← Table of contents
Los enemigos de la mujer

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (NOVELA) (continued 6)

Reading edition

Habían ocupado un carruaje, que empezó á descender la cuesta hacia el puerto de La Condamine.

—¡Cómo nos mira la gente!—dijo Alicia—. Van á creer que te rapto. La arruinada duquesa de Delille se lleva al príncipe multimillonario para ser su amante y sacarle el dinero... ¡Y no saben que soy yo quien paga! Anda, ríete un poco. ¿Te parece mal que yo pague?... ¿No encuentras eso gracioso?...

Habló de su imprevisión y su alocamiento con cierto orgullo, como algo que la colocaba sobre todas las gentes de costumbres regulares. La noche anterior temió que no le quedase dinero para poder comer al día siguiente. Pero Valeria había pasado la mañana haciendo preciosos descubrimientos en los armarios: billetes de Banco perdidos entre las ropas, placas del Casino olvidadas en los libros, hasta un papel de mil francos envolviendo una vieja pastilla de jabón.

Cesó repentinamente de enumerar estos hallazgos.

—¡Mira!... ¡mira!

Estaban en el puerto. Ella señaló á una dama que marchaba por el muelle, entre las altas adelfas recortadas en forma de árboles. Era Clorinda. De un banco se levantó un señor que parecía esperar, saliendo á su encuentro. Los dos reconocieron á Atilio Castro, viendo cómo se saludaban él y «la Generala», cómo seguían juntos su paseo, tan ocupados en contemplarse mutuamente, que no fijaron su atención en el carruaje.

Miguel sonrió. El allí, al lado de Alicia, que le hacía cometer toda clase de extravagancias; el otro esperando con una emoción de adolescente la llegada de doña Clorinda. ¡Pobres enemigos de la mujer!

—¡No me hables de ella!—exclamó Alicia, á pesar de que su compañero no había dicho nada—. ¡La detesto!... El pobre Martínez en el olvido. Me lo disputa, me lo quita, y luego viene en busca de Castro, mientras el otro infeliz vagará por Monte-Carlo. ¡Qué mujer! ¡El mal que me ha hecho!... Ella tiene la culpa de todo.

Y ante la mirada interrogante del príncipe fué exponiendo sus quejas con acento de convicción. Su pérdida tan rápida y completa no podía explicarse lógicamente. Dos semanas ganando, y en unas cuantas horas perderlo todo... ¿cómo podía ser eso? La noche anterior, al retirarse del Casino, una amiga respetable, una marquesa italiana, antigua bailarina, muy experta en las cosas de la suerte y que llevaba treinta años jugando en Monte-Carlo, le había descubierto la cruel verdad: «Duquesa, usted tiene alguna persona que la quiere mal: una amiga envidiosa que frecuenta su casa y le ha echado una maldición. Sólo así se comprende lo ocurrido. Hay que repeler la mala suerte, devolviéndosela á quien se la envió.»

—Ya ves que la cosa resulta clarísima: una amiga envidiosa y que frecuenta mi casa... Clorinda; no puede ser otra. Y mañana mismo voy á repeler la mala suerte, tal como me lo ha recomendado la marquesa. Otras jugadoras siguieron sus consejos y les va muy bien.

Eran los Reyes Magos los que poseían el privilegio de deshacer estos conjuros perversos. Necesitaba purificar su «villa», fumigar todas las habitaciones donde hubiese entrado «la Generala», quemando en una cazoleta oro, incienso y mirra, los tres presentes de los monarcas viajeros. Oro no lo había: estaba oculto con motivo de la guerra; pero, según la marquesa-bruja, era lo mismo quemar trigo.

—Debo recitar al mismo tiempo una oración en italiano, una súplica muy bonita á los tres reyes, casi una romanza, que dice... que dice...

No pudiendo acordarse, abrió su bolso de mano. En el monedero guardaba la plegaria, escrita con lápiz detrás de un cartón del Casino de los que sirven para anotar las jugadas. Miguel miró el interior del bolso con la curiosidad que inspiran siempre todos los objetos de la mujer que nos interesa. Vió sobre el arrugado pañuelo una carterita de piel, y colgando de ella un fetiche de jugadora, una mano con el índice y el meñique tendidos en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte. Pero junto con la mano colgaba otro fetiche de oro, de forma tan inesperada, tan inaudita, que Miguel desechó como inverosímil lo que había pasado ante sus ojos en rápida visión.

Alicia se echó atrás, repeliendo su mano curiosa. «¡No, no!» Y cerró el bolso con tanta rapidez, que casi le pilló los dedos entre las valvas de plata. Se defendía, ruborosa y sonriente; le miraba con ojos malignos, encogiéndose al mismo tiempo como una niña avergonzada.

—Es un regalo de la marquesa... lo mejor que ella conoce para atraer á la suerte. Se acabó: no necesitas saber más. ¡Qué curioso!...

Y mientras ella se fingía algo enfadada para evitar nuevas explicaciones, Miguel recordó el rosario de Satán del amigo de Lewis y sus extraños adornos.

El carruaje empezaba á ascender por la cuesta de Mónaco. Los buques y el puerto parecían hundirse gradualmente á cada vuelta de sus ruedas. Una sombra verdosa enfriaba este camino, á la vista del luminoso mar, de las montañas amarillentas, que iban tomando un color rojizo bajo el sol de la tarde.

Lubimoff explicó á su compañera las singularidades del promontorio que sirve de asiento al viejo Mónaco. En el lado de Mediodía, entre las rocas cubiertas de pitas y nopales, se aclimata la vegetación de los países cálidos con una facilidad verdaderamente sorprendente si se tiene en cuenta la latitud geográfica. Al visitar el palacio de los príncipes había encontrado en los antiguos fosos de la fortaleza, que son como invernáculos naturales, el mismo calor húmedo y pegajoso de las selvas del Ecuador, con palmeras brasileñas que ascendían á muchos metros en busca de la luz. En cambio, sin salir del mismo peñón, se descubrían al Norte, donde había poco sol, helechos de los países fríos, vegetaciones de los Vosgos, llegadas hasta allí nadie sabía cómo para arraigarse frente al Mediterráneo.

Alicia, no queriendo aparecer menos instruída, habló de los jardines de San Martino. No los había visitado, pero sospechaba que estaban entre el Museo Oceanográfico y la Catedral. Valeria no sabía hablar de otra cosa en las últimas semanas, describiéndolos como si fuesen los jardines más interesantes de la tierra. Los había visto bien acompañada, y esto influye mucho en la visión. Era sin duda Novoa el que le había descubierto este paraíso.

—¡Si los encontrásemos!—dijo riendo Alicia.

El carruaje pasó entre dos torrecillas con montera de tejas que marcan la entrada al recinto de Mónaco. El puerto quedaba muy abajo, con sus buques empequeñecidos. Al otro extremo de la plaza de agua brillaban las cúpulas de los numerosos hoteles de Monte-Carlo, sus fachadas policromas, los vidrios de balcones y miradores. No se llegaba á distinguir la gente. Los automóviles resbalaban como diminutos insectos por la cuesta que desciende á La Condamine.

Entraron en una avenida asfaltada, entre dos masas de estrechos y tupidos jardines, que conduce al Museo Oceanográfico.

—¡Míralos!—dijo Alicia con expresión triunfante, al mismo tiempo que daba con un codo al príncipe.

Cuando éste avanzó la cabeza, sólo pudo ver unos bultos que se ocultaban en un sendero lateral.

—Eran ellos, no lo dudes—continuó la duquesa, riendo—. Marchaban por en medio de la avenida. Esa Valeria es muy lista; se ha vuelto al oir el ruido de un coche, reconociéndome al instante. Se llevó al sabio como si lo arrastrase.

Cesó de reir, adquiriendo su rostro una gravedad melancólica.

—¡Felices ellos! ¡Qué de ilusiones! Todos hemos pasado por lo mismo... Lo malo es que deseamos marchar adelante en busca de algo más, cuando debíamos quedarnos con lo que tenemos.

El príncipe asintió con la cabeza, repitiendo lacónicamente:

—¡Felices ellos!

Su voz era un réquiem. Estos encuentros sucesivos le hacían pensar en la muerta comunidad de la que era jefe irrisorio. Primeramente, Castro... Luego, Novoa. Hasta el coronel estaría en aquel momento paseando ante la tienda de una modista, á la espera de la chica del jardinero. Quedaba Spadoni, pero su fidelidad valía poco. Para él no existía otro femenino que el de la ruleta.

Se detuvo el carruaje más allá del Museo Oceanográfico, donde empiezan los jardines de San Martino. Alicia pagó al cochero.

—Hay que hacer economías—dijo con gravedad—. Volveremos á pie.

Siguieron unos senderos tortuosos, subiendo y bajando por las quebradas de la costa. Las pequeñas mesetas habían sido convertidas en miradores de piedra, desde los que se abarcaba un espacio inmenso. En algunos amaneceres se podía distinguir el lejano perfil de las montañas de Córcega. Como los jardines estaban á muchos metros sobre el Mediterráneo, la línea del horizonte era tan alta que obligaba á levantar los ojos. Los pinos formaban ligeras y negras columnatas, entra cuyos troncos subía el cortinaje obscuro del mar. Sólo sus rumorosas copas de agujas emergían en el azul diáfano del cielo. La vegetación baja se componía de plantas silvestres de acre perfume y vida dura, insensibles á las emanaciones salitrosas; nopales, cuyas palas verdes estaban rematadas por frutos rojos; pequeñas pitas de retorcidas puntas que se enredaban unas en otras como tentáculos de pulpos verdes.

Admiró Alicia este jardín. Era, según ella, un jardín marítimo, que armonizaba con el Museo cercano y el paisaje. Los troncos parecían mástiles de navío; las plantas amontonadas á sus pies tenían la forma radiada y envolvente de los monstruos de las profundidades oceánicas. Otras vegetaciones de origen exótico evocaban la imagen de países cálidos, de lejanos puertos olorosos poblados de muchedumbres amarillas ó cobrizas. A través de los fustes rectos de la arboleda se veían cinco goletas, inmóviles en el horizonte, con el velamen caído.

Una cinta de humo acompañaba las evoluciones de un torpedero sutil rondando como perro protector en torno de este rebaño blanco y tímido.

Al asomarse á los balconajes de piedra se veía el mar á una profundidad enorme. El acantilado rojo se hundía verticalmente en las aguas ennegrecidas por la sombra ó se resguardaba con desprendimientos de rocas eternamente ceñidas de espumas. A un lado avanzaba el Cap-Martin, repeliendo el asalto de las olas, círculo de corderos blancos que se sucedían incesantemente surgiendo de las praderas azules; más allá, la costa de Italia, sonrosada por la melancolía de la tarde; y en el extremo opuesto, el Cap-d'Ail y el Cap-Ferrat, sobre cuyos lomos—abullonados de verde por las arboledas y moteados de blanco por las «villas»—empezaba á extenderse el sudario de oro que debía envolver la muerte del sol.

—¡Hermoso!... ¡muy hermoso!

La duquesa mostraba una alegría infantil. Se habían sentado frente al mar, saboreando la rumorosa calma, en la que se confundían los estremecimientos de los pinos, el profundo rodar de las espumas invisibles, la respiración de la llanura azul, los crujidos de la tierra, rozada por los rosarios de hormigas, por las procesiones de orugas, por la labor tenaz de los escarabajos, y conmovida al mismo tiempo en sus entrañas por el despertar de las raíces.

De vez en cuando sonaba la arena del tortuoso sendero bajo pasos humanos. Eran inválidos ó convalecientes que recorrían los jardines á la salida del Museo; vecinos de Mónaco que regresaban á sus casas después de haber tomado el sol en un banco; gruesas comadres que guardaban su calceta en un bolso; ancianos apoyados en un bastón, que tal vez no se habían embarcado nunca, pero tenían un aspecto de viejos marinos genoveses. También pasaban lentamente algunas parejas de enamorados. Aparecían en una revuelta del sendero cogidos del talle, silenciosos, mirándose. Al notar que en el banco había otra pareja, se desasían, improvisaban una conversación cualquiera y ganaban cuanto antes la revuelta inmediata, para repetir el tierno enlazamiento, no sin antes saludar con una sonrisa al príncipe y á la duquesa, como si adivinasen en ellos á otros enamorados.

—¡Y pensar que nunca habíamos venido aquí!...—dijo Alicia—. Tú, á lo menos, posees tus magníficos jardines; pero yo, instalada en una «villa» que no es mas que una casa con unos cuantos árboles y teniendo por todo panorama el edificio de enfrente, soy tan estúpida, que me paso las tardes en el Casino, obscuro y cerrado como una bodega. ¡Qué horror!

Se estremeció al pensar en el Casino. Le parecía ahora imposible que hubiese podido vivir en la penumbra ó bajo la luz artificial, mascando una atmósfera malsana, á las mismas horas en que este jardín extendía ante el mar su magnificencia silvestre y luminosa.

—Hay muchas cosas bellas en el mundo—continuó—para las cuales no se necesita dinero. ¡Pensar que si no hubiésemos perdido no estaríamos aquí! Casi es mejor ser pobres.

Miguel rió de su vehemencia. No; ser pobre no resultaba agradable; pero tenía razón al decir que para gozar de muchas cosas hermosas no es necesario el dinero.

—Nosotros mismos—añadió él, después de una larga pausa—sólo nos conocemos verdaderamente desde que perdimos nuestra riqueza. ¡Quién sabe si de nacer pobres nos hubiésemos entendido mejor en nuestra juventud!... Muchas veces lo he pensado.

Era cierto; y desde que estaba aquí en el banco, al lado de ella, pensaba lo mismo. La alegría de Alicia ante la tarde esplendorosa, su entusiasmo al verse en este jardín rústico frente al mar, lejos de ciertas gentes sin las cuales no creía antes tolerable la existencia, lejos del juego, que era el único remedio para el vacío de su vida, todo esto halagaba al príncipe, como un descubrimiento de acuerdo con sus gustos. La veía ahora muy distinta á como se la había imaginado en otros tiempos. Y él también aparecía seguramente ante los ojos de ella de otro modo que en el pasado. Una muralla enorme los separaba antes: la riqueza, engendradora del orgullo y del afán de dominación.

Sintió una necesidad de seguir hablando. Algo hervía en su interior, haciendo subir las palabras á la boca con una marea irresistible.

«Vas á cometer una necedad enorme... ¡Atención!... Buscas complicar tu existencia...»

Era el antiguo Lubimoff el que hablaba en su interior; el Lubimoff recién llegado de París para refugiarse en su Arca, lejos de todos los afectos vanos que forman la felicidad de la mayoría de los hombres; el áspero maestro de «los enemigos de la mujer».

La voz ronca y plañidera no levantó ningún eco. El príncipe despreciaba á este fantasma que aún se mantenía en su interior, gimiendo sobre ruinas.

Había permanecido hasta entonces aspirando con delicia el perfume de aquella mujer, que al mezclarse con el perfume de la tarde parecía comunicar su esencia á toda la Naturaleza. Veía el cielo, el mar, los árboles, todo á través de ella, como si llenase el espacio.

También él había hecho un descubrimiento. Pensaba con horror en la solitaria Villa-Sirena, como la otra pensaba en el Casino. Le parecían más hermosos estos jardines de disfrute común que los de su propiedad, que todos le envidiaban. ¿Cómo podía haberse paseado solo en torno de su «villa», por las avenidas magníficas y solitarias, cuando existía en el mundo la voluptuosidad de sentarse en un banco público al lado de una mujer, ó caminar junto á ella pasando un brazo por su talle, lo mismo que aquellos pobres soldados y marinos?...

«¡Muy bien, príncipe!... Enamorado como un adolescente pasados los cuarenta. ¡Adelante con tus necedades, si eso te divierte!... ¿Qué dirían los otros enemigos de la mujer?»

Pero él no quiso oir esta última protesta de una mitad de su persona, olvidada y hostil.

—Nuestra vida ha sido un engaño—dijo en voz alta, con cierta violencia, para no dejar traslucir su emoción—. Tú debes estar convencida de ello... Y también te das cuenta de que yo pienso lo mismo... de que reconozco mi error... Porque yo... porque yo, desde hace tiempo... ¡yo te amo!... Ya está dicho: ahora ríete si quieres.

Ella no quiso reir. Lanzó una ligera exclamación, le miró un instante y volvió la cara, como si huyese de la interrogación de sus ojos. Había presentido la llegada de esto de un momento á otro, ¡pero la sorpresa de escucharlo en la realidad!...

Hubo un largo silencio.

—¿Qué contestas?—preguntó al fin con timidez el famoso príncipe Lubimoff, adorado por tantas mujeres.

Alicia volvió á mirarle.

—¿No es una broma?... ¿No es un capricho que te ha sugerido la hermosura de esta tarde tan... poética?

Miguel protestó con el gesto. ¡Considerar capricho aquella decisión grave que venía preparada por largas y penosas contradicciones interiores, lo mismo que un gran pensamiento!...

—Si yo fuese como las más de las mujeres, te contestaría: «¿A cuántas has dicho lo mismo?» Pero esta pregunta es estúpida. Se puede haber dicho «Yo te amo» á una mujer con toda sinceridad, y algún tiempo después repetir lo mismo á otra, con más sinceridad aún... No quiero preguntarte á cuántas has dicho lo mismo; tal vez no lo has dicho á ninguna. Tú no necesitabas esforzarte, fingiendo la comedia del gran amor, para conseguir tus deseos: te esperaban anhelantes; te bastaba arrojar tu pañuelo de sultán... ¡Pero á mí!... Haz memoria, Miguel: de muchachos nos odiamos; después, cuando yo quise, tú no quisiste... ¡y ahora que ya empezamos á ser viejos!... ¡ahora que sólo poseo los restos de lo que fuí, que carezco de libertad, pues tengo... lo que tú sabes! Es un disparate, y por eso río. No: ¡nunca!

El príncipe habló á su vez. Se habían odiado, era cierto, y este odio lo consideraba ahora como una felicidad. ¡Qué desgracia la suya si hubiesen unido por el matrimonio sus dos enormes fortunas y sus dos orgullos todavía más enormes!...

—Nos hubiésemos separado una semana después; tal vez el mismo día—continuó Miguel—. Hasta tengo la sospecha de que te habría pegado.

—Y yo á ti—dijo la duquesa—. No cabíamos juntos en ninguna parte. Era preciso que uno se sometiese al otro, y ninguno de los dos comprendía este sacrificio.

—Lo mismo—siguió él—puedo decirte de aquella noche en que comimos juntos. Celebro mi conducta absurda y ridícula. Si hubiese cedido, algo irreparable existiría ahora entre nosotros; no nos hubiéramos vuelto á encontrar, no estaríamos aquí diciendo lo que decimos.

Ella asintió.

—Es cierto; no estaríamos aquí. Tú guardarías un recuerdo espantoso de mi persona; sé bien cómo era yo entonces. Tampoco habría ido á buscarte, aunque en ello me fuese la vida. Gracias á tu fuga de aquella noche podemos ser amigos, amigos eternos, hermanos si quieres; pero ¿por qué me hablas de amor?... Eso no es de nuestra edad. Ya pasó. ¿Qué ves en mí ahora que no tuviese de joven?

—Veo tu desgracia.

La voz del príncipe sonó grave y profundamente sincera al decir esto.

Había reflexionado mucho, antes de contestarse á sí mismo, cuando se hacía una pregunta igual á la de Alicia. Estaba seguro de haber empezado á amarla el día que se presentó en Villa-Sirena á pedir el perdón de su deuda, confesando su ruina. ¡Pobre duquesa de Delille, acostumbrada á gastar millones al año, propietaria de minas preciosas, y teniendo que vivir del juego, como una aventurera!... Después, junto á su lecho, viendo sus lágrimas, escuchando el gran secreto de su vida, aquella maternidad oculta que la hacía llorar, se había dado cuenta definitivamente de este amor. En los últimos días, al contemplarla victoriosa en el Casino, su pasión se ensombrecía; la apreciaba menos. Luego, al verla arruinada y enferma de tristeza, su afecto iba renaciendo; y para auxiliarla, hasta se convertía en jugador, ¡él, que era incapaz de hacer esto ni por su propia salvación!...

—Tú no puedes comprenderme: eres mujer. Muchas veces en mi vida, otras mujeres me han dicho, después de un acto suyo inexplicable: «No te esfuerces; los hombres nunca llegan á entendernos...» Yo digo lo mismo: una mujer tampoco puede comprender á un hombre... Te amo ahora porque me inspiras lástima, y la lástima conduce á la ternura, y la ternura es el verdadero amor, un amor que yo no había conocido nunca. Cada uno ama á su modo. La mayoría de las mujeres necesitan el orgullo en el amor; que el amado infunda admiración y envidia por su valentía, por su hermosura, su riqueza ó su talento. El hombre ama casi siempre por lástima, por la tierna conmiseración que le inspira la mujer. Nunca se siente más amante que cuando la cabeza femenil se apoya en su pecho con el abandono de la debilidad... Y cuando la mano de él se hunde en su cabellera, encuentra un cráneo pequeño y delicado (más pequeño siempre que se lo imagina), una cabeza que contiene palabras celestiales, gracias irresistibles, acciones grandiosas, pero rara vez guarda las energías de pensamiento que dan la superioridad al hombre. Sus miembros adorables no pueden defenderla. Y el hombre, al considerarla tan hermosa y tan débil, siente crecer su amor con la lástima y el deseo de protección.

—No—dijo ella—. También la mujer conoce la conmiseración en su amor. El hombre que le era indiferente le interesa de pronto, al verlo infeliz; la que odiaba ayer vuelve al amante odiado, cuando lo considera en peligro. Nunca pone tanta ternura en su voz como al decir: «¡Pobrecito mío!...»

El príncipe hizo un gesto de aceptación. ¡Sea en buena hora! Pero volvió inmediatamente á lo que le interesaba.

—Hoy somos desgraciados; yo tanto como tú, pues he perdido lo que me hacía sobresalir sobre los demás hombres, y tal vez no lo recobre nunca... Pero tu situación es todavía peor; eres mujer, eres más pobre, y yo me siento atraído hacia ti y te digo lo que nunca hubiese dicho de seguir los dos en nuestra antigua posición, encerrados en nuestro orgullo.

Siguió hablando en un tono arrullador, aproximándose más á ella, casi en su oído, aspirando el perfume de la boa de piel que llevaba en el cuello y parecía guardar concentrada toda la esencia de su cuerpo.

Repitió lo que había pensado en las noches, mientras luchaba con sus antiguas preocupaciones; lo que había resumido enérgicamente poco antes, mientras venía silencioso en el carruaje, al lado de ella. Habló del porvenir. Aún podían ser felices: era un amor reposado y durable lo que él la ofrecía; un amor de otoño, un amor para siempre, sin complicaciones dramáticas, plácido, tranquilo, dulcemente monótono, como las veladas junto al fuego.

La mujer rió con una expresión dolorosa.

—Tú olvidas quién soy; hablas lo mismo que si el pasado no existiese, como si tú no fueses tú, como si yo no tuviera todas esas historias que pesan sobre mi nombre. De hacerme otro esa proposición, ¡quién sabe!... Estoy cansada y me seduce un porvenir de reposo. ¡Pero tú!... Es imposible contigo: acabaríamos mal. Prefiero que seamos amigos, sin nada de amor. Resulta más seguro y durable.

Al ver su gesto desalentado, Alicia continuó hablando. No le asustaba vivir con él por lo que pudieran decir las gentes. Era cierto que tenía un marido, y dominado ahora por un amor senil, iba á negarse á aceptar el divorcio. ¡Pero el caso que ella podía hacer de este obstáculo y de los comentarios de su mundo!... Mayores audacias contaba en su historia.

—Es que no quiero... No me preguntes el motivo: no sabría explicártelo; mejor dicho, no me entenderías. Repito lo que te han dicho otras: «Tú eres un hombre, y no puedes comprender á las mujeres.» No, no quiero. Te hablaré más claro: con otro hombre que llegase á interesarme... no sé. ¡Somos tan débiles! ¡sentimos tales sorpresas en nuestra voluntad! Pero contigo, no... Nos conocemos demasiado: es imposible.

Miguel habló con un tono de despecho y tristeza.

—No te intereso: bien lo veo.

Alicia volvió á reir tan expansivamente, que golpeó con una de sus manos las dos manos juntas del príncipe.

—¡Tonto!... ¿Crees de verdad que no me interesas? Si me fueras indiferente, ¿te habría buscado en otro tiempo?... ¿estaría aquí ahora contigo?

Se mostró desconcertado el príncipe. «¡Entonces!...» Y se esforzó por descubrir qué obstáculo podía oponerse á su deseo. Si era por las cosas de su vida anterior, él las olvidaba. El príncipe Lubimoff tenía igualmente muchas historias que convenía no recordar...

—Dejemos en paz al pasado. Tú eres otra mujer. Conozco tu existencia en los últimos años; además, me contaste la otra mañana lo que has sido desde que tu hijo vivió á tu lado... Yo te tomo á partir del momento en que reconociste la seriedad de la vida, al verte junto á un hombre formado con tu propia carne. Olvido á la Venus de otros tiempos, á la Helena del «banco de los viejos». Te deseo tal como eres actualmente, Venus dolorosa, que lloras, sufres, y necesitas un consuelo, una protección.

Ella cesó de sonreir. Su boca se crispaba con un mísero gesto de gratitud; sus ojos estaban húmedos.

—No—dijo con voz humilde—. Es imposible, á causa de eso mismo. ¡Mi hijo! ¡cómo me ha cambiado mi hijo!... Yo sé lo que significa todo eso de amor. No somos dos adolescentes que se engañan con ilusorias purezas y hablan del alma y del cielo, mientras sus cuerpos se buscan con un impulso natural. Si yo acepto tu amor, sé lo que esto significa inmediatamente, tal vez antes de que salga un nuevo sol. ¿Puedes imaginarte tal cosa?... Mi hijo, que no sé dónde está, que tal vez ha muerto, que por lo menos sufre en este momento lo que una mendiga no permitiría que sufriese un hijo suyo, y yo, mientras tanto, entregándome á un gran amor, á una pasión de esas que devoran los días y el pensamiento entero, como si aún viviese en la primera juventud, ¡ah, no!... ¡qué vergüenza! Conozco lo que un amor entre nosotros exige fatalmente, y me da espanto, me siento sin fuerzas para muchas cosas que antes consideraba sin importancia. Tú lo has dicho: soy otra.

El príncipe se reanimó al conocer el obstáculo. Su hijo vivía; estaba seguro de ello. El había escrito al rey de España y á sus amigos influyentes de París; hasta había enviado cartas á Alemania por mediación de personajes diplomáticos. Lo encontrarían de un momento á otro; él conseguiría que volviese al lado de su madre. ¿Por qué iba á estorbar el pobre mozo el porvenir de los dos? Su hijo conocía la vida; los años pasados al lado de su madre le habían familiarizado con las irregularidades que tanto abundan en el mundo de los dichosos. No consideraría extraordinario que ella, sometida á un matrimonio que era una equivocación, rehiciese su existencia discretamente con un hombre al que conocía desde su adolescencia. Además, lo amaría como á un hermano menor. Contaba con poderosos amigos, capaces de ayudarle si deseaba trabajar. Los restos de su fortuna serían para él cuando muriese.

Alicia agarró una de sus manos con la ternura del agradecimiento. «¡Cuán bueno eres!...» Pero de pronto secó sus lágrimas, sus ojos brillaron con una energía que parecía dirigirse contra ella misma, y continuó con voz dura:

—No, no quiero. Veo lo inmediato: lo que va á ocurrir entre nosotros si me dejo arrastrar por tus hermosas palabras; veo á mi hijo... mejor dicho, no le veo, no sé qué es de él, ignoro si vive... Te digo que no. Es inútil que insistas.

Se hizo un largo silencio. Pasó un soldado con la cabeza vendada bajo el kepis y una flor en una oreja, sonriendo á una muchacha rubia que se apoyaba en su brazo y canturreando los dos. El príncipe y la duquesa se separaron un poco en el banco y permanecieron en silencio: él mirando al suelo, preocupado y cejijunto; ella con los ojos en la raya del horizonte, siguiendo la lenta marcha de las goletas, que habían combado sus alas bajo la brisa precursora del crepúsculo.

La tenacidad con que Miguel ponía su vista en el suelo hizo que Alicia se equivocase. Sus piernas quedaban algo descubiertas por el arrugamiento de la falda corta; unas piernas finas, que mostraban la blancura de su carne á través de las mallas de seda de color habana.

—¿Miras mis medias?—preguntó ella, pasando repentinamente de la tristeza á la risa—. Fíjate. Eso que llevan al lado no son adornos, son zurcidos. Mi doncella me las arregla muy bien. ¡Qué quieres! Somos pobres.

Y sin duda, para distraer á su enfurruñado acompañante, siguió con acento regocijado la enumeración de su miseria. ¡Ay, la guerra, con sus atroces encarecimientos! Las medias de seda eran malas, se rompían con sólo usarlas una vez, y únicamente podían adquirirse á precios fabulosos. Prefería prolongar la existencia de las que guardaba de sus tiempos de riqueza, por ser más sólidas. Lo mismo podía decir de los trajes. Hacía dos años que su guardarropa ignoraba las renovaciones, antes tan frecuentes.

—Somos pobres—repitió con jocosa solemnidad—. Además, nos gusta el juego, y, como todos los jugadores, perdemos miles de francos y economizamos en las pequeñas cosas que alegran la existencia.

Aguardaba una ganancia enorme y definitiva para ocuparse de su embellecimiento personal.

Pero el príncipe, con los ojos y el gesto, dió á entender lo poco que le interesaban estas confidencias. Era inútil que pretendiese desviar la conversación. Miguel insistía en su demanda, ofendido por la negativa de Alicia. Tal vez con otro hombre se habría mostrado más clemente.

Ella comprendió que debía volver á lo que interesaba á su acompañante, y dijo con varonil franqueza:

—Yo sé lo que tienes. Te voy á hablar como un camarada, sin preocupaciones de sexo, lo mismo que te hablé aquella noche en mi estudio. Conozco la vida que llevas; sé igualmente lo de «los enemigos de la mujer»: una invención necia. Tú lo que necesitas, después de varios meses de soledad maniática, es una mujer. Escoge en torno de ti; las encontrarás, cuando quieras, más jóvenes, más hermosas que yo, que empiezo á verme tal como soy. ¿Por qué te fijas en mí? ¿Por qué turbar mi tranquilidad, cuando ya me he olvidado de esas cosas?...

Sonrió el príncipe amargamente ante el remedio. Lo había pensado muchas veces. El censor que llevaba dentro repetía el mismo consejo: «Busca una hembra, y todo pasará inmediatamente; una hembra que sólo te inspire un interés momentáneo; nada de mujeres y de complicaciones pasionales. Haz lo mismo que recomendaste á Castro.» Muchas veces había entrado en el Casino con el aire resuelto del matarife que va á escoger en el rebaño la res diaria. Examinaba la tropa femenina de las salas de juego, ocupada en mirar con un ojo la bayeta verde, mientras espiaba con el otro á los hombres que circulaban á sus espaldas.

Sentía una atracción carnívora ante determinadas mujeres; una por el rostro, otra por el talle ó la estatura, algunas por su fealdad original ó su desarmonía incitante, que obraban sobre sus nervios como los manjares picantes ó ácidos obran sobre el paladar. No tenía mas que hacer una seña ó decir una breve palabra á muchas que, viéndose observadas por el famoso personaje, sonreían dispuestas á seguirle. Pero experimentaba de pronto la antipatía que inspiran las cosas repetidas hasta la saciedad, el vacío de lo que se conoce hasta el cansancio. Nada nuevo podía esperar; se horrorizaba pensando en el parloteo vano de una desconocida que desea hacerse interesante; en las mentiras de un sentimentalismo repentino y falso; en la grotesca animalidad del acoplamiento que daría fin á tanta molestia. No; le era imposible. Una sola vez, con la desesperada energía del enfermo que traga un medicamento repugnante, había seguido á uno de estos animales hermosos, para sentirse poco después arrepentido de su vileza y avergonzado de su fracaso.

—Eres tú; tú, y ninguna más—dijo sombríamente—. Tú, ó nadie.

Alicia habló con el mismo tono grave. Sabía por experiencia lo que era esto. Deseamos con mayor anhelo lo que nos es imposible conseguir; hacemos un objeto único de todo lo que está fuera de nuestro alcance.

Pero estos razonamientos exasperaron á Lubimoff, hasta hacerlo injusto.

—Te conozco—dijo avanzando en el banco, al mismo tiempo que la miraba de cerca con unos ojos apasionados y agresivos—. Sé cómo sois las mujeres: todas vanidosas y vengativas. No puedes olvidar la noche en que quisiste y yo no quise, y ahora te das el placer de mi suplicio; gozas haciéndome sufrir...

—¡Oh, Miguel!—interrumpió ella con un tono de protesta.

Lubimoff siguió hablando rencorosamente, y esta indignación conmovía á Alicia más que los ruegos humildes de poco antes. Era la imploración desesperada del desahuciado que quiere volver á la vida normal.

—Te amo... te necesito. ¡Yo te tendré!

Sobre el lomo del Cap-d'Ail descendía la esfera anaranjada del sol. Su borde interior tocaba ya la línea ondulante de los jardines y los edificios. Por un momento concentró sus rayos en haz á través de la columnata de un belvedere, como si se asomase á un arco de triunfo antes de morir. Una luz azul que parecía emerger del mar iba repeliendo en los jardines el oro desmayado de la tarde.

—¡No!... ¡no quiero!

La voz de Alicia rasgó el rumoroso silencio con un temblor de sorpresa para convertirse inmediatamente en sordo y prolongado rugido, como si algo pesase sobre su boca. Miguel había echado sus dos brazos sobre los hombros de ella, dominándola, inclinando su busto, oprimiéndolo contra su pecho. Su boca buscaba la otra boca que pretendía resistirse, huyendo con violentas contorsiones del cuello. Finalmente, cesó el rugido de protesta. Las dos cabezas permanecieron inmóviles.

—¡Oh, Miguel... Miguel!—suspiró ella, librándose por un momento de la caricia para volver á someterse á aquellos labios que la perseguían con avidez.

Hablaba como una vencida. Había vuelto de golpe á su pasado, estremeciéndose al contacto de tantas cosas olvidadas que una larga abstinencia hacía completamente nuevas. Esta boca ardorosa y dominadora la despertaba de un sueño que había durado años. Su renacimiento venía de más lejos que el de Miguel.

Se olvidó de lo que la rodeaba. Sus ojos continuaron abiertos, pero se habían borrado de ellos el mar, el cielo dulce del ocaso, hasta las ramas de pino que formaban un dosel silvestre sobre sus cabezas.

De pronto volvió á contemplarlo todo, encorvándose al mismo tiempo para repeler al hombre.

—No, no quiero... ¡Esa mano!... Pueden vernos. ¡Qué locura!

El príncipe era un atleta, pero la emoción debilitaba sus fuerzas. Además, éstas se esparcían en una doble actividad, queriendo dominar á la mujer y explorarla á la vez en sus misterios, con la furia del imperativo sexual. Ella se contrajo y se irguió varias veces, dúctil y reptilina, consiguiendo al fin escapar de la cadena de los brazos masculinos mientras lanzaba un suspiro de fatiga y satisfacción.

Lubimoff, vuelto á la realidad, vió á Alicia de pie ante él, acabando de alisar su vestido en desorden, llevándose luego las manos á su cabellera, al torcido sombrero, á la boa que se deslizaba de sus hombros.

—Vámonos—dijo con un laconismo de enfado.

La siguió el príncipe, cabizbajo, arrepentido de su violencia. A los pocos pasos, ella pareció conmoverse por este mutismo que representaba un arrepentimiento, y volvió á sonreir:

—Ya sé que en adelante no debo verte á solas... Olvidaba que eres un marino, acostumbrado á bajar en los puertos con premura, sin querer perder tiempo.

Marcharon lentamente, con una placidez igual á la del sereno crepúsculo.

Al salir de los jardines hicieron un alto frente al Museo. ¡Volver por el mismo camino!... Miguel descubrió á un lado del edificio una escalinata rústica tallada á trechos en la roca y completada en las oquedades con peldaños de ladrillos. Descendía hasta la ribera del mar formando diversos tramos, y á su final, un camino siguiendo el borde de la costa conducía al puerto.

La mujer vaciló bajo el arco de entrada.

—Te advierto—dijo amenazando con un dedo á Miguel—que si vuelves á las tuyas, pido socorro. ¿Me prometes ser hombre serio?... ¿Palabra?... Bueno; marcha delante: no me fío.

El se lanzó por la escalera como un explorador. El palacio del Museo parecía desdoblarse así como iban descendiendo. Además del edificio á flor de tierra, había un segundo edificio costa abajo, que asentaba sus muros de piedra con grandes ventanales sobre las rocas del acantilado.

En una revuelta, el príncipe se detuvo para esperar á su compañera. Descendía lentamente, dejando entre los dos una separación de varios peldaños. Tenía los pies más arriba de la cabeza de Lubimoff, y á éste le bastó elevar un poco los ojos para ver aquellas medias cuyo zurcimiento había explicado la duquesa.

Vió algo más, que le hizo estremecerse; y con la ligereza de un muelle que se dispara, salvó en varios saltos los escalones que existían entre ambos.

—¡Miguel... que grito!—exclamó ella al verle llegar, extendiendo las manos para rechazarle y queriendo huir al mismo tiempo.

Había abarcado en sus brazos la parte baja del adorable cuerpo. No podía ascender más: las manos de Alicia repelían su cabeza con un impulso nervioso. Y él, con la incoherencia de la pasión, besó sus pies y el arranque de sus piernas; besó su falda allí donde pudo, en los ángulos redondeados de sus rodillas, en la suave curva del vientre.

Ella se irritó al sentirse inmovilizada, sin poder huir.

—¡Déjame!... Esto es ridículo. ¡Acabemos!

Y el sombrero del príncipe rodó de escalón en escalón, bajo un golpe de aquellas manos finas que se defendían á ciegas.

Este incidente le devolvió su serenidad. Sí; efectivamente, era ridículo. Y como viese en Alicia la intención de desandar el camino, volviendo á los jardines, Miguel, para inspirarle confianza, corrió escalera abajo, sin volver la cabeza, sin preocuparse de si ella le seguía.

Se juntaron al borde del mar, en un ancho camino que serpenteaba entre las rocas sueltas orladas de espuma y las paredes casi verticales del acantilado. Las mesetas y oquedades de la piedra habían sido aprovechadas, en este promontorio de escasas superficies horizontales, para construir algunos edificios que albergaban á las familias de los empleados de Mónaco. En el filo del acantilado aparecía, como una cabellera verde, la línea bordeante de los jardines altos, cortada á trechos por viejas obras de fortificación.

Eran bastiones en declive, con garitas salientes en sus ángulos, iguales á los que se ven en los viejos grabados ó en las decoraciones de teatro. Enormes lápidas de piedra con caracteres latinos cantaban la gloria de los diversos príncipes soberanos que habían hecho construir estas costosas obras de defensa, ahora anacrónicas é inútiles. Lubimoff esperaba ver surgir de las garitas algún granadero de uniforme blanco y vueltas de grana, llevando sobre el negro mostacho y la peluca con polvos una mitra de oro.

Caminaron lentamente en el crepúsculo. Arriba, la luz anaranjada del ocaso enrojecía suavemente las aristas de la roca, las arboledas, las fachadas blancas. Al borde del mar, la sombra era azul, una sombra de noche lunar. El cielo ensangrentado por la puesta del sol permanecía invisible para ambos detrás del peñón de Mónaco. Sólo podían contemplar el cielo de la parte de Italia, cada vez más obscuro, más denso, preparándose á dar paso á las primeras punzadas luminosas de las estrellas.

Se cruzaron con varios pescadores que regresaban á sus viviendas cargados de cestos y redes.

Alicia experimentaba inquietud en algunas revueltas completamente solitarias. Luego, al ver una casa ó un transeunte que se iba aproximando, reanudaba su conversación. Lo que ella temía era un alto en el camino, sentarse con el príncipe en el pequeño parapeto que bordeaba la costa. ¡Mientras siguiesen marchando!...

Dejó sin protesta que Lubimoff pasase un brazo por otro suyo, apoyándose en él. ¡Se expresaba con tanta humildad!... Parecía arrepentido de sus atrevimientos; le pedía perdón con su pálida sonrisa. Además, le hablaba de su hijo con un optimismo acariciador. Todos los temores de ella eran infundados; su hijo volvería: estaba seguro de ello. Iba á recibir buenas noticias de un momento á otro; tal vez aquella misma noche.

Era un hombre, y por mucho que amase á su madre acabaría por amar á otra mujer con mayor vehemencia, creándose una vida aparte, como todos los demás.

—Y tú, que aún puedes considerarte joven, que tienes derecho á largos años de ventura, ¿quieres renunciar á todo, como una vieja?... ¿Por qué? ¿Qué adelantas con eso?...

Ella bajaba la frente sin saber qué contestar, y su turbación era tal, que no hizo el menor movimiento cuando el brazo de Miguel dejó de apoyarse en el suyo para ceñir su talle. Así avanzaron, estrechamente ligados, formando un solo cuerpo, dando paso tras paso instintivamente, sin saber hacia dónde marchaban. El, con los ojos puestos en ella, espiaba su rostro, esperando la caída de una mirada, de un monosílabo de aceptación. Alicia temía encontrarse con estos ojos implorantes, y entornaba los suyos.

—Di que sí—murmuró Lubimoff—, di que quieres. Por algo nos hemos encontrado; por algo viniste á buscarme. Vamos á rehacer unas vidas que se torcieron por nuestra vanidad y nuestro orgullo. Seamos, aunque algo tarde, lo que debimos ser.

—No—suspiraba Alicia—, no puedo... ¡Mi hijo!...

Y á continuación se apresuró á murmurar, como arrepentida:

—Sí; tal vez... más adelante... Pero ahora, no. ¡Qué vergüenza!... Cuando yo esté tranquila, cuando no sienta esta preocupación que me destroza... Te quiero; ¿te basta con eso? Te quiero...

Estas dos palabras le bastaban al príncipe. El, que había llegado con tantas mujeres á los mayores extremos de dominación, sin sentirse nunca ahito, se contentaba con la breve frase, que tenía para sus oídos una música dichosa.

Fué subiendo su brazo más arriba del talle de Alicia, mientras con la otra mano reclinaba su cabeza en uno de sus hombros.

Sonó un beso, un larguísimo beso, sin que se detuviese la marcha de los dos. La mujer no opuso resistencia, y poco después, su boca, animada por un despertar febril, se unió á este beso, haciéndolo más apasionado, más vibrante é interminable. Ya no sentía miedo; seguían caminando, y á su enamorado le era imposible repetir las osadías del jardín. Es más: se confesaba interiormente, con cierta vergüenza, el deleite que esta caricia andante resucitaba en ella.

—Te quiero—suspiró, sin saber lo que decía—, te quiero; ¡pero lo otro, no!... Amémonos como si fuésemos muchachos. Es ridículo á nuestra edad... ¡pero tan dulce!

En aquel momento, el alma de Lubimoff era igual á la suya. Este simple beso le pareció el mayor de los placeres que había conocido. Encontraba á la vida un encanto nunca sospechado. Creyó contemplar el paisaje más hermoso de la tierra. ¡Qué interesantes las viejas fortificaciones! ¡Qué grande hombre Alberto de Mónaco al construir esta ruta asfaltada y solitaria, para que él marchase prendido por su boca á la boca de una mujer!...

Caminaban lo mismo que si estuviesen ebrios, en continuo zigzag, desde el parapeto al corte del acantilado, labios con labios, los ojos tocándose, como si nada existiese más allá, é imaginándose buenamente que marchaban en línea recta. Desde lejos les hubiesen creído dos adversarios que luchaban, tambaleándose con los empujones de la pelea.

El, dominado repentinamente por el deseo, quedó inmóvil y se negó á seguir adelante.

—¡No... no!

Alicia protestaba ante el peligro, quebrantada aún su voluntad por las emociones recientes, pero esforzándose por mantener su negativa.

La boca de él se había separado de la suya. Sus ojos brillaban con un estrabismo agresivo. Las manos bajaron á lo largo del cuerpo femenil, ganchudas como garras.

—¡No quiero; te he dicho que no quiero!... ¡Sigamos!

Ella se agitó entre sus brazos con una agilidad de gimnasta, y al salir de este encierro sonó un crujido de tela desgarrada.

—¡Mira, bárbaro!... ¡mira lo que has hecho!

Estaba inmóvil, con la boa de piel cayéndose de uno de sus hombros, mientras buscaba en el otro el rasguño que acababa de sufrir su vestido.

Miguel, colocándose á sus espaldas, vió que tenía una manga casi suelta, dejando ver la blanca carne del brazo y la deliciosa oquedad de la axila con su fino musgo.

Se arrepintió de su violencia, de sus maneras, que rompían al acariciar, como las de un marinero ebrio.

Otra vez se apiadó Alicia de su confusión infantil.

—No vale la pena. Es un vestido de hace dos años; está tan viejo, que se rompe con solo mirarlo... Inconvenientes de pasear con una pobre.

Después la preocupó este rasguño tan visible. Iba á entrar en Monte-Carlo, á pie ó en tranvía; ¡qué dirían viéndola en tal estado!

—Un alfiler; ¿tienes un alfiler?

Esta petición aumentó el remordimiento del príncipe. ¿Dónde puede encontrar un hombre un alfiler?... Mientras Alicia buscaba en sus ropas inútilmente, él pensó en regresar al Museo ó escalar los peñascos hasta una de aquellas casas donde vivían los empleados del príncipe. Habría dado cien francos por un alfiler... pero se acordó de que no tenía nada en sus bolsillos.

Empezó á registrarse lo mismo que ella, aunque tenía la certeza de que la rebusca era inútil.

De pronto sonrió triunfante.

—Toma el alfiler.

Era el de su corbata; una perla famosa, muy admirada por las mujeres, y que no había querido dar nunca, por ser regalo de la princesa Lubimoff.

Tuvo que encargarse él mismo de arreglar la rotura de la espalda, suspirando de angustia.

—No sabes—decía riendo Alicia—. Cuidado, que me pinchas. ¡Qué torpe!

Pero él acabó por sentirse contento de su torpeza. Acariciaba el desnudo brazo con sus dedos, se estremecía al rozar aquel pliegue de la carne que guardaba en su sombra aterciopelada cierto misterio sexual.

—¡Quieto!—chilló ella—. No vuelvas á las andadas; mira que me enfado... Bien está así... ¡Vámonos!

Se echó atrás la boa para ocultar el torpe remiendo y la perla, que resaltaba con una magnificencia incoherente. Volvieron á marchar, sin que Miguel intentase nuevas audacias. El último incidente le había hecho circunspecto. Insultábase en su interior, considerándose un bárbaro, incapaz de vivir entre verdaderas señoras.

Al llegar á la última revuelta salieron de la penumbra azul del acantilado. Sobre sus cabezas tenían el ángulo final del baluarte y una garita de piedra; enfrente el puerto, con su boca flanqueada de dos torrecillas luminosas, y en la ribera opuesta la altura de Monte-Carlo, sus edificios enormes, sus cúpulas charoladas, que reflejaban el último fuego rosa del crepúsculo.

Los dos se detuvieron instintivamente. En mitad del puerto, el yate blanco del príncipe de Mónaco estaba inmóvil, tirando de su boya. Junto al muelle cercano unas cuantas tartanas cabeceaban, moviendo su mástil único, y un vapor español, ostentando su bandera neutral, descargaba sacos de arroz y toneles de vino. La presencia de varios grupos de hombres diseminados frente á las embarcaciones les impuso prudencia. Dejaban de estar solos. Habían entrado de nuevo en la vida.

—¡Qué corto el camino!—exclamó el príncipe.

Lo mismo pensaba ella. «Sí, ¡qué corto!»

No debían marchar juntos. Era preciso despedirse allí, lejos de la gente.

Alicia lo tendió sus dos manos.

—¿Nada más?—suspiró Miguel.

Vaciló la duquesa un instante. Luego, con una agilidad de muchacha, como si aún fuese la amazona endiablada del Bosque de Bolonia, saltó hacia él con los brazos abiertos.

—Toma... toma... y toma.

Fueron tres besos rápidos, fulgurantes, que sólo duraron un segundo; tres besos que hicieron pensar á Lubimoff si lo ignoraría aún todo en la vida, pues nunca había sentido el estremecimiento que circuló por su cuerpo desde el cerebro á los pies.

—¡Más!... ¡dame más!

Ella rió de su gesto implorante.

—Se acabaron las locuras... Otro día, ¡quién sabe!... Ahora vuelvo á mis preocupaciones. Me da miedo entrar en mi casa; siento terror y esperanza. ¡Ay, la noticia que puedo recibir de un momento á otro!... Di: ¿tú crees de verdad que no le ha pasado nada?... ¿tú crees que podrá volver?...

VIII

Spadoni entró en la habitación de Novoa con el propósito de hacerle hablar. Creía ahora fervorosamente en la ciencia del profesor, y al verlo predispuesto al juego y reflexionando sobre sus misterios, esperaba de él, con la simplicidad del creyente, algo milagroso, un descubrimiento genial que los enriqueciese á los dos. Por esto el pianista se levantaba antes que de costumbre, para sorprender al catedrático durante sus ocupaciones de limpieza personal. Consideraba estas horas las mejores para una confidencia.

—La palabra azar—dijo Novoa—carece de sentido; mejor dicho, no existe el azar. Es un invento de nuestra debilidad y nuestra ignorancia. Decimos que un fenómeno es debido al azar cuando sus causas nos son desconocidas ó nos parecen inaccesibles al análisis. Ignoramos las causas de la mayor porte de los hechos, y salimos del paso atribuyendo éstos al azar.

El músico abrió sus ojos de odalisca, contrayendo á la vez el rostro aceitunado con un gesto de atención y respeto. No entendía bien las palabras del sabio, pero las admiraba de antemano, como un preludio de revelaciones más practicas y de inmediata aplicación.

—Todo fenómeno—continuó Novoa—, por mínimo que parezca, tiene una causa, y un hombre de cerebro infinitamente poderoso, infinitamente informado de las leyes de la Naturaleza, sería capaz de prever todo lo que puede ocurrir dentro de unos minutos ó dentro de unos siglos. Con un hombre así sería imposible jugar á ningún juego. El azar no existiría para él. Poseyendo el secreto de las pequeñas causas que hoy escapan á nuestra inteligencia y de las leyes que rigen sus combinaciones, sabría perfectamente todo lo que puede surgir del misterio de la baraja ó de los números de la ruleta. No habría quien le resistiese.

—¡Oh, profesor!—suspiró admirado el pianista.

Hacía votos mudamente por que su ilustre amigo siguiese estudiando. ¡Quién sabe si llegaría á ser ese hombre todopoderoso, y, apiadándose de él, lo llevaría á la rastra de su gloria!

Novoa sonrió de la candidez de Spadoni y siguió hablando.

—El número de hechos que atribuímos á ese azar (que no es mas que una causa ficticia creada por nuestra ignorancia) varía, del mismo modo que varía la ignorancia, según los tiempos y según los individuos. Muchas cosas que son azar para el iletrado no lo son para el hombre estudioso. Lo que hoy es azar no lo será tal vez dentro de algunos años. Los descubrimientos científicos acabarán por restringir considerablemente el dominio del azar al disminuir nuestra ignorancia.

Se dilató el rostro del pianista con un gesto de ilusión.

—Usted es un sabio, profesor, ¡un gran sabio!... No mueva la cabeza; yo sé lo que digo. Y tengo la seguridad de que si continúa estudiando estas materias importantes, encontrará una martingala que...

Le interrumpió el español, señalando á una baraja sobre una mesa próxima. Se adivinaba que había hecho estudios durante la noche, antes de acostarse. Esta baraja era para Spadoni un testimonio de laboriosidad científica, más digno de respeto que todos los libros procedentes de la biblioteca del príncipe que estaban olvidados en los rincones. El catedrático se preocupaba ahora de los misterios del azar, y Spadoni estaba convencido de que encontraría algo mejor que todo lo que llevaban inventado los simples jugadores.

Pero su esperanza se desvaneció ante el gesto desalentado de Novoa.

—Mire usted esta baraja: unos cuantos pedazos de cartón, ¡y sin embargo, resulta inmensa como el universo! Hace sufrir el vértigo del infinito, lo mismo que cuando se mira arriba con el telescopio ó abajo con el microscopio. ¿Sabe usted cuántas combinaciones pueden hacerse con una baraja de cincuenta y dos cartas?... No sé cómo decírselo: ni el diccionario ni la aritmética conocen esta cifra por inútil, pues está mas allá de los cálculos humanos. Inventemos la palabra: ochenta undecillones, ó sea un 8 seguido de sesenta y siete ceros... Dos hombres que se pusieran á jugar con una baraja de cincuenta y dos cartas y jugasen una partida por minuto, siendo en cada partida el juego diferente, sólo llegarían á agotar todos las combinaciones posibles después de cien millones de siglos.

Se hizo un largo silencio, como si el ambiente de la habitación quedase agobiado por el peso de estas cifras inconcebibles. Spadoni bajaba la cabeza.

—Ahora, dígame usted—continuó el profesor—qué puede un pobre ser humano, con todos sus cálculos de probabilidades, contra este infinito.

Y agarrando un puñado de cartas, las dejó caer de nuevo sobre la mesa, como una lluvia susurrante de colores.

—Todo depende del azar—añadió—, ó mejor dicho, del error. Perdemos por error y ganamos por él igualmente. Nuestro error es el resultado de una infinidad de errores infinitesimales debidos á otra infinidad de pequeñas causas, cuyo análisis no podemos intentar siquiera. Estas pequeñas causas son independientes las unas de las otras, y como es el azar quien las dirige, obran tan pronto en un sentido como en otro. Cuando el error infinitesimal es positivo, nos hace ganar; cuando es negativo, perdemos.

Spadoni movió la cabeza afirmativamente, aunque sin entender gran cosa. Lo único claro para él era lo de los errores infinitesimales que hacen perder. Los conocía; eran á modo de microbios, de gérmenes maléficos, adheridos á él para siempre. Y deseaba que su sabio amigo encontrase un antiséptico para exterminarlos.

—Además—dijo Novoa—, si existen probabilidades de ganancia, estas probabilidades son proporcionales á las fortunas de los jugadores. Un jugador pobre tiene menos probabilidades de ganar que otro que disponga de capitales.

—Entonces, ¿nosotros...?—preguntó melancólicamente el músico.

—Nosotros estamos abajo y hemos nacido para víctimas. El juego es una imagen de la vida: los fuertes triunfan sobre los débiles.

Spadoni quedó pensativo.

—Yo he visto—dijo—jugadores ricos que acaban arruinándose como los demás...

—Porque no se retiran á tiempo, cuando la fuerza de resistencia de sus capitales hace llegar la hora de la ganancia. También, en la vida, los grandes devoradores, los hombres de espada, los multimillonarios, los gobernantes, son á su vez devorados por una nivelación final: la muerte. Pero antes de esto triunfan por los medios poderosos que la suerte ha puesto en sus manos. Nosotros los pobres no triunfamos jamás un día entero. Querer ganar una fortuna enorme con un pequeño capital equivale á querer perder el pequeño capital.

Los dos quedaron desalentados; pero Novoa parecía haber sufrido el contagio de las ilusiones de su compañero, y sintió la necesidad de reanimarse con una fantasía de jugador.

—¿Sabe usted, Spadoni, cuánto puede ganarse con mil francos? Anoche me entretuve haciendo el cálculo.

Y señaló un pedazo de papel lleno de cifras que asomaba entre los naipes. ¡Lo mismo que el pianista!...

—Con mil francos, siempre doblando durante ciento cuarenta y tres partidas (unas cuatro horas), se puede ganar un bloque de oro cien mil millones de veces más grande que el sol.

—¡Oh, profesor!...

Se miraron los dos con unos ojos de ardor místico, como si realmente estuviesen contemplando este bloque inconmensurable. ¿Qué representaba al lado de tal visión la ganancia de unos cuantos miserables millones?...

Toledo se iba dando cuenta poco á poco de las paulatinas transformaciones de su amigo el sabio.

Le preocupaba mucho el adorno de su persona; había pedido al coronel que lo recomendase á su sastre de Niza; hacía frecuentes viajes á esta ciudad sólo para sus compras.

Además, jugaba. Don Marcos le sorprendió repetidas veces junto á una mesa del Casino, de pie y meditando antes de arriesgar alguna de las fichas que formaban breve columna oprimidas por su diestra. Parecía deslumbrado por la facilidad de sus ganancias. Eran pequeñas cantidades, pero ¡tan considerables en comparación con las que había recibido por sus trabajos anteriores! Media hora le bastaba para ganar el sueldo de un mes. Una tarde había llegado á reunir tres mil francos: más de medio año de trabajo en la cátedra y el laboratorio....

Monte-Carlo le parecía un país interesante y la vida en él un descanso plácido, que resaltaba sobre la monotonía parda y laboriosa de su existencia anterior. El Museo Oceanográfico podía aguardarle: no se movería durante su ausencia de la punta del peñón de Mónaco. Los estudios de la fauna marítima no iban á progresar en unos cuantos meses. Y cuando el director le veía entrar de tarde en tarde, con un aire decidido, en el ambiente reposado y silencioso del Museo; cuando reparaba en sus trajes flamantes, en la exactitud con que seguía las modas masculinas, balanceaba la cabeza melancólicamente. No era el primero. ¡Ah, Monte-Carlo!... Los viejos profesores miraban con un ceño de profeta á la ciudad de enfrente. Jóvenes llegados de diversos lugares de la tierra para estudiar los misterios del Océano acababan por hacer cálculos matemáticos sobre las probabilidades de la ruleta.

—Y además, tiene el amor—decía Castro al comunicarle Toledo sus impresiones sobre Novoa—. Cuando no juega está al lado de esa Valeria.

Eran novios. El profesor lo había comunicado misteriosamente á todos sus amigos, luego de rogar á cada uno que guardase el secreto. Después de sus fútiles galanteos de estudiante, éste era el primero, el gran amor de su existencia. Le inquietaba un poco la humildad de su situación. ¿Qué diría Valeria, cuando fuese su esposa, al enterarse de lo poco que ganaba como sabio?... Pero inmediatamente ponía su esperanza en el juego, aquella fortuna no sospechada que se le ofrecía ahora diariamente.

—Que siga esto unos cuantos meses—afirmaba ante el coronel—, y habré reunido un capitalito antes de terminar el período de mis estudios. Todos los días guardo algo, y eso que ahora gasto más que nunca. Hay que ser chic, como mi novia.

Toledo se limitaba á contestar con una sonrisa equívoca.

La dicha de Novoa iba acompañada de cierto orgullo. Tenía á su futura compañera por una gran dama, de mayor capacidad intelectual y más serios estudios que todos las de su clase. Era pobre, y por eso vivía en un estado casi de servidumbre. Pero viéndola en trato familiar con la duquesa de Delille, la consideraba tan importante como la otra, acabando por confundir las cosas de ambas en un interés común. Y como doña Clorinda era ahora adversaria implacable de Alicia, y Atilio admitía ciegamente las ideas y caprichos de «la Generala», una sorda animosidad empezó á surgir entre los dos hombres, que hasta entonces se habían tratado con amable indiferencia.

—¡Las mujeres!—murmuraba Toledo al observar este odio progresivo—. Bien decía el príncipe...

Pero otras preocupaciones más importantes atormentaron al coronel. Se había iniciado la temida ofensiva. Los telegramas de la guerra eran lacónicos y tristes. Retrocedían los aliados ante el avance alemán. Sus líneas no se rompían, pero vacilaban, se encorvaban bajo los abrumadores golpes del enemigo. Todos los días se perdían docenas de pueblos y grandes espacios de terreno.

Don Marcos protestaba de la imprevisión de los generales con una cólera de primario, uniendo sus quejas á las del vulgo.

—Ya lo anuncié yo—decía con suficiencia en los corrillos del atrio del Casino, donde le escuchaban por su condición de militar—. El kaiser ha aglomerado en Francia todas las tropas que tenía en Rusia. ¿Quien no esperaba esto?... Y los nuestros son indudablemente inferiores en número.

El bombardeo de París acabó de desorientarle en sus apreciaciones de estratega. «¡Mentira!», dijo trente al tablón de los telegramas, al leer que los primeros proyectiles habían caído sobre París. No era posible: lo afirmaba él, que estaba bien enterado del alcance de la artillería moderna. Y al conocer la existencia de cañones que tiraban a más de cien kilómetros, quedó desconcertado. «¡Qué tiempos! ¡qué guerra esta!»

Cuando le consultaban las señoras en el Casino ó en el Hotel de París, mostraba un optimismo inquebrantable ante las malas noticias.

—Eso no es nada: va á venir la reacción. Los nuestros se retiran para tomar mejor la ofensiva.

Al quedar solo, se desplomaba esta seguridad, dejando al descubierto una fe vacilante, igual á la de los otros.

—Van á llegar hasta París, si Dios no lo remedia—se decía—. Será necesario un milagro, otro milagro como el del Marne.

Porque el buen coronel seguía creyendo firmemente que la primera batalla del Marne había sido un milagro de Santa Genoveva, de Juana de Arco ó de otra personalidad bienaventurada que podía intervenir en los combates de los hombres, como intervenían los falsos dioses cantados por Homero. ¿No peleó Santiago en las batallas de España siempre que los cristianos atacaban á los moros?...

—El prodigio ha resultado inútil—decía amargamente—. Habrá que repetirlo; habrá que empezar otra vez, después de cuatro años de guerra.

Con el bombardeo de París se había acrecentado muchísimo en unas semanas la población de la Costa Azul. Los trenes llegaban desbordantes de fugitivos. Las calles de Niza estaban repletas de forasteros como en los años de paz, cuando se celebraban las fiestas de Carnaval. Monte-Carlo veía aumentar considerablemente su público y se abrían nuevas salas en el Casino.

Pasaba Toledo la tarde y las primeras horas de la noche en el atrio, esperando siempre buenas noticias, aceptando las malas con un optimismo ágil que encontraba excusa y justificación á todo.

Se iba agrandando el círculo de sus amistades. Todos los días encontraba rostros conocidos que no había visto en mucho tiempo: estrechaba manos, devolvía saludos. «¡Usted aquí!...» El cañón disparado sobre París á fabulosas distancias poblaba los salones de juego con una muchedumbre de buen aspecto, casi tan numerosa como la de los años tranquilos.

Don Marcos seguía anunciando la reacción, la contraofensiva para el día siguiente, como si estuviese en misteriosa correspondencia con el Cuartel General. Y la cólera que despertaba en él este fracaso diario de sus vaticinios iba á desplomarse sobre los que jugaban.... ¡La vida, la indecente vida, con sus apetitos que no conocen la moral, con sus egoísmos brutales!

En torno del coronel, las gentes parecían afligirse un instante leyendo las malas noticias. Luego, los más, entraban en las salas de juego. Tal vez era por inconsciencia, tal vez por un ansia de aturdirse pidiendo al azar las ilusiones del alcohol; pero la bolita de marfil giraba sin descanso en numerosas ruletas, los naipes no cesaban de caer en doble fila sobre las mesas del «treinta y cuarenta», la aglomeración en torno de los tableros verdes iba en aumento.

Era un público nervioso, discutidor, irascible, que perdía con facilidad sus buenas maneras por un simple incidente. La acometividad de los lejanos combates se esparcía como un soplo feroz en torno de las mesas; las mujeres tenían ademanes belicosos. Cada cañonazo contra el lejano París parecía aumentar el arroyo de dinero que chorreaba sobre Monte-Carlo.

Cuando Toledo intentaba exponer sus opiniones y planes estratégicos en Villa-Sirena, encontraba un público menos atento que el del atrio del Casino. El príncipe tenia cosas más interesantes en que pensar. Novoa mostraba una alegría egoísta, como si considerase este período el mejor de su existencia y las desgracias del mundo sirviesen para dar un sabor más intenso á su dicha misteriosa. Spadoni escuchaba las cosas de la guerra lo mismo que si le hablasen de fábulas lejanas.

El estaba por la realidad, é interrumpía al coronel para contarle cosas más interesantes. Ahora despreciaba al Casino, para frecuentar el Sporting-Club, donde se reunían los jugadores más audaces, empleando con preferencia fichas de cinco mil trancos. Un griego que había sido simple marinero en sus mocedades tronaba allí como un personaje de epopeya, admirado por las damas en traje de baile y los graves señores puestos de frac que se reunían en este círculo aristocrático. Había aprendido á leer y escribir siendo ya maduro, pero poseía una fortuna enorme. La noche anterior, en cuatro horas de talla, había ganado un millón doscientos mil francos. Spadoni lo había visto con sus ojos, é imitaba el gesto del héroe al levantarse de la mesa llevando un cestito de mimbre entre las manos; un mísero cestito que contenía, como si fuesen barreduras del suelo, montones de papeles azules, montones de fichas de cinco mil francos. ¡Que no le hablasen á él de generales y batallas! ¡Este era un hombre!

Castro había escuchado una noche al coronel con un silencio de mal augurio y los ojos fríamente agresivos. De pronto, interrumpió los planes estratégicos de don Marcos.

—¿Y á usted cuándo lo ascienden?

Muchos de los generales célebres en la actualidad eran simples coroneles al iniciarse la guerra. Ya era hora de que Toledo diese un salto en el escalafón.

Y el pobre don Marcos, lastimado por esta burla cruel, contestó dignamente:

—Me contento con lo que soy, señor de Castro.

Sabía perfectamente lo que era: coronel, y no deseaba ser mas. Y en su pensamiento repitió varias veces que no deseaba ser más.

A pesar de que en Villa-Sirena cada uno se preocupaba de sus propios asuntos, mostrándose distraído en sus relaciones con los otros huéspedes, el mal humor de Atilio iba haciendo penosa la vida común.

Toledo presentía el motivo de esta conducta. Doña Clorinda le trataba mal indudablemente, y él, á su vez, se vengaba de sus humillaciones y disgustos mostrándose áspero ó irónico con los amigos. El coronel había tenido que calmar á aquella señora cuando la encontraba en el Casino comentando las noticias de la guerra. Sentía hostilidad contra todos los varones sin uniforme; faltaba poco para que los insultase.

—¡Emboscados! ¡cobardes!... ¡Si yo fuese hombre!...

Aunque no lo era, necesitaba hacer algo; y se consumía de impaciencia por no poder emplear su actividad en el frente, bajo el silbido de los proyectiles. Al fin dió con el medio de ser útil.

Quiso marcharse á París. Cuando todos los que podían escapar se apresuraban á hacerlo, ella iría á instalarse en su antigua casa, desafiando con su presencia el cañón y los aviones enemigos.

Castro se atrevió á insinuar tímidamente la ineficacia de este sacrificio. El coronel añadió, con su competencia profesional, que le parecía un disparate; pero ella no estaba dispuesta á modificar sus deseos.

Ponía en la suerte de la guerra un apasionamiento nervioso, una vehemencia igual á la que perturbaba sus relaciones amistosas.

—De no triunfar los aliados, mi vida será imposible. ¡Cómo se burlarían esos canallas!... Prefiero morir.

Los canallas eran sus amigos de antes de la guerra, gentes de diversas nacionalidades que simpatizaban, por snobismo ó por interés personal, con los alemanes. «La Generala», de un amor propio que infundía miedo, deseaba morir, y lo deseaba de veras, antes que ver triunfantes á los que había escogido como enemigos.

—¡Si yo fuese hombre!...

Y Atilio, que buscaba las ocasiones de estar cerca de ella en el Casino, ó exageraba la belleza de ciertos lugares para inducirla á paseos solitarios, huía apresuradamente ante estas palabras, en las que adivinaba un insulto.

Luego, al verse en Villa-Sirena, su amorosa sumisión se convertía en hostilidad para los demás.

Había descubierto que odiaba á Novoa, ó mejor dicho, que debía odiarlo lógicamente. Doña Clorinda estaba reñida con Alicia, y aquella marisabidilla que tanto entusiasmaba al profesor era la acompañante y protegida de la duquesa. Por esto él debía ser enemigo de Novoa, como dos hombres que no se han hecho ningún daño particularmente, pero pertenecen á dos naciones en guerra.

Además—y esto no quería confesárselo—, le daba cierta envidia el aire satisfecho y triunfante del sabio. Novoa no sufría repulsas y desvíos; era la mujer la que lo buscaba, esforzándose por halagar sus aficiones, fingiendo un interés científico por cosas que nada le importaban; todo para conservarlo bajo su dominación. ¡Hombre feliz y antipático!...

Como ocurre siempre que se vive en roce continuo con una persona que empieza á no ser grata, Atilio descubrió casi á diario numerosos motivos de molestia, que exponía á Toledo.

Su amigo el profesor pretendía burlarse de él, y no estaba dispuesto á tolerarlo. Un día había tenido que aguardar media hora en casa de su peluquero. El profesor ocupaba su sillón y empleaba á su manicura. ¡Un atrevimiento! Quería sin duda rivalizar con él, y por esto se hacía vestir por su mismo sastre de Niza. ¡Otra insolencia! Además, no sabía llevar la ropa... Hasta sospechaba que, para ser grato á su novia y á la protectora de ésta, debía permitirse hablar mal de cierta dama, ¡y si él llegaba á saberlo!...

Pero el coronel no prestó atención á tales amenazas. Las tristes novedades de la guerra quitaban toda importancia á los asuntos de su vida corriente.

Los alemanes seguían avanzando hacia París. El retroceso de los aliados continuaba bajo los repetidos golpes del enemigo. Las ilusiones de Toledo disminuían por momentos. Ya dudaba de todo. Los invasores eran de una superioridad numérica aplastante.

Sólo tenia una esperanza. ¡Si llegase á ser verdad el auxilio prometido por los Estados Unidos! ¡Si no resultase un bluff, como creían muchos!... Ahora, con la imaginación, sólo veía la América del Norte, sus puertos llenos de muchedumbres en armas, las azules planicies del Océano aradas por miles de buques que venían á desembarcar en Europa ejércitos interminables. Y como transcurrían semanas sin que se realizasen sus ilusiones, daba consejos á Wilson desde las arboledas de Villa-Sirena ó entre las columnas de jaspe del atrio del Casino.

—¿En qué piensa ese señor?... ¿Por qué no vienen? Si no se apresuran, todo habrá terminado antes de su llegada.

La discordia y la guerra le tocaron de más cerca, dentro de sus dominios, haciéndole considerar por unas horas la conflagración general como un asunto de secundario interés.

No supo ciertamente cómo se fué iniciando la pelea; pero una noche, durante la comida, notó que Castro y Novoa, con estudiada frialdad, cruzaban sus palabras lo mismo que si fuesen espadas. El príncipe no podía adivinar esta animadversión de sus dos amigos, pues nunca, en su presencia, abandonaban las formas corteses. Además, ocupado en sus propios pensamientos, no se dió cuenta de que el profesor se había vuelto algo pendenciero, excitado sin duda por la hostilidad de Atilio. Novoa hizo una leve alusión á la belicosa «Generala», que pretendía marcharse á París, como si su presencia pudiese influir en la guerra. Castro vió en esto un reflejo de la enemistad de la duquesa. Indudablemente, Valeria se había reído con él de los entusiasmos de doña Clorinda. Y cerró contra la protegida de Alicia, una hambrienta, una pedantuela, que se rozaba con señoras y sólo era una doméstica. El no comprendía los amores sentimentales con mujeres de esta clase... Sintió tentaciones de atacar igualmente á la de Delille, pero se contuvo recordando que era parienta del príncipe.

Los dos hombres quedaron silenciosos y pálidos, mirándose como enemigos.

Al día siguiente, Atilio, antes de marcharse al Casino, llamó aparte á don Marcos. Tal vez tuviese pronto un lance de honor: ¿podía contar con él para que le apadrinase?

El coronel se irguió, frunciendo las cejas con un gesto grave. Llevaba varios años sin cumplir esta solemne función, para la cual parecía haber nacido. Su último duelo databa de ocho años antes: un encuentro en la frontera italiana entre dos señores que se habían abofeteado por una trampa de juego.

Aún se hizo más sombrío su rostro mientras se inclinaba en señal de asentimiento, llevándose una mano al pecho. Como en don Marcos todas las acciones se acoplaban con detalles de indumentaria, y creía imposible realizar un acto sin el uniforme correspondiente, recordó en seguida cierta levita olvidada mucho tiempo en su ropero, á la que él llamaba «la levita de los desafíos»; una prenda negra, de corte napoleónico y largos faldones, que sacaba á luz siempre que era padrino y le pertenecía por su carácter militar dirigir el combate.

—Acepto. Un caballero no puede negar este servicio á otro caballero.

Y aceptaba con verdadero agradecimiento, pensando en la conveniencia de airear, fuera de su prisión alcanforada, aquella vestidura grave como la muerte.

Pero en la misma tarde le buscó Novoa. Este hablaba tímidamente, sin la elegante indiferencia de Castro, con cierta sospecha de que pudiera estar haciendo una necedad. Tal vez tuviese pronto un lance de honor.

—Como no entiendo de eso, coronel, usted será mi padrino... Mis estudios han sido otros; pero cuando se insulta á una señora, cuando veo atropellada á una joven indefensa, me considero tan hombre como el más valiente.

Don Marcos dió un salto... ¡Ah, no! Sus ojos se abrían á la verdad. Olvidó el oreo de su levita; podía seguir embalsamada en su encierro. Y como el profesor era menos temible que el otro, descargó en él su indignación. ¡Pensar en batirse por unas nonadas, cuando millones de hombres daban su sangre por grandes ideales!... Y él, que había recordado tantas veces como acciones heroicas sus trabajos de padrino, hizo un gesto repelente, lo mismo que si le propusieran algo contra su honor.

Pocos días después, Novoa habló al príncipe con una brevedad que ocultaba mal su emoción. Estaba muy agradecido al dueño de Villa-Sirena; nunca olvidaría la dulce existencia en este retiro; pero necesitaba volver á su antiguo alojamiento. Nuevos trabajos científicos le obligaban á vivir en Mónaco; el director del Museo se quejaba de sus ausencias.

Y se marchó, para instalarse en una pobre casa de la ciudad vieja, renunciando á las comodidades y abundancias de aquel palacio regentado por el coronel.

A pesar de tales excusas, el príncipe manifestó sus dudas á Toledo. No veía con claridad en esta fuga. Tal vez existía otro motivo que él no llegaba á adivinar.

—Sí; tal vez—contestó sonriendo don Marcos—. Debe ser asunto de faldas.

Asintió Miguel. Indudablemente, era por Valeria. Viviendo en Mónaco se consideraba más libre para sus entrevistas con aquella muchacha.

—¡Ay, las mujeres!—exclamó el príncipe—. ¡Qué poder tienen sobre nosotros!

—¡Y cómo perturban las relaciones entre los hombres!

La voz de Toledo al decir esto era tan desolada como fué la del príncipe al enumerar á sus amigos las ventajas de vivir alejados de la mujer. En cambio, Miguel aceptaba ahora la dominación femenil, y casi envidió á este sabio porque volvía á su antigua modestia para encontrar con más frecuencia á Valeria.

El era menos dichoso. Transcurrían los días sin que consiguiese repetir su paseo con Alicia por los jardines de Mónaco.

—Te amo—decía ella—. Puedes creer que no olvido aquella tarde... Más adelante haremos la misma excursión. Ahora no; sé cuál sería el final. Me es imposible... Pienso en mi hijo.

No dudaba Miguel de esto último; pero algo más que la inquietud por el ausente ocupaba el pensamiento de ella. Volvía á entregarse al juego con las cantidades encontradas en su casa. Hasta sospechó el príncipe si habría vendido ó empeñado el alfiler con que reparó el desgarrón de su vestido. Después de regalarle la perla de la princesa Lubimoff, no la había visto más. Alicia parecía insensible á los primeros esplendores de la primavera.

—Un día iremos—dijo, al recordarle él los jardines de San Martino—. Te lo prometo. Pero necesito verme libre de preocupaciones; haberlo perdido todo ó ganado todo. Debo aprovechar el tiempo... Ya ves; ahora la fortuna parece que vuelve á acordarse de mí.

Ganaba poco, pero ganaba; y esto le hacía esperar la repetición de aquella racha de buena suerte que había conmovido al Casino.

Por las noches se retiraba contenta. Tenía tres mil ó cuatro mil francos más; pero ¿qué era esto?... Se lamentaba de la escasez de su capital. Quería hacer el gran juego, para recuperar todo lo perdido. Así, poco á poco, no llegaría nunca. ¡Si pudiese reunir otra vez aquellos treinta mil francos, que subían ó bajaban, pero manteniéndose siempre fieles!...

Miguel permanecía en el Casino horas y horas, cerca de la mesa de ella, atisbando una ocasión propicia, sin poder conseguir mas que breves conversaciones en un descanso del juego ó al tomar el té en el bar de los salones privados.

Una mañana fué á sorprenderla en su «villa». Eran las diez. Encontró á Valeria, que acababa de ponerse el sombrero y parecía contrariada por esta visita. Tal vez iba á Mónaco; tal vez su hombre de ciencia la aguardaba en alguna callejuela de Monte-Carlo.

—La duquesa se fué á la fábrica—dijo sonriendo—. Debe estar ya en pleno trabajo.

El Casino era «la fábrica» para los jugadores, y llamaban de buena fe «trabajar» á sus angustias y cabildeos en torno de las mesas.

Sin duda había pasado gran parte de la noche haciendo números, para correr al Casino á la hora de su apertura, con los ojos cargados de sueño, sin fijarse en el adorno de su persona, como si le faltase el tiempo para poner en práctica alguna portentosa combinación acabada de inventar.

Siempre que la encontraba, el príncipe, con una astucia pueril, aludía á la suerte de su hijo. Sólo así lograba que saliese de sus preocupaciones de jugadora que la tenían en perpetua distracción, hablando y sonriendo automáticamente, con una mirada de sonámbula.

Lubimoff le mostró una tarde varios telegramas y cartas de Madrid, de París, de Berna. Reyes y ministros se ocupaban en averiguar la suerte del aviador desaparecido. Hasta de Berlín llegaba la promesa, por conducto de una Legación neutral, de buscar á este joven en todos los campos de prisioneros. Sospechaban que debía estar confinado en Polonia en un campamento de castigo.

Alicia se lanzó con vehemencia á medir el tiempo, como si la anhelada noticia fuese á llegar de un momento á otro.

—¡Por Dios te lo pido, Miguel! Escribe, telegrafía hoy mismo. Diles á esos señores tan buenos que me contesten directamente. Podría llegar el telegrama ó la carta á tu «villa» mientras tú estas fuera, ¡y yo sin saber nada horas y horas!... No; que se dirijan á mí. Todos los días, al salir, le encargo á mi jardinero que si llega un telegrama me lo traiga al Casino. ¡Figúrate mi impaciencia!... Di que vas á hacer eso. Prométeme que no lo olvidarás.

Lo único que podía olvidar el príncipe eran sus asuntos personales cuando estaba al lado de Alicia. Sólo pensaba en el descubrimiento de aquel cautivo, del que dependía su felicidad.

—¡El día que sepa con certeza que vive!... Verás entonces cuán distinta soy. No te aburriré con mis tristezas: encontrarás á otra mujer.

Y efectivamente, su sonrisa, sus miradas prometedoras, le hacían encontrar otra vez á la Alicia que había marchado junto á él por el camino de la costa con la boca pegada á la suya en un beso interminable.

Al quedar solo, le asaltaban sus propias tristezas y preocupaciones. Había recibido noticias de Rusia por varios fugitivos que acababan de librarse de la persecución revolucionaria. Los que administraban sus bienes allá habían sido asesinados. El palacio Lubimoff servía de residencia á un comité bolchevique. Sus minas eran propiedad nacional, aunque nadie las trabajaba; sus tierras estaban repartidas; varios personajes obscuros, antiguos ropavejeros y comerciantes de líquidos alcohólicos, se habían hecho dueños de sus casas, no sabía cómo. Y al mismo tiempo que estas noticias inquietantes para su porvenir, llegaban otras que le herían en sus mejores recuerdos. Una gran dama de la corte, con la que había tenido unos amores de grata memoria, vendía ahora periódicos en las calles; otra muy elegante, que lanzaba las modas en Petersburgo, barría la nieve y había perdido varios dedos por el frío. Podía contar á docenas sus amigos muertos; unos, en montón, á tiros de revólver, en el fondo de una mazmorra; otros, fusilados. Varios habían perecido de hambre, como morían años antes los de abajo, que ahora tomaban su desquite.

Todos estos horrores despertaban su egoísmo, haciéndole encontrar nuevos encantos á su situación. El mundo había caído en una demencia sanguinaria. En Oriente y Occidente los hombres se agitaban como fieras, mientras él permanecía tranquilo junto al más risueño de los mares, con una pasión, con un deseo que llenaba su existencia, poco antes vacía, resucitando los entusiasmos y las vehemencias de la juventud. A la misma hora en que tantos miles de seres morían en masa, borrándose pueblos enteros de la superficie del planeta, él vivía sometido á una mujer, y encontraba muy dulce esta servidumbre...

Una tarde, en el bar de los salones privados, Alicia le habló con resolución. Necesitaba hacer el gran juego. Ya estaba harta de «trabajar» con pequeñas cantidades, consiguiendo ganancias modestas. Además, despreciaba el Casino, con sus puestas limitadas, su ruleta y su «treinta y cuarenta», juegos casi mecánicos en los que no se ve enfrente á un banquero, sino á simples empleados, lo que da la impresión de estar luchando con una máquina formidable, pero de funcionamiento monótono, sin fantasía, sin alma. Ella necesitaba el baccará. Tenía reunidos otra vez treinta mil francos: ¡ó la gran ganancia ó nada! Prefería perderlo todo y acabar de una vez.

—Esta noche en el Sporting. No digas que no: te necesito. Tengo la corazonada de que esta noche va á ser decisiva para mí... y tal vez para ti. Colócate enfrente: que yo te vea. Acuérdate que en las tardes buenas tú estabas cerca. Me darás la suerte... No muevas la cabeza; te digo que me darás la suerte.

Lo afirmó con tal convicción, que Miguel desistió de su negativa.

—Ven; tú ganarás: te lo prometo. Vas á ganar, sea cual sea el resultado. Si me dejan limpia, mañana pasearemos por los jardines de Mónaco, como la otra vez. Y si gano... ¡si gano lo que yo deseo!...

No necesitó decir más. Su mirada y su sonrisa entusiasmaron á Miguel. Le vería en el club.

Aquella noche, Castro y Toledo se sorprendieron al notar que el príncipe se sentaba á la mesa vestido de smoking lo mismo que ellos.

—El patrón no se queda en casa—dijo Atilio al coronel—. Va á la ópera, como nosotros.

Fué al teatro del Casino para distraerse hasta media noche. No supo con certeza qué personas le hablaron en los entreactos ni qué manos estrechó. Tuvo que hacer un esfuerzo repetidas veces para acordarse del título y del autor de la ópera. Lo mismo le daba esta música que otra. Era un arrullo que mecía sus pensamientos, calmando su emoción: una emoción compuesta de miedo y de esperanza.

En el primer acto, deseó que Alicia lo perdiese todo, absolutamente todo; así sería más suya, dependería en absoluto de él, con una esclavitud dulce. Luego, en los actos sucesivos, pensó en la desesperación de Alicia después de esta pérdida. Era una apasionada, que ponía en el juego vanidades de artista. Lamentaría tal vez, más que el dinero desaparecido, su fracaso personal. No; era preferible que ganase. Pero ¡qué larga resultaba esta música!... ¡con qué lentitud marchaba el reloj!...

Pasadas las once, cuando fué aclarándose en el atrio el público salido de la ópera, Miguel se metió en un ascensor, que le hizo bajar á las entrañas del suelo, y siguió después un subterráneo, cuyo estuco policromo reflejaba el brillo de las luces eléctricas. Marchaba por debajo de la plaza del Casino, cruzada en aquel momento por numerosos carruajes. Otro ascensor le subió á un gran salón con columnas. Era el hall del Hotel de París. Vió damas vestidas de soirée, señores puestos de smoking, la concurrencia habitual de los hoteles de lujo, que se pone su uniforme para comer y se queda haciendo la digestión en los profundos sillones, mirándose sin decir nada ó hablando en voz baja, lo mismo que en una iglesia, hasta que la rinde el sueño.

Saludó de lejos á varios conocidos que se incorporaron deseosos de entablar conversación, fingió no ver á ciertas damas que le sonreían, moviendo la cabeza para llamarle, y entró en un segundo ascensor, hundiéndose de nuevo en la tierra. Este subterráneo era curvo y sus paredes decoradas con pinturas pompeyanas. Se extendía por debajo de dos hoteles y sus jardines. De nuevo una caja ascendente lo llevó más arriba de la superficie del suelo. Abrió una puerta de cristales. Un viejo lacayo con casaca azul, calzón corto y medias blancas se inclinó algo sorprendido al reconocer después de una breve vacilación al príncipe Lubimoff. Estaba en el Sporting-Club.

Hacía años que no había entrado allí: desde antes de la guerra. El no era jugador, y sólo su interés por algunas mujeres le había hecho pasar las noches en esta sociedad elegante, que, como muchas de su clase, no era mas que un garito.

Los salones resultaban pequeños después de media noche; se caminaba pisando colas de vestidos femeninos; había que valerse de hábiles deslizamientos para pasar entre los grupos. Todos fumaban, las mujeres más que los hombres, y la atmósfera se enrarecía con el humo del tabaco y el vaho de los bustos desnudos, algo sudorosos bajo su capa de blanquete. Al olor de la carne femenil se unía un perfume moribundo de flores marchitas. Los ricos despreciaban las muchedumbres del Casino, encontrando en el amontonamiento de este club un signo de distinción. Jugaban entre ellos, considerándose á cubierto de una mala vecindad en la mesa, de roces con personas sospechosas que resultaban frecuentes en los salones públicos. Para entrar aquí era preciso ofrecer garantías; padrinos que respondiesen de la honorabilidad del presentado.

El príncipe conocía bien á esta concurrencia brillante. Se encontraban en ella individuos de familias reales, herederos de coronas que estaban de paso en la Costa Azul, banqueros famosos, millonarios de todas las partes del mundo, damas célebres por su nacimiento, por su hermosura ó por sus joyas, muchas cocotas famosas y vetustas, y algunas jóvenes y frescas que deseaban llegar pronto á la vejez, como si esto fuese una condición de la celebridad. Todas ellas se habían exhibido sobre escenarios para mostrar conejos amaestrados, para bailar mediocremente, para cantar sin voz, y entraban en el club bajo el título vago de «artistas».

Miguel avanzó á través de una atmósfera caldeada por las respiraciones y los desfallecientes perfumes. Tuvo que fijarse en dónde ponía sus pies, lo mismo que en otra época. Ahora, los vestidos femeninos eran muy cortos y las piernas se mostraban descubiertas con tranquilo impudor. La guerra recortaba las faldas, como si las mujeres, obligadas á correr en pleno campo, hubiesen tomado por modelo á la antigua cantinera. Pero casi todas, para no romper enteramente con la majestuosa tradición, habían añadido al faldellín de moda una cola estrecha y aguda como una lengua, que seguía sus pasos.

Una dama salió al encuentro de Lubimoff, y éste tardó en reconocerla. ¡Hacía tantos años que no había visto á Alicia vestida de soirée! Su traje databa de antes de la guerra, pero era rico y la duquesa lo llevaba con el mismo garbo que en sus tiempos de opulencia. El largo collar de perlas adquiría un aspecto de autenticidad sobre su persona, así como los demás adornos. Se adivinaba en ella un arreglo extraordinario con motivo de su visita al club.

Lo frecuentaba poco; este público, compuesto de antiguos amigos, hablaba demasiado, estorbándola en sus cálculos de jugadora. Prefería el Casino, con sus vastos salones y su muchedumbre abigarrada que se expresa en diversas lenguas. Era plebeya en su juego: tenía la superstición de que la fortuna acude ante todo allí donde sus devotos forman masa. La corazonada de su buena suerte y el juego del baccará, que únicamente funcionaba allí, le habían decidido á faltar por una noche á sus costumbres habituales.

El príncipe la felicitó por su hermoso aspecto, por su traje, por sus perlas...

—Falsas, escandalosamente falsas, hijo mío—dijo riendo y mirando en torno de ella—. Pero bien sabes que la mayor parte de las que llevan las otras no son mejores. ¡Ay, las perlas! Si se juntasen todas las que se lucen en el mundo, resultaría que el mar no tiene espacio para haber producido la décima parte.

Se llevó á Miguel hacia el bar. Quería pedirle un favor. A las doce empezaba la partida de baccará; ella había solicitado la banca, pero los reglamentos del club se oponían á su pretensión. ¡Pobres mujeres! Hasta en el juego estaban condenadas á una inferioridad degradante. Podían perder su fortuna confundidas en la masa de los «puntos», pero les estaba vedado ser banqueras. Los legisladores de esta sociedad y de otras semejantes temían sin duda que las mujeres fuesen más dadas á la trampa que los hombres. Ella, la duquesa de Delille, no podía ser igual al marinero griego que tallaba todas las noches con una suerte inverosímil, haciendo incurrir al público en sospechas y malos pensamientos.

—Exigen un hombre que talle por mí, que aparezca como banquero, aunque todos sepan que el capital es mío, y he pensado que tú puedes hacerme ese favor. Me gusta que vayamos juntos... ¡juntos en este negocio que es para mí de vida ó muerte! Además, estoy segura del éxito si tú tallas. ¡Y qué acontecimiento! ¡Cómo acudirán los «puntos»! ¡El príncipe Lubimoff haciendo de banquero!...

Pero no pudo continuar. Miguel la interrumpió con un gesto rotundo de negativa. Era inútil cuanto dijese. Se indignaba solamente ante la suposición de que le vieran sentado á la mesa verde jugando un dinero que no era suyo y teniendo á Alicia á sus espaldas. Además, estaba seguro de perder.

La duquesa se separó de él apresuradamente. Pasaba el tiempo, y de un momento á otro iban á adjudicar la banca. Creyó de nuevo en su buena estrella al ver á un joven deslizándose tímido entre los grupos.

—¡Spadoni!... ¡Spadoni!

Palideció el pianista al escucharla. ¡Oh, duquesa!... Temblaba y balbuceaba de emoción. ¡El tallando en el Sporting-Club, ante el público elegante de las noches de ópera, manejando miles de francos, con todas las miradas fijas en su persona... Era el coronamiento de una carrera: después de esto, morir.

Dos jugadores habían solicitado la banca: el célebre griego y un industrial de París que se estaba enriqueciendo fabulosamente con la fabricación de material de guerra. Spadoni su presentó también, llevando en un bolsillo los quince mil francos necesarios para tomar la banca. Había que echar suertes entre los tres solicitantes. Un empleado del club trajo una botella de mimbre que contenía diez bolas numeradas, y después de agitarla, arrojó tres sobre la mesa: una para cada uno. Alicia, metida entre ellos con una familiaridad varonil, casi palmoteó de alegría. La suerte había favorecido á Spadoni; de él era la banca. Mas el pianista, respetuoso de los privilegios que merece el genio, se excusó modestamente y pidió perdón con la mirada y la sonrisa á su rival el griego.

Era un hombre obeso, casi cuadrado, de tez morena y lustrosa, bigote negro y unos ojos algo oblicuos, de fijeza agresiva, que recordaban los del jabalí. Sus abuelos habían sido piratas en el Archipiélago, y él, viendo cortada esta carrera heroica, hizo el contrabando en su juventud. Spadoni, algo intimidado por la majestad del grande hombre, balbuceaba excusas con los ojos fijos en su pechera brillante ornada de perlas y en el chaleco de seda gris que cubría su recio vientre. El griego le contestó con un mugido de mal humor, alejándose luego de hacer una reverencia á la duquesa casi igual á las que había visto en el teatro. Aunque apenas sabía leer, estaba enterado de cómo hay que tratar á una dama que declara la guerra.

Las doce de la noche. Cesó el juego en las mesas de ruleta y «treinta y cuarenta». El público se fué aglomerando en la sala del baccará. Había circulado la noticia: el pianista Spadoni, considerado por todos como un parásito armonioso, iba á ocupar el mismo sitio que era las otras noches del griego; pero en realidad, la banca pertenecía á la duquesa de Delille.

En torno de la mesa se formó una triple fila de personas, oprimidas pecho contra espalda, incrustándose unas en otras para ver mejor sobre los hombros inmediatos.

Spadoni sonreía, pero acabó por intimidarle la curiosidad irónica fija en su persona. Muchos de los que le contemplaban eran importantes personajes que siempre le habían infundido gran respeto. Por fortuna, sentía á sus espaldas á la duquesa, sentada con un aire de patrona, vigilándole autoritariamente. Si cometía algún error, esta gran dama era capaz de pegarle... ¡Animo y adelante!...

El croupier colocado enfrente para cobrar y pagar barajaba los naipes antes de introducirlos en un doble cajoncito, del que debía extraerlos el banquero. ¡Pobre banquero! Considerando el público extraordinaria su elevación, quería reir á toda costa. Al sentarse en su asiento presidencial, los curiosos encontraron muy graciosa la timidez del pianista, y una risa franca saludó su presencia. Hizo una pregunta en voz baja al croupier, y se repitió la explosión de regocijo. Las mujeres se mostraban las más expansivas al pensar que su burla, pasando por encima de Spadoni, podía herir á la que lo había puesto allí. El gesto de extrañeza del músico ante esta hilaridad sólo sirvió para prolongarla escandalosamente. Todos reían por contagio viendo su cómico asombro. De pronto, una voz ruda cortó el regocijo general.

—¡Banco!

La voz del griego. Se había sentado á la derecha de Spadoni con el aire enfurruñado del que contempla una enorme injusticia y cree necesario repararla. No podía tolerar que este personaje grotesco ocupase el mismo sitio donde él era admirado todas las noches. Tampoco consideraba admisible que una dama se mezclase en negocios que sólo pertenecen á los hombres. Sentía la extrañeza y el escándalo del que presencia un desorden en el ritmo de las cosas naturales. El mundo estaba trastornado: los aprendices querían ser maestros; ya no se respetaban las categorías; era preciso terminar de una vez. «¡Banco!»

Se estremeció el príncipe. Los quince mil francos de Alicia estaban en peligro. Aquel hombre no quería que la banca continuase. Si ganaba, desaparecía de golpe todo el capital puesto por Alicia; si perdía, se doblaba el dinero de ésta... Pero iba á ganar indudablemente. ¡Cuando un hombre de tan buena suerte se atrevía á hacer esto!...

Quedó aterrado Spadoni al oir la voz del grande hombre. Instintivamente torció sus ojos hacia la duquesa, pero los apartó en seguida, más aterrado aún por su rostro inmóvil y una mirada dura que parecía herirle por la espalda, como si él fuese el culpable.

El doble cajoncito, completamente listo, aguardaba junto á sus manos. Dió cartas á derecha é izquierda, y luego extrajo las suyas.

Mostró el griego sus cartas, arrojándolas sobre el tapete. «Ocho.» Un murmullo de aprobación se elevó en torno de la mesa. Los admiradores de su buena suerte se regocijaron como de un triunfo propio. Tomó las cartas del lado opuesto, que le ofrecía el croupier, y las mostró después de examinarlas rápidamente. Ahora el murmullo fué de asombro. ¡Ocho también! Iba á ganar. Era casi imposible que el banquero tuviese un punto más alto.

Spadoni, pálido, con la frente barnizada de sudor, descubrió sus naipes. El público los saludó con un rugido sordo: «¡Nueve!»

Los mismos que reían de él encontraron natural este resultado. «La suerte protege siempre á la inocencia.»

Y mientras el griego entregaba quince mil francos al croupier depositario de la banca, el pianista se inclinó modestamente. Algunas jugadoras supersticiosas reconocieron que la duquesa había procedido con gran cordura al confiar su suerte á este simple.

Los ojos de Alicia buscaron á Miguel en el triple óvalo de cabezas. Le sonrió levemente. Había perdido ya la dura inmovilidad con que acababa de arrostrar este momento de emoción. Se sentía muy segura de su triunfo. Y deseosa de asombrar á los curiosos con una calma imperturbable, sacó de su bolso una cigarrera de oro, una larga boquilla de marfil, y empezó á fumar.

Después de este primer éxito, el pianista jugó con cierta autoridad. La duquesa, inmóvil á sus espaldas, parecía comunicarle su fe. Hizo varias tallas, siempre ganando, y al aumentar considerablemente el dinero de la banca, se excitó la codicia de los jugadores. Los que rieron de la torpeza de Spadoni fruncían ahora las cejas con un interés agresivo, tomando parte en el juego. Así como aumentaba el capital, eran más gruesas las puestas. Todos presentían una gran partida emocionante. El banquero se había olvidado de la duquesa y de su propia humildad. Creyó que lo que ganaba era de él; se imaginó haber descubierto el secreto mencionado por Novoa y que iba á conseguir aquellas fabulosas ganancias calculadas tantas veces cuando escribía docenas y docenas de ceros sobre un papel. ¡Qué noche! ¡Y no estar allí su amigo el sabio, para que presenciase su triunfo!...

Lubimoff su retiró de la mesa. Le hacía daño la serenidad forzada de Alicia, su manera de fumar mientras contemplaba con ojos felinos la marcha del juego. Iba á cambiarse la suerte de un momento á otro: esta ganancia continua é insolente no podía seguir. El griego se esforzaba por ocultar su cólera, jugando y perdiendo como un simple «punto». Le era imposible gritar «¡banco!» hasta que empezase otra talla, quedando agotados los naipes del doble cajoncito. Pero continuaba en su puesto, con una arrogancia de domador, convencido de que al fin llegaría á sujetar á la burlona casualidad. Tenía más dinero que Alicia y su representante: podía resistir, y acabaría por vencerlos.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings