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Las noches mejicanas

GUSTAVO AIMARD (continued 4)

Luis Calvo translation

Ya hemos indicado cual había sido el éxito de este doble ataque.

Cuéllar ignoraba todavía que en tal empresa había perdido la primera mitad de su cuadrilla, desaparecida por completo bajo los despojos del derrumbado subterráneo, y con los hombres que le quedaban sostenía un combate encarnizado contra los peones de la hacienda, los cuales sabiendo que se las habían con la pandilla de Cuéllar, el más feroz y sanguinario de todos los guerrilleros de Juárez, y que esta pandilla no concedía cuartel, se batían con el heroísmo de la desesperación.

El combate, sin embargo, iba prolongándose; los peones emboscados en las habitaciones habían parapetado las ventanas con todo lo que hallaran a mano y disparaban a cubierto sobre los asaltantes diseminados por los patios y a los cuales causaban pérdidas sensibles.

A Cuéllar no sólo le tenía fuera de sí la tenaz e imprevista resistencia que encontraba, sino el incomprensible retardo de los soldados de su cuadrilla que habían entrado por la gruta y que desde hacía mucho tiempo debían haberle dado la mano.

El jefe guerrillero había oído la explosión de la mina, sí; pero como entonces se encontraba todavía a bastante distancia de la hacienda y en dirección diametralmente opuesta a la en que ocurriera la explosión, el ruido llegó hasta él sordo e indistinto. Así pues no hizo caso alguno de él; pero la inexplicable tardanza de sus compañeros en aquel momento en que su socorro le era tan necesario, empezaba a infundirle seria inquietud, y se disponía ya a enviar a algunos de los suyos a la descubierta con encargo de activar la llegada de los rezagados, cuando prontamente partieron del interior de las habitaciones desaforados gritos de victoria y en las ventanas aparecieron multitud de guerrilleros agitando alegremente sus armas.

Este triunfo definitivo se debió a don Melchor. Mientras el grueso de los asaltantes atacaba de frente a los edificios, él, acompañado de algunos hombres decididos se había deslizado entre sombras por una ventana baja que en el primer momento de confusión los de la hacienda se olvidaran de atrancar como las demás, se introdujo en el interior y aparecido prontamente a la vista de los sitiados, a quienes su presencia aterrorizó y sobre los cuales se precipitaron los guerrilleros que le acompañaban, blandiendo su sable y empuñando sendas pistolas.

Entonces el combate se convirtió en una horrorosa carnicería; los peones, a pesar de sus súplicas fueron muertos a puñaladas por sus vencedores y arrojados desde las ventanas al patio.

Pronto los guerrilleros inundaron todos los edificios de la hacienda, persiguiendo de aposento en aposento a los peones y asesinándoles desapiadadamente.

De esta suerte llegaron al gran salón cuyas anchas puertas de dos hojas estaban abiertas de par en par; pero una vez allí, no sólo se detuvieron, sino que retrocedieron dominados por un instintivo impulso de horror ante el terrible espectáculo que se les ofreció a los ojos.

El salón estaba iluminado, por multitud de bujías colocadas en todos los candelabros y sobre todos los muebles, y en uno de sus ángulos y con muebles amontonados habían construido una barricada, tras la cual se refugiaron doña Dolores y las mujeres y los hijos de los peones de la hacienda. Delante de la mencionada barricada y a dos pasos de la misma, estaban alineados, en pie e inmóviles, con un fusil en una mano y una pistola en la otra, don Andrés, el conde, Domingo y León Carral, los cuales tenían cerca de sí dos barriles de pólvora abiertos.

—¡Alto! gritó don Luis con voz zumbona; ¡alto, caballeros! si dan Vds. un paso más nos vamos todos por los aires. Háganme Vds. el favor de no atravesar los umbrales de esta puerta.

Los guerrilleros se guardaron muy mucho de desobedecer tan cortés recomendación, pues a la primera mirada habían medido toda la intensidad del peligro que corrían.

Don Melchor pataleaba de ira al verse de esta suerte reducido a la imposibilidad.

—¿Qué quieren Vds.? preguntó con voz atragantada al conde el hijo de don Andrés de la Cruz.

—De V., nada, respondió Luis; tenemos sobrada honra para no tratar con un miserable de su calaña.

—Serán Vds. fusilados como perros, franceses malditos, aulló don Melchor.

—Le reto a V. a que ponga en obra su amenaza, replicó el conde levantando con toda impasibilidad el gatillo del revólver que tenía en la mano y apuntando al barril de pólvora que estaba próximo a él.

Los guerrilleros se hicieron atrás profiriendo gritos de terror.

—No dispare V., no dispare V., exclamaron; aquí viene el coronel.

En efecto, Cuéllar acababa de llegar.

Era Cuéllar un bandido desalmado, afirmación que no sorprenderá a nadie; pero hay que confesar que era valiente como un león.

El coronel se abrió paso entre sus soldados y una vez solo al frente de éstos, se inclinó con gracia ante los cuatro hombres, les inspeccionó con mirada socarrona, lió un cigarrillo y dijo con acento de buen humor:

—Es muy ingenioso el aparato ese que han dispuesto Vds. ahí; les doy mi enhorabuena, caballeros. A esos demonios de franceses se les ocurren unas ideas increíbles; por mi fe, añadió hablando consigo mismo, no hay quien les coja desprevenidos; con ese par de barriles basta para que todos volemos al paraíso.

—Y si no nos avenimos, dijo el conde, no vacilaremos como no hemos vacilado en mandar a las nubes a los soldados que había usted mandado a la descubierta por la gruta.

—¿Qué dice usted? profirió Cuéllar palideciendo.

—Digo, repuso con la mayor calma el conde, que puede V. hacer buscar los cadáveres de sus soldados en el subterráneo y los hallarán a todos, pues todos han quedado en él.

Los guerrilleros se estremecieron de terror al oír tales palabras, y todos guardaron silencio.

Cuéllar se puso meditabundo, y al cabo de un minuto levantó el rostro, del que había desaparecido toda huella de emoción, y tendió una mirada en torno de sí como quien busca algo.

—¿Busca V. fuego? le preguntó Domingo acercándose a él con una bujía en la mano. Encienda V. su cigarrillo, señor.

Cuéllar tomó la bujía que galantemente le alargaba Domingo, y después de encender el cigarrillo, la devolvió a éste dándole las gracias.

—Conque, dijo Cuéllar una vez el joven se hubo reunido a sus compañeros, ¿piden ustedes capitulación?

—Se equivoca V., señor, repuso el conde; no la pedimos, se la ofrecemos a V.

—¿Qué Vds. me la ofrecen? profirió con admiración el guerrillero.

—Sí; porque somos dueños de la vida de usted.

—Usted dispense, arguyó Cuéllar, lo que está diciendo es especioso, porque en el caso de mandarnos a cenar con San Pedro a nosotros también irían Vds.

—¡Caramba! repuso el conde, en esto estamos.

Cuéllar se entregó de nuevo a la meditación, y poco después dijo:

—Vamos a ver, no perdamos el tiempo en un tiroteo de palabras; hablemos como hombres; ¿qué quieren Vds.?

—Voy a decírselo a V., respondió el conde.

XVII

DESPUÉS DE LA BATALLA

Cuéllar estaba fumando indolentemente el cigarrillo que pocos momentos antes encendiera, con la mano izquierda apoyada en su largo sable, cuya vaina descansaba en el suelo.

En el modo como estaba en pie el bandido, a la puerta del salón y dejando vagar al acaso su mirada, de suavidad felina, y despidiendo por boca y narices espirales de azulado humo, había un no sé qué seductivo.

—Vds. dispensen, señores, dijo; pero antes de pasar adelante es menester que nos pongamos completamente de acuerdo. Así pues, permítanme una ligera observación.

—Hable V., señor, dijo el conde.

—Pactemos, repuso Cuéllar, lo quiero y aun lo pido; como Vds. ven, soy muy acomodaticio; pero recomiendo que no me exijan imposibles, pues en este caso me vería constreñido a negárselos. No necesito decirles que si están Vds. decididos, también lo estoy yo, y que si bien deseo llegar a una transacción ventajosa para ambas partes, por quien soy les juro que de mostrarse demasiado exigentes preferiré volar con Vds., con tanta más razón cuanto tengo el presentimiento de que tarde o temprano terminaré mi vida como eso y no me pesaría irme al diablo en tan buena compañía.

Por más que Cuéllar pronunciara estas palabras con ademán risueño, el conde no se llamó a engaño respecto de la expresión decidida del hombre con quien se las había.

—¡Oh! señor, dijo éste, mal nos conoce usted si nos supone capaces de pedirle imposibles; lo único que hay es que queremos aprovecharnos de nuestra buena posición.

—Y yo se lo aplaudo de todas veras, caballero, repuso el guerrillero; mas como es usted francés y sus compatriotas nada temen, he creído de mi deber hacerle esta observación.

—Quépale a V. la certeza, señor, contestó el conde, fingiendo la misma tranquilidad que su interlocutor, que lo que vamos a exigir estará muy puesto en razón.

—¡A exigir! repitió Cuéllar, recalcando estas palabras.

—Sí, señor; pero no vamos a obligarle a que nos restituya en la posesión de la hacienda, porque nos consta que si saliese V. de ella sería para atacarnos de nuevo mañana.

—Es V. muy sagaz, señor; pero vengamos a lo que importa.

—A eso voy; ante todo va V. a devolvernos los pobres peones que han escapado de la matanza.

—No hallo dificultad.

—Junto con sus armas, sus caballos y lo poco que poseen.

—Convengo en ello.

—Don Andrés de la Cruz, su hija, el mayordomo León Carral, mi amigo, y yo y todas las mujeres y los niños refugiados en este salón, seremos libres de retirarnos a donde más nos acomode, sin temor a que nadie nos importune.

—¿Qué más? dijo Cuéllar haciendo una mueca.

—V. dispense, ¿acepta?

—Sí, señor, acepto. ¿Qué más?

—Mi amigo y yo somos franceses, y, que yo sepa, Francia no está en guerra con Méjico.

—Pero puede llegar día que sí, repuso Cuéllar en son de burla.

—Tal vez, pero ínterin, estamos en paz y tenemos derecho a su protección de V.

—¿No se han batido Vds. contra nosotros?

—Dice V. bien, pero en legítima defensa; desde el momento que nos atacaron, debíamos defendernos.

—Conforme; prosiga V.

—Queremos tener el derecho de llevarnos con nosotros, sobre nuestras mulas, cuanto nos pertenece.

—¿Nada más?

—Poco falta; ¿acepta V. estas condiciones?

—Las acepto.

—Perfectamente, ahora sólo falta llenar una formalidad.

—¡Una formalidad! ¿cuál?

—La de los rehenes.

—¡Cómo se entiende rehenes! ¿No les he empeñado a Vds. mi palabra?

—Sí, señor.

—¿Pues qué quieren Vds. más?

—Ya se lo he dicho a V., rehenes; V. comprenderá perfectamente, señor, que no me arriesgaré a confiar la vida de mis amigos y la mía propia, no diré a V., pues ha empeñado su palabra y la estimo buena, pero si a sus soldados que, como valientes guerrilleros que son no sentirían escrúpulo alguno, dado que cometiésemos la majadería de ponernos en sus manos, en hacernos satisfacer un rescate u otra cosa peor; V., señor Cuéllar, no manda tropas regulares, y por severa que sea la disciplina que mantenga en su cuadrilla, dudo que llegue al extremo de hacer respetar los prisioneros que caen en su poder, cuando V. no puede defenderlos con su presencia.

Cuéllar, interiormente halagado por las palabras del conde, sonrió con agrado y dijo:

—¡Jum! lo que acaba V. de manifestar puede ser verdad hasta cierto punto. Pero terminemos de una vez; ¿cuáles y cuántos son los rehenes que V. exige?

—Uno sólo, señor, respondió el conde; ya ve V. si somos contentadizos.

—En efecto, pero ¿quién es ese rehén?

—V., señor, respondió sin ambages el conde.

—¡Canario! respondió Cuéllar con risa zumbona, no tiene V. mal gusto; efectivamente les bastaría a Vds. con éste.

—Por eso no queremos otros.

—Pues es muy sensible.

—¿Por qué?

—Porque rehúso, demontre, ¿Y quién me serviría de fiador a mí?

—La palabra de un caballero francés, respondió con arrogancia el conde, palabra que nunca se ha empeñado en vano.

—Por mi vida, repuso Cuéllar con la mansedumbre que sabía adoptar tan bien cuando lo requerían las circunstancias, y le hacían tomar por el hombre más bueno del mundo, acepto, caballero, y suceda lo que quiera siento comezón de poner un poco a prueba la palabra esa de que tan orgullosos están los europeos. Quedamos pues en que yo les sirvo de rehén. Ahora espero me diga cuánto tiempo debo permanecer entre Vds., pues esto es para mí muy importante.

—No exigimos de V. sino que nos acompañe hasta la vista de Puebla; una vez allá quedará usted libre. Si le place, puede V. tomar una escolta de diez hombres para regresar con seguridad.

—Conforme, conforme, estoy a sus órdenes, caballeros, profirió Cuéllar. Y volviéndose hacia don Melchor, dijo a éste: V. se queda aquí durante mi ausencia para vigilar que todo vaya bien.

—Sí, contestó sordamente don Melchor.

El conde, después de haber dicho algunas palabras en voz baja al mayordomo, se dirigió de nuevo a Cuéllar.

—Señor, le dijo, hágame V. el favor de ordenar que conduzcan acá a los peones; luego, mientras V. permanezca con nosotros, ño León Carral irá a disponerlo todo para nuestra partida.

—Está bien, contestó el guerrillero; puede el mayordomo ir a cumplir sus quehaceres. Y dirigiéndose a los suyos y designando a Carral, añadió: este hombre es libre; conduzcan acá a los peones.

Poco después entraron en el salón unos quince pobres diablos con el traje hecho jirones y cubiertos de sangre, pero armados, según pacto estipulado previamente.

Dichos quince hombres eran los únicos que quedaban de los defensores de la hacienda.

Cuéllar penetró luego en la pieza en cuyo umbral hasta entonces había permanecido, sin que a ello le invitaran, y fue a colocarse detrás de la barricada.

Don Melchor, que comprendió lo falso de su posición, ahora que se veía solo frente por frente de los sitiados, se volvió para retirarse; pero entonces don Andrés se levantó, e interpelándole con voz vibrante e imperiosa, le dijo:

—Deténgase V., Melchor, no podemos separarnos de esta suerte; ahora que ya no debemos volver a vernos en este mundo, es necesario, indispensable, una explicación suprema entre los dos.

Don Melchor se estremeció al oír aquella voz; palideció, e hizo un movimiento cual si quisiese huir; pero deteniéndose prontamente y levantando con arrogancia la frente, dijo:

—¿Qué quiere V. de mí? hable, ya le escucho.

Por espacio de algunos segundos el anciano permaneció con los ojos clavados en su hijo con singular expresión de amor, cólera, dolor y desprecio, y haciendo por fin un esfuerzo sobre sí mismo, tomó la palabra en estos términos:

—¿Por qué quiere V. marcharse? ¿acaso porque le horroriza el crimen que ha cometido, o bien porque la rabia se ha apoderado de su corazón al ver abortado su parricidio y salvado a su padre a pesar de todos los esfuerzos que V. ha hecho para arrancarle la vida? Dios, que ha permitido que no consiguiese V. el completo triunfo de sus proyectos, me castiga por mi debilidad hacia V. y por el sitio que había V. usurpado en mi corazón; caro pago mi error; pero por fin ha caído la venda que me cubría los ojos. Váyase V., miserable, marcado con un estigma indeleble; ¡maldito sea V.! y esta maldición que sobre V. fulmino pese eternamente sobre su corazón. ¡Márchese V., parricida! desde ahora deja V. de ser hijo mío.

Sin embargo de su audacia, don Melchor no pudo aguantar la mirada fulgurante que su padre fijaba implacablemente en él; se le cubrió de lívida palidez el rostro, le conmovió el cuerpo un temblor convulsivo, inclinó la cabeza bajo el peso del anatema, retrocedió lentamente sin volverse, como arrastrado por una fuerza superior a su voluntad, y desapareció por en medio de los guerrilleros, que le abrieron calle impulsados por un sentimiento de horror.

En el salón reinaba un silencio fúnebre; y es que aquellos hombres, sin embargo de ser tan poco impresionables, experimentaban el influjo de la terrible maldición pronunciada por un padre contra su hijo culpado.

Cuéllar, que fue el primero que recobró su presencia de ánimo, dijo a don Andrés:

—Ha hecho V. mal en inferir a su hijo y en presencia de todos tan cruel afrenta.

—Le comprendo a V., profirió el anciano con tristeza; ¿pero qué me importa que se vengue si para siempre más mi vida está quebrantada?

E inclinando la cabeza sobre el pecho, don Andrés cayó en sombría y profunda meditación.

—Vele V. por él, dijo Cuéllar al conde; conozco a don Melchor, y sé que es un verdadero indio.

En esto doña Dolores, que hasta entonces permaneciera temerosamente escondida en medio de sus criadas, detrás de la barricada, se levantó, apartó algunos muebles, pasó sin hacer ruido al través de la abertura que ella misma acababa de practicar y fue a sentarse al lado de don Andrés; el cual no se movió, ni la había visto venir, ni oído como se sentaba cerca de él.

La joven se inclinó hasta su padre, le cogió amorosamente las manos, le besó en la frente, y con voz melodiosa e impregnada de ternura indecible, le dirigió estas palabras:

—Padre, mi buen padre, ¿no le queda a V. por ventura una hija que le quiere y le respeta? No se deje V. abatir de esta suerte por el dolor. Míreme, padre mío, por la Virgen Santísima; soy su hija. ¿Acaso no me quiere a mí que le amo tanto?

Don Andrés levantó el rostro, bañado en lágrimas, y abrió los brazos, en los que doña Dolores se precipitó dando un grito de gozo.

—¡Oh! profirió el anciano con ternura inefable, ¡cuánta ingratitud la mía al dudar de la infinita bondad de Dios! ¡Me queda mi hija! ¡No estoy ya solo en la tierra! ¡Todavía puedo ser dichoso!

—Sí, padre, repuso doña Dolores, Dios ha querido sujetarle a V. a prueba, pero no nos abandonará en nuestra pesadumbre; sea V. fuerte contra el infortunio, deje a su hijo entregado a su arrepentimiento, levante V. la terrible maldición que ha fulminado contra él, y permítale que vuelva arrepentido a sus plantas. ¡Oh! estoy convencida de que su acción no es sino hija de un momento de extravío; porque ¿cómo no amaría a V., tan noble tan grande y tan bueno?

—No me hables nunca de tu hermano, replicó don Andrés con hosca energía; para mí ha dejado de existir ese hombre. No tienes hermano alguno ni lo has tenido nunca. Perdóname que te haya engañado dándote a entender que el miserable ese formaba parte de nuestra familia; no, ese monstruo no es hijo mío; yo mismo he padecido error al suponer que por sus venas circulaba la misma sangre que por las mías.

—Padre, por Dios, sosiéguese V.

—Ven, hija mía, repuso don Andrés estrechando entre sus brazos a la joven, no me abandones, necesito sentirte ahí, a mi lado, para no creerme solo en el mundo y para tener la fuerza de sobrellevar mi desesperación. ¡Oh! repíteme que me quieres; no puedes comprender cuánto alivia mi corazón y suaviza mi dolor él que me lo digas.

Los guerrilleros se habían desparramado por la hacienda, saqueando y devastando, rompiendo muebles y forzando cerraduras con destreza que demostraba larga práctica. Solamente, según el pacto estipulado, habían sido respetadas las habitaciones del conde.

Raimbaut e Ibarru, relevados de su larga facción por León Carral, se ocupaban activamente en cargar sobre el lomo de algunas mulas los cofres y las maletas de Luis y de Domingo; y aunque los guerrilleros les habían mirado por espacio de algunos instantes con gesto socarrón y haciendo burla del modo desmañado como los dos criados cargaban las mulas, acabaron por ofrecer su ayuda a Raimbaut, ayuda que éste no tuvo reparo en aceptar. Entonces se vieron a aquellos hombres que sin el menor escrúpulo se hubieran entregado al latrocinio robando los objetos valiosísimos que encerraban las maletas y los cofres que los criados del conde estaban cargando, ocuparse con ahínco en transportarlos con cuidado sumo, y sin que ni por un segundo les asaltase la idea de apoderarse ni por el valor de un céntimo.

Gracias pues al inteligente concurso de los secuaces de Cuéllar, los equipajes del conde y de Domingo estuvieron en poquísimo tiempo cargados sobre tres mulas, y León Carral no tuvo ya que cuidar sino de que ensillasen los caballos necesarios para emprender el viaje, lo que fue ejecutado en un santiamén, gracias asimismo a la buena voluntad que en ir a buscar los caballos al corral y conducirlos al patio pusieron los guerrilleros.

Entonces León Carral penetró de nuevo en el salón y anunció que todo estaba dispuesto para la partida.

—Cuando Vds. quieran, señores, dijo Luis.

—Adelante.

Los que en el salón se encontraban fueron saliendo uno a uno escoltados por los guerrilleros, que daban grandes voces, si bien y al parecer contenidos por el respeto que les inspiraba su jefe no se atrevían a pasar a vías de hecho.

Una vez a caballo los que debían abandonar la hacienda, así como diez guerrilleros al mando de un oficial destinados a escoltar al coronel a su regreso, Cuéllar dirigió la voz a sus soldados, recomendándoles que obedeciesen ciegamente a don Melchor de la Cruz, mientras él estuviese ausente, y luego dio la señal de marcha.

Entre hombres, mujeres y niños, la pequeña caravana se componía de sesenta individuos, únicos que sobrevivieron a los doscientos que moraban en la hacienda.

Cuéllar iba a la cabeza de la caravana, a la derecha del conde; luego seguían doña Dolores, que iba entre su padre y Domingo; los peones, que conducían las acémilas de carga bajo la dirección de León Carral y de los dos criados del conde, y los guerrilleros cerraban la marcha.

El convoy bajó al paso por la colina y pronto se encontró en el llano.

Eran las dos de la madrugada poco más o menos; todo estaba envuelto en tinieblas, y los tristes viajeros, abrigados con sus sarapes y tiritando de frío, tomaron por la carretera de Puebla, a la que llegaron en veinte minutos; luego apresuraron el andar, en la esperanza de que al salir el sol o a lo menos a las primeras horas de la mañana llegarían a la ciudad, que no se encontraba sino a unas cinco o seis leguas de distancia.

Prontamente una luz vivísima tiñó de rojizos resplandores el cielo e iluminó el campo en una grande extensión.

La hacienda estaba ardiendo.

A este espectáculo, don Andrés dirigió una mirada triste hacia atrás y lanzó un suspiro profundo, pero no profirió palabra alguna.

Únicamente hacía uso de la palabra Cuéllar; el cuál trataba de demostrar al conde que la guerra tenía tristes necesidades; que hacía ya mucho tiempo que don Andrés había sido denunciado como secuaz devoto de Miramón, y que la toma y destrucción de la hacienda no eran sino el resultado de la malquerencia del hacendero hacia Juárez; cosas todas a las cuales el conde, que comprendía la inutilidad de discutir sobre tal tema con semejante sujeto, no se tomaba el trabajo de replicar.

De esta suerte y por espacio de unas tres horas, los viajeros continuaron su camino, sin que incidente alguno viniese a interrumpir la monotonía de su viaje.

Apareció la aurora y a su primera luz se divisó en lontananza el sombrío contorno de las cúpulas y los altos campanarios de Puebla.

El conde hizo detener a la caravana, y luego dijo a Cuéllar:

—Señor, ha cumplido V. lealmente el pacto que habíamos estipulado, por lo que en mi nombre y en el de mis desgraciados amigos le doy las gracias; no nos encontramos más que a unas dos leguas de Puebla, es ya de día, y por lo tanto es inútil que siga acompañándonos.

—En efecto, señor, repuso Cuéllar, creo que ahora pueden Vds. prescindir de mí, y ya que me dan su permiso, voy a dejarles, reiterándoles la expresión de mi pesar por lo ocurrido. Por desgracia no soy yo quien mando, y...

—Basta, por favor se lo ruego, interrumpió el conde; lo pasado es irreparable; por lo tanto y a lo menos en la hora de ahora, es excusado hablar más del asunto.

—¿Me permite V. dos palabras? dijo Cuéllar en voz baja e inclinándose.

El joven se acercó al guerrillero.

—Antes de separarnos, dijo éste a Luis, quiero hacerle una advertencia.

—Diga V.

—Todavía se encuentran Vds. lejos de Puebla, a donde no llegarán en menos de dos horas; estén Vds. alerta; vigilen el campo en torno de sí.

—¿Qué quiere V. decir, señor?

—Nadie sabe lo que puede ocurrir; le repito que vigilen Vds.

—Adiós, señor, repuso con indolencia el joven, devolviendo el saludo al guerrillero.

Después de haberse despedido cortésmente de sus compañeros de viaje, Cuéllar se puso al frente de sus soldados y se alejó al galope, no sin haber antes y por medio de un gesto significativo recomendado la prudencia al joven.

—¿Qué tienes? preguntó Domingo acercándose a Luis, al ver el ademán pensativo con que éste miraba alejarse a los guerrilleros.

El conde respondió a su amigo contándole lo que Cuéllar le había dicho al separarse.

—Aquí hay gato encerrado, profirió el vaquero frunciendo las cejas; como quiera que sea la advertencia es buena y no obraríamos cuerdamente si la despreciásemos.

XVIII

LA EMBOSCADA

Después de la partida del guerrillero, la caravana siguió marchando por espacio de algunos minutos más en medio del más profundo silencio.

Sin embargo, las últimas palabras proferidas por Cuéllar habían producido efecto; el conde y el vaquero se sentían desasosegados, y a pesar suyo y sin atreverse a comunicarse sus sombríos pensamientos, avanzaban con excesiva prudencia, venteando el aire, por decirlo así, estremeciéndose al más leve ruido sospechoso que se levantaba en los jarales.

Eran un poco más de las cinco de la mañana, hora en que la naturaleza parece por un instante recogerse y en que la luz y las tinieblas luchan con fuerzas casi equilibradas, se funden una en otra y producen ese vislumbre opalino cuyas vaporosas tintas dan a los objetos una apariencia vaga e indeterminada, un sí es no es fantástica. De la tierra subía un vapor ceniciento, produciendo una neblina transparente que los rayos del sol, más y más cálidos, iban disolviendo a trechos, iluminando parte del paisaje y dejando la otra envuelta en sombras; en una palabra, no era ya de noche, pero tampoco de día.

A lo lejos aparecían las numerosas cúpulas de los edificios de Puebla, resaltando confusamente sobre el sombrío azul del firmamento; los árboles, lavados por el abundante rocío de la noche, eran más verdes y al extremo de cada una de sus hojas temblequeaba una gotita de agua cristalina, mientras sus ramas, movidas por la brisa matinal, se entrechocaban suavemente produciendo misteriosos susurros; ya los pájaros, apelotonados al amparo del follaje, preludiaban por lo bajo sus alegres conciertos, y los bueyes silvestres levantaban acá y allá la cabeza por encima de las altas hierbas lanzando sordos mugidos.

Los fugitivos seguían un tortuoso sendero encajonado entre tierras removidas para el cultivo del agave y las cuales limitaban el horizonte a un círculo por demás restringido para que a aquéllos les fuese permitido vigilar los alrededores con todo el cuidado que tal vez hubiera sido necesario para la seguridad general de la caravana.

—Amigo mío, dijo el conde acercándose a Domingo e inclinándose ligeramente sobre su silla, no me explico la causa, pero experimento gran zozobra; la despedida de ese bandido me impresionó profundamente, pues me parece que presagia una desgracia cercana, terrible e inevitable, sin embargo de que el encontrarnos a cortísima distancia de la ciudad y de que el sosiego que reina a nuestro alrededor debieran tranquilizarme.

—Precisamente éste sosiego, repuso también en voz baja Domingo, me llena, como a ti, de indecible congoja; igualmente presiento yo una desgracia; nos encontramos en medio de un avispero, de un sitio el más a propósito para una emboscada.

—¿Qué hacer? preguntó el conde.

—No sé, respondió Domingo, la situación es dificultosa; sin embargo estoy porque redoblemos la prudencia. Haz que don Andrés y su hija pasen a vanguardia, advierte a los peones que estén ojo avizor y con el dedo en el gatillo de sus fusiles, y tú estás presto a la menor señal de alarma; yo, ínterin, salgo a la descubierta, y si el enemigo nos persigue, sabré despistarles pero no perdamos segundo.

Hablando de esta suerte, el vaquero se apeó, y después de haber arrojado a un peón las bridas de su caballo, se puso el fusil debajo del brazo izquierdo, trepó a la pendiente de la derecha y a poco desapareció al través de las malezas que orillaban el sendero.

Una vez a solas, el conde se preparó a seguir inmediatamente los consejos de su amigo, por lo que formó una retaguardia con los peones más decididos y más bien armados, a quienes intimó la orden de vigilar con atención suma los bordes del sendero, procurando al mismo tiempo disimular la gravedad de los acontecimientos que preveía, para no acobardarlos.

El mayordomo, cual si hubiera adivinado la zozobra del conde y participado de sus sospechas de un ataque próximo, había colocado a don Andrés y a doña Dolores en medio de un pequeño grupo de criados leales de los que asumiera el mando, y apresurando el andar de los caballos había dejado entre él y el grueso de la caravana un intervalo de cien pasos.

Doña Dolores, rendida por el cúmulo de terribles emociones que experimentara en el transcurso de aquella noche, no había prestado mucha atención a las disposiciones tomadas por sus amigos, sino seguido maquinalmente el nuevo impulso que la dieran y probablemente sin que tuviese conciencia del nuevo peligro que la amenazaba ni pensase más que en velar por su padre, cuyo estado de postración se hacía más alarmante por segundos.

En efecto, desde su partida de la hacienda y a pesar de los ruegos de su hija, don Andrés no había pronunciado una palabra; pálido, con la mirada fija y sin ver, la cabeza inclinada sobre el pecho, el cuerpo conmovido por persistente temblor nervioso y sumergido en profunda desesperación, dejaba a su caballo el cuidado de conducirle, sin que en la apariencia supiese a donde iba; tal había quebrantado el dolor, su energía y su voluntad.

León Carral, adicto en cuerpo y alma a su amo y a su joven ama y comprendiendo cuan incapaz de oponer la menor resistencia seria el anciano en el caso probable de un ataque, había recomendado en primer término a los servidores a quienes escogiera para que sirviesen de escolta a don Andrés y a doña Dolores, que no le perdiesen de vista y que en el momento de la lucha ensayasen por cuantos medios les fuese posible salir de la refriega y ponerlos al abrigo de todo riesgo; luego y obedeciendo a una señal que le dirigiera el conde, volvió grupas y se reunió a éste.

—Por lo que veo, a V. le han asaltado iguales presentimientos que a mí, dijo Luis al mayordomo.

—¡Ah! repuso éste moviendo la cabeza, don Melchor no abandonará la partida antes no la haya ganado o perdido definitivamente.

—¿Le cree V. capaz de preparar a su padre una emboscada tan horrible?

—Ese hombre es capaz de todo.

—¡Entonces es un monstruo!

—No, repuso el mayordomo, es un mestizo, un envidioso y un orgulloso que sabe que únicamente la fortuna puede darle la apariencia de consideración que codicia, y para alcanzarla no reparará en los medios.

—¿Ni en el parricidio?

—Ni en el parricidio.

—Lo que V. me dice es espantoso.

—¿Qué quiere V., señor? es así.

—A Dios gracias nos acercamos a Puebla, y una vez en la ciudad nada tendremos que temer.

—Sí, pero todavía no nos encontramos en ella, y V. conoce tan bien como yo el proverbio.

—¿Qué proverbio?

—De la mano a la boca se pierde la sopa.

—Espero que esta vez no se cumplirán sus temores.

—Así lo deseo; pero ¿no me había llamado usted, señor?

—En efecto, tengo que hacerle una recomendación.

—Diga V.

—Dado que nos ataquen, exijo que nos abandone V. a nuestras propias fuerzas y que a uña de caballo se dirija hacia Puebla llevándose consigo a don Andrés y a su hija. Tal vez de esta suerte le quede a V. tiempo de ponerlos en seguridad al amparo de las murallas de la ciudad.

—Le obedeceré a V., señor; no pondrán la mano en mi amo sin antes pasar por encima de mi cadáver. ¿Tiene V. más que comunicarme?

—No, vuélvase V. a su sitio, y a la buena de Dios.

El mayordomo saludó al conde y se reunió de nuevo al pequeño escuadrón en el centro del cual iban don Andrés y doña Dolores.

Casi al mismo instante Domingo reapareció en lo alto de la margen del sendero, y subiendo otra vez sobre su caballo, se colocó a la derecha del conde.

—¿Has descubierto algo? preguntó éste al vaquero.

—Sí y no, respondió Domingo a media voz.

El joven tenía el rostro sombrío y fruncido el ceño, lo que redobló la zozobra del conde, que dijo:

—Explícate.

—¿Para qué si no me comprenderías?

—Puede que sí.

—Pues oye: a derecha, a izquierda y a retaguardia la llanura está completamente desierta; adquirí de ello la certidumbre. El peligro, si verdaderamente existe, no es de temer sino que se nos eche encima durante el trayecto que nos separa de la ciudad.

—¿Qué te lo da a suponer?

—Indicios para mí seguros y que mi dilatada costumbre del desierto me ha dado a conocer a la primera mirada; en la región en que nos encontramos, los hombres descuidan por regla general todas las precauciones tomadas en las praderas y el olvido de una sola de las cuales acarrearía indefectiblemente la muerte inmediata del imprudente cazador o guerrero que habría de esta suerte denunciado su presencia a sus enemigos; aquí es fácil reconocer las pistas y más fácil todavía el seguirlas, porque son perfectamente visibles, aun para el más inexperto. Escucha bien lo que voy a decirte: desde el Arenal, no diré que nos haya seguido, pues la palabra no es exacta en las presentes circunstancias, sino flanqueado a derecha un numeroso escuadrón que a lo más a tiro de fusil galopaba en la dirección que nosotros; el escuadrón ese, sea el que fuere, a media legua de aquí hizo una conversión sobre la izquierda, cual si quisiese aproximársenos, luego apresuró el paso, se nos adelantó y se internó, a nuestro frente, en este mismo sendero, de modo que en este momento le seguimos.

—¿Qué infieres de esto?

—Que la situación es grave, crítica, y que por muchas que sean las precauciones que tomemos, temo que la partida será superior a nuestras fuerzas; mira como va angostándose gradualmente el sendero, como van escarpándose las márgenes del camino; ahora nos encontramos en un cañón, y dentro de quince o a lo más veinte minutos llegaremos al sitio donde este cañón desemboca en el llano, que es donde estoy seguro nos aguardan los que nos están acechando.

—Lo que me dices es más claro que la evidencia, amigo mío, repuso el conde; pero como por desgracia no contamos con medio alguno para eludir el peligro que nos amaga, no nos cabe sino seguir adelante a pesar de los pesares.

—Esto es lo que me desazona, profirió Domingo ahogando un suspiro y dirigiendo al soslayo una mirada a doña Dolores; como únicamente se tratase de nosotros, pronto habríamos resuelto la dificultad, pues somos hombres y pereceremos matando; pero, ¿acaso nuestra muerte salvará a ese anciano y a su inocente hija?

—A lo menos intentaremos lo imposible para que no caigan en manos de sus perseguidores.

—Nos acercamos al punto sospechoso; apresuremos el paso para estar preparados a todo evento.

Pocos minutos después llegaron a un lugar donde el sendero, antes de desembocar en el llano, formaba un recodo bastante áspero.

—¡Atención! dijo el conde en voz baja.

Todos afirmaron el dedo en el gatillo de sus fusiles.

Una vez doblado el recodo, la caravana se detuvo de improviso dominada por un estremecimiento de terror y de sorpresa.

La entrada del cañón estaba interceptada por una fuerte barricada hecha con ramas, árboles y piedras, y tras ellas había unos veinte hombres inmóviles, y en actitud amenazadora; además, a los rayos del sol levante se veían brillar las armas de otros individuos que a derecha y a izquierda coronaban las alturas.

Delante de la barricada y en ademán altanero había un jinete, que no era otro que don Melchor.

—A cada puerco le llega su San Martín, caballeros, dijo éste sonriendo con ironía; ahora soy yo quien mando y voy a imponer condiciones.

—Mire V. lo que hace, señor, replicó el conde sin desconcertarse y adelantando algunos pasos; entre su jefe de V. y nosotros hemos celebrado lealmente un pacto, y el infringirlo sería una traición cuya deshonra caería por entero sobre aquél.

—¡Bah! repuso don Melchor, nosotros somos guerrilleros y hacemos la guerra a nuestra guisa sin preocuparnos con él que dirán; así pues, en vez de entrar en una discusión ociosa y que al fin no les reportaría a ustedes resultado favorable alguno, me parece que lo más propio del caso es ponerles al corriente de las condiciones bajo las cuales consentiré en cederles el paso.

—¿Condiciones? replicó Luis, no aceptaremos ninguna, caballero, y si no consiente en dejarnos pasar, le obligaremos a ceder por graves que para V. y para nosotros deban ser las consecuencias de la lucha.

—Pruébenlo ustedes, respondió don Melchor con la misma irónica sonrisa.

—A eso vamos.

Don Melchor encogió los hombros y volviéndose hacia sus secuaces dio la orden de hacer fuego.

Se oyó una horrorosa detonación y sobre la caravana cayó una lluvia de plomo.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó el conde.

Los peones se abalanzaron a la barricada dando aullidos de cólera.

La lucha estaba empeñada, lucha terrible, espantosa, porque los peones sabían que no podían esperar cuartel de sus feroces enemigos; así es que combatían haciendo prodigios de valor, pero no para vencer, lo que no creían posible, sino para no sucumbir sin venganza.

Don Andrés se había arrancado de los brazos de su hija, que inútilmente intentara detenerle, y armado de sólo un machete arrojándose en lo más recio de la pelea.

El ataque de los peones había sido tan impetuoso, que del primer empuje llegaron al lado opuesto de la barricada. Entonces los dos bandos, demasiado próximos uno a otro para hacer uso de sus fusiles y de sus pistolas, echaron mano del arma blanca.

Los guerrilleros situados en las alturas estaban reducidos a la inacción, temerosos de herir a sus mismos compañeros.

Don Melchor estaba muy distante de esperar una resistencia tan tenaz por parte de los peones, pues gracias a la ventajosa posición que eligiera, había creído conseguir fácilmente la victoria y contado con una sumisión inmediata. Lo que ocurría desbarataba todos sus cálculos; empezaba a ver claras las consecuencias de su acción: Cuéllar, que indudablemente habría hecho la vista gorda respecto de una traición consumada sin derramamiento de sangre, no le perdonaría que hubiese hecho matar de un modo tan necio a sus soldados más aguerridos.

Tales pensamientos redoblaban la rabia de don Melchor.

La caravana, horriblemente diezmada, no contaba ya sino con algunos hombres en estado de combatir; los demás estaban muertos o heridos.

Don Andrés, a quien le habían matado el caballo, a pesar de perder abundante sangre por dos heridas seguía combatiendo con sin igual bravura; pero de pronto dio una voz terrible, un grito de desesperación: don Melchor, brincando como un tigre, se había precipitado sobre el grupo en medio del cual se refugiara doña Dolores. Derribando a los peones que encontró a su paso, el hijo de don Andrés cogió a la doncella, la colocó atravesada sobre el arzón de su caballo, pese a la resistencia que ésta opuso, y salvando todos los obstáculos huyó a escape sin ocuparse más en el combate que sostenían sus compañeros.

Los cuales, al verse abandonados, renunciaron a una lucha ya sin objeto para ellos, y obedeciendo indudablemente a una orden previa se dispersaron en todas direcciones, dejando a los peones libres de continuar su camino hacia Puebla si así lo deseaban.

Don Melchor había con tal rapidez llevado a término el rapto de doña Dolores; que nadie lo advirtió hasta que el grito de desesperación de don Andrés hubo dado la señal de alarma.

Sin calcular el peligro a que se exponían, el conde y el mayordomo se habían lanzado en persecución de don Melchor; pero éste, montado como iba sobre un caballo de precio, llevaba a las fatigadas cabalgaduras de sus perseguidores una delantera considerable y que por instantes iba siendo mayor.

Domingo dirigió una mirada a don Andrés, que yacía tendido en tierra, y levantándole suavemente le dijo:

—Fíe V. en mí, señor, yo salvaré a su hija.

El anciano juntó las manos, miró al joven con indecible expresión de gratitud, y se desmayó.

Domingo se subió de nuevo sobre su caballo, y hundiéndole las espuelas en los ijares, dejó a don Andrés en manos de sus criados y a su vez echó tras el raptor.

El vaquero no necesitó sino un instante para convencerse de que don Melchor, más bien montado que no él y sus amigos, no tardaría en encontrarse fuera de todo alcance.

En cuanto a don Melchor, galopó en línea recta durante un trecho, luego refrenó prontamente su caballo cual si se hubiese levantado de improviso un obstáculo ante él, y doblando a la derecha cambió de dirección como si quisiese acercarse a sus perseguidores.

Luis y el mayordomo intentaron entonces cerrarle el paso, mientras Domingo, por su parte, detenía a su caballo, se apeaba y preparaba su fusil.

Según la dirección que entonces seguía, don Melchor debía pasar a unos cien metros de él.

El vaquero se santiguó, apuntó su arma e hizo fuego.

Herido en la cabeza, el caballo de don Melchor cayó muerto arrastrando al jinete en su caída.

En aquel mismo instante aparecieron en lontananza unos treinta guerrilleros, que a escape se dirigían al lugar de la emboscada.

Cuéllar iba al frente de ellos.

Por mucho que el conde y el mayordomo se hubiesen apresurado a dirigirse al sitio donde don Melchor cayera, Cuéllar llegó antes que ellos.

D. Melchor se levantó molido de la caída y se inclinó hasta su hermana para ayudarla a levantarse; pero ésta estaba desmayada.

—¡Vive Dios! señor, dijo Cuéllar con acento hosco, que es V. un gran compañero; practica V. la traición y arma emboscadas con raro talento; pero, el diablo me apriete el gañote antes de hora si V. y yo cabalgamos por más tiempo juntos.

—No es ocasión de bromearse, señor, repuso el joven; esta doncella, que es mi hermana, está desmayada.

—¿Y quién tiene de ello la culpa, gritó brutalmente el guerrillero, sino V., que con el fin de robarla no sé con qué objeto, me ha hecho matar veinte hombres entre los más resueltos de mi cuadrilla? Pero le juro a V. que esto no continuará así.

—¿Qué quiere V. decir? preguntó con altivez D. Melchor.

—Quiero decir que desde ahora me va V. a hacer el singular favor de irse a donde le dé la gana con tal que no sea conmigo, y que desde este mismísimo instante rompo con V. toda clase de relaciones. ¿Le parece a V. bastante claro?

—Sí, señor, respondió el joven, así es que no voy a abusar más de su paciencia; proporcióneme V. los caballos necesarios para mi hermana y para mí y le dejo.

—El diablo cargue conmigo si le proporciono a V. cosa alguna; cuanto a esa señora, ahí vienen unos jinetes que mucho me temo se opongan resueltamente a que V. se la lleve consigo. Don Melchor se puso lívido de rabia; pero comprendiendo que por su parte era imposible toda resistencia, cruzó los brazos sobre el pecho, irguió orgullosamente la cabeza y esperó.

En efecto, el conde, el mayordomo y Domingo llegaban corriendo.

Cuéllar dio algunos pasos en dirección a los jóvenes, los cuales, no conociendo como no conocían las intenciones del guerrillero y temerosos de que se declarase contra ellos, experimentaban alguna zozobra.

—Llegan Vds. oportunamente, les dijo Cuéllar, apresurándose a tranquilizarles; espero que no me han hecho Vds., la injuria de suponer que yo he intervenido en algo en la emboscada en que han corrido riesgo de perecer.

—No lo hemos sospechado ni por un segundo, señor, contestó cortésmente el conde.

—Gracias por el buen concepto que les merezco, señores, repuso Cuéllar; pero díganme, supongo que vienen Vds. a reclamar a esta señorita, ¿no es eso?

—Sí, señor.

—¿Y si yo me opusiese a que se la llevaran ustedes? preguntó con arrogancia don Melchor.

—Le levantaría a V. la tapa de los sesos, interrumpió con toda calma el guerrillero; créame V., no intente luchar contra mí, y aprovéchese de la buena disposición de ánimo en que me encuentro en este instante para tomar las de Villadiego, pues podría ocurrir que a no tardar me arrepintiese de esta última prueba de bondad que le doy y le abandonase a sus enemigos.

—Está bien, profirió don Melchor con amargura, me retiro ya que a ello me veo obligado; y midiendo con despreciativa mirada al conde, añadió: Volveremos a vernos, señor, y espero que entonces si no están enteramente de mi lado las fuerzas, a lo menos las probabilidades serán iguales.

—Respecto del particular ya ha padecido usted error, replicó Luis, y tengo sobrada confianza en Dios para creer que en adelante sucederá lo mismo.

—¡Veremos! profirió sordamente don Melchor, retrocediendo algunos pasos como para alejarse.

—¿No quiere V. saber qué resultado ha tenido para su padre la emboscada? preguntó entonces Domingo con acento de amenaza al joven.

—¡Padre! exclamó don Melchor con voz rencorosa, no le tengo.

—Es verdad, repuso con asco el conde, porque V. le ha matado.

Don Melchor se estremeció, le cubrió el rostro palidez cadavérica, una sonrisa amarga le contrajo los delgados labios, y tendiendo una mirada venenosa sobre los que le rodeaban, profirió con voz atragantada:

—Acepto esta nueva injuria. ¡Paso! ¡Paso al parricida!

Todos retrocedieron con horror, siguiendo con mirada despavorida a aquel monstruo que en la apariencia se alejaba tranquilo y sosegado a campo atravieso.

—Ese hombre es un demonio, murmuró el mismo Cuéllar, santiguándose.

Gesto que fue piadosamente imitado por sus soldados.

Doña Dolores, levantada con todo cuidado por Domingo, fue colocada sobre el caballo del conde, y los jóvenes, escoltados por Cuéllar, regresaron al lado de don Andrés, cuyas heridas le habían curado los peones como Dios les diera a entender.

Éstos, por orden del conde, labraron unas angarillas con algunas ramas, las cubrieron con sus sarapes y luego colocaron en ellas al anciano, que continuaba desvanecido, y a su hija a un lado.

—Siento más que no pueda V. imaginar, dijo entonces Cuéllar dirigiéndose al conde, este desdichado acontecimiento, pues por más que este hombre sea español y por lo tanto enemigo de Méjico, el triste estado a que le veo reducido me inspira verdadera compasión.

Los jóvenes dieron las gracias al agreste guerrillero por esta muestra de simpatía, se separaron definitivamente de él y tomaron de nuevo y en medio de la mayor tristeza el camino de Puebla, a donde llegaron dos horas después, acompañados de muchos parientes del señor de la Cruz, los cuales, advertidos por un peón a quien mandaron exprofeso, habían salido a su encuentro.

FIN DEL TOMO PRIMERO

ÍNDICE

TOMO PRIMERO

I.Las cumbres

II.Los viajeros

III.Los salteadores

IV.El Rayo

V.La hacienda del Arenal

VI.Por la ventana

VII.El rancho

VIII.El herido

IX.Descubrimiento

X.La cita

XI.En la llanura

XII.Un poco de política

XIII.Los bonos de la Convención

XIV.La casa del arrabal

XV.Don Melchor

XVI.El asalto

XVII.Después de la batalla

XVIII.La emboscada

LAS NOCHES MEJICANAS

POR

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