← Table of contents
Incesto

IV

Reading edition

Después de cenar Mercedes se retiró a su dormitorio fingiéndose aquejada de un violento dolor de cabeza; doña Balbina, juzgándose responsable, en parte, de lo sucedido y temiendo que don Pedro la abrumase con sus reproches, se fué a la cocina y Gómez-Urquijo penetró en su despacho y encendió el quinqué. Durante largo rato estuvo paseando por la habitación, con la vista fija en el suelo y las manos cruzadas a la espalda: luego se detuvo y tocó un timbre.

—¿Llamaba el señor?...—preguntó Felipa apartando los cortinajes de la puerta.

—Dile a mi mujer que venga.

Cuando Balbina Nobos llegó al despacho, don Pedro estaba de pie, junto a la mesa, con sus penetrantes ojos muy abiertos. Parecía más alto, más enjuto, y su gran cabeza proyectaba sobre la pared un perfil enorme: viéndole así, rodeado de libros y envuelto bajo el misterio de su larga levita negra, tan severo, tan triste, parecía un juez que acabase de firmar una pena de muerte. La anciana se acercaba temblando y sin ruido.

—¿Qué quieres?—preguntó.

—Quiero hablar contigo—repuso don Pedro—, decirte que así no podemos seguir... yo creí haberme casado con una mujer de carne y hueso, ¿entiendes?... y no con una muñeca de cartón...

Su voz tremolaba de un modo amenazador, agitada por la cólera. La emoción había arrebolado las pálidas y fofas mejillas de la anciana, pero fue una sensación que, como casi todas las de su alma cobarde, no llegó a traducirse en palabras.

—Hoy he sabido, por casualidad—prosiguió don Pedro—, que nuestra hija sale sola a la calle.

—Muy cierto—interrumpió Balbina—, pero va a dos pasos de aquí... ¡Figúrate!... Yo misma, desde el balcón, la veo doblar la esquina... Suele ir a casa de las hermanas Vallejo, dos muchachas muy buenas...

Gómez-Urquijo tuvo una sonrisilla forzada.

—Tú eres una insigne mentecata—dijo—que, por su gusto, canonizaría a todas las mujeres. ¿Conoces, acaso, los resabios y malas mañas íntimas de esas dos chiquillas? ¿Sabes lo que hace nuestra hija no bien dobla esa esquina hasta donde tú la acompañas con los ojos?...

Balbina Nobos, sintiendo la justicia y gravedad de aquellos cargos, humillaba la cabeza.

—¿Tú sabes—añadió Gómez-Urquijo levantando la voz—si a tu hija la espera un hombre en esa calleja maldita?... ¡Oh, hace mucho tiempo, más de un año, que en este mismo sitio indiqué los temores que me inspiraban ciertas preocupaciones anormales que descubrí en Mercedes, y no me hiciste caso porque tu alambicado cerebro de chorlito parece incapaz de meditar nada seriamente!...

Doña Balbina quiso hablar:

—Yo te aseguro...

—¡Tú no puedes asegurarme nada!

—Permíteme...

—Te niego todo permiso. Tú miras y no ves, oyes y no entiendes, discurres y no tienes conciencia de tus pensamientos... No eres una mujer como las demás, eres... ¡lo que antes dije!... ¡Una muñeca de cartón, inconsciente, sorda y ciega!...

Balbina Nobos rompió a llorar: su débil voluntad de esposa amante y solícita estaba acostumbrada a doblegarse continuamente a la voluntad de don Pedro y a considerar sus menores antojos como órdenes inapelables; había vivido durante treinta años sin albedrío, sin deseos, casi sin noción de su propia personalidad, entregada a merced del hombre amado, ufana de sacrificar su alma consciente en el altar de su amor; y de pronto, al oír que Gómez-Urquijo la insultaba por aquel mismo anonadamiento a que su carácter dominador la condenó no tuvo bríos para rebelarse, ni discurrió una sola frase que la sirviese de escudo, y su dolor, un dolor infernal de ángel precito que repentinamente parecía volcar sobre su historia un cántaro de hiel, rompió en sollozos, como estallan generalmente las grandes crisis morales de los débiles.

—¡Ay, Pedro, Pedro...—murmuró—, no me maltrates así!...

Y fué a sentarse sobre una silla, cual si sus piernas no pudiesen aguantar la gravedad de tantas pesadumbres. Gómez-Urquijo, en pie delante de ella, continuó atormentándola, flagelándola el rostro con sus palabras, sibilantes y crueles como latigazos.

—Hace más de treinta años que nos casamos—dijo—y la labor literaria por mí realizada durante este tiempo, inspira vértigos... La pasión de la gloria es la terrible pasión inspiradora y directora de mi vida; ella presidió mis pensamientos, hacia ella fueron encaminados todos mis afanes... A ella sacrifiqué los deseos de mis padres, que querían dedicarme a más tranquila y positiva ocupación, y los placeres de mi mocedad y las comodidades de mi vejez... por ella, por esa gloria que al fin he rendido, lo perdí todo y estoy pobre aún y obligado a continuar defendiendo, con mi trabajo, el abrigo y el pan de nuestros últimos días... Y ahora, de súbito, veo que mi hija, el único tesoro positivo que conquisté en el combate epopéyico de mi juventud, va a perderse también... ¿Y por qué?... ¡Porque su madre no sabe guardarla!...

Balbina Nobos lloraba, secándose los ojos con una esquina de su delantal. Don Pedro prosiguió colérico, agitando sus brazos en el aire con varonil fiereza:

—¿Es posible que la gloria, que me quitó tantos bienes, me arrebate también a Mercedes?... ¡Qué bofetón para mis canas!... ¡Cómo gozarían mis enemigos viendo que mi hija, esa creación de mi espíritu y de mi carne, arrojaba sobre un apellido por cuya popularidad y ennoblecimiento tanto he luchado, una mancha imborrable! ¡Cuánto reirían, qué epigramas tan sangrientos compondrían a mi costa!...

El orgullo del artista se aunaba al cariño del padre, su exaltada imaginación meridional consideraba inminente aquella catástrofe y hablaba de ella como si ya hubiese sucedido.

—¿Qué sería de nosotros si una noche Mercedes se fuese para no volver? ¿Qué sería de mí al saber que respiraba un hombre que podía jactarse de haber tenido en sus brazos a la hija de Gómez-Urquijo, a esa criatura que simboliza mi sangre y mi historia?...

Avanzaba hacia doña Balbina, agitando sobre su cabeza su brazo irritado.

—¡Ah, imbécil, imbécil! Tú serás la perdición de todos...

Balbina Nobos tuvo un gesto instintivo de defensa; el movimiento del toro moribundo que, acosado por su matador, levanta por última vez la cabeza.

—¿Yo?—gritó espantada.

—Tú, sí... tú serás la perdición de Mercedes.

—¡Y tú también!...

Lo dijo con tal firmeza, que Gómez-Urquijo vaciló.

—Tú eres tan responsable como yo de lo que suceda—prosiguió la anciana—; ¡los dos, los dos, los dos!...

—¿Estás loca?...

—¡No, no estoy loca!... Tal vez tu responsabilidad sea mayor que la mía. Tú corrompiste a Mercedes, ¡eso es!... yo también estoy cansada de sufrir en silencio, como los animales que no saben hablar...

Tenía los ojos brillantes, y sobre sus mejillas, coloreadas por la indignación y el sufrimiento, corrían dos regueros de lágrimas. Don Pedro la escuchaba perplejo, casi con terror. Ella continuó:

—Tus errores son más difíciles de corregir que los míos... Tú eres el verdadero corruptor de Mercedes, su verdadero iniciador... ya que tus libros la enseñaron lo que nunca debió saber... Por tanto, eres el principal causante de cuantas desgracias sobrevengan... ¿Lo oyes?... ¡Tú, tú... y nadie más que tú!...

Era la primera vez que la madre se rebelaba en la esposa; pero inmediatamente, extenuada por su propio esfuerzo, se tapó el rostro con ambas manos y continuó llorando.

Entonces hubo una escena horrible, una de esas tragedias sin sangre que no se olvidan nunca. Don Pedro se había dejado caer sobre el sillón, sollozando, maldiciendo de sí mismo, renegando de su obra.

¡Ah!... Los artistas, pensando siempre en lo bello, rara vez se acuerdan de lo bueno; la naturaleza hizo a muchos de ellos impotentes, y la sociedad les condenó a eterna pobreza; son seres desequilibrados, malditos, que no debían casarse nunca. Los pintores, los literatos, los músicos, también son actores, puesto que se erigen en intérpretes de la realidad y a fuerza de explicar lo que otros ven y sienten, concluyen por vivir apartados del mundo, sin verdadero carácter, convertidos en melancólicos polichinelas de la vida.

—¡Tienes razón, tienes razón!—repetía don Pedro—: yo emponzoñé el alma inocente de Mercedes con el dulce veneno que mi espíritu perverso derramó en millares de páginas; yo he caldeado su fantasía y encendido la antorcha voluptuosa de los deseos; en vano pretendo dominar ahora la ensoberbecida marejada de sus pasiones; la juventud es invencible y en ella «una fuerza superior», como dijo la desposada de Corinto, «ha levantado la piedra»... ¡Es verdad!... Yo la he corrompido, yo soy su seductor... Es un drama horrible... un drama incestuoso como el de Lot poseyendo a sus hijas...

Y se retorcía las manos desesperado, recordando los artículos que críticos eminentes escribieron contra la dudosa moralidad de sus libros, y que él refutó bizarramente y con más elocuencia que buena fe. Pero ya era inútil defenderse, el daño estaba hecho. Gómez-Urquijo comprendió que los elementos más diversos se conjuraban en contra suya, como obedeciendo a los nefastos designios inexplicables del Destino: Carmen, Nicasia, Roberto, hasta el mismo Pablo Ardémiz con sus trazas de viejo truhán y Mme. Relder, que en mala hora despertó en Mercedes la afición a la música, todos eran enemigos que llegaban, como salteadores en cuadrilla, a arrebatarle su última ilusión.

Ante aquella perspectiva siniestra, Gómez-Urquijo dejó caer los brazos con el abandono del hombre que se rinde, experimentando una sensación que su espíritu levantado no conocía: la sensación de su propia debilidad y pequeñez.

Hubo un largo intervalo de silencio durante el cual el reloj continuó rimando, con su tic-tac devorador, el siniestro desfile de lo que no vuelve. Doña Balbina atisbaba al anciano por entre los pliegues de su delantal. Nunca le había visto así, tan abatido, tan poco seguro de sí mismo, y su conciencia empezaba a acusarla de haberle tratado cruelmente; ella debía haber puesto más tiento en sus observaciones, más urbano comedimiento en sus ataques, y no aniquilarle, arrojándole de pronto a la cabeza el mundo de sus libros; aquellos libros escritos con tanto cariño y defendidos con tanto celo. Entonces Balbina Nobos se acercó a don Pedro.

—Perdóname—dijo—; comprendo que hice mal hablándote así y entrometiéndome en asuntos que no entiendo. ¿Qué puede alcanzárseme a mí de si tus obras son malas o buenas?... Seguramente son excelentes, cuando a mí, que soy muy torpe, me gustan tanto... ¡No hagas caso!... Yo tengo un geniecillo venenoso, arrebatado... y cuando me disparo soy terrible. Luego me pesa, te lo juro, y por castigarme sería capaz de darme de cabezadas contra la pared. Perdóname, Pedro... Pedro... di que me perdonas...

Le acariciaba, le besaba los cabellos, y eran simultáneamente risibles y conmovedoras las súplicas de aquella pobre vieja que, siendo una cordera, se acusaba formalmente de ser una loba.

—No te desesperes—agregó—; no te pongas así... Nuestra hija es dócil y volverá al buen camino si, como no creo, ha llegado a separarse un ápice de él. Tiene fácil remedio. Afortunadamente, nada ha sucedido. Vaya, consuélate y perdóname... oye, Pedro, abrázame tú también...

Gómez-Urquijo la abrazó.

—Te perdono—dijo—; ya sabes que no puedo alimentar contra ti rencor ninguno; pero déjame solo, necesito reflexionar.

Balbina Nobos se marchó y don Pedro continuó sentado, inmóvil, los ojos fijos sobre su mesa de trabajo, mirando instintivamente un libro, Eva; la novela que había puesto en manos de Mercedes las llaves de la vida.

A la mañana siguiente, muy temprano, Gómez-Urquijo penetró en el dormitorio de su hija. Mercedes acababa de levantarse. Las emociones de la víspera, el sufrimiento y la falta de sueño, habían acentuado los rasgos de su semblante: tenía la nariz más aguileña, los labios más finos, el color más quebrado, los ojos más brillantes y agudos, el pelo más negro, desigual y voluntarioso, cubriendo la frente con un casco de endrina. Al ver a su padre, la joven se levantó prestamente del silloncito que ocupaba.

—Le esperaba a usted—dijo.

—¿A mí? ¿Para qué?...

—¡Oh!... Para escuchar lo que tuviese usted que decirme. ¿No desea usted hablar conmigo?...

—Sí, en efecto.

Aquel recibimiento, un poco altanero, había desconcertado a Gómez-Urquijo quien, durante la noche, estuvo ideando un plan de reconciliación y de paz. Mercedes le miraba fijamente, y en la expresión de sus ojos y en la firmeza de su voz vibraba la confianza que tiene en sí mismo aquél que adoptó una resolución inquebrantable.

—Anoche—dijo don Pedro sentándose—te causé un disgusto muy grande.

—Mayúsculo, sí... un disgusto enorme.

—Tú a mí también.

—¿Sí?...

—¡Naturalmente!

—¿Por qué?... La conciencia no me acusa de nada... Yo salía en busca de una amiga... eso fue todo.

—Puesta la cuestión así, como tú la presentas—replicó el anciano—, parece, realmente, que pequé de injusto y arrebatado; pero tú misma reconocerás que abonan mi conducta muchas y muy poderosas razones disculpadoras...

Hubo una pausa durante la cual Mercedes permaneció cruzada de brazos, sondeando al anciano con sus ojos imperturbables de hebrea, secos y duros.

—Al sorprenderte anoche en el portal—continuó don Pedro—mi sensible corazón de viejo padeció el choque de una emoción extraordinaria. Yo, hija mía, fuí siempre un hombre sencillo, un hombre bueno que vivió dedicado en cuerpo y alma a su familia y al trabajo; en mi existencia no hay enredos novelescos ni incidentes dramáticos, ni viajes peligrosos, ni nada de eso que forma la entretenida historia de los aventureros; mi pasado sólo encierra un drama, un espantoso drama que preside todos los capítulos de la vida: la tragedia de mis luchas artísticas, de mi combate por la gloria y por el bienestar de los seres que habían ligado el sosiego de mi porvenir a las incertidumbres de mi corta suerte: primero trabajé por tu madre; cuando naciste tú, mis afanes se triplicaron y continué batallando por ella y por ti... Sí, Mercedes, por ti más que por ella... ¡yo no sé qué tiene el amor de los hijos que nos roba del corazón la pasión de la mujer!...

Los ojos de la joven habían dulcificado su expresión; la voz de Gómez-Urquijo resonaba tranquilamente, dulce y acariciadora como sonrisa maternal.

—A ti, que eres ya mujer, y mujer discreta—prosiguió don Pedro—, puedo confiártelo todo. Hace quince o veinte años, mi hogar lo componían una mujer y una hija; y como entonces mis luchas eran todavía muy grandes y la niña muy pequeña, yo no veía el mañana, absorto en la preocupación devorante de que el hoy no anocheciese sin abrigo y sin pan. Pero los años fueron pasando y la niña creciendo; llegó día en que empecé a recoger el merecidísimo premio de mis afanes, y a disfrutar algunas horas de reflexión, de vida interior, y, al verte granadita, llena de gracia y tocando los dorados umbrales de la juventud primera, pensé en tu porvenir, que iba a ser el consuelo de mi vejez, y en asegurarte una posición independiente y decorosa. Desde entonces, hija mía, me dediqué a ahorrar, a guardar con tesón de avaro los pingües beneficios que ya me reportaba mi trabajo, ¡y todo para ti!... ¡Ya comprenderás la dosis tan grande de cariño que necesita sentir un hombre tan desequilibrado y despilfarrador como yo, antes de resolverse a ser económico!... Mi vida, por tanto, es una cadena no interrumpida de privaciones, afanes y sacrificios; para mí no reservé nada, para vosotras fué todo; mi dinero, mi respetabilidad... y hasta me huelgo del prestigioso renombre de mi apellido porque lo llevas tú y es tu mejor gala...

Continuó hablando, insistiendo con pasmosa elocuencia y brío en la generosa renuncia que siempre hizo de sí mismo, y lo estrechamente ligadas que ella y doña Balbina estuvieron a la historia de sus luchas y de sus menores pensamientos.

—Cuando quería describir los celos de un marido burlado, procuraba convertirme de narrador en protagonista, en víctima, y me sugestionaba pensando que tu madre podía engañarme; y si quería pintar la desesperación de un padre, me torturaba imaginando que tú ya eras joven y que un miserable calavera te seducía... Erais, pues, mis colaboradoras más asiduas, las modelos que inspiraron mis creaciones mejores...

Mercedes escuchaba atentamente, curiosa de conocer las intimidades de aquel gran artista y de averiguar la génesis de los libros que tan trascendental revolución habían causado en su alma.

—Todo esto—agregó don Pedro—te ayudará a comprender mi arrebato de anoche. Yo vivo lejos de la realidad, en el mundo engañoso de las ficciones artísticas, pero vivo para vosotras y creyendo que vosotras vivís también para mí... Y de pronto, al volver a mi casa, a esta casa que es toda mi ilusión, mi preocupación única, me sorprendes tú saliendo de ella para lanzarte a la calle, de noche, lloviendo... Yo te pregunto:—«¿Dónde vas?»... Te veo desconcertada, repito mi pregunta y respondes:—«A casa de Carmen»... ¡¡A casa de Carmen!!... ¿Quién es esa mujer que tiene influjo suficiente para arrancarte del hogar que yo sostengo para ti?...

Iba exaltándose, levantando la voz.

—Al verte salir me enfurecí sospechando que aquélla no sería tu primera escapatoria, y la naturalidad de tu contestación confirmó mi sospecha. «¡Voy a casa de Carmen!»... Me lo dijiste con acento ingenuo que demostraba que a esa mujer la ves todos los días... Y además, eran las siete de la tarde, la hora del misterio, la hora en que la juventud inocente se cita a la salida de los talleres... Y temí que tú también acudieses a una cita...

Hablando así Gómez-Urquijo, clavó en su hija sus ojos inquisitivos y poderosos de taumaturgo; ella sostuvo la mirada con bizarría, pero sus mejillas se colorearon ligeramente.

—Confiesa que no me equivoqué—agregó don Pedro.

—Se equivocó usted—repuso Mercedes con acento resuelto.

—Pues, a pesar de tu negativa, creo que muy cerca de allí, tal vez en la calle Mesonero Romanos donde vive esa... Carmen, que te sirve para escudo de amoríos, había un hombre esperándote, y que ese hombre era Roberto Alcalá.

Mercedes había recobrado su aplomo y continuó negando rotundamente.

—Se engaña usted—decía—; no hay nada, absolutamente nada, de lo que usted supone.

—¿Lo juras?

—Se lo juro a usted.

—Entonces, ¿por qué no viene Roberto a verme?

—Lo ignoro.

—¿Es, acaso, novio de Carmen?

—Tampoco lo sé.

—¿No has hablado de esto con ella?

—No.

—¡Es increíble!

—Tal vez, pero es así.

Negaba con tanta firmeza, que Gómez-Urquijo se reconoció desorientado.

—Haces mal en disimularme la verdad—dijo—; yo soy el único hombre que te quiere desinteresadamente, el único que sueña contigo y que daría su vida por verte dichosa...

Después, olvidando la larga historia de sus polémicas literarias, empezó a hablar de moral llanamente, rellenando su peroración de lugares comunes. El matrimonio es el estado perfecto del hombre; la mujer nació para vivir en su casa, consagrada al cuidado de su esposo y de sus hijos; la mortificación y amansamiento de las malas pasiones asegura la pureza del espíritu; la obediencia, la humildad y el sacrificio de sí mismo, son el verdadero manantial inagotable de toda virtud; no debe hacerse secretamente aquello que no pueda confesarse en público; el encanto de lo prohibido es la gran añagaza inventada por el pamplinero genio del mal para mancillar a los limpios de corazón...

Mercedes parecía escucharle atentamente, y por sus finos labios vagaba una sonrisa desdeñosa casi imperceptible.

—¿Y es usted quien, olvidado de lo que ha escrito, se atreve a predicarme todo eso?—exclamó.

—¿Qué dices?

—Digo, que otras veces afirmó lo contrario de lo que ahora sostiene... y tengo para mí que si entonces cometió error fué inconscientemente, dejándose llevar de su temperamento, como verdadero artista que no sabe fingir; mientras que ahora se equivoca a sabiendas, proclamando útil y bueno lo que siempre tuvo en poco.

Fué la suya una oración extraordinaria, grito avasallador y vibrante de la juventud que quiere reivindicar sus derechos.

—¡Usted pretende que yo sea dócil y humilde, y que reniegue de mi imaginación y asesine mis deseos y haga caso omiso de mi voluntad!... ¡Y a eso llama usted ser buena!... ¡A no tener entendimiento, ni corazón, ni fantasía, ni conciencia del propio mérito; a ser una bestezuela, una pobre máquina que come y duerme y sufre sin quejarse!... ¿Cree usted que mis aspiraciones se reducen a repasar la ropa y amamantar los hijos del hombre que la casualidad me dé por esposo?... ¿Para eso me engendró usted, para sufrir las impertinencias de un individuo que, por el mero hecho de haberme dado su nombre, ya puede atormentarme legalmente?... ¡Ay, padre, padre!... ¿Es posible que quiera usted emplear conmigo la moral que, según usted mismo, labra la infelicidad de tantas mujeres? ¡No, eso sería absurdo y monstruoso!...

Y añadió, lanzando un grito vehemente de pasión, cruzando las manos sobre el pecho en ademán de irresistible súplica, deshecha en lágrimas:

—¡ Yo quiero gozar de la vida, padre mío, antes de que las ilusiones mueran en mí! ¡Necesito ser feliz!... Usted, que llegó a viejo, sabe, por propio y amargo convencimento, que la juventud no vuelve...

¡Quiero ser feliz!... Aquél era el grito inspirador de Eva y de Cabeza de Mujer, el grito traductor de esa fiebre de goces que arrastra hacia el pecado a tantos millones de mujeres. Don Pedro escuchaba admirado, vencido por los irrefutables argumentos que Mercedes aducía en defensa de las doctrinas que él propaló en sus libros, y holgándose secretamente de recibir el incienso de tan gallarda peroración.

Gómez-Urquijo miraba a su hija sin pestañear, presa de estupefacción supina y cual si nunca hubiese reparado bien en ella. Mercedes tenía el carácter y hasta los mismos rasgos fisonómicos de sus hermanas Eva y Matilde. Era la mujer que él soñó, con su cabellera negra y crespa, sus ojos profundos, su nariz aguileña de alas inquietas, sus labios finos y su semblante místico, enjuto y pálido; y luego el cuerpo, nervioso, flexible, de talle largo y de caderas poderosas... La mujer, ardiente, veleidosa, simoníaca, que cree y duda y sueña con viajes y amoríos fantásticos; la mujer que va de aquí para allá, según las oscilaciones del capricho, corriendo siempre hacia lo ignorado, como insaciable mariposa enamorada del misterio, y que cruza por el mundo riendo y cantando, borracha de alegría, prodigando sus encantos, cual una bacante que, por equivocación del Destino, hubiese nacido en occidente, muchos siglos después de extinguirse los últimos cánticos entonados en loor de las retozonas deidades del gentilismo...

Mercedes continuó hablando, defendiéndose gallardamente con los argumentos que aprendió en los libros de su padre, sofocando a Gómez-Urquijo quien, convertido en crítico de sí mismo, la acometía tibiamente. Mercedes era irresistible; don Pedro se batía en retirada, desconcertado, huyendo ante aquella hija, engendro demoledor de su carne y de su fantasía.

—¡Oh padre mío!—exclamaba la joven—; ¿es creíble que usted, autor de tantas mujeres iguales a mí, no me comprenda?... Usted ha dicho que la vida es una novela que se escribe... ¡No sea usted cruel! Deje usted que la novela de mi vida la escriba yo a mi gusto...

Hablando, hablando, arrebatada por el fuego de su inspiración, Mercedes abrió su alma. Ella amaba todo: las escenas campestres, con sus amaneceres primaverales, recortando sobre un cielo de púrpura las copas de esmeralda de los árboles cubiertos de rocío; sus praderas salpicadas de flores odorantes; sus misteriosas espesuras habitadas por ruiseñores que trinan saludando la aparición del lucero vespertino: y sus arroyuelos corriendo por entre una doble hilera de espadañas y juncos; reflejando sobre su temblequeante superficie la luz de los astros y acariciando las orillas con un suave glu-glu somnífero: y amaba también la existencia febril de esas ciudades populosas que exigen del individuo derroches continuos de energías y en donde se envejece muy de prisa; Madrid, París, Londres... con sus bailes, sus teatros, sus hipódromos y sus casinos devoradores de fortunas; esos pueblos modernos, grandes por sus industrias, su cultura y sus vicios, en los cuales las cortesanas van por las tardes en coche a buscar a los agiotistas gananciosos que salen de la Bolsa; que tienen capitalistas que ponen una fortuna en la cola de un caballo, y príncipes que se suicidan por bailarinas, y hetarias que han devorado millones; pueblos gigantescos que, vistos desde lejos, aparecen a los ojos de la imaginación como algo fantasmagórico, incongruente, disparatado, como una pesadilla...

Mercedes soñaba con estas múltiples y abigarradas fases de la vida, y las quería de un modo intuitivo, infinitamente más tentador y peligroso que el conocimiento personal y directo de la misma realidad.

—Todo eso—replicó don Pedro con voz grave—es literatura... literatura malsana. Yo quiero que seas buena.

—Yo también.

—Honrada.

—¿Y qué?

—Fiel, limpia, hacendosa y sin tacha, como tu madre lo ha sido.

—¡Como mi madre!...

Su acento fue insultante; Gómez-Urquijo la miró de un modo terrible.

—Nadie mejor que usted sabe—añadió la joven—que mi pobre madre es una mujer vulgar. ¡Yo no soy así... no puedo serlo!... ¡Llevo sangre de usted!...

Hubo una pausa.

—No importa—repuso don Pedro vencido—; procura imitarla; la virtud nunca es vulgar. De lo contrario seré capaz de recurrir, para castigarte, a los procedimientos más duros: a la reclusión, al destierro...

—¿Y mi felicidad?

—¡Loca!... Búscala en un pacífico término medio. Las mujeres de mis libros sólo hubieran podido ser fieles y dichosas casándose con hombres como yo, superiores... ¡Y es muy difícil hallar hombres así!...

—Necesito ser feliz—repitió la joven obstinadamente—, lo necesito antes de llegar a vieja... ¡No lo olvide usted!

Gómez-Urquijo se cruzó de brazos, mudo, no sabiendo qué argüir contra aquella sed implacable de placeres. Cuando don Pedro salió del dormitorio, Mercedes quedaba muy orgullosa, convencida de haber derrotado a su padre completamente.

Después de aquella conversación, Mercedes no volvió a salir sola: su madre la acompañaba al Conservatorio, luego iba a buscarla y era tanta su asiduidad y vigilancia, que hasta las ocasiones de expansionarse con sus amigas la robaba. Al principio la joven intentó sublevarse y romper tan odiosa tutela, pero sus esfuerzos fueron vanos, porque doña Balbina tenía el apoyo de Gómez-Urquijo y aquella protección la autorizaba y fortalecía.

—No soy yo quien hace esto—exclamaba cuando su tierno corazón maternal no podía resistir las súplicas insinuantes de Mercedes—; es tu padre... tu padre ordena y dispone; mi misión queda reducida a obedecerle ciegamente... Háblale tú; yo no me atrevo...

Después, compadecida de tanto rigor, agregaba:

—Los viejos están aquejados de manías y tu padre tiene las suyas. Esto pasará: ten paciencia... Por ahora hemos de conformarnos. Si supiese que te dejaba sola un momento, era capaz de matarme. ¡Ah, qué furioso se puso cuando te sorprendió yendo a casa de Carmen!... ¡Lo que me dijo!... Nunca le he visto así. Creí que me pegaba...

Mercedes acabó por resignarse con su suerte; pasaba los días mano sobre mano, sin ganas de reír ni de llorar, sumida en una embrutecedora melancolía. Cuando iba al Conservatorio, apoyada en el brazo de su madre, caminaba lentamente, con los ojos fijos en el suelo, segura de que sus movimientos de convaleciente, tardos, perezosos y débiles, no habían de llamar la atención de los hombres, y que holgaba que ella mirase a ninguno. En pocas semanas perdió la afición hacia todo lo que reclamase algún esfuerzo; no cosía, ni bordaba; las faenas domésticas la inspiraban horror, los libros la aburrían y los nocturnos de Chopín yacían olvidados, empolvándose sobre el atril del piano abierto. Siempre tenía frío, ganas de sentarse donde hubiese poca luz, para arrebujarse en su mantón y dormir. Diríase que en ella había muerto toda esperanza de redención; era un pajarillo enfermo, una pobre vencida que se entregaba... Balbina Nobos llamó la atención de don Pedro acerca de esto, el anciano no hizo caso.

—Eso—dijo—es una crisis aguda de sentimentalismo y de mala crianza, que desaparecerá con las primeras auras primaverales. Sigue mis consejos: a las muchachas conviene tratarlas, según las circunstancias, con cierto rigor...

Terminaba el mes de noviembre y llegó el invierno, con sus temporales de granizo y nieve y sus horribles tardes cargadas de bruma. Algunas veces, después de clase, Carmen y Nicasia Vallejo, burlando con anuencia de doña Balbina las órdenes de Gómez-Urquijo, que había prohibido terminantemente aquellos visiteos, iban a casa de Mercedes y éstos eran los únicos momentos en que la joven charlaba y reía. Carmen y su hermana solían llegar por la tarde, cuando más probabilidades tenían de no encontrarse con don Pedro; Mercedes, que ya las esperaba, salía a recibirlas y las tres entraban en el gabinete corriendo, empujándose, muy ufanas de atropellar los deseos del jefe de la casa; después se ponían a charlar junto a la chimenea, refiriendo en voz baja chistosos secretillos que luego reían a carcajadas, pellizcándose, dándose azotes, jugueteando como pajarillos que se espulgan bajo un rayo de sol.

Aprovechando los momentos en que doña Balbina las dejaba solas, Mercedes y sus amigas hablaban de Roberto.

—¿Le has visto?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hoy por la tarde, yendo al Conservatorio.

—¿Qué dice?

—Que te quiere mucho; las dificultades acicatean su cariño y anda loco por tus pedazos.

—¿Cómo está?

—Muy bien; tan simpático y pisaverde como siempre.

Y Carmen añadía, sacando del bolsillo una carta:

—Toma: esto me dió para ti...

Mercedes guardaba el papelito prestamente y entregaba otro a su amiga, y de este modo, gracias a la filantrópica tercería de la futura actriz, los dos amantes continuaban comunicándose asiduamente.

Aquellas cartas ejercían sobre Mercedes influjo extraordinario: si eran tristes, su abatimiento aumentaba y la acometían deseos perentorios de morir; si alegres, su corazón se entreabría a la esperanza de que sus males obtendrían rápido y felicísimo remedio; pero sufría mucho si las cartas eran ardientes y en ellas Roberto evocaba los dulces recuerdos de su noviazgo: los apretones de manos, los juramentos, las íntimas emociones que él sentía cuando ella le miraba abrasándole en el incendio de sus ojos, los besos enterrados furtivamente bajo los ricillos locos de su nuca perfumada... y reforzaba cada una de estas evocaciones con un «¿te acuerdas?»... hechicero, desesperante.

En aquellas últimas semanas había aumentado la exaltación del actor. «Necesito verte a todo trance—decía—; no puedo vivir sin ti...»

Mercedes contestaba procurando calmarle, aconsejándole que tuviese juicio y esperanza en que pronto habían de llegar para ellos tiempos mejores. Estas razones, no obstante, eran insuficientes: Roberto se impacientaba, no quería esperar más.

«Si no sales a verme—decía—, iré a tu casa; las iras de tu padre no me importan. Ten presente mi deseo y obra en consecuencia; ya sabes que no me arredran los obstáculos y que por llegar a ti soy capaz de cometer el disparate más peligroso.»

Mercedes, no sabiendo cómo eludir aquel tan grave compromiso, consultó a Carmen Vallejo.

—Yo no puedo salir—dijo—, y, por otra parte, no quiero que venga; el carácter de mi padre es muy violento, y de la conversación que Roberto tuviese con él no había de resultar nada bueno. Por tanto, lo mejor es inventar un pretexto que obligue a mi madre a salir, y la tenga fuera de casa dos o tres horas.... Durante ese tiempo Roberto y yo podíamos vernos...

—¿Dónde?

—¡Oh, en cualquier sitio!...

—Lo difícil—murmuró Carmen pensativa—es sacar a doña Balbina de aquí.

Las dos jóvenes permanecieron silenciosas, meditando. Mercedes exclamó:

—Me ocurre un idea, una invención novelesca que seguramente reportará excelentes resultados.

Y agregó, tras un momento de vacilación, durante el cual procuró definir y coordinar bien sus pensamientos:

—Esta misma noche puedes escribir un anónimo dirigido a doña Balbina Nobos, diciéndola que cierta persona que la conoce muy bien y vela por su tranquilidad y mi porvenir, la espera mañana, a las cuatro de la tarde, en un lugar muy distante... la iglesia de Antón Martín, por ejemplo... para confiarla revelaciones de gran interés. De este modo, si mi madre cae en el garlito, mientras va y espera a la autora del anónimo y vuelve, pasarán más de dos horas...

—Lo malo sería que se lo dijese a tu padre.

—No, no hay cuidado; el caso es demasiado grave para que haga nada sin antes hablar conmigo: la conozco muy bien.

—¿Y si no traga el anzuelo?—interrumpió Carmen—; las viejas son muy ladinas.

—Todo es posible, pero no lo creo. Eso depende también del interés que tú sepas prestarle al anónimo. Escribe cuanto quieras y desliza entre líneas algo muy sugestivo, muy alarmante: di que Roberto viene a cantarme de noche mil acarameladas lindezas por la mirilla de la puerta; o que una tarde nos vieron en cierto lugar sospechoso y que hay una vieja que nos protege... Cuenta, en fin, lo que gustes, con tal que sea muy verosímil. Ese pretexto es el mejor que podemos inventar, pues a mi madre, tratándose de mí, los dedos la parecen huéspedes y anda siempre con la barba sobre el hombro, creyendo que cualquier día, como en las narraciones árabes acontece, voy a desaparecer por el cañón de la chimenea en brazos de un caballero volador.

Carmen Vallejo pasó por todo.

—Bien—dijo—, lo haré según deseas, aunque no con la premura que supones. Antes he de ver a mi primo y explicarle nuestro plan, para que él, a su vez, me determine el día, hora y sitio en que habéis de reuniros.

Aquella noche Mercedes se acostó feliz, columpiada por la ilusión de que muy pronto Roberto y ella, a despecho de los obstáculos que les separaban, podrían abrazarse. Al día siguiente supo por Carmen que todo estaba arreglado.

—Acabo de verle—murmuró la joven—; estaba aguardándome con Luis a la salida del Conservatorio. Dice que pasado mañana te espera, a las cuatro de la tarde, en el Café de la Universidad.

La noticia era tan grande, tan superior a toda excelsitud que Mercedes no comprendió bien.

—A ver, a ver—dijo—, repíteme eso, que es muy bonito...

Doña Balbina andaba trasteando por las habitaciones interiores y Carmen pudo satisfacer las dudas de su amiga.

—El Café de la Universidad—dijo—está en la calle San Bernardo y tiene una puertecilla a la travesía de Pozas, que es por donde debes entrar. Mi primo espera en un saloncillo situado a la derecha de los billares: es un rinconcito muy obscuro, muy cuco, a donde Luis me ha llevado algunas veces. Y, a propósito de mi novio: me ha dado recuerdos para ti, para «la prisionera», como él dice.

Mercedes sonreía conmovida y satisfecha de que las personas que andaban por el mundo no la hubiesen olvidado.

—¿Según eso—dijo—, tú escribirás hoy el anónimo?

—Hoy, sí, en cuanto llegue a casa; y esta misma noche lo echaré al correo.

Mercedes tenía los ojos arrasados en lágrimas. Carmen Vallejo exclamó:

—¿Ves, tontísima, cómo con ingenio y perseverancia no hay dificultad que no se orille?... Todo lo que nos sucede es muy interesante, muy divertido; algo que podrá referirse dentro de algunos años: ten paciencia; considera que los que llegaron a viejos sin hacer nada notable, no merecían el honor de haber nacido.

Al día siguiente, poco antes de almorzar, el correo trajo una carta para doña Balbina Nobos. Aquello era extraordinario; la anciana no recibía jamás correspondencia de ningún sitio.

—Señora—dijo Felipa—, aquí hay esto para usted...

Y la presentaba un sobre. La carta era del interior. Mercedes, para no menoscabar con su presencia la buena impresión de su mentira, se había retirado... Durante el almuerzo la joven miró disimuladamente a su madre, que estaba muy ensimismada y con los ojos enrojecidos, como si hubiese llorado. Era indudable que el anónimo había surtido efecto. A la hora de costumbre, Gómez-Urquijo se marchó; doña Balbina estuvo largo rato en el comedor, sentada delante de su taza de café; luego entró en su dormitorio. Mercedes, que estaba en el salón distrayendo su impaciencia con los valses de Waldteufel, la oía ir y venir por sus habitaciones, hablando entre dientes y abriendo y cerrando el armario donde guardaba sus ropas. Momentos después apareció vestida modestamente, llevando un sencillo velo sobre la cara.

—Hasta luego—dijo.

Mercedes se volvió hacia su madre, admirándose con naturalidad pasmosa.

—¿Dónde va usted?

—A ver una amiga.

—¿Quién?...

—Esta, doña... tú no la conoces... he sabido que está enferma...

Tartamudeaba; su carácter ingenuo era refractario al fingimiento. La joven, entre tanto, procuraba pensar en algo muy triste para no reír.

—Felipa viene conmigo—añadió doña Balbina—; tú no salgas, porque volveré en seguida; antes de media hora...

Iban a dar las cuatro: Mercedes comprendió que su madre exageraba la prontitud de su regreso y que si Carmen la había citado, según tenían convenido, en la iglesia de Antón Martín, doña Balbina no podría volver antes de las seis.

No obstante, para contestar a la recomendación de su madre, afectó un aire muy compungido, muy indiferente:

—¿Dónde quiere usted que vaya?—murmuró.

En cuanto Balbina Nobos y Felipa salieron, la joven corrió a su cuarto y empezó a vestirse con la celeridad de la actriz que acaba de recibir el segundo aviso del traspunte. Las enaguas, la falda, el gabán, todo de cualquier modo; las botitas sin abrochar, el corsé desajustado, el corpiño abierto, dejando entrever los encajes de la camisa; el sombrerito lo llevaba en la mano y se lo puso rápidamente al pasar por delante de un espejo; y sin perder instante salió, cerrando la puerta de golpe, guardóse la llave en el bolsillo y echó escaleras abajo, recogiéndose las faldas con una mano, requiriendo con la otra los corchetes mal prendidos.

Al llegar a la calle miró a todos lados, cerciorándose de que nadie la espiaba, y satisfecha de su examen dirigióse resueltamente hacia la calle de Andrés Borrego, por donde fue hasta la del Desengaño. Iba de prisa, la vista fija en el suelo, procurando pasar desapercibida.

Con estos sobresaltos cruzó por delante de San Martín, siguió la calle Luna y continuó por la de San Roque hacia la del Pez. Era un día frío, triste, lloviznoso; uno de esos días en que los madrileños andan muy despacio, deteniéndose en frente de todos los escaparates, reparando en todas las mujeres y con los paraguas abiertos, queriendo inútilmente preservarse de una llovizna que, por lo sutil, parece niebla, una niebla densa que moja como un aguacero, y en que los aleros de los tejados recortan sobre las calles húmedas grandes franjas de un cielo plomizo, uniforme, como una bóveda de ceniza. Mercedes avanzaba velozmente, sin advertir que tenía los pies húmedos y las faldas salpicadas de barro. Al llegar a la calle del Pez hubo de refugiarse en un portal, esperando a que pasase un individuo amigo de don Pedro; luego reanudó su camino ocultándose el rostro con un pañuelo, temiendo siempre algún encuentro desagradable, y siguió por la calle Pozas pensando que allí habían asesinado a una cantadora, cuyo crimen oyó pregonar la última tarde que habló con Roberto...

Al entrar en el Café de la Universidad, Mercedes tuvo un momento de indecisión, recelando el misterio de aquel lugar que no conocía: lentamente, sus ojos deslumbrados iban habituándose a la obscuridad: estaba en una especie de recibimiento limitado por tabiques de madera que medían, aproximadamente, dos metros de altitud; al frente vió una puertecilla, a la derecha otra, en cuyas hojas había dos óvalos de cristal esmerilado; a la izquierda y bajando algunos peldaños, estaba el café; vasto salón rectangular, con su piano en el centro y sus largas hileras de veladores, insinuándose tímidamente bajo el melancólico resplandor que penetraba por algunas ventanas enrejadas.

Mercedes continuaba inmóvil, recordando las señas que Carmen la había dado. Un camarero se acercó preguntando:

—¿Busca usted a algún caballero?

La joven sintió que una oleada de sangre refluía a sus ojos.

—Sí—balbuceó—, dijo que esperaba aquí... ignoro si ha venido o si se habrá marchado.

Entonces el camarero abrió la puertecilla de la derecha, exclamando con aire indiferente:

—Pase usted.

Mercedes atravesó un saloncillo rectangular, a la hila de cuyas paredes había largos banquillos forrados de rojo, y veladores que abocetaban en la penumbra sus formas blancas: andando casi a tientas, se aproximó a uno de ellos y tomó asiento.

—¿Qué desea usted?...—dijo el mozo.

Ella palideció, recordando que no llevaba dinero.

—Nada... esperaré a que venga ese señor...

El camarero dió media vuelta y se marchó sin responder; era un hombrecillo regordete, moreno, de rostro impasible, con ojuelos inteligentes y cariñosos que inspiraban confianza. Entonces Mercedes, algo más tranquila, pudo reparar el aspecto del saloncito en que se hallaba: era una habitación que, ni hecha adrede, podía ofrecer mejores condiciones de aislamiento, seguridad y misterio: el piso era de tablas; un piso desigual, sucio, por donde pasaron seguramente muchas generaciones de enamorados clandestinos; en el centro del local había una especie de columna que soportaba un techo renegrido por el humo y el polvo, y a la izquierda una ventanita arrojaba dentro del salón un chorro de luz triste y fría.

La joven permanecía inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos de su gabán, extrañando que la hubiesen dejado tan sola; y su cuerpo nervioso empezó a sentir la penetrante humedad de aquel local desamparado. El resto del café estaba desierto, silencioso, con una quietud somnífera de establecimiento provinciano. Pasó tiempo y Mercedes se impacientaba, temiendo que Roberto no viniese. En el reloj de la Universidad, un viejo reloj que tiene una campana muy triste, dieron las cuatro y media... La joven continuaba absorta en sus cavilaciones e hilvanando con los asuntos más trascendentales las ocurrencias más pueriles; pensaba que su madre ya estaría aburriéndose sobre algún banco de la iglesia de Antón Martín, y que en aquel sitio donde ella estaba, tan malsano, y tan triste, habría muchas arañas: arañas de patas flexibles, grandes, negras, de ésas que crecen entre la humedad de los lugares obscuros...

De pronto Mercedes volvió la cabeza, mirando a la ventana, por donde acababa de pasar la silueta de un hombre; luego oyó que abrían violentamente la puertecilla del café y casi al mismo tiempo apareció Roberto.

Mercedes se levantó, el actor corrió hacia ella y ambos se abrazaron estrechamente, sin poder hablar, con un apasionamiento real en que la carne no intervenía. Roberto la besaba en la nuca, embriagándose con el suave aroma de aquellos ricillos perfumados, murmurando:

—¡Por fin, por fin!...

Ella se abandonaba entre sus brazos, trémula, perdida, sintiendo que por sus mejillas resbalaban lágrimas ardientes como brasas. Después fueron a sentarse en el rincón más obscuro del saloncillo y de modo que la columna les ocultase la puerta. El camarero que acababa de servirles café preguntó distraídamente, como por mera fórmula:

—¿Quieren ustedes que encienda el gas?...

—No—repuso Alcalá—; ya te avisaré...

El mozo se marchó, sonriendo con una risilla aburrida y triste, recordando que todos los enamorados contestaban lo mismo.

—¡Por fin—repitió Roberto—, por fin estamos juntos!...

Ella le miró atentamente a través de sus lágrimas, queriendo orear y robustecer con su imagen sus recuerdos.

—Has sufrido mucho—dijo—; ¡ingrato, ingrato!... ¿Cómo has podido vivir tantas semanas sin verme?... La última vez que hablamos nos separamos riñendo; ¿te acuerdas?...

—Sí.

—¡Cuánto he llorado!... Carmen, la pobrecita, me consolaba: es muy generosa, muy noble... una amiga excelente a quien debemos querer mucho...

Mientras hablaba, oprimía inconscientemente entre sus manos las manos vigorosas del actor. Roberto, suavemente, atrajo sobre su hombro la cabeza de la muy Deseada y empezó a besar su frente y aquellos labios que le decían tantas ternezas y aquellos párpados que tanto habían llorado por él...

—Juntos los dos—repetía—, otra vez...

En su anhelo de decirlo todo, Mercedes charló muchas tonterías; refirió prolijamente cómo su madre había salido, fiada en la autenticidad del anónimo, y cómo ella se vistió en un santiamén.

—Al entrar aquí—agregó riendo—recordé que no traía dinero... ¡Hijo, qué apuros!...

Después, con súbito arrebato, exclamó:

—¡Ya sabes que a las seis menos cuarto, o antes, he de estar en casa!... Avísame tú cuando deba marcharme, porque yo estoy loca...

Roberto no respondió. Continuaba acariciando las suaves manecitas de la Deseada, besando sus párpados, aspirando su aliento, adormeciéndose con el vaho amoroso de sus vestidos, esclavizado por el misterioso hechizo de aquella carne joven no poseída aún. En los vasos, él café humeaba enfriándose.

—¿Me quieres?

—Con toda mi alma...

—¡Ah, Roberto... Roberto mío... no me dejes nunca!...

En el reloj de la Universidad dieron las cinco; cinco campanadas tristes, quejumbrosas, que repercutieron tímidamente en los ángulos del saloncillo obscuro, advirtiéndoles a los amantes que el momento siniestro de la separación llegaría muy pronto. Entonces el actor pareció sacudir su dulce modorra.

—Aprovechemos los momentos—dijo—hablando seriamente.

Rápidamente, con el acierto, claridad y concisión del que ha estudiado bien lo que va a decir, expuso la historia de sus amores y la desesperada situación en que ambos estaban colocados. Ella enumeró los disgustos que erizaban de espinas sus días, las sospechas y temores que desde hacía tiempo atrás venían alarmando la curiosidad de sus padres y la grave discusión que tuvo con don Pedro.

—¡Nos separarán!—añadió—; nos separarán... ¡y no ha de tardar mucho!

—Lo sé... lo sé...

—Y eres tú—agregó—la responsable de cuanto sucede.

—¿Yo?...

—Tú misma. Recuerda nuestra última conversación, mis súplicas... tus negativas... ¡Oh, te juro que aquella tarde sufrí mucho y que me separé de ti resuelto a no volver!...

Ella se estrechó contra él tiritando de emoción y de frío, feliz de hallarse a su lado. Roberto continuó:

—Estas entrevistas, que por lo mismo que sólo se consiguen venciendo gravísimos obstáculos no pueden tener fácil repetición, son horribles, porque exasperan nuestros legítimos deseos de comunicarnos a todas horas... Piensa que el tiempo corre velozmente, que muy pronto llegará el instante cruel de la separación... ¿Qué será, entonces, de nosotros? ¿A qué nuevos ardides apelaremos para vernos?

—Sí... ¡tienes razón!...

Sus ojos se llenaron de llanto. Roberto prosiguió acariciándola mientras hablaba.

—Si hablases con mi padre... diciéndole la verdad... toda la verdad—exclamó ella.

—¡Oh!... tu padre es muy orgulloso; además estará justamente irritado conmigo por la solapada conducta que seguí en este asunto, y su contestación sería negativa.

—¡Es cierto!...

A ella también le repugnaba aquel procedimiento que tenía algo de confesión y de súplica; por otra parte, su genio revolucionario experimentaba ante toda legalidad ese malestar que sufren los espíritus desequilibrados en los caminos anchos y perfectamente rectos.

—Quiéreme mucho, deposita en mí tu confianza, abandónate a mis consejos...—murmuró el actor.

Se lo decía muy quedamente, al oído, como para no asustarla, y rozando su piel sonrosada con sus labios ardientes. Mercedes temblaba, midiendo el perverso alcance de aquellas marrullerías insidiosas.

—Como ya te dije la tarde memorable de nuestra riña—añadió Alcalá—, necesito recibir de tu amor una prueba muy grande.

—Muy grande... ¡Oh! si no fuese más que muy grande, te la daría... Pero exiges de mí un imposible.

—¡Imposible!... Una palabra odiosa que los verdaderos amantes han borrado con sus locuras del santo diccionario de las pasiones...

Mercedes le miraba absorta con los ojos muy abiertos, atraída por ese abismo en cuyo fondo los gnomos de la tentación cantan con voces irresistibles de sirena. De pronto se rehizo.

—¡Nunca, eso... no sucederá jamás!... Todo me lo prohibe: mi deber, mi decoro, mi apellido... ¡ah, no puedo mancillar tan infamemente el apellido de mi padre!...

Roberto Alcalá repuso con su voz suave, aquella voz fascinadora que tan hábilmente sabía modular en los grandes momentos dramáticos.

—¿No es cierto que me quieres?...

—¡Sí; te quiero más que a nadie!...

—Ése es tu error... Te quieres a ti misma más que a mí, pues me sacrificas cruelmente a tu deseo y a tu deber... Dos conceptos que tiranizan tu espíritu, que son tus verdaderos amantes, los verdaderos señores de tu albedrío... Ellos gobiernan tu alma y tu cuerpo; a mí sólo me otorgas lo que ellos permiten que me des... Y es necesario que entre nosotros ocurra algo irremediable... que nos una para siempre a despecho de los hombres y de la ley.

—No quiero... no quiero oír... ¡Me vuelves loca!

Hablaron mucho, dirimiendo la eterna cuestión hacia donde convergen las ilusiones y los deseos de todos los amantes: Roberto razonaba pausadamente, luciendo la serena confianza de los fuertes; Mercedes respondía con monosílabos, pensando que su vencimiento era algo inevitable, que tarde o temprano había de llegar.

—¿Por qué los hombres—murmuró—sólo pueden querer así?...

—Porque el amor que no desea es pasión incompleta y deforme: es amistad, es simpatía... ¡todo!... menos verdadero amor. ¡Desconfía de los cariños que el crimen asusta!

De repente se levantó; en el reloj de la Universidad acababan de sonar las cinco y media.

—¡Qué horror!—exclamó—; me voy.

—No, no te vayas aún... espera...

—Imposible, necesito llegar a mi casa antes que mi madre.

El actor se había puesto en pie, abriendo los brazos, y la joven se precipitó en ellos.

—Adiós, Roberto, adiós... no me olvides...

Él la besaba enternecido; ella, vencida por su pasión y la triste solemnidad de aquella despedida, le besaba también.

—Adiós—dijo—, escríbeme, consuélame asegurándome que esta entrevista no será la última.

—¿Y te marchas así, sin prometerme lo que tanto deseo?...

Ella procuró desasirse; él la retenía por un brazo: así, forcejeando, llegaron a la puerta. Allí volvió a estrecharla contra su pecho apasionado, besándola en la nuca, detrás de las orejas, sobre los párpados... Mercedes desfallecía.

—¡Oh, déjame!

—¿Consientes?

—No puede ser.

—¿Nunca?...

—¡No!... ¡Jamás!...

—¿Por qué?...

—Porque... ¡Quién sabe! No hay ocasión.

Lo dijo irreflexivamente, por no disgustarle con una negativa rotunda.

—No importa—repuso el actor—; yo la buscaré. Ahora habla... Mercedes, ¿es cierto lo que dices?... ¿No me engañas?

Sus ojos relampagueaban de felicidad, y el deseo, ese deseo todopoderoso que amasó con carne humana las entrañas del globo, agitaba sus labios convulsivamente. La muy Deseada, temblando de miedo, huyó del salón, y Roberto, que la tenía sujeta por un brazo, la siguió casi a rastra. En la calle se despidieron.

—Vete tranquila—dijo Alcalá—; pronto nos veremos; yo inventaré un medio... no sé cuál... ¡uno!... Adiós.

—Adiós, sí... no me olvides.

Permanecieron algunos instantes perplejos, mirándose a los ojos, oprimiéndose mutuamente las manos, hasta lastimarse. Luego se separaron, de golpe, para abreviar la duración de aquel martirio.

—Acuérdate de mí, de lo que me has prometido...—murmuró Roberto.

—Sí, sí... adiós...

Y se fué satisfecha de dejarle contento, pero segura de que la terrible ocasión en que el actor pudiese reclamarla el cumplimiento de lo prometido, no llegaría nunca.

Poco después de volver Mercedes a su casa, llegó doña Balbina; parecía muy fatigada y muy triste, y aquella noche la joven oyó que su madre se levantaba varias veces, con propósitos, sin duda, de sorprenderla hablando con Roberto por la mirilla de la escalera. Era, pues, indudable que Balbina Nobos, a pesar del chasco sufrido en la iglesia de Antón Martín, continuaba creyendo en la verdad del anónimo.

Paulatinamente el recuerdo de aquel incidente fue borrándose; doña Balbina se convencía de que la autora de la terrible carta acusatoria se equivocó o mintió al escribirla, y la dulce tranquilidad de los caracteres pacíficos reapareció en sus ojos. Los días se deslizaban sin emociones: días monótonos, tediosos, desdibujados, que huían sin dejar recuerdos. Mercedes iba por las mañanas al Conservatorio, algunas tardes recibía la visita de Nicasia y de Carmen Vallejo, y las cartas que, por mediación de sus primas, la enviaba Roberto; y aunque su existencia no había variado, parecía más alegre que antes, más resignada con su suerte, cual si presintiese la curación inminente de todos sus pesares.

Roberto, entre tanto, la escribía asiduamente, procurando que en Mercedes la ausencia no resfriase el fuego del amor. Algunas de sus cartas eran muy concisas, como para obligarla a desear en aquel estudiado laconismo la llegada de otras mayores y más dulces; a veces pulsaba la cuerda apasionada de los juramentos, bordando un porvenir de placeres sin guarismo: él se retiraría del teatro para estar más libre y andarían siempre juntos viviendo, a despecho del matrimonio, la existencia incongruente y desigual de los amancebados; otras pulsaba el plectro voluptuoso de los recuerdos, hablándola de su pasado, de sus ya lejanas alegrías, de sus riñas olvidadas con besos, de sus paseos nocturnos a través de Madrid; el bullicioso Madrid de las siete de la tarde, con sus esquinas invadidas por obrerillas y estudiantes enamorados que se saludan... Y siempre concluía recomendando que no le olvidase y tuviera la seguridad de que habían de unirse muy pronto.

Una tarde llegó Carmen Vallejo a casa de Mercedes más temprano que de costumbre; llevaba el semblante risueño y en los ojos la expresión zaragatera y feliz de quien es portador de buenas noticias. Balbina Nobos salió a recibirla, y Carmen la saludó y besuqueó con inusitado apasionamiento.

—Doña Balbina—dijo la joven—, vengo en representación de mi madre y de Nicasia, a solicitar de usted un favor.

—¿De mí?—repuso la anciana; y su rostro revelaba la admiración del que jamás se creyó investido de potestad alguna.

—Sí, señora, de usted...

—Usted dirá.

—Que deje usted ir a Mercedes al teatro mañana, domingo, por la tarde.

Doña Balbina palideció, luego sus mejillas se colorearon fuertemente, acusando esa terrible lucha interior que experimentan los débiles constreñidos a responder negativamente a lo que de ellos se solicita.

—Eso es imposible—repuso bajando los ojos—, usted lo sabe: ni Pedro ni yo queremos que Mercedes vaya sola a ninguna parte...

Carmen Vallejo la interrumpió:

—¡Pero si no saldría sola... vendría usted con ella!...

—¡Oh, eso ya es diferente!

—Vamos mi madre, Nicasia, usted, Mercedes y yo...

—Siendo así, no hay inconveniente... Mercedes decidirá.

La joven, que vislumbró en todo aquello la mano de Roberto, aceptó la idea con entusiasmo.

—¿A qué teatro iremos?—preguntó.

—A la Zarzuela. Representan Marina. Las entradas las ha regalada Mariano Cortés. ¿Le conoces?...

—No.

—Un muchacho periodista, amigo nuestro. Nos dió cinco billetes, sobraban dos y nos acordamos de ustedes...

Hablaba de prisa, con la volubilidad de quien se halla bajo el influjo de una gran emoción.

—¿No te sientas?—preguntó Mercedes.

—No, vuelvo a casa, tengo mucho que estudiar y que coser... ya ves lo que traigo; el vestidillo de todos los días... Vaya, abur.

Balbina Nobos, muy ufana del satisfactorio desenlace de aquel incidente, sonreía esforzándose en borrar el disgusto que su anterior negativa hubiese causado a la joven.

—Usted dispensará—decía—; pero como Pedro es así... tiene un carácter... Yo deploro...

—Calle usted, doña Balbina, lo que usted dice está muy en razón. Todas las madres, en el lugar de usted, harían otro tanto...

Mercedes y su madre acompañaron a Carmen hasta el recibimiento.

—La función—dijo la joven—empieza a las cuatro y media: nosotras vendremos por ustedes a las cuatro.

—¿Aquí?—preguntó Mercedes.

—Aquí o en otro sitio.

—Mi hija dice bien—repuso la anciana—; preferible sería que nos citásemos en la calle... Pedro, ¿comprende usted?... es así, tan caprichoso... Lo más insignificante le incomoda...

Y añadió:

—Si supiese que habíamos ido al teatro solas y a entrada general... ¡nos mataba!

—Entonces—dijo Carmen—nos reuniremos a las cuatro en punto, en el Pasaje del Comercio, que es lugar poco transitado.

—Bien.

—Y si algo imprevisto las impidiese a ustedes salir, tengan la precaución de avisarnos.

Ya de acuerdo, se separaron. Cuando Mercedes y su madre volvieron al gabinete, doña Balbina exclamó:

—Creo haber hecho bien admitiendo la invitación de Carmen; realmente, no había motivo para rechazarla... Sin embargo, temo decírselo a tu padre; como ha sucedido lo que ya sabemos... ¿qué opinas tú?

—Que no debe usted decirle nada—repuso Mercedes resueltamente—; papá es muy raro; según el estado de sus nervios, el proyecto puede gustarle o enfurecerle, y encuentro humillante y ridículo renunciar a una tarde agradable por obedecer un capricho estúpido. ¿Es censurable lo que vamos a hacer?... No: pues obremos con arreglo a lo que, según nuestro criterio, es legal y discreto.

—Bueno, bueno—contestó la anciana pensativa—, no diremos nada...

Sin embargo, su carácter refractario al disimulo, débil y acostumbrado a obedecer durante treinta años de matrimonio, no podía aceptar la responsabilidad de ninguna determinación: lo desconocido la infundía horror: temía que hubiese fuego en el teatro, o que un coche la atropellara al salir del espectáculo, o que ocurriese cualquier otro desdichado accidente por el cual don Pedro averiguase que ella se propasó a hacer algo sin pedirle antes opinión y consejo. Esto le parecía imperdonable y, conforme el tiempo pasaba, más crueles eran las mordeduras de su conciencia y más apremiante su necesidad de confesarle a Gómez-Urquijo cuanto tenía pensado y dispuesto. Durante la cena doña Balbina, aunque con gran trabajo pudo reprimirse: Mercedes la observaba con inquietud y ella evitaba sus miradas, comprendiendo que su delito era tanto mayor cuanto más tardase en descubrirlo. Después de comer, Mercedes se retiró a su habitación y Gómez-Urquijo y doña Balbina al despacho. Don Pedro leyó algunos periódicos y luego se puso a escribir; la anciana le atisbaba desde un rincón, no sabiendo cómo componérselas para echar fuera de una vez lo que tan indigestado traía. De pronto se atrevió:

—Tengo sueño—dijo—; voy a dormir... Hasta mañana...

—Adiós—repuso don Pedro sin levantar los ojos.

Al llegar a la puerta, Balbina Nobos se detuvo y volvió sobre sus pasos, exclamando con aire ingenuo:

—¡Ah, ya olvidaba lo que más presente tenía!... ¿Sabes, Pedro, que mañana por la tarde Merceditas y yo iremos a la Zarzuela?... Nos han invitado.

Gómez-Urquijo irguió su poderosa cabeza y miró a la anciana con ojos penetrantes. El recuerdo de Roberto Alcalá había pasado como un relámpago por su frente.

—¿Quién?—dijo.

Balbina Nobos comprendió que si no disfrazaba la verdad don Pedro no la concedería el permiso deseado, y replicó suavemente:

—Me ha invitado doña Inés, la madre de Carmen Vallejo. Hoy, cuando salí a comprar unas trencillas que necesitaba, la encontré. Estuvimos charlando tonterías, me dió muchos recuerdos para ti y me dijo que la habían regalado cinco billetes para la Zarzuela... que si quería ir. Creo que representan Marina. Su invitación fue tan espontánea que la acepté.

—¿Quiénes van?

—Ella y sus dos hijas, Mercedes y yo.

—No me gusta esa familia.

—A mí tampoco... Mas como sólo se trata de ir al teatro... ¿Qué te parece?...

—Bueno—repuso don Pedro—, que vayas...—Y siguió escribiendo, arrastrado por el vértigo de su concepción, facilitando con sus distracciones de artista los designios fatales del Destino.

Al día siguiente, domingo, a las cuatro de la tarde, Mercedes y su madre llegaron al Pasaje del Comercio casi al mismo tiempo que doña Inés y sus hijas.

—Por mi gusto—dijo Nicasia—ya estaríamos zancajeando por las calles desde hace una hora, pero, imposible... Mi madre, a pesar de sus años, tarda en emperejilarse más que una coqueta.

Doña Inés sonreía: era una mujer de mediana estatura, muy gruesa, con ojos azules que debieron de ser hermosos y que ogaño miraban trabajosamente bajo sus párpados caídos, y un semblante fofo, marchitado por el hastío. Después, las cinco mujeres echaron a andar, bajando la cuesta de la calle Montera: las dos ancianas iban detrás; delante caminaban las hermanas Vallejo, llevando en medio a Mercedes.

—¿Qué te parece esto?—preguntó Carmen en voz muy baja.

—Hasta ahora—repuso Mercedes—me parece bien, pero no lo comprendo.

—Más te gustará cuando lo entiendas.

—¿Y Roberto?

—Esperándonos.

—¿Dónde?

—En la Zarzuela. Él, que según la inventiva que va despuntando parece un escritor de novelones por entregas, es único autor de este enredijo, del cual Nicasia y yo somos simples ejecutoras...

Nicasia reía a carcajadas; su hermana la ordenó severamente que bajase la voz.

—No seas estúpida—dijo—, la menor indiscreción puede echar por tierra todas nuestras cábalas.

Y añadió dirigiéndose a Mercedes:

—Mi primo, que no ese Mariano Cortés de que antes hablé, es quien me ha dado los billetes para la función de esta tarde. De las cinco entradas, ¡fíjate bien!... tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea. No se lo he dicho a doña Balbina por no alarmarla... El plan de mi primo se reduce a que nuestras madres y una de nosotras ocupen los asientos de anfiteatro principal, y tú y yo, verbigracia, los de platea. De este modo, durante los entreactos, las cinco estaremos reunidas, pero en cuanto empiece la representación, como ellas no pueden vernos, yo me quedo en mi localidad y tú y Roberto os vais a charlar por donde bien os parezca; siempre que vuelvas a mi lado antes de que baje el telón, para que el enredo no se descubra...

Mercedes se había quedado un poco triste.

—Todo eso es muy bonito—dijo—, pero el desenlace no es seguro; porque si mi madre no quiere separarse de mí...

—Nada es inevitable, pero abrigo esperanzas muy verosímiles de no equivocarme. Tu madre y la mía se entienden perfectamente y charlan, sin aburrirse, de sus achaques y de «sus tiempos...» Además, yo demostraré deseos de estar contigo, si advierto en ella alguna repugnancia insistiré, suplicaré, y ya sabes que doña Balbina no sabe negar ningún favor. Tengo también la evidencia de que mi madre, inocentemente, nos ayudará; y, últimamente, si la tuya se obstina en perseguirte durante el primer acto, puede cambiar de opinión al segundo o al tercero... Cuatro mujeres pidiendo lo mismo, molestan mucho.

Cuando llegaron a la Zarzuela, ya las puertas del coliseo estaban abiertas y por ellas iba entrando ese público numeroso, abigarrado y vocinglero que acude a los teatros los domingos por la tarde. Las tres jóvenes se detuvieron esperando a que sus madres se acercasen.

—¿Quién tiene los billetes?—preguntó doña Inés.

—Yo—repuso Carmen—: síganme ustedes...

Entraron abriéndose paso a través de la multitud. Al llegar al vestíbulo, Carmen se detuvo.

—Advierto a ustedes—dijo—que nuestros asientos no están juntos: tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea.

Balbina Nobos no comprendía bien, presa del aturdimiento que acomete a los espíritus tímidos cuando penetran en un sitio público. Carmen tuvo que repetir el nombre y distribución de los asientos.

—¿Entonces, cómo vamos a repartirnos?—preguntó su madre.

—Muy fácilmente: usted, doña Balbina y Nicasia, por ejemplo, ocupan las localidades de principal, y Mercedes y yo las de platea...

El público que seguía entrando, las empujaba de un lado a otro, magullándolas, impidiéndolas hablar.

—¡Cuánto siento que estemos separadas!—dijo doña Balbina.

—Es cierto; pero en los entreactos nos reuniremos... Yo había advertido este inconveniente, pero como los billetes son de favor, no quise decirle nada al pobre muchacho que me los dió.

Y añadió, haciendo con la cabeza un ademán expresivo:

—Conque, ¿vamos?...

Todas la siguieron, sumergiéndose entre aquella multitud que subía por las escaleras, oscilando, retorciéndose sobre sí misma en los peldaños, como una enorme serpiente de carne humana, todos los espectadores avanzaban empujándose, agarrándose unos a otros, sosteniéndose mutuamente, hombro con hombro, pecho con espaldas, en virtud de un equilibrio inexplicable. Los peldaños retemblaban bajo el peso de tantos pies, el humo lanzado por los fumadores infestaba el ambiente, el calor asfixiaba, excitando, y los hombres aprovechaban aquellas apreturas para pellizcar a las mujeres: algunas se defendían gritando; otras se abandonaban, arqueando las caderas, ofreciéndose espontáneamente al voluptuoso martirio... Y era imponente el sentimiento magnético animador de tantos cuerpos que se buscaban sin conocerse, estrujándose, lastimándose, y que luego seguían direcciones diversas sin conservar de aquellas fugitivas uniones ningún recuerdo. Mercedes acercó sus labios al oído de Carmen Vallejo.

—¿Y Roberto?—preguntó.

—No sé, por ahí andará.

—Por más que miro, no le veo...

Cuando llegaron al anfiteatro principal, Carmen entregó a su madre los tres billetes de sus asientos.

—Ahora—dijo—, Mercedes y yo vamos a platea.

Doña Balbina quiso detenerlas.

—Esperen ustedes, aún es temprano.

—No lo crea usted, han tocado el primer aviso.

Habían entrado en el anfiteatro y la joven se acercó a la delantera.

—¿Ve usted?—añadió—, los músicos ya ocupan sus sitios; esto empezará en seguida. Ea, adiós...

Un acomodador se acercó exclamando:

—¡Tengan ustedes la bondad de dejar libre el paso!

Balbina Nobos comprendió que era preciso ceder: el director de orquesta acababa de sentarse en su silla.

—Bueno—repuso—, que vuelvan ustedes en seguida...

—Sí, sí... hasta luego.

—¡Cuidado con salir del teatro!...

—Quede usted tranquila...

Carmen echó a correr, arrastrando a Mercedes que no había osado desplegar los labios temiendo decir alguna candidez que descompusiese la maquiavélica urdimbre de todo aquel plan. Cuando las dos jóvenes llegaban al pasillo de butacas, encontraron a Roberto. Estaba muy pálido, con los ojos inquietos y azorados del luchador que va venciendo, pero que aun duda de la victoria.

—¡Todo ha salido a pedir de boca!—dijo Carmen; y agregó, señalando a Mercedes con un gesto—: ahí la tienes...

—Gracias—contestó Alcalá—, hasta después; volveremos a buscarte en seguida, antes de que caiga el telón.

Y salió precipitadamente, llevándose a Mercedes asida de un brazo, temeroso de volver a perderla. Atravesaron el vestíbulo y empezaron a subir las escaleras.

—¿Dónde vamos?—preguntó ella.

—Ahora lo verás.

Mercedes, instintivamente, sintió una violenta conmoción de terror. Llegaron al anfiteatro segundo.

—Al fin—murmuró el actor—, y por primera vez, vamos a estar solos, completamente solos tú y yo.

La arrastraba a lo largo de un pasillo obscuro, con un brazo vigoroso, amenazador, como el brazo irresistible de la fatalidad.

—¡Oh!... pero, ¿dónde me llevas?—exclamó Mercedes angustiada—; estoy ignorante de todo, Carmen nada me ha dicho.

—¡Naturalmente!... Porque Carmen no sabe que yo he comprado un palco para ti.

En el fondo del carrejo, un pasadizo sobre cuyo piso de tabla las pisadas retumbaban medrosamente, había un acomodador apoyado contra la pared, leyendo un periódico a la luz de una lamparilla eléctrica. Roberto Alcalá llegóse a él, presentando un billete.

—Palco proscenio, número...

—Sí, señor; éste es.

Y abrió una puertecilla, que los dos amantes franquearon sin detenerse y que luego el actor cerró por dentro. Mercedes de pronto, sin comprender apenas cómo pudo llegar allí, se encontró en un espacioso antepalco, especie de habitación rectangular, tapizada de rojo, e iluminada por un foco eléctrico. Al frente, separándoles del salón, había un pesado cortinaje de terciopelo, a través del cual penetraban el confuso murmullo de la muchedumbre que invadía el teatro y los acordes de la orquesta, que empezaba a ejecutar los primeros compases de la overtura; todo ello repercutía en los ángulos del antepalco revuelto, caótico, con un estruendo calenturiento. Pasada la primera impresión, Mercedes reparó algunos detalles: la alfombra era vieja, en la paredes había fechas y letreros obscenos que enrojecían las mejillas; a un lado aparecía un diván tentador, ancho y muelle. La joven tuvo la intuición neta de que allí estaba su perdición.

—Yo no puedo estar aquí, no debo estar aquí—murmuró dirigiéndose a la puerta—; vámonos.

—Roberto la contuvo suavemente.

—No temas—dijo—ninguna celada. He ideado este medio para que podamos charlar tranquilamente. Eso es todo.

Mercedes tiritaba de emoción y de frío.

—Pero pueden vernos... y venir.

—Aquí no puede venir nadie, y menos entrar sin permiso nuestro.

Después, como quien es muy dueño de sí mismo y no tiene prisa en extremar sus caricias, añadió:

—Desde el palco, que es muy hondo, veremos a tu madre y a mis primas, sin peligro de ser vistos. Acércate por aquí...

Y apartó el lado del cortinaje más inmediato a la pared. Mercedes obedeció.

—¿Ves?—dijo Roberto extendiendo el brazo—allí están.

—¿Dónde?...

—Allí, a la izquierda de la tercera columna, junto al pasillo...

Una multitud compacta invadía el salón: en los anfiteatros había centenares de cabezas que miraban fijamente al escenario. Los ojos de Mercedes iban de un punto a otro buscando vagamente el sitio indicado por el actor, mareados por aquella aglomeración de semblantes desconocidos. Luego ahogó un pequeño grito; acababa de ver...

—Sí, sí—murmuró—, tienes razón...

Allí, en efecto, estaban Balbina Nobos, doña Inés y su hija, embelesadas mirando el espectáculo; por sus labios vagaba una sonrisa de satisfacción y de júbilo, que demostraba cuan grandes eran su tranquilidad y su contento. Hacía calor: un vaho asfixiante formado por la unión de tantas personas respirando a la vez, ascendía del fondo de la sala como un eructo; en los palcos muchas mujeres se abanicaban balanceando suavemente sus abanicos de plumas; en los anfiteatros la muchedumbre ofrecía un aspecto barroco y chillón: sombreros, boinas, toquillas azules, capas con embozos amarillos, blancos y rojos, pañuelos multicolores... todo desordenado y en montón, como las prendas expuestas en el escaparate de un baratillo provinciano. En todas partes resonaban ruidos de pasos y murmullos de conversaciones sostenidas en voz baja, y que llenaban los ámbitos del salón con un amenazador zumbido de enjambre. Los violoncelos lanzaban al espacio sus notas melancólicas, largas y dolientes como gemidos. En el escenario Marina cantaba:

Brilla el mar engalanado con su manto de bonanza Dios sus olas ha pintado del color de la esperanza...

—Ven—dijo Roberto empujando a Mercedes hacia el antepalco—; aprovechemos los instantes... ¡Te quiero mucho!...

De pie, junto al diván hondo y muelle como un lecho de recién casados, los dos amantes se abrazaron estrechamente, uniendo sus rodillas y sus labios.

—Roberto...

—¡Querida de mi alma!

El llanto anegaba los ojos de la joven; el actor, idiotizado repentinamente por la inesperada posesión de bien tan cumplido, no podía hablar y continuaba besándola los párpados, en la nuca, detrás de las orejas... hundiendo su rostro entre los cabellos enguedejados y aromosos de la muy Deseada.

Se habían sentado en el diván: ella pensativa, triste, la vista fija en el suelo y las manos cruzadas sobre la falda; él a su lado, muy cerca, rodeándola el talle con un brazo calenturiento que ardía.

—Tantas zozobras, tantas angustias—suspiró Mercedes—, y ¿para qué?... para separarnos dentro de un momento...

—¡Oh, de eso trataremos ahora—repuso el actor con arrebato—, de unir para siempre nuestros destinos!...

Empezó a hablar lentamente y con esa voz insinuante y queda que el espíritu de los artistas elige para sus grandes revelaciones, y alentando sobre el rostro de la Deseada como para aturdirla también con los viciosos cosquilleos de su aliento...

—Por fin estamos juntos y puedo decirte lo que tan guardado traigo en el pecho... lo que jamás hubieran podido decirte mis cartas...

Un dulce quebranto, una laxitud orientalesca iba apoderándose de Mercedes, relajando el vigor de sus músculos y emperezando sus facultades; veía los objetos rodeados de un nimbo neblinoso, los ruidos parecían llegar a su espíritu desde muy lejos, quebrando un ensueño. A su lado la voz de Roberto susurraba blandamente, como un aleteo de mariposa, destacándose del revuelto clamoreo de voces y de músicas que ascendían del escenario con ruidos ensordecedores de tempestad, y de aquel sempiterno murmujeo humano que llenaba la oquedad del teatro con un furioso zumbido de colmena.

Roberto hablaba recorriendo discretamente diversos momentos sentimentales, y lo hacía sin advertirlo, espontáneamente, impulsado por el arrebato de su pasión, que en tales momentos era grande y leal.

—¿Te acuerdas, vida mía, de nuestras primeras emociones?... ¡Ah!... ¿Por qué aquellos días venturosos no duraron siempre?... ¿Por qué no habíamos de vivir tú y yo, eternamentos juntos, según nuestros deseos?... Acércate, Mercedes; más, más... mucho más... que yo te sienta muy cerca de mí...

Ella desfallecía sofocada por el imán de la pasión, por aquel ambiente cálido saturado de perfumes y de olores acres, que atravesaba los cortinajes del antepalco, y por la extraña sensación de vértigo que en su ánimo causaba la lamparilla eléctrica derramando su luz lechosa sobre aquel siniestro rincón tapizado de rojo. De pronto sus nervios vibraron con sacudimiento histérico, recordando aquella alfombra raída, hollada por tantos pies, y aquel diván, innoble como un lecho de mancebía, sobre el cual, acaso, se habrían entregado muchas mujeres.

—¡Ah... me ahogo!—murmuró—¡déjame!...

Se puso de pie. Roberto Alcalá también se levantó.

—¿Cómo?... ¿Dejarte marchar cuando tantos trabajos me costó traerte hasta aquí?...

En su voz, insinuante y acariciadora, había un dejo colérico casi imperceptible, un leve acento duro, metálico, que inútilmente procuraba ocultar.

—Sí, déjame—repuso Mercedes—, tengo miedo de que mi madre nos sorprenda. Vámonos...

—Luego, cuando concluya el primer acto. Ahora no debemos temer ningún peligro, y para mayor seguridad tuya, asómate al palco y mira...

Mercedes entreabrió las cortinas, recibiendo en pleno semblante un bofetón de calor y de escándalo. Allá, muy lejos, entre un plantío de cabezas, vió a su madre, a doña Inés y a Nicasia, que miraban al escenario embobecidas. Después, como obedeciendo la orden de algún poderoso hechicero, hubo un momento de silencio, que precede a los interesantes momentos musicales, y en el espacio vibró la voz del tenor...

Al ver en la inmensa llanura del mar...

La voz animosa, vibrante, del desterrado que vuelve...

Mercedes dejó caer la cortina y se dirigió hacia Roberto, que la esperaba sentado en el diván. La joven, poseída súbitamente de inexplicable emoción, dejóse caer a su lado, sollozando.

—¡Oh, qué notas tan tristes!—dijo—; ¡cuánto daño me hace esa música!...

Aquella música, que recordaba haber oído cuando niña, despertó en su alma una turbulenta marejada de recuerdos: evocó sus primeras sensaciones, la casa donde nació, con sus habitaciones desamuebladas, tan tristes, tan pobres, y sus ventanas sin visillos, desde las cuales se oteaban vastos solares nevados, extendiéndose en suaves ondulaciones bajo un cielo de invierno; y vió a Mme. Relder, alta, engabanada, llegando siempre a la misma hora, y dejando tras sí un fuerte olor a violetas... Y experimentó de nuevo les emociones musicales de aquel lejano entonces, los valses libertinos de Waldteufel que han rimado el loco regocijo de tantas bacanales carnavalescas; las melodías de Donizetti y de Verdi, los dos grandes hechiceros que aprisionaron en el pentagrama el espíritu doliente, supersticioso y quimérico del pueblo latino; y los nocturnos de Chopín, vagos, soñolientos, compendiando las armonías y los misterios del crepúsculo.

Roberto peroraba enardecido, soliviantando los nervios de la muy Deseada.

—Te necesito—murmuraba—, necesito de tu cuerpo para seguir viviendo... Calma, vida mía, con tus caricias, el incendio que tu belleza puso en mi sangre; dulcifica, con la miel de tus labios, el mortal amargor de los míos... Ven; no te defiendas, ven... ¡que te deseo!... Ven, ¡tengo sed de ti!...

Pero ella no le oía; soñaba... Aquello era la repetición exacta de lo que los libros de su padre la enseñaron; Roberto era el hombre, el amor mismo, que pide y suplica y se arrastra, ofreciendo cuanto tiene por alcanzar de la mujer amada el supremo bien; Roberto no mentía; su pasión relampagueaba en sus ojos, se estremecía febril en sus manos, tremolaba en su voz; Roberto era el bien amado por quien ella suspiró tanto tiempo, el hombre desdibujado y anodino con quien bailaba inconscientemente cuando niña escuchando los valses de Waldteufel, el galán que suspiraba con Donizetti y con Verdi, el amador misterioso entre cuyos brazos se adormecía escuchando los voluptuosos nocturnos de Chopín, cargados de sombras crepusculares... Y era también el actor que vió en el teatro rindiendo la virtuosa altivez de tantas mujeres, y que en aquel supremo instante representaba en honor suyo cuanto ella había leído y deseado; el amante irresistible que arrastró a Eva y a Matilde por la pendiente de la tentación, y que Gómez-Urquijo, el prodigioso novelador de los amores sensuales, la enseñó a querer...

Roberto Alcalá continuaba hablando con creciente arrebato.

—Los años pasan, Mercedes de mi alma, la juventud no vuelve... No consientas que tu pasión exclame: «Basta»... cuando la mía repite «¡Siempre, siempre!»... Yo quiero ser feliz... ¡Ayúdame tú!...

¡Quiero ser feliz!... Aquel grito, aquel amor a la vida sugerido por el horror que inspira la muerte, es el grito eterno de la humanidad renegando de la fatídica maldición que la condena a encanecer y sucumbir, el mismo sentimiento que Mercedes había invocado algunos meses antes, discutiendo con su padre, cuando éste quería negarle su derecho a ser dichosa.

—Yo también quiero ser feliz—exclamó la joven—, vivir consagrada a ti, morir amándote... es la pesadilla ineluctable de todas mis horas...

—Cede, pues... ven...

—No... nunca.

—Me lo prometiste.

—Lo sé, pero... estaba loca... ignoro lo que dije... ¡Déjame!...

—Luego—repuso el actor con voz agonizante—; espera aún...

Y otra vez reanudó su discurso, esa peroración tierna, ardiente, argumento único de eterno poema de todos los amores. De nuevo sintió Mercedes que las fuerzas la abandonaban: Roberto era el galán invencible de todos los dramas, el seductor irresistible de todas las novelas; el iniciador...

—Yo pagaré con pródiga largueza tus favores—murmuró el actor—enloqueciéndote sobre mi pecho al revelarte el hito de las voluptuosidades supremas... Ven... ¿Para qué resistes si al fin has de pertenecerme?...

Una voz varonil cantaba desde el escenario:

Tú mañana serás mía, tú serás mi eterno amor...

Aquello era una conflagración irresistible de tentaciones; la virtud de Mercedes agonizaba; Roberto seguía hablando, acariciándola, besándola los párpados, la nuca... El ambiente del antepalco llegó a ser sofocante, la joven se ahogaba... El actor la cogió por las muñecas...

En aquel momento resonó en el salón una tempestad atronadora de aplausos, y por los pasillos del teatro voces y pasos de gentes que salían en tropel. Había terminado el primer acto. Mercedes, vuelta a la realidad bruscamente, se levantó.

—Vámonos—dijo—, vámonos en seguida, corre... mi madre está esperándome.

—Aguarda.

—No... ¡imposible!... ¡Tú quieres perderme!...

Corrió hacia la puerta, pero el actor, viendo el inminente fracaso de sus planes, la cerró el paso.

—No te dejo salir—dijo—, porque si tú sales... no vuelves.

—Sí, vuelvo... te lo prometo, te lo juro.

—No, no vuelves... y entonces te he perdido para siempre.

Mercedes rompió a llorar, desesperada de ser tan débil. Luego dirigióse hacia la parte anterior del palco, levantó los cortinajes y miró: gran parte del público había salido dejando grandes hileras de asientos vacíos; doña Balbina no estaba... La joven se volvió hacia Roberto mirándole con ojos que lucían con el siniestro fulgor de las desesperaciones infinitas.

—Se ha marchado—dijo.

—¿Qué te importa nadie?—repuso Alcalá—; piensa en mí, en mí solo; yo debo ser tu amor y tu rey...

Ella avanzó hacia la puerta, él la sujetó por los brazos y empezaron a forcejear.

—Cobarde, cobarde—repetía la Deseada—, abusas de mí...

Luchando, cayeron sentados sobre el diván, y Roberto, que no había perdido ni un momento su sangre fría, empezó otra vez a hablar con nuevo ardimiento y ternura. Ella le escuchaba jadeando, casi vencida, pensando en que las heroínas novelescas no suelen resistirse tanto... Paulatinamente, aquel ruido de pasos que iban y venían por los pasillos del teatro fue disminuyendo, conforme aumentaba en el salón la bullente batahola de conversaciones y de gritos; las puertecillas de algunos palcos fueron cerradas violentamente; los espectadores se apresuraban a recobrar sus localidades: el segundo acto iba a empezar.

—El daño ya está hecho y es irreparable—decía Roberto—: hazte cuenta de que rompiste para siempre con el mundo y que me perteneces.

—¡Oh, esto es horrible!...

—No tanto como supones.

—¡Sí, es espantoso!... Pobre madre; ahora, creyéndome perdida, estará llorando por mí... ¡Madre mía, madre mía!...

—¡Ah!... Compadeces sin razón a tu madre y no te apiadas de mí, que sufro tanto.

—Ella es vieja... una pobre vieja que todo lo esperaba de mí...

—Y tú una ilusa, que sacrificas al yerto pasado de tu madre el brillante porvenir de tu juventud...

El teatro, de repente, había quedado silencioso: la representación continuaba. Roberto siguió hablando, ora ponderando briosamente sus anhelos de ser dichoso, ora discurriendo melancólicamente acerca de lo irremediable, de lo que no vuelve...

—Quiéreme, Mercedes—repetía—, quiéreme que la vida es corta...

—¿Y después?

—¿Después?... ¡Siempre igual!... Los dos unidos... tú, viviendo para mí... yo, para ti... en un abrazo eterno.

Ella había reclinado su cabeza en el hombro de Alcalá, recibiendo sobre sus rojos labios entreabiertos los besos del actor...

—Quiéreme, amada mía, ya que atravesamos la edad de los ensueños y del amor, de todo eso tan exquisito y que huyo tan prestamente...

Hasta ellos llegaba la voz clara, fresca, vibrante, magnética, del tenor, que cantaba:

¡Adonde váis huyendo las ilusiones!...

Roberto y Mercedes se miraron con ansia infinita, comprendiéndose, sintiendo que sus almas acababan de besarse enajenadas por el mismo encanto musical. Aquél era el grito eterno, desgarrador, de la juventud que se despide. La muy Deseada entornó sus párpados... El tenor cantaba con voz doliente como un sollozo:

A beber, a beber, a hogar el grito del dolor...

Y el coro respondía briosamente:

A beber, a beber, a apurar la copa del licor...

En todo aquello había amores, celos, esperanzas marchitas, despecho, lágrimas, algo eléctrico que flagelaba la espalda, produciendo una sensación de frío en la raíz de los cabellos...

—Ven, ven—murmuraba Roberto—, soy yo quien te llama...

Mercedes languidecía abandonándose entre los brazos del actor, todo se confabulaba en contra suya: la música, la atmósfera asfixiante del antepalco, el papel rojo que cubría las paredes, la blandura de aquel diván provocador de tantos obscuros vencimientos... La joven no hallaba ninguna razón firme a que asirse; los libros la enseñaron a ser frágil; Roberto consumaba el incesto monstruoso que comenzó Gómez-Urquijo...

—¡No puedo más!—murmuró—. ¡No puedo más!...

El público palmoteaba electrizado, pidiendo la repetición de la última escena.

—Ven, ven...—repitió Roberto.

En la oquedad del salón silencioso volvió a resonar la voz del tenor, lanzando aquel grito enervante, desgarrador, de la juventud que se despide:

¡Adónde váis huyendo las ilusiones...!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Y fué...

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings