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Los enemigos de la mujer

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (NOVELA) (continued 7)

Reading edition

El príncipe se fué al bar, entreteniéndose en beber lentamente dos mixturas americanas, dulces y amargas al mismo tiempo, muy cargadas de alcohol. Quería embriagarse un poco, para sentirse al mismo nivel de aquella mujer que tan desesperadamente jugueteaba con la suerte.

Se vió solo. Todo el club estaba reconcentrado en la sala del baccará. Miguel lamentó que Castro no estuviese en el Sporting. Hubieran charlado como en la tarde que Alicia logró asirse por primera vez á las alas de oro de la Quimera. Tal vez su ausencia era por orden de «la Generala». El también había venido aquí arrastrado por una mujer.

Un sordo rumor llegó de la sala de juego. Vió poco después algunos de los curiosos que entraban en el bar, deteniéndose ante el mostrador para beber. Hablaban con grandes aspavientos de asombro. Al oir el nombre del griego repetido muchas veces, fijó su atención. Había gritado «¡banco!» al empezar una nueva talla, cuando la banca poseía ciento cuarenta mil francos. Sólo aquel hombre de suerte era capaz de tal atrevimiento. Tuvo ocho, pero el pianista mostró luego sus cartas. Nueve otra vez. Y el croupier había barrido para la banca los ciento cuarenta mil del griego. ¡Qué noche! ¡Y pensar que era el tonto de Spadoni el que realizaba tales prodigios!...

Algunas mujeres pasaron ante la puerta del bar con aire de mal humor, gesticulando entre ellas. Se mostraban escandalizadas é irritadas por la fortuna de la de Delille, á pesar de que ninguna de ellas había perdido un céntimo en el juego. Una suerte así no era natural; debía haber trampa. No podían decir cómo era la trampa, pero existía indudablemente.

Después pasó el griego, seguido de dos admiradores, sudoroso, con la pechera arrugada y el chaleco subido, dejando ver la camisa entre sus picos y la cintura del pantalón. Levantaba los hombros con desprecio. El mundo estaba trastornado: ya no había lógica. ¡Por eso las cosas de la guerra marchaban tan mal!...

Y se alejó hacia el pasaje subterráneo, para volver al Hotel de París. No quería ver mas: esta noche era para los locos.

Tampoco el príncipe deseaba ver, y continuó en su sillón, pidiendo un nuevo cocktail. Desfilaban ante las puertas los que huían amargados por la suerte ajena y los que llegaban atraídos por la noticia del suceso.

Permaneció solo, como un espectador que se queda en el vestíbulo de un teatro y escucha los lejanos estremecimientos del público. Transcurrían largos intervalos de silencio. Después, un rumor, un suspiro colectivo, el abejorreo de un comentario en voz baja alrededor de la mesa. ¿Seguía ganando Alicia?... ¿Iba á verla aparecer como el otro, encogiéndose de hombros ante los absurdos de la suerte?...

Aún pidió un vaso más; y contemplando las espirales de humo de su cigarro, fué adormeciéndose. De pronto se incorporó, creyendo haber recibido un fuerte golpe en la espalda. ¡Pura ilusión! Estaba solo. Sus ojos, al mirar en torno de él, se fijaron en el reloj. Las dos. Y se puso de pie, dirigiéndose con lentitud á la sala del baccará.

Había disminuído el público, pero todos los que quedaban intervenían en el juego. La enorme suma reunida por la banca era una tentación. ¡No había miedo de que los gananciosos quedasen sin cobrar! Hasta los mirones que pasan la noche de pie, participando de la emoción ajena, arriesgaban su dinero de luis en luis, esperando que cambiase en favor del público esta racha de suerte que únicamente soplaba del lado de la banca.

Lo primero que vió Miguel fué un enorme montón de billetes de mil francos, de placas de cinco mil, de fichas y papeles de distintos valores. Era una fortuna. Luego se fijó en Alicia, inmóvil en su asiento, tal como la había dejado, con un rostro inexpresivo de cariátide. Sólo sus ojos iban maquinalmente de aquel montón de riquezas á las manos del banquero. Fumaba... fumaba. En un platillo que un lacayo había colocado reverentemente al lado de la victoriosa había un montón de cigarrillos consumidos, con boquilla de oro. Parecía embrutecida por su éxito, por la monotonía de aquella buena suerte incesante.

El pianista mostraba cierta somnolencia en sus gestos y en su voz. El triunfo le parecía insípido después de la fuga del admirable griego. Igualmente habían desaparecido otros jugadores célebres, como si no quisieran autorizar con su presencia esta fortuna absurda. Los únicos contrincantes serios eran unos ingleses residentes en Beaulieu, que tenían abajo sus automóviles. Les interesaba este juego extraordinario, como si fuese un deporte original; querían luchar contra la buena suerte de la banca, con una tenacidad británica, únicamente por el gusto de vencerla. Ellas, huesudas y distinguidas, con amplios escotes y largas colas, lanzaban un «¡oh!» de asombro cada vez que el croupier se llevaba con la raqueta las fuertes puestas, mientras ellos sacaban del bolsillo interior del smoking nuevos puñados de billetes, saludando su derrota con metálicas risas.

Spadoni perdió en un golpe veinte mil francos. Lubimoff tuvo el presentimiento fatal del marino que percibe bajo sus pies el temblor del buque que va á abrirse, del soldado que adivina el principio de la derrota.

Un segundo golpe; y la banca perdió otra vez.

Miguel se aproximó con cierta cautela á la silla que ocupaba Alicia.

—Son las dos. Ya es hora de retirarse—murmuró, dejando caer sus palabras sobre la cabellera que estaba al nivel de su pecho—. Va á llegar la mala: la siento venir. Dile á Spadoni que se levante.

Ella elevó sus ojos para mirarle con extrañeza. Parecía ebria; no acertaba á entender sus consejos. Y manifestó su negativa con leves movimientos de cabeza. Tenía fe en la propia suerte.

La suerte se encargó de reanimar acto seguido su confianza. El banquero ganaba otra vez, llevándose todas las sumas depositadas en ambos paños de la mesa. Pero esto no convenció al príncipe. Continuaba sintiendo miedo, y su inquietud le hizo ser brutal.

Se colocó á espaldas de Spadoni para hablarle discretamente, mientras miraba en otra dirección. Debía levantarse en seguida, dando por terminado el juego. Ya era hora.

El banquero torció la cara y miró hacia arriba para reconocer la voz prudente que le daba consejos desde lo alto. «¡Ah, Su Alteza!» Acompañó este descubrimiento con una sonrisa de orgullo, satisfecho de que el príncipe Lubimoff hubiese presenciado la hazaña más grande de su vida.

Y siguió tallando.

Lubimoff se irritó. Este idiota, sumergido en su gloria, no lo entendía: y si le entendía, se negaba á obedecerle. La voz del príncipe fué cayendo con una lentitud temblorosa sobre la cabeza que estaba debajo. ¡Spadoni, pianista de los demonios! (Aquí dos ó tres juramentos en diversos idiomas.) Si no le obedecía inmediatamente, iba á sacarlo de un zarpazo de su asiento, á darle una pateadura, á arrojarlo por una ventana...

—¡La última!—dijo el músico.

Cuando dejó de tallar muchos respiraron, satisfechos de que terminase un juego que parecía un maleficio. Otros contemplaban con asombro y envidia el enorme montón de la banca mientras el croupier lo ponía en orden, formando fajos de billetes, alineando columnas de fichas de diversos colores.

Corrió de boca en boca la cifra: ¡cuatrocientos noventa y cuatro mil francos! Sólo faltaba una pequeña cantidad para medio millón. Pocas veces se había visto una ganancia tan rápida.

Spadoni, como si fuese el dueño de tales riquezas, las fué metiendo en un cestillo de mimbre. Temblaba de emoción. Iba á pasar entre los curiosos sosteniendo contra su pecho el tesoro, lo mismo que otras noches había visto pasar á su grande hombre con aire de vencedor. ¡Qué valían al lado de esto los aplausos que llevaba recibidos como pianista!...

Unos manos ávidas le arrebataron el cestillo.

—No: ¡yo!... ¡yo!

Era la duquesa; ya no tenía por qué fingir indiferencia. Aquel dinero era suyo. Se había transfigurado al salir de su mutismo expectante; sus ojos brillaban con un resplandor triunfal; tenía la frente sudorosa; le latían las mejillas, intensamente pálidas. Llevando el cestillo ante ella con los brazos extendidos, pasó entre los grupos, lentamente, con una majestad hierática, dirigiéndose hacia la caja del club.

Permaneció Spadoni junto al príncipe. También sudaba, mientras su rostro tenía la palidez de la emoción.

—¡Qué noche, Alteza!... ¡Qué noche!

Miraba á todos con orgullo, pero sonreía humildemente al dueño de Villa-Sirena para que olvidase su resistencia de momentos antes y las terribles amenazas con que la había acogido.

Al poco rato volvió Alicia hacia ellos, guardando un papel en su bolso de mano.

El entusiasmo del músico hizo explosión.

—¡Oh, duquesa!... ¡Divina duquesa!

La besaba en uno de sus brazos desnudos; luego en un hombro. Alicia sonrió ante este homenaje público. El pobre pianista, hiciese lo que hiciese, no comprometía.

—Gracias, Spadoni; cuente con mi gratitud. Vaya pensando lo que desea: una casa, un yate, tal vez un piano con teclas de brillantes...

Miguel la escuchó asombrado. Hablaba de buena fe: parecía enloquecida por su fortuna.

Pero el músico se alejó de ellos. Necesitaba estar solo. Al lado de la duquesa tenia que compartir su gloria, contentándose con un jirón. Y fué á reunirse con los ingleses de Beaulieu, que deseaban conocerle de cerca y beber con él una botella de champaña, proclamándolo el fenómeno más interesante que habían encontrado en sus viajes.

Alicia y el príncipe se dirigieron hacia el guardarropa.

—He depositado las ganancias en la caja del club—dijo ella mostrándole el recibo—. De noche no voy á llevarme tanto dinero á mi casa. Mañana vendré para pasarlo al Banco. Necesito que alguien me acompañe. Envíame al coronel: es hombre de guerra y debe tener revólver.

Luego, acordándose de algo importante, su rostro tomó una expresión grave.

—Inútil es decir que mañana arreglaremos cuentas. No creas que olvido lo que te debo: veinte mil francos del otro día, los trescientos mil de tu madre... Todo se pagará.

Miguel expresó con una larga risa el asombro que le causaba esta promesa. Decididamente, la ganancia le había perturbado el cerebro. Un piano con teclas de brillantes para el otro; ahora centenares de miles de francos para él. La fortuna recién adquirida en dos horas le parecía extraordinaria y tan inmensa como su buena suerte.

—Lo que yo quiero—añadió en voz baja, cesando de reir—, lo que yo deseo de ti, bien lo sabes...

Ella le hizo callar con una mirada acariciante y un siseo discreto que equivalía á una promesa.

Habían bajado la gran escalera del club; estaban en el vestíbulo, ella envuelta en una capa de seda con bordados de oro y ricas pieles, que le recordaba sus salidas de la Opera de París; él con el gabán abierto y un sombrero flexible forrado de seda.

Los empleados del vestíbulo, enterados de lo que había ocurrido en los salones, corrieron á la cancela de cristales, con la esperanza de la regia propina. «¡Un carruaje para la señora duquesa!»

Pero ella deseó marchar á través del silencio de la noche. Estaba entumecida por su larga inmovilidad; necesitaba, como todos los que se consideran dichosos, prolongar el goce de su triunfo con un largo paseo.

Bajó la escalinata exterior apoyada en un brazo de Miguel. Pasaron entre los cocheros y los escasos chófers que formaban grupos esperando á sus patrones y clientes.

Se sumieron en la fresca atmósfera nocturna, con los ojos fatigados aún por la espléndida iluminación, con la piel ardorosa por el ambiente enrarecido de los salones. Los dos se fijaron en que la noche era de luna, una pobre luna menguante que empezaba á caer detrás de la negra barrera de los Alpes. La amenaza submarina tenía la ciudad á obscuras. Un macilento farol con los vidrios pintados de azul dejaba filtrar á largos trechos su breve radio de luz funeraria.

A los pocos pasos se acostumbraron á esta penumbra. El suelo de las calles estaba partido en dos fajas: una, de blancura turbia y vagorosa, reflejo de la luna moribunda; otra, negra, con la tonalidad densa y pesada del ébano. Instintivamente, marchaban por la acera obscura, como si temieran ser vistos. Torcieron por una calle curva y en cuesta, la misma que atravesaba subterráneamente el corredor pompeyano que horas antes había seguido el príncipe.

Oían aún á sus espaldas las conversaciones de los cocheros ocultos en la revuelta de la calle, las voces de los empleados del club llamando á los carruajes por el nombre de sus dueños, los pataleos de los caballos que sacudían su espera dormitante, los primeros ronquidos de los automóviles al reanudar su funcionamiento. Miguel, que caminaba silencioso, con el deseo de alejarse cuanto antes, buscando la soledad absoluta, tuvo que detenerse al ver que ella había hecho lo mismo. Se anticipaba á sus pensamientos: no quería ir más lejos.

—Necesito recompensarte—murmuró—. Te dije que al venir ganarías de todos modos, aunque yo perdiese. Toma... toma.

Sus brazos desnudos, escapando de la sedosa capa, se cerraron sobre los hombros de él, formando un anillo apretado: su boca sumisa, buscando la otra boca, se entregó humildemente, con un deseo de dar la felicidad.

Pasó por el fondo de la calle un vivo resplandor, sacándolo todo de la penumbra con fugaz relieve, lo mismo que un relámpago. Era el reflector de un automóvil. Ella ni se movió; no temía que la sorprendiesen: las gentes eran fantasmas sin ninguna realidad. En el mundo sólo existían en estos momentos ellos dos y aquel montón de papeles y piezas de marfil guardado en una caja de acero.

Se acordó Lubimoff toda su vida de esta noche. Los relojes estaban locos indudablemente, lo mismo que su cabeza, que parecía dar vueltas, siguiendo el ritmo de una música dulce. Tuvo la sensación de que pasaron varias veces por el mismo lugar, andando y desandando el camino, sin saber lo que hacían. ¿Qué importaba?... Lo interesante era estar juntos. Hubo un momento en que despertaron, viéndose sentados en un banco de la plaza del Casino. De esto estaba seguro el príncipe. Había mirado el reloj de la fachada. ¡Las tres! Era imposible: creyó firmemente que sólo iban transcurridos unos minutos desde su salida del club... Y tuvieron que alejarse, molestados por la curiosidad de un burgués que hacía de polizonte en tiempo de guerra; un miliciano del príncipe de Mónaco con traje civil, llevando un brazal de colores en la manga y un revólver al costado.

Volvieron á marchar por las calles solitarias ó á lo largo de los jardines públicos, cerrados á estas horas. Ella echaba su busto atrás, con la capa abierta, abandonándose sobre un brazo que sostenía su talle, ofreciendo la garganta en tensión, la barbilla prominente, el rostro casi horizontal, á una lluvia de besos. Contemplaba á su acompañante, de abajo á arriba, con unos ojos empañados por el amor. Las caricias de ella eran ascendentes, subían con lentitud voluptuosa, como suben de las profundidades azules las flores y las estrellas marinas en busca de la luz.

Contestando á la súplica muda de aquellos ojos que la imploraban desde lo alto, murmuró repetidas veces, con una voz vagorosa, como si hablase en sueños.

—Sí; haré lo que tú quieres... ¡Lo que tú quieras!

El, más agresivo en su pasión, hundía su brazo libre en el cálido encierro de la capa, apoderándose de las desnudeces que dejaba indefensas el escote del vestido.

Caminaban tambaleándose cuando creían marchar en línea recta; se detenían los dos al mismo tiempo en ciertos sitios, sin saber por qué. Su tardo paso ponía en conmoción las «villas». Los perros de los jardines ladraban furiosamente á los intrusos, incrustando sus hocicos entre los hierros de las verjas. Estos aullidos les parecían una música bárbara pero agradable; consideraban con benevolencia todo lo que les rodeaba; se creían señores de la vida, como en aquellos instantes eran señores de la noche. Sólo ellos existían en el mundo.

Miguel, obedeciendo á un obscuro impulso, la habló de su hijo. Iba á recobrarlo de un momento á otro, y su felicidad sería completa... Inmediatamente se arrepintió de haber evocado este recuerdo, que podía disolver el hechizo en que vivían. Pero ella no mostró emoción alguna.

—Sí; lo recobraré—murmuró—. Estoy segura. Me acompaña la buena suerte... Ya era hora, después de sufrir tanto.

Y volvió á entregarse al momento presente. Los dos se sorprendieron al verse en la calle donde estaba Villa-Rosa. Después de vagar á la ventura, el instinto había acabado por llevarlos hasta allí.

El príncipe, enardecido por el largo paseo de caricias y abandonos, se mostraba apremiante.

—Déjame entrar—murmuró—. Nadie me verá... Me marcharé antes que llegue la aurora...

Alicia se revolvió, como si despertase. Fué su primera negativa en toda la noche. El jardinero la esperaba seguramente. Valeria tal vez no estaría dormida. ¡Ah, no!...

Lubimoff, en su desesperación, habló de marchar juntos á Villa-Sirena.

—¡Tan lejos!—continuó Alicia, cada vez con más serenidad, como si hubiese despertado definitivamente—. Además, aquello es un cuartel; una casa llena de hombres. ¡Y ese Castro que todo se lo cuenta á «la Generala»! No, no iré nunca. ¡Qué locura!

El gesto de tristeza, el ademán desalentado del príncipe, la conmovieron. Su mano se paseó por el rostro de él con una caricia maternal.

—¡Pobrecito mío!... ¡No pongas esa cara! Ten un poco de paciencia. Mañana; te juro que será mañana.

Ella, que en otro tiempo había arrostrado con tranquilo impudor las más atroces murmuraciones, dudó y balbuceó al hablar del día siguiente. Parecía una jovencita luchando entre su amor y el miedo á perder su porvenir social.

¡Mañana!... Podía venir mañana á las tres de la tarde.... A las tres, no; mejor á las cuatro. Valeria habría salido á esta hora seguramente. Ella enviaría á su doncella á Niza para unas compras; el jardinero y su mujer estarían ocupados fuera de la casa.

—Pero ¡por Dios! sé prudente.... Si puedes evitar que te vean los vecinos, mucho mejor.

Y el famoso príncipe Lubimoff asintió á estas recomendaciones muy emocionado, como un muchacho que organiza su iniciación amorosa y se conmueve prematuramente ante su misterio.

Quiso acompañarla hasta la verja de la «villa», á pesar de sus protestas.

—Si fueses otro, ¡bueno! Es natural que un amigo me acompañe á estas horas; ¡pero tú!... Temo que todos adivinen nuestro secreto.

Unicamente cuando se hubo cerrado la verja, perdiéndose en la obscuridad el adorable bulto de Alicia, se decidió el príncipe á alejarse.

Tuvo que marchar á pie hasta la lejana Villa-Sirena, y sin embargo le pareció breve el camino. Le acompañaban recuerdos y promesas. Nunca había andado tan ligeramente. Creyó avanzar en una atmósfera en la que se habían disminuído las leyes de la gravitación, en un planeta sumido en eterna noche primaveral, donde el aire, los árboles obscuros y las cosas perdidas en la penumbra vibraban con un ritmo poético.

Durmió penosamente, pero se levantó tranquilo y animoso. El encargo de Alicia resucitó en su memoria. Necesitaba un hombre de guerra, y con revólver si era posible, para que la escoltase en el traslado de su fortuna de la caja del club al Banco. El coronel, muy emocionado por este golpe de la suerte, salió á cumplir el servicio. «¡Pobre duquesa! Dios acaba por proteger á los buenos.»

Toda la mañana la pasó Miguel ocupado en el arreglo de su persona. Sus intentos de vida simple y campesina en el retiro de Villa-Sirena no le habían hecho olvidar los cuidados higiénicos á que estaba acostumbrado desde la niñez. Pero ahora se trataba de algo más; quería acicalarse, realzar con exquisiteces interiores su individualidad física, que consideraba de repente un poco maltratada por los años.

Hizo que el viejo ayuda de cámara rebuscase en el guardarropa de su pasado. Se acordó de prendas interiores que habían merecido elogios femeninos. Sentía el mismo deseo de novedad y seducción de una mujer que se adorna para una entrevista esperada mucho tiempo. Escogió además un traje que no había llevado nunca en Monte-Carlo, un sombrero nuevo, una corbata «discreta». Recordaba los miedos de ella, sus súplicas para que se deslizase inadvertido.

Mientras hacía todo esto, un sentimiento de zozobra, de desconfianza en sí mismo, empezó á agitarle. Era una inquietud igual á la del estudiante antes del examen, á la del autor que aguarda entre bastidores, á la del hombre que va á batirse. ¡Llevaba tantas semanas de desear inútilmente! ¡Hacía tanto tiempo que había renunciado al amor!... Y pensando en Alicia sentía al mismo tiempo anhelo y miedo.

El coronel regresó á la hora del almuerzo. La operación estaba hecha. Daba la noticia con un laconismo modesto, como si acabase de realizar algo importante. Miguel casi le envidió porque había visto á Alicia. «¿Cómo estaba?»

—Hermosa, hermosa como siempre. Algo pálida... ¡Después de una emoción como la de anoche! Pero alegre, muy contenta; hablando á cada momento del marqués. Se adivinaba su gran afecto.

Almorzaron solos. Spadoni iba por el mundo después de su triunfo. Tal vez estaba en Beaulieu con sus nuevos amigos los ingleses. A Castro lo había encontrado Toledo entrando en el Hotel de París, donde vivía doña Clorinda. Sin duda almorzaban juntos para hablar de la ganancia de la duquesa. Atilio hasta había fingido no entender cuando el coronel le habló del suceso. ¡Envidias!

Lubimoff se encogió de hombros. Todas las personas eran para él fantasmas, y las malas pasiones una ilusión. No había mas que dos realidades: él y lo que le esperaba.

Se vistió, después del almuerzo, con unas precauciones que le hicieron sonreir por su minuciosidad absurda. Hasta cambió de corbata, buscando otra de colores más apagados. Las dos y media.... Se contempló de pies á cabeza en un espejo: traje gris obscuro, zapatos amarillos, un fieltro blanco de anchas alas echado sobre los ojos para evitar el sol. Nadie había visto así al príncipe. De lejos podían confundirle con un viajero de los que visitan de pasada la Costa Azul y vienen á conocer una tarde la ruleta de Monte-Carlo, marchándose en seguida.

Las tres. Salió de Villa-Sirena. El camino era largo y quería hacerlo á pie. Este ejercicio robustecería su voluntad, disipando las dudas que le asaltaban de nuevo. Pensó en el gesto íntimo realizado tantas veces en otra época, como algo ordinario y maquinal. Su caviloso aislamiento en los últimos meses parecía haberle entumecido. Sintió la desconfianza del atleta que ha descuidado sus ejercicios y sospecha si no volverá á encontrar su antiguo vigor. El miedo ante la simple idea de un fracaso le devolvió la confianza. No era posible.... ¡Adelante!

Al llegar á la ciudad subió por unas largas escaleras de piedra hasta las calles de Beausoleil. Esta desviación en su camino la consideraba oportuna para cumplir las recomendaciones de prudencia que le había hecho ella.

Entraría en la calle de Alicia por su parte alta, desprovista de casas. Así evitaba el cruzarse con los vecinos que á estas horas descendían al centro de Monte-Carlo.

A través de los solares en construcción y de las escalinatas que se desarrollan pendiente abajo distinguió la inmensidad del mar, y en su orilla la arboleda de los jardines, la larga masa del Casino á vista de pájaro, con sus tejados verdosos y las cúpulas amarillas de sus salones, la gran plaza, el jardincillo circular del «queso», y en torno de él numerosas personas del tamaño de hormigas.

El príncipe sintió lastima por estos pigmeos. ¡Desdichados! Se preparaban á jugar, á encerrarse entre paredes, bajo la luz artificial, sin otra ilusión que la del dinero. A él le esperaba algo mejor: iba á conocer por unas horas la única embriaguez interesante de nuestra existencia. Luego rió con lástima de cierto demente que tenía su mismo rostro y había querido fundar el grupo de «los enemigos de la mujer». Abominar del amor, querer vivir sin la mujer; ¡pobre príncipe Lubimoff!...

Las cuatro. Pasando entre pequeñas huertas, entró en la calle de Alicia. El techo rojo de Villa-Rosa asomaba entre árboles, casi á sus pies. Siguió bajando. Las piernas le temblaban levemente y se detuvo un instante para serenarse, llevando una mano á su pecho. Después de una revuelta, se le apareció la calle en toda su parte habitada, rectilínea y suavemente pendiente hasta desembocar en una de las avenidas de Monte-Carlo.

No vió á nadie, y apresuró su marcha para deslizarse en Villa-Rosa antes de que asomase algún vecino. Pasó rápidamente ante los jardines, con el aspecto de un hombre que teme llegar tarde al juego. Encontró entreabierta la verja de entrada. Muy bien: Alicia se había ocupado en facilitarle el paso.

Entró resueltamente en el pequeño jardín, y le pareció distinguir sobre unas matas el rostro azorado del jardinero asomando un momento para volver á ocultarse con precipitación... ¡Algo rara la curiosidad de este hombre y su gesto despavorido! Pero huía, y el príncipe alabó su prudencia.

Fué subiendo, con palpitaciones de emoción, los cuatro escalones de la puerta. Cada uno de ellos despertó en su pensamiento una perspectiva suavemente rosada como la carne femenil, una nueva visión inconfesable que le volvía de golpe á su pasado. Percibió en el ambiente, con el recuerdo más que con el olfato, un perfume conocido: el perfume de ella. Vió vagamente todo lo que le rodeaba, como si se esfumasen sus contornos. Le zumbaron los oídos; el deseo le galvanizó con dura tensión, lo mismo que en sus mejores tiempos. Y con un ademán de vencedor empujó la puerta, que sólo estaba entornada.

Una mujer salió á recibirle en el vestíbulo, una mujer cuya presencia le hizo dar un paso atrás.

¡Valeria!... ¿Qué hacía allí? ¿Qué farsa era esta?...

La joven intentó hablarle, y él también quiso hablar al mismo tiempo. Pero no pudieron.

Otra mujer apareció abriendo rudamente una puerta... Era Alicia, con las ropas en desorden y el pelo alborotado. Viendo al príncipe, levantó las manos y avanzó, muda é impetuosa, como si pretendiese abrazarlo. ¡Al fin!... Nada le importaba la presencia de Valeria; no la vería. En cambio le pareció que Alicia era distinta: más alta que nunca, más pálida, con unos ojos que de pronto le infundieron miedo.

El abrazo cayó sobre él, y á continuación todo un cuerpo que parecía derrumbarse, falto de fuerzas. Sintió contra su pecho un pecho jadeante; los brazos de ella eran de una frialdad cadavérica; una lluvia cálida humedeció su cuello.

—¡Miguel!... ¡Miguel!—gemía Alicia.

No pudo decir más. Se ahogaba. Un estertor hizo ondular su garganta, como si por dentro de ella rodase una bola dolorosa.

El príncipe tuvo que apelar á toda su fuerza para sostener este cuerpo.

Sonó junto á él una voz con el mismo acento monótono y bajo que si hablase en la habitación de un moribundo.

Era Valeria que también lloraba, sintiendo de nuevo el contagio de las lágrimas.

—¡Ha muerto!... ¡Murió hace un mes!

Y le mostró un pequeño papel azul: un telegrama de Madrid, llegado media hora antes.

IX

Spadoni, después de saludar á Novoa en la plaza del Casino, habló de los ensueños que agitaban sus noches y de sus decepciones al despertar.

—Usted tiene la culpa, profesor. Cuando estábamos juntos en Villa-Sirena, yo escuchaba esas cosas tan interesantes que usted sabe y luego me dormía en paz. Ahora no encuentro allá con quién conversar. El príncipe y Castro se muestran de un humor insufrible; apenas hablan y no se acuerdan de mí. Yo llevo, como usted dice, una «vida interior», siempre á solas con mis pensamientos, y cuando paso allá la noche, duermo mal, sufro de ensueños, muy hermosos al principio, pero luego muy tristes. ¡Ay, qué buenas veladas las nuestras cuando hablábamos de cosas científicas!

Novoa sonrió. Para el músico, el juego y sus misterios eran cosas científicas. Todas las paradojas que él se había gozado en exponerle las guardaba en su memoria como verdades indiscutibles. Intentó atajarlo en su manía, para pedirle noticias del príncipe, pero Spadoni continuó:

—El sueño de anoche fué horrible, y sin embargo no pudo empezar mejor. Yo poseía el secreto de los errores infinitesimales; había dominado las leyes ocultas del azar, y era el rey del mundo. Tenía un tren especial, compuesto de vagón-alcoba, vagón-salón, vagón-comedor, vagón-piscina, ¡qué sé yo cuántos vagones lujosos! un verdadero palacio rodante que me esperaba en las estaciones, sin que la máquina cesase de echar vapor, pronta á partir en cualquier momento. Me apeaba de mi tren en todas las ciudades célebres por sus juegos, como el que baja de su automóvil. Al verme llegar temblaban los dueños de los Casinos, los empleados y hasta las mesas verdes. «¡Viva el vengador!», gritaban en el atrio los que habían perdido su dinero. Pero yo pasaba adelante, impasible como un dios, sin hacer caso de estas ovaciones de la canalla. ¡Figúrese usted lo que le costaría ganar al poseedor del secreto de los errores infinitesimales! Mis doce secretarios colocaban en las diversas mesas un millón ó dos, siguiendo mis instrucciones. «Empiece el juego.» Yo me paseaba como Napoleón, dando órdenes á mis mariscales. A la media hora, la caja se declaraba en quiebra y el Casino en bancarrota. «¡Se va á cerrar!», gritaban los empleados, como en una iglesia cuando termina el culto. Y á la salida, los mismos hambrones que me habían aclamado se arrojaban contra los valientes de mi escolta, pretendiendo matarme, con repentino odio. Les había cerrado el lugar donde estaba sepultada su fortuna. Ya no podían volver al día siguiente á perder más dinero con la ilusión del desquite. Me llevaba su esperanza.

—Exacto—dijo Novoa.

—También tenía un yate, más grande que el del príncipe Lubimoff; algo así como un acorazado de primera clase. Lo necesitaba para todo mi séquito: los secretarios, la compañía de bravos encargada de defenderme, y un sinnúmero de aburridos que, encontrando muy interesante mi persona, me seguían por todo el planeta, como aquel misántropo que seguía á un domador de ciudad en ciudad, esperando que sus fieras lo devorasen. Ya no quedaba funcionando en Europa ningún Casino: el de San Sebastián lo habían dedicado á convento; el de Ostende servía de laboratorio para nuevos cultivos de ostras; en todas las poblaciones de baños de mar ó de aguas medicinales, las gentes sólo se preocupaban del cuidado de su salud, y cuando querían distraerse jugaban en los paseos á la rayuela y á otros juegos de niños. Yo viajaba mientras tanto por América y Oceanía, haciendo quebrar una tras otra todas las grandes casas de juego. Los periodistas me seguían, formando un segundo séquito más numeroso que el mío. Los diarios, el cable, las agencias telegráficas, me anunciaban con una anticipación ruidosa. «¡Va á llegar el invencible Spadoni!» Y las empresas de juego, considerando su muerte próxima, hacían dinero con su agonía, vendiendo asientos á precios fabulosos á todos los que deseaban presenciar mi triunfo. En los Estados Unidos, un rey de no sé qué artículo daba cien mil dólares por una silla, para seguir de cerca mi juego irresistible. Jamás se pagó tanto por ver los pelos de un concertista ó los brillantes de una tiple.

—¿Y Monte-Carlo?—preguntó Novoa, interesado por estos delirios del jugador.

—A él llegamos. Lo había guardado para el final, pensando en el dinero que dejé aquí. Cuanto más engordase la víctima, mejor sería mi venganza. ¡El negocio que hizo Monte-Carlo!... Como no quedaba juego en el mundo, todos los jugadores acudían á este país. La ciudad se había dilatado, llegando hasta las cumbres de los Alpes; los cuarenta millones que ganaba el Casino en los años buenos, eran ahora cuatro mil. Los accionistas se casaban con personas de sangre real: dos reyes de los Balkanes se hacían la guerra, disputándose la mano de una hija del cuarto vicepresidente de la sociedad explotadora. El equilibrio europeo estaba en peligro: las grandes potencias soñaban con anexionarse á Mónaco en nombre de los intereses históricos y de los derechos étnicos, pues todas ellas habían tenido y tenían numerosas gentes de su raza viviendo en este pedazo de tierra... Pero de pronto llegaba el invencible.

Spadoni, como si aún estuviese soñando, miró el Casino, la plaza, la entrada de las terrazas, el arranque de la avenida que desciende al puerto. Lo veía todo tal vez lo mismo que en su imaginación.

—¡Qué de gente! Desde medio año antes no se hablaba en el planeta de otra cosa. «¿Irá?» «¿No irá?» La Agencia Cook había anunciado en todos los países un viaje económico en caravana para presenciar este acontecimiento mundial. El P. L. M. daba billetes de ida y vuelta á precios reducidos, y todo París estaba aquí. Los dueños de hoteles y restoranes, por agradecimiento, colgaban mi retrato un el lugar más visible de sus comedores, siempre repletos. Los diarios publicaban mi biografía, y al hablar de mis riquezas se veían obligados á romper sus columnas, colocando una línea de ceros á todo lo ancho de la página, y aun así, les faltaba espacio. Había olvidado decirle que me vi en la necesidad de fundar un Banco, sólo para mis tesoros. Y siempre que el Banco de Londres ó el Banco de Francia se veían en un apuro, me enviaban atentas cartitas para que los sacase del atolladero.

Novoa rió de la sencillez con que el pianista contaba sus grandezas. Parecía obsesionado aún por su ensueño.

—Mi yate tuvo que fondear fuera del puerto, entre otros buques. Había muchos trasatlánticos: cuatro de los Estados Unidos, uno del Japón, otro de la América del Sur, varios de Australia y Nueva Zelanda, todos con viajeros llegados del otro hemisferio para ver á Spadoni. Después de saludar con veintiún cañonazos á Mónaco, salté á tierra entre los ¡hurras! de los marinos extranjeros. Usted comprenderá que un hombre como yo no podía llegar al Casino vulgarmente sentado en un automóvil. ¡Quién no tiene automóvil!... En el desembarcadero esperaba un simple cochecito de un solo asiento, que iba á guiar yo mismo. Pero este cochecito, de ruedas doradas, era tirado por seis mujeres, por seis hermosas mujeres, todas ellas célebres, y cuyos retratos figuraban lo mismo en los grandes diarios ilustrados que en los frascos de esencias ó en las cajas de fósforos.

El profesor extremó su regocijo. Notaba la satisfacción con que el pianista insistía en este detalle de su entrada triunfal. El envilecimiento de las seis mujeres elegantes y famosas parecía halagar su misoginismo. Hablaba con una expresión fríamente vengativa, como si presenciase la abyección de su mayor enemigo.

—Fué asunto de precio: yo no iba á regatear por millón más ó menos. Lo único que me ocasionó disgustos fué escoger entre varios miles de hermosas solicitantes. Tuve que arrostrar la enemistad de grandes directores de teatro, de hombres de negocios, de ministros, que me recomendaban á sus protegidas. Hasta un monarca me retiró el título de duque que acababa de darme, porque rechacé á su amiga predilecta... Las seis vestían los últimos modelos de la rue de la Paix. Los reporteros, kodak en mano, sacaban instantáneas de lo que iba á ser la última moda. Además, sus arneses estaban cubiertos de perlas, de brillantes, de toda clase de pedrería rica, y cuidaban muy bien de no estropearlos, sabiendo que al final de su trote se los podrían llevar como un recuerdo. Yo tenía un gran látigo para arrearlas: un látigo de flores. Hay que ser galante con las damas...

Sonrió irónicamente. Novoa volvió á ver su expresión rencorosa de misógino.

—Pero por dentro era de acero trenzado, y dejándolo caer sobre mi hermoso tiro, nos pusimos en marcha. ¡Lo que tardamos en remontar esa cuesta á través de la muchedumbre! Los extranjeros me aclamaban. Se oía como un interminable abejorreo el crujido de las máquinas fotográficas. Todos querían llevarse la imagen del rey del mundo. Reconocí por sus caras tristes á los vecinos de la ciudad. Los hombres me imploraban con los ojos, como pobres cautivos; las mujeres me enseñaban sus pequeñuelos; los ancianos se ponían de rodillas. Yo era el vencedor que, al arruinar el Casino, talaba su patria, condenándolos á la miseria... Esta plaza estaba negra de gente. Al bajar de mi vehículo vi la escalinata del Casino ocupada por un cortejo grandioso. Delante, monsieur Blanc; luego, su Estado Mayor de consejeros, primeros accionistas, inspectores, y la corporación entera de los croupiers, todos vestidos de negro, con amplios chaqués de alpaca de corte fúnebre. En último término gente conocida, cuya presencia me podía conmover... Para hacerme recordar que yo había sido un simple pianista, aquí me aguardaban, batuta en mano, los directores de los conciertos y de la ópera; los profesores de la orquesta con sus instrumentos; los cantantes espada al cinto ó arrastrando colas femeniles, todos pintados y con peluca; las muchachas del cuerpo de baile con piernas de fresa pálida y gasas horizontales en el talle... Estaban prontos á gemir, previamente aleccionados por la empresa.

—Una palabra, señor Spadoni.

Era monsieur Blanc, que me llevó aparte, entregándome un pequeño papel.

—Guárdeselo y no entre.

Miré el papel: un cheque de un millón. ¡Puá! ¿Qué puede hacer un hombre con un millón?... Y al ver que lo arrugaba, tirándolo al suelo, el dueño del Casino me dió otro papel.

—Tome cinco y váyase.

Como tampoco me conmoví, fué sacando cheques de todos los bolsillos: diez millones, quince... cuarenta...

Mis doce ministros avanzaban con sus grandes carteras llenas de billetes; mi escolta me abría paso entre el gentío implorante de la escalinata; mis caballos se impacientaban, relinchando y coceando al darse cuenta de que algunos inteligentes se habían aprovechado de la aglomeración para manosear sus corvejones y sus ancas.

—Otra palabra, señor Spadoni: la última. Haremos una revolución, destronaremos a Alberto, y le daremos á usted la corona de Mónaco. Puede casarse, si le place, con la hija de un emperador: el dinero lo arregla todo. Nosotros lo tenemos, usted lo tiene...

—¡He dicho que no! Lo que yo deseo es entrar en el Casino para hacerlo quebrar y llevarme las llaves.

Esta amenaza le arrancó la suprema concesión.

—Será usted mi socio; le daré el cincuenta por ciento de las ganancias.... ¿No quiere?... Sea el setenta y cinco.

Al ver que yo seguía avanzando escalinata arriba sin escucharle, se llevó un silbato á la boca. Su cara fué la de Sansón agarrándose a las columnas del templo. ¡Antes morir, que ver quebrada su casa! Sonó un estallido formidable, como si se rasgase el mundo. Habían minado con todos los explosivos sobrantes de la guerra el Casino, la plaza, la ciudad. Yo subí, aturdido, hasta las nubes, pero pude ver cómo desaparecía Monte-Carlo y hasta el peñón de Mónaco, ocupando el mar, con una ola gigantesca, el sitio de las tierras desaparecidas. Y cuando volví a caer...

—Despertó usted—dijo Novoa.

—Sí; desperté al pie de mi cama, y oí la voz de Castro en el pasillo insultándome por haber cortado su sueño con mis gritos. No ría usted, profesor. Es muy triste soñar esas grandezas, como si uno las estuviese tocando, y verse hoy tan pobre como ayer, tan pobre como siempre, y además con una mala suerte tenaz.

La pobreza y la mala suerte de Spadoni hicieron protestar á Novoa. Aún se acordaban muchos de su fortuna asombrosa como banquero en el Sporting-Club. Era una noche histórica. Además, sabía por Valeria que la duquesa le había hecho un buen regalo.

—¡Incomparable duquesa!—dijo con entusiasmo el pianista—. Siempre gran señora. La pobre, en medio de su desesperación, se acordó de mí. «Tome usted, Spadoni, y que tenga mucha suerte.» Me regaló veinte mil francos. Si le pido cien mil, me los da lo mismo. ¡Y que sea tan desgraciada!...

Ante los ojos interrogantes del profesor, continuó:

—Pues bien; de los veinte mil no quedan ni cien.

Corrió en la misma noche al Sporting para repetir sus hazañas. Nunca se había visto con tanto capital, ni á la vuelta de su viaje de concertista por la América del Sur. El terrible griego estaba allí, y á pesar de la admiración que Spadoni tributaba á su gloria, lo trató con implacable hostilidad. «¡Banco!», dijo al verle en su silla de banquero con quince mil francos delante. Y al presentar sus cartas, «abatió nueve», mientras el pobre Spadoni sólo tenía cinco. ¡Adiós los quince mil! Con el resto se había defendido unos cuantos días como simple «punto», y ya no era mas que un recuerdo la generosa dádiva de la duquesa.

—¡Si ella quisiera volver al trabajo! Estoy convencido de que yo sería otra vez el de aquella noche, teniéndola detrás de mí. Pero ¿quién se atreve á hablarle del juego?

Los dos lamentaron la desgracia de Alicia. Desde el día en que llegó el telegrama dándole cuenta de la muerte de su protegido, era otra mujer. Spadoni atribuía á un exceso de buen corazón este dolor tan vehemente por un joven soldado que no pertenecía á su familia. El profesor aprobó, pero con un aire enigmático. En la explosión de su dolor, debía habérsele escapado á Alicia una parte de su secreto delante de Valeria y ésta se lo habría hecho saber á Novoa.

Luego hablaron del aislamiento en que vivía la duquesa.

—Hace un mes que nadie la ve—dijo Spadoni—. Las gentes empiezan á olvidarse de ella; muchos creen que se ha marchado. Monte-Carlo es así: muy chico para los que van al Casino y se rozan á todas horas; enorme, como una gran capital, para los que no se acercan á las salas de juego... El príncipe me pregunta por ella muchas veces. Parece que no ha conseguido verla después de la tarde del telegrama.

Novoa recobró su gesto enigmático al oir el nombre de Lubimoff. Sabía por Valeria que había ido repetidas veces á Villa-Rosa, sin conseguir que su dueña lo recibiese. Es más; la duquesa se estremecía de miedo ante esta visita. «No quiero verle; di siempre que no estoy.» Don Marcos había sufrido la misma suerte, teniendo que entregar su tarjeta, unas veces á la confidenta de la duquesa y otras al jardinero. Varias cartas del príncipe habían quedado sin contestación. Alicia mostraba la firme voluntad de no ver á su pariente, como si su presencia pudiera hacer más vivo aquel dolor que la tenía alejada del mundo.

Spadoni, ignorante de todo esto, persistió en sus elogios á la duquesa.

—¡Hermoso corazón! Necesita siempre cerca de ella un desgraciado á quien proteger. Después de la muerte de su aviador, parece sentir un gran afecto por ese teniente de la Legión extranjera, ese español tan enfermo, que tal vez morirá el día menos pensado, lo mismo que el otro. Pasa los días en Villa-Rosa; allí almuerza y come, y si la duquesa da algún paseo por la montaña, siempre es con él. ¡Sólo le falta dormir en la casa!... Cuando tarda en presentarse, ella envía inmediatamente un recado al hotel de los oficiales.

El profesor se mantuvo silencioso, pero reconoció en su interior la exactitud de lo que contaba Spadoni. Lo mismo le decía Valeria. Aquel Martínez estaba á todas horas en Villa-Rosa, muchas veces contra su deseo. La duquesa necesitaba su presencia, y eso que al verle prorrumpía en lágrimas y sollozos. Pero el pobre muchacho, con una sumisión admirativa, la acompañaba en su voluntaria soledad, profundamente agradecido de que tan gran dama se interesase por él.

—Doña Clorinda es la que debe estar furiosa—continuó el pianista, con la alegría maligna que le inspiraban las rivalidades entre mujeres—. Ya no tiene ninguna influencia sobre Martínez, á pesar de que fué ella la que lo descubrió. Se lo ha arrebatado la otra. Pasan semanas sin que «la Generala» vea á su teniente; creo que ya ha renunciado á él. Se queja de su antigua amiga por este acaparamiento, que considera peligroso. Hasta me han dicho que la acusa de coquetear con el pobre muchacho, de excitar su admiración, y de otras cosas peores. ¡Un absurdo, profesor! Las mujeres son terribles en sus odios. Figúrese usted: ese pobre oficial que es casi un muerto...

Novoa se mantuvo silencioso para que el pianista no continuara hablando. Temía que dijese algo terrible al repetir las murmuraciones de la otra dama, con su alegría rencorosa de misógino. El, por sus relaciones con Valeria, se consideraba unido á la duquesa y no podía tolerar nada contra ella.

Se separaron después de algunos minutos de palabrería indiferente. Aquella noche Spadoni habló al príncipe de su conversación con el profesor, y esto le dió pretexto para repetir lo que doña Clorinda pensaba de su antigua amiga. Pero el pianista se arrepintió al instante, viendo la mirada iracunda que le dirigía Lubimoff.

«¡Una infamia!—pensó Miguel—. Calumnias de mujeres, que repite este imbécil por odio sexual.»

Comprendía que Alicia se sintiese interesada por aquel convaleciente. Su juventud y su uniforme le recordaban al otro. Además estaba solo en el mundo, era un extranjero, un residuo de la guerra que todos consideraban fatalmente condenado á muerte.

Pero á continuación no pudo evitar un sentimiento de celos contra este pobre joven obscuro y enfermo. Vivía á todas horas cerca de Alicia, mientras él no lograba verse admitido en su «villa» ni como simple visitante. ¿Por qué?...

Llevaba varias semanas haciendo conjeturas, atisbando una ocasión para encontrarse con Alicia. Después de la tarde en que la tuvo entre sus brazos, secando sus lágrimas, conteniendo las contorsiones de su desesperación, besando su frente con un dolor fraternal, la verja de Villa-Rosa se había cerrado detrás de él para siempre. «Ven mañana», gimió Alicia al despedirle. Y al día siguiente Valeria le cortaba el paso con el aspecto confuso del que dice una mentira. «La duquesa no puede recibirle; la duquesa desea estar sola.» Esta negativa inexplicable se había ido repitiendo en los días sucesivos, cada vez con mayor sequedad. Ahora era el jardinero el único que salía al sonar el timbre, hablándole á través de la verja.

Su despecho le hizo cometer un sinnúmero de acciones pueriles y envilecedoras. Rondaba por las cercanías de la «villa» como un celoso, arrostrando la curiosidad de los transeuntes, valiéndose de los más absurdos pretextos para disimular su espera, ocultándose con precipitación cuando se abría la verja dando salida á alguien de la casa. Esta vigilancia únicamente había servido para despertar su cólera. Dos veces había tenido que esconderse mientras el teniente Martínez, erguido dentro de su uniforme viejo, que le venía muy ancho, galvanizada su flacura de enfermo por un deseo de mostrarse sano y arrogante, entraba en Villa-Rosa, por la puerta abierta de par en par, como si fuese el dueño.

Los había visto una tarde de lejos, á él y Alicia, en un coche de alquiler que se alejaba por el otro lado de la calle, hacia las alturas de La Turbie. Ella se preocupaba del herido, llevándolo maternalmente á que respirase el aire de las cumbres. ¡Y el príncipe como si no existiese!...

En vano la escribía cartas, y su tormento aún resultaba mayor al no poder hablar con franqueza á sus allegados. El coronel, obedeciendo sus insinuaciones, había hecho inútilmente varias visitas á la duquesa.

—¡Qué dolor tan inexplicable!—decía don Marcos—. No se comprende tanta desesperación por un joven aviador que no era mas que su protegido. A no ser que...

Pero su respeto no le permitía insistir en esta sospecha irreverente.

Con Atilio tampoco podía hablar. Para éste, el prisionero muerto en Alemania era el mismo joven que él había conocido en París antes de la guerra: el amante de la duquesa, que la seguía á todas partes y danzaba con ella en los té-tango. Además, Miguel sentía miedo á lo que pudiera añadir Castro, reflejando el pensamiento de «la Generala».

Esta, en el primer momento, al conocer la desesperación de Alicia, había querido olvidar los pasados rencores, yendo espontáneamente á Villa-Rosa para consolarla. Como era muy patriota, aquel muchacho muerto en Alemania le parecía un héroe. Pero el repentino acaparamiento del teniente español, aquella simpatía vehemente que obligaba á Martínez á pasar el día entero con la duquesa, devolvieron á dona Clorinda su hostil frialdad.

El príncipe adivinó lo que pensaban ella y su amigo, lo que tal vez diría Castro si osaba hablarle de Alicia. «Acababa de perder á su amante, y mientras lo lloraba con una vehemencia teatral, se iba preparando otro, igualmente joven... Un verdadero crimen; porque el pobre Martínez estaba condenado á morir, y sólo prolongaba sus días gracias á una absoluta quietud. La más leve emoción representaba la muerte para él...»

Lubimoff no podía decir la verdad. Su secreto era de Alicia. Unicamente los dos sabían quién era aquel prisionero muerto en Alemania; y mientras ella callase, él debía hacer lo mismo.

Una noche, el coronel le dió una noticia interesante. Al caer de la tarde, cuando regresaba del Casino, había visto desde el tranvía á la duquesa de Delille. Bajaba sola y vestida de luto de un coche de alquiler, en el bulevar de los Molinos, frente á la iglesia de San Carlos. Luego había subido las gradas que conducen al templo: iba sin duda á rezar por su protegido. Y don Marcos dijo esto con cierta emoción, como si la visita á la iglesia borrase todos los comentarios que llevaba oídos en los últimos días.

Miguel tuvo el presentimiento de que este aviso iba á sacarle de su incertidumbre. En aquella iglesia encontraría á Alicia. Y al día siguiente, en las últimas horas de la tarde, empezó á pasear por el bulevar de los Molinos, sin perder de vista el templo único de Monte-Carlo, lugar de devoción para los jugadores y la gente rica, que mantiene cierta rivalidad con la catedral del silencioso y aviejado Mónaco.

Este continuo ir y venir acabó por interesar á los comerciantes de la calle y á sus dependientas, muchachas de alto y complicado moño que parecen soñar detrás de los escaparates, esperando un millonario que las saque de su injusta obscuridad. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos le conocían, y era tal su fama, que inmediatamente cien ojos buscaron cuál podía ser el objeto de sus paseos. Indudablemente, una mujer. Los balcones solitarios empezaron á poblarse de cabezas femeninas que seguían sus evoluciones con el rabillo de un ojo. Se levantaron muchos visillos, marcándose detrás de los vidrios pupilas interrogantes y bocas sonrientes. «¿Será por mí?...» Esta pregunta muda parecía extenderse de fachada en fachada.

Aburrido de tal curiosidad, subió por un doble graderío á la plazoleta solitaria que precede á la iglesia, empleando allí las mismas estratagemas que cuando acechaba en las inmediaciones de Villa-Rosa. Se asomó al interior del templo, punteado de rojo por las luces de unos cuantos cirios. Sólo había en él dos mujeres del pueblo arrodilladas y vestidas de luto: esposas ó madres de hombres muertos en la guerra. Al volver á la plazoleta se entretuvo en leer y releer los títulos de todos los papeles expuestos en un kiosco de periódicos. Luego se alejó por una calle, volvió por otra, con aire indiferente, y se ocultó detrás de una esquina, procurando no perder de vista la entrada de la iglesia. Aquí resultaba tolerable su espera: no había transeuntes. La circulación del vecino bulevar permanecía invisible, como si se desarrollase en el fondo de una zanja. Sólo á través de las ramas bajas de los árboles se veían pasar los techos de carruajes y tranvías.

Cerró la noche y ella no vino.

Al día siguiente Miguel volvió, pero discretamente, sin despertar la curiosidad de los tenderos, permaneciendo largas horas en aquella plazoleta de ciudad vieja, sin otro testigo que la mujer melancólica que ofrecía sus periódicos en un kiosco sin parroquianos. Y tampoco llegó.

El tercer día, cuando dudaba ya de la utilidad de esta espera, apareció el busto de Alicia sobre el filo del último peldaño. Después fué surgiendo todo su cuerpo, con sobresaltos que marcaban el avance de sus pies de grada en grada. Caía la tarde. En las fachadas del bulevar, por encima de la masa verde de los árboles, el sol fugitivo trazaba una pincelada de oro á lo largo de los tejados.

La reconoció con el corazón antes que con los ojos, lo mismo que cuando la había visto de lejos en un carruaje acompañando al oficial. Le causaba extrañeza su capota negra con un largo velo de luto descendiendo por la espalda. La emoción de su presencia y la costumbre del acecho le hicieron retroceder, y ella entró en la iglesia sin verle. ¡Ah, ya la tenía!... Esta vez no podría escapar, é iba á decirle muchas cosas, ¡muchas!... Pero al mismo tiempo que repasaba en su memoria rencorosamente las justas recriminaciones preparadas con anticipación, sintió miedo, un miedo irresistible á la brevedad de las respuestas de ella, tal vez á su mutismo.

Dejó transcurrir un largo rato. Luego le agitó el deseo de verla otra vez, aunque fuese de lejos, y entró en la iglesia cautelosamente, queriendo evitar un encuentro prematuro.

Fué avanzando entre una doble fila de bancos desocupados. Allá en el fondo estaban las mismas mujeres del otro día, siempre arrodilladas, como si su dolor no conociese el tiempo. De la sombra surgieron poco á poco los oros mortecinos de los retablos, y dos masas de colores, dos haces de banderas, las de los países aliados, que adornaban el altar mayor.

Creyó que Alicia acababa de huir por una salida ignorada al ver solas á las dos implorantes en su silenciosa inmovilidad. Pero de una puerta lateral salió ella, seguida de un acólito que llevaba dos cirios. Alicia vigiló cómo estos cirios eran encendidos y colocados en un candelabro frente á la Virgen. Luego se arrodilló, permaneciendo rígida sobre sus rótulas.

Transcurrió el tiempo. Miguel la veía igual á las dos mujeres del pueblo: una masa negra inmovilizada por el rezo y la súplica. Unicamente, como signos especiales de su persona, distinguía las suelas de su elegante calzado, dos pequeñas lenguas claras que se destacaban sobre la corola negra de su falda. También veía la blancura de su nuca estremeciéndose de vez en cuando, como si quisiera repeler el enroscado velo de luto.

Sintió desvanecerse el rencor que le había hecho desear este encuentro. ¡Pobre mujer! El sabía, y nadie más, quién era aquel joven cuya muerte venía á llorar en la iglesia. El recuerdo de la princesa Lubimoff surgió en su memoria lo mismo que una imagen borrosa por el empolvamiento del olvido. La princesa estaba demente, ¡pero era su madre y le había amado tanto!...

Su egoísmo se sublevó en seguida contra esta emoción. Encontraba natural que Alicia llorase á su hijo, pero no que se hubiera alejado de él sin explicación alguna.

Avanzó hacia el altar mayor, con el deseo de verla de más cerca. Un ligero movimiento de la orante le hizo retroceder. Era mejor que no le reconociese. Consideró preferible aguardarla fuera de la iglesia, con la ventaja de la sorpresa, sin dejarla tiempo para que inventase razones justificantes de su conducta.

Empezaba á anochecer cuando salió Alicia, encontrándose con Miguel Fedor que le cerraba el paso.

Ni el más leve estremecimiento que delatase asombro.

—¡Tú!—dijo simplemente.

Estaba muy pálida, tenía los ojos enrojecidos y húmedos, como si acabase de llorar.

Tal vez le había visto dentro de la iglesia, y esperaba este encuentro á la salida. La naturalidad con que acogió su presencia fué para él una primera decepción.

Necesitaba hablar cuanto antes, dar salida á las quejas y recriminaciones que había ido amontonando en los días anteriores. Eran tantas, que abrumaban su pensamiento. Pero Alicia, como si temiese sus palabras, se le adelantó, hablando á su vez con acento monótono y triste.

Venía á este templo algunas tardes porque experimentaba de pronto la necesidad de abandonar Villa-Rosa y sus terribles recuerdos. ¡Ay, la llegada del telegrama!...

—Ahora soy creyente—dijo con sencillez.

Rectificó en seguida su afirmación, por modestia, no por orgullo. Deseaba ser creyente, pero en realidad no lo era. Se acordaba de su madre, la sencilla doña Mercedes. ¡Cuánto daría por tener la confianza en el más allá de la buena señora! Aquella fe que en otro tiempo provocaba sus burlas le parecía ahora algo superior. ¡No poder conocer la resignación de las almas humildes!... Persistía en ella la incredulidad de sus tiempos dichosos. Los que gozan las dulzuras de la existencia no se acuerdan de la muerte ni piensan en lo que pueda haber después de ella. Nadie siente un alma religiosa en un baile, en un banquete, en un encuentro de amor. Ella necesitaba creer, porque era desgraciada. Se acogía á la religión como un enfermo desesperado implora al curandero en el que no tiene fe, porque la razón le muestra sus errores, pero que al mismo tiempo le halaga con una absurda esperanza al haber sanado á otros milagrosamente.

—El dolor nos hace místicos—continuó—. Lo que yo siento es no poder serlo como lo son otros. Rezo, y la resignación no viene á ayudarme.

Se revolvía contra la nada de la muerte. ¡Aquella carne de su carne estaba pudriéndose en un cementerio ignorado de Alemania! ¿Y esto era todo?... ¿Ya no había más?... ¿Moriría ella á su vez y no volvería á encontrar en una existencia superior aquel hijo en el que había concentrado toda su voluntad de vivir? ¿Se borrarían ambos en la realidad, como dos puntos microscópicos, como dos átomos, cuya vida nada significa?...

—Necesito creer—dijo con toda la energía de su egoísmo maternal—. Mi único consuelo es esperar que volveremos á encontrarnos en un mundo mejor; un mundo que no conozca las guerras ni la muerte... Pero de pronto me falta la confianza, y sólo veo la nada... ¡la nada! Soy muy digna de lástima, Miguel.

Estas palabras no conmovieron al príncipe, á pesar de la desesperación que Alicia ponía en ellas. Su ansia de enamorado sólo le dejaba pensar en el presente.

—¿Y yo?—dijo con tono de reproche—. Me has abandonado en el mejor de nuestros instantes. Eres desgraciada; razón de más para que no me alejes de tu lado. Yo puedo alegrar tu vida... Adivino lo que piensas. No, no pretendo hablarte de amor. Tal vez más adelante, ¡pero ahora!... Ahora quiero ser tu compañero, tu hermano, lo que tú quieras que sea, pero al lado tuyo. ¿Por qué huyes de mí? ¿por qué me cierras tu puerta como á un extraño?...

Continuó desordenadamente sus quejas, sus protestas, sus rencores, por aquel alejamiento inexplicable.

—¿Tengo yo alguna culpa de tu desgracia?—terminó preguntando—. ¿Soy ahora otro hombre que la última vez que nos vimos?

Ella movió la cabeza tristemente. No podría convencer á Miguel por más que hablase; era superior á sus fuerzas el explicar sus nuevos sentimientos. Parecía desalentada ante el obstáculo que se había interpuesto entre los dos.

—Déjame, olvídame; es lo mejor que puedes hacer... No; tú no has cambiado, pobrecito mío. ¿Qué mal puedes haberme causado tú, tan bueno, tan generoso? Me has ayudado á conocer la terrible verdad; por ti la he sabido; y aunque esto me mata, lo creo preferible á la incertidumbre... Tú no tienes la culpa, tú has hecho todo lo que yo te pedí. Pero atiéndeme, te lo ruego: no me busques, evita nuestro encuentro. Es el último favor que podrás hacerme. Sólo lejos de tu presencia encontraré cierta tranquilidad.

La voz de Miguel dejó de ser suplicante, estremeciéndose con un temblor de cólera. ¿Cómo podía ser él un obstáculo para su tranquilidad? ¿No acababa de decirle que sólo quería ser un compañero de su desgracia, olvidado del amor, con un afecto neutro y dulce, igual al de la amistad?... Ahora que era desgraciada, sentía con más vehemencia el deseo de permanecer á su lado. ¿Por qué capricho absurdo huía de él?

Alicia le miró con unos ojos lacrimosos que reflejaban las vacilaciones de su pensamiento. Al fin pareció decidirse.

—Tú no has cambiado—dijo con voz sorda—, pero yo soy distinta. El infortunio ha hecho de mí otra mujer. Yo misma no me reconozco... Una idea fija me domina. Tal vez es absurda; si te la digo, sé que vas á protestar con justa indignación. No, tú no tienes la culpa; pero es mejor no verte. Tu presencia hace más grande mi remordimiento. Viéndote, siento una vergüenza inmensa, un deseo de morir, de matarme. Tengo la sospecha de que soy yo la que ha asesinado á mi hijo... Recuerdo lo pasado entre nosotros: reconozco el castigo.

La cólera de Lubimoff se desvaneció ante estas palabras inexplicables. Maquinalmente tomó las manos de ella con una dulzura acariciante, lo mismo que si fuesen las de una enferma en pleno delirio. ¡Calma! ¿qué estaba diciendo? ¿qué remordimientos eran esos? Las manos se dejaron tocar á través de los guantes con una pasividad resignada, pero de pronto resucitaron, desprendiéndose violentamente de las de Miguel, como si acabasen de recibir un profundo choque. «¡No! ¡no!» Y el príncipe tuvo la convicción de que entre los dos existía una especie de flúido repelente, algo que no había conocido hasta entonces: el miedo á su persona.

Quedó tan desconcertado y humillado por este movimiento retráctil, que no supo qué decir. Ella aprovechó su silencio para seguir hablando, pero como si tradujese á solas una pesadilla, como si no viera al hombre que estaba ante sus ojos.

—Cuando me acuerdo... ¡qué vergüenza! Mi hijo, mi pobre hijo viviendo como un esclavo, sufriendo hambre, recibiendo golpes, él tan noble, tan hermoso... y su madre aquí, haciendo la niña, extasiándose con unos amores ideales, dando paseos poéticos por los jardines, cambiando besos... un romanticismo de vieja. Las locuras del juego aún podían tolerarse. Jugaba pensando en él; el dinero era para él; ¡pero el amor!... Parece imposible que haya podido hacer todo eso mientras mi hijo estaba prisionero y yo carecía de noticias. ¿Qué fuerza demoniaca me empujó?... Y Dios me ha castigado; y si no es Dios, el que sea: la fatalidad, un poder misterioso que nos hace expiar nuestras faltas, llámese como se llame.

Miguel quiso interrumpirla, pero ella siguió hablando.

—Sé lo que vas á decir; es inútil. Lo que tú digas me lo he dicho yo muchas veces para convencerme de que mi creencia es absurda. ¿Y qué probaría eso? Todo lo que no conocemos es absurdo, y ¡conocemos tan pocas cosas!... No; mi remordimiento no se dejará convencer nunca; no evitarás que de noche entretenga mi insomnio haciendo cálculos, recordando fechas. Cuando empecé á interesarme por ti, mi hijo vivía aún, y yo lo olvidé. Cuando nos paseábamos por los jardines de San Martino, tal vez estaba agonizando de hambre, de sufrir martirios, ¡y yo, como una heroína de novela, como una colegiala loca, besándome contigo, haciéndote promesas!... Además, ¡la llegada del telegrama en la misma tarde que ibas á venir tú, como algo definitivo en mi existencia! ¿No vea una intervención superior, un castigo á mi maldad?

En vano intentó el príncipe hablar otra vez.

—Por esto huyo de ti; por eso no he contestado tus cartas. Tú no tienes la culpa; pero eres el remordimiento, y tu presencia resucita mi crimen... Además, me conozco; no soy mas que una pobre mujer, como quien dice la debilidad, la inconsciencia, el olvido. Te aceptaría como un camarada de dolor, y como no me eres indiferente, tal vez acabase por ceder á lo que deseas. Y eso sería horrible, más horrible aún que lo otro; uno de esos atentados que cometen contra las leyes naturales los que están enloquecidos por la pasión... No me busques; no quiero verte. Tengo la certeza de que he matado á mi hijo. Si hubiese sido una verdadera madre, pensando sólo en él, ¡quién sabe!... tal vez viviría aún. Pero alguien quiso castigarme por mi conducta desnaturalizada, y lo mató, para que yo despertase, cuando me creía más feliz en mi torpe enamoramiento.

Miguel ya no quiso hablar. Sus ojos miraron á esta mujer con lástima y desaliento. Recordó á la princesa Lubimoff y sus extravagantes creencias en el misterio; á la misma madre de Alicia con sus manías devotas. Resultaría inútil cuanto intentase decir. Aquella certidumbre absurda y dolorosa se abría entre los dos como una profundidad que sólo el tiempo podría rellenar.

El mutismo del príncipe sirvió para que ella perdiese la nerviosa exaltación que le hacía expresarse con tanta vehemencia.

—Déjame—murmuró dulcemente—. ¿De qué modo servirte? Ya no soy una mujer, soy una vieja; tengo tantos siglos como el dolor. Tú necesitas una amante, y yo soy simplemente una madre... una madre con remordimientos.

Su renuncia al pasado, la convicción de que sólo era una madre desesperada, cortó su voz con un gemido, al mismo tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas. Con una mano tímida apartó Miguel el pañuelo que ella se había llevado al rostro para ocultar su llanto. Murmuraba frases incoherentes, con la intención de consolarla; pero á continuación, la cólera volvió á dominarle.

—Si realmente estuvieses sola—dijo con voz rencorosa—, yo podría aguardar, y tal vez el tiempo acallase esos escrúpulos absurdos que te atormentan. Pero tu soledad es mentira. Un hombre entra á todas horas en tu casa como si fuese suya, mientras yo debo alejarme, según dices, para que recobres la tranquilidad.

Alicia, por instinto femenil, se había apresurado á llevar otra vez el pañuelo á su cara al sentirse libre de la mano de Miguel. Debía estar fea con los ojos acuosos, la boca pálida, la nariz enrojecida por el llanto. Pero las palabras del príncipe produjeron en ella tal sorpresa y tal deseo de repeler una suposición injuriosa, que separó la arrugada batista de su rostro.

—¿Te refieres á Martínez?... ¡Pobre muchacho!

Abandonaba la alegre sociedad de sus camaradas, sus paseos en grupo, hasta las fiestas á que eran invitados los oficiales convalecientes, para aburrirse en Villa-Rosa al lado de una mujer que sólo podía llorar. Cuando ella deseaba venir á la iglesia, tenía que obligarle á que se marchase por una hora ó dos al atrio del Casino con sus compañeros de armas. ¡Las visitas del joven inválido representaban tanto para Alicia!... Eran como una caridad.

—Me forjo la ilusión de que es mi hijo. Sus pocos años y su uniforme ayudan á este engaño. Tú no has tenido hijos; no puedes saber la necesidad que sentimos, cuando los hemos perdido, de poner nuestro amor huérfano en otros seres, imaginándonos que se parecen á los que murieron. Yo necesito continuar siendo madre, ya que no puedo ser otra cosa; y ese infeliz no conoció á la suya, no tiene á nadie en el mundo, está solo como yo... Déjame que busque un poco de ilusión allí donde puedo encontrarla. ¡El pobre agradece tanto mi afecto! ¡Se siente tan feliz en mi casa! Acuérdate: es un condenado á muerte, y sólo un cuidado maternal, un atmósfera dulce y plácida, podrán prolongar sus días.

Ella deseaba realizar esta obra tal vez por egoísmo, por borrar de su memoria con una larga acción generosa todo lo malo que había hecho antes. Quería que fuese su hijo, un hijo inventado por su dolor, al que dedicaría todo lo que era imposible hacer por el otro salido de sus entrañas.

También calló ahora Miguel, comprendiendo la inutilidad de su insistencia. Conocía el carácter de Alicia. Detrás de su voz quejumbrosa adivinó la resuelta voluntad de mantener á su lado á aquel joven que refrescaba sus sentimientos maternales y era á la vez un consuelo para el remordimiento que se había forjado.

La consideración de su impotencia acabó por irritarle, haciéndole sentir un cruel deseo de molestar á aquella mujer.

—Haces mal, Alicia. El mundo ignora tu secreto. Ya sabes lo que creía antes de ti y de tu hijo. Tú misma reías, encontrando graciosos tales errores... Ahora, el equívoco continuará con mayor razón. Muchos se imaginan que has sustituido al joven que murió con otro joven.

Alicia perdió su triste serenidad.

—¡Qué infamia!—dijo—. ¿Cómo pueden creer eso? ¡Pobre Martínez!... ¡Tan bueno! ¡tan respetuoso!

Luego continuó con arrogancia:

—¡Que digan lo que quieran! Yo deseo olvidar al mundo; que el mundo se olvide de mí... Ya he muerto.

Pero Miguel insistió en su rencor:

—El otro era tu hijo, y yo lo sabía. Este no lo es, y conozco el poder de seducción que ejerces, aun contra tu voluntad. Acuérdate del «banco de los viejos».

¡Ay! Por donde ella pasase, la mirada del hombre se engancharía en el ritmo de su cuerpo: y aquel joven, aquel extraño, iba á acabar...

No pudo seguir.

—¡Tú también!...—exclamó ella—. ¡Adiós, Miguel! Siempre pensaré en ti, pero es mejor dejar de vernos. No me guardes rencor. Tal vez algún día...

Y resueltamente le volvió la espalda, descendiendo las gradas hacia el bulevar.

El príncipe quedó inmóvil unos instantes. Luego avanzó hasta el borde del último escalón, pero sólo pudo ver un carruaje con la capota levantada, cuyos dos caballos emprendían el trote.

¡Y para llegar á esto había deseado con tanta vehemencia su encuentro con Alicia!... El despecho le hizo juzgarse duramente; no había sabido hablar. Después recordó todos sus razonamientos y sus recriminaciones, asombrándose del poco efecto que causaban en ella. Era indudablemente otra mujer. Alguien la había cambiado; alguien era el culpable de esta absurda situación.

Gran parte de aquella noche la pasó reflexionando. No se le ocurría censurar á Alicia. Hasta se arrepintió de sus palabras agresivas. ¡Infeliz! Una exaltación de su sensibilidad la hacía ver culpas y remordimientos en todos sus actos anteriores.

«Además, las mujeres—continuó diciéndose—, al menor choque nervioso, lo primero que pierden es la lógica.»

Necesitaba concentrar su rencor en alguien que no fuese ella, y como Miguel creía no haber perdido la lógica, hizo caer la responsabilidad de todo sobre Martínez. Este era el único culpable. De no entrometerse en la vida de los dos, Alicia, al verse sola en su desgracia, habría buscado más que antes el apoyo del príncipe. ¡Qué regalo les había hecho «la Generala» al presentar á este aventurero!

En vano su razón intentó argüir que no era el oficial el que iba en busca de Alicia, sino ésta la que lo conservaba en su casa, aislándolo de sus antiguas amistades. Lubimoff no renunció á su rencor. Era Martínez y nadie más el que se colocaba entre ambos.

Hasta entonces sólo había fijado su atención ligeramente en este muchacho, al que Toledo llamaba «el héroe». ¡Eran tantos los héroes en el momento presente! Su odio fué despojándolo del prestigio que le daban sus hazañas y su desgracia. Lo vió sin uniforme, sin sus cruces y sus heridas, tal como debió ser antes de la guerra: un pobre empleadillo, un dependiente de comercio, que nunca había puesto sus ilusiones amorosas más allá de una modista ó una dactilógrafa... ¡Y éste era el personaje interesante que se erguía enfrente de él!... ¡Tiempos intolerables!

Paseó al día siguiente toda la mañana por sus jardines, resuelto á no volver á Monte-Carlo. Sentía despecho al recordar la ternura con que Alicia había hablado de su protegido. Era mejor no tropezarse con él. Pero en la tarde le pesó la soledad de su hermosa «villa», que parecía abandonada. Atilio, el pianista, hasta el coronel, todos estaban en el Casino. El también quiso ir, para confundirse con aquel público que se ocupaba al mismo tiempo de los incidentes de la guerra y de los azares del juego.

En el atrio marchó hacia los grupos de lectores agolpados ante los últimos telegramas. La gente tenía por buenas las noticias, ya que no eran extremadamente malas, como en los días anteriores. Los aliados habían detenido el avance del enemigo, inmovilizándolo sobre el terreno que acababa de conquistar. Seguía el bombardeo de París por los cañones de gran alcance... Y nada más.

Un hombre hacía comentarios en alta voz. Era Toledo, que, como todas las tardes, daba su conferencia de estratega ante un semicírculo de admiradores. Vuelto de espaldas al príncipe, iba soltando el chorro de su límpido optimismo, de su fe simple, que desgracias y reveses no lograban conmover.

—Ahora ya los han clavado sobre el terreno: no avanzarán. Dentro de poco será el contraataque. Lo sé; me consta.

Se frotaba las manos, guiñando un ojo maliciosamente.

—Y los americanos llegan y llegan. Hay día que desembarcan diez mil. ¡Un pueblo maravilloso!... Lo que yo he dicho siempre: ese Wilson es un grande hombre. Lo conozco bien.

Todos escuchaban con deleite esta voz de esperanza que refrescaba los corazones antes de que se entregasen á las angustias de la ruleta y el «treinta y cuarenta». Hablaba con la autoridad de un hombre bien relacionado y que puede saberlo todo. «Conocía á Wilson»; él mismo acababa de declararlo. Además, era un coronel—aunque nadie sabía de qué ejército—, un «técnico», incapaz de expresarse caprichosamente. Y muchos se trasladaban sin perder tiempo á las salas de juego para repetir sus comentarios, como personas bien informadas.

El príncipe se alejó, temiendo cortar con su presencia este triunfo profesional, que se repetía todas las tardes.

Al pasearse por el atrio, antes de entrar en los salones, vió junto á una columna un grupo de oficiales franceses, todos convalecientes. Privados de ir más adentro, á causa de su uniforme, permanecían allí, mirando con cierta envidia á los «civiles». Unos se mantenían erguidos, sin dolencia visible, con una delgadez de aguiluchos, la nariz picuda, los ojos audaces, el bigote alborotado; otros, de cara juvenil, se encogían como valetudinarios, apoyados en sus bastones, con el pecho hundido bajo las desmayadas arrugas del paño del uniforme, y haciendo una larga pausa de reconcentrada voluntad cada vez que deseaban mover sus piernas. Algunos habían llegado á Mónaco como incurables, después de un largo cautiverio en Alemania; los demás venían de los hospitales de la línea de fuego; y todos mostraban una desorientación gozosa al verse en este rincón paradisíaco, donde las gentes parecían olvidadas del resto de la tierra y los ojos femeninos les seguían con una expresión enigmática, entre amorosa y maternal.

La diestra de uno de estos militares se elevó hasta su visera para saludar al príncipe. Este se fijó en el color amarillento del kepis, luego en el uniforme del mismo color y la línea policroma de las condecoraciones. Era Martínez, el teniente de la Legión extranjera, que le saludaba con cierta timidez, pero satisfecho al mismo tiempo de que sus compañeros le viesen en buenas relaciones con un personaje famoso del que tanto se hablaba en la Costa Azul.

Miguel devolvió el saludo maquinalmente y siguió adelante. Este momento quedó fijo en su memoria para toda la vida. Los años y la cordura que éstos traen consigo parecieron desprenderse de él como las cortezas secas de un árbol que renace. Se creyó vuelto á la juventud. Fué por unos instantes aquel capitán Lubimoff de la Guardia imperial, atropellador de obstáculos y desconocedor del escándalo cuando alguien se oponía á su voluntad.

Volvió á mirar de lejos el grupo de oficiales. ¡Y este teniente de pobre estatura, que parecía un tenedor de libros elevado por la movilización, era su enemigo!... Creyó verlo por primera vez. Perdido entre sus compañeros aún le pareció más insignificante que en sus visitas á Villa-Sirena.

Permaneció inmóvil, con su mirada fija en el grupo. «¡Vas á cometer un disparate!», gritaba una voz en su interior. Y pasó por su memoria la imagen del duro Saldaña, bondadoso y tolerante con los débiles, como todos los que están seguros de su fuerza. Una frase que no había recordado nunca cruzó ahora su pensamiento: «El caballero debe ser bueno y no abusar nunca de su fuerza.» Estaba seguro de que su padre le había dicho esto siendo él niño... Pero á continuación, la dualidad que existía en su interior se expresó por medio de otra voz más fuerte é imperiosa, una voz femenina igual á aquella otra que le aconsejaba en su juventud: «Gasta, no te prives de nada, colócate sobre todos; piensa siempre que eres un Lubimoff.» Y vió á la difunta princesa, no de María Estuardo, con su luto teatral, sino dominadora y todavía bella, lo mismo que cuando aterraba con sus cóleras á su esposo «el héroe» y ponía en revolución el palacio de París.

Maquinalmente se aproximó al grupo de oficiales, y sus ojos volvieron á tropezarse con los de Martínez. Este vino hacia él con una sonrisa interrogante. Miguel comprendió que le había hecho un signo de llamamiento sin darse cuenta de ello, por un impulso de su voluntad, que parecía moverse completamente desligada de su razón. ¡Tanto peor!... ¡Adelante!

Con cierto apresuramiento se fué llevando al joven hacia el vestíbulo del Casino, como si quisiera evitar la presencia de los grupos que llenaban el atrio.

—Teniente, voy á decirle una cosa... Necesito... pedirle un favor.

Balbuceaba, no sabiendo cómo expresar un deseo que él mismo tenía por absurdo. Esta indecisión, unida á las vacilaciones de su voz, acabó por irritarle.

Se detuvieron junto á la cancela de cristales de la entrada. Martínez había perdido su sonrisa, mirando con asombro el gesto duro y la palidez del príncipe.

—En una palabra—dijo éste con resolución—: lo que yo tengo que pedirle es que visite con menos frecuencia la casa de la duquesa de Delille. Si se abstiene en absoluto de ir á ella, aún será mejor.

Y descansó, respirando con cierto desahogo, después de haber lanzado su pretensión.

El asombro de Martínez fué en aumento. Dudó un instante, fijos sus ojos en los de Lubimoff. No era una broma: la mirada agresiva de este personaje que siempre le había tratado con amable indiferencia, la sequedad de su voz, cierto temblor de su mano derecha, indicaban que había expresado todo su pensamiento, y que detrás de este pensamiento latía un odio enorme contra él.

La sorpresa le hizo hablar con timidez. El visitaba á la duquesa porque esta señora le pedía que fuese á verla todos los días. Muchas veces había sospechado que su asiduidad pudiera resultar inoportuna; pero todos sus intentos de alejamiento eran inútiles. Apenas se ausentaba por unas horas, aquella buena dama le hacía buscar. Se mostraba bondadosa con él como una madre.

De repente, se desvaneció su tono humilde. Sus ojos adivinaron en los de su interlocutor algo que él mismo no había pensado nunca. El teniente pareció transfigurarse, creciendo hasta quedar al nivel del príncipe. Brilló su mirada con el mismo resplandor fulvo que la del otro; todo su cuerpo se arqueó con la tensión de un muelle que va á saltar; las alillas de su nariz se agitaron nerviosamente. El empleadillo tímido de ademanes recobraba su gallardía de hombre de combate. Su voz sonó ronca al seguir hablando.

El iba adonde le llamaban, adonde quería ir, sin reconocer á nadie el derecho de mezclarse en sus actos. Era la duquesa la única que podía cerrarle la puerta de su casa. ¿Por qué intervenía el príncipe en los asuntos de aquella señora sin consultar antes su voluntad?

—Soy su pariente—dijo Miguel, algo indeciso en su interior al invocar este parentesco que muchas veces no había querido reconocer.

Los dos se vieron al otro lado de la cancela, sobre el rellano de las gradas del Casino, en pleno aire, frente á los árboles de la plaza y los grupos de paseantes que daban vueltas en torno del «queso». Tuvieron que apartarse á un lado, para no impedir la circulación de los que entraban y salían.

—Además—continuó el príncipe—, mi deber es evitar murmuraciones. No puedo permitir que, viéndole á usted metido allá á todas horas, supongan...

Casi se arrepintió de sus palabras al notar el doble efecto que producían en el joven. Primeramente se indignó. ¿Había quien osaba murmurar de aquella gran señora, tan santa para él? Pero esta protesta fué acompañada de una irreflexiva satisfacción, de un orgullo pueril, como si agradeciera, á pesar de todo, que mezclasen su nombre con el de la otra en absurdas suposiciones. Parecía que Martínez acababa de descubrirse á sí mismo, dando cuerpo y nombre á sentimientos obscuros que hasta entonces sólo habían latido dentro de él en una forma larvaria.

El alma celosa del príncipe fué adivinando, con aguda percepción, todo lo que pensaba el otro, y esto avivó el incendio de su cólera. ¡Con qué arrogancia asumía este empleadillo la defensa de Alicia! ¡Cómo se delataba su enamoramiento!...

—Si alguien se permite hablar de la duquesa—dijo el teniente—, si murmuran porque me dispensa el honor de recibirme en su casa (¡el mayor honor de mi vida!), yo me encargaré de castigar al que invente eso, aunque esté muy alto, aunque se crea muy poderoso...

Lubimoff le escuchó con impaciencia. Ahora era Martínez el que se permitía atacarle. Sus últimas palabras significaban una amenaza para él.

Además, se sintió irritado contra su propia torpeza. Su acción imprudente sólo servía para que este joven abriese los ojos, pensando en la posibilidad de muchas cosas que nunca había podido imaginar, y que, de imaginárselas, las habría rechazado inmediatamente, por desatinadas. ¡Y era él mismo quien venía á demostrarle que, según la opinión de los maldicientes, resultaban posibles tales cosas!...

El tono con que el oficial defendía á Alicia excitó aún más su cólera. Adivinaba en él un gran orgullo, la vanidad del pobre muchacho que sólo ha conocido las aventuras de amor á través de los libros, y de pronto se ve en relaciones supuestas con una duquesa y rival de un príncipe. ¡Qué gloria para un advenedizo!

—Joven...—dijo la voz dura de Lubimoff.

Esta simple palabra fué seguida de una mirada de altivez, de superioridad aplastante, que pareció barrer todo cuanto la guerra había puesto de extraordinario en Martínez: el uniforme, las condecoraciones, las cicatrices gloriosas. Para él ya no existía el oficial; sólo quedaba el pobre vagabundo de años antes yendo de un hemisferio á otro en busca del sustento. «Joven...», repitió con un tono que resucitaba todas las castas y las gradaciones sociales de los siglos muertos, para que el interpelado se diese cuenta de la enorme separación entre su persona y la del hombre que se dignaba darle consejos.

—Joven... acabemos. ¿Y si yo le ordeno que no vuelva más á esa casa?... ¿Y si le exijo que...?

No pudo terminar. Su voz amenazante, dura como un grito de mando, indignó al hombre vestido de uniforme. ¡Haber arrostrado la muerte durante tres años entre miles de camaradas que estaban ya bajo tierra; despreciar la vida como algo cuya fragilidad se ha revelado á cada minuto; despojarse para siempre, en fuerza de aventuras angustiosas y heridas atroces, de ese miedo que el instinto de conservación pone en todos los seres, para que ahora, en una ciudad de placer, á la puerta de la más lujosa de las casas de juego, un hombre rico y poderoso, pero que no había hecho nada útil en su existencia, se atreviese á amenazarle!...

—¡A mí!...—dijo balbuceando de rabia—. ¡Darme órdenes á mí!...

Miguel sintió que una mano se agarraba á los botones de su chaleco. Era como un pájaro temblón y agresivo, que se detenía un instante en su ciego impulso para seguir volando hacia arriba. Adivinó la bofetada, é instintivamente avanzó su diestra. Las dos manos se encontraron cuando la del joven revoloteaba cerca del rostro del príncipe. Este, más musculoso, contuvo la mano ofensora, la inmovilizó con dura presión, al mismo tiempo que sonreía de un modo lúgubre. Los ojos se lo empequeñecieron, volviendo sus vértices hacia arriba con el crispamiento de la sonrisa. Eran unos ojos asiáticos. Su nariz se ensanchó con una aspiración caballuna. Así debieron sonreir en sus malos momentos los remotos abuelos de la princesa Lubimoff...

—Basta: la doy por recibida—dijo con lentitud—. Designe á dos amigos para que se entiendan con los míos.

Y soltando la mano de Martínez, le volvió la espalda después de hacerle un grave saludo. Los gestos de los dos habían sido rápidos. Sólo uno de los porteros con kepis que montan la guardia en el rellano de la escalinata había adivinado algo; pero su experiencia profesional le aconsejó permanecer impasible mientras no hubiese golpes.

Creyó en una simple disputa por cosas del juego. Todo iba á arreglarse con una explicación y á olvidarse después con una ganancia. ¡Había visto tanto!...

El príncipe Lubimoff vuelve á entrar en el Casino. Atraviesa el vestíbulo y el atrio llevando la cabeza alta, pero sin ver á nadie, con la mirada perdida ante sus pasos.

Le parece que el tiempo ha vuelto de repente sus agujas atrás, haciéndole saltar en el pasado, volviéndolo á la juventud. Marcha con arrogancia. Se extraña de que el ruido de sus firmes pisadas no vaya acompañado de un tintineo de espuelas y del metálico arrastre de un sable. Al mismo tiempo empieza á ver rostros irreales, rostros que desaparecieron de la tierra hace muchos años: el cosaco venido de una remota guarnición de Siberia para vengar á su hermana; un amigo del mismo regimiento del príncipe, que murió de una estocada en el pecho después de una cena tumultuosa, mientras lloraba Lubimoff, súbitamente despertado de su homicida embriaguez; otros á los que asistió como simple testigo, pero que murieron y resucitan ahora en su memoria, fría é insensible al remordimiento y á la lamentación.

—El coronel... ¿Dónde diablos estará el coronel?

Atraviesa las salas de juego, buscando una cabeza de pelo canoso partido en dos secciones brillantes por la raya que se tiende rígida de la frente á la nuca. La ve al fin sobre el respaldo de un diván, entre dos sombreros de mujer, cuatro ojos orlados de luto y unas mejillas con las arrugas rellenas de pasta blanca y pasta rosa. El príncipe interrumpe con su mudo llamamiento unas explicaciones de la guerra que hacen estremecer á las dos damas.

—Coronel: un asunto de honor. Quiero batirme mañana. Busca otro padrino.

Toledo parece desconcertado por la orden. Su primer pensamiento vuela hasta Villa-Sirena. Ve el negro levitón, la vestidura solemne del honor pronta á salir de su encierro. Después se desliza por esta alegría una nube de duda. ¡Un duelo!... ¿Será oportuno ahora que los hombres se baten en masas de millones, dando su vida por algo más alto y más general que los rencores individuales?... Sus creencias ahogan inmediatamente este escrúpulo. «Un caballero debe estar á las órdenes de otro caballero.» Además, es su príncipe. Y dispuesto á cumplir su misión, pide el nombre del adversario.

—El teniente Martínez.

Don Marcos cree haber entendido mal; luego vacila sobre los pies y queda mirando á Su Alteza con estupor. Instintivamente, sin darse el trabajo de desenmarañar los confusos pensamientos que le asaltan, ve con la imaginación á la duquesa de Delille. ¿Por qué ha abandonado el príncipe sus prudentes doctrinas?... Se acuerda, como de un pasado dichoso, de los tiempos en que florecían «los enemigos de la mujer». No han transcurrido mas que cuatro meses, y parece que sean siglos. ¡Un duelo en plena guerra... y con un oficial!... ¡Y este oficial es Martínez, su héroe!...

Levanta los hombros, inclina la cabeza, hace un gesto de inhibición, como siempre que su príncipe le da órdenes absurdas con un rostro duro que le recuerda el de la difunta princesa en sus días borrascosos.

—¿Busco á don Atilio?... Ha tenido varios lances de honor; sabe lo que es eso, y podrá ayudarme.

Lubimoff acepta. En el bar de los salones privados esperará á los dos, para hablar de las condiciones del encuentro.

Permanece inmóvil en su profundo sillón, frente á una ventana dorada por la luz del ocaso, en la que se tejen y destejen los hilos de sombra proyectados por el ramaje inquieto de los árboles. Le parece de pronto que su espera resulta demasiado larga. Se le ocurre que Castro no está en el Casino y don Marcos le busca inútilmente. De todo lo pasado apenas se acuerda. La figura del oficial se ha hundido en la bruma gris que cae sobre su memoria: no es ya mas que un contorno indeciso. Lo único que puede ver, con un relieve y un agrandamiento exagerados, como si estuviese junto á sus ojos, es una mano: una mano que se agarra á su pecho y sube hacia su rostro que nadie golpeó jamás. La indignación le hace salir de su huraño ensimismamiento. ¡A él! ¡Una bofetada al príncipe Lubimoff!...

Cuando levanta los ojos ve á Toledo que se acerca, pero solo, con cierta confusión, temiendo por adelantado la cólera del príncipe. Este, que se siente bondadoso y tolerante después de sus violencias en la escalinata, adivina lo que va á decirle. No ha encontrado á Castro. Y le absuelve con una sonrisa benévola.

El coronel habla:

—Marqués: don Atilio no quiere.

¿Qué?... Y ante la mirada interrogante de Lubimoff, que no puede comprender, que se resiste á comprender lo que escucha, Toledo repite, cada vez más confuso:

—Se niega á aceptar la representación. Me ha dicho que busque á otro. Tiene unas ideas especiales que...

Y se abstiene de exponer estas ideas. Calla, para no decir algo que el príncipe no debe escuchar de su boca; acepta como un bien el silencio de asombro que se interpone entre él y Lubimoff; teme que éste salga de la estupefacción en que le ha sumido su noticia.

Como desea alejarse, propone algo que le parece un remedio.

—¿Quiere Su Alteza que lo llame? Seguramente vendrá. Tal vez hablando los dos...

Y se aleja para buscar á Castro, mientras Miguel Fedor vuelve á quedar inmóvil en su asiento, sin comprender nada.

Lo vió de pie ante su velador, con cierto apresuramiento en sus gestos y ademanes, como un hombre que arrostra una situación penosa y quiere salir de ella cuanto antes.

El príncipe le invitó á ocupar el sillón inmediato, pero Castro sólo quiso sentarse ligeramente en uno de los brazos del mueble, para indicar su deseo de que la entrevista fuese corta. Además, habló él primero, exponiendo rudamente su pensamiento, sin preámbulos.

—Te habrá dicho el coronel mi respuesta. No puedo... Bien sabes que soy tu amigo: hasta me haces el honor de reconocerme como pariente; te debo mucho; ¡pero eso que me pides... no! Es un disparate, una locura. Forzosamente habíamos de terminar así; lo he presentido hace algún tiempo. Tal vez tenías razón cuando hablabas de las mujeres y de la necesidad de ser sus enemigos (si es que esto resulta posible). Pero de nada puede servirnos recordar lo pasado: tú ya no eres el Lubimoff que decía aquellas paradojas. Yo estoy loco, te lo concedo; pero tú lo estás más que yo, y por eso no te sigo.

Miguel le miró fijamente, sin abandonar su silenciosa inmovilidad, esperando que continuase.

—¡Un duelo en plena guerra! ¿Tiene eso sentido común? Tú eres un señor que permanece tranquilo en su palacio, con todas las comodidades que pueden obtenerse en la época presente, sin correr peligro alguno, mientras media humanidad llora, sufre hambre, se desangra ó muere. Y porque estás un día de mal humor (tú sabrás el motivo), ¿quieres batirte con un pobre muchacho que vive casi milagrosamente, que está enfermo y débil por haber hecho lo que tú y yo no somos capaces de hacer?... ¿Y me pides que te represente en esa locura?...

El otro, siempre sumido en su asiento, dijo con voz sorda y rencorosa:

—Me ha insultado... ha querido abofetearme. He detenido su mano junto á mi cara.

Esto hizo dudar un momento á Castro, que no tenía idea de la importancia del choque entre los dos hombres. Pero su indecisión fué corta.

—Algo hay que no comprendo y que tú callas. La misma gravedad del insulto me indica que hubo de tu parte un acto extraordinario. ¡Atreverse ese pobre muchacho respetuoso y tímido á querer abofetear á un hombre como tú!... ¿Qué has hecho para excitarle hasta ese punto?

Lubimoff no se dignó responder. Sin abandonar su enfurruñada inmovilidad, preguntó lacónicamente:

—¿Quieres ó no quieres?

Castro, irritado por tal actitud, contestó sin vacilar:

—Es un disparate, y no quiero.

Siguió la inmovilidad del príncipe ante esta negativa, pero Atilio creyó adivinar sus ideas en la mirada hostil fija en él. Le acusaba de ingratitud al verse abandonado. Al mismo tiempo hacía responsable á «la Generala», creyendo que ésta había podido influir en su decisión. ¡Aquel teniente era tan admirado por doña Clorinda!...

Como si contestase á sus ocultos pensamientos, Atilio siguió hablando.

—¿Tú crees que á mí me interesa ese muchacho con el que deseas batirte? Me es indiferente; hasta confieso que me es antipático, por los grandes extremos que hacen algunas señoras sobre su heroísmo. Eso molesta siempre á los que no somos héroes. Pienso en lo insignificante que sería hace cuatro años nada más. De conocerlo entonces, tal vez lo habría visto de tenedor de libros en un hotel ó en la tienda de mi camisero de París. Figúrate qué amistad!... Pero ha pasado sobre nosotros la guerra, trastornándolo todo, haciendo emerger á unos, hundiéndonos á otros en lo más profundo, sin la certeza de volver á surgir, y ese muchacho es ahora «alguien», es más que tú y que yo; ha servido de algo, y para mí es sagrado, á pesar de que me inspira envidia y no admiración.

El príncipe hizo al fin un movimiento de protesta. Luego levantó los hombros desdeñosamente y volvió á sumirse en su inmovilidad. ¡Aquel aventurerillo más que él, porque le habían agujereado el pellejo en los combates!...

—No nos entenderíamos aunque hablásemos toda la tarde—continuó Castro—. Yo he cambiado mucho, y tú continúas siendo el de siempre. Creo que ayer encontré mi «camino de Damasco». Me siento otro hombre.

Y por una necesidad de exteriorizar su gran perturbación interior, siguió hablando, sin fijarse en si el príncipe le escuchaba.

El encuentro había sido cerca de la estación de Monte-Carlo, junto á la vía férrea. El iba acompañando á dos señoras, una de las cuales le interesaba mucho. (Miguel pensó otra vez en doña Clorinda.) Un tren de soldados volvía de Italia; un tren sombrío, sin estandartes, sin ramas de árboles adornando las portezuelas. Eran franceses. Los habían enviado á Italia como refuerzo, después del desastre de Caporetto, y ahora los volvían á llamar apresuradamente, para defender el propio suelo amenazado.

—Nada de cánticos y de aturdido regocijo; todos silenciosos, cansados y sucios, de una suciedad épica. Cada vagón parecía una jaula de fieras, por su olor acre de cuadra de circo. Eran jóvenes y tenían aspecto de viejos: las barbas hirsutas, los uniformes manchados, las caras apergaminadas por el sol, endurecidas por el frío, resquebrajadas por los vientos. El calor les había hecho despojarse de los capotes y mostraban sus camisas de franela de un color indefinible, impregnadas del sudor de tantas fatigas y emociones.

Se adivinaba en ellos al batallón predestinado que siempre llega á tiempo para sostener los choques más rudos; el que aparece puntualmente en los lugares de mayor peligro, con esa mansedumbre heroica del fuerte, que deja que le exploten, y trabaja, no sólo por él, sino por todos los demás que trabajan menos. ¿Dónde no habían peleado estos hombres? En su propio suelo, en el de los aliados, tal vez en Oriente, y ahora tornaban otra vez á la tierra de sus primeros combates. Cuando creían haberlo hecho todo, se enteraban de que aún no habían hecho nada. En el tejer y destejer de la guerra, era preciso empezar otra vez. Cuatro años antes se imaginaban haber decidido el triunfo en las riberas del Marne, y ahora volvían de nuevo al Marne. Todos los inviernos, metidos en el barro, hundidos en la trinchera bajo la lluvia, se decían: «Este será el último.» Y llegaba otro invierno, y luego otro, y á continuación otro, sin que la vida cambiase. De aquí su gesto fatalista y resignado, un gesto de hombres que se amoldan á todo y acaban por creer que su miseria será eterna, que nunca volverán los humanos tiempos de la paz.

Cesó de hablar un momento y no hizo caso de la mirada de su amigo, que parecía preguntarle qué interés podía tener para él este relato.

—Estábamos al borde de un terraplén, apoyados en la valla, y nuestras cabezas quedaban al mismo nivel que las de los hombres agrupados en los vagones. El largo convoy, cuya cabeza tocaba ya la estación, iba avanzando lentamente. Las dos señoras agitaban sus pañuelos, sonreían á los soldados, les enviaban palabras de saludo. Muchos permanecían inmóviles, mirándolas con ojos de fiera adormecida. Llevaban cuatro años de ovaciones, conocían la realidad, la terrible realidad que existe detrás de ellas. Otros, más jóvenes ó más ardorosos, despertaban á la vista de estas dos mujeres elegantes. Galvanizados por las sonrisas, se erguían, pasaban una mano por sus arrugadas franelas, enviaban besos, intentaban recobrar su apostura de los tiempos en que no eran soldados... De pronto, uno de ellos olvidó á las mujeres para fijarse en mi, que también les saludaba con mi sombrero, dando vivas. Era una especie de diablo rojo y amargo.

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