GUSTAVO AIMARD
Luis Calvo translation
TRADUCCIÓN DE
LUIS CALVO
2.a EDICIÓN
TOMO II
BARCELONA
TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO
ARCO DEL TEATRO, 21 Y 23
ESTA TRADUCCIÓN ES PROPIEDAD DE
D. Luis TASSO
I
COMPLICACIONES
Loick se calló.
Largo había sido el relato del vaquero, a quien don Jaime escuchó sin interrumpirle, con el rostro impasible y frío, pero chispeándole los ojos.
—¿Ha terminado V.? preguntó don Jaime volviéndose hacia Loick.
—Sí, señor.
—¿De qué modo ha sabido V. tan circunstanciadamente esa espantosa catástrofe?
—El mismo Domingo me la contó. ¡Ah! el pobre estaba como loco de dolor y de rabia, y al saber que yo tenía que verle a V. me encargó que le refiriese...
—Está bien, repuso don Jaime, interrumpiendo prontamente a Loick y fijando en éste una mirada de fuego; ¿no le dio a V. otro encargo para mí Domingo?
—Señor, balbuceó el ranchero lleno de turbación.
—¿Por qué te turbas de esta suerte? preguntó don Jaime. ¡Ea! habla o revienta.
—Señor, respondió Loick, temo haber cometido una majadería.
—En tu ademán contrito lo sospecho; pero en definitiva, ¿cuál es la majadería esa?
—Es que, respondió el bretón, Domingo estaba al parecer tan desesperado de no saber dónde encontrarle a V., parecía tener tanta necesidad de hablarle, que...
—Que no pudiste morderte la lengua y le revelaste...
—Donde se encontraba V., sí, señor.
Después de esta confesión el ranchero inclinó con humildad la cabeza cual si estuviese íntimamente convencido de que había cometido un gran crimen.
Hubo unos instantes de silencio.
—Como es natural, prosiguió don Jaime, le dijiste bajo qué nombre me ocultaba en esta casa.
—¡Diantre! profirió ingenuamente Loick, si no lo hubiese hecho así, apuradillo se hubiera encontrado Domingo para dar con V.
—Tienes razón. ¿Conque va a venir?
—Lo presumo.
—Está bien.
Don Jaime dio algunos pasos por el aposento, entregado a la reflexión, y luego acercándose a Loick, que continuaba inmóvil en su sitio, le preguntó:
—¿Vino V. solo a Méjico?
—López me acompaña, señor, pero le dejé en una pulquería de la puerta de Belén donde me está aguardando.
—Pues vuélvase V. allá y no le diga nada, y dentro de una hora, no, antes, véngase V. con él; tal vez necesite de ustedes dos.
—Pierda V. cuidado, señor, seremos puntuales, contestó Loick frotándose las manos.
—Ahora adiós.
—Dispense V., traigo una carta.
—¿Para mí? ¿de quién?
Loick sacó del bolsillo de su dolmán un billete cuidadosamente sellado y lo entregó a don Jaime, diciendo:
—Tenga V.
—¡De don Esteban! exclamó con gozo el aventurero después de dirigir una mirada al sobre y abriéndolo con presteza.
Aunque muy corto, el billete estaba cifrado, y su contenido era el siguiente:
«Todo marcha a pedir de boca; el individuo que V. sabe acude por sus propios pies al cebo. El sábado, a media noche; peral.
»¡Esperanza!
»CÓRDOBA.»
Don Jaime rompió el billete en partículas impalpables, y preguntó de improviso a Loick:
—¿En qué día estamos?
—¿Hoy? repuso el ranchero atónito ante una pregunta para él inesperada del todo.
—¡Necio! ¿Le parece a V. si me referiré a ayer o a mañana?
—Tiene V. razón, señor; hoy es martes.
—¿No podías habérmelo dicho inmediatamente? Cuando don Jaime estaba dominado por la alegría o por la cólera, tuteaba a Loick, y éste, que no lo ignoraba, en el modo como aquél le hablaba tenía un barómetro infalible.
El aventurero dio todavía algunos pasos por el aposento con ademán preocupado.
—¿Puedo marcharme? se arriesgó a preguntar el ranchero.
—Hace diez minutos que deberías estar fuera, respondió don Jaime con acento bronco.
Loick no se hizo repetir la orden; saludó y se retiró, dejando solo al aventurero.
Poco después se abrió la puerta del aposento donde éste se encontraba y en él entraron las dos damas, las cuales se encaminaron al encuentro de don Jaime, a quien doña María preguntó con voz turbada:
—¿Ha recibido V. malas noticias?
—Sí, hermana mía, respondió aquél, muy malas.
—¿Podemos saberlas?
—No me asiste razón alguna para callarlas; por otra parte atañen a personas queridas para ustedes.
—¡Virgen santísima! exclamó doña Carmen juntando las manos, ¿tal vez Dolores?
—Sí, hija mía, respondió don Jaime, la hacienda del Arenal fue sorprendida e incendiada por los juaristas.
—¡Dios mío! profirieron las dos damas con arranque de dolor; ¡pobre Dolores! ¿y don Andrés?
—Está gravemente herido.
—Demos gracias a Dios que no haya muerto.
—Poco más vale que un difunto, profirió el aventurero.
—¿Dónde se encuentran actualmente?
—En Puebla, donde llegaron escoltados por algunos de sus peones mandados por León Carral.
—Es un criado fiel.
—Sí, pero dudo que de ir solo hubiese logrado salvar a sus amos; por fortuna don Andrés tenía hospedados en la hacienda a dos caballeros franceses, el conde del Saulay...
—¿El que debe casar con Dolores? preguntó Carmen con viveza.
—El mismo, y el barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa. Parece que estos dos heroicos jóvenes hicieron prodigios de valor, y que gracias a ellos nuestros amigos se han librado de la horrible suerte que les esperaba.
—Bendígales Dios, profirió doña María; no les conozco, pero me intereso ya por ellos como si fuesen antiguos amigos.
—No tardará V. en conocerles, a lo menos a uno de ellos, dijo don Jaime.
—¡Ah! repuso con curiosidad la joven.
—Sí, de un momento a otro aguardo al barón de Meriadec.
—Le reservaremos la mejor acogida posible, dijo doña María.
—Les recomiendo a Vds. que así lo hagan, profirió don Jaime.
—¡Pero doña Dolores no puede permanecer en Puebla! dijo doña Carmen.
—Tal es mi parecer, repuso el aventurero, y por eso cuento trasladarme allá.
—¿Por qué no viene ella aquí? preguntó la joven; estaría en seguro y su padre recibiría los cuidados que su estado exige.
—Es muy juicioso lo que V. dice, Carmen, replicó don Jaime; tal vez valdría más que pasase algún tiempo con Vds.; pensaré en ello; ante todo, empero, es preciso que yo vea a don Andrés para cerciorarme de si su estado consiente el viaje.
—Observo, mi querido hermano, dijo doña María, que nos habló V. de doña Dolores y de su padre, pero no de don Melchor.
Al oír estas palabras, el rostro de don Jaime adquirió de súbito una expresión sombría y se le contrajeron las facciones.
—¿Le ha sucedido acaso alguna desgracia? preguntó doña María.
—¡Ojalá Dios que así hubiese acontecido! respondió aquél entre triste y colérico; no hable usted nunca de semejante hombre, es un monstruo.
—Me llena V. de espanto, don Jaime.
—Ya les he dicho a Vds. que la hacienda del Arenal había sido asaltada por los guerrilleros, ¿no es eso?
—Sí, respondió doña María, palpitante de terror.
—¿Sabe V. quién mandaba a los juaristas y les servía de guía? don Melchor de la Cruz.
—¡Oh! exclamaron horrorizadas las dos mujeres.
—Luego, cuando en pos de un convenio don Andrés y su hija lograron la autorización para retirarse sanos y salvos a Puebla, un hombre les armó un lazo a no mucha distancia de la ciudad y les atacó traidoramente, y ese hombre era don Melchor.
—¡Es horrible! profirieron doña María y doña Carmen ocultando el rostro entre las manos y rompiendo en sollozos.
—Sí, es horrible, continuó don Jaime, tanto más cuanto don Melchor había calculado impasiblemente la muerte de su padre, cuanto por medio de un parricidio quería apoderarse de la fortuna de su hermana, fortuna a la cual no tiene derecho alguno y que el próximo casamiento de doña Dolores se la arrebataba por completo, o a lo menos él así lo creía.
—Ese hombre es un monstruo, dijo doña María.
La relación de don Jaime había aterrorizado a las dos damas, y con razón; su intimidad con la familia de la Cruz era grande; doña Dolores y doña Carmen se habían criado juntas, y aunque esta última tenía algunos años más que la primera, se querían como hermanas. Así es que la noticia de la desventura que de improviso vino a abrumar a la familia de don Andrés, las llenaba de dolor.
Doña María insistió calurosamente para que don Andrés y su hija fuesen conducidos a Méjico y pasasen a vivir en compañía de ella y de Carmen y así pudiesen recibir los cuidados y los consuelos de que tan necesitados estaban después de semejante desastre.
—Veré, procuraré complacerlas a Vds., respondió don Jaime; sin embargo, no me atrevo a prometerles todavía cosa alguna. Cuento partir hoy mismo para Puebla, camino de la cual saldría ahora mismo si no aguardara la visita del barón de Meriadec.
—Ésta será la primera vez que le veré separarse de nosotras casi sin pesar, dijo suavemente doña María.
Don Jaime se sonrió.
En esto los tres interlocutores oyeron abrir la puerta de la calle y resonar los pasos de un caballo en el zaguán.
—Aquí está el barón, dijo el aventurero saliendo a recibir a su visitante.
En efecto, el recién llegado era Domingo.
Don Jaime tendió la mano al joven, y dirigiéndole una mirada significativa, le dijo en francés, lengua que las dos damas hablaban muy bien:
—Bienvenido sea V., mi querido barón; estaba aguardando a V. con impaciencia.
Domingo, que comprendió que hasta nueva orden debía conservar su incógnito, respondió:
—Siento en el alma haberle hecho aguardar a V., mi querido don Jaime; pero acabo de llegar a escape y nada nuevo le comunicaría si le dijese que el camino es largo.
—Lo sé, repuso don Jaime sonriendo, pero no permanezcamos aquí más tiempo; véngase usted, quiero presentarle a dos damas que desean conocerle.
—Señoras, dijo don Jaime entrando, permítanme Vds. que les presente al barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa, uno de mis más queridos amigos de quienes he tenido ocasión de hablarlas. Mi estimado barón, tengo la honra de presentar a V. doña María, mi hermana, y doña Carmen, mi sobrina.
Aunque intencionalmente, como es de suponer, el aventurero se hubiese callado el apellido de las damas, el joven pareció no advertirlo y las saludó respetuosamente.
—Ahora, añadió de buen humor don Jaime, se encuentra V. aquí como en medio de su familia, barón; V. ya conoce nuestra hospitalidad española; si necesita V. algo, no tiene más que hablar; estamos a sus órdenes.
Todos tomaron asiento y luego que hubieron servido los refrescos se entabló entre nuestros personajes el siguiente diálogo:
—Puede V. hablar con toda franqueza, dijo don Jaime; estas señoras están al corriente de la horrorosa catástrofe del Arenal.
—Más horrorosa de lo que Vds. suponen, profirió Domingo; y pues Vds. se interesan por esa desventurada familia, temo con mis palabras aumentar su dolor y ser mensajero de malas nuevas.
—Estamos íntimamente relacionados con don Andrés de la Cruz y su hechicera hija, respondió doña María.
—Entonces, señora, le pido anticipadamente mil perdones, repuso el joven vacilando; no tengo sino asuntos tristes que comunicarla.
—¡Oh, hable V., hable V.!
—Pocas palabras tengo que decir: los juaristas se han apoderado de Puebla; la ciudad se rindió a la primera intimación.
—¡Cobardes! exclamó el aventurero descargando un puñetazo en la mesa.
—¿No lo sabían Vds.? preguntó Domingo.
—No, respondió don Jaime, todavía la creía en poder de Miramón.
—Según su inveterada costumbre, continuó el joven, lo primero que hicieron los juaristas fue apoderarse de los extranjeros, sobre todo de los españoles, y exigirles rescate. De estos últimos, algunos fueron fusilados sumariamente. No siendo ya bastantes las prisiones, se ha echado mano de los conventos para encerrar a los prisioneros. Es espantoso el terror que reina en Puebla.
—Prosiga V., amigo mío, dijo don Jaime. ¿Qué ha sido de don Andrés?
—Probablemente ya sabe V. que el pobre está gravemente herido.
—Lo sé.
—Pocas esperanzas inspira su estado. El gobernador de la ciudad, a pesar de las representaciones de personajes notables y de los ruegos de toda la gente honrada, mandó prender a don Andrés como convicto de alta traición, y no obstante las lágrimas de doña Dolores y de todos sus amigos lo hizo trasladar a las mazmorras de la antigua inquisición. Luego saquearon y arrasaron la casa del infeliz.
—Pero, eso es espantoso; eso es barbarie pura.
—¡Pues todavía son tortas y pan pintado!
—¿Cómo se entiende?
—Don Andrés fue sumariado, y como protestaba de su inocencia, pese a todos los esfuerzos de sus jueces para obligarle a acusarse a sí mismo, le aplicaron el tormento.
—¡El tormento! exclamaron los oyentes, con gesto de horror.
—Sí, respondió Domingo, aquel anciano herido, moribundo, fue suspendido por los pulgares y recibió el trato de cuerda por dos veces consecutivas. No obstante, sus verdugos no pudieron conseguir que confesase los crímenes que le imputaban y de que estaba inocente.
—¡Oh! esto traspasa los límites de lo creíble, exclamó don Jaime. El desventurado murió, es indudable.
—Todavía no, o a lo menos todavía no lo estaba cuando me salí de Puebla; ni siquiera le han condenado. A sus verdugos nada les apresura, y como pueden disponer del tiempo que se les antoje, se divierten jugando con su víctima.
—¿Y Dolores? preguntó doña Carmen, pobrecita ¡cuánto debe sufrir!
—Doña Dolores ha desaparecido; la robaron, respondió Domingo.
—¡Que desapareció! exclamó don Jaime con voz de trueno. ¡Y V. vive para decírmelo!
—He hecho cuanto pude para que me matasen, replicó Domingo con la mayor sencillez del mundo, pero no lo he logrado.
—¡Ah! yo la hallaré, repuso el aventurero. ¿Y qué hace el conde?
—Está desesperado; ayudado por León Carral, busca mientras yo me vine a verme con V.
—Ha obrado V. bien; por quien soy le juro que daré con ella. ¿Así pues el conde y León Carral se quedaron en Puebla?
—Únicamente León Carral; el conde se vio obligado a huir para librarse de las persecuciones de los juaristas y se refugió con sus criados en el rancho; todos los días, el más joven de ellos, a quien creo llaman Ibarru, va a la ciudad para ponerse de acuerdo con el mayordomo.
—Dígame V., ¿vino V. a mi encuentro por impulso propio?
—Sí, pero primeramente tomé consejo del conde; no quise obrar sin que me fuese conocido su parecer.
—Hizo V. santamente, repuso el aventurero; y volviéndose a doña María, añadió: hermana, prepare V. una habitación a propósito para doña Dolores.
—¿Va V. a conducirla aquí? profirieron las dos damas.
—Sí, o sucumbiré en la demanda, respondió don Jaime.
—¿Partimos? preguntó Domingo con impaciencia.
—Pronto, estoy aguardando a Loick y a López.
—¿Loick está aquí?
—Él es quien me trajo la noticia de la toma de la hacienda.
—Yo le envié.
—Me lo dijo. Su caballo de V. está fatigado, de consiguiente va V. a dejarlo aquí para que cuiden de él; ya le proporcionaré otro.
—Como V. quiera.
—¿Usted ha oído pronunciar sin duda los nombres de los principales perseguidores de don Andrés?
—Tres son: el primero el primer secretario, el alma condenada del nuevo gobernador, don Antonio de Cacerbar.
—¡Estuvo V. de chiripa, por mi vida! dijo el aventurero con voz irónica: ése es el hombre a quien salvó V. tan filantrópicamente la existencia.
—¡Le mataré! dijo el joven rugiendo como un tigre.
—¿Tanto es el odio que V. le lleva? preguntó don Jaime fijando una mirada singular en su interlocutor.
—La muerte misma no será parte a extinguirlo. La conducta de ese hombre es inexplicable. Dos días después de haber los juaristas entrado en Puebla, se presentó él de improviso, para desaparecer nuevamente dejando tras sí un largo reguero de sangre.
—Ya daremos con él; ¿quién es el segundo?
—¿Todavía no lo ha adivinado V.?
—Don Melchor ¿no es eso?
—El mismo.
—Está bien; ahora ya sé dónde hallar a doña Dolores; él es quien la robó.
—Es probable.
—¿Y el tercero?
—El tercero es un joven de gallarda y agradable presencia, de voz suave, modales distinguidos, más terrible por sí solo, según dicen, que los otros dos reunidos, y aunque no tiene título oficial, parece disfrutar de un gran poder; pasa por agente secreto de Juárez.
—¿Se llama?
—Don Diego Izaguirre.
—¡Bah! repuso el aventurero sonriéndose, el negocio no es tan desesperado como me temí; triunfaremos.
—¿Lo cree V.?
—Estoy seguro de ello.
—Dios le escuche a V., profirieron las dos damas juntando las manos.
Desde la llegada de Domingo, doña María era pábulo de una preocupación extraordinaria; mientras éste estaba hablando con don Jaime, aquélla le miraba con singular fijeza, y sentía subírsele las lágrimas a los ojos, y el corazón parecía querer saltársele del pecho, sin que pudiese explicarse la emoción que le producía la presencia y el timbre de voz de aquel apuesto doncel a quien, no obstante, veía por vez primera. En vano la buena señora evocaba sus recuerdos para adivinar dónde oyera ya aquella voz cuyo sonido asumía para ella un no sé qué simpático que le llegaba hasta el alma. Doña María estudiaba el hermoso y leal semblante del vaquero cual si en las facciones de éste hubiese querido hallar un parecido fugaz, pero su memoria era un caos; entre lo presente y lo pasado parecía como que se levantase una valla insuperable, cual para demostrarle que se dejaba dominar por una esperanza desatinada, y que el hombre que se encontraba en su presencia le era realmente extraño.
Don Jaime seguía atentamente en el rostro de doña María los diversos sentimientos que iban consecutivamente reflejándose en él; pero fuese cual fuese el concepto que se formara sobre el particular, permaneció frío, impasible e indiferente en la apariencia a las peripecias de aquel drama íntimo que sin embargo debía interesarle hasta más no poder.
Una vez hubieron llegado Loick y López, ensillaron un caballo para Domingo.
—Partamos, dijo el aventurero levantándose; el tiempo apremia.
El joven se despidió de las damas.
—Volverá V. ¿no es cierto, caballero? le preguntó con agasajo doña María.
—Es V. muy bondadosa para conmigo, respondió el vaquero; será para mí una dicha el aprovecharme de tan fina invitación.
Domingo, Loick y López se salieron, y en pos de ellos iba a hacerlo don Jaime, cuando su hermana le asió del brazo para decirle con voz temblorosa:
—Una pregunta.
—Hable V., hermana mía.
—¿Conoce V. al joven ese?
—Mucho.
—¿Realmente es un caballero francés?
—Pasa por tal, respondió don Jaime, mirando fijamente a su hermana.
—¡Qué locura la mía! murmuró la dama soltando el brazo de su hermano y dando un suspiro.
El aventurero se sonrió sin responder.
Poco después resonaron en la calle los cascos de los cuatro caballos lanzados a escape.
II
LA SORPRESA
De esta suerte y sin cruzar una palabra galoparon hasta la puesta de sol, en cuya hora llegaron a un rancho ruinoso colocado como un centinela a orillas del camino.
El aventurero hizo un gesto, y los jinetes detuvieron a sus cabalgaduras.
Un hombre salió del rancho, y después de mirar silenciosamente a los recién llegados, entró nuevamente en aquél, hasta que algunos minutos después reapareció por la parte posterior del edificio, conduciendo dos caballos de las bridas.
Dichos caballos iban ensillados.
El aventurero y Domingo echaron pie a tierra: quitaron las alforjas y las pistolas, las colocaron en los arzones de los caballos de refresco y volvieron a montar.
Por segunda vez compareció el hombre del rancho, conduciendo otros dos caballos, y Loick y López se apearon a su vez e imitaron a don Jaime y a Domingo.
El mudo personaje cogió en un haz las cuatro bridas y se alejó tirando de los cuatro caballos.
—¡Adelante! gritó don Jaime.
La carrera empezó de nuevo silenciosa y veloz; y como la noche estaba sombría, los jinetes se deslizaban cual sombras.
Después de andar toda la noche, a las cinco de la mañana relevaron los caballos en un ruinoso rancho.
Aquellos hombres parecían de bronce, pues tras quince horas de vertiginosa carrera a caballo la fatiga no había hecho mella en ellos.
Durante tan largo trayecto, ninguno de los viajeros había pronunciado palabra.
A eso de las diez de la mañana, don Jaime y los suyos vieron brillar, a los deslumbradores rayos del sol, las cúpulas de Puebla.
En menos de veinticuatro horas habían recorrido, al través de caminos impracticables, los ciento veintiséis kilómetros que van de esta ciudad a Méjico.
A media legua escasa de la ciudad, en lugar de continuar avanzando en línea recta, a una señal del aventurero hicieron una conversión y se internaron en un sendero apenas perceptible que cruzaba un soto.
Por espacio de una hora don Jaime cabalgó a la cabeza de sus compañeros, y una vez llegados a un claro en medio del cual se hacía una enramada, aquél detuvo su caballo, se apeó y dijo:
—Hemos llegado; aquí es donde provisionalmente vamos a establecer nuestro cuartel general.
Domingo, López y Loick echaron también pie a tierra y empezaron a desensillar a sus caballos.
—Aguarden Vds., repuso el aventurero; Loick, vas a llegarte a tu rancho, donde en este momento se encuentran el conde del Saulay y sus criados, y les conduces aquí; tú, López, ve por provisiones.
—¿Vamos a aguardarles V. y yo bajo esta enramada? preguntó Domingo.
—No, porque yo me voy a Puebla.
—¿Y sí le conocen a V.?
El aventurero se sonrió.
Don Jaime y el vaquero se quedaron solos, y después de introducir sus caballos en la espesura y quitarles las bridas para que pudiesen ramonear la hierba, aquél dijo al joven:
—Sígame V.
Domingo obedeció, y él y don Jaime se internaron en la enramada.
Dan el nombre de enramada en Méjico a una especie de cabaña informe construida sin arte con ramas de árboles entrelazadas y cubierta con otras ramas y hojas; esas viviendas, de muy pobre aspecto, ofrecen sin embargo un abrigo muy bueno contra la lluvia y contra los rayos del sol.
La enramada a que llegaron don Jaime y Domingo, más bien construida que las demás, estaba dividida en dos compartimientos por un tejido de ramas que subía hasta el techo y dividía la cabaña en dos partes iguales por lo ancho.
Don Jaime pasó, sin detenerse, por el compartimiento primero y entró en el segundo, seguido del vaquero, que desde hacía algunos instantes parecía estar sumergido en profundas reflexiones.
El aventurero apartó un montón de hierbas y de hojas secas, y tomando su machete empezó a cavar el suelo.
—¿Qué hace V.? le preguntó Domingo lleno de admiración.
—Ya lo ve V. estoy desembarazando la entrada de una cueva; ayúdeme V.
El joven y el aventurero pusieron manos a la obra, y a poco apareció una losa ancha y plana en medio de la cual estaba empotrada una anilla.
Una vez hubieron quitado la piedra, quedaron al descubierto dos groseros escalones tallados en la peña.
—Bajemos, dijo el aventurero, después de encender una lámpara.
Domingo tendió una mirada de curiosidad en torno de sí; el sitio donde se encontraba, situado siete u ocho metros debajo del suelo, formaba una especie de sala octagonal bastante capaz a la que afluían cuatro galerías, que conducían a puntos distintos y parecían penetrar en las entrañas de la tierra.
Dicha sala estaba abundantemente provista de armas de todas clases; se veían en ella arneses, equipos, una cama de hojarasca con su manta y hasta una anaquelería con libros suspendida de la pared.
—Ésta es una de mis guaridas, dijo sonriendo el aventurero, y como ésta poseo muchas desparramadas por todo el territorio mejicano. Esta cueva data del tiempo de los aztecas y su existencia me la reveló hace ya muchos años un indio anciano; ya sabe V. que la provincia en que nos encontramos era antiguamente el territorio sagrado de la religión mejicana; de consiguiente en él pululan los templos. Las cuevas, de las que existían gran número, servían a los sacerdotes para trasladarse de uno a otro sitio sin ser descubiertos y dar de esta suerte más valor a los milagros de ubicuidad que ellos pretendían obrar. Más adelante sirvieron de refugio a los indios perseguidos por los conquistadores españoles. Ésta, que por un lado afluye a la pirámide de Cholula y por el otro al centro de la misma ciudad de Puebla, sin mentar otras salidas, fue muchas veces de gran provecho para los insurgentes mejicanos durante la guerra de la independencia. Hoy su existencia es ignorada; V. y yo somos los únicos que en la actualidad la conocemos.
—Dispense V., dijo el vaquero, que había escuchado con el más vivo interés este relato, hay una cosa que no acabo de comprender.
—¿Cuál?
—Hace poco me dijo V. que si por acaso venía alguien, al punto lo sabríamos.
—Efectivamente se lo dije a V.
—No comprendo absolutamente como puede ser eso.
—Es muy sencillo; ¿ve V. esa galería?
—Sí.
—Pues por una especie de abertura de un metro cuadrado poco más o menos, cubierta de malezas e imposible de descubrir, afluye exactamente a la entrada del sendero, único punto por el cual es posible penetrar en el bosque; ahora bien, por un singular efecto de acústica de que no acertaría a dar la explicación, todos los ruidos, sean cuales fueren, aun los más insignificantes, que se producen cerca de dicha abertura, son inmediatamente repercutidos aquí con claridad tal, que con gran facilidad puede conocerse de qué proceden.
—Entonces nada temo ya, repuso Domingo.
—Por otra parte, una vez hayan llegado las personas a quienes estamos aguardando, taparemos la mencionada abertura, que nos será inútil, y entraremos y saldremos por otra galería que se abre a espaldas de V.
Y mientras daba estas explicaciones a su amigo, el aventurero se había quitado algunas prendas de su traje.
—¿Qué hace V.? preguntó Domingo.
—Me disfrazo para ir a informarme y saber en qué punto se encuentran nuestros asuntos en Puebla. Los habitantes de esta ciudad son muy religiosos; en ella abundan los conventos, y me pongo estos hábitos de camaldulense, a favor de los cuales podré librarme a mis comisiones sin temor de que sospechen de mí.
El vaquero se había sentado sobre las pieles, y con la espalda apoyada en la pared estaba meditando.
—¿Qué tiene V.? le preguntó don Jaime, parece que le preocupa y le entristece algo.
—En efecto, estoy triste, respondió el joven, estremeciéndose cual si de improviso le hubiese mordido una víbora.
—¿No le he dicho a V. ya que daríamos de nuevo con doña Dolores?
—Señor, repuso Domingo, estremeciéndose otra vez, poniéndose lívido y levantándose con la cabeza caída sobre el pecho, desprécieme usted, soy un infame.
—¡Un infame! ¡V. un infame! ¡Bah! V. ha mentido.
—No, señor, he dicho la verdad; falté a mis deberes, traicioné a mi amigo, olvidé cuanto V. me recomendó, dijo Domingo. Y luego, dando un gran suspiro, añadió con voz apenas perceptible; amo a la prometida del conde.
El aventurero fijó con expresión indefinible su límpida mirada en el joven, y dijo:
—Ya lo sabía.
—¡Que lo sabia V.! exclamó Domingo estremeciéndose e irguiéndose a la vez como impulsado por poderoso resorte.
—Sí, repuso don Jaime.
—¿Y no me desprecia V.?
—¿Por qué? ¿acaso somos dueños de nuestro corazón?
—¡Pero es la prometida del conde, de mi amigo!
—Dolores le ama a V., profirió el aventurero, haciendo caso omiso de la exclamación del joven.
—¡Oh! profirió éste, ¿y cómo sabré yo si ella me ama, cuando apenas me atreví a confesarme a mí mismo la pasión que yo siento?
Hubo una larga pausa de silencio. Por fin don Jaime, que mientras iba vistiéndose los hábitos de fraile miraba con el rabillo del ojo a su interlocutor, dijo con voz natural:
—El conde no ama a doña Dolores.
—¿Qué dice V.? exclamó el joven con ardoroso arranque.
—He aquí lo que son los enamorados, profirió don Jaime riendo, no comprenden que los demás tengan también ojos para ver.
—Pero el conde debe casar con ella, repuso el joven.
—Debe, replicó el aventurero recalcando con intención la palabra.
—¿No vino ex professo a Méjico con este fin?
—Sí.
—Luego ya ve V. que casará con ella.
—Su conclusión de V. es absurda, repuso el aventurero encogiendo los hombros; ¿por ventura sabe el hombre lo que va a hacer? ¿le pertenece acaso el mañana?
—Pero desde que las desgracias abrumaron a la familia de doña Dolores y a doña Dolores misma, el conde tienta lo imposible para salvar a su prometida.
—Eso demuestra que el conde es un caballero cumplido, y nada más; por otra parte, es primo de la joven, y al procurar salvarla, aun con peligro de su vida y de su fortuna, cumple con su deber.
—La ama, la ama, dijo Domingo.
—Entonces vuelvo la oración por pasiva: doña Dolores no ama al conde.
—¿Usted lo cree así?
—Estoy seguro de ello.
—¡Oh! como pudiese yo persuadirme de semejante supuesto, esperaría.
—Es V. un niño, repuso el aventurero. Ahora parto; aguárdeme V. aquí; pero antes de irme júreme que no se alejará en tanto no esté yo de regreso.
—Se lo juro a V.
—Bien, voy a trabajar para V.; espere; hasta luego.
Y haciendo a Domingo una última señal de despedida con la mano, el aventurero se alejó por una galería lateral.
El joven permaneció inmóvil e imaginativo mientras oyó el ruido de los pasos de su amigo que se alejaba; luego se dejó caer en el lecho de pieles, y murmuró con voz apagada:
—Me dijo que esperara.
Ahora vamos a dejar a Domingo sumergido en reflexiones que, a juzgar por la expresión del rostro del joven, debían ser agradables, y seguiremos a don Jaime en su arriesgada expedición.
El subterráneo estaba situado a una media legua de la ciudad; por lo tanto ésta era la distancia que don Jaime tenía que recorrer bajo tierra para encontrarse en Puebla. Sin embargo, lo largo del trayecto no parecía inquietarle lo más mínimo; seguía a buen andar por la galería, en la que por intersticios invisibles penetraba luz suficiente para que con facilidad pudiese guiarse en medio de los innumerables rodeos que se veía obligado a dar. De esta suerte don Jaime caminó por espacio de tres cuartos de hora, al cabo de los cuales llegó al pie de una escalera compuesta de unos quince peldaños, por la que empezó a subir después de haberse detenido por un instante para recobrar el aliento. Una vez arriba, buscó un resorte, con él que dio casi inmediatamente, apoyó con fuerza los dedos en él, y al punto una enorme piedra se destacó de la pared, giró sobre invisibles goznes y abrió ancho paso. Don Jaime atravesó la abertura, empujó la piedra, que recobró instantáneamente su primitiva posición, y paseó en torno de sí una escrutadora mirada: estaba solo. El sitio donde se encontraba era una capilla de la mismísima catedral de Puebla; la puerta secreta que había librado paso el aventurero, se abría en uno de los ángulos de aquélla y estaba oculta por un confesionario. Las precauciones estaban bien tomadas; no se corría riesgo alguno de ser descubierto.
Don Jaime se salió de la iglesia y se encontró en la plaza Mayor, que, por ser las doce del mediodía, hora de la siesta, se hallaba casi solitaria.
El aventurero se bajó el capuchón hasta los ojos, escondió las manos en sus mangas, y con paso reposado atravesó la plaza diagonalmente, se internó en una de las calles que a ella afluían, y llegó de esta suerte hasta la puerta de una graciosa casa construida entre patio y jardín, la cual parecía surgir del corazón de un bosquecillo de naranjos y de granados en flor. El aventurero abrió dicha puerta, que no estaba cerrada sino con un pestillo, entró y volvió a cerrarla tras sí, y se encontró en una alameda arenosa, sombrada por una bóveda de follaje y que terminaba en la puerta misma de la casa, separada del plan terreno por algunos escalones y coronada de una azotea al estilo mejicano. Oliverio tendió a su alrededor una mirada suspicaz, y vio que el jardín estaba desierto. Entonces siguió adelante, pero en vez de dirigirse hacia la casa, se internó en una alameda lateral, y después de algunos rodeos se encontró ante una puerta excusada que al parecer pertenecía a la servidumbre. Una vez allí Oliverio tomó un silbato de plata que de una cadenita de oro llevaba suspendido al cuello, se lo llevó a los labios y arrancó de él un sonido suave y modulado de cierta manera, a cuyo son y desde el interior de las habitaciones contestó otro parecido, tras lo cual se abrió una puerta y apareció un hombre. El aventurero hizo un signo masónico a éste, que le respondió del mismo modo y entró en pos de él en la casa. Sin pronunciar palabra, aquel hombre guió al aventurero al través de gran número de aposentos, hasta que por fin abrió una puerta, se hizo a un lado para dejar paso franco a su acompañado, y una vez éste hubo penetrado en la pieza, volvió a cerrar, quedándose fuera. El aposento en el cual don Jaime acababa de ser introducido de esta suerte, estaba amueblado con elegancia, en las ventanas había anchas y corridas cortinas que interceptaban los rayos del sol, el piso estaba cubierto con uno de esos blandos petates que únicamente los indios saben labrar, y lo dividía en dos una hamaca de hilo de áloe suspendida por argollas de plata, de grapas del mismo metal, en la que dormía a pierna tendida un hombre que no era otro que don Melchor de la Cruz. Sobre una baja mesa de sándalo y al alcance del durmiente se veían un cuchillo con puño de plata dorada delicadamente cincelado, de ancha, larga y afilada hoja, y un par de magníficos revólveres de seis tiros, en cuyos cañones se leía el nombre de Devisme. Aun en el riñón de Puebla, en su propia casa, don Melchor creía prudente estar preparado contra una sorpresa o contra una traición. A bien que sus temores nada tenían de exagerado, porque el hombre que en aquel instante se encontraba ante él, en aquella pieza, era uno de sus más temibles enemigos. Don Jaime contempló a don Melchor por espacio de algunos segundos, luego avanzó de puntillas hasta la hamaca, tomó las pistolas, las hizo desaparecer debajo de sus hábitos, se apoderó del cuchillo, y luego dio un golpecito al durmiente, que no necesitó de nueva insinuación para despertarse y tender maquinalmente la mano hacia la mesa.
—Es inútil, dijo con despego don Jaime, no están.
Al sonido de aquella voz conocida, don Melchor se levantó como despedido por un resorte, y fijando una mirada hosca en el individuo que estaba inmóvil delante de él, preguntó con voz ahogada por el miedo:
—¿Quién es V.?
—¿Todavía no me ha conocido? respondió con zumba el aventurero.
—¿Quién es V.? repitió don Melchor.
—¡Ah! dijo el fingido fraile, ¿quiere V. estar seguro? en hora buena, mire V.
Al pronunciar estas palabras, el aventurero se echó atrás el capuchón.
—¡Don Adolfo! murmuró el joven con voz sorda.
—¿A qué tal extrañeza? preguntó el aventurero sin dejar el tono de zumba. ¿No me esperaba V.? sin embargo debía V. suponer que vendría a encontrarle.
—Está bien, dijo don Melchor después de unos instantes de reflexión; en definitiva vale más acabar de una vez.
Y se sentó de nuevo en el borde de la hamaca, con la mayor tranquilidad e indolencia del mundo, en la apariencia a lo menos.
—Enhorabuena, profirió Oliverio sonriéndose; prefiero que lo tome V. así. ¡Ea! hablemos, nos sobra el tiempo.
—¿Conque no viene V. con la intención de asesinarme? preguntó el joven con ironía.
—¡Vaya un pensamiento más diabólico se le ha acudido a V., mi querido señor! respondió el aventurero. ¡Yo poner la mano encima de V.! ¡Dios me libre! Éste es negocio del verdugo, y me guardaré de hacer la competencia a tan estimable empleado.
—El caso es, profirió impetuosamente don Melchor, que V. se introdujo en mi casa como pudiera haberlo hecho un bandido, bajo este disfraz, sin duda para asesinarme.
—Vuelve V. a las andadas y esto arguye torpeza; si he venido disfrazado aquí, es porque las circunstancias exigen que tome esta precaución, y nada más; por otra parte, no hice sino seguir el ejemplo de V. Y cambiando inopinadamente de tono, el aventurero añadió: a propósito, ¿está V. satisfecho de Juárez? ¿Le pagó a V. generosamente su traición? He oído cosas de él que me hacen suponer se habrá limitado a hacerle a V. promesas, ¿no es así?
—¿Para decirme esas majaderías, repuso don Melchor con desdén, se introdujo V. furtivamente en mi casa?
—¡No, miserable! exclamó el aventurero levantándose, empuñando un revólver en cada mano, avanzando un paso y midiendo de pies a cabeza y con mirada de desprecio al joven; no, miserable, vine para levantarle a V. la tapa de los sesos como no me revele qué hizo de su hermana doña Dolores.
III
LOS PRISIONEROS
Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos hombres, de pie uno en frente de otro, se medían con la mirada.
—¡Ja, ja, ja! profirió don Melchor de la Cruz interrumpiendo el silencio, echándose a reír de un modo estridente y dejándose caer de nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, señor, al decirle que se había V. introducido en mi casa para asesinarme.
—Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, después de esconder los revólveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a V., no le mataré, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado; pero le obligaré a que me diga la verdad.
—Pruébelo V., profirió el joven mirando con expresión singular a su interlocutor y encogiendo los hombros con desdén.
Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maíz, lo encendió, y lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorífero humo, añadió:
—Le escucho a V.
—Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolveré la libertad sino a condición de que ponga a doña Dolores, no en mis manos, sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.
—¡Jum! mucho me exige V., querido señor, replicó el joven; observe V. que yo soy el tutor legal de mi hermana.
—¡Cómo su tutor!
—Sí, puesto que nuestro padre ha fallecido.
—¡Qué! ¿don Andrés de la Cruz muerto? exclamó el aventurero levantándose de un brinco.
—¡Ay! sí, respondió hipócritamente el joven levantando los ojos al cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la mañana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cúmulo de desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrantó. Su muerte fue conmovedora.
Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se paseó por el aposento.
—Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente éste deteniéndose delante del joven, ¿quiere V., o no, devolver la libertad a doña Dolores?
—No, respondió resueltamente don Melchor.
—Está bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.
En esto se abrió la puerta y un joven de presencia distinguida y de porte elegante entró en el aposento.
—Los acontecimientos podrían tomar un sesgo muy distinto de lo que supone don Adolfo, dijo entre sí don Melchor sonriendo socarronamente al ver al recién llegado.
El cual saludó cortésmente al dueño de la casa, a quien preguntó después de cambiar con él un apretón de manos y de haber dirigido una mirada indiferente al fingido fraile:
—¿Incómodo?
—Al contrario, mi querido don Diego, no podía V. llegar más oportunamente, respondió don Melchor; ¿pero a qué debo el verle a V. a hora tan insólita?
—Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay, su enemigo personal, está en poder nuestro; pero como es francés y debemos guardar para con él algunas consideraciones, el general ha resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro ilustrísimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de mandar la escolta esa.
—¡Demonios! exclamó con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama un verdadero amigo. Pero ahora me toca a mí: fíjese V. bien en este fraile, ¿le conoce V.? ¿no? Pues este hombre no es otro que el aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qué sé yo cuántos nombres más, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.
—¿Es posible? exclamó don Diego.
—Tal como dijo el señor, repuso entonces don Adolfo.
—Antes de una hora, profirió él de la Cruz, será V. fusilado por traidor y bandido.
Don Adolfo encogió con desdén los hombros.
—Es evidente, observó don Diego, que este hombre será fusilado; pero como pretende que es francés, sólo al presidente corresponde decidir de su suerte.
—¡Ah! profirió don Melchor, ¿así pues todos esos demonios pertenecen a esa nación maldita?
—No sé, dijo don Diego; pero lo que sí puedo asegurar a V. es que el hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vería V. en apuros para llevarle a buen recaudo, le mandaré al presidente bajo la vigilancia de una escolta especial.
—Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo empeño en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomaré tales precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapará; lo único que hay que hacer es desarmarle.
El aventurero entregó silenciosamente las armas a don Diego.
En esto entró un criado y anunció que la escolta estaba aguardando en la calle.
—Está bien, dijo don Melchor; en marcha.
El criado entregó un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y le enhebilló las espuelas.
—Ahora podemos partir, dijo él de la Cruz.
—Vamos, profirió don Diego; y volviéndose al aventurero, añadió: don Adolfo o como se llame, pase V. adelante.
El aventurero obedeció sin replicar.
Veinticinco soldados vestidos podríamos decir caprichosamente y casi todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrón y rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.
Al ver al conde, a don Melchor se le iluminó el semblante; en cuanto a aquél, no se dignó siquiera aparentar que había notado la presencia del hermano de su prometida.
A una señal de don Diego, don Adolfo se subió sobre un caballo que al efecto para él habían preparado, y fue a colocarse a la derecha del conde, con quien cambió un apretón de manos.
—Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez también había montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.
—Adiós, contestó don Melchor.
La escolta se puso en marcha.
Eran poco más o menos las dos de la tarde, y como habían ya menguado los grandes calores del día, las tiendas empezaban a abrirse, y los tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando, pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del escuadrón; y aunque su postura era fría y comedida, se conocía que hacía esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin dueño de sus implacables enemigos.
Tiempo hacía que habían salido de la ciudad la escolta y los prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acercó a don Melchor y le dijo:
—Los soldados están rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sería que pensásemos en acampar con objeto de pasar la noche.
—Acampemos, contestó el joven, con tal que sea en sitio seguro.
—No lejos de aquí, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado donde nos encontraremos a las mil maravillas.
—Pues vamos allá.
El teniente tomó la dirección de los soldados, los cuales no tardaron en internarse en un sendero apenas abierto al través de un bosque sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aquél hablara.
A una orden del teniente, los soldados se apearon más que de prisa; tantos deseos tenían, al parecer, de descansar de sus fatigas.
Don Melchor echó también pie a tierra y penetró en el rancho para informarse del estado en que éste se encontraba; pero apenas hubo dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sintió sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa inútil. Al cabo de algunos minutos oyó choque de sables y un ruido cadencioso fuera del rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin ocuparse más en él. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y después de avanzar algunos pasos con rapidez, le pareció que le hacían bajar por una escalera subterránea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que él supuso, donde le dejaron sólo y en medio del más absoluto silencio.
Por fin se oyó un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.
De improviso todo quedó de nuevo en el mayor silencio. El joven sintió como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupación emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjeturó, por el aire más fresco y vivo que le hería el rostro, que había salido del subterráneo y se encontraba al raso.
—Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y metálico llamó la atención del joven.
Al punto libraron a éste de las ataduras, de la mordaza y de la venda que le cubría los ojos.
Don Melchor se puso en pie de un salto y miró en torno de sí.
El sitio donde se encontraba era la cúspide de una colina bastante alta, situada en medio de una llanura inmensa. La noche estaba sombría, y a lo lejos, un poco a la derecha, brillaban como otras tantas estrellas las luces de las casas de Puebla.
El joven formaba el centro de un grupo numeroso de hombres; los cuales iban enmascarados y empuñaban en la diestra sendas teas de ocote, cuya llama, movida por el viento, matizaba de sanguinolentos vislumbres las ondulaciones del terreno y les imprimía un aspecto fantástico.
Don Melchor quedó aterrorizado, pues comprendió que se encontraba en poder de los miembros de la misteriosa asociación masónica a la cual él estaba afiliado, y que extendía por todo el territorio de la república mejicana las tenebrosas ramificaciones de sus temibles ventas.
Tal era el silencio que reinaba en la colina, de tal modo parecían estatuas aquellos hombres, en su fría inmovilidad, que el joven oía sordamente los precipitados latidos de su propio corazón.
—Don Melchor de la Cruz, dijo uno de los desconocidos adelantando un paso, ¿sabe usted dónde se encuentra y en presencia de quienes está en este momento?
—Sí, respondió el joven con los labios oprimidos.
—¿Se reconoce V. sujeto a la justicia de los que le rodean?
—Sí; porque tienen de su lado la fuerza, y toda resistencia o protesta de mi parte sería inútil.
—No, no es ésta la razón por la cual está V. sujeto al fallo de estos hombres, y V. lo sabe perfectamente, replicó impasiblemente el enmascarado, sino porque se ha ligado V. espontáneamente a ellos por un pacto, y al hacer este pacto, aceptó V. su jurisdicción y dio el derecho a juzgarle como faltase a los juramentos que voluntariamente les prestó.
—¿Qué me aprovecharía intentar una defensa inútil, repuso don Melchor encogiendo los hombros, si sé que de antemano estoy condenado a muerte? Ejecuten pues sin tardanza la sentencia que ya han pronunciado Vds. tácitamente.
El enmascarado lanzó, al través de los agujeros de su carátula, una mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profirió estas palabras:
—Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como parricida, ni como fratricida, ni como ladrón, sino como traidor a la patria; le requiero pues para que se defienda.
—No me da la gana, respondió el joven en voz alta y firme.
—Enhorabuena, repuso fríamente el enmascarado; y clavando su antorcha en el suelo y volviéndose hacia los circunstantes, preguntó:
—Hermanos ¿qué castigo merece este hombre?
—La muerte, respondieron con voz sorda los demás enmascarados.
Don Melchor permaneció impasible.
—Está V. condenado a morir, profirió él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, y la sentencia será ejecutada en este mismo sitio; tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.
—¿Cómo moriré? preguntó con indolencia el joven.
—Ahorcado.
—Tanto da acabar así que asá, dijo don Melchor con irónica sonrisa.
—Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el cuerpo, prosiguió el enmascarado, a no tardar vendrá un sacerdote para que le ayude a V. a bien morir.
—Gracias, profirió lacónicamente el joven.
El enmascarado permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos como si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra petición; pero al ver que éste seguía encerrado en su silencio, tomó de nuevo su antorcha, se hizo atrás dos pasos, la agitó por tres veces distintas, y luego la apagó con el pie. Todas las demás antorchas se apagaron al mismo instante; se oyó un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se encontró a solas. Sin embargo, el joven no se engañó respecto a esta apariencia de soledad; comprendió que, aunque invisibles, sus enemigos no le perdían de vista.
Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energía, por más que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a los veinte años, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el umbral de la existencia y lo por venir le sonríe al través del prisma embriagador de la juventud, no puede hacer abstracción completa y real de sí mismo y pasar sin transición alguna del ser al no ser, sin experimentar un enervamiento general y súbito de todas las facultades intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de músculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente, de noche, a escondidas por decirlo así y tiene un sello de infamia indecible. Así es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor sufría una espantosa agonía; en la raíz de cada uno de sus cabellos, erizados por el terror, temblaba una gota de sudor frío, tenía horrorosamente contraídas las facciones y le cubría el semblante una palidez lívida y terrosa.
En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantando la frente, vio ante sí a un fraile con el capuchón derribado sobre el rostro.
—¡Ah! murmuró el joven poniéndose en pie, ahí está el sacerdote.
—Sí, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible; arrodíllese V., hijo mío, vengo para recibir su confesión.
Don Melchor se estremeció al timbre de aquella voz para él no desconocida, y fijó una mirada ardiente e interrogadora en el fraile, que permanecía inmóvil ante él.
Éste se arrodilló haciéndole seña de que le imitase, y el joven obedeció automáticamente.
Así arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cúspide de una colina iluminada apenas por la débil y temblorosa luz de las linternas que no servían sino para hacer más profunda la oscuridad que les envolvía, ofrecían un espectáculo singular y conmovedor.
—Nos están observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y escúcheme, pues no tenemos instante que perder; ¿me conoce usted?
—Sí, murmuró casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo que tenía un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza, sentimiento último que se extingue en el corazón del hombre; es V. don Antonio de Cacerbar.
—Disfrazado con estos hábitos, repuso don Antonio, estaba a punto de entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incógnito que es mi única salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron aquí. Estremecido de terror por mí por si esos hombres de quienes escapé una vez milagrosamente me conocían, asistí a su condena de V.; pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.
—¿Trae V. armas?
—No, pero ¿de qué me servirían contra un número tan considerable de enemigos?
—Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente ahorcado.
—Tiene V. razón, exclamó el joven.
—Silencio, desventurado, profirió don Antonio con viveza; tome V. este revólver de seis tiros y este puñal; yo me reservo para mí igual número de armas.
—Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra su pecho.
—Así quería verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan ensillados allí, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos llegar a ellos, estamos salvados.
—Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el joven; y si Dios permite que escapemos...
—Nada me prometa V., interrumpió Cacerbar; ya tendremos ocasión de saldar nuestras cuentas más adelante.
El fraile dio la absolución al penitente, y transcurridos algunos minutos este último se levantó con ademán altivo y tranquilo. Es que estaba seguro de no morir sin vengarse.
De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la cumbre de la colina. Él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, se acercó al condenado, aliado de quien se había colocado don Antonio para exhortarle en sus últimos momentos.
—¿Está V. preparado? preguntó a don Melchor el desconocido.
—Sí, respondió fríamente el joven.
—Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, ordenó él de la carátula.
Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecían a los mandatos del desconocido.
Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible al condenado, y por otra parte era tan poco probable que éste intentase evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.
—Ea, exclamó Cacerbar, derribando al hombre colocado más cerca de él, sígame V.
—Adelante, profirió osadamente don Melchor armando su revólver y empuñando su puñal.
Y precipitándose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados, descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y consiguieron abrirse paso.
Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos dos hombres se vio coronada de éxito a causa de su insensatez misma; hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos entre los iniciados sorprendidos de sopetón y los dos hombres resueltos a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oyó un galope furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:
—¡Hasta la vista!
Don Melchor y don Antonio corrían a escape camino de Puebla.
Toda esperanza de alcanzarles era inútil; por lo demás, los fugitivos habían dejado tras sí un surco de sangre: diez cadáveres yacían tendidos en el suelo.
—¡Deténganse Vds.! gritó don Adolfo a los que se disponían a subirse sobre sus caballos; déjenles que huyan; don Melchor está condenado y no evitará su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, añadió: pero ¿quién es ese fraile maldito?
León Carral se inclinó hasta el oído de don Adolfo, y le dijo:
—Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconocí.
—¡Ah! exclamó con ira el aventurero, ¡otra vez ese hombre!
Algunos minutos después un escuadrón compuesto de unos diez jinetes tomaba al trote largo el camino de Méjico, al mando de don Jaime, u Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.
IV
DON DIEGO
Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas, pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura. Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió. Pronto les unió la más estrecha amistad. Cuando al principio de sus relaciones, y a consecuencia de revelaciones anónimas, don Antonio de Cacerbar, convicto de traición, condenado por la asociación misteriosa y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cayó herido por la espada de su adversario, que le dejó por muerto en medio del camino, donde, según ya hemos dicho, le encontró Domingo, don Melchor, que de lejos asistía enmascarado a la sangrienta ejecución, resolvió, de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatías le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compañeros, y tan pronto le fue posible, corrió con el intento de auxiliar al herido, pero ya no le halló; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebató, con gran pesar suyo, la ocasión tan deseada por él de convertir en su deudor a don Antonio. Más adelante, cuando éste, medio curado, había huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se habían encontrado de nuevo, y más afortunado esta vez don Melchor pudo prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas circunstancias había hallado el medio de que el joven se aprovechase del crédito oculto de que él gozaba. La única diferencia que entre los dos existía, era que si bien don Antonio conocía a fondo los negocios de su asociado, el fin que éste se proponía y los medios de que pensaba echar mano para conseguirlo, no sucedía lo mismo con don Melchor respecto de Cacerbar, quien permanecía para él un enigma indescifrable. El joven había ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas; pero aun cuando nada consiguiera, no renunció a descubrir más o menos tarde lo que el otro parecía tener tanto empeño en ocultar. El último favor que don Antonio le había prestado, librándole de improviso de la implacable condena de los afiliados de la Unión y Fuerza, había colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la dependencia del primero. Don Antonio parecía tomar a pundonor el no recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continuó sirviéndole como hasta entonces.
El primer cuidado de don Melchor, al entrar en Puebla, fue dirigirse inmediatamente al convento donde, después de haberla robado, había relegado a su hermana; pero conforme lo presintiera, ésta había desaparecido.
Respecto del particular don Antonio no le había dicho sino contadas palabras, pero de elocuencia terrible: « Sólo los muertos no se escapan. »
Todas las pesquisas que el joven hizo en Puebla fueron infructuosas; nadie pudo o quiso ponerle en antecedentes; hasta la madre abadesa del convento permaneció muda.
—Vámonos a Méjico, le dijo don Antonio; si no está muerta allá la hallaremos.
No es posible imaginar cuanto hizo Cacerbar para descubrir el retiro de doña Dolores; lo que sí es cierto, es que dos días después de su llegada a la ciudad, conocía la vivienda de la joven.
Dejemos por ahora a estos dos personajes, con quienes volveremos a encontrarnos demasiado pronto, y digamos como quedó libre doña Dolores.
Por orden de don Melchor, ésta había sido encerrada en un convento de Carmelitas.
La madre abadesa, a quien don Melchor logró hacérsela suya gracias a una cantidad de dinero muy importante y a la promesa de entregarle otras más cuantiosa todavía si ejecutaba con celo e inteligencia sus recomendaciones, no dejaba que la joven recibiese más visita que la de su hermano, ni le permitía que escribiese carta alguna, ni le entregaba ninguna de las que para ella llegaban al convento.
De esta suerte doña Dolores pasaba los días en medio de la mayor tristeza, en una reducidísima celda, privada de toda clase de relaciones con la sociedad y no conservando ni aun la esperanza de recobrar la libertad. Por lo demás, su hermano le había dado a conocer su voluntad respecto de este punto, exigiéndola que tomase el velo.
Renunciar al siglo, éste era el único medio que don Melchor había hallado para obligar a su hermana a hacerle abandono de bienes.
Sin embargo, el joven, aun cuando se hubiese hecho nombrar tutor de su hermana, no pudiera haber conducido a ésta a un convento sin una autorización escrita del gobernador, autorización fácilmente obtenida y que fue presentada por el secretario particular de su excelencia, don Diego Izaguirre, a la madre abadesa, al ser conducida al convento doña Dolores.
La noche del día en que don Melchor había sido tan diestramente secuestrado por don Adolfo, a quien creía prisionero suyo, a cosa de las nueve de ella, tres hombres envueltos en tupidas capas y montados en sendos y vigorosos caballos, se detuvieron a la puerta del convento, a la que llamaron. La tornera abrió un portillo, cruzó en voz baja algunas palabras con uno de los jinetes que había echado pie a tierra, y satisfecha sin duda de las respuestas que éste le diera, entreabrió la puerta y dio paso al visitador nocturno. El cual entregó entonces las bridas de su caballo a uno de sus compañeros y penetró en la santa casa mientras en la calle le aguardaban éstos. Cerrada la puerta tras el desconocido, éste, acompañado de la tornera, atravesó muchos corredores, hasta que su guía abrió la celda de la abadesa y anunció a don Diego Izaguirre, secretario particular de su excelencia el gobernador. Don Diego, después de cruzar algunos cumplidos, sacó de uno de los bolsillos de su dolmán un paquete y lo entregó a la abadesa, la cual lo abrió y lo leyó rápidamente.
—Perfectamente, señor, dijo ésta, estoy pronta a obedecerle a V.
—Recuerde V. bien, señora, lo que dice la orden que la he comunicado y que me veo obligado a recobrar. Todos, absolutamente todos, añadió don Diego recalcando la palabra, deben ignorar de qué modo ha salido doña Dolores del convento; esta recomendación es importantísima.
—No la olvidaré, señor.
—Es V. libre de decir que se escapó; ahora le ruego se sirva mandar recado a doña Dolores.
La abadesa dejó a don Diego en su celda y fue a buscar personalmente a la joven.
Una vez a solas, Izaguirre rompió en mil pedazos la orden que había mostrado a la abadesa y los arrojó al brasero, cuyo fuego los consumió en un instante.
—Eso me importa, dijo entre sí don Diego mirando como ardían los restos de la orden, que el gobernador se dé un día u otro cata de la perfección con que imito su firma.
No transcurrido un cuarto de hora apareció de nuevo la abadesa, quien dijo a Izaguirre:
—Aquí está doña Dolores de la Cruz; tengo la honra de depositarla en manos de V.
—Está bien, señora, repuso el joven, y pronto espero demostrar a V. que su excelencia sabe, cuando se presenta el caso, recompensar dignamente a las personas que le obedecen sin vacilaciones y desinteresadamente.
La abadesa hizo un humilde saludo y levantó los ojos hacia el cielo.
—¿Está V. dispuesta, señorita? preguntó don Diego a la joven.
—Sí, respondió ésta lacónicamente.
—Entonces hágame V. el favor de seguirme.
—Vamos, dijo la joven envolviéndose en su mantilla y sin despedirse de la abadesa.
Don Diego y doña Dolores abandonaron la celda, y conducidos por la abadesa llegaron a la puerta del convento. Una vez en la cual, la acompañante alejó bajo un fútil pretexto a la tornera, abrió por su propia mano la puerta, y una vez fuera don Diego y la joven, saludó por última vez al secretario del gobernador y volvió a cerrar como si la apremiara el deseo de verse libre de su presencia.
—Señorita, dijo respetuosamente don Diego a la joven, tenga V. la amabilidad de subirse sobre este caballo.
—Señor, repuso doña Dolores con voz triste pero firme, soy una pobre huérfana indefensa, por lo tanto le obedezco sin oponer resistencias inútiles, pero...
—Doña Dolores, dijo entonces uno de los jinetes, nos envía don Jaime.
—¡Oh! exclamó con gozo la joven, es la voz de don Carlos.
—Sí, señorita; de consiguiente tranquilícese usted y monte a caballo sin tardanza.
La joven se subió con ligereza sobre el caballo de don Diego.
—Ahora, señores, dijo éste, ya no necesitan ustedes de mí; adiós, a escape y buen viaje.
Los jinetes desaparecieron como un torbellino.
—¡Cómo corren! dijo riendo don Diego; creo que don Melchor se verá apuradillo para alcanzarles.
Y envolviéndose en su capa tomó pedestremente la vuelta del palacio del gobernador, donde vivía.
Los dos hombres que acompañaban a la joven eran Domingo y León Carral; los cuales, después de haber galopado durante toda la noche, al amanecer llegaron a un rancho abandonado donde les estaban aguardando muchas personas, entre las que doña Dolores conoció a don Adolfo y al conde.
Ahora, rodeada de sus devotos amigos, nada tenía que temer, estaba salvada.
El gozo de la joven, al llegar a Méjico escoltada por sus valientes amigos, fue inmenso, pero lo experimentó imponderablemente mayor al entrar en la casita donde todo estaba anticipadamente dispuesto para recibirla y al arrojarse llorando en brazos de doña María y de doña Carmen.
Don Adolfo y sus amigos se retiraron discretamente, dejando a las damas que se hiciesen sus confidencias.
El conde, a fin de velar más de cerca por la seguridad de la joven, hizo que su ayuda de cámara alquilase una casa situada en la calle misma en que aquélla habitaba y ofreció a Domingo, que aceptó con diligencia, compartir con él su vivienda.
A fin de no despertar sospechas y de no llamar la atención sobre la casa de las tres damas, se convino que Luis y Domingo no irían a ella sino de tarde en tarde y que las visitas serían sumamente cortas. En cuanto a don Adolfo, apenas doña Dolores quedara instalada en su casa, había anudado su vida errante y se hizo nuevamente invisible; a las veces, cerrada ya la noche, se presentaba de improviso en la habitación de los dos jóvenes, cuya mayordomía desempeñaba León Carral, pretendiendo que pues el conde debía casar con su joven ama, éste era el amo y él el mayordomo; el conde, para no disgustar al honrado servidor, había respetado su antojo. En sus raras apariciones, el aventurero departía, por espacio de algún tiempo, sobre asuntos indiferentes, con ambos jóvenes, y luego se separaba de ellos recomendándoles la mayor vigilancia. Nada de particular ocurrió durante el transcurso de muchos días. Doña Dolores, bajo la benéfica impresión de la dicha, había recobrado la alegría y la indolencia propias de su edad; ella y Carmen charlaban de la mañana a la noche en todos los rincones de la casa, y aun doña María, que experimentaba el influjo de alegría tan franca, parecía haber rejuvenecido y de cuando en cuando se le iluminaban sus severas facciones y por los labios le vagaba una sonrisa. El conde y su amigo, que a pesar de las recomendaciones de don Jaime frecuentaban cada vez más a menudo y por más tiempo la morada de las damas, con sus visitas amenizaban la monótona existencia de éstas, reclusas voluntarias que nunca ponían los pies en la calle y vivían en la ignorancia más absoluta de cuanto en torno de ellas pasaba.
Una noche en que, para matar el tiempo, el conde estaba jugando una partida de ajedrez con Domingo, y en que, poco atentos al juego, permanecían uno frente de otro con el codo sobre la mesa y la cabeza en la palma de la mano en actitud del que medita una gran jugada, pero en realidad para pensar en otra cosa, llamaron recio a la puerta de la calle.
—¿Quién diablos puede venir a estas horas? exclamaron los dos a un mismo tiempo y estremeciéndose.
—Es más de media noche, dijo Domingo.
—Como no sea Oliverio, profirió el conde, no sé quién pueda ser.
—Indudablemente será él, repuso Domingo.
En esto se abrió la puerta del aposento y apareció don Jaime.
—Buenas noches, señores, dijo el aventurero, no me aguardaban Vds. a estas horas, ¿no es verdad?
—Siempre le estamos aguardando a usted, amigo mío, respondió el conde.
—Gracias, profirió don Jaime; y volviéndose hacia el ayuda de cámara que le alumbraba, añadió: aderéceme V. algo para cenar, señor Raimbaut.
Una vez éste se hubo salido, don Jaime arrojó el sombrero sobre un mueble, se dejó caer en una silla y empezó a darse aire con su pañuelo.
—¡Uf! dijo el aventurero dirigiéndose a los dos jóvenes, estoy pereciendo de hambre.
V
LA CENA
Luis y Domingo contemplaban a don Jaime con sorpresa que en vano trataban de disimular y que a su pesar se les reflejaba en el semblante.
Con ayuda de Lanca Ibarru, Raimbaut bajó una mesa cubierta de platos y la colocó ante don Adolfo.
—Vive Dios, señores, dijo alegremente el aventurero, el señor Raimbaut ha tenido la fina atención de poner tres cubiertos, previendo sin duda que Vds. no se negarían a acompañarme; háganme pues el obsequio de dar por unos instantes tregua a sus pensamientos y vengan a sentarse a la mesa.
—De mil amores, contestaron Luis y Domingo tomando sitio al lado de don Jaime.
El cual empezó a comer con envidiable apetito, mientras hablaba con facundia y animación hasta entonces desconocida de sus amigos. La boca del aventurero era un manantial de agudezas, de frases luminosas y de anécdotas contadas con la finura más exquisita. El conde y Domingo cruzaban continuas miradas, como quien no comprendía jota de aquel buen humor tan singular; porque no obstante la chispa de sus palabras y la soltura de sus maneras, la frente del aventurero permanecía cuidadosa y su semblante conservaba la máscara fríamente burlona que le era habitual. Sin embargo, excitados a pesar suyo por aquella alegría comunicativa a no poder más, no habían tardado todos en olvidar sus preocupaciones y en dar entrada a buen humor tan franco en la apariencia; así es que a poco empezó entre los tres un tiroteo de agudezas y chistes que se confundió con el choque de los vasos y el ruido de los cuchillos y de los tenedores.
Los criados habían sido despedidos y por consiguiente quedadon solos los tres amigos.
—Por mi vida, señores, dijo don Adolfo destapando una botella de champaña, que a mi ver de todas las comidas la mejor es la cena; nuestros padres lo estimaban así y hacían perfectamente; entre las buenas costumbres que se van, ésta es una y pronto la olvidarán del todo. Y a fe que lo sentiré en el alma.
Don Jaime llenó los vasos de sus compañeros, y luego dijo:
—Déjenme Vds. que beba a su salud con este vino, uno de los más preciosos productos de su patria.
Y después de haber chocado, se bebió de un sorbo el contenido de su vaso.
Las botellas se sucedían con rapidez; los vasos estaban tan pronto llenos como vacíos.
Los tres amigos no tardaron en ponerse alegres. Entonces encendieron sendos puros y la emprendieron con el ron de Jamaica, el refino de Cataluña y con el aguardiente de Francia. Luego con los codos en la mesa, envueltos en espesa nube de odorífero humo, los tres hablaron con un poco más de orden, e insensiblemente y sin que de ello se percatasen, su conversación tomó poco a poco un sesgo más serio y más confidencial.
—¡Bah! profirió prontamente Domingo apoyándose en el respaldo de su silla, la vida es buena y sobre todo hermosa.
A este arranque, que caía exabrupto como un aerolito en medio de la conversación, el aventurero se echó a reír de un modo nervioso y áspero, y dijo:
—¡Bravo! a eso le llamo yo filosofía pura. Este hombre, que ignora de quién y dónde nació, que ha crecido como un hongo, y no ha conocido más amigo que a mí, que no tiene dónde caerse muerto, halla hermosa la vida y se congratula de gozarla. Por mi alma que me gustaría oírle desenvolver semejante teoría.
—Nada más fácil, profirió el joven con la mayor impasibilidad; es cierto que no sé dónde nací, pero esto constituye para mí una ventaja: la tierra entera es mi patria. Sea cual fuere la nación a que pertenezcan los hombres, son paisanos míos. También es cierto que no conozco a mis padres; mas ¿quién sabe si asimismo es una dicha para mí? Con su abandono me han eximido del respeto y de la gratitud por los cuidados que me habrían prodigado, y me han dejado en libertad de obrar a mi antojo, sin que tenga que temer sus censuras. No he tenido en mi vida sino un amigo; ha dicho usted bien; pero ¿cuántos hombres pueden vanagloriarse de tener tantos? El mío es bueno, sincero y devoto, lo he tenido siempre a mi lado, cuando de él he tenido necesidad, para gozarse en mis alegrías, entristecerse con mis penas, y sostenerme y unirme con su amistad a la gran familia humana de la que a no ser él estaría desterrado. No poseo donde caerme muerto; verdad innegable también; pero ¿qué me importan a mí las riquezas? Soy fuerte, animoso e inteligente; además ¿no está el hombre condenado al trabajo? Pues cumplo mi cometido como los otros, tal vez más bien que los otros, porque no envidio a nadie y me conformo con mi suerte. Ya ve V., mi querido don Adolfo, que la vida es, para mí a lo menos, como hace poco dije, buena y hermosa, y le reto a V., tan escéptico y lleno de desengaños, a que me demuestre lo contrario.
—Muy bien, repuso el aventurero; todas las razones que acaba V. de exponerme, aunque especiosas y fáciles de refutar, no dejan de parecer muy lógicas; pero no me tomaré el trabajo de discutirlas; lo único que le haré observar a V., es que se equivoca al calificarme de escéptico: desengañado tal vez lo estoy; pero escéptico no lo seré nunca.
—¡Oh! ¡oh! profirieron, a una los dos jóvenes, esto necesita una explicación, don Adolfo.
—Si me la exigen Vds. se la daré, repuso el aventurero; mas, ¿de qué aprovecharía? Voy a hacerles una proposición que a mi ver les placerá grandemente.
—¿Qué proposición es esa?
—Casi es ya de madrugada; dentro de contadas horas amanecerá; Vds. ni yo sentimos sueño. ¿Qué les parece si nos quedásemos aquí mismo y continuásemos hablando?
—Por mi parte acepto, respondió el conde.
—Lo mismo digo, añadió Domingo; pero ¿de qué hablaremos?
—Si Vds. quieren les referiré un lance, o una historia, como les plazca llamarle, que oí hoy mismo y cuya veracidad les abono, ya que él que me la contó es hombre a quien conozco hace muchos años y desempeñó un papel en ella.
—¿Por qué no nos cuenta V. su propia historia, don Adolfo? debe de estar llena de peripecias conmovedoras y de incidentes por demás curiosos, dijo intencionadamente el conde.
—Se equivoca V., mi querido amigo, replicó Oliverio con bondadoso gesto; nada hay más insustancial y despojado de interés que lo que os place apellidar mi historia; poco más o menos es la de todos los contrabandistas; porque, añadió en tono de confidencia, ya saben ustedes que no soy otra cosa. Todos llevamos la misma existencia; nos valemos de mil ardides para pasar las mercancías que nos confían, y la aduana se vale de los mismos medios para impedírnoslo y apoderarse de ellos; de ahí conflictos que a las veces, pero muy poco a menudo, gracias a Dios, resultan sangrientos. Esto es en sustancia la historia que me ha pedido usted, señor conde; ya ve V. que en la esencia no encierra interés alguno.
—No insisto, mi querido don Adolfo, repuso el joven sonriendo; así pues doblemos la hoja.
—Entonces es V. libre de dar comienzo a la historia que ofreció contarnos, dijo Domingo al aventurero.
Oliverio llenó un vaso de champaña con refino de Cataluña, lo vació de un sorbo, y golpeando la mesa con el mango de un cuchillo, dijo:
—Atención, señores, voy a dar principio; pero ante todo debo solicitar su indulgencia por ciertas lagunas y sobre todo por algunos puntos oscuros que aparecerán en mi relato; repito a ustedes que no haré sino relatar lo que me contaron a mí mismo, que por consiguiente hay muchas cosas que las ignoro y que no puedo ser responsable de las reticencias hechas probablemente con intención por el primer narrador, que indudablemente tiene sus razones para callarse ciertos incidentes de esta historia, por lo demás muy curiosa.
—Empiece V., empiece V., dijeron los dos jóvenes.
—Todavía encierra otra dificultad este relato, continuó don Jaime con la mayor imperturbabilidad, y es que ignoro completamente en qué tierra pasó; pero esto no tiene sino una importancia relativa, ya que poco más o menos los hombres son los mismos en todas partes, es decir, movidos y señoreados por vicios y pasiones idénticos. De lo que creo estar cierto es de que los hechos pasaron en el viejo mundo; pero Vds. van a juzgar. Había en Alemania (supongamos que fue en Alemania donde pasó esta verídica historia); había en Alemania, repito, una familia rica y poderosa cuya nobleza se perdía en la noche de los tiempos. Ya saben ustedes, de fijo, que la nobleza alemana es una de las más antiguas de Europa y que entre ella las tradiciones sobre el honor se han conservado casi intactas hasta hoy. Ahora bien, el príncipe de Oppenheim-Schlewig, que así le llamaremos, el jefe de esta familia, era príncipe y tenía dos hijos poco más o menos de la misma edad, pues el mayor no llevaba sino dos o tres años al menor, ambos gentiles de cuerpo y dotados de grande inteligencia; estos dos jóvenes habían sido educados con todo cuidado, bajo la vigilancia directa de su padre. En Alemania no pasa como en América; la potestad del jefe de la familia está muy extendida y no es menos respetada; hay algo realmente patriarcal en el modo como se conserva la disciplina interior de la casa. Los jóvenes se aprovechaban de las lecciones que recibían, pero a medida de los años iban caracterizándose sus inclinaciones, y en este punto pronto les separó una diferencia marcadísima, por más que ambos fuesen caballeros cumplidos, en la acepción vulgar de la palabra. Sin embargo, sus cualidades morales, si puedo expresarme así, diferían de todo en todo: el primero era apacible, afable, servicial, grave, esclavo de sus deberes y sobre todo imbuido en superlativo grado del honor de su apellido; el segundo mostraba gustos diametralmente opuestos; por más que era extremadamente orgulloso y estaba muy más pagado de su nobleza, no reparaba en comprometer el respeto que debía a su apellido, en los garitos más inmundos y entre gente la más soez; en una palabra, llevaba la vida más disipada y borrascosa. El príncipe se condolía a solas del desenfreno de su segundogénito, y para traerle a buen camino le había llamado repetidas veces a su presencia y le había dirigido las más severas amonestaciones. El joven había escuchado respetuosamente a su padre y le había prometido enmendarse, pero en vez de cumplir su promesa, redobló sus escándalos.
Francia declaró la guerra a Alemania. El príncipe de Oppenheim-Schlewig fue uno de los primeros que obedeciendo las órdenes del emperador ingresó en el ejército, en compañía de sus dos hijos, que le seguían en calidad de edecanes e iban a recibir su bautismo de sangre. Pocos días después de su llegada al campamento, el príncipe recibió del general en jefe orden de practicar un reconocimiento. Se trabó con este motivo una seria escaramuza con los forrajeadores enemigos, y en lo más recio de la pelea el príncipe cayó del caballo, muerto; pero lo singular del caso y que nunca pudo explicarse, fue que la bala que acabó con él, le había entrado por entre los hombros, de atrás a delante.
Don Adolfo hizo una pausa y dijo a Domingo:
—Deme V. de beber.
El joven le escanció un vaso de ponche; el aventurero se lo sorbió casi hirviendo, y después de haberse pasado la mano por la frente, pálida y empapada en sudor, anudó su relato en estos términos:
—Los dos hijos del príncipe, que se encontraban a bastante distancia de éste cuando ocurrió la catástrofe, acudieron apresuradamente, pero no hallaron sino el ensangrentado cadáver de su padre. El dolor de los dos jóvenes fue hondísimo, él del primogénito, sombrío, por decirlo así, él del menor, ruidoso. Pese a las más minuciosas pesquisas, fue imposible descubrir como yendo el príncipe al frente de sus soldados, quienes adoraban en él, pudo ser herido por la espalda; esto permaneció siempre envuelto en el misterio. Los jóvenes se separaron del ejército y regresaron a su hogar, tomando el primogénito el título de príncipe y pasando a ser el jefe de la familia. En Alemania el derecho de primogenitura existe en todo su vigor; así pues el menor dependía completamente de su hermano; pero no queriendo éste dejarle en una situación inferior y vergonzosa, le donó la fortuna de su madre, unos cuatrocientos mil duros, le dejó completamente libre de sus acciones y le autorizó para que tomara el título de marqués.
—De duque, querrá V. decir, interrumpió el conde.
—Esto es, repuso don Adolfo, mordiéndose los labios, ya que era príncipe; pero ya sabe usted, añadió con sonrisa amarga, que nosotros los republicanos no estamos muy al tanto de esos títulos pomposos que no nos merecen sino el más profundo desprecio.
—Prosiga V., dijo Domingo con indolencia.
—El duque realizó su fortuna, se despidió de su hermano y partió para Viena, desde cuya fecha el príncipe, que había permanecido en sus tierras en medio de sus vasallos no oyó hablar de su hermano sino muy de tarde en tarde, y aún no de modo que pudiese darle satisfacción alguna. El duque no ponía ya dique a sus desenfrenos, llegando los escándalos a tal extremo, que el príncipe se vio constreñido a tomar una resolución severa y a intimar a su hermano la orden de abandonar inmediatamente el reino; orden que éste obedeció sin replicar. Durante una larga serie de años el duque viajó por Europa, y cuando escribía a su hermano, lo que rara vez acontecía, era para notificarle los cambios que según decía en él se habían operado y la reforma radical de su conducta. Creyese o no en sus protestas, el príncipe juzgó no deber dispensarse de anunciar a su hermano su próxima boda con una noble heredera, joven, hermosa y rica; y tal vez presumiendo que a causa de la distancia el duque no podría concurrir a ella, le invitó a asistir a la bendición nupcial. Si tal creyó, se equivocó de medio a medio, pues el duque llegó la víspera de la boda. Su hermano le recibió con agasajo y le señaló habitación en su propio palacio, y al día siguiente se efectuó la unión proyectada. La conducta del duque fue irreprochable; viviendo en compañía de su hermano, parecía aplicarse en complacerle en todo y en demostrarle a cada paso que su conversión era sincera. En una palabra, desempeñó tan perfectamente su papel, que engañó a todos, y al príncipe el primero; el cual no sólo le devolvió su amistad, sino que no tardó en concederle toda su confianza. Muchos meses hacía ya que el duque había regresado de sus viajes y parecía haber tomado la vida por lo serio y no sustentar sino un deseo: el de reparar sus faltas de la juventud. Acogido en el seno de todas las familias, al principio con cierta prevención, pero con distinción a no tardar, había casi logrado hacer olvidar los deslices de su pasada existencia, cuando no sé a propósito de qué fiesta o de qué aniversario, se celebraron en aquella tierra regocijos extraordinarios. Cumpliendo con su deber, el príncipe tomó, como era natural, la iniciativa de las diversiones y aun a instancias de su hermano resolvió darlas más brillo tomando personalmente una parte importante en las mismas. Se trataba de representar un como torneo, para el cual la primera nobleza de las comarcas circunvecinas, a invitación del príncipe, habían ofrecido con solicitud su concurso. Por fin llegó el día de las justas. La joven esposa del príncipe, bastante adelantada en una preñez laboriosa, movida por uno de esos presentimientos que nacen del corazón y nunca engañan, intentó en vano disuadir a su marido de que bajase a la liza, confesándole en medio de lágrimas que temía una desventura; el duque unió su voz a la de su cuñada para recabar de su hermano que se abstuviera de aparecer en el torneo más que como simple espectador. El príncipe, que creía su honor comprometido en la empresa, fue inquebrantable en su resolución, y después de chancearse y de tildar de quiméricos sus temores, se subió sobre su caballo y partió. Una hora después le llevaron moribundo a su palacio. Por acaso extraordinario, por fatalidad inaudita, el desventurado príncipe había encontrado la muerte en el sitio mismo donde pretendiera hallar el placer. El duque demostró el más profundo dolor por la espantosa muerte de su hermano. Inmediatamente se procedió a abrir el testamento del príncipe, por el cual éste nombraba heredero universal de todos sus bienes a su hermano, siempre y cuando la princesa, cuya preñez tocaba a su fin, no pariese varón, en cuyo caso éste heredaría los bienes y títulos de su padre y permanecería durante su minoridad bajo la tutela de su tío. Al saber la muerte de su marido, a la princesa le asaltaron repentinamente los dolores del parto, y dio a luz una niña.
Anulada por lo tanto la cláusula segunda del testamento, el duque tomó el título de príncipe y se apoderó de la fortuna de su hermano. La princesa, no obstante los halagadores ofrecimientos que le hizo su cuñado, no quiso continuar viviendo, como extraña, en un palacio donde había sido dueña y señora, y se retiró al seno de su familia.
El aventurero hizo una pausa, y luego preguntó a sus oyentes, sonriendo con ironía:
—¿Qué les parece a Vds. la historia?
—Aguardo que haya V. dado fin a ella para manifestarle mi parecer, dijo el conde.
—¿Así pues V. cree que no he terminado? arguyo don Adolfo dirigiendo una mirada límpida y penetrante a Luis.
—Todas las historias se componen de dos partes distintas, replicó éste.
—¿Cuáles?
—La apócrifa y la verdadera.
—Si no se explica V...
—De mil amores; la parte apócrifa es la pública, la que todo bicho viviente sabe y puede comentar y referir a su antojo.
—Corriente, profirió el aventurero; ¿y la parte real?
—Ésta es la secreta, la misteriosa, conocida de dos o tres personas a lo sumo; la piel de cordero arrebatada de encima de los lomos del lobo.
—O la máscara de virtud arrancada del rostro del bandido, exclamó con arranque terrible el aventurero; ¿no es eso?
—En efecto, así es.
—¿Y V. aguarda la parte segunda de esta historia?
—Sí, respondió con gravedad el conde.
Don Adolfo permaneció por espacio de dos o tres minutos con la frente apoyada en la palma de la mano, luego irguió con altivez la cabeza, vació de un trago el vaso que ante sí tenía, y con voz nerviosa y entrecortada, dijo:
—Entonces escuche V., porque por Dios vivo le juro que lo que ahora voy a contar vale la pena de ser oído.
VI
REVELACIÓN
Hubo una larga pausa de silencio, durante la cual nuestros tres personajes permanecieron sumergidos en profundas meditaciones.
Por fin don Adolfo rompió el hechizo que parecía encadenarles, y tomando de improviso la palabra, continuó en estos términos:
—La princesa tenía un hermano, en aquel entonces no mayor de veintidós años; era éste caballero cumplido, diestro en todos los ejercicios del cuerpo, valiente como su espada, muy bien quisto de las damas, a las cuales correspondía, y bajo una apariencia de frivolidad escondía un carácter muy formal, una inteligencia privilegiadísima y una energía indómita. El hermano ese, a quien daremos el nombre de Octavio, si a Vds. les place, quería sinceramente a su hermana, por lo mucho que la pobre había sufrido, y él fue el primero que la indujo a que abandonase el palacio de su difunto marido y se volviese al seno de su familia, y a que reclamase su viudedad y rechazase los ofrecimientos del príncipe su cuñado; y es que Octavio, sin que a los ojos de la sociedad cosa alguna justificase la conducta que guardara para con el príncipe, sentía hacia éste la repulsión más viva. Sin embargo, no por esto había dejado de relacionarse con él, si bien es verdad que le visitaba rarísimas veces. Estas entrevistas, siempre frías y molestas para el joven, eran, por el contrario, cordiales y afectuosas por parte del príncipe; el cual con sus cariñosos modales y sus ofrecimientos ensayaba atraerse al joven, cuya repulsión había adivinado. La princesa, retirada entre su familia, educaba a su hija apartada de la sociedad, con ternura y abnegación verdaderamente extraordinarias. Dicha señora no se había quitado el luto desde la muerte de su esposo; pero lo llevaba más aún en el corazón que en el traje, porque la catástrofe que la dejara viuda, la tenía siempre fija en la mente con la tenacidad de los corazones amantes para los cuales el tiempo no avanza. Si alguna vez y por acaso alguno pronunciaba el nombre de su cuñado en medio del retiro en que ella voluntariamente se confinara, la conmovía de improviso un temblor convulsivo, de pálida se tornaba lívida, y sus grandes ojos, abrasados por la fiebre e inundados de lágrimas, se fijaban entonces en su hermano Octavio con singular expresión de reproche y de desesperación, cual si quisiese darle a conocer que era muy tardía la venganza que la prometiera. El príncipe, ya ahora hombre maduro, había reflexionado que él era el último de su estirpe y que por lo tanto era urgente, si no quería que los bienes y los títulos de su familia pasasen a colaterales lejanos, tener un heredero de su apellido; en fuerza de este raciocinio, había pues entablado negociaciones con un gran número de familias principescas del país, y en la época a que hemos llegado, unos ocho años después de la muerte de su hermano, se hablaba mucho del próximo matrimonio del príncipe con la hija de una de las más nobles casas de la confederación germánica. Todas las ventajas se encontraban reunidas en tal alianza, destinada a acrecentar aún más la importancia y riqueza proverbiales de la casa de Oppenheim-Schlewig: la novia era joven y hermosa y por alianza pertenecía a la casa reinante de Habsburgo. El príncipe, pues, daba a esta unión la mayor importancia y hacía cuanto de él dependía para apresurarla. En esto el conde Octavio se vio constreñido, a causa de tener que arreglar ciertos asuntos de interés, a abandonar su residencia y trasladarse por algunos días a una ciudad distante unas veinte leguas escasas. El joven se despidió de su hermana, se subió a una silla de postas y partió. Dos días después y a eso de las ocho de la noche llegó Octavio a la ciudad de Bruneck y se hospedó en una casa de su propiedad, situada en la plaza principal de la población y a contados pasos del palacio del gobernador. Bruneck es una pequeña y linda ciudad del Tirol, construida en la margen derecha del Rienz, y cuya población, compuesta de mil quinientos a mil seiscientos habitantes, ha conservado y todavía conserva en lo presente, las costumbres patriarcales, sencillas y severas de sesenta años atrás. El conde Octavio notó con sorpresa, a su entrada en la ciudad, que en ella reinaba un movimiento inusitado; a pesar de lo avanzado de la hora, las calles que atravesó su silla de posta estaban llenas de una multitud inquieta que iba, venía y corría en todas direcciones dando voces por demás singulares; casi todas las casas estaban iluminadas, y en la plaza ardían grandes fogatas. Tan pronto el conde estuvo en su casa se sentó a la mesa para cenar, informándose, al mismo tiempo, de la causa de aquella efervescencia extraordinaria.
—Ahora voy a decirles lo que el conde Octavio supo: el Tirol es un país sumamente montañoso, es la Suiza del Austria; pues bien, la mayor parte de aquellas montañas sirve de madriguera a numerosas gavillas de bandidos, cuya única ocupación consiste en exigir rescate a los viajeros a quienes su funesta estrella les lleva por aquellos vericuetos, y en entrar a saco en los villorrios y aun en ocasiones en villas importantes. Desde hacía muchos años, un capitán de bandoleros, más diestro y emprendedor que los otros, a la cabeza de una numerosa, resuella y disciplinada gavilla, desolaba la comarca, atacaba a los viajeros, incendiaba y saqueaba las aldeas, y no vacilaba, cuando el caso lo requería, en oponer resistencia a los soldados enviados en su persecución, los cuales, con harta frecuencia, llevaban la peor parte. Dicho bandolero había acabado por infundir tal terror en aquella comarca, que sus habitantes concluyeron por reconocer tácitamente su dominación y le obedecían temblando, persuadidos como estaban de que era imposible vencerle. Como era natural, el gobierno austriaco no quiso admitir este pacto estipulado con salteadores, y resolvió acabar con ellos a toda costa. Durante un espacio de tiempo bastante dilatado, todos sus esfuerzos resultaron infructuosos; aquel capitán de bandidos, maravillosamente servido por sus espías, estaba siempre al tanto de cuanto se maquinaba contra él; así es que dirigía sus movimientos en consonancia con las necesidades, y lograba sustraerse con la mayor facilidad a la persecución de que era objeto y escapar de todos los lazos que le armaban. Pero lo que no consiguiera la fuerza, lo logró por último la traición; uno de los secuaces del Brazo Rojo, que tal era el nombre de guerra del bandido, descontento de la parte que le dieran en el reparto de un cuantioso robo efectuado algunos días antes y creyéndose perjudicado por su capitán, resolvió vengarse de él traicionándole. Una semana después Brazo Rojo fue sorprendido por las tropas, de quienes quedó prisionero al igual que los principales de su gavilla. Los que pudieron apelar a la fuga, desmoralizados por la captura de su capitán no habían tardado en caer en poder de sus perseguidores; de modo que la gavilla quedó completamente destruida. Corto fue el proceso de los bandidos; los cuales fueron condenados a muerte y ejecutados inmediatamente. El capitán y dos de sus principales tenientes fueron los únicos que quedaron por entonces en la cárcel, para que su suplicio fuese más ejemplar. Debían ser ejecutados al día siguiente. Ahí la causa de los regocijos a que se entregaba Bruneck. Los habitantes de las poblaciones circunvecinas habían acudido presurosas para asistir al suplicio del hombre ante el cual por espacio de tanto tiempo temblaran, y a fin de no perder aquel espectáculo para ellos tan atractivo, acampaban en calles y plazas, aguardando con impaciencia la hora de la ejecución. El conde dio poquísima o ninguna importancia a tales noticias, y como estaba fatigado de un viaje de dos días seguidos por caminos intransitables, en cenando se dispuso a acostarse; pero en el preciso instante en que entraba en el dormitorio, pareció un criado que cruzó en voz baja algunas palabras con el ayuda de cámara de aquél.