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Eneida; v. 2 de 2

ENEIDA. LIBRO SÉPTIMO.

Miguel Antonio Caro translation

I.

Tú, del troyano capitan nodriza, Tambien, Cayeta, á nuestras playas nombre Impusiste muriendo, que eterniza Tu fama, y hace que al lugar asombre: El sepulcro que guarda tu ceniza En la Hesperia mayor, aquel renombre Léjos le avisa y firme le señala, Y con póstuma gloria te regala.

II.

Hechos, pues, los piadosos funerales, Erigido de tierra un monumento, Las altas olas contemplando iguales Tornó Enéas al líquido elemento. Ministras de la noche las geniales Auras la anuncian con creciente aliento, Y sendas alumbrando á la fortuna Rïelan sobre el mar rayos de luna.

III.

No distante de allí la costa yace Do Circe, hija del Sol, potente mora; Y ya de dia con sus cantos hace Sonar sus altos bosques; ya á deshora Su alcázar regio iluminar le place Con el cedro oloroso que atesora, Y ella misma tejiendo se desvela Con el peine sonoro rica tela.

IV.

Allí rugen leones, que furiosos En la noche reluchan en cadena: Allí erizados jabalíes, y osos, En jaula que sus ímpetus enfrena, Se embravecen: aullidos dolorosos Horribles lobos dan; el bosque suena: ¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora! Con hierbas los mudó la encantadora.

V.

Neptuno que tan duro mal probasen Los piadosos Troyanos no querria, No, que á esas playas pérfidas tocasen; Un viento largo á la sazon envía, Y así concede que volando pasen Tras el hórrido golfo. Nuevo dia En su carro gentil la rubia Aurora Anuncia en tanto, y horizontes dora.

VI.

Calláronse las auras de repente, Muda y sólida calma sobrevino; Clavados en el mármol resistente Bregan los remos por abrir camino. Vido Enéas en esto un bosque ingente, Y al Tibre, que por él al mar vecino, Bullente en ondas, rojo con la arena, Trae sus aguas en corriente amena.

VII.

Por cima allí y á par de las orillas Cantan con dulce pico alborozadas Y al bosque vuelan miles de avecillas Que en la sombra recatan sus moradas. Holgóse Enéas, y mandó las quillas Inclinar á las playas deseadas; Y alegre de ocuparlas, al umbrío Hospicio acude ya del bello rio.

VIII.

De los reyes del Lacio tú la lista Muéstrame, Erato: lo que el Lacio era, Tiempo es ya que presentes á mi vista, Aun ántes que á sus playas extranjera Nave arribase. Tú de la conquista El orígen descubre, y yo esa éra, Yo esa historia marcial diré en mi canto, ¡Musa! si ya á mi voz concedes tanto.

IX.

Guerras, hórridas guerras y legiones He de cantar: de furia el pecho lleno, Convertidos los reyes en leones: Congregado el ejército tirreno: Volando de la Hesperia los varones A las armas: de Hesperia rojo el seno. Nuevo cuadro á mi ojos resplandece; Crece el asunto y la osadía crece.

X.

Campos, ciudades florecer veia Anciano, en paz antigua, el rey Latino: Él de Fauno y Marica procedia, Ninfa aquélla de orígen laurentino; Pico de Fauno padre sido habia, Y de Pico el orígen fué divino; Tú, Saturno, su padre: por primero Autor te aclaman del linaje entero.

XI.

No fué el monarca, si felice, abuelo Ni padre de varones: muerte fiera Quitóle en flor por voluntad del cielo El único varon que le naciera. Daba á Latino en su vejez consuelo, De sus reinos opimos heredera, Sola una hija en su estancia poderosa, Ya en sazon llena para ser esposa.

XII.

Del Lacio y toda Ausonia, á la doncella Muchos pretenden. A su afecto tierno Aspira, y bizarrísimo descuella Turno entre todos, del blason paterno Opulento heredero. Para ella Le quiere esposo, y ya elegido yerno Le ve la Reina; mas proyectos tales Tropiezan con visiones funerales.

XIII.

Al raso, en medio del palacio, habia Rico en sacro follaje un lauro anciano, Que en años veneró la gente pia. Es fama que Latino por su mano En dedicarle á Febo holgóse un dia No bien le halló, cuando en el campo llano Echaba á sus alcázares cimiento; Y de ahí á la ciudad nombró Laurento.

XIV.

Hé aquí, de este árbol á ocupar la cima, Mil abejas bajaron de repente, Y, por los piés trabadas, se arracima El ruidoso tropel, y así pendiente Quedó de un ramo. «Á nuestra costa arrima Varon extraño con armada gente», Cantó un augur: «de do el enjambre vino, Vendrá la muerte del poder latino.»

XV.

Yendo otra vez, y el genitor con ella, En el ara á encender con mano pura Místicas luces la rëal doncella, Vióse súbita chispa que fulgura Sobre el suelto cabello, y baja y huella, No sin ruido, la blanca vestidura, Y el velo regio y la diadema ardia Opulenta del oro y pedrería.

XVI.

En humo envuelta y rojos resplandores Esparce ella despues lampos de llama Por muros, techos. Fúnebres temores El suceso en los ánimos derrama; Que si aquellos prodigios superiores A ella prometen dizque gloria y fama, Guerra amenazan á la Patria. En eso Cava Latino, de terror opreso.

XVII.

Fauno ocurre á su mente: el Rey la planta Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela Su armonioso raudal la Albúnea santa; Mefítico vapor en torno vuela: Que allí del tiempo venidero canta El vatídico padre, y lo revela; Italia, Enotria toda, allí sus pasos Guian en tristes dudas y arduos casos.

XVIII.

De noche el sacerdote que sus dones Allí á ofrecer acude reverente, Si al descanso, tendiéndose en vellones De inmoladas ovejas, da la mente, Ve en sueños revolarle apariciones Peregrinas; delgadas voces siente; Habla con Dioses, y su mudo acento Penetra de Aqueronte el hondo asiento.

XIX.

Fué allí sus dudas á calmar Latino; Y habiendo, segun rito, degollado, En obsequio al oráculo divino, Cien lanudas ovejas, acostado En sus pieles dormia; cuando vino Súbita y misteriosa voz del lado Más secreto del bosque: «¡Prole mia! De ajustados enlaces desconfía.

XX.

»Tú de una hija la mano á descendiente Itálico no des. Foráneo yerno, Su linaje empalmando con tu gente, Hará nuestro renombre sempiterno. Él nacion fundará grande y potente; Tal, que el espacio que en dominio alterno Sobre un mar y otro mar el sol rodea, Todo á sus piés se humille y suyo sea.»

XXI.

Latino mismo estos avisos, dados En la callada noche, no recata; Y de Ausonia por campos y poblados Ya la alígera Fama los dilata: Ella daba la vuelta á los Estados Del Rey, en los momentos en que ata La juventud troyana el hueco leño Al promontorio aquél verde y risueño.

XXII.

Enéas, los caudillos principales Y Ascanio yacen en la sombra amiga Con que, sus ramos prolongando iguales, Árbol excelso la campaña abriga. Tortas de flor extienden, cereales Manteles (Jove mismo les instiga) Que con frutas silvestres luégo acrecen, Para encima poner viandas que cuecen.

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface; Ojos se van y manos tras la monda Delgada Céres que tendida yace: Voraz diente á los panes la redonda Márgen y abiertos cuartos roe y pace, Que significacion entrañan honda; Y «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!» Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

XXIV.

Fué esta voz primer nuncio que declara Á los Teucros ventura. El padre al hijo La palabra quitóle; mas se pára Con asombro, un instante, y regocijo, Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!» Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo: «Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra La anunciada heredad, la patria nuestra!

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes Mi amado genitor me dió la clave: «Cuando el hambre aguzando edaces dientes »(Pegada á playa incógnita tu nave) »Haga que tras las viandas te apacientes »De las mesas, tu voz al Cielo alabe, »Que patria hallaste; y con alegre pecho »Pon allí muro propio y dulce techo.»

XXVI.

»Hé aquí el hambre temida: de cuidados Término justo y de cruel destino. Animo, pues: del sueño recreados, Con el albor primero matutino De aquí saldremos por diversos lados El país á explorar circunvecino: Quiénes son de estos términos los amos; Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

XXVII.

»Hora en honor de Júpiter clemente Bebed; á Anquíses invocad; más vino!» Hablaba Enéas, y la noble frente Ceñida ostenta en ramo peregrino. Primero á la alma Tierra, y del presente Lugar invoca al Protector divino; Las Ninfas á que el bosque da guaridas; Rios sin nombre y fuentes escondidas.

XXVIII.

Á la Noche despues y sus fanales, Á Cibéles y á Júpiter de Ida; Y á sus padres, que moran inmortales Cielo y Erebo, en órden apellida. Jove tres veces, en momentos tales, Desde lo alto del cielo truena, y cuida Mostrar en medio del fragor sonoro Nubes de fuego y ráfagas de oro.

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veia Blandir él propio el nimbo rutilante. Rumor que de fundar llegó ya el dia La anhelada ciudad, en un instante Circula y crece. Todos á porfía, Orgullosos de agüero tan brillante, Renuevan las gozosas libaciones Y con flores de Baco ornan los dones.

XXX.

Con el primer albor del nuevo dia Van, costa y lindes á explorar: los vados Estos son de Numicio; ésta es la ria Del Tibre: campos éstos son poblados Por los fuertes Latinos. Cauto envía Cerca del Rey augusto cien legados Enéas, que en sus tercios selecciona; Y ya el árbol de Pálas les corona.

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros De paz, que da á sus sienes verde gala, A la vecina capital ligeros Marchan. Enéas mismo allí se instala; Y ya con zanja humilde los linderos De la futura poblacion señala, Y cual ciñendo un campamento, ordena Tender la empalizada, alzar la almena.

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada, Ven las casas y torres presumidas, Y ascienden á los muros. A la entrada Y en torno á la ciudad, corre en partidas Alegre juventud: regir le agrada Potros y carros con mañosas bridas; Y con rígidos arcos y ligeras Flechas, tiros ensayan y carreras.

XXXIII.

Tomó uno de á caballo á su cuidado Trasmitir nuevas tales al oido Del viejo Rey: acorre; haber llegado Unos hombres, anuncia, con vestido Peregrino, de cuerpo agigantado. Que á su presencia vengan, comedido Latino manda. «Al punto,» dice, «oirélos;» Y va el trono á ocupar de sus abuelos.

XXXIV.

Fábrica en cien columnas sustentada, Grande, augusta, soberbia, en una altura De la ciudad descuella; consagrada Por religion antigua y selva oscura. De Pico Laurentino real morada Fué antaño. Por presagio de ventura Allí los nuevos reyes recogian El cetro y fasces que al poder se fian.

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares Corderos inmolando, los señores De la corte á gustar sacros manjares Sentábanse en contínuos cenadores. Cada príncipe vió las tutelares Imágenes allí de sus mayores El vestíbulo ornar, nobles y enhiestas, Obras de antiguo cedro, en órden puestas.

XXXVI.

Ítalo allí; y aquel que al italiano Suelo trajo la vid, el buen Sabino, A quien, áun hora, figurado anciano, La corva hoz le asoma, autor del vino: El gran Saturno y el bifronte Jano Muestran, callando, su poder divino: Otros reyes les siguen, con heridas Marciales, por la patria recibidas.

XXXVII.

De antiguos triunfos testimonios mudos, Hay en los sacros postes mil despojos: Armaduras suspensas, penachudos Yelmos, corvas segures ven los ojos: Ven sin número allí dardos y escudos, Ven de puertas grandísimos cerrojos; Cautivos carros, y espolones graves Quitados por valientes á las naves.

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano, Con trábea corta, allí tambien se muestra, Báculo quirinal tiene en la mano, Sentado, y sacra adarga en la siniestra: Pico, á quien ya, de ardor tocada insano, Hirió con vara de oro maga diestra, Circe, amante cruel; con hierbas malas Mudóle en ave y le pintó las alas.

XXXIX.

En este, pues, de Dioses templo digno, De sus abuelos en el rico trono, El Rey audiencia concedió benigno. Entraron los legados, y él con tono Manso y afable, de clemencia signo, «Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,» Les dice: «ántes que vistos anunciados, Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

XL.

»Mas ¿cuál deliberada causa, ó ciega Necesidad á nuestra costa impele Y á puerto ausonio vuestra escuadra apega? ¿Fué que el rumbo perdisteis? ¿Ó, cual suele Avenir al que en alta mar navega, Tras rodear tan largo, al leño imbele Embistió ronca tempestad? Propicio, Siempre, tendreis en nuestra casa hospicio.

XLI.

»Á los Latinos apreciad: lejanos De pacto escrito y de penal violencia, En dulce paz cultivan como hermanos Antiguos usos, de Saturno herencia. Y ya entre los Auruncos hallé ancianos Que, si bien entre sombras (influencia Envidiosa del tiempo), en la memoria Aun guardasen de Dárdano la historia.

XLII.

»Fué de ésta, dicen, suya, á patria ajena; Fué á las frigias ciudades, cabe el Ida, Y de la tracia Sámos el arena Honró, que hoy Samotracia se apellida: Dejó á Corito y su mansion tirrena; Y en el celeste alcázar ya le anida Aureo solio que esmaltan luminares, Y goza él, nuevo Dios, culto y altares.»

XLIII.

«Sangre ilustre de Fauno, gran Latino!» Palabras tales respondió Ilioneo: «No aquí impelida nuestra flota vino Por rudo soplo en agitado ondeo; Estrella no torció nuestro camino, Ribera no engañó nuestro deseo: Trajo nuestros bajeles á esta rada Concorde voluntad nunca arredrada.

XLIV.

»De la nacion mayor que peregrino Viniendo de los límites de Oriente El sol miraba, nos lanzó el destino. Tiene en Jove principio nuestra gente; La juventud dardania del divino Abolengo se precia. A aquella fuente El que á tí nos envía está cercano, Hijo de Diosa, Enéas, Rey troyano.

XLV.

»Cuántas nubes de muerte de Micénas Á asolar fueron la ciudad troyana; Cuál lucharon al pié de sus almenas Asia y Europa con crueza insana, Lo sabe el que las últimas arenas Pisa do va á quebrarse espuma cana; Lo sabe á quien la zona ancha intermedia Aisla, y sol abrasador asedia.

XLVI.

»Despues de aquel diluvio y largo viaje, Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje: El aire y agua, propiedad del hombre. No será al reino nuestro ingreso ultraje; Crecerá nuestro amor y tu renombre: ¡Si á Troya, Ausonios, vuestro seno abriga, No la vereis ingrata ni enemiga!

XLVII.

»Y esto lo juro por lo que es Enéas; Por su diestra, no ménos ya probada En sellar pactos que en vencer peleas. Muchos pueblos—tenernos en nonada Excusa, ¡oh Rey!, aunque extender nos veas En las manos la oliva; aunque embajada De súplicas traigamos—gentes muchas Ligas nos propusieron y no luchas.

XLVIII.

»Mas por divina voluntad guiados A los bordes venimos de tu imperio: A la cuna de Dárdano los hados Traen los nietos de Dárdano. Con serio Ordenamiento, á los tirrenos prados Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio, Nos mueve á las vertientes de Numico, El sabio Apolo, de promesas rico.

XLIX.

»Que en prenda de concordia aceptes fia Los breves restos de la Patria cara, Memorias de otra edad, quien los envía: Vé en qué oro libó Anquíses en el ara; Mira cuáles, si al pueblo reunia, En su alto tribunal cetro y tïara Príamo usaba, y el bordado arreo Por damas de Ilïon.» Habló Ilioneo.

L.

Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto, Miéntras, bajos los ojos, con prolija Pausa los vuelve, en el purpúreo manto, Ni en el cetro rëal la atencion fija: Ideas tales no le ocupan, cuanto El proyectado enlace de la hija; Y la voz del oráculo elocuente Revuelve pensativo allá en su mente.

LI.

«Que éste es,» se dice, «el anunciado yerno Con quien mi cetro he de partir, medito; El que hará de su raza el nombre, eterno, Y de su imperio el ámbito, infinito.» «Vos el augurio que feliz discierno,» Exclama luégo con gozoso grito, «Dioses, sellad, y coronad mi idea! Troyano, en lo que á tí, cual pides sea.

LII.

»Ni menosprecio el dón. Miéntras Latino Impere, no de fértiles terrenos Opimos frutos, de Ilïon divino Magnificencias no echareis de ménos. Y ¡oh! si unir con el nuestro su destino, Si hospedaje leal, dias serenos Anhela vuestro Rey, ¿por qué me niega De verle el gozo, y ante mí no llega?

LIII.

»Ojos amigos le verán; y en muestra De la alïanza que firmar decido, Estrecharé su diestra con mi diestra. Id, y en mi nombre referidle, os pido, Que una hija tengo que en la patria nuestra Hallar no puede para sí marido; Con profética voz glorioso abuelo, Con visiones de horror lo impide el Cielo.

LIV.

»Vendrá yerno extranjero á mi palacio; Me le anuncia infalible profecía: En él sus esperanzas finca el Lacio; Y él, su raza empalmando con la mia, De nuestro nombre llenará el espacio: Por tal el hado á vuestro Rey me envía; Créolo, y si es verdad lo que adivino, Lo anhela el corazon.» Habló Latino.

LV.

Y manda que, uno á uno, á los Troyanos Lleven sendos caballos: de trescientos Que en reales cuadras hay, los más lozanos. Con púrpura y bordados paramentos Y colleras riquísimas ufanos Van los ágiles brutos, opulentos Con el profuso aurífero tesoro, Y el bocado volviendo, muerden oro.

LVI.

Hermoso carro para el Rey ausente, Y dos potros con él, despacha luégo, Que, renuevos de eléctrica simiente, Por la abierta nariz despiden fuego: Los bridones del Sol secretamente Sagaz con yegua oculta á fértil juego Circe movió: fruto éstos de esa traza, Bastardos brotes son de etérea raza.

LVII.

Así, en régios corceles caballeros Y de régias mercedes abrumados, Portadores de paz, ya mensajeros, Tornaban á su campo los legados. Partiendo, á la sazon, de los linderos Argivos, con los céfiros alados Volando va de Júpiter la esposa En su carro gentil soberbia Diosa.

LVIII.

Y léjos, desde el sículo Paquino, Ve ledo á Enéas; ve á su gente, dada, En la tierra á quien fia su destino, Bases á echar de sólida morada, Las naves olvidando. En su camino Paróse adolorida y asombrada La Diosa, y meneando la cabeza, Sola consigo á razonar empieza:

LIX.

«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados, Por siempre opuestos á los hados mios! ¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados? ¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos? ¿Ilesos de sus muros abrasados Salir, y de las hondas de sus rios? ¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte, Hallar camino y restaurar la suerte?

LX.

»¡Á bien que de venganzas satisfecha Yo, ó cansada de odiar, desistiria! Luégo que el hado de Ilïon los echa, Prófugos restos, á la mar bravía, Mi cólera en las olas los estrecha, Les cierro á toda empresa toda via, Y armada, último golpe, les afronto Con las iras del cielo y las del ponto!

LXI.

»¿Qué me sirvió Caríbdis vasta, ó Scila, Ni qué las Sirtes? La nacion troyana Libre del mar, respecto á mí tranquila, Ya el Tibre deseado ocupa ufana. ¡Y á los Lápitas fieros aniquila Marte! ¡y en manos pone de Dïana Jove á los Calidonios por perdellos! ¿Cuál el gran crímen fué de éstos ó aquéllos?;

LXII.

»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo Cuanto recurso da el furor; que ensayo Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo? ¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo! Ajena mano, si en la lid flaqueo, Irá á encender de mi venganza el rayo; Y si el Cielo á mover mi voz no alcanza, Empeñaré al Averno en mi venganza!

LXIII.

»No ya el imperio del país latino, Ni de Lavinia la ofrecida mano (Si así inflexible lo ordenó el destino), Quitar pretendo al príncipe troyano. Mas yo estorbos sin cuento en su camino, Yo pondré entre ambas razas odio insano; A ambos reyes tan caro así les cueste Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!

LXIV.

»La sangre de dos pueblos es tu dote, Y madrina á tu union Belona asiste, Vírgen!... Hacha nupcial que incendios brote, Hécuba, no tú sola concebiste; Que tambien de dos pueblos para azote, De Páris ominoso copia triste, Nació el hijo de Vénus. Boda nueva Ya á Troya renaciente estragos lleva.»

LXV.

Dijo, y el carro la soberbia Diosa Con rápido descenso inclina á tierra; Y de aquella region que tenebrosa Las hermanas frenéticas encierra, Evoca á la ímpia Alecto, que rebosa En fraudes, iras y rencor de guerra; Que todo crímen é intencion dañada Tiene en ella su nido y su morada.

LXVI.

Horrible es entre monstruos infernales; Pluton mismo su padre, y las hermanas Tartáreas la detestan; ¡visos tales Y tantas apariencias inhumanas Toma y muda, afligiendo á los mortales! ¡En serpientes tan ásperas é insanas El crin le abunda que su cuello eriza! Juno á hablarle empezó, y así la atiza:

LXVII.

«Tú sola, hija de la Noche, puedes Conseguir lo que imploro; ¡oh vírgen! fio Que en tan estrecha coyuntura, vedes Que sucumba mi honor y el poder mio: No dejes tú que, entre nupciales redes de Latino envolviendo el albedrío, A mansalva el troyano aventurero Los ítalos confines tome artero.

LXVIII.

»Tu ardiente azote altera y tu veneno Públicos y domésticos enlaces; Por tí hermanos unánimes, terreno Sangriento van á disputar: falaces Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno Astuto anima, pues: juradas paces Rompe; discordias siembra: audaz asome La juventud; pida armas, armas tome!»

LXIX.

Al punto, el corazon y las miradas Infectas de ponzoña medusina, Del Rey á detenerse en las moradas, Alecto vuela á la region latina: Mueve en silencio á Amata sus pisadas: Amata á la llegada repentina De los Troyanos, y á la ansiada boda De Turno, su atencion dedica toda.

LXX.

En congojas y lloros femeniles Se abrasaba la Reina, cuando vino La Furia á su mansion con pasos viles: Tírale del cabello serpentino Uno de sus cerúlëos reptiles, Y se lo hunde en el seno, porque el tino Pierda, y corra el palacio, y á él trasmita Todo el furor del monstruo que la agita.

LXXI.

Y ya el áspid sutil por entre el bello Seno y las ropas de la Reina gira; Ya, sin que la infeliz se cure de ello, Víbora, alma de víbora le inspira: Crece, y dorada alhaja orna su cuello; Crece, y cinta elegante atar se mira Sus cabellos y sienes; crece, y blanda Hincha sus venas, por sus miembros anda.

LXXII.

Miéntra el vírus primero que destila De la ponzoña húmida, resbala Por los sentidos tímido, y vacila El fuego oculto que los huesos cala; Miéntras no oprime al ánima intranquila Toda la fuerza del incendio, exhala La dolorida Reina quejas tales A estilo y en acentos maternales:

LXXIII.

«¿Tú nuestra única hija» (y largo lloro Por la hija y frigias bodas derramaba, Así hablándole al Rey), «nuestro tesoro Darás á advenedizos? ¿Ni hallas traba En su suerte, en mi amor, en tu decoro? Haya viento propicio, ¡y por esclava Llevarásela á bordo, y dejaráme En duelo eterno el robador infame!

LXXIV.

»Ejemplo toma del pastor troyano Que de Esparta á Ilïon llevóse á Elena. ¿Qué? ¿y tus santas promesas son en vano, Tu patriótico zelo? ¿Harás ajena Esa que veces mil paterna mano Tendiste á Turno ya de afecto llena? Oigo me arguyes que forzoso agüero Subyuga el Lacio á príncipe extranjero.

LXXV.

»Si Fauno así sobre tu mente impera, No se rinde por eso mi deseo; Region independiente es forastera, Que á esto los Dioses aludieron creo: El orígen de Turno considera: Ínaco, Acrisio, entre los nombres leo Que, honrando patria extraña, honran su gente; Y la clara Micénas fué su oriente.»

LXXVI.

En balde hablaba así la Reina: mira Que en Latino sus voces no hacen mella; Y ya, quemando sus entrañas, gira El veneno furial por toda ella: Movida, en fin, de ponzoñosa ira, Fantasmas ve, respetos atropella, Y por la ancha ciudad el paso ciego Abrevia con febril desasosiego.

LXXVII.

Cual peonza que en plaza despejada De juguetones mozos circuida, Va, del torcido látigo azotada, Que hace que, vueltas dando, espacios mida; A ver el boj tornátil de pasada Necia, curiosa ociosidad convida Absorta turba; y ni el herir se aplaca, Ni él ménos bríos de los golpes saca:

LXXVIII.

Por medio á la ciudad, y entre sus gentes Indómitas, el paso precipita La Reina así con ímpetus ardientes. Nuevas furias concibe ya, medita Escándalo mayor: en accidentes Convulsivos, semeja que la agita Interno Baco: á selva hojosa, inculta, Lleva á la hija consigo; allí la oculta.

LXXIX.

Tál eludir ó deshacer aquella Boda intenta que teme y que desama: Y gritando ¡Evohé! de la doncella Unico digno á tí, Baco, proclama; Que por tí, dice, en tiernas hojas ella Viene á vestir tu predilecta rama; Por tí, ofrecida á tí, danzando en coro, Suelta de sus cabellos el tesoro.

LXXX.

Corre la nueva; y del furor tocadas Ya todas las matronas, desparcidas Las melenas al viento, sus moradas Dejan, buscando insólitas guaridas: Astas vibran de pámpanos ornadas, Y de rústicas pieles van vestidas; Otras dan voces de dolor. Blandea Amata en medio improvisada tea.

LXXXI.

Y anuncia á voces, con mirar de llama, De Lavinia y de Turno el himeneo; Y «¡Oid!» en brozno acento, «Oid,» exclama, «Oh matronas del Lacio, mi deseo: Si áun á la triste Reina amais que os ama, Si honrais fueros maternos, el arreo De las sienes al punto desatando Que órgias conmigo celebreis os mando.»

LXXII.

Así en los bosques, en feral desierto, Con estímulos báquicos incita Alecto á Amata; y como mira cierto Prender la llama que atizó maldita, Y en conflicto por ende y desconcierto Ve la real casa, y lo que el Rey medita, Hácia el rútulo audaz la Diosa triste Va en negras alas que su cuerpo viste.

LXXXIII.

Tiende ella el vuelo á la ciudad que él ama,— La cual Dánae, traida á la ribera Al ímpetu del Noto, fundó, es fama, Con acrisios colonos. Ardea era Floreciente el lugar, Ardea hoy se llama: Cambió la suerte, el nombre persevera. Allí, mediada ya la noche umbría, En su excelsa mansion Turno dormia.

LXXXIV.

Deja Alecto su cuerpo horrible, deja Su apariencia furial; la toma humana; Ara con rugas mustia faz de vieja; Con venda ciñe la melena cana Y con rama de oliva; y ya semeja A Cálibe, al andar, ministra anciana De Juno y de su templo. De esta suerte Muéstrase á Turno, y voces tales vierte:

LXXXV.

«¡Turno! ¿y así permitirás que nada Te sirvan tantos méritos, y lleve Huésped dardanio en mengua de tu espada El cetro que en justicia se te debe? Aquel enlace y dote conquistada Por tí con sangre, el Rey te niega aleve: Y á un extranjero en tu lugar convida. ¡Vé, y por ingratos luégo expon tu vida!

LXXXVI.

»Vé, y los Tirrenos debelando fuerte, La paz á los Latinos asegura! Estos avisos mándame traerte Entre el descanso de la noche oscura, Saturnia poderosa. ¡Sús! despierte Tu ardor la juventud, y la conjura Los muros á dejar, de armas provista, Y haz que á los Frigios animosa embista!

LXXXVII.

»Tú á ésos, que yacen junto al bello rio, Y á sus pintadas naves fiero hostiga Con rayo abrasador. El labio mio Te enseña lo que el cielo á hacer te obliga. Latino propio si en infiel desvío Niega el pactado enlace, como amiga Probó tu mano ya, pruébela ahora Justiciera tambien y vengadora!»

LXXXVIII.

Burlándose el doncel de la adivina, «No ha faltado,» contesta, «cual supones, Nuncio que á la ribera tiberina Me avise que llegaron galeones. ¿Mas tú á notificarme de rüina A qué vienes con lúgubres ficciones? No ha puesto la alta Juno todavía En olvido mortal la causa mia.

LXXXIX.

»Ya: decrépita edad, y asombradiza De suyo la vejez, tu mente, ¡oh buena Mujer! con temorcillos martiriza, Y de especies fatídicas te llena Viendo entre reyes la empeñada liza. Cuidar las aras tu deber te ordena; Hazlo, y deja del reino á los magnates Acordar treguas ó librar combates.»

XC.

En cólera creciente se inflamaba Alecto oyendo á Turno; y Turno, yerta Paró la vista, áun bien de hablar no acaba: Espantosa vision le desconcierta, Convulsivo terror sus miembros traba. ¡Así disforme á demostrarse acierta La Furia, al propio sér vuelta de lleno! ¡Tanto silban las hidras de su seno!

XCI.

Y ya con vista que abrasando mata, Al jóven, que algo, en la ocasion estrecha, En balde de añadir medroso trata, Sus ojos tuerce y la intencion desecha; Y dos gemelos áspides desata De la crin ruda de serpientes hecha, Chasquéalos su mano, ira rebosa, Y esto agrega con boca ponzoñosa:

XCII.

«¡Mira la ilusa aquí, la asombradiza, Á quien el peso de los años, buena Mujer, con temorcillos martiriza! ¡La que de especies vanas anda llena Viendo entre reyes empeñada liza! Torna, torna á mirar, si no te apena: Furia soy de los reinos infernales; Guerras llevo en la mano y fieros males!»

XCIII.

Así diciendo, vengativa tea Al jóven lanza, en cuyo triste pecho Ya con negro fulgor hundida humea. En sudor copiosísimo deshecho, Que brota y cala, pavorosa idea Su letargo interrumpe; y ya en el lecho, Ya fuera, con voz ronca y mano brusca, Armas pide frenético, armas busca.

XCIV.

Y en sed de sangre criminal, en fiera Rabia arde loco. Así en sonante llama Los costados de férvida caldera Cerca y envuelve allegadiza rama: Siente el agua el ardor, bulle ligera, Y enciéndese, y borbota, y se derrama La desbordada espuma, y vuelto nube El cálido vapor al aire sube.

XCV.

Hé aquí á sus nobles contra el rey Latino, Rompida entre ambos pueblos la alïanza, Turno señala militar camino, Y armados los convoca á la venganza: A Italia defender es su destino, Y rechazar al invasor; que alcanza Por sí sola, dice él, la fuerza suya, A que el Latino ceje, el Teucro huya.

XCVI.

Hecho á los suyos Turno estas razones, Y á los Dioses pedido fuerza y guía, Entre sí los rutulios corazones A la lid se estimulan á porfía: Corren unos á armarse campeones Ricos de juventud y lozanía; Quiénes fieros con sangre régia, y quiénes Con brazo ilustre y triunfadoras sienes.

XCVII.

Turno inflama á los Rútulos; y vuela A los Teucros en tanto Alecto impía: Con nueva traza, al márgen va do anhela Tras las fieras Ascanio ó las espía; Y con violento ardor hace que huela Rastros de ciervo la sagaz jauría Que Ascanio lleva. Rústicos furores Aquí nacieron; y despues, horrores.

XCVIII.

Con altos cuernos y gentil figura, Temprano hurtado al maternal sustento, Hubo un ciervo á quien daban con ternura De Tirreo los hijos alimento— Tirreo, aquel que en campos de verdura Custodiaba del Rey greyes sin cuento;— Mas si querido á los mancebos era, Silvia ante todos en su amor se esmera.

XCIX.

Ama él su servidumbre, ella le adora: Plácida jóven, la enastada frente Con süaves guirnaldas le decora, Peina á su ciervo y lávale en la fuente: Manso á la mesa va de su señora, Ledo caricias de su mano siente; Ociosas horas en la selva pasa, Mas de noche, aunque tarde, vuelve á casa

C.

De la querencia, á la sazon, distante, Ansioso el ciervo de apacible frio, Sesteaba en la playa verdeante, Nadando á tiempos á merced del rio. Los podencos de Ascanio, allí cazante, Fieros le avientan con ardiente brio; Y á impulso Ascanio de ambicion inquieta, Lanza del combo arco una saeta.

CI.

Y dió acierto fortuna á su descuido; Que á herirle los ijares, por el viento Volando al ciervo fué con gran rüido La flecha aguda. El triste huye sangriento A la usada mansion, y con gemido Como quien llora y llama en su lamento, Entra en su establo, y los contornos llena Con los ecos dolientes de su pena.

CII.

Con las palmas los brazos se golpea, Y alza Silvia tristísimos clamores; Fué el primer llamamiento que á pelea Convocó los fornidos labradores. Ellos (pues ya invisible la ímpia Dea Sembrara en la ágria selva sus ardores) Al punto comparecen: éste saca Tizon agudo; aquél ñudosa estaca.

CIII.

Cuanto ha tomado, en armas lo convierte La rabia, y toma cuanto á mano mira. Con recias cuñas, con empuje fuerte, Tirreo á la sazon á hender aspira Un roble colosal. Y como advierte Amenazas venir, fuego respira Del hacha asiendo arrebatado, y llama Los suyos á su lado y los inflama.

CIV.

Volando en esto la terrible Diosa, Que alta el momento de dañar espía, Precipítase audaz, y el ala posa En la cumbre mayor de la alquería; Y desde allí la seña sonorosa Que á pastores reune, al aire fia, Y por el campo, con el corvo cuerno, Hace sonar los ecos del Averno.

CV.

Y el campo se estremece y la arboleda, Y atónita retumba selva anciana En són profundo; y aunque léjos queda, Oye el clamor el lago de Dïana, Y el Velino, y el Nar, que blanco rueda Pues de vertientes sulfurosas mana; Trémulas madres, al rumor del trueno, Apretaron los hijos contra el seno.

CVI.

Corren al són de la bocina insana Los rústicos, tomando armas á tiento; Corre, á auxiliar á Ascanio, la troyana Juventud en abierto campamento. Ordénanse las haces: no es villana Riña ya, ni se ostenta el ardimiento Con macizas estacas ó tizones; No; que blanden el hierro, y son legiones.

CVII.

Oscura miés de puntas encontradas El campo cubre, y en dudosa liza Reflejan en las nubes las espadas Del sol los rayos. Tal primero eriza El piélago sus ondas, y encrespadas, Más y más cada vez se encoleriza, Y encumbrándose, en fin, desde su asiento, Esforzado amenaza al firmamento.

CVIII.

Hé aquí, lidiando en avanzada hilera, Crujiente flecha á su garganta asida Almon cayó, que entre los hijos era De Tirreo, el mayor. La cruda herida Con la ferviente sangre que aglomera, La húmida voz y la delgada vida Extinguió del mancebo, á cuyos lados Muchos otros sucumben derribados.

CIX.

Allí murió Galeso, que intervino Medianero de paz, ¡infortunado! Rico en tierras cual no otro convecino, Él, viejo ilustre, y de virtud dechado: Contaba en sus dehesas de contino Rebaños cinco de mayor ganado Y cinco greyes de lanosa cria; Y el campo con cien yuntas revolvia.

CX.

Miéntras pugnaban con incierto marte, Firme en cumplir lo que á su fe se fia Habiendo Alecto por su fuerza y arte Comprometido en bélica porfía Y funeral destrozo á cada parte, Arrebola con sangre su alegría, Deja á Italia, veloz cruza la esfera, Y á Juno en voz de triunfo dice fiera:

CXI.

«Lo que ansiaste, atroz guerra, odios insanos, Te doy: sangre ha corrido: ahora, si puedes, ¡Vé, reconcilia á Ausonios y Troyanos! Más allá iré, si gracia me concedes: Azuzaré los pueblos comarcanos, Y atraeré sus auxilios con mis redes Al incendiado campo de la guerra: De armas, si faltan, sembraré la tierra!»

CXII.

«Basta de ardides y traspasos; tente!» Juno así respondió: «robusta nace Esta guerra por sí: sangre reciente Tiñe las armas que el furor les hace, Y trábalos él mismo en lid patente. Que á tan ardiente union y estrecho enlace Venga de Vénus la famosa casta Y el rey Latino mismo, ésto me basta.

CXIII.

»¡Y véte al punto! El que en Olimpo impera No ya en paz que siguieses llevaria Vagante Furia en superior esfera: Si áun hay algo que hacer, á mí lo fia.» Miéntras hablaba así Juno altanera, Con áspides Alecto descogia Las bramadoras alas, deja el cielo, Y al Cocito veloz despeña el vuelo.

CXIV.

Hay en mitad de Italia, sojuzgado De montes, noble sitio, por la fama En apartadas tierras celebrado, A quien valle Omnisanto el vulgo llama: Selva le ciñe de uno y otro lado Con medrosa negrura y densa rama; Y entre rocas, en óndico tumulto, Por el bosque un torrente suena oculto.

CXV.

Horrenda cueva allí la vista espanta, Á Pluton y sus reinos abertura: Roto Aqueronte, férvida garganta Gran vorágine abre, y nube oscura De vapores pestíferos levanta;— Allí el odioso Númen su figura Escondió derribándose al profundo, Y su serenidad devuelve al mundo.

CXVI.

Entretanto á los bélicos furores Juno cuida poner última mano. A la ciudad los míseros pastores Acorren, y sin vida á Almon lozano Exponen; y esforzando los clamores, Hendido el rostro de Galeso anciano Enseñan; y cobrando la esperanza A los Dioses y al Rey piden venganza.

CXVII.

En medio al alegato se presenta Turno feroz, el cual de sangre y llama El terror con sus voces acrecienta: Que á reinar á los Teucros se les llama, Que frigia raza en su lugar se asienta, Y á él se pone á las puertas, dice, y brama; Y hacen parte con él hijos de aquellas Que de Amata en furor siguen las huellas.

CXVIII.

Miéntras las madres en vinosa danza Atropellan florestas y collados, (¡De una reina el ejemplo tanto alcanza!) Ellos de un númen infernal tocados, Convocan en tropel á la matanza, Contra el querer del Cielo y de los hados, Contra el temor de oráculos y agüeros; Y las puertas del Rey asedian fieros.

CXIX.

Cual peñon en los mares, él resiste; Como el peñon á quien con golpe rudo En fragor recio el oleaje embiste, Y él las ondas ladrantes oye mudo, Y escollos, rocas que la espuma viste Hirviente en derredor, los ve desnudo, Y firme mira, en sus costados rota, Ir y venir el alga que le azota.

CXX.

Yendo las cosas á merced de Juno, Al fin el mal consejo halló camino; Tál que, habiendo á los Dioses uno á uno Y á los vientos alígeros Latino Conjurado con votos importuno, «En ondas,» dice, «adversas el Destino Nos arrastra. Vosotros, homicidas, La impiedad pagareis con vuestras vidas.

CXXI.

»Á ti está reservado acerbo filo; Tarde á los Dioses volverás tu ruego, ¡Oh Turno desdichado! Yo al asilo Que abre la tumba á mi esperanza, llego; Sólo me privas de morir tranquilo!» Habló Latino, y encerróse luégo, Y á tristes pensamientos entregado, Las riendas abandona del Estado.

CXXII.

Fué en el Lacio costumbre;—los albanos Pueblos la honraron luégo; y la gran Roma, Hoy si á los Getas lleva ó los Hircanos Luto, ó sobre los Arabes asoma, Ó á Oriente ó á los Indos va lejanos, Ó enseñas propias á los Partos toma, Roma, abriendo á sus triunfos la carrera, En la misma costumbre persevera:—

CXXIII.

Y es así que dos puertas tiene iguales El templo que renombran de la Guerra, Por ritos consagrado inmemoriales, Y por Mavorte, que sangriento aterra: Guarnécenle cien barras, y son tales El bronce y hierro que lo mura y cierra, Que el tiempo destructor los muerde en vano; Y firme los umbrales guarda Jano:

CXXIV.

Y apénas el Senado la balanza Inclina por la guerra, ya, ceñida Romúlea toga á la gabina usanza, Vistoso el Cónsul presentarse cuida; Las chilladoras puertas abre, y lanza El grito que venganzas apellida: Le sigue el pueblo, y la guerrera pompa El clangor solemniza de la trompa.

CXXV.

Estas puertas de lúgubre destino, Rebelde chusma con furor tirano, Siguiendo la costumbre, al buen Latino Mandaba abrir contra el poder troyano; Mas á alargar el Padre no se avino Al ministerio vil la régia mano, Y en sombras ocultóse. El vacuo puesto La Reina de los Dioses llena presto.

CXXVI.

La cual del cielo rápida desciende, Y ella misma las puertas rechinantes Empuja, y los ferrados postes hiende. Italia, al punto, adormecida en ántes, En bélico furor toda se enciende: Quiénes á pié se ensayan; arrogantes Quiénes, en polvo envueltos, potros doman; Ya todos piden armas, armas toman.

CXXVII.

Y á las hachas dan filo, y pulimento Á los lisos escudos y saetas; Quieren banderas tremolar al viento, Que el viento hieran voces y trompetas: Renuevan, pues, al yunque el armamento Cinco ciudades, á porfía inquietas: Árdea, Atina potente, Crustumero, Y Antena torreada y Tíbur fiero.

CXXVIII.

Aperciben las cóncavas celadas, De cabezas reparo; adargas nuevas De varillas de sauce conformadas, Y corazas metálicas y grevas, Hecho el argento láminas delgadas; Y nadie ya ni en hoces ni en estevas Ocupa el pensamiento; que humillado Yace y se esconde el arte del arado.

CXXIX.

¿No ves cuál de sus padres los aceros Reforjan en el horno? El clarin suena; Pasa de mano en mano entre guerreros El símbolo marcial: aquél estrena Yelmo arrumbado en casa; aquéste fieros Potros á desusado yugo enfrena; Y la de triple franja, áurea loriga, Toma, el escudo fiel, la espada amiga.

CXXX.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona, Mi númen sed! Qué jefes principales Corrieron á ganar triunfal corona Decid, qué gentes los siguieron; cuáles Nobles varones en la hesperia zona Ya florecian: honras desiguales Da Fama oscura á tan insignes hombres; Vosotras los sabeis, dictad sus nombres!

CXXXI.

Mezencio de los términos tirrenos, De los Dioses reidor, primero vino, Y armó los suyos de coraje llenos: Lauso con él, mancebo peregrino, El cual gallardo sobre todos, ménos Turno, se ostenta, y de otro rango dino; Hábil jinete y cazador de fieras: ¡Nunca hijo de Mezencio, ay triste, fueras!

CXXXII.

De Agilina mil hombres sacó en vano Lauso infeliz. En pos de estas legiones Noble Aventino en el gramoso llano Su carro y sus indómitos bridones Lanza, con palma triunfadora ufano: De Hércules la hermosura y los blasones Heredó, y á su escudo da ornamento Hidra ceñida de culebras ciento.

CXXXIII.

Dióle á luz en las sombras del collado Que, como él, goza el nombre de Aventino, Rea, sacerdotisa, que al agrado Cedió, débil mujer, de un sér divino, Luégo que, habiendo á Gerïon postrado, A las regiones de Laurento vino El semidios, y en tiberinas olas En paz lavó sus vacas españolas.

CXXXIV.

Trae el hijo de Alcídes su vestido, Que ancho los hombros y hórrido cubriendo Arrastra en puntas á los piés partido: Piel que muestra, á su frente adorno horrendo, Los albos dientes de un leon vencido Tal á su regio alcázar va tremendo Aventino marchando. Sus peones Menean fieros dardos y rejones;

CXXXV.

Y la sabina pica aterradora Blandiendo van. Tras éstos, dos hermanos Dejan, Catilo y el fogoso Cora, Argiva copia, jóvenes lozanos, Los tiburtinos muros que decora Nombre fraterno; y á lidiar insanos Acorren, y con armas delanteras A romper del contrario las hileras.

CXXXVI.

Hijos de nubes dos Centauros, cuando De níveas cumbres rápidos descienden. Así, ancho espacio abriendo, resonando, Arbustos postran y la selva hienden. Tambien Céculo vino con su bando, Fundador de Preneste, el cual entienden Todos los siglos que entre vil ganado Nació, y fué pronto junto al fuego hallado.

CXXXVII.

De todas partes campesina hueste Al Rey se adscribe que engendró Vulcano: Los que tratan las cimas de Preneste, Los que de Gabia, á Juno grata, el llano; Los que el gélido Anio, y el agreste Hérnico monte con arroyos cano; Los que las tierras de la rica Anaña; Padre Amaseno, y las que tu onda baña.

CXXXVIII.

No armados todos van de firme hoja, Ni hacen ellos sonar carro y escudo: Gente es que en balas pardo plomo arroja; Algunos blanden doble dardo agudo: De piel de lobo capellina roja Les defiende la sien: de cuero crudo Lleva el derecho pié cerrada abarca; Desnudas huellas el izquierdo marca.

CXXXIX.

Gran domador de potros vino luégo Mesapo, el hijo de Neptuno: el hado Le protege, y ni á espada ni con fuego Su sacra vida vulnerar es dado. Él á su pueblo, en secular sosiego A pacíficas artes avezado, A la guerra de súbito apellida, Empuñando el primero arma homicida.

CXL.

Forman la multitud que le acompaña Los que el suelo Falisco y Fescenino, Los que el alto Soracte, y la campaña Flavinia, y lago y bosques de Cimino Tratan, y de Capena la montaña. Más que terrestre, ejército marino, No de hombres, sino de aves le creyeras, Movidas con estruendo á las riberas.

CXLI.

En ordenadas filas los loores Cantando de su Rey marchaban ellos, Cual entre húmedas nubes sus candores Muestran los cisnes de Caistro bellos Cuando vuelven del pasto, y triunfadores Cantos exhalan de los largos cuellos; Y el rio suena y los asianos vados De la celeste música agitados.

CXLII.

Guiando Clauso va grandes legiones, Igual él mismo á una legion potente; Clauso, ilustre varon, de los varones Antiguos de Sabinia procedente, Del cual por las latinas poblaciones, Tribu admitida al fin, la Claudia gente Se propagó, desde que Roma dada Fué en parte á los Sabinos por morada.

CXLIII.

Los de Amiterna, innumerable cuento. Los de Cúres y Ereto habitadores A Clauso unirse veo en un momento: La olivosa Mutusca guerreadores Da á su turno, y la villa de Nomento, Y el campo de Velino, rico en flores; Y van los que en Severo desabrido Y en las Tétricas cumbres hacen nido.

CXLIV.

Y la Casperia y Forunila gente, Y la que Himela en sus riberas cria; La que bebe del Tibre en la corriente, Y en las aguas de Fábaris: la fria Nursia y Orcia tambien su contingente, Y el latino país el suyo envía; Tambien arma sus hijos la campaña Que Alia (¡nombre nefasto!) cruza y baña.

CXLV.

En número á las ondas van iguales Que ruedan en el piélago africano Si triste se hunde en aguas invernales Orion; ó á las que de Hermo en fértil llano Ó en las mieses de Licia candeales Espigas densas tuesta rayo insano;— Y suenan los escudos, y la tierra Treme, de piés batida, en són de guerra.

CXLVI.

Griego, Haleso odia á Troya: sus bridones Unce al carro, y á Turno, á lid dispuestas Arrastra mil valientes poblaciones: Aquellos que del Másico en las cuestas Cultivan, Baco, tus preciosos dones; Los que enviaron de sus ágrias crestas Los Auruncos ancianos; los vecinos De los húmedos campos Sidicinos;

CXLVII.

Y los que á Cáles dejan y las bravas Satículas guaridas, y el asiento Que tú, Volturno, con tus ondas lavas; Llegan al par los Oscos ciento á ciento: Todos redondas y erizadas clavas Prendidas llevan con flexible amiento: Adarga que la izquierda cubre enseñan Y el corvo alfanje con que en lid se empeñan.

CXLVIII.

Ni á tí en mis versos dejaré en olvido En la ninfa Sebétide engendrado, Ebalo, por Telon, cuando adquirido Hubo de los Telebos el reinado, Y en Cáprea, anciano ya, sentó su nido. Estrecho el hijo en el paterno estado, A los campos Sarrastes le dilata, Y á los llanos tambien que el Sarno trata.

CXLIX.

Y de Bátulo y Rúfras las regiones Le obedecen, y el valle de Celena, Y la que Abela entre altos torreones Campiña mira al pié de pomas llena. Tercian la pica á guisa de Teutones: Almete de alcornoque la melena Ciñe en torno: de acero cicaladas Brillan las peltas, brillan las espadas.

CL.

Dichoso en lides, rico en gloria, Ufente, A tí á la guerra Nersa montuosa Tambien te diputó. La esquiva gente De los Ecuos te sigue, que escabrosa Tierra ocupa, y de asaltos impaciente En la caza de monte no reposa: Siempre á nuevos despojos se aperciben, Armados andan y de presas viven.

CLI.

Tambien, marruvio sacerdote, vino Umbron á combatir; movióle á tanto El rey Arquipo: sobre yelmo fino Tiende sus hojas el olivo santo. Él los monstruos del reino serpentino Con el tacto domaba y con el canto; Iras durmiendo de dragon furente Manso paraba el ponzoñoso diente.

CLII.

¡Mísero sabio! no será que vede El paso á la troyana arma homicida Tu canto soporífero; ni puede Hierba sanar la inevitable herida Si en Marsos montes se buscase adrede. El bosque te lloró que Anguicia cuida, Y las diáfanas olas de Fucino; Vivos lagos lloraron tu destino.

CLIII.

Luégo, prole de Hipólito, dechado Llegó, Virbio, de garbo y lozanía: Con la prístina gloria señalado Materna Aricia á pelear le envía Del fondo de la selva en que educado Fué por Egeria, cabe la onda fria, A par del ara ilustre de Dïana, Rica en votos, no tinta en sangre humana.

CLIV.

Es fama que despues que sin ventura, Por traza infame de madrastra fiera Y de padre cruel sentencia dura, Fué Hipólito arrastrado en la ribera Por caballos sin freno, al aura pura Tornóse á alzar y á la superna esfera, Por merced de Dïana y su cuidado Con médicas raíces reanimado.

CLV.

Miró indignado el Padre Omnipotente Que un hombre de los reinos infernales Volviese así con apacible frente A la luz y á los hálitos vitales, Y ráfaga flechó de fuego ardiente Contra el de ciencia tanta y hierbas tales Sabio descubridor, hijo de Apolo, Y en las estigias aguas sepultólo.

CLVI.

Compadecida entónces la alma Diosa A Hipólito tendió su mano pia, Y en morada le oculta nemorosa Y allí á la ninfa Egeria le confía: Oscuro así y en soledad dichosa Una vida ingloriosa viviria Por las selvas itálicas, cual hombre Nuevo, de Virbio bajo el nuevo nombre.

CLVII.

Al templo y á los bosques de Dïana Por eso á los cornípedos corceles Llegar no es dado, pues la mar cercana Huyendo, y monstruos de la mar crueles, Tiraron mozo y carro en fuga insana. Él no ménos audaz, ellos más fieles, Sus potros en el campo el hijo incita, Y su carro á la guerra precipita.

CLVIII.

Revuélvese ante todos corpulento Y sobre todos la cabeza eleva Armado Turno, cuyo almete al viento Triple penacho ofrece, y alta lleva Quimera que respira etneo aliento: Ella su ardor al parecer renueva Envuelta en tristes llamas, á medida Que la lid se ensangrienta embravecida.

CLIX.

Con altos cuernos y relieves de oro En tanto el terso escudo abulta Io, Prole aparente de cerdoso toro (Nobiliaria leyenda); Argos impío Custodio allí de virginal tesoro Osténtase tambien; tambien un rio Figurado de líquida abundancia De la urna cincelada Ínaco escancia.

CLX.

Con trabadas rodelas en los llanos Una nube le sigue de peones: Allí van los Argivos, los Sicanos Antiguos, en cerrados batallones, Y Rútulos, y Auruncos, y Sacranos; Los Labicos, que pintan sus blasones; Los que te explotan, Tibre, en bosques rico, Y tus sagradas márgenes, Numico.

CLXI.

Y las gentes que rútulos collados Cultivan; las que tratan la colina Circea; las que campos sojuzgados A Júpiter Anxur, y el que domina Holgándose en sus verdes arbolados Feronia; las que la húmeda Pontina Laguna, y hondos valles por do Ufente Helado va en el mar á hundir la frente.

CLXII.

Con gallardo escuadron la marcha cierra Honor, Camila, de la Volsca gente: Sus jinetes temblar hacen la tierra Acorazados de metal luciente. No á hilar, no á tejer mimbres, mas en guerra A lidiar y á sufrir, manos y mente Dió la animosa vírgen, que en su vuelo Vence al aura y apénas toca el suelo.

CLXIII.

Sobre campos y mieses pasaria Sin mover las aristas la doncella En su rápido curso; cruzaria Con planta enjuta y fugitiva huella Hinchadas olas de la mar bravía Como suspensa aparicion. Por vella, Mozos, hembras, en campos y poblados, Acuden á su paso embelesados.

CLXIV.

Y áun de léjos admiran cómo vuela Gentil; cómo con púrpura los bellos Hombros, terciando regio manto, vela; Y cómo los undívagos cabellos En auríferos hilos encairela; Cómo con licia aljaba da destellos; Y cuál blande con noble desenfado El mirto pastoral de hierro armado.

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