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La familia de León Roch, Tomo 2

TERCERA PARTE (continued 2)

Reading edition

«Convidémoslas á dar un paseo en coche,—dijo Nules.

—Sí, que enganchen. ¡Attelez!... Philidor...—gritó Leopoldo.—Pero vamos á recibirlas.

—Las llevaremos á dar un paseo á Leganés.

—No hay nada que ver.

—Hombre, los locos.»

IX También yo despeino.

Los progresos en la mejoría de la pobre santa y mártir siguieron por la tarde; pero al anochecer cesaron. Sintió María dolor de cabeza, vértigos, y se amparó de ella la tristeza. Paoletti la había acompañado gran parte del día, hablando muy poco y de cosas sin substancia. León pasaba largos ratos á su lado.

«Oye—le dijo María.—No sé si es cosa de mi imaginación, algo extraviada por la fiebre, ó engaño de mis sentidos; pero ello es que siento...

—¿Qué?

—Como si por ahí, no sé por dónde, anduviera mucha gente... Creo oir como tropel de criados y ruido de platos, y hasta me parece que siento olores de comida que me repugnan.»

León quiso arrancarle aquellas ideas, mas no lo consiguió. Sólo se quedó tranquila cuando Paoletti, que era para ella la verdad misma, le dijo: «Mi buena amiga, esos ruidos y esos olores, quizá sean pura aprensión.»

Esta vez no cantó el gallo.

«Deseo rezar—dijo María.—Pero no te vayas, León, no te vayas. Supongo que viéndome enferma no te reirás interiormente de mí porque rece. Quiero que me oigas y que te estés callado oyéndome, porque esa es tu obligación. El que no cree, oye y calla... Pero no: no te separes, no...

—¡Si estoy aquí!

—Siéntate, y no mires al suelo, sino á mí. Mi Padre y yo rezaremos, y tú... ahí, ahí quieto. Cada palabra nuestra será un latigazo... pero tú quieto ahí, sin moverte, mirándome... aquí... de modo que yo te vea bien...»

Y sujetándole la mano, echábale miradas amorosas.

«No debes rezar—le dijo León.—Nuestro amigo el Sr. Paoletti rezará... pon atención y no te fatigues.

—Bueno—dijo María, tomando de debajo de la almohada una medalla que le había traído Rafaela.—Ahora, hazme el favor de besar esa medalla.»

León la besó, no una, sino muchas veces. María la besó luego, diciendo: «¡Madre mía, salva á mi ateo, y si él no quiere salvarse, sálvame á mi, y mientras viva consérvamele fiel!»

Sin quererlo, se pintó á si misma en esta breve plegaria. La síntesis de su pensamiento era: «que yo me salve, aunque para salvarme tenga que hacer pedazos la ley fundamental del matrimonio, y que mientras yo abandono lo humano para aspirar con ferviente anhelo á lo divino, mi marido, este hombre que la Iglesia me dió para mi regalo, me quiera mucho, muchísimo, guardándose muy bien de mirar á otra.» En una palabra: para ella, como poseedora de la verdad, grandes libertades; para él, como esclavo del error, todos los deberes.

La habitación se obscurecía lentamente, llenándose de tristeza fúnebre, en la cual no tenía poca parte el rezo cadencioso del diminuto clérigo. ¡Cosa por demás extraña! Aquella voz tan armoniosa y dulce en la conversación corriente, tornábase un tanto áspera en la plañidera rutina de los Paternoster y Avemarías. Rafaela trajo luz á punto que se acababa el rezo, y con esto, y con la transición del sonsonete al tono agradable del diálogo, se creería pasar de una región sepulcral á una esfera de vida. Paoletti, después de charlar jovialmente con su ilustre hija espiritual, se despidió hasta el siguiente día. Cuando León, atento á las conveniencias, le acompañaba hasta la sala del Himeneo, el clérigo le dijo con acritud: «Quiera Dios, asegurándole la salud, que me sea permitido pronto mostrarle la pura verdad. Esta comedia comienza á dejar de ser caritativa.»

León vió al sacerdote bajar con precaución la escalinata y meterse en el coche; y cuando éste rodaba por la fina arena del parque, se internó de nuevo en el palacio, diciendo para si: «¡La verdad! ¡la verdad! ¡Que la sepa y que viva! ese es mi deseo.»

En el salón de tapices, llamado así porque contenía en sus paredes hermosa colección de aquellas obras de arte, cuyas gastadas tintas y pálidas figuras parecían representar una procesión de tísicos, había placentera tertulia. León no quiso asomar por allí y volvió al lado de su mujer. Nada ocurrió en la primera noche digno de ser referido, sino que el médico, no seguro aún del buen resultado, recomendó con más energía el reposo, y puso veto á los rezos y ejercicios místicos. Serían las diez cuando María, después de dormir un poco con fácil sueño, se mostró inquieta, inclinada á hablar más de la cuenta. León, obedeciendo á su mandato, había colocado un sofá junto á la cama, y en él trataba de descansar también. Pero María le hacía mil preguntas, hablándole de sí misma, de él y de los demás. Entonces oyó León repeticiones de las impertinentes homilías caseras que tanto le mortificaban en épocas anteriores: se oyó llamar ateo, empedernido materialista, enemigo de Dios, hombre lleno de orgullo y de pecado, si bien estas duras acusaciones eran suavizadas en el orden material por la hermosa mano de María acariciando la barba del heterodoxo, dándole golpecitos á ratos, ó cogiendo entre sus finos dedos la piel del cuello con tanta fuerza á veces, que se oía la voz del marido:

«¡Oh! Que me haces daño.

—Más mereces tú... Pero mucho te será perdonado si cumples tus deberes conmigo.»

A esto sucedía larga pausa en que los dos parecían dormitar, y de pronto María despertaba sobresaltada y decía:

—Vamos á ver, marido, ¿cuál de nosotros dos vale más?

—Evidentemente tú, eso no puede dudarse.

—Ayúdame á hacer memoria... ¿Es cierto que yo te dije que no te quería y que tú me dijiste también lo mismo?»

León se quedó perplejo, sin saber qué contestar.

«No recuerdo nada,—respondió al fin.

—¿Que no recuerdas?... ¿Lo habré soñado yo?

—Es que no recuerdo. Me he consagrado á cultivar el olvido.

—Pero te alejas de mí.

—Si no me muevo.

—Acércate más... aquí. ¡Qué pálido te has puesto!... ¡qué ojeras tienes, querido!... Acércate más. Que tu cabecita esté cerca de mí.»

Después de esta insinuación cariñosa, se volvió á dormir, asiendo fuertemente por los cabellos cortos y rizados la hermosa cabeza de su esposo, como pintan al verdugo cogiendo la cabeza del ajusticiado para mostrarla al público. La luz de velar enfermos, tenue, misteriosa, encerrada dentro de un cilindro de porcelana, á la cual daba transparencias de ópalo y madreperla, trazando además en el techo un gran círculo de claridad movediza, alumbraba lo bastante para ver los bultos y la indecisa silueta de los rostros. Todo lo obscurecía aquella luz semejante á la que debe existir en el Limbo, convidando al sosiego y á un medio sueño parecido al estupor. León no velaba ni dormía: el cansancio le impedía lo primero, y la atormentadora idea no le dejaba llegar al reposo cuando caía lentamente en él. Ya muy avanzada la noche creyó sentir ligero rumor en el cuarto; miró con asombro; no era posible que nadie entrara allí á tal hora. Quedóse helado de espanto cuando vió una sombra ó fantasma que avanzaba con paso lento. Parecía un capricho óptico de la misteriosa luz encerrada en el vaso cilíndrico. Felizmente, León no podía creer en aparecidos. Quiso moverse para expulsar al intruso, á quien al punto reconoció como persona humana, pero no pudo. Estaba muy bien agarrado por los cabellos, y el más ligero movimiento habría despertado á su mujer, que dormía con sueño tranquilo. Extendió el brazo para decirle algo con el brazo, ya que no podía decirlo de otra manera; pero el fantasma no hacía caso; se acercaba más, se inclinaba hacia el lecho con cierta curiosidad parecida al pavor. León sintió el extraño envolvimiento, por decirlo así, de una mirada dolorosa. Su corazón latía y forcejeaba en el pecho, como un loco furioso dentro de su camisa de fuerza. Estaba indignado... ¡No poder hablar, no poder moverse para conjurar aquel peligro! Luego observó que el fantasma, y seguiremos dándole este nombre pueril, movía la cabeza, como quien reconviene ó interroga. Después se alejó sin cautela, precipitadamente, haciendo más ruido que al entrar, y dejando tras de sí un quejido como ráfaga de viento que pasa. María se despertó sobresaltada.

«¡León, León! Yo he visto...

—¿Qué?... No delires.

—Yo he visto... sí, he oído... como el ruido de una falda de seda... corriendo.

—Sosiégate... Aquí no ha entrado nadie.

—Yo ví—repitió la enferma llevándose las manos á los ojos.—Me pareció que una mujer salía por aquella puerta.

—Duérmete otra vez y no veas ni oigas lo que no existe.

—¿Está el Padre Paoletti?

—¿Cómo ha de estar, hija? Son las doce de la noche. Vendrá mañana.

—¡Oh! Yo quiero que él me explique esto. Él solo me lo puede explicar.»

Después, la dama se durmió, recogidas y puestas blandamente sobre el pecho las manos, con lo cual dicho está que dejó libres los cabellos de su esposo. Este, imposibilitado ya de conciliar el sueño por las batallas de su ánimo, y porque creía sentir aún bullicio de persona viva en la habitación inmediata, levantóse del sofá con toda precaución y silencio, y andando de puntillas salió de la alcoba, Al llegar al aposento próximo, un ruido singular y que con ningún otro puede confundirse, le indicó la precipitada fuga de una falda de seda. Siguió tras ella, pasando de sala en sala; pero la falda huía, como alimaña que se siente cazada y busca en la obscuridad su vivienda. Por último, en la sala llamada Incroyable ó Increíble (de que se hablará luego), la fugitiva, cansada de correr, dió con su cuerpo en un sillón. Allí no había lámpara ni bujías; pero por un ancho tragaluz entraba la claridad del farol encendido toda la noche en el ángulo de uno de los grandes corredores del palacio. Alumbrada tan poco y un sí es no es románticamente, la sala Increíble, si no tenía claridad bastante para que en ella se pudiera leer, ó mirar las estampas, ó hacer un detenido estudio de las porcelanas allí colocadas, teníala para que se conocieran las personas y aun se recrearan los rostros, si la ocasión lo exigía, en su contemplación muda.

Pepa Fúcar, pues no era otra la que allí fué como alma en pena, se inclinó sobre sí en el sillón, juntando la frente á las manos cruzadas y casi tocando con éstas á las rodillas. Entre gemidos pronunció estas palabras:

«Ya sé lo que vas á decirme, ya sé... no digas nada.

—Por Dios... tu imprudencia...—murmuró León de pie ante ella.

—No, no volveré más; no lo haré más... Ya sé que no tengo derecho á nada... que mi destino es dolor y abandono... siempre abandonada... Ya sé que no puedo quejarme, que no puedo pedir explicaciones, ni pedir nada, y que hasta el pensamiento amante me está prohibido.»

León se sentó junto á ella. La dama no cesaba en aquel angustioso movimiento de su cabeza y sus manos cruzadas, inclinándose acompasadamente en dirección de las rodillas. Irguiéndose luego como quien se envalentona consigo mismo y domina su corazón pisoteándolo (también hirió el suelo alternativamente con ambos pies), secó sus lágrimas con las manos temblorosas, por no tener serenidad bastante para hacerlo con el pañuelo (y aun se puede asegurar que había perdido el pañuelo), dijo así:

«Estoy de más aquí... Tengo todos los sentimientos, pero me faltan todos los derechos... Soy una mujer sin honor. La esposa podría abofetearme y sería aplaudida... Adiós.»

León le señalaba la salida sin decirle nada. Ella le miró con honda ternura. Rápidamente extendió hacia la cabeza del caballero su mano, á la cual la pasión daba energía formidable, hizo presa en los cabellos, tiró, trajo hacia sí la cabeza, obligando al cuerpo á una violenta inclinación, la puso sobre sus rodillas, enredó por un instante en el cabello sus diez dedos... machacó encima...

«También yo...—dijo, hablando como se habla cuando no se puede hablar.—También yo... despeino.»

León se incorporó, vacilando entre la severidad y el perdón.

«Márchate,—le dijo.

—Sí, adiós...—replicó ella alejándose.—No quiero deshonrarte más... Iré despacio. Mi pecho está oprimido. El llorar y el correr me ahogan... No me acompañes...»

Abrió sigilosamente con llave falsa la puerta del museo pompeyano, la cual estaba en el ángulo de la sala Increíble, y desapareció en un recinto obscuro. León salió poco después por donde había entrado, regresando, como buen soldado, á su puesto de combate.

X Latet anguis.

En la tarde precursora de aquella noche, la de San Salomó (á quien no hemos visto desde que en el salón japonés presenciaba el cuadro interesante de la Marquesa de Tellería asimilándose un sorbete de piña) fué invitada por D. Pedro Fúcar á visitar la estufa, echando al paso una ojeada á los caballos ingleses, poco há traídos de un harás de Londres. El tratante en blancos, el noble que traía su abolengo, si no de batallas contra moros, de felicísimas contratas entre fieles cristianos, conocía muy bien la poca estimación que á Pilar inspiraba; y ganoso de conquistar adeptos, no satisfecho de haber rendido á sus pies la Administración y el agio de ambos mundos, abrumó á la Marquesa con obsequios muy delicados. Además de mostrarle con especial diligencia las maravillas de Suertebella, le regaló algunas preciosidades de las que el palacio contenía, con la añadidura de flores vivas en tiestos de lujo, exóticas frutas, y para colmo de galantería le dió también reliquias y objetos piadosos que en la capilla había. Con toda su habilidad cortesana no podía ocultar el prócer pecuniario que la pena le dominaba más cada día, y distrayéndose á menudo, echaba suspiros y se quedaba mirando al suelo, cual si en el suelo, escrita en misteriosos guarismos, como el binomio sobre la tumba del gran Newton, estuviese la fórmula de un negocio que llevase á las arcas fucarinas la tierra toda que habitamos.

La de San Salomó, interpretando mal aquel desasosiego, lo atribuyó al escándalo del día, á la situación equívoca y deshonrosa en que estaba Pepa, á la singular instalación de León Roch y su mujer en Suertebella. Firme en este juicio, Pilar dió al Marqués cuando regresaban al palacio gracias mil por sus obsequios, añadiendo:

«Y tienen más valor sus finezas, Marqués, en los momentos en que se halla tan preocupado y entristecido con estas trapisondas.

—¡Y qué trapisondas!—exclamó D. Pedro, poniendo su alma toda en aquellas palabras.—No lo sabe usted bien, Pilar... Figúrese usted cómo serán ellas para conmover esta montaña.»

Puso la mano en su pecho, indicando que aquella roca cuaternaria tenía también sus escondidos manantiales de sentimiento. Serían las cinco cuando Fúcar se despidió, después de reiterar á los Tellerías el ofrecimiento de la casa. Él iba á Madrid á comer con su hija, y probablemente no volvería á Suertebella hasta el día siguiente. No obstante, si ocurriera alguna novedad, vendría á cualquier hora de la noche. Felizmente María estaba mejor y se pondría buena sin duda. Después de saludar á Gustavo, que á la sazón entró, porque no le permitían venir antes sus tareas parlamentarias y el cuidado de su bufete, tomó las de Villadiego.

Pilar quería marcharse pronto á Madrid, mas la detuvo Gustavo, muy afanoso por decirle no sabemos qué cosas; sólo se puede asegurar que la de San Salomó las oyó con grandísimo anhelo, regalándose mucho con aquel notición estupendo, de riquísimo gusto para su curiosidad y para su malicia. Ambos pasearon un rato por el jardín, y á veces Pilar prorrumpía en risas, diciendo:

«Parece una bufonada y al mismo tiempo un golpe de arriba, un castigo. Es de esos latigazos providenciales que hacen reir, mientras llora el que los recibe... Aquí no cabe lástima ni conmiseración... ¡Oh! ¡Dios mío omnipotente! ¡Qué grande eres y que diligente para acudir á todo! ¡Cómo atajas los pasos de la maldad disponiendo las cosas con arte semejante al de los que hacen las novelas, causándonos una sorpresa que da miedo y un miedo que nos obliga á pensar en tí y á decirte: «Señor, avísanos antes de darnos esos golpes!»

A esta ensalada de profanidad y misticismo siguió otra vez la risa, y después estas dos briosas palabras: «Voy allá.

—¿Tú?... ¿y á qué?

—Quiero ver esas caras—repuso Pilar con el lindo pañuelo en la boca, y se frotó la punta de la lengua, como se pulimenta el filo de la hoja después de envenenarla.—Tomaré un pretexto cualquiera.»

Anochecía cuando Pilar entró en su berlina, mandando al cochero que fuese á Madrid y al palacio de Fúcar. Entró. D. Pedro, su hija, el Marqués de Onésimo y la Condesa de Vera se disponían á sentarse á la mesa. Fúcar invitó á Pilar; pero ella se excusó diciendo que no estaría sino el tiempo preciso para dar las buenas noticias que traía. Besó á Pepa, apretó la mano del Marqués, después se puso á hacer mimos y caricias á Monina.

«¿Qué hay?—dijo D. Pedro.

—Que María está muy bien. Ya es seguro que habrá reconciliación: así me lo ha dicho Milagros. Me alegro mucho: no me gustan los matrimonios mal avenidos... Monísima, ¿no me das un beso?

—No,—replicó decididamente Ramona, apartando su cara y defendiéndola con sus manecitas de los labios de Pilar.

—¡Oh, qué tonta, qué mala!

—No te quielo.»

Rechazada en aquel lado, Pilar se volvió á Pepa, y echándole una mirada de compasión, le dijo: «Adiós, querida... sabes que me asocio á tus desgracias.»

Al salir, acompañada por D. Pedro, díjole al oído algunas palabras, que hicieron en el buen millonario el efecto de un tiro, y al despedirse de él junto al coche, la dama terminó su visita con estas palabras:

«He querido prevenirle á usted para que esté con cuidado. Ahora, Marqués, resignación cristiana es lo que hace falta.»

Pepa en tanto, acometida de un estupor doloroso, no sabía qué pensar, ni á qué región de las posibilidades volver su alma llena de presentimientos y atormentada por las conjeturas. Aquel anuncio de reconciliación había penetrado en sus entrañas como una lanza. Sentáronse los cuatro á la mesa. Para Pepa los manjares eran un comistrajo nauseabundo que no podía pasar de los labios. El Marqués no comía tampoco. En medio de su pena horrible, Pepa, que había observado desde el día anterior extraña expresión de pena y contrariedad en el rostro de su padre, notó aquella noche que estaba como fuera de sí. También D. Joaquín Onésimo, poseedor de los secretos de Fúcar, estaba tétrico. ¿Qué ocurriría?

«¡Ah!—dijo Pepa para sí amparándose de una idea triste, que era feliz para ella en aquel momento.—Mi padre habrá tenido algún revés grande en los negocios; estará arruinado... nos quedaremos en la miseria.»

Esta idea, con ser de las más negras, la consoló. La causa de la tristeza paterna no afectaba á los grandes intereses de su corazón. ¿Qué le importaban todo el dinero, todos los bonos, todas las obligaciones bancarias, los empréstitos habidos y por haber? Pepa habría pasado aquella noche junto al papel fiduciario de todo el mundo, hecho una montaña y encendido por los cuatro costados, y no habría concedido á tanta riqueza perdida ni el favor de una simple mirada.

Después de comer, y habiéndose retirado los amigos, D. Pedro y ella se encontraron solos en la alcoba donde dormía Monina, á punto que aquel ángel, despojado de sus vestiduras que arrugó el juego, disponíase á entrar en el rosado paraíso de su sueño inocente. El Marqués tomó en brazos á su nieta, y estrechándola con más cariño que de costumbre, y siempre lo hacía con cariño, pronunció estas palabras:

«¡Pobre paloma de mi casa! no, no caerás en las garras del cernícalo horrible.

—¿Qué tienes, papá, qué tienes?—preguntó Pepa, uniendo su abrazo vigoroso al tierno enlace con que los brazos de Monina rodeaban el cuello de toro del Marqués de Fúcar.

—Nada, hija mía, nada... No te asustes, no pierdas tu tranquilidad y confía en mí, que yo lo arreglaré todo.

—¿Pero no me explicas...?

—Todavía no.

—¿Has tenido algún quebranto en tus negocios?

—No, pichona, no—repuso Fúcar rechazando con cierta indignación aquella conjetura que menoscababa su dignidad de arbitrista.—He ganado diez millones en el último empréstito. Desecha, pues, esa idea lúgubre.

—Entonces...

—Nada... no te aflijas. Duerme tranquila y déjame á mí que lo arregle todo.

—¿Pero te vas?—dijo Pepa con desconsuelo, viendo que D. Pedro se desataba de tan cariñosos brazos.

—Sí: tengo que hacer. Me esperan en el Ministerio de Hacienda. A este pobre país desventurado no le basta con el empréstito que se ha hecho, y necesita hacer otro.

—Me dejas llena de inquietud... ¿Qué te dijo Pilar?

—¿A mí? nada—repuso el Marqués con un poco de turbación.—Nada más que lo que oíste.

—Te habló al oído.

—No... no recuerdo. ¡Ah, sí! que parece segura la reconciliación de nuestro amigo con la pobre María: no me dijo más. Yo me alegro, porque es impropio de dos personas honradas, un marido bueno y una mujer buena, desavenirse por una misa de más ó de menos, Esto es completamente tonto... Adiós, queridita.

—¡Reconciliarse!» exclamó Pepa, los ojos llenos de fuego.

El Marqués, que no la miraba en aquel momento, dió algunos pasos hacia la puerta.

«Felicitémonos de que el bueno se reconcilie con el bueno—murmuró al salir.—Pero no tengamos paz ni perdón para el malo. Que lo perdone Dios.»

Pepa iba á decir algo; pero este algo debía ser de naturaleza tan escabrosa, que no dijo nada. Quedóse largo rato sin moverse de aquel sitio. Después anduvo de una parte á otra de la pieza, llamó á su doncella, dió órdenes, las denegó luego, reprendió al aya, corrió por distintas partes de la casa sin saber á dónde iba. Cuando la niña se durmió, encerróse la madre en su habitación para meditar. Indudablemente un misterio la rodeaba y envolvía como las invisibles influencias eléctricas. Pero así como todo humano sér á quien un dolor atormenta, gusta de asimilar las no comprendidas penas de los extraños á la suya propia, la dama creía ver en la desazón moral de su padre una variante del mal agudísimo que ella sentía, ó pensaba que los males de ambos provenían de una sola causa. La grandeza de su cuita le impedía ver otra alguna; no imaginaba que criatura nacida pudiera afligirse por cosa distinta de aquella reconciliación tan temida y con tal impertinencia anunciada.

El razonamiento de que pueda ser mentira lo que muy vivamente nos hiere, no basta á desclavarnos el dardo: por el contrario, los silogismos son la peor clase de pinzas que se conoce, y cuando se meten á arrancar lo que tan sólo es una púa, parece que la centuplican. Pepa, dándose á creer que las palabras de Pilar serían falsas, se atormentaba más. La tal reconciliación la hería, como si corrieran sobre su pecho los múltiples dientes de una sierra.

Era muy tarde, y el Marqués de Fúcar no vendría en toda la noche, porque desde el Ministerio se iría á cultivar amistades de cierta clase que en la Villa tenía. Era hombre tan benéfico y tan protector del género humano, que sostenía tres casas en Madrid además de la suya.

Concebida la idea, Pepa no vaciló en ponerla en ejecución. Fué á Suertebella, entró en el palacio por la puerta del museo pompeyano, de éste pasó á la sala Increíble, y de allí no había más que seguir habitaciones hasta llegar á donde quería ir. Llegó, vió... En lo demás de este lance hay una parte conocida sobre la cual no es preciso insistir; pero hay otra que conocerá todo el que tenga paciencia para seguir leyendo.

XI Excesos del apostolado.

En la mañana del miércoles León salió temprano á dar una vuelta por el jardín. Al regreso estaba solo en la sala del Himeneo, cuando entró Gustavo. Venía con semblante enmascarado de severidad, la vista alta, el ademán forense, entendiéndose por esto una singular hinchazón y tiesura debidas sin duda al hervor de todas las leyes divinas y humanas dentro del cuerpo, de modo que el individuo reventaría si no tuviera el cráter de la boca, por donde todas aquellas materias flogísticas salen en tropel mezcladas con la lava de la indignación. Su cuñado comprendió al punto que venía de malas.

«Estaba esperando con mucha impaciencia que fuera de día para hablar contigo,—dijo Gustavo con sequedad que anunciaba mucho enojo.

—Cuando se tiene tanta impaciencia—replicó León con más sequedad aún,—se enciende una luz y se habla de noche.

—¿De noche?... no: temía distraerte de ocupaciones gratas,—dijo el orador con ironía.

—Pues habla de una vez y con brevedad. Olvídate de que eres orador y de que vives constantemente entre mujeres que charlan demasiado.

—Siento molestarte, pero te comunico que voy á ser largo.

—En ese caso—dijo León con tétrico humorismo,—ya que predicas, comienza predicándome la paciencia.

—Tú la tienes para tus obras criminales—replicó Sudre exaltándose.—Lo que yo podría predicarte ahora es la resignación, si fueras capaz de ella.

—Resignación... ¿pues no te oigo?—dijo Roch, que había llegado á una situación de ánimo en que le era imposible, sin reventar, hacer un misterio de la antipatía que toda aquella bendita familia suya le inspiraba.

—Mucha has de necesitar, pues esa calma de escéptico, que es mortaja de tu espíritu sin vida, no te servirá para oir lo que voy á decirte... Ya sabes que soy enemigo del duelo. Es contrario á todas las leyes divinas y humanas.

—Yo tampoco lo defiendo; pero creeré que el duelo es bueno si esas leyes divinas y humanas de que me hablas son las tuyas.

—Las mías son, y al mismo tiempo las únicas. Aborrezco el duelo porque es absurdo, porque es pecado; pero...

—Pero en estas circunstancias—dijo el otro interrumpiéndole,—te decides á condenarte por tener el gusto de batirte conmigo y matarme.

—Eso no sería un gusto. Soy cristiano.

—Acaba—dijo León exaltado.—¿A qué vienes? ¿A desafiarme?... El duelo es un absurdo que se acepta; un asesinato fiado al acaso y á la destreza, que á veces se nos impone con fuerza invencible. Yo acepto ese asesinato contigo... cuando quieras, ahora, mañana, en la forma que gustes...

—No: no has comprendido mi idea—indicó Gustavo dando vueltas al tema como abogado que quiere alargar un pleito.—Decía que aunque no soy partidario del duelo, ésta sería una ocasión buena para sobreponerme á mis escrúpulos religiosos y coger una pistola ó un sable...

—Pues cógelos...

—No. Tú has hecho el mal suficiente para que un hombre como yo atropelle todos los respetos, las leyes divinas y humanas, y fíe á un arma el cumplimiento de una sentencia. Pero...

—Pero...—dijo el otro remedando la torcida argumentación de su hermano político.—Habla claro; habla y piensa derecho, como yo, y dí «te odio...»

—Mis ideas no me permiten decir «te odio,» sino «te compadezco;» no me permiten decir «te mato,» sino «te matará Dios.»

—Pues no me hables entonces con tus ideas; háblame con las ajenas, con las mías.

—Si te hablara con las tuyas me pondría en oposición con las leyes divinas y humanas. Voy á concluir. No se trata de duelo, aunque la ocasión parece reclamarlo, y aunque todas las ventajas estarían de mi parte. Primera ventaja: que tengo razón y tú no; que eres tú el criminal y yo el juez; que lógicamente soy el vencedor y tú el vencido. Segunda ventaja: que yo manejo todas las armas, porque me he ejercitado en el tiro y en la esgrima por higiene, mientras que tú, dedicado á la alta física y á la geología, no sabes manejar ninguna. De modo que en el terreno de la fuerza también me conceptúo vencedor. Sin embargo de esto, asómbrate...

—¡Me perdonas!—exclamó León reconcentrando la furia para dar paso á la ironía.—Gracias, elefante cargado de leyes divinas y humanas.

—No te perdono—dijo el letrado, dando á su hermosa voz oratoria toda la expresión patética de que era susceptible:—es que renuncio á las ventajas que tengo sobre tí, renuncio á imponerte castigo por mi mano, y te entrego al brazo justiciero de Dios, que ya está levantado sobre tí.

—Gracias—repitió León, mezclando en un acento la ironía y la furia,—gracias, alguacil de Dios. Supongo que á tu familiaridad con Dios, de quien eres apóstol, deberás el conocimiento de sus altos secretos y el saber de cosas de justicia divina.

—La intención divina se conoce por los sucesos del mundo, cuya ordenada disposición es á veces tan clara, que sólo un idiota dejaría de ver en ella un movimiento amenazador de aquel brazo terrible que antes nombré. No me tengo por profeta ni por inspirado. Para conocer tu horrible castigo me ha bastado saber alguna cosa que tú ignoras. Por eso renuncio al duelo; por eso remito tu castigo á quien lo ejecutará mejor que yo. Y así te digo: «vas á morir.»

—¡Morir yo!—exclamó León, que, aun despreciando á su acusador, no podía oirle sin cierto espanto.

—Si, tú. Morirás de rabia.

—Lo creo, sí—dijo León, trayendo á su mente en espantosa serie á todos los individuos de su familia política.—Se muere también de un empacho de parientes; y cuando el hombre que persigue con todas las fuerzas de su alma la familia ideal y sus puros y honrados goces, no encuentra más que un potro donde diversos sayones le dan martirio, es fácil que reviente y se acabe; que si hay hierbas venenosas, también hay familias mortíferas.

—Morirás de empacho—repuso Gustavo con crueldad.—Lo sé, lo he visto, lo tengo escrito en mi bufete en papel sellado, y cada letra de aquéllas es una gota de la mortal ponzoña que ha de destruirte.

—No te entiendo—dijo León, tocado al fin de curiosidad.—¿Y qué? ¿algún pleito? ¿Si creerás tú que á mí se me mata con un pleito? ¡Pobres juristas! Pasáis la vida envenenando al género humano con mil enredos, y creéis que yo morderé hoy el cebo de vuestros sofismas... No quiero saber qué intriga es la que estás urdiendo contra mí.

—Yo no urdo intrigas... aquí no hay intriga... no hay más que justicia, y aun de esa justicia no soy yo impulsor, sino instrumento. En otras circunstancias nada habría intentado contra tí; yo te creía honrado; pero después de tu comportamiento con mi pobre hermana, agravado con hechos deshonrosos, que hace poco he conocido...

—¿Cuándo?—preguntó León, y su pregunta estallaba como el trueno.

—¿No lo sabes?

—No. ¿Qué hechos deshonrosos son esos?

—¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Aquí!

—¿Aquí... qué?

—Disimulas; pero tu semblante lívido declara tu culpa, y ante la conciencia sublevada, hasta el cartón de tu máscara escéptica palidece. Hace poco te has revelado á mí en toda la desnudez repugnante de tu sér moral, cuya depravación raya en lo absurdo.

—Explícate, ó te...»

Las manos de León se oprimían como queriendo ahogar algo.

«Pues qué, ¿son un misterio para nadie tus relaciones criminales con la dueña de esta casa, faltando así al amor de la mujer más santa, más pura, más angelical que Dios ha puesto en el mundo? Con todo, tu conducta hasta aquí, con ser tan contraria á todas las leyes divinas y humanas, no había llegado á la impudencia. Si eras criminal, no habías descendido á ese último escalón de la perversidad en que el hombre se confunde con el demonio.

—Muéstrame ese escalón bajo en que me confundo con tus amigos,—dijo León dando otra vez á su furor el tono de humorismo, de ese humorismo que amarga, embriaga y al mismo tiempo hace reir, como el ajenjo.

—¿A qué quieres que te diga lo que sabes? Pero hay malvados que gustan de que se les ponga un espejo delante de su conciencia para recrearse en la fealdad de ella, como los sapos que se miran en los charcos.

—Basta ya de viles rodeos y figuras hipócritas. Habla claro, refiere, explica, dí las cosas con sus nombres, abogado, orador de Parlamento, ergotista sin fin, enredador de leyes divinas con miserias humanas.

—Pues bien: oye lo que has hecho. Después de traer á mi pobre hermana al deplorable estado en que se halla, cualquier hombre, por malo que se le suponga, respetaría, si no la inocencia, al menos la enfermedad. En todo moribundo hay algo de ángel. Tú ni esto has respetado, y mientras la santa víctima reposa en su lecho, tranquilizada quizás por tus mentiras y creyéndote menos malo de lo que eres, tú recibes en la sala Increíble á tu querida. A la una engañas, á la otra enamoras; á la una matas lentamente, á la otra das las caricias robadas al matrimonio. Comprendo estos dos crímenes, León: comprendo el uno, comprendo el otro; lo que no comprendo, porque excede á la ruindad humana, es que los dos se cometan bajo el mismo techo. Son demasiadas infamias para una sola ocasión y un solo sitio.»

Antes de que su fiscal concluyera, prorrumpió León en una risa franca, despreciativa, con la cual parecía que su enojo se disipaba.

«Sí, ríe, ríe; no me causa sorpresa tu risa. Ya he comprendido el cinismo descarnado que se esconde bajo ese forro artificial de virtud filosófica. Tu sér moral se me ha revelado como un árbol seco al cual se quitan de pronto las flores y las hojas de trapo que le hacían pasar por árbol vivo. He aquí lo que son tus teorías morales: flores de trapo. Las naturales, las que dan fragancia y colores hermosos, no nacen en el vaso hueco, donde sólo hay fórmulas matemáticas y una ciencia estéril. ¡Y yo que te he defendido contra las acusaciones de mi familia! ¡Yo que te he creído honrado! ¡En qué error tan grande estaba!

—¿Y es cierto eso de que mientras mi mujer duerme recibo á mi querida en la sala Increíble?—dijo León entrando decididamente en la burla, que en aquella ocasión era la forma más adecuada del desprecio.—¿Lo has visto tú? Hay ojos calumniadores.

—Lo he visto. Anoche quise acompañar á mamá, que si tiene defectos como mujer, es cariñosa madre y no puede apartarse de estos sitios donde gime su hija idolatrada. No pudiendo verla, por tu prohibición cruel, se contenta con llorar donde ella llora, con ver de lejos la puerta por donde se entra á su alcoba. ¡Pobre madre! Anoche compartía yo su pena, mientras papá, que en las situaciones más críticas tiene debilidades indisculpables, visitaba á solas, sin más compañía que una luz y su concupiscencia, el sótano en que está lo reservado de la colección pompeyana, ese museo de arte libidinoso, donde no entran más que los hombres con un permiso especial del Marqués de Fúcar. Polito había bebido demasiado en compañía de Perico Nules, y estaba muy inquieto. Anduvo á primera hora por los pasillos en persecución de las criadas de Suertebella, hasta que, perseguido á su vez por mí, logré encerrarle. A media noche dormía como un ángel borracho. Mamá y yo hacíamos números en la sala japonesa, arreglando nuestra desquiciada hacienda; más tarde rezaba ella, y yo, después de buscar inútilmente un libro por todo el palacio, me puse á rezar también. En esta suntuosa morada, donde se reúnen tantas maravillas de la industria y donde las malas imitaciones de lo antiguo alternan con mamarrachos de invención flamante, simbolizando el arte contemporáneo, hay todo lo que la boca puede pedir, menos una biblioteca. Parece que al entrar aquí se han de traer muy despiertos los sentidos para que sea más fácil dejar la inteligencia á la puerta... Mamá se cansó de rezar; pero no tenía sueño; pensaba en nuestra María y en el modo de burlarte y de verla. No quería acostarse, y andando de puntillas discurrió por estas salas. Llegando cerca de la Increíble, creyó sentir voces... Me llamó, fuí, acechamos los dos, oímos. Lo que primero nos parecieron gemidos, pronto conocimos que eran besos amorosos. Eras tú; era ella. Ocultos tras el grupo de Meleagro y Atalanta que está en el corredor, la sentimos abriendo con llave la puertecilla del museo pompeyano. Después te sentimos pasar á tí por esta sala para volver á apoyar tu infame frente, coronada de los laureles de la ignominia, en el lecho de la mártir. La que estaba contigo en la Increíble era Pepa, y para quitar toda duda, pudo confirmarlo mi padre, que la encontró cuando volvía solo, con su luz y su concupiscencia, del sótano reservado.

—¿Nada más?—dijo León con calma.—¿Vuestro espionaje no sabe más? Hay seres que ni respirar saben sin que de su aliento nazca la calumnia.

—¡Calumnia! buena salida... Sé que darás al hecho una interpretación favorable á tí. No te faltan argucias para defenderte.

—¡Defenderme yo! ¡Descender yo al muladar de tus groseras suposiciones, argumentar sobre un hecho que tu madre y tú han visto con el cristal manchado de su impura conciencia!... ¡jamás!

—La estratagema es hábil, pero no hace efecto. No me convence.

—No quiero convencerte á tí ni á ella...—dijo León con ímpetu fiero.—Vuestro juicio es para mí de tan poca valía, que siento no sé qué júbilo en dejaros en vuestro error estúpido. ¡Estáis tan bien así, con vuestra infernal aureola de malos pensamientos!... ¿Puedo modificar acaso la grosería de vuestras almas? ¿Puedo, por más que discuta, llevar una idea de pureza y honra á vuestra mente, devorada por la lepra de la deshonra crónica?... Sabe que tú y tus juicios y los juicios todos de tu familia degradada, que paga los beneficios con hablillas, son para mí como la lluvia que nos moja, pero no nos envilece. No se discute con la rueda del coche que pasa, y arrojando el cieno, nos mancha... Moralista de política religiosa y de sermones de partido, maquinilla de hacer moral de confitería, que amasas las leyes divinas y humanas para dar al mundo esas pastillas de virtud, según el gusto de cada uno, á mí no se me administra moral en caramelos. Desdichado discursista, mis defectos podrían servirte á tí para hacer tus honradeces, y los sentimientos malos que yo desecho y arrojo podrías recogerlos tú del suelo para hacer con ellos la gala de tu conciencia. Antes de predicar, ¿por qué no vuelves los ojos á tí mismo? Si te miras bien comprenderás que tu existencia, y tu fama y tu prestigio, desaparecerían como el humo si el Marqués de San Salomó fuera un hombre en vez de ser un muñeco.»

Lívido y cejijunto, los labios blancos, las manos trémulas, oyó Gustavo su acusación, y tartamudeando, sin saber qué decir, rompió á hablar de este modo:

«Dualista hábil, has puesto la punta en mi pecho. Pues bien, yo no lo niego: aprende de mí el mérito de la franqueza, el mérito de la confesión, de que es incapaz un ateo. Me declaro culpable. El torbellino del mundo, el engreimiento que dan la lisonja y el aplauso, me han puesto á mí mismo en contradicción con las leyes divinas y humanas que adoro y acato. Yo soy el primero que me acuso, como he sido el primero en reprobar los escándalos de mi familia, como he sido el primero en defenderte cuando te creía bueno; bien lo sabes. Pero no hagas paralelo entre tu infamia y la mía, entre tu desorden y mi desorden. Ambos hemos caído en el mal, tú por cinismo y desconocimiento absoluto del bien, yo por flaqueza de espíritu. En tí no hay más que mal, y ninguna puerta para el bien se abrirá en tu alma cerrada; en mí se han corrompido las acciones, pero queda la fe, queda la puerta del bien. Al lado de tu crimen no tienes nada, sino la sombra fea del crimen mismo. Al lado de mi crimen tengo yo un tesoro: el remordimiento. Tú no eres capaz de enmienda; yo sí. Tú no ves nada más allá; yo veo mi salvación, porque veo mi enmienda. La misma idea del pecado me da la idea del perdón. No sé mi destino individual, pero sé el del género humano, y me basta saber que hay Cielo. Tú lo ignoras todo, y el mal no te espanta porque crees que no hay Infierno.

—Sofista, barajador de palabras, ¿qué sabes tú lo que yo pienso, lo que soy? ¿Crees que estamos los hombres y las almas á merced de tu dogmatismo de apóstol intruso, y de esa oficiosidad evangélica con que repartes cédulas de vida ó muerte? Polizonte de la vida inmortal, ¿crees que ésta es una aduana donde se registran bolsillos para ver si hay tabaco, es decir, género prohibido por los que estancan el pensamiento para venderlo en paquetes á cambio de hipocresía? Hazme el favor y el honor de librarme de tu presencia, porque no respondo del respeto que debo á esta casa y al parentesco que nos une.

—¡Asesino de un ángel!—exclamó Gustavo rugiendo de ira.

—Se me acabará la paciencia para oir tus sandeces—dijo León dando tres pasos hacia él en actitud tan amenazadora, que Gustavo retrocedió en el primer momento, esperándole después en actitud nada cobarde.—Calla, ó sabrás lo que es una paciencia que se agota, un mártir á quien se acaba la entereza.»

Señalando la ventana, León extendió su brazo que, sin aparato hercúleo, era capaz de desplegar extraordinaria fuerza.

«Y si quieres seguir provocándome—añadió,—á pesar de no ser partidario del duelo, yo que no sé disparar pistolas, ni esgrimir sables, ni echar sermones, te proporcionaré un bonito espectáculo. Verás cómo un apóstol sale volando por una ventana, sin que nada lo pueda evitar.

—Abusa, bárbaro, si te atreves, de tu fuerza corporal—gritó Gustavo desafiándole con la mirada.—¡Asesino de mi hermana!

—No irritarás mi furia con esa palabra—dijo León en el último grado de la cólera.—Has de saber que tu hermana, y tú y tu madre, y tu padre y tu abuelo, sois para mí como las aves que pasan volando. No existís para mí. Elige entre salir por la puerta ó por la ventana.»

La disputa iba á concluir con una brutal refriega, quizás con la concisa violencia de aquella escena que hizo decir á Segismundo: «¡Vive Dios, que pudo ser!» cuando entró la Marquesa de Tellería dando gritos, y detrás D. Agustín muy alterado y temeroso.

«¡Qué es esto... León... Gustavo... hijos míos!—dijo Milagros, extendiendo sus amantes brazos entre los dos.

—Ese...—rugió Gustavo.

—¡León!... ¿Hasta dónde vas á llegar?... Después que nos has secuestrado brutalmente á nuestra querida hija...

—¡Secuestrarla yo!... ¿Yo?...—replicó el airado yerno con cierto desvarío.—No: ahí está... tómenla ustedes... La devuelvo... la regalo...

—¡No nos dejas entrar á verla...! Anoche no he podido pegar los ojos pensando en esa mártir,—manifestó el Marqués.

—Adentro todo el mundo—dijo León señalando la puerta por donde se iba al aposento de María.—¡Adentro!»

Sin esperar á más precipitáronse todos por aquella puerta.

En la sala inmediata á la alcoba oyóse rumor de amantes besos, dados con la precipitación y el calor que eran naturales después de la forzada ausencia.

XII La verdad.

Pasadas las primeras manifestaciones del cariño, María habló así: «Dime, mamá, ¿lo he soñado yo, ó es cierto que oí la voz de Gustavo y la de mi marido, como si riñeran?

—Hemos tenido una cuestión—dijo el insigne joven, que aún no había perdido su palidez, ni su nerviosidad, ni el ceño de su frente, tabla del Sinaí donde se creería estaban escritos el Decálogo y la Novísima Recopilación.

—No, no: palabras, tonterías,—indicó precipitadamente Milagros, que pensaba siempre en la reconciliación.

—Convertido en un salvaje al oirse acusado—afirmó Gustavo,—tu señor marido amenaza á sus semejantes con tirarles por los balcones, como si fueran puntas de cigarro.»

Después de esto trató de reir, creyendo que con un poco de risa volvería su sistema nervioso al estado normal.

«¿Dónde disputábais?

—Ahí, en la sala del Himeneo.

—¿Qué sala es esa?

—No hagas caso, hija de mi corazón.

—Querida de mi alma—dijo el Marqués, acariciándola,—vete acostumbrando á presenciar con calma las acciones de tu marido, y á que no se te importe un ardite lo que él haga ó deje de hacer. Es de lamentar que no puedas sobreponerte á ciertos sentimientos arraigados en tí, y que te empeñes en ser mártir, siempre mártir contra viento y marea.

—¿Qué dices, papá?—preguntó María con aturdimiento.

—Que yo—prosiguió D. Agustín, poniéndose la honrada mano sobre el pecho nobilísimo,—estoy decidido á desplegar toda la energía de mi carácter para evitar un escándalo que nos deshonra á todos y á tí te pone en la situación más ridícula que puede imaginarse.

—Agustín—dijo la Marquesa, sin poder disimular su ira,—harás bien en irte á dar una vuelta por el museo reservado. No haces falta aquí.»

Al decir esto tocaba á su marido con el codo para advertirle que no era llegada la ocasión de desplegar energías ni de evitar escándalos. Como mujer y madre, habíase penetrado mejor que los demás de la situación ilusoria en que León tenía á su mujer, y aplaudiéndola en el fondo del alma daba pruebas de recto sentir.

«¿Qué museo reservado es ese?—dijo María, cada vez más confusa, y apoderándose con presteza de toda idea que pudiera servir de combustible á la naciente hoguera de su sospecha.

—Ahí cerca, hija mía—balbució el Marqués, comprendiendo la idea de su esposa y admitiéndola tácitamente, porque también él, si pecaba por débil, torpe y corrompido, quería bien á su hija.—Es que hace poco estuve en Suertebella...»

María les miró á todos detenida y asombradamente. Interrogaba con la morbosa estupefacción de sus ojos, mientras las palabras rebeldes se negaban á salir á sus labios.

«¿Suertebella... ahí cerca?...—murmuró.—Explicadme una cosa...

—¿Qué dices, hija mía?

—Explicadme por qué siento yo los cimientos de ese palacio aquí... dentro de mis entrañas; por qué siento sus muros...

—¿Qué dices, paloma?

—Sus muros pesando sobre mí...

—Por Dios, no delires.

—¡Qué fantasmagorías tan tontas!... Es de lamentar que tu buen juicio...

—Esta casa...

—Es esta casa... ya sabes... un edificio...»

A escape, y con los brazos abiertos, entró de repente Polito, y abrazó y besó á su hermana, diciéndole:

«Mariquilla, al fin tu dichoso marido nos deja verte... ¡Secuestrador, bandido, lazzaroni!... Yo estaba en la cuadra divirtiéndome con una lucha entre dos perros y catorce ratas feroces, cuando me dijeron que se te podía ver. Subí corriendo... Ahí fuera está tu marido que parece una estatua, una figura más del grupo de Himeneo... Hermanita, ya estás bien, ¿no es verdad? Te levantarás pronto y saldrás de aquí.»

Milagros se rompió el codo contra el cuerpo de su hijo sin conseguir poner dique al torrente de indiscreción.

«No sé qué horrible miedo leo en vuestras caras—dijo la enferma, mirando uno por uno á todos los individuos de su familia.—Parece que al mismo tiempo se me quiere decir y se me quiere ocultar algo muy malo.

—Hija de mi alma, estás aún bastante delicada—indicó el Marqués, pasándole la mano por la frente.—Cuando te restablezcas, cuando podamos llevarte con nosotros...

—La pobre se figura lo que no es—dijo Milagros con emoción.—Mejor es que se salgan todos y nos dejen solitas á las dos.

—¡Me engañáis, me engañáis todos!» exclamó María con arrebato.

Y tomando el Crucifijo que bajo la almohada tenía, lo presentó á su familia diciendo:

«Atreveos á engañarme delante de éste.»

Todos callaron. Sólo Gustavo extendió su mano forense y deuteronómica hacia la sagrada imagen, y dijo con voz oratoria:

«Aborrezco la mentira, y creo que en ningún caso puede ser inconveniente ni peligrosa la verdad.»

Milagros le empujó como para echarle fuera. Pero él se acercó más á su hermana, le pasó la mano por las mejillas, y mirándola muy de cerca, prosiguió:

«Veo que te afanas demasiado por lo que poco vale. Tu santidad y tu virtud te ponen en una situación eminente, altísima, desde la cual podrás abrumar con tu desprecio á cuantos te ofendan. Estás mejor, y pronto te llevaremos á casa, á nuestra casa, donde te cuidaremos como nadie, te apreciaremos en lo mucho que vales, y te adoraremos como mereces tú que te adoren... Lejos de afligirte, alégrate y bendice tu libertad... ¡Pobre mártir!»

Tampoco Gustavo era perverso, pero tenía el fanatismo de lo que llamaremos virtud pública.

«¡Pobre mártir!»—repitió lúgubremente María, clavando sus ojos en un lugar vacío de la atmósfera, en un punto donde no había objeto ni forma alguna, sino la vaga, indeterminable proyección de un pensamiento. Después de un momento de silencio, su voz, más débil á cada sílaba, murmuró éstas:

«Yo lo soñaba. Soñaba la verdad, y el error me engañaba despierta...»

Saltando bruscamente de su lecho, gritó:

«¿Dónde está mi marido?

—Ahora vendrá, paloma—repuso la madre besándola cariñosamente.—Sosiégate; mira que puedes recaer.

—¿No fuiste tú quien me llenó el corazón de celos?—preguntó la mártir dirigiendo á su madre una mirada de ira.—¿Pues por qué quieres calmarme ahora?... Que venga mi marido, que venga el Padre Paoletti... Que se vayan los demás. Quiero estar sola con los dos.»

Lanzó un grito agudo, llevándose la mano á la frente.

«¿Qué tienes, cielo?

—Me duele la cabeza...—murmuró cerrando los ojos.—Es un dolor que punza, quema y entra hasta el pensamiento... Esa mujer, ¿no la ves, mamá?... esa mujer me ha agujerado la cabeza con un clavo ardiendo.»

Todos se quedaron mudos y espantados.

«¡Socorro!—gritó la Egipciaca ya en completo estado de delirio.—¿No la veis que vuelve hacia mí? ¿No habrá una mano caritativa que la detenga, que la ahogue? Jesús mío, Redentor mío, defiéndeme!»

A estas palabras siguió un silencio de miedo y pena. Sólo el Marqués, imposibilitado de mandar en su garganta, lo turbó con ahogadas toses. Milagros lloraba. Besando á su hija la llamó con tiernas palabras. Pero su hija no respondía. Con los ojos fuertemente cerrados, su torvo silencio parecía el grave callar de la muerte.

Ya iban á llamar al médico, cuando éste vino. Al punto declaró muy crítico el estado de la enferma, se puso furioso, dijo que declinaba toda responsabilidad porque no se habían cumplido sus prescripciones, y amostazado y lleno de aspereza mandó despejar la alcoba. El momento de los remedios heróicos había llegado. La batalla que poco antes parecía ganada, se perdía ya si Dios no lo remediaba. Urgía desplegar toda la fuerza contra aquella traición súbita de la naturaleza, la cual, pasándose al campo de la enfermedad, dejaba á la ciencia sola, inerme y desesperada.

Concluída la disputa con Gustavo, León estuvo solo un mediano rato. Después sintió la necesidad de andar mucho, porque hay situaciones de espíritu que piden marcha rápida, como si un hilo de dolor estuviera devanado en nosotros y necesitáramos irlo soltando en un largo camino. Paseó por el parque durante una hora. Al volver, y cuando entraba en la sala de Himeneo, vió sobre una silla un sombrero negro de teja. Sentadito en el diván que rodeaba el grupo marmóreo, y empequeñecido por su postura de ovillo, estaba el cuerpo minúsculo del Padre Paoletti. De aquel montoncillo negro vió León salir la cara agraciada y los dos ojos que parecían doscientos, como sale el caracol de su concha estirando las antenas. ¡Cosa extraña! En el estado de ánimo de León, la presencia del buen clérigo le pareció consoladora.

«Me han dicho al entrar—manifestó Paoletti muy afligido,—que la señora Doña María se ha agravado repentinamente. Vea usted la inutilidad de nuestras piadosas mentiras. ¿Habrá llegado la hora de la verdad?

—Es posible,» dijo León, indicando al Padre la puerta para que entrara primero.

Ambos llegaron cuando Moreno empezaba á aplicar los remedios heróicos. Paoletti se retiró después á rezar en la capilla, cuyos altares se llenaron de luces. En la alcoba, el médico y el marido asistieron solos, con zozobra y compasión, al desarrollo de aquel drama, cuyos elementos, idea ó fluido, vida orgánica ó esencia misteriosa, se arremolinaban en el cerebro y en los centros nerviosos, precipitando con su tenebroso combate el desenlace que se llama muerte. Se hizo cuanto en lo humano cabía para conjurar el peligro inminente, solicitando el mal desde las extremidades para apartarlo de los centros. Pero ningún agente terapéutico lograba despertar las energías orgánicas que expulsan el mal. Este seguía su marcha invasora, como el atrevido conquistador que ha quemado sus naves. Se apeló á todos los medios, y cada uno de ellos aumentaba la desesperación.

La paciente estuvo todo el día fluctuando entre la postración y el delirio. Los entreactos de sus crisis espasmódicas anunciaban un aplanamiento más peligroso que las crisis mismas. El médico anunció con sepulcral entereza la próxima conclusión de la lucha.

«Lo que resta—dijo,—corresponde al médico del alma.»

Por la tarde, María Egipciaca pareció que despertaba, y sus facultades se mostraron claras. Estaba en posesión de sí misma, en aquel breve período de lucidez que la Naturaleza concede casi siempre á las criaturas, antes de pasar á otro mundo, para que puedan echar la última ojeada sobre el que abandonan.

«Pido...—murmuró María,—que me dejen sola con mi Padre espiritual.»

El marido y el médico salieron. Ni ciencia ni afectos de la tierra hacían falta ya.

XIII La batalla.

María fijó los ojos en Paoletti con expresión dulce. La ocasión era tan solemne, que el bendito clérigo enano, á pesar de estar muy hecho á emociones y á espectáculos tristes, se enterneció. Dominándose, se acercó al lecho, tomó la mano ardiente y blanca que se le extendía, y dijo así:

«Ya estamos solos, mi querida hija, hermana y amiga á quien profeso dulcísimo afecto; ya estamos solos con nuestras ideas espirituales y nuestro fervor. No reine aquí el miedo; reine la alegría. ¡Conciencia purísima, levántate, no temas, muestra tu esplendor, recréate en tí misma, y así, en vez de temer la hora de tu libertad, la desearás con ansia! ¡Oh triunfo, no te disimules vistiéndote de vencimiento!»

Menos ganosa que otras veces de saborear la miel regalada de aquel panal de misticismo, María Egipciaca pensaba en otra cosa. Con amarga melancolía, murmuró:

«He sido engañada.

—Engañada con piedad—replicó al punto el clérigo.—El estado penosísimo del organismo de usted exigía que se le encubriera la verdad fea. Perdóneme si también yo me presté á esa farsa, que, lo repito, era una farsa caritativa. Comprendí la necesidad de ayudar los planes benéficos de su esposo de usted...

—¡Que me ha tenido y me tiene en la casa de esa mujer!...—exclamó la enferma ahogándose.

—Esto no ha sido culpa suya. No había lugar más á propósito para prestar á usted los auxilios de la ciencia y ponerla en buenas condiciones de higiene. En esto apruebo plenamente su traslación aquí. Una vida en inmediato peligro no podía ser tratada como un saco que se lleva y se trae. Lo de menos para usted es estar aquí.

—Yo lo soñaba, y despierta lo desmentía.»

La laringe de la dama no pudo seguir sin tomar descanso. No es fácil dar idea de la inmensa tristeza de su acento débil, apagado, quejumbroso. Más que acento de mujer amante, parecía el llanto de un niño abandonado, cuando ya se cansa de llamar y pedir.

«Y mi marido y esa mujer—añadió,—se verán á todas horas en cualquier sala de este palacio, para contar entre abrazos y besos... (La laringe se resistió de nuevo. También Paoletti sentía un nudo en su garganta.)... entre abrazos y besos los instantes que me quedan de vida... como yo cuento los Padrenuestros con mi rosario.»

Siguió una pausa. El confesor se esforzaba en desatar su nudo.

«Mi buena amiga en el Señor, esa última idea es una cavilación absurda. Oiga usted de mi boca la pura verdad, la verdad que proclamo como sacerdote de Dios. Al grande espíritu de usted no puede ser nociva la verdad. Esa conciencia fuerte no se turbará por la revelación de las miserias humanas, que en nada la afectan, como no afecta el polvo de la tierra á la blancura y limpieza esplendorosísima de las nubes del cielo. Sépalo usted todo, sin quitar nada á la verdad, pero también sin añadirle nada. El Sr. D. León ama, en efecto, á esa señora; él mismo me lo ha dicho, y como no me lo ha dicho en confesión, puedo y debo declararlo á usted. Pero al mismo tiempo, debo afirmar que esa señora no vive ahora en Suertebella, porque su mismo esposo de usted le mandó salir de aquí. Así lo exigía el decoro, que es en el mundo la fórmula ceremoniosa del pudor. Su desventurado marido de usted es incapaz de toda idea moral; pero tiene, gracias á su cultura, la religión de las apariencias, y sabe ponerse á tiempo esa ropa pintada de virtud que el mundo llama caballerosidad.»

María no contestó nada. Su blanca mano, que no había tenido tiempo de adelgazarse con el mal y conservaba su pastosa finura, jugaba con el fleco de la colcha, entretejiéndolo con sus dedos gordezuelos. No lejos de aquella mano estaba la cabeza minúscula y redonda del italiano, el cual si abatía los ojos dejaba en lóbrega obscuridad su cara; pero si los volvía hacia arriba, llenábala de luces, como un torreón de fuegos artificiales.

«No puedo creer—dijo el Padre alzando la vista y envolviendo á María en fascinadora proyección de ella,—que un espíritu fortalecido por el amor divino, como el de usted, se turbe por la verdad que acaba de oir. Yo no puedo imaginarme ahora á mi espiritual amiga empeñada en inquietudes menudas, como una mujer cualquiera, ó apartando el pensamiento de las grandes esferas ideales para pasearlo, como holgazán que mata el tiempo, por las callejuelas de la cavilación mundana. ¿Acierto, mi querida hija? ¿Me equivoco al pensar que esos ojos, hechos á la suavísima luz de arriba, no se dignarán mirar á los faroles de abajo?

—Tengo celos—declaró María con el mismo tono sin duda con que Cristo dijo en la Cruz: «Tengo sed.»

El enano hizo lo mismo que el sayón del Calvario. Cogió una esponja mojada en hiel y vinagre, la puso en una caña y la aplicó á los secos labios, diciendo:

«¡Celos!... ¡Celos quien ha sabido encender su alma en el amor que jamás es mal pagado! O yo no penetré bien en el espíritu de mi ilustre penitente, ó el espíritu de mi ilustre penitente tenía toda la fortaleza, toda la gracia, toda la influencia de amor divino para no incurrir en tales flaquezas. ¿Celos de qué? ¡De otra mujer y por un hombre; celos por quien nada es y de quien nada es ni nada vale!... Encuentro una turbación radicalísima en el espíritu de mi amada hija y penitente. ¿Quién ha traído esa turbación?

—Los celos,» murmuró María desde la hondura de su angustia.

Lentamente, descansando á cada instante, pudo la dama referir todo lo ocurrido desde que la de San Salomó le reveló la infidelidad de León, hasta que perdió el conocimiento. En lenguaje conciso lo dijo todo, sin omitir nada substancioso, ni perder detalle de importancia.

«Fuera de los arrebatos de ira, del coquetismo mundano y de la precipitación, no hallo nada reprensible en el acto,» dijo Paoletti después que, apoyada la cabeza en la mano y los ojos echados al suelo, como un arma que por el momento no se necesita, recogió en su mente la confesión toda, sílaba á sílaba, gota á gota, cual licor destilado en el alambique.

María dió un gran suspiro, diciendo:

«Yo me creía llena de pecado.

—Pecado hubo por lo que he dicho, pero no es grave. En la visita veo el movimiento natural de la esposa para impedir la ruptura del lazo sagrado. Ya he dicho no una, sino mil veces, que el prurito en usted de cultivar la vida espiritual, en él de menospreciar la fe, no eximen al uno ni al otro del cumplimiento de sus deberes matrimoniales. Mientras ambos vivan, atados se hallan por el Sacramento, y si uno de los dos forcejea por romper el lazo, es natural y meritorio que el otro corra á evitarlo, apretando más el lazo si puede ser. ¡Oh, mi nobilísima hija! ¡Cuánto hemos hablado de esto!»

María decía que sí con su cabeza y alzaba los ojos al techo.

«Cuanto era necesario para metodizar la vida preciosísima de usted, lo dije en sazón oportuna—añadió Paoletti, sin recoger del suelo la mirada, antes bien, paseándola por la alfombra como no sabiendo qué hacer de ella.—Bastantes veces la tranquilicé á usted sobre este punto, cuando me manifestaba escrúpulos. «No, no, decía yo: Dios no puede exigir á la mujer casada que haga una exclusión total de las consideraciones, digámoslo así, que debe á su esposo.» Este adquirió un derecho que no prescribe ni aun por apartarse radicalmente en ideas y principios de los principios y las ideas de la esposa. Bueno que le niegue usted su dulcísimo espíritu; que viendo la contumaz incredulidad de él, no le confíe ni un átomo (y digo átomo porque necesito valerme de una idea material), ni un átomo de ese mismo espíritu, de esas galas divinas reclamadas por quien las creó; bueno que no tenga usted con él comercio alguno de ideas, que no le permita esperar que sus halagos desvíen á la esposa de la senda de perfección por donde camina; pero entiéndase que le pertenece todo lo que no es del espíritu, lo que es propio y peculiar manjar del mundo. Usted me refería sus más íntimos y escondidos secretos, misterios delicadísimos de su alma; referíame también hechos y palabras reservadas de su esposo, las cuales apreciaba yo en su justo valor, y fundado en palabras y en hechos, yo trazaba á usted ese régimen de vida, al cual hase ajustado perfectamente hasta ahora en que la veo aturdida y un tanto descarriada. Recuerde usted lo que hemos hablado sobre esto, la argumentación para poner cada cosa en su lugar, y no confundir nunca lo espiritual con lo humano, lo que es de Dios con lo que es de la carne.»

María empezó á decir algo y se detuvo asustada.

«Hable usted, mi tiernísima oveja...

—Mi marido me decía muchas cosas...—murmuró la dama.

—Sí, y bien sabe usted que en nuestros gratísimos coloquios, yo rebatía con firme dialéctica todos los argumentos de ese sofista... y usted me daba la razón; usted quedaba convencida.

—Porque no tenía celos, que son en mí... ahora lo veo claro como la idea de Dios... que son en mí la manera de amar.

—Sí: usted amaba—dijo el Padre lleno de confusiones recogiendo su mirada y dejándola de nuevo,—porque usted se interesaba por él y no quería que le pasase ninguna desgracia, en cuyas ideas la sostenía yo, sí, la sostenía...

—Pero él me decía muchas cosas—repitió María con el mismo lastimoso tono de niño que llora.—Me decía que usted...

—Que yo...

—Que usted, cercenando poco á poco los afectos para devolvérselos á Dios, cercenando las ideas para que no las manchara el ateísmo, quitándome todo lo del corazón y no dejándome más que un deber, había hecho de mí la concubina de mi marido.

—¡Oh! mujer, mujer—exclamó Paoletti con viveza de tono,—¡cuántas, cuántas veces rebatí ese argumento de apariencia terrible, dejándola á usted tranquila!

—Pues rebata usted este otro.

—¿Cuál?

—Que estoy celosa, envidiosa, y ahora quisiera para mí lo que ya no es mío.»

El buen Paoletti, alzando del suelo su mirada, irguió la cabeza. No satisfecho con esto y deseando poner sus ojos lo más alto posible, como se pone la luz en una torre para alumbrar á los navegantes extraviados, se levantó. Quería mirar á su amiga de arriba á bajo. Indudablemente el ilustre enano estaba inquieto, desasosegado, y dígase la verdad, poco satisfecho de sí.

«Mi querida amiga—añadió el hombre chico esgrimiendo su mirada como un ángel celeste esgrimiría su espada,—veréme obligado á hablar á usted con una energía que no cuadra bien con la amistad suavísima, ¿qué digo amistad? con el respeto, con la veneración que ha sabido inspirarme, pues últimamente la grandeza de sus perfecciones me ha cautivado de tal modo, que no he podido mirar á usted como penitente, ni aun como amiga espiritual, sino como una santa, como criatura purísima y gloriosísima superior á mí por todos conceptos. ¡Y ahora!...»

Nueva pausa. María Egipciaca, afectada por aquel lenguaje, cruzó las blancas manos y con acento fervoroso exclamó:

«Señor, hermano mío, venid ambos en mi ayuda!

—Llámeles usted con el corazón limpio de afectos menudos, que son, permítaseme decirlo, como el moho del sentimiento—dijo Paoletti, sintiendo que la elocuencia venía en torrentes á su boca;—llámeles usted así y vendrán. Un movimiento espiritual, íntimo, mi dulcísima amiga—añadió llevándose la mano al corazón y apretándola sobre él como una garra;—un impulso hondo, de aquí; un impulso que en una sola energía comprenda dos deseos, el deseo de expulsar esa lepra y el de volver arriba, á esas regiones serenas, iluminadas, radiantes, de donde jamás debió descender... Animo, alma predilecta, en cuyas alas se ven ya cambiantes y reflejos de la luz inextinguible del Paraíso... ánimo y no abatir las alas... te falta muy poco, esto, tanto así—fió á sus dedos la expresión material de la idea;—no mires abajo, que te dará vértigo: mira hacia arriba, y verás las magnificencias que te aguardan, hermosura y dicha superiores á cuanto imagine tu fantasía en los deliquios más placenteros; oirás regaladas músicas y te sentirás penetrada de ese bien infinito, que te envolverá toda, te suspenderá manteniéndote en un vuelo de arrobo infinito, de contemplación angélica. No vuelvas atrás, alma bendita, te lo ruego, te lo pido por tí, por todos nosotros que esperamos tu ejemplo, por el Dios que te creó tan hermosa como obra maestra destinada á su propio recreo y grandeza; te lo pido de rodillas, yo, humildísimo clérigo que nada valgo, que nada soy; pero que he tenido la dicha de encaminarte á tu celestial destino, ¡oh, alma preclarísima! conquistando así un mérito que muy poco vale al lado de los tuyos.»

Pausa. Paoletti se puso de rodillas cruzando las manos.

«De rodillas... usted—murmuró María con voz balbuciente:—no, eso no... Haré lo que usted me manda... pero ¿qué se hace para dejar de sentir lo que se siente?

—Sentir otra cosa—dijo el italiano levantándose.—¡Oh! bien lo sabe usted... que ha educado su corazón y su mente con arte maravillosísimo igual al de los santos. ¿Siente usted, por ventura, enflaquecimiento ó tibieza en su amor á Dios, en su piedad?»

Silencio. María respondió negativamente con un movimiento de su mano. Después, acercando más su cabeza al Padre para que éste la oyera mejor, habló así:

«¿Eso que usted quiere echar de mí impedirá mi salvación si no lo echo?

—¡Oh! ángel de bondad, ni por un momento he puesto en duda su salvación... Eso no. Pues qué, ¿un alma tan llena de merecimientos podría perderse? Sin que usted me lo declare conozco que esos afectos que han venido á conturbarla no van acompañados de rencor, ni excluirán el perdón de los que hayan á usted ofendido. ¿Me equivoco?»

María volvió á negar con la cabeza.

«Entonces la salvación es segura. Si me empeño en arrancar esa hierbecilla, es porque no me contento con que esta alma sea buena; quiero que sea perfecta. No me satisface la victoria, y deseo un triunfo gloriosísimo, para que además de la corona de la virtud lleve usted la de la santidad. Quiero—añadió con énfasis,—que usted suba al cielo bañada en luz esplendentísima, entre las aclamaciones de los ángeles, y que desde el eterno umbral recamado con estrellas de zafir no vuelva la mirada á la tierra ni aun para obsequiarla con su desprecio. Quiero en usted la pureza absoluta, el amor en su esencia divina.

—Todo eso tendré sin arrancarme el afán de la tierra. Si me puedo salvar con él, que Dios me reciba en su seno tal cual soy.»

Paoletti meditaba. De pronto dijo:

«Mi querida amiga, ¿perdona usted de corazón á todos los que la han ofendido?»

Pausa. «Sí—dijo María, cuando ya el Padre había perdido la esperanza de recibir contestación.—Perdono á mi infiel marido, que me ha matado.»

Al decir esto, dos lágrimas corrían por sus mejillas.

«Y á ella, á esa mujer que ha robado á usted el amor de su marido, ¿la perdona usted?» Paoletti esperaba con los ojos fijos en la enferma. María bajó los párpados de los suyos y se sumergió en abstracción profunda. El clérigo creyóla presa de un desmayo; alarmado, acercó su rostro, observó, esperó. Al fin pudo oir un sollozo que decía:

«También la perdono.

—Pues si mi nobilísima hija perdona, que es la manera de arrojar esa levadura maléfica, entrará triunfante en la morada celestial,» dijo el Padre en tono patético, cual si tuviera en su mano la llave de aquella morada.

Súbitamente poseída de entusiasmo místico por efecto del influjo sobrehumano que sobre ella tenía el Padre, María recobró sus fuerzas, y singularmente las de la emisión de la voz. Hasta en sus mejillas pálidas viéronse señales de la reacción vital, que principalmente se mostraba en la movilidad, gracia seductora y resplandor de sus ojos.

«Parece que esas palabras me han infundido una vida nueva—dijo con fácil acento.—No sé qué telas había delante de mis ojos, que ya han desaparecido, y veo claro, tan claro, que me pasmo de los beneficios que el Señor me ha hecho dando esta luz á mi alma, y no sé cómo agradecérselo. Él me ha enseñado el camino para ir á Él; me ha llamado con voces de cariño. No me aparto: voy, voy, Dios, Padre y Redentor mío; voy abrazada á tu cruz.

—Así, así, así quiero á mi amadísima penitente y amiga—exclamó el poeta de los superlativos dejando correr las lágrimas que venían á sus ojos.—Pronto vivirá usted en espíritu en la región del consuelo eterno. ¡Qué gran privilegio, amiga mía, no asustarse de la muerte, sino, por el contrario, ver con gozo ese momento en que la última chispa de la vida asquerosa se confunde con la primer centella del vivir limpio, infinito! ¡Alma hermosísima, purificada por la oración, por la piedad constante, por el heróico trabajo de la vida interior, por la perenne inmersión del pensamiento en la idea divina, extiende tus alas, más blancas que las nubes; no temas, remóntate, mira tu puesto arriba, oye las deleitosas músicas que te reciben, aspira esa fragancia inconcebible del Paraíso, atrévete á afrontar la mirada paternal del que hizo el sol y las estrellas, y que sonriendo con la sonrisa de que salió la luz, te recibe como á mártir, como á santa!

—Sí—dijo María cruzando blandamente las manos sobre el seno:—yo me siento subir, y no encuentro palabras para expresar mi júbilo. Parece que se me olvida ya el lenguaje de la tierra, que no sé hablar. Mi última palabra sea para repetir que perdono de todo corazón á los que me han ofendido.»

Pausa. El italiano murmuraba una oración.

«Padre—dijo María Egipciaca dando un golpecillo en la cama para despertarle de aquel sopor místico en que había caído,—me ocurre que debo manifestar de palabra mi perdón á mi marido.

—No es absolutamente necesario, pero puede usted hacerlo.

—Quién sabe si unas cuantas palabras dichas en momentos tan solemnes harán efecto provechoso en su alma perdida.

—¡Oh, sí!... Esa idea es propia de una inteligencia sublime... Se lo diremos.

—En este trance—añadió María agitada otra vez por los afectos que Paoletti llamaba menudos,—él no puede contestarme. ¡Ay! tiene tan prontas las respuestas cuando yo le acuso, que á veces me aturde. Una vez...»

María reflexionó un instante antes de seguir.

«...Vino á mí lleno de tristeza y desaliento. Era una noche que llovía mucho... El pobrecito... por ceder su coche á un amigo enfermo, se había mojado hasta los huesos. Además, aquel día se le había muerto otro amigo que amaba mucho, un célebre ateo, ya sabe usted, compañero de estudios y de herejías de mi pobre León. ¡Oh! ¡qué triste estaba! Le ví entrar y me dió lástima; pero yo estaba rezando y no podía suspender mi rezo. Se mudó de ropa; pero con la ropa seca tiritaba lo mismo que con la húmeda... tenía fiebre. Yo mandé que le hicieran abajo una bebida calmante y seguí rezando, pidiendo á Dios fervorosamente que le convirtiera, ¡y él no me lo agradecía!... De pronto se llegó á mí, y sentándose en una banqueta baja, puesto casi á mis pies, me tomó una mano, imprimiendo en ella unos besos que quemaban. Díjome así: «Yo necesito amar y que me amen... esto es vivir como los cardos que crecen solos y tristes en el campo...» Gran esfuerzo el mío para no hacerle caso. Obligada á dejar el libro de rezo, rezaba mentalmente, apartando de él los ojos, trayendo á mi mente cosas de piedad, para que otras cosas y pensamientos no pudieran entrar. Aquel día habíamos hablado usted y yo largamente de las estratagemas de que se vale el espíritu ateo para cautivar al espíritu con fe. Yo me fortalecí con el recuerdo de aquellas palabras, y dejé pasar, dejé pasar la corriente de cariño que de él hacia mí venía. Yo era una estatua; comprendí que debía enojarme, y me enojé, echándole en cara su ateísmo. El tiritaba y me decía: «Puesto que mi hogar está vacío para mí, me voy á meter en un hospicio...» ¡Qué cosas dijo! El «yo quiero amar, yo quiero que me amen» no se apartaba de su boca... Me galanteaba á veces como un estudiante, riendo; á veces me hablaba de nuestra casa, de los hijos que no habíamos tenido... Yo firme, yo revestida de frialdad, porque si le mostrara cariño, ¡cuál no sería su engreimiento y mi humillación! Habría yo creído que conmigo se humillaban la Fe cristiana y la santa Iglesia. No, no: mi plan de conducta estaba trazado, ¡y qué bien trazado! Yo me levanté, y le dije sin mostrar emoción: «Conviértete y hablaremos;» y me retiré, dejándole solo. ¡No se me ha olvidado aquella noche! Me acuerdo de que al entrar en mi alcoba me dió lástima de verle con tanto frío, y tomando una manta se la tiré desde la puerta. Yo me había puesto á rezar de nuevo en la alcoba, cuando le oí decir: «¡Maldito sea quien te ha hecho así!»

—¡Oh, mi querida amiga!—dijo Paoletti;—se agita usted demasiado con esos recuerdos.

—Me parece que le estoy viendo...—añadió María con no sé qué expresión de éxtasis en sus ojos.—Estaba pálido aquella noche, y tenía en sus hermosos ojos una melancolía, un desconsuelo...! Parecía un niño hambriento que extiende los brazos hacia el seno de su madre y se encuentra con que el seno de su madre es de cartón. Paréceme que siento el picor de su barba fuerte aquí sobre la piel de mi mano, y me pesa, me pesa aún sobre las rodillas su cabeza fatigada. Yo no la dejaba reposar allí, pero la miraba preguntándome por qué Dios permite que las ideas materialistas y el no creer estén dentro de una cabeza tan hermosa. ¡Y aquella cosa inexplicable y encantadora que hay en sus ojos negros... y aquella energía de su mano varonil, y aquel conjunto de seriedad, de brío, de fuerza, sin perjuicio de la esbeltez!...

—Amiga de mi alma—dijo Paoletti interrumpiendo,—creo que si se ocupa usted tan prolijamente de perfecciones físicas, es para asombrarse de que Dios, en su alto juicio, las haya unido á un espíritu ciego y muerto.

—Eso es, eso es... pero estos recuerdos vienen á mí y no los sé desechar. Pueden más que yo... Un día, después de muchos días de destemplanza entre los dos, le ví entrar furioso. Era la primera vez que le veía colérico: me dió mucho miedo. Me habló violentamente, y tomándome por la mano, sacudióme como si quisiera arrastrarme. Caí de rodillas delante de él. Me parece que aún siento su mano como una argolla, y si la sintiera de veras ahora, creo que el gusto me haría vivir... Díjome cosas muy duras; pero su misma ira, con ser tan fuerte, no le impedía la delicadeza... Aquel arrebato de cólera me regocijaba en el fondo del alma, porque me demostraba su amor; pero como yo estaba segura de su fidelidad, no quise manifestarle nada de mi afecto. Bien sabía yo que no me había de hacer daño, y por lo mismo le dije: «No me importa que me mates, pero aguarda un poco. Estoy repartiendo mi ropa á los pobres.» Así era: más de cien infelices aguardaban á la puerta. Yo estaba tan orgullosa de mi caridad, que supe despreciar á mi tirano. Él me dijo: «¡Es horrible que se sienta uno herido en el alma y ni aun pueda devolver golpe por golpe, y no pueda vengarse, ni matar á nadie, ni aun castigar!...» ¡Oh, qué simpático estaba en su enojo!

—Basta, basta—dijo prontamente y con desasosiego el Padre.—No permito ni una palabra más de esa revista de memorias nocivas al alma. La que luchó entonces por limpiar su espíritu no puede sucumbir ahora.

—No, no sucumbiré—afirmó María, revelando en su rostro lívido el esfuerzo que hacía su alma para romper las misteriosas cadenas que la aprisionaban en la hora tremenda.—Bastante me he mortificado, bastantes batallas he dado en mi mente para despojarle de aquellas perfecciones y dejar desnudo el horrible esqueleto. Este procedimiento de no ver en el sér hermoso más que un esqueleto, me fué recomendado por usted... y ha sido mi salvación... Porque indudablemente mi alma se habría perdido, ¿no es verdad, Padre?... el fin de conquistarme espiritualmente y hacerme suya extraviando mi corazón, ¿no es verdad, Padre?»

A cada pregunta, señal en ella de dudas ó refriega interior, el Padre contestaba afirmativamente con fuerte cabeceo.

«Yo le decía: «Tuya soy en aquello que nada vale; pero mi espíritu no lo tendrás jamás.» A veces me imponía la obligación de estar semanas enteras sin hablarle. ¿No es verdad que hacía bien?

—Mi infelicísima amiga—dijo el italiano suspirando,—está usted refiriéndome lo que mil veces me ha referido. Volvamos esa página sombría, sobre la cual todo lo hemos dicho ya, y hablemos de Dios, del perdón...

—¡Del perdón!...—exclamó la dama alzando su cabeza sin mover su cuerpo.—¿De qué perdón?...»

En sus ojos se pintó un vago mareo, como el que precede al delirio. Incorporóse súbitamente en el lecho con dura sacudida, y oprimiéndose las sienes, gritó:

«No les perdono, no les perdono, no les puedo perdonar... ¡Marido, á tí solo te perdono, si vuelves á mí! A ella...»

No pudo acabar la frase. Retorciéndose los brazos cayó en la cama como un cuerpo muerto. Paoletti miró aterrado los ojos de la enferma clavados en él con expresión bravía. El clérigo sintió en su frente sudor glacial, y el corazón agitado se le salía del pecho. La dama, después de mirarle así, cerró los ojos. La crisis se resolvía en distensión de músculos, y en sollozos y suspiros. Paoletti dijo con voz que se esforzó en hacer cavernosa:

«¡Alma que creí victoriosa y que ahora sucumbes vencida: si no perdonas, Dios no te perdonará!»

Después se arrodilló, y tomando el Crucifijo se puso á rezar contemplándolo. Afligido y lloroso, como pastor á quien roban su más querida oveja, permaneció un rato. La pobre dama no se movía ni hablaba. Al fin, tras doloroso gemido, pronunció estas tristes palabras:

«Soy pecadora y no me salvaré.»

Alma infeliz y llena de congoja, luchaba como el náufrago de los aires, alargando una mano al Cielo y otra á la tierra.

«Estoy transido de dolor—dijo Paoletti, mostrando á María su blanco rostro pueril inundado de lágrimas sinceras,—porque el alma que creí haber ganado para un esplendorosísimo puesto del Cielo, cae de improviso en los abismos...

—¡En los abismos!...—murmuró la Egipciaca con un sollozo de angustia.

—Sí, y pido á mi Dios que la salve, que salve á esta alma queridísima, que no la condene, que tenga piedad de ella... ¡Oh! ¡Señor misericordiosísimo, haberla visto tuya y ahora verla de Satanás!... ¿No es tu perla escogida? ¿Cómo permites que caiga en el lugar del tormento eterno?... ¿No la perfeccionaste, no la purificaste como á joya que había de pertenecerte eternamente?... Alma, oye mi último ruego, si no quieres ver trocada la túnica purísima de la bienaventuranza por vestidura de llamas horribles... Torna en tí, vuelve á tu sér suavísimo y al peregrino estado, donde hallabas deleite superior al que podrían dar á tus sentidos los más delicados aromas, los manjares más exquisitos y las visiones más bellas. Sálvate, no ya del mundo, sino del Infierno.»

Siguió hablando el reverendo poeta con aquella oratoria sentida, patética, un poco teatral, que era propia suya, haciendo gasto considerable de retórica descriptiva, y no perdonando resplandores celestes, ni coros angélicos, ni amor esencial, ni candideces del alma. Cuando concluyó, María, besando el Crucifijo que su amigo espiritual le puso en las manos, derramaba lágrimas y decía:

«Bien: todo lo cedo ante tí, Redentor mío; no queda nada en mí de esta levadura de los afectos menudos. Me lo arranco todo con la vida y lo echo al fuego. Aún queda algo; pero usted, Padre, que tanto puede, me arrancará esta última espina que tengo en el corazón.

—¿Cuál?

—Pruébeme usted que la niña de Pepa no es hija de mi marido.

—¿Cómo he de probar eso, criatura?—replicó asustado el buen Paoletti.—¿Conozco acaso los secretos recónditos de la naturaleza? Podrá ser hija, podrá no serlo.»

Después aquel hombre de buena fe, pero que sólo conocía la superficie, no las honduras del humano corazón, dijo estas palabras:

«La niña es bonita.»

Esto era ser Longinos, tomar la lanza y herir el divino costado para abreviar la agonía. La dama parecía saltar en su lecho.

«Alma escogida—exclamó el valiente Paoletti puesto en pie, fulgurantes los ojos, alta la mano,—desecha esa última turbación, arroja las últimas heces y ten limpio el vaso en que ha de entrar el agua purísima de la eternidad gloriosa.

—Quiero salvarme,—murmuró María, que más parecía un muerto que habla, que un vivo moribundo.

—Pues desecha, límpiate por completo, perdona, ¡oh alma preciosa!

—Desecho, me limpio, perdono,—se oyó en la estancia, como el silabear misterioso de una vida que se escapa por los labios y fenece en ellos.

—Perdona, y tu salvación es segura.»

El enano se agigantaba con la expansión de su entusiasmo místico. Al entusiasmo de María mezclábase un pavor supersticioso que erizaba sus cabellos sobre la sudorosa piel de la frente. Caía desmelenada su cabeza como la hierbecilla inclinada y rota ante la voladora pesadez del tren que pasa.

«Abrazada á esta imagen bendita—dijo el clérigo,—olvide usted todo lo del mundo, todo, absolutamente todo.

—Olvido,—murmuró María en el fondo de aquella sima obscura de abnegación en que había caído.

—Todo, todo... Olvide que existe un hombre, que existe una mujer.

—Olvido,—dijo la voz más quedamente, como si siguiera bajando.

—Hágase usted cargo de que es igual que su cuerpo esté en Suertebella ó en su propia casa. Humille su amor propio hasta llegar á que no le importe nada la victoria terrestre de los malvados. No tenga usted horror al palacio en que está y en el cual hay una capilla consagrada á San Luis Gonzaga, cuya imagen parece el retrato de nuestro amadísimo Luis.»

A este recuerdo María pareció subir.

«Me reconcilio con el palacio. Tu nombre, hermano querido, me alegra. Que tu alma triunfante venga en auxilio de la mía.

—Así, así.

—Cuanto tengo, si es que tengo algo—dijo con voz clara besando el Crucifijo,—deseo que se reparta á los pobres. Mi marido y usted se pondrán de acuerdo. Deseo ser enterrada junto á mi hermano y que se me digan misas de cuerpo presente en el altar donde esté la imagen del santo que más quiero y admiro, San Luis Gonzaga.

—Sí, mi dulcísima amiga; y no se le importe nada á esta alma nobilísima que el altar esté en Suertebella.

—Nada me importa. Perdono de todo corazón, me reconcilio con mi Dios Salvador, y espero.»

Con las manos extendidas, los ojos medio cerrados, Paoletti pronunció grave, despaciosa, solemnemente la absolución cristiana.

«Reconciliada con Dios—dijo luego con voz conmovida,—va usted á recibir la santa comunión.»

XIV Vulnerant omnes, ultima necat.

La ceremonia anunciada se efectúa después de anochecer con pompa y fervor. El palacio de Suertebella préstase maravillosamente á la ostentación de mil y mil hermosuras, homenaje tributado por las gracias materiales al rito católico. Flores preciosísimas, luces sin cuento son la ofrenda más propia para festejar al Señor de los Señores. Entre tanto brillo, parece que las mismas obras del arte humano se hacen más bellas y se perfeccionan, como si también les tocara á ellas algo del bien que la divina visita trae á la casa. El rumor de llanto que por doquiera se siente, ya en un ángulo de la sala japonesa, ya tras de la estatua griega de perfil majestuoso, completa la profunda gravedad triste del espectáculo. El fervor y el miedo, originados aquél de la idea del más allá y éste de la proximidad de una muerte, se juntan en un solo sentimiento.

El cura de Polvoranca trae la Sagrada Forma de la parroquia cercana, en lujoso coche al que otros muchos siguen con alineación melancólica. Parece que los propios caballos comprenden que no debe hacerse ruido, y pisan quedo. El hermoso pórtico se llena de personas, cuyas caras enrojecen con el fulgor del hacha que tienen en la mano, y confundidas libreas con gabanes, señores y criados están de rodillas. La campana en cuyo son se mezclan el pavor y el consuelo, va clamando por las anchas galerías, despertando de su sueño ideal á las figuras de mármol. El arte serio y el cómico se transforman, tomando no sé qué expresión de temor cristiano. El charolado suelo refleja las luces. Por el techo y las altas paredes corren reflejos rojos y sombras de cabezas. Flores y tapices se inclinan con silencioso acatamiento. Los pasos resuenan con bullicio sobre la madera. Creyérase oir redoble lejano de fúnebres tambores. Después se apagan sobre las alfombras, produciendo efectos acústicos semejantes á los de una trepidación subterránea. Al fin para el ruido y se detienen los pasos. El silencio es sepulcral. La procesión ha llegado á su término. Durante aquel rato solemne todo el palacio está desierto: cuantos en él respiran se hallan en las inmediaciones de la escena. Los que no pueden presenciar el acto, entran con la imaginación en la alcoba llena de luces y suspiros, y gozan ó gimen imaginándose lo que no pueden ver. Desde fuera se adivina la escena y el corazón tiembla. En el pórtico y en las galerías solitarias é iluminadas, la atmósfera muda parece un inmenso aliento suspendido por la expectación del respeto. Todo calla: sólo puede oirse quizás, en el rincón más obscuro, el roce de un vestido que pasa, se desliza, corre y desaparece.

Pasa un rato. Siéntese primero un murmullo, después los pasos nuevamente, reaparece la fila de lacayos con hachas, crece el rumor, se aumenta la claridad, sombras de vivos corren por sobre las figuras pintadas, vuelven á crujir las charoladas tablas; siguen libreas, mucho color, mucho traje, hombres y mujeres de todas clases, rostros indiferentes, otros que revelan pena ó lástima; óyense las sílabas quejumbrosas del rezo del cura y sus acólitos. La procesión, que unos ven con inefable sentimiento y otros con frío pavor, avanza al son de la esquila que agita un niño, el mismo á quien Monina llamaba Guru, y sale por el pórtico, donde unos la despiden de rodillas, otros la acompañan con la cabeza descubierta. Dentro, la fragancia de las flores parece misteriosa huella del pie invisible que ha entrado en el palacio.

Ego sum via, vita, veritas.

Toda la familia asistió al acto, la Marquesa agobiada por el dolor y sin fuerzas para tenerse de rodillas (tan vivamente la afectaba aquel trance temido), el Marqués y sus dos hijos manifestando sinceramente su pena. Concluída la ceremonia se retiraron todos apremiados por los amigos más íntimos. Milagros perdió el conocimiento y fué preciso llevarla á un rincón de la sala japonesa, donde amigas solícitas la rodearon para consolarla. El Marqués, que había perdido la memoria de sus excursiones artísticas por el palacio, huía de los consuelos de importunos amigos y quería estar solo. Allá en un ángulo de la sala de tapices halló lugar propicio á su recogimiento y dolor, y oculto tras de un sátiro de mármol meditaba sobre la vanidad de las grandezas humanas. Gustavo, atendiendo á su madre, se dejaba consolar por el poeta de los arrebatos píos y de las almas cándidas. Leopoldo echaba de su cuerpo suspiros, y temblaba nerviosamente sintiendo aquella glacial caricia de la muerte tan cerca de su persona.

Mucha gente salía, y en el parque los cocheros se llamaban unos á otros dándose los nombres históricos de sus amos: «Garellano, ahora tú; Cerinola, entra; Lepanto, echa un poco atrás.» La noche estaba hermosa, limpia, serena, inundada de la claridad azul de la luna, y el horizonte ofrecía á lo lejos la falsa apariencia de un mar tranquilo. Palidecían las estrellas pequeñas; pero las grandes lograban brillar, retemblando con visible esfuerzo. ¡Naturaleza espléndida, por donde parecía cruzar dulce respiración de calma y amor! Más bien convidaba á nacer que á morir. ¡Cuánto abruma al hombre observar la majestuosa indiferencia de los cielos visibles ante los dolores de la tierra! El más horrendo cataclismo moral, no podía formar la más ligera nubecilla. Todas las lágrimas de la humanidad no llevarían á esos espacios insensibles una sola gota de agua.

León salió de la triste alcoba para decir dos palabras de gratitud al Marqués de Fúcar.

«Querido—le dijo éste estrechándole con cariño las manos,—recibe el pésame de un afligido. Aquí donde me ves, gimo bajo el peso de un disgusto.

—¿Hay algún enfermo en casa?...

—No... ya hablaremos... ahora no es ocasión... No tienes que agradecerme nada... era mi deber. Ya ves que he mandado adornar el palacio como corresponde á ceremonia tan augusta y á la firmeza de mis ideas religiosas. Se trajeron todas las camelias de la estufa, los rododendros y los naranjos que están en pesados cajones de madera. Pero no importa: hay ocasiones en que me parece conveniente llegar hasta la exageración... Volveré á saber... A su debido tiempo hablaremos.»

Poco después salió á tomar su coche para irse á Madrid, pensando en esta desdichada, en esta mal dirigida nación, que al día siguiente de hacer un empréstito ya necesitaba hacer otro... León volvió á la alcoba. La terminación parecía próxima. Rafael, Paoletti, Moreno y él, rodeaban á la pobre María que, desde las últimas palabras de su espiritual confesión, se había ido postrando y perdiendo rápidamente el aspecto de persona viva. Su hermosa cabeza y cara en que estaba representado, por vanagloria de la Naturaleza, el ideal de la belleza humana, parecían más perfectas en aquel momento cercano á la extinción de la vida orgánica, y su inmovilidad, su blancura, la fijeza de aquel blando reposo sobre la almohada, la calma escultural de las facciones y de los músculos faciales, no contraídos por dolor alguno, la asemejaban á una representación marmórea de la muerte tranquila, noble, aristocrática, si es permitido decirlo así, puesta en figura yacente sobre el sepulcro de una gran señora. Nada se movía en ella. Lograba el privilegio de entrar en el reino sombrío con sosegada parsimonia, sin dolor físico, como se pasa de una visión á otra en el entretenido viajar de un sueño.

Sus ojos, medio velados por las negras pestañas, se fijaban en el rostro sombrío y atónito del hombre de la barba negra. León esperaba junto al lecho observando con dolor aquella hermosura sublimada por la muerte, y pensaba en el sentido profundamente filosófico de la aparente transformación de su mujer en estatua. La solemnidad del caso doloroso; el silencio del lugar, sólo turbado por un aliento apenas ronco, más difícil á cada minuto; la mirada triste de aquellos ojos moribundos, fijos en él como una raíz misteriosa que no quiere dejarse arrancar, lleváronle á pensar cosas divinas, referentes á él mismo, á ella, dos seres que se decían esposos y sólo estaban unidos ya por el hilo de una mirada. Sondeó su corazón deseando hallar en él un resto de amor para ofrecerlo, como la última florecilla de la galantería conyugal, á la que espiraba en la soledad fría de su misticismo, y por más que buscó y rebuscó no pudo encontrar nada. Todo lo que su corazón contenía en caudales de amistad y ternura, había sido retirado sigilosamente del hogar legítimo para ser depositado y como escondido en otra parte.

Pero si amor no, la hermosa estatua que había sido embeleso de su juventud le inspiraba una compasión tan viva y tan honda, que con el amor mismo se confundiera en tan supremo instante. Al despedir aquella vida, que habría podido ser encanto y ennoblecimiento de la suya, y que sin embargo no lo había sido, León sintió que las lágrimas subían á sus ojos y que el corazón se le oprimía. «¡Infeliz!—dijo para sí,—Dios te perdonará todo el mal que me has hecho; te lloro como si te amase, y te compadezco, no sólo por tu muerte prematura, sino por el desengaño que vas á tener cuando sepas, y lo sabrás pronto, que el amor de Dios no es más que la sublimación del amor de las criaturas.»

Se acercó á ella, atraído por los ojos que se abrían un poco más. Vió de cerca el vello finísimo, casi imperceptible, que sombreaba su labio superior; vió el punto luminoso de su pupila irradiada de oro; sintió su aliento, que casi no se sentía ya. ¡Desconsolada! No hay voces para expresar aquel desconsuelo, que por sí no se expresaba tampoco con palabras, sino con el último destello de una mirada que lloraba apagándose. Bajo la tranquilidad exterior de su cuerpo y la calmosa fijeza de su mirar de desconsuelo, se revolvían quizás tormentosas ansias y los ardientes afanes humanos, despertados sordamente en lo más íntimo del sér moribundo, cuando ya no existía el poder físico para darles forma. Pero la superficie no decía nada, así como la costra helada del río no permite oir la bulliciosa y veloz corrida de las aguas profundas.

Así lo comprendió León. Vió una gota brillante temblar en cada uno de los ojos de María. Eran la última y la única forma posible de expresar la energía postrera de sentimiento humano en su alma, solicitada ya del abismo insondable, y atada aún al mundo por la tenue raíz de un deseo. Dos lágrimas asomadas, que no llegaron á correr, fueron lo único que de aquel oleaje recóndito salpicó fuera.

León acercó sus labios al rostro frío y oprimió firme. Oyó entonces el fuerte suspiro de una gran ansiedad satisfecha. Estremecido con sacudimiento el cuerpo exánime, oyóse una voz que dijo:

«¡Oh!... ¡gracias!...»

Transit.

Quietud absoluta. ¡Formidable silencio aquél en que María Egipciaca resbaló por la pendiente de la invisible playa, como grano de arena arrastrado por la ola y llevado á donde la humana vista no puede penetrar!

Los que la miraban morir se encontraron solos. Con un suspiro se dijeron que ya la infeliz esposa no existía. Ya se podía hablar en voz alta... El que tenía la obligación de cerrar aquellos ojos los cerró con trémula mano... Temía hacerle daño.

El Padre, puesto de rodillas, rezaba en silencio, la mirada fuertemente contenida dentro de los párpados, como el prisionero á quien se doblan los cerrojos de su calabozo. Contempló León breve rato lo que restaba de quien fué la mujer más hermosa de su época, reuniendo á este privilegio el de ser la más santa de su barrio, y tembló de dolor al choque de las memorias que á él venían, de los sentimientos que en él se encrespaban. ¡Cuán triste hermosura en aquella calma de los despojos tibios, donde lo bello ocultaba tan bien lo fúnebre, que era propio en aquel caso llamar ascéticamente muerte á la vida y vida á la muerte!

Lleno de turbación y rebosando lástima de su corazón oprimido, el viudo salió de la alcoba como si saliera de su juventud. Las fieles amigas de devociones y los criados quedaron allí. Paoletti se retiró á rezar á la capilla. Circuló la noticia por el palacio y se oían lamentos lejanos, bullicio de gente que corría en busca de cordiales, secreteo suspirón de amigos que entraban y salían. León fué á dar á la sala de Himeneo, donde se arrojó en un diván, fijando la vista en el antiguo reloj artístico que en torno al círculo de las horas tenía un renglón curvo, semejante á un triste ceño, con esta inscripción:

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