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La familia de León Roch, Tomo 2

TERCERA PARTE

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I Vuelve en sí.

Solo y sin calma estaba León Roch junto al lecho. Fijos los ojos en su mujer, observaba cuanto en la mudable fisonomía de ésta pudiera ser síntoma del mal, anuncio de mejoría ó señal de recrudescencia. A ratos desviaba de la enferma su atención para traerla sobre sí mismo, mirando la situación penosísima en que le habían puesto sucesos y personas. ¿Cómo no pudo evitarlo? ¿Cómo no tuvo previsión para impedir llegase por tan diabólicos caminos aquella conjunción de los dos círculos de su vida, cada cual sirviendo de órbita al giro de contrapuestos sentimientos? Al formular estas preguntas parecióle que un reir burlón estallaba en el fondo de su alma, repitiendo en caricatura aquellos propósitos suyos, contemporáneos de su noviazgo y casamiento. Los que hayan conocido al hijo del señor Pepe Roch en los días correspondientes al principio de esta verídica historia, recordarán que tenía planes magníficos, entre ellos el de dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola á la tiranía de la idea. Pero los hombres que sueñan con esta victoria grandiosa no cuentan con la fuerza de lo que podríamos llamar el hado social, un poder enorme y avasallador, compuesto de las creencias propias y ajenas, de las durísimas terquedades colectivas ó personales, de los errores, de la virtud misma, de mil cosas que al propio tiempo exigen vituperio y respeto, y finalmente, de las leyes y costumbres, con cuya arrogante estabilidad no es lícito ni posible las más de las veces emprender una lucha á brazo partido. León se compadecía y á ratos se reía de sí mismo, diciendo: «Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe en dar movimiento á la honda.»

Pensando éstas y otras cosas no cesaba de atender solícito á la enfermedad de su mujer. María Egipciaca había vuelto de su estado comático varias veces durante el día; pero su mente seguía turbada; á nadie conocía, ni acertaba á formular una frase con sentido. Quejándose de un dolor inmenso sin poder determinar en qué sitio ó entraña de su cuerpo sentía, quiso lanzarse del lecho. Fué preciso emplear bastante fuerza para impedirlo. Por la noche su inquietud cesó, aunque no la fiebre. En su sueño decía no pocas palabras claras y precisas, indicando cierta coherencia en las visiones, y, por último, oprimió las manos contra su pecho y dijo en un grito: «¡No, á ese no, á ese no: es mío!»

Después abrió los ojos, y revolviéndolos, miró á las paredes, al techo, á la cama, á los muebles, cual si á todas aquellas partes pidiese noticias del lugar donde se encontraba. Su hermosa mirada sin extravío revelaba ya un pensamiento sereno, que volvía, no sin cansancio, al carril de la cordura. Vió á un hombre junto al lecho, solo con ella, atento, vigilante, y al conocerle, los ojos de la enferma expresaron un sentimiento dulce.

«¿Tú?» murmuró sonriendo.

León se acercó, inclinándose hacia ella. Cuando metía su mano entre las sábanas para buscar la de ella y tomarle el pulso, María se apoderó del brazo de su marido, y estrujándolo sobre su seno, dijo con un gemido:

«¡Ay! ¡qué gusto saber que era sueño lo que ví! Te habían pinchado en unos... así como grandes tenedores, y te iban á meter en un horno lleno de fuego. Yo me moría de pena... sentí una opresión... grité...»

El espíritu de la infeliz esposa, después de agitarse en horrendos desvaríos sin determinación y de ser arrastrado en torbellino de visiones, que por tener todos los colores y las formas todas, casi no tenían ni forma ni color, cayó en unas profundidades pavorosas, donde no había nada, á no ser la idea pura de lo cóncavo, de lo obscuro, y el asombro de tanta hondura y obscuridad. Pero al sentirse en el término de aquel bajar rápido y creciente como el de la piedra lanzada al abismo, vió con claridad pasmosa. Aquello era el Infierno. Bien se comprenderá que la mística dama vería la cità dolente y sus horribles habitantes tales y como los había imaginado en la vida real, guiándose por descripciones escritas y por minuciosas estampas. Pero como quiera que nuestras apreciaciones de lo sobrenatural se apoyan siempre en ideas corrientes y revisten forma semejante á las que vemos aquí con nuestros propios ojos carnales, á María Egipciaca se le representaban las zahurdas infernales como inmensos túneles de ferrocarril, ó bien como el recinto de una fábrica de gas, llena de humo y pestilencia, ó también cual negro taller de fundición y forja, donde mil máquinas gruñían entre resoplido de fuelles, machaquería de martillos y polvareda de ascuas y carbón. Los demonios, sin perder su histórica traza de hombrezuelos con pezuña y rabillo de innobles bestias, tenían no poca semejanza con maquinistas de ferrocarril ó poceros de alcantarilla, con los infelices jornaleros de minas hulleras, con los cíclopes de Sheffield ó Birmingham y aun con otros industriales de menor importancia, aunque no de mayor limpieza. Todos estaban empapados en pringoso sudor, semejante á la infecta grasa de las máquinas.

Era una gran cavidad formada del cruzamiento de infinitos túneles, galerías de hierro, y por todo ello corría un hálito sofocante de hulla, azufre, gas de alumbrado y tufo de petróleo, que eran los olores más aborrecidos de nuestra simpática heroína. En aquel centro había un barullo, un estrépito, un vértigo del cual la dama no habría podido dar adecuada definición sino diciendo que era como si mil trenes á gran velocidad convergieran en un punto y en él chocaran, haciéndose pedazos y desparramándose después coches y máquinas en todas direcciones para volver á reunirse. Las locomotoras eran en la mente de la delirante lo principal de la maquinaria del Infierno. Las veía pasar y correr volando con patas y alas de hierro untado de aceite hediondo, dando gruñidos y resoplidos, revolviendo sus rojas pupilas, expeliendo humo negro y aliento de vapor y chispas. Siendo del mismo tamaño de las que se ven en el mundo, allí parecían como un enjambre infinito de inmensas moscas, que zumbaban en un recinto infinitamente ancho y vaporoso.

En los primeros meses de su matrimonio, María había hecho con León un viaje por Alemania. Entre otras cosas notables visitaron la ya célebre fábrica metalúrgica de Krupp en Essen. Esta visita, que impresionó mucho á la dama, no se borró jamás de su memoria, y en aquella hora de alucinación la imagen del colosal establecimiento tenía gran parte en la construcción fantástica del horrible presidio eterno á donde es llevado el hombre por sus culpas. Otros talleres que había visto en Barcelona y en Francia prestaban algún elemento para rematar el horrible cuadro. Veía que algunos precitos eran puestos en el torno mecánico y torneados como cañones, ó bien pasados por laminadores, de donde salían como tiras de papel. Llevados luego á los hornos de luz blanca, tornaban á su forma primera. Los propagadores de ciertas ideas muy bellacas eran sujetos entre cadenas, y puesta la cabeza sobre un yunque, el martillo-pilón de cincuenta toneladas les machacaba los sesos. Era de ver cómo los diablillos menores, ó sea la granujería del Infierno, se entretenían en abrir agujeros con un berbiquí en el cráneo de algunos infelices, para introducirles con embudillo y cuchara metal derretido, producto de un gran guisote de libros puestos al fuego en barrigudo perol, lleno de ideas heréticas. A otros, que habían hablado mal de cosas sagradas, les estiraban la lengua unas diablas muy feas, y juntándolas todas, es decir, centenares ó millares de lenguas, las ponían al torno para torcerlas y hacer una soga, que luego colgaban de la bóveda, de tal suerte que los discursistas parecían manojos de chorizos puestos al humo. En otros se ejercía un peregrino tormento que casi parecía incomprensible en nuestro mundo terrenal, á pesar de que está lleno de telares, y es que tejían unos con otros á los condenados, enlazando piernas con brazos y brazos con cabezas, para formar una cuerda ó ristra, la cual se entretejía con otra hasta formar una gran tela de dolor y lamentos. Sometían esta tela á una especie de torno, donde la estiraban hasta que su tamaño crecía desde kilómetros á leguas, y crujían los huesos, como si por sobre un infinito montón de nueces corriesen infinitos caballos, y se desgarraban las carnes entre alaridos. Arrojado después todo al fuego, volvían los individuos á su forma primera, y de su forma prístina á la repetición del mismo entretenido tormento.

Todo esto lo vió María con indecible espanto. Estaba allí y no estaba; no podía gritar, ni tampoco respiraba. Pero llegó un momento en que el dolor se sobrepuso al pánico. Entre los muchos condenados por imperdonables picardías, vió á uno que parecía tener grandes merecimientos pecaminosos, según lo mucho que le atendían los incansables y feísimos diablos y aun las asquerosas diablesas. Era León. María vió cómo se apoderaban de él, cómo le estrujaban entre las horribles manos pringosas, cómo le revolvían en cazuelas hirvientes, sacándole con espumadera y metiéndole con cuchara. Por último, le pincharon con un tridente y le acercaron á la boca de un horno cuyo fuego era tal, que el fuego de nuestro mundo parecería hielo al lado suyo. Entonces María sacó de su pecho un grito, alargó el brazo, la mano... brazo y mano que tenían una lengua... sus dedos se quemaban cercanos al horno....

«¡No, no; á ese no... es mío!»

Aquí tuvo fin la visión. Desapareció como los renglones del libro que se cierra de un golpe. Pero la idea quedaba.

II ¿Se morirá?

María se vió en una habitación grande y desnuda. Su esposo estaba allí delante de ella, entero y vivito. Desconociendo el lugar, la enferma se sentía bien acompañada.

«¿Qué casa es ésta?—preguntó.

—La mía... Tranquilízate... estoy aquí: ¿no me ves?»

María seguía recorriendo con sus ojos las paredes y el elevado techo.

«¡Qué cuarto tan triste!—murmuró dando un suspiro.—Y yo... ¿he venido aquí?»

Se calló, reconcentrada en sí, escudriñando en sus turbios recuerdos. Aquella mañana, después del suceso que bien puede llamarse catástrofe, León había tratado con el Marqués de Fúcar y con Moreno Rubio del mejor modo de llevarse á su mujer á Madrid. D. Pedro encontró peligrosa la idea, y el médico se opuso resueltamente, diciendo que en el estado de la enferma, la traslación, aun con todas las precauciones posibles, podría ser causa de un funesto desenlace. Muy contrariado estaba León con esto, y casi se hubiera atrevido á poner en ejecución su plan de mudanza si Moreno Rubio no le amenazara con retirarse, declinando toda responsabilidad. No pudiendo sacar del palacio de Suertebella á quien por ningún motivo debía estar en él, juzgó que convenía desfigurar el aposento, y con permiso del generoso dueño quitó los cuadros, objetos de arte, porcelanas y baratijas que en él había. De este modo la habitación, que era de las menos lujosas y no tenía tapicerías, sino papel del más común, parecía modesta.

«Sí: viniste aquí—le dijo el marido, tocándole la frente.—Te has puesto un poco mala; pero eso pasará: no es nada.

—¡Ah!—dijo María, herida de súbito por un recuerdo doloroso.—Me trajeron mis celos, tu infidelidad... ¿Pero es ésta aquella casa...?

—Es mi alcoba.

—Estas paredes, este techo tan alto... ¿Por qué no me has llevado al instante á nuestra casa?

—Iremos cuando te repongas.

—¿Qué me ha pasado?

—Una desazón que no traerá consecuencias.

—¡Ah! sí, ya recuerdo... te has portado infamemente conmigo... ¿Qué te dije yo? ¿Te dije que te perdonaba? Si no te lo dije, ¿es que lo he soñado yo?

—Sí: me perdonaste,—le dijo León por tranquilizarla.

—Tú me prometiste no querer á otra, me juraste quererme, y para que lo creyera me diste pruebas de ello. ¿Esto es verdad ó lo he soñado yo?

—Es verdad.

—Y también me dijiste que estás resuelto á abjurar de tus errores y á creer lo que creo yo. ¿Es también sueño esto?

—No: es realidad. Haz por serenarte.

—Y luego nos reconciliamos... ¿no ha pasado así?

—En efecto.

—Y volvimos á querernos como en los primeros días de casados.

—También.

—Y me probaste que era mentira lo de tus relaciones con...»

María se detuvo, mirando fijamente á su esposo.

«No vuelvas sobre lo pasado—le dijo éste con bondad.—Es preciso que hagamos un esfuerzo para devolverte la salud. Tú, María, debes ayudarnos.

—Ayudaros, ¿á qué?

—A salvarte.

—¿Pues qué, no he de salvarme yo?... ¡Dios mío, he pecado!...»

Y demostró un dolor muy hondo.

«Me refiero á tu vida, á tu salud corporal que está amenazada.

—¡Oh!... No estimo yo la salud del cuerpo, sino la del alma, que veo en peligro... Hace poco, no sé cuándo, creí que me había muerto. Ahora viva estoy; pero sospecho que he de morir pronto... ¡estoy en pecado mortal!

—Lo has soñado, hija, lo has soñado. No temas nada; tranquilízate.

—¡Estoy en pecado mortal!—repitió María, llevándose las manos á la cabeza.—Dime, ¿es también sueño lo que me dijiste...?

—¿Yo?

—¿Que no me querías?

—¿Pues qué podía ser sino sueño?»

María le echó los brazos al cuello y atrajo suavemente hacia su rostro el de su marido.

«Dímelo otra vez para que se me quite el amargor que me dejó aquel mal sueño.»

Los esposos hablaron un instante en voz baja.

«Dame una prueba de tu cariño—le dijo María.—Pues estamos lejos de Madrid, pues no debo salir de tu casa en algunos días, hazme el favor de avisar al Padre Paoletti. Con él quiero hablar.

—Yo mismo le traeré.

—¿Tú mismo?

—¿Por qué no? Nada que te agrade puede serme molesto.»

A la sazón entró el médico. León había creído prudente confiarle algunos de sus secretos, pues siendo la dolencia de María motivada por causas morales, convenía suministrar á la ciencia datos de aquel orden delicado. Moreno Rubio y León Roch hallábanse unidos por una amistad sincera, fundada en la bondad del carácter de ambos, y principalmente en la concordancia de sus opiniones científicas. Aquella mañana, cuando León hizo á su amigo las revelaciones indispensables para un acertado diagnóstico, sostuvieron un diálogo interesante, del cual mencionaremos lo más substancial.

«De modo que usted no quiere á su mujer ni poco ni mucho,—dijo Moreno Rubio, que tenía el don de expresar los temas con grandísima claridad.

—La mentira me ha sido siempre muy odiosa—replicó León.—Por tanto, declaro que María no me inspira ninguna clase de cariño. Dos sentimientos guarda aún mi alma hacia ella, y son: una lástima profunda y un poco de respeto.

—Perfectamente. Esos dos sentimientos no bastan á hacer un buen marido; pero hay en su alma otros que pueden hacer de usted, y lo harán de seguro, un hombre benéfico... Respuesta al canto: ¿usted desea que viva su mujer?

—Me ofende usted preguntándomelo. La misma zozobra en que se halla mi conciencia me impele á desear que María no muera.

—Bien, muy bien. Pues si usted quiere que María no muera—dijo Moreno, poniéndole la mano en el hombro,—es necesario calmar en ella la irritación producida por los celos, harto fundados por desgracia; es preciso que su espíritu, terriblemente desconcertado, vuelva á su normal asiento. Cada vida tiene su ritmo, con el cual marcha ordenada, pacíficamente. Un trastorno brusco y radical de ese ritmo puede ocasionar males muy graves y la pérdida de la misma vida. El ejemplo le tenemos bien cerca. Apresurémonos, pues, á devolver á ese organismo el compás que ha perdido, y triunfaremos de la espantosa revolución del sistema nervioso que afecta y destroza la región cerebral. Es urgente que desaparezcan los celos en la medida posible, para que, entrando los sentimientos de la enferma en un período de calma, recobre toda la máquina su marcha saludable. Es preciso que las escenas que originaron su mal se borren de su mente. Si vive, tiempo hay de que sepa la verdad. Es necesario que no se reproduzca ni la cólera ni el despecho, haciéndole creer que no ha pasado nada; y sobre todo, amigo mío, es urgentísimo tratarla como á los niños enfermos, dándole todo lo que pida y satisfaciendo sus caprichos, siempre que éstos pertenezcan al orden de los entretenimientos. Su mujer de usted, bien lo conozco, pedirá amor y devoción: en ninguno de estos apetitos hay que ponerle tasa.»

Después de este substancioso discurso, indicó otra vez León la necesidad apremiante de sacarla de Suertebella, á lo que se opuso decididamente Moreno. Desechado el plan de traslación por homicida (ésta era la expresión del médico), ambos determinaron desfigurar la estancia, traer de Madrid los criados que rodeaban constantemente á María, y otras cosas secundarias y menudas, pero indispensables para el buen propósito de León Roch. Antes de separarse, éste dijo á su amigo:

«Hábleme usted con franqueza. ¿Se morirá mi mujer?

—Aún no puedo decir nada. Es muy posible que así suceda. Déjeme usted que determine bien la especie de fiebre con que tenemos que luchar.»

Aquella noche, cuando María volvió á su natural sér, después de pasearse con la fantasía por los infiernos, llenos de horribles máquinas y diablos fabricantes, entró Moreno á verla, como se ha referido.

«¡Hola, hola!—dijo riendo, al observar que marido y mujer se miraban muy de cerca.—¿Estamos como tórtolos? ¿Qué tal, mi querida amiga?... El pulso no va mal... Debemos procurar un reposo completo del cuerpo y del alma.»

María frunció el ceño mirando á su marido.

«No, no ponga usted mala cara á este hombre, que está enamorado de su mujer como un novio de primavera. Me consta... Dentro de unos días saldrán ustedes por ahí á coger lilas y á mirar las mariposas... Una mujer discreta no debe hacer caso de hablillas malignas. Cabeza llena de dicharachos de la envidia ¿qué hará sino desvariar? Ahora, querida amiga, vamos á entrar en un período razonable, vamos á celebrar unas paces duraderas, vamos á querernos mucho... lo digo por ustedes... en fin... veamos esa lengua...»

Después preparó por sí mismo algunas medicinas. León y Rafaela le ayudaban.

Mientras esto ocurría junto á la enferma, el Marqués de Fúcar, dando de la mano por un momento al grandioso asunto del empréstito, ya casi ultimado, se llegaba á su querida hija y muy seriamente le decía:

«Los pronósticos de Moreno son muy tristes. Pero no hay que desesperar. La ciencia puede hacer mucho todavía, y Dios más aún. A nosotros nos corresponde auxiliar á la ciencia en la medida de nuestro escaso poder é implorar el auxilio de la Providencia.»

Alzando del suelo sus ojos llenos de turbación, Pepa mostró al Marqués su rostro que parecía de cera. Como quien se aprieta la herida para que arroje más sangre, echó de sí esta pregunta:

«¿Se morirá?

—De eso te hablaba y no me has oído—dijo D. Pedro, que también tenía en aquel día su herida sangrienta.—Nuestro deber es demostrar á esos infelices huéspedes la parte que tomamos en su desgracia. Conduzcámonos como corresponde á nuestro nombre y á esta casa. ¿Conviene que manifestemos con un acto religioso nuestro sincero anhelo de ver fuera de peligro á María Egipciaca? Pues hagámoslo con esplendor y magnificencia. Tenemos aquí una capilla que me ha costado al pie de ochenta mil duros, y que hubiera costado menos cuando los artistas valían más y no tenían tantas pretensiones. Pues bien: es preciso celebrar mañana una misa solemne de rogativa á que asista toda la servidumbre de Suertebella, presidida por tí. Te autorizo para que me gastes en cera lo que se te antoje. Que venga mañana á decir la misa ese bendito cura de Polvoranca, y si quieres traer más curas, vengan todos los que se puedan haber á mano.»

Dijo, y retiróse dando un gran suspiro. Él, que también guardaba un pesar hondo en su alma, ¿quería implorar del cielo favor y misericordia para sí? No sabemos aún cuáles eran las cuitas que tan de improviso habían cambiado la jovial sonrisa del Marqués de Fúcar en mohín displicente. El empréstito, lejos de navegar mal, arribaría pronto al puerto de la realización, después de surcar con buen viento el piélago turbio de nuestra Hacienda, y era seguro que entre Fúcar, Soligny y otros pájaros gordos de Francfort, Amsterdam y la City se tragarían un puñado de millones por intereses, corretaje y comisión. ¿Entonces qué...?

Era la capilla de Suertebella un hermoso monumento construído en un ángulo del palacio, alto de cimbra, grueso de paredes, brillante cual si le hubieran dado charol, con mucho yeso imitando mármoles y pórfidos de diferentes colores, oro de purpurina y panes, que hacía el efecto de una pródiga distribución de botones y entorchados de librea por las impostas, entablamentos y pechinas de aquella arquitectura greco-chino-romana, con muecas góticas y visajes del estilo neoclásico de Munich que nuestros arquitectos emplean en los portales de las casas y en los panteones de los cementerios. El imitado jaspe, el oro, los colorines, parecían moverse circulando en el agua de su redoma.

Por el techo corrían ángeles honestos que antes fueron gentílicas ninfas en el taller del escultor, y en las pinturas de los tímpanos había virtudes teologales que habían sido musas pizpiretas. Todo tenía el deslumbrante lustre que la albañilería moderna da á nuestras alcobas, y que en éstas cuadra á maravilla. Ningún atributo ni alegoría cristiana se les quedó en la paleta, ó en el molde de escayola, á los artistas encargados de decorar aquella gran pieza. Más adelante conoceremos á un chusco que, al decir de la gente, se entretuvo cierto día en dar una explicación humorística y á todas luces irreverente de las figuras que hermoseaban la capilla. Tal matrona de vendados ojos, con un cáliz en la mano, era España, á quien los hacendistas habían puesto de aquella manera para que apurase sin protesta la amargura de su ruína; aquella otra que tenía un ancla y volvía los desconsolados ojos al Cielo, representaba el abatido Comercio, y la que hacía caricias á unos niños era la Beneficencia, símbolo hermoso del interés que á los Fúcares merecen la propiedad y la industria, y de la tierna solicitud con que las conducen por el fácil camino de los hospicios. Los doctores, en número de cuatro y representados en actitud de escribir gravemente con el aquilífero pincel, que dice Fray Gerundio, eran la Prensa, siempre dispuesta á elogiar á los grandes empresarios, que antes de hacer de las suyas, se amparan de las volubles plumas. Aquel barquichuelo que naufragaba en las aguas de Tiberiades era la nave del Estado, donde los oradores y articulistas hacen tantas travesías; los multiplicados panes eran copia gráfica de la entrega y recepción de algunos artículos de contrata; y por último, las atónitas sibilas que no hacían nada, como quien está en Babia, eran la Administración pública. El intérprete de estos símbolos y pinturas bíblicas daba versiones muy atroces de los letreros que corrían por frisos y arquitrabes, y leía: Yo soy Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi casa. Dadme á mí lo que es del César y lo que es de Dios. Por este estilo profano lo explicaba y traducía todo.

La capilla, admitido con indulgencia el gusto moderno en construcciones religiosas, era bonita. Su suelo estaba al nivel de la planta baja y tenía puerta al jardín, por donde entraba el pueblo; su techumbre sobresalía del tejado del palacio, ostentando su poco de torre con campanas. Habíanla dedicado á San Luis Gonzaga, cuya imagen, bien esculpida, ocupaba el altar mayor bajo la gran escena del Calvario. Hízose la piadosa ceremonia tal y como Don Pedro la había dispuesto. No bien despuntara el día, fueron encendidas sobre el altar grande, así como sobre los pequeños, cantidad de finísimas velas; y mil y mil flores olorosas, aprisionadas en elegantes búcaros, tributaban á la idea religiosa la doble ofrenda de su belleza y de su fragancia. Luces y aromas disponían al fervor, hiriendo los sentidos con fuerte estímulo, y llevando el alma á una región de dulce embeleso, donde le era fácil orar y sentir. La servidumbre toda asistía, desde el administrador hasta el último marmitón de las cocinas.

Decía la misa el cura de Polvoranca, humildísimo varón protegido de la casa, viejo, un poco ridículo en apariencia por reunir á la fealdad más acrisolada ciertas excentricidades y manías que, á más de perjudicarle mucho en su carrera eclesiástica, le dieron cierta celebridad. Gozaba en Suertebella de una mezquina renta que D. Pedro le señaló para celebrar el divino oficio los domingos, y para confesar una vez al año á todos los criados, costumbre piadosa que el prócer millonario mantenía en su casa, atento á evitar de este modo muchas trapisondas y latrocinios.

En la tribuna que los señores de Suertebella tenían en su capilla al nivel de las habitaciones del palacio, oyó la misa de rogativa Pepa Fúcar, juntamente con sus doncellas, el aya y Monina, quien no comprendiendo la razón de tanto recogimiento y mutismo, estuvo á punto de alzar la voz y dar un grito en lo más solemne del oficio santo. Sabe Dios las cosas que se habrían oído si el aya no la contuviera, ya tapándole la boca, ya amenazándola con que el Señor le iba á quitar la lengua. Esto hizo efecto, y Monina tuvo paciencia hasta el fin.

Pepa Fúcar estaba de rodillas en su reclinatorio junto al antepecho de la tribuna. ¿Quién podrá saber lo que pensaba durante aquella hora patética, ni lo que á Dios pedía su alma afligida? La misa de rogativa llegó á su fin. Salieron todos, y Pepa se quedó en su puesto observando la actitud recogida que había tomado desde el principio. Apoyada la frente sobre el reclinatorio, medio oculta la cara entre las cruzadas manos, no se le había sentido voz ni suspiro. Cuando alzó el rostro para levantarse, miró al altar un rato sin expresar sentimiento alguno que pueda definirse. Quedaba el reclinatorio como si en él se hubiera derramado un vaso de agua.

La señora dejó la capilla para dirigirse á sus habitaciones. Iba taciturna, los ojos enrojecidos, la boca ligeramente entreabierta, como la de quien necesita respirar mucho y fuerte para no ahogarse. En la puerta de su cuarto encontró á su padre, quien si no había asistido corpóreamente á la misa, había dejado ver su cara por cierto ventanucho que se abría en la Galería de la Risa y daba á la capilla, en la pared lateral de ésta y en el sitio mismo donde estaba pintado San Lucas, el evangélico toro, según reza el de Campazas. Desde allí observó Fúcar la puntual asistencia de sus criados, sin que faltase ninguno, y admiró la magnificencia de la cathedrale pour rire (según el chusco mencionado), y según el dueño, monísima basílica, toda llena de carácter, pues no podía negarse esta cualidad artística á las decoraciones cristianas que había pintado el gran escenógrafo de los teatros de Madrid. Pero hay motivos para pensar que el espíritu del buen Marqués pasó de este orden de consideraciones á otro más elevado. Hallábase apenadísimo aquel día, y sin duda cuando asomó su imponente rostro por el ventanillo, de tal modo que bien pudo confundirse con el de un Evangelista ó Doctor, tuvo en su mente ideas de oración y pidió algo al Autor de todas las cosas. Pero éstas son hipótesis que no tienen valor real, y que sólo se exponen aquí para llenar el vacío que deja la falta absoluta de datos. Lo que sí no tiene duda, es que al encontrar á su hija la detuvo, diciéndole:

«Ya sé que han asistido todos.

—¿Y cómo está hoy?... ¿Se sabe algo?—preguntó Pepa con voz muy débil.

—Hay esperanza, hija mía. Esa desgraciada pasó bien la noche y está mejor, según ha dicho Moreno.

—¿De modo que vivirá?...

—Es muy posible—dijo D. Pedro, demostrando con la indiferencia de la frase que pensaba en otro asunto.—Ciertamente, hija, parece que Dios quiere echar sobre nosotros todas las calamidades.»

Diciendo esto, el pobre señor no pudo dominar su emoción. Abrió los brazos para recibir á su hija, que se arrojaba en ellos, y con voz ahogada exclamó:

«Hija de mi corazón, perla mía, ¡qué desgraciada eres!»

Pepa derramó sobre el pecho de su padre las lágrimas que le sobraron de la misa. Después, D. Pedro, reponiéndose de su emoción, dijo:

«Pero no exageremos... Todavía no hay nada seguro... Mañana...»

Pepa entró en su habitación y el Marqués se fué á la suya, donde examinó por vigésima vez diversas cartas y telegramas que el día anterior hicieron hondísima impresión en su ánimo, casi siempre sereno y claro como el sol y el ambiente de primavera.

III León Roch hace una visita que le parece mentira.

Consecuente con su natural generoso y deseando cumplir cuanto antes la promesa que á su mujer había hecho, León fué á Madrid y al mismo San Prudencio en busca del Padre Paoletti. Cosa inverosímil en verdad era que él pusiese su planta en aquellos lugares, y así cuando el fámulo le rogó que esperase en la desnuda y pobre sala destinada á locutorio, tuvo tiempo de echar sobre ésta y sobre sí mismo incrédula mirada, sacando en consecuencia que una de las dos cosas, ó él ó la sala, eran pura ilusión de la fantasía.

Muy simple ó muy soberbio es el hombre que se hace juramento de no traspasar jamás el umbral de ésta ó la otra puerta, sin prever que el rápido giro de la vida trae las puertas á nosotros, las abre y nos mete por ellas, sin que nos ocupemos de evitarlo. León no pudo entregarse por mucho tiempo á estas reflexiones, porque apareció ante él un clérigo pequeño, pequeñísimo, de mediana edad, blanco y un sí es no es pueril de rostro, de ojos grandes, vivos y tan investigadores, que no parecía sino que su cara toda era ojos. Con lo exiguo de su cuerpo contrastaba la gravedad de su paso, largo y cadencioso, golpeando duro sobre el suelo, como resultaría del constante uso de zapatos de plomo. Saludó Paoletti á su visitante con exquisita urbanidad, y León, que no estaba para fórmulas, expuso en breves palabras el objeto de su presencia en aquella casa. Paoletti, sentado con cierta tiesura de creyente humilde frente al fatigado ateo, le oía con benevolencia confesional, bajos los ojos, enlazados los dedos de ambas manos y volteando los pulgares uno sobre otro. Debe advertirse que las manos del Padre eran finísimas y pulcras como las de una señorita.

«Vamos allá—dijo alzando los ojos y parando el molinete de los dedos pulgares.—Yo tenía noticia de su viaje á Carabanchel, de su desazón; pero no sabía ni que estuviese grave, ni que la hubieran llevado á Suertebella... ¿al mismo palacio de Suertebella?

—Al mismo,—dijo León sombríamente.

—Supongo—indicó el curita refinadamente,—que la hija del señor Marqués de Fúcar se habrá trasladado á Madrid con su preciosa niña.

—Lo hará hoy.

—¿Y usted...?

—No pienso separarme de María mientras continúe enferma.

—Me parece muy bien, caballero—dijo el italiano agraciando á León con un golpecito en la mano.—Sin embargo, la situación de usted frente á esa bendita mártir, es muy singular y poco agradable para entrambos.

—Esa situación es tal—dijo León,—que he creído necesario venir yo mismo, con objeto de hacer á usted algunas revelaciones que sólo á mí corresponden, y rogarle que me ayude...

—¿Yo?

—Sí... que usted me ayude á conllevar la situación, y aun á salir de ella lo mejor posible.»

Paoletti frunció el ceño. Se había levantado para partir; mas volvió á sentarse, tornando á voltear los pulgares uno sobre otro.

«Ante todo—dijo en tono de quien acostumbra simplificar las cosas,—revéleme usted los pensamientos que le han traído aquí. Es singularísimo que venga usted á confesarse conmigo, ¿no es verdad?»

Sonreía con expresión de triunfo humorístico que hacía más daño á León Roch que una burla declarada.

«A confesar con usted... es cierto.

—¡Oh! no, señor mío—dijo Paoletti con cierta dulzura relamida que á la legua revelaba la casta italiana.—No confesará usted, ¡ojalá lo hiciera! no me revelará usted su conciencia ni renegará de sus errores... no hará otra cosa que contarme lo que ya sé, lo que sabe todo el mundo... Y todo para que le ayude...»

Paoletti repitió las versiones de la tertulia de San Salomó.

«En eso hay algo de verdad y mucho de calumnia—dijo León.—Es falso que Monina sea mi hija; es falso que yo tenga relaciones criminales con Pepa Fúcar; pero es cierto que la amo; es cierto que en mi corazón se ha extinguido todo el cariño hacia mi pobre mujer, y en él no queda sino una estimación fría, un respeto ceremonioso á las virtudes que reconozco en ella.

—¡Estimación, respeto!—dijo Paoletti,—¡reconocimiento de virtudes!... Eso es algo, caballero. La grande y purísima alma de María Egipciaca merece más, mucho más; pero si pudiéramos contar con que esa estimación y ese respeto crecían y se purificaban...»

Paoletti volvió á acariciar con su mano de frío marfil el puño de León, y le dijo:

«¿No podríamos intentar una reconciliación?

—Es imposible, de todo punto imposible. Hace algún tiempo hubiera sido fácil... ¡Cuántos esfuerzos hice para llegar á esa deseada reconciliación!... Usted debe saberlo.»

Mirando al suelo, el hombre diminuto hizo signos afirmativos con la cabeza.

«Usted lo sabe todo...—añadió León con sarcasmo.—El dueño de la conciencia de mi mujer, el gobernador de mi casa, el árbitro de mi matrimonio, el que ha tenido en su mano un vínculo sagrado para atarlo y desatarlo á su antojo; este hombre, á quien hoy veo por primera vez después de aquellos días en que iba á visitar al pobre Luis Gonzaga, muerto en mi casa; este hombre, que, á pesar de no tener conmigo trato alguno, ha dispuesto secretamente de mi corazón y de mi vida, como puede disponer un señor del esclavo comprado, no puede ignorar nada.

—Ese lenguaje mundano y soberbiamente filosófico me es conocido también, caballero—dijo Paoletti, tomando un tono de reprensión evangélica.—Si quiere usted que entre en ese terreno y le dé contestación cumplida, lo haré.

—No... No he venido aquí á disputar. La tenebrosa batalla en que he sido vencido después de luchar con honor, con delicadeza, con habilidad y aun con furia, ha concluído ya. Mis juicios están formados hace tiempo, y no pueden variar... La ocasión no es propia para cuestionar. Nos hallamos en presencia de un hecho terrible...

—Que María se muere.»

Refirió León á Paoletti la visita de María Egipciaca á su esposo y la escena que precedió al desmayo y enfermedad de la santa mujer. Después de una pausa, el Padre dijo severamente:

«Todo me indica que María le ama á usted, y que aquí el verdadero traidor al matrimonio, el culpable de hoy, es el mismo que lo fué ayer, el culpable de siempre; en una palabra, usted. No apruebo, sin conocerlo bien, el paso dado por mi ilustre penitente; pero ese paso, ese traspié, dado que lo sea, anuncia que aún conserva en su corazón y en su voluntad dulcísimos favores para quien no es digno de ellos.

—Usted que todo lo sabe, debe saber que mi mujer no me tiene amor. Si los que no entienden de sentimientos nobles y puros se empeñan en dar aquel nombre á lo que no lo merece, yo me apresuro á constituirme en juez de los afectos de mi pobre mujer y á declarar que no me satisfacen, que los rechazo y los pongo fuera de juego en el problema de nuestra separación ó de nuestras paces.»

Paoletti meditaba profundamente.

«Entre los dos—añadió León,—no existe ya ningún lazo moral. María y yo, estas dos personas, ella y yo, se me pintan en la imaginación como un discorde grupo representando la idea del divorcio.

—Un grupo, una obra de arte—dijo Paoletti, deslizando en medio de la nube negra de su severidad un relampaguillo de malicia.

—Una obra de arte, sí... que, como tal, no se ha creado por sí sola, sino que tiene autor. Mi mujer no me ama; creo que habría podido amarme, como yo deseaba, si las grandes imperfecciones de su carácter, en vez de disminuir sometidas á mi autoridad y á mi cariño, no hubieran aumentado, sometidas á otras corrientes y á otra autoridad. No me ama, ni yo la amo á ella tampoco. Por consiguiente, la reconciliación es imposible.

—No dirá usted—manifestó Paoletti con severidad mezclada de tolerancia,—que no le escucho con paciencia.

—¡Paciencia! Más he tenido yo.

—Aunque uno no quiera, siempre tiene en sí algo de cristiano, caballero. Para concluir, Sr. de Roch, usted no ama á su mujer, ni ella le ama á usted; usted no quiere reconciliarse con ella; usted la respeta y la estima... ¿Qué significa esto? O mejor dicho, ¿á qué ha venido usted aquí?

—María me ha rogado que le lleve su confesor. Lejos de oponerme á esto, lo hago con gusto.

—Pues vamos,—dijo Paoletti levantándose.

—Falta lo principal—dijo León, tocando la sotana del reverendo.—Fácilmente comprenderá usted en su claro talento, que para avisarle no era menester que viniera yo mismo. He venido para decir á usted cosas que sólo yo puedo decirle. Considere ante todo que el estado moral es verdaderamente grave en la dolencia de María.

—Sí.

—Debo declarar que deseo su restablecimiento—dijo León con calmosa voz.—Pongo á Dios por testigo de esta afirmación: quiero absolutamente y sin ninguna clase de reserva que mi mujer viva.

—Comprendo muy bien su propósito. Usted desea que se salve, es decir, que no muera. Usted desea que se calme su irritación nerviosa, para lo cual conviene que no la turbe ningún pensamiento de los que motivaron su trastorno. Es preciso que las ideas optimistas y lisonjeras desembrollen esta madeja enredada por el despecho y por la pasión no satisfecha; es preciso que la dirección espiritual proceda con cierto arte mundano, fomentando las ilusiones de la penitente y quitando de sus ojos la triste realidad; es preciso que el confesor sea médico, y médico de amor, que es lo más peregrino, y que aplaque los celos y fomente esperanzas y aprisione de este modo una vida que se escapa...»

León admiraba la sagacidad del ilustre maestro de conciencias.

«Pues bien—dijo Paoletti con energía,—yo haré en este particular todo lo que sea posible. Nada puedo afirmar sin conocer de antemano el estado espiritual de mi querida hija en Dios.

—María está en Suertebella.

—Sí.

—Y es necesario que no comprenda que está allí.

—Bueno... pase—dijo Paoletti mirando al suelo y soltando las palabras por un ángulo de la boca.—Es un engaño que puede disculparse.

—María persiste en mostrarme el especial cariño tardío que siente ahora por mí.

—Tampoco veo culpa en esto. Puede admitirse, entendiendo que este cariño no está bien juzgado por usted.

—María debe arrojar de sí, mientras continúe en ese estado febril, la idea de que amo á otra mujer.

—Alto ahí—dijo el clérigo extendiendo su blanca mano, como una pantalla de marfil.—Eso no pasa, caballero. He pasado por el ojo de la aguja hilos un poco gordos; pero el camello, señor mío, no cabe, no cabe. Lo que usted propone es una impostura.

—Es caridad.

—La verdad lo prohibe.

—Lo manda la salud.

—Una exigencia física á la que no podemos dar valor excesivo. Mi ilustre amiga sabrá morir cristianamente, despreciando las menudas pasiones del mundo.

—Nuestro deber es siempre y en todo caso impedir la muerte.

—Siempre que podamos hacerlo sin comedias indignas. ¡Y á esa pobrecita mártir se la hará creer en la inocencia de su marido, cuando está albergada en la propia vivienda de su rival, de la amada de su esposo! Doy por cierto, si usted quiere, que no habrá en la casa escenas licenciosas, ni aun siquiera entrevistas; admito que no se dará el caso de que dos enamorados adúlteros se digan ternezas en una sala, mientras la infeliz esposa legítima agoniza en la inmediata. Pero aun concediendo que habrá circunspección y decoro, la horrible verdad subsiste. Yo no se la diré si ella no quiere saberla; pero si me pregunta... y preguntará, preguntará...

—¡Sí!—exclamó de súbito León, impresionado por tan graves palabras.—Esa comedia es indigna de ella y de mí. La verdad me espanta, la ficción me repugna; pero aquélla es la muerte y ésta puede ser la vida... No irá usted conmigo á Suertebella. Llevaré un clérigo cualquiera, el cura de la parroquia, el capellán de la casa.»

Se marchaba ya, y Paoletti le llamó con un cecé de reconciliación.

«Al claro talento de usted—dijo devolviendo un piropo recibido poco antes,—no se ocultará que la asistencia de otro sacerdote no agradará á la pobre mártir tanto como la nuestra. Si usted no insistiera en intervenir en lo que no le importa, yo iría de buen grado á consolar á esa desgraciada. Hay más—añadió con un arranque sentimental,—no puedo ocultar á usted que lo ansío ardientemente. ¡Es tan buena, tan santa!... No sólo la admiro, sino que la respeto, la venero como á un sér superior.

—¿Y qué le dirá usted?

—Lo que deba decirle—contestó Paoletti clavando en León sus dos ojos que parecían doscientos.—Es por demás extraño que quien declara haber roto moralmente el lazo matrimonial, se inquiete tanto por la conciencia de su esposa.

—No me inquieto por su conciencia, sino por su salud,—dijo León sintiéndose muy abatido.

—¿No dice usted que no la ama ni es amado por ella?

—Sí.

—Entonces su cuerpo y sus mortales gracias podrán pertenecer á un hombre; su purísima conciencia, no.

—Es verdad—dijo León apurando el cáliz.—Su conciencia, yo la entrego á quien la ha formado. No quiero apropiarme esa monstruosidad.

—Perdono la expresión—replicó Paoletti bajando los ojos.—Para concluir, señor mío, ¿voy ó no voy?

—¿La matará usted?

—¡Yo...!»

Y después de exhalar un suave suspiro, añadió:

«Le preguntaremos quién es su asesino.»

León sintió su alma llena de espanto. Meditó un rato. Después golpeó el suelo con el pie. A veces de un pisotón sale una idea, como una chispa brota del pedernal herido. León tuvo una idea.

«Vamos—dijo con resolución.—A la conciencia de usted dejo este delicado asunto.

—Y en prueba de esa confianza—manifestó el otro, no ocultando su gozo por ir,—prometo conciliar en lo posible la veracidad con la prudencia, y hacer los mayores esfuerzos por no turbar las últimas horas, si el Todopoderoso dispone que sean las últimas, de mi amadísima hija espiritual. Seguro estoy de que mi presencia le dará mucho consuelo.

—Vamos.

—Soy con usted al instante,—dijo el clérigo pequeñísimo corriendo, con el paso duro de sus pies de plomo, á buscar capa y sombrero. Deteniéndose en la puerta y poniendo en su cara una sonrisa cortés, añadió:

—Es muy temprano. No se ha desayunado usted. ¿Quiere tomar chocolate?

—Gracias—repuso León inclinándose,—gracias.»

Una hora después ambos se apeaban de un coche en el pórtico de Suertebella.

IV Despedida.

Ya había concluído la misa de rogativa; ya había entrado Paoletti en la estancia donde moraba entre sombras de fiebre y duda su bendita amiga espiritual, cuando León, pasando apresurado de sala en sala, buscaba á la hija del Marqués de Fúcar. Al fin la halló en la habitación de Ramona. Deseaba decirle una cosa muy importante. Creeríase que Pepa barruntaba la enunciación de la importante cosa, porque estaba en pie con la anhelante mirada fija en la puerta, atendiendo á los pasos del que se acercaba, y así que le vió entrar retiróse á un ángulo de la pieza, indicando á su amigo con el lenguaje singular de cuatro ó cinco pasos (pues también los pasos hablan), que allí estarían mejor que en ninguna otra parte. Monina corrió al encuentro de León y se abrazó á sus piernas, echando la cabeza hacia atrás. El la tomó en brazos, y al verse arriba la nena, se empeñó en hacerle admirar la perfección artística de un cacharrillo de barro con asa y pico, obsequio reciente del cura de Polvoranca, y luego se entretuvo en la difícil operación de colgárselo de una oreja.

«Estate quieta, Mona; no seas pesada—dijo Pepa.—Ya, ya me figuro á qué has venido y lo que vas á decirme... Hija, estate quieta... Ven aquí.»

Arrancó á la chiquilla de los brazos de León para tomarla en los suyos.

«No necesitas decirme nada... Lo comprendo, lo adivino—prosiguió.—Debo marcharme de aquí. Ya estaba decidida aunque tuviera que irme sin verte.

—Agradezco tu delicadeza—dijo León.—Márchate á tu casa de Madrid, y por ahora... no te acuerdes de que existo.

—Eso no será fácil... Hija, por Dios, no me sofoques—dijo Pepa, en cuya oreja continuaba la criatura su penoso trabajo.—Ponte en el suelo... Me marcharé sin preguntarte siquiera cuándo nos volveremos á ver. Tengo miedo de hacer la pregunta, y respeto tu vacilación en contestarme.»

León bajó los ojos en silencio. No conocía palabra tierna, ni frase amistosa, ni concepto de esperanza que al pasar de su mente á sus labios no llevase en sí un sentido criminal. Callar parecióle más decoroso aún que la misma protesta contra toda intención de escándalo. Ambos se quedaron mudos por largo rato, sin osar mirarse, temeroso cada cual de la fisonomía del otro, como si fuese claro espejo de su propio pensamiento.

«No me preguntes nada, no me digas nada—manifestó al cabo León.—Llena tu corazón de generosidad y vacíalo de esperanza.»

Pepa quiso hablar algo; pero tanto temblaba su voz, que prefirió decir para sí estas palabras: «Todo lo echaré de mí menos la idea triste, la idea vieja y lúgubre: que ella, rezando, rezando, se salvará; y yo, esperando, esperando, me moriré.»

León, que parecía leer los pensamientos en el contraído entrecejo de su amiga, le dijo cara á cara:

«En los trances duros se conoce la índole generosa ó egoísta de las almas.»

Pepa tembló de pies á cabeza. Después, sosteniendo su frente en un dedo, rígido como clavo de martirio, dijo mirando á sus propias rodillas, donde tocaban el piano los diminutos dedos de Ramona:

«No sé si la mía será egoísta ó generosa. Yo sé que he derramado hace poco algunas lagrimillas pidiendo á Dios que no matara á nadie por culpa mía. ¡Qué sabor tan amargo sacan á veces nuestras oraciones, y cómo se acongoja nuestro pensamiento luchando para que las flores que quiere echar de sí no se conviertan en culebras!... Yo he rezado hoy más que ningún día de mi vida; pero no estoy segura de haber rezado bien y con limpieza de corazón. Horrible batalla había dentro de mí. Creo que las palabras y las ideas que andaban por mi cerebro variaban de sentido á cada instante, y que decir Dios era decir demonio, y decir amor era decir odio, y decir salvarse era decir morirse. La idea sentida y la idea pensada se combatían quitándose una á otra el vestido de su palabra propia. Yo creo que no he rezado nada, que no soy buena... ¡Me siento con tan poco de santa y tanto de mujer!... Y sin embargo, yo no seré tan mala cuando he tenido alma para pedir claramente que muriéramos las dos, y así todo quedaría bien...»

Se levantó, añadiendo:

«En fin, me voy. Ya sabes que obedecerte es el único placer de mi vida.

—Gracias,—murmuró León, tomando en brazos á la nena.

—Despídete de ese...» dijo Pepa contemplando con amor á su hija y al que la besaba.

Estrechó León en sus brazos á la chiquilla y le dió mil besos, considerando que las manifestaciones de su cariño no eran escandalosas recayendo en la inocente persona de un ángel tan bonito. Con ella en brazos dió dos ó tres paseos por la estancia, ocultando así con estas idas y venidas la emoción que sentía y que traspasaba los límites del alma para salir al rostro. Sin mirar á la buena mamá, ésta podía vanagloriarse, allá en el ángulo de la pieza, de ser bien contemplada. La pasión tiene su perspicacia nativa y un estro maravilloso para sorprender los pensamientos del sér amado, asimilárselos y alimentar el espíritu propio con aquel rico manjar extraño.

En cuanto al desgraciado hombre, nunca como entonces había sentido el dominio irresistible que sobre él ejercía aquel sér pequeño y lindo, nacido de la unión de una mujer que no era la suya y de un hombre que no era él. No creía en la posibilidad de vivir contento si le quitaban de las manos aquel tesoro, ajeno sin duda, pero que se había acostumbrado á mirar como suyo y muy suyo. Con este cariño se mezclaban el cariño y la imagen de la madre, como dos luces confundidas en una sola. ¡Familia prestada que en el corazón del solitario ocupaba el desierto hueco y se apropiaba el calor reservado á la propia! El no tenía culpa de que en su cansado viaje por el páramo se le presentaran aquellas dos caras, risueña la una, enamorada la otra, ambas alegrando el triste horizonte de su vida y obligándole á marchar adelante cuando ya sin fuerzas caía sobre pedregales y espinas. En Pepa Fúcar había hallado amor, docilidad, confianza, misteriosas promesas de la paz soñada y del bien con tanto afán perseguido. Era la familia de promisión, con todos los elementos humanos de ella, pero sin la legitimidad; y el no ser un hecho, sino una esperanza, dábale mayores encantos y atractivo más grande. La pasión arrebatada de Pepa y el ardor fanático con que á todo la sobreponía, lejos de infundirle cuidado le seducían más, porque en ello veía la ofrenda absoluta del corazón, sin reserva alguna, la generosidad ilimitada con que un alma se le entregaba toda entera, sin esconder nada, sin ocultar sus mismas imperfecciones ni escatimar un solo pensamiento. Quien había sido mendigo de afectos no podía rechazar los que iban á él con superabundancia y cierto alarde bullicioso. Infundíale al mismo tiempo orgullo y piedad el ver cómo aquel admirable corazón, sin dejar de ser religioso, le pertenecía enteramente, por ley que es divina á fuerza de ser humana; y al sentirse tan bien amado, tan señor y rey en el corazón y en los pensamientos de ella, no podía menos de darse también todo completo. Cualquier afecto secundario y remoto que existiera antes de aquel mutuo resplandor en que ambos se veían, debía extinguirse, como palidecen los astros lejanos cuando sale el sol.

Pero quizás no era ocasión de pensar tales cosas. León puso la niña en brazos de su madre y le dijo:

«Ni un momento más. Adiós. Si es necesario explicar á tu padre la causa de tu traslación á Madrid, yo me atreveré á decírsela.

—Se la diré yo.»

Con precipitación y desasosiego salieron uno y otro por puertas distintas.

V A almorzar.

El narrador no cree haber faltado á su deber por haber omitido hasta ahora que los Tellerías corrieron en tropel á Suertebella desde que llegó á su noticia el grave mal y estado de María. Ello es tan natural, que el lector debía darlo por cierto, aunque las fieles páginas del libro no lo dijeran. Lo que sí conviene apurar, por si la posteridad, siempre entrometida y buscona, tuviera interés en saberlo, es que en la mañana de aquel célebre martes (el día de la misa de rogativa, de la visita de Paoletti y de la partida de Pepa) la Marquesa de Tellería, el Marqués y Polito oyeron atónitos de boca de León Roch estas enérgicas palabras:

«No se puede ver á María.

—¿Hoy tampoco? ¡Lo oigo y no lo creo!—exclamó Milagros sin poder contener su ira.—¡Prohibir á una madre que vea á su pobre hija enferma!...

—¡Y á mí, á su padre!...»

Polito no decía nada y se azotaba los calzones con un junco que en la mano traía.

«¿Qué razón hay para esto?

—Alguna razón habrá cuando así lo dispongo,—dijo León...

—Yo quiero entrar á ver á mi hija. Yo quiero verla, asistirla.

—Yo la asisto y la velo.

—¿No nos das ninguna razón, ¡por Dios! ninguna explicación de esa horrible crueldad?» dijo el Marqués, poniéndose severo, que era lo mismo que si se pusiera cómico.

León les habló del delicadísimo estado moral de María, del gran temor que á él le inspiraban las indiscreciones de su familia si ésta entraba en la alcoba de la enferma.

«¿Está sola en este instante?

—Está con su confesor.»

Y Milagros llevó aparte á su yerno y le dijo:

«Verdaderamente no creí que llegaras á tal extremo. Explícate, explícame las monstruosidades que han pasado aquí... ¡Ah! Mi pobre y desventurada hija ignora sin duda que se halla en la misma casa de la querida de su esposo!... Temes que le abra los ojos, temes que la verdad salga de mis labios, como sale siempre, espontánea, natural... porque no sé fingir, porque no sé hacer comedias.

—¡Oh! No, señora: yo no temo nada—dijo León deseando cortar la disputa.—Pero usted no verá á su hija hasta que ella no se restablezca.

—¿Y qué autoridad tienes tú sobre la mujer que has despreciado?... O es que estás arrepentido de tu conducta y quieres...»

La dama cambió de tono y de semblante. Aquella trágica arruga de su hermosa frente desapareció como nubecilla disipada por el sol; brillaron sus ojos con animación juvenil, y hasta parecía que el disecado pajarillo de su elegante sombrero aleteaba entre las gasas.

«¿Hay por ventura proyectos de reconciliación?—dijo entre agrias y maduras.—Si los hay, no seré yo quien los estorbe... Como vayan precedidos de arrepentimiento...

—No hay ni puede haber proyectos de reconciliación,» dijo bruscamente el yerno á punto que entraba en la sala el Marqués de Fúcar.

Este, sobreponiéndose á su tristeza para cumplir los deberes que le imponía la condición de castellano de aquel magnífico castillo, se presentó á saludar á los Tellerías, á compadecerles por la enfermedad de la pobre María, á rogarles que dispusieran de la casa y de cuanto en ella había. Y como el caso que allí les llevaba no era cosa de un momento, el generoso Fúcar, dando á su hospitalidad un carácter grandioso y caballeresco, conforme á la resonancia europea de su nombre, invitaba á los Tellerías á permanecer allí todo el día, toda la noche y todos los días y noches siguientes, y á comer, cenar, tomar un lunch, un pic-nik ó hispano piscolabis, á descansar, dormir, disponer de la casa entera, pues allí había mesa, despensa, bodega, servidumbre, camas para la mitad del género humano, caballos para pasear, flores en que recrear la vista, etc., etc.

«¡Oh! gracias, gracias... cuánto agradecemos...»

La mano del millonario fué estrujada por la de Tellería, que en su emoción no pudo decir nada. En las grandes ocasiones, el silencio, una mirada al cielo y un apretón de manos, son más elocuentes que cien discursos enalteciendo á los que nos hacen olvidar que vivimos en un siglo corrompido por las ideas materialistas. La Marquesa se esforzaba en dar á su cara la expresión que, según ella, cuadraba más á su occidental belleza, ó que mejor realzaba aquellos pálidos restos, bastante valiosos aún para lucir mucho, si el arte, la coquetería, la palabra misma, discreto artífice, los presentaba en buena y proporcionada luz. Empeñando conversación mundana con Fúcar, supo llevar á éste por las vías sentimentales con tanta gracia y donosura, que el agiotista la oía con encanto. Al mismo tiempo Tellería llevaba á León junto á la ventana para decirle con acento majestuoso:

«Las cosas han llegado á tal extremo, y tu conducta es tan ruín y vituperable en apariencia, que necesitas darme una explicación completa, aunque para ello sea preciso llevarte á un terreno...

—Al terreno del honor—dijo León con sarcasmo.—Vea usted: ese es un terreno al cual no será fácil que vayamos juntos...

—Comprendo que un padre político... No es que yo quiera agravar el escándalo con otro escándalo mayor. Confiamos aún en tu caballerosidad, en lo que todavía queda en tí de esa hidalguía castellana que los españoles no podemos desechar aunque queramos... y si Dios te tocase el corazón y te reconciliaras de un modo durable con mi querida hija...

—No me reconciliaré.

—Entonces...»

Lanzó el prócer á su hijo político una mirada que, dado el carácter promiscuo, entre cómico y serio del ilustre personaje, podía calificarse en el orden de las miradas terribles.

«Entonces, yo sé lo que debo hacer.»

Estaban en el salón japonés, lleno de figuras de pesadilla. Por sus paredes de laca andaban, cual mariposas paseantes, hombrecillos dorados, cigüeñas meditabundas, tarimas de retorcidos escalones, árboles que parecían manos y cabezas semejantes á obleas. Las figuras humanas no asentaban sus redondos pies en el suelo, ni los árboles tenían raíces; las casas volaban lo mismo que los pájaros. Allí no había suelo, sino una suspensión arbitraria de todos los objetos sobre un fondo obscuro y brillante como un cielo de tinta. Los expresivos rostros japoneses parecían hacer el comentario más elocuente de la escena viva, y las mariposas de oro y plata reproducían, por arbitrio de la fantasía en aquella especie de estancia soñada, la sonrisa jeroglífica de la Marquesa de Tellería. Cacharros de color de chocolate poblaban rincones y mesas; y viendo los ídolos tan graves, tan tristes, tan feos, tan hidrópicos, tan aburridos, se hubiera creído que estaban comentando en teología místico-asiática la tristeza indefinible de D. Agustín Luciano de Sudre.

Como se pasa de una página á otra en libro de estampas, así se pasaba de la habitación japonesa al gran salón árabe, donde estaba el billar y en él Leopoldo. Con su tarugo de aspirar brea puesto en la boca, á guisa de cigarro, se entretenía en hacer carambolas. Un lacayo se le acercó.

«¿Ha llamado el señorito?

—Sí—repuso el joven sin mirarle.—Tráeme cerveza.»

Ya se marchaba el lacayo, y Polito le volvió á llamar para decirle:

«¿Se servirán pronto los almuerzos?

—Dentro de un momento.»

Y siguió haciendo carambolas. El Marqués de Fúcar se retiró por un momento del salón japónico. Un maître d’hôtel, rubio y grave, reclutado en cualquier cafetín de París, y que se habría parecido á un lord inglés si no lo impidiera su servilismo melifluo y su agitación de correveidile, se acercó á la Marquesa para pedirle órdenes.

«¡Oh! no—dijo ésta.—Tomaré muy poca cosa... ¿Hay gateau d’ecrevisses?... ¿No? bueno: no importa. Las pechugas ahumadas no me gustan. Mi beefsteack que esté poco hecho.

—No olvide usted—dijo el Marqués á aquel hombre benéfico, cuyo frac negro parecía el emblema de la caridad cristiana creadora de los hospicios,—no olvide usted que yo no bebo sino Haut Sauterne.»

Fúcar reapareció melancólico, pero apresurado, indicando con esto que las tristezas no son incompatibles con el almorzar. Era un poco tarde, y los cuerpos necesitaban reparación. La Marquesa, D. Agustín, Polito, el Sr. de Onésimo, que llegó cuando los demás estaban en la mesa, hicieron honor, como se dice en la jerga gastronómica, á la cocina del de Fúcar. O por delicadeza de estómago, ó porque la aflicción de su ánimo le cortara el apetito, ello es que Milagros apenas probó de algunos platos.

«No se deje usted dominar por la pena—le decía D. Pedro.—Es preciso hacer un esfuerzo y tomar alimento. Yo tampoco tengo ganas; ¿pero de qué sirve la razón? Hago un esfuerzo y como.»

Buena prueba de los esfuerzos de D. Pedro era un beefsteack que entre manos y boca tenía, el cual, pedacito tras pedacito, pasaba á su estómago, dejando en el plato la sangre bovina revuelta con manteca y limón. La Marquesa no hacía más que picar y catar, tan pronto apeteciendo como desdeñando, y el Marqués se encariñaba con las cosas picantes y afrodisíacas, obsequiándolas risueño con una mirada galante y después con las traidoras caricias de su tenedor. Las trufas, las saucises trufadas, la rica lengua escarlata de Holanda y otras cosillas se ofrecían á su paladar con provocativos encantos.

«¿Y Pepa?—dijo bruscamente el Marqués de Onésimo.

—Está en Madrid,» replicó Fúcar sin alzar los ojos del plato, donde el solomillo parecía representar el Tesoro español por lo recortado y empequeñecido.

Siguió á estas palabras un largo silencio, que rompió al fin el mismo D. Pedro, diciendo á la Marquesa: «¡Oh! amiga mía... hay que sobreponerse al dolor... Además, la situación no es desesperada... María está bien hoy... ¿Llora usted?... A ver... esta media copa de Sauterne.»

Milagros no rehusó el obsequio. Después de apurar el vino, dijo así:

«Veremos si ese tigre de mi yerno me permite esta tarde ver á mi hija.»

Deseando Fúcar hablar de asunto menos aflictivo, sacó á relucir las voces que corrían acerca de la próxima boda de Polito con una riquísima heredera cubana, cuya familia, recién venida á Madrid, metía bastante ruido con la ostentación de colosal fortuna. Desmintió la Marquesa el rumor, y Leopoldo lo confirmó indirectamente con frases en que la modestia enmascaraba á la vanidad. Los rumores eran ciertos, como lo eran el noviazgo y las pretensiones del joven, y su seguimiento cuotidiano de la chica, á caballo y á pie; mas á pesar de esta cacería ecuestre y pedestre, lo de la boda era un puro mito, sin otra realidad que la que tenía en el deseo ardentísimo de Milagros de ver á su hijo poseedor de un caudal limpio y gordo. La familia de Casa-Bojío, á pesar de tener amistad con la de Sudre, oponíase á las aspiraciones de Leopoldo; pero Milagros trabajaba en silencio con diplomacia y finura para que aquel sueño de oro fuera un hermoso despertar de plata.

Agotado el tema, retiróse Milagros del comedor. Un lacayo presentaba al Marqués y á Polito los mejores cigarros del mundo. Era aquel artículo, digámoslo en términos de comercio, el más superfino de cuantos abastecían la casa del millonario. Sus corresponsales de la Habana le mandaban para su uso lo mejor de lo mejor, en recompensa de la gracia y arte mágico con que se las componía con el Gobierno para hacer fumar al país lo peor de lo peor.

Estallaron fósforos y chuparon labios.

«Polito—dijo el Marqués,—si quieres dar un paseo, dile á Salvador que ensille á Selika.»

El benemérito jinete de caballos ajenos no se hizo de rogar y bajó al punto al picadero. D. Pedro dió un suspiro, hizo una seña al Marqués de Tellería y al Marqués de Onésimo, dos nobles subalternos, el uno de raza y el otro de administración, que observando la fisonomía del noble del dinero, parecían tributarle culto idolátrico, acatándole con sus miradas é incensándole con sus aromáticos puros. Acercáronse entrambos, D. Pedro bajó la voz, y con entristecida cara les comunicó un pensamiento, una noticia, un hecho. Así, trasegando la pena de su afligido corazón al corazón de dos amigos, el digno prócer se sentía aliviado, respiraba con más desahogo, hasta podía soltar un chascarrillo y reir con aquella carcajada congestiva que oímos por primera vez en la casa de baños.

«¡Qué vida ésta!... ¡Qué alternativas, qué inesperadas peripecias!... Luego esta pícara tendencia del corazón humano á exagerar las penas pintándoselas como irremediables...»

Onésimo se quedó estupefacto al oir el hecho referido por su insigne amigo. Creeríase que su cabeza, totalmente absorbida por las altas especulaciones bancarias y por la metafísica de hacer empréstitos, no comprendía aquel hecho vulgar. El de Tellería se llenó de alborozo oyendo palabras tristes que salían de los labios de Fúcar, y tuvo una idea propia, una idea felicísima. Acariciábala en su mente, contemplando con los ojos del cuerpo las pinturas decorativas del comedor de familia, en cuyas paredes se veía representado un verdadero diluvio de animales muertos, perdices, liebres, ciervos, cangrejos, y otro diluvio de frutas, berzas, pepinos y mariposas. El roble tallado también ofrecía medallones de cacerías, bocas tocando trompetas venatorias, perros corriendo, manojos de perdices y mil representaciones diversas del reino alimenticio, de tal modo, que el comedor, parecía el palacio de la indigestión.

VI El clérigo miente y el gallo canta.

Cuando María Egipciaca vió que entraba en su cuarto el Padre Paoletti, lanzó un grito de alegría. Le miró con cariño, posó después los dulces ojos en León, expresándole su gratitud por aquella fineza matrimonial que rayaba en lo sublime, y alargó una mano á cada uno. Aquel movimiento tan natural en ella, y que no fué acompañado de ninguna observación, era la cifra de su vida, y aun podría ser la síntesis de este libro en lo que á la dama se refiere. Los dos le preguntaron á un tiempo que qué tal se encontraba, y con una sola respuesta satisfizo á entrambos.

«Me parece que estoy mucho mejor. Me siento con ánimos...»

León le dió una palmada en el hombro, diciéndole: «Ahora... yo me retiro.

—No, no, no—declaró con gran presteza el Padre Paoletti, que se había sentado á la izquierda de la cama.—Doña María y yo no vamos á hablar de cosas de conciencia... El médico nos ha dicho que su estado no es ni bastante grave para acudir con premura á la salvación del alma, ni bastante lisonjero para poder platicar extensamente sobre temas espirituales que, por lo mismo que son dulcísimos y preciosísimos, fatigan la atención. Departiremos un poco los tres... sí, señor, los tres... y á su debido tiempo, cuando esa cabeza esté más serena, mi ilustre hija espiritual y yo nos secretearemos un poco.»

La sonrisa con que concluyó el discursillo comunicóse á María, que la reprodujo como reproduce la mar el color del cielo. Era Paoletti, como se ve, un hombre afable, meloso, de palabra sencilla, insinuante, de apariencia modesta y seductora en una pieza, por la reunión feliz de una figura simpática y de la voz más clara, más argentina, más conmovedora que se ha oído jamás. Era su acento dulce y firme á un tiempo, formado del misterioso himeneo de dos notas que parecen antitéticas: la precisión y la vaguedad. Los resabios del decir italiano, atenuados por el largo uso de nuestra lengua, daban á ésta en su boca como un son quejumbroso que hacía resaltar más los matices vivos y el enérgico juego de consonantes del idioma español. Conocedor de su destreza para instrumento tan primoroso, se esmeraba en manejarlo, corrigiendo los pequeños defectos y concordando la idea con la palabra y la palabra con la voz de un modo perfecto. El uso de superlativos dulzones hacía un poco empalagoso su estilo.

Mientras hablaba ponía también en ejercicio la singular luz, la expresión activa de sus ojos, cuyas múltiples maneras de mirar, que podrían llamarse fases, añadían y como redondeaban el lenguaje oral. De sus ojos podía decirse que eran la prolongación de la palabra, pues llegaban á donde no podía llegar la voz. Eran á ésta lo que la música es á la poesía. Indudablemente había algo de estudio en el extraordinario empleo de estas cualidades; pero la principal causa de ellas eran un don ingénito, y la dilatada práctica de bucear en conciencias y de leer en rostros con esfuerzos de agudeza y persuasión, y el usar artificio de ojeadas y reclamos de inflexiones dulces para descubrir secretos.

«Según el parecer de ese sabio médico—dijo,—nuestra dulcísima amiga se restablecerá pronto. Ha sido esto una crisis nerviosa que va pasando, y pronto volverá la calma primera. Estamos sujetos al traidor influjo de las bruscas impresiones morales que desatan tempestades en nuestra alma, sin que nuestra razón flaquísima lo pueda evitar. El demonio, siempre vigilante; la nefanda carne, rara vez sometida por entero, se amotinan y nos acometen, cogiéndonos de sorpresa. Aquí es el desvarío de los sentidos, que no abultan, sino que desfiguran las cosas; aquí el encenderse de la fantasía, que va á donde nunca debe ir, y todo lo ve de aquel color de sangre y fuego de que ella está vestida. El espíritu sucumbe aterrado por una apariencia vana, por una apariencia vana, mi querida amiga. Después viene el reposo, casi siempre después de un gran desorden físico, y se ven las cosas claras, se ve que no había motivo para tanto, que se hizo demasiado caso de la maledicencia, quizás de la calumnia; que se vieron fantasmas, sí, fantasmas... ¡Oh! ya hablaremos de esto, mi querida amiga... Ahora procure usted reponerse pronto y llevar su alma á un estado suavísimo... Y me parece que está usted muy bien alojada en esta casita. Tuvo buena elección su señor esposo al tomar tan tranquila vivienda. A mí me gusta mucho Carabanchel... Doña María, cuando usted pueda levantarse, y su esposo la saque á paseo, porque la sacará á paseo, ¿no es verdad? verá usted qué trigos tan hermosos hay por estos campos... Luego esto es una bendición para las gallinas: no da uno un paso sin tropezar con una bandada de estos animales humildísimos. Y basta de sermón por hoy, señora mía. Empecé por el alma y acabo por las gallinas; ¿qué tal?»

En este momento oyóse cantar un gallo.

«Es el gallo de San Pedro,» dijo Paoletti aparte á León.

Y volviendo rápidamente los ojos á su ilustre amiga, añadió.

«Empecé hablando del alma y concluí haciéndome cargo de las aves que hay en este pueblo. En otra ocasión empezaremos por el corral y acabaremos por el cielo... Con Dios.

—¿Pero se va usted?—dijo María con verdadera aflicción.

—Me pasearé por estos contornos, iré á comer, y volveré luego.

—¡Oh! no, de ninguna manera—manifestó León.—Comerá usted aquí.

—Gracias, gracias. Señora Doña María—dijo Paoletti, inclinándose ante la enferma con mundana cortesía y riendo con familiaridad,—su marido de usted es muy amable... No lo había visto desde aquellos tristes días en que subió al cielo nuestro amadísimo Luis. He tenido mucho gusto de verle hoy.»

María miraba á su marido vacilando entre la benignidad y el enojo.

«¿Sabe usted, mi buena amiga—añadió el clérigo,—que hoy he descubierto una cosa por las vías más extraordinarias y más inesperadas?

—¿Qué?—preguntó la dama con gran curiosidad.

—Ya hablaremos de eso... no quiero incomodar.

—Dígamelo usted,—insistió María con el tono mimoso que emplean los niños cuando piden una cosa que no quieren darles.

—Pues he descubierto—prosiguió el italiano, bajando más la voz y fingiendo que no quería ser oído de León Roch,—pues he descubierto que su marido de usted es mejor de lo que parece: que todo cuanto le dijeron á usted... ya sé que fueron allá con mil cuentos la de San Salomó y Doña Milagros... es un puro error, equivocación... Me consta, ¿lo oye usted? me consta que no hay tales infidelidades...»

En los ojos de María brillaban con viva luz la ansiedad y el orgullo. Aquellas palabras, que en tal boca sonaban para ella como el mismo Evangelio, eran en su turbado espíritu cual bálsamo dulce aplicado por las propias manos de los ángeles. Se sentía saliendo de un negro abismo á la clara luz y al grato ambiente de un hermoso día. Aunque más tarde debía venir la reflexión á aquilatar el valor de tales afirmaciones, por de pronto las palabras del clérigo hicieron rápido efecto en su credulidad de penitente. Si Paoletti le dijera que en aquel momento era de noche, antes creyera en el error de sus ojos que en la verdad de la luz del día. Sin saber qué decir, ni cómo expresar su gozo, miraba al Padre y al esposo, y las manos de ambos estrechaba.

«Sí, mi querida amiga—añadió Paoletti,—no hay motivo para pensar en tales infidelidades, y este hombre...»

Volvióse á oir el canto del gallo, y el clérigo suspendió su frase cual si le faltara la voz. Recobróla al variar de asunto, y dijo:

«Con que, amiguita, á ponerse buena pronto... ¡Ah, qué función tan linda se perdió usted ayer!... Cuando vuelva usted por allá le enseñaremos las estampas que hemos recibido... Tenemos agua de Lourdes fresquecita... ¡Cuánto hemos echado de menos á nuestra Doña María! ¡Ah! se me olvidaba: ya nos comimos el chocolate... Se le dan gracias cordialísimas á nuestra protectora en nombre de todos los de la casa.

—Si no vale nada... ¡Por Dios!

—Doña Perfecta se ha enojado con nosotros porque no quisimos admitir su donativo... Angelical señora es Doña Perfecta. ¡Qué alma tan pura! ¿Pues y la pobre Doña Juana? Anoche nos mareó de lo lindo y hasta nos llamó déspotas porque hemos prohibido á la mujer del portero que le haga el café á ella y á las demás devotas madrugadoras que van á comulgar muy de mañana y quieren desayunarse en seguida. Francamente, la portería parece algunos domingos un restaurant.»

A esta sazón entró el médico, diciendo:

«Mucha, mucha conversación hay aquí... Si tendré yo que venir como un maestro de escuela con una caña en la mano á mandar callar.

—Yo... punto en boca. Creo que he hablado más de la cuenta—indicó el confesor,—y me voy á dar una vuelta por ahí.»

Llevando á León al hueco de la ventana, le dijo: «¿Qué tal?

—Bien,» replicó León, admirando la habilidad histriónica del Padre.

Oyóse otra vez el canto del gallo.

«He negado á mi Dios, he faltado á la verdad—dijo Paoletti con sonrisa que parecía reprensión.—Si ese gallo sigue avisándome con su voz que parece venir del cielo, no tendré fuerzas para hacer traición á mi Maestro.

—Es caridad. Los gallos no entienden de esto.

—Ella y Dios me lo perdonarán. Como no la he engañado nunca, como de mis labios no ha oído jamás palabras que no fueran la misma verdad, me cree como al Evangelio.»

León meditó un momento sobre esta última frase, que despertaba en él añejos dolores.

El médico hizo en voz alta lisonjeros vaticinios sobre la enfermedad.

«¿Oye usted lo que afirma el facultativo?—dijo el confesor hablando aparte con el marido.—Albricias, querido caballero: ya se puede asegurar que nos vive Doña María.»

Aquel plural, dicho y repetido naturalmente y sin malicia, era el más cruel sarcasmo que León escuchara de labios humanos en toda su vida. Había visto con gusto la milagrosa virtud terapéutica de los consuelos del Padre en la desgraciada María; pero aquella familiaridad del clérigo con su penitente, aunque encerrada dentro de la pudibunda esfera de las relaciones espirituales, le repugnaba en extremo. Fué aquél un momento de los más tristes para su espíritu, porque vió cara á cara la fuerza abrumadora con que había querido luchar durante los batalladores años de su matrimonio. Se entristecía y se avergonzaba. ¡Ay! El divorcio moral de que repetidas veces habló y que, según él, estaba ya consumado, no fué completo y radical hasta aquel momento. Hasta entonces quedaba la estimación, quedaba el respeto; pero ya estos tenues hilos parecían, si no rotos, tan tirantes que pronto, muy pronto, se romperían también.

Ocultando lo que en sí pasaba, se acercó á su mujer y le dijo:

«El Sr. Paoletti y yo vamos á tomar alguna cosa... Rafaela te acompañará mientras volvemos.

—¡Oh! Sí... almorzad, almorzad...—replicó María alegremente y dulcificando su mirada.—Pero no tardes: quiero verte... quiero hablarte... No olvides que tu deber es acompañarme, no separarte de mí ni un solo momento... Ahora que te cogemos á propósito, verás qué reprimendas y qué sobas te vamos á dar el Padre Paoletti y yo. Te veo ya acobardado y humillado... ¡pobre hombre!... ¡desgraciado ateo! Pero no tardes: quiero verte... Mira... esta noche pones ese sofá aquí, junto á mi cama, para que duermas á mi lado... Así dormiré yo mejor, y si sueño algún disparate, con alargar la mano y tocarte me tranquilizaré.

—Bien: haré todo lo que deseas,—dijo el esposo con la vacilación en la mente y el hielo en el corazón.

—¡Ah!—prosiguió María, reteniéndole por la manga;—dispón que me traigan hoy mismo mi rosario, el crucifijo y todos mis libros de rezo que están sobre la mesa de mi cuarto; todos, todos los libros, y el agua de Lourdes, y mis reliquias, mis adoradas reliquias.

—Rafaela irá esta tarde á Madrid y te traerá todo.

—¡Cómo se conoce que estoy en el cuarto de un ateo!—observó la enferma, tomando de súbito el tono impertinente, que no había desaparecido en ella sino ante la atroz quemadura de los celos.—No hay aquí ni un solo cuadro religioso, ni una imagen, nada que nos indique que somos cristianos... Pero ve á almorzar, ve á almorzar. El buen Padre estará en ayunas... ¡pobrecito! Dale lo mejor que haya, ¿entiendes? lo mejor. Reconoce tu gran inferioridad; humíllate, hombre. Háblale de mí, háblale de mí, y aprenderás á apreciarme mejor.»

Cuando León salía disimulando una sonrisa amarga, volvió á cantar el gallo.

VII Fuegos parabólicos.

Luego que Fúcar entendió que pisaba los pavimentos de Suertebella la venerable planta del Padre Paoletti, se apresuró á ofrecerle palacio, mesa, servidumbre, coches, capilla, obras de arte. Creeríase que D. Pedro era poseedor de toda la creación, según la facundia y liberalidad con que todo lo brindaba para goce y dicha de la humanidad menesterosa. Y arqueándose cuanto lo consentía su crasa majestad, manifestaba con reverencias y cortesías cuán inferiores son las riquezas y esplendores del mundo á la humildad de un simple religioso, sin otra gala que su sotana, ni más palacio que su celda.

Paoletti, que era entendidísimo en artes bellas y aun en las suntuarias, elogió mucho la riqueza de Suertebella, dando así propicia coyuntura al Marqués para que gustara su satisfacción predilecta, que era enseñar el palacio, sala tras sala, sirviendo él de cicerone... Largo rato duró la excursión, que á marear bastaría la más sólida cabeza, por la heterogénea reunión de cosas bonitas que contenían aquellos pintorreados muros. Paoletti lo admiraba todo con comedimiento, demostrando ser hombre muy conocedor de museos y colecciones. El Marqués de Fúcar, que parecía la gacetilla de un periódico, según prodigaba sus elogios á las obras medianas ó malas, solía apuntar el precio de algunos objetos, bien cuadritos tomados á Goupil, bien porcelanas adquiridas en el martillo de la calle Drouot, y que eran hábiles imitaciones.

«Y aquí me tiene usted aburrido, completamente aburrido entre tantas obras de mérito—decía encarándose con Paoletti y cruzando las manos en actitud ascética.—Soy esclavo del bienestar, mi querido Padre. Parece que no, y ésta es la esclavitud más odiosa. ¡Cuánto envidio á los que viven tranquilos, con esa libertad, con esa independencia que da la pobreza, sin los afanes del trabajo, sin conocer otro banquete que el que cabe dentro de una escudilla, ni más palacio que cualquier celda, choza ó agujero...

—¡Oh! querido señor mío—manifestó el italiano riendo y llevándose la mano á la boca para ocultar urbanamente un bostezo,—pues no hay nada más fácil que realizar ese deseo... ¡Ser pobre! Cuando oigo á los mendigos expresar deseos de ser millonarios, me río y suspiro; pero cuando oigo á los ricos hablar de la cabañita y de un palmo de tierra en que descansar los huesos, les digo lo que me permito decir á usted en este momento: ¿por qué no se va el señor Marqués á las ermitas de Córdoba? ¿por qué no cambia á Suertebella por una celda de cartujo?...»

Y concluyó la observación como la había empezado, con francas risas. Otra vez bostezó, haciendo pantalla de su blanca mano para cubrir la boca.

«Eso... dicho así—repuso Fúcar riendo también,—parece fácil; pero... ¿y las cadenas sociales... y el yugo de la patria, que no quiere desprenderse de sus hijos más útiles?... Ahora caigo... ¡qué descuido el mío! Es muy tarde y usted no ha almorzado.

—¡Oh! no importa... deje usted.

—¿Cómo que no importa? Puede ser que aún esté ese bendito cuerpo...

—Con el triste chocolate nada más. Pero es un cuerpo de misionero y sabe resistir.

—León, León—dijo D. Pedro llamando á su amigo, que en aquel momento pasaba por la pieza inmediata.—Voy á mandar que os sirvan el almuerzo en la sala de Himeneo. No querrás alejarte mucho de tu mujer... Y usted, Sr. Paoletti, no gustará del bullicio del comedor. Ahora están almorzando todos los que han venido últimamente... ¡Bautista, Philidor!»

Dando voces á los criados españoles y al maestresala francés, el Marqués hacía correr á sus fieles servidores de un aposento á otro. La multiplicidad y premura de los servicios eran causa de que se sintieran crujir los finos pisos de madera, y de que se oyera por todas partes el tin-tilín de botellas y copas transportadas en enormes bandejas, y el claqueteo de los platos, rumor tan grato al cortesano hambriento. Olores de guisotes y frituras recorrían los largos pasillos y las grandiosas salas, como corre el incienso por los templos de capilla en capilla.

La sala de Himeneo, llamada así porque en el centro de ella había un grupo representando la idea del matrimonio en un abrazo de mármol, estaba próxima á la habitación que llamaremos de María Egipciaca; pero no junto á ella. Una mesa fué traída al punto. León y el Padre Paoletti almorzaban.

«Consommé—dijo León, sirviendo á su comensal una buena porción de rico caldo.—Esto le conviene á usted.

—Estoy pensando, querido señor—dijo Paoletti, después que con las primeras cucharadas puso remedio á la gran debilidad que sentía,—que en toda mi vida, que no es corta ni carece de lances extraños, he visto un cuadro como el que en este momento presenciamos los dos.

—¿Cuál es el cuadro?

—Nosotros... usted y yo comiendo juntos. Ningún suceso es obra del acaso. Sabe Dios á qué plan divino obedecerá esta peregrinísima reunión nuestra. ¿Qué grandes mudanzas en los órdenes más altos no trae á veces el encuentro, al parecer fortuito, de dos personas? Reflexione usted, querido señor: á veces una meditación breve, una observación pasajera, dan al alma claridad vivísima, y entonces... No, no, gracias: no me dé usted cosas picantes ni nada de estas fruslerías de la cocina moderna... ¿Ha meditado usted?

—¿Quiere usted vino?—dijo León, poco inclinado á seguir al Padre por el campo de sus observaciones.

—No lo pruebo jamás. Deme usted agua pura, y Dios le pague su amabilidad... Cualquier tonto que juntos nos viera me criticaría á mí ó le criticaría á usted... «Miren el Padrazo haciéndose mieles con el liberal,» dirían, ó «Miren al incrédulo partiendo un confite con el clerizonte...» sin comprender que, aunque coman juntos un poco de pan y carne, la verdad no transige nunca con el error, ni el error perdona jamás á su enemiga la verdad... ¿Fresa? jamás la pruebo... porque la vergüenza del error es la verdad, por lo cual huye de ella, se esconde y se ciega con imaginaciones suyas, ó bien se tapa los oídos con el bulliciosísimo estruendo del mundo... ¿Pero no come usted?

—No tengo apetito.»

Paoletti almorzaba poco. León casi nada. Clavando en éste sus ojos llenos de expresión, el italiano le dijo con patético acento:

«Sr. D. León, la persona que conozco en todo el mundo más digna de lástima es usted... Nuestra pobre Doña María no es digna de lástima, no, sino de admiración. Muerta, entrará en la región de los bienaventurados, ornada de diversas coronas, entre ellas la del martirio; viva, será ejemplo de mujeres superiores. Es un delicado lirio que en sí reúne la hermosura, la pureza y el aroma.

—Era, sí, un delicado lirio—dijo León pálido y con nervioso temblor en su lengua, en sus ojos, en sus facciones todas,—un lirio que convidaba con su pureza y su aroma al amor cristiano, á los honestos goces de la vida...

—Pero juntóse al cardo...

—No... Vino el hipopótamo y lo tronchó con su horrible planta.»

Los ojos del Padre se multiplicaron.

«Es un tesoro de las más altas prendas.

—Era un tesoro de las más altas prendas—afirmó León haciendo un nudo en la servilleta y apretándolo fuertemente,—mezcladas con pasiones toscas, una naturaleza al mismo tiempo contemplativa y sensual.

—Vino la mano depuradora y apartó la escoria...

—Vino la helada mano, y arrojando fuera los diamantes, no dejó más que la pedrería falsa.

—¿Por qué se descuidó el joyero?

—Cuando los ladrones no entran por la puerta, sino por mina subterránea, el joyero no tiene noticia de ellos hasta que no le falta la joya. Me quitaron el amor, la generosidad, la confianza; no me dejaron más que el deber frío, la corrección moral en lo externo. Era una fuente cristalina; secaron el manantial, se estancó el agua, y cuando fuí á beber no hallé más que el sedimento impuro. Corriendo, corriendo siempre, aquella agua, que amargaba un poco, se habría dulcificado; pero no la dejaron correr, la encerraron en un charco...

—Dulce y por extremo rica era y es aquella agua, querido señor—dijo Paoletti con expresión seráfica;—agua mística, agua suavísima, regaladísima, que es la esencia del alma misma, el amor divino. Cuando esta agua corre en el mundo, justo es que Dios se la beba y arroje el vaso.

—Es lo que me han dejado, el vaso.

—El vaso de oro, que es lo que apetece la concupiscencia del joyero sin fe. El desgraciado esclavo de la materia para nada necesita del agua riquísima. Su sed no se aplaca con amores del agua: su sed no es más que una forma de avaricia, y se sacia con la posesión del oro del vaso, con la hermosura corporal.

—Para el que no conoce el amor sino por el pecado, para el que no siente el amor, sino que solamente lo oye, recibiendo aquí (y señaló la oreja) los secretos de los que aman, la vida del corazón es un misterio incomprensible. El no ve más que deberes cumplidos ó faltas cometidas. Esto es mucho, pero no es todo. El que no ha bebido jamás, sólo concibe el gusto insípido del misticismo ó el amargor del pecado.

—El que no ha bebido jamás, y sin embargo no está sediento, puede por la preciosa facultad de asimilación, que es uno de los más hermosos dones de nuestra alma, penetrarse bien de todas las suertes del verdadero amor, desde el más noble al más impuro. El que todo lo sabe, todo lo siente... ¡Oh! usted que así nos vitupera, habría podido tener amigos en los que cree enemigos, y leales pacificadores de su matrimonio en los que cree perturbadores de él.

—Rechazo, detesto esa colaboración.

—¿Con qué derecho acusa el que por sí ha roto todos los lazos? Sólo la circunstancia de considerarse fuera de la Iglesia, quita á ciertos hombres el derecho á quejarse de los inconvenientes de un lazo que es por sí religioso. «Yo no quiero religión, dicen, yo la abomino, yo la echo de mí; no permito á la Fe que se defienda de mis ataques, ni que reclame lo suyo.»

—Lo que no quiero que reclame es lo mío, lo humano.

—Lo humano es una cómoda puertecilla para que mi hombre se escape á la infidelidad, al adulterio, dejando á la pobre mártir sola y sin amparo.

—Lo divino pone á la pobre mártir bajo el amparo de los bebedores de agua espiritual.

—¡Qué sería de ella si así no fuese!... ¡Pobre alma destinada á pudrirse al contacto de un alma corrompida!

—No de corromperla, sino de salvarla traté yo con la persuasión, con el cariño casi siempre, á veces con la autoridad, hasta con la tiranía...

—¡Lo confiesa!... ¡confiesa su despotismo!

—Este no llegó á donde podría haber llegado en manos comunes. Algunos apalean, yo solamente prohibí... Mis prohibiciones eran á cada instante violadas... Imposible persistir en ellas sin llegar á un extremo horrible.

—Y la paloma se escapaba de las garras del cernícalo,—dijo prontamente y con cierta ironía meliflua Paoletti.

—Sí: para caer en las del vampiro que me chupaba la savia de mi vida... Yo enseñaba á mi tesoro á creer en mí, y fuera le enseñaban á aborrecerme... Nunca combatí sus creencias ni me opuse á que tuviera un confesor discreto; pero sus amistades espirituales me repugnaban. Mi enemigo no era un hombre, sino un ejército que, llamándose celestial, se hacía formidable, teniendo por colaboradores á los santos y á los tísicos que se creían santos. Yo traté de luchar en las tinieblas; pero en las tinieblas me despedazaban. Un acto hipócrita como el que á muchos débiles ha salvado, me habría salvado tal vez á mí. Ella, la pobre ilusa vendida al misticismo por la promesa de goces celestiales, me traía condiciones de paz. ¡Cosa fácil, según ella! «Humilla tu incredulidad loca; ven á nuestro campo,» me decía. ¡Eso quisieran! No compraré la paz de mi casa con la impostura, ni encadenaré con fe mentirosa un corazón que se me escapa. No añadiré con mi persona una figura al escuadrón de hipócritas que forma la parte más visible de la sociedad contemporánea... Pasa el tiempo, sigue la lucha. Mi entereza exaspera á los maestros espirituales de mi mujer, ministros de la intrusión y del abuso religioso. Pero ¿qué me importa? Prefiero ser infame á sus ojos á serlo á los míos.

—El que teme miradas que no son las de Dios, no debe hablar de estas cosas.

—Si no se le permite hablar, ¿qué se le permite? Es un desgraciado á quien se le viene encima una montaña. ¿Ni siquiera se le consiente gemir cuando es aplastado?

—Alce las manos si puede y contenga el peñasco.

—No puede, no puede; pesa como los siglos y está formado de los huesos de cien generaciones.

—¡Pobre insecto!... Aseguro á usted que nada me inspira tanta lástima como un filósofo... Por mi parte quisiera que me expresase usted con toda franqueza los sentimientos que le inspiro...

—¿Con toda franqueza?

—Con toda franqueza, sin omitir palabra dura.

—Cuando viene el turbión y me azota y me derriba, ¿qué he de pensar de aquella fuerza enorme? ¿Puedo detenerla, puedo castigarla, puedo ni siquiera injuriarla? ¿Qué decir contra ella, ni cómo defenderme, si con ser tan formidable, no es más que aire?

—Querido señor—dijo Paoletti cruzándose las manos compungidamente sobre el pecho,—este humilde clérigo ultrajado le compadece á usted y le perdona.»

En seguida oyéronse los pasos largos y duros del clérigo, que golpeando el suelo con sus pies de plomo, dirigíase á la estancia de la enferma.

VIII Sorbete, jamón, cigarros, pajarete.

La noticia de la mejoría, volando de aposento en aposento y llegando hasta el picadero, donde estaba Polito; hasta la estufa, donde los Marqueses de Tellería y de Onésimo examinaban las piñas exóticas, haciendo discretísimas apreciaciones sobre los progresos de la aclimatación (de lo cual debía resultar con el tiempo, según D. Joaquín, un gran aumento en la materia imponible); llegando también hasta la pajarera, donde estaba Milagros encantada con el piar de las aves pequeñas, que era un recreo muy de su gusto, esparció el júbilo por todas partes. Además de los Tellerías, mucha y diversa gente acudió á enterarse, y algunos aceptaban los aparatosos obsequios de Fúcar. Los más cumplían dejando tarjeta; las amigas íntimas quedábanse un rato para consolar á Milagros, que después de dar una vuelta por el jardín, había entrado bastante tarde y daba descanso á su fatigada persona en un sofá de la sala japonesa. Entre ídolos y jarros de color de chocolate, exhalaba sus quejas y suspiros.

«Ahora no se opondrá ese troglodita á que yo vea á mi hija... Pst.»

Un lacayo que pasaba con servicio de copas y licores, se detuvo al llamamiento.

«Tráigame usted un helado.

—¿De qué lo quiere la señora?

—De piña, si hay; si no, de plátano... Pilar ¿no tomas nada?

—¡Si acabo de tomar dulce de coco, plum pund-ding, Jerez y no sé qué más! Ese bendito Marqués de los adoquines quiere vengarse de mis burlas matándome de empacho. Se empeña en que me quede á comer aquí, en que pasee en sus caballos y en sus coches, en que me lleve todas las rosas... Si ya sabemos, señor tratante en blancos, que tiene usted buen cocinero, buenos caballos, un gran jardinero, y muchos muñecos del baratillo. El cocinero vale poco. Es un marmitoncillo que estaba en París en los Trois frères provenceaux... Francamente, me carga lo que no es decible este palacio de similor, tan semejante á una prendería... Parece una gran librea recargada de galones... Pero, querida Milagros, ¿sabe usted que estamos aquí haciendo un papel lucido? ¿Entramos en la alcoba de María? ¿Habrá reconciliación por ahora?»

Los ojos de la Marquesa se iluminaron como la luz de los faros giratorios cuando les llega el momento de crecer. Después se apagaron los ojos mientras los labios decían:

«¡Reconciliación! ¡Oh! ¡Desgraciadamente no la habrá!

—¿Y Pepa, dónde está?

—En Madrid.

—Sería una desfachatez que se presentase en Suertebella. Todavía no me explico por qué está aquí María.

—Mi pobre hija fué acometida de un violento ataque. Hallábase en un caserón sin muebles, sin camas, sin recursos. El Marqués de Fúcar la hizo trasladar aquí. ¡Cuánto le agradecemos su bondad!... Pero mi bendito yerno... No puedo contenerme: voy á decirle cuatro verdades... ¡Ah! el sorbete.»

Habíase levantado la dama con ciertos ademanes de femenil fiereza; pero se sosegó volviendo á su primer asiento entre ídolos y jarrones para embaular el sorbetillo en las profundidades inconsolables de su sér afligido. Polito había vuelto al billar, donde jugaba á carambolas con su amigo Perico Nules.

«¡Eh!... Philidor...—gritó de improviso, mascullando el tarugo de aspirar brea.—Haga usted el favor de mandar que me traigan un poco de jamón en dulce y una copa...

—¿De Jerez?»

Vaciló, rascándose la barba rala.

«No... que me irrita... De Chateau-Iquem. Si yo pudiera dejar la maldita brea; pero no, no puedo dejarla, porque me ahogo... ¡Eh! un momento, mon cher Philidor... A éste tráigale usted también jamón en dulce ó lengua escarlata y pajarete.»

Cuando se quedaron solos, Polito se llevó los dedos á la boca, y dijo á su amigo: «¿Smoking?...

—¿Fumar? Pues fumemos,—dijo el otro sacando su petaca.

—Hombre, no... Mira, allí está la caja... Toda la Vuelta Abajo la tenemos en casa.»

Bastoneando con los tacos, fueron derechos á una caja de tabacos que con su incitante olor revelaba el aristocrático abolengo de los vegueros que entre sus tablas de cedro tenía.

«¡Buenos cigarros, buenos!

—Mira, chico, aquí viene bien aquello de «lo que es de España...» Hagamos provisiones.

—Hombre, es demasiado,—dijo Perico Nules, algo escandalizado de aquella incautación.

—No seamos panolis... Digamos como Raoul: chascun per se...»

Cantando á Meyerbeer, cada nota disminuía de un modo deplorable la riqueza tabaquina del Marqués de Fúcar.

«Verdaderamente, ¿qué es esto que vemos, que tocamos, que fumamos?—dijo Nules, encendiendo una cerilla.—¿Qué recinto es éste, espléndido y rico? Este salón lujoso ¿qué es? Los ricos alicatados árabes de esta sala, el caballo en que has paseado esta tarde, las piñas de la estufa; los cuadros, las flores, los tapices, los vasos, ¿qué son? Pues son el jugo, la savia, la esencia de nuestro país, de nuestra amada patria... ¿tú te enteras? y como las cosas sacadas de su centro natural por malos caminos tienen que volver á su natural centro, temprano ó tarde, bien así como los seres orgánicos se asimilan por el alimento aquello mismo que pierden por el uso de la vida, resulta que...»

Trajeron el jamón, y la presencia del lacayo obligóles á guardar silencio.

«Y como nosotros somos el país ó parte del país...—dijo Leopoldo.

—El país recobra lo que le pertenece,» añadió Nules arremetiendo al plato.

Aquel humorístico joven era el mismo que había hecho, según crónicas fidedignas, la interpretación profana y maliciosa de las pinturas y letreros de la capilla.

«La riqueza, querido Polo—dijo escanciando el pajarete,—es un círculo, ¿te enteras bien? es un círculo... sale y vuelve al punto de partida... El Estado saca á mi padre por contribución la mitad de sus rentas de Jerez; Fúcar le saca al Tesoro, en el feliz instante de un empréstito, la contribución de seis meses, y yo me bebo el vino de Fúcar y le fumo sus cigarros, con lo cual satisfago una necesidad que mi padre no pudo satisfacerme por causa de aquella maldita contribución. ¿Tú te enteras de este círculo infinito?... Todavía quedan algunos cigarros en la caja. Esos se los fumarán los criados.

—No lo consiento, ¡pietoso ciel!—dijo Leopoldo.—No faltaba más... in tal periglio stremo...

—¡Oh! ¡feliz encuentro!—exclamó Nules mirando al parque por la ventana.—Ahí están las de Villa-Bojío, madre y cándidas hijas.»

Leopoldo se asomó para ver á las damas que del landó bajaban junto á la escalinata, y su corazón se movió en pecho con trabajoso palpitar, así como la pepita de una avellana medio seca que tiembla en las ramas agitadas por el temporal.

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