LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (NOVELA) (continued 9)
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Se felicitó de la agresividad inexplicable que le había impulsado á ofender á Martínez. ¡El, que en los últimos días se arrepentía de esta locura!... Lo que le había pesado como un remordimiento era tal vez lo más cuerdo y más oportuno de su vida. Alicia, al ver que, loco de celos, realizaba un acto absurdo para muchos batiéndose por ella, se sentía indudablemente halagada en su vanidad y le miraba con nuevo interés.
«¡Las mujeres!—pensó Lubimoff—. Hay que conocerlas. Su admiración va instintivamente hacia el fuerte. Nada hay como una brutalidad oportuna para conquistar su afecto. Siempre acaban por someterse con cierto agradecimiento al hombre enérgico que las impresiona.»
Este fué su primer instante dichoso después de varios días. Volvió á ser aquel príncipe Lubimoff que había impuesto casi siempre su voluntad, atropellando los obstáculos, unas veces con su dinero, las más con un orgullo imperioso.
Satisfecho de su rudeza, sintió la necesidad de hermosearse para acudir á la entrevista. Pensaba en los machos del reino animal, cuyos dientes, garras y espolones van acompañados de crestas, melenas y plumajes que inspiran á las hembras una admiración mística, convirtiéndolas en sus esclavas. Lo mismo ocurría entre los humanos. La educación, las leyes, las tradiciones, no hacían mas que desfigurar el fondo bárbaro de nuestra existencia.
Una preocupación le distrajo de estos pensamientos. ¿A qué hora debía presentarse en el sitio indicado? Se le ocurrió que, al no mencionar la hora, ésta debía ser la misma del otro encuentro á la puerta de San Carlos. Pero acabó por creer en un olvido del profesor, y la intranquilidad le hizo acudir á la cita mucho antes.
Pasó más de tres horas en ansiosa espera, vagando por las calles inmediatas á la iglesia, inmovilizándose en las esquinas, cambiando de sitio al notar la curiosidad de los transeuntes. Varias veces entró en San Carlos, para ver siempre lo mismo: las vidrieras policromas cada vez más pálidas, así como descendía la tarde; los haces de banderas; los retablos rompiendo la sombra con el resplandor mortecino de sus oros, y mujeres arrodilladas é inmóviles: unas mujeres que parecían las mismas de la otra vez, como si las semanas fuesen minutos.
Con la superstición del que aguarda, se dijo que Alicia sólo podía presentarse al cerrar la noche, y el día le pareció interminable.
Al anochecer dudó.
—No vendrá.... Debe haberse arrepentido.
Estaba en la esquina de una calle curva y pendiente inmediata á la iglesia. Desde allí podía ver las gradas que comunican la plazoleta con el hundido bulevar. Nadie subía por ellas; todos los carruajes pasaban sin detenerse.
De pronto, tuvo la sensación de que alguien se aproximaba á sus espaldas. Percibió un leve paso, y al volver la cabeza vió á una mujer enlutada.
Todo lo olvidó: la larga espera, las dudas, la fatiga del interminable plantón, recobrando de golpe su regocijo de triunfador. Estaba tan seguro de los motivos que la habían inducido á pedirle esta entrevista, que avanzó á su encuentro con un aire galante.
—¡Oh, Alicia!—dijo, tendiendo á la vez sus dos manos.
Pero estas manos se agitaron inútilmente en el vacío, sin encontrar dónde asirse, y al fin cayeron con desaliento.
Lubimoff se sintió desconcertado ante la mirada de la mujer. Todas las ideas que le habían seguido hasta allí eran ilusiones y se desvanecían, dejándole confuso enfrente de la realidad. Esta realidad no permitía dudas. Los ojos de ella le contemplaron fijamente, con dureza.
Alicia habló como si hubiese venido para un negocio con una persona poco grata y quisiera terminarlo cuanto antes, viéndose libre de su presencia.
Existía entre los dos cierto asunto de dinero que ella necesitaba resolver. No le había escrito porque después de los sucesos recientes consideraba inoportuno el envío de una carta. Además, ni ella podía ir á Villa-Sirena ni quería recibirlo en su casa. Por esto, al enterarse el día anterior de que habían visto paseando á Miguel—que ella se imaginaba enfermo—, se atrevía á citarlo allí, para verse unos momentos nada más.
—Hablemos como si fuésemos comerciantes; unos comerciantes que tienen prisa y no malgastan sus palabras... Yo te debo dinero, y me es imposible vivir tranquila mientras no te lo devuelva: trescientos mil francos que me dió tu madre, lo que me prestaste tú en el Casino... tal vez algo más. Tengo bastante para pagar. Si no quieres ocuparte del asunto, envíame á Toledo.
Lubimoff quedó absorto ante estas palabras inesperadas. Ella, después de hacer su proposición, parecía ansiosa por marcharse. Ya lo había dicho todo; le molestaba seguir allí con el príncipe; nada tenía que añadir.
—¡No!—dijo Miguel enérgicamente.
¿Para eso le había llamado? ¿Era todo lo que tenía que decirle, después de tanto tiempo sin verse?...
Había tal resolución en su negativa, se reflejaba de tal modo en su rostro la dolorosa extrañeza, que Alicia creyó inútil insistir.
—Está bien; no hablemos más. Conozco tu carácter, y sé que permaneceríamos aquí discutiendo muchas horas sin resultado. Yo buscaré el medio de devolverte lo que es tuyo.... ¡Adiós, Miguel!
Intentó detenerla el príncipe tomando suavemente una de sus manos, pero ella la retiró con nerviosa retracción.
—¡Y te marchas!—dijo él con desaliento—. Yo que creía, al venir aquí...
La humildad de su voz pareció irritar á la duquesa, haciéndola detenerse cuando empezaba á volverle la espalda.
—¿Qué es lo que creías?—preguntó con indignación—. Tu inconsciencia me asombra. ¡Ah, Miguel! Siempre serás el mismo; únicamente existes tú: sólo deben tenerse en cuenta tus deseos. Me has hecho mucho daño, ¡mucho!... y ahora me dices, como un niño: «Yo que creía...» ¿Qué esperabas después de tus locuras?... Sábelo bien: te aborrezco. Tu presencia me es odiosa. ¡Te aborrezco!
El pobre Lubimoff volvió á ver su conducta como en las horas de voluntario encierro. ¡Ay! ¿dónde estaban las engañosas fantasías que le habían acompañado hasta allí? Su tristeza, su arrepentimiento, fueron tan visibles, que Alicia modificó el tono de sus palabras.
—Tal vez no te aborrezco; pero estoy segura de que me inspiras lástima: una lástima semejante á la que siento por mí misma. Somos dos pobres locos, Miguel; nuestras desgracias vienen de lejos.
Al recordar sus vidas, Alicia pensó en los constructores que sufren un grave error cuando asientan los cimientos de un edificio, y siguen adelante con la ilusión de que su obra es rectilínea, sin reparar en que está desviada completamente por defectos de su base.
—Nuestros principios fueron equivocados. De continuar el mundo como antes, tal vez hubiéramos permanecido de pie y triunfadores. El ambiente nos amparaba: éramos sus hijos.
Pero el cataclismo universal les había hecho perder su centro de gravedad para siempre. Estaban ladeados, con grietas que nadie podría recomponer, próximos á derrumbarse.
—Nosotros somos de otra época, y no hay quien sostenga nuestra fragilidad. Te tengo lástima, Miguel; y tú debes sentirla por mí, ¡por mí, á quien has hecho tanto daño!
El príncipe, á pesar de su humilde encogimiento, protestó. Había sido imprudente: era cierto. Aquella agresión en el Casino y el maldito duelo representaban un escándalo estúpido. Pero ¿qué daño irreparable era este que tan profundamente la afligía? ¿Cómo su locura, que sólo le perjudicaba á él, haciéndole objeto de comentarios y risas, podía desesperarla de tal modo?...
Le interrumpió Alicia con un gesto desalentado, como si considerase imposible hacerle comprender sus pensamientos.
—Mira—dijo señalando la puerta de la iglesia—. Antes, podía entrar ahí. Recuerda la última vez que nos vimos en este sitio. Yo venía de rezar, de hablar con mi hijo; era tal vez una ilusión, pero las ilusiones nos ayudan á vivir. Y ahora no puedo; el remordimiento me espera donde hace unas semanas encontraba la esperanza. Y esto te lo debo á ti, á ti, que me arrebatas la última felicidad que yo me había inventado...
Ya no miraba al príncipe con ojos hostiles. Su voz temblorosa, su mirada húmeda, eran de una pobre mujer que se esfuerza por contener su emoción. Miguel balbuceó contuso, desorientado. ¿El había podido hacer tanto mal? ¿Cuándo?... ¿cómo?...
Alicia, sorda á sus preguntas, sólo pensaba en ella y en su desgracia.
—Tenía un hijo, y lo perdí—siguió diciendo—. Era mi esperanza, mi única razón de vivir... El infortunio me hizo buscar un consuelo. ¿Qué sería de nosotros si no tuviésemos el poder de engañarnos fabricando nuevas ilusiones?... Y tuve un segundo hijo, un hijo inventado por mí, triste, condenado á morir, pero joven como el otro, desgraciado como el otro, falto de una madre que alegrase sus últimos días... Yo he querido ser esa madre. Unicamente puedo sentir la dulzura protectora de la maternidad; mi papel de mujer ha terminado: sólo puedo ver un el hombre á un hijo, ¡y tú me privas de este último consuelo! ¡tú te has llevado mi pobre alegría!
Lubimoff empezó á comprender. Alicia hablaba de Martínez; y sintió de nuevo la comezón de los celos.
—Cuando nos vimos aquí la última vez, yo me había buscado un refugio plácido dentro de mi dolor. Rezaba por mi hijo en la iglesia, hablaba con él, le describía cómo era el hermano en desgracia que aún tenía en el mundo, pero que tal vez no tardase en ir á buscarle. Luego, al volver á casa, encontraba al otro, y mi ilusión era tan enorme, que los confundía á los dos en uno solo, imaginándome que todo era mentira, el tiempo y la guerra, que mi hijo vivía aún, que había vuelto de su cautiverio y estaba á mi lado. No se parecen (estoy segura, aunque evito mirar los retratos de Jorge), pero yo los veo iguales; es el uniforme, la desgracia, la vecindad de la muerte. Además, ¡ese pobre muchacho era tan bueno!... Tímido, contentándose con cualquier cosa, mirándome con la dulzura de un animalillo manso, ¡él, que es tan fiero! venerándome como á una criatura descendida de un mundo superior... Yo era su madre. Sus palabras y sus gestos respiraban un respeto profundo. No era una mujer para él: era algo así como los ángeles... Y tú, con tu desatinada intervención, has trastornado todo esto. Ya no es mi hijo: terminó mi ensueño. Debo privarme de su presencia, y sólo de tarde en tarde encuentra abierta una casa que yo le hice considerar como suya... Por tu culpa, ese muchacho, en el que veía á un hijo, es ahora simplemente un hombre, y yo, su madre, he vuelto á ser una mujer.
El rostro de Lubimoff se puso ensombrecido y terroso, como en la tarde del duelo. Iba comprendiendo.
—¡Qué hiciste, Miguel!—siguió ella, con su voz gimiente—. Has despertado con tu locura á ese pobre. Al batirse contigo, pensó que se batía por mí y que yo no soy mas que una mujer. Me vió de pronto bajo otra luz, como si hasta entonces hubiese estado adormecido. Casi puedo ser su madre; pero las mujeres de mi clase prolongamos nuestra juventud, la detenemos artificialmente, y nos desean á la edad en que las de abajo se entregan á la vejez... Además, comprendo la vanidad de su entusiasmo, esa vanidad que existe en todos nuestros sentimientos. Yo soy para él lo desconocido, lo misterioso, una gran señora, una duquesa, que la confusión de nuestra época coloca á su alcance. ¡Pobre muchacho! Hace unas semanas reía en mi presencia con una simpleza infantil, me miraba tranquilamente, sin que por sus ojos pasase la sombra de un mal pensamiento. El era feliz, yo también lo era; ¡mientras que ahora!...
Se imaginó el príncipe á Martínez persiguiendo á Alicia con sus deseos de enamorado. «Lo mataré: debo matarlo», dijo mentalmente. Pero su cólera homicida sólo duró un instante. Pasaron por su memoria las diversas escenas del duelo: él besando la mano del oficial, en un arrebato de inexplicable humildad, que le atormentaba como un remordimiento. ¿Qué hacer ahora? Después de lo ocurrido, este hombre era para él algo sagrado. Y se abandonó otra vez á su desaliento, mientras Alicia seguía hablando.
—Mi ensueño se desvaneció. Mi hijo ha vuelto á ser mi hijo y el otro es un hombre. Imposible confundirlos de nuevo en una sola persona. Ya no puedo rezar; me da vergüenza dirigirme con el pensamiento á mi verdadero hijo; me asalta el recuerdo de lo que le conté; me aterro al hacer memoria de que sigo hablando con el otro, á pesar de lo que me ha dicho, de lo que leo en sus miradas, de que conozco sus verdaderos deseos. ¡El mal que me has hecho! Perdí un hijo, y sólo puedo acordarme de él con remordimiento; me inventé otro, y me lo has quitado.
Luego, como si se quejase contra algo superior que había regido sus destinos, añadió:
—¡Qué suplicio! No poder conocer la amistad reposada, la maternidad tranquila. ¡Siempre el amor saliéndome al paso!... Yo, que en mi juventud consideré como única finalidad de la vida inspirar admiración y deseo, bien castigada estoy... Busqué en ti el apoyo del amigo, y me deseaste en seguida. Quise engañar mi anhelo de maternidad cuidando á un infeliz que tal vez muera pronto, y este hijo afectivo me habla de amor. ¿Es que las mujeres no podemos conocer la tranquilidad y la confianza en que viven los hombres?...
El príncipe la interrumpió con voz rencorosa.
—No lo veas: rompe con él; ciérrale tu puerta para siempre. Así recobrarás la paz, y yo... yo seré tu amigo, seré lo que tú quieras, me bastará con verte.
Ella acogió con un gesto de incredulidad las últimas palabras. ¡Le habían prometido tantas veces los hombres ser simples amigos! Además, conocía bien á Miguel, y no se tomó la pena de contestar. Lo único que le interesaba era el consejo de que repeliese definitivamente al herido, no viéndolo más. Sus ojos volvieron á humedecerse.
—¡Echar á ese pobrecito!... Tú no puedes comprender ciertas cosas; tú mandas en los afectos con la misma arrogancia que disponías antes de las personas. ¿Crees que puedo abandonarlo? Soy su madre á pesar de todo, y una madre ya sabes cómo tolera y perdona. El infeliz no tiene la culpa de sus malos pensamientos: fuiste tú quien se los sugirió. Además, eso pasará; yo tengo la esperanza de que se desvanecerán sus disparatadas ideas.
La suposición de abandonar al inválido excitó su piedad, dando á sus palabras un tono amoroso.
—¡Qué sería de él! No conoce á nadie: está solo en el mundo; los otros oficiales viven en su patria, tienen familia... Antes podía ir en busca de Clorinda; ahora «la Generala» se ha marchado, y sólo le quedo yo, ¡la única!... ¿Y quieres que lo olvide? Tú no le conoces bien: eres su enemigo. Yo recuerdo con delicia su época de inocencia. Era igual á mi hijo; no, tenía algo más: un agradecimiento, una veneración reconcentrada que yo no había conocido nunca. Olvidas la fragilidad de su existencia. El hace lo mismo: no conoce su verdadera situación; siente las ilusiones de una juventud sana; cree contar con muchísimos años. ¡Pobre! ¡El esfuerzo que me cuesta fingir enfado, repelerle indignada por los deseos que ha puesto en mí... en mí, que sólo quiero ser su madre!
Este tono de dulce lástima hirió á su oyente. Alicia parecía sentir el remordimiento del que presencia las últimas horas de un condenado á muerte y tiene que negarle la satisfacción de su postrer capricho. Se lamentaba como la enfermera que no puede dar al moribundo lo que pide entre hipos de agonía.
Miguel creyó adivinar el secreto de las últimas entrevistas entre la dama maternal y su ahijado. Tal vez ella le hablaba de su salud, dejando por un momento de halagarlo en sus ilusiones, descubriéndole el peligro en que estaba su existencia; y el otro, con el ardor suicida de la pasión, imploraba lo mismo que un niño que ha puesto toda su felicidad en la conquista de un juguete: «¡Una vez; una vez nada mas!»
Estaba convencido de que así era en la realidad. Lo leía en los ojos de ella, que á su vez pareció adivinar lo que pensaba el príncipe, ruborizándose levemente.
—¡El mal que me has hecho!—repitió—. Debo alejarlo de mí, y no puedo separarme de él. Sería un crimen que lo dejase abandonado á su destino. Tú no sabes lo que significa para mí esta lucha continua... A veces lo veo cuando ronda mi casa; lo contemplo oculta detrás de los visillos de una ventana, y me dan ganas de llorar. ¡Parece tan triste!... Me acuerdo de mi hijo, que también vivió solo, más abandonado aún que él, que tal vez se interesó por alguna mujer, ansiando muchas cosas sin llegar á poseerlas, y siento deseos de llamarle, de gritar: «Ya que eso es tu ilusión, niño mío, el último anhelo de tu vida, ¡toma!... ¡toma, y sé feliz!» Pero pienso en su salud, pienso en otras muchas cosas, y contengo mis impulsos, y lloro, dejándole que vague en torno de mi casa creyéndose olvidado, cuando le recuerdo á todas horas. ¡Ay! ¡Que Dios me dé fuerzas! ¡Que no pierda la calma, y pueda resistir á mi bondad absurda!... Algunas veces lo dudo.
—¡Oh, Alicia!...
El príncipe lanzó esta exclamación con tono desesperado. Su presentimiento pasaba á ser una realidad; veía ya á aquel jovenzuelo moribundo poseyendo lo que él no había podido alcanzar. Sus ojos reflejaron una cólera homicida.
Esta expresión hostil molestó á Alicia, transformándola en otra mujer. Reaparecieron en ella la mirada dura y la voz cortante que habían acompañado su llegada.
—Acabemos. He venido para devolverte tu dinero. ¿No quieres recibirlo? ¿Insistes en tu negativa?... Yo encontraré el medio de que lo aceptes. ¡Buenas noches, Miguel!
Efectivamente, había cerrado la noche, y el príncipe la vió perderse en la penumbra de la calle por donde había llegado; una calle sin otra luz que la de un macilento reverbero azul.
Pensó un momento en cerrarle el paso, suplicante y humilde... No iba á verla más: estaba convencido de ello. Pero al mismo tiempo tuvo la percepción de la inutilidad de su insistencia. Quería ser olvidada por él; aquella entrevista sólo había sido para suprimir todo lo que quedaba entre los dos como rastro del pasado... Y dejó que se alejase.
A partir de este día, la existencia del príncipe carecía de objeto. Algo se había roto en su interior: la voluntad, desmenuzándose en polvo, que envolvía sus sentidos como una niebla. ¿Qué hacer?... Ni el más angosto sendero quedaba abierto ante su iniciativa. Alicia le odiaba como si fuese un enemigo. ¡Adiós para siempre!... Quedaba el otro, pero este hombre era invulnerable para él.
Le bastaba recordar lo ocurrido en el castillo de Lewis, para ver cortados todos sus intentos de acción. Maldijo aquel sentimentalismo eslavo, confuso é incoherente, igual al de su madre, que no le permitía insistir en la maldad, haciéndole caer, cuando menos lo esperaba, en exageradas sumisiones. ¡Ay, sus lágrimas de arrepentimiento! ¡Aquel beso en la mano del adversario!... Si evitaba el volver al Casino, era por no encontrarse con Martínez y aquellos dos capitanes que habían presenciado el incomprensible final del duelo... Ya no sabía imponer su voluntad; la antigua dureza de su carácter se había disuelto en la catástrofe de sus deseos.
Volvió á encerrarse en Villa-Sirena, para no ver á nadie. Odiaba á las gentes y al mismo tiempo pensaba con cierto miedo en las disimuladas sonrisas que podían saludar su paso, en los comentarios que surgirían á sus espaldas.
Don Marcos era el único compañero de esta soledad; y Lubimoff, que en los primeros días sólo cruzaba con él contadas palabras, acabó por desear que volviese pronto de Monte-Carlo, al cerrar la noche, para oir sus noticias, que en otro tiempo hubiese considerado insignificantes. Entablaban largas conversaciones sobre lo que ocurría en el Casino ó sobre los acontecimientos del mundo. Era la curiosidad del preso ó del enfermo, que agranda el interés de las cosas con una desorientación producto de la inmovilidad y del encierro.
El coronel concedía cada vez menos importancia á los sucesos de la vida ordinaria. Toda su atención la había concentrado en las costas del Atlántico y la opuesta ribera oceánica.
—¡Siguen llegando!—decía alegremente, luego de saludar á su príncipe—. Continúa el desembarque de los americanos: una verdadera cruzada. Son centenares de miles; son millones... ¡Y pensar que muchos ignorantes consideraban un bluff lo del envío de los ejércitos de América!
Se indignaba de buena fe contra la tal ignorancia, olvidado ya de sus escepticismos de meses antes.
—¡Un gran país!... Y ese Wilson, ¡qué hombre!
Ahora creía al pueblo americano capaz de realizar todo lo que se propusiera, por inaudito que fuese; pero sus ideas tradicionales le impedían sentir un largo entusiasmo por algo colectivo y abstracto, sin fisonomía humana. El antiguo partidario de la monarquía absoluta prefería á los individuos: un hombre que pensase por los demás, imponiéndoles sus órdenes. Y á las pocas palabras, su entusiasmo por la democracia americana lo recogía para depositarlo reconcentrado sobre la cabeza de Wilson.
—¡El primer hombre del mundo!
Se humedecían sus ojos con un fervor de idólatra al leer los discursos del Presidente; agotaba todo su léxico de palabras laudatorias para expresar su admiración por este personaje que hacía desnudar la espada á un gran pueblo, desinteresadamente, en defensa de la justicia y la libertad, y profetizaba al mismo tiempo un porvenir de paz para los humanos, sin naciones rapaces que amenazasen la vida de los humildes y los débiles.
Una noche encontró algo nuevo para hacer patente su admiración.
—¡Qué poeta!
Lubimoff, á pesar de su melancolía, empezó á reir. ¡El presidente Wilson un poeta!...
Don Marcos, balbuceando ante la risa de su príncipe, intentó explicarse. No encontraba la palabra exacta para precisar su pensamiento, pero insistió, considerándolo justo. Un poeta era para él un vidente que dice cosas muy hermosas sobre el futuro de los hombres; un profeta que sueña en la cumbre, abarcando con la mirada lo que no puede ver el vulgo hormigueante á sus pies; un ser que, al hablar, sea en la forma que sea, consigue que parpadeen de emoción los ojos de los que le escuchan, mientras un escalofrío corre por sus espaldas.
Se enredó su lengua al decir esto, pero á través de los balbuceos surgía una firme convicción, incapaz de rectificarse.
—En fin, yo me entiendo. Para mí, es un poeta: un hombre con alas... con unas alas muy largas.
Volvió á reir el príncipe. ¡Wilson con alas!... Se imaginó al Presidente con un sombrero de copa, sus lentes, su sonrisa bondadosa, y saliéndole de la espalda del chaqué dos triángulos enormes de plumas iguales á las que llevan los ángeles en los cuadros de la pintura religiosa. ¡Gracioso coronel!...
Luego quedó pensativo, mientras su rostro tomaba una expresión grave.
—Tienes razón—dijo—. Le veo con alas, unas alas tal vez demasiado largas. Gran cosa para volar, ¡pero cuando se ha de vivir entre los hombres, marchando sobre el suelo!... Temo que le arrastren; temo que se las pisen algún día encontrándolas molestas...
Y no hablaron más.
El príncipe quiso romper esta clausura que se había impuesto voluntariamente. ¿Por qué seguir en Villa-Sirena, cerca de unas personas que ocupaban á todas horas su pensamiento y no deseaba ver?... Lo mejor era volverse cuanto antes á París. Los cañones de largo alcance seguían tirando sobre la capital; casi todas las semanas, escuadrillas de aviones alemanes hacían una excursión nocturna sobre ella, arrojando explosivos. Tal viaje ofrecía el aliciente de la emoción y del peligro á este solitario, atormentado en su robustez por una existencia inmóvil y monótona, sin otra novedad que el rumiar de nuevo sus recuerdos.
Todas las mañanas, al levantarse, formulaba el mismo propósito: «Me voy á París.» Pero el viaje se iba retardando de semana en semana. Era la abulia del enfermo que hace proyectos de vida activa, y apenas intenta realizarlos, vuelve á caer sin fuerzas, y los aplaza para un porvenir indefinido.
Los detalles más insignificantes se agigantaban ante su voluntad enferma. Debía ir á Niza para que le reservasen un sitio en la oficina de coches-camas. Pensaba en enviar á don Marcos; luego desistía, encontrando preferible ir él mismo. Y pasaban las semanas sin realizar este breve viaje, preliminar del viaje á París, pareciéndole ambos igualmente largos. El, que por tres veces había circunnavegado el planeta, se encogía de cansancio al pensar en la lentitud de los trenes impuesta por la guerra, en las diez y seis horas de ferrocarril.
Una tarde, aburrido de sus magníficos jardines, siempre iguales, del silencio de su casa desierta, de las distracciones crecientes del coronel, que constantemente tenía algo que hacer en Monte-Carlo ó en el pabellón del jardinero, se lanzó á pie hasta la ciudad y tuvo un encuentro.
Sus pasos le llevaron maquinalmente hacia los bulevares altos, cerca de la calle donde estaba Villa-Rosa. Al darse cuenta quiso retroceder, y entonces fué cuando vió venir por la acera opuesta al teniente Martínez, en la misma dirección que seguía él momentos antes.
Le pareció más alto, más fuerte, como envuelto en un halo de gloria. Su uniforme era el mismo, rapado y envejecido por varios años de guerra, pero el príncipe lo vió enteramente nuevo y con un brillo deslumbrador. Todo en su persona resultaba magnífico y parecía iluminar las cosas con su contacto. Tal vez su rostro estaba más exangüe y anguloso, pero Miguel se imaginó que irradiaba cierto esplendor interno, compuesto de satisfacción y de orgullo. Una especie de máscara impalpable, de envoltura astral, le hermoseaba, dándole una segunda fisonomía, apolónica y triunfadora.
Se cruzaron sin saludarse. El teniente fingió no verle, mientras Lubimoff le seguía con una mirada interrogante. ¿Qué es lo que había de nuevo en este hombre? Dudó de su falta de salud, de su peligrosa situación que tanto preocupaba á los médicos. ¡Todo mentiras, para interesar á las damas! Se fijó en la firmeza arrogante de su paso, en el aire de jovenzuelo con que agitaba el junco que le servía de bastón.
Al perderlo de vista aún lo vió mejor. Su imaginación fué evocando vigorosamente ciertos detalles sobre los que había resbalado insensible su mirada. Algo surgió con un relieve doloroso en su memoria: varias rosas, un pequeño grupo de rosas que el militar llevaba sobre el pecho, entre dos botones de su uniforme. ¡Un oficial con flores! Eso era lo que había herido sus ojos desde el primer instante, con tal extrañeza, que perturbó su visión. ¡Ay, estas flores!...
Pasó el resto del día pensando en ellas. Al tenderse en su lecho, la obscuridad simplificó la maraña de pensamientos y dudas que se revolvía en su cerebro. Lo vió todo con una nitidez fría y cortante. «¡Ya ha sido!»
Saltó de la cama y encendió luz, paseando furiosamente por su dormitorio.
—¡Ya ha sido!...
Repetía las mismas palabras con una obsesión cruel: se arrepintió de su generosidad, como si fuese un crimen. «¿Por qué no lo maté?» Luego volvía á su afirmación con un acento plañidero, considerando irreparable lo que ya había sido. Y por mucho tiempo, en la lobreguez que invadió de nuevo el dormitorio, sonaron las maldiciones del príncipe, alternadas con rugidos de orgullo y angustias de llanto.
Al día siguiente persistió su convicción. La gracia pueril de la mañana, que infunde optimismos, fué muda para él. ¿Cómo saber la historia de este suceso sospechado y temido, pero que nunca creyó llegara á realizarse?...
Una desesperada curiosidad le hizo pasar el día entero en Monte-Carlo. Volvió á encontrarse con Martínez. El oficial siguió adelante, apartando su mirada para no verle; pero el príncipe creyó sorprender en sus ojos una expresión fugitiva de lástima generosa, la conmiseración hacia un rival desgraciado é inofensivo. También llevaba flores: indudablemente distintas á las del día anterior.
Lubimoff repitió mentalmente sus lamentos de la noche: «Sí, ya ha sido.» Imposible la duda. Pero no se le ocurrió matarlo, ni arrepentirse de su generosidad. ¡Todo inútil! Sólo pensó con envidia en las gentes de abajo, en los impulsivos que sienten con simpleza sus pasiones, sin el estorbo del honor y la palabra empeñada; en los hombres que saltan por encima de leyes y costumbres, y cuando quieren matar, matan.
Lo había visto más demacrado que nunca, con unos ojos de fiebre: pero ¡ay, aquella máscara impalpable de vanidad juvenil, de triunfo, de satisfacción, que irradiaba en torno de su cabeza un nimbo de gloria!...
En la noche, Toledo se vió repelido bruscamente por su príncipe al intentar comunicarle una carta que había recibido de París. El administrador se impacientaba: pedía una contestación á Su Alteza sobre la venta de Villa-Sirena.
—No sé; déjame en paz... Lo mejor será que trate esto directamente. Iré mañana á Niza para arreglar mi viaje á París... Mañana no; pasado mañana.
No pudo explicarse por qué concedió un día más á su inacción: fué un diferimiento maquinal, sin motivo alguno. Al día siguiente, después del almuerzo, se arrepintió, pero ya era tarde para encontrar al chófer que le había servido la tarde del duelo, y que don Marcos acababa de ascender al rango de «proveedor de Su Alteza».
¿Adónde ir, seguro de no tropezarse con las personas que ocupaban su recuerdo?... Cuando empezaba á caer la tarde se dirigió á las terrazas del Casino. Un concierto al aire libre atraía enorme concurrencia. No era fácil que Martínez y la otra se exhibiesen ante esta muchedumbre.
Se imaginó vivir en los tiempos de paz; haber retrocedido á uno de aquellos inviernos privilegiados que empujaban hacia la Costa Azul á los ricos del planeta. Las dos terrazas estaban llenas de gente de buen aspecto. El cañoneo de París y los ataques de los gothas mantenían en Monte-Carlo á muchas damas elegantes que en otro tiempo hubiesen considerado perdido su honor al permanecer en esta ribera calurosa pasado el invierno.
Faltaban sillas; gran parte del público estaba sentado en las balaustradas y las escalinatas. En torno del kiosco de la orquesta había una masa de suaves colores, formada por los sombreros femeninos, los trajes primaverales, los inquietos abanicos. Frente á las terrazas se extendía el mar entre promontorios color de rosa. Las velas lejanas parecían arder, enrojecidas por el sol moribundo. La música se amplificaba voluptuosamente al resbalar sobre la epidermis violeta del Mediterráneo y el cristal opalino de la tarde.
Nadie pensaba en la guerra; era una calamidad de otras tierras y otros cielos. Hasta los convalecientes con uniforme, que vivían esta hora dulce, respirando la brisa salada, escuchando los quejidos de los violines y rodeados de mujeres vistosas, parecían no acordarse. Muchos ojos seguían el avance por la línea del horizonte de un rosario de vapores pintarrajeados, como bestias fabulosas, á los que daban escolta varios torpederos. Pero el arrullo de la música penetrando al mismo tiempo por los oídos quitaba toda significación á este medroso disfraz de los buques y á la lentitud recelosa con que se deslizaban frente á la costa del placer.
Cuando, después de las siete, terminó el concierto, las terrazas se despoblaron. Unicamente siguieron en los bancos algunas parejas, que retardaban el instante de la separación conversando quedamente en el silencio azul del crepúsculo.
El príncipe pudo marchar de un extremo á otro del paseo más bajo, sin tener que sufrir el contacto de la muchedumbre.
De pronto se detuvo, con una sensación de sorpresa y dolor, como si acabase de recibir un golpe en el pecho. Por la amplia escalinata que pone en comunicación á ambas terrazas descendía una pareja. Su instinto los reconoció á los dos antes que su mirada. Un militar, el teniente Martínez... ¡y ella!
Iba de luto, lo mismo que la había visto junto á la iglesia; pero caminaba con menos resolución, encogida y temerosa al verse en este sitio ocupado poco antes por casi todos los vecinos de la ciudad.
Hablaban mientras descendían con lento paso. Abstraídos en contemplar el mar, no torcieron su vista hacia el sitio en que permanecía inmóvil Lubimoff. Tomaron una dirección opuesta al llegar abajo, y el príncipe pudo seguirles.
Sintió que un poder extraordinario de adivinación aguzaba sus facultades; una doble vista que le permitía ver y estudiar los rostros de los dos, á pesar de que marchaba á sus espaldas.
¡Ay, este paseo! Era el ansia de luz y de aire libre que se experimenta después de un encierro dulce; la necesidad insolente de mostrar la propia dicha en público, cuando empiezan á resultar pesadas las horas felices, por su monótona repetición; el deseo de prolongar á la vista de todos la intimidad secreta, con el incentivo de tener que fingir, ocultando los verdaderos sentimientos.
Miguel consideró indiscutibles sus adivinaciones. Era el oficial, sin duda, quien había propuesto este paseo. ¡El orgullo de marchar por un lugar público con una dama célebre, pensando al mismo tiempo en sus nuevos derechos!... Ya no pudo dudar más de la imagen que le había hecho rugir en el silencio de la noche... ¡Había sido!... ¡Había sido!
El aspecto de ella repelía toda duda. Marchaba con cierto desaliento, como el que se ve obligado á seguir adelante contra sus fuerzas. Vió su rostro sin verlo. Era triste, profundamente triste, con la melancolía del caído que tiene conciencia de su abyección y la considera sin remedio, por ser obra de un fatalismo irresistible, por estar sus causas más allá del radio de la voluntad.
Ladeaba la cabeza hacia su acompañante para mirarle. Debía ser una mirada de prisionera agradecida que quiere olvidar las miserias del remordimiento y se siente contenta sensualmente en la vergonzosa esclavitud. Mientras su alma se encogía ante el recuerdo, su cuerpo se inclinaba con una atracción material hacia aquel otro cuerpo, buscando instintivamente el contacto que hacía reflorecer su juventud con una nueva primavera; primavera triste, como lo son las sorpresas del destino, pero más dulce que las horas cenicientas de la soledad.
El odio, la repugnancia, la indignación por la dicha ajena, hicieron detenerse al príncipe. ¿Para qué seguirlos?... Podían volver la cabeza y verle. Se avergonzó al pensar en un encuentro. ¡Miserables!... Debía existir alguien en lo alto que castigase estas cosas.
Y se alejó de ellos, caminando hacia el otro extremo del paseo para bajar al puerto de La Condamine.
Iba á salir de la terraza, cuando ocurrió algo á sus espaldas que le hizo detenerse. Los grupos sentados en los bancos se levantaban precipitadamente, y luego de hablar corrían hacia el mismo sitio de donde venía él. Oyó gritos, gentes que se llamaban. Una noticia parecía circular por los dos planos del jardín, haciendo surgir personas de los senderos, de los grupos de palmeras, de las murallas de vegetación.
Lubimoff se dejó arrastrar por esta alarma, volviendo sobre sus pasos. Vió de lejos una mancha creciente y bullidora, un grupo al que se iban uniendo las filas serpenteantes de curiosos que bajaban corriendo las escalinatas. El jardín, momentos antes despoblado, vomitaba personas por todas sus aberturas.
Al aproximarse al grupo, pudo oir los comentarios de varios curiosos sueltos que instruían á los que llegaban.
—Un oficial convaleciente... Iba paseando con una señora... De pronto, cae redondo... lo mismo que si lo hubiese herido un rayo... Ahí está.
Sí; allí estaba Martínez, en el centro de la masa humana, como una pobre cosa, tendido en el suelo, guardando la misma actitud de su caída, con el cuerpo en forma de Z: la cabeza en ángulo recto sobre su pecho, las piernas dobladas trazando otro ángulo. Lubimoff avanzó hasta asomar sus ojos sobre la primera fila de mirones estupefactos. Un ronquido continuo, un estertor de pobre bestia agonizante salía de su boca espumosa. En el cuerpo inmóvil, la única manifestación de vida era aquel aullido repitiéndose con una regularidad cronométrica, sin cambiar de tono.
Los oficiales abandonaban á sus compañeras para meterse en el centro del corro. Al reconocer á Martínez, su sorpresa tomaba una expresión acariciante y fraternal.
—¡Antonio!... ¡Antonio!
Se inclinaban sobre él para hablarle al oído, como si durmiese; pero Antonio no escuchaba. Uno de sus ojos permanecía oculto en la tierra del paseo; una piedrecita había saltado sobre los párpados del otro. Todo un lado de su uniforme estaba blanco de polvo. El feroz ronquido era lo único que respondía á los cariñosos llamamientos.
Un médico militar salido de la masa tomaba sus manos, examinando su pulso con un gesto de impotencia. Le habían dado muchos ataques como éste; deseaba que no fuese el último...
Arrodillada en el suelo vió á Alicia, absorta por la sorpresa, mostrando las sinuosas líneas de su dorso bajo las ropas de luto, olvidada de todo lo que existía en torno de ella, fijos sus ojos en aquel hombre que minutos antes marchaba á su lado hablando, sonriendo, convencido de que la vida es una felicidad, y ahora estaba tendido en el polvo, anguloso y flácido, como una pobre cosa que se vacía entre estertores.
Se levantó, avisada por el instinto, no queriendo permanecer á la vista de la gente en aquella postura. Sus ojos enormes, inexpresivos, asustados, fueron mirando alrededor, sin reconocer á nadie. Al encontrarse un momento con los de Miguel parpadearon, suplicantes. Pero el príncipe se ocultó detrás de la primera fila de curiosos, agachando su cabeza, y los ojos de ella siguieron adelante en su visión circular, nuevamente apagados, creyendo sin duda en un error de la ilusión.
Al quedar de pie Alicia, las gentes se la mostraban. Esta era la dama que acompañaba al oficial. Algunos la reconocían, repitiendo su nombre: «la duquesa de Delille». Por instintiva repulsión, ó por el cobarde deseo de no verse mezclados en «historias», nadie la hablaba, dejándola sola en el centro del grupo, con sus ojos estupefactos que imploraban un auxilio, sin saber cuál.
Personas de buena voluntad empezaron á desarrollar sus iniciativas autoritarias.
—¡Aire!... ¡dejen aire!
Daban empellones para hacer mayor el círculo en torno del caído; pero inmediatamente se volvían hacia éste, ordenando socorros inútiles, y otra vez se estrechaba el espacio, llegando los pies de los más avanzados junto á la boca aulladora del moribundo.
Una jovencita había trotado espontáneamente hasta el bar de la entrada del Casino, volviendo con un vaso de agua.
—¡Antonio!... ¡Antonio!
Los arrodillados compañeros le llamaban en vano, pugnando por entreabrir sus mandíbulas y obligarle á beber. Su boca repelía el líquido, para seguir repitiendo el doloroso rugido.
Empezaron á llegar señoras de las salas de juego, atraídas por la noticia. Todas conocían á la duquesa; y la miraron con cierta hostilidad, después de contemplar al moribundo. El príncipe oyó fragmentos de sus comentarios: «Un pobre que vivía milagrosamente... La más leve emoción... Esa mujer...»
Más allá del grupo correteaban los guardias del jardín transmitiéndose órdenes. Habían aparecido los bomberos, aquellos bomberos que, según el rumor público, se filtraban mágicamente á través de los muros del Casino para llevarse á los jugadores caídos en las salas.
Esta vez les faltaba la camilla. Los curiosos se apartaron para abrir paso á una extraordinaria novedad. Un carruaje de alquiler iba avanzando por las terrazas, lugar vedado á los vehículos.
Lubimoff vió cómo se elevaba la duquesa repentinamente sobre las cabezas del gentío. Acababa de subir al carruaje y se mantuvo de pie en él, con la mirada perdida y un rostro inexpresivo de sonámbula. Tal vez había hecho esto sin reflexión; tal vez el médico militar la invitó á subir, creyéndola de la familia del enfermo. Varios hombres con uniforme levantaron el cuerpo inánime del oficial.
Continuaba su ronquido desgarrador.
Y entonces, ante la muchedumbre, que no podía ver con sus ojos estupefactos, Alicia procedió como si estuviese sola. Acababa de dejarse caer en el asiento, é hizo que pusieran sobre sus rodillas aquel cuerpo igual á un cadáver. Ella misma, mientras lo sostenía con un brazo, dobló con el otro la aulladora cabeza, haciéndola descansar en uno de sus hombros.
El carruaje se puso en marcha lentamente hacia el hotel de los oficiales, seguido de una gran parte del público. El médico iba á pie, recomendando al cochero que marchase despacio.
Miguel la vió pasar, rígida, los ojos agrandados por el asombro, la boca crispada por el dolor, con aquel moribundo en sus rodillas. Su actitud era la misma de la madre divina al pie de la cruz, pero con algo impuro y vergonzoso en su pena que hacía inadmisible la imagen. «¡Oh, Venus dolorosa!»
No pudo continuar sus pensamientos. Se sintió empujado rudamente por una mujer con uniforme. Era Mary Lewis que corría, abriendo todo el amplio compás de sus piernas, para alcanzar al carruaje. Esta amazona del bien siempre llegaba á tiempo para encontrarse con el dolor.
Lubimoff vió como se alejaba poco á poco el vehículo con su orla de gentío. La marcha hasta el hotel iba á resultar interminable; todo Monte-Carlo presenciaría su paso.
Se sintió triste, muy triste. Aquel oficial era su enemigo; ¡pero la muerte!...
Alicia le inspiraba menos conmiseración. Sonrió con una sonrisa perversa al contemplar por última vez el carruaje y su séquito que iba en aumento.
Como escándalo, no era flojo el que acababa de dar la duquesa de Delille.
XI
Dos días después, Lubimoff vió salir, una mañana, al coronel, vestido de negro.
Iba al entierro de Martínez. El y Novoa, como españoles, tenían el deber de acompañar al héroe en su último viaje sobre la tierra.
A la vuelta relató al príncipe sus impresiones, con una concisión dolorosa. Unos cuantos oficiales convalecientes habían seguido al féretro. El profesor y él eran los únicos acompañantes con traje civil; pero aquellos muchachos heroicos y amables le obligaban á presidir el duelo, por ser coronel y compatriota del difunto.
Describió el cementerio de Beausoleil, á media falda de la montaña en cuya cumbre está La Turbie. A causa de la guerra, habían tenido que ensancharlo con varias mesetas formando escalinata, y desde estas explanadas se abarcaba un paisaje magnífico: Monte-Carlo y Mónaco á vista de pájaro, Cap-Martin avanzando sobre las olas, y el infinito del mar subiendo y subiendo, hasta confundirse con el cielo. Un monumento con un gallo en su cúspide, arrogante y victorioso, guardaba los restos de los combatientes muertos por Francia. Don Marcos aún estaba conmovido por sus propias palabras, dichas en medio de un profundo silencio ante la puerta de esta tumba común que iba á tragarse para siempre el cadáver de Martínez.
—Hablé para hombres—dijo Toledo con orgullo—, para hombres estropeados por la guerra; un público de héroes... No ha habido en el entierro una sola mujer.
Esto fué lo más interesante para el príncipe: «Ni una mujer.» Y volvió á preguntarse una vez más qué sería de Alicia.
Al caer la tarde, cuando estaba paseando por sus jardines, vió venir á lady Lewis precedida del coronel.
Se refugió el príncipe en su casa. La enfermera llegaba indudablemente con un grupo de convalecientes ingleses, deseosa de corretear entre los árboles, de coger flores, y él se sentía falto de fuerzas para escuchar su parloteo de pájaro herido y alegre, aquel contento tenaz que se prolongaba, á través del dolor, hasta los umbrales de la muerte.
Subía el príncipe la escalera para ocultarse en sus habitaciones altas, cuando le alcanzó el coronel; y antes de que éste le hablase, lo interpeló con violencia. No quería ver á la enfermera... Que pasease con sus ingleses por todos los jardines: podía disponer de ellos como si fuesen de su propiedad; pero que le dejase tranquilo.
—Marqués—dijo Toledo—, la lady viene sola y necesita hablar con Su Alteza. Tiene algo importante que decirle.
El príncipe y la enfermera ocuparon unos sillones de junco fuera de la casa, en una plazoleta rodeada de frondosos árboles. Una fuente reía bajo el desgrane de su perezoso surtidor.
La luz verdosa reflejada por la arboleda hacía á lady Lewis más débil y exangüe. Los restos de su vida parecían concentrarse en sus ojos antes de huir perdiéndose en el espacio como un flúido incautivable. El príncipe iba olvidando su reciente cólera. ¡Pobre lady!...
Volvió á sentir por ella ternura y respeto. Su miseria física acababa por convertir la lástima en esa admiración que inspira siempre el sacrificio desinteresado.
Ella, acostumbrada á vivir entre los grandes dolores, á presenciar catástrofes, tenía en poco las conveniencias que rigen la vida ordinaria, y habló inmediatamente, con cierta rudeza militar, del motivo de su visita.
Venía de parte de la duquesa de Delille. Había pasado los dos últimos días en Villa-Rosa, durmiendo allí para no abandonar un solo momento á Alicia. Su desesperación primeramente y luego su abatimiento le inspiraban miedo. Había intentado matarse.
—¡Pobre mujer!... Al fin se serenó, viendo la verdadera luz, reconociendo su camino. Estoy satisfecha de haberlo logrado con mis palabras.
Los ojos interrogantes de Lubimoff quedaron fijos en la inglesa. ¿Qué luz y qué camino eran estos?... Pero otra cosa le interesaba más: la causa de su visita, aquella misión que le había encargado la duquesa para él.
Lady Lewis adivinó sus pensamientos.
—Me ha pedido que le vea, príncipe; es su último deseo al huir del mundo. Le suplica que se olvide de ella, que no la busque nunca, y sobre todo que la perdone por el daño que le ha causado involuntariamente. Su perdón es lo que reclama con más vehemencia... Cuando yo le diga que usted no la odia, esto le devolverá la tranquilidad que necesita para su nueva vida.
Miguel quedó absorto. ¿Perdonar?... Alicia no le había causado ningún daño. Era él mismo quien se atormentaba con sus deseos y sus desilusiones. De persistir en sus ideas de meses antes, cuando abominaba de las mujeres, no habría sufrido la menor alteración en su cuerda existencia. Además, ¿dónde estaba? ¿no podía verla?...
Estas preguntas las interrumpió lady Lewis. Continuaba sonriendo dulcemente, pero su voz reveló la firmeza de una voluntad inquebrantable.
—La duquesa ya no vive en Monte-Carlo; he arreglado todo lo referente á su viaje. Soy la única que conoce su paradero, y no lo revelaré á nadie. No la busque, deje que marche en paz hacia la verdad; imagínese que ha muerto... como han muerto otros, como mueren y seguirán muriendo en nuestra época tantos miles de seres á cada nuevo sol... Perdone y olvide. ¡Pobre mujer!... ¡es tan desgraciada!
Lubimoff comprendió que resultarían inútiles todas sus preguntas. Su curiosidad, por insinuante que fuese, se estrellaría contra esta reserva. Alicia había desaparecido para siempre... ¡para siempre!
Esto le hizo considerarse más triste, más sólo. Experimentó junto á esta amazona del dolor humano una confianza igual á la que había debido sentir la de Delille en los dos últimos días. Era un deseo de confesarse con ella, un impulso instintivo de abrirle el alma, como si de esta mujer que llevaba á los lechos de muerte un regocijo frívolo de pájaro pudiese surgir el consejo de la suprema sabiduría.
Movió el príncipe la cabeza, murmurando palabras de afirmación: «Sí; perdonaba.» No quería dejar sobre la otra el más leve peso de su dolor; lo guardaba todo para él... Pero á continuación no pudo resistir el empuje de este mismo dolor deseoso de exteriorizarse, y sintió extrañeza ante las palabras que se le escapaban, atropellando su voluntad.
—¡Yo también, lady, soy muy desgraciado!
La enfermera no manifestó asombro ante tal confidencia. Continuó sonriendo, y dijo lacónicamente:
—Lo sé.
Su sonrisa se fué transformando en un gesto de dulce piedad, de conmiseración protectora, como si el príncipe fuese un niño necesitado de sus consejos.
Había adivinado su desgracia mucho antes de que la duquesa le hablase en sus horas de desesperada confesión. Se creía desgraciado por contrariedades de amor; pero esta desgracia sólo era la envoltura de otra más verdadera y profunda que residía en él, sólo en él.
Intentaba mantenerse apartado de sus semejantes, ignorando las preocupaciones de éstos, enquistado en su egoísmo, queriendo prolongar sus goces de los años tranquilos al margen de la humanidad, que sufría una de las mayores crisis de su historia. Era comprensible este alejamiento en un cobarde, dominado por el instinto de conservación; pero él era valiente. Podía tolerarse en un hombre cargado de hijos, que siente á todas horas el imperioso deber de su subsistencia y sufre miedo; pero él estaba solo en el mundo.
—Todos somos desgraciados, príncipe. ¿Quién no conoce ahora el dolor y la muerte?
Y habló monótonamente de las propias desgracias, como si recitase una oración, mientras su sonrisa se iba borrando: aquella sonrisa que animaba la fealdad anémica de su rostro con una luz vagorosa de aurora.
Seis hermanos suyos habían muerto en una tarde. Pertenecían al mismo batallón, y ella recibía la noticia de las seis muertes al mismo tiempo. Treinta y dos individuos de su familia estaban bajo tierra. Muy pocos de ellos eran militares; llevaban una existencia de placeres antes de la guerra, disfrutaban de grandes riquezas y títulos: su vida resultaba tan dulce como la del príncipe Lubimoff... ¡pero al verse llamados por el deber!...
Nadie escoge su lugar antes de venir al mundo; ninguno puede decidir cuál será su patria y cuál su linaje. Nacemos arriba ó abajo, á capricho del azar, y amoldamos la historia de nuestra existencia al sitio que nos designó el acaso. Tampoco puede nadie escoger su época. Los que nacen en períodos de paz, cuando la humanidad permanece en calma y el salvajismo prehistórico dormita dentro del caparazón formado por las civilizaciones, son dichosos; tan dichosos como los que vienen á la vida en una casa poderosa y se ven exentos de batallar por la subsistencia.
—Pero cuando nacemos en una época de locura—continuó—, debemos resignarnos y amoldarnos á ella, sin huir el hombro á la carga penosa. Tenemos el deber de sufrir para que otros sean felices después, como sufrieron los antepasados por nosotros.
¡Su dolor al recibir la noticia de aquella muerte en masa de sus hermanos!... Ella no se tenía por un ser extraordinario; era simplemente una mujer como todas, y lloró, entregándose á la desesperación. Luego, una idea iba esparciendo por su pensamiento cierta frescura bienhechora. ¡Si hubiesen hombres inmortales!... Entonces sí que resultaría horrible la desesperación, al pensar que el muerto podía haberse librado de la muerte manteniéndose lejos del peligro. Pero nadie era inmortal.
Morir bajo el proyectil ó bajo el microbio, era morir lo mismo. Sólo variaba la postura, y para muchos ofrecía mayor seducción volver á la tierra de un modo fulminante, en plena embriaguez heroica, con una idea generosa en el pensamiento, que extinguirse lentamente entre sábanas, frente á una pared, manchado y envilecido por todas las suciedades de una materialidad que empieza á disgregarse.
Era el santo miedo, guardián de nuestra conservación, el que perturbaba á las gentes, ocultándoles la terrible verdad que existe al término de toda vida. Las gentes cuerdas consideraban una locura el ir al encuentro de la muerte. Muy bien si la muerte fuese algo inmóvil que sólo pone su mano en el que se le acerca... Pero si el hombre no va en su busca, ella corre con pasos de cien leguas en busca del hombre. ¿Quién puede adivinar el momento del encuentro?... Lo mejor era despreciarla, no concederle el tributo de un recuerdo continuo, engendrador de angustias y miedos.
Además, la muerte en el lecho resultaba una muerte infructuosa y estéril. ¿A quién podía servir, aparte de los herederos?... La otra muerte por una idea, aunque fuese errónea, representaba una afirmación, un acto de energía y de fe, y con la suma de tales actos se va tejiendo la historia noble de la humanidad.
El príncipe admiró la sencillez con que esta mujer casi moribunda ensalzaba el heroísmo de la vida despreciando á la muerte.
Había colocado su pensamiento en lo alto, más allá de los egoísmos y los deseos que forman la trama de la vida ordinaria. Si todos hiciesen lo que les conviene únicamente, la humanidad en masa no tendría por qué considerarse superior á los animales.
La lady poseía un ideal: sacrificarse por sus semejantes; servirles aun á costa de su existencia. Casi se congratulaba de la guerra, que la había ayudado á encontrar el verdadero camino. En tiempo de paz hubiese hecho lo que todas: uniendo su suerte á la de un hombre, para tener hijos y constituir una familia. El egoísmo amoroso resume el mundo en dos seres; el egoísmo de la madre no reconoce nada interesante más allá de su prole. Unicamente cuando llega la vejez y se han desvanecido las perspectivas ilusorias de la vida se reconoce la gran verdad, ó sea que hay que interesarse y sacrificarse por todos los que existen... Pero la piedad de la vejez es infructuosa y corta. Mary Lewis se consideraba feliz por haberse lanzado desde el primer momento en la buena dirección, sin el largo rodeo de los otros para llegar tarde á la verdad.
—Yo he tenido mi novela, como todos.
Dijo esto con sencillez, pero al mismo tiempo la poca sangre que le restaba animó su rostro con tenue rubor, como si fuese á confesar algo extraordinario.
Un hombre estudioso la amaba; un antiguo secretario de su padre el gobernador colonial. Sólo una vez se habían confesado este amor. Luego continuaron su vida como siempre, guardando cada uno su secreto, poniendo la realización de sus ilusiones en un porvenir indeterminado... Pero llegaba la guerra.
El había corrido de los primeros á alistarse como voluntario: «Mary, soy soldado.» Y Mary había respondido: «Hace usted bien.» Se escribían de tarde en tarde breves cartas. Tenían cosas más importantes que hacer. El no poseía la hermosura y la fuerza del héroe, como los hermanos de lady Lewis. Hasta sospechaba ésta que su aspecto era poco militar, á causa de los torpes movimientos de una vida vegetativa acostumbrada á encorvarse sobre la mesa de escribir. Pero cumplía su deber, y más de una vez le habían citado por sus frías audacias.
Nunca se realizarían los deseos de los dos. Aunque ella alcanzase á vivir después de la guerra, continuaría su existencia presente en los hospitales civiles, en los países remotos azotados por las epidemias. El tal vez se casase con otra, ó tal vez permanecería fiel á su recuerdo, dedicándose por su parte á remediar el dolor de los hombres. Mas vivirían alejados, yendo adonde les llamase su deber, pensando á todas horas uno en el otro, pero sin verse, como los monjes letrados y las religiosas apasionadas que en otros siglos llenaban su existencia con una amistad espiritual sostenida desde sus lejanos monasterios.
Miguel volvió á admirar esta abnegación. Lady Lewis pertenecía al pequeño grupo de elegidos que desconocen el egoísmo y ansían sacrificarse por el bien; á las eternas santas que existieron antes del nacimiento de las religiones, y que continuarán floreciendo lo mismo cuando la duda haya acabado de arruinar las creencias actuales.
—Usted es un ángel—dijo el príncipe.
—No—protestó ella-: yo soy una amorosa, una gran amorosa.
Lubimoff sonrió con cierta lástima.
—¿Amorosa usted, lady?...
Ella siguió hablando, como si le molestase la extrañeza de su oyente. ¿Qué era el amor de los otras mujeres comparado con el suyo? Ponían su ternura, su deseo de sacrificio, en un solo hombre. Más allá de él no encontraban nada digno de interés. Ella amaba á todos los hombres, ¡á todos! hasta aquellos enemigos que había cuidado muchas veces en las ambulancias del frente. Estaban engañados; y si realmente habían sido perversos y deseaban continuar siéndolo, ella sólo les veía en su estado actual, tendidos en una cama, con las carnes rotas, amenazados por la muerte. Eran unos desgraciados nada más, y esto bastaba para que olvidase su origen.
Deseaba el triunfo de los suyos, porque los otros representaban la exaltación de la fuerza brutal, la divinización de la guerra, y ella quería que no hubiese más guerras. ¡El amor imperando sobre el mundo entero!... Harta desgracia era que los hombres no pudieran suprimir con igual facilidad la pobreza, el dolor y la muerte, divinidades negras que nos toman al nacer y con las que batallamos hasta el último momento.
—Yo amo todo lo que vive: las personas, los animales, las flores. ¿Qué es al lado de esto el amor entre hombre y mujer, que las gentes consideran el único amor y no es mas que el egoísmo de dos seres apartados de sus semejantes, viviendo sólo para ellos?... Mi amor también es un egoísmo, lo reconozco; tal vez algo peor: un orgullo. ¡Si usted conociese mis alegrías cuando he salvado de la muerte á uno de mis flirts, á uno de esos pobres heridos que no veré más!... No me admire, príncipe, no me compadezca. Soy únicamente una pobre mujer: ¡nada de ángel! Además, muy mala; tengo mis remordimientos, como todos.
—¡Usted, lady!...—volvió á exclamar el príncipe con un gesto de incredulidad.
Y ella, para que el otro no dudase, se apresuró á contar el gran pecado de su existencia. Viajando por Andalucía había visto al borde de un río unos muchachos que intentaban ahogar á un perro vagabundo, arrojándole piedras. Mary cayó sobre ellos, loca de cólera, apaleándolos con su quitasol. Uno de los chicuelos lloró, arrojando sangre por las narices... Este mal recuerdo había perturbado muchas de sus noches. Ahora no podía ver á un niño sin acariciarlo con la vehemencia del remordimiento.
También había sostenido disputas en varios países con los carreteros que golpean á sus bestias, con los dueños de hotel que no le permitían guardar en su habitación los perros y gatos sin dueño encontrados en las calles.
Antes de la guerra, su lástima era toda para los animales. La humanidad sabe defenderse. Pero ahora, las matanzas de seres uniformados desviaban su dulce ternura hacia los hombres. Estaban más faltos de cariño y protección que las pobres bestias.
El recuerdo de sus flirts, que á estas horas se removían en sus camas cubiertos de vendajes, ansiosos de la presencia de lady Lewis, ó permanecían en un banco con los ojos inmóviles vueltos hacia el sol, negándose á pasear por faltarles el suave apoyo de su brazo, le hizo abandonar su asiento. «¡Adiós, príncipe!» Los enamorados la esperaban.
Puesta de pie, recordó el motivo de su visita, hablando de nuevo con aquel tono que revelaba su firme voluntad.
Era inútil que buscase á la duquesa. La pobre, después de tantas desorientaciones en su vida, acababa de encontrar el verdadero sendero, el mismo que ella, más afortunada, había seguido en plena juventud. La virgen dolorosa habló con naturalidad del pasado de Alicia. Lo conocía todo. En el silencio de Villa-Rosa, la otra se había confesado desesperadamente, sin que la enfermera sintiese escándalo ni asombro. ¡Qué representaba esta catástrofe moral de una simple persona, cuando el mundo veía á cada minuto los más inauditos crímenes!...
—Partió esta mañana, y está muy lejos... ¡muy lejos!—dijo la lady—. Es posible que jamás vuelvan á verse... Yo le escribiré que usted la perdona, y esto le proporcionará la tranquilidad que necesita en su nueva existencia.
El príncipe la fué acompañando hacia la salida de sus jardines. Durante el camino volvió á lamentarse. Necesitaba exteriorizar el desaliento en que le había dejado la resistencia de la inglesa á decirle el paradero de Alicia.
—Soy muy desgraciado, lady.
—Lo creo—contestó ella—. Mis desgracias son más grandes que las de usted, pero las sobrellevo mejor.
Para Mary, la vida era á modo de una balanza. En un platillo caía el infortunio: nadie se libraba de este peso; pero había que equilibrar el espíritu colocando en el platillo opuesto algo grande, un ideal, una esperanza. Ella había encontrado el contrapeso necesario: el amor á todo lo existente, el sacrificio por los semejantes, la abnegación en todos los momentos.
¿Qué tenía el príncipe para contrabalancear las sacudidas del destino?... Nada. Seguía viviendo como en los años de paz, pensando únicamente en él. Era todavía como habían sido los demás hombres antes de que la guerra los sacase de su individualismo egoísta, haciendo reflorecer las virtudes de la solidaridad y el sacrificio. Por eso bastaba un simple obstáculo á sus deseos, un desengaño amoroso, algo que sólo puede perturbar la vida de un adolescente, para que se considerase desgraciado... ¡Ah, si tuviera un ideal superior! ¡Si pensara menos en él y más en los hombres!
Se estrecharon los manos junto á la verja.
—¡Adiós, lady!—dijo el príncipe inclinándose.
De estar don Marcos presente, hubiese reconocido esta voz. Era la misma de la tarde del desafío, cuando encontró á la inglesa con los dos ciegos; una voz hermosamente grave, en la que parecían gotear lágrimas.
Toledo sólo apareció algunos instantes después, saliendo del pabellón del jardinero, para encontrarse con el príncipe, que regresaba pensativo hacia su «villa».
Lubimoff habló para darle una orden con tono duro.
—Me marcho á París... Quiero salir mañana; arregla lo necesario.
Luego, al fijar sus ojos en el coronel, continuó, con voz más dulce:
—Creo que nunca volveré aquí... Voy á vender Villa-Sirena.
XII
Don Marcos desciende por los jardines públicos hacia la plaza del Casino, en conversación con un militar.
Ya no es el ceremonioso coronel que besaba manos viejas y nobles en los salones de juego y asistía como inevitable comensal á los almuerzos de todas las familias linajudas de paso en el Hotel de París. Nada recuerda en su persona los levitones forrados de terciopelo, los sombreros de seda blanca y demás esplendores de su elegancia original. Va sobriamente vestido de obscuro, y su aspecto tiene algo de rústico; revela al hombre que vive en el campo, gusta de cultivar la tierra y se siente cohibido al volver á la existencia urbana. Lleva puestos los guantes, lo mismo que en sus buenos tiempos; pero ahora es por necesidad. Sus manos le recuerdan cierto exiguo jardín en torno de una «villa» diminuta, con cinco árboles, doce rosales y unos cuarenta arbustos más, que conoce uno por uno, dándoles nombres propios, cuidándolos y regándolos fervorosamente hasta encallecer sus dedos.
El militar también marcha como un hombre de campo, mirando á todos lados curiosamente. Un áspero bigote cubre su labio superior, uno de esos bigotes duros y agresivos que surgen después de largos años de continua rasura. Su uniforme es viejo, desteñido por el sol y las lluvias. El paño amarillento tiene el color neutro de la tierra. Su brazo derecho pende inerte del hombro y se mueve al ritmo del paso, con el vaivén de las cosas inanimadas. La mano va cubierta de un guante cuya rigidez acusa el relieve de algo duro y mecánico. La otra mano se apoya en un garrote, y una pipa humea en su boca. Sobre sus bocamangas casi se confunde con el color de la tela un breve y único galón de oficial.
—Diez meses y veinte días—dice Toledo—que Su Alteza salió de aquí... ¡Qué de cosas han ocurrido!
El militar es el príncipe Lubimoff: un Lubimoff que parece más fuerte, más sereno y decidido que el del año anterior, á pesar de su brazo artificial. La cabeza tiene las mismas canas de antes, discretamente esparcidas; pero el bigote, al crecer libremente, ha surgido casi blanco.
Las patillas del coronel son de la misma tonalidad. Con la desaparición de sus elegancias cesaron igualmente los cuidados de tocador, y el gris discreto de un teñido prudente ha dejado paso al blanco de una franca vejez.
Don Marcos señala la plaza hacia la que se dirigen los dos.
—¡Si hubiese visto Su Alteza esto la noche del armisticio!
La noticia del triunfo hacía correr á todas las gentes. Bajaban de Beausoleil, subían de La Condamine, llegaban del peñón de Mónaco. Por primera vez después de cuatro años, se iluminaban de arriba á abajo las fachadas del Casino, de los hoteles y cafés. La plaza estaba repleta de gente. Todos parpadeaban deslumbrados, después de la larga noche en que les había tenido sumidos la amenaza submarina. Unos cuantos instrumentos de cobre rugían la Marsellesa, y la muchedumbre, siguiendo las banderas de los países aliados, daba vueltas en torno del «queso», como las falenas alrededor de la luz, no queriendo salir de la plaza.
De pronto se había formado una larga línea danzante, una farándula, que empezó á correr y saltar, agrandándose en cada una de sus contorsiones. Todos se agregaban á ella, por el contagio del entusiasmo; el oficial unía su mano con la del soldado; las graves señoras levantaban las piernas y perdían el sombrero; las señoritas tímidas gritaban, con los cabellos sueltos; los rostros femeninos tenían esa expresión de locura entusiástica que sólo se ve en los días de revolución. Los cojos saltaban, los ciegos creían ver, los mancos se agarraban con sus muñones á la fila serpenteante. La Marsellesa parecía un himno milagroso, comunicando á todos una nueva fuerza. ¡La paz!... ¡la paz!
En una de sus evoluciones, la cabeza de la humana serpiente remontaba las gradas del Casino, La farándula quería meterse en el atrio, en las salas de juego, para arrastrar entre sus anillos al público, á los croupiers, á las mesas. Toda actividad interesada debía cesar en esta hora de generosa alegría.
—¡Ay, los jugadores! ¡Qué enfermedad la del juego, marqués! Al llegar á la plaza se quitaban el sombrero ante las banderas, faltaba poco para que llorasen, cantaban una estrofa de la Marsellesa. «¡Viva Francia! ¡Vivan los aliados!...» Y á continuación se metían en el Casino para apuntar su dinero al mismo número de la fecha celebre ó á otras combinaciones sugeridas por la paz.
Los porteros, con aire de viejos gendarmes, formaban en masa heroicamente para rechazar con sus pechos, sus panzas y sus puños la farándula revoltosa que pretendía introducirse en el solemne palacio. Parecían indignados. ¿Cuándo se había visto tamaña insolencia?... Buena era la paz, y el pueblo debía regocijarse; ¡pero meterse en el Casino como un motín danzante, para interrumpir el funcionamiento de una industria honrada!... Y habían acabado por repeler gradas abajo aquella fila de señoras desgreñadas por el entusiasmo, de militares condecorados que olvidaban repentinamente sus enfermedades v sus heridas.
El príncipe y Toledo llegan á la plaza y se dirigen á la izquierda del Casino, donde está el Café de París.
Lubimoff se sienta á una mesa, en un ángulo saliente del café que las gentes apodan «el Promontorio». El coronel permanece derecho. Ha pasado la tarde con el príncipe, y necesita volver á su casa. Ya no tiene la independencia de antes; alguien vive con él, y su nueva situación le impone obligaciones ineludibles.
Ve con la imaginación la casita que habita en lo alto de Beausoleil, rodeada de un pequeño jardín. Todo es suyo por escritura pública. Pero la suerte de su propiedad no le inquieta: nadie se llevará sus paredes y sus árboles. Lo que le tiene nervioso es cierto suboficial americano, joven y membrudo, que siente la manía de pasear en torno de su vivienda, y ciertos ojos claros que le siguen hambrientos desde una ventana, cierta boca carnuda que le sonríe, ciertas manos que él cree haber sorprendido de lejos arrojando una flor, y cuya propietaria le grita furiosa todos los días para convencerle de que ha visto visiones.
Don Marcos se ha casado.
Pocas semanas después de marcharse el príncipe, un gran cambio se realizó en su existencia. Villa-Sirena era ya de aquel nuevo rico, constructor de autocamiones y aeroplanos, que también había comprado el palacio de París. El coronel, al darle posesión, sólo se acordó de alabar los méritos del jardinero y su familia.
Lubimoff, antes de marcharse al frente, se había ocupado de la suerte de su «chambelán», asegurándole una pensión de diez mil francos al año y enviando además cierta cantidad para que comprase una casa. Ya que deseaba morir en Monte-Carlo, debía tener su pequeña Villa-Sirena.
Al poco tiempo de jardinear en su propiedad, viendo abajo la plaza del Casino, Toledo fué en busca de Novoa. Era su mejor amigo; además, era español, y tenía el deber de servirle en la circunstancia más importante de su vida. Lo necesitaba como padrino de boda. El profesor quedó estupefacto al enterarse de que se casaba con la hija del jardinero. ¡Una muchacha que podía ser su nieta!... Era desafiar al destino, correr á sus años en busca de la desgracia que ya presagiaba su nombre.
—Piense usted, don Marcos, que la juventud tiene sus derechos.
—Y la vejez sus deberes—contestó el coronel con bondad, resignándose ante el porvenir.
Ahora, de pie ante el príncipe, balbucea con timidez y confusión porque va á abandonarlo.
—Me espera Madó: la pobrecita sale muy poco. Le gusta que la lleve por las tardes al concierto en las terrazas. Son las cinco.
Y cuando el príncipe asiente con un movimiento de cabeza, echa á andar precipitadamente. Luego, más lejos, casi empieza á correr cuesta arriba, jadeando y sin sentir el cansancio. Desea llegar á su casa pronto, y tiene miedo de llegar. Madó sólo le convence cuando está al alcance de sus gritos. Se estremece pensando que puede de nuevo ver visiones.
Al quedar solo el príncipe, se borran poco á poco de sus ojos el vaso que tiene delante, las mesas inmediatas, el gentío sentado en torno del «queso». Su visión se contrae y se hunde, para contemplar otras imágenes que guarda su memoria.
Llegó en la mañana á Monte-Carlo. Sólo van transcurridas unas horas, ¡y ha visto tanto!...
Recuerda unas frases de su amigo Lewis; frases tristes, dichas en uno de los almuerzos en Villa-Sirena: «La vida es rara y desigual en su curso. Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos minutos cosas que en otras ocasiones necesitarían siglos...» ¡Qué de muertes en el espacio relativamente breve que le separa de su última salida de Monte-Carlo!...
Lubimoff ve en su memoria el corto y agitado período después de su llegada á París: su ingreso en la Legión extranjera, el grado de subteniente concedido al antiguo capitán de la Guardia imperial, su ida al frente después de haber distribuído y colocado el millón y medio producto de la venta de Villa-Sirena, la dura vida de campaña, los combates, la muerte acompañando con una generosidad lúgubre los avances de la ofensiva triunfal. Recuerda su encuentro con un legionario que le llama y al que tarda en reconocer: ¡Atilio Castro! Un Castro que ya no sonríe irónicamente, que contempla la vida con gravedad y parece convencido ahora del valor de sus acciones. Como pertenecían á distintas compañías, ya no se vieron más. Un anochecer lo encontró después de un combate, pero tendido en el suelo entre otros cadáveres, con la frente rota, la masa cerebral al descubierto. El rictus de la muerte era en él una sonrisa serena. ¡Pobre Castro!... ¿Qué sería de doña Clorinda?...
El príncipe deja de pensar en esto. Otros cadáveres le atraen. Evoca una visión reciente: su llegada á Monte-Carlo después de haber vivido mucho tiempo en un hospital. Al bajar del tren, Toledo examina con emoción el brazo mecánico que disimula imperfectamente el brazo amputado. Ha sufrido varios meses las consecuencias de una herida fatal y estúpida, recibida sin gloria pocos días antes del armisticio.
Sube á la risueña casita de don Marcos, que será, la suya mientras permanezca aquí. Allá abajo, avanzando sobre el mar, encuentra el promontorio de Villa-Sirena, que es de otro, y vuelve la vista para evitar que renazcan ciertos recuerdos. Esto hace que tropiece con los ojos de Madó, la señora de Toledo; unos ojos que consideran sin duda más interesante al príncipe Lubimoff bigotudo, avejentado y con uniforme, que cuando era el elegante amo de sus padres. ¡Pobre coronel!... Y huye de la mirada tentadora, de la boca carnuda y purpúrea que parece desafiarle al sonreir.
Después del almuerzo sigue un camino que asciende por la montaña formando ángulos; ve un muro de piedra, pasa una puerta, contempla un instante un monumento rematado por un gallo enorme.
Toledo se descubre. ¡Paz á los héroes! Luego señala la entrada de la fúnebre construcción.
—El pobre Martínez está ahí.
Bajan por unas gradas de piedra á una segunda sección del cementerio, escalonado en la montaña. En esta meseta sólo hay tumbas á ras del suelo, losas sepulcrales guardadas por un rectángulo de cadenas ó simplemente con orlas de flores. Un instinto estético parece influir en la parquedad de los ornamentos. Desde estas explanadas se ve una gran extensión de costa verde moteada de blanco por las «villas» y las poblaciones; los Alpes de color de rosa, los cabos de rocas purpúreas, el azul profundo y denso del Mediterráneo, el azul flúido y suave de un cielo sin nubes. Y las tumbas sonríen en esta Naturaleza esplendorosa, difundiendo, al entreabrirse bajo la acción del calor, un ligero vaho de sebo, un tufillo de estearina líquida.
Busca el coronel entre ellas, leyendo los nombres.
—Aquí, marqués.
Señala una losa con una simple inscripción: «Mary Lewis.»
—Lo mismo que un pájaro, Alteza. Un amanecer la encontraron muertecita en su cama del hospital. No dió un grito, no se quejó; se fué como había vivido... Las enfermeras cuentan que el cadáver sonreía; un cadáver ligero como una pluma.
En torno de la tumba se ennegrecen varias coronas, lo mismo que si las hubiese chamuscado un incendio. Toledo rebusca entre estas ofrendas de las compañeras de la difunta, hasta señalar un manojo de rosas frescas que empiezan á marchitarse.
—Debe ser de lord Lewis—sigue diciendo—. Cuando le va mal en el Casino, sube á ver á su sobrina. Su Alteza sabrá seguramente que, con la muerte de lady Lewis, él es ahora lord... verdaderamente lord.
Levanta el príncipe sus hombros. ¡Vanidades humanas en este lugar, que da á todas ellas un carácter grotesco!...
Don Marcos adivina su impaciencia, y mientras descienden dos escalinatas más, va dando explicaciones.
—La inglesa se fué antes que la otra; por eso la enterraron arriba. ¡Han muerto tantos en los últimos meses!...
Llegan á la última meseta del cementerio, la más baja, un campo cuadrado de tierra rojiza, en el que no hay losas, ni columnas truncadas, ni cadenas. Pequeños montículos que afectan la forma de un féretro indican el lugar de las sepulturas. Algunos tienen cruces de madera. De una de éstas pende el retrato de un soldado joven en el centro de una corona depositada por sus padres.
Dos hombres asoman su busto á ras del suelo y vuelven á hundirse después de vaciar sus palas: abren una tumba para alguien que va á llegar. Miguel se fija en el campaneo lúgubre que viene de abajo, desde una iglesia de la ciudad invisible, á través del éter vibrante y luminoso.
El coronel insiste en sus explicaciones.
—Es una sepultura provisional, sin losa, sin nombre. Con motivo de la guerra, era imposible enviar la muerta á París. Estará aquí el tiempo que exige la ley, y luego, esa señorita que es su heredera la trasladará al panteón del cementerio de Passy, donde está enterrada su madre.
Duda un poco examinando los montículos, y al fin se detiene ante uno de ellos, quitándose el sombrero.
—Aquí es.
Lubimoff no puede contener su extrañeza. «¿Aquí?...» Ve un túmulo de tierra sin adorno alguno, sin nada que lo diferencie de los otros, y que no le infunde ninguna emoción. Mira con inquietud á su acompañante. ¿No se habrá equivocado?... ¿No estarán ante la sepultura de un pobre militar muerto de sus heridas?
El coronel, ofendido por la duda, repite con energía: «Aquí es.» Se acuerda de que fué el único hombre que figuró en el entierro. Tres enfermeras, la señorita Valeria y él, nada más, siguieron el féretro hasta estas alturas.
¡Pobre duquesa de Delille!... Se conmueve Toledo al recordar su muerte inesperada. Lady Lewis la había enviado al frente. Su nacimiento en los Estados Unidos facilitó que la admitiesen en el personal sanitario de las divisiones americanas que se batían en Château-Thierry.
Escuchando el príncipe las explicaciones de don Marcos, recuerda una confesión de Alicia. Era torpe de manos; su voluntad, ansiosa de hacer el bien, flaqueaba por falta de medios materiales en el momento de la acción. Sin duda por esto la habían expedido á las pocas semanas otra vez á la Costa Azul, para que prestase sus servicios en un hospital más tranquilo que las ambulancias del frente.
Toledo no la había visto. Vivía en las inmediaciones de Monte-Carlo sin que él lo sospechase. La primera noticia que tuvo de ella fué la de su muerte; una muerte que deja pensativo al coronel siempre que la recuerda.
Se infectó con un instrumento de cirugía que acababa de ser empleado en una operación. Tal vez fué por torpeza de sus manos; tal vez... ¡quién sabe! Don Marcos cree que la duquesa estaba cansada de vivir.
—Una muerte horrible, marqués. Yo no la vi: celebré no verla. Me contaron que estaba negruzca é hinchada. Además, pasó muchas horas de suplicio, apoyándose en la cabeza y los talones, hecha un arco, sobre la cama, con el cuerpo dilatado por los más atroces sufrimientos. El tétanos. ¡Morir así una gran dama tan hermosa, tan elegante!... Pero en medio de tales suplicios tuvo serenidad para dictar sus disposiciones testamentarias. La señorita Valeria ha heredado Villa-Rosa y varios centenares de miles de francos: todo lo que ganó ella una noche en el Sporting. En cuanto á Su Alteza...
Le interrumpe el príncipe con un ademán. Sabe hace tiempo, por las cartas de don Marcos, que Alicia se acordó de él en su último instante, dejándolo heredero de sus minas de plata en Méjico, de todo lo que poseía al otro lado del mar: nada por el momento, tal vez en el porvenir una fortuna casi igual á la que Lubimoff tenía antes en Rusia.
Permanece con los ojos fijos en la sepultura. Ve sobre las laderas del túmulo un musgo fino, un bosque minúsculo que abre sus ramajes al soplo de la primavera, y entre cuyas hojas se mueven diminutas flores. Unas mariposas negras ó verdes moteadas de rojo aletean sobre esta selva rumorosa de vida naciente, como aletearon las monstruosas aves prehistóricas sobre las primeras vegetaciones del planeta.
Miguel establece una relación entre estos insectos y el espíritu que habitó el organismo que se deshace cerca de sus pies, bajo un metro de tierra. Sus colores variados y desacordes le hacen pensar en el alma de la muerta. También, minutos antes, otra mariposa blanca revoloteando sobre las flores traídas por Lewis le ha hecho ver el alma pueril y sublime de lady Mary.
Ahora, sentado en el café, su emoción es mayor que en el cementerio. Ve las cosas á través del recuerdo, espiritualizadas, limpias de los sedimentos de la realidad.
¡Pobre Alicia! ¡pobre engañada de la vida!... La Venus triunfadora, la Helena del «banco de los viejos», la beldad centro de lo existente, ansiosa de admiración más que de amor, está en un mísero cementerio, entre cadáveres de soldados, y tal vez aceleró con voluntaria torpeza su salida de un mundo en el que no encontraba lugar, repelida por sus propias acciones.
Nuestra existencia no es mas que un resultado de la voluntad. Formamos la vida á nuestra imagen; en vano nos quejamos contra el destino: somos lo que queremos ser. Alicia sólo podía terminar de un modo extraordinario, de acuerdo con su existencia anterior. El también ha vivido como no viven los demás hombres, y morirá con una muerte distinta á la de ellos.
No siente dolor ni despecho. Se extraña de haber podido odiar á Martínez y deseado á esta mujer con tanta vehemencia. Sólo conoce ahora la melancolía de una tristeza enorme con el recuerdo de estos seres que ya no son, que empiezan á morir segunda vez al quedar olvidados por los que les conocieron. Unicamente pueden inmortalizarse en la memoria del príncipe, pobre memoria destinada á perecer á su vez dentro de unos años.
Intenta con la imaginación atravesar la masa de tierra que cubre á la muerta; pretende ver en la más densa de las sombras. Sólo han transcurrido unos meses de descomposición: su personalidad aún no se ha disuelto enteramente. La ve como era en la vida y al mismo tiempo como es ahora. Su carne se deshace en arroyuelos pútridos que corren por los pliegues de las ropas chamuscadas. Forzosamente sonríe á todas horas en la obscuridad: ya no tiene labios. Sus ojos sirven de abrigo á las prolíficas moscas de la tumba, que engendrarán millones de millones de destructores. Y este anonadamiento de algo que existió, pensó y amó está aún en sus preliminares.
A los devoradores de las partes blandas sucederán los irresistibles artífices del hueso. Miriadas de trabajadores microscópicos laborarán el esqueleto, limpiándolo de las últimas impurezas adheridas á su andamiaje, desmontando las sabias articulaciones, raspando el cemento que adhiere las vértebras. Un día, la mandíbula inferior se despegará, rodando hasta la cavidad abdominal, una mandíbula cuyos dientes conocieron el esplendor de la sonrisa y la caricia del beso. Otro día, el cráneo, al partirse en piezas el espigón que le sirvió de soporte, rodará también, confundiéndose con el polvo de los costillares, con los huesecillos de los pies que marcaron el ritmo de un paso ondulante. Dentro de unos siglos, las revoluciones y las guerras tal vez sacarán á la superficie este cráneo. ¿Por qué no?... Lubimoff acaba de ver en el frente numerosos cementerios removidos por el cañón, con los muertos emergiendo de la tierra, tal como los levantó el estallido de las granadas... Y cuando alguien, en lo futuro, con la eterna curiosidad del príncipe shakespiriano, tome en su diestra el cráneo de Alicia, no podrá decir si perteneció á una dama ó á una moza de posada, si fué de una beldad ó de una negra...
Miguel evoca con irónica tristeza sus ilusiones y sus deseos concentrados en esta nada, y siente la necesidad de olvidar el cadáver. Sus ojos, que miran hacia dentro, ven la minúscula vegetación, los pintarrajeados insectos, todo lo que la primavera ha puesto sobre una tumba sin nombre. Esto es lo que una vida que se consideró superior á las otras ha dejado como único rastro de su existencia. Tal vez en la corola de las florecillas hay una gota del alma de Alicia, y las mariposas la beben para continuar su ebrio revuelo sobre las tumbas.
¡La primavera! El príncipe levanta su pensamiento sobre el dolor individual. Recuerda lo que ha visto en un pedazo de mundo asolado por la bestialidad de los hombres: ciudades en ruinas; pueblos que sólo levantan sus muros un metro sobre el suelo, como las urbes descubiertas después de un cataclismo; granjas incendiadas; campos interminables esterilizados, perforados, vueltos al revés por un cañoneo de cinco años; muchas tumbas... miles de tumbas... millones de tumbas. Las mujeres, vestidas de negro, van por los caminos titubeando á través de los escombros y de los embudos abiertos por los proyectiles monstruosos. Perdieron sus hijos, vieron fusilar sus maridos; ahora exploran el suelo en busca de su casa que fué...
Pero el invierno de la guerra ha terminado; ya llega la primavera de la paz. Y la misma mano verde que pone florecillas y mariposas sobre la tumba anónima cuelga olorosas guirnaldas de los muros ennegrecidos por el incendio, tapiza con terciopelo vegetal las pendientes abiertas por las explosiones, hace gorjear los pájaros y rebullir los insectos sobre las sepulturas, guía la serpenteante enredadera por el leño negro de las cruces, como si quisiera convertirlas en tirsos...
¡Ay! La tierra ignora nuestros dolores.
El príncipe sale de su abstracción, y ve al coronel que le saluda de lejos.
Ya está de vuelta, acompañado de madame Toledo, cuya cabeza apenas le llega al hombro. Durante el camino ella ha mirado atrás muchas veces, con la esperanza de verse seguida por el suboficial americano.
Al reconocer al príncipe en el café, olvida al otro, y parece suplicarle con los ojos que abandone su asiento y vaya con ella á las terrazas.
Se alejan los dos hacia el concierto, y Miguel vuelve á caer en su meditación... Recuerda su diálogo con don Marcos poco antes, cuando bajaban del cementerio.
Toledo parece inconsolable. La guerra no ha terminado bien para él. Se muestra escandalizado por el carácter absurdo de su final. ¡Qué tiempos! El fugitivo refugiado en Amerongen le desconcierta y le irrita.
—¡Y yo que le hacía el honor de compararlo con un teniente!... ¡Yo que le consideraba capaz de pegarse un tiro!...
Treinta años aterrando al mundo con el estrépito de su sable y sus bigotes fanfarrones; treinta años de titularse «señor de la guerra», haciendo temblar á los pueblos con su ceño, sus actitudes heroicas y sus frases teatrales; treinta años de preparar millones de hombres para el matadero, obligando á los pueblos á vivir armados en plena paz, y cuando apunta la desgracia para él, cuando considera su existencia en peligro, huye vergonzosamente al extranjero, abandonando á los suyos, lo mismo que un comerciante que hace quiebra fraudulenta.
—¡Es la mentira mayor que ha conocido la humanidad—grita indignado el coronel—, la estafa más grande de la Historia!
Matarse no prueba nada: don Marcos lo sabe perfectamente. ¡Pero hay en la vida tantas cosas que no prueban nada y sin embargo son bellas y lógicas!... La desesperación de los que se suicidan por amor tampoco prueba nada, y sin embargo ha inspirado á la poesía y á las otras artes sus mejores obras. El marino, al perder su buque, se mata; todo hombre de honor que considera su falta irremediable apela á la muerte, para caer en una postura digna.
—Y ese emperador—sigue diciendo Toledo—que ha organizado el exterminio de diez millones de hombres desea llegar á viejo... ¡Ah, sinvergüenza!
El honor militar tal como había venido entendiéndose á través de los siglos lo desconocían también sus generales. Estos especialistas del incendio de poblaciones, estos técnicos del fusilamiento de campesinos, estos artífices del terror, al ver próximo el desastre, se marchaban tranquilamente á sus castillos, como oficinistas que abandonan el trabajo.
De todos estos compañeros del «señor de la guerra», el único digno de respeto era un hombre civil, un comerciante, un judío, el armador Ballin, de Hamburgo, que al ver arruinado el Imperio no quería sobrevivirle y se pegaba un tiro. Mientras tanto, los mariscales de la estrategia fracasada se dedicaban tranquilamente á educar sus perros, escribir sus Memorias y cuidar su salud.
Napoleón, en una de sus últimas batallas, colocaba su caballo sobre una bomba; luego pretendía envenenarse en Fontainebleau. Llamaba á la muerte, y únicamente se decidía á vivir, como un fatalista, al convencerse de que la muerte no quería nada de él. El otro Napoleón, el de Sedán, podía haberse refugiado en Bélgica, abandonando á sus tropas, como lo había hecho el triste César germánico; pero, enfermo y desfalleciente sobre su caballo, prefería galopar solo á lo largo de una carretera barrida por los cañones, esperando la granada que lo hiciese pedazos.
Así entendía Toledo el honor militar, así había sido aceptado en todas las épocas.
Su cólera era implacable contra los generales del Imperio, prontos á correr en la hora mala, y que sólo pensaban en su reputación, lo mismo que los cómicos. Rotas sus líneas, cercados por los aliados, podían haber caído noblemente, peleando hasta el último momento, de acuerdo con sus antiguas bravatas. Pero preferían solicitar un armisticio y entregar sus armas, para que los imbéciles que tanto los habían admirado pudieran seguir creyendo en su divinidad de invencibles y en que sí se retiraban á sus tierras era únicamente por consideraciones de política interior.
¡Lúgubres comediantes, como su amo, hasta el último minuto!...
Y don Marcos, pensando en el miedo que estos hombres han hecho sufrir al mundo durante treinta años, grita coléricamente:
—¡Embusteros!... ¡embusteros!
Otra vez sale el príncipe de su abstracción. Alguien se ha detenido ante él, y oye una voz conocida.
—Alteza, ¡qué alegría verle!... El coronel acaba de anunciarme su llegada.
Es Spadoni: el Spadoni de siempre, como si sólo hubiesen transcurrido unas horas desde su última entrevista con el príncipe, como si fuese ayer cuando rugía de indignación estudiando al piano Lo que la palmera le dijo al agave.
No quiere sentarse: tiene prisa; ha venido solamente para estrechar la mano de Su Alteza. Ya le verá después con más detenimiento en el Casino. El tiene por indudable que el príncipe va á entrar en el Casino. ¿A qué otro lugar puede ir una persona decente en Monte-Carlo?...
Pasa una rápida mirada por su uniforme, admira su rudo aspecto de soldado.
—He sabido las hazañas de Su Alteza; le preguntaba siempre al coronel... ¡Un héroe!
Lubimoff no tiene tiempo para repeler estos elogios. Spadoni pasa á ocuparse de algo más interesante. La guerra, los héroes... cosas nebulosas y sin sentido. El está por la realidad, y empieza á hablar de un nuevo personaje admirado por él, un portugués que juega fuerte, y cuyo nombre, desde hace unos días, parece llenar las salas, á causa de sus ganancias.
—Yo lo observo; además, es amigo mío y creo poseer su secreto. Imagínese, príncipe...
El príncipe se inquieta, adivinando que le va á describir con toda clase de detalles la combinación del portugués, que ya considera suya. Pero el pianista mira hacia el Casino, balbucea, y acaba por interrumpir su relato. Alguien se aproxima, y él sólo quiere hacer partícipe de su secreto al príncipe. Se despide de él, con la promesa de revelarle la combinación preciosa en un diván de los salones privados, cuando entre en el Casino.
Piensa Lubimoff en su existencia de los últimos meses, en sus aventuras de soldado, en su herida, en todo lo que le ha ocurrido á él y al mundo entero mientras este músico permanecía fijo en Monte-Carlo sin admitir otra realidad que el revoloteo de la Quimera.
El amigo Lewis tiende una mano al príncipe. El es quien ha cortado con su aproximación la facundia del pianista. Los jugadores evitan comunicarse sus secretos, por rivalidad profesional. El tiempo, que parece haber olvidado á Spadoni, dejándolo lo mismo que lo vió Miguel por última vez en su «villa de la tumba», se ha ensañado con Lewis, avejentándolo, como si los meses valiesen años para él.
Está triste por las pérdidas que sufre y por los recuerdos. ¡Aquella sobrina que era toda su familia!... Lubimoff sabe por el coronel que no ha heredado nada de ella. La enfermera gastó toda su fortuna en ambulancias y hospitales. Su título es lo único que corresponde á Lewis. Se cumplió su profecía: ya es el tercer lord Lewis, con el apodo de «el Inútil» que él mismo se ha dado.
Examina al príncipe con una mirada errante, detiene los ojos en su brazo rígido, estrecha después con efusión su mano izquierda.
—Usted es un hombre, Lubimoff. Usted sabe hacer las cosas...
Y en estas palabras hay un reproche contra él, que no puede despegarse de Monte-Carlo, que aquí vivirá y morirá haciendo siempre lo mismo.
Sin embargo, este es un gran día. En la mañana ha recibido la visita de un amigo que viene á vivir con él no sabe por cuánto tiempo, tal vez por dos días, tal vez por dos años; un gran amigo del que no tenía noticia alguna y muchas veces ha creído muerto: el conde, el famoso conde.
Ha llegado hasta el café con Lewis, que no puede separarse de él; ha dado su mano al príncipe como si lo hubiese visto el día antes, sin reparar en su uniforme ni en su mutilación. Permanece silencioso en su silla, pasándose una mano por la cabellera blanca y crespa, fijando sus ojos redondos, de fulgor nocturno, en la gente que circula en torno del «queso».
Lewis cree que debe sentirse contento. ¡Día de sorpresas! Primeramente el conde, después el coronel, que le avisa la presencia de Lubimoff...
Evita hablar de su sobrina; incorpora su tristeza á las tristezas de todos... La paz le ha sorprendido: ¿quién podía esperarla tan pronto, á continuación de la fase más angustiosa de la guerra?...
El conde abandona su inmovilidad para hablar.
—Todo el mundo. Los grandes tratadistas anunciaron desde el principio que la guerra terminaría en el otoño de 1918. Era cosa sabida. Yo lo he dicho siempre, y usted, Lewis, me lo ha oído muchas veces.
Su admirador hace un gesto de extrañeza. Pero no puede poner en duda la ciencia de su sabio amigo, y prefiere admitir que es él quien ha olvidado las afirmaciones del otro. Además, no debió entenderlas. Estos depositarios del porvenir nunca exponen sus verdades con claridad: se niegan á decir las cosas como los simples mortales.
Empieza á decaer la conversación. El inglés piensa en el Casino. Iba á entrar en él, cuando le avisó don Marcos la llegada del príncipe. Tiene á su lado al conde, que vuelve de un viaje misterioso y guarda seguramente el rosario de Satán en cierto bolsillo del pantalón huroneado continuamente por su diestra.
—Después nos veremos en el Casino. Supongo que usted entrará un instante... A ver si hoy me trata bien la suerte, después de tan agradables encuentros.
Y se aleja con el conde hacia el Palacio, donde pasará el resto de su vida como en una cárcel.
Lubimoff se fija en dos soldados italianos que le contemplan desde la acera del «queso». Son dos bersaglieri vestidos de gris, con sombreritos redondos cargados de plumas de gallo. Al notar que el príncipe les mira, se desconciertan, vuelven la espalda avergonzados, se alejan, pero antes sonríen y se llevan una mano al empenachado sombrero.
Recuerda el príncipe una noticia que le dió don Marcos, y los reconoce. ¡Estola y Pistola convertidos en guerreros!... Han venido con licencia á ver á sus familias, y en la noche subirán á la casa del coronel para saludar á su antiguo señor. Parecen más altos, más vigorosos. Unos cuantos meses de guerra han bastado para hacerles saltar de la adolescencia á la madurez. Todo hombre lleva dentro un soldado...
Cuando intenta levantarse para dar un paseo por las terrazas, ve venir hacia el café á un señor que le saluda con violentos manoteos y á continuación se asegura los lentes sobre la nariz.
El príncipe tarda en reconocerle; adivina quién es por el timbre de su voz más que por su rostro... ¡El amigo Novoa! Los meses transcurridos han dejado en él mayor huella que en los demás. Ya no es el varón preocupado de las pompas mundanales, que consultaba al coronel sobre los méritos de sastres y sombreros. Ha vuelto á la esclavitud del pantalón con rodilleras y la corbata de nudo hecho; lleva la barba muy crecida y revuelta. Sigue siendo joven en la voz, en los ojos, en sus ademanes vivaces y torpes, pero va disfrazado de anciano.
Este se alegra más que los otros de ver al príncipe. No cesa de alabar á la casualidad, que ha hecho venir á Lubimoff y que acaba de hacerle encontrar á don Marcos.
—Si tarda usted dos días, príncipe, no tengo el placer de verle. Me voy á mi tierra pasado mañana. Ya tengo bastante de Monte-Carlo. ¡Lo que dejo aquí!... Dinero, ilusiones...
Miguel se muestra discreto. Cree oler en su amigo el desengaño inesperado, la decepción, que necesitamos olvidar para que no continúe atormentándonos. Se acuerda de Valeria, y no ve en la persona del catedrático el menor vestigio que denuncie el roce con la mujer. Es una ruina, un tronco seco; el pájaro que cantaba en sus ramas debe haber volado hace mucho tiempo.
Novoa muestra igual discreción. Contempla el uniforme del otro, su manga ocupada por un brazo falso; pero sólo habla de lo sucedido en los últimos meses de un modo general, con vagas lamentaciones.
—¡Las cosas extraordinarias que han pasado! ¡Cuántos amigos muertos! La vida acaba de ser como uno de esos dramas en los que perecen todos al final del último acto.
El príncipe adivina que Novoa piensa en Alicia y se abstiene de nombrarla para no molestarle. Efectivamente, piensa en la duquesa, pero ésta sólo es un punto de partida para llegar á otra mujer que ocupa su recuerdo.