← Table of contents
La familia de León Roch, Tomo 2

TERCERA PARTE (continued 3)

Reading edition

Vulnerant omnes ultima necat.

XV La sala Increíble.

Reuniéronse á él los criados y algunos amigos fieles. Dadas las disposiciones que exigían las circunstancias, se retiró á la parte del palacio próxima á su habitación. Quería estar solo. En medio de su pena, sentía escondida la satisfacción de haber cumplido hasta el último instante obligaciones sagradas. Mandó á su criado que guardara la puerta, no permitiendo que nadie penetrase hasta él, y se encerró en la sala Increíble. Al fin le acompañaba la soledad tan deseada. Podía pensar solo y considerar la marcha de los sucesos, su propia situación, el estado de su alma, echar una mirada al pasado y otra al porvenir. La dolorosa lucha que tiempo há sostenía con un ideal distinto del suyo, había concluído. Estaba libre; pero su libertad venía impregnada de tristeza, porque había sido traída por la muerte; le quitaba los hierros una figura hermosa, melancólica, que no merecía en modo alguno el odio, sino compasión y respeto. El óbice suprimido por la muerte, aposentado en la memoria y aun en el corazón del liberto por la compasión, ganaba dulces simpatías sólo por el hecho de su fin lamentable. Tenía el prestigio de la inocencia y la hermosura del ángel.

Por mucho que León empapara su pensamiento en aquella memoria, si no cariñosa, interesante y patética, no pudo evitar que fuese sorprendido su espíritu por una idea lisonjera. Tenía porvenir. Ante él se abría el pórtico de una vida nueva, donde quizás vería realizado lo que persiguió vanamente en la vida fenecida, completamente rematada en la calma triste de un funeral. Pero lo reciente del duelo le hacía mirar con miedo el porvenir, y sujetaba su mente para no lanzarse á imaginar días venturosos ni á fabricar lindos castillos, todos en la región luminosa de lo probable, pero también en el caos obscuro de lo imaginario. Era para él muy doloroso que en un punto se juntasen el homenaje de respeto y piedad debido á lo que fué y la ilusión de lo que había de ser. Pero la esperanza es como el remordimiento, y viene tan puntual cuando la lógica la trae, que se la creería un don precioso de la conciencia. Así como no se puede cerrar la puerta al remordimiento cuando este viajero llega y toca reclamando su hospitalidad ineludible, no se puede tampoco despedir á la esperanza que viene, atropella, invade, se apodera, se instala y despliega ante la vista el lienzo seductor de los días venideros. No hay ceguera voluntaria que sea parte á impedir el goce de los horizontes de la vida cuando éstos se agrandan y se iluminan por sí. No hay momento en la vida, por doloroso que sea, que no se encadene con los momentos esperados que aún permanecen en los infinitos depósitos, no consumidos, del tiempo. La vida no es más que la apreciación de un más adelante. La Naturaleza ha cooperado en esta ley, no creando ningún sér superior que tenga los ojos en la espalda.

Vacilaba y padecía, no queriendo lanzarse á donde su pensamiento iba con fatal vuelo, y gustaba de atarse otra vez la cadena rota. Creía honrarse apartando de sí toda idea de su propio bien, aunque éste fuera legítimo, y quería que su fantasía procediera noblemente no imaginando nada lisonjero en aquella luctuosa noche. Pero si el espíritu tiene velas maravillosas que lo impulsan y sin las cuales no puede navegar, tampoco puede hacerlo sin un lastre que se llama egoísmo. El egoísmo es necesario. Sin él y con velas se entregaría el hombre al loco arbitrio de los huracanes. Y con él solo y sin velas, queda reducido al triste papel de pontón. Gallarda y perfecta nave es la que tiene en justa medida alas y peso. Meditando en esto, él se negaba resueltamente á ser pontón. Había arrojado al agua todo su lastre para lanzarse como un rayo al oleaje de la contemplación pura de lo ideal, cuando sintió ruido, un rumor que le hizo temblar, como la cuerda tirante en los altos topes tiembla en la horrible trepidación del huracán: era un ruido de traje de mujer mezclado con un suspiro. Cuando miró, Pepa Fúcar estaba delante de él.

León, medroso, no osó preguntarle nada. Tenía ella en su cara el aspecto de un muerto que se levanta por miedo de haberse muerto. Sus dientes chocaban como al efecto de un frío intensísimo. Traía la tragedia en sus ojos y en su mano un papel. León tuvo valor para decirle:

«Por Dios... no vengas á turbarme... Mi pobre mujer ha muerto.

—Y yo...»

El temblor, aquel frío que parecía adquirido al contacto del sepulcro, le impidió seguir. Al fin concluyó la frase: «Y yo há tiempo que he venido... á decirte que mi marido vive.»

León se quedó como quien no oye bien. Su conciencia fué la que gritó un instante después: «¡Tu marido!...»

Se llevó la mano á la cabeza, en cuyo centro toda su sangre parecía circular en remolino.

«¡Vive!

—¿Le has visto?

—Sí, y me habría muerto de espanto si no hubiera pensado que estás tú en el mundo para salvarme y ser mi amparo contra ese bandido.»

Estas palabras llevaron el espíritu de León á un aturdimiento estúpido...

«¿Yo? ¿qué tengo que ver en eso?...—dijo, pugnando por echarse fuera de aquella situación escandalosa, por medio de un sofisma de dignidad.—Déjame... ¿tengo algo que ver con tu marido... ni tampoco contigo?»

En su pecho se había levantado una tempestad de rabia, contra la cual luchó, oponiéndole el decoro, el honor, diques de barro, que se rompían apenas usados. Sintiendo un torbellino en su cabeza y deseando que su amor fuera oído y que las cosas no fuesen como eran, ordenó á Pepa salir de allí. Un rayo de lógica le había destrozado interiormente. Cediendo á un movimiento natural de su alma, que no sabía si era el despecho ó el honor, dijo á su amiga:

«Déjame... te repito que me dejes... No me turbes ahora. No quiero verte, te separo de mí, te expulso.

—No estás en tu juicio—dijo Pepa con dolorida tristeza.—Me arrojarás de esta sala, pero no puedes arrojarme de tu corazón.

—Es que has venido á burlarte de mí—repuso él,—cuando merezco más respeto... Lo que has dicho no será verdad.

—¡Oh! si no lo fuera...—dijo la dama cruzando las manos.—Esta mañana me dió mi padre la terrible noticia; pero yo no creí que el otro tuviera valor para presentarse á mí... Esta noche me hallaba en mi cuarto... sentí ruido en el jardín, me asomé... ví un hombre... era él... la luz que alumbra el pórtico iluminó su cara aborrecida... le conocí. Creí que la tierra se abría y me tragaba... y empecé á temblar de frío y miedo. Instintivamente me eché á correr por toda la casa creyendo sentir sus pasos detrás de mí y su mano que me tocaba. Salí por la puerta de servicio, y si no hubiera puerta, me habría arrojado por una ventana... salí al patio, no quería detenerme... corrí á la calle, tomé un coche de alquiler, y he volado aquí para decírtelo... he esperado mucho tiempo en el museo... no he tenido paciencia para esperar más.

—¿Y tu hija?

—Si hubiera estado en casa la habría traído conmigo... Papá la llevó esta noche á casa de la Condesa de Vera. Yo pensaba ir también; pero supe lo que pasaba aquí, y me entró horror de presentarme en público... me fingí enferma.

—¡En qué triste instante vienes aquí!—exclamó León con honda amargura.—Ni siquiera consolarte puedo.

—¿Qué ves en mi presencia?

—Profanación... escándalo... no sé qué... una espantosa inoportunidad que me hace temblar.

—No tengo la culpa de lo ocurrido. Dios lo ha dispuesto así... Pero no perdamos el tiempo en lamentaciones... pensemos, discurramos lo que se debe hacer.

—¿Quién?

—Nosotros... ¿Me desamparas en este conflicto sin igual? ¿No sabes lo que trama el perverso? Mi padre me enteró esta mañana... Hace dos días que llegó á Madrid y se alojó en casa de sus tíos para acecharme desde allí... No sé quién le ha informado... Creo que serían sus tíos. Gustavo es su abogado... sí, va á entablar querella contra mí... El muy canalla escribió á mi padre esta mañana declarándose arrepentido de sus infamias y pidiéndole perdón... En la carta de mi padre remitía una para mí... Mírala.»

El primer movimiento de León fué rechazar la carta; pero sin saber cómo, la arrebató de la mano de Pepa y leyó lo que sigue:

«Un hombre que se muere no tiene derecho á exigir fidelidad á la esposa que vive. Felizmente para mí, el Señor Todopoderoso ha querido conservar mi preciosa existencia. Mientras llega el momento de abrazar á mi esposa y á mi hija, tengo el honor de poner en conocimiento del primero de estos seres queridos que estoy resuelto á otorgarle mi perdón si se decide á poner de nuevo el cuello bajo el yugo matrimonial, atendiendo á que mi supuesto alejamiento del mundo de los vivos disculpó hasta ahora su desvarío. Pero si el susodicho sér querido se obstina en considerarme destinado á ser pasto de peces en el golfo mejicano, yo me tomo la libertad de asegurarle que estoy decidido á usar de los derechos que la ley me otorga. Mi adorada hija no puede crecer en el impuro regazo del adulterio. Seguro estoy de que la dama de quien tengo el honor de ser esposo no preferirá los halagos de un amor criminal á los dulces deberes de madre; en caso contrario yo entablaré mi querella, contando, como cuento, con los testigos necesarios para hacer la previa información que la ley exige, y reclamaré á mi hija, persuadido de que la ley la pondrá en mis paternales brazos cuando cumpla los tres años.

»Para que mi buena esposa comprenda bien cuán fuerte es mi posición de cónyuge inocente, le ruego dé una vuelta por el despacho de su señor padre, y allí, estante tercero, tabla segunda, hallará la Novísima Recopilación, de cuya interesante obra me tomo la libertad de recomendarle la ley 20, título I, libro II.

F. Cimarra.»

«Es él—exclamó León estrujando la carta,—es su letra, es su estilo, su descaro, su miserable ironía, su falta absoluta de vergüenza y delicadeza. Reconozco la mano infame en la bofetada que recibo... ¡Dios Poderoso, si el ataque de un monstruo semejante no es razón suficiente para atropellar todas las leyes y respetos, para olvidar la dignidad y la conciencia misma; si esto no es razón para rebelarme y estallar, no quiero la vida, la desprecio.»

Arrojó al suelo la carta estrujada y Pepa le puso el pie encima, diciendo con cierta fiereza: «Así trataría yo tu persona, malvado, y tu Novísima Recopilación.»

Después se dejó caer en el sofá, exclamando entre sollozos: «¡Mi hija en poder de ese vil!... ¡Mi hija, que es mi alma toda, separada de tí y de mí!... ¡La idea de esta feroz amputación de mi vida me vuelve loca!»

León clavaba en el suelo una mirada torva, aviesa.

«Un rasgo enérgico de mi voluntad nos salvará,—dijo Pepa alzando su rostro que parecía la imagen misma de la resolución.

—Calla, espera—dijo León, apartándola lleno de ansiedad.—¿No oyes?»

Ambos quedaron mudos, conteniendo el aliento. Sentíase por la galería cercana ruido de pasos lentos, tardos, como de muchos hombres que transportan un objeto pesado. Se acercaban, pasaban con cierta solemnidad aterradora, después se perdían á lo lejos...

Pepa y León, en la actitud de rechazarse el uno al otro, atendían con temerosa quietud á lo que cerca de ellos pasaba. El vivo palpitar de ambos corazones se confundía en un solo latido. Cuando el silencio volvió á reinar en el palacio, León miró á su amiga, que tenía el rostro inclinado y los ojos llenos de lágrimas.

«¿Rezas?

—¡Oh! ¡Dios mío!—exclamó Pepa oprimiéndose el corazón.—Ella reposa en paz, yo me consumo en ardientes afanes; ella goza ahora de la dicha eterna en premio de sus virtudes, yo soy señalada como criminal y perseguida por la justicia, y veo mi pobre corazón cazado en horrible trampa de leyes... No, Señor: yo no te pedí que la mataras para darme el triunfo, yo no pedí eso... Yo no he sido mala, yo no merezco este castigo... Por momentos la aborrecí, es verdad; pero ya no. Ahora no sé si la temo, no sé si es respeto lo que me hace pensar tanto en ella y verla día y noche enfrente de mí, viva y muerta al mismo tiempo.

—¡Feliz ella!—dijo sordamente el viudo.

—Pero no nos entreguemos á nuestra melancolía. Es preciso resolver esta noche misma... Escucha, yo tengo un plan, el mejor, el único posible.

—Un plan...

—Ya lo sabrás. Antes necesito traer á mi hija. Paréceme que me han de quitármela, que ella y tú y yo corremos peligro...

—Tráela al momento.

—Son las diez. Tengo tiempo de ir y volver pronto. Ya he hablado á Lorenzo, el mejor cochero que tenemos. Está enganchada la berlina. ¿Prometes esperarme aquí?

—Te lo prometo—dijo León mirándola sin verla.—Corre en busca de Monina, tráela pronto; yo también temo...

—Hasta luego... No te muevas de aquí.»

Salió por la puerta del museo. Largo rato estuvo León sin poder coordinar sus ideas. Antes de resolver nada concreto, convenía ver la cuestión con claridad y con sus naturales formas y dimensiones, sin hacerla más difícil ni más fácil de lo que realmente era. Pero él mandaba á las ideas presentarse con lucidez y no lo podía conseguir. La disciplina de su entendimiento estaba rota. El gran cansancio físico y el caos intelectual en que se hallaba lleváronle á una especie de sopor, en el cual su mente se aletargaba dejando que desvariaran febrilmente los sentidos. La sala cuadrada le pareció circular, y el muro cilíndrico daba vueltas en torno de él, paseando, con el remolino jaquecoso de un Tío Vivo, las mil estrafalarias figuras que lo adornaban. Eran estampas grandes y chicas, platos y jarros, medallas y esculturas del tiempo del Directorio, que fué la revolución del vestido, trivial apéndice á la revolución del pensamiento. Después de cortar las cabezas, la fiebre innovadora se dedicó á reformar sombreros. La industria no quiso ser menos que la libertad, y en la cúspide del montón de cráneos alzados por el Terror, plantó el figurín.

Allí no había más que hombres embutidos en inverosímiles casacas, estrangulados por corbatas sin fin y sirviendo de pedestales á fantásticos gorros. Unos esgrimían bastones llenos de nudos ó en espiral, y estaban desgreñados como las furias y calzados como bailarines. Cadenas informes y sellos como badajos pendían algunos; de otros no se sabía cuáles eran las piernas y cuáles los faldones, ni dónde empezaba el hombre y acababa la ropa. Parecían chabacana metamorfosis de la humanidad en bandada de aves graznadoras, llevando los lentes sobre el pico y las patas con borceguíes. Las mujeres mostraban media pierna con listadas medias, y en la cabeza torres de pelo, plumas, cartón, cintas, túmulos, veletas, pagodas, flechas, escobas.

Hombres y mujeres corrían en rápido ciclón, abigarrada chusma bufona, de cuyo centro salían silbidos, ayes, befa y risa, entre la confusa masa de garrotes, piernas desnudas, narices, lentes, faldones, abanicos, sombreros. La humanidad actual encerrada en un cañón tan grande como el mundo y disparada á los aires en millones de pedazos, no habría formado sobre el cielo espantado una nube más horrible.

Vió León que del círculo se destacaba una figura y avanzaba hacia él. Al punto se sintió abrasado de un furor semejante al que despierto había sentido en la mañana de aquel día contra su hermano político, furor no contenido ahora por consideración ni respeto alguno. El odiado increíble que hacia él venía era el más grotesco de aquella muchedumbre antipática, y con su infame risa parecía insultar á la razón humana, al pudor, á la virtud, á todo cuanto distingue al hombre de la bestia.

«Execrable animal—gritó ó creyó gritar León, abalanzándose á él y cogiéndole por el cuello,—¿crees que te temo?... ¿Por qué me la quitas?... ¿Dices que es tuya?... Ahora te enseñaré yo de quién es.»

Desarrollaba contra él atlética fuerza y le decía: «¿Tienes derechos? Pues yo los pisoteo... ¿Has contraído lazos? Pues yo los rompo... Mira el caso que hago yo de tus derechos y de tus lazos: el mismo que de tu vida, empleada en el mal y en el escándalo... ¿Me pides que te respete?... ¿que respete en tí la ley, el Sacramento, como los respeté en la infeliz que ya no pertenece al mundo? ¿Cómo te atreves á compararte con ella? En ella respeté la virtud seca, la piedad exaltada, la honradez, la inocencia, la debilidad, la belleza. Pero en tí, ¿qué hay sino corrupción, mentira, infamia, vicios?... No me pidas que te tenga lástima, porque la compasión no se ha hecho para los animales dañinos. No me pidas que te entregue tu hija. ¿Pues qué, un ángel se echa á los perros?... Tu hija te aborrece, tu mujer te aborrece, y yo... te acabo.»

Creyóse rodando por una pendiente obscura con su víctima entre las manos. Sin darse cuenta de ello durmió un rato con agitado sueño. Cuando aquel vértigo insano se calmó por completo en su mente, empezó á distinguir de un modo confuso los objetos; luego los vió salir de la sombra con más claridad. Los increíbles y las increíbles estaban en su sitio con su natural pergenio irrisorio, ni más feos ni más agraciados que antes. No oyó León rumor alguno. Miró su reloj: eran las once y media.

La primera idea que vino á su mente fué la de que debía salir del palacio aquella misma noche y retirarse á su casa. Pensó en María muerta, en Pepa viva, y á entrambas las veía cual si delante las tuviera. Después, como si su pensamiento evocara á esta última, la vió aparecer por la puertecilla del museo, trayendo á Monina de la mano.

XVI Los imposibles.

«Aquí está—dijo con orgullo.—¿Ves cómo la traigo?»

Su fatigada respiración apenas le permitía articular las palabras. Soñolienta y malhumorada, la pobre niña se dejó tomar en brazos por León, é inclinó la cabeza sobre sus hombros para dormirse allí.

«¿No le cuentas nada?—dijo Pepa, acariciando sus manecitas.—Mona, alma mía, ¿no le cuentas lo que te he dicho?»

La nena cerró los ojos, murmuró algo, entregándose sin cuidado al sueño en el borde del abismo que á los pies de su descarriada madre se abría.

«Se duerme—dijo León, oprimiéndole dulcemente la cabeza para fijarla más sobre su hombro.—Hablemos en voz muy baja, ya que lo terrible de la ocasión nos obliga á vernos y á no estar callados.

—Aquí no puede ser. Se oye desde ese corredor—dijo Pepa levantándose y tomando á León de la mano.—Además, tengo que enseñarte una cosa que está en otra parte. Es un secreto. Sígueme.»

Dejóse guiar. Abrió Pepa la puerta del museo y entraron. Encendiendo una bujía, condújole por una pieza donde había cuadros viejos, y luego por una sala, y otra, y otra. Ella iba delante; León, con Monina en brazos, la seguía sin hacer observación alguna. Al fin reconoció las habitaciones.

«Aquí no penetran los curiosos, ni esa turba de majaderos que han invadido á Suertebella,» dijo Pepa.

Y pasaron á una estancia que era la misma donde Monina había estado enferma del crup. Una criada esperaba las órdenes de Pepa. Era la mujer de un mozo de Suertebella, en quien la señora tenía confianza; y como sus criados estaban en Madrid, sirvióse de aquélla para que á la niña cuidara. A ésta la acostaron pronto, y Teresa quedó junto á la camita, con encargo de avisar si alguien llegaba. Pepa llevó á su amigo á la pieza inmediata.

«Es mi alcoba—dijo la dama, cerrando la puerta.—Aquí nadie nos ve ni nos oye. Aquí está mi secreto. Siéntate... ¡Oh! ¡Dios mío, qué pálido estás! ¿Y yo?...

—Tú también,—repuso León; sentándose fatigado.

—Somos espejo el uno del otro,» afirmó ella tratando de endulzar con un grano humorístico la hiel que ambos apuraban en una misma copa.

El matemático no estaba en disposición de observar la suprema elegancia del dormitorio, cuyas riquezas podrían compararse á las que en tiempos de fe se gastaban en decorar capillas y altares; no paró mientes en los hermosos muebles de ébano incrustado de marfil, ni en el lecho negro, prodigio de ebanistería, que en sus vastas blanduras sin uso, cubiertas con extraña tela obscura y dorada, tenía un no sé qué de tálamo sepulcral; ni se fijó en las pinturas religiosas con marcos de plata, algunas semejantes á las de María Egipciaca, ni en la colgada lámpara esférica, recién encendida, y que, semejante á una luna, derramaba discreta claridad por la alcoba. Rica y misteriosa, la alcoba habría llamado la atención del buen amigo en otro momento; entonces, no.

«Tu secreto... ¿qué secreto es ese?—preguntó impaciente.

—¡Mi secreto!...—declaró Pepa llena de congoja.—¡Mi secreto es huir, huir! Consiente, y de aquí saldremos los tres sin que nadie nos vea.

—¡Huir!... ¡qué loco absurdo!—exclamó él llevándose el puño á la frente.—¡Y en qué momento! Tu conciencia, la mía, nuestro amor mismo deben protestar contra esa idea. ¡Olvidas lo que ha sucedido en esta casa, por Dios! ¡Pretendes que ni siquiera haya en mí el respeto y la delicadeza que exige la muerte! ¡Quieres que apenas cerrados por estas manos aquellos ojos!... ¡Horrible corazón el mío si tal consintiera! Merecería descender á más bajo puesto que el que tienen los que ya me llaman á boca llena el asesino de María... Ni comprendo que puedas amarme viéndome caer tan de golpe en la bajeza de una acción fea, torpe, escandalosamente inicua.»

Cada palabra era para la infeliz una vuelta dada en el lazo que la estrangulaba. Ambos enmudecieron largo rato, sin mirarse. Repentinamente puso ella su mano sobre el hombro del matemático, le miró con aterrados ojos, y con un acento que él no había oído jamás, se dejó decir:

«Pues entonces me voy con mi marido.

—¿Qué dices?

—Que tengo que someterme á él... ¿Lo quieres más claro?... O huir contigo ó enjaularme con la fiera.»

En su interior sintió León como un salto, fenómeno producido por la repercusión violenta del alma, si así puede decirse, rebotando en su centro.

«¿Lo quieres más claro?—añadió la dama, dejándole ver muy de cerca la expresión conminatoria de sus ojos chiquitos.—Gustavo ha conferenciado esta mañana con papá para decirle las pretensiones de Federico. Es su cliente; en las hábiles manos de ese joven ha puesto el malvado la salvación de sus derechos.

—Ya comprendo por qué me amenazaba con un arma misteriosa. ¿Estabas presente cuando Gustavo habló á tu padre?

—Sí... Mi padre acababa de revelarme la resurrección de nuestro enemigo... Por carta la supo. Pilar le dió anoche la noticia de que estaba aquí. El espanto no me había dado aún respiro, cuando entró el hinchado jurisconsulto. Venía, como amigo nuestro y de Federico, deseoso de arreglar nuestras diferencias antes de entrar en pleitos... ¡Hipócrita! Sus frases oratorias me hacían efecto semejante al chirrido de una máquina sin aceite, que ataca los nervios y da dolor de cabeza... Mi padre y él estuvieron largo rato tiroteándose con palabrillas y floreos ridículos, que me indignaban. Yo hubiera puesto al abogado en medio de la calle. Ya supondrás su énfasis cargante, y la complacencia con que me atormentaba... Después de mucho hablar dijo que ya tenía hecho el escrito de querella.»

Pepa se detuvo para tomar aliento y fuerzas morales, de las cuales parecía tener inagotable depósito.

«Mi padre—prosiguió,—hizo muchos distingos y sutilezas... Yo dije que el valiente que se sintiera capaz de arrancarme á mi hija, viniera á tomarla de mis brazos. Creo que en el calor de mi ira solté á Gustavo alguna palabra impropia. Él pidió indulgencia por su intervención, afirmando que no era más que un letrado... Deseaba que nos arreglásemos, que en el juicio de conciliación hubiera avenencia, que no diéramos un escándalo. Yo quise defenderme de la fea nota que echaba sobre mí; pero el grito de mi conciencia me detuvo, me hizo equivocar las palabras, y pensando probar que no soy culpable, creo que dije y proclamé lo contrario.

—¿Y qué más habló el furibundo moralista?

—Estuvo media hora citando leyes. Habló primero del Deuteronomio; después dijo no sé qué cosa de los Germanos y de Tácito; luego citó... creo que á un señor Chindasvinto, á Don Alfonso el Sabio; y por último, creyendo que no nos había mareado bastante, citó partidas, leyes, artículos, qué sé yo. Oyéndole yo me deleitaba...

—¿Te deleitabas?

—Sí, pensando en lo bueno que sería cogerle y arrojarle en el estanque grande de casa para que fuera á enseñar leyes á las ranas y á los peces... El muy fastidioso, empleando palabras discretas y corteses, me dió á entender que toda la razón estaba de parte de su cliente, y que á éste le sería muy fácil probar mi culpa. Cuenta con testigos.

—¡Testigos! ¿de qué? Yo dudo que puedan probar nada á pesar de su saña; pero te deshonrarán, arrastrarán tu nombre y tu dignidad por el lodo, y es fácil que pierdas á tu hija cuando ésta tenga la edad que marca la ley. Si huímos... les damos prueba plena. Entonces sí que perderás á tu hija.

—¿Pero si nos vamos lejos?

—No te acobardes ni pienses en la fuga, que es tu condenación. Mientras él pleitea, pleitea tú pidiendo á la ley que le imposibilite para ejercer la patria potestad, por pródigo, malversador de fondos, falsario, por diversos crímenes que será fácil probar si tu padre te ampara.

—Comprendo tu idea y tu ilusión; pero voy á disiparla. Aún no sabes lo mejor, es decir, lo peor.

—¿Qué?

—¿Crees que mi padre ha tomado con calor mi defensa?

—Naturalmente.

—Pues te equivocas. ¡Ay! pobre de mí, pobre amigo de mi alma. Estamos solos, sin amparo; tenemos en contra la religión, las leyes, los parientes, los buenos y los malos, el mundo todo. Cuando el celebérrimo Gustavito me habló de las ventajas legales de su cliente, yo me enfurecí; pero conteniéndome, dije que Federico no podía ejercer la patria potestad, que si él insiste en presentar su querella, yo le acusaré... de todo eso que has dicho. Mi padre oyó esto con mucha calma, y al punto le ví inclinado á no sé qué horribles pasteleos... Balbuciente, dijo varias frases que me helaron el corazón... «Mi hija será razonable...» «Es preciso que todos hagamos un sacrificio...» «Yo, si Federico conviene en algo aceptable... ya se ve... no se puede hacer todo lo que se quiere...» «Lo principal aquí es evitar el escándalo...» Esto de evitar el escándalo, que repitió más de veinte veces, me probó que mi padre no está decidido á defenderme como deseo. ¡Transacción! ¡Y con quién, Dios mío! También habló de entenderse con los tíos de Federico, dos señores muy respetables, ya les conoces: el uno es magistrado del Supremo y el otro presidente de la Audiencia... ¿Qué saldrá de aquí? ¿En qué piensas? ¿qué dices á esto?

—Que si tu padre te abandona, fuerza será que combatas sola.

—Eso es, sí, me batiré sola. Bendito sea tu consejo. Tú me das los ánimos que me quita mi padre con su dichosa repugnancia de la exageración—dijo Pepa muy reanimada.—¡Si vieras qué armas tan formidables tengo!... Para enseñártelas te he traído aquí. Vas á verlas.»

En un ángulo de la alcoba vió León, siguiendo con los ojos la señal de su amiga, un armario de ébano y marfil, no muy grande, rico y bello en materia y forma, con aspecto á la vez elegante y sólido. A este mueble se dirigió la dama, y abriéndolo mostró su interior, que era un laberinto de puertecillas, arquitos, gavetas, secretos, escondrijos. Impulsó resortes y abrió desconocidos huecos.

«Esta parte de arriba—dijo Pepa sacando del depósito un papel que puso en manos de León,—se llama el arca de la tristeza. ¿Conoces esto?

—Es una carta, una carta mía.

—Me la escribiste cuando yo estaba en el colegio y tú preparándote para entrar en la Escuela de Minas. Léela y reflexiona sobre lo que me decías en aquellos tiempos... «Que yo te había inspirado un amor insensato...» Ríete ahora, si puedes, de tus tonterías de colegial... ¿A que no conservas tú mis cartas de colegiala, como yo conservo las tuyas?... ¿Y esto lo conoces?

—Es un alfiler de corbata—dijo él tomándolo:—también es mío.

—Sí... Se te perdió en casa un día que fuiste á comer... ya eras novio de esa pobrecita... pero yo tenía esperanza de que no te casaras con ella... Encontré esta prenda en la alfombra y la guardé... ¿Y estas flores las conoces?

—Son las camelias que te dí un día en San José.

—Sí... á la noche siguiente fuiste á verme á mi palco, y por primera vez te sorprendí mirando con mucho interés á...

—¡Pobres flores!... No pensé volverlas á ver ni que me hablaran como me hablan ahora removiendo en mí todas las ideas y todas las pasiones de mi vida. ¿Sabes que no están tan secas como parece debieran estar después de tanto tiempo?

—Están embalsamadas con los infinitos besos que las he dado en todas las épocas de mi vida... Pero no nos entretengamos. Dame eso acá.»

Recogió y puso cada objeto en su sitio con maneras tan respetuosas cual si fuesen las más preciosas reliquias.

«Dormid aquí el sueño triste, queridos compañeros—dijo después.—Ahora que has visto el arca de la tristeza, voy á mostrarte el arca de los horrores.»

Sacó de recóndita gaveta un paquete de papeles, atado en cruz con cinta roja, como expediente de oficina. León lo tomó, comprendiendo lo que era, y ambos se sentaron para examinarlo.

«Ahí tienes—dijo Pepa, contagiada de horror á la vista de aquel legajo de ignominia,—diversos testimonios del martirio á que he vivido sujeta como esposa de un perdido: ahí tienes viles secretos que él me confiaba en momentos de apuro, cuando necesitaba de mi bolsa. Cada hoja de esas es recuerdo de una deshonra que yo oculté cuidadosa, prueba de delitos que logré frustrar, ó de los que quedaron ocultos entre la hojarasca de la Administración pública. Examina eso y verás que tengo medios bastantes para declarar á Federico incapaz, no sólo de ejercer la patria potestad, sino también de vivir en el seno de una sociedad medianamente digna.»

León examinó el paquete con curiosidad muy viva, pasando rápidamente por algunas partes, deteniéndose en otras. Vió cartas con firmas conocidas, contratos secretos, minutas, cuentas, papeles con sello de oficinas públicas, hojas que evidentemente habían sido sustraídas de algún expediente famoso, una orden judicial que sin duda tenía la firma del juez arrancada por sorpresa... Después de verlo todo, devolvió á Pepa el expediente de los horrores, diciendo:

«Quema todo eso.

—Pues qué—preguntó la dama con estupor, abriendo las manos para tomar el paquete, pero sin atreverse á tomarlo,—¿no me sirve?

—No.

—¿Que no sirve?... ¿no podré...?

—Poder sí... pero...

—Entonces...

—En estas circunstancias terribles es preciso decirlo todo claramente. Uno á otro nos debemos la verdad, aunque ésta perjudique á un sér querido.

—No te entiendo.

—Quema eso, porque no te sirve de nada. Es un arma de doble filo que te herirá á tí misma cuando quieras usarla. Perdóname la franqueza de mis palabras. Con esto podrás acusar á Federico victoriosamente. Por poca justicia que haya en un país, esto basta á meter á un hombre en presidio... Pero si lo haces, el infame debería ir á su destino muy bien acompañado.

—Debería ir...

—Dígolo así porque en España las personas de cierta talla no entran jamás en la cárcel aunque lo merezcan... Pero tu expediente horrible podrá fácilmente cubrir de ignominia...

—¿A otras personas?

—Sí: á una que tú quieres mucho y á quien no puedes desear daño... Pepa, por Dios, quema eso.»

La dama se llevó la mano á los ojos, como queriendo poner un estorbo á sus lágrimas... Sacando nuevamente singular fuerza de aquel depósito inagotable que en su alma tenía, cogió el paquete, lo guardó en el arca de los horrores, y cerró ésta, diciendo: «Lo quemaré más adelante.»

De pie frente á León, dijo en voz baja:

«De modo que es imposible incapacitar legalmente á mi marido...

—Imposible.

—¿Es imposible oponer un acto legal á su querella?

—¡Imposible! Ahora comprenderás perfectamente la vacilación de tu padre, su flaqueza acomodaticia; la cual no es sino el miedo..., miedo de entrar en pleitos con su enemigo, con el que un tiempo ha sido su cómplice. Todo es imposible, querida.

—No, no. ¿Por qué buscar siempre los caminos torcidos? Hombre, amigo, amante, esposo, ó no sé qué, á quien legitimo con la elección de mi alma, imítame en mi osadía—dijo la dama con bravura, mostrando aquella resolución valiente que en ocasiones la hacía tan bella.—Nos queda el camino recto, el camino fácil, el único camino: la fuga. El coche nos espera, nada nos estorba, nada nos falta... Tú eres rico, yo más... todo nos favorece, todo nos precipita.

—¡Imposible... locura!—murmuró León sombríamente.

—¡Locura!... en verdad lo parece; pero no lo es... Parece un absurdo, un escándalo, un infame reto á la moral, y sin embargo, para mí que conozco el peligro y sé qué clase de enemigo tenemos, es cosa natural... ¿Crees que yo te propondría un escándalo semejante si no lo creyera necesario?... ¡Ah! tú no lo conoces, no sabes que yo, mi hija, tú, todos estamos en peligro... Temo un insulto, un duelo contigo, temo un homicidio... Los momentos son preciosos... El no respeta nada. A cada instante me parece que le veo entrar...

—¡No y no!» repitió León con energía poderosa que tenía algo de crueldad.

Pepa, que en su osadía no cesaba de estar dominada por él, no se atrevió á protestar contra la espantosa fiereza que cerraba el único camino abierto á su felicidad. Temía que su insistencia provocara imposibilidades mayores aún, y miraba á la esfinge, esperando que de ella misma partiera una solución al problema que, según ella, la tenía tan fácil. Cansada de esperar, dijo al fin:

«Pues si todo es imposible, seguiré el dictamen de mi padre, abriré mis brazos al canalla...

—¡Tú en poder de ese monstruo!—exclamó León como una cuerda tirante que estalla.—Sería preciso para tal consentir, que ni una sola gota de sangre me quedara en las venas.

—Pues si el monstruo se aplaca con el Código—dijo Pepa con sarcasmo,—le arrojaré á mi hija y me marcharé á vivir contigo.

—¿Separarte de tu hija?

—Ya ves que esto es más imposible todavía. Por todas partes á donde vuelvas los ojos no verás sino imposibles.

—Algún punto habrá—dijo León meditando,—á donde pueda mirarse sin ver la imposibilidad.

—Ese punto ¿cuál es?

—Lo sabrás á su tiempo. Antes de decírtelo, me será preciso hablar con tu padre, con tu marido mismo.

—¿Tú?

—Sí, yo... hablaré con él ó con sus tíos, personas honradas y respetables. ¿No concibes tú que esto se resuelva sin fuga y sin pleito?

—No lo concibo.

—Yo sí.

—Sabrás algún modo secreto de hacer milagros... Tendré que pleitear, pleitearemos contra él los dos, tú y yo.

—¡Los dos! Entonces perderás, y tu hija te será arrancada sin que nadie pueda remediarlo.

—Pues bien, puesto que me cierras todas las salidas, abre tú una: es tu deber.

—Mañana—dijo León lúgubremente, mirando al suelo,—te abriré la única posible.»

Pepa hizo un gesto de desesperación.

«¡Mañana!—exclamó pasando de la desesperación al decaimiento cual ascua que de fuego se trueca en ceniza.—Tus mañanas son mi muerte.

—¿Insistes en la idea de la fuga?

—Insisto, porque cada minuto que estemos aquí tú, yo y mi hija es un peligro para los tres... Esta noche, fúnebre para tí, es para mí la noche decisiva. Es capaz... ¡qué sé yo!... Todo lo preveo y todo me hace temblar... ¡Me inspira tanto miedo, tanto!... Tengo por seguro que al saber que estás aquí, vendrá y te provocará... ¡un duelo con él!... También temo que me insulte, que se me ponga delante... Siempre te aborreció... temo hasta el asesinato... me veo amenazada por no sé qué horrores... veo sangre... ¡Y es tan fácil salir de este círculo de miedo!...»

León iba á contestar, cuando creyó sentir rumor de pasos y cuchicheo junto á una puerta que en la alcoba había.

«¿A dónde da esta puerta?—preguntó en voz baja.

—A una sala que se comunica con la japonesa.

—Ya ves... espían nuestros pasos, nuestras voces y... Son los testigos que se preparan para la prueba...

—Sabe Dios quién será. Supón que mi marido viene...—dijo Pepa, deslizando las palabras en el oído de su amigo como ladrón que con ladrón habla en la soledad de la estancia robada;—supón que entra aquí. Puede asesinarnos casi sin responsabilidad. La ley le ampara. Estás en la alcoba de su mujer.»

León sintió una corriente glacial por todo su cuerpo.

«Calla—murmuró al oído de la dama.—Alguien acecha; pero es cuchicheo de mujeres curiosas y de hombrecillos menguados. No tienen más arma que su lengua.

—¡Estamos aquí para que ensayen su papel los testigos!—gritó Pepa, separándose de su amante y parándose con actitud de leona frente á la puerta misteriosa.—¿Quién me escucha, quién me vigila, quién pone su oído en mi puerta con acecho cobarde?... Estoy en mi casa, estoy en mi casa, y no con palabras, sino á latigazos echaré de ella á quien no me respete.»

Después se volvió á León, diciéndole:

«¡Y todavía dudas!... Mil peligros nos rodean... Tiemblo por tu vida, tiemblo por todo.»

Detrás de la puerta había ya profundo silencio. Después se oyeron menudos pasos de mujeres alejándose.

«Oye esas pisadas de gato—dijo él.—Los cobardes no matan, pero ya nos arañarán el rostro.»

Al decir esto, ambos se asustaron porque una persona había entrado en la alcoba por la habitación de Monina. Era el Marqués de Fúcar. Venía muy alterado.

«Tengo que hablar con mi hija—dijo á León con cierta seriedad.—¡Qué sería de ella si un padre solícito no...! Después hablaré contigo, León. No, mejor será que hable antes... ¡Qué asunto tan delicado!... Vengo de... En fin... hija mía, un momento: León y yo tenemos que decirnos dos palabras. Pasemos aquí al cuarto de la nena.»

La dama se quedó en su alcoba oyendo el rumor de las voces de su padre y su amigo, pero sin entender nada. Pasado un rato, Don Pedro volvió solo al lado de Pepa. Esta miraba con afán á la puerta, esperando al que poco antes saliera por ella; pero según dijo el Marqués, ambos señores habían convenido en que el amigo no debía asistir á la conferencia entre el padre y la hija.

Retiróse León al cuarto que habitaba, no lejos de la sala Increíble, y pasó la noche en las crueles ansias del combate interior. Era éste primero como una disputa entre formidables enemigos. Después el combate tomó la forma pavorosa de preguntas, á las cuales era preciso contestar de algún modo.

¿Huir con ella en el momento? Esto no podía ni siquiera pensarse.

¿Dejarla expuesta á la mala voluntad y quizás á las violencias del otro? No podía ser.

Mas por el momento, las conveniencias le mandaban salir de Suertebella y retirarse á su casa, donde podría seguir discurriendo lo que debía hacer. Verdaderamente esto era lógico; pero más lógico era no desamparar á la que de él tan cordialmente se amparaba. Si había peligros para entrambos en Suertebella, érale forzoso seguir allí, desafiando los comentarios del público. La opinión de los demás sobre aquel asunto suyo había llegado á serle indiferente, y decidido á obrar conforme á su conciencia, despreciaba el juicio de la muchedumbre. Quedándose allí tenía que arrostrar la desagradable impresión de las visitas que le harían pronto sus amigos y conocidos, gente ávida de dar un pésame en las condiciones más singulares. Todo el mundo sabía lo que pasaba. Era seguro que hasta los amigos menos afectuosos irían á verle, sólo por verle allí, en el teatro de su doble desgracia y de su escándalo. Pensó primero que no debía recibir á nadie; y después pensó lo contrario. Sí: afrontaría con valor la implacable embestida de la curiosidad y de la novelería. ¿Por qué no? Aquel enjambre social, viviendo en el goce del pecado propio y en la eterna crítica del ajeno, no le inspiraba temor, sino desprecio. Además, Fúcar le había rogado que se quedara para prestar su cooperación á un benéfico plan que meditaba, y seguramente saldría bien á pesar de no ser contrata ni empréstito.

XVII Visitas de duelo.

Despierto estaba aún y batallando en su interior al romper el día; pero luego sintió gran fatiga, y cerrando todo durmió algunas horas, con ese sueño breve y profundo que la última madrugada suele acometer al reo en capilla, y que parece, más que sueño, una embriaguez producida por el dolor fuerte y continuo.

Hora de las diez sería cuando su criado le ayudaba á vestirse, informándole de muchas cosas interesantes. El cuerpo de la señora había sido colocado en la capilla, con beneplácito del Marqués de Fúcar, y el Padre Paoletti lo había velado la noche anterior y lo velaría todo el día y la noche siguiente, rezando de continuo. El mismo señor y el cura de Polvoranca y el de la parroquia, habían dicho misa aquella mañana en el altar de San Luis Gonzaga. El Padre Paoletti se personó luego en la estancia del viudo para hablarle de ciertas disposiciones piadosas de la difunta. De todo ello se ocupó León con solicitud, y dió nuevas órdenes al Padre para que lo restante fuera realizado con la posible magnificencia. El Marqués de Fúcar vino, y ambos hablaron larguísimo rato sin agitación, sin palabras duras, tranquilos y tristes como dos diplomáticos de naciones vencidas y desgraciadas que comentan el modo de atajar á un usurpador victorioso. «De tí depende,» dijo repetidas veces D. Pedro con atribulado semblante, y después añadió: «eres árbitro de todo.» Después de estas palabras prolongóse bastante el diálogo, siendo cada vez más triste, más apagado y terminando en acentos que oídos de fuera parecían de salmodia. La conferencia, como otras de que depende la suerte de las naciones, terminó en almuerzo. Pero aquella vez el almuerzo fué mudo y casi de fórmula, cosa que jamás pasa en política.

Por la tarde empezaron á entrar los amigos. Vió León un lúgubre desfile de levitas negras, y oyó suspirillos que eran como la representación acústica de una tarjeta. Unos con cordial sentimiento y otros con indiferencia le manifestaron que sentían mucho lo que había pasado, sin determinar qué, dando lugar á una interpretación cómica. Algunos meneaban la cabeza cual si dijeran: «¡qué mundo éste!» Otros le apretaban la mano como diciendo: «Ha perdido usted á su esposa. ¡Cuándo tendré yo igual suerte!» Doscientos guantes negros le estrujaron la mano. Aturdido y pensando poco en la frasecilla de cada uno, creía oir un susurro de ironía. Si los mil increíbles que le rodeaban en efigie soltaran la palabra desde aquel laberinto lioso en que se confunden la corbata y la boca, no formarían un concierto de burlas más horrible. Muchos habían venido por amistad, otros por contemplar aquel caso inaudito, aquel escándalo de los escándalos, por ver de cerca al viudo que después de haber matado á su mujer á disgustos, hacía alarde de sus relaciones nefandas con una mujer casada, bajo el mismo techo donde había espirado poco antes la esposa inocente... Después de saludar al amigo, algunos iban á ver á la muerta en la capilla... ¡Estaba tan guapa!

El enjambre negro se fué aclarando. Al fin no quedaron más de tres amigos, luego dos, después uno. Este, que era el de más confianza, le acompañó un rato. Después León se quedó solo.

«¿Se te puede hablar?» dijo una voz desde la puerta.

León se estremeció al ver á Gustavo.

«Hablando con claridad y prontitud, sí,» contestó.

El insigne joven se acercó lentamente.

«Nosotros nos vamos de esta casa—dijo,—que es para nosotros la mansión del horror y de la tristeza. Tú, por lo que veo, aún permanecerás en ella, atado por tus intereses y por tus pasiones. Te dejamos con gusto. Mamá te suplica por mi conducto que le hagas el favor de no presentarte á ella para despedirla.

—Ya había yo renunciado á ese honor—repuso León con irónica frialdad.—Hazme el favor de transmitir esta idea á toda la familia.

—Está bien. Y complaciéndome en ser lo contrario de tí—dijo el letrado, llevándose la mano al pecho,—opongo mis principios á tu ironía filosófica, y te declaro que mamá, papá y todos nosotros te perdonamos.

—Dales las gracias en mi nombre. Estoy encantado de tan cristiana conducta.

—Te perdonamos, no sólo por el triste fin...

—¿Más todavía?

—No sólo por el triste fin de mi hermana, sino por el ultraje que has hecho á sus santos despojos.»

León se mantuvo sereno y digno en su muda tristeza.

«¿Vas á protestar? ¿te atreverás á negarlo?—dijo el otro.

—No, no niego nada. Gozo dejándote en la posesión, poco envidiable, de tus bajos pensamientos.

—Pues dejemos ese horrible asunto. Nosotros convencidos, tú impenitente, cada cual en su lugar. Antes de separarnos para siempre quiero advertirte que yo no he apadrinado á Cimarra, ni le he azuzado contra tí. Llegó á mi casa, consultóme, le aconsejé, le hice el escrito. Lo demás será obra suya.

—Vive tranquilo. No se turbe tu conciencia por eso, que defendiendo sus legítimos derechos podrás llevarle por la mano al camino de la salvación.

—Tus burlas de ateo no turbarán mi conciencia, que si está lejos de ser pura, no deja de ver con claridad el bien. No sé si el arrepentimiento de Federico es sincero ó no. En buena doctrina no puede rechazarse al hombre que confiesa sus culpas y se declara resuelto á variar de conducta. El decirse arrepentido puede traer el desearlo, y el desearlo es andar una parte del camino para llegar á serlo de veras... ventaja que la perversidad de aquel hombre tiene sobre tu empedernido descreimiento, pues ni confeso ni arrepentido podrás ser jamás.

—Te suplico—dijo León,—que me evites el efecto soporífero de tus sermones, que por cierto están empapados en la heterodoxia más abominable. ¡Valiente apóstol tiene la Iglesia!... Para informarme de la despedida y del perdón de tu familia, podría haber venido Polito, que no sermonea.

—Él quería venir, pero mamá se lo ha prohibido... Le infundía temores su carácter arrebatado. Todos esperamos que entrando ahora en la vida esencialmente moralizadora del matrimonio, sentará la cabeza y se curará de los infames vicios que nos abochornan.

—¿Se casa Leopoldo?... ¡Oh! permíteme que felicite á su mujer, aunque no tengo el gusto de conocerla.

—Las diferencias que había entre mi familia y la familia de Villa-Bojío han terminado anoche, cuando la madre de la novia de Polito visitó á mamá, prodigándole los más tiernos consuelos. La de Villa-Bojío acaba de perder un niño. Ambas madres confundieron en una su pena, y quedó acordado que Leopoldo y Susana se casarán cuando pase el luto.

—Felicito á tu mamá; dale mil parabienes.

—La sátira que envuelven tus palabras es digna de quien no respeta el dolor de una desgraciada familia. Por mi parte nada he hecho en este asunto. Bien sabes tú que he llorado con lágrimas del corazón las distintas ignominias que han caído sobre mi familia por culpa de la inmoralidad de mi padre, de la mala cabeza de mamá, y de los vicios de Polito. Has sido el confidente de mi tristeza, cuando yo te creía formal y honrado. Ahora, cuando nos repelemos con invencible antipatía, sólo debo decirte que si es preciso, no llevaré un pedazo de pan á mi boca antes de que se haya devuelto hasta el último céntimo á quien no merece ser nuestro acreedor.

—Si lo dices por mí, sabe que no me acuerdo de tal cosa. Me honro y me creo suficientemente pagado con la ingratitud.

—¡Frase bonita!—indicó Gustavo con sarcasmo.—Lo que dije, dicho está... Ya no nos veremos más. Mi última palabra sea para declarar mi equivocación al anunciarte que morirías de rabia. No: no muere de rabia el que vive de cinismo... Ya, ya sé que está preparado el coche y dispuestas las maletas para esa dramática fuga, atropellando todos los respetos sociales y pisoteando las leyes. Bien, bien: eres consecuente. Buen viaje, pareja de Satanás...

—Tu penetración y el conocimiento que tienes de mis acciones me cautivan... Despidámonos, si te parece.

—Sí, yo lo deseo.

—Y yo lo suplico. Adiós.»

Poco después, mirando por entre las persianas, vió salir á la que había sido su familia. El Marqués, caduco y abatido, casi era llevado en brazos por un fornido poeta bíblico. La Marquesa, realmente traspasada de dolor, inspiraba lástima. Polito, con el cuello forrado en complejas bufandas, daba un brazo á la que había de ser su mujer, y con el otro agasajaba á una perra. La de San Salomó y la de Villa-Bojío conducían como en volandas á Milagros hasta el carruaje. Crujieron látigos, piafaron los caballos, y uno, dos, tres, cuatro coches rodaron por el parque llevándose aquella distinguida porción de la humanidad, que necesitaba de una pena reciente para ser respetable.

XVIII El cónyuge inocente.

Al anochecer salió León de su cuarto para pasar al que fué de su mujer. Había allí varios objetos que le correspondía recoger. El palacio estaba ya desierto; oíase el eco de los pasos; la escasa luz multiplicaba las sombras. Creyó ver una figura que viniendo del pórtico entraba en la galería principal, andando despacio y con cautela como los ladrones, poniendo oído á los rumores, reconociendo el terreno. La sospecha primero, el odio que le siguió instantáneo como el tiro á la aplicación de la mecha, detuvieron á León, impeliéndole á esconderse para observar aquella figura sin ser visto. Ocultóse detrás de una luenga cortina, y en efecto, le vió pasar. Era él. Se lo revelaba, más que la vista, un instinto singular que emanaba del aborrecimiento, como por arte contrario ciertas delicadas adivinaciones nacen del rescoldo nobilísimo del amor.

Pasó con su andar de gato, parsimonioso y explorador. Entró en una galería alfombrada, llamada de la Risa, por contener riquísima colección de caricaturas políticas, tomadas de periódicos de todas las naciones y extendidas por los muros en grandes cuadros cronológicos, que eran la historia del siglo escrita en carcajadas. En los ángulos había cuatro biombos del siglo XVIII, adornados con los dibujos que no habían cabido en las paredes. León se deslizó detrás del que tenía más cerca y observó al intruso. Este se sentó en un gran diván que en el centro había.

Para explicar satisfactoriamente la presencia de un tercer personaje en la Galería de la Risa, es necesario referir que al entrar en Suertebella, el hombre intruso habló con un criado de escalera abajo en cuya discreción confiaba.

«Hazme el favor—le dijo,—de ir á la capilla y decir al Padre Paoletti que he venido aquí para hablar con él de lo que él sabe; que le espero arriba en la Galería de la Risa. Enséñale el camino: no tiene más que subir la escalerilla de la tribuna, atravesar el cuarto de los cuadros viejos y el corredor chico.»

León sintió el duro pisar de unos pies de plomo aproximándose. Después vió que la puerta del corredor pequeño se abría dando paso al clérigo pequeñísimo. Pudo reconocerle muy bien, porque la Galería de la Risa tenía grandes vidrieras para el pórtico, aquella noche, como siempre, profusamente iluminado. Adelantóse el intruso hasta recibir á Paoletti, y sentados ambos, el clérigo dijo:

«Sus respetables tíos me anunciaron anoche que usted quería hablarme; pero no creí que sería esta noche ni en esta casa, sino más adelante y en mi celda.

—Pensaba hablar á usted de una cosa, más adelante y en su celda—repuso el otro.—Ya comprenderá que al venir aquí esta noche no quiero hablarle de esa cosa, sino de otra. Es decir, que son dos cosas, querido señor Paoletti, una muy interesante y otra muy urgente.

—Pues vamos á la urgente y dejemos para luego la interesante.

—Vamos á la urgente. Le supongo á usted conocedor de los secretos de esta casa: no hablo de secretos de confesión.

—No conozco ninguno,—dijo con sequedad el italiano.

—Sin duda no merezco su confianza. ¿Pues qué? ¿No sabe usted que mi mujer...? He oído que los adúlteros tratan de ponerse en salvo.

—Caballero—dijo Paoletti con severidad,—yo no entiendo una palabra de lo que usted quiere saber de mí, ni me meto en donde no me llaman, ni me importa cosa alguna que los criminales se pongan en salvo ó no. Estoy velando el cuerpo de una dulcísima hija y amiga de quien he tenido el honor de ser director espiritual.

—Lo sé... Pero usted es muy apreciado en todas partes. D. Pedro le aprecia también, mi mujer es muy religiosa, y cuando está afligida gusta que le hablen de la Virgen del Carmen y de los santos. Pudo suceder que usted hubiera sido llamado á consolarla esta mañana, esta tarde... qué sé yo... podría suceder que usted supiera lo que yo ignoro; y dándonos á las conjeturas, podría suceder también que usted quisiera revelármelo y sacarme de la incertidumbre en que estoy.

—Ni yo sé nada, ni, sabiéndolo, podría rebajarme á hacer el papel de intrigante y chismoso que usted exige de mí—dijo Paoletti mostrando no poco enfado.—Usted no me conoce. Sus dignísimos tíos han olvidado decir á usted qué clase de hombre soy. Mi oficio es consolar á los afligidos, corregir á los malos. No me mezclo en intereses mundanos. El que me busca no me encontrará en parte alguna si no es en el confesonario. Con Dios, caballero.»

Levantóse para marcharse. El intruso le detuvo pillándole el hábito.

«¡Oh! aún me queda mucho que exponer—dijo.—No me juzgue usted tan á la ligera. Y si yo confesara, y si yo...»

El clérigo se volvió á sentar.

«No, no se trata aquí de confesonario. Si á él fuera, sería yo un hipócrita. Mal cuadraría la farsa en mis labios, que gustan de decir la verdad, aunque esta verdad salga de ellos metiendo ruido y amenazando como del cañón la bala. Déjeme usted que le diga algo de mí propio, para que mejor comprenda mi pretensión urgente.»

Dijo que reconocía su escaso mérito, que el mundo moral era para él como un palacio cuyas puertas estaban cerradas... Y por su parte, no se encontraba con ganas de mortificarse para poner sitio al susodicho palacio ni para escalar sus muros. Tenía la suerte ó la desventura (que esto le era difícil decirlo) de no creer en Dios ni en cosa alguna más allá de esta execrable cazuela de barro en que estamos metidos, y con tan cómoda manera de pensar disfrutaba de una tranquilidad sombría que, teniendo su espíritu en perpetuo letargo, le permitía recibir con indiferencia sabrosa los juicios buenos ó malos del mundo... Alarmado y lleno de miedo el clérigo al oir tan horrible profesión de fe, quiso de nuevo marcharse diciendo que él era confesor de gentes, pero no domesticador de fieras, con lo que el otro se sonrió, y deteniendo al Padre le habló así:

«Aún me falta decir algo que tal vez agradará á usted... Me siento fatigado. He sido rico y pobre, poderoso y humilde; he visto cuanto hay que ver y gozado cuanto hay que gozar. En negocio de mujeres sólo diré que en general las desprecio. No creo en la virtud de ninguna. Si me pregunta usted mi opinión sobre los hombres, le diré como el poeta escéptico: plus je connais les hommes, plus j’aime les chiens.

—Aconsejo—indicó Paoletti con ironía,—que se vaya usted á vivir en una sociedad de perros, ó que funde una colonia canina, donde se encontrará más á sus anchas. Estoy esperando á ver si brota alguna chispa de luz de la torpísima negrura de su alma, y nada veo.

—Voy á tocar el punto delicado. Ya sabe usted lo de mi mujer. Cuando yo pasaba por muerto, mi mujer amó á otro hombre. Yo creo que le amaba desde hace mucho tiempo, porque eso no se improvisa. Pepa me aborreció desde que me casé con ella. Verdad que yo hice todo lo posible para que me aborreciera. La traté mal, quise envilecerla, la comprometí mil veces con mis atrocidades pecuniarias; con sus ahorros sostuve el lujo de otras mujeres; mi lenguaje con ella no fué nunca delicado, como no lo fueron mis acciones. La consideraba como un buen arrimo y nada más.

—Basta—exclamó con horror el Padre apartándole de sí, como se aparta un objeto inmundo.—Si eso es confesión de culpas, lo oiré; pero si es asqueroso alarde de cinismo, no puedo, no tengo estómago...

—Me ha interrumpido usted en lo mejor... iba á decir que ahora mi mujer me inspira cierto respeto, que me reconozco muy culpable y muy inferior á ella, que merezco su desprecio, y que es cosa muy natural y hasta legítima, en teoría... advierto á usted que yo también tengo teorías... pues digo que me parece natural que Pepa ame á otro hombre, tan natural como lo es que las aves hagan sus nidos en las ramas del árbol en vez de hacerlos entre las mandíbulas del zorro.

—Nunca es natural y legítimo que una mujer casada ame á un hombre que no es su marido—dijo Paoletti con solemnidad.—Lo natural y legítimo es que su señora de usted, en vez de admitir el amor de un hombre casado, contribuyendo así al martirio y á la muerte de un ángel, hubiera dedicado á Dios por entero el corazón que usted no merecía.

—El misticismo es un agua figurada que no satisface á los sedientos. Ella no ha querido aficionarse á un fantasma, sino á un hombre. Tengo motivos para presumir que le amó desde la niñez. En una de nuestras acaloradas disputas, que eran un día sí y otro no, me dijo: «Tú no eres mi marido ni lo has sido nunca; mi marido está aquí,» y se señaló la frente. Otra vez me dijo: «El casarme contigo fué una manera especial que tuve de despreciarme.» En fin, querido Padre, hoy por hoy yo siento un poquillo de respeto hacia esa desgraciada que fué mi víctima. Como mujer no me interesa. Nada dice á mi corazón, ni á mi imaginación, ni á mis sentidos. El amor casi casi le toleraría romper el lazo para contraerle con otro; pero el amor propio no puede permitirlo. Además, sépalo usted, yo aborrezco á ese hombre; creo que le aborrezco desde que estuvimos juntos en el colegio; pienso que mi antipatía y el amor de ella han ido paralelamente hasta este momento terrible en que se encuentran, se tropiezan, se traban en batalla y... yo he de vencer, yo he de vencer.

—Usted trata de hacer valer sus derechos. Esto no me incumbe. Yo no soy abogado del derecho, sino del espíritu.

—Voy al caso. Aquí se juntan la moral y el derecho, y ambos están de mi parte—afirmó el otro con energía.—Yo soy el fuerte, ellos los débiles; yo soy el ofendido, ellos los criminales; á mí me amparan la religión y la moral, Dios y su ley, la Iglesia y la opinión pública; á ellos nada ni nadie les ampara. El terreno en que me coloco es terreno firme, es el más propio para quien, como yo, quiere reconciliarse ahora con los grandes organismos que gobiernan el mundo, y ser una rueda útil de la máquina social. Seguro en mi puesto y ayudado por la justicia humana y por la que llaman divina, he pensado perseguirles en el terreno legal, apurar todos los medios, no dejarles vivir, no darles tregua ni descanso, cubrirles de deshonor, rodearles de escándalo... acusarles con el Código en una mano y las prácticas de la Iglesia en otra. Esas son mis armas; pero ha de saber usted que mis respetables tíos y mi respetable suegro han estado todo el día concertando un arreglo. ¡Ah! mi esclarecido suegro es hombre eminentemente práctico y aborrece la exageración. Me ama como se podría amar á un dolor de muelas. Por desgracia suya, ese hombre que todo lo puede en nuestra sociedad, y que trata á los españoles como á negros comprados ó á blancos vendibles, no puede nada contra mí. Las armas legales con que me ataque se volverán contra él...

—¿Y decía usted que el venerabilísimo señor D. Justo Cimarra y el Sr. D. Pedro han concertado una componenda?—preguntó Paoletti, que á pesar de su entereza dejábase vencer un poquillo por la curiosidad, sentimiento desarrollado tras de la reja de las culpas.

—Separación amistosa, convencional. Pero no hay nada positivo aún, reverendísimo señor. Todo depende del filósofo, del geólogo, del buscador de trogloditas. Gustavo me ha dicho que tienen todo dispuesto para la fuga, y lo creo... ¡Oh! confieso que puesto yo en el caso de él haría lo mismo.

—Pues por mi parte aseguro que nada de eso me importa—dijo Paoletti sobreponiéndose á la curiosidad.—Me habla usted de litigios y nada de la conciencia.

—Ahora voy á hablar de esa señora. Usted sabrá que yo tengo una hija.

—Ya...»

Sintió de nuevo el clérigo en sí el aguijoncillo de la curiosidad.

«Monina es mi hija. Pues bien, señor cura: el único sér que hay en el mundo capaz de despertar en mí un sentimiento; el único sér que me hace pensar á veces de una manera distinta de como pienso casi siempre; el único sér por quien algo sonríe dentro de la región obscura, misteriosa, que llamo alma por no poder darle otro nombre, es mi hija. No sé lo que pasa en mí. Cuando estuve á punto de perecer á bordo de aquel horrible vapor cargado de petróleo, todo el mundo huyó de mi pensamiento, no quedando más que el peligro, y en el peligro una linda cabecita rubia me bailaba delante de los ojos. Paréceme que me agarré á ella para salvarme en aquella espantosa lancha rota que á cada instante se sumergía... Se reirá usted de mis sandeces... En otros tiempos yo jugaba con ella, la hacía reir para reirme yo viendo su risa...

—Al fin, al fin—dijo el italiano con gozo,—veo la chispa pequeñísima.

—No, no me crea usted bueno por esto... Es que esa nena ó juguete rubio con ojos de ángel tiene sobre mí un atractivo singular. Se me figura que la quiero, que la querré más si la veo mucho tiempo cerca de mí. Me han dicho que estuvo á punto de morirse del crup. ¡Qué espanto!... ¿Qué dice usted?

—Que no hay tierra, por desolada é inculta que sea, donde no nazca una flor.

—No se trata aquí de flores. Lo que sí diré á usted es que al pasar por Nueva York ví en un escaparate un cochecillo de muñecas chiquitas, tirado por dos corderos, y lo compré para regalárselo.»

Paoletti sonrió, diciendo:

«Veo su amor propio de usted, veo la indiferencia hacia su esposa, veo el odio que tiene usted á su rival, veo el litigio y la proyectada transacción, veo el horrible ateísmo de usted, veo sus pasiones, su cínica inmoralidad, veo el amor á la niña, veo el cochecillo tirado por dos borregos que lleva usted en el bolsillo; pero no veo lo que yo tengo que hacer aquí.

—Hemos llegado al punto concreto, á la cosa urgente. Yo tengo grandísimo anhelo por saber lo que traman... ¿Está él aquí esta noche?... Me han dicho que hoy recibió aquí á sus amigos. Yo estoy persuadido de que usted lo sabe, porque mi mujer le habrá confiado algo.

—¿A mí?... Creo que soy muy antipático á la señora.

—O lo sabrá por la Condesa de Vera, que es la confidente de mi mujer, y si no me engaño, es hija espiritual de usted.

—Nada sé ni nada me han dicho—replicó el Padre.—Y aunque lo supiera...

—No tema usted que yo, en caso de fuga, me vuelva personaje trágico y tengamos en Suertebella una escena ruidosa. Yo no grito, yo no mato. Soy más filósofo que él y que todos los filósofos juntos.

—Repito que no sé nada, ni me importa saberlo.

—Es imposible que un sacerdote entre dos días seguidos en una casa sin saber todo lo que ocurre en ella.

—Yo no soy amigo de esta casa; soy enemigo.

—Y ya que no satisfaga usted mi curiosidad—dijo el intruso con desconsuelo,—¿no me podría usted facilitar...?

—¿Qué?

—El ver á mi hija.

—No me pida usted favores que son impropios de mi carácter. Por nada del mundo pasaría más allá de esta sala. Diríjase á los criados.

—Ninguno quiere servirme por miedo á Fúcar. Mi distinguido suegro les ha mandado que no me permitan entrar. Desde la verja hasta aquí, á un solo criado he podido sobornar. Hasta los perros me odian aquí.

—Entre usted como entran los ladrones.

—Temo que me vean.

—Entre usted como padre.

—No puedo, al menos por ahora.

—Menos puedo yo.

—Si la Condesa de Vera está aquí y usted le habla dos palabras, y le pinta con elocuencia mi deseo, tal vez... A usted no le negarán esto. Yo juro que no llevo ninguna intención mala; sólo quiero dar á mi hija tres besos bien dados...

—Vade retro. Desconfío de sus intenciones, que pueden ser como las pinta usted, y pueden ser perversísimas.

—Pues no insisto. Tengo la virtud de no ser pobre porfiado. Se acabó la parte urgente de nuestra entrevista. Usted dispensará mi atrevimiento.

—Dispensado.

—La cosa interesante que pensaba tratar con usted, y que podía diferirse, se enlaza con lo que acabo de decir. Supongamos que mi mujer cede ante la ley, domina su pasión y manda á paseo al geólogo... Pasado algún tiempo, fácil le será á usted, dado su predicamento entre las damas, llegar á ser director espiritual de Pepa.

—Yo no voy á donde no me llaman.

—Pepa tiene muchas amigas entre las que forman, permítaseme la frase, la familia espiritual del Padre Paoletti. La Condesa de Vera principalmente...

—Me honra con su amistad; yo la dirijo.

—Pues bien. Si usted quiere dirigirá también á Pepa. Su misma soledad la llevará al misticismo. En el pensamiento de las pobres mujeres débiles, allí donde acaban las ilusiones empiezan los altares.

—En lo que oigo puede haber una intención santa y buena. Si se trata de que yo intervenga para arreglar un matrimonio desavenido, y traer hacia Dios á dos almas que pertenecen al Demonio, la idea me parece excelente. Mas para que esto pueda ser, principie usted por abjurar sus pestilentísimos errores y ser católico sincero...

—En cuanto á eso, mi propósito es no desentonar en el convencionalismo general. Yo quiero reconciliarme con la sociedad, respetar sus altas instituciones, ser hombre de orden, no dar escándalos ni tampoco malos ejemplos á las muchedumbres ignorantes, las cuales, basta que nos vean á los de levita huir de la Iglesia, para que se crean autorizados á robar y asesinar. No pienso volver á coger un naipe en la mano, y sí trabajar mucho en los negocios hasta labrarme una fortuna por mí mismo. Farò da me. Estoy seguro de que saldré adelante y aun de que dejará de llamarme bandido ese Marqués de Fúcar que se cree poco menos que un Dios, y al fin no se desdeñará de entrar en tratos financieros conmigo. La generación actual tiene en alto grado el don del olvido. Es fácil rehabilitarse en una sociedad como la nuestra, compuesta de distintos elementos, todos malos, dominados por uno pésimo, que es, permítaseme lo soez de la palabra, el elemento chulo. No extrañe usted la crudeza de mis expresiones. Ego sum qui sum. Donde la mitad de los matrimonios de cierta clase son menages à trois; donde la Administración debería llamarse la prevaricación pública; donde los altos y los bajos se diferencian en la clase de ropa con que tapan la deshonestidad de sus escándalos; donde hay un pillaje que se llama política; donde la gente se arruína con las contribuciones y se enriquece con las rifas; donde la justicia es una cosa para exclusivo perjuicio de los tontos y beneficio de los discretos, y donde basta que dos ó tres llamen egregio á cualquier quidam para que todo el mundo se lo crea, es fácil labrarse una toga de honradez, y ponérsela, y ser distinguido hombre público y patricio ilustre, y figurar retratado en las cajas de fósforos. Yo me comprometo, si pongo empeño en ello, á hacerme pasar por canonizable dentro de dos ó tres años. Pero de eso á hacerme mojigato hay mucha distancia. No se moleste usted en echar un remiendo á este matrimonio que ya está roto. Si ella, por instinto de honradez, despide á su amante y se queda sola, hágala usted beata, que esto la consolará mucho. Que mi mujer sea devota, muy santo y muy bueno. A mí me gusta la gente edificante. Déjeme usted á mí que me rehabilite en la sociedad por otro camino. Lo que yo desearía de la bondad y catolicismo de usted es que, después de dominar completamente el espíritu de Pepa, y lo dominará sin intentar reconciliarnos, la indujera á permitirme ver á mi hija. Para esto no será preciso que yo venga aquí, cosa que no deseo porque siempre me ha aburrido este Suertebella, sino que me la lleven á casa, usted por ejemplo... Vamos, que la dejen ir á comer conmigo dos veces, una vez por semana, y nada más.

—¡Qué amarguísimo nihilismo!—dijo Paoletti, no sacando ya los superlativos de un tarro de dulce, sino de un depósito de hiel.—Muchos hombres así he visto en la sociedad española; pero usted les da quince y raya á todos.

—Tengo el mérito de decir lo que siento.

—Para concluir, caballero Cimarra: usted es tan abominable, que no hay posibilidad de satisfacer el único deseo legítimo que nace casi invisible en esa alma llena de tinieblas, aridez, podredumbre y miseria. No cuente usted conmigo para nada. Si la señora se arrepiente y arroja á su amante, y soy llamado, como es posible, á dirigir su conciencia, procuraré primero hacerla sanar de la criminal dolencia que padece, y después encaminaré su espíritu á Dios, única salvación de las pobres mujeres que han tenido la flaqueza de amar á hombres indignos. ¡Oh! ¡qué dulcísimo gozo sería para este pobre combatiente ganar á Satanás una nueva batalla! Usted no existe para mí. Y no me detenga más, que vuelvo al lado de mi queridísima muerta.

—Yo no bajo á la capilla. Tengo horror á los muertos. Perdóneme si le he molestado, Padre.

—No olvidaré rezar por usted.

—No me opongo, antes bien lo agradezco.

—Le aguardo á usted el día del arrepentimiento.

—Gracias... Yo no merezco tanto. Adiós. Mil perdones.»

Retiróse tranquilamente el clérigo chico. Sus pasos de plomo se perdieron en el silencio del corredor. Poco después salió Cimarra por el mismo sitio y bajó por la escalerilla de la tribuna sin entrar en la capilla, cuya iluminación de mortuorias hachas, saliendo por las altas vidrieras de colores, le infundía más espanto que respeto. Se paseó por el desierto parque buscando la sombra de los árboles cuando sentía pasos. A ratos se tentaba el bolsillo para ver si no había perdido el coche de muñecas tirado por dos corderos... En una de las vueltas de su nocturno paseo, vió entrar el carruaje del Marqués de Fúcar, y desde su escondite lejano le dirigió estas palabras, más bien pensadas que dichas: «¡Ah! Traficante, ¡qué ojos le echabas esta tarde en la calle de Alcalá á la real prójima que he traído de los Estados Unidos!... ¡Júpiter, ya querrías que fuese para tí!»

Cuando le vió descender de su coche en compañía de otra persona, el intruso murmuró: «Viene con mi tío... ¿Qué habrá aquí esta noche? ¡Oh! fuego de la curiosidad, ¿por qué me abrasas como si fueras el de los celos?»

XIX Tres por dos.

Por la noche á la hora concertada con Fúcar, León se dirigió al gabinete de Pepa. Estaban allí D. Pedro, su hija y otra persona. Monina, que poco antes enredara junto á su madre, había sido condenada al destierro de la cama, ostracismo casi siempre acompañado de lágrimas, del cual no se libran los pequeños cuando los grandes tienen algo grave que tratar. Sepultado en un sillón estaba el imponente Marqués, la carnosa barba sobre el pecho, los labios salientes, como algo que sobra en la cara, juntas las cejas entre un dédalo de arrugas, las cuales parecían compendiar en cifra todas las batallas dadas dentro de aquella cabeza contra la exageración. La tercera persona que allí estaba era un anciano de cabellos blancos, muy seco de rostro y no menos corto de vista, á juzgar por la convexidad de los cristales de sus gafas de oro, montadas sobre una nariz semejante, por su majestad y atrevida curvatura, á las que se ven en las peluconas. Tenía la seriedad de un hombre de estudio confundida con el patriarcalismo algo candoroso de un buen abuelo. Todos vestían de negro. A Pepa se le salía á los ojos el luto del corazón.

«Aquí está,—dijo el padre á la hija, acariciándola en las manos.

—Ya la veo—replicó la dama mirándole,—y ahora me dirá lo que mi padre me ha anunciado y no he querido creer.

—Hija adorada—añadió Fúcar,—se trata aquí del honor, del deber, de las conveniencias sociales, de la moral absoluta y de la moral consuetudinaria... Considera... No se puede hacer todo lo que se quiere.

—Ya lo veo, ya lo veo...—murmuró Pepa, mirando con atónitos ojos el tapete de la mesa que delante estaba.

—Por mucho que me cueste declararlo—dijo León, considerando que debía ser breve, —yo declaro que me creo en el deber ineludible de separarme de la mujer que amo y de renunciar á todo proyecto de unirme á ella.»

Nadie contestó á estas palabras. Pepa, dejando caer la cabeza sobre el hombro de su padre, había cerrado los ojos. Tomándole una mano, que ella le abandonó sin movimiento alguno, León pronunció estas palabras:

«Por la grandeza de las ocasiones se mide la grandeza de las almas.»

Después de una pausa, D. Pedro, comiéndose la mitad de algunas palabras y contrayendo mucho la boca, habló así:

—Y yo declaro que hemos llegado á esta solución salvadora y pacífica, gracias al convenio que celebramos el Sr. Cimarra y yo, por el cual convenio mi digno amigo responde de que su sobrino renunciará á la querella...»

D. Pedro se atascó. D. Justo vino en su ayuda, diciendo:

«A la querella y á los derechos que la ley le otorga.

—Eso es. Renuncia á usar el arma fuerte que la ley pone en su mano, con tal que desaparezca el que por la moral, por la ley, por la religión, está demás en este horrible encuentro de tres personas allí donde no debe haber más que dos... Querido amigo—añadió volviendo hacia León su mirada conciliadora,—tú renunciando á ese imposible jurídico y moral, que la costumbre y el desenfado de la gente corrompida de nuestros días convierte en posible, has evitado un escándalo vergonzoso... Yo te lo agradezco de todo corazón, y...»

D. Pedro volvió á mirar á D. Justo, como suplicándole que siguiera.

«Las circunstancias del hecho en cuestión—dijo éste, inclinándose y poniendo en ejercicio su dedo índice, que era en él acentuación y complemento de su palabra,—son raras. Por mi parte, veo con gusto que no siga adelante la querella. Yo fuí el primero en aconsejar á mi sobrino que renunciase á ella, previa ausencia definitiva del señor (el dedo del magistrado marcó á León). Pero como las circunstancias de este hecho son raras, no me cansaré de repetirlo, como el escasísimo valer moral de mi sobrino parece que justifica la rebelión que deseamos evitar (el dedo nombró á Pepa con su insinuación muda), también he sido el primero en aconsejarle una concesión, reclamada por el señor (León vió el dedo cerca de sí), y que entraña cierto espíritu de justicia prudencial, lo reconozco. En vista de todo lo expuesto, creí prudente concertar con mi digno amigo (el dedo, fluctuando en el centro del grupo como una brújula del pensamiento, señaló al Marqués) los términos de estas paces honrosas. Empeñando mi palabra honrada, me comprometo, en nombre de mi sobrino, á admitir la condición exigida por el señor (León), y de su cumplimiento respondo.»

El venerable magistrado, que daba á las pausas oportunas gran importancia para la claridad del discurso, hizo una muy breve, y después siguió así:

«La condición exigida por el señor y aceptada por la parte, que es forzoso llamar inocente, ateniéndonos á la ley, es que la señora vivirá con su padre y su hija en Suertebella, y que mi sobrino no traspasará por ninguna causa ni pretexto la verja de esta finca, realizándose así una separación que, no por ser amistosa, deja de ser absoluta.

—Y todo ha concluído de un modo satisfactorio—dijo Fúcar, desarrugando el ceño y acariciando con sus gruesos dedos los cabellos de su hija, que no decía palabra ni abría los ojos.—El tiempo, el tiempo, nuestro querido médico que todo lo cura... ¿No crees lo mismo, León?

—Por mi parte—replicó éste,—no espero del tiempo lo que éste no podrá darme tal vez. Detesto el olvido, que es la muerte del corazón. Tales como son hoy mis sentimientos los conservaré mientras viva; pero lejos, donde no puedan perturbar, ni ser ejemplo de una irregularidad que he condenado siempre y que condeno también ahora. He perseguido con afán un ideal hermoso, la familia cristiana, centro de toda paz, fundamento de la virtud, escala de la perfección moral, crisol donde cuanto tenemos, en uno y otro orden, se purifica. Ella nos educa, nos obliga á ser mejores de lo que somos, nos quita las asperezas de nuestro carácter, nos da la más provechosa de las lecciones, poniendo en nuestras manos á los hombres futuros, para que desde la cuna les llevemos á la edad de la razón. Pues bien: todo esto ha sido y continúa siendo para mí un sueño. Dos mujeres se han cruzado conmigo en el camino de la vida. Dióme la primera la religión, y la religión, mal interpretada, me la quitó. La segunda dióme ella misma su corazón, y yo lo tomé; pero las leyes me la piden y no puedo menos de entregarla. Tan infructuosas como con aquélla serán mis tentativas para labrar con ésta la hermosa realidad que deseo. La sociedad ha dado esta mujer á otro hombre, y si me la apropio me condeno y la condeno á vivir en perpetuo deshonor, iguales ambos á la multitud corrompida que abomino; nos condenamos á transmitir nuestro deshonor á seres inocentes, que no tienen culpa de las equivocaciones cometidas antes de su nacimiento, y que entrarían en el mundo con la vergüenza del que no tiene nombre.»

Besando la mano que Pepa abandonaba entre las suyas, prosiguió así:

«La presencia de dos personas que se escandalizan de mis palabras no me impide manifestar lo que siento ahora. Para mí esta mujer me pertenece, la considero mía por ley del corazón. Yo, que soy subversivo, adoro en mí esta ley del corazón; pero cuando quiero llevar mi anarquía desde la mente á la realidad, tiemblo y me desespero. Quédese en la mente esta rebelión osada y no salga de ella. Quien no puede transformar el mundo y desarraigar sus errores, respételos. Quien no sabe dónde está el límite entre la ley y la iniquidad, aténgase á la ley con paciencia de esclavo. Quien sintiendo en su alma los gritos y el tumulto de una rebelión que parece legítima, no sabe, sin embargo, poner una organización mejor en el sitio de la organización que destruye, calle y sufra en silencio.

—Todos somos esclavos de las leyes que rigen en nuestro tiempo,—dijo el magistrado con entonación severa.

—Es verdad—añadió León, que parecía decir las cosas para que sólo su amiga las oyera;—nuestro espíritu forma parte aún del espíritu que las hizo, y si en esas leyes hay errores, tenemos la responsabilidad de ellos y debemos aceptar sus consecuencias. Si todo aquel que se siente herido por esta máquina en que vivimos tirase á romperla sin reparar en que la mayoría se mueve holgadamente en ella, ¡qué sería del mundo! Dejémonos herir y magullar, llorando interiormente nuestra desgracia, y deseando vivir para cuando esté hecha una máquina nueva. Y esta máquina nueva, no lo dudes, también herirá á alguno, porque cada mejoramiento en la vida humana será la señal de un malestar nuevo. Nuestro vivir es una aspiración, una sed que se renueva en el momento de aplacarse. Si no pudiéramos concebir de otro modo nuestra inmortalidad, la concebiríamos subyugados á cada instante, y en los actos grandes ó pequeños, por la idea de lo mejor, y seducidos por la belleza de ese horizonte que se llama perfección. ¡Si supieras tú, pobre mujer, lo que he batallado en mi pensamiento después de lo que hablamos anoche!... Todos los imposibles que se nos presentaron los examiné. ¡Podía tan fácilmente salir de este laberinto escudándome con una moral abstracta, egoísta, que nadie comprendería más que yo mismo y que aun yo mismo no podría formular claramente...! Tú dispuesta á seguirme, un coche á la puerta, todos los medios materiales de nuestra parte, ningún obstáculo, arrojo bastante para soportar el fallo de los hombres... ¡Partir y guarecernos en país extranjero!... ¡Ambos en descarada práctica de la anarquía social: yo perseguido por una sombra, tú por un vivo, que en todas partes y en toda ocasión alegaría el derecho que tiene sobre tí; los dos sin razón contra nadie, y todos con razones mil contra nosotros; tu hija creciendo y viviendo con este ejemplo execrable ante sus inocentes ojos... Puestos á romper, es preciso romperlo todo, no dejar lazo alguno que ate y consolide el mundo... También pensé que aquí podía quedarme para calmar mis ansias con el placer de sentirte cerca de mí, aunque no te viera ni te hablara. Pero esto es también imposible. Si sigo cerca de tí, los dos á un tiempo y sin darnos cuenta de ello, nos juntaremos. Un hombre aborrecido se interpone, me ciego, no puedo reprimir el odio que me inspira y... lo conozco, lo presiento... esto acabará con sangre. Si no me alejo pronto, veré crecer esta especie de perversidad que en mí ha nacido y que es... como una recóndita vocación del homicidio. Bajo esta frialdad que razona, bullen en mí no sé qué fuerzas tumultuosas que protestan aspirando á suprimir violentamente los obstáculos; pero me espanto al reconocerme incapaz de fundar nada sólido, ni justo, ni moral, sobre el atropello y la sangre. Me amparo á mi conciencia y en ella me embarco para huir de tí. Huyo por no deshonrarte, por no entristecer la juventud de tu hija querida.»

Sin mover su cabeza del hombro paternal, ni abrir los ojos, Pepa dijo estas palabras llenas de amargo desaliento:

«Yo no sé razonar... Busco en mí el raciocinio, y á donde quiera que miro dentro de mí no encuentro más que el corazón.»

Incorporóse, y abriendo á la luz, mas sin mirar á nadie, los encendidos ojos, añadió:

«Me siento castigada... Al ver que no se rompe el grillete que me une al infame, no puedo menos de recordar que yo tengo toda la culpa, ¡yo, sí! porque en un momento de despecho me uní al bandido con lazo eterno. ¡Horribles cosas hacemos, y luego nos espantamos de las consecuencias! Yo me precipité en el mal, envileciéndome y envileciendo á mi padre; yo hice del matrimonio una burla horrible y criminal... ¿Por qué no esperé entonces? Me arrastró á casarme no sé qué instinto de martirio. ¡Atroz vanidad del dolor que tiende á aumentarse!... Después, cuando me he creído libre, ¿por qué viniste á mí? Equivocados ambos, nos habíamos aprisionado con lazos distintos. Cuando tú fuiste libre, yo me sentí de repente asida por la argolla fatal... Yo esperé que habría una mano valiente que la rompiera.

—Para romperla es preciso matar á alguno,» dijo León prontamente.

Pepa calló.

«Yo soy la asesinada—afirmó tras lúgubre pausa, mirando al suelo.—No: no me conformo con mi muerte, ya la llame desgracia, ya la llame castigo... ¡Qué triste es esto de sacrificarse... sí, muy triste!... aunque deba ser, aunque lo merezcamos... Veo delante de mí á dos personas respetables, un padre, un juez. Pues ante ellos y ante tí... ¡hombre mío!...»

Clavó sus ojos en él con expresión que no podía decirse si era de cariño ó de rencor. Hinchó su pecho. Parecía que necesitaba beberse todo el aire para decir:

«Hombre mío, ante estos dos y ante tí digo que este abandono...»

Se echó á llorar añadiendo puerilmente:

«... es una picardía.»

Oyóse después la voz reposada y persuasiva del magistrado que, manteniendo esta vez en reposo su dedo, habló así:

«Reduzca usted á sus verdaderas dimensiones lo momentáneo para no mirar más que lo eterno. El alma se engrandece con el dolor y hace de éste una especie de majestad que reina en la conciencia.

—Es verdad—dijo León con tristeza.—Nuestras mismas heridas nos revelan, doliéndonos, el secreto de una compensación inefable. Pepa, querida amiga y esposa mía, esposa por una ley que no sé definir, que no puedo aplicar, que no sé traer de ningún modo á la realidad, pero que existe dentro de mí como el embrión de una verdad, de una santa semilla, sepultada aún en las honduras de la conciencia, entra en tí y te hallarás más noble y grande con tu dolor que con tu pasión satisfecha... Tú eres religiosa, yo creo en el alma inmortal, en la justicia eterna, en los fines de perfección, ¡breve catecismo, pero grande y firme! Hemos caído; somos víctimas y mártires. El esperar no tiene límites. Es un sentimiento que nos enlaza con lo desconocido y nos llama desde lejos, embelleciendo nuestra vida y dándonos fuerza para marchar y resistir. No cometamos el crimen de cortar este hilo que nos atrae hacia un punto que no por estar lejano deja de verse, sobre todo si los ojos de nuestra conciencia no están empañados. Vence la desesperación, véncela, resígnate y espera.

—¡Esperar!... ¿No anunciaba yo que moriría esperando?—dijo Pepa con amargura, repitiendo una idea antigua en ella.—¡Horrible castigo mío, bien me decía el corazón que tu verdadero nombre es esperar!... ¿Y si muero?

—No importa.

—¡Que no importa!...» murmuró la mujer demostrando que el acalorado espiritualismo de León no la convencía.

Quiso él decir algo más; pero sus argumentos se habían agotado, las ideas de consuelo y de esperanza que sacaba de su mente se le perdían, como armas inútiles que se quiebran entre las manos en el fragor de un rudo combate. Ya no sabía qué decir. El sentimiento, que rara vez se aplaca con las ideas y que León había tratado de someter y encadenar, se sublevaba, reclamando su cetro despótico y su imperio formidable... Se levantó.

«¿Ya?—dijo la dama espantada, volando hacia él con súbita expansión del alma representada en los ojos.

—¡Maldito sea yo!—gritó León, rompiendo en ahogado llanto.—Miserable ergotista estoy apuñalándome con mi lógica. Farsa horrible de la idea, de la moral, de todo, no me tendrás.»

Pepa juntó las manos como el que reza para morir. Iba á decir algo subversivo, profundamente subversivo que le salía del alma como la lava del volcán... pero entró la criada que cuidaba á Monina. Venía despavorida, temblando.

«¿Qué hay?—preguntó el Marqués.

—Allí está... allí...

—¿Quién?

—Un hombre... Ha entrado de repente... está besando á la niña.

—¡Oh, será él...!—exclamó Fúcar consternado.

—¡Él!

—Quedamos en que no vendría.

—¡Es él... él aquí!—grito León perdiendo de súbito la lógica, la serenidad, las ideas, la razón, la prudencia, el llanto, y no siendo más que un demente...—¡Que entre! ¡Se atreve á profanar esta morada!... Me alegro que me encuentre aquí... ¡le arrojaré como á un perro!»

Miró á la puerta... apareció en ella un hombre. Pepa, lanzando desgarrador grito, cayó sin sentido. D. Pedro quiso enlazar con sus fuertes brazos á León para aplacarle, y el anciano venerable corrió indignado á detener al que estaba en la puerta.

«¡Por piedad, por todos los santos!...—exclamó D. Pedro.

—Atrás—gritó D. Justo;—no des un paso más.

—¿Qué buscas aquí?—dijo León con insolente desprecio.

—Vete—ordenó el magistrado á su sobrino.—¿Olvidas lo pactado?

—No: el pacto no rige aún—repuso el otro sin avanzar un paso, mirando á León con la glacial fiereza de una bestia felina.—He venido á ver á mi hija por última vez. No faltaré al compromiso si los demás lo cumplen. No tengo interés en venir aquí con tal que no estés tú.

—Te suplico que salgas,—dijo D. Pedro á Federico.

—Él primero.»

La imagen tétrica y sombría del que estaba en la puerta no se movía.

«Él primero,—repitió Federico.

—Sí: yo primero, monstruo; así debe ser.»

Al mismo tiempo D. Pedro y la criada acudían á Pepa, y alzándola en sus brazos, la extendían sobre el sofá.

«Tú primero—repitió Cimarra, en quien el cinismo se obscureció un momento para dar paso á un poco de dignidad.—Si así no fuera, yo...

—Sí: yo primero—afirmó León.—Es justo.»

Y dirigiéndose á la dama, que sin conocimiento reposaba pálida, inerte, la contempló un rato. Mirando después á Cimarra, se inclinó sobre Pepa, la besó en las mejillas con ardiente cariño, volvió á mirar al de la puerta, y le dijo:

«Estafermo, mira cómo me despido de la que llamas tu mujer... Si esto es crimen, mátame: tienes derecho á ello. ¿Has traído arma?

—Sí,» dijo lúgubremente Federico metiendo la mano en el bolsillo del pecho.

Entonces pareció que de aquel sér abyecto, verdadero cadáver con prestada existencia, brotaba súbitamente, como fuego fatuo que salta sobre el estiércol, un chispazo de decoro, de energía, de dignidad. Fuése derecho á su rival, la mano armada, la voz rugiente, la mirada amenazante. León le esperó con calma. D. Pedro y el anciano sujetaron á Federico impidiéndole todo movimiento. Forcejeando trabajosamente con él lograron llevarle fuera. León entre tanto permanecía en medio de la habitación con los brazos cruzados.

«¡Fuera de aquí!—gritaba el anciano á su sobrino.

—Yo me encargo del otro,» decía D. Pedro.

D. Justo Cimarra se llevó, casi á rastras, á Federico, y no permitiéndole detenerse ni un momento, le sacó del palacio.

Con tanta firmeza como dolor salió León por la otra puerta. Acompañóle Fúcar hasta la sala japonesa, donde le dejó arrojado en un diván como cuerpo sin vida.

«Vete, vete de una vez y acaben estos afanes,» dijo, corriendo á donde había quedado su hija.

XX Final.

Largo rato estuvo allí León sin conciencia del tiempo que transcurría. Lentamente volvieron sus alteradas facultades, si no al reposo, á un estado en que les era posible la apreciación exacta de los hechos. Se levantó para retirarse, y pasó de una sala á otra buscando el camino del pórtico. Ya cerca de él se detuvo, creyendo oir cuchicheo de visitantes. Torciendo el camino bajó por una escalera que al paso encontró y que le condujo á la crujía baja. Por allí quiso buscar la salida al jardín. Después de andar un rato por los largos y tortuosos corredores de servicio, vió en el extremo de ellos una puerta; empujóla.

Toda la sangre se le agolpó al corazón y sintió en su interior como el golpe de una caída súbita al verse en la capilla, iluminada por funerarias luces. Echó mano al sombrero, tendió la vista. Sobrecogido, incapaz de movimiento, con la vida toda en suspenso, permaneció un rato junto á la puerta, percibiendo en la vaguedad de su estupor un montón de llamas rojizas y afiladas que, alargando sus trémulas puntas hacia el techo, surgían de la cera derretida y lloraban en chorros amarillos. En el centro y en la base de aquella pirámide de luces estaba, como en el trono mismo del respeto, un fúnebre objeto yacente. Ropas blancas, unas manos de mármol, eran lo único que desde allí podía verse.

Llamó á sí todo su valor de hombre para acercarse. Antes de dar un paso miró en derredor. No había nadie allí; no se sentía ni siquiera el rumor de la respiración de un vivo junto á los fríos despojos humanos, engalanados con la vestidura del negro tránsito y custodiados por el silencio. La efigie de un adolescente pálido se alzaba en el altar: sus ojos, pintados sobre la madera, medían de un extremo á otro la capilla, observando á todo el que entraba, y parecían decir: «¡Malvado, no la toques!»

León avanzó despacio, apagando el ruido de sus pasos para no sentirlo él mismo. El respeto, la santidad del lugar, la espantosa vacilación que sentía entre la idea de retroceder y la de acercarse, hiciéronle pasar por distintos estados morales, ya de curiosidad anhelosa, ya de miedo ó superstición, durante aquel viaje de veinte pasos desde la puerta al centro de la capilla. Podría asegurarse que el temor le detenía y la desgarradora curiosidad del temor mismo le empujaba.

Por fin la vió. Allí estaba, delante y bajo sus ojos, sobre el suelo, al nivel de las pisadas humanas, esperando, por decirlo así, en los umbrales del imperio del polvo, á que le señalaran sitio para el descanso absoluto de lo inorgánico. Su espíritu, más bien egoísta que generoso, había entrado ya quizás con gemido de sorpresa y temor en la región ignota del saber de amores y de la apreciación exacta del bien y del mal.

Una vez contemplada en el primer golpe de sorpresa y temor, la miró más, oyendo el palpitar de sus propias sienes y la trepidación de su sangre cual mugido de un mar cercano. Blanco hábito la cubría, puesto por las amigas de devociones con severa elegancia. Sus anchos pliegues corrían en líneas rectas del cuello á las plantas, sólo interrumpidos por las manos de mármol que empuñaban un crucifijo. Finísimo velo blanco le cubría el rostro, sin ocultarlo ni dejarlo ver claramente, presentándolo vagoroso, esfuminado, lejano, entre nieblas, como la imagen mal soñada que persiste en la retina de los mal despiertos ojos. Hubiera querido verla mejor para apreciar lo que restaba de una hermosura sin igual que la muerte había ido cambiando en no sé qué flor mustia y violácea. En todo rostro, por ciego y muerto que esté, hay siempre algo de mirada. León se sintió visto desde el fondo de aquella cavidad fúnebre, ahondada por las vaguedades de la gasa, y reconoció la mirada última, ya menos amorosa que irónica.

Por su pensamiento pasaron las ideas más graves que asaltan al hombre en los momentos culminantes de la vida, y consideró la distancia á que estamos del verdadero bien, distancia que á medir no acierta la idea y que no se sabe cómo ha de recorrerse... Cortó sus pensamientos un ruido importuno y vulgar, una tos... Miró... La muerta y él no estaban solos. Allá en el fondo de la capilla alguien velaba. Era el clérigo pequeño, sentado en un banco, los ojos fijos en el libro de rezo. León no pudo menos de admirar la fidelidad del amigo espiritual, que habiendo sido dueño de la vida, quería ser custodio de la muerte. Sin mover la cabeza, el italiano alzó los ojos y miró á León un rato, fijamente, muy fijamente... Después los bajó para seguir leyendo. En aquella blanda caída de la mirada sobre el libro había el desdén más soberano que puede imaginarse. Paoletti, como si nadie estuviera allí, siguió leyendo: ego sum vermis et non homo, opprobium hominum et abjectio plebis.

¿Por qué al salir, no con menos respeto que al entrar, sintió el hombre en su alma una consoladora tendencia á la serenidad? Había visto cara á cara lo más pavoroso del mundo físico y del mundo moral, y los combates que estas terribles perspectivas habían provocado en su espíritu dejáronle rodeado de grandes y tristísimas ruínas. ¡Impavidum ferient ruinæ, que dijo el pagano! ¿Pero qué le importaba estar vencido, solo, proscripto y mal juzgado, si resplandecía en él la hermosa luz que arroja la conciencia cuando está segura de haber obrado bien? Al entrar en su casa vacía, encontró á su criado ocupado en hacer las maletas, conforme le había mandado aquella tarde. Alegróse mucho éste al verle entrar, y como León le preguntara la razón de tan grande contento, el fiel criado le respondió:

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings