LIBRO NONO.
Miguel Antonio Caro translation
I.
Miéntras Fortuna en el etrusco suelo En tal manera los sucesos guia, Hácia el osado Turno desde el cielo Juno, hija de Saturno, á Íris envía. En el bosque de un valle que el abuelo Pilumno consagró, Turno yacia, Y así empiézale á hablar puesta delante, Con róseos labios la hija de Taumante:
II.
«Lo que deidad ninguna, por corona A humano ruego, prometer osara, Por sus pasos el tiempo te ocasiona, Turno, y ansa de triunfos te depara: Sus proyectados muros abandona, Y flota y compañeros desampara Enéas, y de Evandro palantino Al poder y amistad tienta camino.
III.
»Y áun más: en las etruscas poblaciones Penetra, incita la nacion tirrena, Levas hace de rústicos peones. Corta demoras tú: sazon es buena Para armar carros, para uncir trotones; ¡Vé, y su campo turbado desordena!» Dice, y huyendo con parejas alas, Entre nubes de su arco abre las galas.
IV.
Conocióla el mancebo, tiende iguales Las manos á la vírgen, y en su vuelo Léjos la sigue con palabras tales: «¡Íris, nuncia gentil, joya del cielo! ¿Quién así de los cercos siderales Envuelta en nubes te redujo al suelo? ¿Qué imprevista estacion? ¿qué cambio es éste? Aléjase la bóveda celeste,
V.
»Y en el éter erráticas estrellas Contemplo. Ya el belísono mandato Que con agüero de esplendores sellas, Quienquier tú fueres, obediente acato.» Dice, á las aguas se encamina, y de ellas Toma en las palmas, y á los Dioses grato Sus nombres invocando muchas veces, Hinche la esfera de devotas preces.
VI.
Ya las armadas tropas á porfía Marchando en los abiertos campos veo, Ufanas con veloz caballería Y ricas de oro y de vistoso arreo: Mesapo las primeras haces guia; Las últimas, los hijos de Tirreo: En medio alto adalid Turno campea, Y á todos corpulento señorea.
VII.
Así el Gánges en plácida creciente En siete brazos silencioso fluye; Y el Nilo, cuando á su álveo la corriente, Con que inunda los campos, restituye, Así avanza tambien calmosamente. Ya la nube de polvo que circuye Al ejército, han visto los Troyanos Negra formarse en los tendidos llanos.
VIII.
Y de frontero alcor así el primero Gritó Caíco: «¿Á quién horror y grima No pondrá, ciudadanos, ese fiero Tenebroso turbion que se aproxima? ¡Sús! ¡dardos hay aquí! ¡venga el acero! ¡Y á los muros trepemos, que está encima El enemigo!» Y con clamor ingente Cierra las puertas la troyana gente.
IX.
Que Enéas, sabio capitan, el dia Que partió, de apariencias lisonjeras No fiarse jamás mandado habia, Ni salidas hacer: que las trincheras Guardasen, dijo, con tenaz porfía. Sus puestos á ocupar corren ligeras Las armadas legiones; y es en vano Que ira en contra y pudor se den la mano;
X.
En vano, que encendida en ellos arda La muchedumbre por lanzarse: cuida De obedecer primero, y densa aguarda Y firme en huecas torres la avenida. Turno, en tanto, á su hueste en pasos tarda, Adelántase audaz, suelta la brida, Con veinte caballeros de alta cuenta, E improviso ante el muro se presenta.
XI.
Sobre un corcel de Tracia lozanea Que blancas manchas luce; cresta roja Sobre el dorado morrïon ondea. «¿Quién de vosotros, á mi ejemplo, enoja Con fiero reto á los contrarios? ¡Ea!» Dice, y blandiendo un dardo, alto le arroja, Nuncio marcial, y el potro que sofrena Con garbosa altivez lanza á la arena.
XII.
Síguenle en clamoroso movimiento... Mas ¿quién de ellos pensara lo que mira? El Troyano, en inerte encogimiento, No igual lid á empeñar armado aspira, A cobijar su campo sólo atento. Los muros registrando Turno gira Furioso en su corcel, y abrir espera, Por donde entradas no hay, de entrar manera.
XIII.
Cual, llena, asedia un lobo á una majada En alta noche; y vientos y aguaceros Arrostra, y por la cerca tienta entrada; Balan bajo las madres los corderos; Él ruje, y ya en su presa, áun no tocada, Ceba sus apetitos carniceros; Que el hambre acumulada le atormenta Y arde, áridas sus fauces, sed sangrienta:
XIV.
El Rútulo adalid, de igual manera, Mirando los rëales y los muros En ímpetu fogoso se exaspera, Derrítele el dolor los huesos duros: Penetrara en la plaza si pudiera; Y piensa cómo á los que ve seguros Encerrados Troyanos, fuéra llame Y á igual lid en los campos los derrame.
XV.
Con surtas popas la troyana armada En la orilla contigua á los reales, Yacia de trincheras resguardada, Con foso, en derredor, de aguas fluviales. Abalánzase Turno á la estacada: A los suyos, que llegan con triunfales Aplausos, al incendio alienta, excita; Él mismo un inflamado pino agita.
XVI.
De Turno en pos la juventud se arroja, Que del jefe el ejemplo la espolea; Los hogares intrépida despoja, Y ármase cada cual de negra tea: Con densas nubes sobre llama roja Ya aquel, ya este tizon arde y humea; Y al cielo remontándose Vulcano Las pavesas esparce al aire vano.
XVII.
¡Musa! ¿cuál Dios de la troyana flota Apartó, dí, la vencedora llama? La evidencia del hecho está remota, Mas tradicion eterna lo proclama. Cuando leños del Ida á mar ignota Enéas iba á confiar, es fama Que al poderoso Júpiter, su hijo, La alma Diosa Cibéles así dijo:
XVIII.
«Sé propicio á mi ruego y mi querella, Ya que el cetro me debes con la vida: Tuve yo una floresta que descuella Entre pinares, coronando el Ida; Muchas ofrendas recibí yo en ella, Largos años por mí favorecida: Huecos sagrarios, con la sombra oscuros De pinos resinosos y arces duros.
XIX.
»Yo he cedido estos árboles de grado Al dardanio mancebo, de bajeles Menesteroso. Hoy roedor cuidado Me aflige: tú le ahuyenta; tú á Cibéles— Filial premio á sus preces reservado— Da que sus tablas nunca hundan crueles Viento ni mar, señuelos ni embestidas; ¡Válgales en mis montes ser nacidas!»
XX.
«¿Qué pretendes,» responde, «madre mia?» El que mueve los cercos siderales: «¿Á naves, obra de un mortal, cabria El fuero de las cosas inmortales? ¿Andar seguro por incierta via El troyano adalid? ¿Caprichos tales Habian de alterar leyes del Hado? ¿Tal poder á cuál Dios jamás fué dado?
XXI.
»Concedo, empero, por calmar tus penas, Que al fin—cuando por líquidos caminos Hayan á las itálicas arenas Llegado, y en los campos laurentinos Puesto á su capitan, de mal ajenas— Su sér mortal las naves de tus pinos Pierdan, y cada cual se trueque en Dea, Cual Doto de Nereo ó Galatea,
XXII.
»Y esotras que, del mar húmedas Diosas, Cortan con pecho de marfil liviano Del piélago las capas espumosas.» Por las riberas del Estigio hermano Con torrentes de pez vortiginosas Juró lo dicho el Númen soberano; La frente inclina, y del Olimpo dueño, El Olimpo estremece con su ceño.
XXIII.
Cumplido el plazo por las Parcas fuera, Llegaba, en fin, el prometido dia: De la flota á apartar la llama fiera Turno á la Diosa en su feroz porfía Constriñe. En esto iluminó la esfera Nueva luz; nube inmensa Oriente envía, Cruzar la ven el ámbito sereno Y que coros del Ida hinchen su seno.
XXIV.
Y una voz resonó tremenda y clara Que á Rútulos envuelve y á Troyanos: «¡Teucros! á defender mi flota cara Alados no acudais ni armeis las manos; Cual si los mares á incendiar probara, Saldrán de Turno los intentos vanos. ¡Huid, diosas del mar! ¡Cada una horra— Vuestra madre os lo manda—el ponto corra!»
XXV.
Y suéltase cada una en tal momento Del cable que la tuvo prisionera; Y de proa zabullen, y el asiento Solicitan del piélago, á manera De nadantes delfines; y ¡oh portento! ¡Oh pasmo! cuantas vido la ribera De bronce en su recinto ancladas proras, Tantas vírgenes surgen bullidoras.
XXVI.
Los Rútulos temblaron: del espanto Mesapo mismo poseer se deja Que á sus caballos alborota; en tanto Que, formando sus ondas ronca queja, No á impelerlas se anima el Tibre santo, Medroso, y de la mar la planta aleja. Mas del audace Turno nada alcanza A abatir la soberbia confianza.
XXVII.
Ántes enciende, y entusiasmo inspira Con su elocuencia: «Este prodigio,» exclama, «A los Troyanos solamente mira Infausto. Si es que Júpiter los ama, Hoy su auxilio á las claras les retira; Ya sobra nuestro acero y nuestra llama, ¿En el mar qué les queda ni en la tierra? Sendas de salvacion el mar les cierra:
XXVIII.
»Nada esperan allá, y en nuestras manos Acá la tierra ven; que mil legiones Itálicas la cubren. Hoy, hoy vanos Esos presagios son y predicciones. Que orgullosos ostentan los Troyanos; ¡Qué! ¿de Ausonia en las fértiles regiones Ya no surgieron? Con lo cual sobrado A Vénus dióse y á la ley del Hado.
XXIX.
»Yo tambien tengo mi inmutable síno: A una gente de esposas robadora Destruir por la espalda es mi destino! De los Atridas el dolor, yo ahora Lo pruebo: ni á Micénas sola avino Ser de justa venganza ejecutora!... ¿Qué capital castigo una vez basta?... ¿Mas si la ruina la maldad no gasta?
XXX.
»Esos golpes mortales de la Suerte Leccion han sido que enseñar podia Contra toda mujer odios de muerte! ¡Demente obstinacion! Ved cómo fia En valla y foso, contra golpe fuerte Breve retardo, la nacion que un dia, Aunque obra de Neptuno mal seguros Vió en llamas perecer sus altos muros!
XXXI.
»¿Quién ahora, elegidos compañeros, De vosotros, vendrá á meter conmigo El hacha en esos frágiles maderos? ¿Quién á invadir ese tremente abrigo? No; ni armas de Vulcano, ni guerreros Buques mil, contra mísero enemigo He menester; y porque más se aneguen, Que todos los Etruscos se les lleguen!
XXXII.
»Ni teman de nosotros, cual del Griego Que robó el Paladion, cobarde, oscuro, Cruel asalto, ni que al vientre ciego De un caballo trepemos; no: les juro Que en pleno sol y cara á cara, el fuego En torno llevaremos de su muro; ¡Y así, que con los Dánaos no pelean Que Héctor diez años entretuvo, vean!
XXXIII.
»Mas la parte mejor pasó del dia; Y porque bien habeis entrado, el resto Justo es dar al descanso y la alegría, Y esperad nueva lid con nuevo arresto.» Así habló Turno; y á Mesapo fia El dar, enfrente á las salidas, puesto A vigilantes tropas delanteras, Y las murallas rodear de hogueras.
XXXIV.
Toca á catorce jefes escogidos El cerco de la plaza; cien soldados Atentos á cada uno dan oidos: Y ya con roja pluma empenachados Rondan, en oro espléndido ceñidos: Remúdanse: en la hierba recostados Encomiéndanse á Baco, y se solaza Vaciando cada cual su henchida taza.
XXXV.
Hacen guardia, al fulgor de las hogueras, Y jugando entretienen el desvelo. Desde lo alto, á la vez, de sus trincheras Mirando están el ocupado suelo Los Troyanos; y puertas y barreras Requieren, no sin tímido recelo; Y las torres con puentes relacionan, Y las ceñidas armas no abandonan.
XXXVI.
Mnesteo y el intrépido Seresto Dirigen la defensa. Para cuando Sobreviniese temporal funesto, Enéas, al partir, á ambos el mando Encomendó de aquella gente. Puesto Cada cual, los peligros sorteando, Con solícito afan á ocupar vuela, Y hacen todos por turno centinela.
XXXVII.
Niso una puerta á la sazon guardaba, Niso, el hijo de Hírtaco, guerrero Terrible, á quien el Ida, cuna brava, Selvática mansion, por compañero A Enéas envió, con llena aljaba Y firme dardo cazador ligero: Euríalo con él, gallardo mozo A quien apénas apuntaba el bozo.
XXXVIII.
Más que Euríalo hermoso, armas troyanas Mancebo no vistió; verle enamora: Fueron en paz y en guerra almas hermanas Los dos; comun deber los junta ahora. «¡Euríalo! ¿algun Dios á las humanas Mentes dará este afan que me devora?» Niso dice: «¿ó su propio terco anhelo Cada uno juzgará ser voz del Cielo?
XXXIX.
»A la lid, ó á algo grande, arduo, me instiga Implacable hace rato el pensamiento. ¿Cuál confianza el Rútulo no abriga? ¿Ves? rara luz alumbra el campamento: Los vence el vino, y ya el sopor los liga; Ningun rumor se siente ó movimiento En la vasta extension. Mi interna lucha Contempla ahora, y lo que pienso escucha:
XL.
»Quieren todos, el Pueblo y el Senado, Llamar á Enéas, y enviarle quienes Hagan fiel relacion de nuestro estado. Si me prometen lo que pida, y vienes Tú en llevarlo (yo quedo asaz pagado Si glorioso suceso honra mis sienes), Iré; que al pié de aquel collado, creo, Hay senda cierta al monte Palanteo.»
XLI.
Quedó atónito Euríalo con esta Revelacion; y ya con sed de fama El ánimo encendido, así contesta Al noble amigo que en su ardor le inflama: «Niso, tu ingenio á conquistar se arresta Tanta gloria, ¿y contigo al que te ama No has de llevar? ¿Y yo sin compañía Tanto riesgo arrostrar te dejaria?
XLII.
»¡No! á más nobles acciones fuí criado Cuando, naciendo entre el marcial rüido Y las desgracias de mi Patria, alzado Me hubo en brazos Oféltes, aguerrido Varon, mi padre; y luégo acá, á tu lado, A más altos objetos he venido, Miéntras siga por áspero sendero Al buen Rey mio hasta el confin postrero.
XLIII.
»Hay aquí un alma que la vida en nada Aprecia ante la gloria. Con mi vida Yo tu gloria daré por bien comprada.» Niso á esto replicó: «Jamás temida Fué por mi en pecho heroico accion menguada; ¡No! así Jove, así el Dios que en mi partida Haya de ser de mi intencion testigo, A los brazos me vuelva del amigo!
XLIV.
»Mas atiende: si ya fortuna loca, Desdichada ocasion, deidad esquiva (Que á casos tantos mi ambicion se aboca, Cual ves), en este lance me derriba; De ambos, á tí sobrevivir te toca, Que no á mí, por tus años: sobreviva Quien mi cuerpo, del campo del combate Traido, ó recobrado por rescate,
XLV.
»Mande á la tierra;—ú honras, y, vacía, Me dedique una tumba, si es que fiera Niega aquello la suerte... ¿Y yo sería Quien, causando fracaso igual, hiriera El tierno pecho de una madre pia Que, excepcion entre ancianas, va doquiera Siguiéndote, garzon, en nuestras huestes, Y el regio hospicio despreció de Acéstes?»
XLVI.
«Vanas razones en tejer porfías,» Interrumpe el intrépido mancebo: «Abreviemos el paso; no en mis dias Me apartarás de la intencion que llevo.» Y diciendo, despierta á los vigías, Que por órden acuden al relevo. Sigue Euríalo á Niso; á andar empiezan, Y al príncipe los pasos enderezan.
XLVII.
Por los campos los otros animales Ya anegaban en sueño sus cuidados Y la ingrata memoria de sus males. Trataban á ese tiempo, congregados, De la ardua situacion los principales Caudillos y la flor de los soldados: ¿Qué haremos, dicen, en angustia tanta? ¿Quién hácia Enéas moverá la planta?
XLVIII.
En pié están, en mitad del campamento, Apoyado cada uno en luenga lanza, Puesto al brazo el escudo. En tal momento Llegaron, y agitados de esperanza, Los dos piden audiencia: un pensamiento Anuncian, que con creces la tardanza Resarcirá que causen. Acogida Les da Ascanio, y á Niso á hablar convida.
XLIX.
El cual les dice: «Sin injusto ceño, Nobles jefes, oid nuestras razones; Ni por la edad juzgueis de nuestro empeño. Yacen los enemigos escuadrones Entorpecidos del licor y el sueño: Campo á nuestras astutas intenciones Propicio allí se ofrece, do la puerta Que mira al mar, dos sendas abre incierta.
L.
»Negro vapor al cielo enviando, humea Á largos trechos moribundo fuego. Si permitiereis que ensayado sea Por nuestras manos de fortuna el juego, Y á la ciudad vayamos Palantea A buscar nuestro jefe, luégo, luégo Terrible con la sangre y los despojos Le gozarán presente vuestros ojos.
LI.
»Y no temais que entre el silencio mudo Andando de la noche, un extravío Avenga: en estos sitios á menudo Hemos cazado, y desde valle umbrío Descubrir la ciudad la vista pudo, Y explorado tenemos todo el rio.» Calló Niso; y Alétes, noble viejo, Sabio varon de magistral consejo,
LII.
«Númenes, cuyo brazo patrocina A Troya!» exclama: «á fe que á los Troyanos No preparais una total rüina Cuando así en años suscitais tempranos Ímpetus tales de virtud divina!» Y á ambos ciñe los hombros, y las manos Estréchales, y en llanto de alegría El rostro humedeciendo, proseguia:
LIII.
«Premios á vuestros méritos iguales, Mancebos, ¿dó hallaré que os galardonen? Lo primero, los Dioses inmortales Y las propias conciencias os coronen! Apreciadores de servicios tales, Segunda recompensa á fe que os donen, Enéas hoy, y cuando llegue el dia Ascanio, que olvidaros mal podria.»
LIV.
«Más digo,» Ascanio interrumpiendo exclama; «Por los Lares de Asáraco, y el fuego De Vesta inextinguible, y cuantos ama Grandes Dioses mi casa, Niso, os ruego Volvais el padre al hijo que lo llama, Que se cuenta sin él perdido y ciego: Mis esperanzas y el destino mio Yo en vuestros pechos sin reserva fio.
LV.
»Venga él, y en gozos trocará lamentos, Y el hado amansará que nos maltrata. Dos vasos de abultados ornamentos, Que él ya ganó en Arisba, obra de plata, Dos trípodes tambien, y dos talentos Grandes de oro, os dará mi mano grata; Ni añadir una antigua taza olvido Que recibí de la sidonia Dido.
LVI.
»Que si el hado me otorga que conquiste El itálico suelo, y se sortea Espléndido botin, óyeme: ¿viste El caballo en que Turno gallardea Y las doradas armas que se viste? Tuyo el caballo con las armas sea, Exentos, Niso, del comun despojo; Tuyo el escudo y el penacho rojo.
LVII.
»Que añadirá mi padre á dones tales Doce hermosas esclavas, adivino; Luégo, doce cautivos, con marciales Arreos cada cual; y de Latino, En fin, los predios rústicos reales. En cuanto á tí, mancebo peregrino, A quien mi edad sigue el alcance, lazos Anudando de amor te doy mis brazos;
LVIII.
»Mi corazon te doy, y te recibo Desde aquí por perpetuo compañero: De hoy más, sin tí gozosas no concibo Glorias, que dividir contigo quiero. Ya el laurel me corone ó ya el olivo, En todas ocasiones tú el primero Amigo, á quien el alma nada esconde, Mio serás!» Euríalo responde:
LIX.
«Nunca, nunca será que yo desdiga De este animoso arranque; así la suerte Amiga se presente... ¡ó enemiga! Mas que ante todo premio pido, advierte: Tengo una madre, de la estirpe antiga De Príamo, á quien no razon tan fuerte, Ni patrio sol, ni regio hospicio, nada Hubo que de seguirme la disuada.
LX.
»Yo parto sin hablarla; ella, ¡ay! no sabe Cuántos riesgos el hijo desafía! Por la noche y tu diestra, que no cabe En mí á su llanto resistencia impía; Venciérame. Consuelo tú süave Sé, y arrimo, á la pobre madre mia! Si en tí fincar esta esperanza puedo, Iré al peligro con mayor denuedo.»
LXI.
Con lágrimas responden de ternura Los Troyanos presentes. Renovado El recuerdo del padre, Ascanio apura Su afecto en él; y el rostro hermoseado Con llanto, dice: «En esta ardua aventura, Euríalo, no temas resultado Que á tan glorioso acometer no cuadre; Sí, tu madre tambien será mi madre.
LXII.
»Llamárase Creusa, y madre fuera Mia del todo: en cambio es madre tuya, No pequeño renombre. Comoquiera Que esta empresa magnánima concluya. (Júrolo por mi vida, á la manera Que ántes mi padre), ó ya te restituya, Ó no, próspera suerte, honra no escasa Siempre daré á tu madre y á tu casa.»
LXIII.
Dice Ascanio llorando, y desanuda Del hombro al punto una dorada espada, No de su vaina de marfil desnuda, De Licaon cretense obra extremada: Una, de leon despojos, piel velluda Mnesteo á Niso da: con él celada Permuta Alétes. De metal cubiertos Marchan los dos, con hados ¡ay! inciertos.
LXIV.
Los siguen los caudillos principales Hasta las puertas, jóvenes y ancianos Con votos y plegarias. Bríos tales Ascanio ostenta y pensamientos canos No ya cual de su edad; y mil filiales Mensajes encomienda: ¡intentos vanos! Las fugaces palabras recogían Vientos que á sordas nubes las confían.
LXV.
Salen, pues, y los fosos ya salvados, Envueltos en la sombra, la carrera Encaminan á campos malhadados En que á muchos la muerte ántes espera: Ven rendidos á trechos los soldados Y los carros en alto en la ribera; Entre armas, ruedas, bridas, vino y todo Mudo yace el ejército beodo.
LXVI.
Habló el hijo de Hírtaco primero: «¡Euríalo! osar mucho importa ahora; Propicia es la ocasion, y éste el sendero. Tú, no se alce tal vez mano traidora A hacernos por la espalda un desafuero, Ten alerta la vista indagadora; Que yo dando la tala en torno mio Por ancha brecha conducirte fio.»
LXVII.
Dice, y hace silencio, y á Ramnete Que en su alta tienda y cama entapizada Daba roncos bufidos, arremete Con brazo firme y con desnuda espada. Rey á un tiempo y augur, á quien somete El rey Turno sus dudas, fué; mas nada Valieron artes al dormido mago Contra el poder de un invisible amago.
LXVIII.
Á tres pajes que entre armas, mezcla ciega, Yacen, y al escudero y al auriga De Remo, al pié de sus caballos, llega Y las flojas cabezas les desliga A hierro; al amo, en pos, el cuello siega, Y el tronco deja que abortando siga Raudales: de cadáveres sembrada En cálido cruor la tierra náda.
LXIX.
Y á Lamo oprime, á Lámiro, á Serrano, Mozo éste de gentil fisonomía Que hasta tarde despierto estuvo, en vano, Con el mucho jugar; ya en fin dormia Puesto en brazos de un sueño asaz temprano, Con el mucho beber. ¡Feliz si al dia Aguardase! si, hurtándose al sosiego, Igualara la noche con el juego!
LXX.
Como leon que, en el furor agudo De hambre voraz, entre el rebaño vaga Tierno de carnes y en su espanto mudo, Que hinche el aprisco, y ya le aferra y traga; Brama su boca ensangrentada: crudo Así Niso se ceba: irle á la zaga Euríalo no quiere, y muertes hace En la ignorada grey que en torno yace.
LXXI.
Él á Ábaris y á Fado asalto fiero Y á Herbeso y Reto dió: Reto, que en vela Todo viéndolo está; medroso empero Tras una jarra enorme el bulto cela: En su pecho, al erguirse, entra el acero Que, sacado, mortal caso revela: Vierte el triste la vida, y sangre y vino; Y el nocturno agresor se abre camino.
LXXII.
Ya al cuartel de Mesapo va, do espira Sin pábulo la lumbre: allí la hierba Paciendo atados los bridones mira. Niso en breves palabras (pues observa Cuán léjos va llevándolos la ira Que matando se enciende y exacerba) Dijo: «La odiosa luz próxima advierto: No más sangre; ancha senda hemos abierto.»
LXXIII.
Mucha arma allí, mucha maciza plata, Mucho vaso y riquísimo tapete Abandonan. Euríalo arrebata Para sí de Mesapo el justo almete, Que al viento plumas de color desata; Despues que los galones de Ramnete Y el cinto, que áureos clavos ornamentan, Alzó: en vano sus hombros los sustentan!
LXXIV.
(De Cédico opulento éstas un dia Galas fueron; el cual al tiburtino Rémulo como prenda las envía De alma hospitalidad y afecto fino: En legado, al morir, éste las fia Al nieto, y con su muerte, en guerra, vino A manos de los Rútulos la rica Herencia, y al más fuerte se adjudica).
LXXV.
Salen ambos del campo, y ya por via Segura echan á andar. En tal momento Respuestas para Turno conducia Parte de una legion: tres veces ciento Jinetes son;—atras la infantería A marchar se apercibe:—de Laurento Salieron adelante, y á su frente Va, con broquel cual los demas, Volcente.
LXXVI.
Llegan ya al campo y muro, cuando aquellos Bultos miran que á izquierda mano tienden. El yelmo de Mesapo da destellos Que entre el nocturno clarear ofenden La vista á quien observe: huyes, mas ellos, Desmemoriado Euríalo, te venden! «No equívoca vision mi mente inflama,» De en medio del tropel Volcente clama.
LXXVII.
Y «¡Alto!» intima: «¿quién sois? decid; ¿de dónde Ó á dónde os dirigís? ¿Á qué bandera Adscritos militais?» Nadie responde: Uno y otro á los bosques acelera El paso, y á la noche, que le esconde, Fiado huyendo va. Sin más espera Cierran al bosque entradas y retretes En alas desplegados los jinetes.
LXXVIII.
Selva de encinas negras y jarales Tendíase ancha allí, de agrios abrojos Ceñida, y de espesísimos breñales: Rara trillada senda ven los ojos En medio de sus calles naturales. Euríalo, á quien pesan sus despojos, Y los ramos asombran del recinto, Piérdese en el confuso laberinto.
LXXIX.
Niso huye, huye impróvido, y ya fuera Va del alcance de enemiga mano, El campo atras dejando en su carrera Que por Alba despues nombróse Albano: (Campo del rey Latino entónces era, Y en él grandes majadas). ¡Ay! en vano, Cuando hubo de parar, buscó al ausente Amigo, y dijo al fin con voz doliente:
LXXX.
«¡Euríalo infeliz! ¡yo te he dejado! ¿Por dónde, ¡ay triste! he de seguirte ahora? ¿Dónde hallarte?» Y con rumbo retrogrado Otra vez de la selva engañadora Intríncase en el seno enmarañado; Sus propias huellas afligido explora, Y entre las matas ásperas camina En que silencio funeral domina.
LXXXI.
Caballos siente, oye el tropel, escucha De horda perseguidora el alto aullido; Ni de tiempo medió distancia mucha Cuando nuevo clamor hiere su oido, Y á Euríalo distingue, que relucha En vano, de contrarios sorprendido: Turbóle senda ambigua y sombra ingrata; Y fuerza superior ya le arrebata.
LXXXII.
¿Cómo será que al mísero liberte? ¿Con qué armas defender podrá al amigo? ¿Entre heridas buscando honrosa muerte, Arrojaráse en medio al enemigo? ¿Qué hará? Blande un astil con brazo fuerte, Y á la Luna tomando por testigo, Que alto su carro á la sazon regía, En voz sumisa esta plegaria envía:
LXXXIII.
«¡Honor de los celestes luminares, Custodia de los bosques, sacra Luna! Si á Hírtaco, mi padre, en tus altares Poner viste en mi nombre ofrenda alguna; Si, cazador en selvas seculares, Tu gloria acrecenté con mi fortuna Tus bóvedas colgando de despojos, Compasiva á mi afan vuelve los ojos!
LXXXIV.
»¡Oh! dame que ese grupo desordene, Y á este dardo en el aire abre sendero!» Orando así, con cuantas fuerzas tiene Arroja el arma. En ímpetu ligero El asta parte despedida, y viene, Hendiendo sombras, á Sulmon frontero, Y rómpese en su espalda, y la madera Hecha astillas las vísceras lacera.
LXXXV.
Agobiado Sulmon rueda al instante, Y con hondo estertor, trémulo, frio, Las entrañas fatiga, agonizante, Y de encendida sangre vierte un rio. No hay quien no torne á ver, quien no se espante Niso, entretanto, renovando el brío, Puesto el brazo á la altura de la oreja, A asestar otro tiro se apareja.
LXXXVI.
Temblando están del invisible amago Todos, cuando otra vez dardo estridente Llega, que ambas las sienes pasa á Tago Y en su hendido cerebro híncase ardiente. El causador no indaga del estrago Llevado de la cólera Volcente, Ni en quién le cumpla desfogarse mira; Ciego salta, y bramando estalla en ira:
LXXXVII.
«Tu sangre ha de correr, quienquier que él sea; Y en tí de entrambos tomaré venganza!» Así diciendo, el hierro ya menea Desnudo, y sobre Euríalo se lanza. Lleno, á par, de terror, Niso vocea; Fuera, tambien, de sí, Niso se avanza: Más tiempo oculto estar no lo tolera El duro trance, ni él callar pudiera.
LXXXVIII.
«¡Acá, acá, revolved! ¡yo soy!» les dice; «¡Contra mi pecho encaminad la espada! ¡Oh Rútulos! mirad que ese infelice Nada osó hacer, ni hacer pudiera nada. Todo yo lo tracé, todo lo hice. Por los astros lo juro y la morada Celeste. Fué su culpa, demasiado Á un sin ventura amigo haber amado.»
LXXXIX.
Miéntras en vano así Niso clamaba, Ya la amenazadora punta llega, Y al costado de Euríalo se clava Y el tierno pecho le destroza ciega. Cae el triste, y la vida se le acaba: Roja sangre sus blancos miembros riega, Y, doblándose lánguida, reposa Sobre los hombros la cerviz hermosa.
XC.
Tál flor purpúrea á quien tronchó el arado Desfallece á morir; tál la amapola Sobre su débil vástago doblado Inclina mustia la gentil corola Que la lluvia agobió. Desesperado Niso penetra el escuadron, y á sola La persona, entre todos, de Volcente Solicita su cólera impaciente.
XCI.
Acá y allá, ya aquel, ya este guerrero, Le resisten y estorban: él no cia, Antes á todos lados el acero Fulmíneo revolviendo ábrese via; Hasta que al fin al Rútulo, que fiero Gritando á la sazon la boca abria, Por ella adentro le escondió la lanza: Próximo así á morir tomó venganza;
XCII.
Y encima se desploma herido, inerme, Del muerto amigo á quien unió su historia, Y en paz allí su último sueño duerme. ¡Oh, felices los dos! si alguna gloria Puedo yo de mis versos prometerme, Siglos no eclipsarán vuestra memoria Miéntras sustente inmoble el Capitolio El prez de Enéas y de Jove el solio!
XCIII.
Vencedores los Rútulos en tanto Recogido el botin, al campamento Exánime á Volcente van con llanto Conduciendo. Menor no es el lamento Que en los reales cunde, y el espanto, Cuando á Ramnete ven sin movimiento, Y tanto noble jefe á quien abruma Comun calamidad: Serrano, Numa...
XCIV.
Cerca á los que ó difuntos ó mortales Están, acude multitud ingente: Ven de espumosa sangre los raudales Y tibio aún de mortandad reciente El campo. Reconocen los marciales Despojos: de Mesapo allí el luciente Casco; allí el cinto, recobrado á un muerto, El rico cinto, de sudor cubierto.
XCV.
El áureo lecho de Titon la Aurora Tímida deja, entre celajes raya, Y ya su lumbre que horizontes dora Secretos descubriendo, el sol explaya Por el mundo. Con voz animadora Turno, no sin que él mismo armado vaya, Cual suele, de los piés á la cabeza, Al arma á todos á llamar empieza.
XCVI.
Á su voz cada jefe sus legiones Ferradas, en batalla ordena: ceban La rabia vomitando maldiciones; ¿Qué más? en astas que en el aire elevan, De los dos degollados campeones Los rostros clavan, y, á doquier los muevan, ¡Oh espectáculo! ¡oh bárbaro trofeo! Síguelos de la plebe el clamoreo.
XCVII.
De sus muros, en tanto, á la siniestra Los sufridos Troyanos aparecen; Protegidos del rio, á mano diestra, Sus anchas fosas á la par guarnecen. ¡Ah! de sus altas torres pasan muestra Al campo, ¡y cuán de véras se entristecen Viendo (ni cabe engaño) aquellos vultos Horribles con la sangre y blanco á insultos!
XCVIII.
Alada en la ciudad la fama rueda, Y á la madre de Euríalo al oido Tristes cosas murmura. Ella se queda Pálida, sin calor y sin sentido: Va la aguja á los piés, se desenreda Cayendo de las manos el tejido. Mesando luégo la melena blanca Altos gemidos de su pecho arranca;
XCIX.
Y al muro, á la falange delantera Frenética ella corre, ella no cuida Que entre armas y varones acelera El paso, ni el peligro la intimida; Y de quejas despues hinche la esfera: «¡Que así te miro, ay hijo de mi vida! Tú, arrimo á mi vejez mísera y triste, ¡Cruel! ¿dejarme en soledad pudiste?
C.
»Pues riesgos ibas á correr tan graves, ¿Cómo no me avisaste la ardua empresa, Ni oí palabras de tu amor süaves? ¡No que hora en tierra ignota yaces, presa A los latinos perros y á las aves! Ni honrar me es dado, Euríalo, tu huesa; Que recoger no pude tus despojos, Tus heridas lavar, cerrar tus ojos.
CI.
»Ni la ropa vestirte que de dia Yo y de noche labraba, mis pesares Consolando en la edad caduca mia. ¡Ay! ¿á dónde seguirte? ¿en qué lugares Tu destrozado cuerpo quedaria? ¿Y para esto por tierras y por mares Anduve acompañándote? ¿y es esta Vision cruel cuanto de tí me resta?
CII.
»¡Rútulos! si teneis piedad alguna, Todos aquí asestad; yo la primera Caiga; ¡matadme!... Ó tú de mi fortuna Duélete, ¡Padre de los Dioses! Hiera, Hiérame un rayo tuyo: esta importuna Memoria acabe: el Tártaro me espera; Precipítame allá, pues de otra suerte No es dado á esta infeliz que halle la muerte!»
CIII.
Lloran todos con ella; y ya al deseo De combatir, con el comun quebranto Las fuerzas van faltando. Actor é Ideo A la triste, que enciende duelo tanto, Acuden, por mandato de Ilioneo, Y de Yulo, que vierte largo llanto; Sustentándola en brazos se encaminan A su hogar, y en el lecho la reclinan.
CIV.
Óyese del clarin el són agudo; El canoro metal de alarma llena Los campos, y ya el aire, en ántes mudo, Con los ecos terríficos resuena. Formada ya la militar testudo De Volscos el ejército se ordena, Y á cubrir apercíbese en batalla El ancho foso y á arrancar la valla.
CV.
Buscan unos entrada, y por escalas Á trepar se dirigen á la parte Do las haces parece estar más ralas Que coronan el muro y baluarte. Se arman los Teucros á su vez; tan malas Armas no habrá que no utilice el arte, En que ya los formó la patria tierra, De guardar plaza fuerte en larga guerra.
CVI.
Picas vibran, y áun vuelcan ya pedrones Cuyo peso del Rútulo consiga Romper los defendidos batallones. ¿Y qué? ¿será que conllevando él siga Tan rudos golpes sin sufrir lesiones Bajo la densa concha que lo abriga? No; ni el número basta. ¿Veis do ileso Marchando viene el peloton más grueso?
CVII.
Pues ya á esa parte misma risco horrendo Los Troyanos arriman, ruedan: postra Anchamente á los Rútulos cayendo Y desbarata su ferrada costra. La muchedumbre audaz, retrocediendo, Tal lluvia en ciego asalto más no arrostra, Y á los sitiados á ofender aspira Sólo con flechas que de léjos tira.
CVIII.
Ostentando á su vez Mezencio insano Su catadura amenazante y fea, Viene por otra parte, y en su mano Etrusco pino tenebroso humea. Mesapo, prole de Neptuno, ufano Porque indómitos potros señorea, El vallado tambien romper decide Y escalas ya para los muros pide.
CIX.
¡Oh Calíope! ¡oh Musas celestiales! ¡Inspirad al cantor! Cuántos encierra Estragos ese campo funerales, Decid; á quiénes Turno echó por tierra, Y otros á otros tambien, cuáles á cuáles; Desenrollad el libro de la guerra, Y mi vista contemple aquellos hombres: ¡Vosotros los sabeis, decid sus nombres!
CX.
Con arduos puentes á asombrosa altura, En oportuno sitio al aire vano Erguíase una torre. Se conjura A embestirla el ejército italiano Con extremado alarde de bravura. En agolpados grupos el Troyano Defiéndela con piedras, y á porfía Por troneras abajo armas envía:
CXI.
Turno osado, primero en los primeros, Tira una hacha encendida, que se pega A un lado de la torre: á los maderos, Acrecentada por el viento, llega La llama devorante. Los guerreros Que adentro ven el gran peligro, en ciega Confusion á salvar corren la vida, Buscando en vano y de tropel salida.
CXII.
Y en tanto que se agolpan, en su anhelo, Á un punto ajeno al fuego, se derrumba Súbito por su peso el fuerte: el cielo Con fragoroso estrépito retumba: Y vienen, medio exánimes, al suelo, No sin que la alta mole en pos sucumba, Transfijos por sus armas los soldados Y de duras astillas lastimados.
CXIII.
Á todos el tremendo golpe acaba, Salvo á Helénor y á Lico. En años era Tierno aquél: en secreto, de la esclava Licimnia al rey Meonio le naciera; A la guerra de Troya, aunque le estaba Vedada, ella envióle. De ligera Armado, iba inglorioso, con desnudo Acero, y sin divisa el limpio escudo.
CXIV.
El cual mirando acá, y allá, y doquiera, Mil haces que le estorban la salida, Determina morir. Como la fiera Que de perseguidores circuida En densa red, contra la opuesta hilera Se embravece en furiosa arremetida, Y de un salto sin miedo ni esperanza, Por cima de los dardos se abalanza;
CXV.
Así Helénor se arroja, y donde advierte Más densa la erizada tropa, fiero Entrando por allí corre á la muerte. Lico miéntras, más que él de piés ligero, A una fuga veloz fia su suerte Entre tanto enemigo hórrido acero; Trepa al muro, cubierto de Troyanos, Y alto asidero busca, amigas manos.
CXVI.
Á la carrera Turno y con la lanza Habiéndole seguido, ya cercano Le mira, ya sobre él victoria alcanza. «¡Qué! ¿de librarte de mi fuerte mano Concebiste, demente, la esperanza?» Dice, y cogiendo al que trepaba en vano, No sin parte del muro á que se aferra A sí le trae y le derriba en tierra.
CXVII.
Con uñas corvas por el vago viento Á blanco cisne, así, ó á liebrezuela, La armígera de Jove al firmamento Arrebata feroz, y encima vuela; Y al corderillo así, que anduvo á tiento, Por quien la baladora madre anhela, Roba el fiero animal que sirve á Marte. Ya clama el sitiador por toda parte;
CXVIII.
Corre y los fosos terraplena, y pega Antorchas á los muros, con desprecio Del peligro de muerte á que se entrega. A las puertas terrífico Lucecio Llamas vibrando amenazante llega. Venir le mira, y un peñasco recio, Como roca de monte desprendida, Lanzó Ilioneo, y él rindió la vida.
CXIX.
Ligro en Ematio, Asila en Corineo (Hábil uno en lanzar venablo fuerte, Otro, falaz saeta) atroz deseo Sacian. Ceneo á Ortigio da la muerte; Turno derriba al vencedor Ceneo, Y á Itis, á Dioxipo deja inerte, Y á Prómolo, y á Clonio, y á Sagares, Y á Ida, que guardaba altos lugares.
CXX.
A Priverno quitó Capis la vida. Habíale primero rasguñado Temílas con su lanza. Él, que á la herida Fué la mano á llevar, desacordado Tira el escudo. En alas conducida Vino una flecha, y al izquierdo lado Clava su mano, entra, la entraña hiere Que aire recibe y da, y el triste muere.
CXXI.
Arcencio, el de figura señalada, Allí, de ibera púrpura luciente, Su rico arnes y clámide bordada Mostraba. (Le envió su padre Arcente De la selva á la madre consagrada, Do le criara, á par de la corriente Del Simeto, que ve en ofrendas rico El altar propiciable de Palico.)
CXXII.
Así como tan bellas galas mira, Dardos suelta Mezencio, honda estridente Toma, y tres veces la sacude y gira En torno á su cabeza, y al de Arcente Encaminando la amenaza, tira Eala, forjada ya de plomo ardiente, Y ambas sienes le pasa, y de la almena Le hace caer á la tendida arena.
CXXIII.
Entónces dicen que por vez primera Arco y flechas el príncipe troyano, Temidas ya de fugitiva fiera, Usó en guerra homicida; y por su mano Mató á un fuerte guerrero, de quien era Rémulo sobrenombre al de Numano, Y por mujer, de Turno, poco hacía, A la hermana menor tomado habia.
CXXIV.
El cual amenazando horrenda tala Va delantero, y del reciente enlace Haciendo y de sus fuerzas muestra y gala; Y clama audaz cuanto decir le place: «¡Oh pobres Frigios, los de suerte mala! ¿Tercer asedio enrojecer no os hace? ¿Y pensais que os serán reparo fuerte Frágiles tablas contra instante muerte?
CXXV.
»¡Y tal linaje en actitud guerrera Nuestras esposas pide, ó nuestras vidas! ¿Qué Dios os trajo, ¡míseros! qué fiera Demencia á Italia? Aquí no hallais Atridas Ni enlabiador Ulíses os espera; Antes lo habreis con gentes aguerridas Que su prole, al nacer, al rio llevan, Y de agua y hielo en el rigor la prueban.
CXXVI.
»Juventud es la nuestra que se emplea, Fatigando los montes, en la caza; Que en manejar el arco se recrea, Que en domeñar caballos se solaza. No hay duro empeño á que inferior se vea: Sobria, sufrida, inquebrantable raza, Ó con rastro tenaz doma la tierra Ó bate muros en abierta guerra.
CXXVII.
»Hierro es en todo tiempo nuestra usanza: Si movemos la tierra, al buey tardío Con el cuento aguijamos de la lanza: Ni gustos muda ni el nativo brío Edad provecta á quebrantar alcanza; Yelmos dan á las canas atavío: Mozo y viejo á la par conquistas hacen, Y en vivir de despojos se complacen.
CXXVIII.
»Vosotros, los de ropas en que arde Con el zafran el múrice de Oriente, Teneis por dentro un corazon cobarde: Es vuestra ocupacion ocio indolente, Voluptuosa danza es vuestro alarde: Con el frigio tocado ornais la frente, De cintas rodeándola y de lazos, Y en blandos pliegues enredais los brazos.
CXXIX.
»¡Oh Frigias, más que Frigios! ¡Id! Guarida Alta el Díndimo os abre: á sus parciales La flauta berecintia allá convida Con la usual melodía; ¿y los timbales No ois de la Deidad que reina en Ida? Id al báquico estruendo, y las marciales Luchas dejad á varoniles pechos; A llevar armas no alegueis derechos!»
CXXX.
Á vueltas de sus fieros y blasones No en calma Ascanio á tolerar se avino Del jayan los dicterios y baldones: Tiende el arco y atrae el nervio equino, Los brazos en contrarias direcciones Esforzando; mas, ántes que camino Dé su mano á la flecha voladora, Los ojos alza y reverente ora.
CXXXI.
«¡Oh Jove omnipotente! así me ampares Y premies con el éxito que imploro Mi empeño audaz; y ofrezco á tus altares En sacrificio un jóven y albo toro Que ya á las astas de su madre, pares Yerga las suyas, retocadas de oro, Que muestre corneando su ardimiento Y polvo con los piés esparza al viento!»
CXXXII.
Oyóle el Padre complacido, y truena Á izquierda mano, despejado el cielo. Descargándose al punto el arco suena, Y disparado el homicida telo De la cuerda tirante se enajena, El aire rasga en estridente vuelo, Llega, y traspasa con el hierro insano Las sienes cavernosas á Numano.
CXXXIII.
«¡Anda, soberbio, y al valor regala Con burlas que el castigo desafían! Los pobres Frigios, los de suerte mala, Esta respuesta á tu arrogancia envían.» Conciso Ascanio así su furia exhala. Los Teucros, que admirados le veían, En aplauso triunfal su nombre elevan Y al cielo la esperanza en alas llevan.
CXXXIV.
Desde un punto sereno de la esfera En una nube, sobre el aura pura, Apolo, el de la hermosa cabellera, Miraba en ese instante por ventura El fiero asalto y la defensa fiera, Y á Yulo vencedor así conjura: «¡Bien hayas, jóven de inmortal destino!, ¡Sigue! ¡ése es de los astros el camino!
CXXXV.
»¡Bien hayas, nieto ya, y futuro abuelo De Dioses! Cuanta guerra el hombre enciende, Trocarse en paz verá dichoso el suelo Reinando tu familia. A tí no extiende Troya su hado cruel.» Dice, y del cielo, Rasgando el aire vibrador, desciende A Ascanio, y de sus formas se desnuda, Y el rostro en el del viejo Bútes muda.
CXXXVI.
El cual del noble Anquíses escudero Y su fiel guardapuertas fuera un dia; Tiempos despues lo dió por compañero A Ascanio Enéas, y por útil guia. En la blanca cabeza y ceño austero Apolo, andando, á Bútes contrahacia, Y en la voz y el color y la apostura, Y en el bronco sonar de la armadura.
CXXXVII.
Y á Yulo enardecido, «¡Hijo de Enéas! ¡Basta!» dícele el Dios, «basta á tu gloria Que así á Numano castigado veas Bajo tu brazo. Esta primer victoria Apolo te concede, y, que le seas Émulo ya en el arma venatoria, No mira, no, con voluntad aviesa. Mas tú ya en el combate, ¡oh niño! cesa.»
CXXXVIII.
Trunco el discurso, y la mortal figura Deponiendo, á los ojos se evapora El Dios, raudo cruzando el aura pura. Descubrióse en la fuga voladora: Leve han visto los jefes su armadura, Y áun su aljaba alejarse oyen sonora;— Y obedécenle ya: de la pelea Apartan al garzon, que la desea;
CXXXIX.
Y al peligro otra vez sus corazones Presentan. Por los muros va en aumento El bélico clamor. Fuertes varones Tienden el arco, ó del revuelto amiento Tiran sus jabalinas y lanzones. Todo de armas se cubre el campamento. Huecos yelmos doquier suenan y escudo: Con choques leves y con golpes rudos.
CXL.
Arrecia por momentos la batalla. Naciendo las Cabrillas, de Occidente Así tambien azotadora estalla La lluvia; con granizo así estridente Fiero turbion el piélago avasalla Cuando el Eter, con austros inminente, Empuja acuosa tempestad, y el trueno A las cóncavas nubes rompe el seno.
CXLI.
Pándaro y Bícias, de Alcanor de Ida Hijos, criados por la agreste Hiera En la selva de Jove (en tal guarida Ni arduo abeto ni cumbre hubo altanera Que á aquellos mozos superior se mida), La puerta que á guardar el Rey les diera Abren; y en su gran fuerza ambos seguros, Retan al enemigo á entrar los muros.
CXLII.
Á un lado y á otro armados aparecen Adentro, á fuer de torres, con cimera En que altivos plumajes resplandecen. Tal orillas del Po, ó á la ribera Del Atesis ameno, iguales crecen Dos encinas de intonsa cabellera, Y, el pié afirmando en el bañado suelo, Mueven la vana cresta allá en el cielo.
CXLIII.
Los Rútulos, la entrada al ver patente, Se lanzan. Cada cual con su cohorte, Sin más tardar avanzan ya: Quercente, Y Aquícolo, en las armas y en el porte Hermoso, y Tmaro, de ánimo vehemente, Y Hemon, alumno del feroz Mavorte: Estréllanse en su arrojo, y los primeros Dejan en el umbral vidas y aceros.
CXLIV.
Y, siguiendo á sus jefes los soldados, Ya espaldas vuelven los que atras venían; Mas cobra la ira hostil mayores grados, Y otra vez atacar tal vez porfían. Por su parte los Teucros, agolpados Hácia aquel punto, más y más confían; Y salen, y alejados de la puerta, Persiguen al contrario en liza abierta.
CXLV.
El rey Turno que, en otra parte, insano El espanto y la muerte á muchos lleva, Oye que encarnizándose el Troyano A abrir sus puertas orgulloso prueba; Del asalto emprendido alzando mano, Con ira que sus ímpetus renueva Acude, acorre á la patente entrada Por gemelos gigantes custodiada.
CXLVI.
Y á Antífate ante todos, que gallardo Ante todos tambien la planta mueve (Del alto Sarpedon hijo bastardo Que le nació de una mujer de Tebe), De itálico cerezo arroja un dardo Que en su garganta, hendiendo el aura leve, Va á hundirse: ancha la herida brota un rio, Y arde, hincado al pulmon, el hierro impío.
CXLVII.
A Afidno luégo, á Mérope, á Erimante Rinde, y á Bícias, que amenazas pára Rugiente, con mirada centellante; Contra venablos el arnes le ampara. Ni azagaya lanzó Turno al gigante; Con zumbadoras cuerdas le dispara Falárica mortal cual rayo fiero: A su empuje el taurino doble cuero,
CXLVIII.
Y áun con dobles escamas de oro fino La fiel loriga resistir no pudo: Desmayado el gran cuerpo al suelo vino, Tembló la tierra y retumbó el escudo. Con golpe así y estruendo repentino Yerto pilar que giganteo y mudo En ántes dominara el mar de Bayas, Cae tal vez en las soberbias playas,
CXLIX.
Y rueda así con ímpetu y rüina Y en el fondo del piélago se ensena: Toda se turba la extension marina Al impulso, y resurte negra arena; Y estremécese Prócida vecina Desde su asiento, y con espanto truena; Truena el áspero lecho de Inarime, Donde á Tifeo Júpiter oprime.
CL.
Entónces Marte armipotente asiste Y enérgicos estímulos añade A los Latinos, y de ardor los viste (A los Troyanos á la vez invade Con Pavor tenebroso y Fuga triste); Y ya, porque en sus almas se persuade El Dios guerrero y á la lid los guia, Invasores acuden á porfía.
CLI.
Como, postrado el cuerpo y la faz muerta, Al hermano infeliz Pándaro mira Y el mal suceso ve, cierra la puerta; Ella al empuje vigoroso gira: Con sus hombros anchísimos cubierta Él la tiene por dentro, y en su ira A muchos de su gente allende el muro Mezclados deja en el combate duro.
CLII.
Á otros, empero, de tropel, consigo Adentro recibió. ¡Ciego y demente! Que no ha echado de ver cómo al abrigo De aquella confusion, entre la gente El jefe del ejército enemigo Siguiendo impetüoso la corriente Penetra, como tigre despiadado En medio de pacífico ganado.
CLIII.
Entran, pues. Mas de súbito á sus ojos Brilla extraña vision: altos se mecen Sobre yelmo gentil crestones rojos; Crujen hórridas armas que estremecen, Y luz fiero broquel vibra á manojos... Al punto aquel semblante que aborrecen, Y aquel brazo feroz que temen tanto, Los Teucros reconocen con espanto.
CLIV.
Pándaro, en el furor á que la muerte De su mísero hermano le arrebata, Alzase entónces corpulento y fuerte, Y «El palacio dotal no ves de Amata,» Exclama, «ni Árdea es ésta que á tenerte Abre el recinto de sus muros, grata A un hijo vencedor. ¡Turno! has entrado En campo hostil, y ya salir no es dado!»
CLV.
Y Turno, con sonrisa de bonanza: «Mide, pues, esa diestra con la mia, Y á Príamo dirás que en mi pujanza Otro Aquíles topó tu cortesía!» Con nudos y corteza áspera lanza Pándaro desembraza; la desvía Juno en su vuelo: á herir el hierro acierta Los aires sólo, y se clavó en la puerta.
CLVI.
«No será cual la tuya inobediente Arma de esta mi diestra manejada, Ni ella sus golpes eludir consiente,» Dice Turno; y se empina, alta la espada. Y en la mitad descarga de la frente A Pándaro tan recia cuchillada, Que no paró sin que con ancha herida Las impubes quijadas le divida.
CLVII.
Cae el jayan; y el suelo en són profundo Treme, no acostumbrado á golpes tales. Con sangre y sesos el arnes inmundo Tiende en tierra, y á par descomunales Sus miembros, el coloso moribundo; A hierro en partes dividida iguales Cuélgale la cabeza á entrambos lados; Y cuantos miran esto huyen turbados.
CLVIII.
Si al vencedor al punto se ocurriera A sus parciales franquear la entrada Rompiendo con su mano la barrera. Fuera aquella ocasion postrer jornada A la emprendida lid, y luz postrera A la raza de Príamo cuitada;— Mas de sangre la sed, que sangre huele, De los que huyen en pos loco le impele.
CLIX.
Y á Fáleris, y á Gíges, un jarrete Habiéndole en la fuga herido, alcanza: Con picas de éstos á otros acomete; Juno el fuego le da de su venganza. Clavó á Fégeo en su escudo, y arremete Tras de Hális, y hácia aquellos ya se lanza Que están desde los muros braveando: Prítanis, y Halio, y Noemon, y Alcrando...
CLX.
¡Tristes! no le aguardaban. Se le aboca Linceo, empero, entre ellos avisado, Y contra él, aunque tarde, los convoca: Turno se le adelanta, en un vallado Se apoya, el hierro esgrime, y le derroca De un tajo, con el yelmo destroncado La segada cabeza. Y luégo á Amico Postra, en despojos de la selva rico,
CLXI.
Cazador que cual nadie el arte y dolo De enherbolar saetas conocia. Mató despues á Clicio, hijo de Eolo; Y á Creteo, á quien fué la compañía Fiel de las Musas su deleite solo, Su ejercicio el laud, la poesía Su amor. Carros marciales, lides bravas Siempre, ¡vate infeliz! cantando estabas.
CLXII.
Oyen los jefes que el peligro llama: Mnesteo y el intrépido Seresto Allá acuden, y al ver que se derrama Medrosa turba ante invasor enhiesto Que aterra la ciudad, Mnesteo exclama: «¿A dó huis, insensatos? Más repuesto ¿Qué otro sitio hallareis ni más seguro? ¿Ó qué muro buscais allende el muro?
CLXIII.
»¿Un hombre triunfará de mil Troyanos Áun en medio de vallas y de aceros? ¿Y él solo entre vosotros, ciudadanos, Correrá haciendo impune estragos fieros? ¿Y para el Orco segarán sus manos La flor de nuestros jóvenes guerreros? ¡Qué! ¿Dioses, Patria, Rey nada os merecen, Ni os inspiran piedad ni os enrojecen?»
CLXIV.
Encorajados con palabras tales Rehácense, y en densa infantería Avanzan ya. Con armas desiguales Pausadamente del combate cia Turno, y hácia la parte en que fluviales Ondas besan el muro, se desvía, Miéntras con nuevo ardor y altos clamores Auméntanse sobre él los ofensores.
CLXV.
Cual leon de monteros acosado, Que los venablos contrapuestos mira Receloso, y á paso retrogrado Con miradas sañudas se retira: El valor en su raza vinculado Huir no le permite, ni la ira; Mas por medio de la áspera barrera Romper no puede, aunque romper quisiera;
CLXVI.
Así Turno tambien dudoso y lento Retrocediendo va; mas no desmaya, Y arde en vivo furor su pensamiento. Embestir una vez y áun otra ensaya, Y una vez y otra su ímpetu violento Pone á muchos en fuga, á otros á raya; Pero al fin en su daño se congregan Cuantos hay en el campo y juntos llegan.
CLXVII.
Ni ya la hija de Saturno osa Confortar al ahijado en su porfía Con nuevo aliento; que á Íris vaporosa Júpiter mismo desde el cielo envía, Y, encaminados á su régia esposa, Mensajes no süaves le confía, Que abandonar á Turno ordenan, caso Que de los muros él no arredre el paso.
CLXVIII.
Nada el mancebo, pues, con el escudo, Nada ya con la armada diestra puede; ¡Tanto el asalto arrecia áspero y rudo! Hace que en torno de sus sienes ruede Ruido asordante, el incesante, agudo Repiquete del yelmo: ábrese, y cede La armadura de bronce á las pedradas; Las rojas plumas vuelan arrancadas.
CLXIX.
Contra nube de dardos enemiga ¿Qué hará la copa de un broquel? Circunda A Turno ya la multitud; le hostiga Mnesteo con su lanza furibunda: Mana el sudor copioso en su fatiga; Raudal como de pez su cuerpo inunda: Fáltale aire vital; convulso aliento Al moribundo pecho da tormento.
CLXX.
¡Ved! con todas sus armas de repente, Como último arranque de su brío, Arrójase á las aguas. Blandamente En su rojo regazo el sacro rio Recíbele, y sumido en su corriente, Sangre, polvo y sudor le lava pio, Y devuélvele en ondas sosegadas Hermoso de su gente á las miradas.