LIBRO UNDÉCIMO.
Miguel Antonio Caro translation
I.
En este medio alzándose la Aurora Del Oceano las regiones deja. Enéas, aunque el ánsia le devora, Con que á dar sepultura se apareja A sus aliados, y consigo llora, Y el dolor de las pérdidas le aqueja; Sus votos, vencedor, cumple primero, Con el albor del matinal lucero.
II.
Cúmplelos; y en la cima de un collado Hace hincar luégo una robusta encina, Habiéndola de ramas desnudado; En ella la armadura diamantina De Mezencio pondrá: trofeo alzado Al Dios que en guerras triunfador domina. Ya le acomoda el yelmo, ya la cota, Por doce partes perforada y rota.
III.
Truncos vuelve sus dardos al guerrero En efigie, y su cresta ensangrentada, Préndele á izquierda el gran broquel de acero, A su hombro cuelga de marfil la espada. Y él, entre los aliados el primero, A hablarles se alza luégo: en apiñada Y silenciosa turba su persona Los jefes cercan ya; y así razona:
IV.
«Ya lo difícil acabasteis: llano, Soldados, lo que falta os adivino. Ved los despojos del cruel tirano; Ricas primicias son: ¡en esto vino Mezencio á dar por obra de mi mano! Sabed que á la ciudad del rey Latino Marchar nos cumple. En el marcial intento Ocupad desde ahora el pensamiento.
V.
»Prevenidos estad, porque llegada La hora que darán á mi ventura Los Dioses, de mover el campo, nada Los ánimos sorprenda, ni á pavura Ó á dañosa demora los persuada. A los muertos en tanto sepultura Demos: único honor que á ellos alcanza Del Aqueronte en la profunda estanza.
VI.
»Sí, á egregias almas que este patrio nido Con su sangre nos dan generadora, Que últimas honras tributeis os pido. Palante al patrio pueblo que le llora Sea en fúnebre pompa conducido: Virtud no le faltó: funesta un hora Robóle á nuestro amor, robóle al suelo, ¡Ay! para hundirle en sempiterno duelo!»
VII.
Y llora, y al umbral los pasos guia Donde Acétes, anciano y fiel guerrero, De Palante infeliz custodia hacía Al tendido cadáver. Escudero El del parrasio Evandro fuera un dia, Y vino en esta vez por compañero De aquel amado alumno, con auspicios, Cual ántes no lo fueron, impropicios.
VIII.
En torno ostentan en comun su duelo Turba troyana y mustia servidumbre, Y damas, suelto al aire el rico pelo En señal de dolor, cual fué costumbre. Entró Enéas al pórtico, y al cielo Alza inmenso clamor la muchedumbre, En gran lamentacion hiérense el pecho, Y suena con el llanto el regio techo.
IX.
Él, viendo de Palante sostenida La frente, y blanco el rostro á par de muerte Y en aquel pecho hermoso la ancha herida Que ausonia lanza abriera, y sin que acierte El llanto á contener, «¿Tú aquí sin vida,» Clama, «amigo infeliz? Cuando la suerte Más propicia á mis armas sonreia, ¡Ay! de mi lado te arrebata impía!
X.
»No quiso la cruel que el triunfo mio Vieses, y vencedor entre marciales Pompas volvieses al solar natío! No hice á tu padre, no, promesas tales Cuando, enviándome á excelso poderío. Al darme en tierno abrazo tristes vales Me advirtió receloso que lo habria Con gentes bravas en tenaz porfía.
XI.
»¡Y él hora por ventura se complace En trocar á esperanzas sus temores, Y ofrendas en el ara y votos hace, Miéntras damos estériles honores Al jóven que, pues ya sin vida yace, Nada debe á los Dioses superiores! ¡Por tí, padre infeliz, cuánto me aflijo! ¡Tú el cruel funeral verás de un hijo!
XII.
»¿Y éste es el triunfo ansiado? ¿éste el festivo Regreso? ¿ésta mi fe tan engreida? Mas no le viste, Evandro, fugitivo Ni echado de la lid con torpe herida; Ni por qué preferir tendrás, él vivo, Acerbo trance, ¡oh padre! á infame vida. ¡Cuánto pierdes en él, Ausonia, y cuánto Tú, hijo mio!» Así habló vertiendo llanto.
XIII.
Que el mísero cadáver se levante Ordena; y eligiendo mil guerreros Entre toda la hueste, de Palante La fúnebre custodia y postrimeros Honores les encarga: que delante Lleguen de Evandro, y tristes mensajeros, Consuelo den, pequeño á duelo tanto, Mas á un padre debido en tal quebranto.
XIV.
Otros, en este medio, con presteza De encina y de madroño acopian rama Con que féretro blando se adereza Hecho de zarzos en flexible trama: Verde toldo de rústica maleza Forman despues á la funérea cama, Y los miembros del jóven delicado Tienden en fin sobre el hojoso estrado,
XV.
Cual flor, por dedo virginal cogida, De muelle viola ó de jacinto tierno, Que áun formas guarda y esplendor de vida Falta de jugo y del favor materno. Dos túnicas Enéas en seguida Saca, que en leda ostentacion de interno Afecto dió, labradas de su mano, La excelsa Dido al capitan troyano.
XVI.
Triste él con una y otra (de ambas era Grana el fondo, que fino oro recama) Cubrió el cuerpo, y la hermosa cabellera Veló, que pronto abrasará la llama. Cautivas armaduras aglomera Que de Palante son conquista y fama, Y en larga serie desfilar ordena Cuantos ganó despojos en la arena.
XVII.
Allí arneses, caballos. Sordo al ruego Ya las manos atras ligado habia A los mancebos cuya sangre al fuego Dará, en obsequio que al finado envía. Manda á los mismos capitanes luégo Arboles lleven que á la luz del dia El nombre ostente del que fué vencido Por trofeo, y sus armas por vestido.
XVIII.
Bajo la carga de la edad maltrecho Acétes miserable en pos se lleva, Y ora á golpes ofende el flaco pecho, Ora uñas fieras en su rostro ceba, Ó de la tierra sobre el duro lecho Largo se extiende, y su dolor renueva. El carro de Palante ya aparece Que con rútula sangre se enrojece.
XIX.
Y Eton, su buen corcel, á su mesnada Se avanza, del marcial jaez desnudo, La faz en gruesas lágrimas bañada, ¡Que tanto en él el sentimiento pudo! Otros su asta y morrion (cinto y espada Turno se reservó) llevan, y mudo El ejército á pié la marcha cierra, El cuento de las lanzas vuelto á tierra.
XX.
Paróse Enéas, cuando en larga hilera La pompa funeral pasó adelante, Y dió en alto gemido su postrera Despedida al cadáver ya distante: «La misma de la guerra ley severa A otros llantos, ¡oh máximo Palante! Y á nuevo afan nos llama. ¡Salve, amigo, Por siempre, y para siempre adios te digo!»
XXI.
Calló, y á sus reales se encamina Tendiendo al alto muro. Allí, entretanto, Llegados son de la ciudad latina Embajadores, que de olivo santo Con la rama adornados peregrina Piden tregua, en la cual los que sin llanto Honroso á fil de espada yacen muertos, Sean de tierra por piedad cubiertos.
XXII.
Tregua piden y paz con los finados, Y que armisticio Enéas á varones Conceda, á quienes diera ya dictados De huéspedes y suegros. Las razones El Troyano aprobó de los legados, Y añade, al otorgar tan justos dones: «¡Latinos! ¿qué fortuna indigna os cierra En estos lazos de forzada guerra?
XXIII.
»¿Por qué á nuestra amistad fuisteis esquivos? Paz para aquellos me pedis que muertos Han sido en el combate;—¡áun á los vivos Quisiera yo otorgarla! A vuestros puertos No vine con intentos ofensivos, Mas sumiso al mandato de hados ciertos Mansion perpétua á establecer. Tampoco A guerra yo vuestra nacion provoco.
XXIV.
»De la hospitalidad faltando al fuero El rey Latino en Turno armado fia. Que Turno á estrago tal, solo y señero Se expusiese, ¿más justo no sería? Pues quiere echarnos, y á poder de acero La guerra terminar, aquí debia Reñir conmigo; de los dos viviera A quien Dios ó su brazo se la diera!
XXV.
»Hora los compañeros malhadados Id á imponer en la funérea pira.» Dijo. Atónitos callan los legados; Cada uno, vuelto el rostro, al otro mira. Dránces, que lustros ya cuenta avanzados, Que contra el jóven Turno odios respira Y en daño suyo acusaciones vierte, Responde, al fin, por todos de esta suerte:
XXVI.
«¡Oh tú, máximo en lid, rico en blasones! ¿Cómo sabré á los cielos ensalzarte? ¿Cuál te honra más, lo justo en las acciones, O lo sufrido en el rigor de Marte? Gratos, príncipe, á tí, de tus razones A la patria ciudad daremos parte; Y si á ello la Fortuna abre camino, Te enlazaremos con el rey Latino.
XXVII.
»Turno otro auxilio busque entónces: juro Que á cuestas hemos de llevar de grado Para cimiento del troyano muro Piedras que cumplan lo que manda el Hado!» A estas palabras con murmullo oscuro Asienten los demas. Quedó pactado Que dure, de los muertos en servicio, Seis dias y otros seis el armisticio.
XXVIII.
Viéronse en él mezclarse los soldados; Y vagando á la par teucro y latino, Con hachas abatir por los collados Fresno que herido cruje ó yerto pino, Y los cedros rajar de olor cargados, Con cuñas, y los robles, de contino, Y quejigos de agreste cabellera En plaustros gemebundos sacar fuera.
XXIX.
Entretanto la Fama voladora, Que ya á Palante vencedor mentia, De lúgubres alarmas nuncia ahora En torno á Evandro va, llenando impía Muros y techos donde Evandro mora. Los Arcades acorren á porfía Hácia las puertas, y segun costumbre Antorchas asen de funérea lumbre.
XXX.
Brilla de luces prolongada hilera Despartiendo los campos que ilumina. La frigia turba, en tanto, plañidera A los muros sus pasos encamina. Reúnense ambos pueblos; ya la entera Procesion á los techos se avecina: Las matronas la ven, y altos lamentos Por la triste ciudad dan á los vientos
XXXI.
A moderar á Evandro no es bastante Fuerza humana. Allá vuela, allá se arroja, Y deteniendo el féretro, á Palante Postrado abraza, en lágrimas le moja, Contra el seno le estrecha sollozante. Cuando hubo apénas la mortal congoja Dado paso á la voz, gimiendo dice: «¡Ay hijo de mi alma! ¡ay infelice!
XXXII.
»En vano me ofreciste cautelarte Del peligro fatal. Yo bien sabía Cuánto en la guerra á seducir es parte De la gloria el sabor; con qué energía En el primer conflicto arrastra Marte La juvenil ardiente fantasía! ¡Tristes primicias de tu edad lozana! ¡Dura preparacion de lid cercana!
XXXIII.
»¡Ay! que mis votos y mis preces nada Me valieron. Y tú, bendita esposa, No á tan fieros dolores reservada, ¡Cuánto fuiste, muriendo, venturosa! Por modo opuesto, yo de mi jornada He vencido la senda trabajosa, De las pruebas triunfé del hado esquivo, Y ya ¡padre infeliz! me sobrevivo.
XXXIV.
»¡Hubiera yo seguido los reales Troyanos, y los Rútulos me hubiesen A dardos abrumado, y pompas tales A mí, no á mi Palante, aquí trajesen! Mas aquellos banquetes fraternales, ¡Oh Teucros! no temais que hora me pesen, En que la diestra os di como alïado;— ¡Golpe era aquéste á mi vejez guardado!
XXXV.
»Que si fué tu destino en tan tempranos Años caer, cayeras á los ménos —Muertos ántes mil Volscos á tus manos— Guiando al Lacio el paso de tan buenos Compañeros! Piadoso el Rey troyano, Nobles Frigios y en masa los Tirrenos Te han hecho, sí, muníficos honores; Yo mismo no te hiciera otros mayores.
XXXVI.
»Traer les miro en árboles triunfales Armados cuerpos que humilló tu acero. Las fuerzas de la edad fuesen iguales, Y gran tronco llegaras tú el primero, Turno! —Mas ¡ay de mí! ¿por qué, mis males Llorando, os privo del laurel guerrero? Id ya, y á vuestro Rey en nombre mio Llevad estas palabras que le envío:
XXXVII.
»Causa eres tú que yo viviendo siga, Muerto Palante, en este odioso suelo; Pues nos debes de Turno la enemiga Cabeza á mí y á él. De tí en mi duelo Y de Fortuna esta esperanza abriga Mi pecho. Para mí ya no hay consuelo Humano; mas á un hijo en su honda estanza Nuevas quiero llevar de su venganza!»
XXXVIII.
Despierta con sus rayos celestiales El nuevo dia, que en oriente raya, Al usado ejercicio á los mortales. Ya el padre Enéas, ya en la corva playa Tarcon ha alzado piras, en las cuales Vaya el Troyano y el Tirreno vaya A colocar los muertos de su bando, Los patrios ritos cada cual guardando.
XXXIX.
Arde la lumbre lúgubre, y oscura Nube envuelve del cielo las regiones. Revestidos de espléndida armadura Tres veces han marchado los peones En derredor del fuego que fulgura; Y tres los de á caballo en sus bridones Lustran la triste funeral hoguera, Y lanzan de dolor voz lastimera.
XL.
Plañendo de consuno, el largo lloro Riega el suelo y al par las armas riega: De las trompetas el clangor sonoro Y el clamor de la gente al cielo llega. Quién á las llamas el marcial tesoro A los Latinos arrancado, entrega: Finos yelmos, magníficas espadas; Frenos y ruedas, á encenderse usadas.
XLI.
Otro tal vez á la funérea pira, Prendas notorias de los que ella abrasa, Los escudos y aquellas armas tira Que ántes ciñeron con fortuna escasa. Mucho novillo en cerco arder se mira, Híspidos cerdos, víctimas sin tasa Traidas de los campos: hierro fuerte Las rinde al fuego y las consagra á Muerte.
XLII.
Caros cuerpos por toda la ribera Vense humear; y nadie se retira De la que guarda medio extinta hoguera, En tanto que en silencio húmeda gira Tachonada de luces la alta esfera. Y allá tambien innumerable pira (Que allá gimen tambien tristes destinos) Han alzado en su campo los Latinos.
XLIII.
Y á sus muertos, en parte, acogimiento Bajo la tierra con piadosas manos Mullen; otros envían á Laurento, Llevan otros á predios comarcanos; Y los demas sin distincion ni cuento Hacinados consumen. Ya los llanos En su vasta extension lucen doquiera Con el émulo ardor de tanta hoguera.
XLIV.
Así como ahuyentó con luz serena Gélidas sombras el tercero dia, Ruedan la alta ceniza, y tibia arena A los revueltos huesos que envolvia Encima acopian... Mas oid cuál suena, En esta de dolor larga porfía, La ciudad y su alcázar opulento Con mayor alarido y movimiento.
XLV.
Madres allí, ternísimas hermanas, Y huérfanos y viudas la homicida Guerra maldicen en querellas vanas, Y la boda de Turno prometida: Que las armas él solo empuñe insanas, Que él solo, exclaman, con las armas pida El imperio de Italia y la corona, Y los sumos honores que ambiciona!
XLVI.
De las hembras dolientes el dictámen Fiero apoyando Dránces, acredita Que á Turno emplaza á singular certámen El Troyano, y á solo Turno cita. Parciales hay tambien que á Turno aclaman, Ya abogando por él, ya en ronca grita: Con cien trofeos triunfador le nombra Voz popular; le da la Reina sombra.
XLVII.
En medio á tan ardientes altercados, De vuelta de Argiripa floreciente Veis aquí se presentan los legados Que allá marcharon; y, con triste frente, Que tan grandes trabajos empleados Empeño fueron, dicen, impotente: Nada han valido con el jefe griego Dádivas, oro, ni apremiante ruego.
XLVIII.
Ó á otra alianza, pues, tentar camino Ó proponer las paces al Troyano Será forzoso. El mismo rey Latino En profunda afliccion cayó. No en vano Las claras muestras del furor divino, Y los alzados túmulos del llano Que recientes se ofrecen á la vista, Incontrastable anuncian la conquista.
XLIX.
Y así el Rey de su corte á los primeros Varones, en sus altos penetrales Cita á solemne junta. Ellos ligeros Van, llenando avenidas y portales. Venerable entre tantos consejeros Por sus canas é insignias imperiales, Grave en medio de todos él se asienta; Ni es ledo aspecto el que su faz ostenta.
L.
Y luégo á los legados que, cumplido El cargo, han vuelto del etolio estado, Manda que de tan grave cometido Cuenten punto por punto el resultado. Cesa ya de las lenguas el rüido, Y obediente del príncipe al mandado, «Vimos, conciudadanos, á Diomédes,» Vénulo dice, «y sus argivas sedes.
LI.
»Asperezas vencimos del camino, Y á término llegando, aquella mano Tan temida tocámos por quien vino A tierra un dia el gran poder troyano. Triunfante el Rey, con próspero destino, En los campos del yápigo Gargano Echaba de Argiripa el fundamento, Ciudad que así nombró del patrio asiento.
LII.
»Así que entrado hubimos, y licencia Se otorgó á las palabras, nuestros dones Ofrecimos, y nombre y procedencia Declarámos al Griego: las razones Expusimos despues, que á su presencia Nos llevaron; la guerra que varones Extranjeros nos mueven. Manso oyónos, Y habló á su turno en apacibles tonos:
LIII.
«Antigua raza, Ausonios fortunados, »Que en paz gozais de la saturnia tierra, »¿Qué os instiga, viviendo sosegados, »A provocar desconocida guerra »Y en demanda á correr de nuevos hados? »¡Oh! quien eso pretende, ¡cuánto yerra! »Nosotros profanámos con el hierro »A Troya; y ved nuestro ejemplar destierro!
LIV.
»No en las pérdidas sólo que nos cuesta »El largo sitio, mi escarmiento fundo; »Ni sólo el frigio Símois me amonesta »De cadáveres lleno. Andando el mundo »¿Qué atroz suplicio por sufrir nos resta? »Doliera al mismo Príamo. Iracundo »El astro de Minerva, y Cafereo »Cruel lo sabe, y el peñon Eubeo.
LV.
»A otra zona lanzados, Troya hundida, »Llegó hasta las Columnas de Proteo »Peregrinando Menelao Atrida; »Llegó Ulíses al antro Ciclopeo. »¿Recordaré de Pirro la caida, »Derribado el altar de Idomeneo, »Y la locrina juventud, ahora »De las líbicas costas pobladora?
LVI.
»El mismo miceneo Rey, que un dia »De los grandes Aquivos tuvo el mando, »Fué, entre su mismo penetral, de impía »Consorte muerto bajo el brazo infando; »Venció así á quien vencido á Troya habia, »Villano burlador. Y yo, tornando »Al patrio hogar, la deseada esposa »No hube de ver ni á Calidonia hermosa.
LVII.
»¡Iras del cielo! Y áun aquí sombríos »Me siguen y fatídicos portentos: »Mudados ya los compañeros mios »En aves, cruzan los delgados vientos, »Siguen el curso á los desiertos rios »(¡Inaudita expiacion! ¡fieros tormentos!) »Y con fúnebres ecos de gemidos »Hinchen ¡ay! los escollos maldecidos.
LVIII.
»Temer debí tan espantosos males »Desde que en liza desigual, insano »Pude atentar á cuerpos celestiales, »Y á Vénus ofendí la diestra mano »Con sacrílega herida. Horrores tales »Finaron ya: con el poder troyano »Guerra no tengo; ni mi antigua gloria »Renuevo con placer en la memoria.
LIX.
»Yo, pues, en vuestro intento no conspiro: »Antes bien, que volvais á Enéas cabe »Esos presentes que traer os miro »De la patria. Ya golpe á golpe, en grave »Conflicto ya, de léjos, tiro á tiro, »Probé yo mismo el arte con que sabe »Empinar el broquel; la gran pujanza »Con que él menea la fulmínea lanza.
LX.
»Fiad por tanto en la experiencia mia. »Si el suelo ideo producido hubiera »Dos héroes más como él, llegado habria »A inaquios reinos el Dardanio, y viera »Grecia en duelo trocada su alegría. »¿Quién, sino Héctor y Enéas, de guerrera »Inmensa muchedumbre opuso terco »Antemural al estrechante cerco?
LXI.
»Ambos hicieron con su fuerte diestra »Que un año, y otro, y diez, dia tras dia, »Retrocediese la victoria nuestra: »Iguales en esfuerzo y bizarría, »Éste en virtudes superior se muestra. »¡Oh! paz haced con él, donde ella os ria; »Y huid toda ocasion que en lid acabe »Y con sus armas vuestras armas trabe.»
LXII.
»Esto, ¡oh máximo Rey! en la ardua empresa Falla el Griego y responde.» Habló; y creciente Rumor, pasada la primer sorpresa, Corre de boca en boca entre la gente, Como raudal, en natural represa De rocas detenido, que impaciente Murmullo forma, y la ribera brama Con el agua que bulle y se derrama.
LXIII.
Cuando cesó la agitacion primera El anciano monarca abrió su boca, Y habló de su alto solio en tal manera, Despues que á las Deidades pio invoca: «Quise yo que en sazon se definiera Esta causa, ¡oh Latinos! Hoy que toca Armado el enemigo á nuestras puertas, Tarde á civil consejo están abiertas.
LXIV.
»En guerra nos hallamos importuna Con recia, diva gente, que fatiga No recibió jamás de lucha alguna, Ni las armas depone, aunque enemiga Redoble adversos golpes la Fortuna. Nadie en extraños esperando siga; Faltónos la alïanza del Etolo: Cada cual en sí mismo espere sólo.
LXV.
»Dicho está, ciudadanos, cuánto sea Esta esperanza individual mezquina; ¿Mas quién hay que no palpe luégo y vea Que amenazado de fatal rüina El público edificio tambalea? A nadie vuestro príncipe acrimina: Ha hecho el valor cuanto al valor es dado; Todas sus fuerzas concentró el Estado.
LXVI.
»Qué ocurre ahora á mi indecisa mente Atended; breve soy; aquesto creo: Un territorio á par de la corriente Tusca, de antiguo, cual sabeis, poseo, Que hasta el confin sicano hácia occidente Se dilata. A labranza y pastoreo Dan Rútulos y Auruncos sus collados. Parte bravíos, parte cultivados.
LXVII.
»Cedamos por la paz á los Troyanos Esa áspera region, cuan larga yace, Con los montes piníferos cercanos. Iguales leyes de concorde enlace Les daremos, y parte como á hermanos En el reino. Pues tanto les aplace Aqueste suelo, de temor seguros En él se arraiguen y establezcan muros.
LXVIII.
»Mas si han de ir, y el destino lo tolera, A otras playas, es bien que les labremos Veinte cascos de itálica madera, O más que alcancen á ocupar: tenemos Sobrado material en la ribera. Brazos daré, espolones, jarcias, remos, Y de las naves el equipo todo; Fijen ellos el número y el modo.
LXIX.
»Además, á su campo cien varones Vayan, eximios en la gente nuestra, Que les lleven de paz proposiciones —El sacro olivo en la inocente diestra— Y por mí sellen pactos. Ricos dones De oro y marfil conducirán, en muestra De mi amistad, y silla y trábea, emblema De esta que ejerzo autoridad suprema.
LXX.
»¡Ea! el remedio decretad que implora La afligida nacion que en vos espera!» Dránces entónces se alza, á quien devora Por la gloria de Turno, torticera Emulacion y envidia roedora. Fuerte en recursos y en palabras era, No en armas: en consejos, de prudente Fama gozaba, agitador potente:
LXXI.
Bien que de padre incógnito, debia Nobleza ilustre á la materna rama. Alzóse entónces, pues, y así á porfía Cargos amontonando iras inflama: «¡Benigno Rey! propones, á fe mia, Cuestion que, á nadie oscura, no reclama Mi voz. La causa del comun fracaso Todos la saben; mas la dicen paso.
LXXII.
»¡Dé libertad de hablar, y enfrene el vuelo A su orgullo, el fatal ductor que hace Con funestos auspicios—sí, dirélo, Y siquiera de muerte me amenace!— Tanto prócer caer, y sume en duelo A la ciudad, miéntras con pié fugace Del enemigo campo se desvía Y al asordado cielo desafía!
LXXIII.
»¡Ojalá que esa espléndida embajada, ¡Oh el mejor de los reyes! y esos dones Muchos y grandes que enviar te agrada, Con uno solo y principal corones! No del justo dictámen te disuada Rebelde encono de émulas pasiones: Da tu hija en digna boda á egregio yerno, Y afirma así esta paz con lazo eterno!
LXXIV.
»Vamos á él mismo á suplicarle, empero, Si tanto miedo embarga á los Latinos, Que ceda, y deje al Príncipe su fuero Natural ejercer, y los destinos Contemple con piedad de un pueblo entero. —Tú, sola causa á nuestros males, dínos, ¿Los tristes ciudadanos de esa suerte Arrastrarás de nuevo á horrenda muerte?
LXXV.
»La guerra de salud no da esperanza: Todos pedimos paz, dánosla luégo Con la prenda inviolable que la afianza! Soy el primero que á pedirla llego, Yo, á quien émulo finges; ni hay tardanza En mí—vesme á tus plantas—para el ruego: ¡Ten piedad de los tuyos, pon la ira, Y léjos derrotado, te retira!
LXXVI.
»¡Cuánta muerte hemos visto! ¡cuánto estrago! ¿Qué tala en vastos campos no hemos hecho?... Mas si es que ejerce irresistible halago La fama en tí, si escondes en el pecho Tanto valor, y de tu afan en pago Esperas como dote regio techo Que no has de renunciar, entónces, ¡ea! Afronta á tu enemigo en la pelea.
LXXVII.
»Para que el regio enlace Turno ufano Goce, ¿sólo á nosotros por ventura, Sin lágrimas ni honores, en el llano Nos toca sucumbir, caterva oscura? Tú tambien, tú tambien, si no es en vano Fama heredera de marcial bravura, Sál luégo al campo, y con la frente erguida Contempla al que á batalla te apellida!»
LXXVIII.
Turno, impaciente ya, lanzó un gemido, Y voces tales de lo más profundo Del pecho arranca, en cólera encendido: «Tú el primero en llegar, tú el más facundo En los consejos, Dránces, siempre has sido. Brazos pida la patria, ardor fecundo,— Jamás el labio vocinglero sellas. ¡Palabras! ¿y á qué el aula henchir con ellas?
LXXIX.
»Pomposas á volar las das seguro Miéntras sangre los fosos áun no llena Y áun pára al agresor trabado muro. Por tanto en tu oracion, cual sueles, truena, Trátame, oh Dránces, de guerrero oscuro, Ya que tú de cadáveres la arena Cubrir supiste, y por tu diestra veo Alzado acá y allá tanto trofeo!
LXXX.
»Gala hacer de valor te es dado en guerra, Ni habrás por enemigos de afanarte Yendo á buscarlos en remota tierra; Cercándonos están por toda parte. ¡A ellos, pues, á ellos! ¡cierra, cierra! ¿Qué aguardas?... ¿O los ímpetus de Marte Tú jamás de otra suerte los conoces Que en tu gárrula lengua y piés veloces?
LXXXI.
»¡Yo derrotado! ¿Quién de derrotado Me acusará, vil monstruo, cuando vea Que el Tibre por mi diestra acrecentado Con la troyana sangre rojo ondea; Que Evandro con su casa y con su estado Sacudido de asiento bambolea, Y que en fuga los árcades guerreros Arrojan en el campo los aceros?
LXXXII.
»No, no tal me probaron en su dia Pándaro y Bícias, con su gran pujanza, Y otros mil cuyas almas á porfía Hundió mi diestra en la tartárea estanza Cuando ejército hostil me circuia!— ¡La guerra de salud no da esperanza! Al régulo dardanio, á tus parciales Vé, agorero, á cantar presagios tales!
LXXXIII.
»¡Alienta en tu alarmante clamoreo A gente no una vez vencida, y pisa Las esperanzas de la nuestra!... Veo Que huyendo ya con azorada prisa Los Mirmidones van, y el de Tideo (¡Tanto alcanzas!) y Aquíles de Larisa, Y vuelve su corriente espavorido De las ondas adriáticas Anfido!
LXXXIV.
»Luégo, que amenazante le intimido Simula, y es el miedo de la muerte De que astuto se ostenta poseido, Nueva ponzoña que en sus tiros vierte. Jamás esta mi diestra, fementido, —Escucha en paz; no has, no, por qué moverte— Esa alma vil te arrancará del pecho Donde su nido y su morada ha hecho!
LXXXV.
»A tí y á las consultas que propones, Ahora, oh Padre, la atencion convierto. Si nada de tus fieles campeones Aguardas ya, si la esperanza ha muerto, Si nunca la Fortuna á dar sus dones Volvió, cuando en la guerra el desconcierto Pudo una vez señorear las almas, Tendamos luégo las inertes palmas,
LXXXVI.
»É imploremos la paz;—aunque ¡ah! si hubiera Algun resto en nosotros todavía De la virtud antigua!... ¡yo dijera Entre todos egregio en bizarría, Y en la coronacion de su carrera Feliz, al que dejó la luz del dia De una vez, por no ver tamaña afrenta, Mordiendo el polvo de la lid sangrienta!
LXXXVII.
»Mas si hay recursos, si hay á lid dispuesta Intacta juventud; si pueblo tanto, Tanta ciudad itálica nos presta Oportuno favor; si sangre y llanto A los Troyanos su victoria cuesta, Y asolacion igual, igual espanto Allá domina, ¿ante el umbral primero Rendiremos cobardes el acero?
LXXXVIII.
»¡Temblar de miembros, cuando áun no ha sonado La retadora trompa! En su porfía Vuelve las cosas á mejor estado El tiempo, huyendo un dia y otro dia. ¿Fortuna qué de veces no ha sentado En firme basa al que burlara impía? Ni á extremo caso hemos llegado; sólo El auxilio nos falta del Etolo:
LXXXIX.
»Nobles jefes diputan los vecinos: Ved al fausto Tolumnio en los primeros, Ved á Mesapo. Triunfos no mezquinos Ganará, sí, la flor de los guerreros Del Lacio y de los campos laurentinos! Acaudilla tambien sus caballeros, Honor, Camila, de la volsca gente, Acorazados de metal luciente.
XC.
»Mas ya que á lid me citan decisiva Los Teucros, si esto agrada, y tanto impido La pública salud, no así huye esquiva La victoria de mí, que tal partido No abrace ante tan grata perspectiva. Sí; con Enéas sin temor me mido: Cual otro Aquíles venga si le place, Y armas como hechas por Vulcano, embrace!
XCI.
»Ya lo he jurado, y con placer me inmolo (Que á mis mayores en virtud no cedo) Á vos y al Rey mi suegro.—¿Á Turno solo Emplaza Enéas? Pues admito ledo El singular combate. ¿Permitiólo El Cielo por castigo? No haya miedo Que Dránces lo padezca;—¿en nuestra gloria? Coger no espere el lauro de victoria!»
XCII.
De esta suerte en recíproca porfía Altercan sobre el arduo tema, cuando Ved que Enéas su ejército movia. Corre el palacio, y va terror sembrando Por la ciudad con alta vocería Un mensajero: Que el troyano bando Ha dejado la márgen tiberina; Que la tirrena hueste al par camina;
XCIII.
Que vienen en concorde movimiento Cubriendo las campiñas dilatadas. Los ánimos se turban al momento: Renuevan, con imperio estimuladas, Las populares iras su ardimiento; Frenéticos bramando, á las espadas Los jóvenes se arrojan; los ancianos Quejas murmuran entre lloros vanos.
XCIV.
La grita de la gente hiere al cielo Creciendo acá y allá vária y confusa, Como en los bosques al posar el vuelo Clamar el coro de las aves usa Entre el hojoso y apiñado velo; O como en el pecífero Padusa Miles de cisnes que le habitan, suenan En roncas voces, y el canal atruenan.
XCV.
De la ocasion asiendo que los hados Le dan, «¡Bien, ciudadanos!» Turno grita: «Consejo celebrad, y haced sentados Las alabanzas de la paz bendita, Miéntras sobre nosotros descuidados El taimado invasor se precipita!» Puertas afuera de la régia estanza, Sin esperar á más, raudo se lanza.
XCVI.
«Ház que el volsco escuadron se ordene ufano De sus señas en pos, Voluso, y guía Tú á los Rútulos,» dice;—«y en el llano Desplegad la veloz caballería, Oh Mesapo, y tú, Córas, con tu hermano. Avenidas y torres á porfía Defiendan otros; y conmigo ande Armado el resto á do mi voz lo mande.»
XCVII.
Correr se ve la poblacion entera A la muralla. Al mismo Rey anciano Obliga el triste lance á que difiera Aquel consejo, comenzado en vano, Y sus grandes debates. Que no hubiera Llamado en tiempo al adalid troyano Al reino, acreditándole por yerno, Mucho se culpa con lenguaje interno.
XCVIII.
Quiénes ante las puertas cavan fosas, Quiénes mueven estacas, y acarrean Piedras á empuje. A lides sanguinosas Instrumentos horrísonos vocean. Y ya, en vario cordon, madres y esposas, Y niños de tropel, largo rodean El muro. A todos en aqueste dia Llama el último trance y agonía.
XCIX.
Hácia el templo de Pálas, entretanto, Que entre sacros alcázares descuella, Se encamina la Reina: haciendo llanto Numerosas matronas van con ella Sus dones á ofrecer al Númen santo: Marcha á su lado la real doncella, Que inocente causó tantos enojos, Y no levanta los hermosos ojos.
C.
Inciensan, en subiendo á los umbrales, El templo, y el dolor que el pecho encierra Exhalan, de allí mismo en voces tales: «¡Arbitra omnipotente de la guerra! ¡Mira, oh vírgen Tritonia, á nuestros males! Al Frigio salteador derriba en tierra, Quiebra en su mano tú la arma homicida, Y ante esas puertas él la arena mida!»
CI.
Turno airado á su vez se arma á batalla: Con escamas de bronce á maravilla Cubierta, viste la rutulia malla; De áureas grevas ornó la pantorrilla (La sien áun no ha cuidado resguardalla); Ciñóse espada, y todo es oro, y brilla Rajando airoso del alcázar alto A anticiparse al enemigo asalto;
CII.
Cual, rotos los ronzales, sin que nada Se oponga en campo abierto á su albedrío, Vuela el corcel al pasto y la yeguada Huyendo del pesebre; ó hácia el rio En que los miembros refrescar le agrada, Erguida la cerviz, con ágil brío, Bufando va, y en ondas sobre el cuello Le juega, y por los brazos, el cabello.
CIII.
Acompañada de la volsca gente Camila al paladino se atraviesa Al paso, y ya en las puertas, reverente A tierra salta la gentil princesa: Dóciles á su ejemplo, incontinente Se apean los demas con fácil priesa; Y á hablar ella principia de esta suerte: «Turno, si un pecho que se siente fuerte,
CIV.
»Si un ánimo resuelto confianza Poner puede en sus fuerzas, yo de lleno Contrastar del Troyano la pujanza Prometo, y sola arrostraré al Tirreno. Deja que vaya á ejecutar venganza Mi diestra, y de peligros fausto estreno Haga esta vez en el combate duro; Y tú con los de á pié guarnece el muro.»
CV.
«¡Ornamento de Italia! ¡denodada Vírgen!» Turno á su vez exclama, puesta En la fiera doncella la mirada: «¿Qué gracias dignas, qué cortés respuesta Podré dar, á tu mérito adecuada? Mas ya que á todo riesgo estás dispuesta, Obremos de consuno. Enéas—sélo Por espías, y es voz que toma vuelo—
CVI.
»Ese Enéas malvado, en la llanura Gente á caballo, armada á la ligera, Mandó á escaramuzar; mas él la altura Solitaria del monte en tanto espera Vencer, y á la ciudad llegar procura. Yo en los senos del bosque una certera Emboscada pondréle, con soldados El sendero asediando á entrambos lados.
CVII.
»Tú al Tirreno, reuniendo tus pendones, Vé, y el fuerte Mesapo allá te siga, Te sigan los latinos escuadrones Y las bandas del Tíbur: la fatiga Partiremos del mando.» Con razones Tales como éstas á Mesapo instiga Tambien, y á sus aliados capitanes; Y marcha él mismo á coronar sus planes.
CVIII.
Hay del bosque en las vueltas, y al que tienda Celada allí, promete buen suceso, Un valle á quien con sombra apremia horrenda De un lado y otro matorral espeso: Conduce al valle una delgada senda, Angosta boca y peligroso acceso, Y le domina incógnita y secreta En la cima del monte una meseta.
CIX.
De alcázar sirve aquésta y de guarida Para bélico asalto, ó darlo quieras A derecha y á izquierda una salida Inopinada haciendo, ó ya prefieras Rodar guijarros de la cumbre erguida. Turno á aquellas regiones traicioneras Por caminos que él sabe, vuela, y presto Metiéndose en la selva toma puesto.
CX.
En tanto con la faz bañada en lloro, Allá en la altura la hija de Latona A Opis veloce, ninfa de su coro, Interesa en su afan, y así razona: «¡Doncella! de mis armas el tesoro Ciñe en vano Camila, y se abandona A una guerra cruel—Camila, aquella Que amo ante todas en mi corte bella!
CXI.
»Ni afecto es nuevo el que Dïana abriga Y así á dulzura singular la mueve. A su hija tierna de Priverno antiga Sacó, huyendo el furor de airada plebe, El tirano Metabo: amor le obliga A que por medio del tropel la lleve Consigo; y alterando de Casmila, Su madre, el nombre, la llamó Camila.
CXII.
»El destronado Rey por compañera En su destierro la llevó consigo: Conduciéndola en brazos va doquiera; Con ella de agrios montes sin abrigo Las yertas cimas prófugo supera. Le estrecha en torno armado el enemigo: Recorriendo los Volscos la campaña Por víctima le buscan de su saña.
CXIII.
»Hé aquí que en medio de su fuga un dia A la márgen llegó del Amaseno: El agua rebosaba; tanta habia Caido en recia lluvia. El turbio seno Quiso á nado pasar; mas, ¡ay! temia Por su carga preciosa: de afan lleno Todo á un tiempo lo piensa, y de repente Osado arbitrio avasalló su mente.
CXIV.
»Iba empuñando, á la guerrera usanza, Con nudos, y de sólida firmeza Que el humo examinó, disforme lanza: De silvestre alcornoque en la corteza Metió á la niña, al medio la afianza Del asta, y para el vuelo la adereza: Blande en mano robusta el arma al viento, Y esta plegaria eleva al firmamento:
CXV.
«¡Oh de los bosques, tú, frecuentadora, »Alma vírgen Latonia! esta hija mia »Consagro á tu servicio desde ahora: »Ella á dudosas auras hoy se fia »Perseguida y volando huye y te implora: »Tuya es, lleva tus armas; tú la guía, »Sálvala tú!» Y aquí con gran pujanza Doblando el brazo despidió la lanza.
CXVI.
»Suenan las ondas, y la pobre infante Pasa sobre la rápida corriente No en vano asida al asta rechinante. Metabo, que ya encima el tropel siente, Arrójase á las aguas, y triunfante, A un césped que vistió grama riente (¡Gran merced de la Diosa, alta fortuna!) Arranca el dardo con la intacta cuna.
CXVII.
»Vaga, y ni aldea ni ciudad le asila; Ni sufriera favor su índole brava: Al modo rudo que el pastor estila, Solitario en los montes habitaba; Y con feral sustento á su Camila En madrigueras hórridas criaba: Allí en sus tiernos labios, de bravía Yegua las ubres exprimir solia.
CXVIII.
»Y áun los pasos primeros no ha ensayado Con vacilante pié la tierna niña, Sin que á sus palmas él dardo aguzado Dé, y al hombro carcaj y arco le ciña; No, sin que en vez del manto y del tocado De oro que el lujo cortesano aliña, Desde la coronilla le suspenda Sobre la espalda, piel de tigre horrenda.
CXIX.
»¡Y qué era ver la bella cazadora Venablos impeler con breve mano, Ó en torno de las sienes zumbadora El honda sacudir, y al cisne cano Ó ya la grulla derribar que mora Orillas de Estrimon! En vano, en vano Cien tirrenas matronas para nuera Quisieron detenerla en su carrera.
CXX.
»Contenta con el culto de Dïana, Ni de las armas la atencion desvía, Ni la virginidad jamás profana A cuyo eterno amor su gloria fia. Oh! ¡quién me diera que en contienda insana No hubiese ella de entrar en este dia Con los Troyanos, y, á mi pecho cara, Con vosotras aquí me acompañara!
CXXI.
»Mas pues su acerba suerte se acelera, ¡Ea! cruzando la region vacía Tú al latino país baja ligera, Vé al campo donde lid se enciende impía Bajo auspicios infaustos, y quienquiera Sea el que ofenda de la ninfa mia Las carnes sacras, Ítalo ó Troyano, Pague el hecho á mis armas y á tu mano.
CXXII.
»Recíbelas al punto, y de esta aljaba Saca la flecha vengadora. A vuelo Yo el cuerpo de la triste en nube cava, Antes que le despojen, volverélo A la tierra que de hija tal se alaba, Y tumba le daré.» Dijo; y del cielo Opis se lanza en negro torbellino Y estruendosa en el aire abre camino.
CXXIII.
Hé aquí á los muros el unido bando De etruscos y troyanos caballeros En ordenadas haces va marchando: Huellan el campo indómitos y fieros Sacudiendo las bridas y bufando Los sofrenados brutos. ¡Cuál de aceros Erizados los llanos se estremecen, Y en puntas mil y mil arder parecen!
CXXIV.
Mesapo, en esto, enfrente á los Troyanos Asoma con los rápidos Latinos, Y el ala de Camila, y los hermanos Que mandan la legion de Tiburtinos: Van apretando en recogidas manos Largas lanzas, y blanden dardos finos: Acércanse, el furor que espiran crece, Y el bramar de los potros se enardece.
CXXV.
Cuando uno y otro ejército venido Hubo á tiro de dardo, ambos se paran: De ambas partes en súbito alarido Prorumpen, y al encuentro se preparan: Cada uno á su corcel de ardor henchido Anima con la voz; todos disparan Arrojadizas armas á porfía Cual densa nieve, y se oscurece el dia.
CXXVI.
Ante todos, Tirreno y el ardido Acónteo uno para otro van derecho, Lanza en ristre, y en hórrido estampido Estréllanse los dos. Pecho con pecho Este y aquel caballo en choque herido Se despedazan. Rueda á largo trecho Acónteo, de violenta sacudida, Y exhala al viento la infelice vida.
CXXVII.
Tál piedra que arrojó mural tormento Cae, así el rayo que estallando asuela. Turbáronse las haces al momento: Echa cada Latino su rodela A la espalda, y, cambiando el movimiento, El bando urbano hácia sus muros vuela: Como caudillo principal, Asílas En pos impele las troyanas filas.
CXXVIII.
Y ya llegaban á las puertas, cuando Veis que á la carga los Latinos gritan, De los brutos volviendo el cuello blando: A su turno los otros ejercitan La fuga, y vuelan rienda suelta dando. Dos veces los Toscanos precipitan Contra el muro á los rútulos guerreros, Dos, cubriendo la espalda, huyen ligeros.
CXXIX.
Lo mismo en el vaivén de la marea El ponto, ora se avanza á la campaña, Altos escollos espumoso albea, Apartadas arenas crespo baña; Ora retrocediendo raudo ondea, Y riscos que rodó su hirviente saña Torna á sorber bajando, y se repliega, Y las húmedas playas desanega.
CXXX.
Mas así que principian el tercero Encuentro, cada cual toma adversario, Y entra en calcada pugna el campo entero: Entónces fué el gemir, confuso y vario, Los que mueren; y arnes y caballero Nadar entre el estrago sanguinario Confundidos; y á par de los varones Semiánimes sucumben los bridones.
CXXXI.
Arrecia el batallar duro y ardiente. Orsíloco del miedo se aconseja De combatir con Rémulo de frente, Y tirando al troton, bajo la oreja Híncale un dardo. Empínase impaciente Con el acerbo hierro que le aqueja, Y de uno y otro brazo el aire azota Furioso el animal, y al dueño bota.
CXXXII.
Mata á Yólas Catilo; á Herminio mata, Alma grande, armas graves, cuerpo ingente: Desnudos cuello y hombros, se desata Undoso encima el oro de su frente: Golpes su cuerpo de esquivar no trata: ¡Tanto á la ofensa espacio da patente! Temblando en su ancha espalda el asta hundida Doblóle, de dolor, la larga herida.
CXXXIII.
Sangre acá y acullá negra se vierte, Nada el acero talador perdona, Y todos entre golpes van la muerte Buscando, que gloriosa los corona. En medio á tanto horror, activa y fuerte Ufánase Camila, de Amazona, La de aljaba gentil, la que desnudo Presenta un pecho en el combate rudo.
CXXXIV.
Y ya esparza la vírgen animosa Tantos astiles con que el aire llena, Ya el hacha de dos filos poderosa Esgrima, siempre á su hombro el arco suena, El arco de oro y armas de la Diosa. Ella, áun huyendo en la tendida arena, Vuelto el arco descárgale á deshora, Hiriendo atras con flecha voladora.
CXXXV.
Dan á la semidiosa compañía, Flor de Italia y su corte, la doncella Larina, y Tula, y la que en liza impía La ferrada segur, hiriendo, amella, Tarpeya audaz; á quienes ella habia Para formar su comitiva bella Elegido por damas auxiliares, Fuese en paz, fuese en bélicos azares.
CXXXVI.
Tal se ostenta, ya bata el Termodonte Helado, ya el peligro en la pelea Con armas vistosísimas afronte, La tracia hueste de Amazonas; sea Que á Hipólita circunden, ó que monte En su carro triunfal Pentesilea; La tropa femenil saltando agita Lunadas peltas, y en tumulto grita.
CXXXVII.
¿A quién, oh vírgen de marcial talante, Primero acometiste, á quién postrero? ¿Cuántos tu diestra derribó triunfante?— Fué Euneo, hijo de Clicio, á quien, primero, Largo abeto en el pecho por delante Ella hundió. Cae el mísero guerrero, Muerde el polvo, y muriendo, en sangre propia Revuélcase, vertida en larga copia.
CXXXVIII.
Luégo á Líris embiste y á Pagaso Aquél, miéntras la brida asir pretende, Con su troton cayendo; estotro, al paso Que acude, y al caido amigo tiende La inerme diestra, en súbito fracaso Ruedan: sobre ambos á la par desciende Golpe mortal. Camila con su lanza A Amastro, hijo de Hipota, en pos alcanza.
CXXXIX.
Tendiendo todo el cuerpo, amaga, estrecha A Harpálico en seguida y á Tereo, Y á Cromo y Demofonte. Cuanta flecha Ella envía, obediente á su deseo Mata un Frigio, ya á izquierda, ya á derecha. Allá léjos en tanto á Órnito veo En su caballo yápigo de caza Moverse, armado en desusada traza.
CXL.
Cubre sus anchos hombros recio cuero De novillo: encajadas las ingentes Fauces de un lobo, nuevo aspecto y fiero Con las quijadas y albicantes dientes, Dan á su rostro. Un esparon grosero Menea. Entre los otros combatientes Revuélvese, y á todos su cabeza Sobra, abultada de animal fiereza.
CXLI.
Cogió ella al cazador, ni afan le cuesta En hueste desbandada. «¡Y qué, Tirreno! ¿Piensas,» dice, «que aquí cazar te es fiesta Monstruos, cual de las selvas en el seno? Tiempo es que de armas de mujer respuesta Lleven tus voces. Ni de gloria ajeno Vas á la sombra de tu padre: díla Que á manos sucumbiste de Camila.»
CXLII.
Habló así, mal contenta su venganza Con traspasarle el pecho. Y luégo humilla, Troyanos ambos de feroz pujanza, A Orsíloco y á Bútes. Donde brilla La tez del cuello, que á cubrir no alcanza Pendiente á izquierda del broquel la orilla, Entre el yelmo y loriga del jinete, Allí á Bute, en su fuga, el hierro mete.
CXLIII.
Busca ambicioso en circular corrida Orsíloco, á su vez, á la guerrera: Sigue ella al mismo de quien es seguida, En órbita menor huyendo artera; Y descarga sobre él, volviendo erguida, Hacha tremenda: ruegos él reitera; Golpes ella, y las armas párte y huesos; Cubren la hendida faz calientes sesos.
CXLIV.
A parar cerca de ella entónces vino, Y espantado suspéndese, el guerrero Hijo de Auno, habitante de Apenino, Que entre Ligures ya no fué el postrero Miéntras sus fraudes protegió el destino. Ve que huir no le es dado el trance fiero, Y ve tambien que de apartar no hay traza A la Reina cruel que le amenaza.
CXLV.
Arbitrios á idear comienza astuto, Y dice: «Quien te aplaude, ¡oh cuánto yerra! No tú, mujer, mas tu arrogante bruto Autor es de tu gloria. Vén; mas cierra El camino á la fuga: á pié disputo Con las armas el campo: ambos á tierra Saltemos, y veamos, frente á frente, Si esa gárrula fama triunfa ó miente!»
CXLVI.
Sintió del pundonor punzada aguda Camila; da el caballo á una escudera, E igualando las armas, con desnuda Espada, y parma sin divisa, espera. El mancebo del éxito no duda De su artificio, y huye: de ligera Riendas ha vuelto, y con la espuela dura Al veloz alazan volando apura.
CXLVII.
«¡Falso ligur! en vano el triunfo cantas De las perfidias que aprendiste! en vano Soberbio esperas que artimañas tantas A tu padre falaz te vuelvan sano!» Dijo la vírgen; con aladas plantas Pasa, cual rayo, al fugitivo, y mano, Delante del caballo que volaba, Al freno pone, y del jinete traba.
CXLVIII.
Y allí en la sangre de él venganza toma, Con la facilidad con que en el cielo, Desde alto pico abalanzado, asoma, Ave sagrada, el gavilan, y á vuelo Alcance da á la tímida paloma Sobre las nubes: cae la sangre al suelo, Miéntras él las rapantes uñas ceba, Y las plumas que arranca, el viento lleva.
CXLIX.
No con ojos en tanto indiferentes, Sentado en alto en el Olimpo, mira Trabados en la lid los combatientes El Padre universal; y á nueva ira Mueve á Tarcon, que en ímpetus furentes Arde, á caballo entre el estrago gira, Y viéndolas cejar, habla á sus bandas En voces ora fieras y ora blandas.
CL.
Por sus nombres ya á aquél, ya á éste apellida, Y el desigual combate restablece. «¡Tirrenos sin pudor! ¿qué os intimida? ¿Nunca será que á demostrarse empiece Nuestro viejo furor? Que de vencida Os lleve una mujer ¿no os enrojece? Si para huir vinisteis, compañeros, ¿A qué empuñar inútiles aceros?
CLI.
»No así de Vénus combatir os cuesta En la nocturna lid. ¡Cuán de otro modo Saltais de Baco en la ruidosa fiesta Al són de corva flauta! ¡Id—si ese es todo Vuestro placer, si vuestra gloria es ésta— Rondad las mesas del festin beodo, Miéntras bien el augur os pronostica, Y os llama al alto bosque la hostia rica!»
CLII.
Dijo así, y á morir con gloria atento, Pica el caballo, en el tropel se lanza, Y á Vénulo arremete turbulento: Con poderosa diestra le afianza, Y, arrancando al jinete de su asiento, Abrázale ante sí con gran pujanza. Vuela. Gritos de asombro el aire hienden, Y allá, todos allá la vista tienden.
CLIII.
Vuela, armado llevándose un guerrero, Flamígero Tarcon por la llanura; Y tróncale la lanza, y va ligero Resquicios requiriendo á la armadura Por do llegue de muerte al prisionero. Mas éste rebelándose procura Apartar de su cuello la amenaza, Fuerza opone y la fuerza hostil rechaza.
CLIV.
Como al dragon que se arrastraba en tierra Fiera arrebata un águila rojiza, Y vuela en alto, y con los piés le aferra, Y las sangrientas garras encarniza; Llagado el monstruo se retuerce, y cierra Las nudíferas roscas, y se eriza Con rígidas escamas, y su boca Silba, y erguido á su opresor provoca;
CLV.
El ave en tanto de afligir no cesa Con corvo pico á la hidra reluchante, Y el aire con las alas bate ilesa: Arrancando con ímpetu triunfante Del tiburtino campo, así su presa El tirreno Tarcon lleva delante. Movidos de su ejemplo y suerte buena Tornan los Lidios á la ardiente arena.
CLVI.
Arrunte, á quien por suyo el hado sella, Ganándola de mano, hábil espía Con dardo á punto á la veloz doncella, Y busca al golpe fiero fácil via. Si furiosa enemigos atropella En medio de la bélica porfía, Él vuelve allá solícitas miradas Y le sigue callando las pisadas;
CLVII.
Y si es que ella á su campo victoriosa Torna el paso, tras recias embestidas, Él entónces allá con insidiosa Mano convierte las ligeras bridas. En su mañera ronda no reposa, Las entradas tentando y las salidas En largo giro, y con secreto gozo Blande el asta certera el cauto mozo.
CLVIII.
En tal sazon en medio á los tropeles Con frigias armas luce rico y fiero Cloreo, consagrado ya á Cibéles, En bridon espumoso caballero: En oro entretejidas cubren pieles, Emplumadas de láminas de acero, Su caballo; y él mismo se engalana Con los esmaltes de extranjera grana.
CLIX.
Cretenses flechas lanza cuando tiende El arco licio: al hombro el arco de oro Tiémblale al vate, y de oro el casco esplende Su clámide amarilla, y el sonoro Undívago ropaje anuda y prende En áurea joya; bárbaro tesoro Muslo y pierna guarnece, y de la aguja La arte sutil su túnica dibuja.
CLX.
Tras éste corre, pues, la vírgen, ora Colgar quiera sus armas por trofeo Al templo, ó ya vestir, de cazadora, Cautivo el oro del vistoso arreo. Mujeril impaciencia la devora, Y en manos, ¡infeliz! de su deseo, En la confusa lid con alma y ojos Tras esa presa va y esos despojos.
CLXI.
Arrunte, la ocasion llegada al dolo, El dardo aparejado, oró ferviente: «¡Oh tú, á quien los Hirpinos como á solo Dios del Soracte protector, la frente Humildes inclinamos, almo Apolo! Tú en cuyo honor cien pinos luz viviente En piras dan; y á cuya sombra santa Ascuas hollamos con segura planta!
CLXII.
»¡Númen de alto poder! préstame oido: Matar á esa mujer, que es nuestra afrenta, Concede á nuestras armas. Nada pido Del triunfo para mí: ni tengo cuenta Con los despojos, ni del prez me cuido; Mi nombre de otros hechos se alimenta. ¡Ella caiga, ella muera! más no anhelo; Y vuelva yo inglorioso al patrio suelo!»
CLXIII.
Parte oyó, y á la alada ventolina Parte de la plegaria Febo entrega: Que con muerte el mancebo repentina Postre á la vírgen arrojada y ciega, A eso la oreja y voluntad inclina: Que á su alta patria torne, eso le niega Al suplicante, y este dulce voto La borrasca le alzó, robóle el Noto.
CLXIV.
Silba el dardo en el viento. En ese instante Todos los Volscos con espanto mudo Fijan de su señora en el semblante Ojos y mente. Ella saber no pudo De viento, silbo, ni asta amenazante, ¡Ay! hasta que llegó bajo el desnudo Izquierdo pecho á hincarse el hierro aleve, Y la virgínea sangre entrando bebe.
CLXV.
A recibir acuden á porfía A la Reina temblando sus doncellas. Con mezcla de terror y de alegría Se hurta, ante todos, á la vista de ellas Arrunte desalado: ya no ansía Astuto perseguir ajenas huellas; Sin que de más que de escapar se acuerde, En medio del tumulto huye y se pierde.
CLXVI.
Así aquel lobo que en el campo deja A un gran novillo, ó al pastor, sin vida, Cobarde al punto del lugar se aleja, El alcance temiendo, en presta huida; La conciencia del hecho audaz le aqueja; Medrosa bajo el vientre recogida Vuelve la cola, y sin mirar por dónde En marañada selva entra y se esconde.
CLXVII.
Entre tanto la vírgen moribunda Arranca con la diestra el dardo hundido; ¡En vano! entre los huesos con profunda Llaga se ceba el hierro encrudecido. Sombra de muerte su mirada inunda, Fáltale ya la sangre y el sentido, Y la color que tuvo purpurina Desaparece de su faz divina.
CLXVIII.
Ser llegada sintió su hora postrera, Y á Acca se vuelve, de su corte dama, En leales afectos la primera, En cuya fe su corazon derrama. «¡Acca!» dice, «¡mi dulce compañera! Ya se acabó de mi vivir la llama, A esta llaga no esperes que resista; ¡Toda es en torno oscuridad mi vista!
CLXIX.
»Vé, y dí á Turno mi anhelo postrimero: Que ocupe mi lugar, y á los Troyanos De la ciudad repela.—¡Adios! ¡yo muero!» Calla, y huyen las riendas de sus manos; Fria ya, desmayado el cuerpo entero, Sucumbe renunciando á esfuerzos vanos, Y el blando cuello y la sagrada frente Reposa al fin la vírgen falleciente.
CLXX.
Al reino de las sombras con gemido Huyó el alma indignada. En tal momento Se alza del campo unísono alarido Las estrellas á herir del firmamento. Al caer la heroína, más reñido Empéñase el combate. Ciento á ciento Embisten á una vez con altas voces Teucros, Tirrenos, Arcades veloces.
CLXXI.
De la Diosa ministra vigilante, Impávida testigo de la liza Sentada en alto monte allá distante Ópis mirando está la horrenda riza. Mas viendo en el tropel vociferante La sentenciada Ninfa que agoniza, Su conmovido pecho no consiente Moderacion, y clama en voz doliente:
CLXXII.
«¡Pobrecita de tí! porque contraste Hacer quisiste á la nacion troyana, ¡Oh, en qué modo cruel tu error pagaste! ¡Cuán cara te costó la guerra insana! ¡En vano desde niña fiel honraste En solitarias grutas á Dïana! ¡En vano por las selvas dando asombro Nuestro arco y flechas suspendiste al hombro!
CLXXIII.
»Consuélate; no á muerte desastrosa A tí tu Reina abandonar pudiera; De gente en gente sonarás famosa, Y la mancha de inulta no te espera: Gloria y venganza te dará la Diosa, Gloria y pronta venganza; ¡oh, sí! quienquiera Que haya sido el autor de tu desgracia, Yo vengo al campo á castigar su audacia!»
CLXXIV.
La tumba de Derceno, de Laurento Antiguo rey, del monte al pié se empina En que Ópis vigilaba, monumento De amontonada tierra, que una encina Con sombra amiga cubre. En un momento Su vuelo gentilísimo declina Agil la Diosa allá, y en lo alto puesta A Arrunte busca con mirada presta.
CLXXV.
Con su marcial espléndido atavío Marchar le ha visto, en vanagloria hinchado; Y «¿A dónde, á dónde vas con tal desvío? Revuelve,» dice; «¡aquí te llama el hado! Matador de Camila, yo te fio Que llevarás el galardon ganado; A tí, tambien á tí se ha dado en suerte De armas divinas recibir la muerte!»
CLXXVI.
Y habiendo del carcaj, que de oro es hecho, Sacado una saeta alada, apunta No sin ira la Ninfa, á largo trecho Tendiendo el arco, hasta que comba y junta Entre sí los extremos ante el pecho, Y, ambas manos en línea igual, la punta Tocando está del hierro con la izquierda, Y el seno con la diestra y con la cuerda.
CLXXVII.
El disparado arpon que rasga el viento Sintió Arrunte, y á par del estallido, En sus carnes el hierro entrar violento. No alcanzó de los suyos sino olvido, Que en medio de revuelto campamento Lanzar le dejan el postrer gemido Sobre el polvo ignorado. Alzando el vuelo Ópis veloz restituyóse al cielo.
CLXXVIII.
De Camila la banda á triste huida Se entrega: ya los Rútulos turbados, Ya Atina, el valeroso, ha vuelto brida. Sin jefes, sin enseñas los soldados Al muro corren á buscar guarida, A escape, por los Teucros acosados, De muerte perseguidos. No hay quien mueva Armas en contra ni á esperar se atreva.
CLXXIX.
Aliento, sólo para echar, les queda, Al hombro el arco laxo: el suelo duro Baten los cascos voladores: rueda Del campo á la ciudad turbion oscuro. Las matronas la infausta polvareda Ven, rompiéndose el pecho, desde el muro: Agudo sube el femenil lamento Las estrellas á herir del firmamento.
CLXXX.
Aquellos mismos que patente entrada Hallan, yendo adelante, no por eso Evitan de la turba encarnizada Que envuelta en el tropel los sigue, el peso. Tal hubo á quien alcance dió la espada Ya en el umbral, á do llegaba ileso, Y en la patria ciudad, recien llagado, Va á morir de su hogar en el sagrado.
CLXXXI.
Mas de la plaza al ver los guardadores Que amigos y enemigos junto llegan, Puertas danse á cerrar, y á los clamores No osan ceder de los que ansiosos ruegan. Nacieron del terror ciegos furores: Estos, armas en mano, el paso niegan; Con las suyas abrirlo aquéllos quieren, Y en choque horrendo asaz matan y mueren.
CLXXXII.
Los exclusos, que en vano buscan senda (Espectáculo fiero á los llorosos Padres), ó urgidos de presion tremenda Caen despeñados en los hondos fosos, O contra la muralla á toda rienda Arrójanse á estrellarse impetüosos, Y los ferrados postes acomete La ciega masa con furor de ariete.
CLXXXIII.
Desde el muro matronas y doncellas Negras púas y recios leños tiran, Si aceros faltan, y á seguir las huellas De la Amazona intrépidas aspiran. Puro amor de la Patria tanto en ellas Hace, que sólo á defenderla miran Tendiendo el cuerpo, y cada cual espera Morir en el empeño la primera.
CLXXXIV.
En este medio allá en los escondidos Senos del bosque á Turno desconcierta Nueva cruel que lleva á sus oidos Acca en gran turbacion:—Camila, muerta: Los Volscos, destrozados, destruidos: Del enemigo la victoria, cierta; Suyo el abandonado campamento: El terror á las puertas de Laurento.
CLXXXV.
El mancebo al instante ardiendo en ira (No sin que á ello en su daño le persuada La voluntad de Jove) se retira Del agrio bosque y pérfida celada. A tiempo que él de nuevo á sus piés mira Dilatarse los llanos, la evacuada Montaña Enéas penetró, la altura Supera, y sale de la selva oscura.
CLXXXVI.
Raudo uno y otro á la ciudad camina; No muchos pasos entre sí distantes Y en órden van. La hueste laurentina Y de polvo los campos humeantes Delante Enéas ve: que él se avecina Turno advierte á su vez; de los infantes Ha sentido el concorde movimiento Y de los potros el fogoso aliento.
CLXXXVII.
Y al combate principio allí se diera, Si, á par que el hemisferio desampara, No ya el rosado Febo en la onda ibera Sus cansados cabellos recreara. Abriendo de la noche la carrera Fallece el dia, y sin su lumbre clara Deja á entrambos ejércitos, los cuales Cercando el muro asientan sus rëales.