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Los enemigos de la mujer

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (NOVELA) (continued 8)

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Castro le veía aún, como si asomase su cabeza por una ventana del bar; vería tal vez mientras viviese el pergamino blancuzco de su cara, tirante sobre las aristas de los pómulos; la barba roja colgando de sus mandíbulas, como si fuese postiza, y sobre todo, sus ojos sarcásticos, insolentes, de un color verde turbio, igual al de las ostras. Era el soldado que critica, rezonga y habla contra sus oficiales mientras cumple sus órdenes. En la vida civil debía haber sido el antipático rebelde que no concede su aprobación á nada. Al cruzarse sus ojos con los de Castro, experimento éste un sentimiento de repulsión. Adivinó al hombre con el que se tiene irremediablemente un choque en la calle, en el tranvía, en el teatro. Y sin embargo, nunca iba á olvidar su encuentro de un segundo con este soldado que pasaba y se perdía á lo lejos, sin mas tiempo que el necesario para dejar caer cuatro palabras.

Despreció á las dos mujeres con su sonrisa irónica. Luego, á Castro, que seguía tremolando su sombrero, le señaló el fondo del vagón, gritándole:

—¡Aún queda un sitio!...

Y no dijo más.

—Dijo bastante, Miguel. Esa voz agria la estoy oyendo desde entonces: la oiré siempre, en mis mejores instantes, si continúo aquí. ¿Y la mirada de sus ojos?... Adiviné todos sus insultos mudos, la comparación rápida que hizo entre su miseria y mi aspecto de hombre fuerte y bien cuidado. Yo era para él un cobarde que pasea con mujeres, mientras los hombres están con los hombres, dando su vida por algo importante.

—¡Bah! Tú eres un extranjero—interrumpió el príncipe, que parecía fatigado por las palabras de su amigo.

—Yo vivo aquí, y la tierra en que vivo no puede serme extraña. Esta guerra es por algo más que cuestiones de terreno: interesa á todos los hombres. Mira á los norteamericanos, que todos creíamos muy prácticos é incapaces de idealismos; saben que no van á ganar nada positivo, y sin embargo entran en la lucha con todas sus fuerzas. Además, hay el alma de las mujeres. ¿Creerás que las dos que venían conmigo rieron el insulto del rojo, encontrándolo muy oportuno?... Y no me hables de que las hembras se sienten atraídas en todas ocasiones por el guerrero. Tal vez sea por el guerrero de los tiempos de paz, brillante y empenachado; ¡pero estos de ahora tienen un aspecto tan miserable!... No; existe algo muy alto en todo lo que nos rodea, algo que tú y yo no hemos sabido ver, á causa de nuestro egoísmo.

Su oyente volvió á levantar los hombros con indiferencia.

—Y cuando pienso á todas horas en mi encuentro de ayer, y veo el sitio que me ofrecía burlonamente el maldito rojo, como si yo fuese una hembra, como si nunca pudiera sentirme capaz de ocuparlo, ¡tú me propones que arregle un encuentro mortal con otro de esos hombres que se consideran, no sin razón, superiores á nosotros!... No; ya lo sabes: no acepto.

Había abandonado el brazo del asiento y estaba de pie frente al príncipe. Esto hizo un gesto de cansancio. Le aburrían las palabras de Atilio, aquella historia infantil del tren, del soldado rojo y de la invitación insolente. Eso sólo podía conmover á doña Clorinda; él tenía asuntos mas inmediatos en que pensar. Ya que se negaba á servirle, podía dejarlo solo.

—¡Adiós, Miguel!—dijo Castro, con la convicción de que este saludo iba á ser algo más que una despedida momentánea.

—Adiós—contestó el príncipe sin moverse.

Cerca ya de la puerta, Atilio retrocedió.

—Sé lo que significa mi negativa y lo que me toca hacer. Adiós otra vez. ¡Cree que si me pidieses otra cosa...!

Pero el príncipe interrumpió sus palabras con otro gesto de indiferencia, y Atilio se alejó, disimulando su emoción.

Inmediatamente hizo su entrada don Marcos en el bar, como si hubiese estado aguardando al otro lado de la puerta la salida de Castro. Nunca le pareció al príncipe tan activo é inteligente su «chambelán».

—Todo está arreglado, marqués.

Como tenía la certeza de que Atilio no se dejaría convencer, había buscado un segundo padrino. Pensó un instante en ir á Mónaco para hablar á Novoa. Luego se acordó de sus relaciones con Valeria. Esta visita equivalía á hacérselo saber todo á la duquesa. Además, el profesor no entendía nada en tales asuntos y era compatriota de Martínez. ¡Ya había bastante con que un español figurase enfrente del oficial!

—Tengo mi segundo—continuó—. Será lord Lewis.

Para él, era Lewis más lord que nunca. Le estaba agradecido por la prontitud con que había aceptado su petición. Ganaba dinero aquella tarde y su humor era excelente. Hasta se levantó de su asiento, abandonando el juego para oir al coronel. Quiso llevárselo al bar, afirmando que ante un whisky se habla mejor, y Toledo adivinó por su aliento que ya llevaba bebidos algunos para celebrar su buena suerte. Lewis estaba dispuesto á servir á su amigo Lubimoff. En punto á duelos, sólo conocía los del boxeo; pero se confiaba á la pericia del coronel y apoyaría cuanto dijese... Inmediatamente había vuelto á su mesa.

Miguel dió sus instrucciones á Toledo. Un encuentro en condiciones duras, como aquellos que él había presenciado en Rusia. No podía ser menos: había recibido una bofetada. Y dijo esto con voz fosca, convencido ya de la completa realización de la ofensa.

Al anochecer salió del Casino, huyendo de las personas conocidas que invadían el bar y le obligaban á sonreir y sostener frívolas conversaciones, mientras su pensamiento estaba lejos.

Siempre, en sus grandes cóleras, cuando no podía apelar á una acción inmediata y violenta, la excitación nerviosa iba seguida en él de una laxitud que ablandaba sus músculos y sus nervios.

Con verdadero placer entró en Villa-Sirena, encontrando una nueva voluptuosidad en todos los detalles de su bienestar. Aguardó leyendo la llegada del coronel. A las nueve de la noche tuvo que comer solo. Luego volvió á la lectura, pero en su dormitorio, acabando por acostarse con el libro en la mano. Sonrió con una sonrisa que parecía una mueca al pensar que su fatiga nerviosa le había hecho tenderse en la misma postura de los muertos.

Fué pasando las páginas, sin perdonar una sola línea, y sin embargo no podía decir qué es lo que estaba leyendo. De pronto, su atención se concentraba para recordar. Algo le había ocurrido; algo le esperaba. «¡Ah, sí!» Y después de reconstruir en su memoria lo de aquella tarde é imaginarse lo del día siguiente, volvía á su lectura sin sentido.

Las páginas fueron desvaneciéndose como pedazos de niebla; sintió su mano más ligera: el libro acababa de caer sobre la cama. Instintivamente buscó el botón eléctrico para hacer la obscuridad, y antes de perder completamente la percepción del mundo exterior oyó sus primeros ronquidos.

Una luz hiriéndole en los ojos le hizo incorporarse. Vió al coronel junto á su lecho. El profundo silencio de la noche, que aún parecía más absoluto sostenido por el rumor del mar, se rasgaba á lo lejos con el jadeo de un automóvil.

El príncipe se restregó los ojos. ¿Qué hora era?

—La una—dijo don Marcos.

Todo estaba convenido. El encuentro sería al día siguiente, á las dos de la tarde. No podía realizarse antes; aún le quedaban muchos preparativos por hacer. El lugar escogido era el castillo de Lewis. En el principado de Mónaco resultaba imposible un encuentro: todo él era á modo de una casa de vecindad, sin el menor lugar discreto para que dos hombres se mirasen frente á frente con una pistola en la mano.

Lubimoff casi se levantó de la cama á impulsos de la sorpresa. El tenía la elección de armas, como ofendido, y había hablado á su representante del sable, arma favorita de los duelos de su juventud. Toledo, por primera vez, arrostró impávido la mirada furiosa de su príncipe.

—¡Marqués—dijo con dignidad—, no podía ser otra cosa! Hay que pensar que ese pobre joven es un convaleciente, casi un inválido. Yo me admiro de que haya obligado á sus padrinos á admitir la pistola. Sus representantes no querían aceptar nada. Son de los que creen que este duelo no debe realizarse.

Miguel se calmó. Un sentimiento de equidad le hizo aceptar la decisión de Toledo. Aquel enfermo no era un enemigo digno de su sable; había que establecer cierta igualdad entre los dos, y para eso servía la pistola, única arma que se presta á las sorpresas y caprichos del azar.

«De todos modos lo mataré», pensó Lubimoff, acordándose de sus habilidades de tirador.

—Advierto á su Alteza—siguió diciendo el coronel—que lo mismo da un arma que otra. Ese joven y sus dos amigos conocen todo lo referente á la guerra, pero no tienen noción alguna de lo que son los duelos y de las armas que se usan en tales lances.

Luego enumeró las condiciones. Distancia, quince metros; una bala cada uno, pero podrían apuntar y hacer fuego mientras él, que iba á ser el director del combate, contaba de uno á tres. Con un tirador como el príncipe, estas condiciones resultaban graves.

Efectivamente; el príncipe las encontró aceptables.

—Buenas noches—dijo sumiéndose en la cama y remontando el embozo hasta sus ojos.

El sueño volvió á apoderarse de él, una vez satisfecha su curiosidad.

Toledo hubiera querido hacer lo mismo, pero tenía que cumplir antes sagrados deberes de su ministerio, y vagó por diversas habitaciones, registrando muebles, subiéndose en las sillas para huronear en lo más alto de los armarios. Buscaba una caja de pistolas de desafío que le había regalado en Rusia uno de los generales amigos del difunto marqués. Cuando al fin la encontró, tuvo que dedicar más de una hora á la limpieza de estas armas de lujo, que habían perdido su brillo de plata en el olvido de un largo encierro.

Se sentía fatigado, y al mismo tiempo la consideración de su importancia ahuyentaba su sueño. El alma de aquel drama que se estaba preparando para el día siguiente era él, sólo él. Faltos de su asistencia, ni Su Alteza ni Martínez podrían batirse. Lord Lewis y los dos militares que representaban al adversario eran incapaces de una idea, y tenían que seguirle como discípulos.

La conciencia de esta superioridad le hizo recordar todas sus gestiones y triunfos desde media tarde á media noche.

Había ido en busca de Martínez con cierta indecisión. Contra su deseo, encontraba razonadas las protestas de Atilio. Tal vez era cierto cuanto decía, y este duelo resultaba un disparate, una locura del príncipe. Pero sus ideas tradicionales se encabritaron ante estos escrúpulos. «El honor es el honor...» Y experimentó la alegría del que, luego de dudar, se convence de que está en lo cierto, al oir que el teniente aceptaba la reparación por las armas con regocijo y con cierta prisa, como si temiese que Toledo se arrepintiera, retirando su proposición. ¡Joven heroico y pundonoroso! Don Marcos encontraba natural que procediese así. ¡Era de la misma tierra que él!...

Por un momento ocupó su memoria la imagen de la duquesa. Tal vez era ella la causante involuntaria de este choque, y el mozo se sentía animado por la vanidad. Iba á figurar en un duelo como los que había leído en las novelas de su adolescencia; iba á ser protagonista de uno de aquellos dramas elegantes que á él le parecían de otro planeta... Pero el coronel desechó á continuación estas suposiciones, sugeridas por la franca alegría con que Martínez aceptaba su reto, como si le invitase á una fiesta.

A partir de aquí empezaron las desorientaciones de Toledo. El mundo estaba cambiado, totalmente cambiado, y él marchaba de asombro en asombro.

Para favorecer á su compatriota, quiso saber qué armas manejaba con preferencia.

—¡Conozco tantas!—exclamó Martínez.

En un asalto había herido con la punta del sable á un alemán gigantesco que le amenazaba con su bayoneta. Tuvo que forcejear contra una cosa dura que crujía, enviándole al rostro un caño de sangre. Luego, al serenarse, vió que había metido el arma por la boca de su adversario, rompiéndole las vértebras. Conocía también el revólver, pero no era tirador. En otras armas era más experto: la granada de mano, que le hacía recordar los juegos de pelota de su infancia; la ametralladora, que había manejado como simple sirviente; los explosivos arrojados con honda. Hasta tenía sus habilidades de artillero, pero artillero de trinchera, para cargar morteros de tiro corto y enviar torpedos y proyectiles asfixiantes á la trinchera inmediata.

Sonrió desdeñosamente al insistir don Marcos en la esgrima del sable. El tenía una esgrima suya: irse sobre el adversario y pegar antes que éste. Pero en el cuerpo á cuerpo prefería el cuchillo. Con el revólver jamás se entretenía en apuntar. No disparaba hasta verse junto al enemigo, y así el tiro era seguro.

—¿Y la pistola de desafío?—preguntó el coronel.

—La desconozco. Me gustaría verla: debe ser algo curioso.

La mirada de Toledo vagó indecisa por el pecho de aquel oficial, como si inventariase sus condecoraciones, deteniéndose en las estrellas que moteaban la cinta rayada de su Cruz de Guerra. Cada una de ellas era símbolo de una hazaña.

Cuando el teniente lo presentó á sus padrinos, continuaron las desorientaciones de don Marcos. Eran dos capitanes muy jóvenes. Toledo les supuso veinticinco ó veintiséis años de edad. Su uniforme muy ceñido al talle, su kepis de última moda, su apostura gallarda, placieron al coronel, que los calificó inmediatamente de militares de carrera. Debían proceder de la Escuela de Saint-Cyr; su ojo de profesional no podía engañarse: eran otra cosa que el humilde Martínez.

Uno de ellos ostentaba medio rostro quemado por los líquidos inflamables de los alemanes; el otro lo tenía surcado por una red de hilillos rojos que eran vestigios de cicatrices. Los dos cojeaban; pero el uno francamente, apoyado en su garrote, con un pie enorme cubierto de envoltorios y metido en un zapato de fieltro; mientras su compañero, que tenía una pierna rígida, usaba calzado ajustado y brillante, afirmándose con coquetería en un junco fino, que prestaba verdaderamente servicios de muleta.

Sus primeras palabras fueron poco gratas para el coronel y Lewis. ¿Qué era aquello de un «civil» permitiéndose insultar á un soldado que estaba convaleciente de sus heridas? ¿Y qué monserga la de proponer un duelo en plena guerra? El que desease morir ó matar no tenía mas que ir al frente, como los demás... Pero Martínez, que aún no se había retirado, intervino, entablando con ellos una rápida discusión. ¿Querían ó no querían hacerle el favor que les había pedido como camaradas? Los dos manifestaron un pensamiento. Para ellos, lo lógico era haber dado fin á la querella en la misma escalinata del Casino: dos trompazos á aquel «emboscado» que no iba á la guerra y se permitía molestar á los que cumplían su deber. Hablaban como buenos conocedores de la fragilidad de la existencia, como hombres que saben lo poco que cuesta quitarle la vida á otro hombre ó perder la propia, y ríen, por instinto, de la importancia, las ceremonias y las pretendidas equidades con que se rodea en tiempos de paz un simple encuentro individual... Pero, en fin, ya que su camarada tenía empeño en que le representasen en esta farsa, le darían gusto, aunque luego su complacencia les costase un arresto.

Apenas se hubo retirado Martínez, uno de los dos capitanes, el del pie elefantíaco con zapato de fieltro, confesó su falta de idoneidad.

—Yo no he presenciado nunca desafíos en Burdeos. Ignoro cómo son. Antes de la guerra era comisionista de vinos en Méjico. Me embarqué con todos los franceses que vivíamos allá, y por milagro no nos apresó un corsario boche. Empecé como soldado de segunda clase; pero he hecho lo que he podido... Si fuese un asunto comercial, daría mi opinión: ¡pero en esto! Tal vez mi camarada...

¡Otro Martínez! Don Marcos olvidó al capitán del zapato de fieltro. Era el Lewis de la parte contraria. Toda su atención se concentró en el capitán de botas brillantes y junquillo juguetón. Este debía ser un adversario digno de él. ¡Lástima que sus ojos claros tuvieran una expresión irónica de hombre que todo lo toma á risa, y por debajo de su bigote rubio, muy recortado, á la inglesa, vagase un ligero gesto de insolencia!

Había nacido en París; lo declaró con orgullo á las primeras palabras; y cuando don Marcos le fué sondeando astutamente para saber si era experto en lances de honor y había presenciado muchos desafíos, dijo con sencillez:

—Más de cien.

No se había engañado Toledo. Este era el hombre con quien tendría que luchar. Luego pensó en la cifra, apreciando al mismo tiempo la edad del capitán. ¡Más de cien, y seguramente no pasaba de veintiséis años!... Tuvo el presentimiento de que iba á habérselas con algún esgrimidor ilustre cuyo nombre glorioso había sido obscurecido momentáneamente por la guerra.

Ellos dos hablaron únicamente. Al principio, el capitán pareció burlarse, con una gracia parisién, de los términos solemnes y altisonantes con que don Marcos trataba las cuestiones de honor. Pero su grave y tenaz prosopopeya acabó por vencer á este fisgón, que se puso á su mismo tono, interesándose en el asunto y reconociendo su importancia.

En ciertos momentos, el coronel sintió dudas al escuchar cómo su contrincante formulaba verdaderas herejías, revelando una ignorancia absoluta de los grandes tratadistas que han codificado los encuentros entre caballeros. ¡Y este hombre había asistido á más de cien lances de honor!... Después se asombró de la prontitud con que se apropiaba los textos citados por él, de la agilidad con que se había asimilado sus clásicos, volviéndolos al revés, en apoyo de sus afirmaciones.

Cuando el encuentro fué concertado hasta en los menores detalles, el capitán resumió sus impresiones con una sencillez que dió frío á don Marcos.

—Quedará herido uno de los dos, ó tal vez los dos. No es cosa extraordinaria. ¿Quién no está herido en estos tiempos? La cirugía ha adelantado mucho; es otra cosa que al principio de la guerra. El que no muere en el acto, se salva casi siempre. Además, los llevarán á la cama y no quedarán abandonados días y días sobre el terreno, como ocurre en los combates.

Pero el gesto de placidez con que hablaba de las heridas se fué convirtiendo en una expresión torva.

—Supongo—continuó—que no tendremos muertos; porque si mi camarada Martínez, que es bueno como un cordero y al que quiero mucho, muere en esta broma, yo mato á su príncipe a continuación, sin regla alguna, como se mata á un boche en el frente.

Fué tan sincero el tono de estas palabras, que el coronel, impresionado por ellas, no reparó en lo extrañas que resultaban dichas por un especialista de las leyes del honor.

La conversación se hizo más íntima y cordial, como ocurre siempre que se da por terminado un negocio arduo. Toledo tuvo que contarles su vida guerrera—como él se la imaginaba, á través de los años—, y los dos jóvenes, que habían asistido á combates de millones de hombres, mostraron el mismo interés de los niños que escuchan un cuento exótico ante este relato de obscuros encuentros de montaña, que ni nombre tenían, y sólo perduraban exageradamente en la memoria de don Marcos.

El capitán parisién, elegante y gracioso, habló igualmente de su pasado.

—Yo, antes de la guerra, trabajaba en la reventa de billetes de los teatros del bulevar. No tengo otro oficio.

Hizo un esfuerzo el coronel para contener su sorpresa... Sí que había visto más de cien duelos; pero era en las obras dramáticas, sobre las tablas, entre cómicos, que dan á los preparativos del encuentro una lentitud ceremoniosa para prolongar la ansiedad del público. Debió adivinarlo al oir sus disparates. ¡Cómo se había burlado de él!...

Pero inmediatamente sus ojos bajaron hasta el pecho de los dos jóvenes. Iguales á Martínez: la Legión de Honor, la Medalla Militar, la Cruz de Guerra con estrellas. La del antiguo revendedor de billetes hasta se mostraba cruzada por una palma de oro.

¡Ay! El mundo había cambiado. ¿Dónde estaban los tiempos de don Marcos?... Luego pensó en todo lo que había hecho en su vida para considerarse superior: asistir ceremoniosamente á varios duelos, muchas veces sin resultado alguno. Pensó también en lo que habían hecho y habían visto estos jóvenes en menos de cuatro años. Su origen obscuro le trajo á la memoria á numerosos guerreros de Napoleón de nombre célebre y peor origen. Algunos llegaron á ser reyes, mientras que estos pobres capitanes, una vez terminada la guerra, tendrían que volver, cargados de gloria, á sus antiguas ocupaciones, batallando diariamente por la conquista del pan.

Se separaron, conviniendo en verse después de la comida, para firmar el acta de las condiciones del encuentro. Los cuatro estaban de acuerdo. Pero al mencionar dicha cifra, Toledo se fijó en que sólo eran tres. Lewis había asistido con cierta impaciencia á los largos exordios de la entrevista en un diván del atrio del Casino.

—Un amigo me espera.... Vuelvo al momento.

Y se había metido en las salas de juego, lugar vedado á los oficiales.

No podía el coronel hacerse ilusiones sobre la duración de este momento, á pesar de que iban transcurridas cerca de dos horas. Después de separarse de los capitanes, encontró á Lewis en una mesa de «treinta y cuarenta», teniendo ante sus manos un montón de placas de mil francos. Al principio no entendió lo que Toledo le decía al oído. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar.

—¡Ah, sí; lo del duelo!... Usted tiene toda mi confianza; haga lo que quiera, firmaré lo que me presente, pero no me levanto aunque me avisasen la muerte de Lubimoff. ¡Qué día este, amigo mío! ¡Si todos fuesen así!

Y le volvió la espalda para aprovechar el tiempo, antes de que cambiase el vuelo de la suerte.

El coronel había comido en el Café de París, rumiando mentalmente los párrafos del acta del encuentro. La consideración de que todos confiaban en su pericia le hacía ser muy exigente consigo mismo. Deseaba algo conciso y brillante que inspirase respeto á aquellos muchachos gloriosos. Y pasó más de una hora garrapateando papeles, rompiéndolos y empezando otros, entre los restos de sus postres. Trabajo inútil: los dos firmaron en el gabinete de lectura del Casino, después de pasar una mirada rápida por el texto. A Lewis tuvo que sacarlo de las salas privadas con toda clase de ruegos y astucias. El inglés se había olvidado de comer, para no enojar á la fortuna con su ausencia, ¡y este testarudo coronel venía á estorbarle con la maldita historia del duelo!...

Firmó sin mirar; dió su palabra á los oficiales de que iría á buscarles en un automóvil para conducirlos á su castillo, y echó á correr inmediatamente, no sin antes decir á don Marcos con un tono agrio:

—Hasta las cuatro nada más. Si á las cuatro de la tarde no ha terminado todo, les dejo que se maten á solas y me vuelvo aquí. Es la hora en que empiezan las tallas magníficas. Lo de hoy va á continuar.

Huyó, sonriendo con lástima de las gentes que se entretenían en cosas menos importantes.

Al quedar solo, el coronel tuvo que ocuparse de los preparativos del encuentro. Necesitaba un médico. Buscaría en la mañana siguiente á un viejo doctor de Monte-Carlo que visitaba de tarde en tarde al príncipe. Necesitaba pólvora y balas; también se propuso buscarlas al otro día. Necesitaba dos cajas de pistolas, ¡y sólo tenía una!...

Esto de las dos cajas lo consideraba esencial. Los padrinos del otro no sabían dónde encontrar la suya. No importa; él se encargaba de buscarla. Lo indispensable era que hubiese dos, para que la suerte decidiese cuál debían emplear. Y en ello anduvo hasta cerca de la una de la madrugada, preguntando en las porterías de los hoteles, haciendo levantarse á gentes que ya estaban en la cama, subiendo á los salones del Sporting-Club, hasta que un amigo americano le dió una carta para cierto compatriota maniático y sombrío que habitaba una «villa», aislada, del Cap-Ferrat. Pensaba realizar al día siguiente esta gestión; para eso había alquilado un automóvil, gasto enorme dada la carencia de vehículos y de combustible, pero exigido por la importancia de sus funciones...

Y ahora estaba en Villa-Sirena, á las dos de la madrugada, limpiando sus pistolas con lentitud, como si fuesen joyas frágiles.

En el silencio de su dormitorio, lejos de los hombres, influenciado por la misteriosa soledad de las altas horas nocturnas, que hacen perder sus contornos á las cosas y á las ideas, se consideró enormemente engrandecido. No; su mundo no había cambiado tanto como él creía. La prueba era que estaba allí, limpiando unas armas para un duelo.

Al despertar el príncipe en la mañana siguiente, no encontró á su «chambelán». El automóvil de alquiler se lo había llevado á las siete, para que completase sus preparativos.

Vagó Lubimoff por los jardines, deteniéndose ante los jaulones que albergaban diversos pájaros exóticos. Luego siguió con mirada distraída las evoluciones de varios pavos reales extendiendo bajo el sol sus mantos azul y oro de un negro señorial.

Su viejo ayuda de cámara interrumpió este paseo. Unos hombres con un carro venían á buscar el equipaje del señor Castro.

Miguel no manifestó sorpresa; podían entregarles todo lo perteneciente á don Atilio. Pero el doméstico añadió que los mismos hombres querían llevarse igualmente lo poco que era de la propiedad del señor Spadoni, noticia que asombró al príncipe. ¡También éste!... ¿Qué motivo tenía para abandonarle?...

Pasó su vista por una breve carta dirigida al coronel y firmada por ambos. Castro arrastraba en su fuga al inconsciente pianista.

«Está bien—pensó—; que se vayan todos, que me dejen solo. ¡Si creen que con eso van á hacerme desistir de que cumpla mi voluntad!...»

Después reanudó su paseo.

Sólo le quedaban unas horas para verse enfrente de aquel joven tan aborrecido por él. Lo iba á suprimir con frialdad, para que no continuase siendo un estorbo; lo mataría, estaba seguro de ello. Las condiciones ideadas por el coronel eran suficientes para que un tirador de su fuerza abatiese al adversario. Le bastaba un solo tiro.

Por un instante pensó en ir al fondo de sus jardines, donde algunas veces se entretenía tirando. Era oportuno ejercitar el pulso; la pistola ofrece sorpresas. Luego desistió, por parecerle indigno el añadir estos preparativos á su evidente superioridad. Aquel adversario mediocre no podía ejercitarse á estas horas; le faltaban los medios en Monte-Carlo, donde no tenía otras amistades que las de los compañeros convalecientes y algunas damas.

¡El, en cambio!... Extendió su brazo musculoso, teniéndolo rígido unos segundos con la vista fija en el puño. Ni el más ligero temblor: colocaría su bala donde quisiera. El pobre Martínez podía darse por muerto... Y ningún asomo de remordimiento turbó el infernal orgullo de su fuerza implacable.

Era tan enorme la conciencia de su superioridad, tan absoluta su certeza en el resultado, que al fin acabó por sentir dudas: esa desazón que infunde el misterio de lo que aún está por realizarse.

Acudieron de golpe á su memoria relatos de combates en los que el débil triunfa inesperadamente del fuerte, por un obscuro dictado de la justicia inmanente. Recordó muchas novelas en las que el lector suspira de satisfacción al ver que el héroe, simpático y modesto, puesto en peligro de morir por el «traidor» de la obra, más fuerte y malo que él, no sólo salva su vida, sino que además mata por una feliz casualidad á su adversario, con lo que se demuestra la existencia de algo superior y equitativo que las más de las veces parece que duerme, pero en ciertos momentos despierta, dando á cada uno su merecido. Desde los tiempos de David, el pastorzuelo descalzo, matando de una pedrada al desaforado gigante vestido de bronce, la humanidad gustaba de estas historias.

La pistola era un arma caprichosa, más dúctil que otras á las soluciones absurdas de la fatalidad. ¿No caería él, con toda su maestría, bajo el primer tiro del pobre teniente?...

Volvió á tender el brazo, como poco antes, contemplando su puño cerrado. Luego sonrió, con aquella sonrisa de sus antepasados que daba á su rostro una fealdad mogólica. ¡Fábulas de la tradición, invenciones de los novelistas para halagar al público en su sensiblería igualitaria! El fuerte siempre es el fuerte. Dentro de unas horas el estorbo quedaría anulado, sin emoción y sin remordimiento, como deben hacerlo los hombres superiores.

Un estrépito procedente de la vía férrea le sacó de estos pensamientos. Era un tren de soldados que avanzaba, como todos los otros, envuelto en gritos, aclamaciones y silbidos. Rodaba hacia Italia, en sentido inverso de los numerosos trenes que venían al frente francés. El príncipe se dirigió á una terraza de su jardín, cuya muralla de piedras y flores descendía hasta la vía férrea. Los vagones parecieron desfilar voluntariamente ante sus ojos, mostrándole en una curva uno de sus lados, y luego la cara opuesta al llegar á otra curva, donde se perdían.

El uniforme de estos combatientes desorientó por un momento al príncipe, como una novedad inesperada. Iban vestidos de sarga negra, con el cuello de la blusa abierto y los brazos arremangados. En la cabeza llevaban un gorrito blanco con las alas levantadas, semejante á los barquichuelos de papel que construyen los niños.

Los reconoció al fin; eran marineros de los Estados Unidos, un batallón de fusileros de la flota que iba á Italia para que la bandera de las rayas y las estrellas representase á la gran República en las cumbres de hielo de los Alpes y en los pantanos ardorosos del Véneto.

Con la celeridad de las visiones mentales, que muestran, superpuestas y claras al mismo tiempo, un sinnúmero de imágenes diversas, el príncipe contempló los puertos de la América del Norte visitados en su juventud, colmenas acuáticas en las que se reconcentran todo el trabajo y la riqueza de la tierra; las ciudades monstruosas, interminables, pobladas como naciones, donde la libertad y el bienestar de la vida parecen haber llegado á sus últimos limites... ¡Y estos hombres abandonaban las comodidades de una existencia sabiamente organizada, sus fructíferos negocios, su trabajo ampliamente remunerado, sus inmediatas esperanzas de fortuna, para morir tal vez en el viejo mundo por ideas, sólo por ideas, pues no buscaban nuevos pedazos de terreno ni indemnizaciones!... ¡Y hasta ahora, el vulgo había considerado á su país como el más positivo, como el menos poético é idealista, llamándolo la tierra del dólar!... ¡Luego era verdad que las ideas generosas son algo más que palabras, ya que millones de hombres salvaban los mares para dar su sangre por ellas!...

Los marineros, después de atravesar el caserío de Monte-Carlo entre estandartes y aclamaciones, entraban en pleno campo, perdiéndose sus gritos sin eco alguno. Por esto su atención se concentró en aquella terraza florida y en el hombre asomado á ella. Fué como una revista: los vagones, uno por uno, se animaban al pasar ante el príncipe. De todas las ventanillas surgían brazos arremangados agitando gorros blancos. Sobre los techos, algunos mocetones manoteaban con los brazos extendidos y las piernas abiertas, mientras el viento hacía ondear los pliegues de sus pantalones negros sobre unas polainas claras. Más de mil bocas fueron saludando al solitario de la terraza con silbidos alegres, hurras ó gritos ininteligibles, que servían de escape á una juventud exuberante, hambrienta de peligro y de gloria, regocijada y curiosa á través de un mundo viejo que para ella era nuevo.

Lubimoff permanecía inmóvil, acodado en la baranda, con la mandíbula en una mano, como si no viese este río encajonado de hombres deslizándose más abajo de sus pies. Los ruidosos marineros, al alejarse, volvían la cabeza, repitiendo sus gritos y saludos, como si quisieran despertar á esta figura humana, rígida y adherida á la balaustrada lo mismo que si formase parte de su ornamentación.

Había olvidado completamente sus ideas y preocupaciones de poco antes. Sólo veía este raudal de jóvenes corriendo hacia el peligro y la muerte por unos cuantos ideales, simples y hermosos como su salud primaveral. Venían del otro lado de la tierra con la fe sencilla que realiza los grandes milagros de la Historia; y mientras tanto, el príncipe Lubimoff, que, en fuerza de rebuscar ideas superiores y sensaciones exquisitas, había acabado por no creer en nada, estaba allí, en una baranda de su jardín, calculando el medio más seguro de matar á un hombre, un hombre útil, igual á estos que pasaban.

La imagen de Castro surgió en su memoria. También éste había presenciado dos días antes el paso de un tren. Recordó su impresión, tan honda y poderosa, que le había impulsado á abandonar Villa-Sirena, rompiendo con su pariente. Vió, tal como él se lo había descrito, el rostro amargo de aquel soldado rojo que lo insultaba con su desprecio.

—¡Aún queda un lugar!...

Los fusileros americanos continuaban sus silbidos, sus gritos de exuberante juventud; pero á él le pareció que estas voces y estos manoteos decían lo mismo que el otro, invitándole con irónica cortesía: «¡Ven; aún queda un lugar!» Algo más se callaban, pero él lo oyó en el interior de su cerebro como el bordoneo de una campana remota. Se había considerado un hombre valeroso que, por distinción, por sibaritismo, por refinada indiferencia, quería mantenerse al margen de las cosas que apasionan al resto de los mortales. Pero el lejano campaneo protestaba, zumbando la misma palabra: «¡Cobarde! ¡cobarde!»

Anduvo meditabundo por el jardín hasta que llegó Toledo, pasadas las doce. Almorzaron apresuradamente, y el coronel hizo varias indicaciones. Su sabiduría en materia de duelos, frondosa y de infinitos brazos como el árbol de la ciencia, tocaba con una de sus ramas á la cocina. Nada de carnes ni de vino; debía guardar sereno el pulso. (Y al mismo tiempo hacía votos por que los tiros fuesen sin resultado, pues ambos contendientes le inspiraban igual interés.) Unos huevos blandos, nada más; poco líquido. En el último momento debía acordarse de aligerar su vejiga. ¡Terrible un balazo con derrame interior!... El pensaba en todo.

Subió á su habitación, para revestirse con la levita de los desafíos. Había llegado el momento de oficiar. Quedó indeciso ante el espejo, apreciando la falta de concordancia entre esta prenda majestuosa y el sombrero hongo que le servía de remate. ¡Ah, la guerra! Sonrió ante la suposición absurda de haberse presentado así, cuatro años antes—como quien dice cuatro siglos—, en aquellos duelos de París, donde padrinos y adversarios sólo podían ir decentemente en busca de la muerte con sombrero de copa de ocho reflejos.

A pesar de haber prescindido de este tocado solemne, sospechó que podía ofrecer un aspecto algo ridículo al verse en el automóvil, sentado junto al príncipe, con su larga levita y las dos cajas de pistolas sobre las rodillas.

El carruaje se detuvo en el bulevar de los Molinos, frente á la casa del médico. Pasaban militares convalecientes, unos con los ojos inmóviles, dando golpes de bastón ante sus pasos, otros vacilantes por la debilidad ó las amputaciones.

Una voz femenina, suave y dulce, saludó al príncipe. Era una enfermera delgadísima que avanzaba llevando del brazo á dos oficiales ciegos. Miguel y don Marcos reconocieron á la sobrina de Lewis. Ella les sonrió, mostrándoles los dos mocetones ingleses á los que servía de lazarillo; dos Apolos rubios, tostados por el sol, con la nariz que descendía recta de la frente, la dentadura brillante, el cuerpo esbelto y armoniosamente membrudo, pero los ojos apagados y un gesto trágico en la boca, de desesperación, de protesta, al verse muertos en vida.

—Son mis dos flirts, ¿Qué les parecen?

Bromeaba para alegrar á sus acompañantes, con aquel regocijo de virgen atrevida y dolorosa que iba esparciendo un pálido rayo de sol septentrional por ambulancias y hospitales. Parecía fabricada toda ella con pasta de hostia, frágil, anémica, de una blancura que clareaba á la luz, lo mismo que un cristal turbio. Y se alejó, guiando como niños á los dos ciegos, desesperados y hermosos, que erguían toda la cabeza por encima de la suya. Una leve presión de sus dedos podía aplastar este cuerpo de fanal, todo luz, sin otra materia que la precisa para transparentar y guardar la llama interior.

—¡Adiós, lady!—dijo el príncipe.

Don Marcos se estremeció al oir su voz; una voz grave que no había conocido nunca, una voz temblorosa como un cántico sentimental en cuyo fondo goteasen lágrimas.

Depositó el médico sobre la raída alfombra del automóvil su caja de operaciones. Con ésta ya eran tres. Sólo entonces se decidió el coronel á desembarazarse de sus dos cajas preciosas, colocándolas sobre la del doctor.

Se lanzó el carruaje montaña arriba, por un camino de violentos zigzags. Al final de cada ángulo se mostraba Monte-Carlo, más hundido, más pequeño, como una ciudad de caja de juguetes, con los tejados rojos y muchas hormigas siguiendo el hilo de sus calles para aglomerarse en la plaza. En cambio, el mar remontaba su lomo, crecía en altura por momentos, devorando con su mandíbula azul y rectilínea un pedazo de cielo á cada revuelta de la ascensión.

Sobre la cumbre iba agigantándose el volumen de una mole de albañilería: «El Trofeo», título que había acabado por convertirse en La Turbie, nombre medioeval del pueblecillo amurallado y pardo que se apretuja alrededor del monumento. Dos columnas esbeltas de mármol blanco adosadas á la mampostería y un trozo de cornisa era todo lo que quedaba del más soberbio de los trofeos romanos; torre de treinta metros, con una estatua gigantesca de Augusto en su remate, que marcaba sobre los Alpes el límite entre las tierras del Imperio y las Galias conquistadas.

El automóvil, dejando atrás el villorrio de La Turbie, corría ahora por la antigua vía romana.

—Veo á las legiones—murmuró gravemente don Marcos.

Era una manía. Nunca había tenido suficiente imaginación para ver á las legiones por sí mismo; pero después de presenciar en una cinta cinematográfica un desfile de figurantes con las piernas desnudas y la espada al hombro siguiendo al caballejo de Julio César, la vida militar romana no guardaba para él misterio alguno, y cada vez que subía á La Turbie repetía lo mismo: «Veo á las legiones.»

Minutos después olvidó su guerrera resurrección para señalar varias construcciones de un gris azulado que las hacía confundirse con la colina situada á sus espaldas. El castillo de Lewis. Fueron destacándose de él torres sueltas unidas por puentes á la masa cuadrada del edificio; torres albarranas que flanqueaban las puertas; techos agudos de pizarra, con doble fila de buhardillas; techos que sólo tenían el costillaje de madera, á través del cual se veía el espacio, como si su relleno hubiese sido devorado por un incendio; muros á medio construir, que bajaban en ángulo recto lo mismo que un cartabón de piedra clavado en el suelo por su filo más largo.

El castillo podía confundirse de lejos con una ruina abandonada. Lewis, perdida la esperanza de poderlo terminar, declaraba de buena fe que así era mejor, pues le evitaba el trabajo de adornarlo con ruinas artificiales. Tenía el aspecto de una fortaleza de leyenda, como las que había descrito su padre el historiador, hecha para los cielos grises, para las selvas de húmedo verde, y parecía querer escapar de este paisaje tostado por el sol, de vegetación parsimoniosa, huyendo del contacto con los olivos, los cactos y los leñosos matorrales cubiertos de rudas flores.

Descendieron del automóvil en una planicie limitada por dos cuerpos de edificio que formaban ángulo. Era el patio de honor, la plaza de armas del futuro castillo. En los otros dos lados, unos muros que sólo se elevaban un metro sobre el suelo indicaban la traza de lo que podría ser este patio algún día, si la suerte dejaba de mostrarse adusta con el propietario. En el fondo abierto de la planicie estaba otro automóvil de alquiler, y junto á él los tres militares.

Acudió Lewis á saludar al príncipe. Hacía poco que habían llegado, y como tenía prisa, se encaró inmediatamente con el coronel.

Don Marcos era el oráculo que había que consultar para no perder tiempo. ¿Podrían resolver el negocio allí mismo?... ¿No sería mejor detrás del castillo, en un huerto rodeado de viejos olivares?...

El coronel, con una caja en cada brazo, fué examinando el terreno. Lo único que le preocupó en los primeros instantes fué su propia persona. Decididamente se veía ridículo. Aquellos tres oficiales, con sus uniformes; el príncipe, con un traje de calle azul obscuro; el médico, vestido de viejo, como siempre; Lewis, con un gran sombrero de paja, sin el cual no podía andar por su castillo, ¡y él envuelto en su levitón solemne, que parecía asustar á los palomos refugiados en los aleros y los muros ruinosos!...

Después de echar un vistazo detrás del castillo, se decidió por el patio, limpio de árboles. Colocaría á los contendientes de modo que sus figuras no resaltasen sobre un fondo de pared.

Lewis, á pesar de sus prisas, creyó necesario hacer los honores de la casa. «¿Una copa de whisky?...» Como no le habían dado tiempo para prepararse, y él habitaba ahora en Monte-Carlo, su despensa estaba vacía. Pero esperaba dar con una buena botella buscando un poco. ¿En qué casa respetable no se encuentra whisky para los amigos?

—Cuando terminemos, lord—dijo el coronel, escandalizado por esta invitación que atentaba contra los ritos.

Los cuatro padrinos y el médico estaban en una sala del piso bajo, adornada con trofeos de armas antiguas. Los dos adversarios habían sido olvidados en el patio, como actores que esperan su turno para mostrarse.

Toledo abrió las cajas de pistolas, dando á los dos capitanes la que había buscado aquella mañana en el Cap-Ferrat. La suerte iba á decidir cuál de ambas emplearían.

—No es necesario—dijo el parisién—. Lo mismo da una que otra. Dispóngalo todo como mejor le parezca.

Protestó don Marcos contra este deseo irreverente de acortar las ceremonias. Era preciso: estaban allí para un asunto muy grave.

Una pieza de cinco francos brillaba un su mano. ¡Lo que le había costado adquirirla! De todas sus gestiones en la mañana, ésta había sido la más larga y penosa. La moneda estaba oculta, á causa de la guerra. No se encontraba mas que papel, y él no podía echar suertes con un billete de cinco francos. Había tenido que rogar á uno de los altos personajes del Casino que le proporcionase este redondel precioso.

—¿Cara ó cruz?

Y al favorecer la suerte á sus viejas pistolas, sintió un gran regocijo interior. ¡Empezaba á triunfar!

El médico, mientras tanto, miraba afuera por la puerta del salón, con cierta extrañeza, casi con escándalo, fijando luego sus ojos en el coronel. Al fin le llamó aparte. ¿Aquel teniente era el que iba á batirse con el príncipe?... Lo conocía; un amigo suyo, médico militar, le había hablado de él como de un caso asombroso de vitalidad. Era un horrible disparate lo que estaban proyectando: casi un asesinato. Tal vez cayese redondo antes de que sonase el primer tiro. Le habían hecho una operación audaz en el cráneo; vivía milagrosamente, podía morir de un modo fulminante á la menor emoción.

Y don Marcos tuvo una respuesta heroica, digna de él.

—Doctor, para un hombre de éstos, batirse no es una emoción.

Procedió con lenta gravedad á lo más delicado de su ministerio: cargar las pistolas. Los dos capitanes siguieron con mirada curiosa esta operación desconocida por ellos, á pesar de que se imaginaban haber visto tanto. El parisién casi rió al contemplar cómo manejaba Toledo la diminuta cuchara de marfil que contenía la carga de pólvora, examinándola escrupulosamente antes de verterla en el cañón del arma, con cierto miedo de haber echado un grano más en uno que en otro. El coronel estaba seguro de que este heroico burlón se divertía con sus precauciones meticulosas... Pero no podría negar que le interesaba la novedad de la ceremonia.

Lewis salió para disponer que los automóviles se alejasen hasta una arboleda cercana. Un verdadero disgusto para los dos conductores. Obedecieron á regañadientes, con el propósito de volver, aunque fuese arrastrándose, y presenciar el espectáculo.

Toledo dejó las dos pistolas sobre una antigua mesa veneciana. Ya estaban listas; que nadie las tocase: eran algo sagrado. Luego, su mirada, al pasar sobre el muro inmediato, su animó con un resplandor de inspiración; y de una panoplia descolgó dos espadas herrumbrosas, saliendo con ellas al patio.

Abandonados de sus padrinos, los contendientes habían empezado á pasearse, fingiendo que no se veían y sorprendiéndose mutuamente cuando se miraban con el rabillo del ojo.

Los dos volvieron de golpe á la misma situación de la tarde anterior, como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si estuviesen aún en lo alto de las gradas del Casino.

Todo lo que el príncipe llevaba pensado en las últimas horas y le había seguido hasta allí, como un esbozo de remordimiento, se desvaneció de golpe. ¡Este caballerito era el que había intentado abofetearle á él... al príncipe Lubimoff!... Pronto iba á convencerse de lo que cuesta semejante atrevimiento.

Pero su cólera parecía menos violenta que en el día anterior, más razonada, como obra exclusiva de su voluntad; y esta blandura acabó por irritarle contra sí mismo.

El otro era más instintivo en su rencor. Al mirar al príncipe veía al mismo tiempo la suave imagen de aquella gran dama, su protectora. Porque era rico, había querido atropellarle, tratándolo como á un siervo de sus lejanas tierras... Todo lo mejor de la vida había sido para él, ¡y aún pretendía apoderarse de las migajas perdidas que tocan á los infelices!... Ignoraba cómo se mata á un hombre en estos combates reglamentados; pero deseaba matar, y sentía la absoluta confianza en sí mismo que le había empujado allá en las trincheras en los días más crueles de peligro y de éxito.

La presencia de don Marcos con una espada en cada mano turbó sus reflexiones y paseos, dejándolos inmóviles. El coronel miró al cielo, luego dió varios pasos en distintas direcciones, para evitar que uno de los contendientes quedase colocado frente al sol.

Finalmente clavó en tierra con fiereza una de sus espadas. Le había parecido más apropiado al carácter del lugar el valerse de estas armas antiguas. Las encontraba más en concordancia con el romántico castillo de Lewis, que dos estacas ó dos bastones. Pero su satisfacción por este hallazgo duró poco. Al levantar los ojos, vió al príncipe, vió á Martínez...

¡Pobre coronel!... Hasta entonces había procedido como el sacerdote que se embriaga con sus propias oraciones y en propio incienso, sin pensar á quién los dedica. Había preparado este acto con el fervor ciego de un profesional que reanuda sus funciones después de varios años de inacción, y sólo piensa en ellas, no acordándose del que se las encarga. Todo lo había hecho con arreglo á los ritos, para que dos caballeros pudieran matarse dentro de la más estricta corrección; pero ahora, en el momento supremo, se daba cuenta por primera vez de que estos dos hombres eran su príncipe y Martínez, su compatriota, su héroe.

Se extrañó de cómo había podido llegar hasta allí. Experimentaba el asombro del ebrio que recobra la razón entre los objetos rotos por su feroz inconsciencia. Recordó las palabras de Castro y del médico; ¿cómo no había visto él que este duelo era un disparate? El arrepentimiento cosquilleó en sus ojos con una sensación húmeda; pero ya era tarde. Debía continuar, aunque le faltase la serenidad.

Lo único que había olvidado en sus minuciosos preparativos era la cinta métrica, y vió en esta omisión un auxilio de la Providencia. Partiendo de la espada fija en el suelo, empezó á marchar para medir el terreno con sus pasos. No fueron pasos; fueron zancadas enormes, verdaderos saltos. Ahora sí que estaba convencido de la ridiculez de su aspecto, abiertos como alas los faldones del levitón é incesantemente repelidos por unas piernas incansables. «Quince pasos...» Y clavó la segunda espada.

Por su gusto, hubiese ido hasta el otro extremo del descampado; tal vez hasta donde aguardaban los automóviles. Luego consideró con turbación el terreno medido. Seguramente pasaba de veinte metros, ¡una falsedad! ¡una villanía!... ¡Que Dios y los caballeros se lo perdonasen!

Otra vez salió á luz la pieza de cinco francos. Había que sortear el sitio de cada contendiente. El capitán parisién acogió la proposición con aire aburrido.

—¡Pero si le he dicho que haga lo que quiera!...

Lewis runruneaba de impaciencia por debajo de su bigote.

Cuando la moneda hubo marcado el lugar de cada uno, don Marcos colocó al príncipe delante de una espada.

—Marqués: el sombrero—dijo en voz baja.

Lubimoff, comprendiendo esta indicación, se despojó del sombrero, arrojándolo á gran distancia. Su adversario no podía batirse con el kepis puesto; su color amarillento y la cifra de la Legión bordada más arriba de la visera le daban una visualidad inadmisible. Su uniforme era también una preocupación para Toledo, que se esforzó por suprimir en él todos los detalles vistosos.

Asistido por uno de los capitanes, procedió á despojar á Martínez de sus adornos de gloria, después de colocarlo junto á la otra espada. Fué como una degradación. Le quitaron su kepis, luego las condecoraciones, el cordón rojo que pendía de su hombro, la correa avellanada que cruzaba su pecho, el cinturón del mismo color que oprimía su talle. El teniente pareció más pequeño y desmedrado dentro de su uniforme suelto y sin adornos. El parisién, siempre alegre, lo comparaba á un pájaro desplumado.

Creyó necesario el coronel repetir en alta voz las condiciones del duelo. El príncipe las sabía y estaba avezado á estos encuentros. Martínez era el que necesitaba sus indicaciones. Después que él, como director del combate, diese la voz de «¡Fuego!», contaría lentamente «Uno, dos, tres». Podían apuntar y disparar en este espacio de tiempo. ¡Mucha atención, teniente! Don Marcos habló con una gravedad trágica.

—Si hace usted fuego antes del uno ó después del tres, será declarado felón.

Esto de ser declarado felón asustó al joven. No sabía con certeza lo que era, pero le impresionaba el gesto del coronel al pronunciar la terrible palabra. Ya no pensó con tanta vehemencia en matar á su adversario; este deseo pasó á segundo término. Tampoco pensó en que podía morir. Su única preocupación fué calcular bien el tiempo, obedecer la orden, no entretenerse en apuntar; hacer fuego antes del terrible tres, para que no le diesen aquel título horripilante y misterioso.

Don Marcos entró en el castillo y volvió á aparecer con las dos pistolas cargadas. Dió una al príncipe. Este no necesitaba lecciones. Puso la otra en la diestra del teniente, y le indicó cómo debía mantenerse, el brazo doblado, el arma en alto, todo el cuerpo bien de perfil. Todavía insistió en sus indicaciones. ¡Cuidado con equivocarse! Ya lo sabía: uno... dos... tres.

Quedó en mitad de la distancia que separaba á los adversarios, apartándose unos cuantos posos nada más de la línea de tiro. En aquel instante deseaba morir, para que los dos resultasen indemnes.

Se despojó del sombrero con solemnidad, é hizo un gesto de tristeza.

—Señores...

Durante toda la mañana, al ir de un lado á otro realizando sus preparativos, no había dejado de pensar en lo que diría en este momento, fabricando una soberbia pieza oratoria, breve y conmovedora. Muchas veces había hablado en los duelos, mereciendo la aprobación de los otros padrinos, viejos generales, gentes expertas, acostumbradas á tales actos. Pero la corta arenga de hoy iba á ser la mejor de sus obras.

«Señores...», repitió. Vacilaba, no sabía qué añadir, todo se había borrado de su memoria. Con una voz balbuciente fué diciendo lo que se le ocurría, sin orden alguno, sin que una sola de sus palabras le recordase las frases que había cincelado horas antes. «Aún era tiempo... un poco de buena voluntad; los dos eran hombres de valor que habían hecho sus pruebas... No es deshonrosa una explicación en el último minuto.»

Sus palabras se perdieron en un silencio emocionante. Pero este silencio no era absoluto. Alguien se movía á espaldas del coronel, dando con el pie en el suelo. Era Lewis, que consultaba, enfurruñado, su reloj. Más de las tres; ya estarían empezando las buenas series en el Casino.

Quiso terminar. Además, le daba miedo la figura inmóvil y rígida de su príncipe con la pistola en alto. Nunca lo había visto tan feo. Su color era terroso, tenía la mirada bizca y los pómulos salientes. En un momento se había transfigurado, como si el salvajismo de los remotos abuelos, despertando en su interior, se le hubiese subido al rostro.

—Puesto que no hay avenencia posible....

Ahora creyó el coronel haber atrapado la última parte de su fugitivo discurso. Pero el hilo de brillantes palabras se le escapaba otra vez, y obligado á improvisar, terminó solemnemente:

—¡Adelante, señores! El honor... es el honor; y las leyes de los caballeros... son las leyes de los caballeros.

Sonó á sus espaldas un murmullo de aprobación. Era la voz del antiguo revendedor de billetes de teatro. «¡Bravo! ¡Muy bien!» Pero no quiso enterarse. Con aquel hombre nunca se sabía cuándo hablaba en serio.

—¿Listos?...

El silencio de los dos adversarios dió á entender al coronel que podía seguir sus voces de mando.

—¡Fuego!... Uno...

Sonó un tiro. Martínez, que sólo pensaba en el terrible tres, había disparado.

Vió enfrente al príncipe, que parecía mucho más alto; vió el agujero negro de su arma, y sobre este agujero un ojo de glacial ferocidad escogiendo un punto en su persona para enviar la bala obediente. Y con una arrogancia maquinal giró sobre sus talones, para no permanecer de perfil, ofreciendo todo el ancho de su cuerpo.

Los cuatro padrinos no vieron esto. Sus ojos habían convergido en Lubimoff, que era la muerte.

El tiempo se contrae y se dilata, según las emociones de los hombres. Su medida y su ritmo dependen del estado del alma humana. Unas veces galopa vertiginosamente en los relojes, que parecen locos; otras se desploma, se niega á seguir su marcha, y las milésimas de segundo abarcan más emociones que los meses y los años de la vida ordinaria. Los cuatro testigos experimentaron la misma sensación que si el día se hubiese, paralizado, quedando el sol inmóvil para siempre. El tiempo no existía.

—¡Dos!—suspiró don Marcos, y le pareció que sus labios no acababan nunca de proferir esta palabra, como si estuviese compuesta de una cantidad infinita de sílabas.

Lewis había olvidado la existencia del Casino; sólo veía lo presente. El capitán bordelés, echando el cuerpo adelante, se apoyaba sobre su pie herido, sin sentir ningún dolor; el otro juraba entre dientes, haciendo vibrar su junco. El médico, por instinto profesional, se inclinó sobre su caja de operaciones puesta en el suelo.

¡Iba á matarlo! Los cuatro estaban convencidos de que iba á matarlo. Una implacable expresión de seguridad, de feroz aplomo, se desprendía de aquel hombre inmóvil, con el brazo tendido, duro é inconmovible. Era tan fatal la expresión de su rostro de calmuco, con un ojo contraído y otro muy abierto, que todos vieron una línea ilusoria desde la boca de su pistola al pecho del que estaba enfrente, un camino que la pequeña esfera de plomo iba á seguir con inexorable rectitud.

Orgulloso de su superioridad, el príncipe retardaba el momento de dar la muerte, por una especie de coquetería salvaje. Tenía al enemigo bajo su zarpa, podía juguetear con él durante estos tres momentos que valían por siglos.

En la vertiginosa superposición de imágenes que volteaba dentro de su pensamiento vió á la princesa, su madre, hermosa y arrogante, tal como era cuando le relataba, siendo pequeño, las grandezas de los Lubimoff. Luego vió á su padre, el general, sombríamente bondadoso, diciendo con su voz ronca: «El fuerte debe ser bueno...»

Al pensar en el padre, su pistola se desvió un poco, pero inmediatamente rectificó la puntería.

Un tren pasaba por su imaginación con lentitud. Soldados franceses. Vió á Castro y al rojo insolente que le ofrecía un lugar. Otro tren avanzó en dirección inversa, un tren interminable, que iba saliendo de las profundidades del Océano. Hurras, silbidos, blusas negras, cuellos azules, gorritos que parecían de papel. «¡Buenas tardes, príncipe!» Una sonrisa luminosa de virgen anémica: lady Lewis con sus dos ciegos, hermosos y trágicos...

Su pistola bajaba. Vió por encima de ella todo el cuerpo de su adversario, guerrero obscuro, condenado á morir más ó menos pronto á causa de las heridas recibidas por una tierra que no era la suya y por una causa que era la de todos los hombres.

—¡Tres!—dijo el coronel.

Pero antes de que terminase esta palabra sonó un tiro. La hierba del suelo se agitó en ondas que se alejaron bajo el rebote de la bala invisible.

Este guadañazo pasó cerca de las piernas del director del combate; pero don Marcos no estaba para reparar en ello. Un regocijo infantil le hizo correr sin objeto. Su levita parecía reir con el aleteo de sus faldones.

Tan alegre estaba, que casi abrazó á Martínez. Debía darse la mano con el príncipe; era necesaria una reconciliación.

El oficial se resistió al consejo. Tenía sus dudas sobre el final del combate; el príncipe había disparado apuntando al suelo, y él no aceptaba que le perdonasen la vida.

—Joven—dijo con autoridad don Marcos—, usted es novel en estos asuntos. Déjese guiar por los que saben más, y dele la mano al príncipe.

Inmediatamente fué en busca de Lubimoff.

Lo vió en el mismo sitio. Había arrojado la pistola y se cubría la cara con las manos.

El único que estaba junto á él era Lewis.

—¡Vamos, príncipe! ¿qué es eso?... ¡Serenidad! Tal vez una buena copa de whisky...

Toledo oyó un estertor angustioso, un jadeo de pecho oprimido.

Respetuosamente apartó una de las manos del príncipe, dejando su rostro al descubierto. Ahora era de un tono de ladrillo, abrillantado por el sudor y las lágrimas.

Lubimoff lloraba.

El coronel recordó á la difunta princesa en sus días de humor tormentoso, cuando, después de una explosión de cólera, se retorcía, pidiendo que la perdonasen, entre llantos histéricos.

Al tirar suavemente de esta mano, se sintió seguido por el príncipe, inerme y sin voluntad. Martínez aguardaba á pocos pasos.

—Dense las manos. Todo ha terminado. Los caballeros son siempre... caballeros.

Se dieron las manos.

Y entonces ocurrió algo inesperado que produjo un largo silencio de sorpresa y de asombro.

Miguel dobló su cuerpo, se encogieron sus rodillas, se llevó á la boca aquella mano que tenía en la suya, con el mismo gesto humilde de los siervos de la estepa ante sus poderosos abuelos.

Luego la besó, mojándola con sus lágrimas.

X

Ocho días llevaba Lubimoff sin salir de Villa-Sirena. En sus conversaciones con el coronel—único compañero de esta vida solitaria—había evitado toda alusión á lo ocurrido en el castillo de Lewis. Don Marcos, por su parte, se mostraba de una discreción absoluta, como si tuviese olvidado el duelo y el extraño final que le había dado el príncipe; pero éste adivinaba en su silencio muchas cosas molestas para él.

Los otros padrinos debían haberlo contado todo. ¡Qué de comentarios! Y el miedo á encontrarse con las gentes, que sin duda repetían su nombre á todas horas, le hizo permanecer recluído, esperando que le olvidasen. Alguien perdería ó ganaría en el Casino una suma importante, y esto bastaba para que los curiosos dejasen de hablar de él.

Empezó á pesarle la soledad como un suplicio. Ya estaba fatigado de pasear siempre por sus jardines, que le parecían estrechos y monótonos. Además, la sobrina de Lewis, abusando de su autorización, llegaba cada tarde con una escolta de ingleses heridos, siempre diferentes. Correteaba con ellos por las avenidas entre los gritos de las aves exóticas, formaba grandes ramos de flores, y él tenía que ocultarse en los pisos altos huyendo de esta alegría infantil, á la que encontraba algo de desesperado y fúnebre.

Las noches le parecían interminables. Pensaba con nostalgia en las plácidas veladas de «los enemigos de la mujer», cuando Spadoni se sentaba al piano ó hacía cálculos infinitos, siempre doblando; cuando Novoa exponía sus paradojas científicas y Castro relataba las aventuras de su abuelo el «Don Quijote rojo»... ¿Dónde estarían ahora estos compañeros de soñolienta felicidad?

Atilio le interesaba especialmente. Dos veces había preguntado por él á don Marcos, sin que éste se mostrase muy claro en sus explicaciones. «No le encontraba nunca en el Casino; se abstenía sin duda de frecuentarlo por miedo al juego.» Presintió que el coronel sabía algo más y se negaba á hablar por discreción.

Una mañana, el tedio del encierro galvanizó su decaída voluntad. ¿Por qué no ir en busca de aquellos amigos? Tal vez si él daba el primer paso conseguiría reanudar las relaciones con ellos, restableciendo su antigua vida.

Cuando iba á salir, el coronel le detuvo para hablarle otra vez de un asunto que les había ocupado la noche anterior. ¿Qué respuesta debía dar al apoderado de París?... Aquel nuevo rico comprador del palacio del parque Monceau deseaba adquirir también Villa-Sirena. El administrador comunicaba su última oferta: millón y medio de francos. No daría más, y era preciso contestar urgentemente, antes que su capricho se fijase en otra adquisición.

Miguel levantó los hombros, como si le hablasen de algo sin interés.

—Di que no quiero vender... Mejor será que no contestes. Veremos más adelante; yo pensaré.

Al bajar del tranvía, en Monte-Carlo, dejó á su izquierda el Casino, para seguir por los bulevares altos. Iba primeramente en busca de Spadoni, por ser el que habitaba más cerca. Además, éste debía saber el paradero de Atilio mejor que Novoa. Tal vez vivían juntos.

Conocía vagamente su domicilio por las burlas de Castro. El pianista era «guardián de una tumba» sobre el barranco de Santa Devota.

Desde lo alto de un puente vió el príncipe á sus pies este barranco, cuyas laderas estaban cubiertas de jardines, de «villas» lujosas y de hoteles, teniendo por fondo el risueño puerto de La Condamine.

Sesenta años antes era un lugar salvaje. Sólo lo visitaban las procesiones venidas desde el amurallado Mónaco para rendir homenaje á Santa Devota en una iglesia blanca, que aún parecía ahora más diminuta junto á las arcadas del puente del ferrocarril.

En los primeros tiempos del cristianismo, una barca, guiada por la voluntad de Dios, que se dignaba conceder una protectora á los habitantes de Puerto Hércules, había venido á encallar en esta ribera. La barca contenía el milagroso cadáver de cierta cristiana de Córcega martirizada por los romanos. Nadie sabía su nombre, y la devoción popular la llamó Santa Devota. Una vez al año, el día de su fiesta, al cerrar la noche, gran parte del público del Casino abandonaba la ruleta y el «treinta y cuarenta» para presenciar cómo los marineros de Mónaco quemaban frente á la iglesia, al son de la música, una barca vieja, cerrando con esto á la santa patrona todo camino de retorno.

Los campos pedregosos de olivos y nopales estaban ahora cubiertos de «Palaces», grandes como cuarteles, y sostenían una segunda ciudad alta, que, extendiéndose por la ladera de los Alpes, unía Mónaco con Monte-Carlo. Este terreno, vendido á precios enormes, era medio siglo antes un lugar tan olvidado, que cualquiera de sus poseedores podía disponer sin obstáculo que le enterrasen en su propiedad.

Un oficial obscuro de Napoleón, nacido en Mónaco y llegado á general en los tiempos de Luis Felipe, había hecho construir su sepultura en un olivar sobre el barranco de Santa Devota. El juego hacía surgir después Monte-Carlo sobre la salvaje meseta de las Espelungas; la lujosa ciudad nueva se ensanchaba para unirse con el viejo Mónaco, cubriendo de edificios todo el territorio del principado, y la sepultura del anónimo guerrero quedaba prisionera de este oleaje de grandes hoteles, palacios y «villas». El olivar de la tumba se vendía á metros, haciendo la fortuna de los herederos. Entre la sepultura y el borde del barranco quedaba una meseta, desde la que se disfrutaba la visión de un panorama magnífico, y un millonario de París se atrevía á construir una casa de estilo «artista», con jardines en terrazas escalonadas, creyendo empresa fácil conseguir el traslado del general al cementerio y la demolición de su capilla-tumba. Pero el muerto estaba en su propiedad, no podía resucitar para deshacer sus disposiciones testamentarias, perturbadas por el engrandecimiento inaudito del antiguo Mónaco, y no había poder humano que echase abajo su última morada.

Miguel había visto muchas veces desde el puerto, sobre las alturas del barranco, este panteón que iba á servirle ahora para encontrar á Spadoni. Era un simple dado de albañilería, con las paredes enjalbegadas, cuatro pináculos en sus ángulos y una cúpula de tejas negras. De lejos parecía un morabito, la tumba de un santón, ayudando á esta semejanza los grupos de palmeras de los jardines inmediatos.

Castro le había hecho reir muchas veces contándole la historia del difunto general y sus ricos vecinos. Los propietarios de la «villa» no podían dormir con un muerto al otro lado de la pared. Además era un muerto sin nombre, lo que le hacía más inquietante y misterioso. Nadie llegaba á acordarse del apellido de este señor que había mandado miles de hombres y aún imponía su voluntad á los vivos. Alquilaron la «villa» con todos sus lujosos muebles por un precio módico, y al principio se la disputaban las señoras que juegan en el Casino. ¡Vivir en un pequeño palacio adornado por famosos tapiceros de París, y con una vista magnífica, todo por quinientos francos mensuales!... Pero las arrendatarias se apresuraban á cederse unas á otras esta buena ocasión. ¡Tener que pasar después de media noche frente al mausoleo del general, cuando volvían del Casino! ¡No poder abrir las ventanas sin encontrarse con aquella sepultura!... Además, la maledicencia femenil señalaba sucesivamente á cada inquilina con el mismo apodo: «la guardiana de la tumba».

Entonces se presentó Spadoni. Castro tenía una idea vaga de que pagó el primer mes, pero no estaba seguro de ello. Lo que sabía con certeza era que no pagó más. Los propietarios, residentes en París, habían acabado por aceptar esta situación, viendo en el pianista un cuidador gratuito de aquella casa que les inspiraba miedo.

Descendió el príncipe por un amplio camino entre balaustradas de jardines y muros de roca con penachos floridos pendientes de sus intersticios. Al ver de cerca el morabito, comprendió la fuga de los vecinos. El general había sabido hacer las cosas. Los pináculos estaban adornados con calaveras y tibias, lo mismo que la cruz de hierro que remataba la cúpula. Y estos símbolos fúnebres, por la fuerza del contraste, aún resultaban más impresionantes entre el esplendor verde de los jardines inmediatos, bajo un cielo de crudo azul y un sol deslumbrador, teniendo por fondo el gracioso puerto y la rizada planicie del mar violeta. La puerta del mausoleo sin nombre no se había abierto en muchos años, y los vientos amontonaban la tierra en su parte baja. Entre la verja y las paredes se aglomeraba una vegetación loca, una selva minúscula, en cuyas espesuras guerreaban y se devoraban los insectos después de enviar interminables expediciones volantes y rampantes á todas las casas próximas.

Pasó rozando el panteón para llegar á la entrada de la «villa», hermoso edificio de arquitectura toscana. La puerta era de complicados herrajes; los ventanales tenían vidrieras con figuras de colores; sobre el muro gris estaban incrustados relieves de mármol y escudos antiguos.

Golpeó inútilmente con un dragón de hierro que servía de aldaba. Al fin apareció en un sendero inmediato, entre dos muros, una mujer greñuda con un niño en brazos. Era una vecina que prestaba sus servicios á Spadoni cuando se quedaba en la casa. La presencia de un visitante representaba para ella un acontecimiento.

—Sí que está—dijo—. ¿No oye usted?

Lubimoff oyó, efectivamente, amortiguado por los gruesos muros, el tecleo de un piano.

La mujer, convencida de que el artista no llegaría á enterarse de los golpes del aldabón, desapareció en una revuelta del sendero. Poco después, su cabeza y el niño que llevaba en brazos surgieron sobre el filo de un muro.

—¡Maestro!—gritó—. Un señor que le busca. ¡Una visita!

Y volvió arreglándose las faldas, como si acabase de bajar de una escala de mano.

Se abrió aquella puerta de quicio profundo, apareciendo en su hueco Spadoni.

—¡Oh, Alteza!

Su sonrisa no expresaba asombro. Saludó al príncipe como si lo hubiese visto el día anterior.

Fué guiándole por corredores y salones sumidos en una penumbra policroma y que olían á polvo. Hacía muchos meses que los ventanales de colores no habían sido abiertos ni descorridas las cortinas. El concentraba su existencia en una sola habitación. Lubimoff chocó con arcones y armaduras, hizo vacilar dos enormes ánforas japonesas, se enganchó en los numerosos salientes de este profuso decorado de «estudio romántico» que había estado de moda veinticinco años antes.

Volvieron finalmente á la luz, una luz esplendorosa que entraba por tres puertas abiertas sobre una terraza vecina al barranco.

Era el hall de la «villa», adornado con telas y divanes indostánicos. El príncipe reconoció que Spadoni no estaba mal instalado en «su tumba». Un gran piano de cola era el único mueble que se mantenía limpio en esta pieza invadida por el polvo. Sobre el atril permanecían abiertos varios cuadernos de música manuscrita.

Al ver que Lubimoff se fijaba en ellos, el pianista hizo un gesto desesperado.

Era grande su pobreza: tenía que dar conciertos para vivir, se veía obligado á estudiar obras nuevas.

Habló de estos trabajos como si representasen la más cruel imposición de la realidad, la mayor decadencia de su vida.

Varias damas organizadoras de obras benéficas de la guerra habían buscado su concurso. Tocaba gratuitamente, por «patriotismo», pero las buenos señoras siempre encontraban el medio de darle una cantidad. ¡Era tan enorme su miseria! Sólo de tarde en tarde entraba en las salas de juego. No podía ni apuntar en la ruleta, donde las puestas son de cinco francos.

Quiso el príncipe leer los títulos de las partituras, y Spadoni intentó ocultarlas con una precipitación cómica.

—¡Verdaderas porquerías!... No hay que mirar eso, Alteza. En esta Costa Azul, cuando las señoras entradas en años no encuentran ya quien las ame, se dedican á escribir romanzas ó bailes de gran espectáculo, y el Casino acepta sus obras para no disgustarlas. Ese teatro de Monte-Carlo resulta, en ciertos días, el templo de la imbecilidad musical... No; mejor será que conozca lo que damos esta tarde. Es la obra de una millonaria que lo escribe todo, música y versos.

Y leyó en alta voz los títulos de varías «escenas pintorescas»: Diálogo entre la mariposa y la rosa, Lo que la palmera le dijo al agave, Plegaría de la cigarra á nuestro padre el Sol.

—Por suerte, Alteza, esta situación deshonrosa no durará. Tengo un medio... ¡un medio!...

Olvidando el piano, las partituras y su degradación musical, se lanzó de golpe en el mundo de las quimeras. Conocía el secreto del grande hombre, de aquel griego que ganaba millones en el Sporting. Lo había sorprendido, con su propia malicia, después de sonsacar ciertos datos á un acompañante del personaje. Era una combinación sencilla, como todas las cosas geniales. Por ejemplo...

Y tendió su mano hacia una baraja que estaba en una mesa, sobre unos cuantos volúmenes encuadernados en rojo: las nueve sinfonías de Beethoven.

¡Ah, no!... El príncipe le contuvo con brusquedad, para que no se entregase á su manía demostrativa.

—Yo esperaba encontrar aquí á Atilio—dijo luego suavemente.

El músico pareció despertar.

—¿Atilio?... ¡Ah, sí! Vivió conmigo unos días, pero se fué.

Obsesionado aún por su prodigiosa combinación, habló distraídamente, sin conceder interés á sus palabras. Castro había manifestado deseos de vivir con él, se lo dijo un anochecer en el Casino, y Spadoni abandonó Villa-Sirena para acompañarle. Un amigo no puede hacer menos.

—Pero ¿cuándo se fué?... ¿En dónde está?...

—Se fué anteayer, y debe estar en París. ¡Un disparate su viaje! Imagínese, Alteza, que en los últimos días jugó con una suerte magnífica, hasta ganar veinte mil francos. ¡Si hubiese seguido!... Pero no quiso: tenía prisa. Me dió quinientos francos, y los perdí inmediatamente; era muy poco dinero para mi combinación. Creo que va á hacerse soldado; me habló de la Legión extranjera. De él se puede esperar cualquier disparate. ¡Un hombre que gana y huye!...

Luego, como si la máquina desarreglada de su cerebro funcionase lógicamente por unos segundos, añadió, con una sonrisa maligna:

—Doña Clorinda también se ha ido á París. Se marchó dos días antes que él... ¡Oh, Alteza! ¡cómo me acuerdo de aquello que nos dijo en un almuerzo sobre las mujeres!... Las conozco, príncipe: todas ellas son temibles enemigos.

Y señalaba rencorosamente Lo que la palmera le dijo al agave.

En vano el príncipe insistió en sus preguntas. No sabía más, no le inspiraba curiosidad la suerte de Castro. Se había ido á París para hacerse soldado, ¡y él tenía tantos amigos soldados!...

«La Generala», por ser mujer, le infundía más interés, excitando su maledicencia.

—Yo creo—dijo, con su sonrisa de misógino—que se fué por celos, por despecho. La duquesa de Delille ha acaparado á ese teniente que le presentó ella. Hasta parece que el tal teniente ha tenido un duelo...

El pianista palideció, mirando con espanto á Lubimoff. Su gesto fué igual al del que habla en voz alta creyéndose á solas, y nota repentinamente que alguien le escucha. Quedó confuso y balbuceando:

—No sé... ¡la gente dice tantas mentiras!... ¡Cosas de mujeres!

Lubimoff sintió una confusión igual al darse cuenta de que hasta Spadoni se había ocupado con regocijo de su aventura.

Consideraba ya inútil seguir hablando con este imbécil. Se levantó, y el músico, trémulo aún por su indiscreción, dió muestras de igual apresuramiento por terminar la visita.

—¿Y Novoa?—preguntó el príncipe al llegar á la puerta de la casa—. ¿Se ha ido también?...

No; éste seguía en Mónaco, trabajando en el Museo cuando no tenía ocupaciones más urgentes. Se encontraban muy de tarde en tarde. ¿Cómo podían verse, si él, Spadoni, á causa de su miseria, se abstenía de entrar en las salas de juego?...

—Continúa jugando, Alteza; pero muy mal, con la timidez del novato, y por eso pierde. No tiene la estofa de nosotros, los verdaderos jugadores.

Se irguió el pianista al decir esto, como si no hubiese perdido nunca y poseyera todos los secretos del azar.

—Le he enviado dos entradas para el concierto de esta tarde: una para él y otra para esa señorita Valeria, acompañante de la duquesa. ¡El pobre! ¡siempre haciendo tonterías como un enamorado!...

Pero su sonrisa de hombre superior, exento de tales humillaciones, se cortó al darse cuenta de que otra vez estaba diciendo algo molesto para el príncipe.

Este pasó de nuevo junto á la tumba, pero sin verla ni acordarse del incógnito general. ¡Castro se había ido!... ¡Castro quería hacerse soldado!...

Luego de seguir el camino descendente de los Monegetti hasta la plaza de Armas de La Condamine, tomó la avenida de suave pendiente que sube hasta Mónaco. Esta marcha le proporcionaba cierta voluptuosidad muscular después de su largo encierro.

Al verse entre los dos torrecillas que marcan la entrada de los jardines, le asaltó el recuerdo de Alicia. Un poco más allá habían descendido del carruaje; detrás de los árboles estaba el banco en que la habló por primera vez de su amor; abajo, al borde de las rocas, se desarrollaba el solitario camino por el que pasaron como en volandas, al amparo del crepúsculo y con las bocas juntas. Luego, el rasgón de su vestido, los cómicos y dulces apuros por repararlo, el alfiler con la perla de la princesa... Sólo habían transcurrido unas semanas, y estos sucesos parecían de otra humanidad más feliz, desarrollados en un planeta distinto, envueltos en una luz que no era la de la tierra.

Se esforzó por olvidar. Estaba ahora en una plaza asfaltada, frente á la escalinata del Museo Oceanográfico. Por primera vez reparó en los adornos arquitectónicos del blanco edificio. Habían adoptado como motivo ornamental el manojo de retorcidas patas de los pulpos, el semicírculo estriado de las conchas, la sombrilla filamentosa de las medusas. Se fijó en los grupos escultóricos que simbolizan las fuerzas del Océano ó las artes de los navegantes; leyó los nombres esculpidos en los frisos, títulos de buques que se ilustraron por sus exploraciones científicas.

Permaneció inmóvil mucho rato, buscando un pretexto para justificar su visita. Al fin subió la escalinata, viéndose envuelto en una frescura sonora de catedral, pero sin la ranciedad del ambiente cerrado, con un tufillo salino procedente del mar inmediato. El conocía el palacio: á un lado, el vasto salón de conferencias y asambleas científicas, semejante á un Parlamento, con lámparas de cristal helado que afectan las distintas formas animales de las profundidades oceánicas; en mitad del vestíbulo, la estatua del príncipe Alberto vestido de marino y apoyado en la baranda del puente de su yate; al lado opuesto y en los pisos superiores, las colecciones recogidas durante los viajes de este navegante de la ciencia: miles de peces y moluscos, esqueletos gigantescos de cetáceos, piraguas y herramientas de pesca de los mares polares. En los pisos inferiores, debajo de sus pies, en aquel segundo palacio que, adherido al acantilado, descendía hasta el mar, estaban los acuarios, las bestias misteriosas del abismo continuando su existencia entre burbujas de agua corriente, en sus jaulas de cristal.

Un portero de levita azul y kepis galoneado de rojo intentó ofrecerle un cartón de entrada, pero se contuvo al ver que se detenía junto al torniquete, preguntando por Novoa.

—Salió hace un momento. Tal vez lo encuentre en las inmediaciones del Palacio. Casi todos los días, antes del almuerzo, da la vuelta á la roca.

«La roca», para los monegascos, es por antonomasia el peñón en que está asentado Mónaco, y dar su vuelta equivale á seguir el contorno de jardines y abandonados baluartes que, partiendo del palacio de los Príncipes, vuelve á él después de abarcar toda la vieja capital.

Siguió exteriormente la cerca de los jardines de San Martino. No osaba penetrar en ellos: temía encontrarse con el banco en que habían estado aquella tarde. Avanzó por las calles de la ciudad, estrechas, sin aceras, pavimentadas de anchas losas, como en muchas poblaciones de Italia.

Las viviendas, viejas y altas, recordaban los tiempos en que el suelo era precioso dentro de una península estrechamente ceñida por sus fortificaciones. Algunas casas estaban perforadas por túneles, y al final del arco se veía la claridad y la blancura de la otra calle paralela. Los edificios más grandes eran conventos ó colegios religiosos. Sonaban lentas campanas sobre los tejados, como en un pueblo de España; quedaban en las calles muchos retablos con imágenes alumbradas por un farolillo.

Al estremecerse las losas del pavimento bajo un paso humano, se entreabrían ventanas. Un carruaje provocaba la aparición de muchas cabezas. Los escasos transeuntes eran á veces canónigos de la catedral, frailes descalzos con una corona de pelo en torno del cráneo afeitado, monjas con enormes mariposas almidonadas en la cabeza.

Sólo un pequeño puerto separaba la vieja ciudad de aquella otra ciudad situada en la cumbre de enfrente, con su Casino, sus hoteles, sus orquestas y su muchedumbre de placer y de fortuna. Un corto trayecto de tranvía bastaba para hacerse la ilusión de haber saltado sobre dos siglos. Lubimoff recordó la impresión de extrañeza que despertaban al atravesar la plaza del Casino estos frailes descalzos cuando bajaban en grupo á Monte-Carlo.

Pasó bajo una galería cubierta que formaba arco entre dos casas. Un gran descampado, una llanura, se abrió ante él. Era la plaza del Palacio. Enfrente estaba la vivienda señorial de los Grimaldi, conjunto de edificios de diversas épocas, que le recordó los palacios de algunos príncipes soberanos de la antigua Italia. Era de color rosa obscuro, cortado por el arquerío de las loggias, y tenía adosados unas torres de sillares blancos con almenas hendidas. También conocía él este palacio, puramente de aparato y deshabitado, pues el príncipe reinante, en las cortas visitas á sus dominios, prefería vivir en su yate.

Primeramente llamó su atención la guardia del edificio. Los soldados de Mónaco, viejos gendarmes franceses, habían partido á la guerra, y una milicia nacional se encargaba de sustituirlos. Estaba compuesta de legítimos ciudadanos de «la roca», descendientes de cuatro generaciones de monegascos. Ellos solos podían contribuir á la defensa ideal del principado, así como gozaban las ventajas de pertenecer á un país, único en el mundo, donde nadie paga contribución y todos al nacer tienen el pan asegurado, gracias al Casino.

Lubimoff admiró al guerrero de guardia, un viejo de bigote blanco, cargado de hombros, casi jorobado, con gabán de color castaña y sombrero hongo. Un brazal rojo y blanco en una manga era todo su uniforme. Llevando al hombro su fusil antiguo, que aún hacía más enorme y pesado una bayoneta interminable, hubiera podido descansar junto á la garita pintada con los colores de Mónaco; pero prefería moverse en incesante paseo, mirando á todas partes por si alguien intentaba penetrar en el alcázar del ausente soberano. Otros padres de familia y hasta abuelos, vestidos con sus trajes de domingo, esperaban pacientemente en un banco que les llegase el turno de ejercer la honorífica función.

Lo más notable de esta explanada era la artillería, una cantidad de cañones del siglo XVIII que estaban allí decorativamente, como las armaduras que adornan un salón... A ambos lados de la puerta del Palacio se alineaban seis piezas enormes y magníficas, fundidas en un bronce verde de estatua y cinceladas como obras de museo. Junto á sus bocas, el metal se retorcía formando la hojarasca de un capitel; su parte opuesta la remataba una cabeza de medusa. El fuste de estas columnas huecas estaba adornado con las tres flores de lis de la vieja monarquía francesa, los agarradores de cada cañón eran dos delfines, y todas las piezas ostentaban el lema pretencioso Nec pluribus impar de Luis XIV, con otro más sombrío: Ultima ratio regnum.

El príncipe sonrió ante este lema.

«Ahora, las piezas de artillería—se dijo—ya no son «la última razón de los reyes», pero lo son de los pueblos. Hemos adelantado poco.»

Todos estos cañones verdes tenían su nombre propio, lo mismo que un buque ó un regimiento. Uno se llamaba Nerón, otro Tiberio; más allá abrían su redonda boca el Robusto y el Roncador.

En los parapetos que cerraban por ambos lados la extensa plaza asomaban sus gargantas, sobre el puerto ó sobre el mar libre, otras piezas más modestas, pero igualmente enormes y vetustas. Las balas macizas de estos cañones formaban pirámides, y una vegetación parásita se había introducido entre las pelotas de hierro.

Detrás del Palacio, como un telón de fondo, se elevaba la montaña francesa de la Tête du chien, brillando en su redonda cumbre las vidrieras del cuartel de los cazadores alpinos. La meseta de Mónaco era simplemente el último peldaño de la gran escalera que los Alpes dejan caer hacia el mar. Arriba se enredaban las nubes en los picachos, cubriéndolos momentáneamente de una sombra tempestuosa; abajo, entre los muros rosados y las torres blancas de los Grimaldi, se erguían la palmera tropical, el cocotero, el plátano, dando á este castillo ligurio un aspecto de hacienda brasileña.

Estaba Lubimoff en el parapeto que da sobre el mar libre, sentado entre dos cañones, cuando vió la llegada de Novoa por los baluartes que dominan el puerto.

Al reconocer al príncipe apresuró su blanda marcha, acercándose á él con la mano tendida.

¡Simpático profesor! Nunca le parecieron á Miguel sus ademanes francos con tanto atractivo como ahora. Celebraba mucho este encuentro, creyéndolo casual, y el príncipe no quiso hablar de su visita al Museo, para que Novoa ignorase que había venido en busca suya.

Maquinalmente empezaron á pasearse entre la fila de cañones y unos cuantos árboles que daban pálida sombra á este lado de la plaza.

Era Lubimoff el que preguntaba, mostrando interés por la suerte de su amigo y acogiendo sus quejas con una sonrisa bondadosa.

Novoa se mostró descontento. Este país de vida dulce y alegre resultaba fatal para el estudio. ¡Pensar que allá en su tierra se lo imaginaban haciendo descubrimientos útiles en los misterios del mar! El Casino extendía su influencia á todas partes, hasta al Museo Oceanográfico. Muchas veces, mientras estudiaba el plancton, le acometía una nueva idea para desentrañar los misteriosos saltos de las series del «treinta y cuarenta». Trabajaba por las mañanas con el pensamiento fijo en Monte-Carlo; y apenas llegada la tarde, sentía un deseo irresistible de ir allá. Era inútil que inventase pretextos para mantenerse fijo en «la roca». Había perdido cantidades enormes para él, y necesitaba recuperarlas. Pensaba con inquietud en el dinero recibido de su país á cuenta de la modesta fortuna heredada de sus padres.

—Algunos días, el buen sentido me dice que debo volverme á España, y deseo realizar inmediatamente este buen consejo. Por desgracia, hay ciertas cosas que me retienen aquí y quebrantan mi voluntad.

—Las conozco—dijo Miguel sonriendo—. La primera de todas, el amor.

Novoa se ruborizó, aceptando luego con un cómico ademán de confusión las palabras del príncipe. Sí; algo había de eso, y el amor le proporcionaba disgustos, lo mismo que el juego.

Lubimoff vió de pronto en sus ojos una expresión igual á la de Spadoni. También éste sabía lo ocurrido, y al hablar del amor recordaba inmediatamente aquel duelo absurdo. Pero Novoa era otro hombre, incapaz de sentir el maligno placer de los maldicientes, que se regodean con las torpezas ajenas. Además, Miguel le tenía por muy franco, y pronto se convenció de ello.

Tranquilamente, sin pensar si con sus palabras molestaría al otro, el profesor aludió á lo ocurrido en el castillo de Lewis. Lo lamentaba como algo ilógico y extemporáneo, mas no por esto había dejado de interesarle la suerte del príncipe. Si se abstuvo de ir á Villa-Sirena, fué por no parecer entrometido. Varias veces había hablado con el coronel, encargándole que saludase al príncipe de su parte.

Luego, como si se arrepintiese de la severidad con que juzgaba aquel duelo, dió explicaciones. La imagen de Castro había pasado por su memoria, haciéndole mirar á su acompañante con una tolerancia fraternal.

—Yo comprendo muchas cosas. No soy hombre de armas, como usted, y sin embargo, una vez sentí deseos de batirme. Ahora me río cuando lo pienso; pero, en iguales circunstancias, volvería á hacer lo mismo... ¡El poder de las mujeres! ¡Cómo nos transforman!...

El príncipe no protestó al oir que Novoa le suponía enamorado, atribuyendo aquel duelo á la influencia de una mujer. Y siguió guardando silencio, mientras el profesor, por una asociación lógica, empezaba á hablar de Alicia. Este sabio bueno y sencillo mostró una verdadera alegría al comunicar ciertas noticias que juzgaba agradables para Lubimoff.

Igual interés sentía por su compatriota Martínez. El no odiaba á nadie. Hasta tenía olvidadas sus incompatibilidades con Castro, que le habían hecho abandonar las abundancias de Villa-Sirena.

—Ese pobre teniente es menos feliz que usted, príncipe; el tal duelo ha tenido malas consecuencias para él. Yo gozo de cierta intimidad con personas allegadas á la duquesa de Delille... No necesito decir más: usted sabe que puedo estar enterado de lo que ocurre en Villa-Rosa. Pues bien; después del desafío, yo no sé qué ha pasado, pero Martínez entra en aquella casa con menos frecuencia. Transcurren días enteros sin que se atreva á llamar á su puerta. Algunas veces va allá, y la persona que usted sabe me dice que la duquesa se niega á recibirle. Es ahora un simple visitante, un amigo como otro cualquiera. La duquesa quiere evitar la antigua intimidad; le envía regalos al hotel de los oficiales, se preocupa de su bienestar, encarga á la señorita amiga mía que se entere de si le falta algo, pero sólo lo recibe de tarde en tarde. Se acabaron los almuerzos y las comidas á diario, aquella vida común, en la que sólo faltaba que durmiese en la casa... Y el pobre muchacho parece triste, desesperado, por este cambio.

Se animó el profesor en sus confidencias al notar el agrado con que las recibía el príncipe.

—Una persona—continuó, con cierta vacilación—que pasa algunas noches por la calle de la duquesa... (¡qué diablo! ¿por qué no decir la verdad?) yo, que algunas veces rondo por las inmediaciones de la «villa», esperando á la señorita en cuestión, he sorprendido á Martínez cerca de la casa, deslizándose junto á la verja, mirando á las ventanas. ¡Pobre muchacho!... Y me dicen que de día, cuando teme que la duquesa no va á recibirlo, hace los mismos paseos.

Un doble sentimiento conmovió á Lubimoff: de rabia, por la convicción de que no se había equivocado: aquel soldadito amaba á Alicia; de gozo, al saber que ya no era recibido en la casa, como antes, y rondaba inútilmente en torno de ella. Representaba una alegría negativa, pero alegría de todos modos, al ver á aquel jovenzuelo en una situación igual á la suya.

Novoa, hombre simple en sus gustos, que no podía comprender el amor mas que ordenadamente, dentro de la regularidad de una equivalencia de edades, rió de este apasionamiento del oficial como de algo grotesco.

—¡Qué absurdo! ¡Enamorarse de ese modo de una mujer que casi puede ser su madre!...

El príncipe se estremeció al oir esto, mirando fijamente á su acompañante. No; no sabía nada. Continuaba riendo de su propio comentario, sin ninguna intención oculta. El secreto de Alicia sólo él podía conocerlo.

Aún dieron varios paseos entre los cañones y los árboles. De pronto, empezaron á sonar las campanas de las iglesias y conventos de Mónaco, conversando, á través del éter cargado de luz, con las del fronterizo Monte-Carlo.

Las doce. Novoa se inquietó. Era hombre de costumbres fijas, y además, los monegascos en cuya casa estaba alojado mantenían rigurosamente la puntualidad en las comidas. ¡No haber en Mónaco un restorán, para darse el lujo de invitar al príncipe!... Este le propuso que lo acompañase á la lejana Villa-Sirena para almorzar juntos. ¡Se sentía tan bien en su compañía! ¡le daba noticias tan interesantes!...

—¡Imposible!—se apresuró á decir el profesor—. Tengo que ver á una persona en Monte-Carlo así que acabe mi almuerzo. Me esperan.

Lubimoff no insistió, adivinando que la tal persona era Valeria.

Un carruaje único estaba guarecido en la sombra menguada de los árboles. Se había quedado allí después de traer á unos extranjeros que prefirieron, á la salida del Palacio, descender á pie por el antiguo camino fortificado.

Miguel lo ocupó, haciéndose conducir á Villa-Sirena. Todo el resto del día y gran parte de la noche transcurrieron para él dulcemente, mientras rumiaba en su memoria las noticias adquiridas. No era mala la jornada. De Atilio apenas se acordó. Se había ido á París; esto era lo único cierto. En cambio, el infortunio de Martínez le hizo canturrear alegremente, y este regocijo engañó al coronel.

—Lo que yo digo: Su Alteza debe salir y ver gentes. Tenía la seguridad de que el paseo de hoy daría buen resultado.

Al día siguiente, el príncipe aún tuvo una sorpresa más grata. Estaba terminando de almorzar, cuando su ayuda de cámara anunció con tono ceremonioso: «El señor profesor Novoa.»

Presintiendo Miguel algo muy interesante para él, recibió al español con una efusión extraordinaria nunca vista por Toledo. ¡Incomparable Novoa! ¿De veras que había almorzado ya? ¡El buen orden de los solitarios de Mónaco!... Entonces, tomaría café con él.

Y dió fin apresuradamente á su almuerzo para pasar al hall, donde esperaban el café y los licores. Era tan visible la impaciencia del visitante por hablar con él sin testigos, que Lubimoff se dió prisa en inventar un pretexto para que don Marcos se alejase.

Cuando quedaron solos, Novoa dejó su taza sobre un velador, dió varias chupadas al cigarro, mientras parecía concentrar su voluntad, y al fin dijo con resolución:

—Tengo un encargo que darle: me envía cierta persona... sospecho que hago un mal papel. ¡Un hombre como yo llevando recados de esta clase!... Pero ¿qué es lo que las mujeres no nos obligarán á hacer?... Además, entre hombres debemos ayudarnos. Usted, que es tan caballero, también sería capaz de hacer por mí...

Y el buen profesor hablaba como si se sintiera ligado con el príncipe por una camaradería profesional, por una condición idéntica. Los dos estaban enamorados.

Lubimoff, ansioso por conocer el encargo, hizo gestos de aprobación. Sí: no se equivocaba; era capaz de hacer en su favor cuanto le pidiese. Le tenía en este momento por el primero de sus amigos. Pero ¿qué era el encargo?...

Novoa continuó, con cierta vacilación. El día anterior, después de su encuentro con el príncipe, había visto á aquella señorita... aquella señorita acompañante de la duquesa. El se lo contaba todo; una mala costumbre, pero los enamorados no siempre han de hablar de ellos mismos...

—Estuvimos juntos en un concierto, y esta mañana ha venido al Museo para encargarme que le viera á usted inmediatamente. Yo me he resistido á cumplir el encargo, pero usted sabe lo que son las mujeres. Además, esa joven tiene su genio... Total, que estoy aquí y repito lo que me han dicho.

Calló un momento, y después de mirar á todos lados, añadió con tono misterioso:

—Esta tarde, en San Carlos.

Había llegado hasta allí preocupado por la obscuridad del mensaje. ¿Qué San Carlos era éste? ¿Un hotel?... ¿un paseo?... Como habitante de Mónaco, sólo conocía el Casino en Monte-Carlo. Lo único indudable para él era que el mensaje de Valeria procedía de la duquesa.

Tuvo Miguel que ocultar la alegría que le causaron estas palabras. ¡Alicia le buscaba!... A pesar de su contento, sintió la necesidad de pedir nuevos detalles. ¿No le habían indicado una hora?...

—No, príncipe. «Esta tarde, en San Carlos»; ni una palabra más. Esa señorita casi se enfadó porque le pedí aclaraciones. Ya le he dicho que la intimidad tiene su mal carácter... como todas. Me afirmó que usted entendería el recado inmediatamente.

Miguel hizo un gesto de aprobación; sí que lo entendía... ¡Sabio amable! En aquel momento le deseaba cuantas felicidades puede gozar un hombre. De no conocer sus escrúpulos y su altivez, hubiese pedido á don Marcos todo el dinero que había en la casa para entregárselo á manos llenas. Pero ya que era imposible una dádiva material, hizo votos por que aquella Valeria, á la que tenía por una ambiciosa, pudiese embellecer la vida del profesor. Tan optimista le hizo su contento, que hasta creyó en una equivocación de su parte, adornando á la acompañante de la duquesa con un sinnúmero de virtudes ocultas.

Toledo había vuelto, y el príncipe, que deseaba agradar á Novoa, le habló de las exploraciones oceanográficas, mostrando una viva curiosidad por ellas, mientras su pensamiento estaba lejos.

Pero este halago resultó inútil. El profesor vacilaba al responder á las preguntas. Tenía prisa; le esperaban... Sin duda, Valeria necesitaba conocer pronto el resultado de su mensaje. Y el príncipe mostró también cierta precipitación al acompañarle hasta la verja de entrada, con grandes extremos de amistad. Debía volver con frecuencia á Villa-Sirena; era el único amigo fiel. ¡Lastima que se negase á vivir allí, como en otros tiempos!...

Al quedar solo, Lubimoff subió á las habitaciones del primer piso. Temía que el coronel adivinase su contento. Una sensación de orgullo y de triunfo se mezclaba ahora con la alegría del primer instante.

Pensó en su situación. Don Marcos había guardado silencio después del duelo, y él, influenciado por la soledad, se entregaba al desaliento, creyéndose objeto de las burlas de todos.

Ahora veía claro. Alicia deseaba volver á él, sintiendo un nuevo interés por su persona. Todo lo indicaba así: el teniente casi expulsado de aquella casa que dos semanas antes consideraba como suya; su protectora evitando el verle, para lo cual espaciaba sus visitas. Además, al enterarse ella por Valeria de que su antiguo enamorado había roto la voluntaria clausura en Villa-Sirena, se apresuraba á darle una cita inmediata, como si le urgiese reanudar sus relaciones con él.

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