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La niña robada

VII

Reading edition

Mathys había pasado una mala noche. Aunque estuviera muy agitado por los acontecimientos del día, la fatiga lo había sumido en un pesado sueño, que no fué turbado hasta el otro día a la mañana por espantosas pesadillas.

Cuando el sol se hubo alzado, cuando la campana del castillo llamó a los obreros al trabajo, Mathys despertó con la frente cubierta de sudor. Trató de volverse a dormir, pero el recuerdo de las imágenes horrorosas que había visto en sueño le asediaba aún el espíritu y hacía latir su corazón con violencia. Saltó fuera del lecho y se vistió a la vez que murmuraba entre dientes:

—¿Qué temor absurdo me agita? Era un sueño, un sueño espantoso, insensato. Marta me estima, sus intereses son los mismos que los míos. ¿Por qué me engañaría? No, no, pues haría pedazos su felicidad sin razón ni provecho para ella. En todo caso, he cometido una imprudencia. ¡Entregarme así indefenso a una mujer! ¿Estaría embriagado o habría perdido el juicio?... La condesa tiene la culpa de todo. El odio que me tiene debe ser muy grande para que la haya impulsado a cometer un acto tan perverso y estúpido. Revelarle a una persona extraña el secreto del que dependía su propia fortuna, su honor, su vida. Es incomprensible, y si la duda fuera posible, diría que Marta me ha mentido descaradamente. Pero nadie en la tierra sabe de este desgraciado asunto más que la condesa y yo. Es ella, pues, la que nos ha traicionado. ¿Cómo me vengaré? Quiero verla arrastrarse otra vez a mis pies antes de la partida de la loca... Pero, ante todo, iré a pedirle a Marta que me devuelva la prueba; sin esa arma soy impotente. ¡Oh, vamos a verlo! La condesa me dará cuenta de su infame complot.

Al decir estas palabras, se dirigió al cuarto de la viuda y golpeó a la puerta. Esperó un rato, volvió a golpear y dijo:

—Marta... Marta... soy yo. Esperaré que estéis vestida; pero os lo ruego, respondedme.

El silencio más completo siguió reinando en su derredor. Una rara ansiedad lo dominó...

Llamó al aya en alta voz y golpeó con el puño contra la puerta; pero fué en vano, el cuarto permaneció silencioso como una tumba.

Un grito de espanto se le escapó al intendente, que se puso lívido aunque tratara de tranquilizarse diciéndose que probablemente Marta se había levantado temprano.

Estas últimas palabras hicieron renacer una sonrisa de alivio en los labios del intendente.

Bajó la escalera corriendo y le preguntó al portero si no había visto al aya. Este le respondió negativamente; le nombró todas las personas, obreros o no, que habían salido del castillo, y le aseguró que nadie más había salvado la puerta, puesto que él tenía la única llave y no se había movido de allí desde el llamado de la campana.

Estas últimas palabras hicieron reaparecer una sonrisa de alivio en los labios de Mathys. El aya estaba, pues, en el castillo, porque no existía otra salida que la portalada. Sin embargo, no estaba tranquilo y se puso a recorrer la casa de arriba abajo, preguntando a todo el mundo si había visto bajar al aya. Recordó que Marta había expresado la intención de ir a hablar temprano con la condesa; se disponía, pues, a subir la escalera que conducía al departamento de la señora de Bruinsteen, cuando la camarera le detuvo, diciéndole que acababa de ver a su señora, sumida en el más profundo sueño. Mathys recorrió todo el edificio hasta las buhardillas. La inutilidad de sus esfuerzos le llenaba de una inquietud inexplicable. Quizá Marta estuviera enferma, quizá las sacudidas de la víspera habían perturbado violentamente su sistema nervioso. Al asaltarle esta idea, corrió tras la sirvienta y le dijo:

—Ve a ver a la señora, y pídele las llaves de las piezas del aya. Las necesito en seguida, iré a buscarlas yo mismo. Corred, volad, es preciso que la señora se levante. ¡Puede que haya sucedido una desgracia!

La sirvienta trajo dos llaves; sin escuchar lo que quería decirle de parte de la condesa, Mathys subió la escalera corriendo. Abrió la puerta del cuarto de Marta y echó una ojeada sobre el lecho. Estaba vacío.

Pálido y trémulo, puso la llave en la cerradura, de la segunda puerta. Vió a la joven sentada en una silla en el fondo de su cuarto; ya estaba levantada y vestida, a pesar de la hora tan insólita. Tenía, pues, que saber lo que había pasado.

Mathys se acercó a la joven, la miró con los ojos hechos ascuas y exclamó, apretándole las muñecas hasta deshacérselas:

—Ten cuidado, dime la verdad, porque si me engañaras, sería capaz de todo... ¿Dónde está el aya?

—No lo sé—balbuceó la joven, que temblaba de miedo.

—Imprudente, no me mientas o te aplasto bajo mis pies. ¿Dónde está Marta?

—Tened compasión de mí; yo no lo sé, señor. Aunque me quitarais la vida yo no podría deciros otra cosa.

—¿Por qué estás levantada y vestida?

—Porque me despertó un ruido extraño, señor.

—¿Qué ruido?

—Un golpe, como si alguien hubiera caído...

Pero la joven se asustó, pensando que si decía la verdad podía exponer a su benefactora a un peligro. Se puso a balbucear y dijo:

—Un ruido, un crujido...

—No me hagas hervir la sangre, ¡desgraciada!—dijo Mathys—. Vamos, ¿qué es lo que has oído?

—Sin duda a los pájaros nocturnos en la torre.

El intendente estaba seguro de que la joven sabía las cosas, y no las quería decir; conocía su inflexible tenacidad y la idea de que permanecería indomable lo hizo arder en furor. Volviéndose hacia la puerta, le gritó con acento atronador:

—¡Espérate un momento y ya verás si te hago hablar!

Iba a salir del cuarto, cuando notó en el suelo un papelito doblado que había sido empujado por la puerta cuando él la abrió.

Desdobló el papel y leyó estas líneas escritas en lápiz con mano trémula. «Elena, parto para salvarte. Suceda lo que suceda, no temas nada. Mi promesa será cumplida. Dentro de dos horas quedarás libre para siempre.»

Mathys miró el papel durante algún tiempo con aire extraviado, después lanzó un grito de rabia y corrió al otro cuarto, buscando algún objeto con qué golpear a la pobre Elena; su mirada tropezó con la ventana y vió las sábanas atadas a los barrotes de hierro.

—¡Se ha ido! ¡Huyó esta noche!—exclamó—. ¡Ya está a varias horas de Orsdael! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Y se lleva mi vida! ¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!

Ebrio de cólera, azorado por el terror, se precipitó sobre la joven, la tomó de los hombros, la sacudió violentamente y le preguntó:

—¿Dónde está Marta?... ¿Qué es lo que te ha prometido?... ¿Qué es lo que quiere hacer? ¡Habla o te mato!

Pero la joven volvió la cabeza, dobló la espalda y permaneció muda, aunque el intendente repitiera varias veces su amenaza; en su furor le golpeó con el puño la espalda y la cabeza y luego salió del cuarto, jurando y blasfemando. Se detuvo, sin embargo, en el corredor y se puso a reflexionar sobre su crítica situación. Estaba pálido como la muerte, vacilaba sobre sus piernas, las ideas se confundían en su cabeza. ¿Cuál podía ser la intención de Marta? Quería sin duda vengarse de la condesa que la había maltratado; pero no se daba cuenta, la insensata, de que iba a perder al mismo tiempo a su amigo y protector.

Bajó la escalera y entró en la sala, donde encontró a la sirvienta, la que le dijo que la señora estaba ya levantada e iba a bajar en seguida.

Se dejó caer en una silla, angustiado de nuevo por sus terribles perplejidades. Todavía quedaba cierta duda en su espíritu. El aya no podía quererle mal, y sin duda no se había dado cuenta de las consecuencias de lo que iba a hacer. Quizá le fuera posible todavía impedir la revelación del secreto, porque Marta seguiría sus consejos, así que él pudiera hablarle. En esa certidumbre, resolvió no decirle nada a la condesa, que se había dejado arrancar por Marta la prueba de la substitución de criaturas. Estaba profundamente avergonzado de aquella imbecilidad, estando bien seguro, por otra parte, de que la condesa no le temería ni le tendría la menor consideración, así que supiera que aquella arma no estaba en sus manos.

Cuando la señora de Bruinsteen entró en la sala, vió que había lágrimas en los ojos del intendente.

—¿Estáis llorando, Mathys?—le preguntó asustada—. ¿Qué ha sucedido? La sirvienta me ha hablado de una desgracia; pero confío en que no os ha sucedido nada, ¿verdad?

El intendente echó llave a las dos puertas y deteniéndose con los brazos cruzados y los ojos echando llamas ante la condesa:

—¡Sentaos, señora! ¡Sentaos, os lo ordeno! Habéis cometido una cobarde traición; quiero ser vuestro juez, vuestro juez inexorable. ¿Qué le habéis dicho a Marta?

—Pero, ¿qué significa esto?—murmuró la condesa retrocediendo—. ¡Me dais miedo!

—Respondedme, respondedme—bramó Mathys, mirándola en los ojos, con los dientes apretados y los labios contraídos—. ¿Qué le habéis dicho ayer a Marta?

—Pero, por Dios, ¿qué os pasa?—balbuceó la condesa de Bruinsteen asustada—. Se diría que queréis asesinarme. No deis un paso más porque grito pidiendo auxilio.

—Si dais un sólo grito, os rompo la cabeza—gritó el intendente fuera de sí—. Respondedme en seguida.

—¿Qué le dije al aya? ¡Oh, poca cosa, Mathys! Es cierto que le dije que Elena iba a ser llevada hoy a la casa de sanidad.

—No, no ha sido eso.

—Pero hasta le oculté el nombre del establecimiento a que va a ser llevada.

—¡Despreciable, hipócrita!—exclamó Mathys—. ¡Queréis ahorraros la confesión de vuestra falsía! Voy a arrancaros la careta, señora; lo sé todo.

—¿Qué sabéis? Os lo ruego, hablad más claro, me hacéis temblar.

—¿No le revelasteis a Marta el secreto del nacimiento de Elena?

—¡Yo! ¡Qué idea tan insensata! ¿Cómo se me podría ocurrir perderme a mí misma?

—¿No le habéis dicho que Elena es hija de un oficial de húsares y que fué robada a una nodriza cerca de Bruselas?

—¡Qué pregunta! A Dios gracias, no se me escapó una palabra a ese respecto.

—¡Qué impavidez y qué osadía! Pero la denegación es inútil. Habéis querido vengaros de mí y le habéis dicho a Marta que la niña fué conducida al castillo sin que vos lo supierais. De ese modo, cobarde mentirosa, queréis hacer pesar sobre mí solo la falta; pero os habéis engañado. La cárcel...

—Callaos, callaos, ¡imprudente!—exclamó la condesa—. Podrían oíros. ¿Qué pesadilla os ha revuelto de ese modo la cabeza? Estáis completamente ofuscado. ¿Que yo le he revelado a Marta el secreto del nacimiento de Elena? ¿Que yo he vendido mi libertad y mi honor para satisfacer mi venganza contra vos? Pero, ¿no veis que eso es absurdo e imposible?

—¡Traidora!—bramó Mathys.

—No queréis creerme—prosiguió la señora de Bruinsteen—. Si llegáis a probarme que he dejado sospechar ese secreto por una sola palabra, os doy la mitad de mi fortuna... ¿Os reís? ¿No os parece bastante? Si me convencéis de esa estupidez tan cobarde, os doy el derecho ante Dios y ante los hombres de vengaros de mí, aunque sea matándome.

Al oír estas palabras, pronunciadas con una energía que no dejaba lugar a dudas, Mathys dejó caer la cabeza sobre el pecho. Convencido al fin de que había acusado a la condesa sin razón, se sintió embargado por una desesperación profunda; se estremeció de vergüenza al pensar que se había dejado arrastrar por un ciego amor, a hacer una revelación fatal, y que él era el único traidor para con su cómplice. Resolvió más firmemente que nunca el no confesar que había confiado la prueba del crimen a Marta. Aunque lo dominara el miedo tenía la confusa esperanza de que el aya no quería hacer nada contra él. Pero, como esta esperanza era muy dudosa, un sudor frío bañaba la frente del intendente consternado.

—Vamos, mi buen Mathys—dijo la condesa—, estáis enfermo. Tengo piedad de vuestros terrores inexplicables. Tratad de calmar vuestros sentidos agitados. Hay un medio infalible de convenceros de que vuestras sospechas eran infundadas. Voy a hacer llamar a Marta.

—¡Es inútil!—exclamó el intendente—. Marta ya no está en Orsdael. Esta noche ató las sábanas a las varas de su ventana, y huyó del castillo. Sabe Dios si ya no está a cuatro o cinco leguas de aquí... ¡Con nuestro secreto! ¡Ay de nosotros! ¿Qué nos irá a suceder?

La condesa lo miró un momento en silencio, como aturdida por la noticia.

—¿Huyó? ¿El aya ha huído durante la noche del castillo?—murmuró—. ¿Por qué? ¿Qué queréis decir?

Se aproximó a Mathys con expresión de cólera contenida y preguntó con voz severa:

—Ha huído con nuestro secreto, ¿habéis dicho, señor? ¿Qué significa esto? ¿Habéis sido lo bastante indiscreto para confiárselo?

—Era inútil; lo sabía todo.

—Pero, ¿por quién? ¿Quién se lo había dicho? Como no fuí yo, tenéis que haber sido vos. ¡Ah! Cuántas veces temí que vuestro estúpido amor por esa mujer nos trajera una desgracia; pero nunca pensé que llegarais a encegueceros hasta ese exceso de locura y de crimen...

—Siento que se me va la cabeza. No sé lo que me pasa—dijo sollozando el intendente, completamente anonadado—. Es un enigma que llena de espanto; yo no le dije nada; vos tampoco le hicisteis revelación alguna. ¿Cómo se explica entonces que lo sepa todo? ¿Existe en el mundo alguna otra persona que sepa nuestros secretos?

—Nadie más que nosotros... Pero no os comprendo—dijo la condesa—. ¡Estáis sombrío y espantado, como si vuestra condena resonara ya en vuestros oídos! ¡Os creía más valiente, Mathys! ¿Qué importa lo que ha sucedido? ¿Que Marta se pondrá, a propalar que Elena no es mi hija? Pues bien, yo sostendré que me calumnia, y en caso de necesidad la demandaré, para que repare ese ultraje a mi honor. Nada más sencillo; no quedan ni pruebas ni testigos, y aunque le hubierais revelado el secreto, bastará decirle que miente descaradamente.

El intendente exhaló un profundo suspiro, pero no dijo nada.

Después de unos instantes de silencio, la señora de Bruinsteen murmuró:

—¡Qué aventura tan sorprendente! Me torturo el espíritu para adivinar qué es lo que se propone Marta. ¡Huir de esa manera en medio de la noche! Eso debe ser alguna otra tentativa de Federico Bergams. ¿Elena está en su cuarto?

—Sí, sí, la señorita está en su cuarto—respondió buscando algo en el bolsillo—. Mirad, le habían deslizado esta carta por debajo de la puerta. Quizá esto os explique las intenciones de Marta.

La condesa tomó el billete y lo leyó. Al principio sus labios se contrajeron de rabia; pero en seguida una sonrisa irónica apareció en sus labios.

—«Parto para salvarte. Dentro de algunas horas serás libre para siempre»... ¡Ah! ¡Ah! ¿No es más que esto? ¡Ya veremos! El cuarto de Elena está cerrado, ¿no es cierto, Mathys? ¿No comprendéis que es una nueva molestia que Federico quiere causarnos? Ha corrompido a Marta como a Rosalía, por medio de dinero y de promesas, para favorecer sus proyectos. Ahora lo comprendo todo. Ha huído para ir a advertir a Federico que Elena va a ser conducida a la casa de sanidad. Tiene esperanza de impedirlo. Vamos, Mathys, poseemos los medios infalibles para frustrar su esperanza.

—¿Medios infalibles?—repitió el intendente sumido más que nunca en sus temores.

—Ciertamente.

—¿Y si viniera con los representantes de la justicia?

—Los representantes de la justicia no tienen nada que hacer aquí, y, por otra parte, no encontrarían a Elena. No esperemos el coche que ha de venir de la ciudad. Haced enganchar el nuestro, y partiréis con la loca. Sea lo que fuere lo proyectado por Marta y Federico, su propósito fracasará, así que Elena esté a algunas leguas de aquí. No temo nada; todo lo que podría hacerse sería retrasar algunos días la partida de la loca. Pero una vez que ella esté en el camino, me sobrará tiempo para intentar un proceso contra Marta y su cómplice. No comprendo cómo podéis abatiros tanto por un hecho desagradable, es cierto, pero nada, nada grave para nosotros. Las cosas pasarán como cuando la visita del procurador del Rey. ¿Qué se puede intentar contra nosotros, sin ninguno de los testigos, sin una prueba? Recobrad vuestra calma, amigo mío; preparaos para el viaje, partid sin demora, haced volar los caballos hasta que Elena esté fuera del alcance de nuestros perseguidores.

Mathys se había puesto de pie y reflexionaba. Una especie de sonrisa iluminó su fisonomía, mientras decía con precipitación:

—¡Sí, sí, partamos en seguida!... Vamos lejos, muy lejos, muy lejos. Se me ocurre una idea. ¿Si partiera para París con Elena?

—¿Y por qué no para la casa de sanidad?

—No hay pocas casas de sanidad en Francia.

—No comprendo vuestra intención.

—Reparad, señora, que la autoridad podría preguntarnos el nombre de la casa de sanidad, y quizá nuestros enemigos consiguieran de ese modo su objeto. En Francia todas las pesquisas serían inútiles; más adelante, cuando todo esté cumplido y pueda volver aquí con la loca, tomaré dinero, bastante dinero, para poder salvar allá todas las dificultades.

La condesa lo miró con aire burlón.

—Mathys, Mathys—le dijo—, tenéis miedo como un niño. Me parece que pensáis más en vuestra seguridad que en la de Elena. No me sorprendería que a causa de vuestro temor exagerado, quisierais llevaros todo nuestro dinero. Sea como fuere, id a Francia; quizá sea una medida prudente. Pero haced ante todo preparar el coche, para que no tengáis que esperar cuando estéis prontos. No creo que tengamos que temer nada por ahora; con todo, apresuraos, porque es necesario preverlo todo.

El intendente se dirigió a la puerta.

La condesa le gritó:

—Tened valor, Mathys; la situación no es tan desesperada como creéis.

Pero apenas estuvo delante de la casa se puso pálido como un muerto, y todos los miembros le temblaban.

—¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!—se decía el intendente, dejando caer los brazos.

—¡Allá, por el camino, viene un coche!... Federico Bergams y Marta están sentados en el banco delantero. Hay otras personas en el coche... ¡Pobres de nosotros, estamos perdidos!

—¿Perdidos?—exclamó la condesa después de un instante de reflexión—. ¿Perdidos? Todavía no, Mathys, y aunque nos tenga que pasar algo enojoso, nos vengaremos de nuestros delatores. No triunfarán. Vamos, daos prisa, conducid a Elena a la bodega; bajo la torre de la escalera secreta. Nadie la encontrará allí. Permaneced a su lado hasta que yo os llame. Diré que ya ha partido. Dejadme hacer; fiad en mí. Vuestros enemigos se marcharán del castillo sin haber descubierto nada. Entonces, llevaréis a la loca a Francia. Pero, ¡Dios mío! ¡qué indeciso y consternado estáis!

Tomó al intendente por los hombros, lo empujó fuera de la puerta y lo miró salir y subir hasta que desapareció en el pasillo. Luego se volvió hacia la sala, se sentó en un sillón y tomó una actitud indiferente.

Momentos después se abrió la puerta y entró Marta seguida de Federico y el notario.

—¡Vil mentirosa!—gritó la condesa indicándole la puerta con el dedo—, salid de mi vista. Marchaos, o llamo a mis sirvientes para que os arrojen fuera del castillo. La justicia castigará vuestra perversidad.

Se precipitó para tocar el cordón de la campanilla; pero el notario le sujetó la mano.

—¿Qué significa esto?—exclamó—. ¿Queréis hacerme violencia en mi propia casa? No soy más que una mujer, pero...

—Sentaos, señora, os lo ruego, a fin de evitaros una vergüenza—dijo el notario reconduciéndola a su sillón con una frialdad imperiosa—. Escuchadme un momento. Vais a reconocer que el escándalo os sería desfavorable.

—En fin, ¿qué es lo que tenéis que decirme?—dijo la condesa trémula de despecho.

—Señora, la niña nacida de vuestro matrimonio con el conde de Bruinsteen ya no existe, murió en 10 de febrero de 1816. Mediante una culpable substitución, fué traída a vuestra casa la hija de un oficial de húsares que se llamaba Héctor Hagens. Corresponde a la justicia examinar qué castigo merece un acto semejante, pero nosotros venimos en nombre de la madre legítima para que su hija nos sea inmediatamente entregada. No os resistáis, señora, porque eso sería obligarnos a invocar la autoridad de la ley, y pensad en la vergüenza pública que eso os acarrearía.

—¡Oh! ¡Oh!—dijo sardónicamente la condesa—, no negaréis que os he escuchado con calma. Esa historia de la joven, de un oficial, es un cuento inventado por los envidiosos; en cuanto a Elena, ya no está en Orsdael.

—¡Dios mío!—exclamó Marta palideciendo.

—¿Os imaginabais que no sabía por qué habíais huído del castillo durante la noche como una ladrona?—replicó victoriosamente la condesa—. Ahí, sobre la mesa, está el papel que deslizasteis bajo la puerta de Elena, sirvienta infiel. ¿Queríais libertarla? Es decir, ¿la queríais vender a alguien que os había pagado para traicionarme? Sea cual fuese el medio que empleáis, vuestra infame maquinación ha sido descubierta de antemano. Elena ha partido lejos de aquí, para el extranjero.

Un grito desgarrador se hizo oír, y Marta cayó sin conocimiento contra la pared de la sala.

Federico corrió hacia ella, le pasó el brazo debajo de la cabeza y trató de volverla en sí.

—Señora—dijo el notario a la condesa—. Os estáis perdiendo vos misma. Tenemos pruebas, pruebas irrecusables. ¡La cárcel va a abrirse para vos!

—¿Qué pruebas podéis tener de una historia que es mentira?

—Un documento firmado por vos, señora.

—Un documento falso.

—Esperad, vais a quedar anonadada.

El notario corrió hacia la viuda desmayada y se puso a buscar con prisa febril entre los pliegues de su bata para encontrar la prueba escrita. Los esfuerzos resultaron infructuosos. Temblaba de impaciencia y de ansiedad, pensando que se hubiera perdido el precioso papel.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Marta, no es posible! Marta, Marta.

En ese momento se oyeron gritos confusos en el castillo, y antes de que nadie pudiera hacer un movimiento, la puerta se abrió con violencia. Elena, perseguida por el intendente, entró en la sala y cayó a los pies de la condesa.

Mathys, que parecía ciego de rabia, quiso detenerla; pero Federico dejó caer a Marta en brazos del notario, saltó sobre el intendente, lo asió por el cuello y lo arrojó con fuerza irresistible a la pared, mientras le gritaba fuera de sí:

—¡Si das un solo paso te aplasto!

Mientras tanto, dominada por el terror, la joven gritaba, con los brazos tendidos hacia la condesa:

—¡Oh madre mía, perdón, tened piedad de mí, me va a asesinar¡ ¡Yo soy vuestra hija, defendedme, madre, madre querida!

Aquel grito desesperado, aquel dulce nombre de madre, repercutió en el corazón de Marta. Abrió los ojos, pasó una mirada vaga a su rededor, y lanzó un profundo suspiro, tendiendo los brazos.

El notario le tomó la mano y dijo con voz trémula:

—¡El papel! ¡La prueba! ¡Aquí está!

Y volviéndose a la condesa:

—Ahora, señora, tendréis que reconocer que fuisteis vos quien ordenó que robara la niña a vuestro sirviente. Es imposible negarlo. ¡Todas las circunstancias agravantes acompañan al crimen; ya sabéis lo que os espera: la pérdida de vuestra fortuna, el eterno deshonor y cinco años de presidio!

La señora de Bruinsteen fijó un momento la mirada en el papel. Se puso pálida como la muerte, y todo su cuerpo se estremeció. Echó una mirada de venganza sobre Mathys, que estaba como petrificado; después lanzó un grito de desesperación, y dejó caer la cabeza sobre la mesa ocultando la cara con la mano.

—Madre, ¿qué ha sucedido? ¿qué peligro os amenaza?—preguntó la joven de rodillas, dominada por el miedo y la piedad.

Pero una voz conocida le provocó otra emoción.

—¡Laura... Elena...!—exclamó la viuda completamente vuelta en sí—. ¡No llames madre a esa mujer! Ven aquí, sobre mi corazón, querida mía...

Pero calló de pronto, por el temor de que una revelación inesperada fuera a causar a su hija una emoción fatal.

—¡Oh Marta! ¡Vos aquí! ¡Ahora ya no me puede suceder nada malo!—exclamó la joven arrojándose en sus brazos.

Esta, después de haberla besado tiernamente, la apartó de sí y dijo con calma aparente:

—Elena, tú no eres hija de esa mujer. Fuiste robada en la cuna. Sólo era tu verdugo, y nada te vincula a ella ni por la sangre ni por el afecto. Dios te ha dado otra madre.

La joven miró muda y trémula.

—¿Otra madre?... ¡Oh!... ¡Y vive aún!—murmuró con voz imperceptible.

—¡Vive! ¡Vive! domina tu emoción...

—¡Oh!—exclamó la joven—, esa sonrisa divina, esa mirada ardiente, esa alma en vuestros ojos... ¡Oh! ¡Marta! ¡Marta! si fuerais mi madre, me moriría de felicidad.

—Pues bien; sí, Elena... Laura, eres mi hija: yo soy tu madre.

La joven cayó casi desmayada sobre el pecho de la viuda; lágrimas de ternura indecible rodaron por sus mejillas; acarició a la madre, la besó y luego le dijo ligero:

—¿Y también tengo padre, verdad? Madre, madre mía, ¿dónde está?

—¡Ay! tu buen padre ya no existe. Toma, hija mía, aquí tienes su retrato.

Y le entregó a su hija su relicario de oro.

—¡Héctor! ¡Era mi padre!—exclamó la joven arrojándose a sus rodillas—. Ahora comprendo los secretos que me rodeaban. ¡Oh, que Dios sea bendecido! ¡He sufrido, he sufrido mucho; pero la recompensa es más grande que los dolores soportados!

Federico seguía junto a la joven, con la sonrisa de felicidad y la admiración en el rostro. Todas aquellas revelaciones y todas aquellas sacudidas se habían sucedido tan rápidamente, que Elena no había tenido aún tiempo para advertir su presencia.

Marta le tomó la mano y le hizo ponerse de pie, y le dijo:

—Laura, te llamas Laura, hija mía, le has dado gracia a Dios porque le plugo devolverte una buena madre, pero aún no conoces los tesoros de su bondad para contigo; además, te ha dado, Laura, un esposo fiel y digno de ser amado.

—¡Ah! ¡Federico, Federico!

Y los dos jóvenes cayeron en los brazos el uno del otro...

—Bueno, ahora partamos—dijo Marta, tomando a su hija de la mano—. Huyamos de esta casa de odiosa memoria. Nuestra alegría necesita aire, alegría, libertad, seguridad...

Pero la condesa, que hasta ese instante había estado sumida en la desesperación, oyó estas últimas palabras con un pánico extremo. Se dejó caer a los pies de Laura, se arrastró sobre las rodillas y se puso a decir, mientras abundantes lágrimas brotaban de sus ojos, y le caían por las mejillas:

—¡Oh señorita, tened compasión de mi desgracia! perdón, perdón, para una pobre mujer. Maldecidme, tomad mi fortuna, pero no me entreguéis a la justicia. Seré pobre, me arrepentiré de mi crimen. Mandadme lo que queráis y obedeceré como una esclava; pero no me mandéis a la cárcel. Elena... Laura... estoy a vuestros pies. ¡Oh! ¡tened piedad de mí, no rechacéis mi súplica!

Mathys, al ver a la condesa a los pies de la joven, también se puso de rodillas y se arrastró temblando hasta donde estaba Marta. Imploró su piedad con las manos juntas, y los ojos llorosos. No le dirigió ningún reproche, se reconoció culpable y confesó que, como madre, tenía que proceder como lo había hecho; pero recordó su afecto por ella, aquel sentimiento sincero a que debía la recuperación de su hija, y le suplicó que no entregara a la vindicta ley a aquel que había contribuído tanto a su felicidad.

Esta súplica tan humilde hizo que Marta mirara a Mathys profundamente impresionada e indecisa respecto a lo que debía hacer. Su hija fué a ponerse con las manos juntas delante de ella.

—¡Oh madre querida, perdón, perdón para la señora de Bruinsteen! ¡Perdonadla!

—Quiero olvidarlo todo, hija mía—murmuró la viuda—. Mi felicidad no necesita de la desdicha de la señora ni de la de Mathys. Pero, ¿qué puedo hacer? No lo sé.

—Escuchadme todos—interrumpió el notario—. Puesto que la señora y el intendente parecen arrepentidos, existe un medio para substraerlos de la ley y hasta de asegurarles la posesión de lo que les pertenece personalmente. Pueden expatriarse hoy mismo. Si aceptan mis proposiciones, les prometo mi ayuda. De ese modo evitarán la prisión, y nos evitarán graves molestias. Tomad, Marta, recuperad esta prueba. Guardadla muy bien. Ahora, marchaos; yo me quedo aquí, para terminar asuntos importantes. Estaré a vuestro lado a mediodía.

Marta tomó a su hija de una mano y a Federico de la otra, conduciéndola así hasta el coche que estaba en la puerta del castillo.

La viuda lanzó un grito de alegría al ver a Catalina, que estaba parada en el camino, junto al carruaje. Arrastró a su hija hacia aquélla, exclamando:

—Ven, Laura, ven; ésta es la mujer que te ha devuelto a tu madre; que se ha sacrificado por tu felicidad y por la mía. Te he dicho que la abrazarías algún día con tierna gratitud; pues bien, hija mía, estréchala entre tus brazos; es un corazón noble el que sentirás latir sobre tu pecho.

Marta y Laura se echaron al cuello de la campesina, y la colmaron de agradecimientos y de caricias. La vieja lavandera estaba tan emocionada, que un torrente de lágrimas le corría por los ojos, sin que pudiera hablar. De pronto, Marta la tomó de una mano y la arrastró hasta el coche.

—Catalina, querida Catalina—le dijo—. Tenéis que venir con nosotros. Vuestro marido os espera en Maraghem. Habrá fiesta, quiero que estéis a mi lado; tenéis el porvenir asegurado. Mi yerno tiene un corazón noble, y os pagará vuestra deuda. Vuestro marido será intendente de sus tierras, viviréis a mi lado, seguiréis siendo mi compañera fiel y mi amiga, hasta que la tumba nos separe. ¡Venid! ¡Venid!

La pobre Catalina estaba aturdida, la alegría la abrumaba; sin embargo, resistió a la suave violencia de Marta, y rechazó el honor que se le ofrecía. Pero Federico la tomó por la cintura, Marta y Laura por los brazos, y de ese modo Catalina se encontró en el coche, sin saber cómo.

El látigo restañó; el coche partió como una flecha; se alzaron nubes de polvo en el camino; se oyeron gritos de alegría y el carruaje desapareció en la vuelta del camino, con la rapidez del viento.

FIN

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