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La enferma

IV

Reading edition

Eran Sandoval y Gabriel Montánchez. La joven murmuró:

—Os había presentido.

—¿Estabas soñando?—preguntó Alfonso.

—Sí.

Luego agregó, mirando al médico de soslayo y torvamente:

—Esto parece una maldición. Le encuentro a usted en todas mis pesadillas...

El quinqué que Sandoval acababa de encender esparcía por la habitación una suave luz verdosa que realzaba las diversas expresiones de aquellos tres semblantes.

Sentada entre los dos hombres, Consuelo miraba al médico con ojos muy abiertos y una expresión parecida a la de esos muchachos revoltosos que, para persuadir al maestro de que se fijan mucho en la explicación, le miran sin pestañeos. Sandoval la contemplaba ansiosamente, queriendo adivinar sus palabras antes de oírlas; y Montánchez permanecía frío, siempre encerrado en sí mismo, midiendo el alcance de sus preguntas y aquilatando el valor de las respuestas, con los codos apoyados en los brazos del sillón y las manos cruzadas sobre el pecho, atento a las últimas particularidades.

—¿Cómo se encuentra usted ahora?—dijo.

Consuelito Mendoza se palpó el cuerpo como si se tratara de algún dolor físico.

—Ahora, bien—repuso.

—¿No sufre nada?

—Nada, no, señor, absolutamente nada; y es raro... pues hace un momento me quedé dormida aquí y desperté con mucho dolor de cabeza y mal sabor de boca.

Montánchez inició un hábil interrogatorio. Iba enumerando uno a uno los síntomas de la enfermedad que, según su criterio, padecía la joven, y después la preguntaba minuciosamente acerca de ellos. Su trabajo fué prolijo como el del juez que procura poner al reo en contradicción consigo mismo: hablaba repetidamente y de diverso modo de los mismos temas, unas veces preguntando y otras afirmando rotundamente, y en tanto que sus palabras y sus argumentos de médico experto obtenían confesiones de la enferma, sus ojos sagaces escudriñaban el semblante de Consuelo con tenacidad infatigable.

La empresa, sin embargo, era difícil: las respuestas de la joven carecían de fijeza.

—¿Suele usted sufrir mareos al levantarse de la cama o de la mesa?

—No, señor.

—Repase bien su memoria: probablemente los ha experimentado usted más de una vez y más de dos; ¿qué digo?... lo aseguro, estoy persuadido de ello; no lo niegue, porque es un síntoma muy característico.

Consuelo tardó bastante en contestar; quería complacer al médico demostrando que meditaba sus respuestas, pero en aquellos momentos la indócil imaginación vagaba muy lejos de allí. A pesar suyo no podía fijarse en nada: la distraían los semblantes de Sandoval y de su amigo, las arrugas de los cortinajes de la alcoba, la forma puntiaguda de la llama del quinqué, el sempiterno tic-tac del reloj...

Aquellas nimiedades ejercían sobre su espíritu atracción invencible; no podía desecharlas, ni mirar a otro sitio, ni proponerse otro asunto; era una manía, una obsesión de loca; y cuando respondía procuraba hacerlo, no con arreglo a su criterio, pues en circunstancias tales carecía de voluntad y de pensamientos, sino del modo que más satisficiese a Montánchez.

Éste llegó a comprenderlo.

—Es imposible entenderse con usted—dijo severo—; siempre contesta usted lo primero que se la ocurre y esa falta de sindéresis reporta dos males gravísimos: el de confundirme y el de engañarse a sí propia. Diga usted lo que sienta y no lo que yo quiero oírla decir, pues yo no quiero nada: vine a que usted me esclarezca respecto de un asunto para mí desconocido, y si por pereza, indiferencia o volubilidad de carácter, me lo oculta o desfigura, las consecuencias podrían ser fatales para usted.

El semblante de Consuelito Mendoza reflejó vergüenza y arrepentimiento, y el esfuerzo brioso que sobre sí misma hacía para gobernar su atención. Pero su buena voluntad no tardó en decaer y sus ideas empezaron de nuevo a confundirse: el mundo de lo soñado volvió a surgir ante sus ojos; su imaginación, harta de seguir paso a paso aquel interrogatorio odioso, atropelló todas las conveniencias.

Miraba al médico sin verle, o sin poder apreciar, cuando menos, los rasgos de su cara; le oía sin comprender claramente sus palabras y replicaba con la vaguedad del alumno que responde sin conciencia de lo que dice y movida sólo por la idea de complacer a su marido y a Montánchez, y de que la dejasen sola.

En tal ocasión experimentaba con redoblada fuerza el indefinible malestar que sufría siempre que la examinaban con fijeza, pues los ojos del médico la sugestionaban. Al principio de la entrevista pudo mirarle con timidez, luego empezó a desconcertarse y una profunda turbación invadió su espíritu; sus ideas se nublaron y acabó por no atreverse a levantar la vista del suelo; a continuación sintió miedo y ese frío íntimo y penetrante de la calentura; los ojos del médico la hormigueaban en las entrañas. De pronto, rompiendo aquel exótico embrollo de impresiones y de recuerdos, surgió una idea que murió casi al mismo tiempo de nacer, iluminando el obscuro abismo de la conciencia con una luz tenuísima de fuego fatuo; pero aquella imagen reapareció más tarde, y entonces sus contornos fueron mejor definidos. Era algo soñado que pretendía armonizarse con la realidad; un recuerdo, una figura misteriosa, un jirón de gasa o de niebla cuyos vagos perfiles iban acentuándose. En aquella forma incorpórea, Consuelo veía los rasgos de una persona que en otra ocasión la impresionara fuertemente, pero que entonces no recordaba bien...

—¿Sueña usted mucho?—inquirió Montánchez.

—Sí; casi todas las noches.

—¿Y se refieren sus pesadillas a asuntos determinados?...

—No, señor... es decir, no recuerdo...

—Insisto en ello—advirtió el médico—, porque el estudio de los sueños es interesantísimo, no desde el punto de vista profético, como afirmaban los antiguos y como aparentan creer las gitanas, sino por hallarse ligados a muchas enfermedades nerviosas; y tan cierto es esto, que algunas afecciones cardíacas o espinales, van siempre unidas a determinados ensueños.

—Pues mis pesadillas varían mucho—contestó Consuelo—, pero generalmente se refieren a lo que me ha impresionado durante el día.

—¿Y en ellas no vió usted nunca unos objetos muy grandes y otros muy pequeños?

—No, señor, aunque... espere usted... ¡Ah, sí!... he tenido un delirio horrible, que no puedo olvidar...

—Uno de los fantasmas que más activamente intervienen en las dislocadas imaginaciones de mi mujercita—observó Sandoval—, eres tú.

—¡Yo!—repuso el médico sorprendido.

—Sí; noches atrás, cuando la desperté, me dijo que querías representar con ella no sé qué ópera o qué belenes...

Estas palabras fueron para Consuelo una revelación; se acordó de las quimeras que tanto la atormentaban, de aquellos brazos inconmensurables, largos y negros como alambres quemados, que una tarde soñó se extendían tras ella para sujetarla; de la reunión de espíritus celebrada por un gnomo en un antepalco del teatro Real, y de aquel horripilante monigote de estuco vestido con traje de tafetán verde, que al abrazarla se convirtió repentinamente en Gabriel Montánchez...

Al recomponer este último detalle de su pesadilla, la imagen incolora que momentos antes surgiera en su cerebro, reapareció en toda su fuerza, y la vida ficticia de sus noches y la realidad se dieron la mano. El hombre que tenía delante era el mismo con quien tantas veces soñó en sus horas nocturnas de fiebre; era el original de aquel fantasma que pretendió abrazarla so pretexto de representar una ópera desconocida; aquellos ojos eran los mismos ojos verdes y penetrantes que en su pesadilla de la última siesta la observaban cuando ella iba hacia el Campo Santo en hombros de cuatro sepultureros imaginarios; la mirada diabólica que registraba sus pensamientos más íntimos y gravitaba sobre ella como una maldición. Ante aquel hombre tan temido, su valor flaqueó, y tapándose la cara con un pañuelo rompió a llorar. Montánchez se levantó.

—¿Qué es ello?—dijo—. ¿Se siente usted mal?

La joven no repuso y siguió llorando, dejando correr a lo largo de sus dedos gruesos lagrimones.

El médico quiso pulsarla, mas ella le rechazó violentamente.

—¡No, por Dios... suélteme usted!...

—Consuelo—exclamó Sandoval procurando obligarla a levantar la cabeza—: no te pongas así, ¿qué tienes?...

—¡Déjeme usted tranquila: no me toque usted!

—Pero si soy yo quien te habla... ¿no me conoces?...

Ella le miró: estaba hermosa, con las mejillas encendidas y cubiertas de lágrimas y los ojos brillantes. Una sonrisa imperceptible alegró sus labios; pero al ver a Montánchez que se había quedado un poco detrás, sus facciones volvieron a contraerse penosamente. Alfonso insistió:

—¿Qué tienes?

—Nada, déjame en paz.

—Consuelo, está aquí Gabriel, que se enfadará contigo y con razón.

—¡No guardo contemplaciones a nadie!—gritó la joven furiosa—; eso es lo que quiero, que se enfade, que se vaya... que no vuelva más... Ea, ya lo dije bien clarito para que todos me entiendan; ¿lo ha oído usted?... pues me alegro mucho de que lo sepa. No le quiero; sin saber la causa me pongo nerviosa en cuanto le siento... No me es usted antipático, precisamente, pero le tengo miedo, muchísimo miedo...

Sandoval se había levantado y miraba estupefacto a su amigo; mientras Montánchez, de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho, según su costumbre, sonreía con sonrisa burlona imperceptible.

—¿Pero quieres callar, imprudente?—gritó Alfonso exasperado.

—No, no... quiero que se vaya...

Continuaba echada sobre el diván, tapándose los ojos con ambas manos. Gabriel, sin despedirse, dirigíase de puntillas hacia la puerta. Alfonso le siguió. Cuando llegaron al recibimiento, Sandoval preguntó:

—¿Qué piensas de todo esto?

—Es un caso muy extraño—repuso el médico gravemente.

—Es que te odia.

—Sí, me odia y me teme: quizá la inspiro más miedo que aborrecimiento.

—¿Y qué opinas de su mal?

—No he conocido ningún temperamento tan original como el suyo: es un carácter incomprensible que tan pronto está de un modo como de otro; o más exactamente: son diez o doce caracteres diferentes arracimados en un solo espíritu. Desde que me hablaste de ella hasta ahora, he pensado mucho en su enfermedad, y con lo que me dijiste y lo que acabo de presenciar, creo conocerla bien. Consuelo tiene un temperamento extraordinariamente sensible; el menor accidente la contraría, el obstáculo más insignificante la asusta; a solas se atreve a todo, en el terreno de los hechos no es capaz de nada; su voluntad, por tanto, es una actividad puramente subjetiva, que no trasciende al exterior, que no sale fuera de su propio ser y se limita a elaborar ideas que, por no tener cimiento sólido, son siempre descabelladas, y a voliciones que ceden y se desvanecen al primer asomo de peligro. Consuelo es una persona doble, o lo que es lo mismo: entre sus muchas manías, cada una de las cuales constituye un carácter distinto, hay dos determinadas y permanentes. En el seno del hogar, contigo o con otra persona que la inspire confianza, debe de ser alegre, decidora, resuelta y hasta un tantico amiga de imponer su voluntad; en cambio, cuando se halla entre extraños, parece cohibida y acobardada. Al principio de la consulta me miraba familiarmente; luego advertí en ella señales de turbación que fueron aumentando hasta provocar el desenlace que hemos visto y del cual la pobrecilla no es responsable: y es que se turba; que en su cerebro debilitado desde aquel susto que me referiste, las ideas se confunden y la falta de aplomo en los pensamientos origina esas vacilaciones y esos terrores pueriles cuyo origen desconoce ella tanto como nosotros. Su falta de carácter lo atestigua su modo de mirar; Consuelo no puede sostener la mirada porque carece de voluntad.

—¿Y será fácil su curación?

—Creo que sí, y debemos intentarla en seguida, antes que el daño crezca.

Hablaron del plan curativo.

—Yo emplearía el hipnotismo—dijo Montánchez—; es mi panacea para toda clase de males. Además, el magnetismo no deja en el cuerpo, como el mercurio, señales de su paso: el imán, cual la luz, obra sin manchar. El hipnotismo es la gran terapéutica del espíritu: impón a Consuelo tu voluntad, domínala, enséñala a tener firmeza en sus deseos y conciencia de sus actos, tonifica mediante esa gimnasia espiritual los resortes de su carácter relajado, y verás cómo esas veleidades ridículas desaparecen.

—Pues, en ese caso—contestó Sandoval estrechando la mano de su amigo, que ya se marchaba—, quedas en libertad de obrar según te acomode; ven cuando gustes y procederemos al primer ensayo.

Despidióse Montánchez, y Alfonso volvió al gabinete donde Consuelo le esperaba arreglándose los cabellos. Al verle entrar, la joven corrió a echarse en sus brazos.

—Concho, ¿de qué habéis hablado tanto?... Hijo, desde aquí no oía más que el “muu” de la conversación; parecíais dos moscones.

—Contento me tienes—repuso Alfonso sentándose y afectando gran seriedad—; ¿es disculpable lo que has hecho esta tarde?... ¿Qué dirá ese hombre de nosotros? Vamos a ver, ¿qué dirá? Pues dirá que eres una niña incorregible que no debió salir nunca de la escuela y que mejor estaría en un convento estudiando el abecé, que casada; y yo, un marido bonachón, un ablandahigos sin medio adarme de sentido común para distinguir lo bueno de lo malo, y sin fuerza de voluntad para hacerme respetar ni aun de las muñecas como tú. Ahí tienes, eso es lo que dirá, ¿te parece bonito...

Consuelo sonreía comprendiendo que Alfonso no hablaba formalmente; esto la tranquilizó.

—Pero, hijo mío, si no lo pude remediar; ese amigote de los demonios es muy antipático.

—Pues, niña, bien guapo es.

—¡Lo cual no impide que sea muy antipático, concho!

—Haces mal en odiar a Gabriel—dijo Alfonso—, cuando no hay razón para ello; pues, como enseña un antiguo proverbio, necesitamos comer una fanega de sal con un hombre antes de conocerle.

—No, señor; yo le conozco muy bien, como si nos hubiésemos criado juntos; y sé que es un infame, un bandido de mala ley... ¡ya ves si le conozco mejor que tú!...

—No hay hombre que no tenga sus ribetes de bellaco.

—¡Y además, tiene cara de bruto!

Sandoval se echó a reír.

—No rías, que es la verdad; de bruto... y luego con aquellos bigotazos que parecen... no sé qué...

—¿Bigotes Montánchez? ¿Gabriel con bigotes?—exclamó Alfonso—; muchacha, ¿has perdido la chaveta?

—¿Que no tiene bigote?...

—¡Qué ha de tener, si siempre anda afeitado como un inglés!... ¿Pero tú, cómo miras a las personas que después no las recuerdas?... Apuesto a que si me vieras en la calle no ibas a conocerme tampoco.

—Pues, no sé—dijo—, no me acuerdo...

Y así era.

A la semana siguiente verificóse la primera prueba de hipnotismo que, como era de suponer, no dió ningún resultado.

Practicóse el experimento en casa de Sandoval, una tarde.

Acomodóse Consuelo en un sillón, de espaldas a la luz y con la cabeza echada hacia atrás; delante de ella se puso Montánchez, y a un lado, y de modo que ella no podía verle, Alfonso.

—El sueño hipnótico vendrá en seguida—dijo Gabriel disponiéndose a la operación—, porque este cuarto reúne inmejorables condiciones; poca luz y mucho silencio. Usted procure no distraerse y cortarle los vuelos a la picara imaginación: de no hacerlo así, dificultaría usted mucho mi trabajo y nos cansaríamos todos inútilmente. Piense en lo que vamos a hacer; esto es: en que se halla enferma, y que yo, para curarla, quiero dormirla; que Alfonso también desea oírla roncar como una bienaventurada, y que usted procura dormir porque está rendida y tiene mucho sueño. Conque, veamos, ¿lo hará usted así?... Ponga sus manos sobre las mías y míreme fijamente a los ojos, tratando de pestañear lo menos posible.

Pero Consuelo, a quien la sola presencia de aquel hombre bastaba otras veces para ponerla de mal humor, no podía reprimir la risa; una risa inmotivada y tonta que llenaba de lágrimas sus bellos ojos.

—Ya sé lo que debo hacer—decía—; pero no consigo mirarle seriamente: pone usted un semblante tan estrafalario que me río con toda el alma; pero no de usted, concho, no sea que “papá” Sandoval lo oiga y luego haya sermón: es del hip... no... tizador, ¿no se dice así?... Hip, hip, hip... parece que acaba una de comer, que no hizo bien la digestión y que está hip... hipando.

Montánchez no respondió, esperando a que pasase aquel acceso de hilaridad. Cuando la comprendió más tranquila, volvió a cogerla de las manos.

—Procedamos con formalidad—dijo—; quizá de esto, que parece un juego de estudiantes, dependa su curación.

—¡Pero si no estoy mala!... ¡qué hombres éstos... empeñarse en decir a todo el mundo que estoy enferma y que ellos van a curarme!... Vamos, ¿se apuesta usted algo a que de los tres que estamos aquí quien primero se muere es usted, y que una de las mujeres que irán al entierro seré yo?... Ea, ¿se apuesta usted algo?...

Fue preciso desistir de la empresa, pues cuando Consuelo se hartó de reír, se levantó diciendo que no quería más mojigangas.

A la tarde siguiente hubo otra sesión hipnótica.

Esta vez Montánchez, para evitar los perturbadores efectos de la risa, acudió a otro procedimiento. En las garras del buitre disecado que colgaba del techo, ató un hilito del cual pendía un esferita de metal brillante. El hilo tenía la longitud necesaria para que la bolita metálica estuviese suspendida a media pulgada sobre el entrecejo de Consuelo, quien, como el día anterior, hallábase sentada en un sillón de espaldas a la luz.

—Mire usted a esa esfera—dijo Montánchez—, y si se arma de paciencia, antes de cinco minutos dormirá como un lirón.

La joven quiso obedecer.

—¡Concho—exclamó pasados algunos segundos—, yo no sigo mirando!

—¿Por qué?

—Porque me duelen mucho los ojos.

—Tenga usted calma, mujer, que ese desasosiego visual es el primer síntoma del sueño.

Consuelo volvió a inclinarse hacia atrás mientras Alfonso y su amigo permanecían inmóviles, conteniendo la respiración. Durante algunos instantes sólo se percibió la tranquila respiración de la joven, el tic-tac del reloj, el sordo rumor de los coches rodando sobre el entarugado de la calle...

Sandoval miró al médico preguntándole con un gesto si la paciente dormía; Montánchez se encogió de hombros, pero viendo que habían pasado cinco minutos, aproximóse a ella de puntillas. Consuelito Mendoza tenía las manos caídas sobre la falda, la boca entreabierta, los ojos cerrados y el aspecto de una persona dormida.

—¿Duerme?—preguntó Alfonso.

—Ahora veremos.

—Mejor será dejar que el sueño sea más profundo.

—Sí... mejor es.

Entonces ella abrió sus grandes ojazos y lanzó sobre el médico una mirada burlona como una carcajada.

—¡Yo no estoy dormida!

—¿Y por qué tenía usted los ojos cerrados, diablillo indómito?

—¡Concho, porque me dolían mucho! Y, además, porque para mirar esa bola debo ponerme bizca y no tengo ganas de quedarme hecha un adefesio para toda la vida... Entonces ya podía echarle un galgo corredor a mi maridito, que se iría por esos mundos a buscar mujeres que le mirasen con buenos ojos.

Sandoval quiso reñirla por su falta de respeto y de juicio.

—Vaya—exclamó Consuelo insinuando un mohín como si fuese a llorar—, te aseguro que por hoy no puede ser; no te encalabrines, hombre, mañana será otro día; ahora estoy muy distraída y os será imposible sacar partido de mí. ¿Sabes de lo que estaba acordándome hace un rato?... Pues de aquella fábula que habla de un labrador que, estando sentado a la sombra de un guindo, se lamentaba de que las guindas no fuesen tan grandes como los melones; y cuando ya empezaba a sentir humos de teólogo campestre y a decir que el mundo no estaba bien arreglado y que Dios no sabía un pitoche de eso de fabricar planetas, ¡pum! le cayó una guinda en la punta de la nariz; lo cual le hizo comprender que bien están los melones cerquita del suelo. Y por eso yo pensaba: si conforme esta bola es una esferita que no pesa, fuese como un melón o un pepino, cualquiera me hacía estar debajo de ella...

—Pues mírese usted las narices—dijo Montánchez—, a mí, me es igual...

—Como a mí—interrumpió ella riendo—, que se mire usted las suyas, o que se las suene.

—Lo digo porque los resultados son idénticos; ese procedimiento y el de mirarse el ombligo eran los usados por los frailes medioevales.

—¡Hoy no me parece nada bien; mañana, mañana!...—gritó Consuelo.

Montánchez se convenció de que la misma impresionabilidad de la joven, que al principio juzgó circunstancia favorable para emplear el hipnotismo como plan curativo, era el primer obstáculo que entorpecía sus planes.

Consuelo Mendoza era una desequilibrada animada por un espíritu de protesta que la incitaba a rebelarse continuamente. Cuando comprendía que se trataba de un asunto serio sentía deseos de jugar, porque su alegría y su risa se excitaban ante la gravedad ajena; y, por el contrario, si veía a los demás contentos, experimentaba súbitos accesos de tristeza. El único modo de dominarla era sorprenderla con lo desconocido, con lo que ella no pudiese prever ni esperar; a traición exclusivamente se vencerían las asperezas de aquel carácter que sólo era consecuente en sus propias inconsecuencias.

—Estoy seguro de subyugarla—decía Montánchez a su amigo—; si bien necesitamos aprovechar la ocasión propicia. Siempre el primer experimento es el más difícil, porque aún el organismo no está predispuesto a recibir las influencias del sueño hipnótico, pero en los sucesivos se camina como por país conquistado.

Aquella ocasión tardó mucho en presentarse.

Aunque Alfonso dejó de ir al casino con tal de que Montánchez fuese a visitarle por las tardes, casi nunca Consuelo les acompañaba: se metía en sus habitaciones y ellos quedaban en el comedor, con los pies colocados sobre los morillos de la chimenea, las piernas envueltas en mantas, fumando y bebiendo café, adormecidos en la tibieza de la atmósfera. A veces Consuelo, cansada de estar sola, venía a acompañarles: ellos entonces sacudían su pereza oriental y hablaban de los asuntos del día, para distraerla: Sandoval refería chascarrillos o el escándalo de la última semana: Montánchez le escuchaba atentamente, porque aquéllos eran los ecos de un mundo que él desconocía.

Las conversaciones de su amigo despertaban en su memoria gratos recuerdos de otros tiempos y de otros lugares, y su borrascosa juventud desfilaba ante sus ojos medio cerrados: él también había amado y reñido con maridos celosos, y recibido heridas por mujeres que no le importaban, y peleado, como Byron, por una patria que no era la suya, y sufrido miserias por el gusto de triunfar de todas y poder referirlas después... Y entonces recordaba los años que fueron y le acometían súbitos deseos de desenterrar, charlando, detalles de su historia que sus amigos ignoraban; y cuando Alfonso agotaba el tema de las comidillas callejeras, Gabriel hablaba de París, de Argel, de un carnaval pasado en Venecia, de la noche en que hirió, a la entrada de Atenas, a un marinero corso por una mora a quien había visto sólo un ojo y con la cual huyó después a Menidi; de las noches pasadas al pie de las palmeras en los oasis, contemplando el fantástico espectáculo de la luna iluminando la arenosa inmensidad del desierto; y de las orgías nocturnas celebradas en góndolas al pie del Vesubio, con napolitanas complacientes...

A Consuelo la divertían aquellos episodios que, por lo inverosímiles, parecían capítulos sacados de un folletín.

Montánchez gozaba refiriéndolos, y como los recuerdos, cuando son muy vivos, caldean el cerebro, aquellas viejas memorias adquirían a sus ojos toda la fuerza de la realidad: entonces parecía que su alma misteriosa, deponiendo su habitual reserva, se desdoblaba para mostrarse mejor, y Consuelo le escuchaba embelesada, algunas veces con curiosidad, otras con grima, siempre con interés.

Gabriel Montánchez, que vivió mucho en poco tiempo, era más viejo de lo que parecía y tenía una historia más larga de lo que sus amigos imaginaban. Aquel hombre cuyos ojos encerraban, como el mar, abismos insondables; el médico que vivía encerrado en su estudio, emborrachándose con tinta, según la expresión de Flaubert, y arrancándole secretos al cuerpo humano con el microscopio y el bisturí; aquel viejo de cuarenta años, tan frío y dueño de sí mismo, era en sus ratos de expansión, otro individuo. A pesar del empeño que siempre mostraba en no revelarse, la naturaleza o el temperamento vencían su voluntad, y el alma surgía. Su conversación era sencilla, su lenguaje claro, sus pensamientos ingeniosos o mordaces: todo lo refería llanamente, con un candor de niño grande que cautivaba, aun cuando tratase asuntos difíciles: los mayores delitos los refería claramente, sin rebuscar palabras que dulcificaran las durezas de la acción ni disculparse de las infamias cometidas.

Aquellas confesiones provocaban las de Sandoval, reverdecía sus amores de estudiante, las graves deudas que contrajo y de las cuales hubo de librarle su padre, su viaje por Europa, en compañía de algunas pecadoras que se encargaron de embellecerle su estancia en Basilea, Munich y París, y otros pormenores de su antigua vida de soltero: Montánchez refería una historieta y él otra, y a veces contaban entre los dos una travesura en que ambos intervinieron.

Consuelo les oía silenciosa, sin acordarse de su costura, pensando que su inocencia debía de ser muy grande cuando no tenía nada que referir: quería conocer bien los secretos del hombre a quien estaba unida por los vínculos del amor, de la religión y de la ley, y de aquel otro fantástico personaje que el Destino atravesaba en su camino. Pero en Alfonso jamás sorprendió nada aborrecible; siempre fué el mismo calavera de buen tono, franco y valiente, que ella conoció; mozo sin dobleces ni hipocresías, poeta por temperamento y artista de corazón, que necesitaba de la alegría y del amor, como del aire, para poder vivir.

En Montánchez su fino instinto procuró ver la luz, y, no hallándola, retrocedió espantada ante las tinieblas pavorosas que rodeaban su espíritu gigante: aquel hombre, a pesar de su amabilidad y de la miel que destilaban sus labios, tenía una historia lúgubre, que se traslucía en las sencillas narraciones de su vida pasada. Lo más novelesco, los cuadros más interesantes y dramáticos, aquéllos donde existía un destello de pasión para disculpar los errores del hombre, eran los que Montánchez contaba; pero tras estos episodios había otros cuidadosamente velados, lagunas enormes que el narrador no quiso o no supo llenar, contradicciones que envolvían misterios, viajes sin objeto, ciudades y personas cuyos nombres no pudo saber.

A Sandoval le parecía su amigo un calavera afortunado y de talento, que, cansado de correr mundo, se retiró a la vida tranquila cuando su cerebro conservaba aún muchas energías para el estudio y su corazón mucho entusiasmo por la gloria; para Consuelito Mendoza, Gabriel Montánchez era algo peor que un aventurero; era un criminal; y su imaginación, predispuesta siempre a ver las cosas abultadas y por su lado pésimo, creyó adivinar en el misterioso pasado de aquel truhán muchas páginas rojas. Su marido decía que Gabriel fué un loco de buena índole, porque él era bueno y no podía juzgar mal a nadie; pero ella no pensaba así: Montánchez no trabajaba “por amor al estudio”, mentira; quien tal cosa dijese, era un embustero o un tonto: estudiaba por distracción, por espantar algún remordimiento ineluctable: el trabajo era para él lo que el aguardiente para los borrachos o el opio para los chinos; un medio de olvidar...

Gabriel Montánchez era alto, fornido, con un pechazo de atleta y un cuello de león. Cuando aquel cerebro privilegiado funcionó estimulado por la abrasadora sangre de la juventud, y a sus nervios, semejantes a hilos telegráficos, los contrajo la pasión, sus energías serían portentosas. Era, pues, un coloso que, si entonces se mostraba grande en sus libros y en sus rarezas, también lo fué antes en sus amores y en sus crímenes. Un amor desgraciado y un crimen horrendo: tal era, según Consuelo, el nudo más interesante de la historia del terrible médico.

Prescindiendo de estas particularidades físicas, lo que más aterrorizaba a Consuelo era la aureola sobrenatural que, según ella, envolvía el nacimiento y la historia del arriscado desertor de las tropas argelinas. Montánchez era médico, conocía el mecanismo de los músculos y de los huesos, los secretos de la química y de la botánica, y dormir con los ojos e imponer su voluntad a la persona dormida, convirtiéndola en instrumento inconsciente y dócil de sus caprichos; y además de este saber peligroso que adquiriera en las bibliotecas, había viajado mucho por Oriente, donde aprendió, quizá por boca de algún endiablado brujo, el secreto de componer venenos, decir sortilegios y preparar filtros mágicos. En suma: Montánchez era un bandido que, cual otro Judío Errante, recorrió el mundo bajo la nefasta influencia de su sino; un corsario del siglo XV vestido a la moderna, un brujo rezagado de la última “misa negra” que se celebró antes del descubrimiento del gas; un nigromante que, a usar bigote, hubiera tenido tres pelos del diablo en cada una de sus guías; una mala persona de la que era prudente recatarse como de los espíritus infernales...

—Adviértele a Gabriel—dijo Consuelo a su marido una noche después que el médico se hubo marchado—, que no vuelva a contar más aventuras; de oírle me pongo nerviosa; es un hombre que da miedo, porque, si es malo lo que cuenta, peor es lo que calla.

—¿Así que tú crees que Montánchez es uno de los pocos demonios que se libraron de las parrillas inquisitoriales?

—Poco menos.

—Entonces, ¿un Borgia con su correspondiente redomita de venenos en el pomo de la espada?... Pues aún le haces favor...

—Búrlate cuanto quieras—exclamó la joven—, pero ¡ojalá que ese tío no sea nuestro ángel malo!

Alfonso sonrió.

—¡Ay, cabecita, cabecita mía!—dijo—, ¿cuándo te acostumbrarás a ver las cosas como son?...

Aquellas tardes de invierno pasadas con sus amigos y al amor de la lumbre, fueron una resurrección para el misantrópico carácter de Montánchez.

Insensiblemente su espíritu despertaba, sus expansiones eran más francas, sus pensamientos más explícitos, y aunque seguía fiel a su antigua costumbre de vivir retraído, esquivando las impresiones con el mismo cuidado que ponía en impedir que ciertos elementos químicos quedasen expuestos a la luz, aquel cuartito bien alfombrado y confortable de la calle Arenal, fue para él un oasis delicioso en su desierto de estudios y vigilias. En casa de Alfonso encontró comodidades, una chimenea siempre encendida, tabacos, café, un amigo con quien evocar libremente los recuerdos de los años pretéritos en la seguridad de ser escuchado con interés, ya que sus vidas corrieron juntas muchas veces, y una mujer que halagaba su vanidad con la atención que prestaba al relato de sus aventuras.

En el seno de aquella intimidad, donde la presencia de Consuelo reforzaba el afecto de los dos amigos, pasó el invierno y llegó el mes de mayo con sus alegres alboradas.

—Estoy quebrantando mis votos—solía exclamar el médico—, y jugándome la tranquilidad; y como aún soy joven y remolco muchos vicios sobre la conciencia, temo que el mundo consiga engatusarme otra vez.

Sandoval procuraba retenerle alegando, entre otras razones, la necesidad de velar por la salud de su mujer.

—No seas maniático—decía—; aquí vives perfectamente, tan libre del mundo y del tiempo como en tu misma casa; puedes con más facilidad estudiar el temperamento y los achaques de mi enfermita y, sobre todo, ganar poco a poco su confianza y su aprecio, circunstancias que te permitirán entenderte con ella y someterla a tus procedimientos sugestivos.

—Eso sí—replicaba Gabriel—, en cuanto yo pueda allanar el misterioso santuario donde las personas nerviosas encierran sus afectos, y Consuelo se acostumbre a verme sin temblar, su curación está asegurada.

La vida de Montánchez había cambiado notablemente. Al principio sus visitas eran raras, parecía que le llevaban a remolque, y siempre pretextaba, para no ir, su amor a la soledad o la urgencia con que había de terminar algunos trabajos: después sus visitas menudearon y pocos meses después eran casi diarias: hubiérase dicho que su espíritu empezaba a disfrutar de una segunda primavera y que bajo el sol de la amistad retoñaban los pocos gérmenes que no tronchó el sufrimiento.

—El mundo y la juventud vencen mi voluntad—decía Gabriel cuando vió que el fastidio también le perseguía en su cuarto de estudio—; la soledad me aburre, mi dolor de tantos años se desploma, el contento vuelve a uncirme a su dorado carro de cascabeles...

Pero Consuelo creía con terror que quien le arrastraba era un diablo, y que ese diablo le empujaba hacia ella...

La joven seguía empeorando; cada vez su temperamento era más irritable, más irregular; lloraba y reía por todo, y su carácter cambiaba como las piedras de un kaleidoscopio sin que en ella se revelase ninguna idea matriz que sirviese de norma a sus pensamientos. Pocas eran los noches en que no sufría algún ataque de jaqueca: entonces se ponía insoportable; todo la molestaba: la luz, el ruido de los platos que la doncella fregaba a cencerros tapados al otro extremo de la casa, el ruido de la péndola del reloj, las voces de los vecinos, el rodar de los coches. Al fin se quedaba dormida boca abajo, con la cabeza entre las manos para no oír, sufriendo descargas nerviosas que la hacían brincar cual si de improviso la pusieran en comunicación con una pila eléctrica.

Algunos médicos que la examinaron dijeron que aquello no revestía gravedad, que todo ello desaparecería con los primeros síntomas de embarazo, y que era inútil y hasta peligroso emprender ningún plan curativo, ya que se trataba de una enfermedad que no ofrecía caracteres determinados. Montánchez también se mostró partidario de la espera.

—Aguardemos—decía—a que llegue el verano; el frío ejerce influencia funesta sobre los organismos delicados, pues contrae los nervios sometiéndolos a dolores cruelísimos; con los primeros calores se disiparán esos amagos de histerismo y entonces emplearemos con ella un tratamiento más bien higiénico que terapéutico.

A despecho de tantas opiniones tranquilizadoras, un accidente imprevisto demostró que no se trataba de ningún desarreglo vulgar, y que el mal de Consuelo adquiría proporciones alarmantes.

Una tarde, después que Montánchez se marchó, la joven fué a sentarse sobre las rodillas de su marido, rogándole con porfiada insistencia que contase algún cuento para distraerla; todo el día estuvo alegre y parlanchina, y muy entusiasmada con la idea de ir por la noche a ver unos acróbatas chinos que despertaban en el público, según decía el cartel, “gran atracción”.

—¿Te sientes bien?—preguntó Alfonso.

—Sí, muy bien.

—Tienes amarillentos los ojos y las encías muy pálidas—agregó él examinándola—; pronto empezarás a beber agua de hierro y en cuanto llegue el buen tiempo saldremos a pasear todas las mañanas, para que aspires los aires vivificadores del campo; y este verano, al mar, a bañarnos y a correr por la playa. Dos meses de vida salvaje nos harán infinito bien a los dos: este Madrid es una cloaca blasonada donde estamos pudriéndonos poco a poco.

—Conformes, ¿me cuentas eso?...

—No creas—continuó Sandoval distraído—, yo también deseo verme vestido de campesino y tener una escopeta y un perro, ¡me aburren tanto esas alamedas del Retiro, con sus arbolitos recortaditos y afeitados por la mano del jardinero!...

—¿Me complaces en lo que pido—interrumpió Consuelito impaciente—, sí o no?

—Sí, niña; ¿qué es ello?

—Un cuento.

—¿Cómo lo quieres?

—¡Como te dé la gana, con tal que dure hasta la hora de cenar!

Y su cara, hasta entonces sonriente, se puso seria, expresando en pocos segundos sorpresa, furor y angustia.

Había visto en el alfiler de corbata de Alfonso un hilo de toquilla, que recordaba la presencia de otra mujer.

—¿Qué tienes aquí?—preguntó levantándose y cogiendo entre sus dedos convulsos aquella prueba de adulterio.

—¿Dónde?—preguntó Sandoval estupefacto.

—Aquí, ¿no ves? ¿Dónde has estado, de dónde vienes, a qué mujer has abrazado? Alfonso, dímelo por Dios, por tu madre... mira que prefiero saber la verdad, toda la verdad, por tus labios. ¿No ves? Habla, cuéntamelo todo, yo te perdono antes de saberlo... pero dime a quién has abrazado, dime su nombre, ¡su nombre! para que yo pueda maldecirlo...

—¡Consuelo, por lo que padeció Cristo en la cruz!

—Porque tú has abrazado a otra mujer—afirmó ella—; éste es un hilo de toquilla, de una toquilla azul y yo no tengo ninguna de ese color...

—Cálmate y déjame hablar—dijo Alfonso poniéndose muy serio—, y procura no aturdirme con papeles trágicos; estás preguntándome cosas a las cuales no puedo responder porque las ignoro tanto como tú...

—¡Mentira!

—Repito que no puedo satisfacer tu curiosidad más que con suposiciones: yo no he estado en ningún sitio donde no pueda entrar contigo, y con esto digo bastante: ni he hablado con mujeres. Ese hilo maldito habrá caído de algún balcón y se enredaría ahí... ¿qué sé yo?...

—¡Mentira!—gritó la joven con vehemencia—, conozco que mientes en tu manera tibia de negar; porque si fueras inocente y te doliesen mis dudas, protestarías fogosamente, como todo el que tiene su conciencia limpia.

Y continuó mesándose los cabellos:

—¡Con otra, Virgen santa, con otra, dejarme a mí por otra, a mí, que le quiero tanto!... ¡Eres un criminal que va matándome poco a poco!... Y es que ya no me quieres... estás harto de mí y con mi enfermedad, Dios mío, te aburro más aún... y me castigas así, dejándome, como si yo tuviese la culpa de los dolores que sufro...

—¿Quieres escucharme una observación?

—No, este desengaño me mata... no podré resistirlo... ¡Con otra, padre mío, con otra!...

Aquel ataque de celos fue tan violento, que su delicado organismo no pudo soportarlo. Calló repentinamente, permaneciendo de pie, con la cabeza un poco inclinada hacia adelante y los brazos inertes a lo largo del cuerpo; parecía la imagen del abatimiento: después, perdiendo el equilibrio, lanzó un grito ronco y hubiese caído al suelo si Alfonso no la coge del talle.

Inmediatamente una criada fué en busca de Montánchez, que no tardó en acudir: cuando llegó, la joven seguía tendida en la cama sin recobrar el conocimiento: tenía los ojos un poco abiertos y entre los párpados dos gruesos lagrimones que parecían congelados; el semblante conservaba su color habitual, pero el pulso era casi imperceptible y la respiración fatigosa. Gabriel la llamó por su nombre y no obtuvo contestación.

—Está insensible—dijo—; todo lo que ahora hiciésemos por despertarla a la vida sería inútil; esperemos a que decline la crisis.

—¿Te parece—observó Alfonso—que le echemos agua fría por la cara?... Acaso reaccione.

—No consigues nada, pues no hay reacción donde la sensibilidad falta; es preferible aguardar a que vuelva en sí, y probablemente no tardará mucho, pues ya la naturaleza estará luchando y poniendo en juego sus resortes para triunfar del mal.

Alfonso, lleno de impaciencia, comenzó a pasear por el gabinete, mientras Montánchez permanecía de pie junto a la cama, mirando a la enferma: estaba un poco pálido y en su semblante impasible vagaba una ligera expresión de tristeza y ansiedad. En aquel momento Consuelo sonrió y sus facciones denotaron bienestar infinito.

—Consuelo—exclamó Alfonso cogiéndola una mano—, ¿te sientes mejor?

Montánchez le hizo seña de que era inútil hablar, pues la enferma no oía.

—¿Que no me oye... y está riendo?

—Ríe... ¡vaya al diablo a saber de qué! Esta muchacha es histérica y casi todos los ataques de histerismo se presentan así.

—Nunca la he visto igual.

—Es porque el mal sigue creciendo.

—¡No quiero café, concho!... ¿No sabes que me pone nerviosa?—gritó de repente la joven.

Los dos hombres se miraron.

—De eso hablamos hoy a la hora de almorzar—dijo Alfonso—. ¿Pero será posible que no me oiga?... ¡Consuelo, Consuelo!...

—Alfonsete, ¡qué rico!...—exclamó ella—, las consecuencias serán de oro, ya verás... si no te quedas ciego... ¿Sabes que me duele el corazón?

—¡Si parece loca!—murmuró Sandoval consternado—; ¿es posible que se discurra así sin haber perdido la razón?...

—Lo que presenciamos no es extraordinario; cuando recobre el conocimiento estará como de costumbre y sin acordarse de nada.

Consuelo se había quedado seria y su semblante expresó ira, cansancio, después miedo.

—¿Y si muriera en un ataque de esos?...—preguntó Alfonso.

—Imposible, en el caso presente, por lo menos.

Sandoval empezó de nuevo a pasear con los brazos cruzados a la espalda, mientras el médico continuaba en la alcoba mirando a la joven con insistente fijeza. Entonces Consuelo sonreía con sonrisita semejante a un iris de paz, cual si sus oídos gozasen los acordes de una música deliciosa.

Alfonso, que se había detenido delante del lecho, exclamó:

—¿Es hermosa, verdad?

—¡Oh... es preciosa!—repuso Montánchez cerrando los ojos, distraído y como en éxtasis.

Sandoval le miró un instante y dijo:

—No puedo estar tranquilo mientras la vea tendida ahí, como una muerta; ¿quieres que probemos a despertarla dándole a oler amoníaco?

—Probemos.

Alfonso salió del gabinete trayendo a poco un frasquito destapado que puso bajo las narices de la enferma; ésta, al principio, no demostró sentir nada; luego ladeó la cara con un gesto de repugnancia, se colorearon sus mejillas y empezó a toser.

—Hola—murmuró Sandoval alegre—, ya parece volver a la vida.

Pero Montánchez le obligó a retirar el brazo, diciendo:

—No lo creas; esa tos proviene, no de que su olfato perciba el olor, sino de la irritación que el amoníaco produce en la membrana pituitaria; tengamos paciencia, pues, para ser espectadores.

Transcurrieron algunos minutos y Consuelo comenzó a inquietarse; la sonrisa huyó de sus labios y su entrecejo se contrajo; parecía ahogarse; luego balbuceó palabras incoherentes...

—A... aa.. ven, ven... siento que suben... la escalera, qué miedo, qué frío... es un hombre, un hombre alto... ¡¡Alfonso!!

Dió un grito fortísimo, y como si los músculos del cuello hubieran perdido instantáneamente el vigor, su hermosa cabeza rodó sobre la almohada, y su boca se llenó de espumarajos que en vano pretendía escupir; después llevóse las manos al corazón y su respiración fué difícil, agitóse violentamente presa de movimientos espasmódicos y volvió a quedar tranquila. Luego bostezó profundamente y abrió los ojos; sus miradas, que parecían por lo inmóviles las de una idiota, se fijaron alternativamente en su marido y en Montánchez.

—¡Uy, qué miedo!—murmuró.

—¿Quieres agua?—dijo Alfonso acercándola un vaso a los labios.

—Agua... agua—repitió ella como un eco.

Bebió algunos sorbos y volvió a tenderse diciendo que tenía mucho sueño.

El acceso histérico había pasado.

Aquellas crisis se repitieron. Ocurrían sin pretexto justificativo, a veces por la menor contrariedad, y se anunciaban por un malestar general y una laxitud indefinible que obligaban a la paciente a adoptar distintas posturas sin que en ninguna de ellas acertara a estar bien: entonces sentía frío y calor, contento y tristeza, miedo y ganas de llorar; era una modorra suprema que la hacía maldecir de sí misma.

Con los primeros amagos de sueño experimentaba deseos de estirarse y de suspirar: extendía los brazos y las piernas, arqueaba la columna vertebral con la voluptuosidad de los gatos que se desperezan al sol, y su boca se abría bajo la acción de grandes bostezos que hacían crujir sus mandíbulas y llenaban sus ojos de lágrimas. Después quedaba inmóvil, los párpados temblaban un momento antes de cerrarse, la cabeza perdía su posición, y sus miembros, atacados de súbito desmadejamiento, adoptaban la actitud más conforme con las leyes de la gravedad: en seguida sobrevenía el desvanecimiento y la insensibilidad era completa.

Aquello era una muerte que sólo conservaba de la vida el aliento y un poco de calor: perdido el oído, la vista y el olfato, el mundo exterior desaparecía completamente.

En ciertas ocasiones el ataque era pasivo y Consuelito Mendoza conservaba durante muchas horas la misma posición, sin parpadear ni moverse: otras su espíritu rebrincaba furioso en su cárcel de células, víctima de pesadillas intraducibles, y entonces refería escenas que había presenciado o lo que pensaba hacer, y todo con perfecta hilación y notable claridad y lógica, como si estuviera despierta.

Cuando las crisis eran habladoras, Alfonso y su amigo escuchaban con vivísimo interés aquellas confesiones inconscientes en que la enferma refería todos sus pensamientos con la prolijidad y franqueza del que charla sin saber que le oyen; y tan íntimas fueron en más de una ocasión sus confidencias, que Sandoval hubo de taparle la boca.

Todo cuanto se hacía para arrancarla de aquel estado, era inútil; no había medio de conmoverla; los nervios estaban rotos o embotados y era imposible hacerlos vibrar.

Lo más sorprendente de aquellas crisis eran los presentimientos, las corazonadas. Consuelo, que no veía la luz encendida delante de sus ojos, ni oía las voces dadas cerca de ella para despertarla, experimentaba pequeñas sensaciones inapreciables para otro cualquiera.

—En toda mi carrera de médico, y a pesar de lo mucho que he estudiado las afecciones mentales—decía Montánchez—, he visto nada semejante: a veces creo habérmelas con una de aquellas adivinas que el fanatismo de la Edad Media asesinó en las hogueras inquisitoriales; a una posesa que mantiene relaciones sobrehumanas con ese mundo fantástico que no vemos y dicen está habitado por millones de almas de personas que ya murieron y de otras que no han nacido aún. Porque en esos momentos, aunque Consuelo no disfrute una vida semejante a la nuestra, tiene otra enteramente suya, en la cual discurre con perfecta lógica; un retablo poblado de imágenes y de escenas que ella misma dispone y al cual raras veces llegan las luces y rumores del mundo.

Y esto era cierto, pues la joven, que parecía ajena a toda sensación física, contraía súbitamente los ojos, como herida por una luz vivísima.

—¡Oh, qué miedo!—murmuraba—, ¿has visto, Alfonso?... Por ahí ha pasado una sombra; será la de algún bandido; sal al balcón y llama a los guardias, di que quieren robarte... pero no, no vayas, porque teniéndote junto a mí estoy más tranquila. Ven, acércate, ¿dónde te escondes?... ¿Es que no quieres estar conmigo?... ¿No quieres?

Extendía las manos y sus dedos se agitaban en el aire buscando un fantasma, un vapor impalpable, y luego cerraba los brazos apretando entre ellos aquel ser misterioso que su imaginación la ofrecía, en tanto su bello semblante expresaba placer y sosiego subidísimos.

Pero la sombra de que hablaba no era un antojo; Sandoval y Montánchez la habían visto también: fué la de un coche que se dibujó fugazmente en el techo del gabinete, o un reflejo ligerísimo que entró por la ventana, casi nada... y, sin embargo, Consuelo la vió, puesto que sus párpados temblaron en el preciso instante de cruzar la sombra y hasta explicó su aparición diciendo que era la de un hombre que huía... Otras veces sus cejas se arqueaban y permanecía inmóvil, conteniendo el aliento y abriendo la boca para oír mejor; después se incorporaba en el lecho, apoyándose sobre un codo y estirando el cuello, como escuchando la revelación de algún espíritu a través del espacio infinito...

—Algo debe de impresionarla—decía Montánchez—; todos sus gestos lo indican.

—¡Consuelo, Consuelo!—gritaba Alfonso—, ¿me oyes?

Pero la joven le rechazaba, imponiéndole silencio con el ademán, mientras escuchaba aquellos ruidos que sólo ella percibía.

—¡Ah, sí, es él... le conozco perfectamente por el modo de andar!... ¡Qué oportunamente llega! Cuando sepa que ha entrado aquí un ladrón y que estuve sola con él, se pondrá furioso... Sí; ya ha entrado en el zaguán; ya empieza a subir la escalera...

En efecto, se oía ruido de pisadas.

—¡Ya viene, ya va a tocar!—exclamaba Consuelo alegremente—; voy a abrirle.

Y como hiciese ademán de levantarse y Alfonso se lo impidiera:

—Dejadme, concho—decía—; quiero abrirle la puerta; es mi marido...

Y sus misteriosos ensueños la daban, efectivamente, la facultad de presentir y de ver a despecho de la distancia y de los cuerpos opacos, pues mientras decía aquello el timbre de la escalera sonaba. Las agudas vibraciones del metal disipaban instantáneamente su ilusión; Consuelo se entristecía, echaba la cabeza hacia atrás y volvía a tenderse en la cama suspirando profundamente.

—¡No es él, no es él!—murmuraba—. ¡Dios mío! ¿dónde andará?... ¿Por qué no viene?...

Transcurrido algún tiempo, la crisis disminuía y su desaparición se indicaba por caracteres semejantes a los que fueron heraldo de su llegada.

Empezaba a desperezarse y a bostezar, paladeaba mucho, chasqueando la lengua como si tuviese mal sabor de boca o se la hubiera atravesado algún cabello en la garganta, se pasaba las manos por la frente y abría los ojos.

Al volver en sí no recordaba nada y permanecía atontada largo rato, sorprendida de oír los detalles que su marido y el médico referían de su accidente. No tenía conciencia de lo pasado y su memoria no hallaba solución de continuidad entre lo último que dijo o hizo antes de perder el conocimiento y el instante en que lo recobró, aun cuando el acceso hubiese durado varias horas.

La buena alimentación, los largos paseos por el campo, los vasos de leche recién ordeñada bebidos en el Retiro o en la Moncloa, y las distracciones de que Sandoval procuró rodear a la joven, no modificaron su salud, que, aparte de su histerismo y de sus ratos de negra pesadumbre, era excelente.

Los primeros días de junio fueron de distracción para Consuelo; el cumpleaños de su marido se acercaba y era preciso celebrarlo según costumbre.

“El día grande”, como ella lo llamaba, estuvo atareadísima. Aquella mañana fué a la joyería de Ansorena a recoger una preciosa sortija de oro, con esmalte verde, que había encargado; luego, a una tienda de bisutería de la calle del Príncipe; después a casa de Tournié en busca de dulces y fiambres. Por la tarde no quiso salir de la cocina, empeñada en preparar por sí misma los flanes y las fuentes de natillas que debían de servirse a los postres; aquel desusado trajín y el calor de la lumbre la rindieron, y tuvo que sentarse junto a la ventana, fatigada, sudorosa, aventándose con el delantal.

La hora de la cena deslizóse agradablemente; el único invitado a ella fué Montánchez. Se habló de literatura; el médico, contra lo que de un empirista acérrimo podía esperarse, sostuvo la preeminencia de la forma sobre el fondo.

—Si hubiera caído la caja de Pandora entre mis manos—dijo—, no la hubiese abierto.

Después, ponderando la magnitud de sus pesadumbres, agregó:

—Aseguraba Ernesto Renán, que para leer todo lo que se ha escrito, para amar y para escribir, se necesitan tres vidas; figuraos yo, que he escrito bastante y leído mucho y amado mucho también, si habré sufrido condensando las amarguras de esas tres existencias en una sola.

Después de tomar el café, y cuando los tres se disponían a prolongar en la sala la reunión, dijo el médico:

—Sandoval es un Nabab que me ha tratado espléndidamente, pero esto no pasa de ser una comida europea. Yo, a mi vez, deseo invitaros a una fiesta oriental, si es que os dignáis aceptar el modesto ofrecimiento de un persa con levita: mi festín se reducirá a algunos exquisitos licores que yo mismo compongo, porque aquí son desconocidos; a frutas de entre trópicos y a media docena de pipas cargadas de opio: ahí es donde escondo los deleites de mi orgía.

—Opio he tomado una vez—repuso Sandoval—, y creí volverme loco; después de aquel ensayo anduve atontado varios días, y prometí contentarme con los sueños que tuviera cuando me acostase del lado izquierdo.

—Pero yo lo sé administrar y respondo de que no sufrirás la menor molestia.

—¡Tú no tomarás eso!—gritó Consuelo acercándose a Alfonso y sacudiéndole por un brazo—; no lo tomarás porque es un veneno, y no hagas caso de lo que ese hombre te diga...

—No te apures—repuso Sandoval rechazándola suavemente—; aún no ha sucedido nada.

—Pero sucederá...

—No, mujer.

—Lo que Gabriel te brinda no es opio, es ponzoña... lo sé... me lo ha revelado ahora mismo una voz misteriosa...

Y agregó con excitación creciente:

—¡Júramelo!... Júrame que no tomarás nada de su mano... Júrame que no te separarás de mí ni el negro de una uña... ¡Júramelo!

Palideció.

—¡Consuelo, Consuelo!

Ella no contestó: sus labios balbucearon algunas palabras, arreboláronse sus mejillas, se llevó las manos al corazón y empezó a vacilar.

—¡Agua, agua en seguida!...—pidió Sandoval.

Entonces Montánchez se acercó a la enferma y, cogiéndola por un brazo, la miró fijamente a los ojos: ella exhaló un pequeño grito y quedó inmóvil, sosteniendo la mirada del médico.

Fué una escena relámpago que apenas duró tres segundos.

—Vamos—exclamó Gabriel con aire triunfal—, al fin se presentó la ocasión que tanto hemos buscado y pude aprovecharla. Ya está hipnotizada.

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