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La niña robada

V

Reading edition

Eran las once de la noche cuando el coche en que viajaba el intendente llegó a todo galope por el camino que conducía al castillo y se detuvo delante de la puerta. Los caballos, fatigados por aquella rápida carrera, estaban jadeantes y cubiertos de sudor. Mathys saltó al suelo y llamó; la puerta se abrió en seguida.

—Veo luz en la ventana. ¿La señora está despierta todavía?

—Sí, señor, os está esperando—le respondieron.

A la vez que refunfuñaba con singular vivacidad, abrió la puerta de la sala y, en vez de responder al saludo, al alegre saludo y las preguntas premiosas de la condesa, se dejó caer en una silla exhalando un suspiro.

—¡Dios mío! ¿qué os pasa, mi buen Mathys?—exclamó la condesa—, ¡qué sudoroso y pálido estáis!

—Dejadme respirar, dejadme reponer del susto mortal que he sentido.

—Hablad, os lo ruego. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Me hacéis temblar, Mathys!

—Es cosa de temblar, señora; he estado a punto de ser asesinado a una legua de aquí.

—¡Asesinado! ¿Qué queréis decir?

—Os contaré eso mañana; pero no, ya veo que no tenéis compasión de mi estado, y no me concederéis un minuto de reposo hasta que lo sepáis todo. Pues bien, he aquí en pocas palabras lo que me ha pasado. Cuando llegamos a la aldea en que vive Federico Bergams, el cochero me propuso que atravesáramos el bosque de Muraster para acortar el camino. Yo no acepté porque la obscuridad es intensa, y confieso que no me gusta andar por los caminos apartados, sobre todo de noche. Pero como ya era tarde y tenía ganas de encontrarme en mi cama, me dejé convencer por el cochero, y tomamos por el camino travieso. Todo marchó bien durante una hora. Pero tuvimos que pasar por un valle rodeado por todas partes por bosques espesos. Yo no me sentía a gusto porque la sombra era tal que no podía distinguir ni al cochero ni a los caballos, y ya empezaba a pensar en aquel crimen cometido en ese sitio hace años, cuando de pronto oigo un silbido agudo detrás de mí. Le grito al cochero que castigue a los caballos; pero un silbido análogo se hace sentir por todas partes, delante y detrás de nosotros. Yo estaba más muerto que vivo y ya me veía rodeado de una banda de asesinos. El cochero estaba quizá más asustado que yo, quizá los caballos tuvieron conciencia del peligro, porque se pusieron a volar como el viento. Yo ya me felicitaba de que hubiéramos escapado, cuando tres o cuatro hombres salieron del bosque y nos gritaron que nos detuviéramos; pero algunos buenos fustazos despertaron el valor de los caballos. Uno de los bandidos invisibles hizo un disparo de pistola y la bala pasó tan cerca de mis oídos, que todavía me siguen zumbando. Desde ese momento los caballos galoparon sin cesar hasta el castillo. Son unos animales soberbios y el cochero debe ser muy hábil. No sé como no nos rompimos el pescuezo en esta carrera salvaje. ¡Ah! comienzo a tranquilizarme, pero necesito descansar, y os ruego que me permitáis retirarme.

La condesa abrió la puerta de un armario y sacó una botella y una copa.

—Mi pobre Mathys—le dijo tomándole la mano—, vuestro susto debe haber sido grande. Tomad, bebed una copa de vino de España, esto os repondrá. Ahora estáis en seguridad en el castillo, todo temor ha desaparecido. Os dejaría marchar a pesar de mi ardiente deseo de saber si habéis conseguido el objeto de vuestro viaje; pero no podéis iros a la cama tan agitado, y debéis darle a vuestro espíritu el tiempo necesario para que se calme. Bebed un sorbo, os digo, esto os repondrá, mi buen amigo.

El intendente miró a la condesa con sorpresa; había en el timbre de su voz y en su fisonomía algo tan suave y cariñoso, que no supo qué pensar y se preguntó si no ocultaría alguna celada bajo aquella amabilidad extraordinaria. Supuso que la condesa había sido dominada por completo por sus amenazas de la víspera y que no le halagaba más que para impedir las realizara en un momento de cólera.

—Vamos, Mathys—dijo la señora de Bruinsteen—, olvidad vuestra aventura de esta noche, y hacedme el favor de darme algunas explicaciones sobre el resultado de vuestro viaje. ¿Le hablasteis a la directora de la casa de sanidad?

—Estuve cerca de una hora junto con ella.

—¿Aceptarán a Elena sin dificultad?

—Sin ninguna dificultad. La declaración del médico y vuestro pedido, eso es todo lo que pide.

—¡Por fin vamos a vernos libres de esa loca desnaturalizada! ¿Es cosa segura, Mathys, que se la vigilará con cuidado y que no se dejará que nadie se acerque a ella?

—Le he explicado a la directora que un joven interesado y codicioso la persigue por su fortuna, y que ese cobarde seductor tratará de verla o le aconsejará por medio de cartas o de intermediarios que se escape de la casa. Se me ha tranquilizado a ese respecto. Puesto que no repararemos en los gastos, se le dará una guardiana severa que estará junto con ella siempre, y dormirá en el mismo cuarto.

—¿Y no volverá a salir jamás de la casa de sanidad?

—Jamás, a menos que lo pidáis.

—¡Entonces, no tendrá que esperar poco!—dijo la condesa restregándose las manos—. Puede estar segura de que no volverá a saber lo que es el campo libre y el espacio azul. Se acabó, ahora que ha sido declarada loca, y que va a ser encerrada para siempre, nadie se preocupará de ella. El secreto de su nacimiento quedará encerrado en la casa de sanidad. Yo me vuelvo curadora de su fortuna, y si muere, de fastidio o de enfermedad, heredaré, naturalmente, sus bienes, en calidad de madre.

Sí, sí, seréis inmensamente rica, y yo, que he sacrificado toda mi vida en favor de vuestro bienestar y de vuestros intereses, ¿qué recompensa tendré? Un puñado de oro, economizado sueldo a sueldo.

—¿Un puñado de dinero?—dijo la señora de Bruinsteen, riendo de incredulidad—. ¿Pensáis que no sé cuántas acciones de la deuda del Estado y cuántos títulos de empréstitos encerráis allá arriba, en vuestra caja de hierro? Vamos, vamos, no os enojéis, mi buen Mathys, no os envidio de ningún modo vuestro tesoro. Ahora que hemos conseguido el fin de nuestra vida, quiero demostraros mi agradecimiento con un legado considerable. El molino de agua de Lisck es una linda propiedad, ¿no es cierto?

—El molino de agua—repitió el intendente—. ¿Y qué hay con eso?

—Es una linda granja, con quince cuadras de tierra gorda.

—En efecto, señora; ¿qué es lo que queréis decir?

—Que estoy decidida a regalaros ese molino, Mathys.

El intendente lanzó un grito de alegre sorpresa, y tomó entre las suyas la mano de la condesa.

—¡Ay, señora, qué generosa sois!—dijo—. Ahora ya no deploro todo lo que he hecho por vos. ¿Me dais entonces el molino de agua con la granja? ¿Irrevocablemente, en plena propiedad?

—Es decir—respondió la condesa—que tendréis el usufructo y gozaréis de los arriendos.

—Ya me parecía—dijo el intendente con amarga decepción.

—Sois injusto, Mathys—observó la señora de Bruinsteen—. Hago todo lo que puedo por disponer de ellos a mi antojo. Si muere, el molino de agua será vuestro; pero, mientras tanto, tenéis que contentaros con la renta y los réditos. Es una bonita renta anual.

—Sí, pero es revocable, señora, y no sé que estéis dispuesta a mi favor el año que viene; ¿y si se os ocurre casaros, ahora que la loca no os estorba el camino?

—No, no temáis nada, Mathys.

—¿Queréis, señora, que aprecie vuestro regalo y lo considere como recompensa de los sacrificios que he hecho por vos?

—Ciertamente que sí.

—Pues entonces, dadme un escrito de vuestra mano.

—¿Qué escrito?—murmuró inquieta la condesa—. ¿Un escrito de mi mano?

—Es fácil de comprender, señora; un vale por una suma de dinero bastante considerable para compensar el valor del molino de agua y de la granja. Sólo entonces le daré realmente las gracias.

—Pero—dijo la condesa con cólera mal contenida—, si la casualidad hiciera que yo no heredase los bienes de Elena, seguiría siendo, sin embargo, vuestra deudora. Ya me habéis hecho vuestra esclava exigiéndome un primer escrito. No me he de poner por segunda vez bajo vuestra dependencia.

Mathys se levantó para retirarse y repitió con amarga sonrisa:

—Está bien, señora. Vuestra extraña amabilidad, vuestro lenguaje halagüeño me hacían prever que queríais engañarme. Cuál puede ser vuestra intención secreta lo ignoro, pero creedme, jugáis una partida peligrosa. La loca partirá mañana, pero todo no ha concluído por eso. Ya sabéis que aunque Elena estuviera encerrada varios años, me bastaría decir una palabra para libertarla a ella y sumiros a vos en la pobreza.

—Pero, mi querido Mathys, os equivocáis; yo no tengo ningún propósito secreto—dijo la condesa con tono suave y humilde—. Mi único proyecto era recompensar vuestra abnegación, y creía que os causaría placer esta noticia. No desconfiéis de mí, os lo ruego; el molino de agua será vuestro, si no es ahora, será más adelante. Hablaremos más detenidamente de este asunto cuando volváis del convento, y estad seguro que os dejaré satisfecho, aunque tenga que daros otra vez mi firma. Id a descansar ahora, mi buen amigo; mañana tendréis que partir bastante temprano. Tomad esta lámpara. Que paséis buena noche. Dormid tranquilo, Mathys; vais a quedar sorprendido de mi generosidad.

El intendente salió de la sala refunfuñando. Subió lentamente la escalera, reflexionando sobre la amable sorpresa que le había hecho la condesa, y su modo astuto de ofrecerle con mucho énfasis una donación que podía retirarle al día siguiente. ¿Qué hábil maniobra ocultaba aquello? ¿Quería la señora de Bruinsteen tenderle una celada? ¿Buscaba algún medio de impedir su casamiento con Marta? ¿Cómo sabía la condesa que poseía títulos de renta? ¿Quién le había dicho que sus papeles estaban encerrados en el cofre de hierro?

Se aproximó a su cuarto pensativo y desconfiado. Cuando fué a poner la llave en la cerradura, la puerta se abrió sola. Esto le sorprendió y se detuvo inquieto. ¿Se habría olvidado de echar la llave al salir? ¿Había entrado alguno en su cuarto durante su ausencia? Iba a darse cuenta de ello.

De pronto se estremeció y volvió la cabeza; era un ruido de pasos que se deslizaba en el piso.

—¿Sois vos, Marta?—dijo—. ¡Cómo! ¿Todavía estáis en pie? Son cerca de las doce. ¿Queríais hablarme antes de acostaros? Os agradezco esa benévola atención, querida amiga.

Pero la viuda se colocó misteriosamente el índice sobre los labios, y mientras él la miraba estupefacto, ella le tomó el brazo derecho y le condujo silenciosamente al fondo de la pieza, le indicó una silla y se sentó a su lado, junto a la mesa.

—¿Qué significa este silencio y este aire de misterio? Me hacéis temblar.

—Hablad despacio, que nadie nos oiga—dijo Marta con voz sofocada—. Un gran peligro pende de vuestra cabeza. Vuestros enemigos han tendido una celada a vuestros pies y de antemano celebran vuestra pérdida... Respondedme, Mathys, y no os sorprendáis de mis preguntas. ¿Es cierto que una vez cometisteis una acción que podría entregaros, a la menor indiscreción, a la justicia?

El intendente murmuró algunas palabras confusas, como si no comprendiera bien lo que se le preguntaba.

—¡Quiera Dios que me hayan engañado!—prosiguió Marta—. ¡Oh Mathys, hoy he sabido cosas atroces! Durante toda la tarde he reflexionado en la penosa situación con que me amenaza esa inesperada revelación. Me pregunto con inquietud si puedo ser la esposa de un hombre a quien acusan de haber cometido un crimen.

—¡Cómo! ¿qué decís?—exclamó el intendente palideciendo—. ¿Un crimen? ¿Y os referís a mí?

—¡Chito! ¡chito! dejadme proseguir. Manteneos tranquilo y escuchadme hasta el fin; la felicidad de toda vuestra vida, quizá dependa de vuestra sangre fría... Después de pensarlo bien, me acordé del afecto que me tenéis; la gratitud y la compasión vencieron, y he pensado que sois sin duda víctima de personas perversas que quieren librarse de un testigo inocente, mediante alguna cobarde traición.

—No os comprendo—balbuceó el intendente.

—Puede ser que, en efecto, no me comprendáis. Hablaré más claro, pero dadme antes vuestra palabra de que vais a dominar vuestra indignación, y a no salir de esta pieza hasta que yo os lo permita. Si no os conservais dueño de vos, os perderéis irremisiblemente.

—Os prometo, Marta, conservar mi sangre fría.

—¿Y hablar en voz baja?

—Muy baja.

—Si tomo estas precauciones, Mathys, es solamente para preservaros de un gran peligro. No podré, sin duda, ser vuestra mujer; pero me habéis demostrado afecto, y quiero demostraros, al menos, que soy agradecida.

—¿Que no podréis ser mi mujer? ¡Oh! os juro, Marta, que me han calumniado.

—Yo así lo creo, señor, y me lo va a demostrar la sinceridad de vuestras palabras. Os ruego, Mathys, que, para bien vuestro, no me ocultéis la verdad.

—Pero hablad claramente; ¿qué es lo que queréis saber?

Aproximándose a él, la viuda le preguntó con voz contenida:

—Decidme, Mathys, ¿Elena es realmente hija de la señora de Bruinsteen?

Al oír esta pregunta, Mathys pareció haberse vuelto mudo; sin embargo, después de un rato de silencio, respondió tratando de sonreír:

—Yo lo creo por lo menos; ¿de quién sería, si no, la hija?

—Eso no está bien, señor—dijo Marta con un tono de triste reproche—. Yo trato de obtener la consoladora convicción de que he sido engañada, a lo menos respecto a la parte que habéis tomado en ella; pero si os parece que debéis fingir conmigo, me es imposible protegeros y tengo que abandonaros a la muerte atroz que os amenaza. No penséis en nuestro casamiento: ¿cómo podría resolverme a llevar un nombre que hoy o mañana puede ser deshonrado por una sentencia infamante?

—¡Dios mío! ¿qué decís?—balbuceó el intendente espantado por las palabras de Marta, pero retrocediendo ante la revelación que ella le quería arrancar—. Os he prometido confiar ciertos secretos así que estemos casados. ¿Por qué no esperáis ese momento para interrogarme?

—Porque ese momento no llegará, si no obtengo de vuestra boca toda la verdad.

—Decidme de qué se me acusa y veré si puedo responder ahora con entera franqueza.

Marta pareció ofendida por aquella resistencia y permaneció algunos minutos muda. Después dijo, como adoptando una brusca resolución:

—Elena no es la hija de la señora Bruinsteen; es hija de un oficial de húsares, y tuvo como nodriza una campesina, en Elterbeck, cerca de Bruselas...

—¡Dios mío! ¿quién os ha dicho eso?

—Lo sabréis si por vuestra parte me demostráis alguna confianza. Vamos, respondedme: ¿Elena es hija de la condesa de Bruinsteen, sí o no?

—Pues bien, no—suspiró Mathys como si aquella confesión le hubiera atemorizado.

Marta dejó escapar un grito de alivio; porque bien que no hubiese dudado de que la joven era su hija, la confirmación de esa creencia la llenó de una alegría infinita. Pero, como viera que el intendente la mirara con desconfianza, prosiguió con acento más tranquilo:

—¡Ah, Mathys, qué feliz me hace esta prueba de vuestra sinceridad! Ella me permite esperar que os hayan acusado injustamente. Se pretende que vos robasteis a esa niña y la trajisteis a casa del conde de Bruinsteen sin que él ni la condesa supieran nada de antemano.

—¡Mentira, calumnia!—exclamó el intendente.

—¡Chist!—murmuró el aya—, acordaos de vuestra promesa. Yo también creo que se trata de traicionaros a fin de que vos solo carguéis con la pena de un delito que la ley castiga con cinco años de presidio. Quiero salvaros por gratitud, por abnegación.

—¿Quién puede haberos revelado cosas semejantes?

—¿No lo adivináis? La nodriza ha muerto, pero hay otras personas que conocen el secreto del robo de la niña.

—¿Otras personas? No existen, Marta.

—¿No hay otros testigos? ¿Estáis seguro?

—Ni uno solo, el marido de la nodriza murió hace catorce años.

Esta certidumbre le causó a la viuda una sensación dolorosa; pero ocultó su emoción y prosiguió:

—El secreto se habrá entonces revelado por sí solo, a menos que la señora...

—¿La condesa? ¡Es imposible!

—Sin embargo, ha sido la condesa quien me lo ha confiado.

—Es preciso entonces que esté loca, o que el mismo diablo la haya empujado a hacer tal extravagancia—exclamó Mathys—. ¡Oh! yo lo sabré, tendrá que darme cuenta de su traición.

Y se puso de pie para salir.

Pero el aya, que ya había previsto ese movimiento, lo retuvo del brazo diciéndole:

—Dominad vuestra indignación, señor; si salís de esta pieza antes de oírme hasta el fin, nada podrá salvaros del deshonor y de la cárcel.

—Pero es algo incomprensible—murmuró Mathys desalentado—. ¿Entonces ella misma me quiere poner en peligro para perderme? ¿Qué la puede impulsar a cometer semejante locura? ¿Qué fin puede tener en vista?

—Lo que la impulsa es el odio ardiente que os tiene; y al acusaros de un crimen ante mi, quiere impedir nuestro casamiento. Pero vos no sois culpable del robo de la criatura: ¿VERDAD? Vamos, Mathys, os lo suplico, no me dejéis en esta penosa duda: ¿vaciláis aún?

—No sé qué responder. Me parece que estoy soñando.

—Quizá hayáis prestado vuestra ayuda—dijo la viuda con dulzura pacífica—, pero, si no habéis hecho más que cumplir las órdenes de vuestros señores, sólo habéis sido el instrumento pasivo de las personas que tenían derecho a vuestra obediencia.

—Sí, sí, es así—afirmó Mathys.

—En este caso, quizá os fuera fácil justificar vuestra intervención, y probar vuestra inocencia... Vamos, decidme cómo pasaron las cosas. Lo sé todo, pero deseo encontrar en vuestro relato, medio de defensa de vuestros enemigos. No me ocultéis nada. Después os diré el infame proyecto formado para perderos.

El intendente vacilaba aún e inclinaba la cabeza para reflexionar.

Marta tenía sus ojos encendidos fijos en él; la esperanza y la impaciencia le hacían saltar el corazón en el pecho.

—¡La condesa debe estar loca! ¡revelar semejantes cosas a mi futura esposa! ¡Ah! Con razón presumía yo algún ardid de serpiente bajo su falsa amabilidad. Pero jamás hubiese creído que el odio y la maldad la cegaran hasta este punto. Marta—agregó—, no puedo pretender que soy inocente del todo, pero hay alguien más culpable que yo, y no creo que os sea difícil encontrarme excusas.

—Tened valor, Mathys—dijo la viuda—, yo le he de perdonar mucho al hombre que me ha protegido y defendido.

—Pues bien, escuchad, vais a saberlo todo. La señora... o más bien Margarita de Schminspaen, era sirvienta, y yo lacayo, en Bruselas, en casa del conde de Bruinsteen, un hombre gastado y loco que se pasaba ocho meses del año en su sillón, paralizado por la gota. Margarita, por medio de halagos y adulaciones, lo tenía dominado por completo. El conde no tenía más que parientes lejanos por el lado materno, y ella los tenía alejados, para hacerse dueña de él por completo. Yo creía que procedía así por amor, por gratitud a nuestro señor, y como se mostraba atenta y amistosa conmigo, yo la ayudaba por todos los medios. ¿Es esto censurable?

—La gratitud es un noble sentimiento—murmuró el aya, la cual, previendo que Mathys trataría de justificarse, ponía toda su atención en discernir de sus palabras la verdad y la mentira.

—Margarita me engañaba, sin embargo—prosiguió el intendente—. Tenía un fin secreto, y quería poseer su fortuna después de su muerte. El mejor medio de conseguirlo, era el casamiento, según ella. El señor Bruinsteen, vencido por sus largas instancias y por sus maniobras de una habilidad infinita, se dejó por fin llevar hasta eso. Pero Margarita se vió en parte defraudada en sus esperanzas, porque el contrato estipulaba que la considerable fortuna del conde pertenecía a sus legítimos herederos, si no tenía hijos de su casamiento.

—¿Y ella no tuvo familia?—interrumpió la viuda.

—Vais a saberlo; Margarita vivió dos largos años de inquietud. El conde, que mejoró un poco en su salud, recuperó un tanto la claridad de espíritu; pareció deplorar su casamiento, y su mujer le inspiró aversión. Ella tenía poca esperanza de que favoreciera en su testamento a aquella que le había inducido a contraer un matrimonio deshonroso. El deseo más ardiente de Margarita, se vió, sin embargo, cumplido. En el tercer año de su unión el Cielo le acordó una hija, que recibió el nombre de Elena. Pero su alegría fué de corta duración; la niña nació enferma, y al cabo de dos o tres semanas se puso tan flaca que no cupo duda de que viviría poco tiempo más. Podéis imaginaros la desesperación de la señora. No sólo sufría su cariño de madre, sino que, si su hija moría, la fortuna del conde se le escapaba. El doctor pretendió que no quedaba otra esperanza que darle a la criatura una nodriza robusta y hacerle respirar el aire del campo. Yo me había informado de una nodriza, y conocía una robusta campesina no lejos de Bruselas, que se había presentado a ofrecerse. Como la pequeña Elena estaba casi muerta, partió al día siguiente con una sirvienta y la niña. Pero en casa de la campesina, ya encontré el sitio ocupado por otra criatura.

—¡La hija del oficial de húsares!—suspiró Marta con voz casi ininteligible.

—Sí, de su viuda, porque al día siguiente, supe que su padre había muerto. Yo no sabía qué hacer y me encontraba en una gran dificultad, porque temía que la pequeña Elena muriera en mis brazos por falta de próximos auxilios. Merced a la promesa de una generosa recompensa, hice consentir a la campesina en que cuidara y amamantara a la niña durante algunos días, hasta que encontrara otra nodriza. Al volver, a la condesa le di cuenta de mi aventura, tratando de prepararla para la fatal noticia que iba a recibir sin duda al día siguiente. La certidumbre de que su hija estaba por morir llenó a la condesa de indecible desesperación, y al mismo tiempo la llenó de rabia; sin embargo, ya debía haber pensado en recurrir a algún expediente supremo porque me rogó que no dijera nada a nadie de aquello, y durante la tarde fingió dormir para combinar y madurar un proyecto tan hábil como criminal. Era de noche, cuando me hizo llamar... ¡Ay! pluguiera al Cielo que nunca hubiera hallado a tan pérfida mujer. Mi vida no estaría amenazada por un terror incesante y por arrepentimiento continuo. Mi corazón es honrado y soy incapaz de cometer espontáneamente una injusticia; pero la compasión que me inspiraba...

—¿Qué os dice?—interrumpió la viuda, que escuchaba palpitante las palabras que recogía de los labios del culpable.

—Le resistí, me negué; pero ella me rogó, me suplicó, regó mis manos con sus lágrimas, y tanto hizo que hubiera ablandado el corazón más insensible. Después me amenazaba con su venganza e iba a echarme a la calle. Si, por el contrario, consentía en ayudarla, prometía enriquecerme.

—Pero, ¿qué era lo que os exigía?

—Vencido por la compasión, cedí a sus deseos, y me encargué de la ejecución de su proyecto... Estáis impaciente, Marta. Yo mismo tengo miedo de esta revelación. Mi espíritu se revela y mi conciencia sufre. La señora estaba dispuesta a arriesgar una tentativa desesperada, para colocar a la niña ajena, en el lugar de Elena si ésta llegaba a morir, a fin de conservar así la posibilidad de poseer la fortuna del conde. Con el bolsillo lleno de oro y autorizado para las más brillantes promesas, partí aquella misma noche y golpeé a las puertas de la nodriza, con el pretexto de informarme del estado de la criatura. La niña vivía aún, pero la nodriza no dudaba de que no pasaría del día siguiente. ¿Qué os diré? Me costó gran esfuerzo hacerle comprender a aquella simple lo que deseaba de ella, y en un principio rechazó con horror mi proposición; pero la vista del oro y la promesa de una renta anual, acabaron de triunfar de sus escrúpulos. Las circunstancias favorecieron de una manera muy particular la ejecución del proyecto de la condesa. El cambio proyectado podía hacerse sin despertar la sospecha de nadie... Las cosas pasaron de este modo: La pequeña Elena murió al día siguiente por la tarde. Se le anunció a la viuda del oficial que su hija había muerto. Una persona extraña vino a asistir al entierro. Nadie sospechó la menor superchería, y, tres meses después, el conde de Bruinsteen estrechaba entre sus brazos a la niña robada, dando gracias a Dios por haberle conservado a su única heredera... Veo, Marta, que tenéis los ojos llorosos. Es una triste historia y soy muy digno de que se me tenga lástima, ¿verdad? ¡Ser dominado por una mujer falsa y perversa, y sufrir toda mi vida por cumplir una orden de mis señores, cuando todavía ignoraba por completo lo que es el mundo!

Marta se había afectado profundamente al oír el final del relato del intendente. Había despertado en ella dolorosos recuerdos y hecho sangrar viejas heridas. Sin embargo, no le faltaron fuerzas para ocultar su emoción y simular otra aparente. Todo lo que hacía, por otra parte, lo había premeditado; en la soledad de sus reflexiones había previsto con tanto acierto todas las fases posibles de esta conversación, que se dirigía a su fin preciso, con paso firme a través de todas las dificultades. Después de un breve silencio, prosiguió suspirando:

—¡Pobre Mathys! Sois la víctima de una ciega abnegación. Os compadezco; el terrible peligro que os amenaza me arranca lágrimas de compasión y de angustia. La maldad es muy grande en los corazones perversos. Aquella por quien os habéis sacrificado, quiere preparar ella misma vuestra pérdida y entregaros a la justicia.

—¿La condesa?—exclamó el intendente.

—Sí, la condesa.

—¡Eso es imposible! Tengo pruebas que le impiden tramar algo contra mí.

—Poseéis un documento firmado por ella, ya lo sé.

—¿Lo sabéis?—murmuró el intendente estupefacto.

La viuda aproximó su silla como para revelarle secretos importantes.

—Escuchad, Mathys; sofocad por el momento vuestra indignación y hablad quedo—le dijo con tono misterioso—. Lo que vais a saber os llenará de temor y de cólera; pero cobrad coraje y no temáis nada; yo lucharé junto con vos contra vuestros enemigos, y estad seguro de que, uniendo nuestros esfuerzos, haremos fracasar sus pérfidas maquinaciones.

—Os doy las gracias por vuestra abnegación—respondió Mathys—, y me felicito de que la condesa no haya conseguido con su calumnia quitarme vuestra estimación... Pero no me doy cuenta de lo que teméis, Marta. La señora no puede hacer nada contra mí, os lo repito.

—¿Creéis eso? ¿Estais tranquilo porque tenéis en vuestro poder un documento firmado por ella? Y si os robara ese papel, ¿no estaríais por completo en su poder? ¿No podría pretender entonces que ignora por completo el robo de la niña? ¿Quién podría demostrar entonces que Elena no es su hija, puesto que todos los testigos han muerto, y que vuestra acusación sería considerada como una acción perversa?

—Pero ella no puede quitarme ese papel, no sabe dónde está.

—En la caja de hierro—dijo el aya.

—¡No, no es cierto!—exclamó el intendente, estremeciéndose de temor y de sorpresa.

—Mathys, Mathys, ¿por qué queréis engañarme? ¿No me queréis entonces permitir que os salve?

—¡Ya no sé ni lo que digo!—murmuró el intendente—. Sí, sí, Marta; está en el cofre.

—El hierro es duro, Mathys; pero el acero es más duro aún. ¿Y si fracturaran ese cofre durante vuestra ausencia y os quitaran ese documento?

El intendente, asaltado por una inquietud secreta, se puso vivamente de pie, sacó una llave del bolsillo y abrió el cofre. Luego lo volvió a cerrar con la misma rapidez, y volvió junto a la viuda, con una sonrisa en los labios.

—Ahí está todavía, nadie lo ha sacado—exclamó respirando ruidosamente—. Pero la verdad es que parece que hubieran tratado de forzar el cofre—agregó examinando la cerradura—. Pero es absurdo que me asuste. ¿Cómo haría una mujer para forzar un mueble como éste?

—Hay cerrajeros en la aldea.

—Pero, ¿qué queréis decir? ¿Sería capaz la condesa de consumar un acto tan criminal?

—Juzgad por vos mismo, Mathys. Mientras estabais en viaje, la señora me hizo llamar. Me interrogó durante más de una hora para convencerse de que yo estaba dispuesta a asociarme a ella contra vos. Intentó volveros tan perverso y miserable ante mis ojos, que os hubiera tomado por un demonio si no os hubiera conocido. Me ha prometido una fortuna y una existencia feliz hasta el fin de mis días. Inspirada por mi gratitud hacia vos y por mi odio hacia ella, fingí entrar por entero en sus proyectos; y prometí ayudarla sinceramente, libertarla, como decía ella, de vuestra cruel tiranía, que está envenenando su vida desde hace más de quince años. Tened calma, os lo suplico, Mathys... De esa manera le arranqué el secreto de sus intenciones y obtuve de ella los medios de defenderos contra ella:

—Pero, ¿qué le pasa por la cabeza?—murmuró Mathys, aplastado por aquella revelación—. ¿Se ha vuelto loca entonces?

—No, sabe muy bien lo que quiere. Su objeto es aniquilar la prueba de su complicidad, y teneros sometido a sus pies, como un instrumento impotente; a fin de pretender que ella no ha sabido nunca nada, si el secreto de la substitución llega a descubrirse algún día.

—¿Y se imagina que substraerá el documento que contiene esa caja?

—Mañana tenéis que hacer un viaje y permaneceréis ausente hasta el día siguiente. Tiene tiempo para fracturar veinte cofres como éste.

—Su esperanza quedará defraudada, porque me quedaré en casa y no haré el viaje. De ese modo...

La viuda había probablemente previsto esta respuesta, que no pareció hacer gran impresión en ella.

—Imposible. Es preciso, Mathys, que partáis—le replicó—. Si no queréis salir de la casa tenéis que declararle a la condesa la causa de vuestra negativa. Me acusaría a mí, con razón, de falsedad; y yo quedaría ¡ay! perdida, y a vos no os quedaría la menor esperanza de ver realizados vuestros deseos.

—Entonces hay otro medio, pondré el documento en mi cartera y lo llevaré conmigo.

—No hagáis eso, Mathys; la condesa lo ha previsto todo. Que dejéis la prueba en la casa o que os la llevéis consigo, ha jurado apoderarse de ella; y tened la seguridad de que lo conseguirá si no encontramos otro medio de engañarla.

—En verdad, Marta, que no os comprendo. ¿Cómo se podría apoderar la condesa de un papel que yo llevo conmigo? Mientras estoy en viaje, ella no...

Pero la viuda no quería dejarle tiempo para que reflexionara; había sabido por un sirviente lo pasado en el bosque y lo interrumpió con voz trémula:

—Esperad lo peor que pueda imaginarse, Mathys. La condesa no se ha atrevido a decirme abiertamente su pensamiento, pero he comprendido muy bien por sus palabras que no retrocedería ni ante un atentado. Se ha puesto en el caso de que os llevéis con vos el documento, y me ha hablado en términos encubiertos de hombres pagados para espiaros y atacaros...

—¿Hombres pagados para atacarme?—preguntó el intendente, cuyo espíritu conturbado asoció las palabras de Marta con la emboscada de esa noche—. ¿Estáis cierta de que la condesa haya dicho algo parecido?

—Completamente segura.

—Pues entonces no viajaré más que de día; no saldré de la carretera, y me haré acompañar por gente segura.

—Vanas precauciones. Aunque tuviera que hacer ocultar a la gente en su propia alcoba para haceros registrar al regreso, se apoderaría del documento, no lo dudéis...

—En ese caso no saldré.

—¿Y la señorita? Es preciso que parta, Mathys. Todo retardo podría inspirar sospechas e impedir su reclusión.

—Es que mañana mismo le diré a la condesa que conozco su cobarde proyecto contra mí. La obligaré a renunciar a él, amenazándola con mi venganza. Quiero que se eche a mis pies, y que me pida perdón.

—¡Dios mío! ¡entonces queréis sacrificarme!—exclamó Marta con ansiedad simulada—. ¡Cómo! ¿Os atreveríais, después de eso, a dejarme un solo instante en Orsdael, junto con la condesa? No, no; si reveláis mi traición, huiré de aquí al despuntar el día. Es preciso que no lo sepa nunca, jamás.

—¿Y qué medio puedo emplear para que el documento no pueda caer en manos de la condesa?

Marta se pasó la mano por la cabeza, fingiendo torturar su espíritu, buscando una idea que pudiera salvarlos. De pronto se puso de pie lanzando un grito de alegría.

—¡Dios sea loado!—exclamó—. Conozco un medio infalible para engañarla y burlar sus tentativas. Dadme el documento, Mathys; lo coseré al fondo de mi falda. Nadie lo buscará allí, y por más que busque y haga vuestra enemiga, jamás encontrará el testimonio de su crimen.

—¿Daros ese documento, mi sola arma contra su maldad, mi seguridad, mi fuerza?—dijo entre dientes el intendente, con sonrisa irónica—. No, no, ese tesoro no se separará de mí.

—Os lo suplico, Mathys—dijo la viuda pálida y temblorosa—. Dejadme salvaros. ¡Ah! No me neguéis el único medio de salvaros de las celadas de vuestros enemigos.

El intendente, engañándose respecto a la agitación del aya, le dijo con el tono de una resolución irrevocable:

—Vamos, Marta, estáis exagerando el peligro que me amenaza. En todo caso, la firma de la condesa es un medio infalible de defendernos victoriosamente contra sus proyectos perversos. Os agradezco vuestras simpatías, pero el documento no estará nunca en otras manos que las mías. No me habléis más de eso, que ya sabré encontrar un sitio oculto en el que nadie lo descubrirá.

Marta, herida por una cruel decepción, se puso las manos delante de los ojos, lanzando un grito penetrante. La última esperanza que le quedaba en la última extremidad, se había desvanecido.

En el momento mismo en que creía aferrar la prueba tan ardientemente deseada, acababa de anonadarla una vez más el convencimiento de su impotencia. ¡Su hija, su pobre hija, iba a ser encerrada en una casa de locos, perdería en ella la razón, y sin duda alguna moriría!

Esta certidumbre le desgarró el corazón, apagó el último fervor de su esperanza y abatió la fuerza de espíritu que aún le quedaba. Se entregó por entero a su dolor, sollozando en alta voz, y llorando en tal abundancia, que las lágrimas le empapaban las mejillas.

Mathys, que la creyó ofendida por su negativa, trató de hacerla comprender que se equivocaba. Le dijo que no dudaba de su afecto por él y que tenía una confianza ilimitada en su abnegación; pero que, respecto a ese asunto, había tomado hacía largos años, una resolución firme de la que no podía apartarse; podía estar tranquila a ese respecto; él sabría muy bien poner el documento al abrigo de las asechanzas de la condesa, y como el fin que impulsaba a Marta era conseguirlo de otra manera, no había razón alguna para que se inquietara de esa manera.

Pero, dijera Mathys lo que dijera, la viuda, aniquilada, agotadas las fuerzas y las ideas, quedó abismada por su dolor, y sólo respondió por medio de suspiros y sollozos.

El intendente la miró durante un rato, siguiendo con la mirada las lágrimas que caían de sus mejillas. Sacudió la cabeza contrariado, y pareció luchar con un pensamiento penoso. Poco a poco, sin embargo, su rostro tomó una expresión compasiva. La desesperación de Marta hacía más fuerza en él que sus recursos más hábiles.

—Está bien—dijo al fin—, os daré la prueba de confianza que me exigís. ¡Ah! ¡si supierais lo que me pedís!

Dichas estas palabras, se adelantó lentamente hacia el cofre.

La viuda le dirigió una mirada de soslayo; la silla temblaba, movida por el estremecimiento de su cuerpo y tenía que apretarse el pecho para contener los latidos de su corazón. El intendente se aproximó a ella y le entregó el documento en un sobre sellado.

—Tomad, Marta—le dijo—; conservad esto con cuidado hasta que yo vuelva de viaje. No lo abráis; ocultadlo entre las ropas; que no se os separe ni un instante. Ya veis que tengo tanta confianza en vos como si fuerais mi mujer... ¡Qué emocionada estáis! Calmaos, querida amiga, os habéis equivocado respecto a mis intenciones.

Trémula y casi desfallecida de alegría, Marta escondió el sobre en su seno. En el primer momento no podía hablar y balbuceaba palabras confusas; pero la posesión del precioso documento pronto le devolvió la energía. Dominó su conmoción y exclamó apretando con ansia febril la mano del intendente:

—¡Oh Mathys! ¡Si supierais cuán feliz me siento! El más bello sueño de mi vida parecía desvanecerse para siempre y hete aquí que se realiza de golpe. ¡Gracias, gracias! Guardaré el documento, como si de él dependiera mi salvación eterna. Aunque me pusieran la punta de un puñal en el pecho, no lo entregaría. ¡Os lo juro!... Pasado mañana—prosiguió, cambiando de tono—os lo devolveré tal cual está, y entonces deliberaremos sobre lo que tenemos que hacer. Ahora, Mathys, id a descansar; estáis probablemente muy cansado del viaje de hoy, y tenéis que volverlo a hacer mañana. No temáis nada; ni aun la muerte podría arrancarme este precioso depósito.

—Sí, me siento deshecho, no sólo por el viaje sino por todo lo demás, y sobre todo, por las emociones que he sufrido hoy.

El aya, devorada por una fiebre interior, se puso de pie, y dirigiéndose a la puerta:

—Podéis estar tranquilo, Mathys. Mañana temprano estaré levantada para ir a hablar a la señora, y si durante la noche hubiera inventado nuevas celadas contra vos, vendré en seguida a revelároslas. En todo caso, no le digáis nada antes de que nos volvamos a ver. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!—dijo el intendente mirando con fijeza al aya.

Esta mirada singular no le pasó inadvertida a Marta y le heló la sangre, porque creyó leer en sus ojos que le había acometido un ímpetu furioso de correr tras ella y recuperar el documento.

Se dirigió lentamente hacia la puerta, y hasta volvió la cabeza para decir sonriendo: «¡Buenas noches, buenas noches!» pero así que salió al comedor obscuro, se puso a correr hacia su cuarto en puntas de pie con una rapidez como si tuviera alas.

Echó la llave a la puerta, corrió a la ventana que daba al campo, la abrió, midió su altura, se alejó de ella murmurando algunas palabras sofocadas; se acercó en seguida a la mesa, encendió una pequeña lámpara, sacó el sobre de su seno y rompió el sello con mano trémula.

—¡Oh! ¡Dios mío!—balbuceó—. ¡El reconocimiento de mi derecho de madre! ¡La condesa declara que ella ordenó el robo! El nombre, el dulce nombre de mi Laura.

Fué interrumpida por un murmullo que llegó hasta su oído; creyó oír que la llamaban.

Una sonrisa de felicidad iluminó su rostro. Se levantó, guardó el papel en el seno y corrió al cuarto de Elena. Cuando abrió la puerta oyó un quejido doloroso.

—¡Oh Marta! ¿sois vos, de veras? ¡Soñaba que no os volvería a ver más!

Pero un beso ahogó las palabras en sus labios.

—¡Mi hija, mi hija, mi hija querida!—dijo la viuda con voz trémula—; calla, calla, no llores. No irás al convento. Ya no más penas, no más dolores, alégrate. Mañana serás feliz. No irás al convento. Ríete, ponte contenta. Mañana verás a tus enemigos arrastrarse a tus pies e implorar tu piedad.

La joven, asustada por aquellas efusiones, y por el tono ardiente de la voz, apartó la cabeza y murmuró:

—Pero, ¿quién sois, entonces?

—¿Quién soy? ¿Quién soy?...—repitió la viuda casi loca y con una vehemente imprudencia—. ¿Quién soy?... El secreto de mi amor, de mi vida. Yo soy tu... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡qué locura iba a hacer!

Y retrocedió temblando.

Elena, cuyo corazón hacía temblar el presentimiento de una revelación suprema, tendió las manos en la obscuridad, haciendo un gesto suplicante; pero Marta había recuperado un poco de sangre fría y murmuró, mientras depositaba otro beso más en la frente de su hija:

—No, no, no ha llegado todavía el momento de la revelación. Cállate, luz de mis ojos, mi esperanza, mi felicidad, no me preguntes nada. No me conocerás hasta el momento de la liberación. Mañana, Laura; mañana, Elena; sabrás qué vínculos nos unen... Tengo que apartarme de ti, hija mía; podría sucumbir a una tentación que nos sería fatal a las dos. Duerme, duerme en paz... mañana un nuevo sol lucirá para ti y para mí.

Y huyó rápidamente del cuarto, cerrando la puerta tras sí.

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