II
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El paternal ¡alerta! de Gómez-Urquijo llegaba tarde. Mientras los dos ancianos discutían los ocultos motivos que desde hacía poco tiempo iban trocando en mustio y retraído el antes expansivo y decidor carácter de Mercedes, la joven entró en su cuarto, encendió una luz y empezó a desnudarse prestamente, quitándose sus vestidos con una especie de horror: las enaguas cayeron delante de la mesilla de noche; el cuello de pieles y el corsé fueron arrojados sobre un sillón, y las medias enrolladas quedaron olvidadas sobre la alfombra, como anillos de una enorme serpiente rota...
Ya en el lecho, ese fiel encubridor de los grandes secretos femeninos, Mercedes sacó del seno un papelito plegado en varios dobleces, aproximó la luz para ver mejor y apoyada sobre un brazo con orientalesco abandono, púsose a leer, alargando el hociquillo, frunciendo el entrecejo y haciendo otros hechiceros mohines de mujer que no entiende bien lo que va leyendo. Aquel billetito era de Roberto Alcalá, quien la citaba para el día siguiente.
«Mañana, a las tres de la tarde, te aguardo en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real. Carmen o Nicasia irán a buscarte. No faltes. Te quiero con toda el alma. Recibe sobre los párpados mis mejores besos...»
Unos cuantos renglones compuestos de frases banales, escritos con lápiz sobre la margen de un periódico, y que no obstante encerraban todo un poema de pasión ardiente, las palabras más dulces del vocabulario amoroso, los compases más tiernos, más arrobadores del eterno vals de los deseos... Mercedes besó rápidamente la firma, avergonzada de reconocerse aquella tan grande debilidad pasional, y tornó a leer el billetito apreciando bien los pormenores de la cita.
«A las tres de la tarde... en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real.»
Y esto lo repitió varias veces, procurando grabarlo en su cerebro profundamente, recelando la posibilidad de que la amorosa esquelita se perdiese. De pronto, oyendo que doña Balbina iba acercándose por el carrejo con sus mesurados pasitos de enfermera, la joven extendió el brazo y apagó la luz, para que la creyesen dormida. Después sintió que empujaban la puerta suavemente y en la penumbra indecisa, recortada por el marco, apareció la silueta de la anciana, que alargaba la cabeza, conteniendo la respiración:
—Niña... Mercedes...—murmuró—; ¿duermes?
Ella no contestó, permaneciendo inmóvil y doblada sobre sí misma, hecha un ovillo. Balbina repitió bajando la voz:
—¿Duermes?...
La joven sonreía silenciosamente, recreándose con pueril ufanía en el engaño de su madre y comprendiendo que con aquel mutismo se ahorraba una conversación, por lo intempestiva, enojosa; pero muy luego dejó de reír, temiendo que delatasen su insonoro contento sus blancos dientecillos de lobezna, brillando en la obscuridad bajo la acción de aquel tímido resplandor lejano que recortaba el perfil de doña Balbina sobre la borrosa claridad del pasillo. En el silencio del dormitorio susurraba su respiración, suave y rítmica como la de quien se acostó muy cansado: y cuando la anciana, sin maliciar la superchería de que era objeto, cerró la puerta y echó de nuevo pasillos adelante buscando el despacho, andando siempre con sus cautelosos pasos de mujer tímida, Mercedes volvió a sonreír estremeciéndose toda ella de cabeza a pies, con una nerviosa sensación de regocijo y frío.
Durante algunos momentos estúvose queda, prestando oído atento, convenciéndose de que estaba sola y de que nadie volvería a quebrar el hilo de sus meditaciones. Pensó en Roberto, en los incidentes de la última cita, en los que acaso habían de salpimentar y embellecer la entrevista próxima...
El prodigioso secreto de abultar las cosas más insignificantes y restar importancia a lo realmente considerable y digno de ser tenido en mucho; el saber imprimir interés, novedad y pique novelesco a lo trivial, mientras se permanece en las situaciones extremas brazo sobre brazo, sonriendo a la muerte con esa tranquilidad admirable que infunde la inconsciencia del peligro; eso de olvidar lo repugnante, lo deforme, para mejor aquilatar la parte bella de los hechos, o de dulzurar las pesadumbres arropándolas en las consoladoras medias tintas de una suave poesía melancólica; esas sutiles metamorfosis psicológicas, esos trueques de sentimientos de tristes en regocijados y de alegres en nostálgicos; pero con una nostalgia que tiene algo de convencional, puesto que sólo produce una voluptuosa sensación de sufrimiento que nunca llega a la cruel mordedura del verdadero dolor; todo eso, tan delicado, tan altamente artístico, forma la felicidad inimitable de los veinte años. Cuando la inocente niñez deja de sonreír entristecida por los primeros balbuceos pasionales de la ardiente mocedad, el mundo se transforma y una nueva existencia saturada de perfumes jamás aspirados, de lejanías nunca vistas y de tiernos arrullos no escuchados, surge de la vacía existencia infantil. La retozona pubertad acaricia los nervios con lúbricos cosquilleos, la sangre corre bajo la piel inspirando una necesidad perentoria de luchar, de emplearse en algo; por las noches, en el silencioso recogimiento de los dormitorios que abrigaron la desvalida niñez, que acaba de pasar, se oye el recio bataneo cardíaco y los oídos zumban, aturdiendo el cerebro del adolescente con murmujeos extraños, cual si aquella sensación, puramente física, fuese el eco con que responden las alcobas honradas al lejano desconcierto de las pasiones... Y entonces es cuando por primera vez reconoce el joven que hay bajo el virtuoso techo del hogar paterno algo inexpresable que ahoga. El sol agostador del Deseo asciende lentamente, vistiendo el porvenir de púrpura y recamando el cielo añilado de la esperanza con cirrus que fingen caderas y voluptuosos contornos de mujeres desnudas; el vaho de las pasiones represadas sobajea la piel con efluvios magnéticos, la brisa susurra entre el boscaje vecino cantos de amor. Todo vibra en nosotros, todo conmueve intensamente, hablándonos un lenguaje sólo para nosotros comprensible: la alondra que trina en el espacio saludando los risueños resplandores del amanecer, la campana de la ermita que dobla, recordando con sus místicas vibraciones la celebración de la primera misa; las cigarras que cantan bajo los hierbajos durante las horas abrasadoras de la siesta; el búho que interrumpe con su grito fatídico el silencio hierático de los bosques; y de igual modo y aun en los momentos más diversos; los acordes de una música, la lectura de unos versos que responden a cierto estado de nuestro espíritu, el perfume que esparcen tras sí los vestidos de una mujer que pasa... todo interesa, y las impresiones resuenan dentro del alma con eco solemne, como retumban los ruidos del mundo en los ámbitos de las majestuosas catedrales antiguas.
Ésta era la turbulenta crisis psicológica porque atravesaba el espíritu de Mercedes.
Su niñez se había deslizado tranquilamente, sin hermanos con quienes jugar, sin amiguitas, siempre encerrada en casa, libre de esos menudos divertimientos que llenan la amariposada existencia de los niños. Al colegio no fué nunca; doña Balbina la enseñó a rezar, luego aprendió con su padre a leer, escribir, un poquito de geografía y de historia, con algo de aritmética y de ciencias naturales; y mucho más tarde estudió el piano con una profesora francesa que daba lecciones a domicilio. Los primeros años de su vida dejaron en Mercedes muy pocos recuerdos: siempre veía la misma escena, el mismo cuadro, silencioso y tranquilo; a Gómez-Urquijo encerrado en la modesta habitación que le servía de despacho, sentado delante de una mesita, escribiendo con los ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del hombre que mira cosas distantes; y a doña Balbina trajinando por la cocina, ora encendiendo la lumbre, ora fregando cacerolas y platos, o bien en el comedor, repasando la ropa blanca que iba sacando de un gran cesto. Del semblante que entonces tenía doña Balbina, Mercedes no recordaba, sin duda, porque jamás hubo en él un rasgo vigoroso; pero sí conservaba, aunque vagamente, la imagen de su padre, con su larga melena de trovador, su nariz aguileña y su ancha frente, autorizada por el profundo pliegue vertical de la reflexión y de la cólera.
Don Pedro permanecía en su casa poco tiempo, eran muchas las noches que no dormía en ella, y algunas veces estaba ausente tres y cuatro días. Aquellos alejamientos los soportaba doña Balbina con admirable resignación de mártir, y en su rostro amargado por un gesto de conformidad y de melancolía imborrables, jamás llegó a traslucirse ningún sentimiento anormal de impaciencia o despecho. Se levantaba temprano, preparaba el desayuno, iba y venía por las habitaciones barriendo, sacudiendo el polvo de los muebles, charloteando con su hija que la seguía a todas partes, hablando siempre una conversación infantil de mujer sencilla que sólo está separada de la niñez por los años. Todas estas operaciones de la mecánica casera las ejecutaba doña Balbina sin reír, sin levantar nunca la voz, silenciosamente, cual si hubiese algún enfermo grave muy cerca de allí; obedeciendo, tal vez inconscientemente, a la inveterada costumbre que tenía de no interrumpir a don Pedro en sus horas de trabajo. Por las tardes, doña Balbina se sentaba en el comedor a repasar las ropas que lo habían menester, o a leer; y si allí no había bastante luz, se trasladaba a la cocina que era muy clara, o al gabinete, pero nunca al despacho, cual si temiese profanar con su presencia la majestad del santuario donde su marido escribía. Después de cenar aquella joven, envejecida prematuramente por dentro, sentaba a su hija sobre sus rodillas y rezaban juntas; luego se acostaban. Algunas veces la niña preguntaba:
—¿Y papá?
Doña Balbina respondía invariablemente con su cristiana mansedumbre de cordera:
—Trabajando, hija mía; trabajando para nosotras...
Y se dormían la una en brazos de la otra, como queriendo consolarse mutuamente de la soledad en que vivían. Entonces tenía Mercedes siete años.
Cuando Gómez-Urquijo volvía, hija y madre acudían a recibirle. Él abrazaba a Balbina, besándola apasionadamente sobre los labios, deseando compensarla en un instante de sus tristezas y desamparo: luego aupaba a Merceditas, chillándola y zarandeándola hasta conseguir ponerla de mal humor. Balbina preguntaba:
—¿Dónde has estado?
—Por ahí... mujer, trabajando; ya sabes... La brega eterna. Anoche pensé venir, pero a última hora fuí a la redacción y luego me llamaron por teléfono desde la imprenta, para la corrección de unas pruebas... ¡Ah!... Los ensayos de mi drama han vuelto a interrumpirse: creo que la noche del estreno no llegará nunca...
Doña Balbina, olvidando completamente sus propias pesadumbres, murmuraba enternecida, besándole:
—¡Pobrecito, cuánto trabajas!...
—Sí, hija mía... mucho... Diríase que mi trabajo es de los que se pagan por horas.
Y no mentía: la palidez de sus mejillas y de su frente, el pliegue desdeñoso de sus labios, el círculo violáceo que rodeaba sus grandes ojos azules, traicionaban ese agotamiento íntimo del hombre que discurrió febrilmente durante muchas horas. Luego, como artista que antes de volverse al mundo de sus quimeras quiere conocer rápidamente la realidad donde vive, preguntaba:
—¿Cómo te encuentras?
—Bien.
—¿Y la niña?
—Ya la ves, hecha un torito...
—¿Ha venido alguien?...
Generalmente la respuesta era negativa, porque Gómez-Urquijo, para ocultar la modestísima estrechez en que vivía, cuidaba de no descubrir a nadie las señas de su domicilio. Después de aquel breve interrogatorio, don Pedro solía sacar del bolsillo un periódico que entregaba a su mujer:
—Toma y no lo pierdas...
—¿Qué es?...
—Poca cosa; un envidioso que habla mal de mí... Un artículo sangriento. Guárdalo; de todo eso necesito vengarme cruelmente cuando suene para mí, con la hora del triunfo, la hora divina de las represalias.
Después, sin perder minuto, se encerraba en su despacho, a escribir, y la casa volvía a sepultarse en su melancólico silencio de sacramental.
Aunque sujeto a la mesa del trabajo, el espíritu de Gómez-Urquijo llenaba todas las habitaciones. Doña Balbina parecía más animosa y sus ojos reflejaban el fulgor de un íntimo contento, había más graciosa soltura en sus ademanes, sus dedos manejaban la aguja con más facilidad; a cada momento salía del comedor y entraba en la cocina, inspeccionando la lumbre, destapando las cazuelas, para cerciorarse del buen estado de los guisos; y si Mercedes empezaba a cantar, la imponía silencio mansamente, llevándose el índice a los labios.
—¡Chist!—decía—calla... no molestemos a papá...
La presencia de Gómez-Urquijo le producía desasosiego invencible e iba a verle muchas veces, so pretexto de llevarle un vaso de agua o de arreglarle el quinqué; por su gusto hubiese estado siempre junto a él, a sus pies, apoyada de codos sobre sus rodillas, viéndole trabajar: pero se contenía temiendo distraerle y procuraba dominar su nerviosa inquietud en menudas labores, esperando que llegase la hora de cenar, única ocasión en que podía tener con don Pedro algunos momentos de conversación tranquila y sabrosa.
Mercedes, a despecho de su niñez, comprendía aquellas sensaciones que dejaron en su memoria una impresión que los años limadores no pudieron borrar.
Recordaba muy bien la distribución y ornamento de la pobre casita donde nació: con sus suelos sin alfombrar, sus ventanas sin visillos y sus paredes desnudas. Aquellas ventanas, por cuyos limpios cristales se veía en los días invernosos un gran pedazo de cielo gris y vastos solares cubiertos de nieve, iluminaban el interior de las habitaciones con una luz cruda y triste: eran habitaciones muy grandes que reforzaban con su vacuidad el vigor de los ruidos y en las cuales la falta de muebles movía inconscientemente a hablar en voz baja.
En medio de tan lastimosa estrechez, Mercedes era feliz, y profesaba un afecto especial a cada uno de los muebles que componían aquel modesto ajuar. Su madre la había enseñado a quererlos con un amor sencillo, firme y apasionado de fetiquista, cual si fuesen una prolongación de la familia, una especie de seres inferiores, semiconscientes, que les acompañaban y servían viviendo una existencia inexplicable. En aquel hogar la voluntad del cabeza de familia era omnipotente, y como todo procedía de él, todo también, y en justa compensación, debía servir para su regalo y agasajo. La cocina, con sus rimeros de platos y sus bruñidas cacerolas, el comedor con su mesita de nogal, su media docena de sillas y su espejo, un magnífico espejo adquirido milagrosamente en una almoneda, resto ostentoso de un opulento mobiliario deshecho; el dormitorio, con su amplio lecho matrimonial y su cunita de hierro; la casa, en fin, toda ella, con sus luces y su autoridad de hogar honrado, eran obra de Gómez-Urquijo, y las mismas doña Balbina y Mercedes, dos ruedas más de aquel andamiaje que don Pedro sostenía con su esfuerzo. Esta idea de su inferioridad y dependencia la aprendió Mercedes de su madre; ambas se consideraban débiles, pequeñitas, desprovistas de personalidad; don Pedro, todopoderoso y omnisciente, las autorizaba, y ellas eran algo infinitesimal que crecía al arrimo de algo muy fuerte...
El carácter extraordinario de Gómez-Urquijo, su imaginación ardiente siempre propicia al trabajo y su voluntad insensible a la fatiga, triunfaban en todos los momentos, y no tardó en sojuzgar el albedrío de la hija, como antes había rendido el espíritu de la madre. Y cuando por las noches, desde la cama, una y otra veían el resplandor de la luz que Gómez-Urquijo tenía encendida en su despacho, Mercedes se quedaba dormida bajo la molesta impresión de que su padre, tan bueno, tan batallador y tan sabio, estaba trabajando para ellas, labrando su porvenir, sufriendo por las dos.
Conforme Mercedes iba creciendo, su carácter fué complicándose y ofreciendo puntos de vista muy curiosos. Había heredado de su padre los rasgos físicos y los perfiles morales más sobresalientes: el talle largo y esbelto, la nariz aguileña, el mentón pronunciado que caracteriza a los fuertes de voluntad; y luego aquella imaginación inquieta, aquel cerebro de artista idolátrico adorador de la quimera, y las neurosis, apasionamientos irreflexivos y demás refinados desequilibrios de las sensibilidades exquisitas; y represando esta complexión batalladora que hacía de Gómez-Urquijo un luchador infatigable, tenía Mercedes el carácter retraído y sumiso de su madre; tan silenciosa, tan pronta a ceder ante el menor obstáculo. Había, no obstante, entre madre e hija diferencias notabilísimas.
Doña Balbina era un espíritu sin dobleces, de ésos que se conocen a la primera ojeada. Si hablaba poco era porque en su tranquila cabecita de mujer casera raras veces brotaba un concepto nuevo; y si se amoldaba fácilmente a las circunstancias era porque estaba segura de su poquedad y no se reconocía ánimos para rebelarse e imponer su capricho; y por eso vivía sin luchas, empequeñecida y como eclipsada por el genio dominador, absorbente, irresistible, del hombre a quien eligió por esposo, queriendo lo que él mandaba, pensando como él; su misión quedó reducida a acompañarle, a seguirle a todas partes, a esperarle días enteros sin sentir la horrible soledad que la rodeaba, y a recibirle siempre abnegada y cariñosa, confortándole cuando triste, aplacándole cuando irritado.
Mercedes no era así: su aislamiento, el ejemplo constante de su madre y el rostro grave y siempre pensativo de don Pedro, a quien veía reír contadas veces, domeñaron, pero sin rendir, la ingénita acometividad de su carácter expansivo. Había en ella una especie de doble naturaleza. Fantaseaba mucho y quería intensamente; pero el temor de hablar fuera de sazón o de no realizar sus deseos, la condenaban a eterna pasividad y a perpetuo mutismo; doña Balbina callaba y obedecía sin trabajo, porque no tenía nada que decir, ni albedrío que oponer a los acontecimientos adversos, y Mercedes callaba y cedía también, aunque por opuestos motivos, constreñida por un exceso inverosímil de amor propio; callaba porque temía expresarse mal, y obedecía sin protestas, recelando tener que atacar por fuerza lo que podía aparentar recibir de grado. Esta reconcentración producía en ella una superabundancia extraordinaria de voliciones y de ideas; ideas que no se concretaban en palabras, deseos que jamás tuvieron forma imperativa; sus facultades, por ende, conservaban toda su salvaje entereza; su orgullo no había padecido humillaciones, ni su voluntad sufrió directamente ningún mandato que mermase su brío y acerado temple: era, pues, el suyo, un carácter varonil que dormitaba representando su simpático papel de hija sumisa, más por cálculos de orgullo que por propia y natural condición, y que sólo necesitaba un pretexto para rebelarse, irreflexivo y batallador, oponiendo a las humillantes imposiciones del deber sus duras aristas de diamante.
Mercedes tenía un espíritu pagano. Siendo muy niña, su madre la enseñó las oraciones más sencillas, y por doña Balbina supo que hay un infierno reservado a los malos y un cielo muy bonito, con mucha luz y nubes de púrpura y turquí, entre las que revolotean traviesas comparsas de angelitos cantores; y que hay un Dios infinitamente misericordioso y justiciero, omnisciente, dispensador de beneficios, sensible a los ruegos, muy amigo de los niños y que se halla en todas partes... Y Mercedes amó a Dios; pues aunque su corazón, limpio de penas, no necesitaba los consuelos de la fe, la sedujo aquel cuadro místico, con el trono del Todopoderoso en lo alto, asentado sobre nubes de esmeralda, topacio y carmín, por las que pasaban aleteando y con regocijada algarabía racimos de cefirillos desnudos. Por las noches, madre e hija rezaban juntas, cada cual desde su lecho.
—Reza, Mercedes—decía doña Balbina—, pídele a Dios por nosotros, especialmente por tu padre y por ti... Dile que nos conceda muchos años de vida y muy buena salud...
Y esto lo suplicaba Balbina Nobos con tanto afán, porque creía firmemente que todas las oraciones infantiles llegan al cielo.
Mercedes, en efecto, rezaba, mas no poseída de la íntima emoción con que los ejercicios litúrgicos encienden el ánimo de los verdaderos creyentes, sino fríamente, de modo profano, sin otro fin que el de proporcionarse a sí misma el recreo de entrometerse por aquel cielo tan hermoso, poblado de colores y de majestuosas armonías, como la deslumbradora apoteosis final de una comedia de magia. Con los años, esta visión paradisíaca fué desdibujándose y perdiéndose, y más tarde, cuando Mercedes comenzaba a sentir esas soñarreras invencibles que anuncian en las vírgenes la llegada de la pubertad, concluyó por desaparecer completamente.
Aquella primavera, Mercedes cumplía trece años, y doña Balbina no comprendía que las noches de junio tienen opio para las niñas que van a ser mujeres. Después de cenar, delante de la ventana abierta por donde penetraban bocanadas de aire tibio, Mercedes se dormía fatalmente, bajo una especie de imperativo categórico, inevitable; se dormía en las sillas, en la mesa, con los brazos apoyados sobre el plato del postre; era preciso llevarla al lecho a puñados, con súplicas, con gritos de amenaza. Doña Balbina se desesperaba.
—Niña, reza. Reza, Mercedes... ¡Mercedes, no te duermas!...
Y medio minuto después repetía:
—Niña, reza...
Mercedes contestaba entre sueños, muy despacio, con la voz emperezada y casi ininteligible de los noctámbulos:
—Ya voy...
Y seguía durmiendo.
Algunas veces, Gómez-Urquijo, aburrido de oír a doña Balbina repetir siempre el mismo consejo, gritaba desde su despacho:
—¡Cállate, mujer; y reza tú sola!...
La voz colérica de don Pedro retumbaba en las habitaciones desamuebladas como un trueno, y doña Balbina, avergonzada y medrosa, no respondía; pero continuaba murmurando al oído de Mercedes con porfía de verdadero creyente:
—Reza, niña; si no rezas, Dios se enfadará contigo y tendrás sobre la conciencia el remordimiento de habernos perdido a todos.
Esto lo repetía una vez y otra, siempre en voz baja, zarandeándola por un brazo con una crueldad que apenas podía disculpar la santidad de sus propósitos; y Mercedes, al fin, rezaba:
«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado...» pero entre dientes, separando las sílabas con el trabajo con que lanza sus últimos acordes la cajita de música que va quedándose sin cuerda.
Una noche, Mercedes, asustada por las ideas de eterna condenación con que su madre la amenazaba, rezó pidiendo al Cielo cuanto la era menester, aunque de un modo abreviado y compendioso:
—Señor: dales a mis padres mucha salud; otórgales largos años de vida, haz que me regalen una muñeca bonita y aparta de mí toda ruin tentación...
Así rezó Mercedes aquella vez, discurriendo, con esa lógica irrefutable de los niños, que pues Dios es omnisciente, no precisa pedirle circunstanciadamente y con lujo de galas retóricas, lo que Él ya sabe y conoce de antemano; y como este modo de discurrir halagaba su falta de fe y su sobra de sueño, la joven devota se dió con aquella media docena de frases, que casi recitaba maquinalmente, por muy tranquila y bien quista del Cielo.
Hasta que otra noche, en que su pereza era mayor y muy grandes sus deseos de concluir pronto sus oraciones de ritual, compendió cuantas súplicas hasta allí había expresado detalladamente, en una sola, inteligible, desde luego, para Dios, toda aguda perspicacia y sabiduría:
—Señor: tú ya sabes lo que yo deseo...
Y no dijo más, encomendando a la penetración y benevolencia divina el cuidado de deslindar y satisfacer con toda justicia sus honestos deseos.
Esta nueva costumbre ganó sin trabajo el espíritu gentílico de Mercedes: cansada de las inacabables oraciones que su madre la enseñó, reasumió tan enojosos jesuseos en una frase que la permitía armonizar su devoción con su modorra; más tarde compuso otras abreviaturas, luego rezó menos aún, después nada... Y hasta ella misma se admiró de la tranquilidad con que una noche, haciendo examen de conciencia, descubrió que hacía más de cuatro días que no rezaba...
Al desarrollo y exaltación de estas impías propensiones, coadyuvó eficazmente el estudio de la música.
Todas las tardes recibía Mercedes la visita de Mme. Relder, su profesora de piano. Una mujer alta, fea, pero muy elegante; siempre metida en un largo abrigo de terciopelo, con un gran sombrero negro y la sonrisa amable y triste y la mirada humilde de los criados que temen ser despedidos: llegaba, invariablemente, a la misma hora, llevando un rollo de papeles en la mano, alegre pero con un regocijo postizo y frío de diplomático, y dejando tras sí un fuerte olor a violetas.
El piano lo habían colocado en el gabinete; una de aquellas habitaciones desamuebladas y sin alfombrar, cuyo vacío tanto reforzaba la intensidad de los ruidos. Durante los primeros meses de aprendizaje Mercedes sufrió mucho; nunca sabía la lección, sus dedos torpes aporraceaban las teclas sin arrancar sonidos agradables, y llegó a odiar el gabinete donde estudiaba, con sus paredes desnudas y su ventana sin visillos, por cuyos cristales se descubrían vastos solares incultos y un gran retazo de cielo plomizo; y odió al piano, con sus destempladas notas de instrumento alquilado, y a Mme. Relder, angulosa y engabanada, sonriendo siempre y obligándola a repetir una vez y otra la misma lección.
Aquella antipatía, no obstante, fué declinando porque la música, como dijo Goncourt, es el haschisch de las mujeres. Mercedes, insensiblemente, iba rindiéndose al encanto filarmónico: los sencillos ejercicios calcados sobre los principales motivos de las grandes óperas, los aires populares de una sencillez y apasionamiento inexplicables, todo la divertía y emocionaba profundamente. En poco tiempo realizó progresos extraordinarios; pasaba muchas horas delante del piano, repasando cuidadosamente lo aprendido, venciendo dificultades nuevas, abandonando su alma inquieta al misterioso vaivén pasional de las melodías más dulces, sintiendo que todo ello evocaba en su interior el presentimiento de algo muy grande que había de llenar su vida.
La música es un arte de quintaesenciada excelsitud que emociona igualmente a los jóvenes y a los viejos: a los primeros hablándoles con la voz engatusadora de las promesas, porque todo lo ignoran; y a los ancianos que vivieron mucho y ya nada esperan, cantándoles el melancólico de profundis de los recuerdos; a veces es un arte triste, desengañado, escéptico, como un don Juan decrépito; otras modula acordes alegres, mefistofélicos, de una seducción irresistible, que arrastran a la orgía: como el dios Jano del paganismo, tiene dos caras; es el arte contemporáneo de todas las épocas, evocador de todas las remembranzas, allegador de todas las ilusiones, intérprete de todos los deseos; el arte que llora con Margarita, que muere con Traviata, que ama con Romeo, que despierta el patriotismo con Guillermo Tell, que se despide del mundo con Fernando, en La Favorita, que duda con Hamleto, que mata con Otello...
Mercedes, como las grandes apasionadas, sentía, a despecho de su candor, algo de todo esto. Los nocturnos de Chopín y las sinfonías de Beethoven sometían sus nervios a emociones contradictorias: unas veces la acometían deseos de llorar por dolores desconocidos que parecían cruzar aleteando, como aves fatídicas, muy cerca de ella; otras, ganas de reír, de moverse, con movimientos y esguinces desordenados de bayadera lasciva, y generalmente establecía prodigiosas conexiones entre los términos y conceptos más disparejos: así, por ejemplo, oyendo un tango, recomponía un cuadro de escenas andaluzas que Gómez-Urquijo tenía en su despacho; mientras los valses, ese baile favorito de los salones aristocráticos, la recordaban una copa de Champagne, desportillada e inútil, que su madre conservaba desde tiempo inmemorial en un vasar de la cocina, como trofeo melancólico de antiguos festines. Al año siguiente Mercedes ingresó en el Conservatorio y Mme. Relder, que confesó noblemente haber enseñado a su joven discípula cuanto sabía, fué despedida.
Todas las tardes salían doña Balbina y su hija llevando en una gran cartera de dibujo los papeles de música, cogidas del brazo como amparándose mutuamente contra los coches y transeuntes que a su lado pasaban, seguían por la calle Jacometrezo y luego atravesaban la plaza de Santo Domingo, dirigiéndose hacia el teatro Real. Doña Balbina acompañaba a Mercedes hasta la puerta del Conservatorio y después se iba para volver una hora más tarde, a la salida de clase.
Aquellos paseos cotidianos, aunque obligatorios, sirvieron a Mercedes de gran distracción y recreo. Caminaba de prisa, taconeando recio, con las manos metidas en los bolillos de su elegante gabancito gris, comprendiendo que la leve sombra proyectada por el ala de su sombrero redondo favorecía mucho la interesante palidez hebraica de su rostro y la negrura de sus ojos, contentísima de tener una ocupación que la forzase a salir diariamente, mirando a los hombres de soslayo y orgullosa de advertir que ellos también reparaban en ella...
Bien pronto trabó amistad Mercedes con algunas de sus condiscípulas, especialmente con Carmen, y Nicasia Vallejo, hijas de una pobre viuda conocida de doña Balbina; y tanto por esta circunstancia, como por vivir Carmen y su hermana en la calle Mesonero Romanos, casi esquina a la de Jacometrezo, Mercedes y sus dos improvisadas amiguitas, siempre salían juntas de clase. El cariño que desde los primeros momentos atrajo a las tres jóvenes, creció rápidamente. Carmen era la mayor, Nicasia la más pequeña, y aunque una contaba cinco años más que la otra, ambas tenían el mismo carácter, idéntico geniecillo ocurrente y risotero: eran dos cuerpos muy gallardos, gobernados por dos cabecitas muy locas. Carmen y Nicasia iban solas al Conservatorio. Cuando volvían de clase, Mercedes y sus dos condiscípulas subían en grupo por la cuesta de Santo Domingo, hablando de música o comentando algún sabroso incidente que hubiese ocurrido durante la lección; doña Balbina las seguía con los ejercicios de Kalkbrenner y de Clementi debajo del brazo.
Durante aquellos paseos, las tres amigas se referían los proyectos y aspiraciones que pensaban realizar en lo porvenir.
—Yo dedicarme al teatro—decía Carmen.
—Yo también—añadió Nicasia.
—¡Cómo!—exclamó Mercedes—: ¿vais a dedicaros al teatro?... ¿Y tendréis valor para salir a escena?...
—¿Por qué no?—repuso Nicasia riendo—; las actrices viven muy bien, ganan mucho... y además, la vida del teatro es muy alegre.
—Aunque así no fuese—dijo Carmen—, la renta que nuestro buen padre nos dejó al morir, es exigua, los gastos que tenemos muy grandes, y cuando hay la obligación de sostener una familia, urge trabajar... ¡Tú no sabes lo que es eso!...
Hablaba seriamente, con autoridad de mujer experimentada, y Mercedes la miraba sorprendida de verla tan reflexiva y previsora.
—¿Y tú—preguntó Carmen—, qué piensas hacer?
Mercedes se encogió de hombros, con la despreocupación del niño que aún tiene muchos años por delante.
—No sé...—dijo.
—¿Esperas casarte?
—Sí...
Carmen hizo un gesto vago y sonrió. Las mujeres predispuestas a caer, siempre se empeñan en afirmar que los hombres son incasables.
—Eso es difícil—dijo.
—¿Difícil?... ¿Por qué?...
—¡Oh!... ¡Qué sé yo!... ¿Tienes novio?
—No...
—¡Bah!...—interrumpió Nicasia—; si no buscas novio, ¿cómo vas a casarte?...
Mercedes se puso muy colorada: tenía reparo en confesar que no la dejaban salir sola a la calle y que jamás había hablado con un hombre.
—Nosotras—agregó Nicasia con esa despreocupación que infunde la inocencia de las niñas o la impudicia de las cortesanas—hemos tenido muchos novios...
Los progresos musicales de Mercedes eran tan rápidos, que bien pronto figuró entre las alumnas más aventajadas de la clase. Carmen Vallejo, que no era envidiosa, le aconsejaba:
—Tú debías seguir nuestro ejemplo y dedicarte al teatro. Tienes muy bonita voz, eres guapa... Yo, el año próximo, ingresaré en la clase de declamación...
Mercedes movía la cabeza tristemente.
—A mí también me gustaría ser actriz.
—Entonces...
—¡Oh, no puedo!
—¿Por qué?
—Porque... no me dejarían mis padres.
—Tonta... a tu madre la convences en seguida, y a tu padre... ¡quién sabe!... sobre todo, los verdaderos artistas, los artistas de corazón, no deben acatar más dueño que su propio instinto, y seguir resueltamente por donde ese instinto les dirija...
—¿Y a ti, te dejan?—preguntó Mercedes preocupada.
—Sí. Mi madre no aplaude nuestra determinación, pero tampoco se opone a ella. Además, contamos con la protección de un pariente, que es actor.
—¡Ah!
—Sí, un primo nuestro, Roberto Alcalá... de quien tal vez has oído hablar...
—En efecto...—dijo Mercedes—, creo que estuvo un día en casa, hablando con mi padre...
Cuando se tienen pocos años, se intima pronto. Pocos meses después de conocerse, la tres amigas parecían hermanas; se lo habían dicho todo, sus secretillos más recónditos, sus esperanzas más atrevidas. Mercedes estuvo en casa de Carmen y de Nicasia, éstas no tardaron en devolver la visita, y doña Balbina y la viuda de Vallejo tuvieron, con este motivo, ocasión de renovar su antigua amistad. Todo ello contribuyó a reforzar el cariño que unía a las tres jóvenes y, como eran casi vecinas, siempre estaban las unas en casa de la otra o viceversa, repasándose las lecciones de música o enseñándose bordados o labores en marquetería, a las que Carmen, especialmente, era muy aficionada.
Todo esto ocurría a espaldas de Gómez-Urquijo, que vivía apartado de la realidad, sumido en el mundo fantasmagórico de sus quimeras novelescas... Y así Mercedes, insensiblemente, sin procurarlo, iba dejando el buen camino, empujada por la mano omnipotente del Destino impenetrable...
Una tarde, saliendo del Conservatorio, doña Balbina, contra su costumbre, se quejó de que «las niñas» caminaban muy de prisa.
—Más despacio, más despacito—repetía—; no puedo seguiros...
Mercedes hizo un gesto de disgusto y no respondió.
—¿Por qué no sales sola?—preguntó Carmen bajando la voz.
—No me dejan.
—¿Lo has intentado alguna vez?
—No.
—Pues importa que lo procures; Nicasia y yo te ayudaremos... ¡Qué diablo!... Las madres, cuándo van siendo viejas, suelen ponerse muy cargantes...
Pocos días después, las dos hermanas fueron a visitar a Mercedes: iban con la pretensión de llevársela a su casa para que viese una mantelería que estaban bordando.
—Volvemos en seguida—dijo Carmen a doña Balbina—; Mercedes puede venir así, conforme está: ya ve usted que nosotras, como vivimos tan cerquita, tampoco nos hemos vestido...
La anciana no supo qué responder; Gómez-Urquijo había salido...
—Bueno—dijo—, id pronto y volved en seguida. Ya sabéis que os estaré mirando desde el balcón...
Y, en efecto, Mercedes se fué. Era la primera vez que salía sola a la calle. Tenía veintiún años. La joven continuaba estudiando el piano asiduamente, y cuantos más progresos realizaba, mayores encantos musicales descubría, y más grandes eran las perplejidades y los conturbadores anhelos de su espíritu.
Esta peligrosa epifanía sentimental que inicia la música, la remató la literatura poco después. Mercedes nunca había reparado en que llevaba el apellido de un gran hombre; desde muy pequeñita estaba acostumbrada a ver artículos de su padre en todos los periódicos y revistas ilustradas, que publicaban el retrato de Gómez-Urquijo, juzgándole de distinto modo y estudiando extensamente sus novelas y sus triunfos escénicos; aquello, siendo tanto, le parecía insignificante y vulgar, como todo lo cotidiano; y por esto, sin duda, jamás tuvo el antojo de leer los libros de su padre hasta que un día...
Gómez-Urquijo y su mujer habían salido dejando a Mercedes sola, junto al piano, que despertaba en ella tantas aspiraciones vagas, tantos deseos sin nombre. Por aquella época la posición económica de don Pedro había mejorado notablemente, y el infatigable escritor ocupaba un pisito tercero en la calle Jacometrezo, con tres balcones desde donde se veía un trozo de la Red de San Luis, con su alegre baraúnda de transeuntes y de vehículos, y por los cuales se entraban, con las bocanadas del viento, los alegres murmullos de la gran ciudad.
Aquella tarde Mercedes se aburría, con una murria tan sui géneris, tan absurda, que acabó por indisponerla consigo misma. Se fastidiaba de oír las eternas lamentaciones de Chopín y los valses perversos de Waldteufel, y cerró el piano; después se cansó de bordar, no acertaba a combinar los colores de un ramillete que tenía entre manos, se pinchaba los dedos y arrojó el bastidor a un rincón; luego, aburrida también de ver las gentes que iban y venían por la calle, lanzó un suspiro de despecho y de ahogo, y cerró el balcón. Todos sus pensamientos se resumían en un «me aburro»... desesperante, que empujaba a su espíritu hacia peligrosos horizontes desconocidos. Era «el cuarto de hora» de los conflictos psicológicos, «la hora azul» de los grandes cataclismos sentimentales, de las terribles revelaciones...
Mercedes abrió el despacho de su padre, aquel santuario donde ni ella ni doña Balbina penetraban casi nunca. En los armarios aparecían amontonados centenares de volúmenes; en las paredes había multitud de retratos de actrices y de escritores amigos de don Pedro; sobre la mesa yacían varios libros; uno de ellos estaba sobre la carpeta, con la plegadera entre las hojas. Mercedes se acercó a la mesa y cogió el libro, Eva, la novela más célebre de Gómez-Urquijo. Durante algunos instantes estuvo inmóvil, hojeando el volumen con aire indeciso, respirando el ambiente de aquella habitación impregnada de un fuerte olor a tabaco. De súbito sus ojos chispearon, todo su cuerpo se estremeció y sus mejillas se arrebolaron de vergüenza: acababa de llegar al desenlace de una escena de amor cuya circunstanciada descripción devoró rápidamente, presintiendo que a la vuelta de cada hoja iba a descubrir algo que la revelase ese recatado misterio eleusíaco de la vida, tormento eterno de todas las vírgenes.
Mercedes había abierto el libro por una de sus últimas páginas, aquéllas, precisamente, que explicaban el verdadero motivo inspirador de la narración.
Eva era la leyenda perdurable de todas las mujeres; el despertar de las pasiones, el primer amor, con sus ilusiones mal definidas y sus locos anhelos de felicidad; el seductor ideal, guapo, decidor, ingenioso, gaitero, ardiente; la lucha entre el deseo y el deber, entre la carne, siempre frágil, y el honor... Y, finalmente, la caída, la dulce y espantosa caída, con sus noches de insomnio preñadas de terribles quimeras...
Todo esto lo releyó Mercedes con la torcida fruición del niño que hojea por primera vez un tratado de enfermedades secretas, y aquella lectura fué para ella un tósigo.
Gómez-Urquijo había procurado que sus obras fuesen trasunto fiel de la realidad; describió el mundo tal como era: bueno a ratos, a veces malo, pero, generalmente, más bien malo que bueno; y todas sus esperanzas, todos sus excepticismos, todas las hieles de su alma, todos sus nefandos refinamientos de hombre voluptuoso, estaban depositados allí, a guisa de légamo funesto. Gómez-Urquijo era pesimista; creía que la tierra es un mundo funesto, archivo de pesadumbres, manantial inagotable de desengaños, pudridero fatal de cuanto nace. Las ilusiones, como todas las aguas dulces, concluyen por amargar, porque unas se truecan en desesperanzas, y otras vuelven, tarde o temprano, al mar de donde salieron... Y a esto obedecía el criterio sombrío de don Pedro: el autor de Eva se rebelaba contra la muerte; le parecía absurdo y contrario a la noción de un primer principio inteligente y misericordioso, eso de nacer para seguidamente ir envejeciendo hasta desaparecer en el anónimo desesperante de lo pretérito; y por eso, para aminorar la visión fatídica del no ser, Gómez-Urquijo, predicaba un sensualismo triste, con perfiles que recordaban la fúnebre filosofía de los epicúreos: amemos; el amor es el único enemigo invencible de la muerte, el consolador bendito de todas las penas; amemos mientras los nervios sean capaces de sentir el opio embriagador del deseo... ¿Para qué sufrir? ¿Por qué no enmascarar bajo poéticos fingimientos la realidad cruel?... La vida es una novela que se escribe: hoy puede redactarse un capítulo triste, mañana otro alegre, y siempre, o casi siempre, a gusto del autor.
La joven pasó toda la tarde grabando en su memoria las embelesadoras y funestas enseñanzas de aquel libro; un mundo desconocido acababa de surgir ante ella, un mundo lleno de luz y de seductores mirajes que, como Galileo, sentía trepidar ya bajo sus plantas; y cuando la noche se echó encima y ya no alcanzaba a distinguir las letras, encendió el quinqué y continuó leyendo.
Todo la sorprendía; allí vió pasiones jamás presentidas por su columbino candor de doncella y escenas de un subidísimo color naturalista que simultáneamente la avergonzaban y seducían. La ética predicada por Gómez-Urquijo, era una moral decadente de libertino, y su alegría, algo triste, contrahecho y forzado, como la serenidad y regocijo que fingen en sus últimos instantes los sentenciados a muerte. Gocemos, decía el autor de Eva, apuremos de un trago todos los deleites sin dejarnos sugestionar por las vagas incertidumbres del mañana; la melancolía es el credo inútil, infecundo y estúpido de los vencidos... Gómez-Urquijo entonaba en aquellas páginas del mejor de sus libros, una canción brillantísima en honor del amor y de la risa: Eva era el prototipo de la mujer, con todas las seducciones, las voluptuosidades y los criminales ardimientos de su sexo; una mujer extraordinaria, una creación sobrehumana, puramente artística, bella y fecunda como la Eva milagrosa del Génesis, que llevó en sus ovarios los gérmenes de toda la especie humana; libertina como Semíramis, voluptuosa como Cleopatra, con esa voluptuosidad ponzoñosa, insaciable, que atormenta las entrañas de las mujeres meridionales; fuerte como Judit, perjura como Elena, incestuosa como Mesalina, cruel como Herodías... y a ratos también, esposa fiel como Artemisa y Lucrecia, y madre amantísima como Raquel... Eva lo reasumía y abreviaba todo: las virtudes, los heroísmos, las abyecciones; las altas cualidades y las grandes vergüenzas femeninas; era, pues, un símbolo; símbolo admirable digno de parangonarse con las creaciones inmortales del paganismo.
Mercedes leía ansiosamente, admirando hallar en aquella mujer fantástica, hermana suya, puesto que también parece mediar cierto secreto parentesco entre los hijos y los libros del mismo autor, algo bien concreto de lo mucho y mal definido que ella sentía.
Eva era la mujer terrible, provocadora de los grandes conflictos históricos; el hada omnipotente y dulce que caldea la inspiración de los artistas y aprieta el nudo novelesco de todas las leyendas pasionales; la hembra eterna, siempre gozada y siempre apetecible, que huye al principio y luego se rinde y más tarde persigue y acosa al burlador, al inconstante bien amado que huye; es la eterna Deseada que se ofrece en voluptuoso miraje a la imaginación de la gozadora adolescencia, emborrachándola con la sinfonía de sus juramentos y de sus besos y el sabio hechizo de sus caricias; es la mujer que duda, que finge, que ama, que olvida y que ríe... para aturdirse con el eco de su risa y tornar a querer y a reír...
¡Amar, reír!... Gómez-Urquijo insistía continuamente sobre estos dos conceptos con tenacidad de pagano borracho y feliz, y Mercedes, conforme leía, iba quedándose pensativa, sospechando que sus padres, al educarla en el austero recogimiento de la virtud, la regatearon el derecho indiscutible que tenía a cometer locuras y a ser dichosa.
Aquella noche Mercedes durmió con la novela de su padre debajo de la almohada, procurando que nadie la viese, con la vergüenza y el temor de la doncella que tiene a un hombre escondido en su cuarto.
Como Mercedes no pertenecía al número de esas mujeres frías y volubles que precisa estar reconquistando a cada momento, era incalculable el alcance que sobre ella podían tener las sensaciones. Primero leyó Eva, luego Cabeza de mujer, y ambos libros causaron en ella un efecto abominable: por sus páginas conoció las hechicerías de lo vedado y la inanidad de cuanto hasta allí estimó bueno y digno, por tanto, de imitación; allí aprendió que el hastío es la carcoma implacable del matrimonio; que el marido es algo monótono, insípido, como una cena servida siempre a la misma hora, y que si las mujeres supiesen que lo prohibido oculta la mitad más preciosa y duradera de sus encantos, no querrían casarse nunca...
Cabeza de mujer era un estudio perfecto de la psicología femenina, en cuanto hay en ella de pequeño; las envidias, las veleidades, los caprichos del momento, amores de salón, pasiones efímeras de coqueta que languidece en el seno de una sociedad embustera; mientras Eva reflejaba los grandes sentimientos devastadores del alma, con sus transportes de lujuria nunca satisfecha, sus exclusivismos y sus celos manchados de sangre. Entre ambos libros formaban un pentagrama exacto sobre el cual la mano habilísima del novelista trazó la sinfonía admirable y eterna de los deseos; con sus anhelos, sus dudas, sus impaciencias, sus citas y demás misterios clásicos que forman los adorables prolegómenos de la suprema posesión.
Mercedes sentía que la cuerda sensible de su alma vibraba, respondiendo con estremecimientos eléctricos a los diversos matices del himno pasional cantado por aquellas mujeres de novela, que, no obstante, tenían su misma sangre, sus mismos nervios. Gómez-Urquijo había puesto en todas igual temperamento, lo que no es de extrañar, pues el escritor se refleja en sus obras y las creaciones de su pluma, como las hijas de su carne, han de tener aficiones parecidas, temperamentos análogos.
La joven se reconoció retratada en los libros de su padre. Ella, con sus cortos cabellos negros y fuertes, su rostro pálido, sus ojos de obsidiana, brillantes y duros, y su cuerpo delgado y nervioso, se parecía a Eva, la gran apasionada, incansable derrochadora de placeres, que murió abandonada después de servir de embeleso a muchos hombres; y recordaba también a Matilde, la protagonista de Cabeza de mujer, aquella caprichosa incorregible que renunció a su marido y a sus hijos por beber champagne con un adorador que no la interesaba....
Aquellas dos mujeres, aunque viciosas, hipócritas y mudables, aparecieron ante Mercedes engalanadas de fascinadores hechizos, zalameras, graciosas, soboncitas, irresistibles, con el encanto sojuzgador del ángel malo. Eran adúlteras porque sus esposos eran vulgares, y viciosas porque la calidad de su sangre y la perpetua sobreexcitación de sus nervios así lo exigían; pero siempre interesantes, siempre adorables hasta en sus torpezas, siempre artistas... Y Mercedes las quería y hubiese deseado emularlas, rivalizar con ellas, ser una de tantas....
Como sus hermanas Eva y Matilde, antes de quebrantar las prescripciones del deber y de lo honesto, Mercedes acariciaba la visión de un mundo, escenario admirable de una perpetua bacanal. Leyendo aprendió las suaves emociones que experimentan los amantes en el campo, a la puesta del sol, caminando bajo los árboles y por entre los flexibles herbazales que se enredan a sus pies, invitándoles a caer; y la voluptuosa melancolía del crepúsculo, con sus pájaros adormilados arrullándose entre el boscaje, sus campiñas despertando rozadas por el aleteo refrescante de la noche, sus arroyos, cuyas aguas huyen acariciando las orillas con un suave lamento de despedida, y sus estrellas reflejando su luz fría en la superficie inmóvil de los pantanos... Y conocía también las emociones de los amoríos urbanos: las citas en la iglesia, las criadas o las amigas serviciales que ejercen tercería, ofreciéndose a llevar y traer cartas, o poniendo su casa a disposición de los que no pueden exhibir su pasión públicamente; las entrevistas en los cafés poco concurridos de los arrabales, los paseos en coche... Y además las cartas, las horribles cartas hinchadas de juramentos hiperbólicos y de promesas soliviantadoras, los disgustos que reavivan el amor, las dudas, los desdenes, los celos; y luego las escenas más íntimas. Aquellas tardes invernales pasadas en el voluptuoso recogimiento de los dormitorios, esas capillitas modernas sabiamente preparadas para el culto de la diosa Carne, especie de abismos perfumados, donde los amantes cumplen poco a poco la siniestra profecía de Malthus. A través de los cristales de la ventana, se ven pasar los copos de nieve cayendo unos tras otros en catarata inagotable desde la inmensidad del cielo gris; junto a las paredes, los muebles abocetan tímidamente sus suaves panzas de raso o felpa; sobre el suelo alfombrado, los cortinajes de la puerta, inmóviles y tristes como telarañas abandonadas, arrastran sus flecos obscuros; el ambiente, que huele a perfume y a cuerpo de mujer joven, produce una sensación de enervamiento, de laxitud inexplicables; en el hueco de la chimenea arde un tronco de encina que cruje y se desgrana en chispas arrojando reflejos sanguinolentos que corren por la alfombra. En el fondo de la habitación aparece el lecho; no como aquéllos de en tiempo del Imperio, altos y estrechos, pues las camas pequeñas son odiosas por parecer construídas exclusivamente para dormir o gustar el placer de prisa y sin paladearlo, como vaso de vino que los caminantes impacientes apuran de pie delante del mostrador; sino un lecho moderno, bajito, amplio y mullido, sepultado bajo una colgadura de terciopelo, entre cuyos pliegues la mundana previsión del tapicero colgó una lamparilla eléctrica.
Todo esto lo sabía Mercedes y más aún... Conocía los detalles, los refinamientos... El espejo puesto a los pies del lecho para acicate del deseo cansado, las prendas de vestir arrojadas aquí y allá por la impaciencia febril de los amantes, los encantos que prestan a la mujer las camisas de seda, tan suaves, ciñéndose y modelando las curvas del cuerpo, y tan vistosas, con sus encajes flamencos y sus cintajos multicolores; las caricias de las infatigables manos varoniles, el beso en la boca, ese beso brutal, decisivo, de la posesión; y los besos en la nuca, tan afrodisíacos, tan excitantes, flagelando la espalda con un cosquilleo magnético que llega a los riñones... Y luego aquellas horas de invencible emperazamiento en que ambos amantes yacen silenciosos, con el ánimo preso en el hechizo de quererse mucho escuchando el simultáneo tic-tac de sus dos relojes colocados sobre la mesilla de noche; el del hombre más grave, más lento; el de la mujer más rápido, más febril; pero avanzando simultáneamente cual si entre ellos mediase también una corriente simpática...
Tales lecturas causaron en el carácter de Mercedes una honda revolución que no advirtieron en los primeros momentos ni doña Balbina ni Gómez-Urquijo: tornóse más irritable, más desigual, más voluntariosa; las lecturas habían prestado mayor exactitud y relieve a los deseos mal definidos que en ella provocaron las primeras emociones musicales; dormía poco, sus mejillas palidecieron, su mirada fué más profunda, y pasaba largos ratos en el balcón, recapacitando en la monotonía de su existencia de mujer honrada, mirando atentamente a los transeuntes y pensando que todos ellos tendrían, como los hombres y las mujeres de los libros, sus amores y su citas.
Su padre, el talentoso autor de Eva y de Cabeza de mujer, lo había dicho. «La vida es una novela que se escribe... siempre, o casi siempre, a gusto del autor». Y Mercedes renegaba de que en todas las páginas de su historia el Destino fuese escribiendo los mismos párrafos.
A ratos pensaba en imitar el ejemplo de doña Balbina, tan buena, tan resignada con su suerte, viviendo en la obscuridad, consagrada al cuidado de su marido y de su hija: pero otros se revelaba, creyendo que la virtud es enemiga del amor y de la risa, y que es horrible el porvenir de las mujeres honestas, condenadas a vivir en perpetua minoría de edad, obedeciendo a sus padres primero, a su marido después: y entonces el matrimonio le parecía algo absurdo, una institución monstruosa que ayunta para siempre a dos seres que tal vez habrán de odiarse el día de tornaboda; una especie de duelo a muerte que sólo puede terminar con la desaparición de uno de los dos adversarios. Y Mercedes juraba que algunas mujeres, si no tuviesen esperanza de enviudar, no se casarían nunca.
Aquellos pensamientos determinaban en la joven un estado de perpetua excitación: siempre, sin saber por qué, esperaba algo nuevo, anormal, que sobrevendría fatalmente y de sopetón, en forma de ser viviente o de noticia o de carta, pero que llegaría al fin, cuando más descuidada estuviese, a romper el aburrimiento de su vida explayando ante su ilusión nuevos horizontes. Este remedio prodigioso lo esperaba Mercedes continuamente, a todas horas, de un telegrama que jamás venía, de una carta que nunca llegaba: en cuanto sonaba el timbre de la puerta acudía al recibimiento presurosa, queriendo recibir ella misma lo que con tanta impaciencia aguardaba, y aunque contaba sus desengaños por días, siempre se dormía conforme, fortalecida por su convicción inquebrantable de ser dichosa, murmurando:
—Vendrá mañana...
Así vivía, abrazada a un ensueño sin nombre.
De algo de esto habló Mercedes con Nicasia y Carmen, una tarde al salir del Conservatorio; mas ellas, que habían leído muy poco, no supieron qué decir.
—En los libros—afirmó Carmen—los autores escriben muchas tontunas. Tú, de todos modos, necesitas un novio.
Y añadió bajando la voz para que Nicasia no la oyese.
—Otro día te contaré lo que hace tiempo me sucedió con Luis...
—¿Cómo?—exclamó Mercedes sorprendida de aquella revelación que no esperaba—¿tienes novio?
—Sí.
—¿Cómo no me lo habías dicho, hipócrita?
—¡Qué sé yo!... Es amigo de Roberto; un novio muy guapo, muy decidor, que me da muchos besos...
Y empezó a reír estrepitosamente. Mercedes no hizo ningún gesto: aquello le parecía muy lógico, muy corriente, pues, según ella recordaba haber leído en las novelas de Gómez-Urquijo, todos los hombres y las mujeres que se quieren deben dormir juntos.
Carmen, amohinada por esta impasibilidad, preguntó:
—¿No te gustaría a ti también, tener un novio que te besase?...
Y Mercedes repuso con esa inconsciencia con que sostienen los mayores absurdos morales las mujeres que prostituyeron su alma antes de violar la virginidad de su cuerpo:
—¡Es natural!...
Por aquella época Gómez-Urquijo recibía bastantes visitas, de literatos, actores y artistas jóvenes y ambiciosos que iban solicitando la ayuda del afamado novelista.
Don Pedro, que madrugaba con el sol, estaba visible únicamente por las mañanas: sus amigos podían verle sin preámbulos, pero los desconocidos no podían pasar sin cumplir esos requisitos sociales que son la parte teatral que envuelve y da prodigioso realce a la vida exterior de los grandes hombres. Primeramente tenían que presentar su tarjeta o la cartita de recomendación que trajesen, y luego sentarse en el recibimiento, sobre un largo banco de gutapercha donde Gómez-Urquijo les dejaba aburrirse quince o veinte minutos, dándoles a entender con tan larga espera que estaba muy ocupado y que aquellos momentos de audiencia eran para él verdadero sacrificio.
Mercedes, apartando disimuladamente los cortinajes que cubrían la puerta del comedor, procuraba atisbar, sin ser vista, a los recién llegados. Algunos iban dos y tres veces: a éstos ya les conocía, designándolos mentalmente por la particularidad física o por el detalle de su indumentaria que más la impresionase, y así decía:—El hombre del bigote rubio; el joven del gabán claro...—Pero otros, los menos afortunados, pasaban de refilón, como sombras, para no volver. Generalmente eran jóvenes mal vestidos, de rostros pálidos y ojos brillantes agrandados por las emociones mentales.
Entre los individuos que más asiduamente frecuentaban la casa de Gómez-Urquijo, estaba don Pablo Ardémiz y Roberto Alcalá, el primo de las hermanas Vallejo; un actor joven que había estrenado varios dramas de don Pedro y por quien éste sentía gran afecto.
Era un mozo como de treinta años, de mediana estatura, elegante y atildado, pero sin que ni su elegancia ni su atildamiento pecasen de ridículos; grave sin orgullo, cortés sin afectación. Llevaba el rostro primorosamente afeitado y el negro pelo caprichosamente abullonado sobre las sienes, lo que imprimía a la cabeza cierta originalidad artística; sus ojos azules miraban con la imperturbable quietud del hombre corrido que sabe y disimula muchas cosas, y por sus labios delgados vagaba la expresión indefinible, ambigua, de los actores expertos acostumbrados a fingir continuamente expresiones contrarias. Era, pues, muy simpático, con una simpatía que dimanaba, principalmente, de la perfecta ecuanimidad de su espíritu y de lo bien que se armonizaban el comedimiento de sus palabras y la británica corrección de sus gestos.
A Roberto Alcalá y a don Pablo Ardémiz les conoció Mercedes simultáneamente, una tarde en que Gómez-Urquijo les invitó a cenar. Era la primera vez que la joven comía con gente extraña. Don Pedro ocupaba la cabecera; Roberto estaba a su derecha, Ardémiz a su izquierda, y junto a don Pablo, doña Balbina. Felipa, la criada, iba y venía desde la cocina al comedor, algo aturdida por la presencia de los dos nuevos invitados.
Bajo el torrente luminoso derramado por la lámpara suspendida a cierta altura sobre la mesa, los rostros de los comensales surgían con poderoso relieve. Don Pedro, con su ancha frente pensativa, sus ojos graves de mirar penetrante, su nariz aguileña, de alas movibles que la inspiración y el coraje hinchaban fácilmente, su semblante enjuto y su cabellera blanca y artísticamente abarquillada sobre las sienes, como las coquetonas pelucas de los antiguos cortesanos. Roberto, siempre solícito y atento a las menores variantes de la conversación, clavando en Gómez-Urquijo la tranquila mirada de sus ojos azules, algo ensombrecidos por esas ojeras violáceas características de los trasnochadores sempiternos... Mercedes lo observaba todo.
Don Pablo Ardémiz era un hombre sesentón, alto y grueso, un poco calvo, con labios abultados y entreabiertos de viejo lascivo; su encanto principal consistía en la voz; una vocecilla algo estropeada, quizás, por los abusos del vino y del amor, pero afable; simpática, dulce y dotada de una tonalidad o dejo de irresistible seducción; y hablaba despacito y quedamente, subrayando las palabras con guiños o ademanes elocuentísimos que le erigían en príncipe del gesto. La vida de don Pablo era un misterio: nadie le conocía familia, ni empleo, ni bienes de fortuna... y, no obstante, vestía bien, frecuentaba los teatros y los salones patricios y fumaba de lo caro. ¿De qué vivía don Pablo?... Nadie pudo averiguarlo, y cuando alguien, en tono frívolo y de gorja, apuntaba la posibilidad de que alguna vieja rica y de gusto subvencionase las necesidades de Ardémiz, éste sonreía, exclamando:
—¡Oh señores, nada de eso!... Yo estoy mandado retirar... ya no puedo. Ustedes saben cuán enemigas son las mujeres de los párpados enrojecidos y de las manos trémulas.
Esto lo decía con acento persuasivo que no daba lugar a controversia; el acento resignado y alegre de los viejos galanes que salieron del mundo con la orgullosa pretensión de haber apurado todos sus goces.
Las figuras de don Pablo Ardémiz y de Roberto Alcalá, preocupaban poderosamente la curiosidad de Mercedes, quien no dejó de observarles durante toda la comida. Lo que más la seducía de ellos era la atmósfera viciosa que ambos respiraban: Roberto Alcalá, que vivía solo, sin otra ley que su capricho, entregado a los fáciles amoríos de la «gente de teatro», con amigos de buen humor y queridas graciosas que le ayudaban a disipar alegremente su dinero... Pensando así, la descompuesta imaginación de la joven veía a Roberto como Borgia, retozando a sus amadas sobre un colchón de violetas, después de bañarlas en un barril de Malvasía... Y don Pablo Ardémiz; que había llegado soltero a los sesenta años y cuya historia sería, por tanto, una interesante leyenda de amores: con su belfo colgante de viejo libertino, sus manos gruesas y velludas, sus ojos dominadores y penetrantes de hombre acostumbrado a contemplar mujeres desnudas, y su voz... aquella voz bajo cuyas modulaciones irresistibles hubieron de rendirse y caer las virtudes más salvajes necesariamente, fatalmente, con ese fatalismo ciego con que caen los cuerpos abandonados en el espacio. Viéndolo, sentía Mercedes la emoción de curiosidad y de miedo que deben de experimentar las vírgenes cautivas al recibir la primera visita del Sultán.
La conversación la sostuvieron principalmente Ardémiz y Gómez-Urquijo. Roberto Alcalá charló poco, como hombre modesto que no tiene empeño en representar un papel principal.
Se habló de literatura, de teatros, de las últimas noticias sensacionales.
—Anoche aseguraban en Eslava—dijo Roberto—, que Claudio se había vuelto loco.
—¿Claudio?...—preguntó don Pedro—¿quién es Claudio?
—¡El pintor!...
—¿Claudio Antúnez?
—Sí.
—¿Es posible?—exclamó Gómez-Urquijo—; los periódicos nada dicen.
—No es extraño, porque la desgracia de nuestro amigo no corrió por Madrid hasta las primeras horas de la madrugada...
Discutieron extensamente los motivos provocadores de aquella locura.
—El trabajo—exclamó Gómez-Urquijo con su acento resuelto de polemista acostumbrado a imponerse—, el demonio devorador del trabajo es quien ha llevado al pobre Antúnez al manicomio.
—El trabajo y la mala vida—repuso Roberto—, las noches pasadas en vela, sus ambiciones insaciables de artista, el vino...
Mercedes escuchaba, pensando, sin saber por qué, en que Roberto Alcalá también estaba rodeado de iguales peligros.
—Yo creo—interrumpió Ardémiz—, que más que el trabajo y el vino ha influído en la locura de Claudio el amor.
—¡Ah! ¿Usted le conocía?—preguntó Roberto.
—Mucho.
—¿Y dice usted que andaba enamorado?
—Sí.
—¿De quién?...
Pablo Ardémiz, que advirtió los ojos penetrantes de Mercedes clavados en él, sonrió de un modo enigmático.
—Es casi un secreto—repuso—, un secreto que muy pocos conocen. Claudio Antúnez mantenía relaciones con una mujer casada.
—¿Y esa mujer?...
—Es quien le ha destrozado la medula...
Alcalá y Gómez-Urquijo sonrieron, y Mercedes se mordió los labios, desesperada de no comprender el malévolo significado de aquella risa.
—Es un crimen horrible, un verdadero asesinato—prosiguió Pablo Ardémiz—; asesinato tanto más lamentable, cuanto que nadie puede castigarlo. Claudio ha muerto envenenado: le han envenenado con amor, y el amor es tósigo sutilísimo que no puede figurar en el informe de ningún médico forense.
Y añadió con expresión de fina ironía:
—De no ser así, muchas viudas inconsolables estarían en presidio...
Aquella noche Mercedes se durmió pensando en aquel Claudio Antúnez, a quien no conocía, en las mujeres criminales que saben matar amando, según afirmó don Pablo, a quien suponía muy ducho y versado en cuestiones de este jaez, y en que, durante la cena, había sorprendido a Roberto mirándola de soslayo y con particularísima afición.
Al día siguiente, momentos antes de entrar en clase, Nicasia se acercó a Mercedes, diciéndole bruscamente:
—Ya sé que anoche mi primo cenó en tu casa.
—Sí; ¿cómo lo sabes?
—Por el mismo Roberto. Nos ha dicho que eres muy guapa y que le mirabas mucho, ¿Es cierto?
Y como lo era, Mercedes se puso muy colorada y no supo qué responder.
Algunas mañanas después, estando Mercedes poniéndose los guantes y el sombrero para ir al Conservatorio, llamaron a la puerta. La joven, según costumbre, corrió al recibimiento y abrió. Era Roberto. El simpático actor saludó cortésmente y preguntó:
—¿Está don Pedro?
—Sí, señor... En su despacho. Pase usted.
Alcalá contemplaba a la joven sonriendo, y ella, que sentía en sus mejillas el calor de aquella mirada, no se atrevió a levantar los ojos del suelo.
—¿Dónde iba usted?—murmuró Roberto.
—A clase.
—¡Tengo unos deseos de decirla a usted un secreto!... Un secretillo muy interesante que sólo usted puede oír.
No hablaron más, sorprendidos por los lentos pasos de doña Balbina Nobos, que se acercaba.
Noches después, Mercedes y su madre fueron al teatro. Se representaba un drama de adulterio, y el papel de amante lo interpretó Roberto Alcalá. El joven actor apareció a mediados del primer acto, declamando un monólogo apasionadísimo que le conquistó muchos aplausos. Mercedes le escuchaba, presa de intensísima emoción, temiendo que se equivocase, y se rebullía en su butaca procurando que doña Balbina no advirtiese su nervioso temblor.
Al final del segundo acto, Alcalá representó una preciosa escena con la primera actriz, con la adúltera, arrobando a Mercedes, que le oía embelesada, como si aquel ardiente epitalamio fuese dedicado a ella...
Pasaron varios meses y llegó el invierno. Una tarde, al salir Mercedes de casa de Carmen para ir a la suya, encontró a Roberto en el portal. El joven actor lanzó un suspiro de satisfacción.
—¡Por fin!—dijo.
Mercedes le comprendió perfectamente y vió en su exclamación una prueba de amor, pues aquel encuentro también lo esperaba ella desde hacía mucho tiempo. Y, con una ingenuidad que encantó a Roberto, repuso:
—Sí, soy yo.
—Gracias.
—Gracias... ¿por qué?...
—Por haber venido. Este encuentro parece una cita...
Ella sonrió alegremente; su risa valía una afirmación.
—¿Dónde va usted?—dijo él.
—A mi casa. Es decir, antes he de ir a la calle Abada, ahí cerquita, a comprar unas agujas.
—¿Me permite usted acompañarla?
Y como Mercedes titubease, no sabiendo lo que las mujeres honestas deben responder a semejante proposición, Roberto agregó:
—Ea... pues... ya está dicho. ¡Me voy con usted!...