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Las noches mejicanas

GUSTAVO AIMARD (continued 3)

Luis Calvo translation

—¿Regresa V. con nosotros a la hacienda? preguntó Luis al mayordomo.

—¿Por qué no? respondió éste; creerán que les he encontrado a Vds. durante su paseo.

—Dice V. bien.

Los tres se subieron sobre sus respectivos caballos y tomaron al trote largo la vuelta de la hacienda, a la que llegaron poco antes de ponerse el sol.

XII

UN POCO DE POLÍTICA

A fines de 18... los acontecimientos políticos empezaron a desenvolverse con tal rapidez, que aun los hombres de entendimiento más tosco comprendieron que se caminaba a pasos redoblados a una catástrofe inminente.

En el sur, las tropas del general Gutiérrez habían alcanzado una gran victoria sobre el ejército constitucional mandado por el general don Diego Álvarez, el mismo que en otra época presidiera en Guaymas el consejo de guerra que condenó a muerte a nuestro infortunado compatriota y amigo el conde Gastón de Raousset-Boulbón.

Entre los indios pintos la carnicería fue horrorosa; mil doscientos de ellos quedaron tendidos en el campo de batalla.

En poder del vencedor quedaron la artillería y gran número de armas.

Sin embargo, en los mismos días se había iniciado en el interior una serie de acontecimientos opuestos; el primero, la fuga de Zuloaga, el presidente que, después de haber abdicado en favor de Miramón, revocara más adelante su abdicación sin saber por qué, sin consultar a quien quiera que sea y en el momento en que nadie lo esperaba.

EL general Miramón había lealmente ofrecido entonces al presidente del tribunal supremo de justicia hacerse cargo del poder ejecutivo y convocar a los notables para que eligiesen al primer magistrado de la república.

En esto vino a añadirse una nueva catástrofe a los peligros de la situación.

Miramón, a quien sus no interrumpidos triunfos inspiraran tal vez una confianza imprudente, o lo que es más probable aguijado por el deseo de terminar definitivamente de un modo o de otro, había presentado, en Silao, batalla a fuerzas cuatro veces superiores en número a las suyas. La derrota que aquél experimentó fue completa: perdió toda la artillería y aun su existencia corrió inminente peligro; sólo haciendo prodigios de valor y matando por su propia mano gran número de los que le cercaban, consiguió abrirse paso, salir de la refriega y huir a uña de caballo hacia Querétaro, a donde llegó casi solo.

Desde esta ciudad y sin que la suerte adversa le amilanara, Miramón tomó la vuelta de Méjico, cuyos habitantes supieron a la vez de la derrota de éste, su llegada y su intento de someterse a una nueva elección.

El resultado no contrarió las esperanzas del general, quien fue elegido casi por unanimidad presidente por la Cámara de los notables. Miramón, como hombre que comprende lo apremiante de las circunstancias, prestó juramento y entró inmediatamente a desempeñar su cargo.

Aunque, materialmente hablando, el desastre de Silao fue casi nulo, desde el punto de vista moral el efecto fue inmenso.

Miramón, comprendiéndolo así, se ocupó activamente en reorganizar la hacienda, en crearse recursos precarios; pero suficientes para atender a las urgentes necesidades de la situación, en decretar nuevas levas, por fin en tomar todas las precauciones que aconsejaba la prudencia.

Por desgracia, el presidente se veía constreñido a abandonar muchos puntos importantes para concentrar sus fuerzas alrededor de la capital, cuyos habitantes, interpretando mal estos movimientos, se llenaron de zozobra y temieron peligros no lejanos.

En tales circunstancias, el presidente, sin duda con el objeto de dar una satisfacción a la opinión pública y devolver un poco la tranquilidad a la metrópoli, consintió o hizo que consentía en entablar con Juárez, su competidor, cuyo gobierno residía en Veracruz, negociaciones para llegar a la firma, sino de la paz a lo menos de un armisticio destinado a detener provisionalmente la efusión de sangre.

Los hados adversos quisieron que una nueva complicación hiciese imposible toda esperanza de arreglo.

El general Márquez había sido enviado en auxilio de Guadalajara, la cual, según suponían, continuaba resistiendo victoriosamente a las tropas federales; pero de improviso y sin mediar circunstancias que lo hiciese prever, y en pos de haberse los federales apoderado de una conducta de plata perteneciente a varios comerciantes ingleses, se firmó un armisticio entre los beligerantes, al cual es indudable que no fue extraña la mencionada conducta de plata. El general Castillo, gobernador de la plaza, abandonado por la mayor parte de sus tropas, se vio obligado a salir de la ciudad y a refugiarse en el Pacífico: de modo que los federales, libres de este estorbo, se reunieron contra Márquez, le derrotaron y destruyeron su cuerpo de ejército, único que sostenía la campaña.

La situación iba haciéndose pues más y más crítica; los federales, que no encontraban obstáculo ni resistencia en su victoriosa marcha, se desparramaban por todas partes, y estaba perdida toda esperanza de entrar en negociaciones. A pesar de todo era menester luchar.

Por decirlo así, la caída de Miramón no era sino asunto de tiempo; indudablemente lo comprendía en su fuero interno el general; pero nada dejaba transparentar; al contrario, redoblaba su ardor y su actividad para hacer frente a los sin cesar renacientes apuros de la situación.

Después de haber hecho un llamamiento a todas las clases de la sociedad, el presidente decidió por último dirigirse al clero, al cual siempre había sostenido y protegido; éste respondió a su llamamiento, colectó a toda prisa un diezmo sobre sus bienes y resolvió que llevasen a la casa de la moneda sus joyas de oro y plata para que las acuñasen y las pusiesen a la disposición del poder ejecutivo. Por desgracia tales esfuerzos resultaron estériles, pues los gastos aumentaban en proporción de los peligros siempre crecientes de la situación, y pronto el presidente, después de haber empleado inútilmente todos los recursos que le sugería su posición por demás crítica, se encontró con un tesoro exhausto y con la amarga certidumbre de que no había que pensar en llenarlo otra vez.

Hemos ya presentado ocasión de explicar como quedándose como se quedaba con el caudal público en tiempos de revolución, cada uno de los estados de la confederación mejicana, el gobierno, que reside en la capital, se encuentra de continuo en la mayor penuria. Efectivamente, éste no puede disponer, y aun, más que de los fondos del Estado de Méjico, mientras sus competidores, que recorren sin cesar y en todas direcciones el campo, no sólo detienen en los caminos las conductas de plata y se apropian sumas a las veces muy cuantiosas sin escrúpulo alguno, sino que también saquean las cajas de los Estados en los cuales penetran, con lo que se encuentran en disposición de sostener sin desventaja la guerra.

Ahora que sucintamente hemos dado a conocer al lector la situación política de Méjico, anudamos nuestro relato en los primeros de noviembre de 186..., es decir, unas seis semanas después del día en que le hemos interrumpido.

Las sombras de la noche empezaban ya a invadir la llanura; los oblicuos rayos del sol poniente, arrojados poco a poco del fondo de los valles, se agarraban aun a las nevadas cumbres de las montañas del Anáhuac, tiñéndolas de carmín; la brisa se estremecía al través del follaje; algunos vaqueros montados sobre caballos tan indómitos como sus jinetes, aguijaban, al través de la planicie, numerosos rebaños que todo el día habían errado en libertad, pero que al anochecer volvían al corral, y en lontananza resonaban los cascabeles de las mulas de algunos arrieros rezagados que se apresuraban a llegar a la magnífica calzada orillada de corpulentos áloes contemporáneos de Motecuhzoma y que conduce a Méjico.

Un viajero de gallarda presencia, montado en caballo de musculatura férrea y cuidadosamente envuelto en una capa cuyo embozo le subía hasta los ojos, seguía al paso las caprichosas sinuosidades de un angosto sendero que, abierto a campo atravieso, se unía a unas dos leguas de la ciudad, a la carretera de Méjico a Puebla, carretera completamente desierta en el instante que presentamos en escena a nuestro desconocido, no sólo a causa de la aproximación de la noche, sino también y principalmente porque el estado de anarquía en que tanto tiempo hacía estaba hundido el país, había arrojado al campo numerosas pandillas de bandidos que, aprovechándose de las circunstancias y guerreando a su guisa, destrozaban sin distinción de opiniones políticas a liberales y a constitucionales, y, envalentonados por la impunidad, a menudo no se contentaban con maniobrar en las carreteras, sino que ejercían sus depredaciones en las ciudades mismas.

Sin embargo, el viajero de quien estamos hablando parecía preocuparse muy poco con los riesgos a que se exponía, y continuaba indolentemente su peligrosa marcha al mismo paso tranquilo y reposado.

Tres cuartos de hora hacía, poco más o menos, que el incógnito avanzaba de esta suerte, y todavía no se había alejado una legua de la ciudad, cuando al levantar la cabeza advirtió que acababa de llegar a un sitio en que el sendero se dividía en dos ramales que se dirigían en opuestas direcciones; entonces se detuvo marcadamente perplejo, y al cabo de un instante tomó por el ramal de la derecha.

Después de haber seguido por espacio de unos diez minutos esta dirección, el jinete pareció orientarse, y dando un suave espolazo a su cabalgadura la obligó a tomar un trote bastante largo.

Pronto el jinete llegó a un montón de ruinas negruzcas, esparcidas desordenadamente por el suelo y cerca de las cuales se hacía un bosquecillo de árboles cuyas largas ramas sombraban en torno de sí la tierra en una extensa circunferencia. Una vez allí, el desconocido se detuvo, después de haber tendido en torno suyo una mirada escrutadora, indudablemente para convencerse de que estaba solo, se apeó, se sentó cómodamente en un otero de césped, se arrimó a un árbol, se quitó el embozo, dejando el rostro al descubierto y mostrando las facciones pálidas y macilentas del herido a quien vimos conducir al rancho por el vaquero Domingo.

Don Antonio de Cacerbar, que así se llamaba el personaje, no era sino sombra de lo que fue; especie de espectro lúgubre, parecía que toda la vida se le había concentrado en los ojos, que le brillaban con fulgor siniestro, pero en aquel cuerpo tan endeble en la apariencia alentaba un alma ardorosa y una voluntad firme y decidida; aquel hombre, salido vencedor de una lucha encarnizada con la muerte, perseguía con un tesón inquebrantable la ejecución de terribles resoluciones que anteriormente tomara. Apenas curado de su honrosa herida, por demás endeble aún y no soportando sino con grandísima dificultad la fatiga de un largo viaje a caballo, había sin embargo acallado sus padecimientos para acudir, a prima noche, a una cita que él mismo diera para un sitio distante no tres leguas de Méjico. Muy importantes debían ser para él las causas que le impulsaran a dar semejante paso, máxime en el estado de postración en que se encontraba.

De esta suerte transcurrieron algunos minutos, durante los cuales don Antonio, con los brazos cruzados sobre el pecho y cerrados los ojos, se reconcentró, probablemente con objeto de prepararse para la entrevista que iba a celebrar con la persona a quien había venido a buscar a tanta distancia.

Prontamente se oyó ruido de caballos y choque de sables, nuncio de que se acercaba numeroso escuadrón al sitio donde se encontraba don Antonio.

El cual se irguió, dirigió una investigadora mirada hacia donde se oía el ruido, y se levantó sin duda para recibir a los que llegaban.

Éstos, unos cincuenta, se detuvieron cerca de las ruinas, pero no echaron pie a tierra.

Sólo uno de ellos se apeó, puso las bridas de su caballo en manos de un jinete y se acercó apresuradamente a don Antonio, quien, por su parte, se había adelantado a recibirle.

—¿Quién es V.? preguntó Cacerbar en voz baja cuando ya no le separaban del desconocido sino cinco o seis pasos.

—Él que está V. aguardando, señor don Antonio, respondió incontinente el recién llegado, el coronel don Felipe Neri Irzabal, para servir a usted.

—Le conozco; acérquese V., don Felipe.

—Y bien, don Antonio, repuso el coronel, tendiendo la mano a éste, ¿cómo va esa salud?

—Mal, respondió Cacerbar, retrocediendo sin tocar la mano del guerrillero.

Éste no notó el movimiento de su interlocutor, o si lo notó no le dio importancia alguna.

—Viene V. muy acompañado, dijo don Antonio.

—¡Caramba! ¿V. cree que me daría gusto caer en manos de las avanzadas de Miramón? ¡Diablos! como se apoderasen de mí, pronto me ajustarían las cuentas; pero estimo que a pesar de la satisfacción que el vernos reunidos nos proporciona, obraríamos cuerdamente en ocuparnos sin demora en nuestros asuntos, ¿le parece?

—Esto deseo.

—El general le da las gracias por las últimas y exactísimas noticias que le envió usted; así es que ha jurado recompensarle merecidamente tan pronto se ofrezca la ocasión.

—¿Trae V. el papel? preguntó con cierta vivacidad don Antonio, al mismo tiempo que hacía un movimiento de disgusto.

—Sí traigo, respondió el coronel.

—¿Redactado cual pedí?

—Nada falta en él, señor, tranquilícese usted, respondió el coronel dando una carcajada; ¿por dónde andaría hoy la honradez si no se hubiese refugiado entre nosotros? Cuanto estipuló V. lo ha aceptado y firmado el general Ortega, general en jefe del ejército federal, y lo ha refrendado Juárez, presidente de la república. ¿Está V. satisfecho?

—Cuando haya visto el papel le responderé a usted.

—Ello es lo más fácil del mundo; ahí está, profirió el guerrillero sacando de un bolsillo de su dolmán un ancho pliego y entregándolo a don Antonio.

Éste lo cogió con mal disimulada alegría y le abrió con mano temblorosa.

—Me parece que en este instante le va a ser a V. difícil el leerlo, dijo con zumba don Felipe Neri.

—¿Le parece? repuso Cacerbar con ironía.

—¡Demontre! está bastante oscuro.

—No importa, pronto tendré luz, replicó don Antonio, frotando un fósforo contra una piedra y encendiendo una cerilla de rosca que se sacó de la faltriquera.

A medida de la lectura, en el semblante de don Antonio se iba pintando la satisfacción más viva.

—Señor, dijo Cacerbar al coronel, apagando la cerilla, doblando el papel y metiéndolo cuidadosamente en una cartera, dé V. de mi parte las más expresivas gracias al general Ortega; se ha portado conmigo como un caballero cumplido.

—No me olvidaré de dárselas, repuso el coronel haciendo un saludo, sobre todo si puede V. añadir algunas noticias a las que anteriormente ha dado.

—Sí, y por cierto muy importantes.

—¡Ah! profirió el guerrillero frotándose con satisfacción las manos; diga V. querido señor.

—Escuche V.; Miramón no sabe dónde dar de cabeza; no tiene dinero ni sabe ya como proporcionárselo; sus soldados, casi todos ellos reclutas, mal armados y peor equipados, hace dos meses que no reciben paga alguna y el descontento cunde en sus filas.

—Perfectamente. ¡Pobre Miramón! Diga usted pues que está apuradillo.

—Tanto más cuanto el clero, que al principio le prometiera su auxilio le ha negado rotundamente su apoyo.

—Pero ¿cómo está V. tan bien informado, señor? preguntó irónicamente el guerrillero.

—¿Olvida V. que estoy agregado a la embajada española?

—Verdad es, se me había olvidado, dispénseme V.; pero vayamos al grano: ¿qué más sabe V.?

—Las filas de los secuaces del presidente se van aclarando más y más; sus más antiguos amigos le abandonan; así es que para rehacerse un poco ante la opinión pública, ha resuelto intentar una salida y atacar al general Berriozábal.

—Toma, toma, toma, bueno es saberlo.

—Ya está V. advertido.

—Gracias; vigilaremos. ¿Sabe V. más?

—Sí: reducido, como ya le dije a V., al último extremo y queriendo proporcionarse dinero a toda costa, Miramón ha tomado por pretexto el robo de la conducta de Laguna Seca, llevada a cabo por los de V.

—Ya sé, interrumpió el coronel, frotándose las manos, yo soy quien llevé a cabo esa negociación; por desgracia, añadió con pesadumbre, tales redadas pueden cantarse con los dedos.

—Miramón está pues resuelto, continuó don Antonio, a apoderarse del dinero de la Convención, en la actualidad depositado en la legación británica.

—¡Magnífica idea! profirió el coronel; ¡no estarán poco furiosos esos demonios de herejes! ¿Cuál es el hombre de talento que le ha inspirado esa determinación que le enemista irremisiblemente con Inglaterra? Mire V. que los gringos no se chancean en asunto de dinero.

—Por eso le he sugerido yo tal pensamiento.

—Señor, dijo majestuosamente el guerrillero, por este acto merece V. bien de la patria. Pero ¿quiere V. decir que la cantidad es importante?

—No es despreciable.

—¿Cuánto poco más o menos?

—Seiscientos sesenta mil duros.

—¡Carape! exclamó el coronel experimentando un como deslumbramiento; me rindo, lo entiende más que yo. El negocio de Laguna Seca es una bicoca en comparación. ¡Dios me libre! con ese dinero va a poder anudar la guerra.

—Es demasiado tarde; ya hemos cuidado nosotros de que este dinero se gaste en pocos días, repuso don Antonio riendo sardónicamente; fíen Vds. en nosotros.

—¡Dios lo quiera!

—Ahí por ahora cuantas noticias puedo dar, y a mí me parece son importantes.

—¡Yo lo creo! profirió el coronel; en grado sumo.

—Dentro de algunos días espero dárselas más importantes todavía.

—¿En este mismo sitio?

—Sí, y a la misma hora y valiéndonos de la misma seña.

—Conforme; no va a estar poco satisfecho el general, al enterarse de todos esos pormenores.

—Bueno, ahora tratemos de lo demás, del asunto que nos atañe a nosotros dos: ¿qué ha hecho V. desde la última vez que nos vimos?

—Poco; en la actualidad me faltan recursos para llevar a cabo las difíciles pesquisas que me encargó V.

—Sin embargo, la recompensa es cuantiosa.

—No digo que no, contestó distraídamente el guerrillero.

—¿Pone V. en duda mi palabra? dijo con altivez don Antonio mientras lanzaba a su interlocutor una mirada penetrante.

—Tengo por norma no dudar nunca de nada, señor, respondió don Felipe Neri.

—La cantidad es importante.

—Precisamente esto es lo que me da espina.

—No le entiendo a V., don Felipe.

—¡Caramba! profirió el guerrillero, tomando de improviso una determinación, creo que es lo mejor que puedo hacer; escúcheme V.

—Ya escucho.

—Sobre todo no se incomode V., querido señor; ¡qué diablos! los negocios son negocios y deben tratarse lisa y llanamente.

—Abundo en este parecer, prosiga V.

—Bien; V. me ofreció cincuenta mil duros para...

—Ya me lo sé; al grano.

—Al grano pues; y como cincuenta mil duros no son moco de pavo y no cuento con otra garantía que su palabra de V.

—¿No le basta?

—No, señor; ya sé que entre caballeros la palabra es inquebrantable; pero tratándose de negocios, ya es distinto; creo que está V. rico, riquísimo, pues me lo dice V. y me ofrece cincuenta mil duros; pero ¿quién me asegura a mí que en el momento de saldar cuentas y a pesar de su buen deseo esté V. en estado de hacerlo?

Mientras el guerrillero estaba planteando en términos tan descarnados el asunto, don Antonio era pábulo de una cólera sorda que estuvo a punto de reventar Dios sabe cuántas veces; pero por fortuna logró dominarse y conservar su impasibilidad.

—Entonces ¿qué desea V.? preguntó con voz atragantada Cacerbar al coronel.

—En lo presente, nada, señor; deje que terminemos nuestra revolución. Una vez hayamos entrado en Méjico, lo que por V. y por mí espero no va a tardar, me acompañará V. a casa de un banquero conocido mío, quien saldrá garante de los cincuenta mil duros. ¿Le conviene a V.?

—Preciso es; ¿pero de aquí a entonces?

—Tenemos que ocuparnos en asuntos más urgentes; unos días más o menos nada significan; pero ya que por ahora nada más tenemos que comunicarnos, con su permiso me retiro, señor.

—Cuando V. guste, contestó con sequedad don Antonio.

—Beso a V. las manos, querido señor, profirió el coronel; hasta luego.

—Adiós.

D. Felipe saludó cortésmente al español, giró sobre sus tacones, se reunió a los suyos, se subió sobre su caballo, y desapareció a escape al frente de su escuadrón.

En cuanto a don Antonio, tomó imaginativo y al paso la vuelta de Méjico, a donde llegó dos horas después.

—¡Oh! murmuró deteniéndose delante de su morada, que la tenía en la calle de Tacuba, a pesar del cielo y del infierno saldré con la mía.

¿Qué significaban estas palabras siniestras, al parecer resumen de su prolongada meditación?

XIII

LOS BONOS DE LA CONVENCIÓN

Los nevados picachos del Popocatepetl se teñían de rojizos reflejos, las últimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cúspide de los edificios se vestía de ópalo: quebraba el alba. Méjico dormía aún; por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de pulquero entreabría tímidamente su puerta y se preparaba a servir a los consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prólogo obligado de la labor cotidiana.

En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba salió un jinete que cruzó al trote la plaza Mayor y vino en línea recta a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por dos centinelas.

—¿Quién vive? gritó uno de éstos.

—Amigo, respondió el jinete.

—Pase V. de largo.

—No por mi vida, repuso el jinete; aquí es a donde me llaman mis asuntos.

—¿Quiere V. entrar en palacio?

—Sí.

—Es demasiado temprano; vuelva V. dentro de dos horas.

—Sería muy tarde; necesito entrar ahora mismo.

—¡Bah! profirió en tono de zumba el centinela; y dirigiéndose a su compañero, añadió: ¿Qué dices tú a eso, Pedrito?

—¿Que qué digo? respondió el interpelado, chungueándose también, pues digo que el caballero debe de ser extranjero y que indudablemente imagina que se encuentra a la puerta de un mesón.

—¡Basta de groserías, tunantes! exclamó el jinete; he perdido ya demasiado tiempo, avisen ustedes al oficial de guardia; ¡vivo!

El tono imperativo que empleara el desconocido, produjo, al parecer, honda impresión en los soldados; los cuales, después de haber cruzado algunas palabras en voz baja, y como por otra parte aquél estaba en su derecho y lo que pedía lo preveía su consigna, se decidieron a satisfacerle, llamando a la puerta con la culata de sus fusiles.

Dos o tres minutos después acudió a la llamada un sargento, fácil de reconocer en la rama de vid, insignia de su grado, que ostentaba en la mano izquierda.

En preguntando a los centinelas el porqué de su llamada, saludó cortésmente al jinete, a quien rogó que se aguardase un instante, y se metió dentro otra vez dejando tras sí la puerta abierta; pero casi al punto reapareció precediendo a un capitán que iba de uniforme de servicio.

El jinete saludó al oficial y reiteró la petición que antes dirigiera a los centinelas.

—Siento en el alma no poder complacerle a usted, señor, respondió el oficial; la consigna nos prohíbe terminantemente introducir persona alguna en palacio antes de las ocho de la mañana. Si la causa que le conduce es grave, sírvase volver a la hora que le he indicado y entonces podrá entrar con entera libertad.

—Perdone V., dijo el jinete al capitán, que se disponía a entrar de nuevo en palacio; ¿me permite dos palabras?

—Diga V., señor.

—Es inútil que nadie más que V. me oiga.

—Nada más fácil, repuso el oficial acercándose al desconocido hasta tocarle; diga V.

El jinete se inclinó hasta el capitán y murmuró a su oído algunas palabras que éste escuchó con marcadas muestras de sorpresa.

—¿Está V. satisfecho ahora? preguntó el jinete.

—Sí, señor, respondió el capitán, el cual volviéndose hacia el sargento, que permanecía inmóvil a algunos pasos de distancia, añadió: Abra V. la puerta.

—No hay necesidad; si V. me da su permiso voy a apearme aquí y uno de los soldados cuidará de mi caballo.

—Como V. guste, señor.

El jinete echó pie a tierra, dio las bridas al sargento, que las tomó mientras esperaba que un soldado viniese a reemplazarle, y dirigiéndose al capitán, repuso:

—Ahora si quiere V. colmar su galantería sirviéndome de guía y conduciéndome personalmente al lado de la persona que me está aguardando, me tiene a sus órdenes.

—Yo soy quien estoy a las de V., señor, contestó el oficial, y ya que tal es su deseo, tendré la honra de conducirle.

El desconocido y el capitán penetraron en palacio, dejando tras sí al sargento y a los dos centinelas, que no volvían de su sorpresa.

Precedido del capitán, el jinete atravesó gran número de piezas que a pesar de lo temprano de la hora estaban ya llenas de gente, no de visitantes, sino de oficiales de todas graduaciones, de senadores y consejeros de la Suprema Corte que parecían haber pasado la noche en palacio.

La mayor agitación reinaba en los grupos, compuestos de militares, miembros del clero y representantes del alto comercio, y todos, aunque en voz baja, hablaban con cierta viveza y manifestaban en sus fisonomías un recelo sombrío.

El capitán y su acompañado llegaron por fin a la puerta de un gabinete custodiado por dos centinelas, y por delante de la cual se estaba paseando un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello.

—Ha llegado V., señor, dijo el capitán al desconocido.

—No me queda sino despedirme de V. y darle las más expresivas gracias por su atención, contestó aquél.

El jinete cruzó un saludo con el capitán, que se volvió al cuerpo de guardia.

—Su excelencia no puede recibir en este instante; esta noche ha celebrado consejo extraordinario, y quiere estar solo; éstas son sus órdenes, dijo el ujier saludando con sequedad al desconocido.

—Pues va a hacer una excepción en mi pro su excelencia, repuso cortésmente el jinete.

—Lo dudo, señor, replicó el ujier; la orden es general y no me atrevería a faltar a ella.

El desconocido pareció reflexionar, mientras el ujier le contemplaba admirado de que perseverase en quedarse allí.

—Comprendo, señor, dijo por fin y levantando la cabeza el jinete, cuan sagrada es para usted la orden que ha recibido, y por lo tanto no intento inducirle a que falte a ella; sin embargo, como el motivo que me trae reviste la mayor gravedad, le ruego me dispense un favor.

—Para complacerle haré cuanto sea compatible con los deberes de mi cargo, contestó el ujier.

—Gracias, señor; por otra parte le garantizo que pronto va V. a tener una prueba de que en lugar de recibir V. una reprimenda, su excelencia el presidente le agradecerá que me haya dejado entrar.

—Ya he tenido el honor de hacerle observar señor...

—Déjeme que le explique lo que deseo de V., interrumpió con viveza el desconocido, luego ya me dirá si puede o no hacerme el favor que deseo.

—Dice V. bien.

—Voy a escribir cuatro letras en un pedazo de papel, y el papel ese lo pone V. ante los ojos del presidente, sin pronunciar palabra alguna; si su excelencia no le dice a V. nada, me retiro; ya ve que no es dificultoso lo que solicito y que no quebranta V. de ningún modo las órdenes que ha recibido.

—Cierto es, repuso el ujier sonriendo; pero les doy una interpretación torcida.

—¿Halla V. dificultades?

—¿Tan necesario es que vea V. a su excelencia esta mañana? repuso el ujier, sin responder a la pregunta que acababa de dirigirle el desconocido.

—Señor don Livio, respondió éste en voz grave, porque aunque V. no me conozca a mí yo sí a V.; sé hasta dónde llega su devoción al general; pues bien, por mi honor le juro que es urgente por modo gravísimo que yo le vea sin perder instante.

—Basta, señor, repuso seriamente el ujier, si sólo depende de mí, dentro de un minuto va usted a verle; en esa mesa hay papel, pluma y tinta; escriba V.

El jinete dio las gracias al ujier, tomó una pluma y en gruesos carácteres escribió casi en el centro de una blanca hoja esta sola palabra:

ADOLFO .°.

seguida de tres puntos en forma de triángulo; luego entregó la hoja abierta al ujier, diciéndole:

—Tome V.

—¡Cómo! exclamó aquél con pasmo, V. es...

—¡Silencio! repuso el desconocido llevándose un dedo a los labios.

—Entrará V., dijo el ujier, levantando la cortina y abriendo la puerta, tras la cual desapareció.

Casi al mismo instante se abrió de nuevo la puerta, y del interior del gabinete partió una voz sonora, que no era la del ujier, y que repitió por dos veces:

—Entre V., entre V.

El desconocido penetró en el gabinete.

—El cielo le envía a V., mi querido don Adolfo, dijo el presidente saliendo al encuentro de éste y tendiéndole la mano.

Don Adolfo correspondió efusivamente a las demostraciones afectuosas de Miramón, y se sentó al lado de éste en una silla de brazos.

En el momento que le presentamos en escena, el presidente Miramón, general cuyo nombre circulaba de boca en boca y que con justicia pasaba por el militar más notable de Méjico, como de la república era el mejor administrador, era tan joven que apenas frisaba con los veintiséis, sin embargo de lo cual y en tres años que ocupaba el poder había llevado a cabo muchas grandes y nobles acciones.

En lo físico era elegante y bien formado, francos sus modales, y noble su andar, y sus facciones correctas y llenas de distinción respiraban audacia y lealtad; tenía ancha la frente y arrugada ya bajo el esfuerzo de la meditación; y grandes los ojos, negros y de mirada leal y límpida cuya penetración turbaba a las veces a aquéllos en quienes se fijaba. En el instante en que entró el misterioso personaje en el gabinete de Miramón, éste estaba pálido y una oscura faja le rodeaba los ojos: evidentes señales de un largo insomnio.

—¡Ah! profirió gozosamente el general dejándose caer en su silla de brazos, ahí de vuelta a mi genio del bien; de seguro me trae la dicha que voló.

Don Adolfo movió tristemente la cabeza.

—¿Qué significa este movimiento, amigo mío? preguntó el presidente.

—Quiere decir que temo sea demasiado tarde, general, respondió el interpelado.

—¿Demasiado tarde? ¿Cómo es eso? ¿Acaso no me cree V. capaz de tomar un ruidoso desquite sobre mis enemigos?

—Le creo a V. capaz de todas las acciones nobles y grandes, general, respondió don Adolfo; pero por desgracia la traición le cerca a V. estrechamente y sus amigos le abandonan.

—Le sobra a V. la razón, dijo el general con amargura; el clero y los comerciantes acaudalados, de quienes me he constituido en égida, a quienes he defendido siempre y en todas partes, dejan egoístamente que gaste todos mis recursos en protegerles, sin dignarse venir en mi ayuda. ¡Ah! pronto van a echarme de menos, si, lo que es muy probable, sucumbo por su culpa.

—Es verdad, mi general, y en el consejo que celebró V. esta noche, indudablemente se ha convencido V. definitivamente de las intenciones de esos hombres a los cuales se lo ha sacrificado V. todo.

—Sí, profirió el presidente frunciendo el cejo y recalcando amargamente sus palabras; a cuantas peticiones les he dirigido y a todas mis observaciones, sólo me dieron una respuesta: «No podemos.» No parecía sino que obedecían a un santo y seña.

—¿Entonces su posición de V., general, y dispénseme la pregunta, debe ser por demás crítica?

—Diga V. más bien precaria, amigo mío; el tesoro está completamente exhausto, sin que me sea posible llenarlo de nuevo; el ejército, que hace dos meses no ha recibido paga alguna, murmura y amenaza desbandarse, y mis oficiales se pasan uno tras otro al enemigo, el cual avanza a marchas forzadas sobre Méjico. Ésta es limpia y claramente mi situación, ¿qué le parece a V.?

—Triste, terriblemente triste, general, respondió don Adolfo. Dispénseme V. que le dirija una pregunta: ¿qué piensa V. hacer para contrarrestar el peligro?

En lugar de responder, el presidente dirigió al soslayo una mirada penetrante a su interlocutor.

—Pero antes de seguir adelante, repuso don Adolfo, permítame V. que le dé cuenta de mis operaciones.

—¡Oh! profirió Miramón sonriendo, estoy convencido de que han sido afortunadas.

—Tal espero que va a hallarlas vuecencia. ¿Me autoriza V. para que se las relate?

—Diga, diga V., amigo mío, tengo comezón de saber lo que ha hecho V. en pro de nuestra noble causa.

—Dispense V., general, repuso con viveza don Adolfo, no paso de ser un aventurero y mi devoción radica personalmente en V.

—Bien, bien, yo me entiendo, arguyo Miramón; a ver, diga V.

—En primer lugar, dijo don Adolfo, he logrado arrebatar al general Degollado los restos de la conducta robada por él en la Laguna Seca.

—Bravo, esto es en buena lid; con el dinero de la conducta esa me quitó Guadalajara. ¡Oh! Castillo; en fin, ¿y cuánto poco más o menos?

—Doscientos setenta mil duros.

—No es despreciable la suma.

—¿Verdad que no? Luego sorprendí al bandido Cuéllar, después a su asociado Carvajal y por fin a su amigo Felipe Irzabal, sin mentar algunos secuaces de Juárez a quienes su mala estrella colocó en mi camino.

—En resumen, dijo Miramón, el total de esos encuentros asciende a...

—Más de novecientos mil duros; los guerrilleros del íntegro Juárez saben tundir, obran a sus anchas y se aprovechan para enriquecerse grandemente en este río revuelto; en resumen, le traigo a V. un millón doscientos mil duros que serán conducidos acá antes de una hora, a lomo de mula, y podrá V. ingresarlos en su tesoro.

—¡Pero esto es magnífico! exclamó Miramón.

—Se hace lo que se puede, general, repuso don Adolfo.

—Demontre, si todos mis amigos recorriesen el campo con tan buenos resultados, pronto me vería rico y en estado de sostener vigorosamente la guerra; por desgracia no sucede así, pero esta cantidad añadida a la que he logrado procurarme por otro lado, forman una suma bastante redonda.

—¿De qué otra cantidad está V. hablando, general? ¿Ha hallado V. dinero?

—Sí, respondió con cierta vacilación el presidente; un amigo mío, agregado a la embajada española, me ha sugerido un medio.

Don Adolfo dio un brinco cual si le hubiese mordido una serpiente.

—Cálmese V., amigo mío, dijo Miramón con viveza; sé que es V. enemigo del duque; sin embargo, éste, desde que se encuentra en Méjico, me ha prestado importantes servicios.

El aventurero, que estaba pálido y sombrío, no respondió palabra. En cuanto a Miramón, leal como era y sintiendo necesidad de disculparse de una mala acción hija únicamente de la apurada situación en que se encontraba, continuó:

—Después de la derrota de Silao y cuando todo me abandonaba a la vez, el duque ha logrado hacerme reconocer por el gobierno de España, lo que no puede V. negar me ha sido utilísimo.

—No digo que no, general. ¡Oh Dios! ¿luego es cierto lo que me han dicho?

—¿Y qué le dijeron a V.?

—Que ante la obstinada negativa del clero y del alto comercio de prestarle a V. ayuda y reducido al último extremo, había tomado V. una determinación terrible.

—Es cierto, contestó el presidente bajando la cabeza.

—Pero tal vez no sea demasiado tarde todavía; con el dinero que le traigo ha cambiado su situación de V., y si V. lo consiente, voy...

—Escuche V., dijo Miramón asiendo del brazo a su amigo.

En esto se abrió la puerta.

—¿No he prohibido que se me moleste? dijo el presidente al ujier que estaba inmóvil e inclinado delante de él.

—El general Márquez, excelentísimo señor, respondió el ujier con la mayor impasibilidad.

Miramón se estremeció, le subió al rostro un ligero rubor y dijo:

—Que entre.

El general Márquez se presentó en el gabinete.

—¿Y bien? le preguntó el presidente.

—Ya está, respondió lacónicamente el general; el dinero ha ingresado en el tesoro.

—¿Qué sucedió? repuso Miramón con imperceptible temblor en la voz.

—Vuecencia me envió orden para que con una fuerza respetable me dirigiera a la legación de S. M. británica, exigiese del representante inglés la entrega inmediata de los fondos destinados a pagar a los tenedores de bonos de la deuda inglesa, y les hiciese observar que en las circunstancias actuales vuecencia necesitaba de dicha cantidad para poner la ciudad en estado de defensa; además, en nombre de vuecencia le empeñé mi palabra de que le restituiría la mentada cantidad, que sólo debía ser considerada como un préstamo por algunos días, ofreciéndole, por otra parte, concertar con vuecencia la forma del pago en el modo que a él más le pluguiese. A todas mis observaciones, el representante inglés se limitó a responder que el dinero no le pertenecía, que no era sino el depositario responsable de él y que le era imposible soltarlo. Yo, conociendo que todas mis observaciones iban a estrellarse ante una resolución inquebrantable, después de una hora de pláticas inútiles resolví llevar a cabo la última parte de las órdenes que me habían sido transmitidas: así pues, ordené a mis soldados que rompiesen el sello oficial y las cajas de la legación y me apoderé de todo el dinero que en ellas había, cuidando empero de hacerlo contar por dos veces y ante testigos, para que constase de un modo indudable el importe total de la cantidad que me apropiaba, a fin de devolverla íntegra más adelante. El dinero que me llevé y se encuentra ya en palacio, asciende a un millón cuatrocientos mil duros.

Después de esta narración sucinta, el general Márquez se inclinó como hombre que está convencido de haber cumplido con su deber y que espera las gracias.

—¿Y el representante inglés, qué hizo Entonces? preguntó el presidente.

—Después de haber protestado arrió su pabellón, y seguido de todo el personal de la legación abandonó la ciudad, declarando que rompía toda clase de relaciones con el gobierno de vuecencia, y que ante el inicuo acto de expoliación de que acababa de ser víctima, que así se expresó, se retiraba a Jalapa, en cuyo punto aguardará las nuevas instrucciones del gobierno británico.

—Está bien, general, le doy a V. las gracias; ya tendré el honor de hablar más extensamente con V. dentro de un instante.

Márquez saludó y se retiró.

—Ya lo ve V., amigo mío, dijo el presidente a don Adolfo, es demasiado tarde para devolver el dinero.

—Sí, por desgracia el mal es irremediable.

—¿Qué me aconseja V.?

—General, respondió don Adolfo, se encuentra V. en el fondo de un precipicio; su ruptura de V. con Inglaterra es la desdicha más grande que podía acaecerle en las presentes circunstancias; necesita V. vencer o morir.

—¡Venceré! exclamó fogosamente Miramón.

—Dios lo quiera, repuso el aventurero con tristeza y levantándose, porque solamente la victoria puede absolverle a V.

Se levantó.

—¿Se va V. ya? preguntó el presidente.

—Es preciso; ¿no debo hacer que traigan a palacio el dinero que yo a lo menos he quitado a los enemigos de vuecencia?

Miramón bajó tristemente la cabeza.

—Perdóneme V., general, dijo don Adolfo, he hecho mal al hablar de esta suerte; ¿acaso no sé por propia experiencia que la desgracia es mala consejera?

—¿No tiene V. nada que pedirme?

—Sí, señor, una firma en blanco.

—Tome V., dijo Miramón satisfaciendo inmediatamente los deseos del aventurero; y dígame, ¿volveré a verle a V. antes de su salida de la capital?

—Sí, general; pero permítame dos palabras más.

—Diga V.

—Desconfíe V. del duque español; ese hombre le vende.

Y despidiéndose del presidente, don Adolfo abandonó la estancia.

XIV

LA CASA DEL ARRABAL

A la puerta del palacio el aventurero halló su caballo, al que un soldado sujetaba por las bridas, y subiéndose inmediatamente sobre la silla, tiró una moneda al asistente, atravesó de nuevo la plaza Mayor y se internó en la calle de Tacuba.

A eso de las nueve de la mañana las calles estaban henchidas de viandantes, jinetes, coches y carretas que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones; en una palabra, la ciudad ofrecía el animado aspecto de las capitales, el febril movimiento propio de los momentos críticos. En los semblantes de todos se reflejaba la turbación, todas las miradas traducían el recelo, todos hablaban en voz baja, todos veían un enemigo en el inofensivo extranjero que el acaso les ponía en su camino.

Don Adolfo, mientras avanzaba rápidamente al través de las calles, no dejaba de observar lo que ocurría en torno suyo; aquella zozobra mal disimulada, aquella creciente ansiedad de la población, no le pasaron inadvertidas. Realmente devoto del general Miramón, cuyo carácter magnánimo, vastos planes y sobre todo el deseo real de labrar la ventura de su patria le habían cautivado, don Adolfo experimentó un pesar íntimo, profundo, al ver aquel abatimiento general del pueblo, la defección de éste hacia el único hombre que en aquellos momentos, de verse lealmente sostenido, podía haber salvado a Méjico del gobierno de Juárez, es decir, de la anarquía organizada por el terrorismo del sable. Don Adolfo continuó adelante, al parecer sin ocuparse en lo que hacía y decía en torno de él la gente agrupada en el umbral de las puertas, en la entrada de las tiendas y en las esquinas, grupos en los cuales no se hablaba sino de la ocupación de los bonos de la Convención inglesa por el general Márquez, en virtud de una orden perentoria del presidente de la república, ocupación apreciada de mil modos distintos.

Sin embargo, don Adolfo, al penetrar en los arrabales encontró más tranquila a la población; y es que en ellos aún no había cundido la noticia y los que la sabían denotaban hacer poquísimo caso de ella o tal vez hallaban muy en su lugar aquel acto arbitrario del poder.

Don Adolfo comprendió perfectamente el contraste: los vecinos de los arrabales, pobres casi todos ellos, pertenecían a la clase más ínfima de la población y por lo tanto eso se les daba de una acción cuyas consecuencias no podían alcanzarles y de la que sólo debían salir perjudicados los comerciantes ricos de la ciudad.

Una vez cerca de la Garita o Puerta de Belén, don Adolfo se detuvo delante de una casa aislada, de modesta aunque no pobre apariencia y cuya puerta estaba cuidadosamente cerrada.

Al ruido de los pasos del caballo se entreabrió una ventana, del interior de la casa partió un grito de alegría, y poco después se abrió de par en par la puerta, por la que entró el jinete.

Don Adolfo atravesó el zaguán y penetró hasta un patio, donde se apeó y arrendó su caballo a una argolla empotrada en el muro.

—¿Por qué toma V. esta precaución, don Jaime? preguntó con voz suave y melodiosa una señora saliendo al patio; ¿acaso tiene V. la intención de dejarnos tan pronto?

—Hermana mía, respondió don Adolfo o don Jaime, tal vez no me sea dable permanecer sino muy poco tiempo aquí a pesar de mi ardiente deseo de conceder a V. muchas horas.

—Bien, bien, hermano, profirió la señora; pero por sí o por no deje V. que José conduzca el caballo al corral donde estará más bien que no en el patio.

—Como a V. le plazca, hermana.

—¿Ha oído V., José? dijo la señora a un criado anciano; conduzca V. al Moreno al corral, estréguelo V. cuidadosamente y échele doble pienso de alfalfa. Y volviéndose a don Adolfo y tomándole el brazo, añadió: venga V., hermano mío.

Don Jaime, que así le llamaremos ahora, no hizo objeción alguna, y ambos penetraron en la casa.

El aposento en el cual entraron era un comedor sencillamente amueblado, aunque con el gusto y limpieza que denotan un cuidado asiduo, y en la mesa había tres cubiertos.

—Almuerza V. con nosotros ¿no es verdad, hermano?

—Con sumo placer, respondió don Jaime, pero ante todo, hermana, démonos un abrazo e infórmeme de mi sobrina.

—Estará aquí dentro de un momento; en cuanto a su primo está ausente, ¿no lo sabe V.?

—Creía que había regresado.

—Todavía no; como a V., nos tiene en zozobra el muchacho, pues lleva una vida muy misteriosa; se va sin decir a dónde, y tras una ausencia, a menudo muy larga, regresa sin manifestar de dónde viene.

—Paciencia, María, paciencia, profirió don Jaime con voz un tanto triste; ya sabe que trabajamos para V. y para su hija. Pronto va a aclararse todo, así lo espero.

—Dios lo quiera, don Jaime; pero en esta casita nos encontramos por demás solas e intranquilas; el país está en un estado deplorable de trastorno, los caminos están infestados de bandoleros, y de consiguiente vivimos en un ay temerosas de que V. o don Esteban no caigan en manos de Cuéllar, de Carvajal o del Rayo, desalmados bandidos respecto de quienes oímos espantosos relatos todos los días.

—Tranquilícese V., hermana; Cuéllar, Carvajal y aun... el Rayo, repuso sonriendo don Jaime, no son tan terribles como quiere suponer la gente; por lo demás, no reclamo de V. sino un poco de paciencia: antes de un mes, se lo repito, habrá cesado todo misterio y cada cual recibido lo que en justicia le corresponda.

—¡Justicia! murmuró doña María dando un suspiro; ¿acaso esa justicia me devolverá mi dicha pérdida, mi hijo?

—Hermana, respondió con solemnidad don Jaime, ¿por qué dudar del poder de Dios? Espere V.

—¡Ay! don Jaime: ¿comprende V. bien el alcance de esta palabra? ¿Sabe V. lo que significa decir a una madre que espere?

—María, dijo don Jaime, ¿necesito repetir que V. y su hija son los únicos lazos que me unen a la vida, que les he ofrecido la mía entera, sacrificando, para verlas a Vds. dichosas un día, vengadas y repuestas en la elevada categoría de que debieran no haber descendido, todos los goces de la familia y todas las excitaciones de la ambición? ¿Si no estuviese a punto de conseguir el fin que desde hace tantos años persigo con tanta perseverancia y con tanta obstinación, me vería V. tan tranquilo y resuelto? ¿Acaso ha olvidado V. quién soy, o ha perdido ya la confianza en mí?

—¡Oh! no, confío en V., hermano mío, exclamó María echando los brazos al cuello de don Jaime; pero por eso mismo vivo en continua zozobra, aun en los instantes en que me dice usted que espere, porque sé que nada hay que pueda detenerle, ni valla que V. no derribe, ni peligro que no arrostre, y temo verle sucumbir en esta lucha insensata sostenida sólo en mi provecho.

—Y en pro de la honra de nuestro apellido, hermana mía, profirió don Jaime; no lo olvide usted, a fin de devolver a un blasón ilustre su empañado brillo; pero volvamos la hoja; ahí viene mi sobrina; de cuanto acabamos de decir no se acuerde V. sino de una sola palabra: espere V.

—¡Oh! gracias, gracias, hermano mío, dijo María abrazándole otra vez.

—Tío, mi buen tío, dijo en este instante una joven abriendo una puerta y encaminándose apresuradamente al encuentro de don Jaime, quien le llenó de besos las mejillas; por fin ha llegado V., bienvenido sea.

—¿Qué es eso, Carmen, hija mía? preguntó cariñosamente don Jaime a la joven; tiene V. los ojos enrojecidos, está V. pálida. ¿Ha llorado usted?

—No es nada, tío, una tontería de mujer nerviosa y turbada. ¿No viene con V. Esteban?

—No, respondió don Jaime con displicencia; no vendrá hasta dentro de algunos días; pero goza de perfecta salud, añadió, cruzando una mirada de inteligencia con doña María.

—¿Le ha visto V.?

—¡Pues no! apenas hace dos días, y aun yo me tengo algo la culpa de su retardo, pues insistí para que todavía no se venga, ya que necesito de él allá abajo; ¿pero no almorzamos? literalmente estoy pereciendo de hambre.

—Sí, al instante, sólo aguardábamos a Carmen; ¡ea! a la mesa, dijo doña María tocando un timbre, a cuyo son compareció el mismo criado que condujera al caballo de don Jaime al corral.

—Puedes servir, José, dijo doña Carmen al anciano.

Los tres se sentaron en torno de la mesa y dieron principio al almuerzo.

Vamos a trazar a vuela pluma el retrato de las dos señoras a quienes las exigencias de nuestro relato nos han obligado a presentar en escena.

La primera, doña María, de porte noble, graciosos modales y suave y triste sonrisa, era todavía hermosa por más que sus facciones, marchitas y fatigadas, ostentasen marcadas huellas de grandes dolores. De cuarenta y dos años apenas, estaba ya completamente cana y su cabellera formaba singular contraste con sus negras cejas y con sus ojos vivos y brillantes, que respiraban la fuerza y la juventud.

Doña María vestía de riguroso luto y su traje le daba una apariencia religiosa y ascética.

Su hija, doña Carmen, tenía a lo más veintidós años y era hermosa como su madre, de la que era el retrato viviente, lo había sido a su edad. Todo en ella era gracioso y lindo; su voz tenía modulaciones de armonía extraordinaria, su pura frente respiraba el candor y de sus grandes y negros ojos, coronados de cejas al parecer trazadas con un pincel y rodeados de largas y sedosas pestañas; emanaba una mirada suave y húmeda, impregnaba de singular atractivo.

El traje de Carmen era por demás sencillo: se componía de un vestido de muselina blanca ceñido a la cintura con una ancha cinta azul y de una toca de blondas.

Tales eran las dos damas.

A pesar de la indiferencia que fingía, el aventurero don Jaime estaba visiblemente inquieto y receloso; en ocasiones permanecía con el tenedor levantado olvidándose de llevarlo a la boca y pareciendo prestar oído atento a ruidos perceptibles solamente para él; otras veces se sumergía en una divagación tan profunda, que su hermana o su sobrina se veían obligadas a volverle a la realidad dándole un golpecito.

—¡Oh! a V. le pasa algo, hermano mío, no pudo menos de decirle doña María.

—Sí, añadió la doncella, esta preocupación no es natural, tío mío, nos preocupa. ¿Qué tiene?

—Yo, nada, les aseguro, contestó él.

—Tío, nos esconde algo.

—Está equivocada, Carmen, no le estoy escondiendo nada, que me sea personal al menos; pero en este momento, existe una agitación tan fuerte en el pueblo, que le admito francamente que temo un catástrofe.

—¿Vendrá tan pronto, entonces?

—¡Oh! No lo creo; sólo que tal vez habrá ruido, reuniones, ¿qué sé yo? Le aconsejo seriamente, si no es absolutamente obligatorio, de no salir de casa hoy.

—¡Oh! Ni hoy, ni mañana, hermano mío, contestó doña María, tiene mucho tiempo ya que no salimos, con excepción de ir a misa.

—Tampoco para ir a misa, a partir de ahora y por algún tiempo, hermana mía, creo que sería imprudente arriesgarse en las calles.

—¿El peligro es tan grande? preguntó ella con inquietud.

—Sí y no, hermana mía, estamos en un momento de crisis donde un gobierno está a punto de caer y de ser reemplazado por otro; usted entiende, no cierto, que el gobierno que cae es impotente hoy de proteger a los ciudadanos; sin embargo, él que lo reemplazará aún no tiene ni el poder ni la voluntad sin duda, de vigilar sobre la seguridad pública, así que, en una circunstancia como ésta, lo más sabio es de protegerse a sí mismo.

—En verdad, me espanta, hermano mío.

—Dios mío, tío, ¿qué pasará con nosotras? exclamó doña Carmen juntándose las manos con temor; esos mexicanos me dan miedo, son verdaderos bárbaros.

—Tranquilícese, no son tan malos como usted lo supone; son niños traviesos, mal criados, peleadores, y es todo; pero al fondo, tienen buen corazón; les conozco desde mucho tiempo, y yo respondo por sus buenos sentimientos.

—Pero usted sabe, tío, el odio que nos tienen, a nosotros los españoles.

—Malamente, estoy de acuerdo que nos hacen llevar con el mal del cual acusan a nuestros padres de haberles hecho, y que nos odian cordialmente, pero ignoran que ustedes y yo somos españoles, las creen hijas del país, lo que es para ustedes una garantía; por lo de don Esteban, pasa por peruviano, y yo, todos están convencidos que soy francés; entonces pueden ustedes ver bien que el peligro no es tan grande como lo suponen, y que en no cometer imprudencias, no tienen nada, por lo pronto, que temer, de todos modos, no se quedan sin protectores, no las dejaré solas en esta casa con un viejo doméstico, cuando hay un catástrofe tan cerca; así que sean tranquilas.

—¿Se va a quedar con nosotras, tío?

—Sería con gran placer, mi querida niña; malamente, no me atrevo prometérselo, me temo que me sea imposible.

—Pero, tío, ¿cuáles son esos asuntos tan importantes?

—Silencio, curiosa, deme un poco de fuego para prender mi cigarro, no sé que he hecho con mi mechero.

—Tome V., dijo Carmen dando un fósforo a su tío; siempre emplea V. las mismas argucias para cambiar la conversación; es V. muy feo.

Don Jaime se echó a reír, y sin replicar a su sobrina encendió el cigarro. Luego, al cabo de unos segundos, dijo:

—A propósito, ¿ha venido alguien del rancho?

—Sí, hace unos quince días Loick y Teresa, su mujer, nos trajeron algunos quesos y dos odres de pulque.

—¿Dijeron algo del Arenal?

—No, en la hacienda no ocurría novedad.

—Mejor.

—Loick sólo habló de un herido.

—¡Ah! ¿y qué dijo?

—No lo recuerdo bien.

—Yo sí lo recuerdo, repuso doña Carmen. En cuanto vea V. a su tío, señorita, me dijo Loick, sírvase decirle que el herido que había mandado depositar en el subterráneo bajo la guarda de López, se ha aprovechado de la ausencia de éste para escaparse, y que a pesar de todas nuestras pesquisas nos ha sido imposible dar de nuevo con él.

—¡Maldición! exclamó don Jaime reventando en ira. ¡Ah! ¿por qué ese necio de Domingo no le dejó morir como una bestia fiera? Ya me presumí que esto concluiría de un modo semejante.

Pero al notar la sorpresa que se pintó en el semblante de las dos damas al oírle proferir tales palabras, don Jaime se calló, y simulando la más absoluta indiferencia, preguntó con la voz más natural del mundo:

—¿Nada más?

—Nada más, respondió la joven, y por cierto que Loick me recomendó eficazmente que no me olvidase de decírselo a V.

—No valía la pena, repuso don Jaime; pero lo mismo da, querida niña, gracias; y levantándose de la mesa, añadió: ahora me veo obligado a dejarlas a Vds.

—¡Ya! profirieron doña María y doña Carmen abandonando con viveza sus respectivas sillas.

—Es preciso. A lo menos que sobrevengan acontecimientos imprevistos, esta noche estoy citado para un sitio muy distante de aquí; pero como no me sea dable volver tan pronto como espero, ya cuidaré de que me sustituya don Esteban, a fin de que no queden Vds. sin protectores.

—¡Ah! será muy distinto, repuso doña María.

—Gracias; pero antes de separarnos hablemos un poco de negocios; ¿han acabado Vds. el dinero que les di la última vez que nos vimos?

—No gastamos mucho, hermano, respondió doña María, sino que vivimos con grande economía; nos queda todavía bastante.

—Mejor, hermana, siempre es preferible que sobre; así pues, como en este momento estoy rico, me he reservado para Vds. unas sesenta onzas de cuyo peso les ruego me aligeren.

Y metiendo la mano en los bolsillos de su dolmán, don Jaime sacó una larga bolsa de seda encarnada, al través de cuyas mallas se veía brillar el oro.

—Esto es demasiado, hermano, ¿qué quiere usted que hagamos con tanto dinero?

—Lo que a Vds. les plazca, hermana; esto no me incumbe. Tomen, tomen.

—Ya que V. lo exige.

—Puede que Vds. hallen cuarenta o cincuenta onzas más de las que he dicho, repuso don Jaime; vayan para alfileres para V. y para Carmen, pues quiero que ésta pueda ponerse elegante cuando se le antoje.

—¡Qué bueno es V., tío! profirió la doncella; estoy segura de que V. se sujeta a privaciones por nosotras.

—Esto no le atañe a V., señorita, replicó don Jaime; lo que yo quiero es verla a V. hermosa; su deber de sobrina sumisa, es obedecerme, sin permitirse hacer observación alguna; ¡ea! denme Vds. un abrazo y adiós; me he entretenido ya demasiado.

Las dos damas le siguieron hasta el patio, donde le ayudaron a ensillar al Moreno, al cual doña Carmen daba terrón de azúcar tras terrón mientras le acariciaba, a lo que el noble animal parecía estar muy agradecido.

En el momento en que don Jaime daba al anciano criado orden de que abriese la puerta, se oyó en la parte de afuera el precipitado galopar de un caballo, y poco después repetidos golpes en aquélla.

—¿Quién será? dijo don Jaime avanzando resueltamente hacia el zaguán.

—¡Tío! ¡hermano! gritaron a una las dos damas, intentando detenerle.

—Soltad, dijo don Jaime inmovilizando con una mirada a su hermana y a su sobrina; sepamos quién es. Y llegando hasta la puerta, gritó: ¿Quién vive?

—Amigo, respondieron desde la calle.

—Es la voz de Loick, dijo el aventurero, abriendo la puerta.

—¡Alabado sea Dios! profirió el ranchero entrando y al conocer a don Jaime, pues él hace que dé con V.

—¿Qué ocurre? preguntó con viveza el aventurero.

—Una gran desgracia, respondió Loick, la hacienda del Arenal ha caído en manos de la pandilla de Cuéllar.

—¡Demonios! exclamó don Jaime, palideciendo de cólera. ¿Y desde cuándo?

—Desde hace tres días.

Don Jaime asió del brazo a Loick, se lo llevó al interior de la casa, y le preguntó:

—¿Tienes hambre? ¿sed?

—Tanto me apremiaba el llegar, respondió el ranchero, que hace tres días que no como ni bebo.

—Descansa y come, repuso don Jaime; luego me contarás lo ocurrido.

Las dos damas se apresuraron a colocar delante del ranchero pan, carne y pulque.

Mientras Loick tomaba el alimento de que tan premiosa necesidad sentía, don Jaime se paseaba descompasadamente de un extremo al otro del comedor.

Se nos olvidaba decir que las dos damas se habían retirado discretamente a una señal de su deudo, dejándolo a solas con Loick.

—¿Has concluido? preguntó el aventurero, al ver que su interlocutor había dejado de comer.

—Sí, respondió el ranchero.

—¿Ahora te sientes con fuerzas para contarme como ha sucedido la catástrofe?

—Estoy a sus órdenes, señor.

—Di pues, te escucho.

El ranchero, después de haber apurado su último vaso de pulque para aclararse la voz, empezó su relato.

XV

DON MELCHOR

Vamos nosotros a suplir con el nuestro el relato del ranchero, quien, por otra parte, ignoraba muchas particularidades, ya que no conocía lo ocurrido sino de oídas. Para ello nos es preciso retroceder al momento preciso en que Oliverio, porque el lector indudablemente le ha adivinado en don Jaime, se separó de doña Dolores y del conde a unas dos leguas del Arenal.

Doña Dolores y los que le acompañaban no llegaron a la hacienda hasta poco antes de ponerse el sol.

Don Andrés, inquieto por tan largo paseo, les recibió con muestras del gozo más vivo; pero viéndoles como les había visto a lo lejos acompañados de León Carral, se había tranquilizado.

—No permanezca V. por tanto tiempo fuera de la hacienda, señor conde, dijo a Luis don Andrés con solicitud verdaderamente paternal; comprendo el placer que halla V. en galopar en compañía de la atolondrada Dolores, pero como no conoce esta tierra, puede extraviarse. Demás, en estos momentos los caminos están infestados de merodeadores pertenecientes a todos los partidos que dividen esta desgraciada república, y a estos pícaros tanto les da disparar un tiro contra un hombre como dispararlo sobre un coyote.

—Me parece que V. exagera, señor, replicó Luis; hemos dado un magnífico paseo sin que nada sospechoso haya venido a turbarlo.

Hablando de esta suerte se encaminaron al comedor, donde les estaba aguardando la comida.

Ésta fue silenciosa como de costumbre; la única diferencia que se notaba era que parecía haber desaparecido la indiferencia entre doña Dolores y Luis, pues realmente sostuvieron una animada conversación, lo que hasta entonces no había acontecido.

Don Melchor estuvo hosco y compasado como siempre y comió sin despegar los labios; no obstante, dos o tres veces y admirado sin duda de la buena armonía que parecía reinar entre su hermana y el francés, se fijó en ellos, mirándoles con expresión singular; pero los jóvenes fingieron no reparar en él y continuaron su conversación a media voz.

Don Andrés estaba radiante de gozo, y arrastrado por la grata sensación que experimentaba, hablaba en alta voz, interpelaba a todos y bebía y comía como un hambriento.

Al levantarse de la mesa y en el instante de despedirse, don Luis detuvo al anciano, diciéndole:

—V. dispense, ¿podría escuchar dos palabras?

—Me tiene V. a sus órdenes, respondió don Andrés.

—No sé como explicarme, señor, repuso el conde: temo haber obrado con alguna ligereza y cometido una falta contra los deberes sociales.

—¡Usted! exclamó don Andrés sonriendo; ¡bah! permítame que le diga que no le creo.

—Le agradezco a V. el buen concepto en que me tiene; con todo, debo hacerle a V. juez de mi conducta.

—Si es así, explíquese V.

—El caso es el siguiente: habiendo determinado dirigirme directamente a Méjico, pues ya sabe V. que yo ignoraba su presencia aquí...

—En efecto, interrumpió el anciano; prosiga usted.

—Pues bien, continuó Luis, ignorando, como he dicho, su presencia de V. en la hacienda, había escrito a uno de mis íntimos amigos, agregado a la legación francesa, primeramente para notificarle mi llegada y en segundo lugar para que me hiciese el favor de buscarme habitación. Ahora bien, el amigo ese, llamado el barón Carlos de Meriadec y perteneciente a la más calificada nobleza de Francia, acogió favorablemente mi encargo y se dispuso a satisfacerlo. En esto supe que vivía V. en esta hacienda, y como V. tuvo la exquisita amabilidad de ofrecerme hospitalidad en ella, escribí inmediatamente al barón diciéndole que suspendiese todas sus gestiones, ya que era más que probable que yo me quedaría aquí durante un largo espacio de tiempo.

—Al aceptar V. mi hospitalidad, señor conde, me dio una prueba de amistad y de confianza, de que le estoy agradecidísimo.

—Creía que todo estaba terminado respecto del particular, cuando esta mañana recibí una carta en la cual el barón me participa haber obtenido licencia y su resolución de pasar en mi compañía los días de asueto que le han concedido.

—¡Ah! ¡caramba! exclamó gozosamente don Andrés, buena está la idea, y por ella le daré las gracias a su amigo de V.

—¿Así pues no le parece desempachado el barón?

—¿Qué está V. diciendo? interrumpió con viveza don Andrés; ¿por ventura no es V. casi casi mi yerno?

—Pero todavía no lo soy, señor.

—Gracias a Dios lo será V. pronto. Así pues, aquí se encuentra V. en su casa, y por lo tanto es libre de recibir a sus amigos.

—Aun cuando fuesen mil, dijo con sonrisa sardónica don Melchor, que estaba escuchando esta conversación.

El conde fingió creer en la buena intención del joven y le respondió inclinándose:

—Le agradezco a V. que en la presente circunstancia una su voz a la de su padre; esto me prueba la bien querencia que se digna V. demostrarme cada vez que se le ofrece coyuntura.

Don Melchor comprendió el sarcasmo que escondía la respuesta de don Luis, y haciendo un frío saludo se retiró murmurando algunas palabras incoherentes.

—¿Y cuándo llega el barón de Meriadec? preguntó don Andrés.

—Ya que es preciso hablar claro, respondió el conde, mañana por la mañana.

—Mejor. ¿Y es joven?

—Poco más o menos de mi edad: lo único que hay es que habla muy mal el castellano y apenas si lo comprende.

—Ya hallará aquí con quien hablar en francés, dijo el anciano; hizo V. bien en advertirme; de no nos hubiera cogido desprevenidos. Esta tarde misma voy a dar orden de que le preparen habitación.

—Sentiría en el alma, repuso el conde, ocasionarle a V. la más pequeña molestia.

—No se apure V. por esto; gracias a Dios nos sobra sitio, y hallaremos fácilmente donde instalarle con toda comodidad.

—Me he explicado mal, señor; conozco la espléndida hospitalidad de V. Lo que yo quería decir es que me parece convendría que el barón se instalase en mis propias y holgadas habitaciones para que mis criados pudiesen servirle.

—¡Pero eso va a molestarle a V. mucho!

—Al contrario; mis habitaciones tienen más piezas que no necesito, y él puede instalarse en una; de este modo podremos hablar los dos con entera libertad cuando nos guste. Hace dos años que no nos hemos visto y por lo tanto tenemos que hacernos muchas confidencias.

—¿V. lo exige, señor conde?

—Me encuentro en su casa de V. y por lo tanto nada puedo exigir, respondió Luis; lo que solicito es un favor.

—Pues se hará según sus deseos, repuso don Andrés; esta tarde misma quedará dispuesto todo.

Luis se despidió de don Andrés y se retiró a sus habitaciones; pero casi en pos de él penetraron dos peones cargados de muebles, quienes en un abrir y cerrar de ojos transformaron el salón en cómodo dormitorio.

Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde puso a éste al corriente de lo que debía saber para desempeñar su papel sin ocurrir en equivocaciones, ya que había concurrido a la cita y visto a Domingo.

A eso de las nueve de la mañana del día siguiente, el conde recibió aviso de que un jinete vestido a la europea y seguido de un arriero que conducía dos mulas cargadas de maletas y cofres se acercaba a la hacienda.

Luis, que ni por un segundo sospechó que no fuese Domingo el viajero de que acababan de hablarle, se levantó y se apresuró a acudir a la puerta de la hacienda, en la que ya se encontraba don Andrés a fin de hacer los honores de su casa al extranjero.

El conde no dejaba de experimentar alguna zozobra respecto del modo como el vaquero llevaría el traje europeo, tan mezquino y estrecho y por lo mismo tan difícil de llevar con garbo; pero al ver al gallardo y hermoso joven, que avanzaba gobernando primorosamente a su caballo y ostentando en toda su persona un incontestable sello de distinción, se tranquilizó al punto. Sin embargo, se le acudió una nueva duda, y es que le parecía imposible que aquel elegante jinete fuese el hombre mismo a quien viera el día anterior y cuyos modales francos pero ligeramente triviales le habían inspirado el temor de que no iba a desempeñar satisfactoriamente el papel que le confiaran; mas no tardó en quedar convencido de que realmente era Domingo quien se encontraba en su presencia.

Los dos jóvenes se abrazaron con muestras de amistad la más sincera, y luego Luis presentó a su amigo a don Andrés.

El hacendero, satisfecho de la elegancia y distinción del joven, le acogió cordialísimamente; luego el conde y el barón se retiraron seguidos del arriero, que no era otro que el ranchero Loick.

Descargadas las mulas y colocadas ya las cajas y las maletas en las habitaciones del conde, el barón, que así le llamaremos por ahora, dio una cuantiosa propina al arriero, que se deshizo en bendiciones, y se volvió rápidamente con sus mulas temeroso de encontrarse con algún conocido en la hacienda.

Una vez a solas los dos jóvenes, colocaron a Raimbaut de centinela en la antesala, a fin de no verse sorprendidos, y retirándose al dormitorio del conde dieron comienzo a una larga y seria conversación, durante la cual Luis puso al corriente al barón, trazándole una como biografía de las personas entre las cuales iba a vivir durante algún tiempo; extendiéndose en particular respecto de don Melchor, de quien le aconsejó desconfiase, y recomendándole que no echase en olvido que no sabía sino una que otra palabra castellana y que apenas comprendía esta lengua; éste era punto esencialísimo.

—He vivido mucho tiempo entre los cobrizos, respondió el joven, y he aprovechado sus lecciones; V. mismo va a quedar sorprendido del primor con que desempeñaré mi comisión.

—Le confieso a V. que ya lo estoy, repuso el conde; ha superado V. mis esperanzas.

—V. me lisonjea, señor, dijo el joven; pero no tema, procuraré merecer siempre su aprobación.

—Pero ahora caigo en ello, mi querido Carlos, dijo Luis sonriendo; somos antiguos compañeros de colegio.

—¡Qué! repuso en el mismo tono el barón, si nos conocemos de chiquitines.

—¿Y no le parece a V. que en este caso debemos tutearnos?

—Evidentemente; la perfección de nuestros papeles lo exige.

—Corriente, yo te tuteo y tú me tuteas.

—¡Pues no faltaba más! ¿dos amigos como nosotros no tutearse?

Los dos jóvenes se estrecharon cordialmente las manos, riendo como colegiales en vacaciones.

De esta suerte se deslizó parte del día sin otro incidente que la presentación del barón Carlos de Meriadec, por su amigo el conde Luis del Saulay, a doña Dolores y al hermano de ésta don Melchor de la Cruz, doble presentación en la que el extranjero se portó como comediante consumado.

Doña Dolores respondió con una graciosa y alentadora sonrisa al cumplido que el joven creyó de su deber dirigirla.

En cuanto a don Melchor, se limitó a hacerle una muda reverencia, mientras le dirigía una mirada hosca.

—¡Jum! dijo el barón una vez a solas con el conde, ese don Melchor me produce el efecto de ser un mal bicho.

—Abundo en la misma opinión, contestó sin ambages el conde.

A eso de las tres de la tarde doña Dolores mandó a preguntar a los dos jóvenes si querían dispensarle la honra de hacerla compañía por unos instantes, a cuyo ruego accedieron solícitos.

El conde y el barón se cruzaron con D. Melchor, en el patio; pero éste no les dirigió palabra alguna, y les siguió con la mirada hasta que hubieron entrado en las habitaciones de doña Dolores.

Se deslizó un mes sin que nada viniese a turbar la existencia de los habitantes de la hacienda del Arenal.

El conde y su amigo salían con frecuencia en compañía del mayordomo, ya para la caza, ya sencillamente para pasearse, y algunas veces, aunque muy contadas, junto con doña Dolores.

Ahora que el conde no iba ya solo con ella, la joven temía menos su presencia, y aun en ocasiones parecía ésta serle grata, hasta el extremo de acoger favorablemente sus galanterías, reírse de sus chistes y demostrarle la más omnímoda confianza.

Pero a quien sobre todo demostraba la joven una preferencia marcada, era al barón, sea porque conociéndole no le diese importancia alguna, ya que, por puro capricho de coquetería femenina, se complaciese en jugar con aquella naturaleza de la que no sospechaba la indómita energía y quisiese ensayar en el ingenuo joven el poder de sus hechizos.

Domingo no advertía, o hacía que no, ese ardid de doña Dolores; de una galantería exquisita para con ella, permanecía sin embargo en los estrictos límites que se trazara él mismo, no cuidándose de provocar los celos de un hombre por quien sentía una amistad sincera y sabía estaba a punto de casar con la joven.

Por lo que se refiere a don Melchor, su carácter se fue poniendo más y más sombrío, sus ausencias se hicieron más largas y frecuentes, y en las contadísimas ocasiones en que el acaso le ponía en presencia de los dos jóvenes, respondía silenciosamente a su saludo, sin dignarse dirigirles la palabra; definitivamente la repugnancia que de buenas a primeras sintiera hacia ellos, con el tiempo se había convertido en verdadero odio mejicano.

Entre tanto los acontecimientos políticos iban desenvolviéndose con rapidez más y más creciente; las tropas de Juárez puede decirse que eran dueñas absolutas del campo; los exploradores de este partido habían aparecido ya en los alrededores de la hacienda, y se hablaba vagamente de propiedades españolas asaltadas, pasadas a saco y entregadas a las llamas y cuyos dueños habían sido traidoramente asesinados después de haber exigido un rescate los guerrilleros.

Grande era la zozobra que reinaba en el Arenal: don Andrés de la Cruz, a quien su calidad de español no le inspiraba confianza alguna en lo venidero, tomaba las precauciones más exageradas para no verse sorprendido por el enemigo, en vista de que don Melchor se había obstinado en no abandonar la hacienda y retirarse a Puebla, como él lo propusiera repetidas veces.

Sin embargo, la tenebrosa conducta que desde que el conde se encontraba en la quinta guardaba el joven, su empeño en mantenerse aislado, sus frecuentes y prolongadas ausencias y en primer término las recomendaciones de don Oliverio, cuya desconfianza, indudablemente hacía mucho tiempo despertada por hechos de él solo conocidos, habían determinado la presencia de Domingo en la hacienda, inspiraban sospechas al conde, sospechas a las cuales la antipatía oculta que desde el primer día experimentaba por don Melchor daban casi la fuerza de una certidumbre.

Tras madura reflexión, Luis había resuelto participar sus recelos a Domingo y a León Carral, cuando una noche, a las nueve, al entrar en el patio, se encontró con don Melchor a caballo, que se encaminaba hacia la puerta de la hacienda.

El conde se admiró de que a hora tan avanzada de una noche sin luna don Melchor se arriesgase a salir solo por aquellos campos, a riesgo de caer en una emboscada de los guerrilleros de Juárez, cuyos exploradores sabía él vagaban hacía algunos días por los alrededores de la hacienda.

Esta nueva salida del hermano de doña Dolores, completamente inmotivada en la apariencia, disipó las últimas dudas del conde y le afirmó en su resolución de tomar inmediatamente consejo de sus dos confidentes.

En esto León Carral atravesaba el patio, y al oír que Luis le llamaba, se encaminó apresuradamente a su encuentro.

—¿A dónde va V.? preguntó el conde al mayordomo.

—No lo sé de fijo, señor, respondió León; sin atinar por qué, esta noche me siento más desasosegado que de costumbre y me salía para inspeccionar los alrededores de la hacienda.

—Tal vez sea un presentimiento, dijo el conde imaginativo; ¿quiere V. que le acompañe?

—Cuento salir y batir un poco el campo por las cercanías, repuso ño León Carral.

—Está bien; mande V. que ensillen mi caballo y él de don Carlos y al instante nos reunimos a V.

—Sobre todo, señor, repuso el mayordomo, no traiga V. consigo criado alguno; obremos nosotros solos, pues conviene evitar toda probabilidad de traición. Tengo un proyecto.

—Corriente, dentro de diez minutos nos tiene con V.

—Hallarán Vds. sus caballos a la puerta del primer patio. No necesito recomendarles que se armen.

—Nada tema.

El conde entró en sus habitaciones; después de explicar a Domingo lo que ocurría, ambos salieron al punto y se reunieron al mayordomo; el cual, ya montado, les estaba aguardando delante de la puerta de la hacienda, abierta de par en par.

—Aquí estamos, dijo el conde.

—Partamos, repuso lacónicamente Carral.

El conde y Domingo se subieron sobre sus respectivos caballos, y salieron sin añadir palabra.

Tras ellos se cerró suavemente la puerta de la hacienda.

Los tres jinetes descendieron al trote largo la pendiente que conducía al llano.

—¡Hola! dijo el conde al cabo de un instante, ¿qué significa esto? ¿acaso vamos montados en caballos espectros que no producen ruido alguno al marchar?

—Hable V. más quedo, señor, repuso el mayordomo; probablemente estamos rodeados de espías; en cuanto a lo que despierta tanto su curiosidad, no es sino una sencilla precaución; los cascos de nuestros caballos están envuelto en sacos de piel de carnero rellenos de arena.

—¡Demontre! profirió Luis, entonces nuestra expedición es secreta.

—Sí, señor, y por demás importante, repuso Carral.

—¿Qué ocurre pues?

—Que desconfío de don Melchor.

—¡Hombre! piense V. que don Melchor es hijo y heredero de don Andrés.

—Sí, pero su madre era una india zapoteca, de la que no atino por qué se enamoró mi amo, pues no era hermosa, ni buena, ni tenía pizca de entendimiento, y de ella tuvo a don Melchor. La madre murió de sobreparto, rogando a don Andrés que no abandonase a la pobre criatura; mi amo se lo prometió, reconoció al hijo y le educó, cual si hubiese sido legítimo, y años después obligó a su esposa a tener al niño junto a ella. Don Melchor fue pues educado como si realmente hubiese sido hijo legítimo, tanto más cuanto doña Lucía de la Cruz murió sin haber dado más que una niña a su marido.

—¡Ah! dijo el conde, ahora empiezo a vislumbrar la verdad.

—Todo marchó a pedir de boca durante muchos años; don Melchor, tratado muy bien por su padre, llegó poco a poco a persuadirse de que a la muerte de don Andrés heredaría efectivamente la fortuna de éste; pero hace cosa de un año que mi amo recibió una carta, a consecuencia de la cual tuvo con su hijo una larga y seria conferencia.

—Ya, repuso Luis, dicha carta recordaba a don Andrés el proyecto de matrimonio estipulado entre mi familia y la suya y al par le notificaba mi próxima llegada.

—Probablemente, señor, dijo Carral; pero nada de cuanto pasó entre el padre y el hijo traspiró; lo único que todos notamos fue que don Melchor, que no es alegre ni mucho menos, desde entonces está sombrío y áspero, busca siempre la soledad y no habla con su padre sino cuando a ello se ve obligado. Don Melchor, que no hacía sino cortas y contadas excursiones por el campo, empezó a aficionarse a la caza, y emprendió expediciones que con frecuencia duraban muchos días. La súbita llegada de V. a la hacienda, cuando indudablemente le animaba todavía la esperanza de no verle nunca, ha aumentado por modo indecible sus malas disposiciones, y de ahí que esté yo convencido de que desesperado de ver como se le escapa para siempre de las manos la herencia que desde hace tanto tiempo codicia, no vacilará ni siquiera ante el crimen para apoderarse de ella. Ahí, señor, lo que he creído de mi deber comunicarle; Dios sabe que al hablar no me ha guiado sino la mejor intención.

—Ahora me lo explico todo, ño León Carral, dijo el conde, y como V. estoy persuadido de que don Melchor medita una odiosa traición contra el hombre a quien todo lo debe, contra su padre.

—¿Quieren Vds. saber mi opinión? dijo Domingo; pues bien, yo opino que, si se presenta oportunidad, haríamos una buena obra alojándole una bala en la cabeza; de este modo libraríamos al mundo de un horrible asesino.

—Amén, repuso el conde riendo.

En esto los tres jinetes llegaron al llano.

—Señor, dijo León Carral, dirigiéndose a don Luis, aquí empiezan las dificultades para llevar a cabo la empresa que intentamos; es preciso obrar con la mayor prudencia y sobre todo evitar que nuestra presencia se revele a los invisibles espías que es indudable nos están acechando.

—Nada tema V., repuso el conde, seremos mudos como peces; pase V. adelante, nosotros le seguiremos a la moda de los indios cuando caminan por el sendero de la guerra.

El mayordomo se puso a la cabeza de la fila y los tres empezaron a avanzar con bastante rapidez por senderos que se entrecruzaban y habrían formado una red intrincada para otro menos conocedor del terreno que León Carral.

Como hemos dicho más arriba, la noche aquella era sin luna y el firmamento estaba oscuro como la tinta.

En el campo reinaba el más profundo silencio, sólo interrumpido a largos intervalos por los estridentes gritos de las aves nocturnas.

De esta suerte y sin cruzar palabra los tres jinetes continuaron avanzando durante media hora, al cabo de la cual el mayordomo se detuvo y dijo en voz baja:

—Hemos llegado; apéense Vds.; aquí estamos seguros.

—¿Lo cree V. así? preguntó Domingo; durante nuestra marcha me ha parecido oír gritos de aves nocturnas demasiado bien imitados para que fuesen verdaderos.

—Tiene V. razón, dijo León Carral; son los centinelas enemigos que se dan el alerta; nos han venteado; pero gracias a la oscuridad y a conocer como conozco los vericuetos, por ahora a lo menos hemos despistado a los que han salido en nuestra persecución. Éstos nos están buscando en dirección opuesta a la en que nos encontramos.

—Tal me ha parecido también a mí, profirió Domingo.

El conde escuchaba con avidez, pero en vano, lo que sus compañeros estaban hablando; para él era puro hebreo; por primera vez en su vida el acaso le colocaba en una situación tan singular, y por tanto le faltaba por completo la experiencia; distante estaba de temer que había atravesado todas las avanzadas de un campamento enemigo, pasado a tiro de pistola de los centinelas emboscados a derecha y a izquierda y tal vez se había librado milagrosamente de la muerte un sin fin de veces.

—Señores, dijo el mayordomo, quiten ustedes los sacos a los caballos, ya no los necesitan; yo entre tanto encenderé una antorcha de ocote.

Luis y Domingo, que reconocían tácitamente a Carral como jefe de la expedición, obedecieron.

—¿Está? preguntó al cabo de unos instantes el mayordomo.

—Sí, respondió el conde; pero no vemos pizca; ¿enciende V. la antorcha?

—Ya está encendida, respondió León; pero sería demasiado imprudente mostrar aquí la luz; síganme Vds. tirando a sus caballos de las bridas.

León se puso de nuevo a la cabeza, para guiar a sus compañeros, y los tres anudaron la marcha, pero esta vez a pie.

A poco brilló una luz ante sus ojos, luz que alumbraba lo suficiente para que aquéllos pudiesen ver los objetos que les rodeaban.

Los expedicionarios se encontraban en una gruta natural, abierta en el fondo de un pasadizo bastante tortuoso para que desde fuera nadie advirtiese la luz de la antorcha.

—¿Dónde demonios nos encontramos? preguntó el conde con sorpresa.

—Ya lo ve V., señor, respondió Carral, en una gruta.

—Sí, repuso Luis; mas para conducirnos aquí debía asistirle a V. una razón.

—Una me asistía, señor, contestó el mayordomo, y es que esta gruta comunica con la hacienda por medio de un subterráneo bastante largo; subterráneo que tiene muchas salidas al campo y dos en la hacienda. De estas últimas, una de ellas sólo la conozco yo, y hoy he tapado la otra; pero temeroso de que don Melchor durante sus carreras por el campo haya descubierto la gruta ésta, he querido venir esta noche para cerrarla interiormente por medio de una gruesa pared y de esta suerte evitar que nos sorprendan.

—Muy bien dispuesto, ño León, dijo el conde; cuando V. quiera pondremos manos a la obra; no faltan piedras.

—Primeramente asegurémonos de que no nos han precedido otros.

—¡Jum! difícil me parece, profirió Luis.

—¿Usted cree? repuso Carral con suave ironía.

Y tomando la antorcha que había plantado en un rincón, se inclinó hasta el suelo, pero casi al punto se irguió de nuevo dando un grito de cólera y de rabia.

—¿Qué hay? exclamaron con ansiedad el conde y Domingo.

—Miren Vds., respondió el mayordomo señalando el suelo.

El conde miró.

—Es demasiado tarde, continuó Carral; nos han ganado por la mano.

—Por Dios explíquese V., profirió el conde; nada comprendo de cuanto dice.

—Mira, repuso Domingo mostrando el suelo a don Luis, ¿ves estas pisadas que van en todas direcciones?

—¿Y qué?

—¡Pobre amigo mío! respondió el vaquero, estas pisadas las han impreso los hombres probablemente conducidos por don Melchor, los cuales han tomado este camino para introducirse en la hacienda, donde quizá se encuentran ya a estas horas.

—No, repuso el mayordomo, las huellas son frescas, de pocos minutos. La delantera que nos han tomado es insignificante, porque una vez hayan llegado al final del subterráneo se verán precisados a derribar el muro que yo he construido y que por cierto es robusto; no desmayemos pues; quizá Dios permita que lleguemos a la hacienda a tiempo. Vengan Vds., síganme sin tardanza y dejen los caballos. ¡Ah! divina ha sido la inspiración que tuve de no lapidar la segunda salida.

Agitando entonces su antorcha para reavivar la llama, el mayordomo se precipitó corriendo hacia una galería lateral, seguido de los dos jóvenes.

El subterráneo subía en pendiente suave; el camino que éstos siguieran para venir a la gruta, daba la vuelta a la colina sobre la cual estaba asentada la hacienda; además, les había sido preciso dar numerosos rodeos y marchar con circunspección, es decir, con bastante lentitud, temerosos de verse sorprendidos, lo que les absorbiera un espacio de tiempo considerable; pero ahora era distinto; ahora corrían en línea recta, y en un cuarto de hora hicieron un camino igual al que, a caballo, les había exigido una hora.

Cuando los tres llegaron al jardín de la hacienda, ésta estaba silenciosa.

—Despierten Vds. a sus criados mientras yo toco a rebato, dijo el mayordomo; quizá salvemos la hacienda.

Y León se precipitó hacia la campana cuyas redobladas vibraciones despertaron a no tardar a los habitantes de la hacienda que acudieron inmediatamente al son, medio desnudos y no comprendiendo lo que ocurría.

—¡A las armas! ¡a las armas! gritaban el conde y sus compañeros.

A don Andrés le pusieron en dos palabras al corriente de la situación, y mientras éste hacía conducir a su hija a su habitación bajo la salvaguardia de criados devotos, y organizaba la defensa cuanto lo permitían las circunstancias, el mayordomo, seguido del conde y de Domingo y de los criados del primero, se había encaminado al jardín.

Luis y doña Dolores no habían cruzado sino contadas palabras.

—Me voy a las habitaciones de mi padre, dijo la joven al conde.

—Allá iré a reunirme con V.

—Le aguardo, ¿Nadie más se acercará?

—Se lo juro a V.

—Gracias.

Doña Dolores y el conde se separaron.

Una vez en el jardín, los cinco hombres oyeron claramente los apresurados golpes que los asaltantes descargaban sobre la pared, y se emboscaron a tiro de pistola de la salida, detrás de los árboles y de las flores.

—Para venir de esta suerte a robar a la gente honrada es menester que esos hombres sean unos bandidos, profirió el conde.

—¡Que si lo son! repuso con zumba Domingo, pronto va V. a verlos en la faena de modo que no le quepa a V. duda alguna.

—Entonces mucho ojo, dijo el conde, y recibámosles como se merecen.

Ínterin, en el subterráneo redoblaban los golpes, y a no tardar se desprendió una piedra, y luego otra, y otra, hasta que apareció en el muro una brecha bastante considerable.

Los guerrilleros se precipitaron al jardín dando un aullido de alegría que se cambió al punto en rugido de rabia.

Cinco disparos hechos a un tiempo habían estallado como un formidable trueno.

Empezaba la lucha.

XVI

EL ASALTO

Al oír la descarga que les recibiera sembrando la muerte en sus filas, los guerrilleros habían retrocedido llenos de espanto; sorprendidos por aquéllos a quienes imaginaban sorprender, preparados a robar, pero no a combatir, su primer pensamiento fue emprender la fuga.

Los defensores de la hacienda, cuyo número había aumentado considerablemente, el ver el indescriptible desorden que se introdujera entre los asaltantes, no desperdiciaron la ocasión de mandar a éstos una rociada de balas.

Sin embargo, era menester tomar una determinación: o avanzar arrostrando una lluvia de proyectiles, o renunciar al asalto.

El propietario de la hacienda estaba rico, y esto los guerrilleros lo sabían, y no sólo lo sabían, sino que hacía ya mucho tiempo que deseaban apoderarse de estas riquezas de ellos codiciadas y que con razón o sin ella suponían escondidas en la hacienda. Así pues les costaba renunciar a una expedición preparada de larga fecha y de la que tan magníficos resultados se prometían.

Entre tanto las balas iban lloviendo sobre los asaltantes sin que éstos se atreviesen a traspasar la brecha. Los jefes de los guerrilleros, más interesados todavía que no sus soldados en el buen logro de sus proyectos, pusieron fin a la vacilación empuñando resueltamente picos y martillos no sólo para agrandar la brecha, sino para reventar completamente el muro, pues comprendían que solamente por medio de una irrupción súbita e irresistible conseguirían derribar el obstáculo que les oponían los defensores de la hacienda.

Éstos continuaban haciendo un fuego graneado, pero casi todas sus balas se perdían, ya que los guerrilleros trabajaban a cubierto y cuidaban de no mostrarse delante de la brecha.

—Han cambiado de táctica, dijo el conde a Domingo; ahora se ocupan en derribar el muro y dentro de poco van a anudar el asalto; y dirigiendo una mirada de tristeza en torno de sí, añadió: entonces y no siendo capaces de resistir a un ataque vigoroso los que nos acompañan, nos veremos constreñidos a retroceder.

—Tienes razón, amigo, la situación es grave, repuso el joven.

—¿Qué hacer? preguntó el mayordomo.

—¡Ah! profirió de improviso Domingo, dándose una palmada en la frente, se me ocurre una idea: ¿tienen Vds. pólvora en la hacienda?

—Gracias a Dios no nos falta, respondió Carral. ¿Por qué?

—Mande V. traer inmediatamente un barril; de lo demás respondo.

—Fácil es.

—Pues vaya V.

El mayordomo se alejó apresuradamente.

—¿Qué quieres hacer? preguntó el conde a Domingo.

—Ya verás, respondió el joven, despidiendo rayos por los ojos; vive Dios que es magnífica la idea que se me ha ocurrido. Probable es que esos bandidos se apoderen de la hacienda, pues somos demasiado pocos para resistirles y no es para ellos sino asunto de tiempo; mas yo te fío que va a darles que sentir.

—No te comprendo.

—¡Ah! continuó el joven, pábulo de una exaltación febril, quieren abrirse un paso anchuroso, y yo voy a abrírselo, te lo juro.

En este momento regresó el mayordomo trayendo consigo no uno, sino tres barriles de pólvora en un carretón, cada uno de cuyos barriles contenía unas ciento veinte libras de pólvora.

—¡Tres barriles! profirió alegremente Domingo; mejor que mejor; así cada uno de nosotros tendremos el nuestro.

—¿Pero qué vas a hacer? preguntó Luis al vaquero.

—Voy a mandarles a las nubes, respondió éste. ¡Ea! manos a la obra.

Y tomando uno de los barriles le quitó la tapa, operación que imitaron el conde y León Carral.

—Ahora, dijo Domingo dirigiéndose a los peones, despavoridos ante tan siniestros preparativos, haceos atrás, pero seguid disparando sobre ellos.

El conde, Domingo y el mayordomo se quedaron solos con los criados del primero, que se habían negado a separarse de su amo.

En pocas palabras el vaquero puso al corriente de su proyecto a sus amigos.

Éstos se hicieron cargo de los barriles, y deslizándose silenciosamente por detrás de los árboles, se acercaron a la gruta.

Los asaltantes, ocupados en demoler interiormente el muro y no atreviéndose a salir fuera de la brecha a causa del no interrumpido fuego que hacían los peones, no veían lo que pasaba en el jardín; de consiguiente les fue fácil a los cinco hombres llegar hasta al pie mismo de la pared que estaban demoliendo los guerrilleros, sin ser vistos.

Domingo colocó los tres barriles de pólvora junto al arranque del muro, y con ayuda de sus compañeros amontonó sobre los barriles cuantas piedras pudo hallar; luego tomó su mechero, quitó de él la mecha, de la que cortó unos diez centímetros, y la introdujo en uno de los barriles.

—¡Atrás! ¡atrás! dijo a media voz el joven; la pared ya se bambolea y dentro de un instante va a derrumbarse.

Y dando el ejemplo a sus compañeros, se alejó corriendo.

Casi todos los defensores de la hacienda, en número de unos cuarenta, con don Andrés a su frente, estaban reunidos en la entrada de la huerta.

—¿Por qué corren Vds. de este modo? preguntó el señor de la Cruz a los jóvenes; ¿acaso están ahí los bandidos?

—No, señor, respondió Domingo, todavía no, pero pronto va V. a saber de ellos.

—¿Dónde está doña Dolores? preguntó el conde.

—En sus habitaciones con sus criadas; nada tema V. por ella.

—Ea, disparen Vds. dijo Domingo a los peones.

Éstos anudaron un tiroteo infernal.

—Raimbaut, dijo el conde en voz baja a su ayuda de cámara, hay que preverlo todo, váyase usted con Lanca Ibarru y ensillen cinco caballos, uno de ellos para una mujer. ¿Ha comprendido V.?

—Sí, señor conde.

—Luego conducirán Vds. los caballos esos hasta la puerta del extremo de la huerta, y allí y bien armados me aguardarán. Vaya V.

Raimbaut se alejó apresuradamente, tan tranquilo y sosegado como si en aquel momento no hubiese ocurrido nada de extraordinario.

—¡Ah! dijo don Andrés dando un suspiro de pesar, si Melchor se encontrase aquí, cuan útil nos sería.

—Pronto estará, señor, repuso con ironía el conde.

—¿Pero dónde puede estar?

—¡Jum! ¿quién sabe?

—¡Ja! ¡ja! profirió Domingo, allá abajo ocurre algo.

En efecto, las piedras, vigorosamente removidas a los repetidos golpes de los guerrilleros, empezaban a caer en la huerta. La brecha se iba ensanchando rápidamente y por fin se desprendió hacia fuera un lienzo de pared.

Los guerrilleros profirieron un grito atronador y arrojando sus picos y empuñando sus armas se prepararon a invadir la hacienda; pero de improviso se oyó una explosión terrible, la tierra retembló como sacudida por una convulsión volcánica, subió hacia el cielo una nube de humo y en todas direcciones cayó una lluvia de despojos humanos.

Un grito de agonía atravesó el espacio; luego se cernió sobre el lugar de tan horrorosa escena un silencio de muerte.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó Domingo.

Los destrozos causados por la mina habían sido terribles; la entrada del subterráneo, completamente revuelta de arriba abajo y cerrada del todo por montones de tierra y de piedras, no había dado paso a ninguno de los asaltantes. Sólo acá y allá y en medio de los despojos se veían los restos desfigurados de los que momentos antes eran hombres. La catástrofe debió de haber sido espantosa, pero de ella guardaba el secreto el subterráneo.

—Alabado sea Dios, estamos salvados, dijo don Andrés.

—Si otros asaltantes no se presentan por otro lado, repuso el mayordomo.

De pronto y como si el acaso hubiese querido hacer buenas las palabras de León Carral, se oyeron formidables gritos acompañados de disparos de armas de fuego, y una llama súbita que se elevó en las viviendas de los criados, iluminó el paisaje con resplandor siniestro.

—¡A las armas! ¡A las armas! gritaron los peones corriendo despavoridos. ¡Los guerrilleros! ¡Los guerrilleros!

Efectivamente, a poco y a la rojiza luz del incendio que devoraba los edificios, los defensores de la hacienda vieron aparecer unos cien hombres que avanzaban a paso de ataque, blandiendo sus armas y dando aullidos de furor.

Al frente de los bandidos aquellos iba un hombre que empuñaba un sable en la diestra y un hacha de viento en la izquierda.

—¡Don Melchor! exclamó el anciano con desesperación.

—Vive Dios, dijo Domingo encarándole su arma no avanzará un paso más.

—¡Es mi hijo! profirió don Andrés desviando el arma de Domingo.

El proyectil fue a perderse en el espacio.

—¡Ah! señor, repuso con frialdad el joven, se arrepentirá V. de haberle salvado la vida.

Don Andrés, arrastrado por el conde y por Domingo, había entrado en sus habitaciones, cuyas aberturas todas quedaron atrancadas en un santiamén por los peones, que hacían desde las ventanas un fuego nutridísimo sobre los asaltantes.

El hijo de don Andrés de la Cruz estaba en inteligencias con los partidarios de Juárez. Reducido, cual el mayordomo lo explicara al conde, a la desesperación por el próximo casamiento de su hermana y la pérdida inevitable de la fortuna de la que por tan largo período de tiempo sustentara la esperanza de ser el heredero único, el joven había atropellado por todo y bajo ciertas condiciones aceptadas por Cuéllar, y que él se reservaba cumplirlas o no una vez logrado sus propósitos, propuso entregar al jefe guerrillero la hacienda, a cuyo efecto se habían tomado todas las medidas conducentes al caso.

Convinieron Cuéllar y don Melchor, que parte de la cuadrilla, dirigida por oficiales resueltos, intentaría una sorpresa por el subterráneo, del que el joven había previamente librado el secreto, y que al mismo tiempo la otra mitad de la cuadrilla, a las órdenes del mismo Cuéllar y guiada por don Melchor, escalaría silenciosamente los muros de la hacienda, del lado de los corrales, pues era indudable que este punto estaría sin defensa para atender a la de los edificios, bastante alejados de aquéllos.

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