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La enferma

III

Reading edition

Gabriel Montánchez vivía en un piso tercero de la calle Hortaleza, sin otra familia que una vieja sirvienta y un hermoso perrazo negro que agonizaba de viejo y de gordo.

La primera juventud de Montánchez fué borrascosa. Cuando cursaba el cuarto año de Medicina se enamoró de una modista vecina suya, y fué correspondido; su familia, sabiendo que el joven pagaba largamente las mercedes de la muchacha y que la pasión amorosa le quitaba la del estudio, intentó romper el idilio. La escena entre el padre y el hijo fué violentísima y se separaron sin avenirse.

Al día siguiente Gabriel corrió al Monte de Piedad a empeñar su reloj, sus sortijas y cuantas alhajas tenía, malbarató sus libros y algunos trajes, pidió dinero a varios amigos de posición holgada, aguzó el ingenio hasta conseguir que un prestamista conocido le facilitase dos mil reales, y con más de cuatrocientos duros en la bolsa, y en compañía de la moza que le había vuelto el juicio, emigró a París: fué un viaje relámpago, salpicado de peripecias interesantes, de escenas imprevistas.

Los primeros meses pasados en la ciudad del Sena no fueron malos.

Embriagados Montánchez y su coima de amor y de libertad, no miraron al porvenir hasta que su caja de caudales estuvo casi vacía. Entonces recordaron que ninguno de ellos era hijo de millonarios, y alarmados por tan razonable observación procuraron contener a la miseria con su trabajo: ella buscó quehacer en un obrador; él pidió dinero prestado a un viejo corredor de vinos con quien hubo de intimar en sus días de prosperidad y bonanza, y con aquel dinero y el que pudo allegar dando lecciones de español, pudo continuar evitando la bancarrota definitiva algunos meses más.

La situación, no obstante, fué agravándose: la patrona, sospechando que nunca vendría de España aquella letra de dos mil pesetas con que sus huéspedes parecían pretender engatusarla eternamente, empezó a desconfiar; púsoles mala cara y acabó negándose a mantenerles si no satisfacían su deuda.

Ante esta dificultad que las circunstancias hacían insuperable, Gabriel Montánchez procedió con el acierto y resolución que siempre fueron los rasgos sobresalientes de su carácter; obligó a su querida a ponerse unos sobre otros sus vestidos; él hizo lo mismo; y una mañana escaparon dejando a la patrona, por todo recuerdo, una maletilla vieja llena de piedras cuidadosamente envueltas en papeles para que no sonasen unas contra otras.

Esta aventura fué como la introducción o prólogo que el Destino maleante quiso poner a los muchísimos enredos en que más tarde el aventurero había de verse preso y trabado. Gabriel y su amiga descendieron los últimos peldaños del moral rebajamiento: la miseria corrompió sus costumbres y su amor; ella llegó a vivir de la prostitución; él, cuando la veía regresar a su boardilla despeinada y oliendo a vino, se encogía de hombros despreciativamente, feliz de que nunca le faltase tabaco con que llenar su pipa.

Una noche la pobre mujer no volvió: al día siguiente Montánchez supo, por los periódicos, que la habían asesinado en una taberna de los arrabales.

No tardó Montánchez en consolarse de aquel descalabro, y al fin, libre de la malhadada pasión que en un momento de fiebre le robó a su familia y a su patria, decidió regresar a Madrid, lo que hubiera hecho si el Destino no hubiese dispuesto el curso de los acontecimientos de muy distinta manera.

La esposa de un alemán de quien Montánchez era íntimo amigo, tuvo el imperdonable antojo de enamorarse del joven español a los cuarenta años cumplidos: fué una pasión tardía, pero abnegada y generosa, que proporcionó al antiguo estudiante ganancias pingües.

Más tarde la mujer de un sueco, recién venido a París de agregado a la embajada de su país, cautivó el corazón del arriscado mozo, arrastrándole a nuevos azares.

En este tercer enredo Montánchez fué menos afortunado. El marido, sospechando la verdad, le desafió, y Gabriel recibió una estocada que puso en gravísimo riesgo su vida.

Cuando salió del hospital, como París le inspirase repugnancia invencible, resolvió emigrar sentando plaza en un batallón de zuavos que salía para la guerra de Argel. Al año siguiente, cansado de la vida del campamento y comprendiendo que ni su carácter ni sus antiguas disipaciones le permitían resistir aquellos trabajos, desertó, y merced a un pasaporte falso pudo embarcarse con rumbo a Sicilia. Luego pasó a Italia y en Roma vivió dos años, endulzando con su amor las soledades de una rica viuda genovesa. Más tarde marchó a Grecia, recorrió el Asia Menor y, finalmente, volvió a París, donde conoció a Sandoval, de quien no tardó en ser muy camarada.

Aquélla fué para Montánchez una era de paz. Se colocó de traductor en una casa editorial, y los ratos que sus ocupaciones y sus devaneos le dejaban libres, los consagró al estudio de la Medicina. Por aquel entonces las teorías criminalistas de Lombroso y el hipnotismo empezaban a estar en boga; diariamente hablaban los periódicos y las revistas profesionales de los descubrimientos hechos en un sentido o en otro, y Montánchez, cediendo a ese impulso innato que arrastra a la juventud hacia lo desconocido, aceptó inmediatamente las teorías defendidas por la flamante escuela. Los misterios de la ciencia hipocrática y los nuevos vastísimos horizontes extendidos ante sus ojos, le sedujeron: los trabajos de Charcot, relativos al origen y desarrollo de los padecimientos mentales, le aficionaron al estudio de la psicología fisiológica; leyó a Wund y a Lotze, oyó las explicaciones de Cullerre y de Luys, concurrió asiduamente a la escuela de Medicina y a los hospitales, y bien pronto figuró entre los alumnos más aventajados: su espíritu, hasta entonces adormecido por los placeres, despertó súbitamente, adquiriendo en pocos meses un copioso caudal de conocimientos.

Aquel otoño Sandoval y su amigo regresaron a Madrid, donde Gabriel Montánchez tuvo la desgracia de saber muchas y muy amargas novedades: su padre había muerto poco después de su fuga, y su madre, aniquilada por tantos disgustos, vivía en una calle de las afueras, consagrada a sus recuerdos y a la educación de una sobrina.

La reconciliación entre la anciana y el hijo pródigo fué completa y dulcísima; pero Montánchez, para no tener nada que coartase su fanático amor a la libertad, quiso vivir solo, y no sosegó hasta hallar un cuarto al cual se fué a vivir con una antigua sirvienta de su familia.

Una vez establecido, tomó posesión de la parte que le correspondía de la herencia de su padre, que era considerable, y tres años después se graduaba doctor en Medicina; hecho lo cual compró aparatos de física y química, retortas, alambiques, dialisadores, balanzas de precisión, cajas de reactivos, pilas de Bunsen, una máquina eléctrica de Ramsden y una soberbia biblioteca que importó más de cinco mil duros y en la cual reunió lo más notable que en aquellos últimos años se había publicado relativo a la ciencia de curar.

En aquella casa pasaba Gabriel casi todo el día y gran parte de la noche estudiando a sus autores favoritos, sacando notas, escribiendo Memorias, entregado a una labor incesante que ocupaba todas sus horas, y disfrutando una vida anómala, más propia de un monomaníaco que de un hombre cuyos tornillos razonadores estuviesen bien apretados.

Asustado de sus antiguas calaveradas y de los años perdidos en torpes aventuras, odiaba al tiempo con todas las fuerzas de su alma, y a tener forma corporal se hubiera batido con él.

—Es el único enemigo que me ha hecho temblar—decía.

Y le odiaba porque le temía, seguro de que contra la eterna sucesión de las cosas no se puede luchar.

Cuando el amor al estudio transformó a Gabriel Montánchez en otro hombre, el antiguo aventurero, parapetado en su gabinete sin más entretenimientos que sus autores y sus recuerdos, echó una ojeada a su alrededor considerando lo que fué, lo que era, lo que podía ser... Nueve años eran pasados desde que una mujer le robó con el amor de sus padres el aprecio de sí mismo; aquellos años huyeron veloces y sus deleites podían compendiarse en estas palabras: amar y maldecir del objeto amado para volver a enamorarse de otros ídolos tan falsos como el caído y renegar de ellos también. Evocó aquella dichosa juventud que se cubría bajo un cendal de poéticos encantos según se alejaba, recordó su presente lleno de hastío y las nieves que coronarían los años venideros, y quedó horrorizado ante los progresos del tiempo, ese monstruo que los días hermosos se presenta con cara de risa y los nublados con ceño de demonio, pero a quien siempre recibimos con gusto porque trae cabalgando sobre cada amanecer una nueva esperanza.

Gabriel Montánchez, no queriendo envejecer ni morir, soñó con ser inmortal. Para lograrlo propúsose descubrir un elixir, que mantuviese la juventud perpetuamente, de modo que los cabellos no blanqueasen, ni los ojos perdieran su brillo, ni las carnes su tersura, ni el cuerpo se encorvara, ni el corazón dejase de alentar los divinos entusiasmos de la edad primera; quería, en fin, llegar a los treinta o treinta y cinco años, edad en que el desarrollo ha terminado definitivamente, y no pasar de allí. Y este propósito de substraerse a la muerte, de vivir en el mundo contrariando la más inquebrantable de sus leyes al conservar para sí la vida que la Naturaleza exige a todo lo que nace, era la ambición más grande, el desvarío más original y prodigioso, que ningún espíritu cultivado pudo concebir.

Gabriel Montánchez trabajó en su empresa cuanto supo; revolvió libros, consultó autores, practicó experimentos en animales vivos y compuso multitud de combinaciones químicas sin hallar la bebida que, reuniendo todos los elementos constitutivos de los tejidos orgánicos, tuviese la facultad de eliminar las substancias calizas que los años acumulan sobre los órganos.

Al fin se convenció de que el tiempo era más fuerte que él, y ya no pensó más en disputarle aquella vida miserable que se escapaba.

Pero el deseo de inmortalidad había logrado preocuparle tan hondamente, que aun después de reconocerse vencido no quiso saber la duración de su suplicio, y para conseguirlo apeló a un procedimiento original. Cerró cuidadosamente las ventanas de sus habitaciones, tapando con burletes y argamasa cuantos intersticios pudieran servir de paso a la luz exterior; extendió, para mayor seguridad de no ser nunca sorprendido en su refugio por un rayo de sol, grandes cortinajes de damasco sobre las ventanas y encendió magníficas lámparas en todos los cuartos; de este modo, permaneciendo sumido en una noche perpetua, ignoraba la sucesión de los días. Para realizar más cumplidamente su alejamiento del mundo, vendió todos los relojes, esos chismes fatales que amarran la humana existencia al rítmico girar de sus manecillas; los almanaques, que cuentan los días, los meses y los años, y cada una de cuyas hojas, al caer, deposita sobre el corazón una gotita de hielo; los termómetros, que al marcar la temperatura recuerdan indirectamente el nombre de la estación; los periódicos, que cada veinticuatro horas compendian en sus páginas los ecos todos de la opinión y de la vida, y los espejos, que al reflejar nuestra imagen nos obligan a comparar involuntariamente lo que fuimos y lo que somos... Y para estar más libre aún, su ama de llaves quedó encargada de recibir al casero y a cuantos importunos pudiesen recordarle que estaba en el mundo y que era esclavo de sus impertinencias.

Al principio este nuevo plan de vida no dió los resultados apetecidos, porque el hambre, el sueño y los ruidos que subían de la calle, le recordaban vagamente las horas; mas poco a poco la realidad mundana fué borrándose, la casa pareció un retiro encantado, los quinqués siempre estaban encendidos, el silencio era casi completo, sobre las habitaciones pesaba una noche eterna. Montánchez vivió así tres meses consecutivos, pasados los cuales vió con satisfacción que no recordaba fijamente ni la hora, ni el día, ni el mes en que vivía. Después empezó a salir a la calle y se hizo socio del casino a que concurría Sandoval, pero procurando siempre mantenerse alejado del movimiento de la vida. Si al salir de su casa encontraba la luz del sol o la de los faroles, o veía casualmente algún reloj, como no sabía ni el día ni el mes en que estaba, aquellas impresiones no le causaban efecto ninguno: cuando tenía que hacer alguna visita, su ama de llaves cuidaba de avisarle de un modo especial, previamente convenido, y de ventilarle bien las habitaciones durante sus ausencias, cerrándolas antes de que él volviese, para que las encontrase según las dejó, y de servirle las comidas a horas estrafalarias y desordenadamente. Merced a estas sapientísimas precauciones, el encanto duraba.

La última fecha conservada en la memoria del médico era la del cinco de diciembre, día en que se parapetó en su casa con el propósito firme de renunciar al mundo: a partir de allí, la realidad y la ficción se fundían en inextricable laberinto y, como sus paseos eran poco frecuentes, la ilusión persistió. La única persona que de tarde en tarde le visitaba, era Alfonso Sandoval, su amigo íntimo. Éste procuró arrancarle de la cabeza aquel inútil “odio al tiempo”, hablándole de su próximo enlace con Consuelo Mendoza, recordándole las bellezas del mundo y la posibilidad de matrimoniar con una joven guapa y rica, que le colmase de comodidades y de muchachos.

—Hay que cumplir los preceptos divinos—decía Sandoval—, y ya que no estamos en edad de crecer, debemos multiplicarnos para dejar a Dios contento.

Montánchez, indiferente, alzábase de hombros.

—El mundo—decía—me hizo mucho daño; no quiero saber de él.

Así vivía, retraído, a solas con sus autores y sus ensueños de sabio, luchando, ya que no por la inmortalidad del cuerpo, sí por la del hombre, en aquella mansión fantástica, remedo exacto de la eternidad, rodeado de libros y de objetos inmutables.

Este cambio radical de costumbres modeló notablemente los principales rasgos fisonómicos del médico.

Tenía los labios finos, la nariz aguileña, la cara cuidadosamente afeitada, conservando aún la fresca gallardía y desenvoltura de sus buenos tiempos de galán, pero sin olvidar la sangre fría y el aplomo propios del hombre de mundo.

Pero donde los efectos del trabajo mental se revelaron más poderosamente, fué en su mirada enérgica, fascinante, dotada de una fuerza magnética irresistible: había en ella algo sobrenatural y misterioso que infundía miedo, horizontes inmensos, relampagueos deslumbrantes de genio y de luz. Todas las actividades de su cuerpo estaban concentradas en los ojos: el fuego y las pasiones de la juventud dieron a su mirada la expresión de la audacia y del desprecio; la ciencia y el estudio, la mansedumbre y la profundidad; era una mirada fría y dura, dotada de fijeza mortificante, que acariciaba sondeando. Aquellos ojos eran el terror de Consuelito Mendoza; eran los ojos que tenía el muñeco vestido de tafetán verde de su pesadilla, y los que algunas veces vió en sus horas de ensueño. A su juicio, el poseedor de tales ojos no podía ser bueno.

Aquella mañana, Sandoval salió de su casa en busca de Montánchez: caía una lluvia menudita, que el viento pulverizaba.

Al cruzar la Puerta del Sol miró el reloj del ministerio de la Gobernación; eran las ocho. Cambió el paraguas a la mano izquierda y llevóse la derecha a la boca para alentar sobre ella e infundirla calor; después la guardó en el bolsillo del pantalón apretando mucho los dedos unos contra otros. Al entrar en la calle Montera oyó una voz estentórea que pregonaba: “¡Café caliente!...” Y vió un grupo de vendedores de periódicos, colilleros, barrenderos y agentes de orden público, reunidos alrededor de un hombrecillo regordete que sacaba un brevaje obscuro y humeante de una no muy limpia cantimplora de hojalata, colocada sobre un braserillo. Aquel cuadro de costumbres madrileñas trajo a Sandoval recuerdos de otros tiempos.

Iba caminando maquinalmente hacia la calle de Hortaleza y abarcando los detalles del cuadro. A su lado pasaban algunos obreros de prisa, con la gorra sobre las cejas, la nariz amoratada por el frío, la americanilla abrochada, los brazos cruzados sobre el pecho y las manos bajo los sobacos, para calentárselas con el calor del propio cuerpo; criadas madrugadoras que iban a la plaza envueltas en densos mantones a cuadros, y grupos de barrenderos que quitaban la nieve de la noche anterior con las mangas de riego y las escobas. Las puertas de los comercios se abrían con estrépito y a ellas salían los horteras, con sus redondas cabezas y sus semblantes inexpresivos, el centímetro alrededor del cuello y las tijeras en el bolsillo; parados con las piernas abiertas y frotándose sin cesar sus manos cuajadas de sabañones, miraban ufanos a las mujeres transeúntes. Las porteras barrían sus zaguanes, quitando el barro y sacudiendo las paredes, y los visillos de algunas ventanas se corrían descubriendo caras macilentas que aún conservaban en las mejillas las señales de la almohada.

Sandoval, agradablemente sorprendido por un espectáculo que, por perezoso y dormilón, veía pocas veces, ambulaba recomponiendo un mundo de memorias.

Recordó los años en que su padre le obligaba a ir todas las mañanas a un colegio de primera enseñanza situado en la calle del Pez, esquina a la de Pozas, y donde tenían que habérselas, él y sus condiscípulos, con un cura que les abofeteaba y vejaba sin motivo. A las siete en punto la criada iba a despertarle: ¡horrible iniquidad!... Él procuraba eludir la orden todo lo posible, seducido por el calor del lecho, la semiobscuridad encantadora de la habitación y el ruido de la lluvia; pero a las siete y cuarto volvían a llamarle y luego a las siete y media... A las ocho no había salvación; su padre en persona iba a visitarle armado con un jarro lleno de agua recién sacada de la fuente, amenazándole con echársela por la espalda si no se levantaba en seguida. Después, tras un buen chapuzón, le vestían su trajecito marinero, le daban un pocillo de chocolate y una ensaimada, le ponían su boina, le terciaban a la espalda la cartera de los libros y le echaban a la calle.

Y recordó también las noches que aprovechaba estudiando las lecciones de Gramática, de Historia o de Aritmética, del siguiente día; el repaso que les daba camino del colegio, los cinco céntimos de castañas asadas que siempre compraba al salir de su casa, no sólo por el gusto de comerlas, sino para calentarse con ellas las manos; el invariable mal humor del presbítero pedagogo, los insultos, los pescozones recibidos, muchas veces injustamente; y luego las correrías hechas con otros chicos por las orillas del Manzanares, las riñas con las lavanderas, las peleas con los granujillas del barrio de Pozas y de la Moncloa, y la ovación que le tributaron sus compañeros de hazañas una tarde en que luchó y venció a dos pilletes en la Fuente de la Teja.

De estas excursiones clandestinas regresaba entre seis y siete de la tarde, y a esa hora se iba por las calles de Fuencarral y Montera muy despacito, parándose embelesado ante los escaparates de las tiendas, con la gorrilla encasquetada, las manos en los bolsillos del pantalón y la bufanda muy levantada alrededor del cuello.

Los comercios que más le cautivaban eran los de juguetes y los de cuadros, sobre todo si éstos representaban batallas o cacerías; y luego, dentro de esos mismos establecimientos, se aficionó a determinados objetos. Había, por ejemplo, en la calle Caballero de Gracia, un cuadro representando una carga de coraceros franceses, que le gustaba apasionadamente; la cara de los jinetes, la actitud de un oficial herido, la posición de los caballos, los accidentes del terreno, el color del cielo, de todos los detalles se acordaba: este grabado y un teatro de fantoches expuestos en la vidriera de Medel, fueron los dos mayores caprichos de su niñez. Habló de ellos en su casa, y como cuantas diligencias hizo por adquirirlos resultaron inútiles, hubo de resignarse a ver sus dos codiciados juguetes a distancia y a través de un cristal.

La tarde en que uno y otro, teatro y cuadro, desaparecieron, fue para él tristísima; perdió el apetito, la alegría y el color, se le marcaron las ojeras, recibió una azotaina paternal y hubo de tomar una purga.

En este detalle, aunque con variantes leves, la niñez de Consuelito Mendoza y de Alfonso, se parecían.

Cuando Sandoval llegó a casa del médico, supo que éste se había acostado pocas horas antes, y entonces pasó al despacho a esperar que fuese más tarde.

El estudio del médico era un vasto salón con dos balcones a la calle Hortaleza, decorado con magníficos muebles de felpa, color verde musgo.

Todos los detalles indicaban que la noche anterior el trabajo se prolongó hasta muy tarde: sobre la mesa había un manojo de cuartillas escritas y varios libros abiertos y con las márgenes plagadas de anotaciones; el tintero estaba destapado, las plumas diseminadas aquí y allá, el depósito del quinqué casi vacío; en todo el cuarto se percibía un fuerte olor a petróleo y al carbón quemado en la chimenea.

Sandoval empezó a revolver cuartillas y vió que Gabriel se ocupaba en componer una Memoria acerca del medio mejor y más seguro de provocar el sueño hipnótico, y los peligros a que la ineptitud del operador expone a las personas sugestionadas. Los otros manuscritos también trataban asuntos puramente científicos.

Entonces cogió un número de la revista “Ambos Mundos” y fué a sentarse junto a la chimenea; sobre ésta vió una gran cabeza de cartón que explicaba el sistema frenológico de Gall, y el cráneo de un mono metido en una urna. Aparte de un magnífico cuadro al óleo que representaba a Cleopatra probando el poder de sus venenos en sus esclavas, las paredes estaban adornadas por cuadros anatómicos: uno de ellos figuraba un esqueleto en actitud de correr; otro, los lóbulos del cerebro; los demás un hombre de espaldas y sin epidermis, enseñando el complicado mecanismo de los músculos dorsales; y otro de frente, con el pecho y el abdomen abiertos, y mostrando los órganos interiores; bronquios, pulmones, diafragma, estómago, intestinos; aquella figura, que presentaba la cabeza vuelta hacia un lado para descubrir mejor las venas y tendones del cuello, parecía exhalar un olor nauseabundo y tenía una expresión tan grande de dolor, que inspiraba asco y miedo. En un ángulo había un esqueleto verdadero y un armario abastado de órganos de cartón; brazos, piernas y caderas que parecían manar sangre, y multitud de caras contraídas por muecas horribles.

Cansado de estar solo, Alfonso decidió despertar a su amigo, y allanó el gabinete que Montánchez había convertido en laboratorio; allí estaban las pilas de Volta, la máquina de Ramsden, metida en su funda de tela gris, un sillón-cama para operaciones y reconocimientos obstétricos, y buen número de vasijas de vidrio, frascos y tubos de reactivos colocados en hilera a lo largo de la pared; una marmita de Papín, dos alambiques, varias retortas, barómetros, higrómetros y un estantito lleno de minerales, cada uno en su cajita de cartón y con su etiqueta correspondiente.

Sandoval, sin fijarse en aquellos objetos, asomó la cabeza bajo los cortinajes. Al fondo, tendido sobre una amplia cama de hierro, dormía Montánchez: su rostro, habitualmente pálido, aparecía más delgado y largo que de costumbre, y las arrugas de las mejillas daban a su fisonomía la cansada expresión de los Cristos yacentes.

Alfonso se acercó al lecho y exclamó alegremente cogiéndole la mano que tenía al descubierto:

—¡Despierta, hombre ilustre, que la ciencia y la amistad te reclaman!

Montánchez se estremeció ligeramente y entreabrió sus ojos serenos y tranquilos.

—¡Cuánto he trabajado!—murmuró.

Sentado al borde de la cama, Sandoval expuso compendiosamente y sin preámbulos el objeto de su visita: Consuelo estaba peor, de día en día sus males se agravaban, a ratos sus nervios se exacerbaban de tal modo, que había serios motivos para temer por la salud de su razón.

Gabriel se había quedado muy serio y oía atentamente.

—¿Ha sufrido en estos últimos meses alguna crisis violenta?—preguntó.

Sandoval comenzó a referir cuantos detalles recordaba que podían contribuir a esclarecer la índole de la enfermedad. Describió la niñez de Consuelo, el susto a que aquellos padecimientos parecían referirse, las ocupaciones a que se entregaba, su afición a la lectura y al teatro, sus ensueños y sus extravagantes supersticiones. Cuando refirió el ahinco que la joven puso en ser azotada, Montánchez no pudo abstenerse de sonreír.

—Todo eso—comentó—es muy serio y muy interesante, y acusa los gérmenes de un grave desarreglo mental cuyos progresos debemos corregir antes que echen nuevas y más robustas raíces. La gran dificultad que ofrecen estas enfermedades es que ninguna de ellas presenta rasgos característicos constantes, sino que en su misma naturaleza va envuelta la vaguedad y multiplicidad de formas; lo inestable, lo anómalo, lo que está fuera del curso natural de las cosas, es lo único que hay en ellas de permanente. En estos casos los pobres médicos caminamos sin luz, expuestos a caer a cada paso, de misterio en misterio, y es evidente que el diagnóstico de la enfermedad no puede hacerse en tanto no haya una base segura de dónde partir.

Sandoval agregó nuevos pormenores.

—Todos son datos que merecen tenerse en cuenta—dijo Montánchez—, pues aun cuando considerados aisladamente valgan poco, su conjunto constituye la historia de una enfermedad. Consuelo es una desequilibrada; su cerebro nació defectuoso o ha sufrido una alteración por efecto del susto de que antes hablabas, y los síntomas de ese desequilibrio son los que necesito conocer para remontarme por derechos caminos al origen o matriz de la enfermedad.

Alfonso continuó narrando minuciosamente la vida íntima de su hogar, no omitiendo ninguna particularidad, ni aun las más secretas y calladas, con la confianza ciega del que habla delante del médico y del amigo.

Montánchez le escuchaba, murmurando como si dialogase consigo mismo:

—¡Es extraño todo eso!...

Y añadió:

—¿Sabes si tiene alguna manía constante?

—Manías tiene muchísimas, pero permanente creo que ninguna.

—¿No sorprendiste en ella alguno de esos extravismos del gusto que impulsan a ciertos enfermos a comer pedacitos de barro o granos de café?... ¿O si muestra deseo o aversión inmotivada hacia determinados objetos o personas?

Sandoval vaciló.

—Hasta hoy nada he notado, pero en lo sucesivo me fijaré... Aunque ahora se me ocurre una idea que confiaré sin rebozo, porque a ti poco debe importarte. Consuelo no te quiere.

—¿No me quiere?... ¿Cómo lo sabes?

—Ella misma me lo ha dicho; no sólo no te quiere, sino que te aborrece con ese ardor salvaje que pone en sus menores afectos.

—Pues no lo entiendo.

—Y lo entenderás menos sabiendo que ella me confesó muchas veces que eres guapo y que tienes buen trato y mucho talento; pues a pesar de comprender tus excelencias, sigue odiándote.

—He ahí un mal precedente para que yo pueda curarla con fortuna—dijo Gabriel—, porque empezará a mostrarse rebelde a mis tratamientos, y el enfermo que aborrece a su médico es como el chico que detesta a su maestro, que no aprenderá nunca lo que éste pretenda enseñarle. Tu revelación me contraría mucho; no por mí, sino por ella, pues tratándose de enfermedades nerviosas en las cuales las impresiones lo pueden todo, los peligros de la antipatía se multiplican en un cincuenta por ciento.

—No importa—repuso Sandoval levantándose—, quiero que la veas antes que ningún otro médico; ahora te dejo para volver a casa, donde te espero a las...

—Calla—interrumpió Montánchez—, ya sabes que los relojes y yo no nos entendemos; explícaselo a mi ama de llaves y ella cuidará de llamarme.

—¿Seguramente?

—Seguramente.

Alfonso salió, corriendo los cortinones que separaban la alcoba del gabinete; y Montánchez quedó sumido en esa semiobscuridad aliada poderosa del sueño; luego encendió un cigarrillo y se puso a fumar sosegadamente mirando al techo. El humo producía en su cerebro, según las circunstancias, dos efectos contrarios; unas veces le excitaba, otras le adormecía; pero entonces el silencio y aquella atmósfera cargada de olor a tabaco, consiguieron emborracharle, las ideas perdieron su lucidez y la realidad desapareció lentamente bajo gasas impalpables.

Montánchez tiró el cigarro a medio apurar.

—¿Por qué me odiará esa mujer?...—dijo.

Y se quedó profundamente dormido.

Cuando Sandoval llegó a su casa encontró a Consuelo desayunándose.

—Hola, flor de la maravilla—exclamó—, ¿ya te levantaste a dar guerra?

—¿Dónde has ido?

—A la calle.

—Necesito saber a qué sitio.

—Aquí estamos perfectamente—dijo Alfonso acercando una butaca a la chimenea recién encendida—; fuera hace un frío inaguantable.

—¡Concho!... ¿Quieres responder a lo que pregunto?... Estoy hablándote.

—¿Me convidas a chocolate?

—Vaya usted a paseo.

—Dame, una sopita siquiera, tragaldabas.

—Hasta que no digas lo que has hecho, no te miro a la cara, eso mismo... ni te dejo catar el chocolate.

—¡Ah! pues, tienes razón... ¡Pícara cabeza la mía!... He visto a Gabriel.

—¿A ese albéitar indecoroso?

—Al mismo; y no ponga usted esa carita porque no hay motivos para tanto.

—¡Lástima de albarda!

—Sí, señora doña Consuelito Mendoza; fuí a eso; a decirle que te riña y te meta en cintura.

—¡Pues que se ande con tiento!

—¿Qué ibas a hacerle?

—¡Reventarle, concho!... Mira... si entrase ahora, le tiraba el pocillo a la cabeza. Yo no quiero ver más a ese tío, eso es; porque ese hombre es un tío y quiera Dios que alguna vez no andes a trastazos con ese amigote de los infiernos.

—Ya no hay remedio, princesa; Montánchez vendrá dentro de algunas horas a tomarte el pulso y a mirarte la lengua; le he referido nuestra vida íntima sin omitir un detalle, ¿entiendes? ni uno solo... y el muy pillo se ha reído bastante.

—¡Asqueroso!

Alfonso se acercó a ella y quiso darle un beso; ella se defendió; al fin, las dulces paces quedaron hechas.

Entonces Consuelo se levantó muy solícita, le trajo una zapatillas para que se quitara el calzado húmedo y se abrigase bien los pies, y obligóle a vestirse una dulleta con cuello y bocamanga de pieles; luego, por tenerle más cerca, le hizo sentar a su lado, en una banqueta.

—Ponte aquí—dijo.

Él obedeció, quedándose con las piernas extendidas casi horizontalmente, el cuerpo entre las rodillas de la joven y la cabeza caída sobre sus faldas. Viéndole en tal posición, Consuelo, presa de un violento acceso de ternura, empezó a despeinarle suavemente, besándole.

—¡Qué guapo eres!—decía—. ¡Qué bien estás así!... No hay quien tenga tus cejas, ni tus ojos, ni tus pestañas, ni una nariz como la tuya... Ese Apolo de que hablan los libros no valía lo que este mechón que tienes sobre la frente. ¡Concho, si la señora Venus te hubiese cogido por su vereda, buenos ratos hubiera pasado contigo, diosa y todo!... Así te quiero yo, por supuesto, que estoy lela en cuanto te veo y no vivo si no es pensando en ti. ¿Y tú, también me quieres mucho, verdad?... ¿Y andarás siempre conmigo y no te juntarás con nadie, eh?... ¿Verdad que no?... Bueno, ¡concho, contesta pronto, ya me había asustado!... Parece que fué ayer cuando nos casamos. Entonces te quería mucho, muchísimo, ¡ya lo creo! como que pasaba las noches leyendo tus cartas a hurtadillas de mi padre; pero ahora te amo más y con mayor tranquilidad, porque eres mío, mío sólo. ¡Uy!... esto de poder llamarte Alfonso mío, maridito mío, delante de todo el mundo, me llena la boca y el corazón. ¡Quia! tú no sabes lo que te quiero; vosotros, los hombres, por muy apasionados que seáis, siempre tenéis en el pecho un pedacito de corcho.

Y añadió:

—¡Quién te quiere a ti!

Sandoval, que ya sabía la forma de este interrogatorio, repuso:

—Mi burra.

—¿Tu burra chiquinina?...

—Ella solita.

—¿Y tú, a quién quieres?

—A ti y a dos niñas que tengo en los ojos y son tan guapas y tan monísimas como tú.

—Pues yo a ti y a los Alfonsitos de mis pupilas. Dios mío, ¿por qué no tendré muchas bocas para besarte al mismo tiempo en muchos sitios? Y esta pasión que por ti siento es contagiosa, pues la extiendo a los objetos de tu propiedad; y así quiero más a tus trajes viejos que a los recién traídos de la sastrería, con los cuales aún no tengo confianza. ¡Esto sí que es querer!... Tengo celos de tu camisa, de tu chaleco, de tu corbata, de todo, concho, lo que llevas encima; ninguno de esos chismes se separa de ti, te acompañan a todas partes, corretean las calles contigo, van al casino... ¡Quién fuera petaca o botón de camisa para custodiarte y fisgarlo todo!... Hay el inconveniente de que cuando una elástica se rompe se tira, pero no importa... Yo cambiaría treinta años de vida por cinco, con tal de pasar éstos pegadita a tu cuerpo como una pieza de punto...

Volvió a besarle los ojos y la boca.

—¡No hay en el mundo nadie como tú; nadie, nadie!...

Sandoval se dejaba mimar, sonriendo y sin devolver aquel diluvio de caricias.

—Oye, Alfonsito—dijo de pronto la joven—, ¿quieres referirme un cuento?

—¡Un cuento!—exclamó él aterrado—. ¡Para romances tengo la cabeza!...

—¿Entonces, lo cuento yo? Y eso que, según vosotros, la mía está medio descompuesta.

—¡Bravo, me parece muy requetebién! ¡Desembucha!

—Te advierto que es largo.

—No importa; aunque tenga más rabo que el diablo, lo oiré con gusto.

—Bueno, verás qué bonito es... pero no vayas a reírte, porque entonces no lo concluyo y te dejo con las ganas de saber el desenlace.

—Espera a que encienda este cigarrillo.

Sandoval se acordaba en tales momentos de la vida en Persia y Arabia, porque, a pesar de la estación y de la capa de nieve que cubría las calles, había en aquel cuadro algo orientalesco, que hacía soñar con las solitarias palmeras del desierto y los harenes musulmanes.

—Pues, señor—empezó Consuelo—, una mañana supo el gallo Pinto que su amigo Periquito se casaba y quiso ir a la boda: para ello se lavó de patas a cresta, se arregló las plumas y salió al campo; en la misma puerta del corral encontró un cajón muy grande, lleno de trigo.

—Concho—pensó el gallo—; si como trigo se me ensuciará el pico y los que me vean comprenderán que soy un tragón y se reirán de mí. Pero pudo más el hambre que sus escrúpulos, y picotazo va, picotazo viene, dejó la caja sin un solo granito, pensando que ya tendría ocasión favorable de limpiarse el pico por el camino. Conque siguió andando, hasta que vió una malva y dijo:

—Malva, limpia el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y la malva no quiso. Entonces continuó caminando muy triste, y a poco rato encontró un borrego y le dijo:

—Borrego, cómete la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso. Prosiguió su camino, y al ver un lobo le dijo:

—Lobo, muerde al borrego que se negó a comer la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso...

Y por este estilo continuó hilvanando una retahila de nombres: sucesivamente el gallo, héroe de tan conmovedora narración, fué encontrando un perro, un palo, un haz de leña ardiendo, un río y un burro, y a cada nuevo tropiezo volvía a repetir todo el rosario de palabras que precedían, lo cual causaba efectos soporíferos decisivos.

Era una historia infantil que aprendió siendo niña, cuando iba al colegio, y que frecuentemente se complacía en recordar para distraer a su marido.

Alfonso cerró los ojos, dando muestras evidentes de cuán poco le importaba saber lo que le acaeció al gallo del cuento en su accidentada peregrinación.

Cuando Consuelo acabó de hablar, él parecía dormir; ella contemplóle en silencio, después le rodeó la cabeza con sus brazos y empezó a apretársela contra el pecho, mientras le prodigaba cariñosos epítetos; pasado este segundo arrebato de ternura, abrió los brazos separándose para mejor ver al amado, que continuaba con los ojos herméticos: la joven lanzó un grito y Sandoval se incorporó sobresaltado.

—¿Qué sucede, mujer?—dijo—. Me has dejado sin sangre en el cuerpo.

—¡Jesús, concho—repuso ella lloriqueando—, qué susto tan grande! Como te di un abrazo tan largo y tan fuerte... Pensé haberte ahogado.

La miró sonriendo, pero se convenció de que hablaba formalmente, porque estaba pálida y con las manos frías.

Por la tarde, a la hora de costumbre, Sandoval cogió el gabán y el sombrero para salir, y ella, contra lo que en semejantes ocasiones sucedía, no opuso la menor resistencia: acompañóle hasta la puerta de la escalera, puso la frente para recibir el beso de despedida, y retiróse al gabinete después de dar orden a su doncella de no recibir a nadie.

Aquellas horas de soledad y recogimiento eran su delicia, pues podía discutir consigo misma los mil proyectos que bullían en su cabeza, y fantasear a su antojo. Allí nadie la forzaba a seguir ésta o la otra conversación, podía discurrir libremente, sin aguardar a que su interlocutor hablase para responder ella, ni que observar cierto comedimiento en las palabras: allí no había estorbos; estaba sola, entregada a su albedrío, con un mundo de quimeras por delante.

La soñadora se fastidiaba porque ni sabía seguir con paciencia el lento curso de los acontecimientos naturales, ni podía doblegar el mundo a sus caprichos. Sabiendo que esta imposibilidad duraría lo que su vida, hizo lo que los filósofos idealistas: fabricar un mundo arbitrario para refugiarse dentro de él cuando lo estimara conveniente y vivir feliz.

Consuelito Mendoza quedó largo rato sin pensamientos, perdido el magín en un vacío infinito, la cabeza inclinada sobre el pecho y los ojos cerrados: después levantó la frente y sus miradas se fijaron en el espejo situado sobre la chimenea, fronterizo al sofá. Allí, dentro de la luna, había otra muchacha, otra Consuelo envuelta, como ella, en un mantón negro, y como ella peinada con los cabellos sobre la frente.

—Ésa soy yo—dijo la joven—; porque es indudable que lo que ahí veo es mi propia imagen.

Agitó un brazo en el aire cerciorándose de que su sombra lo haría también, y pareció quedar más tranquila.

—Estas cosas tan raras que me suceden—murmuró—, no sé si atribuirlas a que estoy medio chiflada, como dice Alfonso, o a que tengo mucho talento. A ratos creo que no vivo y que cuanto siento y pienso es pura invención mía, como le pasaba al famoso personaje de Calderón. Voy por la calle y me pregunto: ¿Andaré yo como las demás personas, vestiré lo mismo, no habrá sobre mi cuerpo nada estrafalario que haga volver la cabeza?... ¡Quién se viera por detrás!... Si pudiese hacer lo que San Cristóbal, que cogió su propia cabeza después de cortada... Si yo me encontrase a mí misma en la calle, ¿me reconocería?... Seguramente, porque cuando me observo en un espejo sé que la figura aquella es otra yo. A veces pienso que mis palabras carecen de significado, que nadie me entiende y hasta que mis labios se mueven sin formular ningún sonido comprensible. ¿Qué es una sílaba, qué es una palabra, qué es un idioma?... No acabo de entender por qué todos los hombres se mueven de la misma manera, aplican a cada objeto un nombre particular y argumentan de idéntico modo. Necesariamente esto se debe a algún convenio que celebraron nuestros abuelos, los cuales acordaron llamar sombrero a la prenda de vestir que se pone en la cabeza, y zapato a la destinada a abrigar los pies, y hombres... a los hombres, vamos... y mujeres, a nosotras. Tampoco comprendo por qué los franceses hablan de diferente modo que los rusos, y los españoles que los chinos. A mí me enseñan una carta geográfica y me dicen: este pedacito pintado de amarillo, es España; y este otro muy largo y del mismo color, que parece una bota de montar, Italia; el encarnado, Francia y el verdoso, Dinamarca. ¡Concho! Pues yo pregunto: ¿Por qué los de aquí no hablarán como los de allá, y éstos tienen su bandera y aquéllos la suya, y los unos se llaman austriacos y los otros ingleses?... Todo en el mundo es convencional; por eso a ratos dudo de mí y creo que la suerte me hizo diferente de los demás, y que parezco a los ojos de los que me rodean un bicho raro. Y el carácter... ¿qué será eso?... Siempre que se habla de una persona dicen que es de este modo o del otro, que tiene bueno o mal carácter... De modo que el carácter es el humor o genio de cada quisque; esto es claro. Pero, ¿qué carácter es el mío? ¿En qué grupo debo clasificarlo?... ¡Concho, qué pena tan grande... si creo que no tengo ninguno!... Yo desearía ser algo, poseer algo exclusivamente mío: hay mujeres frías, chismosas, indiferentes, alegres, apasionadas... y yo no siento ninguna de estas tendencias; no tengo amor patrio, ni fe religiosa, ni entusiasmo por nada; lo podré aparentar, pero, en el fondo, no es cierto, lo sé perfectamente. Es decir, según y cómo; apasionada sí soy, ¡qué concho!... no me lo vaya a quitar todo ahora, porque lo que es a Alfonsito le quiero con delirio; pero en cuanto a sentir entusiasmo por mis semejantes... que no puede ser, vaya...

Quedó silenciosa, contemplándose en el espejo con religioso arrobamiento, examinando su fisonomía con el prolijo cuidado del naturalista que escudriña los órganos de un insecto a través de los cristales de un microscopio.

Primero reparó en su frente, un poco pequeña, orlada de cabellos ondulantes; luego en sus grandes ojos adormecidos entonces por la pereza; en su boca de labios finos, en sus mejillas un poco pálidas, en la parte superior de su busto redondo y esbelto...

—Soy guapa—dijo—; lo reconozco aunque tengo el buen juicio de juzgarme sin apasionamiento: además, lo que dicen por ahí y los delirios que le inspiro a mi maridito, lo confirman. ¡Lástima que no tenga la boca un poco más chica, concho!... ¿En qué estarían pensando mi madre y padre?... Así, en esta posición, estaré el día en que me muera. No... así mejor, con la cabeza caída sobre el hombro y las manos cruzadas... ¡Uy, si ahora me quedase muerta, valiente susto iban a pasar los que fuesen entrando! ¿Qué haría Alfonso?... Probablemente echaría unas cuantas lágrimas de cocodrilo o de viudo joven, que es lo mismo; muy pocas, las indispensables para parecer bien... y luego se consolaría con otra. ¡Concho, si eso fuese verdad, resucitaba, y después de reventarle me volvería a morir tranquila!...

Tendióse en el sofá y cerró los ojos, quedando con las manos cruzadas sobre el pecho. Insensiblemente experimentó en todo el cuerpo una extraña sensación de flojedad, una laxitud invencible y creciente, cual si algún mecánico desconocido fuese aflojándola uno tras otro los resortes y tornillos de su ser; los órganos se independizaban poco a poco de la voluntad, los nervios se negaban a transmitir impresiones y la actividad cerebral decrecía paulatinamente según aquel agotamiento psíquico iba invadiendo las celdillas donde el pensamiento elabora sus maravillosas pulsaciones.

Consuelo sentía que su yo se desdoblaba en dos personalidades o entidades distintas; una material, de carne y hueso, que permanecía tendida en el sofá; y otra aérea, vaporosa como un jirón de neblina, que flotaba en el aire yendo de un lado a otro cual si quisiera escapar por algún intersticio de las paredes o del techo, y que sólo se hallaba unida a la primera por un hilo sutilísimo.

—Estoy medio muerta—pensó la joven—; concho, lo que siento es haberlo procurado tan bien, porque voy a morirme de verdad... y eso, francamente, me haría poquísima gracia. Me parece que dentro de mi cuerpo se ha roto algo y que por el agujerillo se escapa el alma sin pedirme consejo... ¡Eh, señora!... ¿Dónde se camina tan diligente?... Ahora la veo flotar; sí... es ella; concho, ¡qué delgadita y qué blanca es!... y está prendida a mí por un rabo fino y muy largo... como esas tenias que exhiben los boticarios, metidas en tubos de cristal. ¡Qué lástima! Si tuviese aquí una de esas redecillas con que los naturalistas salen al campo a cazar mariposas, la atrapaba. ¡Ay, Virgen de la Soledad, Cristo de la Misericordia, qué miedo tengo!... Si esa lombriz se rompe, mi alma se escapa y quedo más muerta que mi abuela... Cuidado si soy burra; ¿quién me mandaría abrir la boca para que el espíritu se escapara?... Vamos, eso de morirse sin motivo no tiene sentido común. Bien; ahora la cuestión se arregla, y el alma, comprendiendo que fuera hace demasiado frío, vuelve a refugiarse dentro de mí: perfectamente, porque así, estando yo cierta de no correr ningún peligro, representaré mejor y con más tranquilidad mi papel de difunta... Ya me han metido en el ataúd; el maldito, por lo duro, parece de piedra: ¡bien se conoce que los colchones de muelles no se hacen para los muertos! Tengo las manos y los pies helados, circunstancia que ayuda mucho a encubrir mi superchería; ¡qué frío! Por ahí debe de haber alguna puerta abierta... Ya siento ruido de gente que se acerca y oigo voces, pero no puedo conocer quiénes son. Están dándome tentaciones de abrir un ojo un poquitín para ver lo que sucede; estoy segura de que todos los asistentes vienen vestidos de negro, con unas caras muy compungidas y hasta pálidos, porque hay personas que tienen, como los camaleones, la capacidad de cambiar de color; pero por dentro están perfectamente, deseando salir a la calle para charlar y reír a sus anchas... ¡Qué diablo! Voy a mirar; para eso me he muerto, para enterarme de lo que harán conmigo el día en que la cuestión vaya de veras. Ea, vamos allá; ¡uf, cuánta gente y qué serios están todos!... Allí está Alfonso; ¡oh, granuja! ¿Pues no está fumando y riéndose con aquel tipo de patillas rubias como si nada grave le hubiera sucedido? ¿Y quién será ese mamarracho? Me revienta; los rubios no deben asistir a los entierros. En ese grupo de hombres y mujeres sólo trato a dos o tres... y ellas no son feas... y miran a mi marido de una manera... Lo que me molesta mucho a los ojos es la luz de los cirios... y éste que tengo junto a mi cabeza está derritiéndose, y como me caiga una gota de cera en la cara voy a freírme. Esa maldita puertecita que dejaron abierta tiene la culpa; si me quemo no podré contenerme y daré un grito. ¡Puf!... ¿No lo dije? ya está aquí, en la frente ha sido; menos mal que no he chillado. ¡Concho, aquí están los de la funeraria! ¡Qué pantorrillas tan delgadas tienen!... Y me bajan sin acordarse de cerrar la caja... me agarraré, porque, si no, estos bárbaros me matan sin remisión. Me llevan por unos pasillos muy anchos atestados de gente que mira con estúpida curiosidad; no conozco a nadie: atravieso la antesala, en pies ajenos, se entiende, y empiezo a bajar la escalera. Lo dicho; esta bromita me cuesta un riñón; en un recodo he visto una anciana llorando, conmovida; ¡pobrecita, si supiera que todo esto es una farsa!... Eh, ¿qué es eso?... Siento un ruido extraño de pasos que se acercan; los de la funeraria no se mueven y mi ataúd ha quedado en el suelo; tengo mucho frío y mucho miedo, y no me atrevo a abrir los ojos... Dios mío, ¿qué ocurrirá?... ¡Ay! Pretendo incorporarme y no puedo; siento una opresión en el pecho que no me deja respirar y me duele el corazón. ¡Aaa... aaa!... este nudo que tengo en la garganta me ahoga... No puedo desunir las manos... las manos cruzadas y... ¡aaa... aaa!... Un hombre se acerca muy de prisa, oigo sus pisadas, ya está aquí; me toca, me sacude por un brazo, me acaricia... ¡No puedo moverme ni gritar!... Me toca el cuerpo con sus manos ardientes, ¡qué horror, va a besarme!... Tiene su boca junto a la mía, su aliento roza mi cara... ¿Quién es?... No sé, no lo veo... pero le presiento, le adivino y me infunde mucho miedo... Ya le reconozco; esa mirada... esos ojos me aterrorizan y me atraviesan de parte a parte como cuchillos; son los de Montánchez, es él... ¡Soo... socoo... rrooó!... Sí... si ya le dije a usted las otras noches en el palco que no podía ser... que no po... po... día...

La joven perdió la conciencia de su ensueño y empezó a luchar defendiéndose de aquella agresión imaginaria, hasta que su mano derecha tropezó violentamente contra la pared: el dolor físico la despertó.

Era ya tarde: incorporóse en el sofá, y al tenue reflejo de los faroles de la calle vió su imagen dibujarse confusamente sobre el cristal del espejo como una mancha negra.

En el silencio, el timbre de la puerta de la calle vibró largamente.

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