—replicó D. Juan Martín.

—Se acerca el momento de prueba—repuso el ministro—. Quiera Dios que salgamos con bien. Hasta la vista, señores.

—Adiós.

Se estrecharon las manos, y D. Juan Martín y Aviraneta salieron de Palacio.

—Iremos juntos hasta Valladolid—dijo el Empecinado.

—Bueno, iremos juntos—contestó Aviraneta.

II. MASCARADA MILITAR

Salieron Aviraneta, el Empecinado y el Lobo, á caballo, con una escolta de lanceros, y el primer punto en donde hicieron una parada larga fué en la finca de Castrillo, de D. Juan Martín.

El Empecinado había pensado en reunir á sus antiguos guerrilleros. Efectivamente, mandó recado á los amigos de toda la comarca: unos no estaban en sus casas, otros habían muerto, otros no podían.

De Castrillo se pasó á Aranda, y aquí también, excepción hecha de Diamante, Valladares y alguno que otro miliciano nacional, no acudió nadie al llamamiento.

Se decidió nombrar jefe de la Milicia del partido de Aranda á Diamante y encargarle de la organización de una columna patriótica.

El Lobo aprovechó su estancia en Aranda para traspasar su posada y su fragua á un pariente, y decidió, en espera de los sucesos, llevar su familia á un pueblo de la provincia de Burgos, de donde era su mujer.

Casi con la seguridad de que la comarca del Duero no respondería al llamamiento para luchar por la Constitución, se siguió á Valladolid.

El Empecinado y Aviraneta giraron una visita á los cuarteles y á los parques de la ciudad castellana, y recibieron una impresión desconsoladora.

Les acompañó un oficial de Estado Mayor, ex ayudante de Zarco del Valle.

Los informes de éste les sirvió para darse cuenta de la situación. No había en los parques material de artillería: los cañones eran malos y viejos, perfectamente inútiles, y faltaban las municiones. Respecto á la caballería, estaba en cuadro, y hacía mucho tiempo que no maniobraba.

Lo mejor era la infantería, y aun así, escaseaban fusiles, cartuchos, uniformes y armas blancas.

En cuestión de competencia, según el oficial de Estado Mayor, se estaba á la altura de lo demás; los oficiales conocían únicamente la guerra de guerrillas y de pequeños grupos. El Estado Mayor no se hallaba constituído científicamente: parecía un cuerpo sin más objeto que llevar un uniforme lujoso.

Los generales y jefes políticos querían resolver en un momento lo que no se había resuelto en años, y daban constantemente órdenes diversas y contradictorias.

Para obviar la falta de uniformes y armas, las autoridades decidieron abrir las cuadras, conventos é iglesias arruinadas, donde se habían almacenado los despojos del ejército de Napoleón, y comenzaron á aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos, chacós, morriones y turbantes de polacos, alemanes, mamelucos y franceses. Al mismo tiempo salieron lanzas, alfanjes, espadines y gumías.

Un gran motivo de confusión y de desorden en las ciudades eran las Sociedades secretas, que obligaban á sus afiliados á adoptar una actitud especial ante los sucesos. En el ejército, casi todos los oficiales y jefes pertenecían á algún grupo político.

Los generales habían dado el ejemplo.

Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel, O'Daly y Montijo, masones; Ballesteros, el Empecinado y Palarea, comuneros; Morillo, anillero.

Una divergencia parecida á la de los jefes de altos cargos existía entre los oficiales subalternos, que intrigaban abiertamente contra la política de los unos ó de los otros.

Para mayor confusión, los liberales exaltados de los Ayuntamientos, casi todos ellos de la Milicia nacional, viendo la indiferencia y pasividad del ejército, pretendían dirigir y preparar la defensa de los pueblos con planes absurdos y descabellados.

Estos milicianos pensaban que los jefes no manifestaban bastante ardimiento en la defensa de la libertad. En los pueblos se veía ir y venir á los exaltados seguidos de sus grupos.

Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria napoleónica, sus casacas, sus morriones, sus tricornios, sus corazas, sus sables corvos de mameluco, parecían comparsas de carnaval.

El mayor contingente de soldados espontáneos lo daba la clase media; los pobres, en general, odiaban á los liberales como se odia á los tiranos: no los tenían por gente del pueblo, sino por aristócratas extranjerizados, enemigos de todo lo popular.

Había, además de causas de simpatía espiritual, otras más materiales para explicar el odio de la plebe feota á los liberales: el liberal, en aquella época, mandaba, el realista obedecía; el miliciano estaba bien vestido; en cambio el soldado de la fe andaba roto y haraposo. El feota quería cambiar su camisa desgarrada y sucia por la casaca abrigada del audaz matareyes y del impío matafrailes.

Por entonces empezaba á generalizarse la palabra negro para llamar al liberal, palabra que tuvo su expansión con la entrada triunfal de los franceses con Angulema.

En los liberales de los pueblos había las mismas divisiones que en los de Madrid.

Los masones eran las personas más ilustradas; los comuneros, los radicales y los lectores del Zurriago, formaban una turba de demagogos callejeros, escandalosos y chillones, que gritaban en las tabernas y se confundían con la gente clerical.

En el ejército había muchos oficiales enemigos de la Constitución. Estos no se recataban en decir que veían próximo y deseaban el triunfo de los franceses.

Los oficiales liberales entusiastas buscaban la manera de preparar una resistencia seria; pero se encontraban hundidos en aquel pantano de debilidades, de desconfianzas y de intrigas.

Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos comuneros y zurriaguistas creían que las tropas de Angulema estaban en la frontera únicamente para intimidar á los descamisados españoles; pensaban que el ejército francés era un ejército falso, inventado por los pasteleros masones.

Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones y desconfianzas, era imposible que el país y el ejército hiciesen algo serio.

Así, el fracaso constitucional fué consumado de una manera pobre, triste y grotesca, sin grandeza en el vencedor ni heroísmo en el vencido.

III. ANTIGUOS AMIGOS

Dejando á don Juan Martín muy desalentado, Aviraneta, en compañía del Lobo, marchó á Burgos; se detuvo unas horas en Miranda y en Vitoria, y llegó á San Sebastián.

Estaba de jefe político un navarro llamado Albistur, y mandaba la guarnición el brigadier de Caballería don Pablo de la Peña, que tenía á sus órdenes los regimientos incompletos de Valencey, España, Salamanca é Imperial Alejandro.

Aviraneta conferenció con los dos jefes y les explicó su misión de averiguar lo que ocurría con la Intendencia del ejército de Angulema.

—El ministro supone—dijo Aviraneta—que si el Gobierno francés no resuelve este punto, su empresa morirá por consunción antes de nacer.

—Yo creo que lo resuelve—repuso el brigadier Peña.

—Entonces ustedes, los militares, tendrán la palabra—contestó Aviraneta.

—¿No es usted militar?

—Militar de afición. He sido guerrillero.

—¿Durante la guerra de la Independencia?

—Sí.

El brigadier Peña contempló á Aviraneta con curiosidad.

—¿Y qué pretende el ministro?—repuso.

—El ministro desea que se den facilidades al proyecto de los republicanos franceses, que intentan hacer desistir á sus paisanos de la invasión.

—Estoy enterado de ese proyecto—dijo el brigadier.

—Yo también—repuso el jefe político—, y ayudaré con mis medios.

—Entonces de acuerdo—añadió Aviraneta—; yo me voy á Bayona y la primera noticia definitiva que sepa la enviaré con un propio á Behovia.

—Entonces yo me encargo de recogerla y hacer que la lleven por la posta á Madrid—dijo el jefe político.

Aviraneta dejó al Lobo en San Sebastián y se dirigió á Irún. Encontró allí á su amigo Juan Olavarría, quien se manifestó muy pesimista. Creía que Angulema entraría sin dificultades, y que el ejército español no sabría defenderse.

Los liberales de Irún habían publicado una alocución que terminaba diciendo:

"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera, aun nos quedaría un arbitrio que se burla de todos los tiranos: perecer, como Leonidas, bajo las ruinas de la República."

Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de ésta mucho caso.

Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó á Hendaya, y en un cochecito fué á San Juan de Luz.

Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de Ignacio Arteaga. Encontró á Mercedes como siempre muy guapa. Corito, la ahijada de don Eugenio, tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho; contaba largas historias. Aviraneta comió con la viuda y pasó unas horas en la terraza de la casa, con la niña en brazos, mirando el mar.

Recordó los tiempos en que solía estar en compañía de Lara y de Fermina la Navarra, con la hija de Martinillo el pastor, en un pueblo de la provincia de Burgos.

En aquellos momentos, en su imaginación se fundían la hija de Teodosia y Corito, y eran la misma persona.

Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío don Francisco Ramírez de la Piscina con el señor Salazar, dos personalidades de Laguardia.

Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje negro, algo raído, con calzón corto, casaca larga y aire clerical, frío y solemne.

El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto elegante. Salazar parecía salir de una fábrica recién construído y barnizado. Iba muy elegante: vestía pantalón estrecho con trabillas, levita azul estilo inglés, botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpísimo y corbata brillante de muchas vueltas. Sobre el chaleco rameado llevaba una gruesa cadena de reloj con muchos dijes, y en los dedos, una porción de sortijas.

El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera hubiese temido que iba á hacer crac y á romperse por alguna parte.

Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar figuraba entre los anilleros y se tenía por hombre que miraba los acontecimientos con frialdad y buen sentido. Hablaba de una manera un tanto pedantesca.

—Yo entiendo—le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta—que la Constitución de Cádiz tiene poca vida.

—¿Por qué?

—Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse: ó ha de vencer, y para eso no tiene fuerza, ó ha de morir de anemia. Dentro tiene como enemigos al rey y á la corte, que trabajan de consuno con su dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor abundamiento, á los frailes, á los afrancesados, á los realistas, á los moderados. ¿No es cierto?

—Sí.

—Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza, á Francia, que hoy está bajo una dinastía restaurada; á Inglaterra, gobernada por una aristocracia tory, á la prensa europea y al comercio de todo el mundo. Esto hace pensar que no vivirá.

—¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno de los frailes?

—Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII ha ofrecido una Carta otorgada por el rey, á estilo francés, con dos Cámaras; pero que las Cortes no la aceptan. Esto no es óbice para que este sistema se acepte tarde ó temprano en España.

—No sé; lo que no creo es que el ofrecimiento sea cierto—replicó Aviraneta—.Los políticos franceses suponen que España no puede salir del absolutismo. Piensan que á los españoles nos viene grande, no una Constitución democrática como la de Cádiz, sino una sombra de Parlamento vigilado por el Gobierno.

Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramírez de la Piscina contó á Aviraneta las postrimerías de la regencia de Urgel. Esta regencia, después de haber trabajado por el absolutismo y la intervención, tomaba á última hora una actitud casi facciosa ante los realistas.

Uno de los directores, Eroles, había abandonado á sus compañeros y se había unido á Eguía. Los otros dos, los más acérrimos, el marqués de Mataflorida y el arzobispo Creux, habían salido de Toulouse motu proprio, estableciéndose en Perpiñán.

Estando allí se les presentó el general Bordesoulle y les invitó á que regresaran á Toulouse inmediatamente á cumplimentar al duque de Angulema.

La decadencia de la regencia de Urgel daba más importancia al general Eguía. Este escribía á Mataflorida diciéndole:

"Renuncie V. E. á toda idea de sostener la regencia que formó, dejando obrar libremente la que yo debo presidir."

Mataflorida, indignado, comunicó á sus amigos que Eguía era partidario de la Carta y de las dos Cámaras, cosa horrible para un realista puro, y les advirtió que pensaba entrar en Navarra á desenmascarar á los traidores. Eguía, incomodado, contestó dando orden de prenderlo si se presentaba en Navarra. Mataflorida dirigió una protesta al duque de Angulema, y éste, en vez de escucharle, mandó confinar al marqués y al arzobispo absolutistas en el interior de Francia.

Eguía triunfó en toda la línea, y con Calderón, Juan Bautista Erro y el barón de Eroles fundó la Regencia provincial, que comenzó en Bayona y se instaló después en Oyarzun.

IV. EN EL ESPIONAJE

Con sentimiento dejó Aviraneta San Juan de Luz y se dirigió á Bayona. Tomó un cuartucho alto en la fonda de San Esteban, que fué lo único que pudo encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados, y se dispuso á enterarse de cuanto pasaba.

Su primera gestión fué ir á casa de Juan Bautista Beunza, que vivía en la calle de los Vascos, y encargarle que le tuviera constantemente preparado un tílburi para salir en cualquier momento y á toda prisa para España.

Hecha esta diligencia se dedicó á husmear por el pueblo. El ejército francés de ocupación estaba distribuído por las plazas del Mediodía de Francia. El duque de Angulema iba á ponerse al frente de cinco cuerpos de ejército. El primero se hallaba á las órdenes del mariscal duque de Reggio, con los tenientes generales conde de Autichamp, Bourke, vizconde de Obert y Castex. Este era el destinado á marchar sobre Madrid. Los otros los mandarían el general Molitor, el príncipe de Hohenlohe, el mariscal Moncey y el general Bordesoulle.

El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento, distinguido como militar y como político, había sido nombrado mayor general.

Además del gran número de jefes y oficiales franceses reunidos en Bayona, estaba toda la flor y nata del absolutismo español, excepto los pocos que quedaban fieles á la Regencia de Urgel. Eguía, Erro, Quesada, Longa, José O'Donnell, el Trapense, Josefina Comerford, Urbiztondo, Corpas y otros muchos andaban por allí reunidos con sus partidarios, preparándose é intrigando.

El ejército francés, paralizado en la frontera, y la nube de cortesanos realistas, hacía que Bayona fuera un gran foco de noticias falsas.

Constantemente se decía que el ejército iba á salir, y al mismo tiempo se aseguraba que no podía marchar porque no tenía víveres ni para los hombres ni para los caballos, y que faltaban almacenes, carros y toda clase de medios de transporte.

Estas últimas noticias, unidas á las diferencias y al odio que se tenían los realistas españoles entre sí, alimentaban las esperanzas de los liberales. Por otro lado, algunos suboficiales y veteranos franceses decían que no querían batirse con generales de sacristía.

Aviraneta fué á casa de Basterreche y á la logia de Bayona, á la librería de Gosse y á la de Lamaignere. Todas las logias del Mediodía de Francia se habían movilizado. Quedaba todavía en ellas un rastro republicano, un residuo de la tendencia girondina. En la parte vasca dominaban dos hombres: Garat y Basterreche; en las Landas quedaban algunos amigos de Ducos, y en la parte gascona persistía la influencia del convencional Barère, que vivía por entonces, ya viejo, en Bruselas.

A pesar de su versatilidad, de haber sido girondino, jacobino, bonapartista y hasta haberse ofrecido, según algunos, á los Borbones, Beltrán Barère era muy querido por los gascones, que veían en él un regionalista entusiasta y un enemigo de la centralización y de la supremacía de París sobre la provincia.

Tanto á Garat como á Barère se les consideraba por su influencia y su grado en la masonería, como acerrimi libertatis et veritatis defensores: acérrimos defensores de la libertad y de la verdad.

Estas logias de los pueblos del Mediodía de Francia se cambiaban órdenes y mandaban impresos asegurando que las tropas no entrarían en España y que los soldados franceses no querían ser criados de los jesuítas.

Al segundo día de llegar, en casa de Basterreche le dijeron á Aviraneta que el banquero Ouvrard acababa de presentarse en Bayona. La noticia era grave, porque Ouvrard tenía fama de ser hombre expeditivo y capaz de resolver las mayores dificultades.

El día siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso en campaña para seguir los pasos de Ouvrard. No era fácil, ni mucho menos. El banquero venía con su socio Seguín, su sobrino Víctor, una docena de criados, y estaba muy vigilado por la policía. Ouvrard tuvo varias conferencias con el intendente Sicard, con el duque de Bellune y con el general Tirlet.

El día 5, por la mañana, Aviraneta supo en la librería de Gosse que el príncipe generalísimo de las tropas francesas había llamado á conferencia á Ouvrard, y poco después se aseguró que se enviaba la caballería hacia las llanuras de Tarbes, porque no había forrajes suficientes para ella.

El mismo día por la noche Aviraneta tuvo la gran sorpresa de ver entrar en la fonda de San Esteban á la Sole con el marqués de Vieuzac.

Ella le conoció en seguida; el marqués, no. Aviraneta, por uno de los mozos del hotel, afiliado á la masonería, mandó á la Soledad un recado diciéndola que quería tener con ella una entrevista. La Soledad, sin duda, se alarmó al saber que don Eugenio estaba en el mismo hotel, y le contestó advirtiéndole que se hallaba muy vigilada, y que si le tenía algo que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla. La Soledad no apareció por el comedor. Comía en su cuarto con una señora parisiense que la acompañaba.

Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la Sole. Vieuzac, como empleado de importancia, debía estar enterado al detalle de cuanto pensaba hacer el Gobierno francés.

El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda de San Esteban se acercó á Aviraneta y le dijo que tenía que hablarle.

Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un tipo: alto, flaco, aventurero, hombre de gran nariz y de concepciones atrevidas. Gracieux era admirador de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo á don Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito aparte un ayudante del general Tirlet, el sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y varias damas: la Soledad con su señora de compañía, una cómica amiga de Ouvrard y una bailarina entretenida por el ayudante de Tirlet.

El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le prepararía un escondrijo, y desde él podría oír la conversación.

—Vamos á ver eso.

Entraron en el comedor.

El mozo abrió la parte baja de un armario grande.

—Aquí puede usted meterse—le dijo.

—¿Aquí?—exclamó Aviraneta.

—Sí, hay sitio. Un poco incómodo será.

—Veamos.

Aviraneta hizo la prueba y murmuró:

—La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo de madera.

—Le traeré á usted una almohada.

—Buena idea.

Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo, y se tendió en el armario.

—¿A qué hora es la cena?—preguntó.

—A las doce.

—Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á la meditación.

—Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré á sacarle á usted—dijo el mozo.

Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres horas aburrido. Sonaron las doce, y no apareció nadie; á la una se presentaron las mujeres, y poco después de las dos llegaron los hombres.

Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la Soledad. Ella hablaba ya bastante bien el francés, y se manifestaba, como siempre, muy mimosa, coqueta y melancólica.

Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra que fuera de París no se puede vivir, comenzó á hablar mal de los meridionales. Según él, desde Angulema para abajo no se veía más que afectación, falsedad, farsa y mentira. A alguien había oído decir Mendacia vasconica: mentira vasca ó gascona, y repetía la frase.

Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre, defendió á los meridionales con calor.

—Defienda usted también á su paisano el regicida Barère—dijo Ouvrard con ironía.

—Paisano y pariente—replicó Vieuzac.

—¿Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?—preguntó el ayudante de Tirlet.

-Sí.

—Y creo que tiene cierto orgullo con ello—repuso Ouvrard.

—Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo por sus realistas salvajes.

—¿Vive Barère?—dijo el ayudante de Tirlet.

—Sí, en Bruselas.

—¡Qué extraña existencia la de esos hombres! ¿Usted le conoce?

—Sí. Es uno de los tipos más sugestivos y más amenos que se pueden tratar. En su conversación hace desfilar todas las figuras de la historia contemporánea de Francia.

Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su agujero y que no se iba á hablar de la intervención; pero á los postres el ayudante de Tirlet preguntó:

—¿Y al fin entramos ó no entramos en España?

—Sí—dijo Vieuzac—. Está decidido.

—Mañana, á las diez, se firma el tratado de mi tío añadió Víctor Ouvrard—. Su alteza real el príncipe generalísimo pondrá él mismo el sello en el contrato.

—¿De modo que han quedado todos los puntos resueltos?

—Todos.

—¿Y el ministro de la Guerra?

—El mariscal Víctor—dijo Ouvrard—está enfermo de gota, y grita á todas horas furioso que mi tío es un ladrón y que quiere quedarse con todo el dinero de la administración militar.—Y es posible que sea verdad.

—¡Vaya un buen sobrino!—exclamó el ayudante de Tirlet.

—Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad—contestó Víctor Ouvrard.

—¿Amigo de quién?—preguntó la bailarina.

—De Platón... un banquero—dijo el ayudante de Tirlet, riendo.

—¿Rico?

—Muy rico.

—Me gustaría conocerle.

—Es incorruptible.

—¡Bah!

—Esos españoles lo están haciendo mal—exclamó Vieuzac.

—Sí; vamos á hacer el juego á Fernando y á los frailes—repuso el ayudante.

—Se hará lo posible para impedirlo—dijo Vieuzac—. Mientras el ejército francés esté en España, yo creo que los realistas y los frailes no se desmandarán, á no ser que los liberales cometan grandes violencias.

—En fin, poco importa—exclamó el ayudante—nos pegaremos con los españoles. Esta no es una guerra como las de Napoleón, cierto; pero el militar no puede elegir las guerras. De todos modos habrá ascensos y condecoraciones.

Tras de este intermedio político los comensales volvieron á su conversación de París, y á las cuatro de la mañana abandonaron el comedor. El mozo fué á avisar á Aviraneta que podía salir.

Este marchó rápidamente á su cuarto y luego á la calle.

Estaba clareando. D. Eugenio fué corriendo á la calle de los Vascos y llamó en casa de Beunza. Pronto bajó el hijo Pedro, acompañado de un joven, de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el cochecito, aparejado.

Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche y salieron inmediatamente camino de la frontera.

V. EN EL CAMINO

Beunza, el joven, dirigía muy bien; el caballo tenía mucha sangre y el tílburi marchaba á la carrera. El día estaba hermoso; el sol brillaba en los campos.

Beunza saludaba á derecha é izquierda á las muchachas, que salían á las ventanas y reían, y las echaba besos.

—Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de Bayona—, dijo de pronto Pedro.

—No. ¿Qué pasó?—preguntó Aviraneta.

—Pues nada: una manifestación de hostilidad entre los liberales y el ejército.

—Cuenta eso.

—Ayer, por la noche, se representaba una comedia bastante sosa, llamada El interior de mi estudio, en que se habla de la paz conyugal; y cuando se oía esta palabra paz, nosotros aplaudíamos. Entonces un ayudante del general Autichamp, que estaba en un palco, se levantó y gritó: A la porte la canaille! Nosotros contestamos, gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los chuanes!

—Los militares se echarían sobre vosotros.

—Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos explicaciones á Cadet y á mí: yo le dije al mío que era una vergüenza que fueran á matar la libertad en España. Estábamos discutiendo en tono cada vez más agrio, cuando se presentó un señor gordo con pretensiones de elegante: gran levitón á la inglesa y sombrero de copa. Este señor debía tener algún ascendiente sobre los militares, porque los calmó y los hizo marcharse de allí.

—¿Usted es francés?—me preguntó luego, con un acento muy cómico.

—No, soy español.

—¡Ah, es usted español!

—Sí.

—¿Castellano?

—No, navarro.

—¿Realista?

—Republicano.

El gordo se echó á reir y encendió una gran pipa de ámbar que llevaba.

—¿De manera que es usted republicano?

—Sí, señor.

—Yo soy realista.

—Peor para usted.

—Sin embargo, comprendo que cada cual tiene que tener sus ideas.

—Yo no lo comprendo—le dije.

—Es posible que haya usted oído hablar de mí—añadió el gordo, amablemente.

—Creo que no.

—Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el guerrillero.

Como yo sé que Longa es además de muy valiente muy honrado, le traté con respeto y nos hemos hecho amigos.

El joven Beunza se consideraba á sí mismo como hombre á quien preocupaba únicamente la política, pero se le veía que se le iban los ojos tras de las muchachas que pasaban.

En el cochecito cruzaron, de prisa, por Bidart, San Juan de Luz y Urruña, y al llegar á Hendaya se encontraron con que estaban allí acantonadas fuerzas de artillería, infantería y caballería francesas preparándose para atravesar la frontera.

Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa en una barca, y en Behovia D. Eugenio, se encontró con el correo enviado por Albistur, el jefe político de Guipúzcoa.

Aviraneta se sentó á la puerta de un caserío y escribió un oficio al ministro y otro al gobernador de San Sebastián.

Poco después el correo salía al galope.

Aviraneta iba á buscar un sitio donde acostarse, cuando se encontró con el Lobo.

—¿Qué hay?—le dijo—¿Está usted aquí?

—Sí, aquí estamos con los carbonarios franceses é italianos. Yo he venido con ellos de San Sebastián.

—¿Cuántos hay?

—Ciento y tantos.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Mal negocio.

—Sabe usted que el jefe le conoce á usted.

—¿A mí?

—Sí.

—¿Quién es?

—Ha preguntado por usted. Si quiere usted verle...

—Sí; vamos.

El Lobo, Beunza, Cadet y Aviraneta marcharon hacia la cabeza del puente de Behovia, roto por entonces.

Había por allí varios grupos de paisanos y de militares con uniformes del tiempo de Bonaparte.

Los paisanos llevaban el traje clásico del liberal de la época: levitón largo y entallado, cerrado hasta la barba, sombrero blando y bastón de junco, con alma de plomo, sostenido en la muñeca con una cinta de cuero.

El Lobo, Beunza, Cadet y Aviraneta cruzaron entre el grupo, y el Lobo, señalando á uno de los militares, dijo:

—Ese es el jefe.

Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara redonda, alegre y decidida del barón de Fabvier.

Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con efusión la mano del francés.

—Usted siempre en la hora del peligro—dijo Fabvier.

Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y un hombre de unos cincuenta años, de tipo germánico, tostado por el sol, que resultó ser el general Lallemand.

El barón explicó á Aviraneta su proyecto.

Pensaba invitar, desde la orilla española del Bidasoa, á los soldados de Angulema á que abandonaran la invasión y á que se acogiesen á la bandera tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que los soldados de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían el río en unas cuantas barcas que tenían en la orilla, cerca de Azquen Portu.

—Si le puedo servir en algo, mándeme usted—dijo Aviraneta.

—Tengo un aventurero francés que he encontrado por aquí para dirigir mi pequeña flota, pero no es de confianza, no le conozco; vaya usted y tome la dirección de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamaré para que se acerque.

—Bueno, voy en seguida.

Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún, y, al llegar á Azquen Portu, se embarcó.

VI. EL BATALLÓN DE LOS HOMBRES LIBRES

El batallón de los Hombres libres, así se llamaba aquel puñado de ilusos reunidos delante de Behovia, había tenido una larga y difícil gestación.

Habían esperado los carbonarios organizadores formar una columna de mil hombres, con armas, entre franceses é italianos liberales. Esta tropa se iría alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastián.

Los jefes políticos de Vizcaya y de Guipúzcoa tenían orden del Gobierno español de ayudarlos.

El primer núcleo del pomposo batallón de Hombres libres fué una compañía de cazadores, formada en Bilbao con desertores franceses y algunos napolitanos.

Mandaba esta compañía el capitán de artillería Nantil, hombre de cierta fama. Nantil era un antiguo oficial de la legión del Meurthe, bonapartista, que había tomado parte en Francia en el proyectado asalto del castillo de Vincennes.

Este complot se fraguó en París antes de la constitución del carbonarismo.

Habían ideado los revolucionarios sorprender el castillo de Vincennes; después, Nantil y otro oficial, Capes, sublevarían sus regimientos de guarnición en París, y con la gente de los arrabales de esta ciudad darían el asalto á las Tullerías. Estaban complicados en la conspiración Lafayette con sus amigos, varios generales y oficiales de alta graduación, como Ordener, Fabvier, Caron y Dentzel. Después del movimiento en París, Argenson debía sublevar la Alsacia, Saint-Aignan, Nantes y Corcelles Lyon.

La víspera del día fijado para sorprender Vincennes, un polvorín de este fuerte voló por casualidad. Al hacer la sumaria, los agentes de la policía militar y civil notaron los trabajos de los conspiradores y las disposiciones tomadas para el asalto. Nantil y sus amigos escaparon.

Nantil vino á España y se estableció en Bilbao, y estuvo estudiando durante algún tiempo las fortificaciones de esta ciudad con el barón de Condé.

Nantil, con su compañía de cincuenta ó sesenta hombres, la bandera tricolor desplegada, pasó por las calles de Bilbao, el 20 de Marzo de 1823, al grito de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la unión de los pueblos! y alguno que otro de ¡Viva Napoleón segundo! Los italianos de Nantil casi todos eran republicanos; los franceses, la mayoría, bonapartistas.

Este grupo marchó camino de Tolosa.

Pocos días después, el coronel Caron dejaba Madrid y se trasladaba á San Sebastián, en compañía de Fabvier.

Caron era hermano del militar fusilado en Estrasburgo á consecuencia del falso complot preparado por la policía y uno de los jefes más importantes de los carbonarios.

Fabvier era el que aparecía como organizador y hombre de empuje de los liberales desde la ejecución de los sargentos de la Rochela.

El punto de cita de los Hombres libres, hasta 1.º de Abril, fué Tolosa; pasado este día se reunirían en San Sebastián y en Irún.

El Gobierno francés no estaba tranquilo; á uno de los militares que había salido de París, con su uniforme de oficial bonapartista metido en la maleta, se le había ocurrido poner en ésta, para despistar, el nombre y la dirección del general Lostende, ayudante de Guilleminot. La maleta fué detenida por la policía, y se creyó que Lostende y el mismo Guilleminot estaban complicados con los revolucionarios, y el ministro de la Guerra, el mariscal Víctor, dió la orden de destituirlos.

El peligro que asustaba al Gobierno francés era bien pequeño.

El batallón de los hombres libres marchaba muy despacio y tenía bastante menos fuerza de lo que aparentaba.

Se había mandado aviso, por las ventas carbonarias, á Cugnet de Montarlot, á Vaudoncourt y á Delon; pero no se estaba muy seguro de que hubieran recibido el aviso, ni de que tuvieran tiempo de presentarse en San Sebastián.

Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de Vaudoncourt y de Delon.

Delon, como casi todos los oficiales franceses de artillería cultos, era republicano, demócrata y partidario de la gente civil.

Esto separaba mucho á los republicanos de los bonapartistas, pues aunque los bonapartistas se llamaban liberales, eran en general enemigos de los hombres civiles.

Delon, de oficial de artillería, trabajó con entusiasmo con el general Berton en el movimiento de Saumur. Estuvo también complicado en el asunto de los sargentos de la Rochela; era jefe importante de los carbonarios, y vivía desde hacía tiempo en España.

Llegado el momento, Delon no se presentó, y Vaudoncourt, tampoco. Se vió con gran tristeza que en vez de los mil hombres que se esperaban, apenas se reunieron en San Sebastián unos doscientos, entre militares y carbonarios.

El último día apareció el general Lallemand, con dos amigos. Lallemand era fundador del Campo de Asilo de Tejas, que había sido un fracaso. Este general había iniciado una suscripción para formar una colonia, en América, suscripción que no se llevó á cabo porque los liberales comprendieron que no les convenía enviar á los oficiales liberales y bonapartistas, á medio sueldo, tan lejos.

Al volver á Europa y saber lo que se preparaba Lallemand, se presentó en seguida en la frontera española.

Varios generales, coroneles y comandantes formaban el batallón de los Hombres libres, que estuvo instalado unos días en San Sebastián.

En un pueblo pequeño, como entonces era éste, hubo dificultades para alojar aquellos hombres. Los liberales de la ciudad se los repartieron, y algunos lombardos quincalleros recién venidos al pueblo tomaron como alojados á los italianos.

El pequeño batallón de los Hombres libres se dirigió á Irún.

Iban en él Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil, Berard, Lamotte, Moreau, Pombas y Armando Carrel. A pesar de su pequeñez, no se desanimaron.

Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una conferencia. Caron había recibido cartas de sus confidentes diciéndole que el primer cuerpo de ejército, que estaba ya en Urruña, avanzaría hacia Hendaya y las orillas del Bidasoa, el día 6 de Abril.

El día 5, por la noche, se decidió que el batallón de los Hombres libres se presentara en Behovia. Los militares, con sus uniformes y al frente la bandera tricolor, intentarían fraternizar con las avanzadas francesas.

El gobernador militar de San Sebastián envió al campo atrincherado de Irún al regimiento Imperial Alejandro, para demostrar á los franceses de Angulema que el Gobierno español patrocinaba la empresa de los carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos.

El día 6, por la mañana, el coronel Fabvier tomaba posiciones en la cabeza del puente destruído del Bidasoa.

Al otro lado del río, y al alcance de su voz, estaba el 9.º regimiento de Infantería ligera y de Artillería de campaña.

A primera hora de la tarde, el teniente general de Artillería Tirlet fué á la orilla del Bidasoa, delante de Behovia, y dió las órdenes al general Vallin para que estableciera un puente de barcas.

El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia del primer cuerpo, y una compañía de esta brigada comenzó los trabajos para instalar los pontones.

Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento Imperial Alejandro se acercaron á la orilla española, en observación.

Aviraneta, Beunza, Cadet y el Lobo, en las barcas, fueron acercándose á Behovia.

Era ya media tarde cuando apareció el grupo de bonapartistas y carbonarios, y comenzó á llamar á los soldados de las avanzadas francesas y á darse á conocer.

—¡Ahora vamos!—gritaron los de la orilla española.

—¡Sí, venid!—contestaron los soldados que trabajaban al otro lado.

En esto, los carbonarios se pusieron á cantar La Marsellesa y á agitar la bandera tricolor. Las notas del hermoso himno se extendieron por la superficie tranquila del río.

Aviraneta dió orden á los de sus barcas para que se acercaran á la cabeza del puente, donde se hallaban los carbonarios. En esto se vió avanzar al galope, en la orilla francesa, un general á caballo.

Era el general Vallin. Mandó preparar una batería; los artilleros obedecieron, y sonaron dos estampidos.

—¡Viva el Rey!—gritó el general.

—¡Viva!—contestaron los soldados, sin gran entusiasmo.

Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no había alcanzado á nadie, y creyendo que los artilleros estaban de su parte, gritaron, agitando la bandera tricolor:

—¡Viva la Artillería francesa! ¡Viva la República!

—¡Retiraos, miserables!—oyó Aviraneta que vociferaba el general.

—¡Viva la Libertad! ¡Viva la República!—contestaron los hombres libres.

Entonces el general Vallin volvió á mandar cargar los cañones, y se hicieron varios disparos, seguidos de metralla. Ocho hombres quedaron muertos en la orilla española, y veinte ó treinta heridos.

El general Vallin mandaba hacer alto el fuego, cuando se le presentó el cabecilla español el Trapense solicitando permiso para pasar el Bidasoa, con ochocientos soldados de la Fe, y perseguir á los carbonarios.

Aviraneta y los suyos iban á escapar dejándose llevar en las barcas por la corriente; pero de la orilla francesa les habían apercibido, y les intimaban á acercarse, si no querían recibir un tiro.

Aviraneta vió que era muy difícil escapar á quinientas balas que podían disparar sobre ellos, y se acercó á la orilla francesa.

La partida del Trapense quería pasar en las mismas barcas preparadas para los carbonarios.

No hubo más remedio que conformarse.

El Trapense venía montado en un caballo tordo, y cerca de él iba su amante, Josefina Comerford, de amazona, con un velo en la cara.

El Trapense entró con Josefina en la lancha.

Era el padre Marañón un hombre moreno, de ojos negros brillantes, melenas y larga barba espesa, de obscuro color castaño.

Su indumentaria tenía de hombre de iglesia y de bandolero de teatro. Llevaba sombrero de ala ancha, de color ceniza, con plumas rojas y amarillas y escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado de brigadier en la ancha manga; calzones bombachos, de terciopelo azul, con muchos botones, y botas con gruesas espuelas de plata.

En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas; en el pecho, un escapulario de la Orden de San Francisco y un crucifijo de metal dorado.

En vez de espada empuñaba un látigo.

Josefina Comerford entró en la lancha, y estuvo sentada al lado de Aviraneta.

Era esta dama realista una mujer seductora: tenía los ojos azules, la tez blanca y el pelo negro. Aunque no de gran estatura, su talle era muy esbelto.

Llevaba traje de amazona, dormán con alamares de oro, y una insignia de plata en la manga. Josefina, al ver que la observaban, tomó una actitud desafiadora y orgullosa.

Beunza la estuvo contemplando con gran atención.

—Lástima que le guste ese frailazo—dijo en vascuence; y uno de los remeros, al oirlo, se echó á reir.

Al bajar en la orilla española, el fraile enarboló el crucifijo, y lo dió á besar á un grupo de aldeanos que se había reunido allá.

Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando, en barcas, á ocupar Behovia.

Al terminar, viéndose menos vigilado, Aviraneta, en su lancha se dejó llevar por la corriente, y desembarcó cerca de Irún.

Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo, con la intención de volver á Francia. Los demás remeros desaparecieron, y Aviraneta quedó en compañía de un pescador que llamaban el Arranchale, un francés apodado Nación y el Lobo.

En Irún se estaban haciendo preparativos para la entrada de Angulema, y como allí Aviraneta era conocido, decidió marchar á San Sebastián á pie.

VII. HUYENDO

Aviraneta y el Lobo, con los dos hombres de las barcas, Arranchale y Nación, tomaron el camino de San Sebastián. La noche estaba obscura, no se veía una luz en todo el campo.

Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron del camino, se metieron en una borda y se echaron á dormir sobre la hierba seca.

Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los días anteriores.

Al amanecer se despertó el Lobo, llamó á los compañeros y salieron de la borda.

La mañana estaba radiante, el cielo muy azul y los campos muy verdes.

Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El francés, Nación, era un hombre fuerte, membrudo, sombrío, de tipo brutal. Era del Norte, vestía un traje azul, de tela basta. Tenía los brazos tatuados y un anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y negra, en la que hundía el dedo pulgar. Nación consideraba España y el Mediodía de Francia como países salvajes.

Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso contestar. Habló únicamente de los sitios de Europa que había recorrido, que al parecer eran muchos, y se dejó decir que había estado en los pontones. Aviraneta supuso que era algún forzado escapado de presidio.

El Arranchale, por el contrario de Nación, no conocía más que su país, y no sabía hablar más que vascuence. El Arranchale no entendía de política ni sabía lo que querían los liberales ni los realistas: para él, unos y otros peleaban por fantasía. El Arranchale, unos años antes, había dejado de ser marinero y se había hecho labrador; pero su mala suerte le indujo á tomar en arriendo un caserío de Oyarzun, en donde los blancos y los negros siempre tenían que parar á reñir y á llevarse después lo que hubiera.

Entonces el Arranchale había dejado su mujer y dos hijos en casa de la suegra, y andaba de un lado á otro trabajando en Francia ó España, siempre en el país vasco á pocas leguas de su casa.

El Arranchale no se atrevía á alejarse mucho porque á una pequeña distancia de su pueblo ya se sentía extranjero.

Era el Arranchale fuerte, membrudo, sonriente y ágil como un mono. Charlando, pasaron por delante de la bahía de Pasajes, que brillaba como un lago al sol, y se acercaron á San Sebastián.

La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo, formaba una pequeña península, unida á tierra por arenales, pero en aquel momento de marea alta, éstos se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo, apoyado en el monte, parecía una isla fortificada, con sus murallas, sus baluartes y sus cubos.

Pasaron Aviraneta y sus compañeros un puente de barcas, se acercaron á la puerta de Tierra y entraron en la plaza.

Aviraneta fué á ver al gobernador militar. El gobernador y el Ayuntamiento tomaban en aquel momento las más enérgicas medidas: mandaban prender á varios frailes y curas y á otras personas sospechosas desafectas á la Constitución, entre ellas al escribano don Sebastián Ignacio de Alzate, tío de Aviraneta.

Siete presbíteros de los presos aquel día fueron después fusilados y arrojados desde las rocas del Castillo de la Mota al mar.

Aviraneta explicó al gobernador militar lo ocurrido en Behovia y el paso de los soldados de la Fe con el Trapense á la cabeza.

—No conocía estos detalles—dijo el brigadier Peña—; el fracaso de la empresa de los Hombres libres lo sabía porque lo han contado ellos mismos.

—¿Han quedado aquí los carbonarios?—preguntó Aviraneta.

—Hace un momento han embarcado. Van la mayoría á La Coruña, á ponerse á las órdenes de sir Roberto Wilson.

—¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se encuentra en buenas condiciones?

—No del todo—contestó el brigadier—. Es una lástima que le quitaran á Torrijos el mando de las provincias vascas.

—¿Lo llevaba bien?

—Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor. Torrijos había comenzado los trabajos de aprovisionar y de defender San Sebastián y Pamplona con método. Al mismo tiempo se había puesto al habla con los republicanos y liberales franceses para poner obstáculos á la entrada del ejército de Angulema. Cuando la amenaza de la invasión era ya inminente, Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron que lo más prudente era retirar las tropas al interior, dejando guarnecidas las plazas. Todos opinaron así menos él y yo. Torrijos, que consideraba este plan descabellado, envió al Gobierno una exposición, manifestando los graves inconvenientes que tenía tal proyecto. El Gobierno, en vez de contestarle le destituyó, nombrándole ministro de la Guerra, y dió el mando de este distrito al general Ballesteros.

—Que no hace nada.

—¡Nada!

—Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la gente.

—Lo estamos llevando esto muy mal—dijo amargamente el brigadier Peña—; me temo que esta guerra va á ser vergonzosa para nosotros. Vamos á morir en la ignominia. Yo pienso resistir hasta lo último.

—¿El jefe político ha resignado el mando?

—Sí. Albistur, con el jefe político de Alava y el de Vizcaya, se han reunido con sus fuerzas de nacionales en Vitoria. Los milicianos de las tres provincias van hacer la campaña á las órdenes de don Gaspar de Jáuregui, el Pastor.

—¿Y usted se podrá defender mucho tiempo?—preguntó Aviraneta.

—Sí. Resistiré.

—¿Están bien las murallas?

—Sí. Las veremos si usted quiere.

—Sí, vamos.

Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia el Castillo, pasando por encima del puerto, dieron la vuelta al monte Urgull y volvieron por el lado de la Zurriola otra vez á la puerta de Tierra. Peña mostró las baterías, el hornabeque, los revellines y baluartes y expuso las probabilidades favorables y adversas que se podían tener con aquellos medios.

Por la tarde volvió Aviraneta á visitar al brigadier Peña, y éste le dijo que las tropas de Bourke se acercaban y habían tomado las lomas próximas al convento de San Bartolomé.

—Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede usted darse prisa.

—Mañana me iré.

—Mañana estaremos bloqueados.

—Pero se podrá salir por mar.

—Sí, eso sí.

—Entonces no importa.

—¿A qué hora piensa usted salir?

—A la madrugada.

—Bueno, yo daré orden de que le abran.

Al día siguiente, Aviraneta, el Lobo, Arranchale y Nación esperaban reunidos delante de la puerta del Mar.

Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba á la primera misa y algunas mujeres y algunos pescadores pasaban por entre la bruma matinal como sombras.

En esto llegó delante de la puerta el Capitán de las llaves, examinó á Aviraneta y á sus compañeros y abrió un postigo; salieron todos al muelle, el Arranchale habló con un pescador y poco después los cuatro fugitivos, en una trainera pequeña, con una vela, salieron del puerto, pasaron por entre la isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon hacia Orio.

El Arranchale estaba alegre de verse en el mar. Con su agilidad de mono subía y bajaba por el palo de la lancha para arreglar la vela, riéndose.

—Aquí, aquí cerca—dijo el Arranchale á Aviraneta—encontramos una ballena hace unos años.

—¡Una ballena tan cerca!

—Sí. E intentamos cogerla.

—¿Y la cogisteis?

—No.

—¿Y cómo fué?

—Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida en el agua. Nos acercamos á ella, y yo dije: Atadme de la cintura y me acercaré. Llevábamos un arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le clavé el arpón. La sacudida que dió fué terrible: yo estuve más de cinco minutos dando vueltas en la espuma, hasta que me llevaron á la lancha, que iba volando arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta de cómo íbamos dije: Cortad la cuerda. Pero no quisieron. Así fuimos yo no sé cuanto tiempo, hasta que la cuerda se rompió, y desapareció la ballena.

Al concluir su narración, el Arranchale se echó á reir. El Lobo, aunque no le entendía, se rió también. Nación refunfuñó diciendo á Aviraneta que aquel salvaje podía hablar un idioma comprensible y no aquella jerga endiablada.

Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del francés, y siguió hablando con el Arranchale, cuya alegría era comunicativa.

Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes del ejército de la Fe; alquiló Aviraneta un coche, con un caballo, y tomando primero la carretera de la costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por Cestona, Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara.

Se encontraron en las proximidades de esta villa á trescientos hombres, mandados por Mac Crohon, que habían salido de Bilbao custodiando un convoy que debían conducir á San Sebastián. Al saber por Aviraneta que los franceses estaban en España, Mac Crohon decidió retirarse, y marchar en busca de don Gaspar de Jáuregui.

En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los absolutistas estaban entusiasmados con la entrada de los franceses: decían que se iba á restaurar la pureza de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir el restablecimiento de la inquisición.

En la región vascongada pululaban las partidas realistas: Quesada, O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias Francho Berri, Juan Villanueva (Juanito el de la Rochapea), Fernández el (Pastor), Castor Andechaga y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra.

Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra luchaban contra ellos.

El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su cuartel general de Zumárraga, anunciaba la entrada en España de las tropas de Angulema.

Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y sus satélites aparejaban el cochecito y salían en dirección de Vitoria.

Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó en el Gobierno civil. No estaba el jefe político, Núñez de Arenas; y Aviraneta habló con un partidario liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien las tropas del Trapense fusilaron en Julio de 1823.

Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que Vitoria pudiera defenderse. Se entregaría al momento. En los pueblos, la Milicia Nacional no quería que se hiciera la recluta; así que no había esperanza alguna de tener hombres con qué resistir.

Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda y en Haro, y el día 15 de Abril estaba en Logroño.

VIII. DON JULIAN SANCHEZ

El Gobierno español había intentado organizar sus fuerzas, y había puesto todos sus prestigios en el mando de los cuerpos de ejército: Mina, en Cataluña; Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell, en Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, en Andalucía.

De estos cinco hombres, de quien se esperaba mucho, O'Donnell, eterno tránsfuga, abandonó la causa constitucional escribiendo una carta á Montijo, en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros y Morillo capitularon; Villacampa no hizo nada, y únicamente Mina tuvo en jaque á los franceses, y llevó la campaña con brío y con fuerza.

Cierto que tenía él mejor ejército; que sus compañeros eran constitucionales entusiastas, y que todos lucharon hasta el fin, excepto el general Manso, que se pasó al enemigo.

De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra, Jáuregui, Valdés, Campillo y algunos otros fueron también intrépidos campeones de la libertad.

Entre los generales de la Independencia, don Julián Sánchez, el Salamanquino, estaba en Logroño.

Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de Infantería de línea, y otro de Milicia activa; éste era el provincial de Logroño, mandado por don Joaquín Cos-Gayón. Había también un cuerpo de voluntarios, á las órdenes del coronel don Eugenio Arana.

En Logroño, como en casi todas las demás ciudades, los oficiales del ejército regular se sentían desalentados, y únicamente los voluntarios tomaban la defensa de la Constitución con calor.

Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible: había pedido fusiles al parque, había formado una compañía Sagrada, había instado al Ayuntamiento á que publicase bandos llamando á los que debían ingresar en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran las murallas de Logroño con las losas de la iglesia, suprimida, de San Blas.

Aviraneta, con el Lobo, Arranchale y Nación, llegó á Logroño y se presentó en seguida á Arana. Había un cabo de la Milicia Nacional, Pedro Iriarte, que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de Aviraneta.

Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era silencioso, trabajador y liberal acérrimo.

Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño un pequeño grupo de guerrilleros que formaba la partida del Hereje, que procedía de los pueblos de la orilla del Ebro.

La partida del Hereje se distinguía por su radicalismo. El nombre del Hereje tenía su historia. Este jefe había estado de barquero en una barca del Ebro, trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, y un día fué un vendedor de santos con una cesta llena de éstos, y pasó la barca.

—¿Cuánto es?—le preguntó al llegar á la otra orilla al barquero.

El Hereje contó todos los santos que llevaba, y dijo:

—A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas: veintiocho cuartos.

El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de santo no podía pagar como una de persona, y añadió que no pagaba. El Hereje cogió la cesta con los santos, y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo.

El Hereje era hombre pequeño, moreno, canoso, muy vehemente y atrevido.

Su partida no tenía buena fama, porque entre los que la formaban había gente que experimentaba gran inclinación por los bienes ajenos.

En períodos normales, la partida del Hereje había estado varias veces suprimida por el capitán general; pero en aquel momento era indispensable aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera echar mano, y la partida del Hereje tenía libertad de acción.

Aviraneta, Arana y el Hereje intentaron inflamar el espíritu público, y se convocó á una reunión de nacionales, que no tuvo gran resultado. Todo el mundo estaba desalentado, cansado.

Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver al brigadier don Julián Sánchez. Don Julián Sánchez era hombre alto, rubio, de ojos azules. Ya no recordaba el antiguo garrochista, brioso y hercúleo.

A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido, fino, cara melancólica, nariz corva y frente ancha y despejada.

Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general Ballesteros, quien le había mandado que resistiera, y cuando no pudiera más, se retirara hacia Soria.

La frialdad é indiferencia de don Julián le preocupó á Aviraneta. La mayoría de los militares no sentían con entusiasmo la causa liberal. Don Julián Sánchez no era ya el guerrillero arrebatado y valiente. Ya no se podía decir de él, como en una canción popular de la guerra de la Independencia:

Cuando don Julián Sánchez monta á caballo se dicen los franceses: "Ya viene el diablo".

Don Julián no tenía por entonces ningún aire de diablo: más parecía un buen burócrata, apagado y tranquilo.

Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier, y pensaron en las providencias que se podían tomar.

Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente de Logroño; pero Arana creía que quizás la parte reaccionaria del pueblo se exasperaría y les atacaría. Además, no había pólvora sobrante para hacer esto.

El puente tenía dos puertas, y se dispuso defenderlas con barricadas. Se hicieron dos parapetos, mal cimentados y sin gran resistencia, que se fortificaron con cuerdas y alambres.

Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y de que el enemigo entraría en la ciudad.

Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían hacer algo.

Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas bien había posibilidad de detener á los franceses muchos días.

Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián Sánchez comenzó á preparar, con los pocos medios que disponía, la defensa de Logroño.

Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que tomara posiciones cerca del Ebro, se apoderara de las barcas, é impidiera el paso de los franceses por los vados.

El brigadier quedó para defender el interior de la ciudad con el batallón de Infantería de línea y los milicianos.

El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde de Vittré, de la división del vizconde de Obert, se presentaron en los alrededores de la ciudad.

El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió un parlamentario á Sánchez, quien no lo quiso recibir.

Poco después, el primer batallón francés de ligeros del 20 de línea tomó posiciones, y empezó á tirotearse con los españoles.

Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron á los franceses durante toda la mañana y parte de la tarde.

Comenzaban los voluntarios y milicianos á entusiasmarse con la defensa cuando se supo, con asombro, que el batallón de Milicia activa provincial de Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por Sánchez á las orillas del Ebro, alejándose de la capital y dejándola abierta por varios puntos se retiraba á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa jinetes.

La voz de traición corrió entre la tropa, y el desaliento cundió rápidamente por las filas constitucionales.

En esto, á media tarde, otra compañía francesa de ligeros del 21 de línea intervino en el ataque. Destacaron los franceses dos piezas de artillería, que rompieron el fuego contra la primera puerta del puente, destrozándola, y al poco rato un pelotón de zapadores, acercándose, la hundía á martillazos y destruía la trinchera. Sostúvose un momento desde la plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces un cornetilla francés, subido á los hombros de un tambor mayor, escaló la segunda puerta y la abrió.

Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente; los constitucionales españoles comenzaron á retirarse hacia la parte alta del pueblo, cuando el general Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne diera una carga contra los españoles.

Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado el cuadro para resistir el primer ataque de los de la Dordogne, y lo resistió bravamente. Como los franceses tenían una superioridad de fuerzas enorme, el general mandó al coronel Müller, de los húsares del Bajo Rhin, que atacara por segunda vez. La caballería cargó con furia cuesta arriba; las tropas de Sánchez se desordenaron, y el propio don Julián cayó herido de una lanzada en el costado y fué hecho prisionero.

Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué alcanzado por una lanza, que le rompió el pantalón y le hizo un rasponazo en la pierna.

—Al camino de Soria—gritó el Hereje á Aviraneta.

Aviraneta, el Lobo, algunos otros milicianos y los de la partida del Hereje se defendieron en las esquinas de la calle del Mercado, disparando contra los franceses; al coronel Arana se le distinguía por su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando, rojo de ira. Aviraneta y los del Hereje tuvieron que escapar subiendo á la parte alta del pueblo. Aviraneta vió á Arranchale y á Nación montados á caballo, dispuestos á huir. Aviraneta y el Lobo se acercaron á ellos, montaron en sus mismos caballos y tomaron la carretera de Islallana.

A la media hora de salir de Logroño se encontraron con varios milicianos, y media docena de hombres de la partida del Hereje.

Aviraneta quería reunirse con las fuerzas constitucionales; pero, al preguntar en el camino si habían pasado por allí soldados, le dijeron que no.

Según unos, el grueso de los liberales había tomado en su retirada hacia Rivaflecha. Otros creían que se había dirigido á Soria, por los montes.

Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en un sitio de fácil defensa y aprovisionamiento, y esperar allí al Hereje.

Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres, y en el camino quedó reducida á doce. A la luz de la luna pasaron Islallana y entraron en esa zona teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.

Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría un río claro y espumoso.

Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron; mandaron á uno por provisiones al pueblo, y Aviraneta dispuso ocupar unas rocas que, como trincheras naturales, dominaban el camino.

Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente Aviraneta se encontró con que de los doce hombres del piquete, más de la mitad habían desaparecido. El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese mejor. Aviraneta y el Lobo compraron por diez duros, cada uno, dos caballos que llevaban los milicianos fugitivos, y que querían deshacerse de ellos.

Al día siguiente se supo que las tropas constitucionales huían á la desbandada.

Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado á Fuenmayor con el batallón de Milicia activa, siguiendo las órdenes del general Ballesteros y que había sido atacado por los franceses que le dispersaron sus fuerzas.

Sin embargo, todo el mundo creyó que había obrado de acuerdo con los realistas, pues luego de la supuesta derrota, Cos-Gayón se retiró hacia Pedro Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más tarde el Gobierno absolutista le nombraba gobernador de Vitoria.

IX. AVIRANETA EN EL CONVENTO

Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda, y después á Valladolid, á reunirse con el Empecinado.

El Arranchale, Nación, el Lobo y un muchacho riojano de la partida del Hereje, á quien llamaban el Estudiante, decidieron seguirle.

Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre grandes masas de tierras rocosas, horadadas por el agua, coloreadas de rojo y amarillo, pasaron por delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron un momento, y tomaron después á campo traviesa. No se sabía el espíritu que tendrían los pueblos por allí, y no era muy prudente entrar en ellos.

Dos ó tres veces se comisionó al Estudiante para que comprara pan y algunas viandas, y se hizo la comida en el campo.

—Oiga usted, capitán—dijo de pronto el Estudiante.

—¿Qué hay?—preguntó Aviraneta.

—¿Usted cree que no podremos entrar en estos pueblos con seguridad?

—No; seguramente que no. Sabrán que los franceses han tomado Logroño y los realistas estarán alborotados.

—Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros.

—¿En dónde?

—En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos una hora de camino.

—¡Bah! No importa.

—Entonces vamos allá.

Se puso el Estudiante á la cabeza del grupo y los demás marcharon tras él.

El Estudiante era un joven vivo de movimientos, de estos tipos de señoritos de pueblo conquistadores y jactanciosos. Tenía los ojos negros y los ademanes petulantes. Llevaba un pañolito rojo en el cuello y una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes.

La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se metía en los huesos.

Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo rodeaba sin acercarse.

Pasaron por delante de varias aldeas destacadas en el campo verde, con un color amarillo de miel ó de pan tostado, y las dejaron sin intentar entrar.

Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado por el Estudiante. Era grande, ruinoso, colocado en un alto, con casas amarillentas y pardas, alrededor de una iglesia enorme. De lejos parecía un montón de trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y plateada de la sierra.

Se decidió que Aviraneta y el Estudiante entraran en el lugar, y que el Arranchale, Nación y el Lobo quedaran cerca de un abrevadero con los caballos.

Aviraneta y el Estudiante subieron por una rampa á la plaza del pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada.

En aquel instante no había en ella nadie.

Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia, una de esas fachadas inmensas de estilo jesuítico del siglo XVII, con dos torres altísimas y grandes remates barrocos.

Otro de los lados lo formaba un viejo palacio abandonado, con una soberbia arcada sostenida por columnas de piedra amarillo rojiza.

Tenía este palacio magníficas rejas platerescas, balcones de hierro florido y grandes escudos. Las ventanas y contraventanas eran de cuarterones, pintadas con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos huecos de la casa estaban tapiados por dentro con paredes de ladrillo aspilleradas.

En medio de la plaza había una fuente de cuatro caños, con un gran pilón redondo.

El ruido del agua en la taza de piedra era el único que resonaba en aquel momento en el pueblo.

Aviraneta y el Estudiante entraron por una calle de casas grandes, ruinosas, tostadas por el sol, con aleros artesonados, y salieron á una plazuela ó encrucijada de la que partía una rambla pedregosa y en cuesta.

A un lado de esta rambla había un edificio de ladrillo con una torre baja y un campanario rematado por una cruz y una veleta con un gallo. Era el convento.

Se acercó el Estudiante á una puerta pequeña y verde, abrió el picaporte, pasó él y tras él Aviraneta; recorrieron un pasillo enlosado y un patio con tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

—Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está usted?

—Bien, ¿y usted?

—Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?

—Sí; creo que sí.

Entraron en una habitación larga, obscura que olía á cerrado, con dos bancos largos de nogal y el torno en el fondo.

Se avisó á Sor Maravillas, y el Estudiante pasó al torno y habló con la monja, y se dedicó á echarla piropos con cierta petulancia y afectación de Tenorio. Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.

Luego el Estudiante le contó que había venido con un amigo y que deseaba que les permitieran pasar la noche á los dos en casa de la señora Benita. La señora Benita era la guardiana.

—Ya se lo diré á la superiora—dijo Sor Maravillas.

Poco después volvió diciendo que podían quedarse.

El Estudiante piropeó de nuevo á la monjita y el torno se cerró.

—Ahora quédese usted aquí—dijo el Estudiante—yo iré á buscar á ésos, encontraré sitio para meter los caballos y vendremos todos.

Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido de la señora Benita subió á un cuarto alto con un balcón corrido.

Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico á vivir con gente de iglesia, sabía tratarla, y habló á la señora Benita como si hubiera sido el capellán de la comunidad. La señora Benita quedó convencida de que era un santo varón y le estuvo explicando cómo vivían las monjas y las rentas que tenían.

Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su cena y se fué á dormir. Aviraneta, esperando á sus compañeros, se asomó al balcón corrido de madera. La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo de paredones blancos y de tejados completamente negros; abajo se veía el jardín de las monjas con un estanque cuadrado donde brillaban las estrellas; á lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus piedras, como una muralla sombría que estuviera á pocos pasos.

A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste de la España, tal como era, soñolienta, inmutable, con la agitación política de los últimos años; agitación que seguramente no había conmovido más que la superficie del país.

A las nueve apareció el Estudiante con el Lobo, Nación y el Arranchale. Traían comestibles y vino; habían dejado los caballos en una cuadra.

Comieron, y después de comer se prepararon para dormir; no había más que un catre con dos colchones.

Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse los cinco, pero no tenían espacio. Nación comenzó á refunfuñar.

—Aquí debe haber un desván muy hermoso—dijo el Estudiante.

Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se encontraron con que la puerta estaba cerrada.

—¿No se podría entrar por otra parte?—preguntó Aviraneta.

—Por el tejado quizás.

—Veamos cómo.

El Estudiante indicó por dónde se podía ir.

Aviraneta explicó al Arranchale lo que decía. Este, con su agilidad de simio, salió al balcón corrido, se subió por uno de los postes de los extremos, escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo que había un camaranchón magnífico.

Nación no se decidió al escalo. Aviraneta y el Lobo siguieron al Arranchale y salieron á un desván grande, con columnas de madera, que tenía unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincón entre ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.

Durmieron admirablemente en un montón de paja; por la mañana, al despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho en donde estaban el Estudiante y Nación.

Todos, menos el Estudiante y Aviraneta, se trasladaron al desván, y decidieron pasar unos días allá para descansar.

El Estudiante llevó á Aviraneta á la botica á que le curaran el rasponazo que tenía en la pierna.

La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, miserable, ahogado, olía á humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo, rojo, con el vientre piriforme y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el Estudiante, aquel boticario no debía saber una palabra de farmacia, porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un ojo, hacía los récipes.

Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento en la herida y le vendaron la pierna.

Por la tarde, Aviraneta y el Estudiante visitaron á las monjas en el locutorio. Había ocho ó diez, todas de aire enfermizo y triste, menos Sor Maravillas, muchacha aún de buen aspecto, de ojos negros, brillantes, y cara ojerosa.

La historia de Sor Maravillas era tragicómica.

Había ido al convento de niña con su tía, que era la Superiora, y de oír á todas las monjas que la vida del claustro era la mejor, decidió profesar. Al comunicárselo á su tía la Superiora, ésta dijo que no, que antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas y sus complicaciones, y un día de Agosto sacaron á la muchacha del convento en compañía de la señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el pueblo desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor Maravillas volvió de prisa al convento diciendo que el mundo no le ilusionaba.

Aviraneta habló con las monjas con la mayor amabilidad y después se retiró en compañía del Estudiante.

Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el Estudiante entraron en el desván; Nación, el Arranchale y el Lobo, habían dado por una escalera interior con la despensa de las monjas y habían sacado jamón, bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.

El Estudiante se alarmó porque dijo que la falta se la iban á atribuir á él; Nación le contestó con desprecio, y Aviraneta decidió que debían marcharse.

Se dispuso salir á media noche á buscar los caballos y por la madrugada dejar el pueblo.

X. DE NÁJERA Á ARANDA

No conocía el Estudiante muy bien el camino, ni Aviraneta tampoco, y en vez de marchar en línea recta á Salas, aparecieron á media mañana en Nájera.

Entraron Aviraneta y el Estudiante en el pueblo, y un linternero chato, de ojos negros y brillantes, pequeño, aceitunado, que trabajaba en una tiendecilla obscura de la calle Mayor, con quien entablaron conversación, les dió todos los informes que le pidieron. Les tomaron á los cinco por una avanzada del ejército de la Fe, y les trataron bien. Comieron en un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas rojas y un balcón que daba á un pedregal, cruzado por el río Najerilla, y después de comer, se encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.

A media tarde se detuvieron á descansar en la plaza de Alesanco. Una nube de chiquillos apareció al ver los caballos. Vino el alguacil á preguntarles qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se iban á marchar en seguida.

Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único liberal del pueblo, salió al encuentro de los forasteros.

Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol que había al borde de los arcos de la casa del Ayuntamiento. El maestro tenía un gran entusiasmo por la libertad, y le temblaban las manos al hablar del liberalismo. Quiso traer á Aviraneta un mapa de la provincia, y se fué á buscarlo. Aviraneta quedó solo. Enfrente veía un caserón grande y unas casuchas de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos prados verdes. Vino el maestro con su mapa, se lo dió á don Eugenio, y éste y la compañía salió del pueblo.

El viento era fuerte y frío. Después de beber un trago, en un ventorro, se lanzaron en dirección de Santo Domingo de la Calzada, adonde llegaron de noche; durmieron en un parador de las afueras.

Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo Domingo. Durante mucho tiempo estuvieron viendo su gran torre, alta y amarilla, hasta que en la revuelta del camino la perdieron de vista.

Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante grande, con una hermosa plaza, y siguieron camino de Salas.

Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía el Lobo un mesón amigo donde hospedarse, y pudieron descansar.

Poco después de salir de Salas les sorprendió un temporal de lluvia y viento que duró varios días.

El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban á florecer. Cruzaron por Acinas, aldehuela que tiene cerca una peña con restos de castillo, y llegaron á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el pinar, en una tenada de pastores, porque Aviraneta no tenía gran confianza en la gente de aquel pueblo.

Entre el Arranchale y Nación robaron un cordero, lo mataron y lo asaron.

Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron su marcha.

Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por delante de Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña del Conde el cielo comenzó á obscurecer y á ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar con una enorme violencia.

Se guarecieron los cinco en un soportal de una casa del pueblo, y cuando cesó el granizo siguieron adelante.

Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y Fresnillo, y llegaron á Aranda por la noche.

El Lobo llevó al Estudiante y á Nación á su antigua casa, y Aviraneta á la suya al Arranchale.

Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la calle.

Habló un momento con el relojero suizo y con el farmacéutico, y marchó después á ver á Diamante.

—Viene usted á tiempo—le dijo éste.

—Pues, ¿qué pasa?

—Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia nacional de todo el partido de Aranda está deshecha, y no hay quien la organice. Unos la han abandonado y se han pasado á los realistas; otros se han marchado á sus casas; el Lobo y dos ó tres más han ido á reunirse con el Empecinado.

—Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?

—Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el batallón de voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en el poder. El teniente de realistas va á ser don Narciso de la Muela; el corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos.

—¿De manera que aquí no podemos hacer nada?

—Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado restablecer la disciplina: imposible.

—Entonces, vámonos.

—Cuando usted quiera—dijo Diamante—¡Antes si pudiéramos hacer una barrabasada aquí! Podíamos trincar á los jefes realistas, y fusilarlos.

—No, no vale la pena—dijo Aviraneta—. Una gota más ó menos en el mar no es cosa. Lo que hay que hacer es marcharse rápidamente. ¿No quedan caballos de la Milicia?

—Sí; cuatro ó cinco.

—¿Hay armas?

—Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.

—Pues avise usted á los milicianos amigos, y mañana, á la mañana, si es posible, saldremos todos para Valladolid.

—Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin que nadie se entere. Ahora si los feotas vieran movimiento se alarmarían y quizás nos atacaran.

—Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos salir.

—Bueno.

Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos del pueblo y de la proximidad de la invasión francesa, y se separaron.

XI. EL ESPÍA DE ROA

Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante no estuvieron preparados para salir. A Diamante le acompañaban tres milicianos: uno era Valladares, el otro un exclaustrado voluntario de un convento de Peñaranda, á quien llamaban el Fraile, y que era tipo de mala catadura, y el tercero un cómico, que por dedicarse á representar entremeses y sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los pueblos y cantar canciones de circunstancias había tenido que alistarse entre los milicianos y huir de todos los lugares donde le conocían.

El Cómico era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho, sin dientes, con la nariz en punta, los ojos hundidos, la barba mal afeitada y blanca y anteojos. Era de esos cómicos malos que en todas partes parecen actores menos en el teatro: hablaba como un pedante consumado.

Su compañero el Fraile, más repulsivo, era un hombre grueso y grasiento, con la cara ancha, de blancura mate, tachonada de pústulas; ojos negros y unas barbas negrísimas, que parecían de alambre, con algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y adiposo, tenía á veces movimientos de mujer, y una mano blanca y sin huesos.

Su conversación, mezcla de frases frailunas y de lugares comunes del liberalismo de la época, era de lo más desagradable que pudiera imaginarse.

Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron nueve hombres á caballo. Diamante y el Lobo llevaban sable; los demás no tenían armas. Pasaron por Villalba, y luego, cruzando el monte de la Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. Aviraneta pensaba que les sería posible hacer las diez y siete ó diez y ocho leguas que hay de Aranda á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba con lo imprevisto, y lo imprevisto fué que á tres de los caballos sacados de Aranda se les cayeron las herraduras y comenzaron á marchar al paso, cojeando.

A media tarde, un poco antes de llegar cerca de Roa, se les acercó un aldeano montado en un macho.

—¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?—le preguntó el Estudiante.

—Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.

—¿Hay que entrar en el pueblo?—dijo Aviraneta.

—No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.

Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado de sus viejas murallas, con sus cubos de piedra y sus restos de un castillo.

El aldeano que les acompañaba era un hombre bajito, amable, rasurado, que marchaba en su macho á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar en conversación con los milicianos.

Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, y él dijo que les conduciría á su fragua. Efectivamente, los llevó á todos cerca de una de las puertas de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo, en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar largo rato á que terminaran de herrar á un potro bravo. Un mozo con el acial revolvía violentamente el belfo del caballo hasta hacerle sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña, y le tenía con el brazuelo doblado. El potro luchaba furioso; pero al último, estremecido y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner las herraduras.

Después del potro comenzaron á herrar á los caballos de los milicianos, y cuando concluyeron era ya de noche.

Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero el Fraile, Nación y los demás opinaron que, puesto que estaban allí, debían cenar.

El aldeano que les había acompañado, y que hablaba con el herrador sosteniendo su mula del diestro, les dijo que allí cerca estaba la posada del Trigueros, y á pocos pasos una cuadra, donde podían meter los caballos.

Dejaron los caballos y fueron á la posada del Trigueros.

Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde ardía la lumbre. Aviraneta, amigo de inspeccionarlo todo, entró por el pasillo y salió á un patio y á un corral.

La posada del Trigueros era un mesón grande, sucio y á medias derruído. Todo el mundo tenía allí mal aspecto. La dueña parecía un buho con sus ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrón era un hombre mal encarado, de mirada torva dirigida siempre al suelo.

Había también una criada, una muchacha morena, con la piel de tonos de cobre. Esta muchacha tenía unos ojos negros brillantes, la boca con una dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar de gitana y un aire entre misterioso y amenazador.

Algunos, y sobre todo el Fraile y el Estudiante, comenzaron á galantearla; pero ella, por malicia ó por indiferencia, contestaba á lo que le decían con frases que no venían á cuento.

La rivalidad entre el Fraile y el Estudiante ante la criada hizo que los dos se enzarzaran en frases ofensivas, y que el Estudiante llamara Paternidad varias veces al Fraile, y que éste quisiera tirar un plato á la cabeza del Estudiante. Aviraneta intentó cortar la disputa, pero no le reconocieron autoridad. Se cenó en la cocina, y la cena fué tan larga que se resolvió jugar una partida al monte y quedarse allí á dormir.

El patrón de la posada, el Trigueros, se acercó varias veces á la mesa donde jugaban los milicianos, mirando al suelo, y anduvo rondando junto á ella.

Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó:

—Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa?

—¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes milicianos?

—¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted?

—Qué sé yo.

—¿Es usted el alcalde del pueblo?—le preguntó á su vez Aviraneta.

—Decía si eran ustedes milicianos.

—Yo decía si era usted el alcalde ó el juez.

El Trigueros comprendió que no le querían contestar, y replicó con cierta sorna amenazadora:

—Aquí se asegura que son ustedes amigos del Empecinado.

—¿Dónde es aquí?

—En el pueblo.

—¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado?

—¿Aquí? Ninguno.

—¿Les gustará más Merino?

—Claro.

—Como cura. Es natural.

—Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas, verdad?

—¿Por qué no?

—¡Como dicen que son ustedes milicianos!

—¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen!

El Trigueros, viendo que no sacaba gran partido con sus preguntas, escupiendo por el colmillo, se fué de allá.

Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía gran simpatía por Roa; sabía que aquel pueblo era muy absolutista, pero en esto no se diferenciaba de los demás. Años más tarde, cuando el capitán Abad y el corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo al Empecinado, Roa tomó una fama siniestra entre los liberales.

Después de jugar, los milicianos quedaron en la cocina, alrededor del fuego, bebiendo y hablando. El Estudiante y el Fraile siguieron batiéndose á sarcasmos ante la criada agitanada.

El Lobo tenía un amigo en el pueblo, á quien pensaba visitar.

Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada y se metieron en Roa. Pasaron por una de las puertas de la muralla, que tenía una imagen iluminada con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á la plaza; luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada, donde vivía el amigo del Lobo.

Aviraneta se despidió del Lobo y volvió á la plaza Mayor.

La noche estaba obscura. Iba marchando con gran precaución, cuando de pronto vió un grupo de sayones, con hopalandas negras; empuñando alabardas marchaban á la luz de unos faroles, y se pusieron á cantar.

Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el hueco de una puerta. Aquellos sayones de las hopalandas negras, los Hermanos de las Animas, no eran para tranquilizar á nadie.

Aviraneta tomó por un callejón pedregoso.

Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo de hombres en el fondo de una taberna que estaban hablando y discutiendo á voces. Aviraneta se paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más que fragmentos de frases sin ilación.

Luego siguió adelante, por calles y callejones, hasta salir á la posada. La idea de un vago peligro le iba sobrecogiendo. Pensó en aconsejar á los compañeros el marcharse de allí; pero no les vió.

En el pasillo de la posada del Trigueros encontró al aldeano del macho hablando con el patrón. Tanta vigilancia aumentó sus sospechas.

Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir, y ella le dijo que arriba.

Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno con dos camas, y el Fraile, el Cómico, el Estudiante y Nación se apoderaron de ellas por medio de una propina que dieron á la criada.

En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con una alcoba; el gabinete tenía un canapé y la alcoba dos catres estrechos de tijera.

Se habían sacado los colchones de los catres; los habían tendido en el suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo Valladares y Diamante. El Arranchale y Aviraneta disponían de la alcoba y del lienzo de los catres.

El Arranchale roncaba al entrar don Eugenio; Aviraneta quedó sentado en el camastro, en la obscuridad. Su natural prudencia de zorro se alarmaba.

Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición, con aquellas gentes misteriosas que iban y venían, ¿no haría algo contra ellos? Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueño sin poner un centinela. El no tenía autoridad para despertar á la gente y dar órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela un cabo de cera y comenzó á inspeccionar el cuarto. Salió al gabinete. La puerta cerraba mal. Volvió á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio ó corralillo.

Con la corriente de aire el Arranchale se despertó:

—¿Qué hay?—dijo en vascuence.

Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que le parecía conveniente ver si aquel patio tenía salida á la carretera. El Arranchale no se hizo rogar: se descolgó por la ventana y bajó.

El corral tenía una puerta á la carretera. El Arranchale cogió del suelo un palo liso, largo, de cinco ó seis metros, de esos que suelen servir de ánima para hacer los almiares, y lo acercó á la ventana.

—Sosténgalo usted—le dijo á Aviraneta.

Aviraneta lo sostuvo, y el Arranchale subió por el palo y ató la punta de éste con una cuerda de esparto en los goznes de la ventana. Hecha la maniobra, el Arranchale entró en el cuarto con tres garrotes que había cogido en el corral, y los dejó en un rincón; luego se tendió en el catre y se quedó dormido.

Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado, pensando en los sayones de la noche de Roa, en la supuesta hostilidad del pueblo, en la amabilidad de aquel aldeano, en lo largo que había sido el herraje de los caballos, en los preparativos de la cena y en el mal aspecto del Trigueros.

Si se hubiera encontrado solo con el Arranchale y con Diamante, en aquel mismo momento se hubiera marchado.

Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen de asustadizo y de suspicaz.

Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener armas, cortó unas tiras del pañuelo y se dedicó á atar con gran perfección el puñal suyo y la navaja y la bayoneta de Valladares al extremo de los palos traídos por el Arranchale del patio. Cerca ya de media noche, convencido de que no pasaba nada, apagó la vela y se tendió á dormir en el catre.

XII. LA ENCERRONA

Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada de Roa se iba amontonando sobre ellos una gruesa nube próxima á estallar.

El hombre bajito que habían encontrado en el camino montado en un mulo era uno de los realistas más exaltados del pueblo. Hábilmente les había hecho perder tiempo, quedarse en la posada del Trigueros y dejar los caballos en una cuadra lejana.

Este hombre, conocido por el Zocato, porque era zurdo, fué en seguida de dejar en la posada á los viajeros á casa del jefe realista de Roa, un tal Abad. Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión. Se trataba de prender á los liberales llegados al pueblo y de quitarles los caballos, que servirían para la futura tropa de voluntarios realistas.

La gente estaba contenta con la presa, pero había muchos á quienes no satisfacía el procedimiento de encarcelar á aquellos hombres y preferían algo más violento y decisivo.

Entre estos estaban el Zocato, un lugarteniente de Abad, llamado Gregorio González y apodado el Buche, y un cura joven que se distinguía por su fervor absolutista y su odio á los impíos, á quien llamaban el Capillitas.

El Zocato, el Buche y el Capillitas hablaron á su gente, se encontraron con los de la Hermandad de las Animas y entraron en algunas tabernas á discutir y á esperar el momento.

A media noche toda la tropa, en número de ochenta ó noventa hombres, se acercaron á la posada del Trigueros cantando la Pitita y el Serení. Los jefes colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la casa.

Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño, creyó oír un rumor de gentes; pensó primero que desvariaba, pero al notar el murmullo más claro y distinto, se incorporó en el catre y escuchó.

Se oía claramente entonado á coro el estribillo de la canción que llamaban la Pitita:

Pitita, bonita, con el pío, pío, pon. ¡Viva Fernando y la Religión!

—Nos querrán dar una cencerrada—pensó Aviraneta, y se levantó á tientas, salió al gabinete y, empujando violentamente las maderas, abrió la ventana.

Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cuatro ó cinco trabucazos, y una lluvia de metralla pasó alrededor de Aviraneta. No le dió ni una bala. Aviraneta despertó á puntapiés á Diamante y á Valladares. El Arranchale había saltado inmediatamente de la cama al oír los estampidos.

Se sintió abajo un rumor de lucha y gritos agudos.

El Arranchale, Aviraneta, y después Diamante y Valladares, bajaron rápidamente por el palo del almiar desde la ventana al corralillo.

—¡Mueran los masones! ¡Mueran los judíos! ¡Mueran los negros!—gritaban desde fuera.

Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del corral. Había un grupo de veinte ó treinta hombres. Los dirigían dos ó tres personas, y entre ellas el Zocato.

Aviraneta dijo en voz baja:

—¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha. Al que quiera detenernos hay que matarlo.

Diamante tenía su sable; Valladares, el Arranchale y Aviraneta, los palos con la bayoneta, la navaja y el puñal en la punta.

Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro rompieron por en medio de la gente y echaron á correr. Los sitiadores no comprendieron bien que era aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce salió en persecución de los fugitivos. Era gente joven, sin duda, y más ágil, porque pronto les dió alcance.

Aviraneta gritó:

—¡Media vuelta!

Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los que les perseguían.

Valladares, que era un soldado viejo y manejaba bien la bayoneta, dió un bayonetazo á uno en el muslo, y Aviraneta clavó el puñal en la garganta de otro.

Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba la de perder y se retiraron. Era la noche obscura, nadie conocía el camino y no sabían qué hacer.

Meterse por los sembrados era condenarse á no adelantar nada, y seguir por la carretera exponerse á que con facilidad los cogieran. Decidieron seguir por el camino hasta que aclarara, y luego esconderse.

Antes de amanecer vieron á dos hombres que venían corriendo. Uno de ellos era el Estudiante, que había escapado no sabía cómo, medio desnudo y lleno de heridas; el otro, el Lobo, á quien habían ido á buscar para matarlo á la casa de su amigo.

El Estudiante dijo que á Nación, al Fraile y al Cómico los habían acribillado á navajadas hasta dejarlos como una criba. Después, al Fraile le habían vaciado los ojos y al Cómico le habían mutilado.

Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á campo traviesa hasta llegar á un bosquecillo de encinas y carrascas. Era este bosquete el único que había por aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus compañeros se fijaron en ello.

Se tendieron todos á descansar un momento, y el despertar fué terrible. Tenían delante al Buche, al Capillitas, al Zocato y al Trigueros, con otros ocho hombres más que, montados en sus caballos, los habían perseguido hasta encontrarlos y atarlos.

El Arranchale, sin saber cómo, desapareció. El Estudiante, loco de cansancio y de terror, se echó á los pies del Capillitas pidiendo perdón, pero éste no estaba para perdones.

—No, no, os vamos á fusilar á todos.

—¡A todos, á todos!—dijeron los demás.

—Va usted á fusilar á un oficial de Merino—dijo Aviraneta.

—¿Quién es?

—Yo.

—¡Hombre! Pues no me importa nada, monín—dijo el Capillitas—. Te contestaré con la divisa de Roa: «Quien bien quiere á Beltrán, bien quiere á su cán». Haber salido con don Jerónimo, amiguito, no sólo antes sino ahora que defiende la religión.

A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos de amor propio, Aviraneta experimentó una profunda cólera al oirse llamar amiguito y monín.

—Este es el jefe—dijo el Trigueros mostrando á don Eugenio—el amigo del Empecinado.

—Lo tendremos en cuenta—exclamó el Capillitas—. Conque señores, como dentro de poco van ustedes á estar en la eternidad voy á confesarles á ustedes. Tú, teniente de Merino.

—Yo no quiero confesarme con un hijo de perra como tú—dijo Aviraneta—. ¡Confesarme tú! Lo más que te permitiría sería limpiarme las botas.

Dos hombres del Buche se acercaron á Aviraneta.

—Dejadle, dejadle—dijo el cura—; le calentaremos los pies para que se amanse. ¿Y usted?—preguntó el cura á Diamante.

—Yo te desprecio, miserable. ¿Es que crees que me vas á asustar á mí? A mí con amenazas.

—Otro candidato al fuego—repuso el cura.

El Lobo no dijo nada. El Estudiante y Valladares asintieron á la confesión, y el primero se aproximó al cura, llorando.

El Capillitas se alejó de los demás con el Estudiante y dió á su fisonomía un aire de hipócrita unción.

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