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La enferma

VII

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Las amistosas relaciones entre Gabriel Montánchez y Sandoval parecían haberse enfriado un poco: sólo de tarde en tarde se veían, y cuando Alfonso reprochaba a su amigo su tibieza, el médico se disculpaba alegando sus muchas ocupaciones.

Consuelo Mendoza celebró aquel retraimiento, pero a pesar de tan tranquilizadoras apariencias siempre recordaba con miedo la tarde en que Montánchez estuvo hablándola de amistad, quejándose de sus soledades y explicando su necesidad de ser querido por alguien; y sus palabras, sus gestos, el fuego que puso en su conversación y la extraña expresión de su mirada. En su lenguaje apasionado, la joven adivinó un amor criminal; y aunque Montánchez, o por prudencia o por miedo, no se declaró más francamente y todo ello parecía olvidado, Consuelo recelaba las consecuencias de esas tempestades que se forman poco a poco y sin ruido, y en un momento dado estallan con violencia aterradora.

Consuelo sentía cernirse sobre su cabeza aquel ciclón “pasional”; empezó por un puntito negro apenas perceptible y ya ocupaba el horizonte. Como a sus cándidos ojos de niña crédula Gabriel Montánchez se había ofrecido como un genio superior relacionado y hasta emparantado con los espíritus maléficos más poderosos del otro mundo, temía que el endiablado médico pusiera en juego para rendirla algún procedimiento sobrenatural, algún filtro o conjuro, alguna hierba milagrosa de ésas que, según afirman las viejas zurcidoras de voluntades, poseen la virtud de volver los corazones hacia determinados afectos. Y esto era precisamente lo que más miedo y repugnancia le causaba: la idea de que Montánchez poseyese el secreto de hacerse querer de ella, hasta estrecharla entre sus brazos alguna vez...

Cuando Sandoval cogía un periódico y leía la descripción de uno de esos sangrientos dramas de amor y de celos tan frecuentes en nuestro pueblo, Consuelo se echaba a temblar como si su conciencia la acusase de algo.

—¡Calla, por Dios—decía—; la relación de ese crimen me crispa los nervios! ¿Te parece bien que siempre, las pobrecitas mujeres, paguen el pato?

—Como que sois las únicas causantes de nuestras malandanzas y desventuras.

—Sí, ¿eh?

—Claro, ¿quién os manda ser tan guapas?

—Y a vosotros, ¿quién os obliga a ser tan viciosos?

—¡Toma... misterios del querer!...

—¡Ay, amigo, eso no está bien!... ¿De modo que el amante, el Tenorio callejero, que allana una casa sin pedir permiso y no vacila en hacer desgraciada a una familia por satisfacer un necio antojo, no merece castigo?

—Ése, también; el hombre por buscar... la mujer por dejar que la encuentren.

—¿Así que tú—agregó Consuelo riendo—eres uno de esos maridos matasietes que no perdonan a nadie?

—A nadie—repuso Sandoval distraído.

—¿Y matarías a tu contrario, Alfonsito?

—Como a un perro.

—¿De un tirito?

—O de dos; de todos los que hicieran falta.

—Naturalmente, porque si con el primero no tenía bastante...

—Repetía la dosis.

—¡Concho, qué miedo!... ¿Y a mí también me matarías?

—También; con otros dos o tres tiritos, según tuviera el pulso.

—¡Qué burro!... ¿Y después?...

—Después—contestó Sandoval que continuaba leyendo—, me pegaba otro tiro, o dos... ya digo que eso dependería de cómo tuviese el pulso.

—Necesitarías antes volver a cargar, porque las cápsulas se te habrían acabado ya.

—Naturalmente.

—Conque, ¿se habrían acabado, naturalmente?

—Muchacha, ¿quieres dejarme leer?

—Oye, Alfonsito—prosiguió ella bromeando y por agotar la conversación y la paciencia de su marido—, y después que todos estuviésemos bien muertos, ¿qué harían con nosotros?...

—Pero, ¿es que estás tomando informes para que nada te coja de susto?—preguntó Sandoval amostazado—; pues no sé lo que harían con nosotros; probablemente nos enterrarían de cara al sol... no sé... ¡Déjame en paz, tabardillo!

Estas conversaciones en que siempre descubría Alfonso los sanguinarios instintos de su celoso temperamento, preocupaban mucho a Consuelo; sin querer echábase a fantasear acerca del cúmulo inagotable de calamidades que caerían sobre ella si el Destino consintiese que sus tristes presentimientos se cumplieran y Montánchez la violentara o rindiera con sus hechicerías; pensaba en la horrible tragedia que entonces se desarrollaría entre aquellos hombres, y se veía sola, indefensa, arrodillada en el suelo llorando, sin fuerzas para separar a los dos rivales; y después calculaba las consecuencias de su caída...

Éstas dependían del resultado de la lucha. ¡Oh, no! ella no quería que Sandoval riñese con Gabriel Montánchez, porque el médico no era un hombre como los demás, sino un demonio que le vencería. ¿Pero, y si Alfonso quedaba triunfante?... Entonces ella también podía darse por muerta, porque Sandoval, en su exaltación, la aplastaría con el pie como quien mata una araña. ¡Qué miedo, morir así o estrangulada... y quedarse luego muy fea, con los ojos desencajados y la roja lengüecilla fuera de la boca!...

Si, por el contrario, Sandoval sucumbía a manos de Montánchez, ¡qué horror!... verle muerto y quedar entregada a las caricias de aquel otro tipo tan disimulado y tan hipócrita que tarde o temprano la mataría también...

A fuerza de discurrir en el mismo tema, esta idea llegó a dominar su espíritu; creía que el desastre iba a suceder de un día a otro y hasta extrañaba que nada serio hubiese ocurrido aún; era una pesadilla ineluctable, un espectro con la cara y las manos manchadas de sangre que la perseguía en el lecho, en la mesa, en el teatro.

El viaje se había fijado para el día quince de marzo.

La víspera de la partida Consuelo comenzó a sufrir ese vago sentimiento de temor que infunde lo desconocido. Como todas las mujeres de corazón sensible, nunca había fijado dique a sus afectos y amaba cuanto veía a su alrededor; y a colocar ordenadamente sus afecciones, se hubiera visto que la primera, la más grande, era la de Alfonso Sandoval, aun cuando este amor relegaba el de Dios a un impío segundo término; y después y en línea descendente, figuraban otro sin fin de amorcillos que no por su pequeñez eran menos reales ni dignos de ser apreciados; tales como el cariño que sentía por la cocinera, por el niño ciego que algunas tardes tocaba un violín implorando la caridad pública al pie de sus balcones, por el jilguero que alegraba la casa con sus trinos, por una sillita de cuero donde se sentaba a coser, por un dedalito de plata que la regalaron siendo niña, y por cuantos muebles y fruslerías estaban en contacto con ella. Separarse de todo aquello, aunque sólo fuese por un tiempo relativamente corto, era una necesidad que la afligía hasta el llanto, pues no sólo pensaba en sus penas, sino en las que por idéntico motivo sufrirían sus queridos chirimbolos, a los que, desde luego, suponía capaces de sentir pesadumbres de amor.

Aquella mañana la joven madrugó más que de costumbre y se asomó al balcón: el tiempo había cambiado, y un fuerte viento Sur empujaba rápidamente las nubes unas sobre otras: se padecía ese bochorno que precede a las tempestades; el cielo estaba nublado y de los nubarrones más bajos caían gruesas gotas que manchaban la calle de enormes viruelas negras.

Consuelo seguía en el cierre de cristales, mirando distraídamente las columnas de polvo que el viento levantaba, como esgrimiendo un escobón invisible; las puertas y ventanas se cerraban o abrían con estrépito, sacudidas por el ciclón; algunos cristales cayeron a la calle hechos pedazos y por la Puerta del Sol eran muchos los transeúntes que corrían detrás de sus sombreros.

Recordando su próximo viaje Consuelito tuvo miedo.

—¡Dios mío!—meditó—, ¿no quieres que me vaya?...

El resto de la mañana lo invirtió arreglando de nuevo su bagaje.

Debían de salir a la noche siguiente para Barcelona, donde embarcarían en el primer buque que navegase con rumbo a Italia.

—¿Y nos iremos de aquí aunque llueva?—preguntó Consuelo, que a un mismo tiempo temía y deseaba marcharse.

—¿Pues quién nos lo impide?...—repuso Sandoval—; el agua no molesta cuando se viaja en ferrocarril.

Después de almorzar, Alfonso salió a hacer efectivos algunos cheques, y como Consuelo no quiso acompañarle, acobardada por el mal cariz del tiempo, la cocinera y la camarera fueron las encargadas de comprar una maleta destinada a guardar los enseres de tocador.

—Oye—gritó Consuelo desde el gabinete a su doncella, que ya se iba—, cuando vuelvas llama con los nudillos para que yo te reconozca, o si no... llévate el llavín; mejor es, porque quizá tenga luego gana de echarme a dormir un rato...

Las mujeres salieron y la joven se puso a coser cerca del balcón.

El horizonte se había obscurecido completamente y la luz que penetraba por los visillos era escasa. Consuelo empezó a sentir miedo, miedo de saberse sola en aquella casa tan grande que parecía dormir bajo sus tapices y cortinajes, y recordando las cabezotas de yeso del despacho y aquel ensueño en que las vió animadas, volvió a temblar; a cada instante creía que caminaban por el pasillo los bustos de Cervantes o de Quevedo, asentados sobre dos piernas muy largas y negras como patas de langosta, y tan grande fué su aprensión, que hubo de levantarse y cerrar la puerta.

El viento silbaba en la calle produciendo, al quebrarse en las esquinas, lamentos lúgubres semejantes a suspiros. Consuelo dejó su costura y se asomó a la ventana: del cielo caían gruesos goterones que, por lo pesados, parecían de plomo, y causaban un ruido fastidioso al chocar contra el cinc del mirador; luego aquellos amagos de lluvia fueron aumentando hasta convertirse en espantoso aguacero.

La lluvia caía tan compacta que parecía un inmenso velo de gasa: los transeúntes, acobardados por el agua, se guarecían en los portales a esperar cachazudamente que disminuyese la fuerza del chaparrón, y sólo los muy impacientes seguían con el inútil paraguas abierto, el cuello de la americana levantado y los pantalones doblados sobre los tobillos.

Consuelo se retiró del balcón un poco mareada por aquel continuo llover, y al ir a sentarse repercutió el timbre de la puerta de entrada. La joven quedó inmóvil, con la quieta rigidez de las estatuas.

—¿Quién será?—pensó—; aún es muy temprano para que Alfonso vuelva... Es extraño, no adivino quién pueda ser...

De pronto sus facciones se contrajeron y llevóse ambas manos a la boca sofocando un grito de terror; se había acordado de Montánchez.

El timbre volvió a vibrar, y Consuelo salió al pasillo, dirigiéndose al recibimiento.

—¿Quién?—preguntó con voz trémula.

—Yo—repuso una voz de hombre que la joven no reconoció.

Acercóse a la mirilla de la puerta, mas no pudo distinguir nada porque el visitante estaba cerca de la pared.

—¿Y... quién es usted?—inquirió Consuelo, cuyas piernas flaqueaban.

—Gabriel, señora.

—¡Ay... no le había conocido!

—¿Puede usted recibirme?

—Alfonso no está...

—No lo sabía... pero eso no empece...

—Estoy sola.

—Vuelvo a repetir que su soledad no es un inconveniente.

—Pero...

—Deseo hacerles a ustedes un encargo, es asunto para mí de mucha cuantía; sé que se van mañana y no quiero desperdiciar la ocasión...

—No puedo...

—Haga usted un poder, se lo ruego...

Su voz era imperiosa. La requerida, aunque jadeante de emoción, aún quiso resistir.

—¡Vaya... que no puedo!

—¡Señora, tenga usted la bondad de abrir!

Los desfallecimientos físico y moral de Consuelo Mendoza fueron tan grandes, que casi perdió la conciencia de sí misma y no supo oponerse al mandato del médico; estaba acostumbrada a obedecerle: como un autómata abrió la puerta y entró Gabriel.

—¿No hay nadie?—preguntó.

—No, señor—repuso ella haciendo esfuerzos sobrehumanos por cobrar aplomo—, pero Alfonso no tardará en venir...

Este fué el único embuste que se la ocurrió, pues estaba segura de que Sandoval no regresaría antes de la noche. Se habían sentado en el sofá del gabinete, el uno al lado del otro: Montánchez estaba limpio, sin ninguna manchita de barro en el pantalón, como si acabase de salir de su cuarto.

—¿Vino usted en coche?—preguntó ella por decir algo.

—Sí, señora... He visto salir a Sandoval y a las criadas, sabía que tardarían en volver y que estaba usted sola... por eso he subido...

A pesar de su aplomo, el médico estaba un poco inquieto.

—¿Cuándo es el viaje?—agregó.

—Mañana.

—¿Y de quién partió esa idea sorprendente de ir a correr mundo?

—De mí—repuso Consuelo mirando a su interlocutor audazmente.

—¡De usted, ya lo sabía!... Porque eso más parece una fuga que un viaje.

La joven sintió que su valor declinaba y bajó los ojos.

—Sí—continuó Montánchez—, es una fuga; usted sale de Madrid huyendo de una persona que, sin querer, la mortifica mucho y a quien odia usted con toda el alma, ¿no es cierto?

Consuelo no respondió.

—En estas cuestiones no me engaño nunca: ¿qué más? sé el nombre del ser odiado... ¡soy yo!... No haga usted signos negativos que no me convencerán: usted me odia, me detesta, me aborrece con un sentimiento inextinguible de repulsión, y eso, si el testimonio de mis sentidos no bastase a revelármelo, lo sé por Sandoval, por usted misma... Desconozco el origen de esa repugnancia, quizá usted la ignore como yo, mas no por ello es menos cierta. También usted produjo una revolución en mí, pero de bien distinto carácter: usted me atraía, a su lado me encontraba bien, y al poco tiempo mi amistad hacia usted era más grande y más firme que la que profesaba a Alfonso, con ser ésta muy antigua.

—Pero, caballero—interrumpió Consuelo—, ¿a qué viene usted aquí?... ¿A acusarme?

—No, señora.

—Entonces... ¿a qué?

—A decir que la amo, que la quiero con toda mi alma—repuso Gabriel aplomadamente.

—¿A mí?...—exclamó Consuelo poniéndose de pie—; ¿pero usted sabe lo que dice?

—Sí, señora, porque lo siento aquí dentro, en este pobre corazón que se me rompe.

—¡Ay, por la Virgen del Carmen!—gritó Consuelo llorando—, váyase usted... sí, yo le odio y le temo al mismo tiempo, por eso huyo de Madrid... acertó usted; quiero hallarme lejos, muy lejos, donde no pueda usted hacerme daño...

—Consuelo—dijo Gabriel—, siento asustarla hablándola así, pero el tiempo apremia y no quiero separarme de usted sin confesar toda mi pasión. Hace algunos meses yo la hubiese podido querer a usted castamente, como a una amiga; más todavía: como a una hermana... Pero después este cariño estalló como un volcán y hoy me devora el pecho; ya no tengo paciencia ni fuerzas para contenerme, ni para resignarme a soportar un día y otro los furiosos embates de esta borrachera amorosa que no da treguas y va abrasándome las entrañas. No, mentira, yo nunca he sido amigo suyo, porque aquel sentimiento amistoso duró un instante y el amor lo substituyó en seguida; yo no puedo cortejarla a usted lentamente, porque ni mi edad ni mi temperamento lo consienten, y sé cuán ridículo es el hombre que mendiga lo que por su esfuerzo puede obtener. Eso es vulgar, y yo, señora, seré un malvado, un criminal... lo que usted quiera; nunca una vulgaridad.

La ventana de una de las habitaciones interiores, impulsada por el viento, se cerró con estrépito, saltando en pedazos sus cristales, y la lívida luz de un relámpago bañó el gabinete con su lívido y fugitivo reflejo.

Consuelo lanzó un grito de terror y se persignó; y cuando, pasados algunos segundos, resonó la lejana voz campanuda del trueno, que gruñía como un mastín malhumorado, la joven se encogió en el diván sollozando, tapándose los oídos.

—¡Por Dios, Gabriel, por el recuerdo de la mujer que más haya querido!—exclamó suplicante—, váyase usted, se lo ruego... siento que las fuerzas me faltan, que mi vista se nubla... voy a ponerme mala.

—Sí, me iré—repuso el médico con apasionamiento—, y para conseguirlo no necesita usted implorar la intercesión de un Dios, en quien no creo, ni tampoco la de ninguna mujer querida, pues mi primera pasión está muerta y enterrada, y la única que luego reverdeció mi corazón es la que ahora siento por usted. Por eso me iré, por complacerla, pero antes quiero que sepa usted todo lo que siento, todo lo que sufro... hoy aún es tiempo; mañana ya sería tarde... Consuelo—prosiguió Montánchez, cogiendo una de las manos de la joven, que estaba inmóvil y helada—, repare usted en lo grande que será mi pasión cuando obliga a un hombre, tan altivo y bien curado de calenturas amorosas como yo, a dar este paso. Yo, desengañado del mundo, renuncié a él; cansado de una vida en que sólo pesares y miserias coseché, me escondí en mi estudio resuelto a morir lejos de aquella sociedad que mi juventud amó tanto; usted, mejor que nadie, sabe cómo vivo... y vivía feliz, porque vivía tranquilo, con esa felicidad helada de los que no sienten; y tan dichoso era en mi nuevo estado y tal miedo me inspiraban los combates del mundo, que ni la virtud de Penélope ni la hermosura de Safo, me hubiesen hecho renacer a mi pasada vida aventurera. Usted, sin embargo, tuvo habilidad para transformarme antes de que yo mismo preveyera lo que iba a ocurrir... Ahora la deseo a usted con frenesí, con un arrebato que da vértigos, con la ceguedad que deben de poner en sus pasiones los salvajes o los dementes. Mucho quiero a Sandoval, pero antes que su felicidad está la mía; y como mi dicha es usted y usted es también la suya, estoy dispuesto a disputársela palmo a palmo, cara a cara, riñendo noblemente...

—¡Oh, no!—interrumpió Consuelo—, usted no hará nada en contra de mi marido... entonces le odiaría más y hasta sería capaz de asesinarle.

—No sé aún qué haré—repuso Montánchez levantándose—, pero confieso que algunas veces me ciega una nube de sangre... La noche en que fué usted al baile de la Zarzuela, yo era la máscara disfrazada de astrólogo que la obligó a bailar... ¡Estaba usted tan hermosa... miraba usted a Sandoval con tanto cariño, resultaba tan horrible mi soledad comparada con su alegría!... que enloquecí de celos y tentado anduve de reñir con él para desafiarle y matarle después.

—Es usted un miserable—gritó la joven con violencia y acercándose al balcón—; váyase usted, salga usted de aquí, porque si Alfonso viene y le encuentra se lo cuento todo.

—No me importa.

—¡Váyase usted!

—No puedo.

—Pediré socorro.

—No podrá usted; tengo yo más fuerza y se lo impediré.

—Me da usted miedo—murmuró Consuelo levantándose—; parece usted un demonio.

—¡Y lo soy!—gritó impetuosamente Montánchez atrayéndola hacia sí—; soy un ángel rebelde que sólo tiembla ante sus propias pasiones; no me preocupa la muerte, pues cien veces luché cuerpo a cuerpo con ella sin inmutarme; ni el mundo, porque le desprecio profundamente; ni temo a los hombres, porque al más fuerte de ellos estoy cierto de aplastarle bajo mis pies... Lo único que me seduce es usted, por quien vivo...

Un segundo relámpago, seguido inmediatamente de un trueno horrísono, iluminó la habitación; su luz cárdena resbaló sobre los muebles.

La luz fué tan vivísima que Consuelo cayó temblando sobre el sofá.

El médico la cogió las manos: en aquel momento estaba muy lejos de representar una comedia.

—Consuelo—dijo modificando el tratamiento para imprimir mayor dulzura a sus palabras—, no te aflijas ni asustes de ese modo, porque estando a mi lado nada debes temer. No vengo a proponerte un adulterio vulgar que repugnaría a tu virtud y que a mí también me sería odioso, mas no por eso renuncio a la esperanza de obtenerte. Yo te robaría de aquí, iríamos a vivir a otro país donde nadie nos conociese y en que no tuvieras que avergonzarte de nada, y allí disfrutaríamos de esta pasión gigante que me consume y de la que no tardarías en participar... Yo quise atraerte poco a poco y disminuir la influencia que Alfonso tiene sobre ti, pero el odio que te inspiro y las circunstancias inutilizaron mis planes; ahora te quiero más, mucho más que antes... y la misma violencia de mi amor, aniquila mi paciencia y no me deja suplicar... Consuelo, cariño de mi alma, esperanza mía, quiéreme... te lo pido de rodillas como esclavo sumiso, te lo mando, si es necesario, como un rey absoluto... pero calma mi sed y pon remedio a mis dolores...

Ella, que había permanecido indiferente, con la cabeza caída sobre el pecho, se irguió altanera.

—¡Gabriel, váyase usted!—gritó iracunda, desasiéndose del médico que la retenía por las muñecas.

—Consuelo—repuso Montánchez levantándose y sonriendo fríamente—, yo estoy loco y a los locos no se les razona; se les pega; de lo contrario el loquero está perdido.

—¿Y qué quiere usted decir con esto?

—Que, con palabras, nada consigues de mí.

—¡Ay sí... es verdad, es usted demasiado cruel para enternecerse!

—A ser cruel me enseñó el mundo; ¿no lo eres tú también conmigo?

—Pues me defenderé cuanto pueda; pediré socorro.

—Tampoco conseguirás nada; yo soy el más fuerte.

Montánchez miró su reloj, vió que aún podía disponer de una hora y procuró conquistar mañosamente lo que, por la violencia de sus manos y el imperio de su voluntad, hubiera obtenido al momento.

—Consuelo—repitió acercándose al mirador en que la joven se había refugiado—, acércate, aquí dentro no estarás tan expuesta al flúido eléctrico de la tempestad.

—No, no, antes me muero—repuso ella mirándole con ojos de loca—, prefiero sucumbir abrasada por un rayo a estar junto a usted.

Entonces Montánchez sintió que su calma y su prudencia se agotaban y que las oleadas de ira le invadían el corazón.

—Pero, insensata—rugió asiendo fuertemente a la joven por el talle y atrayéndola hacia sí—, ¿no ves que tu resistencia es inútil y que si ya no apelé a la fuerza es porque te quiero demasiado para lastimarte antes de agotar todos mis recursos y toda mi paciencia?

—¡Piedad!...

—Tú eres mía, mía en cuanto yo quiera... Estás sola, indefensa, entregada a mi pasión... ¿No comprendes que eres mi esclava porque mis ojos te fascinan y no resistes mi mirada?...

—Déjeme usted, suélteme—murmuró la joven pugnando por desasirse.

—No, eso nunca, mañana te vas y el Destino te habrá separado de mí para siempre.

—Va usted a perderme, a envilecerme...

—¿Qué importa? Aquí tiene que haber una víctima... y esa víctima serás tú, pues si yo llevase mi abnegación al extremo de inmolarme por ti, mi sacrificio sería una de esas heroicidades anónimas que nadie agradece y que pronto se olvidan. Tú o yo, es el dilema; pero como me disputas la felicidad me incitas a seguir tu ejemplo, y el triunfo, por tanto, será del que más pueda; ven...

—Piedad, Gabriel, piedad para mí...

—Y de mí, ¿quién tendrá piedad?

—Dios, que lo ve todo.

—No creo en su justicia.

—Por Alfonso, Gabriel.

—Tampoco. Alfonso, en mi caso, sería traidor como yo.

—¡Ay!... ¿Cómo es usted tan insensible?

—¿No lo sabes?—repuso el médico devorándola con los ojos—; porque eres muy hermosa y tu cuerpo es de ésos que los hombres no perdonan. Ven...

Consuelo echó a correr y, pasando por detrás de los sillones colocados delante de la chimenea, se refugió en la alcoba.

Montánchez la siguió.

La tempestad había acortado la duración del crepúsculo, y las sombras nocturnas aumentaban el pavoroso rumor de la lluvia contra los cristales.

—Salga usted de aquí—exclamó Consuelo imperiosamente—; éste es el dormitorio de una mujer honrada en el cual ningún hombre, que no sea su marido, puede entrar; salga usted, repito: fuera, lo que usted quiera; aquí, nada.

Su voz vibraba bajo el influjo de sus nervios crispados.

—Consuelo—repuso el médico, calculando que la cama era demasiado ancha para salvarla de un salto y que la joven se disponía a correr sirviéndose de ella como de un burladero—, acércate.

—¡Salga usted de aquí!—contestó ella.

Montánchez quiso atajarla por un lado, pero comprendió que si se separaba de la puerta su víctima encontraría el paso libre para huir.

—Váyase usted—repitió la joven—, es muy tarde y Alfonso puede llegar.

—Vengo dispuesto a todo y le mataré; pero, antes, acércate.

—Nunca.

—¡Acércate!

—No, no.

—¡Consuelo—gritó Gabriel clavando en la joven su poderosa mirada—, ven aquí!

El flúido magnético empezó a obrar.

—¿No oyes?

Ella lanzó un alarido desgarrador y se tapó la cara con las manos para substraerse al poder de aquellos ojos devoradores.

—¡Ven aquí!—repitió Montánchez—, ¡ven aquí; yo te lo mando!

Después, adivinando que la infeliz, falta de voluntad, no podría moverse, se acercó a ella a pasos lentos y mirándola siempre.

En aquel momento la angustia de Consuelo fué infinita: sabía que su verdugo la sugestionaba desde lejos, que su pobre albedrío era esclavo del suyo y que estaba perdida; Gabriel la envolvía con una red invisible que paralizaba todos sus movimientos y hasta del uso de la palabra la privaba; le vió acercarse y su piernas rígidas se negaron a andar; y cuando sintió la vigorosa mano de Montánchez posarse sobre su hombro fué tan grande la atonía que instantáneamente invadió sus miembros, que hubo de apoyarse sobre el pecho del médico para no caer.

Mas aquel desmayo duró segundos, y otra vez su dignidad ofendida protestó contra las vergonzosas debilidades de los nervios.

—¡Piedad, piedad para mí!—murmuró.

Y con un esfuerzo se zafó de Montánchez y corrió al gabinete: allí se detuvo junto a la ventana, pálida, los cabellos en desorden, la respiración anhelante, perdido el color, mirando a todas partes con una siniestra expresión de idiota asustada.

Pero Gabriel Montánchez, que corría tras ella borracho de lujuria, la asió brutalmente y la arrojó sobre el sofá.

Entonces se trabó entre ambos una lucha desesperada en que la joven, no pudiendo desembarazarse de aquellas manos que la oprimían como dos anillos de hierro, se revolcaba desesperadamente, retorciéndose como un trozo de pergamino sobre el fuego.

—¡No quiero, no quiero!...—repetía.

Mientras, el médico, a quien su pasión fatigaba más que los esfuerzos que hacía para sujetar a su presa, alentaba penosamente como un caballo cargado después de subir una larga cuesta. Luego apoyó una rodilla sobre una de las piernas de la joven, inclinóse hacia adelante y sus labios se acercaron.

La viva luz de un relámpago iluminó el cuadro con resplandores de incendio, y ella lanzó un grito estridente: acababa de ver al médico junto a sí, devorándola con sus ojos inyectados, y sentido su aliento mezclarse al suyo y el primer beso, beso frenético que debió de hacerla sangre en las encías. Aquella era la realización de sus horribles pesadillas de calenturienta; por fin estaba a punto de consumarse el crimen que tanto temió; aquél era el hombre siniestro, encarnación viva de todos los fantasmas que en otras épocas la persiguieron; era el mismo semblante afeitado, pálido y frío, del fatídico monigote vestido de bayeta verde...

Hizo otro esfuerzo supremo para librarse, pero no lo consiguió: no podía respirar ni defenderse; tenía una pierna colgando fuera del sofá y la otra rígida, inmóvil, bajo una rodilla de Gabriel que, ebrio de pasión, la sofocaba besándola los ojos, la boca, detrás de las orejas; ella sentía repugnancia y desmadejamiento invencibles y unas manos que la acariciaban bajo las faldas, causándola un sentimiento de asco que helaba su corazón. Después resonó un trueno, y Consuelo, como si acabase de recibir una descarga eléctrica, dió un bote tan violento que Montánchez perdió el equilibrio y los dos cayeron al suelo. Pero la víctima, privada de conocimiento, ya no se defendía y únicamente se agitaba presa de una crisis nerviosa que la hacía prorrumpir en exclamaciones y frases incoherentes, en tanto Montánchez la mordía, estrujándola entre sus brazos...

Luego se levantó, colocando a Consuelo sobre el sofá, a su lado: también a él le faltaban fuerzas para respirar y lanzó un suspiro profundo, aspirando con regocijo el aire de aquella habitación, tan pura hasta entonces, y que ya parecía oler a adulterio y a cuerpo de mujer gozada: sentía en sus profundos un pequeño escozor, algo así como un remordimiento, por haber vencido a una infeliz desmayada, y al mismo tiempo un sentimiento de orgullo satisfecho que le esponjaba.

Y como Consuelo siguiera gritando y retorciéndose bajo el influjo del ataque histérico que sufría:

—Calla, pobrecita—dijo sujetándola las manos para evitar que se lastimase—, soy malo, es cierto, soy criminal... pero este crimen no quedará así, pues pienso unir para siempre mi vida a la tuya... y con el tiempo conquistaré tu cariño y serás mía en cuerpo y alma...

Las luces de los faroles de la calle iluminaban el cuarto con claridad incierta.

Entonces fué cuando Montánchez reparó en el gran espejo puesto sobre la chimenea, y en que sobre su luna, débilmente alumbrada y preñada de sombras se percibía la cabeza de un hombre; aquella cabeza era la suya. Levantóse lleno de curiosidad para examinarse mejor; hacía más de tres años que no se veía y la súbita aparición de su imagen le cautivó. Era el mismo de siempre, con aquélla su hermosura varonil de atleta romano; comparóse mentalmente a su último retrato y vió que no había cambiado notablemente; quizá su frente fuese algo más espaciosa que antes, y las arrugas de su entrecejo, largas horas contraído por la meditación, se hubiesen acentuado; pero la nariz, los ojos, la expresión de la mirada, todo seguía igual, como insensible a los años, a las vigilias y a los sufrimientos.

Montánchez permaneció algunos minutos delante del espejo, inmóvil y preocupado, pensando en la misteriosa relación que tal vez mediase entre su última hazaña y la súbita aparición de su imagen que volvía a ponerse delante de sus ojos, mostrándole tal como fué siempre.

—Ese soy yo—dijo—, el Gabriel de hace quince años... pero desde Amalia a Consuelo, cuántos nombres de mujer, cuántas aventuras, cuántos acontecimientos han pasado... ¿Por qué la memoria seguirá inmutable en medio de las transformaciones de la materia?... ¿Habrá en el hombre algo más que huesos que se rompen, tendones que se relajan y carne que se pudre?...

De pronto recordó que era muy tarde y salió precipitadamente de la habitación; Consuelo quedaba desmayada y expuesta a romperse la cabeza contra el suelo, pero era preciso huir antes de que la llegada de Alfonso agravase la situación. Al llegar al recibimiento sintió que abrían la puerta de la escalera y apenas tuvo tiempo para esconderse tras la cortina que cubría la entrada del despacho.

En aquel momento entró Sandoval, y Consuelito Mendoza, cual si hubiese adivinado su llegada, dió un grito desgarrador, llamándole; Alfonso lanzó otro de sorpresa y corrió hacia el cuarto de su mujer sin acordarse, en su atolondramiento, de cerrar la puerta, circunstancia que aprovechó Montánchez para salir de la casa sin ruido.

Consuelo se revolcaba por la alfombra dando gritos horribles, golpeándose la hermosa cabeza contra los muebles, con el pelo suelto y las ropas jironadas.

Alfonso se arrojó sobre ella para impedir que se destrozase, y trabajosamente consiguió levantarla en brazos y llevarla al lecho. Allí la lucha continuó; ella lanzaba gemidos de angustia, barbotaba frases incoherentes que no podía terminar porque su boca se llenaba de espumarajos blancos, y se retorcía de un lado a otro agitando los brazos como si rechazase las furiosas acometidas de un enemigo invisible.

Pocos momentos después llegaron las criadas. Sandoval las interrogó acerca de cómo había comenzado aquel ataque, pero ellas no supieron qué responder: cuando salieron, la señorita quedó en el gabinete cosiendo; no sabían nada más.

Las convulsiones de la joven eran tan violentas que fué necesario atarla los brazos al cuerpo y los pies a los pilares de la cama, mientras Alfonso agotaba los recursos de su menguada ciencia casera poniéndola un pañuelo empapado en amoníaco debajo de la nariz, friccionando sus muñecas con alcohol, apretándola fuertemente entre sus manos el dedo que llaman “del corazón” y rociándola con agua los ojos y la frente. Después de forzarla a tomar un baño de pies, casi hirviendo, disminuyó la intensidad de la crisis y pasados algunos instantes la enferma abrió los ojos.

—¡Pobre niñita mía!—exclamó con júbilo Sandoval acariciando las mejillas ardientes de Consuelo y desatando sus ligaduras—, no te apures; la tempestad ha pasado; los truenos te asustaron, ¿verdad, nena?... ¡Pícaros truenos! ¡Asustar a mi niña, a la mujercita de mi alma!... ¡Como tope por ahí alguno voy a hacer con él un escarmiento! Pero no los encontraré, porque son unos cobardones que sólo saben meter ruido!...

Consuelito Mendoza estaba inmóvil, insensible a aquellas frases cuyo cariñoso significado no comprendía; sus ojos abiertos no parpadeaban.

—Consuelo—dijo Sandoval, poniéndose en la línea que seguían las miradas de la enferma para obligarla a fijarse en él—, ¿no me conoces?...

—Yo...—repuso ella moviendo la lengua con suma dificultad—, yo... yo no le conozco a usted.

—¿Que no me conoces?

—No, señor.

—¡Muchacha; mírame bien!

Consuelo se alzó de hombros.

—Vaya, cuando digo que no sé quién es usted... Sí, quizá le he visto alguna vez, pero ahora no recuerdo... Lo que tengo es mucho sueño; déjeme dormir...

Y entornó los ojos tranquilamente.

—¡Pero, fíjate bien—insistió Sandoval—, soy yo, tu maridito... Alfonso!...

—Alfonso...—repitió la joven coordinando las ideas rebeldes que se obstinaban en escapar—; sí, recuerdo... ¡pero hace de eso tanto tiempo!... Además... Alfonso ha muerto; ha muerto, sí—añadió suspirando—, le mataron, yo quise defenderle y no pude... le dió una puñalada ese amigo suyo... a quien él quería mucho... ¡hombre, usted debe de conocerle! Concho, ¿qué hace usted ahí callado, que no lo dice?...

—Pues yo soy ese Alfonso de que hablas.

—¿Usted?... ¡Ca, ya quisiera! No nacerá otro hombre como aquél; usted se le parece, pero no es el mismo.

—¿Y quién le mató?—dijo Sandoval emocionado por aquellas extrañas confesiones.

—No sé...

—¿Era Gabriel?

Un súbito presentimiento le animaba.

—Era—repuso ella contrayendo los ojos para reunir mejor sus recuerdos—, era... ¡concho, qué rabia, lo tengo aquí, en la punta de la lengua y no sé decirlo!...

Su semblante se entristeció repentinamente y por sus mejillas resbalaron dos lágrimas.

—Lo cierto es—murmuró con angustia—, que mi Alfonsito ha muerto o que ya no se acuerda de mí, pues nunca viene a verme. Me trajeron a este manicomio pretextando que estoy loca, cuando en realidad no estoy enferma de aquí arriba, sino de aquí—dijo señalando el corazón—; éste es el que me duele, porque ha querido mucho... sí, mucho... a ese Sandoval, precisamente, de quien usted hablaba...

Alfonso, conmovido por aquellas lágrimas de amor, tan puras y tan tristes, estrechó a Consuelo entre sus brazos; ella no hizo ningún movimiento y volvió a quedar tendida sobre el lecho con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Sandoval aprovechó este período de calma para desnudarla: la operación fué larga, el desmazalado cuerpo de la joven cedía a la fuerza de la gravedad tan absolutamente, que cada uno de sus miembros pesaba doble que en su estado normal, cual si estuviesen rellenos de plomo. Alfonso, jadeante, se aceleraba cuanto podía, recelando una nueva crisis; no pudo desembarazarla de sus pantalones y tuvo que rasgarlos, y como el corsé también se obstinaba en no ceder, cogió unas tijeras y cortó las cintas. Al quitarla el corpiño sus miradas advirtieron un profundo arañazo en el cuello: sin duda se lo hizo ella durante su delirio, como también algunas uñetadas en la frente. Pero examinándola mejor, retrocedió con la estupefacción pintada en el semblante: acababa de ver cinco manchas negras en cada brazo de la enferma, cinco cardenales producidos por los dedos de una mano vigorosa: las señales eran tan claras, tan evidentes, que era imposible dudar, y Alfonso presintió que aquella crisis encerraba un misterio, acaso un atropello abominable.

Consuelo seguía inerte, en medio de aquel lecho tan grande.

Volvió a estudiar Sandoval las manchas cárdenas de los brazos, y se convenció de que sólo las manos de un hombre robusto pudieron causarlas. Entonces sintió que la sangre afluía a sus sienes y con agitación febril empezó a examinar el cuerpo de Consuelo: necesitaba pruebas que corroborasen el lúgubre pensamiento que crecía por instantes en su cerebro; la reconoció los brazos, el pecho, el vientre, la puso de costado, boca abajo, volteándola en un sentido y en otro, como el tigre que juega con una presa. En la parte anterior interna del muslo derecho vió una manchita negra causada por un golpe o por una fuerte presión, y en el lado posterior de la misma pierna, un arañazo: aquella última señal por sí sola, era inocente, pues Consuelo pudo hacérsela con las uñas, pero unida a las otras constituía una prueba más. Allí había un problema, una incógnita que urgía despejar.

Alfonso Sandoval permanecía de pie, los brazos cruzados, absorto, mirando con insistencia a un ángulo obscuro de la alcoba, como si allí estuviese oculta la clave del misterio. Había en su cabeza tal confusión de pensamientos que no podía meditar en ninguno sin que otros cien vinieran a distraerlo. De pronto tapó a Consuelo que empezaba a tiritar de frío, y apoyó un timbre. La doncella y la cocinera acudieron.

—¿A qué hora—preguntó Alfonso—he salido hoy de aquí?

—Pues... a las dos.

—¿Y vosotras?

—A las tres y media... o poco más.

—¿Había empezado a llover?

—No, señor.

—Cuando os marchasteis, ¿qué hacía la señora?

—La señorita estaba cosiendo aquí, junto a la ventana... aguarde usted, me parece que era una camisa de usted lo que cosía...

—¿Y parecía alegre?

—Sí que lo parecía; “lo cual” que yo la dije que por qué no se echaba a descansar un poquito...

—¿Y después de salir yo, vino alguien?

—No, señor; por lo menos, mientras nosotras estuvimos aquí.

—¿Nadie, nadie?—insistió Sandoval con un acento colérico que hizo temblar a las dos mujeres.

—Le juro a usted que nadie—repuso la doncella—; ya ve usted, ¿qué interés íbamos a tener en negar?...

—¡Basta! podéis acostaros; no ceno esta noche ni estoy para nadie.

Cuando se quedó solo cerró la puerta del aposento con llave y cogiendo el quinqué se puso a escudriñar todos los rincones, buscando las pruebas de aquella espantosa tragedia que creía aspirar en el aire.

Buscó sobre el sofá; debajo de las sillas; junto a la chimenea; sólo halló una horquilla y era un dato tan mezquino, que apenas merecía contarse. Entonces se sentó en una butaca y con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos, abismóse en un mar de cavilaciones inconexas.

Desde allí veía la cabeza de Consuelo iluminada por la luz del quinqué colocado a la cabecera del lecho, sobre la mesilla de noche, y su silueta seductora aumentaba sus dudas y sus celos. Porque Alfonso tenía celos...

—Sí—exclamó a media voz—, aquí ha entrado un hombre, no puedo dudarlo... y ese hombre no vino por mi dinero... sino por ella... Y logró su intento: el miserable consiguió su objeto, porque una pobre mujer enferma como ésta no tiene ni valor, ni energías, ni astucia para defenderse... Pero, no—añadió levantándose—, estoy loco; ¿quién se atrevería a tanto? ¿Quién pudo saber que ella estaba sola? Y, sin embargo, esos cardenales que afean sus brazos no tienen explicación posible; los arañazos y aun la mancha del muslo no encierran gravedad, pero, ¿y las señales de los brazos?...

Sandoval se acercó otra vez a la desmayada como queriendo leer a través de sus párpados cerrados la pureza de su alma, o arrancar a su ensueño alguna confesión, algún nombre, que aclarase sus dudas. Las campanadas de un reloj vecino, a pesar de lo amortiguadas que llegaron a la alcoba, produjeron en la enferma el mismo efecto que todos los ruidos lejanos: Consuelo se estremeció, cual si una corriente de aire frío la hubiese azotado, bostezó profundamente y abrió los ojos. La brillantez de su mirada revelaba que el ataque pasó y que la conciencia readquiría su acostumbrado imperio.

—Consuelo, ¿qué tienes?—fueron las primeras palabras de Alfonso.

La joven le miró y sus hermosos ojos reflejaron un espanto indecible; hizo ademán de arrojarse del lecho para huir, y como él se lo impidiera, se echó en sus brazos dominada por una angustia suprema. Pronto aquel paroxismo doloroso empezó a deshacerse en un abundante raudal de lágrimas y suspiros.

—¡Ay, Dios mío, Dios de mi alma... Alfonso de mi vida, si tú supieras, si tú supieras!

—¿El qué, hermosa; qué te ha sucedido?

Pero ella continuó llorando y sin contestar.

Después el exceso del dolor determinó un nuevo accidente, perdió el conocimiento y su espíritu sepultóse en aquel mundo caótico donde de nada le servía a Alfonso la sonda de su buen juicio para guiarse y llegar a la posesión de la verdad. Luego prorrumpió en gritos y frases cuya misteriosa hilación era inapreciable, pues el cerebro funcionaba como el cilindro de una caja de música al que le faltan muchas púas y, por efecto de esta mutilación, produce acordes incompletos.

Así fueron resbalando las horas; eran las dos de la madrugada, la lluvia y el viento habían cesado y en el silencio sólo resonaban las tenues pisadas de los trasnochadores; el ruido de sus pasos se acercaba, se les sentía pasar bajo los balcones y luego aquel rumoreo sordo decrecía lentamente, hasta extinguirse con la sombra del transeúnte; y entretanto, resonaban en la quietud de la casa los gritos de Consuelo; gritos estridentes, espantosos, que erizaban el vello de la piel.

El éter y el agua de azahar fueron impotentes para contrarrestar los efectos del ataque, y la crisis duró hasta el amanecer. Entonces la enferma, dominada por la fatiga, cayó en un sopor profundo que fué relajando sus tendones y quitando a los músculos energía: quedó tendida sobre el lado derecho, la boca entreabierta, las mejillas demacradas, los brazos sobre el embozo, la cabeza caída hacia atrás, sin fuerzas ni aun para cerrar las manos...

Sandoval, que se había sentado junto a la cama, siguió largo rato sumido en sus tenebrosas meditaciones: estaba frente al misterio y no podía resignarse a no resolverlo.

El quinqué, falto de petróleo, se apagó y Alfonso quedó a obscuras, el ceño fruncido, persiguiendo entre las sombras el semblante de aquel hombre que desde hacía algunas horas procuraba inútilmente reconocer: parecía Harpócrates velando la cuna de un niño. Pero el fresquecillo de la mañana y el cansancio de aquella terrible noche rindieron su voluntad, y acabó quedándose adormilado, la frente apoyada sobre el lecho.

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