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La niña robada

III

Reading edition

Cuando Marta entró en la sala, vaciló un instante, pero luego, armándose de valor, golpeó suavemente a la puerta de la pieza.

—Entrad—respondió una voz en tono seco.

La señora de Bruinsteen estaba sentada en un sillón. Sus ojos inflamados parecían lanzar relámpagos; tenía, sin embargo, una sonrisa en los labios, una expresión de alegría sarcástica y triunfante. Estaba contenta porque un acontecimiento inesperado había entregado indefensa a sus manos a aquella mujer a quien odiaba. Al entrar la viuda murmuró algunas palabras de disculpa; pero la condesa no le dejó tiempo para hablar claramente y exclamó en tono irónico:

—¡Ah, ah! ¿Estáis aquí? Vamos a ver, hipócrita, cobarde, ¿cuánto dinero os ha dado Federico para traicionarme? ¡Hasta dónde puede llegar la falsedad! La señora es modesta, instruída, reservada; hay que medir las palabras con ella, ¡es tan sensible!... ¡Y esta miserable ladrona vende el honor de mi casa, por dinero! ¡Sí, sí! Atreveos a disculparos; sois una desvergonzada; pero vos misma habéis caído en vuestra celada. Nada puede salvaros, se acabó. Si no me contuviera os patearía como a una víbora; pero quiero contenerme; tengo curiosidad por ver qué medios ridículos vais a emplear para eludir el castigo de vuestra baja debilidad. Hablad, sed breve; porque todo es inútil; dentro de pocos minutos vuestra suerte se habrá fijado.

Marta unió las manos y dijo con voz suplicante, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas:

—¡Ah, señora! comprendo vuestra justa cólera, pero dejadme explicaros cómo sucedió esa desgracia. Quizá veais en mis palabras una razón para no ser inexorable con vuestra pobre e inocente sirvienta...

—No os andéis con tantas vueltas, os digo.

—Yo llevé con vuestro permiso a la señorita a casa del guarda. Catalina estaba en el jardín; hice sentar a Elena en una glorieta y entré en la casa con mi amiga, para que la señorita no oyera nuestra conversación. Entonces el señor de Bergmans se deslizó al jardín por una abertura de la cerca y habló con la señorita.

—¿Y vos no sabíais que debía ir allí? ¿Y os imagináis que me vais a hacer creer eso?—exclamó la condesa.

—Creedme, señora; yo ignoraba por completo su presencia en Orsdael.

—¡Vamos, vamos! Me expresáis el deseo de ir a casa del guarda; sois bastante astuta para elegir la hora de vuestro paseo habitual para arrancarme el permiso; colocáis a Elena en el jardín para que pueda hablar con entera libertad con su cobarde adorador; éste acude allí... ¿Y todo este juego, hábilmente combinado, resulta ser ahora una mera casualidad? ¡Debéis tener una opinión muy triste de mí si esperáis engañarme con esas niñerías!

—¡Soy inocente, señora, os lo juro!

La condesa se echó a reír.

—¡Un juramento!—exclamó la condesa—. ¿Qué significa eso en los labios de una infidente descarada? ¿No os di orden de que no perdierais un solo instante de vista a Elena?

—En efecto, señora, en eso falté a vuestras órdenes. Me arrepiento sinceramente de ello; ésa es la única falta que tengo que reprocharme; y por eso es que imploro vuestro perdón.

—¡Perdón! ahora veremos. ¿Permaneció mucho tiempo Federico con Elena?

—Dos o tres minutos, señora.

—Tanto tiempo, ¿y qué le dijo?

—No lo sé, señora.

—¿Y ella no os llamó?

—Creo que sí, señora, pero yo no la oí.

—¡Hipócrita, no le oisteis y estabais a diez pasos de distancia! Os habéis arreglado con la loca para engañarme. Aunque finjáis estar triste y asustada, interiormente, ¿verdad?, estáis contenta. El dinero que Federico os ha dado o prometido, os indemnizará de los resultados de vuestra vil traición. Marchaos, salid del castillo, y esperad delante de la puerta vuestros bagajes. Suplicad y rogad cuanto queráis; no volveréis a poner los pies en el castillo.

—Oh, señora, no seáis inexorable conmigo!—exclamó Marta trémula de emoción—, me despedís de aquí. ¿Adónde iré? Tened compasión de una pobre viuda. ¿Me acusáis de deslealtad? ¿Creéis que he consentido por dinero en exponerme a vuestra justa cólera? ¡Ah! ¡si supierais que daría la mitad de mi vida por seguir a vuestro servicio!

La condesa pareció no escucharla y se puso de pie animada por un nuevo furor.

—En cuanto a la estúpida loca—exclamó—, en seguida tendrá su merecido. Voy a tratar de que no olvide este día; para que no se le vuelva a ocurrir el deseo de ver a mi enemigo. Sí; quiero que en adelante tiemble y tenga miedo al sólo oír pronunciar su nombre.

Estas palabras le arrancaron a Marta un grito de desesperación. Se echó a los pies de la condesa, abrazó sus rodillas y recurrió a las más ardientes súplicas, para mitigar su cólera; pero la señora de Bruinsteen, que la miraba con triunfante ironía, se alejó y la rechazó duramente, mientras le indicaba la puerta, diciendo:

—¡Idos, idos de aquí! No os perdonaré. Durante demasiado tiempo os entendisteis con el intendente para desafiarme y burlaros de mí. Ahora estáis perdida. El mismo Mathys, si estuviera aquí, os echaría, del castillo. Marchaos, basta de cobardías inútiles, basta de mentiras; marchaos os digo. ¿Vais a obligarme a llamar a mis sirvientes para verme libre de vuestras súplicas hipócritas?

Pero la viuda siguió arrastrándose a sus pies y balbuceando todas las súplicas que la desesperación más profunda podía sugerirle. Estas palabras sólo sirvieron para aumentar la cólera y la indignación de la condesa.

—¿Cómo?—exclamó—, ¿os he entendido bien? ¿Perdón? ¿Pedís perdón para la loca? ¿Entonces le tenéis cariño? ¿Os asusta la idea de que reciba el justo castigo de su maldad?

—¡Oh! ¡No, no, señora! Os pido perdón para mí.

—Acabaréis de una vez—gritó la señora de Bruinsteen—. Ya habéis dicho vuestra última palabra en Orsdael. Vamos, ¿queréis marcharos? ¿sí o no?

Y como Marta siguiera de rodillas y llorara tendiéndole los brazos, se puso de pie violentamente, la empujó rabiosa y le dió como adiós un golpe tan violento, que la pobre Marta se golpeó contra la pared y permaneció un instante aturdida.

La puerta de la pieza volvió a abrirse, y una cruel amenaza le devolvió a la viuda la conciencia de su posición.

—Vamos—gritó la condesa—, ¿estáis empeñada en que os eche a la calle?

Marta caminó hacia la puerta y salió de la casa vacilante, aniquilada, deshecha y casi sin ideas. Se imaginaba la escena de violencias y crueles tormentos que Elena iba a sufrir, y su imaginación estaba tan impresionada por aquel doloroso espectáculo, que permaneció inmóvil y como petrificada delante del castillo:

Una voz que pronunciaba su nombre le hizo alzar la cabeza y le arrancó un grito de alegría. Tendió las manos hacia el intendente, que acudía hacia ella dando muestras de impaciencia y de cólera.

—Ya sé lo que ha pasado—exclamó—. Catalina me lo ha contado todo. Pero, ¿qué ha dicho la condesa? ¿Estáis llorando? ¿Os ha maltratado?

—Cruelmente maltratado, señor. Me ha echado, señor; no puedo subir siquiera a buscar mi ropa.

—Está loca, Marta; ¿acaso tenéis la culpa de que ese bribón de Federico haya tenido la idea de reaparecer de repente? Vamos, vamos, reíos de la injusticia de la condesa y volved a vuestro cuarto.

—No me atrevo—dijo la viuda con verdadero miedo—; me haría echar a la calle por los sirvientes.

Mathys la tomó la mano y la arrastró, diciendo con gran agitación:

—¿Echaros a la calle? Quisiera ver que os tocara con un dedo solamente. Se aferra a ese pretexto para echaros. No es de vos de quien se venga, es de mí. Sabe que me hiere al maltrataros; pero ahora veremos cómo van a andar las cosas. No tembléis, aunque estuviera cien veces irritada, cedería, y se volvería mansa como un cordero. No sólo le impondré que en adelante os deje en paz y os respete, sino que le declararé a la vez que os he elegido por mujer y que pronto seréis mi esposa.

—No, Mathys, no hagáis eso; su furor no reconocería límites—exclamó la viuda.

—Ya lo sé; pero, aunque se volviera loca furiosa, poseo los medios de desarmarla. No tengáis temor; si yo se lo exijo, os pedirá perdón por su brutalidad.

—No, no la humilléis, emplead la, persuasión; limitaos a demostrarle mi inocencia, para que me perdone mi descuido de un instante.

—Eso corre de mi cuenta, Marta; yo también tengo que vengarme. Permaneced aquí y tened valor; no saldréis de Orsdael.

El intendente entró y cerró la puerta. Momentos después Marta oyó los ecos de una voz irritada, y apenas hubo dicho algunas palabras la voz más agria aun de la condesa se mezcló a sus amenazas; ora era un rumor sordo; ora era una tempestad que iba siempre creciendo; hubo momentos en que hasta el piso temblaba al choque de violentas patadas.

Marta estaba de pie y toda trémula en la escalera; con la mirada fija en la puerta, escuchando aquella disputa, de la que podía depender su felicidad y la de su hija. Por mucha atención que pusiera no podía entender una palabra; el ruido de las voces amortiguado por la pesada puerta, sólo le llegaba de un modo indistinto y confuso.

El altercado duraba desde hacía largo rato, sin que la señora de Bruinsteen ni Mathys perdieran terreno, ni parecieran rendirse. La voz del intendente había llegado poco a poco al diapasón más elevado, y sin duda la obstinación de la condesa lo llenaba de furor, porque llegó a gritar tan fuerte que la viuda creyó distinguir algunas de sus amenazas. Las palabras de «madre falsa, ladrona de herencias» llegaron a sus oídos y la hicieron estremecer. Sus enemigos estaban hablando del secreto cuyo conocimiento ella perseguía al precio de las más sangrientas humillaciones y los más crueles sufrimientos.

Impresionada hasta el punto de que casi le faltaban las fuerzas, apoyó la mano en la pared y se deslizó hasta la puerta. Su corazón latía violentamente y poco faltaba para que la angustia la venciera.

La voz del intendente seguía gritando con la misma violencia; pero la condesa hablaba al mismo tiempo que él, y Marta sólo pudo oír sonidos mezclados y confusos, y palabras sin ningún sentido. Creyó entender, sin embargo, que hablaban de Elena, del viejo conde y de su herencia. Temblando de impaciencia y de esperanza, apoyó el oído a la puerta; pero su esperanza quedó frustrada porque las voces parecieron calmarse y se debilitaron...

De pronto, como si la condesa le hubiera inferido una injuria sangrienta, el intendente le replicó con nuevo furor. La viuda se inclinó y pegó el oído contra el agujero de la cerradura. En esa actitud oía casi todo lo que decía Mathys.

—¡Ja, ja!—gritaba burlonamente—. ¿Conque también me echaréis a mí? Está bien, os conozco desde hace tiempo, señora, he tomado mis precauciones a tiempo. Habéis sido lo bastante tonta para darme un escrito de vuestro puño y letra. Este documento es una espada suspendida sobre vuestra cabeza. Me obedeceréis, me obedeceréis os digo... o si no, la miseria, la ruina, la cárcel os espera. Yo fuí vuestro cómplice, vuestro instrumento, pero para vengarme...

Marta, mediante un esfuerzo nervioso, concentró todas las fuerzas de su alma en el oído; suspendió la respiración; el secreto que hubiera pagado con su vida iba probablemente a serle revelado.

Pero tuvo que erguirse y retroceder lanzando un grito sofocado. La vieja cocinera bajaba la escalera y se le acercaba sonriendo.

Mariana había visto que el aya tenía el oído pegado a la puerta.

—¿Qué está pasando ahí dentro, Marta, para que lo estéis oyendo con tanta inquietud? ¿Hablan de vos?

—Sí, sí, de mí—murmuró la viuda.

—No quiero molestaros con mi presencia; dentro de un rato me diréis lo que haya pasado, ¿verdad?

La viuda aplicó de nuevo el oído a la cerradura; pero la pelea se había calmado sensiblemente y las voces sólo zumbaban confusas en una conversación común. Después de haber escuchado largo rato e inútilmente, Marta exhaló un doloroso suspiro y se alejó de la puerta. Tenía los ojos llenos de lágrimas; pero consiguió dominar su dolor, al ver que la cocinera estaba todavía en la escalera.

—¿Y qué es lo que han dicho de vos? ¿Os despiden o podéis quedaros?

--- Me echan—balbuceó Marta temblando de emoción y sin entender casi lo que la cocinera le preguntaba.

—Despedida y sin remedio, ¿no queda ninguna esperanza? Es una desgracia, Marta, y os compadezco sinceramente. La señorita me contó cómo pasaron las cosas. Vos no tenéis la culpa.

—¿La señorita?—preguntó Marta—. ¿Cómo se siente? Está muy afligida, ¿verdad?

—¡Pobre criatura loca! Es cosa de llorar de lástima, aunque se tenga el corazón de piedra.

—Teme que la maltraten, ¿no es cierto?

—No, no; otra persona pensaría en ello; ¡pero una pobre loca! ¿Creéis que no piensa en ella? Todo lo que grita es: «Marta, Marta», y sólo la preocupa el que vos tengáis que sufrir las consecuencias de su imprudencia. Es singular; no os demostraba, sin embargo, mucho cariño; hasta creía que os odiaba, y sin embargo, en el momento de perderos, demuestra por vos un cariño extraordinario. Su cabeza está perdida; no sabe lo que dice ni lo que hace.

Se abrió la puerta de la sala y apareció el intendente en el corredor; estaba colorado, y tenía los ojos rojos de cólera. La presencia de Mariana pareció molestarle, e hizo un gesto imperioso para alejarla; pero cambió de idea, le tomó a la cocinera las dos llaves que tenía en la mano y le dijo a Marta, dirigiéndose a la escalera:

—Seguidme, Marta.

La viuda obedeció. La condujo a su propio cuarto, la hizo sentar cerca de la mesa, y le dijo:

—Aquí tenéis vuestras llaves, Marta. El asunto está arreglado; pero no fué sin trabajo; he tenido que emplear los medios más enérgicos para vencerla; podéis quedaros en Orsdael y no tenéis nada que temer.

—¡Me ha perdonado!—exclamó el aya.

—Una mujer como la condesa no perdona jamás.

—Pero, con todo, ¿puedo quedarme?

—Eso no era lo difícil; la señora de Bruinsteen consintió en ello sin mayor resistencia; pero cuando le dije que ibais a ser mi mujer casi le dió de rabia un ataque de apoplejía... ¿Esto os sorprende, Marta? Se diría ¿verdad? que está celosa porque yo distingo a otra mujer. Nada de eso; me odia, pero tiene necesidad de mí, y me teme. Si yo quisiera podría hacerle mucho daño y hasta arruinarla por completo. Por eso querría tenerme bajo su dependencia; pero se acabó, estoy cansado de esta existencia.

—¿Qué terribles secretos hay entonces entre vos y la condesa?—dijo Marta con terror fingido—. Quizá la señora condesa ha cometido alguna falta y vos la sabéis...

—No me preguntéis nada de eso—replicó Mathys—. El día de nuestro casamiento lo sabréis todo. Antes no me arrancaréis una palabra. Vos misma reconoceréis que este silencio era una plausible prudencia. Hablemos ahora de asuntos serios. La escena que acaba de producirse entre la condesa y yo, no nos permite esperar largo tiempo. Debemos apurar cuanto se pueda nuestro casamiento. La maldad de la señora Bruinsteen hallará todavía medio de romperlo. Esta misma noche escribiréis las cartas para que os manden los papeles necesarios de Bruselas, y si tenéis tanta prisa como yo, nos casaremos dentro de seis semanas.

La viuda parecía que ya no le oía y dirigía la mirada con atención particular al fondo del cuarto. Había un escritorio de caoba entre unos bonitos muebles y sillones de terciopelo. Había también cuatro cuadros con marcos dorados. Pero el objeto en que Marta fijaba los ojos, era un cofre con fuertes herrajes que estaba al pie del pupitre.

—¿Estáis distraída, Marta?—observó el intendente—. Decidme, querida amiga, ¿escribiréis esta tarde para que os manden de Bruselas los papeles necesarios? ¿Haréis lo posible, a fin de que no perdamos un instante en celebrar nuestro casamiento?

—Sí, sí—replicó la viuda cuya mirada se encontraba irresistiblemente atraída por el cofre de hierro.

—¿Estáis mirando mis muebles?—preguntó alegremente el intendente—. Sí, Marta, no tendremos que comprar muchos para instalar nuestra casa. Todo lo que veis aquí me pertenece. Un buen escritorio, magníficos sillones, ¿no es cierto?

Marta trató de sonreír y preguntó con fingido buen humor:

—Me imagino que este cofre será el mueble principal de la casa. ¿Es sin duda en el que guardáis las economías?

—Sin duda, y también papeles.

—¿Papeles? ¿Papeles preciosos?

—¡Con qué expresión me preguntáis eso, Marta!—dijo Mathys vacilante—. ¿Podéis imaginaros que en un cofre así, no se guarda todo lo que uno quiere conservar?

—En efecto, no hay nada que excite tanto la curiosidad de una mujer como una caja de hierro que parece encerrar cosas misteriosas. Dentro de algunas semanas seré vuestra esposa. Sed, pues, bueno, y decidme de antemano qué encierra ese cofre.

—Vamos, loca, estáis bromeando. ¿Qué puede haber en él? Un poco de dinero y títulos de deudas públicas; porque ya os imaginaréis que no soy tan estúpido como para guardar mi dinero sin que produzca. Cuando volvamos de la iglesia, ya marido y mujer, os entregaré las llaves del cofre y de los armarios. Hasta entonces, querida, tendréis que dominar vuestra ansiedad, porque todo permanecerá bien cerrado. Vamos, dejad a un lado esos caprichos. Escuchadme, Marta: una vez casados podremos seguir viviendo en el castillo, si no preferís tener una casa vuestra; podéis escoger. Aquí se pueden conseguir muchos provechos, se puede vivir sin gastos y redondear tranquilamente la fortuna.

—Preferiría seguir en Orsdael—dijo Marta que pensaba en su hija.

—Eso me agrada—replicó el intendente—; tanto más cuanto no seréis más sirvienta ni aya, y no tendréis que servir a nadie.

—Y la señorita, ¿quién la cuidará?

—Ya se ha pensado en eso, Marta. Dentro de pocos días estará lejos del castillo, y tengo razones para creer que no volverá nunca a él.

—¿Cómo es eso? ¿Qué queréis decir?—balbuceó la viuda presa de una súbita ansiedad.

—Es cosa resuelta; la señorita entrará en un convento.

—¿En un convento? ¿En un convento de religiosas?

—Naturalmente. Parece que eso os agita violentamente. ¿Os imagináis quizá que cuando Elena no esté aquí, la condesa podrá despediros, no necesitando ya vuestros servicios?

—Sí, Mathys, en efecto; esa noticia me hace temblar.

—Estáis en un error. Esta decisión ha sido tomada a instancias mías, para hacer desaparecer toda causa de desavenencias y discordias, y para estar seguros de tener una vida agradable.

—Pero, ¿a qué convento la mandarán?

—Lo ignoro aún, la condesa se encargará de buscarlo.

—¿Queréis hacer una monja de Elena? Sin embargo, eso es imposible. ¡Una loca!

—No; estará allí como pupila mientras se resuelva otra cosa... Oigo regañar a la condesa; está descargando su cólera sobre los sirvientes. Voy a tratar de calmarla, ahora que ha consentido en todo. Así que sepa algo nuevo, vendré a decíroslo. Id a vuestro cuarto, Marta, y tratad de descansar de vuestras emociones.

—¡Oh! ¡No me atrevo!

—¿Por qué? ¿Qué teméis?

—A la condesa. Irá allí y me castigará.

—No, se lo he prohibido. Me ha prometido que no hablará de lo que ha jurado. Si os dice, sin embargo, alguna frase desagradable, haced como si no la oyerais; pero no creáis que llegue hasta maltrataros.

—Vendrá a verme, sin embargo. ¡Ah! Tiemblo ante la sola idea de encontrarme con ella.

—¿Y por qué ha de ir?

—Para retar y castigar a la señorita.

—Es cierto, pero eso, ¿qué os importa? Dejad que le aplique a la loca el castigo que merece su falsedad. Si tuviera tiempo, me parece que le haría sentir a esa tonta que no tiene derecho a reírse de nosotros.

—Pero comprended, Mathys; yo estaré junto a ella, y la condesa en su enojo se exaltará tanto contra mí como contra ella. Estoy cansada de estas escenas odiosas; si tengo que seguir soportándolas, prefiero huir de Orsdael.

—¡Oh! ¿Qué significa esto ahora?—murmuró el intendente descontento—. Al fin y al cabo yo no le puedo impedir a la señora de Bruinsteen que se acerque a su hija.

Marta le tomó las manos y le dijo con extremada suavidad, mirándolo con aire de cariño:

—Mathys, buen Mathys, todo lo podéis obtener de la condesa. Dadme una nueva prueba de vuestro afecto. Exigidle la promesa de que no vaya a ver a la señorita al menos hasta dentro de tres o cuatro días. De esta manera evitaré el peligro de ser maltratada e injuriada por ella. ¡Mathys, sed complaciente, libradme de esta inquietud, os lo ruego!

El intendente, conmovido por su mirada y por su acento, inclinó un momento la cabeza, y murmuró sonriendo:

—¡Qué hechicera sois! Hacéis de mí lo que queréis. Vamos, quedad tranquila, haré lo que deseáis.

—¿La condesa no irá a ver a la señorita?

—Hasta dentro de tres días.

—¡Oh, gracias, gracias!

Mathys se levantó y salió del cuarto. En la puerta se detuvo y le dijo a la sirvienta que lo había seguido:

—Quedaos en paz, Marta; así que estéis más tranquila, escribid las cartas para pedir vuestros papeles. Ya sabéis lo que necesitáis; os lo he dicho ya. Consolaos de vuestras desgracias. Nuestro casamiento os hará olvidar vuestras penas. Estad segura de que seremos felices.

La viuda lo miró alejarse para estar segura de que no retrocedería, y así que hubo bajado la escalera comprimió un grito de alegría y corrió a su cuarto.

Antes de que hubiese llegado a la puerta, sus labios murmuraron alegremente:

—¡Elena, Elena, hija mía, mi querida niña! ¡Me quedo, me quedo! ¡No me separaré de ti mientras viva!

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