VI
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Las sombras eran intensas; los campos y los bosques estaban cubiertos de tiniebla; pero ya una claridad dudosa temblaba en el horizonte; la aurora iba muy luego a aparecer y a llenar el espacio con la luz dorada de una mañana espléndida.
En aquel momento, el follaje de las encinas verdes se abría detrás de la casa de Andrés, el guardabosque. Una sombra de mujer surgió entre los arbustos espesos que flanqueaban el camino. Se detuvo, miró con desconfianza hacia todos los lados, trató de penetrar con la mirada la obscuridad gris y se deslizó lentamente hacia la casa del guarda.
Entró en el jardín por una abertura de la cerca, se aproximó a una pequeña ventana, golpeó en ella misteriosamente y dijo con la voz pegada a los vidrios:
—¡Catalina! ¡Catalina!
Abrióse la puerta.
—¿Sois vos, Marta?—dijo la mujer del guardabosque, sorprendida—¡Dios mío! ¡y todavía es de noche! ¿Qué es lo que os pasa?
—Apresuraos, venid pronto; tengo que hablaros en seguida—balbuceó el aya.
Al cabo de cinco minutos, Catalina abrió la puerta, y apareció junto con su marido en el jardín.
—¡Vos aquí, Marta, a estas horas!—dijo—. ¿Os han obligado a salir del castillo antes que fuera de día?
La viuda le echó los brazos al cuello, la atrajo a su pecho y le murmuró:
—¡Catalina! ¡ah, Catalina! ¡Dios me ha dado la victoria! Que me proteja aún durante algunas horas, y mi Laura será libre para siempre. ¡Hoy podrá llamarme madre, delante de todo el mundo!
—¡Cómo! ¿Qué queréis decir?
—Callaos, Catalina, vuestro marido podría oírnos. Quiero estar sola con vos.
—Vamos, entrad, Andrés cuidará la puerta.
Catalina habló un momento a su marido y luego entró en la casa con la viuda. La condujo a una pieza aparte, cerró la puerta, y le tomó las manos diciendo:
—Aquí nadie puede oírnos, Marta. Satisfaced mi ardiente curiosidad. ¡Vuestra Laura quedará hoy libre! ¡Quiera Dios que vuestra esperanza se realice!
La viuda le contó en pocas palabras y de prisa lo que había sucedido; cómo habían resuelto encerrar a su hija en una casa de sanidad desconocida; lo que había sufrido ante ese peligro extremo; cómo, inspirada por la desesperación, había osado intentarlo todo, y cómo el intendente, después de una larga resistencia, le había entregado la prueba de su derecho de madre, y del rapto de su hija.
Más de una vez, durante aquel rápido relato, Catalina había lanzado, a pesar suyo, un grito de admiración y de triunfo; pero luego, calmada y llamada a silencio por la viuda, se puso a llorar, y lágrimas de felicidad corrían por sus mejillas, en la obscuridad.
—Calmaos, Catalina, el tiempo para mí es precioso—dijo la viuda—. ¿Comprenderéis ahora por qué vengo aquí? Estando en posesión de este documento, no me atrevo a permanecer en el castillo. Mathys y la condesa me lo quitarían por la violencia y hasta cometerían un nuevo crimen, si fuera preciso. Yo sólo soy una mujer y necesito del auxilio de los hombres para defenderme de los enemigos de mi hija. Voy a la casa de Federico Bergams; su tío es notario y él conoce las leyes. Me dirán lo que tengo que hacer, y vendrán conmigo a Orsdael a oponerse a la partida de Elena. Vive a dos leguas de aquí; es de noche, no conozco los caminos, tengo miedo de que me suceda algo. Vuestro marido puede acompañarme y conducirme... No temáis nada, Catalina; es el último sacrificio que os pido, y sea cual fuere el resultado definitivo de la lucha, os recompensaré y aseguraré vuestra suerte, hasta el fin de vuestros días...
—¡Vos recompensarme!—dijo Catalina con tristeza—. No está bien que me habléis así. Mi mayor recompensa es vuestra felicidad.
—Ya lo sé, amiga mía; pero vuestro marido no puede ser víctima de vuestra generosidad. No discutamos a ese respecto. Yo tengo que partir de aquí; pueden notar mi ausencia, buscarme, perseguirme, ¡oh Dios mío! ¡si me sorprendieran, podrían todavía arrancar la libreta de mi hija, mi vida!
—Voy a confiaros a mi marido; fiad en él, Marta; llevará su fusil y os defenderá si es necesario a costa de su sangre.
Cuando el guardabosque entró en el cuarto, su mujer le dijo:
—Andrés, es preciso que partas en seguida con el aya. Está encargada de una misión importante, y como es de noche todavía, y los caminos no sean quizá seguros para una mujer, la condesa quiere que la acompañes.
—Está bien, mujer. En dos minutos me pongo la blusa y estoy listo.
—La señora va a casa de Federico Bergams. Eso te parecerá raro, ¿verdad?
—Nada de eso. Poco me importa donde me mande la condesa—respondió el guardabosque, listo para partir.
—Un momento—dijo Catalina—. El mensaje que la señora va a cumplir, es un secreto. Nadie debe verla ni encontrarla, por lo menos hasta media legua de distancia de Orsdael. La llevarás, pues, por caminos apartados y por el bosque.
—Muy bien—dijo el guarda, subiendo una pequeña escalera para ir a vestirse.
—Pero decidme, Marta—murmuró la campesina después de un momento de silencio—. ¿Quién os abrió la puerta del castillo?
—Nadie, Catalina; bajé por la ventana de mi cuarto.
—¡Cómo! ¿desde tan alto? ¡Pero eso es imposible!
—Pues creedme, Catalina—respondió el aya—; así que me encontré sola en mi cuarto, con la prueba inestimable sobre mi corazón, me fué imposible tener un momento de reposo. Temblaba, el sudor de la angustia corría por mi cuerpo. Hostigada por el miedo, por el mortal convencimiento de que Mathys aparecería para que le devolviera el documento, calculé, inclinando la cabeza en la ventana, la altura del salto que tendría que dar para escapar de aquel peligro inminente. El menor ruido me hacía temblar, el grito de un pájaro casi me hizo desvanecer de angustia. ¡Oh! tenía en mi pecho la salvación de mi hija y estaba todavía en poder de mis tiranos. No podía permanecer en aquella dolorosa perplejidad, y quizá, ofuscada hasta la locura, por un ruido en el corredor, iba a precipitarme hacia el vacío, cuando se me ocurrió una idea salvadora. Uní las sábanas de la cama con un fuerte nudo, las até a la baranda de la ventana y traté de bajar al suelo. La vehemencia del deseo me prestó una fuerza sobrenatural, y mi ángel bueno me protegió sin duda, porque las sábanas eran demasiado cortas y caí de una gran altura, sin herirme, sin embargo. Después, deslizándome a lo largo de las paredes, corrí hasta el puente. Lo atravesé, eché a andar entre los arbustos y las zarzas hasta que...
La llegada del guardabosque interrumpió su explicación. Andrés descansó despacio la culata de su fusil en el suelo, y dijo:
—Señora, estoy pronto; cuando gustéis.
En la puerta las dos mujeres se abrazaron y cambiaron algunas palabras más; después Marta siguió al guarda a través del bosque.
Andrés condujo al aya por senderos cubiertos y dió muchos rodeos para evitar las carreteras. Permanecía silencioso, y sólo hacía alguna advertencia en voz baja, cuando algún paso o algún pozo interceptaba el paso.
Después de media hora larga, condujo a la viuda por un camino ancho. La primera luz del alba empezaba a esparcirse en el espacio, y ya podían distinguirse los objetos a través da la niebla.
—¿No corremos el riesgo de encontrar a alguien por aquí?—preguntó la viuda.
—No me parece, señora. Todavía es muy temprano—respondió el guarda.
—Si me viese alguien que fuera a Orsdael—suspiró Marta.
—El camino es recto, señora; miraré a lo lejos; si alguien viene nos internaremos en el bosque.
—Este misterio tiene que sorprenderos, amigo mío; pero antes de mediodía conoceréis la causa.
—No es necesario. Yo hago lo que me mandan y no me meto en lo demás.
—Están pasando cosas muy extrañas en Orsdael, y pronto se producirán allí sucesos extraordinarios que llenarán a todos de asombro. Vos sois un hombre bueno y fiel y seréis recompensado.
—¡Cosas extrañas! Sí, sí; pero no es cuenta mía... Camináis ligero, señora.
—El mensaje que llevo es urgente, amigo mío; pero si os sentís cansado...
—No, no; es una observación. Puesto que lo deseáis, apresuraré el paso.
El guarda, para demostrar que no se cansaba tan pronto, alargó el paso y continuó con tanta rapidez, que la viuda apenas podía seguirlo, aunque aquella rapidez secundaba sus deseos.
Marta pronunciaba de tiempo en tiempo palabras para interrumpir el silencio y mostrarse reconocida para con su guía; pero éste, creyendo que cumplía, en circunstancias importantes, una orden de la condesa, no respondía sino con un sí o un no y cortaba en seguida la conversación.
Entretanto el cielo se iba aclarando poco a poco, y cuando por fin se vió el campanario de la iglesia que les indicaba como un faro el término de su viaje, el sol, surgiendo del horizonte, circundaba toda la naturaleza con su luz esplendorosa.
Se habían cruzado en el camino con algunos campesinos que, con la azada al hombro, se dirigían al trabajo de los campos. Cuanto más se acercaban a la aldea, más gente encontraban; pero como Marta se consideraba ya libre del alcance de sus enemigos, no reparó en las miradas de sorpresa de los campesinos y siguió su camino hasta que el guardabosque se detuvo delante de una gran casa y le dijo sonriendo:
—Señora, ésta es la casa del señor Bergams; ¿puedo volverme a Orsdael?
—Sí, volveos a vuestra casa, amigo mío—respondió la viuda.
Pero, cambiando de opinión, dijo en seguida:
—No, no, permaneced aquí; no podéis volveros a Orsdael.
—Pues entonces, señora, con vuestro permiso, cerca de aquí hay un mesón. Si me llegáis a necesitar, hacedme llamar allí.
Una vieja sirvienta abrió la puerta, y preguntó mirando al aya con ojos escrutadores:
—¡Ah! es para un testamento. ¿No es eso? Entrad, el notario todavía duerme; voy a despertarlo.
Marta le dijo al entrar:
—Buena mujer, os equivocáis; deseo hablar al joven señor Bergams.
—¿Tan temprano?
—Y en seguida.
—Es que no sé, no me atrevo—dijo la sirvienta con desconfianza—. El señor está acostado todavía. ¿No podríais esperar una media horita?
—No, os ruego que vayáis en seguida y digáis al señor Federico que el aya del castillo de Orsdael ha venido a hablarle de cosas importantes.
—¡El aya de la señorita de Bruinsteen!—exclamó la sirvienta con sorpresa—. ¡Oh, ya comprendo! Sí, sí, voy a llamarlo. Sentaos, señora. Es preciso darle al menos tiempo para vestirse.