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Incesto

V

Reading edition

Aquella noche Mercedes la pasó delirando: su frente y sus manos ardían, tenía los labios secos y los ojos abrillantados por la fiebre; poseída de una terrible exaltación nerviosa, se revolcaba sobre el lecho destapándose, buscando la frescura de las sábanas, barbotando un monólogo disparatado que revelaba el incoherente trajín de su cerebro.

—Palco... esa puerta... déjame... ¡Oh, qué ruído, qué calor, cuánta gente!... ¡Me ahogo, me ahogo... abrir la puerta!...

Doña Balbina, sentada en un sillón, junto al lecho, la escuchaba sin responder, para no aumentar su exitación, según Gómez-Urquijo la había aconsejado. Luego, merced a unos pediluvios de agua hirviendo, la enferma se recobró mucho, dejó de hablar, y momentos después dormía tranquilamente. A la mañana siguiente despertó bien, extrañando que la hubiesen oído soñar en voz alta.

Los días desfilaban uniformes, tediosos, borrando los unos el desabrido recuerdo que dejaron los otros, trayendo idénticas desdibujadas emociones; largos, soporíferos, como modulaciones de un mismo bostezo... Balbina Nobos nada llegó a saber de lo ocurrido en la Zarzuela, el delirio de Mercedes lo achacó el médico a un enfriamiento, y aquel incidente, como tantos otros, fué olvidándose. Todas las mañanas Mercedes iba con su madre al Conservatorio y por las tardes recibía a Carmen Vallejo, quien siempre era portadora de una carta de Roberto; cartas apasionadísimas, desesperadas, terribles, que quemaban los dedos.

Pasaron quince días.

La tarde de un sábado, víspera de Carnaval, doña Balbina se hallaba en el comedor, cosiendo junto a la ventana, aprovechando las postreras claridades del crepúsculo; Mercedes estaba en el despacho copiando una lección de música; Gómez-Urquijo y Felipa habían salido; un reposo triste pesaba sobre las habitaciones silenciosas, con sus muebles obscuros y sus puertas cubiertas por cortinajes inmóviles; la lluvia porraceaba sobre los cristales, y en el cañón de las chimeneas el viento gemía con estentóreos lamentos y agudos ronquidos de gigante moribundo. De pronto la casa retembló sacudida por un violento portazo. Balbina Nobos levantó la cabeza y escuchó... La lluvia, impulsada por el viento, repiqueteaba furiosa sobre los cristales; el reloj del comedor proseguía impasible, tic-tac, tic-tac...

—No será aquí—pensó; y siguió cosiendo.

Luego, por efecto de una misteriosa concatenación de ideas, recordó los amores de Mercedes, sus tristezas, el anónimo que una mano desconocida escribió prometiendo revelarla secretos gravísimos... y de nuevo volvió a preocuparla aquel portazo que continuaba resonando dentro de su cráneo. Alarmada repentinamente, se levantó y fue al despacho: Mercedes no estaba allí: sobre la mesa y por el suelo, como arrojados en un acceso de coraje, yacían varios papeles de música; la anciana inspeccionó el dormitorio de la joven y recorrió todas las habitaciones repitiendo angustiada: «¡Niña, niña!»... Y volvió a encontrarse en el recibimiento, delante de aquella puerta que tan violentamente habían cerrado momentos antes.

—No está...—murmuró Balbina.

Su tímido corazón se resistía a admitir la posibilidad de una gran desgracia: su hija volvería...

—Habrá ido a casa de Carmen...

Aquello fué para ella un rayo confortable de esperanza, y admitió complacida lo mismo que en otra ocasión la hubiese disgustado.

—Pero, ¿cómo no me lo habrá dicho?...—agregó.

Permanecía inmóvil en medio del recibimiento, temblando ante el pavoroso misterio de aquella puerta cerrada. Era inconcebible que Mercedes hubiera salido exponiéndose a que Gómez-Urquijo la sorprendiera; por la memoria de Balbina Nobos pasaron revueltos nombres de personas y recuerdos de episodios ya olvidados: Roberto Alcalá, la representación de Marina y las palabras incoherentes que Mercedes pronunció durante su delirio... «Palco, déjame, esa puerta...»

De repente la anciana sintió frío, frío de cuartana y miedo de hallarse sola en aquella casa, con sus muebles obscuros y sus puertas adornadas por severos cortinajes inmóviles; miedo de la lluvia que repiqueteaba en los cristales y de aquel viento gemebundo que aullaba en las chimeneas con estertores agónicos, y de aquel viejo reloj que marcó la hora de su casamiento treinta y dos años antes y que había devorado su vida...

Balbina Nobos volvió al comedor, sentóse junto a la ventana y esperó. La noche había cerrado completamente; en el hogar de la cocina el carbón crujía lanzando chispas que derramaban sobre las bruñidas cacerolas fugaces reflejos sangrientos...

Pasó más de una hora. Felipa no venía, Mercedes tampoco. ¿Qué significaba aquello?...

De repente, el timbre de la puerta vibró.

—¡Ahí está!...—exclamó Balbina Nobos, pensando en su hija y corriendo hacía el recibimiento—: ¡Ahí está; es ella!...

Abrió. Era Gómez-Urquijo.

—¿Vienes solo?...—dijo.

Había tantas lágrimas en sus ojos y tanta emoción en su voz, que don Pedro experimentó el vago presentimiento de algo terrible.

—Sí, solo...—repuso—: pues, ¿a quién esperas? ¿Y Mercedes?

—No está—murmuró la anciana desfalleciendo.

—¡No está!...—repitió don Pedro, pálido.

—No; ha salido.

—¡Ha salido!...

—Sí...

—¿Dónde?

—No sé.

—¡Es raro!...

—Sí... sí... en efecto...

Y agregó, temiendo que el anciano se enfureciese:

—Pero... volverá pronto... habrá ido a casa de Carmen...

Callaron, temblando bajo la repentina intuición de una desgracia.

—¡¡Mentira!!—gritó de pronto don Pedro—: tú nada sabes... ella nada te ha dicho, ¡no mientas!...

La había cogido por las muñecas arrastrándola hacia el salón.

—¿Dónde estabas tú?—repetía—: ¿cómo ha salido Mercedes de aquí?... ¡Habla! ¡Imbécil, imbécil!...

Tenía la convicción inquebrantable de que Mercedes se había fugado, y ante aquel mazazo brutal que sobre su vejez descargaba la fatalidad, su rostro adquirió la expresión angustiosa, horrible de esos colosos de piedra condenados, por caprichos del arquitecto, a soportar sobre sus frentes un peso enorme.

Balbina Nobos lo refirió todo: ella estaba en el comedor, cosiendo; de pronto oyó un portazo que parecía haber resonado en el piso inferior; luego se levantó y registró la casa sin hallar a Mercedes. No sabía más...

—Pero... ¿a qué viene eso?...—exclamó—, crees que nuestra hija...

—¡Sí, sí... lo creo... lo creo!...

—¡¡Pedro!!

—Creo que nuestra hija se ha ido... ¡para siempre!...

Ella dió un grito.

Gómez-Urquijo corrió hacia el recibimiento, enloquecido, queriendo salir a la calle para pedir socorro... Pero se detuvo.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?—preguntó.

—¡Oh, bastante... más de una hora!...

—¡Una hora!...

Volvió a la sala retorciéndose los brazos, mesándose el cabello, maldiciendo de sí mismo. Después avanzó sobre su mujer con el puño levantado, poseído de salvaje frenesí, abofeteándola con aquella misma mano que trabajó para alimentarla y vestirla durante tantos años.

—¡Imbécil, imbécil!—repetía.

Luego, anonadado por la catástrofe que destruía de golpe la mejor ilusión de su vida, sintió que aquel bárbaro coraje se revolvía contra sí mismo.

—¡Oh ambición... quimera torturadora de mi alma!... ¡Gloria maldita que convertiste mi existencia en delirio inacabable de triunfos efímeros y de pesadumbres sin cuento!... Tú me arrebataste todo: juventud, descanso, porvenir, familia... ¡Todo lo di por ti, que eres humo; todo por nada!...

Balbina Nobos le oía, llorando hilo a hilo: las lágrimas son el lenguaje favorito de las mujeres sencillas que no saben hablar y sienten mucho. Gómez-Urquijo siguió perorando: el desdichado se reconocía autor principal de aquella gran tragedia; él había corrompido, a su hija, él poseyó su alma, y aquel incesto abominable lo continuaba otro hombre...

—¡Yo fuí, yo fuí!—repetía.

Inconscientemente los dos ancianos, movidos por el deseo de ver el último sitio donde Mercedes estuvo, penetraron en el despacho. Buscaban un rayo de luz que los orientase; acaso un consuelo... Sobre la mesa, y como fruto nefando de todo cuanto en ella se escribió, había una carta. Doña Balbina lanzó un grito. Gómez-Urquijo rasgó el sobre y acercándose a la ventana vió unos renglones horribles que compendiaban toda la filosofía de sus libros.

«Querido padre...»

Hubo una pausa. La carta iba dirigida a su verdadero autor.

—Yo no puedo leer—murmuró el anciano cuyos cabellos parecían más blancos—: me ahogo; lee tú...

Y doña Balbina, más curiosa, leyó:

«Querido padre: Causas de las cuales no es usted responsable, me obligan a separarme de su lado. Perdone usted el daño que le causo y procure olvidarme. Yo le dejo a usted como usted abandonó a mis abuelos; es una ley cruel contra la que es inútil rebelarse. La vida, usted lo ha dicho, es una novela que se escribe; permítame usted, por tanto, redactar la mía. Quiero aprovechar las ilusiones, la juventud, todo eso tan hermoso que no vuelve; ¡quiero ser feliz, padre mío...! Dele usted un beso a mi madre. Adiós...»

Barcelona.—Abril, 1900.

FIN

BIBLIOTECA SOPENA

TOMOS PUBLICADOS

1.—La Gloria de don Ramiro, por Enrique Larreta.

2.—La Ginesa, por Carlos María Ocantos.

3.—Guzmán de Alfarache (tomo 1.º), por Mateo Alemán.

4.—Guzmán de Alfarache (tomo 2.º).

5.—El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra.

6.—Novelas Ejemplares (tomo 1.º), por Miguel de Cervantes Saavedra.

7.—Novelas Ejemplares (tomo 2.º).

8.—La Galatea, por Miguel de Cervantes Saavedra.

9.—Los Trabajos de Persiles y Segismunda, por Miguel de Cervantes Saavedra.

10.—La Caravana, por Eduardo Marquina.

11.—León Zaldívar, por Carlos María Ocantos.

12.—El Quijote Apócrifo, por Alonso Fernández de Avellaneda.

13.—Como un sueño, por A. G. Barrili.

14.—Los Lobos y el Cordero, por J. S. Fletcher.

15.—Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, por Francisco de Quevedo y Villegas.

16.—¡Misericordia!, por M. Martínez Barrionuevo.

17.—Eros, por Juan Verga.

18.—Floración, por Rafael López de Haro.

19.—La Juventud de Aurelio Zaldívar, por A. Hernández Catá.

20.—Vuelo de Cisnes, por Vargas Vila.

21.—La Novela del Honor, por Rafael López de Haro.

22.—El Alcázar de las Perlas, por Francisco Villaespesa.

23.—Entre todas las mujeres, por Rafael López de Haro.

24.—Novela Erótica, por A. Hernández Catá.

25.—De los Viñedos de la Eternidad, por Vargas Vila.

26.—Quilito, por Carlos María Ocantos.

27.—Beso de Oro, por Eduardo Marquina.

28.—Entre dos Luces, por Carlos María Ocantos.

29.—Libre Estética, por Vargas Vila.

30.—El Olmo y la Yedra, por A. G. Barrili.

31.—El Libro del Amor y de la Muerte, por Francisco Villaespesa.

32.—El Candidato, por Carlos María Ocantos.

33.—Sobre el abismo, por Eduardo Zamacois.

34.—La imposible, por Rafael López de Haro.

35.—María Magdalena, por Vargas Vila.

36.—La Pícara Justina.

37.—Al borde del pecado, por Alvaro Retana.

38.—El Sátiro Príapo y la Diosa Hebe, por Serafín Puertas.

39.—Fuegos fátuos, por A. Hernández Catá.

40.—El Diablo Cojuelo, por Luis Vélez de Guevara.

41.—Tobi, por Carlos María Ocantos.

42.—Aben-Humeya, por Francisco Villaespesa.

43.—Los sueños, por Francisco de Quevedo y Villegas.

44.—Punto-Negro, por Eduardo Zamacois.

45.—Pelayo González, por A. Hernández Catá.

46.—El Tesoro de Golconda, por A. G. Barrili.

47.—Promisión, por Carlos María Ocantos.

48.—El Salto de la Novia, por R. López de Haro.

49.—Memorias de una Cortesana (tomo 1.º), por Eduardo Zamacois.

50.—Memorias de una Cortesana (t. 2.º).

51.—El último Contrabandista, por Carmen de Burgos.

52.—Collar de Perlas.

53.—Siempreviva, por A. Martínez Olmedilla.

54.—El Maestrante, por A. Palacio Valdés.

55.—A flor de piel, por Antonio de Hoyos y Vinent.

56.—La noche del sábado.—Lo Cursi, por Jacinto Benavente.

57.—El Seductor, por Eduardo Zamacois.

58.—La procesión de los días, por W. Fernández-Flórez.

59.—La hermana San Sulpicio, por A. Palacio Valdés.

60.—Siervo y tirano, por A. Martínez Olmedilla.

61.—Las sensaciones de Julia, por Rafael López de Haro.

62.—Loca de amor, por Eduardo Zamacois.

63.—La Celestina, por Fernando de Rojas.

64.—Duelo a muerte, por Eduardo Zamacois.

65.—Frivolidad, por A. de Hoyos y Vinent.

66.—La enferma, por Eduardo Zamacois.

67.—Sirena, por Rafael López de Haro.

68.—Tik-Nay, por Eduardo Zamacois.

69.—Los emigrantes, por A. de Hoyos y Vinent.

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