V
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Las experiencias que siguieron a esta primera sugestión se realizaron fácilmente.
Todas las tardes iba Gabriel Montánchez a casa de Alfonso, y era tan grande la presión que ejercía sobre el ánimo de la joven, que no necesitaba recurrir al procedimiento de la bolita metálica, ni a ninguno de los medios que provocan la hipnotización por fatiga: le bastaba mirarla repentinamente a los ojos para ponerla en estado cataléptico.
Una vez dormida, Gabriel imponía su voluntad de un modo absoluto, con sólo tocar a la enferma, obedeciendo ésta los mandatos del médico con la pasividad de una máquina.
—Como su desarreglo nervioso—explicaba Montánchez—procede indudablemente de atonía cerebral o medular, podemos someterla a duchas artificiales; esto es, a duchas imaginarias o nerviosas que, sobre ser más intensas que las naturales, ofrecen la ventaja de aumentar o disminuir en intensidad frigorífica a mi capricho. Ya verás qué remedio tan raro, es un baño que puede tomar el paciente sin desnudarse ni mojarse las puntas de los pies, y de cuya dolorosa impresión no se acuerda en cuanto recobra el dominio de sí mismo.
Durante estas sesiones Alfonso se colocaba en un ángulo del aposento, sin hablar y comunicándose con el médico por señas, mientras Consuelo, en los momentos de descanso, permanecía de pie en medio de la habitación.
Gabriel se acercaba a ella y, poniéndola una mano sobre el hombro o en la frente, decía con acento enérgico:
—¡Hace un frío horrible, estás tiritando!...
Consuelito Mendoza dudaba un momento, luego empezaba a temblar y sus dientes castañeteaban, corría de un lado a otro, acercándose a los muebles, buscando algún calor que mitigase el frío que penetraba sus huesos; poco a poco la alucinación adquiría mayor fuerza y los efectos producidos por la voluntad del operador eran conmovedores. La joven se arrodillaba, se encogía, doblegándose y enroscándose como un gato para calentar unas con otras las partes de su cuerpo, lanzaba quejidos angustiosos, se azotaba los sobacos con las manos, se alentaba las puntas de los dedos e iba encogiéndose hasta quedar tendida sobre la alfombra hecha un ovillo, casi sin conocimiento, acometida por tiritones intermitentes, como una mendiga que hubiese caído medio helada bajo nieve.
Entonces palidecía hasta la lividez, sus labios perdían el color, su nariz se amorataba y los efectos de aquel frío imaginario eran tan reales y valederos, que casi paralizaban los movimientos respiratorios y las palpitaciones cardíacas; y era que sus nervios, sometidos en absoluto a la voluntad del médico, vibraban al unísono coadyuvando a producir la misma alucinación de frío.
—En estos momentos no hay para Consuelo más mundo que el que yo quiera poner delante de sus ojos—decía Gabriel—: y reirá hasta morir o llorará hasta que sus ojos queden secos, si ése fuere mi gusto: es un cuerpo que, durante la operación, no tiene más inteligencia, ni otros sentidos, ni más voluntad, ni más conciencia que mi capricho: y mira cómo el hipnotismo ha proclamado, en este siglo de libertades, la esclavitud del espíritu.
Luego, cuando calculaba que aquella sensación no debía prolongarse más, ponía una mano sobre el cuerpo de la joven, diciendo con el mismo tono autoritario de antes:
—¡Hace un calor insoportable; estás ahogándote!...
Instantáneamente Consuelo dejaba de tiritar y se ponía de pie; el semblante readquiría su color natural; comenzaba a pasearse con la boca abierta, cual si la faltase aire respirable; quería abrir los balcones y era preciso sujetarla para que no se desnudase. En menos de dos minutos aparecían los primeros síntomas de la asfixia, y se dejaba caer sobre una silla o en el suelo, la faz congestionada, la frente inundada en sudor copiosísimo, la mirada inmóvil, los ojos inyectados...
Estos “baños nerviosos” sólo duraban cinco o seis minutos, pues aunque Consuelo, al recobrar su personalidad, no se acordaba de lo hecho y hasta se resistía a creer lo que su marido y el médico contaban, solía quedar tan rendida que era necesario llevarla al lecho.
Una tarde Gabriel Montánchez tuvo una curiosidad.
—Alfonso—dijo—, ¿quieres que examinemos a esta criatura por dentro?
—No entiendo—repuso Sandoval.
—Propongo sondear su conciencia, lo que piensa, lo que siente, bañando en luz cuanto lleva oculto en el corazón y detrás de la frente.
—¿Y lo dirá todo?
—Todo. Recuerdo que hace algunos años, estando en el Cairo de paso para Grecia, conocí a Emanuele Cannezotti, un médico italiano con quien me ligaba una amistad bastante estrecha. El hombre era partidario de las antiguas teorías de Mésmer y de Teste, y a pesar de su poca ciencia hipnotizaba fácilmente y disfrutaba en el Cairo de popularidad y clientela envidiables. Me presentó a sus enfermas, porque debo advertirte que el bigardo sólo curaba mujeres, diciendo que yo era su primer ayudante, y desde entonces tuve derecho a acompañarle. Una vez me propuso lo que ahora acabo de proponerte, y fingiéndose amigo íntimo de las sugestionadas, empezó a sonsacarlas. De las confesiones resultó que casi todas le querían, porque el dichoso italiano era guapo mozo; pero, chico... al ayudante le querían más. Excuso decirte que no desaproveché estas revelaciones, y aunque mi amigo lo supo, probablemente nos hubiéramos separado bien, de haber yo respetado a su favorita: mi traición le puso fuera de sí, y con energía y coraje propios de un italiano, me pidió explicaciones una tarde que paseábamos por las afueras de la ciudad: yo no quise dárselas, reñimos y le arrojé al Nilo; un chapuzón nada más... Ahora la cuestión es muy diferente, pero siempre gusta violar el alma de una mujer.
—Probemos—exclamó Sandoval—, aunque me parece que Consuelo no tiene un pensamiento que yo desconozca.
—Sin embargo—dijo Montánchez cambiando súbitamente de tono—, si se tratase de otra persona diría que todos estamos más o menos podridos por dentro, y que las sentinas no deben revolverse porque huelen mal; pero siendo Consuelo un espíritu puro, me limito a aconsejarte que no la analices; no por ti... ¡dichoso tú, que puedes confiar en la persona a quien amas!... Sino por mí, que podría descubrir, sin procurarlo, algún secreto íntimo.
—No tengas escrúpulos; si Consuelo revela alguna intimidad, ni tú ni yo hemos de asustarnos; por tanto...
—Pues descendamos al fondo de su alma: verás qué pronto sabemos lo que guarda su conciencia.
Cogió a la joven por una mano y exclamó con tono imperativo:
—Di lo que piensas de tu marido; si le quieres mucho, si le amas ahora más que el día en que te casaste con él; y di también lo que te parece Gabriel Montánchez.
Como si las ideas estuviesen guardadas en vasijas y el médico hubiera abierto al mismo tiempo las llaves de todas ellas, así empezaron a manar de labios de Consuelo torrentes de palabras, de ideas y de confesiones encantadoras.
Los dos hombres, sentados delante de ella, escuchaban silenciosos.
—Es la primera vez, y quizá la última—advirtió Montánchez—, que una persona, mayor de veinte años, dice cuanto piensa y siente con entera franqueza; aprovechemos, pues, tan feliz actualidad, porque es un milagro de muy difícil repetición.
Consuelo hablaba dirigiéndose a aquel ser impersonal que la sugestionaba.
A su marido le quería ciegamente, con frenesí, como ninguna mujer amó a su esposo; por él daría su vida, su felicidad futura, toda la sangre de su venas; era el hombre más simpático, el más elegante, el más ilustrado, el más valiente de cuantos había conocido; era imposible concebir un tipo que sobrepujase en belleza física y en cualidades morales a su Alfonso, al Alfonsito de su alma...
Sandoval reía con la íntima satisfacción de un bienaventurado, arrullado por aquellos borbotones de palabras que le acariciaban como manos enguantadas.
—¿Qué te parece esto?—dijo.
—Me parece un sueño—repuso Montánchez.
Consuelo seguía hablando, desvariando como una loca de amor.
Por el semblante del médico pasó una nube de tristeza. Para disimular los sentimientos que le agitaban, preguntó bruscamente:
—¿Qué piensas de mí?...
—Tú... tú...
—Sí, yo.
—Apuesto a que le pareces muy mal—dijo Alfonso en voz baja.
—¿Y quién eres tú—preguntó la joven.
—¿Y tú, quién crees que soy?
—No lo sé.
—Mírame bien.
—No sé... no veo nada.
—¿No ves?
—No.
—Fíjate; esta frente...
—¡Ah! sí... esa frente...
—Estos ojos...
—Sí, sí... esos ojos... esos ojos...
Su voz tenía la languidez y el misterio vago de los ecos...
—Soy Montánchez; ¿qué te parezco?
—¡Ah, sí!... Veo una sombra, un bulto... parece un hombre; sí, es pequeñito, tiene la cara afeitada y los mofletes muy encendidos... ¿será el espectro de tafetán verde?... ¡Qué daño me hace ese color!...
—No es el muñeco de tafetán, no...
—¡Dice que no es el muñeco de tafetán!—repuso la joven perpleja.
—Soy Montánchez.
Consuelo retrocedió cubriéndose el rostro con un pañuelo.
—¡Qué miedo!—dijo—; ¡oh, yo no sabía quién era usted!... Pero sí, esa es su voz... sí, ya veo su cara y sus manos... ya le veo... Me da usted mucho miedo, no puedo remediarlo... lo siento mucho, y, sin embargo, hay en mí algo que me incita a huir de usted... Por eso le ruego que no me haga daño nunca, ni a mi marido tampoco; Alfonso le quiere a usted mucho...
Mientras hablaba fué retrocediendo hasta tropezar con la pared, y allí permaneció extendiendo las manos hacia adelante como para rechazar una agresión.
—Usted es el hombre de los brazos negros que quiso sujetarme una noche y me besó estando ensayando conmigo una ópera... una ópera, sí... ahora recuerdo... una ópera que no sé cómo se llama...
Alfonso miró a Montánchez.
—¡Es singular!—murmuró.
—Y tanto...—repuso Gabriel cual saliendo de un sueño.
—¡No le quiero, no puedo verle, suélteme usted, me ahogo!... ¡¡Alfonso, Alfonso!!...—gritó Consuelo luchando por desasirse de un abrazo invisible.
Cuando el sueño magnético desapareció y Consuelo supo lo que acababan de hacer con ella, se fué a la cama llorando y diciendo que tenía el cuerpo molido.
Bien pronto se redujeron aquellos tratamientos sugestivos a dos curas semanales, pues la enferma pareció hallar desde las primeras curas notable mejoría, y Montánchez no quiso abusar del hipnotismo por no desvirtuar su acción.
El carácter de la joven se regularizó levemente y fué más sostenido, uniforme y consecuente, ofreciendo alegrías motivadas y lágrimas razonables; era, pues, seguro que la enfermedad retrocedía.
Una tarde Consuelito Mendoza, hallándose en el comedor, recibió la visita de Montánchez.
—Sandoval ha salido hace un momento—dijo la joven—, pero si desea verle puede buscarle en el casino.
El médico pareció muy contrariado.
—Siento no encontrarle aquí—repuso—, porque ir al casino es exponerme a soportar el insípido saludo de personas a quienes apenas conozco, y a las cuales mi salud no interesa...
Consuelo se encogió de hombros tímidamente, no teniendo nada que agregar a lo ya dicho.
—¿Quiere usted que vayan a buscarle?—preguntó súbitamente.
—¡Oh, no... no merece la pena!
—Sí, sí... eso es lo mejor, irán en seguida...
—No, de ningún modo, no se moleste usted; iré yo a buscarle.
Consuelo volvió a sentarse, recogió su labor, que había caído al suelo, y cruzó las manos sobre la falda; parecía inquieta, como si ya sintiera el influjo de un flúido extraño y molesto. Hubo algunos minutos de silencio durante los cuales el médico examinaba atentamente a su interlocutora, y ésta, sin atreverse a levantar la vista del suelo, se rebullía desasosegada en su asiento. Luego recordó que tenía que ordenar a la criada algo importante...
Quiso incorporarse, y al levantar la cabeza sus ojos vieron los de Montánchez que la miraban con frialdad y sañuda dureza.
No tuvo valor ni alientos para moverse y volvió a sentarse, acongojada.
—¡Ay—balbuceó entre dientes—; no puedo!...
Después empezó a temblar.
—¿Qué tiene usted?—preguntó Gabriel.
—Nada... mucho frío.
—Señora, veo con dolor que está usted tiritando de miedo; si soy causa de ese malestar la ruego me lo diga para retirarme inmediatamente, pues todo pretendo menos incomodarla; si no soy responsable de ese daño, dígamelo también para mi sosiego.
—No, señor; es que me atortolo sin motivo; ya sabe usted, los nervios...
—Pero, suponiendo que esto carezca de importancia, ¿no abusaré de su bondad rogándola me otorgue un rato de conversación?
—No, señor... de ningún modo...
Pronunció estas palabras desmayadamente, maldiciendo de sus piernas que se negaban a sostenerla.
—Yo vine esta tarde—continuó Montánchez—creyendo hallar a Alfonso y con el único objeto de divertir un rato agradablemente. ¡Estaba tan solo en mi casa, tan triste, tan aburrido con mis libros y mis retortas!... que todo, hasta mi máquina de electricidad, lo hubiera dado por tener un amigo verdadero con quien hablar. En busca de ese rato de plática sabrosa, de confianza y abandono, he venido; mi mala estrella quiere que no encuentre a Alfonso, pero como hace tiempo que nos conocemos me he atrevido a quedarme. ¿Hice mal?... responda usted francamente.
—No, señor... ¿por qué?...
—Consuelo—prosiguió el médico acercando su silla a la joven—, ¿usted y yo somos amigos?
—¡Oh, amigos!...
—Sí, amigos; ¿usted cree que es amiga mía?
—Sí... ¿por qué no?
—¡Es extraño su modo de responderme! Siempre acaba usted lo que dice con una interrogación que desvirtúa lo que afirma o niega al principio. Yo pregunto si somos o no amigos, y usted contesta: “¿por qué no hemos de serlo?”... Pues, eso digo yo: ¿por qué no lo somos?
—No le entiendo... no comprendo bien...
—Consuelo—agregó Gabriel con acento insinuante—, hace tiempo que me examino y no me reconozco, pues en menos de un año parece que una mano invisible y bienhechora fué quitándome de encima los siete años que más pesan sobre mi conciencia. Cuando huí de Madrid para abandonarme al mundo de los lances imprevistos, era como usted: noble, leal, ingenuo, sin malos pensamientos ni pasiones bastardas, todo corazón y buena fe... La lucha por la vida, que según el parecer de los sabios selecciona el cuerpo, sólo sirve para endurecer el espíritu, y el mío perdió cuantos gérmenes bondadosos puso en él mi madre. Pero he sufrido mucho, he recibido grandes traiciones, me han apuñalado cobardemente por la espalda, me han engañado muchas veces, y eso me disculpa... Pues aunque a Cristo le dictase otras máximas su divina bondad, todos, cuando somos escarnecidos por los mismos infames que nos ofendieron, sentimos la necesidad de devolverles afrenta por afrenta... y aun derramar la sangre de los hijos cuando no podernos verter la de los padres... Hastiado de la vida huí del mundo, y en la ciencia y el estudio busqué tranquilidad para mi alma. Usted, mejor que nadie, sabe que vivo, solo, como un faisán; para el vulgo imbécil soy un sabio que no morirá sin descubrir la cuadratura del círculo, la dirección de los globos o el movimiento continuo; para los escritores, uno de tantos amantes de la gloria que moriría feliz sabiendo que en la casa mortuoria habían de poner después la lápida conmemorativa de su nombre; para mi portera, que conoce algunas particularidades de mi vida íntima, un monomaníaco; para muchos, un criminal cargado de remordimientos, que vive solo para que nadie le oiga delirar por las noches... ¡entre los últimos está usted!...
Consuelo lanzó un quejido.
—¿Pero qué pretende usted de mí?—dijo—; yo sólo sé que le temo; que ese miedo me lo infundió desde la primera vez que le vi, y que luego esta aprensión o esta locura mía fue aumentando inmotivadamente.
—¿La ofendí alguna vez? ¿La he molestado en algo?...
—No, no, señor—repuso Consuelo con súbita energía—; pero comprendo que tiene usted una voluntad de acero y que esa voluntad podría ahogarme si usted quisiera... Yo sólo presiento la proximidad de mi marido y la de usted; a Alfonso le adivino porque deseos extraños de cantar y de reír me anuncian su llegada; y a usted... por un malestar, una opresión misteriosa, asfixiante, que me obliga a bajar los ojos...
Y agregó vivamente y sonriendo:
—Es usted simpático y guapo, a mi marido se lo dije muchas veces... pero tiene usted la hermosura del león o del tigre, y como además posee usted talento, le creo doblemente peligroso...
Calló y se puso otra vez seria, temiendo haber hablado más de lo justo, y sin atreverse a dar por terminada la entrevista.
—Usted lo dice—exclamó Montánchez—; parezco un criminal, una fiera... y, claro, huye usted de mí... Esas apariencias que no adivino de dónde nacieron son las que pretendo destruir. Hace una semana, estando dormida, confesó usted que me odiaba, que no podía verme sosegadamente, que yo era un malvado...
—¡Oh, si eso es cierto, crea usted que hablé sin conciencia de lo que decía—interrumpió Consuelo juntando las manos suplicante—, y sin deseo de ofenderle!...
—Haré lo posible por complacerla—respondió Gabriel fríamente.
Los ojos de Consuelito Mendoza se llenaron de lágrimas. El médico continuó:
—Pero esas son impertinencias de enfermo en las cuales no me fijo; no pienso recriminarla por la antipatía que me tiene; sí solicitar su perdón y su amistad. ¿Puedo esperar ambos favores?
—Sí—repuso ella con la angustia de quien está en el tormento.
—¿No me engaña usted?
—No, no le engaño.
—¡Ay!... ¡Sería tan feliz si usted me quisiera un poco!...
—Le dije que soy su amiga, ¿qué más pretende usted?...
—Que esas palabras las dicte su corazón, no su miedo.
—No sé... no estoy para distingos ni argucias; parece que el comedor da vueltas en torno mío...
—Usted me teme porque sólo ve mi lado malo; usted cree que soy un criminal que ha recorrido el mundo huyendo de la justicia y de sus remordimientos, o un hechicero como aquel famoso José Bálsamo, que reveló a la reina María Antonieta su trágico fin mostrándoselo en el fondo de una botella.
—¡Yo no sé... no sé!...
—¿Está usted mala?
—Estoy en un potro, mientras esté usted aquí.
—Bien, me voy; pero, su amistad, ¿podré obtenerla algún día?...
Entonces sonó el timbre de la escalera y Consuelo dió un grito. Montánchez se levantó.
—No se atortole usted—dijo tranquilo—; será alguna visita.
—No, debe de ser Alfonso.
Era la modista; Consuelo lanzó un largo suspiro de liberación y contento; el médico se despidió inclinándose gravemente.
—Señora...
—Adiós, don Gabriel.
—Beso a usted los pies.
A mediados de julio, Alfonso Sandoval y su mujer marcháronse a una playa, de la que regresaron a fines de septiembre más gordos y con los semblantes curtidos por el sol y los aires costeros.
Los buenos alimentos, el cambio de clima, las distracciones del viaje, y el placer de reintegrarse a su cuartito de la calle Arenal, tan lleno de sabrosos recuerdos, fueron circunstancias que influyeron eficazmente en el humor y en la salud de Consuelo.
Los baños la beneficiaron perfectamente: vino más gruesa, con mejor color, con más sangre en los labios y más alegría en los ojos; no sentía palpitaciones cardíacas ni calofríos, ni dolores de cabeza, ni aquellos súbitos desvanecimientos de la temporada anterior. Alfonso, creyéndola definitivamente curada, visitó a Montánchez para hablarle del asunto. El médico mostróse desconfiado. Dijo que el mal era muy antiguo y de raíces harto profundas para que unos cuantos baños de placer hubiesen bastado a extirparlo, que sin duda Consuelo estaba en mejores condiciones que antes para someterse a un tratamiento higiénico y terapéutico regular, pues su organismo tenía más sangre y más vida, pero que aún faltaba lo más delicado y lo que más paciencia requería por parte de todos.
—Es indispensable—concluyó—que tu mujer vuelva a someterse al hipnotismo: con este poderoso agente, el frío del invierno, que ya se nos echa encima, y las diversiones que diariamente la proporciones, podemos triunfar del mal antes de un año. Conviene, sobre todo, que la distraigas mucho, para allanarme el camino. Consuelo te quiere demasiado; su amor a ti constituye un capricho que la acosa diariamente y la persigue hasta en sueños, como el recuerdo de un crimen, barrenando su cabecita enferma: por eso las diversiones contribuirán eficazmente a contrarrestar los destructores efectos de esa idea fija. Las ideas fijas son los clavos del cerebro, las espadas invisibles que lo atraviesan destruyendo la excelsa arquitectura de sus ruedas. He pensado insistentemente en el temperamento de nuestra querida enferma, y confieso que no vi nada tan digno de estudio. Consuelo, aunque correspondas santamente a su cariño, sufre de amor; y así como hay organismos animales y vegetales parasitarios que sólo pueden vivir adheridos al cuerpo de otros animales mayores, así el espíritu de Consuelo es un espíritu parásito que vive en el tuyo y por el tuyo. Te tiene junto a sí y desearía sentirte más cerca, sobre sus rodillas, entre sus brazos, para guardarte todo entero dentro de sí misma; estáis separados y se divierte contando los golpecitos que da el segundero del reloj, comprendiendo que cada uno de ellos acerca en un instante el de tu regreso, y te presiente como si tu voluntad obrase a distancia sobre la suya. Consuelo, y no lo digo para que te engrías, sino para que procures remediar ese daño que inconscientemente produces, vive en ti y para ti, como Santa Teresa de Jesús creía vivir en Dios: vive en ti, porque sólo en ti piensa, y por ti, porque tú eres la voluntad que la sostiene, el objeto de su amor, el elegido de su alma; eres la luz que alumbra el mundo puesto ante sus ojos, la cabeza con que discurre, la única voz que conmueve sus entrañas, la sangre que la nutre, su presente, su porvenir, su vida entera, ahogándose en tu amor como el duque de Clarens en su barril de malvasía. ¿Y crees que puede vivir bien aquél cuya alma habita en otro cuerpo que el suyo? ¿Crees que Consuelo tendrá alguna vez carácter, por más esfuerzos que yo haga para infundírselo, mientras tú sigas viviendo y queriendo y pensando por ella?... Imposible: aquí se trata de restituirla lo que ella sin querer te dió y lo que tú, sin darte cuenta, aceptaste; es decir, su carácter, su modo de ser, su idiosincrasia moral; o lo que es lo mismo: urge que Consuelo tenga un alma que viva, obre y discurra libremente.
—¿Y para eso, qué debemos hacer?—preguntó Sandoval.
—Para eso necesitamos que, al mismo tiempo que la diviertes, dejes sentir tu influencia lo menos posible, para que insensiblemente vaya enajenándose de esa tutela psíquica que sobre ella ejerces. Sé que la labor es escabrosa y que Consuelo será el primer obstáculo que estorbe su emancipación; pero si tienes fe en mis consejos apóyalos en la seguridad de que mis planes no han de fallar.
—Comprendo tu pensamiento: quieres que divierta a Consuelo, que la lleve al teatro, a las reuniones de sus amigas, y que, según la entre el mundo de la alegría y de los placeres por los ojos, me anule retirándome discretamente por el foro, para que ella, viéndose sola y fuera de su casita, se acostumbre a regirse por sí misma, ¿no es eso?...
—Exactamente.
—Tu proyecto no está mal urdido, pero... ese papel de simple tramoyista es difícil para un hombre tan enamorado y celoso de su mujer como yo. Tiene enjundia decir al entrar en un baile y aunque sólo sea mentalmente: “Vaya, caballeros, aquí tienen ustedes a mi mujercita que se ha enfermado de quererme; como ven, es joven y hermosa; tengan ustedes la bondad de agasajarla y distraérmela a fin de que se acostumbre a vuestras monadas y a quererme un poco menos”...
—Búrlate cuanto quieras—repuso Montánchez—; pero si examinas el asunto comprenderás que mis consejos son los únicos que pueden conducir a un feliz resultado, pues mientras debilitas el influjo que tu voluntad ejerce sobre su espíritu, el roce del mundo, la costumbre de discurrir y de moverse por sí misma y el hipnotismo tonificarán su espíritu. La vida es un cambio continuo de sugestiones; estudia lo que sucede cuando dos personas viven juntas: siempre una de ellas, la más inteligente, la más enérgica o la más graciosa, es quien actúa sobre la otra; influjo del cual suelen no darse cuenta ninguna de las dos, pero cuyos efectos son innegables, porque lo que al principio fué simple imitación, se convierte luego en identidad moral y hasta en cierto parecido físico. Tu matrimonio es un ejemplo de esto, pues la idiosincrasia de Consuelo y la tuya armonizan perfectamente: ella es dócil y sumisa, aun cuando tratada superficialmente parezca lo contrario; impresionable y cariñosa, de inteligencia despierta, pero de voluntad débil y deseos tranquilos; y tú eres apasionado, enérgico, arrebatado, dominador; naciste para vivir libremente y ser cabeza en donde estuvieres; tu mujer nació para querer mucho y obedecer ciegamente al objeto amado: cualquier hombre la hubiese subyugado fácilmente, pero tú la esclavizaste en absoluto: padece un “mimetismo” psíquico completo, y ahora, aunque quieras levantarla del suelo donde se prosternó voluntariamente para adorarte y devolverla su carácter y su libertad moral, no lo conseguirás sin grandes trabajos. Su conciencia es para ti lo que Dios para Lutero: un cuadro en blanco sin otras inscripciones que las que quieras poner. Tú eres la voz, Consuelo el eco; tú eres el cuerpo, ella el espejo reflector; tú, en fin, bribonazo, posees lo que tendrán muy pocos hombres: una boca que sólo se abre para reír tus gracias y asentir a cuanto la tuya diga; unos ojos que ven por los tuyos y que cegarían de tanto llorar si no los mirases; un cerebro y un corazón que son eco de tus pensamientos y de tus pasiones; una mujer que siente contigo, que llora o ríe cuando te ve llorar o reír, y que si alguna vez se acuerda del mundo es porque vives en él... Declaro, por tanto, que Consuelo ha lanzado un “mentís” incontestable sobre mis teorías acerca del amor y de la duración de los humanos afectos; pues ni he visto querer así, ni creí nunca que en corazones femeninos cupiesen pasiones tan grandes.
—¿Y qué haré para principiar mi tarea?
—No ser celoso. Su salud lo exige. Debes dejarla en libertad, que salga sola...
—¿Y si la enamoran por ahí?
—No es probable.
—Pero, ¿y si sucediera?
—Te aguantas y la vigilas desde lejos; de no comprometerte a hacerlo así, no cuentes conmigo.
De vuelta a su casa, Alfonso se apresuró a comunicar a Consuelo lo que Gabriel le había prescrito.
—Quiero que te diviertas, que vayas al teatro, que salgas de paseo, que cultives la amistad de tus amiguitas predilectas y asistas a sus reuniones... Cuando yo no pueda acompañarte—agregó Sandoval preparando el terreno para acometer más tarde la magna obra de la emancipación moral de su esposa—, saldrás con la muchacha y luego yo iré a buscarte: deseo, en fin, que te muevas con libertad, ¡qué diantre!... no conviene que estando tan delicadita de salud pierdas la juventud aquí, entre cuatro paredes.
La joven, que al principio le oyó con mucha complacencia creyendo hablaba de fiestas que había de compartir, al comprender que trataban de transportarla sola a otro mundo de agitación, emociones y libertad, para ella desconocido, se enfureció.
—¿Y eres tú quien propone eso?
—Naturalmente.
—¿Tú?...
—Claro, mujer—repuso Alfonso con aire inocente.
—¡Eres un embustero!
—Cómo, ¿hay en mi deseo algo extraordinario? ¿Te he pedido permiso para vestir de moro, obligar a las personas que nos visiten a quitarse los zapatos como si esto fuese una mezquita, o establecer la poligamia en mi casa?... Pues, entonces, ¿de qué te asustas?
Pero Consuelo, irritada por el fingido candor de su esposo, prorrumpió en un chaparrón de sollozos y pucheritos.
—No me quieres ni me has querido nunca—decía—, pues si me quisieras un poco no te atreverías a proponerme esa infamia. ¡Si no te conozco, si pareces otro hombre, si estoy por creer que eres un cualquiera, un don nadie, el vecino de enfrente, que se ha puesto una cara igual a la tuya para engañarme!...
—Muchacha—respondió Sandoval desconcertado—, mi proposición es inofensiva, pero tienes un geniecillo tan arrebatado, que ves un bombardeo donde sólo hay un tiro de pichón.
Ella continuó:
—¿Qué hiciste de tus celos, de tu empeño en no dejar que nadie me viese ni se acercara a mí, y de cuantos cuidados me rodearon hasta ahora?... Te veo y no te conozco, y te oigo y me figuro que los oídos me engañan también. ¿Quién te dijo que para curarme necesito andar sola de Ceca en Meca, como una de esas vendedoras de específicos que ya están subidas sobre una silla bajo los portales de la Plaza Mayor, como en el pescante de un coche de alquiler en medio de la Glorieta de Bilbao?... Y, sobre todo, si esa vida ambulante me es provechosa, ¿por qué no has de soportarla también tú?...
—No me comprendiste, niña—repuso Alfonso disponiéndose a desarrollar la teoría de cómo se influencian las personas que viven juntas—, y voy a darte las razones que me asisten...
—Sí lo sé todo—replicó ella haciendo un mohín despreciativo—; no tienes que molestarte; conozco la fuente, la cabeza, de donde ha brotado esa idea tan huérfana de sentido común... Eso te lo dijo Montánchez, ese tío infame, ese bandido con traje de persona decente, que será tu perdición y la mía; sí, lo que oyes, soy medio bruja, voy a morirme pronto y tengo la facultad de conocer lo futuro, como les sucede a muchos moribundos. Y ahora sí te juro que no lo hago; aunque me muera, no lo hago... ¡y yo sé por qué!... Montánchez es un miserable, un criminal con más veneno que sangre en el cuerpo... Si no, el tiempo ha de decirlo y entonces exclamarás, si tienes la desgracia de verlo: “¡Pero con cuánta razón hablaba aquella pobrecita loca... que decía las verdades!”
—Y suponiendo que Montánchez sea el autor de ese proyecto—interrumpió Alfonso—, ¿por qué te parece mal?
—Porque... ¡no sé por qué!... pero él pone siempre, en cuanto dice, segunda intención, y esa intención es perversa.
—¡Deliras con los ojos abiertos!
—Alfonso—gritó Consuelo muy excitada—, ¡no me hagas hablar!
—¿Tienes algún secreto?
—¡Quién sabe!
—No, no te tiro de la lengua... sé que no tienes nada que decir.
—¿No crees en la virtud profética de ciertos sueños?... ¿No recuerdas aquél, tan espantoso, que tuve una noche?...
—¿Cuál?
—Aquél en que un monigote verde me abrazaba: pues ese antojo era Gabriel, le vi perfectamente y recuerdo la escena como si ahora sucediese... y el demonio que anda metido en esto hará que mi pesadilla se realice...
—Hazme el obsequio de no seguir disparatando porque tus visiones me lastiman.
—La verdad siempre cura con dolor.
Sandoval concluyó por irritarse formalmente; pero, a pesar de su autoridad, no pudo vencer la obstinación de Consuelo.
—Ahora querría yo ver a Montánchez—decía Alfonso—, a él, que hace unos momentos me aseguraba que tu enfermedad principal consistía en no tener voluntad...
—Pues no quiero hacerlo—repetía ella triunfante—, no lo hago aunque me descuarticen; no quiero hacer nada que venga por conducto o iniciación suya, porque ese hombre sólo puede aconsejar maldades.
—¿Y si te mueres?
—Si me muero, mejor, en paz, así descansaremos todos; tú te distraes con otra... ¡y tal día hizo un año!...
En semanas sucesivas Consuelito Mendoza continuó mostrándose insensible a los ruegos de Sandoval y acabó por declararse francamente en rebeldía. Ella tenía sus razones para obrar así.
Recordaba el cambio de costumbre que Montánchez introdujo en su manera de vivir, sus frecuentes visitas, sus miradas de fuego, sus conversaciones y la tarde en que estuvo departiendo con ella a solas. Hasta entonces le temió sin motivo ninguno, pero después sintió hacia él terror razonado y repugnancia invencibles.
Gabriel Montánchez era el hombre misterioso que fue infiltrándose poco a poco en el seno de su hogar, antes tan tranquilo: Montánchez era el espectro de todas sus pesadillas, el monigote de bayeta verde que quiso besarla en un palco y la acariciaba con sus manos de nieve; el que procuró abrazarla otra noche en que ella se murió por satisfacer el capricho de saber lo que sucedería en su entierro; la sombra del crimen y del adulterio que la acosaba desde hacía muchos meses; el fantasma que antes sólo la persiguió en sueños y que ahora pretendía tejer con ella en la realidad un idilio horrible.
Consuelo Mendoza reconocía la belleza física del médico, su talento, su educación esmerada, su elegancia y su valor; pero creía que aquella hermosa apariencia era la máscara de una íntima y repugnante podredumbre. Su amabilidad era fingimiento; su misantropía, la del hombre hastiado que no se divierte porque está ahito de placeres y ya no le quedan fuerzas para seguir pecando; su valor, la crueldad del bandido avezado al crimen; su talento y su hermosura, las del ángel caído. Y aquel hombre era quien, invocando sus tristezas y soledades de soltero, fué a pedirla un poco de amistad; ¿para qué?... ¿Qué necesidad tenía de que ella fuese amiga suya? ¿No vivieron separados hasta entonces?... Y si esto era cierto, ¿cómo explicar aquellas debilidades y aquellos arranques de ternura en un hombre tan esquivo y dueño de sí mismo?...
Consuelo discurrió largamente a solas acerca de los incidentes de su conversación con el médico, recordando sus palabras, sus preguntas llenas de miel, sus frases saturadas de fuego de amor.
Gabriel estaba enamorado de ella; el hielo se había derretido; el corazón, embotado por los desengaños y los abusos, renacía a la vida del placer; el hombre sesudo de ahora se transformaba por ensalmo en el fogoso aventurero de antaño; aquel volcán dormido bajo su capa de nieve, despertaba. Las figuras del escritor y del sabio se obscurecían ante la del calavera desertor de las tropas argelinas. Y aquel hombre, poderoso y atrayente como un héroe legendario, la había declarado su amor con los ojos, con sus ademanes, casi con los labios, la tarde en que estuvo mendigando de ella un poco de amistad: y la fascinaba como al pajarillo la serpiente cazadora, y la aturdía con su conversación apasionada y la dormía mirándola...
Pero lo que más sorprendió a Consuelo fué no haber sospechado antes la existencia de una pasión que indudablemente era ya antigua, puesto que Gabriel no podía disimularla más tiempo, y empezaba a insinuarse a despecho de todas las conveniencias, y el apoyo que inconscientemente prestaba Alfonso a las torpes cábalas de su enemigo.
Meditó mucho acerca de aquel período de su vida que parecía llamado a formar el nudo de una novela, en su enfermedad, en sus ataques de histerismo, en su carácter caprichoso merced al cual nadie apreciaba seriamente sus deseos; en la estrecha amistad que unía a su marido con el médico, en la prodigiosa facilidad con que éste la dormía, en sus primeras insinuaciones, y, finalmente, en aquella vida mundana a que querían acostumbrarla, y en favor de la cual Alfonso abogaba continuamente. En toda esta serie de pequeñas circunstancias que parecían dispuestas por un genio infernal, creía entrever Consuelo la mano oculta del Destino que la separaba de sus deberes para entregarla indefensa al individuo que tanto temía.
Con los primeros fríos otoñales readquirió Madrid su fisonomía habitual; las calles y los cafés se llenaron de gente, enmudecieron los Jardines del Buen Retiro, se cerraron los circos, y los teatros de invierno abrieron de nuevo sus puertas.
Entonces Alfonso Sandoval procuró nuevamente convencer a Consuelo de que “en la emancipación moral radicaba el secreto de sus padecimientos y de su curación, y que para libertarse moralmente no había medio más eficaz ni divertido que el de andar sola, acostumbrándose a discurrir con su cabeza y a moverse por sí misma...”
Mas ella se mantuvo inflexible: iría, sí, de paseo, al teatro, a cualquier parte, pero siempre que fuese con su marido; sola, nunca.
—Bueno—dijo al fin Sandoval, creyendo que por la vía diplomática adelantaría más—; estoy conforme contigo; nos divertiremos juntos, pero concédeme permiso para que Montánchez empiece a curarte como antes.
—¡Tampoco, tampoco—gritó Consuelo—, no quiero nada que venga de manos de ese hombre, ni saber siquiera que vive en este mundo! Además, cuando yo me niego a complacerte, mis razones tendré.
—¿Qué razones, ni qué pájaros fritos?...
—Está bien.
—Tú no tienes razones, sólo tienes caprichos.
—Eso es lo que ignoras... y haces mal en tratarme así, pero muy mal... cuando sabes que mi único defecto es quererte más que a las niñas de mis ojos...
—No importa, te trato con dureza porque va en ello tu salud.
—Pues, si me muero, mejor; ea, ya lo he dicho otras veces; me entierras o me tiras en mitad del regajo, que no faltará quien cuide de recogerme cuando empiece a oler mal... Y, ¡tal día hizo un año que aquella mártir empezó a mascar tierra!...
Sandoval se empeñó en averiguar el origen de la aversión que Consuelo sentía hacia Montánchez, pero la joven se negó a responder explícitamente.
—No me atormentes con más preguntas—agregó—, porque ni puedo ni sé decirte más de lo dicho; Gabriel es fino, elegante, tiene talento y gracia innegables; es hasta bueno... Pero, chico, me revienta, no puedo soportarle, parece que cuando viene a visitarnos se me sienta en la boca del estómago y ahí permanece hasta marcharse.
—Como sigas dando rienda suelta a esas humoradas—dijo Sandoval—, cualquiera mañana despiertas convencida de que ya no puedes aguantarme y me dices sencillamente: “Querido, en esta casa sobra uno, y eres tú; conque coge el sombrero y vete, que la puerta no está cerrada con llave”.
—Y cualquiera mañanita lo hago.
—Ya digo que no me cogería de susto.
—Lo que debíamos hacer—repuso Consuelo conciliadora—era salir de Madrid, emprender un viaje largo por España o por Europa, recorrer muchas tierras y enterarnos de cómo está el mundo. ¡Eso sí que me gustaría a mí, viajar!... ¡Tengo tantos deseos de ver Granada!... ¿No dices que necesito mucha distracción?... pues, mira: nada mejor que amanecer hoy aquí y acostarme sesenta leguas más allá. ¡Visitar Roma, Nápoles, Venecia, París... especialmente París!...
—¡Eche usted tierras!
—Mas, en fin: me es indiferente ir a un sitio o a otro, llegar a Londres o no pasar del Escorial; lo único que deseo ardientemente es salir de Madrid, a ver si durante nuestra ausencia me curo, o la sociedad que ahora conocemos, cambia. Nos vamos a cualquiera parte, a Málaga, a Valencia... o a uno de esos villorrios que, por sobradamente pequeños, no aparecen consignados en ninguna carta geográfica: lo importante es que nadie sepa de nosotros, que nos crean viajando por el extranjero... Di, ¿te parece bien mi idea?... ¿No te agradaría vivir fuera de Madrid un par de añitos?... Me es indiferente el nombre y situación del retiro que elijamos, por aquello de que quien se ahoga no mira el agua que bebe, y porque, teniéndote a mi lado y estando persuadida de que ningún mal nos amenazaba, todos me parecerían igualmente seductores. Habla: ¿me complacerás? Ese viaje me haría infinito bien, los desarreglos de esta cabecita y de este corazón se curarían y ¡quién sabe!...—añadió poniéndose un poco colorada—, si se realizarían nuestros deseos de tener un hijo...
Alfonso sonrió.
—Eres una tunantuela con mucho jarabe en el pico: tú quieres salir de Madrid no para ver mundo, sino para estar lejos de Montánchez...
—Precisamente.
—¿Y por huir de un hombre que hasta ahora no nos ha hecho ningún daño, y que se guardaría de hacerlo, porque para eso vivo yo, vamos a salir de aquí punto menos que huídos y renunciando al bienestar de que ahora disfrutamos?
—Sí, Alfonso, ¿qué quieres?... ese hombre me asusta... Todas las leguas que pongamos entre él y yo, son necesarias.
Alfonso Sandoval tardó poco en decidirse a emprender aquel largo éxodo: a él también le agradaba dar otro paseíto por Europa, ya que ni la juventud, ni el buen humor, ni el dinero le faltaban. Resolvieron, por tanto, que pasado el invierno saldrían de Madrid para Italia, pasarían un mes en Roma, invertirían otros dos recorriendo Nápoles y Venecia, y al empezar la estación veraniega irían a instalarse en los alrededores de París, allí donde pudiesen gozar simultáneamente de la tranquilidad y comodidades del campo y del bullicio de la gran ciudad. Entretanto su cuartito de la calle Arenal seguiría como hasta entonces: dejarían los armarios bien perfumados con alcanfor para que la polilla no hiciese de las suyas en las ropas; cerrarían las persianas de los balcones para que la luz no deteriorase el color de las alfombras, y con estas precauciones y las limpiezas que de vez en cuando hiciese la cocinera, que sería la persona encargada de quedarse con la llave del cuarto, todo estaba arreglado.
Los fríos y las humedades de octubre influyeron perjudicialmente en la salud de Consuelo Mendoza: los días lluviosos la inspiraban tristeza mortal; sus ojos se llenaban de lágrimas, no podía respirar, el corazón la dolía como si se lo apretasen con un nudo corredizo y sufría accesos de fiebre y dolores neurálgicos.
—Parece—decía explicando su enfermedad—, que están metiéndome una barrena de sien a sien, y siento un objeto muy duro y muy frío que gira en mi cabeza como queriendo rompérmela en dos pedazos.
Una tarde de tormenta produjo en ella un violentísimo ataque histérico; era el primero que sufría después de los baños.
Las sacudidas nerviosas fueron terribles, y Sandoval, que estaba solo con ella, tuvo que apelar a todo su brío y coraje para sujetarla y evitar que se destrozase la cabeza contra los pilares de la cama. Como siempre, la enferma fué insensible a las exhortaciones de su marido, y el ruido de la lluvia que chocaba contra los cristales del mirador y los silbidos del viento tampoco la impresionaron. Pero los fenómenos eléctricos de la tormenta la produjeron angustias mortales; la vívida luz de los relámpagos, a pesar de ser casi imperceptible dentro de la alcoba, la hacía parpadear fuertemente. Entonces lanzaba un grito, un grito horrible, como si el rayo la hubiese herido en la frente, y al pavoroso fragor del trueno respondía con salvajes alaridos: su boca se llenaba de grandes espumarajos pegajosos que no podía escupir, y en su semblante, tan pronto contraído por el gesto del miedo como por el de la ira, empezaban a manifestarse síntomas de asfixia. Dejaba de alentar, sus mejillas se coloreaban de sangre, sus pupilas se dilataban bajo sus párpados cerrados, hinchábanse las venas de su cuello, inclinaba la cabeza sobre el pecho apretándose furiosamente la garganta con la mandíbula inferior, y de su pecho salía un ruido ronco, inarticulado, como el último estertor de los moribundos. Los efectos de la asfixia aumentaban rápidamente y su cuerpo se doblaba como el arco de un violín; hincaba la nuca sobre la almohada y los talones en el colchón, e iba arqueándose poco a poco hacia arriba, formando con el cuerpo un puente, mientras sus brazos permanecían fuertemente unidos a los costados; después, cuando la contracción histérica alcanzaba su mayor intensidad, daba un grito formidable seguido de grandes silbidos causados por el aire al penetrar violentamente en los pulmones, y caía desmadejada sobre el lecho, como si careciese de coyunturas y sus brazos y piernas pudieran doblegarse lo mismo en un sentido que en otro. Luego suspiraba profundamente, entreabría los párpados, bebía algunos sorbos de agua y quedaba tranquila.
Aquel ataque fué seguido de otros muchos: rara era la semana en que Alfonso no tenía que deplorar algún nuevo accidente: un cambio de temperatura, una escena desagradable o la opresión del corsé, ponían a Consuelo repentinamente enferma; otras veces, sin causa ninguna justificativa, empezaba a sentirse muy triste, muy acongojada por una pena sin nombre, y, como no podía llorar y desahogarse, sobrevenía la crisis inmediatamente. Sandoval recurrió una vez más a Montánchez, solicitando de su experiencia nuevos consejos.
—No puedo añadir nada a lo que ya sabes—dijo Gabriel—, es necesario dominar a Consuelo, rendirla, esclavizarla...
—Pero, si no puedo, si te odia con sus cinco sentidos, con toda su alma, con todos sus nervios...
—¡Me odia!...—repuso Gabriel fríamente—, ¡ya lo sé!... y por algo te dije que ese odio dificultaría mi gestión. Ese odio me abruma, soy impotente para luchar con él, no sé cómo vencerlo... y, sin embargo, hay que dominarlo, es indispensable, absolutamente indispensable...
—Pues, chico, no quiere.
—¡Pues, aunque no quiera!—exclamó Montánchez con arrebato—, en uno de esos ataques puede sobrevenir la ruptura de la aorta y morirse... Ya ves, estamos jugándonos su vida, que es preciosa, y debemos disputársela a la muerte con energía y por cuantos medios sean oportunos; yo estoy resuelto a todo; ahora, quien tiene que decidirse eres tú...