III
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La juventud, garbo y apasionado temperamento de Mercedes, rindieron muy pronto a Roberto, inspirándole un capricho que, por lo consecuente y duradero, ofrecía los gayos visos de una legítima pasión. Adoraba su ingenio desigual, a ratos candoroso y a ratos descocado y mordaz; sus ardores desbordantes y sus anhelos desenfrenados de saberlo todo; y como hombre mundano a quien las decepciones enseñaron a no preocuparse del mañana, aceptaba muellemente el curso de los acontecimientos, olvidando los peligros a que se exponía y las graves consecuencias que acaso trajese aparejadas aquel cariño. Roberto, en fin, jamás pensó en que Mercedes fuese, ni su mujer, ni su querida; esto dependía del porvenir, de las circunstancias... tal vez de los merecimientos que la joven tuviese para ser manceba o ascender a la categoría de esposa.
Ella, por su parte, idolatraba a Roberto, aunque tampoco midió la dulce posibilidad de legitimar aquellos amores. Roberto era a sus ojos el más guapo de los hombres, el mejor conversador, el más irresistible, el más socaliñero. Todas las partes de su cuerpo le parecían dignas de especial cariño y atención: admiraba su frente, cortada por las arrugas que formaron las frecuentes contracciones de los músculos frontales; y sus manos, llenas de experiencia; y sus oídos, que hubieron de escuchar los voluptuosos juramentos de muchas mujeres enamoradas; y sus labios, acostumbrados a besar y a mentir. Comparando a Roberto con los galanes protagonistas de Eva y Cabeza de mujer, le hallaba superior a ellos y digno, por tanto, de coronarse vencedor en cualquier torneo pasional. Amaba sus palabras, sus gestos, la expresión burlona y ambigua de sus ojos azules, el color de sus trajes, el corte de sus pantalones... hasta el perfume de sus pañuelos... Únicamente le preocupaba el pasado de Roberto: aquella historia amorosa de quince años, poblada, acaso, de mujeres inolvidables.
—¿Tú habrás tenido muchas novias?—decía.
—Sí...—replicaba Roberto sonriendo—, como todos los hombres... Soy uno de tantos.
—¿Bonitas?
—Bonitas y feas... pero más bien feas que bonitas; lo malo abunda.
—¿Cómo se llamaban? ¿Hubo alguna tocaya mía?...
—No... sí... no recuerdo...
Otras veces ella decía, avergonzada de su propio candor:
—Como eres un pillo muy grande, supongo que esas mujeres serían para ti algo más que novias... Algunas descenderían a queridas...
Él negaba débilmente, satisfecho de que le juzgasen hombre peligroso. Mercedes insistía.
—¡No seas hipócrita, dime la verdad! ¿Las quisiste mucho?
—Psch... regular...
—¿Vivías con ellas?
—No.
—¿Por qué?...
A veces Roberto, aturdido por aquel interrogatorio desesperante, se negaba a responder; mas ella le acometía exasperada, celosa, cogiéndole por un brazo, que atenaceaba cruelmente entre sus dedos crispados.
—¡No, no—repetía—, quiero saberlo todo! Como tú conoces mi historia, necesito yo averiguar la tuya. Tengo derecho a ello, me perteneces...
Continuaba mareándole, preguntándole por su pasado con ese afán de los espectadores curiosos que, habiendo llegado tarde a una función bonita, molestan a sus vecinos rogando les expliquen las primeras escenas.
Estas conversaciones ocurrían en la calle, antes de cenar, entre siete y ocho de la noche. Todos los días Mercedes iba a su clase del Conservatorio acompañada de las hermanas Vallejo, y a veces también de doña Balbina; pero nunca veía a su novio, porque Alcalá se levantaba muy tarde.
Las citas eran después. A la primera campanada de las siete, Mercedes dejaba su costura o lo que estuviese haciendo, y se levantaba resueltamente para marcharse.
—¿Dónde vas?—decía doña Balbina.
—Ya lo sabe usted: a casa de Carmen y de Nicasia, que están esperándome.
—Pero... niña...
—¡Vuelvo en seguida!...
Y salía vestida de cualquier modo, abrigándose el cuello con una vieja toquilla azul de su madre, queriendo demostrar con el estudiado abandono de su indumentaria que no iba lejos. Bajaba la escalera rápidamente, haciendo crujir los peldaños bajo la contracción de sus piececitos impacientes, atronándolo todo con el ris-rás de sus enaguas almidonadas; y ya en la calle, de una carrera, sin detenerse a cobrar aliento, llegaba a la de Mesonero Romanos; allí la esperaba Roberto, con el sombrero muy calado sobre las cejas, envuelto en su rica capa color verde-mar adornada de caprichosos bordados, y midiendo el ándito de la acera con el paso mesurado del hombre que espera.
Doña Balbina intentó oponerse a aquellas libertades que consideraba impropias de la honestidad y posición social de su hija, pero no tuvo fuerzas para imponer su autoridad, Mercedes la dominaba, como en otro tiempo Gómez-Urquijo la había sojuzgado y vencido. Alarmada por los consejos de don Pedro, la sencilla mujer procuró granjearse la confianza de Mercedes, conocer sus deseos, descubrir sus secretillos mejor velados. Tarea imposible, la hija tenía más entendimiento, más conversación, más recursos imaginativos y más perspicacia que la madre; no hubo, por tanto, entre ellas combate posible, y cuantas veces doña Balbina acometió sus difíciles operaciones de exploración y sondeo, quedó vencida y desautorizada para mucho tiempo.
—¿Qué quiere usted que guarde oculto?—decía la joven—; ¿no sabe usted, minuto por minuto, el monótono empleo que doy a las horas de mi vida?
—¡Oh!... Ya supondrás que mis preguntas van enderezadas a tu bien; yo celebraré tus venturas... yo te consolaré si tienes penas... ¿Por qué no había de ser tu madre tu mejor amiga?...
Mercedes solía no responder y la conversación quedaba en tal punto; pero a veces dejaba traslucir parte de sus verdaderos sentimientos, hallando sabroso divertimiento en ir examinando la impresión que sus confesiones reflejaban sobre el rostro ingenuo de la anciana.
—No tengo pesadumbres—decía—, ni desengaños, ni ambiciones locas... sino algo que es bastante peor que todo eso... Sufro una pesadumbre, madre... una sola pesadumbre que parece el espíritu de lo malo, la esencia refinada de todas las melancolías; una tristeza que suma, a la roedora comezón de las grandes ambiciones, el dejo desdeñoso de los desengaños incurables... Sí, estoy triste, muy triste; como si mi corazón hubiese abrigado todos los anhelos y sufrido todas las desesperanzas. Diríase que lo he visto todo y que todo me hastía. ¡Me aburro, madre, me aburro siempre!... Cuando toco el piano, cuando bordo, cuando voy por las calles camino del Conservatorio, cuando duermo... porque mi sueño tiene también la inmovilidad, la pesadez del aburrimiento... ¿Usted nunca se ha aburrido así?...
A Balbina Nobos, horrorizada por los abismos morales que descubría en su hija, poco le faltaba para llorar, y antes de responder titubeaba, examinando su vida, su serena existencia de mujer honrada, soñolienta y monótona como un bostezo. Sí, ella también se había aburrido muchos días, tantos, que entre todos podían formar largos años de tedio mortal...
Mercedes, que leía en la frente de su madre como sobre un libro, agregaba:
—Sí, seguramente habrá usted tenido horas de murria, pero declare que, si las sufría con resignación, fue por mi padre, pues los sufrimientos y abnegaciones de usted redundaban en beneficio suyo, y mi padre era el único norte de sus pensamientos. Usted vivía para él y él para usted. Las tristezas y los triunfos eran comunes; su recuerdo llenaba y embellecía las soledades de usted, y las sonrisas de la esposa remediaban, como por ensalmo, sus quebrantos... Realizabais, en suma, el adorable imposible de uno ser dos y dos ser uno... Pero, ¿y yo? ¿Qué tengo? ¿A dónde voy? ¿Qué puede amenizar la horrible vacuidad de mis horas?...
Entonces recordaba aquel remedio milagroso que esperaba de cualquier sitio: de un telegrama que no recibía, de una carta o de un ser que nunca llegaban... Si, hallándose en su habitación, oía sonar el timbre de la puerta, una voz interior que siempre mentía, exclamaba: «Ahí viene». Si iba por la calle, una emoción magnética inexplicable la acometía de súbito, obligándola a pensar en su casa y en aquel enviado extraordinario, murmurando: «¿Habrá llegado?»... Mercedes insistía en esto, explicando elocuentemente el suplicio de los ilusos que, como ella, viven esperando oír la voz de un ensueño; y eran tan apasionadas sus frases y tan sincero su dolor, que doña Balbina, aun sin comprender la gravedad y miga psicológica de todo aquello, concluía por echarse a llorar.
Aunque la anciana no presumía las relaciones de su hija con Roberto Alcalá, la repugnaban las salidas nocturnas de Mercedes.
—Eso no está bien—decía—; ninguna mujer soltera y celosa de su buen nombre anda sola por la calle, y menos de noche... ¡Ah, si tu padre lo supiese!...
Pero la joven se sublevaba, reclamando con acento imperioso su derecho a ser feliz; ya que todo el día estaba trabajando como una vieja cargada de obligaciones, justo era que por las noches buscase en la sociedad de unas amigas vecinas un ratito de inocente solaz.
Y añadía resueltamente, fiada en la protección de Nicasia y de Carmen:
—Déjeme usted y no me atormente. ¿Qué pido yo? ¿Qué placeres me proporciona usted? Yo no voy a reuniones, ni al teatro; mi padre, absorto en sus quehaceres, no se ocupa de mí... usted tampoco... ¿Para qué vivo, pues? ¿Para tocar el piano y repasar la ropa sucia?... ¡Donoso porvenir!... Creo que debía usted proteger estas inocentes diversiones mías, supuesto lo mucho que me quiere, y procurar que mi padre las ignore, porque ni él ni yo tenemos la condición sufrida y un choque entre ambos podría ser funesto para todos...
Hablando así, su hermosa cabeza afectaba una expresión batalladora que parecía ceñirla en una oriflama de combate: los negros rizos de su frente se encrespaban temblando, cual si el coraje los retorciese sobre sí mismos; el nervioso fruncimiento de su nariz se acentuaba, las mejillas palidecían, y bajo el doble arco de las cejas brillaban sus ojos de obsidiana, negros y duros... Y Balbina Nobos bajaba los suyos, cohibida por el irresistible poder magnético de aquella mirada grave y despótica de Gómez-Urquijo, el mismo entrecejo autoritario, la misma voluntad de hierro que la había tiranizado durante treinta años de matrimonio...
De este modo doña Balbina, temiendo provocar un disgusto entre padre e hija, y no hallando en la conducta de ésta nada muy reprensible, aceptó como buena y aun necesaria la repetición cotidiana de aquellos paseos, ocultándolos y convirtiéndose así en cómplice inconsciente de Mercedes.
Estas condescendencias maternales las aprovechaba la joven hábilmente para ver a Roberto, y las pequeñas dificultades que había de vencer para salir sazonaban su amor con un encanto inexplicable.
Roberto siempre acudía puntualmente al lugar de la cita y, arropado en su capa, empezaba a pasear la calle de Mesonero Romanos, pero sin asomarse nunca a la de Jacometrezo, temiendo que desde los balcones de su cuarto doña Balbina le columbrase. Generalmente, el tiempo era desapacible; la luz de los faroles reflejaba sobre el empedrado húmedo y el aire que ascendía del fondo de la retorcida calleja como un eructo de cloaca, venía impregnado de un fuerte olor a tierra mojada. Los hombres pasaban embozados hasta los ojos; las mujeres, todas obrerillas que salían del trabajo, iban de prisa, arrebujadas en sus mantones, y Roberto las miraba fijamente, recelando siempre la eventualidad de una sorpresa. Después llegaba Mercedes, corriendo y mirando hacia atrás, y había tanto sobresalto y tanta felicidad en sus ojos, que algunos transeúntes volvían la cabeza. Las palabras de su saludo, aunque vulgares, acariciaban los oídos del actor como un arpegio.
—Ya estoy aquí—decía.
—Gracias, mujer...
Se cogían del brazo y juntos echaban a andar hacia la calle Abada: ella, contenta por haber venido sobreponiéndose a obstáculos, en su concepto enormes; él feliz también, sintiendo sobre su brazo el brazo de la eterna Deseada, con su cabellera corta y fuerte, y los negros ojos brillando febriles sobre sus pálidas mejillas de hebrea.
La pasión de Mercedes iba exaltándose paulatinamente. Si a Roberto hubiese podido recibirle en su casa, con la prosaica tranquilidad que aburre las horas de los noviazgos por conveniencia, seguramente le hubiese amado menos. En los libros de su padre aprendió a querer lo prohibido, lo anormal, lo peligroso, todo aquello que el espíritu de Gómez-Urquijo había sentido como nadie y descrito con prodigiosos refinamientos de observación, colorido y relieve... Por eso quería a Roberto con ardor expansivo que trascendía a las calles que paseaban y a la esquina donde solían detenerse a echar el párrafo de despedida; y quería todo aquello porque Roberto Alcalá, a fuer de actor meritísimo, sabía dar encarnación real y palpitante a cuantas engañosas visiones novelescas ella amaba... Las mujeres tienen predilección por los artistas en general, y muy especialmente por los actores; sin duda porque en ellos, como en el alma femenina, todo es superchería y fingimiento.
Los domingos, Roberto trabajaba en el teatro por la tarde; Mercedes sólo podía verle un instante por la mañana, durante la misa de doce; pero aquello no era casi nada; la joven iba siempre con su madre y el actor tenía que conformarse con verla desde lejos: una mirada ardiente, dulce, venenosa, que arrojaba sobre ella como un venablo, a través de aquel ambiente impregnado de olor a incienso y por encima de una multitud de devotos arrodillados.
Durante aquellas entrevistas cotidianas, Roberto Alcalá practicaba difíciles operaciones de observación y análisis; su cariño crecía y se impacientaba, y comenzaba a sentir deseos vehementísimos de triunfar pronto.
«El amor—dice Balzac—tiene sus grandes hombres desconocidos, como la guerra tiene sus Napoleones, y la poesía sus Andrés Chénier, y la filosofía sus Descartes...» Roberto Alcalá atesoraba alguna de estas cualidades que poseen los fuertes conquistadores de corazones femeninos. Insensiblemente, para no asustar a Mercedes, pero también sin interrupción ni vacilaciones que la permitieran recobrarse de sus sorpresas y derrotas, iba avanzando, domeñando su levantisca condición y descubriendo el verdadero temple de su virtud.
Cierta noche cogió entre sus manos una de Mercedes y empezó a acariciarla.
La joven retiró el brazo.
—No me toques—dijo.
—¿Por qué?...
—Porque... no está bien.
Roberto pareció admirarse.
—¿Cómo?—dijo—. ¿De suerte que la mano, abandonada en señal de cariño, es un crimen... y dada fríamente y en señal de despedida, es una cortesía? ¡Bonita lógica!...
Y como aquel sofisma, realmente tenía las tranquilizadoras apariencias de una verdadera razón, Mercedes se dejó convencer y entregó su mano: una manecita suave, regordetilla, salpicada de hoyuelos, que prometía muchas caricias.
Otra vez, en un arrebato de pasión, cogió a Mercedes por el talle violentamente; ella bajó la cabeza para huir un beso de Alcalá y, con esa propensión instintiva que las hembras tienen a la defensa, procuró desasirse.
—¡Déjame!...
—No quiero, ven.
—¡Oh!... Eres brutal...
Mas él se impuso por la fuerza.
—Sí—dijo—, soy brutal... Lo soy porque tu belleza, cegándome, me obliga a serlo. ¡Ojalá puedas inspirarme siempre igual pasión! El día en que me veas correcto, respetuoso, indiferente a tus seducciones, hablando contigo fríamente, sin ocurrírseme coger entre mis manos las tuyas y sin que a mis ojos alumbre el vicioso resplandor de los deseos, puedes jurar que todo ha concluído entre nosotros...
Estas conversaciones ofrecían puntos de vista muy notables; pues en algunas ocasiones, mientras Roberto retorcía sus frases, inventando tropos y lindezas para no decir crudamente algo que lastimase el virginal recato de Mercedes, ella, sabiendo de antemano adonde iban encaminadas tan sutiles retóricas, reía por dentro, segura de conocer todo y más de cuanto el actor pudiese decir.
Una noche encontró Mercedes que Carmen, Roberto y otro individuo a quien no conocía, estaban esperándola. La joven pareció muy sorprendida.
—Es—dijo Carmen—que necesito ir a la calle del Almirante en busca de cierta amiga que ha de entregarme unos bordados. He citado a mi novio aquí, para que vayamos todos juntos y le conozcas...
Seguidamente, sin advertir el gesto de disgusto que contrajo el semblante de Mercedes, procedió a la presentación.
—Luis Herrera, mi novio... Uno de nuestros desocupados más simpáticos...
El aludido se inclinó. Era un muchacho de veintitrés años, alto y delgado, con grandes ojos azules muy tristes, encajados en un rostro complaciente que reía siempre, no bien le miraban, con una sonrisa que parecía haberse enfriado en sus labios. Mercedes saludó ceremoniosamente, y Luis Herrera volvió a inclinarse, procurando no ser antipático, pues sabía que la joven amaba a Roberto y el cariño que una mujer profesa a un hombre envuelve cierto desprecio para los demás.
Los cuatro permanecieron inmóviles, formando un grupo, esperando la orden de ponerse en camino.
—¿Qué? ¿Vamos?—preguntó Carmen.
—Está lloviznando—repuso Mercedes—: además, es tarde; son las siete y minutos, y yo a las ocho he de estar en casa; tenemos poco tiempo...
—Sí, mujer; yo también necesito volver temprano... Todo se reduce a correr un poquito.
Mercedes miró a Roberto Alcalá con ojos interrogadores, pidiéndole consejo.
—Bueno—repuso el actor—, atajando por aquí hacia la calle de la Montera, llegaremos en seguida a la del Barquillo, y antes de una hora podemos estar de vuelta. La lluvia es lo de menos...
—Ea, pues—interrumpió Luis—, no perdamos tiempo.
Todos echaron a caminar prestamente, siguiendo el itinerario trazado por Roberto.
—¿Has visto?—musitó Mercedes—; estos mentecatos han venido a estropearnos la noche...
Carmen y Luis Herrera iban delante, charlando alegremente, despicándose: de vez en cuando ella rompía a reír estrepitosamente, echando la cabeza hacia atrás, y él la pellizcaba el brazo o las caderas, como queriendo castigarla.
—¡Qué loca!—exclamó Mercedes sobrecogida por aquel nervioso contento.
Y agregó sin poder contenerse:
—¡Cualquiera creería que son amantes!
Roberto Alcalá se encogió de hombros, significando que aquello era natural y que no le importaba.
Cuando cruzaban la plaza del Rey, Carmen vió a su amiga: una madrileña neta, bajita, delgada, con mucho negro y mucha luz en los ojos.
—Adiós, Lola, en busca tuya íbamos... ¿Y los bordados?
—Mañana te los daré; la señora que había de traérmelos me envió esta tarde un recado, diciendo que está enferma.
Mientras las dos mujeres hablaban, Roberto y Luis Herrera saludaron al individuo que acompañaba a Dolores.
—Adiós, Juanito...
—¡Hola, queridos!...
—¿Dónde vas?
—¿Qué sé yo? ¡Por ahí!... Por donde van las mujeres y el humo...
Era un joven de mediana estatura, elegante y simpático, de nariz aguileña y ojos acerados de mirar muy firme.
—Pues nos hemos topado por una casualidad—exclamó Dolores dirigiéndose a los hombres.
—¿Por qué?—dijo Luis.
—Porque hoy—interrumpió Romero—habíamos resuelto ir a las Ventas. Pero como Lola es una burguesita que siempre, después de almorzar, tiene el aristocrático vicio de dormir la siesta... ¿Pueden ustedes creer que se ha levantado hace un momento?
—Calla, parlanchín.
—¡Contento me tienes!—repuso Juanito—. ¡No me hagas hablar!...
No deseaba otra cosa.
—¡Que se sepa!—exclamaron todos.
Se habían detenido en la acera del Circo de Price, acercándose cuanto podían a la pared para resguardarse de la llovizna que continuaba cayendo.
—¿Para qué?—repuso Juanito—; mi cuento cabe en dos palabras; un cuento viejo, muy triste y muy humillante para mí... Conviene advertir que esta tarde, precisamente, Dolores, antes de dormirse, había jurado quererme mucho, idolátricamente, y que yo la creí... Pasó una hora. Viendo que no despertaba, la llamé. Ella continuaba tendida en un diván, alentando blandamente; una leve sonrisa embellecía sus labios entreabiertos, y su rostro tenía esa placidez que debe de producir la suprema bienandanza. No obteniendo contestación, me senté a su lado, movido repentinamente por el capricho de arrullar su sueño con un canto de amor...—«Dolores, Lola de mi alma, ¿te acuerdas?...» Se lo fui recordando todo: dónde nos conocimos, nuestras primeras impresiones, los primeros balbuceos de nuestra pasión...
—¡Qué embustero!—interrumpió la joven—, ¡qué modo de inventar... no le hagan ustedes caso!...
Juanito continuó:
—Aburrido de aquel inútil discurso, me levanté y empecé a pasear la habitación, murmurando de vez en cuando: «Lola, niña mía, ¿no oyes? ¿No presientes que soy yo quien te llama?...» Y ella, nada... ¡sin despertar!
Todos reían. Romero prosiguió con aire grave y sentado.
—De repente, al acercarme a un lavabo para arreglarme delante del espejo... no recuerdo qué, dejé caer inadvertidamente sobre el mármol una moneda de plata... Y entonces Lola despertó bruscamente, frotándose los ojos, sobresaltada por aquella voz misteriosa que acababa de susurrar en sus oídos la canción irresistible del oro.—«¿Qué sucede?—dijo mirándome—. Creí que me llamabas...»
—Por eso, desde hoy—concluyó Juanito—, no creo que haya mujeres que amen desinteresadamente...
Todos celebraron el sabroso pique de la ocurrencia. Después las tres parejas, obedeciendo a una indicación de Carmen, emprendieron el regreso por la calle Infantas.
—¿Quién es ese muchacho?—preguntó Mercedes a Roberto en voz baja.
—Es Juanito Romero; una bala perdida de Madrid...
—Y Dolores, ¿es novia suya?
—Probablemente, será su querida...
Mercedes y Roberto iban delante, caminando lentamente, trabados del brazo. De pronto Alcalá volvió la cabeza para ver a su amigos que iban muy lejos.
—Mira qué juntitos vienen ésos—dijo—, parece que van besándose...
Y agregó bruscamente:
—¿Quieres que yo te bese?...
Mercedes, asustada, le miró de hito en hito abriendo desmesuradamente sus ojos luminosos.
—¿Te has vuelto loco?—repuso.
—No... Pero te quiero mucho y la felicidad de ésos me causa envidia. Vamos... ¿quieres?...
Se inclinaba hacia la joven, disponiéndose a cumplir su oferta. Mercedes se retiró, acercándose cuanto pudo a la pared.
—Estate quieto... No me ofendas confundiéndome con estas mujeres de todo el mundo.
Pero Alcalá empezaba a perder la cabeza, mareado por el loco deseo que en él encendían las esquiveces y hermosura de la Deseada.
—No seas hipócrita—dijo—; si tú me quieres, necesariamente debes comprender la legitimidad de mi deseo. Se besan los padres y los hijos, se besan los esposos, se besan las amigas, se besan los que se quieren... y yo, adorándote con toda el alma, ¿por qué no he de besarte también?
Mercedes le miró enternecida, subyugada por la voz doliente del actor, aquel galán apasionado, irresistible, que había visto en el teatro arrollando la virtud de tantas mujeres.
Atravesaban la calle Fuencarral y siguieron la de San Onofre; al llegar a la de Valverde torcieron a la izquierda; en aquel momento la esquina les ocultaba a los ojos de sus amigos.
—Dame un beso—exclamó Roberto sujetando a Mercedes por las manos.
Ella sofocó un grito.
—No, aquí no... Pueden vernos...
—No temas... vienen muy detrás... ¡Acércate!...
Y cogiendo a la joven por el cuello, obligóla a derribar la cabeza hacia sí y la besó en los labios. Luego se apartó, echándose a reír para disimular su atrevimiento. Mercedes siguió caminando sin levantar la vista del suelo; tenía los ojos brillantes, su cuerpo temblaba, y una ola de sangre, que era todo un poema de candor ofendido, arreboló su pálido semblante de hebrea: no supo decir más; el pudor es el lenguaje de las mejillas.
Al llegar a la calle Desengaño, Mercedes y Carmen se despidieron rápidamente de sus acompañantes, dirigiéndose hacia la de Jacometrezo, por el callejón de los Leones. En aquel instante, don Pablo Ardémiz salía de un portal. Mercedes bajó la cabeza, ocultándose el rostro con su toquilla y el anciano pasó sin saludar.
—Creo, sin embargo—murmuró la joven—, que ese viejo marrajo me ha visto...
Y agregó, mirando a su amiga:
—Tengo calor. ¿Cómo estoy?
—Muy colorada. Parece que te has embadurnado el rostro de bermellón.
Luego se despidieron, citándose para el día siguiente, a la hora de clase.
La joven atravesó el portal de su casa corriendo, subió las escaleras sin descansar y llegó a su cuarto sofocadísima, ahogándose. Su madre la recibió.
—¿De dónde vienes?
—De casa de Carmen. Hemos estado examinando unos bordados preciosos que ha hecho Dolores, una amiga suya... ¿Ha venido papá?
—No...
Doña Balbina la miraba deletreando la verdad sobre el rostro de Mercedes con sus inocentes ojuelos de mujer sencilla. Después la pasó la mano por la cabeza y por los hombros.
—¿Llueve?—preguntó.
—Sí...—repuso Mercedes vacilando.
—Estás mojada; cualquiera creería que vienes de muy lejos.
—No, es que llueve bastante. Carmen ha venido conmigo hasta aquí... Al salir de su casa vimos a don Pablo Ardémiz... El pobre iba tan absorto en sus cavilaciones, que no me reconoció...
Las mutaciones que iban turbando el ánimo de Mercedes eran de tal consideración y cuantía, que doña Balbina, a pesar de la poquedad de sus alcances, llegó a entrever la existencia amenazadora de un grave y peligroso secreto que exigía resolución perentoria.
No sintiéndose capaz de hacer nada por sí, doña Balbina visitó a su confesor, don Fernando Almonacid, varón entrado en años, doctísimo, bueno y muy ducho en toda clase de asuntos mundanos; mas como la anciana no supo concretar bien sus preguntas, ni puntualizar la situación moral de Mercedes, y Almonacid no era hombre que juzgase por impresiones, la consulta resultó inútil, limitándose doña Balbina a deplorar su corta suerte y los recelos que la inspiraba el incierto porvenir de aquella hija, y a escuchar de labios de don Fernando análogos consejos a los que en otro tiempo le dió Gómez-Urquijo: que observase a Mercedes, que ganase su confianza, que descubriese los íntimos anhelos de su alma, o con sutiles raposerías de diplomático o con halagos... y otras discretas observaciones de este jaez.
Los meses, sin embargo, iban transcurriendo sin que ningún acontecimiento rompiese la monotonía de aquel hogar; el tiempo continuaba ejerciendo sobre los espíritus sublevados su bienhechora acción sedante, y como Gómez-Urquijo parecía curado de sus antiguos temores, y doña Balbina por nada del mundo se hubiese atrevido a revelarle los suyos, todo fue aquietándose y borrándose bajo el manto del olvido pacificador.
Así fue pasando aquel invierno y llegó el verano, con sus cálidas noches cuajadas de estrellas.
Por aquella época adquirió doña Balbina la convicción de que Mercedes y Roberto Alcalá estaban en relaciones.
Una noche fueron ella y Mercedes al circo de Price para ver a Tik-Nay, el payaso inimitable, que sabía dibujar con sus donaires una sonrisa sobre los labios más tristes.
En el callejón de butacas encontraron a Roberto, que inmediatamente se acercó a saludarlas. Hablaron un momento.
—¿Y don Pedro?—preguntó el actor.
—Bien—repuso doña Balbina—; los volatines le aburren y no quiso acompañarnos. Luego vendrá. Y usted, ¿no tiene hoy función?
—No, señora; afortunadamente...
Y se separaron; durante el primer entreacto volvieron a reunirse y doña Balbina advirtió que, a pesar de hallarse Roberto con varios amigos en un palco muy distanciado de las dos sillas que ellas ocupaban, no apartó en toda la velada sus ojos de Mercedes.
Noches después volvieron a encontrarle en el pórtico de Apolo, momentos antes de comenzar la segunda función. Entonces Balbina Nobos recordó que durante el día Mercedes había demostrado gran interés en ir al teatro, y que aquel encuentro bien podía ser una cita.
—Yo no tenía ganas de salir—exclamó la anciana queriendo disculpar la modestia con que ella y su hija iban vestidas—, pero Mercedes empezó a decir que estaba triste, que se aburría, y como es muy testaruda... fué necesario complacerla.
Roberto miró a la joven sonriendo, orgulloso de que tuviese tanto interés en verle.
—Por eso vamos a una localidad modesta—añadió doña Balbina—; creo que nuestros asientos son de anfiteatro principal.
—A eso, precisamente, voy yo—repuso Roberto.
—A ver, mamá—dijo Mercedes—¿qué número tienen nuestras localidades?
Balbina Nobos le entregó los billetes, murmurando:
—Míralo tú... yo no veo bien...
—Tenemos el tres y el cinco...
—Yo, el siete—dijo Roberto.
—¡Qué casualidad!—exclamó la joven—; entonces estaremos juntos y me alegro,.. Dos mujeres solas no tienen representación en ningún sitio...
Continuó hablando, queriendo desvanecer una sombra de tristeza y disgusto que había endurecido momentáneamente los cariñosos ojuelos de su madre.
Aquella noche experimentó Mercedes impresiones de nuevo y regaladísimo sabor. Balbina se había sentado a su izquierda, Roberto a su derecha, y los tres muy juntos, porque todos los asientos estaban ocupados. Mercedes sentía que las manos viciosas de Roberto la pellizcaban disimuladamente las caderas, y que las rodillas del actor buscaban las suyas: luego, para hablarse, tenían que hacerlo quedamente y aproximando mucho sus cabezas: entonces sus alientos se confundían, los cabellos de la joven rozaban la frente de Alcalá, y ambos sentían sus cuerpos estremecidos por un voluptuoso calofrío magnético. Cuando salieron del teatro, doña Balbina creyó ver que Roberto entregaba a Mercedes un billetito plegado en varios dobleces.
En los días siguientes doña Balbina Nobos habló largamente con su hija, batallando por obtener la confesión de aquellos amores. Mercedes estuvo impenetrable. Juró no haber visto a Roberto Alcalá más que una sola vez, en casa de Carmen; negó que estuviesen citados en Apolo, y hasta tuvo valor y disimulo suficientes para asegurar que aquel hombre no le interesaba... Doña Balbina no creyó tales asertos, pero hubo de conformarse y dar el incidente por terminado, segura de quedar siempre vencida.
Con la llegada del otoño volvieron a abrirse las clases del Conservatorio, y Mercedes y Roberto pudieron reanudar sus citas nocturnas. La joven refirió al actor las sospechas de doña Balbina y los inconvenientes que había de vencer para salir. Su relato fué muy conmovedor, muy exagerado.
—Mi madre cree que somos novios y ha querido obligarme a confesar la verdad.
—¿Y qué hiciste?
—Negarlo todo.
—Muy bien... porque seguramente será hostil a nuestros amores.
Aunque quería mucho a Mercedes, sin saber por qué se ufanaba de mantener su cariño en el misterio: temía la formalidad de las relaciones oficiales, los inconvenientes que acaso ofreciese Gómez-Urquijo a la continuación de aquel noviazgo, o, en caso contrario, el matrimonio que llegaría tranquilamente, por sus trámites contados, asesinando su ilusión entre dos artículos del código civil...
—Sí—replicó—, hiciste bien...
—Eso creo yo...
Y lo creía instintivamente, sin razón alguna, como sienten los hechizos del pecado las grandes pecadoras innatas; aleccionada, tal vez, por su padre, cuyos libros la enseñaron a ver en lo prohibido el milagroso e inagotable manantial de las ilusiones.
Hablando así bajaban por la calle Salud, en dirección a la del Carmen.
—En último caso—dijo Roberto—yo no sentiría que esto se supiese, si tú...
—¿Qué?
—Si tú... me quisieses mucho.
—¿Cómo?—dijo Mercedes riendo—. ¿No estás seguro de mi cariño?
—No.
—¿Qué te falta, pues? ¿Qué pruebas de amor necesitas?...
—¡Muchas!... ¿Acaso he recibido algún testimonio convincente, irrecusable, de tu amor?... Sí, Mercedes, aunque tarde, he llegado a persuadirme de que tú, poco más o menos, eres desconfiada y previsora como todas.
—¿Por qué dices eso?...
—¡Oh!...
—No comprendo.
El calló, encogiéndose de hombros.
—¿Tienes ganas de reñir?
—Tengo ganas de que hablemos francamente.
Ella le miró de hito en hito, no sabiendo cómo rehuir el turbión que la amenazaba. Desde hacía poco tiempo los deseos de Roberto se impacientaban, su obstinación era mayor, sus ataques más rudos, y Mercedes temía aquellas trifulcas que siempre arrancaban de su virtud, y en beneficio de su amor, nuevas concesiones.
—¿Cómo quieres—prosiguió Roberto Alcalá—, que ponga yo confianza en una mujer que no la tiene en mí?... Porque reconocerás que sigues usando conmigo casi los mismos miramientos que empleabas los primeros días. Hoy, como entonces, he de robarte los besos, y... o eres una hipócrita actriz consumada en el arte del fingimiento, o mis caricias son un suplicio para ti.
Llegaron a la calle del Carmen, atravesando por Rompe Lanzas hacia la de Preciados, y continuaron bajando la cuesta de Capellanes.
—¿Qué quieres de mí?—preguntó Mercedes.
—Todo...
—¿Todo?
—Sí, eso es... una prueba muy grande, una especie de lazo irrompible que te impida ser de nadie... ¡De nadie, más que mía!... Pues siguiendo como hasta aquí, resulta que yo te he dado mi corazón sin que tú me hayas hecho entrega del tuyo.
La había cogido fuertemente por un brazo, mirándola con ojos glotones, acercando su rostro al de ella como para morderla; mientras la joven se estrechaba contra la pared, vacilante, mareada por aquel vaho de pasión.
Continuaron hablando: él iba exaltándose; ella volvió a preguntar:
—¿Qué quieres de mí?...
—Quiero que seas mía.
—Cuando nos casemos.
—¡Cuando nos casemos... o antes!—gritó el actor—; mi pasión no soporta condiciones... ¡ni aun aquéllas que concibió la repugnante previsión de la mujer amada!...
No pudo seguir hablando, tan grande era su exaltación. Mercedes también callaba, sobrecogida de temor. Su primer impulso, al oír las atrevidas exigencias de Roberto, fué de indignación y protesta; pero muy luego se tranquilizó, recordando que tiene algo de axiomático y de fatal el hecho de que los hombres, cuando lograron ser muy queridos, consiguen de sus amadas todos los favores. Los dos se habían detenido inconscientemente delante de un portal; luego reanudaron su paseo.
—No te extrañe de este arrebato mío—dijo Roberto—; realmente, hoy cuento tantos motivos para desesperarme, como ayer, pero es que los recuerdos van siempre en traílla: por eso la exaltación provocadora de los grandes crímenes está formada por ideas y pasioncillas pequeñas, insignificantes en sí mismas, como los torrentes son el terrible y devastador resultado de muchas gotitas de lluvia...
Iban a dar las ocho.
—Es muy tarde—dijo Mercedes—, vámonos a casa, no quiero sufrir por un desagradecido como tú nuevos disgustos.
El regreso lo emprendieron por la solitaria calle de Tetuán, buscando la de Jacometrezo. Continuaban disputando. Cuando llegaron a la calle Mesonero Romanos, esquina a la de Abada, se detuvieron para despedirse.
—Es necesario que seas mía—murmuraba él.
—Yo no soy esclava de nadie.
—¿No?...
—No... nunca...
—Sin embargo, yo lo quiero...
Volvía a acercarse a Mercedes, alentando sobre ella, como queriendo abrasarla en una atmósfera de fuego. Mercedes, en efecto, concluyó por sentir que aquel deseo la producía un malestar físico.
—Sepárate—murmuró—; me haces daño... me ahogo...
Roberto Alcalá, reprimiéndose con gran esfuerzo, dió un paso atrás.
En aquel instante resonó hacia el fondo de la calle un confuso estruendo de voces, desde la más baja a la más tiple, que gritaban a la vez. El tumulto iba en aumento: eran vendedores del Heraldo de Madrid que se acercaban pregonando algún acontecimiento sensacional. Subían corriendo desalados, llevando en la mano los periódicos extendidos para mejor atraer la atención de los transeuntes, y repitiendo todos el mismo pregón:
—¡El Heraldo, con los detalles del crimen de la calle Pozas!...
Aquel crimen, referido ya por los periódicos de la mañana, pertenecía al número de los llamados «pasionales». Un cajista que había matado por celos a una cantadora de café...
Los vendedores pasaban corriendo y voceando emocionados, cual si realmente fuesen portadores de una gran noticia.
—¡Heraldo, Heraldo de Madrid, con todos los detalles del crimen de la calle Pozas y las últimas declaraciones del asesino!...
Y había algo muy triste en aquel pregón que arrastraba por las calles de Madrid el recuerdo de un crimen, y que los vendedores repetían con ahinco, ganosos de allegar dinero, como si el charco de sangre que derramó una puñalada de celos, fuese para ellos arroyo santo que, como el Darro o el Jordán, acarrease también pepitas de oro.
Aquel vocerío, en virtud de una inexplicable asociación de ideas, aumentó la rabiosa exaltación de Roberto.
—Nosotros concluiremos así—murmuró—; tú en el cementerio, yo en presidio.
Mercedes quiso sonreír.
—¡Tonto!
Pero él había vuelto a sujetarla por un brazo y la zarandeaba bravío. Algunos transeuntes curiosos volvieron la cabeza.
—¿Serás mía, no es cierto?... ¡Júramelo! Y agregó exasperado:
—Si no accedes a mi deseo, juro que, desde hoy, todo concluye entre nosotros.
Mercedes, a quien el dolor y la vergüenza apretaban la garganta, rompió a llorar.
—No me quieres—murmuró.
—Sí, te quiero... y por lo mismo exijo tanto, porque mi cariño lo merece todo.
En el reloj de una farmacia próxima, uno de esos relojes siniestros que parecen destinados a medir la agonía de los enfermos, sonaron las ocho y media.
—¡Ah!—exclamó Mercedes asustada—me voy corriendo; es muy tarde y mi padre no puede tardar... Adiós...
—Adiós—repuso Roberto con su británica frialdad habitual.
—¿Estás enfadado conmigo?...
—No... ¿para qué?... Estoy convencido de que debemos separarnos.
Ella deseaba marcharse, pero no se atrevía a dejarle así, tan irritado. Al fin, haciendo un violento esfuerzo, echó a correr, murmurando:
—Hasta mañana...
Después, cuando llegó a la esquina, se volvió para verle a través de sus lágrimas, pero Roberto ya había desaparecido.
La joven pasó una noche horrible, llorando, calenturienta, releyendo las cartas del actor, aquellas ardientes cartas que la brindaban los bienes de una pasión inextinguible...
Al día siguiente, cuando fue al Conservatorio, Mercedes entregó a Carmen una carta para Roberto. Estaba tan fuera de sí, tan pálida y con los párpados tan enrojecidos por las lágrimas y el no dormir, que Carmen Vallejo se asustó.
—¿Qué tienes?—dijo—; ¿estás enferma?
—Peor—repuso Mercedes—: estoy muriéndome; he reñido con Roberto.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Por qué?...
—Por una tontería... dice que no le quiero... ya ves... ¡decir que no le quiero!...
Y lloraba. Carmen se echó a reír.
—No llores, borricota—exclamó—, mi primo dice eso porque te adora y está celoso de ti. Cuando Luis me quería mucho, decía lo mismo... ¡Vaya, veo que no conoces a los hombres!
—De todos modos—repuso Mercedes—, dale esa carta, llévasela tú misma... ¿eh?... tú misma; yo no puedo...
Carmen sonreía...
—Bien, bien...
—No dejes de hacerlo como digo. En esa carta le cito para esta noche, a la hora y en el sitio de costumbre. Necesito hablar con él a todo trance... Creo que si hoy no le veo, me muero...
Y agregó con una risilla que parecía en sus labios un iris de esperanza:
—Dile también... pero así, como por cuenta tuya, que le quiero mucho... mucho... que me has visto llorar por él...
El resto del día lo pasó Mercedes en su casa, junto al balcón, cosiendo y mirando al cielo; un cielo de otoño, lloviznoso y frío. Doña Balbina, feliz al verla tan juiciosa, estuvo más alegre y charladora que de ordinario. La serenidad, sin embargo, de la joven, no pasaba de ser aparente; pensaba en Roberto, en que ya habría leído la carta, en que iría a la cita... y permanecía alerta, escuchando los menores ruidos exteriores, obsesionada hasta el delirio por el presentimiento de que al fin iba a recibir aquello, que nunca llegaba...
Hija y madre estaban en el gabinete charlando, porque la noche se había echado encima y la escasa luz crepuscular no bastaba para seguir cosiendo. Mercedes no quería levantarse para ver la hora, temiendo que doña Balbina advirtiese su impaciencia y su inquietud. De pronto, en el reloj del comedor sonaron varias campanadas, y la joven, de un salto, se puso de pie.
—Me voy—dijo secamente.
—¿A dónde?
—A casa de Carmen; está esperándome. Son las siete.
—¿Las siete?—repitió doña Balbina escandalizada—, ¡ni las seis!...
Mercedes, recelando haberse equivocado, corrió al comedor: en efecto, eran las seis. Furiosa contra sí misma, volvió al gabinete, a seguir rellenando de monosílabos la distraída conversación de su madre.
—¿Y te atreves a salir con este tiempo tan desapacible?
—Sí.
—Yo, en tu lugar, no saldría...
—Bueno...
—Dime, ¿Carmen y Nicasia tienen novios?
—No sé; nada me han dicho.
—No comprendo que la madre de esas niñas les permita salir y entrar cuando bien les parece.
—Yo tampoco.
La supina vulgaridad de aquel diálogo determinaba en Mercedes un malestar físico, semejante a un vago dolorcillo de estómago. Se levantó y fué al comedor, creyendo que había pasado ya mucho tiempo; pero su impaciencia le engañaba y tuvo que volver al gabinete: eran las seis y cuarto. Doña Balbina continuó charlando, con esa conversación perezosa de las personas que encanecieron en la soledad.
—Yo reconozco que Carmen y Nicasia son dos muchachas muy buenas, muy hacendosas, pero... ¿qué quieres?... no me gustaría que fueses como ellas. Tú vales mucho, tienes mucho talento...
¡Sí, bonito talento!... El talento de vivir siempre encerrada, sin amigas, sin diversiones, envejeciendo estúpidamente entre las cuatro paredes de una casa pobre... ¡En eso consiste el talento y la bondad de las mujeres!...
Todo esto pensaba Mercedes, pero no quiso hablar, segura de que no la comprenderían. Además, ella sabía adónde iban encaminadas las preguntas de su madre, y aquellos torpes tanteos irritaban sus nervios. Cuando dieron las siete la joven se levantó.
—Hasta luego—dijo.
Y fue tan duro el acento de su voz y tan despótica la autoridad de su ademán, que doña Balbina Nobos la acompañó hasta el recibimiento y la dejó marchar sin atreverse a contradecirla.
Cuando Mercedes llegaba al zaguán, tropezó con don Pedro, que volvía de la calle. La joven sintió que todo su heroico valor desmayaba, y viendo a su padre tan alto, tan grave, envuelto en un largo gabán sobre cuyo cuello de pieles se abarquillaban las blancas melenas de su venerable cabeza apostólica, dió un paso atrás, huyendo del pasado que parecía haberse erguido ante ella súbitamente, impidiéndola salir.
—¿Dónde vas?—preguntó Gómez-Urquijo.
Mercedes no supo qué responder.
—¿Dónde ibas?—repitió colérico don Pedro.
—A casa de Carmen.
Las sonrosadas mejillas del anciano se arrebolaron, y por sus mejillas azules cruzó un relámpago de ira. Mercedes desfallecía: en aquel momento no vió a Roberto, sólo pensaba en don Pedro, que la miraba atentamente, con el entrecejo fruncido y unos ojos duros que la traspasaban el corazón.
—¿A casa de Carmen?—repitió Gómez-Urquijo—: ¿y quién es Carmen?
—Una amiga...
—Ya lo sé; lo que ignoro son los méritos que seguramente no tiene esa Carmen... para merecer la visita de una señorita como tú, a estas horas y con este tiempo. Vamos... echa escaleras arriba y olvida lo que acaba de suceder.
Hubo un silencio terrible.
—¡Pero, papá... están esperándome!
—Pues dile a tu madre que te acompañe, que es obligación suya.
Y agregó con acento breve, que no admitía réplica:
—Vamos, sube...
Era imposible resistir, y Mercedes cedió: subía delante, mordiendo un pañuelo, haciendo esfuerzos titánicos para impedir que su dolor estallase en sollozos. Después oyó que don Pedro, dejándose llevar de su genio, aquel genio batallador que le había proporcionado tantas victorias y tantos disgustos, subía tras ella murmurando:
—Y es su madre, la imbécil de su madre, quien tiene la culpa de todo esto...