GUSTAVO AIMARD (continued 3)
Luis Calvo translation
Esta vez, empero, no sucedió así; Miramón había prohibido terminantemente que mujer alguna siguiese al ejército. Los soldados pues, cada cual se llevó las provisiones de boca preparadas en sus alforjas; precaución que, ahorrando un tiempo considerable, asumía la ventaja de que de esta suerte se evitaba él que tuviesen que encenderse fogatas.
A las once se dio el toque de botasillas, se formaron filas y se anudó la marcha hacia Toluca, lugar donde el presidente resolviera aguardar al enemigo.
El camino, cortado por profundas torrenteras, al través de las cuales no era posible pasar sino a costa de grandísimas dificultades, se hacía casi impracticable; con todo, los soldados no se desalentaban, y es que los que consigo se llevara Miramón constituían la flor y nata de sus partidarios; eran los que acompañado le habían desde el principio de la guerra. No se desalentaban, decimos, antes al contrario, su ardor crecía a medida de los obstáculos, a los que vencían riendo, alentados por el ejemplo de su joven general que iba animosamente al frente de ellos, convirtiéndose de esta suerte en espejo de paciencia y de abnegación.
El general Cobos había sido destacado para salir a la descubierta con veinte hombres decididos a fin de espiar la marcha del enemigo y advertir la presencia de éste, tan pronto le descubriera, a Miramón, replegándose al punto y sin dejarse ver sobre el grueso del ejército.
De improviso el presidente vio a tres jinetes que a escape se dirigían hacia él, y suponiendo lógicamente que los que venían eran portadores de una noticia importante, espoleó a su caballo y salió al encuentro de aquéllos, a los que se reunió bien pronto.
De los tres jinetes aludidos, dos eran soldados, y el tercero, que iba perfectamente montado y armado de punta en blanco, paisano.
—¿Quién es este hombre? preguntó Miramón a uno de los soldados.
—Excelentísimo señor, respondió el interpelado, este individuo se ha presentado al general, solicitando que le condujesen a presencia de vuecencia; dice que es portador de un pliego que debe entregar a vuecencia en persona.
—¿Quién te envía? preguntó el presidente al desconocido que permanecía inmóvil.
—Lea ante todo, vuecencia, esta carta, respondió el paisano sacando de su dolmán un pliego sellado y entregándolo respetuosamente a Miramón.
Éste abrió el pliego y lo recorrió rápidamente con la mirada. Luego fijando con atención los ojos en el desconocido, le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—López, mi general.
—Está bien. ¿Conque está cerca de aquí?
—Sí, mi general, emboscado con trescientos jinetes.
—¿Y te pones a mi disposición?
—Para todo el tiempo que de mí necesite vuecencia.
—Dime, ¿conoces esta tierra?
—Nací en ella, mi general.
—¿Así pues eres capaz de guiarnos?
—A donde le plazca a vuecencia.
—¿Conoces la posición del enemigo?
—Sí, mi general; las vanguardias de las columnas de los generales Berriozábal y Degollado no están sino a media legua de Toluca, donde deben detenerse por largo espacio de tiempo.
—¿A qué distancia nos encontramos de Toluca nosotros?
—Siguiendo este camino, unas tres leguas.
—Mucho es; ¿no hay otro camino más corto?
—Uno hay que acorta dos tercios la distancia.
—¡Canario! exclamó el general, es menester tomar por éste.
—Sí, pero es sumamente angosto, peligroso, casi intransitable para la caballería, y del todo impracticable para la artillería.
—No traigo cañones.
—Entonces ya es posible pasar por él, mi general.
—Nada más deseo.
—Si vuecencia me da permiso me atreveré a hacerle una observación.
—Di.
—El camino es penoso; será preferible pues desmontar a los jinetes, hacer que la infantería vaya a vanguardia y que aquéllos la sigan conduciendo de las bridas a sus caballos.
—Esto va a hacernos perder mucho tiempo.
—Al contrario, mi general, a pie marcharemos con más rapidez.
—Enhorabuena. ¿Dentro de cuánto tiempo estaremos en Toluca?
—Dentro de tres cuartos de hora. ¿Le parece sobrado a vuecencia?
—No; si cumples tu promesa te doy diez onzas.
—Aunque no me guíe el interés, repuso López riendo, estoy tan seguro de no equivocarme, que ya siento el dinero ese en mi bolsillo.
—Ya que es así, dijo Miramón dándole su portamonedas, tómalo en seguida.
—Gracias, mi general, profirió el paisano; ahora partiremos cuando lo ordene vuecencia. Lo que precisa es que los soldados guarden el más absoluto silencio para que de sopetón podamos precipitarnos sobre el enemigo y atacarle sin darle tiempo de reponerse de la sorpresa.
Miramón envió un soldado al general Cobos para darle orden de que se replegara cuanto antes, luego hizo apear a los jinetes, mandó pasar a vanguardia a la infantería, de cuatro en frente, que eran los más que podían pasar en tal disposición, y la caballería desmontada formó la retaguardia.
Una vez el general Cobos se hubo reunido al grueso de las tropas, lo que efectuó sin tardanza, Miramón le puso en pocas palabras al tanto de lo que ocurría.
El presidente, que caminaba a pie, seguido del guía y de su caballo y del de este último, se colocó al frente de sus soldados no obstante los reiterados ruegos de sus amigos para que desistiese de semejante empeño.
—Soy vuestro jefe, decía Miramón a los que le incitaban para que abandonase aquel peligroso puesto, y como tal me corresponde correr el riesgo mayor; mi sitio es éste y en él me quedo.
—¿Nos ponemos en marcha? preguntó Miramón a López.
—Adelante, mi general.
El ejército del presidente anudó el avance en medio del mayor silencio y con rapidez y uniformidad notables.
López no se había equivocado: el sendero que hiciera tomar a las tropas era tan fragoso e intransitable, que los soldados avanzaban a pie con mucha más rapidez que no lo hubieran hecho a caballo.
—¿Está así durante mucho trecho el sendero éste? preguntó el presidente al guía.
—Hasta medio tiro de fusil de Toluca, mi general, respondió el interpelado; una vez allá sube y se ensancha mucho, hasta dominar a Toluca, a donde es fácil bajar aun al galope.
—¡Jum! repuso Miramón, en lo que acabas de decirme hay bueno y malo.
—No comprendo, mi general.
—¡Caramba! bastante claro es, o a lo menos así me lo parece: figúrate que si los puros han colocado un cordón de centinelas en la altura, van a ventearnos y a inutilizar nuestra expedición. Tú no has reflexionado lo que hacías al conducirnos por aquí.
—Pido mil perdones a vuecencia, replicó López; pero los puros saben que ningún cuerpo de ejército recorre el campo, y por lo tanto están en la firme creencia de que nada tienen que temer. Así pues no totean precaución alguna, por considerarlas inútiles. Además, las alturas de que vuecencia me ha hablado están demasiado distantes del sitio donde ellos acamparán y sobre todo demasiado elevadas para que piensen en colocar fuerzas en ellas.
—En fin, murmuró el presidente, a la buena de Dios. Ahora no retrocedo.
Las tropas continuaron avanzando con toda clase de precauciones.
Veinticinco minutos hacía que éstas se internaran en la senda, cuando López, después de haber tendido a su alrededor una mirada investigadora, se detuvo súbitamente.
—¿Qué estás haciendo? le preguntó Miramón.
—Ya lo ve vuecencia, me detengo; al doblar el recodo ese que está delante de nosotros, la senda empieza a subir, y como no nos encontramos sino a tiro de fusil de Toluca, si vuecencia me lo permite voy a ir a la descubierta para cerciorarme de que las alturas no están vigiladas y de que el paso es libre.
—Ve, dijo el general después de haber mirado atentamente a López; aguardaremos tu regreso para continuar el avance; fío en ti.
López se quitó armas y sombrero, que no sólo le eran inútiles, sino que pudieran haberle delatado, y tendiéndose en el suelo, empezó a arrastrarse a la usanza india y no tardó en desaparecer entre las malezas que orillaban la senda.
Ínterin, a una señal del presidente había circulado con rapidez la voz de alto entre las filas, y el ejército se detuvo casi instantáneamente, pasando los generales a formar grupo en torno de Miramón.
Transcurrieron algunos minutos sin que reapareciese el guía, con lo que la ansiedad de las tropas llegó a su colmo.
—Ese hombre nos vende, dijo el general Cobos.
—No lo creo, repuso Miramón; tengo completa confianza en quien me lo envió.
En esto se hizo un hueco en las malezas y por él salió un hombre: era el guía López; el cual, con rostro placentero, centelleante la mirada y firme el paso, se acercó al presidente hasta encontrarse a pasos de éste, saludó y aguardó a que le interrogasen.
—¿Qué ocurre? preguntó Miramón.
—Avancé hasta la cresta misma de la altura, excelentísimo señor, dijo López, y vi claramente el campamento de los puros. Éstos no sospechan la llegada de vuecencia; por lo tanto me parece que vuecencia puede seguir adelante.
—¿Conque no colocaron centinelas en la altura?
—No, mi general,
—Está bien, condúceme hasta la entrada de la senda; quiero inspeccionar el terreno a fin de preparar mi plan de ataque.
—Vamos, dijo López recogiendo su fusil y su sombrero.
Miramón y su guía avanzaron, seguidos, a corta distancia, del ejército.
Como el guía había dicho, todo estaba desierto.
Miramón estudió el terreno con la atención más detenida, y luego murmuró:
—Bravo, ahora sé lo que debo hacer.
Luego, volviéndose hacia su guía, dijo a éste:
—¿Conque tu amo está emboscado de modo que pueda coger por el flanco al enemigo?
—Sí, mi general.
—¿Pero cómo prevenirle para que su ataque coincida con el nuestro?
—Es muy fácil; ¿ve vuecencia aquel árbol solitario cuya cima domina la altura?
—Sí.
—Tengo orden de cortar el trozo superior del mismo en el preciso momento en que vuecencia empiece el ataque; esta señal será la de cargar sobre el enemigo.
—¡Vive Dios! exclamó el presidente, ese hombre nació general; nada le pasa por alto; ve, sube al árbol ese y está preparado; cuando veas que yo blanda la espada, de un machetazo desmóchalo.
—¿Y después qué haré? preguntó López.
—Lo que quieras.
—Está bien, me reuniré a mi amo.
López tomó su caballo de manos del asistente que lo sujetaba de las bridas, y se encaminó tranquilamente hacia el árbol.
Miramón dividió su infantería en tres cuerpos y colocó de reserva a su caballería.
Tomadas ya todas las disposiciones, las tropas empezaron el ascenso de la altura.
—¡Adelante! ¡adelante! gritó Miramón una vez en la cúspide de ésta, mientras blandía su espada y corría a escape cuesta abajo seguido de los suyos.
López, al ver que el presidente blandía su espada, de un sólo machetazo cortó la cima del árbol a que estaba subido, y luego se bajó, montó a caballo y se lanzó en pos del ejército. La aparición súbita de las tropas de Miramón produjo un desorden espantoso en el campamento de los puros, que estaban muy distantes de esperar un ataque tan inopinado y vigoroso, toda vez que sus espías les habían asegurado que en el campo no se veía soldado alguno.
Los puros se abalanzaron a sus armas y los oficiales ensayaron organizar la resistencia; pero antes no hubieron formado filas, las tropas del presidente ya se les habían echado encima y les atacaban con furia a los gritos de:
—¡Viva Méjico! ¡Miramón! ¡Miramón!
Los generales que mandaban a los puros, animosos e inteligentes, se multiplicaban para resistir; a la cabeza de los suyos que ya se habían armado y bien o mal formado filas, abrieron un fuego mortífero ayudados de la artillería que había tomado posiciones.
La acción se hizo empeñada. Los juaristas contaban con la ventaja numérica, y repuestos del pánico que experimentaran al principio, era de temer que de prolongarse el combate iban a tomar la ofensiva.
En esto se oyeron formidables gritos a retaguardia de los puros, sobre quienes se precipitó una nube de jinetes lanza en ristre.
Cogidos entre dos enemigos, los juaristas se creyeron vendidos, se les desvaneció la cabeza y empezaron a desbandarse.
La caballería de Miramón entró en línea de batalla en este momento y cargó reciamente sobre el enemigo.
Entonces la lucha degeneró en matanza; ya no fue combate, sí una carnicería espantosa. Los juaristas, cogidos por frente, flanco y retaguardia, no pensaban ya sino en abrirse paso.
Empezó la retirada, que pronto se convirtió en derrota completa.
El general Berriozábal, el general Degollado, sus hijos, dos coroneles, todos los oficiales del estado mayor, catorce cañones, gran cantidad de municiones y de armas y más de 2,000 prisioneros cayeron en poder de Miramón, que por su parte experimentó unas 18 bajas entre muertos y heridos.
La batalla sólo había durado veinticinco minutos. La caprichosa fortuna concedía una postrer sonrisa a aquel a quien resolviera perder.
XIII
TRIUNFO
La imprevista, brillante y completa victoria alcanzada por Miramón sobre aguerridas tropas mandadas por oficiales de nombradía, devolvió súbitamente el aliento y la esperanza a los despavoridos partidarios del presidente de la república.
Se modificó hasta tal extremo el espíritu de los soldados, que éstos no dudaron ya del triunfo de su causa y aun hubo instantes en que llegaron a considerarla casi como definitivamente ganada.
Únicamente Miramón, en medio de la alegría general, no se forjaba ilusiones sobre el alcance de la victoria que consiguiera: para él el nuevo lustre que había añadido a su por tanto tiempo victoriosa espada no era sino el último y brillante resplandor que arroja la antorcha próxima a apagarse.
El general conocía demasiado a fondo la situación precaria a que se veía reducido para sustentar por un solo instante engañosas esperanzas; agradecía sí en su fuero interno, a la fortuna, la última sonrisa que ésta se dignara dirigirle y que le evitaría bajar del poder como un hombre vulgar.
Cuando la caballería lanzada en pos de los fugitivos para impedirles que se rehiciesen se hubo por fin reunido al grueso del ejército, que se había quedado en el campo de batalla, Miramón, después de haber concedido a los suyos dos horas de descanso, dio la orden de regresar a Méjico.
La vuelta del cuerpo expedicionario a la capital distó mucho de ser tan rápida como la ida a Toluca: los caballos, fatigados, avanzaban penosamente; la infantería iba a pie para escoltar a los prisioneros; además, los cañones y la numerosa impedimenta de que se apoderaran y seguían al ejército no podían pasar sino por caminos anchos y expeditos, lo que obligó al general Miramón a tomar por la carretera, ocasionándole esto el retardo de algunas horas.
Eran las diez de la noche cuando la vanguardia del cuerpo expedicionario llegó a las garitas de Méjico.
La noche estaba oscurísima; sin embargo, la capital aparecía en medio de las tinieblas iluminada por un número considerable de luces.
Las buenas como las malas noticias se propagan con rapidez extraordinaria; quien pueda, resuelva este problema casi insoluble, pero lo cierto es que apenas había terminado en Toluca la batalla, cuando en Méjico conocían ya el resultado. El rumor de la brillante victoria alcanzada por Miramón había corrido inmediatamente de boca en boca sin que nadie supiese a quien se lo oyera referir.
A la nueva de aquel inesperado triunfo, se despertó la alegría de todos, el entusiasmo llegó a su colmo y por la noche la ciudad se encontró espontáneamente iluminada.
El ayuntamiento, en corporación, aguardaba al presidente en la entrada de la ciudad para felicitarle; las tropas desfilaron entre dos apretadas vallas formadas por el pueblo, que profería entusiastas aclamaciones, mientras agitaba pañuelos y sombreros y disparaba petardos en señal de regocijo; las campanas, a pesar de la hora avanzada de la noche, sonaban a todo vuelo, y las numerosas tejas de los curas confundidos entre la muchedumbre, demostraban que curas y frailes, tan retraídos el día anterior para con el hombre que siempre les sostuviera, a la noticia de la victoria de Toluca habían sentido súbitamente despertar su adormecido entusiasmo.
Miramón pasó por en medio de aquella compacta multitud, tranquilo e impasible, devolviendo con imperceptible expresión de ironía los saludos que a derecha y a izquierda incesantemente le dirigían, y una vez delante de su palacio, se apeó.
Ante la puerta de éste y un tanto separado de la misma, había un hombre en pie, inmóvil y risueño; era el aventurero.
Al verle, Miramón no pudo reprimir un gesto de alegría, y dirigiéndole hacía él, le dijo:
—Venga V., amigo mío.
Y con estupefacción de la muchedumbre, asió del brazo al aventurero y penetró con él en palacio.
Una vez en el gabinete particular en el cual solía dedicarse al trabajo, el presidente se dejó caer en una silla de brazos, con un pañuelo se enjugó el sudor que le corría por la frente, y exclamó con acento de mal humor:
—¡Uf! estoy quebrantado. Fecunda en peripecias fue la jornada.
—Sí, repuso afectuosamente el aventurero; y me place oírle hablar a V. así, general, pues temía que no le hubiese embriagado el humo de la victoria.
—¿Por quién me toma V.? profirió Miramón. Triste concepto tiene V. de mí si supone que va a cegarme un triunfo que, por muy brillante que parezca, no es sino una victoria más, pero cuyos resultados serán nulos para la causa que sostengo.
—Demasiado cierto es lo que V. dice, general.
—¿Usted cree que lo ignoro? Mi caída es inevitable; lo único que me habrá aprovechado esa batalla será prorrogarla por unos días más. Sí, debo caer, porque a pesar de los gritos de entusiasmo de la muchedumbre, siempre voluble y fácil de engañar, lo que hasta lo presente ha constituido mi fuerza y me ha sostenido en la lucha que he empeñado, me abandonó para más no volver; siento que el espíritu de la nación no está ya conmigo.
—Tal vez exagera V., general. De dar V. dos batallas más como la de hoy, quizá recobre V. cuanto ha perdido.
—El buen éxito de la de hoy se lo debo a V., amigo mío; gracias a la brillante carga que V. dio por retaguardia, el enemigo se desmoralizó y por consiguiente quedó vencido.
—Se obstina V. en verlo todo tenebroso, general; le repito que con otras dos victorias como la de hoy está V. salvado.
—Como me den tiempo las libraré, dijo Miramón. Si en vez de encontrarme solo y acorralado en Méjico pudiese todavía contar con generales devotos en campaña, después de la victoria de hoy todo podía haberse reparado.
En esto la puerta del gabinete se abrió para dar paso al general Cobos.
—¡Ah! ¿es V. mi querido general? profirió el presidente tendiendo la mano al recién llegado y recobrando súbito un gesto risueño. ¿A qué debo tan agradable visita?
—Ruego a su señoría me perdone si me atrevo a presentarme sin haberme hecho anunciar, dijo Cobos; pero tengo que comunicar a vuecencia una noticia grave que no consiente dilaciones.
El aventurero hizo ademán de retirarse.
—Quédese V., le dijo Miramón deteniéndole con el gesto; hable V. general.
—Señor presidente, repuso Cobos, entre el pueblo y los soldados reina el mayor desorden: la inmensa mayoría de ellos pide a grandes voces que sean inmediatamente fusilados por traidores a la patria los oficiales hechos prisioneros hoy.
—¿Cómo? profirió Miramón levantándose como impulsado por un resorte y poniéndose un tanto pálido; ¿qué me está V. diciendo, general?
—Si su señoría se toma la molestia de abrir las ventanas de este gabinete, dijo Cobos, oirá los gritos de muerte que profieren a una el ejército y el pueblo.
—¡Ah! murmuró Miramón, ¡asesinatos políticos cometidos impasiblemente después de la victoria! ¡Nunca consentiré en autorizar crímenes tan odiosos! No y mil veces no; a lo menos por lo que a mí respecta no sucederá. ¿Dónde están los oficiales prisioneros?
—En el patío del palacio, vigilados por guardias de vista.
—Dé V. orden de que inmediatamente los conduzcan a mi presencia. Vaya V., general.
—¡Ay amigo mío! exclamó el presidente con desaliento, tan pronto quedó a solas con el aventurero, ¿qué puede esperarse de una multitud desenfrenada? Y sin embargo, el pueblo mejicano no es malo; lo que le ha vuelto cruel es la larga esclavitud en que ha gemido y las interminables revoluciones de que por espacio de cuarenta años ha sido víctima. Sígame V.; es menester concluir.
Miramón abandonó el gabinete, seguido del aventurero, entró en un salón inmenso donde se encontraban reunidos sus más acérrimos partidarios, y se sentó en un sitial colocado en lo alto de dos gradas, preparado para él en el testero, y los oficiales que habían permanecido fieles a su causa se agruparon al punto a derecha y a izquierda.
A una seña amistosa de Miramón, el aventurero se había quedado al lado de éste, demostrando aparentemente la mayor indiferencia.
En esto se oyeron, fuera del salón, rumor de pasos y refregar de armas, y seguidamente después y precedidos del general Cobos penetraron en la vasta estancia los oficiales prisioneros; los cuales, por más que fingiesen la más completa tranquilidad, no dejaban de experimentar alguna zozobra respecto del fin que les reservaba el destino, pues habían oído las voces que profiriera el pueblo y conocían las malas disposiciones en que contra ellos estaban los partidarios de Miramón.
Él que iba a la cabeza de los prisioneros era el general Berriozábal, joven de treinta años a lo sumo, de rostro expresivo, facciones correctas e inteligentes y andar noble y desembarazado; luego venía el general Degollado, entre sus dos hijos, y por fin dos coroneles y los oficiales que componían el estado mayor del primero de los mencionados generales.
Los prisioneros avanzaron con paso firme hacia el presidente, el cual se levantó con presteza y salió al encuentro de aquéllos, a quienes, después de saludarlos galantemente, dijo:
—Caballeros, deploro que las circunstancias en que por desgracia nos encontramos no me permitan devolver a Vds. inmediatamente la libertad; sin embargo y por cuantos medios estén a mi alcance, procuraré hacerles más suave un cautiverio que espero no será de larga duración. Ante todo sírvanse Vds. recobrar sus espadas que con tanta honra ciñen y de las que siento haberles privado.
Miramón hizo una seña al general Cobos, que se apresuró a restituir a los prisioneros las armas de que les despojaran, y que éstos recibieron con gozo.
—Ahora, caballeros, continuó el presidente, dígnense Vds. aceptar la hospitalidad que les ofrezco en este palacio, donde serán tratados con todas las consideraciones debidas a su desgracia; no exijo sino su palabra de soldados y de caballeros de que no saldrán sin autorización mía, no porque yo dude de su palabra de honor, y sí con el fin de librarles de las tentativas de gentes mal dispuestas respecto de Vds. y agriadas por los sufrimientos de una guerra prolongada. Quedan Vds. pues prisioneros bajo palabra y libres de obrar como más bien les parezca.
—Señor general, profirió Berriozábal en nombre de todos, le agradecemos a V. sinceramente su cortesía para con nosotros; no podíamos esperar menos de su reconocida generosidad. La palabra que V. nos exige, se la damos, y no usaremos de la libertad en que nos deja sino en los límites que V. juzgue conveniente. Prometemos a V. no intentar en modo alguno reconquistar nuestra libertad sin que V. nos haya relevado de la palabra.
Después de cruzarse algunos otros cumplidos entre el presidente y los generales, los prisioneros se retiraron a las habitaciones que les asignaron.
En el momento en que el general Miramón se disponía a entrar nuevamente en su despacho, el aventurero le detuvo con viveza, y designando a un oficial superior que al parecer se esforzaba en esconderse entre los grupos, le dijo en voz baja y trémula:
—¿Conoce V. a ese hombre?
—Ya lo creo, respondió el presidente; hace solamente algunos días que se ha afiliado a mi causa y me ha prestado ya importantísimos servicios; es español y se llama Antonio Cacerbar.
—¡Oh! ya sé como se llama, repuso el aventurero; también yo le conozco hace mucho tiempo por desgracia, general; ese hombre es un traidor.
—¡Bah! V. se chancea.
—Le repito a V., general, que ese hombre es un traidor; estoy seguro de ello.
—No insista V. más, se lo ruego, amigo mío, repuso Miramón con viveza. Buenas noches; hasta mañana. Deseo hablar con V. de asuntos de importancia.
Y después de haber dirigido al aventurero una señal afectuosa con la mano, el presidente penetró en su despacho, cuya puerta se cerró tras él.
El aventurero permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos, dolorosamente afectado por la incredulidad de Miramón, y luego murmuró con tristeza:
—¡Oh! Dios quita la razón a los que quiere perder. Ahora todo ha concluido; ese hombre está irremisiblemente condenado, perdida su causa.
El aventurero se salió del palacio, pábulo de las más siniestras previsiones.
XIV
EL PALO QUEMADO
Como hemos dicho, el aventurero se salió del palacio de la presidencia. La plaza Mayor estaba desierta; la efervescencia popular se había calmado con la rapidez con que se levantara. Gracias a la intervención de algunos personajes influyentes, los soldados se habían retirado a sus cuarteles, y los léperos y otros ciudadanos del mismo jaez, que componían la mayoría del populacho, al ver que decididamente no quedaba que hacer y que las víctimas a las que codiciaban se les escapaban definitivamente de las manos, después de vociferar por un rato para consolarse acabaron por retirarse también.
Únicamente López había permanecido inmóvil en su puesto. Obedeciendo a una orden del aventurero, había aguardado a éste a la puerta del palacio presidencial.
Cuando López vio abrirse las puertas del palacio, comprendió que únicamente podía salir de él su amo; así es que sin tardanza se reunió a éste.
—¿Qué novedades ocurren? le preguntó el aventurero poniendo el pie en el estribo.
—Nada importante.
—¿Estás seguro?
—Casi casi; sin embargo, ahora que caigo en ello, me parece que vi salir de palacio a un sujeto que no me es desconocido.
—¿Hace mucho?
—Veinte minutos a lo más; pero temo haberme equivocado, porque el sujeto que digo usaba un traje tan distinto del en que le conocí y me ha vagado tan poco el verle, que...
—¿Y a quién creíste reconocer en él? interrumpió el aventurero.
—Tal vez no dé V. crédito a mis palabras si le digo que a don Antonio Cacerbar, mi antiguo herido.
—Al contrario, como que le vi en palacio.
—¡Demonios! entonces siento no haber escuchado su conversación.
—¿Qué conversación? ¿Dónde y con quién habló? Di o te estrangulo.
—A eso voy, mi amo. Cuando don Antonio salió de palacio todavía quedaban algunos grupos en la plaza, y de uno de ellos se separó un hombre para acercarse a aquél.
—¿Conociste quién era el individuo ese?
—No, pues llevaba un amplio sombrero de piel de vicuña derribado sobre los ojos e iba embozado hasta las narices; demás de que en tal instante estaba ese sitio casi ya completamente oscuro.
—Al grano, al grano, dijo el aventurero con impaciencia.
—Don Antonio y el desconocido se pusieron a hablar en voz baja.
—¿Y no cogiste al vuelo palabra alguna?
—Algunas, muy pocas, pero sin ilación.
—Dilas.
—« ¿Conque estaba ahí? » dijo uno. La respuesta no la oí. « ¡Bah! no se atreverá », continuó el primero. Luego siguieron hablando tan quedo, que no oí más. A poco, sin embargo, el primero profirió: « Es preciso ir allá ». « Muy tarde es », replicó el otro, y después no oí más que estas dos palabras: Palo Quemado. Los interlocutores cruzaron todavía algunas más en voz baja, y se separaron, el primero en dirección a los portales y don Antonio dobló a la derecha como si quisiese encaminarse hacia el paseo de Bucareli; pero se habrá detenido en alguna casa, porque no es probable que a estas horas se le haya ocurrido ir a pasearse solo por tal sitio.
—Pronto lo sabremos, repuso el aventurero subiéndose sobre su caballo; dame mis armas y sígueme. ¿Están descansados los caballos?
—Sí, señor, respondió López dando al aventurero un fusil de dos cañones, un par de revólveres y un machete. Según me ha ordenado usted, fui al corral donde dejé nuestros cansados caballos, ensillé al Mono y al Zopilote, que son estos dos, y me vine para aguardarle a V.
—Has hecho bien; adelante.
El aventurero y López se alejaron, atravesaron la desierta plaza, y después de dar algunos rodeos, indudablemente con el propósito de desorientar a los espías que tal vez les acechaban en medio de las tinieblas, se encaminaron hacia el paseo Bucareli.
En Méjico, tan pronto cierra la noche, está prohibido, salvo permiso que se obtiene muy difícilmente, transitar a caballo por las calles; sin embargo, el aventurero se preocupaba poco, al parecer, con semejante prohibición; a bien que su audacia estaba perfectamente justificada por la aparente indiferencia de los celadores que en gran número encontraban a su paso y les dejaban galopar a su antojo sin hacer protesta alguna respecto del particular.
Una vez los dos jinetes estuvieron a bastante distancia del palacio de la presidencia para no temer ya que les siguiesen, cada uno de ellos sacó un antifaz negro de su bolsillo y se cubrió con él el rostro, para evitar que aun en medio de la obscuridad pudiesen conocerles, y luego anudaron la marcha, no deteniéndose hasta que hubieron llegado al paseo Bucareli. Entonces el aventurero tendió a su alrededor una mirada investigadora y dio un prolongado y agudo silbido.
Al punto y de la oquedad de una puerta se destacó una sombra, más bien dicho, un hombre, que avanzó hasta el medio de la calle, donde se detuvo sin proferir palabra.
—¿Pasó alguien por aquí durante los tres últimos cuartos de hora? preguntó el aventurero.
—Sí y no, respondió lacónicamente el desconocido.
—Explícate.
—Vino un hombre que se detuvo delante de la casa que está a la derecha de V., dio dos palmadas, y a poco se abrió una puerta, por la que salió un peón conduciendo de la brida a un caballo pío y llevando sobarcada una capa con vueltas encarnadas.
—¿Cómo pudiste enterarte de tales pormenores estando como está tan oscura la noche?
—El peón traía una linterna. El hombre de que le hablé a V. le dio un sofión por su imprudencia, de una manotada tiró por el suelo la luz, y en pisoteándola se echó la capa sobre los hombros.
—¿Qué traje vestía el hombre ese?
—Uniforme de oficial superior de caballería.
—¿Qué más pasó?
—El militar entregó su sombrero de plumas al peón, el cual entró en la casa para salir de nuevo y al instante trayendo un sombrero de piel de vicuña con golilla de oro, un par de pistolas y un fusil; luego calzó unas espuelas de plata al oficial, que tomó las armas, se puso el sombrero, subió a caballo y emprendió la marcha.
—¿Qué dirección tomó?
—La de la plaza Mayor.
—¿Y el peón?
—Se metió otra vez en la casa.
—¿Estás seguro de que uno ni otro te vieron?
—Lo estoy.
—Está bien, vigila, y adiós.
—Adiós, repitió el desconocido perdiéndose en medio de las tinieblas.
El aventurero y su peón volvieron grupas, y a no tardar llegaron a la plaza Mayor, que atravesaron sin detenerse.
Al parecer, don Jaime sabía qué dirección seguir, pues galopaba sin perplejidades al través de las calles. Cuando llegó a la garita de San Antonio, empezaban ya a entrar en la ciudad algunos hortelanos.
Al encontrarse no seis cientos pasos de la garita, en un sitio donde el camino forma una encrucijada en cuyo centro se levanta una cruz de piedra a la que afluyen seis carreteras bastante anchas pero mal conservadas, el aventurero se detuvo nuevamente y dio otro silbido, a cuyo son se levantó un hombre que estaba tendido al pie de la mencionada cruz y que permaneció en actitud del que aguarda que le interroguen.
—¿Ha pasado por aquí un sujeto montado en un caballo pío y tocado con un sombrero con golilla de oro? preguntó el aventurero.
—Sí, señor, respondió el interpelado.
—¿Hace mucho tiempo?
—Una hora.
—¿Iba solo?
—Solo.
—¿Qué dirección tomó?
—Ésta, respondió el desconocido tendiendo el brazo hacia el segundo camino de la izquierda.
—Perfectamente.
—¿Me voy con V.?
—¿Dónde está tu caballo?
—En un corral próximo a la garita.
—Lejos está; no puedo aguardarte. Vigila. Adiós.
—Vigilaré, repuso el desconocido tendiéndose nuevamente al pie de la cruz.
Los dos jinetes anudaron su marcha.
—Realmente se dirige al Palo Quemado, dijo don Jaime; allá daremos con él.
—Es probable, profirió López con la mayor impasibilidad; y hasta me parece imposible que no lo haya yo adivinado más pronto.
Los dos jinetes galoparon por espacio de una hora, sin cruzar palabra, y al final de ella percibieron a corta distancia una mole sombría cuyo negro bulto se destacaba sobre la menos densa oscuridad del campo que la rodeaba.
—Ahí el Palo Quemado, dijo don Jaime.
—Sí, repuso López.
Ambos avanzaron unos pasos más y se detuvieron.
De improviso un perro se puso a ladrar desaforadamente.
—¡Demonios! es preciso no detenernos, dijo el aventurero, ese maldito animal nos delataría.
Los dos jinetes espolearon a sus monturas y partieron a escape.
Poco después los ladridos del perro degeneraron en sordos gruñidos y por último el animal se calló del todo.
Los jinetes se detuvieron, y don Jaime se apeó y dijo a López:
—Oculta los caballos por ahí cerca y aguárdame.
López, que no era hablador, cumplió sin chistar las órdenes de su amo.
El cual después de haber inspeccionado sus armas con la mayor escrupulosidad para en el probable caso de tener que servirse de ellas estar seguro de que no le darían higa, se tendió en el suelo, boca abajo, como un indio de las altas sabanas, y con movimiento undulatorio, lento y casi imperceptible, avanzó hacía el rancho del Palo Quemado, y poco antes de llegar a éste, vio lo que hasta entonces no advirtiera, o si decimos unos diez o doce caballos arrendados y gran número de hombres que, tendidos en el suelo, estaban durmiendo.
Inmóvil delante de la puerta del rancho y sin duda colocado en tal sitio para velar por la seguridad general, había un hombre armado de una larga lanza.
El aventurero se detuvo: la situación era peligrosa; fueren cuáles fuesen los individuos reunidos en el rancho, no habían descuidado precaución alguna para el caso en que hubieran querido sorprenderles.
Sin embargo, cuanto mayores parecían las dificultades, más comprendía el aventurero la importancia del secreto que él anhelaba sorprender. Por lo tanto y pese al inminente peligro que debiese arrostrar, resolvió saber quiénes eran los miembros de aquella reunión clandestina y por qué se habían congregado.
El lector conoce lo bastante al aventurero a quien le hemos dado a conocer bajo distintos nombres, para adivinar que una vez resuelto a seguir adelante no titubearía en hacerlo.
En efecto, don Jaime puso en obra su plan, pero redoblando la prudencia y sobre todo las precauciones; no avanzando, por decirlo así, sino paso a paso y arrastrándose con la silenciosa elasticidad de un reptil.
Lo que también hizo el aventurero, fue que en vez de dirigirse en línea recta hacia el rancho, lo rodeó con objeto de cerciorarse de que además del centinela colocado delante de la puerta no tenía que temer verse descubierto por alguno que vigilase emboscado en la trasera del edificio.
El aventurero que, según había previsto, notó que el rancho sólo estaba vigilado en la parte delantera, se levantó y examinó los alrededores cuanto se lo permitieron las tinieblas, y descubriendo un corral, cerrado por un seto vivo, que se unía a la habitación, y que al parecer estaba desierto, buscó una abertura por la cual poder deslizarse al interior, lo que consiguió después de algunos minutos de tanteo.
Don Jaime penetró pues en el corral, y siguiendo adelante arrimado al seto, poco después llegó casi hasta el pie de la pared del rancho.
Lo que más admiraba a nuestro excursionista nocturno era que no hubiese sido venteado y perseguido por el perro que por modo tan ruidoso anunciara su llegada.
Ahí lo que había sucedido: los extranjeros reunidos en el rancho, desasosegados por los ladridos del perro y temiendo que éstos no revelasen su sospechosa presencia a los indios que en aquella hora se encaminaban hacia la ciudad para vender sus mercaderías, habían ordenado al ranchero que hiciese entrar al perro en el interior de su casa y le encadenase en sitio bastante recóndito para que desde fuera no pudiese oírse su voz en el caso de que se le antojase anudar sus ladridos.
Este exceso de prudencia por parte de los huéspedes interinos del rancho, permitió al aventurero acercarse no solamente sin que le descubriesen, sino también sin despertar sospecha alguna.
Don Jaime, por más que ignorase la particularidad de que hemos hecho mérito, dio mentalmente gracias a Dios por haberle librado de un vigilante tan incómodo, y siguiendo adelante con los ojos fijos en la pared frontera, llegó a una puerta que por un descuido inconcebible sólo estaba entornada y que cedió a la ligera presión que le imprimió aquél. Dicha puerta daba a un pasillo obscuro, pero un tenue rayo de luz que pasaba al través de las mal unidas tablas de otra puerta, reveló a don Jaime el sitio donde, según todas las probabilidades, estaban congregados los extranjeros.
El aventurero se acercó de puntillas, miró al través de la hendedura, y vio, en medio de una sala bastante capaz, por lo que podía colegirse, una mesa atestada de vasos y botellas, alumbrada solamente por un humoso candil colocado en uno de los esquinazos de la misma, y en torno de ella a tres sujetos embozados en sendas y tupidas capas; los cuales bebían y charlaban como quien está seguro de no ser escuchado.
Don Jaime conoció en seguida a los mencionados sujetos, que no eran otros que don Felipe Neri Irzabal, don Melchor de la Cruz y don Antonio Cacerbar.
—¡Por fin voy a saberlo todo! dijo entre sí el aventurero, estremeciéndose de gozo y prestando oído atento.
Don Felipe, que en aquel instante hacía uso de la palabra, parecía estar un tanto alegre y sostenía con inquebrantable pertinacia una condición que quería imponer a sus dos interlocutores y éstos no querían aceptar en modo alguno.
—No, no, no, y no, señores, decía Irzabal; es inútil que insistan Vds.; no les entregaré la carta que me exigen; soy hombre cabal y esclavo de mi palabra.
—¿Pero no ve V., replicó don Melchor, que si se empeña en conservar en su poder esa carta, que sin embargo debe entregarnos, pues así se lo ordenaron, nos veremos en la imposibilidad de llenar la comisión que nos han conferido?
—¿Qué crédito van a darnos las personas con las cuales debemos entendernos, arguyó Cacerbar, si no podemos demostrarles que estamos para ello debidamente autorizados?
—Esto no me atañe; en el mundo cada cual trabaja para sí; soy hombre cabal y debo velar por mis intereses como por los suyos velan ustedes.
—¿Pero V. no conoce que lo que está diciendo es absurdo? exclamó don Antonio con impaciencia. En este negocio arriesgamos nuestra cabeza.
—Puede, profirió Irzabal; pero cada cual hace lo que más bien le parece. Yo soy hombre cabal, y marcho en línea recta. Vds. no conseguirán la carta a menos que no me den lo que les pido. Nada más entiendo. ¿Por qué, según el pacto estipulado con el general, no le pusieron Vds. al cabo del negocio de hoy?
—Ya le demostramos a V. que esto era imposible, a causa de haber resuelto de improviso esta salida.
—¡Bah! ¡de improviso! Compónganselas ustedes como puedan con el general en jefe; yo me lavo las manos.
—¡Basta de necedades! dijo don Antonio con aspereza. ¿Quiere V. o no quiere entregar a este caballero o a mí la carta que para nosotros le dio el presidente?
—No, respondió sin ambages don Felipe, a menos que me libren Vds. un vale por diez mil pesos fuertes. Ya ven Vds. que es una bicoca.
—¡Jum! murmuró entre sí el aventurero; en efecto, un autógrafo de Juárez es precioso; no lo regatearía yo si me lo ofreciesen.
—Lo que está V. haciendo es un robo indigno, exclamó don Melchor de la Cruz.
—¿Y qué? profirió Irzabal con amarga ironía; si yo robo, Vds. son unos traidores y por lo tanto somos tal para cual.
Cacerbar y de la Cruz, al oír un insulto tan desembozado se levantaron como impulsados por un resorte.
—Partamos, dijo don Melchor; este hombre es un bruto que no quiere atender a nada.
—Lo más expedito es ir a ver al general en jefe para que nos vengue de este borracho, repuso don Antonio.
—Vayan Vds., dijo el guerrillero riéndose socarronamente; vayan, y feliz viaje; yo me quedo con la carta, por la que tal vez encuentre quien me dé un buen pico.
Al oír esta amenaza, don Antonio y don Melchor cruzaron una mirada y llevaron las manos a sus armas; pero después de titubear por espacio de un segundo, encogieron los hombros y abandonaron la sala.
Poco después se oyó, fuera del rancho, el rápido galopar de muchos jinetes que se alejaban.
—Se marcharon, murmuró Irzabal escanciándose un vaso de mezcal, que apuró de un trago; y corren como si el diablo hubiese cargado con ellos... Están furiosos; pero ¡bah! ¿Y a mí que me importa? He conservado en mi poder la carta.
Mientras formulaba en alta voz este soliloquio, el guerrillero puso de nuevo el vaso sobre la mesa; pero prontamente se estremeció: ante él estaba en pie e inmóvil un hombre embozado hasta los ojos en amplia capa y empuñando en cada mano un revólver de seis tiros, cuyos cañones estaban dirigidos al pecho de aquél.
Irzabal hizo un repentino gesto de espanto al ver ante sí una aparición para él tan inesperada.
—¿Qué quiere V.? preguntó el guerrillero, sereno del todo por la sacudida que experimentara.
—Como profiera V. una voz o se mueva, dijo en voz torda el desconocido, le levanto la tapa de los sesos.
XV
SALDO DE CUENTAS
Oculto tras la puerta del corredor, el aventurero había oído toda la conversación de los tres sujetos reunidos en la sala, y cuando Cacerbar y Cruz se hubieron levantado, ignorando aquél por qué puerta saldrían los mencionados sujetos, había abandonado su puerta, ido al corral y, hecho un ovillo al pie del seto, aguardado por espacio de algunos minutos; pero al ver que todo continuaba envuelto en el más absoluto silencio, se arriesgó a salir de su escondite, a penetrar de nuevo en el pasillo y a acercarse otra vez a la puerta para mirar al través de la hendedura.
Don Antonio y don Melchor habían salido; en la sala sólo quedaba Irzabal.
El aventurero, en virtud de una resolución tomada sobre la marcha, metió la hoja de su cuchillo entre el pestillo de la cerradura y el cajo, abrió sin ruido y se acercó silenciosamente al guerrillero, a quien se reveló del modo que ha visto el lector en el final del capítulo precedente.
Sin embargo de que el guerrillero era valiente, la repentina aparición del aventurero y la vista de los revólveres apuntados a su pecho le perturbaron.
Don Jaime se aprovechó de este instante de postración, para, sin desmontar sus pistolas, ir a cerrar la puerta por la cual salieran don Antonio y don Melchor, y después de cerrarla por dentro para evitar toda sorpresa, se acercó de nuevo y pausadamente a la mesa, se sentó en un taburete, colocó los revólveres ante sí, y dejando caer el embozo de su capa, dijo:
—Hablemos.
No obstante haber el aventurero pronunciado esta palabra en voz casi suave, Irzabal experimentó una sensación singular.
—¡El Rayo! exclamó éste al ver la negra carátula que cubría el rostro de su interlocutor.
—¡Ja! ¡ja! profirió don Jaime riéndose con ironía, ¿conque me conoce V., don Felipe?
—¿Qué quiere V.? preguntó éste.
—Muchas cosas, respondió el aventurero; pero como nada nos apresura, procedamos ordenadamente.
El guerrillero se escanció un vaso de refino de Cataluña y lo vació de un trago.
—Vaya V. con cuidado, don Felipe, le dijo el aventurero, el aguardiente de España es fuerte, y se sube con facilidad a la cabeza; atento a lo que va a pasar entre V. y yo juzgo prudente que conserve V. clara la razón.
—Dice V. bien, murmuró el guerrillero, cogiendo la botella por el cuello y estrellándola contra la pared.
Don Jaime se sonrió, y liando un cigarrillo, dijo:
—Veo que tiene V. la memoria feliz y me doy el parabién; creí que me había V. olvidado.
—Me acuerdo perfectamente de nuestro último encuentro en las Cumbres, profirió Irzabal.
—Por supuesto que no ha olvidado V. como terminó nuestra entrevista.
El guerrillero palideció, pero no respondió palabra.
—Ea, continuó don Jaime, veo que la memoria le da higa; si quiere V. que le ayude...
—Es inútil, profirió don Felipe levantando la cabeza y tomando al parecer una resolución definitiva; cuando el acaso me permitió ver sus facciones de V., V. me dijo...
—Ya sé, ya sé, interrumpió el aventurero con viveza. Pues bien, voy a cumplir la promesa que le hice.
—Me alegró, repuso Irzabal con desembarazo; en resumidas cuentas no nos morimos sino una vez, y tanto da hoy como otro día. Estoy a sus órdenes.
—No puede V. imaginarse el gozo que experimento al encontrarle en tan belicosas disposiciones, profirió impasiblemente el aventurero; pero hágame V. el favor de refrenar un tanto sus ímpetus. Todo se andará, nada tema; pero por de pronto no se trata de esto.
—¿De qué, pues? preguntó el guerrillero con extrañeza.
—Voy a decírselo a V.
El aventurero se sonrió de nuevo, apoyó los codos en la mesa, e inclinándose ligeramente hacia su interlocutor, preguntó:
—¿En cuánto quería V. vender a sus nobles amigos la carta que para ellos le entregó el señor don Benito Juárez?
Don Felipe fijó en el aventurero una mirada despavorida, y persignándose murmuró:
—¡Ese hombre es el diablo!
—No tal, replicó don Jaime, pero sé muchas cosas, y en particular respecto de V., mi querido señor, y acerca de los innumerables tráficos a que se ha dedicado; sé el ajuste que hizo V. con un tal don Diego, y además, si V. lo desea, le repetiré de pe a pa la conversación que hace poco sostuvo aquí con don Antonio Cacerbar y don Melchor de la Cruz. Pero vengamos a lo que importa: quiero que V. me dé, no que me venda, la carta de Juárez que trae V. en el bolsillo del dolmán y que se negó V. a entregar a los dignos caballeros cuyos nombres acabo de citar, y además de la carta los demás papeles de que es portador y que supongo son de sumo interés.
—¿Y qué pretende V. hacer con los papeles esos? preguntó el guerrillero, que se había ya repuesto algún tanto.
—Esto no le incumbe a V.
—¿Y si me niego a dárselos?
—Se los tomaré a V. quieras que no.
—Caballero, profirió don Felipe con acento de dignidad que sorprendió a don Jaime, no es de hombres valientes como V. amenazar a quien no puede defenderse; por toda arma no traigo sino un sable, mientras V. va provisto de dos revólveres de seis tiros.
—Esta vez aparentemente está V. en lo justo, repuso el aventurero, y la observación de V. sería acertada, como debiese yo servirme de mis pistolas para obligarle a que satisficiese mi demanda; pero nada tema V., don Felipe, el duelo será leal; no cruzaré sino mi machete con su sable, lo que no sólo restablecerá el equilibrio entre nosotros, sino que le proporcionará a V. una ventaja manifiesta.
—¿Realmente obrará V. como dice, caballero?
—Le doy a V. mi palabra; acostumbro a saldar lealmente mis cuentas con amigos y enemigos.
—¿Usted llama a eso saldar sus cuentas? preguntó con ironía don Felipe.
—No puedo llamarlo de otra manera.
—Pero ¿de qué se origina el odio que V. me lleva?
—¿Odio? lo siento igual por V. como por los demás de su calaña, respondió con aspereza el aventurero; en un momento de farfantonería quiso V. verme el rostro para conocerme más adelante, pese a haberle yo advertido que tal curiosidad le costaría la vida. Tal vez le habría olvidado; pero hoy le encuentro de nuevo en mi camino, con la adición de que trae V. encima unos papeles que me son necesarios de toda necesidad y de los cuales estoy resuelto a apoderarme a toda costa. Así pues, si V. se niega a dármelos buenamente, no puedo apoderarme de ellos sino matándole a V., y le mataré. Le concedo cinco minutos para que reflexione y me diga redondamente si persiste en su negativa.
—Es inútil el plazo; desde ahora le digo a V. que mi resolución es inquebrantable y que no conseguirá lo que se propone sino quitándome la vida.
—Está bien, se la quitaré a V., repuso don Jaime levantándose.
Y tomando las pistolas fue a colocarlas sobre una mesa que había en una de las extremidades de la pieza. Luego, empuñando su machete y acercándose de nuevo a don Felipe, le preguntó:
—¿Está V. preparado?
—Antes de medir nuestras armas, respondió el guerrillero, levantándose, quiero dirigirle dos preguntas.
—Diga V.
—¿El duelo que vamos a efectuar será a muerte?
—Ahí tiene V. la prueba, respondió el aventurero quitándose la carátula y arrojándola lejos de sí.
—Basta; en efecto, uno de los dos vamos a sucumbir; supongamos que sea yo.
—Déjese V. de suposiciones; morirá V.
—Admitido, replicó con la mayor impasibilidad don Felipe; y en este caso ¿me promete V. hacer lo que yo voy a pedirle?
—Cuente V. conmigo si lo que va a pedirme está en mi mano hacerlo.
—Está; no se trata sino de que sea V. mi albacea testamentario.
—Lo seré.
—Pues bien, tengo madre y una hermana, joven aún, que viven con bastante escasez en una casita situada no lejos del canal de las Vigas, en Méjico, y las señas exactas de cuyo domicilio hallará V. entre mis papeles.
—Corriente.
—Deseo que, después de mi muerte, ellas sean herederas de mi fortuna.
—Bien, pero ¿dónde radica la fortuna esa?
—En Méjico; todo mi dinero lo tengo depositado en casa de *** y Ca., banqueros ingleses, a cuyo poder lo hacía llegar yo a medida que lo iba reuniendo. Bastará que presente V. mis papeles para que se lo entreguen a V. peso sobre peso.
—¿Nada más?
—Todavía no he concluido; traigo conmigo muchas letras de cambio por valor, en junto, de cincuenta mil duros contra distintos banqueros de la capital. Dichas letras, me hará V. el favor de hacerlas efectivas y añadir su importe al precedente para entregar luego el total a mi madre y a mi hermana. ¿Me jura V. cumplir mis deseos?
—Le doy a V. mi palabra de caballero.
—Fío en V.; ahora no me queda sino dirigirle una pregunta.
—¿Cuál?
—Nosotros, los mejicanos, manejamos con poca destreza el sable y la espada, a causa de estar prohibido por nuestras leyes el duelo; la única arma de que verdaderamente sepamos servirnos es el cuchillo. ¿Consiente V. en que a él nos batamos? A toda la hoja, por supuesto.
—El duelo que me propone V. es más propio de léperos y de bandidos que no de caballeros, arguyó el aventurero; sin embargo, acepto.
—Le agradezco a V. la condescendencia, dijo Irzabal; y ahora a la buena de Dios; me portaré tan bien como sepa.
—Amén, repuso don Jaime sonriendo.
Esta conversación tan tranquila entre dos hombres próximos a degollarse mutuamente, este singular testamento in extremis dispuesto con impasibilidad tanta y cuya ejecución estaba confiada, en caso de muerte de uno de los dos adversarios, al que sobreviviese, es una de las notas salientes del carácter mejicano; porque sépase que estos pormenores son rigurosamente exactos. El mejicano, aunque valiente por naturaleza, teme a la muerte; pero llegado el momento de arriesgar definitivamente su vida o de perderla, nadie acepta con más indiferencia, con más filosofía que él tan dura alternativa, ni lleva adelante con más indolencia este sacrificio que, en los demás pueblos, no hay quien no lo arrostre con espanto, ni quien, al llevarlo a cumplimiento, no se estremezca instintivamente.
En cuanto al duelo, las leyes mejicanas lo prohíben aun entre los oficiales del ejército; de ahí el gran número de asesinatos y emboscadas que se cometen y arman para lavar afrentas recibidas e imposibles de vengar de otra manera. Únicamente los léperos y las gentes del pueblo se baten a cuchillo.
El duelo de esta naturaleza está ajustado a leyes de las que no es permitido separarse; los adversarios estipulan sus condiciones respecto de la longitud de la hoja, a fin de concertar de antemano la profundidad de las heridas que uno a otro van a inferirse. Así es que se baten a una pulgada, a dos, a la mitad o a la totalidad de la hoja según la gravedad de la ofensa. Los duelistas colocan el pulgar sobre la hoja del cuchillo, a la longitud concertada, y empieza la lucha.
Don Felipe y don Jaime se habían desceñido los sables, inútiles ya, y empuñado cada uno el largo cuchillo que todo mejicano lleva en la bota derecha; luego se quitaron la capa y se la arrollaron respectivamente a su brazo izquierdo, para parar los golpes, cuidando de que pendiera un pedazo de ella en forma de cortina, y por fin se pusieron en guardia, con las piernas separadas y ligeramente encogidas, el cuerpo echado hacía adelante, el brazo izquierdo semitendido y la hoja del cuchillo escondida tras la capa.
El duelo empezó al punto con igual encarnizamiento por parte de los dos duelistas, que giraban y saltaban en torno uno de otro, y avanzaban y retrocedían como dos bestias fieras, mirándose de hito en hito, con la boca cerrada y jadeante el pecho.
Era verdaderamente un duelo a muerte.
Don Felipe poseía, por modo extremo, la ciencia de arma tan temible; muchas veces su adversario vio lucir ante sus ojos el azulado brillo del acero y sintió la aguda punta del cuchillo penetrarle ligeramente en las carnes; pero más impasible que el guerrillero, dejaba que éste se fatigase en vanos esfuerzos, aguardando con la paciencia del tigre al asecho, el momento favorable de acabar de un solo golpe.
Varías veces y rendidos de fatiga se habían los duelistas detenido de común acuerdo para embestirse luego con nueva furia.
La sangre manaba de muchas ligeras heridas que mutuamente se habían inferido el guerrillero y don Jaime, y corría por el suelo.
De improviso don Felipe se replegó sobre sí mismo y saltó hacia adelante con la rapidez de un jaguar; pero resbalando en la sangre, se tambaleó, y mientras ensayaba recobrar su equilibrio, el cuchillo de don Jaime desapareció por entero en su pecho.
El desventurado exhaló un apagado suspiro, arrojó una bocanada de sangre y cayó en tierra cual pedazo de plomo.
Don Jaime se inclinó hasta él; estaba muerto: la hoja del cuchillo le había partido el corazón.
—¡Infeliz! murmuró el aventurero; pero él lo quiso.
En pronunciando este lacónico responso, don Jaime registró el dolmán y las calzoneras de Irzabal, se apoderó de todos los papeles de éste, luego tomó otra vez sus revólveres, se puso nuevamente la carátula, y embozándose como pudo en su desgarrada capa, atravesó el seto sin ser visto por el centinela que permanecía ante la puerta del rancho, y una vez hubo llegado a cierta distancia del Palo Quemado, imitó el silbo del búho.
Casi al punto apareció López conduciendo los dos caballos.
—¡A Méjico! dijo don Jaime saltando sobre la silla; esta vez creo tener segura mi venganza.
Los dos jinetes partieron a escape.
El gozo que el inesperado buen éxito de su expedición infundiera al aventurero, le impedía sentir el dolor de los chirlos, ligeros en verdad, que había recibido en el duelo.
XVI
RESOLUCIÓN SUPREMA
La primera luz del día empezaba a teñir de ópalo el cielo, en el instante en que los dos jinetes llegaron a la garita de San Antonio.
Hacía ya algún tiempo que éstos habían acortado el andar de sus cabalgaduras, quitado las carátulas y repuesto algún tanto el desorden de sus trajes, sucios y echados a perder por las numerosas peripecias de su carrera nocturna.
A algunos pasos de la garita, don Jaime y López se habían confundido entre los grupos de indios que se dirigían al mercado, de modo que les fue fácil penetrar en la ciudad sin ser notados.
Don Jaime se dirigió inmediatamente hacia la casa en que habitaba en la calle de San Francisco, contigua a la plaza Mayor, y una vez en ella despidió a López, que literalmente se caía de sueño a pesar del que echara mientras su amo estuvo en Palo Quemado, y le dio todo el día para él, citándole únicamente para la noche, y luego se retiró a sus habitaciones, o más bien a su cuarto. Era éste una verdadera vivienda espartana; el mobiliario se componía tan sólo de un cuadrado de madera con un cuero de buey que le servía de cama, una vieja silla de montar que hacía las veces de almohada y una piel de oso negro que reemplazaba al cobertor; una mesa atestada de papeles y de libros, un escabel, un cofre que contenía sus ropas, y un astillero lleno de armas de todas clases, completaban, con algunos arreos colgados de la pared, aquel ajuar, entre él que había también una jofaina en su trípode situada detrás de un sarape colocado en forma de cortina en un rincón del cuarto.
Don Jaime se curó las heridas lavándoselas cuidadosamente con agua y sal, según la costumbre india, luego se sentó a la mesa, y empezó a inspeccionar los papeles de que a tanta costa se apoderara y cuya posesión había puesto en peligro su existencia, y a poco quedó absorto por este trabajo, que al parecer le interesaba en grado sumo.
Por fin, a las diez de la mañana el aventurero se levantó, dobló los papeles, los puso en una cartera que se metió en un bolsillo de su dolmán, se echó un sarape sobre los hombros, se cubrió la cabeza con un sombrero de piel de vicuña adornado de ancha golilla de oro, y en este traje tan elegante como pintoresco se salió de su casa.
Como el lector recordará don Jaime había dado a don Felipe palabra de honor de ser su albacea testamentario; para cumplir esta promesa sagrada salía.
A las seis de la tarde y después de haber entregado la herencia a la madre y a la hermana del guerrillero, don Jaime regresó a su casa, a la puerta de la cual encontró a López que, completamente descansado, le estaba aguardando y había dispuesto para su amo una frugal comida.
—¿Hay novedad? le preguntó el aventurero sentándose a la mesa y empezando a comer con apetito.
—Pocas, mi amo, respondió López, sólo vino un capitán ayudante de campo del excelentísimo señor presidente.
—¡Ah! murmuró don Jaime.
—Sí, continuó López, el señor presidente desea que vaya V. a palacio a las ocho.
—Iré; pero ¿aquí acaban tus noticias? ¿luego no saliste?
—Usted dispense, mi amo, como de costumbre fui a la barbería.
—¿Y qué oíste en ella?
—Sólo dos cosas.
—A ver la primera.
—Dicen que los juaristas avanzan a marchas forzadas contra la ciudad y que no están de ella sino a tres jornadas.
—Es bastante verosímil la noticia; en este momento el enemigo debe de estar operando un movimiento de concentración. ¿La otra?
López se echó a reír.
—¿Por qué te estás riendo, botarate? le preguntó don Jaime.
—La segunda noticia que oí es la que me hace reír, mi amo.
—¿Tan chistosa es?
—¡Canario! va V. a juzgar: dicen que esta mañana fue encontrado muerto de una cuchillada, en una sala del rancho del Palo Quemado, uno de los más temibles guerrilleros de don Benito Juárez.
Don Jaime se rió a su vez y dijo a López que le contara como había pasado este suceso.
—Nadie lo sabe, respondió el criado; parece que ese coronel, porque hay que saber que era coronel, había salido a la descubierta hasta Palo Quemado, donde hizo alto para pernoctar. El rancho lo guardaban centinelas apostados en torno de él, y nadie, excepto dos jinetes, se había introducido en el edificio. Pues bien, una vez fuera del rancho los jinetes esos, que sostuvieron una larga conversación con el guerrillero, éste fue encontrado muerto de una cuchillada en el corazón; lo que da pie a suponer que entre el coronel y los dos desconocidos se habrá levantado una disputa y que éstos lo quitaron de en medio. Sin embargo, ocurrió tan a la chita callando el lance, que nadie oyó nada, ni siquiera los soldados que dormían a pocos pasos de la sala donde ocurrió el conflicto.
—Es singular, en efecto, repuso don Jaime.
—Parece, mi amo, continuó López, que el coronel don Felipe Irzabal, que así se llamaba el guerrillero, era un gran tunante; de él se refieren atrocidades.
—Vaya pues, así nada se ha perdido, y no merece que continuemos ocupándonos en él, dijo don Jaime levantándose.
—No necesita de nuestra ayuda para que el diablo cargue con él, profirió López.
—Es probable, con tal que ya no se le haya llevado. Ahora escucha: me voy a dar una vuelta por la ciudad aguardando que den las ocho; a las diez te encontrarás a la puerta de palacio con dos caballos y armas, por si, como anoche, nos vemos obligados a dar un paseo a la luz de la luna.
—Está bien, mi amo; le aguardaré a V. hasta que salga.
—Si no te necesito haré que te avisen.
—Váyase V. tranquilo, mi amo.
Don Jaime se salió, y, como dijera, fue a dar un corto paseo por los portales de la plaza Mayor, a fin de dejarse caer en palacio a la hora exacta que le habían señalado.
En efecto, a las ocho en punto el aventurero llegó a la puerta de palacio, donde le estaba aguardando un ujier, que le introdujo inmediatamente en presencia de Miramón.
El cual se estaba paseando, triste e imaginativo, por un saloncito contiguo a sus habitaciones particulares.
—Bien llegado sea V., dijo el general al ver a don Jaime, serenándosele el semblante y tendiendo afectuosamente la mano a éste; ardía en deseos de verle a V.; es V. el único hombre que me comprende y con quien puedo hablar sin ambages. Siéntese V. ahí, a mi lado, y departamos.
—Está V. triste, general, profirió el aventurero; ¿le ha ocurrido a V. algún percance desagradable?
—No; pero ya sabe V. que desde hace mucho tiempo no se me presentan con frecuencia ocasiones de estar alegre. Acabo de dejar a mi esposa; la pobre teme, no por ella, sino por nuestros hijos; todo lo ve tétrico y prevé desdichas terribles. Ahí por qué estoy triste.
—Pero ¿por qué no aleja V. a su esposa de la ciudad, general, sobre todo cuando ésta puede verse sitiada de hoy a mañana?
—Se lo he propuesto ya repetidas veces, y he insistido ensayando darle a comprender que el interés de nuestros hijos y su seguridad lo exigían imperiosamente; pero se negó. Ya usted sabe cuánto me quiere; para ella no existen sino yo y sus hijos, y no acierta a resolverse. Respecto de mí, no me atrevo a obligarla a que parta; no sé qué hacer; estoy perplejo.
Miramón volvió la cabeza y ahogó un suspiro.
Los dos interlocutores permanecieron silenciosos por espacio de algunos segundos.
Don Jaime comprendió que correspondía a él dar un nuevo sesgo a la conversación. Así es que preguntó:
—¿Y los prisioneros?
—Por este lado todo está en orden; a Dios gracias nada tienen que temer por su seguridad personal. También les autoricé para que fuesen a ver a los amigos y parientes que tienen en la ciudad.
—Más vale así, mi general; le confieso a V. que por un instante temí por ellos.
—Ahora que puedo hablar con toda franqueza, repuso Miramón, le digo a V. que más temí y o todavía, porque en este asunto peligraba mi honor.
—Dice V. bien; pero vamos a ver, ¿tiene V. algún nuevo proyecto?
Antes de responder, el presidente dio una vuelta por el saloncito y levantó una a una las cortinas para asegurarse de que nadie podía escucharle; luego se sentó nuevamente al lado de don Jaime, y dijo:
—Sí, le tengo; quiero acabar de una vez: o sucumbo o mis enemigos van a quedar quebrantados para siempre más.
—Dios quiera que triunfe V.
—Mi victoria de ayer me ha devuelto sino la esperanza, a lo menos el ánimo; quiero intentar un golpe decisivo. Ahora ya no tengo que andarme con contemplaciones; voy a jugar el todo por el todo; quizá me sonría otra vez la fortuna.
Miramón y don Jaime se acercaron entonces a una mesa en que estaba abierto un inmenso mapa de la confederación mejicana, y en el cual se veían clavados en diferentes sitios gran número de alfileres.
—Don Benito Juárez, continuó el presidente, desde su capital, Veracruz, ordenó la concentración de sus tropas y la marcha de éstas sobre Méjico, donde estamos encerrados, y único punto del territorio que en lo presente ocupamos. Mire V., aquí está el cuerpo de ejército del general Ortega, fuerte de once mil hombres, que viene del interior, esto es, de Guadalajara, replegando a su paso todos los pequeños destacamentos diseminados por los campos. Amondia y Gazza, que han seguido la costa, vienen por Jalapa, al frente de seis mil hombres de tropas regulares y flanqueados a vanguardia, a derecha y a izquierda, por las guerrillas de Cuéllar, de Carvajal y de Irzabal.
—En cuanto a este último jefe, dijo el aventurero, no tiene V. que pensar más en él; está muerto.
—Conformes, pero no por eso dejan de existir sus soldados.
—Es cierto.
—Ahora bien, esos cuerpos de ejército que llegan por diferentes puntos a un tiempo, y que, como les dejemos maniobrar, no tardarán en reunirse y en encerrarnos en un círculo de hierro, componen un efectivo de veinte mil hombres, poco más o menos. ¿De qué fuerzas disponemos nosotros para resistirles?
—Pero...
—Voy a decírselo a V.: echando mano de todos los recursos que nos quedan, no podría yo disponer sino de siete mil hombres, y, a lo más, de ocho mil armando a los léperos, etc.; ejército, como V. confesará, por demás débil.
—En campo raso no diré que no; pero aquí, en Méjico, con los ciento veintitantos cañones de que V. dispone, le es fácil organizar una resistencia formal, y si el enemigo se decide a sitiarle a V., antes no consiga apoderarse de la ciudad correrán torrentes de sangre.
—Cuanto dice V. es verdad, amigo mío, repuso Miramón; pero ya V. sabe que soy humano y comedido. La ciudad no está dispuesta a defenderse, y además carecemos de víveres y no sabemos como procurárnoslos, pues el campo está en poder del enemigo. Excepto una extensión de tres o cuatro leguas al rededor de la ciudad, todo nos es hostil. Ya ve V. que con tan desventajosas condiciones serían imponderables los horrores del sitio y los estragos que sufriría la más noble y hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Sólo al pensar en el extremo a que se vería reducida esta desventurada población, el corazón se me parte; nunca consentiré en reducirla a tal extremidad.
—Usted habla como hombre generoso y verdaderamente amante de su patria, mi general, dijo don Jaime, y a fe quisiera que sus enemigos le oyesen expresarse de esta suerte.
—Aquéllos a quienes califica V. de enemigos míos, profirió Miramón, en realidad no lo son, lo sé perfectamente: más de una vez me hicieron personalmente proposiciones ofreciéndome condiciones por demás favorables y honrosas; pero aun cuando caiga, quiero ofrecer una particularidad rara en Méjico: la de un presidente de la república derribado por hombres que le estiman y llevándose en su caída las simpatías de sus enemigos.
—No hace mucho tiempo todavía que de haber V. consentido en apartar de sí a ciertos individuos que no nombro, todo se habría arreglado amistosamente.
—Lo sé como V. mismo, pero hubiera sido una mala acción y no quise cometerla. Los individuos a que V. alude, me son devotos y me quieren; caeremos o triunfaremos juntos.
—Son demasiado nobles los sentimientos de usted para que yo los discuta, mi general, dijo el aventurero.
—Gracias, pero volvamos a lo que estábamos diciendo. No quiero que por mi culpa la ciudad se vea expuesta a la destrucción y al saqueo que forman el obligado cortejo de las poblaciones sitiadas.
—Por desgracia, mi general, es lo más probable que acontecería; pero entonces ¿qué resuelve V.? ¿cuáles son sus proyectos? Es obvio que no piensa V. en entregarse a sus enemigos.
—Por un instante tal fue mi resolución; pero renuncié a ella. Vea V. mi plan; es por demás sencillo. He determinado salir de Méjico con unos seis mil hombres, la flor y nata de mis tropas, marchar al encuentro del enemigo, y sorprenderle y batirle por fracciones antes de que sus diferentes cuerpos hayan tenido tiempo de reunirse.
—En efecto, el plan es muy sencillo y ofrece muchas probabilidades de buen éxito.
—Todo depende de la primera batalla; si la gano, mi triunfo es seguro; de no, mi caída es irremediable.
—Dios es grande, mi general, dijo el aventurero. No siempre la victoria sonríe al número.
—En fin, vivir para ver, profirió Miramón.
—¿Y cuándo determina V. poner en ejecución su plan?
—No tardaré sino el tiempo indispensable de prepararlo todo; antes de diez días. Cuento con usted.
—Suyo soy en cuerpo y alma, mi general.
—Me consta, amigo mío; pero basta ya de política. Ahora, como mi esposa desea vivamente verle a V., hágame V. el favor de venirse conmigo a sus habitaciones.
—Me llena de gozo tan galante invitación, mi general: sin embargo, quisiera haber podido hablar con V. de un asunto muy importante.
—Luego, luego; demos un momento de tregua a los negocios; tal vez se trata de una nueva defección o de algún traidor merecedor de castigo. De algunos días a esta parte llegan a mí sobrado malas noticias para que no anhele gozar de algunas horas de respiro. Los negocios malos dejarlos para mañana, como decía no sé quién.
—Sí, pero a veces mañana es tarde, repuso con intención el aventurero.
—A la buena de Dios, gocemos de lo presente, que es el único bien que le queda a quien no le pertenece ya lo porvenir.
Y tomando del brazo a don Jaime, se lo llevó suavemente, sin que éste se atreviese a resistir más, a las habitaciones de la señora de Miramón, mujer seductiva, cariñosa y tímida, verdadero ángel guardián de su esposo, cuyas grandezas la despavorían, y la cual no se sentía venturosa sino en la vida íntima del hogar, entre sus dos hijos.
XVII
JESÚS DOMÍNGUEZ
Una hora después don Jaime salió de palacio y, seguido de López, se fue a la casa del arrabal, en la que encontró al conde y a su amigo que, entregados por completo a su amor e indiferentes a cuanto pasaba en torno suyo, pasaban días enteros al lado de sus respectivas amadas y gozaban, con la dichosa indolencia de la juventud, de lo presente, para ellos tan benigno, sin preocuparse con lo porvenir.
—¡Ah! ¡por fin! profirió gozosamente doña María al ver a su hermano; ¡cuán caro se nos vende V.!
—Los negocios, dijo Jaime sonriendo.
La mesa estaba colocada en medio del comedor, los dos criados del conde, inmóviles delante de los aparadores, se disponían a servir, y León Carral, con una servilleta en el brazo, aguardaba que cada cual ocupase su sitio en torno de la mesa.
—Pues en tan buena coyuntura llego, dijo don Jaime alegremente, por mi vida que no voy a dejarlas a Vds. que cenen solas con esos caballeros, si es que se dignan permitirme que las acompañe.
—¡Qué dicha! exclamó doña Carmen.
Don Jaime, el conde y Domingo ofrecieron respectivamente la mano a doña María, doña Carmen y doña Dolores y las condujeron a las sillas para ellas dispuestas, y luego tomaron asiento a su lado.
La cena fue lo que se debía entre personas que se querían y se conocían de larga fecha, es decir, alegre y llena de animación y de grata intimidad.
Las dos jóvenes no habían experimentado nunca tanta dicha; aquella imprevista fiesta las llenaba de gozo.
Sin que ninguno de los que a la mesa estaban sentados pareciese notarlo, las horas se deslizaban rápidas, hasta que al sonar la medía noche en un péndulo colocado sobre una consola que había en el mismo comedor, las campanadas cortaron súbitamente la conversación.
—¡Virgen santa! exclamó doña Dolores, ¡media noche ya!
—¡Cómo vuelan las horas! dijo con indolencia don Jaime. No hay más, es menester pensar en retirarnos.
Se levantaron todos, y los tres amigos, después de haber prometido visitar de nuevo a las tres reclusas lo más pronto y a menudo posible, se retiraron, dejando a las damas libres de entregarse al descanso.
López estaba aguardando a su amo bajo el zaguán.
—¿Qué ocurre? le preguntó don Jaime.
—Nos están espiando, respondió el peón, conduciéndole hasta la puerta y haciendo correr silenciosamente un postigo sobre una ranura.
Don Jaime miró, y frente por frente de la puerta, casi confundido con la obscuridad que reinaba en una hondura producida por los escombros y los andamios de una casa en reparación, vio a un hombre inmóvil como una estatua y cuya presencia hubiera pasado inadvertida a otro de mirada menos penetrante que la del aventurero.
—Me parece que tienes razón, dijo don Jaime a López; como quiera que sea, es preciso que nos cercioremos de ello; yo me encargo de saber quien es el pájaro ese. Mira, troquemos capa y sombrero y acompaña a estos señores; ese individuo ha visto entrar tres hombres y es menester que vea salir otros tantos. ¡Ea! a caballo y partan Vds.
—A mi ver, dijo Domingo, lo más expedito sería matar a ese hombre.
—El matarlo puede dejarse para luego, repuso don Jaime; ante todo tengo interés en cerciorarme de que realmente es un espía. Nada teman Vds. por mí; antes de media hora estaré con Vds. y les explicaré lo que haya ocurrido entre ese fulano y yo.
—Hasta la vista pues, dijo el conde estrechando la mano a don Jaime.
—Hasta la vista.
Domingo y Luis del Saulay se salieron seguidos de los dos criados de éste, y además de León Carral.
El antiguo servidor de doña María cerró estrepitosamente la puerta tras aquéllos; pero inmediatamente volvió a abrirla sin producir ruido alguno.
Don Jaime se había colocado tras el postigo, desde donde le era fácil observar todos los movimientos del supuesto espía.
Al ruido que produjeron los jóvenes al salir, éste se inclinó vivamente hacia adelante, indudablemente con el objeto de informarse de la dirección que aquéllos tomaban; luego se hundió de nuevo en la penumbra y recobró su marmórea inmovilidad. De esta suerte transcurrió cerca de un cuarto de hora; don Jaime no le perdía de vista. Por fin el desconocido salió de su escondite, tomando toda clase de precauciones, tendió en torno de sí una mirada escrutadora, y tranquilizado por la soledad de la calle, se aventuró a dar algunos pasos; luego tras unos instantes de vacilación avanzó resueltamente hacia la casa, atravesando la calle en línea recta; pero de improviso se abrió la puerta y el desconocido se encontró cara a cara con don Jaime.
El espía o lo que fuese se hizo violentamente atrás e intentó huir, mas el aventurero le asió del brazo, apretándoselo como en un tornillo, y arrastrándole a pesar de la obstinada resistencia que oponía, le condujo hasta el pie de una estatuita de la Virgen que, colocada en un nicho encima de la puerta de una tienda había y ante cuya imagen ardían algunos cirios, y quitando de una manotada el sombrero a su prisionero, le miró atentamente.
—¡Hola! ¿conque es V., señor Jesús Domínguez? dijo don Jaime en voz irónica. Vive Dios que no pensaba encontrarle a V. aquí.
El cuitado miró con ojos lastimeros a aquél en cuyo poder estaba, pero no respondió palabra alguna.
Don Jaime aguardó por espacio de algunos segundos, pero al ver que su prisionero se había encerrado en el más absoluto mutismo, le sacudió con violencia, diciendo:
—¿Vas a responder al fin, gran tunante?
—¡Es el Rayo o es el diablo! murmuró éste con espanto, mientras fijaba su atónita mirada en él que por tal modo sujetado lo tenía.
—Uno de los dos, en efecto, profirió don Jaime con zumba; ya ves que estás en buenas manos. ¿Quieres o no decirme por qué de guerrillero y salteador de caminos te has convertido en espía y quizás y aun sin quizás en asesino en esta capital?
—Mis desventuras me han traído, excelentísimo señor; he sido blanco de la calumnia; mi honra era inmaculada.
—¿Tu honra? el diablo me lleve si creo palabra de lo que dices, repuso el aventurero; te conozco demasiado, pillastre, para que intentes engañarme. ¡Ea! luego y sin tergiversaciones dime la verdad, o te mato como a un zopilote.
—¿Le sería a vuecencia lo mismo apretarme un poco menos el brazo? le tengo ya medio descoyuntado.
—Te suelto, dijo don Jaime; pero como intentes huir, te pesará. Di, escucho.
Domínguez, al sentirse libre de aquel tornillo humano, dio un suspiro de alivio y movió repetidas veces el brazo para restablecer la circulación; luego dijo:
—Primeramente quiero que vuecencia sepa que continúo siendo guerrillero y además que he subido de grado: soy teniente.
—Mejor para ti. Pero vayamos al grano; ¿qué estabas haciendo en aquel escondite?
—Estoy de expedición, excelentísimo señor,
—¿Tú te has venido solo a Méjico para llevar a cabo una expedición? Mira lo que dices, bergante; no consiento burlas.
—Juro a vuecencia, por la parte de paraíso que me corresponde, que le digo la verdad monda; por otra parte no vine solo, mi capitán me acompaña; más bien dicho, vine obedeciendo a una orden terminante de éste.
—¡Ah! ya; y ¿cómo se llama el capitán ese?
—Vuecencia le conoce.
—Puede; pero ¿cómo se llama, repito?
—Don Melchor de la Cruz.
—Me lo temía; ahora lo adivino todo: tú estás encargado de espiar a doña Dolores de la Cruz, ¿no es eso?
—Sí, excelentísimo señor.
—¿Qué más?
—Nada más.
—¡Ah! pillo, mientes.
—Juro a vuecencia que se lo he dicho todo.
—Veo que tendré que echar mano de un gran recurso, repuso don Jaime amartillando impasiblemente una pistola.
—¿Qué está haciendo vuecencia? exclamó Domínguez despavorido.
—Ya lo ves, me preparo a levantarte la tapa de los sesos.
—¿Pero no ve vuecencia que éste no es el modo de hacerme hablar? repuso con candidez Jesús Domínguez.
—Ya, dijo el aventurero, pero sí él de obligarte a callar.
—¡Jum! profirió Domínguez, dispone vuecencia de argumentos tan convincentes, que no hay quien los resista; prefiero decirlo todo.
—Obrarás cuerdamente.
—Pues bien, no sólo tenía el encargo de espiar a doña Dolores, sino también a la señora y a la señorita con quienes vive y a cuantos las visitan.
—¡Zambomba! mucho era para un hombre solo.
—No mucho, excelentísimo señor, pues apenas reciben a nadie.
—¿Y desde cuándo desempeñas tan honroso oficio, canalla?
—Desde hace doce días.
—¿Así pues formabas parte de la gavilla que intentó penetrar a viva fuerza en casa de esas señoras?
—Sí, excelentísimo señor; pero no logramos nuestro objeto.
—Lo sé; pero dime, ¿a lo menos te pagan bien?
—Don Melchor no me ha dado todavía dinero alguno, pero me ha prometido cincuenta onzas.
—Nada le cuestan las promesas a tu capitán: le es más fácil prometer cincuenta onzas que dar diez pesos.
—¿Vuecencia lo cree así? Don Melchor está rico.
—¿Quién, él? está más pobre que tú.
—¡Malo! lo siento, pues todavía no he conseguido economizar sino deudas.
—Como eres un botarate; mereces lo que te está pasando.
—¿Yo, excelentísimo señor?
—¿Quién pues? En lugar de ponerte al servicio de los que podrían pagarte, te afilias a un miserable que no posee donde caerse muerto.
—¿A quiénes se refiere vuecencia? Confieso que tengo los colmillos muy aguzados y que les serviré con entusiasmo.
—¡Lo creo! ¿Pero tú te imaginas que voy a perder el tiempo dándote consejos?
—Sí vuecencia quisiese le serviría a las mil maravillas.
—¿Tú? ¡quita allá!
—¿Por qué no?
—Siendo, como eres, enemigo de las personas a quienes quiero, debes serlo mío.
—¡Cómo yo lo hubiese sabido!
—¿Qué hubieras hecho?
—No lo sé, pero de fijo que no las habría espiado; empléeme vuecencia, se lo ruego.
—Maldito si sirves para cosa buena.
—Sujéteme vuecencia a prueba.
El aventurero hizo como que reflexionaba.
Jesús Domínguez aguardaba con ansiedad.
—No, dijo por fin don Jaime, no puedo contar contigo.
—¡Qué poco me conoce vuecencia! ¡Si vuecencia supiese cuán devoto le soy!
—Ahí una devoción que te nació de repente, profirió don Jaime dando una carcajada. Sin embargo me avengo a hacer un ensayo; pero como me engañes...
—No diga vuecencia una palabra más, le conozco. Nada tema vuecencia, quedará satisfecho de mí. ¿De qué se trata?
—Sencillamente de cambiar de casaca.
—Comprendo; es fácil. Mi amo no dará paso que vuecencia no lo sepa.
—Está bien. ¿No tiene un amigo íntimo don Melchor de la Cruz?
—Sí, excelentísimo, señor, un tal don Antonio Cacerbar: están unidos como los dedos de la mano.
—No harás mal en vigilarle al mismo tiempo.
—Perfectamente.
—Y como todo trabajo merece recompensa, ahí va media onza.
—¡Media onza! profirió Domínguez con gesto radioso.
—Pero como necesitas dinero, voy a adelantarte la paga de veinte días.
—¡Diez onzas! ¡Vuecencia va a darme diez onzas! ¡Oh, es imposible!
—Mira si es posible que ahora mismo voy a dártelas, repuso don Jaime sacándoselas del bolsillo y poniéndolas en la mano de Domínguez, que se apoderó de ellas trémulo de gozo y exclamando:
—Ya pueden despabilarse don Melchor y su amigo.
—Sobre todo sé diestro, pues los dos son muy astutos.
—Ya les conozco; pero se las han con uno más astuto que no ellos; fíe V. en mí.
—Esto te atañe a ti; lo que te digo es que al menor descuido te mando a paseo.
—No habrá para qué.
—Si no recuerdo mal, me has dicho que eres listo de manos.
—En efecto lo soy, excelentísimo señor.
—Pues bien, si por acaso a esos caballeros se les caen algunos papeles importantes, cógelos y tráemelos inmediatamente; porque has de saber que soy muy curioso.
—Basta; si no los hallo en el suelo los buscaré en otra parte.
—Aprobado; pero oye, los papeles te los pagaré aparte; te daré tres onzas por cada uno de ellos si valen la pena. Como te equivoques, peor para ti, pues no cobrarás nada.
—Ya me las compondré para que los dos quedemos satisfechos, excelentísimo señor. ¿Quiere vuecencia decirme ahora dónde le encontraré cuando se me ocurra comunicarle algo o entregarle algún documento?
—De tres a cinco de la tarde me paseo todos los días por las inmediaciones del canal de las Vigas.
—Allá iré.
—Sobre todo sé prudente.
—Como una zorra.
—Adiós y ojo al Cristo.
—Tengo el honor de saludar a vuecencia.
Los dos interlocutores se separaron.
Don Jaime, después de haber ordenado al viejo criado de su hermana, el cual durante la conversación que acabamos de transcribir había tenido la puerta abierta, que entrase y la atrancase fuertemente, se dirigió hacia la vivienda de los jóvenes, frotándose las manos.
El conde y su amigo, inquietos por la larga ausencia de don Jaime, le estaban aguardando llenos de ansiedad, y ya se disponían a salir en su busca cuando éste entró.
Domingo y Luis recibieron al aventurero con muestras del más vivo gozo y le pidieron les enterase de lo que acababa de ocurrir.
Don Jaime, que vio no existía razón alguna para callar a sus amigos lo que pasara, les contó por menudo la conversación que había sostenido con Domínguez y como por fin indujera a éste a traicionar a su amo para servirle a él de espía.
Don Jaime, el conde y Domingo permanecieron reunidos hasta la llegada del día, y al separarse dijo aquél:
—Amigos míos, por singular que les parezca a Vds. mi conducta, no la juzguen todavía; sólo me faltan algunos días para dar fin a la obra que desde hace tantos estoy preparando; suceda lo que quiera, en el momento decisivo lo comprenderán Vds., todo. Tengan pues paciencia, máxime cuando están Vds. más interesados que no suponen en el buen éxito de este negocio, y no olviden que me han jurado estar prontos a prestarme su ayuda en cuanto yo la reclame.
El aventurero estrechó afectuosamente la mano a sus amigos y se fue.
Durante la semana que siguió a aquel día no ocurrió hecho alguno digno de mención.
Sin embargo, en la capital reinaba una inquietud sorda; en calles y plazas se formaban numerosos grupos en los que se comentaban las noticias políticas.
En los barrios comerciales las tiendas se abrían sólo por espacio de algunas horas, y como los indios no acudían sino en muy escaso número a proveer la plaza y aun éstos traían poquísimo, cada día era mayor la escasez de víveres, y más elevado el precio de éstos.
La población era pábulo de una zozobra que nadie acertaba a explicarse claramente; cada uno por sí sentía que la crisis avanzaba a pasos agigantados y que no tardaría en reventar con furor terrible la tempestad tanto tiempo hacía suspendida sobre Méjico.
Don Jaime, aparentemente a lo menos, llevaba la vida ociosa del hombre a quien sus bienes de fortuna ponen a cubierto de todas las eventualidades y para el cual ninguna importancia asumen los acontecimientos políticos; iba y venía de acá para allá por plazas y calles, fumando y prestando oído atento a todas las conversaciones como un papamoscas y aceptando por buenas las monstruosas necedades que propalaban los noticieros de encrucijada, aunque sin decir esta boca es mía. Luego, de tres a cinco de la tarde, se iba a dar una vuelta por las inmediaciones del canal de las Vigas, donde se encontraba con Jesús Domínguez, con quien conversaba largo rato mano a mano, para separarse después mutuamente satisfechos.
No obstante hacía dos o tres días que don Jaime parecía no estar tan contento de su espía, con quien había cruzado palabras mordaces y amenazas encubiertas.
—Amigo Domínguez, dijo el aventurero a su espía a la sexta o séptima entrevista celebrada con él, váyase V. con tiento, pues por lo que husmeo quiere V. jugar con dos barajas; ya sabe V. que tengo buen olfato.
—Señor, profirió Domínguez, le soy a V. fidelísimo; soy incapaz de traicionar a un caballero tan generoso como V.
—Puede; como quiera que sea dese V. por advertido y proceda como tal, y sobre todo no deje de traerme mañana los papeles que me promete hace tres días.
Dicho esto, don Jaime se separó del espía dejando a éste todo atarugado con tal fraterna y sobre todo muy desasosegado respecto del modo como, de no obrar con prudencia, podían revolverse contra él las circunstancias. Porque, hay que confesarlo, el señor Jesús Domínguez no tenía muy tranquila la conciencia: las sospechas de don Jaime no estaban destituidas de fundamento; si el espía no había aún vendida a su generoso protector, no era porque no hubiese pensado en hacerlo, y para un hombre como el guerrillero; del plan a la ejecución no había sino un paso.
Así es que Jesús Domínguez resolvió rehabilitarse en el ánimo de don Jaime por medio de un acto sonado a fin de reconquistar su confianza, dejando para más adelante el abusar de ella. A este efecto se decidió a apoderarse de los papeles que el aventurero le reclamaba y traérselos al día siguiente, resuelto, no obstante, como en ello saliese ganando un buen pico, a robárselos después.
A la tarde siguiente y a la hora convenida, don Jaime se encontraba en el lugar de la cita, y a poco se le reunió Domínguez, quien con los grandes alardes de devoción que tenía por costumbre, le entregó un mazo de papeles bastante voluminoso. El aventurero dirigió una rápida mirada al mazo, lo hizo desaparecer debajo de su capa, y en poniendo una pesada bolsa en la mano del guerrillero, volvió prontamente la espalda a éste sin dignarse escuchar sus protestas de adhesión.
—¡Demonios! murmuró Domínguez, no parece estar hoy muy blando; no le dejemos tiempo de que tome precaución alguna. Por chiripa descubrí donde vive. No hay que perder minuto; voy a contárselo todo a don Melchor, a quien daré a entender que hice lo que hice para inspirar confianza a su enemigo y entregárselo más fácilmente; y como en efecto se lo entregaré, no podrá menos de quedar satisfecho y de felicitarme por mi destreza, ¡Vive Dios! no hay como tener talento, y yo le tengo de veras.
Mientras se dirigía a sí mismo estas alabanzas, Jesús Domínguez, que iba con la cabeza gacha como las gentes que se entregan a la meditación, fue a dar contra dos individuos que caminaban delante de él cogidos del brazo y hablando de sus negocios.
Dichos individuos eran probablemente de carácter poco sufrido porque se volvieron con viveza y dirigieron algunas palabras bastante duras al guerrillero.
El cual, conociendo que era culpado y trayendo como traía consigo una cantidad de dinero considerable, no tenía ganas de hacer un mal negocio, se excusó del mejor modo que supo; pero los desconocidos no quisieron atender razón alguna y continuaron apellidándole bruto, animal y otras lindezas por el estilo.
Por mucha que fuese la paciencia del guerrillero, acabó por perderla, y dejándose llevar de la cólera, echó mano a su cuchillo.
Este gesto imprudente fue causa de su perdición; los desconocidos se abalanzaron a él, le derribaron y le mataron a puñaladas; luego, como la calle teatro de tan poco edificante escena estaba desierta y por consiguiente nadie la había presenciado, los homicidas se alejaron con toda tranquilidad, no empero sin antes haber desvalijado al difunto, al que no dejaron objeto alguno que pudiese identificarle.
Tal fue el fin del señor Jesús Domínguez.
Dos horas después los celadores levantaron el envarado cuerpo del guerrillero, y como nadie le conocía, lo arrojaron sin ceremonia alguna a una hoya abierta en un cementerio, y aquí paz y después gloria.
A don Melchor tal vez le admiró no ver más al guerrillero, pero como era muy problemática la confianza que éste le inspiraba, supuso que Jesús, después de haberse hecho culpado de alguna sustracción, había creído conveniente poner tierra de por medio, y no pensó más en él.
XVIII
PRINCIPIO DEL FIN
Miramón no había desperdiciado los contados días transcurridos desde su última entrevista con don Jaime.
Decidido a jugar el todo por el todo, no quiso arriesgarse antes de haber puesto de su lado sino todas las probabilidades de éxito, a lo menos igualado el partido para que la lucha, que debía ser decisiva fuere cual fuese su resultado, favoreciese lo más posible sus proyectos.
No sólo el presidente se ocupaba con actividad suma en reclutar y organizar su ejército y en armarlo de un modo formidable, sino que también, comprendiendo cuan perjudicial le era la sustracción de los seiscientos sesenta mil pesos de la Convención inglesa, efectuada en la casa misma del cónsul de S. M. británica, hacía enérgicos esfuerzos para remediar el mal que le causara este golpe de mano, a cuyo efecto estaba negociando un arreglo por el cual se comprometía a devolver en Londres mismo el dinero de que tan malhadadamente se apoderara; alegando, para paliar esta acción atrevida, que no había sido sino un acto de represalias contra Mr. Mathew, representante del gobierno británico, cuyas incesantes maquinaciones y no interrumpidas demostraciones hostiles contra el gobierno reconocido de Méjico habían colocado al presidente en la situación crítica en que se hallaba; y en prueba de lo que decía citaba el hecho de haberse encontrado, después de la batalla de Toluca, en los equipajes del general Degollado, un plan de ataque de Méjico, escrito de puño propio de Mr. Mathew, acto que por parte del representante de un gobierno amigo constituía una felonía.
El presidente, para dar más fuerza a esta declaración, había mostrado el mencionado plan a los representantes extranjeros que residían en Méjico, y luego hecho traducir y publicar en el diario oficial, lo que produjo todo el efecto que aquél esperaba, esto es, aumentó el odio instintivo de la población contra los ingleses y a él le restituyó algunas simpatías.
Miramón, tras prodigiosos esfuerzos, logró reunir un ejército de ocho mil hombres, pocos por cierto contra los veinticuatro mil que le amenazaban; porque es de saber que el general Huerta, cuya conducta había sido indecisa de algún tiempo a aquella parte, por fin decidiera salir de Morella al frente de cuatro mil hombres, que unidos a los once mil de González Ortega, a los cinco mil de Gazza Amondia y a los cuatro mil de Aureliano Carvajal y de Cuéllar, formaban un efectivo de veinticuatro mil hombres que, en efecto, se encaminaban a marchas forzadas contra la capital, ante cuyos muros no tardarían en presentarse.
La situación iba siendo más y más crítica por momentos. Los vecinos de Méjico, que ignoraban los proyectos de Miramón, eran pábulo del terror más vivo y a cada instante temían ver desembocar las cabezas de las columnas juaristas y sufrir los horrores de un sitio.
Miramón, que ante todo deseaba no perder el aprecio de sus conciudadanos y calmar los exagerados temores de la población, resolvió convocar al ayuntamiento, al cual se esforzó en dar a comprender, en un sentido discurso, que su intención no había sido nunca aguardar al enemigo tras los muros de la ciudad, sino que, por el contrario, estaba resuelto a atacarle en campo raso, y que cualquiera que fuese el resultado de la batalla que se proponía librar, la ciudad no tenía que temer un sitio.
Esta seguridad calmó un tanto los temores de los vecinos de Méjico y detuvo como por arte de magia las tentativas de desorden y los gritos sediciosos que los partidarios de Juárez, escondidos en la ciudad, avivaban en los grupos reunidos en las plazas.
Una vez el presidente creyó haber tomado todas las precauciones que las circunstancias exigían, para atacar al enemigo sin demasiada desventaja, y al mismo tiempo dejar en Méjico las fuerzas necesarias para mantenerla sujeta al deber, reunió un nuevo consejo de guerra a fin de discutir el plan más conveniente para sorprender y derrotar al enemigo. Este consejo de guerra duró muchas horas, y en él se formularon gran número de proyectos, unos, como acontece siempre en tales circunstancias, impracticables, y otros, que de adoptarlos, podían haber salvado al gobierno.
Por desgracia en aquella ocasión el presidente, por lo común tan sensato y prudente, se dejó dominar por su resentimiento personal en lugar de atender al verdadero interés de la nación.
Don Benito Juárez, primer presidente de la república mejicana que desde la proclamación de la independencia haya pertenecido al elemento civil, era abogado. Ahora bien, como éste no era militar y por lo tanto no podía ponerse al frente de su ejército, había fijado su residencia en Veracruz, a la que provisionalmente hiciera su capital, y nombrado a González Ortega general en jefe, confiriéndole latísimos poderes en lo que se refería a la estrategia militar, y reservándose para sí y en absoluto la parte diplomática.
Ortega fue quien venció a Miramón en Silao, y como el presidente no olvidó nunca esta derrota y ardía en deseos de lavar la afrenta que en tal circunstancia recibiera, olvidando su habitual prudencia, contra el parecer de sus más discretos consejeros insistió para que el primer ataque fuese dirigido contra el ejército de Ortega.