LIBRO OCTAVO.
Miguel Antonio Caro translation
I.
Así que de la guerra el estandarte Turno en su alcázar tremoló en Laurento, Y con ronca trompeta á toda parte El alarma llevó, y en movimiento Sus potros puso y el tropel de Marte, Los ánimos se turban al momento, Todo el Lacio á su voz tiembla y le imita, Toda la juventud arde y se agita.
II.
Por sumos jefes van Mesapo, Ufente, Y aquel que de los Dioses se reia Mezencio audaz: de agricultora gente La campaña doquier dejan vacía, Recursos rebatando. Incontinente A Vénulo sagaz allá se envía Do el gran Diomédes asentó su corte, Que anuncios lleve y de él favor reporte.
III.
Cómo con frigias naves ha llegado Al Lacio; cómo ocupa la ribera Con sus vencidos Dioses, y del hado Corona y triunfos en el Lacio espera El troyano adalid; cómo á su lado Muchos corren, y, nuncio á su bandera, Toma el dardanio nombre alas de fuego: Esto el embajador dirále al Griego.
IV.
Más que el rey Turno y más que el rey Latino, Dirále, en fin, mirar él mismo debe A donde á ese invasor, si con destino Propicio entrare, fácil es le lleve De ambiciosas conquistas el camino. Sabe en tanto que el Lacio se conmueve, Y fluctúa en revuelto mar de ideas Con zozobrante afan mísero Eneas.
V.
Va, y viene, y torna el ánimo agitado, Tienta todo y no pára en una cosa: Así un rayo de luz del sol dorado O la alba luna, vibra y no reposa Sobre jarron de bronce reflejado, En que diáfano líquido rebosa; Trémulo, acá se anima y allá muere, Sube, y los altos artesones hiere.
VI.
Es de noche: en los árboles y en tierra Mudas yacen las aves y ganados; Letárgico placer sus ojos cierra. En tanto Enéas, presa de cuidados, Lleno del pensamiento de la guerra, Rindió á tardío sueño los cansados Miembros, del cielo bajo el dombo frio, En las amenas márgenes del rio.
VII.
Y hé aquí de entre la plácida corriente Y pompa de los álamos umbría Al Dios que guarda el Tibre, el Rey durmiente Vió alzarse venerable, y que vestia Cendal verdoso, y en su anciana frente A las húmedas crines retejia Oscuras juncias. Habla, y de esta suerte Consuelo el Númen y esperanzas vierte:
VIII.
«¡Hijo de diva estirpe soberana, Salve! tú, que arrancada al enemigo Nos restituyes la ciudad troyana, Y á Pérgamo inmortal llevas contigo! Ya sus muros á tí Laurento allana, Y á tí sus campos abre el Lacio amigo. Nada temas de próximos combates; Que patria al fin tendreis tú y tus Penates.
IX.
»Calmóse de los cielos la tormenta, Y hechos abonan la palabra mia; Que aquí una hembra de cerdo corpulenta Pronto verás entre robleda umbría, Con treinta lechoncillos que alimenta, Alba, en torno á sus ubres la alba cria; Y aquí podrás, alzando al patrio muro, De afanes tantos descansar seguro.
X.
»Treinta años pasarán, y Ascanio ufano Fundará, coronando tu destino, La ilustre basa del poder albano. Apacibles verdades adivino; Ilusiones no son de sueño vano. Mas cómo por ahora abrir camino Te cabe de tu triunfo al cumplimiento, Diré en breves razones; oye atento:
XI.
»Los Árcades habitan este suelo, Que nietos de Palante, acompañaron Aquí á Evandro, su rey, con fiel anhelo Siguiendo su pendon: sitio adoptaron, Y con nombre sacado del abuelo La ciudad Palantina edificaron Sobre los montes. Ellos de contino En guerra están con el poder latino.
XII.
»Tu campo hermana con el suyo, y liga Trata con ellos de amistad sincera. Fácil á par de mi ribera amiga Yo he de llevarte en direccion certera, Tál que venzan subiendo sin fatiga Tus remos mi raudal. Tú á la primera Luz del dia, con votos y con preces Vé de Juno á amansar las altiveces.
XIII.
»Cuando conquistes del valor la rama Gracias tributarás al poder mio. Yo soy aquel que hoy miras cuál derrama Su caudal sobre fértil señorío; Soy el cerúleo Tibre, ilustre en fama Y de los Dioses predilecto rio: Aquí en grandioso alcázar me solazo; Nobles ciudades en mi cuna abrazo.»
XIV.
Dijo el rio, y se hundió cual si buscara El hondo lecho. Á un tiempo se retira La noche en ese instante, y desampara El sueño á Enéas. Yérguese él, y mira Ya en oriente del sol la lumbre clara; Y agua cogiendo (Religion le inspira) Alzala de las palmas en el hueco, Y así con llena voz anima el eco:
XV.
«¡Vos, Ninfas de Laurento (en quien los rios Hallan, raza gentil, su ilustre oriente), Y oh padre Tibre de raudales pios! A Enéas acoged, y de su frente Clementes apartad golpes impíos! Doquier escondas tu sagrada fuente, Doquiera, ¡oh bello Dios! secreto mores, Tú apiadado calmaste mis dolores.
XVI.
»De mí por siempre en himnos bendecido Serás, y honrado con perpetuos dones, ¡Tú, de cuernos undívagos ceñido, Rey de rios de Italia en las regiones! Sólo espero me asistas, sólo pido Que ratifiques ya tus predicciones.» Dijo; y dos barcos de su flota alista, Y gente hecha á bogar, de armas provista.
XVII.
En este punto; (¡oh místicas señales!) Cándida hembra de cerdo con sus crias Enéas ve, que, en la color iguales, Se han tendido en las márgenes umbrías Sobre la verde hierba. Ofrendas tales El troyano adalid con manos pias Te hará, ¡máxima Juno! Ya ante el ara Dones presenta, y con la grey se pára.
XVIII.
Y el Tibre, que bajó la noche entera Hinchado, su corriente á la mañana Con reflujo suavísimo modera Y como estanque plácido la allana, Y abre á las quillas próspera carrera. Con gozoso rumor la caravana Ya remos bate, y sobre el fondo quieto Fugaz resbala el embreado abeto.
XIX.
Los árboles se asombran de la orilla Viendo venir por el cristal sereno La pintoresca copia, y cómo brilla Distante con las armas de su seno. Dia y noche bogando la escuadrilla El rio sube de recodos lleno; En selvas laberínticas se pierde, Y cruza en ledo giro el bosque verde.
XX.
En medio ya de su radiante vuelo Ardia el sol, cuando avistó el Troyano Muros y alcázar, blanco á su desvelo, Y casas esparcidas, que el romano Poder más tarde levantó hasta el cielo; Que era Evandro modesto soberano, Y modesta su corte. Apriesa inclinan Las proras ya, y á la ciudad caminan.
XXI.
Solemnes por ventura en aquel dia El Rey árcade honores tributaba, Antes de la ciudad, en selva umbría, Al semidios de la invencible clava. Allí Palante, hijo del Rey, se via, Rudo senado y juventud no esclava, Incesando á los Númenes. Gotea Caliente sangre y ante el ara humea.
XXII.
Ellos, viendo que fáciles ascienden Por entre el bosque opaco altos navíos, Y hombres que, al parecer, los brazos tienden Sobre los remos con callados bríos, La ceremonia con temor suspenden; Levántanse. Culpables descarríos Palante audaz reprime, y el acero Empuña, y al peligro va ligero.
XXIII.
Ya de un alto estas voces firme envía: «¿Quiénes, mancebos, sois? ¿Cuál clima esconde Vuestra cuna y orígen? ¿Quién por via Tan desusada os impelió, y á dónde? ¿Paz, ó guerra traeis? ¿Qué intento os guia?» En pié sobre la popa así responde Enéas á Palante, y en la diestra Rama de oliva, alegre anuncio, muestra:
XXIV.
«Hijos somos de Troya peregrinos, Y aquestas armas que confuso admiras, Armas contrarias son á los Latinos, Que nos rechazan con rebeldes iras. Ver ansiamos á Evandro: á sus destinos Unir los nuestros, con leales miras Proponemos Dardanios principales. Tal pedimos; tú lleva anuncios tales.»
XXV.
Pásmale el nombre que oye, y,«¡Vén conmigo!» Palante dice, «vén, quienquier tú seas, Donde hables á mi padre, y al abrigo De mis Penates hospedado seas.» Tómale de la mano, y como amigo En las suyas retiene la de Enéas; Y enselvándose juntos se desvían Del Tibre, y hácia el Rey los pasos guian.
XXVI.
Manso á Evandro habló Enéas: «Ofrecerte La verde rama de ínfulas vestida, ¡Oh el mejor de los Griegos! hoy la suerte Me depara feliz. Ni me intimida Arcade y jefe á tí de Dánaos verte Y consanguíneo de uno y otro Atrida. Hanme traido oráculos sagrados, Y mi propio querer y el de los hados;
XXVII.
»Y tu fama tambien, que espacio luengo Discurre por el mundo; y la lejana Comun raíz que con tu raza tengo: Padre y autor de la ciudad troyana, Hijo Dárdano fué, nuestro abolengo, De Electra (en Grecia tradicion anciana Lo acredita); hija Electra fué de Atlante, Que á cuestas lleva el fuego rutilante.
XXVIII.
»Mercurio, de otro lado, es vuestro abuelo, Que de Maya gentil nacido un dia, Por vez primera de la luz del cielo Gozó en la cumbre de Cilene fria; Y, si ya sin incrédulo recelo En arraigada tradicion se fia, Hija Maya es de Atlante, el mismo Atlante Que á cuestas lleva el cielo rutilante.
XXIX.
»Así un tronco en dos vástagos se parte, Y una sangre tenemos. Con legados No me anuncié, por eso, ni con arte Pretendí tu amistad tentando vados; Mas yo mismo en persona, aquí á obligarte Ocurro al corazon de tus Estados. Y es comun nuestro honor: la Daunia gente Tú y yo tenemos enemiga enfrente.
XXX.
»¿Y quién no ve que si ella nos extraña, El territorio entero á la coyunda Humillará de su arrogante saña, Y el mar que á Hesperia superior inunda Suyo será, y el que inferior la baña? Mutua fe dos ejércitos confunda: Por mí, aporto á la union de ambos pendones, Sufridos y valientes corazones.»
XXXI.
Habló Enéas: Evandro larga pieza, Miéntras hablaba, con afan prolijo Mírale de los piés á la cabeza, Y «¡Oh el más valiente de los Teucros!» dijo: «¡Con qué placer (pues con cabal certeza Quién eres contemplándote colijo) Te doy mis brazos! En tu faz, tu acento Miro á tu ilustre padre, á Anquíses siento.
XXXII.
»Yo recuerdo que á Hesíone su hermana Visitando, y su corte, en Salamina, Por la Arcadia pasar, de nieves cana, Príamo quiso. Con su flor divina Me arrebolaba juventud temprana. ¡Cuánto á la comitiva peregrina Admiré entónces! Mas Anquíses era Entre nobles figuras la primera.
XXXIII.
»Yo hablarle y estrechar su mano ansiaba, Jóven el alma y de entusiasmo henchida; Llegué, y al muro que el Feneo lava, Oficioso llevéle. A su partida Licias saetas y una insigne aljaba Y una clámide de oro entretejida, Y dos frenos me dió, tambien de oro, Que hoy de Palante son gala y tesoro.
XXXIV.
»En fin, cual lo pedís, la mano mia Os doy en prenda de amistad sincera. Y á fe que al primo albor del nuevo dia Ireis con los auxilios que mi esfera Consiente. Con partícipe alegría (Pues dilatarlo más delito fuera) A celebrar en tanto yo os convido Este anual sacrificio interrumpido.
XXXV.
»Y desde hora á un festin y á unos altares Mostraos á concurrir á nuestro lado.» Dijo; alejados vasos y manjares Pide; céspedes da de herboso estrado Por sillas á los nuevos auxiliares; Y á Enéas en lugar privilegiado Rústico solio de arce y piel lanuda De soberbio leon, brindar no duda.
XXXVI.
Y jóvenes selectos, y del ara Canos ministros, traen en seguida Entrañas que el divino fuego asara, Cestas do con su dón Céres convida, Tazas do su caudal Baco depara. Enéas y su guardia, allí tendida, Lomos de un buey entero, trozos hacen, Y consagrados intestinos pacen.
XXXVII.
Calmada el hambre, que ávida devora, Evandro dijo así: «No rito vano, No vil supersticion, despreciadora De antiguos dioses, fué, huésped troyano, Quien el solemne altar que ves ahora Y estas mesas alzó por nuestra mano; Fué justa gratitud: piadoso culto Rendimos, salvos ya de fiero insulto.
XXXVIII.
»¿Ves esa roca en peñas sustentada Y tanta piedra en torno desparcida, Y desierta del monte la morada? ¿El estrago no ves que en su avenida Hicieron recias moles? Tu mirada Contempla la recóndita guarida, El antro hondo de quien huésped era Caco, mitad humano, mitad fiera.
XXXIX.
»No visitó su lóbrego recinto El sol: siempre de víctimas recientes Estaba el suelo con la sangre tinto; Y en las puertas terríficas pendientes Gustaba ver su criminal instinto Torvas cabezas. De su boca ardientes Humos lanzaba, de Vulcano prole El monstruo, al menear su inmensa mole.
XL.
»Trayéndonos, al fin, un sér divino, El tiempo coronó nuestro deseo: Máximo vengador, despues que al trino Gerïon humilló, con el trofeo Riquísimo ufanado, Alcídes vino Rigiendo en victorioso pastoreo Ganado hermoso, y vímosle guialle A par de este almo rio, en este valle.
XLI.
»Cuatro toros proceros, porque nada Sin ensayar dejase en fraude ó crímen, Y cuatro vacas hurta á la majada Caco sagaz, y de su cueva al límen Tíralos por la cola: revesada La senda, huellas sin concierto imprimen; Así, quienquiera que á buscarlos pruebe, Rastro no habrá que á término le lleve.
XLII.
»Entre tanto á partir apercibido, Amenazaba Alcídes su ganado Repleto asaz, que con mayor bramido Ya aqueste deja atras, ya aquel collado: Estremece los bosques el gemido Por quejumbrosos ecos dilatado, Y una novilla en la caverna honda Da un gran mugido que á la grey responda.
XLIII.
»Así un lamento de la res esclava La esperanza burló, turbó el sosiego Del tirano raptor. En furia brava Hércules todo enardecióse, y ciego Arrebatando la nudosa clava, A la cumbre del monte corre luégo; Y por primera vez Caco en los ojos Mostró terrores en lugar de enojos.
XLIV.
»Y huye, vuela al sagrado de su gruta Más que el Euro veloz; de alas le dota Los piés el miedo que la faz le inmuta: Huye, y se esconde, la cadena rota Que á la entrada suspende piedra bruta: (Merced del padre, que en edad remota Forjó los eslabones); y la puerta El soltado peñon deja cubierta.
XLV.
»Murado el monstruo, el héroe que el camino Le seguia, llegó de rabia insano; Mira acá, torna allá, perdido el tino, Los dientes cruje, y su furor es vano. Él tres veces da vuelta al Aventino, Tres veces él con vengadora mano Entrada busca sin que modo halle, Y tres rendido se sentó en el valle.
XLVI.
»El dorso coronando de la cueva Hubo á dicha una roca agreste, aguda, Que á los ojos altísima se eleva De contornos simétricos desnuda: Infausto alado ejército la aprueba Porque á hacer nidos en su cumbre acuda; Y ella propia hácia la onda tiberina, Que á izquierda huyendo va, mira y se inclina.
XLVII.
»Fuerte y mañoso, por el diestro lado Opuesto Alcídes al peñon, ensaya Moverlo, y de raíz desencajado, Ya sin que estorbos á sus fuerzas haya, Empújalo: con eco prolongado El aire en torno retumbó; la playa Tiembla oprimida por la enorme piedra Y medroso el raudal salta y se arredra.
XLVIII.
»En su palacio y lóbrega caverna Caco al punto aparece á descubierto, Cual si en su fondo la region inferna Mostrase el suelo de repente abierto, Y las sombras de aquella Noche eterna Que aborrecen los Númenes, incierto De luz un rayo penetrara, y ése A los Manes de asombro estremeciese.
XLIX.
»Sorprendido en su cóncavo agujero, Viendo la claridad que se derrama Intempestiva á denunciarle, fiero En modo inusitado Caco brama: Tírale dardos Hércules ligero Del borde, y armas en su auxilio llama De toda especie, porque al monstruo oprima: Ramos, disformes piedras le echa encima.
L.
»Ya perdida de fuga la esperanza, Caco (¡nuevo prodigio!) en su defensa Columnas de humo de las fauces lanza, Y el ámbito entoldando en nube inmensa. Roba á los ojos cuanto á ver se alcanza, Y une fuego siniestro y sombra densa En caótico horror. Mas sus ardides No acobardaron el valor de Alcídes.
LI.
»Ántes él donde ve que más agita Ondas el humo, y más su hervor enciende El negro abismo, allí se precipita Con salto audaz: entre sus brazos prende Al que incendios inútiles vomita, Y vigoroso le comprime, y hiende Seca de sangre la feroz garganta Y los hórridos ojos le quebranta.
LII.
»Y volcada la puerta, al claro dia Las reses y rapiñas que el perjuro Guardaba y pertinaz negado habia, Salen: crece el concurso: al aire puro Arrastran por los piés la mole fria; Ni se hartan de mirar el rostro, el duro Gesto, y pecho cerdoso cual de fiera, Y extinta la garganta que fué hoguera.
LIII.
»Desde entónces, cual ves, el beneficio Grata celebra en cada aniversario Cada generacion. Autor Poticio Fué del culto de Alcídes, y el Penario Linaje guarda el religioso oficio. Él puso en este hojoso santüario Esa ara, que por máxima tenemos Siempre, y siempre por máxima tendremos.
LIV.
»¡Ea! de hojas ceñida la cabeza, Alzad los vasos y verted del vino, Honrando, amigos, la feliz proeza, É invocad todos á Hércules divino Que á todos cubre con igual largueza.» Dijo el Rey; y entre verde y blanquecino, Caro, el álamo, al Dios, vistió las frentes Con sombra circular y hojas pendientes.
LV.
Y llenando la diestra el cáliz santo, Liban todos con rostro placentero, Y á los Dioses invocan. Entre tanto El Héspero, rodando el hemisfero, Enciende su fanal. Y ya con manto De piel, los sacerdotes (el primero Poticio) marchan, por ritual costumbre Llevando en hachas la sagrada lumbre.
LVI.
Renuévase el banquete: los presentes De gratísimos dones y manjares Segundas mesas cubren, y con fuentes Rebosantes coronan los altares; Y cercando las aras relucientes, A entonar ya sus plácidos cantares Los Salios van, á quien con sacro adorno El álamo la sien guarnece en torno.
LVII.
De mancebos un coro, otro de ancianos, De Hércules cantan los gloriosos hechos: Cómo dejó con infantiles manos Los dos gemelos áspides deshechos Que envió su madrina; los troyanos Cómo hundió luégo y los ecalios techos, Y pruebas mil un dia y otro dia Venció bajo agrio Rey y Diosa impía:
LVIII.
«Trajiste, invicto, al hierro de la muerte Nubígenas biformes, Folo, Hileo: Monstruos en Creta domeñaste fuerte, Y entre sus rocas al leon Nemeo: Tiemblan las aguas del Estigio al verte; Y del Orco el guardian inmundo y feo Tembló en su hórrido antro, donde allega Huesos roidos que con sangre riega.
LIX.
»No se halló sombra que cejar te hiciera, Ni áun Tifeo, y armado y corpulento, Ni vió turbarse tu razon, la fiera Hidra, al sitiarte con cabezas ciento. ¡Salve, prole de Jove verdadera! ¡Al coro divinal nuevo ornamento! A los tuyos, aquí, y al sacrificio Vén con fáciles pasos, vén propicio.»
LX.
Cantaba el coro así: la áspera roca De Caco, en fin, su lóbrega guarida Conmemora, y al monstruo, por la boca Fuego arrojando, aliento de su vida. Mueve el canto á la selva, y lo revoca El eco por los montes. En seguida Las sacras ceremonias ya acabadas, A la ciudad dirigen las pisadas.
LXI.
A un lado el hijo, el huésped á otro lado, Caduco en ambos sostenido iba El buen Rey, y el camino el varïado Hablar recrea. La mirada viva Pasa de cosa en cosa, embelesado Enéas con la amena perspectiva, Y pide, á cada antiguo monumento, Para ojos y oidos alimento.
LXII.
Y Evandro, rey que á alcázares romanos Echó la basa, de este modo empieza: «Oye: indígenas Ninfas y Silvanos Poblaban de estos bosques la aspereza, Y unos hijos de robles, medio humanos, Ni á poseer hacienda, ni riqueza Allegar avezados, ni á uncir bueyes: Gentes duras, sin hábitos ni leyes.
LXIII.
»Cruda caza y el árbol más vecino Nutríanlos. Saturno fué el primero Que á esta region desde el Olimpo vino De Jove huyendo el vengativo acero: Destronado en el cielo, peregrino En la tierra, el linaje aquél grosero, Disperso en la selvática fragura, Trajo á obediencia y á civil cultura.
LXIV.
»Lacio quiso llamar al suelo hesperio Que dió refugio á su deidad latente; Y vió bajo su sacro magisterio Lucir de oro la edad la humana gente: En paz ejerció el Dios su blando imperio, Hasta que en cambio vino lentamente Siglo ménos hermoso, germinando Amor de lucro y ambicion de mando.
LXV.
»Al Lacio entónces las Ausonias gentes Vinieron, y vinieron los Sicanos; Y de nombre mudó veces frecuentes La tierra de Saturno; y de tiranos Fué regida: uno de ellos, el de ingentes Miembros, Tíbris feroz; los Italianos Trasladámos al Tibre su apellido, Que antaño Albula fué: nombre perdido.
LXVI.
»Yo del país que vió rodar mi cuna Fugitivo, á marítimos azares Lancéme: omnipotente la fortuna Y el hado incontrastable aquí mis lares Plantaron de raíz. Con oportuna Inspiracion Apolo en altos mares, Y mi madre Carmenta con tremenda Profética leccion, me abrieron senda.»
LXVII.
Dice; y andando, al rey de los Troyanos Señala el ara y puerta que, en memoria De aquella Ninfa que explicando arcanos El arte ejercitó divinatoria, Carmental apellidan los Romanos: Ella de los Enéadas la gloria Profetizó sobre el país latino, Y el futuro esplendor del Palatino.
LXVIII.
Y el bosque ingente enséñale que un dia Tornó en asilo Rómulo guerrero; Y el Lupercal bajo la roca fria, Así nombrado como Pan lobero Por costumbre que entre Árcades regía; De Argos, su huésped, cuenta el caso fiero, Y de Argileto el sacro umbroso abrigo Muestra, y toma el paraje por testigo,
LXIX.
Y la roca Tarpeya, en el camino, De ahí, y el Capitolio Evandro enseña, Hoy mole rica y oro peregrino, Mustio collado ayer y áspera breña: Aun entónces el vulgo campesino Reverenciaba el bosque y tosca peña, Tocado ya del religioso miedo Que reina del sagrado sitio en ruedo.
LXX.
«¿Ese collado ves, que señorea Frondosa cima?» dice Evandro; «mora En ese bosque una deidad; cuál sea El misterioso Dios sólo se ignora: Al mismo Jove ya, cuando menea La negra egida en diestra vengadora Y á tempestad el cielo todo mueve, Jura haber visto no una vez la plebe.
LXXI.
»Repara luégo este y aquel anciano Monumento; esparcidos los pedrones Contempla: ves reliquias de lejano Imperio y de antiquísimos varones. Una fundó Saturno y otra Jano De esas dos arruinadas poblaciones; Janículo por ello ésta se nombra, Y Saturnio apellido á aquélla asombra.»
LXXII.
Hablan; y ajena al esplendor del oro Tienen delante la rëal morada; Y donde asombran hoy Romano Foro Y espléndidas Carenas, ven manada Tranquila vagueando, y manso toro Oyen mugir. Evandro, ya á la entrada, «Pasando estos umbrales,» dijo, «Alcídes Bajó la frente victoriosa en lides.
LXXIII.
»Él tuvo por palacio el hogar mio: Anímate, y tú mismo á un Dios te iguala; Tesoros menosprecia, y sin desvío Vén, huésped bueno, á una mansion sin gala.» Dice; y entrando, con afecto pio Da á Enéas corpulento estrecha sala, Y en un lecho de hojas le reposa Con piel cubierto de africana osa.
LXXIV.
Rueda entretanto, y con su sombra parda La noche abraza al mundo. Y Vénus bella, Que á punto mira de que en guerras arda Laurento, el azorado afan que en ella Trabaja, ya no enfrena, y más no tarda, Y en el lecho de oro donde sella Vulcano su aficion, frases enhila En que miel de divino amor destila:
LXXV.
«Cuando Ilïon sin esperanza alguna Dilataba tan sólo su caida, Y más que de altos reyes, de Fortuna Iba á ser Troya en llamas destruida, No á tí para los tristes, importuna Pedí entónces, esposo de mi vida, Armas; en ejercicio de tu arte No quise inútilmente fatigarte.
LXXVI.
»Callé prudente, aunque debia tanto De Príamo á los hijos, y á menudo De Enéas los esfuerzos, no sin llanto, Vi frustrarse. Hoy que al fin llegar él pudo Con el favor de Jove, ¡oh númen santo! Al país de los Rútulos, yo acudo Á tí, yo á tí mis súplicas dirijo; Y madre, armas te pido para un hijo.
LXXVII.
»Vencerte supo la hija de Nereo Y con su llanto la Titonia esposa; ¡Y yo...! ¿Esas gentes que en marcial arreo Hierros forjan, en liga poderosa Ves? ¡En muros cerrados yo las veo Mi ruina maquinar!» Habló la Diosa, Y con sus brazos de aparente nieve Blanda al lento marido ciñe y mueve.
LXXVIII.
En medio del letargo, de repente Recibe el Dios la conocida llama, Y el calor que le llaga dulcemente Rápido por sus huesos se derrama: Así cuando en relámpago fulgente La ennegrecida atmósfera se inflama, Con lumbre devorante cruza inquieta El seno de las nubes ígnea grieta.
LXXIX.
Cuánto el poder de su hermosura obliga Conoció Vénus en el buen suceso De la añagaza. Respondióle, en liga De inacabable amor Vulcano preso: «De argüir con recuerdos, la fatiga Excusa; ¿en mí no fias? Si ántes eso Que hoy piensas, me dijeses, los Troyanos Armas, Diosa, llevaran de mis manos.
LXXX.
»Ni Jove omnipotente ni el Destino Á Troya ni á su Rey negado habria Vivir diez años más. Y pues te vino En gustos hoy guerrear, y hay tal porfía, Cuanto con hierro ó con electro fino Labrar es dado, cuanto el arte mia Consigue laboriosa, cuanto puedo. En suma, concederte, lo concedo.
LXXXI.
»El aire y fuego me obedece: en duda No pongas la eficacia de tu ruego; Todo lo alcanza, y mi poder te ayuda.» Así razona cortésmente, y luégo Rendido á la beldad Vulcano anuda Los vínculos de amor, de amores ciego, Y dichoso en los brazos de su dueño Se deja poseer de un manso sueño.
LXXXII.
Cual matrona obligada que granjea Con la rueca y labores delicadas El sustento á la vida, la tarea Al desvelo añadiendo, aletargadas Cenizas se alza á reanimar, y emplea En la obra á la lumbre sus criadas, Y así el lecho que el cónyuge le fia Guarda sin mancha, y los hijuelos cria;
LXXXIII.
No ménos listo y á la misma hora (Cuando va en la mitad de su carrera La Noche, y al alado Sueño azora, Gustada apénas la quietud primera), Del estrado en que Vénus le enamora Alzase el Dios que sobre el fuego impera, Y del cielo á la tierra en que trabaja, Vulcania en nombre y obediencia, baja.
LXXXIV.
Esta á la eolia Lípara se arrima Y á la sícula costa, isla ardua: humea De riscos erizada: en honda sima Truena la ancha caverna ciclopea, Etna nuevo que el negro oficio lima: Golpe duro los yunques martillea; El candente metal no da sosiego, Zumba el aire, en la fragua aceza el fuego.
LXXXV.
Bronte, Esteropo y Piracmon desnudo, Ciclopes esforzados, á porfía En la vasta oficina un rayo agudo, De aquellos que en ardiente lluvia envía Jove del alto Olimpo al orbe mudo, Fabricaban. El rayo aparecia, Al arribo del Padre ignipotente, Pulido en parte, en parte deficiente.
LXXXVI.
Tres dardos de granizo en la obra bella, Tres de agua etérea, tres de alado viento, Tres de fuego que fúlgido destella, Mezclado habian; y en aquel momento Tonante voz, terrífica centella Añadian, y sordo aturdimiento E incendio vengador. En otra parte Ruedas labran prestísimas á Marte:
LXXXVII.
Ruedas labran al carro en que alborota Al mundo el Dios que guerras siembra y llamas; Y á Pálas más allá, broquel y cota En que esplenden auríferas escamas, Tersan tambien, donde el que mira nota De hidras feroces peregrinas tramas Y, apto á que el pecho á la deidad defienda, Segado vulto de mirada horrenda.
LXXXVIII.
«Alzad,» dijo llegando el Dios herrero, «Cuanto empezado habeis, Ciclopes mios; Alzad; y atentos escuchadme: quiero Armas para un varon de grandes bríos. Manos pujantes y exquisito esmero Aquí todos poned, y aquí lucíos De magistral destreza haciendo alarde: Sús! la obra empiece, y en salir no tarde!»
LXXXIX.
Dice; y al punto la labor partida, A ella corren con ímpetu ligero: Bullen torrentes de oro; se liquida En la ancha fragua el llagador acero: Y escudo ingente, impenetrable egida Que contraste al latino campo entero, Al paladino los Ciclopes trazan Con siete discos que entre sí se abrazan.
XC.
Cuáles, en medio á la comun fagina, Suenan los sopladores fuelles; cuáles Zabullen en el agua allí vecina Con estridor fogoso los metales: Gime de heridos yunques la oficina: Alzando con gran fuerza el brazo, iguales Alternos golpes dan; tenaza emplean Mordaz, y el hierro sin cesar voltean.
XCI.
En tanto que así brega el buen Vulcano En su antro humoso, en su tranquilo lecho La luz bendita y gorjear temprano De las aves que triscan en el techo A Evandro despertaban. El anciano, La túnica vistiendo al fuerte pecho, El nuevo dia á saludar se alza; Las sandalias tirrenas ciñe y calza;
XCII.
Del hombro abajo acomodar no olvida Al cinto puesta la tegea espada, Y del izquierdo lado desprendida Tercia una de leopardo piel manchada; Y ya dos canes que en su guarda cuida Y parejos anuncian su llegada, No bien de su alto nido los umbrales Ha traspuesto, con él saltan leales.
XCIII.
De las habidas pláticas, no en vano Recuerda el prometido contingente El Rey, y con su huésped mano á mano Anhela de partir secretamente. Pues no ménos que el Arcade, el Troyano Madrugador anduvo y diligente: Hace á Enéas Acátes compañía; Evandro con Palante el paso guía.
XCIV.
Ya las diestras se estrechan; ya convida El uno al otro á la interior morada; Siéntanse en soledad apetecida, Y así el Rey empezó con voz pausada: «¡Oh ilustre capitan, que á nueva vida Alzas contigo tu nacion postrada! No por mi fama y por las glorias tuyas Grande el auxilio que te ofrezco arguyas.
XCV.
»Flaco es nuestro poder; que de una parte Jurisdiccion nos quita el tusco rio; De otra, el Rútulo audaz con fuerza y arte Brama en torno á los muros. Mas yo fio Con un pueblo magnánimo asociarte, Fuerte en recursos y apazguado mio: Propicia la ocasion te anuncia bienes; Al llamamiento de los hados vienes.
XCVI.
»De aquí trecho no grande Agila dista, Ciudad fundada en secular cimiento, Que de la Lidia gente fué conquista Cuando en montes de Etruria hizo ella asiento, De armas que suele el triunfo honrar, provista. Años muchos de paz tuvo y contento, Hasta que al rey Mezencio dar le plugo Muestras de amo cruel y atroz verdugo.
XCVII.
»¿Quién sus maldades hay que en fiel trasunto Describa? ¡Mal contadas al tirano Le sean, y á sus hijos! Á un difunto Cuerpo atar le era fiesta un cuerpo sano, Diestra con diestra, el rostro al rostro junto, (¡Oh de martirizar modo inhumano!) Y en duro abrazo y entre inmunda baba Así á un mezquino muerte lenta daba.
XCVIII.
»Alzóse un dia armado el pueblo: afronta, Cansado de sufrir, al Rey: su casa Sitia, hervidero de maldades: pronta Muerte á los suyos da: ya el techo abrasa El fuego, que enojado se remonta. En medio del estrago huye él, y pasa Al campo de los Rútulos: le asila Turno, y el hierro en su defensa afila.
XCIX.
»En justa indignacion toda se enciende Etruria, y de rebato á la cuchilla El cuello criminal traer pretende. Tú á esos miles de bravos acaudilla, ¡Oh Enéas! te abriré camino; atiende: Empavesada hervia ya en la orilla La densa escuadra, cuando oyó de un viejo Arúspice el fatídico consejo:
C.
«¡Meonia juventud, flor y corona »De antigua raza! Apruebo que á Mezencio »Siga el justo furor que le destrona,» Dice, «mas en Italia no hay, sentencio, »Tan gran pueblo á vencer, capaz persona; »Buscad jefe extranjero!» Hondo silencio Al divino pronóstico sucede, Y aterrado el Etrusco retrocede.
CI.
»Hoy la acampada hueste á mí se fia: Cetro, diadema, insignias imperiales Con legados aquí Tarcon me envía, Y que vaya me pide á sus rëales Y ejército gobierne y monarquía. Flojas mis fuerzas son á empresas tales, Flacos mis hombros á tan grave carga, Fria é inerte senectud me embarga.
CII.
»Y no á Palante en mi lugar envío; Que en lo extranjero no es cabal; sabina Madre altera su orígen. Esto, y brío Juvenil, tienes tú, y una divina Voz te llama. No tardes, huésped mio; ¡A su gloria dos pueblos encamina! Yo este buen hijo, de mi edad caduca Gloria y solaz, te allego; tú le educa.
CIII.
»Edúcale en las armas: tú dechado, Tú en armas le serás ejemplo y guia: Aprenda desde mozo á ir á tu lado, Paciencia ejercitando y valentía. Jinetes además, lo más granado, Te doy doscientos de la gente mia; Y otros doscientos de ánimo arrogante En nombre suyo aportará Palante.»
CIV.
Dijo. Enéas sin voz, sin movimiento, Y Acátes, duda amarga, triste idea Revuelven en el alma. En tal momento Dales á cielo abierto Citerea Clarísima señal. El firmamento Con subitáneo estruendo centellea, Y que cruje parece y se derrumba, Y de tirrena trompa el eco zumba.
CV.
Alzan los ojos: se oye el estallido Otra vez y otra, y por region serena Ven en convoy de nubes conducido Un haz de armas lumbrosas, y que suena Sienten de léjos el metal herido. Pásmanse todos. Mas la voz que truena Conoce Enéas, y que cumple, entiende, Vénus su alta promesa y le defiende.
CVI.
«No escrutes, noble valedor,» exclama, «El prodigioso agüero; en mí confía: Esa voz del Olimpo á mí me llama; Es fausto anuncio que mi madre envía, Mi madre, alta deidad. Cuando la llama Marcial prendiese, me ofreció daria Esa señal: su protectora mano Armas me trae que forjó Vulcano.
CVII.
»¡Y oh qué gran mortandad miro presente Al malhadado campo Laurentino! Al polvo, Turno, inclinarás la frente; ¡Y tú cuánto broquel, Tibre divino, Cuánto yelmo darás en tu corriente, Y derribado cuerpo al mar vecino! ¡Vengan ahora á desplegar sus haces; Vengan, y rompan las juradas paces!»
CVIII.
Dice; y del alto solio se levanta: El muerto fuego á Alcídes consagrado Devoto anima sobre el ara santa; Al Lar despues, la víspera obsequiado Y á los Penates húmiles la planta Mueve: Evandro y los Teucros, lado á lado, Por fuero y religion inmemoriales inmolan escogidos recentales.
CIX.
Encamínase luégo hácia las naves El dux troyano á revistar su gente: Para la dura guerra y trances graves Lo más lucido elige y más valiente: En blando flote y vueltas van süaves Los otros, á merced de la corriente; Con éstos enviar al hijo quiso De sí mismo y su empresa fausto aviso.
CX.
La marcha, al par, terrestre se acelera: Caballos danse al héroe y su mesnada; La alfana que á él le traen cubre entera Piel de leon roja de uñas de oro armada. Ya la exigua ciudad sabe y pondera Que al Rey tirreno vuela una brigada: Doblan votos las madres: creces toma Al susto el riesgo; inmenso Marte asoma.
CXI.
Al hijo estrecha el Rey, su mano asida, Y «¡Oh! hiciérame volver favor celeste A los pasados años de mi vida, Cuando eché á tierra la primera hueste»— Dice en larga llorosa despedida— «Aquí mismo, en el valle de Preneste, Y los escudos de las rotas filas Quemé triunfante en levantadas pilas!
CXII.
»Á Herilo allí, descomunal guerrero, Tumbó esta diestra al Tártaro profundo: De su madre Feronia (¡caso fiero!) Tres formas recibió viniendo al mundo: Rey de alma triple y desdoblado acero, Muerto un tronco, quedábale el segundo Y otro despues. Mas á los golpes mios Rindió sus armas y agotó sus bríos.
CXIII.
»Fuese así, no á mis brazos te arrancaras, Buen hijo; ni insultando la frontera Con mengua mia, tantas vidas caras Mezencio criminal segado hubiera;— ¡Desolada ciudad, no así lloraras!... Vosotros, ¡oh! de superior esfera ¡Dioses! ¡gran Jove, reinador supremo! A vuestro númen recurrir no temo.
CXIV.
»¡Oh! ¡del árcade Rey el desconsuelo Os mueva á compasion, y de un anciano Padre las preces escuchad! ¡Si el Cielo Ha de volverme mi Palante sano; Si él algun dia alegrará mi duelo; Si firme unirle á mí no espero en vano, El término alargad de mi partida: Trabajos sufriré; quiero la vida!
CXV.
»Mas si un hado cruel fúnebres lazos Á mi esperanza tiende y mi deseo, Lícito sea fenecer los plazos De esta mísera vida, hora que áun veo Incierto lo futuro, y que en mis brazos Te tengo, hijo, y en verte me recreo, ¡Tú, tan tarde gozado y tan querido! Nunca nueva fatal hiera mi oido!»
CXVI.
Tal sus adioses últimos plañia El Rey; y enajenado de sentido, En brazos sus criados á porfía Le restituyen al desierto nido. Y sale la veloz caballería Por las abiertas puertas con rüido: En primer línea Enéas va y Acátes; Otros siguen en pos teucros magnates.
CXVII.
Con rica sobreveste gallardea Ostentando en sus armas sus blasones Entre todos Palante: así campea El lucero que en líquidas regiones Se baña, cuyo fuego Citerea Ama sobre el de cien constelaciones, Cuando su faz divina alza en el cielo Y rasga de la triste noche el velo.
CXVIII.
Desde el muro las madres aterradas Ven las nubes de polvo cuál se extienden, Y siguen con atónitas miradas Las bandas que con tanto acero esplenden. Por desechas de zarzas erizadas, Abreviando camino, armados hienden, Y en escuadron que clamoroso cierra Galopando á compas baten la tierra.
CXIX.
Cabe el helado Ceretano rio Hay un gran bosque; y mucho negro abeto Que alturas forma en torno, hácele umbrío; Le consagró tradicional respeto. Es fama que á Silvano, númen pio, Apropiaron aquel lugar secreto Los antiguos Pelasgos, los primeros Que ocuparon del Lacio los linderos:
CXX.
El sitio al Dios de campos y ganados Le dedicaron, y un solemne dia. No léjos de estas selvas sus soldados Tarcon apercibidos guarecia; Y podíase ya de los collados Altivos, contemplar en lejanía La legion que en los llanos acampaba, Y dónde empieza, ver, y dónde acaba.
CXXI.
Al bosque ameno acuden, que recrea La fatiga á caballo y caballero. Vénus que á la sazon, radiante Dea, En voladora nube el dón guerrero Traia al paladin, no bien le otea Cabe el frio raudal, solo y señero En un repuesto valle, ante él parece, Y la hadada armadura así le ofrece:
CXXII.
«Cata, hijo, aquí las armas inmortales Que sola de mi esposo el arte traza: Las prometidas armas con las cuales Arrostrarás de Turno la amenaza Y el soberbio furor de sus parciales!» Dice, y al hijo Citerea abraza, Y de una encina al pié, que estaba enfrente, Deposita el arnes resplandeciente.
CXXIII.
Reconocido el adalid y ufano Por la honra excelsa y recibida gracia, El tesoro contempla soberano Y la vista sobre él gozosa espacia: Las piezas, ya en el brazo y ya en la mano, Revuelve, y de mirarlas no se sacia: La espada incontrastable, la garzota, El yelmo aterrador que incendios brota.
CXXIV.
Ya en la enorme loriga brilladora, Recia en el bronce, en el matiz sangrienta Como nube cerúlea á quien colora Fogoso el sol, los ojos apacienta; Ya de las pulcras grevas se enamora, De electro y oro que al más fino afrenta; La lanza admira, y el labrado escudo, Que humano idioma describir no pudo.
CXXV.
Los ítalos orígenes, las glorias En él grabó de la romana gente, No desconocedor de las historias Venideras, el Dios ignipotente: De Ascanio y su linaje las victorias Dispuso de uno en otro descendiente, Y tanta famosísima batalla, Quien contempla el escudo, en órden halla.
CXXVI.
Allí el antro de Marte se descubre, De una parida fiera verde alcoba: Dos risueños rapaces, que el salubre Sustento solicitan de la loba, Cuélganse en torno á la materna ubre; Y ella con mansa lengua los adoba, Ya á éste volviendo en su comun cariño La robusta cerviz, ya al otro niño.
CXXVII.
Viene tras esto la naciente Roma; Y las sabinas asaltadas, tales Aparecen allí como las toma La ocasion de los juegos Consuales; Y nueva guerra y súbita, que asoma De Rómulo á la vez á los parciales, Y á los Curites y al anciano Tacio, Pueblo viril de corazon rehacio.
CXXVIII.
Con sus armas, y en pié, y allí cercanos, Depuestas ya las mutuas amenazas, Ambos reyes ostentan en las manos De Jove ante el altar sagradas tazas; Una cerda que inmolan cual hermanos Acredita la union de entrambas razas; Y de Rómulo brilla recien hecho Tosco palacio de pajizo techo.
CXXIX.
Luégo en diversas direcciones Mecio De rápida cuadriga por el llano Arrebatar se mira;—así en desprecio No tuvieses tu fe, mísero Albano!— Arrastrar al follon (¡castigo recio!) Manda implacable el vencedor romano; Y entre zarzas pasando y entre abrojos Rastro dejan de sangre los despojos.
CXXX.
Tú, Pórsena, á tu vez, por el proscrito Tarquino instando, la ciudad bloqueas; Y ya de libertad corren al grito Espadas á blandir nietos de Enéas: En el ceño el furor llevas escrito, Y que amagas advierto, como veas Que osó el puente hundir Cócles, y que libre Clelia ya de prision, trasnada el Tibre.
CXXXI.
En lo alto del escudo está presente Manlio, guardian de la Tarpeya roca, Que en defensa del templo, el eminente Capitolio ocupando, se coloca; Y vese allí que de la Gala gente Que á los umbrales en silencio toca, Volando avisa con clamor sonoro Argénteo ganso en pórticos de oro.
CXXXII.
Entre matas la hueste avanza artera, Y ya de aquella deseada altura, Ya casi entre las sombras se apodera, Dádiva todo de la noche oscura: Les luce de oro á par la cabellera, De oro abunda la gaya vestidura. Y el blanco cuello, que á la leche iguala, Ciñe, de oro tambien, maciza gala;
CXXXIII.
Y llevando ante sí largos escudos, Blande cada uno doble dardo alpino. El de Salios danzantes, y desnudos Lupercos, á este grupo está vecino: Señálanse los ápices lanudos Y el ancil sacro que del cielo vino; Y matronas, que insignias venerandas Honestas llevan en carrozas blandas.
CXXXIV.
El mundo de las penas, la alta boca Del Tártaro tambien la arte divina Grabó léjos de allí. Tú de una roca Que amenazando está siempre rüina, Apareces pendiente, y la ira loca Temblando de las Furias, Catilina. Más allá de los justos las mansiones, A quien dicta Caton sábias lecciones.
CXXXV.
En medio á estas escenas, mar hinchado, Un piélago de oro se dilata, Que en vivo movimiento simulado Copos de espuma albísimos desata: En círculo nadando dilatado Tersos delfines de luciente plata Girando van, y con alzadas colas Barrer parecen las hirvientes olas.
CXXXVI.
Cautiva en medio al ponto las miradas De Accio el conflicto, el próximo remate Incierto aún: en órden las armadas Con férreas proas van; hierve Leucate: Sus ítalas legiones arriscadas Conduce Augusto César al combate; Yérguese en popa; el Pueblo y el Senado Tiene, y los Dioses de la Patria, al lado.
CXXXVII.
Yérguese en la alta popa: fuego alienta Radiante cada sien; su coronilla La estrella Julia fúlgida sustenta. Agripa, que sus tropas acaudilla, Enhiesto en otra parte se presenta: Dioses y vientos le cortejan: brilla Sobre su frente la rostral corona Que navales hazañas galardona.
CXXXVIII.
Allí Antonio á su vez bárbara hueste Manda, con vario militar arreo: Triunfante la region que la celeste Aurora ilustra y piélago Eritreo Ha dejado, y ejércitos del Este Trae: al Egipcio acompañarle veo, Y al remoto Bactriano; y (¡mancha odiosa!) Tambien le sigue forastera esposa.
CXXXIX.
Precipítanse á un tiempo las galeras Hácia alta mar; y cúbrenla de espuma Revolviéndola toda, las guerreras Proras y remos con violencia suma. Ver bogando las Cícladas creyeras O montes que, éste á aquél, cayendo, abruma; ¡Tanto estrechan la lid! ¡con mole tanta Un torreado buque á otro quebranta!
CXL.
Volante hierro y encendida estopa Caen doquier: la atroz carnicería En sangre el campo de Neptuno arropa. Con el egipcio sistro desafía Cleopatra; y, armados en su popa, A Anúbis labrador, y á cuantas cria Feas deidades su país, reserva Contra Neptuno y Vénus y Minerva.
CXLI.
Ella mirar no ha osado todavía Los dos zagueros áspides. En tanto Arde Mavorte en medio á la porfía, Tallado en hierro; y esparciendo espanto Bajan tras él por la region vacía Las Furias: corre con rasgado manto Riendo la Discordia; y hiere al viento Belona en pos con látigo sangriento.
CXLII.
Apolo Accio, que dudoso mira El trance, desde lo alto el arco tiende; A Indo y á Egipcio horror mortal inspira: El Árabe, el Sabeo fuga emprende; Todos vuelven espaldas á su ira. Ni á más la Reina espavorida atiende: Ya, ya jarcias afloja, da la vela, Vientos convida, por el golfo vuela.
CXLIII.
Grabó á la triste el Dios ignipotente Con el Yápiga huyendo, á quien invoca Entre el estrago, pálida la frente Al soplo de la muerte que la toca; Y puso al caudaloso Nilo enfrente, Que abriendo en su dolor séptupla boca, A su seno cerúleo y honda cama Con suelta ropa á los vencidos llama.
CXLIV.
Y luégo en triple triunfo á los romanos Muros César avánzase opulento: Máximos á los Dioses italianos Santuarios fundar tres veces ciento En Roma, ofrece, y sus alzadas manos Expresan el eterno juramento. Y plazas vense y calles en festivas Danzas bullir y en jubilosos vivas.
CXLV.
Tiene aras cada templo, y centenares Reune de matronas: sacrifica Reses el sacerdote en los altares. César, de Febo en la albicante y rica Entrada, las ofrendas populares Reconoce, á las puertas las aplica; Y ante él desfilan las vencidas gentes En veste, armas y lengua diferentes.
CXLVI.
Allí el Nómade, el Áfrico, á ligeros Trajes usado; y Lélegas en fila Vense, y Carios allí; diestros arqueros Los Gelones; Eufrátes, más tranquila Su corriente arrastrando; y los postreros Morinos; y el que doble cuerno estila, Reno undoso; y los Dahas renuentes, Y Aráxes, no enseñado á sufrir puentes.
CXLVII.
Tales asuntos el sin par Vulcano En el escudo figurado habia. De su madre el obsequio soberano Contempla el paladin, y se extasía En sus primores; con anhelo vano Enigma tanto descifrar porfía, Y de futuros nietos y de Roma Gloria y poder sobre sus hombros toma.